Bajé del avión y no pude evitar sentirme turbado por el calor pegajoso y refulgente y por la emoción nerviosa del debut en el peligro.
Desde que la camarera había anunciado “Aeropuerto Rancho Boyeros. Habana”, no había dejado de pensar cómo sería ese temido tamiz de viajeros sospechosos, cómo actuaría la policía –que me imaginaba con cara de policía-, y qué pasaría con mis pobres excusas de turista casi sin equipaje.
Cuando había ido a gestionar la visa de mi pasaporte en el Consulado Cubano de Buenos Aires y luego de convencer al cónsul de que el sueño de toda mi vida era bailar el cha cha cha bajo las palmeras, él mismo me advirtió que llevase todo en regla.
-Usted sabe… Siempre creen que los jóvenes se van a meter a revolucionarios.
Esas palabras me hicieron comprender que en Cuba era un delito ser joven. Y mientras revisaban mi escaso equipaje y mis documentos, me di cuenta que lo estaba pagando.
De los once pasajeros que descendimos en La Habana, sólo a mí me revisaron las ropas.
Parado, en medio de cuatro mulatos que parecían tener viejos rencores hacia mí, me dejé revisar tratando de no demostrar preocupación. Apoyados en las paredes, no menos de diez individuos con guayabera blanca y unas gorritas muy singulares que los uniformaban lo mismo que sus caras, me trataban de mostrar con su mirada insolente que ellos ocultaban el secreto de que eran secretísimos policías secretos y que por lo tanto…
Cuando me devolvieron el pasaporte y los certificados que aseguraban que no importaría ninguna peste al país, me dejé llevar gozoso hasta la salida en donde un hombrón de gorra azul me metió en un auto ocupado ya por otras personas.
A toda velocidad, la máquina se desprendió de Rancho Boyeros y enfiló hacia La Habana por una hermosa avenida flanqueada por carteles que decían: “Obra del Presidente Batista”.
El automóvil se clavó delante del vestíbulo del famoso hotel Nacional y allí descendieron todos con los equipajes, incluso mi valija. Yo la recogí y volví a meterme en el auto, pensando a cuánto estarían cotizando los dólares que llevaba en el bolsillo en el mercado libre de Buenos Aires.
El chofer no me ocultó su decepción por no llevar un pasajero distinguido y ya no fui más “señor” sino “oye, chico”. Me dejó en el hotel que me había indicado un amigo en Buenos Aires, por supuesto mucho más barato que el Nacional. Allí también, parados a los costados del vestíbulo, estaban los secretísimos policías secretos, con su guayabera blanca, su gorrita y su mirada insolente.
No bien dejé mi valija sobre la cama, salí en busca del hombre que, según mi amigo de Buenos Aires, podría establecer contacto con la gente del 26.
Lo encontré y me decepcionó.
-La cosa está muy brava, chico. Esto es candela. Se está preparando una huelga general y la represión es terrible. Vas a tener que conformarte con hacer las crónicas de lo que suceda aquí.
Por supuesto, sus palabras no me convencieron e insistió. Me dijo que la única forma de tomar contacto rápidamente, era yendo a Santiago de Cuba, capital de Oriente, la provincia revolucionaria por tradición. Allí conocía a un señor que quizá me pudiese facilitar una entrevista con los dirigentes locales del movimiento. Grabé el nombre y dirección en la memoria y me fui.
Regresé al hotel a pie. Recorrí las desiertas calles de la noche habanera bordeadas por cabarets vacíos, abiertos sólo porque la policía lo exigía, mientras por el centro de la calzada, modernos automóviles azules y blancos o verde oliva, parecían fortalezas repletas de hombres con cascos, vigilando a los pocos transeúntes.
Los altavoces de los bares y cabarets chillaban como locos la última canción: “A la Rigola yo no vuelvo má, matan a los hombres por la madrugá…”, y aunque seguía una letra estúpida, a mi me sonaba lúgubre, como un responso con maracas, escuchándola mientras las ametralladoras espiaban con su ojo la vereda.
Al día siguiente, a la hora convenida, estaba el hombre con su máquina esperándome en la esquina del hotel.
Otra vez Rancho Boyeros. Otra vez los policías con caras de policías. Mientras aguardábamos la llamada de los pasajeros del Viscount para Santiago, apenas cambiamos algunas palabras. Por lo menos cuatro vendedores de billetes de lotería se metieron entre nosotros, tratando de escuchar lo que hablábamos, casi sin disimulo.
Cuando los motores hicieron trepidar a la máquina, eché una mirada hacia el vestíbulo del aeropuerto. Todavía estaba parado, detrás de los cristales, mi primer buen amigo cubano. Me había estrechado el brazo con fuerza y no sin emoción me había deseado buena suerte. Yo todavía no comprendía el porqué de la secreta solemnidad que le dio a la despedida. Yo todavía no había logrado hacerme a la idea de que estaba en la Cuba de Batista. “Y aquí matan, chico”…
Durante todo el viaje no pronuncié una sola palabra, salvo “gracias”, cuando la camarera me alcanzó jugo de mango.
Llovía torrencialmente y el avión no lograba enfilar la pista. Luego de varios intentos que terminaban siempre en un brusco ascenso y en el santiguarse a repetición de casi todas las mujeres, tocamos por fin tierra.
Eran las diez de la noche. El avión debía haber llegado a las nueve menos cuarto. Lo avanzado de la hora conspiraba contra mis posibilidades de buscar algún hotel discreto.
Si en La Habana los policías secretos estaban parados contra las paredes, en Santiago en cambio los que estábamos contra las paredes éramos los pasajeros. En medio del salón, cargado del aire caliente que la lluvia había metido dentro, medio centenar de hombres de uniforme o uniformados con sus caras y sus guayaberas blancas, vigilaban desconfiados a los empleados que revisaban las valijas, no sin alarma, que llamaba la atención de todos.
-Eres extranjero ¿verdad?- preguntó una voz indiferente a mi espalda.
Cuando me volví, vi a un hombre que sonreía, como si hubiese estado conversando conmigo desde mucho antes.
-Si -no pude negar.
-Bueno –me dijo con el mismo tono indiferente- te conviene quitarte esa chaqueta y esa corbata negra. Llamas mucho la atención.
-Gracias… -trate de sonreír y adoptar el mismo tono amistoso con él.
-Te vi en el aeropuerto con tu amigo. Fue una imprudencia. El está marcado.
En un segundo decidí jugar a cara o cruz.
-Bueno… es el único que conozco.
-¿Y aquí?
-Esta noche iré a un hotel. Mañana veré.
-Si te metes en un hotel te pescan.
En ese momento estaban revisando mi valija. El colocó la suya junto a la mía y logramos que terminara con nosotros casi a la vez.
-Te llevaré esta noche a mi casa. Mi máquina debe estar parqueada aquí cerca.
Segundos después, en medio de la lluvia, íbamos a marcha regular hacia Santiago. Casi toda la ciudad estaba a oscuras.
-Sabotaje –me explicó, indiferente.
Paramos frente a una típica casa santiaguera, constituida en madera y con la tropical terraza sobre la vereda. Luego de comprobar que no había nadie a la vista, bajó rápidamente. Mi valija había quedado en la máquina. Me explicó que no convenía bajarla de noche.
Todas esas precauciones me parecían un tanto noveleras. Y yo además, desconfiaba aún si había jugado bien.
En el interior de la casa, alumbrada con lámparas a querosén, había varias mujeres que recibieron al viajero como si hubiese llegado del frente de batalla. A mí ni me prestaron atención, hasta que mi acompañante me presentó como a un amigo.
Las mujeres, que eran sus hermanas, comprendieron al instante que era un amigo muy especial y ni bien abrí la boca para saludar, ya habían deducido que era argentino.
-¿Periodista, verdad?
El hombre se impacientó.
-Te dije que era un amigo. Déjate de hacer preguntas y no comentes con nadie que está aquí.
Las mujeres terminaron por convencerse de qué clase de amigo era yo y yo de que había jugado con extraordinaria suerte. Era evidente que los santiagueros estaban habituados a encontrar ese tipo de amigos extraños que aparecían de improviso y de improviso desaparecían y que los ocupantes de la casa se sentían un tanto orgullosos de tenerme.
Sin ninguna otra previsión que la de bajar la voz, comenzaron a relatarnos al hermano y a mí, los hechos ocurridos en los últimos días. La sucesión de sabotajes, de tiroteos y de muertos que el recién llegado conocía como amigos o vecinos, fue larguísima. El hombre sólo hacía cinco días que faltaba de su casa. Había ido a llevar al hijo a La Habana, en previsión por “lo que vendrá”, cuando estallase la huelga general. Unas semanas atrás, habían encontrado mutilados los cadáveres de dos muchachitos, de trece y catorce años, a quines detuvo la guardia de Batista y los padres de Santiago ya no sabían cómo proteger a sus hijos, todos deseosos de tomar parte en la lucha abierta.
Me acomodaron en una de las habitaciones de la casa, que como todas, eran simples tabiques que no llegaban hasta el techo y no tenían otra puerta que una cortina. Después comprobé que casi todas las viejas residencias santiagueras eran así. La lluvia seguía cayendo con fuerza y por eso no me sobresalté cuando dos horas después escuché tres fuertes detonaciones y el sonido de un trueno que se desgarraba sobre Santiago. Me levanté sudado y espié por la ventana. La noche negrísima, estaba estrellada. Los truenos eran de dinamita en aquella histórica capital de Oriente.