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“El franquismo sigue latente en España”, dice Caballero Bonald

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 23-11-2005 00:00:00

El escritor español reflexiona sobre su país

MADRID.– En su apellido está la clave de su mestizaje: una suerte de hidalguía insumisa. Se llama José Manuel Caballero Bonald y es una figura indiscutida de las letras españolas por su obra poética, sus novelas de carácter autobiográfico y sus lecciones de literatura.

Caballero Bonald es un intelectual que sufre por el mundo que lo rodea e intenta conservar la humilde esperanza de pequeños cambios posibles. Vive en Madrid, en un barrio suburbano, lejos del ruido, donde sigue escribiendo su más extensa obra, “La novela de la memoria”, que ya consta de dos partes: “Tiempo de guerras perdidas” y “La costumbre de vivir”.

Su modo de hablar se asemeja a un farfulleo, pero la precisión es uno de sus atributos. Así como muchos escritores se amparan en las palabras para protegerse de lo que los aqueja, Caballero Bonald se ubica ante el texto como en la trinchera de la vida. Y va al frente con la tranquilidad de un hombre valiente.

–¿Cuál es su origen?

–Mi padre era cubano, de Camagüey, hijo de criolla y de cántabro, y mi madre era andaluza, con un abuelo francés y una abuela siria. De modo que dispongo de una buena base mestiza. Comparto la opinión de que el mestizaje es una fuente magnífica de enriquecimiento cultural. En el château de Milhaud vivieron mis antepasados y allí se quedaron esos descendientes del vizconde de Bonald, el filósofo tradicionalista, que no se parecen en nada a los Bonald andaluces, que eran todos nocturnos y librepensadores.

-¿Cómo fue su entrada en la adolescencia, en una España convulsiva que determinaría el ánimo de las siguientes décadas de su país?

-Me hice adolescente sin saber muy bien qué estaba pasando a mi alrededor, en una familia burguesa. Mi madre era muy católica, y mi padre, un republicano agnóstico. La noción de la guerra civil se reducía a las descargas de los fusilamientos y a una vaga sensación de que el hambre, el frío y el miedo se iban adueñando de la vida cotidiana. Mis recuerdos de Franco estaban deformados por el clima social en que me desenvolvía.

-¿Cómo fueron los antecedentes que dieron lugar al grupo de los 50, del cual usted fue uno de sus protagonistas?

-Empezó siendo un grupo de amigos que teníamos cosas en común: la procedencia familiar y universitaria, la desobediencia frente a lo establecido, las nocturnidades, la lucha clandestina contra el franquismo, la lectura de los mismos libros, una estimable tendencia al consumo de bebidas alcohólicas. Nuestra poesía era una poesía de desobedientes.Y han quedado tres o cuatro poetas excelentes.

-Usted hace referencia a esa generación como "recluida, tal vez para eludir la deforestación cultural vigente en un país todavía mediatizado por las sañudas pertinacias del ideario de la guerra civil". ¿Cómo era esta "deforestación"?

-La vida española atravesaba aún esa negra fase histórica de la guerra civil. Fue una posguerra espantosa, de una mediocridad que no parecía tener fin. Aparte de las miserias políticas, habría mucho que hablar de los desafueros culturales, de la mala educación general. Tuvimos que abrirnos camino en ese espacio cerrado, asfixiante.

-¿Qué es lo que más lo irrita de lo vivido?

-Esas figuras de falsos ídolos, de héroes de pacotilla, de palurdos vestidos de etiqueta que menudeaban por la España franquista.

-¿Y en la actualidad?

-Lo mismo que me irritaba ayer: la injusticia, la indiferencia ante la barbarie, el código de los sumisos, el abuso de poder, el fanatismo. Y lo que más me estimula es oponerme a todo eso.

-¿A través de la literatura o de la política?

-Mi despertar político no fue muy precoz. La universidad, que en aquellos años era un casino de retrógrados, me sirvió para darme cuenta de la desdicha histórica del franquismo. Y ahí empecé a trabajar en la oposición clandestina. A raíz de las primeras agitaciones universitarias y las primeras huelgas fabriles, me uní a lo que tenía más a mi alcance. Tampoco me decidí nunca por una protesta formal o por ninguna clase de voto de obediencia. Sólo sabía que de allí iba surgiendo una estable forma de resistencia frente a las copiosas mezquindades de la dictadura. Cuando, en 1956, Franco se ve obligado a reconocer la independencia de Marruecos, algo se resquebraja en la monolítica estructura del sistema. Mis más concluyentes resoluciones en este sentido se produjeron después, cuando las enseñanzas de la edad fueron inculcándome la certeza de que no podía quedarme ni quieto ni callado. La cárcel, el exilio, fueron consecuencias inmediatas. Estuve detenido un par de veces.

-¿Mayo del 68 indicó un final o un comienzo?

-Carlos Barral decía que somos gente "cuya legalidad histórica termina en 1968". Siempre me han exasperado esas aseveraciones tan contundentes. Mientras el dictador seguía vivo, la posguerra se prolongó. ¿O se creían que después del 68 nos podían escamotear las posibilidades de cambiar la vida, modificar la realidad? No lo creo: todavía era pronto para aceptar semejante capitulación. En 1968 algunos fogosos productos de la experiencia de la época empiezan a tener aspecto de caducados. Y es cierto que la utopía acaba traspapelándose en los consejos de administración. Se va trazando así el mapa de esa particular dicotomía entre apocalípticos e integrados, de la que hablaba Umberto Eco.

-¿En qué estado quedó la memoria de los españoles luego de la "historia sin culpables", como usted la llama en las últimas páginas de "La costumbre de vivir"?

-La "historia sin culpables" casi sigue siendo una consigna de la vida política española. Nuestra transición de la dictadura a la democracia fue un trámite de pusilánimes y ni siquiera se planteó la posibilidad de constituir un tribunal para juzgar a los responsables de cuarenta años de desmanes y represiones. Todavía se nota esa carencia. Es posible que España esté saliendo de un marasmo histórico. Pero aquí hay todavía un sedimento de inmovilismo, de intolerancia, que cuesta trabajo desarraigar. El franquismo permanece latente en muchos sectores de la vida española.

-¿Cree que ETA se relaciona con la herencia de Franco?

-Ese es un asunto muy complejo. Creo que ETA fue una secuela del franquismo, la más virulenta, y que hoy es un grupo independentista con mañas más o menos mafiosas y en plena decadencia. Creo que la única solución eficiente para esa clase de terrorismo es la negociación.

-¿Y qué hay del miedo actual en España? ¿Cuál es su anatomía?

-Estos miedos que pueden afectar hoy a los españoles provienen de una amenaza terrorista, o etarra o islamista, pero también hay otros fantasmas. Desde que decidimos abandonar la maldita guerra de Irak, la derecha no para de inventarse consecuencias tenebrosas. La historia no es que se repita, es que se obceca.

Por Silvia Hopenhayn
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=758689

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