Héctor Aguilar Camín
Por Laura Linares
De la Redacción de LA NACION
Escritor, periodista e historiador nacido en el luminoso Caribe mexicano (Chetumal, 1946), Héctor Aguilar Camín se ha sumergido en el relato de la política de su país apelando tanto al ensayo y a las columnas periodísticas, publicadas en medios como La Jornada, Unomasuno o la revista Nexos - que también dirigió-, como a la ficción, en novelas de amplia circulación ("Morir en el golfo", 1985; "La guerra de Galio", 1990, y la muy reciente "La conspiración de la fortuna", publicada en Buenos Aires por editorial Planeta).
En todos los casos, su discurso tiene la misma agudeza de mirada y la misma enfática facundia con la que habla ahora sobre la situación actual de México y del resto de América latina en la sala de un hotel porteño, durante una entrevista a su paso por esta ciudad para difundir su último libro de ficción. En "La conspiración...", Camín elige como argumento la trágica saga del ascenso y de la caída de Santos Rodríguez, un personaje detrás del cual puede leerse claramente el destino del ex presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari (1988-1994).
Su experiencia como observador le permite, en el correr de la conversación, destacar temas como los peligros y desafíos a los que se enfrenta la incipiente cultura democrática de las naciones latinoamericanas, donde "poco después de las euforias electorales, crecen los desencantos y las incertidumbres del proceso democratizador", por ser Estados "con su trama institucional débil y su ciudadanía de sustento todavía en formación".
A uno de los ámbitos relacionados con esta formación -que él bien conoce-, el de los medios de comunicación, lo describe como "el ágora, el gran espacio de la vida pública donde se forma la ciudadanía y también donde se crean o destruyen famas públicas y carreras políticas. Siempre ha sido así -admite-, pero ahora lo es más: no nos dicen qué pasó, dónde, quién lo hizo y quién lo ha informado. Nos dicen lo que se dice, no lo que sucede. Y un griterío como éste, sin rigor, acaba siendo tan desinformativo como el silencio amordazado".
-Entre lo que "se dice" está que usted ha sido amigo de la mayoría de los políticos más importantes de México.
-[Sonríe.] En realidad, soy algo así como un especialista en políticos que han dejado el poder.
-El narrador de su último libro es un veterano periodista que ha meditado mucho sobre el poder y la política en su país. Tanto, seguramente, como usted mismo.
-Es cierto que he estado mucho tiempo en medio del trabajo periodístico. Desde los años 70. Y por poco observador que sea uno, desde un periódico se pueden percibir con mayor cercanía las líneas de electricidad que se cruzan en los grupos políticos.
-En toda América latina hay un parentesco en los procedimientos básicos de la política. ¿Cuáles son los más persistentes?
-Lo que es muy parecido es algo que en el libro llamo "la república mafiosa". En el fondo, no consiste nada más que en la manera en que la política está atada, paso por paso, al uso y abuso de los dineros públicos. De esta manera, la política es un eslabón en el reparto de la riqueza pública bajo la forma de dinero tomado de sus arcas y repartido, directamente, como gasto público o como corrupción, coimas, etcétera. Cuando la época del proteccionismo, en México, tú podías hacer una verdadera fortuna con que un amigo en la Secretaría de Industria te diera permiso para ser el único que importara una cosa que se vendía muy cara y que era de baja calidad. Se hicieron fortunas enteras con eso. La república mafiosa ha sido, en principio, la de nuestros Estados grandes, proteccionistas, nacionalistas, con muchas empresas públicas, lo que es un espacio fantástico para alimentar clientelas, para repartir canonjías, para hacer "justicia social".
-¿No intervienen allí los sindicatos?
-Sí, los sindicatos se organizan y entonces tú, generosamente, les das mejoras en los contratos colectivos de trabajo y vas haciendo una especie de justicia social corporativa. Los trabajadores van teniendo mejores condiciones de vida, es cierto, pero pasadas dos décadas el contrato colectivo es un libro enorme, como el de los trabajadores petroleros mexicanos. Resultado final de la cuenta: un déficit público gigantesco y una crisis permanente de las finanzas públicas. Pero los políticos, que viven de eso, no saben hacer política si no es usando los dineros públicos como cemento para las lealtades, las clientelas corporativas, las clientelas partidistas. Eso sucede en todas partes, pero yo creo que en nuestros países éste ha sido el origen de buena parte de las catástrofes. Aparece un razonamiento torcido, que dice "este espacio, que es de todos, no es de nadie; entonces, yo me lo puedo quedar".
-¿Es algo que viene de nuestra historia común?
-Sí, lo es. Nuestros países, que eran monárquicos -estaban bajo la corona española-, de pronto derivaron en las autonomías: las independencias hispanoamericanas. Y fue, en conjunto, una gran fuga hacia adelante. No podías ser monárquico porque te habías peleado ya con España y porque no había monarcas que inventar aquí. Entonces tenías que ser republicano y democrático. Así fue como se fundaron repúblicas que, en la ley, en la Constitución, eran republicanas y democráticas, cuando la sociedad era más bien feudal, más bien monárquica, más bien organizada a través de fueros, de corporaciones. Desde entonces, el espacio que hay entre nuestras instituciones, nuestras leyes, y las prácticas, las costumbres reales de la sociedad, es muy grande. Es verdad que ahora somos naciones mucho más parecidas al molde fundador de la estructura democrática y republicana, pero todavía el espacio que hay entre nuestras instituciones y leyes y nuestras costumbres reales es amplio. Los políticos son, normalmente y en todos lados, las bisagras entre estas dos cosas, que al estar en nuestros países tan separadas les procuran un trabajo mayor; pero su autonomía también es grande y sus oportunidades de hacer las cosas mal crecen conforme crece la cantidad de problemas que están obligados a considerar.
-Y hay más rubros en los que intervienen...
-Claro, porque el otro aspecto es que somos sociedades poco desarrolladas económicamente. Mientras menos desarrollado es un país económicamente, más peso tiene el gobierno, más peso tienen las rentas públicas y las empresas del Estado. Ahora estaba leyendo un libro de Rodolfo Terragno, "La simulación". El hace la lista de las empresas públicas que tenía el gobierno argentino. Las aguas, las aerolíneas, el petróleo, el carbón, las comunicaciones, el teléfono, todo. Y bueno, esas empresas eran responsables, dice él, de la mitad del déficit público.
-¿El venderlas fue solución?
-No, claro. Las malvendieron.
-Después vinieron los 90 y quienes usted llama "los tecnócratas".
-Fue una oleada latinoamericana de los técnicos en economía que vinieron a hacer el salvamento de las grandes crisis de deuda, y la verdad es que las respuestas que le dieron a la situación... Pues, es alegable que fueron peores que los problemas que había antes. La verdad es que no hemos podido salir ni de la vieja estructura que condujo a la crisis de los 80 ni de las nuevas realidades que trajeron los tecnócratas con los proyectos neoliberales. Eso nos deja en una especie de parálisis: no puedes volver atrás, porque es ir contra la marea de la historia, pero tampoco puedes ir hacia adelante, con confianza, sobre las posibilidades del proyecto neoliberal. Y estamos en medio, sin avanzar con claridad hacia ningún rumbo.
-¿El vacío político?
- Claro: a quien ocupe el escenario y muestre una cierta presencia se lo tienen que agradecer. Como ocurrió aquí con Néstor Kirchner. Porque además coincide con que se estabiliza la economía, porque toca fondo. Sucede en todas las devaluaciones. Las economías van cayendo, de pronto tocan fondo y allí empiezan a aparecer ciertas ventajas con la devaluación. Se empieza a exportar, se activa el turismo, se estabiliza la moneda, al no haber incertidumbre acerca de cuánto vale. Todo el mundo se empobrece, pero una vez que topa, quedan otra vez estables los signos y vuelven la confianza y cierta certidumbre. Esa es una experiencia que nosotros hemos tenido cada seis años en los últimos treinta. Pero la toma de decisiones, con ser buena, no basta. Llenar el espacio político, como ha hecho el presidente Kirchner, no es resolver el problema del desarrollo de la Argentina, aunque es condición indispensable.
-¿Qué otras condiciones son imprescindibles para un gobierno exitoso?
-Las circunstancias que hacen a un gobierno exitoso son excepcionales y son también excepción en la historia. Un gobierno como el de Felipe González, en la España de los años ochenta, por ejemplo, reunió esas condiciones de excepción: una vocación real de modernizarse, un aliado sólido en la Unión Europea, un Estado que venía bien financiado en su cobro de impuestos, desde Franco, y que podía echarse a las espaldas la tarea de modernizar España con infraestructura, reparto de fondos autonómicos, inversión en salud, educación, etcétera. Se habla mucho del pacto político de La Moncloa. Se habla menos de que parte central de ese pacto fue un acuerdo nacional de no aumentar salarios, de no presionar políticamente a un Estado naciente que ya cobraba entonces más del 35% del PBI en impuestos. Al finalizar el gobierno de Felipe González, la carga fiscal en España era de poco más del 40% del producto nacional. En México es del 11,5% (más las utilidades petroleras) y en la Argentina, creo, del 14 o el 15%. No se puede tener un Estado modernizador, que requiere grandes inversiones públicas, siendo un Estado en cierto modo mendicante.
-¿Dónde ve usted una salida?
-El tema de la clase política con modernidad es fundamental. Implica que los políticos tengan una visión del mundo y una renuncia al pasado. El hecho de que lo que se llama en América latina "recetas neoliberales" no haya funcionado no quiere decir que sea posible volver a las recetas estatistas y populistas del pasado. Hay que inventar otra cosa, y eso requiere imaginación política y realismo económico: pragmatismo en la globalización. La ola de "izquierda" que recorre América latina es, en muchos aspectos, una vuelta al pasado que no se atreve a decir su nombre.
-¿A qué pragmatismo se refiere al hablar de globalización?
-A dirigirnos hacia donde más dan las corrientes mundiales del comercio, de la educación y de la tecnología. A buscar intencional y racionalmente una inserción razonable en lugar de resistirla.
-¿Es parte de una evolución natural?
-Absolutamente, porque, después de todo, eso ya viene de muy lejos. La conquista de América fue un primer proceso de globalización de un imperio español en el que las expansiones imperiales eran expansiones territoriales. Fue la primera gran expansión del, si se quiere llamarlo así, mercado mundial. Y de la verdadera globalización. Porque, por primera vez, quedó realmente en la cabeza de todos el mundo completo, físicamente. Después de eso no restó nada por explorar y por conocer. Luego, si das un salto y vas a la reforma borbónica acá, bueno, pues en toda América hubo la misma reestructuración de intendencias, que en gran medida es lo que hoy conocemos como países o como provincias de nuestros países. Es el que da el gran salto de modernización del comercio, de la agricultura, de la minería y de la hacienda pública, y comienzan a sacar realmente mucho dinero de lo que empiezan a llamar las colonias.
-¿Cómo las llamaban antes?
-Antes eran los reinos de ultramar. A partir de Carlos III son las colonias, a las que, junto con la modernización, les llega una exacción muy importante de recursos. Y luego, la independencia es otro gran momento de la globalización, porque proviene de la quiebra de la legitimidad de la corona española, que es resultado nada menos que de la expansión napoleónica y de la posrevolución francesa. El paso siguiente es el ascenso de los nuevos imperios, el inglés y el norteamericano del siglo XIX, y ahí ves a todos nuestros países lidiando con deudas inglesas leoninas. La primera deuda inglesa de Chile, por ejemplo, es una cosa tremenda. Les iban a prestar un millón de libras, pero el intermediario se llevó el cinco por ciento, otro se llevó el 18... Total, al final de la línea les entregaron 600.000 libras y debían un millón. Luego vienen los Estados Unidos de América. Hay crisis y auges muy globales.
-¿El mundo después de la Segunda Guerra Mundial?
-La posguerra es otra época muy parecida para todos nuestros países, la época de industrialización, de proteccionismo, de Estados fuertes y de prosperidad. También la época de los años 70: el gran bazar de los petrodólares: cuando nos vienen a regalar a todos los países una enorme disponibilidad de dólares, todos contraemos deudas y luego, a pagar. Y viene nuestra década perdida del 80, cuando, efectivamente, está agotado ese modelo estatista, dispendioso, y hay que hacer las cuentas. Y llegan los contadores y los liberalizadores, a los que tampoco les ha ido muy bien. De modo que estamos siempre con una modernización coja, que, sobre todo, no le trae beneficios a la gente. No acabamos de encontrar hacia dónde dirigirnos.
-¿Qué momentos de esta historia pueden esclarecer, para usted, situaciones actuales?
-Cuando fui invitado a Chile para un foro del bicentenario, me puse a leer sobre el tema de la independencia de nuestros países y me encontré con varias cosas que me parecieron lecciones posibles. La primera es que con la legitimidad no se juega. Así como Fernando VI jugó con la legitimidad de la corona y la hizo pedazos, nosotros podemos hacer pedazos nuestra democracia si le echamos mucha lumbre a la queja del desencanto de lo que no nos da la democracia. La segunda es que la independencia dio lugar a una enorme cantidad de gobiernos débiles. Más vale diseñar institucionalmente gobiernos democráticos que puedan constituir con facilidad mayorías gobernantes. Es fundamental. La tercera es que la violencia de las guerras de independencia fue catastrófica. Se dice que la violencia es la partera de la historia, pero es una partera idiota: arruina lo que viene bien y empeora lo que viene mal. La violencia como solución de problemas públicos es la más cara de todas las salidas.
-Y el tema de las haciendas públicas...
-La nuestra es la misma historia de déficit, de préstamos forzosos, de impuestos especiales, de confiscación a los enemigos. Puras medidas de emergencia. Una asignatura pendiente impresionante. Pero como eso no tiene épica, como es una cosa de contadores y de financistas, aparentemente, nadie le hace caso. Y otro asunto notable que nos involucra a todos es la construcción de nuestros nacionalismos, que se hacen con base en la exclusión de nuestra identidad española. Como las guerras de independencia son contra los peninsulares y contra los realistas, entonces los criollos tienen que inventarse una identidad que no incluye las raíces hispánicas. Eso da lugar a muchos de nuestros nacionalismos, bastante xenófobos, arbitrarios y artificiales. Ahora que ya no hay duda de que cada país es una nación, lo que se necesita es quitar un poco las barreras nacionales y buscar una cooperación mucho más seria, en el espíritu bolivariano. Hacer una nación de repúblicas, como él decía: "Que no vaya a ser que la independencia dé lugar sólo a una colección de gobiernitos y republiquetas".
-¿Es lo que somos?
-No exactamente, pero tenemos una ciudadanía a medio hacer y una institucionalidad democrática que es nuestra novedad, más que nuestra costumbre, y la única forma de que ésta se asiente es encuadrarla en un horizonte de consenso de modernización, con altas expectativas de bienestar colectivo. Me gusta citar a John Wormack en una frase que dice: "La democracia no produce por sí sola una forma decente de vivir. Son las formas decentes de vivir las que producen democracia".
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=752699