Lo dijo Elie Wiesel, Nobel de la Paz 1983
NUEVA YORK.– ¿Adónde se guarda un premio Nobel?
–Bueno..., no sé. Mi mujer, haciendo orden, debe de haber metido el diploma en algún ropero.
–¿Y la medalla?
–Mmm, bueno..., no sé. En otro ropero, supongo.
Elie Wiesel se pone visiblemente incómodo con las preguntas. Al premio Nobel de la Paz de 1983, distinguido con la medalla a la Libertad de los Estados Unidos, la Gran Cruz de la Legión de Honor Francesa y ganador del premio Medicis a las letras, evidentemente no le gusta ninguna mención de sus logros ni honores. En su despacho del Upper East Side neoyorquino hay libros, libros y más libros –principalmente, en hebreo y en francés– invadiendo cada rincón.
Pero no hay ni una foto con los personajes de la política y la cultura que lo suelen frecuentar, ningún afiche de la presentación de sus novelas, diploma o recuerdo de nada que interrumpa la decoración, llamativamente espartana. Salvo por una imagen en blanco y negro de la casa en Transilvania, donde nació y vivió antes de ser enviado con su familia a Auschwitz.
Su sencillez es tal que en la llamada para pedir la entrevista, él mismo atendió el teléfono y se presentó con humor como “el secretario de mi secretario". Y a pesar de ser ciudadano norteamericano -si bien, literalmente, "por accidente", ya que después de un gravísimo choque con un taxi en Times Square pidió la residencia, al estar físicamente imposibilitado de salir del país cuando se le venció el permiso- mantiene algo de galán del Viejo Mundo. Al retirarme de su oficina, insiste en acompañarme y, personalmente, abrir y cerrar las puertas del ascensor antes de que siquiera pueda pensar en hacerlo el portero. Y nada de dar la mano, sino, por supuesto, el beso "continental" en ambas mejillas.
Con una profusión de disculpas, Wiesel cada tanto debe interrumpir la charla para atender llamadas urgentes desde Israel. De cada una, Wiesel, que estudió filosofía en La Sorbona y actualmente es profesor en la Universidad de Boston, retorna preocupado, pero con ilusión. "Estoy más lleno de esperanzas que nunca de que pueda haber paz entre palestinos e israelíes -dice el autor de la aclamada novela «Noche»-. Antes había un serio obstáculo: Arafat. Pocos días antes de ser asesinado, yo estaba comiendo con Rabin y él me dijo: «En un principio, fue la solución; ahora es el problema. Ese hombre es totalmente corrupto». La actual dirigencia palestina parecería, en cambio, dispuesta a aprender de los errores pasados. Pero para que el capítulo de Gaza pueda cerrarse mirando al futuro me parece que hace falta algún gesto de su parte, y hasta ahora no lo vi."
-¿Por ejemplo?
-A los judíos. El rey Salomón nos ordenó no regocijarnos cuando cae el enemigo. No sé si el Corán sugiere lo mismo, pero cuando en 1992 los misiles de Saddam Hussein cayeron sobre Tel Aviv algunos palestinos se pusieron a bailar en las calles y los techos de sus casas. Yo los vi: yo estaba en Jerusalén. Lo mismo pasó cada vez que un ataque suicida acababa con la vida de civiles en colectivos y restaurantes. Y es lo que estamos volviendo a ver en Gaza. Imaginemos que en vez de organizar marchas con milicias de enmascarados, ametralladoras en mano, disparando al aire y atacando sinagogas, los palestinos hubiesen elegido celebrar con orgullo y alegría, pero con respeto. Si el presidente Abbas y sus seguidores los hubieran exhortado a la moderación y a un poquito de comprensión hacia los judíos que se iban llorando, hubieran ganado una admiración mundial increíble. Quizás algunos puedan decirme que cuando los palestinos lloraban por la pérdida de sus hogares pocos israelíes se conmovieron. Es posible. Pero, ¿a cuántos israelíes alguien vio celebrándolo?
-¿Qué opina de la evacuación en sí?
-Desde un punto de vista militar, fue un éxito. Por eso y por su valiente decisión de buscar un futuro de paz, aun con el tremendo costo político presente, el primer ministro Sharon merece ser elogiado y apoyado. Es increíble que un hombre con su pasado militar, en el que tuvo que luchar tanto por el territorio, sea el que decida entregarlo. Prueba que Israel quiere, y siempre quiso, la paz. Aun así, algunas de las imágenes que se vieron en la televisión eran tan duras que eran difíciles de soportar. No nos olvidemos: éstos son hombres y mujeres que vivieron allí 38 años. Sucesivos gobiernos, de todo el espectro político, los incitaron a establecerse allí. A los ojos de sus familias, eran pioneros cuyo idealismo debía ser celebrado. Y ahora debieron abandonarlo todo, sus posesiones materiales, pero también sus recuerdos, sus vidas, los muertos de sus cementerios. Algunos se comportaron de manera ofensiva, insultando y agrediendo a los soldados. Pero la mayor parte respondió con una enorme dignidad: con lágrimas. Como unidos en la misma gran congoja, soldados y evacuados lloraban juntos. Ojalá que del otro lado respondan con el mismo deseo de hacer sacrificios en pos de la paz.
-Sin embargo, la crítica feroz contra Israel no parecería disminuir. ¿A qué lo atribuye?
-Lo más duro para mí es que la crítica despiadada, que incluso compara a Israel con la Alemania nazi, venga de la extrema izquierda. El origen de este nuevo antisemitismo puede encontrarse en la primera intifada, durante la cual muchos periodistas y analistas perdieron todo control al narrar lo que pasaba. Es cierto, ver a unos chiquitos armados con piedras enfrentando a unos tanques es un espectáculo deliberado que hipnotiza a cualquiera. Pero siempre resulta más fácil criticar a los soldados que a los padres que mandan a sus hijos a la línea de fuego. Además, dado el antiamericanismo imperante, el apoyo de Estados Unidos irrita a muchos. Si a esto sumamos el factor religioso y todo lo que implica un Estado judío, el cóctel es previsiblemente explosivo.
-¿Es la desesperación la causa de la pobreza y la opresión la causa del terrorismo?
-La pobreza y la opresión deben ser combatidas a escala mundial. De eso no hay duda. Pero no hay que olvidar que la mayor parte de los terroristas del 11 de Septiembre pertenecían a familias pudientes. Ni qué hablar del mismísimo Ben Laden. Por otro lado, hablar de desesperación cuando se elige la muerte no para morir sino para matar, y encima a civiles, no parece lo más lógico.
-Después de su paso por los campos de concentración usted no escribió nada en diez años. ¿Podría contarnos la célebre historia de cómo tomó la pluma?
-Bueno, creo que el silencio puede ser un testimonio en sí, y yo quería que mis palabras, si salían, fueran las correctas. Yo era un joven periodista en París y quería una entrevista con el primer ministro, que era judío, Mendez France. Su maestro era el gran escritor católico François Mauriac y me acerqué con la intención de pedirle que intercediera por mí. Eso llevó a largas conversaciones con Mauriac, un hombre de enorme integridad y honestidad. Pero sólo hablaba de Jesús. Por ejemplo, si yo le sacaba el tema de Mendez France me decía: "Está sufriendo como Jesús". En un momento del cual no dejo de arrepentirme no aguanté más y le dije, descortés por primera vez en mi vida: "Basta del sufrimiento de Jesús. Yo he visto en los campos de concentración chicos, miles de chicos judíos sufriendo así, y de eso no hablamos". Y me fui. Mauriac salió corriendo tras de mí, llorando como jamás vi a un hombre llorar. Me sentía un criminal: él no lo merecía, había sido un miembro de la Resistencia. Nos quedamos un largo rato, él llorando desconsolado y yo envuelto en mi remordimiento, hasta que al final me dijo: "Sabes, quizá sí deberías hablar de ello". Y así empecé a escribir mi narrativa. En cuanto fue traducida del idish al francés, inmediatamente se la mandé. Fuimos íntimos, los más grandes amigos, hasta su muerte.
-La primera versión, en idish, de su célebre "Noche" fue publicada en la Argentina antes que en ningún otro lado, ¿verdad?
-Sí, esas cosas raras que pasan, totalmente por accidente. Yo estaba, en realidad, en un barco camino a Brasil, con un grupo de refugiados judíos a quienes no se dejaba desembarcar, y sobre los que estaba haciendo un reportaje como periodista. Pero la verdad es que durante el cruce del Atlántico finalmente me había puesto a escribir mis recuerdos de los años que pasé en el campo de concentración. Casi no había salido del camarote. En la escala en Buenos Aires subieron a visitarme a bordo una prima y su marido, una cantante en idish amiga de amigos y Mark Turkov, un editor de libros de temas judíos. Como me había vuelto una especie de vocero de los refugiados, compartí con él mi preocupación por su futuro. Estaban enfermos y exhaustos y nadie los dejaba desembarcar. Mientras hablábamos, Turkov vio que tenía un manuscrito, del cual nunca me separaba, y preguntó qué era. Se lo conté a grandes rasgos, y también le dije que estaba sin terminar. "Dámelo igual. Si es bueno, lo voy a publicar", me dijo. Yo no podía entender cómo un editor podría estar interesado en los tristes recuerdos de alguien que apenas había conocido en un barco, rodeado de refugiados a los que nadie quería, pero se la di igual. Era mi única copia, pero él se comprometió a enviármela a París, fuese o no rechazada por la editorial.
-¿Y entonces?
-Bueno, respecto a los refugiados, las comunidades judías sudamericanas movieron cielo y tierra y finalmente pudieron desembarcar en San Pablo. Y para fin de año recibí de Buenos Aires la primera copia impresa de mi testimonio, que era mucho más largo que lo que terminó siendo "Noche" y entonces se llamaba "Y el mundo se quedó callado". Turkov mantuvo su palabra, ¡excepto que nunca me mandó el manuscrito original de vuelta a París!
-En una entrevista con la revista Time dijo que entonces "El diario de Anna Frank" era lo más profundo que la gente quería aventurarse en la oscuridad. ¿Tanto le costó luego publicar su libro en Estados Unidos y Europa?
-Sí, y a pesar del apoyo de Mauriac, que era el escritor más famoso de Europa y que personalmente lo llevó de editor en editor. La gente no quería hablar del Holocausto entonces, me decían que nadie quería escuchar esas historias. Al final, una editorial pequeña, pero valiente, en Francia, y otra parecida en Estados Unidos lo tomaron. Pero en los tres primeros años no llegué a vender más de 1500 copias. Escuché decir que Borges escribió notitas de agradecimiento a cada una de las personas que habían comprado su primer libro. Yo podría haber hecho lo mismo.
-¿Y hoy sigue las noticias de la Argentina?
-Ya muy poco. Me parece que, al menos en temas de derechos humanos, la cosa está significativamente mejor y hay casos más urgentes a los que les presto atención. Yo iba, por ejemplo, cuando Timerman estaba detenido, para intentar entrevistarlo y hacer esfuerzos diplomáticos para su liberación, porque me parecía un caso muy importante. Pero hoy mi gran conexión con la Argentina es a través de Borges, al que no me canso de releer. Lo conocí personalmente. Estuve con él un par de veces en conferencias internacionales en las que ambos éramos invitados. Le tengo una enorme admiración. Sobre todo, las cosas bien cortas que escribió me parecen cada vez más brillantes.
-¿Le resultó muy difícil pasar de periodista a escritor?
-No, porque, finalmente, siempre se trata de palabras. Como periodista, ya hace muchos años que no hago nada, pero se extraña eso de sentirse tan cerca del centro neurálgico de la historia contemporánea. Y hay un misterio que nunca pude entender. Como periodista, uno tiene que escribir de temas muy complejos, condensarlos y ponerlos de manera entendible, muy, muy rápido, porque el cierre es sagrado. Y, de alguna manera, los textos salen. Cuando pasé a ser escritor, mi mayor sorpresa fue que uno pasa meses escribiendo algo, repensándolo. Pero en vez de ser lo que uno podría haber escrito como periodista, aunque mucho mejor y más cuidado, en general a uno no lo satisface y termina en el papelero.
-Hablando de palabras, a usted se le adjudica haber usado por primera vez el término "Holocausto" para hablar del exterminio nazi.
-Sí, pero no es que haya sido una decisión consciente. Estaba trabajando en un ensayo sobre el sacrificio bíblico y por accidente comencé a explorar todas las implicaciones de la palabra "holocausto" y su conexión con una palabra en hebreo que suena parecido, "ola", que hace referencia a una ofrenda quemada. Pero es una palabra que no uso más. De pronto todo se volvió el Holocausto: está completamente trivializado. Hasta escuché cierta vez a un relator de béisbol referirse como un "holocausto" a la manera en la que había perdido un equipo. Holocausto se aplica a los seis millones de judíos asesinados en la Segunda Guerra. Incluso durante el conflicto en los Balcanes, escuché a periodistas hablar de "los holocaustos de Bosnia y Auschwitz". Fui a Bosnia. Fue terrible y me puse a trabajar con todo mi ser para ayudar en todo lo que podía. Pero yo estuve en Auschwitz: el Holocausto fue otra cosa.
-Con todo lo que vivió, ¿es optimista respecto al futuro?
-Si pienso en mí mismo, no. Pero si pienso en los chicos, aun en mis propios alumnos, no tengo el derecho de ser pesimista. Merecen no sólo un mensaje de esperanza, sino que todos trabajemos para concretar un mundo mejor.
-¿Y sigue tomando taxis en Nueva York?
-¡Claro! Todo Manhattan está muy cercano a mi corazón. Cuando yo tenía el status de apátrida, conseguir los papeles en el consulado francés para volver a París fue imposible, con una enorme burocracia. Años más tarde, durante el gobierno de Mitterrand, me ofrecieron ser francés, pero decliné. Cuando necesité un pasaporte, el único país que me lo dio fue Estados Unidos. Y respecto a los taxis, mi accidente fue que me pisó uno cuando yo cruzaba la calle. ¡Así que vivo arriba de ellos! Lo peligroso de los taxis neoyorquinos no es estar adentro, sino afuera de ellos.
Por Juana Libedinsky
Para LA NACION
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