ALBERTO MINUJIN, SOCIOLOGO
La Argentina viene de una brutal pérdida de sus ventajas competitivas. Por eso, acertarán los políticos que logren cambiar el régimen tributario e invertir en los jóvenes, la educación y el desarrollo científico.
Entrevista: Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com
A propósito de la proximidad del bicentenario, hay abundancia de informes y estudios sobre los problemas y desafíos que nos esperan. ¿Qué futuro proyecta este presente para nuestro país?
—La circunstancia actual de relativa estabilidad y normalidad política y económica promueve y vuelve más necesaria, creo yo, la discusión siempre presente acerca de cuánto podemos y debemos hacer para orientar el futuro y para que éste no sea tan solo una proyección de los condicionamientos del pasado. Hay condiciones en el contexto externo y en el nacional que, efectivamente, debemos reconocer con realismo. Y hay oportunidades, también, que podemos detectar para responder de manera creativa como sociedad y como país. Lo primero es diferenciar entre ser condicionados, tener condicionantes y estar determinados; entender que no tenemos infinidad de caminos posibles, pero sí alternativas.
# En otros tiempos se preguntaba por la "contradicción fundamental". ¿Cuáles son actualmente esas disyuntivas cruciales para nuestro país?
—Una primera que se está planteando es quedar atrapados por los ciclos de ilusión y desencanto o producir pequeños pero sistemáticos pasos que consoliden la perspectiva de otro futuro. Venimos de años de acostumbramiento a la caída constante, en los que la tarea de la política, en el mejor de los casos, se limitó a superar la emergencia y resolver las urgencias. Venimos de un cuadro social dramático, en el que por primera vez en generaciones los jóvenes observan que están peor que como estuvieron sus padres. Todavía no se han logrado regenerar las tramas sociales destruidas durante la dictadura, pero una generación después, tenemos otras laceraciones en el cuerpo social.
# ¿Cómo explicar, en este cuadro de deterioro social, la capacidad de recuperación de estos últimos años?
—Tenemos un país con una cantidad de habitantes más que manejable, una baja tasa de crecimiento demográfico, abundancia de recursos y una sociedad que en las situaciones de crisis encuentra caminos. Son factores que juegan a favor. La gravedad de la última caída del 2001 y un mínimo de sensatez e inteligencia en los dirigentes combinaron una mezcla que permitió esa recuperación. Pero lo que encontramos al mismo tiempo es que vivimos en otra sociedad, diferente a la que conocimos una generación atrás. La clase media sufrió embates de los que aún está lejos de haberse recuperado.
# ¿En qué áreas se nota más esto?
—Los indicadores educativos son por demás ilustrativos de esta caída y, al mismo tiempo, de la capacidad de adaptación y supervivencia. La educación sigue siendo un valor en la Argentina, el 90 % de los chicos termina la escuela primaria, eso no pasa en todos los lugares del mundo. En la secundaria se produce una ruptura, por dos factores: la necesidad de buscar trabajo y la propia crisis de sentido en el sistema educativo, que no retiene a los jóvenes, que se socializan más abruptamente de otros modos. Pero la educación sigue siendo un valor, y esa ha sido una característica de nuestra clase media. Es lo que también se observa con los consumos culturales: es asombroso que en medio de las crisis que tuvimos haya prosperado esa oferta y esa creatividad.
# Los rankings internacionales muestran estos contrastes; sorprende la ubicación de Argentina como país más desarrollado de América latina, y por otro lado, los récords en el aumento de la desigualdad.
—Este es un país en el que la inequidad y la disparidad se han incrementado de manera escandalosa. Nunca fuimos un país equitativo, pero había grados muchísimo más altos de equidad. A comienzos de los 70, el 50% del producto se lo llevaban los asalariados. Hoy bajó a poco más del 20%. Tenemos una torta que se achicó y se distribuye distinto. Otro indicador de cambio brutal es el nivel de desempleo. Más de diez años con tasas de desempleo del orden del 15 o 20% supone millones de familias que no han conocido una fuente de trabajo e ingreso estable. ¿Cuántos chicos se crían y crecen en esa situación?
# ¿Cómo afecta este drama social la inserción externa de nuestra economía?
—Países de ingreso medio, como la Argentina, están en una situación complicada para insertarse en el mundo globalizado. Sabemos que hay básicamente dos caminos de inserción; el de los países que controlan las altas tecnologías, y el de las economías emergentes o de desarrollo intermedio que, con salarios muy bajos, un cierto grado de institucionalidad y educación, pueden copiar tecnologías y atraer la inversión externa. Países como el nuestro, que tuvo un potencial de desarrollo tecnológico e industrial importante pero lo desmanteló, que tuvo un nivel educativo destacado pero lo fue perdiendo, que tuvo una clase media extendida y bastante homogénea pero la castigó impiadosamente, sumó a ello una creciente y escandalosa desigualdad distributiva y un empobrecimiento de amplias capas de la población.
# Con tasas de crecimiento como las actuales y estos índices de desigualdad y de inequidad, ¿qué consistencia tiene la opción clásica que indica que hay que elegir entre apostar a la acumulación o la distribución de la riqueza?
—Estamos en un momento en el cual podemos marcar un rumbo para un lado o para otro, pero obviamente no en esos términos. No se trata de apostar a la inversión postergando la distribución o mantenerse con los actuales niveles de crecimiento acompañado por asistencialismo. Hay una oportunidad, como la hubo hace una década, pero en aquel momento se utilizó esa ola favorable para hipotecar el país y dejar afuera en términos sociales al 60% de la sociedad. Ahora habría que ver si podemos ir hacia una sociedad distinta. Y eso requiere de ciertas medidas claras, de proyectos y fuerza política para llevarlos adelante. Y en primera instancia requiere una mejor distribución de las oportunidades y redistribución del ingreso, que ha sufrido una regresión inadmisible para un país que pretenda un destino razonable.
# En qué tipo de políticas "originales" se puede pensar para transformar el crecimiento en una estrategia de desarrollo?
—Hay dos terrenos en los que se debe actuar simultáneamente; el de las políticas distributivas, que se refiere a mejorar los niveles de empleo, ingresos y condiciones de trabajo, y el de las políticas redistributivas, o indirectas, en el que es necesario analizar cuánto y de quiénes recibe el Estado ingresos —impuestos— y cómo se invierten esos recursos en servicios públicos básicos como salud y educación. En este último terreno es mucho lo que puede hacerse para mejorar la distribución del ingreso y abordar la cuestión social.
# ¿Se refiere a la reforma del sistema tributario?
—Efectivamente. La estructura tributaria argentina redistribuye al revés a través de un IVA altísimo, que castiga más a los que más consumen, de manera que cuando aumenta el consumo, aumenta la recaudación, pero se mantiene la inequidad. Además de eso, se lo cargamos a todos los productos en paquete, sin discriminar tipos de consumo: paga lo mismo la leche que el whisky. No hay escalas por niveles de consumo ni tarifas sociales en servicios, falta una política clara en esa materia. Y todos estos son esquemas redistributivos que pueden mejorar la situación de los más desfavorecidos.
# Hablando del futuro, ¿cómo mejorar la situación de la infancia y los jóvenes en riesgo?
—Debería ser esta la preocupación central de toda política de corto y mediano plazo: maximizar un grupo de derechos mínimos y básicos. Hay algunos derechos que deben ser universales, para todos, no puede haber discusión en esto: primero, nacer con seguridad, tener asegurado el desarrollo temprano de nuestros niños en todo el país; segundo, tener su desarrollo anímico garantizado, el cuidado de nuestra infancia en la etapa preescolar. Luego, transformar y expandir el sistema educativo, que debe ir más allá de ámbitos escolares. Tenemos a las primeras generaciones nacidas en la democracia ya en condiciones de asumir responsabilidades adultas: su futuro no debe, no puede, ser peor del que vivieron sus padres.
Copyright Clarín, 2005.
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