La ciudad esconde los trabajos de construcción detrás de paneles y cercos. ¿Y si los edificios se levantaran como un espectáculo a la vista de todos?
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Un amigo mío, que vive en Chile y enseña historia de la arquitectura, tiene la idea de que los edificios en construcción, en lugar de molestar el paso de la gente y del transporte, deberían convertirse en máquinas visibles que muestren a todos la forma en que están produciendo un nuevo objeto en la ciudad. Mi amigo cree que, así como es interesante visitar una fábrica, sería instructivo que, junto a los obstáculos que la edificación levanta de manera temporaria, ofreciera el secreto de sus procedimientos. De ese modo lo que es simplemente una molestia se convertiría en un espectáculo. También sostiene que las cuestiones de seguridad, como la caída de media tonelada de cemento sobre una jubilada y sus nietos, podrían ser perfectamente solucionadas. La ciudad se mostraría así en su perpetuo hacerse y deshacerse, en lugar de ocultar esa dinámica detrás de cercos que incomodan y, además, son feos e inertes. No sé si la idea de mi amigo es practicable, pero estoy segura de que es interesante. Una experiencia realizada a lo largo de los últimos meses confirma la curiosidad suscitada por los vallados que ocultaron una gran obra en construcción y funcionaron como un telón detrás del que yo y probablemente muchos otros adivinamos que
tenía lugar una actividad llena de frenesí y suspenso, de progreso y de enervantes detenciones, de planificación racional y de azar. Cuando la obra, vulgar desde el punto de vista de su arquitectura pero seguramente cargada de complicaciones técnicas, estuvo cerca de su fin, una tarde de sábado, se estacionaron frente a ella dos grúas de más de ocho pisos de altura. Su misión era colocar y ajustar sobre el frente del edificio las marquesinas, las luces y los logotipos gigantescos que iban a darle su identidad comercial final. Curiosamente, las dos grúas se parecían a los juguetes que, a su vez, las imitan: o sea que su tamaño y la nitidez de su amarillo prometían una diversión que el barrio siguió desde la mañana hasta
las diez de la noche.
Lo que hicieron las grúas fue sin duda uno de los momentos de culminación espectacular en la construcción del gran edificio. El banal y poco refinado complejo de salas y servicios para el tiempo libre había sido, durante meses, un fascinante enigma de técnicas constructivas que se mantuvieron escondidas hasta el momento en que la fachada fue cubierta por los paneles con un nombre y un logotipo. Seguramente, mientras estuvo tapiado por el cerco de madera que ocultaba el trabajo, pasaron cosas tan atractivas como las de ese sábado a la tarde. Todos los días yo espiaba, sin poder ver mucho, a través de las rendijas entre las lisas tablas que cumplían la función de aislar la construcción de la calle y también de volverla misteriosa, aunque sus efectos (ruidos, barro, cortes de tránsito) fueran experimentados por todos. No era sólo la curiosidad de alguien ajeno a la técnica.
La ciudad, excepto que se encamine hacia su desaparición, no se detiene. Según la teoría de mi amigo, esa dinámica continuada, llena de errores, correcciones y también de aciertos, debería mostrarse en su acontecer técnico y en su intensa dimensión de trabajo humano: como algunos restaurantes finos que tienen la cocina a la vista, o como los viejos artesanos, que ya casi no existen, que trabajaban detrás del mostrador y se comunicaban, sin soltar sus herramientas, con sus eventuales visitantes. Esto acabaría con la idea de que el edificio se muestra recién cuando está completo, como si una intervención de cuarenta metros de frente y veinte de altura debiera esperar el momento de ser desvelada, según el modo en que
tradicionalmente se retira el velo de una nueva estatua.
El misterio de la imagen final desaparecería, sin duda, pero el proceso por el que se llega a esa imagen sería infinitamente más instructivo, ya que no se puede garantizar la buena arquitectura de un nuevo edificio pero sí es seguro que se puede mostrar la complejidad de la máquina tecnológica que lo hizo posible. Si la ciudad no puede ser invariablemente bella, puede ser, en cambio, siempre entretenida.
http://www.clarin.com/diario/2005/10/30/sociedad/s-01080378.htm
GINO COSTA, EXPERTO EN SEGURIDAD Y REFORMA POLICIAL
En los años 90, toda América latina se abocó a reformas de sus estructuras policiales con la idea de modernizarlas, transparentar sus funciones y acercarlas a los ciudadanos. Los resultados son muy pobres.
Claudio Martyniuk.
cmartyniuk@clarin.com
Tal vez por herencia del autoritarismo y la violencia, nuestra región parece condenada a los abusos y arbitrariedades policiales. ¿Qué puede, qué debe hacer la democracia con la policía?
—Pues establecer la confianza del ciudadano en ella. Y eso pasa, desde el poder político, por introducir cambios que le permitan transparentar su actuación, acabar con cualquier forma de corrupción y profesionalizar su funcionamiento. Parece sencillo, pero resulta una tarea bastante difícil. Eso, de una u otra manera, hemos intentado en América latina desde que a principios de los 90, en el contexto de los procesos de paz en Centroamérica, se inician procesos de creación de nuevas policías o reforma de las anteriores. El fin de los regímenes militares en América del Sur también dio inicio a algunos procesos de reforma y modernización policial, pero en general con resultados dispares y sin éxitos que cautiven la imaginación, hasta ahora.
# Frecuentemente los intentos de reforma quedan limitados a purgas y cambios de la cúpula. ¿Esto es suficiente?
—En muchos casos la depuración de las fuerzas policiales, sobre todo en los altos mandos, es un componente imprescindible para iniciar un proceso de cambio, más si esas cúpulas están vinculadas a intereses ajenos a la función policial, como suele ocurrir. Pero de ninguna manera los procesos de cambio pueden agotarse ni en depurar el alto mando ni en depurar el conjunto del cuerpo policial. Yo creo que tiene que ir acompañado de un conjunto de otras medidas: mecanismos más estables para identificar problemas de corrupción y de abuso en las policías, y sistemas de sanción que permitan separar de la institución a quienes le causan el daño. De alguna manera, también se debe revalorizar la función policial. Los cuerpos policiales que tenemos en la región perpetúan el abuso, sobre todo del personal subalterno, y esto es tremendamente dañino para la moral institucional y para la necesaria mística y vocación de servicio que el personal debe tener y, por supuesto, para que esa policía brinde el trato respetuoso que queremos que dé al ciudadano. De manera que la exigencia de respeto a los derechos de los ciudadanos tiene que ir acompañada de esfuerzos para hacer que las instituciones traten bien a su personal, y por garantizar que los mandos policiales no abusen de la autoridad que tienen en su relación con el personal subalterno. Yo diría que ése es otro componente importante en cualquier proceso de reforma policial, es decir, cambiar la cultura institucional. En la que hoy domina, quien tiene poder lo ejerce casi sin límites. Un policía con relativo poder frente a un ciudadano casi sin poder va a repetir el tipo de conducta que ha vivido en su propia institución.
# ¿Cómo debería intervenir el poder democrático en la dirección de las escuelas policiales?
—Hay dos cosas por reformar: uno, el plan de estudios; y dos, el conjunto de reglas no escritas, de conductas que se aprenden en las escuelas, que tienen normalmente estructuras muy jerárquicas. Hablo de una disciplina muy militar donde se permite el abuso, no se explican ni justifican las medidas que se toman y, por tanto, no se forma un efectivo policial con capacidad de razonar y resolver problemas.
# ¿Cómo debe ser el policía que está en el espacio público?
—El policía normalmente está en la calle solo y tiene que ser una persona con mucho criterio. Y en ese sentido, la típica formación cuasi-militar que reciben nuestros policías en las escuelas no los prepara para tener una relación respetuosa y horizontal con la ciudadanía y para ser el policía que resuelve problemas, que sirve a la comunidad.
# ¿Qué sucede con los controles internos, que parecen más bien dispositivos de protección de los policías que cometen abusos?
—Ha primado un muy mal entendido espíritu de cuerpo, por el cual un policía no investiga a otro que habría obrado mal. Así se perpetúa un sistema de encubrimiento de las prácticas reñidas con la función policial y el servicio a la ciudadanía. Y esto le hace un daño tremendo a la legitimidad que la institución debe tener y a la confianza ciudadana en la institución. Entonces, lo que tenemos es un círculo vicioso donde la institución policial está desvinculada de la ciudadanía, y al estarlo no puede brindarle a ésta un buen servicio. En algunos casos terminamos teniendo policías involucradas en la actividad delictiva, en lugar de ser policías que protegen a la ciudadanía de los delitos.
# ¿Cómo se modifica esto?
—Inevitablemente hay que pasar por un proceso de depuración, establecer nuevos mecanismos de supervisión y, luego, transparentar lo más posible la actuación policial, para que la ciudadanía y los medios de comunicación puedan cumplir, de manera constante, una labor de supervisión sobre la actuación de los cuerpos policiales. En relación con los mecanismos de control, yo creo que lo que pasa es que estos sistemas están en manos de los propios policías. Tenemos que dar un paso más allá y hacer un esfuerzo por seleccionar buena gente para que desarrolle esa función, pero también, paralelamente, establecer sistemas de control integrados por civiles ajenos al cuerpo policial. Entre otras cosas, porque al ser parte de un cuerpo vertical, los policías no están en condiciones de presentar a una autoridad policial una denuncia contra un jefe policial involucrado en hechos de corrupción, porque es muy mal visto y terminaría procesado el denunciante, cosa que no ocurriría si puede presentar la denuncia a alguien ajeno al cuerpo.
# ¿Por qué suelen quedar inconclusas las reformas policiales?
—Es a nivel político que estos procesos se abandonan, porque los políticos pueden ver con buenos ojos —o con malos— los procesos de reforma y modernización institucional como los referidos. En la experiencia peruana, el proceso de reforma se frustra por resistencias internas de la Policía y por falta de decisión política del Presidente de la República —el doctor Toledo— de confrontar esa resistencia, cosa que hubiera podido hacer, pero a un costo. Si tenemos democracias frágiles, con una calle muy movida, con mucha protesta social, donde la policía resulta ser el último dique de contención de la protesta social, y por tanto, de la subsistencia del régimen, nuestras democracias terminan cediendo a las presiones policiales porque prefieren contar con ese respaldo.
# ¿Cómo mejorar el vínculo entre policía y comunidad?
—Las críticas que hay a la policía están normalmente referidas a la inmoralidad de algunos policías y al encubrimiento de esas conductas por parte de la institución. Yo creo que es la principal fuente de deslegitimación de la actividad policial. A pesar de ello, hay una demanda y un reclamo muy extendido de mayor presencia policial, porque la gente siente que la policía es el cuerpo responsable de brindarle seguridad. Lo que ha ocurrido en todos nuestros países es que, por efectos del rol que las policías han jugado durante los regímenes militares, y como consecuencia de la corrupción, que también de alguna manera se incuba en contextos de gran impunidad como los que acompañan a regímenes militares, las policías han terminado con un gran descrédito frente a la ciudadanía. Si nosotros no tenemos policías que inspiran confianza en la ciudadanía, no vamos a tener a ciudadanos que quieran trabajar con ella, ni ciudadanos que quieran voluntariamente colaborar con información, porque saben que hay un riesgo al hacerlo.
# Un lustro atrás, en una encuesta entre chicos, las comisarías porteñas eran el lugar que les provocaba más miedo. ¿Puede modificarse esta percepción?
—Hay que abrir las dependencias policiales al público, airearlas, transformarlas en lugares de atención a la comunidad, donde la gente sea recibida con amabilidad. Eso pasa también por la reeducación del personal policial. Y en muchos casos, por la formación de nuevos policías jóvenes que vengan con una cultura diferente. Hay que reclutar a personal que venga con una formación civil, sin la tradición y la disciplina militar. Estudiantes que simultáneamente puedan asistir a la universidad para tener una carrera paralela. Yo creo que ese tipo de cosas van a darnos una policía con una actitud y una mentalidad diferentes.
Copyright Clarín, 2005.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/10/30/z-01080547.htm
El jurista critica el desempeño del Estado
“Nuestro problema es que el Estado está divorciado de la sociedad. Como decía Ortega y Gasset, es un Estado ortopédico que no da soluciones, sino que paraliza y mutila. Nuestros dirigentes están enfrascados en la política menuda, perdieron el horizonte y le dan la espalda al mundo.”
Pedro David, quien sostiene que no hay futuro sin obediencia a la ley, fue elegido hace pocas semanas por la Asamblea General de las Naciones Unidas como juez ad litem (para resolver determinadas causas) del Tribunal Penal Criminal Internacional de la ex Yugoslavia y Ruanda, con sede en La Haya.
En rigor, David conoce de cerca ese tribunal, porque hace cuatro años el secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, lo designó integrante del grupo de cinco expertos para evaluar su funcionamiento. Ahora, con el apoyo de 159 países, David se convirtió en el único jurista latinoamericano elegido para ese cargo.
Se doctoró en Sociología en la Universidad de Indiana, y en Derecho y en Ciencia Política en universidades argentinas. Fue cofundador de la Universidad Kennedy. Es profesor de la Universidad de Buenos Aires y de casas de altos estudios norteamericanas y dictó clases y conferencias en todos los continentes. Además, desde hace doce años se desempeña como juez de la Cámara Nacional de Casación Penal, cargo que lo aprisionó en una realidad que siente estrecha, por momentos insular.
No será este cargo el primero que desempeñe en las Naciones Unidas, donde desarrolló una trayectoria muy dilatada: es consultor de esa organización desde hace treinta años; actuó en cargos de conducción en organismos especializados en prevención del delito, con sedes en Viena y San José de Costa Rica, y, desde 2003, es miembro del consejo asesor del Instituto Interregional de las Naciones Unidas para Investigaciones sobre la Delincuencia y la Justicia (Unicri).
-¿Considera usted que el divorcio entre las autoridades y la sociedad es más marcado durante la gestión de Néstor Kirchner?
-El problema no es de este gobierno, o no es exclusivamente de este gobierno. En la Argentina, el divorcio entre Estado y sociedad ha sido constante, porque las autoridades están siempre detrás de las necesidades. En lugar de ser como la piel del cuerpo, el Estado lacera el cuerpo social. El Estado argentino corta los miembros de la sociedad para satisfacer los caprichos políticos de la coyuntura.
-¿Cuándo comenzó el divorcio?
-La decadencia argentina comenzó a agudizarse en la década del 30. En 1911, el cónsul británico en Buenos Aires le envió una carta a su gobierno señalando que la Argentina era un país mucho más avanzado que los que integraban el Commonwealth, pues alcanzaba el sexto lugar en PBI, duplicaba la producción de Brasil y de Japón y triplicaba la de Italia y tenía el doble de automóviles per cápita que Londres. En 1914 había cien mil franceses en el puerto de Buenos Aires para ingresar en el país. En cambio, hoy, nuestros jóvenes emigran y las inversiones se van del país.
-¿A qué lo atribuye?
-Hasta entonces, nuestros gobiernos habían tenido una visión geopolítica global y habían hecho de cada habitante un ciudadano, cosa que Europa no había podido lograr, por lo cual el país atraía a los europeos. Ahora, nuestros dirigentes tienen una visión corta, enfrascada en la política cotidiana y pequeña.
-¿Es posible salir de esta situación o no hay remedio alguno para esta ceguera?
-Sí, es posible emerger, pero no será fácil hacerlo. Por un lado, la clase política se enfermó de corrupción. Y, por el otro, la sociedad se volvió un archipiélago: las leyes se aplican parcialmente, sólo a determinados sectores, y la clase política y la burocracia gozan de una casi total impunidad. Por eso, no tiene sentido en nuestro país cambiar las leyes penales, porque no tenemos una tradición social que imperiosamente imponga su aplicación imparcial y universal a todos los habitantes. Los argentinos gustamos de mencionar muchos principios jurídicos, pero eso es un fraude, porque la autoridad no se somete a la ley y se desmorona el Estado.
-Parecería que en América latina este vicio impacta con más peso que en otras latitudes.
-En nuestros países la situación se agrava por las dificultades de acceder a la Justicia, la deficiente formación ética de los funcionarios, la duración indebida de los procesos y, en especial, por las complicadas estructuras, urbanas y burocratizadas, del Poder Judicial. Por otro lado, la sociedad es altamente polarizada, con fisuras profundas de inequidad social. Por eso debemos mejorar las respuestas de la Justicia. Son importantes la conciliación y el arbitraje como alternativas a la prisión.
-¿Existe solución al problema globalizado del terrorismo?
-El terrorismo plantea a las sociedades occidentales un dilema, que es la tensión aguda entre la persecución penal y las garantías individuales de los terroristas detenidos y de los ciudadanos. Pero ése es tan sólo un dilema aparente. Expuse sobre este asunto en el plenario del XI Congreso de Prevención del Delito, celebrado en Bangkok, Tailandia, y estoy convencido de que bajo ninguna circunstancia pueden violarse las garantías de los pactos internacionales de derechos humanos. El derecho penal antiterrorista debe seguir siendo un derecho legítimamente democrático, válido institucionalmente y eficaz frente a la realidad del delito organizado.
-Sin embargo, las autoridades de los Estados Unidos parecen, en ocasiones, estar dispuestas a violar esos derechos.
-Ese es un precio demasiado alto. Incluso, se acusa a los Estados Unidos de enviar a los detenidos a otros países, donde pueden ser interrogados sin las mismas garantías que les aseguraría la legislación norteamericana tradicional.
-El drama es que la Corte Penal Internacional, creada en Roma, no da muestras de servir para ponerles fin a los abusos.
-Algunos países están criticando esa situación, es cierto. Pero la situación internacional es muy compleja y, por otro lado, debe entenderse que la Corte Penal Internacional sólo está en una etapa inicial de desarrollo. Por lo pronto, su mera creación ya entraña un paso positivo en la erradicación de la violencia. No cuente la historia en años, sino en una unidad mayor, quizás en décadas.
-Una de sus especialidades es la prevención del delito. ¿Es posible hablar de eso en países en los que todo contrato social parece inviable?
-No puede pensarse un aspecto sin el otro. La prevención es un proceso educativo. Hace dos o tres semanas, durante mi última visita a Japón, leí un folleto en el que, al pedir a los ciudadanos que jamás crucen una calle con luz roja (agrego que casi nunca los japoneses cometen esa infracción), se recomienda observar esa norma aunque ningún vehículo aparezca. El folleto decía: "No lo haga. Si lo ve un niño, aprenderá que la ley puede ser violada. Y ese impacto condicionará su vida". Es el efecto pedagógico del ejemplo. Entre nosotros, la infracción es un hecho cotidiano. Las cometen todos, incluidos los ciudadanos, y el Estado refuerza esa situación con la impunidad.
-Muchos políticos proponen reformar la ley, antes que cumplirla...
-Si no se cambia el hábito de desobedecer la ley, no hay futuro. Las reformas penales, para tener éxito, deben ser planificadas. No pueden ser parches, porque por ese camino se destruye el sistema y se lo torna incoherente. Finalmente, hay que tener en cuenta que no todos los países están igualmente preparados para recibir modelos copiados del extranjero. En una sociedad global hay que seguir prestando atención a las particularidades de cada sociedad. Las culturas centrales emanan un efecto de halo sobre las periféricas, pero las respuestas penales no son exactamente exportables.
-Aparecen recurrentemente casos graves de corrupción, como los de la Argentina, en otros momentos, y, ahora, los de Brasil y Ucrania, entre otros muchos países. ¿No hay, acaso, forma de prevenir esa epidemia?
-La corrupción no puede realizarse sin complicidad o tolerancia del Estado, donde también se originan las disfunciones que circulan por el resto de la sociedad. La corrupción también se nutre de fallas en la educación y de la ausencia de inexorabilidad de los controles preventivos y represivos, tanto los del Estado como los de la sociedad. Pero, lamentablemente, la posibilidad de aplicar sanciones penales por momentos parece rebasada y los Estados no se muestran interesados en aplicar todos sus recursos para fomentar una más estrecha cooperación internacional.
-Pero, ¿existe solución para el flagelo de la corrupción o estamos condenados a vivir con una doble moral, por la cual el Estado es corrupto a la vez que les exige a sus ciudadanos que sean honestos, castigando a los infractores?
-Es posible hacerlo si hay voluntad política vigorosa de erradicar la corrupción y las instituciones no estatales se comprometen en la tarea con un proceso educativo que promueva el cumplimiento de la ley. Fíjese en Finlandia, Suecia y Hong Kong, que por ese camino superaron el problema y actualmente aparecen como líderes de transparencia en todas las mediciones internacionales. Ese camino es la única solución. No hay atajos mágicos. El orden social de la democracia participativa se funda en la intrínseca dignidad de la persona, disfrutando de bienes materiales y espirituales en armonía. La equidad social y la libertad son dos caras de la misma medalla: la dignidad de la persona y de sus valores, como la paz, la solidaridad y la justicia integral. Hacer factible un orden social equitativo implica hacer realidad el cumplimiento de la ley. En cambio, el Estado argentino se volvió ineficaz, como le dije antes, porque no da soluciones y porque aquí existe una creciente distancia entre las formas económicas y políticas. El Estado debe reunificar ambas dimensiones. Pero por ahora no existen indicios que permitan ilusionarnos acerca de que la corrupción en la Argentina vaya a desaparecer.
Por Adrián Ventura
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=751696
Por Sandra Russo
Después de una semana de profusas interpretaciones sobre los resultados del domingo pasado, es difícil asomarse al tema con ánimo de agregar algo. Pero probemos. Probemos con algunos detalles que quedaron colgados en los márgenes de las elecciones, detalles que inauguraron una escena nueva en un país que parecía condenado a la repetición de sus taras. Sólo algunos análisis enchastrados de soberbia pueden leer esos resultados como prueba de la estupidez, la banalidad o la equivocación popular, y no porque las muchedumbres nunca se equivoquen, qué va, si ejemplos sobran, ni porque la palabra mayoritaria, por mayoritaria, sea santa. Pero la mayoría de la Capital, que eligió a Macri, por ejemplo, está lejos de ser una mayoría equivocada: es simplemente una mayoría de derecha que se constituyó en tal sólo porque los dos candidatos progresistas (con todas las comillas, o si se quiere bastardillas, que se le quieran agregar al adjetivo) fueron por separado y dejaron abrirse entre ellos una brecha que no se agotó en matices ni en puntos de vista, sino que adquirió el carácter de duelo de torpes titanes, que es, por otra parte, el juego que mejor juegan los progresistas.
Al margen de estas consideraciones, que Macri emerja como un referente hacia adelante puede significar un reagrupamiento aspiracional de la derecha, por supuesto, pero también puede implicar, ese apellido del pichón empresario, que el horizonte no exhibe, para los que los saben hacer, tan buenos negocios como los que permitió el menemato. Puede implicar, quiero decir, que el capital esté buscando afirmarse políticamente porque en ese horizonte necesita hacer política con sus propias manos, mientras hasta ahora sólo hizo política por encargo.
Volviendo a los resultados, aunque Elisa Carrió elija explicar su performance decepcionante echándoles la culpa, otra vez, a los demás, a esta altura a nadie se le escapa que hay en ella y en sus demonizaciones un desajuste, una presbicia que le impide leer la realidad empáticamente con sus posibles votantes. No es miopía sino presbicia, porque los tiene cerca y los enfoca mal. Y, por otra parte, ciertas dudas fundadas que estaban desparramadas entre los independientes (“¿Serán Duhalde y Kirchner lo mismo? ¿Son falsos estos enfrentamientos? ¿Se tratará de una puesta en escena para que el peronismo sea el dueño de todas las opciones?”), con el correr de los días y sobre todo con la respuesta popular, quedaron dirimidas y, epa, que esto es nuevo: autocontestadas. Con el respaldo de su porcentaje, es decir, con ese movimiento coreográfico de los votos sosteniendo el liderazgo de Kirchner, esas preguntas se contestan con los duhaldistas que empiezan a salir de escena. El voto masivo es el que libera a Kirchner de compromisos con Duhalde. La del domingo pasado fue una de las pruebas más evidentes de la dialéctica democrática. Kirchner juntó poder, suficiente poder como para no necesitar a Duhalde. Y si algo es seguro, es que ese animal político llamado Kirch-
ner no negociará con quien estrictamente no necesite hacerlo. Pero las urnas lo invistieron, en ese mismo movimiento, de un deseo colectivo y de un mandato: ir por más cambio. Si en los dos años que vienen el acento no se pone en la redistribución de la riqueza, el próximo cheque le vendrá rechazado.
Su esposa, Cristina Fernández, no dio ninguna entrevista en campaña. Fue acusada por no rendirse a la inercia de esa puesta en escena televisiva que son los debates, las entrevistas para “exponer ideas”, como tanto le gusta recalcar a Macri, que sí frecuentó cuanto programa periodístico o de entretenimiento se prestara a invitarlo. Lo de Cristina fue sin duda una estrategia perfectamente diseñada, pero en ella late también un nuevo modo de plantarse políticamente frente a los medios. Tan a menudo parece que lo mejor que le puede pasar a un candidato es estar en la televisión o aparecer en entrevistas de tapa de los diarios que lo de esta mujer fue desconcertante. Desde el punto de vista periodístico, obviamente, Cristina retaceó la materia prima de la que viven los medios: gente dispuesta a ser noticia. Pero ella fue, sin embargo, la gran noticia. Y, en parte, por haberse mostrado única dueña de su imagen y su propia palabra. No permitió que el sesgo de uno o varios medios le moldearan el perfil. No hubo intermediarios entre su voz y sus destinatarios, que la pudieron escuchar solamente en los discursos de campaña. De esa manera, paradójica y arriesgada, Cristina se convirtió solamente en una candidata. Por los resultados, se infiere que se convirtió en La Candidata.
Esa estrategia de no mediatizarse, de no salirse del registro de campaña, tiene por supuesto sus probables grietas, dando por sentado que los medios de comunicación son una de las patas de la democracia, ese famoso tábano que aguijonea al caballo. Pero el matrimonio Kirchner es caprichoso con algunas cuestiones. El salió a conceder y a respaldar a cuanto candidato le resultara de importancia, mientras ella elegía el perfil bajo cuando estaba trepando a la escasa lista de los presidenciables. No le da ni el carácter ni la historia personal para suponer que tuvo miedo de exponerse. Más bien, parece, esa actitud, un rasgo inaugural y prescindente de usos y costumbres que, por otra parte, si hay que decirlo todo, acompañaron siempre, de un modo acomodaticio y muchas veces ruin, los ritos de la misma política de la que la gente está harta.
Este hombre y esta mujer son de algún modo misteriosos. Son porfiados. Desconfiados. Duros. Todavía, incluso para los que los ven con simpatía, son bastante indescifrables. Sostienen convicciones muy emparentadas con las de mucha gente cuyos líderes fueron cayéndose del mapa de la realidad. Defienden ideas muy cercanas a las de mucha gente cuyos referentes fueron hundiéndose en el barro de la impotencia. No hace falta recordar los nombres. Están frescos y todavía provocan malestar. Este hombre y esta mujer no le tienen miedo al poder: lo desean, lo conocen y saben sus artimañas. No lo disimulan. Y aunque no suene romántico, es esa postura fáctica ante el poder lo que puede hacerlos históricamente interesantes. Si pueden con el poder, claro.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-58575-2005-10-29.html
La visión del célebre ensayista búlgaro
PARIS.– “No soy un filósofo”, dice con voz suave y pausadamente el reconocido ensayista y lingüista Tzvetan Todorov en el café de la Contrescarpe. “Me apasiono por cuestiones de política, de moral, de sociedad, de interpretación de la historia… Filósofo es una gran palabra.”
Nacido en Bulgaria, en 1939, Todorov vino a París en 1963 para hacer un doctorado. “Bulgaria era un país que formaba parte del bloque comunista, atado a la política soviética… Un régimen totalitario. Pero no me exilié. Llegué a Francia como estudiante”, recuerda.
Todorov, para el que no existen los paraísos en la Tierra, dice tener varias vidas. La primera, durante su niñez, adolescencia y juventud, en Bulgaria. Luego, su vida parisiense, en la que mutó lentamente hasta adoptar las características de la vida francesa. Y esta segunda vida tuvo varias subdivisiones, como se ve en sus trabajos.
“Hasta 1980, todos mis escritos fueron sobre temas de literatura y lenguaje. Traduje al francés los textos de los formalistas rusos y formaba parte del movimiento estructuralista, en lo que concierne a los estudios literarios y a la teoría general del lenguaje y de los símbolos”, relata, y añade que poco a poco se fue produciendo un cambio en su persona.
“Un cambio en mi espíritu, relacionado con el hecho de que ya no vivía más en mi país de origen. En Bulgaria, ocuparse de la ideología o de todo lo que de cerca o de lejos se asemejaba a la ideología era una actividad peligrosa. O bien se vendía el alma y uno se sometía a las exigencias impuestas desde afuera o bien se ponía en peligro el alma porque se afirmaban cosas consideradas heréticas o inaceptables que podían llevar a la exclusión de la comunidad científica o de la comunidad, incluyendo la prisión."
Más de una década después de haber llegado a Francia, Todorov comenzó a reaccionar de diferente manera a su trabajo. Ya no necesitaba estar "alejado de toda interrogación sobre la ideología, sobre las consecuencias públicas y sociales, porque ya no vivía en una sociedad dictatorial y totalitaria, sino en una democracia en donde podía decir lo que quería".
Y escribir lo que quisiera? "Es una explicación un poco marxista la que daré, ya que fue mi condición de existencia lo que transformó mi pensamiento", sostiene Todorov entre sorbo y sorbo de un jugo de naranja.
Durante la hora de charla que mantuvo con LA NACION, Todorov explicó cómo encuentra un poco de amor cuando cocina y cómo, a pesar de su poco optimismo sobre un mañana mejor, aprovecha cada instante de su existencia para sentirse feliz y realizado.
-Cuando comprendió que podía escribir y pensar lo que quisiera, ¿qué fue lo que comenzó a llamar su atención?
-Ya no quería limitarme a la teoría de los textos, sino poner mi comprensión al servicio de una reflexión que concerniera a la vida común de la sociedad. Se me impusieron varios temas que estaban más bien vinculados con mi identidad. El primero fue la pluralidad de culturas, tema al cual todo exiliado es inevitablemente sensible. Era sensible a eso por mi propia experiencia, pero no sabía cómo abordarla en mi trabajo. Fue en un viaje a México donde encontré la forma: estudiar el encuentro excepcional que significó el primer siglo del descubrimiento de Colón. En "La conquista de América" hice un estudio de los escritos españoles e indios que describían la percepción del otro. Luego estudié la tradición francesa sobre esa temática en el libro "Nosotros y los otros". Fue una historia no totalmente cerrada en el período estudiado. Quería servirme de la historia de las ideas como un diálogo con el pasado para reflexionar sobre el presente. Este es uno de los grandes temas que continúan preocupándome. El segundo tema que se me impuso es la oposición entre totalitarismo y democracia. Intenté utilizar mis conocimientos sobre la historia europea para ponerlos al servicio de la comprensión del presente y de una reflexión moral, política y estética del presente. Los temas cambiaron desde entonces, pero de esta misma manera continúo abordando el mundo presente.
-Se fue acercando cada vez más al presente en sus temas de estudio?
-En los últimos años publiqué dos libros que son cada vez de más actualidad, "Memoria del mal, tentación del bien" y "El nuevo desorden mundial". Probablemente la próxima vez escriba sobre el día de ayer. [Se ríe.]
En "Memoria del mal, tentación del bien" reflexionó sobre los orígenes del totalitarismo. ¿Cómo lo explica en los tiempos modernos?
-El totalitarismo mutó de modo muy importante en la modernidad, desde fines del siglo XVIII, con las revoluciones en los Estados Unidos y en Francia. Cesó el sometimiento a la tradición, se dejó de considerar que son Dios o nuestros ancestros los que nos dictan nuestras maneras de conducirnos y, en cambio, se propuso, e incluso se impuso, que fueran los seres humanos los que decidieran sobre su propio destino. En el seno de esta mutación moderna, el totalitarismo creció como una forma extrema.
-Pero ¿cómo nació, con ideas que parecían de signo contrario?
-Nació de la nostalgia. El totalitarismo es un intento por restablecer características de la sociedad de ayer en un marco moderno y de someter nuevamente al individuo al grupo e imponer valores únicos a toda la sociedad. Es una especie de proyecto que hoy sabemos que es imposible y trágico. Evidentemente, esta expresión quería corregir los "defectos" de la modernidad. La modernidad tiene defectos: en democracia no vivimos obligatoriamente felices, pero descubrimos con las amargas experiencias totalitarias que el remedio de imponer por la fuerza estas soluciones es un remedio peor que el mal. La democracia no trae soluciones, pero el nazismo, el comunismo y las dictaduras son aún peores que el mal del que nos querían curar.
-¿Cree en la democracia como panacea?
-No es una respuesta universal: para demostrarlo, están las guerras europeas de fines del siglo XX, que se produjeron fuera del sistema totalitario. Las estudié a la luz de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki: de cierta manera, creo que es la continuidad de una misma línea, que me parece muy peligrosa y que la guerra de Irak ilustró nuevamente. Es una perversión del espíritu de la democracia, pero no por ello es totalitarismo. En el horizonte del corto y mediano plazo, que es el lapso que podemos abarcar, no veo qué alternativa global puede sustituir al régimen democrático.
-¿La democracia sufre perversiones?
-La democracia se basa en la idea de igualdad de derechos de todos sus miembros, pero sabemos que, en cualquier país, la igualdad ante la ley no es verdaderamente respetada, ni la igualdad entre los hombres y las mujeres ni la igualdad entre la gente de color diferente, etcétera. Son desigualdades sociales, cosas contra las cuales es indispensable luchar todos los días. Podríamos analizar todas las ideas generales de la democracia y veríamos que se puede llegar mucho más lejos de lo que llegamos. Soy consciente de que la democracia puede ser pervertida.
-¿Se puede imponer la democracia?
-Este intento de imponer el bien a los otros por la fuerza no produce los resultados esperados. Basta con mirar los casos de Afganistán o de Irak. Es claro que no se instauró la democracia, aunque haya sido el objetivo declarado, y hoy se está, quizá, más lejos de lo que se estaba hace diez años. Pero hay otros problemas, para los cuales no conocemos soluciones. Uno de los problemas estructurales de la democracia es el olvido de los fines y la sacralización de los medios. Cuando uno se ubica en una perspectiva histórica se ve ese gran cambio en la sociedad antigua. La finalidad, el fin, estaba siempre más allá del mundo humano y terrestre. Había que actuar bien para ser dignos de un ideal que nos transmitía una tradición inmemorial, que se decía inspirada directamente por Dios y los profetas.
-Desde un punto de vista histórico, ¿cuándo se sacralizaron los medios?
-La revolución de la modernidad consistió en sustituir la búsqueda de la finalidad divina por otra totalmente humana. Como se dijo mucho en el siglo XVIII, la felicidad sustituyó a la salvación. De la vida de un buen cristiano, se dejó de lado la salvación y se quiso afirmar el derecho de los hombres y mujeres a la felicidad. Y no sólo a través de lo material, porque el dinero no es suficiente para hacer la felicidad. La felicidad nace de cierta relación humana, de un tipo de inserción del individuo en su entorno humano.
-Según su opinión, ¿hoy estamos perdiendo de vista los fines?
-Hacemos las cosas simplemente porque controlamos muy bien los medios. Por ejemplo, la economía: es un medio para producir riqueza, pero no debería ser sólo para producir riqueza, sino para hacer que los seres humanos fueran más felices y estuvieran más satisfechos con sus vidas. Sin embargo, muy a menudo lo observamos, queremos que haya crecimiento por el crecimiento mismo, desarrollo por el desarrollo mismo, todo para que la economía sea aún más eficiente. Pero olvidamos preguntarnos para qué. Hacemos gran cantidad de cosas sin tener en cuenta el efecto que tendrán. La comprensión científica se convirtió en una finalidad en sí. ¿Para qué ir a Marte? ¿No hay una mejor finalidad humana para la utilización de los medios? Es un problema inherente a toda vida en democracia esa tendencia a sustituir el desarrollo de los medios en detrimento de los fines.
-Quizá sea la ambición de superarse a uno mismo, ese deseo humano de buscar la perfección...
-En Rusia, se enviaba a la gente al gulag para "producir hombres nuevos". En Alemania se buscó lo mismo, pero con la selección natural -casamientos entre arios- o la selección artificial, aunque esta palabra tomó un sentido siniestro, porque se llamó así a la exterminación de todos los débiles, los viejos, los enfermos, que fueron enviados a los campos de concentración. Hoy prevalece ese sueño, que no puede ser realidad, de eliminar las imperfecciones del ser humano modificando su genoma, pero es un proyecto peligroso. Esta ideología no es aceptable ni defendible.
-¿Cree que la sociedad evoluciona sin rumbo?
-La sociedad no está a la deriva, pero pienso que jamás viviremos en un paraíso. No hay que hacerse ilusiones. Es lo que sostengo en mis libros. Montaigne afirma que esta imperfección es constitutiva de la condición humana, porque así estamos hechos. Necesitamos a los otros, pero los otros no se pliegan a nuestros deseos. Por lo tanto, la violencia nos tienta, para imponer nuestros deseos. Disponemos de cierta libertad que nos distingue de todo el resto del mundo vivo, tenemos una gran libertad con respecto a nuestro código genético o a nuestra naturaleza, pero esta libertad puede conducirnos tanto a la generosidad como a la perversión. Las sociedades están hechas de grupos con intereses contradictorios y no se puede satisfacer a todos al mismo tiempo...
-¿Cuál es la sociedad ideal, entonces?
-Una buena sociedad es la que sabe aprovechar los compromisos entre intereses contradictorios. Si renunciamos a esa visión del paraíso terrestre, que era la que estaba detrás de la política totalitaria, porque soñaba con construir el paraíso terrestre, aunque se renunciara a esa visión, sería indispensable que fuéramos conscientes de los peligros que socavan nuestra existencia.
-En "Memoria del mal, tentación del bien", subrayó que no puede haber ideales verdaderos o falsos, sino únicamente más o menos elevados. ¿Puede haber ideales malos?
-Por supuesto que sí. Por ejemplo, el ideal de producir el paraíso terrenal puede parecer magnífico, porque se desea que todo sea perfecto y todos vivan en la felicidad, pero en realidad es un ideal mortal. Lo aprendimos a la fuerza. Comprendimos que el ideal democrático, que es mucho menos excitante que la perfección del paraíso, es digno de respeto y hay que defenderlo.
-¿Cree que, buenos o malos, hay ideales en nuestra época?
-No creo que la sociedad ya no tenga más ideales. La humanidad no puede vivir sin ideales. Si no tuviera más ideales, habría habido una mutación de la especie. Hay momentos de ceguera e inconsciencia, pero uno se puede despertar de esos momentos. Lo que se llamó la politización de la juventud no era maravilloso. Yo lo viví cuando tenía veinte años. Había mucha simplificación, muchos dogmatismos. No era una época ideal. En la época actual se da más importancia a la búsqueda individual de una vida mejor, más bella. Me parece legítimo y corresponde a la democracia. La democracia no ofrece la plenitud a sus ciudadanos. Tener buena seguridad social no lo hace a uno feliz. Tener una jubilación decente no hace que uno se sienta realizado. La democracia es eso: asegurar la jubilación, una buena cobertura médica, buenas condiciones de trabajo, etcétera. Pero ¿y una vez que se obtuvo eso? Era un medio y no un objetivo en la vida.
-¿Y cuál es su objetivo?
-Lo que se quiere es sentirse realizado; es poder decir que tengo una vida llena de riqueza, feliz, porque amo a los seres humanos que admiro, porque me siento amado, porque escribí las obras que quería escribir, o construí los muros que quería construir, si fuera albañil. Son voces individuales que tienden a la realización personal, y creo que en democracia esas voces son privilegiadas. No hay que menospreciarlas, porque no creo en el mañana perfecto. Todas esas imágenes que alimentaron la primera mitad del siglo XX, en donde se prometía que con un golpe de varita mágica todo se resolvería, no las creo. Más bien creo que cada uno puede trabajar para hacer que su vida sea más satisfactoria.
-Muchos encuentran en la religión ese camino a la realización personal?
-Lo religioso se convirtió hoy en una experiencia individual, una entre otras. Hoy no vivimos en un marco dado por la Iglesia. Sin embargo, un individuo puede encontrar su consumación interior en una experiencia religiosa, pero otro la puede lograr en el amor a la pintura o la música, o en el jardín de infantes al que va todos los días para trabajar con niños.
-¿Esa es su filosofía de vida?
-Consiste justamente en hacer el elogio de lo cotidiano, en buscar en la vida común, en la vida diaria, lo que puede embellecerla, hacerla digna de ser vivida.
-¿Y lo encuentra?
-Intento que mi vida sea tan rica como sea posible, aun en el simple hecho de cocinar. Es una acción que da sentido, porque la comida se hace para los otros, se comparte con los otros, es un don, es una obra efímera que desaparece de la noche a la mañana, es una obra para recomenzar todos los días...
Por Patricio Arana
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=750752
EXPERTO EN GEOPOLITICA
Todos los datos sobre combustibles son cruciales para la economía y la política exterior globales. Por eso quedan presos de intereses especulativos y estratégicos en los que juegan muy fuerte empresas y bancos.
Julio Sevares.
jsevares@clarin.com
Cuando se habla del aumento del precio internacional del petróleo se mencionan factores como la demanda de China o conflictos bélicos o incluso huracanes que reducen la producción. Usted suele mencionar otros componentes aún más inquietantes.
—Efectivamente, el precio no se forma sólo por la oferta y la demanda. Más aún, el juego entre oferta y demanda es alterado por la acumulación de reservas estratégicas por parte de los Estados Unidos y, últimamente, también por China. Actualmente se calcula que unos 10 o 15 dólares del precio del petróleo se deben a esa acumulación de reservas. El monto de las reservas de un país es un dato importante, pero muy poco claro. Daniell Yerggin, autor del libro El precio, que tuvo el Premio Pulitzer, dice que no existe un inventario real y que hay que hacer auditorías de las reservas, porque todos los países mienten. Matthus Simmons, que es un banquero de inversiones texano, muy ligado a George W. Bush, comenta lo mismo. Dice: "Rusia miente en sus reservas, Arabia Saudita miente". Bueno, en México pasa lo mismo. La información sobre las reservas sube y baja, parece un acordeón.
# Los países mienten. ¿Y las compañías?
—También, y a veces con fines fraudulentos. Por ejemplo, durante un período Shell declaró aumentos en sus reservas para hacer aumentar sus acciones. La maniobra se descubrió y el año pasado debió podar sus números un 40%. De todos modos, hay algunas evidencias importantes sobre este tema. Una de ellas es que los Estados Unidos tienen petróleo propio para sólo tres años. También hay indicios de que el petróleo más accesible del Mar del Norte se está agotando. Ciertamente, hay más petróleo, pero es más difícil de extraer, está en yacimientos muy profundos o no es tan rico como el que se está sacando ahora.
# Otro componente del precio era la especulación.
—Así es. Es la especulación con los contratos de compra venta a futuro del petróleo. Recientemente, el canciller alemán Gerhard Schroeder sostuvo que por lo menos entre veinte y treinta dólares del barril se deben a la especulación financiera. Esto no existía hasta los años setenta y se debe al desarrollo de los mercados especulativos que incluyen tanto la especulación con dinero como con productos que se comercian internacionalmente. Por ejemplo, los llamados fondos de cobertura (Hedge Funds), que especulan con todo tipo de títulos, son muy activos en el mercado de títulos petroleros e influyen en el precio del petróleo.
# ¿Dónde se realizan esas especulaciones?
—La comercialización de títulos de compra-venta a futuro de petróleo se realiza principalmente en dos Bolsas privadas. Una es el NYMEX, el New York Mercantil Exchange, y el otro es el IPE, International Petroleum Exchange, que está en Londres. Los asientos en estos mercados valen cuatro millones de dólares. No cualquiera se puede sentar ahí a especular. Algunos dueños de la IPE londinense son bancos de inversión como el J.P.Morgan y Morgan Stanley y la petrolera British Petroleum, es decir, la dupla anglosajona de bancos y petróleo. No se puede entender el mundo actual del petróleo sin tener en cuenta a la banca anglosajona.
# ¿Hay una simbiosis entre el mundo del petróleo y el mundo de las finanzas?
—Total. Pero en el mundo anglosajón. Hasta tal punto el precio futuro del petróleo es muy incierto que hay estimaciones que lo colocan en 160 dólares el barril, otras un poco más alto que el actual y otras a unos pocos dólares. Es que muchas evaluaciones se publican con fines especulativos o estratégicos. Es un juego de las grandes petroleras y bancos. Allí no entramos ni los mexicanos, ni los argentinos. Por comenzar, los mexicanos ni siquiera tenemos bancos porque nuestro sistema está casi totalmente en manos extranjeras.
# ¿Cómo influye en el precio la política mundial?
—También es parte del precio. Por ejemplo, la denominada guerra contra el terrorismo global se da justamente en la tierra del Islam, que es donde está el 65% de las reservas mundiales. Esta es una zona de amortiguamiento entre la Unión Europea, Rusia, China, curiosamente todos competidores de Estados Unidos. Pero aquí viene algo más interesante. Que hay dos yugulares para el transporte, ya que no se trata sólo de extraer. También hay que transportar.
# ¿A qué llama yugulares?
—Una es el estrecho de Ormuz, en el Golfo Pérsico y otra, el Estrecho de Malaka, entre Malasia, Indonesia y Singapur. Entre Indonesia y Malasia hay un lugar verdaderamente estrecho; a mí me ha tocado verlo de los dos lados. Por allí pasa el 80% del petróleo que va a China, a Japón y a Sur Corea. El control de estos pasos y de los países que los forman es estratégicamente crucial. Pero en la estrategia no entra sólo el petróleo sino también el gas y los gasoductos. Por ejemplo, Alemania y Rusia acaban de hacer un acuerdo para tender un gasoducto que pasará por el mar Báltico y llegará directamente hasta un puerto alemán. Es decir, no pasará por Ucrania y Polonia, que tienen relaciones conflictivas con Rusia. De este forma Alemania tendrá un abastecimiento más seguro, pero será más dependiente de Rusia. Curiosamente, también se agregaron a este proyecto Gran Bretaña y los países escandinavos, lo que puede decir algo de lo que pasa con las reservas del Mar del Norte.
# ¿Cómo juega China en este escenario?
—China, que es muy dependiente del petróleo, se está moviendo en dos sentidos. Por una parte, está desarrollando un programa de instalación de usinas basadas en energía atómica, que están negociando con Westinghouse y la Siemens. Por otra, está negociando con Rusia para engancharse en un gasoducto que saldría de la región de Argainz, una importante zona gasífera, a la región de Daquink. Pero sólo es un proyecto porque los rusos, hábilmente, también lo están negociando con Japón, que le financiaría el gasoducto. En ese caso, el tubo terminaría en Dakoda. Un gasoducto de esa naturaleza cambiaría el mapa geoestratégico porque reduciría la dependencia china del petróleo, bajo el control estratégico de Estados Unidos y el mundo petrolero y financiero anglosajón, para pasar a depender del abastecimiento de Rusia. Vladimir Putin está coqueteando con China y Japón, y después de los juegos de guerra que acaban de hacer Rusia y China, declaró que se lo daría a este último, aunque sin dejárselo de dar a Japón. Realmente, no se sabe a qué están jugando. Paradójicamente, China, que es una potencia, nunca va a dejar de ser dependiente. Y fíjese que estamos hablando de reacomodamientos estratégicos de la segunda y tercera potencias mundiales, Alemania y Japón, y de la potencia emergente, con el gigante ruso en el centro del tablero.
# En este tablero parece obvio que la invasión a Irak estuvo dictada por el interés estratégico del petróleo.
—Sin duda. Incluso se maneja oficiosamente en los Estados Unidos que las reservas de Irak son mayores que las oficialmente admitidas. Y, además, el petróleo de Basora, en el sur chiíta, está a flor del suelo; el costo de extracción es de medio dólar el barril. A sesenta dólares el barril en el mercado hoy, la renta es fabulosa. Un gigantesco botín de guerra.
# ¿Qué pasa con Irán? Usted sostiene que Irán se encuentra en peligro por sus posesiones de gas.
—Sí. Primero que nada, el problema de Irán es que tiene mucho gas y por eso es un botín apetecible. La segunda es que quieren crear una bolsa petrolera, para competir con el NYMEX de Nueva York y el IPE de Londres. Una Bolsa en Irán podría quitarle la tercera parte del mercado a la de Nueva York y al IPE de Londres. Una bolsa iraní podría atraer transacciones de Rusia, India, China y Japón. Les quitaría a las grandes petroleras el monopolio del control del precio del petróleo, y a los bancos que operan en esas bolsas, ganancias por las operaciones que intermedian. Esos son pecados de lesa majestad. Más que tener bombas nucleares o no, al mundo de la petrocracia o de las transnacionales petroleras anglosajonas les afectaría mucho una Bolsa iraní, y más aún si cotiza el petróleo en euros y no en dólares.
Copyright Clarín, 2005.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/10/23/z-01076155.htm
Pueden ayudar a resolver los problemas argentinos, dice el médico e investigador
Uno de los mayores elogios que se le pueden hacer a un científico es decirle que hizo que se volvieran a escribir los libros de su disciplina. El argentino David Sabatini viene escuchándolo desde hace mucho y en varios idiomas, por haber descubierto –junto con Günter Blobel– que las proteínas tienen señales intrínsecas que gobiernan su transporte y localización en la célula. El hallazgo les valió a ambos numerosos reconocimientos conjuntos, salvo el premio Nobel, que sólo recibió Blobel, en 1999.
“El Gobierno debe tomar en serio a los científicos”, señaló Sabatini, miembro de las tres academias científicas más prestigiosas de los Estados Unidos y director del jurado de becarios internacionales del Instituto Médico Howard Hughes, una de las mayores organizaciones filantrópicas del mundo. En 2003 coronó una larga serie de distinciones con la Gran Medalla de Oro de la Academia Francesa de Ciencias, que, en su momento, recibieron, entre otros, Louis Pasteur, los esposos Curie y Gustave Eiffel.
Padre de dos científicos brillantes (uno se destaca en Harvard y el otro en el MIT), la historia de David Sabatini ilustra dolorosamente el endémico drenaje de cerebros que padece el país. Aunque es oriundo de Bolívar, provincia de Buenos Aires, donde sus abuelos y bisabuelos “ya habían empujado a los indios”, su familia más tarde se mudó a Rosario, donde el padre –“un idealista”– fundó cinco escuelas industriales.
Llegó a los Estados Unidos tras recibirse de médico en la Universidad Nacional del Litoral y hacer sus primeras armas en la ciencia en los días inaugurales del Conicet. Los recuerdos que conserva de sus épocas de estudiante en la Argentina son agridulces: "Rosario durante el peronismo era terrible, porque la universidad había sido degradada, pero afortunadamente había un Instituto Libre de Estudios Superiores. Yo iba a la noche. Estudiábamos griego, latín... Tenía compañeros muy inteligentes, gente excepcional. La vida era muy estimulante".
Ahora vive a cinco cuadras del Empire State, en el West Side neoyorquino, y tiene una casa antigua en New Rochelle, rodeada de árboles, donde se refugia para escribir y leer. Su familia está compuesta íntegramente de científicos: "El otro día hicimos una reunión en mi casa y no había ni una sola persona que no hubiera estudiado medicina -bromea-. La medicina es una gran educación secundaria, en cierta forma".
Hace algunas semanas vino a Buenos Aires, donde aún conserva un amplio departamento, para recibir un doctorado honoris causa de la Universidad de Buenos Aires.
-Usted estudió medicina, pero se dedicó a la investigación. ¿Cómo decidió ese viraje?
-Siempre me interesó la ciencia. Mis libros de ciencia son anteriores a mi partida de la Argentina, en los años sesenta. Acá había, a pesar de que estaba Perón en el gobierno, un movimiento extrauniversitario, gente como Braun Menéndez, Leloir y Houssay, al que conocía bien. Un bioquímico de Rosario me había entusiasmado para que midiéramos niveles de gonadotrofina en las mujeres no embarazadas para verificar la función pituitaria. Había que extraer sangre, precipitar con alcohol, conseguir ratones -porque el ensayo era inyectarles las distintas diluciones a ratones hembras-, sacarles el útero, que pesa diez gramos, ver si crecían y hacer un dosaje. Vine acá y el doctor Pasqualini me regaló 300 ratones. Me los llevé en tren a Rosario, empecé a alimentarlos, a pesarlos... En esa época se instaló la Confederación General Universitaria (CGU). Yo era el mejor alumno de la Universidad de Rosario; tenía todo sobresaliente -creo que todavía es un récord-, pero cuando a varios los tacharon de la lista, renuncié. Por eso hice mi residencia en el Hospital Municipal y cuando terminé no me dieron el diploma. Había que hacer una monografía en grupo, pero no nos aprobaron. Me entregaron un certificado por el que podía practicar la medicina sólo donde no hubiera médicos. En el año 53 o 54, cuando me recibí, fui a Pujato, cerca de Rosario, con un compañero. Fue una época heroica, porque hicimos hasta partos en la cama, sobre papel de diario.
-¿Y entonces qué pasó?
-Salió un aviso en el diario sobre una competencia para ayudantes de cátedra. Vine a Buenos Aires y me presenté. Me tomaron en el Instituto de Hematología de la Academia de Medicina y entré con [Eduardo] De Robertis. Pero ¿sabe lo que pasó en Rosario? Como no me afilié al justicialismo, me mataron los ratones con gas. ¡Los 300 ratones! Por eso, los que me hablan del peronismo en esa época... Sin embargo, pienso que fue un error sacarlo. Uno tendría que haber tenido paciencia porque, al ser proscripto después todo un sector de la población, la gente nunca vio lo que había sido realmente.
-Pero, por otro lado, vivió usted una época dorada del Conicet...
-Lo vi nacer. A mí me nombraron en la primera camada. Un día fuimos al primer congreso americano de ciencia fisiológica, que se hizo allá por 1957 en Punta del Este, con Houssay y De Robertis. Entonces Chagas (hijo) le dice a Houssay: "Vamos a hacer un curso. Tengo plata de la Unesco. ¿Por qué no me manda a alguien?". Y Houssay me dice: "¡Rosarino!", porque ni se acordaba de cómo me llamaba. Así fui a Brasil con Carlos Chagas. El me ofreció un puesto. Quería que me quedara. Chagas era un coleccionista de talento extranjero y casi me quedo, pero volví y De Robertis fue muy estimulante. Era muy exigente; a veces tenía mal humor, pero con estándares muy altos. Tenía ambiciones que trascendían los límites que había acá. Hacíamos microscopia electrónica sin ayuda técnica ninguna. ¡Lo que aprendí desarmando ese microscopio y volviéndolo a armar!
-De la Universidad del Litoral pasó a Yale. ¿Cómo se sintió cuando desembarcó en los Estados Unidos?
-No bien llegué, dije: "Este microscopio tiene astigmatismo. Déjenme, que lo abro". "¡No lo toque!", me contestaron. Pero lo limpié y me dejaron a cargo. En esa época acá estábamos mucho más avanzados que allá. Nosotros hacíamos nuestras navajas, nuestros filamentos; cambiábamos las aperturas... Yo era como un violinista con el microscopio. Allá llamaban al service, ¿me entiende? Así que a las pocas semanas hice un descubrimiento muy grande, que fue el que me selló la carrera.
-¿Nunca quiso volver?
-Sí, pero las cosas se pusieron feas. Claro: yo me fui en la época de Frondizi, pero después lo sacaron. Yo de peronismo no quería ni hablar, y cuando vinieron los militares, peor todavía. Tenía amigos muy queridos acá. Bueno..., ellos se fueron. Otros colegas, también. Casi todos los que empezamos con De Robertis nos fuimos.
-¿Tuvo algún ofrecimiento concreto para regresar?
-No, nunca. Hubiera sido poco realista. Ya no era posible para mí. Es decir, ¿me voy a mudar? ¿Con un departamento, con dos hijos ya, con nietos? Sin embargo, me encuentro muy cómodo en la Argentina. Una vez que uno ha ido a la escuela secundaria en un lugar, queda anclado para siempre.
-Usted vio el nacimiento de la ciencia organizada en la Argentina y después pudo experimentar los beneficios de la maquinaria tan bien aceitada que es la investigación en los Estados Unidos. Comparando ambos sistemas, ¿qué diría que hay que hacer para sacar a flote las capacidades científicas locales?
-Yo creo que el país tiene muchísimo potencial. Se están haciendo cosas buenas, porque han aumentado los recursos. Ahora hay que aumentar el número de instituciones que hacen ciencia y hay que proveerlas no solamente de sueldos, sino de apoyo económico para que puedan ser competitivas. Creo que una inversión masiva en ciencia podría dar resultados espectaculares. Conozco al ex director del Ministerio de Industria y Desarrollo de Corea, y estoy seguro de que una inversión así tendría resultados inesperados.
-En el país muchas veces se esgrime la razón de que no puede hacerse porque antes hay que resolver otros problemas urgentes, como el de la pobreza...
-Sí, bueno, estamos listos entonces... Estamos listos. No lo hizo Israel, no lo hizo Corea. No... Fíjese, por ejemplo, lo que se está haciendo en los países bálticos. En Estonia, que está poniendo recursos increíbles, instrumentos de los más avanzados, espectroscopia de masa, análisis robótico, microarrays, herramientas de 500.000 dólares para arriba. Eso lo hacen porque son países que ya tienen experiencia, han vivido épocas de desarrollo. Aquí habría que hacer lo mismo. Uno lo ve en Brasil: se hizo un acelerador de partículas lineales que se utiliza en toda América del Sur. Cuando vinimos acá por primera vez con el Instituto Howard Hughes, tuvimos una reunión en el Plaza Hotel y yo hice un pequeño discurso de que había que unirse con Chile y Brasil y empezar a hacer institutos internacionales como los que se hicieron después de la guerra en Europa. Como el CERN, en Ginebra, o como el Embo en Heidelberg, donde se construyó el Instituto Europeo de Biología Molecular que ha sembrado toda Europa de talento y conocimiento. Y los brasileños dijeron: "Nosotros, si es en San Pablo, estamos de acuerdo". Podría haberse hecho algo de neurociencias en Chile, de bioquímica en la Argentina, y de parasitología y microbiología en Brasil, por ejemplo. Hay que pensar más creativamente. Hay que multiplicar dentro del país las instituciones bien equipadas que atraigan gente. Yo creo que ésa es una de las soluciones.
-Un destacado científico argentino también emigrado, pero a México, Marcelino Cereijido, dice que la gran equivocación en la Argentina es que se habla de apoyar a la ciencia, en lugar de apoyarse en la ciencia. ¿Usted coincide?
-Ambas cosas: uno no puede apoyarse en la ciencia si no se ha apoyado a la ciencia. "Pirincho" Cereijido tiene un don para hacer relaciones como ésa. Pero no quisiera criticar a las instituciones, porque estar afuera y criticar... ¡Qué ingratitud! Me acaban de nombrar miembro honorario de la Academia de Ciencias, pero ¿la Academia tiene un papel como consejera del gobierno, del Ministerio de Salud? ¿Se le dan problemas para estudiar? Claro, en ese sentido, "Pirincho" tiene razón. En cambio, la Academia de Ciencias de los Estados Unidos es una fuente de consejos. No es que los académicos den todo el consejo, pero tienen un staff. Se busca gente del ambiente científico de todo el país y se dice: "¿Qué tal el suplemento de vitaminas para la leche? ¿Realmente vale la pena?", o: "¿Qué está pasando con la contaminación ambiental debida al mercurio?", o: "¿Qué hacemos con los problemas del cambio climático? ¿Cómo estimulamos a más gente para que estudie ingeniería?". Los científicos pueden ayudar a resolver cualquier problema que tenga el país donde se necesite estudio. Y los problemas no siempre son generados por los investigadores, sino por el gobierno, por la administración nacional, por el público... Estoy de acuerdo: hay que darle un lugar a la ciencia en el país. Habría que hacerlo pronto e incorporar a los científicos en muchas áreas.
-La Universidad de Nueva York, donde usted trabaja, recibió no hace mucho una donación multimillonaria de un científico que realizó allí investigaciones por las que obtuvo una patente farmacológica que le ofrece ganancias fabulosas. ¿Cómo piensa usted que se puede incrementar la inversión privada en ciencia en la Argentina?
-Bueno... Yo vi que la señora Fortabat recibía un homenaje porque había apoyado becas para que la gente estudiara en Harvard. No me opongo a eso, pero hacen falta más becas acá, en el país. Por eso lamenté tanto que cerrara la Fundación Antorchas... ¿Por qué la cerraron? Bueno, porque no tenían confianza en el futuro.
-Toda su carrera fue en ciencia básica. ¿Cómo se la puede articular con la producción?
-Es una pregunta muy importante. Sencillamente, hay que hacer grupos con talento para atacar los problemas.
-Recibió innumerables distinciones y es miembro nada menos que de cuatro de las academias más prestigiosas del mundo: de la de Ciencias de los EE.UU., de la de Artes y Ciencias, de la American Philosophical Society y la Académie Française... ¿Le queda tiempo para investigar?
-Cuando se termine el nuevo edificio de doce pisos de la Facultad de Medicina de NYU (donde soy presidente del comité de reclutamiento de fondos), voy a dejar la dirección del Departamento de Biología. Seguiré como profesor, pero hay que dejar lugar... No es que mi ciencia se haya envejecido ni que se hayan resuelto los problemas sobre los que trabajaba, pero la ciencia progresa por ciclos.
-Como jurado del Instituto Howard Hughes supervisa las presentaciones que hacen los jóvenes científicos que desean acceder a los subsidios. ¿Qué opina de las que envían los argentinos?
-Este año estoy haciéndolo para Europa oriental y los países del Báltico. Antes me ocupaba de América latina, pero me acusaron de tener un sesgo. No es cierto, pero "me salieron" bastantes argentinos, en Rosario, Córdoba, Mendoza.... Y es muy alentador que esté pasando eso en el interior. Es muy impresionante que esta clase media argentina siga produciendo gente con ambiciones de gloria más que de dinero, ¿no?
Por Nora Bär
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=749611
Por Osvaldo Bayer
Mañana, sí. ¿Hay algo más que decir? Por mi parte, no. Se repitió lo de siempre: rostros sonrientes de gran tamaño. Los conté, desde Arcos a Cabildo, tres cuadras: 62 retratos de candidatos. Ningún programa. ¿A qué jugamos? Se ve que antes han ido al planchador de rostros, al coiffeur, maquilladora. Democracia de rostros trabajados. Y palabras, palabras: Fulana quiere conocerte; Fulano, hacia el porvenir. El y vos: siempre unidos. El, la República lo espera. Qué paciencia republicana. Franz le dice a Fritz: la izquierda argentina está cada vez más desunida; Fritz le responde a Franz: la izquierda alemana cayó unida como siempre. Los dos estallan en cagcajadas dugante más de dos hogas. Un chissste alemán.
Y el dolor de vivir en una sociedad injusta: una cárcel con 33 muertos quemados y ningún extinguidor. Cromañón en todos los lados argentinos. Pero la gente que no se queda en la vereda de enfrente. El libro: Orden, represión y muerte tiene la valentía que hay que tener como ciudadano. Es el régimen del gobernador Romero, de Salta. El título juega a la ironía con la frase de la propaganda oficial: “Orden, producción y trabajo”, que se convirtió desde 1995 en el que es hoy el título del libro. Orden, que quiere decir, palos. Una de las primeras medidas del gobernador peronista fue crear la Secretaría de Seguridad y traer al conocido torturador de “El Olimpo”, el gendarme Sergio Nazario, alias Estévez. Y ahí va a comenzar la implacable persecución contra los docentes, contra los trabajadores de Mosconi, contra los pueblos originarios que reclaman por sus tierras. Más quiénes y cómo se quedan con el vuelto, en cada una de las operaciones financieras. Paso a paso, dato por dato, el periodista Marco Díaz Muñoz va relatando el Diario de la criminalización de la protesta social en Salta (1995-2005). Y los mártires. A la cabeza, Aníbal Verón. Pero no sólo el nombre de las víctimas mortales sino también sus verdugos vestidos de policías y gendarmes, uno por uno. Allí se pueden encontrar. Y con foto. Romero, un segundo Juárez, el santiagueño. Creemos que se hace necesario que los intelectuales peronistas se encolumnen hacia Salta y denuncien el régimen inmoral y represivo de este mandamás absolutista que se hace retratar siempre delante de los rostros de Perón y Evita. Esos intelectuales no sólo deben hablar de Jauretche y de Coo-
ke, sino dejar al desnudo los jerarcas de extrema derecha que dicen pertenecer a esa ideología. “Orden, represión y muerte”, ha sido el programa de Romero. Es hora de que se ponga en práctica la Constitución Nacional. Y se aplique la misma medida que puso término al vergonzoso y criminal dominio de los Juárez en Santiago del Estero.
Y a treinta años de la dictadura de la desaparición de personas, el ser humano no se rinde: acaba de salir Los que no están, los desaparecidos de Florencio Varela, sí, el humilde barrio en camino a La Plata. Uno por uno, todos los que nunca más volvieron. Foto, biografía. Casi todos trabajadores. Un libro valioso esclarecedor de toda la brutalidad y crueldad de los dictadores militares y civiles argentinos. La cobardía del método. La crueldad bestial. Ver los rostros para no encontrar explicación. Desaparecidos de un barrio de trabajo. Hernán Pacheco y Pablo Carrera, los autores. ¿Cómo pudo ocurrir? Tan inexplicable todo como que hay gente que va a votar por Patti. Los carteles de propaganda se ríen a carcajadas de nosotros. Primero aprieto el gatillo y después pregunto. Cartel en la Avenida General Paz, hoy: “Patti: más justicia. Vótelo”. Esto ya no es ni siquiera un chiste alemán, es un chiste argentino. ¿O un espejo de nuestra manera de ser?
Es que la lección la fuimos aprendiendo de chicos al pasar frente al monumento a Roca. El más grande y el más céntrico. Al “autor” de la Campaña del Desierto, o, con más propiedad, el autor del reparto de las pampas argentinas. Esto es mío, mío, mío. Su estancia “La Larga”, mi general. Las estancias interminables de su hermano Ataliva Roca, en La Pampa, mi general. Y 2.500.000 hectáreas para Martínez de Hoz, mi general. Qué tiempos aquellos. Cuando se dictaba la Ley de Residencia contra los obreros que luchaban por las ocho horas de trabajo. Lo que ha dado en llamarse “liberalismo positivista”. Pero Mariano Grondona continúa impertérrito defendiéndolo en La Nación. Qué extraño. Le recomendaríamos leer su propio diario. Sí La Nación, del domingo 17 de noviembre de 1878. Es decir, plena Campaña del Desierto. Dice textualmente en primera página. “Impunidad”. “El tres de línea ha fusilado, encerrados en un corral, a sesenta indios prisioneros, hecho bárbaro y cobarde que avergüenza a la civilización y hace más salvajes que a los indios a las fuerzas que hacen la guerra de tal modo sin respetar las leyes de humanidad ni las leyes que rigen el acto de la guerra. Esta hecatombe de prisioneros desarmados que realmente ha tenido lugar deshonra al ejército cuando no se protesta del atentado. Muestra una crueldad refinada e instintos sanguinarios y cobardes en aquellos que matan por gusto de matar o por presentarse un espectáculo de un montón de cadáveres.” A este documento lo trae el frondoso trabajo universitario de Diana Lenton titulado La “cuestión de los indios” y el genocidio en los tiempos de Roca: sus repercusiones en la prensa y la política.
La Nación dice: “Una crueldad refinada e instintos sanguinarios” demuestran los que cometen esas bestialidades. Y me pregunto: ¿y los que defienden hoy todavía ese proceder, también son crueles?
Más todavía: la crónica del día anterior de La Nación aplica el término de “crimen de lesa humanidad”, nada menos, un término que parecería nuevo en la historia de la humanidad, pero que ya se lo utilizaba en ese tiempo de Roca. Dice la crónica que “la carnicería que se ha hecho con los indios es bárbara y salvaje” y que “esos indios fueron encerrados en un corral y fusilados así como animales y peor que animales” y se pregunta La Nación: “¿Y se han olvidado las leyes de la guerra y el respeto a la civilización hasta un punto tan deplorable? Esas matanzas deshonran y la civilización protesta contra ellas”.
El trabajo de la historiadora Diana Lenton trae una carta del general Julio Argentino Roca, de 1878, al gobernador de Tucumán Domingo Martínez Muñecas, cuando comenzó a manejar como verdaderos esclavos a los ranqueles y mapuches esclavos enviándolos a trabajar a la caña de azúcar, principalmente a las fincas de sus parientes los Posse, donde ordena “que se reemplazen (sic) los indios olgazanes (sic) y estúpidos que la provincia se ve obligada a traer desde el Chaco, por los pampas y ranqueles”.
Se nota lo racista que era el señor general. Dice la historiadora que Roca le enviará esos indios “a cambio de apoyo político para la futura campaña presidencial”. Inmediatamente recibió la respuesta de una decena de los principales empresarios azucareros solicitándole 500 indígenas con o sin familia que fueron remitidos a Tucumán. Esos 500 indios “pampas y ranqueles” –más sus mujeres e hijos– habían sido capturados en noviembre de 1878 por Rudecindo Roca contra el cacique Yancamil, emisario de Epumer. En realidad, los indios pampas comenzaron a llegar a los ingenios tucumanos en fecha tan temprana como 1877, por influencia de Ernesto Tornquist, empresario multifacético, proveedor del ejército de línea y posteriormente hombre fuerte de los gabinetes presidenciales de Roca.
Darwin –citado por Diana Lenton– atestiguaba “escandalizado, que si bien se asesina a sangre fría a todas las mujeres indias que parecen tener más de veinte años de edad para evitar su reproducción se perdona a los niños, a los cuales se vende o se da para hacerlos criados domésticos, o más bien esclavos. Cuando protesté en nombre de la humanidad me respondieron: sin embargo, ¿qué hemos que hacer? Tienen tantos hijos estos salvajes”.
Aristóbulo del Valle –el célebre parlamentario de aquella época– dirá: “Hemos reproducido las escenas bárbaras –no tienen otro nombre– de que ha sido teatro el mundo, mientras ha existido el comercio civil de los esclavos. Hemos tomado familias de los indios salvajes, las hemos traído a este centro de civilización, donde todos los derechos parecen que debieran encontrar garantías, y no hemos respetado en estas familias ninguno de los derechos que pertenecen no ya al hombre civilizado, sino al ser humano: al hombre lo hemos esclavizado, a la mujer la hemos prostituido, al niño lo hemos arrancado del seno de la madre, al anciano lo hemos llevado a servir como esclavo a cualquier parte; en una palabra, hemos desconocido y hemos violado todas las leyes que gobiernan las acciones morales del hombre”. Del Valle denunciará que “cada nueva campaña convierte a las mujeres y los niños indios en botín de guerra y acusa a la opinión pública de complicidad”.
Mariano Grondona, para justificar de alguna manera lo injustificable, señala que esos indios eran “indios chilenos”, cosa que es una aberración histórica, ya que ellos pertenecían a una naturaleza que no tenía las fronteras artificiales que se pondrán en medio de la cordillera para justificar la importancia de los ejércitos y la compra artificial de armas.
Félix Luna ha escrito en el diario de Morón, Debates: “Roca encarnó el progreso, insertó Argentina en el mundo: me puse en su piel para entender lo que implicaba exterminar unos pocos cientos de indios para poder gobernar. Hay que considerar el contexto de aquella época en que se vivía una atmósfera darwinista que marcaba la supervivencia del más fuerte y la superioridad de la raza blanca (...) Con errores, con abusos, con costos hizo la Argentina que hoy disfrutamos: los parques, los edificios, el palacio de Obras Sanitarias, el de Tribunales, la Casa de Gobierno”.
Parece ser que Aristóbulo del Valle y Darwin estaban ya “fuera de contexto” porque vivieron esa época. Con el argumento de Luna podríamos justificar hasta a Hitler porque, si bien “exterminó unos pocos millones de judíos, predicó la supervivencia del más fuerte y la superioridad de la raza aria; con errores, con abusos... hizo la Alemania del auto popular y de las primeras autopistas”. Tal cual.
No a Roca, a Juárez, a Romero. Sí a la vida, al respeto, a la convivencia pacífica.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-58256-2005-10-22.html
Lo dijo Elie Wiesel, Nobel de la Paz 1983
NUEVA YORK.– ¿Adónde se guarda un premio Nobel?
–Bueno..., no sé. Mi mujer, haciendo orden, debe de haber metido el diploma en algún ropero.
–¿Y la medalla?
–Mmm, bueno..., no sé. En otro ropero, supongo.
Elie Wiesel se pone visiblemente incómodo con las preguntas. Al premio Nobel de la Paz de 1983, distinguido con la medalla a la Libertad de los Estados Unidos, la Gran Cruz de la Legión de Honor Francesa y ganador del premio Medicis a las letras, evidentemente no le gusta ninguna mención de sus logros ni honores. En su despacho del Upper East Side neoyorquino hay libros, libros y más libros –principalmente, en hebreo y en francés– invadiendo cada rincón.
Pero no hay ni una foto con los personajes de la política y la cultura que lo suelen frecuentar, ningún afiche de la presentación de sus novelas, diploma o recuerdo de nada que interrumpa la decoración, llamativamente espartana. Salvo por una imagen en blanco y negro de la casa en Transilvania, donde nació y vivió antes de ser enviado con su familia a Auschwitz.
Su sencillez es tal que en la llamada para pedir la entrevista, él mismo atendió el teléfono y se presentó con humor como “el secretario de mi secretario". Y a pesar de ser ciudadano norteamericano -si bien, literalmente, "por accidente", ya que después de un gravísimo choque con un taxi en Times Square pidió la residencia, al estar físicamente imposibilitado de salir del país cuando se le venció el permiso- mantiene algo de galán del Viejo Mundo. Al retirarme de su oficina, insiste en acompañarme y, personalmente, abrir y cerrar las puertas del ascensor antes de que siquiera pueda pensar en hacerlo el portero. Y nada de dar la mano, sino, por supuesto, el beso "continental" en ambas mejillas.
Con una profusión de disculpas, Wiesel cada tanto debe interrumpir la charla para atender llamadas urgentes desde Israel. De cada una, Wiesel, que estudió filosofía en La Sorbona y actualmente es profesor en la Universidad de Boston, retorna preocupado, pero con ilusión. "Estoy más lleno de esperanzas que nunca de que pueda haber paz entre palestinos e israelíes -dice el autor de la aclamada novela «Noche»-. Antes había un serio obstáculo: Arafat. Pocos días antes de ser asesinado, yo estaba comiendo con Rabin y él me dijo: «En un principio, fue la solución; ahora es el problema. Ese hombre es totalmente corrupto». La actual dirigencia palestina parecería, en cambio, dispuesta a aprender de los errores pasados. Pero para que el capítulo de Gaza pueda cerrarse mirando al futuro me parece que hace falta algún gesto de su parte, y hasta ahora no lo vi."
-¿Por ejemplo?
-A los judíos. El rey Salomón nos ordenó no regocijarnos cuando cae el enemigo. No sé si el Corán sugiere lo mismo, pero cuando en 1992 los misiles de Saddam Hussein cayeron sobre Tel Aviv algunos palestinos se pusieron a bailar en las calles y los techos de sus casas. Yo los vi: yo estaba en Jerusalén. Lo mismo pasó cada vez que un ataque suicida acababa con la vida de civiles en colectivos y restaurantes. Y es lo que estamos volviendo a ver en Gaza. Imaginemos que en vez de organizar marchas con milicias de enmascarados, ametralladoras en mano, disparando al aire y atacando sinagogas, los palestinos hubiesen elegido celebrar con orgullo y alegría, pero con respeto. Si el presidente Abbas y sus seguidores los hubieran exhortado a la moderación y a un poquito de comprensión hacia los judíos que se iban llorando, hubieran ganado una admiración mundial increíble. Quizás algunos puedan decirme que cuando los palestinos lloraban por la pérdida de sus hogares pocos israelíes se conmovieron. Es posible. Pero, ¿a cuántos israelíes alguien vio celebrándolo?
-¿Qué opina de la evacuación en sí?
-Desde un punto de vista militar, fue un éxito. Por eso y por su valiente decisión de buscar un futuro de paz, aun con el tremendo costo político presente, el primer ministro Sharon merece ser elogiado y apoyado. Es increíble que un hombre con su pasado militar, en el que tuvo que luchar tanto por el territorio, sea el que decida entregarlo. Prueba que Israel quiere, y siempre quiso, la paz. Aun así, algunas de las imágenes que se vieron en la televisión eran tan duras que eran difíciles de soportar. No nos olvidemos: éstos son hombres y mujeres que vivieron allí 38 años. Sucesivos gobiernos, de todo el espectro político, los incitaron a establecerse allí. A los ojos de sus familias, eran pioneros cuyo idealismo debía ser celebrado. Y ahora debieron abandonarlo todo, sus posesiones materiales, pero también sus recuerdos, sus vidas, los muertos de sus cementerios. Algunos se comportaron de manera ofensiva, insultando y agrediendo a los soldados. Pero la mayor parte respondió con una enorme dignidad: con lágrimas. Como unidos en la misma gran congoja, soldados y evacuados lloraban juntos. Ojalá que del otro lado respondan con el mismo deseo de hacer sacrificios en pos de la paz.
-Sin embargo, la crítica feroz contra Israel no parecería disminuir. ¿A qué lo atribuye?
-Lo más duro para mí es que la crítica despiadada, que incluso compara a Israel con la Alemania nazi, venga de la extrema izquierda. El origen de este nuevo antisemitismo puede encontrarse en la primera intifada, durante la cual muchos periodistas y analistas perdieron todo control al narrar lo que pasaba. Es cierto, ver a unos chiquitos armados con piedras enfrentando a unos tanques es un espectáculo deliberado que hipnotiza a cualquiera. Pero siempre resulta más fácil criticar a los soldados que a los padres que mandan a sus hijos a la línea de fuego. Además, dado el antiamericanismo imperante, el apoyo de Estados Unidos irrita a muchos. Si a esto sumamos el factor religioso y todo lo que implica un Estado judío, el cóctel es previsiblemente explosivo.
-¿Es la desesperación la causa de la pobreza y la opresión la causa del terrorismo?
-La pobreza y la opresión deben ser combatidas a escala mundial. De eso no hay duda. Pero no hay que olvidar que la mayor parte de los terroristas del 11 de Septiembre pertenecían a familias pudientes. Ni qué hablar del mismísimo Ben Laden. Por otro lado, hablar de desesperación cuando se elige la muerte no para morir sino para matar, y encima a civiles, no parece lo más lógico.
-Después de su paso por los campos de concentración usted no escribió nada en diez años. ¿Podría contarnos la célebre historia de cómo tomó la pluma?
-Bueno, creo que el silencio puede ser un testimonio en sí, y yo quería que mis palabras, si salían, fueran las correctas. Yo era un joven periodista en París y quería una entrevista con el primer ministro, que era judío, Mendez France. Su maestro era el gran escritor católico François Mauriac y me acerqué con la intención de pedirle que intercediera por mí. Eso llevó a largas conversaciones con Mauriac, un hombre de enorme integridad y honestidad. Pero sólo hablaba de Jesús. Por ejemplo, si yo le sacaba el tema de Mendez France me decía: "Está sufriendo como Jesús". En un momento del cual no dejo de arrepentirme no aguanté más y le dije, descortés por primera vez en mi vida: "Basta del sufrimiento de Jesús. Yo he visto en los campos de concentración chicos, miles de chicos judíos sufriendo así, y de eso no hablamos". Y me fui. Mauriac salió corriendo tras de mí, llorando como jamás vi a un hombre llorar. Me sentía un criminal: él no lo merecía, había sido un miembro de la Resistencia. Nos quedamos un largo rato, él llorando desconsolado y yo envuelto en mi remordimiento, hasta que al final me dijo: "Sabes, quizá sí deberías hablar de ello". Y así empecé a escribir mi narrativa. En cuanto fue traducida del idish al francés, inmediatamente se la mandé. Fuimos íntimos, los más grandes amigos, hasta su muerte.
-La primera versión, en idish, de su célebre "Noche" fue publicada en la Argentina antes que en ningún otro lado, ¿verdad?
-Sí, esas cosas raras que pasan, totalmente por accidente. Yo estaba, en realidad, en un barco camino a Brasil, con un grupo de refugiados judíos a quienes no se dejaba desembarcar, y sobre los que estaba haciendo un reportaje como periodista. Pero la verdad es que durante el cruce del Atlántico finalmente me había puesto a escribir mis recuerdos de los años que pasé en el campo de concentración. Casi no había salido del camarote. En la escala en Buenos Aires subieron a visitarme a bordo una prima y su marido, una cantante en idish amiga de amigos y Mark Turkov, un editor de libros de temas judíos. Como me había vuelto una especie de vocero de los refugiados, compartí con él mi preocupación por su futuro. Estaban enfermos y exhaustos y nadie los dejaba desembarcar. Mientras hablábamos, Turkov vio que tenía un manuscrito, del cual nunca me separaba, y preguntó qué era. Se lo conté a grandes rasgos, y también le dije que estaba sin terminar. "Dámelo igual. Si es bueno, lo voy a publicar", me dijo. Yo no podía entender cómo un editor podría estar interesado en los tristes recuerdos de alguien que apenas había conocido en un barco, rodeado de refugiados a los que nadie quería, pero se la di igual. Era mi única copia, pero él se comprometió a enviármela a París, fuese o no rechazada por la editorial.
-¿Y entonces?
-Bueno, respecto a los refugiados, las comunidades judías sudamericanas movieron cielo y tierra y finalmente pudieron desembarcar en San Pablo. Y para fin de año recibí de Buenos Aires la primera copia impresa de mi testimonio, que era mucho más largo que lo que terminó siendo "Noche" y entonces se llamaba "Y el mundo se quedó callado". Turkov mantuvo su palabra, ¡excepto que nunca me mandó el manuscrito original de vuelta a París!
-En una entrevista con la revista Time dijo que entonces "El diario de Anna Frank" era lo más profundo que la gente quería aventurarse en la oscuridad. ¿Tanto le costó luego publicar su libro en Estados Unidos y Europa?
-Sí, y a pesar del apoyo de Mauriac, que era el escritor más famoso de Europa y que personalmente lo llevó de editor en editor. La gente no quería hablar del Holocausto entonces, me decían que nadie quería escuchar esas historias. Al final, una editorial pequeña, pero valiente, en Francia, y otra parecida en Estados Unidos lo tomaron. Pero en los tres primeros años no llegué a vender más de 1500 copias. Escuché decir que Borges escribió notitas de agradecimiento a cada una de las personas que habían comprado su primer libro. Yo podría haber hecho lo mismo.
-¿Y hoy sigue las noticias de la Argentina?
-Ya muy poco. Me parece que, al menos en temas de derechos humanos, la cosa está significativamente mejor y hay casos más urgentes a los que les presto atención. Yo iba, por ejemplo, cuando Timerman estaba detenido, para intentar entrevistarlo y hacer esfuerzos diplomáticos para su liberación, porque me parecía un caso muy importante. Pero hoy mi gran conexión con la Argentina es a través de Borges, al que no me canso de releer. Lo conocí personalmente. Estuve con él un par de veces en conferencias internacionales en las que ambos éramos invitados. Le tengo una enorme admiración. Sobre todo, las cosas bien cortas que escribió me parecen cada vez más brillantes.
-¿Le resultó muy difícil pasar de periodista a escritor?
-No, porque, finalmente, siempre se trata de palabras. Como periodista, ya hace muchos años que no hago nada, pero se extraña eso de sentirse tan cerca del centro neurálgico de la historia contemporánea. Y hay un misterio que nunca pude entender. Como periodista, uno tiene que escribir de temas muy complejos, condensarlos y ponerlos de manera entendible, muy, muy rápido, porque el cierre es sagrado. Y, de alguna manera, los textos salen. Cuando pasé a ser escritor, mi mayor sorpresa fue que uno pasa meses escribiendo algo, repensándolo. Pero en vez de ser lo que uno podría haber escrito como periodista, aunque mucho mejor y más cuidado, en general a uno no lo satisface y termina en el papelero.
-Hablando de palabras, a usted se le adjudica haber usado por primera vez el término "Holocausto" para hablar del exterminio nazi.
-Sí, pero no es que haya sido una decisión consciente. Estaba trabajando en un ensayo sobre el sacrificio bíblico y por accidente comencé a explorar todas las implicaciones de la palabra "holocausto" y su conexión con una palabra en hebreo que suena parecido, "ola", que hace referencia a una ofrenda quemada. Pero es una palabra que no uso más. De pronto todo se volvió el Holocausto: está completamente trivializado. Hasta escuché cierta vez a un relator de béisbol referirse como un "holocausto" a la manera en la que había perdido un equipo. Holocausto se aplica a los seis millones de judíos asesinados en la Segunda Guerra. Incluso durante el conflicto en los Balcanes, escuché a periodistas hablar de "los holocaustos de Bosnia y Auschwitz". Fui a Bosnia. Fue terrible y me puse a trabajar con todo mi ser para ayudar en todo lo que podía. Pero yo estuve en Auschwitz: el Holocausto fue otra cosa.
-Con todo lo que vivió, ¿es optimista respecto al futuro?
-Si pienso en mí mismo, no. Pero si pienso en los chicos, aun en mis propios alumnos, no tengo el derecho de ser pesimista. Merecen no sólo un mensaje de esperanza, sino que todos trabajemos para concretar un mundo mejor.
-¿Y sigue tomando taxis en Nueva York?
-¡Claro! Todo Manhattan está muy cercano a mi corazón. Cuando yo tenía el status de apátrida, conseguir los papeles en el consulado francés para volver a París fue imposible, con una enorme burocracia. Años más tarde, durante el gobierno de Mitterrand, me ofrecieron ser francés, pero decliné. Cuando necesité un pasaporte, el único país que me lo dio fue Estados Unidos. Y respecto a los taxis, mi accidente fue que me pisó uno cuando yo cruzaba la calle. ¡Así que vivo arriba de ellos! Lo peligroso de los taxis neoyorquinos no es estar adentro, sino afuera de ellos.
Por Juana Libedinsky
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=748738
El 17 de Octubre de 1945 se despertó la gran masa anestesiada, eclosiono el alma silenciosa y silenciada del pueblo, las columnas de obreros se movilizaron espontáneamente con un único objetivo: Rescatar al líder de los trabajadores argentinos, Juan Domingo Perón.
Obligado a renunciar por la oligarquía y preso en la isla Martín García el pueblo se organizo y salió a las calles. Las columnas obreras empezaron a poblar la ciudad, el rumor del pueblo fue creciendo y agigantándose, la multitud coreaba una canción popular: "yo te daré, te daré Patria Hermosa, te daré una cosa, una cosa que empieza con P, ¡Perón!". Y aquel Perón resonaba como un cañonazo, el cañonazo del pueblo que venia a rescatar a su líder, las grandes masas populares se decidieron a dictar el veredicto lapidario ante la crisis política producida por la obligada renuncia del líder de los trabajadores.
Los trabajadores abandonaron las fabricas, los surcos, los yerbales, las chacras, los servicios de transporte. Grupos compactos de trabajadores fueron atravesando los puentes que unen Avellaneda con Buenos Aires y se dirigían hacia el centro de la ciudad. Sus gritos y voces despiertan el pánico de los habitantes, los comerciantes bajan las cortinas de sus negocios.
Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de Chacarita y de Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y acerias del riachuelo, de las hilanderías de Barracas. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora. Hermanados en el mismo grito y en la misma fe, iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor y el mecánico de automóviles, el tejedor la hilandera y el empleado de comercio.
El sector céntrico de la ciudad era irreconocible. Buenos Aires era ocupada por centenares de miles de trabajadores enfurecidos.
Las manifestaciones obreras confluian en la Plaza de Mayo y, rendidos por la marcha, numerosos manifestantes refrescan sus pies en las fuentes de la plaza, como un duro mensaje a quienes observan horrorizados desde los balcones "la conquista de Buenos Aires".
Otros llegan montados en caballos, agrupados en camiones, trepados al techo del tranvía, amontonados en colectivos que debieron cambiar su recorrido y dirigirse hacia Plaza de Mayo con carteles improvisados brindando su apoyo y exigiendo a las autoridades la inmediata liberación de Perón.
Esa gigantesca concentración obrera inauguraba el 17 de Octubre, era la unión entre el pueblo trabajador y su líder, Perón, era el subsuelo de la Patria sublevado, era el cimiento básico de la Nación que asomaba y que inscribía un nuevo capitulo en la historia Argentina.
Con improvisadas antorchas hechas con ejemplares de "La Prensa" retorcidos en llamas los trabajadores iluminaron esa maravillosa noche, hasta que se asomo al balcón el líder rescatado por su pueblo, y sellando un pacto de lealtad eterna, Perón los llamo por primera vez por su nombre: ¡Trabajadores!
Fragmento del libro "Perón y el 17 de Octubre", selección de ensayos y recopilación de discursos publicado por la Biblioteca del Congreso de la Nación, 2002
"Trabajadores:
Hace casi dos años, desde estos mismos balcones, dije que tenia tres honras en mi vida: la de ser soldado, la de ser un patriota y la de ser el primer trabajador argentino.
Hoy, a la tarde, el Poder Ejecutivo ha firmado mi solicitud de retiro del servicio activo del Ejercito. Con ello he renunciado voluntariamente al mas insigne honor a que puede aspirar un soldado: llevar las palmas y los laureles de general de la Nacion. Lo he hecho porque quiero seguir siendo el coronel Peron y ponerme con este nombre al servicio integral del autentico pueblo argentino.
Dejo, pues, el honroso y sagrado uniforme que me entrego la Patria, para vestir la casaca del civil y mezclarme con esa masa sufriente y sudorosa que elabora en el trabajo la grandeza del pais.
Con esto doy mi abrazo final a esa institucion que es el puntal de la Patria: el Ejercito. Y doy tambien el primer abrazo a esta masa inmensa que representa la sintesis de un sentimiento que habia muerto en la Republica: la verdadera civilidad del pueblo argentino.
Esto es pueblo; esto es el pueblo sufriente que representa el dolor de la madre tierra, al que hemos de reivindicar. Es el pueblo de la Patria, el mismo que en esta historica plaza pidio frente al Cabildo que se respetara su voluntad y su derecho.
Es el mismo pueblo que ha de ser inmortal, porque no habra perfidia ni maldad humana que pueda someter a esta masa grandiosa en sentimiento y en numero.
esta es la verdadera fiesta de la democracia, representada por un pueblo que marcha a pie durante horas, para llegar a pedir a sus funcionarios que cumplan con el deber de respetar sus autenticos derechos.
Muchas veces he asistido a reuniones de trabajadores. Siempre he sentido una enorme satisfaccion, pero desde hoy sentire un verdadero orgullo de argentino porque interpreto este movimiento colectivo como el renacimiento de una conciencia de los trabajadores, que es lo unico que puede hacer grande e inmortal a la Nacion.
Hace dos años pedi confianza. Muchas veces me dijeron que ese pueblo, por el que yo sacrificaba mis horas de dia y de noche, habria de traicionarme. Que sepan hoy los indignos farsantes que este pueblo no engana a quien no lo traiciona. Por eso, señores, quiero en esta oportunidad, mezclado con esta masa sudorosa, es? 27 trechar profundamente a todos contra mi corazon, como lo podria hacer con mi madre.
Desde esta hora, que sera historica para la Republica, que sea el coronel Peron el vinculo de union que haga indestructible la hermandad entre el pueblo, el ejercito y la policia; que sea esta union eterna e infinita para que este pueblo crezca en esa unidad espiritual de las verdaderas y autenticas fuerzas de la nacionalidad y del orden; que esa unidad sea indestructible e infinita para que nuestro pueblo no solamente posea la felicidad sino tambien sepa defenderla dignamente. Esa unidad la sentimos los verdaderos patriotas, porque amar a la Patria no es amar sus campos y sus casas, sino amar a nuestros hermanos. Esa unidad, base de toda felicidad futura, ha de fundarse en un estrato formidable de este pueblo, que al mostrarse hoy en esta plaza, en numero que pasa de medio millon, esta indicando al mundo su grandeza espiritual y material.
(Elpueblo pregunta: ¿Donde estuvo? ¿Donde estuvo?...
Preguntan ustedes donde estuve. Estuve realizando un sacrificio que lo haria mil veces por ustedes.
No quiero terminar sin enviar un recuerdo cariñoso y fraternal a nuestros hermanos del interior que se mueven y palpitan al unisono con nuestros corazones, en todas las extensiones de la Patria. A ellos, que representan el dolor de la tierra, vaya nuestro cariño, nuestro recuerdo y nuestra promesa de que en el futuro hemos de trabajar a sol y a sombra para que sean menos desgraciados y puedan disfrutar mas de la vida.
Y ahora, como siempre, de vuestro Secretario de Trabajo y Prevision, que fue y que seguira luchando a vuestro lado por ver coronada la obra que es la ambicion de mi vida, la expresion de mi anhelo de que todos los trabajadores sean un poquito mas felices.
(Elpueblo insiste: ¿Donde estuvo?_)
Señores: ante tanta insistencia les pido que no me pregunten ni me recuerden cuestiones que yo ya he olvidado, porque los hombres que no son capaces de olvidar, no merecen ser queridos ni respetados por sus semejantes. Y yo aspiro a ser querido por ustedes y no quiero empañar este acto con ningun mal recuerdo.
Ha llegado ahora el momento del consejo. Trahajadores: unanse, sean hoy mas hermanos que nunca. Sobre la hermandad de los que trabajan ha de levantarse en esta hermosa tierra, la unidad de todos los argentinos. Diariamente iremos incorporando a esta enorme masa en movimiento a todos los discolos y descontentos, para que, junto con nosotros, se confundan en esta masa hermosa y patriota que constituyen ustedes.
Pido tambien a todos los trabajadores que reciban con cariño mi inmenso agradecimiento por las preocupaciones que han tenido por este humilde hombre que les habla. Por eso les dije hace un momento que los abrazaba como abrazaria a mi madre, porque ustedes han tenido por mi los mismos pensamientos y los mismos dolores que mi pobre vieja habra sufrido en estos dias.
Confiemos en que los dias que vengan sean de paz y de construccion para el pais. Mantengan la tranquilidad con que siempre han esperado aun las mejoras que nunca llegaban. Tengamos fe en el porvenir y en que las nuevas autoridades han de encaminar la nave del Estado hacia los destinos que aspiramos todos nosotros, simples ciudadanos a su servicio.
Se que se han anunciado movimientos obreros. En este momento ya no existe ninguna causa para ello. Por eso les pido, como un hermano mayor, que retornen tranquilos a su trabajo.
Y por esta unica vez, ya que nunca lo pude decir como Secretario de Trabajo y Prevision, les pido que realicen el dia de paro festejando la gloria de esta reunion de hombres de bien y de trabajo, que son las esperanzas mas puras y mas caras de la Patria.
He dejado deliberadamente para lo ultimo recomendarles que al abandonar esta magnifica asamblea, lo hagan con mucho cuidado. Recuerden que ustedes, obreros, tienen el deber de proteger aqui y en la vida a las numerosas mujeres obreras que aqui estan.
Finalmente, les pido que tengan presente que necesito un descanso, que me tomare en Chubut para reponer fuerzas y volver a luchar codo con codo con ustedes, hasta quedar exhausto, si es preciso.
Pido a todos que nos quedemos por lo menos quince minutos mas reunidos aqui, porque quiero estar desde este sitio contemplando este espectaculo que me saca de la tristeza que he vivido en estos dias".
Clientes y entregadores: cuando la responsabilidad de los adultos en la prostitución infantil sólo se denuncia parcialmente.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Sin clientes no hay prostitución infantil”, dice la leyenda de un afiche del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. La semana pasada, en esta columna, se recordaban las fotos de niños obreros, tomadas a fines del siglo XIX y comienzos del XX, para denunciar una explotación ejercida sobre cuerpos indefensos y destruidos por el esfuerzo. El afiche sobre prostitución infantil argentino no presenta, en cambio, una imagen nítida: unos piecitos calzados con sandalias, movidos y fuera de foco; arriba, el torso de un hombre.
Recordé un corto de la televisión alemana sobre el mismo tema. La primera escena mostraba el patio interior de un conjunto habitacional: chicos corriendo, risas en la media tarde.
Desde una ventana, se asoma una mujer adulta para llamar a una niña. Parecía una madre ordenándole a su hija que abandonara el juego y entrara para hacer la tarea de la escuela. En la escena siguiente, esa mujer peina a la niña, frente a un espejo, en una habitación normal de clase media. En una imagen amplia, sin ningún primer plano para la emoción fácil, la niña llora silenciosamente. Su ropa es diferente de la que llevaba en el patio; ahora está disfrazada de niña mala y seductora, con una especie de malla que se le adhiere al torso delgado y una pollerita de frunces.
Dudo que estas imágenes filmadas en Alemania se parezcan a la realidad argentina, donde la situación de miseria debe saltar a la vista. Como sea, tanto en el afiche como en el corto alemán, es inevitable sentir que ha irrumpido lo siniestro. El aviso alemán subrayaba la responsabilidad del adulto entregador. El afiche argentino señala la del cliente de la niña o el niño. Me pregunto si esa diferencia reside en la lógica de la prostitución en Argentina y Alemania o en la forma de definir el problema. Si se focaliza sobre el cliente, se presupone que los niños se deslizan en la prostitución con una intervención mínima o ausente de otros adultos; si se focaliza sobre el adulto entregador, se estaría señalando al primer responsable, aquel que pone la repugnante máquina en movimiento. No sé si quien diseñó el afiche del Gobierno de la Ciudad eligió conscientemente el motivo y la consigna; ignoro si algo hizo que pasara por alto la responsabilidad del entregador, o del adulto que tolera, se beneficia o impulsa la prostitución. Puedo imaginar que el afiche eligió subrayar al cliente con medios materiales para pagar sus perversiones y prescindir del entorno adulto del niño o niña prostituidos, que vive en la miseria, sin reservas materiales suficientes para sostener reservas morales. Si sólo aparece la imagen del niño o niña prostituidos, podría pensarse que se trata de chicos que están fuera de un círculo de adultos que ha dejado tanto de controlarlos como de explotarlos.
Se trataría entonces de chicos que van a la prostitución porque ya están viviendo sueltos, libres de todo
vínculo, y pasan de la mendicidad a la explotación sexual.
Pero si se señala al adulto, como en el aviso alemán, estamos hablando de chicos que son mandados a la prostitución por quienes se benefician con ella. Este caso es más clásico: la niña que vive en un prostíbulo y, cuando llega su hora, se convierte en prostituta, bajo la mirada protectora de su propia madre y de sus amigas que la preparan para la iniciación; o la púber que es entregada por una anciana intermediaria al burgués que la observa con una mirada bonachona, y le levanta la barbilla para descubrir sus ojos avergonzados por lo que sabe que va a ocurrirle. La pintura, el cine y la literatura han representado escenas como éstas. En la literatura la serie se inaugura con la primera entrega, porque ella hace un corte nítido. Lo anterior fue la preparación de la niña prostituta que conocía su destino y lo veía
cada vez más cerca.
En la vida, las cosas son diferentes. Los piecitos con sandalias del afiche hace un rato caminaban hacia un coche para pedir una limosna; ahora se dirigen al umbral que pone la limosna en el pasado: van al encuentro de su cliente.
http://www.clarin.com/diario/2005/10/16/sociedad/s-01071785.htm.
PILAR CALVEIRO, POLITOLOGA
Ya suficientemente objetadas las teorías de la dictadura y de la incipiente democracia acerca de la guerrilla, se impone ahora que asuman sus responsabilidades los que participaron de la lucha armada.
Oscar Raúl Cardoso.
ocardoso@clarin.com
Dos teorías llegaron hasta el presente sobre la lucha armada en los 60 y 70. La de los militares de la última dictadura —las organizaciones armadas eran el demonio— y la que con la democracia ensayó equiparar insurgencia con terrorismo de Estado. ¿No queda pendiente un examen honesto del primer modelo, el que propusieron los propios insurgentes sosteniendo que —dadas las condiciones de la época— esa forma de lucha era inevitable?
—La teoría de los "dos demonios", como la que antes intentó demonizar la lucha armada, son inadecuadas. Principalmente, porque el análisis político no puede partir de ninguna clase de demonización. No se trata de procesos demoníacos. Son fenómenos que requieren del análisis político. En la demonización, generalmente se está en el ámbito de lo moral. La política es otra cosa. Me deslindo completamente de cualquier visión demoníaca. Con respecto a lo que representó la insurgencia armada y si era inevitable, en política no hay respuestas inevitables. Es importante —sin embargo— señalar que las organizaciones armadas actuaron en relación con poderes ilegítimos. En Argentina y en todos los otros países de América latina. Reaccionaron en relación con poderes ilegítimos, en el contexto de sociedades fuertemente autoritarias, que habían recurrido al uso de la fuerza como práctica fundamental de la política a lo largo de, prácticamente, todo el siglo XX.
# Al cabo del drama y la polvareda histórica que levantó, ¿no es apropiado recordar esa ilegitimidad de los poderes que fueron desafiados por las organizaciones armadas?
—Sí, pero este hecho no puede obturar la posibilidad de analizar críticamente lo que representó la respuesta y cuáles fueron sus limitaciones, sus errores. ¿Por qué? Precisamente, porque fuimos parte de un momento político privilegiado, en el sentido de que hubo cierta conexión entre las distintas opciones políticas en América latina. Hubo un apoyo de sectores sociales y políticos importantísimo. Y esto fue derrotado. Sin duda, fue derrotado por la gran fuerza militar interna y externa con la que se reprimió, pero al mismo tiempo en esa derrota hubo errores políticos propios de las organizaciones.
# Revisemos esos errores. ¿Hubo un intento de cooptación del peronismo por parte de corrientes que, en rigor, eran marxistas (FAR, FAP, etcétera), como alguna vez se adujo?
—La influencia del marxismo creo que fue clave en algunos de los grupos. Pero esta influencia tuvo que ver no con una cooptación del peronismo, sino con una forma particular de entender el movimiento peronista. Y de pensar, a veces de una manera un poco forzada, cuáles eran sus características en tanto movimiento popular. Fue muy importante, desde algunos grupos, esta visión un tanto gramsciana, en donde el peronismo tenía características de movimiento nacional popular y lo que se está reivindicando no es la ideología del peronismo, ni tampoco la idea de infiltrarle al peronismo la ideología marxista, sino que se está pensando al peronismo como movimiento nacional popular con potencial revolucionario. El mismo que, teóricamente, iba a desarrollar, propiciar, esta izquierda peronista, estas organizaciones.
# En su libro Política y/o violencia el espacio más crítico parece reservado para la conducción de Montoneros, Mario Firmenich, que sugiere casi un resentimiento personal.
—Yo no lo plantearía así, sino que apelo, e insisto en esta apelación, al hecho de que aquellos que tuvieron la conducción de una fuerza política que fue llevada a un desastre tan grande que no fue sólo político sino que provocó la eliminación física de sus miembros, es importantísimo que den respuesta, que se responsabilicen. Es casi imposible establecer con toda precisión cuáles fueron las causas de esa derrota. Pero lo que es imprescindible es abordar el problema y asumir las responsabilidades.
# Como expone en su libro, esas organizaciones alcanzaron un momento de gran consenso que —significativamente— comenzó a evaporarse en el mismo momento en que éstas decidieron enfrentar a Juan Perón y su gobierno. ¿Intentaron ir más allá de lo que la sociedad estaba dispuesta a admitir como un cambio?
—Hay un vicio de origen en esto, una incidencia del foquismo en esta visión. Si uno revisa los documentos primeros, algunos de los cuales publicó aquí la revista Lucha Armada, desde la mirada de hoy, lógicamente, ya encuentra el germen de algunas de las cosas que luego se desarrollaron. En particular, una insistencia en la centralidad de lo militar. Esta idea de que, aunque se enuncia que lo político va por delante, sin embargo la insistencia es en lo militar. Este deslizamiento hacia lo militar se va a ir dando desde antes de la ruptura con Perón, cuando se inicia la confrontación interna dentro del movimiento peronista. Allí se comprueba que Montoneros no sabe pelear en términos políticos, que pretende resolverlo desde el lugar de la presión, de la fuerza, de la exhibición de su fuerza. Ya ahí hay algo muy peligroso, una incapacidad política. La ruptura con Perón profundiza esto y les da más espacio a los sectores de la derecha peronista que se oponen. Y finalmente, la autoclandestinización de Montoneros termina de cortar las amarras con ese espectro político que era muy amplio y con el que efectivamente había tenido un lazo importante. Era extendido, habían logrado un impacto considerable. Y finalmente, la autoclandestinización es una forma también de terminar de romper esas amarras, y de alguna manera, de escudarse en lo militar, de pensar que el poder militar les iba a devolver el espacio político perdido. Ese es uno de los errores claves.
# Ese desplazamiento hacia lo militar también lo hicieron las organizaciones armadas no peronistas, como el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo). ¿En el caso de Montoneros no refleja también una proclividad de la cultura peronista —fundada por un militar— a definir la realidad en términos castrenses?
—Sí, el desplazamiento ocurre, tanto en las organizaciones peronistas como en las no peronistas, aunque no comparto esa visión del peronismo con un presunto sesgo militar. Más adecuado sería decir que hay un cierto sesgo militar de cierto peronismo. Pero el peronismo es un movimiento muy amplio. Entonces, hay otros sectores del peronismo que no identificaría con un sesgo militar o clerical. Si uno revisa otras experiencias armadas en América latina, hay un proceso semejante. Yo creo que esto tiene que ver con una dificultad para entender la articulación entre política y violencia. Una de las cosas que se pueden extraer del análisis de aquella experiencia es una reformulación de esa relación. En ese momento existe una formulación que tiene que ver con la construcción de un ejército para la toma del poder del Estado. Esto marcó mucho este tipo de prácticas y este recostarse sobre lo militar. Hay una forma muy estadocéntrica de entender la política. Pero ¿qué pasa con la sociedad? ¿Cómo entender a esta sociedad, que en un momento respalda, apoya, va con las columnas de Montoneros y después desaparece?
# No sería ésa la primera vez en la historia que la sociedad argentina alienta un curso de acción —animémonos y vayan— y luego se desentiende de lo que propició.
—Recorreríamos un camino falso si propusiéramos algo sí como: la sociedad nos traicionó. Creo que lo que hay que analizar es qué pasó con una propuesta política que no logra hacerse entendible, aceptable, viable, reconocible, por esa sociedad. Ahí hay también un error político grave.
# ¿Acaso exculpar por completo a la sociedad sirve a la verdad? ¿No condena lo que pueda haber de justo en toda rebelión?
—No se trata de exculpar a nadie, ni de demonizar toda rebelión. Desde 1966, por lo menos, hubo un proyecto de fuerte disciplinamiento por parte del Estado. Es en ese contexto donde surgió la lucha armada. Hay que decirlo: surgió en el contexto de un gobierno absolutamente ilegítimo, absolutamente autoritario, y que fue el que inició la práctica de desaparición sistemática de personas, de tortura indiscriminada, los fusilamientos de Trelew, etcétera. Es ése el momento en que se conforman las organizaciones armadas, algo que no conviene olvidar.
Copyright Clarín, 2005.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/10/16/z-03815.htm
Isidoro Vegh defiende las teorías de Freud
“Nosotros ayudamos al sujeto a que encuentre el camino que lo hace más feliz”, dice Isidoro Vegh, psicoanalista, autor de numerosos libros sobre el psicoanálisis y miembro fundador de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.
Con voz pausada y eligiendo cuidadosamente las palabras, Vegh hace afirmaciones que nadie le atribuiría a un psicólogo freudiano, como que el hombre no está gobernado por el instinto, que el analista y el paciente se topan en algún momento del análisis con “lo indecible”, que el hombre es responsable de sus actos y que el drama del mundo moderno es la pérdida de valores.
Más aún: para respaldar sus ideas no acude a autores modernos, con excepción de Freud y Lacan, sino que cita a pensadores clásicos y, para colmo, cristianos, como San Agustín, Nicolás de Cusa y Paul Claudel. Y, al arremeter contra las declaraciones de Borch-Jacobsen sobre el supuesto fin del psicoanálisis, no deja de aclarar que lo que él rescata es el espíritu de Freud, y que es preciso tener una visión amplia del conocimiento, ya que “Freud con Freud es comida de zonzos”.
–Como el psicoanálisis surgió en una época en la que había gran represión sexual, muchos atribuyen el éxito de las teorías de Freud a esa situación y no a que fueran acertadas sus teorías. Hoy, cuando se viven tiempos de liberación sexual -o de obsesión sexual, más bien-, ¿puede seguir vigente el psicoanálisis?
-Fue Freud el que le dijo a uno de sus discípulos, Adler, que no sexualizara el inconsciente. Freud tuvo el mérito de decir que la sexualidad no se equipara con la genitalidad. Nunca dijo que el instinto es lo que está en la raíz de la conducta humana, Freud habló de Trieb, que es una palabra alemana que significa ?pulsión´ y se diferencia del vocablo "instinto". La pulsión tiene una posibilidad de variar sus objetos. Por ejemplo, una hormiguita obedece ciegamente a una fuerza biológica que sabe el objeto que le conviene. La pulsión, en cambio, no es determinante, gracias a que estamos habitados por el lenguaje. Eso es lo que hace que nuestra relación con el instinto quede acorralada, disminuida. La prueba está en que a un ser humano usted le da de comer diez días la misma comida y prefiere dejarse morir de hambre. Necesitamos la variación, el menú. ¿Por qué? Porque el ser humano no está gobernado por el instinto.
-Los griegos hablaban indistintamente de lenguaje y de espíritu. Cuando usted dice que estamos habitados por el lenguaje, ¿entiende al lenguaje en el sentido amplio de los filósofos de la antigüedad, o se refiere a él como una simple herramienta del cerebro humano orientada a la comunicación?
-Cuando hablo del lenguaje, hablo del hecho de que el ser humano tiene palabras con las cuales piensa, con las cuales se relaciona con el otro, con las cuales tiene la base de lo que son sus sueños. Porque fue Freud el que descubrió que los sueños son una escritura jeroglífica.
-Y cuando el poeta Juan Ramón Jiménez dice: "No sé con qué decirlo, porque aún no está hecha mi palabra", ¿no está aludiendo a algo en el hombre más profundo, e incluso anterior al lenguaje?
-Sin duda que para nosotros, los psicoanalistas, el lenguaje no es lo único que nos constituye. Lo puedo decir de otro modo: somos un cuerpo interceptado por la palabra. Cuando uno avanza hasta el extremo en la palabra se encuentra con el límite de la palabra. Un obispo muy conocido por los filósofos, Nicolás de Cusa, distinguía dos ignorancias: la ignorancia a secas y la docta ignorancia. La ignorancia docta es aquello con lo que nosotros nos encontramos cuando transitamos el saber hasta el extremo. En un análisis, por ejemplo, un paciente que avanza bien va a llegar a ubicar sus síntomas con relación a su historia, pero también se va a encontrar con los límites de ese saber.
-¿Considera al psicoanálisis una ciencia?
-Entre los psicoanalistas tenemos diferencias, distintas formas de pensar, por el hecho simple de que el psicoanálisis no es una religión, ni una ideología, ni una cosmovisión. El psicoanálisis tiene la práctica. Freud crea el psicoanálisis a partir del decir de sus pacientes. Sus primeros pacientes fueron las mujeres histéricas que lo iban a ver cuando había fracasado la medicina de su tiempo, a fines del siglo XIX. Lo iban a ver por parálisis que la neurología no podía explicar. El descubrió que eso que se llamó en un principio "terapia por la palabra" ayudaba a resolver esos síntomas. El psicoanálisis implica una práctica, una teoría que intenta dar cuenta de esa práctica, y una continua puesta en verificación de sus postulados. En ese sentido, yo diría que tiene la misma estructura que el campo de la ciencia.
-Con respecto a que el psicoanálisis no es una cosmovisión, ¿cómo interpretaría el trabajo de Freud titulado: "Una concepción del universo"?
-Freud es el que dice, justamente, en ese trabajo y en otros, que nosotros no estamos para proponer una cosmovisión. Cuando se habla de la abstinencia del analista se quiere decir que nosotros tenemos que abstenernos de indicarle al sujeto cuáles deben ser sus creencias y cuáles deben ser sus pasos por la vida. Nosotros ayudamos al sujeto a que encuentre el camino que lo hace más feliz.
-El psicoanálisis, al querer explicar la conducta humana a partir de determinados cánones o fórmulas, como por ejemplo el complejo de Edipo, ¿no corre el riesgo de reducir al hombre a una especie de mecanismo o artefacto que funciona según los actos reflejos o inconscientes de su "aparato psíquico"?
-Mire: le voy a contestar con un capítulo de las enseñanzas de Lacan y con mis propias reflexiones. En la tradición cristiana, San Agustín planteó, con la justeza que lo caracterizaba, el contrapunto que significa el libre albedrío y la gracia divina. ¿Cómo pensar que hay una gracia divina omnipotente y, a la vez, el libre albedrío que parecería contradecir ese poder sin límites de Dios? Es más: hubo sectas heréticas que dijeron que si todo es creado por Dios, el mal que yo puedo hacer también hay que imputárselo a Dios, y que entonces ni siquiera puede decirse que existe el mal. Pero San Agustín dijo que la gracia divina es también algo que tenemos que implorar para que esa libertad que Dios nos otorgó la podamos usar del mejor modo. Para nosotros, desde el psicoanálisis, se trata exactamente de la misma cuestión, claro que no en términos teologales. El psicoanálisis coloca la libertad en el eje de su estudio, es decir que de ningún modo el psicoanálisis implica un determinismo absoluto. Justamente la distinción entre pulsión e instinto es para recordar que el ser humano es mucho más que eso.
-Freud consideró que el inconsciente domina al hombre desde abajo, y de ahí su poder. Según esto, ¿hasta qué punto el hombre es responsable de sus actos? Hitler, por ejemplo, ¿no acabará siendo, según el psicoanálisis, un simple enfermo o un eterno niño herido al que hay que comprender en vez de reprobar?
-Nosotros decimos que el sujeto es responsable de sus actos.
-Pero ¿es lo que dice Freud también?
-Sí, es lo que dice Freud, y le voy a citar el texto. En un complemento a la metapsicología de los sueños, Freud dice que si bien el sueño es una formación del inconsciente, el sujeto es responsable de sus sueños, así que fíjese que de ningún modo en la teoría freudiana hay algo así como la absolución de los actos. El sujeto tiene un margen de libertad. Por supuesto que ese margen de libertad se amplía cuando uno conoce cuáles son las determinaciones que lo habitan. Por ejemplo, si viene un paciente y nos dice: "No sé qué me pasa: maltrato a mi mujer y a mis hijos", nosotros creemos que si lo ayudamos a descubrir cuál es la razón inconsciente de su manera desaforada de comportarse seguramente va a tener más libertad para obrar mejor.
-Si lo propio del hombre es ser manejado por sus instintos reprimidos o sus traumas de infancia, es decir, ser algo impulsado o conducido, ¿en qué sentido es aberrante que el hombre sea manipulado por otro tipo de fuerzas, ya se trate del Estado, de la propaganda o de padres despóticos?
-Son raros los gobiernos que están contentos con el psicoanálisis. Desde ya que los que no están de acuerdo con el psicoanálisis son los gobiernos dictatoriales, que son los que le temen a Freud. Fíjese que en el imperio de Stalin el psicoanálisis estaba prohibido, y en el nazismo fueron quemadas sus obras. Porque justamente alguien que se analiza aprende a interrogar. Cuando el otro dice algo, surgen las preguntas: "¿por qué me lo dice?", "¿qué está diciendo a través de sus palabras esta persona?".
-En una época en la que el hombre está más preocupado por encontrarle un sentido a su vida que por liberarse sexualmente, desembarazarse de sus complejos o resolver sus neurosis, ¿cuál es el servicio concreto que hoy brinda el psicoanálisis a sus pacientes?
-Nuestro servicio es para alguien que haya perdido el gusto de la vida. El psicoanálisis lo ayuda a que averigüe qué es lo que le hace perder ese gusto, sobre todo en tiempos como los que corren, en los que desgraciadamente hay tantos valores confundidos. Lacan, siguiendo a ese gran escritor francés que fue Paul Claudel, dijo que en el último siglo se ha avanzado en el peor sentido, en lo que se llama "el padre humillado". Se tiende a confundir autoridad con autoritarismo. Cuando un padre no ejerce su autoridad, que no es lo mismo que ser autoritario, sobreviene una gran confusión. Bueno, desde hace tiempo, por razones socioculturales, en el mundo occidental hay una decadencia de la función paterna. ¿Cuál es el resultado? Esa juventud que está a la deriva, desorientada, sin encontrarle un sentido a su vida. Entonces aparecen respuestas sustitutivas, porque el ser humano necesita, de algún modo, encontrar un sentido. Si no, se narcotiza frente a ese vacío, y es así como tenemos el mundo de la droga...
-El hecho de que el psicoanálisis haya perdido vigencia en el mundo, según las estadísticas, ¿se debe a que se trata de una disciplina anacrónica?
-En primer lugar, no es cierto que haya perdido vigencia. Y luego, a estos enemigos podemos localizarlos. El señor Borch-Jacobsen está radicado en los Estados Unidos y forma parte de un grupo que se autodenomina "los destructores de Freud". Están allí desde los años 90 en una práctica activa dedicada a eso y pertenecen a lo que en el campo de los historiadores se llama revisionismo. Están en una campaña franca de desprestigio, y esto es un buen elemento para saber de qué clase de historiador estamos hablando.
-Freud consideró que el alma humana, así como la cultura y la religión, es producto de la represión de los instintos o bien del proceso de espiritualización denominado sublimación. Según esto, el espíritu humano no tendría realidad por sí mismo ni sería algo trascendente. ¿Cuál es su opinión como psicólogo freudiano?
-Por supuesto que las creaciones más sublimes del espíritu humano, como el arte, la ciencia, la religión misma (para quien es creyente) son absolutamente valoradas por nosotros, los psicoanalistas. Es más: cualquier psicoanalista de cualquier corriente puede dar pruebas innumerables de que cuando el paciente comienza a destrabar los lugares donde sus pulsiones (no sus instintos) estaban coagulados, esa energía impedida comienza a manifestarse en campos de creación, y esto es lo que se llama sublimación. Nosotros alentamos ese movimiento. Es más: consideramos que ese movimiento es un índice de salud.
-¿En qué consiste para usted la dignidad del hombre?
-Si tuviera que decirlo en pocas palabras, diría que en no renunciar a sus deseos. Nosotros decimos que hay una ética, a la cual un psicoanalista se somete si no quiere desdecir el lugar que dice ocupar. Nuestra ética consiste en acompañar a nuestros pacientes para que puedan reencontrarse con sus deseos. William Blake dijo: "Quien no realiza sus deseos, engendra pestes". El deseo es lo que hizo que un pintor, por ejemplo Picasso, haya llegado a ser Picasso. Es lo que atañe al núcleo de nuestro ser, como diría Freud.
-En la actualidad ha alcanzado gran difusión la disciplina creada por Víctor Frankl: la logoterapia. Según Frankl, el psicoanálisis consideró sólo dos dimensiones del hombre: la orgánica y la psíquica, y olvidó la única capaz de conferir unidad al ser humano, que es la espiritual. ¿Cuál es su opinión?
-Víctor Frankl es una persona a la cual respeto, por conocer su historia. Cómo se repuso a su experiencia en el campo de concentración sin duda merece mi mayor consideración. Pero, bueno, él tiene una posición ligada a una concepción más bien religiosa, que considero altamente respetable. Lo respeto, pero el psicoanálisis no participa de eso.
-También afirma Frankl que lo que hace feliz al hombre no es la autorrealización, sino la trascendencia, es decir, el salto más allá de sí mismo mediante la dedicación en cuerpo y alma a una tarea o misión, o a otra persona.
-Estoy totalmente de acuerdo con él. Yo creo que nuestra dedicación al prójimo no es un acto de caridad sin una relación al otro. Sin ella, el ser humano no subsiste.
-En otro orden de cosas, ¿identifica alguna patología particular en los políticos argentinos?
-En nuestros tiempos hay valores que han caducado, y basta ver qué personas se dedican, en general, a la política. Pero en los tiempos de Dante y en los de Sócrates sucedía lo mismo. Los políticos son necesarios (estamos en una democracia y no podemos prescindir de ellos), pero también es necesario crear dispositivos de control. Jamás estaría de acuerdo con dar la suma de los poderes públicos a ninguna persona.
-El escritor ruso Fedor Dostoievsky expresó: "Si alguien me dijera que Cristo no está con la verdad, elegiría estar con Cristo a estar con la verdad". En su caso, si descubriera que el psicoanálisis tiene falacias graves, ¿elegiría estar con el psicoanálisis o con la verdad?
-El psicoanálisis tiene como eje su relación con la verdad. Uno de los infundios del señor Borch-Jacobsen es que Freud habría recluido a los pacientes en la privacidad como una manera de hacer imposible la crítica a su experiencia. Es un infundio, porque la privacidad en el consultorio analítico es para preservar la intimidad del paciente. Siempre llega un momento en el que el paciente dice: "Hoy, doctor, le voy a decir algo que nunca pude decirle a nadie". La verdad está en el corazón de nuestra práctica. Y eso vale no sólo para el paciente, sino para el analista. Por eso, los analistas tenemos que analizarnos. Tenemos que trabajar los virus que nos habitan. Pero insisto: la verdad está en el corazón de la experiencia analítica.
Por Sebastián Dozo Moreno
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=747614
Por Sandra Russo
Estaba hablando por teléfono con una amiga. Trabaja para una fundación europea y coordina temas con perspectiva de género. Le contaba un rollo sentimental y ella iba agregando comentarios. En eso estábamos cuando, en un momento, creí escuchar un:
–No, el blanco.
–¿Qué tiene que ver el blanco? –le pregunté, porque como acotación era descolgada.
–¡No! –ella se rió–. Le estaba diciendo a Su.
–¿A qué Su? –no entendía.
–Su es la manicura.
Después de un instante de zozobra, creí comprender:
–¿Ahí hay una manicura?
Ella me contestó que sí. Mi amiga que trae y hace de intérprete a dirigentes de la Socialdemocracia europea y que tiene asistencia perfecta en cuanto congreso sobre feminismo y presupuesto participativo se lleve a cabo en el Cono Sur... ¡Estaba haciéndose las manos! Caramba, pensé, mirándome las mías. En las malas épocas, todavía me como las uñas. Dirán que todo esto es una pavada, y lo es. Esta es una nota sobre las pavadas de los progres. Todo ese día me quedé pensando por qué jamás en mi vida se me ocurrió hacerme las manos en la peluquería, y mucho menos un delivery de manicura. Esa noche volví a llamar a mi amiga y ni siquiera la saludé. Directamente ataqué con la pregunta que me había quedado en la cabeza y no había podido formular por el estupor:
–¿Te hacés los pies también?
–Sí –se rió ella.
–Ah.
Y corté.
La anécdota quedó entre nosotras y nunca superó el chiste casero, hasta que leí un fragmento de Roland Barthes que le dio perspectiva. Decía algo así: “lo privado” no significa lo mismo en todos los sectores sociales. “Lo privado” lleva inmediatamente a asociar “lo secreto”, pero el contenido de ese secreto es aquello que tiene peso de tabú para un determinado grupo. Para la audiencia de los programas de chismes, por ejemplo (Barthes habla, en realidad, de “una doxa de derecha”), la noción de secreto sobrevuela el territorio sexual. Ahí, una infidelidad, una perversión o un episodio de desenfreno provocan el efecto de secreto revelado. Pero entre la progresía y sus capillas (Barthes habla de “una doxa de izquierda”), la noción de secreto circula por otros carriles, tan inconfesados que hasta ahora mismo, escribiendo sobre ellos, me siento un poco tarada: la frivolidad, la ligereza, el hedonismo, la cholulez, el pasatismo, la estupidez, todos esos tópicos que hemos erradicado por decreto ideológico de nuestras vidas... públicas.
En una cena progre, se hablará de divorcios sucesivos con desparpajo y si la cena es muy progre, hasta es posible que algún matrimonio confiese fantasías swingers: pero sólo será súper progre si otro matrimonio declara que los dos están hartos del sexo y que hace años que no lo ejercitan. Recién ahí habrá una inquietud general (no por casualidad, mientras en la tele se repite como el colmo de la transgresión la palabra “partusa”, Lamujerdemivida eligió como núcleo temático de una de sus ediciones la bravata “¡Basta de sexo!”).
Cuando leí ese fragmento de Barthes recordé un Encuentro de la Internacional Socialista de Mujeres, en París. En los paneles había cuadros de todo el mundo, mujeres muy preparadas y notables, entrenadas para luchar en el ámbito adverso de la política. Fuera del auditorio de La Defènse, en reuniones, cenas y mesas de café, era posible sin embargo ir atravesando diversas capas de confianza, como testigo de otro tipo de información. Las que recién se conocían seguían intercambiando datos sobre sus países. Las que ya se conocían intercambiaban datos sobre sus partidos. Y las que se conocían mucho intercambiaban datos sobre... ¡cremas antiarrugas! Entrar al rubro “cremas antiarrugas” suponía algo así como sacarse los zapatos: cada uno sabe a qué equivalen las cremas antiarrugas o la manicura. Cuál es ese costado flojo, de guardia baja. Una característica de la progresía es pretender un mundo peinado ideológicamente de cara y ceca, puertas afuera y adentro. Pero la vida es despeinada. La naturaleza humana no es políticamente correcta. No estamos vacunados contra las pulsiones. No nacimos mejor hechos. Que tengamos una idea del bien no significa que seamos siempre buenos.
Así como se diría que es un rasgo de derecha la ostentación de una casa en una revista de actualidad, sería menos de derecha si la revista fuera de decoración. Pero todavía sería menos de derecha –casi nada– mostrar la casa en una revista de diseño.
Barthes se pregunta, en otro párrafo, si la tarea del intelectual es todavía la de “acentuar y mantener la descomposición de la conciencia burguesa”. Si es así, dice, conviene identificar esa conciencia, no eximirse ni suponerse por encima de ella, ya que es eso lo que “vamos a deteriorar, desplomar, desmoronar, desde dentro, como se haría con un terrón de azúcar que se sumerge en el agua”. Opone descomposición a destrucción. La destrucción sirve en los tiempos prerrevolucionarios, cuando se tiene a dónde “saltar”. Pero en otras épocas en las que eso es imposible, “acepto acompañar esta descomposición, descomponerme yo mismo en la misma medida: desbarro, me aferro y arrastro conmigo”. Puede que nos hayamos liberado del enano fascista, pero es inútil negar al ekeko pequeñoburgués que guardamos en algún rincón del corazón.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-57968-2005-10-15.html
Fue una etapa brillante, dice el historiador
PARIS.– Discípulos y colegas llaman al francés Jacques Le Goff “el ogro historiador”. Es una referencia al desaparecido Marc Bloch, cofundador de l’Ecole des Annales, quien afirmaba que un buen historiador “se parece al ogro de la leyenda: allí donde huele carne humana, sabe que está su presa”.
De un ogro, Jacques Le Goff tiene la estatura y el apetito. También tiene una insaciable curiosidad que lo llevó a transformarse en una referencia mundial sobre la historia de la Edad Media, período al cual el hombre contemporáneo le debe muchas de sus conquistas, dice.
A los 82 años, Jacques Le Goff sigue trabajando, a pesar de la profunda tristeza que le provocó la reciente muerte de su esposa –después de casi 60 años de vida en común– y de una caída que desde 2003 lo mantiene recluido en su departamento de París.
Con cualquiera de sus libros –tantos que podrían formar una biblioteca– todo lector se siente inteligente y erudito.
Aún más que sus condiscípulos George Duby, Emmanuel Le Roy Ladurie y François Furet, Le Goff recurrió a todas las disciplinas para estudiar la vida cotidiana, las mentalidades y los sueños de la Edad Media: antropología, etnología, arqueología, psicología? Sus obras mezclan conocimiento y perspectivas. Con ellas es posible introducirse en un medioevo fascinante, donde se estudiaba y se enseñaba a Aristóteles, Averroes y Avicenas, las ciudades comenzaban a forjarse una idea de la belleza y los burgueses financiaban catedrales que inspirarían a Gropius, Gaudi y Niemeyer. En esa Edad Media masculina, la mujer era respetada, las prostitutas, bien tratadas y hasta desposadas, y solía suceder que las jovencitas aprendieran a leer y a escribir.
-Los historiadores no consiguen ponerse de acuerdo sobre la cronología de la Edad Media. ¿Cuál es la correcta, a su juicio?
-Es verdad que no todos los historiadores coinciden en esa cronología. Para mí, la primera de sus etapas comienza en el siglo IV y termina en el VIII. Es el período de las invasiones, de la instalación de los bárbaros en el antiguo imperio romano occidental y de la expansión del cristianismo. Déjeme subrayar que Europa debe su cultura a la Iglesia. Sobre todo, a San Jerónimo, cuya traducción latina de la Biblia se impuso durante todo el medioevo, y a San Agustín, el más grande de los profesores de la época.
-Usted, gran anticlerical, jamás deja de destacar el papel de la Iglesia en los mayores logros de la Edad Media.
-¡Pero no es necesario ser un ferviente creyente para hablar bien de la Iglesia! También soy un convencido partidario del laicismo: principio admirable, establecido por el mismo Jesús cuando dijo: "Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". Pero, volviendo a la cronología, la segunda etapa está delimitada por el período carolingio, del siglo VIII al X.
-El imperio de Carlomagno fue, para muchos, el primer intento verdadero de construcción europea?
-Falso. En realidad se trató del primer intento abortado de construcción europea. Un intento pervertido por la visión "nacionalista" de Carlomagno y su patriotismo franco. En vez de mirar al futuro, Carlomagno miraba hacia atrás, hacia el imperio romano. La Europa de Carlos V, de Napoleón y de Hitler fueron también proyectos antieuropeos. Ninguno de ellos buscaba la unidad continental en la diversidad. Todos perseguían un sueño imperial.
-Usted escribió que a partir del año 1000 apareció una Europa soñada y potencial, en la cual el mundo monástico tendría un papel social y cultural fundamental.
-Así es. Una nueva Europa llena de promesas, con la entrada del mundo eslavo en la cristiandad y la recuperación de la península hispánica, que estaba en manos de los musulmanes. Al desarrollo económico, factor de progreso, se asoció una intensa energía colectiva, religiosa y psicológica, así como un importante movimiento de paz promovido por la Iglesia. El mundo feudal occidental se puso en marcha entre los siglos XI y XII. Esa fue la Europa de la tierra, de la agricultura y de los campesinos. La vida se organizaba entre la señoría, el pueblo y la parroquia. Pero también entraron en escena las órdenes religiosas militares, debido a las Cruzadas y a las peregrinaciones que transformarían la imagen de la cristiandad. Entre los siglos XIII y XV, fue el turno de una Europa suntuosa de las universidades y las catedrales góticas.
-En todo caso, para usted, la Edad Media fue todo lo contrario del oscurantismo.
-Aquellos que hablan de oscurantismo no han comprendido nada. Esa es una idea falsa, legado del Siglo de las Luces y de los románticos. La era moderna nació en el medioevo. El combate por la laicidad del siglo XIX contribuyó a legitimar la idea de que la Edad Media, profundamente religiosa, era oscurantista. La verdad es que la Edad Media fue una época de fe, apasionada por la búsqueda de la razón. A ella le debemos el Estado, la nación, la ciudad, la universidad, los derechos del individuo, la emancipación de la mujer, la conciencia, la organización de la guerra, el molino, la máquina, la brújula, la hora, el libro, el purgatorio, la confesión, el tenedor, las sábanas y hasta la Revolución Francesa.
-Pero la Revolución Francesa fue en 1789. ¿No se considera que la Edad Media terminó con la llegada del Renacimiento, en el siglo XV?
-Para comprender verdaderamente el pasado, es necesario tener en cuenta que los hechos son sólo la espuma de la historia. Lo importante son los procesos subyacentes. Para mí, el humanismo no esperó la llegada del Renacimiento: ya existía en la Edad Media. Como existían también los principios que generaron la Revolución Francesa. Y hasta la Revolución Industrial. La verdad es que nuestras sociedades hiperdesarrolladas siguen estando profundamente influidas por estructuras nacidas en el medioevo.
-¿Por ejemplo?
-Tomemos el ejemplo de la conciencia. En 1215, el IV Concilio de Latran tomó decisiones que marcaron para siempre la evolución de nuestras sociedades. Entre ellas, instituyó la confesión obligatoria. Lo que después se llamó "examen de conciencia" contribuyó a liberar la palabra, pero también la ficción. Hasta ese momento, los parroquianos se reunían y confesaban públicamente que habían robado, matado o engañado a su mujer. Ahora se trataba de contar su vida espiritual, en secreto, a un sacerdote. Tanto para mí como para el filósofo Michel Foucault, ese momento fue esencial para el desarrollo de la introspección, que es una característica de la sociedad occidental. No hace falta que le haga notar que bastaría con hacer girar un confesionario para que se transformara en el diván de un psicoanalista.
-Usted habla de emancipación de la mujer en la Edad Media. ¿Pero aquella no fue una época de profunda misoginia?
-Eso dicen y, naturalmente, hay que poner las cosas en perspectiva. Yo sostengo, sin embargo, que se trató de una época de promoción de la mujer. Un ejemplo bastaría: el culto a la Virgen María. ¿Qué es lo que el cristianismo medieval inventó, entre otras cosas? La Santísima Trinidad, que, como los Tres Mosqueteros, eran, en realidad, cuatro: Dios, Jesús, el Espíritu Santo y María, madre de Dios. Convengamos en que no se puede pedir mucho más a una religión que fue capaz de dar estatus divino a una mujer. Pero también está el matrimonio: en 1215, la Iglesia exigió el consentimiento de la mujer, así como el del hombre, para unirlos en matrimonio. El hombre medieval no era tan misógino como se pretende.
-La invención del purgatorio, a mediados del siglo XII, parece haber sido también uno de los momentos clave para el desarrollo de nuestras sociedades actuales.
-Así es. Curiosamente, lo que comenzó como un intento suplementario de control por parte de la Iglesia, concluyó permitiendo el desarrollo de la economía occidental tal como la practicamos en nuestros días.
-¿Cómo es eso?
-La invención del purgatorio se produjo en el momento de transición entre una Edad Media relativamente libre y un medioevo extremadamente rígido. En el siglo XII comenzó a instalarse la noción de cristiandad, que permitiría avanzar, pero también excluir y perseguir: a los herejes, los judíos, los homosexuales, los leprosos, los locos... Pero, como siempre sucedió en la Edad Media, cada vez que se hacían sentir las rigideces de la época los hombres conseguían inventar la forma de atenuarlas. Así, la invención de un espacio intermedio entre el cielo y el infierno, entre la condena eterna y la salvación, permitió a Occidente salir del maniqueísmo del bien y del mal absolutos. Podríamos decir también que, inventando el purgatorio, los hombres medievales se apoderaron del más allá, que hasta entonces estaba exclusivamente en manos de Dios. Ahora era la Iglesia la que decía qué categorías de pecadores podrían pagar sus culpas en ese espacio intermedio y lograr la salvación. Una toma de poder que, por ejemplo, permitiría a los usureros escapar al infierno y hacer avanzar la economía. También serían salvados de este modo los fornicadores.
-Pero hasta la aparición del sistema bancario reglamentado, en el siglo XVIII, tanto la Iglesia como las monarquías sobrevivieron gracias a los usureros. ¿Por qué condenarlos al infierno?
-Porque así lo establecían las escrituras, como en la mayoría de las religiones. En el universo cristiano medieval, la usura era un doble robo: contra el prójimo, a quien el usurero despojaba de parte de su bien, pero, sobre todo, contra Dios, porque el interés de un préstamo sólo es posible a través del tiempo. Y como el tiempo en el medioevo sólo pertenecía a Dios, comprar tiempo era robarle a Dios. Sin embargo, el usurero fue indispensable a partir del siglo XI, con el renacimiento de la economía monetaria. La sed de dinero era tan grande que hubo que recurrir a los prestamistas. Entonces la escolástica logró hallarles justificaciones. Surgió así el concepto de mecenas. También se aceptó que prestar dinero era un riesgo y que era normal que engendrara un beneficio. En todo caso, y sólo para los prestamistas considerados "de buena fe", el purgatorio resultó un buen negocio.
-La Edad Media también inventó el concepto de guerra justa, vigente hasta nuestros días, como lo demostraron los debates en la ONU sobre la guerra en Irak. Curioso, ya que el cristianismo es portador de un ideal de paz. Hasta se podría decir que es antimilitarista.
-Es verdad. Ordenándole a Pedro que enfundara su espada, Cristo dijo: "Quien a hierro mate, a hierro morirá". Los primeros grandes teóricos cristianos latinos eran pacifistas. Pero todo cambió a partir del siglo IV, cuando el cristianismo se transformó en religión de Estado.
-En otras palabras, los cristianos se vieron obligados a cristianizar la guerra.
-En esa tarea tendrá un papel fundamental San Agustín, el gran pedagogo cristiano. Para él, la guerra es una consecuencia del pecado original. Como éste existirá hasta el fin de los tiempos, la guerra también existirá por siempre. San Agustín propuso, entonces, imponer límites a esa guerra. En vez de erradicarla, decidió confinarla, someterla a reglas. La primera de esas reglas es que sólo es legítima la guerra declarada por una persona autorizada por Dios. En la Edad Media, era el príncipe. Hoy es el Estado, el poder público. La segunda regla es que una guerra es justa sólo cuando no persigue la conquista. En otras palabras: las armas sólo se toman en defensa propia o para reparar una injusticia. Esas reglas siguen perfectamente vigentes en nuestros días.
-¿Se podría decir que el hombre medieval trataba de preservar la cristiandad de todo aquello que amenazaba su equilibrio?
-Constantemente. Déjeme evocar como ejemplo el que para mí fue el aspecto más negativo de la época: la condena absoluta del placer sexual, simbolizado por el llamado "pecado de la carne". La alta Edad Media asumió las prohibiciones del Antiguo Testamento. Desde entonces, el cuerpo fue diabolizado, a pesar de algunas excepciones, como Santo Tomás de Aquino, para quien era lícito el placer en el acto amoroso. Frente a la opresión moral, la sociedad medieval reaccionó con la risa, la comedia y la ironía. El universo medieval fue un mundo de música y de cantos, promovió el órgano e inventó la polifonía.
-Hace un momento hizo referencia a los fornicadores que tuvieron un lugar en el purgatorio. ¿Cómo fue esto posible en una época de tanta represión sexual?
-Hay una anécdota que ilustra perfectamente la dualidad medieval. El rey Luis IX de Francia, que después sería canonizado como San Luis, tenía una vitalidad sexual desbordante. En los períodos en que las relaciones carnales eran lícitas (fuera de las fiestas religiosas), el monarca no se contentaba con reunirse con su esposa por las noches. También lo hacía durante el día. Esto irritaba mucho a su madre, Blanca de Castilla, que en cuanto se enteraba de que su hijo estaba con la reina intentaba introducirse en la habitación para poner fin a sus efusiones. Luis IX decidió entonces poner un guardián ante su puerta, que debía prevenirlo y darle tiempo de disimular su desenfreno. Ese hombre lleno de ardor tuvo once hijos y cuando partió a la Cruzada, en 1248, llevó a su mujer, a fin de no privarse de sus placeres sexuales. ¡No imaginará usted que la Iglesia podía enviar a San Luis a arder en el fuego eterno del infierno!
-¿También podríamos decir que la Edad Media inventó el concepto de Occidente?
-La palabra "Occidente" no me gusta. Pronunciada por los occidentales, tiene un contenido de soberbia para el resto del planeta.
-Pero entonces, ¿cómo definir, por ejemplo, a América, heredera de Europa?
-América ha dejado de ser la heredera de Europa. Lo fue hasta finales de la Segunda Guerra Mundial, cuando tanto Estados Unidos como el resto del continente dejaron de tener al hombre como centro de sus preocupaciones.
-Usted es un apasionado estudioso de la imaginación colectiva de la Edad Media. ¿Por qué eso es tan importante?
-Felizmente, las nuevas generaciones de historiadores siguen cada vez más esa tendencia. La imaginación colectiva se construye y se nutre de leyendas, de mitos. Se la podría definir como el sistema de sueños de una sociedad, de una civilización. Un sistema capaz de transformar la realidad en apasionadas imágenes mentales. Y esto es fundamental para comprender los procesos históricos. La historia se hace con hombres de carne y hueso, con sus sueños, sus creencias y sus necesidades cotidianas.
-¿Y cómo era esa imaginación medieval?
-Estaba constituida por un mundo sin fronteras entre lo real y lo fantástico, entre lo natural y lo sobrenatural, entre lo terrenal y lo celestial, entre la realidad y la fantasía. Si bien los cimientos medievales de Europa subsistieron, sus héroes y leyendas fueron olvidados durante el Siglo de las Luces. El romanticismo los resucitó, cantando las leyendas doradas de la Edad Media. Hoy asistimos a un segundo renacimiento gracias a dos inventos del siglo XX: el cine y las historietas. El medioevo vuelve a estar de moda con "Harry Potter", "La guerra de las galaxias" y los videojuegos. En realidad, la Edad Media tiene una gran deuda con Hollywood. Y viceversa. Pensé alguna vez que provocaría un escándalo afirmando que el medioevo se había prolongado hasta la Revolución Industrial. La verdad es que ha llegado hasta nuestros días.
-¿Se podría decir entonces que seguimos viviendo en la Edad Media?
-Sí. Pero esto quiere decir todo lo contrario de que estamos en una época de hordas salvajes, ignorantes e incultas, sumergidos en pleno oscurantismo. Estamos en la Edad Media porque de ella heredamos la ciudad, las universidades, nuestros sistemas de pensamiento, el amor por el conocimiento y la cortesía. Aunque, pensándolo bien, esto último bien podría estar en vías de extinción.
Por Luisa Corradini
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=746748
ALBERTO MINUJIN, SOCIOLOGO
La Argentina viene de una brutal pérdida de sus ventajas competitivas. Por eso, acertarán los políticos que logren cambiar el régimen tributario e invertir en los jóvenes, la educación y el desarrollo científico.
Entrevista: Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com
A propósito de la proximidad del bicentenario, hay abundancia de informes y estudios sobre los problemas y desafíos que nos esperan. ¿Qué futuro proyecta este presente para nuestro país?
—La circunstancia actual de relativa estabilidad y normalidad política y económica promueve y vuelve más necesaria, creo yo, la discusión siempre presente acerca de cuánto podemos y debemos hacer para orientar el futuro y para que éste no sea tan solo una proyección de los condicionamientos del pasado. Hay condiciones en el contexto externo y en el nacional que, efectivamente, debemos reconocer con realismo. Y hay oportunidades, también, que podemos detectar para responder de manera creativa como sociedad y como país. Lo primero es diferenciar entre ser condicionados, tener condicionantes y estar determinados; entender que no tenemos infinidad de caminos posibles, pero sí alternativas.
# En otros tiempos se preguntaba por la "contradicción fundamental". ¿Cuáles son actualmente esas disyuntivas cruciales para nuestro país?
—Una primera que se está planteando es quedar atrapados por los ciclos de ilusión y desencanto o producir pequeños pero sistemáticos pasos que consoliden la perspectiva de otro futuro. Venimos de años de acostumbramiento a la caída constante, en los que la tarea de la política, en el mejor de los casos, se limitó a superar la emergencia y resolver las urgencias. Venimos de un cuadro social dramático, en el que por primera vez en generaciones los jóvenes observan que están peor que como estuvieron sus padres. Todavía no se han logrado regenerar las tramas sociales destruidas durante la dictadura, pero una generación después, tenemos otras laceraciones en el cuerpo social.
# ¿Cómo explicar, en este cuadro de deterioro social, la capacidad de recuperación de estos últimos años?
—Tenemos un país con una cantidad de habitantes más que manejable, una baja tasa de crecimiento demográfico, abundancia de recursos y una sociedad que en las situaciones de crisis encuentra caminos. Son factores que juegan a favor. La gravedad de la última caída del 2001 y un mínimo de sensatez e inteligencia en los dirigentes combinaron una mezcla que permitió esa recuperación. Pero lo que encontramos al mismo tiempo es que vivimos en otra sociedad, diferente a la que conocimos una generación atrás. La clase media sufrió embates de los que aún está lejos de haberse recuperado.
# ¿En qué áreas se nota más esto?
—Los indicadores educativos son por demás ilustrativos de esta caída y, al mismo tiempo, de la capacidad de adaptación y supervivencia. La educación sigue siendo un valor en la Argentina, el 90 % de los chicos termina la escuela primaria, eso no pasa en todos los lugares del mundo. En la secundaria se produce una ruptura, por dos factores: la necesidad de buscar trabajo y la propia crisis de sentido en el sistema educativo, que no retiene a los jóvenes, que se socializan más abruptamente de otros modos. Pero la educación sigue siendo un valor, y esa ha sido una característica de nuestra clase media. Es lo que también se observa con los consumos culturales: es asombroso que en medio de las crisis que tuvimos haya prosperado esa oferta y esa creatividad.
# Los rankings internacionales muestran estos contrastes; sorprende la ubicación de Argentina como país más desarrollado de América latina, y por otro lado, los récords en el aumento de la desigualdad.
—Este es un país en el que la inequidad y la disparidad se han incrementado de manera escandalosa. Nunca fuimos un país equitativo, pero había grados muchísimo más altos de equidad. A comienzos de los 70, el 50% del producto se lo llevaban los asalariados. Hoy bajó a poco más del 20%. Tenemos una torta que se achicó y se distribuye distinto. Otro indicador de cambio brutal es el nivel de desempleo. Más de diez años con tasas de desempleo del orden del 15 o 20% supone millones de familias que no han conocido una fuente de trabajo e ingreso estable. ¿Cuántos chicos se crían y crecen en esa situación?
# ¿Cómo afecta este drama social la inserción externa de nuestra economía?
—Países de ingreso medio, como la Argentina, están en una situación complicada para insertarse en el mundo globalizado. Sabemos que hay básicamente dos caminos de inserción; el de los países que controlan las altas tecnologías, y el de las economías emergentes o de desarrollo intermedio que, con salarios muy bajos, un cierto grado de institucionalidad y educación, pueden copiar tecnologías y atraer la inversión externa. Países como el nuestro, que tuvo un potencial de desarrollo tecnológico e industrial importante pero lo desmanteló, que tuvo un nivel educativo destacado pero lo fue perdiendo, que tuvo una clase media extendida y bastante homogénea pero la castigó impiadosamente, sumó a ello una creciente y escandalosa desigualdad distributiva y un empobrecimiento de amplias capas de la población.
# Con tasas de crecimiento como las actuales y estos índices de desigualdad y de inequidad, ¿qué consistencia tiene la opción clásica que indica que hay que elegir entre apostar a la acumulación o la distribución de la riqueza?
—Estamos en un momento en el cual podemos marcar un rumbo para un lado o para otro, pero obviamente no en esos términos. No se trata de apostar a la inversión postergando la distribución o mantenerse con los actuales niveles de crecimiento acompañado por asistencialismo. Hay una oportunidad, como la hubo hace una década, pero en aquel momento se utilizó esa ola favorable para hipotecar el país y dejar afuera en términos sociales al 60% de la sociedad. Ahora habría que ver si podemos ir hacia una sociedad distinta. Y eso requiere de ciertas medidas claras, de proyectos y fuerza política para llevarlos adelante. Y en primera instancia requiere una mejor distribución de las oportunidades y redistribución del ingreso, que ha sufrido una regresión inadmisible para un país que pretenda un destino razonable.
# En qué tipo de políticas "originales" se puede pensar para transformar el crecimiento en una estrategia de desarrollo?
—Hay dos terrenos en los que se debe actuar simultáneamente; el de las políticas distributivas, que se refiere a mejorar los niveles de empleo, ingresos y condiciones de trabajo, y el de las políticas redistributivas, o indirectas, en el que es necesario analizar cuánto y de quiénes recibe el Estado ingresos —impuestos— y cómo se invierten esos recursos en servicios públicos básicos como salud y educación. En este último terreno es mucho lo que puede hacerse para mejorar la distribución del ingreso y abordar la cuestión social.
# ¿Se refiere a la reforma del sistema tributario?
—Efectivamente. La estructura tributaria argentina redistribuye al revés a través de un IVA altísimo, que castiga más a los que más consumen, de manera que cuando aumenta el consumo, aumenta la recaudación, pero se mantiene la inequidad. Además de eso, se lo cargamos a todos los productos en paquete, sin discriminar tipos de consumo: paga lo mismo la leche que el whisky. No hay escalas por niveles de consumo ni tarifas sociales en servicios, falta una política clara en esa materia. Y todos estos son esquemas redistributivos que pueden mejorar la situación de los más desfavorecidos.
# Hablando del futuro, ¿cómo mejorar la situación de la infancia y los jóvenes en riesgo?
—Debería ser esta la preocupación central de toda política de corto y mediano plazo: maximizar un grupo de derechos mínimos y básicos. Hay algunos derechos que deben ser universales, para todos, no puede haber discusión en esto: primero, nacer con seguridad, tener asegurado el desarrollo temprano de nuestros niños en todo el país; segundo, tener su desarrollo anímico garantizado, el cuidado de nuestra infancia en la etapa preescolar. Luego, transformar y expandir el sistema educativo, que debe ir más allá de ámbitos escolares. Tenemos a las primeras generaciones nacidas en la democracia ya en condiciones de asumir responsabilidades adultas: su futuro no debe, no puede, ser peor del que vivieron sus padres.
Copyright Clarín, 2005.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/10/09/z-01019524.htm
Lo afirma la escritora Alicia Borinsky
Alicia Borinsky es una de las intelectuales argentinas en el exterior con más capacidad de percepción para captar los cambios que se producen en las costumbres y en el lenguaje de sus compatriotas. Vive en Boston desde hace mucho tiempo y regresa a Buenos Aires todos los años en el período de vacaciones, en busca de nuevas imágenes con las que construye su particular mundo narrativo y poético, y que le sirven también para elaborar sus ensayos.
En su última visita a la Argentina, a la manera de un termómetro que registra las variaciones de temperatura, Borinsky observó lo que ocurría en las calles porteñas y también a los políticos en sus campañas televisivas. Las conclusiones a las que llegó son interesantes. Ella vincula, por ejemplo, la actitud de los políticos y del electorado con las novelas psicológicas, porque se elige más por “cómo suena y por cómo se ve” el candidato que por su posición ideológica.
Borinsky enseña literatura latinoamericana y comparada en la Universidad de Boston y es una de las llaves de entrada para los escritores de lengua española, particularmente los de América latina, en el mundo académico y también en el editorial. Muy sensible al carácter revelador de las expresiones lingüísticas, Borinsky ha escrito novelas y cuentos que tienen su origen en la tradición que se remonta al tango y también a cierta literatura marginal. Es admiradora de Macedonio Fernández, del vizconde de Lascano Tegui y de Felisberto Hernández: un trío que denuncia el gusto de Borinsky por un humor poco convencional y una mirada penetrante.
Ha escrito, entre otros libros, "Mina cruel", "Sueños del seductor abandonado", "Cine continuado", "Golpes bajos y "La pareja desmontable". Su último libro es "Las ciudades perdidas van al paraíso".
-Usted viaja a Buenos Aires por lo menos una vez al año. ¿Qué ve, en estos últimos tiempos, que la sorprenda y que antes no veía?
-Me sorprende la forma semejante en que los políticos y los protagonistas de la cultura popular (actores, vedettes, cantantes) se presentan en los medios, particularmente en la televisión y en la radio. Muchos de los políticos son los mismos que escuché por radio o vi en los primeros años de la televisión, pero ahora aparecen "producidos", peinados, maquillados y hasta operados como para una función teatral. Esto tiene que ver, pienso, con ciudadanos que ya no se mueven por convicciones políticas ni ideológicas, sino por impresiones. No veo una discusión política en los medios: veo cataratas de imágenes arrojadas sobre el espectador, cataratas de fórmulas, de estereotipos destinados a impresionar al electorado, convertido en público, en audiencia. Por la manera en que aparecen ante la pantalla o ante un micrófono, uno puede decir que tal político "suena" o "se ve" honesto, pero poco más que eso. Todo esto tiene más que ver con la manera en que se lee una novela psicológica, en la que uno está interesado en saber las motivaciones del personaje, que con la política. En cuanto a las diferencias entre Cristina Kirchner y Chiche Duhalde, por ejemplo, me sorprende que haya tanta gente que habla de la manera en que se visten, de quienes las acompañan, de sus distintas formas de expresarse. La gente estudia las fotos de los diarios, las imágenes de los noticieros y, de algún modo, se convierte en analista de los medios. No lamento el hecho de que no haya discursos utópicos: todo lo contrario. Me parece bien que uno trate de resolver problemas más modestos, pero me gustaría que se cobrara conciencia de que, en realidad, el público analiza los medios, más que las cuestiones políticas. Otra cosa que me sorprende es que en los programas políticos los entrevistados hablan mucho. En los Estados Unidos, no ocurre lo mismo: los políticos tienen muy poco tiempo para hacer sus propuestas. En la Argentina, el público, por lo tanto, puede apreciar mejor las redundancias, los tics, los lugares comunes de pensamiento de los políticos y eso lleva inexorablemente a una falta de respeto hacia la clase dirigente.
-En esa semejanza entre los políticos y los artistas populares que usted señalaba, ¿no hay una influencia del estilo norteamericano? En la Argentina, todavía no ha habido un actor presidente como Reagan, aunque hubo una presidenta bailarina, como María Estela Martínez de Perón.
-Eso es cierto. Pero también es cierto que algunos políticos norteamericanos han tomado como modelos a ciertas argentinas. A Hillary Clinton se la ha comparado, por ejemplo, con Eva Perón. Por otra parte, algunos norteamericanos que han visto a Cristina Fernández de Kirchner la han parangonado con Hillary Clinton. Hoy todos estamos interconectados y nadie se priva de copiar y de inspirarse en otros. Hay en todo el mundo una estetización de la política. Pero quizás ese hecho no sea totalmente negativo. En la Argentina, creo que lo esencial no es luchar contra la teatralización y el espectáculo en la vida pública, sino entender ese hecho y desarrollar la ironía que al pueblo argentino, a diferencia del norteamericano, le sobra.
-Más allá del carácter teatral de los políticos, ¿qué le llama la atención en sus discursos?
-Puedo ver algunos cambios positivos. Hay algo muy importante para mi generación: la situación de las investigaciones en torno a los derechos humanos pone a la Argentina en el lugar de los países que quieren dar cuenta civilizadamente de su historia reciente; además, parece que hay una intención de pagar la deuda económica: hay más empleo. Quisiera creer que hay algo más allá de las máscaras. No soy cínica. Me impresiona mal que la Argentina esté gobernada por un solo partido, pero me parece positivo que después de haber tenido una historia de opciones políticas basadas en discursos utópicos en los años sesenta y setenta, en este momento lo más importante sea la transparencia. Hemos pasado, por lo tanto, de la discusión política a algo esencial del comportamiento humano: la ética y la moralidad.
-¿Piensa que, de verdad, la Argentina pasa por un momento de efervescencia cultural de excepción?
-Creo que sí. Pero hay que aclarar algunos detalles. Esa efervescencia está favorecida -por ejemplo, en el teatro- por un hecho del que no se habla lo suficiente: el bajo precio de las entradas. No sólo hay una gran oferta cultural; también hay un público que sabe de teatro porque puede ir mucho al teatro. Algo que no ocurre en los Estados Unidos. Por cierto, hay muy buenos espectáculos en Buenos Aires, pero también muchos malos. El cine argentino es muy pujante. Hay mucho interés en Boston, la ciudad donde vivo, por el cine de nuestro país. Se sigue viendo a la Argentina en el exterior como un país muy culto. Eso nos favorece mucho más de lo que se supone. Y nos favorece en términos económicos. Pero, al mismo tiempo, cuando uno llega aquí no puede dejar de ver que la clase pauperizada no tiene acceso a la educación ni a la cultura. Los chicos que circulan por la noche con los cartoneros, que piden limosna y no van al colegio están formando una clase que, por más oferta cultural que haya, no va a poder aprovechar nada de esa riqueza, aunque se la ofrezca gratuitamente. Esos exiliados en su propio país, excluidos de la cultural oficial, están creando su propia cultura, que, por supuesto, no va a producir libros, sino hechos desgraciados. En ellos germina la violencia del futuro. Si no se rescata a tiempo a esos niños, los veremos, en un futuro próximo, transformados en una fuerza destructora de una intensidad desconocida para el país. Los escritores "progresistas" se encuentran respecto de estos grupos en la misma situación paradójica de siempre: escriben, para redimirlos, obras en las que se ocupan de ellos, pero que ellos jamás podrán leer. Esos grupos marginales son objetos de reflexión, pero no sujetos de la cultura.
-¿La crisis social y política de la Argentina aparece reflejada en la narrativa nacional?
-La crisis de la clase política tuvo una consecuencia positiva, literariamente. La literatura partidista de las opciones claras y los pronunciamientos históricos ha cedido el lugar a propuestas más modestas y, por eso, con la capacidad de ser más originales. A nadie se le ocurre decir hoy que el grupo Sur estaba divorciado de la realidad y que Borges era un aristocratizante refugiado en la literatura fantástica. Más que una nueva producción literaria, que existe y que por ahora es prematuro clasificar, hay una nueva actitud crítica. Los discursos literarios de corte autoritario han perdido vigencia entre nuestros escritores. El didactismo ya no es bien visto.
-Saer decía que la literatura argentina nació en medio de la violencia, registrándola. Mencionaba en particular "El matadero", de Echeverría.
-Estoy de acuerdo con Saer, pero sólo en parte. Lo que Saer afirmaba es cierto si uno toma en cuenta el contexto más visible de la literatura nacional. Hay violencia en la literatura argentina desde el mismo comienzo, pero no hay sólo eso. Creo que la literatura argentina oscila entre esas dos tradiciones; lo que hoy prima, por cierto, es la violencia sin velos. Hay otro aspecto interesante en este tema de la violencia y en las explicaciones que se dan sobre ella. Hoy, hay una especie de victimización de los asesinos. Se piensa que los delincuentes matan a la gente porque están sin trabajo, porque no han sido educados, se dice que se drogan para evadirse de la realidad y, por último, asesinan. Interpretamos esos asesinatos no como un gesto individual, sino como el gesto de una sociedad contra sí misma.
-¿O sea que para usted la delincuencia que nos rodea y la inseguridad en la que se vive no son un puro producto de las condiciones sociales?
-Los que hoy hemos pasado el medio siglo hemos vivido el terrorismo de Estado y el que se denominaba "subversivo", y esa experiencia debería bastarnos para saber que la inseguridad justificada desde el punto de vista económico no es una explicación suficiente, ni mucho menos automática, sobre la voluntad de matar. Es preciso pensar el tema de la inseguridad de un modo más radical. No podemos creer que todos los asesinos vienen ya "interpretados" socialmente. Creo, de todos modos, que hay una pendiente por la que se desliza quien mata. No es lo mismo robar una heladera que matar a una persona. Hay que dar un salto para matar que no todos los delincuentes están dispuestos a dar, que no todos pueden ni quieren dar.
-En los Estados Unidos, ¿cuál es la imagen que se tiene de la Argentina de los últimos años por medio de la ficción?
-Como sucede en otros países, los norteamericanos tienden a estereotipar culturas y así como Colombia se identifica con el realismo mágico, la Argentina suele ser vista en términos de literatura fantástica y de tango. El nombre más conocido de la literatura argentina es el de Borges y, ahora que la discusión en torno a la nueva traducción al inglés de su obra ha vuelto a ponerlo en la actualidad, Borges brinda la posibilidad de pensar la Argentina como un espacio que fascina por sus diferencias y que favorece el desconcierto. Al mismo tiempo, es un país que tiene un desdén por lo fácilmente localista que le da universalidad. Esto refuerza la imagen de la Argentina como un territorio privilegiado para lo fantástico. Pero lo fantástico de la Argentina tiene más afinidades con el universo de Kafka que con el de García Márquez. La publicación en inglés de la obra de Tomás Eloy Martínez "Santa Evita" abrió, por otra parte, la posibilidad de romper el encansillamiento de lo argentino en el género fantástico. La agilidad con que él se mueve entre la historia, el periodismo y la ficción narrativa, unida a la posible resolución de un enigma político, contribuyó al éxito de la novela y abrió un debate en torno a las realidades argentinas y a la situación de la mujer en la política y en la historia, que ha matizado mucho los estereotipos. También se conoce y se comenta mucho la obra narrativa de Luisa Valenzuela. La obra de Manuel Puig es ahora objeto de una revalorización. Desafortunadamente, los escritores más recientes no encuentran eco en la prensa de los Estados Unidos y hay que esperar que eso suceda. Aunque en las universidades, en las carreras de letras, hay investigadores muy al día que leen gran parte de lo que se publica en la Argentina, eso no basta para formular una imagen más generalizada del país. Quedan afuera escritores que trabajan con las referencias del interior, como Héctor Tizón y también Juan José Saer. La fascinación ejercida por Buenos Aires hace que la imagen de lo argentino sea sobre todo la de esta ciudad. Los países, a menudo, aparecen identificados con sus capitales en la imaginación de los extranjeros. Francia es París, por ejemplo. Y acaso los Estados Unidos se hayan contagiado de la Argentina, a la que le cuesta verse en literatura sin los referentes de Buenos Aires. A mí, que resido en el extranjero, me resulta llamativa e interesante la importancia que el público argentino -me refiero al público en su sentido más amplio, el que excede el espacio académico- otorga a la obra de Marcos Aguinis, un hombre del interior, que ha conseguido ganar un cúmulo de lectores que estimulan su participación en las columnas de opinión en los medios políticos y culturales. Ese mismo público sigue no sólo la producción ensayística de Aguinis, sino también la narrativa. Pero en los Estados Unidos, la obra de Aguinis -muy exitosa por lo que veo en la lista de best sellers- no es conocida. Entre los narradores más recientes, se presta atención a la producción de Guillermo Martínez, que retoma aspectos de la literatura argentina, como la novela policial y el gusto por el estudio de las relaciones íntimas entre los personajes.
-En los últimos tiempos, ha surgido un tipo de escritor que camufla su objetivo principal de conquistar el mercado con algún toque literario de más vuelo. ¿Qué opinión le merece esta tendencia?
-Estoy más preocupada por la pérdida de la literatura de alto riesgo que por la proliferación de intentos de triunfar en el mercado. Hace unos años le pregunté a un editor que me hablaba con el cinismo que caracteriza a algunos miembros de esa profesión si publicaría "Rayuela", de Cortázar, de encontrarse ese libro como un manuscrito enviado por un desconocido. Me confesó que no se arriesgaría. Ese es el verdadero peligro, no los libros de autoayuda ni los escritores que alcanzan un protagonismo desmedido por medio de obras que halagan el gusto del público de masas. Me alarma que la reflexión sobre la realidad no se haga en torno a obras interesantes desde el punto de vista literario, debido a una visión estrecha de la demanda del lector. Hay algo importante en el acto de lectura, que es muy hermoso e intransferible: para leer, uno debe estar solo. Nadie puede leer por nosotros; por supuesto, alguien nos puede leer en voz alta, pero el proceso de la lectura es algo personal. Una persona con un libro en la mano, entregada a la reflexión o a la fantasía, hace algo altamente civilizado y civilizador al mismo tiempo.
-Se habla de una crisis de la lectura, sobre todo de la lectura de libros literarios. ¿Qué opina sobre este punto?
-No tengo nostalgia de una Argentina más lectora, porque esa Argentina no existió nunca: fue una clase social. Por cierto habría que extender la lectura a mucha más gente, integrarla por medio de un sistema educativo eficaz. Hasta leyendo libros malos se puede tener una experiencia importante: la de la propia soledad con un libro. Leer siempre trae aparejada una ganancia.
Por Hugo Beccacece
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=745624
Por Osvaldo Bayer
Es imperdible seguir de cerca la argumentación de los que perdieron pero siguen teniendo el poder. Se enojan y arrojan rayos y centellas a los que se atreven a discutir la historia. Nos llaman “historiadores improvisados” y en cambio ellos son los historiadores consagrados, los que dicen la verdad. Mariano Grondona desde La Nación y desde sus audiciones radiales y televisivas advierte severamente sobre el peligro que significa discutir la historia consagrada. Peligro, que él remarca, recaería sobre los jóvenes. Desde La Nación nos ha sacudido con un artículo titulado “Falsificación de la memoria colectiva”. Nada menos. El, que no es historiador, sino abogado y periodista, nos da lineamientos de una moralidad discutible de cuál es la verdadera historia argentina. El representa a los roquistas, los que construyeron la historia oficial.
Claro, cuando uno tiene en cuenta la biografía del indignado “historiador” Grondona se da cuenta por qué. Apoyó a todos los golpes militares desde 1962. Ocupó altos cargos, entre ellos embajador del triste dictador Onganía, conspiró y finalmente fue asesor de la Fuerza Aérea en la dictadura de la desaparición de personas, amén de haber sido director de Visión, la revista de los dictadores más sucios de la historia americana: los Somoza. Además fue banquero en 1980 con un altísimo sueldo.
Y es estanciero, de campos por Pehuajó, allí, cercanos de las tierras que recibió Roca después de su campaña “civilizadora”. Toda una biografía para guardar silencio y retirarse. Gozar de lo ganado y tratar de pasar inadvertido. Pero no, además quiere hacer triunfar su interpretación de la historia.
Respecto de su ética política, Grondona ya perdió para siempre. Nunca fue preso por defender a la democracia, sino que fue premiado por bestiales dictaduras militares. Y él las sirvió. Un pasado que jamás podrá negarse. Nadie que fue hombre de la dictadura militar de la desaparición de personas, robos de bebés, arrojo de vidas desde aviones, torturas, robo de propiedades de las víctimas, podrá ya postularse como señalador arquetípico de la moral en la Historia. Los historiadores alemanes que “comprendieron” a Hitler callaron para siempre. Grondona, después de Videla, no. Y sigue con sus tesis y defiende ex cátedra con ardor la campaña de Roca contra los pueblos originarios. Que puede traducirse en la fórmula: civilización significó en suma quedarse con la propiedad de la tierra.
A quienes hemos iniciado la discusión sobre lo que significó la mal llamada “Campaña del Desierto” nos llama “falsificadores”. Y en esto cabe la pregunta: ¿es falsificar la historia traer los nombres y las extensiones de tierra –de las mejores tierras– con las que se quedaron conocidos propietarios como Martínez de Hoz, que recibió nada menos que 2.500.000 hectáreas después de la campaña roquista? ¿Es falsificar la historia reproducir documentación científicamente histórica como esta crónica de 1879 de diarios de época como la de El Nacional al terminar la matanza de Roca?: “Llegan los indios prisioneros con sus familias. La desesperación, el llanto no cesa. Se les quita a las madres sus hijos para en su presencia regalarlos, a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas que hincadas y con los brazos al cielo dirigen las mujeres indias. En aquel marco humano, unos se tapan la cara, otros miran resignadamente el suelo, la madre aprieta contra el seno al hijo de sus entrañas, el padre se cruza por delante para defender a su familia de los avances de la civilización”. Textual.
¿Es “falsificación” traer a la memoria el inmoral decreto por el cual se premia a Roca con 50.000 hectáreas de las mejores tierras como premio a su “hazaña”, a pesar de que cobraba sueldo de general? ¿Es falsificar reproducir los discursos de Roca donde invariablemente califica de “los salvajes, los bárbaros” a los pueblos originarios mientras San Martín, medio siglo antes los llamaba con respeto “nuestros paisanos los indios”? ¿Es falsificar la historia traer los avisos de los diarios de Buenos Aires, después de la campaña de Roca, que con el título “Entrega de indios” señalaban: “Los miércoles y los viernes se efectuará la entrega de indios y chinas a las familias de esta ciudad, por medio de la Sociedad de Beneficencia”? ¿Es falsificar la historia citar al comandante Alvaro Barros cuando denuncia ante el Parlamento nacional: “El Ejército Argentino, siendo uno de los más deficientes y atrasados, es el más caro del mundo. El resultado económico de este desorden es notable. Mientras que el soldado alemán cuesta 199 pesos fuertes por año y el francés 189, el argentino cuesta 521 y mucho más en tiempo de guerra, y sufre como ninguno y en todo tiempo, todo género de necesidades y miserias”? La pregunta es, ¿quién se quedaba con el vuelto?
Sarmiento lo dirá claramente cuando conjuga un nuevo verbo, el verbo “atalivar”. Ataliva se llamó el hermano de Julio Argentino Roca. Y Sarmiento sostenía que Roca hacía los negocios y Ataliva “atalivaba”, es decir se quedaba con el vuelto, o para hablar claro, con la coima. Estudiosos pampeanos han investigado la enorme fortuna a la que llegó Ataliva. Tan grande como la de su hermano, el presidente Roca, quien al iniciar su primer período declara no tener bienes. Pero al morir dejará una herencia impresionante. La pregunta es: ¿llegó a ella ahorrando su sueldo? Todo se puede ver en la documentación científicamente histórica que se encuentra en Tribunales.
El mismo comandante denuncia cómo el ejército de Roca tortura a los indios prisioneros. Poniéndolos en el cepo y descoyuntándolos. ¿Atentamos contra la verdad histórica cuando citamos a José Hernández, el autor de Martín Fierro, quien dirá textualmente: “Nosotros no tenemos el derecho de expulsar a los indios del territorio y menos de exterminarlos. La civilización sólo puede dar los derechos que se deriven de ella misma. La sociedad no hace de los gobiernos agentes de comercio, ni los faculta para labrar colosales riquezas lanzándolos en las especulaciones atrevidas del crédito. La sociedad no podría delegar, sin suicidarse, semejantes funciones, que son el resorte de su actividad y su iniciativa”?
Los que hemos solicitado que se retire el monumento a Roca del centro de la ciudad –es el más grande de todos los monumentos argentinos– lo hacemos por respeto a la mayoría de la población argentina. Después del estudio del Servicio de Huellas Digitales Genéricas de la Universidad de Buenos Aires, que comprobó que el 56 por ciento de los argentinos tiene antepasados indígenas, no se puede seguir faltándole el respeto a la mayoría de nuestra población plantándoles ese monumento en el centro de la ciudad –que además lo puso un gobierno no democrático–. He propuesto que el monumento no se destruya pero que se lo lleve a la estancia La Larga, que recibió como pago a su matanza y esclavitud de los pueblos nativos. Allí, en esa estancia, sus bisnietos podrán agradecerle ante su estatua los beneficios que les dejó el señor general.
Señor Mariano Grondona: usted firmó debajo del retrato de Ronald Reagan, en la tapa de A Fondo su frase: “Compartimos con él lo más importante, el enemigo”. Está todo dicho. Reagan, y ahora y siempre Roca. Pero la historia pertenece no sólo a los dueños de la tierra, sino también a los humildes y a sus sufrimientos. Es hora ya que con documentación científicamente histórica demostremos quién se quedó con todo, cómo se repartió la tierra conquistada, cómo fueron tratados los pueblos que la habitaban. Usted, que defendió siempre todos los golpes militares y su violencia, es coherente que luche por mantener ese poder. Pero nosotros seguiremos limpiando nuestro pasado histórico, sin necesidad alguna de falsear los hechos. Pero de cualquier manera, si usted tiene sus dudas, lo esperamos ante el monumento a Roca en las reuniones que convocamos para debatir en público cada uno de nuestros argumentos. Es usar la democracia y practicarla, y no hablar ex cátedra desde los medios de comunicación más poderosos, cosa que usted siempre ha practicado, en dictaduras feroces y en gobiernos democráticos.
Además de la historia de la represión de los pueblos originarios durante Roca, habría que hablar sobre la represión obrera que efectuó durante sus mandatos. La ley 4144, de Residencia, le pertenece a él, escrita por Miguel Cané. Es una de las leyes más crueles contra la lucha indiscutible de los obreros por las ocho horas de trabajo. Además de las brutales represiones contra sus manifestaciones. Pero, de eso no se habla, esos hechos recién ahora están saliendo más allá de las luces de los libros. Ya es tema docente.
A la historia no la deben hacer solamente los que tienen el poder. Porque claro, si no en el futuro tendríamos que tomar como ciertas las palabras de Grondona sobre el dictador Videla, a quien definió en forma un tanto angelical: “Un poder suave, discreto... ante un país que viene de largos desencuentros, el agua fresca de una esencial innovación”. Videla.
Quien lea esta última frase ya no podrá creer su acérrima defensa de Julio Argentino Roca. Aplica las mismas medidas, alguien que se autotitula historiador, o por lo menos que quiere dar normas de historia. No, la historia no puede ser escrita sólo por Grondona y los historiadores que él alaba. Por lo menos, la democracia tiene que tener, como norma, el debate.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-57628-2005-10-08.html
Por Juan Gelman
Si el grado de corrupción de las instituciones mide lo bananero de un país, EE.UU. se está convirtiendo en eso: una república bananera. Un gran jurado de Texas sumó el lunes 3 la acusación de lavado de dinero a la de conspiración para delinquir que ya sobrellevaba Tom DeLay y que lo obligó a renunciar a la jefatura de la bancada republicana de la Cámara de Representantes. Había violado una ley del Estado que prohíbe el aporte de empresas a las campañas políticas desviando unos 190.000 dólares de ese origen al Comité Nacional de su partido. DeLay tuvo poder: decidía qué proyectos de ley pasaban a debate y cuándo. No es el primer legislador o funcionario federal que mezcla en un solo mazo las barajas de la corrupción, las campañas electorales y el moldeo del orden jurídico estadounidense.
Es notorio que la legislación, los presupuestos de cada organismo o ministerio y los decretos del Poder Ejecutivo pueden, en cualquier país, recortar o engordar las ganancias de las corporaciones. Bien lo saben las grandes compañías norteamericanas y las firmas que en su nombre se dedican al cabildeo de instancias gubernamentales, legislativas y aun judiciales. Una reciente investigación del Centro por la Integridad Pública (CPI, por sus siglas en inglés) descubrió que, desde 1998, más de 4600 compañías y grupos de interés han hecho lobby directamente en las 14 dependencias de la Casa Blanca, incluidas las oficinas de la presidencia y la vicepresidencia (publicintegrity.org, 21-9-05). Y que 273 ex funcionarios federales, convertidos en cabilderos, han logrado contratos por valor de mil millones de dólares en el período 1998-2004. Algunos se reinstalan al otro lado del escritorio que ocupaban: buscan ahora beneficios para empresas de las áreas en las que decidían cuando eran funcionarios. Son conocidos en el rumbo y no les falta ayuda.
Un lobbysta de fama fue siempre Jack Abramoff, que colectó 100.000 dólares para la reelección de W. Bush en el 2004 y hoy la justicia federal acusa de fraude bancario y de conspiración. Cabildea en la Casa Blanca para 19 compañías, entre ellas la Tyco International Ltd., el consorcio más grande del mundo en el rubro de producción y servicios de componentes eléctricos y electrónicos y de sistemas submarinos de comunicación. Abramoff se puede preciar de éxitos mayores: logró que el Congreso no aprobara una ley que hubiera penalizado a la Tyco International –y otras– por evasión de impuestos (alternet.org, 27-9-05). Timothy Flanigan, consejero general de la Tyco y candidato, nominado por W., a ocupar el cargo de viceprocurador general, declaró en su comparencia ante el Comité de Justicia del Senado que había supervisado esas gestiones, pagado 1,7 millones de dólares a la firma de Abramoff y que éste le comentó que había contactado, entre otros, a Karl Rove para lograr sus fines. Rove es actualmente subjefe del equipo de la Casa Blanca y está a cargo del diseño de políticas. Flanigan reveló asimismo que su cabildero se jactaba de sus buenas relaciones con Tom DeLay. Tenía motivos para ello. Jack financiaba viajes al exterior de Tom y a veces lo acompañaba. DeLay niega que ésos eran favores políticos. Bueno.
Otro implicado en el escándalo Abramoff es David Hussein Safavian. Fue jefe de personal de la Administración General de Servicios (GSA, por sus siglas en inglés), la oficina de compras del gobierno federal, hasta que el 19 de septiembre fue arrestado por obstruir una investigación del organismo y falsear declaraciones. Había visitado Escocia en viaje pago por Abramoff –de quien fue compañero de cabildeo en una consultoría de Washington– y formulaba políticas de contratación de empresas para la reconstrucción de Nueva Orleans cuando lo detuvieron. Es difícil que el Congreso, dominado por los republicanos, investigue a fondo los manejos de Safavian: entre otras cosas, su mujer es la asesora principal del comité de la Cámara baja que supervisa e investiga las compras federales. Dicho sea de paso: Katrina está aportando suculentas ganancias a megaempresas vinculadas con el partido republicano y la Casa Blanca como la petrolera Halliburton, de la que el vicepresidente Dick Cheney fue director ejecutivo hasta el momento de su elección. Más claro, échale verdes.
El 3 de diciembre de 2003, el presidente Bush promulgaba la Ley de restauración y sanidad de los bosques y ése fue el año del período 1988-2004 en que la Asociación Estadounidense Forestal y Papelera gastó más en cabildeos: 4.630.000 de dólares. Alguna relación habrá entre los dos hechos. Destinada, según la Casa Blanca, a disminuir el riesgo de incendios y otros problemas –presencia de insectos portadores de enfermedades, salvamento de especies en vías de extinción, defensa de la calidad del agua–, dicha ley impone y autoriza una solución tajante: la tala de los bosques. Los organismos ambientalistas protestaron en vano y los empresarios madereros aplauden todavía. La solidez del entramado negocios/lobbies/elecciones/Congreso/Casa Blanca ha crecido sin pausa bajo el gobierno Bush. La corrupción también.
Pero no todo es gris o negro en el gobierno norteamericano. Lewis Libby, jefe del equipo de Dick Cheney, publicó en 1996 la novela The Apprentice, bien acogida por la crítica. A diferencia de Lynne Cheney, esposa del vicepresidente y coautora de The Body Politic, o de Richard Perle, que noveló en Hard Line y fue presidente del comité asesor de políticas del Pentágono hasta que en 2003 le descubrieron tráfico de influencias, Libby goza de un talento de invención indiscutible. Contribuyó no poco a crear la ficción de las armas de destrucción masiva en Irak y se enojó cuando el embajador Joseph C. Wilson desmanteló la fábula de las presuntas compras iraquíes de uranio a Nigeria. Hoy investigan a Libby por haber imaginado una rara forma de castigar a Wilson: filtró a la prensa el nombre de su esposa, agente encubierta de la CIA. Tampoco corre riesgo alguno de ser juzgado y condenado por esa violación del secreto de espionaje. Se dirá que en EE.UU. al menos se investigan esos delitos y a veces se penaliza a los delincuentes que se quiere o se puede detectar. ¿Quién penalizará al gobierno Bush por la ilegal ocupación de Irak y el escandaloso fraude que urdió para justificarla?
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-57506-2005-10-06.html
Habla un laico que gravita en el Vaticano
El uruguayo Guzmán Carriquiry es –después del vocero del Papa– el hombre que, sin ser sacerdote, ocupa en el Vaticano el cargo de mayor jerarquía. Es subsecretario del Consejo Pontificio de Laicos de la Santa Sede y conferencista habitual en las asambleas de obispos latinoamericanos.
En diálogo con LA NACION, Carriquiry admitió la existencia de una “subcultura gay” en los seminarios estadounidenses y dijo que “tapar este tipo de situaciones” es un error de las autoridades de la Iglesia y no una estrategia. Afirmó, además, que en América latina está en juego el destino de toda la catolicidad.
Autor de varios ensayos sobre la historia latinoamericana, Carriquiry afirma que su interpretación de la realidad es “indiscutiblemente católica”. Pero aclara: “Católico en el sentido del que todo lo abraza y valoriza dentro de un amplio horizonte de sentido”.
El funcionario del Vaticano se define como “un mercosureño latinoamericano que tiene la suerte de trabajar en el centro mundial de la catolicidad desde hace más de 30 años”. Visitó el país para participar de la Semana de Pastoral Social, en La Plata, y presentar junto al ministro Roberto Lavagna y al arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, el último libro de Carriquiry, "Una apuesta por América Latina".
Carriquiry propone repensar la situación y el futuro de América latina después de que una serie de esquemas de lectura, como la sociología de la modernización, la teoría de la dependencia y la teología de la liberación, "demostraron su inadecuación y parcialidad".
Advierte que su hipótesis de investigación es que la fe en Cristo genera criterios de lectura realistas y razonables para comprender mejor la realidad latinoamericana. "Rechazar esta hipótesis a priori sería irracional, sería ideológico, porque toda hipótesis tiene que ser criticada según sus resultados", aseveró.
-En su libro, admite que en los seminarios de Estados Unidos anidó una subcultura gay. ¿Qué consecuencias tiene esto?
-Trato el tema de los Estados Unidos porque se transformó en una situación dramática, de imprevisibles consecuencias, que explotó en los años 90, cuando el catolicismo norteamericano daba muchas muestras de gran vitalidad. Más allá de los graves errores de gestión eclesiástica en estos temas.
-¿Qué tipo de errores?
-Haber tratado de tapar estas situaciones en forma muy pragmática y muy indebida. Esto se vive en los Estados Unidos como resaca de los años 70. En esa época, la Iglesia era llamada a nacionalizarse -una iglesia que durante mucho tiempo fue considerada ajena a la tradición nacional estadounidense- cuando estallaban la cultura hippie, la liberación sexual y los movimientos feministas radicales. La Iglesia quedó conmovida por ese impacto impresionante y muchos sectores eclesiásticos se dejaron asimilar por él. En medio de la confusión de esa cultura neoburguesa, libertina, una subcultura gay anidó en los seminarios, con los resultados que después hemos visto en la evolución del catolicismo en los Estados Unidos. Sobre esto no faltan los fariseos que se rasgan las vestiduras. Muchas veces se trata de propugnadores de la cultura pansexualista ultraliberal, pero se rasgan las vestiduras sin considerar que en la Iglesia llevamos el más precioso tesoro en vasijas de barro, que lo ensucian. Somos todos pobres pecadores reconciliados por la gracia de Dios. Pero hay quienes se aprovechan de situaciones para manifestar el odio contra la Iglesia. En los Estados Unidos, las consecuencias fueron sumamente serias y graves: quiebras de diócesis enteras y también una exigente purificación en el seno de la iglesia.
-¿Por qué se refiere sólo a EE. UU.? ¿No hay casos similares en América latina?
-¡Pero si vamos a hacer una búsqueda ansiosa de nuestros pecados, podríamos hacer elencos muy grandes! Estos problemas se plantean en forma mucho más minoritaria y marginal dentro de la Iglesia Católica de lo que se dan en otros ámbitos de la convivencia social. De todas maneras, en la Iglesia hemos aprendido a sufrir el mal, a sufrir por nuestros pecados y miserias. Pero no nos escandalizamos: eso sí sería farisaico. Estamos siempre necesitados de conversión y por eso en toda celebración eucarística empezamos por el "yo pecador" y pidiendo piedad al Señor.
-¿Por qué considera crucial el momento actual de América latina?
-La situación de América latina es crucial, porque tiene que redefinir sus paradigmas de desarrollo. Modelos y estrategias seguidos demostraron sus límites y fracasos. Se agotaron los modelos estatistas y se resquebrajaron las alternativas neoliberales a ultranza. Junto con ello, se plantea lo que Perón llamaba la continentalización o regionalización y Henry Kissinger llama la configuración de los Estados continentales. Se plantea, como exigencia ineludible, la integración regional a través de la reconstitución del Mercosur y la necesaria configuración de la Unión Sudamericana. Esto exige que América latina enfrente los dinamismos actuales de mundialización y globalización para renegociar su lugar con los grandes megamercados y poderes de este mundo, como los Estados Unidos y la Unión Europea. Se deben intensificar, además, los vínculos Sur-Sur y las negociaciones multilaterales en el seno de la Organización Mundial del Comercio.
-¿Vislumbra riegos de volver a la violencia en los países latinoamericanos?
-O América latina sigue nuevos paradigmas de desarrollo o corremos el riesgo de vivir sólo de modernizaciones reflejas, periódicamente sobresaltadas por ciclos de depresión y de violencia. Los nuevos paradigmas de desarrollo deben asegurar un crecimiento autosostenido de más del cinco por ciento anual. Hay que incorporar a la educación y a la vida pública de las naciones a vastos sectores marginales y combatir la pobreza, el desempleo y la desigualdad social. Tenemos en este continente el triste récord de registrar las mayores desigualdades sociales del mundo. Esta es la alternativa crucial que se plantea para América latina. Puede darse un camino virtuoso o un despeñadero hacia el abismo. Puede crecer e insertarse en el mundo que emerge a inicios de siglo o puede quedar cada vez más marginal y enredada en sus círculos viciosos... Nada está totalmente adquirido en este continente. Está todo en juego.
-¿Estamos más cerca de una opción o de otra?
-Los latinoamericanos muchas veces nos presentamos con un gran elenco de denuncias y de lamentos, pero sobre eso no se construye, sino que se suscitan sólo desahogos miserables.
-En el libro usted dice: ni denuncias ni utopías.
-Efectivamente. Tampoco utopías, porque desembocan en infiernos reales o en charlatanerías.
-¿Qué es lo positivo sobre lo que se debe construir?
-Que, no obstante la crisis que se vivió en América latina entre 1997 y 2002, sus países parecen haber reemprendido el camino con una fuerte persistencia de su tejido democrático. Crisis no tan devastadoras en otros tiempos hacían que el tejido democrático de América latina diera lugar a momentos tumultuosos de difícil definición. Por otra parte, América latina ha reemprendido un camino de crecimiento -está arriba del cinco por ciento anual, que tiene que ser persistente para generar frutos- y todo parece indicar que continuará así. También hay conciencia de que ese crecimiento, por sí solo, no logra responder a las necesidades de vastos sectores empobrecidos de nuestros pueblos y de que no basta confiar sólo en las políticas del Estado o en las dinámicas del mercado. Se requieren nuevas sinergias entre Estado, mercado y sociedad civil. Otro aspecto positivo es el de la integración regional. Por más que el eje fundamental de desarrollo e integración, el eje argentino-brasileño, se encuentre bloqueado, sabemos que no hay alternativa que no sea la reconstrucción política, institucional y macroeconómica del Mercosur. Todos estos signos prometedores son los que hay que profundizar.
-¿Cómo describe el nuevo orden religioso que mencionó antes?
-Basta con mirar lo que está sucediendo en el nivel mundial. En los años 60 y 70 del siglo pasado, la tradición iluminista sostenía que la modernización y el progreso de las naciones iban a llevar a una disminución de la influencia de lo religioso en la vida de las personas. Eso ha sido totalmente desmentido en los hechos. La crisis de la modernidad iluminista y racionalista y de sus utopías de ateísmo mesiánico han dejado un enorme vacío. La dimensión religiosa de las personas y los pueblos ha emergido a través de manifestaciones variadísimas. Por una parte, hay movimientos de revitalización dentro de la grandes tradiciones religiosas, y también tentaciones fundamentalistas y sectarias. Por otro lado, emergen diversas formas de irracionalidad de lo religioso a través del resurgimiento de formas ocultistas, neognósticas, esotéricas, como complemento de alma de un cientismo... una tecnología que pretende guiarse por los simples criterios de factibilidad y no por el bien de lo humano. Juan Pablo II decía que cuanto más toca a fondo el proceso de secularización de los pueblos, más emerge en el corazón de las personas y pueblos el sentido religioso. Es decir, los anhelos y exigencias irreprimibles de verdad, de sentido de la vida, de significado de la realidad, de felicidad, de justicia, de belleza y, en última instancia, de amor que constituyen el corazón del hombre y la auténtica cultura de los pueblos.
-En los años 60 y 70 la Iglesia impulsó el compromiso de los laicos en la política. ¿Cuál es hoy su responsabilidad?
-La misión de los laicos pasa por su condición de constructores de la sociedad. Este es un tema capital. Pero es inútil poner la carreta delante de los bueyes. Es inútil sacar las consecuencias morales, sociales y políticas de la fe presuponiendo esa fe en forma descontada y, a veces, irreal. Lo fundamental es recomenzar siempre desde lo que es el capital: el corazón de la persona. Quizás un cierto repliegue de los laicos fue provocado por la crisis de muchos sectores que se comprometieron en el nivel político, sindical o popular y que fueron, de alguna manera, arrastrados por las altas mareas ideológicas de hiperpolitización de los años 70. Eran momentos en los que muchas certezas dentro de la Iglesia parecían tambalear, con crisis de identidad y tantas tragedias. Como reacción, se concentraron en actividades de servicio de las comunidades cristianas. Para la Iglesia es un desafío acompañar a nuevas generaciones de cristianos laicos. El sustantivo es "cristiano". "Laico" es una modalidad de vivir el cristianismo en el mundo. Impresiona un cierto ausentismo por parte de muchos de los que se confiesan cristianos y están comprometidos en la vida política y para los cuales el cristianismo profesado parece que no aportara nada a los compromisos asumidos.
-¿La fe no incide en la vida?
-Sí. El testimonio de los cristianos es comunicar el encuentro con Jesucristo, que les cambia la vida en alegría, en humanidad.
-Entonces, ¿por un lado hay un resurgimiento religioso y, por el otro, los cristianos no viven según la fe que profesan?
-El resurgimiento religioso es evidente, pero no está dicho que esto lleve necesariamente a un resurgimiento cristiano, católico. Esta nueva demanda religiosa tiene que encontrar testigos de Cristo que demuestren con la propia vida una nueva inteligencia de los problemas que plantea la realidad. Ese es el camino por donde el sentimiento religioso encuentra el rostro de Dios y la verdadera libertad y dignidad de lo humano. Esta es la tarea capital. De alguna manera, el destino de nuestros pueblos y el de la Iglesia Católica están profundamente imbricados, al menos para las próximas décadas. Si la tradición católica, a través de un intenso proceso de educación en la fe, no se transforma cada vez más en un auténtico crecimiento en la humanidad de nuestra gente, apto para enfrentar las grandes tareas históricas, perderán nuestros pueblos y se perderá lo católico en nuestros pueblos. Hay una responsabilidad católica enorme respecto del destino de nuestros pueblos. El hecho de que el 50% de los católicos esté en América latina implica que está en juego, en cierta medida, el destino de la catolicidad entera. Esa responsabilidad exige que la Iglesia ponga su total confianza ante todo en la gracia de Cristo, porque son tareas históricas que parecen desbordar totalmente las posibilidades de cualquier tipo de acción. Hay que volver siempre a comenzar por rehacer la vida de los cristianos desde la gracia de Cristo.
Por Silvina Premat
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=744693
Un chico de diez años se concentra en sus tareas de cartonero. Su desgarradora actitud, la de un adulto en miniatura, remite a imágenes de hace más de un siglo...
Por Beatriz Sarlo.
bsarlo@viva.clarin.com.ar
El chico estaba parado en la vereda, junto a una pila de cartones y miró fijo a quien, saliendo de la casa, pensó que le pedía una limosna. Recibió cinco pesos, suma ínfima aunque suficiente para dos panchos, una bebida y un alfajor. El chico no se movió; aparentemente sin darle importancia, guardó el billete en el bolsillo, y con una voz castigada pero segura preguntó:
“¿Tenés cartones?” La limosna recibida no había roto la concentración en su trabajo. Tendría alrededor de diez años y muchos problemas, pero no el de una atención fluctuante. No había cerca ningún familiar que lo controlara. El chico estaba autocontrolado, como un obrero que sabe que debe responder a un ritmo y a una tasa de producción incluso cuando el capataz no está cerca, porque su trabajo es juzgado según el
promedio de producto final exigible. En este caso, el producto final de su actividad es el primero del circuito de reciclado: cartones. Buenos Aires no recicla basura, como lo hacen las ciudades que piensan en el futuro, pero les entrega a los cartoneros la gestión nocturna de los papeles y este chico ocupaba su lugar sin distracciones.
A diferencia de los chicos que están completamente fuera del mundo, tirados en los andenes o en los umbrales o en los halls de las estaciones, semidormidos, semidrogados, apabullados por el hambre o por un entorpecimiento general del cuerpo que ya ha recibido más castigo del soportable; a diferencia de los chicos que corren por los vagones de los trenes y mantienen conversaciones con los guardas que los conocen; a diferencia de esos chicos que no participan en el circuito del subtrabajo, el pibe que recibió los cinco pesos estaba absorbido por la tarea. Admitía, como cualquier trabajador, que no era momento para festejar la recepción de esos cinco pesos inesperados; tampoco podía dejar el paquete de cartones y caminar hasta un negocio de panchos o de empanadas, como si fuera dueño de su tiempo y pudiera entregarse a la realización de sus deseos inmediatos. Es difícil saber de qué modo los cinco pesos extra se sumarían a lo recaudado esa noche por la venta de cartones: si pasarían a formar parte de un dinero privado del chico, o si ingresarían a la recaudación familiar o grupal.
Lo que estaba claro es que el chico siguió con lo suyo, defraudado porque alguien que parecía bien dispuesto, como la persona que le dio el billete, no tenía un suplemento de cartones que, en ese momento, eran más interesantes o le hubieran ayudado a alcanzar una cuota inesperada en su acopio de desechos reciclables. La inmediatez con que un chico de diez años realiza sus deseos cuando no es cartonero, el carácter imperativo con que los manifiesta cuando pertenece a una familia que no recoge basura para venderla al peso, son rasgos de un estilo que este chico desconocía o, por lo menos, se mostraba decidido a posponer como si fuera una miniatura de adulto, alguien que había madurado por la presión de la necesidad. ¿Cómo piensa un chico de diez años cuando trabaja?
Esa pregunta no era extravagante hace más de un siglo: fotografías conmovedoras muestran chicas hilanderas que accionan telares con bobinas más largas que sus cuerpos, y vagones cargados de chicos tiznados de carbón, a la salida de las minas, con cascos desmesurados para su estatura, cascos casi más anchos que sus hombros: figuras pequeñas horriblemente disfrazadas de obreros, mutantes achaparrados y enclenques, ojos ensombrecidos por la tuberculosis, sonrisas absortas y desvaídas, delantales harapientos y gorras estropeadas. Son impresionantes esas fotos. Hoy encontramos réplicas como esas en la puerta de un edificio de departamentos en cualquier barrio de la ciudad.
Pero volviendo al chico que recibió el billete. Fue muy evidente la ausencia de agradecimiento. Ni siquiera ese mecánico agradecimiento inarticulado que pronuncian los repartidores de estampitas o calcomanías. Nada, ni un palabra, como si el billete fuera un objeto extemporáneo, algo inesperado que no figuraba dentro del elenco de transacciones posibles porque estaba en horario de trabajo.
http://www.clarin.com/diario/2005/10/02/sociedad/s-01015224.htm
MIRTA VARELA, HISTORIADORA DE LOS MEDIOS
A principios del siglo XX, la sociedad argentina tenía firmes ilusiones de progreso técnico. Ya muy interesada en el cine y la radio, se preparó con anticipación para hacer del televisor el electrodoméstico insustituible.
Claudio Martyniuk.
cmartyniuk@clarin.com
Nada parece más natural y familiar hoy que la presencia del televisor en la casa. Sin embargo, debe haber existido, aunque parezca mentira, un tiempo sin televisores. ¿Cómo empezó esta historia?
—En realidad, hay incluso una prehistoria, la de antes de que empezara la historia de lo que hoy entendemos por televisión, y que tiene que ver con el lugar que la televisión tuvo en la Argentina desde principios del siglo XX, es decir, en el momento de la invención de la radio y en los comienzos del cine, cuando ya se imaginaba que la televisión podía ser posible. En el momento en que la Argentina hace sus pioneras transmisiones radiales, la televisión ya forma parte de nuestras ilusiones de progreso técnico. Luego, cuando la televisión ya es un hecho en otros países —en Alemania, pero sobre todo en Inglaterra y en Estados Unidos— a la Argentina no le queda otro remedio que archivar su ilusión de ser pionera.
# ¿Usted dice que en nuestro país la televisión se introduce tardíamente?
—No. La televisión argentina no puede pensarse como tardía, porque es la octava del mundo. Hay televisión antes que en muchos países europeos y es la cuarta de América latina. Es decir que no se puede pensar objetivamente en un retraso. Pero sí lo es para el modo en el que la Argentina se pensaba como Nación y para el lugar que imaginaba que tenía en el mundo. Es que la Argentina deseaba la televisión antes de que naciera. Por eso fue traumático que no empezara hasta la década del 50.
Pero empezó un día simbólico...
—Claro, el 17 de octubre de 1951, con un acto político: se transmitieron los discursos, desde la Plaza de Mayo, de Perón, Evita y el secretario de la CGT.
# Un acto masivo, transmitido por un medio no masivo.
—Es que el peronismo instaló la televisión sólo en la Capital y ni siquiera en la Provincia se podía llegar a ver. Además, había pocos televisores, y de hecho, no tuvo un despegue muy rápido. Durante toda esa primera década se demoró la incorporación de los televisores y no se instalaron más canales que el 7. A diferencia de otros países de América latina —o los Estados Unidos, que era el referente modelo de la televisión—, no surgen los canales privados enseguida sino que arrancan recién en los 60.
¿Cómo se va instalando el televisor en la vida de cada uno?
—En toda la primera etapa hay lugares públicos de recepción de televisión, sobre todo clubes y unidades básicas. Y, claro, había algunas casas que tenían televisor. En cada barrio había algún vecino que podía comprarse el televisor y se formaban núcleos de socialización alrededor de ese aparato deseado. Pero esto no ocurre sólo entre nosotros: es muy frecuente en todos los países tan pronto como empieza a difundirse la televisión. Lo que quizás es algo particularmente nuestro es que ese período de recepción, socialización y familiarización de la TV se prolongó mucho más que en otros lugares. Fue de más de una década y dejó huellas.
# ¿Por qué se prolongó tanto?
—Es difícil reconstruir la década del 50 de la televisión argentina, pero es evidente que el peronismo parece estar obligado a instalar la televisión, porque el país tiene que estar a la par de los otros que ya contaban con ella. Sin embargo, no hace una apuesta fuerte, aun cuando el peronismo manejaba muy bien los otros medios. Se puede especular con que la radio le resultaba muy eficaz y no tenía claro si la televisión iba a ser igualmente rendidora. Lo cierto es que el peronismo no tiene una política clara al respecto. Aunque hay que destacar que el primer director artístico de Canal 7 imaginaba una televisión "culta": de la misma manera que se había empezado la radio con una ópera, la televisión tenía que ser ópera, ballet y pedagogía.
¿Por qué en el segundo gobierno peronista, en 1954, Canal 7, el único canal del país, fue privatizado?
—Fue muy extraño y tuvo muy pocos efectos prácticos, porque no se llegaron a percibir grandes cambios en la pantalla. Y además, quienes podían percibirlos eran muy pocos, porque había muy pocos televisores. Fue muy efímero el traspaso.
Después, la Revolución Libertadora reestatiza el canal.
—Claro. Pero al mismo tiempo había una política muy ambigua. Lo único claro es que la Revolución Libertadora quiso construir una política —y no sólo respecto de la televisión sino de la radio y los medios de comunicación en general— que impidiera volver al peronismo. Por eso el peronismo es el gran fantasma de la regulación con la cual se licitan los canales privados. Esto marca las décadas posteriores.
# Es curioso que se hable despectivamente de la televisión como "caja boba" y, sin embargo, que sea el bien más preciado para cautivar a la población. ¿Cómo se transforma en masiva?
—Hay dos momentos en los que se notan grandes saltos. Uno es en el 58, cuando la cantidad de televisores aumenta de manera muy importante. Los televisores se abaratan, con lo cual se multiplican por Buenos Aires. Esto tiene que ver con el momento en el que se licitan los canales privados. Y después, entre 1962 y 1964 ocurre la gran expansión: ya están instalados los canales privados y hay una transformación de la recepción y un cambio muy importante de lo que ofrece la televisión.
# Es entonces cuando la televisión se transforma en un electrodoméstico insustituible, ¿no es cierto?
—En ese momento es cuando realmente comienza una recepción, una aceptación de tal intensidad que el televisor empieza a ser el elemento clave del living. Al mismo tiempo, es todavía una actividad muy ritual, en el sentido de que todavía se recorta claramente de la vida cotidiana. En la década del 50, el ir a ver televisión significa discontinuar rutinas de la vida cotidiana; en la década del 60 la TV ya está definitivamente incorporada, aunque tiene un horario muy reducido para lo que nosotros hoy concebimos. Piense sólo en la generación que amó al Capitán Piluso: tenía ese programa infantil para ver y quizás otro, pero no mucho más. Qué diferente de lo que ocurre hoy, ¿no? Por eso le digo que ver TV era participar de un rito.
# ¿Se van notando efectos de la televisión? ¿Se modernizaron las costumbres según lo que se veía en la pantalla?
—No, esos no fueron efectos de la televisión. No es novedad que la década del 60 está atravesada por la modernización de las costumbres de los jóvenes, de la familia, de los hábitos alimentarios, de la moda. Lo que creo es que la televisión, en ese momento, logra colocar esa modernización de las costumbres en escena. Es el medio que construye las imágenes hegemónicas de esa modernización. Incluso todavía hoy, la memoria que tenemos de la moda de la década del 60, de los peinados, de las transformaciones de los hábitos, del habla, de los movimientos, de los jóvenes, de la música, del baile, fue sin duda instalada por el discurso televisivo. Y esto me parece importante ya que, habitualmente, cuando uno piensa en la década del 60, piensa en la efervescencia política y en las vanguardias artísticas, desestimando un poco la relevancia que la TV tuvo en esa modernización.
# ¿Cómo se va gestando la autonomía de la televisión? Me refiero al surgimiento de sus primeras estrellas.
—Hay que pensar que el teatro ya tenía gran influencia en nuestro medio, a diferencia de otros países, donde el contacto con el cine fue más fuerte. En nuestro caso, el teatro es el arte que más aportó a la construcción de un lenguaje televisivo. Porque hay muchas experiencias en la década del 50 de gente llegada del teatro independiente que tenía una relativa libertad, aunque fuera por omisión, para trabajar en televisión, ya que se podían permitir experimentar. En la década del 60 es cuando realmente comienza a producirse una televisión que intenta ser más profesional. Esto quizá constriñe las posibilidades de la gente más creativa que había entrado a fines de los 50 en la televisión. Pero, por otro lado, hay que reconocer que se empieza a conformar un lenguaje propio, con rasgos más cercanos a los actuales, sin los cortes y la discontinuidad del cine y el teatro. Es el momento de una gran revolución: irrumpen las noticias y los eventos preparados para ser televisados.
Copyright Clarín, 2005.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/10/02/z-03815.htm
Defiende la validez del psicoanálisis y refuta las ideas de sus detractores
“Lo que no se elabora se repite”, dice Norberto Carlos Marucco, médico psicoanalista y presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), en la cual se desempeña también como profesor en el Instituto de Psicoanálisis.
Según sostiene, la cultura da muestras de esta necesidad cuando busca recordar, una y otra vez, fenómenos de violencia social que la conmovieron, como las distintas guerras, el genocidio nazi, el terrorismo de Estado que azotó a nuestro país y tantos otros ejemplos. Pero, advierte, una evidente tendencia de los argentinos a negar su responsabilidad personal en las sucesivas crisis de las últimas décadas nos pone ante la peligrosa perspectiva de repetir los errores.
Marucco, ex profesor asociado de la Facultad de Psicología de la UBA, es autor de “Cura analítica y transferencia. De la represión a la desmentida”, y de seis libros publicados en colaboración. En el próximo Congreso de la Asociación Psicoanalítica Internacional –en Berlín–, donde la Argentina cumple un papel destacado, será relator por América latina.
Los polémicos dichos de un filósofo dinamarqués en una entrevista publicada en esta serie de LA NACION días atrás, en la que fustigó duramente las teorías freudianas, agitaron los ambientes psicoanalíticos locales.
-¿Es cierto, como sostiene el filósofo Mikkel Borch-Jacobsen, que el psicoanálisis tiene los días contados?
-Esa nota motivó una situación polémica en el psicoanálisis argentino, y como presidente de la APA me veo en la necesidad, no de debatir, sino de hacer algunos comentarios sobre lo que considero impreciso. Allí se le reprocha, por ejemplo, la imposibilidad de verificar los resultados de la práctica psicoanalítica debido a la confidencialidad inherente al tratamiento, y aquí sí creo que los psicoanalistas tenemos un desafío a futuro: encontrar un método para realizar estas verificaciones sin traicionar el mandato de la confidencialidad. Comprendemos la necesidad de dar pruebas, pero también sabemos que toda ciencia avanza con hipótesis que pueden ser superadas por otras hasta encontrar comprobaciones. Más allá de esta aclaración, le respondo que el psicoanálisis no tiene los días contados. Mientras haya personas con dolor psíquico que necesiten ayuda, mientras la gravedad de la enfermedad psicosomática nos interrogue, mientras el cotidiano lapsus o acto fallido nos desoriente y al mismo tiempo nos revele cosas, y mientras hechos irracionales socioculturales se sigan repitiendo, el psicoanálisis no sólo tiene asegurada su existencia, sino también la exigencia de continuar con su desarrollo científico.
-Jacobsen dice que las teorías de Freud son construcciones hipotéticas, sin base empírica o científica.
-El psicoanálisis tiene una epistemología propia que le permite dar una prueba de la estructuración del psiquismo. El sueño de las neurosis traumáticas, donde se repite una y otra vez el trauma o el sufrimiento, o el lapsus como expresión consciente de lo inconsciente, son datos empíricos.
-También sostiene que los psicoanalistas pueden leer en el inconsciente de sus pacientes cualquier cosa: todo y lo contrario, de modo que se adaptan al medio social y cultural en que viven. ¿Es así?
-Decir "todo y todo lo contrario" no es una crítica al psicoanálisis, es el descubrimiento del psicoanálisis de que el hombre tiene dentro de sí el bien y el mal, la alegría y la tristeza. El hombre es complejo, no es sólo envidia o sólo amor: es las dos cosas. El psicoanálisis lucha por no caer en la tentación de adular al individuo ni de alimentar ciertos ideales de la cultura relacionados con el poder, con la tiranía de la imagen, con el consumismo. Esa frase "todo y todo lo contrario" es estrictamente psicoanalítica, dicha en el buen sentido. Intenta describir la complejidad del ser humano y la riqueza que tiene esa complejidad. Reconocer lo bueno y lo malo nos permite salir del mundo maniqueo, donde los malos son los otros y los buenos somos nosotros, esta oscilación pendular por la cual a veces creíamos que un golpe de Estado nos iba a salvar y otras que nos iba a salvar la democracia .
-¿Existe el inconsciente colectivo y, en ese caso, sería posible describir un inconsciente colectivo de los argentinos?
-Uno se sentiría tentado a decir que sí, que existe un inconsciente colectivo argentino, que oscila entre la euforia y la depresión. Pero, en sentido estricto, el inconsciente es singular. Ahora bien, estos inconscientes singulares e individuales, dentro de situaciones culturales donde aparecen determinados liderazgos, tienen una sorprendente tendencia a la masificación . Recordemos aquella Plaza de Mayo que se llenó el 30 de marzo para criticar al régimen militar, y el 2 de abril para aplaudirlo por una reivindicación auténtica pero motivada por algo espurio que, como todos sabemos, era mantenerse en el poder. Son manifestaciones colectivas de inconscientes singulares que, ante determinadas situaciones, estallan. Con Malvinas nosotros tenemos una deuda. Cientos de ex combatientes se han suicidado. A los veteranos, de alguna manera, los hemos abandonado. Aquella explosión y aquella derrota llevan a ese tipo de actitudes que son inherentes a la condición humana. Conocerlas permite prevenir sobre esta situación.
-De la misma manera, ¿podríamos hablar de traumas colectivos? Pensemos en diciembre de 2001, por ejemplo.
-Desde el punto de vista psíquico, 2001 fue de una intensidad traumática inusitada. El dinero -que es una representación simbólica del propio yo, en la medida en que yo soy también en mi dinero- fue incautado. El país quedó sumido en la anarquía, la gente se sentía desprotegida. Entonces surgió el clamor de "que se vayan todos", y la necesidad de echarles siempre la culpa a los otros, que son los que hacen las cosas mal. Pero de estas crisis no se sale si no se reconoce la responsabilidad personal. Para el psicoanálisis, el concepto de responsabilidad personal es clave, porque uno no es sólo un agente pasivo de lo que le pasa, sino también un agente activo por las propias pulsiones. Y en este reconocimiento de mi propia participación está la posibilidad de elaborar lo traumático y de quebrar la compulsión a repetir.
-¿Lo que no se elabora se repite?
-Exacto. Nosotros no hemos elaborado las crisis porque no hemos reconocido nuestra participación personal en el hecho crítico. Por eso es tan importante registrar el trauma e historiarlo. La cultura da muestras de esta necesidad cuando, por medio de sus distintas manifestaciones, busca recordar una y otra vez fenómenos de violencia social que la conmovieron -las distintas guerras, el genocidio nazi, el terrorismo de Estado que azotó nuestro país- a la vez que nos muestran los efectos nefastos de negarlo cuando aparecen nuevos fenómenos sociales que tienden a repetir aquella historia.
-¿De dónde viene la fascinación argentina por el psicoanálisis?
-En una época plagada de interrupciones democráticas, el psicoanálisis significó una posibilidad de resolver síntomas, de entender conflictos y, sobre todo, fue una invitación a pensar en libertad.
-En las dictaduras, más que imposibilidad de pensar, ¿lo que había no era censura para expresarlo públicamente?
-De acuerdo. Pero ese prohibido decir lo que se piensa en público, progresivamente se convierte en una autocensura donde uno ya no piensa. Entonces cuando el psicoanálisis oferta como condición del tratamiento obligarse a pensar permite superar un nivel de autocensura.
-¿Puede haber una comprensión psicoanalítica de los fenómenos sociales?
-Los psicoanalistas debemos pronunciarnos, desde nuestra perspectiva, acerca de temas como la violencia social, las vicisitudes de la función paterna en la sociedad actual y la desocupación, los efectos psíquicos de la desnutrición, la drogadicción y tantos otros. Este desafío es una deuda del psicoanálisis con la sociedad y su futuro depende, en gran medida, de que lo podamos asumir.
-¿Se puede pensar en el destino de nuestro país como en la prospectiva de un paciente?
-No es una comparación válida desde el punto de vista científico. Sin embargo, así como el pronóstico de un paciente depende de que el analista lo ayude a despertar la pulsión transformadora de su psiquismo, para despertar su potencial dormido la Argentina necesita una dirigencia política y empresarial que aliente una distribución más solidaria de todas sus riquezas y de un consenso que le permita crear políticas de Estado y que les dé a las nuevas generaciones un proyecto de vida que nosotros como generación no le hemos dado por culpa de estos ciclos de dictadura y democracia donde fuimos de la ilusión a la decepción. Así como en un proceso psicoanalítico se necesita tiempo, nosotros necesitamos mucha más democracia -de la buena, de la regular, de la mala- hasta que se instalen leyes, normas, encuadres, en donde nos podamos sentir cómodos y podamos transmitirles a nuestros hijos la libertad de pensar y de crear.
-¿Cuáles serían las razones de nuestra dificultad para vivir y convivir en sociedad?
-Me parece que tiene que ver con esas oscilaciones entre los grandes éxitos y la brutal caída en una situación casi de anomia. Todo eso ha hecho que cada uno sienta al otro más como un enemigo que como un amigo. Para reconocer al otro y para convivir hay que consensuar y ésa es una dificultad de los argentinos. Este es un déficit de nuestra cultura, producto de que nos falta más democracia, más procesos democráticos en el tiempo para acostumbrarnos a pensar que el otro no es siempre el culpable ni que yo tengo toda la razón. Aquí vuelvo al psicoanálisis, porque si hay algo que éste tiene muy presente es que el trabajo analítico es un consenso entre dos personas que trabajan al unísono por un objetivo: el de develar las estructuras inconscientes que a un individuo lo llevan a sufrir y a padecer.
Por Carmen María Ramos
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=743652
Por Sandra Russo
El 10 de diciembre de 1983, en la Plaza de Mayo, era difícil hacerse un lugar entre la muchedumbre. Había tanta gente que era preciso hacerse paso rozando, tocando cuerpos. Eran dóciles aquellos cuerpos festivos. Y el cuerpo de uno mismo también. El cuerpo de uno mismo, siempre arisco en la forzada proximidad de los ascensores, siempre incómodo en el lento ritual de las colas bancarias. Los roces ese mediodía no alteraban a nadie. Una mano en la espalda de alguien, un brazo en la cintura de alguien para seguir adelante. La devolución de sonrisas amigables, el espectáculo de los ojos vidriosos y los hijos a caballito. Lo recuerdo así. La plaza inundada de gente suelta y unida. Como una primera vez de calmas burbujas personales en suspenso. Antes había conocido marchas tumultuosas y agitadas por la represión, solamente eso. Como un gran cuerpo colectivo atravesado por la felicidad, ese día se dejaban atrás los años de la dictadura. Y eso era político pero íntimo. Y era íntimo pero era político.
Entonces, de pronto, por la esquina del ex Banco Hipotecario, entró la columna de la JP. Esa gente era distinta. Estaba unida, no estaba suelta. Los bombos parecían parte de sus cuerpos y de sus voces. Honraban a sus muertos con cánticos desgarrados. Venían saltando, o caminando, del brazo, levantando las banderas, venían como un tropel, confundidos unos con otros, amalgamados en ese engrudo de pertenencia enorgullecida a pesar de que su candidato había perdido las elecciones, a pesar de que el cajón que Herminio Iglesias había exhibido en la 9 de Julio, en el acto de cierre de campaña, formaba parte de su mismo idioma. El peronismo se me presentaba en aquella época como un lenguaje pródigo en dialectos. El de Iglesias era uno de esos dialectos. La apabullante marcha de la columna de la JP expresaba otro. Pero el peronismo, en todas sus versiones, era finalmente una dimensión no sólo de la política sino del otro, de las emociones, de los límites, de las clases, de las ideas.
Para los que nunca experimentamos el sentimiento peronista, ese fervor se nos aparece extraño, acerado. Impenetrable. El peronismo representa una identidad política pero abarca territorios personales. Y en esos territorios, el peronismo lo que hace es disolver vallas infranqueables entre personas, contenerlas en un envase multitudinario y profundamente sentimental. Claro que no hay nada más revulsivo que mirar un espectáculo pasional por la ventana, y los no peronistas no hemos hecho mucho más, incluso desde la lenta extinción de lo que durante décadas se llamó “gorilaje”, que observar una escena patética entre peronistas que se pelean, se insultan, se acusan, se amenazan. Los peronistas llegaron a matarse. ¿Cómo se explica? ¿Cómo se explica que llevados a ese borde en el que tuvieron lugar las peores de las traiciones y los peores crímenes, algo siga haciéndoles de red, de telaraña que los sostiene?
Ejemplos de contradicciones y miserias peronistas hay de sobra. Pero por eso mismo, quise recuperar en el principio de esta nota y de estos pensamientos aquella visión de la gloriosa columna de la JP haciendo su arribo a la Plaza de Mayo ese día en que se retiraba vencida la dictadura cuyas víctimas, en su mayoría, les pertenecían. Porque para los que no participamos del sentimiento peronista, acceder por un instante a la intimidad de ese goce de pertenencia no es sencillo. No es sencillo ponerse en el lugar de un peronista. Ni pensar con su cabeza. Ni razonar con sus argumentos. Ni prever la elasticidad y el alcance de sus lealtades. ¿No se obliga el peronismo, en todo caso, a un debate profundo y descarnado que revise la palabra “lealtad”? ¿Qué significará, nos preguntamos los no peronistas, la “lealtad” peronista en estos días? ¿A qué horizonte nos enfrenta? ¿A qué chascos nos invita a prepararnos? ¿Se aplica la palabra “lealtad” a las ideas –seas éstas cuales fueren– y a quienes suscriben a ellas, o al “conjunto peronismo”, en cuyo caso tendrán razón quienes sostienen que las peleas entre peronistas siempre son una especie de ficción?
Cuando vi entrar a la Plaza a aquella columna de jóvenes de la JP, accedí por unos instantes a esa magia que espejaban. Mirándolos desde una ventana simbólica, pude entender qué los unía, casi qué los emparentaba. Esa fue la gran obra de Perón. Engrudar a la gente. Hacer del peronismo el único teatro en el que tantos tienen localidades. Estaba leyendo, en aquella época, El origen de la tragedia, de Nietzsche. Ese texto complicado y poético en el que el filósofo describe el surgimiento de la tragedia griega como una combinación majestuosa entre dos pulsiones humanas: el impulso de recortarse como individuo y el impulso de confundirse con los otros. Nietzsche se pregunta por qué, en su esplendor, los griegos necesitaron inventar un arte en el que expusieron ante sí mismos todo lo horrible. “¿Hay quizá una neurosis de la salud, de la juventud de los pueblos, de su adolescencia?”, se pregunta.
Y me pregunté, mirando a los jóvenes de la JP, si esa amalgama de pertenencia que los unía no tendría el rastro de la embriaguez dionisíaca, si no estaba hecha de esa pulsión humana que necesita fundirse en los demás, rendir culto a lo colectivo, borrar límites personales, ofrecerse en sacrificio a lo superior, disolverse en un todo que contenga a los individuos. La tragedia griega estaba hecha de ese impulso, pero combinado con la pulsión apolínea, la de la moral, la de la templanza, la de la prudencia. Y, especialmente, con la esencia de Apolo: la medida, la armonía, “todo en su medida y armoniosamente”. Perón sabía.
Hoy sigue siendo necesario pensar en el peronismo, dentro y fuera de él. Desde adentro, con serenidad y prudencia, porque ya sabemos a dónde conducen los arrebatos peronistas. Y desde afuera, con el respeto que no siempre le tenemos a esa extraña pasión argentina.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-57249-2005-10-01.html