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John Alderdice: "Los derechos humanos son una bandera liberal"

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 28-09-2005 01:47:46

Opina el psiquiatra y político irlandés

Como presidente de la Internacional Liberal, lord John Alderdice sabe que tiene pares de otras tendencias. Es decir, foros que agrupan a partidos conservadores y socialistas, entre otros. “Nunca supe de la existencia de una internacional populista”, repone, irónico. De ahí que no conciba que algunos gobiernos (latinoamericanos, en su mayoría) actúen por “los sentimientos de la gente, no por una agenda política”. ¿El resultado? “De la promesa a la frustración hay un paso”, recita.

Alderdice, miembro del Alliance Party (Partido Alianza), de Irlanda del Norte, representa al este de Belfast en la Cámara de los Lores, en la cual forma parte de la bancada de los liberales democráticos.

Ha invertido buena parte de su carrera en el proceso de paz y reconciliación con el IRA. Sus esfuerzos fueron distinguidos con el premio Harriman del Nacional Democratic Institute (Instituto Nacional Demócrata), de Washington DC, el mismo que recibieron el ex presidente norteamericano Bill Clinton y otros líderes políticos.

“Lo que el presidente venezolano, Hugo Chávez, llama neoliberalismo no es liberalismo –dice durante una entrevista con LA NACION Alderdice, médico psiquiatra nacido en Irlanda del Norte–. En América latina no hubo una agenda liberal. La agenda aplicada no contempló la defensa del medio ambiente ni creó mejores condiciones de vida para la gente. Chávez generaliza y hace creer a la gente que eso fue liberalismo."

En su primera visita a la Argentina y Brasil, organizada por la Fundación Friedrich Naumann, de Alemania, Alderdice procura no emitir juicios sobre el gobierno de Néstor Kirchner ("Eso es para los argentinos, no para los extranjeros", se excusa), pero confiesa: "La principal razón de mi presencia en el país ha sido dar algún apoyo a Ricardo López Murphy y estrechar vínculos entre los liberales de aquí y de otras partes del mundo".

-¿López Murphy sí es liberal?

-Sí, tenemos conversaciones frecuentes sobre estos asuntos. Estoy convencido de que defiende nuestros principios. Muchas veces la gente se describe a sí misma como liberal, pero no forma parte, necesariamente, de la Internacional Liberal.

-En la Argentina, así como en toda América latina, muchas veces se confunden los liberales con los conservadores.

-Eso me preocupa. En América latina no son bien entendidos los liberales. En especial, algunos de los valores liberales. El liberalismo compete a la gente común. Tiene que ver con sus vidas y con el desarrollo. A veces, el mensaje de los liberales no parece conveniente. Por ejemplo: nosotros hablamos de libre comercio y la gente piensa en grandes negocios. La idea es que la gente común pueda hacer negocios en compañías pequeñas, no fomentar las grandes corporaciones internacionales.

-Tanto se habló de libre comercio en los años 90 que se confundieron los términos.

-Exacto. La gente vio el libre comercio sólo en términos de privatizaciones de grandes compañías y, en verdad, si bien son importantes las grandes compañías, pueden formar carteles o monopolios que perjudiquen el libre comercio. En Europa, las grandes compañías ponen barreras al libre comercio. Nuestra intención es darle libertad a la mayoría de la gente. Si esa gente no tiene educación, no puede competir en el mercado libre. La educación, entonces, es la base del liberalismo. Hay quienes dicen que si uno no tiene dinero no puede tener educación. Es falso. La educación es la mejor inversión en el país.

-¿De qué valen instituciones concebidas sobre la base de constituciones nacionales de corte liberal si los presupuestos no contemplan ese ítem, precisamente?

-Si uno lee la Constitución de la Unión Soviética, verá que era muy liberal, pero no podríamos decir que ese grupo de naciones era liberal. Si tenemos libertad para viajar, para hacer negocios, alguno tendrá que ver que la educación y la salud son más importantes que las regulaciones para cuidar el medio ambiente y protegernos de los monopolios. La gente tiene derecho a creer en ello.

-¿En qué piensa usted que cree el gobierno argentino?

-No tengo una opinión particular sobre su agenda política. Como liberal, yo abogo por los derechos de todos los partidos. Lo que es importante es la transparencia y que la gente confíe en las instituciones del Estado. Son los argentinos los que deben decir si los principios son equivocados o no.

-En el exterior, muchos dicen que no entienden el rumbo de Kirchner.

-En diferentes partes del mundo, sobre todo en América latina, hay gobiernos populistas que tienen la tendencia de prometer a la gente lo que quiere, pero no están en condiciones de cumplirlo. Chocan con la realidad. Eso pasa en Francia, en donde el gobierno ha sido un gran empleador que garantiza beneficios.

-En su primer período, Tony Blair también prometía mucho.

-Absolutamente. El gobierno británico ha prometido cosas que no estaba en condiciones de cumplir. Y hoy mucha gente en el Reino Unido se ha vuelto escéptica por ello y critica la política exterior.

-¿Qué condiciones debe reunir un gobierno para ser liberal?

-En los Estados Unidos, cuando alguien dice que es liberal no faltan quienes piensen que es comunista. La primera condición es la libertad. Es la oportunidad de la gente de controlar sus vidas y sus negocios. No hay posibilidad de hacerlo si no están resueltos aspectos tan importantes como la educación y la salud. Un liberal está muy comprometido con los derechos humanos.

-En América latina, esa bandera fue más de la izquierda que de los liberales.

-Si uno mira el resto del mundo, advertirá que los liberales son los más perseguidos por las dictaduras militares. Ser liberal es estar en la izquierda sin ser socialista. Los derechos humanos son una bandera liberal desde el momento en que una persona se siente libre si sus derechos son protegidos. La palabra "liberal" tiene que ver con la dignidad de todos los seres humanos. El pensamiento liberal no está sólo en los papeles, sino en la pasión de la gente por construir una sociedad mejor. No me sorprende que en América latina pase eso, sobre todo, porque no se entiende qué es el liberalismo.

-¿Es liberal el Partido Demócrata de los Estados Unidos?

-No particularmente. La relación con los Estados Unidos es difícil, porque hay algunos valores que compartimos. Yo estuve trabajando con el presidente Clinton en el proceso de paz de Irlanda de Norte y en otros procesos, como el de Medio Oriente. Clinton tiene una gran sensibilidad para entender a las comunidades divididas. Después de muchos años de luchar contra el terrorismo con medidas de seguridad, hemos llegado a la conclusión de que se trata de un tópico político.

-¿Qué lecciones dejó ese proceso frente al desafío aún mayor que plantea el terrorismo de origen islámico?

-Que tenemos que dar seguridad a la gente, pero también debemos entender cuál es el problema. No es una cuestión económica. Puede usarse como excusa.

-¿Excusa para integrar esos grupos?

-Exacto. Hay algo que no funciona si los jóvenes tratan con ese tipo de gente. Cuando estuve trabajando en eso, muchos me dijeron que no se sentían respetados. Comencé a descubrir que el factor común de la violencia no es la economía, sino la falta de respeto, de dignidad. Eso pasa con los islámicos. El punto es que la dignidad y el respeto son la forma de negociar con ese tipo de violencia.

-Es la queja de los palestinos.

-Cuando uno pasa los puestos fronterizos en Israel, no necesita ser pobre para sentirse enfadado con el trato. Esa gente se siente humillada y eso la enfada. No se trata de si tienen dinero o no, sino de cómo se sienten. Como liberal me preocupo por la psicología de la gente o porque, precisamente, el respeto al individuo hace a su dignidad.

-¿El Che Guevara tiene más simpatizantes que Adam Smith?

-Algo de eso hay. Si veo que hago poner tan rabiosa a la gente, debo saber cuáles son los motivos. Y trabajar con ellos. Hay que persuadir con respeto a las instituciones. Después podremos discutir y no coincidir. Es posible hacerlo desde la política. Nunca habrá acuerdo entre todos, pero es una forma.

-La política de George W. Bush tampoco es pasión de multitudes...

-Bush no es un liberal. No estoy contento con lo que pasó en Afganistán. Teníamos un problema con Al-Qaeda y el régimen talibán. Pero en Irak, la estrategia fue equivocada. Los liberales democráticos en el Reino Unido no queríamos a Saddam Hussein y queríamos una democracia en Irak, así como en Medio Oriente, pero bombardear no fue lo mejor. Y eso va cada vez peor. Fuimos los únicos en oponernos a la guerra.

-Toda guerra responde a una apelación a los sentimientos de la gente, no a una agenda política.

-En el Reino Unido hay tres cosas que nos han hecho fuertes a los liberales democráticos: primero, hicimos entender a la gente que nuestra agenda tiene propuestas prácticas sobre el ejercicio de la libertad; segundo, hemos demostrado que estamos interesados en la gente común y que queremos mejores servicios; tercero, unimos a las fuerzas liberales porque terminamos entendiendo que no podíamos seguir divididos. En la Argentina también deberían estar juntos,

-¿Por qué no usan el nombre Partido Liberal, en lugar de Partido Alianza, liberales democráticos u otros de fantasía, como Recrear?

-Las elecciones son una oportunidad para pensar en la política, no en los políticos. Creo que en América latina la gente piensa más en los políticos que en la política.

-Después de los atentados en los Estados Unidos, España y el Reino Unido, así como en otros países, supongo que las restricciones a las libertades representan un gran desafío para ustedes.

-Seguro. Yo crecí en Irlanda del Norte, donde durante cuarenta años tuvimos terrorismo. Hay algunas medidas que pueden ayudar y otras que no. Si son claras para todos, serán efectivas contra el terrorismo. Pero hay un montón de medidas tontas. Lo inconveniente, por ejemplo, es la necesidad de llevar documentos de identidad. Los terroristas del 11 de septiembre y del 7 de julio llevaban documentos de identidad. En los setenta, en Irlanda del Norte, el gobierno británico ordenó detenciones ejecutivas. La situación no era tan mala hasta entonces. Cuando veo a la gente presa en Guantánamo noto que no hemos aprendido mucho, porque estamos dando un argumento para reclutar más terroristas. Eso es inconveniente.

-¿Está en contra de las leyes antiterroristas del gobierno de Blair?

-No estoy en contra de todos sus principios, pero no estoy de acuerdo con algunas que no respetan los derechos humanos.

Por Jorge Elías
De la Redacción de LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=742573

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Las patas de la Mentira

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 25-09-2005 00:00:00

No cualquier intento de engaño tiene status de mentira. Ciertas falacias son socialmente aceptadas como recursos legítimos, aunque no convenzan a nadie.

Beatriz Sarlo.
bsarlo@viva.clarin.com.ar

Hace unas semanas, la justicia comprobó fraude en los comicios internos del Partido Socialista porteño. Algo que a pocos entendidos les hubiera parecido verosímil, parece que sucedió. ¿Qué pasa con el engaño en este país? Quien miente debería atenerse a la regla de la verosimilitud. Mentir bien es ser imaginativo en los detalles, construir narraciones que se sostengan y que sean interesantes porque una mentira imprecisa y aburrida le abre a quien la escucha la posibilidad de preguntarse por qué le están contando eso tan poco interesante. Cuando se inventa, se avanza un poco a ciegas, en un territorio que se desenrolla, como una alfombra, a medida en que se lo atraviesa, pero debe haber un hilo conductor, algo que separe a la mentira del cinismo liso y llano. Para montar cualquier engaño, la historia (como en una buena estafa) debe atrapar a su audiencia o encontrar en ella la voluntad de creer.

En ese sentido, cuando se dice que los políticos mienten, lo que se quiere decir es que tratan de engañar, contando historias que no alcanzan el estatuto de mentiras respetables, ya que nadie cree en ellas. Algunas últimas encuestas, señalan que el grupo de personas en el que se confía muy poco es el de los políticos. En paralelo alarmante por su incongruencia, otras encuestas señalan que el presidente de la república goza de un respetable nivel de aprobación, mayor al setenta por ciento. Frente a esta incongruencia, que seguramente los encuestadores tienen como oficio explicar, caben varias hipótesis: que el presidente no sea considerado realmente un político; o que el presidente sea considerado un político, pero que parezca una excepción para más de dos tercios de los argentinos; o, finalmente, que el presidente sea considerado un político con los mismos defectos que todos los políticos, pero que eso, por el momento, no interese.

Podría entonces pensarse que a la gente no le importa la mentira. Por ejemplo: se sabe que el presidente Bush le mintió al pueblo norteamericano sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak; y que mintió para justificar la invasión norteamericana a ese país. Eso no fue obstáculo para que, en una nación donde millones de ciudadanos proclaman su odio a la mentira, Bush fuera suntuosamente reelegido. O sea que la mentira más obvia puede ser pasada por alto, cuando alguien decide que ese hombre es su candidato preferido. Si uno piensa en la forma en que los ciudadanos cumplen con la ley, la mentira aparece como un recurso legítimo. Por ejemplo, es posible mentir a la antipática agencia gubernamental dedicada a la recaudación de impuestos. En la Argentina sólo medio millón de personas declara tener bienes personales superiores a los 102.300 pesos, que es el mínimo no imponible, equivalente al precio de un tres ambientes en Belgrano o Palermo, por cierto escriturado a mitad de precio. Quien reclama la factura de un próspero cuentapropista se siente un perseguidor que está vigilando al prójimo sin tener ningún motivo valedero para hacerlo. Existen fábricas clandestinas, con todo su personal en negro, agitándose de la mañana a la noche detrás de persianas bajas. Esos engaños son inverosímiles y no se atienen a las reglas de las buenas mentiras, pero evidentemente se los acepta o se los pasa por alto.

Se dirá que nadie vive en estado de verdad, como si se tratara de una especie de iluminación religiosa. Y mucho menos una sociedad entera. En general, las sociedades tienden a olvidar lo que aprobaron en el pasado más reciente. ¿Cuántos viajeros a Miami, adictos al mágico video-juego “un dólar por un peso”, se sumaron a los contingentes opositores a Carlos Menem después de 1999? El problema no fue el haber apoyado a Menem sino la diestra voltereta con que ese apoyo se convirtió en repudio. Por eso, al comienzo se habló de la mentira, como un relato convincente, que debe persuadir no sólo al que la escucha sino al que la inventa. Los escépticos frente a la política dirán que los políticos se distinguen en estos relatos de doble vía. Pero no hay porqué concederles el monopolio.

http://www.clarin.com/diario/2005/09/25/sociedad/s-1058882.htm

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"La mitad de la humanidad está hoy en el sector informal"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 25-09-2005 00:00:00

ELMAR ALTVATER, POLITOLOGO

Las transformaciones en los modelos económicos provocaron la aparición de nuevos sujetos colectivos, al margen de las relaciones de trabajo tradicionales. La política debe también darles cabida.

Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com

# Hace 25 años el sociólogo André Gorz generaba un revuelo intelectual con su libro "Adiós al proletariado", en el que vaticinaba el fin del trabajo industrial asalariado. ¿De qué manera se cumplieron aquellos vaticinios?

—Sí, en efecto, hoy asistimos al fin del proletariado. Sin embargo, Gorz sostenía que el fin de la clase trabajadora sería consecuencia del aumento de la productividad, del progreso tecnológico; en fin, de una sociedad más rica, que haría que la categoría "trabajo" dejara de ser central para la subsistencia de los hombres. En la actualidad, el fin del proletariado no sólo se analiza en forma teórica, sino que está a la vista en todo el mundo: se lo ve claramente en el sector informal, en la precarización del trabajo, en el trabajo en negro.

# Esta informalidad laboral que usted describe, ¿es un efecto no deseado o una consecuencia previsible de la evolución del capitalismo y las políticas neoliberales?

—Este surgimiento de la informalidad está relacionado con la desregulación del mercado laboral y el proceso de globalización de corte netamente neoliberal, que para la mayor parte de las personas ha generado gran inseguridad. Se trata de una globalización de la inseguridad que está dada porque el empleo que se genera es precario y las personas no tienen un contrato de trabajo.

# Pero la crisis del pleno empleo viene de más atrás.

—Así es, con la crisis del Estado social, que quedó obsoleto frente a una globalización que se pensó como una dinámica de incremento constante de la competitividad. Esto sólo era posible a partir del aumento de la productividad y la necesaria reducción de los costos. La consecuencia lógica es la expulsión de mano de obra superflua del sector formal, que es absorbida por el informal.

# ¿No es esto similar a lo que planteaba ya en el siglo XIX David Ricardo cuando sostenía que el capitalismo generaría "población redundante"?

—Algo así. Esto ha llevado a que en distintos rincones del mundo muchas personas hayan puesto en juego su creatividad en busca de nuevas formas de organización social que les permitan contrarrestar la inseguridad. El problema de fondo es el mismo en todas partes aunque se manifiesta según las condiciones socioeconómicas de cada realidad: países desarrollados o subdesarrollados, Estados de bienestar medianamente realizados o no.

# ¿Cómo se pueden comparar unas realidades con otras: las de las sociedades del bienestar con aquellas que no conocieron niveles de desarrollo y distribución más equilibrados?

—La evolución del sector informal presenta diferencias en los países llamados "del tercer mundo" —aunque creo que ya no es posible hablar de "tercer mundo"— y en los países industrializados. La primera es una diferencia temporal: la noción de informalidad surge en 1972 a partir de un estudio de la Organización Internacional del Trabajo en Kenia, Africa. Es decir, que el término en sí existe desde hace poco más de treinta años. Si bien en ese entonces tal categoría resultaba impensable en Occidente, estudios de investigación realizados en la Unión Europea arrojan hoy otros resultados: en Europa, por lo menos el 20% de la población activa corresponde al sector informal, en Latinoamérica la cifra asciende al 60%, y en Africa, al 90%. De modo que, aunque en diferente medida, la tendencia es la misma. Según más datos de la OIT, existen en el mundo 800 millones de personas sin empleo o con empleo precario. Si se piensa que cada uno de estos hombres tiene una familia, y se lo multiplica por 4, esto da como resultado tres mil doscientos millones de habitantes. Es decir que la mitad de la humanidad pertenece al sector informal, se halla al margen del sistema capitalista formal de acumulación.

# Todo esto lleva a un cuestionamiento de estas mismas categorías de "sector formal" y "sector informal", ¿no es cierto?

—Sí, ese es precisamente el gran problema. Y más aún si pensamos que en Africa el 90 % de la población pertenece al sector informal. Tenemos que partir de la base de que el fin del proletariado hoy no supone una nueva forma de redistribución entre el tiempo de trabajo y el tiempo libre, el trabajo autónomo y el heterónomo —como sostenía Gorz— , sino que las nuevas formas de organización no son para nada emancipatorias, porque las personas desarrollan las "técnicas del sí mismo" adaptándose a las condiciones impuestas desde afuera. Hasta los sindicatos de todo el mundo están en crisis porque no encuentran la forma de organizar al sector informal.

# Usted habla de las "distintas lógicas de la acción social". ¿Cómo se manifiestan estas lógicas?

—Hago esta diferenciación de lógicas por diversos motivos: en primer lugar, para mostrar que en la sociedad mundial no existe una única lógica de acción (la lógica de la equivalencia que rige el mercado, esto de intercambiar un producto por su equivalente dinerario), sino que existen otras lógicas. Ya Karl Polanyi, un gran historiador húngaro que emigró a Inglaterra en los años 30 durante el nacionalsocialismo, sostenía que existían muchas otras formas de intercambio como, por ejemplo, el principio de reciprocidad, según el cual la etnia, el reconocimiento o la alegría espontánea pueden ser factores que determinan una prestación recíproca. O el principio de la redistribución, en el que se basaba la planificación central en el socialismo real del siglo XX.

# ¿No fracasaron esas formas alternativas de organización social?

—Se trató de economías muy dinámicas que demostraron funcionar, aunque más no haya sido por un par de décadas. El problema es que en tiempos de la globalización neoliberal esto es impensable, porque la planificación es un sistema aplicable al Estado nacional y el Estado nacional como tal ya no existe. Una planificación y un sistema redistributivo a escala global son deseables, pero imposibles. Pero existe un cuarto principio: el de la solidaridad, que está íntimamente ligado a las nuevas formas de cooperación ciudadana. Lo importante es que la solidaridad no se limita al aquí y ahora; ser solidarios supone concebir nuestra existencia como invitados en el planeta Tierra y, por ende, saber que debemos dejar este mundo en igual o mejor estado, pero no en peores condiciones. Ser solidarios supone considerar a las generaciones futuras y a los hombres en cada rincón del planeta. En definitiva, una economía sólo es solidaria cuando es sustentable.

# Sin embargo, los sectores expulsados del mercado laboral siguen demandando la generación de fuentes de trabajo. ¿Qué posibilidades tienen los Estados de garantizar si no el "pleno empleo" de antaño, condiciones que se acerquen a aquellas?

—Hay que observar el caso particular de cada país. Pensemos, por ejemplo, en el rol del Estado como organizador del territorio: el Estado boliviano es mucho más débil en este sentido que cualquier Estado europeo o que los EE.UU. Tengo la convicción de que la NASA sabe más sobre la Patagonia argentina o el Amazonas que la población y los gobiernos locales. En este sentido, es preciso analizar cómo se articulan este tipo de reivindicaciones, sus perspectivas y sus conflictos y qué tipo de Estado tienen enfrente.

# ¿Cuál sería el principio unificador de estas diferentes situaciones de exclusión y de estos sectores tan heterogéneos?

—No existe un principio de unificación, pero sí de compatibilización de intereses y demandas. Esa es la tarea de la política. Cuando estas reivindicaciones que se producen en la sociedad civil no acceden a la esfera política se produce un vacío y la única vía de acceso son los partidos políticos. Es por eso que hay que construir un puente entre los movimientos sociales y los partidos políticos.

# Hablamos de la crisis de la utopía del pleno empleo y del estallido de la informalidad. ¿Cuál sería la respuesta inclusiva?

—La informalidad es la solución regresiva a la crisis. La utopía es la solución progresiva: una economía solidaria y sustentable, de la que ya existen ejemplos prácticos en muchos países, por ejemplo, a través del uso de energías renovables. Hay que tener en claro que la economía sólo es solidaria cuando es sustentable, y esto supone una nueva forma de vivir y trabajar.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/09/25/z-03615.htm

Copyright Clarín, 2005. Traducción de Carla Imbrogno.

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Pasarse en limpio

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 25-09-2005 00:00:00

Por Sandra Russo

La nena ya está grande. Tiene trece, y los temas de conversación son otros. El otro día vino del colegio y comentó:
–Kirchner y Menem son de derecha.
A ella no le interesa la política. La aburren los noticieros y tampoco lee. Como el sentido común indica que no hay que insistirle a un chico para que haga algo –y no correr el riesgo de que no sólo no lo haga sino que lo deteste–, cuando andaba por los seis o siete y vi que nunca pasaba de las dos primeras páginas de los libros que le regalaba, me mostré indiferente. Con eso debo haber logrado que no deteste los libros, pero que los lea, no. Chatea todo el tiempo y piensa en ropa. Por eso me llamó la atención que viniera a avisarme que Kirchner y Menem son de derecha.
–¿Y eso de dónde lo sacaste? –le pregunté.
–Me lo dijeron.
–¿Quién te lo dijo?
–No soy buchona.
–¿Qué te dijeron? ¿Que Kirchner y Menem son iguales?
–Que los dos son de derecha.
–El que te lo dijo debe ser troskista.
–¿Qué?
–De izquierda –dije, para simplificar.
–¿Y vos no sos de izquierda? –contraatacó. Tiene reflejos rápidos.
Así empezó una larga conversación con mi hija, plagada de lagunas, contradicciones y figuras retóricas (de mi parte, claro) y reclamos puntuales de especificaciones (de su parte) en todo lo relativo a la izquierda y la derecha, el peronismo, Kirchner-Duhalde-Menem, Revolución Francesa, guerra de Irak, chicos de la calle, colegios privados, ropa de marca, piqueteros, en fin, no faltó nadie. Los hijos tienen esas cosas: lo obligan a uno a pasar en limpio lo que piensa, incluso lo que uno da por hecho. Explicar, por ejemplo, por qué yo no creo que Menem y Kirchner sean lo mismo y por qué toda mi vida suscribí a ideas de izquierda pero no a un partido de izquierda, implicó hablar de los ’90, de las empresas privatizadas, del consumismo y de la crisis, de derechos humanos, pero especialmente implicó hablar de desempleo, inequidad y pobreza. Y ahí me vi en un brete.
Esta semana los últimos datos del Indec dieron cuenta de lo que se huele en el aire: el crecimiento no bajó, pero la pobreza y la indigencia tampoco. La tendencia de la situación social sigue siendo positiva, pero la mejoría registrada desde 2002 se desaceleró. Este último semestre la pobreza disminuyó apenas un 1,7 por ciento, mientras que la indigencia se redujo en un 1,4 por ciento. Desde la hiperinflación de 1989, a cada crisis le siguió un período de recuperación, como también la hubo esta vez, después del estallido del 2001. Pero desde 1989, cada vez, la mejoría se desaceleró, como ahora. El saldo de cada crisis fue un porcentaje más abultado de la torta social pintado con el rojo de la pobreza: pobres estructurales que ya no esperan ni oportunidades ni capacitación ni que sus hijos tengan chance. Pobres marcados de nacimiento, con una letra escarlata que los ubica en una categoría infrahumana: sus vidas se desarrollan en las márgenes de un sistema que gira sobre sí mismo y cuyos mecanismos funcionan a tracción sangre.
En estos términos, y sin adherir ni una pizca a la comparación que alguien le sopló a mi hija, es precisamente ahora cuando el gobierno de Néstor Kirchner deberá timonear para un lado o el otro. Si un crecimiento económico sostenido no logra traducirse en mayor equidad, si los recursos que genera la economía no rozan a los más indefensos y, todo lo contrario, siguen yendo a parar a la punta de la pirámide, entonces se deberá concluir que hay matices inéditos en este gobierno, como la defensa de los derechos humanos o la limpieza en la Corte Suprema, pero también se deberá tener presente que, en su origen, las violaciones a los derechos humanos y las injusticias subsiguientes surgieron contra quienes luchaban a favor de la equidad. Y es la equidad la llave maestra de cualquier cambio con pretensiones de histórico. Es la equidad el horizonte de la utopía democrática. Es la equidad, en definitiva, el revés de la trama capitalista.
La semana pasada, en Tucumán, en la escuela a la que va Barbarita, aquella niña que lloró en televisión cuando le preguntaron qué había cenado la noche anterior y qué había desayunado esa mañana, los 1500 alumnos no recibieron ni la copa de leche ni el almuerzo. Problemas burocráticos impidieron que esos chicos accedieran al alimento que les corresponde y que implica cuarenta centavos por chico y por día. Los televidentes argentinos ya naturalizaron la desnutrición. Barbarita los conmovió cuando esa palabra quedaba incómoda en una boca argentina y en el granero del mundo. Pero todo se naturaliza, todo se aguanta. Especialmente si le pasa a otro. Los problemas burocráticos de una escuela del norte para darles de comer a sus alumnos son en realidad anecdóticos en un país en el que ya nadie se sorprende de que los chicos vayan a la escuela a comer. Hay 8.957.000 personas pobres y de ese total, 3.168.000 son indigentes. Por ahí me quedé anclada en el ’45, en el ’59, o en el ’83, pero sigo creyendo que ser de izquierda es sentirse responsable por cada uno de ellos.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-56961-2005-09-25.html

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“El mundo nos da otra oportunidad”, sostiene Pablo Gerchunoff

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 24-09-2005 00:00:00

Según el economista, los cambios en el comercio mundial ayudan a la Argentina

Quizá porque puede mirar hacia atrás en perspectiva, el economista Pablo Gerchunoff se anima a hacer pronósticos sobre uno de los fenómenos más volátiles del país: su economía. Y su visión es optimista.

Para Gerchunoff, la historia económica argentina se caracteriza por una sucesión de marchas y contramarchas, de períodos de crecimiento a los que siguen períodos de declinación y crisis. Ahora, afirma, hay una oportunidad para que la actual fase ascendente no derive, fatalmente, en una nueva crisis.

“La Argentina empieza a vislumbrar la posibilidad de un patrón productivo nuevo, a partir de un cambio en el comercio mundial”, sostuvo.

Especializado en la historia de las políticas económicas de los siglos XIX y XX, Gerchunoff es profesor e investigador de la Universidad Torcuato Di Tella, miembro del Conicet y director de investigaciones de la Fundación Pent. Ha planteado sus ideas en los libros “Entre la equidad y el crecimiento. Ascenso y caída de la economía argentina, 1880-2002” y “El ciclo de la ilusión y el desencanto. Un siglo de políticas económicas argentinas”, en colaboración con Lucas Llach.

Dos veces fue funcionario público: como jefe de gabinete de asesores del Ministerio de Economía durante el gobierno de Raúl Alfonsín y en el primer año del de Fernando de la Rúa.

Didáctico, Gerchunoff va y viene de la historia al presente y matiza su optimismo con reservas. Cree que el gobierno de Néstor Kirchner todavía no tiene políticas públicas de desarrollo que aprovechen esta coyuntura favorable, que los sectores productivos están reaccionando más rápidamente que el Estado, de modo casi intuitivo, y que es imperioso construir un nuevo Estado de Bienestar que cambie las actuales políticas sociales.

Gerchunoff -que se define ideológicamente como "un antiguo social demócrata permeado por ideas provenientes del liberalismo clásico"- muestra los datos, esgrime los números, hace comparaciones y se apoya en su filosofía: "El escepticismo es la haraganería de los intelectuales en la Argentina. Es más fácil pensar que la realidad va a ser como fue y no pensar que de aquí en adelante puede ser distinta".

-¿Por qué cree que se puede estar inaugurando un ciclo largo de crecimiento?

-Lo que determinaba las marchas y contramarchas en la economía del país era la pérdida de inserción de la Argentina en el comercio mundial. Aquella Argentina de 1880 a 1930 tenía un engarce feliz entre su estructura productiva y lo que demandaba la primera potencia del mundo. Eso le daba una dinámica de crecimiento que cada tanto se detenía, pero con una tendencia expansiva. Eso se interrumpió en 1930. La Argentina optó entonces, casi sin alternativas, por la sustitución de importaciones, por el desarrollo de una economía cerrada. Cuando, más tarde, el comercio revivió, lo hizo con un sesgo muy intraindustrial y muy adverso, por lo tanto, a los productores de materias primas. El otro gran momento duro fue 1975. Después de los shocks petroleros, la caída de los términos del intercambio fue muy dramática, con una tasa de interés especialmente alta. La Argentina sufrió las siete plagas de Egipto en ese período casi infernal que va de 1975 a 2002. Lo que ahora planteo es que hay que tener cuidado con caer en el escepticismo, que es la haraganería de los intelectuales en la Argentina. Es más fácil pensar que la realidad va a ser como fue y no pensar que puede haber una ruptura y que la realidad de aquí en adelante puede ser distinta. Creo que es posible que el mundo nos esté ofreciendo una nueva oportunidad. Me parece que, mirando los datos y la dinámica de la realidad, esa oportunidad está apareciendo con una fisonomía propia.

-¿En qué lo ve?

-Un factor es la recuperación de la demanda de las materias primas, de los recursos naturales que la Argentina sabe producir y de la demanda de los productos transformados a partir de esos recursos naturales. Eso genera un hecho novedoso, que es un aumento persistente de los precios de las materias primas, por lo cual aquello que produce la Argentina rinde más hoy que en el pasado. La pregunta que surge es ésta: ¿acaso hay alguien que esté ocupando el lugar que ocupaba Inglaterra entre 1880 y 1930? Mi respuesta es que puede ser que sí, que puede ser que los países asiáticos, y en particular China, sean las nuevas potencias industriales emergentes y que estén a la caza de materias primas, alimentarias y no alimentarias. Si es así, se trata del segmento del capitalismo mundial más dinámico de la Tierra, y quiere decir que hay un nuevo engarce posible.

-¿Tiene mayor potencialidad que aquella Inglaterra?

-Lo que dicen los datos es que China e India están creciendo al 8% anual, que son el 40% de la población mundial y que están a la búsqueda de alimentos, de materias primas, de petróleo. ¿Se ve un aumento de los precios de las materias primas argentinas? Sí, se ve. ¿Eso tiene que ver con el aumento de la demanda asiática? Sí, así es. ¿Ese aumento está acompañado por algún movimiento de los precios de lo que importa la Argentina? Sí, en efecto. Estos países asiáticos producen bienes industriales hechos con mano de obra muy barata, que tiran abajo los precios de lo que importamos. Por un lado, aumenta el precio de lo que nosotros vendemos y, por el otro, cae el precio de lo que nosotros compramos. Quiere decir que el poder de compra de lo que vendemos está creciendo, algo que no nos pasaba desde 1927. La Argentina empieza a vislumbrar la posibilidad de un patrón productivo nuevo a partir de un cambio en el comercio mundial y en la dinámica relativa de los distintos países en ese comercio mundial.

-Este es un escenario coyuntural favorable. ¿Cree que hay una decisión política del Gobierno para aprovecharlo?

-¿Por qué hablamos sólo del Gobierno? Me preguntaría por la sociedad argentina, no solamente por el Gobierno o el nivel estatal. ¿Hay un empresariado argentino? ¿Hay actores sociales que estén, al menos, intuyendo esta oportunidad y preparándose para ella?

-¿Los hay?

-Yo creo que los hay. La reacción modernizante del agro argentino en los últimos años, la expansión de su producción, la incorporación de tecnologías nuevas no son independientes de esto. También se ve en el surgimiento de un abanico de sectores industriales, como la siderurgia y el aluminio, que nacieron al amparo de la protección, volcados al mercado interno y que de pronto se revierten hacia el mercado mundial. Otro aspecto es la explosión del turismo, que está aprovechando los recursos naturales. La otra ventaja argentina es la calificación no desdeñable de su mano de obra. La biotecnología, la minería... son cosas que están ocurriendo ya.

-¿Y qué hace el Gobierno?

-Le contestaría con una afirmación débil: el Gobierno no está obstaculizando este nuevo patrón productivo. El hecho de que tengamos un presidente de raigambre peronista en favor del tipo de cambio real alto es una novedad extraordinaria. El peronismo siempre fue salarios altos y tipo de cambio bajo. Sin darse cuenta, sin saberlo, entre Menem y Kirchner (y los dos repudiarían la continuidad que estoy estableciendo) están terminando no con el estilo político del peronismo, pero sí con la sociedad peronista y con el patrón productivo con el que el peronismo nació.

-¿Menem y Kirchner son lo mismo?

-No lo diría así . Digo que Menem y Kirchner forman parte de un mismo proceso, si hablamos de las tendencias estructurales de la economía. Hay otras miradas posibles y, desde ellas, los separa un abismo. Pero ¿acaso se ha vuelto atrás de las privatizaciones, o de la apertura al mundo, o de la reforma previsional, o de las "relaciones especiales" con el gobierno de los Estados Unidos? Muchas de esas cosas se han hecho mal y son objeto de dura crítica por parte del propio gobierno, pero ahí están, en su terca persistencia. Lo que ha terminado es la convertibilidad. Su derrumbe fue estruendoso porque se había convertido en una especie de constitución económica intocable, imposible de sostener.

-Vuelvo con mi pregunta: ¿el Gobierno está promoviendo esta coyuntura económica favorable?

-Tiene la frugalidad fiscal que un proyecto como éste necesita; tiene esa persistencia en el tipo de cambio real alto, que podría ser criticable, pero que es funcional para un proyecto como éste. Sólo esas decisiones ya significan una promoción, aunque son todavía de naturaleza macroeconómica y no se han convertido aún en políticas públicas. Una causa es que el Gobierno se enfrentó primero a una demanda por resolver la emergencia económica y su primera tarea fue el proceso de normalización: depreciación, devaluación, contener la inflación, reestructurar la deuda. Sólo ahora se está empezando a explicitar claramente, desde el Ministerio de Economía, algo respecto al patrón productivo de la Argentina. Me parece que todavía el Gobierno deja la sensación de que el tipo de cambio real es el único instrumento que importa, que no hay políticas de desarrollo. Pero tiene que haberlas; algunas pueden surgir espontáneamente, pero otras necesitan de alguna cooperación entre lo público y lo privado para que un proyecto productivo avance.

-¿Qué le criticaría al gobierno de Kirchner?

-Una de sus fallas fuertes es, sin duda, su vacío de una política de infraestructura, que es completamente fundamental. Dentro de pocos años nos vamos a quedar sin petróleo y eso va a ser un error imputable en buena medida a decisiones o falta de decisiones de hoy.

-¿Qué opina del modo como se están manejando las negociaciones con las empresas privatizadas?

-No sé si la cuestión central es la relación con las empresas privatizadas. La cuestión central es la ausencia de una política de infraestructura y de una política energética. En cuanto a la cuestión de los contratos con las empresas privatizadas, es bien difícil de resolver, porque el colapso de esos contratos no fue un capricho gubernamental. Contratos dolarizados después de la inevitable devaluación eran insostenibles y reformularlos no es cuestión de un día. La historia nos provee un ejemplo. Después de la crisis de 1890, Pellegrini terminó estatizando la empresa de aguas y sólo en 1896, seis años después de la crisis, se puso fin al litigio con los ferrocarriles de capitales extranjeros. En el caso actual las cosas se agravan porque algunos de los contratos de la época de Menem, no todos, eran francamente malos. El de Aguas era muy malo. De todas maneras no tengo dudas de que Kirchner, no importa cuál sea su retórica, quiere mantener un esquema de participación privada en los servicios públicos.

-No parece haber cambios en las desigualdades en la distribución.

-No hay patrón productivo en el sistema capitalista si no hay un Estado de Bienestar acorde, consistente. El Estado de Bienestar que acompañó a la economía mundial entre 1945 y los shocks petroleros, fundado en el seguro social, es irrecuperable. Lo que no puede ser es que no tengamos otro. China y el Asia nueva están definiendo con su gran ejército industrial de reserva el nivel de los salarios de los trabajadores no calificados en el mundo. Una vez que se asienten los polvos de la destrucción de la crisis 1998-2002, nos vamos a encontrar con que los salarios reales del trabajo no calificado van a ser persistentemente bajos. Hay que construir un nuevo Estado de Bienestar que tenga como eje central la educación, porque es lo que puede levantar el nivel de calificación de la mano de obra para sacarla de ese nivel de competencia con los trabajadores no calificados que entran en el mercado mundial.

-Pero hasta que la educación causa efectos pasa mucho tiempo. ¿Qué política social se puede aplicar en el corto plazo?

-En el corto plazo, las políticas sociales no pueden ser éstas, completamente miopes. Tienen que acortar los plazos de la educación a través de los oficios. Hacer planes intensivos en mano de obra, aunque la mejor tecnología no sea intensiva en mano de obra. Sacrifiquemos productividad en este caso, para ser una nación socialmente integrada. Yo veo al Gobierno en un vacío tremendo en todo esto.

-¿Qué influencia tiene la idea argentina de que se vive de crisis en crisis, de estar esperando el próximo colapso económico?

-Nosotros somos muy volátiles en lo que creemos de nosotros mismos. Quiero recordar, para vergüenza de todos nosotros, que como sociedad creíamos que íbamos al Primer Mundo en 1993. Cuidado con proyectar hacia atrás el pesimismo 1998-2002, porque lo que caracteriza a la Argentina es, en realidad, la ciclotimia, la euforia y la depresión, lo mismo que a su economía. No es que haya habido una Argentina dorada y después una depresión continuada. Hubo momentos buenos y otros malos. Es una ciclotimia que está en la dinámica de la economía y la sociedad.

-¿Se puede tener una democracia de calidad en un país económicamente inestable?

-La mala calidad de la economía pone a prueba a la democracia. Es bastante notable, sin embargo, la fidelidad a la democracia y la crítica a los políticos que hoy existe. Que la Argentina de 1983 a 2002 haya mantenido su rutina democrática en medio de algo que se parece tan poco a una rutina, en un tiempo tan violentamente cíclico, significa que hemos recuperado cierta credibilidad en las instituciones de la República.

-En muchas encuestas aparece la idea argentina de que la situación personal no está atada a la del país, de que a mí me puede ir bien aunque al país no tanto. ¿Por qué tendemos a separar nuestra vida privada y el ámbito público?

-Ese es un clásico mundial.

-¿No somos originales?

-En general, somos bastante poco originales, aunque la Argentina tiene algunas especificidades notables. El hecho de que durante tantos años el país haya exportado el alimento de sus clases populares es infrecuente. No conozco otro caso en el mundo. Fíjese los resultados que da: si sube el precio de la carne porque salimos del circuito de la aftosa, para el país es una buena noticia, pero para las clases populares que consumen la carne es una mala noticia. Lo que es bueno para el país es instantáneamente malo para el salario real, para la mesa de los pobres. Apertura y tipo de cambio real alto son una apuesta muy dura. A mí me cuesta creer que no haya una fuerza de acción y de pensamiento para afrontar esa cuestión. Lo que me interesa destacar es que en ese patrón productivo dinámico en que nos puede ir bien hay un núcleo de gente a la que le va a ir mal, a diferencia de otros ciclos largos de crecimiento, y es allí donde yo pido que haya un debate sobre el nuevo Estado de Bienestar de la Argentina. No nos olvidemos de eso, porque puede poner en peligro el propio proyecto de crecimiento.

-¿Por qué en esta campaña electoral no se habla de economía?

-Porque va bien. Cuando las cosas van bien no se habla de ellas. Los actores políticos de la campaña tienen poco que objetarle a la política económica. Empezamos a parecernos a esos países en los que la economía no tiene volatilidad. Lo que hay para discutir de lo que sale del Palacio de Hacienda es muy poco. Debate sustantivo sobre el régimen macroeconómico y el patrón productivo no hay.

-¿No sería interesante o saludable que lo hubiera?

-En general, los países que encuentran su tendencia de largo plazo no debaten eso. Parece razonable: yo no me imagino a un noruego discutiendo si está mal que el principal producto de exportación sea el petróleo del Mar del Norte.

Por Raquel San Martín
De la Redacción de LA NACION

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Los verdes inmaduros

Archivado en Osvaldo Bayer • Fecha: 24-09-2005 00:00:00

Por Osvaldo Bayer

El poder por el poder mismo. La cuestión es llegar. Esos razonamientos interesados han llevado muchas veces a la muerte política de partidos y aspirantes. Recuerdo los orígenes del Partido Verde alemán. Su ideal era naturaleza y libertad. Lo principal en política debía ser la defensa a rajatabla del equilibrio ecológico y de la sociedad libertaria. Herederos directos del ’68. Y la conclusión fue que de la defensa de esos dos principios iba a surgir sin dudas, paso a paso, el socialismo en libertad. Fue un camino de mucha calle y protestas. El burgués típico se escandalizó. Hasta que los verdes luego del largo camino por las instituciones –que fue no muy largo– llegó al gobierno porque la socialdemocracia no alcanzaba por sí misma la mayoría. Y se produjo lo que ni la fantasía más retorcida hubiera imaginado: el partido de esos muchachos peludos y de esas mujeres emancipadas con total seguridad de sí mismas, tocaron el cielo con las manos: les tocó en suerte ser gobierno y ocupar el cargo de viceprimer ministro y de canciller, las relaciones exteriores, amén de otros ministerios.
Pero el poder cuesta caro. O mejor dicho, hay que pagarlo. Llegar a arreglos, olvidarse de los principios a ultranza. Si bien el Partido Verde alemán ya en el poder ayudó sin lugar a dudas a que Alemania le dijese no por primera vez desde el ’45 a Estados Unidos, en la guerra de Irak, por otra parte debió calmar sus sueños y sus exigencias al compartir el poder con la socialdemocracia. O mejor dicho el socialismo alemán, que en décadas y décadas de posguerra fue perdiendo casi todo, o todo, de la palabra socialismo. Se convirtió en el verdadero partido liberal. O mejor dicho, liberal positivista como adornamos nosotros los argentinos cuando tratamos de explicar el curso de la historia a partir de Caseros, con sus materialismos, sus represiones y sus amores o, mejor dicho, sus aprontes aristocráticos de más vacas, más escuelas y más represiones.
Los verdes entonces llegaron al poder compartido mucho antes de lo imaginado y de lo que imaginaron ellos. Sí, influyeron en la peace, pace, Friede, paz, paix. Pero se quedaron en el gobierno cuando se eliminaron fundamentos insoslayables de las leyes sociales. Por primera vez en un gobierno alemán de posguerra: tocar lo intocable. Quién iba a decir. Lo que era intocable: un capitalismo con leyes sociales definitivas y definitorias. Pero todo se cayó como un castillo de arena en la playa cuando comienza a brotar el viento desde el mar.
Los verdes se quedaron en el gobierno cuando ese capitalismo quedó al desnudo y en vez de mantener ese socialismo tan atemperado, se derrumbó.
Los resultados de las últimas elecciones corroboraron que el Partido Verde iba a pagar muy caro el compartir el poder. No creció, hasta disminuyó votos cuando estaba acostumbrado a crecer constantemente. Ahora la suerte –un tanto maligna– le daba una única oportunidad para mantenerse en el poder: formarlo con la derecha, el capitalismo con cara nueva y monacal: la democracia cristiana y el partido liberal. La llamada Coalición Jamaica. Que si bien lo seudonimiza con los colores caribeños de la bandera jamaiquina pareciera que esta idea –derecha con verde– hubiera nacido en la imaginación de bañistas de bolsillo fuerte conferenciando en las tibias playas doradas. ¿Cómo? ¿Los verdes junto a los dueños de las industrias y los gases perjudiciales? Sí, hubo un primer intento de no perder el poder aunque sea siendo el perrito mascota de los dueños de todo menos de los huracanes.
De eso se dio cuenta Fischer, el simpático verde que llegó a ministro de Relaciones Exteriores, canciller de pelo despeinado, jefe de vizcondes y marqueses, los diplomáticos alemanes. Cómo había cambiado la fantasía de aquel ’68 cuando enfrentaban con flores a los palos uniformados.Sí, estas cosas son posibles en el sistema parlamentario. Que algunos ya apoyan en el ambiente argentino para cambiar esos personalismos presidenciables que tanto han costado a las prácticas de las democracias argentinas. Sin ninguna duda, el parlamentarismo deja más recovecos para oxigenar el poder. Pero el sistema de partidos políticos nos lleva a veces a parodias irónicas. Por ejemplo, partidos que una vez en el poder cambian de hoja de ruta y se someten al sistema. Lo hemos visto en algunas repúblicas sudamericanas. O todo se reduce a dos partidos mayoritarios, sin grandes diferencias ideológicas, que se intercambian el poder como River y Boca mientras las capas sociales ven que el sistema no les permite aspirar a concretar sueños.
En Alemania se ha producido, sí, una novedad que puede resultar un empujón al sistema. La separación de la socialdemocracia de sus extremos de izquierda para integrarse en un nuevo partido con los herederos del antiguo Partido Comunista alemán. El nuevo Partido de Izquierda, Linkspartei, que ha aprendido muchas lecciones. En ésta, la primera elección, obtuvo algo más del 8 por ciento. No es poco. Si hubiera buena voluntad habría podido formar gobierno con la socialdemocracia y otros partidos. Pero nada, la socialdemocracia de Schroeder mira hacia la derecha, la izquierda le espanta. El primer tiempo les va a resultar difícil a los nuevos izquierdosos, se va a formar como una barrera sanitaria en torno de ellos. Pero el horno sí está para bollos y la posible alianza grande, entre la democracia cristiana y la socialdemocracia, va a producir problemas sociales que bien puede ir aprovechando la nueva bancada roja. En ella está Lafontaine, hombre que fue ministro de Schroeder y renunció ante el curso de centro cómodo que tomaron sus antiguos partidarios.
Si la gran coalición se lleva a cabo, a Bush le va a gustar. Aunque no va a ser posible un vuelco de la política exterior alemana del no rotundo a la guerra. Aunque la señora Merkel, la cristianodemócrata, ante la invasión a Irak hizo un viaje a Washington a declarar su solidaridad con el agresor. Claro, eso fue en los primeros tiempos. Después del primer huracán del Caribe, la señora candidata se ha calmado bastante. Y prefiere mirar hacia adentro y no hacia fuera.
En Alemania, el sistema capitalista está jugando una dura batalla. Los cinco millones de desocupados pesan. La eliminación de parte de las leyes sociales ha sido una clara derrota del sistema. Se ha llegado al momento de decir o una cosa o la otra. Pero la ecología se asfixia. Los verdes tendrán que madurar y lanzarse a una campaña irrenunciable contra las energías venenosas y la búsqueda del equilibrio, quebrados por la codicia y la irracionalidad. Y los liberales, los demócratas cristianos, los socialdemócratas, todos, van a tener que definirse. La vida sencilla contra el consumismo. Regulación ante la naturaleza. Socialización del transporte individual. Sencillez y modestia. Arboles y no balas. Agua y no bombas. La paz eterna y los ciudadanos del mundo.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-56960-2005-09-24.html

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La raíz de los grandes crímenes

Archivado en Jack Fuchs • Fecha: 23-09-2005 00:00:00

A 65 AÑOS DEL ASESINATO DE TROTSKY

Por Jack Fuchs

Un nuevo aniversario del asesinato de León Trotsky, acontecido hace 65 años, me hizo retrotraer a mis doce o trece años de edad cuando, viviendo en Polonia, escuchaba discusiones –en el seno del partido socialista Bund al que yo pertenecía– sobre las posiciones encontradas de Stalin y Trotsky respecto de la universalidad del socialismo. Escuché decir también que Trotsky había sido uno de los principales artífices del triunfo de la Revolución Socialista en la Rusia zarista en 1917 y organizador del Ejército Rojo. Posteriormente, sus desencuentros y luchas con Stalin lo condenaron a un exilio, primero dentro de su propio país y luego en el exterior, terminando exiliado en México y luego asesinado. Me explicaron también que su nombre había sido borrado de la historia de la Revolución Socialista contra el zarismo y que había sido condenado a muerte en la Unión Soviética en su ausencia.
Al escribir estas reflexiones necesito aclarar que mi objetivo no es tomar posición frente al personaje de Trotsky. Mi intención no es entrar en la polémica política, me interesa la polémica vinculada a lo humano y compartir los pensamientos que me fluyen frente al acontecimiento del aniversario de su asesinato.
En 1940, desatada ya la Segunda Guerra Mundial, con Polonia ocupada por la Alemania nazi y por la Unión Soviética, Checoslovaquia asimismo ocupada por los nazis, Francia, Holanda, y Bélgica, también en poder de Alemania y el proyecto de Hitler de ocupar Inglaterra y Japón adentrándose en China, Corea y Vietnam, resulta difícil entender la energía puesta en planificar semejante asesinato. Con el mundo precipitándose al cataclismo mayor de la Historia, que concluyó con Auschwitz e Hiroshima, con sesenta millones de muertos, parece desconcertante que hubiera quien se ocupara de planificar el asesinato de una persona que vivía aislada en Coyoacán, México, y que no contaba con fuerzas políticas ni militares para organizar ninguna revuelta. Es difícil pensar que podía ser considerado un hombre peligroso.
Me pregunto ingenuamente a quién molestaba Trotsky y qué cambió con su muerte. Me pregunto qué hubiera sucedido si en vez de asesinar a Trotsky se hubiera perpetrado un atentado contra Hitler, Mussolini, Roosevelt, Stalin, Churchill o Hiroito. Probablemente un hecho semejante hubiera cambiado el curso de la Historia.
¿Cómo fue posible que alguien como Ramón Mercader, que no conocía a Trotsky, fuera con tal montante de odio como para descargar su piolet contra la cabeza de un hombre que jugó un papel crucial en el triunfo de la Revolución Rusa y realiza este violento acto en nombre de la causa comunista? Si el asesino hubiera sido un mercenario, un fascista, un nacionalista o un fundamentalista religioso el hecho sería más fácil de comprender. Mercader cumplió órdenes, por su propia convicción estalinista o, lo que a mí me lleva a la reflexión, por el mero hecho de matar. Creo que se trató de un crimen por el crimen mismo.
Todavía me resulta difícil, a pesar de los años que llevo a cuestas, aceptar que un hombre nacido en el seno de una familia socialista y humanista como Mercader, que soñaba con un mundo más justo con igualdad y respeto entre los hombres, pueda actuar tan brutalmente. Toda su preparación humanista no pudo vencer la fuerza del mal y del odio hacia el otro.
A través de la historia de la humanidad, gran parte de los asesinatos se llevaron a cabo con pretextos basados en alguna ideología. La raíz de los grandes crímenes no difiere de la de los pequeños. Simplemente se intentan justificar.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-56864-2005-09-23.html

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"La realidad virtual es un riesgo para el ser humano", dice Ian Boyd

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 21-09-2005 00:00:00

Reflexiones de un especialista en Chesterton

NUEVA YORK.– Como en las décadas del 30 y del 40, cada vez son más los intelectuales que revalorizan la figura y la obra del escritor británico Gilbert Keith Chesterton (1874-1936).

El padre Ian Boyd, presidente del Instituto Chestertoniano para la Fe y la Cultura, de la Universidad de Seton Hall, en Nueva Jersey, se basa en las ideas del gran autor católico para afirmar que el problema más grave de la actualidad es la falta de imaginación y que la realidad virtual es un riesgo para los seres humanos.

Boyd participa desde hoy hasta el sábado de la Primera Conferencia Iberoamericana sobre Chesterton, organizada por la Sociedad Chestertoniana Argentina y patrocinada por el cardenal Jorge Bergoglio, en el Auditorio Santa Cecilia de la Universidad Católica Argentina, en Buenos Aires.

Autor de “Ortodoxia” (1908) y de las entrañables novelas policiales del padre Brown y uno de los escritores católicos que más influyeron en los fieles del siglo pasado, Chesterton sostenía que el consumismo tiene el poder de desintegrar los vínculos comunitarios, base de nuestra sociedad. No estaba errado: hoy sufrimos los efectos de un consumismo que se ha instalado tanto en el centro del capitalismo mundial, Estados Unidos, como en los supuestos paraísos comunistas de China, Vietnam y Cuba.

Boyd, nacido en Blaine Lake, Canadá, hace 69 años, se crió en lo que Chesterton describiría como una comunidad utópica, un pequeño pueblo en el que todos se conocen, son dueños de tierras o de algún negocio y tienen una profesión. Desde muy joven, Boyd tomó contacto con los libros de Chesterton, ya que su padre era fanático del escritor. Tras estudiar literatura inglesa -primero en la Universidad de Saskatchewan y luego en Toronto y en Escocia-, se ordenó en la Congregación de San Basilio, inspirado por su hermano mayor. Durante años profesor en el Saint Thomas More College de la Universidad de Saskatchewan, Boyd es hoy reconocido mundialmente como una autoridad en Chesterton.

Poco antes de partir hacia Buenos Aires, el presbítero -que visita por primera vez la Argentina- conversó con LA NACION acerca del estado de la fe, la cultura y la razón en el mundo actual, y sobre las ideas de Chesterton, cuyos libros fueron admirados y emulados por autores tan disímiles como W. H. Auden, Paul Claudel, Agatha Christie, Ernest Hemingway, Graham Greene, Gabriel García Márquez y nuestro Jorge Luis Borges.

-Chesterton escribió mucho sobre la crisis cultural de su tiempo, a principios del siglo XX. ¿Cree que estamos mejor o peor hoy?

-La crisis cultural tiene que ver con la pérdida del sentido de lo sagrado y con una suerte de fealdad espiritual y maldad que ya se percibía en tiempos de Chesterton. Hoy ha empeorado. Es lo que Chesterton llama la pérdida de limitaciones religiosas fuertes, de la memoria cultural y del miedo a Dios. Los síntomas de esto los veíamos entonces y más ahora en las grandes ciudades, extendidas y sin forma, en la falta de una amplia y justa distribución de la propiedad y en la pérdida de la dignidad humana, del valor de los símbolos y los rituales y de la sanidad esencial de las comunidades pequeñas. Chesterton vio estas cosas en su tiempo y mucha gente pensó que exageraba, pero hoy vemos cómo sus profecías se han cumplido. Creo que los libros, las obras teatrales y los poemas de Chesterton son enormemente importantes todavía hoy. Contienen una sabiduría atemporal sobre los seres humanos, el mundo, un mundo creado por Dios, y los a veces terribles submundos creados por los hombres.

-¿Cuáles son los tres problemas más graves de la crisis que vivimos?

-Creo que el primero es la falta de imaginación. Hay que ser capaces de imaginar un mundo mejor, si se quiere construirlo. Y hay algo en el anonimato de la sociedad de masas que lo hace más difícil: la gente se siente como parte de un engranaje, de una maquinaria en la que no hay salida. El segundo tiene que ver con la degradación de la cultura, que también viene de la pérdida de la comunidad. Si una sociedad es esencialmente sana culturalmente, es más fácil llevar una vida buena humana. El envenenamiento de la atmósfera moral de la sociedad ha debilitado a la gente. No es que crea que la gente era más virtuosa antes, pero sí creo que la cultura era más sana. Tercero, creo que hay una suerte de aislacionismo moral que ha hecho más difícil que la gente esté en contacto. Cada persona vive en un universo propio y, como diría T. S. Eliot, el resto de la gente no es más que proyecciones, así que cada uno termina inventando su propio mundo.

-¿Qué propondría para luchar contra estas tendencias? Parecería que las grandes ciudades no son, para usted, un buen lugar para vivir?

-No; si las ciudades son ciudades con barrios, donde existe una comunidad concreta, se puede llevar una buena vida. Lo que es muy peligroso es la realidad virtual. Chesterton utiliza el pueblo, la aldea, como paradigma, pero en realidad se refiere a toda comunidad verdadera, humana.

-¿Qué piensa de la globalización?

-Es algo que me da miedo. Existe el riesgo de que la gente pierda el contacto con la realidad concreta, de que pasemos a vivir en un universo virtual con los medios electrónicos. Es muy difícil entender la verdad de una situación si uno no está allí y sólo la percibe a través de la televisión o Internet.

-¿No cree que los medios electrónicos nos permiten conocer otras realidades?

-Pero lo que nos dan no son realidades. En el mejor de los casos, nos transmiten hechos, y en el peor de los casos, mentiras, pero nunca se materializan. Nos dan muchas cosas útiles, pero no son un sustituto para una existencia encarnada, arraigada. Claro: los medios electrónicos no son malos en sí mismos. Si usted pertenece a una comunidad real, estos medios le posibilitan comprender más lo que está pasando en otro lugar del mundo. Pero el riesgo está en que veamos esto como una realidad virtual, en la que no nos importa mucho qué les sucede a esas personas, porque no son más que entidades en una pantalla.

-Habló antes de una creciente devaluación de los símbolos y los rituales. ¿No cree que las grandes religiones han contribuido bastante a esa devaluación con todas las cosas terribles hechas en nombre de la fe?

-Claro, ése es uno de los problemas fundamentales. La Iglesia está compuesta por hombres pecadores. Chesterton se refería a la posibilidad interna del egoísmo, que es lo que la Iglesia llamaría el pecado original, que es el problema madre. Nosotros mismos somos el problema. Y en la Iglesia, al estar compuesta por humanos, hay personas buenas y malas. Pero la religión correctamente entendida une a la gente. Eso es lo que significa la palabra. El efecto normal de la religión es crear armonía, no lo contrario. Obviamente que se han hecho terribles cosas en nombre de la religión, al igual que en nombre de las utopías seculares de los últimos 200 años. Esos son abusos claros. La religión supone limitaciones, y no una incitación a la violencia y al egoísmo. Es una invitación a amar, no a odiar. Son aquellos que están separados de la religión, o los que crean su propia versión atroz de ella -como un Hitler o un Stalin-, quienes hacen el mayor daño.

-Sin embargo, a veces es el dogmatismo exacerbado de los fieles, el aferrarse a ideas propias, lo que lleva a los conflictos entre religiones.

-Es verdad. Chesterton siempre mantuvo amistades con gente que desde el punto de vista ideológico era muy diferente de él: George Bernard Shaw, H. G. Wells y otros. Para él, cada punto de vista tenía un valor. Y en ese sentido siempre fue un liberal. Lo que enseña la Iglesia es que otras comunidades religiosas, el islam, el judaísmo, el budismo, representan verdades parciales, de las que todos podemos aprender. Y creo que las personas realmente religiosas son aquellas que llaman a la unidad, que están dispuestas a aprender de las otras religiones. Históricamente, han sido muy pocas las situaciones en las que la religión fue una fuente de fricción, como en el siglo XIV. Tal vez con el terrorismo islámico ahora estemos empezando otra época, aunque no estoy seguro de ello.

-¿Cómo deberían reaccionar los verdaderos fieles -y, por qué no, los ateos- ante quienes ponen como excusa la religión para condenar a otros o cometer actos abominables, como son los ataques terroristas?

-En la primera historia de Brown, Chesterton describe un momento maravilloso, en el que el Padre desenmascara a un falso sacerdote. Cuando se le pregunta cómo había sabido que no era verdadero, responde que porque había atacado a la razón, y que eso es símbolo de mala teología. Creo que un entendimiento racional, el no hacer una caricatura de otras religiones, nos llevará a una mayor comprensión. Debemos tomarnos tiempo para leer y comprender el contexto histórico de las distintas religiones. En Occidente tenemos la costumbre de pensar que somos lo mejor de la humanidad. Y ahí vemos de vuelta esa falta de imaginación, de imaginar históricamente lo que significa ser un musulmán o un hindú devoto. Chesterton decía que en tiempos de conflicto la gente muestra su peor cara al enemigo. Lo importante es descubrir las otras caras, que se ven en la gente común.

-¿Qué cree que es más importante para el hombre moderno, la razón o la religión?

-Creo que la fe debe basarse en la razón. El universo es racional. Sería trágico separar el sentido religioso del sentido racional. La prueba está en constatar la religión con lo cotidiano, y no con abstracciones.

-¿Cree que tener un presidente como George W. Bush gobernando el país más poderoso del mundo, con una visión religiosa muy firme, es malo para las relaciones internacionales?

-Es bueno en sí mismo que un presidente tenga convicciones religiosas firmes. No sé si es bueno o malo para las relaciones internacionales. Pero, ¿qué preferiría? ¿Un hombre indiferente a la religión, u hostil a ella, a cargo de la política exterior?

-Chesterton escribió: "En cada país, los ricos son la escoria del mundo". ¿Cree que en América latina, donde hay contrastes tan grandes entre una minoría rica y una inmensa mayoría pobre, las clases altas son las responsables de lo que sucede?

-A Chesterton le gustaba expresar verdades a través de tácticas de asombro. Lo que dijo me recuerda a un comentario de Jonathan Swift, que decía: "Si quieres saber lo que Dios piensa del dinero, debes mirar al tipo de gente a la que se lo da". Debemos recordar también, sin embargo, que hay otros tipos de pobreza, además de la económica. Desde este punto de vista, el peligro moral de las riquezas es su terrible habilidad para volverlo a uno ciego respecto de los padecimientos o las necesidades de los demás. Chesterton no se oponía al capitalismo. Por lo contrario: veía en la propiedad privada algo tan bueno que debía ser distribuida tanto como fuera posible. Los mercados libres son un componente necesario de la libertad, pero, lamentablemente, los mercados del capitalismo moderno no son libres. El neoliberalismo es el problema, no la solución. Es un viejo enemigo. La Argentina descubrió eso de una manera dura. Pero el neoliberalismo es el enemigo de Estados Unidos, también...

-¿Por qué cree que Chesterton influyó tanto en Jorge Luis Borges?

-Lo que Borges admiraba en Chesterton era su sabia imaginación. Borges creía que cuando Chesterton confiaba en su imaginación no se equivocaba. Y la crítica de Borges a él se refiere justamente a eso: creía que Chesterton era decepcionante cuando subordinaba su imaginación a una racionalidad más estrecha. Pero tal vez sólo significa que Borges nunca entendió por completo la dimensión religiosa de la obra de Chesterton. Una comprensión más profunda nos ayuda a reconocer que en Chesterton la imaginación es lo que se podría llamar sacramental: era un gran escritor religioso que se refería pocas veces directamente a la religión. Enseñó a sus lectores a descubrir a Dios en la parte de la vida en la que Dios parecería ausente. Borró la diferencia entre lo sagrado y lo profano.

Por Alberto Armendáriz
Para LA NACION

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El otro

Archivado en Jorge Luis Borges • Fecha: 20-09-2005 15:17:13

El hecho ocurrió en el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí.
Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches que lo siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero.
Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles. A unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien; mi clase de la tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un alma a la vista.
Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi banco alguien se había sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise levantarme en seguida, para no mostrarme incivil. El otro se había puesto a silbar. Fue entonces cuando ocurrió la primera de las muchas zozobras de esa mañana. Lo que silbaba, lo que trataba de silbar (nunca he sido muy entonado), era el estilo criollo de La tapera de Elías Regules. El estilo me retrajo a un patio, que ha desaparecido, y a la memoria de Álvaro Melián Lafinur, que hace tantos años ha muerto. Luego vinieron las palabras. Eran las de la décima del principio. La voz no era la de Álvaro, pero quería parecerse a la de Álvaro. La reconocí con horror.
Me le acerqué y le dije:
—Señor, ¿usted es oriental o argentino?
—Argentino, pero desde el catorce vivo en Ginebra —fue la contestación.
Hubo un silencio largo. Le pregunté:
—¿En el número diecisiete de Malagnou, frente a la iglesia rusa?
Me contestó que sí.
—En tal caso —le dije resueltamente— usted se llama Jorge Luis Borges. Yo también soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge.
—No —me respondió con mi propia voz un poco lejana.
Al cabo de un tiempo insistió:
—Yo estoy aquí en Ginebra, en un banco, a unos pasos del Ródano. Lo raro es que nos parecemos, pero usted es mucho mayor, con la cabeza gris.
Yo le contesté:
—Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un desconocido. En casa hay un mate de plata con un pie de serpientes, que trajo del Perú nuestro bisabuelo. También hay una palangana de plata, que pendía del arzón. En el armario de tu cuarto hay dos filas de libros. Los tres volúmenes de Las mil y una noches de Lane con grabados en acero y notas en cuerpo menor entre capítulo y capítulo, el diccionario latino de Quicherat, la Germania de Tácito en latín y en la versión de Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, las Tablas de sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor, el Sartor Resartus de Carlyle, una biografía de Amiel y, escondido detrás de los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balkánicos. No he olvidado tampoco un atardecer en un primer piso de la plaza Dubourg.
—Dufour —corrigió.
—Está bien. Dufour. ¿Te basta con todo eso?
—No —respondió—. Esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy soñando, es natural que sepa lo que yo sé. Su catálogo prolijo es del todo vano.
La objeción era justa. Le contesté:
—Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nuestra evidente obligación, mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar.
—¿Y si el sueño durara? —dijo con ansiedad.
Para tranquilizarlo y tranquilizarme, fingí un aplomo que ciertamente no sentía. Le dije:
—Mi sueño ha durado ya setenta años. Al fin y al cabo, al recordarse, no hay persona que no se encuentre consigo misma. Es lo que nos está pasando ahora, salvo que somos dos. ¿No querés saber algo de mi pasado, que es el porvenir que te espera?
Asintió sin una palabra. Yo proseguí un poco perdido:
—Madre está sana y buena en su casa de Charcas y Maipú, en Buenos Aires, pero padre murió hace unos treinta años. Murió del corazón. Lo acabó una hemiplejia; la mano izquierda puesta sobre la mano derecha era como la mano de un niño sobre la mano de un gigante. Murió con impaciencia de morir, pero sin una queja. Nuestra abuela había muerto en la misma casa. Unos días antes del fin, nos llamó a todos y nos dijo: "Soy una mujer muy vieja, que está muriéndose muy despacio. Que nadie se alborote por una cosa tan común y corriente". Norah, tu hermana, se casó y tiene dos hijos. A propósito, en casa, ¿cómo están?
—Bien. Padre siempre con sus bromas contra la fe. Anoche dijo que Jesús era como los gauchos, que no quieren comprometerse, y que por eso predicaba en parábolas.
Vaciló y me dijo:
—¿Y usted?
—No sé la cifra de los libros que escribirás, pero sé que son demasiados. Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole fantástica. Darás clases como tu padre y como tantos otros de nuestra sangre.
Me agradó que nada me preguntara sobre el fracaso o éxito de los libros. Cambié de tono y proseguí:
—En lo que se refiere a la historia... Hubo otra guerra, casi entre los mismos antagonistas. Francia no tardó en capitular; Inglaterra y América libraron contra un dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla de Waterloo. Buenos Aires, hacia mil novecientos cuarenta y seis, engendró otro Rosas, bastante parecido a nuestro pariente. El cincuenta y cinco, la provincia de Córdoba nos salvó, como antes Entre Ríos. Ahora, las cosas andan mal. Rusia está apoderándose del planeta; América, trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio. Cada día que pasa nuestro país es más provinciano. Más provinciano y más engreído, como si cerrara los ojos. No me sorprendería que la enseñanza del latín fuera reemplazada por la del guaraní.
Noté que apenas me prestaba atención. El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto lo amilanaba. Yo, que no he sido padre, sentí por ese pobre muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Vi que apretaba entre las manos un libro. Le pregunté qué era.
—Los poseídos o, según creo, Los demonios de Fyodor Dostoievski —me replicó no sin vanidad.
—Se me ha desdibujado. ¿Qué tal es?
No bien lo dije, sentí que la pregunta era una blasfemia.
—El maestro ruso —dictaminó— ha penetrado más que nadie en los laberintos del alma eslava.
Esa tentativa retórica me pareció una prueba de que se había serenado.
Le pregunté qué otros volúmenes del maestro había recorrido.
Enumeró dos o tres, entre ellos El doble.
Le pregunté si al leerlos distinguía bien los personajes, como en el caso de Joseph Conrad, y si pensaba proseguir el examen de la obra completa.
—La verdad es que no —me respondió con cierta sorpresa.
Le pregunté qué estaba escribiendo y me dijo que preparaba un libro de versos que se titularía Los himnos rojos. También había pensado en Los ritmos rojos.
—¿Por qué no? —le dije—. Podés alegar buenos antecedentes. El verso azul de Rubén Darío y la canción gris de Verlaine.
Sin hacerme caso, me aclaró que su libro cantaría la fraternidad de todos los hombres. El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su época.
Me quedé pensando y le pregunté si verdaderamente se sentía hermano de todos. Por ejemplo, de todos los empresarios de pompas fúnebres, de todos los carteros, de todos los buzos, de todos los que viven en la acera de los números pares, de todos los afónicos, etcétera. Me dijo que su libro se refería a la gran masa de los oprimidos y parias.
—Tu masa de oprimidos y de parias —le contesté— no es más que una abstracción. Sólo los individuos existen, si es que existe alguien. El hombre de ayer no es el hombre de hoy sentenció algún griego. Nosotros dos, en este banco de Ginebra o de Cambridge, somos tal vez la prueba.
Salvo en las severas páginas de la Historia, los hechos memorables prescinden de frases memorables. Un hombre a punto de morir quiere acordarse de un grabado entrevisto en la infancia; los soldados que están por entrar en la batalla hablan del barro o del sargento. Nuestra situación era única y, francamente, no estábamos preparados. Hablamos, fatalmente, de letras; temo no haber dicho otras cosas que las que suelo decir a los periodistas. Mi alter ego creía en la invención o descubrimiento de metáforas nuevas; yo en las que corresponden a afinidades íntimas y notorias y que nuestra imaginación ya ha aceptado. La vejez de los hombres y el ocaso, los sueños y la vida, el correr del tiempo y del agua. Le expuse esta opinión, que expondría en un libro años después.
Casi no me escuchaba. De pronto dijo:
—Si usted ha sido yo, ¿cómo explicar que haya olvidado su encuentro con un señor de edad que en 1918 le dijo que él también era Borges?
No había pensado en esa dificultad. Le respondí sin convicción:
—Tal vez el hecho fue tan extraño que traté de olvidarlo.
Aventuró una tímida pregunta:
—¿Cómo anda su memoria?
Comprendí que para un muchacho que no había cumplido veinte años, un hombre de más de setenta era casi un muerto. Le contesté:
—Suele parecerse al olvido, pero todavía encuentra lo que le encargan. Estudio anglosajón y no soy el último de la clase.
Nuestra conversación ya había durado demasiado para ser la de un sueño.
Una brusca idea se me ocurrió.
—Yo te puedo probar inmediatamente —le dije— que no estás soñando conmigo. Oí bien este verso, que no has leído nunca, que yo recuerde.
Lentamente entoné la famosa línea:
L'hydre — univers tordant son corps écaillé d'astres.
Sentí su casi temeroso estupor. Lo repitió en voz baja, saboreando cada resplandeciente palabra.
—Es verdad —balbuceó—. Yo no podré nunca escribir una línea como ésa.
Hugo nos había unido.
Antes, él había repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza en que Walt Whitman rememora una compartida noche ante el mar, en que fue realmente feliz.
—Si Whitman la ha cantado —observé— es porque la deseaba y no sucedió. El poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho.
Se quedó mirándome.
—Usted no lo conoce —exclamó—. Whitman es incapaz de mentir.
Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de miscelánea lectura y gustos diversos, comprendí que no podíamos entendernos. Éramos demasiado distintos y demasiado parecidos. No podíamos engañarnos, lo cual hace difícil el diálogo. Cada uno de los dos era el remedo caricaturesco del otro. La situación era harto anormal para durar mucho más tiempo. Aconsejar o discutir era inútil, porque su inevitable destino era ser el que soy.
De pronto recordé una fantasía de Coleridge. Alguien sueña que cruza el paraíso y le dan como prueba una flor. Al despertarse, ahí está la flor.
Se me ocurrió un artificio análogo.
—Oí —le dije—, ¿tenés algún dinero?
—Sí —me replicó—. Tengo unos veinte francos. Esta noche lo convidé a Simón Jichlinski en el Crocodile.
—Dile a Simón que ejercerá la medicina en Carouge y que hará mucho bien... ahora, me das una de tus monedas.
Sacó tres escudos de plata y unas piezas menores. Sin comprender me ofreció uno de los primeros.
Yo le tendí uno de esos imprudentes billetes americanos que tienen muy diverso valor y el mismo tamaño. Lo examinó con avidez.
—No puede ser —gritó—. Lleva la fecha de mil novecientos setenta y cuatro.
(Meses después alguien me dijo que los billetes de banco no llevan fecha.)
—Todo esto es un milagro —alcanzó a decir— y lo milagroso da miedo. Quienes fueron testigos de la resurrección de Lázaro habrán quedado horrorizados.
No hemos cambiado nada, pensé. Siempre las referencias librescas.
Hizo pedazos el billete y guardó la moneda.
Yo resolví tirarla al río. El arco del escudo de plata perdiéndose en el río de plata hubiera conferido a mi historia una imagen vívida, pero la suerte no lo quiso.
Respondí que lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador. Le propuse que nos viéramos al día siguiente, en ese mismo banco que está en dos tiempos y en dos sitios.
Asintió en el acto y me dijo, sin mirar el reloj, que se le había hecho tarde. Los dos mentíamos y cada cual sabía que su interlocutor estaba mintiendo. Le dije que iban a venir a buscarme.
—¿A buscarlo? —me interrogó.
—Sí. Cuando alcances mi edad habrás perdido casi por completo la vista. Verás el color amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa trágica. Es como un lento atardecer de verano.
Nos despedimos sin habernos tocado. Al día siguiente no fui. El otro tampoco habrá ido.
He cavilado mucho sobre este encuentro, que no he contado a nadie. Creo haber descubierto la clave. El encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el recuerdo.
El otro me soñó, pero no me soñó rigurosamente. Soñó, ahora lo entiendo, la imposible fecha en el dólar.

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Ulrica

Archivado en Jorge Luis Borges • Fecha: 20-09-2005 15:17:12

Hann tekr sverthit Gram ok leggr i methal theira bert.
Völsunga Saga, 27

Mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de la realidad, lo cual es lo mismo. Los hechos ocurrieron hace muy poco, pero sé que el hábito literario es asimismo el hábito de intercalar rasgos circunstanciales y de acentuar los énfasis. Quiero narrar mi encuentro con Ulrica (no supe su apellido y tal vez no lo sabré nunca) en la ciudad de York. La crónica abarcará una noche y una mañana.
Nada me costaría referir que la vi por primera vez junto a las Cinco Hermanas de York, esos vitrales puros de toda imagen que respetaron los iconoclastas de Cromwell, pero el hecho es que nos conocimos en la salita del Northern Inn, que está del otro lado de las murallas. Éramos pocos y ella estaba de espaldas. Alguien le ofreció una copa y rehusó.
—Soy feminista —dijo—. No quiero remedar a los hombres. Me desagradan su tabaco y su alcohol.
La frase quería ser ingeniosa y adiviné que no era la primera vez que la pronunciaba. Supe después que no era característica de ella, pero lo que decimos no siempre se parece a nosotros.
Refirió que había llegado tarde al museo, pero que la dejaron entrar cuando supieron que era noruega.
Uno de los presentes comentó:
—No es la primera vez que los noruegos entran en York.
—Así es —dijo ella—. Inglaterra fue nuestra y la perdimos, si alguien puede tener algo o algo puede perderse.
Fue entonces cuando la miré. Una línea de William Blake habla de muchachas de suave plata o de furioso oro, pero en Ulrica estaban el oro y la suavidad. Era ligera y alta, de rasgos afilados y de ojos grises. Menos que su rostro me impresionó su aire de tranquilo misterio. Sonreía fácilmente y la sonrisa parecía alejarla. Vestía de negro, lo cual es raro en tierras del Norte, que tratan de alegrar con colores lo apagado del ámbito. Hablaba un inglés nítido y preciso y acentuaba levemente las erres. No soy observador; esas cosas las descubrí poco a poco.
Nos presentaron. Le dije que era profesor en la Universidad de los Andes en Bogotá. Aclaré que era colombiano.
Me preguntó de un modo pensativo:
—¿Qué es ser colombiano?
—No sé —le respondí—. Es un acto de fe.
—Como ser noruega —asintió.
Nada más puedo recordar de lo que se dijo esa noche. Al día siguiente bajé temprano al comedor. Por los cristales vi que había nevado; los páramos se perdían en la mañana. No había nadie más. Ulrica me invitó a su mesa. Me dijo que le gustaba salir a caminar sola.
Recordé una broma de Schopenhauer y contesté:
—A mí también. Podemos salir juntos los dos.
Nos alejamos de la casa, sobre la nieve joven. No había un alma en los campos. Le propuse que fuéramos a Thorgate, que queda río abajo, a unas millas. Sé que ya estaba enamorado de Ulrica; no hubiera deseado a mi lado ninguna otra persona.
Oí de pronto el lejano aullido de un lobo. No he oído nunca aullar a un lobo, pero sé que era un lobo. Ulrica no se inmutó.
Al rato dijo como si pensara en voz alta:
—Las pocas y pobres espadas que vi ayer en York Minster me han conmovido más que las grandes naves del museo de Oslo.
Nuestros caminos se cruzaban. Ulrica, esa tarde, proseguiría el viaje hacia Londres; yo, hacia Edimburgo.
—En Oxford Street —me dijo— repetiré los pasos de De Quincey, que buscaba a su Anna perdida entre las muchedumbres de Londres.
—De Quincey —respondí— dejó de buscarla. Yo, a lo largo del tiempo, sigo buscándola.
—Tal vez —dijo en voz baja— la has encontrado.
Comprendí que una cosa inesperada no me estaba prohibida y le besé la boca y los ojos. Me apartó con suave firmeza y luego declaró:
—Seré tuya en la posada de Thorgate. Te pido mientras tanto, que no me toques. Es mejor que así sea.
Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se espera. El milagro tiene derecho a imponer condiciones. Pensé en mis mocedades de Popayán y en una muchacha de Texas, clara y esbelta como Ulrica, que me había negado su amor.
No incurrí en el error de preguntarle si me quería. Comprendí que no era el primero y que no sería el último. Esa aventura, acaso la postrera para mí, sería una de tantas para esa resplandeciente y resuelta discípula de Ibsen.
Tomados de la mano seguimos.
—Todo esto es como un sueño —dije— y yo nunca sueño.
—Como aquel rey —replicó Ulrica— que no soñó hasta que un hechicero lo hizo dormir en una pocilga.
Agregó después:
—Oye bien. Un pájaro está por cantar.
Al poco rato oímos el canto.
—En estas tierras —dije—, piensan que quien está por morir prevé lo futuro.
—Y yo estoy por morir —dijo ella.
La miré atónito.
—Cortemos por el bosque —la urgí—. Arribaremos más pronto a Thorgate.
—El bosque es peligroso —replicó.
Seguimos por los páramos.
—Yo querría que este momento durara siempre —murmuré.
—Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres —afirmó Ulrica y, para aminorar el énfasis, me pidió que le repitiera mi nombre, que no había oído bien.
—Javier Otárola —le dije.
Quiso repetirlo y no pudo. Yo fracasé, parejamente, con el nombre de Ulrikke.
—Te llamaré Sigurd —declaró con una sonrisa.
—Si soy Sigurd —le repliqué—, tú serás Brynhild.
Había demorado el paso.
—¿Conoces la saga? —le pregunté.
—Por supuesto —me dijo—. La trágica historia que los alemanes echaron a perder con sus tardíos Nibelungos.
No quise discutir y le respondí:
—Brynhild, caminas como si quisieras que entre los dos hubiera una espada en el lecho.
Estábamos de golpe ante la posada. No me sorprendió que se llamara, como la otra, el Northern Inn.
Desde lo alto de la escalinata, Ulrica me gritó:
—¿Oíste al lobo? Ya no quedan lobos en Inglaterra. Apresúrate.
Al subir al piso alto, noté que las paredes estaban empapeladas a la manera de William Morris, de un rojo muy profundo, con entrelazados frutos y pájaros. Ulrica entró primero. El aposento oscuro era bajo, con un techo a dos aguas. El esperado lecho se duplicaba en un vago cristal y la bruñida caoba me recordó el espejo de la Escritura. Ulrica ya se había desvestido. Me llamó por mi verdadero nombre, Javier. Sentí que la nieve arreciaba. Ya no quedaban muebles ni espejos. No había una espada entre los dos. Como la arena se iba el tiempo. Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última vez la imagen de Ulrica.

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El Congreso

Archivado en Jorge Luis Borges • Fecha: 20-09-2005 15:17:11

Ils s'acheminèrent vers un château immense, au frontispice duquel on lisait: "Je n'appartiens à personne et j'appartiens à tout le monde. Vous y étiez avant que d'y entrer, et vous y serez encore quand vous en sortirez".
Diderot: Jacques Le Fataliste et son Maître (1769)

Mi nombre es Alejandro Ferri. Ecos marciales hay en él, pero ni los metales de la gloria ni la gran sombra del macedonio —la frase es del autor de Los mármoles, cuya amistad me honró— se parecen al modesto hombre gris que hilvana estas líneas, en el piso alto de un hotel de la calle Santiago del Estero, en un Sur que ya no es el Sur. En cualquier momento habré cumplido setenta y tantos años; sigo dictando clases de inglés a pocos alumnos. Por indecisión o por negligencia o por otras razones, no me casé, y ahora estoy solo. No me duele la soledad; bastante esfuerzo es tolerarse a uno mismo y a sus manías. Noto que estoy envejeciendo; un síntoma inequívoco es el hecho de que no me interesan o sorprenden las novedades, acaso porque advierto que nada esencialmente nuevo hay en ellas y que no pasan de ser tímidas variaciones. Cuando era joven, me atraían los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas del centro y la serenidad. Ya no juego a ser Hamlet. Me he afiliado al partido conservador y a un club de ajedrez, que suelo frecuentar como espectador, a veces distraído. El curioso puede exhumar, en algún oscuro anaquel de la Biblioteca Nacional de la calle México, un ejemplar de mi Breve examen del idioma analítico de John Wilkins, obra que exigiría otra edición, siquiera para corregir o atenuar sus muchos errores. El nuevo director de la Biblioteca, me dicen, es un literato que se ha consagrado al estudio de las lenguas antiguas, como si las actuales no fueran suficientemente rudimentarias, y a la exaltación demagógica de un imaginario Buenos Aires de cuchilleros. Nunca he querido conocerlo. Yo arribé a esta ciudad en 1899 y una sola vez el azar me enfrentó con un cuchillero o con un sujeto que tenía fama de tal. Más adelante, si se presenta la ocasión, contaré el episodio.
Ya dije que estoy solo; días pasados, un vecino de pieza, que me había oído hablar de Fermín Eguren, me dijo que éste había fallecido en Punta del Este.
La muerte de aquel hombre, que ciertamente no fue nunca mi amigo, se ha obstinado en entristecerme. Sé que estoy solo; soy en la tierra el único guardián de aquel acontecimiento, el Congreso, cuya memoria no podré compartir. Soy ahora el último congresal. Es verdad que todos los hombres lo son, que no hay un ser en el planeta que no lo sea, pero yo lo soy de otro modo. Sé que lo soy; eso me hace diverso de mis innumerables colegas, actuales y futuros. Es verdad que el día 7 de febrero de 1904 juramos por lo más sagrado no revelar —¿habrá en la tierra algo sagrado o algo que no lo sea?— la historia del Congreso, pero no menos cierto es que el hecho de que yo ahora sea un perjuro es también parte del Congreso. Esta declaración es oscura, pero puede encender la curiosidad de mis eventuales lectores.
De cualquier modo, la tarea que me he impuesto no es fácil. No he acometido nunca, ni siquiera en su especie epistolar, el género narrativo y, lo que sin duda es harto más grave, la historia que registraré es increíble. La pluma de José Fernández Irala, el inmerecidamente olvidado poeta de Los mármoles, era la predestinada a esta empresa, pero ya es tarde. No falsearé deliberadamente los hechos, pero presiento que la haraganería y la torpeza me obligarán, más de una vez, al error.
Las precisas fechas no importan. Recordemos que vine de Santa Fe, mi provincia natal, en 1899. No he vuelto nunca; me he acostumbrado a Buenos Aires, ciudad que no me atrae, como quien se acostumbra a su cuerpo o a una vieja dolencia. Preveo, sin mayor interés, que pronto he de morir; debo, por consiguiente, sujetar mi hábito digresivo y adelantar un poco la narración.
No modifican nuestra esencia los años, si es que alguna tenemos; el impulso que me llevaría, una noche, al Congreso del Mundo fue el que me trajo, inicialmente, a la redacción de Última Hora. Para un pobre muchacho provinciano, ser periodista puede ser un destino romántico, así como un pobre muchacho de la capital puede imaginar que es romántico el destino de un gaucho o de un peón de chacra. No me abochorna haber querido ser periodista, rutina que ahora me parece trivial. Recuerdo haberle oído decir a Fernández Irala, mi colega, que el periodista escribe para el olvido y que su anhelo era escribir para la memoria y el tiempo. Ya había cincelado (el verbo era de uso común) alguno de los sonetos perfectos que aparecerían después, con uno que otro leve retoque, en las páginas de Los mármoles.
No puedo precisar la primera vez que oí hablar del Congreso. Quizá fue aquella tarde en que el contador me pagó mi sueldo mensual y yo, para celebrar esa prueba de que Buenos Aires me había aceptado, propuse a Irala que comiéramos juntos. Éste se disculpó, alegando que no podía faltar al Congreso. Inmediatamente entendí que no se refería al vanidoso edificio con una cúpula, que está en el fondo de una avenida poblada de españoles, sino a algo más secreto y más importante. La gente hablaba del Congreso, algunos con abierta sorna, otros bajando la voz, otros con alarma o curiosidad; todos, creo, con ignorancia. Al cabo de unos sábados, Irala me convidó a acompañarlo. Ya había cumplido, me confió, con los trámites necesarios.
Serían las nueve o diez de la noche. En el tranvía me dijo que las reuniones preliminares tenían lugar los sábados y que don Alejandro Glencoe, tal vez movido por mi nombre, ya había dado su firma. Entramos en la Confitería del Gas. Los congresales, que serían quince o veinte, rodeaban una mesa larga; no sé si había un estrado o si la memoria lo agrega. Reconocí en el acto al presidente, que no había visto nunca. Don Alejandro era un señor de aire digno, ya entrado en años, con la frente despejada, los ojos grises y una canosa barba rojiza. Siempre lo vi de levita oscura; solía apoyar en el bastón las manos cruzadas. Era robusto y alto. A su izquierda había un hombre mucho más joven, también de pelo rojo; su violento color sugería el fuego y el de la barba del señor Glencoe, las hojas del otoño. A la derecha había un muchacho de cara larga y de frente singularmente baja, trajeado como un dandy. Todos habían pedido café y uno que otro, ajenjo. Lo que primero despertó mi atención fue la presencia de una mujer, sola entre tantos hombres. En la otra punta de la mesa había un niño de diez años, vestido de marinero, que no tardó en quedarse dormido. Había también un pastor protestante, dos inequívocos judíos y un negro con pañuelo de seda y la ropa muy ajustada, a la manera de los compadritos de las esquinas. Ante el negro y el niño había dos tazas de chocolate. No recuerdo a los otros, salvo a un señor Marcelo del Mazo, hombre de suma cortesía y de fino diálogo, que no volví a ver más. Conservo una borrosa y deficiente fotografía de una de las reuniones, que no publicaré, porque la indumentaria de la época, las melenas y los bigotes, le darían un aire burlesco y hasta menesteroso, que falsearía la escena. Todas las agrupaciones tienden a crear su dialecto y sus ritos; el Congreso, que siempre tuvo para mí algo de sueño, parecía querer que los congresales fueran descubriendo sin prisa el fin que buscaba y aun los nombres y apellidos de sus colegas. No tardé en comprender que mi obligación era no hacer preguntas y me abstuve de interrogar a Fernández Irala, que tampoco me dijo nada. No falté un solo sábado, pero pasaron uno o dos meses antes que yo entendiera. Desde la segunda reunión, mi vecino fue Donald Wren, un ingeniero del Ferrocarril Sud, que me daría lecciones de inglés.
Don Alejandro hablaba muy poco; los otros no se dirigían a él, pero sentí que hablaban para él y que buscaban su aprobación. Bastaba un ademán de la lenta mano para que el tema del debate cambiara. Fui descubriendo poco a poco que el rojizo hombre de la izquierda tenía el curioso nombre de Twirl. Recuerdo su aire frágil, que es atributo de ciertas personas muy altas, como si la estatura les diera vértigo y los hiciera abovedarse. Sus manos, lo recuerdo, solían jugar con una brújula de cobre, que a ratos dejaba en la mesa. A fines de 1914, murió como soldado de infantería en un regimiento irlandés. El que siempre ocupaba la derecha era el joven de frente baja, Fermín Eguren, sobrino del presidente. Descreo de los métodos del realismo, género artificial si los hay; prefiero revelar de una buena vez lo que comprendí gradualmente. Antes, quiero recordar al lector mi situación de entonces: yo era un pobre muchacho de Casilda, hijo de chacareros, que había llegado a Buenos Aires y que de pronto se encontraba, así la sentí, en el íntimo centro de Buenos Aires y tal vez, quién sabe, del mundo. Medio siglo ha pasado y sigo sintiendo aquel deslumbramiento inicial, que ciertamente no fue el último.
He aquí los hechos; los narraré con toda brevedad. Don Alejandro Glencoe, el presidente, era un estanciero oriental, dueño de un establecimiento de campo que lindaba con el Brasil. Su padre, oriundo de Aberdeen, se había fijado en este continente al promediar el siglo anterior. Trajo consigo unos cien libros, los únicos, me atrevo a afirmar, que don Alejandro leyó en el decurso de su vida. (Hablo de estos libros heterogéneos, que he tenido en las manos, porque en uno de ellos está la raíz de mi historia.) El primer Glencoe, al morir, dejó una hija y un hijo, que sería después nuestro presidente. La hija se casó con un Eguren y fue la madre de Fermín. Don Alejandro aspiró alguna vez a ser diputado, pero los jefes políticos le cerraron las puertas del Congreso del Uruguay. El hombre se enconó y resolvió fundar otro Congreso de más vastos alcances. Recordó haber leído en una de las volcánicas páginas de Carlyle el destino de aquel Anacharsis Cloots, devoto de la diosa Razón, que a la cabeza de treinta y seis extranjeros habló como "orador del género humano" ante una asamblea de París. Movido por su ejemplo, don Alejandro concibió el propósito de organizar un Congreso del Mundo que representaría a todos los hombres de todas las naciones. El centro de las reuniones preliminares era la Confitería del Gas; el acto de apertura, para el cual se había previsto un plazo de cuatro años, tendría su sede en el establecimiento de don Alejandro. Éste, que como tantos orientales, no era partidario de Artigas, quería a Buenos Aires, pero había resuelto que el Congreso se reuniera en su patria. Curiosamente, el plazo original se cumpliría con una precisión casi mágica.
Al principio cobrábamos nuestras dietas, que no eran deleznables, pero el fervor que a todos nos encendía hizo que Fernández Irala, que era tan pobre como yo, renunciara a la suya y lo mismo hicimos los otros. Esa medida fue benéfica, ya que sirvió para separar la mies del rastrojo; el número de congresales disminuyó y sólo quedamos los fieles. El único cargo rentado fue el de la Secretaria, Nora Erfjord, que carecía de otros medios de vida y cuya labor era abrumadora. Organizar una entidad que abarca el planeta no es una empresa baladí. Las cartas iban y venían y asimismo los telegramas. Llegaban adhesiones del Perú, de Dinamarca y del Indostán. Un boliviano señaló que su patria carecía de todo acceso al mar y que esa lamentable carencia debería ser el tema de uno de los primeros debates.
Twirl, cuya inteligencia era lúcida, observó que el Congreso presuponía un problema de índole filosófica. Planear una asamblea que representara a todos los hombres era como fijar el número exacto de los arquetipos platónicos, enigma que ha atareado durante siglos la perplejidad de los pensadores. Sugirió que, sin ir más lejos, don Alejandro Glencoe podía representar a los hacendados, pero también a los orientales y también a los grandes precursores y también a los hombres de barba roja y a los que están sentados en un sillón. Nora Erfjord era noruega. ¿Representaría a las secretarias, a las noruegas o simplemente a todas las mujeres hermosas? ¿Bastaba un ingeniero para representar a todos los ingenieros, incluso los de Nueva Zelandia?
Fue entonces, creo, que Fermín intervino.
—Ferri está en representación de los gringos —dijo con una carcajada.
Don Alejandro lo miró con severidad y dijo sin apuro:
—El señor Ferri está en representación de los emigrantes, cuya labor está levantando el país.
Nunca Fermín Eguren me pudo ver. Ejercía diversas soberbias: la de ser oriental, la de ser criollo, la de atraer a todas las mujeres, la de haber elegido un sastre costoso y, nunca sabré por qué, la de su estirpe vasca, gente que al margen de la historia no ha hecho otra cosa que ordeñar vacas.
Un incidente de lo más trivial selló nuestras enemistades. Después de una sesión, Eguren propuso que fuéramos a la calle Junín. El proyecto no me atraía, pero acepté, para no exponerme a sus burlas. Fuimos con Fernández Irala. Al salir de la casa, nos cruzamos con un hombre grandote. Eguren, que estaría un poco bebido, le dio un empujón. El otro nos cerró el camino y nos dijo:
—El que quiera salir va a tener que pasar por este cuchillo.
Recuerdo el brillo del acero en la oscuridad del zaguán. Eguren se echó atrás, aterrado. Yo no las tenía todas conmigo, pero mi odio pudo más que mi susto. Me llevé la mano a la sisa, como para sacar un arma, y dije con voz firme:
—Esto lo vamos a arreglar en la calle.
El desconocido me respondió, ya con otra voz:
—Así me gustan los hombres. Yo quería probarlos, amigo.
Ahora reía afablemente.
—Lo de amigo corre por cuenta suya —le repliqué y salimos.
El hombre del cuchillo entró en el prostíbulo. Me dijeron después que se llamaba Tapia o Paredes o algo por el estilo y que tenía fama de pendenciero. Ya en la vereda, Irala, que se había mantenido sereno, me palmeó y declaró con énfasis:
—Entre los tres había un mosquetero. ¡Salve, d'Artagnan!
Fermín Eguren nunca me perdonó haber sido testigo de su aflojada.
Siento que ahora, y sólo ahora, empieza la historia. Las páginas ya escritas no han registrado más que las condiciones que el azar o el destino requería para que ocurriera el hecho increíble, acaso el único de toda mi vida. Don Alejandro Glencoe era siempre el centro de la trama, pero gradualmente sentimos, no sin algún asombro y alarma, que el verdadero presidente era Twirl. Este singular personaje de bigote fulgente adulaba a Glencoe y aun a Fermín Eguren, pero de un modo tan exagerado que podía pasar por una burla y no comprometía su dignidad. Glencoe tenía la soberbia de su vasta fortuna; Twirl adivinó que, para imponerle un proyecto, bastaba sugerir que su costo era demasiado oneroso. Al principio, el Congreso no había sido más, lo sospecho, que un vago nombre; Twirl proponía continuas ampliaciones, que don Alejandro siempre aceptaba. Era como estar en el centro de un círculo creciente, que se agranda sin fin, alejándose. Declaró, por ejemplo, que el Congreso no podía prescindir de una biblioteca de libros de consulta; Nierenstein, que trabajaba en una librería, fue consiguiéndonos los atlas de Justus Perthes y diversas y extensas enciclopedias, desde la Historia naturalis de Plinio y el Speculum de Beauvais hasta los gratos laberintos (releo estas palabras con la voz de Fernández Irala) de los ilustres enciclopedistas franceses, de la Britannica, de Pierre Larousse, de Brockhaus, de Larsen y de Montaner y Simón. Recuerdo haber acariciado con reverencia los sedosos volúmenes de cierta enciclopedia china, cuyos bien pincelados caracteres me parecieron más misteriosos que las manchas de la piel de un leopardo. No diré todavía el fin que tuvieron y que por cierto no lamento.
Don Alejandro nos había tomado cariño a Fernández Irala y a mí, tal vez porque éramos los únicos que no trataban de halagarlo. Nos convidó a pasar unos días en la estancia La Caledonia, donde ya estaban trabajando los peones albañiles.
Al cabo de una larga navegación, río arriba, y de una travesía en balsa, pisamos la otra banda, un amanecer. Después tuvimos que hacer noche en pulperías menesterosas y que abrir y cerrar muchas tranqueras en la Cuchilla Negra. Íbamos en una volanta; el campo me pareció más grande y más solo que el de la chacra en que nací.
Conservo aún mis dos imágenes de la estancia: la que yo había previsto y la que mis ojos vieron al fin. Absurdamente yo me había figurado, como en un sueño, una combinación imposible de la llanura santafesina y del Palacio de las Aguas Corrientes; La Caledonia era una casa larga, de adobe, con el techo de paja a dos aguas y con un corredor de ladrillo. Me pareció construida para el rigor y para el largo tiempo. Casi una vara de espesor tenían los toscos muros y las puertas eran angostas. A nadie se le había ocurrido plantar un árbol. El primer sol y el último la golpeaban. Los corrales eran de piedra; la hacienda era numerosa, flaca y guampuda; las colas arremolinadas de los caballos alcanzaban al suelo. Por primera vez conocí el sabor del animal recién carneado. Trajeron unas bolsas de galleta; el capataz me dijo, días después, que no había probado pan en su vida. Irala preguntó dónde estaba el baño; don Alejandro, con un vasto ademán, le mostró el continente. La noche era de luna; salí a dar una vuelta y lo sorprendí, vigilado por un ñandú.
El calor, que no había mitigado la noche, era insoportable y todos ponderaban el fresco. Las piezas eran bajas y muchas y me parecieron desmanteladas; nos destinaron una que daba al sur, en la que había dos catres y una cómoda, con la palangana y la jarra que eran de plata. El piso era de tierra.
Al día siguiente di con la biblioteca y con los volúmenes de Carlyle y busqué las páginas consagradas al orador del género humano, Anacharsis Cloots, que me había conducido a aquella mañana y a aquella soledad. Después del desayuno, idéntico a la comida, don Alejandro nos mostró los trabajos. Hicimos una legua a caballo, entre los descampados. Irala, cuya equitación era temerosa, sufrió un percance; el capataz observó sin una sonrisa:
—El porteño sabe apearse muy bien.
Desde lejos vimos la obra. Una veintena de hombres había erigido una suerte de anfiteatro despedazado. Recuerdo unos andamios y unas gradas que dejaban entrever espacios de cielo.
Más de una vez traté de conversar con los gauchos, pero mi empeño fracasó. De algún modo sabían que eran distintos. Para entenderse entre ellos, usaban parcamente un gangoso español abrasilerado. Sin duda por sus venas corrían sangre india y sangre negra. Eran fuertes y bajos; en La Caledonia yo era un hombre alto, cosa que no me había sucedido hasta entonces. Casi todos usaban chiripá y uno que otro, bombacha. Poco o nada tenían en común con los dolientes personajes de Hernández o de Rafael Obligado. Bajo el estímulo del alcohol de los sábados, eran fácilmente violentos. No había una mujer y jamás oí una guitarra.
Más que los hombres de esa frontera me interesó el cambio total que se había operado en don Alejandro. En Buenos Aires, era un señor afable y medido; en La Caledonia, el severo jefe de un clan, como sus mayores. Los domingos por la mañana les leía la Sagrada Escritura a los peones, que no entendían una sola palabra. Una noche, el capataz, un muchacho joven, que había heredado el cargo de su padre, nos avisó que un agregado y un peón se habían trabado a puñaladas. Don Alejandro se levantó sin mayor apuro. Llegó a la rueda, se quitó el arma que solía cargar, se la dio al capataz, que me pareció acobardado, y se abrió camino entre los aceros. Oí en seguida la orden:
—Suelten el cuchillo, muchachos.
Con la misma voz tranquila agregó:
—Ahora se dan la mano y se portan bien. No quiero barullos aquí.
Los dos obedecieron. Al otro día supe que don Alejandro lo había despedido al capataz.
Sentí que la soledad me cercaba. Temí no volver nunca a Buenos Aires. No sé si Fernández Irala compartió ese temor, pero hablábamos mucho de la Argentina y de lo que haríamos a la vuelta. Extrañaba los leones de un portón de la calle Jujuy, cerca de la plaza del Once, o la luz de cierto almacén de imprecisa topografía, no los lugares habituales. Siempre fui buen jinete; me habitué a salir a caballo y a recorrer largas distancias. Todavía me acuerdo de aquel moro que yo solía ensillar y que ya habrá muerto. Acaso alguna tarde o alguna noche estuve en el Brasil, porque la frontera no era otra cosa que una línea trazada por mojones.
Había aprendido a no contar los días cuando, al cabo de un día como los otros, don Alejandro nos advirtió:
—Ahora nos vamos a acostar. Mañana salimos con la fresca.
Ya río abajo me sentí tan feliz que pude pensar con cariño en La Caledonia.
Reanudamos la reunión de los sábados. En la primera, Twirl pidió la palabra. Dijo, con las habituales flores retóricas, que la biblioteca del Congreso del Mundo no podía reducirse a libros de consulta y que las obras clásicas de todas las naciones y lenguas eran un verdadero testimonio que no podíamos ignorar sin peligro. La ponencia fue aprobada en el acto; Fernández Irala y el doctor Cruz, que era profesor de latín, aceptaron la misión de elegir los textos necesarios. Twirl ya había hablado del asunto con Nierenstein.
En aquel tiempo no había un solo argentino cuya Utopía no fuera la ciudad de París. Quizá el más impaciente de nosotros era Fermín Eguren: lo seguía Fernández Irala, por razones harto distintas. Para el poeta de Los mármoles, París era Verlaine y Leconte de Lisle; para Eguren, una continuación mejorada de la calle Junín. Se había entendido, lo sospecho, con Twirl. Éste, en otra reunión, discutió el idioma que usarían los congresales y la conveniencia de que dos delegados fueran a Londres y a París, a documentarse. Para fingir imparcialidad, propuso primero mi nombre y, tras una ligera vacilación, el de su amigo Eguren. Don Alejandro, como siempre, asintió.
Creo haber escrito que Wren, a cambio de unas clases de italiano, me había iniciado en el estudio del infinito idioma inglés. Prescindió, en lo posible, de la gramática y de las oraciones fabricadas para el aprendizaje y entramos directamente en la poesía, cuyas formas exigen la brevedad. Mi primer contacto con el lenguaje que poblaría mi vida fue el valeroso Requiem de Stevenson; después vinieron las baladas que Percy reveló al decoroso siglo dieciocho. Poco antes de partir para Londres conocí el deslumbramiento de Swinburne, que me llevó a dudar, como quien comete una culpa, de la eminencia de los alejandrinos de Irala.
Arribé a Londres a principios de enero del novecientos dos; recuerdo la caricia de la nieve, que yo nunca había visto y que agradecí. Felizmente, no me tocó viajar con Eguren. Me hospedé en una módica pensión a espaldas del Museo Británico, a cuya biblioteca concurría de mañana y de tarde, en busca de un idioma que fuera digno del Congreso del Mundo. No descuidé las lenguas universales; me asomé al esperanto —que el Lunario sentimental califica de "equitativo, simple y económico"— y al Volapük, que quiere explorar todas las posibilidades lingüísticas, declinando los verbos y conjugando los sustantivos. Consideré los argumentos en pro y en contra de resucitar el latín, cuya nostalgia no ha cesado de perdurar al cabo de los siglos. Me demoré asimismo en el examen del idioma analítico de John Wilkins, donde la definición de cada palabra está en las letras que la forman. Fue bajo la alta cúpula de la sala que conocí a Beatriz.
Ésta es la historia general del Congreso del Mundo, no la de Alejandro Ferri, la mía, pero la primera abarca a la última, como a todas las otras. Beatriz era alta, esbelta, de rasgos puros y de una cabellera bermeja que pudo haberme recordado y nunca lo hizo la del oblicuo Twirl. No había cumplido los veinte años. Había dejado uno de los condados del norte para ser alumna de letras de la universidad. Su origen, como el mío, era humilde. Ser de cepa italiana en Buenos Aires era aún desdoroso; en Londres descubrí que para muchos era un atributo romántico. Pocas tardes tardamos en ser amantes; le pedí que se casara conmigo, pero Beatriz Frost, como Nora Erfjord, era devota de la fe predicada por Ibsen y no quería atarse a nadie. De su boca nació la palabra que yo no me atrevía a decir. Oh noches, oh compartida y tibia tiniebla, oh el amor que fluye en la sombra como un río secreto, oh aquel momento de la dicha en que cada uno es los dos, oh la inocencia y el candor de la dicha, oh la unión en la que nos perdíamos para perdernos luego en el sueño, oh las primeras claridades del día y yo contemplándola.
En la áspera frontera del Brasil me había acosado la nostalgia; no así en el rojo laberinto de Londres, que me dio tantas cosas. A pesar de los pretextos que urdí para demorar la partida, tuve que volver a fin de año; celebramos juntos la Navidad. Le prometí que don Alejandro la invitaría a formar parte del Congreso; me replicó, de un modo vago, que le interesaría visitar el hemisferio austral y que un primo suyo, dentista, se había radicado en Tasmania. Beatriz no quiso ver el barco; la despedida, a su entender, era un énfasis, una insensata fiesta de la desdicha, y ella detestaba los énfasis. Nos dijimos adiós en la biblioteca donde nos conocimos en otro invierno. Soy un hombre cobarde; no le dejé mi dirección, para eludir la angustia de esperar cartas.
He notado que los viajes de vuelta duran menos que los de ida, pero la travesía del Atlántico, pesada de recuerdos y de zozobras, me pareció muy larga. Nada me dolía tanto como pensar que paralelamente a mi vida Beatriz iría viviendo la suya, minuto por minuto y noche por noche. Escribí una carta de muchas páginas, que rompí al zarpar de Montevideo. Arribé a la patria un día jueves; Irala me esperaba en la dársena. Volví a mi antiguo alojamiento en la calle Chile; aquel día y el otro los pasamos hablando y caminando. Yo quería recobrar a Buenos Aires. Fue un alivio saber que Fermín Eguren seguía en París; el hecho de haber regresado antes que él atenuaría de algún modo mi larga ausencia.
Irala estaba descorazonado. Fermín dilapidaba en Europa sumas desaforadas y había desacatado más de una vez la orden de volver inmediatamente. Esto era previsible. Más me inquietaron otras noticias; Twirl, pese a la oposición de Irala y de Cruz, había invocado a Plinio el Joven, según el cual no hay libro tan malo que no encierre algo bueno, y había propuesto la compra indiscriminada de colecciones de La Prensa, de tres mil cuatrocientos ejemplares de Don Quijote, en diversos formatos, del epistolario de Balmes, de tesis universitarias, de cuentas, de boletines y de programas de teatro. Todo es un testimonio, había dicho. Nierenstein lo apoyó; don Alejandro, "al cabo de tres sábados sonoros", aprobó la moción. Nora Erfjord había renunciado a su cargo de secretaria; la reemplazaba un socio nuevo, Karlinski, que era un instrumento de Twirl. Los desmesurados paquetes iban apilándose ahora, sin catálogo ni fichero, en las habitaciones del fondo y en la bodega del caserón de don Alejandro. A principios de julio, Irala había pasado una semana en La Caledonia; los albañiles habían interrumpido el trabajo. El capataz, interrogado, explicó que así lo había dispuesto el patrón y que al tiempo lo que le está sobrando son días.
En Londres yo había redactado un informe, que no es del caso recordar; el viernes, fui a saludar a don Alejandro y a entregarle mi texto. Me acompañó Fernández Irala. Era la hora de la tarde y en la casa entraba el pampero. Frente al portón de la calle Alsina esperaba un carro con tres caballos. Me acuerdo de hombres encorvados que iban descargando sus fardos en el último patio; Twirl, imperioso, les daba órdenes. Ahí estaban también, como si presintieran algo, Nora Erfjord y Nierenstein y Cruz y Donald Wren y uno o dos congresales más. Nora me abrazó y me besó y aquel abrazo y aquel beso me recordaron otros. El negro, bonachón y feliz, me besó la mano.
En uno de los cuartos estaba abierta la cuadrada trampa del sótano; unos escalones de material se perdían en la sombra.
Bruscamente oímos los pasos. Antes de verlo, supe que era don Alejandro el que entraba. Casi como si corriera, llegó.
Su voz era distinta; no era la del pausado señor que presidía nuestros sábados ni la del estanciero feudal que prohibía un duelo a cuchillo y que predicaba a sus gauchos la palabra de Dios, pero se parecía más a la última.
Sin mirar a nadie, mandó:
—Vayan sacando todo lo amontonado ahí abajo. Que no quede un libro en el sótano.
La tarea duró casi una hora. Acumulamos en el patio de tierra una pila más alta que los más altos. Todos íbamos y veníamos; el único que no se movió fue don Alejandro.
Después vino la orden:
—Ahora le prenden fuego a estos bultos.
Twirl estaba muy pálido. Nierenstein acertó a murmurar:
—El Congreso del Mundo no puede prescindir de esos auxiliares preciosos que he seleccionado con tanto amor.
—¿El Congreso del Mundo? —dijo don Alejandro. Se rió con sorna y yo nunca lo había oído reír.
Hay un misterioso placer en la destrucción; las llamaradas crepitaron resplandecientes y los hombres nos agolpamos contra los muros o en las habitaciones. Noche, ceniza y olor a quemado quedaron en el patio. Me acuerdo de unas hojas perdidas que se salvaron, blancas sobre la tierra. Nora Erfjord, que profesaba por don Alejandro ese amor que las mujeres jóvenes suelen profesar por los hombres viejos, dijo sin entender:
—Don Alejandro sabe lo que hace.
Irala, fiel a la literatura, intentó una frase:
—Cada tantos siglos hay que quemar la Biblioteca de Alejandría.
Luego nos llegó la revelación:
—Cuatro años he tardado en comprender lo que les digo ahora. La empresa que hemos acometido es tan vasta que abarca —ahora lo sé— el mundo entero. No es unos cuantos charlatanes que aturden en los galpones de una estancia perdida. El Congreso del Mundo comenzó con el primer instante del mundo y proseguirá cuando seamos polvo. No hay un lugar en que no esté. El Congreso es los libros que hemos quemado. El Congreso es los caledonios que derrotaron a las legiones de los Césares. El Congreso es Job en el muladar y Cristo en la cruz. El Congreso es aquel muchacho inútil que malgasta mi hacienda con las rameras.
No pude contenerme y lo interrumpí:
—Don Alejandro, yo también soy culpable. Yo tenía concluido el informe, que aquí le traigo, y seguía demorándome en Inglaterra y tirando su plata, por el amor de una mujer.
Don Alejandro continuó:
—Ya me lo suponía, Ferri. El Congreso es mis toros. El Congreso es los toros que he vendido y las leguas de campo que no son mías.
Una voz consternada se elevó; era la de Twirl.
—¿No va a decirnos que ha vendido La Caledonia?
Don Alejandro contestó sin apuro:
—Sí, la he vendido. Ya no me queda un palmo de tierra, pero mi ruina no me duele, porque ahora entiendo. Tal vez no nos veremos más, porque el Congreso no nos precisa, pero esta última noche saldremos todos a mirar el Congreso.
Estaba ebrio de victoria. Nos inundaron su firmeza y su fe. Nadie ni por un segundo pensó que estuviera loco.
En la plaza tomamos un coche abierto. Yo me acomodé en el pescante, junto al cochero, y don Alejandro ordenó:
—Maestro, vamos a recorrer la ciudad. Llévenos donde quiera.
El negro, encaramado en un estribo, no cesaba de sonreír. Nunca sabré si entendió algo.
Las palabras son símbolos que postulan una memoria compartida. La que ahora quiero historiar es mía solamente; quienes la compartieron han muerto. Los místicos invocan una rosa, un beso, un pájaro que es todos los pájaros, un sol que es todas las estrellas y el sol, un cántaro de vino, un jardín o el acto sexual. De esas metáforas ninguna me sirve para esa larga noche de júbilo, que nos dejó, cansados y felices, en los linderos de la aurora. Casi no hablamos, mientras las ruedas y los cascos retumbaban sobre las piedras. Antes del alba, cerca de un agua oscura y humilde, que era tal vez el Maldonado o tal vez el Riachuelo, la alta voz de Nora Erfjord entonó la balada de Patrick Spens y don Alejandro coreó uno que otro verso en voz baja, desafinadamente. Las palabras inglesas no me trajeron la imagen de Beatriz. A mis espaldas Twirl murmuró:
—He querido hacer el mal y hago el bien.
Algo de lo que entrevimos perdura —el rojizo paredón de la Recoleta, el amarillo paredón de la cárcel, una pareja de hombres bailando en una esquina sin ochava, un atrio ajedrezado con una verja, las barreras del tren, mi casa, un mercado, la insondable y húmeda noche— pero ninguna de esas cosas fugaces, que acaso fueron otras, importa. Importa haber sentido que nuestro plan, del cual más de una vez nos burlamos, existía realmente y secretamente y era el universo y nosotros. Sin mayor esperanza, he buscado a lo largo de los años el sabor de esa noche; alguna vez creí recuperarla en la música, en el amor, en la incierta memoria, pero no ha vuelto, salvo una sola madrugada, en un sueño. Cuando juramos no decir nada a nadie ya era la mañana del sábado.
No los volví a ver más, salvo a Irala. No comentamos nunca la historia; cualquier palabra nuestra hubiera sido una profanación. En 1914, don Alejandro Glencoe murió y fue sepultado en Montevideo. Irala ya había muerto el año anterior.
Con Nierenstein me crucé una vez en la calle Lima y fingimos no habernos visto.

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Archivado en Jorge Luis Borges • Fecha: 20-09-2005 15:17:10

A la memoria de Howard P. Lovecraft

A punto de rendir el último examen en la Universidad de Texas, en Austin, supe que mi tío Edwin Arnett había muerto de un aneurisma, en el confín remoto del Continente. Sentí lo que sentimos cuando alguien muere: la congoja, ya inútil, de que nada nos hubiera costado haber sido más buenos. El hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos. La materia que yo cursaba era filosofía; recordé que mi tío, sin invocar un solo nombre propio, me había revelado sus hermosas perplejidades, allá en la Casa Colorada, cerca de Lomas. Una de las naranjas del postre fue su instrumento para iniciarme en el idealismo de Berkeley; el tablero de ajedrez le bastó para las paradojas eleáticas. Años después me prestaría los tratados de Hinton, que quiere demostrar la realidad de una cuarta dimensión del espacio, que el lector puede intuir mediante complicados ejercicios con cubos de colores. No olvidaré los prismas y pirámides que erigimos en el piso del escritorio.
Mi tío era ingeniero. Antes de jubilarse de su cargo en el Ferrocarril decidió establecerse en Turdera, que le ofrecía las ventajas de una soledad casi agreste y de la cercanía de Buenos Aires. Nada más previsible que el arquitecto fuera su íntimo amigo Alexander Muir. Este hombre rígido profesaba la rígida doctrina de Knox; mi tío, a la manera de casi todos los señores de su época, era librepensador, o, mejor dicho, agnóstico, pero le interesaba la teología, como le interesaban los falaces cubos de Hinton o las bien concertadas pesadillas del joven Wells. Le gustaban los perros; tenía un gran ovejero al que le había puesto el apodo de Samuel Johnson en memoria de Lichfield, su lejano pueblo natal.
La Casa Colorada estaba en un alto, cercada hacia el poniente por terrenos anegadizos. Del otro lado de la verja, las araucarias no mitigaban su aire de pesadez. En lugar de azoteas había tejados de pizarra a dos aguas y una torre cuadrada con un reloj, que parecían oprimir las paredes y las parcas ventanas. De chico, yo aceptaba esas fealdades como se aceptan esas cosas incompatibles que sólo por razón de coexistir llevan el nombre de universo.
Regresé a la patria en 1921. Para evitar litigios habían rematado la casa; la adquirió un forastero, Max Preetorius, que abonó el doble de la suma ofrecida por el mejor postor. Firmada la escritura, llegó al atardecer con dos asistentes y tiraron a un vaciadero, no lejos del Camino de las Tropas, todos los muebles, todos los libros y todos los enseres de la casa. (Recordé con tristeza los diagramas de los volúmenes de Hinton y la gran esfera terráquea.) Al otro día, fue a conversar con Muir y le propuso ciertas refacciones, que éste rechazó con indignación. Ulteriormente, una empresa de la Capital se encargó de la obra. Los carpinteros de la localidad se negaron a amueblar de nuevo la casa; un tal Mariani, de Glew, aceptó al fin las condiciones que le impuso Preetorius. Durante una quincena, tuvo que trabajar de noche, a puertas cerradas. Fue asimismo de noche que se instaló en la Casa Colorada el nuevo habitante. Las ventanas ya no se abrieron, pero en la oscuridad se divisaban grietas de luz. El lechero dio una mañana con el ovejero muerto en la acera, decapitado y mutilado. En el invierno talaron las araucarias. Nadie volvió a ver a Preetorius, que, según parece, no tardó en dejar el país.
Tales noticias, como es de suponer, me inquietaron. Sé que mi rasgo más notorio es la curiosidad que me condujo alguna vez a la unión con una mujer del todo ajena a mí, sólo para saber quién era y cómo era, a practicar (sin resultado apreciable) el uso del láudano, a explorar los números transfinitos y a emprender la atroz aventura que voy a referir. Fatalmente decidí indagar el asunto.
Mi primer trámite fue ver a Alexander Muir. Lo recordaba erguido y moreno, de una flacura que no excluía la fuerza; ahora lo habían encorvado los años y la renegrida barba era gris. Me recibió en su casa de Temperley, que previsiblemente se parecía a la de mi tío, ya que las dos correspondían a las sólidas normas del buen poeta y mal constructor William Morris.
El diálogo fue parco; no en vano el símbolo de Escocia es el cardo. Intuí, no obstante, que el cargado té de Ceylán y la equitativa fuente de scones (que mi huésped partía y enmantecaba como si yo aún fuera un niño) eran, de hecho, un frugal festín calvinista, dedicado al sobrino de su amigo. Sus controversias teológicas con mi tío habían sido un largo ajedrez, que exigía de cada jugador la colaboración del contrario.
Pasaba el tiempo y yo no me acercaba a mi tema. Hubo un silencio incómodo y Muir habló.
—Muchacho (Young man) —dijo—, usted no se ha costeado hasta aquí para que hablemos de Edwin o de los Estados Unidos, país que poco me interesa. Lo que le quita el sueño es la venta de la Casa Colorada y ese curioso comprador. A mí, también. Francamente, la historia me desagrada, pero le diré lo que pueda. No será mucho.
Al rato, prosiguió sin premura:
—Antes que Edwin muriera, el intendente me citó en su despacho. Estaba con el cura párroco. Me propusieron que trazara los planos para una capilla católica. Remunerarían bien mi trabajo. Les contesté en el acto que no. Soy un servidor del Señor y no puedo cometer la abominación de erigir altares para ídolos.
Aquí se detuvo.
—¿Eso es todo? —me atreví a preguntar.
—No. El judezno ese de Preetorius quería que yo destruyera mi obra y que en su lugar pergeñara una cosa monstruosa. La abominación tiene muchas formas.
Pronunció estas palabras con gravedad y se puso de pie.
Al doblar la esquina se me acercó Daniel Iberra. Nos conocíamos como la gente se conoce en los pueblos. Me propuso que volviéramos caminando. Nunca me interesaron los malevos y preví una sórdida retahíla de cuentos de almacén más o menos apócrifos y brutales, pero me resigné y acepté. Era casi de noche. Al divisar desde unas cuadras la Casa Colorada en el alto, Iberra se desvió. Le pregunté por qué. Su respuesta no fue la que yo esperaba.
—Soy el brazo derecho de don Felipe. Nadie me ha dicho flojo. Te acordarás de aquel mozo Urgoiti que se costeó a buscarme de Merlo y de cómo le fue. Mirá. Noches pasadas, yo venía de una farra. A unas cien varas de la quinta, vi algo. El tubiano se me espantó y si no me le afirmo y lo hago tomar por el callejón, tal vez no cuento el cuento. Lo que vi no era para menos.
Muy enojado, agregó una mala palabra.
Aquella noche no dormí. Hacia el alba soñé con un grabado a la manera de Piranesi, que no había visto nunca o que había visto y olvidado, y que representaba el laberinto. Era un anfiteatro de piedra, cercado de cipreses y más alto que las copas de los cipreses. No había ni puertas ni ventanas, pero sí una hilera infinita de hendijas verticales y angostas. Con un vidrio de aumento yo trataba de ver el minotauro. Al fin lo percibí. Era el monstruo de un monstruo; tenía menos de toro que de bisonte y, tendido en la tierra el cuerpo humano, parecía dormir y soñar. ¿Soñar con qué o con quién?
Esa tarde pasé frente a la Casa. El portón de la verja estaba cerrado y unos barrotes retorcidos. Lo que antes fue jardín era maleza. A la derecha había una zanja de escasa hondura y los bordes estaban pisoteados.
Una jugada me quedaba, que fui demorando durante días, no sólo por sentirla del todo vana, sino porque me arrastraría a la inevitable, a la última.
Sin mayores esperanzas fui a Glew. Mariani, el carpintero, era un italiano obeso y rosado, ya entrado en años, de lo más vulgar y cordial. Me bastó verlo para descartar las estratagemas que había urdido la víspera. Le entregué mi tarjeta, que deletreó pomposamente en voz alta, con algún tropezón reverencial al llegar a doctor. Le dije que me interesaba el moblaje fabricado por él para la propiedad que fue de mi tío, en Turdera. El hombre habló y habló. No trataré de transcribir sus muchas y gesticuladas palabras, pero me declaró que su lema era satisfacer todas las exigencias del cliente, por estrafalarias que fueran, y que él había ejecutado su trabajo al pie de la letra. Tras de hurgar en varios cajones, me mostró unos papeles que no entendí, firmados por el elusivo Preetorius. (Sin duda me tomó por un abogado.) Al despedirnos, me confió que por todo el oro del mundo no volvería a poner los pies en Turdera y menos en la casa. Agregó que el cliente es sagrado, pero que en su humilde opinión, el señor Preetorius estaba loco. Luego se calló, arrepentido. Nada más pude sonsacarle.
Yo había previsto ese fracaso, pero una cosa es prever algo y otra que ocurra.
Repetidas veces me dije que no hay otro enigma que el tiempo, esa infinita urdimbre del ayer, del hoy, del porvenir, del siempre y del nunca. Esas profundas reflexiones resultaron inútiles; tras de consagrar la tarde al estudio de Schopenhauer o de Royce, yo rondaba, noche tras noche, por los caminos de tierra que cercan la Casa Colorada. Algunas veces divisé arriba una luz muy blanca; otras creí oír un gemido. Así hasta el diecinueve de enero.
Fue uno de esos días de Buenos Aires en el que el hombre se siente no sólo maltratado y ultrajado por el verano, sino hasta envilecido. Serían las once de la noche cuando se desplomó la tormenta. Primero el viento sur y después el agua a raudales. Erré buscando un árbol. A la brusca luz de un relámpago me hallé a unos pasos de la verja. No sé si con temor o con esperanza probé el portón. Inesperadamente, cedió. Avancé empujado por la tormenta. El cielo y la tierra me conminaban. También la puerta de la casa estaba a medio abrir. Una racha de lluvia me azotó la cara y entré.
Adentro habían levantado las baldosas y pisé pasto desgreñado. Un olor dulce y nauseabundo penetraba la casa. A izquierda o a derecha, no sé muy bien, tropecé con una rampa de piedra. Apresuradamente subí. Casi sin proponérmelo hice girar la llave de la luz.
El comedor y la biblioteca de mis recuerdos eran ahora, derribada la pared medianera, una sola gran pieza desmantelada, con uno que otro mueble. No trataré de describirlos, porque no estoy seguro de haberlos visto, pese a la despiadada luz blanca. Me explicaré. Para ver una cosa hay que comprenderla. El sillón presupone el cuerpo humano, sus articulaciones y partes; las tijeras, el acto de cortar. ¿Qué decir de una lámpara o de un vehículo? El salvaje no puede percibir la biblia del misionero; el pasajero no ve el mismo cordaje que los hombres de a bordo. Si viéramos realmente el universo, tal vez lo entenderíamos.
Ninguna de las formas insensatas que esa noche me deparó correspondía a la figura humana o a un uso concebible. Sentí repulsión y terror. En uno de los ángulos descubrí una escalera vertical, que daba al otro piso. Entre los anchos tramos de hierro, que no pasarían de diez, había huecos irregulares. Esa escalera, que postulaba manos y pies, era comprensible y de algún modo me alivió. Apagué la luz y aguardé un tiempo en la oscuridad. No oí el menor sonido, pero la presencia de las cosas incomprensibles me perturbaba. Al fin me decidí.
Ya arriba mi temerosa mano hizo girar por segunda vez la llave de la luz. La pesadilla que prefiguraba el piso inferior se agitaba y florecía en el último. Había muchos objetos o unos pocos objetos entretejidos. Recupero ahora una suerte de larga mesa operatoria, muy alta, en forma de U, con hoyos circulares en los extremos. Pensé que podía ser el lecho del habitante, cuya monstruosa anatomía se revelaba así, oblicuamente, como la de un animal o un dios, por su sombra. De alguna página de Lucano, leída hace años y olvidada, vino a mi boca la palabra anfisbena, que sugería, pero que no agotaba por cierto lo que verían luego mis ojos. Asimismo recuerdo una V de espejos que se perdía en la tiniebla superior.
¿Cómo sería el habitante? ¿Qué podía buscar en este planeta, no menos atroz para él que él para nosotros? ¿Desde qué secretas regiones de la astronomía o del tiempo, desde qué antiguo y ahora incalculable crepúsculo, habría alcanzado este arrabal sudamericano y esta precisa noche?
Me sentí un intruso en el caos. Afuera había cesado la lluvia. Miré el reloj y vi con asombro que eran casi las dos. Dejé la luz prendida y acometí cautelosamente el descenso. Bajar por donde había subido no era imposible. Bajar antes que el habitante volviera. Conjeturé que no había cerrado las dos puertas porque no sabía hacerlo.
Mis pies tocaban el penúltimo tramo de la escalera cuando sentí que algo ascendía por la rampa, opresivo y lento y plural. La curiosidad pudo más que el miedo y no cerré los ojos.

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La Secta de los Treinta

Archivado en Jorge Luis Borges • Fecha: 20-09-2005 15:17:09

El manuscrito original puede consultarse en la Biblioteca de la Universidad de Leiden; está en latín, pero algún helenismo justifica la conjetura de que fue vertido del griego. Según Leisegang, data del siglo cuarto de la era cristiana. Gibbon lo menciona, al pasar, en una de las notas del capítulo decimoquinto de su Decline and Fall. Reza el autor anónimo:
"... La Secta nunca fue numerosa y ahora son parcos sus prosélitos. Diezmados por el hierro y por el fuego duermen a la vera de los caminos o en las ruinas que ha perdonado la guerra, ya que les está vedado construir viviendas. Suelen andar desnudos. Los hechos registrados por mi pluma son del conocimiento de todos; mi propósito actual es dejar escrito lo que me ha sido dado descubrir sobre su doctrina y sus hábitos. He discutido largamente con sus maestros y no he logrado convertirlos a la Fe del Señor.
»Lo primero que atrajo mi atención fue la diversidad de sus pareceres en lo que concierne a los muertos. Los más indoctos entienden que los espíritus de quienes han dejado esta vida se encargan de enterrarlos; otros, que no se atienen a la letra, declaran que la amonestación de Jesús: Deja que los muertos entierren a sus muertos, condena la pomposa vanidad de nuestros ritos funerarios.
»El consejo de vender lo que se posee y de darlo a los pobres es acatado rigurosamente por todos; los primeros beneficiados lo dan a otros y éstos a otros. Ésta es explicación suficiente de su indigencia y desnudez, que los avecina asimismo al estado paradisíaco. Repiten con fervor las palabras: Considerad los cuervos, que ni siembran ni siegan, que ni tienen cillero, ni alfolí; y Dios los alimenta. ¿Cuánto de más estima sois vosotros que las aves? El texto proscribe el ahorro: Si así viste Dios a la hierba, que hoy está en el campo, y mañana es echada en el horno, ¿cuánto más vosotros, hombres de poca fe? Vosotros, pues, no procuréis qué hayáis de comer, o qué hayáis de beber; ni estéis en ansiosa perplejidad.
»El dictamen Quien mira una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón es un consejo inequívoco de pureza. Sin embargo, son muchos los sectarios que enseñan que si no hay bajo los cielos un hombre que no haya mirado a una mujer para codiciarla, todos hemos adulterado. Ya que el deseo no es menos culpable que el acto, los justos pueden entregarse sin riesgo al ejercicio de la más desaforada lujuria.
»La Secta elude las iglesias; sus doctores predican al aire libre, desde un cerro o un muro o a veces desde un bote en la orilla.
»El nombre de la Secta ha suscitado tenaces conjeturas. Alguna quiere que nos dé la cifra a que están reducidos los fieles, lo cual es irrisorio pero profético, porque la Secta, dada su perversa doctrina, está predestinada a la muerte. Otra lo deriva de la altura del arca, que era de treinta codos; otra, que falsea la astronomía, del número de noches, que son la suma de cada mes lunar; otra, del bautismo del Salvador; otra, de los años de Adán, cuando surgió del polvo rojo. Todas son igualmente falsas. No menos mentiroso es el catálogo de treinta divinidades o tronos, de los cuales uno es Abraxas, representado con cabeza de gallo, brazos y torso de hombre y remate de enroscada serpiente.
»Sé la Verdad pero no puedo razonar la Verdad. El inapreciable don de comunicarla no me ha sido otorgado. Que otros, más felices que yo, salven a los sectarios por la palabra. Por la palabra o por el fuego. Más vale ser ejecutado que darse muerte. Me limitaré pues a la exposición de la abominable herejía.
»El Verbo se hizo carne para ser hombre entre los hombres, que lo darían a la cruz y serían redimidos por Él. Nació del vientre de una mujer del pueblo elegido no sólo para predicar el Amor, sino para sufrir el martirio.
»Era preciso que las cosas fueran inolvidables. No bastaba la muerte de un ser humano por el hierro o por la cicuta para herir la imaginación de los hombres hasta el fin de los días. El Señor dispuso los hechos de manera patética. Tal es la explicación de la última cena, de las palabras de Jesús que presagian la entrega, de la repetida señal a uno de los discípulos, de la bendición del pan y del vino, de los juramentos de Pedro, de la solitaria vigilia en Gethsemaní, del sueño de los doce, de la plegaria humana del Hijo, del sudor como sangre, de las espadas, del beso que traiciona, de Pilato que se lava las manos, de la flagelación, del escarnio, de las espinas, de la púrpura y del cetro de caña, del vinagre con hiel, de la Cruz en lo alto de una colina, de la promesa al buen ladrón, de la tierra que tiembla y de las tinieblas.
»La divina misericordia, a la que debo tantas mercedes me ha permitido descubrir la auténtica y secreta razón del nombre de la Secta. En Kerioth, donde verosímilmente nació, perdura un conventículo que se apoda de los Treinta Dineros. Ese nombre fue el primitivo y nos da la clave. En la tragedia de la Cruz —lo escribo con debida reverencia— hubo actores voluntarios e involuntarios, todos imprescindibles, todos fatales. Involuntarios fueron los sacerdotes que entregaron los dineros de plata, involuntaria fue la plebe que eligió a Barrabás, involuntario fue el procurador de Judea, involuntarios fueron los romanos que erigieron la Cruz de Su martirio y clavaron los clavos y echaron suertes. Voluntarios sólo hubo dos: El Redentor y Judas. Éste arrojó las treinta piezas que eran el precio de la salvación de las almas e inmediatamente se ahorcó. A la sazón contaba treinta y tres años, como el Hijo del Hombre. La Secta los venera por igual y absuelve a los otros.
»No hay un solo culpable; no hay uno que no sea un ejecutor, a sabiendas o no, del plan que trazó la Sabiduría. Todos comparten ahora la Gloria.
»Mi mano se resiste a escribir otra abominación. Los iniciados, al cumplir la edad señalada, se hacen escarnecer y crucificar en lo alto de un monte, para seguir el ejemplo de sus maestros. Esta violación criminal del quinto mandamiento debe ser reprimida con el rigor que las leyes humanas y divinas han exigido siempre. Que las maldiciones del Firmamento, que el odio de los ángeles..."
El fin del manuscrito no se ha encontrado.

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La noche de los dones

Archivado en Jorge Luis Borges • Fecha: 20-09-2005 15:17:08

En la antigua Confitería del Águila, en Florida a la altura de Piedad, oímos la historia.
Se debatía el problema del conocimiento. Alguien invocó la tesis platónica de que ya todo lo hemos visto en un orbe anterior, de suerte que conocer es reconocer; mi padre, creo, dijo que Bacon había escrito que si aprender es recordar, ignorar es de hecho haber olvidado. Otro interlocutor, un señor de edad, que estaría un poco perdido en esa metafísica, se resolvió a tomar la palabra. Dijo con lenta seguridad:
—No acabo de entender lo de los arquetipos platónicos. Nadie recuerda la primera vez que vio el amarillo o el negro o la primera vez que le tomó el gusto a una fruta, acaso porque era muy chico y no podía saber que inauguraba una serie muy larga. Por supuesto, hay otras primeras veces que nadie olvida. Yo les podría contar lo que me dejó cierta noche que suelo traer a la memoria, la del treinta de abril del 74.
»Los veraneos de antes eran más largos, pero no sé por qué nos demoramos hasta esa fecha en el establecimiento de unos primos, los Dorna, a unas escasas leguas de Lobos. Por aquel tiempo, uno de los peones, Rufino, me inició en las cosas de campo. Yo estaba por cumplir mis trece años; él era bastante mayor y tenía fama de animoso. Era muy diestro; cuando jugaban a vistear el que quedaba con la cara tiznada era siempre el otro. Un viernes me propuso que el sábado a la noche fuéramos a divertirnos al pueblo. Por supuesto accedí, sin saber muy bien de qué se trataba. Le previne que yo no sabía bailar; me contestó que el baile se aprende fácil. Después de la comida, a eso de las siete y media, salimos. Rufino se había empilchado como quien va a una fiesta y lucía un puñal de plata; yo me fui sin mi cuchillito, por temor a las bromas. Poco tardamos en avistar las primeras casas. ¿Ustedes nunca estuvieron en Lobos? Lo mismo da; no hay un pueblo de la provincia que no sea idéntico a los otros, hasta en lo de creerse distinto. Los mismos callejones de tierra, los mismos huecos, las mismas casas bajas, como para que un hombre a caballo cobre más importancia. En una esquina nos apeamos frente a una casa pintada de celeste o de rosa, con unas letras que decían La Estrella. Atados al palenque había unos caballos con buen apero. Por la puerta de calle a medio entornar vi una hendija de luz. En el fondo del zaguán había una pieza larga, con bancos laterales de tabla y, entre los bancos, unas puertas oscuras que darían quién sabe dónde. Un cuzco de pelaje amarillo salió ladrando a hacerme fiestas. Había bastante gente; una media docena de mujeres con batones floreados iba y venía. Una señora de respeto, trajeada enteramente de negro, me pareció la dueña de casa. Rufino la saludó y le dijo:
»—Aquí le traigo un nuevo amigo, que no es muy de a caballo.
»—Ya aprenderá, pierda cuidado —contestó la señora.
»Sentí vergüenza. Para despistar o para que vieran que yo era un chico, me puse a jugar con el perro, en la punta de un banco. Sobre la mesa de cocina ardían unas velas de sebo en unas botellas y me acuerdo también del braserito en un rincón del fondo. En la pared blanqueada de enfrente había una imagen de la Virgen de la Merced.
»Alguien, entre una que otra broma, templaba una guitarra que le daba mucho trabajo. De puro tímido no rehusé una ginebra que me dejó la boca como un ascua. Entre las mujeres había una, que me pareció distinta a las otras. Le decían la Cautiva. Algo de aindiado le noté, pero los rasgos eran un dibujo y los ojos muy tristes. La trenza le llegaba hasta la cintura. Rufino, que advirtió que yo la miraba, le dijo:
»—Volvé a contar lo del malón, para refrescar la memoria.
»La muchacha habló como si estuviera sola y de algún modo yo sentí que no podía pensar en otra cosa y que esa cosa era lo único que le había pasado en la vida. Nos dijo así:
»—Cuando me trajeron de Catamarca yo era muy chica. Qué iba yo a saber de malones. En la estancia ni los mentaban de miedo. Como un secreto, me fui enterando que los indios podían caer como una nube y matar a la gente y robarse los animales. A las mujeres las llevaban a Tierra Adentro y les hacían de todo. Hice lo que pude para no creer. Lucas mi hermano, que después lo lancearon, me perjuraba que eran todas mentiras, pero cuando una cosa es verdad basta que alguien la diga una sola vez para que uno sepa que es cierto. El gobierno les reparte vicios y yerba para tenerlos quietos, pero ellos tienen brujos muy precavidos que les dan su consejo. A una orden del cacique no les cuesta nada atropellar entre los fortines, que están desparramados. De puro cavilar, yo casi tenía ganas que se vinieran y sabía mirar para el rumbo que el sol se pone. No sé llevar la cuenta del tiempo, pero hubo escarchas y veranos y yerras y la muerte del hijo del capataz antes de la invasión. Fue como si los trajera el pampero. Yo vi una flor de cardo en una zanja y soñé con los indios. A la madrugada ocurrió. Los animales lo supieron antes que los cristianos, como en los temblores de tierra. La hacienda estaba desasosegada y por el aire iban y venían las aves. Corrimos a mirar por el lado que yo siempre miraba.
»—¿Quién les trajo el aviso? —preguntó alguno.
»La muchacha, siempre como si estuviera muy lejos, repitió la última frase.
»—Corrimos a mirar por el lado que yo siempre miraba. Era como si todo el desierto se hubiera echado a andar. Por los barrotes de la verja de fierro vimos la polvareda antes que los indios. Venían a malón. Se golpeaban la boca con la mano y daban alaridos. En Santa Irene había unas armas largas, que no sirvieron más que para aturdir y para que juntaran más rabia.
»Hablaba la Cautiva como quien dice una oración, de memoria, pero yo oí en la calle los indios del desierto y los gritos. Un empellón y estaban en la sala y fue como si entraran a caballo, en las piezas de un sueño. Eran orilleros borrachos. Ahora, en la memoria, los veo muy altos. El que venía en punta le asestó un codazo a Rufino, que estaba cerca de la puerta. Éste se demudó y se hizo a un lado. La señora, que no se había movido de su lugar, se levantó y nos dijo:
»—Es Juan Moreira.
»Pasado el tiempo, ya no sé si me acuerdo del hombre de esa noche o del que vería tantas veces después en el picadero. Pienso en la melena y en la barba negra de Podestá, pero también en una cara rubiona, picada de viruela. El cuzquito salió corriendo a hacerle fiestas. De un talerazo, Moreira lo dejó tendido en el suelo. Cayó de lomo y se murió moviendo las patas. Aquí empieza de veras la historia.
»Gané sin ruido una de las puertas, que daba a un pasillo angosto y a una escalera. Arriba, me escondí en una pieza oscura. Fuera de la cama, que era muy baja, no sé qué muebles habría ahí. Yo estaba temblando. Abajo no cejaban los gritos y algo de vidrio se rompió. Oí unos pasos de mujer que subían y vi una momentánea hendija de luz. Después la voz de la Cautiva me llamó como en un susurro.
»—Yo estoy aquí para servir, pero a gente de paz. Acercate que no te voy a hacer ningún mal.
»Ya se había quitado el batón. Me tendí a su lado y le busqué la cara con las manos. No sé cuánto tiempo pasó. No hubo una palabra ni un beso. Le deshice la trenza y jugué con el pelo, que era muy lacio, y después con ella. No volveríamos a vernos y no supe nunca su nombre.
»Un balazo nos aturdió. La Cautiva me dijo:
»—Podés salir por la otra escalera.
»Así lo hice y me encontré en la calle de tierra. La noche era de luna. Un sargento de policía, con rifle y bayoneta calada, estaba vigilando la tapia. Se rió y me dijo:
»—A lo que veo, sos de los que madrugan temprano.
»Algo debí de contestar, pero no me hizo caso. Por la tapia un hombre se descolgaba. De un brinco, el sargento le clavó el acero en la carne. El hombre se fue al suelo, donde quedó tendido de espaldas, gimiendo y desangrándose. Yo me acordé del perro. El sargento, para acabarlo de una buena vez, le volvió a hundir la bayoneta. Con una suerte de alegría le dijo:
»—Moreira, lo que es hoy de nada te valió disparar.
»De todos lados acudieron los de uniforme que habían ido rodeando la casa y después los vecinos. Andrés Chirino tuvo que forcejear para arrancar el arma. Todos querían estrecharle la mano. Rufino dijo riéndose:
»—A este compadre ya se le acabaron los cortes.
»Yo iba de grupo en grupo, contándole a la gente lo que había visto. De golpe me sentí muy cansado; tal vez tuviera fiebre. Me escurrí, lo busqué a Rufino y volvimos. Desde el caballo, vimos la luz blanca del alba. Más que cansado, me sentí aturdido, por esa correntada de cosas.
—Por el gran río de esa noche —dijo mi padre.
El otro asintió.
—Así es. En el término escaso de unas horas yo había conocido el amor y yo había mirado la muerte. A todos los hombres le son reveladas todas las cosas o, por lo menos, todas aquellas cosas que a un hombre le es dado conocer, pero a mí, de la noche a la mañana, esas dos cosas esenciales me fueron reveladas. Los años pasan y son tantas las veces que he contado la historia que ya no sé si la recuerdo de veras o si sólo recuerdo las palabras con que la cuento. Tal vez lo mismo le pasó a la Cautiva con su malón. Ahora lo mismo da que fuera yo o que fuera otro el que vio matar a Moreira.

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El espejo y la máscara

Archivado en Jorge Luis Borges • Fecha: 20-09-2005 15:17:07

Librada la batalla de Clontarf, en la que fue humillado el noruego, el Alto Rey habló con el poeta y le dijo:
—Las proezas más claras pierden su lustre si no se las amoneda en palabras. Quiero que cantes mi victoria y mi loa. Yo seré Eneas; tú serás mi Virgilio. ¿Te crees capaz de acometer esa empresa, que nos hará inmortales a los dos?
—Sí, Rey —dijo el poeta—. Yo soy el Ollan. Durante doce inviernos he cursado las disciplinas de la métrica. Sé de memoria las trescientas sesenta fábulas que son la base de la verdadera poesía. Los ciclos de Ulster y de Munster están en las cuerdas de mi arpa. Las leyes me autorizan a prodigar las voces más arcaicas del idioma y las más complejas metáforas. Domino la escritura secreta que defiende nuestro arte del indiscreto examen del vulgo. Puedo celebrar los amores, los abigeatos, las navegaciones, las guerras. Conozco los linajes mitológicos de todas las casas reales de Irlanda. Poseo las virtudes de las hierbas, la astrología judiciaria, las matemáticas y el derecho canónico. He derrotado en público certamen a mis rivales. Me he adiestrado en la sátira, que causa enfermedades de la piel, incluso la lepra. Sé manejar la espada, como lo probé en tu batalla. Sólo una cosa ignoro: la de agradecer el don que me haces.
El Rey, a quien lo fatigaban fácilmente los discursos largos y ajenos, le dijo con alivio:
—Sé harto bien esas cosas. Acaban de decirme que el ruiseñor ya cantó en Inglaterra. Cuando pasen las lluvias y las nieves, cuando regrese el ruiseñor de sus tierras del Sur, recitarás tu loa ante la corte y ante el Colegio de Poetas. Te dejo un año entero. Limarás cada letra y cada palabra. La recompensa, ya lo sabes, no será indigna de mi real costumbre ni de tus inspiradas vigilias.
—Rey, la mejor recompensa es ver tu rostro —dijo el poeta, que era también un cortesano.
Hizo sus reverencias y se fue, ya entreviendo algún verso.
Cumplido el plazo, que fue de epidemias y rebeliones, presentó el panegírico. Lo declamó con lenta seguridad, sin una ojeada al manuscrito. El Rey lo iba aprobando con la cabeza. Todos imitaban su gesto, hasta los que agolpados en las puertas, no descifraban una palabra. Al fin el Rey habló.
—Acepto tu labor. Es otra victoria. Has atribuido a cada vocablo su genuina acepción y a cada nombre sustantivo el epíteto que le dieron los primeros poetas. No hay en toda la loa una sola imagen que no hayan usado los clásicos. La guerra es el hermoso tejido de hombres y el agua de la espada es la sangre. El mar tiene su dios y las nubes predicen el porvenir. Has manejado con destreza la rima, la aliteración, la asonancia, las cantidades, los artificios de la docta retórica, la sabia alteración de los metros. Si se perdiera toda la literatura de Irlanda —omen absit— podría reconstruirse sin pérdida con tu clásica oda. Treinta escribas la van a transcribir dos veces.
Hubo un silencio y prosiguió.
—Todo está bien y sin embargo nada ha pasado. En los pulsos no corre más a prisa la sangre. Las manos no han buscado los arcos. Nadie ha palidecido. Nadie profirió un grito de batalla, nadie opuso el pecho a los vikings. Dentro del término de un año aplaudiremos otra loa, poeta. Como signo de nuestra aprobación, toma este espejo que es de plata.
—Doy gracias y comprendo —dijo el poeta.
Las estrellas del cielo retomaron su claro derrotero. Otra vez cantó el ruiseñor en las selvas sajonas y el poeta retornó con su códice, menos largo que el anterior. No lo repitió de memoria; lo leyó con visible inseguridad, omitiendo ciertos pasajes, como si él mismo no los entendiera del todo o no quisiera profanarlos. La página era extraña. No era una descripción de la batalla, era la batalla. En su desorden bélico se agitaban el Dios que es Tres y es Uno, los númenes paganos de Irlanda y los que guerrearían, centenares de años después, en el principio de la Edda Mayor. La forma no era menos curiosa. Un sustantivo singular podía regir un verbo plural. Las preposiciones eran ajenas a las normas comunes. La aspereza alternaba con la dulzura. Las metáforas eran arbitrarias o así lo parecían.
El Rey cambió unas pocas palabras con los hombres de letras que lo rodeaban y habló de esta manera:
—De tu primera loa pude afirmar que era un feliz resumen de cuanto se ha cantado en Irlanda. Ésta supera todo lo anterior y también lo aniquila. Suspende, maravilla y deslumbra. No la merecerán los ignaros, pero sí los doctos, los menos. Un cofre de marfil será la custodia del único ejemplar. De la pluma que ha producido obra tan eminente podemos esperar todavía una obra más alta.
Agregó con una sonrisa:
—Somos figuras de una fábula y es justo recordar que en las fábulas prima el número tres.
El poeta se atrevió a murmurar:
—Los tres dones del hechicero, las tríadas y la indudable Trinidad.
El Rey prosiguió:
—Como prenda de nuestra aprobación, toma esta máscara de oro.
—Doy gracias y he entendido —dijo el poeta.
El aniversario volvió. Los centinelas del palacio advirtieron que el poeta no traía un manuscrito. No sin estupor el Rey lo miró; casi era otro. Algo, que no era el tiempo, había surcado y transformado sus rasgos. Los ojos parecían mirar muy lejos o haber quedado ciegos. El poeta le rogó que hablara unas palabras con él. Los esclavos despejaron la cámara.
—¿No has ejecutado la oda? —preguntó el Rey.
—Sí —dijo tristemente el poeta—. Ojalá Cristo Nuestro Señor me lo hubiera prohibido.
—¿Puedes repetirla?
—No me atrevo.
—Yo te doy el valor que te hace falta —declaró el Rey.
El poeta dijo el poema. Era una sola línea.
Sin animarse a pronunciarla en voz alta, el poeta y su Rey la paladearon, como si fuera una plegaria secreta o una blasfemia. El Rey no estaba menos maravillado y menos maltrecho que el otro. Ambos se miraron, muy pálidos.
—En los años de mi juventud —dijo el Rey— navegué hacia el ocaso. En una isla vi lebreles de plata que daban muerte a jabalíes de oro. En otra nos alimentamos con la fragancia de las manzanas mágicas. En otra vi murallas de fuego. En la más lejana de todas un río abovedado y pendiente surcaba el cielo y por sus aguas iban peces y barcos. Éstas son maravillas, pero no se comparan con tu poema, que de algún modo las encierra. ¿Qué hechicería te lo dio?
—En el alba —dijo el poeta— me recordé diciendo unas palabras que al principio no comprendí. Esas palabras son un poema. Sentí que había cometido un pecado, quizá el que no perdona el Espíritu.
—El que ahora compartimos los dos —el Rey musitó—. El de haber conocido la Belleza, que es un don vedado a los hombres. Ahora nos toca expiarlo. Te di un espejo y una máscara de oro; he aquí el tercer regalo que será el último.
Le puso en la diestra una daga.
Del poeta sabemos que se dio muerte al salir del palacio; del Rey, que es un mendigo que recorre los caminos de Irlanda, que fue su reino, y que no ha repetido nunca el poema.

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Undr

Archivado en Jorge Luis Borges • Fecha: 20-09-2005 15:17:06

Debo prevenir al lector que las páginas que traslado se buscarán en vano en el Libellus (1615) de Adán de Bremen, que, según se sabe, nació y murió en el siglo once. Lappenberg las halló en un manuscrito de la Bodleiana de Oxford y las juzgó, dado el acopio de pormenores circunstanciales, una tardía interpolación, pero las publicó, a título de curiosidad, en sus Analecta Germanica (Leipzig, 1894). El parecer de un mero aficionado argentino vale muy poco; júzguelas el lector como quiera. Mi versión española no es literal, pero es digna de fe.
Escribe Adán de Bremen:
"... De las naciones que lindan con el desierto que se dilata en la otra margen del Golfo, más allá de las tierras en que procrea el caballo salvaje, la más digna de mención es la de los urnos. La incierta o fabulosa información de los mercaderes, lo azaroso del rumbo y las depredaciones de los nómadas, nunca me permitieron arribar a su territorio. Me consta, sin embargo, que sus precarias y apartadas aldeas quedan en las tierras bajas del Vístula. A diferencia de los suecos, los urnos profesan la genuina fe de Jesús, no maculada de arrianismo ni del sangriento culto de los demonios, de los que derivan su estirpe las casas reales de Inglaterra y de otras naciones del Norte. Son pastores, barqueros, hechiceros, forjadores de espadas y trenzadores. Debido a la inclemencia de las guerras casi no aran la tierra. La llanura y las tribus que la recorren los han hecho muy diestros en el manejo del caballo y del arco. Siempre uno acaba por asemejarse a sus enemigos. Las lanzas son más largas que las nuestras, ya que son de jinetes y no de peones.
»Desconocen, como es de suponer, el uso de la pluma, del cuerno de tinta y del pergamino. Graban sus caracteres como nuestros mayores las runas que Odín les reveló, después de haber pendido del fresno, Odín sacrificado a Odín, durante nueve noches.
»A estas noticias generales agregaré la historia de mi diálogo con el islandés Ulf Sigurdarson, hombre de graves y medidas palabras. Nos encontramos en Uppsala, cerca del templo. El fuego de leña había muerto; por las desparejas hendijas de la pared fueron entrando el frío y el alba. Afuera dejarían su cautelosa marca en la nieve los lobos grises que devoran la carne de los paganos destinados a los tres dioses. Nuestro coloquio había comenzado en latín, como es de uso entre clérigos, pero no tardamos en pasar a la lengua del norte que se dilata desde la Última Thule hasta los mercados del Asia. El hombre dijo:
»—Soy de estirpe de skalds; me bastó saber que la poesía de los urnos consta de una sola palabra para emprender su busca y el derrotero que me conduciría a su tierra. No sin fatigas y trabajos llegué al cabo de un año. Era de noche; advertí que los hombres que se cruzaban en mi camino me miraban curiosamente y una que otra pedrada me alcanzó. Vi el resplandor de una herrería y entré.
»El herrero me ofreció albergue para la noche. Se llamaba Orm. Su lengua era más o menos la nuestra. Cambiamos unas pocas palabras. De sus labios oí por primera vez el nombre del rey, que era Gunnlaug. Supe que libraba la última guerra, miraba con recelo a los forasteros y que su hábito era crucificarlos. Para eludir ese destino, menos adecuado a un hombre que a un Dios, emprendí la escritura de una drápa, o composición laudatoria, que celebraba las victorias, la fama y la misericordia del rey. Apenas la aprendí de memoria vinieron a buscarme dos hombres. No quise entregarles mi espada, pero me dejé conducir.
»Aún había estrellas en el alba. Atravesamos un espacio de tierra con chozas a los lados. Me habían hablado de pirámides; lo que vi en la primera de las plazas fue un poste de madera amarilla. Distinguí en una punta la figura negra de un pez. Orm, que nos había acompañado, me dijo que ese pez era la Palabra. En la siguiente plaza vi un poste rojo con un disco. Orm repitió que era la Palabra. Le pedí que me la dijera. Me dijo que era un simple artesano y que no la sabía.
»En la tercera plaza, que fue la última, vi un poste pintado de negro, con un dibujo que he olvidado. En el fondo había una larga pared derecha, cuyos extremos no divisé. Comprobé después que era circular, techada de barro, sin puertas interiores, y que daba toda la vuelta de la ciudad. Los caballos atados al palenque eran de poca alzada y crinudos. Al herrero no lo dejaron entrar. Adentro había gente de armas, toda de pie. Gunnlaug, el rey, que estaba doliente, yacía con los ojos semicerrados en una suerte de tarima, sobre unos cueros de camello. Era un hombre gastado y amarillento, una cosa sagrada y casi olvidada; viejas y largas cicatrices le cruzaban el pecho. Uno de los soldados me abrió camino. Alguien había traído un arpa. Hincado, entoné en voz baja la drápa. No faltaban las figuras retóricas, las aliteraciones y los acentos que el género requiere. No sé si el rey la comprendió pero me dio un anillo de plata que guardo aún. Bajo la almohada pude entrever el filo de un puñal. A su derecha había un tablero de ajedrez, con un centenar de casillas y unas pocas piezas desordenadas.
»La guardia me empujó hacia el fondo. Un hombre tomó mi lugar, y lo hizo de pie. Pulsó las cuerdas como templándolas y repitió en voz baja la palabra que yo hubiera querido penetrar y no penetré. Alguien dijo con reverencia: Ahora no quiere decir nada.
»Vi alguna lágrima. El hombre alzaba o alejaba la voz y los acordes casi iguales eran monótonos o, mejor aún, infinitos. Yo hubiera querido que el canto siguiera para siempre y fuera mi vida. Bruscamente cesó. Oí el ruido del arpa cuando el cantor, sin duda exhausto, la arrojó al suelo. Salimos en desorden. Fui de los últimos. Vi con asombro que la luz estaba declinando.
»Caminé unos pasos. Una mano en el hombro me detuvo. Me dijo:
»—La sortija del rey fue tu talismán, pero no tardarás en morir porque has oído la Palabra. Yo, Bjarni Thorkelsson, te salvaré. Soy de estirpe de skalds. En tu ditirambo apodaste agua de la espada a la sangre y batalla de hombres a la batalla. Recuerdo haber oído esas figuras al padre de mi padre. Tú y yo somos poetas; te salvaré. Ahora no definimos cada hecho que enciende nuestro canto; lo ciframos en una sola palabra que es la Palabra.
»Le respondí:
»—No pude oírla. Te pido que me digas cuál es.
»Vaciló unos instantes y contestó:
»—He jurado no revelarla. Además, nadie puede enseñar nada. Debes buscarla solo. Apresurémonos, que tu vida corre peligro. Te esconderé en mi casa, donde no se atreverán a buscarte. Si el viento es favorable, navegarás mañana hacia el Sur.
»Así tuvo principio la aventura que duraría tantos inviernos. No referiré sus azares ni trataré de recordar el orden cabal de sus inconstancias. Fui remero, mercader de esclavos, esclavo, leñador, salteador de caravanas, cantor, catador de aguas hondas y de metales. Padecí cautiverio durante un año en las minas de azogue, que aflojan los dientes. Milité con hombres de Suecia en la guardia de Mikligarthr (Constantinopla). A orillas del Azov me quiso una mujer que no olvidaré; la dejé o ella me dejó, lo cual es lo mismo. Fui traicionado y traicioné. Más de una vez el destino me hizo matar. Un soldado griego me desafió y me dio la elección de dos espadas. Una le llevaba un palmo a la otra. Comprendí que trataba de intimidarme y elegí la más corta. Me preguntó por qué. Le respondí que de mi puño a su corazón la distancia era igual. En una margen del Mar Negro está el epitafio rúnico que grabé para mi compañero Leif Arnarson. He combatido con los Hombres Azules de Serkland, los sarracenos. En el curso del tiempo he sido muchos, pero ese torbellino fue un largo sueño. Lo esencial era la Palabra. Alguna vez descreí de ella. Me repetí que renunciar al hermoso juego de combinar palabras hermosas era insensato y que no hay por qué indagar una sola, acaso ilusoria. Ese razonamiento fue vano. Un misionero me propuso la palabra Dios, que rechacé. Cierta aurora a orillas de un río que se dilataba en un mar creí haber dado con la revelación.
»Volví a la tierra de los urnos y me dio trabajo encontrar la casa del cantor.
»Entré y dije mi nombre. Ya era de noche. Thorkelsson, desde el suelo me dijo que encendiera un velón en el candelero de bronce. Tanto había envejecido su cara que no pude dejar de pensar que yo mismo era viejo. Como es de uso le pregunté por su rey. Me replicó:
»—Ya no se llama Gunnlaug. Ahora es otro su nombre. Cuéntame bien tus viajes.
»Lo hice con mejor orden y con prolijos pormenores que omito. Antes del fin me interrogó:
»—¿Cantaste muchas veces por esas tierras?
»La pregunta me tomó de sorpresa.
»—Al principio —le dije— canté para ganarme la vida. Luego, un temor que no comprendo me alejó del canto y del arpa.
»—Está bien —asintió—. Ya puedes proseguir con tu historia.
»Acaté la orden. Sobrevino después un largo silencio.
»—¿Qué te dio la primera mujer que tuviste? —me preguntó.
»—Todo —le contesté.
»—A mí también la vida me dio todo. A todos la vida les da todo, pero los más lo ignoran. Mi voz está cansada y mis dedos débiles, pero escúchame.
»Dijo la palabra Undr, que quiere decir maravilla.
»Me sentí arrebatado por el canto del hombre que moría, pero en su canto y en su acorde vi mis propios trabajos, la esclava que me dio el primer amor, los hombres que maté, las albas de frío, la aurora sobre el agua, los remos. Tomé el arpa y canté con una palabra distinta.
»—Está bien —dijo el otro y tuve que acercarme para oírlo—. Me has entendido."

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Utopía de un hombre que está cansado

Archivado en Jorge Luis Borges • Fecha: 20-09-2005 15:17:05

Llamóla Utopía, voz griega cuyo significado es no hay tal lugar.
Quevedo

No hay dos cerros iguales, pero en cualquier lugar de la tierra la llanura es una y la misma. Yo iba por un camino de la llanura. Me pregunté sin mucha curiosidad si estaba en Oklahoma o en Texas o en la región que los literatos llaman la pampa. Ni a derecha ni a izquierda vi un alambrado. Como otras veces repetí despacio estas líneas, de Emilio Oribe:
En medio de la pánica llanura interminable
Y cerca del Brasil,
que van creciendo y agrandándose.
El camino era desparejo. Empezó a caer la lluvia. A unos doscientos o trescientos metros vi la luz de una casa. Era baja y rectangular y cercada de árboles. Me abrió la puerta un hombre tan alto que casi me dio miedo. Estaba vestido de gris. Sentí que esperaba a alguien. No había cerradura en la puerta.
Entramos en una larga habitación con las paredes de madera. Pendía del cielo raso una lámpara de luz amarillenta. La mesa, por alguna razón, me extrañó. En la mesa había una clepsidra, la primera que he visto, fuera de algún grabado en acero. El hombre me indicó una de las sillas.
Ensayé diversos idiomas y no nos entendimos. Cuando él habló lo hizo en latín. junté mis ya lejanas memorias de bachiller y me preparé para el diálogo.
—Por la ropa —me dijo—, veo que llegas de otro siglo. La diversidad de las lenguas favorecía la diversidad de los pueblos y aun de las guerras; la tierra ha regresado al latín. Hay quienes temen que vuelva a degenerar en francés, en lemosín o en papiamento, pero el riesgo no es inmediato. Por lo demás, ni lo que ha sido ni lo que será me interesan.
No dije nada y agregó:
—Si no te desagrada ver comer a otro, ¿quieres acompañarme?
Comprendí que advertía mi zozobra y dije que sí.
Atravesamos un corredor con puertas laterales, que daba a una pequeña cocina en la que todo era de metal. Volvimos con la cena en una bandeja: boles con copos de maíz, un racimo de uvas, una fruta desconocida cuyo sabor me recordó el del higo, y una gran jarra de agua. Creo que no había pan. Los rasgos de mi huésped eran agudos y tenía algo singular en los ojos. No olvidaré ese rostro severo y pálido que no volveré a ver. No gesticulaba al hablar.
Me trababa la obligación del latín, pero finalmente le dije:
—¿No te asombra mi súbita aparición?
—No —me replicó—, tales visitas nos ocurren de siglo en siglo. No duran mucho; a más tardar estarás mañana en tu casa.
La certidumbre de su voz me bastó. Juzgué prudente presentarme:
—Soy Eudoro Acevedo. Nací en 1897, en la ciudad de Buenos Aires. He cumplido ya setenta años. Soy profesor de letras inglesas y americanas y escritor de cuentos fantásticos.
—Recuerdo haber leído sin desagrado —me contestó— dos cuentos fantásticos. Los Viajes del Capitán Lemuel Gulliver, que muchos consideran verídicos, y la Suma Teológica. Pero no hablemos de hechos. Ya a nadie le importan los hechos. Son meros puntos de partida para la invención y el razonamiento. En las escuelas nos enseñan la duda y el arte del olvido. Ante todo el olvido de lo personal y local. Vivimos en el tiempo, que es sucesivo, pero tratamos de vivir sub specie aeternitatis. Del pasado nos quedan algunos nombres, que el lenguaje tiende a olvidar. Eludimos las inútiles precisiones. No hay cronología ni historia. No hay tampoco estadísticas. Me has dicho que te llamas Eudoro; yo no puedo decirte cómo me llamo, porque me dicen alguien.
—¿Y cómo se llamaba tu padre?
—No se llamaba.
En una de las paredes vi un anaquel. Abrí un volumen al azar; las letras eran claras e indescifrables y trazadas a mano. Sus líneas angulares me recordaron el alfabeto rúnico, que, sin embargo, sólo se empleó para la escritura epigráfica. Pensé que los hombres del porvenir no sólo eran más altos, sino más diestros. Instintivamente miré los largos y finos dedos del hombre.
Éste me dijo:
—Ahora vas a ver algo que nunca has visto.
Me tendió con cuidado un ejemplar de la Utopía de More, impreso en Basilea en el año 1518 y en el que faltaban hojas y láminas.
No sin fatuidad repliqué:
—Es un libro impreso. En casa habrá más de dos mil, aunque no tan antiguos ni tan preciosos.
Leí en voz alta el título.
El otro se rió.
—Nadie puede leer dos mil libros. En los cuatro siglos que vivo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer, sino releer. La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios.
—En mi curioso ayer —contesté—, prevalecía la superstición de que entre cada tarde y cada mañana ocurren hechos que es una vergüenza ignorar. El planeta estaba poblado de espectros colectivos, el Canadá, el Brasil, el Congo Suizo y el Mercado Común. Casi nadie sabía la historia previa de esos entes platónicos, pero sí los más ínfimos pormenores del último congreso de pedagogos, la inminente ruptura de relaciones y los mensajes que los presidentes mandaban, elaborados por el secretario del secretario con la prudente imprecisión que era propia del género.
»Todo esto se leía para el olvido, porque a las pocas horas lo borrarían otras trivialidades. De todas las funciones, la del político era sin duda la más pública. Un embajador o un ministro era una suerte de lisiado que era preciso trasladar en largos y ruidosos vehículos, cercado de ciclistas y granaderos y aguardado por ansiosos fotógrafos. Parece que les hubieran cortado los pies, solía decir mi madre. Las imágenes y la letra impresa eran más reales que las cosas. Sólo lo publicado era verdadero. Esse est percipi (ser es ser retratado) era el principio, el medio y el fin de nuestro singular concepto del mundo. En el ayer que me tocó, la gente era ingenua; creía que una mercadería era buena porque así lo afirmaba y lo repetía su propio fabricante. También eran frecuentes los robos, aunque nadie ignoraba que la posesión de dinero no da mayor felicidad ni mayor quietud.
—¿Dinero? —repitió—. Ya no hay quien adolezca de pobreza, que habrá sido insufrible, ni de riqueza, que habrá sido la forma más incómoda de la vulgaridad. Cada cual ejerce un oficio.
—Como los rabinos —le dije.
Pareció no entender y prosiguió.
—Tampoco hay ciudades. A juzgar por las ruinas de Bahía Blanca, que tuve la curiosidad de explorar, no se ha perdido mucho. Ya que no hay posesiones, no hay herencias. Cuando el hombre madura a los cien años, está listo a enfrentarse consigo mismo y con su soledad. Ya ha engendrado un hijo.
—¿Un hijo? —pregunté.
—Sí. Uno solo. No conviene fomentar el género humano. Hay quienes piensan que es un órgano de la divinidad para tener conciencia del universo, pero nadie sabe con certidumbre si hay tal divinidad. Creo que ahora se discuten las ventajas y desventajas de un suicidio gradual o simultáneo de todos los hombres del mundo. Pero volvamos a lo nuestro.
Asentí.
—Cumplidos los cien años, el individuo puede prescindir del amor y de la amistad. Los males y la muerte involuntaria no lo amenazan. Ejerce alguna de las artes, la filosofía, las matemáticas o juega a un ajedrez solitario. Cuando quiere se mata. Dueño el hombre de su vida, lo es también de su muerte.
—¿Se trata de una cita? —le pregunté.
—Seguramente. Ya no nos quedan más que citas. La lengua es un sistema de citas.
—¿Y la grande aventura de mi tiempo, los viajes espaciales? —le dije.
—Hace ya siglos que hemos renunciado a esas traslaciones, que fueron ciertamente admirables. Nunca pudimos evadirnos de un aquí y de un ahora.
Con una sonrisa agregó:
—Además, todo viaje es espacial. Ir de un planeta a otro es como ir a la granja de enfrente. Cuando usted entró en este cuarto estaba ejecutando un viaje espacial.
—Así es —repliqué—. También se hablaba de sustancias químicas y de animales zoológicos.
El hombre ahora me daba la espalda y miraba por los cristales. Afuera, la llanura estaba blanca de silenciosa nieve y de luna.
Me atreví a preguntar:
—¿Todavía hay museos y bibliotecas?
—No. Queremos olvidar el ayer, salvo para la composición de elegías. No hay conmemoraciones ni centenarios ni efigies de hombres muertos. Cada cual debe producir por su cuenta las ciencias y las artes que necesita.
—En tal caso, cada cual debe ser su propio Bernard Shaw, su propio Jesucristo y su propio Arquímedes.
Asintió sin una palabra. Inquirí:
—¿Qué sucedió con los gobiernos?
—Según la tradición fueron cayendo gradualmente en desuso. Llamaban a elecciones, declaraban guerras, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer la censura y nadie en el planeta los acataba. La prensa dejó de publicar sus colaboraciones y sus efigies. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos. La realidad sin duda habrá sido más compleja que este resumen.
Cambió de tono y dijo:
—He construido esta casa, que es igual a todas las otras. He labrado estos muebles y estos enseres. He trabajado el campo, que otros, cuya cara no he visto, trabajarán mejor que yo. Puedo mostrarte algunas cosas.
Lo seguí a una pieza contigua. Encendió una lámpara, que también pendía del cielo raso. En un rincón vi un arpa de pocas cuerdas. En las paredes había telas rectangulares en las que predominaban los tonos del color amarillo. No parecían proceder de la misma mano.
—Ésta es mi obra —declaró.
Examiné las telas y me detuve ante la más pequeña, que figuraba o sugería una puesta de sol y que encerraba algo infinito.
—Si te gusta puedes llevártela, como recuerdo de un amigo futuro —dijo con palabra tranquila.
Le agradecí, pero otras telas me inquietaron. No diré que estaban en blanco, pero sí casi en blanco.
—Están pintadas con colores que tus antiguos ojos no pueden ver.
Las delicadas manos tañeron las cuerdas del arpa y apenas percibí uno que otro sonido.
Fue entonces cuando se oyeron los golpes.
Una alta mujer y tres o cuatro hombres entraron en la casa. Diríase que eran hermanos o que los había igualado el tiempo. Mi huésped habló primero con la mujer.
—Sabía que esta noche no faltarías. ¿Lo has visto a Nils?
—De tarde en tarde. Sigue siempre entregado a la pintura.
—Esperemos que con mejor fortuna que su padre.
Manuscritos, cuadros, muebles, enseres; no dejamos nada en la casa.
La mujer trabajó a la par de los hombres. Me avergoncé de mi flaqueza que casi no me permitía ayudarlos. Nadie cerró la puerta y salimos, cargados con las cosas. Noté que el techo era de dos aguas.
A los quince minutos de caminar, doblamos por la izquierda. En el fondo divisé una suerte de torre, coronada por una cúpula.
—Es el crematorio —dijo alguien—. Adentro está la cámara letal. Dicen que la inventó un filántropo cuyo nombre, creo, era Adolfo Hitler.
El cuidador, cuya estatura no me asombró, nos abrió la verja.
Mi huésped susurró unas palabras. Antes de entrar en el recinto se despidió con un ademán.
—La nieve seguirá —anunció la mujer.
En mi escritorio de la calle México guardo la tela que alguien pintará, dentro de miles de años, con materiales hoy dispersos en el planeta.

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El soborno

Archivado en Jorge Luis Borges • Fecha: 20-09-2005 15:17:04

La historia que refiero es la de dos hombres o más bien la de un episodio en el que intervinieron dos hombres. El hecho mismo, nada singular ni fantástico, importa menos que el carácter de sus protagonistas. Ambos pecaron por vanidad, pero de un modo harto distinto y con resultado distinto. La anécdota (en realidad no es mucho más) ocurrió hace muy poco, en uno de los estados de América. Entiendo que no pudo haber ocurrido en otro lugar.
A fines de 1961, en la Universidad de Texas, en Austin, tuve ocasión de conversar largamente con uno de los dos, el doctor Ezra Winthrop. Era profesor de inglés antiguo (no aprobaba el empleo de la palabra anglosajón, que sugiere un artefacto hecho de dos piezas). Recuerdo que sin contradecirme una sola vez corrigió mis muchos errores y temerarias presunciones. Me dijeron que en los exámenes prefería no formular una sola pregunta; invitaba al alumno a discurrir sobre tal o cual tema, dejando a su elección el punto preciso. De vieja raíz puritana, oriundo de Boston, le había costado hacerse a los hábitos y prejuicios del Sur. Extrañaba la nieve, pero he observado que a la gente del Norte le enseñan a precaverse del frío, como a nosotros del calor. Guardo la imagen ya borrosa, de un hombre más bien alto, de pelo gris, menos ágil que fuerte. Más claro es mi recuerdo de su colega Herbert Locke, que me dio un ejemplar de su libro Toward a History of the Kenning, donde se lee que los sajones no tardaron en prescindir de esas metáforas un tanto mecánicas (camino de la ballena por mar, halcón de la batalla por águila), en tanto que los poetas escandinavos las fueron combinando y entrelazando hasta lo inextricable. He mencionado a Herbert Locke porque es parte integral de mi relato.
Arribo ahora al islandés Eric Einarsson, acaso el verdadero protagonista. No lo vi nunca. Llegó a Texas en 1969, cuando yo estaba en Cambridge, pero las cartas de un amigo común, Ramón Martínez López, me han dejado la convicción de conocerlo íntimamente. Sé que es impetuoso, enérgico y frío; en una tierra de hombres altos es alto. Dado su pelo rojo era inevitable que los estudiantes lo apodaran Erico el Rojo. Opinaba que el uso del slang forzosamente erróneo, hace del extranjero un intruso y no condescendió nunca al O.K. Buen investigador de las lenguas nórdicas, del inglés, del latín y —aunque no lo confesara— del alemán, poco le costó abrirse paso en las universidades de América. Su primer trabajo fue una monografía sobre los cuatro artículos que dedicó De Quincey al influjo que ha dejado el danés en la región lacustre de Westmoreland. La siguió una segunda sobre el dialecto de los campesinos de Yorkshire. Ambos estudios fueron bien acogidos, pero Einarsson pensó que su carrera precisaba algún elemento de asombro. En 1970 publicó en Yale una copiosa edición crítica de la balada de Maldon. El scholarship de las notas era innegable, pero ciertas hipótesis del prefacio suscitaron alguna discusión en los casi secretos círculos académicos. Einarsson afirmaba, por ejemplo, que el estilo de la balada es afín, siquiera de un modo lejano, al fragmento heroico de Finnsburh, no a la retórica pausada de Beowulf, y que su manejo de conmovedores rasgos circunstanciales prefigura curiosamente los métodos que no sin justicia admiramos en las sagas de Islandia. Enmendó asimismo varias lecciones del texto de Elphinston. Ya en 1969 había sido nombrado profesor en la Universidad de Texas. Según es fama, son habituales en las universidades americanas los congresos de germanistas. Al doctor Winthrop le había tocado en suerte en el turno anterior, en East Lansing. El jefe del departamento que preparaba su Año Sabático, le pidió que pensara en un candidato para la próxima sesión en Wisconsin. Por lo demás, éstos no pasaban de dos: Herbert Locke o Eric Einarsson.
Winthrop, como Carlyle, había renunciado a la fe puritana de sus mayores, pero no al sentimiento de la ética. No había declinado dar el consejo; su deber era claro. Herbert Locke, desde 1954, no le había escatimado su ayuda para cierta edición anotada de la Gesta de Beowulf que, en determinadas casas de estudio, había reemplazado el manejo de la de Klaeber; ahora estaba compilando una obra muy útil para la germanística: un diccionario inglés-anglosajón, que ahorrara a los lectores el examen, muchas veces inútil, de los diccionarios etimológicos. Einarsson era harto más joven; su petulancia le granjeaba la aversión general, sin excluir la de Winthrop. La edición crítica de Finnsburh había contribuido no poco a difundir su nombre. Era fácilmente polémico; en el Congreso haría mejor papel que el taciturno y tímido Locke. En esas cavilaciones estaba Winthrop cuando el hecho ocurrió.
En Yale apareció un extenso artículo sobre la enseñanza universitaria de la literatura y de la lengua de los anglosajones. Al pie de la última página se leían las transparentes iniciales E.E. y, como para alejar cualquier duda, el nombre de Texas. El artículo, redactado en un correcto inglés de extranjero, no se permitía la menor incivilidad, pero encerraba cierta violencia. Argüía que iniciar aquel estudio por la Gesta de Beowulf, obra de fecha arcaica pero de estilo pseudo virgiliano y retórico, era no menos arbitrario que iniciar el estudio del inglés por los intrincados versos de Milton. Aconsejaba una inversión del orden cronológico: empezar por la Sepultura del siglo once que deja traslucir el idioma actual, y luego retroceder hasta los orígenes. En lo que a Beowulf se refiere, bastaba con algún fragmento extraído del tedioso conjunto de tres mil líneas; por ejemplo los ritos funerarios de Scyld, que vuelve al mar y vino del mar. No se mencionaba una sola vez el nombre de Winthrop, pero éste se sintió persistentemente agredido. Tal circunstancia le importaba menos que el hecho de que impugnaran su método pedagógico.
Faltaban pocos días. Winthrop quería ser justo y no podía permitir que el escrito de Einarsson, ya releído y comentado por muchos, influyera en su decisión. Ésta le dio no poco trabajo. Cierta mañana, Winthrop conversó con su jefe; esa misma tarde Einarsson recibió el encargo oficial de viajar a Wisconsin.
La víspera del diecinueve de marzo, día de la partida, Einarsson se presentó en el despacho de Ezra Winthrop. Venía a despedirse y a agradecerle. Una de las ventanas daba a una calle arbolada y oblicua y los rodeaban anaqueles de libros; Einarsson no tardó en reconocer la primera edición de la Edda Islandorum, encuadernada en pergamino. Winthrop contestó que sabía que el otro desempeñaría bien su misión y que no tenía nada que agradecerle. El diálogo si no me engaño fue largo.
—Hablemos con franqueza —dijo Einarsson—. No hay perro en la Universidad que no sepa que si el doctor Lee Rosenthal, nuestro jefe, me honra con la misión de representarnos, obra por consejo de usted. Trataré de no defraudarlo. Soy un buen germanista; la lengua de mi infancia es la de las sagas y pronuncio el anglosajón mejor que mis colegas británicos. Mis estudiantes dicen cyning, no cunning. Saben también que les está absolutamente prohibido fumar en clase y que no pueden presentarse disfrazados de hippies. En cuanto a mi frustrado rival, sería de pésimo gusto que yo lo criticara; sobre la Kenning demuestra no sólo el examen de las fuentes originales, sino de los pertinentes trabajos de Meissner y de Marquardt. Dejemos esas fruslerías. Yo le debo a usted, doctor Winthrop, una explicación personal. Dejé mi patria a fines de 1967. Cuando alguien se resuelve a emigrar a un país lejano, se impone fatalmente la obligación de adelantar en ese país. Mis dos opúsculos iniciales, de índole estrictamente filológica, no respondían a otro fin que probar mi capacidad. Ello, evidentemente, no bastaba. Siempre me había interesado la balada de Maldon que puedo repetir de memoria, con uno que otro bache. Logré que las autoridades de Yale publicaran mi edición crítica. La balada registra, como usted sabe, una victoria escandinava, pero en cuanto al concepto de que influyó en las ulteriores sagas de Islandia, lo juzgo inadmisible y absurdo. Lo incluí para halagar a los lectores de habla inglesa.
»Arribo ahora a lo esencial: mi nota polémica del Yale Monthly. Como usted no ignora, justifica, o quiere justificar, mi sistema, pero deliberadamente exagera los inconvenientes del suyo, que, a trueque de imponer a los alumnos el tedio de tres mil intrincados versos consecutivos que narran una historia confusa, los dota de un copioso vocabulario que les permitirá gozar, si no han desertado, del corpus de las letras anglosajonas. Ir a Wisconsin era mi verdadero propósito. Usted y yo, mi querido amigo, sabemos que los congresos son tonterías, que ocasionan gastos inútiles, pero que pueden convenir a un curriculum.
Winthrop lo miró con sorpresa. Era inteligente, pero propendía a tomar en serio las cosas, incluso los congresos y el universo, que bien puede ser una broma cósmica. Einarsson prosiguió:
—Usted recordará tal vez nuestro primer diálogo. Yo había llegado de New York. Era un día domingo; el comedor de la Universidad estaba cerrado y fuimos a almorzar al Nighthawk. Fue entonces cuando aprendí muchas cosas. Como buen europeo, yo siempre había presupuesto que la Guerra Civil fue una cruzada contra los esclavistas; usted argumentó que el Sur estaba en su derecho al querer separarse de la Unión y mantener sus instituciones. Para dar mayor fuerza a lo que afirmaba, me dijo que usted era del Norte y que uno de sus mayores había militado en las filas de Henry Halleck. Ponderó asimismo el coraje de los confederados. A diferencia de los demás, yo sé casi inmediatamente quién es el otro. Esta mañana me bastó. Comprendí, mi querido Winthrop, que a usted lo rige la curiosa pasión americana de la imparcialidad. Quiere, ante todo, ser fairminded. Precisamente por ser hombre del Norte, trató de comprender y justificar la causa del Sur. En cuanto supe que mi viaje a Wisconsin dependía de unas palabras suyas a Rosenthal, resolví aprovechar mi pequeño descubrimiento. Comprendí que impugnar la metodología que usted siempre observa en la cátedra era el medio más eficaz de obtener su voto. Redacté en el acto mi tesis. Los hábitos del Monthly me obligaron al uso de iniciales, pero hice todo lo posible para que no quedara la menor duda sobre la identidad del autor. La confié incluso a muchos colegas.
Hubo un largo silencio. Winthrop fue el primero en romperlo.
—Ahora comprendo —dijo—. Yo soy viejo amigo de Herbert, cuya labor estimo; usted, directa o indirectamente, me atacó. Negarle mi voto hubiera sido una suerte de represalia. Confronté los méritos de los dos y el resultado fue el que usted sabe.
Agregó, como si pensara en voz alta:
—He cedido tal vez a la vanidad de no ser vengativo. Como usted ve, su estratagema no le falló.
—Estratagema es la palabra justa —replicó Einarsson—, pero no me arrepiento de lo que hice. Actuaré del modo mejor para nuestra casa de estudios. Por lo demás yo había resuelto ir a Wisconsin.
—Mi primer Viking —dijo Winthrop y lo miró en los ojos.
—Otra superstición romántica. No basta ser escandinavo para descender de los Vikings. Mis padres fueron buenos pastores de la iglesia evangélica; a principios del siglo diez, mis mayores fueron acaso buenos sacerdotes de Thor. En mi familia no hubo, que yo sepa, gente de mar.
—En la mía hubo muchos —contestó Winthrop—. Sin embargo, no somos tan distintos. Un pecado nos une: la vanidad. Usted me ha visitado para jactarse de su ingeniosa estratagema; yo lo apoyé para jactarme de ser un hombre recto.
—Otra cosa nos une —respondió Einarsson—. La nacionalidad. Soy ciudadano americano. Mi destino está aquí, no en la Última Thule. Usted dirá que un pasaporte no modifica la índole de un hombre.
Se estrecharon la mano y se despidieron.

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Avelino Arredondo

Archivado en Jorge Luis Borges • Fecha: 20-09-2005 15:17:03

El hecho aconteció en Montevideo, en 1897.
Cada sábado los amigos ocupaban la misma mesa lateral en el Café del Globo, a la manera de los pobres decentes que saben que no pueden mostrar su casa o que rehúyen su ámbito. Eran todos montevideanos; al principio les había costado amistarse con Arredondo, hombre de tierra adentro, que no se permitía confidencias ni hacía preguntas. Contaba poco más de veinte años; era flaco y moreno, más bien bajo y tal vez algo torpe. La cara habría sido casi anónima, si no la hubieran rescatado los ojos, a la vez dormidos y enérgicos. Dependiente de una mercería de la calle Buenos Aires, estudiaba Derecho a ratos perdidos. Cuando los otros condenaban la guerra que asolaba el país y que, según era opinión general, el presidente prolongaba por razones indignas, Arredondo se quedaba callado. También se quedaba callado cuando se burlaban de él por tacaño.
Poco después de la batalla de Cerros Blancos, Arredondo dijo a los compañeros que no lo verían por un tiempo, ya que tenía que irse a Mercedes. La noticia no inquietó a nadie. Alguien le dijo que tuviera cuidado con el gauchaje de Aparicio Saravia; Arredondo respondió, con una sonrisa, que no les tenía miedo a los blancos. El otro, que se había afiliado al partido, no dijo nada.
Más le costó decirle adiós a Clara, su novia. Lo hizo casi con las mismas palabras. Le previno que no esperara cartas, porque estaría muy atareado. Clara, que no tenía costumbre de escribir, aceptó el agregado sin protestar. Los dos se querían mucho.
Arredondo vivía en las afueras. Lo atendía una parda que llevaba el mismo apellido porque sus mayores habían sido esclavos de la familia en tiempo de la Guerra Grande. Era una mujer de toda confianza; le ordenó que dijera a cualquier persona que lo buscara que él estaba en el campo. Ya había cobrado su último sueldo en la mercería.
Se mudó a una pieza del fondo, la que daba al patio de tierra. La medida era inútil, pero lo ayudaba a iniciar esa reclusión que su voluntad le imponía.
Desde la angosta cama de fierro, en la que fue recuperando su hábito de sestear, miraba con alguna tristeza un anaquel vacío. Había vendido todos sus libros, incluso los de introducción al Derecho. No le quedaba más que una Biblia, que nunca había leído y que no concluyó.
La cursó página por página, a veces con interés y a veces con tedio, y se impuso el deber de aprender de memoria algún capítulo del Éxodo y el final del Ecclesiastés. No trataba de entender lo que iba leyendo. Era librepensador, pero no dejaba pasar una sola noche sin repetir el padrenuestro que le había prometido a su madre al venir a Montevideo. Faltar a esa promesa filial podría traerle mala suerte.
Sabía que su meta era la mañana del día veinticinco de agosto. Sabía el número preciso de días que tenía que trasponer. Una vez lograda la meta, el tiempo cesaría o, mejor dicho, nada importaba lo que aconteciera después. Esperaba la fecha como quien espera una dicha y una liberación. Había parado su reloj para no estar siempre mirándolo, pero todas las noches, al oír las doce campanadas oscuras, arrancaba una hoja del almanaque y pensaba un día menos.
Al principio quiso construir una rutina. Matear, fumar los cigarrillos negros que armaba, leer y repasar una determinada cuota de páginas, tratar de conversar con Clementina cuando ésta le traía la comida en una bandeja, repetir y adornar cierto discurso antes de apagar la candela. Hablar con Clementina, mujer ya entrada en años, no era muy fácil, porque su memoria había quedado detenida en el campo y en lo cotidiano del campo.
Disponía asimismo de un tablero de ajedrez en el que jugaba partidas desordenadas que no acertaban con el fin. Le faltaba una torre que solía suplir con una bala o con un vintén.
Para poblar el tiempo, Arredondo se hacía la pieza cada mañana con un trapo y con un escobillón y perseguía a las arañas. A la parda no le gustaba que se rebajara a esos menesteres, que eran de su gobierno y que, por lo demás, él no sabía desempeñar.
Hubiera preferido recordarse con el sol ya bien alto, pero la costumbre de hacerlo cuando clareaba pudo más que su voluntad. Extrañaba muchísimo a sus amigos y sabía sin amargura que éstos no lo extrañaban, dada su invencible reserva. Una tarde preguntó por él uno de ellos y lo despacharon desde el zaguán. La parda no lo conocía; Arredondo nunca supo quién era. Ávido lector de periódicos, le costó renunciar a esos museos de minucias efímeras. No era hombre de pensar ni de cavilar.
Sus días y sus noches eran iguales, pero le pesaban más los domingos.
A mediados de julio conjeturó que había cometido un error al parcelar el tiempo, que de cualquier modo nos lleva. Entonces dejó errar su imaginación por la dilatada tierra oriental, hoy ensangrentada, por los quebrados campos de Santa Irene, donde había remontado cometas, por cierto petiso tubiano, que ya habría muerto, por el polvo que levanta la hacienda, cuando la arrean los troperos, por la diligencia cansada que venía cada mes desde Fray Bentos con su carga de baratijas, por la bahía de La Agraciada, donde desembarcaron los Treinta y Tres, por el Hervidero, por cuchillas, montes y ríos, por el Cerro que había escalado hasta la farola, pensando que en las dos bandas del Plata no hay otro igual. Del cerro de la bahía pasó una vez al cerro del escudo y se quedó dormido.
Cada noche la virazón traía la frescura, propicia al sueño. Nunca se desveló.
Quería plenamente a su novia, pero se había dicho que un hombre no debe pensar en mujeres, sobre todo cuando le faltan. El campo lo había acostumbrado a la castidad. En cuanto al otro asunto... trataba de pensar lo menos posible en el hombre que odiaba.
El ruido de la lluvia en la azotea lo acompañaba.
Para el encarcelado o el ciego, el tiempo fluye aguas abajo, como por una leve pendiente. Al promediar su reclusión Arredondo logró más de una vez ese tiempo casi sin tiempo. En el primer patio había un aljibe con un sapo en el fondo; nunca se le ocurrió pensar que el tiempo del sapo, que linda con la eternidad, era lo que buscaba.
Cuando la fecha no estaba lejos, empezó otra vez la impaciencia. Una noche no pudo más y salió a la calle. Todo le pareció distinto y más grande. Al doblar una esquina, vio una luz y entró en un almacén. Para justificar su presencia, pidió una caña amarga. Acodados contra el mostrador de madera conversaban unos soldados. Dijo uno de ellos:
—Ustedes saben que está formalmente prohibido que se den noticias de las batallas. Ayer tarde nos ocurrió una cosa que los va a divertir. Yo y unos compañeros de cuartel pasamos frente a La Razón. Oímos desde afuera una voz que contravenía la orden. Sin perder tiempo entramos. La redacción estaba como boca de lobo, pero lo quemamos a balazos al que seguía hablando. Cuando se calló, lo buscamos para sacarlo por las patas, pero vimos que era una máquina que le dicen fonógrafo y que habla sola.
Todos se rieron.
Arredondo se había quedado escuchando. El soldado le dijo:
—¿Qué le parece el chasco, aparcero?
Arredondo guardó silencio. El del uniforme le acercó la cara y le dijo:
—Gritá en seguida: ¡Viva el Presidente de la Nación, Juan Idiarte Borda!
Arredondo no desobedeció. Entre aplausos burlones ganó la puerta. Ya en la calle lo golpeó una última injuria.
—El miedo no es sonso ni junta rabia.
Se había portado como un cobarde, pero sabía que no lo era. Volvió pausadamente a su casa.
El día veinticinco de agosto, Avelino Arredondo se recordó a las nueve pasadas. Pensó primero en Clara y sólo después en la fecha. Se dijo con alivio: Adiós a la tarea de esperar. Ya estoy en el día.
Se afeitó sin apuro y en el espejo lo enfrentó la cara de siempre. Eligió una corbata colorada y sus mejores prendas. Almorzó tarde. El cielo gris amenazaba llovizna; siempre se lo había imaginado radiante. Lo rozó un dejo de amargura al dejar para siempre la pieza húmeda. En el zaguán se cruzó con la parda y le dio los últimos pesos que le quedaban. En la chapa de la ferretería vio rombos de colores y reflexionó que durante más de dos meses no había pensado en ellos. Se encaminó a la calle de Sarandí. Era día feriado y circulaba muy poca gente.
No habían dado las tres cuando arribó a la Plaza Matriz. El Te Deum ya había concluido; un grupo de caballeros, de militares y de prelados, bajaba por las lentas gradas del templo. A primera vista, los sombreros de copa, algunos aún en la mano, los uniformes, los entorchados, las armas y las túnicas, podían crear la ilusión de que eran muchos; en realidad, no pasarían de una treintena. Arredondo, que no sentía miedo, sintió una suerte de respeto. Preguntó cuál era el presidente. Le contestaron:
-Ése que va al lado del arzobispo con la mitra y el báculo.
Sacó el revólver e hizo fuego.
Idiarte Borda dio unos pasos, cayó de bruces y dijo claramente: Estoy muerto.
Arredondo se entregó a las autoridades. Después declararía:
—Soy colorado y lo digo con todo orgullo. He dado muerte al Presidente, que traicionaba y mancillaba a nuestro partido. Rompí con los amigos y con la novia, para no complicarlos; no miré diarios para que nadie pueda decir que me han incitado. Este acto de justicia me pertenece. Ahora, que me juzguen.
Así habrán ocurrido los hechos, aunque de un modo más complejo; así puedo soñar que ocurrieron.

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El disco

Archivado en Jorge Luis Borges • Fecha: 20-09-2005 15:17:02

Soy leñador. El nombre no importa. La choza en que nací y en la que pronto habré de morir queda al borde del bosque. Del bosque dicen que se alarga hasta el mar que rodea toda la tierra y por el que andan casas de madera iguales a la mía. No sé; nunca lo he visto. Tampoco he visto el otro lado del bosque. Mi hermano mayor, cuando éramos chicos, me hizo jurar que entre los dos talaríamos todo el bosque hasta que no quedara un solo árbol. Mi hermano ha muerto y ahora es otra cosa la que busco y seguiré buscando. Hacia el poniente corre un riacho en el que sé pescar con la mano. En el bosque hay lobos, pero los lobos no me arredran y mi hacha nunca me fue infiel. No he llevado la cuenta de mis años. Sé que son muchos. Mis ojos ya no ven. En la aldea, a la que ya no voy porque me perdería, tengo fama de avaro, pero ¿qué puede haber juntado un leñador del bosque?
Cierro la puerta de mi casa con una piedra para que la nieve no entre. Una tarde oí pasos trabajosos y luego un golpe. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto y viejo, envuelto en una manta raída. Le cruzaba la cara una cicatriz. Los años parecían haberle dado más autoridad que flaqueza, pero noté que le costaba andar sin el apoyo del bastón. Cambiamos unas palabras que no recuerdo. Al fin dijo:
—No tengo hogar y duermo donde puedo. He recorrido toda Sajonia.
Esas palabras convenían a su vejez. Mi padre siempre hablaba de Sajonia; ahora la gente dice Inglaterra.
Yo tenía pan y pescado. No hablamos durante la comida. Empezó a llover. Con unos cueros le armé una yacija en el suelo de tierra, donde murió mi hermano. Al llegar la noche dormimos.
Clareaba el día cuando salimos de la casa. La lluvia había cesado y la tierra estaba cubierta de nieve nueva. Se le cayó el bastón y me ordenó que lo levantara.
—¿Por qué he de obedecerte? —le dije.
—Porque soy un rey —contestó.
Lo creí loco. Recogí el bastón y se lo di.
Habló con una voz distinta.
—Soy rey de los Secgens. Muchas veces los llevé a la victoria en la dura batalla, pero en la hora del destino perdí mi reino. Mi nombre es Isern y soy de la estirpe de Odín.
—Yo no venero a Odín —le contesté—. Yo venero a Cristo.
Como si no me oyera continuó:
—Ando por los caminos del destierro pero aún soy el rey porque tengo el disco. ¿Quieres verlo?
Abrió la palma de la mano que era huesuda. No había nada en la mano. Estaba vacía. Fue sólo entonces que advertí que siempre la había tenido cerrada.
Dijo, mirándome con fijeza:
—Puedes tocarlo.
Ya con algún recelo puse la punta de los dedos sobre la palma. Sentí una cosa fría y vi un brillo. La mano se cerró bruscamente. No dije nada. El otro continuó con paciencia como si hablara con un niño:
—Es el disco de Odín. Tiene un solo lado. En la tierra no hay otra cosa que tenga un solo lado. Mientras esté en mi mano seré el rey.
—¿Es de oro? —le dije.
—No sé. Es el disco de Odín y tiene un solo lado.
Entonces yo sentí la codicia de poseer el disco. Si fuera mío, lo podría vender por una barra de oro y sería un rey.
Le dije al vagabundo que aún odio:
—En la choza tengo escondido un cofre de monedas. Son de oro y brillan como el hacha. Si me das el disco de Odín, yo te doy el cofre.
Dijo tercamente.
—No quiero.
—Entonces —dije— puedes proseguir tu camino.
Me dio la espalda. Un hachazo en la nuca bastó y sobró para que vacilara y cayera, pero al caer abrió la mano y en el aire vi el brillo. Marqué bien el lugar con el hacha y arrastré el muerto hasta el arroyo que estaba muy crecido. Ahí lo tiré.
Al volver a mi casa busqué el disco. No lo encontré. Hace años que sigo buscando.

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El libro de arena

Archivado en Jorge Luis Borges • Fecha: 20-09-2005 15:17:01

... thy rope of sands...
George Herbert (1593-1623)

La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes... No, decididamente no es éste, more geometrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.
Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.
Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.
—Vendo biblias —me dijo.
No sin pedantería le contesté:
—En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.
Al cabo de un silencio me contestó.
—No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.
Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.
—Será del siglo diecinueve —observé.
—No sé. No lo he sabido nunca —fue la respuesta.
Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.
Fue entonces que el desconocido me dijo:
—Mírela bien. Ya no la verá nunca más.
Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.
Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:
—Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?
—No —me replicó.
Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:
—Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.
Me pidió que buscara la primera hoja.
Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.
—Ahora busque el final.
También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:
—Esto no puede ser.
Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:
—No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita admiten cualquier número.
Después, como si pensara en voz alta:
—Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.
Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:
—¿Usted es religioso, sin duda?
—Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico.
Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.
—Y de Robbie Burns —corrigió.
Mientras hablábamos yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:
—¿Usted se propone ofrecer este curioso espécimen al Museo Británico?
—No. Se lo ofrezco a usted —me replicó, y fijó una suma elevada.
Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.
—Le propongo un canje —le dije—. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.
—A black letter Wiclif! —murmuró.
Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo.
—Trato hecho —me dijo.
Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.
Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.
Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descabalados de Las mil y una noches.
Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. El ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.
No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía. Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.
Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.
Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.
Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.
Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.

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Epílogo

Archivado en Jorge Luis Borges • Fecha: 20-09-2005 15:17:00

Prologar cuentos no leídos aún es tarea casi imposible, ya que exige el análisis de tramas que no conviene anticipar. Prefiero por consiguiente un epílogo.
El relato inicial retoma el viejo tema del doble, que movió tantas veces la siempre afortunada pluma de Stevenson. En Inglaterra su nombre es fetch o, de manera más libresca, wraith of the living; en Alemania, Doppelgaenger. Sospecho que uno de sus primeros apodos fue el de alter ego. Esta aparición espectral habrá procedido de los espejos del metal o del agua, o simplemente de la memoria, que hace de cada cual un espectador y un actor. Mi deber era conseguir que los interlocutores fueran lo bastante distintos para ser dos y lo bastante parecidos para ser uno. ¿Valdrá la pena declarar que concebí la historia a orillas del río Charles, en New England, cuyo frío curso me recordó el lejano curso del Ródano?
El tema del amor es harto común en mis versos; no así en mi prosa, que no guarda otro ejemplo que Ulrica. Los lectores advertirán su afinidad con El Otro. El Congreso es quizá la más ambiciosa de las fábulas de este libro; su tema es una empresa tan vasta que se confunde al fin con el cosmos y con la suma de los días. El opaco principio quiere imitar el de las ficciones de Kafka; el fin quiere elevarse, sin duda en vano, a los éxtasis de Chesterton o de John Bunyan. No he merecido nunca semejante revelación, pero he procurado soñarla. En su decurso he entretejido, según es mi hábito, rasgos autobiográficos.
El destino que, según es fama, es inescrutable, no me dejó en paz hasta que perpetré un cuento póstumo de Lovecraft, escritor que siempre he juzgado un parodista involuntario de Poe. Acabé por ceder; el lamentable fruto se titula There Are More Things.
La Secta de los Treinta rescata, sin el menor apoyo documental, la historia de una herejía posible.
La noche de los dones es tal vez el relato más inocente, más violento y más exaltado que ofrece este volumen.
La biblioteca de Babel (1941) imagina un número infinito de libros; Undr y El espejo y la máscara, literaturas seculares que constan de una sola palabra.
Utopía de un hombre que está cansado, es, a mi juicio, la pieza más honesta y melancólica de la serie.
Siempre me ha sorprendido la obsesión ética de los americanos del Norte; El soborno quiere reflejar ese rasgo.
Pese a John Felton, a Charlotte Corday, a la conocida opinión de Rivera Indarte ("Es acción santa matar a Rosas") y al Himno Nacional Uruguayo ("Si tiranos, de Bruto el puñal") no apruebo el asesinato político. Sea lo que fuere, los lectores del solitario crimen de Arredondo querrán saber el fin. Luis Melián Lafinur pidió su absolución, pero los jueces Carlos Fein y Cristóbal Salvañac lo condenaron a un mes de reclusión celular y a cinco años de cárcel. Una de las calles de Montevideo lleva ahora su nombre.
Dos objetos adversos e inconcebibles son la materia de los últimos cuentos. El disco es el círculo euclidiano, que admite solamente una cara; El libro de arena, un volumen de incalculables hojas.
Espero que las notas apresuradas que acabo de dictar no agoten este libro y que sus sueños sigan ramificándose en la hospitalaria imaginación de quienes ahora lo cierran.
J.L.B.
Buenos Aires, 3 de febrero de 1975

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Carta a Vicki

Archivado en Rodolfo Walsh • Fecha: 20-09-2005 01:47:37

1/10. Querida Vicki.

La noticia de tu muerte me llegó hoy a las tres de la tarde. Estábamos en reunión…cuando empezaron a transmitir el comunicado. Escuché tu nombre, mal pronunciado, y tardé un segundo en asimilarlo. Maquinalmente empecé a santiguarme como cuando era chico. No terminé ese gesto. El mundo estuvo parado ese segundo. Después les dije a Mariana y a Pablo: -Era mi hija. Suspendí la reunión. Estoy aturdido. Muchas veces lo temía. Pensaba que era excesiva suerte, no ser golpeado, cuando tantos otros son golpeados.

Si, tuve miedo por vos, como vos tuviste miedo por mí, aunque no lo decíamos. Ahora el miedo es aflicción. Se muy bien por qué cosas has vivido, combatido. Estoy orgulloso de esas cosas.

Me quisiste, te quise. El día que te mataron cumpliste 26 años. Los últimos fueron muy duros para vos. Me gustaría verte sonreír una vez más. No podré despedirme, vos sabés por qué.

Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizá te envidio, querida mía.

5/10. Hablé con tu mamá. Está orgullosa en su dolor, segura de haber entendido tu corta, dura, maravillosa vida. Anoche tuve una pesadilla torrencial, en la que había una columna de fuego, poderosa pero contenida en sus límites, que brotaba de alguna profundidad.

Hoy en el tren un hombre decía: -Sufro mucho. Quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un año. Hablaba por él, pero también por mí.

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13/10 (Carta a Emiliano Costa, yerno de Rodolfo Walsh, en ese momento detenido).

Archivado en Rodolfo Walsh • Fecha: 20-09-2005 01:45:15

Emiliano:

Al morir Vicki, la niña quedó en manos del Ejército. Después se la dieron a tu padre. Vicki quería que estuviera con nosotros. Hoy eso no parece posible sin desatar un conflicto familiar cuyas proyecciones son difíciles de calcular.

En consecuencia estamos proponiendo a tu padre un acuerdo que sin modificar esa situación de hecho, reconozca a los familiares de Vicki que son los que antes de su muerte tuvieron mayor trato con la niña –y por lo tanto se encariñaron más con ella- el derecho a verla y a retirarla dos días a la semana. Yo garantizo que ese acuerdo se cumpla.

De este modo podría ver a la niña regularmente, la memoria de la madre no le sería borrada y aquellos que la quieren podrían seguir viéndola.

Como por un lado temo que tu familia pueda oponer reparos, y por otro estimo que tu opinión es la que más puede pesar en la solución del problema, te escribo para pedirte que me apoyes en esta proposición. Por lo demás, te acompaño en tu dolor como se que me acompañás en el mío.

Te mando esta carta por dos vías. Una de ellas es tu padre, que está autorizado a leerla.

Espero tu respuesta. Un abrazo. CAPITAN.

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CARTA A MIS AMIGOS

Archivado en Rodolfo Walsh • Fecha: 20-09-2005 01:38:10

Hoy se cumplen tres meses de la muerte de mi hija, María Victoria, después de un combate con las fuerzas del Ejército. Se que la mayoría de aquellos que la conocieron la lloraron. Otros que han sido mis amigos o me han conocido de lejos, hubieran querido hacerme llegar una voz de consuelo. Me dirijo a ellos para agradecerles, pero también para explicarles cómo murió Vicki y por qué murió.

El comunicado del Ejército que publicaron los diarios no difiere demasiado, en esta oportunidad, de los hechos. Efectivamente, Vicki era Oficial 2° de la organización Montoneros, responsable de la prensa sindical, y su nombre de guerra era Hilda. Efectivamente estaba reunida ese día con cuatro miembros de la Secretaría Política que combatieron y murieron con ella.

La forma en la que ingresó a Montoneros no la conozco en detalle. A la edad de 22 años, edad de su probable ingreso, se distinguía por sus decisiones firmes y claras. Por esa época comenzó a trabajar en el diario La Opinión y en un tiempo muy breve se convirtió en periodista.

El periodismo en sí no le interesaba. Sus compañeros la eligieron delegada sindical. Como tal debió enfrentar en un conflicto difícil al director del diario, Jacobo Timerman, a quien despreciaba profundamente. El conflicto se perdió y cuando Timerman empezó a denunciar como guerrilleros a sus propios periodistas, ella pidió licencia y no volvió más.

Fue a militar a una villa miseria. Era su primer contacto con al pobreza extrema en cuyo nombre combatía. Salió de esa experiencia convertida a un ascetismo que impresionaba. Su marido, Emiliano Costa, fue detenido a principios de 1975 y no lo vio más. La hija de ambos nació poco después.

El último año de mi hija fue muy duro. El sentido del deber la llevó a relegar toda gratificación individual, a empeñarse mucho más allá de sus fuerzas físicas. Como tantos muchachos que repentinamente se volvieron adultos, anduvo a los saltos, huyendo de casa en casa. No se quejaba. Sólo su sonrisa se volvía un poco más desvaída.

En las últimas semanas varios de sus compañeros fueron muertos; no pudo detenerse a llorarlos. La embargaba una terrible urgencia por crear medios de comunicación en el frente sindical, que era su responsabilidad. Nos veíamos una vez por semana; cada quince días. Eran entrevistas cortas, caminando por la calle, quizás diez minutos en el banco de una plaza. Hacíamos planes para vivir juntos, para tener una casa donde hablar, recordar, estar juntos en silencio. Presentíamos, sin embargo, que eso no iba a ocurrir, que uno de esos fugaces encuentros iba a ser el último, y nos despedíamos simulando valor, consolándonos de la anticipada pérdida.

Mi hija estaba dispuesta a no entregarse con vida. Era una decisión madurada, razonada. Conocía, por infinidad de testimonios, el trato que dispensan los militares y marinos a quienes tienen la desgracia de caer prisioneros; el despellejamiento en vida, la mutilación de los miembros, la tortura sin límites en el tiempo ni en el método, que procura al mismo tiempo la degradación moral y la delación.

Sabía perfectamente que en una guerra de esas características, el pecado no era hablar, sino caer. Llevaba siempre encima una pastilla de cianuro – la misma con que se mató nuestro amigo Paco Urondo- con la que tantos otros habían obtenido una victoria sobre la barbarie.

El 28 de setiembre, cuando entró en la casa de la calle Corro, cumplía 26 años. Llevaba en brazos a su hija porque a último momento no encontró con quien dejarla. Se acostó con ella, en camisón. Usaba unos absurdos camisones blancos que siempre le quedaban grandes.

A las 7 del 29 la despertaron los altavoces del Ejército, los primeros tiros. Siguiendo el plan de defensa acordado, subió a la terraza con el Secretario Político Molina, mientras Coronel, Salame y Beltrán respondían al fuego desde la planta baja. He visto la escena con sus ojos: la terraza sobre las casa bajas, el cielo amaneciendo, y el cerco. El cerco de 150 hombres, los FAP emplazados, el tanque.

Me ha llegado el testimonio de uno de esos hombres, un conscripto: -El combate duró más de una hora y media. Un hombre y una muchacha tiraban de arriba. Nos llamó la atención la muchacha, porque cada vez que tiraba una ráfaga y nosotros nos zambullíamos, ella se reía.

He tratado de entender esa risa. La metralleta era una Halcón y mi hija nunca había tirado con ella aunque conociera su manejo por las clases de instrucción. Las cosas nuevas, sorprendentes, siempre la hicieron reír. Sin duda era nuevo y sorprendente para ella que ante una simple pulsación del dedo brotara una ráfaga y que ante esa ráfaga 150 hombres se zambulleran sobre los adoquines empezando por el coronel Roualdes, jefe del operativo.

A los camiones y el tanque se sumó un helicóptero que giraba alrededor de la terraza, contenido por el fuego. -De pronto – dice el soldado- hubo un silencio. La muchacha dejó la metralleta, se asomó de pie sobre el parapeto y abrió los brazos. Dejamos de tirar sin que nadie lo ordenara y pudimos verla bien. Era flaquita, tenía el pelo corto y estaba en camisón. Empezó a hablarnos en voz alta pero muy tranquila. No recuerdo todo lo que dijo. Pero recuerdo la última frase; en realidad no me deja dormir. -Ustedes no nos matan – dijo- nosotros elegimos morir. Entonces ella y el hombre se llevaron una pistola a la sien y se mataron frente a todos nosotros.

Abajo ya no había resistencia. El coronel abrió la puerta y tiró una granada. Después entraron los oficiales. Encontraron una nena de algo más de un año, sentadita en una cama, y cinco cadáveres.

En el tiempo transcurrido he reflexionado sobre esa muerte. Me he preguntado si mi hija, si todos los que mueren como ella, tenían otro camino. La respuesta brota desde lo más profundo de mi corazón y quiero que mis amigos la conozcan. Vicki pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado. Su lúcida muerte es una síntesis de su corta, hermosa vida. No vivió para ella, vivió para otros, y esos otros son millones.

Su muerte sí, su muerte fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy quien renace en ella. Esto es lo quería decir a mis amigos y lo que desearía que ellos transmitieran a otros por los medios que su bondad les dicte.

Rodolfo Walsh

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EL ALEPH, JORGE LUIS BORGES

Archivado en General • Fecha: 20-09-2005 01:12:28

O God, I could be bounded in a nutshell and count myself a King of infinite space.
Hamlet, II, 2.

But they will teach us that Eternity is the Standing still of the Present Time, a Nuncstans (as the Schools call it); which neither they, nor any else understand, no more than they would a Hicstans for a infinite greatnesse of Place.
Leviathan, IV, 46

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación. Consideré que el 30 de abril era su cumpleaños; visitar ese día la casa la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias de sus muchos retratos, Beatriz Viterbo, de perfil, en colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la primera comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo; la mano en el mentón... No estaría obligado, como otras veces, a justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros: libros cuyas páginas, finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que estaban intactos.
Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces no dejé pasar un 30 de abril sin volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 1933, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 1934, aparecí, ya dadas las ocho con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me quedé a comer. Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí gradualmente confidencias de Carlos Argentino Daneri.
Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada: había en su andar (si el oximoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis; Carlos Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé qué cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es autoritario, pero también es ineficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las noches y las fiestas para no salir de su casa. A dos generaciones de distancia, la ese italiana y la copiosa gesticulación italiana sobreviven en él. Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos. Tiene (como Beatriz)grandes y afiladas manos hermosas. Durante algunos meses padeció la obsesión de Paul Fort, menos por sus baladas que por la idea de una gloria intachable. "Es el Príncipe de los poetas en Francia", repetía con fatuidad. "En vano te revolverás contra él; no lo alcanzará, no, la más inficionada de tus saetas."
El 30 de abril de 1941 me permití agregar al alfajor una botella de coñac del país. Carlos Argentino lo probó, lo juzgó interesante y emprendió, al cabo de unas copas, una vindicación del hombre moderno
- Lo evoco - dijo con una admiración algo inexplicable - en su gabinete de estudio, como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de teléfonos, de telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos, de linternas mágicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines...
Observó que para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil; nuestro siglo XX había transformado la fábula de Mahoma y de la montaña; las montañas, ahora convergían sobre el moderno Mahoma.
Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije que por qué no las escribía. Previsiblemente respondió que ya lo había hecho: esos conceptos, y otros no menos novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto Prologal o simplemente Canto-Prólogo de un poema en el que trabajaba hacía muchos años, sin réclame, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyado en esos dos báculos que se llaman el trabajo y la soledad. Primero abría las compuertas a la imaginación; luego hacía uso de la lima. El poema se titulaba La Tierra; tratábase de una descripción del planeta, en la que no faltaban, por cierto, la pintoresca digresión y el gallardo apóstrofe.
Le rogué que me leyera un pasaje, aunque fuera bre- ve. Abrió un cajón del escritorio, sacó un alto legajo de hojas de block estampadas con el membrete de la Biblioteca Juan Crisóstomo Lafinur y leyó con sonora satisfacción.
He visto, como el griego, las urbes de los hombres,
Los trabajos, los días de varia luz, el hambre;
No corrijo los hechos, no falseo los nombres,
Pero el voyage que narro, es... autour de ma chambre.
Estrofa a todas luces interesante - dictaminó -. El primer verso granjea el aplauso del catedrático, del académico, del helenista, cuando no de los eruditos a la violeta, sector considerable de la opinión; el segundo pasa de Homero a Hesíodo (todo un implícito homenaje, en el frontis del flamante edificio, al padre de la poesía didáctica), no sin remozar un procedimiento cuyo abolengo está en la Escritura, la enumeración, congerie o conglobación; el tercero - ¿barroquismo, decadentismo, culto depurado y fanático de la forma? - consta de dos hemistiquios gemelos; el cuarto francamente bilingüe, me asegura el apoyo incondicional de todo espíritu sensible a los desenfados envites de la facecia. Nada diré de la rima rara ni de la ilustración que me permite ¡sin pedantismo!acumular en cuatro versos tres alusiones eruditas que abarcan treinta siglos e apretada literatura: la primera a la Odisea, la segunda a los Trabajos y días, la tercera a la bagatela inmortal que nos depararan los ocios de la pluma del saboyano...Comprendo una vez más que el arte moderno exige el bálsamo de la risa, el scherzo. ¡Decididamente, tiene la palabra Goldoni!
Otras muchas estrofas me leyó que también obtuvieron su aprobación y su comentario profuso; nada memorable había en ella; ni siquiera la juzgué mucho peores que la anterior. En su escritura habían colaborado la aplicación, la resignación y el azar; las virtudes que Daneri les atribuía eran posteriores. Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo modificaba la obra para él, pero no para otro. La dicción oral de Daneri era extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces, transmitir esa extravagancia al poema (1 ).
Una sola vez en mi vida he tenido la ocasión de examinar los quince mil dodecasílabos del Polyolbion, esa epopeya topográfica en la que Michael Drayton registró la fauna, la flora, la hidrografía, la orografía, la historia militar y monástica de Inglaterra; estoy seguro de que ese producto considerable, pero limitado, es menos tedioso que la vasta empresa congénere de Carlos Argentino. Éste se proponía versificar toda la redondez del planeta; en 1941 ya había despachado unas hectáreas del estado de Queensland, más de un kilómetro del curso del Ob, un gasómetro al Norte de Veracruz, las principales casas de comercio de la parroquia de la Concepción, la quinta de Mariana Cambaceres de Alvear en la calla Once de Setiembre, en Belgrano, y un establecimiento de baños turcos no lejos del acreditado acuario de Brighton. Me leyó ciertos laboriosos pasajes de la zona australiana de su poema; esos largos e informes alejandrinos carecían de la relativa agitación del prefacio. Copio una estrofa (2):
Sepan. A manderecha del poste rutinario,
(Viniendo, claro está, desde el Nornoroeste)
Se aburre una osamenta - ¿Color? Blanquiceleste -
Que da al corral de ovejas catadura de osario.
- ¡Dos audacias - gritó con exultación - rescatadas, te oigo mascullar, por el éxito! Lo admito, lo admito. Una, el epíteto rutinario, que certeramente denuncia, en passant, el inevitable tedio inherente a las faenas pastoriles y agrícolas, tedio que ni las geórgicas ni nuestro ya laureado Don Segundo se atrevieron jamás a denunciar así, al rojo vivo. Otra, el enérgico prosaísmo se aburre una osamenta, que el melindroso querrá excomulgar con horror, pero que apreciará más que su vida el crítico de gusto viril. Todo el verso, por lo demás, es de muy subidos quilates. El segundo hemistiquio entabla animadísima charla con el lector, se adelanta a su viva curiosidad, le pone una pregunta en la boca y la satisface... al instante. ¿Y qué me dices de ese hallazgo blanquiceleste? El pintoresco neologismo sugiere el cielo, que es un factor importantísimo del paisaje australiano. Sin esa evocación resultarían demasiado sombrías las tintas del boceto y el lector se vería compelido a cerrar el volumen, herida en lo más íntimo el alma de incurable y negra melancolía.
Hacia la medianoche me despedí.
Dos domingos después, Daneri me llamó por teléfono, entiendo que por primera vez en la vida. Me propuso que nos reuniéramos a las cuatro, "para tomar juntos la leche, en el contiguo salón-bar que el progresismo de Zunino y de Zungri - los propietarios de mi casa, recordarás - inaugura en la esquina; confitería que te importará conocer". Acepté, con más resignación que entusiasmo. Nos fue difícil encontrar mesa; el "salón-bar", inexorablemente moderno, era apenas un poco menos atroz que mis previsiones; en las mesas vecinas el excitado público mencionaba las sumas invertidas sin regatear por Zunino y por Zungri. Carlos Argentino fingió asombrarse de no sé qué primores de la instalación de la luz (que, sin duda, ya conocía) y me dijo con cierta severidad:
- Mal de tu grado habrás de reconocer que este local se parangona con los más encopetados de Flores.
Me releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema. Las había corregido según un depravado principio de ostentación verbal: donde antes escribió azulado, ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería lactario, lacticinoso, lactescente, lechal... Denostó con amargura a los críticos; luego, más benigno, los equiparó a esas personas, "que no disponen de metales preciosos ni tampoco de prensas de vapor, laminadores y ácidos sulfúricos para la acuñación de tesoros, pero que pueden indicar a los otros el sitio de un tesoro". Acto continuo censuró la prologomanía, "de la que ya hizo mofa, en la donosa prefación del Quijote, el Príncipe de los Ingenios". Admitió, sin embargo, que en la portada de la nueva obra convenía el prólogo vistoso, el espaldarazo firmado por el plumífero de garra, de fuste. Agregó que pensaba publicar los cantos iniciales de su poema. Comprendí, entonces, la singular invitación telefónica; el hombre iba a pedirme que prologara su pedantesco fárrago. Mi temor resultó infundado: Carlos Argentino observó, con admiración rencorosa, que no creía errar el epíteto al calificar de sólido el prestigio logrado en todos los círculos por Álvaro Melián Lafinur, hombre de letras, que, si yo me empeñaba, prologaría con embeleso el poema. Para evitar el más imperdonable de los fracasos, yo tenía que hacerme portavoz de dos méritos inconcusos: la perfección formal y el rigor científico, "porque ese dilatado jardín de tropos, de figuras, de galanuras, no tolera un solo detalle que no confirme la severa verdad". Agregó que Beatriz siempre se había distraído con Álvaro.
Asentí, profusamente asentí. Aclaré, para mayor verosimilitud, que no hablaría el lunes con Álvaro, sino el jueves: en la pequeña cena que suele coronar toda reunión del Club de Escritores. (No hay tales cenas, pero es irrefutable que las reuniones tienen lugar los jueves, hecho que Carlos Argentino Daneri podía comprobar en los diarios y que dotaba de cierta realidad a la frase.) Dije, entre adivinatorio y sagaz, que antes de abordar el tema del prólogo describiría el curioso plan de la obra. Nos despedimos; al doblar por Bernardo de Irigoyen, encaré con toda imparcialidad los porvenires que me quedaban: a) hablar con Álvaro y decirle que el primo hermano aquel de Beatriz(ese eufemismo explicativo me permitiría nombrarla) había elaborado un poema que parecía dilatar hasta lo infinito las posibilidades de la cacofonía y del caos; b) no hablar con Álvaro. Preví, lúcidamente, que mi desidia optaría por b.
A partir del viernes a primera hora, empezó a inquietarme el teléfono. Me indignaba que ese instrumento, que algún día produjo la irrecuperable voz de Beatriz, pudiera rebajarse a receptáculo de las inútiles y quizás coléricas quejas de ese engañado Carlos Argentino Daneri. Felizmente nada ocurrió - salvo el rencor inevitable que me inspiró aquel hombre que me había impuesto una delicada gestión y luego me olvidaba.
El teléfono perdió sus terrores, pero a fines de octubre, Carlos Argentino me habló. Estaba agitadísimo; no identifiqué su voz, al principio. Con tristeza y con ira balbuceó que esos ya ilimitados Zunino y Zungri, so pretexto de ampliar su desaforada confitería, iban a demoler su casa.
-¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay! - repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.
No me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detectable del pasaje del tiempo; además se trataba de una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz. Quise aclarar ese delicadísimo rasgo; mi interlocutor no me oyó. Dijo que si Zunino y Zungri persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los demandaría ipso facto por daños y perjuicios y los obligaría a abonar cien mil nacionales.
El nombre de Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros y Tacuarí, es de una seriedad proverbial. Interrogué si éste se había encargado ya del asunto. Daneri dio que le hablaría esa misma tarde. Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.
- Está en el sótano del comedor - explicó, aligerada su dicción por la angustia -. Es mío, es mío; yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.
-¡El Aleph! - repetí.
-Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡El niño no podía comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre burilara el poema! No me despojarán Zunino y Zungri, no y mil veces no. Código en mano, el doctor Zunni probará que es inajenable mi Aleph.
Traté de razonar.
-Pero, ¿no es muy oscuro el sótano?
-La verdad no penetra un entendimiento rebelde. Si todos los lugares de la Tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz.
-Iré a verlo inmediatamente.
Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese momento que Carlos Argentino era un loco. Todos esos Viterbos, por lo demás... Beatriz(yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña de una clarividencia casi implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica. La locura de Carlos Argentino me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos detestado.
En la calle Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. El niño estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías. Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije:
- Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.
Carlos entró poco después. Habló con sequedad; comprendí que no era capaz de otro pensamiento que de la perdición del Aleph.
- Una copita del seudo coñac - ordenó - y te zampuzarás en el sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indis-pensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de la baldosas y fijas los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te quedas solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa! A los pocos minutos ves el Aleph. ¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo!

Ya en el comedor, agregó:
- Claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio... Baja; muy en breve podrás entablar un diálogo con todas las imágenes de Beatriz.
Bajé con rapidez, harto de sus palabras insustanciales. El sótano, apenas más ancho que la escalera, tenía mucho de pozo. Con la mirada, busqué en vano el baúl de que Carlos Argentino me habló. Unos cajones con botellas y unas bolsas de lona entorpecían un ángulo. Carlos tomó una bolsa, la dobló y la acomodó en un sitio preciso.
- La almohada es humildosa - explicó - , pero si la levanto un solo centímetro, no verás ni una pizca y te quedas corrido y avergonzado. Repantiga en el suelo ese corpachón y cuenta diecinueve escalones.
Cumplí con su ridículo requisito; al fin se fue. Cerró cautelosamente la trampa, la oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total. Súbitamente comprendí mi peligro: me había dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba loco tenía que matarme. Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph.
Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato, empieza aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y las circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: La enumeración, si quiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.
Sentí infinita veneración, infinita lástima.
-Tarumba habrás quedado de tanto curiosear donde no te llaman - dijo una voz aborrecida y jovial - . Aunque te devanes los sesos, no me pagarás en un siglo esta revelación. ¡Qué observatorio formidable, che Borges!
Los pies de Carlos Argentino ocupaban el escalón más alto. En la brusca penumbra, acerté a levantarme y a balbucear:
-Formidable. Sí, formidable.
La indiferencia de mi voz me extrañó. Ansioso, Carlos Argentino insistía:
-¿La viste todo bien, en colores?
En ese instante concebí mi venganza. Benévolo, manifiestamente apiadado, nervioso, evasivo, agradecí a Carlos Argentino Daneri la hospitalidad de su sótano y lo insté a aprovechar la demolición de la casa para alejarse de la perniciosa metrópoli que a nadie ¡créame, que a nadie! perdona. Me negué, con suave energía, a discutir el Aleph; lo abracé, al despedirme y le repetí que el campo y la seguridad son dos grandes médicos.
En la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las caras. Temí que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver. Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio me trabajó otra vez el olvido.
Postdata del 1º de marzo de 1943. A los seis meses de la demolición del inmueble de la calle Garay, la Editorial Procusto no se dejó arredrar por la longitud del considerable poema y lanzó al mercado una selección de "trozos argentinos". Huelga repetir lo ocurrido; Carlos Argentino Daneri recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura (3). El primero fue otorgado al doctor Aita; el tercero al doctor Mario Bonfanti; increíblemente mi obra Los naipes del tahúr no logró un solo voto. ¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la envidia! Hace ya mucho tiempo que no consigo ver a Daneri; los diarios dicen que pronto nos dará otro volumen. Su afortunada pluma (no entorpecida ya por el Aleph) se ha consagrado a versificar los epítomes del doctor Acevedo Díaz.
Dos observaciones quiero agregar: una sobre la naturaleza del Aleph; otra, sobre su nombre. Éste, como es sabido, es el de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. Su aplicación al círculo de mi historia no parece casual. Para la Cábala esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad; también se dijo que tiene la forma de un hombre que señala el cielo y la tierra, para indicar que el mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior; para la Mengenlehre, es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes. Yo querría saber: ¿Eligió Carlos Argentino ese nombre, o lo leyó, aplicado a otro punto donde convergen todos los puntos, en alguno de los textos innumerables que el Aleph de su casa le reveló? Por increíble que parezca yo creo que hay (o que hubo) otro Aleph, yo creo que el Aleph de la calle Garay era un falso Aleph.
Doy mis razones. Hacia 1867 el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Henríquez Ureña descubrió en una biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que atribuye el Oriente a Iskandar Zu al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia. En su cristal se reflejaba el universo entero. Burton menciona otros artificios congéneres - la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik Benzeyad encontró en una torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en la Luna (Historia Verdadera, I, 26), la lanza especular que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal de Merlín, "redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio" (The Faerie Queene, III, 2, 19) - , y añade estas curiosas palabras: "Pero los anteriores(además del defecto de no existir) son meros instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en el Cairo, saben muy bien que el universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central... Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor... la mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: En las repúblicas fundadas por nómadas, es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería".
¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.

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El miedo por tevé

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 18-09-2005 00:00:00

Los noticieros amplifican una sensación de inseguridad que no atiende argumentos ni estadísticas.

POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar

En la cortada pintoresca que da a las vías estacionaron los patrulleros; a unos metros, dos hombres comentaban qué estaba pasando. “Quisieron ocupar la última casa de la cuadra. ”Me quedé con ellos, sin suponer lo que venía después: “El año pasado, el que vivía en la casa de enfrente mató a una boliviana que también se había metido para ocupar”. No puedo creer que todos hayamos podido encontrarnos con el asesino en la verdulería, sin saber que era un gatillo fácil espontáneo.

El barrio no se parece en nada a los que tienen alto rating en la crónica policial; no hay casas ocupadas, sólo robos a mano armada sobre la avenida, en la puerta de las decenas de bancos que la bordean. Es uno de esos lugares de Buenos Aires poblado por una clase media irreductible, que no ha caído en picada. Siempre me sentí segura y creo no equivocarme.

Hay diferencias inconmensurables entre los barrios de Buenos Aires: quien dice Soldati o Lugano no está diciendo lo mismo que Caballito o Palermo. Hay abismos entre la ciudad y muchas zonas del Gran Buenos Aires. Eso se llama diferencia social.

Hace poco, escuché al pasar una conversación entre dos mujeres: “Anoche me quedé pensando que alguien podía descolgarse por el balcón del séptimo y entrar en mi departamento”. “¿No podés poner una reja, de esas que se usan para los chicos?” “¿Te parece? Porque si se descuelgan desde arriba, la reja no me sirve de nada.” La señora imaginaba un superhombre araña. Hubiera sido inútil que le dijera que, con frecuencia, llego a ese mismo barrio después de medianoche, en colectivo, que la avenida cercana está iluminada a giorno, con los quioscos abiertos y muchos chicos dando vueltas. La señora vive en un régimen de miedo con bases verdaderas, reforzadas por una sinfonía televisiva que suena fortissimo. En las sociedades modernas, los miedos no provienen sólo de la experiencia, sino de la transmisión de la experiencia de otros, contada con el efecto multiplicador del sensacionalismo.

La señora recuerda su juventud, cuando no cerraba con varias llaves la puerta de su casa, y un asalto era excepcional. Comparada con su propio pasado, la ciudad no es la misma. Pero, ¿es necesario comparar sólo con el pasado? Quienes vivimos en alguna gran ciudad argentina podríamos ensayar otras comparaciones. Si pensamos en Bruselas o Berlín, Buenos Aires o Córdoba son inseguras. Pero tampoco se parecen a decenas de ciudades latinoamericanas donde no se puede viajar en transporte público y en los hoteles advierten a los turistas que no se les ocurra salir a hacer jogging si aman la vida.

Hace tres días, asaltaron a un amigo, y cada uno tiene un amigo asaltado. Se toman rehenes, se los mutila, se mata por unos pocos pesos, el estilo de la delincuencia es brutal. Pero no sólo la Argentina sino el mundo entero ha cambiado desde 1960. Nueva York fue también un territorio violento, y la solución no consistió solamente en tolerancia cero. Fue cuidado del espacio público, programas contra la pobreza, integración de los inmigrantes y de los jóvenes.

Eso falta en toda América latina. Buenos Aires no es Berlín pero tampoco un espacio de pesadilla, aun cuando el delito ha aumentado. ¿Qué debiera haberle dicho a la señora que quería poner una reja en su ventana? Quizá lo más sensato fue no decir nada. Pero, de hablar, podría haberle dicho que alguna noche apagara la televisión y fuera a tomar un helado a la esquina, que se sentara en la vereda y viera pasar la gente, porque ella y yo vivimos en un barrio que no ha caído, como cayeron muchos barrios del Gran Buenos Aires, donde las rejas y los perros son de rigor.

Si hubiera dicho eso, la señora me habría respondido que hace poco asesinaron a un médico en Villa Crespo; y que la semana pasada tomaron rehenes en el Gran Buenos Aires. Y entonces ¿adónde van a parar mis consejos, por otra parte no solicitados?Ningún consuelo para las víctimas o sus familiares. Ninguna seguridad, aunque sea más probable resultar herido en un accidente de tránsito que en un tiroteo. El temor no retrocede ante una estadística.

http://www.clarin.com/diario/2005/09/18/sociedad/s-1054681.htm

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"Habrá calamidades mientras gobiernen soberanos de facto"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 18-09-2005 00:00:00

ERNESTO GARZON VALDES, FILOSOFO DEL DERECHO Y DE LA POLITICA

El mundo está azotado hoy tanto por calamidades políticas como por catástrofes de la naturaleza, porque los países de mayor peso se las ingenian para eludir limitaciones jurídicas y privilegiar sus intereses.

Claudio Martyniuk.
cmartyniuk@clarin.com

# Guerras, genocidios, terrorismo, torturas, corrupción: nuestro mundo social está lleno de calamidades. ¿Se pueden evitar o las calamidades son episodios inherentes a toda historia?

—Hay que distinguir entre calamidades y catástrofes. Las catástrofes son fenómenos naturales —una inundación, un volcán en erupción— que escapan al control humano; las calamidades son las desgracias y miserias que causamos intencionalmente. Y cuando se producen estas calamidades, siempre hay estrategias excusantes, que tratan de decir que esto fue una catástrofe, o que esta calamidad era inevitable, con lo cual adquiere características de catástrofe. Las calamidades son hechos intencionales que causan la desgracia de inocentes y no hay forma de justificarlas.

# ¿Pero los límites son tan precisos? ¿Una catástrofe no puede terminar en calamidad?

—La distinción conceptual entre calamidad y catástrofe no excluye la posibilidad de establecer relaciones causales entre ambos fenómenos. Usted está en lo cierto: una catástrofe puede dar lugar a la toma de decisiones calamitosas que aumentan la miseria y la desgracia que aquella provocara. Y viceversa: medidas calamitosas pueden causar catástrofes. Basta pensar en los defectos catastróficos que comportamientos calamitosos de contaminación ambiental han tenido en la reducción de la capa de ozono y en la alteración del clima del planeta.

# ¿Piensa en el huracán Katrina y en Nueva Orleans, por ejemplo?

—Exactamente. Pero la tragedia a la que ahora asistimos no es sólo la consecuencia de un fenómeno eólico, sino también de medidas calamitosas: la insuficiente resistencia de diques para evitar inundaciones en una ciudad prácticamente insular y expuesta a huracanes es el resultado de una acción humana calamitosa poco previsora. A esto se añade la calamitosa estrategia para la evacuación de la víctimas y la deficiente asistencia humanitaria a quienes quedaron cercados por las aguas. Y cabe también preguntarse si el hecho de que la mayoría de las víctimas sean afroamericanos pobres no es quizás el resultado de una calamitosa política social. Sea como sea: la suma de catástrofe más calamidad provoca el grado máximo de infortunio e impone un carácter moralmente perverso a lo naturalmente inevitable.

# La guerra, quizás la mayor calamidad, ¿se puede eliminar?

—Para eliminar el problema de la guerra tendríamos que aceptar una autoridad soberana sujeta a regulaciones, que ponga orden y sanciones. Pero los países grandes —por ejemplo, Estados Unidos, China, India, Israel a veces— tienen aspiraciones a ser soberanos de facto. Y un soberano de ese tipo, por definición, no puede estar sujeto a limitaciones jurídicas. Entonces, lo que hacen ellos es no tomar en serio ninguna limitación jurídica, porque en el momento en que la aceptan dejan de ser soberanos de facto, que es lo que ellos quieren seguir siendo. Vale decir, lo que aspira Estados Unidos —o China— es a ser soberano de facto, no soberano jurídico sometido a limitaciones. Y por eso, con toda coherencia, no acepta el Tribunal Penal Internacional o impone el veto en el Consejo de Seguridad, precisamente para mantenerse en la situación de soberano de facto. Y mientras haya soberanos de facto creo que es muy difícil que haya paz. Porque el soberano de facto siempre va a hacer privilegiar sus propios intereses a costa de los intereses de los demás. La sociedad internacional no es una sociedad de hermanitas de la Cruz Roja; está integrada por naciones que luchan por afianzar su poder. Entonces, si uno pudiera establecer a nivel internacional un Consejo de Seguridad fuerte, cuyas decisiones fueran respetadas, creo que se avanzaría muchísimo. Pero es lo que no están dispuestos a aceptar quienes aspiran a ser soberanos de facto. El soberano de derecho ya no es un soberano pleno, y por eso, en la democracia, ninguno de los presidentes o jefes de gobierno está al margen de la ley. Pero el soberano de facto se instala por encima de la ley.

# Mientras tanto tenemos, como recurso aliviador, intervenciones humanitarias, que sin embargo producen "daños colaterales". ¿No cree que estos daños son otra calamidad?

—Sí, sin duda, porque los daños colaterales en el fondo son daños previsibles y se refieren siempre a inocentes. No encuentro ningún justificativo para sacrificar a un inocente en aras de la vida de otros inocentes. Y las intervenciones humanitarias, cuando están armadas, causan, de modo previsto e intencional, la muerte de inocentes. No veo qué razón se podría dar, porque cualquiera tropieza con el argumento kantiano de no tratar a la humanidad como un medio sino siempre como un fin. En el momento en que se instrumentaliza a los hombres, se viola la dignidad, que es la etiqueta que tiene todo ser humano, aun el más cretino. Ni al más cretino puede uno arrancarle la etiqueta de dignidad humana. Por ejemplo, aun con un monstruo como Hitler creo que no habría ningún argumento moral para torturarlo. Siempre hay límite sobre lo que se puede hacer con la gente.

# De la calamidad del fanatismo se deriva el terrorismo. Ante la ceguera del fanatismo, ¿qué se puede hacer?

—Ante el fanatismo, en realidad, los argumentos no llegan. El fanático está caracterizado por mantener verdades absolutas, que se basan en sus propias creencias y que se transforman en inaccesibles a los argumentos racionales. Si alguien le pregunta por qué hace esto, el otro responde "porque creo que esto es lo correcto". "¿Y por qué —se le sigue preguntando— creés que esto es lo correcto? Bueno, porque son mis convicciones. ¿Y por qué tus convicciones son buenas? Y, porque son las mías." Así se entra en un callejón sin salida en el cual no hay argumento posible para un fanático. En el caso del terrorismo, puede ser que haya causas, situaciones en el mundo que estimulen el fanatismo. Pero una vez que alguien entra en el fanatismo, ya estamos perdidos.

# ¿Se puede identificar fanatismo con fundamentalismo?

—El fanatismo en sí no es lo mismo que el fundamentalismo. Se puede ser fundamentalista —yo creo que toda religión monoteísta tiene que ser fundamentalista (si soy cristiano, judío o musulmán, no puedo admitir que hay varios dioses; tengo que ser fundamentalista)—, pero eso no me lleva al fanatismo. Es una confusión im portante el creer que para ser tolerante hay que ser relativista. Y esta es una de las acusaciones que le hacen al nuevo Papa. Dicen: "El Papa sostiene que el relativismo está mal". Y entonces, como no es relativista, tiene que ser intolerante. Eso es incorrecto.

# ¿Por qué? ¿Qué relación hay entre tolerancia y relativismo cultural?

—El que confunde tolerancia con relativismo tiene luego una serie de falacias derivadas, como creer, por ejemplo, que si la democracia está basada en el relativismo de los valores no se podría, entonces, proporcionar ningún argumento serio en favor de la democracia, porque solamente convencerían a los demócratas. Porque los otros siempre me dirían que no tengo ningún derecho a decir que la democracia es la protección de valores fundamentales como la dignidad, ya que pueden afirmar que la dignidad tampoco es un valor fundamental. Y la tolerancia relativista extrema conduce a la tolerancia boba.

# ¿Pero no es necesaria la tolerancia?

—La idea de tolerancia surge de parte de gente que se siente discriminada, excluida y que pide que ciertos actos que están prohibidos ahora sean permitidos. Pero una vez que se tiene el derecho subjetivo —por ejemplo, el derecho de practicar su culto, de que no lo discriminen como homosexual—, ya no es cuestión de tolerancia. Vale decir, si a una chica alguien le dijera que tolera que entre a la universidad, ella tendría el derecho de decir que se la está insultando, porque tiene el derecho de entrar. Que la tolerancia no sea necesaria sería el ideal. Una sociedad donde no hiciera falta invocar la tolerancia sería la sociedad ideal. Y en la Revolución Francesa, los que pedían por los derechos del hombre no pedían tolerancia, pedían derechos: "Yo quiero tener el derecho a votar, no que toleren que vote". Por este motivo pienso que en sociedades bien organizadas la tolerancia debería no tener lugar. Distinto es en el ambiente privado, donde uno puede tolerar que los hijos hagan ruido, que molesten; pero ahí levanto una prohibición en aras del cariño del padre con el hijo.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/09/18/z-04015.htm

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“Nos faltan metas para el largo plazo”, dice Mario Mariscotti

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 17-09-2005 00:00:00

El físico nuclear opina que sólo con más desarrollo científico seremos soberanos

La Argentina tiene el poco halagador privilegio de subsidiar con sus mejores mentes el desarrollo de los países que hacen ciencia de vanguardia.

Mario Mariscotti está entre esos cerebros que se fueron. Pero volvió. Con una impactante carrera en el campo de la física nuclear, la visión de este científico ayuda a entender un derrotero que tuvo hitos brillantes y que fue decayendo como tantos otros aspectos de la vida del país.

“Me parece que nosotros tenemos un problema y es que nos quedamos en los sueños y las anécdotas y no vamos a lo concreto, no nos fijamos metas. Sin metas de largo plazo no vamos a poder superar las crisis crónicas”, dice.

Mariscotti, doctor en física nuclear por la Universidad de Buenos Aires, se desempeñó como investigador en el Brookhaven National Laboratory de Long Island, de 1965 a 1970, y después en varias otras ocasiones. Fue director de Investigación y Desarrollo de la Comisión Nacional de Energía Atómica, presidente de la Academia Nacional de Ciencias Exactas y Naturales y primer presidente de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica. Actualmente es miembro del directorio de la Comisión de Investigaciones Científicas de la provincia de Buenos Aires y profesor invitado en algunas de las instituciones señeras en su especialidad: Manchester, KFA Julich, Grenoble, San Pablo y otras.

-Houssay, Leloir, Milstein, Balseiro, Gaviola, Jorge Sábato... ¿Qué significan para la historia del desarrollo argentino? ¿Tenemos tradición científica?

-Creo que es motivo de orgullo y satisfacción, pero también de reflexión acerca de cuántas oportunidades estamos perdiendo por no favorecer más la actividad científica. Aun así, tenemos algunos centros y laboratorios de ciencia muy buenos. De hecho, creo que todavía hay más de un candidato al Premio Nobel.

-¿En qué áreas?

-En física, Juan Maldacena. En biología están Daniel Rabinovich, Armando Parodi, Rodolfo Ugalde, Alberto Carlos Frasch. Pero también está la gente del Instituto Campomar, que hace trabajos de vanguardia. El gran problema que yo veo en este momento es la falta de ingresos de nuevos investigadores jóvenes en el sistema, aunque también debo decir que hay instituciones, como el Conicet, que registran ingresos importantes. Otras instituciones del país no. La Comisión Nacional de Energía Atómica tiene un problema serio en ese sentido. Si perdemos la posibilidad de que los maestros transmitan los estándares de calidad a la gente joven, dentro de veinte años, cuando queramos reconstruir lo perdido, va a ser muy complicado.

-¿Puede haber industrialización sin ciencia de base?

-Yo creo que sí. Pero una industria competitiva, basada en el conocimiento propio, que es lo que uno desea para el país? eso es más difícil. Podemos creer que tenemos industrias porque vienen las multinacionales a instalarse en el país, pero lo deseable es que haya industrias que estén basadas en el conocimiento propio, y esas industrias no pueden existir sin ciencia de base.

-¿Por qué se van los científicos?

-Históricamente, hubo dos razones: políticas y económicas. Afortunadamente, hace varios años que no tenemos emigraciones por cuestiones políticas. En eso hemos avanzado, después de tiempos muy trágicos. Muchos de los que se fueron han tenido notable éxito en el exterior. Son científicos de primera línea. Y son los que nos hacen falta. Creo que el 99 por ciento de los científicos argentinos en el exterior están dispuestos a colaborar. De hecho, en el área tecnológica se acaba de organizar un grupo que se llama Acordar, con argentinos cercanos al Sillicon Valley, a centros de investigación en Europa o en Nueva York, que se han juntado para ver cómo podrían ayudar al desarrollo de empresas tecnológicas en la Argentina. Lo están haciendo con un patriotismo y una vocación de servicio increíbles.

-¿Por qué tienen tan poco éxito los programas de repatriación de científicos?

-Creo que la verdadera forma de hacer uso de ese patrimonio excepcional formado por la gente que está en el exterior consiste en financiar adecuadamente a los grupos de investigadores argentinos y que parte de la plata que reciben para sus investigaciones la destinen a traer a esos grupos en visitas cortas para que vuelquen aquí lo que saben y a que los jóvenes vayan con ellos al exterior a aprender y a perfeccionarse. No dejar todo en manos del secretario de Ciencia y Tecnología de turno, que organiza conferencias de las que después queda poco y nada. Lo que importa es algo más profundo, menos artificial: la vinculación entre los mismos investigadores que están en el campo de batalla.

-¿Por qué fuimos exitosos en materia de energía nuclear? ¿En qué se apoyó esa buena trayectoria?

-Bueno, es un tema particular. Hasta hace poco, yo diría que fue único: es un área en la que pudimos desarrollar una capacidad propia, lo que Jorge Sábato llamaba una capacidad de decisión autónoma. El sentido del conocimiento es que si uno lo domina, puede tomar decisiones autónomas y en la mayoría de las áreas que hacen a la vida y a la economía del país eso no ha ocurrido. Cuando tuvimos que incorporar tecnología en energía, en transporte, en telecomunicaciones, debimos recurrir al exterior. En el campo nuclear no fue así, y es una experiencia singular. ¿Por qué ocurrió? Me parece que el elemento esencial fue que esta actividad comenzó por convocar a la Conea a gente de muy buena calidad, a la que se le pagó para que desarrollara ciencia básica. La Conea comenzó en el año 51 con el coronel Enrique P. González, que no era para nada un especialista, pero que tuvo la clarividencia de buscar a los mejores jóvenes de la Facultad de Ciencias Exactas.

-¿Por qué abandonamos el plan nuclear, sostenido entre 1951 y 1984? ¿Hubo prejuicios ideológicos?

-Mi respuesta, lamentablemente, es afirmativa. En noviembre de 1983 la Argentina anunció que había logrado desarrollar en forma autónoma la tecnología de enriquecer uranio destinado a los reactores de investigación. Ese fue un logro enorme y nos permitió hacer interesantes negocios, primero con Argelia, después con Egipto y, más recientemente, con Australia. Aquel logro nos dio la posibilidad de ofrecer un reactor incluyendo sus elementos combustibles. De lo contrario, uno debería decir: yo les vendo el reactor, pero el elemento combustible lo tienen que comprar en otro lado. Yo viví una experiencia muy particular en enero de 1984. Como jefe de Investigación y Desarrollo de la Conea, me reuní con un alto funcionario de la embajada de los Estados Unidos que tenía como misión lograr que el gobierno de los Estados Unidos tuviera control o acceso a la planta de uranio enriquecido. Yo justamente en esa época me había especializado en temas de no proliferación nuclear y en el tratado de Tlatelolco. Al final, esta persona insistió tanto que yo, como para dar por terminada la conversación, le dije: "¿Qué le parece si negociamos eso por las Malvinas o por la deuda externa?" Y el personaje me dijo: "Hemos pensado en eso". Con esto quiero indicar que otras de las consecuencias de poseer conocimiento son la soberanía, la capacidad de decisión autónoma y la capacidad de negociar que debe tener un país.

-¿Cuánto deberíamos invertir en ciencia y tecnología?

-Estamos en el 0,4% y deberíamos estar superando el uno por ciento. El problema es que a veces pensamos que simplemente con aumentar la inversión en ciencia está todo hecho. Yo creo que no es así, que eso es necesario, pero no suficiente. La cuestión es hacer negocios con la ciencia y el conocimiento. Y los negocios los hace el sector privado empresario, el sector industrial. Esto es lo que va a hacer que el país crezca. Hoy se habla mucho de lograr como meta el uno por ciento del PBI en ciencia y tecnología para 2010. Pero si en estos años no hacemos nada, cuando lleguemos a 2010, ¿vamos a saltar de golpe dos veces y media? Si no seguimos el ejemplo de países que apostaron por el conocimiento, como Finlandia, Corea e Irlanda, vamos a seguir cayendo.

-¿Por qué sectores deberíamos apostar?

-Nos convendría atender a los sectores donde ya tenemos ventajas competitivas, como la biotecnología médica y agroindustrial, el sector nuclear, el siderúrgico, el espacial. En software y nanotecnología también se están haciendo avances importantes.

-Las dificultades de los más jóvenes para volcarse a las ciencias duras, ¿pueden complicarnos el futuro?

-Este es un problema mundial. En Australia están desesperados, lo mismo que en Europa, y, de hecho, eso es una amenaza para nosotros, porque nos chupan a los científicos. Pero yo creo que si en la Argentina mejoran los sueldos y las condiciones, las vocaciones se van a incentivar, especialmente si la empresa y la industria empiezan a volcarse a lo tecnológico. El caso de la empresa rionegrina Invap es un milagro. Lo que está haciendo Gustavo Grobocopatel en Bioceres, junto con un centenar de productores agropecuarios, el Conicet y Biosidus, son otros ejemplos extraordinarios. Estos días, sin ir más lejos, estuve en Tandil en una pequeña empresa construida por dos chicos muy jóvenes que presta servicios de altísima tecnología para los aviones Mirage y está compitiendo internacionalmente. Redimec se llama, y es extraordinaria. Esto es lo que el país necesita. Por eso, quién sabe, tal vez sin que nos demos cuenta muchas cosas ya estén ocurriendo y dentro de veinte años podamos decir: lo que a principios del milenio estaba empezando a pasar, hoy ha florecido.

Por Carmen María Ramos
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=739513

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El yogur

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 17-09-2005 00:00:00

Por Sandra Russo

Tuve buena voluntad y no me quise perder el gran acontecimiento mediático del año. Así que el lunes pasado vi La Noche del 10. Aguanté el homenaje a los maestros, la costilla de menos de Thalía, los reportajes bobos y todo eso, pero la visión de Marcelo Tinelli entrando como un emperador romano me dio vergüenza ajena y me dormí. En los días que siguieron me puse a hacer una encuesta entre gente muy cercana, poco cercana y apenas cercana, y aunque preveía el resultado no dejé de asombrarme: la mayoría no lo había visto, y los que lo habían visto habían hecho zapping o habían seguido mirando pero para tener algo que criticar al otro día. Entre mis muy conocidos, poco conocidos y apenas conocidos no hallé ni una sola persona que hubiese disfrutado del show. Ese relevamiento me condujo a una conclusión previsible: vivimos en un yogur. Entero y con fibra, pero un yogur. Aunque la suma de yogures ateste la heladera, cada uno de ellos no deja de ser una casa de juguete, un ecosistema balanceado, un mundito sin grandes ecos y sin grandes amenazas. Y si aconteciera alguna catástrofe, la enfrentaríamos con alguno de los diez mandamientos freudianos, esos que llevamos inscriptos en las células, esos códigos de barras que nos indican, si un día nos levantamos temprano y nos ponemos muy activos, “estoy maníaco”, o si un día nos quedamos en la cama y hacemos fiaca, “me estoy melancolizando”.
¿Quiénes formamos parte de esta hinchada yogurtera? Vamos, los que nos quedamos irremediablemente afuera de esos fenómenos que atraviesan índices como el rating, las multitudes, las pasiones populares, el frenesí dionisíaco que embriaga a los porcentajes arrasadores y a las mayorías. Muchos de ellos pueden incluso adorar a Maradona, pero de ahí a comprarle todo el stock de cotillón hay un trecho. Somos tantos que a veces creemos que el yogur es grande, pero es chiquito. Hace poco, un columnista de la sección política comentó que había visto Showmatch. Fue con un afán casi antropológico, porque “me dije –dijo– no puede ser que no tenga la menor idea de cómo es el programa que mira más gente. ¡Es insoportable!”. Hay que tener estómago para aguantarse a los chicos haciendo gracias y para soportar los alaridos de Tinelli y esa máscara sonriente de carnaval eterno que tiene puesta en la cara, aunque uno lo estudie como a un talentoso intuitivo que creó su propio poder en los medios a partir de ideas baratas y ese tono de vestuario masculino. La hinchada yogurtera puede analizar el fenómeno, cómo no, y debatir en bares de Palermo la decisión del Grupo Clarín de cambiar de estrategia y canjear la facturación privilegiada del canal de target ABC 1 por un pulso más popular que finalmente le permita reinar sobre Telefé. Hasta ahí vamos bien. Pero sentarnos a ver desfiles de vacas flacas, en esa especie de Feria de la Rural televisiva con modelos en bolas presentadas a los gritos, hay un salto que no damos porque no nos da la estética. La ética habría que ver, pero la estética no.
Lo de Tinelli y Maradona me llevó a pensar en qué otros rubros se delata quien vive en un yogur. Estamos acostumbrados, por ejemplo, a algunos sobreentendidos, como si lo que uno da por hecho fuera ley, y es que, efectivamente, es la ley del yogur. Una amiga mía conoció a un tipo en el cine. Película ambigua, un buen tanque norteamericano. Si lo hubiese conocido, por ejemplo, en un video club de cine de autor, las cosas seguro hubiesen tomado un rumbo diferente. Pero lo conoció a la intemperie, es decir, afuera del envase de yogur. Se miraron, tomaron un café, se dieron los teléfonos. El llamó, hubo una cita. Estaban nerviosos, así que hablaron poco. Hubo atracción y hubo una hora de los bifes que funcionó bastante bien. Hubo una segunda cita, y él, que era, parece, muy atento, la quiso sorprender... con un CD de Luciano Pereyra. Ella me llamó inmediatamente después de pretextar una jaqueca irresistible y de mandarse a mudar a su casa. Traté de convencerla de que no se puede descartar a un hombre solamente porque viene con un CD de Luciano Pereyra. Ella contraatacó: “Sé honesta. ¿Vos qué harías?”. Me rendí.
Afuera del yogur hay muchas cosas. Cito algunas: uñas esculpidas, pelucas, botas texanas, Coelho, Canal 9, anillos de compromiso, Macri-López Murphy, carteras de Vuitton, Versace, Radio 10, entretejidos, anabólicos, mucamas con uniforme, Bucay, la revista Gente, el catecismo, gemelos con iniciales, trajes a medida, autógrafos, llamados a programas de televisión, llamados en el día del amigo, tarjetas navideñas, pedidos de mano, bailanta, bótox, viajes en clase ejecutiva, Ricardo Montaner, Jorge Rial, Pancho Dotto, curanderos, rosarios, remeras con la leyenda Amo Miami, colágeno, promociones de marcas líderes, estampitas, sky en vacaciones de invierno, pegamento, militares, tapados de zorro, anillos de brillantes, Menem, techos de chapa, planes Jefe de Hogar, cuentas en Suiza, la Bristol, el golf, quiniela, patines para no rayar el piso plastificado, Gerardo Sofovich... ¿Sigo?
Me costó hacer la lista porque aunque parezca mentira el yogur es pequeño pero a su vez, como una mamushka, contiene yogures todavía más pequeños. Hay grupos, subgrupos, subsubgrupos que, hilando fino, pueden tener códigos tan rígidos que expulsen, por no ser “del palo”, a los del yogur inmediatamente anterior. Y nuestras excentricidades suelen ser tan insólitas, que hasta es posible volver al principio, y encontrar a alguno que fue y volvió antes que nosotros y nos sorprenda confesándonos que Chiche Gelblung es lo más.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-56621-2005-09-17.html

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Discurso del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez Frías en la Sexagésima Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas

Archivado en Internacional • Fecha: 15-09-2005 00:00:00

Organización de Naciones Unidas (ONU). Nueva York.
Jueves, 15 de septiembre de 2005

Excelencias, amigas y amigos, muy buenas tardes:
El propósito original de esta reunión ha sido desvirtuado totalmente. Se nos ha impuesto como centro del debate un mal llamado proceso de reformas, que relega a un segundo plano lo más urgente, lo que los pueblos del mundo reclaman con urgencia, como lo es la adopción de medidas para enfrentar los verdaderos problemas que obstaculizan e impiden los esfuerzos de nuestros países por el desarrollo y por la vida.
Cinco años después de la Cumbre del Milenio la cruda realidad es que la gran mayoría de las metas diseñadas, pese a que eran ya de por sí modestísimas, no serán alcanzadas.
Pretendimos reducir a la mitad los 842 millones de hambrientos para el año 2015. Al ritmo actual la meta se lograría en el año 2215, ve a ver quién de nosotros estaríamos allí para celebrarlo, si es que la especie humana logra sobrevivir a la destrucción que amenaza nuestro medio ambiente.
Habíamos proclamado la aspiración de lograr en el 2015 la enseñanza primaria universal. Al ritmo actual la meta se alcanzará después del año 2100, preparémonos, pues, para celebrarlo.
Esto, amigas y amigos del mundo, nos lleva de manera irreversible a una amarga conclusión: las Naciones Unidas han agotado su modelo, y no se trata simplemente de proceder a una reforma, el siglo XXI reclama cambios profundos que sólo son posibles con una refundación de esta organización. Esto no sirve, hay que decirlo, es la pura verdad.
Esas transformaciones, a las que desde Venezuela nos referimos, al mundo, tienen para nosotros, desde nuestro punto de vista, dos tiempos: el inmediato, el de ahora mismo, y el de los sueños, el de la utopía; el primero está marcado por los acuerdos lastrados por el viejo esquema, no le rehuimos, y traemos, incluso, propuestas concretas dentro de ese modelo en el corto plazo. Pero el sueño de esa paz mundial, el sueño de un “nosotros” que no avergüence por el hambre, la enfermedad, el analfabetismo, la necesidad extrema, necesita –además de raíces– alas para volar. Necesitamos alas para volar, sabemos que hay una globalización neoliberal aterradora, pero también existe la realidad de un mundo interconectado que tenemos que enfrentar, no como un problema, sino como un reto, podemos, sobre la base de las realidades nacionales, intercambiar conocimientos, complementarnos, integrar mercados, pero al tiempo debemos entender que hay problemas que ya no tienen solución nacional: ni una nube radioactiva, ni los precios mundiales, ni una pandemia, ni el calentamiento del planeta o el agujero de la capa de ozono son problemas nacionales. Mientras avanzamos hacia un nuevo modelo de Naciones Unidas que haga cierto y suyo ese “nosotros” de los pueblos, hay cuatro reformas urgentes e irrenunciables que traemos a esta Asamblea: la primera, la expansión del Consejo de Seguridad, tanto en sus categorías permanentes como en las no permanentes, dando entrada a nuevos países desarrollados y a países en desarrollo como nuevos miembros permanentes. La segunda, la necesaria mejora de los métodos de trabajo para aumentar la transparencia y no para disminuirla, para aumentar el respeto y no para disminuirlo, para aumentar la inclusión. La tercera, la supresión inmediata, seguimos diciéndolo desde hace seis años desde Venezuela, la supresión inmediata del veto en las decisiones del Consejo de Seguridad, ese vestigio elitesco es incompatible con la democracia, incompatible con la sola idea de igualdad y de democracia.
Y en cuarto lugar el fortalecimiento del papel del Secretario General, sus funciones políticas en el marco de la diplomacia preventiva, debe ser consolidado. La gravedad de los problemas convoca a transformaciones profundas, las meras reformas no bastan para recuperar el “nosotros” que esperan los pueblos del mundo, más allá de las reformas reclamamos desde Venezuela la refundación de Naciones Unidas, y como bien sabemos en Venezuela, por las palabras de Simón Rodríguez, el Robinson de Caracas: “O inventamos o erramos”.
En la reunión de enero pasado, de este año 2005, estuvimos en el Foro Social Mundial en Porto Alegre. Diferentes personalidades allí pidieron que la sede de Naciones Unidas saliera de Estados Unidos si es que continúan las violaciones a la legalidad internacional por parte de ese país. Hoy sabemos que nunca existieron armas de destrucción masiva en Iraq, el pueblo estadounidense siempre ha sido muy riguroso con la exigencia de la verdad a sus gobernantes, los pueblos del mundo también: nunca hubo armas de destrucción masiva y sin embargo, y por encima de Naciones Unidas, Iraq fue bombardeado, ocupado y continúa ocupado. Por eso proponemos a esta Asamblea que Naciones Unidas salga de un país que no es respetuoso con las propias resoluciones de esta Asamblea. Algunas propuestas han señalado a una Jerusalén convertida en ciudad internacional como una alternativa. La propuesta tiene la generosidad de proponer una respuesta al conflicto que vive Palestina, pero quizás tenga aristas que hagan difícil llevarlo a cabo. Por eso traemos aquí otra propuesta, anclada en la Carta de Jamaica, que escribió Simón Bolívar, el gran Libertador del Sur, en Jamaica en 1815, hace 190 años. Ahí propuso Bolívar la creación de una ciudad internacional que sirviera de sede a la idea de unidad que planteaba. Bolívar era un soñador que soñó lo que son hoy nuestras realidades.
Creemos que ya es hora de pensar en la creación de una ciudad internacional ajena a la soberanía de ningún Estado, con la fuerza propia de la moralidad de representar a las naciones del mundo, pero esa ciudad internacional tiene que reequilibrar cinco siglos de desequilibrio. La nueva sede de Naciones Unidas tiene que estar en el Sur, “¡El Sur también existe!”, dijo Mario Benedetti. Esa ciudad que puede existir ya, o podemos inventarla, puede estar donde se crucen varias fronteras o en un territorio que simbolice al mundo, nuestro continente está en disposición de ofrecer ese suelo sobre el que edificar el equilibrio del universo del que habló Bolívar en 1825.
Señoras, señores: enfrentamos hoy una crisis energética sin precedentes en el mundo, en la que se combinan peligrosamente un imparable incremento del consumo energético, la incapacidad de aumentar la oferta de hidrocarburos y la perspectiva de una declinación en las reservas probadas de combustibles fósiles. Comienza a agotarse el petróleo.
Para el 2020 la demanda diaria de petróleo será de 120 millones de barriles, con lo cual, incluso sin tener en cuenta futuros crecimientos, se consumiría en 20 años una cifra similar a todo el petróleo que ha gastado la humanidad hasta el momento, lo cual significará, inevitablemente, un aumento en las emisiones de dióxido de carbono que, como se sabe incrementa cada día la temperatura de nuestro planeta.
Katrina ha sido un doloroso ejemplo de las consecuencias que puede traer al hombre ignorar estas realidades. El calentamiento de los océanos es, a su vez, el factor fundamental detrás del demoledor incremento en la fuerza de los huracanes que hemos visto en los últimos años. Valga la ocasión para transmitir una vez más nuestro dolor y nuestro pesar al pueblo de Estados Unidos, que es un pueblo hermano de los pueblos de América también, y de los pueblos del mundo.
Es práctica y éticamente inadmisible sacrificar a la especie humana invocando de manera demencial la vigencia de un modelo socioeconómico con una galopante capacidad destructiva. Es suicida insistir en diseminarlo e imponerlo como remedio infalible para los males de los cuales es, precisamente, el principal causante.
Hace poco el señor Presidente de Estados Unidos asistió a una reunión de la Organización de Estados Americanos, a proponerle a la América Latina y al Caribe incrementar las políticas de mercado, la apertura de mercado, es decir, el neoliberalismo, cuando esa es precisamente la causa fundamental de los grandes males y las grandes tragedias que viven nuestros pueblos: el capitalismo neoliberal, el Consenso de Washington lo que ha generado es mayor grado de miseria, de desigualdad y una tragedia infinita a los pueblos de este continente.
[Aplausos].
Ahora más que nunca necesitamos, señor Presidente, un nuevo orden internacional, recordemos la Asamblea General de las Naciones Unidas en su sexto período extraordinario de sesiones, celebrado en 1974; algunos de quienes están aquí no habían nacido, seguramente, o estaban muy pequeños.
En 1974, hace 31 años adoptó la declaración y el programa de acción sobre un nuevo Orden Económico Internacional, junto con el plan de acción la Asamblea General adoptó el 14 de diciembre de aquel año 1974 la Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados que concretó el Nuevo Orden Económico Internacional, siendo aprobada por mayoría aplastante de 120 votos a favor, 6 en contra y 10 abstenciones. Esto era cuando se votaba en Naciones Unidas, porque ahora aquí no se vota, ahora aquí se aprueban documentos como este documento que yo denuncio a nombre de Venezuela, como írrito, nulo e ilegal, se aprobó violando la normativa de las Naciones Unidas, ¡no es válido este documento!, habrá que discutir este documento, el Gobierno de Venezuela lo va a hacer conocer al mundo, pero nosotros no podemos aceptar la dictadura abierta y descarada en Naciones Unidas, estas cosas son para discutirlas y para eso hago un llamado muy respetuoso, a mis colegas los Jefes de Estado y los Jefes de Gobierno.
Ahora me reunía con el presidente Néstor Kirchner y bueno, yo sacaba el documento, este documento fue entregado cinco minutos antes, ¡sólo en inglés! a nuestros delegados y se aprobó con un martillazo dictatorial, que denuncio ante el mundo como ilegal, írrito, nulo e ilegítimo.
Oigame una cosa, señor Presidente, si nosotros vamos a aceptar esto, es que estamos perdidos, ¡apaguemos la luz y cerremos las puertas y cerremos las ventanas! Sería lo último: que aceptemos la dictadura aquí en este salón.
Ahora más que nunca –decíamos– requerimos retomar, retomar cosas que se quedaron en el camino, como la propuesta aprobada en esta Asamblea en 1974 de un Nuevo Orden Económico Internacional, para recordar algo, digamos lo siguiente: el Artículo 2 del texto de aquella carta, confirma el derecho de los estados de nacionalizar las propiedades y los recursos naturales que se encontraban en manos de inversores extranjeros, proponiendo igualmente la creación de carteles de productores de materias primas. En su Resolución 3.201 de mayo de 1974, expresó la determinación de trabajar con urgencia para establecer un Nuevo Orden Económico Internacional basado –oiganme bien, os ruego– “En la equidad, la igualdad soberana, la interdependencia, el interés común y la cooperación entre todos los estados, cualesquiera que sean sus sistemas económicos y sociales, que corrija las desigualdades y repare las injusticias entre los países desarrollados y los países en desarrollo, y asegure a las generaciones presentes y futuras, la paz, la justicia y un desarrollo económico y social que se acelere a ritmo sostenido”, cierro comillas, estaba leyendo parte de aquella Resolución histórica de 1974.
El objetivo del Nuevo Orden Económico Internacional era modificar el viejo orden económico concebido en Breton Woods.
[Aplausos].
Creo que el Presidente de Estados Unidos habló aquí durante unos 20 minutos el día de ayer, según me han informado, yo pido permiso, Excelencia, para terminar mi alocución.
[Aplausos].
El objetivo del Nuevo Orden Económico Internacional era modificar el viejo orden económico concebido en Breton Woods en 1944, y que tendría una vigencia hasta 1971, con el derrumbamiento del sistema monetario internacional: sólo buenas intenciones, ninguna voluntad para avanzar por ese camino, y nosotros creemos que ese era, y ese sigue siendo el camino.
Hoy reclamamos desde los pueblos, en este caso el pueblo de Venezuela, un nuevo orden económico internacional, pero también resulta imprescindible un nuevo orden político internacional, no permitamos que un puñado de países intente reinterpretar impunemente los principios del Derecho Internacional para dar cabida a doctrinas como la “Guerra Preventiva”, ¡vaya que nos amenazan con la guerra preventiva!, y la llamada ahora “Responsabilidad de Proteger”, pero hay que preguntarse ¿quién nos va a proteger?, ¿cómo nos van a proteger?
Yo creo que uno de los pueblos que requiere protección es el pueblo de Estados Unidos, demostrado ahora dolorosamente con la tragedia de Katrina: no tiene gobierno que lo proteja de los desastres anunciados de la naturaleza, si es que vamos a hablar de protegernos los unos a los otros; estos son conceptos muy peligrosos que van delineando el imperialismo, van delineando el intervencionismo y tratan de legalizar el irrespeto a la soberanía de los pueblos, el respeto pleno a los principios del Derecho Internacional y a la Carta de las Naciones Unidas deben constituir, señor Presidente, la piedra angular de las relaciones internacionales en el mundo de hoy, y la base del nuevo orden que propugnamos.
Permítanme una vez más, para ir concluyendo, citar a Simón Bolívar, nuestro Libertador, cuando habla de la integración del mundo, del Parlamento Mundial, de un congreso de parlamentarios, hace falta retomar muchas propuestas como la bolivariana. Decía Bolívar en Jamaica, en 1815, ya lo citaba, leo una frase de su Carta de Jamaica: “Qué bello sería que el istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos. Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, de los reinos; a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra con las naciones de las otras tres partes del mundo. Esta especie de corporación podrá tener lugar en alguna época dichosa de nuestra regeneración.” Urge enfrentar de manera eficaz, ciertamente, al terrorismo internacional, pero no usándolo como pretexto para desatar agresiones militares injustificadas y violatorias del Derecho Internacional, que se han entronizado como doctrina después del 11 de septiembre. Sólo una estrecha y verdadera cooperación, y el fin de los dobles raseros que algunos países del Norte aplican al tema del terrorismo, podrán acabar con este horrible flagelo.
Señor Presidente:
En apenas 7 años de Revolución Bolivariana, el pueblo venezolano puede exhibir importantes conquistas sociales y económicas.
Un millón 406 mil venezolanos aprendieron a leer y a escribir en año y medio, nosotros somos 25 millones aproximadamente y, en escasas semanas el país, dentro de pocos días, podrá declararse libre de analfabetismo; y tres millones de venezolanos, antes excluidos por causa de la pobreza, fueron incorporados a la educación primaria, secundaria y universitaria.
Diecisiete millones de venezolanos y venezolanas –casi el 70% de la población– reciben, por primera vez en la historia, asistencia médica gratuita, incluidos los medicamentos; y en unos pocos años todos los venezolanos tendrán acceso gratuito a una atención médica por excelencia.
Se suministran hoy más de 1 millón 700 mil toneladas de alimentos a precios módicos a 12 millones de personas, casi la mitad de los venezolanos, un millón de ellos lo reciben gratuitamente, de manera transitoria. Estas medidas han generado un alto nivel de seguridad alimentaria a los más necesitados.
Señor Presidente, se han creado más de 700 mil puestos de trabajo, reduciéndose el desempleo en 9 puntos porcentuales, todo esto en medio de agresiones internas y externas, que incluyeron un golpe militar facturado en Washington, y un golpe petrolero facturado también en Washington, pese a las conspiraciones, a las calumnias del poder mediático, y la permanente amenaza del imperio y sus aliados, que hasta estimula el magnicidio. El único país donde una persona se puede dar el lujo de pedir el magnicidio de un Jefe de Estado es Estados Unidos, como ocurrió hace poco con un reverendo llamado, Pat Robertson, muy amigo de la Casa Blanca: pidió públicamente ante el mundo mi asesinato y anda libre, ¡ese es un delito internacional!, ¡terrorismo internacional!
Pues bien, nosotros lucharemos por Venezuela, por la integración latinoamericana y por el mundo.
Reafirmamos aquí, en este salón, nuestra infinita fe en el hombre, hoy sediento de paz y de justicia para sobrevivir como especie. Simón Bolívar, padre de nuestra Patria y guía de nuestra Revolución, juró no dar descanso a su brazo, ni reposo a su alma, hasta ver a la América libre. No demos nosotros descanso a nuestros brazos, ni reposo a nuestras almas hasta salvar la humanidad.
Señores, muchísimas gracias.
[Aplausos].

http://www.minci.gov.ve/imagnot/15-SEPT-%2005%20Discurso%20Pdte%20Ch%E1vez%20en%20la%20ONU.doc

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"El psicoanálisis va a desaparecer", dice Mikkel Borch-Jacobsen

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 14-09-2005 00:00:00

Considera a Freud "alguien poco fiable"

PARIS.– Los intelectuales norteamericanos llaman the Freud war a la guerra sin cuartel que libran, desde 1993, defensores y detractores de Sigmund Freud y de la teoría que modeló al hombre del siglo XX, el psicoanálisis.

En ese contexto, el filósofo e historiador Mikkel Borch-Jacobsen puede ser considerado uno de los generales que lideran las huestes antifreudianas. Es uno de los principales autores de un libro colectivo que acaba de ser publicado en París y que ha desencadenado la fase más despiadada de esta guerra: “El libro negro del psicoanálisis”.

Dinamarqués de nacimiento, francés por su educación, Borch-Jacobsen se instaló en los Estados Unidos en 1986. Es profesor en la Universidad de Washington. Identificado con la corriente constructivista del pensamiento, Borch-Jacobsen ha pasado los últimos 30 años de su vida denunciando “las falacias, ocultamientos y manipulaciones” de los representantes de la escuela freudiana, comenzando por su propio fundador. Su estilo pasional y directo aumenta el impacto de sus controvertidas posiciones.

Participaron unos 40 especialistas europeos y norteamericanos. La primera de las 830 páginas de “El libro negro del psicoanálisis” comienza así: “Francia es, con la Argentina, el país más freudiano del mundo. En nuestros dos países es comúnmente aceptado que todos los lapsus son reveladores, que los sueños develan deseos inconfesables y que un terapeuta es forzosamente un psicoanalista. (...) En el resto del planeta, desde hace 30 años, la autoridad del psicoanálisis se ha reducido en forma dramática. (...) ¿Francia y la Argentina serán las únicas en tener razón, contra el resto del mundo?"

De paso por París, Mikkel Borch-Jacobsen recibió a LA NACION.

-Usted dice que Freud era un mentiroso y un charlatán.

-No digo que era un charlatán. Digo que Freud se tomó libertades con la verdad, deliberadamente.

-Eso se parece mucho a la definición técnica de la mentira...

-Sí, así es.

-¿Y por qué?

-Se pueden dar muchos ejemplos. El más flagrante es el caso que dio origen al psicoanálisis: el de la llamada Anna O. Freud afirmó hasta el fin de su carrera que su amigo Joseph Breuer había conseguido curarla de sus síntomas histéricos, cuando sabía perfectamente que no era verdad. La verdad es que Anna O. tuvo que ser internada en una clínica psiquiátrica inmediatamente después de haber terminado con su terapia y que pasaron años antes de curarse. Podría dar otros ejemplos, pero ése es el más evidente de una afirmación falsa y deliberada. Freud afirmó con frecuencia haber curado pacientes, sin que fuera cierto. Con frecuencia, lanzó rumores falsos sobre algunos de sus colegas o discípulos renegados... En otras palabras, era alguien muy poco fiable. Es imposible tener una confianza ciega en lo que Freud decía.

-¿Eso quiere decir que, debido a sus mentiras, la teoría psicoanalítica queda totalmente invalidada?

-El psicoanálisis es, en principio, una teoría basada en la observación clínica. Así la describió el mismo Freud. Las construcciones metapsicoanalíticas son especulaciones que deben ser producto del material clínico, de la observación clínica. Sobre esa cuestión, Freud tenía una posición absolutamente positivista, de fines del siglo XIX. Es evidente que la cuestión de la fiabilidad de sus observaciones clínicas tiene una importancia crucial. Si manipuló esos datos para hacer que se aceptara su teoría, es muy grave. Y hoy es perfectamente posible demostrar cómo Freud manipuló esos datos clínicos.

-¿Cómo?

-El mejor ejemplo es el de las notas clínicas sobre el llamado Hombre de las Ratas. Su verdadero nombre era Ernst Lanzer y fue a ver a Freud en 1907, quejándose de padecer miedos obsesivos y reacciones compulsivas. Habitualmente, Freud destruía las notas que tomaba durante sus análisis. Sin embargo, por una razón misteriosa, los apuntes del análisis del Hombre de las Ratas sobrevivieron. Así fue posible compararlas con la historia del caso publicada por Freud. Esto fue hecho por el psicoanalista e historiador canadiense Patrick Mahony y yo acabo de repetirlo con un colega en un libro que saldrá en enero: las contradicciones son flagrantes. La verdad es que Freud inventaba personajes. Y esto es muy grave. A partir de allí, es imposible creer en lo que él escribía. No inventó todo. En el caso del Hombre de las Ratas, es evidente que se apoyó en lo que vio y escuchó, pero también que cada vez que algo no le convenía, lo cambiaba. Cambiaba las fechas, pretendía que el paciente había aceptado su interpretación cuando no era cierto, etcétera. Sí, creo que la cuestión de la fiabilidad de Freud es muy importante para la validez de la teoría.

-Permítame insistir, desde un punto de vista científico, que Freud haya sido un mentiroso no invalida su teoría...

-La razón por la cual es tan importante la veracidad de Freud es que en todas las disciplinas científicas los resultados y las experiencias son públicas. Un científico que quiere verificar los resultados de otro científico puede hacerlo; puede volver sobre el terreno del experimento o rehacer el mismo camino. En el psicoanálisis eso es imposible. Porque Freud, por razones totalmente sorprendentes, decidió que las sesiones de psicoanálisis fueran confidenciales y que nadie, ni siquiera otro psicoanalista, pudiera asistir a una sesión conducida por otro colega.

-¿Por qué "sorprendentes"?

-Porque hasta ese momento la práctica psiquiátrica era abierta, pública. Así se formaban los especialistas: asistiendo a esas sesiones. Para Freud, el único modo de formarse era poniéndose a sí mismo en el diván. En esas condiciones, es imposible verificar desde un punto de vista científico su teoría. ¿Freud deformaba, mentía, decía la verdad? Imposible saber si se equivocaba o si, influido por una u otra teoría, insistía demasiado sobre algunas cosas. El único relato de sus psicoanálisis era él mismo.

-¿O el relato de sus pacientes?

-No, porque en el psicoanálisis el paciente jamás es nombrado. No se conoce su identidad. Por otro lado, en la época de Freud los pacientes no iban a gritar en la plaza pública: "Yo soy la víctima de una neurosis que Freud ha tratado de tal fecha a tal fecha". Debemos, pues, depender de la buena fe de Freud, lo que es una situación absolutamente inédita en el terreno científico.

-Pero si es imposible verificar, lo que usted considera mentiras, bien podrían ser verdades...

-Por eso es tan importante el trabajo del historiador. Porque si bien esos pacientes no fueron identificados por Freud, los historiadores consiguieron descubrir sus identidades. Con frecuencia hicieron un verdadero trabajo de detective. El más espectacular fue el caso de Anna O. por parte del historiador Henri Ellenberger, que consiguió descubrir los documentos depositados en la clínica donde ella había sido internada. Gracias a ello se supo hasta qué punto había divergencias entre lo dicho por Freud y lo que constaba en esos documentos. Después de Ellenberger hubo un gran número de historiadores que consiguieron identificar a otros pacientes. De ese modo, fue posible reconstituir los hechos. Comprobamos entonces que las pretensiones terapéuticas de Freud eran completamente exageradas, que muchos de sus pacientes no estaban para nada de acuerdo con sus interpretaciones.

-¿Y por qué Freud habría hecho esto?

-Freud había inventado una teoría. Era un gran teórico, alguien que tenía un don excepcional para la especulación teórica. También tenía una confianza desmesurada en sus propias teorías. Para él, todo lo que pensaba era la verdad absoluta. A veces cambiaba de teoría; desde ese momento, la nueva teoría era la buena. Conociendo al personaje, estoy convencido de que estaba tan seguro de que tenía razón que cada vez que hallaba un obstáculo, pues... lo evitaba. Creo que ni siquiera era consciente de ello. Y hay algo más. Creo que una vez que Freud se transformó en esa especie de genio reconocido por todos, los pacientes se sentían tan impresionados que aceptaban todo lo que les decía. Si Freud decía: "Usted tiene una homosexualidad reprimida", ellos contestaban: "Claro, naturalmente". No se puede reducir toda esta cuestión a las mentiras de Freud; están sus mentiras, más profundamente, su autoconfianza absoluta, y también la respuesta de los pacientes.

-Se podría decir entonces que hubo manipulación, además de mentiras.

-Manipulación es una palabra fuerte, pero se produjo en algún caso. Por ejemplo, en el caso de Horace Frink, uno de los fundadores de la Sociedad Psicoanalítica de Nueva York. La mayor parte del tiempo se trató de lo que, por entonces, se llamaba sugestión. Una sugestión medio intencional, medio inconsciente, que provocaba cierto tipo de respuesta en sus pacientes. Este es un proceso que se produce en todo encuentro psicoterapéutico. No es sólo el psicoanálisis el que se ve afectado por tal actitud. La sugestión, la colaboración entre el paciente y el terapeuta existe en toda terapia.

-¿Aun en las nuevas terapias de moda, por ejemplo las comportamentales?

-Estoy persuadido. La diferencia está en que en la mayor parte de las nuevas psicoterapias los terapeutas son conscientes de ello. Manipulan conscientemente; practican la sugestión conscientemente. Lo utilizan como un instrumento. Por el contrario, Freud no cesaba de decir: "No manipulo, no sugiero, sólo observo, todo esto es la verdad que yo, Freud, consigo extirpar de la mente de mis pacientes". Es muy diferente. Creo que ése es el problema del psicoanálisis: afirma cosas como si se tratara de verdades objetivas cuando sólo se trata de construcciones elaboradas mediante una interacción entre paciente y terapeuta.

-¿Para usted, entonces, la pulsión sexual no es el motor que determina el funcionamiento psíquico del hombre?

-Desde luego que no. Si usted me dice que la pulsión sexual es importante en el comportamiento humano, le contestaré que no hacía falta que llegara Freud para saberlo. Por el contrario, si usted me pregunta si la pulsión sexual tiene la importancia que Freud le dio, le responderé que no. Yo creo que todas sus teorías -el complejo de Edipo, el complejo de castración, el deseo fálico de las mujeres, el instinto de muerte, etcétera-, todo eso son puras construcciones hipotéticas, especulativas, muy interesantes, fascinantes quizá, pero que no tienen absolutamente ninguna base empírica o científica.

-Lo que usted dice es que el hombre moderno que todos conocemos -víctima del complejo de Edipo, de los recuerdos reprimidos, de las transferencias- nunca existió. Ese hombre que explican las universidades, los medios de comunicación y los consejeros matrimoniales, es otro.

-Así es. El hombre cambia en función de su época. No se puede decir que el hombre de la Edad Media era igual al hombre del siglo XVIII.

-¿O sea que la sociedad hace al hombre? ¿Por eso antes se hablaba de histeria y hoy se habla de estrés?

-Exactamente. Yo me defino como un constructivista. Esto quiere decir que, hasta que se pruebe lo contrario, toda teoría sobre las neurosis es una construcción social. Pienso que el psicoanálisis es otra de esas construcciones sociales. Por construcción social me refiero sobre todo a la interacción entre terapeuta y paciente. De esta manera, me parece normal que las teorías evolucionen con la sociedad y con la historia. Tampoco se encuentran las mismas teorías en los mismos países y en las mismas culturas. La gente tiene diferentes modos de tratar las "enfermedades del alma" y diferentes formas de caer enfermo. El psicoanálisis definió por cierto tiempo la forma en que la gente se enfermaba, manifestaba sus síntomas y buscaba la cura. Pero esto se ha terminado.

-¿Pero por qué razón el psicoanálisis se propagó como un reguero de pólvora por el mundo occidental?

-Si su pregunta quiere decir que la humanidad entera no puede haberse equivocado hasta ese punto, mi respuesta es sí, la humanidad se ha equivocado muchas veces en su historia. En cuanto a la razón de esa propagación, podríamos decir que, en sus comienzos, el psicoanálisis fascinó a la gente, que quería más libertad sexual. Eso fue señalado por grandes pensadores, como Marcuse, Fromm o Reichmann. También se puede decir que el psicoanálisis sirvió de reemplazo a las ideas religiosas de salvación eterna, que comenzaron a desaparecer a comienzos del siglo XX. Sin embargo, yo veo dos razones principales. La primera es que Freud era un genio de la propaganda. Consiguió convencer a la gente de que su terapia era la única capaz de curar en profundidad y que las demás eran totalmente superficiales. Digo pura propaganda pues no tenía ninguna prueba; tampoco obtenía mejores resultados que los demás. Freud consiguió, además, desprestigiar a sus pares, tratándolos de paranoicos, reprimidos sexuales, etcétera. Lo hizo a partir de 1913 con sus propios colegas y después con sus discípulos: Adler, Ferenczi, Jung y Rank. A cada crítica que se le hacía, la respuesta era: "Si usted no cree, es porque nunca se autoanalizó en un diván. Se trata de pura resistencia". Este método era absolutamente eficaz y sigue siendo válido en nuestros días; sus discípulos han conseguido mantener esas leyendas freudianas -como las llaman los historiadores críticos- secuestrando los documentos que contradecían la leyenda. Los mismos mecanismos se ponen en marcha cada vez que se critica el psicoanálisis.

-¿Cuál es la segunda razón?

-El otro mecanismo es aún más sorprendente. Al mismo tiempo que se mantienen intocables esas leyendas freudianas sobre su teoría y sus descubrimientos, los psicoanalistas son de una maleabilidad total. La teoría psicoanalítica no tiene, en el fondo, ninguna consistencia. Los psicoanalistas pueden leer en el inconsciente de sus pacientes cualquier cosa: todo y lo contrario. De este modo, se adaptan al medio social y cultural en el que viven.

-Por ejemplo?

-Cuando los psicoanalistas austríacos y alemanes se exiliaron en los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, encontraron un país orientado hacia el empirismo, el positivismo, la psicología experimental. Entonces desarrollaron una suerte de adaptación del psicoanálisis freudiano (en la cual Freud jamás se hubiera reconocido). Por el contrario, en Europa, después de la guerra, alguien como el francés Jacques Lacan -que vivía en un país latino, donde el positivismo era mal visto y sólo se hablaba de existencialismo, de fenomenología y de dialéctica hegeliana- desarrolló otro tipo de psicoanálisis basado en Heidegger, Hegel, entre otros. De este modo, el psicoanálisis consigue instalarse en todas partes. Porque sólo es un recipiente vacío, una especie de parásito que se adapta a cualquier contexto. En la actualidad, han inventado el neuropsicoanálisis, es decir la alianza entre el psicoanálisis y las neurociencias. Ahora, los representantes freudianos dicen: "Freud fue uno de los fundadores de las neurociencias y nosotros podemos confirmarlo". Un absurdo, pero funciona.

-¿Cuáles son los países donde el psicoanálisis está en plena regresión?

-En los Estados Unidos el psicoanálisis está completamente tachado del mapa en los departamentos de psiquiatría y de psicología de todas las universidades. Curiosamente, sólo resiste en los departamentos de literatura, probablemente gracias a Lacan y a la admiración de los medios literarios estadounidenses por lo que llaman la french theory.

-Usted estudió a Lacan. ¿Se podría decir que era igual a Freud?

-No. Lacan no era un positivista ni un cientificista. Era un teórico que afirmaba cosas asegurando que las encontraba en Freud. Creo que era alguien que tenía una audacia a toda prueba, que decía cosas sorprendentes. Era también extraordinariamente cínico y manipulador.

-¿Cuáles son las nuevas terapias que están reemplazando en los Estados Unidos al psicoanálisis?

-Las terapias comportamentales y cognitivas. Sin demasiadas pretensiones, éstas se basan en los principios modestos, parciales, pero verificables, de la psicología científica.

-¿Por qué en Francia y en la Argentina el psicoanálisis mantiene su vigencia?

-Es curioso, Francia otorga el mismo crédito al psicoanálisis en este momento que los Estados Unidos en los años 50 y 60. Creo que esta fascinación se debe a Lacan, que, como le dije, es un buen ejemplo de ese camaleonismo. Su táctica fue increíblemente eficaz. La clase intelectual fue subyugada por Lacan. Prácticamente toda la generación del 68 pasó por el diván. Allí se formaron los jóvenes psiquiatras y analistas que hoy son figuras de la teoría y que monopolizan el poder intelectual en ese terreno. Esto explica la resistencia absoluta de Francia ante el resto del mundo.

-¿Y en la Argentina usted ve las mismas razones?

-Ustedes, tanto como Brasil, son países que, en el terreno de la ideología y las ciencias sociales, estuvieron muy cerca de Europa y de Francia durante gran parte del siglo XX. Hubiera sido sorprendente que, con vuestra cultura e historia, el psicoanálisis hubiese pasado inadvertido. Pero yo creo que la desaparición del psicoanálisis es inevitable. Las jóvenes generaciones de especialistas tienen otras exigencias desde el punto de vista científico. El avance extraordinario de las neurociencias demuestra cada día que, en el terreno de la psiquis, es posible lograr resultados sorprendentes y a muy corto plazo con otras terapias. En estas condiciones, Freud y sus teorías inverosímiles tienen los días contados.

Por Luisa Corradini
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=738572

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Goles y milagros

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 11-09-2005 00:00:00

Confirmado: la famosa mano de Dios, del gol a los ingleses, fue en realidad la de Maradona. Pero no es como para perder la fe...

POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar

Hablemos de religión. Maradona, ídolo nacional de amor y paz, santo de la New Age, hijo y padre pródigo, rey de corazones, ha informado al país televisivo y, por intermedio de los rebotes en la prensa escrita, a todos los interesados locales e internacionales, que Dios no hizo con Su mano el primer gol argentino en aquel partido contra los ingleses, sino que fue él, Diego Armando, quien utilizó su manito como un verdadero dios terrenal. Ese día feliz Dios no intercedió a favor de la Argentina, sino que simplemente dejó que sucediera un milagro mundano.

Los teólogos futuros, sin embargo, seguirán discutiendo si Dios estuvo presente, ya no impulsando el balón dentro del arco de los pérfidos ingleses, sino encegueciendo por un milésimo de segundo al juez de línea y colocando al árbitro en un lugar desde donde no podía verse la mano maradoniana. Sin querer anticiparme a esa discusión, me resulta difícil creer que Dios no estuviera viendo el mundial de fútbol y no intercediera un poco a favor de los argentinos. Sin duda, Dios inspiró a Diego cuando, para terminar su relato del gol con una enseñanza de alto contenido moral, sostuvo que “quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón”. Dios, que conoce el pasado tanto como el futuro, niveló la cancha para que se nivelara también nuestra historia patria.

Maradona, como sea, es un milagro en dos patas. Los creyentes en la mano de Dios siempre supieron que esa mano era la de ese dios local y lo que estábamos esperando era simplemente que por su boca hablara ese luminoso espíritu de veracidad que impulsó la modesta confesión pública. Diego tocó la pelota con la mano, porque no había otra forma de hacer el gol y lo que se necesitaba en ese momento era un gol y no un estúpido jugador que dudara en tocar la pelota con la mano, que se quedara suspendido a metros del arco y nos privara de robarle a los ladrones (ingleses). Lo que se necesitaba era festejar inmediatamente ese gol y confiar en que Dios hubiera enceguecido al juez de línea porque, como se sabe desde la mitología y la tragedia griegas, los dioses enceguecen a quienes quieren perder o, en este caso, a quienes quieren que pierdan.

Maradona es un genio, pero me parece que no debe olvidar esa pequeña participación de Dios en aquel controvertido gol de nuestra selección albiceleste. Si Dios no quería y el juez de línea veía su mano, listo,nada de gol, a esperar la jugada verdaderamente inspirada del segundo gol a los ingleses, ese que disfrutamos siempre porque no le roba nada a nadie, lo cual lo priva de inscribirse en la epopeya nacional evocada por la frase de Diego: los ingleses nos robaron las Malvinas, nos robaron uno que otro partido de fútbol, y ahora que se aguanten. Todo bien, con una sonrisa, en un ambiente tan cariñoso y aterciopelado como los ositos de peluche que Guido Di Tella, el canciller de Menem, mandaba de regalo a las Malvinas.

Si los diarios ingleses que se leían por Internet estaban enojados, es porque ellos, a los que les gusta que circule la leyenda de que son buenos perdedores, son unos resentidos. ¿De dónde tanto lío por algo que ellos venían denunciando desde el principio? No pueden venir a decirnos ahora que se enteraron en agosto de 2005 de que Maradona hizo aquel gol con la mano. Eso era lo que ellos sostenían, de modo que deberían estar contentos ya que el propio Diego les está dando la razón. Ellos nunca creyeron que Dios fuera argentino, ni pensaron que ese gol había sido un milagro; siempre afirmaron que había sido un robo. Ahora que Diego les da la razón, justo ahora cuando todos deberíamos estar de acuerdo, se indignan. Se hacen los finos del fair play, pero lo que de verdad pasa es que ellos odian perder. Y viene Diego, y se los dice en su propia cara: hice trampa y pelito para la vieja.

Un solo detalle para mejorar. Como los milagros deportivos tienen su complejidad, la declaración de Diego no debería difundirse en horario de protección al menor. Los más chicos podrían confundirse, tener ideas raras o terminar entrampados.

http://www.clarin.com/diario/2005/09/11/sociedad/s-1050645.htm

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"Las dictaduras partieron en dos la verdad en nuestros países"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 11-09-2005 00:00:00

JUAN GELMAN, POETA Y PERIODISTA

Una verdad es la que viven los familiares de los desaparecidos. La otra es la que callan los militares sobre el destino de los secuestrados, con lo que prolongan el terrorismo de Estado en democracia.

Julio Algañaraz. ROMA CORRESPONSAL
jalganaraz@clarin.com

Juan Gelman, el más grande poeta viviente de la Argentina, rompe en esta entrevista el silencio que se impuso desde que Tabaré Vázquez llegó al gobierno de Uruguay en octubre del año pasado. Es la suya una voz con furor por la frustración tras la búsqueda sin resultado de los restos de su nuera María Claudia, secuestrada en Argentina y llevada a Uruguay donde tras dar a luz una niña fue asesinada. Los datos para esa búsqueda que fueron dados por los militares distan de ser verdaderos, sostiene el escritor.

# ¿Qué opina de la postura del nuevo gobierno uruguayo sobre derechos humanos?

—Me parece absolutamente loable. El doctor Vázquez es el primer presidente civil posdictadura que emprende la dura labor de terminar con la mentira y el ocultamiento que encubren la suerte de los desaparecidos en Uruguay.

# La tarea en los batallones en busca de restos de desaparecidos no dio resultado hasta ahora, y se excava en lugares que indicaron fuentes militares. ¿Cree que esas fuentes dijeron la verdad?

—No, no lo creo. Me llama la atención que tras excavar una zona del batallón 14 sin resultados, aparezcan cada vez nuevas informaciones militares de otros lugares donde buscar. De una parcela de 5 metros de diámetro donde se suponía "con 99% de seguridad" que estaban los restos de mi nuera, se empezó a trabajar en una extensión de media hectárea, es decir, 5 mil metros cuadrados. Es que la "omertá" (silencio mafioso) de los servicios de inteligencia involucrados en el Plan Cóndor sigue funcionando.

# Sin embargo, la ministra de Defensa Azucena Berruti afirmó que era impensable que los mandos inferiores mintieran a los superiores.

—No deja de ser una opinión. Pasaron casi 5 meses desde el inicio de las excavaciones en el batallón 13 y el 2 de setiembre se cumplió un mes desde que comenzaron en el batallón 14 y no se halló nada. ¿Qué se pretende con este juego? ¿Cansar a los familiares, a la opinión pública, dar la impresión de que nunca se encontrarán los restos? ¿O es una maniobra de desestabilización del gobierno Vázquez, que afirmó, prematuramente a mi juicio, que había "99% de posibilidades" de hallar los restos de mi nuera en un par de días?

# ¿Los datos son inexactos?

—Son inexactos y no se sabe quiénes los proporcionan: ¿los asesinos, los enterradores, miembros del servicio de inteligencia? ¿Y de dónde sale la afirmación de que los desaparecidos fueron cremados y triturados los restos que no consumió el fuego, esa obscenidad macabra en el informe que el Ejército elevó a la Presidencia? El doctor Vázquez reconoció el miércoles pasado que los comandantes pudieran haber recibido información falsa. Cabe reconocer que así pudo haber sido. En nuestra investigación sobre el paradero de mi nieta y la suerte corrida por mi nuera tropezamos con muchas mentiras. Los militares mintieron a la Comisión para la Paz, en cuyo apartado sobre María Claudia se registra la versión de fuentes militares de que, luego de robar a mi nieta, "la madre fue entregada a los represores argentinos de Automotores Orletti que la asesinaron en Argentina". Una versión parecida le hicieron llegar al general Líber Seregni en junio de 1999, sólo que más hollywoodense: decía que los militares uruguayos se dieron cuenta de que cometieron un error y la devolvieron a la Argentina "donde vive feliz con su hijo". Para no hablar de las mentiras de los gobiernos colorados, que deberían estarlo de vergüenza.

# ¿A qué se refiere?

—Pues a las mentiras de los doctores, nada menos que en leyes, fíjese, que fueron presidentes, Julio María Sanguinetti y Jorge Batlle. El doctor Sanguinetti no se cansó de afirmar que nunca nació un niño en cautiverio en Uruguay y que en su respuesta a mi primera carta abierta del 10 de octubre 1999, afirmó que no había dato alguno "que permitiera confirmar la presencia de su nuera en mi país".

# ¿Fue el cierre de la investigación?

—Jamás investigó seriamente lo que le pidieron decenas de miles de intelectuales, artistas, escritores, Premios Nobel como Saramago y Derek Walcott y ciudadanos de a pie de 102 países, es decir, que averiguara el destino de mi nieta; en cambio, se dio el lujo de ningunear a Günther Grass. Hoy se autopresenta como víctima del "ocultamiento" de sus mandos militares, pero sabemos que en julio de 1999, después que Mara y yo le hiciéramos llegar una minuta sintetizando los hechos y pidiéndole que los investigara, alguien le avisó al policía Tauriño "que estábamos buscando a su hija". ¿Quién habrá sido? Y Batlle: en febrero de 2004 declaró en Madrid que era "impensable" que María Claudia hubiera sido asesinada en Uruguay y hoy su portavocesita también dice que los militares se lo ocultaron a Batlle.

# ¿Pero hubo información?

—Casi 4 años antes, en junio del 2000, él le había dado al senador Rafael Michelini el nombre del asesino de mi nuera, un policía uruguayo, por supuesto, y al doctor Gonzalo Fernández, hoy Secretario de la Presidencia y entonces mi apoderado, la información de que María Claudia había sido enterrada en el batallón 14. Subrayo esto porque la impunidad de los militares siempre fue arropada por la complicidad de esos gobiernos civiles, que nunca averiguaron qué había pasado con los desaparecidos y se dedicaron a construir la leyenda de que la uruguaya fue "una dictadura buena" en comparación con la argentina y chilena. Hubo ejecuciones y así lo demuestra el segundo vuelo que llevó uruguayos detenidos en Orletti que desaparecieron en Uruguay, como en el caso de mi nuera. Hubo otros horrores, que hoy salen a la luz y provocan asco. Los militares que los cometieron son doblemente cobardes: suman a la cobardía de haberlos perpetrado con prisioneros inermes, la de ocultarlos hoy. Parecen señoritas de cabaret, con perdón de las señoritas de cabaret. La verdad está partida en dos en nuestros países. Los familiares conocemos la mitad más dolorosa, la desaparición de nuestros seres queridos. Ellos conocen la otra, la que buscamos, la que callan prolongando el terrorismo de Estado en plena democracia y para toda la sociedad.

# En 2002 presentó una denuncia para averiguar el destino de su nuera. Batlle la archivó aduciendo que regía la Ley de Caducidad. Tabaré la declaró fuera del alcance de esa ley y reabrió la causa que hoy un fiscal pide archivar con aquel argumento.

—En efecto, el doctor Enrique Moller, fiscal del juzgado a cargo del doctor Gustavo Mirabal que entiende en el caso, impugnó la decisión del juez de avanzar con el proceso. La decisión pasó a un tribunal de apelaciones que se pronunciará en un plazo no mayor de tres meses. Aunque su resolución apoye al juez Mirabal, el fiscal Moller puede nuevamente apelar y llevar el caso a la Corte Suprema, donde podría dormir largos meses, años.

# ¿Puede considerarse que este caso no es punible?

—Es perfectamente punible. No conozco a qué grupo o grupos de interés sirve el fiscal Moller o es instrumentado por ellos. Resulta que un fiscal, el escalón inferior del Ministerio Público, desafía la decisión del presidente de la República, su máximo superior. Más allá de la esgrimida independencia de los fiscales en el sistema judicial, me pregunto cómo una persona puede considerar no punible el asesinato de una muchacha argentina de 19 años que nada tenía que ver con Uruguay y fue llevada al Uruguay para robarle la hija. ¿Y qué pensarán sus hijos de un padre que defiende la impunidad de los asesinos de alguien que fue hija alguna vez? Y las barbaridades de los militares que comienzan a conocerse. La tortura, desde ya, las torturas para divertirse en medio de chupandinas; robo de niños, violación de prisioneros, robo de dinero, de bienes y hasta de inodoros de los que secuestraban, las ejecuciones de gente inerme so pretexto del "combate contra la subversión", ¿acaso no están impugnando de hecho la vigencia de la Ley de Caducidad?

# La Ley de Caducidad fue aprobada en un referéndum que se realizó en 1989.

—Es cierto. Pero me pregunto si todos los uruguayos que votaron entonces perdonar a los militares, sin que ninguna víctima haya delegado en ellos la facultad de perdonar, lo harían hoy. Ahora han empezado a saber qué fue esa dictadura militar asesina y todo latinoamericano conoce la acendrada conciencia cívica del pueblo uruguayo.

# ¿Y usted cómo se siente?

—Qué quiere que le diga, arañando paredes, como uno más de los familiares de desaparecidos. La escena del general Angel Bertolotti (comandante del Ejército) mostrando a mi nieta con el dedo el lugar donde había 99% de seguridad de que estaban los restos de su madre, que no aparecieron, me hizo y me hace mal. ¿Por qué tenía mi nieta que pasar por eso? Fue un acto de crueldad inútil, tal vez dictado por cierta ingenuidad, pero no menos cruel. Como actos de crueldad perversa me parecen la incertidumbre, la desinformación, las contradicciones que se obliga a padecer a las familias de desaparecidos y a la sociedad uruguaya entera. Eso debe terminar.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/09/11/z-04015.htm

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Sergio Renán: "El Colón no cambiará sin confrontación"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 10-09-2005 00:00:00

El ex director del Teatro analizó las causas profundas del actual conflicto

Por las venas de Sergio Renán corre sangre del Teatro Colón. En 1997, meses después de haber completado su primer ciclo como director de la sala, Renán se enfermó de pancreatitis. Estuvo muy grave. “En cierto momento se requirieron públicamente donaciones de sangre –dice–. Cuando me curé, vi la lista de la gente que había ofrecido donar sangre para mí. Había como 60 personas que trabajaban en el Colón. De todos los sectores: artístico, técnico y administrativo. Hubo muchas personas del Colón que ofrecieron su sangre y bastantes que la donaron.”

Aquella primera gestión como conductor del Colón hizo que Renán, hasta el momento reconocido por su trabajo como actor y director de cine y de teatro, trascendiera el ámbito del espectáculo y se instalara definitivamente como un hombre de la cultura; el artífice de la recuperación de la sala que, de 1989 a 1996, volvió a brillar gracias a la jerarquía de sus temporadas artísticas, con una intensidad olvidada en los años previos.

Renán fue después director de Asuntos Culturales de la Cancillería, durante la gestión de Guido Di Tella; integró el Fondo Nacional de las Artes, y, ya en el final de su carrera como funcionario, sumó la experiencia amarga de un regreso breve al Colón, en 2000.

A punto de partir a España, donde una nueva temporada de "Mi querido mentiroso" y la puesta en Madrid de "La verbena de la paloma" lo mantendrán ocupado hasta fin de año, y en momentos en que el Colón nuevamente es noticia por sus penosos conflictos internos, Renán -que dice que no volvería a ocupar un cargo público ("He perdido el optimismo imprescindible para ser funcionario")- reflexiona sobre el lugar desvalorizado que, a su juicio, ocupa la cultura entre las preocupaciones de las clases dirigentes, manifiesta su escepticismo acerca de la verdadera diversidad de propuestas que ofrecen los partidos políticos, ya cerca de las elecciones de octubre, y da un diagnóstico categórico: el gobierno de la ciudad no podrá solucionar los problemas del Colón sin enfrentarse con los sectores que, dentro del propio Gobierno y del teatro, defienden sus intereses particulares.

-Los conflictos del Colón ponen bajo una luz nueva sus experiencias como director del teatro.

-Durante los siete años de mi primera gestión pude hacer parte de lo que hubiera sido mi proyecto: yo quería un Colón de primera línea internacional. En aquel momento me favoreció la circunstancia histórica, porque la cantidad de privatizaciones que se realizaban creaba un clima de paranoia. Algo tan poco probable como la privatización del Colón pasó a ser un fantasma que la dirigencia gremial sentía. Al cabo de un tiempo mi gestión comenzó a recibir aprobación desde el exterior del teatro, que hizo que muchos de los que trabajaban en el Colón se sintieran orgullosos de ser parte de eso. De manera que, salvo un conflicto que tuve con el ballet, no hubo ningún problema serio y, más allá de alguna descripción de mi gestión como autoritaria, en ningún momento fui agredido o difamado por los gremialistas del teatro, y recibí muchas muestras de afecto.

-No pasó lo mismo la segunda vez.

-El segundo ciclo fue una pesadilla. Había cambiado la índole de la relación del Colón con el gobierno de la ciudad. La autarquía administrativa que había tenido el teatro durante mi primera gestión, que había permitido un funcionamiento dinámico, se vio trabada por el sistema de cuenta única, por el cual todo el dinero va a Hacienda y pasa por Procuración antes de llegar al teatro.

-Cuando, hace poco, Tito Capobianco renunció a la dirección del Colón usted dijo que para resolver los problemas que plantea el teatro es necesario tomar decisiones que el gobierno de la ciudad no parece dispuesto a tomar. ¿Cuáles son esas decisiones?

-No se trata sólo de este gobierno, sino también de los anteriores. Hay un afuera y un adentro del Colón que deben ser resueltos. Hacia afuera, la relación del Colón con el gobierno de la ciudad. Con respecto a muchos temas del teatro, ni su director ni el secretario de Cultura tienen capacidad de decisión. La tienen Hacienda, Procuración y otros espacios del gobierno de la ciudad que opinan, entorpecen, lentifican y, finalmente, son decisorios. En esa estructura, el director del Colón es alguien que imagina, que piensa y que propone un camino. Pero no es un director: directores son todos los otros, que convierten las decisiones de aquél sólo en puntos de vista.

-¿Y hacia adentro?

-Es imprescindible llegar a un clima de disciplina y de orden, de aceptación de un sistema que no puede, por definición, excluir el respeto a las jerarquías. Eso no significa autoritarismo, totalitarismo ni ninguna de las definiciones con las que fácilmente se trata de descalificar esa postura. El Colón, como toda comunidad, necesita una conducción, y esa conducción debe ser respetada, cosa que frecuentemente no ocurre, y que es muy difícil de lograr sin confrontación, que es lo que ningún gobierno de la ciudad ha estado dispuesto a hacer. Dentro del teatro, los sectores gremiales tienen un poder de confrontación que da la sensación de ser incontrolable. Pensemos en el tema de la jubilación. Es imposible que un bailarín o el integrante de un coro tengan el mismo régimen jubilatorio que gente que desarrolla actividades que le permiten trabajar hasta los 65 años. Es de una obviedad tal que es imposible no entenderlo. Por otra parte, condenar a alguien que gana 1800 pesos por mes a ganar cuatrocientos determina, en quien se tiene que jubilar, una resistencia absolutamente comprensible. Entonces, no se jubilan. Hay un promedio de edad altísimo que, en el caso del ballet, hace que muchas veces sea inevitable contratar bailarines más jóvenes y, en el coro, que no sea fácil encontrar integrantes de las edades o las apariencias requeridas por algunas óperas. Ahora, toda la gente que en el gobierno de la ciudad y dentro del teatro ganó aquel poder del que hablábamos no lo va a ceder sin dar pelea. Cuando digo que no es posible imaginar una solución sin confrontación me refiero a que no es posible que las cosas se resuelvan como quisiera el gobierno de la ciudad, a través de hechos mágicos. Mi regreso al Colón, en 2000, sería un ejemplo de esa expectativa mágica por la cual todo se resuelve nombrando a determinado director. El conflicto es mucho más profundo y el gobierno de la ciudad tiene que asumir que eso es así. Lo que creo es que, comparado con otros temas, el Colón les importa muy poco.

-¿A qué se refiere?

-Al Colón se lo asocia un poco con frivolidad y con gente rica y elegante, lo que tiene su porcentaje de verdad, pero mínimo en relación con la verdadera significación del teatro, que es el más poderoso espacio de difusión de belleza y de arte de la Argentina. Resulta hasta paradójico que tengamos un teatro tan maravilloso en un país que no lo es. Lo que pasa es que un teatro no es su arquitectura y sus comodidades, es lo que produce, cómo llega a los demás. Y modificar esa mirada hacia el Colón es parecido a la necesidad de modificar la mirada de la sociedad y, particularmente, de su clase política hacia la cultura en general, que es vista como un aspecto de la vida placentero pero prescindible. Absolutamente secundario frente a otras prioridades. También estamos los que creemos que hay una relación entre cultura, educación, economía, trabajo y salud; y que hay que destinar a educación y cultura tres o cuatro veces más dinero que el que se destina. Porque no se va a solucionar el problema del trabajo con la creación de obra pública o con el estímulo a la industria si no hay gente educada y capacitada para ocupar las fuentes de trabajo que se creen.

-¿La ley de mecenazgo, que ya obtuvo media sanción en el Congreso, puede ayudar a que los sectores dirigentes de la sociedad se acerquen a la cultura?

-Creo que el porcentaje de desgravación que prevé es casi insignificante. No creo que sea muy movilizador para las empresas. Por otra parte, no nos engañemos: en sociedades como la norteamericana, gran parte del extraordinario aporte económico de las grandes empresas y de las personas muy ricas al desarrollo de las artes es la consecuencia de un sentido de la responsabilidad y de una identificación de la cultura con un prestigio al que quieren vincularse. Creo, quizá candorosamente, que es tan importante eso como el porcentaje de dinero que desgrava. Ese dato, en una sociedad tan cuestionable, en muchísimos aspectos, como lo es la norteamericana, es absolutamente rescatable. He visto salir a la calle, en San Francisco, a una multitud de señoras comunes y corrientes a buscar los dos millones de dólares que el teatro de San Francisco necesitaba en su momento, y extraer de los peatones su contribución, diría que de manera casi compulsiva. Cuando uno lee el programa de mano del Metropolitan o de la Opera de París ve, entre las contribuciones de empresas o personas, cifras de un millón de dólares, de 500 mil dólares. Acá, los intentos que se hicieron desde el Colón o la Fundación Teatro Colón, en distintas etapas, terminaron recibiendo cifras patéticamente bajas. Supongo que esas cifras subirán con la desgravación impositiva, pero sospecho que no demasiado.

-¿Qué opina de la difusión que se hace en el exterior de la cultura argentina? Brasil y México, por ejemplo, parecen tener una presencia internacional de mucho más peso y de mayor alcance.

-Son países que tienen una mirada mucho más interesada en la difusión de su patrimonio cultural que la que tiene la Argentina. Tengo la certeza de que una mirada de respeto hacia un país -respeto determinado esencialmente por su cultura- sirve también para vender productos: trigo, soja, aceite, vino. Lo que sea. Nuestra historia, los avatares de nuestra economía, no nos permiten plantarnos frente al resto del mundo como un país importante. Sí lo somos en el plano cultural. Aun muertos nuestros próceres literarios (Borges, Bioy, Cortázar, Arlt) y estando detenida la producción de Sabato, tenemos una narrativa muy interesante, unas artes plásticas formidables y el mejor teatro de experimentación del mundo. El cine argentino ha pegado una remontada muy interesante en los últimos cinco años. Tenemos muchísimo para ofrecer. En la época en la que yo estaba en la Dirección de Asuntos Culturales de la Cancillería recuerdo el bochorno que para mí significaba visitar embajadas y consulados argentinos que no hubieran podido dar prácticamente nada a quienes, en esas ciudades, se hubieran interesado por la literatura, la música o el cine argentinos. Me he muerto de envidia en el Instituto Cervantes, de Nueva York, cuya discoteca argentina era infinitamente más grande que la que tenía el consulado argentino en esa ciudad. Me compromete particularmente el tema porque con Guido Di Tella, hombre absolutamente interesado por la cultura, durante su gestión creamos una fundación llamada Arcade (Arte y Cultura Argentinos de Difusión en el Exterior). Los puntos de referencia que tomábamos eran el British Council, la Dante Alighieri, la Alianza Francesa. La idea era abrir espacios en varias ciudades. Las primeras casas iban a estar en Roma, Nueva York, Jerusalén y Río de Janeiro. Luego teníamos pensado agregar cinco o seis más. Los edificios tendrían una estética en común (se ocupó del tema Clorindo Testa e hizo un proyecto magnífico) y algo que considerábamos esencial era desvincular la fundación del gobierno de turno. Había en aquel momento aportes de empresarios italianos para la casa de Roma y de Amalia Lacroze de Fortabat para la casa de Nueva York. La casa de Jerusalén ya estaba. De lo que se trataba era de ponerlas en condiciones y de dotarlas con una programación vital. Estoy seguro de que en el curso de unos años los resultados hubieran sido perceptibles.

-¿Qué pasó con el proyecto?

-Al terminar la gestión de Di Tella, el proyecto fue cajoneado y desapareció como si nada existiera.

-¿Qué opina de la gestión del Gobierno, más allá de los temas culturales?

-Creo que tiene un compromiso real con el tema económico y con la desocupación. Pero creo que es muy urgente modificar parte de los hábitos políticos de agresividad, violencia y falta de respeto por la convicción y el punto de vista ajenos. De la misma manera que existe esa mirada parcial y prejuiciosa con respecto a la cultura, a sus consumidores y creadores, creo que existe algo parecido con respecto a la cortesía y a los buenos modales. Creo que se los identifica con hipocresía, con hábitos de conducta de gente desconfiable, que tras esa aparente finura esconde sentimientos opresores y hasta asesinos, y creo que no es así. Los hombres hemos inventado una serie de códigos de conducta en nuestra relación con los otros que son los indicativos de que los respetamos.

-Han resurgido últimamente algunas teorías que revalorizan el populismo como el único cauce posible para que las masas excluidas se integren a la vida social y política de sus países. ¿Qué opina?

-Es comprensible que los sectores destruidos por la degradación económica, que no se sienten representados por la política orgánica, busquen formas alternativas de representación. En ese sentido, creo que es inevitable que aparezca el proyecto piquetero, populista por definición. Pero si bien entiendo su razón de ser, creo que los piqueteros son un fenómeno dolorosísimo de nuestra realidad. Otro tema es la estrategia que tiene el Gobierno para enfrentar el tema, que me provoca reacciones encontradas y una gran cantidad de dudas, porque aparentemente la acción piquetera quedó reducida a los núcleos de izquierda o de extrema izquierda, con una fuerte carga ideológica y con un grado de fervor militante que no va a desaparecer de ninguna manera simple. No sé cómo va a ir derivando este tema. Como todo el mundo, siento rechazo por la posibilidad de la violencia (rechazo que no sienten los líderes piqueteros, porque no sólo consideran que la violencia es válida para lograr sus objetivos, sino que la ejercen con placer y con eficacia). Y también se da el caso de que en las marchas piqueteras que subsisten -y no cándidamente- se ven muchas mujeres con bebes en brazos, lo que hace muy compleja la hipótesis de la represión.

-¿Advierte rasgos de populismo en el Gobierno?

-Claro, en este y en todos los gobiernos que he conocido. Es un tema de intensidades y de matices. ¿Qué fue la Guerra de las Malvinas sino un acto del más obsceno populismo por parte de un gobierno militar? Vivo el populismo como un acto de profundo desprecio, lo sepa o no el que realiza ese acto.

-¿Qué expectativas tiene ante las elecciones de octubre?

-Lamentablemente, el radicalismo ha hecho lo necesario para dejar de constituirse en la fuerza alternativa al peronismo que fue. Es bueno para el país que haya una fuerza alternativa al peronismo. Los espacios que ahora ocupan Carrió y López Murphy, que son de extracción radical, o Macri, aparentemente no tienen posibilidad de instalación en términos de estructuras, pese a que se están haciendo algunas alianzas interesantes.

-¿Cuáles?

-La del socialista Binner, en Santa Fe, con los radicales, por ejemplo. Creo necesario que haya una fuerza nacional que haga una oposición leal, sin el intercambio de favores que ha caracterizado parte del vínculo entre los partidos en los últimos años. Es un poco una utopía, tal como están planteadas las cosas en ese momento. Los radicales han armado una buena lista en la Capital, que tiene integrantes enormemente respetables, pero no creo que puedan remontar el descrédito que vienen sufriendo. Aparentemente, hay paridad entre los candidatos más mencionados, lo cual ya supone, en el caso del peronismo, un ascenso de su presencia en la Capital. Tiene un buen candidato.

-En alguna oportunidad usted dijo que la última vez que se sintió claramente representado por una propuesta política fue en 1983, cuando votó por Alfonsín. ¿Persiste esa sensación?

-No tengo duda de que si yo fuera norteamericano votaría al Partido Demócrata y si fuera español, al PSOE. Pero, siendo argentino, no lo tengo tan claro. Con muchas dudas e interrogantes siento que quizá la socialdemocracia sea lo que más tiene que ver conmigo. Aunque en mí funcionan ciertos rasgos y valores históricamente relacionados con la derecha, como la devoción por un sentido de la jerarquía moral e intelectual y de la espiritualidad, que la izquierda mira con desconfianza y analiza desde la certeza de que quienes adhieren a esos valores son reaccionarios. Soy una mezcla de todo eso. Creo que no es fácil para un argentino sentir pertenencia hacia un sector de centroizquierda o centroderecha porque, más allá de la muy evidente disputa de poder que supone la confrontación peronista en la provincia de Buenos Aires, si uno analiza el perfil del votante de Carrió y de Kirchner va a encontrar muchas similitudes. Seguramente los representantes de esas asociaciones políticas quisieran tener más diferencias de las que realmente tienen.

-¿Cuáles serían las diferencias que sí tienen?

- Hay diferencias esenciales en el discurso básicamente depositado en lo moral que tiene Carrió con el discurso de contenido reivindicativo socialnacionalista que expresa el Gobierno, pero ambos se sienten profundamente diferenciados de lo que representan López Murphy o Macri. Pero, ¿qué es centroderecha y qué centroizquierda? Creo que es más fácil tener claro qué es centroderecha. Lo que podemos definir como centroizquierda tiene una gran cantidad de imprecisiones, como lo evidencian los centros izquierda que contienen el peronismo y el radicalismo, además de Carrió, el pequeño y sobreviviente Partido Socialista, y algunos otros grupos que pueden ser definidos como de centroizquierda con mayor o menor justicia. Pero, más allá de eso, hay una falta de propuestas puntuales que permitan visualizar de qué manera piensan resolver los problemas acuciantes que tiene el país, y que se concentran en esa unidad que para mí tiene la educación con el trabajo, la economía y la salud, incluyendo en educación investigación, desarrollo y cultura.

-No se lo ve habitualmente entre los espectadores del Colón, como sí se ve a otros ex directores del teatro. ¿No va?

-No, desde hace años. No puedo pisar el Colón. Es más, no puedo ni mirarlo cuando paso por la 9 de Julio. No me resulta posible no enterarme de cosas que ocurren en el Colón por diversos conductos, entre otros, gente del teatro que es amiga mía, que me quiere, o espectadores que, en la calle, me hacen comentarios casi diariamente. Y cada mala noticia relacionada con el teatro me parte el corazón. Pero no puedo ir. Fui cuando se hizo el "Otelo" con José Cura. El me insistió mucho para que fuera al teatro. Yo salía de una enfermedad muy seria. Me llevaron en silla de ruedas. Entré por Viamonte, cuando la función ya había comenzado, y me pusieron en un palco. Y cuando la función empezaba a terminar, me fui. Volví algunas otras pocas veces y fue una experiencia muy movilizadora, tanto por la relación con gente del personal como con espectadores, que se me acercaban y me hablaban hasta crearme la sensación de que no quería ir más. Fue como una fobia progresiva. Un amor que terminó mal.

Por Verónica Chiaravalli
De la Redacción de LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=737680

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El color de la pobreza

Archivado en Osvaldo Bayer • Fecha: 10-09-2005 00:00:00

Por Osvaldo Bayer

Ya no caben aquí las ironías ni el “lo habíamos dicho”. Aquí cabe sólo el inmenso dolor por el mundo que vivimos, pensando en los que hoy son niños y les tocará vivir tiempos cada vez más difíciles, fundados en el egoísmo y la estupidez de los poderosos. Lo de Nueva Orleans es producto de la soberbia de los fatuos y el egoísmo de los ávidos de poseer cada vez más.
En Nueva Orleans ha fracasado la humanidad toda. Sus intelectuales, sus organizaciones del trabajo, el sistema triunfante, las religiones.
El mundo acaba de vivir su prueba más contundente. Primero, la demostración de que este sistema no tiene salida. Segundo, que no es suficiente con denunciarlo. Hay que luchar contra él. Desde lo político, desde lo ecológico, desde lo espiritual, desde lo religioso. Con el huracán Katrina se ha llegado a la última prueba. El sistema no sólo ha jugado con la vida humana, sino también con la naturaleza. Lo ha dicho el representante alemán, el director del medio ambiente de la ONU, doctor Töpfer, al comenzar su discurso en Berlín: “El deterioro climático no es una visión del futuro, sino que es un hecho absolutamente actual. Es una necesidad de vida y no frases de lujo de algún intelectual”. Llamó con dramatismo a “frenar el crecimiento económico cuando ya no se puede sostener el equilibrio ecológico”. Y el primer ministro alemán, Gerhard Schroeder, por primera vez criticó abiertamente a los consorcios petroleros. Y llegó a una conclusión que tendría que haberla dicho una década atrás: “Hay que acabar con eso de que la protección del medio ambiente y del clima pone frenos al empleo de los desocupados”. Que sostiene justo la derecha, los cristianos demócratas, para las próximas elecciones.
Todo lo que se pueda decir sobre la catástrofe de Nueva Orleans es poco. Los argentinos tuvimos un aviso en las inundaciones en nuestra Santa Fe de la Vera Cruz, donde no se tomaron las medidas de defensa necesarias porque –igual que en Nueva Orleans– al fin y al cabo hubiera sido defender los barrios pobres, a los sabaleros. A los cuales se mantuvo meses enteros debajo de carpas agujereadas con piso de lodo. “El color de la pobreza es el negro”, tituló un diario con referencia a que el número de víctimas del desastre “republicano” de Louisiana es en su mayoría gente de color, descendientes de esclavos. No se hizo las construcciones de defensa que requería la protección de la vida.
En Naciones Unidas sonó el alerta: “Inversiones masivas para las energías renovables y un No definitivo a las materias primas fósiles, como el petróleo”. Eso fue un mensaje directo a Estados Unidos, que se burló del Kioto I, el alerta para proteger el futuro del planeta y los hijos de la naturaleza. Y después al camino que siguieron todos los países del Primer Mundo, sin excepción: la falta de grandeza frente al proyecto general de dedicar todos los esfuerzos y gastos a una política de proteger el medio ambiente y de las políticas nuevas sobre energía y el clima. La misma mezquindad como los precios del petróleo en los últimos días, una especulación pura. Ha llegado el momento definitivo de que sean el Estado y asambleas ecologistas los que digan no a la tiranía de las empresas irracionales cuya única finalidad es la ganancia, contra todo principio de la Etica. Los pueblos tienen que empezar a movilizarse, a salir a la calle para defender la salud del paisaje natural, como lo están haciendo los patagónicos. Desde ya, la educación tiene que tener una orientación fundamental acerca de la defensa de la naturaleza. Porque no sólo el petróleo y los gases son el problema, sino también el agua. Hay que leer a Humboldt, el sabio que recorrió la América latina a principios del siglo XVIII y escribió maravillado acerca de la defensa de la naturaleza que hacían los pueblos originarios, quienes no tenían concepto de la propiedad, mientras que detalló cómo los conquistadores españoles lo primero que hacían al llegar era marcar y cercar ya la tierra de la que se apoderaban. Y aquí, cuando Roca entregó las amplias y generosas pampas a quienes habían financiado su mal llamada “Campaña del Desierto” apareció de pronto el alambre del esto es mío, mío, mío.
Me acuerdo muy bien de aquel Mayo de 1968 europeo, con los estudiantes en la calle, que entre otros principios de libertad y solidaridad mantenían los ideales de la protección de la naturaleza. Por eso, sonreí aquella vez en Buenos Aires donde una mano sabia había escrito en el monumento a Julio Argentino Roca, con pintura blanca: “Prefiero el Mayo Francés y no el julio argentino”. Una frase plena de humor e ironía. Hace pocos días, esa frase que lo decía todo ha sido borrada. Los entendidos dicen que fue Macri quien ordenó hacerlo. Consecuente.
En los partidos que se presentan en las próximas elecciones en la Argentina ni figura la palabra defensa de la ecología. Tengamos en cuenta eso.
A partir de Nueva Orleans, todas las carreras universitarias tendrían que obligar al estudio y a la aprobación de la materia “Protección y respeto por el equilibrio ecológico”. Las religiones deben acabar ya con eso de rezar y rezar para que dios “en su infinita bondad nos proteja”. No, nosotros tenemos que proteger a la naturaleza con nuestra acción y no permitir que todo quede en manos del egoísmo de las empresas dominantes y sus muñecos políticos. ¿Qué hace Naciones Unidas respecto de la fabricación de armas y los bombardeos? Mira para otro lado. En el fondo, nada más que una farsa, con funcionarios bien pagados formando una burocracia bien pagada y parásita. Resultado: Nueva Orleans, y ahora todo se quiere remediar con dos mil dólares por persona en los bolsillos rotos de la población zaherida y humillada.
Martín Winter escribe desde Bruselas, de la Unión Europea, “que las autoridades de la Unión Europea registran que si bien Estados Unidos posee un armamento todopoderoso, y propicia guerras allí donde tiene o procura intereses, no ha gastado ni medio centavo en prever las crisis civiles y las posibles catástrofes en su propio territorio, en especial en las regiones más pobres”. Y agrega: “Ahora queda al desnudo que desde siempre George W. Bush y su ministro de Defensa Donald Rumsfeld persiguen una estrategia por la cual Estados Unidos agrede, y luego los europeos son los encargados de reordenar las cosas. Guerra para el Marte norteamericano y reconstrucción para la Venus europea”.
Por eso fue tan ejemplar y saludable –por primera vez desde 1945– cuando Francia y Alemania le dijeron no al ataque de Bush a Irak, mientras Inglaterra, la España de Aznar y la Italia de Berlusconi se sometían al dictado de George W. Bush. Y en esto quedó en claro que después de la acción guerrera, Estados Unidos no estaba preparada para la catástrofe civil que ocurrió en el país árabe ni tampoco de llevar a cabo el reestablecimiento de la infraestructura pública. Y se dijo en Bruselas: “Quien hoy quiere llevar a cabo guerras exitosas no tiene sólo que destruir sino que también debe reconstruir”.
Y justamente el problema de Bush en Irak es ahora el costo inmenso que cae en sus arcas sólo para mantener su ejército de ocupación. Si no sabe o no puede enfrentar la catástrofe de Katrina, menos va a poder borrar las huellas criminales de los bombardeos y acciones de guerra en Medio Oriente.
Bush, el agresivo, debe darse cuenta de que, por lo menos, es tan importante el dinero para prevenir catástrofes como el monto de la financiación de la fabricación de armas.
Esto no lo pudo enseñar la lógica ni el respeto por la vida de los demás. Que son los temas que tendría que tratar la reunión de Mar del Plata. Los representantes que concurran deben comprender que ya no hay que ir a recibir órdenes, sino a exigir un ordenamiento distinto. Las universidades tienen que ayudar a ello, las asambleas futuras de la calle deben enseñar lo que desea la gente de la vida: la paz, una existencia digna, trabajo para todos y no balas ni automóviles de lujo ni artículos suntuarios. Hay que comenzar también a despreciar a los políticos que sólo se preocupan por candidaturas. ¿Pero acaso no es ya hora de que el ser humano aprenda después de todas las enseñanzas de los genocidios, el racismo, las guerras imperialistas, las ciudades destruidas, las columnas de refugiados, el hambre, la orfandad, la desocupación, la violencia uniformada por el poder, las hogueras de la irracionalidad, el miedo enseñado desde el Más Allá? El mundo necesita maestros y no cowboys, investigadores de la razón y el optimismo y no arrodillados que se consideran pecadores ante Dios pero elegidos para ser la autoridad que domina al pueblo.
Bush, una caricatura. Los cadáveres flotando en Nueva Orleans, los niños iraquíes muertos en los bombardeos. Las colonias deben decir basta al imperio. Ya no es esto una propaganda de iluminados, sino la única salida de un mundo donde la Muerte cabalga en todas latitudes y longitudes.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-56283-2005-09-10.html

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"El todo vale es la peste de cualquier sociedad", dice Antanas Mockus

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 07-09-2005 00:00:00

Lo afirma el ex alcalde de Bogotá

Más que en las leyes como eje de la democracia, Antanas Mockus cree en la autorregulación. Cree en aquello que aplicó en sus dos períodos como alcalde de Bogotá, de 1995 a 1997 y de 2001 a 2003, y piensa reafirmarlo el año próximo, en su campaña para la presidencia de Colombia. Se trata del cambio profundo de las conductas ciudadanas sobre la base de la pedagogía, más que de la política a la usanza tradicional.

“El todo vale es la peste de cualquier sociedad”, dijo Mockus en una entrevista con LA NACION, realizada en la ciudad de Buenos Aires, librada ese día, como tantos otros, a la suerte de piquetes y protestas. Poco después dictó una conferencia titulada “Uso público de la razón y contención del delirio estratégico”, durante la cual planteó la influencia de la ley, la moral y la cultura en la regulación del comportamiento, de modo de reflejar hasta qué punto la gente suele maltratarse.

“En los últimos 12 años, Bogotá avanzó en su lucha contra la desconfianza y logró una drástica reducción de los homicidios y de las muertes en accidentes de tránsito. Ese logro es el resultado de un ejercicio masivo de autorreconocimiento, de mutua regulación y de una mejora en el comportamiento social y de la infraestructura de la ciudad", dijo Mockus, de 53 años.

Detrás del filósofo y matemático, hijo de inmigrantes lituanos que aprendió a leer a los dos años y se graduó con honores, apareció el político con su consigna para ser rector de la Universidad Nacional de Colombia: "Oiga usted, que es bueno para destruir (desde el punto de vista académico), ¿por qué no ayuda a construir?". Llegó a ocupar el cargo. Luego apareció la propuesta, "horriblemente casual", de ser alcalde de Bogotá, formulada por un ex militante del M-19, Gustavo Petro, y por un empresario. También llegó a ocupar ese cargo.

Como alcalde, precisamente, Mockus aplicó la llamada "ley zanahoria", restricción de las horas en que debían cerrar los locales de rumba y expendio de alcohol. Con ella disminuyeron los accidentes de tránsito y los índices del delito. Su gestión, a la vez, se caracterizó por algunas excentricidades, como ir en bicicleta a la alcaldía, celebrar su boda en un circo, disfrazarse de superhéroe, cantar raps, bajarse los pantalones en público y convocar a intelectuales, en lugar de políticos, para los cargos más relevantes. En la campaña había batido récords de bajo costo: había gastado apenas 12.000 dólares.

Mockus, profesor visitante de las universidades de Oxford y de Harvard, se describe así: "En el colegio iba un año adelantado. Era el más pequeño del curso; físicamente, débil para las peleas. Me tocaba defenderme en el terreno intelectual".

-¿Eso influyó en sus actitudes como político?

-Yo asumo ciertos riesgos porque creo en la pedagogía. Los gobernantes tenemos que arriesgarnos, en general, para aprender y enseñar. Si la comunidad se siente entendida y entiende las políticas públicas, las cosas funcionan mejor. Si además de eso hay una base emotiva, todavía mejor. Muchas veces me ha pasado, sobre todo en escenarios de conflicto, que comparto una emoción moral. Por ejemplo, admirar lo mismo o indignarse ante lo mismo genera una especie de barrera ante las acciones arbitrarias. Se pone uno límites. Tal vez no sea algo que uno pueda producir, pero otras personas que se han conmovido por lo mismo quedaron con un pequeño enlace o vínculo moral que las protege mucho del todo vale, que es la peste de cualquier sociedad contemporánea. En la política, en la economía, en las rivalidades que terminan expresándose con violencia. La innovación es una alternativa a la anomia.

-¿La "hora zanahoria", como prevención de delitos y accidentes de tránsito, fue una innovación?

-Ser "zanahorio" es ser autorregulado, moderado en los placeres, en los consumos, incluso en la expresión de afecto. Entonces: podría emborracharme, pero prefiero tomar poco. Podría ir de juerga hasta las cuatro de la mañana, pero prefiero regresar a casa a las dos o a las tres. Es un límite externo, que hoy día fue reemplazado por la "ley optimista". La "ley zanahoria" daba permiso hasta la una de la mañana. La "ley optimista" es hasta las tres. Y el optimismo consiste en no tener más muertes por accidentes de tránsito a esas horas. Más rumba sin costo en vidas.

-¿Qué lo llevó a la política?

-Fue horriblemente casual. Yo había trabajado sobre temas de cultura, no de ciudad. Sólo había discutido con la alcaldía de Bogotá por la construcción de un puente peatonal. Lo que me interesó fue construir un modelo de seguridad muy distinto, con el enfoque de la cultura ciudadana. Usé muy poco en mis documentos la expresión "seguridad". Sí usé, mucho, mucho, la expresión "cultura ciudadana". Planteé un modelo de autorregulación personal. Que cada uno se asumiera como mayor de edad, pero que también valorizara la mutua regulación social. Yo me veo desde la pedagogía y la ética del discurso. La comunicación honrada nos va liberando, nos permite decantar políticas públicas, e incluso me he permitido el lujo de defender los impuestos.

-¿Cómo pagó favores sin nombrar políticos en los cargos relevantes?

-Algo clave fue ganar las elecciones con el sentimiento de gratitud hacia la gente que ayudó a escribir los programas y organizó actividades, pero no contraje ninguna deuda. Yo anunciaba en la campaña que el equipo de gobierno iba a ser optimizado. Algunas personas, más bien pocas, pasaron de un equipo al otro. Le pedí a la gente que me apoyara porque era una buena opción como gobernante y le dije que iba a tener como retribución una ciudad bien gobernada. Eso les servía a los bogotanos. Pero es un tema curioso, porque la actividad política es bastante altruista, pero, al mismo tiempo, genera expectativas de retribución y reconocimiento. El académico también es alguien muy sediento de reconocimiento que puede ver como pasajeras algunas glorias del poder. Un profesor amigo, cuando supo por la prensa que iba a estar en las primeras elecciones, me dijo: "¿Usted recuerda el nombre del alcalde de Londres cuando Newton publicó su principio matemático?". Le dije que no. Entonces me dijo: "¿Se da cuenta? Newton, claramente, sobrevivió, y para rato, en la memoria".

-Hasta el árbol sobrevivió en Cambridge.

-Hasta el árbol, sí. En parte, mi trabajo es parecido a eso. Ley, moral y cultura, y acuerdos entre los sistemas reguladores. ¿Cómo articularlos y reducir las contradicciones entre ellos?

-Eso me pregunto yo, pero no sólo en Bogotá, sino en un país tan particular como Colombia.

-La ciudad fue un laboratorio bonito para atacar pequeñas ilegalidades. No cruzar la calle por el carril peatonal, hacer respetar las "cebras". Pero también para tener una política muy amplia de seguridad, que redujo homicidios en forma contundente. La principal diferencia es que en ciertas regiones de Colombia tiende a haber enclaves de economía ilegal. No es que existan a la sombra, sino al revés: hay regiones y subregiones que viven de lo ilegal. Allí la lucha es más compleja, pero no por ello es imposible. Como país, la derrota de la ilegalidad es un gran beneficio. Para algunos grupos, sería una gran pérdida, sustantiva, brutal. En síntesis, yo diría que el narcotráfico ha puesto gente colombiana a vender sus vidas, y eso es inaceptable e irracional.

-¿Cómo lidia con las tremendas ganancias que reporta la droga a esos sectores?

-Es mal negocio. Va contra algo básico: la vida humana no se vende. Ellos han puesto la vida en el mercado. Para mí, cada vida es valiosa. Es decir: necesito también proteger la vida del narcotraficante, para mantenerlo fuera de su actividad. Segundo problema: los narcotraficantes debilitan la justicia no sólo por su acción, sino también con los jueces y los fiscales. Tercero: alimentan la corrupción y hacen que la brecha entre reglas formales e informales tienda a disminuir. Contra esto nos advierte la comunidad internacional: debemos "zanahorizarnos" para competir. Cuarto: así como un día pegué un salto de dos metros cuando me hicieron una comparación de Colombia con Sicilia, del mismo modo más de un colombiano ve asociado su nombre con la droga y la mafia. Por autoestima y amor propio, para nosotros está clarísimo que el 97 por ciento de los colombianos quiere una economía legal o, por lo menos, con ilegalidades menos violentas.

-¿Coincide con la política del presidente Uribe?

-Coincido en un aspecto: el fortalecimiento del ejército y de la policía, pero pongo un énfasis mayor de mi parte en fiscales y jueces. Es muy importante que sientan que tienen una función igual o más importante que la fuerza pública. Les toca ser justos, dar garantías y ser insobornables. Mi pronóstico es que una lucha tan centrada en lo militar y lo policial va a llegar rápidamente a un techo.

-En América latina, ¿nota grandes diferencias de comportamiento?

-Democracia significa reglas ciertas y resultados inciertos. Después de la América latina un poco autoritaria y de la época de la revolución preventiva, lo que hubo fue una democracia crispada. Una democracia de laboratorio, en la que las elites tradicionales sintieron que podían tener influencia y en la que la gente participó de manera bastante sensata. Fue una democracia sin sobresaltos, de acuerdos internacionales. Se escucharon las recomendaciones... Lo complejo y lo emocionante es que todo el mundo coincide ahora en que la construcción de la democracia es frágil, pero la democracia tiene que permitir que se expresen diferencias reales. En América latina sigue habiendo opciones de inclusión social, de transacción entre estímulos al crecimiento y medidas restrictivas y un campo muy grande para lo artesanal.

-¿Qué clase de "artesanía" propone Chávez?

-Tengo impresiones de la Venezuela pre-Chávez, en la que había un desprestigio tremendo de la clase política, que se derrumbaba, y veo a Chávez como una voz que mezcla elementos de distinto origen y que construye una propuesta que, guste o no, tiene más identidad que otras.

-¿Aunque pueda afectar a su país si, en determinado momento, apoya a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC)?

-La relación de Chávez con las FARC tiene su origen en una idea noble que posiblemente haya asaltado a muchos dirigentes latinoamericanos. En términos narcisistas, cualquiera que sea el artífice de la paz con las FARC se lleva unas palmas enormes. Pastrana estuvo aspirando al Nobel de la Paz?

-...y Chávez quiso ser el artífice de la paz durante el gobierno de Pastrana.

-Ese es el punto. No es tanto que a Chávez le interese alborotar el problema colombiano. De arranque, es el coqueteo de alguien que quiere ser figura mediadora. Luego, por algunas de las acciones que se van desarrollando, esa filosofía se vuelve problemática para Colombia, y Colombia protesta por la hospitalidad para guerrilleros colombianos en territorio venezolano. Eso produce la acusación válida de que Chávez está favoreciendo a una de las partes. Pero he intuido en las declaraciones de Lula un sueño similar: "¿Qué tal si yo me ganara la lotería de ayudar a resolver semejante rompecabezas?".

-¿Cuánto tiempo pueden dedicarles a Colombia y a la región algunos presidentes comprometidos por escándalos o por elecciones en medio de tanta inestabilidad?

-Hay una tensión entre preservar la popularidad y ejercer la función de gobernante. Gobernar exige acometer acciones de dos clases: unas que son populares y que traen el cariño de todo el mundo y otras que consisten en tomar decisiones sensatas y sanas para la economía y que, normalmente, afectan intereses específicos. El gremio tal, el sindicato tal, el grupo empresarial tal y el grupo regional tal tienen que entregar un privilegio que históricamente han conquistado. Uno desearía un punto medio entre este mundo de gobernantes populares y la eficiencia.

-¿Es el caso de Kirchner?

-De Kirchner conozco muy poco. Lo que veo es un fenómeno importante de aumento de confianza. Está bien que la democracia permita que haya alta confianza en los gobernantes.

-¿Usted es liberal o conservador?

-Tengo herencias de unos y de los otros. Soy un integrador, si se quiere. Lo más importante del liberalismo es el respeto a los derechos individuales y lo defiendo en los terrenos de la religión, la sexualidad, etcétera, pero no lo defiendo en el derecho de hacer de la propia vida lo que se le dé la gana.

Por Jorge Elías
De la Redacción de LA NACION

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SEXTA DECLARACIÓN DE LA SELVA LACANDONA

Archivado en Internacional • Fecha: 06-09-2005 00:00:00

Ésta es nuestra palabra sencilla que busca tocar el corazón de la gente humilde y simple como nosotros, pero, también como nosotros, digna y rebelde. Ésta es nuestra palabra sencilla para contar de lo que ha sido nuestro paso y en donde estamos ahora, para explicar cómo vemos el mundo y nuestro país, para decir lo que pensamos hacer y cómo pensamos hacerlo, y para invitar a otras personas a que se caminan con nosotros en algo muy grande que se llama México y algo más grande que se llama mundo. Esta es nuestra palabra sencilla para dar cuenta a todos los corazones que son honestos y nobles, de lo que queremos en México y el mundo. Ésta es nuestra palabra sencilla, porque es nuestra idea el llamar a quienes son como nosotros y unirnos a ellos, en todas partes donde viven y luchan.

I.- DE LO QUE SOMOS.

Nosotros somos los zapatistas del EZLN, aunque también nos dicen "neo zapatistas". Bueno, pues nosotros los zapatistas del EZLN nos levantamos en armas en enero de 1994 porque vimos que ya está bueno de tantas maldades que hacen los poderosos, que sólo nos humillan, nos roban, nos encarcelan y nos matan, y nada que nadie dice ni hace nada. Por eso nosotros dijimos que "¡Ya Basta!", o sea que ya no vamos a permitir que nos hacen menos y nos traten peor que como animales. Y entonces, también dijimos que queremos la democracia, la libertad y la justicia para todos los mexicanos, aunque más bien nos concentramos en los pueblos indios. Porque resulta que nosotros del EZLN somos casi todos puros indígenas de acá de Chiapas, pero no queremos luchar sólo por su bien de nosotros o sólo por el bien de los indígenas de Chiapas, o sólo por los pueblos indios de México, sino que queremos luchar junto con todos los que son gente humilde y simple como nosotros y que tienen gran necesidad y que sufren la explotación y los robos de los ricos y sus malos gobiernos aquí en nuestro México y en otros países del mundo.

Y entonces nuestra pequeña historia es que nos cansamos de la explotación que nos hacían los poderosos y pues nos organizamos para defendernos y para luchar por la justicia. Al principio no somos muchos, apenas unos cuantos andamos de un lado a otro, hablando y escuchando a otras personas como nosotros. Eso hicimos muchos años y lo hicimos en secreto, o sea sin hacer bulla. O sea que juntamos nuestra fuerza en silencio. Tardamos como 10 años así, y ya luego pues nos crecimos y pues ya éramos muchos miles. Entonces nos preparamos bien con la política y las armas y de repente, cuando los ricos están echando fiesta de año nuevo, pues les caímos en sus ciudades y ahí nomás las tomamos, y les dejamos dicho a todos que aquí estamos, que nos tienen que tomar en cuenta. Y entonces pues que los ricos se dieron su buena espantada y nos mandaron a sus grandes ejércitos para acabarnos, como de por sí hacen siempre que los explotados se rebelan, que los mandan acabar a todos. Pero nada que nos acabaron, porque nosotros nos preparamos muy bien antes de la guerra y nos hicimos fuertes en nuestras montañas. Y ahí andaban los ejércitos buscándonos y echándonos sus bombas y balas, y ya estaban haciendo sus planes de que de una vez matan a todos los indígenas porque bien no saben quién es zapatista y quién no es. Y nosotros corriendo y combatiendo, combatiendo y corriendo, como de por sí hicieron nuestros antepasados. Sin entregarnos, sin rendimos, sin derrotarnos.

Y entonces que la gente de las ciudades se sale a las calles y empieza con su gritadera de que se pare la guerra. Y entonces pues nos paramos nuestra guerra y lo escuchamos a esos hermanos y hermanas de la ciudad, que nos dicen que tratemos de llegar a un arreglo, o sea un acuerdo con los malos gobiernos para que se soluciona el problema sin matazón. Y pues nosotros lo hicimos caso a la gente, porque esa gente es como decimos "el pueblo", o sea el pueblo mexicano. Así que hicimos a un lado el fuego y sacamos la palabra.

Y resulta que los gobiernos dijeron que sí se van a estar bien portados y van a dialogar y van a hacer acuerdos y los van a cumplir. Y nosotros dijimos que está bueno, pero también pensamos que está bueno que conocemos a esa gente que se salió a las calles para parar la guerra. Entonces, mientras estamos dialogando con los malos gobiernos, pues también lo hablamos a esas personas y vimos que la mayoría era gente humilde y sencilla como nosotros, y ambos entendemos bien por qué luchamos, o sea ellos y nosotros. Y a esa gente la llamamos "sociedad civil" porque la mayoría no era de los partidos políticos, sino que era gente así común y corriente, como nosotros, gente sencilla y humilde.

Pero resulta que los malos gobiernos no querían un buen arreglo, sino que nomás era su maña de que vamos a hablar y hacer acuerdo, y estaban preparando sus ataques para eliminarnos de una vez. Y entonces pues varias veces nos atacaron, pero no nos vencieron porque nos resistimos bien y mucha gente en todo el mundo se movilizó. Y entonces los malos gobiernos se pensaron que el problema es que mucha gente está viendo lo que pasa con el EZLN, y empezó su plan de hacer como si no pasa nada. Y mientras, pues bien que nos rodea, o sea que nos pone un cerco, y espera que, como de por sí nuestras montañas están retiradas, pues la gente se olvide porque está lejos la tierra zapatista. Y cada tanto los malos gobiernos prueban y nos tratan de engañar o nos atacan, como en febrero de 1995 que nos aventó una gran cantidad de ejércitos pero no nos derrotó. Porque, como luego dicen, no estábamos solos y mucha gente nos apoyó y nos resistimos bien.

Y pues ya los malos gobiernos tuvieron que hacer acuerdos con el EZLN y esos acuerdos se llaman "Acuerdos de San Andrés" porque "San Andrés" se llama el municipio donde se firmaron esos acuerdos. Y en esos diálogos no estábamos solitos nosotros hablando con los del mal gobierno, sino que invitamos a mucha gente y organizaciones que estaban o están en la lucha por los pueblos indios de México, y todos decían su palabra y todos sacábamos acuerdo de cómo vamos a decir con los malos gobiernos. Y así fue ese diálogo, que no sólo estaban los zapatistas por un lado y los gobiernos por el otro, sino que con los zapatistas estaban los pueblos indios de México y los que los apoyan. Y entonces en esos acuerdos los malos gobiernos dijeron que sí van a reconocer los derechos de los pueblos indios de México y van a respetar su cultura, y todo lo van a hacer ley en la Constitución. Pero, ya luego que firmaron, los malos gobiernos se hicieron como que se les olvida y pasan muchos años y nada que se cumplen esos acuerdos. Al contrario, el gobierno atacó a los indígenas para hacerlos que se echan para atrás en la lucha, como el 22 de diciembre de 1997, fecha en la que el Zedillo mandó matar a 45 hombres, mujeres, ancianos y niños en el poblado de Chiapas que se llama ACTEAL. Este gran crimen no se olvida tan fácil y es una muestra de cómo los malos gobiernos no se tientan el corazón para atacar y asesinar a los que se rebelan contra las injusticias. Y mientras pasa todo eso, pues los zapatistas estamos dale y dale que se cumplan los acuerdos, y resistiendo en las montañas del sureste mexicano. Y entonces empezamos a hablarnos con otros pueblos indios de México y sus organizaciones que tienen y lo hicimos un acuerdo con ellos que vamos a luchar juntos por lo mismo, o sea por el reconocimiento de los derechos y la cultura indígenas. Y bueno, pues también nos apoyó mucha gente de todo el mundo y personas que son muy respetadas y que su palabra es muy grande porque son grandes intelectuales, artistas y científicos de México y de todo el mundo. Y también hicimos encuentros internacionales, o sea que nos juntamos a platicar con personas de América y de Asia y de Europa y de África y de Oceanía, y conocimos sus luchas y sus modos, y dijimos que son encuentros "intergalácticos" nomás por hacernos los chistositos y porque invitamos también a los de otros planetas pero parece que no llegaron, o tal vez sí llegaron pero no lo dijeron claro.

Pero como quiera los malos gobiernos no cumplían, y entonces pues hicimos un plan de hablar con muchos mexicanos para que nos apoyan. Y entonces pues primero hicimos, en 1997, una marcha a la Ciudad de México que se llamó "de los 1,111" porque iban un compañero o compañera por cada pueblo zapatista, pero el gobierno no hizo caso. Y luego, en 1999, hicimos una consulta en todo el país y ahí se miró que la mayoría sí está de acuerdo con las demandas de los pueblos indios, pero los malos gobiernos tampoco hicieron caso. Y ya por último, en 2001, hicimos la que se llamó la "marcha por la dignidad indígena" que tuvo mucho apoyo de millones de mexicanos y de otros países, y llegó hasta donde están los diputados y senadores, o sea el Congreso de la Unión, para exigir el reconocimiento de los indígenas mexicanos.

Pero resulta que no, que los políticos que son del partido PRI, el partido PAN y el partido PRD se pusieron de acuerdo entre ellos y nomás no reconocieron los derechos y la cultura indígenas. Eso fue en abril del 2001 y ahí los políticos demostraron claro que no tienen nada de decencia y son unos sinvergüenzas que sólo piensan en ganar sus buenos dineros como malos gobernantes que son. Esto hay que recordarlo porque ya van a ver ustedes que ahora van a decir que sí van a reconocer los derechos indígenas, pero es una mentira que echan para que votemos por ellos, pero ya tuvieron su oportunidad y no cumplieron.

Y entonces pues ahí lo vimos claro que de balde fueron el diálogo y la negociación con los malos gobiernos de México. O sea que no tiene caso que estamos hablando con los políticos porque ni su corazón ni su palabra están derechos, sino que están chuecos y echan mentiras de que sí cumplen, pero no. O sea que ese día que los políticos del PRI, PAN y PRD aprobaron una ley que no sirve, pues lo mataron de una vez al diálogo y claro dijeron que no importa lo que acuerdan y firman porque no tienen palabra. Y pues ya no hicimos ningún contacto con los poderes federales, porque entendimos que el diálogo y la negociación se habían fracasado por causa de esos partidos políticos. Vimos que no les importaron la sangre, la muerte, el sufrimiento, las movilizaciones, las consultas, los esfuerzos, los pronunciamientos nacionales e internacionales, los encuentros, los acuerdos, las firmas, los compromisos. Así que la clase política no sólo cerró, una vez más, la puerta a los pueblos indios; también le dio un golpe mortal a la solución pacífica, dialogada y negociada de la guerra. Y también ya no se puede creer que cumpla los acuerdos a los que llegue con cualquiera. Ahí lo vean para que saquen experiencia de lo que nos pasó.

Y entonces pues nosotros lo vimos todo eso y nos pensamos en nuestros corazones que qué vamos a hacer. Y lo primero que vimos es que nuestro corazón ya no es igual que antes, cuando empezamos nuestra lucha, sino que es más grande porque ya tocamos el corazón de mucha gente buena. Y también vimos que nuestro corazón está como más lastimado, que sea más herido. Y no es que está herido por el engaño que nos hicieron los malos gobiernos, sino porque cuando tocamos los corazones de otros pues tocamos también sus dolores. O sea que como que nos vimos en un espejo.

II.- DE DONDE ESTAMOS AHORA.

Entonces, como zapatistas que somos, pensamos que no bastaba con dejar de dialogar con el gobierno, sino que era necesario seguir adelante en la lucha a pesar de esos parásitos haraganes de los políticos. El EZLN decidió entonces el cumplimiento, solo y por su lado (o sea que se dice "unilateral" porque sólo un lado), de los Acuerdos de San Andrés en lo de los derechos y la cultura indígenas. Durante 4 años, desde mediando el 2001 hasta mediando el 2005, nos hemos dedicado a esto, y a otras cosas que ya les vamos a decir.

Bueno, pues empezamos entonces a echarle ganas a los municipios autónomos rebeldes zapatistas, que es como se organizaron los pueblos para gobernar y gobernarse, para hacerlos más fuertes. Este modo de gobierno autónomo no es inventado así nomás por el EZLN, sino que viene de varios siglos de resistencia indígena y de la propia experiencia zapatista, y es como el autogobierno de las comunidades. O sea que no es que viene alguien de afuera a gobernar, sino que los mismos pueblos deciden, de entre ellos, quién y cómo gobierna, y si no obedece pues lo quitan. O sea que si el que manda no obedece al pueblo, lo corretean, se sale de autoridad y entra otro.

Pero entonces vimos que los municipios autónomos no estaban parejos, sino que había unos que estaban más avanzados y tenían más apoyos de la sociedad civil, y otros estaban más abandonados. O sea que faltaba organizar para que fuera más parejo. Y también vimos que el EZLN con su parte político-militar se estaba metiendo en las decisiones que le tocaban a las autoridades democráticas, como quien dice "civiles". Y aquí el problema es que la parte político-militar del EZLN no es democrática, porque es un ejército, y vimos que no está bien eso de que está arriba lo militar y abajo lo democrático, porque no debe de ser que lo que es democrático se decida militarmente, sino que debe ser al revés: o sea que arriba lo político democrático mandando y abajo lo militar obedeciendo. O tal vez es mejor que nada abajo sino que puro planito todo, sin militar, y por eso los zapatistas son soldados para que no haya soldados. Bueno, pero entonces, de este problema, lo que hicimos fue empezar a separar lo que es político-militar de lo que son las formas de organización autónomas y democráticas de las comunidades zapatistas. Y así, acciones y decisiones que antes hacía y tomaba el EZLN, pues se fueron pasando poco a poco a las autoridades elegidas democráticamente en los pueblos. Claro que se dice fácil, pero en la práctica cuesta mucho, porque son muchos años, primero de la preparación de la guerra y ya luego mero de la guerra, y se va haciendo costumbre de lo político-militar. Pero como quiera lo hicimos porque es nuestro modo que lo que decimos pues lo hacemos, porque si no, pues entonces para qué vamos a andar diciendo si luego no hacemos.

Así fue como se nacieron las Juntas de Buen Gobierno, en agosto de 2003, y con ellas se continuó con el autoaprendizaje y ejercicio del "mandar obedeciendo".

Desde entonces y hasta la mitad de 2005, la dirección del EZLN ya no se metió a dar órdenes en los asuntos civiles, pero acompañó y apoyó a las autoridades elegidas democráticamente por los pueblos, y, además, vigiló que se informara bien a los pueblos y a la sociedad civil nacional e internacional de los apoyos recibidos y en qué se utilizaron. Y ahora estamos pasando el trabajo de vigilancia del buen gobierno a las bases de apoyo zapatistas, con cargos temporales que se rotan, de modo que todos y todas aprendan y realicen esa labor. Porque nosotros pensamos que un pueblo que no vigila a sus gobernantes, está condenado a ser esclavo, y nosotros peleamos por ser libres, no por cambiar de amo cada seis años.

El EZLN, durante estos 4 años, también le pasó a las Juntas de Buen Gobierno y a los Municipios Autónomos, los apoyos y contactos que, en todo México y el mundo, se lograron en estos años de guerra y resistencia. Además, en ese tiempo, el EZLN fue construyendo un apoyo económico y político que les permita a las comunidades zapatistas avanzar con menos dificultades en la construcción de su autonomía y en mejorar sus condiciones de vida. No es mucho, pero es muy superior a lo que se tenía antes del inicio del alzamiento, en enero de 1994. Si usted mira uno de esos estudios que hacen los gobiernos, va a ver que las únicas comunidades indígenas que mejoraron sus condiciones de vida, o sea su salud, educación, alimentación, vivienda, fueron las que están en territorio zapatista, que es como le decimos nosotros a donde están nuestros pueblos. Y todo eso ha sido posible por el avance de los pueblos zapatistas y el apoyo muy grande que se ha recibido de personas buenas y nobles, que les decimos "sociedades civiles", y de sus organizaciones de todo el mundo. Como si todas esas personas hubieran hecho realidad eso de que "otro mundo es posible", pero en los hechos, no en la pura habladera.

Y entonces los pueblos han tenido buenos avances. Ahora hay más compañeros y compañeras que están aprendiendo a ser gobierno. Y, aunque poco a poco, ya más mujeres se están entrando en estos trabajos, pero todavía sigue faltando respeto a las compañeras y que ellas participen más en los trabajos de la lucha. Y luego, también con las Juntas de Buen Gobierno, ha mejorado la coordinación entre los municipios autónomos y la solución de problemas con otras organizaciones y con las autoridades oficialistas. Y también se mejoró mucho en los proyectos en las comunidades, y es más parejo el reparto de proyectos y apoyos que da la sociedad civil de todo el mundo: se ha mejorado la salud y la educación aunque todavía falta un buen tanto para ser lo que debe de ser, igual con la vivienda y la alimentación, y en algunas zonas se ha mejorado mucho el problema de la tierra porque se repartieron las tierras recuperadas a los finqueros, pero hay zonas que siguen sufriendo por falta de tierras para cultivar. Y luego pues se mejoró mucho el apoyo de la sociedad civil nacional e internacional, porque antes cada quien iba para donde más le latía, y ahora las Juntas de Buen Gobierno las orientan a donde es más necesario. Y, por lo mismo, en todas partes hay más compañeros y compañeras que están aprendiendo a relacionarse con las personas de otras partes de México y del mundo, están aprendiendo a respetar y a exigir respeto, están aprendiendo que hay muchos mundos y que todos tienen su lugar, su tiempo y su modo, y así hay que respetarse mutuamente entre todos.

Bueno, pues nosotros los zapatistas del EZLN nos dedicamos ese tiempo a nuestra fuerza principal, o sea a los pueblos que nos apoyan. Y pues algo sí se ha mejorado la situación, o sea que no hay quien diga que de balde fue la organización y la lucha zapatistas, sino que, aunque nos acaben completamente, nuestra lucha sí sirvió de algo.

Pero no sólo se crecieron los pueblos zapatistas, sino que también se creció el EZLN. Porque lo que pasó en este tiempo es que nuevas generaciones renovaron toda nuestra organización. O sea que como que le metieron nueva fuerza. Los comandantes y comandantas, quienes estaban en su madurez en el inicio del alzamiento en 1994, tienen ahora la sabiduría de lo aprendido en la guerra y en el diálogo de 12 años con miles de hombres y mujeres de todo el mundo. Los miembros del CCRI, la dirección político- organizativa zapatista, ahora aconsejan y orientan a los nuevos que van entrando en nuestra lucha, y a los que van ocupando cargos de dirección. Ya tiene tiempo que los "comités" (que es como les decimos nosotros) han estado preparando toda una nueva generación de comandantes y comandantas que, después de un período de instrucción y prueba, empiezan a conocer los trabajos de mando organizativo y a desempeñarlos. Y pasa también que nuestros insurgentes, insurgentas, milicianos, milicianas, responsables locales y regionales, así como las bases de apoyo, que eran jóvenes en el inicio del alzamiento, son ya hombres y mujeres maduros, veteranos combatientes y líderes naturales en sus unidades y comunidades. Y quienes eran niños en aquel enero de 94, son ya jóvenes que han crecido en la resistencia, y han sido formados en la digna rebeldía levantada por sus mayores en estos 12 años de guerra. Estos jóvenes tienen una formación política, técnica y cultural que no teníamos quienes iniciamos el movimiento zapatista. Esta juventud alimenta ahora, cada vez más, tanto nuestras tropas como los puestos de dirección en la organización. Y, bueno, todos nosotros hemos visto los engaños de la clase política mexicana y la destrucción que sus acciones provocan en nuestra patria. Y hemos visto las grandes injusticias y matazones que hace la globalización neoliberal en todo el mundo. Pero de eso les decimos más luego.

Así el EZLN ha resistido 12 años de guerra, de ataques militares, políticos, ideológicos y económicos, de cerco, de hostigamiento, de persecución, y no nos han vencido, no nos hemos vendido ni rendido, y hemos avanzado. Más compañeros de muchas partes se han entrado en la lucha, así que, en lugar de que nos hacemos más débiles después de tantos años, nos hacemos más fuertes. Claro que hay problemas que se pueden resolver separando más lo político-militar de lo civil-democrático. Pero hay cosas, las más importantes, como son nuestras demandas por las que luchamos, que no se han logrado cabalmente.

Según nuestro pensamiento y lo que vemos en nuestro corazón, hemos llegado a un punto en que no podemos ir más allá y, además, es posible que perdamos todo lo que tenemos, si nos quedamos como estamos y no hacemos nada más para avanzar. O sea que llegó la hora de arriesgarse otra vez y dar un paso peligroso pero que vale la pena. Porque tal vez unidos con otros sectores sociales que tienen las mismas carencias que nosotros, será posible conseguir lo que necesitamos y merecemos. Un nuevo paso adelante en la lucha indígena sólo es posible si el indígena se junta con obreros, campesinos, estudiantes, maestros, empleados... o sea los trabajadores de la ciudad y el campo.

III.- DE CÓMO VEMOS EL MUNDO.

Ahora vamos a explicarles cómo es que vemos nosotros los zapatistas lo que pasa en el mundo. Pues vemos que el capitalismo es el que está más fuerte ahorita. El capitalismo es un sistema social, o sea una forma como en una sociedad están organizadas las cosas y las personas, y quien tiene y quien no tiene, y quien manda y quien obedece. En el capitalismo hay unos que tienen dinero o sea capital y fábricas y tiendas y campos y muchas cosas, y hay otros que no tienen nada sino que sólo tienen su fuerza y su conocimiento para rabajar; y en el capitalismo mandan los que tienen el dinero y las cosas, y obedecen los que nomás tienen su capacidad de trabajo.

Y entonces el capitalismo quiere decir que hay unos pocos que tienen grandes riquezas, pero no es que se sacaron un premio, o que se encontraron un tesoro, o que heredaron de un pariente, sino que esas riquezas las obtienen de explotar el trabajo de muchos. O sea que el capitalismo se basa en la explotación de los trabajadores, que quiere decir que como que exprimen a los trabajadores y les sacan todo lo que pueden de ganancias. Esto se hace con injusticias porque al trabajador no le pagan cabal lo que es su trabajo, sino que apenas le dan un salario para que coma un poco y se descanse un tantito, y al otro día vuelta a trabajar en el explotadero, que sea en el campo o en la ciudad.

Y también el capitalismo hace su riqueza con despojo, o sea con robo, porque les quita a otros lo que ambiciona, por ejemplo tierras y riquezas naturales. O sea que el capitalismo es un sistema donde los robadores están libres y son admirados y puestos como ejemplo.

Y, además de explotar y despojar, el capitalismo reprime porque encarcela y mata a los que se rebelan contra la injusticia.

Al capitalismo lo que más le interesa son las mercancías, porque cuando se compran y se venden dan ganancias. Y entonces el capitalismo todo lo convierte en mercancías, hace mercancías a las personas, a la naturaleza, a la cultura, a la historia, a la conciencia. Según el capitalismo, todo se tiene que poder comprar y vender. Y todo lo esconde detrás de las mercancías para que no vemos la explotación que hace. Y entonces las mercancías se compran y se venden en un mercado. Y resulta que el mercado, además de servir para comprar y vender, también sirve para esconder la explotación de los trabajadores. Por ejemplo, en el mercado vemos el café ya empaquetado, en su bolsita o frasco muy bonitillo, pero no vemos al campesino que sufrió para cosechar el café, y no vemos al coyote que le pagó muy barato su trabajo, y no vemos a los trabajadores en la gran empresa dale y dale para empaquetar el café. O vemos un aparato para escuchar música como cumbias,rancheras o corridos o según cada quien, y lo vemos que está muy bueno porque tiene buen sonido, pero no vemos a la obrera de la maquiladora que batalló muchas horas para pegar los cables y las partes del aparato, y apenas le pagaron una miseria de dinero, y ella vive retirado del trabajo y gasta un buen en el pasaje, y además corre peligro que la secuestran, la violan y la matan como pasa en Ciudad Juárez, en México.

O sea que en el mercado vemos mercancías, pero no vemos la explotación con las que se hicieron. Y entonces el capitalismo necesita muchos mercados... o un mercado muy grande, un mercado mundial.

Y entonces resulta que el capitalismo de ahora no es igual que antes, que están los ricos contentos explotando a los trabajadores en sus países, sino que ahora está en un paso que se llama Globalización Neoliberal. Esta globalización quiere decir que ya no sólo en un país dominan a los trabajadores o en varios, sino que los capitalistas tratan de dominar todo en todo el mundo. Y entonces al mundo, o sea al planeta Tierra, también se le dice que es el "globo terráqueo" y por eso se dice "globalización" o sea todo el mundo.

Y el neoliberalismo pues es la idea de que el capitalismo está libre para dominar todo el mundo y ni modos, pues hay que resignarse y conformarse y no hacer bulla, o sea no rebelarse. O sea que el neoliberalismo es como la teoría, el plan pues, de la globalización capitalista. Y el neoliberalismo tiene sus planes económicos, políticos, militares y culturales. En todos esos planes de lo que se trata es de dominar a todos, y el que no obedece pues lo reprimen o lo apartan para que no pasa sus ideas de rebelión a otros.

Entonces, en la globalización neoliberal, los grandes capitalistas que viven en los países que son poderosos, como Estados Unidos, quieren que todo el mundo se hace como una gran empresa donde se producen mercancías y como un gran mercado. Un mercado mundial, un mercado para comprar y vender todo lo del mundo y para esconder toda la explotación de todo el mundo. Entonces los capitalistas globalizados se meten a todos lados, o sea a todos los países, para hacer sus grandes negocios o sea sus grandes explotaciones. Y entonces no respetan nada y se meten como quiera. O sea que como que hacen una conquista de otros países. Por eso los zapatistas decimos que la globalización neoliberal es una guerra de conquista de todo el mundo, una guerra mundial, una guerra que hace el capitalismo para dominar mundialmente. Y entonces esa conquista a veces es con ejércitos que invaden un país y a la fuerza lo conquistan. Pero a veces es con la economía,o sea que los grandes capitalistas meten su dinero en otro país o le prestan dinero, pero con la condición de que obedezca lo que ellos dicen. Y también se meten con sus ideas, o sea con la cultura capitalista que es la cultura de la mercancía, de la ganancia, del mercado.

Entonces el que hace la conquista, el capitalismo, hace como quiere, o sea que destruye y cambia lo que no le gusta y elimina lo que le estorba. Por ejemplo le estorban los que no producen ni compran ni venden las mercancías de la modernidad, o los que se rebelan a ese orden. Y a esos que no le sirven, pues los desprecia. Por eso los indígenas estorban a la globalización neoliberal y por eso los desprecian y los quieren eliminar. Y el capitalismo neoliberal también quita las leyes que no lo dejan hacer muchas explotaciones y tener muchas ganancias. Por ejemplo imponen que todo se pueda comprar y vender, y como el capitalismo tiene el dinero, pues lo compra todo. Entonces como que el capitalismo destruye a los países que conquista con la globalización neoliberal, pero también como que quiere volver a acomodar todo o hacerlo de nuevo pero a su modo, o sea de modo que lo beneficie y sin lo que le estorba. Entonces la globalización neoliberal, o sea la capitalista, destruye lo que hay en esos países, destruye su cultura, su idioma, su sistema económico, su sistema político, y también destruye los modos en que se relacionan los que viven en ese país. O sea que queda destruido todo lo que hace que un país sea un país.

Entonces la globalización neoliberal quiere destruir a las Naciones del mundo y que sólo queda una sola Nación o país, o sea el país del dinero, del capital. Y el capitalismo quiere entonces que todo sea como él quiere, o sea según su modo, y lo que es diferente pues no le gusta, y lo persigue, y lo ataca, o lo aparta en un rincón y hace como que no existe.

Entonces, como quien dice que resumiendo, el capitalismo de la globalización neoliberal se basa en la explotación, el despojo, el desprecio y la represión a los que no se dejan. O sea igual que antes, pero ahora globalizado, mundial.

Pero no es tan fácil para la globalización neoliberal, porque los explotados de cada país pues no se conforman y no dicen que ya ni modo, sino que se rebelan; y los que sobran y estorban pues se resisten y no se dejan ser eliminados. Y entonces por eso vemos que en todo el mundo los que están jodidos se hacen resistencias para no dejarse, o sea que se rebelan, y no sólo en un país sino que donde quiera abundan, o sea que, así como hay una globalización neoliberal, hay una globalización de la rebeldía.

Y en esta globalización de la rebeldía no sólo aparecen los trabajadores del campo y dé la ciudad, sino que también aparecen otros y otras que mucho los persiguen y desprecian por lo mismo de que no se dejan dominar, como son las mujeres, los jóvenes, los indígenas, los homosexuales, lesbianas, transexuales, los migrantes, y muchos otros grupos que de por sí hay en todo el mundo pero que no vemos hasta que gritan que ya basta de que los desprecien, y se levantan, y pues ya los vemos, y los oímos, y los aprendemos.

Y entonces nosotros vemos que todos esos grupos de gente están luchando contra el neoliberalismo, o sea contra el plan de la globalización capitalista, y están luchando por la humanidad.

Y todo esto que vemos nos produce gran asombro por ver la estupidez de los neoliberalistas que quieren destruir toda la humanidad con sus guerras y explotaciones, pero también nos produce gran contento ver que donde quiera salen resistencias y rebeldías, así como la nuestra que es un poco pequeña pero aquí estamos. Y vemos todo esto en todo mundo y ya nuestro corazón aprende que no estamos solos.

IV.- DE CÓMO VEMOS A NUESTRO PAÍS QUE ES MÉXICO.

Ahora les platicamos cómo vemos lo que está pasando en nuestro México. Bueno, pues lo que vemos es que nuestro país está gobernado por los neoliberalistas. O sea que, como ya explicamos, los gobernantes que tenemos están destruyendo lo que es nuestra Nación, nuestra Patria mexicana. Y su trabajo de estos malos gobernantes no es mirar por el bienestar del pueblo, sino que sólo están pendientes del bienestar de los capitalistas. Por ejemplo, hacen leyes como las del Tratado de Libre Comercio, que pasan a dejar en la miseria a muchos mexicanos, tanto campesinos y pequeños productores, porque son "comidos" por las grandes empresas agroindustriales; tanto como los obreros y pequeños empresarios porque no pueden competir con las grandes trasnacionales que se meten sin que nadie les diga nada y hasta les dan gracias, y ponen sus bajos salarios y sus altos precios. O sea que, como quien dice, algunas de las bases económicas de nuestro México, que eran el campo y la industria y el comercio nacionales, están bien destruidas y apenas quedan unos pocos escombros que seguro también van a vender.

Y éstas son grandes desgracias para nuestra Patria. Porque pues en el campo ya no se producen los alimentos, sino sólo lo que venden los grandes capitalistas, y las buenas tierras son robadas con mañas y con el apoyo de los políticos. O sea que en el campo está pasando igual que cuando el Porfirismo, nomás que, en lugar de hacendados, ahora son unas empresas extranjeras las que tienen al campesino bien jodido. Y donde antes había créditos y precios de protección, ahora sólo hay limosnas, ..y a veces ni eso.

En su lado del trabajador de la ciudad pues las fábricas cierran y se quedan sin trabajo, o se abren las que se llaman maquiladoras, que son del extranjero y que pagan una miseria por muchas horas de trabajo. Y entonces no importa el precio de los productos que necesita el pueblo porque, aunque está caro o barato, pues no hay la paga. Y si alguien se trabajaba en una pequeña o mediana empresa, pues ya no, porque se cerró y la compró una gran trasnacional. Y si alguien tenía un pequeño negocio, pues también se desapareció o se puso a trabajar clandestinamente para las grandes empresas que los explotan una barbaridad, y hasta ponen a trabajar a los niños y niñas. Y si el trabajador estaba en un su sindicato para demandar sus derechos legalmente, pues no, que ahora el mismo sindicato le dice que hay que apechugar que bajan el salario o la jornada de trabajo o quitan prestaciones, porque si no pues la empresa cierra y se va para otro país. Y luego pues está eso del "microchangarro", que es como el programa económico del gobierno para que todos los trabajadores de la ciudad se pongan a vender chicles o tarjetas de teléfono en las esquinas. O sea que pura destrucción económica también en las ciudades.

Y entonces lo que pasa es que, como la economía del pueblo está bien jodida tanto en el campo como en la ciudad, pues muchos mexicanos y mexicanas tienen que dejar su Patria, o sea la tierra mexicana, e irse a buscar trabajo en otro país que es Estados Unidos y ahí no los tratan bien, sino que los explotan, los persiguen y los desprecian y hasta los matan.

Entonces en el neoliberalismo que nos imponen los malos gobiernos pues no ha mejorado la economía, al contrario, el campo está muy necesitado y en las ciudades no hay trabajo. Y lo que está pasando es que México se está convirtiendo nomás en donde nacen y un rato, y otro rato se mueren, los que trabajan para la riqueza de los extranjeros principalmente de los gringos ricos. Por eso decimos que México está dominado por Estados Unidos.

Bueno, pero no sólo pasa esto, sino que también el neoliberalismo cambió a la clase política de México, o sea a los políticos, porque los hizo como que son empleados de una tienda, que tienen que hacer todo lo posible por vender todo y bien barato. Ya ven que cambiaron las leyes para quitar el artículo 27 de la Constitución y se pudieran vender las tierras ejidales y comunales. Eso fue el Salinas de Gortari, y él y sus bandas dijeron que es por bien del campo y del campesino, y que así va a prosperar y a vivir mejor. ¿Acaso ha sido así? El campo mexicano está peor que nunca y los campesinos más jodidos que cuando Porfirio Díaz. Y también dijeron que van a privatizar, o sea a vender a los extranjeros, las empresas que tenía el Estado para apoyar el bienestar del pueblo. Que porque no funcionan bien y les falta modernizarse, y que mejor venderlas. Pero, en lugar de mejorar, los derechos sociales que se conquistaron en la revolución de 1910 son ahora como para dar lástima... y coraje. Y también dijeron que hay que abrir las fronteras para que entre todo el capital extranjero, que así se van a apurar los empresarios mexicanos y a hacer mejor las cosas. Pero ahora vemos que ya ni hay empresas nacionales, todo se lo comieron los extranjeros, y lo que venden está peor que lo que se hacía en México.

Y bueno, pues ahora también los políticos mexicanos lo quieren vender PEMEX o sea el petróleo que es de los mexicanos, y la única diferencia es que unos dicen que se vende todo y otros dicen que sólo se vende una parte. Y también quieren privatizar el seguro social, y la electricidad, y el agua, y los bosques, y todo, hasta que no quede nada de México y nuestro país sólo sea como un terreno baldío o un lugar para su diversión de los ricos de todo el mundo, y los mexicanos y mexicanas estemos como sus sirvientes, pendientes de qué se les ofrece, mal viviendo, sin raíces, sin cultura, sin Patria pues.

O sea que los neoliberalistas lo quieren matar a México, a nuestra patria mexicana. Y los partidos políticos electorales no nada más no defienden, sino que primero que nadie son los que se ponen al servicio de los extranjeros, principalmente de los de Estados Unidos, y son los que se encargan de engañarnos, haciéndonos que miramos para otro lado mientras venden todo y se quedan ellos con la paga. Todos los partidos políticos electorales que hay ahorita, no nomás unos. Piensen ustedes si algo han hecho bien y verán que no, que puras robaderas y transas. Y vean como los políticos electorales siempre tienen sus buenas casas y sus buenos carros y sus lujos. Y todavía quieren que les damos las gracias y que otra vuelta votamos por ellos. Y es que de plano, como luego dicen, no tienen madre. Y no la tienen porque de por sí no tienen Patria, sólo tienen cuentas bancarias.

Y también vemos que crece mucho el narcotráfico y los crímenes. Y a veces pensamos que los criminales son como los presentan en los corridos o las películas, y tal vez algunos son así, pero no son los meros jefes. Los meros jefes andan bien vestidos, tienen estudios en el extranjero, son elegantes, no se andan escondiendo sino que comen en buenos restaurantes y salen en los periódicos muy bonitos y bien vestidos en sus fiestas, o sea que, como luego se dice, son "gente bien", y algunos hasta son gobernantes, diputados, senadores, secretarios de estado, empresarios prósperos, jefes de policía, generales.

¿Estamos diciendo que la política no sirve? No, lo que queremos decir es que ESA política no sirve. Y no sirve porque no toma en cuenta al pueblo, no lo escucha, no le hace caso, nomás se le acerca cuando hay elecciones, y ya ni siquiera quieren votos, ya basta con las encuestas para decir quien gana. Y entonces pues puras promesas de que van a hacer esto y van a hacer lo otro, y ya luego, pues anda-vete y no los vuelves a ver, mas que cuando sale en las noticias que ya se robaron mucho dinero y no les van a hacer nada porque la ley, que esos mismos políticos hicieron, los protege.

Porque ése es otro problema, y es que la Constitución ya está toda manoseada y cambiada. Ya no es la que tenía los derechos y las libertades del pueblo trabajador, sino que ahora están los derechos y las libertades de los neoliberalistas para tener sus grandes ganancias. Y los jueces están para servir a esos neoliberalistas, porque siempre dan su palabra a favor de ellos, y a los que no son ricos pues les tocan las injusticias, las cárceles, los cementerios.

Bueno, pues aún con todo este desbarajuste que están haciendo los neoliberalistas, hay mexicanos y mexicanas que se organizan y hacen lucha de resistencia.

Y así nos enteramos que hay indígenas, que sus tierras están retiradas de aquí de Chiapas, y que hacen su autonomía y defienden su cultura y cuidan la tierra, los bosques, el agua.

Y hay trabajadores del campo, o sea campesinos, que se organizan y hacen sus marchas y movilizaciones para exigir créditos y apoyos al campo.

Y hay trabajadores de la ciudad que no se dejan que les quiten sus derechos o que privaticen sus trabajos, sino que protestan y se manifiestan para que no les quiten lo poco que tienen y para que no le quiten al país lo que es suyo de por sí, como la electricidad, el petróleo, la seguridad social, la educación.

Y hay estudiantes que no dejan que se privatice la educación y luchan porque sea gratuita y popular y científica, o sea que no cobren, que toda la gente pueda aprender, y que en las escuelas no enseñen tarugadas.

Y hay mujeres que no dejan que las traten como adorno o que las humillen y desprecien nomás por mujeres, sino que se organizan y luchan por el respeto que merecen como mujeres que son.

Y hay jóvenes que no aceptan que los embrutecen con las drogas o que los persiguen por sus modos de ser, sino que se hacen conscientes con su música y su cultura, su rebeldía pues.

Y hay homosexuales, lesbianas, transexuales y muchos modos, que no se conforman con que los burlan, y los desprecian, y los maltratan, y hasta los matan porque tienen otro modo que es diferente, y los tratan de anormales o delincuentes, sino que hacen sus organizaciones para defender su derecho a la diferencia.

Y hay sacerdotes y monjas y los que se llaman seglares, que no están con los ricos ni resignados en la rezadera, sino que se organizan para acompañar las luchas del pueblo.

Y hay los que se llaman luchadores sociales, que son hombres y mujeres que toda su vida se la han pasado luchando por el pueblo explotado, y son los mismos que participaron en las grandes huelgas y acciones obreras, en las grandes movilizaciones ciudadanas, en los grandes movimientos campesinos, y que sufrieron las grandes represiones, y como quiera, aunque algunos ya tienen edad, siguen sin rendirse, y ahí andan de un lado a otro buscando la lucha, buscando la organización, buscando la justicia, y se hacen organizaciones de izquierda, organizaciones no gubernamentales, organizaciones de derechos humanos, organizaciones de defensa de presos políticos y de aparición de los desaparecidos, publicaciones de izquierda, organizaciones de maestros o estudiantes, o sea lucha social, y hasta organizaciones político-militares, y nomás no se están quietos y mucho saben porque mucho han visto y oído y vivido y luchado.

Y así en general, nosotros vemos que en nuestro país, que se llama México, hay mucha gente que no se deja, que no se rinde, que no se vende. O sea que es digna. Y eso nos da mucho contento y alegría porque con toda esa gente pues no tan fácil van a ganar los neoliberalistas y tal vez si se logra salvar a nuestra Patria de los grandes robos y destrucción que le hacen. Y pensamos que ojalá nuestro "nosotros" incluyera todas esas rebeldías...

V.- DE LO QUE QUEREMOS HACER.

Bueno, pues ahora les vamos a decir lo que queremos hacer en el mundo y en México, porque no podemos ver todo lo que pasa en nuestro planeta y quedarnos nomás callados, como si sólo nosotros estamos donde estamos.

Pues en el mundo lo que queremos es decirle a todos los que resisten y luchan con sus modos y en sus países, que no están solos, que nosotros los zapatistas, aunque somos muy pequeños, los apoyamos y vamos a ver el modo de ayudarlos en sus luchas y de hablar con ustedes para aprender, porque de por sí lo que hemos aprendido es a aprender.

Y queremos decirle a los pueblos latinoamericanos que es para nosotros un orgullo ser una parte de ustedes, aunque sea pequeña. Que bien que nos acordamos cuando hace años también se iluminaba el continente y una luz se llamaba Che Guevara, como antes se llamó Bolívar, porque a veces los pueblos agarran un nombre para decir que agarran una bandera.

Y queremos decirle al pueblo de Cuba, que ya lleva muchos años resistiendo en su camino, que no está solo y que no estamos de acuerdo con el bloqueo que les hacen y que vamos a ver el modo de mandarles algo, aunque sea maíz, para su resistencia. Y queremos decirle al pueblo norteamericano, que nosotros no revolvemos y sabemos que una cosa son los malos gobiernos que tienen y que pasan a perjudicar a todo el mundo, y otra muy diferente los norteamericanos que luchan en su país y se solidarizan con las luchas de otros pueblos. Y queremos decirle a los hermanos y hermanas Mapuche, en Chile, que vemos y aprendemos de sus luchas. Y a los venezolanos que bien que miramos cómo defienden su soberanía o sea el derecho de su Nación a decidir para dónde va. Y a los hermanos y hermanas indígenas del Ecuador y Bolivia les decimos que nos están dando una buena lección de historia a toda Latinoamérica porque ahora sí que le están poniendo un alto a la globalización neoliberal. Y a los piqueteros y a los jóvenes de Argentina les queremos decir eso, que los queremos. Y a los que en Uruguay se quieren un mejor país que los admiramos. Y a los que están sin tierra en Brasil que los respetamos. Y a todos los jóvenes de Latinoamérica que está bueno lo que están haciendo y que nos da una gran esperanza.

Y queremos decirles a los hermanos y hermanas de la Europa Social, o sea la que es digna y rebelde, que no están solos. Que nos alegran mucho sus grandes movimientos contra las guerras neoliberalistas. Que miramos con atención sus formas de organización y sus modos de luchar para que tal vez algo aprendemos. Que estamos viendo el modo de apoyarlos en sus luchas y que no les vamos a mandar euros porque luego se devalúan por lo del relajo de la Unión Europea, pero tal vez les vamos a mandar artesanías y café para que lo comercializan y algo se ayudan en sus trabajos para la lucha. Y tal vez también les mandamos pozol que da mucha fuerza en la resistencia, pero quien sabe si les mandamos porque el pozol es más bien de nuestro modo y qué tal que les perjudica la panza y se debilitan sus luchas y los derrotan los neoliberalistas.

Y queremos decirles a los hermanos y hermanas de África, Asia y Oceanía que sabemos que también se están luchando y que queremos conocer más de sus ideas y sus prácticas.

Y queremos decirle al mundo que lo queremos hacer grande, tan grande que quepan todos los mundos que resisten porque los quieren destruir los neoliberalistas y porque no se dejan así nomás sino que luchan por la humanidad.

Bueno, pues en México lo que queremos hacer es un acuerdo con personas y organizaciones mero de izquierda, porque pensamos que es en la izquierda política donde mero está la idea de resistirse contra la globalización neoliberal, y de hacer un país donde haya, para todos, justicia, democracia y libertad. No como ahorita que sólo hay justicia para los ricos, sólo hay libertad para sus grandes negocios y sólo hay democracia para pintar las bardas con propaganda electoral. Y porque nosotros pensamos que sólo de la izquierda puede salir un plan de lucha para que nuestra Patria, que es México, no se muere.

Y entonces, lo que pensamos es que, con estas personas y organizaciones de izquierda, hacemos un plan para ir a todas las partes de México donde hay gente humilde y sencilla como nosotros.

Y no es que vamos a decirles qué deben hacer o sea a darles orden.

Tampoco es que vamos a pedirles que voten por un candidato, que ya sabemos que los que hay son neoliberalistas.

Tampoco es que les vamos a decir que hagan igual a nosotros, ni que se levanten en armas.

Lo que vamos a hacer es preguntarles cómo es su vida, su lucha, su pensamiento de cómo está nuestro país y de cómo hacemos para que no nos derroten.

Lo que vamos a hacer es tomar su pensamiento de la gente sencilla y humilde y tal vez encontramos en ella el mismo amor que sentimos nosotros por nuestra patria.

Y tal vez encontramos un acuerdo entre los que somos sencillos y humildes y, juntos, nos organizamos en todo el país y ponemos de acuerdo nuestras luchas que ahorita están solas, apartadas unas de otras, y encontramos algo así como un programa que tenga lo que queremos todos, y un plan de cómo vamos a conseguir que ese programa, que se llama "programa nacional de lucha", se cumpla.

Y entonces, según el acuerdo de la mayoría de esa gente que vamos a escuchar, pues hacemos una lucha con todos, con indígenas, obreros, campesinos, estudiantes, maestros, empleados, mujeres, niños, ancianos, hombres, y con todo aquel que tenga bueno su corazón y tenga la gana de luchar para que no se acabe de destruir y vender nuestra patria que se llama "México" y que viene quedando entre el río Bravo y el río Suchiate, y de un lado tiene el océano pacífico y del otro el océano atlántico.

VI.- DE COMO LO VAMOS A HACER.

Y entonces ésta es nuestra palabra sencilla que va dirigida a la gente humilde y simple de México y el mundo, y a ésta nuestra palabra de ahora la llamamos:

Sexta Declaración de la Selva Lacandona.

Y aquí estamos para decir, con nuestra palabra sencilla, que...

El EZLN mantiene su compromiso de cese al fuego ofensivo y no hará ataque alguno contra fuerzas gubernamentales ni movimientos militares ofensivos.

El EZLN mantiene todavía su compromiso de insistir en la vía de la lucha política con esta iniciativa pacífica que ahora hacemos. Por lo tanto, el EZLN seguirá en su pensamiento de no hacer ningún tipo de relación secreta con organizaciones político-militares nacionales o de otros países.

El EZLN refrenda su compromiso de defender, apoyar y obedecer a las comunidades indígenas zapatistas que lo forman y son su mando supremo, y, sin interferir en sus procesos democráticos internos y en la medida de sus posibilidades, contribuir al fortalecimiento de su autonomía, buen gobierno y mejora de sus condiciones de vida. O sea que lo que vamos a hacer en México y el mundo, lo vamos a hacer sin armas, con un movimiento civil y pacífico, y sin descuidar ni dejar de apoyar a nuestras comunidades.

Por lo tanto...

En el mundo...

1.- Haremos más relaciones de respeto y apoyos mutuos con personas y organizaciones que resisten y luchan contra el neoliberalismo y la humanidad.

2.- En la medida de nuestras posibilidades mandaremos apoyos materiales como alimentos artesanías para los hermanos y hermanas que luchan en todo el mundo.

Para empezar, vamos a pedir prestado a la Junta de Buen Gobierno de La Realidad, el Camión que se llama "Chompiras" y le caben parece que 8 toneladas, y lo vamos a llenar de maíz y tal vez dos tambos de 200 litros cada uno con gasolina o petróleo, según qué les conviene, y los vamos a entregar en la embajada de Cuba en México para que lo mandan en su pueblo cubano como un apoyo de los zapatistas para su resistencia contra el bloqueo norteamericano. O tal vez hay un lugar más acá para entregar porque siempre está retirado hasta la Ciudad de México y qué tal que se descompone el "Chompiras" y vamos a quedar mal. Y eso pues hasta que sale la cosecha que ahorita está verdeando en la milpa y si no nos atacan, porque si mandamos en estos meses que vienen pues puro elote mandamos y no llega bien ni en tamales, mejor en noviembre o diciembre, según.

Y también vamos a hacer acuerdo con las cooperativas de mujeres de las artesanías para mandar un buen tanto de bordados a las Europas que tal vez ya no son Unión, y también tal vez mandamos café orgánico de las cooperativas zapatistas, para que lo vendan y saquen un poco de paga para su lucha. Y si no se vende pues siempre pueden echar un cafecito y platicar de la lucha antineoliberal, y si hace un poco de frío pues se tapan con los bordados zapatistas que sí resisten bien hasta los lavados a mano y piedra y, además, no despintan.

Y a los hermanos y hermanas indígenas de Bolivia y Ecuador también les vamos a mandar un poco de maíz no-transgénico y nomás que no sabemos donde mero entregar para que llegue cabal pero sí estamos dispuestos para dar esta pequeña ayuda.

3.- Y a todos y todas que resisten en todo el mundo les decimos que hay que hacer otros encuentros intercontinentales, aunque sea otro uno. Tal vez diciembre de este año o enero próximo, hay que pensar. No queremos decir mero cuándo, porque se trata de que hacemos acuerdo parejo en todo, de dónde, de cuando, de cómo, de quién. Pero que no sea de templete donde unos pocos hablan y todos los demás escuchan, sino que sin templete, puro plano y todos hablan, pero en orden porque si no pues pura bulla y no se entiende la palabra, y con buena organización todos escuchan, y así apuntan en sus cuadernos las palabras de resistencia de otros para que luego cada quien lo platica a sus compañeros y compañeras en sus mundos. Y nosotros pensamos que sea en un lugar que tenga una cárcel muy grande, porque qué tal que nos reprimen y nos encarcelan, y para no estar todos amontonados sino que presos pero, eso sí, bien organizados, y ahí en la cárcel le seguimos el encuentro intercontinental por la humanidad y contra el neoliberalismo. Entonces ahí luego les decimos cómo hacemos para ponernos de acuerdo en cómo nos vamos a poner de acuerdo. Bueno pues así es como pensamos hacer lo que queremos hacer en el mundo. Ahora sigue...

En México...

1.- Vamos a seguir luchando por los pueblos indios de México, pero ya no sólo por ellos ni sólo con ellos, sino que por todos los explotados y desposeídos de México, con todos ellos y en todo el país. Y cuando decimos que todos los explotados de México también estamos hablando de los hermanos y hermanas que se han tenido que ir a Estados Unidos a buscar trabajo para poder sobrevivir.

2.- Vamos a ir a escuchar y hablar directamente, sin intermediarios ni mediaciones, con la gente sencilla y humilde del pueblo mexicano y, según lo que vamos escuchando y aprendiendo, vamos a ir construyendo, junto con esa gente que es como nosotros, humilde y sencilla, un programa nacional de lucha, pero un programa que sea claramente de izquierda o sea anticapitalista o sea antineoliberal, o sea por la justicia, la democracia y la libertad para el pueblo mexicano.

3.- Vamos a tratar de construir o reconstruir otra forma de hacer política, una que otra vuelta tenga el espíritu de servir a los demás, sin intereses materiales, con sacrificio, con dedicación, con honestidad, que cumpla la palabra, que la única paga sea la satisfacción del deber cumplido, o sea como antes hacían los militantes de izquierda que no paraban ni con golpes, cárcel o muerte, mucho menos con billetes de dólar.

4.- También vamos a ir viendo de levantar; una lucha para demandar que hacemos una nueva Constitución o sea nuevas leyes que tomen en cuenta las demandas del pueblo mexicano como son: techo, tierra, trabajo, alimento, salud, educación, información, cultura, independencia, democracia, justicia, libertad y paz. Una nueva Constitución que reconozca los derechos y libertades del pueblo, y defienda al débil frente al poderoso.

PARA ESTO....

El EZLN enviará una delegación de su dirección para hacer este trabajo en todo el territorio nacional y por tiempo indefinido. Esta delegación zapatista, junto con las organizaciones y personas de izquierda que se sumen a esta Sexta Declaración de la Selva Lacandona, irá a los lugares a donde nos inviten expresamente.

También avisamos que el EZLN establecerá una política de alianzas con organizaciones y movimientos no electorales que se definan, en teoría y práctica, como de izquierda, de acuerdo a las siguientes condiciones:

No a hacer acuerdos arriba para imponer abajo, sino a hacer acuerdos para ir juntos a escuchar y a organizar la indignación; no a levantar movimientos que sean después negociados a espaldas de quienes los hacen, sino a tomar en cuenta siempre la opinión de quienes participan; no a buscar regalitos, posiciones, ventajas, puestos públicos, del Poder o de quien aspira a él, sino a ir más lejos de los calendarios electorales; no a tratar de resolver desde arriba los problemas de nuestra Nación, sino a construir DESDE ABAJO Y POR ABAJO una alternativa a la destrucción neoliberal, una alternativa de izquierda para México.

Sí al respeto recíproco a la autonomía e independencia de organizaciones, a sus formas de lucha, a su modo de organizarse, a sus procesos internos de toma de decisiones, a sus representaciones legítimas, a sus aspiraciones y demandas; y sí a un compromiso claro de defensa conjunta y coordinada de la soberanía nacional, con la oposición intransigente a los intentos de privatización de la energía eléctrica, el petróleo, el agua y los recursos naturales.

O sea que, como quien dice, invitamos a las organizaciones políticas y sociales de izquierda que no tengan registro, y a las personas que se reivindiquen de izquierda que no pertenezcan a los partidos políticos con registro, a reunimos en tiempo, lugar y modo que les propondremos en su oportunidad, para organizar una campaña nacional, visitando todos los rincones posibles de nuestra patria, para escuchar y organizar la palabra de nuestro pueblo. Entonces es como una campaña, pero muy otra porque no es electoral.

Hermanos y hermanas:

Ésta es nuestra palabra que declaramos: <>P> En el mundo vamos a hermanarnos más con las luchas de resistencia contra el neoliberalismo y por la humanidad.

Y vamos a apoyar, aunque sea un poco, a esas luchas.

Y vamos, con respeto mutuo, a intercambiar experiencias, historias, ideas, sueños.

En México, vamos a caminar por todo el país, por las ruinas que ha dejado la guerra neoliberal y por las resistencias que, atrincheradas, en él florecen.

Vamos a buscar, y a encontrar, a alguien que quiera a estos suelos y a estos cielos siquiera tanto como nosotros.

Vamos a buscar, desde La Realidad hasta Tijuana, a quien quiera organizarse, luchar, construir acaso la última esperanza de que esta Nación, que lleva andando al menos desde el tiempo en que un águila se posó sobre un nopal para devorar una serpiente, no muera.

Vamos por democracia, libertad y justicia para quienes nos son negadas.

Vamos con otra política, por un programa de izquierda y por una nueva constitución.

Invitamos a los indígenas, obreros, campesinos, maestros, estudiantes, amas de casa, colonos, pequeños propietarios, pequeños comerciantes, micro empresarios, jubilados, discapacitados, religiosos y religiosas, científicos, artistas, intelectuales, jóvenes, mujeres, ancianos, homosexuales y lesbianas, niños y niñas, para que, de manera individual o colectiva participen directamente con los zapatistas en esta CAMPAÑA NACIONAL para la construcción de otra forma de hacer política, de un programa de lucha nacional y de izquierda, y por una nueva Constitución.

Y pues ésta es nuestra palabra de lo que vamos a hacer y de cómo lo vamos a hacer. Ahí lo vean si es que le quieren entrar.

Y les decimos a los hombres y mujeres que tengan bueno su pensamiento en su corazón, que estén de acuerdo con esta palabra que sacamos y que no tengan miedo, o que tengan miedo pero que lo controlen, pues que digan públicamente si están de acuerdo con esta idea que estamos declarando y pues así vamos viendo de una vez quién y cómo y en dónde y cuándo es que se hace este nuevo paso en la lucha.

Por mientras lo piensan, les decimos que, hoy, en el sexto mes del año de 2005, los hombres, mujeres, niños y ancianos del Ejército Zapatista de Liberación Nacional ya nos decidimos y ya suscribimos esta Sexta Declaración de la Selva Lacandona, y firmaron los que saben y los que no lo pusieron su huella, pero ya son menos los que no saben porque ya se avanzó la educación aquí en este territorio en rebeldía por la humanidad y contra el neoliberalismo, o sea en cielo y tierra zapatistas.

Y ésta fue nuestra sencilla palabra dirigida a los corazones nobles de la gente simple y humilde que resiste y se rebela contra las injusticias en todo el mundo.

¡DEMOCRACIA!
¡LIBERTAD!
¡JUSTICIA!

Desde las montañas del Sureste Mexicano.

Comité Clandestino Revolucionario Indígena-
Comandancia General del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

México, en el mes sexto, o sea en junio, del año de 2005.
EJÉRCITO ZAPATISTA DE LIBERACIÓN NACIONAL.
MÉXICO.

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El carácter destructivo, Walter Benjamin

Archivado en General • Fecha: 04-09-2005 03:03:18

Puede ocurrirle a alguno qué, al contemplar su vida retrospectivamente, reconozca que casi todos los vínculos fuertes que ha padecido en ella tienen su origen en hombres cuyo “carácter destructivo” está todo el mundo de acuerdo. Un día, quizás por azar, tropezará con este hecho, y cuanto más violento sea el choque que le cause, mayores serán las probabilidades de que se represente el carácter destructivo.
El carácter destructivo sólo conoce una consigna: hacer sitio; sólo una actividad: despejar. Su necesidad de aire fresco y espacio libre es más fuerte que todo odio. El carácter destructivo es joven y alegre. Porque destruir rejuvenece, ya que aparta del camino las huellas de nuestra edad; y alegra, puesto que para el que destruye dar de lado significa una reducción perfecta, una erradicación incluso de la situación en que se encuentra. A esta imagen apolinea de lo destructivo nos lleva por de pronto el atisbo de lo muchísimo que se simplifica el mundo si se comprueba hasta que punto merece la pena su destrucción. Este es el gran vínculo que enlaza unánimemente todo lo que existe. Es un panorama que depara al carácter destructivo un espectáculo de la más honda armonía. El carácter destructivo trabaja siempre fresco. Es la naturaleza la que, al menos indirectamente, le prescribe el ritmo: porque tiene que tomarle la delantera. De lo contrario será ella la que emprenda la destrucción
Al carácter destructivo no le ronda ninguna imagen. Tiene pocas necesidades y la mínima será saber qué es lo que va a ocupar el lugar de lo destruido. Por de pronto, por lo menos por un instante, el espacio vacío, el sitio donde estuvo la cosa que ha vivido el sacrificio. Enseguida habrá alguien que lo necesite sin ocuparlo.
El carácter destructivo hace su trabajo y sólo evita el creador. Así como el que crea, busca para sí la soledad, tiene que rodearse constantemente el que destruye de gentes que atestigüen su eficiencia.
El carácter destructivo es una señal. Así como un punto trigonométrico está expuesto por todos lados al viento, él está por todos lados expuesto a las habladurías. No tiene sentido protegerle en contra.
El carácter destructivo no está interesado en absoluto en que se lo entienda. Considera superficiales los empeños en esa dirección. En nada puede dañarle ser malentendido. Al contrario, lo provoca, igual que lo provocaron los oráculos, instituciones destructivas del Estado. El más pequeño burgués de todos los fenómenos, el cotilleo, tiene lugar sólo porque las gentes no quieren ser malentendidas. El carácter destructivo deja que se le entienda mal, no favorece el cotilleo.
El carácter destructivo es el enemigo del hombre-estuche. El hombre-estuche busca su comodidad y la médula de ésta es la envoltura. El interior del estuche es la huella que aquél ha impreso en el mundo envuelta en terciopelo. El carácter destructivo, borra incluso las huellas de la destrucción.
El carácter destructivo milita en el frente de los tradicionalistas. Algunos transmiten las cosas en tanto que las hacen intocables y las conservan; otros las situaciones en tanto que las hacen manejables y las liquidan. A estos se los llama destructivos.
El carácter destructivo tiene la conciencia del hombre histórico, cuyo sentimiento fundamental es una desconfianza invencible respecto del curso de las cosas (y la prontitud con que siempre toma nota de que todo puede irse a pique). De ahí que el carácter destructivo sea la confianza misma.
El carácter destructivo no ve nada duradero. Pero por eso mismo ve caminos por todas partes. Donde otros tropiezan con muros o con montañas, él ve también un camino. Y como lo ve por todas partes por eso tiene siempre algo que dejar en la cuneta. Y no siempre con áspera violencia, a veces con violencia refinada. Como por todas partes ve caminos, esta siempre en la encrucijada. En ningún instante es capaz de saber lo que traerá consigo el próximo. Hace escombros de lo existente, y no por los escombros mismos, sino por el camino que pasa a través de ellos.
El carácter destructivo no vive del sentimiento de que la vida es valiosa, sino del sentimiento de que el suicidio no vale la pena.

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Para una versión del I Ching, Jorge Luis Borges

Archivado en General • Fecha: 04-09-2005 02:55:51

El porvenir es tan irrevocable
como el rígido ayer.
No hay una cosa que no sea una letra silenciosa
de la eterna escritura indescifrable
cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
de su casa ya ha vuelto. Nuestra vida es la senda
futura y recorrida.
El rigor ha tejido la madeja.
No te arredres. La ergástula es oscura,
la firme trama es de incesante hierro,
pero en algún recodo de tu encierro
puede haber una luz, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha.
Pero en las grietas, está Dios que acecha.

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Ajedrez, Jorge Luis Borges

Archivado en General • Fecha: 04-09-2005 02:21:10

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
Reina, torre directa y peón ladino
Sobre lo negro y blanco del camino
Buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
Del jugador gobierna su destino
No saben que un rigor adamantino
Sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero
(La sentencia es de Omar) de otro tablero
De negras noches y de blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza
¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza
De polvo y tiempo y sueños y agonías?

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Lea el discurso completo de Martin Luther King en la marcha sobre Washington.

Archivado en Internacional • Fecha: 04-09-2005 00:00:00

El 28 de agosto de 1963 Martin Luther King brindó su discurso "Yo tengo un sueño" en los escalones del monumento a Lincoln en Washington D.C.

Estoy feliz de unirme a ustedes hoy en lo que quedará en la historia como la mayor demostración por la libertad en la historia de nuestra nación.

Hace años, un gran americano, bajo cuya sombra simbólica nos paramos, firmó la Proclama de Emancipación. Este importante decreto se convirtió en un gran faro de esperanza para millones de esclavos negros que fueron cocinados en las llamas de la injusticia. Llegó como un amanecer de alegría para terminar la larga noche del cautiverio.

Pero 100 años después, debemos enfrentar el hecho trágico de que el negro todavía no es libre. Cien años después, la vida del negro es todavía minada por los grilletes de la discriminación. Cien años después, el negro vive en una solitaria isla de pobreza en medio de un vasto océano de prosperidad material. Cien años después el negro todavía languidece en los rincones de la sociedad estadounidense y se encuentra a sí mismo exiliado en su propia tierra.

Y así hemos venido aquí hoy para dramatizar una condición extrema. En un sentido llegamos a la capital de nuestra nación para cobrar un cheque. Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron las magníficas palabras de la Constitución y la Declaratoria de la Independencia, firmaban una promisoria nota de la que todo estadounidense sería el heredero. Esta nota era una promesa de que todos los hombres tendrían garantizados los derechos inalienables de "Vida, Libertad y la búsqueda de la Felicidad".

Es obvio hoy que Estados Unidos ha fallado en su promesa en lo que respecta a sus ciudadanos de color. En vez de honrar su obligación sagrada, Estados Unidos dio al negro un cheque sin valor que fue devuelto marcado "fondos insuficientes". Pero nos rehusamos a creer que el banco de la justicia está quebrado. Nos rehusamos a creer que no hay fondos en los grandes depósitos de oportunidad en esta nación. Entonces hemos venido a cobrar este cheque, un cheque que nos dará las riquezas de la libertad y la seguridad de la justicia.

Sofocante verano del descontento

También vinimos a este punto para recordarle de Estados Unidos de la feroz urgencia del ahora. Este no es tiempo para entrar en el lujo del enfriamiento o para tomar la droga tranquilizadora del gradualismo. Ahora es el tiempo de elevarnos del oscuro y desolado valle de la segregación hacia el iluminado camino de la justicia racial. Ahora es el tiempo de elevar nuestra nación de las arenas movedizas de la injusticia racial hacia la sólida roca de la hermandad. Ahora es el tiempo de hacer de la justicia una realidad para todos los hijos de Dios.

Sería fatal para la nación el no percatar la urgencia del momento. Este sofocante verano del legítimo descontento del negro no terminará hasta que venga un otoño revitalizador de libertad e igualdad. 1963 no es un fin, sino un principio. Aquellos que piensan que el negro sólo necesita evacuar frustración y que ahora permanecerá contento, tendrán un rudo despertar si la nación regresa a su rutina habitual.

No habrá ni descanso ni tranquilidad en Estados Unidos hasta que el negro tenga garantizados sus derechos de ciudadano. Los remolinos de la revuelta continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que emerja el esplendoroso día de la justicia.

Pero hay algo que debo decir a mi gente, que aguarda en el cálido umbral que lleva al palacio de la justicia: en el proceso de ganar nuestro justo lugar no deberemos ser culpables de hechos erróneos. No saciemos nuestra sed de libertad tomando de la copa de la amargura y el odio. Siempre debemos conducir nuestra lucha en el elevado plano de la dignidad y la disciplina. No debemos permitir que nuestra protesta creativa degenere en la violencia física. Una y otra vez debemos elevarnos a las majestuosas alturas de la resistencia a la fuerza física con la fuerza del alma.

Esta nueva militancia maravillosa que ha abrazado a la comunidad negra no debe conducir a la desconfianza de los blancos, ya que muchos de nuestros hermanos blancos, como lo demuestra su presencia aquí hoy, se han dado cuenta de que su destino está atado a nuestro destino. Se han dado cuenta de que su libertad está ligada inextricablemente a nuestra libertad. No podemos caminar solos. Y a medida que caminemos, debemos hacernos la promesa de que marcharemos hacia el frente. No podemos volver atrás.

Existen aquellos que preguntan a quienes apoyan la lucha por derechos civiles: "¿Cuándo quedarán satisfechos?" Nunca estaremos satisfechos en tanto el negro sea víctima de los inimaginables horrores de la brutalidad policial. Nunca estaremos satisfechos en tanto nuestros cuerpos, pesados con la fatiga del viaje, no puedan acceder a alojamiento en los moteles de las carreteras y los hoteles de las ciudades. No estaremos satisfechos en tanto la movilidad básica del negro sea de un gueto pequeño a uno más grande. Nunca estaremos satisfechos en tanto a nuestros hijos les sea arrancado su ser y robada su dignidad por carteles que rezan: "Solamente para blancos". No podemos estar satisfechos y no estaremos satisfechos en tanto un negro de Mississippi no pueda votar y un negro en Nueva York crea que no tiene nada por qué votar. No, no estamos satisfechos, y no estaremos satisfechos hasta que la justicia nos caiga como una catarata y el bien como un torrente.

No olvido que muchos de ustedes están aquí tras pasar por grandes pruebas y tribulaciones. Algunos de ustedes apenas salieron de celdas angostas. Algunos de ustedes llegaron desde zonas donde su búsqueda de libertad los ha dejado golpeados por las tormentas de la persecución y sacudidos por los vientos de la brutalidad policial. Ustedes son los veteranos del sufrimiento creativo. Continúen su trabajo con la fe de que el sufrimiento sin recompensa asegura la redención.

Vuelvan a Mississippi, vuelvan a Alabama, regresen a Georgia, a Louisiana, a las zonas pobres y guetos de las ciudades norteñas, con la sabiduría de que de alguna forma esta situación puede ser y será cambiada.

No nos deleitemos en el valle de la desesperación. Les digo a ustedes hoy, mis amigos, que pese a todas las dificultades y frustraciones del momento, yo todavía tengo un sueño. Es un sueño arraigado profundamente en el sueño americano.

El sueño

Yo tengo un sueño que un día esta nación se elevará y vivirá el verdadero significado de su credo, creemos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales.

Yo tengo un sueño que un día en las coloradas colinas de Georgia los hijos de los ex esclavos y los hijos de los ex propietarios de esclavos serán capaces de sentarse juntos en la mesa de la hermandad.

Yo tengo un sueño que un día incluso el estado de Mississippi, un estado desierto, sofocado por el calor de la injusticia y la opresión, será transformado en un oasis de libertad y justicia.

Yo tengo un sueño que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter.

Yo tengo un sueño que un día, allá en Alabama, con sus racistas despiadados, con un gobernador cuyos labios gotean con las palabras de la interposición y la anulación; un día allí mismo en Alabama pequeños niños negros y pequeñas niñas negras serán capaces de unir sus manos con pequeños niños blancos y niñas blancas como hermanos y hermanas.

¡Yo tengo un sueño hoy!

Yo tengo un sueño que un día cada valle será exaltado, cada colina y montaña será bajada, los sitios escarpados serán aplanados y los sitios sinuosos serán enderezados, y que la gloria del Señor será revelada, y toda la carne la verá al unísono.

Esta es nuestra esperanza. Esta es la fe con la que regresaré al sur. Con esta fe seremos capaces de esculpir de la montaña de la desesperación una piedra de esperanza.

Con esta fe seremos capaces de transformar las discordancias de nuestra nación en una hermosa sinfonía de hermandad. Con esta fe seremos capaces de trabajar juntos, de rezar juntos, de luchar juntos, de ir a prisión juntos, de luchar por nuestra libertad juntos, con la certeza de que un día seremos libres.

Este será el día, este será el día en que todos los niños de Dios serán capaces de cantar con un nuevo significado: "Mi país, dulce tierra de libertad, sobre ti canto. Tierra donde mis padres murieron, tierra del orgullo del peregrino, desde cada ladera, dejen resonar la libertad". Y si Estados Unidos va a convertirse en una gran nación, esto debe convertirse en realidad.

Entonces dejen resonar la libertad desde las prodigiosas cumbres de Nueva Hampshire. Dejen resonar la libertad desde las grandes montañas de Nueva York. Dejen resonar la libertad desde los Alleghenies de Pennsylvania! Dejen resonar la libertad desde los picos nevados de Colorado. Dejen resonar la libertad desde los curvados picos de California. Dejen resonar la libertad desde las montañas de piedra de Georgia. Dejen resonar la libertad de la montaña Lookout de Tennessee. Dejen resonar la libertad desde cada colina y cada topera de Mississippi, desde cada ladera, dejen resonar la libertad!

Y cuando esto ocurra, cuando dejemos resonar la libertad, cuando la dejemos resonar desde cada pueblo y cada caserío, desde cada estado y cada ciudad, seremos capaces de apresurar la llegada de ese día cuando todos los hijos de Dios, hombres negros y hombres blancos, judíos y gentiles, protestantes y católicos, serán capaces de unir sus manos y cantar las palabras de un viejo spiritual negro: "¡Por fin somos libres! ¡Por fin somos libres! Gracias a Dios todopoderoso, ¡por fin somos libres!"
Nota de BBCMundo.com:
http://news.bbc.co.uk/go/pr/fr/-/hi/spanish/international/newsid_3188000/3188123.stm

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Santuarios y justicia

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 04-09-2005 00:00:00

El alcance de los derechos no se mide con instrumentos geométricos. El uso del espacio público como campo de recordación o de reclamo.

POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar

Los chicos del colegio de Carmen de Patagones no quieren que se renueve la pintura del edificio donde tres de sus compañeros fueron asesinados por otro alumno. Los familiares y amigos de las víctimas de Cromañón mantienen desde aquella noche terrible un santuario en la calle Bartolomé Mitre, que está cerrada al tránsito y ocupada por recordatorios diversos, carteles, dibujos, fotos, toldos, flores marchitas. Todos sienten que se les debe justicia. El reclamo de justicia tiene una fuerza que trasciende a los hechos que lo provocan, porque vigila que ninguna maniobra pueda conducir al encubrimiento de quienes son juzgados responsables. Los familiares y amigos de las víctimas piden por sus muertos, pero tienen un eco más amplio porque en la Argentina pensamos que pocos asesinos y corruptos han recibido la condena que merecen. Pedir justicia es un derecho y ocupa un primer plano también porque, durante la dictadura militar, el Estado se sustrajo a la justicia cometiendo crímenes que, en occidente, se consideran imprescriptibles. Por la justicia se lucha en el espacio público y si las instituciones no escuchan es legítimo ocuparlo y abroquelarse allí.

A veces es difícil elegir una forma de reclamo que no incomode a nadie, porque los derechos no son figuras geométricas que jamás se intersectan ni se superponen. Por el contrario, en la vida las cosas tienden, nos guste o no, a superponerse y a chocar. Por lo tanto, no siempre es adecuado reaccionar como un geómetra cuando un grupo de gente damnificada y víctima de la privación o del dolor ocupa el espacio público para ser vista, que es el umbral mínimo que hay que atravesar para ser atendido.

Los reclamos de justicia pueden llegar a interrumpir o torcer la vida cotidiana en la ciudad; la legitimidad del reclamo está basada en que la vida de una o cien personas ha sido interrumpida para siempre no por un hecho privado sino por algo que se cree que hubiera podido evitarse con buen gobierno. A veces el reclamo es tan absoluto que equivocadamente expulsa de la esfera de la justicia a los considerados criminales. Las instituciones están para tomar entonces la representación de todos: permitir la excarcelación de Chabán, si le corresponde, o custodiar la vida y el futuro del pobre muchacho enloquecido que disparó contra sus compañeros en la escuela de Carmen de Patagones.

Otros problemas se originan en la tendencia actual a convertir en santuario cualquier espacio donde ha sucedido un crimen o una desgracia. Esa tendencia es cultural y plantea un conflicto de ocupación del espacio público. Hacer un santuario de cada local o esquina donde aconteció una desgracia o un crimen implica convertir a la ciudad en un paisaje incontrolable de recordaciones. Entre la placa conmemorativa que se coloca sobre una pared y la conservación intacta durante meses del escenario de una tragedia hay diferencias que se perciben sin teorizar demasiado. Entre una placa en la calle Bartolomé Mitre y el proyecto de ocupar metros de vereda con un monumento recordatorio (que la mala conciencia de las autoridades de la ciudad parece ya haber otorgado a los representantes de las víctimas de Cromañón) hay alternativas que no suponen siempre y necesariamente un uso irrestricto de un espacio que no es ilimitado ni es propiedad de quienes fueron afectados por un crimen.

La memoria de las víctimas deberá ser conservada por sus familiares; el recuerdo del crimen deberá servir de advertencia colectiva para que no se repita. Pero deberíamos discutir si queremos que la ciudad se convierta en un tablero donde cada uno de nosotros vaya clavando el banderín recordatorio de la ofensa recibida. Hay hechos, como los asesinados por la dictadura, que tienen una trascendencia y definen para siempre nuestro futuro. Otro hechos terribles no tienen ese estatuto, aunque el dolor de los próximos a los muertos sea igualmente intenso. No se puede medir la intensidad del dolor. Pero es apropiado diferenciar entre, para poner un ejemplo, un crimen de lesa humanidad y la responsabilidad criminal de un funcionario.

http://www.clarin.com/diario/2005/09/04/sociedad/s-1046185.htm

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"Hay que liberar a las mujeres del trabajo no remunerado"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 04-09-2005 00:00:00

CRISTINA GARCIA SAINZ, SOCIOLOGA

Ser ama de casa y cuidar a los hijos y a los ancianos son tareas hechas por mujeres y no valoradas por la sociedad. El Estado debería intervenir, para que el ingreso de ellas en el mercado fuera realmente masivo.

Daniel Santoro.
dasantoro@clarin.com

Usted sostiene que la sociedad debe replantear el concepto de trabajo clásico. ¿De qué manera?

—Planteo la necesidad de reconceptualizar el trabajo para incluir la idea de trabajo no remunerado, como el trabajo doméstico que realizan las mujeres en sus hogares. ¿Para qué? Pues para que se adecue, desde una perspectiva de género, a lo que hacen las mujeres. O sea, nosotras —y digo en femenino— no podemos seguir manteniendo el concepto clásico. Porque seríamos injustas con nosotras mismas, y también injustas con la mirada de la sociedad, si siguiéramos manteniendo un concepto de trabajo como el que nos diseñaron los economistas del XIX.

# ¿Cómo se puede medir el trabajo no remunerado que realizan en su mayoría las mujeres?

—Las encuestas de uso del tiempo son el instrumento más válido para dar cuenta de lo que ocurre con el trabajo no remunerado. Se vienen realizando en distintos países desde las últimas décadas. La legisladora Pimpi Colombo puso en la Argentina en 1998 la primera piedra respecto de cómo valorar esta actividad. Ahora espero que se desarrolle con mayor entidad en la medida que se sume el Estado a este propósito. Las encuestas que menciono proporcionan información sobre cuánto tiempo dedica la población a actividades como cocinar, ir de compras, cuidar a los hijos o a los ancianos...

# ¿Qué resultados dan esas encuestas sobre el trabajo no remunerado en España?

—Del trabajo no remunerado, las mujeres realizan el 75% y los varones el 25%, siempre medido en tiempo. Por el contrario, si vemos el empleo, las mujeres participan en un 32% y los varones en el resto. Y, lo que es más importante, de la carga global de trabajo, las mujeres realizan el 55%, mientras que los varones realizan el 45% restante. Si observamos el tiempo medio dedicado al trabajo, vemos que el 53% es trabajo no remunerado... Y, si vemos la dedicación de los varones y de las mujeres, detectamos que los varones dedican ese tiempo mayoritariamente al mercado, mientras que la mayor parte del trabajo no remunerado es el de las mujeres.

# ¿Qué se puede hacer para que la sociedad reconozca el trabajo no remunerado?

—El Estado de bienestar, como se lo conoce en Europa, debe liberar a la mujer de la responsabilidad tradicional de cuidar a los chicos y ancianos, por ejemplo. Lo puede hacer creando y financiando guarderías o geriátricos para permitir que la mujer salga al mercado laboral.

# Pero en la Argentina el Estado no tiene recursos para este tipo de medidas...

—No puedo hacer recomendaciones para la Argentina porque no estudié su sociedad. Pero por lo menos es importante que se abra el debate como es impulsado hoy desde el Consejo Nacional de la Mujer.

# A pesar de la legislación moderna, ¿en Europa persiste la discriminación laboral contra la mujer?

—Si nos fijamos, en este caso, cuál es la participación de hombres y mujeres en el trabajo, y cuál la carga global de trabajo, es decir, la suma de ambos, pues podemos ver cómo en todos ellos —salvo alguna excepción que veo en Noruega y Suecia— el volumen de trabajo que realizan las mujeres supera el volumen de trabajo que realizan los hombres, medido en tiempo. Por lo tanto, en la carga global de trabajo, en la suma de los dos (el clásico y el no remunerado), el tiempo dedicado por las mujeres supera de manera significativa al volumen de tiempo que dedican los hombres a ambos trabajos. Esto nos muestra que cuanto más dedicación al trabajo no remunerado de las mujeres, la participación laboral es más baja en el mercado. Es decir que, a mayor participación en trabajo no remunerado o trabajo doméstico, le corresponde una menor participación en el mundo laboral. España es uno de los países europeos donde la tasa de ocupación de las mujeres es más baja en relación con el resto de los países europeos. Esto es una constante también de los países mediterráneos como Italia y Grecia, que están en situación parecida. Pero esto, como decía, va muy en relación con la dedicación al trabajo no remunerado. Si vemos sólo la dedicación al trabajo remunerado, pues podemos ver algo que ya intuimos, y es que los varones tienen una dedicación bastante más alta al trabajo remunerado, al empleo, que las mujeres. Esto, dicho así, pues es bastante obvio, en el sentido de que, como sabemos, los que mayoritariamente participan en el mercado de trabajo son los varones.

# ¿Qué consecuencias sociales y económicas trae la incorporación de la mujer al mundo laboral?

—En primer lugar, lleva consigo la obtención de una remuneración económica. Eso ya de por sí es positivo: en la medida que las mujeres cuentan con recursos propios, se ganan la vida por sí mismas. Pero además de eso, en general, en todos los países, el empleo lleva consigo unas prestaciones de tipo social económico, como por ejemplo el derecho a jubilación, el derecho al desempleo, bajas por maternidad... Podríamos seguir ampliando, y en cada caso concretarlo más. Por lo tanto, que las mujeres estén excluidas del empleo significa que también carecen de estos recursos, de este salario y de estas prestaciones asociadas al empleo. Hay que remarcar que el empleo femenino revierte no sólo de manera positiva sobre las propias mujeres, sino sobre la sociedad en general.

# ¿De qué manera?

—A nivel general, se dice que por cada cien empleos de las mujeres se crean otros quince a veinticinco nuevos empleos derivados de temas de guarderías, de comedores, etcétera. Porque, si las mujeres tienen un empleo, alguien tiene que cuidar los niños, con más frecuencia se come fuera, etcétera. En suma, se demanda al mercado servicios que antes eran cubiertos por las mujeres de la misma familia —como atención de personas mayores, por ejemplo—. Entonces, con la intención de fomentar el empleo, se cubren varios objetivos a la vez. Por un lado, que las mujeres dispongan de sus propios recursos por participar en el empleo; y en segundo lugar, generar una serie de servicios y de necesidades nuevas que deben ser cubiertas por el mercado.

# ¿Eso puede beneficiar también al Estado?

—Exactamente. Es favorable para el Estado en la medida que éste prefiere no tener que hacerse cargo de cuestiones asistenciales. Es decir, no tener que hacerse cargo ni de pagar seguros de desempleo porque las mujeres estén desempleadas, ni de otro tipo de prestaciones asistenciales porque las mujeres no tengan empleo. Entonces, el costo que el Estado tiene que asumir para pagar desempleo o asistencia —estamos hablando desde la perspectiva del Estado de bienestar europeo— es mayor o no compensa como el hecho de que haya una mayor participación de las mujeres en el mercado de trabajo. Todo esto está reforzado porque las mujeres tenemos el empeño de querer participar cada vez más.

# Para esta tendencia laboral, ¿no es un problema que algunas mujeres sientan culpabilidad por no dar todo su tiempo a sus hijos al salir al mundo laboral?

—No es nuestro planteamiento. Se debatió en su momento. Pero ahora es un debate que está fuera de circulación. Este problema de la culpabilidad de alguna manera también se plantea, pero no lleva a que las mujeres digan: "Yo me quedo porque me siento culpable". No. Lleva a la demanda de compartir con los varones el trabajo no remunerado y el cuidado de los hijos. Es que hay que alentar esa tarea compartida, porque cuando las mujeres participan en el empleo, por supuesto hay cosas que quedan desatendidas. ¿Qué es lo que se reclama? Pues se reclama, por un lado, mayor participación de los varones en las tareas domésticas. Eso, digamos, dentro de la vida doméstica. Y se demanda al Estado que se corresponsabilice, a través de los servicios públicos, de atender estas demandas de niños y de ancianos, que son las más importantes. No se trata sólo de quién hace la comida —es lo más sencillo de arreglar—, sino de quién cuida a las personas. Esa es una gran demanda de la sociedad española, porque estamos en un proceso de envejecimiento de la población. Es hora de que revisemos entonces nuestra idea de trabajo, porque hay que encarar frontalmente estos problemas.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/09/04/z-04015.htm

Copyright Clarín, 2005.

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Martín Hopenhayn: “Nos hace falta un nuevo contrato moral”

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 03-09-2005 00:00:00

La democracia está en falta, dice el filósofo

El filósofo argentino residente en Chile Martín Hopenhayn sostiene que las democracias “son bichos en transición”, porque la soberanía nacional está resquebrajada por el poder financiero internacional. Cree que los Estados muestran una gran incapacidad para sostener proyectos propios frente a las presiones de ese poder.

Hopenhayn –funcionario de las Naciones Unidas en el marco de la Comisión Económica para América Latina (Cepal)– es un intelectual reconocido en la crítica cultural, la filosofía contemporánea y el análisis de los aspectos culturales de la globalización y de la crisis de la modernidad.

El autor de “América latina desigual y descentrada” (Editorial Norma) afirma que la sociedad latinoamericana tiene que firmar un nuevo contrato moral para resolver una asignatura pendiente: la corrupción, con la cual “aún no hemos podido”. Y que ese pacto no sólo debe establecer las reglas, sino hacerlas cumplir.

Hopenhayn sostiene que la posmodernidad trajo la muerte de la transgresión en el territorio ideológico-cultural. Y dice que, entre los presidentes latinoamericanos, el chileno Ricardo Lagos es “claramente culto”.

–Una dirigente política argentina, Elisa Carrió, dice que la lucha es entre la dignidad y el poder, Davidcontra Goliat. ¿Le merece este punto de vista alguna reflexión?

-Se me ocurren dos reflexiones. La primera sería polemizar con la afirmación de que el bien, aunque pequeño, triunfará sobre el mal, que es grande. Yo no creo en la necesidad histórica. La historia ha mostrado que no hay una razón o un bien inexorable que termine imponiéndose. La segunda reflexión es suponer una confrontación maniquea, que el mal se ha encarnado en el lugar del poder y el bien aparece disperso como resistencia al poder, llámese éste "poder militar" o "poder del imperio". Incluso el poder del narcotráfico, del crimen transnacional. No creo que la cosa sea tan dicotómica. En cambio, sí creo que hoy en día hay un factor hegemónico que tiene que ver, básicamente, con el poder financiero internacional. Y es hegemónico porque tiene el respaldo del país hegemónico, que son los Estados Unidos. Es Goliat en el sentido de que el poder no es representativo de la voluntad popular. Pero, por otro lado, uno podría pensar que el bienestar de la comunidad no tiene un actor fuerte, potente y unitario, capaz de jugar en el mismo terreno con ese otro poder financiero-político internacional. No es como en los tiempos de la Guerra Fría, cuando, cualquiera que fuera la posición que uno tuviese, había cierto equilibrio de poderes.

-Su teoría conduce a pensar en una larguísima lucha por la equidad.

-Hoy día, aquello que podría representar el interés popular está disperso entre muchos actores. No hay una ideología única, un actor único. Lo más elocuente para ilustrar esto son los foros de Bombay y Porto Alegre. Ninguno es muy grande, ninguno es conductor exclusivo de los demás. También es posible el razonamiento opuesto. Como ese poder hegemónico transnacional es tan aplastante y tan difícil de contestar en su propio lenguaje, la única forma real de fisurarlo, de minarlo desde abajo es utilizar otra lógica, que hoy se llama "de la resistencia": mucha gente, muchas voces, muchos grupos, en muchas partes, trabajando al mismo tiempo, aunque no necesariamente coordinados. Eso va debilitando la legitimidad del poder hegemónico. El triunfo eventual de David sobre Goliat tendría que ser la voz de la dignidad.

-¿Existe margen para un nuevo contrato moral de la clase dirigente con los ciudadanos?

-Sí, existe mucho margen. Tiende a imponerse un imaginario global, una especie de sensibilidad compartida, en torno de los derechos humanos. Es decir que hay ciertas normas sociales que tienen que existir, en la medida en que tienen que garantizar el cumplimiento de estos derechos. Ahora bien: ¿en qué se piensa cuando se habla de contrato moral? Se piensa en poner freno a cosas moralmente inadmisibles. En el caso de los países latinoamericanos, primero fue el terrorismo de Estado y luego la corrupción. Uno podría decir que hubo contratos morales que, de manera figurada, las sociedades firmaron respecto del terror de Estado, ya sea porque aplicaron principios de justicia o bien porque crearon las bases para que no volviera a ocurrir. Un segundo contrato moral sería respecto de la corrupción. Yo creo que allí no hemos podido. En Colombia, en Brasil, en Venezuela, en Paraguay, en Bolivia, en la Argentina, cada tanto un candidato aparece elegido por la voluntad popular porque es el candidato de castigo contra la corrupción. Pero esto no es suficiente para materializar un contrato moral. Un contrato moral no sólo es el que dicta reglas, sino el que tiene los mecanismos para hacerlas cumplir. El tercer contrato moral pendiente es cómo se reparten los frutos del progreso para democratizar las posibilidades de bienestar y autonomía de las personas. El modelo económico de los últimos 20 años fue concentrador y el crecimiento no se tradujo en oportunidades para todos. Allí hay un núcleo problemático: tiene que ver con la equidad.

-¿Cómo hace una sociedad para obligar mediante el voto a su clase dirigente a cumplir con ese nuevo pacto?

-El voto, hasta ahora, ha sido insuficiente para poner en ejercicio un nuevo contrato moral. No es claro cuáles son los mecanismos de la sociedad para hacerlo cumplir. Además, desde un punto de vista institucional, las democracias hoy día son bichos en transición. Un elemento cada vez más fundamental en ese nuevo contrato moral son los medios, como constructores de legitimidad política. La capacidad de hacer cumplir ese pacto moral tiene que ver con el respaldo efectivo que los medios den a ese contrato, operando como fiscalizadores. En parte lo han hecho. El otro actor, con un alcance incierto, son los partidos políticos. Hay toda una discusión en la sociología política sobre la decadencia del sistema de partidos porque, como no hay una competencia ideológica, los partidos pierden un discurso capaz de movilizar a la sociedad, se desvinculan de sus intereses y empiezan a ser maquinarias de generación de empleo para sus miembros.

-Se han deslegitimado de adentro hacia afuera.

-Claro, pero se pudren por dentro también, porque no tienen un discurso interesante hacia afuera. En todo caso, la pregunta sería hasta qué punto los partidos pueden seguir siendo los principales mecanismos de la sociedad para agregar demanda. Es una gran duda. Si no son los partidos, ¿quiénes son los que pueden levantar las inquietudes de la sociedad en bloque? La alternativa es que no lo haga ningún partido y que lo hagan los movimientos sociales.

-Dice usted que las democracias son bichos en transición. ¿Hacia dónde?

-Platón decía que el sistema más expuesto a la corruptibilidad era la democracia, pero ese argumento podría justificar el autoritarismo. El principal motivo que lleva a la democracia a estar en transición es esta pregunta: ¿hasta qué punto los Estados son hoy soberanos? La soberanía nacional está resquebrajada por el poder financiero internacional. Hay una tremenda incapacidad de los Estados de sostener proyectos propios frente a las presiones de ese poder. La Argentina lo ha estado viviendo estos años de manera elocuente. Hoy en América latina tenemos como un logro, por lo menos, democracias formales en todos los países. La región goza de mejor salud que antes, pero se da una desproporción muy grande porque funcionan peor que nunca, en términos de voluntad soberana para decidir proyectos nacionales. Si la democracia es que todos tengan voz, es necesario que esa voz se distribuya de manera más igualitaria. Es tan fuerte el poder de los medios en las democracias de hoy que los que tienen la propiedad de esos medios influyen en la agenda política.

-¿Existen huecos para generar una cultura que no sea devorada por la estandarización que impone el mercado hiperconcentrado del entretenimiento?

-Un elemento importante para salirle al paso de la concentración de los medios es Internet. Porque es de ida y vuelta. Pero el precio de esa democratización es darle una dispersión radical, porque no es centrípeta, sino centrífuga. Mal que mal, sirve de contrapeso, pero es difícil que este sistema, tan interactivo y veloz, pueda sedimentar identidad. De todos modos, hay una tendencia simultánea y paradójica hacia la estandarización y hacia la individualización. Por un lado, el mercado compite por grandes públicos y empuja hacia la estandarización, pero, por otro lado, una de las características de la sociedad posmoderna es que se van conformando públicos muy variados, que piden cosas muy distintas. Y, por lo tanto, los propios medios en su lógica de competencia van diversificando su oferta y su discurso para captar públicos diversos. Si uno examina la industria del cine y la música, cada vez más tiene visibilidad lo que se atribuía al reino de lo étnico, lo exótico. Son procesos muy recientes. Gracias a los grandes medios hoy hay un diálogo planetario.

-¿Qué es hoy ser transgresor en términos culturales?

-Una de las características de la posmodernidad es la muerte de la transgresión. La transgresión requiere un orden simbólico fuerte, normativo, para manifestarse. Es siempre por efecto de contraste. Este proceso cultural cada vez más globalizado significa un respeto creciente a la autonomía de los sujetos, una tolerancia asumida frente a personas con gustos, preferencias, costumbres y hábitos muy distintos. Y, por lo tanto, uno tiende a aceptar aquello que en otra época podía definirse como escandaloso, anómalo, patológico, perverso. Además, la transgresión estaba relacionada con mostrar lo que no se podía exponer en público. Hoy, la extensión de lo público, de lo publicitable, deja muy poco reservado a lo no publicitable. Nada escandaliza demasiado. Cualquier elemento que hace 30 o 40 años vulneraba la integridad del sistema, hoy el sistema lo absorbe con toda calma. El tema más claro es la pornografía. Una gran industria que ya nadie podría imaginar como una amenaza al funcionamiento del sistema. Hoy, cuando se habla de la transgresión, se concentra básicamente en lo estético, no en lo ideológico.

-¿Con qué recursos distingue el ciudadano común a un pensador crítico de esa "fauna" de opinadores que opera para determinados intereses?

-La educación debería darle a la gente las herramientas para discriminar mensajes en la televisión o en las distintas fuentes de información. No sé cómo puede hacer el ciudadano; creo que es muy difícil que pueda hacerlo. El problema sobre todo es que gran parte del consumo simbólico viene del mundo de la imagen. Y este mundo, casi por definición, se opone al de las ideas en profundidad. Es difícil de que haya tiempo para que un intelectual crítico pueda desarrollar ideas en profundidad. En la cultura audiovisual hay agitadores ilustrados, una especie de bicho intermedio entre el intelectual y el político. Tiene capacidad para generar en la audiencia indignación, alerta, susceptibilidad, desasosiego. No sé si se puede aspirar más que a eso.

-¿Hay algún resquicio por el que el intelectual pueda sustraerse a ese mundo?

-Uno es la universidad, que tiene que resituarse. Frente a la cultura audiovisual, la universidad se ha convertido en una fortaleza y se atrinchera en un discurso muchas veces apocalíptico. No busca ninguna forma de vínculo con esas otras formas de intercambio cultural que circulan por la sociedad. Las universidades pretenden convertirse en bastiones, pero terminan convertidas en guetos. Por eso tiene que haber un proceso desde el cual la universidad, reconociéndose como el espacio propicio para las reflexiones en profundidad, pueda ser abierta al mundo. Tiene que conectarse con el mundo. En general, en América latina la universidad no lo ha hecho. Se han dividido las aguas de manera muy excluyente. Por un lado, están los intelectuales encerrados en las universidades, despreciativos del mundo de la contingencia, y por el otro, aquellos que dejaron la universidad para ser buenos animadores en las fiestas de los empresarios, articulistas amenos en las revistas y opinadores mediáticos.

-Uribe en Colombia, Lula en Brasil, Chávez en Venezuela, Lagos en Chile y Kirchner en la Argentina. ¿Cuál es su opinión sobre la formación cultural de los presidentes latinoamericanos?

-Dicen que Chávez se dedicó a leer mientras estuvo preso. En sus discursos cita a todo tipo de autores. Lagos es un hombre claramente culto, un hombre de Estado con una alta sensibilidad hacia la cultura. Cuando asumió como presidente de la República, se propuso crear una institucionalidad cultural en Chile, y lo está logrando. Uribe tiene cierto manejo de la cultura. De Kirchner no puedo decir nada, porque no lo conozco, pero hoy día no se le puede pedir a un político que sea un hombre de cultura.

-¿Por qué no? ¿No piensa usted que la formación cultural confiere mayor sensibilidad para entender las expectativas de la sociedad en cuya representación los políticos gobiernan?

-Esa es mi duda. ¿A quién le cabe eso dentro de la política? La formación cultural amplía la perspectiva, sin duda. El tema es que tradicionalmente nos manejábamos con la figura de un estadista, con la idea de que el Estado modelaba la cultura de una nación. Y hoy la idea es que el Estado haga posible que distintos actores sociales tengan la posibilidad de hacer visibles sus visiones del mundo. No ya el Estado modelador de la identidad de la sociedad, sino el Estado que garantiza que la sociedad pueda hablar por sí misma, con todos sus matices. Entonces, lo que hoy le pido a un hombre de Estado, a un político -por supuesto, que sea cultivado- es que no pretenda convertirse en un educador de la sociedad, porque ése no es su papel. Puede convertirse en un buen ejemplo para otros, pero yo pretendo de él como político que siente las bases para un diálogo social en el que todos estén sentados a la mesa.

Por Susana Reinoso
De la Redacción de LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=735577

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Esas fotos

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 03-09-2005 00:00:00

Por Sandra Russo

Las comisuras de las bocas insinúan en esa foto la mueca de la tragedia. Son mínimas curvas inversas a la sonrisa de la Gioconda. Arcos leves, dados vuelta. Esas dos bocas están cerradas. Labios finos y pegados el uno con el otro para decir algo: es el mensaje del silencio. Y las miradas. La de Leónie está fijada en el vacío, dopada de dolor, sostenida sin embargo por un mentón altivo que delata una dimensión de dignidad que aquellos que la vieron, en ese instante que quedó capturado en la fotografía, no deben haber advertido. Esa dignidad no estaba dirigida a ellos, de todos modos. Ese tipo de dignidad extrema no está dirigida a nadie. Es un don inevitable y un precio interior altísimo que no cotiza entre asesinos. La mirada de Alice, en cambio, elige una ligera inclinación y se instala en el mismo punto ciego arriba del foco de la cámara. Evidentemente, les han dicho que hacia allí tenían que mirar. Un ejemplar de La Nación para dejar constancia de la fecha y atrás la bandera de Montoneros completan la puesta en escena montada en la ESMA, cuando la nacionalidad francesa de las monjas ya era un problema inesperado para la Armada y los marinos quisieron desviar sospechas.
Iba a escribir sobre la magnífica frase del antropólogo forense Luis de Fondebrider, que entrevistado esta semana en este diario por Victoria Ginzberg dijo: “Darle nombre a un cuerpo es como recuperar su vida”. Pensé en eso porque, cuando leí esa frase, me quedó retumbando en la cabeza y, a pesar de que Fondebrider se estaba refiriendo específicamente al trabajo de los antropólogos forenses, que desde 1984 se dedican con una constancia y pericia notables a desbaratar la trampa de los NN en la que los militares de la dictadura convirtieron a miles de personas (“Un desaparecido no está, no es, no tiene entidad”, dijo Videla), esa frase me pareció iluminadora. Porque puede aplicarse a cuerpos muertos, pero también a cuerpos vivos. La lucha por la identidad es, simbólicamente, la gran lucha argentina. A la pregunta por el “¿Quiénes somos?” general que arrastramos desde hace dos siglos, les prestaron sus cuerpos los NN de la dictadura, pero no sólo ellos. Las Abuelas, recuperando identidades de actuales veinteañeros, también recuperan vidas devolviendo nombres. Lo primero que hace una pareja cuando desea y logra un embarazo es pensar en un nombre: nombrando a ese nuevo ser se lo hace persona. Devolverle su verdadero nombre a alguien es devolverle su verdad. Una identidad construida sobre la mentira desemboca inevitablemente en un fallido, y hay vidas que son eso, actos fallidos.
Pero a propósito de actos fallidos, me puse a observar la fotografía que los marinos armaron en la ESMA para correr las sospechas del secuestro de Leónie Duquet y Alice Domon hacia los Montoneros y, describiéndola, no podía evitar captar una reminiscencia que no lograba descifrar. Hasta que me fijé en los ojos de esas mujeres serias, condenadas a posar para esa foto, a conciencia, seguramente, de que esa pose las alejaría todavía más de su liberación, que empantanaría sus destinos. Y entonces me di cuenta de que esas miradas fijas en el vacío me recordaban a las fotos policiales de los documentos de identidad. Precisamente, de identidad. Que era lo que esas mujeres estaban reteniendo y lo que les iba a ser arrebatado por la fuerza. Lo que veintiocho años después los antropólogos forenses les devolverían. Es tan impresionante y azaroso el recorrido del cuerpo de Leónie Duquet, es tan increíble ese camino que la llevó de la ESMA a un avión, del avión al mar, del mar a la playa, de la playa al cementerio de General Lavalle, del cementerio a la verdad, que semejante historia no puede procesarse sin escalofríos. Uno se tienta con la palabra milagro.
Esas miradas de documento de identidad indicadas por los secuestradores que quisieron fraguar una foto insurrecta fueron también un acto fallido. Recordé las últimas fotografías parecidas a ésa, las de los rehenes capturados por fuerzas irregulares iraquíes, los periodistas o ciudadanos de países invasores que, mirando a cámara con sus verdugos atrás, parecen suplicarle al foco que se deje traspasar y que su desesperación conmueva a sus gobiernos. De la Argentina, la única fotografía similar que recordaba haber visto era aquella de Jorge Born, con los retratos de Perón y Evita como fondo y una bandera de Montoneros atrás. Esa fue seguramente la foto inspiradora de la de la ESMA. ¿Jorge Born miraba el vacío o miraba a cámara?, me pregunté. Busqué esa foto y, efectivamente, Born, cansado, despeinado, ojeroso, miraba a cámara. Las miradas perdidas de Leónie y de Alice son el indicio del fraude, del simulacro. Con la pose y la perspectiva que el Estado elige para darles a sus ciudadanos su identidad –el medio perfil, la mirada corrida hacia el costado–, el Estado terrorista argentino de los ’70 cometió un lapsus.
Leónie Duquet es, de todos modos, no sólo una víctima a la que veintiocho años después de su asesinato se le devuelve la dignidad de su nombre. En esa foto que comparte con su compañera Alice Domon, sus bocas cerradas en la mueca de la tragedia dicen, tal vez, que en una sociedad solamente se pueden cometer actos tan aberrantes si muchos, si miles, si millones mi