EMILIO TENTI FANFANI, SOCIOLOGO
Formación, condiciones de trabajo y salarios deben ser el eje de una nueva política que logre consensuar las demandas corporativas de los docentes con los intereses de la sociedad toda.
Analía Roffo.
aroffo@clarin.com
# Hay dos opiniones casi antagónicas sobre los docentes: se los juzga responsables o víctimas del deterioro educativo. ¿Cómo armamos una imagen más precisa y justa?
—Los docentes son el factor estratégico de la calidad de la educación. De todos los factores —el programa, el edificio escolar, las bibliotecas, los equipamientos—, el clave es el humano. Nos equivocamos si analizamos el problema de la educación en términos de víctimas o culpables. Es simplista y errado.
# Usted realizó a partir del año 2000 una encuesta para averiguar cómo son y qué piensan los docentes de Argentina, Brasil, Perú y Uruguay. ¿Pudo recopilar datos no simplistas?
—Creo que sí. La encuesta confirma datos ya conocidos y revela unos cuantos nuevos. Enumero algunos de los primeros: por ejemplo, los docentes de educación básica son predominantemente mujeres, la distribución por edades es estándar, están fundamentalmente dedicados a esa actividad (solamente un 17% tiene otra actividad laboral remunerada). Se confirma también que en su absoluta mayoría prevén permanecer en el sistema educativo en los próximos años, que realizan esfuerzos importantes para capacitarse y tienen una fuerte vocación y un gran compromiso ético con su profesión. Y por último, son conscientes de que la formación de seres humanos tiene una dimensión política.
# ¿Cuáles serían los rasgos novedosos?
—La ubicación que tienen en la estructura social. En el año 2000, en Argentina, justo antes de la crisis, es sorprendente que un 8% del total de los docentes de primaria y secundaria, pública y privada, vivieran en hogares con ingresos por debajo de la línea de la pobreza.
# ¿Por qué se sorprende? Es una profesión con salarios bajos...
—Ya lo sé. Lo que sorprende es que los maestros tienen un contrato de trabajo formal. No son ni subempleados ni desempleados, ni informales ni precarios. Si usted quiere, no es un dato "sorprendente" sino grave. Otra cosa que llama la atención es que no todos los docentes dependen igualmente del salario que perciben para vivir. Nosotros les preguntamos cuál es el total de ingresos que percibe el hogar donde ellos viven y qué porcentaje representa el salario docente del total de los ingresos disponibles en el hogar. Hay un porcentaje importante para los cuales el salario docente representa el 70% o más del total de los ingresos. Creo que hay un 30-35% que prácticamente depende de lo que gana como docente. Pero en el otro extremo también tenemos un porcentaje —que pueden ser gente joven, esposas de profesionales— que viven en hogares donde el ingreso docente representa el 30% o menos del total de los ingresos disponibles. Otras diferencias abismales son las que se dan según las regiones: el cuerpo docente aparece tan fragmentado como la sociedad argentina.
# ¿Eso influye en la imagen que tienen de su profesión?
—Les preguntamos sobre los fines de la educación y sobre cómo ven ellos su propio rol como maestros. Con respecto a los fines, en los cuatro países aparece un consenso predominante acerca de que la educación debe desarrollar la creatividad y el espíritu crítico. Es una función muy noble e importante, pero entre las otras alternativas aparecía también el transmitir conocimientos actualizados y relevantes. Ese ítem fue elegido, en Argentina, sólo en un 28%.
# ¿Le parece riesgoso?
—Sí, porque uno debe plantearse cuál es la viabilidad de lograr ese objetivo tan noble como es el desarrollo de la creatividad y el espíritu crítico, si al mismo tiempo no se insiste en una previa apropiación del conocimiento acumulado en la sociedad. Entonces, me da la impresión de que los maestros están reflejando el predominio de ciertas concepciones pedagógicas, críticas de una visión tradicional de la educación como mera transmisión. Pero el peligro es que por escapar de un exceso se pueda caer en otro, como es perseguir la eventual creatividad sin ninguna base sólida ni herramientas adecuadas. Nadie crea de la nada.
# En general, ¿los docentes se sienten acompañados por las autoridades de la escuela, por las instituciones, por el ministerio?
—Ahí hay fricciones. Cuando se les pregunta cuáles son sus principales problemas, casi la mitad siente que no recibe el apoyo suficiente por parte del sistema ni directivas claras. La Argentina, comparativamente con el resto de los países, es el que manifiesta el más alto índice de desconfianza con respecto a la institución. No a la figura de un ministro, sino al Ministerio de Educación en general. Esto vuelve difícil hacer política educativa, porque cualquiera que asume cargos de responsabilidad debe saber que parte con desventaja y que primero debe conquistarse la confianza de los docentes.
# ¿Sólo las instituciones son problemáticas para los docentes?
-No, en sus respuestas aparecen otras quejas: la relación con los padres y el nivel socioeconómico de los alumnos. Era previsible que apareciera el tema de los padres, porque la tarea de educar es compartida: requiere de un pacto entre la familia y la escuela. Y hoy en día, las familias, que han sufrido grandes transformaciones, no siempre están dispuestas a acompañar la escolarización de los chicos o no cuentan con los recursos. Por otro lado, las relaciones de poder entre las generaciones variaron mucho y todavía no hemos encontrado el equilibrio. Le cuesta al padre con sus hijos y a los docentes en las escuelas establecer una relación de autoridad clara y firme.
# En este panorama poco alentador, ¿pueden recibir satisfacciones de la tarea que hacen?
—La satisfacción en el trabajo es alta. Creo que eso tiene que ver con que perciben que están haciendo un trabajo que eligieron y que refleja una vocación profunda. Pero se detecta también una sensación de malestar por la desproporción entre el tamaño de los problemas y los recursos con que cuentan. Por ejemplo, una queja mayoritaria es la falta de tiempo. Les falta tiempo para corregir, para enseñar, para resolver los problemas de los chicos. Están desbordados, realmente. Ponen el cuerpo en situaciones que son cada vez más difíciles.
# Tenemos entonces una foto actualizada de los docentes argentinos. ¿Puede servir para mejorar las políticas educativas?
—Es medio difícil decirlo, se requiere voluntad política. Yo sugiero que las próximas reformas de la educación toquen el factor humano; las reformas anteriores no pusieron el tema del docente en el centro.
# La Ley Federal de Educación menospreció al docente, me parece...
—Pero ahora no podemos eludir pensar seriamente en formación, condiciones de trabajo y sistemas de remuneraciones. Las tres tienen que estar en el corazón de la política educativa y con los docentes como protagonistas. La única manera de que lo sean es a través de sus expresiones organizadas, es decir, de sus sindicatos.
# Pero una parte de la sociedad no tiene la mejor imagen de los sindicatos y se queja de la cadena de paros...
—Es cierto, pero el campo sindical docente es uno de los más democráticos que hay en la Argentina, porque tiene el mayor índice de renovación de su dirigencia. Bien planteados los problemas, los intereses corporativos específicos de los docentes, como profesionales de la educación, coinciden con los intereses generales de la ciudadanía.
# ¿Cómo se daría esa coincidencia?
—Una cosa que preocupa a cualquier sindicato es el mantenimiento de la fuente de trabajo. A la vez, hay un interés nacional en expandir la educación. Así que no solamente se van a mantener las fuentes actuales sino que van a aumentar. La Argentina está en condiciones de plantearse la escolarización de todos hasta finalizar la secundaria. Esto significa puestos de trabajo. Si uno quiere realmente distribuir conocimiento poderoso en las personas y no solamente escolarizar, es imprescindible mejorar la educación. Ello supone mejorar las condiciones de trabajo de los docentes, su formación y su recompensa. O sea que si los sindicatos saben plantear bien sus reivindicaciones corporativas, éstas tendrían que coincidir con los intereses del conjunto de la sociedad. Padres, docentes y autoridades públicas y privadas no pueden sino coincidir en esos objetivos.
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