Dos encuestas ilustran sobre el lugar que los docentes ocupan en la formación de nuestros chicos. Y no son alentadoras. Acá también la TV mete la cola.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Una encuesta realizada entre maestros comunica que sólo alrededor de un treinta por ciento es público de bibliotecas. Otra encuesta, cuyo objeto fue la “población en general”, muestra que dos tercios de los entrevistados oyeron hablar de la Constitución Nacional en los medios y poco más de un veinte por ciento, en la escuela. Los dos resultados forman una especie de ovillo que es difícil de desenredar. Algo no anda bien. ¿Debemos pensar que los maestros que tienen entre veinte y treinta años están representados en la segunda encuesta y, por lo tanto, que ellos también se enteraron de la Constitución mirando algún programa televisivo? Otra pregunta: ¿es necesario saber algo sobre la Constitución o se pueden conocer los derechos sin tener idea del texto donde quedan establecidos? ¿Se puede ser católico sin conocer la enseñanza de la Iglesia? Los hechos responden a esta pregunta: muchos que se sienten parte del catolicismo no distinguen el Concilio Vaticano II del Concilio de Trento, ni están preocupados por lo que se discutió entonces. Sin embargo, ser ciudadano y ser católico no es lo mismo, porque para sentirse católico probablemente sólo sea necesario una vaga inclusión cultural en un espacio religioso, cuyas normas a veces se cumplen y a veces no, mientras que ser ciudadano supone el ejercicio de un conjunto de derechos y obligaciones, cuyo conocimiento se da por descontado y alegar ignorancia no es una disculpa.
Nadie será expulsado de la iglesia porque no sepa en qué consiste la inmaculada concepción; pero es probable que muchos de nuestros derechos queden inertes o atropellados si las organizaciones de ciudadanos no luchan para que los gobiernos los reconozcan. Un católico puede vivir toda una vida sin conocer la máquina del poder vaticano; un ciudadano país donde los presidentes suelen olvidar ese principio republicano básico.
Las maldiciones que se escuchan sobre la ineficiencia de la justicia tienen mucho que ver con responsabilidades del Poder Judicial. Pero también tienen que ver con el desconocimiento de los derechos tanto por parte de ciudadanos intachables como de los que se presume que son delincuentes. El repudio a la libertad condicional de Omar Chabán, en el caso de la disco Cromañón, viene del desconocimiento de los derechos de Chabán, no importa cuáles hayan sido los crímenes que deberán serle probados en el juicio.
¿Cómo hacen los maestros para discutir esto con los chicos que llegan alimentados por los ideólogos de la televisión amarilla que, por supuesto, están muy lejos de considerar que algunos posibles delincuentes tienen los mismos derechos que ellos? En esa encrucijada de valores, los libros de las bibliotecas a las que van sólo el treinta por ciento de los maestros, son fundamentales. Y no me refiero a libros sobre derecho constitucional. Digo simplemente: libros, esas superficies de papel impreso y encuadernado, que no mueren con la misma rapidez que los gritos emitidos por televisión a las diez de la noche. Digo simplemente libros, porque ellos adiestran en un tipo de pensamiento que es más perspicaz, más complejo y más intelectual. Algunas de las cuestiones que debemos enfrentar todos los días, como la de la libertad condicional de un presunto delincuente, son cuestiones intrincadas que no se aclaran por el ejercicio irrestricto, muchas veces salvaje y autocomplaciente, del sentido común, que no es el mejor de los sentidos. Si lo fuera no necesitaríamos leyes, sino simplemente ejercitarlo.
En el centro de Buenos Aires hay buenos libros que se venden por tres o cuatro pesos, inalcanzables para quienes viven en una escuela rural o en condiciones de miseria, pero no para otros que eligen no comprarlos ni leerlos. En la Argentina hay un sistema de bibliotecas populares extendido, inaccesible para quienes están absorbidos en la búsqueda de alimento o trabajo, pero abierto para todo el resto. Algo pasa cuando los bienes públicos no llegan a quienes más los necesitan, ni los buscan quienes deberían utilizarlos.
http://www.clarin.com/diario/2005/07/31/sociedad/s-1024405.htm
LAWRENCE FREEDMAN, HISTORIADOR
El historiador a quien el Gobierno británico encargó la versión oficial del conflicto admite el debate interno previo a la guerra, reflexiona sobre la gestión de Thatcher y justifica el hundimiento del Belgrano.
María Laura Avignolo. LONDRES, CORRESPONSAL
mavignolo@clarin.com
# Por qué era necesario escribir una versión oficial de la historia del conflicto por las islas Malvinas?
—Los británicos tienen una tradición de hacer historias oficiales después de las guerras. Hubo una después de la Segunda Guerra mundial y era obvio que habría otra después de Malvinas. La idea de estos proyectos es la de permitir que un historiador independiente tenga acceso a todo el material relevante para estar seguro de que una autoridad relativamente competente va a escribir una historia con fundamento, basada en la mejor documentación posible. No es una historia oficial en el sentido de que no es lo que el Gobierno quiere hacer pensar sino que es oficial en el sentido de que ellos tienen la certeza de que el historiador tuvo acceso a la información.
# ¿Su acceso a la información fue realmente total? Porque hay archivos que fueron cerrados por períodos de 30 y 60 años.
—Sí, fue total.
# ¿Le impusieron condiciones para trabajar con ese material?
—Muchos de ellos son de naturaleza sensitiva porque conciernen a individuos y asuntos legales. Por eso tuve que tener mucho cuidado en la forma de usar el material. Pero esto no quiere decir que fui limitado en las conclusiones a las que llegué.
# ¿Debió aceptar que algunas cosas son secretos de Estado que eran imposible mencionar?
—Creo que cuando el Gobierno pide hacer este tipo de tareas sabe que hay cosas que van a salir a flote. Hay sólo materiales muy particulares de los cuales no me es permitido hablar.
# ¿Materiales sobre Inteligencia?
—Sí.
# ¿Pero usted los leyó?
—Sí. Para llegar a una conclusión final, yo tengo que formarme una opinión y decidir qué es relevante y qué no. Traté de describir cómo los planes británicos fueron hechos en el caso de la guerra de las Malvinas. Por eso hay detalles no relevantes. Cuando descubrí que un individuo cometió errores, no hice hincapié en esto porque la persona no está ahí para defenderse.
# El diario Daily Mail dice que su libro conspira contra la legitimidad del reclamo británico sobre las islas.
—No es verdad. Ellos ni leyeron el libro. Lo que trato de hacer es describir el desarrollo del debate que admite que en algunas áreas se expresaron dudas, pero también argumento a favor de la confianza en el reclamo inglés.
# Pero en el primer volumen usted cita dudas de la gente en el poder en ese entonces...
—Eso es exactamente; dudas en el Gobierno de entonces. Pero yo no fui el primero en señalar esas dudas sobre la calidad del reclamo británico. También menciono que la posición argentina era frágil entonces. Esto lleva a la conclusión inevitable de que las bases de cada reclamo han cambiado en el curso del tiempo. Además, el problema británico básico no tiene que ver con la legitimidad de sus títulos, sino sobre las dudas acerca de la conveniencia o no de mantener esas posesiones de ultramar. En cambio, en la Argentina, la posesión aparece como un tema muy importante. Estamos entonces hablando de reclamos distintos que adquieren sentido para tradiciones jurídicas muy diferentes. Yo creí que este problema debía ser explicado pero, en el resultado final, no cuestiono la soberanía británica sobre esos territorios.
# En la Inteligencia británica que usted analizó, ¿no era evidente que los argentinos estaban preparando alguna cosa en octubre, noviembre, diciembre de 1981?
—Los ingleses fueron siempre conscientes de que había rumores sobre planes rondando, pero la Inteligencia no sabía si los planes existían realmente. Si lo hubiesen sabido, no habría sido muy difícil averiguar los detalles de esos planes. Lo que no entendieron fue la vinculación entre Leopoldo Galtieri y la Armada y tal vez la Armada había conseguido que las otras dos fuerzas tuviesen la misma visión. Creo que lo que no se dieron cuenta es de que las coincidencias entre Galtieri y Jorge Anaya eran muy fuertes. Para ser justos, hay que apuntar que los británicos tenían un entendimiento razonable del curso de las cosas en el comienzo de 1982. Creo que se equivocaron al pensar que el primer movimiento de los argentinos sería apretar en las Malvinas. No vieron hasta mucho más tarde cómo el problema en Georgia del Sur se iba a desarrollar.
# ¿La inteligencia inglesa nunca anticipó el desembarco de Alfredo Astiz en Georgia del Sur o percibió el movimiento de gente armada tres meses antes del conflicto?
—No, aunque estoy seguro de que algo sabían. Un oficial en las islas —el capitán Barclay— lo notó, pero no lo relacionó con las Georgias. Y lo que informó fue visto sólo como un intento por lograr mantener el buque Endurance en las islas, que estaba a punto de ser retirado.
# Astiz fue detenido en las Georgias y seguro fue interrogado...
—Hubo un gran debate en Londres acerca de Astiz y se decidió mantenerlo como un prisionero de guerra más, a pesar de que los reclamaban judicialmente Suecia y Francia. Pero no habló mucho.
# Si los argentinos hubiesen suspendido lo de Georgia —como abogó el almirante Lombardo— ¿a Inglaterra le habría sido más difícil ganar la guerra?
—Este no es un libro sobre lo que hicieron los argentinos. Se limita a narrar lo que pensaron e hicieron los ingleses. Yo escribí un libro anterior junto con Virginia Gamba que tenía un enfoque bilateral. Sólo puedo decirle que encaré esta historia oficial razonablemente seguro de lo que iba a hallar y la mayor parte de la investigación confirmó mi presunción.
# En el comienzo de su libro usted manifiesta dudas sobre las intenciones de Margaret Thatcher, pero al final del libro la rescata y asume que ella tenía razón.
—No editorializo en el libro. No estoy tratando de decir si ella tenía razón o no. Creo que su Gobierno y su actitud fueron muy irresponsables por las decisiones que tomaron hasta 1982. Ellos intentaron algún acuerdo pero no pensaron en las implicancias de lo que un tratado significaría y retrocedieron por causa de la oposición parlamentaria. Cuando la invasión tuvo lugar, a comienzos de 1982, si el Gobierno no hubiera respondido habría caído en la humillación y el desconcierto. Nos dejaron con muy pocas opciones. Thatcher empieza a impresionar como líder político cuando demuestra una actitud de hierro. Creo que estuvo dispuesta a hacer concesiones, pero rápidamente se dio cuenta de que esto no sería posible.
# ¿Cree que ella usó algunas batallas para su beneficio político?
—Creo que en el comienzo, ella pensó que ésta iba a ser su mayor derrota política. Thatcher hubiese salido muy dañada si tocaban a la flota británica. Corrió un gran riesgo, pero no creo que lo hiciera con ese propósito. La popularidad del Gobierno estaba volviendo entonces. Hubiese sido una manera muy extraña de rescatar su popularidad, hacerlo a través de una guerra. ¡Debería haber persuadido a la Argentina de invadir!
# ¿Cómo evalúa el hundimiento del crucero Belgrano?
—Creo que el Gobierno británico estaba preocupado porque todo podía ir horriblemente mal. Después del hundimiento del Belgrano, quizá la Argentina habría estado preparada para negociaciones serias. Pero no creo que una vez que se desembarcó en las islas, Thatcher quería negociar.
# ¿Cree que hundirlo fue una decisión legal?
—Sí. La Argentina no debió haber invadido las Malvinas. Había una advertencia del 23 de abril que, hasta donde se sabe, la Argentina nunca aceptó. En cualquier caso, después del 1ø de mayo las unidades británicas estaban realizando más que un mero bloqueo y el Belgrano, se sabe, tenía órdenes de hundir cualquier barco inglés que representara una amenaza. Puede no haber sido el buque de guerra más capaz de la tierra, pero no representaba un riesgo trivial. Si se va a la batalla esto es lo que pasa: gente muerta. Lo que hizo del Belgrano algo excepcional fue que murió demasiada gente y esto tuvo consecuencias políticas. Pero, en términos militares, yo no encuentro que la decisión haya sido excepcional. Nunca entendí la teoría conspirativa sobre el hundimiento del Belgrano.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/07/31/z-1024150.htm
Copyright Clarín, 2005.
Según el editor, el libro aún tiene futuro
No resulta extraño que Daniel Divinsky se mueva con destreza y precisión en una pequeña oficina atiborrada de libros, catálogos, originales y papeles varios. Es la escenografía perfecta y el ámbito natural para quien se dedica, desde hace cuarenta años, a la tarea editorial. Divinsky es el fundador y director de Ediciones de la Flor, una de las pocas editoriales medianas, artesanales e independientes que aún continúan en manos de sus dueños, pasados casi cuarenta años desde su creación.
Contra la impresión general, Divinsky cree que ahora la gente lee más que en otros tiempos. Dice que no sólo hay mayor cantidad de libros económicos, que suelen venir, incluso, con los diarios, sino que también se lee en la pantalla de la computadora, a través, por ejemplo, de Internet.
Aunque la editorial de Divinsky publica desde siempre narrativa, ensayo, psicoanálisis y teatro, el humor gráfico es su niña mimada y el área en la que no tiene competencia: Quino, Caloi, Fontanarrosa, Sendra, Rep, Daniel Paz, Nik y Maitena la han elegido a la hora de publicar sus tiras y viñetas. Muchos de esos libros fueron traducidos y vendidos en Europa y Asia. "Además, hoy le doy la bienvenida a la reaparición del humor surrealista. El suceso inesperado es Liniers, el dibujante de LA NACION. No sólo es un éxito enorme acá, sino que hemos vendido los derechos afuera, lo que revela que hay un humor internacional que no existía desde Copi", dice.
Egresado precoz y con medalla de oro del colegio, Divinsky ingresó a los 15 años en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, de la que salió con el título con apenas veinte años y un diploma de honor. Cultor de un humor fino y sutil, el editor admite que su vocación para el derecho era tan fuerte que se inscribió en aquella carrera el mismo día en que lo hizo en Ingeniería. Cuando vio el plan de estudios pegado en la pared salió corriendo y se olvidó la cédula. "Dejé la identidad en la Facultad de Ingeniería y la tuve que ir a buscar unos días después", ironiza.
Fue precisamente en la Facultad de Derecho donde tuvo sus primeros contactos con el plomo y la linotipo. "El Centro de Derecho y Ciencias Sociales de la facultad había empezado a publicar una colección que se llamaba Cuadernos del Centro de Derecho. La financiaba la editorial Perrot y nosotros nos encargábamos del trabajo. El director, que me llamó para ayudarlo, era Rafael Saiegh, asesinado hace poco."
En 1970, Kuki Miler -economista y compañera de Divinsky- se incorporó como socia a la editorial y Quino comenzó a publicar en Ediciones de la Flor. "Las apariciones de los tomos de Mafalda eran un acontecimiento de difusión masiva, con tiradas de 200.000 ejemplares. Se voceaba un nuevo Mafalda como el diario con las últimas noticias", afirma.
Un año después del golpe de Estado de 1976, Divinsky y Miler fueron encarcelados por la publicación de un libro infantil con un puño en alto en la tapa que fue interpretado torcidamente. "Aunque nadie lo había pensado con finalidades ideológicas, la imagen fue considerada una apología de la subversión destinada a los chicos."
Esos arrestos desencadenaron una ola de adhesiones de las editoriales de todo el mundo. Peter Weidhaas, director de la Feria del Libro de Francfort, les envió pasajes para que salieran del país. El destino elegido fue, como para muchos otros, Venezuela. Ya instalado en Caracas, Divinsky se encargó de la distribución y promoción de los libros publicados por la Biblioteca Ayacucho, dirigida por el reconocido crítico literario uruguayo Angel Rama.
Con la restauración democrática, Divinsky regresó a la Argentina y desde entonces su tarea al frente de la editorial no ha dejado de recibir premios y reconocimientos. En 1997 fue distinguido con el premio Arnaldo Orfila Reynal, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, por su tarea y trayectoria como editor, y en 2004 recibió una mención especial del premio Konex por su significativo aporte a la difusión de las letras.
-¿Cómo fue su regreso al país después del exilio?
-Yo me moría de ganas de volver. Siempre tuve la sensación de que mi estadía en Venezuela era provisoria, a pesar de que era grata y de que estábamos insertados en la cultura local. En ese momento no había correo electrónico y había que pedir las llamadas de teléfono, pero seguíamos con la editorial aquí y todas las decisiones se nos consultaban por carta, que, por supuesto, demoraban bastante. En 1982 viajó a la Argentina mi mujer en un viaje exploratorio y yo estaba convencido de que le iba a parecer que todo estaba fantástico y de que finalmente nos volvíamos.
-Pero no fue así.
-No: mi mujer llegó dos días después de la invasión a las Malvinas. Entonces, lo siguiente que hice en Caracas fue comprarme una videocasetera y renovar el registro de conductor en Venezuela. Las descripciones que ella me daba, incluso sobre el estado del ánimo de amigos que estaban inflamados de fervor patriótico, me hacían pensar que la dictadura iba a quedarse más tiempo. Pero en un momento dije: tengo que ir a ver lo que está pasando, así que llegué vía Montevideo a Aeroparque el día previo a la rendición de Malvinas, el 13 de junio de 1982. Nadie estaba atento a quién llegaba y quién salía. Así que llegué y me senté en mi escritorio en la calle Anchoris el lunes siguiente, y fue como si no me hubiera ido nunca. Las cosas estaban en los cajones tal como las había dejado. Habían sido seis años borrados, como una especie de paréntesis. A los 15 días, Fogwill me trajo "Los pichiciegos", que nadie se atrevía a publicar, y nosotros se lo publicamos.
-¿Cómo era publicar bajo un régimen autoritario?
-En general, íbamos tanteando los límites. En un reportaje reciente, Andrés Rivera dice que en 1976 él había convenido la edición de un libro en nuestra editorial y le propusimos no publicarlo, cosa que es un caso de falsa memoria. Por el contrario: en el 76 estábamos por publicar una novela que era una sátira y que, de alguna manera, reflejaba la situación que estábamos viviendo, y fue el autor el que se aterró y nos pidió que no la publicáramos. Creo que llegamos siempre hasta el borde de lo posible, no de manera suicida. Pero creo que en materia de libros hay aun en las dictaduras más restrictivas una mayor laxitud que lo que sucede con el cine y el teatro, o sea que siempre hay un campo posible para infringir las reglas tácitas vigentes.
-¿Cómo describiría su oficio?
-Es exhibicionismo puro, porque el editor es como un chismoso: lee algo que le gusta mucho, va a contarles a los otros que lo leyó, para que lo lean también y para demostrar qué inteligente y qué despierto es él. Esto es así, por lo menos, del modo en que lo hacemos nosotros. Acabo de leer una cita de Einaudi, el viejo editor italiano, que es ilustrativa. Cuando le propusieron un libro de crítica y le dijeron que, en términos económicos, no sería muy redituable, él contestó: "Aquí se toman decisiones culturales". En nuestro caso, nosotros podemos hacerlo porque tenemos un fondo editorial, que es el del humor gráfico. Con eso se solventa otro tipo de apuestas. Pero se entiende que otras editoriales no lo puedan hacer.
-¿La tarea del editor acarrea responsabilidades sociales?
-Debería acarrear responsabilidades sociales. Conozco mucha gente en el país, y también afuera, que lo considera así. Hay una pequeñísima editorial vasca que ha mostrado interés en publicar en toda España uno de los libros que hemos publicado nosotros y nos manda una carta que condensa en pocas palabras lo que estamos hablando: "Somos editores desde 1976 y si en treinta años en esta actividad uno sigue de pie, será por haber tenido un comportamiento adecuado". Uno no ha dejado cadáveres en la cuneta y ama su oficio. Con la identidad de cumplir cuanto se promete, nunca he prometido nada que no fuera a cumplir... Nosotros no podemos prometer ni enormidad en los resultados ni capacidad de presión en los grandes medios de comunicación. Lo nuestro es otra cosa: es cariño y buen hacer, que a veces resulta y a veces no.
-Son aquellos que consideran que el libro no es solamente una mercancía...
-Sí, aunque hay una historia que yo cuento siempre. Cuando Angel Rama dirigía la editorial Arca, en Montevideo, editó "La hojarasca", de García Márquez, cuando nadie había oído hablar del escritor colombiano. Un día lo acompañé a una entrevista que tenía con un distribuidor y lo oí hablar de pagarés, de descuentos, de letras, de devoluciones. Yo estaba asombradísimo porque no hablaba de literatura, y entonces le dije: "Vos estuviste hablando de los libros como si fueran chorizos o pulóveres". Y él me dijo: "Es que si no los tratás como si fueran chorizos o pulóveres, no podés hacer más libros". Hay una parte que tiene que ver con la supervivencia.
-¿Qué políticas para el sector le reclamaría hoy al Estado?
-Hay una fundamental que tiene que ver con que haya más autores argentinos traducidos a otros idiomas. Es un criterio de subsidios a la compra de derechos de autores argentinos para su publicación en otros idiomas y a las traducciones. Esto lo tienen Francia, Alemania y Holanda, pero lo tiene también Brasil, y eso hace que una cantidad de autores brasileños se hayan publicado en la Argentina por varias editoriales gracias a ese apoyo, que hace menos gravosa la apuesta a autores menos conocidos, y los hace disponibles en castellano.
-¿Cómo sobreviven hoy los pequeños emprendimientos editoriales en un mercado concentrado y transnacionalizado?
-Un editor alemán de una de las transnacionales dio una explicación perfecta: los grandes grupos editoriales son como pelotas en una caja. Como son esféricas, dejan espacios e intersticios entre medio en donde las editoriales pequeñas pueden sobrevivir. Pero si esas pelotas más chicas llegan a crecer, las más grandes se las devoran, cosa que también pasa cuando los dueños se cansan y venden la editorial.
-Si se hiciera una historia de la edición en la Argentina habría que recordar a Boris Spivacow, que estuvo al frente de Eudeba y de CEAL. Fue quien logró una ampliación del público lector y una producción masiva a precios accesibles. ¿Hoy en día se lee más o se lee menos?
-Creo que se lee más, porque se lee también en pantalla. Lo que ha bajado son las tiradas de los libros de precios medios y altos, que son comprados por los sectores que están más afectados en su capacidad económica, pero ahora está, por ejemplo, la posibilidad de que con unos pesos más uno pueda comprar un libro que viene con el diario, cosa que acá antes era una rareza y ahora no lo es. Hay una mayor oferta de material de lectura correcto o digno, a precio accesible.
-¿En qué medida lo que se lee refleja el estado de la sociedad en un determinado momento?
-Sin duda, esto es así porque en momentos de gran efervescencia política el libro coyuntural que alude a temas que pierden vigencia a los sesenta o noventa días se refleja en las listas de ventas como los libros más vendidos. En estos momentos está el libro de autoayuda más o menos disfrazada, o el libro vagamente esotérico de interés ficcional, como "El Código Da Vinci". En realidad, creo que lo que importa son los libros que se venden mucho y no aparecen en la lista de best sellers. Las cifras pueden no ser tan grandes, pero son muchos y son más significativos.
-En estos años muchos vaticinaron el fin del soporte en papel y el auge del libro electrónico. ¿Cuál es el futuro del libro?
-Había gente que preveía el final del libro, pero eso finalmente no sucedió. Cuando se hizo aquel congreso internacional de editores, buena parte del patrocinio económico surgió de las empresas que hacían e-books, que trataban de decirnos que se acaba el papel como soporte. Pero eso no pasó porque, entre otras cosas, a la gente le sigue gustando el contacto con el papel y el libro. El libro va a persistir siempre. En una mesa redonda que se hizo en el Salón de los Jóvenes en una Feria del Libro un ingeniero en computación fue quien dijo la frase más feliz y más poética sobre el futuro del libro, porque planteó que nadie se podía tirar al sol en la arena con la computadora para leer un texto, y que no se podían guardar los pétalos de una flor que recordara un amor perdido dentro de otra cosa que no fueran las páginas de un libro.
Por Astrid Pikielny
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=725843
Por Osvaldo Bayer
Ya nada nos puede sorprender. Hablábamos en una última nota de cómo la Iglesia Católica, aquí en Alemania, está privatizando iglesias. Se convierten en supermercados. Ahora, se conocen bien los detalles de cómo, poco a poco se van privatizando los ejércitos. Sí, tal cual. El libro con el sesudo informe no es de alguien que busca nuevas sensaciones sino de Herbert Wulf, quien es consejero del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas (UNDP). Su libro se llama Internacionalización y privatización de la guerra y la paz.
Si un tema así lo hubiera inventado un novelista es muy posible que lo hubieran internado por loco. Pero no, es un libro meticuloso y con pruebas irreprochables. Sí, pronto tendremos guerras privadas como, por ejemplo, la Volkswagen contra la General Motors. Pero no nos dejemos llevar por la imaginación. Vayamos a los datos concretos.
Cuando en 1996 se iniciaba un nuevo drama con los refugiados de Ruanda, las Naciones Unidas comenzó a estudiar diversos planes para encargar una misión de paz a empresas privadas, ya que ningún país quería enviar tropas propias. Se ofreció de inmediato la empresa Executives Outcomes, de Africa del Sur, a mandar sus propios soldados privados. Estos soldados tienen experiencia porque son veteranos de los encuentros del apar- theid. La empresa respondió a la ONU que en seis semanas podía disponer de un contingente de 1500 soldados con su propia logística, es decir, armas, municiones, víveres, uniformes, etc. Lo cual costaría 600.000 dólares diarios. Es decir, más barato de lo que salen los contingentes oficiales mandados por los ejércitos de diferentes países en las llamadas Misión de Paz.
Pero, el titular de Naciones Unidas, Kofi Annan, rechazó el ofrecimiento con una frase redonda: “La humanidad no está dispuesta a privatizar la paz”.
Aunque, el autor Herbert Wulf, señala, “sí está dispuesta a privatizar la guerra”. Porque Estados Unidos lo está haciendo, en los Balcanes, en Afganistán y en Irak. El autor calcula que el pasado año estuvieron actuando en la guerra de Irak entre 15.000 y 20.000 empleados de firmas privadas especializadas en materia militar. Es decir un contingente que es mayor que las tropas que han enviado los países aliados de Estados Unidos. Esas firmas privadas se encargan de educar militarmente a los soldados para las acciones bélicas, para la reparación de armas, para reunir informaciones –y esto tal vez es lo más importante– acerca del enemigo y de los aliados, para el interrogatorio de los prisioneros de guerra, o para llevar comida y ropa limpia a los soldados del frente.
Y el funcionario de Naciones Unidas escribe algo para pensar: “Como hongos están surgiendo empresas militares y de seguridad que ofrecen resolver problemas militares, no sólo en Estados Unidos sino también en Europa”.
¿Quiénes forman tales empresas de negocios? Por lo general, militares retirados o que piden la baja porque en esas empresas ganan mucho mejores sueldos. Son muy cotizados aquellos militares que han actuado en guerras o conflictos anteriores. Es decir que poseen un “know-how” de gran utilidad en las empresas que se dedican al negocio de la guerra. Uno de los negocios que más ganancias está dando.
Las empresas que han tenido como fundadores a generales de ejército con gran experiencia son las preferidas. Y ellas ya están comprando a las empresas medianas y pequeñas. Casi siempre esas grandes empresas militares pertenecen a las firmas fabricantes de armas. Estas empresas bélicas privadas han tenido un “enorme crecimiento en los últimos años”, según el estudio citado. Pero este crecimiento se debe primordialmente a que los Estados tratan de reducir su personal, reducir su burocracia. Les sale más barato ahorrar personal y gastos propios y contratar, en su reemplazo, los servicios privados. Dice el profesor Herbert Wulf: “Se ha iniciado un estrecho contacto entre internacionalización y privatización de la guerra y la paz”.
Y aquí un párrafo textual que vale la pena reproducir: “Con la privatización de la guerra y de la seguridad se han iniciado dos clases de formas: una, la privatización de la violencia de abajo con las actividades de muchos actores privados que invisten el prototipo del Warlord. Y dos, la privatización de actividades militares a través de outsources a firmas, es decir una planificada privatización desde arriba”. Y se pregunta el investigador: “¿Esta nueva forma de atender la guerra y las misiones llamadas ‘de paz’ lleva a una forma nueva totalmente inesperada de impedir las acciones guerreras o, por lo contrario, el interés de ganancia de las firmas privadas no lleva acaso a calentar posibles conflictos?”
Esta es la pregunta que tienen que hacerse los gobiernos responsables. Y tienen que empezar, por lo menos, a regular este método de privatizar lo militar. Esto es fundamental porque en el actual desarrollo del capitalismo todo esto de la influencia de lo privado no es un fenómeno de corto plazo ni una especie de moda. No, está cada vez más metido en la vida política y militar. Porque ya numerosas empresas participan en conflictos sociales internos de países o en conflictos internacionales. Léase, por ejemplo, Irak.
La manera realmente moral de resolver este problema es, por supuesto, la prohibición lisa y llana de empresas privadas en materia militar. Pero, claro, en esto tendrían que unirse los países, porque la prohibición debería ser internacional. Lo nacional sería peligroso, significaría desarmarse ante quien trabaja abiertamente con lo privado.
En una palabra: la guerra ha pasado al mercado. Un mercado con mucho futuro para esas empresas especializadas y con generales y coroneles en sus directorios.
Así como se inmoralizó el deporte, por ejemplo el fútbol, donde cada jugador lleva en su camiseta bien grande el nombre de la empresa que más paga, muy pronto –y la ironía es verdaderamente triste– los soldados van a llevar en la gorra o la chaquetilla el nombre de la empresa que le da las balas, el uniforme o la comida a lo McDonald’s.
Cuando uno repasa los negociados en la venta y compra de armas que han sucedido en la historia ve cómo los militares inventaron los “problemas fronterizos” para favorecer grandes compras de armas de las fábricas de los países centrales: aquellas Remington de Julio Argentino Roca, o los mausers y los cañones Krupp, de Ricchieri o últimamente el gran negociado del tiempo de Menem en la venta de armas, la voladura de Río Tercero, de todo lo cual nunca se condena a los culpables. Esos negociados, decimos, ¿qué pasarán a ser cuando todo se privatice?, ¿quién va a dar las concesiones?, ¿los militares mismos o los políticos de las llamadas mayorías?
Asusta la falta de moral. La pólvora ya estalla en todos lados: en el ferrocarril que lleva a los trabajadores a su empleo, en los subterráneos, en los ómnibus, en los hoteles de turistas, y los ejércitos siguen matando en los países donde hay petróleo.
Todo esto cuando los diarios publicaron el informe oficial de la Cepal (Comisión Económica para América latina) que dice que 222 millones de “latinos” –así llama el diario alemán Frankfurter Rundschau a los americanos al sur– no reciben suficiente comida y no reciben ningún servicio médico. Es decir, el 42,9 por ciento de la población total, 15 millones más que en el año dos mil. A pesar que en la Cumbre del Milenio las naciones integrantes de la ONU habían prometido que en el 2015 se iba a reducir en la mitad del mundo la extrema pobreza.
Pero se fabrican y se compran armas y “se privatiza” la absurda violencia de las armas. Más, en el “buen año 2004” hubo un crecimiento promedio del 4,2 por ciento, en América latina. Con el cual casi ninguno de los Estados con hambre alcanzó las metas programadas en aquella célebre Conferencia del Milenio. Países como Bolivia, Guatemala, Guyana, Haití, Honduras, Nicaragua, Paraguay y Surinam empobrecieron aún más.
¿Y en el mundo de la privatización? Bastan estos renglones del diario conservador alemán General Anzeiger, de Bonn. Repetimos: conservador. Habla de la zonas de Pasewalk, del Este alemán, lo que era antes el país comunista: “Con el 21,9 por ciento de desocupación, la región está en plena crisis. Cada tercer adulto está sin trabajo”. Y agrega: “Antes, cuando la República Democrática Alemana (la comunista) garantizaba el trabajo pleno para todos, había empleos suficientes. Daba ocupación para todos en la agricultura, en la industria de la carne, en la producción de la industria de la harina, en los ferrocarriles estatales...”
Claro, la única pregunta que cabe es: bien, señores, ¿pero qué pasó? ¿Para eso la “globalización”, la “privatización”?
Los argentinos tenemos ventaja en eso: fuimos los campeones de la represión y luego de la privatización. Lo primero ayudó luego a lo segundo. Somos buenos alumnos.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-54366-2005-07-30.html
Opina un especialista en neurobiología
NUEVA YORK.– Steven Johnson vive en la casa que toda chica casadera de clase media norteamericana soñaría. Ubicada en la cuadra más arbolada del arbolado Brooklyn tiene un patiecito atrás para que jueguen los niños, la escuela cerca y las veredas impecables para evitar caídas del triciclo. Adentro, los pisos de roble brillan, hay fotos de una novia de blanco en las paredes y la presencia de los chicos se delata por juegos tradicionalísimos, prolijamente apoyados contra la ventana: un par de dinosaurios de goma, varios autitos, un tren eléctrico...
Todo es sano, limpio y conservador. Nadie diría que ésa es la casa del más inteligente defensor de la TV basura y de los videojuegos, que acaba de publicar el best-seller más escandaloso de los últimos años. Presentado por la prestigiosa editorial Penguin, se titula “Everything bad is good for you: how popular culture is making us smarter” (“Todo lo malo es bueno para ti: cómo la cultura popular nos está haciendo más inteligentes”).
Johnson argumenta que las formas más vituperadas del entretenimiento popular –como las series violentas de TV, los reality shows y los videojuegos que aterran a los padres– son nutritivas para el cerebro.
“Ofrecen un riguroso entrenamiento cognitivo y las habilidades mentales que desarrollan hoy son tan importantes como las que se ejercitan al leer libros", sostuvo en diálogo con LA NACION.
Johnson, de 37 años, a pesar de su aspecto de atlético padre suburbano -realiza esta entrevista descalzo y en bermudas-, es un especialista en neurobiología y profesor de telecomunicaciones interactivas en la Universidad de Nueva York. Sus trabajos son publicados regularmente en la página de opinión de The New York Times y en la revista New Yorker, y su libro anterior sobre la manera en que trabaja el cerebro, "Mind Wide Open", estuvo en la lista de los más vendidos.
Con "Todo lo malo...", Johnson se ha convertido en el hombre del momento. Es difícil encender la TV o abrir un diario sin que aparezca alguna entrevista o comentario sobre su libro, que fue recibido por muchos norteamericanos con un suspiro de alivio.
"La gente está harta de ser sermoneada con que la cultura popular nos está estupidizando, que no es más que un aluvión de productos comerciales para descartar porque achatan la mente. En las últimas décadas la cultura popular se ha vuelto cada vez más compleja y entenderla presenta un mayor desafío intelectual. En vez de vivir en una sociedad crecientemente infantilizada por la cultura de masas, estamos viviendo los efectos de una sociedad crecientemente sofisticada y demandante. El ejercicio que presenta el uso de Internet, los juegos electrónicos, o entender los nuevos programas de televisión, e incluso el cine, explica en parte por qué el coeficiente intelectual de las nuevas generaciones de norteamericanos está subiendo. Juegos y narrativas que hubieran sido consideradas demasiado complicadas para una audiencia masiva treinta años atrás ahora atraen a millones de entusiastas. Claramente, algo ha cambiado en las mentes de todas esas personas", dijo.
-¿Y por qué no vemos lo positivo de ese cambio?
-Porque lo que hace falta es una nueva forma de medir el valor social de este tipo de entretenimiento. Una forma de medir que se centre menos en el contenido del programa y más en lo que nuestro cerebro hace con él. McLuhan ya anticipó que el problema, al juzgar nuevos sistemas culturales, es que la presencia del pasado reciente inevitablemente colorea nuestra visión, agrandando sus fallas e imperfecciones. Los videojuegos siempre han sufrido de este síndrome, en gran parte porque se los ha comparado con las convenciones tradicionales de la lectura. Uno se pregunta, respecto de un videojuego: ¿son los personajes creíbles? ¿Es el diálogo complejo? Como si fuera una novela. Así, obviamente, se pierde su valor.
-¿Y cuál es su valor?
-Los juegos no son "Hamlet" ni "El gran Gatsby". Son, más bien, como problemas matemáticos, de lógica. Como tales, son buenos para el cerebro en un nivel fundamental: enseñan las habilidades abstractas de la probabilidad y del reconocimiento de patrones, así como la comprensión de relaciones causales que pueden aplicarse a infinidad de situaciones, tanto personales como profesionales. Lo que muestran los trabajos científicos más recientes es la manera en la que el cerebro humano se ve atraído por los sistemas en los cuales las recompensas están claramente definidas y que se logran a través de la exploración y el uso de un ambiente, y este factor exploración es clave para entender el atractivo de los nuevos videojuegos.
-¿Con el Pacman no se exploraba?
-La diferencia con los primeros videojuegos, como el Pacman, por ejemplo, es que en ellos estaba muy claro qué es lo que había que hacer (comer la mayor cantidad de pastillitas posibles y evitar ser atrapado por los fantasmas). En cambio, en los juegos nuevos hay que ir descubriendo las reglas a medida que se avanza. No existe ninguna otra forma de cultura popular que ejercite al cerebro de manera tan directa en la toma de decisiones. En los videojuegos, los chicos se ven forzados a pensar en las consecuencias de sus acciones de manera sofisticada: hay estrategias exitosas en el corto plazo que llevan a malos resultados en el largo plazo y hay estrategias no tan buenas en el corto plazo, pero que llevan a consecuencias positivas en el futuro. Con los videojuegos los chicos aprenden a lidiar con este panorama y a elegir, y aprenden que una elección errada tarde o temprano se paga. En ningún juego tradicional, como policías y ladrones, esto se ve de manera tan rigurosa, pero los adultos no parecen reconocer el valor de esto.
-¿Qué pasa con el sexo y la violencia de muchos programas y videojuegos?
-Yo no digo en absoluto que sea un asunto irrelevante. Por el contrario, son temas legítimos para discutir. Lo único que sostengo es que el debate se centra en el sexo y la violencia que existe en algunos contenidos y nadie está mirando qué pasa en el nivel cognitivo, con el medio en sí. Y si no se tiene el panorama completo, no se pueden tomar decisiones informadas respecto de lo que los chicos deberían o no estar haciendo.
-¿Cómo podemos estimular el conocimiento echados en un sofá y mirando la tele?
-Los programas de hoy son muy distintos a los de décadas atrás. Hay muy pocos que realmente uno pueda echarse a verlos pasivamente. No se puede ver una serie como "Los Soprano", "The West Wing" o "24" como se veía "Starsky y Hutch" o "Kojak". No son sólo los argumentos infinitamente más complejos y difíciles de seguir, sino que programas como "Los Simpsons" o "Seinfeld" requieren constantemente "notas intelectuales al pie de página" que debemos proveer para entenderlos.
-¿Por qué hacen falta estas aclaraciones suplementarias?
-Porque esos programas están llenos de bromas que sólo quien sigue la serie puede entender. Usan y abusan de referencias a otras formas de cultura popular. Obviamente, los programas de TV son más pasivos que los videojuegos, pero aun así nos estimulan intelectualmente, al forzarnos a seguir múltiples hilos argumentales y a llenar con información los agujeros que los guionistas dejan deliberadamente vacíos u oscuros. En un episodio cualquiera de "Los Soprano", por ejemplo, debemos seguir veinte personajes y una docena de líneas argumentales. Por eso, para seguir su narrativa no basta con recordar lo que pasó en el capítulo anterior: nos vemos forzados a analizar cada situación para entenderla. Esto no ocurría, obviamente, con "Los duques de Hazzard", pero tampoco con programas que eran considerados de calidad, como "El show de Mary Tyler Moore", donde la "calidad" estaba en que los personajes decían cosas inteligentes o ingeniosas, no en que pusieran nuestro cerebro a descifrar qué pasaba.
-¿Y los reality shows?
-Lo maravilloso es que hasta lo peor de la televisión ha mejorado. Lo que siempre se dice es que las audiencias se congregan frente a los reality shows porque disfrutan del espectáculo de ver a otras personas que son humilladas en la pantalla. Eso puede ser cierto respecto de algunos reality shows, como aquellos en los que obligan a los participantes a meterse en una caja con arañas o a comer cosas repugnantes. Pero los programas más exitosos hoy, como "Sobreviviente" o "El aprendiz", son mucho más sofisticados. Si uno entra en las páginas web donde conversan quienes siguen "El aprendiz" (en el cual los participantes luchan con las argucias del mundo de los negocios para ser la mano derecha de Donald Trump) o escucha al día siguiente lo que opinan los compañeros que siguen el programa en la oficina, se verá que hablan en términos de "estrategias" y "alianzas". Deben seguir el hilo de múltiples relaciones y personajes, tener en la cabeza que "Pedro odia a Pablo, pero a Pablo le cae bien Pedro, y ambos se relacionan bien con María, pero ella los piensa traicionar" para entender la acción. Todo esto sirve para afilar nuestra inteligencia emocional y nuestras habilidades sociales.
-¿Cómo afectan estas nuevas formas de lo que usted llama cultura popular el vínculo entre padres e hijos?
-Lo que estamos viviendo es una gran oportunidad para que los padres puedan realmente participar con placer de lo que les divierte a sus hijos, no sólo tomarlo en forma condescendiente o prohibirlo. La cultura infantil se volvió tan interesante que atrapa a los adultos también. Yo vi "Buscando a Nemo" en DVD 75 veces con mis chicos, y reconozco sin pudor que las primeras 30 las disfruté mucho. Es un gran film, que llega tanto a un adulto de 37 años como a un adolescente de 15 o un chico de cuatro. En mis viajes para presentar mi libro siempre termino rodeado por padres del público que se acercan para contarme cómo disfrutan compartiendo con sus hijos un videojuego determinado, y que no dejan de maravillarse ante cuánto mejores son sus chicos que ellos. Los chicos, a la vez, terminan pensando como adultos. Demuestran una enorme precocidad.
-Pero algo se pierde por leer menos libros tradicionales, ¿verdad?
-Sin duda. Hay un tipo histórico, específico, de lectura que se está volviendo menos común en nuestra sociedad, y que implica sentarse con un libro de 300 páginas y seguir su argumento o narrativa sin mayor distracción. Y es verdad que los videojuegos y la televisión sirven poco para entrenar nuestras mentes para algo así si no incluye algún tipo de interactividad. Pero todavía tenemos a los padres y a la escuela para que impartan la sabiduría que la cultura popular no puede dar. Nadie dice que la cultura tradicional deba ser reemplazada. Simplemente se trata de aceptar que hay mucho de bueno, también, en nuestra tan demonizada cultura popular.
-¿Por qué cree que es tan demonizada?
-Mucho es generacional, como aquello de que lo que entretiene a nuestros chicos nunca puede ser tan bueno como lo que nos gustaba a nosotros. Y, curiosamente, en la crítica a la TV, los videojuegos, Internet o el cine de audiencia masiva, la extrema derecha y la extrema izquierda están de acuerdo, aunque por distintas razones. Mientras la izquierda sólo ve en ellos lo aberrantemente comercial, la derecha sólo ve el contenido sexual. Yo me siento muy cómodo de que mis chicos vean televisión, naveguen por Internet, tengan juegos electrónicos. Yo crecí viendo TV y creo que salí bastante bien. No quiero que ellos sean analfabetos mediáticos en una sociedad mediática. Mientras además lean, hagan deportes y tengan amigos, no tengo ningún problema.
Por Juana Libedinsky
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=724761
El chico que pide una moneda en el subte a cambio de una estampita obliga a enfrentarse a diario a un dilema que tal vez no tenga respuesta. Dar o no dar, esa es la pregunta.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
A veces no se reconoce a sí misma en las preguntas que se hace. Veinte años atrás, cuando comenzaba la democracia en la Argentina, esas preguntas le hubieran parecido inapropiadas. Hoy, sin embargo, quien viaje por transporte público, quien no viva en un barrio cerrado y no llegue por autopista hasta meterse por un tubo en algún nuevo edificio inteligente de Puerto Madero, quien siga haciendo un uso intenso de la ciudad, está enfrentado a esas preguntas. ¿Debe darle algo a este chico de las estampitas o hacerle caso a los expertos y poner ese dinero en alguna institución, ya que ese chico seguramente es un explotado de su propia familia o de algún otro adulto, o un abandonado que necesita una protección más sistemática que el impulso caritativo individual? No se trata de un caso teórico y sería cínico considerarlo una divagación moralista. El chico está allí, repartiendo sus estampitas, impávido, y cada uno tiene que decidir qué hace antes de que termine con un vagón de subterráneo y pase al siguiente.
Se hace otra pregunta: ¿tiene alguna consecuencia lo que yo decida? Si el escenario en lugar de un subterráneo fuera un pueblo donde todo el mundo se conoce un poco, la respuesta sería más sencilla. Pero vive en una gran ciudad, ese chico está pasando ahora, o quizás esté pasando todos los días, pero cada día será algo así como un chico diferente. Tiene que responder en el momento. Bertolt Brecht, frente a la advertencia de que los pobres gastaban las limosnas en juergas de cerveza, afirmó que por eso mismo él consideraba apropiado dárselas: ellos obtenían un placer que los que no eran pobres podían alcanzar cuando se les diera la gana.
La respuesta de Brecht tiene su costado magnífico: evita que alguien, para dar un peso, se enrede en un debate moral desmesurado y quizás hipócrita. Y, sin embargo, aunque señala un hecho con gran perspicacia crítica, no siempre es posible adoptar a Brecht como línea de conducta. Quien vacila teme que las cosas sean más complicadas y que las organizaciones sociales tengan razón cuando indican otro camino, más institucional y, por supuesto, más separado del impacto del chico con sus estampitas, relojeando con la cabeza baja si va a recibir o no su moneda de un peso. El chico ya salió del vagón, pero la perplejidad no se esfuma. Si las organizaciones tienen razón, la limosna fortalecerá la cadena que lo une a esos adultos que toleran o impulsan su vida en la calle. Pero si no hay limosna, también es posible que ese chico sea castigado porque no trajo a la noche lo que se esperaba de una jornada de trabajo bien hecho. ¿Y si ese peso tuviera como destino una hamburguesa y, en consecuencia, al negárselo, lo que está haciendo es privar al chico de una comida? ¿Qué entiende ese chico del mediano plazo?
El problema tal como se lo plantea carece de solución. No es una solución que la conducta se ajuste a dos normas: por un lado, darle el peso al chico; por el otro, mandar un cheque a una organización de bien público. Tampoco es una solución que la conducta siga sólo una de esas normas, aunque esto sea lo aconsejado, porque el chico está pidiendo su moneda y no una donación institucional. Se trata de un dilema: nada que se haga lo soluciona, ni lo extirpa. Y sin embargo, sabiendo eso, igualmente algo hay que decidir, ya que el chico está ahí parado y él también sabe que la moneda no podrá solucionarle nada, sino simplemente, mejorar por un rato su día de mendigo.
Es extraño, además, que haya individuos filantrópicos en una sociedad despiadada. Aunque, pensándolo mejor, esto es lo único que no es extraño: la filantropía nació hace varios siglos en sociedades muy injustas, esas mismas sociedades europeas que, hoy, nos parecen equitativas. Llegaron a ser más equitativas no por acción de los filántropos, que las volvieron más sensibles frente a la pobreza, sino por las reformas impulsadas por las víctimas y los hombres y mujeres que los representaron políticamente. Sin embargo, aquellos filántropos hicieron que la vida y la muerte de muchos fuera menos indigna.
http://www.clarin.com/diario/2005/07/24/sociedad/s-1019916.htm
MICHAEL BROWN, ESPECIALISTA EN SEGURIDAD INTERNACIONAL
Los mayores conflictos y tensiones están dentro de los Estados e involucran a las comunidades, por lo que son éstas las que deben abordar sus propias respuestas sociales, políticas y culturales.
Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com
# Los últimos atentados terroristas en Londres coincidieron con varios informes que advierten sobre episodios de esta naturaleza, o aún peores. ¿No se está acertando en la estrategia o no termina de entenderse el fenómeno del terrorismo?
—Creo que las respuestas hasta ahora, y sobre todo a partir de la de Estados Unidos tras el 11 de septiembre de 2001, estuvieron básicamente promovidas por el problema terrorista propiamente dicho. En cierto modo, el gobierno estadounidense fue tomado por sorpresa y ha estado respondiendo lo más rápido posible para manejar este tipo de amenazas, pero sin un plan maestro. Los gobiernos se mueven con lentitud, se concentran en enfrentar la posibilidad de acciones brutales de terror como las que estamos viendo, pero sin prestar debida atención a otros temas igualmente graves que componen el mismo escenario global.
# ¿Quiere decir que se están atacando las consecuencias en lugar de las causas que lo originan?
—La primera constatación es que distintas partes del mundo enfrentan desafíos a su seguridad existencial muy diferentes, pero casi todos los lugares del mundo enfrentarán algún desafío de seguridad muy serio en este siglo XXI. Hay tendencias a largo plazo más que preocupantes: una es que se prevé que la población mundial habrá crecido de 6 mil a 9 mil millones para el año 2050; y si pensamos que el 90% del crecimiento se dará en el mundo en desarrollo, o sea la parte del mundo que ya es pobre económicamente, el agua y la tierra son recursos limitados y en el mundo en desarrollo en particular, podemos prever que veremos más presión demográfica, más competencia por los recursos y un mayor potencial de conflictos. Pero los problemas en el mundo en desarrollo no quedarán confinados, se introducen de un modo u otro en el mundo desarrollado. Sumemos a ello la proliferación de armas y la existencia de redes y organizaciones que pueden llegar a acceder a armas de destrucción masiva. El terrorismo es uno de los desafíos a la seguridad y un ejemplo de que estos desafíos no pueden ser enfrentados con los recursos de las guerras convencionales.
# Comparando las predicciones de 10 o 15 años atrás, es evidente que el talante cambió: del optimismo inicial con la globalización a estas perspectivas catastróficas. ¿Qué es lo que falló en estas previsiones?
—En efecto, la realidad internacional cambió de una manera dramática, casi sin que muchos se dieran cuenta. Los problemas del mundo post Guerra Fría resultaron muy serios y diferentes de los que conocimos con la competencia entre dos superpotencias. Esto es algo que no entendimos adecuadamente entonces: la globalización no fue una panacea sino una gran parte del problema. No se advirtió que en el mundo en desarrollo se encuentran realmente la mayoría de los problemas de seguridad del siglo XXI y que no ocuparse del desarrollo económico, la salud pública, la gobernabilidad y la democracia en esas regiones tiene consecuencias en todas partes.
# ¿Los ataques del 11-S fueron como un despertador sobre esta situación?
—Podemos tomarlo así, pero me temo que la respuesta bélica, la guerra de Irak, volvió a ocultar las cuestiones de fondo. Ha habido un desdén considerable de las grandes potencias respecto de los problemas del resto del mundo.
# Nuevos problemas y desafíos que son mirados con un prisma viejo. ¿Cuál es el prisma con el que debemos mirarlos y qué es lo que vemos, en tal caso?
—El enfoque tradicional era observar los problemas militares entre estados. En la era posterior a la Guerra Fría necesitamos otra concepción de la seguridad que tenga en cuenta no sólo la seguridad nacional sino la seguridad de grupos humanos dentro de los países y también la seguridad internacional. Y también debemos tener muy en cuenta los aspectos no militares de la seguridad. Muchas cuestiones como la globalización económica, la competencia por los recursos, el crecimiento demográfico, los movimientos migratorios, incluso enfermedades contagiosas como el sida, pueden crear tensiones sociales que pueden llevar a una inestabilidad política que en algunos casos pueden llegar a desembocar en conflictos violentos. La gran mayoría de los conflictos actuales se desarrollan dentro de los Estados y no entre ellos. Hay conflictos regionales que tienen lugar más allá de las fronteras pero no son conflictos entre Estados, como sucedía antes.
# ¿No se corre el riesgo de militarizar —"securitizar"— estas cuestiones que afectan a las sociedades?
—Existe ese riesgo: el de simplificar y pegarle el rótulo de "problemas de seguridad" a situaciones que son mucho más complejas y exigen en primer lugar respuestas comprensivas. El campo de los estudios sobre seguridad debe ser más amplio, lo que no quiere decir "militarizar" estos problemas sino en todo caso evitar que lleguen a esa dimensión.
# Las amenazas a la seguridad parecen derivar en gran medida de la inadecuación de las capacidades estatales. ¿Hasta dónde queda cuestionada la noción tradicional de soberanía?
—Es cierto, nuestras ideas sobre la soberanía estatal están cambiando en algunos aspectos importantes. La globalización hace que sea más difícil para los gobiernos controlar sus economías y sus fronteras. Sin duda, es más difícil controlar la circulación de la información hacia dentro y hacia fuera de los países. En todos esos sentidos, el poder estatal no es tan poderoso como antes. Y también, ha habido un cambio gradual hacia la idea de que los gobiernos no pueden hacer cualquier cosa que se les ocurra en su territorio. Después de los ataques del 11-S, el Consejo de Seguridad de la ONU sancionó prontamente una resolución autorizando el uso de la fuerza militar en contra del gobierno de Afganistán sobre la base de que estaba llevando a cabo acciones que constituían amenazas para la paz y la seguridad internacionales. Eso no significa que los estados estén desapareciendo totalmente. Tampoco significa que la comunidad internacional vaya a actuar en respuesta a cada guerra, genocidio o abuso contra los derechos humanos. Pero la idea de que la soberanía es un absoluto es inconsistente con las realidades del siglo XXI.
# ¿Qué impacto tiene este cuadro de mayor complejidad e inestabilidad global en América latina?
—Puede sonar extraño, pero déjeme decirle que desde el punto de vista global América latina es una de las regiones más pacíficas y estables. No vemos tantos conflictos y guerras violentas como en otras partes del mundo. Los desafíos son un poco más sutiles y complejos, no tan obvios como en Africa y Asia, por ejemplo. Y uno de los grandes desafíos sigue siendo la consolidación democrática, asegurarse de que no retrocedan respecto de la transformación profunda y extraordinaria que tuvieron desde 1980.
# En los últimos diez años ha habido varias experiencias inéditas de intervención internacional en conflictos armados, genocidios y guerras civiles, desde Bosnia y Kosovo a distintos países de Africa y Haití ¿Cuál es su balance?
—Es importante distinguir entre distintos tipos de conflictos y de respuestas internacionales. Las operaciones de paz han sido relativamente exitosas en muchos casos porque simplemente se trató de separar a los combatientes y poner fin a la lucha; en Bosnia y en Kosovo, por ejemplo. Un segundo paso, más complejo, es la resolución de conflictos, que tiende a atacar realmente las causas implícitas del conflicto. Eso es más difícil de hacer; ha habido algunos éxitos, por ejemplo en Nicaragua y El Salvador, hay mucha más integración política, y el establecimiento de una forma más normal de política. Pero hay países que necesitan un tercer paso, que es la reconstrucción de las capacidades del Estado, lo que es más difícil de realizar porque involucra una reconstrucción económica y de la infraestructura. Y hay situaciones más complejas aún en las que hay que reconstruir naciones, lo cual supone la existencia de una identidad nacional unificada entre distintas personas y pueblos que han estado luchando encarnizadamente durante largo tiempo. Esto es algo más complejo todavía y es lo que, pruebas a la vista, no han tenido en cuenta las previsiones de los estrategas que llevaron adelante la guerra en Irak.
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El abogado y ex ministro opina que no se construye marcando sólo las diferencias
Salvo en sus ya lejanos orígenes como fundador de la democracia cristiana, de la que se alejó en 1960, Oscar Puiggrós no militó en partido político alguno.
Sin embargo, en su larga trayectoria pública fue dos veces ministro, primero de Frondizi, en cuyo gobierno ocupó la cartera de Trabajo, en 1962, y luego de Lanusse, en Bienestar Social, en 1972. A partir de 1983 integró el Consejo para la Consolidación de la Democracia y fue embajador en Portugal durante el gobierno de Raúl Alfonsín.
“Gobierno y oposición no deben actuar como enemigos”, dice Puig-grós, que es en la actualidad presidente de la Academia del Mar, desde donde promueve y patrocina diversos seminarios.
Se recibió de abogado en la Universidad de Buenos Aires en 1945, año clave en la política argentina. Y si bien dice que no es “antinada”, reconoce que nunca compartió el extendido entusiasmo de la época por el peronismo. “Creo que ese movimiento levantó banderas muy legítimas. Pero también creo que las pervirtió”, sentencia.
Pasaron 60 años, pero, a su entender, los avatares argentinos no hicieron sino multiplicarse, camuflados bajo distintos ropajes ideológicos y políticos. “Esto es así porque los problemas argentinos son culturales, y mientras la economía no esté al servicio de la política y la política no esté al servicio de la ética y del bien común de los ciudadanos, ni la política ni la economía le van a servir a la sociedad para afrontar los desafíos que la acosan".
-¿Estamos construyendo la sociedad futura o la seguimos destruyendo? A su entender, los sucesos cotidianos no nos dejan ver el proceso, prever el perfil del mundo por venir y el papel que tendrá el país dentro de ese escenario.
-Los grandes estadistas quieren el poder para cumplir determinados objetivos. Me parece que en la elección que se avecina estarán más exteriorizadas las vocaciones de poder que las vocaciones de servicio.
-Usted se ha detenido en el análisis del hombre mediocre del que hablaba José Ingenieros en las primeras décadas del siglo XX. ¿Qué fue de él desde entonces?
-En esta sociedad aparecen claramente las características del hombre mediocre. No importa cuánto sepa de su materia específica porque, más allá de toda inteligencia, la mediocridad está en la falta de sensibilidad y de una buena disposición para acordar normas de convivencia. Nuestra actual dirigencia, la que goza del poder y también la opositora, no muestra síntomas de auténtico renunciamiento en su competencia por los liderazgos. Los pobres debates se limitan a señalar las diferencias, y no los acuerdos. Así no se construye. No hay creatividad, no se promueve la excelencia. Se acentúa la discordia social y no la paz. Creo que esto es particularmente peligroso en tiempos en que el mundo nos está mostrando trágicas escaladas de violencia, que alejan la perspectiva de la paz.
-¿Cómo corregir esta realidad?
-Yo insisto en la matriz cultural de nuestros problemas, entendiendo por cultura un estado de ánimo para la convivencia, para saber vivir con los demás, para conocer sus defectos, debilidades y sensibilidades. Políticos ignorantes y rapaces hubo en todos los tiempos y bajo todos los regímenes, pero encuentran mejor clima en sociedades sin ideales y sin cultura. Tal vez tengamos que hacer todos nosotros un acto de contrición colectivo, ya que desde hace largos años venimos tropezando sin aprovechar experiencias ni rectificar errores, sin asumir compromisos ni afirmar valores sustanciales para construir una sociedad apoyada en la libertad y en la solidaridad. Hoy las luchas por una cuota de poder tiñen el escenario político nacional y relegan a segundo plano los verdaderos intereses del bien común; se muestra, así, el raquitismo político-cultural que nos abruma, desaparecen los anticuerpos indispensables y se debilita la sociedad para afrontar los desafíos que nos acosan.
-La socióloga Marita Carballo sostiene que los argentinos, mucho más que otros ciudadanos del mundo, creemos que hay que tener cuidado cuando tratamos con la gente, que el de al lado nos puede perjudicar. Y dice que esa actitud nos hace mal, porque no nos permite generar capital social. ¿Comparte esa opinión?
-Esa desconfianza, efectivamente, nos hace mucho mal. Para superarla hay que empezar por el juicio autocrítico. Cómo no vamos a decir que la sociedad argentina es desconfiada si tiene el ejemplo perpetuo de sus más conspicuos representantes, tanto del gobierno como de la oposición, que no hacen más que señalarse mutuamente los defectos, sin la menor capacidad de autocrítica ni de diálogo. Gobierno y oposición están en diferentes funciones y responsabilidades, pero no es atinado actuar como adversarios o enemigos, ya que deben coincidir en lo sustancial, que son los intereses de todo el pueblo.
-Si nos basamos en la experiencia de las últimas décadas, suena utópico?
-Pero es que descartar el diálogo como procedimiento natural para corregir o perfeccionar medidas de gobierno es una forma equivocada de entender la democracia, es violar uno de sus más sólidos apoyos. En una sociedad siempre hay intereses contrapuestos, pero si lo que queremos es la paz, tenemos que esforzarnos por encontrar puntos de acuerdo antes que opiniones siempre descalificatorias hacia el otro.
-¿Lo dice por Kirchner?
-Cuando el Gobierno descalifica a la oposición, comete un gravísimo error antidemocrático, porque la oposición es un elemento fundamental del sistema. Kirchner debe ser el presidente de la paz y no el presidente de la discordia. Debe superar los conflictos, resolverlos. Y debe cuidar el tono. Su tono es de resentimiento.
-¿A qué lo atribuye?
-No lo sé. Tal vez algunos hechos ocurridos en su juventud puedan explicarlo. Su paso por la universidad en los trágicos 70 tal vez explique el tono de rebeldía que caracteriza buena parte de sus exposiciones, que no se atenúa frente a un escenario mundial y local que exige la máxima prudencia en las decisiones, sobriedad en el lenguaje y extrema responsabilidad. El Presidente tiene una formación intelectual y una posición tomada frente a las dictaduras, un compromiso con la defensa de los derechos humanos y con la libertad. Debe mantenerse en ese camino y no permitir que se cuelen en su entorno la ficción y la hipocresía en la descalificación de valores fundamentales.
-¿Por qué lo dice?
-Porque me preocupa el tema de los derechos humanos y me parece que pone de manifiesto, como pocos, el problema de falta de objetividad y de amor a la verdad. Hay una gran hipocresía, una actitud maniquea. Falta una objetiva defensa de los derechos humanos. Se alientan recuerdos trágicos y se renuevan resentimientos y rencores. Los prejuicios que prevalecen son tremendos.
-¿También en la oposición?
-En materia de derechos humanos, hablo del gobierno de Kirchner. Si bien, hay que reconocerlo, por acción o por omisión, todos hemos participado durante más de medio siglo en errores, fallas de conducta y, muy especialmente, en soslayar el análisis inteligente de nuestras duras experiencias. Todos somos en algo, por acción u omisión, responsables y víctimas. Hoy, gobierno y oposición se alinean para anularse mutuamente, como si no estuviéramos unos y otros frente a una tragedia común: el derrumbe de las instituciones fundamentales de la sociedad, graves desafíos económicos y, lo peor, la declinación cultural política y la débil disposición para recuperar los hábitos que aseguran la convivencia pacífica. El oficialismo se debate en permanente conflicto entre correligionarios. La oposición no tiene el mínimo oxígeno que la fortalezca y sólo atina a la crítica permanente, sin ofrecer programas alternativos inteligentes.
-¿No cree que cuando el problema es de todos, no es de nadie?
-La realidad demuestra que seguimos en cotidiana polémica, patinando sin avanzar y con grave riesgo de tropezar con los mismos escollos que nos trajeron a la turbulenta actualidad. Ni el oficialismo ni la oposición tienen la grandeza de convocar a un auténtico diálogo. La excusa es la mutua desconfianza. Prefieren mantener la distancia. En estos últimos tiempos en que la economía sobrepasó a la política y ambas a la ética, el fecundo examen autocrítico se ha vuelto casi inexistente, y por eso creemos que no han sido los errores económicos y los políticos los mayores responsables de nuestra decadencia, sino el derrumbe moral, que se ha extendido a buena parte de los que mandan. Pero la historia ha dejado enseñanzas que no deberíamos desatender. La caída de grandes imperios, como el romano, no se produjo por una crisis económica, ni por conflictos externos que trajeron derrotas, ni por conquistas frustradas o por luchas intestinas: la causa principal fue la corrupción generalizada, extendida e incorporada a la vida normal de la sociedad romana, que se fue acostumbrando a ella.
-¿De dónde salen nuestros actuales dirigentes? ¿Quiénes son los que mandan?
-No hay una usina de dirigentes. No hay una escuela de administración pública que forme cuadros estables, bien formados y bien pagados, que permanezcan más allá de las gestiones políticas. La actual dirigencia es producto de procedimientos legítimos e ilegítimos para conseguir alguna cuota de poder. En el subconsciente de muchos candidatos -no digo todos-, está el pensar que participar del gobierno es tener privilegios, no importa de qué tipo ni a costa de qué o quién. Esto ha ido construyendo una idiosincrasia extremadamente dañina para la conformación de una verdadera clase dirigente. De no ser así, tampoco se entendería esa porfía por permanecer, por mantenerse, por eternizarse en los cargos.
-A propósito, ¿qué opina de las reelecciones presidenciales?
-Estoy totalmente en desacuerdo, porque creo que una de las reglas fundamentales de la democracia es la alternancia del poder. Hemos tenido, en nuestro país y en otros, resultados negativos para el orden jurídico, para la estabilidad social, para la salud institucional, a cargo de voraces aspirantes a retener el mando. Radicales, peronistas, militares: todos minimizaron la inteligencia del hombre argentino. Grave error, porque la gente no es tonta. Lamentablemente, para muchísimos argentinos no hay opciones, o las que se les presentan no los atraen, pero si éstas se dieran y se explicitaran claramente, el ciudadano podría elegir con claridad y con responsabilidad. La ciudadanía vota entre las opciones que se le presentan, pero no se siente representada. Este deterioro del sistema de representatividad es un hecho gravísimo, que debilita la democracia.
-Alvear decía: "Cada uno de mis ministros podría ser presidente". ¿Cree que hoy, en cambio, se niveló hacia abajo?
-En esto fueron determinantes las sucesivas rupturas del orden institucional. Yo fui ministro de Trabajo de Frondizi y los mismos que sacaron a Frondizi -no otros, los mismos- hoy dicen que fue el mejor estadista de esa época. Uno de los grandes problemas argentinos es esa vocación maniquea, según la cual todo es blanco o negro, bueno o malo. La controversia y la polémica son rutinas que no logramos superar. Son muestras de nuestra incultura, hoy acentuada.
-¿Fue Frondizi un estadista?
-Creo que lo fue. Ahora, si yo tuviera que hacerle una crítica a Frondizi es que se adelantó a sus tiempos. También que tal vez no supo evaluar con precisión los intereses que su pensamiento y su programa de gobierno estaban lesionando.
-Su encuentro con el Che Guevara ¿fue un error?
-Creo que fue un argumento que le resultó muy útil a quienes se estaban moviendo para sacarlo del gobierno.
-Insisto: ¿fue un error?
-Creo que sí.
-¿Qué opina del proyecto de ponerle Che Guevara a una avenida de la Capital Federal?
-Me parece horrible. Porque el Che no trabajó para la paz. No cuestiono su pensamiento íntimo: al fin y al cabo, la antesala del infierno está llena de bienintencionados. Pero creo que fue un hombre profundamente equivocado. Yo no soy partidario de ninguna violencia. Ni de la de países muy importantes, que dicen estar en contra de la violencia, pero que la ejercen, ni la de otros que atacan a esos países y que son igualmente violentos. Son todas las contradicciones que ahora vemos en materia de derechos humanos.
-Después de Frondizi, pasaron diez años y el general Lanusse le ofreció el cargo de ministro de Bienestar Social. ¿Le pesa haber participado en un gobierno militar?
-No me arrepiento, aunque la historia me haya desmentido. Y nunca me sentí recriminado. Yo fui un sándwich entre Manrique y López Rega. Cuando me ofreció el cargo, le advertí a Lanusse que yo estaba en contra de los golpes militares. Le pregunté si me ratificaba lo que había anunciado: que en un año llamaría a elecciones. "Ese es mi compromiso", dijo. Y así fue: a los diez meses llamó a elecciones. Lo que ocurrió después es otra historia. Creo que el único golpe que se podría justificar fue el de 1955, por el cariz dictatorial que había tomado el gobierno del general Perón. Por eso creo que la Libertadora fue inevitable, si bien una vez en el poder no cumplió con los objetivos que parecía tener ni con el programa de gobierno que había anunciado. En ese sentido, fue un fracaso. En cuanto al resto de los golpes militares, creo que todos los demás, sin excepción, fueron un disparate.
Por Carmen María Ramos
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=723791
Por Sandra Russo
Veámoslo así: hay algo de confesional en los dos bandos, aunque uno de ellos no sabe exactamente cuál es el nombre de su fe, y el otro no es exactamente un bando, sino un espectro que de pronto toma cuerpo y ataca. El mundo occidental cree ciegamente en una deidad que a veces invoca bajo el nombre de libertad, pero cuya filiación es siamesa del mercado. Occidente desespera ante enemigos que encarnan de una manera cada vez más tajante Lo Extraño y Lo Otro. No tiene reflejos para enfrentarse a una identidad fantasmática que acecha desde las sombras y parece solidificarse cada vez más ante las opciones líquidas que ofrece el modo de vida norteamericano o europeo. Si hay una guerra, Occidente la ganaría. Pero lo que asoma no es una guerra convencional: se parece más bien a la irrupción de un malestar constante, a un estado aletargado de amenaza. De Oriente viene una lógica desconocida, enloquecedora. El Islam logra captar muchachos que gozaron desde su nacimiento de todos los beneficios de la vida moderna occidental. Los capta y los empuja a inmolarse porque, por algún resquicio, por alguna ranura que los occidentales no logran detectar, se cuelan el odio y el resentimiento, pero también el desprecio. Esos muchachos, que hasta hace muy poco tiempo pronunciaban la palabra “nosotros” para referirse a sus compañeros de clase o de equipo de fútbol, fueron persuadidos, de alguna extraña manera –esa manera, por lo misteriosa e ininteligible, es lo que más inquieta–, de sentirse miembros de “otro nosotros”. Los dos bandos fabrican terror. Lo de Londres está fresco. En los últimos dos años, murieron 25.000 civiles iraquíes.
Hace treinta años, algunas corrientes sociológicas analizaban las diferentes formas que iba adquiriendo el “nosotros” occidental. Richard Sennet advertía que, tras el advenimiento de la modernidad, se reemplazó la antigua “identidad compartida” por los más pragmáticos “intereses compartidos”. Los rasgos que antes unían a la gente mediante vínculos fraternos derivados de alguna identidad nacional o racial fueron sustituidos por otros que surgieron de lo que se llamó “mixofobia”: la búsqueda maníaca de semejantes muy semejantes. Los occidentales empezaron a sentir un miedo demasiado fuerte hacia lo diferente –a punto tal que, desinvestidos de su humanidad, los diferentes requirieron la creación y la defensa de sus “derechos humanos”–, y dieron rienda suelta a sentimientos comunitarios fragmentados. La comunidad empezó a ser cada vez más pequeña: fue la del club, la del barrio, la del country, la del consorcio.
Mientras tanto, allí lejos, ¿qué pasaba? En los basureros territoriales, ¿qué pasaba? “Desde sus comienzos, la modernidad produjo y siguió produciendo enormes cantidades de sobrantes humanos”, escribió el sociólogo Zigmunt Bauman. Fue en dos ramas específicas que brotaron esos sobrantes sacrificables: primero, en la producción y reproducción del orden social. Todo orden es selectivo y exige segregación y exclusión. Después, en el progreso económico, que “en un determinado momento exige la invalidación, el desmantelamiento y la eventual aniquilación de ciertos modos de vida y de subsistencia del ser humano, ya que no pueden ni podrían alcanzar los crecientes estándares de productividad y rentabilidad”. Los sobrantes humanos de la modernidad fueron recolocados. Huestes de refugiados en todo el mundo pueden dar cuenta de eso. “La industria de la eliminación de desechos humanos” originó oleadas de migraciones legales e ilegales que Occidente toleró, aunque a regañadientes, porque eso le servía para mantener cerrada la olla a presión que significan esos sobrantes que el progreso económico occidental va creando con su propia dinámica. Esa industria de eliminación de desechos es la que ha entrado en crisis ahora. Hay una parte del mundo tan pobre y territorios tan indeseables que los bárbaros han empezado a corroer los intestinos del imperio.
En junio de 2002, los Estados Unidos anunciaron el arresto de un sospechoso de pertenecer a Al Quaida, que se había plegado a la red terrorista a su regreso de un viaje a Pakistán. Se trataba de un ciudadano norteamericano, José Padilla, que se había convertido al islamismo y había adoptado una nueva identidad, la de Abdullah al Mujahir. Había sido instruido para fabricar “bombas sucias” que eran “pavorosamente fáciles de armar” con explosivos convencionales. En su momento, el personaje PadillaAbdullah resultó funcional a los requerimientos de la seguridad interior norteamericana: agitó el fantasma de que la hospitalidad ofrecida a los extranjeros era una trampa cazabobos, hizo emerger un nuevo “sujeto peligroso”: el norteamericano reciente que, pudiendo ser “uno de los nuestros”, elige ser “otro, extranjero perenne, enemigo”. El caso Padilla-Abdullah fue inmediatamente silenciado. “Bombas sucias” que se arman de un modo “pavorosamente fácil” no eran un objetivo que permitiera defender en el Congreso un escudo antimisiles multimillonario, y enemigos de entrecasa que despreciaban el modo de vida norteamericano no contribuían a reforzar la idea de ir hasta Irak a aplastar las cuevas terroristas.
Cuando se supo, la semana pasada, que algunos de los responsables de los atentados de Londres eran ciudadanos británicos de ascendencia paquistaní, ciudadanos aparentemente integrados, con trabajo, de clase media y sin antecedentes, una zozobra debe haber recorrido las mentes de los dirigentes del aspaventosamente llamado “Eje del bien”: ey, muchachos, esto hay que pensarlo todo de nuevo, somos una vacuna homeopática al revés, generamos nuestras propias bacterias letales, los tenemos metidos en nuestros barrios, sus hijos son amigos de los nuestros, les hemos dado nuestras sobras, han bebido de nuestra mano y nos devuelven una mochila cargada con explosivos.
La cultura de mercado, que crece a expensas de reducir al resto del planeta a simples basureros territoriales y humanos, desfallece bajo la repentina certeza de que no hay nada más temible que un enemigo al que le ha sido concedida una vida que no vale la pena de ser vivida.
Alguien dijo una vez que el sistema económico occidental es una serpiente que inevitablemente alguna vez se morderá la cola. Ya la mordió.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-54046-2005-07-23.html
He asistido, por primera y última vez, a un juicio oral. Un juicio oral a un hombre que había sufrido unos cuatro años de prisión, de azotes, de vejámenes y de cotidiana tortura. Yo esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico. Ocurrió algo distinto. Ocurrió algo peor. El réprobo había entrado enteramente en la rutina de su infierno. Hablaba con simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos. También de la capucha. No había odio en su voz. Bajo el suplicio, había delatado a sus camaradas; éstos lo acompañarían después y le dirían que no se hiciera mala sangre, porque al cabo de unas “sesiones” cualquier hombre declara cualquier cosa. Ante el fiscal y ante nosotros, enumeraba con valentía y con precisión los castigos corporales que fueron su pan nuestro de cada día. Doscientas personas lo oíamos, pero sentí que estaba en la cárcel. Lo más terrible de una cárcel es que quienes entraron en ella no pueden salir nunca. De éste o del otro lado de los barrotes siguen estando presos. El encarcelado y el carcelero acaban por ser uno. Stevenson creía que la crueldad es el pecado capital; ejercerlo o sufrirlo es alcanzar una suerte de horrible insensibilidad o inocencia. Los réprobos se confunden con sus demonios, el mártir con el que ha encendido la pira. La cárcel es, de hecho, infinita.
De las muchas cosas que oí esa tarde y que espero olvidar, referiré la que más me marcó, para librarme de ella. Ocurrió un 24 de diciembre. Llevaron a todos los presos a una sala donde no habían estado nunca. No sin algún asombro vieron una larga mesa tendida. Vieron manteles, platos de porcelana, cubiertos y botellas de vino. Después llegaron los manjares (repito las palabras del huésped). Era la cena de Nochebuena. Habían sido torturados y no ignoraban que los torturarían al día siguiente. Apareció el Señor de ese Infierno y les deseó Feliz Navidad. No era una burla, no era una manifestación de cinismo, no era un remordimiento. Era, como ya dije, una suerte de inocencia del mal.
¿Qué pensar de todo esto? Yo, personalmente, descreo del libre albedrío. Descreo de castigos y de premios. Descreo del infierno y del cielo. Almafuerte escribió:
Somos los anunciados, los previstos
si hay un Dios, si hay un punto Omnisapiente;
¡y antes de ser, ya son, en esa Mente,
los Judas, los Pilatos y los Cristos! Sin embargo, no juzgar y no condenar el crimen sería fomentar la impunidad y convertirse, de algún modo, en su cómplice.
Es de curiosa observación que los militares, que abolieron el Código Civil y prefirieron el secuestro, la tortura y la ejecución clandestina al ejercicio público de la ley, quieran acogerse ahora a los beneficios de esa antigualla y busquen buenos defensores. No menos admirable es que haya abogados que, desinteresadamente sin duda, se dediquen a resguardar de todo peligro a sus negadores de ayer.
El periodista y escritor dice que Kirchner es desconocido para él y que no lo entiende
Sostiene Henry Raymont que América latina ha cometido un error mayúsculo: importar paradigmas europeos, adaptarlos a su propia realidad y proyectarlos a su relación con los Estados Unidos.
“Hablan de comunismo en Cuba –dice, risueño–. ¿De cuál? ¿El de Stalin, el de Kruschev? ¡No! Y lo demuestro con un estribillo: «Fidel, seguro, a los yanquis dales duro». Eso es pachanga. No es el Gulag soviético, ni son los campos de concentración. ¡Esa es Cuba, chico! Eso es el Caribe. ¿Fascismo en la Argentina? ¿Nazismo en la Argentina? Aquí lo grave han sido los desaparecidos, algo contra natura que no es parte de la cultura. Son importaciones, malas imitaciones. Este suelo es distinto al europeo. Imagínate salir de Holanda, con los molinitos y las casitas, y llegar a Texas o a la Patagonia. Lo primero que tienes que hacer es cambiarte los zapatos.”
Raymont, nacido en 1927 en la ciudad alemana de Königsberg (hoy, Kaliningrado), criado en Buenos Aires y radicado en Washington después de haber vivido en Nueva York, melómano confeso, devoto del Teatro Colón, trotamundos implacable, conoce el paño. Como periodista de la United Press International (UPI) durante 18 años y de The New York Times durante otros 12 y como columnista de varios periódicos latinoamericanos ha cubierto la región y sabe de su relación con los EE.UU. durante medio siglo.
En ese lapso no debe de haber presidente norteamericano y latinoamericano con el que no haya tratado. Entre ellos, recuerda a Juan Perón, conquien compartió cinco días en la República Dominicana, después de su derrocamiento, en 1955, y a Fidel Castro, celoso en su afán de explicarle que no iban a fusilarlo cuando quedó detenido tras haber sido el primero en informar sobre el desembarco en Bahía de los Cochinos. En la actualidad, escribe para periódicos de América latina y, ocasionalmente, para The New York Times, The Washington Post y San Francisco Chronicle.
En su haber, Raymont cuenta con la autoría del libro Troubled Neighbors. The Story of US-Latin American Relations from FDR to the Present ("Vecinos en problemas. La historia de las relaciones de los Estados Unidos y América latina desde Franklin Delano Roosevelt hasta el presente), aún no traducido al español.
De su libro escribió Arthur Schlesinger Jr., uno de los historiadores más distinguidos de los Estados Unidos: "Por casi medio siglo, Henry Raymont ha sido un agudo observador de la interacción entre los Estados Unidos y América latina. Este libro perceptivo y provocativo nos deja una lección que podríamos, y deberíamos, aprender".
En él, Raymont señala como fenómeno la presidencia de Franklin Delano Roosevelt, por "el sentido de geopolítica con el que identificaba a América latina y a los Estados Unidos como un nuevo mundo, distinto de Europa, con otros valores". Si tuviera que escoger un año en especial en la relación entre el Norte y el Sur, dice, se inclinaría por 1958, con Richard Nixon como vicepresidente y, en la Argentina, con Arturo Frondizi como presidente.
"No soy un adulador de Roosevelt, pero admiro su humanidad, su sentido del humor, su ironía -dice Raymont, profesor visitante en la Freie Universität, de Berlín, y ex director de Asuntos Culturales de la Organización de Estados Americanos (OEA)-. Cuando ves lo que tenemos hoy, bueno, es para morirse. En este momento tenemos un señor, Bush, que tiene una enorme dificultad verbal. Lo peor que han hecho sus enemigos ha sido subestimarlo, porque tiene mucho carisma y, con sus fallas, lamentablemente, se identifica la mayoría del pueblo norteamericano. Cuando los intelectuales lo desahucian, la mayoría del pueblo norteamericano lo adopta."
-Pocos reparan en el carisma de Bush, sobre todo fuera de los Estados Unidos.
-Como Clinton. Yo he visto mujeres con Clinton? Se mueren. Es un hombre que se hizo a sí mismo. Bush es lo mismo, porque se rehízo. Conocí al padre: era conocido de mi suegro. Lo conocí en las Naciones Unidas como embajador. Un hombre muy fino y de mucha calidad humana.
-¿Cómo ve a Kirchner?
-Kirchner es un ente desconocido para mí. No lo entiendo. Su ritmo es otro. Es una actitud casi mexicana: le vale madre todo [no le importa nada]. Puede que sea una manera inteligente de tratar con la opinión pública: cuanto más enigmático, menos vulnerable.
-¿Nota diferencia con otros presidentes?
-Tomemos un caso opuesto. Aquí tenían un señor que se llamaba Illia, a quien entrevisté. Me quedé boquiabierto cuando me contó que su único viaje al exterior había sido en 1938 o 1939, antes de la Segunda Guerra Mundial, a un congreso médico en Europa, posiblemente a Berlín. No sabía qué había en el mundo. Lo echaron y ese día el pueblo fue a las carreras y al fútbol. Llegó Onganía y nadie se inquietó ni se incomodó. Era una total ruptura del proceso democrático.
-La Argentina es uno de los países más antinorteamericanos del mundo, sensación que se ha incrementado durante el gobierno de Bush.
-Sí, pero fíjate que cuando llegó Roosevelt a Buenos Aires los periódicos calculaban entre 500.000 y un millón el número de personas que llenaba las calles por las que iba él con el presidente Justo. Los dos con galera: algo increíble. Fue una recepción apoteótica.
-Era otro país.
-El argentino tiene la manía de quejarse. Yo soy de los que se mueren de risa de aquellos que dicen que aquí nada funciona. Aquí todo funciona. Se come como en ninguna parte. No me refiero sólo al menú, sino a la manera de tratar la comida. La Argentina continúa siendo una sociedad civilizada. La comida es un acto social. Por ejemplo, me tocó regresar al hotel a las dos de la mañana. Yo me acostaba a las 9.30 o 10 de la noche. A las dos de la mañana, la ciudad es igual que a las cuatro y media de la tarde. No hay nada parecido en América latina.
-En América latina hay paradigmas nuevos, como Hugo Chávez y Evo Morales.
-Chávez, Morales y los demás son coyunturas. Mi maestro es Germán Arciniegas: dice que América es otra cosa, y punto. El gran error que se ha cometido y se sigue cometiendo es la adaptación de los paradigmas europeos al nuevo mundo. En la parte específica de las relaciones entre los Estados Unidos y América latina tuvimos la desgracia de tener una mayoría de europeos que adaptaron sus teorías y las proyectaron a la relación con los Estados Unidos. Cometieron un error garrafal.
-La corrupción, por ejemplo, no deja de ser un fenómeno universal, más propio de Europa que de los Estados Unidos.
-Compárala con Italia. Aquí es una cuestión de comisaría, no de cancillería. No tiene una envergadura filosófica. Es un robo de niños, comparado con los campos de concentración, las persecuciones masivas. Todas las imitaciones son apócrifas. Tengo un gran respeto por México. La Argentina es el país más simpático de América latina, a pesar de la fama de tango lúgubre. Buenos Aires es una de las ciudades más abiertas y civilizadas. México es misterioso. El argentino es muy abierto. Todo lo contrario es el mexicano: cuando te dice "ni modo", no sabes si te dice sí o no.
-Bueno, su formación es básicamente argentina.
-Yo me crié aquí. Fui al Buenos Aires High School, de interno, y los veranos los pasaba con una mujer inglesa anciana, en Córdoba, así que aunque mi primer idioma era el alemán, los segundos fueron el inglés y el español, al mismo tiempo. Las malas lenguas decían que yo había entrado en el periodismo para salir de la Argentina lo antes posible y para ir a los ensayos del Teatro Colón. Lo segundo era cierto; lo primero era cierto hasta que me fui. Y cuando me fui me di cuenta de que se me había metido bajo la piel.
-¿Cómo llegó su familia a Buenos Aires?
-En 1936 salimos de Alemania para ver a los tíos de Dinamarca y, de allí, vinimos a la Argentina. Mi padre se dedicaba al comercio de cereales. Eso llevó a que los hijos menores de esos comerciantes, en la frontera entre Alemania y Rusia, enviaran al hijo menor a la Argentina a hacer lo que hoy día llamamos una pasantía. A los 16 años entré en UPI. Mi primera experiencia de guerra fue una marcha celebrando la liberación de París por la Avenida de Mayo. Yo había conocido a un grupo de refugiados. Aquí estaba el presidente del País Vasco en el exilio. Todos eran muy altos. Ibamos marchando; yo marchaba con ellos, a diez metros, digamos, y me iba a la acera a tomar nota. Allí, de repente, oí petardos. Me tiraron al suelo. Habíamos llegado a la Policía Federal. Y empezaron los gritos: "¡Viva Francia! ¡Vivan los aliados!", de un lado, y "Perón, Velazco, tu cara me da asco", del otro. Estar en el medio es lo que jamás debe hacer un periodista.
-¿Cómo conoció a Perón?
-El gran cliente de la UPI era La Prensa. Si Alberto Gainza Paz se despertaba a las ocho de la mañana y a las nueve pedía a UPI la temperatura en Helsinki, a las 9.30 tenía la información en la oficina. La Prensa tosía y UPI temblaba. Me tocó estar en el diario el día en que Perón indicó que no le iba a ser muy ingrato si la turba que estaba en la Plaza de Mayo le prendía fuego. Casi lo hicieron. Los bomberos tardaron bastante en llegar. Y yo estaba encerrado en el edificio con el director, Gainza Paz, y otros. Es el destino. En 1955, Perón estaba exiliado en la República Dominicana. Yo también estaba allí. El ex canciller Hipólito Paz, del que yo me había hecho muy amigo cuando era embajador en Washington, y un funcionario de la cancillería argentina que se había vuelto chofer de Perón, me llevaron al hotel. Allí tuve entrevistas durante cinco días consecutivos con Perón. Y me di cuenta de que él sabía quién era yo. Después, yo fui el último corresponsal extranjero que lo entrevistó, un mes antes de su muerte, en Buenos Aires. Vino el ministro de Economía, José Ber Gelbard, y me presentó a la señora de Perón. Y Perón no levantó la mirada. Advertí que él la manipulaba a ella, no ella a él, como decían algunos. Ese señor tenía el machismo latinoamericano metido hasta la médula.
-¿Fueron años perdidos en la relación entre América latina y los Estados Unidos?
- Para mí, 1958 fue el año clave para las relaciones entre los Estados Unidos y América latina, pero los Estados Unidos no supieron aprovecharlo. Esa fue la famosa iniciativa de Juscelino Kubitschek, presidente de Brasil, apoyada por Frondizi.
-Estaba por aparecer Fidel Castro...
-Tuve la primera entrevista con él en 1959. Me habían puesto preso y se anunció que me iban a fusilar en Cuba, porque había dado la primera noticia de Bahía de los Cochinos. A los pocos minutos irrumpieron en el departamento miembros del comité de barrio. O sea, milicianos. Y me llevaron al G-2, donde me iban a sacar una fotografía con el membrete de terrorista. Yo me negué. Me pusieron "sospechoso". Podía vivir con eso. Volví a la isla más tarde con un grupo de congresistas norteamericanos. Fidel me pidió hablar a solas. Uno de los congresistas era muy amigo nuestro y le había prometido a Wendy, mi mujer, que no se iría sin mí. Mi esposa no quería que yo regresara a Cuba. Durante cuatro horas, Fidel no habló de otra cosa que la revolución. Dijo que seguía con sus principios humanistas y que jamás en la vida hubiera fusilado a un periodista americano. Estuve cuatro horas con ese señor y no tuve una sola noticia. Me habló de cosas que me indicaban que, igual que el amigo Chávez hoy, es un mitómano: me habló de cómo había ido a Bahía de los Cochinos.
-¿Por qué se fue usted de la Argentina?
-Tuve una experiencia muy coherente siendo refugiado del nazismo. Un gran amigo, el agregado de prensa de la embajada de Noruega, logró que me invitaran a Oslo a través de Scandinavian Airlines. Por ese entonces, yo iba mucho al Colón. El 1° de enero de 1948 había una función de gala. En el intervalo, sabía que Perón iba a tomar una copa de champagne. Yo era de La Prensa, y él la odiaba. Perón le dijo a Miguel Miranda, el ministro de Economía, que se reuniera periódicamente conmigo y que me diera informaciones del crecimiento y el desarrollo. Me hice amigo de él. Un día, Miranda me dijo que fuera a entrevistarme con el nuevo director de Migraciones. Ese señor me habló con un candor extraordinario: me dijo que iban a mejorar la "raza argentina".
-¿Cómo pensaban hacerlo?
-Me dijo que se había enterado de que en Noruega había un grupo de rubios de ojos azules que se llamaban "quislings" [epónimo de Vidkun Quisling, quien gobernó Noruega durante la ocupación nazi y fue fusilado por alta traición después de la Segunda Guerra Mundial]. Me dijo también que iban a traer 30.000 polacos anticomunistas que estaban varados en Londres. Fui a la oficina y redacté el cable. Mi jefe lo vio y lo envió a Nueva York. A la semana y media, el cable fue la portada del Herald Tribune. Fue mi primer artículo firmado en los Estados Unidos. A los pocos días, el general Arturo Bertollo, jefe de la Policía Federal, me preguntó con buen tono cuándo me iría. Le dije que no podía irme, porque no tenía pasaporte. A las 24 horas me dieron un pasaporte de extranjero. Y me fui a Oslo.
-Lo invitaron a irse, en realidad...
-Sí. Cuando llegué a Oslo, un periódico citó mis entrevistas con Perón. En el hotel tenía una serie de llamadas de gente que quería verme: eran "quislings". Por fin, me entrevisté con el alcalde de Oslo y me enteré de que todos eran balleneros. Pero es un oficio que muy pocos países tienen y, como es patrimonio nacional, sus ciudadanos no pueden practicarlo en otros países. Tenían pasaportes para venir a la Argentina como refugiados políticos. Iban a poblar el buque Eva Perón. Les quitaron todos los pasaportes. A mi regreso al hotel, tenía otros mensajes que no eran tan simpáticos. Me tuve que ir a Suecia y, después, a Finlandia. Después, a Londres y a Nueva York, donde estudié periodismo en la Columbia School of Journalism. Vengo de una familia judía en la que si no tienes grado universitario no eres nada.
Por Jorge Elías
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=722902
Los que manifiestan por la ciudad lo hacen dándole su forma cultural a través de estilos de intervención, cantitos, formas organizativas e imágenes.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Una pequeña estatua de la Virgen María, en yeso blanco, de unos cuarenta centímetros de altura está colocada sobre un pilar de cemento, a un costado de la plaza frente al Palacio de Tribunales de Buenos Aires. Un cartel, que expone la reivindicación correspondiente al grupo que acampa allí, se apoya contra el pilar. El conjunto evoca la disposición de objetos propia de una iglesia: la virgen sobre un pilar cubierto por las ofrendas que han ido dejando sus fieles.
Hasta acá, nada de extraordinario, ya que en Buenos Aires casi todas las reivindicaciones vienen envueltas en un tapiz de símbolos: graffiti y sténciles, fotografías, remeras estampadas con una foto o una leyenda. En la marea de gente que se desplaza o se estaciona en la ciudad, los símbolos son indispensables. La abundancia de iconografía reivindicativa tiene que ver también con la multiplicidad de reclamos y la velocidad con que cada uno de los grupos encuentra una identidad tan sólida que pareciera arraigada en una larga historia, aunque puede haber emergido simplemente la semana pasada. Los que manifiestan por la ciudad no sólo ejercen un derecho sino que lo ejercen dándole su forma cultural a través de estilos de intervención, cantitos, formas organizativas (ya que no todos los grupos son iguales en ese aspecto) e imágenes. El cuerpo de los manifestantes se convierte en soporte de su mensaje, con las vinchas que sostienen una fotografía, las banderasponcho, las camisetas-insignia.
Ser reconocido en ese mundo de carencias, reclamos, necesidades e injusticias exige tanto estilo como constancia. Porque ¿quién se ocuparía de los piqueteros si desaparecieran del centro o cortaran accesos sólo cada sesenta días? Ser visto es la única posibilidad de ser escuchado y los gobiernos han tomado la costumbre de escuchar sólo a los que se muestran.
Pero vivimos en ciudades y, al lado de los reivindicantes están también los locos o los solitarios urbanos. Ese hombre que duerme en la vereda de un edificio universitario ha colocado sobre la chapa inclinada que le sirve de techo un cartel de apoyo a las luchas gremiales docentes; todas las mañanas se prepara su mate y, de modo verdaderamente inesperado para alguien que vive en unos metros de tierra y barro, se lustra meticulosamente los zapatos, que contrastan con la ropa deshilachada y superpuesta, la melena larga y la barba de un habitante de la calle.
La virgen frente al palacio de Justicia era una pieza de un montaje surrealista. La rodeaban vapores que acentuaban la impresión de que se trataba de un objeto de culto; una humareda blanca salía desde abajo y se elevaba, como una dosis desmesurada de incienso. De lo que se trataba, en verdad, era de la parrilla de un asado, semioculta detrás del pilar, de modo que, para quien pasara distraído, la parrilla era invisible y la virgen parecía una especie de milagro humeante. Pero si uno se detenía y descomponía los elementos del montaje, el efecto cómico era inevitable. El pilar volvía a ser una caja de luz, la virgen descansaba allí esperando quién sabe qué milagro reivindicativo que ella no podía conceder, y el asado sería consumido por los acampantes. Como en una romería en honor a un santo patrón, la figura religiosa se mezclaba sin resquemor con las figuras de este mundo y sus necesidades.
Sin embargo, incluso cuando se descubría que todas esas incongruencias no eran el resultado de un montaje surrealista, sino la casualidad del día a día de un reclamo, la virgen de yeso, rodeada de vapor era la incongruencia máxima, porque recordaba la situación de iglesia, el incienso y los fieles prendiendo velas para rogar o agradecer por algo. Finalmente, los que preparaban el asado también estaban pidiendo y bien podían rodear a la virgen con vapores, aunque provinieran del fuego dispuesto debajo de una parrilla.
La ciudad une corrientes dispersas: a los marginados por la pobreza se superponen los marginados de la locura, esos que sostienen su reclamo ante nadie, y lo hacen con una persistencia que los especialistas llaman obsesión.
http://www.clarin.com/diario/2005/07/17/sociedad/s-1015413.htm
ROBERTO GARGARELLA, JURISTA
Las leyes fundamentales de América latina se parecen: todas se congelan en un liberalismo trunco. Hay que buscar en ese déficit institucional muchas de las razones de las recurrentes crisis regionales.
Claudio Martyniuk.
cmartyniuk@clarin.com
En América latina tenemos una tradición constitucional liberal, y sin embargo, el funcionamiento del sistema político se ha caracterizado por tener rasgos autoritarios. ¿A qué le parece que responde esto?
—Hay, sin duda, muchas causas, pero una, que es la que a mí me interesa explorar, es la que reside en las propias constituciones. Porque nosotros tenemos, en realidad, constituciones que yo llamaría, en el mejor de los casos, liberal-conservadoras. Es que han conservadurizado los rasgos de las constituciones liberales en las que estaban inspiradas, como se ve en las facultades que se le conceden al Poder Ejecutivo: el estado de sitio, la intervención federal, la misma relación Estado-Iglesia. En todos esos rasgos uno ve que hay un liberalismo trunco. Entonces, y más allá de que a lo mejor la última explicación haya que encontrarla en cuestiones económicas, de organización social y desigualdad, hay un componente que tiene que ver con la propia estructura institucional. O sea, la propia letra de las constituciones ampara ese tipo de salientes autoritarias.
¿Qué efecto provocó en América latina la ausencia de una tradición radical en materia de pensamiento jurídico?
—Esa ausencia se tradujo en la falta de instituciones más sensibles a la voluntad ciudadana. Es más, porque las constituciones, en muchos países de América latina, han sido un producto de un pacto liberal-conservador, yo creo que la principal, sino la única, base importante de ese acuerdo ha sido una común hostilidad hacia el participacionismo. Si no, es difícil imaginar qué es lo que pone juntas a tradiciones que se habían estado aniquilando mutuamente durante décadas. Lo que las une es el temor a una oleada democrática que amenazaba con socavar cosas que les preocupaba a ambos grupos, a pesar de las tremendas diferencias que los separaban.
¿Este rasgo conservador de las constituciones comprende sólo a la estructura de poder o también tiene otros efectos?
—La influencia del conservadurismo trasciende el diseño del poder para alcanzar el modo en que concebimos los derechos y el modo en que los incluimos en la Constitución. Y eso se ha traducido en una tradición y en una interpretación muy conservadora de lo que significa respetar los derechos. Esto es serio porque una Constitución que tenía una aspiración de respeto a los proyectos individuales queda teñida con una contracorriente destinada a opacar esa libre elección de proyectos individuales. Así, el Art. 19 de la Constitución Argentina representa la concreción de la expresión más alta de lo que puede aspirar el liberalismo en cuanto al respeto a la autonomía individual: cada uno tiene libertad para vivir a su modo mientras no afecte a otros. Pero sin embargo, eso fue cambiado a último momento para hacer referencia a no afectar la moral pública, criterio interpretado por la Corte Suprema, hasta hoy, como impidiendo la elección de ciertas alternativas de vida. O sea que, en el mismo artículo que nació como el motor de la libertad individual, apareció una corriente que iba en dirección exactamente contraria.
Y los jueces, ¿qué costado hacen prevalecer?
—Durante mucho tiempo, la Corte argentina suscribió una postura que uno llamaría perfeccionista: hay ciertos modelos de vida que son aceptables porque responden a la moral tradicional argentina y hay ciertos modelos de vida que, en cambio, pueden y merecen ser desplazados, y no debe verse como un problema constitucional desplazarlos. Además, en el modo con que la Justicia argentina se ha relacionado con la protesta social se encuentran resabios de la tradición conservadora en el modo que se lee la idea constitucional de que el pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes. Ese artículo ha sido una excusa para adoptar decisiones hostiles frente a las protestas.
Las protestas sociales se fueron generalizando desde la década del 90 en América latina. ¿De qué manera se fue canalizando institucionalmente la revuelta?
—Uno debería incluir muchos matices, pero se puede encontrar una línea general de mucha hostilidad. Ahora, de ningún modo es aceptable que los poderes políticos que gobiernan vean las disonancias como problema. Lo que a mí me preocupa especialmente es que esa misma mirada se reproduce en el Poder Judicial, que debería ser el poder más sensibilizado hacia los grupos más desaventajados. El Poder Judicial, en vez de resguardar en todo lo posible a aquellos grupos que más desventajas sufren, ha estado a la vanguardia del hostigamiento a los grupos de protesta. Esto es extraordinariamente serio, porque uno podría hacer el argumento contrario: hay grupos en nuestro país que sufren un nivel de agravio tal que uno se pregunta cuál debería ser la reacción sensata de ellos frente al derecho, qué deber de respeto pueden guardar hacia un derecho que sistemáticamente los agravia de modo tan intenso.
¿Y por qué, en contra de sus intereses, esos grupos obedecen al derecho?
—Más que la pregunta sobre cuál es la razón que los lleva a obedecer, lo que me interesa ver es qué respuestas debiera dar el poder público frente a grupos que son sistemáticamente agraviados. La pregunta es paralela a lo que podríamos ver en este ejemplo: si en una situación familiar, el marido sistemáticamente agravia a la mujer, uno debe reflexionar sobre cómo hacer para resguardar y rescatar a esta mujer. Y uno debería ver como un escándalo si se empezara a pensar de modo contrario, y el problema fuera que ella se queja demasiado. Llevado esto al nivel de la protesta social, muchos hacen referencia a que ciertos grupos de nuestra sociedad no contribuyen a la paz social. Yo creo que el punto es exactamente el contrario: es extraordinario el esfuerzo que hacen a la paz social cuando están en una situación de agravio. O sea, la pregunta yo creo que es la inversa: ¿cómo hacen para seguir respondiendo al derecho cuando tienen todas las razones del mundo para ponerse de pie y decir esto es inaceptable? Desde un punto de Justicia constitucional, ese trato que reciben contradice lo que explícitamente pide la Constitución. Por eso es muy preocupante el modo sistemático con que los jueces leen la Constitución con un solo ojo, negándose a ver las promesas concretas que la Constitución hace a una diversidad de grupos.
¿Esa lectura tuerta corresponde también a un importante sector ciudadano? Los afectados por un piquete no suelen pensar que integran un orden social que está omitiendo el deber de cooperar con el necesitado.
—Exacto. Pero la posición institucional del juez es diferente y le exige otra respuesta. Y cuanto más sea el nivel de hostilidad que haya hacia ciertos grupos desaventajados, más obligación tiene el juez de asumir la protección de las minorías desaventajadas. Es muy interesante mostrar de qué modo ante constituciones que aseguran ciertos resguardos sociales, esos derechos son sistemáticamente desconocidos por los jueces, que consideran que los compromisos que asume la Constitución en el nivel de los derechos sociales son simplemente declaraciones de buena voluntad; forman parte de la poética de la Constitución. No, de ningún modo, eso forma parte de un compromiso constitucional tan importante como el compromiso sobre la libertad de expresión. Entonces, a menos que queramos tirar la Constitución por la ventana, eso merece exactamente el mismo resguardo que cualquier otro derecho.
¿Y qué hay de la distinción entre cláusulas operativas y programáticas de la Constitución?
—A quienes hacen esta distinción para impedir la aplicación de los derechos sociales habría que preguntarles cuál es la buena razón que autoriza ese tipo de distinciones. Porque lo que muchos dicen es: bueno, no, lo que ocurre con los derechos sociales es que son muy distintos de los derechos políticos porque cuestan mucho dinero. Pero lo cierto es que, aun los derechos civiles y políticos más básicos —tener una elección— son carísimos. Entonces, el argumento de que no se puede hacer una igualación entre los derechos civiles-políticos y los derechos sociales es simplemente ridículo. Esa postura se debe a una elección ideológica, no a una buena forma de razonamiento judicial.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/07/17/z-03815.htm
Copyright Clarín, 2005.
Buenos Aires y el interior, según el politicólogo y funcionario tucumano
“Hay valores y concepciones del mundo detrás de cualquier decisión de política pública que se toma, desde cuál es el mejor plan económico hasta dónde se debe construir un puente en alguna zona rural”, explica Julio Saguir, licenciado en Historia, doctor en Ciencia Política por la Universidad de Chicago y actual secretario de Planeamiento de Tucumán.
“Preferir la eficiencia o la equidad como criterios de decisión implica un juicio de valor y, por lo tanto, político. Un técnico que no lo sepa o no quiera aceptarlo es peligroso”, enfatiza.
Docente universitario, Saguir militó primero en la democracia cristiana y luego, desde principios de los años 90, en el justicialismo, partido que lo ha convocado para ocupar distintos cargos ejecutivos en Tucumán, su provincia.
A fines de esa década, el historiador asumió tareas de asesoramiento en cuestiones vinculadas con la reforma del Estado. Apenas dos años después y en medio de una profunda crisis política, económica y gremial que ponía en riesgo la continuidad de la ley federal de educación en la provincia, Saguir asumió como ministro de Educación y Cultura.
Admite que en el caótico 2002 fue poco lo que se pudo hacer en materia educativa. “En el país hay serias brechas económicas que la educación no corrige y que, peor aún, aumenta. Hoy hay una educación que es para pudientes y otra que es para el resto", dice.
A tono con los debates sobre el bicentenario de la Revolución de Mayo, Saguir reflexiona sobre el sentido de la conmemoración y explica cómo se debe redefinir la idea de independencia en un mundo globalizado. "El concepto de independencia está subordinado a la felicidad de quienes viven en el país. La felicidad supone el desarrollo moral y material de las personas y el desarrollo del bien común. Esto no es otra cosa que la noción de bien común, que antepone el todo a las partes e implica de manera decisiva la equidad y la justicia social", sostiene.
-¿Qué elementos de ruptura y de continuidad advierte en la relación entre Buenos Aires y el interior, a lo largo de estos dos siglos?
-Las asimetrías entre Buenos Aires y el interior han permanecido. Muchas veces las instituciones han ayudado a cristalizar esa diferencia estructural. Hay una frase de Sarmiento muy significativa, que él pronuncia cuando se reúne la Comisión de Buenos Aires para evaluar si se unen o no, y qué modifican de la Constitución del 53: "Todos queremos la unión, pero luego viene la realidad de las cosas, que rompe con todo esto". Y "la realidad de las cosas" han sido las asimetrías de las estructuras económicas y de los desarrollos sociales, con los intereses consecuentes. Buenos Aires siempre estuvo de un lado y las provincias siempre estuvieron del otro. Los de Buenos Aires alegaban que el puerto estaba en su provincia y que no tenían por qué compartirlo, y las provincias alegaban que del puerto entraban y salían cosas de todos lados, y que, entonces, no era solamente de Buenos Aires, sino de toda la Nación.
-A pesar del diseño federal, ¿el país sigue siendo centralista y unitario?
-Las provincias no han podido lograr un desarrollo económico y social que les permita tener espacios institucionales en los que los actores puedan negociar mejor la satisfacción de sus intereses. Esto fue así por la pobreza estructural de muchas provincias, a cuyos gobiernos no les convenía oponerse a los dictados del gobierno central, pues corrían el riesgo de quedarse sin la "ayuda" nacional. Aquí es donde las asimetrías económicas se llevaron por delante las posibilidades de un verdadero federalismo. Y, junto con ello, se llevaron también el Congreso como espacio fuerte de discusión y organización de los distintos intereses.
-Para Alberdi, la Revolución de Mayo fue una revolución de Buenos Aires para independizarse de España y sojuzgar a las provincias. En sus escritos póstumos, el tucumano afirma que eso "ha creado dos países distintos bajo la apariencia de uno solo. El Estado metrópoli, Buenos Aires, y el país vasallo". ¿Coincide?
-Claro: dejó de ser Buenos Aires y pasó a ser la Nación. Y dado que los recursos estaban en Buenos Aires, la Nación se construyó a partir de la existencia de un poder hegemónico que cristalizó esa diferencia. Eso hasta hoy no se ha modificado. Nuestro origen como país fue profundamente conflictivo. En todo el período de la organización nacional, Buenos Aires vivió su relación con el resto de las provincias como un problema. A Buenos Aires no le convenía compartir sus recursos con las provincias, y éstas apenas podían sobrevivir sin ella. Tan conflictiva fue la relación, que vivimos casi diez años separados. Y como si aquello hubiera sido poco, Buenos Aires fue obligada a unirse al resto por la fuerza de las armas. No estábamos unidos, y cuando nos unimos, fue a los golpes.
-En algunas provincias, el caudillismo y el nepotismo parecen adquirir dimensiones exacerbadas.
-Creo sinceramente que las formas nepotistas que caracterizan a ciertas realidades provinciales irán desapareciendo. El mismo voto de la gente las irá haciendo desaparecer. Creo sinceramente que la gente está votando de otra manera...
-¿Usted dice que hay un voto más independiente y menos cautivo?
-Exacto. Es que la historia de nuestro país desde 1983 es la historia de una de las condiciones fundamentales de la democracia moderna: la alternancia. La alternancia ha estado presente en la Argentina, no sólo en el nivel nacional, sino en las provincias. Tucumán ha tenido un gobierno justicialista, ha tenido un gobierno de signo contrario, como el de Antonio Bussi, y luego ha tenido de vuelta al justicialismo, y ha tenido municipios de distintos signos. Esto se puede ver en todo el país. Los políticos hoy son conscientes de que hay ciertas actitudes que ya no pagan de la misma manera que antes.
-¿Hay provincias inviables?
-Creo que hay condicionamientos históricos, pero no determinismos históricos. ¿Está determinado Santiago del Estero a ser Santiago del Estero? Yo creo que no, pero sí creo que hay mecanismos a través de los cuales podemos hacer que todas las regiones sean viables. Creo que deberíamos empezar a pensar seriamente en el mecanismo de la región y en el fortalecimiento de las viabilidades regionales. El problema va a ser, de nuevo, la realidad de las cosas, y en este caso van a ser los intereses provinciales: hay muchas historias provinciales y muchos intereses políticos y económicos detrás. Más que en regiones, deberíamos pensar en integraciones regionales, y más que anteponer instituciones previas al camino por recorrer, deberíamos pensar en aquellas zonas que se acomodan mejor como regiones naturales, con intereses comunes sobre los cuales se podría trabajar conjuntamente en lo económico, en lo social, en lo educativo, en infraestructura y en turismo.
-¿Por qué cree que no se avanza en esa dirección?
-Hay un problema de acción colectiva: a las provincias todavía les conviene negociar bilateralmente con la Nación y a la Nación también le conviene negociar bilateralmente con cada una de las provincias en lugar de negociar en conjunto. Hoy todavía las provincias no ven la región como algo beneficioso, y no lo van a ver por el hecho de crear un Parlamento regional. Lo van a ver como algo beneficioso a través de intereses muy concretos como, por ejemplo, obras de infraestructura comunes. Hay mucho desaprovechamiento. Yo creo que, en ese sentido, las provincias todavía estamos enfrascadas en cómo resolver nuestros propios subdesarrollos y nos cuesta mucho salir de esto.
-Los años 2001 y 2002 condensaron el malestar y el repudio de la sociedad hacia la clase política. Eso se advirtió en la consigna "que se vayan todos". ¿Cómo describiría la relación entre la clase política y la sociedad en la actualidad?
-Soy más bien escéptico sobre la reconstitución del vínculo. Creo que hay una crisis generalizada de representación, no sólo en nuestro país. Como sociedad, nos hace falta dejar de mirarnos el ombligo. Deberíamos empezar a mirar un poco afuera. Creemos que lo que nos pasa a los argentinos solamente nos pasa a los argentinos, pero la crisis de representación se está estudiando desde hace mucho tiempo en la ciencia política comparada. Por lo tanto, es un problema que existe desde hace mucho tiempo. En cuanto a nosotros, creo que la escisión entre la ciudadanía y la clase política responde a una división del trabajo propia de la sociedad moderna y de la democracia representativa: en democracia, hemos decidido que algunos se ocupen de la cosa pública. No sólo hemos decidido no reunirnos en asambleas públicas, sino que hemos decidido que durante un tiempo sean estas personas las que, a través de los mecanismos de la democracia, estén a cargo y sean las responsables. Una buena constitución es aquella que, en primer lugar, elige a los mejores, y, en segundo lugar, crea los mecanismos para controlarlos durante el mandato para que el que fueron elegidos.
Por Astrid Pikielny
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=721827ç
Por Osvaldo Bayer
Sí, nada de sorprenderse. Aquí en Alemania, en las tierras del papa Ratzinger, ya nadie se sorprende. El Obispado de Aquisgrán –una de las zonas más católicas de Alemania– ha decidido aplicar las costumbres del más despiadado capitalismo con sus propios empleados laicos. Como tiene un 17 por ciento de déficit en el presupuesto, nada mejor que despedir a 150 de sus empleados. Telegrama y ya está. Como una empresa capitalista modelo.
Los turistas que fueron a admirar ese portento de arquitectura histórica que es la Catedral de Aachen (Aquisgrán) se sorprendieron cuando vieron llegar una manifestación con pitos y tambores que protestaba ante las arcadas del templo de Dios. De los trescientos empleados, la mitad debe ser eliminada, se pronunció el vicariado general. Por ahora, porque en sí el plan es dejar 370 en la calle de un total de 1600 puestos distribuidos en todo el territorio del Obispado. ¿Cómo se soluciona el problema? Pues despidiendo. No rezando, como tal vez lo hubiera aconsejado Ratzinger, el papa.
Los demás empleados, a los cuales todavía no les ha llegado el telegrama maldito, demuestran su solidaridad con los condenados llevando en el ojal de la solapa, en señal de duelo, una plaqueta con el color negro.
¿Pero cómo, después de tanto discurso desde el púlpito y desde el Vaticano pidiendo a los gobiernos que se preocupen por la vida y trabajo de la gente, ahora ellos dan el mismo ejemplo? ¿No puede haber otras búsquedas, una cooperativa de empleados, una asamblea que encuentre justicia para todos y no simplemente la patada legal en el trasero y andá a arreglártelas como puedas en esta sociedad carnívora?
La iglesia oficial responde: tenemos que ahorrar el 17 por ciento del actual presupuesto. A la palabra ahorrar, la Iglesia Católica ha agregado la palabra “estrictamente”. Es que a pesar de que el concilio romano eligió a Ratzinger como papa, una ayuda para terminar con la huida de fieles de la iglesia alemana –que es la que más ayuda al mantenimiento del Vaticano–, la caída no tiene ningún atenuante. Los llamados fieles se van. Hace poco, el periodista Thomas Medicus expresaba en el Frankfurter Rudschau toda su indignación y dolor ante la aparición de equipos de demolición que comenzaron a tirar abajo la hermosa iglesia de San Rafael, en Berlín-Gatow. Una verdadera joya de la arquitectura, concebida por Rudolf Schwarz, uno de los más famosos arquitectos alemanes de la posguerra. Ni eso se tuvo en cuenta. Se tira abajo y ya está. La Iglesia Católica vendió a buen precio el terreno a un empresario de supermercado. Y chito. ¿Quién tiene la culpa?, se pregunta el periodista: ¿La Iglesia Católica que vendió esa reliquia bendita por dinero y que no demostró el menor interés por el valor arquitectónico? ¿O el vecindario que más allá de la piedad y del espiritualismo no fue capaz de reaccionar para proteger a un monumento cultural de ese calibre?
Uno escribe esto y sabe que es difícil de imaginar, hay que ir a ver y presenciarlo. El capitalismo compra hasta las iglesias. O el Vaticano permite la venta de las iglesias con tal de no caer en la pobreza. El periodista se conforma pensando que tal vez peor hubiera sido vaciar la iglesia y poner directamente en el interior de ella un supermercado. Una pregunta atormentada, tal vez. Para el caso es lo mismo, porque por más que la derriben, dicen los optimistas que queda siempre el espíritu presente. Un supermercado con aire a Cristo. El periodista termina con esta frase desesperada: “Primero en importancia está el supermercado, el auto, la casa propia y después se acaba todo, no viene nada más”.
Hace un tiempo escribí sobre la crisis general de la Iglesia Católica. Pero ahora me encuentro con los últimos números de la estadística oficial y el curso negativo aumenta en rapidez. Por ejemplo, en Bonn, donde hace once años la parte católica de la ciudad correspondía el 48,3 por ciento, ahora es del 41,7. En los últimos ochenta años, la población católica de esta ciudad se ha reducido a la mitad. Además, los que pertenecen al catolicismo –se comprueba por el impuesto que se paga a la iglesia y es descontado oficialmente de los sueldos– son cada vez más viejos. Mientras, el número de los bautismos se reduce en forma increíble. De todos los niños nacidos, apenas un veinticinco por ciento son bautizados. Los ancianos ya forman el 90 por ciento de esa iglesia. Además cada año el protestantismo saca más ventajas al catolicismo en el número de adeptos. El director de Estadísticas de la ciudad de Bonn señala que la causa de este estado de cosas es la falta de interés de la juventud por la religión.
Los católicos se precian de que fue el papa polaco Wojtyla quien provocó la caída del comunismo. Claro, sí, sus reiteradas visitas a Polonia y su apoyo a Walesa no dejaron de ser un factor importante. Pero bien, ¿con eso se solucionó el inmenso problema de la pobreza y la violencia en el mundo? ¿Qué es el mundo de hoy después del largo reinado de Juan Pablo II?
Así como hoy se venden iglesias, así el Vaticano dejó solos a los verdaderos mártires modernos del catolicismo. ¿Cómo es que todavía no se ha proclamado santo al mártir Angelelli, asesinado por la dictadura después de que desde el púlpito relatara la crueldad de los cristianos que permiten que los leñadores de su provincia no tengan dinero ni para comprar un ataúd de la madera más barata para enterrar a sus muertos? Eso bastó para matarlo porque lo dijo en una misa donde estaban los jefes de zona del ejército y de la aeronáutica. Se han iniciado ya las acciones para santificar al papa Wojtyla pero jamás se ha mencionado a Angelelli, ese obispo de los pequeños trabajadores de la tierra.
Por otra parte, el catolicismo debe terminar para siempre con la maldición del cuerpo. La televisión alemana acaba de pasar un largo reportaje a dos sacerdotes católicos que fueron eliminados de la iglesia porque tuvieron relaciones con mujeres con las cuales después se casaron. Uno de ellos tiene un hijo. Cuentan ellos lo contentos que están al compartir la vida con una mujer a la que aman. La felicidad de ser padre de un niño. Los dos ex sacerdotes no cobran el derecho al desocupado porque la iglesia se niega a reconocerlos como trabajadores, de manera que ahora sus hogares son mantenidos por las dos mujeres. Ante la pregunta de si les gustaría seguir siendo sacerdotes, respondieron: ahora más que nunca, porque hemos aprendido a amar la vida, la belleza del amor, el compartir todo con otro ser, en este caso la mujer, ser que hay que amar con toda la fuerza y no calificar de pecado todo lo que ella representa con su cuerpo. Hoy más que nunca –dice uno de ellos– siento como un insulto la llamada virginidad de la virgen María. ¿Por qué Cristo no puede ser hijo del amor entre dos seres? Sería aún más profundamente humana su figura.
Pero no es ése el futuro. Se sostiene que Ratzinger ha sido llamado para que, con su energía, vuelva a armar lo anterior que hoy se está cayendo a pedazos. Una iglesia estricta, disciplinada, con jerarquías bien definidas, los que mandan y los que obedecen rezando.
Cuando la única forma de transformar al mundo para que siga viviendo no es apoyando a Baseotto –el de la piedra al cuello y el método de la ESMA– sino convertir en la figura a imitar a un obispo De Nevares, que ya con la muerte en el cuerpo acompañaba en primera fila a los trabajadores huelguistas neuquinos y marchaba con las Madres en los tiempos de la bala en la nuca. O acompañar a curitas como Morlachetti en su marcha de los niños por los paisajes argentinos del hambre, o al pastor evangélico Arturo Blatetzki y su comedor con su pan y su sopa para nuestros pequeños y nobles hijos de la tierra.
No vender iglesias para supermercados. Abrirlas a los jóvenes para que allí jueguen sus ilusiones en el arte dramático o se levanten bibliotecas de la más hermosa literatura, o se aconseje y ayude a las adolescentes a enfrentar los golpes arteros y a autoayudarse, o se den clases a los http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-53754-2005-07-16.html
No hay justificación para la indiferencia, dice la periodista, ganadora del Pulitzer
Samantha Power tenía 22 años cuando llegó a Bosnia por primera vez. Acababa de recibirse de abogada y la violenta disolución de Yugoslavia le ofreció la oportunidad de convertirse en corresponsal de The Economist y de The Washington Post, entre otros medios norteamericanos y europeos, de 1993 a 1996.
La experiencia bélica, marcada por los crímenes cometidos contra los musulmanes en Bosnia ante la indiferencia o la impotencia de la comunidad internacional, llevaron a esta enérgica pelirroja a reflexionar acerca de algunas de las mayores matanzas del siglo XX y sobre la actitud que ante ellas adoptó Estados Unidos, país al que Power se trasladó con su familia desde su Irlanda natal, cuando tenía 9 años.
El resultado de su investigación son las 636 páginas de “Problema infernal” (Fondo de Cultura Económica), trabajo por el que Power, que también es profesora de Política Exterior Norteamericana y Derechos Humanos en la Universidad de Harvard, obtuvo el premio Pulitzer en 2003.
En ese libro repasa las circunstancias en que se produjeron las matanzas cometidas por el imperio otomano, el régimen nazi, los Khmer Rouge (en Camboya), los hutus (contra los tutsis, en Ruanda), el régimen de Saddam Hussein contra los kurdos, en Irak, y los serbio-bosnios contra los musulmanes, durante el conflicto balcánico de los 90.
Samantha Power trabaja sobre el concepto que condena el genocidio como la negación del derecho de existencia a grupos humanos enteros. Y en todos los casos llega a la conclusión de que Estados Unidos hizo poco para detener esas muertes masivas.
Anteayer se conmemoró en Sarajevo el décimo aniversario de la masacre de Srebrenica, en la que unos 8000 bosnios musulmanes fueron asesinados por tropas serbio-bosnias. Hoy, a diez años de aquel episodio que la impulsó a investigar el tema del genocidio, Power defiende la postura que plantea en "Problema infernal".
"Mucha gente interpretó mi libro erróneamente como una defensa del intervencionismo de Estados Unidos en todo el mundo -dijo en diálogo con LA NACION, durante una breve visita a Buenos Aires-. Existen muchas formas de intervenir para evitar una catástrofe humanitaria, y antes de llegar a la intervención militar hay que agotar la vía diplomática y la vía económica. Lo que me parece importante es reflexionar acerca de que las decisiones que los gobiernos toman tienen consecuencias que afectan a los seres humanos, ya sea que se prescinda de la intervención ante un genocidio como que se intervenga de un modo enloquecido, como ocurrió recientemente en Irak."
-¿Por qué le interesa el genocidio como un problema de la política exterior estadounidense?
-Cuando trabajaba en Bosnia como periodista free lance me causó una profunda impresión descubrir que en Europa nuevamente había campos de concentración. Yo había crecido en Estados Unidos, donde existe toda una cultura de la memoria del Holocausto, y ver en persona imágenes de hombres que pedían ayuda detrás de los alambrados fue una experiencia que me marcó. Por otra parte, estaban los aviones de la OTAN sobrevolando aquel horror, y creo que fue el deseo de saber qué era lo que esos aviones hacían concretamente por la gente que padecía en los campos lo que me llevó a trabajar en el tema del genocidio. Porque en Estados Unidos, después de la experiencia del Holocausto, todo el mundo decía "nunca más" a un hecho de esa naturaleza y, sin embargo, la OTAN no estaba haciendo demasiado en Bosnia ni tampoco Estados Unidos estaba haciendo mucho.
-¿Por qué cree que se tomó esa actitud pasiva?
-Ante lo que vi en Bosnia, traté de hacer algo. Intenté trabajar con organizaciones no gubernamentales hasta que me di cuenta de que lo único que podía hacer era escribir. Pensé que comunicar aquel horror a los responsables de la política norteamericana tal vez produciría un cambio, pero no fue así. No era por falta de información por lo que Estados Unidos no actuaba, sino por falta de voluntad. Pero yo no entendía muy bien eso en aquel momento. Lo entendí luego, hablando con la gente, con periodistas, con filósofos e historiadores. Es importante entrar en los sistemas y hablar con la gente que les está dando forma a los diferentes procesos. En el caso de Bosnia, se trataba de la gente real que estaba tomando las decisiones acerca de lo que debían hacer aquellos aviones.
-¿Y qué descubrió cuando tuvo la oportunidad de entrar en esos sistemas?
-Cuando empecé a trabajar en este proyecto confeccioné listas y listas con los nombres de los hacedores de políticas norteamericanas que estuvieron involucrados en Ruanda, Camboya e Irak, los casos de genocidio más recientes. Tuve acceso a documentos desclasificados y eso me permitió ver cómo funciona la mente de mucha de la gente que trabaja en esas áreas. De qué manera reciben la información sobre los hechos y cómo informan, a su vez, a sus colegas. En general, coincidían en que lo que ocurría era horrible. Y era impresionante descubrir que estaban al tanto de lo que pasaba en Bosnia, pero, al mismo tiempo, tenían claro que no habría ninguna recompensa política si se llevaba a cabo una intervención. Una expresión que se usa en política y que ilustra esa actitud es: "No tenemos ningún perro en esa pelea". De modo que si uno es un modesto empleado de una repartición gubernamental que está tratando de obtener un ascenso y recibe un informe de esas características, lo último que va a hacer es tratar de convencer a sus superiores de que hay que intervenir. Los gobiernos se plantean la posibilidad de intervenir, en el marco de sus intereses nacionales. Del interés que tengan Yugoslavia o Irak para Estados Unidos dependerá la decisión que el gobierno norteamericano tome. Eso es normal: lo hacen todos los países. Sólo que, en general, las decisiones de Estados Unidos tienen un impacto más profundo en la vida de otras personas.
-¿Cree que, en ese sentido, hay una brecha entre la conducta ética que los pueblos pueden pedir a sus representantes y las razones de Estado que argumentan los gobiernos?
-Desafortunadamente, en la mayoría de los casos uno ve que los gobiernos permanecen pasivos y desinteresados, y así también se muestran los pueblos. La diferencia está en que los gobernantes, normalmente, tienen acceso a mucha más información que la gente común. De todos modos, la posibilidad de que exista esa brecha habría que analizarla caso por caso. Lo que ocurrió en Ruanda, por ejemplo, nos muestra que hay un tremendo arrepentimiento del pueblo norteamericano acerca de la prescindencia que tuvo Estados Unidos en ese conflicto.
-¿En qué lo advierte?
-Es extraño, pero hace sólo once años que allí murieron ochocientas mil personas y ya se han filmado sobre el tema tres películas de ficción y varios documentales y se ha escrito media docena de libros. Créase o no, en Estados Unidos el genocidio de Ruanda se enseña en las clases de ética, en las de historia y en las de derechos humanos. Ha sido un tema que se popularizó rápidamente allí, aunque no pasó lo mismo en otros países, como Francia, por ejemplo.
-¿A qué atribuye esa diferencia?
-Creo que los norteamericanos tienen algo que no veo en muchos pueblos: la capacidad de sorprenderse de la naturaleza humana. Es como si fueran vírgenes, como si, de alguna manera, no hubieran sido tocados por la historia.
-En "Problema infernal" usted observa que la respuesta de Estados Unidos a las matanzas ocurridas en Bosnia fue diferente respecto de episodios anteriores. ¿Por qué?
-Es irónico. Comencé a trabajar en este libro porque me enojaba mucho que hubiéramos hecho tan poco por los bosnios, pero cuando empecé a observar los casos anteriores me di cuenta de que en Bosnia hicimos mucho más. Creo que esto se debió a que hubo mucha presión interna.
-¿Pero por qué se produjo esa presión interna en el caso de Bosnia y no en otros?
-Creo que confluyeron varios factores: por un lado, los grupos judíos, viendo lo que pasaba en Bosnia, revivieron las imágenes del Holocausto; por otro, existía la sensación de que Yugoslavia era estratégicamente importante porque había estado entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría y, de alguna manera, se sentía que los intereses nacionales norteamericanos podían correr más riesgos en Yugoslavia que en Ruanda. Y otro factor que está relacionado con todo esto -digámoslo- es que se trataba de gente blanca: personas que se veían como nosotros. Creo que estos aspectos sentimentales crearon la base para una intervención que, de todos modos, tardó tres años en llegar. Por otra parte, la masacre de Srebrenica, ocurrida en 1995, fue la mayor de aquella guerra y, de alguna manera, se convirtió en un desafío para el liderazgo de Estados Unidos, porque este país sintió que podía llegar a pagar un precio interno por no intervenir.
-Usted observa como uno de los principales problemas en la actualidad que los políticos no están acostumbrados a sufrir las consecuencias de haber permanecido pasivos cuando era necesario actuar
-Exacto. El tema es cómo hacer para que asuman esas consecuencias. Para el común de los norteamericanos, por ejemplo, la política exterior no es algo importante. En ese terreno, los gobiernos pueden cometer errores sin sufrir las consecuencias dentro de su país, mientras la gente perciba que la economía funciona bien. Es todo un problema conseguir que los gobernantes rindan cuentas de sus actos [o de la ausencia de ellos] ante los pueblos. Para mí, la única manera efectiva de lograrlo es hacer valer los derechos de los ciudadanos en el Congreso. Hoy en día existen muchas naciones que podrían desarrollar una labor intensa en materia de derechos humanos, por ejemplo. La idea de que Estados Unidos ostente el liderazgo en ese terreno es traumática, porque sabemos que comete abusos en nombre del voluntarismo. Pero, por otra parte, incluso los países que son críticos de Estados Unidos adoptan una actitud pasiva. Muchas veces los gobiernos usan los conflictos que tienen que solucionar dentro de sus países como una excusa para disculparse ante sí mismos y ante los demás por no hacer nada respecto de los graves problemas humanitarios que puedan presentarse más allá de sus fronteras. Pero eso es inaceptable, es como decir: "No puedo caminar y mascar chicle al mismo tiempo".
Por Verónica Chiaravalli
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=720870
Pocas cosas describen tanto y tan bien a una sociedad como la publicidad. Dos avisos recientes demuestran cómo nada pasa allí donde parece suceder todo.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@clarin.com.ar
Los anuncios publicitarios nos dicen que adquirir tal producto es bueno para la vida en general, para cada uno en particular, para el mundo entero. Pero después de esa simpleza, me pregunto por qué un equipo de una agencia de publicidad eligió justamente ese aviso y no otro. ¿Qué tenían en la cabeza, si es que tenían algo más allá de vender la mercancía de sus clientes?
Desde el Día del Padre estoy intrigada por la propaganda mural de un shopping porteño y todavía no puedo convencerme de que el mensaje fuera tan bestialmente primario. Una gran fotografía mostraba la espalda de un hombre sobre la que se apoyaban, abrazándola, dos manos de niño. Una buena foto, con un encuadre original porque trasmitía la relación ideal entre un padre y un hijo no por la expresión de las caras, sino que las dejaba fuera de cuadro y confiaba en la proximidad de los cuerpos unidos en el gesto esforzado de los brazos de un chico que aferran los bordes de la espalda de un hombre. La afectividad de la foto no residía en un sentimentalismo expresivo sino en la diferencia de escala entre el hombre que es abrazado por el niño: la esencia de la filialidad. La ropa, entre el azul y el gris, daba el tono de lo “cotidiano, distendido, pero fino”. Hasta allí, una idea bastante clara.
Pero el texto decía: “Hay 230 marcas esperándote”, o algo por el estilo. La foto soportaba el peso de las 230 marcas. Todo un shopping al unísono exortaba al chico para que eligiera con qué marca le estampaba el día a su padre. Si el texto hubiera dicho algo como “Hay 230 cosas para que le regales a tu papá”, yo no hubiera pensado ni un minuto más. Pero decía “230 marcas”, situando el objeto del regalo potencial en la escala de nobleza y prestigio de los logotipos. El anuncio ponía delante del futuro regalo su pasaporte mercantil, su cédula de distinción. Una rara ilusión ya que, si sólo hay 230 marcas en ese shopping, todos terminaremos comprando una de ellas, de modo que la distinción, en verdad, desaparece en la repetición de lo siempre igual.
No tuve mucho tiempo para seguir pensando, porque por televisión vi una publicidad todavía más curiosa. El aviso trata de vender un nuevo servicio de telefonía celular y consiste en un montaje rápido de personas simpáticas en situaciones más o menos extravagantes o pintorescas hablando por sus telefonitos (hay gente bajo la lluvia, una novia vestida de blanco, una turista con casa rodante de fondo, otro en el medio de un paisaje solitario: lo que se les ocurra). Hasta allí, nada que deje pensando. Pero, nuevamente, la palabra ofrece su enigma. Una voz en off sugiere que si millones de hombres y mujeres se comunicaran podría pasar algo importante. Las imágenes del aviso representan esos millones, una especie de síntesis de la multitud teléfono-hablante. Pero lo que el aviso muestra es que no pasa absolutamente nada, excepto que se ríen, con esas risas excedidas de modelos de publicidad, o disponen sus cuerpos con la espontaneidad ejercitada durante horas en el set.
Cuando sucedió en Madrid el atentado terrorista en la estación de Atocha, las manifestaciones de los días siguientes, en las que participaron decenas de miles de jóvenes, encontraron una de sus formas organizativas en los mensajes de texto por teléfono celular. Quienes se comunicaron por celular hicieron algo grande. Por supuesto, ninguna publicidad podría evocar eso, porque quedaría adherida al dolor de un atentado y a una movilización pública, algo que la publicidad evita como si fuera una infección mortal.
Si millones de personas se comunican pueden pasar cosas, pero no en el mundo de los cortos publicitarios, donde es imposible que pase nada, y donde nada puede conectarse con una verdad exterior a la única verdad que los sustenta: vender un producto en competencia con otros que también quieren vender algo parecido con estrategias parecidas. Pocas cosas informan tanto sobre un estado de la imaginación como la publicidad. Hay que coleccionarla para un futuro museo de este presente. Incluso, para una sección cómica de ese museo.
http://www.clarin.com/diario/2005/07/10/sociedad/s-1011085.htm
DOMINIQUE WOLTON, SOCIOLOGO
Espina dorsal de las democracias cada vez más masivas, el periodismo es una actividad siempre en la cuerda floja, que debe tender un puente equilibrado y crítico entre el poder y la opinión pública.
Miguel Wiñazki.
mwinazki@clarin.com
Cuál es para usted el rol de los periodistas en la sociedad?
—El periodismo es la espina dorsal de las democracias masivas. El rol de los periodistas es esencialmente político. Son ellos quienes legitiman la información y quienes convierten la información en comunicación. Son los intermediarios indispensables entre el poder y la opinión pública. Pero ocupan un lugar delicado: tienen que mantener relaciones con el público, escucharlo, pero no hacer clientelismo periodístico. Deben mantener distancias y prudentes cercanías a la vez, tanto respecto de la gente, como de los políticos. De lo contrario puede acontecer una tragedia demagógica. Ocurre cuando los periodistas enuncian lo que las audiencias quieren oír, soslayando la información real. Y ocurre otro drama cuando se convierten en voceros de los políticos. En realidad, los periodistas son como volatineros. Deben transitar en una cuerda floja y, sin caerse, caminar por allí, a mitad de camino entre las elites y el pueblo. Su lema tendría que ser: ni elitistas ni populistas. Deberían ser siempre capaces de decir cosas que no le gusten a nadie, pero que sean precisas y verdaderas. Creo que el genio de los periodistas se manifiesta cuando asumen que son de clase media. Porque ése es el origen social de la mayoría de los periodistas, y la clase media es el esqueleto de la democracia.
Algunos afirman sin embargo que frente a las novísimas máquinas de comunicar —que se multiplican como los celulares por ejemplo—, los periodistas profesionales encarnan una especie en vías de desaparición.
—La gran paradoja de la globalización sería la desaparición de los periodistas. Pero no será así bajo ningún aspecto. Su futuro es directamente proporcional al crecimiento de la información y no a la inversa. A medida que avanza la globalización, se vuelve mayor el rol de los periodistas. El crecimiento exponencial de la información, de los diferentes medios y tecnologías de circulación de información, promueve a la vez la existencia de los comunicadores.
¿Por qué?
—Porque la democracia directa sería un horror. Los periodistas son los intermediarios entre ciudadanos y políticos, deben interpretar las informaciones que emiten los políticos y también las que emite la ciudadanía. Esa mediación periodística, esencial, convierte la información en comunicación. Genera una relación racional entre los actores sociales y los políticos. Claro, para eso los periodistas deben ser críticos, tienen que atreverse a criticar. Deben dejar el ansia de estrellato personal de lado, abandonar el individualismo, adquirir una conciencia colectiva. Y además, tienen que aprender más economía. Los periodistas saben en general bastante de política y mucho menos de economía. Y lo que amenaza la libertad de prensa es la economía y sus avatares, mucho más que la política.
Usted ha escrito que en el campo de la comunicación política existen tres actores legitimados para desplegar su palabra en los medios: los políticos, los periodistas y la opinión pública que aparece en los medios a través de las encuestas. Pero, ¿esos sondeos no son los que configuran la opinión pública, efectuando preguntas que obligan a respuestas simplistas, binarias, que al fin y al cabo inducen las opiniones que dicen sondear?
—Efectivamente, aquí hay un gran peligro: la reducción de la opinión pública a los sondeos. Bastaría tomar un solo día en el mundo entero, un solo día, y verificar el inmenso número de sondeos elaborados primero y comentados luego por los medios. Es una locura. Los sondeos son aparentemente objetivos, estadísticos y cuantitativos. Los periodistas se cortan las piernas abandonando su trabajo de investigación para hacer únicamente comentarios de sondeos.
¿Cómo influye Internet en el campo comunicacional? ¿Hacia dónde nos lleva la revolución digital?
—Internet no es un medio de comunicación. Es un sistema de información interactivo. Es una red a la cual nos conectamos. Pero no es un medio en el sentido en que lo son los diarios, la radio, la televisión. ¿Dónde radica la diferencia? En un medio tradicional, en un diario generalista (de información general), todo está organizado en función de la demanda. Me explico: hay una representación de la demanda, los editores intuyen, miden y piensan en lo que necesitan las audiencias, y a partir de allí se organiza la oferta. Y esa oferta es diversa: hay contenidos relativos a la política, a la economía, a los deportes, a la salud, a la religión. En los medios tradicionales conviven la diversidad, los intereses disímiles. Los temas diversos cohabitan en los medios tradicionales, tal como debería cohabitarse en la sociedad. Cuando usted ojea un diario mira todo eso: política, economía, fútbol, de todo... En Internet ocurre exactamente lo contrario. Quien se conecta tiende a buscar lo que le interesa sólo a él mismo. La religión, la pornografía, o la vida de las hormigas. Es lo opuesto a la cohabitación. Se debilitan los vínculos sociales. Por eso creo que los medios tradicionales son superiores. De todos modos no hay que equivocarse. Internet es completamente disfuncional con el autoritarismo. Claro, no es Internet lo que crea la conciencia democrática. Puede acelerarla, pero antes, de manera previa y sustancial, deben existir los periodistas y los medios tradicionales.
Usted postula la "cohabitación" comunicacional. El respeto de los otros por los otros, el diálogo entre los unos y los otros, y concibe a los medios auspiciando esa "cohabitación". ¿No es una utopía?
—Por supuesto. Es una utopía positiva. Es el gran tema de la democracia: tolerarnos, cohabitar. Tenemos que aspirar a eso en todos los planos. En la dimensión social, en el plano familiar, en el empresarial. Los medios tienen que tender a favorecer la cohabitación, a representar a los unos y también a los otros. A respetar la diferencia.
¿Cuál es para usted el rol del Estado en el espectro mediático?
—Por desgracia, Estado tiende a confundirse con gobiernos. O, más bien, los gobiernos pretenden asimilarse al Estado. Pienso de todos modos, y por eso mismo, que hacen falta leyes fundamentales que garanticen el pluralismo y sobre las cuales los grupos de comunicación puedan apoyarse para resistir un poco la presión política y la opresión económica. No hay libertad de prensa sin ley. La ley protege a los débiles y los periodistas son un eslabón débil de una larga cadena. La desregulación es lo contrario a la libertad. Es exactamente lo que piden los Estados Unidos: desregulación absoluta. Así el resto queda a merced del más fuerte.
¿Los medios de los países centrales —los franceses, por ejemplo— no son precisamente centralistas y autorreferenciales? ¿Qué reflejan y qué saben de la Argentina?
—Espere, quiero decirle que el mundo entero vio la tragedia argentina del 2001. Todo el mundo se enteró a través de los medios de la crisis económica que vivió su país, todo el mundo vio el desmoronamiento de la sociedad, la humillación a la que fue sometido un país culto. Para un francés, enterarse a través de los medios franceses de la debacle argentina significó un golpe. La Argentina es un país símbolo, es como una prima de Europa. En Francia, y para los medios franceses, la Argentina existe.
¿Cuál es esa diferencia fundamental que usted establece entre comunicación e información?
—Informar es transmitir, pero transmitir no es comunicar. La información es el objeto, la comunicación es la relación. Comunicación es relación, es interrelación. La información es la mera difusión de datos.
¿Y por qué no basta con difundir datos y nada más?
—Porque la gente piensa. Es tan simple, tan elemental y tan profundo como eso. Lo esencial es comprender que el público es inteligente. Que los receptores decodifican los mensajes que reciben. El público es activo; pide opiniones, miradas diferentes, pluralismo.
¿Entonces usted es un creyente, una especie de devoto de los medios tradicionales?
—Soy optimista respecto de la prensa escrita. Es más, diría, en términos ideales, que ningún diario debe morir. Ninguno.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/07/10/z-1011460.htm
Copyright Clarín, 2005.
La visión de un pionero de la informática
“Esta es una época en la que, para salir a flote, tenemos la urgencia de obrar sin demorarnos en pronósticos e ilusiones. Y esto no alude ni a las improvisaciones de moda ni al vacío afán de la crítica por la crítica misma, que está en la base del nihilismo contemporáneo y es causa de sus estragos.”
Esto leía Horacio Reggini hace dos meses, frente al público, en la presentación de su libro “El futuro no es más lo que era”, editado por la Universidad Católica Argentina, en la que es decano de su Facultad de Ingeniería. Entonces también recordó que este año celebra su medio siglo como ingeniero y que se cumplen 25 años de la publicación de su primer libro, “Alas para la mente”.
Allí ya impulsaba, con el entusiasmo que es su marca personal, la convicción de que las computadoras –cuyo uso había contribuido a iniciar en la Argentina en los años 60– suponían una posibilidad extraordinaria para la educación.
Hoy, cuando todo aquello que él conoció desde su gestación –compartiendo experiencias con investigadores de la talla de Seymourt Papert y Marvin Minsky en el Laboratorio de Inteligencia Artificial del Instituto Tecnológico de Massachussetts (MIT)– ya es un medio y un instrumento de uso tan difundido como incuestionable, la preocupación de Reggini se vuelca a destacar con igual insistencia la parte humanística que debe preceder a toda tecnología y la cuota de creatividad y pasión que necesita toda sociedad para subsistir, incluyendo, claro, a la nuestra.
"La incertidumbre presente -dice- es, en realidad, la materia de mi esperanza. Creo que hay que aceptar el desafío de la incertidumbre con una educación integral, en la que la ciencia y la tecnología ocupen el lugar que pide el presente, pero donde la formación humanística aporte el criterio y la reflexión imprescindibles."
-¿Qué medida de incertidumbre y de esperanza tiene respecto del momento actual del país?
-Creo que la Argentina tiene calidad de sobra para salir adelante, pero no hay tiempo para hacer concesiones a "nuestro pobre individualismo", como lo llamaba Borges. Aquí las discusiones sobre cualquier proyecto tienden siempre a ser bizantinas y a diluirse en dimes y diretes. Todos lo sabemos. Sin embargo, la Historia enseña que ya no alcanzan las palabras. Tenemos que hacer. Yo creo que vivir es solucionar problemas. Creo que los inconvenientes son un acicate para vivir.
-Resistir es lo que da energía...
-Es así. Uno tiene que acostumbrarse a la resistencia y, en la oscuridad, no colaborar con la sombra, sino encender una vela. Hay que hacer. Las grandes cosas no se resolvieron con grandes prolegómenos paralizantes, sino haciendo. Sarmiento decía: "El secreto de hacer obras es ponerse a hacerlas desde que se concibe la idea de su necesidad y su ventaja; haciéndolas es como se palpan las dificultades y se encuentran los medios para realizarlas". El prefería la posibilidad del error y del fracaso a las abstracciones principistas.
-¿Qué es lo más demoledor?
-La ignorancia. Reina la ignorancia. Cuando se dice que ésta es la era de la sociedad del conocimiento, creo que no es así. Ojalá existiera una sociedad del conocimiento, donde el saber se respetara, se promoviera y a la gente con saber realmente se le hiciera caso, pero el panorama general es el de la ignorancia, salvo casos aislados. Es cierto que hay mucha gente que trabaja desde el conocimiento, pero no es la que está en los diarios, la que habla por la radio.
-¿Se refiere al país o a la época?
-Al país y a la época, porque la Argentina no es un caso aislado. El mundo es así en este momento, aunque mi idea no es difundir quejas o tragedia. De eso, en el país, tenemos demasiado, todo el tiempo. Hay que abandonar de una vez la lamentación crónica. Las palabras de queja van contra la alegría de la gente y no conducen a la acción. Soy consciente de que hay mucha irracionalidad en muchas cosas, pero pienso que no lo arreglaremos exponiendo "el desastre que es la Argentina", como dicen muchos.
-¿Cómo ve la educación universitaria?
-Pienso que si la educación actual tiene alguna falla no es porque carezca de contenidos modernos, sino porque éstos prescinden, en esencia, del concepto moral, social e intelectual. Entonces, flotan en el vacío. La acumulación masiva de informaciones es forzosamente insustancial. No puedo admitir que la educación sea arrojada al vacío, que de bien social se convierta en otra mercadería para el consumo.
-Después de haber sido uno de los pioneros de la difusión de las computadoras en el país, ¿cómo las ve hoy?
-Las computadoras aportan un beneficio enorme. Sin embargo, es muy diferente concebir y usar las computadoras en su calidad de útiles humanos que adoptar frente a ellas esa especie de sumisión e hipnosis, como es común ver en nuestros días y en muchos hogares. Chicos, jóvenes y no tan jóvenes, todos pegados a una pantalla como frente a un altar grotesco. Las computadoras, la posibilidad de acceso a Internet, son recursos excelentes para la educación desde la misma escuela primaria, pero la generalización trivial de su uso termina conspirando contra las metas de la educación. La computadora jamás podrá reemplazar al maestro de carne y hueso; ni siquiera en el nivel terciario. La función social del maestro y del grupo estudiantil no puede ser reemplazada por ninguna pantalla.
-¿Qué necesita la educación en este momento en el país?
-Gente que tenga pasión por la educación, que esté haciendo su tarea con amor, con vehemencia, con fuerza. Esa es la gente a la que hay que darle más remuneración y más posibilidades.
-¿Cómo se incentiva a una comunidad para el hacer?
-Con el ejemplo. Siempre con el ejemplo. Todo depende de la pirámide. Cuando una institución anda bien es porque hay una cabeza que impulsa. Cuando hay compenetración de objetivos, hay democracia.
-Usted siente que mucho planificar posterga y hay quienes consideran que la falta de planes es temeridad. ¿Qué les respondería?
-Que no me refiero a la pura aventura. El aventurero sería un personaje compulsivo que actúa sólo por actuar, la mayoría de las veces a ciegas, y ni siquiera abriga esperanzas. Por mi parte, creo que inventar el futuro exige una buena dosis de esperanza. Y la esperanza no nace de la nada. Actuar en medio de la incertidumbre es una opción consciente que exige, simultáneamente, valor y templanza.
-Como ingeniero, ¿qué obras de infraestructura considera prioritarias?
-Los caminos y todo lo que sea transporte. La Argentina tuvo una red caminera diseñada y construida por ingenieros y constructores argentinos que fue magnífica, y se detuvo. Hoy se sale a cien kilómetros de la Capital y se encuentra barro. Considero que el Estado tiene ciertas obligaciones para con la comunidad que era bueno que las tuviera el Estado. No obstante, no quiero decir con esto que me opongo a todo lo que sea privado. Sólo creo que esa función tiene que continuarse, con el acuerdo de privados y funcionarios estatales. Creo, sí, que el Estado tiene que velar por la gente y que la ingeniería está al servicio de la gente.
-Como lo están otras profesiones...
-Seguro. En cada caso en que se ve una necesidad, el que tiene algo para aportar debe hacerlo. Creo que ésa es la receta. No me gusta enunciar planes generales, porque eso trae una uniformidad que conspira contra los hechos. Lo bueno es que florezcan ideas de nuevo cuño, partiendo de la diversidad. Pero siempre que digo esto, hay quien me reclama una receta. Me preguntan, por ejemplo, qué hay que hacer con las computadoras en las escuelas. Y yo les contesto: "¿Qué piensa usted, primero, del destino del hombre, del amor al prójimo, de cómo usted participa en la comunidad? ¿Qué hace usted por la escuela? ¿Qué hace por su niño?". Esas son las preguntas esenciales. Las recetas no lo son.
-Seguramente, cuando contesta eso no se atreven a preguntar nada más.
-(Se ríe.) No...
Por Laura Linares
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=719941
Por Sandra Russo
Antes la gente “enamoraba”, después se “relacionaba” y ahora se “conecta”. Antes el amor suponía la posibilidad de intensas consecuencias, más tarde las relaciones impusieron la noción de funcionalidad emocional y ahora la conexión no presume ni siquiera de deseo: alcanza con las “ganas” de conectarse, de “estar” conectado, el tiempo y el modo son decisiones unilaterales: cuando las “ganas” se terminan, uno se desconecta, como en una eutanasia de entrecasa de los vínculos humanos, porque la conexión no se establece de individuo a individuo sino con una red. La red, como todo el mundo sabe, dispensa de la verdad. En la red se puede mentir. Esa nueva forma de comunicación puede implicar, como soporte anónimo y fantasmático, que alguien que es hombre pretenda ser mujer, que alguien de trece años pretenda tener treinta o viceversa: así se infiltran los pedófilos en los sitios púberes, pretendiendo ser uno de ellos. Estos cambios son los que analiza en El amor líquido el sociólogo alemán Zygmunt Bauman, partiendo de la noción que ya había tomado en La modernidad líquida: esta época refuta la solidez y la durabilidad de las emociones y los sentimientos. Lo sólido resulta insoportable. Somos moldeados por las leyes de la economía de mercado para ampararnos en la velocidad con la que todo lo líquido se nos escurre de las manos y la cabeza: necesitamos liquidez para movernos como empresas unipersonales, pero también para sacarnos de encima la idea de que cualquier cosa que elijamos (un par de zapatos, un marido, un dirigente político) nos comprometerá a algo más allá de una circunstancia. Somos, en fin, gente frágil que se viste, se casa o se embandera en función de coyunturas y oportunidades que no deben perderse, como algunas ofertas. Vivimos el momento, pero lo vivimos mal: es desde nuestra discapacidad para aceptar que nuestras decisiones vienen de un pasado y comprometen el futuro que elegimos el parpadeo y nunca la mirada profunda.
Ya al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Freud apuntaba, en una de sus agudas observaciones sociales, que el mundo iba hacia una dimensión en la que iría quedando atrás “la aventura amorosa europea, que como sus miembros saben puede tener graves consecuencias”, y se acercaba “al flirt americano”, un modo de aproximación ligero en el que los compromisos a futuro no molestan. Ese flirteo, de acuerdo con los apuntes de Freud, no se restringía a lo sentimental: el siglo XX inauguró también el flirteo intelectual y político. Contactos rápidos, ávidos, al paso, a la carta, vínculos provechosos y tanto más provechosos si son baratos: en los albores del siglo XXI, nadie quiere pagar caro nada.
Hace medio siglo, una heladera era fabricada para durar toda una vida. El mercado pronto asimiló que las heladeras que duraban toda una vida no eran rentables: era necesario que la fabricación incluyera la finitud del aparato. Era necesario que la heladera fuera repuesta, para que las fábricas siguieran vendiendo heladeras, para que los obreros siguieran teniendo trabajo. Pero el mensaje jamás podía rozar la verdad: ¿se imaginan una publicidad de heladeras que confesara “es la mejor, pero le durará cinco años”? La necesidad de reposición y renovación del mercado fue inclinando los mensajes a otros atributos de los aparatos: uno decide que compra una heladera y no otra porque está mejor diseñada, porque hace cubitos más rápido o porque se descongela sola. La oferta de heladeras es tan grande que los clientes suelen marearse en el hipermercado. Tal vez compren cualquiera, tal vez la que esta semana, como promoción, trae un celular de regalo o una camiseta autografiada por un ídolo deportivo o un sorteo de un viaje a las Cataratas.
Lo que agrega Bauman, y es eso lo que constituye a su pensamiento un nuevo y valioso punto de vista para enfocar no sólo nuevos vínculos privados sino también nuevos vínculos públicos, es que a lo largo de las últimas décadas las leyes del mercado se fueron incrustando en nuestras subjetividades, de modo que salimos a buscar amantes, novios, amigos o representantes políticos como si fuéramos a comprar una heladera.
No sólo los enamorados son volubles. También los votantes. Lo hacemos, en uno u otro caso, con una interferencia en la mente, que nos perturba tanto cuando elegimos un sitio de Internet como una boleta en un cuarto oscuro: ¿no me estaré perdiendo algo mejor? La religión del bonus track termina por eliminar de nuestras elecciones no sólo la noción del compromiso con una idea o una persona: también elimina la oportunidad y la viabilidad de eso tan humano que se llama proyecto. Todo proyecto florece si prospera en el tiempo. En el reino del parpadeo y lo instantáneo, nada ni nadie parecen merecer que les demos tiempo.
En su libro anterior, Etica posmoderna, Bauman citaba al filósofo Emmanuel Levinas para construir su idea de lo moral. “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”, fue la pregunta con la que Caín inauguró la presunta inocencia de la amoralidad: salvo por una cuestión moral, el otro no cabe en mi responsabilidad. Levinas indica que algunas preguntas –ahora posmodernas– con relación al otro, se trate de un vínculo privado o público, como por ejemplo “¿En qué me favorece actuar de un modo o de otro?” o “¿Qué gano preocupándome yo si tantos otros no lo hacen?” o “¿Qué beneficio obtengo de sostener o apoyar a un semejante?”, son finalmente preguntas que no abren una ruta moral sino que sellan su muerte.
En tiempos de internas políticas y cierres de listas, es bueno tener este gran marco de época presente para advertir que solamente pueden ser éticas las asociaciones que aspiren a un proyecto. Si lo que las guía es la pregunta “¿Qué gano yo con esto?”, por delante lo que hay es parpadeo, profecía de frustración autocumplida y ausencia de moral.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-53438-2005-07-09.html
Reflexiones del ex asesor de Lech Walesa
BRUSELAS.– Rara vez los historiadores tienen la posibilidad de cambiar el curso de la Historia. El polaco Bronislaw Geremek es uno de los pocos que tuvo ese privilegio. Distinguido medievalista y profesor universitario, excepcional estratego del movimiento Solidaridad, Geremek fue uno de los actores esenciales en la caída del comunismo en Europa Central.
Como canciller de su país, el ex asesor de Lech Walesa hizo realidad uno de los sueños de su pueblo en 1999, cuando firmó la adhesión a la OTAN. También fue protagonista, en 2004, del otro gran sueño de Polonia: ingresar en la Unión Europea.
Hijo de maestros judíos y sobreviviente del Gueto de Varsovia, pero educado en una escuela católica, Geremek renunció al Partido Comunista en 1968, después de la invasión soviética a Checoslovaquia. El general Wojciech Jaruzelski lo detuvo en 1981, pero años más tarde tuvo que entrar en contacto con él para iniciar negociaciones secretas. En 1989, el proceso terminó con la caída del régimen comunista en Polonia.
Hoy, a los 73 años, como miembro del Parlamento Europeo, sigue poniendo su energía al servicio de la integración del ex bloque comunista a la Unión Europea. Pero eso no le impide ignorar los egoísmos de los países más ricos: “La política debe obedecer a cierta moral. Cuando nos dan lecciones por apoyar la guerra en Irak deberían recordar que, durante la Guerra Fría, éramos nosotros las víctimas de la tiranía, de la violencia y del imperialismo. Y que Occidente nunca movió un dedo”, señala.
–¿Qué queda hoy del comunismo en Europa Central?
–El fracaso del comunismo fue tan espectacular que ese capítulo se cerró para siempre. Se habló de restauración con el regreso de los ex comunistas al poder en Polonia, Hungría, Lituania, Eslovaquia y Rumania. Restauración de equipos y de clanes, sí, pero en ningún caso restauración política o económica. El Estado democrático ha echado raíces. Naturalmente, estoy hablando de Estado de Derecho, instituciones democráticas, funcionamiento de la Justicia, pero no de cultura política. En toda esa parte de Europa, la cultura democrática fue destruida por 45 años de comunismo. Así, vemos la reaparición en la vida pública de nuestros países de una tendencia a administrar el poder de la misma forma que antes. Antes era el sistema de la nomenklatura. Ahora, en lugar del PC hay formaciones con otro nombre que explotan la nostalgia social del papel del Estado. Pero tengo razones para ser optimista: la joven generación se lanzó a la economía de mercado en forma extraordinariamente rápida. Es una inmensa victoria, no diría del capitalismo, sino de la economía de mercado. Esta victoria torna irreversible el fracaso del comunismo. Aun con gobiernos neocomunistas, ya es imposible cambiar el derrotero.
–En la época de los totalitarismos, la cultura y la religión servían de refugio, pero sobre todo de escudo.
–En el caso de Polonia, la cultura conservó cierta autonomía. Aunque limitada por la censura, había cierta libertad de expresión. La situación de Polonia fue muy particular. Fuimos el único país en Europa comunista en el que se preservó la propiedad privada campesina. Esto tuvo consecuencias ideológicas, ya que con la propiedad privada había cierto espacio de libertad.
–¿Y la religión?
–Polonia es un país profundamente católico. Durante el régimen comunista, la Iglesia Católica era el límite ante el cual se detenía el poder.
–Usted y el ex presidente Lech Walesa fueron los artesanos de esa salida de Polonia del totalitarismo. ¿Qué pasó después con Walesa? ¿Por qué decepcionó tanto a los polacos, al punto de llegar a obtener apenas el uno por ciento de los votos en las últimas elecciones presidenciales?
–Creo que Walesa fue el artesano de la victoria polaca. Esa transición no se hubiera realizado jamás sin su participación y su liderazgo en la lucha contra el régimen y por la sobrevivencia de Solidaridad de 1981 a 1989. Walesa tenía el papel clave. Nadie podrá nunca disminuirlo. Los problemas comenzaron cuando se transformó en presidente. Entonces, los polacos, felices con su líder popular y gran tribuno, dejaron de reconocerlo y perdió su popularidad.
–Al salir de los totalitarismos, Europa Central se dirigió sin titubeos hacia Europa occidental, hacia los Estados Unidos y la OTAN. ¿Por qué?
–La adhesión a la OTAN le dio a Polonia un sentimiento de seguridad. La adhesión a la OTAN es la entrada a una familia que le garantizará la seguridad y la independencia.
–¿Por eso Polonia estuvo en favor de Washington en la guerra contra Irak?
–Exactamente. También hay una especie de afinidad entre Polonia y los Estados Unidos debido a la enorme inmigración polaca en ese país. Hay unos diez millones de norteamericanos de origen polaco.
–¿Apoyó el ingreso en la Unión Europea?
–Todos nuestros intereses nos unen a Europa. En el primer año de presencia en la UE se produjo un aumento del 25% en nuestros intercambios comerciales. Y cada año de cooperación suplementario hace progresar la economía polaca. Pero nosotros quisiéramos que la UE no fuera sólo un mercado común, sino una unidad política. Nosotros no aprendimos la existencia de dos regímenes totalitarios en los manuales de historia, sino por experiencia. Las dos guerras mundiales, sobre todo la segunda, son para nosotros algo extremadamente fresco. Nosotros estamos mucho más interesados que los españoles, los portugueses o los franceses en que Rusia se transforme en un país democrático. Nuestra mirada es más realista, va más lejos, y esto hace que, a veces, seamos considerados en la UE como los aguafiestas.
–¿Y por eso a veces les llaman la atención?
–Sí, tratan. Pero es inútil. Nunca abandonaremos. Entre los países poscomunistas y los países occidentales hay una diferencia enorme: nuestro nivel representa la mitad de la prosperidad material media de los viejos países de la UE. Pero no es nuestra culpa. Después de la Segunda Guerra Mundial nos negaron el Plan Marshall, que hizo desarrollar el occidente europeo. Stalin no permitió que los países de Europa Central participaran. Agreguemos los regímenes impuestos a los checos, los húngaros, los polacos. Ellos nunca eligieron esos regímenes comunistas: fue Occidente, en la Conferencia de Yalta, el que los impuso. En consecuencia, Occidente también es responsable por la precaria situación de la Europa poscomunista. En realidad, fuimos nosotros los que terminamos con la Guerra Fría, los que abatimos el Muro de Berlín. Nosotros, y no Europa occidental. Es curioso que esa Europa ahora nos dé lecciones de moral política y considere que somos responsables de nuestro atraso económico.
–¿Y cuál es la solución?
–Es necesario que recuperemos en Europa un sentimiento de unidad en la solidaridad. Por el momento, no es así. Que Letonia sea un país que alcanza apenas el 35% de la prosperidad económica de la Unión Europea es considerado como su problema. Pues no: es toda Europa la que tiene el problema. De lo contrario, tendremos en medio de Europa una línea divisoria entre miseria y riqueza, que es peligrosa para todos. Los pueblos de Europa Central tenemos el sentimiento de que a veces en la UE, de parte de los países ricos, hay cierto egoísmo. Y, sin embargo, la entrada de nuestros países en la UE es un éxito maravilloso. Gracias a nuestro aporte, en países viejos, como Francia o Alemania, se crearon decenas de miles de nuevos puestos de trabajo. Porque somos un mercado en desarrollo.
–Pero eso asusta a los ricos. La prueba ha sido el no francés y holandés a la Constitución europea...
–Sí. Las elites a veces lo comprenden, pero asusta, sobre todo, a las grandes masas.
–¿Qué hacer, entonces?
–¡Me provoca tanta pena que Francia, país de todos mis sueños, pueda tener semejantes miedos sobre el futuro! Creo que hay un malestar francés, que los franceses no se reconocen más a sí mismos.
–Esos mismos miedos surgieron cuando España y Portugal se incorporaron a la Unión Europea...
–Ese ejemplo es muy bueno. Cuando fui por primera vez a Francia, hace 50 años, había obreros portugueses y españoles en pequeños trabajos, mal pagos. Cuando entraron en la UE, la mayoría se volvió a sus países.
–¿Qué posibilidades hay de un ingreso de Rusia a la UE?
–Hasta el momento, Rusia no ha expresado su voluntad de adherir a la UE. Rusia es un país euroasiático. Para ella, el teatro europeo es relativamente marginal. Está orientada tanto hacia el Pacífico como hacia el Oeste. En realidad, en el plano de la política interior, Rusia jamás conoció un verdadero desarrollo de su sociedad civil. Es una de las características permanentes de su historia. Pero, dentro de la UE o fuera de ella, también Rusia, inevitablemente, terminará siendo democrática.
Por Luisa Corradini
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=718880
A diario, historias de personas que esperan un trasplante conmueven desde los medios. Pero el número de donantes potenciales no aumenta.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Cada tanto, la noticia aparece en los diarios. Un chico se muere si no recibe un pulmón; una maestra, a la que sus alumnos alientan desde la calle, espera un corazón nuevo; las paredes de un hospital se llenan de dibujitos y alguna gente reza en la vereda; un padre, una madre desesperados hablan en medio de la simpatía colectiva, muestran fotos del que podría salvarse, y recuerdan la densa lentitud de una demora que ha durado quizá meses. Historias que el periodismo presenta con sus detalles más desgarradores y del modo menos íntimo. Si no se tratara de casos de vida o muerte, podría decirse que la noticia está siempre rodeada por un fluir sentimental.
Pero como se trata de vida o muerte, admitimos todo. Se suceden los episodios que marcan la espera del órgano, en un clima de angustia y de suspenso. Y si hay trasplante, la prensa sigue el caso desde el quirófano al alta, con los detalles de un cuadro agudo, las oraciones y los agradecimientos.
Si el periodismo presenta esto con tal vibración afectiva, podemos creer que responde y alimenta una afectividad igualmente profunda en su público. Los casos de trasplante de órganos tocan varias vetas de la imaginación y del sentimiento: la muerte cercana y quizás evitable de otro aparece completamente personalizada, arrancada de la estadística hospitalaria para convertirse en historia humana, con sus detalles psicológicos, que se despliegan en el combate de una familia luchando a brazo partido para lograr algo que, hasta hace algunas décadas, parecía de ciencia ficción.
Y esa es la otra veta, precisamente, que llama la imaginación y le da una especie de interés novelesco a las historias: el órgano que se busca y su trasplante están asociados con un milagro de la tecnología médica. Y ese milagro, en lugar de ser contado en términos fríamente descriptivos, ya que, a fin de cuentas, se trata de una técnica hipersofisticada practicada por cirujanos muy hábiles, es relatado con todos los colores que buscan la identificación afectiva y el efecto melodramático.
¿Por qué, entonces, en la Argentina y muchos otros países, no hay tantos donantes potenciales de órganos como gente emocionada cuando los trasplantes aparecen en las informaciones de la prensa? Existe una fractura entre el interés por la peripecia que otro está atravesando y lo que ese interés moviliza como acción práctica. En la Argentina hay 11 donantes por cada millón de personas; en la ciudad de Buenos Aires, esa cifra se duplica ampliamente. Leo en los diarios que la mitad de los familiares interrogados sobre el destino de los órganos de alguien próximo a ellos que acaba de morir, rechazan la donación. No me parece posible que la mitad de esos familiares no se haya emocionado con la noticia de un trasplante que antes salvó la vida de una chiquita jujeña o de un trabajador del Gran Buenos Aires. Pero la afectividad que florece cuando la muerte no está próxima, se seca en el dolor de su cercanía absoluta. Donar los órganos no es solamente un acto de fraternidad, sino que presupone el ejercicio de una distancia ética respecto del propio sufrimiento, precisamente en el momento en que éste es más agudo. Implica que alguien, agobiado por lo que acaba de sucederle, pueda ponerse, algunos segundos, en el lugar de otro. Ese lugar se ocupa fácilmente cuando la identificación se produce frente al televisor, y la vigilia de una espera dramática le toca a otro.
Pero cuando las cosas tocan al que mira, cuando esa muerte es la de quien se tiene más cerca, la identificación que hace posible un acto fraternal, retrocede. El reflejo atávico es conservar el cuerpo intacto para la ceremonia del adiós; y el dolor es ciego a cuanto no sea uno mismo. Nada más egoísta que el dolor. Quizá sería mejor que no tuviéramos que decidir en momentos en que no somos capaces ni siquiera de seguir nuestras convicciones. ¿Cómo pensar en un agonizante desconocido, cuando tengo mi propio muerto a pocos metros? De eso precisamente se trata. De un olvido de sí, aunque sea por un instante, aunque sea en el peor momento.
http://www.clarin.com/diario/2005/07/03/sociedad/s-1006865.htm
MARTIN KOHAN, ESCRITOR Y PROFESOR DE TEORIA LITERARIA
Crear un panteón de héroes y narrar sus vidas es una tarea tan esencial para un país como consolidar su economía y su política. Se despliega así una reconstrucción en la que la ideología es pieza clave.
Claudio Martyniuk.
cmartyniuk@clarin.com
# Estamos cerca del segundo centenario de la Revolución de Mayo. ¿Cómo se contaron los años que constituyeron el primero?
—Contar la historia es una forma de operar sobre la identidad na cional. El Centenario fue un momento de rediseño de nuestra identidad. En realidad, hubo un primer momento fuerte en torno a la Generación del 37, que es la primera que se plantea hacer en la cultura el tipo de ruptura que en lo económico y político había concretado la Revolución de Mayo. Como dije, el otro gran momento de redefinición de la identidad nacional parte de fines del siglo XIX y tiene su momento culminante en el Centenario. Está muy ligado al caudal inmigratorio impactante que produjo, en un país con baja población, un cambio incluso en la percepción de las caras, de los idiomas y de los acentos. Hubo que instrumentar ahí un dispositivo estatal y por una vez en la vida argentina el Estado funcionó creando un dispositivo de incorporación cultural. Eso supuso algunos movimientos, como la recuperación de lo español. Entonces, cuando se trata de reinventar un pasado y de marcar la diferencia entre los argentinos con tradición frente a los recién llegados —a los que se quería volver argentinos—, esa recuperación del pasado criollo incluyó una revaloración del pasado hispánico.
# ¿Ahí se construye nuestro panteón de héroes?
—Se consolida. Nuestro panteón oficial corresponde a la tradición liberal, ya fuera de Echeverría, de Sarmiento o de Mitre. Los dos grandes biografiados de Mitre, que son Belgrano y San Martín, llegan al Centenario ya consagrados como próceres. El Centenario implica su confirmación. Y lo que comienza es la incorporación de Sarmiento. Así se forma la trilogía San Martín, Belgrano, Sarmiento, cuyas fechas de muerte son nuestros feriados.
# ¿No es significativo que se haya instalado en nuestro panteón a dos personas con una relación problemática con el poder, como lo fueron San Martín y Belgrano?
—Hay un movimiento muy particular, que yo pude rastrear en Mitre y en Sarmiento, porque Sarmiento participa también de la consagración de San Martín. ¿Cómo hacer de la prescindencia política —que es la clave en la que narran a San Martín— una virtud, cuando ellos están haciendo exactamente lo contrario? Más allá de si esa prescindencia política en San Martín es históricamente verdadera o se trata de una construcción narrativa, lo cierto es que San Martín se consagra como el héroe que no se rebaja a la guerra civil. En realidad, lo que hacen tanto Sarmiento como Mitre es señalar períodos: hay uno de consolidación de la independencia, que es el ciclo que abarca San Martín, y en él todo tipo de diferencia interna atenta contra la consolidación de la independencia de España. En ese marco, la prescindencia sanmartiniana es virtuosa. Cuando esa independencia está ya asegurada, se abre un nuevo ciclo, que es el de la consolidación política interna del país. Con lo cual, ellos no solamente no estarían entrando en contradicción con el virtuosismo de San Martín sino que se convierten en sus herederos.
# ¿Por qué San Martín aparece, en nuestro panteón, en un escalón superior a Belgrano?
—En Mitre se puede rastrear algo sobre esta cuestión. Mitre titula "Historia de Belgrano y de la independencia argentina", y luego "Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana". Hay un salto, como si Belgrano fuera el héroe nacional de cabotaje, y San Martín tiene una dimensión de exportación, de despliegue más allá de las fronteras.
# ¿La proyección latinoamericana de San Martín nace en la forma en que se narra la historia argentina?
—Sin duda. La idea de que Bolívar y San Martín están a la par, la idea de que —cuando se habla de la Copa Libertadores de América— los libertadores son San Martín y Bolívar, es una perspectiva netamente argentina.
# Un tema literariamente apreciado parece ser la reconstrucción de la entrevista de Guayaquil.
—Es un momento donde la historia funciona como si fuese literatura, pero ya no porque uno la ficcionaliza sino porque los hechos ocurrieron con una combinación de enigma y de intriga muy literaria. La resolución argentina en la narración es la superioridad moral de San Martín, que es el modo de equilibrar la evidencia de la superioridad militar, política, histórica, simbólica de Bolívar. La única manera es inventar una ficción de paridad de simetría.
# ¿Cómo, exactamente?
—Bolívar hace en el norte lo que San Martín hace en el sur, dos flechas simétricas y proporcionales que se tocan en Guayaquil. Y la entrevista, que se resuelve claramente en favor de Bolívar, se compensa con la versión de la superioridad moral: Bolívar, ambicioso, quería la gloria; San Martín, desprendido, le dejó la consagración porque no tenía ambiciones. Esto es una construcción narrativa. San Martín, como corresponde a un héroe, fija y delimita la identidad nacional, pero después va más allá de las fronteras que él mismo marcó. Porque va a Chile, va a Perú y se exilia, y muere en el exilio. Entonces, San Martín tiene la posibilidad de la definición del nosotros, de la identidad nacional, pero también resuelve el tipo de relación con esos otros que están fuera de las fronteras y que no necesariamente son contrarios —pueden ser los hermanos latinoamericanos. Pero hay que resolver esa fraternidad y la relación con lo español, que es, al mismo tiempo, de hostilidad y de pertenencia. Si se quiere rastrear, en las que serían las narraciones de fundación de nuestra identidad nacional, de dónde viene nuestro mito de superioridad, esta figura de San Martín que lleva la libertad, esta generosidad sanmartiniana de legarles la libertad a los hermanos latinoamericanos tiene algo de una fraternidad que presupone que hay un hermano mayor y un hermano menor. San Martín resuelve así la figura paternal del padre de la patria, la relación con la complicada maternidad de la madre patria España, y también el sistema de fraternidad con un toquecito de aire de superioridad de los argentinos, que todavía suponemos estar un cachitín por encima del resto de los países latinoamericanos.
# Esta visión de San Martín es la que domina. Se hizo natural.
—En realidad, se trata de operaciones culturales de los intelectuales que apuntaron a definir un tipo de identidad nacional, un tipo de pasado nacional, un tipo de tradición nacional. Parte de su eficacia consiste en que consiguen naturalizarse. O sea, uno asume esa identidad y ese pasado en la medida en que no lo ve como construido, sino como dado, como "natural". Pero lo cierto es que es evidente que hay una intervención y que el lugar de lo hispánico se redefine, como el lugar donde se pone a Rosas, y que los movimientos entre Belgrano y San Martín narrativamente se ajustan. En realidad, se ven todo el tiempo operaciones, ajustes, construcciones.
# Pero todos coinciden en reivindicar a San Martín.
—San Martín es un punto intocable. Se puede ir, incluso, a versiones más radicalizadas, a las perspectivas de izquierda, que trazan genealogías diferentes: donde una arma San Martín-Belgrano-Sarmiento, la otra dice San Martín-Rosas, y la tercera liga a San Martín y al Che Guevara. San Martín es una especie de foco de irradiación que prácticamente nadie toca. Sólo una puesta en cuestión del paradigma de argentinidad ya establecido puede llevar a cuestionar a San Martín. San Martín y la argentinidad se han hecho el uno al otro, en gran medida. Por lo tanto, es muy difícil ratificar un paradigma de argentinidad y desalojar a San Martín. Sólo si se revisa qué idea tenemos de lo que es ser argentino, y cómo se hizo, y se somete a discusión, se puede realmente revisar a San Martín.
# ¿Por qué prevalece la línea San Martín-Belgrano-Sarmiento y no la que lleva a Rosas, o al Che Guevara?
—¿Por qué la tradición liberal es la hegemónica en la Argentina, dice usted? Es la eficacia de una operación cultural: funcionaron esas narraciones en su capacidad de fundar creencias y adhesiones. Pero luego también hay una instrumentación política, que es que esas narraciones funcionan también porque hay una política estatal, donde esta versión se instrumenta, se enseña, se convierte en manual escolar, y se traduce a prácticas, ritos, efemérides. Y eso ya es una política de Estado.
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Copyright Clarín, 2005.
Para el director teatral, falta un "proyecto movilizador"
LYON, Francia.– En “Merlín o la tierra devastada”, una obra teatral de dimensión homérica escrita en 1981 por el alemán Tankred Dorst, los caballeros de la mesa redonda viven su momento culminante en busca del Grial. Según el director, Jorge Lavelli, esa empresa no es sino la búsqueda del sentido de la vida y consiste, igual que la leyenda celta en la que su autor se inspiró, en una lucha devastadora por el poder.
Argentino en Francia desde los años 70, régisseur y director de teatro, Caballero de la Legión de Honor (1994), premio “du Brigadier” (1993) y Gran Premio de las Artes Escénicas de París (1996), el fundador y director del Teatro Nacional de la Colina de París traza un paralelo entre esta pieza que ha presentado en el festival Les Nuits de Fourviere, de Lyon, y la realidad que viven hoy Europa y América latina: “«Merlín o la tierra devastada» habla de lo que fue Europa hasta la última guerra y, más adelante, de la interrogación sobre el modo en que se pueden establecer las democracias aceptando a los vecinos, a los otros, a los que son diferentes".
-La Europa actual, la de vecinos que discuten de qué modo trazar definitivamente sus fronteras, ¿tiene rivalidades culturales tan marcadas como las políticas?
-Hay una Europa cultural, por decirlo de algún modo, que se construyó después de la Segunda Guerra Mundial y que no tiene mucho que ver con las instituciones políticas. Después de esa guerra, el continente se descubrió a sí mismo. El aspecto cultural es inevitable para Europa. Más allá de la política, hoy son los intelectuales de cada país los que están escuchando, los que están sintiendo lo que pasa del otro lado de las fronteras, que en Europa han sido abolidas, ahora que el pasaje de un país a otro se puede hacer sin visado y que tenemos una moneda única. Europa se transformó en un continente utilizable, práctico, a pesar de los problemas que puedan crear los nacionalismos y el terrorismo. Por eso digo que la construcción cultural europea me parece inevitable, ineluctable.
-¿Y la construcción institucional?
-Es un asunto más complejo en el que, probablemente, intervienen otros factores difíciles de superar. El ejemplo ha sido el rechazo a la Constitución europea por parte de Francia. Lo que aparece con el rechazo es que toda la sociedad francesa está dividida. No es un problema de derecha o de izquierda. Se rechazó lo que objetivamente era un reconocimiento a muchos valores que Francia defendía. Así que los países europeos, que siempre tuvieron desconfianza sobre el papel que podrían tener en una Europa ampliada, ahora tienen más desconfianza aún. Esto hace que nos preguntemos si no se está causando un retroceso histórico cuya envergadura ha escapado a los observadores y, particularmente, a los hombres políticos.
-¿El retroceso está relacionado con el modo en que ejercen su liderazgo esos hombres políticos?
-Es muy posible que exista una crisis de liderazgo, pero sin pensar el liderazgo como caudillismo. Es una crisis relacionada con el pensamiento. Actualmente, no hay en Europa dirigentes como los que soñaron con una Europa reunificada políticamente. Ellos fueron personajes que marcaron la historia de la posguerra. Lo que hoy tenemos es un sentimiento continental, desde el cual se sospecha que Inglaterra puede imponer una visión liberal de la economía, a la que, obviamente, se oponen las fuerzas de izquierda.
-Si se impone Inglaterra, ¿se impone el modelo norteamericano?
-Estados Unidos ha terminado por ser el modelo democrático casi por excelencia. Ir a los Estados Unidos es convertirse en norteamericano en cinco años. Pero venir a Europa no significa lo mismo. Quiere decir que el sentimiento americanista, finalmente, es mucho más fuerte y más poderoso.
-Por lo que usted dice, parecería que, más allá de los líderes, hubiera una desconfianza estructural en relación con el propio continente...
-Hay casos muy particulares que lo demuestran. La guerra en Irak, sin ir más lejos: se ha visto que Europa no tiene una voz, que ha habido múltiples voces, que puede dividirse por opciones ocasionales de intereses. Otro ejemplo: un conflicto del que no se habla más, el de España y Marruecos por la isla Perejil, una isla que nadie conoce, tan chiquita como una pequeña isla en el Tigre. Resulta que por esa isla hubo una movilización del ejército y de la ciudadanía, y que el conflicto no se resolvió ni en Roma ni en París, sino en Washington, con la presencia de Bush. Una cosa totalmente ridícula para un problema doméstico. Esto prueba la desconfianza de los países europeos en las instituciones organizadas. Como si no existieran Bruselas o el Parlamento Europeo. Hay una desconfianza de base con relación al propio continente.
-Para intentar una suerte de paralelismo: en América latina también se ha hablado del fracaso de la unión que planteaba originalmente el Mercosur, no sólo desde el punto de vista económico, sino también cultural...
-Es verdad. Sería absurdo que dos países como Brasil y la Argentina no pudieran estar en el pelotón de base para llevar adelante un gran programa económico y cultural conjunto.
-¿Aquí también el problema es de liderazgo?
-Probablemente falten líderes, pero no líderes políticos, no caudillos, sino líderes intelectuales que puedan convencer a los políticos y a los pueblos de la necesidad de principios para proteger al hombre de la explotación a precio bajo del trabajo. Además de los intelectuales, otro punto es el Estado: es curioso comprobar que un país como la Argentina, donde desde hace 70 años se habla de justicia social, sea un ejemplo de la injusticia social, de la diferencia de clases, del empobrecimiento, de la falta de cosas fundamentales en la salud y, sobre todo, en la educación. Yo creo que la solidaridad con los otros paises del continente puede crear una fuerza de contención para salvarse de esa cosa salvaje que es el capitalismo puro y llano, que produce riqueza sobre la desigualdad de los países que no se protegen o que no saben protegerse.
-¿Qué lugar tiene la cultura en ese contexto?
-Hay como una tradición argentina de no tener una política cultural. No hay ningún partido político, ni de izquierda ni de derecha, que haya tenido una política cultural en serio. Con los países europeos, la diferencia es enorme.
-¿Cómo definiría el subdesarrollo?
-El subdesarrollo es la incultura. En los países más pobres, el Estado tiene que ayudar, decidir una política cultural que beneficie al país entero. El desarrollo de la educación es fundamental y nadie lo puede negar, pero no figura como algo estructural, como una verdadera preocupación.
-¿Es una falla de la democracia?
-El problema del aprendizaje de la democracia está en saber que ser elegido diputado significa tener la obligación de estar atento a la actividad del país, no a la del partido. Desde la época del peronismo, muy poco se ha evolucionado. Hay votos colectivos, corporativos, que escapan a los intereses de la gente. Mirando la democracia norteamericana, tan criticada, cualquiera se puede dar cuenta de que ni el señor Bush ni ninguno de los presidentes anteriores han tenido siempre unanimidad en el Congreso. Defender un presupuesto nacional es convencer a cada uno de los diputados, incluidos los del propio partido. Esa independencia, esa libertad, es lo que hace crecer el espíritu democrático. La nuestra es una democracia tímida, que tiene su parlamento, pero sin la fuerza necesaria para ejercer vigilancia y control del Gobierno.
-Usted habló de la Argentina vista desde afuera. Cuando usted vuelve ahora al país, después de tanto años de vivir en Francia, ¿qué observa?
-Veo a la Argentina de una manera exigente. Yo nací en Buenos Aires. Adoro la ciudad. Lo que más me alegra es lo que pasa allí de nuevo con la cultura, pero no cuando hay corrupción, que me parece un signo de decadencia absoluta. Lo terrible es ver que la pobreza aparezca como algo natural.
-Usted está dirigiendo una obra con un planteo bastante pesimista en cuanto a la recuperación de valores en el mundo. ¿Es tan pesimista como Dorst cuando piensa en la Argentina?
-No. Soy más optimista. Yo pienso que en política la tristeza no tiene que actuar. La política tiene que ser una cosa lo suficientemente divertida como para animar a los otros, estimularlos. Sin embargo, hay sentimientos colectivos que tienen que crecer. Muchas personas siguen preguntando si la Argentina no era un país rico. Hay una leyenda con esa Argentina que fue rica y que, con la crisis de los años 30, se fue al diablo. Y luego, lo que vino, que fue un verdadero fracaso. De todos modos, eso no impidió la formación de economistas, de intelectuales, de excelentes artistas. Tal vez por esa actitud particular que tuvo la Argentina de mirar siempre hacia Europa de una manera nostálgica.
-¿Existe todavía esa Europa idealizada por los argentinos?
-No, definitivamente no existe más la Europa de la nostalgia argentina. Pero hay algo más importante: son pocos los que se preguntan por un proyecto menos europeo y más sudamericano. Es muy difícil que alguien diga: "Soy sudamericano". ¿Quién reivindica hoy la idea sudamericana? Lamentablemente, todavía tenemos una Argentina que sigue queriendo ser europea.
-¿Qué nos falta?
-Un gran proyecto movilizador. Hay millones de personas sin trabajo, gente que vive en la indigencia, una minoría riquísima. No creo que a los pobres haya que darles veinte pesos más. Hay que encontrar ese proyecto movilizador que reunifique a la Argentina, que le dé a la gente ganas de trabajar para sí misma, para su familia, para la sociedad. Algo que permita la reconstrucción intelectual, que compense la falta de elementos, el despojo y la traición política que hemos sufrido, algo que impulse a creer que se puede esperar algo, que no hay solamente la desesperación del instante. Que venga de quien venga, que movilice, que instruya, que permita a la gente tener una formación que la haga aceptable en un empleo, que no se sienta como un peón a disposición de otros, que no necesite cuatro diplomas universitarios para tener un trabajo digno.
-Para eso, ¿no hay que luchar contra cierto apego histórico a los proyectos demagógicos?
-Sinceramente, creo que la mayoría de los argentinos que hoy vive en la desesperanza no está esperando un proyecto demagógico. Y no hablo del proyecto de un presidente, sino de un país que, aunque a veces no parezca, necesita el esfuerzo que necesitó Europa para recuperarse de la Segunda Guerra Mundial. No necesitamos un nuevo caudillo. Tenemos que hablar, parafraseando a Dorst, de la tierra devastada que es hoy la Argentina. Una tierra despojada que -repito- no necesita la contribución de un jefe, de un caudillo, sino de un equipo de gente volcada a la reconstrucción de una nación que puede levantarse. No solamente porque ése es un dictado de la historia, sino porque tiene el capital humano para poder realizarlo.
Por Valeria Shapira
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=717905
Por Osvaldo Bayer
Un episodio común en nuestros cuarteles. Ocurrió hace pocos días. Es una costumbre bastarda. Hacerles jurar la bandera a alumnos de colegios en medio de un desfile militar y ante militares. Justamente ante quienes fueron constantemente infieles al honor de ser fieles y defensores de las instituciones democráticas. Recordemos los fusilamientos de obreros por parte de Uriburu, el bombardeo de la Plaza de Mayo –desde arriba, con toda impunidad sobre indefensos civiles–, la Noche de los Bastones Largos del general estreñido por excelencia, Juan Carlos Onganía, los fusilamientos sin juicio por Aramburu, el asesinato de prisioneros en Trelew por Lanusse, la desaparición, torturas, robo de niños, masacre de adolescentes en la Noche de los Lápices, el arrojar a prisioneros al mar de Videla y sus monstruos. Y todavía los argentinos enviamos a nuestros hijos a “jurar la bandera” a esos cuarteles, donde hasta ahora nadie ha aprendido nada.
Porque un desaforado –plantándose nada más que en sus botas y en su grosería de mandón– recordó las hazañas nada menos que del general Bussi, matador de hasta los mendigos de Tucumán. Dijo que por esa bandera se luchó “contra el terrorismo apátrida que pretendía cambiarla por un trapo rojo”.
Es decir, volvió a repetir la terminología de los años nefastos. El “trapo rojo”. Claro, porque para nuestros uniformados, siempre, la bandera roja del sindicalismo fue la que usaron nuestros primeros obreros que salieron a la calle para luchar por las ocho horas de trabajo, fue signo de la antipatria. Ya empleó el término el general Julio Argentino Roca, aquel de la cruel ley de residencia, la 4144, que separaba para siempre a los obreros combatientes de sus familias, expulsándolos a Europa. Y lo fue su policía al arremeter a balazo limpio contra las manifestaciones de los 1º de Mayo, ocasionando así el primer mártir porteño de las ocho horas de trabajo: el joven marinero Juan Ocampo, de apenas 18 años de edad. Pero los obreros no cejaron y siempre bajo la bandera roja del sindicalismo volvieron una y otra vez a ocupar las calles por el derecho de no vivir para ser explotados sino de trabajar para vivir con dignidad. Y será un coronel del Ejército, el zafio Ramón Falcón, el que seguirá metiéndoles balas a nuestros obreros, que siempre dieron el rostro. El coronel escondido en su automóvil. Y será el Ejército el que hará la represión final de los metalúrgicos de Vasena, en la Semana Trágica, dejando las calles de Buenos Aires manchadas para siempre de pura sangre trabajadora. Y sería el Ejército el que fusile impunemente a nuestros gauchos de la Patagonia, los peones rurales del ’21. Un Ejército que en las represiones defendió siempre a los explotadores, en este caso a los estancieros ingleses. Y luego al gigante británico “La Forestal”, metiéndoles bala a los sacrificados hacheros, los máximos explotados de nuestra historia. El teniente coronel Roberto Augusto Vega, un nombre para no olvidar, nos habla él, ahora otra vez, tan luego, del trapo rojo. Cuando para todos sus crímenes, ese Ejército al cual él pertenece se escondió en la bandera azul y blanca. Prefiero a los obreros mártires de los 1º de Mayo con su trapo rojo y no a los uniformados pintados de azul y blanco que cubrieron las calles porteñas de cuerpos de obreros que desafiaron a los fusiles asesinos para llevarles un poco más de pan a sus humildes hogares.
El trapo rojo. Jamás en mis años en el exterior oí hablar así de la que fue bandera de los primeros movimientos obreros. Sólo se usa aquí, pero siempre en boca de gobiernos de origen militar o en señorones como los que formaron la Liga Patriótica Argentina, fundada entre otros por el perito Moreno, hombre de fronteras y racismos.
Al que ensució la bandera obrera con su boca gritona de órdenes y obediencias, el teniente coronel Roberto Augusto Vega, le dieron un apercibimiento o varios días de arresto. No se aclaró. Es lo mismo. Es decir que vamos a seguir teniéndolo en el nido de serpientes. Un uniformado agregó, haciéndose el simpático: “Le dieron un coscorrón”. Cuando en ese idioma en el cual se expresó dirigiéndose a los soldados y a los alumnos secundarios empleó ya el idioma de la ignominia. Fue para demostrar que ellos están presentes siempre. Los Bussi, los Patti, los Rico, los que deben tener en sus escritorios el retrato de la ya momia Suárez Mason. Y nosotros le damos apenas un coscorrón, entre risitas disimuladas de una picaresca torturada.
Pero no sólo el teniente coronel Vega trata de mantener un lenguaje y una consigna. En las publicaciones militares se siguen las mismas normas de siempre. Por ejemplo, en el libro El Ejército en el Sur del país. Acción y presencia del V Cuerpo de Ejército Tte. Gral. Julio Argentino Roca, editado por dicho comando, no se realiza ninguna autocrítica sobre la denominada Campaña del Desierto. Todo estuvo bien. La matanza, el desalojo de los pueblos originarios, la conquista de las tierras. No se sugiere que hubiera sido posible otra política. No, se dice en forma contundente: “Se cumplió el objetivo de fijar como límite sur de la frontera los ríos Negro y Neuquén. Se ganaron para la civilización 15 mil leguas cuadradas. Se eliminaron totalmente los restos de las tribus hostiles”. Creemos que ha llegado el momento de una discusión más amplia de lo que se sostuvo durante la última dictadura. Creemos que algo debe haberse aprendido. Pero como libro de lectura oficial se sigue leyendo en los institutos militares la Epopeya del desierto en el sur argentino, cuyos autores son casi todos personajes colaboradores de dictaduras militares. Basta con leer el prólogo para darse cuenta: “Rendimos fervoroso homenaje de admiración y gratitud no sólo a quienes participaron en la Campaña del Desierto sino a todos los que en diferentes épocas y en todos los ámbitos del territorio nacional lucharon y se sacrificaron para incorporar a la civilización la vastedad de ese bravío escenario de sus hazañas”. Ni una palabra sobre la esclavitud, tortura y muerte que sufrieron los pueblos originarios. La realidad es que el 38 por ciento de los indios y de las “chinas y chinitos” –como dicen los comunicados– pasó a poder privado de militares; el 18 por ciento, a estancieros, y el 14 por ciento a políticos. Roca –existe la carta– pide a uno de sus generales que le mande “una chinita”.
El viajero francés Emile Daireaux, en Vida y costumbres en el Plata, describe el reparto de indios prisioneros así: “Pobres indias viejas con sus cabellos grises y lacios a los que seguro nadie habría de querer; mujeres jóvenes que daban de mamar o agrupaban en torno suyo a sus hijos y a numerosos muchachos y muchachas extraviados y separados violentamente de sus madres, a las que habían perdido en las revueltas y trastornos del desierto, y en el desorden de los embarques, en los cuales se empujaba a todas aquellas pobres gentes, como si fueran bestias, contando las cabezas, sin mirar los rostros ni atender a las lágrimas y lamentos”.
Todo bajo la bandera azul y blanca, no bajo el “trapo rojo”. Un siglo después, la desaparición de personas. Para llegar a saber qué es una democracia, donde lo indiscutible debe ser el respeto a la vida humana, nuestros militares tienen que aprender desde el principio. Nuestra democracia no ganará nada si sus oficiales siguen tomando como gran meta pisotear el trapo rojo.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-53157-2005-07-02.html