El director de La Gaceta Literaria, de Tucumán, analiza la situación política
“Para llevar más de medio siglo en el mismo cargo se necesitan dos cosas: haber empezado muy joven y ser muy longevo. Yo las reúno a ambas.” Así explica Daniel Alberto Dessein los 56 años que lleva dirigiendo, en forma ininterrumpida, La Gaceta Literaria, el influyente suplemento cultural del diario La Gaceta, de Tucumán. Una performance digna de figurar en el Libro Guinness de los Récords, sin olvidar que en ese largo período fue también, paralelamente, subdirector del diario durante veinte años y director y gerente general durante otros veinte.
Dessein, miembro de la Academia Nacional de Periodismo y Premio Konex de Platino a la trayectoria en el periodismo cultural, abandonó en Buenos Aires sus estudios de Derecho poco antes de terminarlos y se trasladó a Tucumán para hacer una brillante carrera en el periodismo. Dice que el cortoplacismo es el mal más grave que arrastra la Argentina.
“Yo aprendí el oficio en largas conversaciones con mi abuelo, Alberto García Hamilton, que había fundado La Gaceta en 1912, y que para ese entonces ya estaba retirado. En esos tiempos no se estudiaba periodismo, pero yo tenía una fuerte vocación, que despuntó en mis años como corresponsal del diario en Buenos Aires. A los 22 años me instalé en Tucumán y lo primero que hice allá fue crear La Gaceta Literaria, al principio como una sección dentro del diario tucumano y luego como un suplemento independiente del cuerpo principal de la publicación", recuerda Dessein.
También aclara que se trata de un suplemento cultural, no sólo literario, y que mantuvo el nombre a través del tiempo por tradición, pero que el foco está puesto en tratar los temas artísticos, sociales, políticos e incluso económicos desde una perspectiva cultural.
"Un buen ejemplo de esta idea o concepto fue nuestra decisión de dedicar La Gaceta Literaria íntegramente durante 2002 a analizar la crisis. Sentimos la imperiosa necesidad de sacar a los intelectuales de su torre de marfil y lanzarlos a pensar el país. El punto de partida fue un artículo de nuestro comprovinciano Joaquín Morales Solá, que se formó en La Gaceta y luego se convirtió en uno de los más destacados exponentes del periodismo nacional. Convocamos a eminentes intelectuales para que nos ayudaran a comprender la desgracia que nos tocaba vivir, a encontrar la salida del pozo en que estábamos atrapados, a aportar diagnósticos y propuestas."
-Tucumán siempre ha sido un punto neurálgico en nuestro derrotero como nación. De hecho, allí se declaró la independencia?
-Fue en Tucumán donde se congregaron los representantes de nuestras provincias para forjar una nación libre e independiente. Fue un tucumano, Juan Bautista Alberdi, el principal protagonista en la invención de la incipiente nación. Fueron dos tucumanos, Avellaneda y Roca, los trascendentes constructores del gran proyecto nacional. Fue Tucumán una de las provincias argentinas más sobresalientes en el plano económico y en el cultural. Pocos años antes del centenario de la independencia, Alberto García Hamilton fundó La Gaceta. Nueve décadas más tarde la provincia se transformaría en una metáfora grotesca de la decadencia argentina. El lugar donde se instaló la primera industria pesada del país, la calórica industria azucarera, irónicamente generaba desnutrición y se convertía en el terreno del hambre.
-¿Cuáles fueron los principales factores que provocaron la caída del país?
-Muchos, pero a mí me parece que el más nefasto es el cortoplacismo. Pienso en sus efectos en la educación, por ejemplo. Los gobiernos de fines del siglo XIX y principios del siglo XX apostaron fuertemente a la educación y a la cultura. Con eso, como sabemos, se recogen los frutos a largo plazo. Eso benefició a varias generaciones de argentinos. Pero después se instaló el cáncer del cortoplacismo y hoy estamos viendo los resultados. Ya se habla de una generación perdida.
-¿Qué destino nos espera?
-Yo creo que hay aspiraciones compartidas por la mayoría de los argentinos: la reconstrucción de las instituciones democráticas, la recuperación de la seguridad jurídica, la unión de la política con la ética y con la eficiencia, el compromiso ciudadano con la cosa pública, la fijación de reglas razonables y duraderas, el rescate del impulso del espíritu fundacional, la apuesta por la educación, la restitución de la confianza para movilizar la economía, una representatividad política clara, la despolitización de la justicia y de la administración pública, la pacificación del país, el destierro de la corrupción, del hambre y de la miseria? Se trata de aspiraciones compartidas por la mayoría de los argentinos y constituyen una base para reconstruir el edificio nacional. La exclusión y las dualidades irreductibles han sido enormes obstáculos para el desarrollo armónico y pacífico de nuestro país.
-Usted ha señalado: "La Argentina fue concebida en Tucumán, el 9 de julio de 1816. Su primer siglo de vida fue el de la concreción del gran proyecto nacional. El segundo, el de su destrucción". ¿Cómo se encara la reconstrucción?
-Efectivamente, ese largo proceso de demolición generó el sismo que nos sorprendió a todos, el que derrumbó nuestras ilusiones, el que confiscó nuestros proyectos. Todavía no logramos salir del desconcierto ni descartar un nuevo terremoto. Muchos intentaron huir; otros permanecieron en una pasividad expectante, se extraviaron en cálculos especulativos o en promesas enardecidas. La mayoría sufrió las consecuencias más inhumanas de la catástrofe. Su cara más terrible fue exhibida al mundo, desde Tucumán, a través del hambre y la muerte de sus niños. La seguridad, la confianza, las certezas, los consensos necesarios para forjar un futuro sólido fueron arrasados. Los argentinos acrecentamos nuestra sospecha, bastante arraigada ya, de que todo esfuerzo es inútil. La disolución se convirtió en una amenaza ante la falta de coincidencias sobre cuestiones básicas, más por desorientación que por oposición de ideas.
-¿Por qué nunca hay responsables?
-La indignación y el escepticismo argentinos se basan en eso, en que nunca nadie es castigado consecuentemente.
-¿Qué papel cumple, a su entender, la televisión en este proceso?
-Muy pobre. Lamentablemente está contribuyendo muy poco, cuando podría hacerlo en enorme medida. Hay reclamos, en estos días, de las academias nacionales y de otros organismos sociales y culturales, que advierten que los contenidos que se ven en la televisión son muy nocivos, y también hay compromisos de autorregulación no cumplidos. Por eso yo le asigno una gran importancia al papel esclarecedor de los medios escritos y a su capacidad de provocar la reflexión, para ayudar a pensar sobre lo que nos pasó y lo que nos pasa, revisar el pasado con sus luces y sombras, extender la autocrítica, seguir buscando y consolidar consensos básicos.
-Pero son millones los que sólo se informan por la televisión, con su lente deformante. Hoy un provinciano sabe más de los piquetes del puente Pueyrredón que de lo que ocurre en la esquina de su casa...
-Eso es muy nocivo, ciertamente. Por eso insisto en la influencia de la prensa escrita sobre quienes tienen en sus manos la posibilidad de producir transformaciones. No se trata de minorías ilustradas, sino de mentes abiertas, que ayuden a reinventar y reconstruir este complejo, cuestionable, contradictorio, pero entrañable país.
-¿Cuáles son los puntos destacados, culturalmente hablando, de los argentinos? ¿Por dónde deberíamos fortalecernos y tratar de crecer?
-Bueno, eso ya lo dijo claramente Ortega y Gasset: que los argentinos a nivel individual éramos sorprendentes y que en muchos planos estábamos por encima de Europa misma, pero que a nivel colectivo éramos incapaces de resolver hechos concretos. De allí la conocida frase "argentinos, a las cosas". En 1926 Einstein confirmó esa percepción, al decir que éramos un país compuesto por mentes individuales brillantes, pero incapaces de trabajar en conjunto para el bien común. Decía que le parecía extraordinario que la Argentina pudiera progresar siendo absolutamente desorganizada y que lo primero que teníamos que resolver era cómo trabajar en equipo.
-Pasaron 80 años y no lo hemos logrado...
-Es clarísimo: cualquier argentino transportado a otra sociedad se luce y es brillante, sea mecánico, médico o físico nuclear. Pero en la Argentina, entre argentinos, no logra de ninguna manera establecer metas colectivas. Somos individualidades descollantes con una inmensa dificultad para adaptarnos a un funcionamiento colectivo.
-¿Eso cambiará?
-Yo creo que lo que vivimos a principios de este siglo XXI fue tan fuerte que las mentes más lúcidas de la Argentina tienen que darse cuenta de que hay que llegar a puntos de consenso. De alguna forma tenemos que comenzar y yo pienso que una manera es señalando en los medios de que disponemos, particularmente en la prensa escrita, cuáles son nuestros problemas y las soluciones posibles. Nuestros problemas son sumamente graves. Estamos al margen de nuestro propio subcontinente, no ya del mundo, sino de países que nos rodean, como Chile y Uruguay. Kirchner pide que lo juzguen por sus hechos y no por sus palabras, pero no advierte que la palabra de un presidente es un hecho. En sus últimos discursos parecería que empieza a adoptar una cierta razonabilidad, abandonando el discurso de candidato para tener un discurso de presidente. Se pone duro frente a los piqueteros, abre frentes, pero trata de paliar o suavizar los problemas con la Iglesia? Aunque me temo que a nosotros nos va a costar mucho tiempo tener un país más previsible, quisiera creer que Kirchner está comenzando un cambio.
-¿Hay federalismo cultural en el país o todo pasa por Buenos Aires?
-En el interior, la dependencia de Buenos Aires es evidente. No puede haber un verdadero federalismo cultural porque aquí la dependencia del centro es enorme. Está muy poco desarrollado el mecenazgo. Hay países donde resultaría vergonzoso que personas que obtienen grandes beneficios de sus negocios no destinen parte de ellos a la educación, a la salud, pero también a la cultura.
-¿No será porque todavía mucha gente cree que la cultura es algo superfluo?
-Yo creo que el cortoplacismo también se nota en esto. Muchas personas no advierten la necesidad de invertir en cultura, donde los resultados se van a ver a largo plazo: tal vez sólo los van a comprobar las futuras generaciones. En cambio, las carencias nutricionales o sanitarias permiten ver el resultado de la inversión ahora mismo. No se comprende que la cultura es una fuente de riqueza, de generación de empleo, y que sus resultados van a ser muy buenos para la sociedad en su conjunto.
-¿Qué es lo más destacado de la vida cultural de Tucumán?
-La vida cultural de Tucumán sigue siendo brillante. En el plano teatral hay una infinidad de elencos. Prácticamente, se puede ver de todo, pero a costa de un sacrificio terrible de un grupo de individuos con enorme vocación. También la música tiene un gran desarrollo, en parte propiciado por el Estado provincial, pero también por numerosos grupos que dedican su vida a esto con muy pocas satisfacciones materiales, pero con muchas satisfacciones espirituales.
Por Carmen María Ramos
Para LA NACION
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