La socióloga analiza la realidad política
LONDRES.– A la socióloga especializada en medición de la opinión pública Marita Carballo le han dado aquí un título digno de un personaje de “Alicia en el país de las maravillas”: es “cabeza global” ( global head ) del Area de Investigación Social de la encuestadora TNS, el grupo que integran las firmas Taylor Nelson, Sofrés, NFO y Gallup. Durante dos décadas, Carballo fue presidenta de Gallup Argentina. Su nuevo puesto es de creación reciente en la empresa multinacional. Ella es la primera en ocuparlo.
La misión que le han conferido, hace ya dos años, en Londres, tiene eco de las fantasías de Lewis Carroll, ya que consiste en mirar “a través del espejo” –para el inexperto, distorsionado– de los sondeos para pintar múltiples panoramas de la sociedad, ya sea en el nivel nacional, en el regional o en el mundial.
Ella coordina toda la información que producen las 200 oficinas y los 24.000 empleados en los 110 países en los que TNS tiene sedes. Su trabajo implica una gran responsabilidad y conlleva bastante poder. Los informes que salen de su oficina, en un discreto edificio de la city londinense, llegan a los escritorios de los grandes dirigentes políticos, culturales, comerciales y financieros del mundo. El objetivo es guiarlos en medio de la selva del vox pópuli, una tarea con la cual es difícil no ejercer cierta influencia.
No es que esto sea algo que admita fácilmente esta rubia menuda, de voz baja y tono suave, que recibió a LA NACION en una pequeña sala de reuniones de su firma, ataviada con un tailleur tipo Channel al que sólo le faltaba el collar de perlas para completar la imagen de máximo clasicismo. Con una joven asistente porteña que ofrecía té, café, agua y galletitas dulces (generosidad aquí inusitada) para matizar la discusión del libro "Valores culturales al cambio del milenio" (Nueva Mayoría, 2005), donde Marita ofrece una visión de lo que piensan y sienten los argentinos, el lugar pareció por momentos un rincón de Buenos Aires, de no ser por la persistente lluvia que golpeaba las ventanas.
Pero la charla no giró sólo sobre su último libro, porque entre los muchos trabajos que TNS ha dejado en manos de Carballo se encuentra la preparación de los informes de Eurobarómetro, el servicio público de información sobre las actitudes de los europeos de la Comisión Europea. Con la Constitución europea en rígor mortis, los encuestadores de TNS han tratado de evaluar las razones de esa abrupta defunción. La conclusión fue que hubo falta de oxígeno en la relación entre los dirigentes y el electorado.
-Este debe ser un resultado bastante familiar para usted, viniendo de la Argentina...
-Efectivamente. Hay un proceso que nosotros vemos que se reitera en distintas regiones del mundo y que tiene que ver con el desencanto de los ciudadanos con respecto a sus gobiernos. Se está perdiendo el nexo entre el ciudadano común y el dirigente. Aun cuando los esquemas de comunicación se han extendido mucho, y esto debería facilitar el diálogo; lo cierto es que hay dificultad para entenderse. Esto genera problemas de todo tipo. Actualmente, estamos trabajando en el análisis de las votaciones de resultado negativo, en Francia y Holanda, como ya lo hemos hecho con las positivas de España. Lo que vemos es que los que votaron por el No en Francia lo hicieron para demostrar su descontento con la política interna, por ejemplo, con en el tema del crecimiento del desempleo, y también porque consideraban que la Constitución era demasiado liberal, con una orientación de mercado muy abierto. Muchos también evaluaron que votar por el No no impediría la continuidad de la Unión Europea, sino que llevaría a un replanteo del modelo. En Holanda, uno de los países fundadores de la UE, y donde el No fue tan marcado, los votantes se atuvieron más a temas paralelos, como la posibilidad del acceso de Turquía a la UE. En ambos casos, hemos visto una disociación entre los electorados y la dirigencia. Este es un tema muy importante que las democracias deben resolver. Por ejemplo, cuando le preguntamos a la gente si las elecciones son abiertas y libres, nos dicen que sí; pero cuando le preguntamos si los políticos gobiernan de acuerdo con la voluntad de la gente, la respuesta que recogemos en todas partes del mundo es "no". En la Argentina, esto fue tan marcado que en un momento los argentinos dijeron: "que se vayan todos", lo que era poco viable. Era un grito desesperado.
-Y nadie parece haberse ido. El escenario político no cambió mucho desde 2001. ¿Se ha aprendido algo de la crisis?
-Yo creo que hemos aprendido mucho. Un ejemplo claro es que aun en los peores momentos de la crisis, cuando un 62% de la población consideraba su ingreso mensual insuficiente para vivir dignamente, un 79% seguía diciendo que la democracia era la mejor forma de gobierno y un 67% rechazaba la idea de que la democracia pudiera provocar desorganización. Hay una legitimización fuerte del sistema. Lo que hay también es una profunda insatisfacción. Por eso es que yo a veces digo que somos demócratas insatisfechos. No se cuestiona el sistema, pero hay un desencanto muy grande con la forma en la que se aplica. Esto se traduce en una falta de confianza muy marcada, incluso en el nivel internacional, donde la confianza también está en baja. De los 80 países que hemos medido, las instituciones argentinas más ligadas con el sistema político, como el Parlamento, la Justicia, los partidos políticos y los sindicatos, están en lo más bajo de la tabla. A veces ni siquiera un argentino de cada diez confía en ellas.
-"La Argentina, país líder en desconfianza", sería el título...
-Sí. Esto tiene que ver con la performance de la dirigencia y con su desvinculación con el electorado. Pero también tiene que ver con una desconfianza generalizada, que va más allá de los políticos y que nos involucra a todos. Los argentinos, mucho más que otros ciudadanos del mundo, creemos que hay que tener cuidado cuando tratamos con la gente, que el de al lado nos puede perjudicar. Esta actitud nos hace mal, porque no nos permite generar un capital social. Esto es algo que debemos resolver, porque, a fin de cuentas, el prójimo termino siendo yo. La desconfianza tiene todo tipo de repercusiones económicas y morales.
-¿La desconfianza no es también una excusa para no asumir responsabilidades, una forma de decir "no importa lo que hagas, yo te criticaré"?
-El cuadro es más complicado. Estamos en una sociedad que quiere participar y que aspira a que sus iniciativas se tengan en cuenta, muchas veces en el tercer sector, mediante el trabajo voluntario. Pero, al mismo tiempo, vemos una tendencia a esperar de los líderes, sobre todo de los presidentes, que ejerzan su poder en forma autoritaria.
-¿Será que tenemos una visión paternalista de la vida?
-Sí, sin duda. Pero estamos tratando de salir de esa visión. Ha habido un avance en la dirección de la reflexión. Hace unos años, la gente respondía mejor a eslóganes que a mensajes profundos. Ahora no tanto: la gente ha comenzado a analizar lo que se le dice. Pero todavía hay que avanzar más.
-¿Las instituciones no le permiten a la gente madurar o el paternalismo es parte del ser argentino?
-Un poco de las dos cosas. Algunas instituciones no funcionan bien. Otras no tienen una estructura adecuada. Pero nosotros tampoco encontramos la manera suficiente para presionar y modificarlas. De repente, hay una participación, pero llega un momento en que se atasca. Hay que perseverar para que las cosas en la Argentina puedan cambiar. Lo central sería que se hiciera a través de la educación: tratar de inculcar ciertos valores que son muy importantes para nuestro desarrollo, como el respeto por las normas, la importancia de la ley, de cumplir con lo pactado, de hacer lo esperado cuando uno se ha comprometido a hacerlo.
-En la Argentina, se habla mucho más que en otros países de la "clase política", de la profesionalización y de la carrera de los políticos. ¿No contribuye esto a disociarlos del resto de la población?
-Sí. En la Argentina, hay poco recambio político. Esto responde un poco a nuestra historia, pero también al hecho de que el sistema permite la reelección. Esto no es conveniente, porque no alienta la llegada de "caras nuevas". Esto contribuye a la cerrazón de los partidos políticos, a que la gente no se sienta invitada a participar. También hay que decir que el hecho de que los políticos sean tan criticados inhibe el ingreso de sangre nueva, porque parece que, por definición, ser político está lejos de la función de trabajar para el bien común. Todo esto crea una suerte de submundo político que distancia a los dirigentes del resto.
-Pero ¿hay ánimo para reformar una vez más la Constitución y eliminar la reelección?
-Sí. La gente quiere una reforma política que permita la renovación. Hay una demanda muy fuerte de transparencia. En estudios que realizamos para Transparencia Internacional, la Argentina se encuentra siempre entre los países con la visión más negativa en materia de corrupción. Esto también influye en el desinterés de la gente por la política. Sólo un 45 por ciento de los argentinos se muestra interesado en el tema, cuando la media mundial es del 60 por ciento.
-¿Ese desinterés no es también un reflejo del individualismo arrogante que caracteriza al argentino en el exterior?
-Sí, en el exterior nos ven así. Creo que tiene que ver más con el porteño que con el argentino en general. El individualismo existe, es cierto, pero la cuestión es más profunda. Va más en la línea del "no es mi responsabilidad, es la del otro". Si algo está mal, es porque "alguien" debería haberlo hecho bien. La cuestión es que ese alguien a veces es uno mismo...
-¿Falta un mea culpa?
-Quizá no generalizado. En un país tan rico, en el que hemos alcanzado niveles de indigencia tan escalofriantes, no es razonable pedirles cuentas a los que sufren. Lo interesante es que en ese nivel uno encuentra mucha solidaridad, más participación que en otros sectores, incluso cuando tanta gente ha quedado fuera del sistema. Pero también veo en la Argentina un marcado optimismo. La imagen del Presidente y de su gestión es buena. La gente tiene una confianza moderada, por más que hay un reclamo importante en términos de seguridad, de desempleo y de lucha contra la corrupción.
-El optimismo sobre la base de la imagen presidencial nos lleva de nuevo al personalismo. ¿No conduce esto a la multiplicación de feudos, cada uno con su propio caudillo?
-Sí, esto tiene que ver con nuestros valores culturales. Por eso es que vengo estudiándolos en un contexto comparativo internacional desde 1983. No hay una única explicación, pero diría que lo que nos divide, a diferencia de lo que ocurre en el resto del mundo, no son las ideologías, sino la incapacidad de alcanzar consenso. Pero yo no diría que el optimismo radica sólo en la imagen presidencial. Después de tanto caos e inseguridad, la gente siente que hay más garantías de cierto orden y tranquilidad, más allá de cierta mejoría económica.
-¿Cuánto hace la gente para que ese orden no quede atado a la coyuntura política?
-Es un problema de educación. Nos falta aprender reglas que, sin quitar la libertad, nos den un marco para la vida cotidiana. Viviendo en Londres, me he dado cuenta de que la gente tiene aquí internalizadas las normas de la convivencia. Si alguien ve una señal en la calle que dice stop, para. El argentino ni siquiera mira la señal. Y así provoca situaciones de peligro y de desorden que van en contra de sí mismo, no sólo de la comunidad. Es una cuestión de ignorancia, de no darse cuenta de la utilidad que tienen las reglas. Yo sería partidaria de hacer un esfuerzo importante de educación en ese sentido.
-De su estudio de los valores culturales de los argentinos, ¿qué es lo que más le ha llamado la atención?
-El fenómeno más interesante para mí es un marcado y sostenido crecimiento de la religiosidad. Aumenta la importancia de Dios en la vida de los argentinos. Este fenómeno debe ser tenido en cuenta, dado que la religión afecta todos los campos de valor. En 1983, seis de cada diez argentinos se definían como religiosos. Hoy son ocho de cada diez. La gente encuentra consuelo y fortaleza en la religión. Ha aumentado el número de los que creen en los dogmas del cristianismo, así como en otras cosas, como la reencarnación (un 42%, cuando la media mundial es del 25%). Aun así, los argentinos no son muy proclives a realizar prácticas alternativas o esotéricas. Pero es interesante ver cómo ha aumentado la creencia en la ayuda de los ángeles (62%), en el peso que damos al pecado (78%), en la existencia del paraíso (76%). También creemos en la telepatía (40%), en que los familiares muertos pueden ayudar a los vivos a resolver los problemas (40%), en que el futuro puede revelarse en los sueños (46%), en el demonio (45%) y en el infierno, pero, en este último tema, en menor medida que el resto del mundo (40% frente a un 53% internacional). Es cierto que la práctica religiosa formal, en términos de asistencia a la iglesia o a templos, no ha crecido y es relativamente baja, pero la Iglesia se encuentra entre las instituciones que generan más confianza.
Por Graciela Iglesias
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=711933