Opina el impulsor de la “ley del velo”
BARCELONA.– A Luc Ferry le da vergüenza decir que es filósofo. “Suena tan pretencioso y hasta infantil –dice–. Pero de todas las cosas que soy o fui, tengo que reconocer que así es como me gustaría ser recordado.”
“Todas las cosas”, básicamente, quiere decir: político (fue ministro de Educación en Francia y es el responsable de la “ley del velo” y de iniciativas como exhibir “La lista de Schindler” en clase para luchar contra el creciente antisemitismo en las escuelas), ensayista (sus libros están traducidos a más de 25 idiomas), conferencista, adalid del laicismo, marido y padre “de tres chicas adorables”, dice.
Descendiente directo de Jules Ferry, el fundador de la escuela pública francesa, Luc Ferry ocupó la cartera de Educación en el gobierno de Jean-Pierre Raffarin y fracasó en su intento de llevar a cabo una reforma educativa que reinstaurara “la tradición, el mérito y el trabajo” frente a los valores provenientes de Mayo de 1968.
Como filósofo, se considera que es quien más seriamente ha golpeado en la década de los 80 a sus compatriotas posmodernos, como Michel Foucault y Jacques Derrida. De su paso por los Elíseos guarda, al menos, un recuerdo muy positivo: considera que la “ley del velo” fue un éxito.
“Lo sentía como mi deber –dijo a esta cronista-. Yo hacía mis recorridos por las escuelas y las niñas musulmanas me decían: señor ministro, sea bueno, por favor prohíba el velo en la clase, porque es la única manera de que nuestros padres, hermanos e imanes no nos obliguen a usarlo. Así que tenía que hacerlo."
Ferry visitó recientemente España para dar una conferencia sobre "El sentido" en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), que coincidió con el lanzamiento de la traducción al castellano de su libro "¿Qué es una vida realizada", publicado por Paidós.
En esta entrevista evaluó su paso por la función pública y la lucha contra el antisemitismo que la caracterizó. "Honestamente, no me quedé como ministro el tiempo suficiente para ver los resultados. Tres años en el puesto no son suficientes para resolver este problema. Pero me preocupa que en el resto del mundo se siga sin entender la situación particular en la que está Francia al respecto", dijo.
-¿Cuál es esa situación?
-En Francia existe un problema especial: tenemos la comunidad judía más grande del mundo después de Estados Unidos e Israel, con cerca de un millón de miembros, a la cual, a pesar de Vichy y del mariscal Pétain, siempre se ha protegido desde la Segunda Guerra. Al mismo tiempo, tenemos la comunidad musulmana más grande de Europa, con seis millones de personas, y no podemos evitar que el conflicto entre palestinos e israelíes repercuta en las aulas. Los musulmanes del Magreb, hijos y nietos de inmigrantes de Algeria y Marruecos, toman como propia la posición de los palestinos, y ésa es la base del antisemitismo en Francia. La gente sigue pensando que viene de la extrema derecha, pero no es verdad: el 90 por ciento de los actos de antisemitismo en Francia son perpetrados por jovencitos árabes. Esto es particularmente grave, porque se los tolera más. La gente de la izquierda siente que, de esta manera, los actos antisemitas tienen más legitimidad que si vinieran de la extrema derecha.
-¿En qué pensaba al redactar la ley y qué opina de las críticas que despertó, incluso entre las feministas?
-Yo escribí esa ley con un único objetivo: evitar que los alumnos se pelearan por razones de militancia religiosa que derivan de la situación geopolítica de Francia. La escuela tiene que ser el lugar para el diálogo. En el extranjero no entienden esta ley, porque no tienen el mismo problema, pero fue un gran éxito. A pesar de los presagios tan negativos que se hicieron, la realidad es que fue totalmente aceptada. De unos 13 millones de alumnos, tuvimos sólo 50 casos difíciles, todos ellos ya arreglados, y sólo un par de alumnos, en total, fueron expulsados. Lo que las feministas norteamericanas que me critican no entienden es que a las chicas musulmanas que no querían ponerse el velo las familias las obligaban, diciéndoles que de otra manera no serían buenas musulmanas. Ahora que todas tienen prohibido llevarlo a clase, listo... Todo el mundo obedece la ley y no hay ningún problema. Por el contrario, ayudó mucho en la lucha contra el racismo.
-¿Qué hay de la reforma del sistema educativo?
-Si hoy me volvieran a ofrecer ser ministro, me aseguraría de tener el total apoyo del presidente, porque sin él no se puede hacer nada. Yo propuse la reforma del sistema educativo, pero salieron unos pocos estudiantes a manifestarse, unos dos mil, y Chirac me la hizo retirar, para ganar las elecciones regionales que se estaban por llevar a cabo. Igual perdió, y nos quedamos en el peor de los mundos, sin reforma educativa y sin victoria electoral.
-En una entrevista reciente sostuvo que el cambio era fundamental porque "se están formando eternos Peter Pan". ¿Por qué es así?
-Porque nuestra educación quedó impregnada con lo peor del espíritu de Mayo del 68, que creó a la juventud como una nueva clase social cuyo mensaje al mundo es el negarse a madurar. Heredamos del 68 las herramientas pedagógicas basadas en el juego y la diversión para los chicos, olvidando el sacrificio y autoexigencia que los ayudan a convertirse en adultos. El objetivo de la escuela es educar. Por eso los mejores profesores no son los más populares y simpáticos, que quieren quedar bien con todo el mundo, los que los chicos consideran uno de ellos, sino aquellos que los obligan a sobreponerse y madurar, aun en las materias que, en un principio, rechazan. Son grandes cuando nos abren universos que nos eran desconocidos, pero no son demócratas.
-¿Qué opina de la definición de filosofía que se da en la escuela?
-En la escuela, los profesores nos enseñan que la filosofía es la reflexión crítica. Hasta hace unos años enseñaban que filosofía era reflexión. Paul Ricoeur, por ejemplo, que falleció recientemente, decía que es el arte de hacer preguntas. Yo no creo nada de eso. Las grandes filosofías son geniales en las respuestas que dan, no en las preguntas, y sobre todo en las respuestas que dan al tema de la salvación, aquello que nos salva de lo finito de la muerte, como religiones sin Dios.
-¿Cómo es lo de la salvación?
-La tesis que yo defiendo es que todas las filosofías, sin excepción, incluso las doctrinas materialistas, son doctrinas de la salvación. La única diferencia con la religión es la ausencia de Dios. La religión promete la salvación por un Otro divino, en una situación en la que lo que más miedo nos da es la muerte. Lo que busca la filosofía es vencer y dejar atrás ese miedo.
-Pero usted también sostiene que vivimos una época en la que lo sagrado es fundamental, ¿verdad?
-Sí, pienso que estamos en una época en la que tal vez se concede a lo sagrado más importancia que nunca, pero descubriéndolo en formas inéditas, especialmente a través del amor en la familia moderna. Hemos pasado de lo que podría llamarse una trascendencia vertical a otra horizontal. El ser humano concreto es hoy más sagrado que nunca. Hemos desplazado de lugar a lo sagrado, pero sigue ahí, y es más fuerte que nunca.
-Hablando de la familia, en España hoy la sociedad debate el matrimonio entre parejas homosexuales y la posibilidad de que adopten niños. ¿Cuál es su opinión al respecto?
-Tengo una posición intermedia. Estoy de acuerdo con la adopción de niños por parte de parejas homosexuales. Sin embargo, no estoy del todo convencido de la conveniencia del matrimonio gay. Me parece que es simplemente un intento de imitar una normativa del casamiento burgués. Para muchas personas, el matrimonio tiene un significado que, así, se perdería. Lo que importa es que el sistema permita la unión de homosexuales. Si eso se logra, ¿por qué normativizarlo aún más? De cualquier manera, yo estoy a favor de la reflexión y las situaciones intermedias.
-Finalmente, ¿qué opina del no de Francia a la Unión Europea?
-Bueno, como todos los que votamos por el sí estoy un poquito triste, pero hay que aclarar que lo que ocurrió no es la bomba atómica. Nada cambia por el momento, simplemente nos quedamos en la organización que fue definida por el Tratado de Niza. Aun así, será muy difícil hacer que 25 países puedan trabajar juntos sin nuevas reglas. Gran Bretaña ahora lidera la Unión Europea y lo que Tony Blair va a tener que hacer es rescatar las dos o tres reglas más importantes de la Constitución y empezar a trabajar con ello. La construcción de la Unión Europea es una fuerza histórica muy fuerte, y era demasiado esperar que no fuese a atravesar dificultades en su camino. Yo creo que en unos tres o cuatro años se podrá construir algo que verdaderamente nos permita crecer juntos, algo de cuya necesidad me di cuenta durante mi tiempo de ministro.
Por Juana Libedinsky
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=716877
Un joven lector desprevenido se enfrenta al Ulises de Joyce. Una espectadora neófita asiste a una representación de Esperando a Godot. Grandes pasiones comenzaron así.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
En TLS, una revista sobre libros que se publica en Inglaterra, leo una carta de lector que cuenta la siguiente anécdota. A los dieciséis años, en la biblioteca pública del pueblo, el lector encontró un libro cuyo título era Ulises, la novela de James Joyce. Desconocía por completo el nombre del autor y pensó que se llevaba a su casa un libro sobre el héroe de Homero, o sobre mitología griega.
Durante sábado y domingo no paró de leer y el lunes llevó el libro a la escuela y se lo mostró a uno de sus profesores, preguntándole, con absoluta inocencia, si lo conocía. El profesor, enfrentado con una de las más grandes y famosas novelas del siglo XX, optó por no apabullar al adolescente informándole que cualquiera conocía por lo menos el título y el nombre del autor. Lo felicitó, en cambio, por haberlo leído tan rápido, ya que él mismo había tardado varias semanas.
La anécdota es extraordinaria porque describe un hecho milagroso y raro pero no excepcional: alguien enfrentado con una novela difícil que, de antemano, se diría que es superior a sus fuerzas, la atraviesa a los ponchazos, y descubre que está fascinado por lo que entiende y también por lo que no entiende. Una relación con la literatura comienza muchas veces con libros que no se entienden del todo o no se entienden casi nada. Ofrecen la experiencia que siempre ofrece la buena literatura: saber que hay algo en el libro que se escapa y que por eso vale la pena capturar, por lo menos, lo que no se escapa. Hace muchos años, Oscar Díaz, uno de los grandes diseñadores gráficos de la Argentina, le dijo a una amiga: "Ya sé que ese cuadro no te gusta; pero mirálo hasta que te guste". La frase es tan extraordinaria como la anécdota sobre el Ulises. "Mirálo hasta que te guste" no es un consejo sobre un cuadro, sino una especie de instrucción general para manejarse en el mundo. Y así fue escuchado. El enigma del cuadro podía ser más interesante que seguir mirando los cuadros familiares y más fáciles.
A los dieciséis años (esa edad iniciática) asistí a una representación de teatro de vanguardia; la obra, Esperando a Godot, era casi tan famosa como el Ulises, pero no para mí que tampoco conocía a los actores Jorge Petraglia y Leal Rey. No había leído ni una línea de Beckett, ni sabía quién era. Salí del teatro como si hubiera pasado dos días en una nave interplanetaria. Por supuesto, no podía decir una palabra sobre lo que había visto, ni siquiera contar someramente el argumento; pero estaba convencida de que la experiencia iba a tener consecuencias graves, como cuando se cruza un límite, aunque no se tenga idea de dónde se está entrando. Un amigo me contó algo parecido, que le había pasado con una representación de Edipo Rey (años después llegamos a la conclusión de que había sido muy mala), cuando Edipo grita los versos de Sófocles y se arranca los ojos. Lo que más lo impresionó era que alguien, en lugar de matarse, se arrancara los ojos al descubrir que había asesinado a su padre, se había casado con su madre y sus hijos eran sus medio hermanos, y todo porque su padre lo había abandonado al nacer temiendo justamente que esas cosas sucedieran. Nada más extravagante y retorcido para alguien de dieciséis años que tampoco ignoraba a Freud y su complejo de Edipo.
El hecho de que la literatura o el teatro fueran un mundo de chiflados, incomprensibles, radicalmente diferentes, en lugar de alejarnos a mi amigo y a mí nos pareció que prometía algo que no íbamos a encontrar en otra parte. Y, además, muchas cosas indecentes y prohibidas, lo cual era un argumento suplementario a favor. A veces la formación de un lector de literatura pasa por el enigma imposible de resolver, por la aceptación de que lo que se está leyendo queda lejos y es exótico. Como si se tratara de una fortuna millonaria o de la capacidad para jugar bien al fútbol o al tenis, capacidad que no se posee, pero que se admira. Si alguien puede describir minuciosamente un auto que nunca podrá comprarse, también puede mirar un libro que quizás nunca llegue a dominar del todo.
http://www.clarin.com/diario/2005/06/26/sociedad/s-1002814.htm
ROXANA LEVINSKY, INVESTIGADORA
El legado de aquellos inmigrantes que vinieron de Europa y Oriente hace un siglo muestra la trayectoria de hijos, nietos y bisnietos que pudieron concretar y superar muchos de los sueños de sus abuelos.
Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com
# El historiador Luis Alberto Romero recuerda un dato singular del primer centenario de la Argentina: cada colectividad tuvo allí su monumento y homenaje y mostró lo que traía "de los barcos". Faltó sin embargo el reconocimiento del aporte judío, que ya era importante...
—Hay que tener en cuenta que esa primera ola de inmigración judía —que tiene su momento fundacional desde 1889, cuando llega al puerto de Buenos Aires el vapor alemán Wesser que trae el primer gran contingente de más de cien familias, gracias al acuerdo del barón Hirsch con el gobierno de Roca y llega hasta 1910— venía desde distintas regiones de Europa, en su mayoría escapando de guerras y los "pogroms". Esa ola no tenía una presencia urbana: eran colonos agrícolas y no tenían visibilidad en la ciudad.
# ¿Qué es lo que trae esa primera ola de inmigrantes?
—Básicamente, eran gente humilde, que venía con una Biblia y un violín bajo el brazo, y sus conocimientos eran centralmente agrarios y campesinos. Porque, si bien los judíos históricamente, se sabe, no fueron un pueblo apegado a la tierra, precisamente porque fueron siempre expulsados de esa posibilidad de ser propietarios de su tierra, naturalmente tendieron a asentarse en las ciudades. Sin embargo, esos saberes que traían, porque de eso trabajaban en esa Rusia campesina, los transportan a la Argentina, y esa primera utopía agraria, que se da aquí por primera vez (era la primera vez que podían acceder a ser propietarios de tierra), genera un aprendizaje y un aporte en lo que es el cooperativismo, la siembra, la productividad rural. En esa primera etapa vamos a ver a los primeros molineros, alambradores, fabricantes de carros, talabarteros, los "cuentenik" o vendedores ambulantes.
# Es la historia que se cuenta en Los gauchos judíos.
—Así es. Y es interesante que en esa primera oleada ya los hijos entran en conflicto con esos padres. En algunos casos hay un corte traumático. Una escena verídica lo grafica: el bisabuelo campesino, estudioso de la Torá, ese libro único y sagrado, que venía de trabajar, de romperse el alma en el campo una tarde de verano, llega extenuado y ve a sus hijos tirados leyendo. Todos leyendo. Y el bisabuelo los echa literalmente a patadas del campo, porque los considera vagos. ¿Cuál es la vagancia? Que están leyendo. Pero que están leyendo, no la Torá, sino "libros paganos". Es una escena muy significativa, porque esos hijos rompen con la tradición del libro sagrado y rompen con la cultura agraria campesina, se van a los pueblos y ciudades a estudiar y trabajar. Todos ellos serán maestros.
# ¿Empiezan a distanciarse también de la tradición judía para poder sentirse argentinos?
—Así es, porque la educación, esa escuela sarmientina que atraviesa tan fuertemente a todos los inmigrantes, y a los judíos por supuesto muchísimo, es lo que los va haciendo apasionadamente argentinos. Estaban tomados por la problemática del arraigo y el desarraigo. Y querían terminar con esa asociación entre el ser judíos y ser perseguidos.
# ¿Qué ocurre entonces en esa primera migración interna del campo a la ciudad?
—Encontramos allí una segunda camada de inmigrantes, entre los hijos que se fueron a la ciudad y ya son no campesinos sino peones, obreros, artesanos, comerciantes y los que llegan al puerto y se quedan en la ciudad. Aparecen los conventillos, con sus mezclas de inmigraciones, sabores y culturas, y también los sastres, los zapateros, la participación en los primeros sindicatos y también en las fuerzas políticas de izquierda, el Partido Socialista y el Partido Comunista. De allí viene una energía transformadora que se volcaría en distintos campos: el político, el científico, el cultural y artístico.
# ¿Cómo se manifiesta esa necesidad de arraigar y transformar los marcos de referencia?
—Hay una anécdota muy linda de un inmigrante que llega en 1908, el 18 de mayo de 1908. A la semana se inaugura el Teatro Colón. Y él, amante de la música, paga su entrada. Inmigrante pobre, como la mayoría. La puesta era la ópera Aída y él le pone Aída a su primera hija que nace en la Argentina. Y el hijo que va a tener Aída va a ser, años más tarde, director del Colón.
# Mientras tanto, ocurría también que eran tratados con desconfianza o prejuicio por la clase dirigente de esa época. Se recuerda siempre que eran los tiempos del libro La Bolsa, de Julián Martel, en el que se retrata de manera denigrante y estereotipada al judío que llegaba.
—Es cierto que frente a esa realidad se imponía la discriminación en cierto ámbitos, sobre todo en las instituciones tradicionales y los lugares de poder, y se escribían algunos libelos antisemitas. Pero eran la evidencia de algo que ya estaba ocurriendo y no se podía detener. Y de las contradicciones de esa dirigencia, que por un lado quería recibir esa afluencia de mano de obra, imbuida del ideal sarmientino y alberdiano, y por otro veía a esos contingentes como una amenaza.
# ¿Y no representaban una amenaza a aquel orden establecido?
—En cierto modo así fue. Ibamos hacia la Argentina moderna, pero entrábamos por una puerta también muy conservadora. Los inmigrantes ya podían en teoría ocupar otras posiciones, pero cuando participaban políticamente sufrían la discriminación y también persecuciones y hechos como la Semana Trágica.
# Esta clausura de las compuertas de la democratización política ¿cómo impacta en los hijos de esos primeros inmigrantes?
—Ellos son una tercera camada, la de los nacidos en las décadas del 30 y 40; muchos de cuyos padres ya eran profesionales. Hay una mayor cantidad de intelectuales participando activamente de la vida cultural argentina, o que por lo menos ya estaban peleados con la vieja tradición. Y llega una última ola inmigratoria, por esos años, que viene con un mayor nivel económico y cultural —muchos vienen escapando del nazismo, otros son los sobrevivientes del Holocausto— y tienen una relación más libre con la pertenencia. Ya no es tanto el problema de la culpa o de la necesidad de la ruptura, sí el de la recuperación
# Aparecen otros dilemas cuando se crea el Estado de Israel...
—Así es. Ahí veremos a quienes observan aquel proceso como la consumación del judaísmo y quienes se asumen definitivamente como judíos en la diáspora y asientan su judaísmo en esa condición a la vez cosmopolita y argentina.
# ¿Cómo se rescata hoy esa identidad en las camadas jóvenes, los nietos y bisnietos que quieren conocer aquellos orígenes?
—Lo gastronómico es muy fuerte. Hay en muchos un rescate de festividades como la de Pesaj, que es la fiesta de la liberación, y se festeja cuando algún familiar lejano invita. Los libros, lecturas que pudieron haber quedado de algún abuelo. Algún viaje. Sobre todo, la necesidad de recuperar relatos, de preguntar a los mayores por los que ya no están, cómo fue aquella historia.
# ¿Con qué nos encontramos cien años después, pensando en el Bicentenario y ese homenaje que entonces no se hizo?
—Con una rica trayectoria de historias de vida que se eslabonan y marcan una orgullosa tradición. También nos encontramos con una sociedad muchísimo más pluralista, democrática y abierta. Se fueron superando y derribando las manifestaciones del prejuicio, siempre marginales y minoritarias, aunque fueran esgrimidas desde ámbitos de poder o se fomentaran interesadamente.
# ¿Se realizaron aquellos sueños?
—Yo creo que sí: el imperativo de la educación estaba presente; el de tener un lugar donde arraigar, crecer, estudiar. El imperativo de la inserción cultural y social anidaba también en esos primeros inmigrantes. Ellos lo ligaban a conservar la tradición y la religión, eso se perdió bastante. La Argentina inmigrante del trabajo con tesón, la del esfuerzo con promesa de arraigo y ascenso social, los ideales de un mundo mejor Si uno calibra, cerca del Bicentenario, la cantidad de judíos que están ligados al campo cultural y científico, de la palabra, del pensamiento, del conocimiento y del arte, confirma que esa participación es inmensa. Es una utopía que se concretó, aun enfrentando terribles dolores y pérdidas, y que pudo realizarse de un modo tal que pondría orgullosos a aquellos antepasados.
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Lo afirma el pediatra Miguel Larguía
“Lo que aprendí con el paso de los años es que la misión del médico es curar a veces y consolar y acompañar siempre. Quien pretenda ser un buen médico lo primero que tiene que perder es la omnipotencia. Debe dejar de creer que lo sabe todo y que no debe consultar con nadie. Omnipotencia es soberbia, y un buen médico se reconoce no por lo que sabe, sino porque consulta mucho”, afirma Miguel Larguía, médico pediatra y neonatólogo, fundador y ex presidente de la Asociación Argentina de Perinatología y presidente de la Fundación Neonatológica para el Recién Nacido y su Familia.
Hijo de la educación pública, Larguía se recibió de bachiller en el Colegio Nacional de Buenos Aires, se graduó con honores en la Facultad de Medicina de la UBA y recibió lecciones de humanismo y humildad de quienes han sido, para él, los mejores maestros: su padre, Alfredo Larguía, médico pediatra que recibió los máximos honores a los que se puede aspirar en medicina, y el recordado Carlos Gianantonio, para quien tiene palabras de admiración: “Gianantonio vivía en el hospital. Tenía una capacidad intelectual enorme y una gran generosidad y capacidad de entrega. Y, además, tenía una gran vocación de formador. A quienes trabajamos a su lado, él nos hizo distintos."
Desde hace más de treinta años Larguía se desempeña como jefe de la División Neonatología de la Maternidad Sardá. Allí instrumentó el programa "Maternidades centradas en la familia", una concepción novedosa que obliga a revisar y repensar la dinámica y el funcionamiento clásico de una maternidad.
"Con nuestro programa quisimos dejar en claro que los verdaderos dueños de casa de los hospitales no somos los médicos ni el director. No lo es el secretario de Salud Pública, sino las mujeres embarazadas y sus hijos. Cuando un médico parte de esa base, tiene que reformular el organigrama hospitalario, la planta física, las normas, el acceso de las visitas, etcétera", explica Larguía, y añade que como el objetivo central es el respeto al paciente y la humanización de la asistencia, se busca la participación activa de los padres. Ellos, a su vez, se convierten en los mejores auditores y monitores de la salud de sus hijos. Otras ideas del programa son los planes especiales de visitas para hermanos y abuelos, el entrenamiento en cuidados especiales de la madre que se interna con su hijo y la creación de una residencia para que las madres de los prematuros enfermos puedan vivir en ellas, a veces durante meses, hasta que llega el alta médica.
Hoy, la Maternidad Sardá es un centro perinatal de referencia en la Argentina, un modelo que, además, está siendo imitado en varios puntos del país. Fue destacada como Primer Hospital Amigo de la Madre y el Niño, por iniciativa de Unicef y la Organización Mundial de la Salud (OMS). "Ya vamos por la tercera certificación, y cada cuatro años hay que renovarla. Esto no es un premio. Cuando uno recibe esa placa, adquiere un compromiso."
Larguía, premio Konex 2003 en Ciencia y Tecnología, recibirá en los próximos días el premio Servidores Públicos 2005 -otorgado por el Rotary Club de Buenos Aires, Conciencia, Poder Ciudadano, Foro Sector Social, LA NACION y el Grupo Clarín- por el conjunto de su labor volcada a la sociedad.
-¿Cómo define el concepto "salud"?
-Salud es mucho más que ausencia de enfermedad. Salud es ser libre, vivir en un país democrático, tener libertad de expresarse, tener derecho a trabajar, tener derecho a vivir, ser capaz de amar y ser capaz de ser amado. Hay muchos sanos que están gravemente enfermos, y hay muchos gravemente enfermos que son un ejemplo de vida.
-Lamentablemente, siguiendo ese criterio habría que decir que muchos argentinos no están hoy día muy sanos...
-Yo diría que la mayoría no lo está: los excluidos, los postergados, los que se encuentran por debajo de la línea de pobreza, más los soberbios, los omnipotentes, los egoístas y los materialistas. Desgraciadamente, los argentinos no hemos aprendido las lecciones recibidas. Cometemos los mismos errores y nos cuesta cambiar. No hay nada más difícil en la vida que cambiar, y el mediocre se aferra al no cambio.
-En la actualidad hay problemas de accesibilidad, de cobertura y de calidad: alrededor de 20 millones de compatriotas están fuera del circuito de prepagas y obras sociales...
-Este es un problema de nuestra irracionalidad, porque en nuestro país no es poco el dinero que se destina a la salud. La Argentina destina al área mucho más dinero que otros países vecinos, como Chile, y tenemos resultados mucho peores. Lo que sucede es que se necesitan políticas de salud que tengan sentido común, que se basen en evidencia científica, que contemplen la incorporación de tecnologías apropiadas y que sean equitativas. Acá hay medicina de primera y medicina de quinta. El defecto más grande de nuestro país es, justamente, el federalismo. Es inaceptable, para la educación y la salud, que haya áreas de primera, como la ciudad de Buenos Aires, Neuquén o La Pampa, y provincias postergadas, como Formosa, Chaco y las del noroeste argentino. El federalismo atenta contra la aplicación del concepto de regiones sanitarias, que permitirían el uso inteligente de los recursos, niveles de complejidad básicos para medicina preventiva, niveles intermedios y niveles altos, para la alta complejidad. Los hospitales, hoy, son expulsivos. La gente deja de ir a los hospitales no porque le falte criterio o sentido común, sino porque allí es, las más de las veces, maltratada, y esto hace que la medicina en la Argentina no sea equitativa.
-Si no es por una cuestión de recursos económicos, ¿por qué cree que no se toman las medidas necesarias para revertir esta situación?
-Porque la salud no es prioridad para ningún político y porque con la salud no se ganan votos. Se ganan más votos con los subsidios para gente que después corta las rutas, o con aumentos para los jubilados, pero tanto la salud como la educación no tienen un efecto inmediato, sino muy a largo plazo. Y las consecuencias están a la vista. Para ningún gobierno la salud ha sido una prioridad: puede decir que la asistencia materno-infantil es prioritaria, pero después no actúa en consecuencia, no hace nada más allá del enunciado. A eso hay que sumarle el tema del federalismo: el Ministerio de Salud puede proponer leyes inteligentes que nunca se cumplan, porque las provincias se comportan como países independientes y muchas de ellas -nuevamente por razones de conveniencia política- no instrumentan las leyes. Hay una ley conocida como "de garantía de calidad de atención", que está muy bien escrita... Lo único que falta es que se cumpla.
-¿Advierte, además, que se ha degradado el ejercicio de la medicina?
-Se ha vuelto más mediocre porque se ha pauperizado. Los médicos están cada vez peor pagados. Para alcanzar haberes mínimos que les permitan vivir con la dignidad que merecen se ven obligados a trabajar en muchos lugares, a realizar muchas guardias, y esto no sólo les impide su realización profesional, sino que les veda el acceso a la capacitación continua. Entonces el médico se vuelve más mediocre, y cuando a una persona le ocurre eso, queda expuesta a la corrupción. Esto es lo que sucede hoy en nuestra medicina, con distinguidísimas excepciones. La desproporción entre médicos y enfermeros es otra muestra de irracionalidad. Los enfermeros no están jerarquizados socialmente ni económicamente. Entonces, no hay un estímulo para que la gente capaz opte por este tipo de carrera. Hay cuatro médicos por cada enfermero, cuando la relación debería ser exactamente la inversa. Esto se resuelve jerarquizando económica y socialmente a la enfermería, que es un recurso humano crítico para cualquier especialidad, y fundamentalmente para la neonatología.
-¿Qué se necesita para que un hospital público funcione bien?
-No es difícil hacer que los hospitales públicos funcionen bien: hay que definir su misión y tiene que haber una buena gestión. Si no hay objetivos, es difícil gerenciar los recursos humanos y económicos, y es más difícil aún hacer esto cuando los cargos de conducción son políticos. Tampoco existe la evaluación de resultados, algo que cualquier empresa hace. En el caso de la Sardá, tenemos sistemas informáticos, obtenidos vía fundaciones y empresas, que nos permiten saber exactamente qué cosas deben mejorarse, cuáles son las prioridades, cuáles tienen que ser los objetivos y qué tecnologías son las apropiadas. Además, debo admitir que los poderes gremiales dentro de los hospitales son fuerzas de protección de la estabilidad laboral, en contra de la capacitación y de la jerarquización económica por educación. Uno se jerarquiza en los hospitales públicos por envejecimiento, y esto es la antítesis de lo que cualquier empresa haría. Cualquier empresa premia al bueno y se desprende del malo. Bueno: nadie es despedido del hospital, a nadie se le pide resultado de su gestión y nadie es jerarquizado económicamente por su capacitación. Y esto, lógicamente, no va de acuerdo con el derecho a la salud.
-¿Se puede afirmar que estamos en un estado de emergencia sanitaria?
-Yo diría que nunca hemos salido de esa situación. Siempre hemos estado en crisis. En cuanto a lo que yo mejor conozco, que es la asistencia materno-infantil, tenemos los dos aspectos más inaceptables: megamaternidades que atienden a más mujeres embarazadas de las que deberían atender y que, en consecuencia, tienen megaproblemas, y minimaternidades donde por año nacen cien personas, que no tienen ni la capacidad ni el equipamiento indispensables. Entonces, tenemos dos cosas ridículas: megamaternidades con más partos de los que se puede atender, y minimaternidades donde nacen demasiado pocas personas como para justificar equipamiento y especialistas.
-La Sardá es una maternidad de gran dimensión que suele atender a mujeres de bajos recursos. ¿Llegan ahora, además, mujeres de clase media empobrecida?
-La Sardá atiende más personas de las que puede atender, porque no rechaza a nadie. El año pasado, por ejemplo, atendimos a 7000 recién nacidos. De hecho, es una cifra demasiado alta para nuestra infraestructura, servicios centrales y recursos humanos. La población sigue siendo de muy bajo nivel económico y social. En realidad, nosotros recibimos a la gente que sufre el colapso hospitalario del Gran Buenos Aires. Este es otro ejemplo de lo que no debería ser. Los argentinos están separados por la General Paz. Los argentinos de primera, por un lado, y los argentinos de segunda, por el otro. Debería haber una región sanitaria Buenos Aires, en la cual podrían confluir presupuestos nacionales, provinciales y del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Entonces se regionalizaría, se establecerían los niveles, los centros de atención primaria y se desarrollarían los programas de medicina preventiva y anticipatoria. En cambio, a nosotros nos llegan 1300 mujeres de Lomas de Zamora, que tienen que viajar, pierden tiempo, no tienen recursos para pagarse el transporte... Todo esto es porque hay un Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires con sus hospitales y una provincia de Buenos Aires con sus hospitales, y entre nosotros, los argentinos, no hay diálogo, no hay convenios y no hay, insisto, una región sanitaria.
-¿De qué manera la situación económica y social del país impacta en el estado físico, psíquico y emocional de las madres y sus hijos? ¿Cuáles son los problemas que más le llaman la atención?
-El peor impacto ha sido el embarazo adolescente. En nuestro caso, el siete por ciento de las madres tienen 17 años, o menos. Son madres-niñas que tenemos que atender en forma muy integral para que una historia de tragedia cambie su sentido, para que ellas completen su educación, hagan planificación familiar, reciban apoyo psicológico y hagan prevención de conductas adictivas o de riesgo, para que el día de mañana no tengan muchos hijos con escolaridad incompleta y sin acceso laboral.
-¿Y el estado nutricional de los pacientes?
-Una de las cosas que observamos en la ciudad de Buenos Aires es que el problema no es la desnutrición, sino el sobrepeso. Nuestros niños están gordos. Son petisos por desnutrición crónica, pero gordos porque pueden acceder solamente a comidas hipercalóricas e insuficientes en proteínas. Un enorme porcentaje de ellos tiene anemia por falta de hierro, lo cual compromete su desarrollo intelectual y los hace más susceptibles a infecciones. El impacto para su desarrollo intelectual es para toda la vida. Los niños que en los primeros dos años tuvieron anemia por falta de hierro tienen condicionado su aprendizaje y su futuro de por vida. No digo que sean irrecuperables, pero nunca van a alcanzar el nivel que hubieran alcanzado.
Por Astrid Pikielny
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=715824
Por Sandra Russo
En la clase de Castellano de primer año del secundario, la profesora preguntó quiénes leían. Levanté la mano junto con un par de compañeros. Ella me preguntó qué estaba leyendo. “Una de Corín Tellado”, le contesté. Hubo unas risas generales que acompañaron la cara desconcertada de la profesora. Supuse que mi respuesta no era un carta ganadora y maldije mi ímpetu participativo. Pasaron dos meses, y una tarde la profesora, antes de irse del aula, me volvió a preguntar con una ligera sorna y un tono casi compasivo: “¿Y ahora qué estás leyendo?”. No sin cierto temor a provocarme un nuevo contratiempo, susurré: “Una de Dostoievsky”. Ella se quedó mirándome. “¿Cuál?”, preguntó. Crimen y castigo, confesé. Puso la palma de la mano en mi mejilla, y sonrió. “Vas bien”, dijo.
Nunca supe por qué leía de chica. En mi casa no había libros. Había, bueno, una enciclopedia que hacía juego con los muebles del comedor, y una Historia de Grecia y de Roma en dieciséis tomos que nadie en dos décadas se ocupó de abrir. Las novelitas de Corín Tellado me las había empezado a comprar en el kiosco de la esquina no bien me cansé de leer Susy, secretos del corazón. Las recuerdo como películas porno, en las que la trama nunca importa. Pasaba rápidamente las hojas de peripecia y circunstancia para llegar a los párrafos en los que él se inflamaba de deseo y ella lo detenía justo antes de ceder a su pasión. Cómo apareció Dostoievsky, no tengo la menor idea. Sí recuerdo que con Crimen y castigo me sentía Jo, la de Mujercitas, arrobada, leyendo, comiendo manzanas deliciosas mientras el tiempo pasaba en el altillo. Jo fue la primera lectora cuya descripción leí. Y lo que me había atrapado de esa descripción era la fuga, el receso, la tregua que para esa niña suponía entrar en una trama imaginaria y lograr que la realidad se diluyera.
“Escribir es una forma de libertad personal. Nos libera de la identidad colectiva que vemos forjarse a nuestro alrededor. Al final, los escritores escribirán no para ser héroes proscriptos de alguna subcultura, sino para salvarse a sí mismos, para sobrevivir como individuos.” Esto se lo escribió John de Lillo en una carta a Jonathan Franzen, que era joven, novelista, exitoso, mediático, buen mozo, culto, colaborador del New Yorker, best seller y, así y todo, estaba deprimido. Muy deprimido. Franzen es autor de un ensayo que causó bastante revuelo hace unos años cuando lo publicó en Harper’s Bazaar. Se llamaba “¿Para qué molestarse?”. Es inevitable no asociarlo con el inolvidable Crack Up de Fitzgerald, sólo que esta vez el autor no se miraba trágica y genialmente el ombligo, sino que desnudaba un cuadro de situación general. Era un largo y nutricio análisis de la posición actual de la novela en el campo cultural norteamericano. Era fundamentalmente la admisión de que los novelistas ya no son quienes cambiarán nada, que el ámbito de influencia de una novela es cada día más acotado y pequeño, y que mientras lectores y escritores siguen encapsulados en su fascinación por las tramas y los estilos, las nuevas tecnologías se ocupan de hacer el lifting cultural en millones de consumidores que no tienen conciencia de sí. Los escritores pueden cosechar fama y prestigio, algunos pocos hasta ganar dinero, pero la novela como producto cultural ya no es ni masivo ni decisivo. Salvo artefactos editoriales mayúsculos, como Harry Potter o Memoria de mis putas tristes, ningún lector invierte ansiedad en la expectativa de una próxima novela. La no ficción ha reemplazado a la tregua de la lectura de ficción. La lectura ya no es un viaje hacia una dimensión imaginaria, sino un baño de inmersión en la realidad y el intento de salir un poco más airosos de nuestras confusiones.
“Ya había comprendido que la promoción o el trayecto en limusina a una filmación de Vogue no eran simples complementos. Eran el premio principal”, decía Franzen, con el desasosiego de quien se había tomado demasiado en serio a sí mismo. “El novelista tiene cada vez más cosas que decir a lectores que cada vez tienen menos tiempo de leer: ¿dónde encontrar la energía de influir en una cultura en crisis, cuando la crisis consiste en la imposibilidad de influir en la cultura?”, se preguntaba Franzen en el artículo del Harper’s. Y es una gran pregunta.
Un gran cuchillo que no vemos y que no empuñamos ha dividido la torta en tres. De un lado, el más pequeño, como el de los que no saben o no contestan en algunas encuestas, están los fieles a la letra escrita. Del otro, están los que sólo buscan calmarse: entretenerse de lo insoportable con los medios electrónicos que no demandan esfuerzo intelectual y ofrecen como mercancías valiosas desde traseros femeninos pintados con flúo hasta hombres rata disfrazados de araña. Y, finalmente, están los que no pueden elegir, porque están mucho más atrás de cualquier posibilidad de elección cultural.
Shirley Heath, antropóloga y lingüista de Stanford, se pasó una década, los ’80, recorriendo “zonas de transición forzosa” como aeropuertos, transportes públicos, salas de espera o lugares de veraneo entrevistando a gente a la que veía con libros “serios” en sus manos. Quería saber, Heath, por qué esa gente lee, cuando la lectura de ese tipo de libros parece hoy una forma de resistencia a las inercias de la época. Su investigación la llevó a concluir que hay dos tipos de “lectores resistentes”: aquellos para quienes el hábito de leer fue “firmemente inculcado” en la infancia, como un don familiar, como un rasgo de aristocracia cultural relativa al “buen uso del tiempo libre”, y aquellos que, más misteriosamente, han sido niños “socialmente aislados”, y que han aprendido solos a dejarse acompañar por los autores de los libros que han leído. De este segundo tipo de lectores es del que, según Heath, suelen salir los escritores.
Leer y escribir son dos acciones humanas vinculadas en la primera de sus acepciones a la alfabetización. Cuántas personas en una sociedad son capaces de codificar y decodificar letras es uno de los índices que miden cierto estado de las cosas. Pero leer y escribir, en una segunda capa de esa cebolla, implica actualmente otro tipo de actividad intelectual que roza, en el mundo del mercado, la bancarrota. De ahí la gran pregunta de Franzen y el origen de su perturbación: si nuestra cultura de mercado se las ha ingeniado para pertrecharse contra toda influencia cultural, ¿de dónde sacar la energía para influir sobre ella? ¿Con qué artilugios o atributos seductores se puede desenmascararla? ¿Con qué piedra se puede romper el hechizo de la parafernalia electrónica? ¿Cómo dar cuenta de esos otros mundos paralelos que se baten a duelo mientras las nuevas generaciones se internan cada vez más en el reino de lo literal, lo instantáneo, lo ligero? ¿Cómo escapar del presunto elitismo al que lectores y escritores son condenados por los organizadores anónimos de esta triste gran fiesta?
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-52841-2005-06-25.html
Reflexiones del teórico de los "no lugares"
PARIS.– “Es estúpida la idea de que la multiplicación de los contactos con el exterior es una amenaza contra la identidad, algo que se escucha a menudo”, afirma el etnólogo Marc Augé.
“Creer esto presupone que hay una identidad desde siempre constituida así, y nunca fue el caso”, explica el autor de “Hacia una antropología de los mundos contemporáneos” y “Travesía por los jardines de Luxemburgo”, entre muchas otras obras.
Para Augé, que prefiere decir que su disciplina es la antropología, ya que, desde su punto de vista, “es como una etnología comparada porque se define empíricamente por el objeto intelectual y no por el tipo de poblaciones que estudia”, siempre ha habido crisis de identidad, individuales y colectivas.
“No hay identidad sin la presencia de los otros. No hay identidad sin alteridad”, subraya.
Augé es también el autor de “Los no lugares, espacios del anonimato”, donde observa los aeropuertos y los complejos cinematográficos organizados para olvidar y perder la identidad. Esos “no lugares sin historia que afectan nuestras representaciones del espacio, nuestra relación con la realidad y nuestra relación con los otros”, dice.
“La identidad se construye en el nivel individual a través de las experiencias y las relaciones con el otro. Eso es también muy cierto en el nivel colectivo. Un grupo que se repliega sobre sí mismo y se cierra es un grupo moribundo", sostiene este intelectual, de 70 años.
-En defensa de la identidad se evocan a menudo "las raíces" de un pueblo o una nación?
-Esta metáfora de la raíz se asimila a la idea de tierra de los orígenes? Sin embargo, en la mayoría de los casos, la historia trata de grupos que se movieron. Se reivindica una identidad en parte ilusoria y se la cree amenazada precisamente porque no se llegan a admitir las relaciones de alteridad. No es la alteridad la que pone la identidad en crisis. La identidad está en crisis cuando un grupo o una nación rechaza el juego social del encuentro con el otro.
-Su objeto de estudio es la sociedad. ¿Qué es lo que percibe en la sociedad contemporánea?
-Estamos en una sociedad de consumo, que define nuevos modos de individualidad. Se asocia menos a la idea del capitalismo la del individuo emprendedor, a pesar de que esta imagen existe aún. En el nivel de las grandes masas, portarse bien es consumir mucho. El índice de consumo es el índice de salud de un país. El consumo se dirige a individuos tipo, que son la imagen de los consumidores. Tenemos interlocutores ficticios en la televisión, pero que cumplen un papel importante para el consumidor. Hay gente que no soportaría vivir sin tener su cita diaria con el noticiero o con el reportaje del sábado. Esta relación estructura el tiempo.
-¿Cree que es un problema la relación que tenemos con la imagen?
-Pasamos gran parte de nuestro tiempo reconociendo a gente que no conocemos. Es una experiencia sin precedente, inédita. ¿Cuál es el carácter de la relación que hoy podemos tener con estas imágenes, que no son puras invenciones? A diario veo por la televisión a Chirac, Bush o Putin. ¿Cuál es la naturaleza de esta relación? Es, a la vez, familiar e ilusoria. El hecho de que este mundo de imagen ocupe una importante parte de mi tiempo hace que me plantee un verdadero interrogante.
-¿Sobre la importancia de la imagen para cada individuo?
-Hay una sobrevalorización constante de la imagen. Los que están en la pantalla tienen una forma de existencia más fuerte, desde un cierto punto de vista, porque millones de personas los reconocen. De ahí el sentimiento de que hay que pasar a través de la imagen para existir. La mejor manera de cautivar a las audiencias es darles la impresión de que pueden estar en la televisión. De ahí el éxito de los reality shows.
-¿Surgen nuevas formas de relación en la sociedad actual?
-Estos nuevos modos de relación están ahí y van a multiplicarse y perfeccionarse aún más. No sólo hay que vivir con ellos, sino que hay que quererlos. La paradoja es que, en efecto, estos nuevos medios de comunicación multiplican tanto las posibilidades de relación con el exterior que pueden producir una especie de vértigo y, quizá, de soledad.
-¿Hay que adoptar y querer las nuevas tecnologías?
-Las nuevas tecnologías de comunicación, en cuanto medios, son algo extraordinario, que multiplica las posibilidades. Ahora bien, por su éxito y por los modos que toman en la sociedad de consumo, puede ocurrir que los medios se conviertan en un fin en sí, bajo diferentes aspectos. Pienso que no hay que perder de vista que los medios de comunicación son medios y que las imágenes son imágenes. Pero como vivimos en un mundo donde la realidad está repleta de imágenes, podemos dudar acerca de cuál es el nivel de realidad exacta.
-Usted señala un riesgo inherente al sobredesarrollo de las tecnologías, que es confundir los fines con los medios. ¿Cómo sería posible controlar esa relación?
-Sólo intensificando la relación con los medios y con las imágenes se podrá controlarla. Como ejemplo: si se les enseña a los niños a hacer películas, estarán menos alienados con la imagen, porque comprenderán que es algo que se fabrica. Hay que formarlos no como consumidores, sino como creadores. El nuevo humanismo es eso: formar a la gente para que controle los instrumentos. Formarlos para crear.
-¿Cómo debemos tomar, entonces, la comunicación instantánea?
-Sólo como un medio. El carácter instantáneo de la comunicación es uno de los factores que ayudan a la difusión de esa idea según la cual la historia terminó y que no hay nada más por imaginar que lo que existe. Ese sentimiento contribuye al desencanto laico que hay en el mundo. No se espera nada del futuro, no hay perspectivas entusiastas, lo que es sorprendente, porque, al fin y al cabo, todavía tenemos todo por descubrir.
-Usted dijo que todos pertenecemos al mismo planeta. Retomando la expresión de Marshall McLuhan sobre la aldea global, ¿cree usted posible el nacimiento de una sociedad mundial?
-Antes de responder, le haré una objeción. Lo global no es para nada una aldea, cuya definición es la de algo bien preciso, donde cada uno tiene su lugar. "Sociedad mundo" es mejor, pero, de todas maneras, me molesta el término sociedad, que denota algo bastante organizado. Una sociedad también se define por las relaciones de poder y autoridad que circulan. Diría que lo ideal, utópico, sería la "sociedad humanidad".
-¿Cree en el nacimiento de una "sociedad humanidad"?
-Sí. Se lo ve, por ejemplo, en los acontecimientos que crean efectos de solidaridad: el miedo ecológico, la toma de conciencia de que el planeta es un cuerpo físico. En esto se puede ver un tema que concierne a todos de igual manera. Pero, sin embargo, una sociedad incluye un espacio público, donde la opinión pública pueda expresarse. Este espacio no existe en el nivel planetario.
-¿Internet no ocupa ese lugar?
-Internet constituye este espacio de manera fragmentaria, no de una manera coherente. Lo mismo ocurre, por ejemplo, cuando se realizan manifestaciones "altermundialistas" en oposición a las reuniones del G-7. Estos son esbozos de lo que podría ser una "sociedad humanidad", pero esta sociedad no existe aún. Lo que limita la idea de una "sociedad humanidad" es esta ausencia, o fragmentación, del espacio público.
-¿Qué piensa del efecto de solidaridad que causó el reciente tsunami en Asia?
-Es un fenómeno comparable al del 11 de septiembre, en el sentido de que todos los mundos se han visto involucrados. Después de los atentados del 11 de septiembre se ingresó en un estado de guerra civil planetaria. En el caso del tsunami, fue la naturaleza la que generó una conciencia desgraciada y, al mismo tiempo, planetaria.
-¿A qué se refiere cuando dice que se tomó conciencia?
-Se tomó conciencia, y esto fue obligado, de que fue una especie de atajo en referencia a lo que vivimos cotidianamente en situaciones menos dramáticas. Es decir, un mundo subdesarrollado, consumido -como se consumen arena, sol y playa- por turistas mayoritariamente occidentales. Los afectados por el tsunami son países subdesarrollados, si se ve la infraestructura disponible para la población. De cierta manera, el tsunami fue una visión instantánea de todas nuestras inquietudes, preguntas y preocupaciones. El mundo rico y el mundo pobre, las catástrofes naturales y las catástrofes sociales. Las catástrofes naturales hacen más daño allí donde las sociedades están menos organizadas. Este es un hecho planetario. Hubo una especie de condensación del mundo actual.
-La antropología hizo un aporte importante a las ideologías racistas y las prácticas racistas. ¿Cómo lo explica?
-En efecto: la antropología física hizo un aporte, como ciencia, a ideologías racistas. Los nazis medían los cráneos. Pero, desde otro punto de vista, la antropología física actual, la que trabaja sobre los genes, ofrece una conclusión inversa, al mostrar que todos los hombres son, técnicamente, los mismos? En la antropología evolucionista hay etapas: salvaje, bárbaro, civilizado. En esta corriente, los hombres serán en algún momento iguales. Están en diferentes momentos de la evolución, pero tienden al mismo fin.
Por Patricio Arana
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=714868
GLORIA MUÑOZ RAMIREZ, PERIODISTA Y CRONISTA DEL ZAPATISMO
Hace once años fue a cubrir la flamante rebelión de Chiapas y terminó quedándose, integrada. Vive en una aldea chiapateca y escribió El fuego y la palabra, un retrato íntimo del EZLN y el movimiento comunitario que lo sostiene. Este diálogo abre una ventana a otra manera de pensar la historia, el poder y la política.
Por María Esther Gilio
–Llegué a Chiapas el 3 de enero de 1994.
–El ejército zapatista acababa de declarar la guerra.
–Sí, yo trabajaba en Punto, un semanario de izquierda desde hacía tres años y dije que quería ir a Chiapas a cubrir la guerra. Ellos dudaban. Entonces yo dije que, si no me mandaban, pedía vacaciones e iba. Me mandaron. Llego a Chiapas y me encuentro con cientos de periodistas de todo el mundo. El día que llegué, además, entraba en vigencia el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá. Los ojos del mundo estaban puestos en México.
–¿Ya aparecía Marcos como figura visible?
–No, Marcos todavía no aparecía. Era la insurrección, eran los indígenas que se levantaban en armas por sus reivindicaciones que eran: democracia, libertad, justicia, independencia, tierra, salud, educación, paz, derechos de la mujer, derechos a la cultura y a la información.
–Contanos de tu llegada y de cómo te fuiste ubicando. En esa zona, según creo, hay selva y poblados indígenas en la selva.
–Y también montaña. En la selva están las comunidades y en la montaña, el ejército.
–¿Qué parte del pueblo apoya a los zapatistas en Chiapas?
–Más de la mitad del territorio del estado de Chiapas tiene presencia zapatista. En cuanto a mis comienzos ahí, fue llegar e ir tomando contacto con todo. Muy rápidamente fui viendo las carencias.
–¿En qué momento decidís quedarte, o nunca lo decidiste de manera clara?
–Durante tres años, simplemente, me fui quedando. Recogía los datos y me comunicaba por teléfono con mi diario y con la agencia alemana para la que trabajaba. La cosa se resuelve cuando el diario decide regresarme y yo decido que no me vuelvo, que me quedo. Ahí me dicen que en ese caso, debo salir de la planta del periódico, pero si quiero, puedo seguir como colaboradora, lo cual acepto. En el ’94, ’95 y ’96 fui conociendo varias comunidades, mientras mi centro lo tenía en San Cristóbal de las Casas. En el ’96 ya muy prendida en ese mundo, paso dos meses en una comunidad.
–Serías la única blanca.
–No, mestiza. Yo soy mestiza.
–Se supone que todo México es mestizo, ¿no?
–Bueno, no todo. Están los indígenas, que son el 15 por ciento de la población.
–¿Cuál es la situación del mestizo y del indio dentro de México?
–México es un país muy racista.
–¿Qué país no es racista?
–En México el indígena es reivindicado, pero sólo folklóricamente. Sin embargo, a partir del ’94 las cosas han cambiado.
–¿En qué se nota que han cambiado?
–Hay, para empezar, mayor respeto. Ya no se puede ser tan cínicamente discriminador y excluyente.
–Por lo menos da vergüenza serlo.
–Sí, da vergüenza.
–Hablábamos de cómo te fuiste quedando.
–A partir del ’96 voy quedando, cada vez más dentro de la comunidad indígena, rebelde, zapatista. Sólo salgo a dejar una nota para el periódico o para la agencia alemana, o a buscar un cheque o a pagar algo.
–Cuando decís “salgo” ¿a dónde vas?
–Voy a San Cristóbal de las Casas, una de las siete ciudades que tomaron los zapatistas. Que tomaron, pero no se quedaron sino que se regresaron a las montañas.
–Toman la ciudad para mostrar que existen y pueden. Entonces, te vas vinculando más y más con los zapatistas.
–Sí, hasta que llego a sentir que estas salidas –que no son tan importantes– están interrumpiendo mi proceso de adaptación a las comunidades. A finales del ’96 pido autorización a la comunidad zapatista para quedarme por tiempo indefinido. Me dicen que adelante.
–A esa altura ya se había construido una relación.
–Sí, entonces me quedo, aunque sin saber por cuánto tiempo.
–Hoy ya sabés que te quedaste siete años más y no tenés fecha de salida.
–Sí, busqué borrar todo tipo de presión que pudiera empujarme a regresar.
–Contanos cómo se desarrolla la relación entre aquellos que deciden y el resto. Eso que siempre es punto de conflicto en casi todas las sociedades.
–Verás, te voy a hablar de dos estructuras zapatistas. Una que sería la estructura político-militar, que son los campamentos guerrilleros que están en la montaña. Y por otro lado, tenemos la estructura civil de organización autónoma que constituyen las Juntas de Buen Gobierno. La primera, la que está en las montañas, se organiza de manera muy singular.
–Estamos hablando del ejército.
–Sí, un ejército con todo lo que significa jerárquicamente.
–¿Qué es lo singular?
–Que se trata de un ejército que obedece a un mando colectivo, al cual se lo conoce como Comité Clandestino Revolucionario Indígena. Este comité está constituido por representantes indígenas de todas las regiones.
–¿Ellos son los que deciden en el ejército? Quiere decir que...
–... que se trata de un ejército que tiene un órgano supremo colegiado.
–¿Dónde está Marcos en este panorama?
–Marcos es el jefe militar de este ejército, pero no tiene ningún poder de decisión sobre él. El obedece al mando colectivo indígena.
–Marcos tiene una formación bastante importante.
–Es notorio que tiene una muy buena formación, universitaria, probablemente. Pero lo más claro es su capacidad de comunicación. El papel de interlocutor que ha jugado hacia el exterior es muy interesante. Y también lo es el que juega hacia el interior que es diferente. A Marcos le dan el papel de vocero interlocutor. A él le mandan hablar. Y también, a veces, lo mandan callar.
–¿En qué caso le dirían “Te toca callar”?
–Después de que los partidos políticos en México votan una ley contraria al reconocimiento de los derechos y a la cultura indígena, hay un momento de silencio, silencio ordenado por el Comité.
–Se trata de un silencio estratégico.
–Claro, todas las historias de estos 11 años están llenos de palabras y silencios, pero el silencio como parte de la palabra.
–¿Quién inventó algo tan sofisticado y eficaz?
–Esto está en la cultura indígena. Entonces, ¡cuando dicen que esto lo inventó Marcos, claro que no! ¿Cómo habrían sobrevivido 500 años estos grupos indígenas. Cincuenta y seis grupos indígenas?
–Sí, ¿cómo?
–Con un manejo del tiempo diferente, con un manejo del silencio y la palabra, con un manejo del fuego. Con una cosmovisión distinta. Eso es lo que los hace permanecer y resistir.
–Hay una tendencia a pensar a Marcos como el creador de las nuevas técnicas con que se comunican y publicitan las cosas del movimiento zapatista. Es evidente que él es un eslabón –por supuesto que muy hábil, muy inteligente– en una cadena que viene de muy lejos.
–¿Sabes cuál es la virtud de este ejército? Haber sabido respetar este tipo de saber. No haber tratado de imponer cosas, que nada tienen que ver con su historia, con su cultura.
–Sentí esa diferencia en la valoración del tiempo, cuando entrevisté a Rigoberta Menchú y ella habló de la vuelta al hogar de su madre, en las tardes. Había en todos los movimientos que ella describía un ritmo y una paz, que a nosotros nos es desconocida. ¿Cómo se organizaron tantos miles de personas de manera que sólo se supo de su existencia cuando ya hacía años que existían?
–Desde 1983 a 1993 se organizan clandestinamente. ¿Tú te imaginas a mil, a diez mil, a decenas de miles de personas guardando un secreto durante diez años? Fueron 10 años de preparación sin que hubiera una fecha. Sabían que en un momento empezarían a actuar, pero no sabían cuándo. Preparaban y preparaban con este manejo del tiempo diferente. Y nadie sabía, nadie en México, salvo ellos. Cuando aparecieron nos tomó de sorpresa a todos.
–Ellos aparecieron el 1º de enero de 1994. ¿Qué fue lo primero que hicieron?
–Tomaron las 7 cabeceras municipales. Cuando yo llegué, el 3 de enero, estábamos en lo más cruento de la guerra.
–La cual se detuvo y reempezó varias veces.
–Pero sigue hoy. Algo que es fundamental para entender este movimiento es saber que las cosas se manejan y resuelven de manera horizontal.
–Querés decir que se resuelven siempre en asamblea.
–Sí, lo cual significa que esta discusión puede ser eterna, porque no tienen prisa. Sigue hasta que logran el consenso. Ahí deciden la guerra o lo que sea.
–Es decir que las cosas pueden resolverse en veinte minutos o en tres días.
–O de pronto en un mes.
–Un mes discutiendo.
–Ellos dicen “¿por qué vamos a resolver hoy lo que nos ha de afectar toda la vida?”. Y ya está.
–Nosotros vivimos un poco obsesionados por la idea de que es necesario aprovechar el tiempo. Lo cual, tal vez, tiene que ver con nuestra relación con la muerte.
–Este es un movimiento por la vida. Tiene un grito “Viva la vida, muera la muerte”. Es un movimiento que lucha por la vida, la vida con dignidad, no por sobrevivir. Porque llevan quinientos años sobreviviendo.
–¿Cuál sería la dignidad a la que ellos aspiran?
–Ellos piensan que el problema no se resuelve con escuelas, hospitales, carreteras. Que se resuelve con un respeto a los derechos. Han sido burlados durante muchos años y quieren ser escuchados. Ellos dicen: “Nosotros queremos elegir nuestro propio destino. Queremos decidir sobre nosotros. Y eso no se resuelve con que nos pongan una clínica o una escuela, o una granja de pollos”. Las palabras dignidad, respeto, tienen una fuerza muy grande. Es una lucha que no termina.
–Lo curioso es que renuncien a tomar el poder.
–No, claro, no es el poder lo que les interesa. Su lucha es la rebeldía permanente frente al poder, lo ocupe quien lo ocupe.
–Su objetivo es, entonces, el de alcanzar una vida digna que no está representada por carreteras, hospitales o escuelas. ¿Cómo se encara este objetivo?
–En este momento están abocados a la construcción de una alternativa política que tiene limitaciones territoriales y espacio temporal. Ellos dicen: “Nosotros estamos haciendo esto ahora. No se trata de unificar la resistencia y que todo el país repita nuestro ejemplo. Nosotros no somos ejemplo de nada. Si alguien quiere seguir nuestro ejemplo, nosotros le decimos ‘no lo sigan’. Cada quien debe seguir su propia experiencia, su propia historia”.
–¿Pero mi Dios, de dónde sale tanta sabiduría?
–De esta organización que resiste todos los días. De su cosmovisión. Ellos dicen “Nosotros no estamos inventando nada”. Y cuando alguno dice a los zapatistas “Esta es una nueva experiencia política”, los zapatistas responden que no es cierto, que esto es sólo la punta de un iceberg que permite ver lo que está bajo.
–¿En definitiva qué hacen los diferentes grupos? ¿Cómo unen sus fuerzas?
–Buscan hermanarse con el resto de las luchas del país sin unificarlas. Intercambian experiencias. Logran una fuerza que aspira sin cesar a resistir al poder y a obligarlo a mirar hacia abajo y a la izquierda.
–Hay algo que sorprende en México y en la política mexicana: el grado de corrupción de los gobiernos.
–Justamente las formas de contrainsurgencia que el gobierno crea funcionan mal porque la cadena de corrupción es tan grande que impide que las acciones se concreten. El gobierno lleva 12 años con diferentes programas tendientes a aniquilar el movimiento. Alrededor de las comunidades hay unos 60 mil soldados.
–¿Y a cuánto llega el número en las comunidades?
–Son más de 100 mil entre mujeres, hombres y niños organizados.
–Ellos tienen armas con que resistir al ejército.
–Hay, además, milicianos en los pueblos. Gente bien preparada para pelear.
–Todo esto además del ejército que está arriba en la montaña. Sintetizando: ¿cuál sería hoy la propuesta del movimiento zapatista?
–Extender la resistencia en todo el territorio, sin unificarlo. Fortalecer los movimientos de autonomía y de autogestión. No sólo en las comunidades sino en barrios, en fábricas, en diferentes sectores de la sociedad.
–¿En este momento qué están haciendo concretamente?
–Esto se pregunta mucha gente “¿qué están haciendo ahora?”. Y esto es lo más interesante de este tipo de movimientos, su invisibilidad. No se trata de tu pregunta, tú estás lejos, pero es que en México, tampoco se sabe qué están haciendo los zapatistas. Hay gente que se pregunta “¿existen?”.
–¿Y? ¿Qué están haciendo?
–Están en un momento muy vivo, aunque muy invisible. Están organizando su territorio en salud, en educación, en comercio, en justicia. Y todo de manera autónoma. Con lo cual se hace real la propuesta de crear un gobierno de abajo hacia arriba.
–Bueno, eso es importantísimo. Contanos.
–Empecemos con la educación. No hay ni un solo peso del gobierno, ya sea municipal, estatal o federal.
–¿De dónde sale el dinero?
–Para empezar, de la organización interna. A la cual se añade el acompañamiento nacional e internacional. Pero tampoco depende sólo de ese acompañamiento, porque hay escuelas sin paredes ni techo.
–Explicá bien a qué llaman acompañamiento.
–Por ejemplo, llega un médico y dice: yo me voy a estar aquí 15 días, cada tres meses, atendiendo a la gente de la comunidad. O llegan y dicen: Vamos a preparar un grupo de promotores de salud. O un grupo de estudiantes o de educadores que se ofrecen para dar clases. Los promotores de educación son indígenas elegidos en sus pueblos para capacitarse y salir a otros pueblos, no para impartir el conocimiento sino para construir el conocimiento. Los programas de salud y educación no se repiten. Todo se va creando, construyendo.
–¿A partir de qué?
–De lo que ya es y de lo que ha dejado de ser.
–Es decir que intentan reconstruir su identidad.
–Y algo importante: tratando de no perder su vinculación con el mundo exterior. Es decir no están encerrados en su propia existencia, en su propio ser indígena, no reivindican la pureza indígena y ya. No. todo lo contrario. Reivindican la relación con el mundo exterior. Los zapatistas del ’83 no son los del ’94, y los del ’94 no son los del 2005.
–¿En qué serían diferentes los del 2005?
–Ellos son esta construcción de ellos y nosotros.
–Es decir que aceptan cosas de este mundo que no es el suyo.
–Sí, sí, las aceptan. Y también rechazan algunas cosas del suyo. Por ejemplo, la situación de la mujer. No quieren la situación patriarcal que ha tenido relegada y oprimida a la mujer durante siglos. “Esto no nos sirve”, dicen las mujeres. Y tratan de luchar por un espacio para ellas. Pero no a partir de lo que otros les pueden decir desde afuera sino desde ellas mismas. Pensando en lo que tienen y en lo que necesitan. Sus reivindicaciones no son las mismas que las de la mujer urbana. Y tampoco es igual la manera de hacer valer sus derechos. No tienen el ritmo que las mujeres urbanas quisieran. Ni su tipo de experiencia. Te cuento un episodio concreto. Llegó allá un grupo de mujeres feministas urbanas que piden ser acompañadas en la lucha por sus derechos. Las mujeres zapatistas las escuchan y dicen que entienden esa lucha, pero que ellas quieren platicarles su historia. “Si nosotras estamos embarazadas y vamos a cargar leña y perdemos sangre en el camino, nos limpiamos y seguimos. Y nosotras no queremos abortar, queremos tener a nuestros hijos. Entonces, nuestra primera reivindicación es la salud. Seguramente, más tarde acompañaremos la lucha de ustedes por la legalización del aborto. Ahorita, lo que queremos es tener a nuestros hijos en condiciones de salud”.
–¿Qué dijeron las feministas?
–Algunas entendieron y otras no.
–Hablábamos de educación. ¿Qué es lo nuevo en este aspecto?
–Toda la educación está atravesada por esas 13 demandas de que te hablé. Se va construyendo de abajo hacia arriba y cada programa es distinto. No hay un sistema de educación zapatista, no hay un manual ni un recetario. Cada región construye el propio.
–¿Dónde estudian historia? Debe ser difícil aceptar la historia escrita por quienes los marginan desde hace cientos de años.
–Verás. Ellos dijeron: “Vamos a empezar por nuestra propia historia”. Para eso empezaron a entrevistar a los más viejos para que éstos contaran de dónde venían. Porque estos pueblos, a menudo, se han trasladado de una punta a otra en busca de tierras. Migraciones que han ocurrido hace más de 50 años y que, si no se recogen ya, pueden perderse. Entonces van, los entrevistan, hacen unos libritos, los fotocopian, los engrampan y ésos son los primeros textos de historia. Otra de las diferencias tienen que ver con la lengua. La educación oficial sólo toma en cuenta el español. La comunidad zapatista es bilingüe, e incluso trilingüe. Así, en las escuelas se suele repetir la misma frase dos o tres veces. Español y una, o dos lenguas indígenas. La radio trasmite el 70 u 80 por ciento en lengua materna, dependiendo del lugar desde donde se trasmite y el resto en español.
–¿Y qué trasmiten? ¿Sólo cosas locales?
–Por supuesto que no. Hay un acompañamiento internacional muy grande. Es un movimiento que se abre. Un anarquista catalán, con el pelo largo y un arete en la oreja es un hermano, un campesino griego, es un hermano, un sindicalista gringo, es un hermano.
–Para nada se encierra dentro de su cultura.
–No. Esta actitud hacia fuera es lo que evita fundamentalismos. Contaminamos y nos contaminan.
–Qué linda palabra para expresar eso que pasa. Ahora ¿qué va a ocurrir cuando el tiempo pase y ya fortificados pasen a ser qué, dentro de México?
–Tú estás pensando en que se habrá construido un estado dentro del estado. Esto ellos lo tienen claro. Lo que quieren es reconstruir la nación con los indígenas incluidos. “Fuimos excluidos durante cientos de años. Ahora, nunca más un México sin nosotros”, dicen.
–Cuando los zapatistas se refieren a otras minorías que, como ellos, son excluidas, siempre mencionan a los homosexuales y las lesbianas. ¿Esta aceptación tiene que ver con su cultura o se trata de algo adquirido?
–Ellos lo construyeron. Comparten a partir de la exclusión que ambos sufren.
–Sin prejuicios.
–Sin prejuicios. Hay una comunidad indígena fuera de Chiapas donde la homosexualidad está muy reivindicada. Acá lo que rige es la inclusión y el respeto a la diferencia. Pero dicen “la inclusión no va a venir de arriba. Nosotros tenemos que refundar la nación con nosotros adentro”.
–Contanos un poco sobre esa difícil relación con el gobierno. Sobre esos diálogos que siempre terminan en frustración para los zapatistas. Bueno, y para todo el mundo.
–No se trata sólo del gobierno sino también de toda la clase política.
–Leyendo tu libro aparece clara la cantidad de veces que los zapatistas fueron engañados, traicionados.
–Mirá. Los zapatistas llegan a un diálogo con el gobierno respondiendo a una demanda de la sociedad, la cual comparte las demandas zapatistas, pero no está de acuerdo con la guerra. Esto los zapatistas lo escuchan y vuelven a detenerse decididos a emprender un camino diferente, pero sin entregar las armas. Así deciden iniciar diálogos con sectores de la sociedad –campesinos, obreros, estudiantes– y también con el gobierno. En este encuentro con el gobierno se da la hipocresía, la simulación y la traición.
–Los zapatistas confiaron.
–No, nunca confiaron. Siempre tuvieron toda la cautela, toda la precaución, sin esperar nada, pero dando una oportunidad a la palabra.
–¿Se vio la traición del gobierno, quedó clara?
–Ya la gente no puede decir otra vez: “negocia con el gobierno”, porque negociaron y los traicionaron.
–Pero no sólo traicionaron a los zapatistas, traicionaron a todo el pueblo que creía en el diálogo.
–Pero la gente no se equivoca, entiende perfectamente lo que ha pasado y acompaña. A veces de manera invisible, sin manifestarlo en las calles, pero acompaña. Lo ves en lo que hace un grupo de pescadores o de prostitutas. O en lo que resuelve un barrio. Es otro tipo de acompañamiento, menos visible pero más real.
–¿Cómo son en este momento las relaciones con el gobierno?
–No hay ningún acercamiento con el gobierno federal, no hay una negociación ni un diálogo. Todo está suspendido. Lo que hay es una coexistencia a nivel municipal. Porque con los municipios se comparte buena parte del territorio. Ellos saben, porque los zapatistas de muchas maneras se lo hacen saber, que no podrán gobernar sin ellos. Tu podrás ver cómo se da un intercambio y un diálogo entre los gobiernos municipales oficiales y los gobiernos autónomos zapatistas. Y, finalmente, podrás ver después de un acuerdo, un documento donde están los sellos de ambos gobiernos.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/elpais/1-52637-2005-06-20.html
Lejos de ser una competencia con lo escrito, y a diferencia del vértigo televisivo, la Web es un medio vital para llegar al fondo de las cosas a través de la palabra.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Si usted quiere enterarse de los motivos por los cuales Chabán pudo salir en libertad condicional, por favor no mire televisión. Lea diarios sobre papel o en Internet. También si quiere enterarse de por qué los franceses rechazaron la Constitución de la Unión Europea, un suceso de importancia sólo evidente para algunos diarios o los canales internacionales de noticias que, por supuesto, no se ocupan de Cromañón ni de Chabán. En consecuencia, si quiere ahorrar tiempo y concentrarse sólo en un medio, vaya a los diarios. Uno y otro acontecimiento son de dimensión poco comparable, pero ambos requieren cierta complejidad de razonamiento que parece negada a la TV argentina, si se exceptúan dos o tres programas periodísticos dirigidos, casi sin excepción, por gente que pertenece a la prensa escrita y que se ha formado en ella pero a quienes la televisión impone su cerrado localismo. No quiero decir con esto que los diarios argentinos son invariablemente buenos; comparados con sus equivalentes de otros países, no son los mejores. Sólo señalo que lo escrito (se lea sobre papel o en Internet) tiene menos facilidad para convertirse en un discurso brutal, maniqueo, simplificador, seguidista de los sentimientos con los que especula para competir por la audiencia. Aunque al principio causó el pánico de quienes probablemente no habían navegado nunca, Internet representa una esperanza de sobrevida de lo escrito y hoy tiene un potencial periodístico incomparable: casi todos los diarios están allí. Es una masa gigantesca de textos, además de jueguitos, pornografía, páginas bobas, chat-rooms y publicidad. Navegar buscando información es bastante más difícil que encontrarla en tres estantes de libros, pero si se navega bien se encuentra infinitamente más.
Un detalle ingrato: para navegar bien es necesario no sólo leer sino saber orientarse de un modo desconocido hasta hace diez años. Internet no tiene buenos índices, aunque se pueda acceder a millones de páginas a través de buscadores veloces y todavía rudimentarios. Sin índices, lo que se encuentra depende de la formación intelectual, de la rapidez, de la capacidad para sacar conclusiones, hacer asociaciones, recordar con precisión: es decir, todos los atributos de un buen lector adiestrado en los libros y no en la bajada de canciones en formato MP3.
El entrenamiento que se adquiere como público de televisión no sirve para Internet, aunque quienes la conocen poco piensen que los que se atracan con miles de imágenes televisivas por día están preparados para pasar de la velocidad de un videoclip a una página sobre geografía tibetana o literatura expresionista. Hasta hoy, Internet tiene más que ver con la posibilidad de entender escritos que con la de deglutir imágenes.
Chabán o la Constitución Europea (elija qué le interesa más) son más comprensibles por escrito que en la televisión. Los que no leen están en desventaja frente a los que leen; y los que leen bien tienen ventaja respecto de los que leen más o menos. Hay toneladas de basura escrita, publicada todos los días; trillones de gigas comunicando pavadas. Sin embargo, el peor de los diarios, al que se accede desde el kiosco o la computadora, permite pensar mejor que la media de los noticieros televisivos de cable y la totalidad de los noticieros de los canales abiertos.
Si esto es así, hay que volver a la pregunta ¿cómo se forma un lector?, que no supe responder la semana pasada cuando me la hicieron. Sigo sin saber cómo se forma un lector de literatura, alguien preparado para aceptar la ambigüedad de textos complejos que no entregan fácilmente su sentido.
Pero tendría que tener algunas ideas sobre cómo se forma un lector para ser un ciudadano que no se mueva únicamente por lo primero que le llega a la cabeza desde el depósito de los prejuicios. Aquí está una clave de la democracia, salvo que se la piense como un régimen que no necesita de ciudadanos sino solamente de votantes periódicos que, durante el resto del tiempo, se dedican a ser público audiovisual.
http://www.clarin.com/diario/2005/06/19/sociedad/s-998345.htm
STELLA MARIS MARTINEZ, JURISTA
Ninguna sociedad puede considerarse madura ni plenamente democrática si su sistema penal se gesta a partir de casos individuales, demandas encrespadas y desconfianza en sus instituciones.
Virginia Messi.
vmessi@clarin.com
# Cómo afecta a la administración de justicia la intervención directa de la gente, ya sea en marchas reclamando nuevas leyes o pidiendo fallos concretos en un caso particular?
—En una sociedad madura sería deseable que se fijara una línea de política criminal y no se alterara por episodios. Ningún sistema puede crecer en base a casos individuales. No podemos tomar el caso Chabán como un paradigma de quienes están presos. Con dolor, los padres de los chicos que murieron en Cromañón piensan: "Lo están dejando en libertad porque no les importa la muerte de mi hijo". Con ellos, que están en crisis, hay que trabajar largo tiempo. Uno no puede pedirle al familiar más que la reacción natural por la pérdida... pero a la Justicia sí tiene que reclamarle otra cosa.
# ¿Hasta qué punto la gente puede o tiene que ser escuchada para crear políticas en materia penal?
—Durante muchos años, la gente no fue escuchada y ahora exige que se tenga en cuenta lo que piensa. Esto es lícito. Sin embargo, hay que entender que "escuchar" no es lo mismo que hacerle caso automáticamente.
# ¿No podría sonar un poco hipócrita?
—No, para nada. Hay que valorar su opinión, pero luego deben intervenir los técnicos. Ellos son los que tienen que determinar si el reclamo es correcto, si se adapta a la política criminal del Estado. No es bueno que sea la gente la que diseñe la política criminal y tampoco lo es que el Gobierno no la escuche. Lo que falta en nuestro país es un colchón, un puente. Hay un hueco...
# ¿Cómo debería llenárselo?
—En Argentina falta trabajo de campo con la gente. El hueco es político (no técnico) y lo ocupa, por ejemplo, el señor Blumberg... o el que fuera. Ahí habría que poner una militancia como la que fue destruida durante la dictadura. Hay que recrear una militancia que sirva de nexo con la gente y que pueda explicar cómo funcionan las instituciones. Hoy tenemos una juventud descreída y un reclamo popular de venganza motivado en una la falta de confianza en las instituciones.
# ¿Es una desconfianza injustificada?
—Por un lado, es verdad que tenemos instituciones cerradas a la gente. Pero, por otro, la gente habla, pero nunca vio un juicio; critica a los jueces, pero no va a los debates orales pese a que son públicos. En Estados Unidos —que no es mi modelo de país— todo el mundo se queja de un legislador y ese legislador tiene obligación de escuchar a los que lo votaron y les contesta. Entonces el sistema se canaliza por las vías ordinarias. En la Argentina no ocurre eso: la norma es que hay una estructura política que se debe a sus líderes políticos. Entonces los ciudadanos no se sienten representados y reclaman de manera válida pero inorgánica.
# ¿La militancia ordenaría ese proceso de entendimiento?
—Hay un sistema que entiende la política y la Justicia como un servicio a la gente. En este sistema el militante milita al lado de la gente, sabe sus necesidades y se convierte en un puente entre el pueblo y el político. Así era la militancia tradicional, luego todo se distorsionó. Hubo épocas de altos niveles de corrupción en los cuales todo el mundo luchó por un puesto, sin importarle la gente. Esa gente, que antes se callaba, cada vez se calla menos y eso provoca el reclamo y, a veces, el descontrol.
# ¿Eso se aplica a las manifestaciones contra la libertad de Chabán, por ejemplo?
—Los familiares de los muertos en Cromañón fueron y rompieron vallados en Tribunales porque no tienen confianza en los que legítimamente los tendrían que representar. Hay una crisis de representatividad. Hace falta confianza en las instituciones. Con lo de Chabán es clarísimo. La gente piensa que se les burlan en la cara. Si confiara en las instituciones habría actuado de otra manera. Habría pensado: "En este país funcionan las aduanas, Chabán no va a poder salir del país"; "Funciona la Policía, Chabán va a estar en su casa y va a haber un control". Pero nadie cree eso... Hay que lograr cambiar esta visión, pero eso no implica trasladar sin más lo que la gente pide. Eso fue lo que pasó en la provincia de Buenos Aires y no resultó: allí hubo un alto índice de inseguridad y como solución se hiperdimensionó el sistema penal y se disminuyeron las excarcelaciones. Ahora las cárceles no dan más y se dan cuenta de que ese sistema no sirve, no soluciona... Pero resulta que eso era lo que la gente quería.
# ¿Qué gente?
—Los que todavía tienen capacidad de expresión. Hay otras personas a las que nadie escucha, claro. Hablo de la gente que puede movilizarse, llenar una plaza. Ese sector, aparentemente, quería las reformas que se hicieron en la provincia de Buenos Aires. Esa gente reclamó leyes, porque el único líder que surgió —que casualmente era el papá de una víctima— les dijo que eso era lo que convenía. A Blumberg hay que respetarlo como víctima, reconocerlo en su dolor y darle es pacio... pero no como un técnico. El sistema republicano exige racionalidad en los actos de gobierno. Esa racionalidad tiene que surgir en todos los ámbitos. Si yo hago lo que quiere la gente aunque sepa que a la larga no es una política inteligente, no estoy actuando racionalmente. Por supuesto que, al tomar este camino, habrá que transitar una etapa en la que éste no sea un discurso agradable. Pero cuando hay que aumentar los impuestos se aumentan aunque tampoco sea agradable. Esa es la responsabilidad de la cosa pública.
# ¿Está de acuerdo con usar la prisión preventiva como excepción?
—Creo que la cárcel está siendo usada como un castigo inmediato, no como un lugar de resocialización. En la mayoría de los casos funciona como venganza. La prisión nunca es algo bueno, pero los penalistas no hemos tenido la creatividad suficiente para pensar alternativas. Hoy los presos están abandonados por todos. En la Justicia nacional sólo hay tres juzgados de Ejecución Penal, una defensoría y una fiscalía. Es una cantidad de trabajo impresionante, imposible de afrontar. Es fundamental que se creen más juzgados, fiscalías y defensorías en este fuero. En cuanto al tema de fondo, ninguna sociedad soporta que estén todos presos, esto es absurdo. Eso no combate el delito y, además, exige que una sociedad sea muy rica como para mantener más cárceles. Porque si destinamos cada vez más dinero a construir cárceles, no podemos hacerlo a costa de dinero que no va a educación o salud, por ejemplo. Lo mejor es crear alternativas. La apuesta de la cárcel es una apuesta negativa que no favorece ningún crecimiento.
# Para algunos, el juicio abreviado en el que el acusado se declara culpable a cambio de una pena menor (y sin llegar a juicio oral) es un método legítimo de descongestionar el sistema penal. ¿Coincide?
—Sirve, pero no hay que abusar. Es el defensor el que debe mensurar qué hay a favor y qué en contra. En algunos casos la persona prefiere no someterse al juicio oral, sabe que es responsable y prefiere ahorrarse eso. Gana entre otras cosas saber cuanto antes qué pena le va a tocar. Esto es válido. El problema es cuando se trata de un inocente que sabe que es inocente y también sabe que van a pasar muchos meses antes de que pueda tener el juicio oral. Entonces la persona dice: "Prefiero no quedarme ni un minuto más en esas cárceles donde peligran mis derechos humanos y donde puedo perder la vida. Antes que eso prefiero firmar un 'abreviado', quedar condenado pero que me excarcelen". Esto es grave, pero pasa. Un sistema jurídico sano no puede tener una tasa de juicio abreviado del 60%. Es muchísimo. Este tipo de sentencias no deberían superar el 25%. Siempre existe el riesgo de que se utilice este instrumento para no trabajar. Y también es cierto que al no haber debate oral, la causa queda como en la oscuridad y si hubo defectos en la investigación o se manipularon pruebas, no se descubre.
# ¿Hoy se investiga bien?
—Durante mucho tiempo en nuestro país se perfeccionaron técnicas que estaban más cercanas a la coacción que a la investigación. Estoy hablando de la Policía y también de los jueces de instrucción. Algo de eso todavía queda. Por eso es fundamental insistir en la utilización de elementos de investigación técnica. Si una causa está bien investigada, es indestructible.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/06/19/z-04015.htm
Copyright Clarín, 2005.
El director de La Gaceta Literaria, de Tucumán, analiza la situación política
“Para llevar más de medio siglo en el mismo cargo se necesitan dos cosas: haber empezado muy joven y ser muy longevo. Yo las reúno a ambas.” Así explica Daniel Alberto Dessein los 56 años que lleva dirigiendo, en forma ininterrumpida, La Gaceta Literaria, el influyente suplemento cultural del diario La Gaceta, de Tucumán. Una performance digna de figurar en el Libro Guinness de los Récords, sin olvidar que en ese largo período fue también, paralelamente, subdirector del diario durante veinte años y director y gerente general durante otros veinte.
Dessein, miembro de la Academia Nacional de Periodismo y Premio Konex de Platino a la trayectoria en el periodismo cultural, abandonó en Buenos Aires sus estudios de Derecho poco antes de terminarlos y se trasladó a Tucumán para hacer una brillante carrera en el periodismo. Dice que el cortoplacismo es el mal más grave que arrastra la Argentina.
“Yo aprendí el oficio en largas conversaciones con mi abuelo, Alberto García Hamilton, que había fundado La Gaceta en 1912, y que para ese entonces ya estaba retirado. En esos tiempos no se estudiaba periodismo, pero yo tenía una fuerte vocación, que despuntó en mis años como corresponsal del diario en Buenos Aires. A los 22 años me instalé en Tucumán y lo primero que hice allá fue crear La Gaceta Literaria, al principio como una sección dentro del diario tucumano y luego como un suplemento independiente del cuerpo principal de la publicación", recuerda Dessein.
También aclara que se trata de un suplemento cultural, no sólo literario, y que mantuvo el nombre a través del tiempo por tradición, pero que el foco está puesto en tratar los temas artísticos, sociales, políticos e incluso económicos desde una perspectiva cultural.
"Un buen ejemplo de esta idea o concepto fue nuestra decisión de dedicar La Gaceta Literaria íntegramente durante 2002 a analizar la crisis. Sentimos la imperiosa necesidad de sacar a los intelectuales de su torre de marfil y lanzarlos a pensar el país. El punto de partida fue un artículo de nuestro comprovinciano Joaquín Morales Solá, que se formó en La Gaceta y luego se convirtió en uno de los más destacados exponentes del periodismo nacional. Convocamos a eminentes intelectuales para que nos ayudaran a comprender la desgracia que nos tocaba vivir, a encontrar la salida del pozo en que estábamos atrapados, a aportar diagnósticos y propuestas."
-Tucumán siempre ha sido un punto neurálgico en nuestro derrotero como nación. De hecho, allí se declaró la independencia?
-Fue en Tucumán donde se congregaron los representantes de nuestras provincias para forjar una nación libre e independiente. Fue un tucumano, Juan Bautista Alberdi, el principal protagonista en la invención de la incipiente nación. Fueron dos tucumanos, Avellaneda y Roca, los trascendentes constructores del gran proyecto nacional. Fue Tucumán una de las provincias argentinas más sobresalientes en el plano económico y en el cultural. Pocos años antes del centenario de la independencia, Alberto García Hamilton fundó La Gaceta. Nueve décadas más tarde la provincia se transformaría en una metáfora grotesca de la decadencia argentina. El lugar donde se instaló la primera industria pesada del país, la calórica industria azucarera, irónicamente generaba desnutrición y se convertía en el terreno del hambre.
-¿Cuáles fueron los principales factores que provocaron la caída del país?
-Muchos, pero a mí me parece que el más nefasto es el cortoplacismo. Pienso en sus efectos en la educación, por ejemplo. Los gobiernos de fines del siglo XIX y principios del siglo XX apostaron fuertemente a la educación y a la cultura. Con eso, como sabemos, se recogen los frutos a largo plazo. Eso benefició a varias generaciones de argentinos. Pero después se instaló el cáncer del cortoplacismo y hoy estamos viendo los resultados. Ya se habla de una generación perdida.
-¿Qué destino nos espera?
-Yo creo que hay aspiraciones compartidas por la mayoría de los argentinos: la reconstrucción de las instituciones democráticas, la recuperación de la seguridad jurídica, la unión de la política con la ética y con la eficiencia, el compromiso ciudadano con la cosa pública, la fijación de reglas razonables y duraderas, el rescate del impulso del espíritu fundacional, la apuesta por la educación, la restitución de la confianza para movilizar la economía, una representatividad política clara, la despolitización de la justicia y de la administración pública, la pacificación del país, el destierro de la corrupción, del hambre y de la miseria? Se trata de aspiraciones compartidas por la mayoría de los argentinos y constituyen una base para reconstruir el edificio nacional. La exclusión y las dualidades irreductibles han sido enormes obstáculos para el desarrollo armónico y pacífico de nuestro país.
-Usted ha señalado: "La Argentina fue concebida en Tucumán, el 9 de julio de 1816. Su primer siglo de vida fue el de la concreción del gran proyecto nacional. El segundo, el de su destrucción". ¿Cómo se encara la reconstrucción?
-Efectivamente, ese largo proceso de demolición generó el sismo que nos sorprendió a todos, el que derrumbó nuestras ilusiones, el que confiscó nuestros proyectos. Todavía no logramos salir del desconcierto ni descartar un nuevo terremoto. Muchos intentaron huir; otros permanecieron en una pasividad expectante, se extraviaron en cálculos especulativos o en promesas enardecidas. La mayoría sufrió las consecuencias más inhumanas de la catástrofe. Su cara más terrible fue exhibida al mundo, desde Tucumán, a través del hambre y la muerte de sus niños. La seguridad, la confianza, las certezas, los consensos necesarios para forjar un futuro sólido fueron arrasados. Los argentinos acrecentamos nuestra sospecha, bastante arraigada ya, de que todo esfuerzo es inútil. La disolución se convirtió en una amenaza ante la falta de coincidencias sobre cuestiones básicas, más por desorientación que por oposición de ideas.
-¿Por qué nunca hay responsables?
-La indignación y el escepticismo argentinos se basan en eso, en que nunca nadie es castigado consecuentemente.
-¿Qué papel cumple, a su entender, la televisión en este proceso?
-Muy pobre. Lamentablemente está contribuyendo muy poco, cuando podría hacerlo en enorme medida. Hay reclamos, en estos días, de las academias nacionales y de otros organismos sociales y culturales, que advierten que los contenidos que se ven en la televisión son muy nocivos, y también hay compromisos de autorregulación no cumplidos. Por eso yo le asigno una gran importancia al papel esclarecedor de los medios escritos y a su capacidad de provocar la reflexión, para ayudar a pensar sobre lo que nos pasó y lo que nos pasa, revisar el pasado con sus luces y sombras, extender la autocrítica, seguir buscando y consolidar consensos básicos.
-Pero son millones los que sólo se informan por la televisión, con su lente deformante. Hoy un provinciano sabe más de los piquetes del puente Pueyrredón que de lo que ocurre en la esquina de su casa...
-Eso es muy nocivo, ciertamente. Por eso insisto en la influencia de la prensa escrita sobre quienes tienen en sus manos la posibilidad de producir transformaciones. No se trata de minorías ilustradas, sino de mentes abiertas, que ayuden a reinventar y reconstruir este complejo, cuestionable, contradictorio, pero entrañable país.
-¿Cuáles son los puntos destacados, culturalmente hablando, de los argentinos? ¿Por dónde deberíamos fortalecernos y tratar de crecer?
-Bueno, eso ya lo dijo claramente Ortega y Gasset: que los argentinos a nivel individual éramos sorprendentes y que en muchos planos estábamos por encima de Europa misma, pero que a nivel colectivo éramos incapaces de resolver hechos concretos. De allí la conocida frase "argentinos, a las cosas". En 1926 Einstein confirmó esa percepción, al decir que éramos un país compuesto por mentes individuales brillantes, pero incapaces de trabajar en conjunto para el bien común. Decía que le parecía extraordinario que la Argentina pudiera progresar siendo absolutamente desorganizada y que lo primero que teníamos que resolver era cómo trabajar en equipo.
-Pasaron 80 años y no lo hemos logrado...
-Es clarísimo: cualquier argentino transportado a otra sociedad se luce y es brillante, sea mecánico, médico o físico nuclear. Pero en la Argentina, entre argentinos, no logra de ninguna manera establecer metas colectivas. Somos individualidades descollantes con una inmensa dificultad para adaptarnos a un funcionamiento colectivo.
-¿Eso cambiará?
-Yo creo que lo que vivimos a principios de este siglo XXI fue tan fuerte que las mentes más lúcidas de la Argentina tienen que darse cuenta de que hay que llegar a puntos de consenso. De alguna forma tenemos que comenzar y yo pienso que una manera es señalando en los medios de que disponemos, particularmente en la prensa escrita, cuáles son nuestros problemas y las soluciones posibles. Nuestros problemas son sumamente graves. Estamos al margen de nuestro propio subcontinente, no ya del mundo, sino de países que nos rodean, como Chile y Uruguay. Kirchner pide que lo juzguen por sus hechos y no por sus palabras, pero no advierte que la palabra de un presidente es un hecho. En sus últimos discursos parecería que empieza a adoptar una cierta razonabilidad, abandonando el discurso de candidato para tener un discurso de presidente. Se pone duro frente a los piqueteros, abre frentes, pero trata de paliar o suavizar los problemas con la Iglesia? Aunque me temo que a nosotros nos va a costar mucho tiempo tener un país más previsible, quisiera creer que Kirchner está comenzando un cambio.
-¿Hay federalismo cultural en el país o todo pasa por Buenos Aires?
-En el interior, la dependencia de Buenos Aires es evidente. No puede haber un verdadero federalismo cultural porque aquí la dependencia del centro es enorme. Está muy poco desarrollado el mecenazgo. Hay países donde resultaría vergonzoso que personas que obtienen grandes beneficios de sus negocios no destinen parte de ellos a la educación, a la salud, pero también a la cultura.
-¿No será porque todavía mucha gente cree que la cultura es algo superfluo?
-Yo creo que el cortoplacismo también se nota en esto. Muchas personas no advierten la necesidad de invertir en cultura, donde los resultados se van a ver a largo plazo: tal vez sólo los van a comprobar las futuras generaciones. En cambio, las carencias nutricionales o sanitarias permiten ver el resultado de la inversión ahora mismo. No se comprende que la cultura es una fuente de riqueza, de generación de empleo, y que sus resultados van a ser muy buenos para la sociedad en su conjunto.
-¿Qué es lo más destacado de la vida cultural de Tucumán?
-La vida cultural de Tucumán sigue siendo brillante. En el plano teatral hay una infinidad de elencos. Prácticamente, se puede ver de todo, pero a costa de un sacrificio terrible de un grupo de individuos con enorme vocación. También la música tiene un gran desarrollo, en parte propiciado por el Estado provincial, pero también por numerosos grupos que dedican su vida a esto con muy pocas satisfacciones materiales, pero con muchas satisfacciones espirituales.
Por Carmen María Ramos
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=713917
Por Osvaldo Bayer
Recuerdo aquel emocionante momento histórico. Se inauguraba frente a la estancia La Anita, en el sur de Santa Cruz, a poca distancia del paraíso de los paisajes, justo a un costado de la ruta, el monumento a los peones patagónicos fusilados en 1921. Estaban presentes la hija de Antonio Soto, el dirigente obrero de aquellas huelgas, autoridades de la provincia, funcionarios provinciales, hombres y mujeres de la cultura y el secretario general de la Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores. Habían pasado más de tres cuartos de siglo. Pero al fin la verdad se imponía. Luego de desconocerse el tema durante tantos años (al que se le aplicó el silencio culpable del “de eso no se habla”) se recordaba así la cruel matanza cometida por el Regimiento 10 de Caballería.
Justo allí, a pocos metros, dentro de la estancia, están las tumbas masivas con los cuerpos fusilados por haber pedido un poco más de justicia en la paga y en las condiciones de trabajo.
Bien, allí se levantó un monumento recordatorio de los caídos. En el mismo se pusieron placas recordativas: de la Cámara de Diputados provincial, de la Municipalidad de El Calafate, de la escuela de esta localidad, muy próxima al lugar de las tumbas ocultas por el silencio de todos: gobernantes, sindicatos, iglesias.
He estado hace pocos días en ese lugar. Con indignación y tristeza profunda pude comprobar que el monumento a los caídos estaba todo vejado, agraviado, ultrajado. Las placas han sido robadas o destruidas. Todo es un tembladeral donde apenas se puede avanzar por el barro y los pozos. El monumento es apenas un brazo gris, oscuro, tétrico. Todo abandonado, rodeado de soledad y mugre. No es ya un documento recordativo del comportamiento infame del Estado sino sólo un insulto a la memoria. En cambio, a pocos metros, están relucientes y recién pintadas las instalaciones de la estancia de los únicos que ganaron con aquella masacre cometida por el gobierno radical de Yrigoyen y el Ejército Argentino hace ochenta años.
Ver ese monumento tan manoseado es como si ya se quisiera aceptar para siempre el pasado que nos avergüenza, en vez de aprender allí cómo en nuestro país se ha insultado a la democracia, cómo se ha atentado contra la dignidad humana, cómo se ha maltratado al trabajador, explotándolo hasta mandarlo a la muerte. El mismo ejército que había aniquilado, en 1879, al habitante original de esas hermosas pampas, medio siglo después fue el fusilador de los trabajadores que pedían un paquete de velas por mes para iluminar los oscuros establos donde dormían y vivían y que las instrucciones del botiquín estuvieran en castellano y no en inglés, como las ponía el capital británico que se llevaba todo. No intervino el Ejército Argentino para que se hiciera justicia sino que fusiló a mansalva a los que exigían el derecho de querer vivir en dignidad.
Permanecí varias horas ante el monumento vejado. Me dice un paisano que la gente que pasa en auto se detiene aquí para orinar porque ya ni se sabe qué es, todo está abandonado.
La pregunta es: ¿quién puede haber vejado de esta manera ese monumento? Y el otro interrogante que nace es: ¿por qué nadie se encarga de mantenerlo en un estado de dignidad?, ¿quién se encarga del cuidado de los demás monumentos de la provincia de Santa Cruz?, ¿por qué los otros monumentos a Roca y el Perito Moreno están en excelente estado? Claro, ésos sí. ¿Nadie se siente responsable del monumento a los peones fusilados? ¿Por qué no se han iniciado las investigaciones para dar con el culpable o los culpables de estas destrucciones? Y una y otra vez renace el interrogante: ¿Por qué justamente se falta el respeto a los peones patagónicos fusilados y no a otros monumentos que emergen en las llanuras y bellezas patagónicas? Nombres que reafirman una historia de genocidios o de mezquinos intereses gobernantes, como la de los llamados “conquistadores del desierto” o los otros que marcaron fronteras entre países que tuvieron los mismos libertadores en vez de propender en llevar a cabo el sueño de Bolívar de los Estados Unidos Latinoamericanos, el continente sin límites internos.
Es increíble el miedo a que se investigue la verdadera historia o lo que es lo mismo, cómo se prosigue la defensa de los intereses mezquinos. Esto del mancillamiento feroz del monumento a los caídos nos hace acordar de aquella ley que en Río Gallegos promovió en 1986 el diputado del Movimiento de Integración y Desarrollo, José Ramón Graneros, quien propuso que fuera de lectura obligatoria en el quinto año secundario la investigación histórica de la matanza de obreros rurales en la década del veinte. La Legislatura votó el proyecto por unanimidad, salvo la diputada radical Sureda, hija de un policía represor de esas huelgas, que se opuso a toda discusión sobre el tema. Pese a la defensa entusiasta del proyecto por la absoluta mayoría del cuerpo legislativo, el gobernador peronista Arturo Puricelli y su ministra de Cultura y Educación, Elsa Alonso de Urrusuno, vetaron la ley por el decreto 1841. De eso no se habla. La actitud del gobernador Puricelli repetía la actitud de la bancada radical en el Congreso de la Nación que se negó, en 1922, a investigar la masacre de obreros patagónicos y dejó sin quórum a la Cámara de Diputados, huyendo de lo que debería haber sido el estudio del crimen masivo más sanguinario de la democracia argentina.
El tema de la lectura del tema de los fusilamientos de las peonadas rurales no se trató más en las legislaturas y en los siguientes gobiernos de Santa Cruz. Pero, eso sí, cinco años después, en 1991, se promulgó la ley 2254 por la cual se declaraba monumento histórico provincial el lugar enclavado en la estancia Santa Ana, donde –como decimos– descansan los restos mortales de los primeros fusilados en 1921 y 1922. Esta ley fue vetada por el gobernador Héctor Marcelino García, pero se impuso la Legislatura al insistir en la resolución.
Claro que después se notó la mezquindad de quienes fueron encargados de levantar el monumento. Se construyó apenas una especie de muro gris para poner placas, sin ningún gusto artístico, en vez de llamar a concurso con los mejores escultores del país para rendir homenaje a tanto gaucho caído ante la violencia de los fusiles uniformados. Y ahora esto: la vejación, el querer cubrir los crímenes oficiales con la cobardía del accionar delictivo, el golpe en las sombras. ¿Habrán sido descendientes de los dueños de la tierra los que faltaron el respeto al monumento? ¿Habrán sido descendientes de los fusiladores, habrán sido los que pese a todo se saben dueños del poder? ¿No sólo explotar a los humildes sino también fusilarlos oficialmente para hacerlos callar en sus protestas de justicia? En pleno 2005 se repiten así, simbólicamente, los crímenes sociales de 1921. Y nadie hace nada. No se escucharon ni siquiera las protestas de gobernantes, de políticos, no hubo ningún informe policial –por supuesto– sobre los ataques contra el monumento a las víctimas del 21.
Se ha querido herir y humillar a la memoria y advertir que los que mandan siguen siendo aquellos que en 1921 impidieron toda investigación de los crímenes y obraron para que los diputados nacionales del radicalismo huyeran de sus bancas antes de comprobar quiénes fueron los responsables de los crímenes y finalmente a quiénes favorecieron esos crímenes aún impunes. ¿La democracia argentina está representada por demócratas de la sinceridad y el deber de fidelidad a las libertades o es apenas un espejo que no refleja las imágenes de sus pecados y sus egoísmos? ¿Por qué ocurren estas cosas en nuestro suelo?
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-52547-2005-06-18.html
Por Sandra Russo
La vida es un accidente extraordinario. Cada niño que nace es el resultado de una cadena de buenos resultados. Miles de antepasados que lograron llegar a la etapa reproductiva, miles de circunstancias que remaron a favor de la continuidad de un árbol genealógico. Esta última figura, árbol genealógico, remite sin embargo solamente a cierta clase de personas. ¿A quién se le ocurriría bucear en el árbol genealógico de un desarrapado? ¿Podemos imaginarnos a alguien interesado en revolver el barro de su pasado? ¿No hay acaso, en la figura del árbol genealógico, una capa de barniz con la que se recubre el hecho no declamado, pero sí admitido, de que no todas las personas son igualmente personas?
La semana pasada, un móvil cualquiera de la televisión transmitía en vivo desde Santa Fe al 4000: un pequeño grupo de padres y madres cortaba la avenida a las siete de la tarde lluviosa, enloqueciendo el tránsito. Un colectivero de la línea 59 se puso nervioso y frenó, según el movilero, a diez centímetros de los manifestantes, que protestaban por el cierre intempestivo de un jardín de infantes del Osplad. El movilero estaba furioso con el colectivero y lo increpaba. “Es un irresponsable. Estas personas están cortando la calle y provocando inconvenientes a los automovilistas, pero el reclamo es justo”, vociferaba.
Los medios son una caja de resonancia que absorbe y multiplica los discursos dominantes y alternativos. Cualquier cosa que pase en un jardín de infantes, por ejemplo, en principio atrae la atención de los editores. Son notas que se cubren. A la gente le interesa, le conmueve o la escandaliza, según el caso, lo que pase en un jardín de infantes. El cierre de un jardín gremial es motivo de un “reclamo justo”. Un abuso en un jardín de infantes es posible noticia de tapa de diarios. Hay un sobreentendido social que da por sentado que los niños son protagonistas privilegiados de la consideración popular. Y sin embargo, casi el 70 por ciento de los chicos en edad de ingresar a los jardines de infantes no lo hacen, porque son pobres.
El mismo porcentaje replica en otro dato: el 70 por ciento de la población total del país menor de 18 años –nueve millones de personas– tiene sus necesidades básicas insatisfechas. Más de cien chicos menores de 5 años mueren diariamente por causas relacionadas con la pobreza. Y esto no es un defecto autóctono. Hace unos meses, la revista científica The Lancet decidió incluir una serie de artículos sobre la mortalidad infantil en el mundo. Esa decisión mereció una conferencia de prensa, en la que su editor en jefe declaró que no estaban publicando nada nuevo. Era información que ya estaba circulando. “La terrible noticia es que este tema ya no es noticia”, dijo, en una síntesis tremenda. Millones de dólares o euros se invierten cada año de fuentes gubernamentales o privadas buscando la vacuna para el sida. El hambre mata a mucha más gente. Y no es necesario investigar nada: hace siglos que se conoce la receta para evitarla: alimentos. Pero esa batalla se ha dado por perdida, porque no habrá recompensa si se gana. La vacuna contra el sida será El Dorado de quien la patente. El hambre requiere, apenas, mayor distribución de la riqueza, y su aplicación podría mejorarnos las conciencias, pero el mundo moderno ha aprendido a vivir sin conciencia. El confort la reemplaza. Se dicen cosas que no se corresponden con lo que se hace. Los niños nos importan, los niños son el mañana, los niños son la esperanza, en fin, proclamas vacías de sentido en un mundo que ha naturalizado otro tipo de razas que las que el discurso políticamente correcto defiende: los pobres no buscan su árbol genealógico porque parecen no tenerlo, porque parecen no tener pasado ni futuro, porque han nacido pobres y así permanecerán si sobreviven. Cada tanto, alguna historia de Selecciones o de Hollywood nos relata el caso extraordinario de un pobre que tuvo una vida.
El 20 de junio, desde Tucumán, partirá una nueva Marcha de los Chicos del Pueblo. Recorrerán diez ciudades hasta llegar, el 1º de julio, a la Plaza de Mayo. Serán visibles. Representarán, los quinientos que marchen, a los miles y miles que en sus pueblos, sus casillas, sus barrios, sus pozos, sus chapas, sus cartones, están siendo forzados por la pobreza, hoy mismo, a la posibilidad de un destino. No es el mañana el que zozobra: es el ahora de esa niñez desahuciada que tampoco acá es noticia. Porque una noticia, tanto para los que la generan como para los que la consumen, es algo, en principio, que va contra corriente. Y la corriente, en nuestros países, indica que la primavera llega para algunos y que otros nacen y mueren en un otoño persistente. La visibilidad de esos chicos, esos días, merece que al menos nos sacudamos los falsos sobreentendidos con los que nos calmamos la angustia moral habitualmente. Es mentira que los chicos nos importan, porque así actuamos como sociedad, con negligencia, con indiferencia y con racismo. El niño de propaganda, el cliché del niño sucio de barro por una travesura, ése sí. Los otros, los que nacieron enfangados de pobreza y así siguen, no nos duelen. La Marcha de los Niños del Pueblo tiene entre sus objetivos que esos chicos sean noticia. Ojalá sus caras y sus ojos y sus dientes y sus panzas infladas a polenta o delgadas de carne nos resulten un espectáculo lo suficientemente revulsivo como para dejarnos pensando por qué no hacemos nada para evitarlo.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-52523-2005-06-17.html
Lo sostiene Carlos Monsiváis
En los discursos políticos ya no se habla de “pueblo” ni de “sociedad”, sino de “gente”. Hay, entonces, una “invención de la gente”, de modo de tomar distancia de ella. O de no ser parte de ella, según opina Carlos Monsiváis, ensayista, narrador, periodista, admirador de Borges y referencia frecuente, desde su ciudad de México, de todo aquello que sucede en los suburbios de la aldea global y golpea el corazón de los pueblos y de las sociedades latinoamericanas.
“Ningún político encomienda su alma al Señor, sino a las encuestas –dice Monsiváis en una entrevista con LA NACION–. Eso habla de que la democracia se renueva cada dos o tres meses. La política de largo plazo de un gobierno, sin embargo, no puede ser determinada por las encuestas, por más que la idea de las sociedades pasivas se esté agotando.”
Monsiváis, nacido en 1938 en el Distrito Federal, estudió Economía y Filosofía y Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México. Desde joven colaboró en revistas y suplementos culturales. Es autor de "Principios y potestades" (1969), "Días de guardar" (1971), "Amor perdido" (1976), "De qué se ríe el licenciado" (1984), "Entrada libre" (1987), "Escenas de pudor y liviandad" (1988) y "Los rituales del caos" (1995), así como de una biografía de Frida Kahlo (1982), otra de Amado Nervo (2002), libros sobre poesía mexicana y narraciones como "Nuevo catecismo para indios remisos" (1982).
Los indígenas remisos coincidieron, en su quinta visita a la Argentina, con la crisis de Bolivia, donde el movimiento aymara, al igual que en Perú, ha demostrado su influencia en la política. Otro tanto pudo haber sucedido en Chiapas, con la irrupción de Marcos y su Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en 1994, pero, según Monsiváis -Premio Nacional de Periodismo en 1988, Premio Mazatlán en 1988, Premio Xavier Villaurrutia en 1995 y Premio Anagrama de Ensayo en 2000-, sus reclamos "no fueron atendidos, sino sólo considerados".
Apenas fueron considerados, insiste, por más que se trate de entre 12 y 14 millones de personas. "La táctica de aplazar los problemas para ganar tiempo es un fracaso. Existen el Fondo Monetario, el Banco Mundial y un gobierno tan monstruoso como el de George W. Bush, pero no se puede confiar la solución del problema al desgaste de la protesta."
Detrás de sus anteojos de aumento, con su habitual tono pausado, Monsiváis concluye: "No hay don de síntesis que abarque situaciones tan variadas como el desplome de gobiernos sólidos, la caída del presidente Mesa en Bolivia, la reactivación de las batallas ideológicas que parecían liquidadas en el siglo XX, la situación desesperada de América Central, Venezuela o la crisis argentina".
No sólo en México, dice, la violencia derivada del narcotráfico representa el gran dilema del gobierno. La solución no está en manos del actual presidente, Vicente Fox, ni de sus sucesores, sino de un entramado legal e internacional que apunte a "legalizar el consumo de determinadas drogas". El ámbito adecuado, agregó, serían las Naciones Unidas.
-En México, como en otros países de América latina, hay un poco de confusión.
-No sabría decir si hay confusión, desesperanza, indignación popular o tedio disfrazado de indiferencia ideológica. Hubo un partido que estuvo fatídicos 71 años en el poder. Y hay una alternancia que, al principio, despierta ilusiones enormes en un gran sector. Luego vino un gobierno que se especializa en crear abismos. El resultado claro es una gran incertidumbre, agravada por hechos no atribuibles a un gobierno específico, como la violencia derivada del narcotráfico y el crecimiento del desempleo. Es el problema número uno del país y de América latina. El presidente Fox dice que México ha resuelto el problema como los Estados Unidos y Europa. Bueno: uno espera que haga un programa de humor semanal. No me explico cómo puede sostener tal afirmación.
-Es un reflejo de América latina, en realidad.
-Entre los problemas graves, el del agua es el mayor, pero, por desidia gubernamental y social, no ocupa un lugar relevante. Desde el punto de vista social, el desempleo y la violencia generada por el narcotráfico son tragedias que están sitiando a América latina.
-Existen, también, problemas no resueltos, como los reclamos indígenas. En México terminaron por ser atendidos, pero no fue suficiente.
-Terminaron siendo considerados, no atendidos. El EZLN marcó, sobre todo, la imposibilidad de continuar con la falta de equidad social y gubernamental sobre la minoría indígena, que, en términos numéricos, es importante: estamos hablando de 12 a 14 millones de personas. El reclamo señala cómo puede haber una integración nacional si se condena a la tragedia cotidiana a tantos millones y se ejerce el racismo de una forma tan abusiva e hipócrita.
-Esta es, en cierto modo, la coincidencia con los reclamos de otros indígenas, como sucede en Ecuador, Bolivia y Perú.
-La idea o la estrategia de aplazar los problemas para ganar tiempo está condenada al fracaso. Aplazar los problemas es complicarlos en el presente. Y eso se está viendo en todos los países. La contribución de los gobiernos nacionales a todo lo que está pasando en América latina no es minimizable. Una forma muy sólida de agravar los problemas es confiar en el desgaste de la protesta. Porque la protesta también es un problema, pero el desempleo no es algo que se desgaste.
-La pregunta, entonces, es qué hacemos.
-Para esa pregunta hay una respuesta: no tengo la menor idea. No es algo que uno pueda emprender a título personal. Lo que estamos haciendo es corroborar la caída de la fe y la confianza en los partidos políticos, pero ellos no son sustituibles todavía. Son el camino asegurado para la renovación de los poderes.
-En las elecciones de 2000 en México, por caso, ¿ganó Fox o ganó el Partido Acción Nacional (PAN)?
-Ganó el PAN. Privó el hartazgo por el Partido Revolucionario Institucional (PRI). No es el problema de la victoria de un partido, sino de la necesidad de la derrota del partido en el poder. Llega con Fox un partido que no tiene la mínima costumbre de entendimiento de lo nacional, que ha vivido desesperado ante el avance de la modernización, muy conservador y muy acostumbrado a entender la sociedad como un conjunto de ordenanzas organizadas en forma parroquial. En ese momento, el PAN no era muy representativo y Fox tuvo la fuerza del ejercicio del poder. El PAN no entendía la modernidad, el PRI no tenía nada que ofrecer y el Partido de la Revolución Democrática (PRD) no alcanzaba a constituirse sólidamente en una alternativa. Nos quedaban las personas.
-Si el alcalde de México, Andrés Manuel López Obrador, es hoy una alternativa, no es por el PRD, sino por él mismo.
-Es por él mismo, sí. Es también por la izquierda social, que no ha aceptado la maniobra del PAN y del PRI de someterlo al desafuero. Pero es, sobre todo, por él y por su popularidad en las encuestas.
-¿La popularidad vale más que los votos?
-Ningún político encomienda su alma al Señor, sino a las encuestas. Eso habla de una democracia que se renueva cada dos o tres meses. Son ejercicios parciales de poder, a medida que la nueva encuesta muestra alteración en los niveles de popularidad, trae alteración en los niveles de legitimidad. La política de largo plazo de un régimen no puede ser determinada por las encuestas. Algunas encuestas hablan de un 60 por ciento de popularidad para Fox: corresponden a la fantasía.
-No hay una renovación de la dirigencia política.
-Hay nuevas generaciones, pero no hay una renovación del discurso. Y en esa renovación del discurso hay una invención de la gente. Ya nadie habla del "pueblo" ni de la "sociedad", sino de la gente, lo cual implica, en cierto modo, tomar distancia. Hasta el momento no conozco a nadie que cuando habla de la gente se incluya. Eso me permite observar, porque no pertenezco a la "gente"...
-Si uno ve el vaso medio lleno, puede llegar a la conclusión de que, dentro de todo, lo bueno es que para crisis como la boliviana o la ecuatoriana se haya buscado una solución dentro de la democracia, no fuera de ella.
-Es que la experiencia de la guerra sucia fue dolorosísima. Si uno confía en los procesos democráticos, tiene que aceptar que la democracia, con todos sus defectos, es lo que tenemos. ¿Qué se quiere decir con la democracia? Seguridad de que la voluntad de la mayoría, aunque a uno le moleste o le parezca absurda, debe respetarse. Nadie deposita en este momento la fe en la revolución. En lo que va del año, cientos de personas han sido asesinadas por el narcotráfico en Sinaloa, Tijuana o Matamoros.
-Si el narcotráfico genera violencia y corrompe sociedades, ¿qué puede pasar con él?
-La pretensión criminal del narcotraficante le asigna la creación de un feudo propio. Pero no es el problema de un gobierno.
-Cuando uno ve una 4x4 con vidrios polarizados, la gente piensa que pertenece a narcotraficantes. Es público y notorio.
-Notorio puede ser, pero público? ¿Quién lo imprime? Todo eso va a continuar mientras no haya un esfuerzo internacional contra el narcotráfico. A uno lo pueden llevar a un narcotour, comentándole que aquella casa pertenece al capo tal o que aquel sitio pertenece al cartel cual. Uno ve esos malls, esos centros comerciales donde no entra nadie a comprar, pero tienen un lujo increíble, y sabe que tienen que ver con el narcotráfico.
-¿Cuál es la solución?
-Legalizar la droga no puede ser algo más, así como así. Tiene que haber una solución intermedia. Y esa solución tiene que surgir de un ámbito internacional. No hay país que pueda solucionarlo por su cuenta. El narcotráfico es la peor pesadilla de los países.
-También existe la percepción de que no hay gobierno que pueda constituirse sin el respaldo indirecto o directo del narcotráfico.
-Me niego a creerlo. No es posible que los narcos gobiernen. Es lo peor que podría pasarnos: que compren gobiernos. Supongo que se puede legalizar una parte del consumo de drogas, pero no se puede permitir que los narcotraficantes corrompan tejido social y gobiernos.
-¿Cómo ve a la Argentina?
-En 2001, se veía con mucha preocupación. Se decía que la Argentina se había encontrado con su realidad latinoamericana. De la Argentina, sin embargo, todo el mundo sabe que el fútbol es portador de esa cultura internacional que se inicia en las canchas. Yo no admiro a nadie más que a Borges. En otros círculos se habla de la figura irrepetible del Che Guevara.
-¿Lo admira también al Che?
-Es una figura irrepetible, pero yo nunca he creído en la violencia.
Por Jorge Elías
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=713010
Una pregunta de difícil respuesta, que vale también, por ejemplo, para espectadores deportivos o televidentes. Y un ciudadano, ¿cómo se forma?
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Llaman de un organismo oficial dedicado a las bibliotecas populares. Van a sacar una revista para los bibliotecarios y están buscando algunos artículos sobre un tema misterioso: ¿cómo se forma un lector? Las respuestas son conocidas: el papel de la escuela, de los maestros, de la familia, etc. Pero en la pregunta hay algo que me deja pensando y me doy cuenta de que, más allá de las fórmulas institucionales, no hay una respuesta.
Realmente, ¿cómo se forma un lector? O quizás, ¿es posible formar un lector? Dicho con mayor precisión: ¿un lector de qué? Es perfectamente posible que todo el mundo se entrene en las habilidades necesarias para ser lector; también es posible poner libros y material escrito, impreso o no impreso, al alcance de todo el mundo. Sin embargo, este programa mínimo es muy difícil de cumplir. En las últimas décadas, por ejemplo, la Argentina ha dado pruebas de que no lo cumple y de que muchas escuelas no están en condiciones de distribuir las habilidades necesarias por razones educativas internas y por motivos que chocan con la escuela e influyen sobre ella, como la desigualdad y la pobreza. Todo esto es bien sabido, pero nos deja lejos de la pregunta.
Probablemente la respuesta sea imposible. Un televidente se forma sentado frente a la televisión. Si llegara un extraterrestre con nuestras mismas disposiciones intelectuales y durante una semana mirara televisión, sabría casi todo lo necesario para convertirse en televidente. Es más difícil la formación de un aficionado a cualquier música popular. No quiero decir simplemente un fanático de una banda, sino un aficionado, alguien que entiende de estilos, diferencia intérpretes, conoce períodos más allá del estricto presente; no quien escucha música como ruido de fondo o siente amor por un solo artista. Sin embargo, a pocos les interesa la pregunta sobre cómo se forma un aficionado al rock o a la salsa.
¿Cómo se forma alguien que sepa ver fútbol o tenis o hockey sobre césped? Entiendo bien que nadie piensa que el destino de la sociedad pasa por formar espectadores que se concentren como expertos mientras que a su alrededor las hinchadas suscriben el viejo principio de que los goles son amores y no buenas razones. Hay motivos para que eso no le interese a nadie, aunque quizás alguien debiera preocuparse de que el deporte sea, para una gran mayoría, algo que se mira y no se juega. La pasión deportiva que casi todos sienten es una pasión de la mirada que no toca el propio cuerpo.
¿Cómo se forma un ciudadano? La escuela parece nuevamente responsable de responderla bien y con éxito. Sin embargo, los mejores profesores de instrucción cívica del planeta no pueden competir con un par de periodistas televisivos incultos o malévolos que, un día cualquiera, agitan la opinión pública con la falsedad de que la libertad condicional de un encausado equivale, en la práctica, a declararlo inocente. Es bueno preocuparse por la formación de los lectores, pero casi me parece más importante la de ciudadanos que puedan distanciarse de los peores representantes del establishment audiovisual.
Una pregunta interesante, ya que hablamos de televisión, sería cómo se forma un público que no corone los programas de Susana Giménez con las cinco estrellas de la popularidad. ¿Es posible ese público? ¿O se trata sólo de una fantasía de intelectuales enajenados del mundo?
Si supiéramos cómo se forma un lector, probablemente también sabríamos responder a las preguntas sobre la formación de ciudadanos y de públicos musicales, deportivos o audiovisuales. Pero, en el fondo, no sabemos cómo se forma un lector, aunque conocemos bien cuáles son las destrezas necesarias. Por supuesto, sabemos cómo se forma un lector de libros técnicos, de divulgación histórica, de autoayuda o best-sellers: esos libros entregan casi exactamente lo que prometen, valen lo que cuestan. Lo que ignoramos es cómo se forma un lector que soporte la incertidumbre y la complejidad. En pocas palabras: no sabemos cómo se forma un lector de literatura.
http://www.clarin.com/diario/2005/06/12/sociedad/s-993777.htm
ANGEL GABILONDO, RECTOR DE LA UNIVERSIDAD AUTONOMA DE MADRID
Parece muy complejo unir hoy en las universidades masividad y calidad. Se puede gestar un nuevo modelo que las contemple y que esté más atento al compromiso con la sociedad que a las reglas del mercado.
Analía Roffo.
aroffo@clarin.com
De la misma manera que el politólogo Norberto Bobbio decía que la deuda pendiente de la democracia era la igualdad, usted repite en sus artículos que es la educación. ¿Cuánta responsabilidad tiene el sistema político?
—No diré que educación y democracia es una redundancia, pero algo de eso hay, ¿no cree? En realidad, la educación es un proceso, como la democracia, permanentemente abierto, que involucra a toda una sociedad que apuesta por una serie de valores. Por lo tanto, nunca educar es una tarea individual ni simplemente transmitir contenidos. Con esto quiero decirle que la apuesta no es sólo de la dirigencia política sino de todo un país y exige la creación de una serie de condiciones, en principio presupuestarias, pero infinitamente más amplias.
# ¿Por ejemplo?
—Todo un país debe confiar en que transmitir educación y valores democráticos es rentable socialmente. No hay mejor inversión que la educación. Permítame ser enfático: la educación crea un país. No hay otro camino para producir una verdadera transformación de la sociedad.
# Uno suele escuchar, por ejemplo, "rentabilidad, alumno-producto, universidades competitivas" y se pregunta si no hay demasiados términos del mercado contaminando ideas en educación.
—Tiene usted razón. Hay que estar atentos a las demandas sociales y no confundirlas con las demandas del mercado. Comparto que la palabra rentabilidad está muy contaminada y es en cierto modo peligrosa, pero también es peligroso no entender que lo social tiene una eficacia o es productivo para la construcción de algo. Tal vez hemos pecado, quienes creemos en estos asuntos, de poco pragmatismo, de poca capacidad de concreción de nuestras ilusiones. Y aunque la palabra rentabilidad tiene sus bemoles, sin embargo está señalando que apostar por lo social —por la integración social, por la equidad— es también prácticamente muy efi caz. La rentabilidad no sólo ocurre en el mercado. Admitamos la palabra rentabilidad, pongámosle comillas si quiere, pero no olvidemos que es importante ser prácticos, eficaces y realistas, porque si no, seremos nuevamente avasallados por quienes no teniendo estos valores, sí son realistas.
# ¿Estar atentos como educadores a las demandas de la sociedad implica también pronunciarse políticamente? Se lo pregunto porque he leído opiniones suyas muy contundentes sobre la guerra de Irak: "es una guerra antiuniversitaria", ha escrito.
—Yo creo que es indispensable pronunciarse políticamente, tanto para un docente como para la comunidad universitaria en pleno. El pensamiento es siempre pensamiento político. Sabemos que el compromiso político, el compromiso por la construcción de una polis, de una ciudad, es indispensable. Y hay tareas, como la de educar y la de formar parte de la conducción de una universidad, que exigen la responsabilidad de dar cuenta pública de lo que creemos y pensamos. Desconfío de quienes dicen que tienen un pensamiento apolítico. Los que tienen un pensamiento apolítico suelen tener un pensamiento político a favor de valores no confesables. Que, en general, suelen ser valores de mantenimiento de una situación dada. Cuando uno está callado, lo que está haciendo es colaborar con el mantenimiento de lo que hay.
# Respecto de mantener o no lo que hay, se habla permanentemente de la necesidad de adecuar la Universidad a las exigencias actuales de masividad y calidad. ¿Cuál sería el mejor modelo posible?
—Déjeme enumerar algunas de las que considero palabras clave en ese modelo: la Universidad debe ser emprendedora, innovadora, investigadora, involucrada con su sociedad y su medio ambiente, capaz de asegurar inserción laboral, evaluadora y evaluable, con planes de formación dinámicos y comprometida políticamente (no de manera partidaria, sino con el sistema democrático), cooperadora e igualitaria. No sé si todas estas palabras conforman un modelo, pero creo que propician un modo de encaminarse hacia él. Se trata de rasgos o características que definirían un carácter, un modo de ser.
# No incluyó en su enumeración el tema del financiamiento...
—Es que la financiación no es una seña de identidad sino el gran desafío. El modelo de financiación de la Universidad pública debe establecer un sistema de distribución de fondos públicos con criterios transparentes y objetivos. La financiación debe ser suficiente, eficiente y equitativa. Suficiente, para que la Universidad sea eficaz en la consecución de los objetivos que se establezcan. Eficiente, para que se promueva una mejora en la asignación interna de los recursos; y equitativa, para que genere un sistema de igualdad de oportunidades para todos los estudiantes del sistema público universitario. Esos objetivos deseados —que la financiación sea suficiente y que incentive la eficiencia en el gasto— deben concretarse para todas las universidades públicas por igual y, al mismo tiempo, deben permitir que cada una desarrolle sus políticas específicas para abordar su futuro. Ese futuro será mejor o peor según se incluya en los criterios de financiación el costo de estructuras y de gestión que supone para la Universidad la actividad investigadora, que es uno de los principales indicadores de su excelencia.
# ¿Todos los recursos deben provenir del Estado?
—No sólo del Estado. El nuevo modelo de Universidad también debería hacer hincapié —mostrando el espíritu emprendedor que mencioné— en la captación directa de recursos financieros a través de sus propias iniciativas, lo que le permitirá adecuarse a las demandas de la sociedad, aumentar su autonomía respecto a las políticas de los poderes públicos y reducir su dependencia de los mismos.
# Respecto de la independencia o la sujeción a los poderes políticos, España —y el resto de la Unión Europea— enfrenta opciones de hierro referidas a la integración. Al sistema universitario de cada país miembro se le pide ahora, por el llamado Programa de Bolonia, que esté "homogeneizado" para el 2010 con los del resto del bloque regional. ¿Cuáles son los costos de no perder el tren de la integración?
—Lo primero que hay que evitar es que el espacio europeo se pliegue sobre sí, se cierre. Lo segundo que hay que evitar es que este espacio europeo sea la pura reproducción de algún espacio existente en algún otro lugar; por ejemplo, el norteamericano. Yo creo que el sistema norteamericano ha producido muy buenas universidades, pero, globalmente, entre las doscientas mejores universidades del mundo, hay más europeas que norteamericanas, sin desconocer que hay un grupo selecto de norteamericanas que están a la cabeza. En el tema que usted marca hay también una concepción de la educación.
# ¿En qué sentido?
—Podemos hacer una educación de formación de elites o de ciudadanos y ciudadanas, que extienda y vertebre toda la sociedad. Soy partidario de hacer compatibles ambas, pero creo más en la segunda. Y para ello, Europa tiene que aprender a conformarse en el respeto de su diversidad, homogeneizar sería un disparate. Coordinar y vertebrar las diferencias siempre es positivo. Pero si la unión consiste en algo así como el arrasamiento de nuestras singularidades, sería dramático. Yo espero de todo corazón que eso no ocurra.
# ¿Usted mantiene alguna de sus cátedras o la tarea de rector de la Universidad le ocupa todo el día?
—¡Claro que sigo dando clases! Cuando me iba a presentar como candidato a rector, una de las mayores alegrías de mi vida fue que mis estudiantes me dijeron que si dejaba de dar clase no me votaban. "De profesor, te queremos. De rector, no sabemos lo que serás", me advirtieron. Así que me comprometí a que si era electo, seguía dando clases. Y todas las mañanas doy Metafísica y Pensamiento Francés Contemporáneo. Me resulta emocionante ver que están allí y que nunca suena el teléfono en clase. Ellos me hicieron ese regalo. Yo soy un profesor que hace de rector. No soy otra cosa.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/06/12/z-03815.htm
Copyright Clarín, 2005
La socióloga analiza la realidad política
LONDRES.– A la socióloga especializada en medición de la opinión pública Marita Carballo le han dado aquí un título digno de un personaje de “Alicia en el país de las maravillas”: es “cabeza global” ( global head ) del Area de Investigación Social de la encuestadora TNS, el grupo que integran las firmas Taylor Nelson, Sofrés, NFO y Gallup. Durante dos décadas, Carballo fue presidenta de Gallup Argentina. Su nuevo puesto es de creación reciente en la empresa multinacional. Ella es la primera en ocuparlo.
La misión que le han conferido, hace ya dos años, en Londres, tiene eco de las fantasías de Lewis Carroll, ya que consiste en mirar “a través del espejo” –para el inexperto, distorsionado– de los sondeos para pintar múltiples panoramas de la sociedad, ya sea en el nivel nacional, en el regional o en el mundial.
Ella coordina toda la información que producen las 200 oficinas y los 24.000 empleados en los 110 países en los que TNS tiene sedes. Su trabajo implica una gran responsabilidad y conlleva bastante poder. Los informes que salen de su oficina, en un discreto edificio de la city londinense, llegan a los escritorios de los grandes dirigentes políticos, culturales, comerciales y financieros del mundo. El objetivo es guiarlos en medio de la selva del vox pópuli, una tarea con la cual es difícil no ejercer cierta influencia.
No es que esto sea algo que admita fácilmente esta rubia menuda, de voz baja y tono suave, que recibió a LA NACION en una pequeña sala de reuniones de su firma, ataviada con un tailleur tipo Channel al que sólo le faltaba el collar de perlas para completar la imagen de máximo clasicismo. Con una joven asistente porteña que ofrecía té, café, agua y galletitas dulces (generosidad aquí inusitada) para matizar la discusión del libro "Valores culturales al cambio del milenio" (Nueva Mayoría, 2005), donde Marita ofrece una visión de lo que piensan y sienten los argentinos, el lugar pareció por momentos un rincón de Buenos Aires, de no ser por la persistente lluvia que golpeaba las ventanas.
Pero la charla no giró sólo sobre su último libro, porque entre los muchos trabajos que TNS ha dejado en manos de Carballo se encuentra la preparación de los informes de Eurobarómetro, el servicio público de información sobre las actitudes de los europeos de la Comisión Europea. Con la Constitución europea en rígor mortis, los encuestadores de TNS han tratado de evaluar las razones de esa abrupta defunción. La conclusión fue que hubo falta de oxígeno en la relación entre los dirigentes y el electorado.
-Este debe ser un resultado bastante familiar para usted, viniendo de la Argentina...
-Efectivamente. Hay un proceso que nosotros vemos que se reitera en distintas regiones del mundo y que tiene que ver con el desencanto de los ciudadanos con respecto a sus gobiernos. Se está perdiendo el nexo entre el ciudadano común y el dirigente. Aun cuando los esquemas de comunicación se han extendido mucho, y esto debería facilitar el diálogo; lo cierto es que hay dificultad para entenderse. Esto genera problemas de todo tipo. Actualmente, estamos trabajando en el análisis de las votaciones de resultado negativo, en Francia y Holanda, como ya lo hemos hecho con las positivas de España. Lo que vemos es que los que votaron por el No en Francia lo hicieron para demostrar su descontento con la política interna, por ejemplo, con en el tema del crecimiento del desempleo, y también porque consideraban que la Constitución era demasiado liberal, con una orientación de mercado muy abierto. Muchos también evaluaron que votar por el No no impediría la continuidad de la Unión Europea, sino que llevaría a un replanteo del modelo. En Holanda, uno de los países fundadores de la UE, y donde el No fue tan marcado, los votantes se atuvieron más a temas paralelos, como la posibilidad del acceso de Turquía a la UE. En ambos casos, hemos visto una disociación entre los electorados y la dirigencia. Este es un tema muy importante que las democracias deben resolver. Por ejemplo, cuando le preguntamos a la gente si las elecciones son abiertas y libres, nos dicen que sí; pero cuando le preguntamos si los políticos gobiernan de acuerdo con la voluntad de la gente, la respuesta que recogemos en todas partes del mundo es "no". En la Argentina, esto fue tan marcado que en un momento los argentinos dijeron: "que se vayan todos", lo que era poco viable. Era un grito desesperado.
-Y nadie parece haberse ido. El escenario político no cambió mucho desde 2001. ¿Se ha aprendido algo de la crisis?
-Yo creo que hemos aprendido mucho. Un ejemplo claro es que aun en los peores momentos de la crisis, cuando un 62% de la población consideraba su ingreso mensual insuficiente para vivir dignamente, un 79% seguía diciendo que la democracia era la mejor forma de gobierno y un 67% rechazaba la idea de que la democracia pudiera provocar desorganización. Hay una legitimización fuerte del sistema. Lo que hay también es una profunda insatisfacción. Por eso es que yo a veces digo que somos demócratas insatisfechos. No se cuestiona el sistema, pero hay un desencanto muy grande con la forma en la que se aplica. Esto se traduce en una falta de confianza muy marcada, incluso en el nivel internacional, donde la confianza también está en baja. De los 80 países que hemos medido, las instituciones argentinas más ligadas con el sistema político, como el Parlamento, la Justicia, los partidos políticos y los sindicatos, están en lo más bajo de la tabla. A veces ni siquiera un argentino de cada diez confía en ellas.
-"La Argentina, país líder en desconfianza", sería el título...
-Sí. Esto tiene que ver con la performance de la dirigencia y con su desvinculación con el electorado. Pero también tiene que ver con una desconfianza generalizada, que va más allá de los políticos y que nos involucra a todos. Los argentinos, mucho más que otros ciudadanos del mundo, creemos que hay que tener cuidado cuando tratamos con la gente, que el de al lado nos puede perjudicar. Esta actitud nos hace mal, porque no nos permite generar un capital social. Esto es algo que debemos resolver, porque, a fin de cuentas, el prójimo termino siendo yo. La desconfianza tiene todo tipo de repercusiones económicas y morales.
-¿La desconfianza no es también una excusa para no asumir responsabilidades, una forma de decir "no importa lo que hagas, yo te criticaré"?
-El cuadro es más complicado. Estamos en una sociedad que quiere participar y que aspira a que sus iniciativas se tengan en cuenta, muchas veces en el tercer sector, mediante el trabajo voluntario. Pero, al mismo tiempo, vemos una tendencia a esperar de los líderes, sobre todo de los presidentes, que ejerzan su poder en forma autoritaria.
-¿Será que tenemos una visión paternalista de la vida?
-Sí, sin duda. Pero estamos tratando de salir de esa visión. Ha habido un avance en la dirección de la reflexión. Hace unos años, la gente respondía mejor a eslóganes que a mensajes profundos. Ahora no tanto: la gente ha comenzado a analizar lo que se le dice. Pero todavía hay que avanzar más.
-¿Las instituciones no le permiten a la gente madurar o el paternalismo es parte del ser argentino?
-Un poco de las dos cosas. Algunas instituciones no funcionan bien. Otras no tienen una estructura adecuada. Pero nosotros tampoco encontramos la manera suficiente para presionar y modificarlas. De repente, hay una participación, pero llega un momento en que se atasca. Hay que perseverar para que las cosas en la Argentina puedan cambiar. Lo central sería que se hiciera a través de la educación: tratar de inculcar ciertos valores que son muy importantes para nuestro desarrollo, como el respeto por las normas, la importancia de la ley, de cumplir con lo pactado, de hacer lo esperado cuando uno se ha comprometido a hacerlo.
-En la Argentina, se habla mucho más que en otros países de la "clase política", de la profesionalización y de la carrera de los políticos. ¿No contribuye esto a disociarlos del resto de la población?
-Sí. En la Argentina, hay poco recambio político. Esto responde un poco a nuestra historia, pero también al hecho de que el sistema permite la reelección. Esto no es conveniente, porque no alienta la llegada de "caras nuevas". Esto contribuye a la cerrazón de los partidos políticos, a que la gente no se sienta invitada a participar. También hay que decir que el hecho de que los políticos sean tan criticados inhibe el ingreso de sangre nueva, porque parece que, por definición, ser político está lejos de la función de trabajar para el bien común. Todo esto crea una suerte de submundo político que distancia a los dirigentes del resto.
-Pero ¿hay ánimo para reformar una vez más la Constitución y eliminar la reelección?
-Sí. La gente quiere una reforma política que permita la renovación. Hay una demanda muy fuerte de transparencia. En estudios que realizamos para Transparencia Internacional, la Argentina se encuentra siempre entre los países con la visión más negativa en materia de corrupción. Esto también influye en el desinterés de la gente por la política. Sólo un 45 por ciento de los argentinos se muestra interesado en el tema, cuando la media mundial es del 60 por ciento.
-¿Ese desinterés no es también un reflejo del individualismo arrogante que caracteriza al argentino en el exterior?
-Sí, en el exterior nos ven así. Creo que tiene que ver más con el porteño que con el argentino en general. El individualismo existe, es cierto, pero la cuestión es más profunda. Va más en la línea del "no es mi responsabilidad, es la del otro". Si algo está mal, es porque "alguien" debería haberlo hecho bien. La cuestión es que ese alguien a veces es uno mismo...
-¿Falta un mea culpa?
-Quizá no generalizado. En un país tan rico, en el que hemos alcanzado niveles de indigencia tan escalofriantes, no es razonable pedirles cuentas a los que sufren. Lo interesante es que en ese nivel uno encuentra mucha solidaridad, más participación que en otros sectores, incluso cuando tanta gente ha quedado fuera del sistema. Pero también veo en la Argentina un marcado optimismo. La imagen del Presidente y de su gestión es buena. La gente tiene una confianza moderada, por más que hay un reclamo importante en términos de seguridad, de desempleo y de lucha contra la corrupción.
-El optimismo sobre la base de la imagen presidencial nos lleva de nuevo al personalismo. ¿No conduce esto a la multiplicación de feudos, cada uno con su propio caudillo?
-Sí, esto tiene que ver con nuestros valores culturales. Por eso es que vengo estudiándolos en un contexto comparativo internacional desde 1983. No hay una única explicación, pero diría que lo que nos divide, a diferencia de lo que ocurre en el resto del mundo, no son las ideologías, sino la incapacidad de alcanzar consenso. Pero yo no diría que el optimismo radica sólo en la imagen presidencial. Después de tanto caos e inseguridad, la gente siente que hay más garantías de cierto orden y tranquilidad, más allá de cierta mejoría económica.
-¿Cuánto hace la gente para que ese orden no quede atado a la coyuntura política?
-Es un problema de educación. Nos falta aprender reglas que, sin quitar la libertad, nos den un marco para la vida cotidiana. Viviendo en Londres, me he dado cuenta de que la gente tiene aquí internalizadas las normas de la convivencia. Si alguien ve una señal en la calle que dice stop, para. El argentino ni siquiera mira la señal. Y así provoca situaciones de peligro y de desorden que van en contra de sí mismo, no sólo de la comunidad. Es una cuestión de ignorancia, de no darse cuenta de la utilidad que tienen las reglas. Yo sería partidaria de hacer un esfuerzo importante de educación en ese sentido.
-De su estudio de los valores culturales de los argentinos, ¿qué es lo que más le ha llamado la atención?
-El fenómeno más interesante para mí es un marcado y sostenido crecimiento de la religiosidad. Aumenta la importancia de Dios en la vida de los argentinos. Este fenómeno debe ser tenido en cuenta, dado que la religión afecta todos los campos de valor. En 1983, seis de cada diez argentinos se definían como religiosos. Hoy son ocho de cada diez. La gente encuentra consuelo y fortaleza en la religión. Ha aumentado el número de los que creen en los dogmas del cristianismo, así como en otras cosas, como la reencarnación (un 42%, cuando la media mundial es del 25%). Aun así, los argentinos no son muy proclives a realizar prácticas alternativas o esotéricas. Pero es interesante ver cómo ha aumentado la creencia en la ayuda de los ángeles (62%), en el peso que damos al pecado (78%), en la existencia del paraíso (76%). También creemos en la telepatía (40%), en que los familiares muertos pueden ayudar a los vivos a resolver los problemas (40%), en que el futuro puede revelarse en los sueños (46%), en el demonio (45%) y en el infierno, pero, en este último tema, en menor medida que el resto del mundo (40% frente a un 53% internacional). Es cierto que la práctica religiosa formal, en términos de asistencia a la iglesia o a templos, no ha crecido y es relativamente baja, pero la Iglesia se encuentra entre las instituciones que generan más confianza.
Por Graciela Iglesias
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=711933
Visión de la académica Camille Paglia
NUEVA YORK.– Hay gente que no conviene tener de enemiga. En el mundo académico anglosajón, a la cabeza de esta clase de personas, y por varios cuerpos, está Camille Paglia. Discípula de Harold Bloom en la Universidad de Yale, más papista que el Papa cuando llega la hora de cargar contra cualquier atisbo de posmodernidad o contra el “feminismo dictatorial” en la cultura, Paglia llama a Foucault, Derrida y Lacan la “tríada terrible de autores pretenciosos, verborrágicos y vacíos que arruinaron la cultura del siglo XX”.
Para ella, Naomi Wolf es “la señorita Pravda, llena de cuentos paranoicos sobre el mundo, sin un párrafo coherente”. La venerada Susan Sontag es “sinónimo de poses huecas que están a la moda”. Y Hillary Clinton es, simplemente “Hitlery”. Paglia, profesora deHumanidades en la Universidad de las Artes de Filadelfia, es la autora de tres libros de enorme impacto en la cultura norteamericana: "Sexual personæ" (1990), "Sexo, arte y cultura americana" (1992) y "Vamps & tramps: más allá del feminismo" (2001).
Pero Paglia no sólo elige los libros y las conferencias en las principales universidades para transmitir sus ideas (si bien la que dio en el MIT sobre el estado crítico del estudio de las humanidades es considerada un hito y ha sido citada y reimpresa cientos de veces). Por el contrario, Paglia es la intelectual más mediática de la historia. Siempre vestida de cuero negro, no ha tenido problema en aparecer tanto en los talk shows de la televisión vespertina como en la revista Playboy, para defender a las glorias de la cultura occidental del avance de lo que considera un multiculturalismo banal y un relativismo superficial, apenas "políticamente correcto".
Su nueva batalla es por la poesía. Acaba de publicar "Bleak, Blow, Burn", un libro en el cual The New York Times asegura que Paglia "vuela tan alto como es posible sin meterse en la zona sin aire de la crítica literaria". Allí Paglia construye un minicanon occidental del género poético, tomando 43 de los grandes poemas del inglés, desde sonetos de Shakespeare hasta la letra de una canción de Janis Joplin, e interpretándolos "a la vieja usanza".
"Creo en la lectura detallada, línea por línea, o en lo que solía llamarse explicación del texto, y en nada más pretencioso que eso. No sólo es la mejor técnica para revelar la belleza y el significado en la literatura, sino que es un instrumento extraordinario para el análisis de todo el arte y la cultura. La concentración que requiere la lectura de un poema es cercana a la meditación. A través de ella, uno aprende a focalizar la mente, afilar la percepción y refinar la emoción", explicó a LA NACION.
-Según usted, las universidades no hacen nada al respecto. ¿Por qué sostiene que los profesores ya no enseñan?
-Por la preponderancia del posestructuralismo o posmodernismo. Por la idolatría hacia autores como Foucault, Derrida y Lacan, desde los años 70. Salvo en Oxford y Cambridge, esta falsa ideología está totalmente arraigada en las universidades del mundo anglosajón. Lo que sostiene es que se pueden reducir las artes a unas fórmulas muy cínicas, que ahuyentan al lector al hacerlo sospechar de todo trabajo artístico, al decirle que éste no significa nada por sí solo hasta que él lo reconstruye. Es una falsa ideología que niega la grandeza intrínseca que puede tener un obra. Yo vengo de una familia de inmigrantes italianos muy pobres, pero la cultura en mi casa era algo en serio. Seríamos campesinos, pero Miguel Angel era respetado como un dios. Y en Italia son reverenciados no sólo los autores, sino también los intérpretes de las obras. Yo estoy en guerra con los posestructuralistas, porque insultan y disminuyen el valor del artista. La reverencia por el creador es la actitud correcta. No hay gran arte que pueda salir de las universidades norteamericanas hasta que nos libremos de este veneno. En Harvard, Princeton, Berkeley, todos los profesores famosos son propagandistas de una mediocridad que destruye el entusiasmo de las nuevas generaciones con una falsa sofisticación, que es la interpretación posmoderna.
-Usted sostiene que cualquier poema que no refleje la forma de hablar común y corriente de la gente se vuelve tan esotérico como la sátira del siglo XVIII. Pero ¿un poema no se escribe con un lenguaje más culto que el habitual?
-En la historia de las artes, siempre la poesía empieza con un lenguaje fresco y conversacional. A medida que es succionada por la cultura formal, por ejemplo en las universidades, se vuelve elitista y remota. Cuando esto pasa, viene la revolución, el quiebre con el viejo régimen. Luego lo anti-establishment se vuelve establishment y el ciclo vuelve a comenzar. Así avanza el arte. Yo creo que hoy estamos por llegar a un nuevo punto de inflexión histórica. Es momento de volver a la bases, de responder a la poesía nuevamente de una manera simple y natural, con auténtico entusiasmo y pasión y no con la falsa sofisticación del posmodernismo. Hay mucha gente que piensa como yo, sólo que no se animan a hablar. En Harvard, Berkeley, Princeton, soy una paria. Cuando me invitan a dar conferencias es siempre en los claustros de historia, nunca en los de literatura, en los que hay un particular pánico de ir contra la versión aceptada de la crítica cultural.
-Justamente, la quería consultar respecto del escándalo que se armó cuando Lawrence Summers, el presidente de Harvard, hizo ciertas observaciones sobre las mujeres en las ciencias duras que no cayeron muy bien?
-¡Ajá! ¡Ese es un buen ejemplo! Larry Summers, en un encuentro informal, dijo que podrían existir tres razones por las cuales no hay tantas mujeres como hombres en los puestos más altos en las ciencias duras en las universidades. Uno, distintas aptitudes. Dos, que la maternidad les quita a las mujeres parte de la extrema dedicación, tiempo y energía que se requieren para este tipo de trabajo. Y tres, que se las esté discriminando. Eso fue todo, pero tan sólo sugerir que podría existir una diferencia entre la forma en que funciona el cerebro del hombre y el de la mujer fue incendiario. Yo creo que Summers merece ser criticado, pero solamente por haber sugerido este tema sin presentar evidencia científica al respecto. La teoría de la construcción social del género es absolutamente dominante: indica que niño y niña nacen como una página en blanco y que las diferencias son puramente fruto de las presiones de su entorno. Eso es absurdo, una tontería, como lo sabe cualquiera que haya pasado por la pubertad. Esta negativa a siquiera debatir la posibilidad de la influencia de la naturaleza y la biología humanas muestra cómo hoy, en el sistema universitario norteamericano, proponer una visión distinta de la predominante equivale a pedir que lo quemen a uno en la hoguera.
-¿No le gustan las feministas?
-Hubo un momento en el que el feminismo y yo estábamos de acuerdo. ¡Pero era en 1960 y yo tenía 13 años! Es una posición inmadura. ¡Vamos, chicas, ya pasaron cuarenta años! ¿Cómo puede ser que la sigan sosteniendo ahora? El feminismo tiene unos 200 años, contando desde que Mary Wollestonecraft escribió su manifiesto. Ha tenido varias fases. Podemos criticar la fase presente sin criticar necesariamente el feminismo. Lo que yo quiero hacer, justamente, es salvar al feminismo de las feministas. Hoy, para las feministas, el papel excluyente es el de víctima. La belleza, por ejemplo, es para Naomi Wolf una conspiración de los hombres heterosexuales para evitar que las mujeres avancen, y todo ese tipo de tonterías. También creo que la política feminista es de una ingenuidad total, que esto de echarles la culpa de todos los males del universo a los hombres blancos imperialistas es bastante elemental. No hay humor, todo son sermones, y en el feminismo académico o intelectual lo que se ve es una actitud absolutamente dictatorial.
-Hace poco, hubo en Estados Unidos el caso de un chico que disparó contra sus compañeros en la escuela. En general, cuando suceden estas cosas y todos salen a culpar a los medios de comunicación, usted presenta una visión distinta?
-Tuvimos muchos de esos incidentes. Salvo en este último caso, que tuvo características particulares, por haber ocurrido en una reserva de indios, en general es un tema de la clase media: un síntoma de la falta de raíces culturales y familiares de los chicos que crecen alejados de la comunidad, en suburbios y barrios cerrados, cuyo único contacto con la cultura es en el shopping y en los medios de comunicación. El caso de Columbine es típico: un chico al que no le faltaba nada en lo material, pero que, alienado, armó su propia tribu, un circuito seudomilitar. Ahora, echarles la culpa solamente a los medios de comunicación es dejar escapar con demasiada facilidad a los verdaderos culpables de que estas cosas pasen: los padres y las escuelas temerosos de la disciplina y que no educan a los chicos en las artes para darles una forma positiva de canalizar su imaginación. Hoy la educación se basa en el mínimo denominador común, y la única razón por la que los chicos se dejan influir por los medios de comunicación es el vacío cultural absoluto en el que son criados. Son los padres y los maestros los que tienen que llevarlos a que se interesen por algo que va más allá de ellos, como es el arte. El gran arte nutre la imaginación y da sentido a la vida. A diferencia de la cultura popular, es suficiente para sostenernos a lo largo de la vida.
Por Juana Libedinsky
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=710967
¿El libro que busca no figura en la lista de los más vendidos de las últimas semanas? No es un clásico? Entonces, olvídelo: ya no pertenece a este mundo.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Supongamos que a usted no le interesa comprar los libros que aparecen en la lista de best-sellers, ni los libros que consagraron los suplementos culturales durante los últimos meses. Supongamos que usted no está buscando la novela de alguna celebridad, ni un clásico como El Quijote, del que podría encontrar fácilmente veinte ediciones que lo han puesto de moda como si no fuera un libro difícil de leer hoy, enigmático y extraño a los gustos contemporáneos. Supongamos que usted no está buscando alguna novela policial extranjera que vendió poco y fue a parar a las mesas de saldos junto con novelas argentinas que sufrieron el mismo destino. Supongamos que el libro que usted busca no terminó, después de vendidos doscientos ejemplares, en una librería de lance. Supongamos, por ejemplo, que usted busca una novela de un buen autor argentino, que jamás fue best-seller ni forma con los consagrados. O un ensayo periodístico de hace seis años, que tampoco llegó a las listas de los más vendidos.
Si usted se encuentra en esa situación, tiene un problema. Lo que busca podría estar en algunas de las ferias de libros de Buenos Aires, en Caballito o en Pacífico. Quizá también en una feria de una ciudad grande del interior. Pero se necesita que alguien lo haya llevado allí para venderlo o cambiarlo por otro libro. En pocas palabras: una casualidad. Si usted busca un libro aparecido hace tres años, está en dificultades porque las librerías ya no conservan una pared con bibliotecas de libros que cumplieron lo que los editores llaman su ciclo, que se inicia con el servicio de novedades y, salvo que el libro tenga éxito, termina muy poco después.
El libro que usted busca está muerto. Y, a diferencia de muchas películas, que tienen una segunda vida sistemáticamente ordenada en los video-clubs, los libros que cumplieron dos, tres o cuatro años han desaparecido sin que ello signifique que se hayan agotado. Con paciencia, usted puede esperar que la editorial que lo publicó lo venda, casi al peso, a las librerías de lance. Pero no todas las editoriales hacen esa venta póstuma, y puede suceder que la novela buscada no exista ya para el mundo.
Los libros aparecen y se suceden a una velocidad que hace sospechar que llevan, como el yogur o la manteca, fecha de vencimiento en la tapa. Y esto no pasa sólo en Argentina, sino que la Argentina empezó a funcionar como funciona el mercado del libro en casi todo el mundo.
Algunas pequeñas librerías pueden ser una excepción, pero ellas son lugares de expertos y además, precisamente porque son pequeñas, no pueden guardar todas las novelas publicadas en la última década. A veces, cuando recomiendo un libro (digamos El aire de Sergio Chejfec, uno de los grandes narradores argentinos), tengo la seguridad de que me va a tocar prestarlo de modo indefectible.
Hace algunas semanas, un aviso a toda página de un premio literario subraya lo que cuento. La ilustración muestra a un hombre, presumiblemente aguardando a un viajero en el hall de un aeropuerto, que sostiene un cartelito con el nombre de la persona que ha ido a buscar. Allí se lee: Señor Best Seller. No hay que ser experto en publicidad para darse cuenta de que el concurso promete a su ganador un triunfo que lo hará entrar en las listas de los más vendidos. Parece un chiste pero, como muchos chistes, es más sincero que gracioso. Para que el concurso tenga éxito su ganador debe tenerlo; por lo tanto, el cartelito debe prescindir de un nombre más descriptivo como: "Señor Nuevo Escritor" o, simple y elegante, "Señor Escritor". Best Seller es el único nombre que promete a un libro cierta presencia, por el tiempo de lo que dure en las listas de más vendidos y, a veces, mucho más (pero eso depende del libro, no de la venta únicamente). En el peor de los casos, el futuro Señor Best Seller tiene aseguradas algunas semanas de gloria en las librerías.
Por lo tanto, si tiene ganas de leer y no quiere volverse loco, vaya a lo seguro: deje de dar vueltas sin ton ni son, compre la última novela del Señor Best Seller.
http://www.clarin.com/diario/2005/06/05/sociedad/s-989512.htm
HANS-GEORG SOEFFNER , SOCIOLOGO
Los ritos participan de la constitución de las identidades, aunque de un modo diferente a como lo hacían en la antigüedad. Esta función se refleja en el fútbol, la música, los tatuajes y hasta en el amor.
Claudio Martyniuk.
cmartyniuk@clarin.com
Nuestro mundo simbólico parecería que se está degradando, y que, por lo tanto, los símbolos y rituales juegan un papel cada vez menor en las sociedades modernas ¿Coincide con este diagnóstico?
—No del todo. Lo que sí es cierto es que los símbolos colectivos han perdido vigencia en su sentido antiguo o cosmológico, es decir, en sentido del tratamiento filosófico del universo. Pensemos, por ejemplo, en el funeral del Papa, uno de los ritos más solemnes del catolicismo que todavía hoy convoca multitudes: es un gran ritual colectivo que ha perdido su forma originaria o cosmológica. Ni las banderas o las pancartas, ni el aplauso ni el canto en italiano de la muchedumbre que pide la rápida canonización del Pontífice al son de "Santo, Subito Santo" formaban parte del rito en sus orígenes. En este caso se trata más de una escenificación mediática que de un símbolo colectivo.
# ¿Se puede distinguir el uso de los símbolos y rituales en las sociedades abiertas y en las cerradas o totalitarias?
—Sí. Los Estados totalitarios buscan ritualizar por completo al conjunto de la sociedad civil. Así, desde arriba, se intenta atravesar todo el colectivo social con una ideología central, un gran líder, banderas, insignias, brazaletes, etc. En las sociedades abiertas y pluralistas quedan muy pocos rituales centrales que extiendan su acción a todo el conjunto. Además, la pluralidad de símbolos y rituales hace que éstos entren en contradicción y compitan entre sí en un espacio propicio para el conflicto. Para especificar, se puede hablar aquí de tres niveles: el de los ritos que involucran a todo el Estado, como las fiestas patrias; luego el plano de los ritos familiares cotidianos o específicos de un grupo, y entre los dos, un espacio de vacío y conflicto.
# Si en nuestras sociedades abiertas parece existir entonces un vacío que se refleja en la arena de los rituales, ¿cuáles serían los mecanismos de construcción de las identidades?
—Hay dos niveles de construcción de la identidad: la personal y la colectiva. Durante la socialización primaria, cada uno de nosotros va conformando su identidad personal a través del vínculo cotidiano con las personas más allegadas a uno, en un espacio seguro que no supone grandes conflictos. El verdadero problema surge a la hora de construir la identidad colectiva, porque la identidad personal debe acomodarse a un colectivo social. Para la construcción de su identidad el individuo estará frente a dos caminos posibles: adoptar una postura fundamentalista (y unirse sólo a una comunidad) o inclinarse por una creencia más ecléctica, imprecisa, abierta.
# ¿Cree que una expresión musical o una danza, como podría ser el tango, pueden contribuir a que en un espacio geográfico determinado se conforme una forma de identidad colectiva?
—El tango es un fenómeno distinto, pero comparte con el fútbol esa particular virtud conciliadora que permite que, dentro de sus límites, queden superadas las diferencias. Pero el tango es un símbolo local o urbano, más que un símbolo colectivo de los argentinos. Además, en tanto expresión artística, el tango pertenece al reino de la estética, uno de esos espacios que unifican más allá de las diferencias.
# ¿Qué funciones cumplen las fotografías en la conformación de una identidad personal?
—En las sociedades burguesas el álbum familiar cumple un rol fundamental en la construcción de la identidad personal. Ya lo dijo Pierre Bourdieu. Es importante para el individuo encontrarse a sí mismo en esa tradición familiar: ver cómo eran sus padres y abuelos, o él mismo de niño. Es que la fotografía es un elemento de autorrepresentación y por lo tanto de identificación. Con sólo cuatro años, el niño toma conciencia de la propia representación y empieza a posar para las fotos: adopta una actitud y empieza a formar una identidad. En las sociedades mediáticas, ese hecho de posar se ve reflejado en el plano de lo colectivo. De toda una gama de modelos de belleza o prototipos que se ofrecen, el individuo puede tomar el que mejor le parezca, ya sea el de Claudia Schiffer o el de un punk.
# ¿Qué ocurre con los ritos de cosmologías antiguas cuando son traspasados a la nuestra, como sucede con los tatuajes?
—Las viejas cosmologías se hallaban fuertemente simbolizadas: recurrían a símbolos (dioses, poderes naturales, demonios) para explicar los fenómenos del mundo. En las sociedades modernas, en cambio, cuando se trata de buscar explicaciones se recurre a teorías (científicas, filosóficas) de manera que donde antes imperaba un orden divino, hoy imperan términos como estructura o sistema. En realidad, esto es una explicación cuasi cosmológica, porque no es que las cosmologías hayan desaparecido por completo, sino que se las ha disfrazado de teorías científicas, en las que efectivamente creemos. En cuanto al uso de tatuajes: los primeros tatuajes de los europeos respondían a un repertorio limitado (un cuchillo, un corazón atravesado por una flecha) e imitaban a los de las civilizaciones arcaicas. Los marinos se tatuaban una cruz porque sabían que si el barco se hundía, serían identificados y sepultados según el rito cristiano; por otro lado, el ancla simbolizaba la profesión y era el símbolo cristiano de la esperanza —en este caso subsistían elementos cosmológicos—. Los tatuajes de los pueblos arcaicos estaban ligados a un orden divino; los de hoy, en cambio, han perdido por completo su función y su carácter religioso. Más bien son fenómenos específicos de un grupo.Apuesto a que la clase media alta europea no se tatúa (a lo sumo, una rosita, un delfín en algún lugar poco visible); y esos cuerpos tatuados que vemos hoy son un fenómeno puramente estético.
# ¿Qué relación existe entre los rituales y el deseo de perfección?
—El ritual es una de las pocas acciones simbólicas colectivas que suponen un orden perfecto tanto temporal como espacial. Quienes lo practican se ajustan estrictamente a sus leyes, de manera que en el lugar y en el tiempo que dura el ritual el mundo entero parece estar inmerso en un orden de perfecta armonía (incluso en el caso de rituales violentos, como los sacrificios). Ejemplos de esto son la misa de Pascua de la Iglesia Ortodoxa, determinados bailes del islam o la Comunión de la Iglesia Católica. Parecería que en medio del desorden y el caos general, el ritual construye un pequeño cosmos ordenado y relativamente perfecto. De ahí el valor que tantas sociedades atribuyen a los rituales. El problema es que estos pequeños órdenes cósmicos se transforman en islas en las que cada vez habitan menos personas.
# Esto me hace pensar en la relación entre los ritos, el orden y la problemática del amor en las sociedades contemporáneas. Zygmunt Bauman habla de "amor líquido", amor en el cambio, el desorden, el vértigo permanente.
—Todas las sociedades, las viejas como las nuevas, se caracterizan por el deseo vehemente de un orden que las contenga. En este sentido, el orden se vuelve algo "sagrado", y siempre que se vea puesto en peligro, estallará la violencia. Con razón, Bauman descubre que la Modernidad se enfrenta con un gran problema: el amor se ha vuelto amor individual. Por un lado, este amor individual se presenta como una gran pasión y hace que dos personas se unan en forma muy estrecha, "que sean el uno para el otro". Pero ese es justamente el meollo de la cuestión: nadie más existe en la constelación de los amantes, dependen sólo el uno del otro, y eso supone un gran riesgo. En las sociedades más antiguas, el amor no era un bien tan preciado en el sentido de una pasión, pero ofrecía cierto orden, cierta seguridad. Cuando dos personas se enamoraban, su unión encontraba gran sostén social, ya que detrás de esa pareja existía la familia; detrás de la familia, el pueblo; detrás del pueblo, la Iglesia Hoy, la sociología explica la actual liquidez —mejor dicho, lo efímero— del amor: sin ese sostén social, muchas personas se ven sobreexigidas, sobrepasadas por esa unión individual. Así, también las relaciones amorosas se hallan sumamente ritualizadas como una forma de asegurar cierto orden y cierta permanencia. La ritualización del amor se refleja incluso claramente en las relaciones sexuales: está implícito cuándo empiezan, cuándo terminan, qué se puede hacer, qué no. Y como un mecanismo de autodefensa frente a la falta de contención, si se rompe el cerco protector del ritual, entonces también se termina el amor.
TRADUCCION:Carla Imbrogno
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/06/05/z-03615.htm
El psicólogo analiza la memoria social
¿De qué manera se conjugan y rivalizan las distintas narrativas del pasado y cómo se construye la memoria social de un país? ¿De qué modo las huellas del pasado tiñen el presente y proyectan sus luces y sus sombras en el porvenir? Estos son los temas sobre los que el psicólogo Hugo Vezzetti ha venido trabajando desde la reinstauración democrática. Primero en la revista Punto de Vista, fundada por Beatriz Sarlo –él integra el comité de dirección desde su constitución–, y luego en su libro “Pasado y presente. Guerra, dictadura y sociedad en la Argentina”.
Psicólogo y psicoanalista, investigador del Conicet y docente de la Universidad de Buenos Aires, a mediados de los años 70 Vezzetti fue vicepresidente de la Asociación de Psicólogos. Impedido por el proceso militar de ocupar cargos públicos, su actividad intelectual se concentró en la Revista Argentina de Psicología y en Punto de Vista.
“Allí nos reunimos quienes veníamos de una experiencia de izquierda revolucionaria y, enfrentados a la necesidad de revisar esa trayectoria, comenzamos a plantear temas como la democracia y los derechos, que no habían formado parte de la agenda de aquella izquierda. Ese fue un descubrimiento tardío, a tal punto que hay sectores de la izquierda que todavía no lo han descubierto." Durante la transición democrática, Vezzetti fue decano normalizador de la Facultad de Psicología (UBA) y publicó diversos trabajos sobre historia de las ideas en el psicoanálisis. Participa regularmente en actividades de docencia e investigación sobre memoria y derechos humanos en distintas universidades locales y extranjeras.
-El año próximo se cumplen treinta años del golpe militar de 1976. ¿Cuáles son sus resonancias?
-Está claro que en ninguna sociedad hay consensos unánimes, pero me parece que la versión y la narración del "Nunca más", de algún modo reafirmada por la escena pública del juicio a las juntas, construyó un consenso básico, porque en la actualidad hay una mayoría amplísima que repudia la dictadura y que considera que eso no debió haber sucedido. En esta mayoría, incluyo a sectores amplios de las Fuerzas Armadas y a sectores conservadores. Si de algo estamos seguros es de que eso no lo queremos más. Ahora el tema es más complicado. Se trata de ver cómo se construye positivamente un orden de valores, de instituciones y de hábitos políticos que no sólo hagan que eso nunca más se produzca, sino que se pueda asegurar algo que también estuvo entre las promesas de la democracia de 1983: la construcción de una sociedad de ciudadanos en la que crezca la posibilidad de acceso a los derechos y las oportunidades.
-¿Cuál es hoy el papel de los organismos defensores de derechos humanos? ¿Cree que su causa se ha burocratizado?
-Ha habido, por distintas razones, una suerte de delegación del tema a los organismos de derechos humanos. Entre otras cosas, los organismos de derechos humanos -y, particularmente, las Madres y los Familiares- ocuparon un lugar que habían dejado vacío la clase política y el sistema político, cosa que no sucedió en otros países. Incluso en otras experiencias latinoamericanas hubo partidos políticos que tuvieron un cierto protagonismo en términos de resistencia contra dictaduras. Esto no sucedió aquí ni con el radicalismo ni con el justicialismo. Tampoco podía suceder con una izquierda que estaba desmantelada y que, por otra parte, nunca había incluido el tema de los derechos humanos en su agenda. Entonces, en gran medida, lo que uno puede ver en la acción de los organismos de derechos humanos es el papel fundamental que han cumplido en esa gesta de resistencia y en haber instalado la memoria y la justicia como temas centrales para la democracia. Pero, al mismo tiempo, se advierte que tuvieron que hacerse cargo de algo que los excedía, en la medida en que definir políticas de Estado no les corresponde, porque, al fin, son organismos sectoriales, que no representan a toda la sociedad.
-Ese carácter de sector pudo advertirse también en el acto de la ESMA del año pasado...
-Exactamente. El ejemplo del acto del Museo de la ESMA me parece muy ilustrativo. Si esto es planteado desde el Estado, debe ser planteado en términos de una verdadera fundación institucional, que garantice que ése va a ser un espacio que contenga esos otros consensos básicos sobre los que debe ser rememorado el pasado. No se trata de un museo que contente a todos -no hay museo en el mundo que contente a todos-, pero sí que incluya una expresión y una representación de las distintas narrativas y cuestiones de ese pasado. Que permita, en principio, pensarlo. Entonces, ¿qué es lo que uno hubiera esperado? Que esa ceremonia se hubiera convertido en una ceremonia de Estado. En cambio, lo que tendió a predominar fue un compromiso del Presidente. Es genuino, pero no fue presentado como la expresión de un jefe de Estado, sino con un compromiso personal. Nuevamente, se produce una suerte de delegación a los organismos de derechos humanos. Estos organismos tienen su tarea propia y creo que la sociedad debe reconocerles mucho de lo que han hecho, pero no tienen por qué definir políticas de Estado. No les corresponde. Hay una Secretaría de Derechos Humanos. ¿Cuáles son las políticas de Estado de los derechos humanos? ¿Usted las conoce? Yo no las conozco.
-¿Cuáles han sido los límites de la memoria y del olvido en estos años de restauración democrática?
-Creo que lo que la sociedad ha elegido recordar tiene que ver, sobre todo, con la dimensión jurídica. El juicio a las juntas constituyó una suerte de mito fundador de la democracia argentina. Pudo haber quedado relegado transitoriamente, pero cada tanto ese mito se reactiva. Esta es una sociedad muy paradójica, porque uno lee en las encuestas que la sociedad no cree en la Justicia pero, al mismo tiempo, le está reclamando cosas a la Justicia permanentemente: los ahorristas reclaman a la Justicia, los desempleados, las víctimas de la violencia, etcétera.
-¿Y qué es lo que la sociedad ha elegido olvidar?
-En principio, los olvidos nunca pueden ser dados por seguros. Se puede ver en el caso chileno, donde parecía que la sociedad nada iba a revisar y ahora, más de veinte años después, se dan las condiciones para que las cosas afloren. Pero, de cualquier manera, me parece que lo que está menos dispuesta a recordar hasta hoy son las responsabilidades de la propia sociedad, que son responsabilidades políticas y morales, y las diferencio de las responsabilidades criminales. En este país, todos han sido víctimas de la dictadura, y entonces uno no entiende por qué cuando la dictadura se impuso había una amplia mayoría que consentía en que era necesaria. Entonces, revisar las responsabilidades de la sociedad y, sobre todo, revisar las responsabilidades de las instituciones y de la facilidad con la que el Estado pudo ser plegado a una empresa criminal, significaría, efectivamente, haber aprendido una lección, que nos permitiría una sociedad e instituciones diferentes. No hay razones para ser muy optimistas en este terreno, porque lo que uno ve no va en esa dirección.
-¿Las acciones de este gobierno no van en esa dirección?
-Quiero ser justo: me parece que este gobierno tiene el mérito de haber dado un paso fundamental, particularmente, con la renovación de la Corte Suprema. Me parece que esa acción reactiva un nuevo ciclo jurídico, pero sigue habiendo un déficit del sistema político. Basta ver lo que sucede en el partido de gobierno. El Partido Justicialista no puede abrir un debate a fondo sobre la dictadura y sobre las condiciones que la hicieron posible porque eso lo comprometería muy fácilmente, en la medida en que el terrorismo desde el Estado comenzó durante un gobierno justicialista. No cabe ninguna duda de que la Triple A era una organización terrorista. Estas cuestiones deberían formar parte de cualquier memoria que dé cuenta de esos años. Creo que hay una falta de debate acerca de cómo incluir las responsabilidades políticas, incluso cómo incluir las responsabilidades de la izquierda y, todavía más, cómo incluir las responsabilidades de las propias víctimas, que no dejan, por ello de ser merecedoras de toda nuestra solidaridad. Pero hay que admitir que la izquierda también puso lo suyo para generar la situación de deterioro institucional y de desprecio por las formas democráticas. Buena parte de la izquierda celebró el golpe.
-La Argentina padeció la dictadura, la hiperinflación, y los acontecimientos del 2001 y 2002. ¿Cree que el país tiene la capacidad de recuperarse rápidamente de las experiencias traumáticas o piensa que, en realidad, hay poca elaboración de esa clase de acontecimientos?
-Si tuviera que arriesgar una impresión global sobre los procesos y los humores colectivos -lo haría con precaución-, diría que lo que más sorprende es cierta tendencia a caer en los extremos. De un lado al otro. Si uno tuviera que utilizar un símil de la psicopatología, hablaría de bipolaridad, unida, además, a cierta dificultad para incorporar la experiencia de los períodos extremos pasados. Esta es una sociedad que pasó de convertir a Domingo Cavallo y la convertibilidad en la llave que resolvía los problemas de todos a considerarlos responsables de todos los males que nos afligen. Y eso es muy preocupante, porque también afecta la posibilidad de mantener ciertos tipos de liderazgos. Uno ve que en otros países hay ciertos liderazgos políticos que, más o menos, se mantienen. Aquí, en general, los líderes terminan mal. Y peor terminan cuanto más han ascendido esos dirigentes en la estima de sus conciudadanos. Entonces, hay que volver a las instituciones.
-¿Todavía advierte un raquitismo institucional?
-Sí. Las instituciones son frágiles, y en la medida en que son frágiles, puede suceder que se produzcan estos bandazos, desde pensar que la clase política debe ser aniquilada hasta pensar que una expresión de la clase política más vieja, o menos vieja, puede ser la salvadora de la patria. Y, lamentablemente, ni en el panorama del Gobierno ni en el de la oposición se ve que esto vaya a cambiar. Yo no soy de los que ponen el acento en lo que serían las bases de la sociedad. Me parece que las bases de la sociedad son, en todo caso, responsables limitadamente, porque actúan en el marco de lo que las instituciones posibilitan y encauzan. Si las instituciones ni posibilitan ni encauzan, lo que surge es esa especie de fondo caótico y anárquico que se expresa con síntomas variados. Y eso asusta, porque uno no quiere ser agorero ni profeta de la calamidad pero, ¿quién nos asegura que no va a haber una nueva crisis?
-Cumplió dos años el gobierno de Kirchner. ¿Qué balance hace?
-Creo que hay cosas positivas, si tomamos en cuenta de dónde veníamos y la situación de derrumbe y catástrofe en la que estábamos. Yo no marco tanto la diferencia entre el período de Duhalde y el de Kirchner. Me parece que hay elementos de continuidad que tienen que ser reconocidos: las áreas de gobierno en las que uno podría decir que se han elaborado mejores políticas, con perspectivas de largo plazo, que son Economía y Salud, tienen como titulares a dos ministros que vienen del gobierno anterior. En el caso de Salud, por ejemplo, no se rescata suficientemente lo que han significado las leyes de genéricos y de derechos reproductivos. Esas son zonas en las que el Gobierno puede mostrar logros importantes. Y también hay que rescatar lo que tiene que ver con la renovación de la Corte Suprema.
-¿Y cuáles han sido los desaciertos?
-Lo que me gusta menos es la coloración peronista, en el sentido más tradicional, que ha ido adquiriendo este gobierno y que se advierte, en principio, en una gestión en la que el valor político más importante alrededor del Presidente es la lealtad, que es un valor político premoderno, dado que el valor político moderno es la deliberación y el consentimiento. Este es un presidente que no hace reuniones de Gabinete; es un presidente que está dispuesto a que sus ministros -no importa el éxito que tengan en sus funciones- vayan a la candidatura que él decida para ganar una elección. Ahí hay una idea de desprecio de construcción institucional. Un presidente que asume un país en las condiciones de profunda crisis en que estaba, y sigue estando, algún tipo de diálogo y entendimiento debería tener con la oposición...
Por Astrid Pikielny
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=710044
Por Osvaldo Bayer
Después de los años del oprobio, nuestra gente argentina parece haber aprendido algo de conducta democrática. Salir a la calle. Hay ya en nuestras ciudades un poco o bastante de protagonismo de las masas, factor ideal para hacer conocer y exigir el respeto por los derechos de todos. Es una buena muestra de coraje civil y de responsabilidad por la propia sociedad. Si miráramos a nuestro país desde una visual planetaria veríamos hormiguitas que salen de todos lados con pancartas y banderas y forman columnas. Señal que la democracia camina, pero para eso hay que empujarla. Pero claro, reprimir desde el poder esas salidas muestra claramente que hay algunos políticos o, llamémoslos en el lenguaje de ellos, “autoridades”, que desconocen ese legítimo derecho. Se ponen nerviosos. Y llegan a agredir hasta a los docentes. Como acaba de hacer Sobisch, el gobernador de Neuquén, que consumó un bajo delito: atacar a nuestros maestros con balas de goma, gases y palos policiales. No, señor Sobisch, aunque usted quiere llegar a presidente aplaudido por esa derecha que apoyó la desaparición de personas y que acaba de higienizar la estatua de Roca. No, hay un principio en todas las sociedades con sentido de respeto a los maestros. El “Jamás agredir a los docentes”. Pegar a los maestros es como pegar a los niños. Los maestros son parte del sentimiento de cada uno de los hogares. Meterles balas –que aunque sean de goma humillan tanto como si fueran gargajos– es una bajeza, es ser pegador, como esos maridos que pegan a sus mujeres.
A los maestros, nunca, Sobisch, nunca. Tómela para el futuro como primera regla de ética de su gobierno. En vez de la conversación democrática, palos para los maestros, esas segundas madres y padres de todos nosotros. Además de la vejación que significa tener que huir ante los palos de esa policía de la oferta y la demanda. Y a los uniformados también hay que decírselo: pegarles a los maestros con la baja cobardía del palo, señores policías, es como si hubiesen agredido a sus propios niños. Pregúntenles a sus propios hijos, señores comisarios, oficiales y agentes, qué opinan cuando ustedes les pegan a los maestros de ellos. Lo mismo hizo Romero, el Juárez de Salta. Su acto más rutilante fue el pegarle a los maestros salteños. Palo y palo, y apretar el gatillo. Cuentan testigos que policías salteños les tiraban balazos de goma en las nalgas a las maestras mientras funcionarios de corbata sonreían deleitados desde las ventanas.
Sobisch quiere llegar a presidente. Ya están los símbolos que lo acompañarán en su campaña electoral. Si comienza así podríamos pensar que puede llegar a enviar tanques de guerra a derribar escuelas porque debe estar allí el enemigo. Como Sobisch mandó a arrastrar la carpa de los docentes, todo un símbolo de la protesta democrática. La carpa fue arrastrada ante la risa de policías y sobischistas y luego despedazada. En vez de la palabra, el látigo de los pegadores.
Pero ni los palos ni las balas a los docentes va a atemorizar al verdadero pueblo protagonista de la democracia. Recupero siempre los carteles que vi en Cutral-Có, en aquellas bellas patriadas: “Cutral-Có 2; Gendarmería Nacional, cero”. El pueblo desarmado corría hasta más allá de las últimas casas a la Gendarmería armada para el combate.
Hace bien la democracia, la tan maltratada, en recorrer las calles y las rutas de nuestro interminable paisaje. También en Lomas de Zamora con un legítimo pueblo joven acampado frente a los juzgados donde se juzga a los monstruos de la bala para matar la protesta.
En esas calles está la verdadera gente que puebla esas fronteras. “Si no estuviésemos acampando aquí día y noche, ya la justicia que conocemos hubiera pasado a cuarto intermedio hasta dentro de tres o cuatro años”, me dice un joven que apunta sobre un lienzo un “Justicia legítima para nuestros hijos del pueblo: Darío y Maxi”.Un grupo compacto se ha sentado en el suelo para seguir un seminario sobre “Represiones a movimientos populares en la historia argentina”. Quieren saber. Desde ese Roca con su perversa ley 4144 llamada “de Residencia”, hasta las valentías de Romero y Sobisch.
Pero además los pueblos patagónicos preparan una gran marcha contra la minería del oro en la región. Ya las distancias no son impedimento: se convocaron vecinos de Bariloche, Esquel, Puerto Madryn, Ingeniero Jacobacci, Maquinchao, Patagones, Viedma, El Bolsón, organizaciones estudiantiles y de los pueblos originarios, “para avanzar en la unificación de los esfuerzos con distintos sectores que pelean por un mundo distinto, un mundo para todos, que deje de ser explotado por los mismos poderosos de siempre”. Contra el oro y su cianuro.
Y Cromañón no se rinde. El dolor los hizo valientes. La nobleza del cariño les dio brillo a sus rostros: madres, padres, hermanos, novios. Contra el país de la coima y las irresponsabilidades, de la criminal falta de honestidad. Esa batalla se va a librar entre el sentimiento de justicia y la sociedad corrupta, que finalmente va a quedar al desnudo. Aunque no renuncie nadie.
Los que luchan son los que impregnan la historia de verdades. Los otros mueren para siempre. Veamos en qué terminan los criminales de la desaparición de personas. El almirante Massera le enseña a sus hijos hasta a robar. No sólo matar a las víctimas, sino quedarse con todas sus posesiones. El jefe de nuestra Marina de Guerra. En cambio, a Paco Urondo, en los próximos días, su provincia Santa Fe le hará un gran homenaje a su memoria. El poeta luchador que fue muerto por los balazos de los sirvientes del sistema injusto. Su nombre va a quedar para siempre en las calles santafecinas. Mientras sus asesinos acabaron ya en el séptimo infierno del olvido y la vergüenza.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-51908-2005-06-04.html
Reflexiones del director de la Unesco
¿Para qué sirve la Unesco? En un mundo donde la pobreza y la exclusión se expanden, Koichiro Matsuura cree que la misión de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) va más allá del debate intelectual y de aquel mandato fundacional –hace más de medio siglo– de ser “un foro de culturas”.
“Humanizar la globalización” es el principal desafío de este japonés que, en noviembre, completará un período de seis años como director general de la Unesco y va por la elección para un nuevo mandato, que, de ahora en adelante –es una decisión ya tomada–, durará cuatro años.
“Debemos dar los beneficios de la globalización a tanta gente como podamos en el mundo. Pero no podemos olvidar que aún hay muchas personas que no se benefician con ella, que viven en la pobreza y en la marginalidad”, dijo en su reciente visita al país.
La pobreza extrema, las desigualdades de género y la falta de acceso a la educación básica de millones de niños y adultos en todo el planeta son las prioridades de su gestión. Y considera que, para alcanzar sus objetivos, la Unesco debe convertirse en una organización mucho más adaptable y flexible, capaz de responder rápidamente a las nuevas expectativas del desarrollo, la paz y la equidad.
Matsuura -nacido en Tokio en 1937, casado, padre de dos hijos, budista- fue embajador extraordinario y plenipotenciario de Japón en Francia y ministro adjunto de Relaciones Exteriores, entre otros cargos públicos. Antes de asumir como director general de la Unesco, en 1999, se desempeñó como director del Comité del Patrimonio Mundial de esa organización.
-La importante acción normativa en el campo del patrimonio cultural desarrollada por la Unesco, ¿no necesitaría un fuerte impulso en países como la Argentina?
-Sí: la educación relativa al patrimonio cultural o al medio ambiente no ocupa el lugar que merece en los programas escolares. No siempre se pone suficiente énfasis en la relación entre la cultura y las ciencias. Sin embargo, creo que en este país se han hecho cosas interesantes, sobre todo en los últimos años. Valoro mucho el aporte realizado por la Argentina en la reunión de Cartagena de Indias, de octubre de 2004, donde se trazó la estrategia regional de la Convención del Patrimonio Mundial para los próximos diez años. A partir de eso, se espera alcanzar una mayor sensibilidad sobre la situación de los más de cien sitios naturales y culturales de la Lista del Patrimonio Mundial en América Latina. También fue relevante la reciente iniciativa de la cancillería argentina -con nuestro auspicio- de convocar a un seminario sobre la protección de los bienes culturales en caso de conflicto armado. Expertos internacionales abordaron el patrimonio cultural como elemento fundamental de la identidad de los pueblos y del desarrollo económico.
-¿Qué opina de la postura de países como EE.UU. o el Reino Unido de no suscribir la convención de La Haya sobre protección de los bienes culturales en caso de conflicto armado, cuyas consecuencias se vieron en la guerra de Irak?
-Algunos países pueden posponer la firma de tratados multilaterales, pero mientras los demás países los ratifiquen -ésa es una de las principales recomendaciones de la reunión de Buenos Aires- cada vez les va a resultar más difícil quedarse afuera. Por ahora es una cuestión de presión, pero existe un derecho consuetudinario internacional aplicable a la comunidad internacional.
-Pero en Irak no se aplicó...
-La Convención de La Haya y sus protocolos no se aplicaron porque sólo pueden aplicarse entre Estados parte. Si bien Irak los ratificó, los Estados Unidos y el Reino Unido no lo hicieron. He comenzado una campaña para que sean ratificados por todos los países. Japón y el Reino Unido se han comprometido a hacerlo.
-El saqueo a los museos de Mosul, Tikrit y Bagdad y a sitios arqueológicos milenarios, ¿debilitó el liderazgo de la Unesco en la conservación y protección de la herencia cultural mundial?
-La Guerra del Golfo, en 1991, y la guerra en Irak han complicado nuestro trabajo. En este caso fuimos intensificando los contactos con las autoridades norteamericanas y británicas y con las autoridades culturales de los países vecinos de Irak, para exhortarlos a vigilar los lugares de interés arqueológico. A las instituciones culturales iraquíes les pedimos que fortalecieran los controles fronterizos para prevenir el tráfico ilícito de bienes culturales. Unas 15.000 piezas fueron robadas, pero el saqueo en Irak fue obra de la población, no de los soldados. Los antecedentes de la destrucción se remontan a los tiempos en que Saddam Hussein construyó sus palacios encima de sitios arqueológicos. Del total de piezas robadas han aparecido unas cinco mil, gracias a Interpol y a la cooperación de importantes museos del mundo, incluido el Museo Británico. El resto será difícil de recuperar.
-¿La Unesco tiene recursos para la protección del patrimonio en distintos países?
-El presupuesto de la Unesco es limitado. Sin embargo, los recursos provenientes de países miembros y de otras organizaciones de países ricos son cada vez más importantes.
-¿De qué cifras se está hablando?
-El presupuesto bianual de la Unesco es de 610 millones de dólares, a lo que hay que sumar una cifra similar en recursos extrapresupuestarios, provenientes, básicamente, de EE.UU., Canadá, Japón, Inglaterra y Suecia.
-Se critica a la organización que usted dirige por su burocracia.
-Hay dos mil funcionarios en toda la Unesco. Me propuse emprender reformas y profesionalizar los cuadros. Antes, el 50 por ciento de los reclutamientos se hacía sin un proceso de selección abierto. Eso cambió. Quiero convertir a la Unesco en una organización más flexible. El mundo cambia con más rapidez y la Unesco debe ser capaz de mantener el paso.
-¿Hacia dónde se dirigen los mayores esfuerzos económicos?
-El 80% del presupuesto que destinamos a la educación va dirigido a la educación básica y a la lucha contra el analfabetismo. Son unos 200 millones de dólares. Cada sociedad enfrenta los retos de transformarse en una sociedad del aprendizaje. La educación básica es la fuerza motriz de este proceso y debe movilizar a la sociedad. Los 113 millones de niños sin acceso a la enseñanza primaria y los 875 millones de adultos analfabetos evidencian el tamaño y la complejidad del problema.
-Para los gobiernos muchas veces las buenas intenciones no pasan del discurso.
-La Unesco recomienda destinar el seis por ciento del presupuesto nacional a la educación, y los países pobres no destinan ni el dos por ciento. Los japoneses le destinaron el 33 por ciento en el período de posguerra y hemos visto lo que eso significó para el crecimiento del país.
-¿Qué se quiere hacer con el Decenio de las Naciones Unidas para la Educación para el Desarrollo Sostenible (2005-2014), que se acaba de lanzar?
-Incitar a los Estados miembros a integrar el desarrollo sostenible en sus políticas y programas educativos. El desarrollo sostenible abarca todos los ámbitos de la vida, desde los aspectos medioambientales -incluyendo los desafíos relacionados con el cambio climático, la escasez, contaminación y mala gestión de los recursos hídricos, la pérdida de biodiversidad y el aumento del número de desastres naturales- hasta los aspectos sociales, con la reducción de la pobreza absoluta y la igualdad de género como objetivos primordiales. Existen en el mundo 1200 millones de personas que viven con menos de un dólar por día. El principal objetivo es eliminar esa pobreza absoluta.
-Recientemente, usted dijo que no tenemos opción: la humanidad adapta sus comportamientos para apoyar el desarrollo sostenible o firma su sentencia de muerte. ¿Qué opinión le merece la postura de países como EE.UU., que se niegan a suscribir el Protocolo de Kyoto para la reducción de emisiones contaminantes?
-Hay otros aspectos cruciales, muy urgentes, que afectan la calidad de vida de todo el planeta, como el consumo del agua dulce. La perspectiva de una crisis global del agua es real. El crecimiento demográfico, la búsqueda de una mayor producción de alimentos, el desarrollo económico, la irrigación, todo ello es una amenaza sobre este recurso. Para muchos la escasez del agua, o el acceso desigual al agua, está en el centro del subdesarrollo. La propia naturaleza es desigual en la distribución del agua, con el 65% de los recursos hídricos mundiales localizados en diez países. Se espera que la demanda de agua crezca un 38% en los próximos 25 años y en más de un 80% respecto del agua potable. Estas presiones, junto con las consecuencias del cambio climático, la deforestación, la salinización de los suelos y el deterioro de la calidad del agua, son críticas.
-Según estudios locales el 80% de los emigrantes argentinos tiene menos de 25 años. Comparada con la de otros países, es la emigración más calificada, en términos de formación. ¿Cómo podríamos revertir ese fuerte subsidio al desarrollo?
-Con becas que tengan como contrapartida la obligación de regresar al país y devolver con un par de años de trabajo en el sector público parte de lo que se recibió como becario. La fuga de cerebros ocurre en América latina, en Africa, en Asia. También los europeos se van a los Estados Unidos. Hay que dar incentivos para obligar al retorno y nosotros ya estamos trabajando en ese sentido.
Por Carmen María Ramos
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=709010