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"Nuestro futuro está en la cultura", dice Guillermo Roux

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 14-05-2005 06:26:15

El notable pintor analiza la actualidad

Por la ventana del techo de su estudio, en Martínez, entra una luz cenital que lo envuelve todo y realza esa sensación de realidad-irrealidad, de acción-ensueño que impregna su vasta producción artística. Guillermo Roux cuenta que la abertura fue construida siguiendo las recomendaciones de Leonardo da Vinci sobre cómo se debe iluminar el atelier de un artista.

Pero el lugar también es su casa –su dormitorio, prácticamente, continúa en el taller– y en cada ambiente impera una atmósfera teatral, en la que vida y arte son una misma cosa. No en vano, por la visión singular y surrealista de su obra en constante experimentación, se lo ha definido como una de las mentes más innovadoras de la plástica. También como uno de los artistas vivos más importantes de la Argentina.

A los 75 años, Roux cree que el gran potencial del país pasa por la cultura, aunque los gobiernos nunca parecen darse cuenta de eso. “Nosotros no podemos mandar cohetes a Saturno o a Venus. Esa carrera ya la perdimos. En cambio, tenemos un gran elemento humano creativo, y esa creatividad es una de nuestras características más sobresalientes”, asegura.

Roux saltó a la escena internacional en 1975, cuando ganó el primer premio de la Bienal de San Pablo, Brasil, la exposición más importante de América Latina. Había realizado algunas muestras en Buenos Aires y debutado con exposiciones individuales en Londres y en Munich, pero el reconocimiento en serio sólo llegó entonces, cuando Guillermo Roux ya había cumplido los 40 años. Hoy su obra está en museos y colecciones privadas de todo el mundo: acuarelas de naturalezas muertas, retratos, paisajes poblados de figuras, óleos y vibrantes collages.

Su inclinación artística despuntó en la muy temprana adolescencia, por influencia de su padre. Fue ilustrador, dibujante y caricaturista, pero nunca dejó de probar nuevas técnicas y medios, y eso lo impulsó a trasladarse de Roma a Nueva York y de Buenos Aires a la cordillera jujeña.

En estos días, el artista le da las pinceladas finales a la que tal vez sea su obra cumbre: "Homenaje a Buenos Aires", un mural de 12,5 x 5,5 metros que se inaugurará en julio en el hall central del edificio del Banco de Boston, en la zona de Catalinas.

Su sensibilidad y su señorío, más allá de toda genialidad artística, no le permitieron nunca desentenderse de la suerte del país. No es un artista en una torre de cristal. Señala nuestros defectos, pero también confía en que habrá una rectificación del rumbo. "Cuando nos demos cuenta claramente de que si a nuestro vecino le va bien nos va a ir bien a nosotros, vamos a empezar a progresar", asegura.

-En el frontispicio de la casa parisiense de su colega Antonio Seguí, se lee: "En la patria, la cárcel; los laureles, en el exilio". ¿Coincide?

-Si hablamos de la Argentina, algo de eso hay. Acá se admira lo que se hace afuera, pero yo diría que por tilinguería, lo que no es más que una forma de ignorancia: no valorar las cosas por lo que son, sino por lo que parecen. Tiene que ver con formas coloniales que se siguen arrastrando; un colonialismo mental. También es un modo de desvalorizar al país, en una rara dualidad. Por un lado, los argentinos en el exterior preguntan: "¿Qué piensan aquí de nosotros?". Son conocidos los chistes acerca de nuestro narcisismo, y ya Ortega escribió sobre esto. Por el otro, triunfar en el exterior es sacar patente de exitoso, palabra que detesto y que fue muy utilizada en los años 90.

-¿Usted lo vivió en carne propia, o se sintió primero reconocido aquí?

-No sé si soy tan valorado afuera. Antes eso tal vez me importaba más. Ahora me importa mucho menos: algo se aprende envejeciendo. Decidí quedarme en la Argentina cuando tuve la lucidez de tomar conciencia de mi pertenencia. Irme significaba para mí demasiadas renuncias y asimilarme a otras culturas, a las que siempre iba a ser ajeno. Esto es lo mío, de aquí nace mi trabajo y no condiciono ese estar a la bonanza social o económica. Después de haber viajado y trabajado en muchos lados, comprendí que, en las buenas y en las malas, éste es un hermoso país.

-Hace muchos años, usted se fue a vivir a Jujuy, trabajó como maestro de escuela y no dejó de pintar. ¿Qué experiencia le dejó aquella etapa?

-En Buenos Aires eran tiempos del Instituto Di Tella. Mi ida a Jujuy coincidió con un movimiento cultural en el Norte. Allí pude colaborar en la fundación de una escuela de arte que tuvo importantes creadores, como Medardo Pantoja, y poetas como Groppa, Fidalgo, Galán y nuestro admirado Héctor Tizón. Seguramente, soy injusto al olvidarme de otros nombres importantes. A todo esto debo agregar las noches estrelladas, el perfume de los azahares, el sonido misterioso del erque en la Quebrada, la copla y el silencio religioso de aquellos espacios? Todo eso, y más, quedó dentro de mí.

-¿Sigue con la costumbre de recorrer Buenos Aires en coche sin un destino fijo? El miedo, la inseguridad, la pobreza creciente, ¿no lo hicieron desistir?

-Me sigo perdiendo en Buenos Aires, y no me preocupa. Aprovecho para descubrir el barrio, la ciudad, bajar del auto y tomar un café, porque las caras, los gestos, me dicen más que todos los análisis sociales que pueda leer. No pienso en posibles peligros: nada está en nuestras manos. La realización de trabajos complicados coincidió más de una vez con convulsiones sociales del país, de las que no me desentiendo. Sin embargo, mi naturaleza se inclina a mirar de otra forma la realidad. Hay en mí una necesidad de no detenerme en lo contingente.

-No sólo tenemos escritores y artistas de relieve mundial, como usted. Somos el país iberoamericano con más premios en ciencias y seguimos generando científicos de primer nivel. ¿Por qué nos cuesta tanto superar la etapa de los logros individuales y avanzar colectivamente como sociedad?

-El primer paso es reconocer el mérito ajeno. No solamente de nuestros contemporáneos, sino de los que se fueron, pero dejaron huella. Cuando nos demos cuenta claramente de que si a nuestro vecino le va bien nos va a ir bien a nosotros, vamos a empezar a progresar. Pero si para imponer nuestras ideas borramos del mapa, aunque sean buenas, las ideas de los otros, vamos a estar siempre empezando. Así nos va.

-¿Tiene fe en lo que puedan aportar las nuevas generaciones, especialmente la que creció y se está educando en democracia?

-Yo soy un hombre de fe. La historia demuestra que hay momentos desiertos y otros de florecimiento. Me preocupa en la juventud de hoy la falta de pasión por las ideas, la reticencia para entregarse sin reservas a una vocación, el apuro por el beneficio, la carencia de sueños y utopías y el no sentirse llenos del deseo de trascender la existencia. Pero sé que no todo es así y que es injusto generalizar. En desprovistos laboratorios hay también jóvenes que se queman las pestañas pegando el ojo a un microscopio.

-Una encuesta reciente a cuatro mil jóvenes norteamericanos que cursan la universidad arrojó altos porcentajes de desmotivación y respuestas tan descorazonadoras como que no saben por qué estudian lo que estudian o que no les interesa aprovechar la oferta de cursos extracurriculares, lo que demuestra que éste no es sólo un problema argentino?

-No, claro. Es un problema mundial, sólo que, como en todo, en la Argentina las cosas son peores o mejores. Lo que pasa en el mundo pasa acá, antes o después, y pasa en forma más virulenta. Porque a los problemas universales se agregan los problemas inherentes al continente latinoamericano. Por eso digo que aquí las cosas son peores o mejores, pero siempre en los extremos. Además, no tenemos modelos culturales sólidos. No hay nada que arriesgar ni nada que perder, mientras que en sociedades con un largo sedimento, con tradición y con figuras ejemplares, es más difícil que la gente se desbande.

-¿Cómo se vive esto en el mundo del arte?

-En otras épocas, la enseñanza de la pintura respondía a un modelo, a una imagen ideal, que era la meta por alcanzar. En esa escuela, la del yeso y la carbonilla, se formaron Braque, Picasso, Matisse, Giacometti... Esa base les sirvió: los resultados están a la vista. Cualquier aficionado puede ver cuánto hay de lo aprendido en Barcelona, en los dibujos del Picasso maduro. Hoy esos modelos están destruidos. Cada uno sigue su camino e inventa sus propios objetivos. No hay referencias. Se han ido desdibujando. Nos vamos quedando solos, cada uno con su propia historia, en una disgregación total. En un mundo en el que se habla de la gran comunicación, pasa exactamente lo contrario: cada uno dispara para el lado que le conviene.

-Pero usted mismo tiene un taller y alumnos que lo siguen?

-El taller nació por iniciativa de un grupo de alumnos y hoy enseñan pintores que se formaron en él. Tengo 180 alumnos y algunas premisas. Mis ideas nacen de la realidad de mi oficio, del hacer cotidiano, de la apreciación del mundo que me rodea y de su eco, que son las imágenes internas que surgen de esta observación. No tengo demasiada confianza en la teorización que no nace de la práctica. Por eso digo que nuestra finalidad es modesta: tratamos de dar la base, enseñando el oficio lo mejor que podemos. De esa manera, el que viene a nuestra casa sabe claramente lo que puede esperar de nosotros. Creo que, tal como están las cosas hoy, es un aporte interesante.

-Pero ¿eso no fue así siempre?

-Lo que ocurre es que antes uno iba a una academia y podía tener distintos maestros, con distintas ideas, técnicas o teorías, pero había un denominador común: la fe inquebrantable en el arte, y hoy no es así. El arte está sujeto, como todas las cosas, a las leyes del mercado. Y el mercado, como se sabe, se manipula con la promoción. Entonces vaciamos el arte de contenido para transformarlo en objeto fácil de compra y venta. El mérito intrínseco de una obra que debería hablar por sí misma es reemplazado por la promoción, que llena el vacío de su contenido. A cada rato se oye decir que el arte de hoy debe ser espectáculo y diversión. ¿Cómo puede ser el arte divertido cuando debería estar allí para sublimar la realidad y ayudarnos a trascender la existencia? El camino de la excelencia toma tiempo y no es divertido.

-Se dice que la crisis arrasó con todo, pero que la cultura resistió. ¿Es así?

-Sin duda, el gran potencial de la Argentina es la cultura, pero, casualmente, los gobiernos no se ocupan de la cultura. Todo debería estar puesto en las escuelas, en las universidades, en la investigación, en el aprendizaje, en la formación. El futuro de la Argentina es la cultura. Tenemos que trabajar en esa dirección, sacarle el jugo al maravilloso potencial de nuestra creatividad. La materia prima está. Nosotros no podemos mandar cohetes a Saturno o a Venus. Esa carrera ya la perdimos. En cambio, tenemos un gran elemento humano, creativo, y es una de nuestras características más sobresalientes.

-Las megamuestras, los festivales... ¿son significativos desde el punto de vista de la creación de cultura?

-No estoy convencido de que las multitudes que van a las megamuestras sean un síntoma de algo importante. Las muchedumbres van de aquí para allá. Los domingos, los shoppings están llenos de gente, con negocios vacíos y empleados aburridos. En el museo del Louvre es imposible caminar y hay que circular rápido, lo que impide apreciar mínimamente la infinita trascendencia de una obra de arte. Pero no quiero ser negativo: también creo que, al menos, las megamuestras son una forma de acercar a este tipo de manifestaciones a gente que de otra forma no participaría,

-Pero ¿se trata de un fenómeno que sólo le sirve a la clase media argentina, tradicionalmente consumidora de cultura, o puede esperarse un derrame hacia los excluidos y marginados de una sociedad que los ha incorporado por millones?

-La clase media, a pesar del castigo, ha hecho y sigue haciendo extraordinarios esfuerzos para elevarse. A los marginados, y es una vergüenza que los haya, mejor les vendría antes que nada una escuela eficiente, limpia y maestros respetados. Una educación más simple y más clara que enseñe, por ejemplo, que cada ser humano es único; que la vida es un milagro; que nada nos pertenece; que no hay tareas humildes cuando se pone el alma en lo que se hace. A pesar de momentáneos ataques de pesimismo, soy un optimista. Si no, no sería pintor, y creo que a pesar de que el hombre, a veces, se acerca peligrosamente a su origen animal, su tendencia en el tiempo es tratar de ser mejor. Ahí está el esfuerzo heroico de millones de familias que luchan honestamente a brazo partido para dar lo mejor a sus hijos; de gente que hace viajes interminables en trenes y colectivos; personas honestas que veo en las esquinas haciendo largas filas bajo el sol y la lluvia, por un sueldo que no alcanza. Y esos también son argentinos.

-¿Por qué nuestros gobiernos no se ocupan de la cultura?

-Desgraciadamente, desde hace mucho tiempo, los que deberían ocuparse de estas cuestiones son personajes bastante elementales, que dedican toda su energía a las triquiñuelas de la política, en las que son habilísimos. Algunas veces se autoimpusieron, pero otras veces los hemos elegido. La constante ha sido el desinterés cargado de desconfianza y sospecha hacia la cultura en general, y algo de razón tienen, porque es más difícil de manejar que aquel que estudia.

-¿Qué papel le asigna al sector privado en el desarrollo del arte?

-Las empresas podrían destinar fondos que al fin y al cabo son ínfimos, para adornar sus edificios con obras de arte. En un mundo que tiende a la uniformidad, quizás ésta sería la manera de ayudar a crear una identidad. La Galería Pacífico es una muestra de lo que hubiera podido ser Buenos Aires si esos artistas hubieran tenido el apoyo necesario. Afortunadamente, para realizar la pintura que estoy terminando en este momento yo tuve el apoyo incondicional de una empresa. No me pusieron límites de tiempo ni de materiales, y empleé en la obra los mejores que existen. Dediqué casi cuatro años de mi vida a ese trabajo. Miles de personas van a pasar por ese inmenso edificio todo el tiempo y pensé mucho en ellas, en la ciudad y en sus habitantes, porque una pintura mural desempeña un papel social, y espero que el resultado valga la pena. Vemos también lo que ha hecho el aporte privado en el Museo Nacional de Bellas Artes. Para mí es un cambio muy positivo. Finalmente, tenemos un museo que privilegia el arte argentino. Lo que se ha hecho allí es extraordinario.

-Lamentablemente, no se puede decir lo mismo de otros ejemplos de nuestro acervo cultural...

-Lo que pasa en este plano es triste. Tengo entendido que el estado de archivos, colecciones y museos en muchos lugares del interior del país y aquí mismo, en la Capital, es lamentable. En casi todos lados sobreviven gracias a denodados y generosos esfuerzos personales. Pero si se trata de construir un país, esto no alcanza. Un país se construye, como una pared, ladrillo sobre ladrillo. Sólo ponderando el esfuerzo de cada generación iremos descubriendo nuestra identidad. Y debemos cuidarla, también por gratitud hacia los que lucharon antes que nosotros para hacernos mejores. Pero, fundamentalmente, para reconocernos y, en los momentos de oscuridad y desorientación, para volver a las fuentes y reencontrarnos. Un país sin referencias claras es un país a la deriva.

Por Carmen María Ramos
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=704098

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