Una casilla de correo electrónico se convirtió en el lugar más seguro para guardar lo que antes atesoraba un cajón del escritorio. ¿Cómo comenzó esta revolución?
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Hace poco, un amigo me envió como regalo una casilla de correo electrónico que almacena hasta 2 Gigas: un asombroso espacio para guardar prácticamente todo lo que se me ocurra. Pero, si se piensa un poco, eso no es lo que llama más la atención, sino el hecho mismo de que tanto mi amigo como yo consideramos que se trataba de un muy buen regalo: algo que no se ve, que se origina en un simple mensaje con la dirección donde debo hacer click para acceder a la casilla nueva. Es un regalo de aspecto más inmaterial que una tarjeta-regalo (de las que inventaron los bancos últimamente) o un bono para ser canjeado por libros. Mi amigo me regaló algo que él no había comprado pero que poseía, porque los dueños planetarios de esas casilla de correo electrónico al principio las repartieron para darlas a conocer y ponerlas a prueba. Lo primero, entonces, era el regalo de nuevo tipo: "Tomá esto, que no me pertenece, pero que puedo darte, que no se ve, ni se toca, y sin embargo te va a servir mucho". La concreta abstracción de lo virtual.
Lo segundo que me llamó la atención fue el agrado con el que recibí el regalo, como si se hubiera tratado de una valija o unos estantes que no me había comprado por descuido o falta de dinero, pero que eran justamente lo que andaba necesitando. He recibido el derecho a usar un espacio que no sé dónde está ubicado, pero en el cual confío que puedo guardar todos los archivos que me parezcan más indispensables y más dignos de ser conservados.
La idea de que el lugar más seguro del mundo sea una gran computadora, manejada por gente desconocida y alojada en un lugar al que jamás podré acceder físicamente, es en sí misma una novedad de la última década. A quienes tienen más de treinta años, esa idea todavía debe resultarle sorprendente, salvo que acepten todos los cambios como si se tratara de una lluvia tan benéfica como inevitable o de un maremoto. Para cualquier otra persona, es extraña la naturalidad de una confianza depositada en gentes y lugares desconocidos, a los que se enviará textos valiosos para quien los ha escrito, o cartas o fotografías o lo que sea, incluso de la más estricta intimidad. Como dicen los expertos, se ha producido una desmaterialización de los soportes de todos los mensajes.
Hace cien años, la confianza estaba sostenida en el conocimiento cara a cara: alguien que sabía que su muerte estaba próxima, le entregaba a un notario, a un cura, a un amigo, sus últimas voluntades. Y ese era un acto de proximidad de los cuerpos, palabras dichas buscando la mirada y el contacto con el otro o, en todo caso, palabras entregadas a un funcionario cuya responsabilidad era conservarlas y hacerlas cumplir. La invención del teléfono fue el primer giro revolucionario en este mundo de confianza sostenida por la presencia.
Después del teléfono, todo pareció posible porque los cambios, una vez instalados, se generalizan sin retroceso.
Sin embargo, el teléfono todavía enviaba, por un manojo de alambres, la manifestación física de la voz (reconocemos voces por teléfono, huellas de identidad entre las palabras dichas y el cuerpo que las emite).
Poseer un espacio virtual, alojado en un lugar desconocido y al que se accede por caminos también desconocidos, lleva las cosas mucho más lejos. Sobre todo, porque yo, como cualquiera, pienso que lo que guarde en ese espacio remoto y físicamente inaccesible estará más seguro allí que convertido en una copia de seguridad en el cajón del escritorio, o en un manojo de fotos en un álbum. Para desencantarme, alguien me dijo: "Imagináte si un día los tipos de allá, donde guardaste todo, cometen dos o tres equivocaciones, hacen un desastre o les hackean la computadora". Introducía un principio de realidad que había que considerar. Pero su inquietante pregunta va en contra de las leyes de funcionamiento y las bases de existencia de esos lugares remotos, de los que sólo tenemos el nombre de fantasía: loquesea.com. Ellos, los desconocidos, están más interesados que yo misma en demostrar que mi casa y mi computadora son menos seguras que las suyas.
http://www.clarin.com/diario/2005/05/29/sociedad/s-985121.htm
EX MINISTRO DE ECONOMIA DE CHILE
Chile ha sido catalogado con frecuencia como el ejemplo más exitoso de reformas económicas neoliberales. Sin embargo, la experiencia no debe ser sobreestimada ni copiada por otros países.
Todo el mundo habla del "modelo chileno", pero usted sostiene que no se puede hablar de tal cosa. ¿Por qué?
—A mí me parece muy abusivo el uso que han hecho de la experiencia chilena algunos organismos internacionales. La experiencia chilena es un proceso interesante, se trata de un conjunto de reformas que han sido la base de un crecimiento dinámico. Pero no porque hayan funcionado en Chile van a producir exactamente los mismos resultados en otros países del mundo. Yo he recorrido muchos países del mundo, donde me encuentro con los políticos responsables del área económica, que me dicen: "Mire, hicimos exactamente lo mismo que hicieron en Chile y aquí estamos, no crecemos, estamos estancados". Yo, frente a esa realidad, respondo diciendo lo siguiente: las reformas económicas son condiciones necesarias, pero no son suficientes. En el caso de Chile, hay por lo menos tres razones que explican por qué estas reformas han tenido éxito en Chile y han tenido dificultades en otros países del mundo.
# Dígame primero cuáles fueron las reformas.
—Fundamentalmente la apertura económica y la liberalización de los mercados. Yo creo que son reformas que había que hacer en Chile y que hay que hacer en otros países. Pero en muchos lugares se llevaron a cabo y no tuvieron los resultados que dieron en mi país.
# ¿Por qué tuvieron éxito en Chile?
—Había condiciones de partida que eran indispensables: un Estado más o menos constituido, un sistema fiscal que razonablemente funcionaba, un sistema de producción generalizado y además se hizo una reforma agraria.
# ¿Esa reforma fue antes de Pinochet?
—Así es. Pinochet hereda un país con una tremenda convulsión política, con una democracia que se desploma, pero con una tradición de servicio público relativamente bien constituida en relación a lo que pasa en América latina, con un sistema fiscal en el cual la gente pagaba sus impuestos. Antes de Pinochet se había hecho una reforma agraria y el latifundio, que es un gran obstáculo al crecimiento, había sido eliminado. Por ejemplo, todos los desarrollos frutícolas y forestales existían antes del régimen militar. Lo que hizo el régimen militar fue abrir la economía, liberalizar los mercados. Esas reformas habría que haberlas hecho de todas maneras. Tocó que se hicieran durante el período militar. Ahora, en su primera aplicación, el modelo del régimen militar, el famoso "modelo Chicago", colapsó de manera brutal a principios de los 80. Eso también es parte muy importante de la historia. Lo que viene después es un modelo mucho más heterodoxo.
# ¿Cuáles son los componentes heterodoxos?
—Mire, este modelo tiene originalidades que son bien importantes. Las finanzas públicas tuvieron en la producción del cobre una columna vertebral. Contrariando todos los intentos de los economistas neoliberales, los militares mantuvieron el cobre bajo poder público. En nuestro país, no obstante el liberalismo salvaje que se impuso durante ese período en materia económica —no así en materia política ni en materia cultural—, se consagró la propiedad 100% de Codelco, que es la principal empresa productora de cobre del mundo. Y también se consagró constitucionalmente la propiedad 100% pública de la Empresa Nacional de Petróleo. Lo que demuestra que también aquí hubo, en algunos aspectos, aproximaciones más pragmáticas que finalmente han sido muy importantes para poder garantizar finanzas públicas sólidas, una cierta capacidad del Estado de formular políticas públicas financiadas, en una medida muy importante, vuelvo a decir, que genera el cobre. Pero yo quiero ser en esto bien riguroso. A mí me parece que las reformas económicas, entendiendo como las principales la apertura al comercio, la inserción en los mercados, la generación de condiciones internas de competencia, son reformas indispensables, sin ésas es muy difícil generar, en las condiciones de hoy en día, economías dinámicas. Y más para una economía pequeña como la chilena. Sin lugar a dudas.
# ¿Cuál es el factor clave del crecimiento posterior?
—Si a mediados de los años 70 hubiera habido una reforma económica en Brasil con la intensidad y la violencia que tuvo la reforma chilena, ¿qué pasaba con el mercado internacional? Tengo serias dudas respecto de la capacidad de asimilación de la economía internacional de una inundación masiva de productos brasileños. Lo que hizo Chile, inteligentemente, fue lo que uno podría llamar una estrategia de aumento de la parte de mercado, en sectores muy específicos, mejorando calidad y, sobre todo, costos. Y como Chile era un productor pequeño, logró ir desplazando a otros productores en nichos de la demanda mundial que no eran muy dinámicos. Este país pequeño fue ganando partes de mercado con una estrategia muy competitiva. Creo que esa estrategia, que era válida para un país pequeño, no era válida para un país grande como Brasil. Otro elemento que ayudó mucho al éxito chileno fue que la comunidad internacional, el Fondo Monetario, el Banco Mundial, necesitaban un buen alumno del curso, para mostrar ante el mundo. Y había que pagar un poco por eso. Y nosotros pagamos.
# ¿Chile jugó el papel del buen alumno del curso?
—Sigue jugándolo. En mi país yo digo que está bien, que nosotros tenemos que hacer las cosas rigurosamente, que es muy importante que las palabras se cumplan, que hay que mantener el ritmo de las reformas. Pero yo también esperaría, de aquí en adelante, que no solamente fuéramos los buenos alumnos del curso en América latina sino que fuéramos un poquito mejores compañeros, que es otro tema que está planteado en Chile.
# Quisiera volver al tema del cumplimiento de la palabra y el respeto a las reglas
—Esto de las reglas hay que tomarlo con mucho cuidado. Porque, efectivamente, reglas que son acatadas por todos los actores son un elemento básico de la confianza y la previsibilidad. Ahora, hay que tener mucho cuidado, porque hay también una tendencia, por parte de los economistas de derecha, a protestar, frente a cualquier cosa, que éste es un cambio de las reglas del juego. En consecuencia, las reglas del juego se pueden cambiar. Lo importante es que las reglas del juego se cambien en un sentido que sea transparente, que apunte a perfeccionar el funcionamiento de las reglas, que esto se haga en función de los intereses más generales y no sea el producto de la presión de empresas corporativas. Y en eso hay que tener mucho cuidado, porque la capacidad que tienen los intereses corporativos de disfrazarse con el ropaje de los intereses nacionales es enorme.
# ¿Cómo están los trabajadores frente a esos intereses?
—Están débiles. A mí me preocupa mucho el debilitamiento que tiene el mundo sindical respecto del mundo empresarial en Chile: el desbalance de poderes hoy día es brutal, y esto se manifiesta en la capacidad que tienen particularmente los gremios empresariales para presentar sus intereses. Y de hecho, hay muchos legisladores que terminan capitulando frente a los intereses corporativos.
# Ahora, en ese modelo de mercado, ¿qué papel le queda al Estado?
—Chile tiene tres cosas muy importantes para exhibir como realizaciones de estos años. Una economía dinámica, una buena inserción en distintos circuitos internacionales y una disminución significativa de la pobreza. Pero, por otra parte, no obstante eso, Chile es un país tremendamente injusto, con una distribución del ingreso que es de las peores del mundo. Hay que poner en la agenda pública temas como las mejoras en la distribución del ingreso, en la salud y la educación.
# ¿Y la relación con el Mercosur?
—Chile, que ha hecho un esfuerzo grande en materia de apertura, no puede subir sus aranceles para ser miembro pleno del Mercosur. Eso no tiene sentido. Pero podemos hacer otras cosas como integración en el campo de la infraestructura o energía, que son formidables espacios de desarrollo.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/05/29/z-985148.htm
Copyright Clarín, 2005.
EX MINISTRO DE ECONOMIA DE CHILE
Chile ha sido catalogado con frecuencia como el ejemplo más exitoso de reformas económicas neoliberales. Sin embargo, la experiencia no debe ser sobreestimada ni copiada por otros países.
Todo el mundo habla del "modelo chileno", pero usted sostiene que no se puede hablar de tal cosa. ¿Por qué?
—A mí me parece muy abusivo el uso que han hecho de la experiencia chilena algunos organismos internacionales. La experiencia chilena es un proceso interesante, se trata de un conjunto de reformas que han sido la base de un crecimiento dinámico. Pero no porque hayan funcionado en Chile van a producir exactamente los mismos resultados en otros países del mundo. Yo he recorrido muchos países del mundo, donde me encuentro con los políticos responsables del área económica, que me dicen: "Mire, hicimos exactamente lo mismo que hicieron en Chile y aquí estamos, no crecemos, estamos estancados". Yo, frente a esa realidad, respondo diciendo lo siguiente: las reformas económicas son condiciones necesarias, pero no son suficientes. En el caso de Chile, hay por lo menos tres razones que explican por qué estas reformas han tenido éxito en Chile y han tenido dificultades en otros países del mundo.
# Dígame primero cuáles fueron las reformas.
—Fundamentalmente la apertura económica y la liberalización de los mercados. Yo creo que son reformas que había que hacer en Chile y que hay que hacer en otros países. Pero en muchos lugares se llevaron a cabo y no tuvieron los resultados que dieron en mi país.
# ¿Por qué tuvieron éxito en Chile?
—Había condiciones de partida que eran indispensables: un Estado más o menos constituido, un sistema fiscal que razonablemente funcionaba, un sistema de producción generalizado y además se hizo una reforma agraria.
# ¿Esa reforma fue antes de Pinochet?
—Así es. Pinochet hereda un país con una tremenda convulsión política, con una democracia que se desploma, pero con una tradición de servicio público relativamente bien constituida en relación a lo que pasa en América latina, con un sistema fiscal en el cual la gente pagaba sus impuestos. Antes de Pinochet se había hecho una reforma agraria y el latifundio, que es un gran obstáculo al crecimiento, había sido eliminado. Por ejemplo, todos los desarrollos frutícolas y forestales existían antes del régimen militar. Lo que hizo el régimen militar fue abrir la economía, liberalizar los mercados. Esas reformas habría que haberlas hecho de todas maneras. Tocó que se hicieran durante el período militar. Ahora, en su primera aplicación, el modelo del régimen militar, el famoso "modelo Chicago", colapsó de manera brutal a principios de los 80. Eso también es parte muy importante de la historia. Lo que viene después es un modelo mucho más heterodoxo.
# ¿Cuáles son los componentes heterodoxos?
—Mire, este modelo tiene originalidades que son bien importantes. Las finanzas públicas tuvieron en la producción del cobre una columna vertebral. Contrariando todos los intentos de los economistas neoliberales, los militares mantuvieron el cobre bajo poder público. En nuestro país, no obstante el liberalismo salvaje que se impuso durante ese período en materia económica —no así en materia política ni en materia cultural—, se consagró la propiedad 100% de Codelco, que es la principal empresa productora de cobre del mundo. Y también se consagró constitucionalmente la propiedad 100% pública de la Empresa Nacional de Petróleo. Lo que demuestra que también aquí hubo, en algunos aspectos, aproximaciones más pragmáticas que finalmente han sido muy importantes para poder garantizar finanzas públicas sólidas, una cierta capacidad del Estado de formular políticas públicas financiadas, en una medida muy importante, vuelvo a decir, que genera el cobre. Pero yo quiero ser en esto bien riguroso. A mí me parece que las reformas económicas, entendiendo como las principales la apertura al comercio, la inserción en los mercados, la generación de condiciones internas de competencia, son reformas indispensables, sin ésas es muy difícil generar, en las condiciones de hoy en día, economías dinámicas. Y más para una economía pequeña como la chilena. Sin lugar a dudas.
# ¿Cuál es el factor clave del crecimiento posterior?
—Si a mediados de los años 70 hubiera habido una reforma económica en Brasil con la intensidad y la violencia que tuvo la reforma chilena, ¿qué pasaba con el mercado internacional? Tengo serias dudas respecto de la capacidad de asimilación de la economía internacional de una inundación masiva de productos brasileños. Lo que hizo Chile, inteligentemente, fue lo que uno podría llamar una estrategia de aumento de la parte de mercado, en sectores muy específicos, mejorando calidad y, sobre todo, costos. Y como Chile era un productor pequeño, logró ir desplazando a otros productores en nichos de la demanda mundial que no eran muy dinámicos. Este país pequeño fue ganando partes de mercado con una estrategia muy competitiva. Creo que esa estrategia, que era válida para un país pequeño, no era válida para un país grande como Brasil. Otro elemento que ayudó mucho al éxito chileno fue que la comunidad internacional, el Fondo Monetario, el Banco Mundial, necesitaban un buen alumno del curso, para mostrar ante el mundo. Y había que pagar un poco por eso. Y nosotros pagamos.
# ¿Chile jugó el papel del buen alumno del curso?
—Sigue jugándolo. En mi país yo digo que está bien, que nosotros tenemos que hacer las cosas rigurosamente, que es muy importante que las palabras se cumplan, que hay que mantener el ritmo de las reformas. Pero yo también esperaría, de aquí en adelante, que no solamente fuéramos los buenos alumnos del curso en América latina sino que fuéramos un poquito mejores compañeros, que es otro tema que está planteado en Chile.
# Quisiera volver al tema del cumplimiento de la palabra y el respeto a las reglas
—Esto de las reglas hay que tomarlo con mucho cuidado. Porque, efectivamente, reglas que son acatadas por todos los actores son un elemento básico de la confianza y la previsibilidad. Ahora, hay que tener mucho cuidado, porque hay también una tendencia, por parte de los economistas de derecha, a protestar, frente a cualquier cosa, que éste es un cambio de las reglas del juego. En consecuencia, las reglas del juego se pueden cambiar. Lo importante es que las reglas del juego se cambien en un sentido que sea transparente, que apunte a perfeccionar el funcionamiento de las reglas, que esto se haga en función de los intereses más generales y no sea el producto de la presión de empresas corporativas. Y en eso hay que tener mucho cuidado, porque la capacidad que tienen los intereses corporativos de disfrazarse con el ropaje de los intereses nacionales es enorme.
# ¿Cómo están los trabajadores frente a esos intereses?
—Están débiles. A mí me preocupa mucho el debilitamiento que tiene el mundo sindical respecto del mundo empresarial en Chile: el desbalance de poderes hoy día es brutal, y esto se manifiesta en la capacidad que tienen particularmente los gremios empresariales para presentar sus intereses. Y de hecho, hay muchos legisladores que terminan capitulando frente a los intereses corporativos.
# Ahora, en ese modelo de mercado, ¿qué papel le queda al Estado?
—Chile tiene tres cosas muy importantes para exhibir como realizaciones de estos años. Una economía dinámica, una buena inserción en distintos circuitos internacionales y una disminución significativa de la pobreza. Pero, por otra parte, no obstante eso, Chile es un país tremendamente injusto, con una distribución del ingreso que es de las peores del mundo. Hay que poner en la agenda pública temas como las mejoras en la distribución del ingreso, en la salud y la educación.
# ¿Y la relación con el Mercosur?
—Chile, que ha hecho un esfuerzo grande en materia de apertura, no puede subir sus aranceles para ser miembro pleno del Mercosur. Eso no tiene sentido. Pero podemos hacer otras cosas como integración en el campo de la infraestructura o energía, que son formidables espacios de desarrollo.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/05/29/z-985148.htm
Copyright Clarín, 2005.
El sociólogo analiza la política argentina
“El peronismo conoce el poder, pero desconoce la ley; los radicales conocen la ley, pero no el poder.” Con esta sencilla frase, el sociólogo Juan Carlos Torre define una de las situaciones más traumáticas de la política argentina.
La explica apelando al mentado manual de conducción de Juan Domingo Perón, que califica de “catecismo sobre cómo conseguir, acumular y preservar el poder”.
Torre habla con la solvencia de quien ha buceado en los orígenes de ese movimiento y revelado la conducta de sus primeros adherentes gremiales. Lo dejó escrito en libros como “La vieja guardia sindical peronista”, “Los sindicatos en el gobierno” y “El gigante invertebrado”. Enriqueció sus análisis con compilaciones de diversos autores, una titulada “La formación del sindicalismo peronista”, y otra, “El 17 de octubre de 1945”.
Resulta placentero dialogar con quien transitó por aulas de prestigio internacional –aprendiendo y enseñando–, pudo acceder a formidables bibliotecas y tomar contacto con intelectuales brillantes. Nacido en Bahía Blanca en 1940, pero criado en Darregueira, donde jugaba en la casa de ramos generales de su padre, Torre llegó a Buenos Aires para ingresar en la Facultad de Filosofía y Letras y convertirse en estudiante crónico, debido al exceso de militancia universitaria.
"Las agrupaciones reformistas tenían todas las variantes de izquierda. Yo militaba con los comunistas, que en ese momento eran los más moderados, porque los socialistas vivían fascinados con la revolución cubana, que para nosotros era una aventura pequeñoburguesa. Hoy cuesta entenderlo, pero era así..."
El derrocamiento de Illia lo sorprendería como representante estudiantil en el Consejo Superior de la Universidad, sentado junto al rector Hilario Fernández Long, quien se resistía a entregar el viejo caserón de la calle Viamonte. Aquella intervención militar lo borró de la militancia y no tuvo más remedio que recibirse. Egresó de la UBA y también de la Ecole des Hautes Etudes, pues había tenido que cambiar el destino de una beca norteamericana por una inesperada -y fructífera- estada en París.
-¿Así concluyó la militancia política?
-La militancia, sí. Seguí formando parte de la intelectualidad de izquierda, pero sin vinculaciones. Trabajé en el Consejo Federal de Inversiones y en el Conade, donde conocí a los economistas católicos, pero la gran influencia la recibí en el Instituto Di Tella, donde me hizo ingresar Guido Di Tella, su creador. En esa universidad, sigo dictando clases. En París, fui alumno de Alain Touraine, uno de los sociólogos que más leía y trataba. Después fui profesor en la Universidad de San Pablo; más tarde me contrató el Instituto de Estudios Latinoamericanos de Londres y estuve en Oxford hasta 1982. En ese período, sólo viví un año en la Argentina. Regresé definitivamente en vísperas de la guerra de Malvinas y, naturalmente, volví al Di Tella.
-Y a la política...
-Inesperadamente, en 1983, Juan Sourrouille me invitó a participar en el equipo económico de Alfonsín, donde trabajé hasta 1988. Fue una gran experiencia, porque me dieron la oportunidad de ver cómo se cocina el bacalao.
-¿Qué hacía un sociólogo en medio de los economistas?
-Aportar una visión diferente y dialogar sin inhibiciones. Como era el que más había escrito, también me encargaban la redacción de documentos y de discursos. Así pude conversar mucho con Alfonsín, que pedía informes sobre distintos temas. También participé en el Grupo Esmeralda, armado por Meyer Goodbar, donde estaban Juan Carlos Portantiero y Emilio de Ipola. Eso me hizo ampliar y enriquecer mi visión.
-Pero ¿qué se aprende de nuevo?
-Se aprende a comprender las políticas públicas, cómo se instrumentan, cómo se enseñan. Desde entonces llevo varios años dictando clase sobre la materia. Primero, en la Universidad de San Andrés, y ahora, en la Universidad Di Tella. De esa apertura al mundo de las decisiones resultó, en 1998, el libro "El proceso político de las reformas en América Latina". Es un estudio comparativo de los contrastes latinoamericanos.
-Contrastes son los del peronismo... ¿Cómo lo definiría hoy?
-Como fenómeno político y cultural, el peronismo se ha enfriado. Ya no suscita los entusiasmos y los odios que lo acompañaron durante tanto tiempo. Se ha despojado de todo proyecto, de todo lo que le era propio. Hoy es un aparato político en el gobierno, antes era un territorio donde se cruzaban momentos calientes de la vida argentina. El abrazo Perón-Balbín, que reconcilió tradiciones antagónicas, hizo que se convirtiera en un partido más, que se desacralizara y dejara de ser contestatario. Ahora es un viejo partido, aunque con una capacidad de renovación permanente que los otros no tienen. Gana elecciones, pero también pierde gobiernos, porque dejó de ser un movimiento transformador y no suscita el mismo entusiasmo, excepto en algunos rincones del país donde aún se vive del pasado. El peronista es hoy un operador político, no el portavoz de una promesa alternativa. Lo han enterrado los propios militantes. Lo han convertido en un aparato de conquista y de mantenimiento del poder.
-¿Acaso no fueron ésas las enseñanzas del fundador?
-El principal legado de Perón a los peronistas fue su manual "Conducción política". Si otros legan valores, ideas, en el peronismo el proyecto es cómo se conquista, se mantiene y se reproduce el poder. Esta manera de hacer política contiene un agnosticismo ético, pues no se somete a valores y descree de las ideas. Sólo son vistos desde una perspectiva instrumental, lo que permite una gran capacidad de innovación.
-Podría decirse que se combina con el estilo autoritario de los sindicalistas, que negocian cualquier cosa con tal de mantenerse en el poder.
-No hay que olvidar que el primer auditorio de Perón en sus clases sobre conducción política fueron los dirigentes sindicales. Ellos absorbieron de su jefe una nueva manera de hacer política.
-Perón se consideraba un catedrático de la conducción, pero a la hora de pelear abandonaba el comando. Lo hizo en 1945 y en 1955.
-Perón diría que el conductor no debe exponerse en el terreno. Para eso están sus lugartenientes y su tropa. Para él, la conducción era, por sobre todo, una idea de orden. En 1955, estaba temeroso de que las masas generaran una instancia que él mismo no pudiera controlar. Si triunfaba, tenía que radicalizar la situación y realizar una justicia social en serio, pero los trabajadores no tenían la disciplina de antes, pues el Congreso de la Productividad había sido un fracaso. El Perón del 55 se había metido en un callejón sin salida. Ya no manejaba las fuerzas que había puesto en movimiento y la coyuntura le era muy desfavorable.
-¿Kirchner es el peronismo?
-Es una de las caras del peronismo. No es un fenómeno exótico dentro del partido. Con Kirchner, las políticas de gobierno viraron hacia posiciones opuestas a las de la gestión de Menem. Su intención es revertir el rumbo. Frente a la amnistía y el olvido resignado, se levanta la reapertura de los juicios y la memoria recurrente; a la apertura de la economía se opone la apuesta por el mercado interno; al desmantelamiento de la intervención económica estatal se opone la vuelta a los subsidios públicos. El colapso de 2001 ofreció el escenario propicio para proponer un viraje y Kirchner lo hizo, presentándose como un outsider, como alguien de afuera que viene con sus credenciales setentistas a hacer un ajuste de cuentas. Usando los términos dialécticos, diría que representa la antítesis de la tesis en boga en los 90. Sus políticas no constituyen una síntesis capaz de superar nuestro pasado y nuestro presente. Hoy, asistimos a un debate poco productivo entre setentistas y noventistas. Confío en que sea una escala transitoria, de la que podamos salir con Kirchner, si madura y cambia, o con quien lo suceda en el cargo y ofrezca un proyecto más abarcador, en sintonía con los tiempos del mundo.
-¿Le sirven al Presidente sus actitudes públicas desafiantes?
-A su llegada, los gestos desafiantes tuvieron un valor positivo, porque dieron la sensación de que por fin había alguien en el timón presidencial. Pero luego hubo resultados decrecientes. Las acusaciones a troche y moche generan incertidumbre, provocan conflictos innecesarios. Esa política de crispación no ayuda a reagrupar fuerzas. Kirchner está acostumbrado al manejo peronista del poder y no descarto, además, algo de teatro en su comportamiento público.
-¿Pero tiene algún proyecto concreto?
-En cuanto al funcionamiento de la economía, Kirchner tiene una gran nostalgia del estatismo, del mercado interno y de una Argentina que camine sobre sus propios pies. "Vivir con lo nuestro" sería una de las consignas que podría aglutinar esa visión de los poderes, del pasado, de la economía, como si los cambios en el país no hubieran dejado marca alguna.
-Nuestros gobernantes suelen reiterar esas visiones del pasado, que se contradicen con lo que ocurre en el mundo. ¿Es una deficiencia política, sociológica, institucional?
-Nuestro sistema presidencial hace que al vértice del gobierno lleguen hombres con muy poca experiencia de gestión y muy poco mundo exterior. Una de las características del sistema parlamentario es que quien llega a primer ministro ha hecho un cursus honorum bastante prolongado y es seleccionado por sus pares. Casi siempre ha sido ministro en gobiernos anteriores. Eso le da a la gestión presidencial una calidad más profesional. En cambio, nuestros presidentes no han circulado mucho. Son un reflejo del ámbito político, cuya característica es la falta de confrontación con las cosas del mundo. Por eso es que después tienen deslumbramientos. Duhalde, por ejemplo, fue a España y descubrió que la globalización iba en serio. Nuestro actual presidente tiene continuas experiencias de ese tipo, que son de una inocencia patética. Esto nos dice algo sobre la vida política argentina: carece de experiencia sobre lo que sucede en el mundo.
-En sus escritos, usted señala que los políticos siempre están proponiendo ideas que se ha probado que no sirven. ¿Es por ignorancia?
-Esa tendencia a volver a lugares donde ya se estuvo muchas veces es consecuencia de la inestabilidad política. La discontinuidad trae aparejada la pérdida de la trayectoria, de los antecedentes, y eso conspira contra una visión fresca. Uno se encuentra con gente que repite conceptos perimidos, que impiden resolver el problema de primera mano. Viendo de cerca la política, se advierte la limitación de ideas, la limitación en las comparaciones históricas. Los políticos son muy recelosos de lo que no sea la propia experiencia.
-¿Qué sensación le da el radicalismo? Tiene muchos intendentes, concejales, legisladores y gobernadores, pero parece congelado a la espera de un nuevo referente.
-El radicalismo tiene en su haber un triunfo del 52 por ciento en las elecciones de 1983, pero su último candidato a presidente obtuvo apenas el dos por ciento. Eso refleja su distancia con el electorado. Es un partido replegado en sus bases locales, tiene una organización extendida territorialmente, pero no es un partido con presencia nacional. Su gran ventaja sobre las nuevas agrupaciones es que cuenta con dicha red, con una difusión tan amplia. Es un partido con una gran diversidad, que no ha cesado, pues hoy una parte del partido apoya tibiamente la gestión de Kirchner, con el acompañamiento de Duhalde, y, además, existe una alternativa opositora.
-No obstante, existe una diferencia de estilo entre radicales y peronistas...
-Aunque ambos han mostrado muchas superposiciones sobre cómo hacer las cosas, es cierto que el radicalismo nunca ha tenido una fracción de derecha tan fuerte como la que llegó a gobernar el peronismo. El radicalismo tuvo conservadores, pero no fascistas. En el peronismo sí hubo fascistas.
Por Hugo Gambini
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=707972
Por Sandra Russo
Los lugares comunes están llenos de sorpresas. No es bueno dar las cosas por sentadas, sobre todo en la Argentina, un país en el que las cosas que se dan por sentadas un buen día se levantan y le pegan a uno un garrotazo en la cabeza. El miércoles de esta semana, Ricardo López Murphy y Mauricio Macri lanzaron, después de arduas negociaciones, una coalición que fue ubicada, de acuerdo a diferentes medios gráficos, en el “centro”, en el “centroderecha” y en la “derecha”, lo cual puede hablar más del lugar desde donde se los mira que del lugar en el que López Murphy y Macri están parados. Del centro a la derecha, nadie duda. La Nación tituló “Lanzó el centro su coalición para competir en octubre”. Este diario, “A la derecha de su televisor, señora”. ¿Pero dónde están parados esos dos hombres que el miércoles levantaron los brazos sonrientes, vestidos ambos con pantalones grises, blazers azules y camisas celestes, como promotores del país que auspician, pulcro, sobrio, ordenado, recién salido de la tintorería?
En el galpón de Barracas en el que se hizo el lanzamiento –por esas curiosidades del destino, llamado “Central Park”–, un locutor se encargó de leer el “acuerdo” al que arribaron, “por el desarrollo y la unidad nacional”, frase que como todo el mundo se dará cuenta no significa absolutamente nada. Por eso digo que hay que seguir escudriñando en los lugares comunes, a ver qué guardan. No es tarea fácil. Uno no está ni exento ni virgen de esos lugares plagados de inercias, vicios, pacotillas. Pero veamos. El locutor siguió diciendo que “tenemos que cambiar la forma en que se ha entendido la política y trabajar en soluciones modernas, creativas y eficientes”. “Cambiar la forma de hacer política” tiene gancho, es como una flor robada en otros jardines. Pero el añadido de esos tres adjetivos es inequívoco: lustran la promesa con un brillo que no nos es desconocido. La derecha siempre se propone como moderna, como creativa y como eficiente. Se ignora qué designa exactamente con ese tipo de palabras, pero se adivina que lo que quiere decir es que hay que levantar anclas y mirar el horizonte con mentalidad práctica. Ese tipo de mentalidades fueron las que concibieron ideas como las de las generaciones sacrificables, los modelos económicos como botes de lujo para la primera clase del “Titanic” mientras la orquesta seguía tocando y la clase económica se hundía.
Pero lo mejor vino después. Llegó con el discurso de Macri, cuando dijo “ya es tiempo de dejar de mirar para atrás, dejar de buscar culpables en el pasado y empezar a mirar hacia el futuro”. Hay que prestarle atención a cómo la derecha que no se admite derecha y acepta pasar por centro se refiere al futuro y cómo arrastra la “s” cuando pronuncia la palabra “pasado”. Este, por ejemplo, es un buen lugar común para desanudar. Precedido por tan floridas alusiones a la modernidad, la creatividad y la eficiencia, el futuro parecería asomar en el discurso de la derecha como el filo brillante de una aurora de la que, por estúpidos, nos estábamos privando. Pero ojo. Cada vez que en la Argentina alguien afirma que “hay que dejarse de mirar para atrás y de buscar culpables”... es de derecha, no lo duden. Ese “dejarse de mirar para atrás” implica un dejarse de joder con el pasado, desembucha un dejarse de escarbar en las heridas, revela un dejarse de escorchar con el dolor, pero no es eso todo: esa frase es un rasti que encastra a la perfección con otro, el de los errores y el de los excesos.
Y no es por un afán retroactivo que es necesario desanudar ese lugar común. No es por chapa setentista ni por obcecación conadepiana. Es precisamente con la mirada puesta en el futuro que es urgente desenmascarar esos clichés. Porque ha cambiado las estrategias de seducción y ha metamorfoseado sus propuestas, pero la derecha sigue sin creer –y es por esto, básicamente por esto, que alguien es o no es de derecha– que seamos todos iguales y tengamos todos los mismos derechos. Ese es el núcleo duro del pensamiento político, el átomo irreductible que nos hace sujetos políticos de una u otra orientación.
Cuando algún grupo corta una calle, los automovilistas se quejan porque los embotellan, porque no pueden avanzar. Quedarse embotellado le rompe los nervios a cualquiera, eso es obvio. Pero los que están ahí, cortando la calle, han nacido embotellados. Saben, porque está escrito en su destino social, que ni ahora ni nunca podrán avanzar. De poder elegir, ¿quién optaría por ser uno de los que cortan la calle en lugar de ser uno de los que esperan en sus autos? Quiero decir: de poder elegir, ¿quién optaría por ser pobre o indigente, en lugar de ser un señor de traje azul y camisa celeste? ¿Quién, más que alguien de derecha, puede ver a los pobres como activistas de la pobreza?
Y es necesario desatar estos lugares comunes porque en el énfasis de la mirada hacia adelante lo que hay es una minimización de los horrores del pasado. Y esa dispensa es peligrosa hacia el futuro. Estos señores sobrios y educados no creen que, en realidad, un señor sobrio y educado tenga la misma e idéntica dignidad que un zaparrastroso del montón. En sus modelos serán bienvenidos, bien atendidos y bien tratados todos los señores y señoras que estén hartos de tanto zaparrastroso. En sus mensajes hay caricias para los oídos de quienes aspiren a un país de buenos modales y azafatas sonrientes, pero a los que queden afuera, a los que sobren o no encajen, se les responderá como siempre ha respondido la derecha, sin piedad. El orden es para ellos un valor sobredimensionado, no porque adoren los climas bucólicos, sino porque, tal como la historia de este país nos lo recuerda, es con orden que la derecha siempre ha logrado hacer buenos negocios.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-51598-2005-05-28.html
Autocrítica del líder de mayo del 68
BRUSELAS.– Hay quienes afirman que no existe nada peor para un izquierdista que convertirse al realismo. Para sus adversarios, Daniel Cohn-Bendit es el ejemplo perfecto.
A los 60 años, el histórico líder de la rebelión estudiantil de mayo del 68 en Francia parece haber aceptado de buen grado los derechos y obligaciones del juego democrático más tradicional.
Copresidente del grupo de los verdes en el Parlamento Europeo, Cohn-Bendit parece moverse en ese medio como pez en el agua: una vida regulada como un reloj suizo, varios asistentes parlamentarios a su disposición, un evolucionado sitio en Internet, una espaciosa oficina con teléfonos que no dejan de sonar y las personalidades más importantes de Europa requiriendo a diario su opinión.
Sin embargo, sería un error imaginarlo como un funcionario vestido de gris. De su juventud, Cohn-Bendit conservó la fascinación por la provocación, la ironía para demoler a sus adversarios y la independencia de su acción política.
Como hace casi 40 años, el pelirrojo más célebre de Europa sigue vistiéndose con esmerado desaliño, hablando con infrecuente vehemencia y afirmando que no puede imaginarse la vida sin pasión... y sin fútbol.
Cohn-Bendit nació en Francia, en el seno de una familia de refugiados judíos alemanes. Expulsado por Charles de Gaulle tras la rebelión de 1968, se instaló en Alemania. Y allí se quedó. Partidario de la ecología, militante verde desde los años 80, adjunto del alcalde de Francfort, llegó al Parlamento Europeo en 1994.
De esos orígenes franco-alemanes, "Dany el Rojo" heredó un sueño: la construcción europea. Pero sus aventuras estudiantiles lo persiguen como un boomerang. ¿Le molesta? "No. Como me expulsaron quedé asociado al aspecto positivo de mayo del 68. Soy como una suerte de Jim Morrison desaparecido en plena gloria, antes de desmoronarse como Elvis Presley."
-¿Qué responde a aquellos que afirman que, comparado con "Dany, el Rojo" de 1968, Daniel Cohn-Bendit está de vuelta de muchas cosas?
-Las críticas suelen ser más duras aún. En Francia hay personas que me tratan de traidor y de renegado. Otros, que me conocen mejor, dicen que siempre fui sólo un reformista. Es verdad que por entonces yo tenía un discurso libertario, abierto? Siempre quise ser un mediador entre diferentes posiciones. Creo que nunca cambié esa forma de ser.
-Hace 30 años era considerado un rojo por la derecha. Hoy es un diputado verde.
-Sí, soy un verde, a mi manera. Creo que hay muchas formas de estar en un partido. Yo soy una especie de aguijón. Soy alguien que trata de anticipar ciertas posiciones que creo necesarias. El gran peligro de un partido político es que funciona en un círculo vicioso y cerrado. Los partidos tienen necesidad de verse confrontados con posiciones diferentes, no solamente exteriores, sino, sobre todo, internas. Ese es el papel que tengo.
-¿Usted es de izquierda?
-Creo que sí. Incluso sobre ciertas cosas tengo posiciones radicales de izquierda. Pero la ideología de izquierda y de extrema izquierda tiene efectos perversos que es necesario tener el coraje de denunciar. Hay una forma de pensamiento estatista en la izquierda que ya no sirve en nuestras sociedades. El problema es que ese pensamiento estatista también es criticado por lo que llamamos el neoliberalismo. Y entonces, a partir del momento en que uno critica el estatismo tradicional de la izquierda europea, es inmediatamente denunciado como un soporte incondicional del neoliberalismo. Durante la última campaña francesa, cuando lancé la fórmula provocadora de que era un "liberal libertario", quise decir: "Atención, el liberalismo político tiene una influencia benéfica extraordinaria sobre lo que llamamos las instituciones democráticas, sobre la reflexión de la democracia". Si hay un punto débil de la izquierda tradicional, ahora y durante mucho tiempo, es justamente su reflexión sobre la democracia. Lo de "libertario" es porque estoy a favor de un pensamiento radical y libre que los liberales no siempre tienen, no sólo sobre los problemas de sociedad. Creo que se puede defender perfectamente la idea de una economía social de mercado en la que habría empresas autogestionadas democráticamente por los asalariados. Hay viejas ideas que vienen de la izquierda, de los movimientos libertarios, que se podrían integrar en el universo de una economía social de mercado.
-¿Es el hecho de ser mitad alemán y mitad francés lo que lo lleva a sentirse tan identificado con la construcción europea?
-Siempre fue muy importante para mí. Quizá de otra forma. Siempre tuve una percepción de las cosas que iba más allá del marco de una cultura nacional.
-¿Cuál fue la influencia que tuvo el movimiento de mayo del 68 sobre las sociedades europeas?
-No hay que tomar sólo el mayo del 68, hay que tomar todo el período. Esas rebeliones de los años 60 en Europa liberaron a las sociedades, pero fracasaron políticamente.
-¿Qué quiere decir?
-Fracasaron nuestras concepciones políticas, como el socialismo y la autogestión.
-Concepciones que se expresaban, por ejemplo, con la frase: "Elecciones, trampa para idiotas..."
-Sí, por ejemplo. Pero también con el ideal de superar la democracia burguesa tradicional. Allí fracasamos. Pero en lo social permitimos a la gente, individual y colectivamente, que pudiera apropiarse de sus vidas. Eso fue, auténticamente, una explosión de libertad en los años 60.
-Ahora usted es un miembro conocido del establishment europeo...
-Antes que nada, ¿qué quiere decir que yo formo parte del establishment europeo? Son numerosos los que me lo dicen...
-Del establishment político europeo. Al menos aquí, en el Parlamento...
-Pero aquí yo soy un diputado. Vaya usted a decirle a un diputado europeo de extrema izquierda que forma parte del establishment y verá qué le contesta.
-Fue una provocación. Sólo para comprobar que sigue siendo, en el fondo, un anarquista. En todo caso, usted participa activamente en la construcción institucional europea, acepta el juego de la democracia participativa, las elecciones...
-Entonces, retiremos lo de establishment. Lo que usted dice (y me tranquiliza) es: "Usted forma parte de la organización democrática de nuestras sociedades, aceptando responsabilidades". Eso es verdad.
-¿Cree que Europa se está construyendo sobre un modelo neoliberal?
-Decir que Europa es neoliberal no significa nada. Durante mucho tiempo Europa fue sólo un mercado común. Después se hizo más evidente la necesidad de superar esa idea mercantilista. Fue cuando sobrevinieron el derrumbe del comunismo y la unificación alemana. Una de las condiciones de la construcción europea desde el comienzo ha sido, justamente, que ningún país pueda ser hegemónico en el continente. La unificación alemana, con 80 millones de habitantes en el corazón de Europa, despertó temores y, para estabilizarse, esa Europa mercantil decidió crear una moneda común.
-¿El euro es el punto de no retorno de la construcción europea?
-No creo que exista un punto de no retorno. El euro es un punto fundamental de refuerzo de la Unión. En todo caso, los que están contra el tratado constitucional (en vías de ratificación) deberían pensar en algo: imagínese la guerra de Irak. Supongamos que el euro no hubiera existido. Es evidente que los estadounidenses, con el dólar, habrían atacado las monedas de todos los países que estaban contra la guerra. El euro impidió esa estrategia imperialista, bien conocida. Allí vimos la importancia del euro en los momentos de crisis.
-¿Qué piensa usted de ese texto?
-Fue el producto de una convención entre 210 representantes de todos los países de la Unión Europea.
-¿Fue una negociación del tipo "te doy, me das"?
-Fue mucho más que eso. Quizás este tratado sea un compromiso, pero es un compromiso entre culturas constitucionales diferentes. Esta Constitución nos da armas para saber cómo podremos enmendarla.
-¿Y por qué Francia tiene esta reacción de mal alumno de la clase, aprestándose a votar contra la Constitución?
-La construcción europea cuestiona lo que ha sido el fundamento de la nación francesa. Los franceses piensan que Europa debe ser una Francia grande. Y como Europa nos obliga a compartir soberanía, es decir, a reformar la concepción del Estado, para los franceses Europa termina por debilitar las defensas.
-La verdad es todo lo contrario.
-Existe hoy la falsa idea de que el no a la Constitución es un acto revolucionario: diciendo no, decimos no al neoliberalismo. Hay que explicar que decir sí a esta Constitución es darse las posibilidades de ser dueños de nuestro destino. Este es un debate muy sartreano: tenemos la libertad de escoger la forma de organizar nuestra vida y cumplir un papel frente a la hegemonía norteamericana. La cuestión no es ir contra los Estados Unidos, a los que debemos mucho. El dilema es: ¿queremos un mundo unilateral o un modelo social en el que el futuro europeo pueda afirmarse?
-¿Y la entrada de Turquía en la Unión?
-No hay que mezclar todo. Para el debate sobre Turquía tenemos 15 años por delante. Esta Constitución define unas instituciones políticas con valores comunes. Si Turquía consigue integrar esos valores en su vida cotidiana y defenderlos, entonces será posible considerar su ingreso. Después de lo que yo llamo "el milagro del Rin" (la alianza francoalemana) y después de lo que llamo "el milagro del Oder" (unificación de Europa con la incorporación de los países del Este) podemos intentar "el milagro del Bósforo". Pero ese milagro sólo puede realizarse si existe, verdaderamente, una evolución de Turquía hacia un Estado laico, democrático y abierto. Y todavía no hemos llegado a ese punto.
-Cuando usted se pronunció en contra de la guerra en Irak, invocó el principio de la injerencia democrática. ¿Qué es esto?
-Creo que hay que defender una concepción en la que la prevención de conflictos y el combate por la democracia se transformen en la base de nuestra política extranjera. La intervención militar es la excepción. En el caso de Irak, lo apropiado era aumentar la presión democrática para evitar que el pueblo iraquí pagara el precio de una intervención militar. La presión, la injerencia democrática, la injerencia humanitaria sirven para que, a largo plazo, las poblaciones puedan emanciparse.
-Entre quienes lo acusan de traidor a las ideas progresistas están los movimientos contra la globalización.
-No quiero ser negativo con ellos, pero deberíamos tener cuidado de no caer en el totalitarismo. Quienes reivindican el éxito de haber puesto 100.000 personas en las calles contra una reunión del Grupo de los 8 deberían recordar que los gobiernos del G8 han sido elegidos legítimamente por centenares de millones de personas. Tomemos el caso de la agricultura. Los países del Sur quieren la apertura de nuestros mercados. Ese es el caso de los campesinos brasileños o argentinos, mientras que gran parte de los campesinos europeos se opone. Ambas reivindicaciones son legítimas y también son contradictorias. Si se quiere democratizar la mundialización, las instituciones internacionales son irreemplazables.
-No obstante, muchos suelen comparar a los "altermundialistas" con los manifestantes de mayo del 68...
-Quizás estén acertados. En todo caso, aquellos que acarician proyectos de revolución se equivocan. Yo he dejado de creer en la revolución. Estoy íntimamente convencido de que los procesos revolucionarios son los signos del fracaso de una sociedad que no supo reformarse. Es más: las mismas revoluciones son las que impiden las reformas necesarias. Inevitablemente, concluyen en el vacío.
-Después de esta entrevista, la verdad es que no entiendo por qué siempre lo llamaron "Dany, el Rojo".
-(Risas) Por el color de mi pelo...
Por Luisa Corradini
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=707052
Una conversación casual, durante un viaje en subterráneo, abre interrogantes de difícil solución... acerca de esta columna.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
El semáforo en rojo permitió que la conversación se prolongara un poco más; nos despedimos en la esquina, después de cruzar la avenida. Habíamos viajado juntas en el subterráneo y, durante el transcurso de las últimas dos estaciones, ella se sentó a mi lado "para charlar, ya que se daba la oportunidad", según me dijo. No nos conocíamos, aunque ahora sé que se llama Mercedes. Debe tener más o menos cuarenta años. Y lee esta revista dominical.
Recordando algunas notas publicadas durante el verano sobre un pueblito de Córdoba, Mercedes me preguntó si yo había vivido en el campo; y enseguida quiso saber si todo lo que leía en esta columna me había sucedido realmente y si yo realmente había visto las cosas que contaba. La respuesta a la primera pregunta era sencilla (sí, de chica yo había pasado dos o tres meses por año en el campo, cerca de Deán Funes); la segunda pregunta llevaba a cuestiones más difíciles. Le dije a Mercedes que yo escribía la columna básicamente como ejercicio realizado desde un mirador urbano al ras de la calle; que era una especie de diario no de lo que me sucedía sino de lo que estaba viendo que le pasaba a otros, escenas fugaces para mí, aunque repetidas para algunos de sus protagonistas. En ese sentido, lo escrito era lo que en pintura se llama boceto a mano alzada, el dibujo rápido que se realiza sobre un block de papel canson, a lápiz, en el lugar de los hechos, sin apoyar la hoja en una mesa, con el brazo y la mano suspendidas sobre la superficie blanca; o también, si se piensa en la fotografía, instantáneas, imágenes que probablemente no tengan otro valor que el de haber captado lo que sucede en un momento, si eso que sucede tiene algo de particular, no un gran significado, sino una punta de sentido que parece valer la pena, aunque nunca se esté demasiado seguro porque la instantánea puede ser completamente banal y la escena que se pensó significativa no revela completamente nada. No hay foto más tonta que una mala instantánea. Todo depende, más que de la destreza, del repentismo, ese reflejo que lleva la orden del ojo al dedo que aprieta el disparador de la cámara.
Mercedes me dijo: "Claro, pero también depende de cómo lo escribas", poniendo las cosas justo en el lugar donde verdaderamente se convierten en un problema: ¿cómo hacer que lo que está a la vista y es pasado por alto, vuelva a estar a la vista pero de un modo que impida que se lo pase por alto?
Le dije a Mercedes que eso de estar registrando lo que se ve, lo que asalta la mirada, a veces te coloca frente a cuestiones que son difíciles de resolver. Por ejemplo: ese enfermo que había recorrido el vagón del subterráneo en el transcurso de nuestro viaje. Algunas veces se me ocurrió escribir sobre él y no me atreví a hacerlo; el muchacho se diferencia por una gentileza elegante, por el modo con que va entregando una hojita donde se informa sobre su enfermedad y un paquete de golosinas, y sobre todo por la actitud de dirigirse en particular a cada pasajero cuando hace la recorrida inversa para recoger lo que eventualmente recibe, sin repetir ninguna frase mecanizada que traduciría la violenta precariedad de su propia situación. Se inclina con atención, como si tuviera mucho tiempo, sonríe un poco e insiste en que los pasajeros conserven la hojita fotocopiada. Es rara su voz baja y su cercanía que no implica confianza sino una especie de presencia que no se impone por el lamento ni por el imperativo.
Le dije a Mercedes que vacilaba en escribir sobre ese hombre, porque volvería a verlo y, en ese caso, me sentiría obligada a decírselo. No sabía por qué me sucedía eso precisamente con ese tipo y no con otros. Allí había un problema que la escritura no arreglaba, pero que viene de la pregunta que inició la conversación. Es fácil decir "escribo lo que veo", pero ¿qué relación establecer con eso: escena de costumbres, denuncia, análisis? ¿Es posible, en todo caso, ver bien? ¿Todo puede pasar a ser escrito?
http://www.clarin.com/diario/2005/05/22/sociedad/s-980985.htm
LOUIS GOODMAN, EXPERTO EN RELACIONES INTERNACIONALES
Las democracias latinoamericanas deberían buscar la manera de canalizar en su favor el ímpetu intervencionista del gobierno norteamericano, para enfrentar sus problemas y mejorar sus instituciones.
Qué puede esperar América latina, en medio de tantas convulsiones, de este segundo mandato de Bush?
—Creo que no habrá grandes novedades ni sorpresas: se está perfilando como una continuidad del primer mandato. Es una continuidad con la política exterior del Partido Republicano, que se remonta al "Reporte Cheney" del año 92, bajo la presidencia de Bush padre. Allí, ellos hicieron un plan de cómo deberían ser los Estados Unidos luego de la caída del Muro de Berlín, y cuáles eran sus verdaderos intereses estratégicos. Diez años después, estas prospectivas se confirmaron y cobraron nueva dimensión con los atentados del 11 de setiembre. El resultado fue la Estrategia de Seguridad Nacional de 2002, documento que cualquiera puede leer, está en la página Web del Departamento de Estado. Allí está todo claramente expresado.
# ¿Qué nos dicen estos informes respecto de lo que se propone hacer el gobierno estadounidense con las reglas de juego y los organismos internacionales?
—La idea central es que es necesario que haya organismos internacionales que funcionen y que logren sus metas; pero si éstos no funcionan, los Estados Unidos tienen que defender sus intereses por otros medios. Así lo hicieron en Irak, pero ello no significa que no se atienda la necesidad de tener organizaciones internacionales que funcionen bien; reformarlas para que sean más eficaces.
# ¿Es coherente con esta idea el nombramiento de figuras como Paul Wolfowitz en el Banco Mundial o John Bolton como embajador en la ONU?
—Es notable que Bush haya querido a Bolton y Wolfowitz sentados allí. Son personas con posturas críticas y reformistas respecto de las políticas que llevaron estos organismos, que tienen mucha cercanía con el Presidente. Pueden ser por eso las más indicadas para tomar la reforma de estos organismos en serio, aunque en el caso de Bolton hay que ver si pasa, finalmente, el examen.
# "Reformas en serio" dice usted; pero ¿en qué dirección? ¿Cuánto tienen más que ver con la imposición de regímenes afines a los Estados Unidos en otras partes del mundo?
—Hay y habrá discusiones muy complejas sobre esto. No se discute que la representatividad dentro de los sistemas políticos es mejor; que involucrar a todos los ciudadanos en los proyectos nacionales y globales es mejor, que tener más flujos económicos es mejor, que con más y mejor democracia es posible tener una distribución más equitativa de la riqueza. Pero la discusión aflora, es cierto, al plantear el cómo lograr estas metas.
# ¿Es el caso del debate sobre la invasión a Irak, por ejemplo?
—Por ejemplo. Había acuerdo en la necesidad de enfrentar esos regímenes, abogar por la democratización de esos países, combatir al terrorismo. Pero ¿fue ésta la manera eficaz de llegar a este resultado? El presidente Bush, obviamente, pensó que sí; sus principales asesores lo venían planteando mucho antes. Había otros que pensaron —y siguen pensando— que ésta fue una manera muy ineficaz de hacerlo.
# ¿Ineficaz y también contraproducente?
—Es es el gran debate en este momento. Hay personas que dicen que el mundo ahora es menos previsible y más inseguro, que se han abierto nuevos frentes de terroristas "jihadistas" reclutados en todas partes. La gente del presidente Bush reconoce que ésta es una situación muy complicada pero que se están haciendo progresos, y al fin y al cabo, tendremos un país democrático, aliado confiable para nosotros y Europa, y vamos a derrotar a los "jihadistas", a mostrarles que no pueden confrontarnos. Están estos dos puntos de vista, pero no olvidemos que el presidente Bush ha ganado la reelección y cuenta con un gran respaldo, tiene el control del Congreso, tiene a sus personas en el Departamento de Estado y en el Departamento de Defensa, y seguramente va a continuar con esta misma política, aun soportando muchas críticas.
# ¿A qué presidencia y etapa histórica de los EE.UU. se parece la actual? ¿Al intervencionismo de Theodore Roosevelt? ¿Al internacionalismo de Woodrow Wilson? ¿Al "cruzadismo" anticomunista de Ronald Reagan?
—Veamos lo siguiente: los Estados Unidos han sido un país intervencionista desde sus orígenes. Si nos remontamos a las guerras contra México y Cuba, o si pensamos en las más de cien intervenciones que hemos hecho en Rusia, en China, en Grecia, y todos los países de la América Central y muchos de las islas del Caribe, la historia de los Estados Unidos muestra una potencia joven que ha tenido sus intereses comprometidos con el mundo exterior y los trata de seguir, y si los acuerdos internacionales no le sirven, entonces, interviene.
# ¿Qué es lo que ha cambiado?
—Lo que ha cambiado, fundamentalmente, es que vivivmos en un mundo más globalizado y que los Estados Unidos no son solamente un poder regional o un aliado de última instancia de Europa sino que son "la" superpotencia. Los otros países del mundo (los países latinoamericanos también, por supuesto) tienen que buscar la manera de canalizar en su favor este ímpetu intervencionista. Es muy importante que esto se reconozca, porque, nos guste o no, los Estados Unidos van a seguir siendo un país intervencionista.
# ¿Cómo puede darse esa "canalización positiva" del intervencionismo?
—La discusión sobre la integración de la seguridad hemisférica es un buen ejemplo de cómo los países pueden ser creativos y pensar hacia el futuro creando asociaciones beneficiosas para sus intereses. Este es un momento crucial, de redefinición del escenario internacional, de sus reglas de juego y de los organismos internacionales. Lo que se está replanteando son cincuenta o sesenta años de historia de las relaciones internacionales. Es más o menos lo que trató de hacer Wilson después de la Primera Guerra Mundial. En 1870 empezó la primera globalización, y aquél fue un período de mucha prosperidad en el mundo que se quebró con el asesinato del archiduque de Austria y la Primera Guerra Mundial. Tal vez Wilson fue un idealista por la paz, pero también fue un pragmático, que quería relanzar el movimiento hacia la globalización, para tener paz y prosperidad en el mundo. No lo logró, y tuvimos la depresión y la Segunda Guerra Mundial. La idea del equipo de Bush es que, ahora que hemos terminado la Guerra Fría, tenemos que pensar en serio cómo reformar la política mundo. Para que sirva a nuestros intereses pero también, para que haya paz y prosperidad, lo que va a beneficiarnos a nosotros y va a beneficiar a todos.
# Sin embargo, la historia del siglo XX nos enseña que no ha sido de este modo
—Es cierto, los Estados Unidos tuvieron otras prioridades durante la Guerra Fría, apoyaron a dictaduras militares cuando éstas les garantizaban estabilidad frente a la amenaza que repesentaba el comunismo y la Unión Soviética. Esto ya no puede volver, y lo que creo es que ahora hay mucho más espacio para trabajar junto con los Estados Unidos.
# ¿Las admoniciones sobre los "peligros del populismo" encarnados en la figura de Hugo Chávez no contradicen uno poco esta afirmación?
—No debe olvidarse que si bien desde Washington se apoyó al principio el fallido golpe contra Chávez hace unos años, de inmediato se revocó ese apoyo. Hay mucha mayor conciencia sobre la necesidad de honrar los procesos democráticos. Le digo más: si Salvador Allende viviera y fuera reelecto en Chile hoy en día, la reacción de los Estados Unidos sería totalmente distinta a la de entonces. Incluso con Bush como presidente.
# Se acabó el peligro de gobiernos militares, pero ¿no existe el riesgo de una militarización de los sistemas políticos y las propias sociedades para responder a las amenazas a la seguridad?
—Es una pregunta muy importante que nos debemos hacer muchas veces, porque nuestra política durante la Guerra Fría no fue de las mejores. Y a pesar de que no estoy de acuerdo con muchas de las cosas que hizo el presidente Bush, creo que en este aspecto hay un cambio muy importante en la perspectiva externa de los Estados Unidos. La otra parte la deben tomar los dirigentes civiles de cada país, que deben estar capacitados y tener el coraje de asumir sus responsabilidades.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/05/22/z-981008.htm
Copyright Clarín, 2005.
LOUIS GOODMAN, EXPERTO EN RELACIONES INTERNACIONALES
Las democracias latinoamericanas deberían buscar la manera de canalizar en su favor el ímpetu intervencionista del gobierno norteamericano, para enfrentar sus problemas y mejorar sus instituciones.
Qué puede esperar América latina, en medio de tantas convulsiones, de este segundo mandato de Bush?
—Creo que no habrá grandes novedades ni sorpresas: se está perfilando como una continuidad del primer mandato. Es una continuidad con la política exterior del Partido Republicano, que se remonta al "Reporte Cheney" del año 92, bajo la presidencia de Bush padre. Allí, ellos hicieron un plan de cómo deberían ser los Estados Unidos luego de la caída del Muro de Berlín, y cuáles eran sus verdaderos intereses estratégicos. Diez años después, estas prospectivas se confirmaron y cobraron nueva dimensión con los atentados del 11 de setiembre. El resultado fue la Estrategia de Seguridad Nacional de 2002, documento que cualquiera puede leer, está en la página Web del Departamento de Estado. Allí está todo claramente expresado.
# ¿Qué nos dicen estos informes respecto de lo que se propone hacer el gobierno estadounidense con las reglas de juego y los organismos internacionales?
—La idea central es que es necesario que haya organismos internacionales que funcionen y que logren sus metas; pero si éstos no funcionan, los Estados Unidos tienen que defender sus intereses por otros medios. Así lo hicieron en Irak, pero ello no significa que no se atienda la necesidad de tener organizaciones internacionales que funcionen bien; reformarlas para que sean más eficaces.
# ¿Es coherente con esta idea el nombramiento de figuras como Paul Wolfowitz en el Banco Mundial o John Bolton como embajador en la ONU?
—Es notable que Bush haya querido a Bolton y Wolfowitz sentados allí. Son personas con posturas críticas y reformistas respecto de las políticas que llevaron estos organismos, que tienen mucha cercanía con el Presidente. Pueden ser por eso las más indicadas para tomar la reforma de estos organismos en serio, aunque en el caso de Bolton hay que ver si pasa, finalmente, el examen.
# "Reformas en serio" dice usted; pero ¿en qué dirección? ¿Cuánto tienen más que ver con la imposición de regímenes afines a los Estados Unidos en otras partes del mundo?
—Hay y habrá discusiones muy complejas sobre esto. No se discute que la representatividad dentro de los sistemas políticos es mejor; que involucrar a todos los ciudadanos en los proyectos nacionales y globales es mejor, que tener más flujos económicos es mejor, que con más y mejor democracia es posible tener una distribución más equitativa de la riqueza. Pero la discusión aflora, es cierto, al plantear el cómo lograr estas metas.
# ¿Es el caso del debate sobre la invasión a Irak, por ejemplo?
—Por ejemplo. Había acuerdo en la necesidad de enfrentar esos regímenes, abogar por la democratización de esos países, combatir al terrorismo. Pero ¿fue ésta la manera eficaz de llegar a este resultado? El presidente Bush, obviamente, pensó que sí; sus principales asesores lo venían planteando mucho antes. Había otros que pensaron —y siguen pensando— que ésta fue una manera muy ineficaz de hacerlo.
# ¿Ineficaz y también contraproducente?
—Es es el gran debate en este momento. Hay personas que dicen que el mundo ahora es menos previsible y más inseguro, que se han abierto nuevos frentes de terroristas "jihadistas" reclutados en todas partes. La gente del presidente Bush reconoce que ésta es una situación muy complicada pero que se están haciendo progresos, y al fin y al cabo, tendremos un país democrático, aliado confiable para nosotros y Europa, y vamos a derrotar a los "jihadistas", a mostrarles que no pueden confrontarnos. Están estos dos puntos de vista, pero no olvidemos que el presidente Bush ha ganado la reelección y cuenta con un gran respaldo, tiene el control del Congreso, tiene a sus personas en el Departamento de Estado y en el Departamento de Defensa, y seguramente va a continuar con esta misma política, aun soportando muchas críticas.
# ¿A qué presidencia y etapa histórica de los EE.UU. se parece la actual? ¿Al intervencionismo de Theodore Roosevelt? ¿Al internacionalismo de Woodrow Wilson? ¿Al "cruzadismo" anticomunista de Ronald Reagan?
—Veamos lo siguiente: los Estados Unidos han sido un país intervencionista desde sus orígenes. Si nos remontamos a las guerras contra México y Cuba, o si pensamos en las más de cien intervenciones que hemos hecho en Rusia, en China, en Grecia, y todos los países de la América Central y muchos de las islas del Caribe, la historia de los Estados Unidos muestra una potencia joven que ha tenido sus intereses comprometidos con el mundo exterior y los trata de seguir, y si los acuerdos internacionales no le sirven, entonces, interviene.
# ¿Qué es lo que ha cambiado?
—Lo que ha cambiado, fundamentalmente, es que vivivmos en un mundo más globalizado y que los Estados Unidos no son solamente un poder regional o un aliado de última instancia de Europa sino que son "la" superpotencia. Los otros países del mundo (los países latinoamericanos también, por supuesto) tienen que buscar la manera de canalizar en su favor este ímpetu intervencionista. Es muy importante que esto se reconozca, porque, nos guste o no, los Estados Unidos van a seguir siendo un país intervencionista.
# ¿Cómo puede darse esa "canalización positiva" del intervencionismo?
—La discusión sobre la integración de la seguridad hemisférica es un buen ejemplo de cómo los países pueden ser creativos y pensar hacia el futuro creando asociaciones beneficiosas para sus intereses. Este es un momento crucial, de redefinición del escenario internacional, de sus reglas de juego y de los organismos internacionales. Lo que se está replanteando son cincuenta o sesenta años de historia de las relaciones internacionales. Es más o menos lo que trató de hacer Wilson después de la Primera Guerra Mundial. En 1870 empezó la primera globalización, y aquél fue un período de mucha prosperidad en el mundo que se quebró con el asesinato del archiduque de Austria y la Primera Guerra Mundial. Tal vez Wilson fue un idealista por la paz, pero también fue un pragmático, que quería relanzar el movimiento hacia la globalización, para tener paz y prosperidad en el mundo. No lo logró, y tuvimos la depresión y la Segunda Guerra Mundial. La idea del equipo de Bush es que, ahora que hemos terminado la Guerra Fría, tenemos que pensar en serio cómo reformar la política mundo. Para que sirva a nuestros intereses pero también, para que haya paz y prosperidad, lo que va a beneficiarnos a nosotros y va a beneficiar a todos.
# Sin embargo, la historia del siglo XX nos enseña que no ha sido de este modo
—Es cierto, los Estados Unidos tuvieron otras prioridades durante la Guerra Fría, apoyaron a dictaduras militares cuando éstas les garantizaban estabilidad frente a la amenaza que repesentaba el comunismo y la Unión Soviética. Esto ya no puede volver, y lo que creo es que ahora hay mucho más espacio para trabajar junto con los Estados Unidos.
# ¿Las admoniciones sobre los "peligros del populismo" encarnados en la figura de Hugo Chávez no contradicen uno poco esta afirmación?
—No debe olvidarse que si bien desde Washington se apoyó al principio el fallido golpe contra Chávez hace unos años, de inmediato se revocó ese apoyo. Hay mucha mayor conciencia sobre la necesidad de honrar los procesos democráticos. Le digo más: si Salvador Allende viviera y fuera reelecto en Chile hoy en día, la reacción de los Estados Unidos sería totalmente distinta a la de entonces. Incluso con Bush como presidente.
# Se acabó el peligro de gobiernos militares, pero ¿no existe el riesgo de una militarización de los sistemas políticos y las propias sociedades para responder a las amenazas a la seguridad?
—Es una pregunta muy importante que nos debemos hacer muchas veces, porque nuestra política durante la Guerra Fría no fue de las mejores. Y a pesar de que no estoy de acuerdo con muchas de las cosas que hizo el presidente Bush, creo que en este aspecto hay un cambio muy importante en la perspectiva externa de los Estados Unidos. La otra parte la deben tomar los dirigentes civiles de cada país, que deben estar capacitados y tener el coraje de asumir sus responsabilidades.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/05/22/z-981008.htm
Copyright Clarín, 2005.
La opinión del escritor Miguel Grinberg
“Generalmente, el lector o el oyente pasa la mayor parte del tiempo tratando de discernir desde qué lugar le están hablando, desde qué ideología, partido político, poder adquisitivo, religión... ¿es homosexual?, ¿es pagano? Para mí, es vital crear una sociedad en la cual se practique no la unanimidad, sino el diálogo de las diferencias. Pero soy optimista. En un mundo que tiende a ser patéticamente estéril también se vislumbran verdaderos chispazos de fertilidad. De lo contrario, no seguiría escribiendo, traduciendo, haciendo programas de radio...”
Miguel Grinberg se expresa desde su ceñido bunker literario-intelectual, donde pilas y más pilas de libros y revistas han terminado de apoderarse de las hornallas de la cocina, de una heladera, de un corredor y hasta del piso del baño. Allí, entre pilas de eclecticismo, toda “tierra firme” funciona como anaquel. “El ser humano posee dones especiales, pero no se encuentra por encima de la naturaleza: es parte de ella”, dice este poeta y escritor de 67 años, calmado, quien tras haber trabajado diez años en Kenya bien podría haberse vuelto un animista africano. Pero no.
Criado en el seno de una familia judía, Grinberg -padre de dos hijos brasileños y casado desde hace veintitrés años- cuenta que con el tiempo se sintió muy atraído por el cristianismo: "Tuve el privilegio de ser amigo de un gran hombre del siglo XX, el padre Thomas Merton, que me permitió visitarlo en su monasterio trapense, en Kentucky; por otra parte, la herramienta de meditación que yo buscaba me la dio -invitado por Allen Ginsberg- el budismo tibetano en el instituto Naropa, en Colorado. También me cautivó el sufismo islámico, los rollos del Mar Muerto y los esenios, en los que ya no se sabe dónde termina el judaísmo y empieza el cristianismo? Hoy puedo decir que soy naturalmente ecuménico".
Se puede decir que Grinberg ha sido protagonista de la cultura alternativa de las últimas cuatro décadas en la Argentina y en América. Editó revistas como Contracultura y Mutantia; publicó libros sobre temas tanto de rock como de ecología; fue cofundador de alianzas "verdes" pioneras (Red Nacional de Acción Ecologista y Pacto de Acción Ecosocial de América Latina); realizó memorables ciclos radiales y desde la prensa escrita y televisada promovió el rock argentino y la ecología social. Fue, además, prosecretario de redacción del diario La Opinión y de la agencia de noticias Télam. Entretanto, creó una técnica avanzada de meditación para el desarrollo del potencial intuitivo (holodinamia). Hoy, sin embargo, aclara que la suya no es una diversidad simultánea: "He tenido ciclos. Con mi primera revista literaria, Eco Contemporáneo, en los años 60, todo era poesía; después pasé a crítico cinematográfico y luego a realizador de programas de rock y publicista de cine para Hollywood. Más tarde, trabajé en la órbita de las Naciones Unidas en el tema de medio ambiente. Pero siempre fui un testigo crítico de la realidad argentina".
Como si todo ese cambalache de intereses fuera poco, Grinberg deja deslizar, no sin algo de picardía, que su cuñado, salesiano, es obispo de la Iglesia Católica en Brasil, y su tío, vicario de la Iglesia Ortodoxa de San Pablo.
-Borges hablaba de un yo plural y de una sola sombra. ¿No se siente así?
-No se me había ocurrido. ¡Qué interesante! Y desconcertante también, porque el yo es por naturaleza singular. La pluralidad la dicta el coro que nos rodea; desde esa interacción surge un juego de espejos muy particular. Una vez recibí una carta de Allen Ginsberg, en la que me escribía: "Hoy cumplo 50 años; es como cumplir 15, pero con espejos". De todas maneras, uno elige el personaje que desea entre las muchas posibilidades. Y desde un punto de vista de la búsqueda espiritual uno trata de no dejarse comer por la sombra.
-En su libro "La generación V" usted habla de "vivir poéticamente". ¿A qué se refiere?
-Cuando se creó el servicio militar obligatorio, nuestro país estaba inmerso en una situación caótica, donde era necesario alfabetizar a muchos habitantes del interior e inmigrantes; era necesario crear conciencia nacional. La milicia hacía ese trabajo pedagógico. De carácter compulsivo, pero necesario en aquel momento. Hoy ya no se trata de crear una unanimidad conceptual a través de la nacionalidad, la cultura o de ese tipo de palabras que suelen usarse con mayúsculas. Hay fenómenos de la historia de la humanidad -como el canibalismo o el incesto- que, salvo en condiciones anormales o patológicas, ya han sido superados. Otros, aún no.
-¿Cuáles son hoy los grandes desafíos?
-Uno es la superación del instinto homicida. Todo el siglo XX fue una antología del espanto humano. El segundo punto es que ya no se puede seguir hablando de una educación o de una formación uniforme y universal.
-¿Cómo debería ser la educación?
-Particularizada, ya que cada uno de nosotros nace con un potencial y con dones definidos: el aprendiz no es un recipiente para llenar, sino una lámpara para encender. Y, en este sentido, los procesos de masificación son una plaga. Por eso, el tema consiste en concebir la vida como una obra de arte.
-¿Cree realmente que la vida como obra de arte es hoy una posibilidad?
-Todo lo contrario. Hoy se vive una espantosa dictadura de la vulgaridad, que genera toda esa gama de trastornos mentales, emocionales y de convivencia que llenan las páginas de los informativos. Así, el hombre-masa se solidifica y pasa a ser irracional, lentamente emotivo y destructivo. En estos dos últimos siglos de materialismo exacerbado se ha pasado por alto el hecho de que no somos seres destinados a existir como consumidores, contribuyentes o combatientes?
-¿Cuáles son las grandes epopeyas que tenemos por delante?
-Una es obvia: la estación espacial internacional que se está construyendo, y desde la cual se podrá salir a la aventura espacial con mucha más facilidad. La otra es la introspectiva, la que se esfuerza por ampliar el área de la conciencia.
-¿En cuál de las dos aventuras hemos llegado más lejos?
-El viaje hacia el exterior es y va a ser exclusivo para especialistas: astronautas, científicos, técnicos y militares. Con respecto a la epopeya introspectiva, creo que cada día hay más personas que, de manera intuitiva y espontánea, sienten que su estilo de vida les está robando la inocencia junto con el verdadero sentido de haber nacido. Yo todos los años participo de los congresos holísticos internacionales que se realizan en Brasil. Actualmente hay una corriente de ejecutivos, dentro del Banco Mundial, que realizan encuentros de debates espirituales, sencillamente porque sienten que su vida está incompleta. Estos congresos tienden a recibir auspicio económico de grandes compañías brasileñas o filiales de compañías trasnacionales.
-¿En qué se funda la inteligencia?
-Depende desde dónde se mire. Si se mira en el sentido de utilidad de la corporación transnacional, un tipo inteligente es el que permite que en el balance de fin de año se hayan ganado muchos más millones de dólares que en el año anterior.
-¿Y desde una mirada espiritualmente más evolucionada?
-Desde esa óptica, un ser inteligente es aquel que consigue ser él mismo de acuerdo a su naturaleza y lleva, además, ese proceso evolutivo hasta sus últimas consecuencias.
-¿Podría mencionar algunos ejemplos?
-Bueno, autores como Merton, Edgar Morin, Ken Wilber, el poeta persa Jalal al-din Rumi, William Blake...
-Hay un tinte decididamente místico en casi todos ellos. En el contexto del misticismo, ¿qué papel desempeña el intelecto?
-Es un recurso natural que se usa en el abordaje racional de los fenómenos y que permite, a la manera del radar, construir itinerarios. Yo, como intelectual, lo utilizo del mismo modo que el capitán de un barco utiliza la brújula. Ahora, cuando medito, trato de detener todos los discursos que la mente fabrica sin cesar. Meditar es el arte de entregarse. Uno aprende a nadar no porque conquista las aguas, sino porque aprende a acompañarlas. Y para esto es preciso alivianarse, soltar lastre; de lo contrario, te hundís. El otro día vi una película de origen hindú, "Samsara". En una escena, el lado frontal de una piedra preguntaba: "¿Cómo hace una gota de agua para mantenerse como tal, sin secarse o evaporarse? Y cuando el monje la da vuelta, lee: "Se sumerge en el océano". En el mundo no se practica ese tipo de enseñanzas; todo lo contrario: cada uno termina encerrado dentro de un frasquito. Y por eso tenemos grandes colecciones de frasquitos y poca humanidad.
-¿Cuál es el rol fundamental del intelectual contemporáneo?
-Hoy, el intelectual, en lugar de dejarse atormentar por todo lo que no funciona en la sociedad contemporánea, tendría que poner mucho más énfasis en la divulgación de nuevos caminos posibles, de los aciertos de quienes están en condiciones de marcarnos los claros, los tesoros ocultos y los verdaderos significados de nuestro papel en la vida. En estos tiempos, el intelectual tiene la rara oportunidad de asumirse como una especie de radar mental a fin de captar aperturas hacia realidades -individuales y sociales- inéditas.
-¿Por qué dice "rara oportunidad"?
-Porque la cultura actual se encuentra en una etapa de descomposición, y así como la Edad Media fue un torbellino que dividió los tiempos entre la Edad Antigua y la Edad Moderna, ahora atravesamos un territorio intermedio, que dejó de ser posmoderno. Al igual que el artista, el intelectual tiene tres opciones: denunciar, enunciar (o sea, describir conceptos desde la ética o la estética), o anunciar rumbos. Me atrae esta última posibilidad. Y desde ella, insisto en que la sociedad del mañana deberá concebirse como una obra de arte.
-¿No tiene la sensación de que a veces el propio ego termina siendo la principal preocupación de muchos intelectuales?
-Bueno, hay intelectuales que generalmente disertan para escucharse a sí mismos. Y debo reconocer que muchos de ellos producen disertaciones no menos que magníficas, pero absolutamente estériles.
-William Blake, a quien usted admira, escribió: "Quien piensa y no obra, engendra peste". ¿Dónde entra el intelectual en ese concepto?
-La persistencia de la crítica negativa es una manera de bloquear el advenimiento de lo contrario. Un amigo mío, poeta, cuando leyó por primera vez esa frase de Blake, dijo: "Quien no piensa y obra, también engendra peste". Entonces, cuando el intelectual tiene al mismo tiempo una actitud humana, ya no tiene miedo al ridículo.
-Es que el miedo al ridículo es directamente proporcional al tamaño del ego.
-Sí, pero no hay nada que yo pueda hacer con el ego ajeno. A duras penas puedo hacer algo con el mío, y tratar de que no entorpezca en mi vida.
-En este aspecto, ¿cómo ha influido la psicología, que tanto insiste con la reivindicación del yo como una entidad permanente, no transitoria e independiente?
-La mayor parte de la psicología no hace más que aplacar los conflictos, para que la persona siga desempeñándose como un engranaje eficaz en la maquinaria que lo va a terminar por destruir, más de lo que lo ha destruido hasta ese momento. Con los años, me he sentido atraído por la psicología transpersonal, que, en cierta forma, amalgama lo espiritual y lo psicológico. Esto tiene un parentesco con lo que fue la psicología del hombre sano, de Abraham Maslow, que apuntaba a desarrollar los núcleos positivos de las persona, en lugar de quedarse atascado en los aspectos negativos o patológicos.
-Otro tema en el que usted insiste es en que las ciudades tienen que volverse verdes.
-Sí; no puedo dejar de lamentar que, en nombre del progreso, se siguen asfaltando y llenando de concreto los paisajes. Nuestra ciudadanía no está concientizada desde un punto de vista ecológico ni espiritual.
-¿Por qué hace referencia a la ecología y a lo espiritual simultáneamente?
-Porque la raíz etimológica oikos, del griego, que quiere decir "morada", sirve para crear tanto la ciencia ecológica como la palabra "ecuménico", que es la morada universal dentro de la cual pueden convivir todas las religiones. El grueso de la gente sufre una suerte de mutilación espiritual; es decir, está convencida de que el poder adquisitivo exacerbado es la vía para llegar a triunfar en la vida. Vamos a tener que seguir padeciendo algunos tsunamis y algunas otras catástrofes análogas para darnos cuenta de que, como decían algunos indios norteamericanos, el dinero no se puede comer. Sin embargo, por primera vez en la historia, el último premio Nobel de la Paz lo ganó una mujer africana, mi amiga Wangari Matai, que, al mismo tiempo, es la primera ecologista en recibirlo, con lo cual vemos que, en cierta medida, estamos avanzando en la dirección apropiada.
-¿Cuando habla de espiritualidad habla también de religión?
-No tiene nada que ver una con la otra; la religión se apoya en el dogma y la espiritualidad en la inmensa generosidad del universo.
-¿Qué cree que sucederá con las religiones?
-Mucha gente necesita de la religión. Colin Wilson, un pensador contracultural británico, dijo, y yo coincido, que la religión es un bastón para el camino. Y hay gente que necesita un apoyo al caminar.
-Por último: ¿cómo es un intelectual en el siglo XXI?
-Una suerte de cronista de un nuevo mundo posible. Y, dado que la mente humana es una especie de timón, como intelectual, personalmente, me predispongo a expandir el área de mi conciencia, a orientarme hacia experiencias de plenitud, a soltar lastres de prejuicios y cobardías, y a proponer el ejercicio de una solidaridad conceptual y espiritual donde cada cual logre ofrecer lo mejor de su naturaleza.
Por Ignacio Escribano
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=706098
Por Osvaldo Bayer
No hay lucha en vano. La comisión municipal de la localidad de El Huecú, en la zona del Neuquén, llamada Puelmapu, decidió lo que tanto pidieron los originarios mapuches después de más de un siglo y medio de trágica tristeza. Hizo borrar de su avenida principal el nombre del jefe de los conquistadores que vinieron con el Remington y se quedaron con la tierra. Sí, en esa Patagonia de vientos, nieves y leyendas, todo pasó a llamarse Roca y Perito Moreno. Todo. Calles, ciudades, lagos, valles. Y con un coraje civil que contrasta con el guardar silencio y agachar la cabeza de los gobernantes y sus allegados de siempre, la comisión municipal de El Huecú decidió, como decimos, decirles basta a los dueños de la tierra y eliminar el nombre de general Julio Argentino Roca de la avenida principal.
Sin duda, un grito de liberación tomado por los representantes del pueblo. Eliminar del aire urbano la sombra de quien no sólo los exterminó (como dice el mismo Roca en su informe final ante el Congreso de la llamada “campaña del desierto”), sino que los humilló constantemente calificándolos de “los bárbaros, los salvajes”, denominando a sus mujeres “chinas” y calificando al conjunto de sus mujeres e hijos de la “chusma”, como tantos racistas de esa época. Y más todavía, fue el militar que restableció la esclavitud al enviar a los indios prisioneros a trabajar a las fortificaciones de la isla Martín García o a morir de puro trabajo forzado a los cañaverales tucumanos, de los cuales era dueño Posse, su pariente. Al cobrar Roca por el exterminio, aceptando los miles de hectáreas que le regalaron, lo mismo que a sus hermanos Rudecindo y Ataliva, ya estaba bien pago por sus crímenes y no necesitaba que media república llevara su nombre y apellido.
Pero bien, toda esa ola de calles, plazas y ciudades con su nombre y el de sus acólitos uniformados las inició su hijo, también Julio Argentino Roca, el vicepresidente de la Nación de la década infame. Sí, el que firmó el vergonzante pacto Roca-Runciman. Por eso, también la más grande estatua de Buenos Aires se debe a una resolución no democrática, una guiñada de ojo de los que ostentaban el poder en forma absolutamente ilegítima. Recordemos el dicho tan argentino de los del poder: se hacía fraude por patriotismo: el “fraude patriótico”. La década infame.
Bien, y de pronto, alguien dijo basta de leer en la principal senda de su pueblo el nombre del general cobra-tierras. Ojalá este ejemplo fuera imitado. Que los docentes, por ejemplo, de la ciudad de General Roca prosigan con su proyecto de devolver a su ciudad el nombre con que esa región era llamada por sus antiguos habitantes.
El intendente de El Huecú, Rodolfo Canini, al informar sobre la calle principal –que pasará a llamarse ahora Mañke Cayucal, una figura señera en la comunidad mapuche– declaró que “El cambio de nombre de la avenida además obedece a la revisión que los pueblos deben hacer de la historia escrita por los vencedores, vencedores que también habitualmente no defendieron los intereses de la Patria. Los pueblos que no revisan su historia son presas de un destino opresor”.
Como es sabido, la citada campaña del desierto significó para los grandes estancieros bonaerenses una ganancia absoluta en tierras. Por ejemplo, el entonces estanciero Martínez de Hoz recibió nada menos que dos millones de hectáreas. Dos millones. Y el propio general Roca obtuvo como regalo por su hazaña la estancia “La larga”, mientras que al perito Moreno –fundador de la organización de extrema derecha “Liga Patriótica Argentina”–, por su parte, le tocó en suerte recibir varias leguas cuadradas en la región más hermosa del país.
La medida fue aprobada democráticamente por el voto de los miembros de la comisión municipal de El Huecú. Mientras que, por lo general, el nombre de Roca y de sus oficiales fueron puestos por todos lados por miembros del gobierno de Buenos Aires, cuando no eran provincias sino territorios y sus gobiernos eran elegidos por el dedo directamente desde la Capital. Principalmente durante la década infame.
Pero mientras los pueblos sureños debaten este tema tan desagradable de los nombres impuestos desde arriba, los militares no se rinden. El Círculo Militar acaba de presentar en su Biblioteca del Oficial una nueva biografía de Roca, escrita nada menos que por un hacendado. El libro fue expuesto en el mejor lugar del stand militar de la última Feria del Libro. Se titula Julio Argentino Roca, de soldado a presidente. El autor se llama Juan Carlos Coria y califica a Roca como “el gran estadista artífice de la definitiva institucionalización de la República”. Suena un poco a burla esto, realidad que se puede ver en la cantidad de dictaduras militares que tuvo nuestro país en esa “definitiva institucionalización” y que precisamente Roca nada tuvo que ver con el principio del voto secreto y directo, y él mismo no fue elegido por métodos democráticos. El libro es una loa al ser masculino Roca, al Hombre, que cuando hay que hacer las cosas se hacen y se acabó. Un párrafo lo dice todo: “Respecto al trato con los indios, la mano de Roca fue dura. No admitió parlamentos ni tratativas. Impuso la sumisión o la lucha hasta el exterminio. ‘Vacas y yeguas de ningún modo’ ha de decir a su hermano Rudecindo en el telegrama del 23 de octubre de 1878, para insistir en varias de sus comunicaciones con la calificación de esos ‘pillos’, refiriéndose a los indios, para lograr que la norma imperante entre los soldados fuera el pan en una mano y el garrote en la otra”. Textual del libro del Círculo Militar.
El ideal de estadista para el Círculo Militar es justamente el Roca del Remington. Su historiador habla del “exterminio”. Aquí tendrían que aprender los historiadores que niegan la palabra “genocidio” para la llamada Campaña del Ejército. Todos historiadores que, por supuesto, colaboraron durante la dictadura de Videla.
Quien ha editado este libro es nada menos que el presidente de la subcomisión Cultura del Círculo Militar, general Alfredo Manuel Arrillaga. El autor –durante la dictadura– de la desaparición de todos los abogados de derechos humanos de Mar del Plata, en la llamada “Noche de las corbatas”. Uno de los peores autores de crímenes de lesa humanidad que hoy da cultura a los nuevos oficiales argentinos. Arrillaga también, por orden de Alfonsín, fue quien se encargó de la brutal represión al cuartel de La Tablada, con todos los medios más mortíferos imaginables, causando muertes inútiles y hasta la desaparición de varias personas. En cambio, el jefe de la policía federal de aquella época se había ofrecido a reconquistar el cuartel sin disparar un solo tiro, mediante periódicos ataques con gases lacrimógenos y no dejando entrar víveres. La represión de Arrillaga fue un crimen que hubiera tenido que debatirse en el Congreso y ser tratado por la Justicia. No, todo el mundo se calló la boca. Claro, los sitiados eran izquierdistas. Pero cuando se levantó Rico en un cuartel, Alfonsín fue hasta allí en helicóptero para pactar con el golpista mayor y de ahí salieron las leyes de obediencia debida y punto final. Institucionalización de la República, que le dicen.
Es enternecedora la dedicatoria del libro de Roca que pone su autor, el “productor agropecuario” Juan Carlos Coria: “A mi Ejército Argentino por haberme motivado a escribir sobre la trayectoria militar de uno de los hombres más preclaros de nuestra historia”. Y “Al Círculo Militar, por brindarme el honor de publicar un libro que, seguramente, servirá de inspiración a quienes profesen un verdadero amor por la Patria”.
Claro, cabe preguntarse de qué Patria habla. La de Martínez de Hoz con sus dos millones de hectáreas, o la de los argentinos que no tienen qué comer actualmente y llevan en sus venas sangre de los pueblos originarios, el 54 por ciento de la población de la Patria.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-51299-2005-05-21.html
La visión del Premio Nobel chino
PARIS.– En su país, su nombre está borrado del mapa. Prohibido. Gao Xingjiang, primer premio Nobel de Literatura en la historia de China, no puede ser mencionado. No figura en la prensa ni en los manuales escolares. En 2000, cuando recibió el preciado galardón, sus 1300 millones de compatriotas no se enteraron: los órganos de propaganda del Partido Comunista bloquearon la información.
El hombre frágil, vestido como siempre de negro, que recibe a LA NACION en su departamento de París –donde vive desde que se refugió aquí, en 1989–, nació en 1940 en la provincia de Jiangxi, en el sur de China. La educación que recibió en sus primeros nueve años de vida –hasta que los comunistas llegaron al poder, en 1949– tuvo una influencia decisiva en el resto de su existencia. Niño superdotado y curioso, criado en el seno de una familia liberal que lo puso en contacto con el arte, Gao, en la gran tradición de los artistas chinos, lo experimentó todo: estudió francés en la universidad para poder leer a los clásicos occidentales, pintó y escribió poesía, novela, ensayo y teatro.
Durante la Revolución Cultural, sus primeras obras lo convirtieron en blanco de la campaña oficial contra la "polución espiritual". Acusado de nihilismo por los guardias rojos de Mao, custodios del realismo revolucionario, fue deportado a un campo de reeducación por cinco años.
Rehabilitado en 1975 y destinado al teatro popular en 1982, sus piezas fueron nuevamente prohibidas. Gao (su nombre se pronuncia "Kao") comenzó entonces un largo viaje por el sur de China, que lo inspiró para escribir el libro que le abriría las puertas del premio Nobel: "La montaña del alma".
Poco después de la matanza de la plaza Tiananmen, de Pekín, en junio de 1989, Gao renunció al Partido Comunista y se instaló en Francia, donde obtuvo la naturalización en 1998. Desde entonces, sus obras están prohibidas en China, donde es considerado persona no grata.
En su discurso ante la Academia de Estocolmo, en diciembre de 2000, Gao acusó al régimen comunista de intento de asesinato de la cultura china. ¿Cómo interpretar de otra manera la gran empresa maoísta de aniquilación de intelectuales, a quienes Mao consideraba "apestosos de novena categoría"? La decisión lunática que tomó en los años 70 de deportar a todos los intelectuales simplemente porque eran intelectuales afectó a unos 20 millones de personas.
Observándolo -apenas recuperado de dos graves operaciones de carótida, que lo han obligado a permanecer casi recluido-, conociendo su vida de padecimientos y privaciones, es imposible dejar de preguntarse cuál es la fuerza que le permitió soportar esa vida, que fue "más infecta que un pantano, más real que un infierno imaginado, más aterradora que el Ultimo Juicio".
-Según su traductor al francés, Noël Dutrait, no bien conocida la atribución del Nobel, el presidente chino Jiang Zemin anunció que el país tenía cinco prioridades ideológicas. Entre ellas, enumeró la lucha contra los 110 mártires canonizados por Juan Pablo II y contra usted.
-Es posible. En todo caso, yo soy palabra prohibida en China. Es como si no existiera. Recientemente, en mi país se publicó un folleto que presenta a todos los premios Nobel de Literatura desde su creación. Por increíble que parezca, la lista pasa directamente de 1999 a 2001, para no mencionar mi nombre.
-Es paradójico: en China lo acusaron, entre otras cosas, de "modernista". Hoy, esas "desviaciones" han dejado de ser consideradas como tales, pero usted sigue proscripto.
-Es cierto. Se me acusó de modernista por mi estilo, inspirado por Samuel Beckett y Marguerite Duras. En la actualidad, Marguerite Duras es traducida y publicada en China, al igual que Beckett.
-¿Qué es usted antes que nada: escritor, pintor, dramaturgo...?
-Quizás habría que decir pintor, porque comencé a pintar antes que a escribir. Tenía menos de ocho años. Era un niño enfermizo y, como los demás me dejaban de lado, me divertía solo: leía, escribía, pintaba. Nací en una familia atípica, liberal y privilegiada. Antes de que Mao llegara al poder, mi padre trabajaba en un banco y podía comprarme pintura al óleo, que era muy cara en China. Ese fue el método que utilicé hasta que, durante mi primer viaje a Europa como intérprete oficial del régimen, en 1978, descubrí las obras de arte occidentales en el Museo del Louvre, en París, y en la Galería de los Oficios, en Florencia. Quedé desalentado. ¿Qué otra cosa se podía inventar aún en pintura? Fue entonces cuando decidí buscar otra vía.
-Así llegó a la tinta china.
-Pero no a la sempiterna caligrafía. En la caligrafía no existe la luz, mientras que en la pintura, la luz y la sombra son elementos fundamentales.
-¿Por qué, entonces, no se dedicó de lleno a la pintura?
-Lo hice hasta que, a la hora de entrar en la universidad, atravesé mi primera crisis. ¿Qué hacer? ¿Estudiar pintura, literatura, ciencias o hacer teatro? Todo se decidió rápidamente: para ser actor, había que medir más de un metro setenta, y yo soy mucho más pequeño. Al mismo tiempo, mi madre se negó terminantemente a que fuera pintor. Para ella, los pintores eran gente miserable que se muere de hambre. Terminé por escoger literatura francesa, aunque seguí pintando sólo para mí. Y ésa fue, en realidad, la actividad que siempre evitó que me muriera de hambre: cada vez que pasé por un momento difícil, la venta de algún cuadro resolvió el problema.
-¿Cuándo comenzó a escribir?
-También de pequeño. Mi madre, que era actriz de teatro, me pidió que escribiera un diario íntimo. Lo hacía todos los días como parte de mis deberes. Lo seguí hasta terminar mis estudios universitarios: tomaba notas de mis lecturas, mis fantasmas, mis proyectos de piezas de teatro, de los ensayos filosóficos que leía. Esa necesidad sigue formando parte de mi vida. Pero durante la Revolución Cultural quemé todo. No quedó nada.
-¿Cuándo descubrió la literatura occidental?
-También en la infancia. En casa leía los cuentos de Grimm y de Andersen traducidos al chino, y también novelas de aventuras en inglés. Descubrí la literatura francesa en el secundario: Maupassant, Balzac, Zola, Anatole France. Como la literatura moderna no estaba autorizada en China, no era traducida. Por eso decidí aprender francés. Quería saber lo que se escribía fuera de mi país.
-¿Y fue en la universidad donde descubrió la represión practicada por el régimen?
-La vida del campus estaba controlada por la Juventud Comunista, que alentaba a los estudiantes a denunciar a sus camaradas. ¡Cuántas veces fui denunciado por alguna de mis novias! Cuando se está en pareja, en la intimidad, uno se confía fácilmente. En esas ocasiones yo evocaba libremente mis pensamientos, mis ideas. Ellas se asustaban y hacían un informe al responsable del campus. Pronto aprendí la importancia de permanecer aislado.
-Una vez que obtuvo su diploma fue incorporado al grupo de traductores oficiales en Pekín.
-Sí. Y mientras tanto había comenzado a escribir seriamente, a escondidas, en mi departamento. Había que tener mucho cuidado: los guardias rojos inspeccionaban todo en busca de manuscritos. Cuando los terminaba, los quemaba. Así transformé en cenizas varios kilos de manuscritos. Pero aun sabiendo que destruiría todo, tenía que escribir: era necesario expresar mi pensamiento; era una forma de reconocimiento de mí mismo.
-Sin embargo, en 1970 lo enviaron a un laogai, un campo de trabajo.
-También a mi familia. Mi padre pasó allí tres años y murió poco después de salir. Mi madre no soportó la experiencia y se suicidó... Cuando se entra allí, uno tiene la certeza de que permanecerá hasta la muerte. Después de recuperar la libertad, fui destinado al Teatro Popular de Pekín. Mi independencia no duró demasiado: una de mis primeras obras fue acusada de modernista. Fue entonces cuando inicié esa serie de viajes al interior de mi país, que me inspiró más tarde para escribir "La montaña del alma".
-¿Qué es, para usted, un escritor?
-Lo que llamamos "escritor" es sólo un individuo que se expresa a través de la escritura. Los demás pueden escucharlo o no; leerlo o no. El escritor no es un héroe que lucha en favor de un pueblo ni un ídolo a quien se podría adorar. Tampoco es un criminal o un enemigo del pueblo. Y si a veces tiene problemas a causa de sus obras, es sólo por culpa de terceros. Cuando el poder necesita fabricarse enemigos para distraer la atención del pueblo, el escritor se transforma en víctima expiatoria ideal. Hay algo peor aún: que el escritor que padece esos tormentos crea que ser víctima es una gloria.
-Si no hay ninguna responsabilidad política o ideológica de parte del autor, ¿cuál es la relación que existe entre el escritor y el lector?
-En realidad, las relaciones entre el escritor y el lector son sólo una suerte de lazo espiritual que se establece a través de una obra entre dos o más individuos que no tienen necesidad de verse ni de estar en contacto. No es un contrato. El autor no tiene la más mínima responsabilidad frente al lector. El lector tampoco debe ser demasiado exigente con el autor: leer o no leer depende exclusivamente de su decisión.
-Usted suele decir que un escritor jamás debe expresarse como si fuera vocero del pueblo; que de esta forma, su voz es aún más auténtica.
-Detesto las actitudes colectivas que aplastan toda creatividad. Y no me refiero sólo a los regímenes totalitarios. El escritor debe ser antes que nada testigo de la naturaleza humana. Sólo debe responder al imperativo de la realidad. Esa búsqueda es su ética suprema. Un escritor debe esforzarse en expresarse sólo en su propio nombre. La literatura sólo tiene valor cuando hace oír la voz de un individuo. Cuando se vuelve oda a un país, estandarte de una nación, eco de un partido, vocera de una clase social o de un grupo, pierde su verdadera naturaleza, se transforma en objeto utilitario al servicio del poder y de intereses particulares. Todo escritor que pone el acento en una cultura nacional es sospechoso.
-¿Por eso dice usted que la literatura comprometida es una de las plagas del siglo XX?
-En realidad, ese tipo de literatura existió siempre, desde la antigüedad. Esa actitud ha sido la desgracia de la creación. La literatura no debe estar al servicio de un poder o de un sistema de valores. Siempre hubo escritores -Dante, por citar sólo uno- que se rebelaron contra ello. Es la independencia misma de la literatura la que le confiere su valor.
-Sin embargo, a juzgar por su dura crítica al régimen chino en 2000, cuando recibió su Nobel de Literatura, no se puede negar que usted tiene una actitud política bien definida.
-¿Conoce usted a alguien que no tenga ideas políticas? Esto no quiere decir que yo pertenezca a alguna escuela política. En 1981, cuando defendí un tipo de novela que no correspondía a las normas vigentes en China, me calificaron de modernista. En 1983, después de la prohibición de una de mis piezas de teatro en Pekín, me llamaron defensor del teatro del absurdo. Más tarde, en 1985, me alinearon entre aquellos que se dedicaban a la "búsqueda de las raíces". Y en 1990 me denunciaron simplemente como reaccionario. Cuando critiqué, en 2000, al régimen de mi país, lo hice en nombre de la literatura. La verdad es que sólo creo en un dogma: la literatura es un medio para salvarse a sí mismo. Si yo mismo no consigo cambiarme, ¿cómo podría tener la pretensión de cambiar a alguien más?
-Tanto en "Libro para un hombre solo", considerado su autobiografía, como en "El testimonio de la literatura", usted hace una auténtica declaración de guerra a todos los "ismos".
-No hay que dejarse enceguecer por las supersticiones. Hay que ser impermeable a las autoridades, a las corrientes; resistirse al peso de las ideologías. Yo llamo a eso escapar de los "ismos", lo que significa oponerse a cualquier dictadura, se llame ésta fascismo, comunismo, nacionalismo, racismo, integrismo. No ser portaestandarte ni lacayo. No ser esclavo de un "ismo" no es una cuestión de empirismo ni de relativismo ni de nihilismo, eclecticismo, anarquismo o pragmatismo: es un rechazo al aplastamiento del hombre como si fuera la última de las basuras.
-¿Usted se está refiriendo al estado actual de la literatura china?
-Desde hace casi un siglo, la literatura china fue azotada por políticas y éticas de todo tipo; sumergida en todo tipo de "ismos". El escritor sólo puede salvarse a sí mismo escapando lo más lejos posible de esas disputas interminables y oscuras. Sólo el escritor que consigue permanecer aislado de toda tendencia política puede ganar una libertad total. Por eso creo que el mejor sitio para un escritor es al margen de la sociedad, para poder observarla con calma y proceder a la introspección.
-¿Eso es lo que usted llama una "literatura fría"?
-Sí. La literatura, como actividad humana, no puede prescindir de dos cosas: leer y escribir, que son dos gestos libremente consentidos. Por eso la literatura no tiene ningún deber con las masas o con la sociedad. El juicio sobre lo verdadero o lo falso en un plano ético suele ser establecido después por los críticos, que se meten en todo. Pero esto no tiene nada que ver con el autor. Cuando la literatura ha recuperado esos valores intrínsecos, podría llamarse "literatura fría", para diferenciarla de aquella que es considerada "vehículo de la Gran Palabra", de esa que se ocupa de la política contemporánea, que se confunde con las cuestiones sociales o que busca el éxito. Asimismo, la "literatura fría" no tiene ningún interés para los medios de comunicación y tampoco suele atraer al gran público. Naturalmente, este tipo de literatura representa para el autor una mayor dificultad para publicar. En ese caso, se verá forzado a buscar otro medio de subsistencia.
-¿Por eso dice usted que la creación literaria es un lujo?
-Sí. Es una auténtica satisfacción del espíritu.
-¿Alguna vez volverá a China?
-Nunca. La página china pertenece al pasado. El régimen enterró esa China que yo adoraba. Pero puedo hallar mi país natal en todo momento; basta con evocarlo. Mi nostalgia no es geográfica, sino psíquica. Además, viajo con frecuencia a Hong Kong. Allí puedo recuperar muchas de las sensaciones perdidas a causa del destierro.
-¿Qué piensa de su país en este momento?
-No se puede negar que, en los últimos tiempos, se ha producido una cierta apertura. Sin embargo, políticamente, el régimen sigue siendo totalitario. En mi caso, es como si yo no existiera. No puedo ponerme en contacto con nadie, a riesgo de crearle graves problemas. Los periodistas que han osado citarme han sido echados en el acto. Tampoco tengo noticias de mi hermano, y mis padres -como sabe- murieron hace años.
-En "Libro de un hombre solo" hay una interpelación póstuma a Mao, con la que podríamos terminar esta entrevista...
-Allí escribo que se puede estrangular a un hombre, pero que, cualquiera sea su debilidad, no se puede estrangular su dignidad. La dignidad es la conciencia de la existencia. En ella radica la fuerza de los hombres indefensos. Si la conciencia de la existencia desaparece, la vida adquiere la forma de la muerte.
Por Luisa Corradini
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=705039
Ficción teatral, historia y realidad se entrelazan en un corto trecho, en el barrio de la Boca. No sobra ni falta nada.
POR BEATRIZ SARLO*.
bsarlo@viva.clarin.com.ar
La otra noche fui a la Boca porque, en el Teatro de la Ribera, Paco Giménez, un cordobés que baja a Buenos Aires cada dos años, está dirigiendo Fiore di Merda, con sus actores de siempre y con la desordenada audacia de todas sus obras. Para que se den una idea: en una de las obras de Giménez y su grupo, realizada con fragmentos de tragedias griegas, se terminaba prendiendo fuego y preparando un asado a la parrilla. Y eso, lejos de ser arbitrario, fue un final tan impresionante como aquel otro en que todos los actores cantaron a capella un tango criollo. Fiore di merda muestra cosas igualmente sorprendentes para contar la historia de una prostituta que, cumpliendo su destino, responde a los deseos de su hijo como estuvo acostumbrada a responder a los hombres que mantuvo con su oficio. Inspirada en películas y textos del poeta italiano Pier Paolo Pasolini, Giménez y los actores hacen un collage que tiene tanto de popular como de vanguardista.
La sala es la del Teatro de la Ribera, donde hay varios murales de Quinquela Martín, iconografía de la época en que la Boca fue un barrio de inmigrantes y trabajadores del puerto. El teatro está a una decena de metros del puente transbordador, esa maravilla técnica, que hoy parece la instalación urbana de un mecanismo gigantesco y obsoleto. Graciela Silvestri, en su libro sobre la Boca, lo compara con la torre Eiffel, aunque, a diferencia de la torre Eiffel, señala que el transbordador no fue una construcción festiva sino utilitaria, que aún conserva la sombra del trabajo y la fatiga. La obra de Giménez se ubica bien en este espacio, porque elabora napas de la cultura popular italiana y argentina.
Hay cafishios, prostitutas, jóvenes trabajadoras seducidas, un mundo rudo de deseo y de violencia, habitado por cuerpos que se disfrazan o se exhiben descaradamente. La combinación es, en sí misma, una especie de recorrido histórico: de un director de teatro experimental, con raíces populares como Paco Jiménez, al puente de hierro y el pintor del trabajo en la Boca. Son esas escenografías y obras que, aunque incrustadas en la trivialidad de un circuito turístico, se escurren del salvaje desgaste que lo turístico impone sobre los espacios que captura, cubriéndolos con un pintoresquismo que impide ver lo que tienen de verdaderamente original.
Sin embargo, mi visita a la Boca no terminaría con la obra de Giménez. En el hall del teatro, hay una sucinta exposición de fotografías de Facundo de Zuviría sobre objetos o escenarios marcados por el fanatismo boquense. Para no perder la mitad de los lectores posibles de esta columna, callaré sobre mi ausencia de simpatía por el club de la ribera, que no proviene de un afecto simétrico hacia su rival de Núñez. Las fotos de Zuviría vencen la antipatía que Boca Juniors produce sobre la otra mitad de los argentinos. Zuviría forma parte de la mitad más uno, pero sus fotos no muestran esa simplicidad, ni utiliza un aniversario sólo para comunicar al público sus sentimientos.
Lejos de la inflación sentimental, son fotografías secas, donde lo boquense se limita a la reiteración del azul y oro. Un banco de plaza, de cemento sin respaldo, austero y frontal, sin clima ni paisaje, muestra su completa superficie pintada como una bandera de Boca. Sólo eso, el lado austero de una identidad que suele asociarse con el paroxismo. Lo mismo, en esa foto de una esquina donde una típica casa de chapa es toda azul, con una banda dorada a un metro y medio del piso. Sin inscripciones, la superficie pintada ocupa prolijamente una gran esquina con los colores simbólicos.
También el interior de un boliche donde la caja registradora, el mostrador, las mesas son azul y oro, y cada uno de los objetos se ajusta a una disciplina que la foto muestra sin agitación, como si se tratara de un catálogo de artefactos comerciales. Contra el desborde, las fotos de Zuviría son simplemente precisas.
A veces Buenos Aires ofrece algún espacio donde no habría nada que poner ni sacar: unas pinturas, una pieza de teatro, un viejo puente, unas fotos. Lo justo.
http://www.clarin.com/diario/2005/05/15/sociedad/s-976560.htm
RUSS SCHRIEFER, ESTRATEGA POLITICO Y CONSULTOR
Uno de los autores de la campaña que le permitió al presidente de EE.UU. acceder a su segundo mandato revela las razones del último triunfo electoral. Y habla además de su experiencia de consultor.
Carlos Sacchetto
csacchetto@clarin.com
Cuáles fueron los factores más importantes por los cuales George Bush ganó su reelección en noviembre?
—El presidente ganó esa elección por tres razones. En primer lugar porque presentó una visión decisiva, clara, de dónde llevar a América. También tuvo la capacidad de conectarse con la gente de una manera espontánea, y creo que la tercera cosa es porque hizo una campaña muy disciplinada y excelentemente organizada. Todo funcionó a la perfección y todos los integrantes del equipo de campaña hicieron una de las mejores operaciones políticas que hemos visto en los últimos cien años.
# La guerra en Irak fue casi el eje principal de los mensajes de la campaña. ¿Ustedes evaluaron previamente que ésa iba a ser una cuestión determinante para ganar la elección?
—No, al principio creíamos que no había muchas posibilidades de triunfar y menos con casi el 52% de los votos como fue el resultado final. Nosotros no sabíamos de qué manera iba a impactar la guerra en la gente. La guerra dividía opiniones entre los americanos y había extendida una especie de psicosis del miedo cuyo efecto en las urnas no estaba claro de antemano.
# Cuando se acercaba el día del comicio ya era bastante obvio que en Irak no existían armas de destrucción masiva, lo que había argumentado Bush para justificar la invasión. ¿Eso hizo cambiar la estrategia de campaña?
—En realidad, tenemos que ver dos cosas. Una es que bastante antes de que se lanzaran las campañas, había una coalición bipartidaria que creía firmemente que existían esas armas. El mismo John Kerry creía eso. Había además muchas declaraciones señalando que Saddam tenía que entregar las armas y Bill Clinton también acordaba con esto. La otra es que cuando el bipartidismo se encontró con que no había armas, el presidente no se apartó de la misión principal que era dar libertad y paz al mundo y derrocar a un dictador brutal. Y no pidió permiso para eso. Fue un buen objetivo en sí mismo.
# Desde la perspectiva del producto que se iba a vender en la campaña, ¿Bush era un buen candidato?
—Impecable, fabuloso.
# ¿Por qué?
—Porque es un verdadero líder, es alguien que cuando pide lealtad la devuelve y esto es bastante raro en política, ¿no? Siempre es mejor tener un candidato que sabe adónde quiere ir y lo que quiere defender, que un candidato que no tiene la menor idea de por qué está ahí.
# ¿Pero no era a la vez un candidato con mucho riesgo de equivocarse, de dividir más que de sumar voluntades?
—Si equivocarse significa pronunciar mal una palabra, eso no es nada, es anecdótico. La gente mira el cuadro entero, y él es un líder fuerte. La gente lo votó por eso, y no importó si pronunciaba mal la palabra "nuclear". En cuanto a ser un candidato que dividía opiniones, sí, lo era y no está nada mal que así sea.
# ¿Qué grado de influencia tuvieron los medios masivos, no como transmisores de mensajes publicitarios sino desde el punto de vista periodístico, editorial?
—En los Estados Unidos los comentaristas en general hablan de los pros y de los contras de cada candidato. Lo que hemos encontrado en la última campaña es que la gente tendía a escuchar y a leer a los periodistas que estaban de acuerdo con el presidente, y a los que les gustaba Kerry hacían lo mismo con los que hablaban a favor del candidato demócrata. Al final, los comentaristas tuvieron el rol de árbitros.
# ¿Eso significa que para usted la prensa no es decisiva en una elección presidencial?
—Juega un rol importante, pero no puedo decir que sea decisiva, al menos en los Estados Unidos.
# ¿El presidente Bush representa lo bueno y lo malo del perfil del ciudadano medio de la sociedad norteamericana?
—El presidente representa, o trata de representar, mucho de los ideales y de las aspiraciones de la mayoría. Y la mayoría de los estadounidenses son trabajadores, tienen familia, van a la iglesia, pero también creen que la libertad es una cosa buena. La libertad para ellos es un valor muy importante, más allá de que estén en desacuerdo circunstancialmente con algún movimiento táctico de Bush.
# ¿Como estratega de campaña, conviene poner más el énfasis en los defectos del adversario o en las virtudes de su candidato?
—Son las dos cosas al mismo tiempo, funcionan juntas. Hay que poder resaltar al candidato propio, y a la vez decir que nuestro candidato es bueno por estas cosas, y a fulano de tal no lo voten por tal y tal cosa.
# ¿Hacia el futuro las campañas políticas le darán más importancia a los debates públicos, la comunicación mediática o las movilizaciones populares?
—Como la gente recibe la información de tan distintas fuentes, lo más importante va a ser la segmentación del electorado. Apuntar más cuidadosamente a cada target al que se quiera llegar con el mensaje. Esta cosa tradicional de aparecer en televisión y contar la historia de uno, se va a volver anticuada rápidamente. Lo que se va a seguir haciendo son los cortos comerciales, porque se los puede enviar por e-mail, o difundir en distintos sitios por Internet. Los cortos están en todos los medios. Ahora hay —y habrá más en el futuro— múltiples fuentes de información en lugar de la televisión que durante 50 años fue el principal medio para comunicarse con los votantes. En ese sentido el rol de la televisión va a bajar en importancia y van a subir los otros medios.
# ¿La gente vota más la imagen del candidato o sus ideas?
—Eso tampoco se puede separar, es una misma cosa. El votante tiene que acordar con el candidato en temas centrales, pero la otra pregunta que se hace es si se siente cómodo con esta persona para que conduzca. ¿Es un buen líder, yo confío en el juicio crítico de esta persona? Mucha gente puede decir : bueno, en verdad su posición en la economía no es muy buena y en esta otra cosa no es lo que yo haría, pero confío en él. La gente confió en Bill Clinton antes y la gente confía en George Bush ahora.
# Desde lo profesional, ¿qué enseñanza le dejó a usted esta última campaña?
—Una vez más me doy cuenta de que es la capacidad para mantener el foco y la disciplina en un mismo mensaje, el no dispersarse. Es el factor más importante para tener en cuenta en una campaña.
# Las preguntas que le formularon en el Seminario de Campañas Políticas aquí en la Argentina reflejan una mirada diferente de la que tienen los propios estadounidenses sobre la política de su país. ¿Lo sorprende eso?
—No, para nada. En Estados Unidos se está llevando a cabo un debate muy saludable sobre los procesos políticos internos. Y eso también tiene repercusiones en otros países, con sus respectivas maneras de mirar las cosas.
# ¿En ese debate interno se están cuestionando la transparencia de la política?
—Sí. El tema que más apasiona a la gente es la relación entre el dinero y la política. Personas mucho más inteligentes que yo han tratado de ver cómo hacer para que el dinero no tenga tanta influencia en la política. Pero aunque el debate continúa, después de cientos de años no se han encontrado muchas soluciones.
# ¿Pero el financiamiento de la política tiende a ser más transparente o no?
—Yo hablo sólo de Estados Unidos. Y allí ocurre que cuando se pone el dedo en la llaga, siempre aparecen nuevas llagas.
# ¿Qué costo en dólares tuvo la reelección de George Bush?
—Nosotros gastamos sólo 24 millones y eso fue así porque no necesitábamos cambiar de cortos publicitarios todos los días como sucedió con el candidato demócrata. En cambio en la campaña de John Kerry se invirtieron 270 millones de dólares. Comparando ambas cifras, queda claro que fuimos muy exitosos en nuestro trabajo, que era conseguir la reelección del presidente.
# ¿Antes de tomar una campaña, usted se plantea límites éticos o no importa cómo sea el producto que se va a vender?
—Yo hace mucho tiempo que hago campañas para el Partido Republicano. Y no recuerdo en los últimos 20 años haber estado en una situación en la que haya sentido que la ética fuera un tema importante en la relación con el cliente. Hay que tener en cuenta que la campaña se termina y la reputación del candidato y los consultores tiene que seguir intacta. Entonces, aquella "triquiñuela" que se puede hacer para ganar algo a corto plazo, en el largo plazo se vuelve en contra. Conclusión: eso no se puede hacer, no es negocio.
# ¿Y desde el punto de vista ético y moral, usted está tranquilo pensando que al contribuir a que Bush sea presidente le ha hecho un bien a Estados Unidos?
—Sí, por supuesto. Lo conozco a George W. Bush desde 1987 cuando yo ya estaba en la campaña de Bush padre. Y lo vi crecer y transformarse en lo que yo pienso que es un líder muy fuerte. No estoy para nada arrepentido de mi trabajo.
# ¿Usted es consciente de que si en la última elección presidencial hubiese votado el mundo y no sólo los ciudadanos norteamericanos, George Bush no ganaba?
—Oh, sí, claro. Pero felizmente las elecciones de los Estados Unidos se hacen en Estados Unidos.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/05/15/z-03615.htm
Copyright Clarín, 2005.
El notable pintor analiza la actualidad
Por la ventana del techo de su estudio, en Martínez, entra una luz cenital que lo envuelve todo y realza esa sensación de realidad-irrealidad, de acción-ensueño que impregna su vasta producción artística. Guillermo Roux cuenta que la abertura fue construida siguiendo las recomendaciones de Leonardo da Vinci sobre cómo se debe iluminar el atelier de un artista.
Pero el lugar también es su casa –su dormitorio, prácticamente, continúa en el taller– y en cada ambiente impera una atmósfera teatral, en la que vida y arte son una misma cosa. No en vano, por la visión singular y surrealista de su obra en constante experimentación, se lo ha definido como una de las mentes más innovadoras de la plástica. También como uno de los artistas vivos más importantes de la Argentina.
A los 75 años, Roux cree que el gran potencial del país pasa por la cultura, aunque los gobiernos nunca parecen darse cuenta de eso. “Nosotros no podemos mandar cohetes a Saturno o a Venus. Esa carrera ya la perdimos. En cambio, tenemos un gran elemento humano creativo, y esa creatividad es una de nuestras características más sobresalientes”, asegura.
Roux saltó a la escena internacional en 1975, cuando ganó el primer premio de la Bienal de San Pablo, Brasil, la exposición más importante de América Latina. Había realizado algunas muestras en Buenos Aires y debutado con exposiciones individuales en Londres y en Munich, pero el reconocimiento en serio sólo llegó entonces, cuando Guillermo Roux ya había cumplido los 40 años. Hoy su obra está en museos y colecciones privadas de todo el mundo: acuarelas de naturalezas muertas, retratos, paisajes poblados de figuras, óleos y vibrantes collages.
Su inclinación artística despuntó en la muy temprana adolescencia, por influencia de su padre. Fue ilustrador, dibujante y caricaturista, pero nunca dejó de probar nuevas técnicas y medios, y eso lo impulsó a trasladarse de Roma a Nueva York y de Buenos Aires a la cordillera jujeña.
En estos días, el artista le da las pinceladas finales a la que tal vez sea su obra cumbre: "Homenaje a Buenos Aires", un mural de 12,5 x 5,5 metros que se inaugurará en julio en el hall central del edificio del Banco de Boston, en la zona de Catalinas.
Su sensibilidad y su señorío, más allá de toda genialidad artística, no le permitieron nunca desentenderse de la suerte del país. No es un artista en una torre de cristal. Señala nuestros defectos, pero también confía en que habrá una rectificación del rumbo. "Cuando nos demos cuenta claramente de que si a nuestro vecino le va bien nos va a ir bien a nosotros, vamos a empezar a progresar", asegura.
-En el frontispicio de la casa parisiense de su colega Antonio Seguí, se lee: "En la patria, la cárcel; los laureles, en el exilio". ¿Coincide?
-Si hablamos de la Argentina, algo de eso hay. Acá se admira lo que se hace afuera, pero yo diría que por tilinguería, lo que no es más que una forma de ignorancia: no valorar las cosas por lo que son, sino por lo que parecen. Tiene que ver con formas coloniales que se siguen arrastrando; un colonialismo mental. También es un modo de desvalorizar al país, en una rara dualidad. Por un lado, los argentinos en el exterior preguntan: "¿Qué piensan aquí de nosotros?". Son conocidos los chistes acerca de nuestro narcisismo, y ya Ortega escribió sobre esto. Por el otro, triunfar en el exterior es sacar patente de exitoso, palabra que detesto y que fue muy utilizada en los años 90.
-¿Usted lo vivió en carne propia, o se sintió primero reconocido aquí?
-No sé si soy tan valorado afuera. Antes eso tal vez me importaba más. Ahora me importa mucho menos: algo se aprende envejeciendo. Decidí quedarme en la Argentina cuando tuve la lucidez de tomar conciencia de mi pertenencia. Irme significaba para mí demasiadas renuncias y asimilarme a otras culturas, a las que siempre iba a ser ajeno. Esto es lo mío, de aquí nace mi trabajo y no condiciono ese estar a la bonanza social o económica. Después de haber viajado y trabajado en muchos lados, comprendí que, en las buenas y en las malas, éste es un hermoso país.
-Hace muchos años, usted se fue a vivir a Jujuy, trabajó como maestro de escuela y no dejó de pintar. ¿Qué experiencia le dejó aquella etapa?
-En Buenos Aires eran tiempos del Instituto Di Tella. Mi ida a Jujuy coincidió con un movimiento cultural en el Norte. Allí pude colaborar en la fundación de una escuela de arte que tuvo importantes creadores, como Medardo Pantoja, y poetas como Groppa, Fidalgo, Galán y nuestro admirado Héctor Tizón. Seguramente, soy injusto al olvidarme de otros nombres importantes. A todo esto debo agregar las noches estrelladas, el perfume de los azahares, el sonido misterioso del erque en la Quebrada, la copla y el silencio religioso de aquellos espacios? Todo eso, y más, quedó dentro de mí.
-¿Sigue con la costumbre de recorrer Buenos Aires en coche sin un destino fijo? El miedo, la inseguridad, la pobreza creciente, ¿no lo hicieron desistir?
-Me sigo perdiendo en Buenos Aires, y no me preocupa. Aprovecho para descubrir el barrio, la ciudad, bajar del auto y tomar un café, porque las caras, los gestos, me dicen más que todos los análisis sociales que pueda leer. No pienso en posibles peligros: nada está en nuestras manos. La realización de trabajos complicados coincidió más de una vez con convulsiones sociales del país, de las que no me desentiendo. Sin embargo, mi naturaleza se inclina a mirar de otra forma la realidad. Hay en mí una necesidad de no detenerme en lo contingente.
-No sólo tenemos escritores y artistas de relieve mundial, como usted. Somos el país iberoamericano con más premios en ciencias y seguimos generando científicos de primer nivel. ¿Por qué nos cuesta tanto superar la etapa de los logros individuales y avanzar colectivamente como sociedad?
-El primer paso es reconocer el mérito ajeno. No solamente de nuestros contemporáneos, sino de los que se fueron, pero dejaron huella. Cuando nos demos cuenta claramente de que si a nuestro vecino le va bien nos va a ir bien a nosotros, vamos a empezar a progresar. Pero si para imponer nuestras ideas borramos del mapa, aunque sean buenas, las ideas de los otros, vamos a estar siempre empezando. Así nos va.
-¿Tiene fe en lo que puedan aportar las nuevas generaciones, especialmente la que creció y se está educando en democracia?
-Yo soy un hombre de fe. La historia demuestra que hay momentos desiertos y otros de florecimiento. Me preocupa en la juventud de hoy la falta de pasión por las ideas, la reticencia para entregarse sin reservas a una vocación, el apuro por el beneficio, la carencia de sueños y utopías y el no sentirse llenos del deseo de trascender la existencia. Pero sé que no todo es así y que es injusto generalizar. En desprovistos laboratorios hay también jóvenes que se queman las pestañas pegando el ojo a un microscopio.
-Una encuesta reciente a cuatro mil jóvenes norteamericanos que cursan la universidad arrojó altos porcentajes de desmotivación y respuestas tan descorazonadoras como que no saben por qué estudian lo que estudian o que no les interesa aprovechar la oferta de cursos extracurriculares, lo que demuestra que éste no es sólo un problema argentino?
-No, claro. Es un problema mundial, sólo que, como en todo, en la Argentina las cosas son peores o mejores. Lo que pasa en el mundo pasa acá, antes o después, y pasa en forma más virulenta. Porque a los problemas universales se agregan los problemas inherentes al continente latinoamericano. Por eso digo que aquí las cosas son peores o mejores, pero siempre en los extremos. Además, no tenemos modelos culturales sólidos. No hay nada que arriesgar ni nada que perder, mientras que en sociedades con un largo sedimento, con tradición y con figuras ejemplares, es más difícil que la gente se desbande.
-¿Cómo se vive esto en el mundo del arte?
-En otras épocas, la enseñanza de la pintura respondía a un modelo, a una imagen ideal, que era la meta por alcanzar. En esa escuela, la del yeso y la carbonilla, se formaron Braque, Picasso, Matisse, Giacometti... Esa base les sirvió: los resultados están a la vista. Cualquier aficionado puede ver cuánto hay de lo aprendido en Barcelona, en los dibujos del Picasso maduro. Hoy esos modelos están destruidos. Cada uno sigue su camino e inventa sus propios objetivos. No hay referencias. Se han ido desdibujando. Nos vamos quedando solos, cada uno con su propia historia, en una disgregación total. En un mundo en el que se habla de la gran comunicación, pasa exactamente lo contrario: cada uno dispara para el lado que le conviene.
-Pero usted mismo tiene un taller y alumnos que lo siguen?
-El taller nació por iniciativa de un grupo de alumnos y hoy enseñan pintores que se formaron en él. Tengo 180 alumnos y algunas premisas. Mis ideas nacen de la realidad de mi oficio, del hacer cotidiano, de la apreciación del mundo que me rodea y de su eco, que son las imágenes internas que surgen de esta observación. No tengo demasiada confianza en la teorización que no nace de la práctica. Por eso digo que nuestra finalidad es modesta: tratamos de dar la base, enseñando el oficio lo mejor que podemos. De esa manera, el que viene a nuestra casa sabe claramente lo que puede esperar de nosotros. Creo que, tal como están las cosas hoy, es un aporte interesante.
-Pero ¿eso no fue así siempre?
-Lo que ocurre es que antes uno iba a una academia y podía tener distintos maestros, con distintas ideas, técnicas o teorías, pero había un denominador común: la fe inquebrantable en el arte, y hoy no es así. El arte está sujeto, como todas las cosas, a las leyes del mercado. Y el mercado, como se sabe, se manipula con la promoción. Entonces vaciamos el arte de contenido para transformarlo en objeto fácil de compra y venta. El mérito intrínseco de una obra que debería hablar por sí misma es reemplazado por la promoción, que llena el vacío de su contenido. A cada rato se oye decir que el arte de hoy debe ser espectáculo y diversión. ¿Cómo puede ser el arte divertido cuando debería estar allí para sublimar la realidad y ayudarnos a trascender la existencia? El camino de la excelencia toma tiempo y no es divertido.
-Se dice que la crisis arrasó con todo, pero que la cultura resistió. ¿Es así?
-Sin duda, el gran potencial de la Argentina es la cultura, pero, casualmente, los gobiernos no se ocupan de la cultura. Todo debería estar puesto en las escuelas, en las universidades, en la investigación, en el aprendizaje, en la formación. El futuro de la Argentina es la cultura. Tenemos que trabajar en esa dirección, sacarle el jugo al maravilloso potencial de nuestra creatividad. La materia prima está. Nosotros no podemos mandar cohetes a Saturno o a Venus. Esa carrera ya la perdimos. En cambio, tenemos un gran elemento humano, creativo, y es una de nuestras características más sobresalientes.
-Las megamuestras, los festivales... ¿son significativos desde el punto de vista de la creación de cultura?
-No estoy convencido de que las multitudes que van a las megamuestras sean un síntoma de algo importante. Las muchedumbres van de aquí para allá. Los domingos, los shoppings están llenos de gente, con negocios vacíos y empleados aburridos. En el museo del Louvre es imposible caminar y hay que circular rápido, lo que impide apreciar mínimamente la infinita trascendencia de una obra de arte. Pero no quiero ser negativo: también creo que, al menos, las megamuestras son una forma de acercar a este tipo de manifestaciones a gente que de otra forma no participaría,
-Pero ¿se trata de un fenómeno que sólo le sirve a la clase media argentina, tradicionalmente consumidora de cultura, o puede esperarse un derrame hacia los excluidos y marginados de una sociedad que los ha incorporado por millones?
-La clase media, a pesar del castigo, ha hecho y sigue haciendo extraordinarios esfuerzos para elevarse. A los marginados, y es una vergüenza que los haya, mejor les vendría antes que nada una escuela eficiente, limpia y maestros respetados. Una educación más simple y más clara que enseñe, por ejemplo, que cada ser humano es único; que la vida es un milagro; que nada nos pertenece; que no hay tareas humildes cuando se pone el alma en lo que se hace. A pesar de momentáneos ataques de pesimismo, soy un optimista. Si no, no sería pintor, y creo que a pesar de que el hombre, a veces, se acerca peligrosamente a su origen animal, su tendencia en el tiempo es tratar de ser mejor. Ahí está el esfuerzo heroico de millones de familias que luchan honestamente a brazo partido para dar lo mejor a sus hijos; de gente que hace viajes interminables en trenes y colectivos; personas honestas que veo en las esquinas haciendo largas filas bajo el sol y la lluvia, por un sueldo que no alcanza. Y esos también son argentinos.
-¿Por qué nuestros gobiernos no se ocupan de la cultura?
-Desgraciadamente, desde hace mucho tiempo, los que deberían ocuparse de estas cuestiones son personajes bastante elementales, que dedican toda su energía a las triquiñuelas de la política, en las que son habilísimos. Algunas veces se autoimpusieron, pero otras veces los hemos elegido. La constante ha sido el desinterés cargado de desconfianza y sospecha hacia la cultura en general, y algo de razón tienen, porque es más difícil de manejar que aquel que estudia.
-¿Qué papel le asigna al sector privado en el desarrollo del arte?
-Las empresas podrían destinar fondos que al fin y al cabo son ínfimos, para adornar sus edificios con obras de arte. En un mundo que tiende a la uniformidad, quizás ésta sería la manera de ayudar a crear una identidad. La Galería Pacífico es una muestra de lo que hubiera podido ser Buenos Aires si esos artistas hubieran tenido el apoyo necesario. Afortunadamente, para realizar la pintura que estoy terminando en este momento yo tuve el apoyo incondicional de una empresa. No me pusieron límites de tiempo ni de materiales, y empleé en la obra los mejores que existen. Dediqué casi cuatro años de mi vida a ese trabajo. Miles de personas van a pasar por ese inmenso edificio todo el tiempo y pensé mucho en ellas, en la ciudad y en sus habitantes, porque una pintura mural desempeña un papel social, y espero que el resultado valga la pena. Vemos también lo que ha hecho el aporte privado en el Museo Nacional de Bellas Artes. Para mí es un cambio muy positivo. Finalmente, tenemos un museo que privilegia el arte argentino. Lo que se ha hecho allí es extraordinario.
-Lamentablemente, no se puede decir lo mismo de otros ejemplos de nuestro acervo cultural...
-Lo que pasa en este plano es triste. Tengo entendido que el estado de archivos, colecciones y museos en muchos lugares del interior del país y aquí mismo, en la Capital, es lamentable. En casi todos lados sobreviven gracias a denodados y generosos esfuerzos personales. Pero si se trata de construir un país, esto no alcanza. Un país se construye, como una pared, ladrillo sobre ladrillo. Sólo ponderando el esfuerzo de cada generación iremos descubriendo nuestra identidad. Y debemos cuidarla, también por gratitud hacia los que lucharon antes que nosotros para hacernos mejores. Pero, fundamentalmente, para reconocernos y, en los momentos de oscuridad y desorientación, para volver a las fuentes y reencontrarnos. Un país sin referencias claras es un país a la deriva.
Por Carmen María Ramos
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=704098
Por Sandra Russo
Parece que fue hace tanto que Juan Carlos Blumberg apareció en escena. Todo lo que vino con él no se adivinaba con claridad en la primera marcha, cuando una multitud entremezclada hizo su arribo a la Plaza del Congreso con pancartas que reclamaban “Justicia”. Blumberg hoy ya no importa, o mejor dicho: lo que él representó en su momento decantó y ya no importa. Eran épocas en las que la palabra “seguridad” asomaba como un ariete que poco después sería usado y abusado por la derecha. Hoy en la agenda periodística y política ya no figuran los secuestros extorsivos, y aunque parece que fue hace tanto no fue hace mucho que el paisaje que pintaban los medios era el de madres que no dejaban ir a sus hijos a jugar a las plazas por miedo a que fueran secuestrados. La Argentina es un país vertiginoso, en el que las pasiones públicas se agitan rápido y la gente se deja arder en ellas. A fines del año pasado, otra noción de la “seguridad” abonó la paranoia argenta, que como toda paranoia tiene bases concretas. Las madres ya dejaban a sus hijos ir a jugar a las plazas, pero no los dejarían ir a bailar a discotecas después de Cromañón. Esta otra “inseguridad” fue transversal, atrozmente democrática: en Cromañón había chicos de todos los sectores sociales, de clase trabajadora en su mayoría, pero también de clase media y de más arriba. Y Cromañón lo que dijo, como símbolo del desastre argentino, es: todo puede pasar, hay tragedias latentes, bombas de tiempo, trampas cazabobos. Nadie vela por el otro. Ni el dueño de un boliche por sus clientes, ni los músicos por sus fans, ni los funcionarios municipales por los ciudadanos. Estamos parados en un piso flotante que puede hundirse. Esta sociedad tiene un piso flotante que puede hundirse. No hay contrato entre el piso que pisamos y nuestros pies: el piso debería atajarnos, contenernos, sostenernos, pero puede hundirse. Y se hundió en Cromañón y se tragó 193 vidas adolescentes. Y Omar Chabán, el dueño del boliche, quedará en libertad.
“A los chicos los mató la corrupción” fue la frase homologada que unió voces en estos largos meses. Y esa palabra, corrupción, enlaza esta libertad con otra, la de María Julia Alsogaray, que esta semana también vio la luz después de casi dos años de encarnar, presa, la corrupción menemista que deshizo a lo largo de una década los instrumentos, los soportes y los engranajes del Estado. Quedó claro, en ese juicio, que lo que se impuso en los ’90 no fue sólo un punto de vista neoliberal en virtud del cual la iniciativa privada goza de menos pecados que el aparato estatal, inundado de figuras retóricas que bien supieron inocular los comunicadores del régimen: elefantiásico, ineficaz, clientelista, corrupto. El caso de los sobresueldos pone de manifiesto que quienes llevaron adelante la brutal reforma de los ’90 no lo hicieron como “idealistas de derecha”. Una vez más, se rompe la patética teoría de los dos demonios y de los dos ángeles: una cosa es pelear por una idea, y otra muy distinta es embolsarse diez, cincuenta, cien mil dólares al mes para poner en práctica esa idea. En los ’90 hubo ideología de mercado y los ideólogos fueron muy bien pagados por los beneficiarios.
Las libertades de Chabán y Alsogaray (dejemos por una vez de llamar a las mujeres por sus nombres de pila, como si fueran todas ellas chicas amigas nuestras) se imbrican en un solo sentimiento que recorre la calle. Nadie paga. Nadie purga. Nadie es vengado por lo único que permite vengar una injusticia en democracia. La justicia. La sensación de estupor y de impotencia que gana almas esta semana anda a caballo entre la indignación y la conciencia de que la Justicia argentina está muy lejos de ser esa señora de ojos vendados ante la cual, es cierto, todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario, pero ante la que también, y esto no es menor, nada menor, todos somos iguales. ¿Quién podría afirmar hoy que se cumple esa regla básica, módica, de mínima? ¿Quién no tiene la sensación de que pagándoles a algunos abogados, tocando a fiscales o a jueces, arreglando por influencias o por contactos políticos o por dinero, no se logrará encontrar el artículo, el inciso, el hueco en el expediente? ¿Quién duda de que las cárceles están llenas de pobres sin recursos para arreglar con nadie y que están vacías de apellidos ilustres o de herencias considerables? ¿Quién duda de que en los ’90 el Estado no se disolvió, sino que fue vendido? ¿Quién duda de que las 193 muertes en un boliche mal habilitado y con las salidas de emergencia trabadas deben pesar sobre los hombros de unos cuantos, entre ellos los de Chabán?
Cuando emergió Juan Carlos Blumberg de la nada o, mejor dicho, de un drama personal que lo catapultó a ser referente de la mano más dura, aquellas pancartas anónimas que llenaron esa primera plaza y que pedían “Justicia” dieron cuenta de miles de casos no resueltos, asesinatos sin culpables, investigaciones inexistentes, impunidad. Aquel paisaje fue legítimo, lo más legítimo del fenómeno Blumberg. En los barrios oscuros todos los días matan gente y nadie paga. Tenía que ser un chico lindo y rubio el que despertara la solidaridad de miles, pero eso tampoco importa: “Justicia”, rezaban las pancartas de gente que hace afiches, amplía fotos, va a los medios, mendiga una nota para que “esto sirva, para que no pase nunca más”. Y sigue pasando, seguirá pasando, porque también esa vez, que tuvieron las cámaras para mostrar a sus muertos, los usaron. Los usaron para meter en cana a adolescentes, para endurecer leyes contra pobres.
En la Argentina vienen pasando cosas importantes, pero la dinámica histórica y social de este país obliga a ir de afuera para adentro, y las libertades de Chabán y Alsogaray de lo que hablan es del tuétano. Hay un hueso podrido en este país. Un hueso maloliente que corroe la carne. Hay algo que apesta y de eso nadie duda tampoco. Pero, ¿cómo llegar ahí? El debate jurídico se libra entre interpretadores de las leyes. Pero las leyes son un marco, o deberían serlo, para aplicar justicia. El único marco disponible. Los hombres y mujeres de la Justicia parecen, esta semana, aferrados como náufragos mejor o peor intencionados a instrumentos de los cuales debería brotar justicia. No es la chusma la que pide linchamientos, no es el salvaje que espera agazapado el momento para asestar la cuchillada. Es un sentimiento colectivo de indefensión legal el que bloquea la confianza en la ley, y si esos hombres y esas mujeres de la Justicia no son capaces de entrar en el timing político y social que demandan las circunstancias, si Cromañón queda impune, si el saqueo menemista queda impune, será la ley y la fe en la ley la que finalmente se desintegrará como la cinta de Misión Imposible. ¿Por qué la Justicia en la Argentina parece una misión imposible?
Lo que está haciendo falta, y es curioso que no haya aparecido, y es sintomático y extraño que siga sin aparecer, es la Justicia encarnada en hombres y mujeres que sepan dar las batallas que corresponda y que se ocupen de transmitir un mensaje claro y simple a la gente. “Justicia” pedían y piden las pancartas. “Justicia” es lo que se presiente que no hay. Y mientras ésa sea la percepción general, este país no será un país sino apenas un manojo de lamentos y de rabia.
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Dice que el sexo femenino es más sabio
NUEVA YORK.– Es más serio, más oscuro, más pesimista de lo que cualquiera podría imaginar. Woody Allen, uno de los más grandes cineastas de todos los tiempos, el creador de varias decenas de obras maestras, cree que la vida se divide entre lo miserable y lo horrible, que es una tragedia y que con la muerte todo acaba. Nada hay más allá, cree saber. Y eso lo fastidia.
Pero es este mismo Woody Allen el que sigue creando gags desopilantes, el que escribe y filma al menos una película de calidad por año. La última, “Melinda y Melinda”, está por llegar a los cines argentinos. Y es el mismo Allen que concedió a LA NACION una entrevista de una hora y media en su cine privado, allí, en el Manhattan Film Center, que armó en la zona más exclusiva de esta ciudad, en el cruce de Park Avenue y la calle 63.
Es el mismo Woody Allen, el de las gafas que son su marca registrada, el obsesivo e hipocondríaco, el admirador de Ingmar Bergman y el lector confeso de Jorge Luis Borges. Pero está distinto, más viejo.
Cumplirá 70 años en diciembre y no le encuentra a eso un aspecto positivo, sino uno risible. “¡Odio ponerme viejo! No te pones más sabio, ni más tranquilo, ni más maduro. No ves el mundo de otro modo de repente ni a las chicas les da por la ternura... ¡Nada de eso!", dice, y ríe. Y cuando replico que se lo ve muy bien, aparece el Woody que todos esperamos: "Bueno, gracias... (calla unos segundos) ¡Salvo que tenga algo y que aún no lo sepa!", retruca. "Pero no soy hipocondríaco, ¿eh?" Y ríe, cómplice, otra vez.
-La crítica coincide en que con "Melinda y Melinda" ha retornado a la senda de sus mejores obras. ¿Usted se siente satisfecho con la película?
-Siempre he tenido una confianza extrema mientras escribo. Luego, cuando filmo, me siento más o menos cómodo, y después, cuando edito y veo lo que he hecho? [chasquea sus dedos] toda mi confianza se desvanece. "¡Mi Dios! ¿Qué hice? ¡Tenía una percepción maravillosa... y grabé esto!", pienso, pero no puedo tirar todo a la basura. Hago lo mejor que puedo cuando edito la película y me la saco de encima. Entonces entra la audiencia y a veces les gusta la película y a veces no, pero nunca saben lo que yo tenía en mente. A veces me gustaría decirles: "¡Ustedes no se dan cuenta de la idea maravillosa que tenía y de cómo la arruiné! ¡Sólo han visto el 50 por ciento, el 20 por ciento de mi idea!" Si sólo pudiera rehacer mis películas, realmente podría hacerlas mejor. Así que, volviendo a su pregunta, no, nunca quedo feliz. Sólo una o dos películas me dejaron satisfecho en toda mi vida y no pienso decirle cuáles son.
-¿Me dirá, al menos, hasta qué punto lo satisfizo "Melinda y Melinda"?
-Representa la mitad de lo que imaginé.
-¿Pensó en filmarla otra vez?
-No es tan fácil. Trabajo con un presupuesto muy bajo para los estándares de la industria. En Estados Unidos el costo medio de una película ronda los 50 o los 60 millones de dólares, y ahora películas de cien millones de dólares son bastantes comunes, mientras que yo nunca consigo hacer películas de más de 12 o 13 millones de dólares, por lo que no tengo el margen para rehacerlas. Filmar se ha convertido en algo prohibitivamente caro, en particular para quienes carecemos del dinero suficiente para armar algo parecido a "El aviador" [de Martin Scorsese, con Leonardo DiCaprio]. Esa película tuvo un presupuesto enoooorme, y está claro que Martin no dilapidó el dinero, pero, a su vez, recaudar semejante dinero es algo impensable para mí.
-Pero lo notable -y, para usted, lo halagador- es que, aun con sus bajos presupuestos, los actores quieren trabajar bajo sus órdenes?
[Sonríe con picardía, por primera vez.] -Bueno, sí, si los atrapo en el momento correcto. No van a trabajar en mis películas si algún otro les dice al mismo tiempo que les pagará diez millones de dólares, porque nosotros le damos el mínimo absoluto, mil dólares por día, cinco mil dólares por semana, cuando en otros films cobran fácilmente un millón de dólares por semana. Pero si cuando los llamo están en sus casas y les atrae el guión, entonces dicen que sí, que harán la película porque cobran dinero suficiente por las otras. Pero si les gusta el guión y después los llama Scorsese con una oferta de 15 millones de dólares? eso es todo. [Chasquea sus dedos otra vez.] ¡Se escapan!
-Esta es, desde 1999, la primera película en la que no actúa, y tampoco aparecerá en la próxima, "Match Point". ¿Prevé reaparecer en la siguiente?
-Sí, en la que filmaré este verano [por este invierno argentino]. Filmaremos en Londres, con Scarlet Johansonn. [Se pone serio, de improviso.] Cuando aparezco en una película debe ser una comedia. No soy un actor serio: la gente se ríe de mí, y "Match Point" es un film bastante serio. Si apareciera en la película, la arruinaría.
-Usted ha recibido toda clase de reconocimientos. ¿Aun así los estudios no confían en usted?
-No, no confían. Quieren sentir que participan en las filmaciones y estar seguros de que sus inversiones son seguras. No les agrada sentir que le entregan dinero a una persona a la cual no le importa lo que piensan o quieren. ¡Quieren ser parte del proceso, y yo no quiero que lo sean!
-"Melinda..." costó unos 12 millones de dólares. ¿Recuperó la inversión?
-Esta película recuperará lo invertido, sí. Pero... [tose, incómodo] siempre es un problema. En algunas películas previas, no se recuperó la inversión. Pero ésta lo hará, porque la lanzamos primero en Europa y tuvo una exposición muy fuerte allá. Cuando se lanzó en Estados Unidos ya había reembolsado once millones de dólares. Entonces, no hay ya tanta presión.
-En el caso de "Melinda y Melinda" ¿hay algo en particular que le agrade?
-Lo más agradable e interesante fue filmar la mitad dramática. Resultó más divertido, porque he grabado miles de escenas cómicas, pero muy pocas serias. Pero el desafío fue más para la protagonista, Radha Mitchell, porque grabábamos primero una escena cómica, donde ella era graciosa y chispeante, y casi de inmediato filmábamos otra escena en el mismo lugar, pero de la mitad dramática, para achicar los gastos. Y ella tenía que pasar de ser encantadora a las 9 de la mañana a ser un desastre a las 10.30 y otra vez a ser chispeante al mediodía.
-¿Aún siente que en Estados Unidos no entienden sus películas?
-Nunca he tenido un gran público aquí, ni siquiera cuando ganamos el premio de la Academia a la mejor película [con "Annie Hall"]. Ha sido una constante en mi vida. Cuando era comediante en los cabarets, los críticos me amaban, pero muy poca gente venía a verme. Me promocionaban en Las Vegas y nadie venía a mi espectáculo. Hice televisión y lo mismo: muy bajo rating. Y mis películas tienen siempre audiencias muy pequeñas, aun más bajas ahora.
-¿Por qué?
-Quizás a través de los años he hecho demasiadas películas y [sonríe] algunos de mis fans han muerto, lo que es predecible después de tantos años en este negocio. Además, la gente no va tanto al cine y prefiere alquilar películas, y los cines ofrecen menos variedad. Las películas estadounidenses son poco interesantes y los chicos ven cosas estúpidas, que no promueven una fermentación intelectual.
-¿Iría a la Argentina para impulsar un emprendimiento cultural o cinematográfico?
-Lo único que me ha prevenido de ir a la Argentina ha sido la extensión del viaje en avión. A mi esposa le encantaría ir, y a mí también. He tenido ofertas para tocar jazz con mi banda allí y en Brasil. Pero me intimida el viaje. No me gusta viajar a Europa, así que imagínese... No soy un gran viajero, pero mi esposa es la que me impulsa?
-¡Así que los argentinos deberían tentar primero a su esposa, para ver si así lo lleva a usted por la fuerza!
-[Se ríe] ¡Ciertamente ésa sería una forma de presionarme! Ella insiste mucho en ir a algunos lugares: la Argentina, Brasil y Asia, de donde ella proviene, ¡aunque viajar a Asia me asusta aún más!
-¿Cuál es la primera imagen o idea que le vino a la cabeza cuando mencioné a la Argentina?
-Borges [lo pronuncia perfecto]. George Louis Borges? He leído muchas de sus obras e integro varios comités y fundaciones que promueven su obra y honran su memoria. Soy un gran admirador suyo. Pienso también en Alfredo Zitarrosa, aunque era uruguayo. Tengo varios de sus discos. Y, por supuesto, pienso en los clichés que tenemos los estadounidenses: las pampas, los gauchos, los mejores bifes del mundo. También pienso en Buenos Aires como una de las ciudades más sofisticadas, otra París, con un muy alto nivel de arte y cultura.
-En "Bananas" parodió la realidad violenta y pintoresca de América latina. ¿Por qué y cómo la creó?
-Hace 35 años, lo que leíamos siempre en los periódicos era la inestabilidad recurrente de las que solían llamarse las "repúblicas bananeras" en América Central y, en menor medida, en América del Sur. Entonces un amigo y yo comenzamos a escribir un guión pensando que sería una atmósfera muy adecuada para una película cómica.
-En esa película, un sargento les aclara a sus soldados que pelearán para ambos bandos: "Esta vez, la CIA no quiere perder", les recuerda. ¿Cualquier similitud con la realidad actual es pura coincidencia?
-Correcto [sonríe]. Lo notable es que en aquel tiempo la vida cotidiana en la región era más rica que la ficción: había tanta violencia, tantos asesinatos, que sentimos que podíamos relatarla como una transmisión deportiva y colocamos a un par de supuestos periodistas del canal ABC News. Ahora, con la CNN, ese tipo de desastres son más realistas desde el punto de vista de la televisión, pero no resulta nada gracioso.
-Usted pasó de películas cómicas a producciones más profundas o dramáticas. ¿Refleja la evolución de su visión sobre la vida?
-Como artista, me siento más cómodo en la comedia, que me surge más naturalmente, pero como ser humano pienso que la vida es una experiencia muy triste y trágica. Por supuesto que tiene aspectos o momentos cómicos, pero la vida es tragedia.
-¿Cómo avizora la muerte?
-Como la tragedia última, máxima. No hay nada después de eso. Es la cesación de toda esperanza.
-¿No hay atisbo alguno de religiosidad en su vida privada?
-No. No soy religioso en absoluto. ¿Sabe? En "Melinda y Melinda" hay una mitad cómica y otra trágica, pero en realidad sólo se trata de una tragedia. Una mitad muestra una tragedia absoluta, y la otra, una tragedia con algunos puntos risibles en su desarrollo. Pero no existe una opción en la vida: es tragedia, en su comienzo, en su transcurso y en su final.
-Reafirma la visión del personaje de Alvie Singer, que usted encarnó en "Annie Hall", cuando decía que los humanos nos dividimos entre los miserables y los horribles?
-Sí, sin duda es cierto. La vida puede ser horrible, realmente horrible. Y si tienes suerte, tienes éxito, tienes hijos, un buen trabajo, salud, una mujer que te quiere y todo lo demás, aun así al final envejecerás y morirás. Tus hijos y tu esposa también morirán con los años, y no importa qué hagas desaparecerá todo rastro tuyo. Así que la vida es miserable y puede tornarse terrible.
-¿Entonces cómo lidia con la idea de envejecer? Usted cumplirá 70 años en diciembre próximo.
-¡Gracias por recordármelo! [Ríe.] ¡Odio ponerme viejo! El envejecimiento no viene con cualidades redentoras que compensen los problemas: no te pones más sabio ni más tranquilo ni más maduro. No ves el mundo de otro modo de repente ni a las chicas les da por la ternura? ¡Nada de eso! ¡Es un pésimo acuerdo, si es que alguien lo pensó de ese modo!
-Bueno, pero usted está en perfecto estado físico y parece saludable...
-Sí, bueno, gracias... [vuelve a sonreír con picardía.] ¡Salvo que tenga algo y que aún no lo sepa! Pero no soy hipocondríaco, ¿eh? [Carcajadas.]
-¿Qué es lo que más lo asusta de envejecer?
-El deterioro y la muerte. Hacemos todo lo posible por negar u ocultar que nos van a pasar. En mi caso, me encanta trabajar y me resulta terapéutico, como cuando a un viejito lo ponen a tejer cestos. Trabajo porque me ayuda. Si luego la gente va a ver lo que hago, me hace más feliz, pero si no van, ¡me importa nada mientras pueda seguir haciendo películas!
-¿Acaso intenta alcanzar la inmortalidad a través de sus obras?
-¡No! [tajante.] No existe la inmortalidad. El arte es apenas una catálisis intelectual del artista, que a veces cree que existe la vida después de la muerte y que sus obras le permitirán alcanzar la inmortalidad. Pero no, olvídese, no existe eso. No sé cómo les caerá a los católicos de su país, pero no hay nada después de la muerte.
-Volví a ver "Bananas", que hizo en 1971. Y usted está allí joven, hilarante y sagaz. ¿Acaso eso no es una forma de inmortalidad?
-¡No! Eso no significa nada. Podemos ir juntos a la tumba de Shakespeare y depositar flores sobre ella y hablar de cuán buen escritor era y seguir así por un largo rato. Pero para Shakespeare es lo mismo que estemos allí o que no. ¡El está muerto! Es obvio que implica una gran decepción no aceptar la idea de posteridad, de inmortalidad o de legados, pero en última instancia todo eso no significa nada.
-Se ha dicho que usted, junto a Ingmar Bergman y Akira Kurosawa, formó la trilogía que intentó "hacer literatura" con sus películas...
-[Interrumpe.] Para mí, Bergman y Kurosawa son tremendos genios del cine y no siento que alguien pueda ponerme en la misma conversación con ellos. No puedo ser miembro de ese club. Puedo aspirar a ser miembro, pero nunca lo seré, porque carezco de la genialidad que ellos sí tenían.
-¿Son ellos dos los creadores que usted más admira?
-Bergman es el que más admiro. Tengo una gran reverencia por Kurosawa y por Fellini, pero Bergman es el que más admiro, por razones particulares. No simplemente porque haya sido el más grande director, por encima del resto, sino porque los temas sobre los que hizo sus películas tienen un significado especial para mí. Otros podrán sentirse más conectados con Fellini o Kurosawa, pero en mi caso siento que Bergman me habla a mí, personalmente, en sus películas. Es mi favorito.
-¿Acaso le atrae en Bergman su planteo sobre el silencio de Dios?
-[Asiente con la cabeza.] Bergman me interesa porque sus temas centrales eran los terrores existenciales, el silencio de Dios y las dinámicas religiosas y, en un nivel más personal, su visión sobre las dificultades que tienen hombres y mujeres para comunicarse. Kurosawa me atrae menos por los temas que aborda, pero sí por el modo espectacular en que lo hace, mientras que Fellini me atrae por los temas que aborda, pero en menor medida que Bergman.
-Muchas mujeres consideran que usted conoce muy bien cómo piensan. ¿Siente que es así?
-Me siento más atraído por las mujeres. Las encuentro más grandes que los hombres. Desde el comienzo mismo de la vida, ves a los chicos que se pelean, mientras que las niñas son muy dulces. Las mujeres son más civilizadas, gentiles, interesantes y divertidas porque son más complicadas y más emocionales, mientras que los hombres intentan mostrarse fuertes y ocultar sus emociones.
-¿Cómo definiría a la mujer?
-Como el género superior. Aun si incluyo a mi madre y a mis ex esposas [sonríe], porque he tenido muy buenas relaciones con ellas. Mi primera esposa era brillante y me ayudó mucho. Sigo siendo muy amigo de mi segunda esposa [por Diane Keaton], y mi tercera esposa... bueno, sigo casado con ella. Todas ellas, más mis amigas y tías, han hecho grandes contribuciones a mi vida.
-¿Cómo se llevaba con sus padres, ya que bromeó sobre ellos miles de veces? Recuerdo "Días de radio" y "Annie Hall", entre otras películas?
-Mis padres jamás entendieron mis bromas. Nunca. Pero, a la vez, estaban muy contentos con mi éxito. Y aun así habrían sido más felices si hubiera sido médico o farmacéutico o abogado, porque eso es lo que entendían, a diferencia del negocio del espectáculo, de los cabarets, de las películas, aunque también se emocionaban mucho cuando aparecía en el periódico alguna crítica de mis películas.
-Pero ¿qué le decía su madre cuando usted decía, por ejemplo, que el primer regalo que le hicieron de bebe fue poner en su cuna un osito... vivo?
-¡Ja! Bueno, siempre hay que exagerar un poco la verdad? Uno hace cada broma? Como principio, los chistes, como el drama, se basan en los conflictos. Pero la verdad es que mis padres eran muy buenos conmigo. Mi madre fue muy estricta, pero muy generosa al cuidarme... y al sacar el osito vivo de mi cuna.
-¿Qué le disgusta de usted? ¿Su hipocondría, sus obsesiones? ¿Se prepara el mismo desayuno, del mismo modo, desde hace 50 años?
-Bueno, tengo algunos pésimos hábitos. Soy perezoso, cobarde, impaciente, corto de mente? Pero también admito que no le deseo mal a nadie, que trato de ayudar y que tengo una actitud de vivir y dejar vivir.
-Los roles que asume suelen ser de indecisos, cobardes, perdedores. ¿Le gustaría, alguna vez, actuar de ganador y conquistar a la mujer más bonita?
-No, realmente. ¡No creo que pueda convencer a los espectadores con semejante personaje! Represento mejor personajes con otras condiciones que me son más naturales: incompetentes, cobardes, inestables... Usted sabe, ese tipo de cosillas.
-Ultima pregunta: ¿se animaría a ser analizado por un lacaniano?
-¿Usted dice en sesiones cortas? Reconozco que, como decía Bruno Bettelheim [psiquiatra sobreviviente de los campos de Dachau y Buchenwald], a veces se puede mejorar casi de inmediato, como ocurría en los campos de concentración, cuando un neurótico o un fóbico cambiaban en un segundo, y no siempre para mal, con una pistola en su rostro. Dicho esto, le respondo: no, no me animaría con un lacaniano, porque anticiparme a que, en cuanto entre en el consultorio, un tipo me diga: "Vaya directo al punto"... ¡Ah, no! ¡Me haría entrar en pánico! ¡Sería dramático para mí!
Por Hugo Alconada Mon
Corresponsal en los EE.UU.
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=703211
Por Jack Fuchs
No hay una fecha precisa que registre el comienzo de la guerra como acontecimiento humano, tampoco una fecha futura que le ponga término. La guerra es un acontecimiento humano, como el dolor, la memoria, la risa.
Hace unas semanas un grupo de jóvenes, de un colegio secundario católico, me pidieron una entrevista; me hicieron distintas preguntas. Me preguntaron, por ejemplo, por qué los judíos fuimos siempre blanco de persecución. Di un largo rodeo y terminé respondiendo que a mí también me habían enseñado la historia de la creación según la Biblia, que yo, seguramente como ellos, tomaba al pie de la letra el relato, y que cuando en el mundo sólo existían cuatro personas, Adán, Eva, Caín y Abel, y Caín mata a Abel, liquida entonces en ese acto ni más ni menos que al 25 por ciento de la humanidad. De modo que éste es el crimen más feroz, una proporción jamás alcanzada en ninguna guerra, ninguna catástrofe o epidemia. Y ese crimen es anterior a la existencia de los judíos, los musulmanes, los cristianos, anterior a la esclavitud, a las nacionalidades o las clases sociales; no estuvo motivado ni por el oro, ni el petróleo o el trigo; es un crimen que parece fundar la lógica de las generaciones y la historia. Esta lectura de Caín y Abel, atendiendo precisamente a su carácter simbólico, me permitió poner a los jóvenes en la pista de que quizá no sea central responder por la causa que explica la persecución de un grupo particular por otro, ponerlos en la pista de que, a mi modo de ver, la gran pregunta es por el rasgo elemental del crimen, por aquello que hace de la violencia un factor esencialmente necesario y constitutivo. Se conmemora en esta fecha el 60º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, la derrota del nazismo. Y los judíos conmemoramos los 60 años de la Shoá. No sé por qué el pueblo alemán no celebra en esta fecha el sesenta aniversario de lo que llamo sin ironía: el holocausto alemán. Los jóvenes alemanes se ofrendaron como víctimas voluntarias. Alemania estaba convencida, entre otros resortes del delirio colectivo, de que había que luchar y morir por el Führer, por el Reich, que era deseable y heroico morir por Alemania en los campos de Europa, en la nieve soviética o en Africa. Al terminar la guerra no sintieron ningún alivio, cayeron en la bruma de la derrota, no advirtieron que también ellos se libraban de una fe autodestructiva, de la vigilancia de la Gestapo, de los campos de concentración o de la eutanasia obligatoria.
Los judíos no íbamos voluntariamente a la destrucción, quisimos sobrevivir, hicimos lo posible por sobrevivir en circunstancias absolutamente adversas. Los asesinos planificaron, calcularon sus fines, sus movimientos. Las víctimas no planificaron nada. De un momento a otro uno se encontró en posición de víctima. Aislado, torturado, prisionero, desnudo, rapado, despojado de todo, de su nombre, de su historia. De un momento a otro las víctimas éramos un número.
Hay infinidad de testimonios de donde sólo surgen la miseria y el sufrimiento a los que se somete a la víctima. Pero de las víctimas no puede aprenderse nada, o casi nada. Sólo una muy dolorosa lección acerca de lo que un hombre es capaz de soportar para sobrevivir. Los verdugos en cambio tienen un saber articulado en la preparación metódica de sus tareas, en la organización, en la anticipación y en el rasgo estratégico de sus objetivos. Así ocurrió bajo el nazismo. Desde el ascenso en 1933 a la caída en 1945, los nazis trabajaron infatigablemente en la organización y ejecución de sus fábricas y laboratorios de muerte, con la colaboración y asesoramiento de científicos, médicos, ingenieros, antropólogos y personal técnico. Tomaron decisiones acerca de quién debe morir y quién debe vivir.
Para saber qué ocurrió en aquella densa tormenta de oscuridad sería de enorme valor rescatar los testimonios personales de los victimarios, el relato confesional de sus experiencias, sus planes.
La guerra es el peor de los crímenes porque revela esa condición esencial y constitutiva de lo humano en la violencia. Pero sin la Segunda Guerra Mundial, que comenzó con la destrucción de Guernica y finalizó con Hiroshima, no hubiera habido Shoá, tanto como sin la Primera Guerra Mundial no hubiera habido genocidio armenio. Hay guerras de las que se habla incansablemente, y otras que caen en olvido y silencio como ocurre actualmente en Sudán, donde ya hay más de trescientos mil muertos y dos millones de refugiados.
Cuando hablo de la planificación de la masacre, cuando señalo la intervención de intelectuales y profesionales, cuando subrayo que no se trató de una barbarie primitiva sino de una realización muy elaborada y sistemática, estoy refiriéndome a una inevitable pesadilla que todavía me persigue. La idea de que el horror pueda ser ejecutado por una banda iletrada no me inquieta tanto como la realidad de un crimen colectivo orquestado según normas muy precisas, normas que responden a un alto grado de organización social. Veo en eso, no puedo ver otra cosa, la paradoja trágica de la civilización.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-50765-2005-05-09.html
En la era del consumo, el shopping modificó el ocio urbano. Sede de una ilusión sin tiempo, allí se entra para mirar. Como se miran cuadros en exposición.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Para quienes tengan menos de veinte años y vivan en una ciudad debe ser extraordinariamente difícil imaginarse cómo era el ocio antes del shopping-center. Las calles, por supuesto, siguen existiendo y los negocios siguen en ellas, pero la relación entre las calles y el shopping es el gran cambio de los últimos años; también las panaderías o las verdulerías persisten, pero la relación con el supermercado y con los pequeños mercados, de algún modo, las vuelve diferentes. Una vez que llegó el shopping, el espacio de la ciudad se altera, incluso en los lugares donde no hay ninguno cerca, porque en donde no hay shopping se sabe, de todos modos, que en otros barrios el shopping le da forma al tiempo libre.
Para pensar un ejemplo: una vez que existe el subterráneo en la ciudad, la velocidad y eficiencia de los demás medios de transporte se mide respecto del subte. Lo último que llega, si logra hacerse popular, diseña en función suya las relaciones con lo que lo rodea. Hay excepciones que generalmente son usadas por los muy pobres o los más prósperos: barrios convertidos en plazas de comida (como los diferentes palermos de Buenos Aires) donde van quienes no tocarían una ensalada de papas ofrecida en el shopping; o negocios de los suburbios, como los que fueron saqueados en diciembre del 2001, donde compran, si compran, los que no tienen plata. Los lugares que usan los que están en el medio, han cambiado en relación con el shopping o con el gran supermercado.
El shopping interiorizó una parte del espacio urbano: el parque de diversiones, los restaurantes y las heladerías, las calles donde se miran vidrieras, los cines, los locales de video-juegos, los locutorios. El shopping es la plaza en la era del consumo como cultura de vida.
Ya no se lo critica, como se lo criticó al principio, porque es un hecho irreversible, que sólo cambiará con la imposición de una nueva revolución en las formas de consumo. Ofrece lo que son reclamos conocidos: seguridad y rotación ininterrumpida de novedades reales o aparentes. Responde a las necesidades del mercado y convence de que esas son las necesidades universales.
El shopping también da la ilusión de independizarse de la ciudad y de la naturaleza: la luz es inalterable y los olores son siempre los mismos (hamburguesas, relentes de materia plástica, vaporizadores). Frente al relativo azar de lo que podría suceder en la calle, el shopping repite sus ritmos y sus superficies glaceadas. Todos los shoppings son idénticos, aunque las grandes marcas de la alta costura no desciendan a establecerse allí donde lo que domina es el nivel medio. La igualdad no descansa sobre un puñado de marcas, sino sobre una estrategia para disponer las mercancías. La estética del shopping iguala no por el lado de los precios ni por el del acceso a los objetos, sino por el lado estético de su disposición escenográfica. Es un paraíso del contacto directo con la mercancía. Por eso, el shopping es imaginariamente inclusivo, aunque los diversos niveles de consumo sean excluyentes.
Se va al shopping como a un museo de la actualidad más volátil: como en un museo, lo que se ve podrá no ser poseído, pero ha pasado por lo ojos. Nadie pretendería llevarse los cuadros de un museo: se entra para mirar. Los compradores compran eventualmente.
Pero su fiesta es la fiesta de la mirada, un convite de sensaciones, que se parece mucho a una revista de ricos y famosos, hojeada para ver cómo es la cocina de un locutor de televisión o el guardarropa de una vedette. Nadie que hojea esa revista piensa que puede vivir en esas casas. Nadie piensa que puede acceder a todo lo que el shopping ofrece. En esa exposición de objetos muchas veces inalcanzables se alimenta la relación amorosa entre el shopping y los visitantes que, transportando muchas veces una bolsa minúscula, sin embargo han realizado una fantasía que se alimenta de lo visto y tocado tanto como de aquello que se adquiere. Museo del puro instante, máquina de vender, espacio de la ilusión sin tiempo: por eso adoran el shopping los adolescentes y los viejos.
http://www.clarin.com/diario/2005/05/08/sociedad/s-972383.htm
LENA HJELM-WALLEN, EX VICEPREMIER SUECA
El acceso a la información pública es una herramienta cada vez más reconocida como parte de los derechos y libertades ciudadanas y no debe ser condicionado por los intereses de los funcionarios.
Daniel Santoro
dasantoro@clarin.com
Cuál fue el factor más importante que permitió que exista en Suecia una cultura tan arraigada de transparencia pública?
—Lo más importante es que la gente sabe que la ley existe. Sabe que tiene el derecho a acceder a información. Y que las autoridades no pueden preguntarles por qué. Es un derecho. Y si es un derecho, las autoridades no pueden preguntar cuál es el motivo de la solicitud de información. Y los funcionarios públicos no sólo deben entregar los documentos, también deben llevar un registro de todos los documentos de tal modo que puedan darlos. No es el ciudadano común el que debe saber dónde está el documento.
# ¿El pedido de documentos públicos es una costumbre muy ejercitada por los suecos?
—No es que cada sueco va a ver a un funcionario y hace su pedido directamente. Pero todo sueco sabe que si pide algo a su municipalidad, le van a responder. Es algo que está en la conciencia general de la gente. Saben que es su derecho. No sé cuántos expedientes, no los calculamos. Pero es una mecánica ya incorporada.
# La cultura de transparencia también se basa en otras leyes. ¿Es obligatorio que los funcionarios, los jueces, los legisladores hagan públicas sus declaraciones de bienes y de impuestos?
—Vale para todos los ciudadanos. Sobre todas las cifras, en lo que se refiere a los ingresos, y cuántos impuestos uno paga. Es lo mismo para todos, vale para los miembros del gabinete, como para los Ceo de las empresas, jueces, para todos. Es un bien público. Cuántos impuestos se pagan y cuánto es el ingreso total anual.
# ¿Qué pasa con los fondos para financiar las campañas políticas? ¿Tienen que ser aportes registrados con nombre y apellido y al acceso del público?
— No es que la gente que da dinero a los partidos esté registrada oficialmente. Una persona tiene derecho a pertenecer a un partido y dar dinero para ese partido y votar por ese partido. Eso es algo privado y secreto. Pero los partidos propiamente dichos en el Parlamento dan a publicidad sus cifras. Hay un acuerdo voluntario con los partidos en el sentido de que tienen que mostrar sus cifras. No tenemos una ley al respecto. Es un acuerdo voluntario.
# En Suecia, pese a todas estas medidas de transparencia, ¿existen leyes o decretos secretos para las fuerzas armadas, la policía o los servicios de espionaje?
—Es muy importante decir que el acceso a la información no implica el acceso a todo porque si hay cosas que deben ser secretas porque, por ejemplo, violan la privacidad de una persona. Y también es legal mantener algo secreto cuando tiene que ver con defensa. Pero el principio general es que todo es abierto aunque algunos casos puede haber restricciones. Estas deben ser muy precisas y según criterios establecidos. Y el gobierno debe justificar por qué no pueden dar a conocer ese documento. Deben decir: "De acuerdo con los criterios especiales de defensa, o privacidad", o lo que sea. O sea que tenemos excepciones muy precisas.
# ¿Quién decide esas restricciones? ¿El Parlamento? ¿La justicia?
—Es el Parlamento el que decide sobre las restricciones a propuesta del gobierno. Pero es el Parlamento el que tiene la última palabra porque es una ley.
# Las copias de los documentos públicos en Suecia, ¿se entregan en forma gratuita a los ciudadanos? ¿En qué plazos tienen que entregarlos?
—Las copias son gratuitas. Creo que si son más de diez páginas se paga una pequeña tarifa. Porque es caro para las autoridades, pero si son pocas páginas, es gratis. Usted tiene que tomar una decisión lo antes posible y eso significa casi inmediatamente. Normalmente, si usted pide ese documento, el que tiene ese documento tiene que ir y sacarlo de inmediato. Sin demora. Naturalmente, el funcionario debe pensar primero: ¿se trata de un documento totalmente abierto? ¿Puede haber alguna duda? Si hay alguna duda, el funcionario debe averiguar y decir "no estoy seguro" y lo remite a la autoridad superior en la jerarquía. Eso lo decide la autoridad del nivel superior. Después hay un sistema de apelaciones, por ejemplo en el ministerio — yo he sido ministro de Relaciones Exteriores— y sé que si un periodista, por ejemplo, pide un documento y el jefe de nuestro archivo dice que no, entonces enseguida puede apelar al ministro de Relaciones Exteriores. Y entonces la ministro —en general es siempre una mujer— debe decidir. Si siguen las dudas, puede ser elevado al gabinete para un dictamen final.
# ¿Cuánto tiempo duran esas consultas?
—Esto es siempre rápido. Algunos pueden llevar semanas, pero los que tienen que ver con la transparencia, la ley dice que deben ser inmediatos. O sea que el jefe del archivo tiene la posibilidad de acceder directamente al ministro. No puede decir "el ministro ahora está en Arabia Saudita o en Túnez y no puede contestar". En ese caso, otra persona debe actuar en su lugar y tomar la decisión. Y eso puede hacerse en unos pocos días. Si después se apela al gabinete, es una o dos semanas, pero no más que eso porque de lo contrario es un escándalo en los diarios. Los periodistas escriben sobre eso...Lo sé muy bien.
# Después de los atentados contra las Torres Gemelas, Bush puso una serie de restricciones a la Freedom of Information Act. ¿Usted cree que después de los atentados hubo un retroceso en el proceso mundial de lucha por la transparencia pública?
— No, no en Suecia. Creo que significó, por ejemplo, que la policía tiene más peso para enfrentar a terroristas potenciales y cosas por el estilo. Pero no en lo que se refiere a la libertad de expresión o a la libertad de acceso a documentos. No se me ocurre ningún cambio. No en la ley, eso lo sé. Porque nada cambió en la ley. Pero tampoco en la mentalidad. No tenemos miedo en ese sentido, todos hablamos de la misma manera en Suecia.
# En la Argentina se discute actualmente un proyecto de ley sobre acceso a la información pública al que se le introdujeron una serie de modificaciones. Por ejemplo, se amplió la obligación de dar documentos públicos del Estado a las empresas privadas. ¿Sólo el Estado debe dar documentos públicos o también la ley tiene que alcanzar a las empresas privadas?
—Según la ley sueca, el Estado por supuesto solo puede decidir acerca de la parte oficial de la sociedad, las autoridades, el gobierno propiamente dicho, etc. Y no hay ninguna ley que decida esas cosas para las empresas. Tampoco sé de ningún país que tenga una ley de ese tipo. Al contrario, en Suecia, por ejemplo, uno de los criterios para hacer secreto un documento es el secreto comercial. Es decir, que no se pueden hacer públicas cosas que puedan perjudicar el interés comercial de una empresa. Porque no es bueno que el Estado haga eso. Me sorprende un poco que haya una propuesta así aquí en Argentina.
# Otro de los cambios que se introdujeron en el Senado fue eliminar la posibilidad de apelar a la justicia. Si un funcionario dice que no a tal documento público, en el proyecto de ley original se establecía directamente un reclamo judicial.
—Para mí quizá lo más importante es que usted tiene el derecho a acceder a la información y ese derecho no debe ser explicado. Es decir, usted no tiene que decir el por qué. Cuando usted tiene un derecho, lo tiene. Y punto, por así decirlo. No debe permitirse a nadie que le pregunté por qué. Porque usted tiene derecho al documento. Es todo. Y pienso que es un procedimiento internacional común. En muchos países que tienen libertad de información y acceso a los documentos, se va en esa dirección. Es decir, usted tiene el derecho a eso y no tiene que decir por qué. Y después están las apelaciones. Internacionalmente, tenemos una norma común. Sé que Suecia es un caso un poco extremo porque empezamos antes. Pero no es solo Suecia. Por ejemplo en la Unión Europea, hace 10 años, las cosas eran un poco más cerradas. Pero en diez años cambió. O sea que ahora hasta la Unión Europea tiene leyes que dan acceso a la información.
# ¿Los ciudadanos tienen que llenar un formulario en forma personal o lo pueden pedir por Internet?
—En Suecia es muy fácil pedir algo. Y debe entregarse inmediatamente por e-mail.
target="_blank">http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/05/08/z-04015.htm
Copyright Clarín, 2005.
Opina el fiscal de la Corte Internacional
WASHINGTON.– Luis Moreno Ocampo sólo se siente cómodo, dice, si se habla de la Corte Penal Internacional (CPI) y de su trabajo en La Haya como fiscal general de ese tribunal. “Tengo el cargo más importante del mundo”, afirma, porque sostiene que es él quien investiga a aquellos genocidas y criminales de guerra a los que un Estado no puede, no quiere o no se anima a juzgar.
“Sin consenso no hay justicia, y justicia significa algo muy distinto según la realidad de cada país”, afirma, de paso por la capital estadounidense, donde ofreció hace pocos días una conferencia.
A los 52 años, Moreno Ocampo es reconocido por su lucha contra la corrupción y por su presente como “fiscal del mundo”, pero su primera y complicada misión con exposición pública fue hace dos décadas, cuando actuó como fiscal adjunto en los juicios contra las juntas militares argentinas de la dictadura.
Veinte años después, Moreno Ocampo recuerda aquellos juicios y las posteriores condenas como “una piedra fundamental” para el país, pero considera más relevante aún “la difusión pública de aquellos crímenes, que ayudó a poner las cosas en orden en la Argentina, puesto que cada juicio es la contracara de la violencia".
"La cultura de la democracia aún perdura en la Argentina, pero subsisten varios desafíos: tenemos un problema serio de violencia que los argentinos debemos afrontar y, por supuesto, tenemos un problema de corrupción, que afecta a muchos", afirma.
-En junio cumplirá dos años en La Haya. ¿Cuál es la diferencia central entre su experiencia en la Corte Penal Internacional y lo que había hecho previamente?
-Su esencia. Los Estados nacionales son una forma de controlar la violencia. Los Estados controlan, o deben controlar, la violencia. El problema es que esto no es suficiente. Los Estados nacionales debaten ahora cómo armar algo mayor, aunque, a su vez, ningún Estado quiere ceder ante un sistema de gobierno mundial.
-¿La Organización de las Naciones Unidas no puede evolucionar para cubrir esa necesidad?
-Las Naciones Unidas no son más que un lugar de encuentro, pero la idea interesante que surgió en Roma, en 1998, fue armar una corte internacional para aquellos casos en que los derechos no sean respetados, que controle los peores delitos en el mundo: los genocidios, los crímenes contra la humanidad y los crímenes de guerra. Somos bomberos de emergencia: cuando fracasan los bomberos locales, vamos nosotros. Y mi trabajo es armar equipos para investigar esos crímenes en algunos de los 98 Estados que firmaron este tratado.
-¿Qué criterios aplica para decidir si abre una investigación?
-El primer criterio es elegir los crímenes más graves desde julio de 2002 que los Estados nacionales no pueden investigar. El primer caso fue Congo, donde hubo una catástrofe. Murieron tres millones de personas en una guerra civil en la que se involucraron once países africanos, tras el genocidio de Ruanda. Empezamos a investigar y firmamos un acuerdo con el gobierno congoleño, que nos pidió que nos involucráramos. En Uganda opera un grupo rebelde desde hace 19 años. Secuestra chicos y los convierte en soldados. Allí también nos metimos con el acuerdo del gobierno. Pero lo increíble fue que, hace pocas semanas, el Consejo de Seguridad de la ONU decidió que también se remitiera a la Corte el caso de Darfur, con lo que, en esta ocasión, el pedido no lo hizo un Estado parte, sino un organismo internacional. Esos son los tres casos que la Corte Internacional investiga ahora.
-¿Cuál es el punto de saturación, si lo hay, al estar lidiando todo el tiempo con genocidas, masacres, chicos soldados, violencia estatal?
-No hay saturación: al revés. Esta corte es un diseño institucional muy original, es una forma en la que se puede manejar el mundo en el futuro, con Estados nacionales armonizados. Así que, imagínese: soy el primer fiscal internacional del mundo y tengo posibilidades increíbles en esta corte, por lo que estoy fascinado. Es una oportunidad única.
-¿Qué es la justicia?
-Depende de los países...
-¿Se considera un positivista? ¿Es el primer fiscal penal internacional, pero no cree en el derecho natural?
-Espere, espere... (Sonríe.) Mucha gente considera que "justicia" equivale a investigar, juzgar y condenar a quienes cometen crímenes. Pero en el norte de Uganda nos dicen algo distinto: "Nos gustaría que castigara a los culpables, pero preferimos que usted deje que hagan un acuerdo de paz con este líder guerrillero, porque primero queremos que no nos maten y, sólo después, que haya justicia". Hace un tiempo le hice esa pregunta -¿qué es la justicia?- a una embajadora canadiense en Camboya. Y me dijo: "Justicia en Camboya significa tener un plato de arroz para mi hija". Lo que veo es que "justicia" en Suecia es una idea, porque el nivel de vida es muy elevado y la demanda es muy alta, mientras que en el norte de Uganda hay 5000 chicos que todas las noches caminan cuatro o cinco kilómetros desde zonas rurales hasta la ciudad de Bulu para que no los maten. Para esos chicos, "justicia" es poder dormir en sus casas.
-En Uganda le han planteado otra vez el eterno dilema entre justicia y reconciliación. ¿Cuál es la interacción entre esos ideales?
-Tengo dos mandamientos básicos: debo investigar y condenar crímenes cuando el Estado afectado no lo puede hacer, pero, al mismo tiempo, debo detener mi investigación para respetar el interés de las víctimas o, como lo llama la Corte, el interés último de la Justicia.
-¿Puede cerrar una investigación, sin más, de manera discrecional?
-No; puedo detener una investigación, pero no puedo cerrarla. No puedo dar impunidad, pero sí puedo conceder tiempo, lo que es muy importante. El caso de Augusto Pinochet muestra que en Chile no era posible investigarlo cuando él estaba en el poder. Tampoco cuando Patricio Aylwin asumió la presidencia, en 1990, porque Pinochet era entonces jefe del ejército. Pero sí pudo ser juzgado después. El tiempo es importante.
-Pero, ¿el tiempo no puede derivar en impunidad? Los genocidas pueden morir, las víctimas se sienten desoídas...
-Bueno, justamente, como fiscal no puedo dar impunidad. Entonces, cuando percibo que no existen más razones de justicia o de riesgo de vida para las víctimas, tengo que reabrir el caso e investigarlo. En el caso de Pinochet terminó decidiéndolo el juez español Baltasar Garzón. Los chilenos, al principio, estaban muy enojados, pero luego se dieron cuenta de que sí era posible investigarlo, sin mayores riesgos. Y hay que aprender eso: necesitamos consenso para que haya justicia. Sin consenso, no hay justicia. Cuando hay grupos que se matan unos a otros, la justicia incluye el control de la violencia, y la ley me obliga a analizar si la apertura de una investigación afectará o no el interés de las víctimas.
-Veintidós años después del juicio a las juntas, ¿cuál es la enseñanza que aportó a la sociedad argentina aquella sentencia?
-La sentencia no fue lo importante. A mi entender, lo importante fue el juicio mismo... Mi mamá estaba en contra del juicio a las juntas, pero cambió leyendo en LA NACION las crónicas de aquel juicio. A la semana de comenzar las audiencias, me llamó y me dijo: "Vos tenías razón. Lo sigo queriendo a Videla, pero tiene que estar preso". Lo que transformó la cultura argentina fue el proceso que empezó con la Comisión de la Verdad, la Conadep, que siguió con el juicio y que continuó con la discusión pública de lo ocurrido. La película "La noche de los lápices" tuvo una importancia impresionante. La difusión de aquellos crímenes ayudó a poner las cosas en orden en la Argentina.
-¿Aprendió algo de aquel ya legendario juicio?
-En todo juicio, los hechos hay que mostrarlos y demostrarlos. Hay que tener pruebas y se tiene que fundar lo que se afirma, pero además se debe mostrar respeto por los otros, incluidos los acusados, respetar sus derechos y garantías. Cada juicio es la contracara de la violencia, con su demostración de respeto a las víctimas, a la verdad y a los acusados.
-Tras el apartheid, el gobierno sudafricano de Nelson Mandela ofreció una opción a los acusados de violaciones a los derechos humanos: juicio y eventual condena penal o reconocimiento público de sus crímenes y amnistía? En la Argentina hubo indultos y leyes de punto final y de obediencia debida, pero sin disculpas públicas de los protagonistas de ningún lado...
-El juicio a las juntas fue una piedra fundamental de la democracia argentina y los procesos posteriores -incluyendo los indultos y aquellas leyes- fueron martillazos a aquella piedra, que se resquebrajó, pero que aún subsiste. La cultura de la democracia aún perdura en la Argentina, aunque quedan varios desafíos: tenemos un problema serio de violencia que los argentinos debemos afrontar y, por supuesto, tenemos un problema de corrupción que afecta a muchos.
-¿Se dedicaría a la política?
(Sonríe.) -No, nunca me dediqué a la política y tengo el cargo más importante del mundo. Tengo 52 años y a los 60 terminará mi mandato. Entonces seré profesor en alguna buena universidad. Pero no me dedicaré a la política.
-Parece una contradicción con su compromiso con la vida pública...
-Soy un abogado que trabajó en cuestiones públicas, en Poder Ciudadano y en Transparencia Internacional. Creo en la ley y creo que la ley es importante. Siempre me gustó trabajar, mostrar que en mi trabajo hay límites que no puedo traspasar y que la política también debe trabajar dentro de esos límites. Nada más.
-¿Qué le sugiere a un joven de 17 años que está por elegir una carrera universitaria?
-Debe considerar a la profesión que elija como la más importante. Sea la carrera que fuera, que elija la que más le atraiga.
-Parece el credo de la ética protestante?
(Sonríe.) -Sí, me gusta la ética protestante. Pero soy un producto de doce años de escuela católica, la de los hermanos maristas, en Belgrano.
Por Hugo Alconada Mon
Corresponsal en EE. UU.
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=702128
Por Osvaldo Bayer
Vuelvo a pisar tierra santafesina, mi querida provincia, esas pampas anchas trabajadas, ese Paraná donde se ve el cielo, esos recuerdos de cabalgatas de sol a sol. Llego a Villa Constitución. Me llevan a ver las ruinas de Cilsa, la fábrica que producía los mejores textiles del país. No se puede creer el espectáculo. Ruinas, como el Berlín del ’45. Ruinas de una fábrica llena de obreras en permanente producción. Un orgullo para todos. En ruinas. La Argentina que nos dejaron los ’90. La de los sobresueldos suculentos en los bolsillos de los aprovechados funcionarios. Se robó todo, se destruyó todo. Ahí está, en el suelo, el trabajo. Cercanos se oyen los gritos, las risas y los llantos de niños de villas miseria. Todo en medio de un paisaje verde, rico de árboles, de plantas, del río que se asoma por todos lados. Pero las ruinas. Un arco desnudo sostiene todavía el nombre de Cilsa.
Pero, ¿qué pasó? La explicación es corta. El dueño se mudó. Se llevó parte de las máquinas. Hasta que una vez aparecieron grúas que destruyeron todo. Todo. Paredes, techos, ventanas, y se llevaron las máquinas restantes y después se robaron todos los hierros de la construcción. Así de simple. ¿Y quién fue? “Gente interesada”, es la respuesta. Alguien insinúa: estuvo metida la policía. Y ahora vienen los pobres de las villas y se llevan ladrillos, cascotes. Todo ha quedado abandonado. Pero el ser humano no se rinde ante los destructores en provecho propio. Jóvenes estudiantes y viejos luchadores de esa Villa Constitución que tiene tanto para contar de sus luchas obreras se han unido. Quieren hacer de ese enorme paisaje natural, manchado por las ruinas y la hipocresía social, un parque ecológico con todos los ejemplares de los árboles y las plantas autóctonas. Así volverán los animales silvestres que habitaron en otros siglos. Piensan también levantar en medio del idilio una casa de la cultura, con biblioteca y cursos, como hacían los obreros de todas partes del mundo cuando llegaron hace más de un siglo y crearon la Sociedad de Oficios varios con un salón para debatir, una biblioteca y un conjunto filodramático para solaz de la gente. Y a esto, la gente joven de alma de Villa Constitución quiere agregar lugares para el deporte: fútbol y tenis para la juventud y bochas para los viejos. Para que vengan también los chicos y los viejos de las villas miseria que hacen un cordón a ese paraíso.
Un riñón ecológico para Villa Constitución, que puede convertirse en el corazón solidario de la ciudad. Ese conjunto de jóvenes constituyentes nos convocó a gente de toda la República a ver eso y dar la mano para que todo sea posible. Representantes estudiantiles, de sindicatos de la lucha, docentes, de partidos políticos que sueñan todavía, libertarios que siempre aparecen a pesar de los siglos. Se habla del egoísmo de la destrucción y del desprecio del sistema por la gente. Pero también se habla de los árboles, como futuro. De esa especie indestructible, pura nobleza, que atrae lluvias y mariposas, pájaros con trinos. “Destruyeron el trabajo –dice un estudiante con cara de algo de Moreno y otro poco de Castelli–, pero nosotros le vamos a plantar árboles.”
Pienso en las conversaciones de Alexander von Humboldt con los pueblos originarios en su viaje americano. Con admiración recordaba el sabio el cuidado de la naturaleza de esos seres y el dolor de ellos ante el avance de la conquista española, a cañonazos, con esclavitud y la cruz y la espada.
Una enorme casa de la cultura rodeada de verde eterno se merece esa Villa Constitución humillada por las ruinas de la que fue la fábrica de los mejores productos textiles del país.
De Villa Constitución seguimos el recorrido santafesino. Esta vez al norte. A Reconquista. Allí queremos asistir al homenaje a Gastón Gori, fallecido hace poco tiempo, y autor de esa investigación profunda que fue La Forestal y que lleva el subtítulo de “La tragedia del quebracho colorado”. Exactamente el mismo ejemplo de lo que pasó en Villa Constitución. En toda esa zona cercana a Reconquista dominó la empresa inglesa que explotó el quebracho y, después de hacer ganancias fabulosas y explotar en forma indigna a los hacheros, se marchó cuando ya no quedaban ni las raíces de ese árbol tan noble, de madera dura como el hierro. Quedó la tierra envilecida, las ruinas de las fábricas de tanino, los obreros sin trabajo y los pueblos en extrema soledad. Ni siquiera los ingleses les pagaron la indemnización justa que establecía la ley, sólo una parte de ella. Gastón Gori fue el primer investigador histórico en la Argentina que hizo un profundo libro donde detalla esa explotación de la naturaleza, de los seres humanos y principalmente la masacre que hará la policía privada de la empresa extranjera y el Ejército argentino. Es patética la connivencia del gobernador radical Mosca con la empresa británica. El mirará impávido, sin reaccionar, el castigo, las torturas y la muerte de los sufridos hacheros. Gori describe luego la miseria y desolación que dejó el latifundio inglés en la región. Veamos sólo un pueblo, llamado La Sarnosita. “La Sarnosita es sólo un nombre. Y vendrán después decenas de kilómetros hasta completar cien de trayecto en la soledad, poblados minúsculos, estaciones ferroviarias decaídas, algún rancherío donde se cobijan la pobreza o la miseria de la gente nativa, enclavado el caserío chato y ralo en latifundios ex La Forestal, en esas herencias de soledad de las tierras apenas holladas por el viajero, por el hachero o por el que cuida ganado, sufrido de garrapatas o de cachapés (...) Después viene la penosa decadencia de Colmena, donde no ha quedado de La Forestal otra cosa que la memoria de miserias, baldío y el rancherío disperso, sin nada que recuerde el champagne con que allí se obsequiaba a funcionarios públicos, sin que queden vestigios de edificios que existieron y que demolió el interés movido por intenciones ajenas a la prosperidad de ese viejo reducto de trabajadores forestales.” Y así sigue el texto, recorriendo el espanto. Este capítulo de la explotación del trabajador y de la tierra argentina por especuladores capitalistas debería aprenderse en nuestras escuelas. Y el sacrificio obrero que sólo luchó por más dignidad.
Hay que tener en cuenta el sacrificio de esos hacheros para derribar los quebrachos duros como piedra y acero. Y picados por toda clase de bichos de esas regiones. Además, la solidaridad que hubo entre ellos y cómo jugaron su vida y su libertad. Más todavía: las torturas y palizas a que fueron sometidos antes de ser asesinados por los uniformados. No, todo el mundo se calló la boca: las legislaturas y parlamentos, el gobernador Mosca y sus ministros, el presidente Yrigoyen. Ni el Ejército ni la Unión Cívica Radical pidieron jamás disculpas por esta experiencia tan triste de nuestra historia. En el libro de Gori está el testimonio del sindicalista libertario Borda, quien señala que la policía pagada por los ingleses estaba integrada “por el bandidaje de toda laya” que contrabandeaba alcohol, tabaco y armas desde Brasil y Paraguay. Describe el asesinato del obrero anarquista Francisco Coronel, y la ayuda solidaria de todas las sociedades de oficios varios integradas en la FORA anarquista de Buenos Aires.
Cilsa en Villa Constitución y sus antecedentes de La Forestal del norte de la misma provincia santafesina dejaron ruinas. Las ruinas de un sistema que sigue dominando el mundo. Un mundo de hambre, miserias y balas. Transformemos las ruinas en árboles para que las nuevas generaciones tengan belleza y alegría. Y –como expresaba el diario La Protesta, donde se denunciaba los crímenes de La Forestal– “trabajo para todos a través de la solidaridad y la paz eterna”.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-50665-2005-05-07.html
Por Sandra Russo
“Doble vida. Todos tenemos algo que ocultar.” La nueva ficción de América arrancó bien: 14 puntos. El elenco parece una obra en construcción al revés: los ladrillos sostienen a los clavos. Juanita Viale hace mohínes, pero allí está Daniel Kusniezka. Pamela David apabulla con su envoltorio despampanante, pero Romina Ricci actúa. Moria Casán se sobreadapta al papel de “ex Miss Mundo devenida en fotógrafa de fama internacional”, pero Claudia Lapacó da cátedra vestida de agente de seguridad de un supermercado. El casting de Doble vida es, en principio, una curiosidad, un cóctel, un in vitro que probablemente marcará época. A caballo entre tiras con elencos cuyo máximo aporte es ser tapas de Gente, y de productos de los otros, generados a partir de una idea clara y de realización impecable, Doble vida se ofrece como algo rico que no engorda, como algo entretenido que no abochorna. Pero el título. El título, qué joya.
Es el título, en principio, el que hay que celebrar. En las promociones una voz ronca dice: “Doble vida. Todos tenemos algo que ocultar”. Y se ven ráfagas encendidas de gatos deambulando por el lupanar cinco estrellas, chicas enchastradas de barro, un crimen, culitos de varones jóvenes que ejercen como taxi boys, luces rojas aquí y allá, en fin, ráfagas que insinúan que hay una doble faz en la que la gente se despeina y se tira a la pileta con la ropa puesta. Y que después se la saca. “Doble vida. Todos tenemos algo que ocultar” es una frase-hallazgo que seguramente funcionó de parabienes entre los telespectadores que, sentados en el living familiar, tratan ahora de hacer dormir a los chicos para sacárselos de encima y poder ver tranquilos un remedo del porno soft que a veces cazan al azar en I-Sat. Doble vida, si prende, adelantará las cenas de fideos con manteca y el cuentito de los Tres Chanchitos antes de las diez de la noche para que las miradas infantiles no incomoden a papi y a mami si aparecen esas chicas en pelotas sucias de barro y con ojitos lascivos que juegan a una especie de falso catch y que harán que la patrona, acaso, le tape los ojos al marido para que no se entusiasme tanto. O a lo mejor no, a lo mejor la patrona ligará un buen momento un par de horas después gracias a los jadeos de Juanita en el jacuzzi del telo al que arribó con uno de sus amantes. ¿Qué sabe uno de todo esto? Poco. ¿Qué sabe uno qué calienta a alguien? Nada. ¿Qué botón de la mente hay que apretar para que “lo sexy” no se quede atascado en “lo ridículo”? Misterio. ¿Por qué el sexo vende tanto, vende siempre, interesa a hombres y mujeres, a pobres y ricos, a púberes y a veteranos, a curtidos y a leves? ¿Será por que sobreabunda o escasea? Adivinen.
No deja de ser interesante que, en la trama presentada hasta ahora, lo que se ve no es cualquier tipo de sexo sino uno más específico: sexo pago. Los personajes de la ficción no se bajan la bombachita ni el calzoncillito por vocación sexual sino por alguna otra razón gris, estacionada entre otros dos grandes tópicos: el dinero y el poder. Las chicas enchastradas de barro detestan ensuciarse, pero no les queda otra. Las modelos que posan “muy perritas” para fotos de catálogos privados devuelven gentilezas al fotógrafo con lo que tienen, sus cuerpos. La “fama internacional” de la “ex Miss Mundo” es rifada ante un cheque suculento. Hay una muerte tipo García Belsunce que es llorada, pero no esclarecida para no entorpecer el pago de un seguro de vida. En ese sentido, la ficción recupera del sexo uno de sus motores y lo desenmascara, supone el observador, no como un ejercicio de lectura política sino más bien haciéndole caso a una inercia según la cual si hay sexo, pero también si hay mafia y lucha de poder, hay más “gancho”. ¿Por qué engancha a la gente este paquete de relaciones subidas de tono y manipulación constante del débil por el fuerte? ¿Qué es más secreto? ¿Qué es más revulsivo? ¿La doble vida de un ama de casa que a la noche se pone los tacos y gatea para ganar plata fácil, o la doble vida de un funcionario que en público se pavonea con el bien común, y en privado recibe cada mes un sobre con 100 mil dólares de sobresueldo?
Mientras en la inocente pantalla de televisión una tira da cuenta de esa doble vida, que es mentira que tenemos todos, todos nos sentimos un poco como aquel Señor López de Trillo y Altuna que tenía una vida tan plana y aburrida que se iba al baño a abrir sus puertitas y a soñar con aventuras increíbles. Pero al mismo tiempo los diarios dan cuenta de otras dobles vidas mucho más perniciosas, se retrotraen a una época “sexy” de la política argentina, en la que un presidente viejo, petiso y feo lograba que los medios adictos lo vieran rubio y de ojos celestes. Menem fue todo lo “sexy” que puede hacer a alguien el dinero. Las vedettes que pasaban por Olivos (como antes otras pasaban por la ESMA, para fotografiarse con gorritos marineros al lado de las escorias) reforzaban la idea de que el poder y el dinero son un lubricante que no falla. Y así, ficción y realidad se imbrican, en un país en el que siempre se supo más de lo que se podía probar. Si bien las dobles vidas en general son atractivas por su fuerza narrativa, hay algunas casi anecdóticas al lado de otras. Las de la tira de América son casi pueriles al lado de las dobles vidas que investiga la Justicia. El sobresueldo es un tipo de doble vida cuyo erotismo se socializó impunemente. El sobre con los 100 mil dólares es el ejemplo más claro y puntual de la obscenidad argentina reciente.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-50624-2005-05-06.html
El análisis del periodista y catedrático,un día antes de las elecciones británicas
OXFORD.– Tres señoritas muy pulposas en topless sostienen carteles que resumen, con obvios guiños al lector, las plataformas políticas de los tres principales partidos de Gran Bretaña. Nadie se escandaliza con esta página central ni con la promesa de ir poniendo en tapa a la que represente el partido que encabece las encuestas del día –después de todo, chicas con sólo la parte inferior del bikini son un clásico en el tabloide The Sun–, pero Timothy Garton Ash va un paso más allá. Para el director del Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Oxford las tres chicas son “un comentario fiel” sobre las inminentes elecciones británicas.
“Allá en la década del 60, cuando había grandes diferencias ideológicas, algo así hubiera sido impensable. Pero ahora hay tan poco que elegir entre los partidos que este tipo de parodia es perfectamente aceptado. De hecho, la única decisión que importa para Gran Bretaña ni siquiera la tomarán los británicos en las urnas: ¡la tomarán los franceses, el 29 de este mes!”, dice a LA NACION este profesor y periodista, considerado uno de los cien personajes más importantes del mundo en 2005 por la revista Time. Garton Ash alude al referéndum sobre la Constitución Europea, que se hará en Francia a fin de este mes.
Es la hora de comer en St. Anthony´s, el college de la Universidad de Oxford. Allí Garton Ash ha organizado una conferencia internacional sobre europeización y americanización. El menú del comedor es "típicamente inglés, pero con toques europeos, para la ocasión", aclara en el brindis, obviamente, recién llegado de Bruselas. Con el mismo buen humor, invita luego a pasar a otro salón "a tomar lo que sólo los británicos llamamos café, aunque, por supuesto, siempre habrá más alcohol" y, en uno de sus pocos momentos libres, explica a LA NACION sus sorprendentes palabras.
"En estas elecciones, unos prometen subir los impuestos un poquito; otros, bajarlos un poquito; unos, limitar la inmigración un poquito; otros, un poquito más. Todos quieren más policías, mejores escuelas y un mejor servicio de salud. Que gane un partido u otro no cambia básicamente nada: el único tema importante en la política británica es si seguimos viéndonos con un lugar en la Unión Europea o no, sobre lo cual ningún político abre la boca", señala el autodenominado "historiador del presente", cuya estampa está siempre presente en los medios de prensa, con su barba inmaculada y su camisa rosa furioso.
"Si en su referéndum los franceses votan por un sí a la Constitución Europea, tendremos que tomar la misma decisión en nuestro país. Si votan que no, no vamos a tener que enfrentarnos con esa decisión y se abrirán las puertas para que Gran Bretaña vuelva a tener un papel de liderazgo en Europa", agrega el autor de "Mundo libre. Europa y Estados Unidos ante la crisis de Occidente", de flamante traducción al castellano (Tusquets).
-¿Y usted qué quisiera que votaran los franceses?
-¡Por el sí, definitivamente! La Constitución es un documento imperfecto, de muchas maneras, pero si no se la acepta nos esperan dos o tres años de una Europa dedicada exclusivamente a mirarse el ombligo. Justamente en un momento en que la administración de Bush por primera vez está tomando en cuenta seriamente la opinión de la Unión Europea, esto sería desastroso.
-¿En serio le parece que Bush está acercándose a Europa, o son gestos inconsecuentes?
-Sí; está absolutamente claro el giro de Bush en política exterior, en esta segunda presidencia. Su primer viaje, recién reelegido, fue a Bruselas, y el tono de su retórica hacia Europa cambió radicalmente. En mi libro, yo cuento un viaje que hice a Washington en mayo de 2001, invitado junto con un reducido número de personas para hablarle al entonces flamante presidente norteamericano sobre Europa. Una de las primeras cosas que hizo Bush entonces fue preguntarse en voz alta: "¿Pero nosotros realmente queremos que la Unión Europea salga adelante?" Y para varias personas de su entorno la respuesta era que no. Hoy todo su entorno le daría la respuesta contraria: se han dado cuenta de que no pueden manejar el mundo solos y que necesitan un compañero de ruta.
-¿Y qué hay del otro lado? ¿Los europeos quieren un mayor acercamiento o quieren construir una Europa como contrapeso al poder norteamericano?
-Incluso Chirac y Schröder se han dado cuenta de que tener tan malas relaciones transatlánticas (recuerdo haber visto en los Estados Unidos calcomanías en los autos que decían: "Primero Irak, después Francia") va en su contra. Hay cierta voluntad de enmendar las cosas de este lado también. Si bien no es que nos besaremos y nos olvidaremos de todo lo pasado, al menos está la intención de trabajar juntos en una pequeña luna de miel transatlántica. Sin embargo, ciertos temas, como las distintas actitudes respecto de Irán y las armas nucleares y el fin del embargo de armas a China, son, literalmente, explosivos en potencia. Por eso hay buenas posibilidades de que la relación se amargue nuevamente con facilidad. La tesis de mi libro es que no hay razón por la que Estados Unidos y Europa tengan que divorciarse. No sólo el mundo los necesita juntos, sino que la mayoría silenciosa de los europeos lo siente así también.
-Sin embargo, en España, Rodríguez Zapatero no deja pasar oportunidad de hacer público su antinorteamericanismo.
-España es un caso interesante. Para empezar, demuestra lo absurdo de la distinción de Rumsfeld entre una nueva y una vieja Europa. ¡España pasó de ser Nueva Europa a Vieja Europa en sólo 24 horas! Creo que Zapatero no está siendo bien asesorado y que su actitud es contraria al interés español en el mediano y largo plazo. Mientras tanto, si bien no parece que Bush vaya a enmendar las cosas con Zapatero, siempre queda Javier Solana, el Señor Política Exterior Europea, que ha estado esperando diez años esta oportunidad de una manera bastante efectiva.
-Entonces, ¿no hay diferencias irreconciliables?
-Estamos en situaciones históricas y de poder distintas y, por eso, actuamos de manera diferente. Pero si uno mira los grandes problemas que enfrenta el mundo hoy, sean Medio Oriente, la China emergente, la división entre Norte y Sur, y luego mira cuáles son los intereses europeos al respecto y cuáles son los intereses norteamericanos, surge que, si bien no son idénticos, coinciden en lo fundamental. Si dejáramos de fijarnos en tonterías y analizáramos tranquilamente nuestros intereses, fácilmente actuaríamos en forma conjunta.
-Y en cuanto a Gran Bretaña, si pertenecer o no a la Unión Europea es el único tema realmente importante, ¿por qué ningún candidato habla de Europa en sus discursos?
-Porque a los tres principales partidos les aterra el tema. Los conservadores perdieron las últimas elecciones generales porque pusieron a Europa como uno de los ejes de su plataforma, con lo cual dividieron a su electorado. Los laboristas saben que hay muy pocos votos que puedan ganar tomando el tema de Europa para sí. Y los demócratas liberales saben que su visión muy abiertamente pro europea puede repeler a su ala más conservadora, al punto de hacerla abandonar el partido. Así que del único tema que importa nadie habla, y la decisión será de los franceses.
-¿Es bueno o malo que no haya grandes diferencias entre las plataformas de los tres principales partidos británicos?
-No se trata de una peculiaridad británica. Es una característica saliente de la mayor parte de las democracias europeas desde el fin de la Guerra Fría, y una de las razones por las cuales la cantidad de gente que vota está disminuyendo prácticamente en todos los países en los que el voto no es obligatorio. En esta era postideológica, la política no trata sobre sistemas alternativos de gobierno, sino sobre variaciones dentro del capitalismo democrático, a diferencia de lo que ocurría a lo largo de la mayor parte del siglo XX. Los apáticos, entonces, tienen cierta razón en su falta de interés. Ahora, cuando uno lo advierte no puede evitar preguntarse si es para esto que tantas generaciones de demócratas británicos lucharon desde el siglo XVII. ¿Para esto hacían campaña las sufragistas? Pero la respuesta es que, en cierta manera, sí. Una elección pacífica, aburrida y banal entre distintos candidatos, sin consecuencias dramáticas gane quien gane, sería precisamente el sueño de los habitantes de Zimbabwe o de Burma. Pero, a la vez, como esto implica que pocos se molestarán en ir a votar, la democracia británica está siendo víctima de su propio éxito.
-¿Cuál cree usted que será el resultado de estas elecciones en Gran Bretaña?
-Tendremos a Blair nuevamente, eso sí, con una mayoría reducida en el Parlamento. Pero creo que la cuestión interesante para observar será cuántos asientos consiguen sacarle los demócratas liberales al laborismo y a los conservadores. Porque si les sacan los suficientes, no en estas elecciones, pero sí en las próximas, podrán exigir un cambio en el sistema electoral, para que sea de representación proporcional, lo cual cambiaría la estructura de la política británica.
-¿Y cuál cree que será el resultado del referéndum en Francia?
-Creo que los franceses votarán por un "no" a la Constitución Europea. No puedo creer estar diciendo esto, ¡Francia, la pionera de la integración europea! Pero todas las encuestas de opinión serias apuntan en esa dirección y las figuras dinámicas de la política francesa parecen estar del lado del "no". No es lo que yo prefiero, pero va a ser mucho más fácil para Gran Bretaña jugar, entonces, un papel constructivo, e incluso existe un antecedente. Hubo un momento en la década del 50 en el cual el Comité de Defensa Europeo, creado por Francia y Alemania, no pudo ser acordado, y entonces Gran Bretaña se metió y dijo: esto y esto es lo que tenemos que hacer. Y salvó la situación. Esta es una oportunidad similar, porque si los franceses votan por un "no", pase lo que pase en el resto de los países, la Constitución está muerta y hará falta algo, alguna versión simplificada para que la cosa siga funcionando. En eso nosotros hemos probado que podemos ayudar.
-¿Hay un desencanto bastante generalizado con la idea de Europa?
-Yo creo que estamos viviendo un momento extraordinario en la historia de Europa. Nunca tuvimos un período en el que la mayor parte de los Estados del continente fueran democracias unidas en una alianza, conformando una comunidad económica y política. Si bien ahora todos tiramos abajo la idea y miramos con cierto cinismo a la Unión Europea, es realmente una situación extraordinaria que países que fueron a la guerra entre sí durante siglos hagan a un lado sus diferencias y miren al futuro juntos. ¡Imagine si lo mismo pasara en América latina, Africa o Asia! A pesar del pesimismo, la ocasional alarma y las continuas palpitaciones que nos trae, no debemos olvidar que, de hecho, Europa está viviendo un momento de un optimismo único en su historia.
-¿Qué papel juega América latina en este escenario mundial?
-Es una pregunta muy importante. Si uno mira el mapa de los países libres, lo que se ve son dos grandes bloques: Europa y las democracias anglohablantes (aquellas ligadas, de alguna manera, con Estados Unidos o Gran Bretaña, como Nueva Zelanda, Canadá e India). Luego hay otro gran bloque, conformado por la mayor parte de los países de América latina. Las democracias que están fuera de la concepción tradicional de Occidente, como las de América latina, son increíblemente importantes para lograr, por ejemplo, políticas efectivas respecto del Tercer Mundo. Me gustaría ver que esto que llamamos "la comunidad de democracias" alguna vez haga algo. Aunque sea, comportarse como un verdadero grupo en las Naciones Unidas.
-¿No teme que, dado el antinorteamericanismo de la región, propuestas loables sean descartadas sólo por ser norteamericanas?
-Eso bien puede ser cierto. Hay un problema serio, que es que como la administración Bush habla tanto sobre la democracia, se corre el riesgo de darle a la democracia un mal nombre por dejarla asociada exclusivamente con las políticas norteamericanas. Mi solución para eso es que todas las otras democracias del mundo deberíamos hablar de democracia también. La administración de Bush debería hablar un poco menos de democracia y un poco más de justicia social, cambio climático y demás.
-Una pregunta más personal: en vez de permanecer en la torre de marfil del mundo académico usted es una presencia constante en los medios de comunicación, algo bastante más francés que anglosajón. ¿Qué límites existen para el "intelectual público"?
-Yo siento apasionadamente que estar en los medios es algo que los intelectuales debemos hacer. Me llamo a mí mismo un spectateur engagé y, como Aron, no siento que deba pedirle disculpas a nadie por ser tan parte del mundo académico como del periodístico. El único límite que nunca cruzaría es el de la política partidaria, la cual corrompería mis opiniones, porque creo que sigue siendo válida la definición clásica del trabajo del intelectual público, que es cantar las verdades a aquellos que detentan el poder.
Por Juana Libedinsky
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=701226
El mural, en la estación de subte de Retiro, pasa casi inadvertido. Hasta que, un día cualquiera, una misteriosa presencia modifica el paisaje.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
En la estación Retiro del subterráneo, justo en el extremo de los andenes, hay un mural. Un reborde de pared, de más o menos cuarenta centímetros de profundidad, lo enmarca en una caja de mampostería que pretende jerarquizarlo o protegerlo. Iluminado por una luz aplastante, el mural es perfectamente visible aunque, como mucho de lo que decora el espacio público, está esfumado por la costumbre. Casi nunca recibe la menor atención, destino imperceptible que comparte con los murales de cerámica de los pasajes que unen las líneas de subterráneo. Aunque quizá me equivoque, y algún chico quede fascinado con esa atracción que se siente ante algo que no forma parte del mundo cotidiano. Como sea, tengo la impresión de que los murales son devorados por la ensimismada velocidad con que se caminan esos metros que van entre el vagón de subterráneo y la estación Retiro; se desvanecen en un espacio neutralizado no sólo por la costumbre sino por el apuro, y el tiempo que se emplea para salir de un tren y meterse en otro es una especie de limbo tumultuoso.
Sin embargo, hace unas semanas, algo en el mural de Retiro atraía la mirada. Podía pensarse que un artista lo había tomado como soporte para una obra de esas que se llaman intervenciones urbanas, que tienen finalidades diferentes, entre las que se cuenta volver visible aquello que habitualmente es pasado por alto: llenar de banderas anaranjadas el Central Park de Nueva York, para resaltar mediante ese color lo que fue el diseño histórico del parque; poner un vidrio esmerilado en medio de una plaza cualquiera, para que la gente se detenga allí y se esfuerce por mirar, a través del vidrio, esa porción de espacio que habitualmente es inerte; envolver un edificio con telas o alambres; o construir una casilla de madera, que parece un depósito de herramientas pero que, en realidad, está abierta para que el público vea que adentro hay una exposición de fotos de ese mismo lugar, un sauna en miniatura o, directamente, nada, es decir que no se trata ni de un baño portátil, ni de un depósito temporario. Incluso en el medio de la naturaleza se han hecho intervenciones: una red de sogas trenzadas o un lienzo azul suspendidos en un bosque, parlantes clavados en lo alto de los árboles o, como en una gigantografía artística, un paisaje alterado con pilotes, montones de rocas o acarreos de tierra.
Estas intervenciones son un agregado al espacio sobre el que se realizan: una declaración tanto estética como ideológica. En todo caso, siempre son un pedido de atención que busca contradecir las percepciones distraídas.
El mural del andén también había sido intervenido. Un hombre, con toda evidencia alguien que vive en la calle, dormía sobre el borde inferior del marco de mampostería. De perfil, porque el ancho del marco no permite otra posición, estaba allí completamente inmóvil, iluminado con intensidad, apoyado contra el mural como si fuera un objeto tridimensional que estuviera deliberadamente integrado a la representación plana. El hombre completaba la obra y daba la impresión de que su presencia respondía a la decisión de un artista. No era simplemente alguien que dormía en el andén de un subterráneo.
Se podían pensar dos cosas. La primera: que algún artista urbano hubiera planeado esta intervención, conseguido fondos para llevarla a cabo, contratado al hombre, y todo formara parte de un proyecto destinado a mostrar, por ejemplo, que muchos viven en la calle y que es necesario señalar el contraste entre el arte público y las condiciones miserables de los que no tienen casa. La segunda: que se trataba de una casualidad irrepetible, de un encuentro no deliberado entre un mural y un cuerpo. En cualquiera de los dos casos, la visión era ambigua ya que la presencia maciza del hombre dormido, incómodamente apoyado sobre un zócalo, era en sí misma una denuncia de la condición de los sin casa. Me propuse volver al día siguiente, pero, pensándolo dos veces, me pareció mejor quedarme sin saber si una intervención urbana imitaba la vida o viceversa.
http://www.clarin.com/diario/2005/05/01/sociedad/s-967901.htm