El análisis del destacado arqueólogo
A los 87 años, Alberto Rex González puede ser considerado el patriarca de la arqueología argentina, una disciplina que ya contaba con extraordinarios referentes, como Florentino Ameghino y Francisco Javier Muñiz, pero que ni siquiera existía en nuestras universidades cuando él se especializó en ella para convertirse en uno de sus más respetados exponentes.
Fue jefe de la división Antropología del Museo de La Plata, director del Museo Etnográfico de Buenos Aires, introductor en la Argentina de la datación de piezas prehistóricas mediante el carbono 14 y autor de voluminosos libros sobre los descubrimientos de culturas enteras que realizó en el noroeste y en el sur argentinos.
Sus búsquedas arqueológicas se iniciaron en 1933 y su primer artículo se publicó en 1938. Obtuvo su título de médico en 1945, en Córdoba, y el de doctor en Antropología en la Universidad de Columbia, Nueva York, en 1952. Dos veces recibió el premio Konex de Platino y es doctor honoris causa de tres universidades argentinas y ciudadano ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. En su amplio departamento de San Telmo, repleto de libros y, llamativamente, carente de piezas u objetos arqueológicos, Rex González repasa su vida desde aquella vez en que encontró el colmillo de un mastodonte y los huesos de un gliptodonte a orillas del arroyo Pergamino, de donde era oriundo. "A los 12 años, yo leía a Ameghino, pero quería tomar parte activa en la investigación, no sólo leer. Entonces, empecé a buscar fósiles", recuerda.
Su padre era argentino y descendía de siete generaciones de criollos. Su madre era hija de italianos. "Yo tuve las dos vertientes culturales: la criolla, que me hacía querer lo nuestro y que me iba arraigando a nuestra tierra, y la inmigratoria, cargada de una voracidad por aprender y superarme."
La falta de una conciencia americana, la cerrazón mental para separar el pensamiento científico de la ideología, la extrema politización de la vida nacional y el desprecio por los valores culturales explican, en buena medida, para Alberto Rex González, las causas de nuestro subdesarrollo.
-¿Cómo ve nuestra forma de tratar el patrimonio arqueológico y cultural en general?
-En términos generales, no hay ninguna conciencia. En estos días, ha salido a la luz lo que pasa en el Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia, con el alarmante descuido de sus colecciones y las malas condiciones edilicias, y ya vemos lo que ocurrió hace dos años en el Museo de Ciencias Naturales Angel Gallardo, de Rosario, donde el fuego devoró colecciones únicas en América del Sur. Esto no es nuevo. Yo dirigí la división Arqueología del Museo de Ciencias Naturales de La Plata durante más de tres décadas. Cuando llovía, teníamos que correr los muebles o las vitrinas para preservar colecciones valiosísimas, muchas de ellas donaciones de mecenas aficionados, como es el caso de la Colección Muñiz Barreto. Cuando este señor murió, los herederos recibieron propuestas de universidades norteamericanas para comprar la colección, pero por una cosa muy rara, casi diría un milagro, el Congreso Nacional votó una partida de dinero y la colección quedó en el país.
-¿Por qué dice "por milagro"?
-Porque mi experiencia de años me demostró que lo que no aporta votos concretos no despierta el interés de los políticos y los legisladores. Lamentablemente, la mayoría de las veces me he topado con políticos de turno a quienes lo que les importaba era la defensa de los votos, no del patrimonio, gente con una falta de conciencia total. Ante mis propuestas y proyectos, siempre me decían "qué interesante", pero cuando llegaba el momento de hacer algo concreto, de dar más presupuesto, de poner más gente, no se hacía nada. Esta falta de interés, esta extrema politización y este desprecio por los valores culturales han sido nefastos y explican en buena parte nuestro subdesarrollo. Hablo de los políticos, pero me refiero, en realidad, a las sucesivas clases dirigentes. A mí, la dictadura militar del 76 me dejó en la calle. Yo había ganado la cátedra y la jefatura de división en el Museo de La Plata por concurso, por cuarta vez. No obstante ello, me echaron con un decreto de dos líneas que decía que yo hacía una ciencia "muy subversiva". Me tenían catalogado como un hombre de izquierda. Todo lo que se viera como cuestionador de los procesos sociales -algo inevitable si se quiere hacer antropología en serio- o como un enfoque evolucionista era subversivo. En esa estúpida cerrazón mental también está la respuesta de nuestros fracasos.
-¿Por qué con grandes intelectuales y con una tradición científica importante, que incluye tres premios Nobel, el país no logra parar esta ola descendente?
-Siempre volvemos a lo mismo: por la falta de una clase política. Los científicos tienen su torre de marfil y de ahí no salen, y es muy difícil que los políticos los consideren, porque no aportan votos. Muy diferente es lo que ocurre en países como los Estados Unidos, donde los principales asesores de los equipos gobernantes, por lo general, son tipos que han tenido una actuación descollante en el campo intelectual. Los equipos de Kennedy prevenían de la Universidad de Harvard. Allí estaban los grandes cerebros. ¿Dónde se ve eso acá? En nuestro país se acercan los peores, los que quieren lucrar, los que saben que con un sueldo de dos mil pesos no les alcanza, pero no les importa: total, ellos de algún lado van a sacar más. Esa corrupción se extiende a todos los niveles.
-En el nivel de la gente común, ¿hay más conciencia sobre la necesidad de proteger lo que hemos heredado?
-Los argentinos tenemos un acervo milenario que ha sido dañado. Pienso en el llamado Parque de los Menhires, en el Pucará de Tilcara, o en la Cueva de las Manos, de Santa Cruz, donde, debido a los actos de vandalismo, se ha colocado una reja de protección delante de las cavernas... Un caso muy particular es el de las ruinas de Quilmes, sobre las sierras de Yocavil, uno de los sitios más importantes del noroeste argentino. En un principio fue reconstruido en forma mediocre por el gobierno y sus asesores "idóneos", en la época de la última dictadura militar. Desde hace unos años, este sitio pasó a ser de gestión privada, la cual ha sido muy criticada, debido a que más bien se ha pensado en el turismo que en la integridad del patrimonio. El museo del sitio tampoco cuenta con una infraestructura adecuada y hay una total ausencia de referencias de las piezas arqueológicas. Y como si esto fuera poco, dentro de ese espacio se construyó un hotel. Lo menos que puedo decir es que eso fue una tropelía sin nombre.
-¿Los argentinos tenemos una mirada eurocéntrica, que nos hace despreciar nuestros orígenes prehispánicos?
-Evidentemente, siempre hemos tenido un concepto peyorativo y despreciativo para con los grupos autóctonos. Uno de mis objetos de estudio ha sido el arte precolombino y muchas veces cuando iba a dar una conferencia me preguntaban: pero ¿cómo? ¿Los indios tenían arte? Los argentinos renegamos de ese origen precolombino, a diferencia de los peruanos, que siempre han reivindicado la cultura inca, o de los mexicanos, que han reivindicado la cultura azteca.
-¿Eso está cambiando?
-Mmm... Eso hay que cambiarlo desde la escuela primaria y hay que formar, antes que nada, a los maestros, pero no creo que esté ocurriendo. Recuerdo hace muchos años unas excavaciones en un gran centro ceremonial de la provincia de Catamarca. Yo tenía un grupo de peones locales, de apellido Chasampi, que se maravillaban con los hallazgos de una cerámica aguada muy delicada. "¿Esto lo han hecho los indios? ¡Qué notable!", me decían. Yo les pregunté si sabían de dónde provenía su apellido -eran varios integrantes de la misma familia- y me dijeron que no. Yo seguí averiguando y resultó que descendían de un cacique diaguita que había estado en la región desde 1610. ¡Ellos ignoraban que por sus venas corría sangre india! Es más: no querían saberlo. Los argentinos aceptamos todas las etnias europeas, pero las americanas han estado siempre relegadas.
-Después de una larga vida dedicada a la investigación, con importantes logros y con sinsabores, ¿hacia dónde cree que los argentinos deberíamos concentrar nuestros esfuerzos para fortalecernos?
-Hacia un mayor desarrollo de las ciencias en las que ya hemos descollado. La Argentina ha tenido un nivel excelente en medicina, con figuras mundiales como René Favaloro, con médicos como Salvador Mazza, con cirujanos notables, con científicos de la talla de Houssay, Leloir y Milstein. Hemos tenido resultados extraordinarios. Tenemos que fortalecernos en todos aquellos campos científicos e intelectuales en los que ya hemos podido demostrar cuánto valemos.
Por Carmen María Ramos
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=700435
aggiornare — 18-02-2007 08:59:25