El escritor peruano dice ser partidario del libre mercado, pero piensa que, ante las desigualdades marcadas, es necesaria la acción del Estado
Alfredo Bryce Echenique habla y de sus palabras emerge Perú como un tapiz fascinante, enriquecido por la compleja trama de sus interrelaciones sociales, surgido de las fuentes históricas y psicológicas que explican los fenómenos que lo definen en la actualidad, enmarcado por una América Latina que no ha perdido la impronta de la colonización española. Un tapiz monumental también, que, según el escritor peruano, se observa mejor desde lejos, especialmente desde Europa, donde el autor ha permanecido durante más de treinta años, creando algunos de los títulos que han dado trascendencia internacional a la literatura latinoamericana, como "Huerto cerrado" y "Un mundo para Julius".
"En Francia enseñaba Literatura y Civilización Latinoamericanas -cuenta el escritor en la entrevista con LA NACION, durante una de sus frecuentes visitas a Buenos Aires, donde su obra acaba de ser objeto de un encuentro organizado por el Centro Cultural de España-. Literatura está claro qué es, pero Civilización es un inmenso cajón de sastre en el que los franceses meten todo lo que no es literatura. Y eso me gustaba mucho, porque me obligaba a imponerme grandes bibliografías. Así estudié, por ejemplo, militarismo y dictadura en América latina; la historia del ejército peruano, los movimientos campesinos del Perú, la historia de la migración entre la ciudad y el campo."
La sociedad peruana, los vicios de las conductas políticas latinoamericanas, la literatura y la propia historia familiar, todo pasa bajo la mirada lúcida y risueña de este escritor nacido en Lima en 1939, que actualmente vive parte del año en su ciudad natal y el resto en Barcelona.
-Usted dice que en Europa aprendió más sobre Perú y América latina que en su propio país. ¿Por qué cree que ocurrió eso?
-La sociedad peruana es profundamente clasista. Allí, las oportunidades de salir de una clase social y pasar a otra han sido siempre mínimas, salvo que se hiciera una gran fortuna. Los peruanos no nos conocemos, vivimos en clases sociales que son como compartimientos estancos. Cuando uno viaja al extranjero, se descubre como peruano ante el mundo (le ocurre lo mismo a un argentino o a un chileno). En mi caso, frecuenté a todas aquellas personas peruanas que en Perú jamás hubiera podido conocer. Por otro lado, uno reflexiona también sobre el hecho de ser limeño. Es duro decirlo, pero la administración del Perú colonial tenía una economía mucho mas diversificada que la actual. La república centralizó todo en Lima y las provincias quedaron abandonadas a los gobiernos centrales. El Estado ni siquiera llega a esos sitios.
-¿No llega para recaudar impuestos?
-Sí, y para levar gente para el ejército, para que sea carne de cañón en cualquier guerra, como en la trágica guerra con Chile, en la que Perú fue aliado de Bolivia.
-¿Cuándo descubrió que Perú era clasista?
-Al ingresar en la Universidad de San Marcos. Yo había sido educado primero en un colegio de monjas norteamericanas y luego en un internado británico muy elitista y no veía a gente de otra clase, salvo a los empleados domésticos de casa. Mi familia era muy cristiana, muy buena gente y muy paternalista, cuando ser paternalista era algo maravilloso. A los empleados se les daba un trato de familia: la misma comida que comíamos nosotros, un baño con agua caliente y fría, medicina, vacaciones pagas; cosas que en Perú no estaban en las leyes. Siempre repito -con algo de cariño y también de demagogia, para hacerme querer- que al ingresar en San Marcos ingresé en Perú por primera vez en mi vida, a la edad de 17 años, y hasta ahora no he salido de él. Por ejemplo, me sorprendía muchísimo que un negro estudiara. Y conocí a toda la gente que venía de provincias a estudiar. Además, en Perú la cuestión de clases esta ligada incluso a una idea moral: la gente decente y la gente del pueblo, que es indecente, se supone.
-¿En San Marcos estudió Derecho?
-Soy abogado, pero nunca ejercí. Me recibí para darle el gusto a mi padre, y paralelamente estudié Letras.
-¿Perú sigue siendo clasista?
-En algunos casos, incluso, el problema se ha agudizado. En el Perú actual ocurren dos fenómenos: por un lado, la burguesía se ha frivolizado más que nunca y, por otro, la migración campesina ha dejado en Lima sólo un doce por ciento de limeños, recluido en guetos de ricos. Acuso a aquella alta burguesía no porque sean empresarios (soy defensor del libre mercado y del empresariado, siempre y cuando sea bueno), sino porque Perú nunca ha tenido una clase dirigente, ha tenido una clase dominante, que no es lo mismo.
-¿Cómo definiría a esa clase dominante?
-Como ausente, de una irresponsabilidad absoluta. No estuvo en el campo cuando se trabajaba la tierra, sino que vivía en Europa y despilfarraba (éste es un fenómeno muy latinoamericano, no quiero encarnizarme con mi país, pero lo que ocurre en mi país me duele más). Y esta gente ahora se ha vuelto aún peor. Para designar a los empleados domésticos, personas del pueblo, se utilizan palabras como "gente de la ínfima" vocabulario muy duro (todo nuestro vocabulario está lleno de racismo); las empleadas domésticas de las casas que están en urbanizaciones riquísimas no tienen derecho a hablar entre ellas, se tienen que uniformar de la misma manera y, si se trata de una zona balnearia, no tienen derecho a bañarse en el mar. Y los temas de conversación que se abordan delante de ellas son horrorosos: se habla como si fueran perros, como si no entendieran. Esto ha llegado a un grado atroz.
-¿Por qué?
-Hay un racismo de arriba hacia abajo que se ha agudizado por el odio que produjo Sendero Luminoso. Y no hay ningún afán de entender ese movimiento, de estudiarlo, de borrar las causas que lo hicieron posible. Por otra parte, la migración campesina ha convertido a Lima en una ciudad de costumbres absolutamente provincianas. Es lo que se llama cultura chicha: una mezcolanza que busca una forma y que tiene a Miami como ciudad capital de facto. A toda esa gente le importa nada Lima, sus valores históricos o la historia de Perú. Tampoco pretenden ser miembros de tal o cual club: tienen una vida autónoma, su música, su comida. La tecnocumbia, que tanto usó Fujimori en sus campañas políticas, es una mezcla de música del Lejano Oeste con música amazónica. Ha surgido el cholo emergente, como se los llama, que ya no es sinónimo de vago o cholo de mierda, como se decía antes.
-¿Qué es lo que caracteriza a esta clase social?
-Son los reyes de la microempresa y crean riqueza en el sistema informal, porque el Estado les pone muchas trabas para abrir empresas. Hay un nuevo Perú en formación. Ya hemos tenido un presidente japonés y uno cholo. Ya no son señoritos los presidentes. Esto es muy simbólico de los grandes cambios que se están operando.
-Usted siempre ha criticado con dureza a Fujimori.
-Fujimori ha envilecido al hombre peruano, que hoy siente vergüenza de serlo y tiene un grave complejo de inferioridad. Lo ha envilecido ética y estéticamente. Lo ha vuelto horrible en el sentido moral de la palabra; lo ha hecho perder coeficiente intelectual por falta de comida, le ha dado circo del más grosero. Se apoderó de la prensa en un 90 por ciento. La clase política ha caído en un desprestigio absoluto, nadie cree en el sistema. Las instituciones han sido borradas y se ha creado un monstruo que es este pueblo descontento, eternamente resentido y embrutecido, debilitado física y mentalmente y encanallecido moralmente. Perú es un sálvese quien pueda, un todos contra todos. En Lima no hay transporte público y todo el mundo es taxista para completar su salario. Lima es la ciudad más caótica, violenta y vulgar que se pueda ver. Entonces, ¿qué ocurre? Estos taxistas luchan tanto unos contra otros y contra los conductores de las combis asesinas, como las llaman allá; es tal la agresividad por agarrar pasajeros o pasar primero que la adrenalina que se descarga a lo largo del día hace que el hombre llegue a su casa deshecho y ya no haya posibilidades políticas de canalizar el descontento, porque el descontento está demasiado cansado por la noche.
-El presidente Toledo tiene, entonces, una tarea difícil.
-Toledo es un presidente francamente impopular y ha cometido errores graves. Es un hombre que por inseguridad miente. Por otro lado, es un economista serio. Va a dejar un país con cinco años de crecimiento sostenido. Pero la corrupción está todavía en manos de los jueces, que son fujimoristas. Fujimori todavía llega a casi el veinte por ciento de intención de voto, según las encuestas. Es increíble que un hombre que se ha fugado del país y ha hecho que desaparezcan miles de millones de dólares de las privatizaciones todavía tenga algún crédito. El problema es que hay tal racismo contra Toledo que hasta los cholos lo odian. Y no se le perdona el hecho de que haya sido educado en Stanford, por eso se lo toma como un cholo presumido.
-¿Quiénes quieren que Fujimori vuelva al poder?
-Perú es un país profundamente reaccionario, porque hay mucho desorden y la gente quiere orden. La vocación autoritaria del país permitió a Fujimori estar diez años en el poder. Después del caos del gobierno de Alan García, Fujimori puso orden, con él había autoridad. Creo que hay gente que es fujimorista y de la que no puedo decir que sean malas personas, simplemente quiere darles seguridad a sus hijos.
-¿Alan García es la causa directa de Fujimori?
-Alan García parecía el primero de los nuevos y era el último de los viejos; era un político tradicionalista, un caudillo y un desenfrenado, enloquecido por el poder; un populista despilfarrador, al frente de un gobierno profundamente deshonesto. Todo ese caos permitió el acceso de Fujimori.
-¿Cómo hubiera sido Perú con Mario Vargas Llosa como presidente?
-Yo dije una frase que Mario me agradecerá toda la vida: el pueblo peruano votó mayoritariamente para que Vargas Llosa siguiera escribiendo. No sabemos lo que hubiera pasado pero, frente al horror senderista, aplicar la cultura democrática hubiera sido muy difícil para Mario, tal vez le hubieran hecho un golpe o se habría tenido que ir. El encarnaba la cultura y las convicciones democráticas. Su compromiso con la sociedad fue de una enorme generosidad, porque tenía todo por perder siendo presidente de Perú. Entre que me quito el sombrero de admiración y lo considero un tonto por meterse en cosas así, quijotescas. Especialmente porque no todos los peruanos son tan demócratas como Mario Vargas Llosa. La prueba es que al día siguiente de derrotado Vargas Llosa, ya todo el partido de Mario era fujimorista. No he conocido a nadie más traicionado que Mario. Lo que lo arruinó fue que se rodeó de los empresarios peruanos, que son malos empresarios, e hicieron una campaña de pitucos contra pobres. Mario era un hombre de manos demasiado limpias para un país de cultura democrática tan débil.
-¿América latina tiene una inclinación natural hacia los regímenes populistas?
-Creo que no. Hay en Africa populismos mucho peores que los latinoamericanos, y los ha habido en Asia. En nuestro caso, es un fenómeno que viene de España, profundamente castizo. Populismo hay por todos lados. Lo que ocurre es que el subdesarrollo y el populismo son casi sinónimos. Yo soy un defensor del libre mercado, pero creo que no todos somos igualmente libres ante el mercado. Con un millón de dólares soy bastante más libre ante el mercado que un señor que sólo tiene diez dólares. Entonces, siempre he pensado que así como la socialdemocracia salvó a Europa del marxismo y a su vez creó un estado de bienestar, la solución está en el pacto. No seamos neoliberales a ultranza. No se puede creer que el dinero se va a derramar de los más ricos a los pobres. En segundo lugar, creo que siempre hay que escuchar al adversario, pero en América latina no hay adversarios políticos: hay enemigos.
-Hace algunos días, la revista Time eligió a Hugo Chávez como uno de los líderes más influyentes del mundo. ¿Qué opina de Chávez?
-Bueno, está lleno de petróleo y quien esté lleno de petróleo siempre será influyente. Creo que Chávez es un populista más, es otra ruina para su país. No creo que sea un hombre con una sincera sensibilidad social.
-Usted visita con frecuencia la Argentina. ¿Cómo ve al actual gobierno?
-Es un gobierno nuevo. Me da la impresión de que un hombre que llega al poder con poco más del veinte por ciento de los votos no tiene nada que perder, y creo que Kirchner ha jugado el todo por el todo y ha adquirido un prestigio internacional que me parece importante. Por otra parte, es muy malcriado; no se cierra ese saco espantoso que lleva y debería cerrárselo (a veces, la estética y la ética se funden). Las reglas internacionales de la política y de la cortesía entre jefes de Estado existen y hay que respetarlas. Cuando Kirchner inauguró el Congreso de la Lengua Española, en Rosario, con cuatro horas de atraso, los tuvo esperando a todos y a los reyes de España con una mala educación sin nombre, porque eso no se hace. Sin embargo, sus primeras palabras fueron acerca de que su gran lucha era por elevar la autoestima de los argentinos. Parece que ésa es una tarea que se ha planteado, y vale la pena.
-Usted ha dicho que su bisabuelo, el presidente Echenique, fue tan malo para Perú que a usted no lo elegirían nunca. De esa tradición familiar, ¿ha heredado algún interés por la política práctica?
-Siento una gran gratitud hacia Alan García porque, después de su gobierno, el presidente Echenique ya ha dejado de ser el peor de todos los presidentes y ha pasado a un honorable segundo lugar. De mí dicen que soy el escritor más querido de Perú, y yo lo noto. La gente a mí no me admira, me quiere (no sé, tal vez les da pena que escriba tan mal), pero yo no me presentaría jamás a las elecciones porque podría ganarlas. En ese caso, mi bisabuelo pasaría al tercer lugar entre los peores presidentes de Perú.
Por Verónica Chiaravalli
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=697448