El célebre arquitecto analiza la actualidad
NEW HAVEN.– Es primavera en el noroeste de Estados Unidos y los estudiantes de Yale aprovechan la estación. Decenas de ellos pasean por las bellísimas callejuelas de su antiguo campus o leen en las plazoletas. Al cruzar la calle, sobre la Chapel Street, César Pelli tiene su estudio central de arquitectura, en el que la luz entra a raudales. A los 78 años, Pelli es considerado por muchos de sus colegas uno de los mejores diez arquitectos del mundo. Ha sido así durante las últimas dos décadas, por lo menos. Las torres Petronas, en Malasia; el museo subterráneo de Osaka, Japón; el aeropuerto Ronald Reagan, en Washington, y la torre Boston, en Puerto Madero, llevan su firma, al igual que otros muchos proyectos eclécticos alrededor del mundo.
El esquiva los encasillamientos, salvo uno: es un humanista. “Hoy en día, muchas etiquetas vehementes que predominaron durante décadas han dejado de funcionar. Dudo mucho de que algún arquitecto se defina hoy como funcionalista y no creo tampoco en los ideales absolutistas, que tanto daño le han hecho al ser humano”, dice. A lo largo de los siguientes noventa minutos, Pelli vuelve una y otra vez al tema del equilibrio esencial que, afirma, debe existir entre el arte y el bien común, entre la arquitectura y los principios morales y filosóficos que deben mover y conmover al hombre. Lo hace mientras sonríe. Después de 43 años en Estados Unidos, aún deja patinar las erres cuando habla, una herencia de su origen tucumano.
"Belleza y placer son componentes básicos del arte, aunque muchos me consideren fuera de moda porque quieren expandir la idea del arte, buscando tocar las emociones de otras maneras. Pero yo prefiero definir como obras de arte sólo a aquellas que de algún modo me conmueven, que tocan mis fibras íntimas."
-Y dentro de ese parámetro conceptual del arte, ¿cómo define a la arquitectura?
-Es difícil decirlo, porque creo que todo arquitecto debe primero resolver el problema social que afronta en cada proyecto. Lo esencial es que pueda proveer de una vivienda cómoda y digna a las familias, los usuarios o los ciudadanos que vayan a utilizarla. Tomando esa idea como base, tengo muchas dudas de si es posible hacer arte cuando se trata, por ejemplo, de proveer de una vivienda social a quien no la tiene.
-Pero sí es posible buscar ese ideal cuando se trata de proyectar museos, por ejemplo...
-En arquitectura, los valores cambian de acuerdo con el proyecto que se tenga entre manos. Si se trata de construir un museo de arte contemporáneo, pues sí, su aspecto artístico es importante, mientras que también debe contribuir al entorno en que fue construido. Pero siempre deben quedar claras las prioridades. Mi hermano Víctor se dedicó hace décadas a trabajar en la construcción de viviendas sociales en el Norte, apartándose cada día más del concepto de diseños y acercándose más y más a las necesidades de las personas, lo cual es muchísimo más importante que hacer una casa bonita.
-O sea que arquitectura, para usted, puede definirse como...
-Dar una respuesta apropiada y una interpretación artística adecuada a los problemas que se nos presentan en cada proyecto en particular.
-Está claro que detesta las "marcas registradas" de ciertos arquitectos o artistas, esos rasgos particulares que los distinguen de otros...
-No las detesto, pero esas "marcas registradas" hacen daño a la arquitectura y a los ciudadanos. Sin duda, benefician a los arquitectos, que así se hacen conocidos, se convierten a veces en celebridades y repiten sus edificios en distintas ciudades alrededor del mundo. Pero eso tampoco es saludable para esas ciudades, que tienen sus propias identidades, pero corren el riesgo de quedar sometidas a una uniformidad estilística.
-Su planteo bordea casi el dilema religioso sobre las formas y el fondo que reaparece a través de los tiempos. Recuerdo a los fariseos...
(Sonríe) -Así es. En la arquitectura, además, siempre se está redefiniendo lo que es importante, siempre hay experimentos en marcha. Hoy en día hay muchas tendencias que pueden definirse como modernas, aunque no en el sentido clásico del modernismo. Son, en realidad, expresiones muy individuales, que tienen distintos puntos de apoyo y que exploran distintas vetas. A mí me interesa, en particular, observar los resultados que obtienen los arquitectos que experimentan, pero no me interesa seguirlos, porque hay una diferencia vital entre la arquitectura y el arte: nosotros trabajamos para un cliente.
-¿Piensa usted en su "ciudad ideal", en su utopía, como Tomás Moro?
-No. Cada ciudad debe tener su propio carácter definido y los arquitectos deben tomar en cuenta ese carácter propio cuando proyectan obras. Deben pensar en quienes habitarán esos edificios, meditar sobre si realzarán los barrios donde se elevará la obra, si mejorará la calidad de vida de quienes habiten allí. Los malls y los shopping centers, por ejemplo, contribuyen a homogeneizar las ciudades, lo que es muy negativo, y siento que los countries tampoco hacen bien a la sociedad, porque separan a la gente por grupos homogéneos en lo económico, lo social y hasta lo político, aunque comprendo que el problema básico de la inseguridad en la Argentina los ha erigido como una solución. La ciudad tradicional es una de las grandes invenciones de la humanidad, al generar la convivencia natural de quienes no están relacionados en modo alguno entre sí. Permite que la gente aprenda a vivir con quienes poseen, por ejemplo, visiones religiosas muy diferentes de las propias.
-¿Acaso sí tiene en mente cómo diseñaría un Estado ideal?
-Tengo mis grandes dudas sobre los ideales. Concebir condiciones ideales le ha hecho mucho daño a la humanidad a lo largo de los siglos. El comunismo cometió atrocidades para llegar a un ideal absoluto y sin duda que muchos movimientos religiosos también pueden ser incluidos en una lista similar. No creo en ideales absolutos, creo que son nocivos y creo que cada uno debe vivir su propia vida, manteniendo ciertos principios morales que le permitan sentirse satisfecho y orgulloso de sí mismo al final de cada día.
-¿Cómo encaja, si encaja, la Argentina en esa visión moral?
-La Argentina hace lo mejor posible con lo que tiene. Es un país muy dotado y que sigue teniendo un gran potencial. Está claro que la devaluación significó uno de los puntos más bajos de las últimas décadas del país desde la perspectiva económica, pero hubo otros períodos mucho más bajos en la vida social y moral argentina.
-¿Qué cree que falta para que esa potencialidad de la Argentina se convierta en una realidad?
-Los economistas llevan décadas discutiendo qué políticas deberían instrumentarse, pero no creo que se trate tanto de tal o cual política, sino de fijar reglas de juego que sean estables. Ese es un rasgo distintivo de este país [por los Estados Unidos]: existe la certeza de que si se trabaja duro, se puede pensar que vendrán los frutos después de veinte años, mientras se mantengan las mismas reglas que existen hoy en día. Está claro que eso no significa que las reglas sean inmutables, pero sí que sólo se introducirán cambios pequeños que, en principio, no afectan las decisiones a largo plazo. Desgraciadamente, la Argentina, desde que tengo memoria, no registra políticas estables que duren períodos de más de diez o quince años. Lo esencial es la estabilidad de las leyes y que éstas sean, además, justas, porque si los ciudadanos consideran que las reglas son injustas, tampoco aceptarán por mucho tiempo ese estado de injusticia.
-Tras más de cuatro décadas en Estados Unidos, ¿ve alguna ventaja competitiva en la Argentina?
-Los dones naturales del país, la pampa húmeda, sus subclimas, el ganado, los minerales. Es un país básicamente rico, con una baja densidad de población, que en un porcentaje altísimo es culta. Eso no es lo mismo que hablar de "gente moral", pero tampoco creo que los argentinos sean menos morales que los ciudadanos de otros países de América latina. De todos modos, creo que el gran desafío en toda la región es comenzar a darles valor tanto a las profesiones técnicas como a las humanidades.
-Usted fue durante siete años decano de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Yale, una de las más prestigiosas del mundo. ¿Qué conclusiones extrajo de su paso por la docencia universitaria?
-Prefiero hablar en términos específicos. La arquitectura se puede enseñar y aprender bien dentro de grupos pequeños. No comprendo cómo se puede aprender cuando se trata de miles de estudiantes. Pero, dicho esto, también destaco que de la Universidad de Buenos Aires siguen saliendo muy buenos arquitectos. Quizá sea porque esos arquitectos se las arreglaron para estar cerca de sus profesores o quizás aprendieron de algún mentor, de algún arquitecto que los guió y corrigió durante sus primeros años de la profesión. Si no, resulta muy difícil entenderlo.
-Su comentario bordea un tema tabú en la Argentina: el examen de ingreso universitario?
-Aquí, en Yale, se selecciona a los futuros estudiantes de arquitectura sobre la base de un portafolio de dibujos y proyectos preliminares que deben presentar con su solicitud de ingreso y las cartas de recomendación. Así se intenta ver qué potencial tiene cada postulante para ser arquitecto, ver si tiene talento. Y sólo ingresan 50 estudiantes de un total de unos 800 postulantes por año. Comparto ese criterio de selección. Me parece que en el mundo profesional de la arquitectura, la gente con talento tiene muchas oportunidades. Sin duda que los comités de selección de Yale pueden equivocarse, y por eso el postulante debe presentarse ante varias universidades. Si tiene talento, alguna universidad lo detectará y si carece de ese talento, pues será mejor para él que lo sepa y que estudie otra carrera.
-¿Cuál sería su sugerencia para un estudiante que inicia la universidad?
-Tengo un sobrino que inició la carrera de biología en la UBA. Lo más importante es que haga con amor lo que decida hacer, que lo entusiasme, que lo haga con ganas. Si lo que estudia le resulta aburrido, pues que busque otra cosa, porque no será feliz si debe pasar su vida haciendo algo que no le satisface plenamente. Amar lo que se hace ayuda a pasar los momentos difíciles, que seguro vendrán y que todos hemos debido afrontar. Pero si se ama lo que se hace, entonces se aguanta el temporal.
-¿Acaso usted se planteó alguna vez abandonar la arquitectura?
(Se ríe) -¡Noooo! Nunca me planteé largar esta profesión. Me gusta demasiado como para buscar otras opciones o aceptar las ofertas que me hicieron y que, felizmente, rechacé.
-Para muchos, las torres Petronas de Kuala Lumpur representaron la cúspide de su carrera. Y, de hecho, una pintura de ellas está en el palier de entrada de este estudio. Aun así, dudo de que sean su obra preferida...
(Estalla en una carcajada) -Sólo le diré que es un hecho que las torres Petronas se hicieron famosas por su altura, que es algo anecdótico. Sin duda me gustan y constituyen hoy un elemento excepcional para Malasia: se convirtieron en el símbolo de Kuala Lumpur. Pero lo más importante para el público, su altura, no tiene nada que ver con el valor artístico o cultural del edificio. Su altura es sólo una medida del triunfalismo anecdótico.
Por Hugo Alconada Mon
Corresponsal en EE.UU.
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=696566