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Rex González: "Los políticos solamente defienden sus votos"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 30-04-2005 06:04:43

El análisis del destacado arqueólogo

A los 87 años, Alberto Rex González puede ser considerado el patriarca de la arqueología argentina, una disciplina que ya contaba con extraordinarios referentes, como Florentino Ameghino y Francisco Javier Muñiz, pero que ni siquiera existía en nuestras universidades cuando él se especializó en ella para convertirse en uno de sus más respetados exponentes.

Fue jefe de la división Antropología del Museo de La Plata, director del Museo Etnográfico de Buenos Aires, introductor en la Argentina de la datación de piezas prehistóricas mediante el carbono 14 y autor de voluminosos libros sobre los descubrimientos de culturas enteras que realizó en el noroeste y en el sur argentinos.

Sus búsquedas arqueológicas se iniciaron en 1933 y su primer artículo se publicó en 1938. Obtuvo su título de médico en 1945, en Córdoba, y el de doctor en Antropología en la Universidad de Columbia, Nueva York, en 1952. Dos veces recibió el premio Konex de Platino y es doctor honoris causa de tres universidades argentinas y ciudadano ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. En su amplio departamento de San Telmo, repleto de libros y, llamativamente, carente de piezas u objetos arqueológicos, Rex González repasa su vida desde aquella vez en que encontró el colmillo de un mastodonte y los huesos de un gliptodonte a orillas del arroyo Pergamino, de donde era oriundo. "A los 12 años, yo leía a Ameghino, pero quería tomar parte activa en la investigación, no sólo leer. Entonces, empecé a buscar fósiles", recuerda.

Su padre era argentino y descendía de siete generaciones de criollos. Su madre era hija de italianos. "Yo tuve las dos vertientes culturales: la criolla, que me hacía querer lo nuestro y que me iba arraigando a nuestra tierra, y la inmigratoria, cargada de una voracidad por aprender y superarme."

La falta de una conciencia americana, la cerrazón mental para separar el pensamiento científico de la ideología, la extrema politización de la vida nacional y el desprecio por los valores culturales explican, en buena medida, para Alberto Rex González, las causas de nuestro subdesarrollo.

-¿Cómo ve nuestra forma de tratar el patrimonio arqueológico y cultural en general?

-En términos generales, no hay ninguna conciencia. En estos días, ha salido a la luz lo que pasa en el Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia, con el alarmante descuido de sus colecciones y las malas condiciones edilicias, y ya vemos lo que ocurrió hace dos años en el Museo de Ciencias Naturales Angel Gallardo, de Rosario, donde el fuego devoró colecciones únicas en América del Sur. Esto no es nuevo. Yo dirigí la división Arqueología del Museo de Ciencias Naturales de La Plata durante más de tres décadas. Cuando llovía, teníamos que correr los muebles o las vitrinas para preservar colecciones valiosísimas, muchas de ellas donaciones de mecenas aficionados, como es el caso de la Colección Muñiz Barreto. Cuando este señor murió, los herederos recibieron propuestas de universidades norteamericanas para comprar la colección, pero por una cosa muy rara, casi diría un milagro, el Congreso Nacional votó una partida de dinero y la colección quedó en el país.

-¿Por qué dice "por milagro"?

-Porque mi experiencia de años me demostró que lo que no aporta votos concretos no despierta el interés de los políticos y los legisladores. Lamentablemente, la mayoría de las veces me he topado con políticos de turno a quienes lo que les importaba era la defensa de los votos, no del patrimonio, gente con una falta de conciencia total. Ante mis propuestas y proyectos, siempre me decían "qué interesante", pero cuando llegaba el momento de hacer algo concreto, de dar más presupuesto, de poner más gente, no se hacía nada. Esta falta de interés, esta extrema politización y este desprecio por los valores culturales han sido nefastos y explican en buena parte nuestro subdesarrollo. Hablo de los políticos, pero me refiero, en realidad, a las sucesivas clases dirigentes. A mí, la dictadura militar del 76 me dejó en la calle. Yo había ganado la cátedra y la jefatura de división en el Museo de La Plata por concurso, por cuarta vez. No obstante ello, me echaron con un decreto de dos líneas que decía que yo hacía una ciencia "muy subversiva". Me tenían catalogado como un hombre de izquierda. Todo lo que se viera como cuestionador de los procesos sociales -algo inevitable si se quiere hacer antropología en serio- o como un enfoque evolucionista era subversivo. En esa estúpida cerrazón mental también está la respuesta de nuestros fracasos.

-¿Por qué con grandes intelectuales y con una tradición científica importante, que incluye tres premios Nobel, el país no logra parar esta ola descendente?

-Siempre volvemos a lo mismo: por la falta de una clase política. Los científicos tienen su torre de marfil y de ahí no salen, y es muy difícil que los políticos los consideren, porque no aportan votos. Muy diferente es lo que ocurre en países como los Estados Unidos, donde los principales asesores de los equipos gobernantes, por lo general, son tipos que han tenido una actuación descollante en el campo intelectual. Los equipos de Kennedy prevenían de la Universidad de Harvard. Allí estaban los grandes cerebros. ¿Dónde se ve eso acá? En nuestro país se acercan los peores, los que quieren lucrar, los que saben que con un sueldo de dos mil pesos no les alcanza, pero no les importa: total, ellos de algún lado van a sacar más. Esa corrupción se extiende a todos los niveles.

-En el nivel de la gente común, ¿hay más conciencia sobre la necesidad de proteger lo que hemos heredado?

-Los argentinos tenemos un acervo milenario que ha sido dañado. Pienso en el llamado Parque de los Menhires, en el Pucará de Tilcara, o en la Cueva de las Manos, de Santa Cruz, donde, debido a los actos de vandalismo, se ha colocado una reja de protección delante de las cavernas... Un caso muy particular es el de las ruinas de Quilmes, sobre las sierras de Yocavil, uno de los sitios más importantes del noroeste argentino. En un principio fue reconstruido en forma mediocre por el gobierno y sus asesores "idóneos", en la época de la última dictadura militar. Desde hace unos años, este sitio pasó a ser de gestión privada, la cual ha sido muy criticada, debido a que más bien se ha pensado en el turismo que en la integridad del patrimonio. El museo del sitio tampoco cuenta con una infraestructura adecuada y hay una total ausencia de referencias de las piezas arqueológicas. Y como si esto fuera poco, dentro de ese espacio se construyó un hotel. Lo menos que puedo decir es que eso fue una tropelía sin nombre.

-¿Los argentinos tenemos una mirada eurocéntrica, que nos hace despreciar nuestros orígenes prehispánicos?

-Evidentemente, siempre hemos tenido un concepto peyorativo y despreciativo para con los grupos autóctonos. Uno de mis objetos de estudio ha sido el arte precolombino y muchas veces cuando iba a dar una conferencia me preguntaban: pero ¿cómo? ¿Los indios tenían arte? Los argentinos renegamos de ese origen precolombino, a diferencia de los peruanos, que siempre han reivindicado la cultura inca, o de los mexicanos, que han reivindicado la cultura azteca.

-¿Eso está cambiando?

-Mmm... Eso hay que cambiarlo desde la escuela primaria y hay que formar, antes que nada, a los maestros, pero no creo que esté ocurriendo. Recuerdo hace muchos años unas excavaciones en un gran centro ceremonial de la provincia de Catamarca. Yo tenía un grupo de peones locales, de apellido Chasampi, que se maravillaban con los hallazgos de una cerámica aguada muy delicada. "¿Esto lo han hecho los indios? ¡Qué notable!", me decían. Yo les pregunté si sabían de dónde provenía su apellido -eran varios integrantes de la misma familia- y me dijeron que no. Yo seguí averiguando y resultó que descendían de un cacique diaguita que había estado en la región desde 1610. ¡Ellos ignoraban que por sus venas corría sangre india! Es más: no querían saberlo. Los argentinos aceptamos todas las etnias europeas, pero las americanas han estado siempre relegadas.

-Después de una larga vida dedicada a la investigación, con importantes logros y con sinsabores, ¿hacia dónde cree que los argentinos deberíamos concentrar nuestros esfuerzos para fortalecernos?

-Hacia un mayor desarrollo de las ciencias en las que ya hemos descollado. La Argentina ha tenido un nivel excelente en medicina, con figuras mundiales como René Favaloro, con médicos como Salvador Mazza, con cirujanos notables, con científicos de la talla de Houssay, Leloir y Milstein. Hemos tenido resultados extraordinarios. Tenemos que fortalecernos en todos aquellos campos científicos e intelectuales en los que ya hemos podido demostrar cuánto valemos.

Por Carmen María Ramos
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=700435

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"Hay que volver a darles autoridad a los docentes"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 30-04-2005 00:00:00

INES DUSSEL, ESPECIALISTA EN EDUCACION

En un mundo que sobrevalora lo juvenil y descarta lo viejo por conservador, la crisis de autoridad en la docencia se repite país por país. Pero en la Argentina, la reforma de los 90 agravó el escenario.

Analía Roffo
aroffo@clarin.com

Es imposible despegar la educación de la idea de futuro que una sociedad diseña. Desde el presente educativo que tenemos, ¿podemos soñar con el futuro o nos despertamos en medio de una pesadilla?

—El futuro es en realidad nuestro deseo sobre él, nuestra ilusión, y depende de lo que hagamos hoy, pero también de lo que proyectemos sobre lo que podemos hacer mañana. Por un lado, tenemos condiciones de época, en general, que nos llevan a ver un futuro negro. No es la primera vez que nos ocurre, ni a nosotros ni al mundo. Hay épocas con visiones decadentistas de la historia y otras con visiones más optimistas. No soy original si digo que a partir del atentado a las Torres el mundo comparte una visión más bien decadentista. Siempre vuelvo a un texto de Hannah Arendt, que a mí me gusta mucho, escrito en 1954. Se llama "La crisis de la educación" y plantea cómo podemos volver a pensar el futuro de una manera más esperanzada.

# Si a pocos años del Holocausto se podía pensar con más esperanza, quizá ahora también...

—Esa es una de las mayores potencias de ese texto magnífico. Arendt dice allí que la educación es el lugar donde se encuentran dos amores: el amor por el mundo y el amor por los niños. A su juicio, el amor por el mundo es el que nos hace querer preparar a la gente que viene a renovar el mundo; el amor a los niños, el que nos hace protegerlos y confiar en que son nuestros relevos. Suelo trabajar este texto con docentes de Capital y del Gran Buenos Aires y aparecen preguntas clave: ¿Amamos el mundo? ¿Podemos amar este mundo que aparece tan horrible? ¿Amamos a estos niños, que muchas veces también nos parecen horribles, que no son esos niños idealizados, sino que vienen sucios, criticones, difíciles de disciplinar, con ganas de aprender otras cosas y no las que nosotros queremos?

# ¿Qué pasa cuando se rompe la idealización y aparece esa realidad?

—Ocurren muchos desencuentros. Pero volver a afirmar el amor al mundo y la confianza en que se puede construir algo mejor es un gesto humano fundamental para darles alguna posibilidad a las generaciones que vienen. En un episodio de Los Simpsons, la maestra dice: "El mundo que viene va a ser horrible y me alegro de no tener que compartirlo con ustedes". De hecho, muchos maestros hoy transmiten directa o indirectamente esa idea de futuro. En ellos hay desencanto, deseperanza. No podemos negar ese sentimiento, sino trabajar ayudar a revertirlo. Hay que renovar una confianza que no tiene por qué ser ingenua ni idealizada. Una confianza que debe estar relacionada con lo que hagamos en el presente.

# Usted podría haber empezado por hablar de políticas educativas, leyes o presupuesto. Pero para hablar del futuro eligió a los docentes. ¿Fue casual?

—No. Empecé a argumentar a partir de los docentes sobre todo porque creo básicamente en una responsabilidad adulta. Ha pasado algo complicado, que es la horizontalización de las relaciones entre las generaciones y esta idea de que estamos igual de desamparados que los chicos frente al mundo. Esto es algo de lo que también habla Hannah Arendt. Estamos en problemas.

# ¿En qué sentido?

—Hace un tiempo di una conferencia con responsables de programas de intervención en escuelas de alto riesgo. Les hablé de los perjuicios de la horizontalización y la reacción de los responsables de los programas en las provincias fue: "Los docentes y nosotros estamos muy desamparados. ¿Por qué nos decís que no lo estamos?" Se enojaron mucho y yo intenté mostrar que están en situación difícil muchos argentinos. Y los docentes, indudablemente, están en una situación económica y simbólica muy precaria y muy injusta. Pero, al mismo tiempo, están mejor que sus alumnos. Sólo hay que evaluar las perspectivas que tienen sus alumnos, que saben que nosotros ya estudiamos, llegamos a adultos, tenemos una familia. Nos fue mejor o peor, pero hemos recorrido un trecho que ellos no saben si van a poder recorrer. Insisto que estamos en problemas porque ese lugar del adulto, desde el que hay que darles seguridad a los niños y a los adolescentes, se perdió. Creo que hay que volver a instalarlo.

# ¿Cómo?

—No tiene por qué ser la seguridad autoritaria de otras generaciones, pero sí tiene que ser un lugar de protección, de responsabilidad adulta. Podemos decir: "Te voy a acompañar, no puedo prometerte otra cosa que que te voy a acompañar y a enseñar, y que te voy a tratar de proteger todo lo que pueda. Pero ese gesto muchas veces falta. Hay que volver a legitimar la idea de una intervención adulta en relación con la trasmisión de la cultura. En ese sentido, me parece que los discursos profesionalizantes y sindicales han hecho mucho a favor de transformar la profesión docente, pero también han dejado de lado cuestiones importantes como las reflexiones políticas y éticas sobre qué estamos haciendo como adultos frente a los chicos.

# Pero hay un escenario, me parece, que no se puede desconocer: los docentes han perdido mucho —en salarios, en prestigio social, en capital cultural— y su autoestima está muy golpeada.

—No lo desconozco. Hay algo definitivo: los docentes deben volver a ser autorizados como tales. Hay que volver a darles autoridad. Esta crisis de autoridad no nos ocurre sólo a nosotros; les pasa a los docentes franceses, alemanes, chinos... y tiene que ver con una sociedad que valora mucho más lo joven y la innovación, y a la que le parece que todo lo viejo es conservador y en la que hay muchas otras agencias de trasmisión cultural, más allá de la escuela, cuyos saberes han quedado muy deslegitimados.

# No dudo de que la crisis de autoridad es mundial. ¿Pero a los docentes argentinos no les empeoró la situación la reforma de los 90?

—Sí, el sistema arrastra muchos años de desacumulación y la reforma de los 90 hizo pocos favores, porque desautorizó mucho a los docentes. Partió de decir: "Ustedes no saben nada, tienen que actualizarse". Desautorizó ese saber que traían los docentes. Por eso hablo de volver a autorizarse como docentes. Le doy un ejemplo concreto. Trabajo en un posgrado con docentes de Capital sobre nuevas alfabetizaciones y enfocamos la cuestión digital. En torno al aprendizaje de nuevas tecnologías, aparece la idea de que los chicos saben más que los docentes, y entonces, a muchos docentes les da miedo enfrentarse con el tema. Por otra parte, hay una actitud muy tradicional de algunos docentes que descuentan que tienen que saber todo; si no, se sienten muy mal frente a tener que admitir que sus alumnos saben más. Es probable que algunos alumnos sepan más sobre Windows o sobre Adobe. Pero el docente, con treinta, cuarenta, cincuenta años, tiene un saber sobre la vida y la cultura que el chico no tiene. ¿Por qué eso no entra en juego en el vínculo? Hay que volver a ponerlo en juego y fortalecerlo.

# Usted usa palabras que los expertos no suelen usar. Habla de amor, de autoridad, de un vínculo que debe volver a ser tan asimétrico como responsable. No son las teorías al uso...

—Bueno, desde el progresismo educativo, desde la pedagogía crítica en la cual yo me inscribo, fueron temas en general muy despreciados, porque parecía que eran específicos de los libros de autoayuda. Se suele creer que los sentimientos no importan, y que lo que importa es la instrucción, lo intelectual. Cometemos un error grave. Hay que reintroducir estos conceptos en el corazón de la capacitación docente, para repensar nuestra identidad como docentes o como alumnos, y nuestra relación con las nuevas generaciones. El tema del amor me ha costado muchas discusiones, porque efectivamente es un tema muy marginado.

# Lo que pasa es que a los docentes les pedimos mucho. ¿También amar uno a uno a cada alumno...?

—Es que hay que pensar en un amor mucho más abstracto, que era el amor, me parece a mí, del que hablaba Hannah Arendt. No se trata de un amor personalizado —"te amo por tu cara" o "te amo porque sos Pedrito o María"—, sino que amo a mis alumnos porque tengo confianza en el mundo, confianza en los que vienen.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/04/30/z-04815.htm

Copyright Clarín, 2005.

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Jean-François Revel:"El neoliberalismo nunca anduvo mejor"

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 27-04-2005 05:58:57

El filósofo analiza la situación mundial

PARIS.– Jean-François Revel es uno de los grandes pensadores del siglo XX. Filósofo, universitario, ensayista, historiador, periodista, este diplomado de la Ecole Normale Supérieure participó en todas las aventuras intelectuales de su tiempo.

“Ustedes, los periodistas, son una plaga. Pretenden que yo les cuente en una hora lo que tardé tres años en escribir.” Con estas palabras me recibe en su elegante departamento de la isla Saint Louis, con vista al Sena.

Revel tomó el título de sus memorias, “El ladrón en la casa vacía”, de una metáfora budista que sugiere que la vida es sólo una ilusión. Seguramente lo hizo bajo la influencia de su hijo, el monje budista Mathieu Ricard.

Nacido en 1924, Revel es doctor en filosofía. Fue director de L’Express y, desde 1997, es miembro de la Academia Francesa. Su obra es voluminosa. Es autor de varios clásicos, entre los cuales se encuentran “Por qué los filósofos”, “Ni Marx ni Jesús” y “La tentación totalitaria”. Ha sido condecorado con la distinción más elevada de Francia: la Legión de Honor.

En su vida se tomó tiempo para andar por el mundo. Lo hizo, dice, por “inclinación espontánea”. P rofesor en Argelia, en Florencia y en México; ensayista, periodista cuadrilingüe, es uno de los pocos intelectuales franceses verdaderamente cosmopolitas. Hizo un pequeño camino con François Mitterrand en los años 60 y después combatió enérgicamente a la izquierda francesa a partir de los 70. Con su libro "La obsesión antiamericana, su funcionamiento, sus causas, sus consecuencias", Revel se propuso "perturbar el sueño dogmático y el confort ideológico de la mayoría de las elites a través del mundo".

-¿El neoliberalismo que propició el Consenso de Washington ha muerto?

-Al contrario: nunca anduvo mejor. Todas las economías dirigistas han fracasado. Han sido un fracaso rotundo y terrible, de modo que el neoliberalismo actualmente es el único sistema económico que más o menos funciona. No digo que sea perfecto, sino que se revela como superior y sobrevive a la economía planificada. Usted sabe: la democracia ha progresado mucho en el mundo en estos últimos 20 años. En América latina, en 1980, había prácticamente sólo dictaduras. Hoy ya no. Por supuesto, las democracias no son perfectas, pero los derechos fundamentales son respetados y las garantías jurídicas existen. En Rusia, en el sudeste asiático y aun en China la democracia se desarrolla. China se volcó a la economía de mercado y el Partido Comunista, en el poder, no podrá controlar todo perpetuamente. Algún día habrá una contradicción tan grande entre las realidades económicas y el sistema político que éste desaparecerá o deberá funcionar de una manera totalmente distinta.

-¿Existen, en consecuencia, razones para ser optimistas en cuanto a la evolución del mundo?

-Sí, aunque Africa es una excepción. Existe en Nueva York una organización llamada Freedom House que publica cada año un estado de la democracia en el mundo. Clasifica a los países en totalmente libres, semilibres o para nada libres. En esta última categoría sólo quedan Cuba y Corea del Norte?

-Muchos dicen que el neoliberal es un modelo que produce fracturas sociales, debilita la democracia y exige decisiones autoritarias para aplicarlo?

-El sistema dirigista también. Había clases privilegiadas, funcionarios del Partido Comunista que ganaban cien veces más que los obreros. Naturalmente, en el neoliberalismo hay conflictos sociales, pero, en general, el poder adquisitivo del obrero es muy superior al de las economías socialistas o planificadas. Pero en la democracia es del propio interés declararse insatisfecho, para sacar alguna ventaja. En Francia, por ejemplo, las categorías sociales más favorecidas -las que trabajan para el Estado- son las que más reclaman. Nadie tiene la ingenuidad de declararse satisfecho con su destino.

-¿Cree que el presidente Bush perdió el 11 de septiembre de 2001 una posibilidad histórica de construir una política exterior diferente? Pese a la solidaridad mundial por el atentado a las Torres, hoy hay un profundo antiamericanismo.

-La solidaridad con los Estados Unidos duró tres horas. Después, se dio vuelta enseguida. Incluso leímos en gran cantidad de periódicos que los norteamericanos tuvieron sólo lo que se merecían, porque, como despojan al resto del mundo, es normal que el resto del mundo tenga su venganza.

-¿Por qué ese sentimiento hostil?

-Siempre hubo un resentimiento contra los pueblos más poderosos. En el siglo XIX y durante la primera parte del siglo XX era Inglaterra la rechazada, como lo es Estados Unidos actualmente.

-¿Comparte la visión de Bush y de Condoleezza Rice, su concepción moral del mundo?

-Creo que mucha gente comparte con ellos la idea de que el mundo sólo puede prosperar y perseverar en la paz si una mayoría de países practica la democracia.

-¿Le parece que el islam es una amenaza para el mundo occidental?

-Bien, los eventos lo han mostrado. Ha habido agresiones precisas...

-¿Comparte la teoría de Oriana Fallaci que dice que la relevancia del mundo musulmán en Occidente se debe a la buena prensa que tiene en Europa?

-Sí, hay algo de cierto. Yo no apruebo completamente el libro de Oriana Fallaci, que me parece muy excesivo, pero es cierto que los europeos tienen tendencia a dar automáticamente razón al mundo musulmán. Sin duda también por antinorteamericanismo y también porque quieren mostrar que no son más colonialistas. Porque ellos han invadido varias veces el mundo árabe y lo han anexado, colonizado. Los norteamericanos nunca lo han hecho.

-¿Qué piensa de la controversia por el uso del velo en las escuelas francesas?

-No se deben exponer signos religiosos en lugares públicos; es una ley que viene de 1935 o 1936, en la época del Frente Popular. La ley contra el velo no hace más que repetir la que fue votada hace 70 años. La religión, sea cual fuere, no tiene que estar mezclada con los establecimientos públicos. Hay una legislación precisa y en todo país democrático se deben respetar las leyes.

-¿Cómo imagina el futuro de Irak?

-El futuro de Irak pasa por el establecimiento de la democracia. Irak nunca fue democrático, ni con Saddam Hussein ni antes. Pienso que hay que establecer la democracia o, por lo menos, un régimen que, sin ser completamente democrático, observe un cierto respeto por la persona humana.

-¿La democracia está amenazada en los Estados Unidos?

-¡Ah, no! No lo creo, para nada. Esas son bromas de los europeos frustrados. Se vive mucho mejor en los Estados Unidos que en otras partes. Muchas personas son antinorteamericanas, pero su sueño es poder ir a vivir allí. Yo viví en México tres años: son muy antinorteamericanos, pero todos quieren ir a vivir a los Estados Unidos. En particular, los intelectuales mexicanos, que sueñan con ser aceptados como profesores en una universidad estadounidense.

-¿Por qué la Argentina fracasó en la consolidación de sus instituciones?

-Creo que es, en gran parte, porque posiblemente no respetó sus instituciones. Cuando usted tiene una Constitución y no la respeta escrupulosamente, por fuerza el sistema se disgrega. Hemos observado a menudo que lo que hace la fuerza de los Estados Unidos y de América del Norte no es tanto el nacionalismo, sino la fidelidad absoluta a la Constitución.

-¿El problema argentino se debe a malas administraciones o a una memoria defectuosa?

-En mi opinión, son malos gobiernos a los que se les puede agregar una memoria defectuosa, porque la Argentina no tuvo suficientemente en cuenta su propia experiencia. Se trata de un país que conoció períodos de prosperidad considerable. Yo fui por última vez hace diez años, cuando Menem era todavía presidente, y la economía se encontraba muy bien.

-En apariencia, ¿no?

-En apariencia, como es en todos los países. Pero funcionaba muy bien. El peso era una moneda muy fuerte.

-¿Cómo se puede solucionar el problema de representatividad en la Argentina? La sociedad civil no se siente representada por la clase política.

-Ese es, un poco, el problema de todas las democracias. Vivimos también eso en Francia. Se dice que el mundo político no representa a la "Francia de abajo". Pero, si se quiere, los argentinos eligen sus dirigentes en votaciones que son bastante democráticas. Después, les corresponde a ellos controlar... Le corresponde al Parlamento controlar al Poder Ejecutivo.

-¿Qué hacer en un país donde se piensa que la mayoría de los hombres políticos son corruptos? Eso da una excusa para no pagar los impuestos, porque los ciudadanos piensan que les roban su dinero.

-Sí, pero ésa es una reacción que se registra en muchos países, incluida Francia. Es evidente que cuando un ciudadano sospecha que el dinero de los impuestos es derrochado, robado o malversado, no tiene muchas ganas de pagar los impuestos. Para curar esas enfermedades hay un solo remedio, que es el regreso a una democracia exigente, severa, tanto para los políticos como para los ciudadanos comunes.

Por Danielle Raymond
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=699446

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El caso Russell

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 26-04-2005 00:00:00

Por Sandra Russo

Corría 1940 y la Universidad de Nueva York se había quedado sin dos profesores de Filosofía. Surgió, como candidato, el nombre de Bertrand Russell, que estaba enseñando en la Universidad de California. Faltaba todavía una década para que a Russell le fuera otorgado el Premio Nobel de Literatura, pero su nombre ya estaba revestido con el más sólido de los prestigios. La Junta de Educación Superior de la universidad aprobó inmediatamente el nombramiento, fue hecha la oferta y fue aceptada. Russell iba a encargarse de tres cursos, que consistían básicamente en asociaciones entre Lógica, Matemáticas y Filosofía.
Pero no fue el diablo sino los representantes de Dios, los que metieron la cola. El llamado posteriormente “caso Russell” es uno de los ejemplos más aberrantes de cómo puede organizarse la reacción, articulada en tráfico de influencias, testaferros ideológicos y un segmento importante de medios de comunicación, para frenar una semilla de cambio en lo que verdaderamente le importa: la legitimidad de un determinado “orden moral” disciplinador.
Empezó el obispo Manning, de la Iglesia Episcopal protestante, con una carta abierta a los diarios neoyorquinos. En ella llamó a Russell “reconocido propagandista contra la religión y la moral, defensor del adulterio”. Esa carta fue la señal de largada para una campaña que mantuvo en vilo durante meses a toda la comunidad académica norteamericana, por un lado, y a innúmeras agrupaciones religiosas que terminaron ganando la batalla. Lo que estaba en juego era el carácter laico de la enseñanza pública. Los obispos veían esa posibilidad como la llave que permitiría la avanzada de cambios en la vida privada.
Desde el semanario jesuita América se llamó a Russell “individuo corruptor que ha traicionado su mente y su conciencia”. El periódico religioso The Tablet arengaba diciendo que “¡Las arenas movedizas amenazan! ¡La serpiente está en la hierba!” Organizaciones difusas y de nombres temibles, como los Hijos de Xavier, los Caballeros de Colón, el Gremio de los Abogados Católicos o la Antigua Orden de los Hiberneses se lanzaron a copar los correos de lectores de los medios. El alcalde La Guardia era ferozmente acorralado y doblegado por gente como el obispo Francis Walsh, quien tildó a Russell de “campeón del amor libre, de la promiscuidad sexual entre jóvenes, del odio hacia los padres”.
No obstante, la Junta de Educación Superior no mostraba intenciones de derogar el nombramiento. Toda la comunidad académica laica salió en defensa de Russell, aun cuando para esa instancia había quienes, como el concejal Keegan, defenestraban al filósofo por ser “extranjero” y así y todo, sin más argumentos, lo llamaban “perro” y recomendaban “atarlo, emplumarlo y expulsarlo del país”. Tales eran las reacciones entre la grey piadosa estadounidense contra un hombre que había escrito cosas tales –y en eso, solamente en eso, basaban su odio los católicos– como: “Por mi parte, aunque estoy completamente convencido de que el matrimonio que practica la contracepción legalizada y que se disuelve por mutuo acuerdo sería un paso hacia el buen camino y haría mucho bien, no creo que eso sea suficiente. Creo que todas las relaciones sexuales que no suponen hijos deben ser contempladas como un asunto puramente privado, y que si un hombre y una mujer deciden vivir juntos y no tener hijos, ése es un asunto solamente de ellos. No me parece deseable que un hombre y una mujer afronten una cuestión tan seria como un matrimonio destinado a tener hijos sin tener antes experiencia sexual.”
O: “Un niño debe ver, desde el primer momento, desnudos a sus padres y hermanos, cuando esto suceda naturalmente. No hay que violentar ninguna de las dos cosas. Sencillamente, no debe dársele la impresión de que a la gente la afecta la desnudez”. O: “No enseñaré que la fidelidad al cónyuge durante toda la vida sea en modo alguno deseable o que un matrimonio permanente debe excluir los episodios temporales”.
La comunidad católica no se cruzó de brazos. Un buen día alguien desconocido, una tal señora Kay, presentó una demanda en el Tribunal Supremo de Nueva York para defender el derecho de su hija Glory a no ser corrompida por el filósofo extranjero. A partir de allí se desarrolló un proceso judicial tan aberrante como la campaña que lo precedió, y cuyos términos son una obra maestra de la ignorancia humana. Pero un juez de apellido McGeehan dejó a Bertrand Russell fuera de la Universidad de Nueva York.
Cuando todo terminó, Russell envió al The New York Times una carta. Fue publicada un 26 de abril, hace exactamente 65 años. En ella dijo: “Es parte esencial de la democracia que los grupos importantes, incluso las mayorías, sean tolerantes con los grupos disidentes, por pequeños que sean o por mucho que ofendan sus sentimientos. En una democracia es necesario que la gente aprenda a soportar que hieran sus sentimientos.”

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-50223-2005-04-26.html

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Del aula al cirujeo

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 24-04-2005 00:00:00

Una familia se alimenta con los restos que desecha una panadería. Pero los chicos llevan guardapolvo y mochila escolar: la madre no ha renunciado a la esperanza de un futuro.

POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar

No eran cartoneros. Los tres chicos en cuclillas revolvían las bolsas con restos comestibles que, a las nueve de la noche, siempre saca a la vereda una panadería. La madre, inclinada sobre ellos, recibía los pedazos rescatados y los examinaba y emprolijaba antes de guardarlos en otra bolsa.

Nadie comía nada en ese momento, como si la familia estuviera sencillamente recogiendo la materia prima de una futura comida hogareña, una comida normal, que comienza con la compra de la materia prima. Al lado de la madre, pero sin participar en la tarea por cuestiones obvias de edad, una nena de tres años miraba fijo a sus hermanos, sabiendo que su cena dependía del perfecto resultado de lo que ellos estaban haciendo. Alguien podría decir: nada raro en una ciudad donde hay jubilados que, con toda dignidad, introducen la punta de los dedos en la basura con la esperanza de encontrar el resto de un pancho o de una hamburguesa que después escrutan con su par de anteojos para leer. La normalidad de lo que dejó la crisis.

Sin embargo, salvo que se la mirara muy distraídamente (con la distracción que también es compañera de la costumbre) la escena tenía algo diferente. Con mochilas a la espalda, los tres chicos vestían guardapolvos blancos. La madre los buscó a la salida de la escuela y dio vueltas con ellos hasta que se hizo la hora de revisar las bolsas dejadas por la panadería. Como quien dice: en lugar de hacer las compras, los tres escolares acompañaron a su madre a hacer la recolección. Sólo es posible imaginar el resto.

La madre no había resignado la escuela de los chicos. Esto se concluye con cierta facilidad y, sin embargo, tiene algo de excepcional no desde un punto de vista sociológico, ya que la mayoría de los chicos porteños va a la escuela aunque sea para recibir un almuerzo. Lo excepcional de la escena es su intensidad contradictoria que junta el deseo de evitar una caída definitiva y las condiciones en las que se intenta realizar ese deseo.

Cualquiera se da cuenta de que ir a la escuela no implica solamente desplazarse físicamente hasta un edificio y permanecer allí durante cuatro horas de clase. La seguridad de esa rutina escolar necesita también de otras certezas materiales. Muchos chicos van a la escuela porque allí se come. Ahora bien, ¿cuántos van después de haberse alimentado con lo que ellos mismos han recogido de la calle? Pregunta imposible de una maestra: "Chicos, ¿lo que encontraron anoche en la bolsa de basura estaba rico?"

La pregunta no sólo podría recibir una respuesta estadística, elaborada por expertos que visiten escuelas y le pregunten a los alumnos sobre el origen de lo que comieron la noche anterior. Otras implicaciones de orden moral están presentes en la decisión de esa mujer de persistir en la escolaridad de sus hijos, en las condiciones más hostiles, porque espera que esas condiciones mejoren o porque supone que, aunque no mejoren en el corto plazo, ir a la escuela es un acto de reafirmación personal en una situación que ha tocado un límite.

Esa mujer alimenta su familia con lo que se encuentra en la calle, quizás no todos los días o quizás apoyada por un pacto con quienes sacan las bolsas de desechos. Como sea, esos chicos, en vez de mirar televisión o hacer los deberes, acompañan a su madre a juntar lo que van a comer esa noche. Es una actividad de supervivencia, casi un reflejo o una respuesta automática a la ausencia de otra alternativa. Pero mandar a los chicos a la escuela pertenece a otra dimensión: allí hay una decisión cuyo cumplimiento exige persistencia, responsabilidad y garra.

La decisión une polos contradictorios: cirujear en familia (otros muchos cartonean en familia) y mandar los hijos a la escuela; estar fuera del mercado pero decidir no quedar del todo fuera de la sociedad. Mandar esos chicos a la escuela es diferente del instinto inmediato de conservación y el reflejo cultural de protección al más débil. Los guardapolvos blancos y las mochilas de esos chicos cirujas expresan una idea de futuro, que la madre conservó en las condiciones más miserables, a la intemperie.

http://www.clarin.com/diario/2005/04/24/sociedad/s-963396.htm

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"El modo de pensar una cárcel define a una sociedad"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 24-04-2005 00:00:00

LILA CAIMARI, HISTORIADORA

A fines del XIX, la Argentina impulsó un modelo de "castigo civilizado". La misma dirigencia que difundió la escuela pública e integró inmigrantes pensó que las prisiones debían ser modernas y científicas.

Claudio Martyniuk
cmartyniuk@clarin.com

Las leyes punitivas y la situación carcelaria actual generan todo tipo de polémicas. ¿Qué aporta la historia argentina para entender cómo se fue concibiendo el castigo de los delincuentes?

—El modo de pensar una cárcel define a una sociedad. Las ideas de reforma del castigo de la generación que toma el poder en las últimas tres décadas del siglo XIX provienen de modelos europeos y norteamericanos. El símbolo más contundente de esta apuesta al "castigo civilizado" fue la Penitenciaría Nacional, construida en la calle Las Heras en 1876. Era una especie de ciudadela punitiva que en los años veinte ya ha quedado rodeada de ciudad. Entonces se empieza a hablar de demolerla, cosa que recién se hace en los años 60.

# ¿Cuáles fueron sus rasgos de modernidad penitenciaria?

—Era un monumento, con su planta radial, los cinco pabellones, las murallas. En términos de lo que una institución dice a la sociedad, había un rasgo muy claro de modernidad edilicia y cientificista. Por otro lado, en lo penitenciario y criminológico, hay una apuesta muy fuerte al trabajo como vía de rehabilitación de los internos.

# ¿Por qué fracasó?

—Fracasó en los hechos, no ideológicamente. Arriba del 70 u 80% de los internos eran procesados y, por eso, no podían ser obligados a trabajar. Por otro lado, la Penitenciaría, como todas las cárceles, nació hacinada, y hacinada de sujetos que no eran los que habían sido pensados para el proyecto. Había pocos condenados, muchos menores, gente durmiendo en los sótanos. Y esto dura varias décadas. De modo que hay, por un lado, una gran modernidad; y por otro lado, una especie de caos. A la vez, la Penitenciaría albergó un famoso laboratorio de observación de patologías criminales, porque los criminólogos de la época creían que la creación de un archivo prácticamente infinito de datos del delincuente permitiría diseñar la mejor terapia rehabilitadora. Pero la utilización institucional de esa información fue errática.

# ¿Esas cárceles contemplaban la existencia de escuelas?

—Sí, es parte del mismo proyecto de la generación que apuesta a las escuelas públicas. Entra a la cárcel la escuela asimiladora, y recordemos que los inmigrantes estaban sobrerrepresentados entre la población penal. Muchos aprendieron el español, el saludo a la Bandera y el Himno en las aulas de la Penitenciaría. El proyecto de nacionalización de los extranjeros tuvo un capítulo importante tras las rejas, concebido para el hombre de clase baja, disciplinado en el trabajo y culturalmente asimilado.

# ¿Cómo se aplicaba el castigo a las mujeres a fines del siglo XIX?

—La misma generación dirigente conocida por su laicismo y credo cientificista entrega el castigo femenino a la Iglesia en 1890, y esto se extiende hasta 1970. Entonces, el castigo femenino transcurre por canales completamente diferentes al masculino. Las internas eran alojadas en una cárcel que hoy es el Museo Penitenciario de San Telmo, que administraban las Hermanas del Buen Pastor. Lo mismo sucedía en Chile, Paraguay, Uruguay y Brasil. La cárcel además era una especie de depósito de niñas huérfanas, una institución híbrida, mezcla de asilo con cárcel. La población femenina siempre constituyó un porcentaje muy pequeño de la población carcelaria, menos del 10%. Mi impresión es que al pensar la prisión moderna, no se pensaba en las mujeres, entre otras razones porque poner presa a una mujer implicaba crear más problemas, en la medida en que dejaba huérfanos que el Estado debía tomar a su cargo. Jueces y criminólogos recomendaban en esos casos aplicar arrestos domiciliarios y libertades condicionales.

# ¿Por qué en Buenos Aires hacia 1880 había una tasa de arresto que duplicaba la de Boston?

—A partir de los 80, Buenos Aires se transforma en una ciudad en creciente pánico por el tema del crimen. Que fuese justificado o no es algo muy difícil de saber, pero no hay duda de que el crimen creció muy rápidamente, porque creció la población a un ritmo desmesurado. Entonces, efectivamente, la tasa de arresto crece, especialmente la de arrestos por escándalo público, la mayoría vinculados a la obsesión por el desorden. La percepción de época es que Buenos Aires se está transformando en un campo minado de rateros y ladrones, salidos de un bajo fondo desconocido, de límites inciertos. Ese bajo fondo asusta y fascina a la vez, y es pensado como contracara oscura de la ciudad moderna, luminosa, higiénica.

# En ese clima de miedo y fascinación, ¿qué lugar ocupó el periodismo?

—Fui a los diarios a buscar datos sobre sobre el crimen, y me encontré con que las secciones policiales crecieron enormemente a fin del siglo XIX. Se hacen cada más frondosas, hasta que terminan en el diario "Crítica", famoso en los veinte por sus volcánicas coberturas de crímenes. Encontré que el periodismo decimonónico fue el divulgador más eficaz de nociones positivistas sobre el delincuente. Adopta para sí y resignifica la idea central de la criminología de que hay que deslizar el eje de atención del crimen al criminal. Por lo tanto, es su historia, su biografía, lo que interesa. El potencial comercial de esta idea se reflejó en la multiplicación del espacio ocupado por las secciones policiales.

# ¿Cuándo crecen?

—Se hace evidente con la incorpo ración del telégrafo en La Nación, a fin de la década de 1870. En los años 80 y 90 encontré esta superposición: se utilizaba el telégrafo para mandar noticias sobre la Bolsa de Londres y también sobre el último crimen de la descuartizadora de París. Entonces nace una especie de cultura sensacionalista internacional, de la cual participan los lectores de diarios de Buenos Aires como los de otras grandes ciudades del mundo. Esta cobertura creciente de los crímenes contribuye a crear un imaginario de inseguridad urbana. Por otro lado, también se desarrolla mucho el periodismo de la imagen del crimen. A medida que avanza el siglo XX, más que leer las notas policiales, hay que mirarlas. "Caras y Caretas" fotografió la escena del crimen, a los sospechosos, a los protagonistas, a los curiosos. Creó las primeras "fotocrónicas" del crimen e incluso contrataba actores disfrazados para escenificar el delito. Publicaba en imágenes lo que el fotógrafo había podido tomar del caso. Y lo que se había perdido, era escenificado. Entonces, la crónica combinaba imágenes testimoniales, imágenes institucionales —foto policial de los sospechosos— y otras de ficción con las escenas del crimen reconstruidas para los lectores con actores disfrazados.

# ¿Qué aporte hizo el diario Crítica?

—Crítica cultivó conexiones fructíferas con el mundo de la Policía y del hampa. Su cobertura era muy creativa: en los años 30, por ejemplo, contaban el crimen en forma de historieta. Mucho de lo que no podía contarse en imagen fotográfica, se dibujaba. Además, Crítica alimenta en sus cientos de miles de ejemplares un universo penal alternativo, con unas nociones de ley, del delincuente y de castigo legítimo que desafiaban a las del Estado.

# ¿Qué cambios trae el peronismo en el mundo carcelario?

—A partir del 46 hubo un proyecto de reforma de la cárcel sumamente ambicioso, que apostó al trabajo y al deporte (piscinas, torneos de fútbol, etc.). Son reformas orientadas, sobre todo, al bienestar material y psicológico del preso (el preso común, no el preso político, naturalmente). Fue una operación presentada como una especie de reparación histórica de la figura del penado de clase baja, enfatizando la deuda de la sociedad con el preso. El peronismo desmanteló el Penal de Ushuaia, por donde habían pasado tantos anarquistas. Para entonces, la imagen de ese presidio, creado a principios del siglo XX, estaba cargada de ecos sórdidos. Era una especie de Siberia criolla. El peronismo lo desmanteló con mucha cobertura periodística, que insistió en la imagen de reintegración de los presos a la comunidad. Hubo muchas fotos de los penados vestidos con sus uniformes rayados, abrazando a sus familias, de las cuales habían sido separados por el Estado de "antiguo régimen". Lo de Ushuaia tuvo un impacto simbólico muy grande. Además, el peronismo sustituyó los uniformes rayados y prohibió los grilletes.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/04/24/z-03815.htm

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"Quien no acepta voces disidentes es totalitario"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 23-04-2005 05:56:46

El análisis de la experta en educación Graciela Frigerio

“Las democracias tienen la ventaja de la polifonía.” Con esta frase, la investigadora Graciela Frigerio, que a los 55 años tiene acreditada una reconocida trayectoria en el campo de la educación, advierte sobre los riesgos de diluir la riqueza y el valor de las diferencias con el argumento siempre apremiante de la búsqueda de consensos para las políticas de Estado.

“Sólo en los totalitarismos hay una voz unívoca”, señaló Frigerio, en una entrevista con LA NACION, al pronunciarse en favor de la diversidad de miradas para pensar los problemas complejos del país. La desvelan las graves dificultades sociales y educativas que postergan a los niños y a los adolescentes.

Doctora en Ciencias de la Educación y referencia obligada para los maestros que se plantean una capacitación en serio, a Frigerio le preocupa la existencia de un sistema educativo desmigajado y la ausencia de una auténtica política nacional para el área. Formada en la Universidad de Buenos Aires (UBA), en los primeros meses de 1975 aprobó el último examen de la licenciatura en ciencias de la educación, poco antes de que la Facultad de Filosofía y Letras fuera cerrada. Por eso debió esperar para recibir el título. Buscó siempre otras fuentes disciplinarias para pensar en la educación, como el psicoanálisis y la filosofía, y obtuvo el doctorado en sociología de la educación en la Sorbona, en los tiempos en que en la UBA no se podía pensar.

Radicada en Francia de 1975 a 1986, cursó allí posgrados en pedagogía y psicoanálisis y regresó al país, avanzada ya la recuperación de la democracia. Asesoró a la Secretaría de Educación del gobierno porteño de Fernando de la Rúa, de quien dice que hizo entonces una gestión "muy distinta de la realizada en el gobierno nacional". Allí impulsó la creación de las llamadas escuelas ZAP (Zonas de Acción Prioritaria), orientadas a favorecer la atención educacional de los sectores más postergados de la ciudad -iniciativa que las sucesivas gestiones porteñas han mantenido- y fortaleció la Escuela de Capacitación Docente.

En 1995 creó la Fundación Centro de Estudios Multidisciplinarios (CEM), dedicada a la formación académica y a la investigación en ciencias sociales y humanas. Dirige la maestría en educación de la Universidad Nacional de Entre Ríos y hace dos años fue reconocida por el gobierno de Francia, que le otorgó la Orden de las Palmas Académicas por su "trabajo constante en favor de la lengua y la cultura francesa y la cooperación cultural entre Francia y la Argentina".

Es autora de varias publicaciones y el mes último inició el propio sello editorial del CEM (Del Estante). Allí, como en su programa radial "Experiencias registradas" -que conduce todos los domingos, a las 21, por Radio Nacional, con el periodista Fernando Pazos-, Frigerio revela una vez más su profunda preocupación por los problemas educacionales.

-¿Para los gobiernos argentinos es prioritaria la educación?

-No tengo esa percepción. Hoy no tenemos una política educativa nacional. Tenemos un sistema educativo desmigajado.

-¿En qué se refleja el estado de fragmentación del sistema educativo?

-En las dificultades para concebirlo como un sistema educativo nacional y revertir esa profunda segmentación y en la falta de un proyecto más amplio, que debe incluir la educación, pero que no se reduce a ella. Hay que pensar en políticas asociadas, no por políticas focalizadas, aisladas. No es un secreto que yo no comparto los lineamientos de este gobierno. Eso no significa que no desee que le vaya bien. Pero no siento que haya un proyecto que incluya el conjunto de las áreas con coherencia. No tengo la impresión de que haya políticas globales. Me parece que hay proyectos, programas, acciones, sin que se termine de consolidar una política.

-¿Esa ausencia de una política global significa que se está yendo para atrás?

-Significa que no podemos avanzar. Y eso ya es bastante serio.

-¿Cómo perjudica esa ausencia de políticas a los niños?

-Si no hay cierto tipo de políticas, los chicos van a seguir siendo caratulados. Habrá chicos pobres, chicos de la villa, chicos adjetivados. Pero no chicos. Para que tengan futuro, los chicos y adolescentes tienen que ser eso: chicos y adolescentes.

-¿Esa realidad se da sólo en la Argentina o se refleja en el orden regional?

-Los adolescentes y los chicos fueron altamente perjudicados en los últimos años en el nivel regional. Si hubiera un solo chico en situación crítica, ya sería insoportable. Pero que haya tantos chicos por debajo de la línea de pobreza es insufrible.

-¿A qué atribuye esta realidad preocupante? ¿Es el resultado de una política perversa de algún organismo internacional?

-Si por organismo internacional se piensa en los llamados organismos internacionales de crédito uno no puede decir que hayan sido benévolos. Pero tampoco me parece que haya que atribuirles toda la responsabilidad. Ellos ofrecieron un crédito que constituye una deuda usurera, pero no se hizo sin el acuerdo de los funcionarios de acá, que pidieron más créditos.

-¿Cuáles tendrían que ser los ejes de una política de Estado en educación?

-Por política de Estado suele interpretarse una cuestión de consenso. La Constitución nacional fija lo que es una política de Estado. Y dice: los chicos tienen derecho a la educación. Eso es para mí una política de Estado. Después está lo que los gobiernos hacen con eso. Eso son políticas de gobierno. Y en democracia la gente vota para que los gobiernos puedan completar lo que establece la ley marco.

-¿Las políticas de Estado no son acuerdos para dejar algunos temas al margen de la disputa partidaria?

-Para mí, la palabra "consenso" a veces adquiere un tono totalitario: sin ninguna disidencia. Los consensos encubren una renuncia de los matices. Sólo en los totalitarismos hay una voz unívoca, que dice "esto es así y es la verdad". Las democracias tienen la ventaja de la polifonía. No se trata tanto de encontrar un consenso cristalizado, sino de qué hacer con el conjunto de las diferencias, cómo pensar en la complejidad del problema de la educación con todas las voces. Más allá de decir que para todos es importante la educación, lo que es un consenso, después hay que decir cómo eso se lleva adelante. Y ésas son políticas de gobierno.

-¿No es aconsejable una política de largo plazo, fijada por consensos, para preservar determinados temas de la puja partidaria?

-Me parece que no es aconsejable disminuir el debate, anular las diferencias. Es aconsejable garantizar que siempre los derechos sean atendidos. Hay distintas estrategias para hacerlo. No tengo miedo al disenso y al debate. El problema es que en la historia argentina los debates han tenido muy mal final. Hemos sido poco tolerantes con las diferencias. Las diferencias se saldaron con exclusiones, con exilios o con desapariciones. Y de eso hay que aprender.

-¿Se pueden definir objetivos centrales?

-Definir políticas no es simplemente aplicar el consenso. La política se construye cotidianamente con otros. Hay grandes preguntas que debemos hacernos en la Argentina respecto de la educación: ¿queremos o no queremos un sistema educativo nacional?, ¿cómo contemplamos las particularidades locales y regionales? El Ministerio de Educación, que no tiene escuelas, debe pensar cómo proponer una política nacional. Hay provincias que tienen situaciones dolorosas, falta de recursos, conflictos irresueltos, imposibilidad de salir adelante. Un ministerio nacional no puede ser simplemente un mediador entre partes. Pero para eso tiene que haber una política nacional. Debería pensarse en LA NACIONalización del salario docente y LA NACIONalización de la formación docente. Pensar en un sistema educativo nacional de ninguna manera anula las perspectivas regionales ni las características singulares de cada uno de los sujetos que enseña. Pero crea un fondo cultural común al que tienen derecho todos los niños, no importa dónde hayan nacido.

-¿Qué está más abandonado en nuestro país: las políticas en favor de la niñez o la formación de profesionales e investigadores?

-La niñez está en una situación particularmente difícil. Si no se atiende a la infancia, hay algo del futuro de la Argentina que no será sino repetición. Pero no hay que oponer los términos: ocuparse de los niños o de los investigadores. Hay que ocuparse del país, y eso implica ocuparse de los niños, porque ellos tienen urgencia; no pueden esperar. Necesitan la presencia de los adultos hoy. Y necesitan que el Estado los proteja hoy.

-¿Cómo se refleja hoy ese estado tan crítico de la niñez?

-En el hambre, en la desprotección, en la judicialización de los chicos. Algunos los quieren penalizar; otros prefieren medicarlos y para algunos es más fácil ponerles rótulos: es pobre, es marginal, es vulnerable. Hay un trabajo por hacer para sacar todos esos etiquetamientos.

-¿Cómo se debería orientar la atención hacia esos chicos?

-Hay que reconocer que hay nuevas formas de la infancia que desconciertan a los adultos. No es que la infancia haya sido única en la historia. Siempre las infancias tuvieron que ver con la clase social de los chicos, con la pertenencia sociocultural de las familias. Hay que admitir la pluralidad, asegurarles a todos la protección necesaria y ofrecerles la posibilidad de tratarlos como sujetos, no como pobres. Si hago una educación para pobres, quiere decir que también hay escuelas para ricos. No hay que hacer escuelas ricas para los pobres. Hay que hacer escuelas para todos. Todos los chicos tienen que tener acceso al capital cultural de esta sociedad.

-¿Qué expectativas tienen hoy los adolescentes en la Argentina?

-Los adolescentes esperan ser reconocidos. Hasta que no se los reconozca como adolescentes, su relación con el conocimiento estará comprometida. Los chicos no pueden conocer si no sienten que el otro los reconoce como tales. Y esto quiere decir que sienten que tienen una parte de esta sociedad.

-¿Esta realidad se extiende más allá de la Argentina?

-Con matices, porque hay países en los que no es así. Algunos tienen resueltas algunas cosas: los chicos tienen derecho a la salud, a la vivienda, a la producción cultural. Un adulto tiene una responsabilidad hacia los chicos. Y cuando el adulto de la familia no puede responder a lo que el chico necesita, el Estado tiene que responder. Algunos psicoanalistas sostienen que un adulto siempre contrae con el niño una "deuda de vida", que consistiría en transmitirle los elementos para que pueda crecer, ser autónomo, emanciparse, ser libre. Hoy podemos decir que las condiciones socioeconómicas de parte de la población argentina no les permite a los adultos y a las familias saldar esa deuda de vida, y entonces se transforma en una "deuda debida". Para mí, el Estado en democracia tiene que hacerse cargo de esa deuda.

-¿Tiene el Gobierno las herramientas para satisfacer esa deuda?

-Un gobierno se tiene que dar esas herramientas. El sentido de la democracia es colaborar para construir mayor justicia, igualdad y libertad. Eso no significa que un gobierno sea todopoderoso, pero sería ridículo que un gobierno se declarara impotente. No sólo tiene la posibilidad, sino que tiene la responsabilidad.

-¿La política económica se puede cambiar?

-La historia del mundo da cuenta de que la política económica se puede cambiar. El problema es la dirección de ese cambio. A veces las políticas económicas se han cambiado para ayudar a la acumulación de riquezas en pocos sectores. Y a veces las políticas económicas han ofrecido distribución para repartir entre más gente. Si no, estaríamos frente a una especie de pensamiento paralizante. Es posible repensar concesiones, cesiones, privatizaciones.

-¿Hacia dónde convendría orientarse en América latina: más cerca de Lula y de Lagos, o de Chávez?

-No se trata de hacer una opción en esos términos. Ningún país la hace. Los brasileños dicen: "Nosotros vamos a hacer lo que importe para que nuestro pueblo esté mejor". Y esto se escucha en todos lados. Cada país resuelve sus políticas. Las luchas por la libertad, por la independencia, por la emancipación, son cuestiones de principios a las que no se debería renunciar. Pero no me lleva a pensar que el mundo es blanco y negro, que están los buenos y los malos. Están los gobiernos y están los pueblos, que no necesariamente son la misma cosa. Ahí se juega la solidaridad con los otros.

-¿La crisis educativa es un problema de recursos?

-Todos nosotros hemos recurrido al concepto de crisis. Se ha instalado una especie de léxico de la catástrofe. No es que la situación esté bien, pero este recurso enmascara lo que hay de movimiento, lo que hay de matices. En nuestro país, en educación, hay muchísimos problemas, pero también hay mucha gente que hace pilas de cosas, que les ofrece y les resuelve cosas a los chicos, que les propone futuro. La crisis educativa no es un problema de recursos, pero se necesita más inversión para modificar ciertas condiciones.

-¿Qué responsabilidades tiene la universidad?

-La universidad no puede pensarse por fuera del conjunto del sistema educativo. Produce no homogéneamente. La universidad produce sujetos que quieren cambiar el mundo para que sea más justo. Y también profesionales que reproducen y perpetúan situaciones de injusticia.

-Pero ¿está la universidad atada a preconceptos?

-Está atada a los efectos de la política de los años 90, atada a prioridades que no fija la universidad, atada a tener que hacer cosas que no son esenciales, pero que son rentables.

-¿El problema de la política de los años 90 va más allá de la política económica?

-Sí: es la manera en que destruyó un universo simbólico donde la noción de lo político tenía lugar, donde la gente participaba políticamente, donde la vida no estaba reducida al economicismo ni al cortoplacismo ni al pragmatismo.

-En ese aspecto, ¿hay una continuidad en el actual gobierno?

-Una continuidad con variantes. No es una reproducción de lo mismo. Tenemos una seria dificultad para que vuelva a aparecer la idea de la conciencia política, una conciencia institucional en la población. La decisión de participar políticamente también concierne a cada uno de los ciudadanos. Estamos limitados en materia de imaginación, de coraje, de valentía. Estamos bastante resignados.

Por Mariano de Vedia
De la Redacción de LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=698439

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De eso no se habla

Archivado en Osvaldo Bayer • Fecha: 23-04-2005 00:00:00

Por Osvaldo Bayer

Ya quedan pocos días para otro 1º de mayo. La antigua gran fecha de los trabajadores. “Nuestro sagrado día”, titulaba La Protesta al comienzo del siglo pasado. Es increíble pero el sistema económico y político que domina el mundo logró terminar con algo que unía todos los años a los obreros de todo el mundo. Hoy, el “Día del Trabajo” y no el Día de los Trabajadores como era antes es apenas un feriado, tal vez con pequeños actos de los incorregibles. Pero cuando uno lee que en 1904 se reunían setenta mil obreros en La Boca detrás de las banderas rojas, en condiciones represivas máximas, a bala limpia y a garrotazos, le parece increíble. Y con menos desocupados que ahora.
Los comienzos del movimiento obrero en nuestro país fueron, sin ninguna duda, épicos. Ese primer acto del 1º de mayo de 1890, convocado por los trabajadores alemanes del Vorwärts al cual concurrieron representantes obreros de todas las corrientes inmigratorias y los oradores hablaron cada uno en su propio idioma, fue pura emoción y coraje. Y la policía observaba todo para “intervenir” cuando la palabra exacta es “reprimir”. Pero llenaron el Prado Español esa gente recién llegada al país que desde un principio luchó por las ocho horas de trabajo. Tenían como modelo a los Mártires de Chicago. Los cuatro alemanes y el inglés, anarquistas que fueron ahorcados por la Justicia norteamericana por organizar el movimiento que luego iba a triunfar en todo el mundo: las ocho horas de jornada de labor.
Y triunfaron en nuestro país, pese a la funesta Ley de Residencia, pese a la bestial represión del general Roca y sus “liberales positivistas” que posteriormente iban a llamarse conservadores.
En esa crónica de las luchas en las calles por las ocho horas encontramos a oradores extraordinarios ante un increíble número de manifestantes. En la tesis de Federico Figueroa, de 1906, titulada “Las huelgas en la República Argentina, el modo de combatirlas”, refrendada por los profesores J. César y Guillermo Reyna, se leen cosas como éstas: que los dependientes de almacén habían iniciado un paro por tiempo indefinido para luchar por condiciones más benignas de trabajo ya que las jornadas eran de 18 horas diarias. Nada menos que dieciocho horas, con todas las letras. Es increíble la lista interminable de huelgas en los años 1902 y 1904, durante la presidencia de Roca, donde la explotación de los trabajadores llegó a términos exasperantes. Pero lo que al lector lo llena de emoción y admiración es que la lista de huelgas se expande también a pequeñas ciudades y a pueblitos del interior argentino. ¿Cómo hacían esos anarquistas de aquel tiempo? Lo primero que hacían era reunirse y fundar la Sociedad de Oficios Varios. Con biblioteca, conjunto filodramático y cursos de aprender a leer y escribir para analfabetos.
Y una asamblea semanal. No había dirigentes sino apenas un secretario de actas para anotar lo que resolvía la asamblea soberana. No había dirigentes “gordos”. Ni llegaban a sus sindicatos en una cuatro por cuatro. En esa época, ninguno de los “agitadores” –ya que no les gustaba la palabra “dirigentes”– recibía pago por su labor sindical.
Vamos a reproducir apenas un trozo de una lista de las huelgas de 1904, donde es interesante ver la clase de oficios que había y las poblaciones del interior que ya tenían vida obrera: “La huelga de los estivadores (sic) de Rosario, reclamando disminución de las horas de trabajo y aumentos de jornal; la de los carreros de la misma ciudad protestando contra el descuento de sueldos que se les hacía los domingos y días de lluvia; la de los zapateros de Córdoba, la de los verduleros de Buenos Aires, la de los empleados de los tranways, la de los toneleros, cartoneros, albañiles, pintores, alpargateros, mozos y cocineros de hotel, zapateros y mensajeros. En 1904, las convulsiones obreras se extienden por el interior: Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba. En 1905: estivadores (sic), foguistas y maquinistas de Buenos Aires, Rosario, San Nicolás y Villa Constitución; ferroviarios en Junín, que protestaron por el aumento de dos horas de labor; obreros del aserradero de La Banda (Santiago del Estero); curtidores de Casimiro Gómez (Bs. As.), panaderos de Lobería, que exigían un peso más de salario para la comida; obreros del adoquinado, hornerías, cortadores de ladrillos y panaderos de Bahía Blanca, albañiles de Azul, carteros de Junín, talleristas de la Mihanovich, pintores, empleados de la limpieza pública, vidrieros, botelleros que pidieron veinte por ciento de aumento y la jornada de ocho horas; empleados de galletitas Bagley, los obreros de varios ingenios azucareros de Tucumán, constructores de carruajes y carros de Mendoza, peones de Bajada Grande, Paraná, la de cocheros de Buenos Aires, porque se les exigió el uso de sombreros duros, los cocheros de remises porque se les prohibía usar bigote, los peluqueros, los sastres, los repartidores de pan que pedían un solo reparto los domingos, los fosforeros, los carpinteros, los empajadores de damajuanas. En Azul, los albañiles; en Tandil, los panaderos; en San Pedro, los herreros; en Villa Mercedes (San Luis) los sastres”.
Es decir, todos. Ninguno se sometía, y luchaban contra la explotación y la represión. Por eso la cruel Ley de Residencia de Roca. Cuando se aprobó, el ministro del Interior pidió su sanción diciendo que con esa ley se “iba a sofocar el movimiento huelguista que lo atribuía a la intervención de un par de docenas de elementos extraños, agitadores de profesión, y que bastaba eliminar a éstos para volver a la sociedad la tranquilidad merecida”.
En la presidencia de Roca se van a producir los dos mártires del movimiento obrero argentino por pedir la jornada de ocho horas de trabajo, legítimo reclamo sin lugar a dudas: cayeron el marinero Juan Ocampo, de 18 años, y en Rosario, en la huelga de panaderos, es muerto a balazos el obrero panadero Jesús Pereira, de 19 años. En su entierro, la policía mata, al día siguien-
te, a los anarquistas Luis Carre, Jacobo Giacomelli, y al niño Alfredo Seren, de diez años. El general Roca no perdona. Es presidente de todos los argentinos, menos de algunos. A los caídos en su lucha por la dignidad jamás se les levantó alguna piedra recordatoria con su nombre, y ninguna calle los recuerda. Pero a Roca, los argentinos lo premiamos con el monumento más grande de Buenos Aires.
Tampoco jamás se enseñó en los institutos de enseñanza que en aquellos tiempos de luchas obreras por sus legítimos derechos llegaron a nuestro país dos pensadores humanistas: Enrico Malatesta y Pietro Gori. Sus conferencias trataron sobre el derecho a la ética y a la felicidad que tienen los pueblos, sobre que los principios de toda organización obrera y de la sociedad misma deben ser la solidaridad, la generosidad y la reciprocidad y sus armas para defender esos derechos, la desobediencia, la desconfianza a la autoridad y la rebelión. El viaje de los dos socialistas libertarios tuvo una influencia muy grande en las filas de las organizaciones obreras de esa época. Pero el poder político y económico no entendió ningún mensaje de los luchadores de abajo y siguió con represiones de una crueldad increíble. Allá quedaron en nuestra historia las represiones a las grandes huelgas, el ataque cobarde de la policía a las órdenes del coronel Falcón el 1º de mayo de 1909, a las columnas obreras en el acto de Plaza del Congreso, que manchó de sangre para siempre ese lugar. Según el citado señor coronel, él mismo ordenó la represión porque las columnas obreras “llevaban la bandera roja en vez de la bandera nacional”. Los anarquistas aplicaron entonces el principio de “matar al tirano” y un joven llamado Simón Radowitzki lo mandó al infierno.
La historia del movimiento obrero en sus comienzos está a la altura de las luchas del proletariado europeo. Pero se la ha silenciado. Aparece sólo en libros de investigación. No se la recuerda. Cuando propusimos un conjunto de personas que se llamara “Víctimas de la Semana Trágica” a la plaza donde estaban los establecimientos Vasena, donde había comenzado la cobarde represión de enero de 1919, de inmediato el metalúrgico Vandor solicitó que se llamara “Martín Fierro”. Y así fue llamada. Del pasado no se habla. El movimiento obrero empezó en 1945.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-50089-2005-04-23.html

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Alfredo Bryce Echenique, "No seamos neoliberales a ultranza"

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 20-04-2005 05:52:16

El escritor peruano dice ser partidario del libre mercado, pero piensa que, ante las desigualdades marcadas, es necesaria la acción del Estado

Alfredo Bryce Echenique habla y de sus palabras emerge Perú como un tapiz fascinante, enriquecido por la compleja trama de sus interrelaciones sociales, surgido de las fuentes históricas y psicológicas que explican los fenómenos que lo definen en la actualidad, enmarcado por una América Latina que no ha perdido la impronta de la colonización española. Un tapiz monumental también, que, según el escritor peruano, se observa mejor desde lejos, especialmente desde Europa, donde el autor ha permanecido durante más de treinta años, creando algunos de los títulos que han dado trascendencia internacional a la literatura latinoamericana, como "Huerto cerrado" y "Un mundo para Julius".

"En Francia enseñaba Literatura y Civilización Latinoamericanas -cuenta el escritor en la entrevista con LA NACION, durante una de sus frecuentes visitas a Buenos Aires, donde su obra acaba de ser objeto de un encuentro organizado por el Centro Cultural de España-. Literatura está claro qué es, pero Civilización es un inmenso cajón de sastre en el que los franceses meten todo lo que no es literatura. Y eso me gustaba mucho, porque me obligaba a imponerme grandes bibliografías. Así estudié, por ejemplo, militarismo y dictadura en América latina; la historia del ejército peruano, los movimientos campesinos del Perú, la historia de la migración entre la ciudad y el campo."

La sociedad peruana, los vicios de las conductas políticas latinoamericanas, la literatura y la propia historia familiar, todo pasa bajo la mirada lúcida y risueña de este escritor nacido en Lima en 1939, que actualmente vive parte del año en su ciudad natal y el resto en Barcelona.

-Usted dice que en Europa aprendió más sobre Perú y América latina que en su propio país. ¿Por qué cree que ocurrió eso?

-La sociedad peruana es profundamente clasista. Allí, las oportunidades de salir de una clase social y pasar a otra han sido siempre mínimas, salvo que se hiciera una gran fortuna. Los peruanos no nos conocemos, vivimos en clases sociales que son como compartimientos estancos. Cuando uno viaja al extranjero, se descubre como peruano ante el mundo (le ocurre lo mismo a un argentino o a un chileno). En mi caso, frecuenté a todas aquellas personas peruanas que en Perú jamás hubiera podido conocer. Por otro lado, uno reflexiona también sobre el hecho de ser limeño. Es duro decirlo, pero la administración del Perú colonial tenía una economía mucho mas diversificada que la actual. La república centralizó todo en Lima y las provincias quedaron abandonadas a los gobiernos centrales. El Estado ni siquiera llega a esos sitios.

-¿No llega para recaudar impuestos?

-Sí, y para levar gente para el ejército, para que sea carne de cañón en cualquier guerra, como en la trágica guerra con Chile, en la que Perú fue aliado de Bolivia.

-¿Cuándo descubrió que Perú era clasista?

-Al ingresar en la Universidad de San Marcos. Yo había sido educado primero en un colegio de monjas norteamericanas y luego en un internado británico muy elitista y no veía a gente de otra clase, salvo a los empleados domésticos de casa. Mi familia era muy cristiana, muy buena gente y muy paternalista, cuando ser paternalista era algo maravilloso. A los empleados se les daba un trato de familia: la misma comida que comíamos nosotros, un baño con agua caliente y fría, medicina, vacaciones pagas; cosas que en Perú no estaban en las leyes. Siempre repito -con algo de cariño y también de demagogia, para hacerme querer- que al ingresar en San Marcos ingresé en Perú por primera vez en mi vida, a la edad de 17 años, y hasta ahora no he salido de él. Por ejemplo, me sorprendía muchísimo que un negro estudiara. Y conocí a toda la gente que venía de provincias a estudiar. Además, en Perú la cuestión de clases esta ligada incluso a una idea moral: la gente decente y la gente del pueblo, que es indecente, se supone.

-¿En San Marcos estudió Derecho?

-Soy abogado, pero nunca ejercí. Me recibí para darle el gusto a mi padre, y paralelamente estudié Letras.

-¿Perú sigue siendo clasista?

-En algunos casos, incluso, el problema se ha agudizado. En el Perú actual ocurren dos fenómenos: por un lado, la burguesía se ha frivolizado más que nunca y, por otro, la migración campesina ha dejado en Lima sólo un doce por ciento de limeños, recluido en guetos de ricos. Acuso a aquella alta burguesía no porque sean empresarios (soy defensor del libre mercado y del empresariado, siempre y cuando sea bueno), sino porque Perú nunca ha tenido una clase dirigente, ha tenido una clase dominante, que no es lo mismo.

-¿Cómo definiría a esa clase dominante?

-Como ausente, de una irresponsabilidad absoluta. No estuvo en el campo cuando se trabajaba la tierra, sino que vivía en Europa y despilfarraba (éste es un fenómeno muy latinoamericano, no quiero encarnizarme con mi país, pero lo que ocurre en mi país me duele más). Y esta gente ahora se ha vuelto aún peor. Para designar a los empleados domésticos, personas del pueblo, se utilizan palabras como "gente de la ínfima" vocabulario muy duro (todo nuestro vocabulario está lleno de racismo); las empleadas domésticas de las casas que están en urbanizaciones riquísimas no tienen derecho a hablar entre ellas, se tienen que uniformar de la misma manera y, si se trata de una zona balnearia, no tienen derecho a bañarse en el mar. Y los temas de conversación que se abordan delante de ellas son horrorosos: se habla como si fueran perros, como si no entendieran. Esto ha llegado a un grado atroz.

-¿Por qué?

-Hay un racismo de arriba hacia abajo que se ha agudizado por el odio que produjo Sendero Luminoso. Y no hay ningún afán de entender ese movimiento, de estudiarlo, de borrar las causas que lo hicieron posible. Por otra parte, la migración campesina ha convertido a Lima en una ciudad de costumbres absolutamente provincianas. Es lo que se llama cultura chicha: una mezcolanza que busca una forma y que tiene a Miami como ciudad capital de facto. A toda esa gente le importa nada Lima, sus valores históricos o la historia de Perú. Tampoco pretenden ser miembros de tal o cual club: tienen una vida autónoma, su música, su comida. La tecnocumbia, que tanto usó Fujimori en sus campañas políticas, es una mezcla de música del Lejano Oeste con música amazónica. Ha surgido el cholo emergente, como se los llama, que ya no es sinónimo de vago o cholo de mierda, como se decía antes.

-¿Qué es lo que caracteriza a esta clase social?

-Son los reyes de la microempresa y crean riqueza en el sistema informal, porque el Estado les pone muchas trabas para abrir empresas. Hay un nuevo Perú en formación. Ya hemos tenido un presidente japonés y uno cholo. Ya no son señoritos los presidentes. Esto es muy simbólico de los grandes cambios que se están operando.

-Usted siempre ha criticado con dureza a Fujimori.

-Fujimori ha envilecido al hombre peruano, que hoy siente vergüenza de serlo y tiene un grave complejo de inferioridad. Lo ha envilecido ética y estéticamente. Lo ha vuelto horrible en el sentido moral de la palabra; lo ha hecho perder coeficiente intelectual por falta de comida, le ha dado circo del más grosero. Se apoderó de la prensa en un 90 por ciento. La clase política ha caído en un desprestigio absoluto, nadie cree en el sistema. Las instituciones han sido borradas y se ha creado un monstruo que es este pueblo descontento, eternamente resentido y embrutecido, debilitado física y mentalmente y encanallecido moralmente. Perú es un sálvese quien pueda, un todos contra todos. En Lima no hay transporte público y todo el mundo es taxista para completar su salario. Lima es la ciudad más caótica, violenta y vulgar que se pueda ver. Entonces, ¿qué ocurre? Estos taxistas luchan tanto unos contra otros y contra los conductores de las combis asesinas, como las llaman allá; es tal la agresividad por agarrar pasajeros o pasar primero que la adrenalina que se descarga a lo largo del día hace que el hombre llegue a su casa deshecho y ya no haya posibilidades políticas de canalizar el descontento, porque el descontento está demasiado cansado por la noche.

-El presidente Toledo tiene, entonces, una tarea difícil.

-Toledo es un presidente francamente impopular y ha cometido errores graves. Es un hombre que por inseguridad miente. Por otro lado, es un economista serio. Va a dejar un país con cinco años de crecimiento sostenido. Pero la corrupción está todavía en manos de los jueces, que son fujimoristas. Fujimori todavía llega a casi el veinte por ciento de intención de voto, según las encuestas. Es increíble que un hombre que se ha fugado del país y ha hecho que desaparezcan miles de millones de dólares de las privatizaciones todavía tenga algún crédito. El problema es que hay tal racismo contra Toledo que hasta los cholos lo odian. Y no se le perdona el hecho de que haya sido educado en Stanford, por eso se lo toma como un cholo presumido.

-¿Quiénes quieren que Fujimori vuelva al poder?

-Perú es un país profundamente reaccionario, porque hay mucho desorden y la gente quiere orden. La vocación autoritaria del país permitió a Fujimori estar diez años en el poder. Después del caos del gobierno de Alan García, Fujimori puso orden, con él había autoridad. Creo que hay gente que es fujimorista y de la que no puedo decir que sean malas personas, simplemente quiere darles seguridad a sus hijos.

-¿Alan García es la causa directa de Fujimori?

-Alan García parecía el primero de los nuevos y era el último de los viejos; era un político tradicionalista, un caudillo y un desenfrenado, enloquecido por el poder; un populista despilfarrador, al frente de un gobierno profundamente deshonesto. Todo ese caos permitió el acceso de Fujimori.

-¿Cómo hubiera sido Perú con Mario Vargas Llosa como presidente?

-Yo dije una frase que Mario me agradecerá toda la vida: el pueblo peruano votó mayoritariamente para que Vargas Llosa siguiera escribiendo. No sabemos lo que hubiera pasado pero, frente al horror senderista, aplicar la cultura democrática hubiera sido muy difícil para Mario, tal vez le hubieran hecho un golpe o se habría tenido que ir. El encarnaba la cultura y las convicciones democráticas. Su compromiso con la sociedad fue de una enorme generosidad, porque tenía todo por perder siendo presidente de Perú. Entre que me quito el sombrero de admiración y lo considero un tonto por meterse en cosas así, quijotescas. Especialmente porque no todos los peruanos son tan demócratas como Mario Vargas Llosa. La prueba es que al día siguiente de derrotado Vargas Llosa, ya todo el partido de Mario era fujimorista. No he conocido a nadie más traicionado que Mario. Lo que lo arruinó fue que se rodeó de los empresarios peruanos, que son malos empresarios, e hicieron una campaña de pitucos contra pobres. Mario era un hombre de manos demasiado limpias para un país de cultura democrática tan débil.

-¿América latina tiene una inclinación natural hacia los regímenes populistas?

-Creo que no. Hay en Africa populismos mucho peores que los latinoamericanos, y los ha habido en Asia. En nuestro caso, es un fenómeno que viene de España, profundamente castizo. Populismo hay por todos lados. Lo que ocurre es que el subdesarrollo y el populismo son casi sinónimos. Yo soy un defensor del libre mercado, pero creo que no todos somos igualmente libres ante el mercado. Con un millón de dólares soy bastante más libre ante el mercado que un señor que sólo tiene diez dólares. Entonces, siempre he pensado que así como la socialdemocracia salvó a Europa del marxismo y a su vez creó un estado de bienestar, la solución está en el pacto. No seamos neoliberales a ultranza. No se puede creer que el dinero se va a derramar de los más ricos a los pobres. En segundo lugar, creo que siempre hay que escuchar al adversario, pero en América latina no hay adversarios políticos: hay enemigos.

-Hace algunos días, la revista Time eligió a Hugo Chávez como uno de los líderes más influyentes del mundo. ¿Qué opina de Chávez?

-Bueno, está lleno de petróleo y quien esté lleno de petróleo siempre será influyente. Creo que Chávez es un populista más, es otra ruina para su país. No creo que sea un hombre con una sincera sensibilidad social.

-Usted visita con frecuencia la Argentina. ¿Cómo ve al actual gobierno?

-Es un gobierno nuevo. Me da la impresión de que un hombre que llega al poder con poco más del veinte por ciento de los votos no tiene nada que perder, y creo que Kirchner ha jugado el todo por el todo y ha adquirido un prestigio internacional que me parece importante. Por otra parte, es muy malcriado; no se cierra ese saco espantoso que lleva y debería cerrárselo (a veces, la estética y la ética se funden). Las reglas internacionales de la política y de la cortesía entre jefes de Estado existen y hay que respetarlas. Cuando Kirchner inauguró el Congreso de la Lengua Española, en Rosario, con cuatro horas de atraso, los tuvo esperando a todos y a los reyes de España con una mala educación sin nombre, porque eso no se hace. Sin embargo, sus primeras palabras fueron acerca de que su gran lucha era por elevar la autoestima de los argentinos. Parece que ésa es una tarea que se ha planteado, y vale la pena.

-Usted ha dicho que su bisabuelo, el presidente Echenique, fue tan malo para Perú que a usted no lo elegirían nunca. De esa tradición familiar, ¿ha heredado algún interés por la política práctica?

-Siento una gran gratitud hacia Alan García porque, después de su gobierno, el presidente Echenique ya ha dejado de ser el peor de todos los presidentes y ha pasado a un honorable segundo lugar. De mí dicen que soy el escritor más querido de Perú, y yo lo noto. La gente a mí no me admira, me quiere (no sé, tal vez les da pena que escriba tan mal), pero yo no me presentaría jamás a las elecciones porque podría ganarlas. En ese caso, mi bisabuelo pasaría al tercer lugar entre los peores presidentes de Perú.

Por Verónica Chiaravalli
De la Redacción de LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=697448

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Dilemas de la memoria

Archivado en Jack Fuchs • Fecha: 19-04-2005 00:00:00

A 62 AÑOS DEL LEVANTAMIENTO DE VARSOVIA

Por Jack Fuchs

Los calendarios, los recordatorios, la majestad de una lápida son llamados necesarios a la circunstancia frágil que forma la memoria. Esa misma fragilidad de memoria puso precio y permitió reconstruir la vida de los testigos de la catástrofe. Todavía, como siempre, una dificultad para hablar del tema: fui actor y espectador de ella. No me gusta, nunca me gustó, abandonarme a esa consolación de víctima; quisiera hablar de los hechos en cuanto comprometen lo humano, se dé crédito o no a esta cansada categoría.
Era un muchacho, desde los trece años milité por el socialismo en mi Polonia natal. Levanté la voz contra los viejos que no perdían ocasión de recordar los sufrimientos del pueblo judío. Tres mil años de fatigas, una enormidad. Todas las fechas emblemáticas, las tristes como las alegres, el júbilo y la tragedia eran motivo de conmemoración. Los jóvenes creíamos en el olvido de todo ese pasado aplastante, había que mirar cara a cara el presente, había que mirar el futuro. Porque en el presente estaban vivos todavía la injusticia, el escándalo de la miseria, la opresión, y todo el mal que queríamos abolir. Y en el futuro estaba la ilusión de la vida mejor. Era indigna, para nosotros, la retórica del pasado. Yo también quise apropiarme del tiempo, y en esa conquista liquidar el mal.
Hace unos pocos días estuve con un grupo de jóvenes que en los próximos meses van a visitar los campos de exterminio en Polonia. El acontecimiento se llama Marcha por la Vida. Fui a verlos, pero decidí no hablar sobre los campos. Ni una palabra acerca de mi experiencia, o la de los míos. Les hablé de lo que no van a ver. De una vida definitivamente apagada. Fui para evocar la vida de las comunidades judías del este europeo. De la que mejor conozco: la vida judía de Lodz, mi ciudad. Tanto en Varsovia como en Lodz había un 33 por ciento de judíos: idioma propio, costumbres, literatura; los judíos éramos ciudadanos polacos, participábamos de la actividad política, la vida social y económica del país.
Nada de esto van a encontrar en Polonia, les dije. Es un cementerio. Un sitio de encuentro, un lugar adonde no debe dejarse de ir, siempre que resulte de un recuerdo de lo que se perdió.
Puse más el acento en dar cuenta de la vida que perdimos y no acerca de cómo la perdimos. Al insistir sobre Auschwitz, Maidanek, Treblinka, Chelmno, estamos más atrapados en la muerte. Y olvidamos la vida de Vilna, de Bialostok, de Varsovia, de Lodz, de Lublin, por nombrar unas pocas ciudades. Hubo cinco mil comunidades judías de las que no quedan huellas, salvo lo que recuerda la literatura. Tardé 40 años en regresar a Lodz, no podía convencerme de que no iba a encontrar más vida judía, aunque sabía muy bien esto, porque estuve en el gueto hasta agosto del ’44, casi hasta el final. En 1985 caminé dos horas por la ciudad de la infancia, reconocí edificios, calles, pero ningún rostro de la vida anterior. El único testimonio físico es el cementerio de Lodz, el cementerio judío más grande de Europa. Testigo único. Testigo trágico y paradójico, porque es la muerte que recuerda la vida. Al cabo de esas horas, apenas dos, tuve que irme, me angustiaba el rasgo fantasmal de los objetos que reconocía. Las calles eran y no eran las mismas, el tiempo y el vacío les daban una pátina de irrealidad estremecedora.
Quería transmitirles la realidad de la vida cotidiana, el colorido, los ruidos, los olores, el rasgo de los rostros, el modo de usar los vestidos, la música de la lengua que hablaban esos hombres; pero ahí, otra vez: el límite, la imprecisión, la debilidad de la memoria. Me di cuenta de que sólo podía hablarles en general, vagamente, como ensoñándome y ensoñándolos en la falta de consistencia de mi relato. Probablemente se trata de que soy un pésimo narrador, tengo en cuenta este matiz, esta limitación de destreza. Pero, aparte de esto, me resultó evidente, una vezmás, que lo perdido no se entrega dócil al relato, que se resiste, que los rasgos particulares, las líneas únicas, irrepetibles, de mi experiencia judía en Lodz tienen un arraigo intraducible. Sin duda, este sentimiento de dificultad y angustia en relación con lo perdido es un motivo universal, ocurre cuando uno quiere dar con una línea precisa de la expresión o la voz de un padre o una madre que han muerto, cuando uno quiere evocar la vida de la infancia en un barrio cualquiera de la ciudad; de modo que lo que me sucedía mientras hablaba con esos muchachos no es nada extraordinario. La catástrofe histórica de la que hablo se asienta sobre esta limitación, ejerce sobre la memoria una violencia desmesurada, un impacto brutal. La memoria es un dilema: no se puede vivir faltando a la memoria tanto como es imposible vivir subordinado, atado, como Funes el memorioso, el personaje de Borges, a una memoria transparente y todopoderosa.
El 19 de abril es un día que recuerda la heroicidad judía en Varsovia, pero yo no soy un testigo adecuado del heroísmo, soy testigo, en todo caso, de la tristeza. El levantamiento del gueto de Varsovia en abril de 1943 fue el último grito de un pueblo que iba a entrar en la sombra, de una vida que iba a perderse definitivamente para la memoria. Hagamos memoria entonces.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-49910-2005-04-19.html

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El don de la gracia

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 17-04-2005 00:00:00

Chicos librados a la hostilidad de la calle piden limosna o se entretienen jugando. En la inmovilidad o la acrobacia, tienen la gracia perfecta de quien nada persigue.

POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar

La nena estaba sola, parada en la esquina. Quien la mirara sin prestar atención podía pensar que esperaba el semáforo para cruzar la calle, o que su abuela estaba comprando algo en un negocio y ella había salido a la vereda. Sin embargo, la nena estaba pidiendo limosna aunque, en ese momento, no lo indicara con ningún gesto. La confusión provenía de la tranquila belleza de su pose y de la perfección de su vestido, un vestido escocés verde y blanco, de cintura alta, con lazo y pechera cuadrada, donde el escocés se alternaba con franjas también blancas, una especie de cuello marinero diseñado seguramente por una boutique cara. Visto de cerca, el vestido delataba que esa nena no era su primera dueña sino la última, y que lo había recibido de alguien para quien el vestido ya no servía más. Pero a unos pocos metros, le quedaba perfecto, con la espalda levemente curvada y los brazos finos. Si se bajaban los ojos, las zapatillas viejas revelaban la incongruencia. Pero la nena llevaba su vestido con una gracia inconsciente y su cuerpo correspondía exactamente con el vestido.

El chico se paró en lo alto de la escalera mecánica, apoyó un pie delante del otro sobre el pasamanos, estiró los brazos hacia los costados como un equilibrista que busca el incierto punto de estabilidad y comenzó a deslizarse hacia abajo, sonriente y concentrado, inclinando el cuerpo en el ángulo preciso para mantenerse a noventa grados. Todo un espectáculo que festejaron quienes iban subiendo por la otra escalera. Cuando llegó abajo, pegó un salto y cayó sin titubear, con la firmeza de un gimnasta. Un compañero más chico hizo el mismo trayecto, pero sentado sobre la cinta angosta, manteniendo por eso un equilibrio menos oscilante. Con la misma levedad, ejecutó el salto necesario para caer, parado, en el hall de la estación de subterráneo. Los chicos no lo hacían por plata y ni siquiera es probable que pudieran repetirlo muchas veces para perfeccionar la prueba ya que, indefectiblemente, algún empleado iba a intervenir. De todas formas, no había mucho que mejorar, porque todos los movimientos habían tenido una ejecución precisa, como si se tratara de un ejercicio de gimnasia artística.

Los chicos tenían la liviana inconsciencia de una marioneta: sus cuerpos se comportaban como si no necesitaran ser dirigidos por la cabeza, eran pura intuición y gracia.

Un poeta romántico alemán, Heinrich von Kleist, escribió que el secreto de los grandes actores radica en la soltura con que sus cuerpos se independizan de una conciencia que los controle. Para Kleist, el mejor actor es quien más se acerca al abandono de una marioneta, que cuelga de los hilos y se mueve respondiendo a la fuerza de gravedad que la atrae hacia la tierra, apenas alterada por los movimientos de un hábil titiritero.

Lejos de ser grotesca, la marioneta es grácil, cae por su propio peso, no contradice las fuerzas que la mantienen suspendida de sus hilos. Esto a Kleist se lo dijo el más grande actor de su época, cuando el poeta lo interrogó sobre el secreto de su arte.

Los deportistas también saben de estas cosas. No se puede pensar en golpear una pelota, o patearla, o trasladarla, y hacerlo bien al mismo tiempo: la huella de lo sabido debe ser más fuerte que la conciencia de saberlo. Cualquiera comprueba esto si observa una foto deportiva que muestre un cuerpo suspendido en el aire, ensimismado en su movimiento, los brazos trazando un arabesco en el salto que no puede reproducirse sino solamente hacerse. Son momentos en que los protagonistas no responden a otro llamado que al del impulso que los lleva a convertirse en un trompo o una espiral. Aunque se muevan velozmente, dan la impresión de una especie de cámara lenta, ese efecto óptico que vuelve armonioso casi cualquier gesto o desplazamiento, porque se ha borrado la crispación del esfuerzo.

No se encuentra la gracia si se la busca, porque ella significa la radical ausencia de una intención. Como esos chicos en la hostilidad de la calle, absortos en una especie de esfera transparente, ajenos al mundo que los rodea y a su propio presente.

http://www.clarin.com/diario/2005/04/17/sociedad/s-958918.htm

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"La muerte no debe ser vista como un buen episodio tecnológico"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 17-04-2005 00:00:00

CARLOS GHERARDI, MEDICO

El progreso de la medicina transforma cada vez más al médico en un técnico y al paciente en un objeto. Las cruciales decisiones que se toman en terapia intensiva deben conducir a volver a humanizar la muerte.

Analía Roffo
aroffo@clarin.com

Tengo la impresión de que una sala de terapia intensiva es el lugar más difícil para trabajar. ¿Me equivoco?

–Bueno...uno se acostumbra a todo. Obviamente, concentrar en un lugar a todos los enfermos de mayor riesgo lo hace a uno estar en contacto con la vida y la muerte en forma permanente. Pero acostumbrarse tiene un beneficio y un perjuicio.

# ¿Cómo sería eso?

–El beneficio es que uno puede ser bastante objetivo y frío a la hora de tomar decisiones. Entendiendo por frialdad no inhumanidad sino serenidad y objetividad. Porque, a veces, la emoción conspira contra la seguridad y la prudencia que el médico debe tener. El perjuicio ocurre cuando uno llega a olvidar que está tratando con pacientes; y en esto tiene mucha responsabilidad el progreso de la medicina.

# Parece paradójico...

–Es que el progreso de la medicina transforma cada vez más al médico en un técnico y al paciente en un objeto. Y no hablo solamente de lo que pasa en terapia intensiva. El médico ve cada vez más números, fórmulas, imágenes y exámenes complementarios, que personas. Al consultorio, el paciente llega con una cantidad de elementos que se interponen entre el médico y él.

# ¿Eso altera el vínculo?

–Exactamente. Es que la medicina está generando una ruptura absoluta de ese vínculo imprescindible. Y eso no sólo depende del sistema social de salud pública, sino también del aumento de la complejidad y el volumen de los estudios, y del aumento de la edad de los pacientes. Cada vez con más edad, los pacientes son sometidos a mayores invasiones, y eso genera personas muy vulnerables, de las que no siempre se hacen cargo ni la sociedad ni el Estado como para asegurarles una vida cotidiana útil y decente. Todo esto es lo que genera un punto de ruptura.

# Si la ruptura se está dando ya en el consultorio, me imagino cómo se potencia en una sala de terapia intensiva, donde el paciente está casi incomunicado y rodeado de aparatos intimidatorios.

–Esa situación es la que me llevó a interesarme en el campo de la bioética. Uno ve allí cómo el soporte vital –que reemplaza la función de órganos y sistemas– puede demorar, suspender o acelerar la muerte. Es imprescindible entonces explorar la naturaleza de ese vínculo entre la vida y la muerte, que genera un concepto nuevo: el de muerte intervenida, por oposición a la muerte natural.

# ¿Qué es exactamente intervenir en la muerte?

–La muerte ya no es un fenómeno natural sino un diagnóstico. La muerte cerebral es el paradigma de ese diagnóstico. Cuando yo me recibí de médico, antes del 68, decíamos que estaban vivas algunas personas que hoy consideramos muertas. Esa diferencia crucial de diagnóstico dispara todo tipo de cuestiones éticas.

# Si hasta la idea de qué es estar muerto cambió, ¿cómo acercar posiciones entre pacientes (mientras pueden dar su opinión), médicos y familiares cuando el lugar en el que todos confluyen es una sala de terapia intensiva. Pienso en el dolor, la incertidumbre, las diferencias de criterio y los fantasmas que cada uno aporta.

–Tiene razón en marcar tantas dificultades, que convergen por un problema de formación cultural de la sociedad. Es que la cultura social debería tener incorporado ya este proceso antes del episodio que termina con el paciente en terapia intensiva. La sociedad no está preparada porque no conoce la verdad.

# ¿A qué se refiere?

–Me parece que a la sociedad se le comunican muchas cosas de biología molecular, de genética, de células troncales madre, de clonación..., pero la verdad que habría que comunicar no tiene buena prensa. La verdad de la que hay que hacerse cargo es que las disposiciones que tienen que ver con la vida y con la muerte dependen hoy de la sociedad misma. Es un problema que transcurre en un escenario médico, pero no es un problema de la medicina. Entonces, si realmente creemos en la autonomía del paciente y de la sociedad, pero, por otro lado, no le comunicamos a la sociedad que tiene que hacerse cargo de ese costo moral que significa demorar la llegada de la muerte y no dejarla ocurrir naturalmente, cuando llegue el momento, si la familia no sabe esto y si no tiene posición moral consensuada, la comunicación se hace muy difícil. El paciente que tiene una enfermedad crónica, y que por ella ha entrado varias veces a terapia, ha conversado quizá con su médico de cabecera sobre la posibilidad de estar conectado o no a un soporte vital. El tema es que esto hay que hablarlo, generalmente, con los subrogantes, es decir, los familiares o los amigos que se ocupan del paciente. Por eso le digo que esas conversaciones son fluidas o no según todos los que intervienen tengan una posición ya elaborada sobre la situación.

# ¿No puede depender también de la actitud de los médicos?

–También, claro. Si el médico ofrece, ofrece y ofrece tecnología, es difícil que paciente o familiares digan que no. No hay que ofrecer todo lo que se puede sino todo lo que se debe. Porque el imperativo tecnológico de que “porque se puede, se debe” nos lleva al encarnizamiento terapéutico.

# Encarnizamiento, qué palabra durísima...

–Bueno, algunos usan empecinamiento. Lo cierto es que es difícil darse cuenta de cuándo uno atraviesa esa frontera. Pero cuando el enfermo es irreversible, el médico tiene que ayudar haciendo un ofrecimiento limitado sobre cuánto más se puede hacer. Porque hay algunas palabras que a veces los médicos usamos y deberíamos desterrar por confusas: “remota ”, “muy pocas posibilidades”, “solamente un milagro”. Todas esas palabras, que evitan el “no”, para las familias implican “sí”.

# Nada parece más difícil que poner un límite: “Hasta aquí llegamos y ahora ocurre la muerte”

–Es que hay que establecer un límite, para no generar la muerte indigna. Lo que como médicos debemos hacer, primero, es tratar de que los pacientes opinen. Y si esa opinión implica un rechazo a una operación o a un tratamiento, hay que aceptarlo. Esto es lo primero que cada paciente debe elegir. Y la segunda, si es posible, es hacer un testamento vital (determinar qué cosas se aceptan y cuáles no si se está inconciente y no se puede decidir). Y lo que los médicos tenemos que hacer junto con la familia es discutir el manejo del soporte vital (ponerlo o no de entrada, retirarlo o no,etc.). Todos esos pasos tienen, insisto, un costo moral. Y es la sociedad la que debe asumirlo. Porque si no, estamos empujando a los médicos a que no le digan la verdad al paciente o que en el recinto cerrado se hagan cosas que los familiares no sepan. Y eso, obviamente, es censurable.

# Cuando ocurrió el debate mundial sobre la situación de Terri Schiavo, las encuestas hechas en la Argentina mostraban una posición mayoritaria a favor de la desconexión y la muerte digna. ¿Eso se refleja en terapia intensiva, cuando cada persona decide sobre un familiar y ya no sobre alguien remoto como era Terri?

–Es clave lo que usted plantea. A mayor lejanía de la decisión, la gente es más permeable a descartar la muerte intervenida. Pero cuando tienen un familiar en terapia intensiva...Insisto, mucho de esa diferencia depende de la actitud de ofrecimiento compulsivo que hagan o no los médicos. A las familias hay que ayudarlas a tomar la decisión. No quiero decir empujarlas ni manipularlas. Ayudarlas, en el sentido de ofrecer lo razonable. Cuando usted ofrece lo que no es racional, la gente toma actitudes que tampoco son racionales.

# ¿Qué idea de la muerte deberíamos tener como sociedad para morir mejor, con más dignidad?

–Mire,a mí me impresionó mucho cuando Clinton dijo, hablando del desciframiento del genoma humano, que “ahora, una a una, las enfermedades que causan la muerte van a ser controladas”. Es una exageración y un absurdo, ¿no cree? La idea de la muerte es una construcción cultural, social y moral que cambia con las épocas. Creo que ahora se impone una redimensión de esa idea porque estamos en un cruce de caminos. Lo ideal sería que la muerte no se viviera como un episodio tecnológico. Hablo de volver a humanizarla.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/04/17/z-959063.htm

Copyright Clarín , 2005.

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"A la Argentina le faltan reglas estables", sostiene César Pelli

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 16-04-2005 05:48:47

El célebre arquitecto analiza la actualidad

NEW HAVEN.– Es primavera en el noroeste de Estados Unidos y los estudiantes de Yale aprovechan la estación. Decenas de ellos pasean por las bellísimas callejuelas de su antiguo campus o leen en las plazoletas. Al cruzar la calle, sobre la Chapel Street, César Pelli tiene su estudio central de arquitectura, en el que la luz entra a raudales. A los 78 años, Pelli es considerado por muchos de sus colegas uno de los mejores diez arquitectos del mundo. Ha sido así durante las últimas dos décadas, por lo menos. Las torres Petronas, en Malasia; el museo subterráneo de Osaka, Japón; el aeropuerto Ronald Reagan, en Washington, y la torre Boston, en Puerto Madero, llevan su firma, al igual que otros muchos proyectos eclécticos alrededor del mundo.

El esquiva los encasillamientos, salvo uno: es un humanista. “Hoy en día, muchas etiquetas vehementes que predominaron durante décadas han dejado de funcionar. Dudo mucho de que algún arquitecto se defina hoy como funcionalista y no creo tampoco en los ideales absolutistas, que tanto daño le han hecho al ser humano”, dice. A lo largo de los siguientes noventa minutos, Pelli vuelve una y otra vez al tema del equilibrio esencial que, afirma, debe existir entre el arte y el bien común, entre la arquitectura y los principios morales y filosóficos que deben mover y conmover al hombre. Lo hace mientras sonríe. Después de 43 años en Estados Unidos, aún deja patinar las erres cuando habla, una herencia de su origen tucumano.

"Belleza y placer son componentes básicos del arte, aunque muchos me consideren fuera de moda porque quieren expandir la idea del arte, buscando tocar las emociones de otras maneras. Pero yo prefiero definir como obras de arte sólo a aquellas que de algún modo me conmueven, que tocan mis fibras íntimas."

-Y dentro de ese parámetro conceptual del arte, ¿cómo define a la arquitectura?

-Es difícil decirlo, porque creo que todo arquitecto debe primero resolver el problema social que afronta en cada proyecto. Lo esencial es que pueda proveer de una vivienda cómoda y digna a las familias, los usuarios o los ciudadanos que vayan a utilizarla. Tomando esa idea como base, tengo muchas dudas de si es posible hacer arte cuando se trata, por ejemplo, de proveer de una vivienda social a quien no la tiene.

-Pero sí es posible buscar ese ideal cuando se trata de proyectar museos, por ejemplo...

-En arquitectura, los valores cambian de acuerdo con el proyecto que se tenga entre manos. Si se trata de construir un museo de arte contemporáneo, pues sí, su aspecto artístico es importante, mientras que también debe contribuir al entorno en que fue construido. Pero siempre deben quedar claras las prioridades. Mi hermano Víctor se dedicó hace décadas a trabajar en la construcción de viviendas sociales en el Norte, apartándose cada día más del concepto de diseños y acercándose más y más a las necesidades de las personas, lo cual es muchísimo más importante que hacer una casa bonita.

-O sea que arquitectura, para usted, puede definirse como...

-Dar una respuesta apropiada y una interpretación artística adecuada a los problemas que se nos presentan en cada proyecto en particular.

-Está claro que detesta las "marcas registradas" de ciertos arquitectos o artistas, esos rasgos particulares que los distinguen de otros...

-No las detesto, pero esas "marcas registradas" hacen daño a la arquitectura y a los ciudadanos. Sin duda, benefician a los arquitectos, que así se hacen conocidos, se convierten a veces en celebridades y repiten sus edificios en distintas ciudades alrededor del mundo. Pero eso tampoco es saludable para esas ciudades, que tienen sus propias identidades, pero corren el riesgo de quedar sometidas a una uniformidad estilística.

-Su planteo bordea casi el dilema religioso sobre las formas y el fondo que reaparece a través de los tiempos. Recuerdo a los fariseos...

(Sonríe) -Así es. En la arquitectura, además, siempre se está redefiniendo lo que es importante, siempre hay experimentos en marcha. Hoy en día hay muchas tendencias que pueden definirse como modernas, aunque no en el sentido clásico del modernismo. Son, en realidad, expresiones muy individuales, que tienen distintos puntos de apoyo y que exploran distintas vetas. A mí me interesa, en particular, observar los resultados que obtienen los arquitectos que experimentan, pero no me interesa seguirlos, porque hay una diferencia vital entre la arquitectura y el arte: nosotros trabajamos para un cliente.

-¿Piensa usted en su "ciudad ideal", en su utopía, como Tomás Moro?

-No. Cada ciudad debe tener su propio carácter definido y los arquitectos deben tomar en cuenta ese carácter propio cuando proyectan obras. Deben pensar en quienes habitarán esos edificios, meditar sobre si realzarán los barrios donde se elevará la obra, si mejorará la calidad de vida de quienes habiten allí. Los malls y los shopping centers, por ejemplo, contribuyen a homogeneizar las ciudades, lo que es muy negativo, y siento que los countries tampoco hacen bien a la sociedad, porque separan a la gente por grupos homogéneos en lo económico, lo social y hasta lo político, aunque comprendo que el problema básico de la inseguridad en la Argentina los ha erigido como una solución. La ciudad tradicional es una de las grandes invenciones de la humanidad, al generar la convivencia natural de quienes no están relacionados en modo alguno entre sí. Permite que la gente aprenda a vivir con quienes poseen, por ejemplo, visiones religiosas muy diferentes de las propias.

-¿Acaso sí tiene en mente cómo diseñaría un Estado ideal?

-Tengo mis grandes dudas sobre los ideales. Concebir condiciones ideales le ha hecho mucho daño a la humanidad a lo largo de los siglos. El comunismo cometió atrocidades para llegar a un ideal absoluto y sin duda que muchos movimientos religiosos también pueden ser incluidos en una lista similar. No creo en ideales absolutos, creo que son nocivos y creo que cada uno debe vivir su propia vida, manteniendo ciertos principios morales que le permitan sentirse satisfecho y orgulloso de sí mismo al final de cada día.

-¿Cómo encaja, si encaja, la Argentina en esa visión moral?

-La Argentina hace lo mejor posible con lo que tiene. Es un país muy dotado y que sigue teniendo un gran potencial. Está claro que la devaluación significó uno de los puntos más bajos de las últimas décadas del país desde la perspectiva económica, pero hubo otros períodos mucho más bajos en la vida social y moral argentina.

-¿Qué cree que falta para que esa potencialidad de la Argentina se convierta en una realidad?

-Los economistas llevan décadas discutiendo qué políticas deberían instrumentarse, pero no creo que se trate tanto de tal o cual política, sino de fijar reglas de juego que sean estables. Ese es un rasgo distintivo de este país [por los Estados Unidos]: existe la certeza de que si se trabaja duro, se puede pensar que vendrán los frutos después de veinte años, mientras se mantengan las mismas reglas que existen hoy en día. Está claro que eso no significa que las reglas sean inmutables, pero sí que sólo se introducirán cambios pequeños que, en principio, no afectan las decisiones a largo plazo. Desgraciadamente, la Argentina, desde que tengo memoria, no registra políticas estables que duren períodos de más de diez o quince años. Lo esencial es la estabilidad de las leyes y que éstas sean, además, justas, porque si los ciudadanos consideran que las reglas son injustas, tampoco aceptarán por mucho tiempo ese estado de injusticia.

-Tras más de cuatro décadas en Estados Unidos, ¿ve alguna ventaja competitiva en la Argentina?

-Los dones naturales del país, la pampa húmeda, sus subclimas, el ganado, los minerales. Es un país básicamente rico, con una baja densidad de población, que en un porcentaje altísimo es culta. Eso no es lo mismo que hablar de "gente moral", pero tampoco creo que los argentinos sean menos morales que los ciudadanos de otros países de América latina. De todos modos, creo que el gran desafío en toda la región es comenzar a darles valor tanto a las profesiones técnicas como a las humanidades.

-Usted fue durante siete años decano de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Yale, una de las más prestigiosas del mundo. ¿Qué conclusiones extrajo de su paso por la docencia universitaria?

-Prefiero hablar en términos específicos. La arquitectura se puede enseñar y aprender bien dentro de grupos pequeños. No comprendo cómo se puede aprender cuando se trata de miles de estudiantes. Pero, dicho esto, también destaco que de la Universidad de Buenos Aires siguen saliendo muy buenos arquitectos. Quizá sea porque esos arquitectos se las arreglaron para estar cerca de sus profesores o quizás aprendieron de algún mentor, de algún arquitecto que los guió y corrigió durante sus primeros años de la profesión. Si no, resulta muy difícil entenderlo.

-Su comentario bordea un tema tabú en la Argentina: el examen de ingreso universitario?

-Aquí, en Yale, se selecciona a los futuros estudiantes de arquitectura sobre la base de un portafolio de dibujos y proyectos preliminares que deben presentar con su solicitud de ingreso y las cartas de recomendación. Así se intenta ver qué potencial tiene cada postulante para ser arquitecto, ver si tiene talento. Y sólo ingresan 50 estudiantes de un total de unos 800 postulantes por año. Comparto ese criterio de selección. Me parece que en el mundo profesional de la arquitectura, la gente con talento tiene muchas oportunidades. Sin duda que los comités de selección de Yale pueden equivocarse, y por eso el postulante debe presentarse ante varias universidades. Si tiene talento, alguna universidad lo detectará y si carece de ese talento, pues será mejor para él que lo sepa y que estudie otra carrera.

-¿Cuál sería su sugerencia para un estudiante que inicia la universidad?

-Tengo un sobrino que inició la carrera de biología en la UBA. Lo más importante es que haga con amor lo que decida hacer, que lo entusiasme, que lo haga con ganas. Si lo que estudia le resulta aburrido, pues que busque otra cosa, porque no será feliz si debe pasar su vida haciendo algo que no le satisface plenamente. Amar lo que se hace ayuda a pasar los momentos difíciles, que seguro vendrán y que todos hemos debido afrontar. Pero si se ama lo que se hace, entonces se aguanta el temporal.

-¿Acaso usted se planteó alguna vez abandonar la arquitectura?

(Se ríe) -¡Noooo! Nunca me planteé largar esta profesión. Me gusta demasiado como para buscar otras opciones o aceptar las ofertas que me hicieron y que, felizmente, rechacé.

-Para muchos, las torres Petronas de Kuala Lumpur representaron la cúspide de su carrera. Y, de hecho, una pintura de ellas está en el palier de entrada de este estudio. Aun así, dudo de que sean su obra preferida...

(Estalla en una carcajada) -Sólo le diré que es un hecho que las torres Petronas se hicieron famosas por su altura, que es algo anecdótico. Sin duda me gustan y constituyen hoy un elemento excepcional para Malasia: se convirtieron en el símbolo de Kuala Lumpur. Pero lo más importante para el público, su altura, no tiene nada que ver con el valor artístico o cultural del edificio. Su altura es sólo una medida del triunfalismo anecdótico.

Por Hugo Alconada Mon
Corresponsal en EE.UU.

http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=696566

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Camila, Ezequiel, Darío, Maximiliano

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 16-04-2005 00:00:00

Por Sandra Russo

“Las personas obran de manera extraña en algún momento.”
Comisario mayor Gustavo Ramos,
director general de comisarías
de la Policía Federal.

Esa manera extraña en la que obran las personas en algún momento debería ser desentrañada, sin embargo. Esa manera extraña en la que obran las personas y a la que se refería el comisario Ramos no calaba en un interrogante existencial ni ahondaba en los vericuetos de la naturaleza humana. Era un tremendo eufemismo utilizado por un jefe policial para desembarazarse institucionalmente del horror que habían desatado el viernes 1º de abril, en una esquina de Lugano, los policías Adrián Bustos, Miguel Angel Cisneros y Mariano Almirón, de la comisaría 52ª. Después de tomarse ocho botellas de cerveza en un quiosco, los policías, según reconstruyeron los testigos para los que ahora se pide protección especial (y con toda razón, en virtud de la manera extraña en la que obran y pueden seguir obrando las personas), presionaban a un grupo de adolescentes del barrio para que fueran a comprarles cocaína. Como los chicos se negaban, se desató un escándalo que despertó a Camila Arjona, de 14 años y embarazada de cinco meses. Camila estaba durmiendo con su novio muy cerca del griterío. Los dos se levantaron y fueron a ver qué pasaba. El griterío ya había dado paso al tiroteo. Ella recibió varios balazos por la espalda y probablemente murió en el acto.
Hasta ahí llega una parte de la manera extraña en la que obraron en este caso tres personas, que eran tres policías, uno en servicio y los otros dos de franco. Emborracharse en un quiosco cuando uno está armado y pertenece a una fuerza de seguridad es una conducta extraña, sin duda. Como también lo es presionar a alguien para que vaya comprar droga. Golpearle la cabeza contra un poste luz hasta hacerlo sangrar si ese alguien se niega, se encuadra también en el marco de las conductas extrañas. Y ni que hablar de desatar un tiroteo en plena noche en el corazón de un barrio hiperpoblado. Disparar al voleo y acertar varios disparos en la espalda de una adolescente embarazada, bueno, eso ya va saliendo de la categoría de “extraño” para acercarse más literalmente a una conducta criminal. Pero hay un plus de sadismo y brutalidad que directamente se escapa de lo “extraño”, para el que la misma palabra “extraño” es un manto inexplicable de piedad. Hay un plus de desprecio, de vileza, de instinto asesino que a esta altura no tiene nada de extraño y que corona este caso con la más escalofriante de las posibles descripciones: Camila ya caída, muerta, en el pasillo. Uno de los policías se acerca a ella. Le levanta la cabeza tirándole del pelo. Le patea la cara varias veces, con saña, hasta provocarle un hematoma que después fue fotografiado por la familia de la víctima. El policía parece tenerle rabia a la chica muerta. Parece querer infligirle, además de la muerte, algún tipo de lección. Esas patadas en la cara de una chica embarazada, inerme, esas patadas para rematarla, ¿en qué palabras caben? ¿En qué tipo de maldad caben? ¿En qué bolsón ancestral de rencor, en qué voluntad consciente o inconsciente de venganza caben?
El abogado que representa a la familia de Camila es José Vera, el mismo que se ocupó del caso de Ezequiel Demonty, el chico hipoacúsico que no escuchó las órdenes policiales y que después fue obligado a tirarse al Riachuelo. El que no sabía nadar. El que se ahogó. El caso Demonty fue otro en el que el plus de saña desbordó. Ni ese caso ni el de Camila se encuadran directamente en lo que se conoce como gatillo fácil. No se trata de situaciones dudosas en las que un arma policial es disparada con ligereza. No se trata de tener el gatillo aceitado, ni siquiera de no manejar ni con prudencia ni con responsabilidad ese gatillo. En ambos casos hay odio. Un odio inexplicable, reconcentrado. Un odio que también se hizo visible para todos en aquella terrible sonrisa en la boca del policía federal que exhibía como un trofeo de caza el cuerpo muerto de Darío Santillán, o el que quedó, imborrable, inenarrable, estampado en la manera en la que otro policía manipulaba el cuerpo muerto de Maximiliano Kosteki, ubicándole las piernas y los brazos en forma de cruz en la estación de Avellaneda.
En todos esos casos hubo violencia policial y asesinatos, pero además hubo constancia de una crueldad que excede cualquier tipología que describa a “las personas”. La sonrisa ante el muerto del que se es responsable, la manipulación grotesca de un cuerpo sin defensa, la orden de inmersión en el agua podrida, la patada en la cara de Camila. “Estas situaciones pertenecen al hombre y no a la institución”, intentó descargar el comisario Ramos. No. No pertenecen “al hombre”. No forman parte del repertorio desviado de las “conductas extrañas” de las personas. Son indicios de que en una institución como la Policía Federal hay un germen de odio contra los pobres. Un germen que lo más extraño que tiene es el diseño: un odio de pobres contra pobres, un odio abonado, alimentado, cebado por una concepción política del mal. Una bacteria temible para el que la propia institución debe encontrar el antibiótico.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-49776-2005-04-16.html

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“La Argentina merece una prensa libre”, dice Arthur O. Sulzberger Jr.

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 13-04-2005 05:46:06

Para el editor de The New York Times, en el país hay límites para los medios

CIUDAD DE PANAMA.– “La Argentina está sufriendo con el actual liderazgo”, afirma el dueño y director de The New York Times. Arthur Ochs Sulzberger Jr. alude al presidente Néstor Kirchner y a sus embates contra la libertad de prensa y la iniciativa privada, pero también incluye al resto de la dirigencia nacional.

A los 53 años y más de una década después de encarnar la cuarta generación de su familia al frente de The New York Times, Sulzberger –que pasó por esta ciudad para participar en la reunión de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP)– muestra cifras contundentes: el diario aumentó su circulación y reporta ganancias netas por más de 300 millones de dólares al año, posee el website informativo más visitado del planeta, adquirió la totalidad del paquete accionario del International Herald Tribune y de The Boston Globe, desembarcó en la televisión y más...

Su secreto reside en las increíbles sumas de dinero que reinvierte en su diario –“institución”, como él prefiere llamarlo– y en el “periodismo de calidad”, con el que enfrenta al presidente George W. Bush sin perder la posibilidad de almorzar y discutir mano a mano con el estratega de la Casa Blanca, Karl Rove,o de llamar a la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, por su apodo, "Condie". La misión que les impone Sulzberger a sus periodistas es aportar a los lectores la información que deben tener para moverse en un mundo cuyas fronteras se diluyen a diario.

-¿Cree que la libertad de prensa afronta mayores riesgos hoy que 30 años atrás, cuando el Watergate amplió el horizonte periodístico?

-No, no lo creo. Este un problema que nunca se irá. En algunos lugares mejora la situación y en otros se complica. Pero puedo medir la situación en general por The New York Times. La situación en Rusia es hoy, por ejemplo, muchísimo mejor de lo que jamás fue allí bajo el comunismo, y en China se puede acceder al Times o al International Herald Tribune por Internet. También en América latina hay más libertad de prensa hoy, aunque por supuesto que varía. Ahora mismo, en su país, la Argentina, está sufriendo bajo el actual liderazgo. Cuba, está claro, no ha mejorado en cuarenta años, y en los Estados Unidos tenemos nuestros problemas con el gobierno. Pero insisto: siempre ha habido mayores o menores problemas. La presión sobre el periodismo va y viene y, de a poco, la situación mejora. Pero jamás será perfecta.

-¿Y respecto de hace cinco años? ¿El periodismo estadounidense se mueve con tanta libertad para cubrir asuntos cotidianos como antes del 11 de septiembre?

-Hay más problemas y las cosas están peor que hace cinco años. Hay más periodistas de medios gráficos enjuiciados por lo que difunden.

-¿Cómo maneja las presiones diarias de la Casa Blanca? ¿Se quejan, lo amenazan? En la Argentina, un ministro puede llamarlo a las 8, a su casa, para quejarse por una nota?

(Interrumpe) -¡No, ese tipo de conductas seguro no existen en la Casa Blanca! Pueden llamarte y pedirte que evalúes no publicar una nota. Eso sí ocurre. Tuve ese tipo de conversaciones con "Condie" Rice antes de que asumiera como secretaria de Estado y sé que Bill Keller (el managing editor del Times) también recibe ese tipo de llamados. ¿Los escuchamos? Sí. ¿Hemos parado alguna vez alguna nota y no la hemos publicado? Sí. Nuestro trabajo no es poner en peligro la seguridad de los Estados Unidos. Y casi siempre podemos cumplir con nuestros lectores sin poner en riesgo la vida de nuestros soldados. Esto ha sido así desde la Segunda Guerra Mundial, o incluso desde la Primera Guerra Mundial. Hay información que no publicaremos, como tampoco lo hemos hecho antes, durante la toma de rehenes en nuestra embajada en Irán, la crisis de los misiles o la invasión de Bahía de los Cochinos, en Cuba.

-¿Pero han tomado esa misma decisión respecto de notas de investigación sobre, por ejemplo, corrupción pública?

-Siempre que vamos a publicar una nota contactamos a la persona sobre la cual estamos escribiendo y le pedimos sus comentarios. Esa es una de nuestras obligaciones: obtener sus comentarios antes de publicar algo. Si vemos que la nota no está lista para ser publicada, pues no lo hacemos. Pero siempre, está claro, nuestro objetivo y nuestra premisa es publicar las notas. Siempre. Y muchas veces, a pesar de los reclamos de la persona investigada, nuestra respuesta es: "Gracias por hablar con nosotros. Leerá la nota en nuestra edición de mañana".

-Usted sólo ha aludido a presiones del gobierno o de particulares. ¿Pero qué ocurre con los anunciantes?

-Si el presidente de una compañía me llama y me dice que está teniendo problemas con uno de nuestros periodistas, paso esa llamada a Bill Keller, porque él debe saberlo. Pero nuestra decisión es que bajo ningún concepto, recibamos o no dinero de esa empresa, dejaremos de publicar la nota por esa queja. A veces nuestros grandes clientes publicitarios dejan de publicar avisos con nosotros por dos, tres o cuatro años. ¡Está bien! Esas son las consecuencias de nuestro trabajo. Nos sentimos muy cómodos de ese modo. Estamos en el rubro del periodismo y, al final del día, nuestro compromiso sigue siendo con nuestros lectores. Y, como usted sabe, uno puede mentirles de muchas maneras, entre otras, no diciéndoles cosas que uno sabe y que deberían publicarse. Pero, a la larga, mentir o callar hace que ellos, los lectores, nos abandonen. Y si eso ocurre, nadie estará satisfecho. Ni nuestros periodistas ni nuestros anunciantes. Nuestro compromiso es con nuestros lectores y a veces por eso tenemos problemas financieros.

-¿Ocurre muy a menudo que sus anunciantes retiren sus cuentas?

-No. Usualmente se ponen furiosos, luego se sobreponen y seguimos adelante.

-¿Qué me puede decir sobre las presiones internas? Periodistas que no respetan códigos éticos, editores que exigen demasiado? Le recuerdo a Jason Blair, el redactor que inventó notas?

-Claramente, el escándalo de Jason Blair tuvo un impacto gigantesco en el Times. Y cambiamos como resultado de eso. Ahora somos una institución más abierta, tenemos mejores procesos de verificación periodística para asegurarnos de que el periodista está en lo correcto?

-¿Qué hicieron para recuperar la confianza de los lectores y de los propios periodistas en el Times?

-Para empezar, admitimos lo que habíamos hecho mal. Pusimos a un equipo de nuestros mejores periodistas a investigar todas las notas que Jason Blair había escrito. Descubrimos múltiples problemas y los publicamos en nuestro diario. Pero, aun así, recordamos a los 1200 periodistas y fotógrafos que trabajan en The New York Times alrededor del mundo. Somos humanos. Y vamos a cometer errores. Nuestros lectores saben que no somos una institución que niegue que comete errores o que se esconda. Descubrimos dónde estuvo el error y lo solucionamos. Y por eso somos mejores hoy que ayer.

-Usted suele aludir al "periodismo de calidad" y a la necesidad de invertir grandes sumas de dinero en el periodismo porque reditúa en el largo plazo. ¿Sigue manteniendo esa premisa?

-¡Sí, por supuesto! Le daré un ejemplo: como todos los periódicos en los Estados Unidos, la publicidad que llega hoy al Times es bastante floja comparada con los años 90. Nos gustaría mantener nuestros márgenes de ganancia. Pero la manera de lograrlo es reinvirtiendo en la calidad del periódico. En el último año rehicimos las secciones Cultura, Viajes, Crítica Literaria, Propiedades y otras dos más, y rearmamos el sistema de computación de los redactores para darles mejor acceso. Todo eso insumió una gran inversión, al tiempo que recortábamos gastos en la compañía. Este año haremos algo similar. Crearemos una nueva sección, que saldrá los jueves, y vamos a rearmar la sección Negocios, que sale de lunes a sábados. Esas son inversiones que reditúan: nuestro índice de lectura sube y las publicidades en esas secciones aumentan.

-Déjeme ser honesto. O usted es el más inteligente de todos o el más estúpido. Está avanzando contra la corriente mayoritaria en Estados Unidos y en América latina?

(Sonríe) -No soy astuto ni soy imbécil. Sólo hago lo que siempre hemos hecho en The New York Times. Mi bisabuelo compró el diario en 1896. Era el periódico más débil de la docena de diarios que se publicaba entonces en Nueva York. Perdía dinero. Pero invirtió en la calidad del diario. Desde el primer día armó una revista semanal, que salía los sábados, creó una sección literaria, sumó más calidad a los contenidos y The New York Times salió adelante. Mi padre, que también se hizo cargo del Times durante un período de declinación, decidió, junto a su managing editor, Abe Rosenthal, sumarle nuevas secciones todos los días. Y logró revertir la tendencia casi de inmediato.

-Pero ¿hay un límite para hacer periodismo a pérdida? ¿Hay un punto en que el lado corporativo, su director financiero, dice basta?

-Sí. Pero nuestro director financiero sabe cómo funciona The New York Times. El lo ha visto. Ha visto lo que hemos hecho en los años 60, en los 70. El era parte de nuestro equipo cuando armamos la edición nacional, en momentos muy duros. Y la edición nacional nos ha salvado: ha generado un crecimiento fenomenal en nuestra circulación y en avisos publicitarios. Somos el único periódico de los Estados Unidos cuya circulación ha crecido en diez de los últimos doce años. ¿Por qué? Porque invertimos en periodismo. No estoy sugiriendo que otros periódicos no lo hagan. Hay algunos muy buenos en los Estados Unidos, como The Washington Post y Los Angeles Times que conocen esta lección y la aplican.

-¿Qué pasa con Internet y con los bloggers? ¿Son la nueva fase del periodismo?

-Dar una opinión es distinto que hacer periodismo. Yo tengo mis opiniones, usted también; todos las tenemos. Pero lo que necesitamos son hechos, datos, análisis. Y eso no es barato. Recopilar y difundir datos es costoso. Leer los diarios, mirar la televisión y decir: "Bueno, esto es lo que pienso acerca de todo esto". Eso no es periodismo, es mera opinión. Hay lugar para opinar. Es algo bueno, pero no es periodismo.

-¿Cree que son exitosos o que son más creíbles porque opinan, por su subjetividad?

-No creo que gocen de mayor credibilidad que los periodistas. El periodismo consiste en buscar datos, hechos, en recopilar y difundir información, para que los lectores elaboren sus opiniones. Demasiados bloggers y muchas personas que se dicen periodistas en televisión simplemente juegan para sus audiencias. No las desafían: simplemente dicen lo que sus audiencias quieren escuchar. Eso no es periodismo y, por tanto, no es el negocio en el que queremos estar.

-¿Los medios fueron lo suficientemente incisivos mientras la Casa Blanca promovía la segunda Guerra del Golfo?

-Pienso que, como muchos estadounidenses y otros alrededor del mundo, estábamos deseosos de creer que había armas de destrucción masiva en Irak. Y cuando resultó que no era así, publicamos un largo editorial diciendo: revisamos nuestra cobertura y en esto creemos que nos equivocamos. Pero, ¿recuerda? Cometemos errores: somos humanos. Nuestra obligación es ser responsables ante nuestros lectores y reconocer nuestros errores. Hicimos eso. También le recuerdo que The New York Times es criticado la mitad de las veces por ser "un muñeco de la administración Bush" y la otra mitad de las veces por oponerse a la Casa Blanca. La división en los Estados Unidos es tan profunda hoy como la hemos visto en los años 60, durante la depresión o durante algunas demostraciones contra la administración de Theodore Roosevelt. Este es uno de los períodos en que estamos divididos, en la historia estadounidense. Pero nos uniremos.

-¿Cómo es la relación con el presidente Bush después de que el Times dijera, durante la campaña, que él no era el candidato correcto para estos tiempos?

-Bueno, se acostumbraron a eso? Almorcé hace poco con Karl Rove, que vino a comer al Times conmigo, con dos editores periodísticos y con otros dos de editoriales. La administración sabe que tenemos una posición que se refleja en nuestra página editorial, pero también conoce nuestro compromiso de que ese punto de vista jamás aparecerá en nuestros artículos periodísticos. Y si aparece, está mal y debemos corregirlo. Ese es nuestro compromiso. También ha sido así antes, con Clinton, con Bush padre, con Reagan...

-¿Sigue pensando que Bush no es el presidente adecuado para los Estados Unidos?

(Sonríe, incómodo) -Los ciudadanos estadounidenses respondieron esa pregunta. Y él fue reelegido con el apoyo del electorado. Eso es lo importante.

-¿Cree posible hacer "periodismo de calidad" en América latina, en la Argentina, con las restricciones económicas conocidas?

-Es posible hacer periodismo de calidad en cualquier punto del planeta. Cada nación afronta sus propios problemas y deben producirse cambios legales en aquellos países en los que no hay libertad de prensa. Debo decir que el presidente Bush y yo compartimos varios puntos de vista. Ambos, por ejemplo, heredamos a nuestros padres y ambos también pensamos que la libertad es y debe ser la condición natural del ser humano. Y eso debe ser alcanzado. Compartimos esa visión, aunque no los medios para lograrlo. La Argentina merece un periodismo libre y se beneficiará con esa libertad de prensa. La economía argentina se beneficiará con esa prensa libre, porque el periodismo es central y esencial para la democracia. La democracia lleva a mejores gobiernos. Y los gobiernos mejoran, porque el periodismo libre marca los problemas y fuerza una solución. Eso ocurrirá en la Argentina, en Cuba, en Arabia Saudita. Es natural que así sea.

-Ultima pregunta: la Argentina aparece muy poco en los medios internacionales, y cuando aparece casi siempre es por algo negativo. ¿Qué sugeriría para revertirlo? ¿Contratar agencias de relaciones públicas, como otros países?

-No voy a darle consejos de relaciones públicas al presidente Kirchner, porque ése no es mi trabajo. Mi trabajo es el periodismo y mejorar la situación en la Argentina es el trabajo de su gobierno. Nuestros lectores sabrán si allí se protegen los derechos, sean los derechos humanos o los derechos financieros. Porque cuando un país deja de seguir la ley, va cayendo cada vez más bajo. Quizás hoy Kirchner no permita mucha libertad de prensa. Eso no está muy lejos de no dejar en paz a los bancos o a las empresas y eso no está muy lejos, a su vez, de no respetar la libertad de los individuos. En un mundo en el que los capitales fluyen a través de las fronteras con enorme flexibilidad, cada uno debe decidir si quiere invertir en el futuro de una determinada sociedad, sea la argentina, la estadounidense o la coreana. El desafío para los gobiernos es responder si están lo suficientemente abiertos para que la gente pueda mirar dentro de la sociedad y decir: «Sí, este gobierno juega de acuerdo con las reglas. Aquí es donde quiero invertir mi dinero». Ese es, hoy, el desafío.

Por Hugo Alconada Mon
Enviado especial

El autor realizó esta entrevista hace unos días, antes de retornar a la corresponsalía de LA NACION en Washington

http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=695665

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Costumbres argentinas

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 10-04-2005 00:00:00

Los niños mendigos forman parte de un paisaje que ya no produce asombro. ¿Cuándo y cómo se acostumbró nuestra mirada?

POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar

En el último subterráneo, los tres chicos están terminando un día más cuya rutina incluye pegamento, limosnas y corridas a lo largo de los vagones. Como son las diez de la noche, la bolsita de pegamento los entretiene más que las limosnas, sobre las que ya no tienen muchas expectativas. Se derrumban sobre un asiento, gritan y se insultan amigablemente, tironean la bolsita, se ríen como locos y, a los pocos segundos, quedan clavados, fríos, bamboleándose entre la excitación y el sopor. La mayor es una chica de doce o trece años, en harapos, que patotea a un rubio de siete, con ropa deportiva, y a una nena, también rubia, que parece su hermana y lleva una mariposa de plástico en el pelo.

El trío ya no produce el asombro de hace algunos años, cuando la crisis depositó a estos chicos en las calles probablemente para siempre. Los pasajeros están más molestos que consternados, quieren mirar para otra parte y lo logran. La escena no tiene nada nuevo y, por lo tanto, excepto los gritos de los chicos, casi se la puede pasar por alto. Nos acostumbramos a vagones de subterráneo atravesados por mendigos de edades diferentes. Y escribo la palabra mendigo, para no resignarme a una expresión con algo de técnico y mucho de eufemismo, del tipo chicos de la calle, que designa una edad y un lugar, no una actividad.

Mendigo, en cambio, todavía conserva cierta fuerza ofensiva, que el reparto de las estampitas no disimula. Chicos pordioseros en vez de la blanda objetividad de chicos de la calle.

¿Cómo fue que se nos acostumbró la mirada? Hace quince años, tomé el tren del Oeste y en el transcurso de seis estaciones pasaron diversos tipos de vendedores y mendigos. Un nene que vendía obleas saltaba entre los asientos como un gato electrizado y gritaba: "El regalito para los niños, dulce el regalito". Entonces, hace quince años, no todos estaban acostumbrados a esos niños mendigos, que hoy ya no son niños, por supuesto, sino desocupados. La voz del chico que vendía obleas era de un agudo afinado y tenso, como si estuviera cantando; todavía entonces se podía distinguir una voz y una forma de decir que quedaban grabadas en el recuerdo. Hoy, los chicos mendigos forman una serie, con eslabones: pibes chorros, internados en reformatorios, prontuariados, prófugos, presos, muertos. En el comienzo de la serie hay un chico que a los tres o cuatro años sale a pedir por la ciudad. La frase es, en sí misma, un escándalo. La escribo y me digo que estoy escribiendo algo que no puede ser, como si se tratara de una fantasía monstruosa que, sin embargo, tiende a ser olvidada porque entró a formar parte de un paisaje.

Un poeta, Jaki Setton, escribió en un libro que se llama Niñas:

Sola en sus pensamientos de semáforo verde quizás está descalza pollera pequeña para cuerpo pequeño y de baja altura a la altura de la /ventana una monedita, por favor será el latiguillo mecánico que a cada semáforo rojo repetirá cuatro o cinco veces treinta por hora trescientos y pico al término de la /jornada...

Jaki Setton contó las veces en que la niña repite su pedido, porque ha captado precisamente que, para los chicos mendigos, el mundo es una repetición rítmica que no se detiene, una repetición indispensable y vacía de todo interés para quien está obligado a realizarla. La mendicidad practica una especie de producción serial del reclamo, que cada mendigo, no importa lo que vaya obteniendo, debe repetir como si se tratara de un obrero en la línea de producción de una fábrica: un mismo movimiento, que sigue un ritmo marcado no por la voluntad sino por la máquina a la que se atiende.

Nosotros nos acostumbramos a ellos, y ellos se acostumbraron a servir la máquina. Son lo que queda de la crisis, los desechos de la economía.

http://www.clarin.com/diario/2005/04/10/sociedad/s-954390.htm

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"Lo que unifica a Sudamérica es la mirada de los EE.UU."

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 10-04-2005 00:00:00

ADRIAN BONILLA, ESPECIALISTA EN SEGURIDAD INTERNACIONAL

Debajo de la retórica de la integración, los países sudamericanos tienen percepciones, realidades y respuestas nacionales diferentes, y siguen condicionados por la agenda que marca Washington.

Fabián Bosoer
fbosoer@clarin.com

Cuánto se asemejan las crisis por las que atraviesan las democracias de los países andinos?

—Estamos hablando de países con problemas comunes de subdesarrollo y con sistemas políticos acuciados por realidades sociales que han sufrido profundos cambios. Son, en su mayoría, países expulsores de mano de obra, fuente de migrantes que van a otras latitudes y afectados por la producción, el tránsito y el lavado de dinero proveniente del narcotráfico. El principal factor común es la dificultad que han tenido para adaptarse a las circunstancias económicas y políticas que ha planteado la globalización en las últimas dos décadas.

# ¿Y las principales diferencias?

—Si bien en todos los países existen, de una u otra manera, crisis políticas, la naturaleza de estas crisis es distinta en cada uno de los casos; obedece a factores diferentes y se manifiesta también de diferente manera. La tendencia de las últimas dos décadas ha sido más a la diferenciación, que a la integración.

# ¿Por ejemplo?

—Es muy difícil encontrar afinidades entre Venezuela y Bolivia, a pesar de que ambos se reconocen como países andinos. O entre el Ecuador, Venezuela y Colombia. Las economías son distintas. En el caso venezolano, sustentada en la explotación petrolera; en el colombiano, con un gran mercado interno, es el segundo país hispanohablante del mundo después de México, y por delante de España, con una economía orientada hacia la exportación; Perú comparte esa característica. Son sociedades distintas, que han tenido también distintas formas de desarrollo político.

# ¿La crisis de gobernabilidad no es otro factor de afinidad entre estos países de la región andina?

—Sí, existe una crisis de gobernabilidad en todos los casos, pero ésta ha tenido manifestaciones muy distintas. Por ejemplo, durante la década de los años 90, la dictadura de Alberto Fujimori fue única en la región; el gobierno del presidente Chávez y el colapso de los partidos políticos en Venezuela es único y no ha sido replicado en la región. El proceso de violencia social y política de Colombia no es parecido al resto de los países. Las tensiones regionales y étnicas que existen en Bolivia son también únicas de este país. Es decir, otra vez, tenemos algunos factores comunes, pero la forma como se manifiesta esta dificultad para adaptarse a la globalización y cómo los órdenes políticos van procesando estas dificultades es distinta en cada uno de los casos.

# ¿No registra como un avance el tratamiento conjunto de estas crisis regionales? ¿Cómo evalúa la incidencia del proceso de integración regional?

—Veamos el ejemplo de la Comunidad Andina de Naciones, que antes fue un tratado comercial, que se llamó el Pacto Andino: es probablemente uno de los sistemas de integración más viejos de América latina. Sin embargo, la heterogeneidad de la región y de cada uno de los países ha hecho que este régimen de integración sea, al mismo tiempo, uno de los más ineficientes de la historia contemporánea mundial. En el Acuerdo de Cartagena se ha logrado, en la retórica y en el papel, todo —hay un Parlamento común, un Tribunal de Justicia, una política exterior común, una política de seguridad común—, pero todavía no se logran acuerdos que puedan ejecutarse en lo básico: en lo comercial todavía no es posible ejecutar políticas comunes. Entonces, la Comunidad Andina es un régimen de integración casi virtual, a pesar de sus ya casi cuarenta años de existencia. Y la tendencia en los últimos años es no sólo una dinámica centrípeta hacia la desintegración y no hacia la integración, sino que también las relaciones de interdependencia, que son de carácter estructural, se han ido lesionando, y hay cada vez más interdependencias negativas y cada vez menos interdependencias economicoculturales.

# Sin embargo hubo algunos hitos importantes en los últimos años: la Carta Democrática Interamericana aprobada en Lima, las iniciativas regionales que lograron abortar el golpe en Venezuela o las intervenciones en Perú y Bolivia para evitar que se interrumpiera la continuidad democrática...

—Es cierto, pero me permito recordar que la Comunidad Andina no ha podido procesar ni una sola de las crisis importantes de la región. No ha podido procesar el problema político venezolano, ni la guerra que hubo entre Ecuador y Perú en los 90, ni la dictadura de Alberto Fujimori, ni la crisis política boliviana, y no tiene nada que decir en la crisis colombiana. Entonces, no es un instrumento eficiente en términos políticos, a pesar de que su institucionalidad parecería avanzadísima, y tampoco es un sistema de integración comercial, que está en el papel, pero que en la realidad existe muy poco.

# ¿La anunciada Unión Sudamericana no puede ser un proyecto que subsane esas limitaciones?

—Es una iniciativa, impulsada sobre todo por el gobierno de Brasil, que despierta esperanzas pero corre el riesgo de ser un régimen parecido al Grupo de Río y a otras iniciativas que nacieron con buenos auspicios, que desarrollaron una serie de esperanzas en las décadas pasadas, pero que finalmente no funcionaron. Es una buena idea, pero en las circunstancias en las que todos estamos en estos momentos en Sudamérica, y con las experiencias que tenemos de regímenes de integración —siendo grave la situación de la Comunidad Andina, Mercosur desde hace varios años se ha estancado—, un tercer régimen multilateral sudamericano corre riesgos. Y el riesgo es que antes de crecer, pueda agotarse.

# Finalmente, ¿cuánto pesa en este contexto que describe la política exterior de los Estados Unidos hacia esta parte del hemisferio?

—El gobierno de los Estados Unidos tiene una estrategia regional, que gira, de una u otra manera, alrededor del problema que ellos visualizan como central, en el que están directamente empeñados, que es el conflicto colombiano, y una política de seguridad y exterior común hacia la región, que la uniformiza y, eventualmente, plantea una serie de decisiones que no necesariamente son eficientes en su implementación ni alcanzan los objetivos estratégicos que los propios Estados Unidos se han propuesto.

# ¿Se refiere específicamente a la cuestión del narcotráfico?

—Concretamente, se visualiza el fenómeno del narcotráfico como un problema de seguridad nacional. Y, de una u otra manera, alrededor de políticas que tienen que ver con recursos policiales, militares, de interdicción, control, represión, medidas como erradicación, se intenta controlar un hecho que, en estricto sentido, por sus efectos, podría haberse controlado mucho mejor con políticas de salud pública y fomento al desarrollo social.

# ¿No ha habido, entonces, un cambio de política hacia la región por parte de la administración Bush, sobre todo luego de los atentados del 11 de setiembre?

—Ya desde principios de la década de los 80 la región andina es visualizada como un problema de seguridad. Y lo que hemos tenido son cambios, transiciones, en las agendas y en las prioridades, que tienen que ver con cómo Washington, a su vez, visualiza la política global. Si bien en una época el narcotráfico era central, en los primeros años del siglo XXI el tema del terrorismo se agrega al del narcotráfico, así como años atrás se mezclaba el narcotráfico con los problemas ideológicos y las percepciones de la Guerra Fría. Es la mirada y la estrategia de los Estados Unidos hacia la región la que más unifica a Sudamérica, aunque luego en los hechos los EE.UU. prefieran siempre "bilateralizar"; es decir, tratar con cada país y cada gobierno la misma agenda por separado.

# ¿Puede la agenda de seguridad regional de los EE.UU. entrar en colisión con la agenda democrática en lo que se refiere a la lucha contra la pobreza, los derechos ciudadanos, la inclusión social y la calidad institucional?

—Creo que existe ese riesgo y es lo que vemos con la emergencia de movimientos indigenistas que pueden ser visualizados como un potencial problema que puede poner en riesgo la seguridad del Estado. Es un gran error, ya que se trata de una cuestión que debe resolverse democratizando las sociedades y no destruyendo las frágiles instituciones democráticas, que deben ser ampliadas y mejoradas.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/04/10/z-04015.htm

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Teologías

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 10-04-2005 00:00:00

Por Juan Gelman

Existe la Teología de la Liberación, la teología teológica –sépase disculpar el adjetivo– y resulta que también una teología del capitalismo que nació, como era previsible, en EE.UU. Su predicador y apóstol es Michael Novak, hijo de padres comunistas convertido en “halcón-gallina”, que recibió la verdad revelada: “La corporación de los negocios es la institución estratégicamente central de la justicia social”, afirma en “The Spirit of Democratic Capitalism”. “El capitalismo democrático no sólo requiere una nueva teología, sino también un nuevo tipo de religión” (que) “se podría interpretar como legitimación moral, teológica y espiritual de los esfuerzos destinados a crear riqueza”. Los esfuerzos de los grandes monopolios, desde luego. El neocatolicismo de Novak descansa en tres pilares: la obtención de beneficios es la esencia de la democracia (“Capitalism and Freedom”); la protección gubernamental de los sectores sociales vulnerables debe ser reemplazada por la protección gubernamental de los grandes conglomerados económicos; el bien común consiste en el que cada quien se procura defendiendo sus intereses individuales (“Free Persons and the Common Good”). Cabe, sin embargo, reconocer que Novak no aplica a los pobres el calificativo de “holgazanes” que les propinan los ricos. No. Para él son envidiosos –de la riqueza ajena– y se sabe que “la envidia no navega con su propio nombre; prefiere nombres más bonitos, mejores, a los que no tiene derecho: ‘justicia’, ‘equidad’ y cosas semejantes” (“On Corporate Governance”). Este es el “teólogo” que W. Bush envió a Roma para convencer al Vaticano de que la invasión y ocupación de Irak no sólo eran éticamente impolutas, también absolutamente necesarias.
Juan Pablo II había caracterizado el conflicto iraquí antes de que estallara: sería, dijo, “una derrota de la humanidad” sin justificación moral o legal alguna. Había señalado a los capellanes castrenses católicos que asistían a un curso de derecho humanitario en el Vaticano que “una gran parte de la humanidad” repudiaba la guerra como método para resolver diferencias entre naciones y que “el vasto movimiento en favor de la paz” que se manifestaba en todo el mundo le traía “consuelo y esperanza” (AP, 29/3/03). El Miércoles de Ceniza anterior a la invasión había instado a acentuar las protestas contra la guerra ya próxima (AP, 23/2/03). Había enviado a Washington al cardenal Pio Laghi, amigo personal de la familia Bush, para advertir a W. que no la desatara. En febrero del 2003 Tony Blair visitó al Sumo Pontífice y no logró modificar su posición. No faltó el neoconservador que propusiera incluir al Vaticano “en la lista de estados rufianes que apoyan al terrorismo” (www.frontpagemag.com, 20/5/04). Furioso por el rechazo papal y empecinado en su “cruzada”, W. Bush expidió a Michael Novak a Roma para explicar la flamante “teología” norteamericana acerca de “la guerra justa”.
La exposición más sistemática del concepto de “guerra justa” data del siglo XIII y puede encontrarse en la Summa Theologicae de Tomás de Aquino, que no sólo tipifica las razones que justificarían éticamente una guerra, sino también los actos inadmisibles en cualquier conflicto bélico, algo que los Convenios de Ginebra establecerían siete siglos después. Acompañado de dos adláteres y al amparo de las gestiones de James Nicholson, entonces embajador estadounidense ante el Vaticano, Novak explicó durante dos horas a unos 150 invitados –miembros del Vaticano, diplomáticos, profesores de universidades católicas– que la agresión contra Irak no sería en realidad “un ataque preventivo”, sino la aplicación de la antigua doctrina teológica acerca de “la guerra justa” en nuevas condiciones (Houston Catholic Worker, vol. XXIII, Nº 4, julioagosto de 2003). Una doctrina que, según Novak, había que revisar a fondo por dos razones: se atravesaba un período de “guerra asimétrica” y además los servicios de espionaje de EE.UU. habían reunido datos sobre las armas de destrucción masiva en poder de Hussein, información que El Vaticano no tenía pero que no se le podía revelar. El Papa rechazó esos argumentos.
Las actividades corrientes de Novak son tan terrenales como su “teología”: cumple funciones en el Instituto Empresarial Estadounidense, poderoso lobby pro-israelí financiado por compañías petroleras gigantes que, incluso antes de la invasión, publicaban avisos en los medios para contratar personal destinado a Irak. La Casa Blanca negó durante meses y meses que “la misión” contra Saddam Hussein tuviera algo que ver con el petróleo iraquí. Lástima que el segundo del Pentágono Paul Wolfowitz, tranquilizado por el derrocamiento del autócrata y por la rápida ocupación del país, reconociera que la alharaca sobre las armas de destrucción masiva que nunca se encontraron apenas era “una excusa burocrática”. Preguntado por qué EE.UU. trataba a una potencia nuclear como Corea del Norte de manera distinta a la que padeció Irak, el hoy presidente del Banco Mundial respondió sin ambages: “La cuestión es simple. La diferencia más importante entre Irak y Corea del Norte es que, desde el punto de vista económico, no teníamos otra alternativa en Irak. El país flota en un mar de petróleo” (The Guardian, 4/6/03).
Al funeral de Juan Pablo II asistieron “los grandes del mundo que ni siquiera soñaron con escucharlo cuando hablaba de la paz y contra la riqueza”, señaló la escritora italiana de izquierda Rossana Rossanda (Il Manifesto, 5/4/05). Se acerca una reflexión, agrega, que “podrá medir su aporte teológico, tal vez no tan destacado, su enseñanza ética, tal vez no tan innovadora, su peso político multiplicado por el hundimiento del comunismo, su papel no exento de sombras sobre la comunidad eclesiástica”. Entre tanto, repugna un poco bastante la pena que Bush y Blair dijeron que sentían por el deceso del Papa. Sus lágrimas de cocodrilo a nadie salpican, excepto a ellos mismos.

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"Kirchner puede ser también tranquilizador"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 09-04-2005 05:42:34

Lo afirma el semiólogo Oscar Steimberg

Según el profesor Oscar Steimberg, es verdad que el presidente Néstor Kirchner usa su discurso para abrir frentes de conflicto, polemizar y generar enfrentamientos, pero, paradójicamente, también puede, al mismo tiempo, tranquilizar a la opinión pública.

“Es la primera vez en varios años que un mandatario elige mostrarse seguro de sus posiciones, impaciente por hablar y discutir y deseoso del triunfo. Ha habido figuras políticas que parecían querer demostrar que su propósito era terminar bien un turno en el poder para retirarse discretamente y trabajar en algo más tranquilo”, afirma Steimberg, semiólogo y, por eso, analista de los discursos sociales y del sentido que adquieren al ser puestos en circulación.

Para Steimberg, Kirchner –en cuyo gobierno no encuentra una verdadera política comunicacional, sino un discurso para la coyuntura- responde, con su estilo polémico, a una época marcada por la imposibilidad de pensar más allá del corto plazo y de la confrontación inmediata y fugaz.

Profesor consulto de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA), con sus investigaciones desde la década del 60, Steimberg fue uno de los más destacados introductores de la semiótica en la Argentina y uno de los primeros en interesarse por los medios de comunicación como productores de sentido sobre el mundo que compartimos.

Los géneros y estilos de la comunicación mediática, la historieta, las telenovelas, la memoria social, las cultura de la imagen, los discursos de ruptura de las vanguardias artísticas, Mafalda, el humor en los medios y hasta los modos de escritura en las ciencias sociales han sido objetos de su interés.

"Leyendo historietas: estilos y sentidos de un arte menor" (1977), "La recepción del género" (1988), "Estilo de época y comunicación mediática" (1997), "Semiótica de los medios masivos" (1993) y "El viaje y la utopía" (2001) son algunos de sus libros, clásicos en la vida académica de su campo, en el que, además, es reconocido por abrir espacios a investigadores jóvenes, con generosidad no demasiado frecuente.

Con un lenguaje que mezcla el ejemplo y la definición teórica, más cerca de la descripción que del juicio, Steimberg, de 68 años, rescató, en diálogo con LA NACION, la variedad de nuestra televisión, la criticó por haber dado origen a un periodismo "que finge sencillez" y relativizó su supuesto poder, por ejemplo, frente a lo fascinante que resulta Internet para los jóvenes.

-¿Cree que la política comunicacional del gobierno de Kirchner es eficaz?

-Yo no sé si el Gobierno tiene una política comunicacional, pero no es algo que sospeche únicamente del gobierno argentino. Creo que los gobiernos, no solamente en el país, tuvieron políticas comunicacionales en un tiempo en que esa expresión no existía. Se empieza a hablar de políticas comunicacionales cuando la comunicación se transforma en una disciplina, se hace más compleja y se expande como objeto de estudio. Antes, seguramente se hablaría de actitud ante la prensa, no de comunicación, como ahora. Por otra parte, la posibilidad de la existencia de una política de comunicación a largo plazo hoy es poca, por varias razones. Primero, hoy se generan políticas de coyuntura. Quién sabe si deberían llamarse políticas o si no son más bien actitudes, posiciones, estrategias y tácticas que cambian, que se matizan. Además, los medios de comunicación en este país han sufrido cambios. No tienen la unicidad que tenían en otro tiempo. La relación de los poderes con los medios, en parte, también cambió por esa razón. El lugar simbólico del poder, del gobernante, del elegido, del que puede legislar y del que puede ordenar y sancionar, ha cambiado, como ha cambiado profundamente el crédito y la confianza en los representantes.

-De cualquier manera, la comunicación es un instrumento que al poder le sirve para construirse como tal.

-No sólo le sirve, sino que lo necesita. No puede dejar de pensar en su propia palabra. Lo que ocurre es que la expresión de esas políticas es hoy una expresión fracturada, como está fracturada la imagen de los políticos, la imagen del poder y aun la palabra del poder.

-¿Qué opina de la actitud del Presidente de abrir frentes de conflicto a través del discurso?

-Es un estilo que tiene que ver con este momento y con cierta historia de la política argentina. Evidentemente, dentro del estilo del Presidente está privilegiar el mantenimiento de los espacios polémicos. Si bien es indudable que uno siempre se define a sí mismo en el momento práctico del discurso político y, de alguna manera, define al otro, también es cierto que hay estilos en los cuales parece concederse el centro de la escena al discurso mismo y no a la coreografía de los sujetos a los que se refiere. Más que la figura política de Kirchner, son las palabras de Kirchner las que parecen tomar la escena.

-¿Qué consecuencias puede tener en el mediano plazo la actitud presidencial de dar centralidad al discurso sobre la acción?

-Creo que si bien la importancia del discurso puede ser mayor en algunos estilos políticos, sería difícil sostener que en esos casos haya menos acción por eso. Hay un momento en que el discurso es también acción, en la medida en que hablar, discutir, confrontar con uno y con otro, instala la imagen de alguien que adopta una posición ante los demás. Eso tiene efectos múltiples. En los momentos de ascenso del yrigoyenismo, la oposición ilustrada se burlaba del lenguaje altisonante de Yrigoyen y, sobre todo, del de sus imitadores, como de algo superfluo y desconectado de la realidad. Pero la adopción de ese lenguaje tan singular debe haber producido en muchos la sensación de que era posible, también para ellos, tener una palabra política, cualquiera que fuera el lugar social de cada uno, y eso tenía que ser importante para una parte de la nueva ciudadanía de entonces. El estilo confrontativo de Kirchner debe causarle a la vez problemas y beneficios a su imagen, pero creo que se habla, tal vez, excesivamente de los problemas y poco de la sensación de alivio, y hasta de seguridad, que tiene que haber traído la novedad de semejante énfasis. Es la primera vez en varios años que un mandatario argentino elige mostrarse seguro de sus posiciones, impaciente por hablar y discutir, y necesitado del triunfo. Ha habido figuras políticas que parecían querer demostrar que su propósito era terminar bien un turno en el poder o retirarse discretamente, para trabajar en algo más tranquilo. Las consecuencias de unas y otras paradas discursivas son difíciles de prever. Los discursos no pueden despegarse de la suerte del conjunto de la acción política. Pero su parte en la acción no puede ser la misma en la crisis que en los momentos de prosperidad y de calma.

-¿Cree que hay apoyo de la gente al discurso de la confrontación?

-No sé si específicamente a este estilo confrontativo, pero creo que hay algo que es recibido positivamente por muchos, que es la asunción de una palabra opinante, de manera permanente. Esto ha traído la novedad de un presidente que compromete siempre una palabra frente a una realidad que cambia constantemente. Hay poca capacidad de confianza en la formulación de un discurso para un período extenso. En algún lugar, todos sabemos que éste no es un momento que permita grandes previsiones. Permite la formulación de actitudes y la definición de confrontaciones. En ese sentido, que el Presidente hable de una manera constante, paradójicamente, puede producir una cierta tranquilidad.

-¿Eso puede tener relación con la tendencia argentina a caer en el autoritarismo o a buscar una figura que nos salve?

-En el autoritarismo se puede caer con todos los estilos. Hemos tenido caudillos silenciosos, hemos tenido dictadores que no hablaban y personajes fuertes que lo hacían permanentemente. No creo que un estilo comunicacional esté ligado a una posición autoritaria.

-Usted escribió que los movimientos políticos en la Argentina en general empezaron generando discursos de ruptura que, con el tiempo, se terminaron asimilando a los que ya existían. ¿En qué estado de este proceso está el kirchnerismo?

-El problema para aplicar ese esquema de análisis al discurso de Kirchner es que Kirchner no surge con un discurso político elaborado, con el cierre que tiene que tener un discurso para poder ser definido como tal. Kirchner surge como un misterio, en todo sentido, incluso desde el punto de vista de su proyecto político: era una figura que todavía se estaba armando cuando llegó al poder.

-¿Qué tiene Kirchner de peronista?

-Lo que tiene de peronista está justamente en relación con el discurso. El discurso peronista, que caracteriza a Kirchner, para bien y para mal, fue una parte importantísima de la construcción del partido. Nunca un discurso deja de ser parte en la vida de los conjuntos políticos, pero en el caso del peronismo era central. Perón generaba adhesión y odios con su discurso. Esa cotidianidad del discurso también aparece en el caso de Kirchner. Es decir, la necesidad de dar un lugar central a la expresión de la opinión, a la palabra. Otra característica del peronismo es la adjudicación de un lugar central, dentro de esa palabra, a las confrontaciones de la actualidad económica y política. Esa centralidad del conflicto social y económico de la coyuntura es algo que formó parte del discurso peronista mucho más que del discurso de otras grandes corrientes políticas argentinas.

-La televisión suele ser objeto de muchas críticas. ¿Qué aspectos positivos le encuentra?

-Lo que tiene de bueno es la variedad de géneros, sobre todo si sumamos canales de aire y de cable. Pero es verdad que también tiene muchas cosas malas. Por ejemplo, ha generado un tipo de periodismo que finge sencillez. El periodista aparenta ser un hombre sencillo que se indigna.

-Se subestima al televidente.

-Sí, a partir de una autosubestimación del periodista.

-¿Qué tan poderosa es la televisión?

-Es bastante menos poderosa de lo que se creía. Sobre todo de lo que creían algunos, que pensaban que transformaba las conciencias. Es interesante notar lo que ha ocurrido en algunos sectores sociales que tienen acceso a Internet, en los que los jóvenes tienen hoy el televisor a la espalda, porque por delante ubican siempre la pantalla de la computadora. Creo que Internet todavía es un misterio. Se ha escrito e investigado mucho, pero lo mejor que podemos decir es que es algo demasiado complejo todavía. De lo que sí estoy seguro es de que la pantalla de la computadora se diferencia muchísimo de la del televisor.

-Si uno mira la televisión argentina, ¿saca alguna conclusión sobre los argentinos

-Se puede pensar en cómo se tratan ciertos temas. Por ejemplo, sin hacer una crítica, las pertenencias sociales y laborales se representan como provisionales. La sociedad que se representa ahora en la ficción, y también en géneros no ficcionales, está compuesta por gente más o menos expuesta al cambio de emplazamiento social: para arriba o para abajo, pero más frecuentemente para abajo.

-Hoy parecen no existir límites sobre lo que la televisión puede mostrar y decir. ¿Eso es transgresión, un modo de llamar la atención del público u otra cosa?

-Pueden ser ésas y otras cosas, pero creo que, además, es el efecto de un debilitamiento de las convicciones compartidas en cada segmento social, no sólo sobre lo que es malo y lo que es bueno, sino también sobre lo bello y lo feo. No sólo se debilitaron creencias políticas y religiosas, sino también las que mantienen, ahora de modo más cambiante, los límites entre lo aceptable y lo que no lo es dentro de un estilo de expresión. No terminamos de encontrar el tono.

-¿Cuál es el género que mejor nos define a los argentinos?

-La caricatura y la historieta costumbrista tienen en la Argentina una riqueza que no es fácil de encontrar en otros países. Y esa riqueza no sólo tiene que ver con el nivel de la representación, con la destreza en la producción. En la Argentina, siempre ha tenido lugar un tipo de caricatura en la que puede tomar la escena el componente plástico. Una caricatura de Hermenegildo Sábat tiene que ser mirada como un cuadro y una historieta de Liniers tiene que ser, muchas veces, leída como un cierto humor poético cercano a la tradición de lo que se llamó humor metafísico.

Por Raquel San Martín
De la Redacción de LA NACION

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Agenda Argentina de la Etica

Archivado en Osvaldo Bayer • Fecha: 09-04-2005 00:00:00

Por Osvaldo Bayer

Siempre visité a los presos políticos. Alguna vez pensé en una época en que esas visitas se iban a hacer innecesarias porque imperaría un sistema de libertades, derechos y convivencias. Hace dos días fui otra vez a la cárcel de Devoto. Cuando entro en ella me da tristeza, melancolía y rabia. La entrada por donde arriban los parientes de los presos, toda llena de basura y tristeza. Me imagino los versos apenados que hubiera escrito Raúl González Tuñón. Mujeres y chicos mal vestidos y con arrugas u ojos con desdicha. ¡Documentos! Cacheos, y las miradas menospreciativas de los que tienen –al parecer– la ventaja de poseer uniforme. Y las mujeres con paquetes de alimentos. Son las verdaderas víctimas de la sociedad, de esa sociedad que no deja nunca de ser autoritaria. Recuerdo cuando fui, en tiempos de Alfonsín, a visitar a los eternos presos políticos, con distintos rostros. Nunca se dice, pero el gobierno radical mantuvo presos a quienes habían sido condenados por la justicia de los desaparecedores uniformados. Una vez los fui a visitar a esa cárcel con la actriz noruega Liv Ullmann. Cuando trajeron a los presos, la bella Liv les dio a cada uno un beso en la mejilla. Varios años después encontré en la calle a uno de esos presos políticos, quien desde lejos me señalaba su mejilla con el dedo índice a medida que se acercaba. Cuando ya estuvo frente a mí le pregunté: ¿por qué esa seña? Y él, radiante, me contestó: el beso de Liv Ullmann.
El sueño del preso.
Como digo, hace dos días fui a la cárcel de Villa Devoto. A visitar a los presos políticos de la Legislatura. Es hasta morrocotudo decir que son presos por el Código de Convivencia. ¿Presos por convivencia? Sí. Son vendedores ambulantes, travestis y meretrices. Están presos desde julio, acusados de cargos que los pueden llevar a sufrir catorce años de prisión. Nada menos que de “coacción agravada, privación de la libertad, daños calificados, resistencia a la autoridad”. Sí, catorce años. Todos los acusados son de pobreza extrema. Por supuesto.
Son presos políticos para cualquier conocedor de la sociedad argentina. Una sociedad que no hizo nada por ellos. Al contrario: les encajó de pronto el nuevo código de convivencia y ahora el código contravencional. A vendedores de garrapiñadas, panchos, pochoclo, helados. Esos son “los verdaderos culpables de que ande mal el país”. Por eso palos, cárcel, que desaparezcan de las calles porteñas. Uno de ellos, un muchacho santiagueño, me relata: “Tenía un pequeño stand cerca de la Plaza de Mayo, vendía juguetitos y cositas para los turistas; semanalmente venía la policía que me exigía veinte pesos, y después vino la orden de radiarnos; fui a protestar a la Legislatura. Nos cagaron a palos, nos llevaron a la comisaría y de ahí a Devoto. Mi mujer se tuvo que volver a Santiago con mis dos hijitos, a vivir allá con la madre. Estoy preso desde julio aquí, peor que un perro de albañal, y desde hace nueve meses no veo ni a mis hijos ni a mi mujer”. Convivencia. Rechaza él que hubiera tirado piedras. O roto puertas. Fueron los policías de civil que provocaron todo. Entre ellos estaba el gordo Laneri, que también fue el provocador de los líos de la fábrica Brukman.
Los testigos de la acusación son todos policías. El juicio lo inició el titular de la Legislatura, Santiago de Estrada, que como antecedente democrático tiene haber sido embajador de la dictadura de Videla en el Vaticano. Engendros argentinos. Pero eso sí, a los vendedores ambulantes hay que meterlos catorce años en la cárcel de la ignominia. El gran encuentro policial contra la pobreza porteña terminó con la pobreza para siempre. No hay más pobres en nuestras calles. Gracias al subinspector Ariel Alberto Romano de la comisaría 49, quien dirigió el operativo, ya se acabó la lepra en la ciudad. Esos son los métodos. Uno de los presos, que era “transformista”, me dice con tristeza: “Yo quisiera tramitar asilo político en otro país siempre que sobreviva a la violencia, a las cucarachas, a las ratas y al basural aquí en la planta 1 de la U2, la cárcel de Devoto”.
Los detenidos a los cuales no se les tiene en cuenta que salieron ese día a defender desesperadamente su “fuente de trabajo” en una sociedad egoísta y pérfida, me dejan ver con sus relatos directos y desesperados que si tenemos todavía algo de los principios cristianos enseñados por Jesús y un resto de Etica, debemos defenderlos. Todos los organismos de Derechos Humanos deben asistirlos. No abandonarlos. Hacer la contrainvestigación. Los políticos responsables no nos pueden contestar “está en manos de la justicia”. ¿Cuál justicia, esa que deja libres a todos los grandes torturadores y aprovechados y mete presos a los más humildes, a los sin trabajo? Un tema para Dostoievski. Salgo y camino por esas calles de Dios, de detrás de los muros de la cárcel sale un alarido. Alguien que ha perdido la compostura.
Pero si pudiera también iría a visitar a los presos de Caleta Olivia. Presos políticos. Los detuvieron por pedir trabajo. Están presos desde el 3 de septiembre, es decir hace nada menos que siete meses. Una ignominia. Una vergüenza argentina. Son seis, tres hombres y tres mujeres. Son padres de 23 hijos menores. Están presos por reclamar puestos de trabajo a las petroleras que actúan en Santa Cruz. Lo repetimos: en Santa Cruz. ¿O acaso, señor juez, hay otra acusación contra ellos? No. Esa es la única, claro, adornada con otras palabras. Fueron los voceros de los trabajadores que acamparon frente a la municipalidad y luego ocuparon la planta de Termap. El poder reconoció la razón obrera y así se consiguieron 400 puestos de trabajo y el acta-acuerdo fue firmada por los empresarios, el intendente de Caleta Olivia y cuatro obreros de los seis que están presos. Una vez terminado el conflicto, las empresas se vengaron. Los hicieron meter presos con las palabras de siempre: “privación ilegítima de la libertad, usurpación, daño, entorpecimiento de la actividad económica, impedimento de funciones públicas”, que llevan a la pena de 16 años de cárcel, repetimos. Yo le preguntaría al señor juez y al señor gobernador si no saben que el movimiento obrero argentino, a principios del siglo pasado, logró las sagradas ocho horas de trabajo saliendo a la calle y luchando a cara descubierta. Los obreros de Caleta Olivia lucharon también por algo sagrado: poder trabajar.
Uno de los presos se llama Mauricio Perancho. Tiene 32 años y siete hijos. Habla poco, pero cuando dice, dice: “Acá mandan las petroleras. La culpa es del gobierno porque nosotros firmamos un acta donde ellos se comprometían a dar puestos de trabajo y no cumplieron”. La iglesia le preguntó si sus hijos necesitaban algo, y él respondió: “Lo único que necesitan es a su padre en libertad”.
Una frase para los que nos gobiernan. Todo esto sólo puede tener futuro si se comienza con una ley de amnistía para los presos políticos. Recomenzar y dar de nuevo. Un verdadero código de convivencia. Y no lo que acaba de ocurrir en Salta, donde el gobernador Romero atacó a palos y balazos de goma nada menos que a los docentes, que salieron a reclamar por sus derechos. Ganan un sueldo de hambre. La injusticia recorre el suelo argentino. A los docentes se los persigue a palos, como si ellos no fueran los que abren el futuro de nuestros hijos, de nuestros nietos. Negamos el porvenir argentino. Espero que los intelectuales peronistas reprueben con toda energía este proceder del peronista Romero.
Yo he visto las lágrimas desesperadas de los docentes salteños.
En la Agenda Argentina de la Etica están como citas indiscutibles la libertad a los presos políticos y el respeto que merecen nuestros docentes.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-49508-2005-04-09.html

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“No es tiempo de un papa latinoamericano”

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 06-04-2005 05:40:28

Por Carmen María Ramos
Para LA NACION

El teólogo uruguayo Alberto Methol Ferré cree que el mundo y la Iglesia atraviesan un momento de gran complejidad. Methol Ferré se formó con algunos de los más importantes teólogos del Concilio Vaticano II: Yves Congar, Henri de Lubac, Romano Guardini, Hans Urs Balthasar. Sin embargo, ese catedrático de la Universidad de Montevideo, profesor de Historia de América latina, de Historia Contemporánea y de Historia de la Iglesia, se define como un hijo de la Ilustración. Tuvo una educación afrancesada y sus vocación cristiana, su conversión y su primera comunión sólo llegaron en una tardía adolescencia.

Entre los hitos más importantes de su trayectoria está el haber sido miembro del equipo de reflexión teológico-pastoral del Celam (Consejo Episcopal Latinoamericano) desde 1975 y durante casi veinte años. Fue consultor y participó como experto designado por el Vaticano en la Conferencia Episcopal de Puebla (1979) y su influencia pudo percibirse en varios de los documentos redactados por los obispos.

Sobre los temas de su especialidad ha dictado cursos y conferencias y colaboró en distintas publicaciones. Dirigió la revista latinoamericana Nexo y ha publicado, entre otras obras, "Las corrientes religiosas en el Uruguay", "El resurgimiento católico latinoamericano" y "La Iglesia en la historia de América latina. De la posguerra a nuestros días", así como numerosos estudios en obras colectivas.

"Soy un uruguayo, es decir, un argentino oriental; ustedes son argentinos occidentales", dice Methol Ferré, casado y padre de tres hijos de 11, 14 y 18 años. Esta definición sintetiza perfectamente su sentir sobre lo que deberían ser estos países y sobre su pensamiento, siempre proclive al afianzamiento de una identidad latinoamericana.

En materia religiosa prefiere que no lo encasillen. "He sido un Vito Dumas, un navegante solitario dentro de la Iglesia. Tengo amigos en Comunión y Liberación, en Schoenstatt, en el Opus Dei. Pero no pertenezco a ningún grupo." Respecto de este último -en una de cuyas universidades es profesor- subraya que tiene buena opinión. "Pienso que uno de los aportes esenciales de monseñor Escrivá de Balaguer fue afirmar la santificación por el trabajo", dice.

-Pero daría la impresión de que el Opus no arraiga en las capas más desfavorecidas de la sociedad?

-Lo reconozco. Pero más bien diría que lo que intenta es estimular una mentalidad empresarial, y esa mentalidad no solamente puede arraigar en la clase dominante.

-Se habla de la posibilidad de que el sucesor de Juan Pablo II sea un latinoamericano. ¿Lo cree posible?

-Diría, en principio, que aún no me parece que sea el tiempo para que esto ocurra. Sencillamente, porque desde la última conferencia del episcopado latinoamericano, en Santo Domingo, en 1992, no se ha dado una relatinoamericanización profunda de la Iglesia de nuestro continente. La Conferencia de Medellín (1968) y la de Puebla (1979) -esta última, a poco de iniciarse el pontificado de Juan Pablo II- se hicieron en tiempos de una intensa fermentación espiritual de América latina. La de Santo Domingo, en cambio, se produjo apenas dos años después del derrumbe del comunismo, que significó el fin del mundo bipolar y un cambio drástico en el escenario mundial. En Santo Domingo, los obispos no tuvieron ni los elementos ni una idea nítida de cómo se iba a rehacer ese escenario mundial, porque les cambiaron abruptamente las circunstancias. De modo que, a mi entender, Santo Domingo fue un acto superfluo, porque no tuvo las condiciones necesarias para pensar un mundo en un momento en que en el planeta se había levantado una verdadera polvareda. Esto eclipsó al Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam) como presencia real en las iglesias de toda América latina.

-¿Se podría decir que el Celam quedó mudo desde Puebla, que la Iglesia latinoamericana ya no ha hecho oír del mismo modo su voz?

-Exacto. Desde entonces, cada Iglesia está en su país: la Iglesia argentina volvió a ser argentina, la brasileña, brasileña. Se "deslatinoamericanizaron" y ahora hay que "relatinoamericanizarlas". Esa es la gran meta para 2007, año de la próxima conferencia. Por eso yo creo que solamente podrá haber un papa latinoamericano si las iglesias de América latina tienen una interacción profunda, porque si no tendríamos un papa argentino, o chileno, o brasileño: una cuestión de aldeíta.

-Se dice que el futuro cónclave de cardenales será el más abierto y complejo que haya registrado la historia y que no entrarán en juego prejuicios de raza o nacionalidad. ¿Coincide?

-A mí me parece que lo más conveniente sería un papado de transición. Y un papa de transición sería, todavía, europeo.

-¿Por qué?

-Porque la Iglesia está saliendo de Europa, pero éste es un proceso reciente, que aún necesita maduración. Europa fue el centro del mundo hasta hace 50 años. A partir de la descolonización surge todo un mundo de iglesias nuevas, en la India, en Asia, pero son procesos muy incipientes. La Iglesia más madura, aparentemente, sería la latinoamericana, porque es la más antigua entre las no europeas. Tiene cinco siglos, contra un siglo de las de Africa. Por eso no me parece que las iglesias de la periferia europea estén en condiciones de una conducción mundial, todavía. Dentro de pocos años seguramente sí, porque la intensidad de la globalización y de la coparticipación interna de la Iglesia es cada vez más fuerte.

-Tampoco habría que esperar, siguiendo su lógica, que se eligiera a un papa africano?

-Me parece muy difícil. Las iglesias más antiguas estuvieron en Egipto y en Africa del Norte, pero eso desapareció. No es que yo esté en contra de un papa negro. Estoy diciendo que se trata de una Iglesia nueva, que todavía no arraigó en su propia cultura, por lo que difícilmente sea fuente y no mero reflejo de lo que piensan las iglesias europeas. Hace falta que maduren más y que asimilen las experiencias de evolución real de sus iglesias y no de lo que piensa o propone un tipo que está en Roma. El punto no es que el candidato sea de raza negra o amarilla, sino que las conferencias episcopales de cada una de esas regiones del mundo tienen que madurar. No olvidemos que las iglesias de Africa se hicieron musulmanas? En Túnez estaba nada menos que la iglesia que alumbró a San Agustín, pero hoy no queda nada ni comparable a lo que fueron los inicios de la cristiandad en el Mediterráneo. Se trata de una cuestión de maduración y, en ese sentido, sí diría que la que parecería estar más lista es la Iglesia latinoamericana.

-Su papa de transición europeo, ¿tiene nombre y apellido?

-Yo soy un gran partidario de Joseph Ratzinger. Pienso que es el hombre más indicado para ser papa en estos momentos.

-¿Por qué?

-Porque es una de las últimas grandes expresiones de una generación intelectual que tiene un esplendor intelectual equiparable a los siglos XII y XIII de la Edad Media, equiparable también a la mejor época de la patrística griega y latina, que es cuando comienza la evangelización. Ratzinger es uno de los últimos hombres de la Iglesia actual que representan eso. Además ha sido, en mi opinión, la persona de mayor confianza intelectual y espiritual de Juan Pablo II, con un papel muy definido: estar en el centro de la escena para ver las evoluciones intelectuales y espirituales en el mundo.

-¿Le dan los años?

-Es mayor: ha de tener 77 años. Pero yo hablo de un papa de transición. Primero, porque es uno de los hombres que más comprenden la situación mundial actual. Pero además, porque es un alemán. Eso me importa mucho, en la medida en que el origen del árbol de la Reforma se llamó Lutero. La relación del ecumenismo de la Iglesia Católica con los luteranos va muy bien. Pienso que para el pueblo y la Iglesia alemanas y para la Unión Europea es indispensable un papa católico alemán, que cerraría el ciclo de la gran herida de la Reforma en el corazón de Europa. Creo que Ratzinger es el hombre para una presencia espiritual que subsane las raíces de las culturas básicas de la modernidad.

-Lo cierto es que no se lo menciona entre los papables, aunque también se afirma que "quien entra papa al cónclave, sale cardenal"?

-Yo expreso mi opinión dentro de lo que conozco, que es limitado. No estoy interiorizado de todos los nombres importantes de la Iglesia mundial, entre otras cosas porque hoy hay menos información que hace 10 o 15 años.

-¿En qué sentido?

-En tiempos de la bipolaridad mundial, la Iglesia estaba en una gran tensión, pero al aflojarse la bipolaridad no ha logrado reponer una nueva lógica misional adecuada a un escenario político. La Iglesia está sintiendo el amorfismo de la transición de épocas. Durante medio siglo, hasta la caída de la URSS, el enemigo principal era el ateísmo mesiánico, materialista, que se había difundido por el mundo en apenas un siglo y medio, con una velocidad extraordinaria, sólo comparable a la del islam. Ahora no hay nada de eso. Resulta mucho más complejo discriminar quién es el enemigo y darles una jerarquía a los peligros. Eso genera un gran estancamiento en la dinámica misional de la Iglesia.

-Se ha dicho que el futuro papa no tendrá que luchar contra estructuras políticas o ideológicas demasiado visibles, pero sí tendrá que confrontar con transformaciones culturales cada vez más desafiantes. ¿Coincide?

-Yo creo que éste es un instante de gran perplejidad, de acumulación de problemas. Cuando se juntan los cristianos para ver los problemas del mundo no logran articular una visión de la coyuntura en su conjunto.

-¿Usted cree que hay temas que inevitablemente habrá que encarar?

-Sí; la sociedad contemporánea hace inevitable una reflexión muy profunda sobre temas hasta ahora no abordados, probablemente porque en el repertorio de los desafíos de la Iglesia eran nuevos y de segundo orden. Pero hoy resultan mucho más ostensibles. Hace apenas diez años el asunto de la unión de homosexuales no se planteaba, o si se planteaba era en algún núcleo ínfimo, pero no era una ola, como lo es hoy. Para mí, resulta obvio que la unión civil de los homosexuales no es un matrimonio, porque el matrimonio implica la reproducción, pero eso no significa que la Iglesia, ante situaciones especiales, pueda llegar a aceptar la unión civil de estas personas. Entonces aunque no se le ponga el mismo rango que el matrimonio, ya que está justamente en las antípodas de lo que significa el matrimonio, de algún modo ese mal puede encerrar un bien. Estas son cosas que se tienen que empezar a discutir en la Iglesia con un análisis que no sea juridicista y abstracto. La sociedad no tiene por qué legislar como si todos sus miembros fueran religiosos y católicos.

-Proyectos como la educación sexual en las escuelas, la despenalización del aborto, el uso de profilácticos para prevenir el sida y otras cuestiones prometen encrespar más las aguas entre la Iglesia y los gobiernos civiles de la región. ¿Cómo prevé que evolucionará la relación en estos aspectos?

-Yo soy partidario, en general, de que haya educación sexual a las edades que corresponda. Me parece obvio. Ahora, por supuesto, esa educación puede ser de múltiples contenidos y múltiples significados. Yo soy partidario de que se enseñen bien los aspectos físicos, psíquicos, espirituales, porque si no, ponemos a los chiquilines a ver cine porno y listo, ¿no le parece? En cuanto a otros temas, como el uso del preservativo, la Iglesia se recuesta en la intimidad del confesionario. La diferencia entre Calvino y la Iglesia Católica es que para Calvino todo pecado era mortal. La Iglesia distinguió siempre entre pecado mortal y venial. Para mí, el preservativo es un asunto venial, pero necesario, porque si no el matrimonio se expone a tener veinte hijos, y eso es imposible. Lógicamente, la Iglesia no puede decir urbi et orbi "Usen preservativo", pero lo contempla, caso por caso,

-Pero la Iglesia no dice que eso queda librado al confesionario...

-Yo digo que ésa es, un poco, la realidad.

-¿No es un doble discurso?

-No; es aconsejar ante cada caso concreto. Es no herir la esencia del asunto desde el principio, es tratar de que las heridas sean menores. La Iglesia no lo recomienda, pero es consciente de que una buena educación sexual evitaría muchos abortos y es mejor usar un preservativo que exponerse a un aborto. ¡Por Dios! El aborto es una cosa muy grave. Para la Iglesia, desde que un óvulo es fecundado hay un ser humano, y punto. Ahí sí que no hay matiz posible. Por eso yo digo que era mucho más fácil ser monje en el siglo XI? Hoy vivimos en un mundo erotizado y en una cultura que no tiene parangón en la historia mundial, que plantea todos estos problemas.

-Y usted, ¿qué piensa?

-Pienso que el enemigo principal es lo que yo llamo el ateísmo libertino, que está en el corazón de la sociedad opulenta euronorteamericana y que consiste en la gratificación de todos los deseos. La gente tiene como valor fundamental la satisfacción de sus deseos. Esa es la propaganda que irradia el capitalismo y que está ligada a las nuevas formas de comunicación y, por supuesto, al deseo fundamental, que es Eros. El ateísmo mesiánico se transformó en una rueda de placer del poder y de poder del placer. Esa es la rueda que empieza a hacer girar la sociedad de consumo del mundo capitalista actual, como no había ocurrido nunca antes. El capitalismo nos ofrece millones de cosas buenas, pero -sobre todo en los países pobres- también se multiplican los problemas de los paraísos artificiales, como la corrupción, la droga, la pedofilia. Un mundo donde todo es posible.

-¿Cómo se revierte?

-Ese es, a mi entender, el problema pastoral fundamental. Es muy difícil identificar al enemigo, porque el ateísmo mesiánico tenía estados, partidos, instituciones multitudinarias. Acá, en cambio, no hay una cara visible ni un aparato social expreso. Todo es amorfo, individual y no identificable fácilmente, pero hay una incitación perpetua. Por eso hay que intentar comprender sus orígenes, su lógica, su forma de expansión. Solamente si se tiene una visión totalizadora, mundial, de esa lógica es posible un enfrentamiento real. Zbigniew Brzezinski, a mi entender uno de los pensadores contemporáneos más brillantes, ha llamado al corazón de la sociedad opulenta "la cornucopia permisiva". Cornucopia es el cuerno con que Zeus se alimentaba de todos los deseos posibles. Bueno, Brzezinski cree que en el apogeo del poder de Occidente están todos los síntomas de su decadencia, y eso se propaga en las zonas no centrales, por la hegemonía de los medios de comunicación. Ellos nos comunican a los que no estamos a su altura de opulencia la cornucopia permisiva que no estamos en condiciones de sostener.

http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=693600

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Historia abierta

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 03-04-2005 00:00:00

¿A los chicos no les interesa el pasado? Malvinas y el Mundial 78 serían dos casos, que implicaron a sus propios padres, para revertir esa supuesta tendencia.

POR BEATRIZ SARLO*.
bsarlo@viva.clarin.com.ar

Hace poco leí que, en las escuelas primarias inglesas, los chicos no saben quién fue Winston Churchill. O sea que un desconocimiento del que h hos ejemplos en la Argentina no nos convierte en depositarios universales de toda la ignorancia. La escuela puede hacer preguntas, que no respondan a la fórmula fácil de "lo que a los chicos les interesa", dado que, librados a una supuesta espontaneidad, gana la televisión. En la Argentina, dos acontecimientos me parecen fundamentales porque no sucedieron en un paisaje donde claramente se enfrentaron los buenos y los malos, sino que los muestra en un revoltijo.

Creo que es más sencillo enseñar que el terrorismo de Estado es repudiable, que encarar problemas de nuestra historia reciente y, como se dice que la escuela debe enseñar problemas y no soluciones, paso a mencionarlos.

Ayer fue 2 de abril, un aniversario más del comienzo de la Guerra de Malvinas. Como durante el Mundial de Fútbol de 1978, gobernaba una dictadura militar; en uno y en otro caso, millones de argentinos lo pasaron por alto para salir a festejar el Mundial del país de los desaparecidos y la aventura militar de los dictadores. Todavía hoy es difícil reconocer que la gente quería el Mundial en las condiciones que fueran y que celebró en las plazas el inicio de la Guerra de Malvinas creyendo que los militares habían encarado una empresa de afirmación nacional. Muy solitarios quedaron quienes repudiaron la foto triunfal de Videla rodeado de los campeones; muy pocos valoraron el gesto del seleccionado holandés que no quiso compartir otra foto con los responsables del terrorismo de Estado.

El Mundial de fútbol y las primeras semanas de la Guerra de Malvinas son momentos resbaladizos, donde hoy es difícil reconocerse en la multitud enfervorizada con el Himno y el celeste y blanco, movida por la idea delirante de que éramos los mejores del mundo, nos gobernara quien nos gobernara. A diferencia de otros momentos de la historia, la mayoría estuvo comprometida en la celebración, tirando papelitos o agitando banderas. El nacionalismo deportivo es un rasgo universal, pero también tiene sus condiciones locales que son graves cuando el gobierno, a pocas cuadras de las canchas de fútbol, administraba campos de desaparecidos. El nacionalismo territorial produce guerras y, por supuesto, miles de víctimas, comenzando por los veteranos de Malvinas, esos hombres incómodos que durante más de dos décadas quedaron a la deriva, no porque la guerra fue una aventura loca de los militares, sino porque fue una guerra perdida. El nacionalismo, cuando es dirigido por una dictadura, saca lo peor de todos los protagonistas en juego: el olvido, la ausencia de solidaridad, la destrucción de principios que indican que el fútbol viene después de las vidas sacrificadas por el régimen que empleó todos los medios para evitar que el mundo sancionara su repudio trasladando a otra sede el campeonato de 1978. Y entre los medios que empleó estuvo la opinión y el deseo de la población argentina. ¿Es posible enseñar cosas así?

Cuando se afirma que los contenidos de la escuela no interesan a sus alumnos es probable que se esté pensando en estampitas congeladas y heroicas de la historia patria. Me resulta muy difícil imaginar que esos alumnos no se interesarían en una discusión sobre qué viene primero: ¿El fútbol o los derechos humanos? ¿Las islas del Atlántico Sur o una guerra sin ton ni son, desencadenada por un gobierno que mandó a miles a la muerte en manos de un enemigo al que se lo había convocado sin motivo excepto el de salvar, por una causa nacional, el pellejo de los dictadores? Los hipotéticos alumnos de estas escuelas hipotéticas no tolerarían las dos historias con el indisciplinado desinterés de costumbre. No se les estaría dando una masa inerte de pasado, sino que se señalarían cuestiones abiertas, entretejidas con opciones reales, que implicaron a sus propios padres, donde los personajes no son fáciles de clasificar, porque además de los militares estaban millones de argentinos.

http://www.clarin.com/diario/2005/04/03/sociedad/s-950058.htm

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"En justicia para jóvenes, todavía vivimos en el pasado"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 03-04-2005 00:00:00

MaARY BELOFF: EXPERTA EN DERECHO INFANTO-JUVENIL

Desde hace un siglo, la Argentina tiene las mismas leyes de protección y castigo para niños y jóvenes. Es más eficaz pensar sanciones que exijan responsabilización del causante y modifiquen su conducta.

Claudio Martyniuk
cmartyniuk@clarin.com

Usted habla en uno de sus trabajos de "la larga y morosa marcha de la conciencia hasta que la comunidad internacional preste atención a los derechos de los niños". ¿De esa morosidad son especialmente responsables los Estados?

—Tanto en los países periféricos como en los centrales, una primera política en términos modernos de acción afirmativa hacia un grupo que necesitaba una especial protección —como pueden ser las mujeres, los indígenas o personas con necesidades especiales— fue en favor de los niños. A fines del siglo XIX se fija una política pública en los Estados Unidos y Europa; veinte años después en la Argentina.

# ¿Qué efectos trajo esa política?

—Como era previsible, los chicos y chicas fueron reducidos a

objetos de protección.

# ¿Esa legislación avanzó?

—Es increíble, pero sigue vigente tal cual. Nuestro país todavía no se ha subido al tren de la historia en relación con las leyes que regulan la condición jurídica de la infancia. El continente cambió sus leyes, menos Argentina, Chile y México, que son el eje del pasado.

# ¿Cómo se gestó este modelo que considera al chico un objeto para proteger?

—Había un problema social y una clase política que quería resolverlo utilizando los que eran, para la época, los estándares teóricos más adecuados. Y en este sentido y con estas aclaraciones, yo creo que la ley de Patronato de Menores fue un avance importante, ya que antes sólo había ejercicios fragmentados de protopolítica social de parte de la filantropía inorgánica de las sociedades de beneficencia liberales y de la Iglesia. El arreglo institucional que se hizo tenía una cantidad de presupuestos que cien años después podemos impugnar. Pero es hora de que por lo menos pensemos en esa capacidad de configurar una política y en la imposibilidad que tenemos hoy, tal vez con mucha mayor claridad ideológica, de definir cualquier política respecto del problema.

# ¿Cómo funcionó ese modelo?

—Tiene un marco teórico que asume, casi naturalmente, que hay una relación directa entre marginalidad, pobreza y delito. Sobre la base de esta concepción se autoriza a los jueces penales a intervenir en la vida de los niños y de sus familias en supuestos que tienen que ver con lo que la ley llama un estado de peligro, riesgo moral o material. Y esto autorizó intervenciones estatales coactivas que no se rigen por ningún debido proceso, porque dentro de esta lógica no hay ninguna imputación de delito, sino que toda esta intención estatal está dirigida a enderezar, a corregir, a sacar al niño del riesgo, a no punir sino a proteger, a ayudar, a salvar a los niños.

# ¿Usted sugiere que en ese trabajo de "salvación" el chico no es tratado como una persona?

—Esto es lo que no está dicho. Y el precio que se pagó fue la pérdida de la subjetividad jurídica. Se objetiviza al niño, pero eso pasa con los detenidos, porque esta actitud tiene que ver con la lógica penal. La lógica tutelar es una lógica penal no asumida. En el momento histórico en que el derecho penal casi sucumbe a una explicación sin fisuras sobre la cuestión criminal surge el derecho de menores, diciendo que no es derecho penal y las intervenciones estatales sobre los niños son para ayudarlos, por amor. ¿Qué espacio político y técnico queda para preguntarse sobre el límite de la intervención si lo que se está haciendo es ayudar al otro?

# Los jueces, que tienen tanto poder sobre los chicos, ¿de qué manera lo ejercen?

—La función de enderezar al que estaba en la mala senda les corresponde a los jueces de menores, que son jueces penales. Este juez tiene más poder hasta que un juez de instrucción, porque puede tomar medidas que afectan no sólo a niños sino también a la familia. Y puede hacer, prácticamente, lo que quiera porque no tiene límites: los expedientes son secretos y casi no se permite la presencia del abogado defensor. Entonces, la pregunta que hay que hacerse es: ¿son los jueces los que tienen que ocuparse de hacer la tarea de los trabajadores sociales? Si un chico no come, ¿un juez se tiene que ocupar de darle una beca a la familia? O si no va a la escuela, ¿es el juez el que tiene que hacer de policía ante las familias marginales, porque los problemas de los sectores altos no van a ventilarse en los juzgados de menores?

# El elemento central de esa justicia penal encubierta fueron las cárceles de menores llamadas institutos. ¿Cómo ha sido su desarrollo en la Argentina?

—De un alto nivel de sofisticación intelectual, propio de la época de la hegemonía positivista. Es un sistema sofisticado por la organización burocrática y hasta por los argumentos para legitimar sus prácticas. También es autista, por eso el problema surge cuando los de afuera comenzamos a mirar qué pasaba dentro. Pero sólo sus operadores, que saben que sus prácticas son ineficientes, pueden asumir el liderazgo para transformar los institutos. Nadie que no esté imbuido puede venir a decir cómo hacerlo; puede sugerir, se pueden hacer intercambios, pero los que tienen que liderar el cambio tienen que ser los operadores de la justicia de menores, venciendo resistencias corporativas.

# Con tanta sofisticación burocrática, ¿cómo se llegó a la ineficiencia de los institutos?

—El problema de la crisis del Estado acompaña todas las políticas públicas. Llega un momento en el que el Estado no tiene la cantidad de recursos que tendría que tener para invertir en mejores condiciones. Igual, si el Estado tuviera los mejores institutos, no serían Disneylandia, porque los chicos a Disneylandia van porque quieren y porque sus padres pueden llevarlos. Hay problemas que tienen que ver con la inversión, pero hay otros que tienen que ver con la errada manera de intervenir sobre la situación. Si se interviene con la misma respuesta sobre el que necesita ayuda real y sobre el que comete el delito, la respuesta va a fracasar.

# En El Salvador se dictó, hace una década, la primera legislación latinoamericana adecuada a la Convención de los Derechos del Niño. Usted participó en la redacción. ¿Qué balance se puede hacer de su aplicación?

—El Salvador consolidó un sistema de justicia juvenil que es, en términos de sus sentencias y de sus prácticas, uno de los más sofisticados del continente. Tuvo un efecto multiplicador en Centroamérica. Pero la reforma legal es el uno por ciento de la cuestión. Es necesaria para Argentina, porque hoy la ley es parte del problema. Lo que no hay que pensar es que la ley sola cambia todo. En América latina hay un problema serio que es la falta de buenos programas de ejecución de sanciones especiales para jóvenes, como sí hay en el mundo anglosajón. Por eso se sigue discutiendo cómo tener mejores formas de encierro, cuando en un sistema de justicia juvenil el encierro es patológico.

# ¿Cuáles serían las alternativas?

—Muchísimo trabajo comunitario, con lo que se llama ahora justicia restaurativa o mediación. Se trata de conectar al adolescente con la víctima y con su comunidad de una manera no problemática, lo cual es fundamental en comunidades pequeñas. Hablo de sanciones que sean responsabilizantes pero que tengan que ver con trabajos comunitarios, con programas de libertad asistida que ayuden al adolescente a no volver a meterse en problemas. A los jueces no se les ofrecen programas para poder hacerlo, y entonces se imponen encierros. Hay falta de imaginación jurídica y de creatividad. Se habla de alternativas a la prisión, y yo insisto en que en un sistema nuevo de justicia para adolescentes no hay que usar esa expresión. Hablamos de alternativas en el sistema de adultos, porque la vía regia de la respuesta estatal es la cárcel. Pero si acá queremos cambiar las cosas, también tenemos que cambiar el lenguaje, y si hablamos de alternativas siempre pensamos que tenemos la cárcel.

# ¿La cárcel nunca es solución?

—Hay que ser capaces de pensar un sistema en el que el día que un juez decida aplicar una sanción privativa de la libertad a un adolescente deba dar muchas justificaciones empíricas, teóricas y normativas. Y eso sólo lo va a hacer si siente que la cárcel para los menores es algo muy patológico, por más que sea la mejor cárcel, con las mejores instalaciones, con el mejor equipo deportivo y la mejor alimentación y el mejor psicoanalista.


http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/04/03/z-950194.htm
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"Será difícil salir del colapso moral"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 02-04-2005 05:36:04

Aída Bortnik

Por Carmen María Ramos
Para LA NACION

Su obra trata de todas aquellas personas que no persiguen un destino, sino que lo encuentran, a su pesar. Y que frente a esa realidad tienen que elegir entre mirar para otro lado o actuar con dignidad. Mientras habla, da la impresión de que bien podría ser la Alicia de "La historia oficial", la Clara de "Pobre mariposa", la Mariana de "Tango feroz", la Ana de "Caballos salvajes". Pero no, es ella, Aída Bortnik, una suerte de Aladino siempre a punto de frotar la lámpara de la que salieron ésos y tantos otros exitosos libros cinematográficos: "La tregua" (primera candidata argentina al Oscar), "Una mujer", "Crecer de golpe", "La isla", "Volver", "Gringo viejo", "Cenizas del paraíso", "La soledad era esto" y "Vergüenza" (episodio de "18-J").

También fue una de las fundadoras de Teatro Abierto (1981), aquel recordado movimiento de autores que invadió con obras argentinas escenarios y horarios no convencionales, desafiando las prohibiciones imperantes.

En 1986, luego de ganar el Oscar a la mejor película extranjera por "La historia oficial", se convirtió en miembro de la Academia de Artes y Ciencias de Hollywood.

Ahora, sentada frente a una computadora que nunca descansa, en el piso 13 de su cálido departamento, en pleno corazón del barrio de Once, Bortnik dice sentirse el dios de sus criaturas, pero -aclara- de criaturas con libre albedrío, porque los personajes, una vez creados, no hacen lo que el autor quiere, sino lo que ellos necesitan hacer.

"En mis historias me interesa mostrar a los antihéroes, a la gente común que se encuentra, a su pesar, con la historia con mayúscula. Siempre un ser humano puede hacer la diferencia. No se puede avasallar a la gente si la gente no se quiere dejar avasallar."

La propia vida de Bortnik dio un giro brutal cuando, a los 20 años, iba en ómnibus a Mar del Plata y un camión con acoplado se incrustó del lado en que ella viajaba. Todos los que estaban sentados delante de ella murieron. Sus sueños de ser actriz se esfumaron. También debió abandonar la Facultad de Derecho y los cursos de arte y literatura que frecuentaba. Pasó cuatro años postrada y, cuando estuvo lista, reencauzó su vida como periodista y autora de guiones para cine y televisión.

En 1976, amenazada, se exilió en España, y desde que regresó al país, en 1979, sufrió distintas prohibiciones. Hoy no está prohibida, pero cree que lo que ella hace no le interesa a la televisión.

De lo que se ve en pantalla chica, lamenta la vulgaridad, la falta de respeto, la carencia de valores, la improvisación, los elencos que no ensayan, la ausencia de autores.

"Hay programas muy exitosos en los que han elegido suplantar al escritor por un productor y contratar diez pares de manos para que trabajen, por monedas, un pedazo cada uno. Después los actores con eso hacen lo que pueden, con textos que no tienen magia ni cumplen con ninguna de las necesidades espirituales de la gente. Yo no digo que no tenga que existir «Los Roldán». Lo que no puedo creer es que no existan otras cosas."

-¿Por qué no existen otras cosas?

-Porque hay que pensar, hay que trabajar; no es soplar y hacer pompas de jabón. Hay que tomarse el trabajo y hay que tener gente de talento. Por eso yo me siento tan cómoda trabajando con los textos de "Vientos de agua", una miniserie de trece capítulos para la cadena de televisión española Telecinco. La dirigirá Juan José Campanella, se filmará en 2006 y reflejará el fenómeno de la inmigración masiva de europeos a la Argentina en la primera parte del siglo, así como la llegada de inmigrantes latinoamericanos a España, hoy. Se trata de un proyecto ambicioso, con buen presupuesto, con guiones que se reescriben...

-¡Qué tema, esta historia de ida y vuelta, de inmigrantes y emigrantes, que vivimos los argentinos...!

-Yo la pasé. En 1976, me subí a un barco rumbo a España. Pensaba en mis antepasados que habían hecho el camino inverso desde Rusia. Pero ha cambiado el mundo, ha cambiado el lugar de la esperanza. Antes los europeos venían a hacer la América y ahora nosotros tenemos que salir corriendo, pero con menos ilusiones, o con casi ninguna. Mis antepasados vinieron convencidos de que éste era un país de paz y tolerancia. Era una tierra generosa con la que uno se encariñaba y enseguida se sentía parte de ella. El camino inverso es más duro. Podés ser un arquitecto y tenés que trabajar de albañil, te dicen sudaca? Europa no es América. Europa no ha sido nunca un lugar para llegar; a Europa no le gustan las mezclas. Ahora están tratando de convencerse de las ventajas del muticulturalismo, pero no tienen una cultura de tolerancia. Entonces, no es lo mismo: es una aventura muy diferente, muy dura e incierta.

-En esas mezclas, ¿no estará nuestra fortaleza?

-Estoy convencida de eso. Ya aprendimos que no somos la París de América latina, que no somos más el país con mayor cantidad de clase media de América latina, pero podemos ser una sociedad muy interesante. Yo creo en las mezclas y lo comprobé en España. Allí, donde ocurría algo creativo había un argentino. Eso es real. También es cierto que a veces se comportaban de una manera que era como para echarlos? Por eso, hoy desearía que estuviéramos un poco más serenos respecto de nosotros mismos, sin preguntarnos tanto cómo somos, un poco más en armonía y con un cambio de actitud respecto de lo que se ve, pero sin olvidar que los cambios siempre tienen que ser de arriba hacia abajo.

-¿Cuál es el centro de sus preocupaciones respecto del país?

-La salida del colapso moral, de la cultura de la corrupción, de la cultura del exitismo, de la falta de valoración de la educación, de la herencia del "menemato", que sigue vigente. Yo creo que Menem representó un oscurantismo increíblemente peligroso, del que nos va a costar salir, porque la pasión por el brillo, el rating, la cuatro por cuatro no se va de los corazones de la gente de un momento para el otro. Fueron diez años. Es mucho para un pueblo que, además, había tenido siete años de una dictadura feroz.

-Menem no salió de un repollo. Encontró una sociedad que se dejó deslumbrar, ¿o no?

-Claro, si hasta lo veían alto, rubio y de ojos celestes. Después de todo, la clase alta ¿a quién iba a votar? Aquí, el peronismo se mueve con un ala conservadora, que Menem encarnó de una manera salvaje, un poco brutal, y con un ala más progresista. Por eso en este país no hay ni izquierda ni derecha. Aquí no hay partidos conservadores. Los Macri y los López Murphy suelen conseguir pocos votos.

-¿Usted es de los que creen que el huevo de la serpiente de nuestros males es el peronismo?

-No, pero sí digo que una considerable responsabilidad por el derrotero de nuestra historia la tiene el peronismo. Lo que hizo el peronismo fue neutralizar a la izquierda, neutralizar a la derecha, comerse todo, y en ese aglutinamiento hay un fondo que estuvo siempre, que es un fondo fascista, que a veces se nota mucho y a veces se nota menos.

-Discursos, en cierta medida, moralistas, como el de Alfonsín, no ayudaron a mejorar las condiciones de vida de la gente.

-Porque no supo, porque no quiso o porque no pudo, Alfonsín cometió grandes errores, sobre todo en los últimos años. Yo estuve en contra de las leyes de obediencia debida y punto final, pero reconozco que él, ya durante la campaña, hablaba de tres niveles de responsabilidades. Alfonsín lo había anticipado; no engañó a nadie. Ciertamente, a partir del tercer año, su gobierno comenzó a ser frustrante. La principal frustración fue darnos cuenta de que no se estaba trabajando para la transición, que era el papel que la historia le otorgaba a ese gobierno, sino para un futuro que los otros no tardarían en demostrar que era sólo para ellos.

-Los otros... ¿los peronistas?

-Por supuesto. En la Argentina, los radicales no pueden gobernar. Cuando los radicales gobiernan, los peronistas se dedican a mover el piso. Alfonsín merece muchas críticas, pero es verdad que cayó por un golpe económico. Siempre fue así. Yo trabajaba en los tiempos de Illia como periodista en Primera Plana, cuando Ramiro de Casabellas era director. A mí no me lo contaron: yo fui testigo de cómo crearon la imagen de un maravilloso Onganía y cómo destruyeron la del presidente Illia. Hicieron una nota sobre la mujer de Illia que fue una indignidad. Sin embargo, creo que Illia fue uno de los presidentes más valientes, independientes y de mejor administración que ha tenido la Argentina. Illia no se sometió a los designios de los Estados Unidos. Con Illia no había deuda externa, teníamos superávit y en su gobierno se iniciaron planes de educación, hospitalarios y de viviendas que hubiera sido una maravilla que continuaran. Sin embargo, lo bajaron haciéndole creer a la gente que era un imbécil.

-¿Tuvo puntos de coincidencia con De la Rúa?

-Creo que De la Rúa realmente se enfermó a los pocos días de asumir, después de aquella vez que llegó con un cuadro virtual de arteriosclerosis al Instituto del Diagnóstico. A mi entender, ya no se recuperó. Era un hombre de derecha y de derecho. Como senador, había trabajado muchísimo y como intendente había hecho una buena tarea. Ahora, el que a mí me encanta es Chacho Alvarez. Ese sí que me parece una cosa preciosa: vio algo que no le gustaba y, en vez de denunciarlo desde adentro y hacer algo para impedirlo, renunció y se fue. No nos engañemos: De la Rúa no era un seductor de multitudes. Chacho Alvarez tenía la oportunidad de pararse frente a un micrófono, por cadena nacional, y decirle a la gente lo que estaba pasando. Pero ¡qué ingenuidad! ¡Si la gente nunca cuenta en este país!

-¿Tampoco hoy?

-Supongo que, para algunas cosas, sí. Kirchner me cae simpático y lo hago notar, porque no es fácil que un peronista me caiga simpático. Me cae bien esa cosa de muchacho setentista, que conserva algunos reflejos?

-Ese matiz agresivo, prepotente, es justamente lo que más le molesta a mucha gente.

-Decían que De la Rúa era dormido y que Kirchner es agresivo y prepotente. Pero ¿qué quieren? ¡No nos va a surgir un Mitterrand por milagro, con esta clase política! Insisto: a mí me cae simpático, tiene algunas cosas claras, tiene ejercicio del poder y es desconfiado, lo que me parece fantástico. Reconozco que los mensajes dichos de manera prepotente no son una invitación a que cambiemos la realidad, a que mejoremos. Es el resabio de esa cultura militar que ha impregnado la autoridad en nuestro país. Nosotros hemos tenido muchas dictaduras y también hemos tenido mucho peronismo. Y el peronismo fue creado por un coronel. La cultura peronista es una cultura de prepotencia y creo que de eso Kirchner no puede escapar. Creo que en algunas cosas lo intenta y que hace pactos, algunos probablemente inevitables, con los que construye poder y se mantiene en el poder. Pero hay una cultura de la prepotencia con la que no comulgo y a la que temo.

-Pero, entonces, ¿le gusta o no?

-Me gusta lo que hizo en materia de derechos humanos, aunque no me parece suficiente. No me gusta ni estoy de acuerdo con su política de gobierno. No sé qué plan tiene para sacar al país de la crisis económica y laboral y de la postración moral en que nos encontramos. Además, creo que Kirchner pacta. Pero todos los políticos pactan. Lo que hay que saber es qué se pacta y a qué precio.

-¿Pacta con la corrupción?

-Yo supongo que con algún sector de la corrupción, sí, porque, si no, tendrían que estar presas una cantidad de personas que andan sueltas.

-¿Cómo se puede erradicar la corrupción o reducirla a su mínima expresión?

-Con educación. En las familias y en los colegios. El centro tiene que estar puesto en otros valores y los ejemplos tienen que venir desde muy arriba. Sin ejemplo de los padres y de los gobernantes, todo se convierte en un discurso vacío. Los corruptos existirán siempre, pero deben convertirse en seres marginales de la sociedad, deben tener el condigno castigo moral. Sin sanción moral no hay cambio posible. Recordemos aquel lamentable caso de las grandes figuras del espectáculo y del empresariado que se hacían traer autos importados utilizando prebendas destinadas a los discapacitados. Gente toda con una alta posición en la sociedad. ¿Dónde estuvo la sanción social? No la hubo. El único castigo real es la sanción social, el desprecio.

-Usted indaga en sus obras sobre los motivos que llevan a la gente a no eludir su destino, a esas anónimas actitudes que muchas veces cambian la historia. Su gran éxito, que le valió un Oscar a la mejor película extranjera, habla de la falsedad de una sociedad cómplice...

-Yo creo que el éxito de "La historia oficial" se basa en que narra la historia de alguien que no había querido enterarse de lo que ocurrió en la Argentina, pero que llega a un momento en que ya no puede seguir negándolo y entonces necesita saber más y más. Cuando sabe lo suficiente, hace lo que tiene que hacer. Porque no es verdad que no se puede hacer nada.

-El asunto es querer saber, ¿no?

-Claro. Y por eso se paga un precio a veces muy alto. Para mí, "La historia oficial" cumplió una función maravillosa mucho antes de estrenarse, incluso antes de filmarse. Poder escribirla cuando estábamos todavía en plena dictadura es algo que me enorgulleció mucho siempre.

-¿Por qué usted sí podía ver, oír, hablar? En el fondo, ¿de lo que estamos hablando es de la hipocresía?

-En el fondo, estamos hablando de lo que pasa en todos los pueblos del mundo con las guerras, con las dictaduras. ¿Por qué "La historia oficial" tuvo el éxito tan increíble que tuvo en todas partes? Porque la gente de todo el mundo se reconoce, porque es la historia del encuentro de un ser humano, de su historia personal, con la historia, encuentro que no ha buscado, del que intenta escapar, pero del que no puede librarse. Pero esto pasa en todas partes. Los franceses no dejaron ver, en Francia, la película "La batalla de Argel" hasta hace diez años. Cuando llevamos "La historia oficial" a Cannes, los periodistas alemanes nos decían: "¿Cómo van a hacer una película sobre la historia reciente cuando nosotros tardamos 40 años en hablar del nazismo?". Lo que pasa es que nosotros somos latinoamericanos. Es lo que ellos no entienden. Si esperábamos 40 años, esto se hubiera repetido. Pero también digo que éste es un país en el que durante décadas creímos que una buena cosecha nos salvaba. Este es el país donde hace 80 o 100 años se carneaba una vaca para comer el lomo y se tiraba el resto. Aquí no se tuvo nunca la sensación de que la riqueza se podía acabar. Los únicos que tenían otra mirada eran los inmigrantes, que venían de pasar miseria y privaciones de todo tipo.

-Pero esa cultura del ahorro, del esfuerzo, ya no fue la misma en los inmigrantes de segunda generación. ¿Por qué?

-Porque el país era muy rico. Nos parecíamos tanto a Europa? Nosotros competimos con los europeos, supuestamente, en un pie de igualdad. Entonces, todos somos europeos...

-Usted podría estar comprendida entre los beneficiarios del proyecto de ley de resarcimiento a los exiliados políticos entre 1974 y 1983. ¿Lo aprueba?

-Personalmente, no, y no voy a presentarme, porque no creo que los que realmente me deben ese tiempo sean los que me lo van a pagar. Y no quiero cobrárselo al pueblo argentino, que lo sufrió como yo. Aceptaría si la indemnización saliera de las fortunas personales de Videla, de Massera y de todos aquellos que me robaron el estar cerca de mi madre, que me impidieron trabajar y que me obligaron a la aventura de empezar de nuevo a una edad en la que yo suponía que ya había llegado a algo. Entonces, sí aceptaría, porque ellos fueron los culpables. Pero yo no le voy a cobrar al pueblo argentino que no pudo irse. Porque yo pude irme, pero hay millones que no pudieron.

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La Salita

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 02-04-2005 00:00:00

Por Sandra Russo

Hace diecisiete años, Nora, que es psicóloga, y Mabel, que es trabajadora social, se hicieron amigas apilando ladrillos. Ya trabajaban, las dos, en la Sala Nº 3 del barrio Las Torres, de Pontevedra, partido de Merlo. Pero cuando se conocieron, la Sala propiamente dicha no existía, así que ellas dos participaron, junto con los vecinos, de aquella construcción. Era la época del Plan Atamdos, que impulsaba desde la gobernación el ministro de Salud Floreal Ferrara. Se creaban, en diversos y múltiples puntos de la provincia Salas de Atención Primaria de la Salud concebidas, junto con las escuelas, como los corazones de los barrios. Equipos multidisciplinarios se proponían dar respuestas a las problemáticas sanitarias de los barrios más castigados. Esta última oración podría colarse en un informe desabrido o pretencioso o en cualquier discurso de la tradicional política bonaerense. “Dar respuestas a las problemáticas sanitarias de los barrios más castigados.” ¿Qué significa eso en realidad? Mabel responde, con naturalidad: “Si viene un vecino alcohólico, decirle, por ejemplo, quédese acá a pasar el día. Hacerle lugar”.
Pero después de diecisiete años de continuar yendo cada día a la Salita, mientras los demás equipos de aquella época se fueron des-hojando y extinguiendo, el jueves 17 de marzo a Nora y a Mabel les llegó intempestivamente una orden de traslado. Desde el municipio que conduce el intendente Raúl Otacehé se decidía que ellas debían abandonar sus lugares de trabajo. Les asignaban puestos en dos hospitales de Merlo. La noticia cayó como una bomba de estruendo en el barrio. “Sacan a las chicas”, dice Rita, una vecina, que fue la voz que empezó a correr por Las Torres, llevada de boca en boca por las mujeres que escucharon la noticia mientras vacunaban a sus hijos o esperaban a sus médicos. “Sacan a las chicas”, le decía una vecina a la otra, y todas sabían que las chicas son Nora y Mabel.
Las dos se negaron a firmar la orden y llamaron a ATE para que alguien fuera al municipio a averiguar las causas del traslado. Las mujeres iban llegando a la puerta de la Salita, arremolinándose allí en defensa de “las chicas”, que durante tanto tiempo habían acompañado las situaciones puntuales y difíciles planteadas por embarazos adolescentes, violencia familiar, nacimientos de bajo peso, consumo de sustancias tóxicas, depresiones y disfunciones familiares emparentadas con el desempleo y las sucesivas crisis. Mientras las mujeres empezaban a juntar firmas y organizaban una protesta al día siguiente en la intendencia, al representante de ATE, en el municipio, se le respondía que no había ninguna “razón técnica” para el traslado. “Es una decisión política y no tiene marcha atrás”, fue la frase que precedió al portazo.
“Decisión política” significa, en este marco, que los punteros del intendente se atrincheran para aceitar el clientelismo y que no quieren interferencias. En especial, no quieren competencia kirchnerista. Quieren bloque, aparato, “lealtad” en el peor sentido del peor peronismo. Ni Mabel ni Nora son activistas políticas. “Pero y si lo fuéramos, ¿qué?”, se pregunta una de ellas.
El nerviosismo invadió el barrio. Más mujeres y muchachos se juntaban en las puertas de la Sala. Una nueva directora intentó hablar y la abuchearon. Cuando llegó la noticia de que el traslado era injustificado, los vecinos pasaron de la puerta al interior de la Sala. La tomaron. Vino la policía. Los ánimos estaban completamente enrarecidos. Parecía, cuentan ahora “las chicas”, que todo iba a estallar. Pero no fue la policía la que disuadió a los vecinos. No fue el temor a la refriega. Fueron los punteros políticos del intendente los que llegaron a la Sala con el as en la manga. “Amenazaron con cortarnos los planes Jefes y Jefas”, dice Rita. “Imagínese: dependemos de eso”, explica con una racionalidad no exenta de cierta humillación. Los punteros no sólo manejan los planes sino también otros beneficios sociales, como los bolsones de alimentos y la administración de un comedor barrial al que van los ancianos. “La gente se asusta”, completa Rita como si hiciera falta. “Estamos en manos de ellos.” Y el susto hizo que la gente se aturdiera, y que se fuera desconcentrando. Acaso todavía inseguros del susto que son capaces de provocar, los punteros y un par de concejales leales al intendente monitorearon al día siguiente el micro en el que los vecinos iban a ir al Municipio para quejarse. Pero allí reconfirmaron su capacidad de apriete, relata Rita: al micro no se animó a subirse casi nadie. Y a estampar la firma en el petitorio tampoco. Tiemblan al imaginar que cada una de esas firmas puede desaparecer de la lista de los planes.
Y nada más. Eso fue todo. La Sala seguirá dando turnos con nuevo personal. Nora y Mabel pedirán salir de Merlo porque, dicen, allí no pueden quedarse. Tienen miedo a las represalias, tienen miedo a ser vigiladas, tienen miedo a expresar lo que piensan. En Merlo se tiene miedo. Los vecinos bajarán la cabeza una vez más y dejarán que las cosas que afectan a su vida se decidan sin tenerlos en cuenta ni siquiera para una explicación, el aparato seguirá atrincherándose para no dejar pasar ninguna brisa nueva, los pobres seguirán siendo tomados de rehenes por quienes distribuyen los planes, y en medio de lo que podría pensarse desde muchos puntos de vista como una primavera económica y política, el otoño férreo del caudillismo peronista seguirá arrasando con algunos de los mejores brotes democráticos. Un historia pequeña y argentina.

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