NUEVA YORK.– Michael Ignatieff es un zorro. Años atrás, su gran maestro, el pope del liberalismo Isaiah Berlin, realizó una célebre distinción respecto de los intelectuales, llamando puercoespines a los que tienen una visión única y central, y zorros a los que apuntan a varios lados simultáneamente. Ignatieff no tiene inconvenientes en definirse según esa clasificación.
“Soy como un zorro, de una manera patética y desesperada. Corro de olla en olla tratando de que no se me queme ninguna. Abarco demasiado y me escapo en doce direcciones distintas. Pero si miro atrás, veo que temas como la libertad, la seguridad nacional, los derechos y, sobre todo, la moral en un mundo de diferencias son recurrentes en mi obra. Y esas obsesiones tienen algo de puercoespinianas”, explica, siempre con una sonrisa. Es la sonrisa perfecta en la cara de galán de Hollywood inteligente con la que Ignatieff cautivó, durante años, a la audiencia de la BBC, cuando presentaba documentales sociales y políticos. Y es la misma que reciben sus alumnos en el Centro Carr para los Derechos Humanos de la Universidad de Harvard, del cual es director y catedrático. Como buen zorro, además de ser una de las luminarias del mundo académico norteamericano, Ignatieff, doctor en Historia, es también novelista, periodista, corresponsal de guerra, ensayista y crítico literario de The New York Times. Fanático de la música clásica y el fútbol americano ("lo cual mi mujer considera totalmente barbárico", confiesa, suspirando) y autor de libros como "Isaiah Berlin. Su vida", "El honor del guerrero. Guerra étnica y conciencia moderna" y el flamante "El mal menor. Etica política en la era del terror", Ignatieff es un divulgador sofisticado. Domina tanto el mundo de las ideas como el de los medios, y desde esa perspectiva asegura, sorprendentemente: "Estamos siendo muy lentos para entender que el enemigo terrorista es mejor manipulando la tecnología moderna que la mayor parte de las democracias liberales".
"Es irónico que una figura como Osama ben Laden, que vive en una cueva, sea mejor que George W. Bush para comunicar al mundo su ideas", asegura Ignatieff en un diálogo con LA NACION lleno de frases que salen de la boca como ya escritas, una virtud claramente berliniana.
"Al-Zarqawi, el líder de la insurrección en Irak, también está haciendo un mejor trabajo de comunicación que los norteamericanos: usa sus videos pornográficos de las ejecuciones de rehenes como armas de guerra", agrega.
-¿Por qué llama pornográficos a los videos que salen de Irak, si no tienen nada que ver con el sexo?
-Porque actúan igual que la pornografía: al principio, hacen que el público se sienta curioso y excitado a su pesar; después, avergonzado, un poco degradado y, por último, hasta indiferente. Y el público de estas crueldades es universal. Un holandés que posee una página web con imágenes violentas y sexualmente explícitas, en la que difunde las decapitaciones, asegura que cuando las pasa, las 200.000 visitas diarias a su página saltan hasta 720.000. Pero, seguramente, la capacidad de degradación de estas imágenes no es lo más importante. Es más significativa la reflexión política que merece este nuevo tipo de reality show. Desde el punto de vista comercial, estos videos son auténticas propagandas de reclutamiento para la insurrección iraquí. Los videos anuncian que el grupo que los ha realizado es el más salvaje de todos, y eso sirve para atraer a nuevos miembros e incentivar la captura de víctimas.
-¿Esto es una novedad de la guerra de Irak?
-Antes de Irak habían existido muchas rebeliones llenas de violencia: en Argelia, contra los franceses; en Kenya, contra los británicos; en Vietnam, contra los estadounidenses. Pero ninguna utilizaba la cámara como instrumento de terror. El secuestro fue el arma preferida de los grupos armados en el Líbano desde los años 70. Pero no exhibían a sus rehenes en los informativos de la noche. Es una tendencia que empezó en Chechenia, siguió en Afganistán, con la ejecución de Danny Pearl, y ahora continúa en Irak. Es el terrorista como director de cine. Un hombre secuestrado hace poco en Irak contaba, al ser liberado, con qué cuidado y entusiasmo habían preparado los terroristas su aparición en video: dónde debía arrodillarse, hacia dónde tenían que apuntar las armas, cuál tenía que ser el fondo, qué palabras tenía que decir? Estas ejecuciones no son sólo crímenes, sino actos terroristas también, porque al difundir estas imágenes de horror se intimida a las tropas y a la población, se asusta a los periodistas y se manipula a la opinión pública. Por eso hay que tratarlas como armas de guerra.
-¿Qué deberían hacer los medios de comunicación?
-No es aceptable que los medios de comunicación masivos occidentales distribuyan y muestren la ejecución de seres humanos. Punto. Tienen que reportar qué está pasando, pero no dar al aire las imágenes. Si Al-Jazeera quiere mostrarlas, no hay nada que se pueda hacer para impedirlo. Hay un mercado global para imágenes pornográficas y los sitios web que las distribuyen no pueden ser detenidos. Pero los medios de comunicación serios y con una reputación que defender no deberían llevar estos videos pornográficos a sus televidentes. Significa darles a los terroristas una victoria innecesaria.
-A diferencia de la mayor parte de los intelectuales norteamericanos, usted apoyó la guerra en Irak desde el principio. ¿Por qué?
-Yo apoyé la guerra porque estuve en Irak en 1992 y vi con mis propios ojos lo que Saddam les hizo a los kurdos. Yo no fui ciego ni naïf respecto de los motivos que llevaron a Bush esta vez a la guerra, pero sí creí, y creo, que buenos resultados -básicamente, un Irak democrático- pueden obtenerse a partir de intenciones ambiguas. Así que apoyé la invasión incluso a pesar de que hubo evidencia de que algunas de la razones esgrimidas eran falsas, como la existencia de armas de destrucción masiva. Pero de lo que no tengo duda es de que este éxito inicial sí cambia el panorama. Crea la posibilidad de un proceso constitucional exitoso en 2005, unas elecciones para ratificar la Constitución este año y elecciones nacionales en 2006. Luego los americanos vuelven a casa y ¡presto! tenemos un Estado democrático en Medio Oriente, con un ingreso anual de miles de millones de dólares por la venta de petróleo. Esto es un cambio revolucionario. Nadie piensa que haya sido fácil. Los norteamericanos han hecho cada error posible en Irak y es así, en cierta medida, a pesar de ellos, y no gracias a ellos, como estamos viviendo las consecuencias de un enorme triunfo. Todo el mundo debería estar conmovido: mujeres totalmente cubiertas que atraviesan calles entre la miseria para ir a votar a pesar de las amenazas. En un mundo podrido, es de las mejores imágenes que se pueden conseguir.
-¿Y por qué hay tantos que no se alegran?
-La centroizquierda no se anima a apoyar la libertad en Irak, no sea cosa que parezca que coincide con los neoconservadores. Los ideólogos contra la guerra tampoco pueden apoyar a los iraquíes, porque eso requeriría admitir que resultados positivos pueden salir de malas políticas y peores intenciones iniciales. Finalmente, están los ideólogos bobos del mundo árabe, e incluso unos cuantos de Occidente, que creen que los llamados insurgentes están librando una guerra justa contra el imperialismo norteamericano. Todo esto hace que uno se pregunte en qué momento la izquierda se olvidó del nombre correcto para la gente que pone bombas en los centros de votación, mata a quienes trabajan en el sufragio y asesina a los candidatos. El nombre correcto para esa gente es fascistas. Porque el fascismo es un intento de destruir el proceso democrático a través de la violencia. América latina lo sabe, Europa lo sabe. Veían lo que pasaba en la televisión, pero no hicieron prácticamente nada. ¡Gracias a Dios, los iraquíes no fueron intimidados! Los resultados que estamos viviendo se deben a una conducta absolutamente heroica de parte de ellos. El día de las elecciones fue el mejor de la historia iraquí desde 1945, y los últimos meses fueron los mejores de la historia de Medio Oriente de la última mitad de siglo. Obviamente, todo puede ser destruido con facilidad, pero unas elecciones libres para los palestinos y unas elecciones semilibres para los iraquíes son pasos importantísimos.
-¿Qué opina de las elecciones en los Estados Unidos? ¿El triunfo de Bush refleja un país que dio un giro conservador y religioso?
-El mejor candidato ganó. El resto del mundo tiene dificultades para tomarse a Bush en serio, pero es un político muy efectivo, que desarrolló una mejor campaña que Kerry y logró llegar más a los votantes. ¿Si esto significa un cambio histórico-generacional que refleja que la sociedad se está volviendo más religiosa y conservadora? No. Los resultados de las elecciones fueron muy ajustados. Si Kerry conseguía 50.000 votos más en Ohio, ganaba. El país permanece dividido casi en partes iguales. No es que quienes apoyan el casamiento entre homosexuales o la justicia social fueron derrotados para siempre. Simplemente, no supieron encontrar una forma de movilización tan buena como la de los republicanos. El tema clave es que no se puede ganar a largo plazo corriendo en contra del presente. Los republicanos están en contra de la libertad de elección de las mujeres respecto del aborto, de los derechos de los gays a la igualdad sexual; están en contra de la responsabilidad fiscal, dado el déficit con el que se manejan, y no tienen una política para proteger a los trabajadores norteamericanos de las inseguridades de la globalización. Todos éstos son temas reales del presente. No se puede estar contra ellos y ganar para siempre las elecciones. Los jóvenes tienden a votar por los demócratas y el futuro está en las costas, no en Kansas. Los republicanos ganaron sobre la base del pasado. No digo que los demócratas sean el futuro, pero sí que los temas que los identifican importan. Y todo esto dicho por una persona muy conservadora y que está bastante a la derecha...
-Su último libro es sobre la ética política en la era del terror. ¿Qué es lo que más lo preocupa hoy?
-Muchas sociedades latinoamericanas, empezando por la Argentina y Chile, saben exactamente lo que la tortura, la interrogación secreta y las desapariciones le hacen a una democracia. No hay nada que pueda decirle a un país como el suyo sobre las heridas que deja en la sociedad que los militares, con el pretexto del terrorismo, destruyan la democracia. Todo el mundo debería aprender del ejemplo latinoamericano. Una vez que se tienen en el sistema tortura y detención secreta, es muy difícil eliminarlas. Son como un veneno, como un virus que se traga todo a su paso. Para el resto del mundo, que la Argentina y Chile hayan salido de ese horror es una gran fuente de inspiración, pero es muy preocupante que, en algunos aspectos, los Estados Unidos parezcan estar cometiendo los mismos errores que Chile y la Argentina cometieron en los 70. La democracia está basada en la existencia de límites a lo que el gobierno puede hacer sobre el individuo. Permitir la tortura y las detenciones secretas es permitir un cáncer que destruye la democracia, y una de las cosas más preocupantes de la guerra contra el terror de los Estados Unidos es que no sabemos quiénes son ni dónde están todos los detenidos. Así, no se puede protegerlos, y los abusos crean el odio en el cual el terrorismo se alimenta. Yo soy una persona que quiere golpear al terrorismo fuerte al límite de la ley, pero no podemos hacerlo destruyendo dos principios: no debe existir detención indefinida fuera del alcance de la ley y no debe haber interrogaciones bajo presión física. Hay muchas cosas que se pueden hacer con los terroristas, ésas no. Si no, estamos destruyendo los mismísimos principios que esta guerra intenta proteger.
-Como profesor, ¿cómo ve las próximas generaciones?
-Yo tengo alumnos de ochenta nacionalidades en mis cursos en Harvard. Lo mejor que tienen esas clases es que sirven para que los chicos norteamericanos se den cuenta de la suspicacia y desconfianza con las que se mira su país desde afuera, de cómo las buenas intenciones de los Estados Unidos hacia el resto del mundo no son dadas por ciertas. Pero son igualmente importantes para que los alumnos extranjeros vean a los Estados Unidos no como un cliché, sino como un lugar complejo, con mucha gente con visiones distintas, y que tiene algunas de las grandes instituciones de la libertad del mundo.
Por Juana Libedinsky
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=691601