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“La Argentina debe recobrar sus sueños”, dice Juan José Cresto

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 12-03-2005 01:50:14

Opina el director del Museo Histórico

“La Argentina debe recuperar un sueño: el de una patria grande, fuerte y justa. Si tenemos el mismo PBI per cápita que en 1970, evidentemente hemos retrocedido 35 años, mientras que el mundo ha avanzado.”

Así se expresa Juan José Cresto, doctor en Historia, que en 1996 accedió por concurso público de oposición y antecedentes a la dirección del Museo Histórico Nacional. Desplazado durante la gestión de Darío Lopérfido en la Secretaría de Cultura, la Justicia le devolvió su puesto. Es autor de 41 libros, entre ellos “El despojo del patrimonio cultural argentino” (1975) y “Síntesis de la historia económica argentina” (1997). En diciembre de 2004 publicó “Ciento cuarenta años de registros del progreso. Patentes y marcas industriales”, una edición con espléndidas ilustraciones de anuncios de 1910 o 1920 de productos conocidos por generaciones.

Cresto dictó a lo largo de cuatro décadas la cátedra de Historia Económica en el Instituto Nacional Superior del Profesorado y en Ciencias Económicas de la UBA. Dio clases durante veinte años en escuelas técnicas y opina que la reforma educativa de mediados de la década del 90, que dejó a esas escuelas de lado, “fue un fracaso peligroso”. Señala que en esos días, en los que se modificó la Constitución Nacional, “también se abjuró de los planes educacionales que fueron la base de la grandeza argentina”.

Piensa que el Museo Histórico “ha sido abandonado por las autoridades”, que no le dan apoyo espiritual, y si bien le agradece al ex secretario de Cultura Torcuato Di Tella por haber aumentado algo la dotación de personal, dice que cuenta con sólo 28 personas para 46 salas y que faltan restauradores y otros especialistas.

El diálogo se desarrolla en su estudio privado, donde una buena biblioteca exhibe los libros detrás de vidrios, según un adecuado orden temático. "El orden cuesta un poco -dice-, pero el desorden cuesta más." Entre otras obras, vemos un "Liber processionarius" impreso en Madrid en 1649, que tiene una curiosa anotación manuscrita: "Lo compré en una librería de viejo y me costó ocho pesetas, en Madrid, año 1790. Fabián Ramos".

Entre los libros de Cresto, que preside la Academia Argentina de la Historia, figura "El inexistente proyecto del 80" (1994). Inexistente, dice, porque no hubo un planteamiento de los protagonistas para hacer algo en común; nadie lo escribió en un texto. Pero esa generación comprendió que la Argentina podía dejar de ser un país sólo pecuario, cultivar la tierra, extender ferrocarriles, traer inmigrantes, exportar, percibir divisas, levantar las ciudades.

-¿Usted piensa que en la Argentina hay conciencia de que se debe conservar el patrimonio nacional?

-Creo que conciencia colectiva no hay. La gente tiene que tener un concepto de cultura. La cultura es una "forma de hacer" del ser humano y de ella surge una "forma de ser". La forma de hacer se refleja en todos los objetos que hemos hecho a lo largo del tiempo, y así vamos dejando una impronta distintiva. Esta impronta se diferencia según lugar, posición, tiempo. Y nos da una idea de identidad. Si no somos fieles a esa identidad, el futuro no puede ser válido. No nos distinguiremos, no seremos nosotros, correremos el riesgo de prosternarnos ante cualquier invasión externa cultural, que alguien llamó "la cocalización del mundo".

-¿Cocalización? ¿Habla de la droga?

-Lo dijo Arturo Uslar Pietri cuando era miembro de la Unesco, en París, por la Coca-Cola. Lo que interesa en el patrimonio cultural es la impronta distintiva que nos deja el objeto que estamos viendo. Por eso, los yacimientos arqueológicos y todos los testimonios indígenas son valiosos. Y en otra época se abandonó y se dejó a la buena de Dios. Francisco Javier Muñiz, en el siglo XIX, había juntado una gran cantidad de fósiles que el gobernador Juan Manuel de Rosas regaló a Londres: están allá. Luego hubo una mejor conciencia, porque la obra de Florentino Ameghino está en la Argentina. Hay que tener un profundo respeto por lo que el tiempo nos legó. El patrimonio de la cultura es amplio.

-¿A qué se refiere? ¿Qué implica la cultura?

-Si nosotros vemos una obra de Rafael Sanzio la adjudicamos al Renacimiento, queremos saber cómo era la vida entonces, qué pasaba, qué hacía Rafael. El Museo Histórico Nacional conserva el pasado argentino. Es el museo más completo, y eso que ha sido abandonado muchos años.

-¿Llegó a estar cerrado?

-Cuando llegué allí, hacía tres años que estaba cerrado; los roedores pululaban. No había tenido director por mucho tiempo. Había habido un director que era muy buena persona, pero que estuvo muy enfermo. Hacía décadas que el Museo estaba abandonado. Esencialmente, por falta de presupuesto. No tenía presupuesto, y hoy tampoco lo tiene. El Estado paga los salarios, la luz, y para todo lo demás tiene que ocuparse de buscar recursos el director.

-¿Y los consigue?

-Es más fácil en un museo ubicado en zonas más céntricas, porque tiene mayores atractivos. Pero para ir a un museo de historia hay que tener un propósito específico. Si va a un museo de arte, puede reiterar la visita porque es una recreación íntima, que eleva al ser humano. En cambio, la historia puede tener estética y belleza, pero esencialmente es una ciencia. Nosotros disponemos de un enorme repositorio documental, pese a que la mayor parte se lo llevaron al Archivo General de la Nación en 1951, cosa que yo critico enormemente.

-¿En qué consistía?

-Eran documentos. Todo esto está relacionado con la educación. Cuando hablamos de cultura, hablamos de la educación. Había un concepto distintivo entre Alberdi y Sarmiento. Sarmiento hablaba de la instrucción pública, de instruir al soberano. Tenía una visión propia de la época, pero muy valiosa: a aquella persona que es ciudadano, que sabe leer, que interpreta el delicado símbolo de las letras, toda la humanidad le estará hablando al oído, será contemporáneo de toda la historia, porque a través de la lectura podrá entender lo que otros dijeron. Para Alberdi, eso no era suficiente. No sólo había que saber, sino saber hacer. Es un concepto, si se quiere, más moderno. El ingeniero Carlos Burundarena, citando a Giovanni Gozzi, pedagogo italiano, decía: no es suficiente tener una cabeza bien llena -refiriéndose a la enseñanza puramente teórica-; es necesario que sea una cabeza bien hecha. Es lo que hoy hace falta. "Instrucción pública" es hoy educación y "educación" del siglo XIX es hoy cultura. Sarmiento se refería a la educación y Alberdi, a la cultura. Decía que mil gauchos instruidos no harían nunca el equivalente a un obrero europeo. Es necesario traer pedazos vivos de Europa...

-¿No había menosprecio del gaucho?

-No, para nada: subrayaba el concepto de saber hacer. Y yo lamento mucho la reforma educativa de hace unos años, que, en mi opinión, ha sido un retroceso. Está llena de palabras, de teorías, pero implica haber dejado de lado las escuelas técnicas. Hay que ver los técnicos que salían del colegio Otto Krause, donde fui profesor muchos años.

-¿Qué daba?

-Historia. Había una juventud magnífica. Todos con un gran entusiasmo. A partir de tercer año, unos seguían electrónica; otros, mecánica de autos; otros, construcciones. Salían técnicos formados. Hoy, es difícil para un establecimiento industrial tomar obreros especializados; los tiene que formar el propio establecimiento, y eso recarga los costos. Lo mismo pasa en la educación en general. Mi maestra era la maestrita que venía con su guardapolvo blanco, almidonado. No sé cómo era su sueldo; seguramente sería escaso, aunque proporcionalmente mejor que el actual. Venía, no faltaba nunca, daba sus clases con gran dignidad y eficiencia, y todos atendíamos. Y ¡cuidadito con ser indisciplinados! Ahora hay que ver cómo entran en la universidad. Yo le puedo decir, como profesor universitario de más de tres décadas, que he visto retrogradar a mis alumnos año tras año, con una formación cada vez menor, de tal modo que he tenido que achicar los programas más de una vez o perder tiempo en las primeras clases para tratar de nivelar un poco el conocimiento inicial. Me pregunto qué será de este millón de chicos que no estudian ni trabajan cuando vayan a pedir empleo. "¿Qué saben hacer ustedes?", les preguntarán. Nada. Es un retroceso y estamos dilapidando el futuro. No habrá futuro en la ignorancia.

-¿Qué sugeriría para revertir este proceso?

-Políticas de largo plazo. En primer lugar, la jornada escolar debe ser de doble turno en todo el país y en toda escuela. Y en segundo lugar, hay que dejar sin efecto la reforma educativa. Y volver a tener escuelas técnicas que formen obreros y técnicos, que todos los chicos tengan un oficio para ganarse la vida. En mi niñez, nosotros íbamos a la escuela también los sábados. No se perdía nunca un día. La maestra no faltaba jamás. Acá hay un problema de deserción grande. Se habla de diez años de escolaridad en la pura teoría, pero la deserción es alarmante. También hay falta de asistencia de los maestros.

-Con factores que desalientan la perseverancia, como problemas sociales y de disciplina, ¿hay motivación para ser docente?

-No, las motivaciones son menores. Los sueldos son escasos, el docente ha bajado, injustamente, en el concepto social que tenía antes. Pero el tema es más profundo. El docente está muy limitado en el manejo de la clase. En mi época, no se podía molestar, cometer infracciones; había que cumplir diariamente. De lo contrario, había una mala nota, que era algo gravísimo. Hoy, la maestra tiene que cuidarse de las palabras con que se dirige al chico, porque puede ser sumariada. Esto la limita enormemente. El resultado es una laxitud cada vez mayor. Yo esto lo he visto por experiencia. He visto a lo largo de los años el menor nivel de conocimiento que trae el alumno. Esto hace que muchos profesionales deban hacer un posgrado para cubrir sus carencias. Y luego está el fracaso estudiantil, todos los que no pueden pasar los exámenes de ingreso, por la laxitud en la secundaria, donde las inasistencias son permanentes. Y se hace pasar a quien debería repetir el año.

-Esto está relacionado con lo que es la Argentina.

-La Argentina ha realizado una parábola que se inicia en Caseros y culmina hacia 1914. Algunos la extienden hasta el año 1928 y otros, hasta 1940; luego comienza un descenso del que no hemos salido. En 1939, el producto bruto industrial superó al primario; la Argentina seguía una marcha. Luego la parábola empieza un descenso y en los últimos años terminó en una caída libre.

-¿No creció la industria después?

-No en relación con el producto bruto primario. Seguimos teniendo hoy el mismo producto bruto que hace 34 años. Hemos retrocedido. A principios del siglo XX, había dos naciones que eran el porvenir de la humanidad: la Argentina y Japón. Parece que hemos perdido el rumbo. Japón tiene un PBI superior a cuatro billones de dólares; la Argentina no llega a 200.000 millones. Hacia mediados de la década del 40, había otras perspectivas: la Argentina y Canadá eran dos naciones extensas, despobladas y agrícolas. Se pensaba: "El futuro es de ellas". No fue de ellas, sino de una de ellas. Los programas de gobierno deben extenderse al largo plazo. En el Museo, quisiera hacer numerosas cosas que no puedo hacer. Cada vez que entro en los depósitos, sufro una conmoción. Es un horror, pero no tengo el dinero suficiente para reparar los muebles, los objetos. No se puede pedir al público. Tenemos una cooperadora. Las empresas dan dinero para aquello que atrae público, las muestras de arte, pero no para un museo que ha quedado fuera de las zonas de visita y que, además, tiene una especialización más científica que artística.

-¿El conocimiento de la historia no despierta interés?

-Se parece más a la ciencia que al arte. La Argentina tiene que estar orgullosa de su pasado. Lo que hemos hecho en el mundo es digno y nadie puede negarlo. Esta nación despoblada les dio la libertad a tres naciones. Hay que ver lo que significó cruzar con un ejército la Cordillera. Pero la Argentina ha perdido un sueño. La Argentina debe recobrar su sueño de una patria grande, fuerte y justa. Si tenemos el mismo PBI per cápita que en 1970, evidentemente, hemos retrocedido 35 años, y el mundo ha avanzado.

-¿Era un sueño que iba siendo realidad en la Argentina?

-Sí, se iba logrando. La Argentina fue el sueño legítimo de millones de personas que creyeron en nosotros y que vinieron a trabajar nuestra tierra. No era una utopía onírica. Es uno de los países más extensos de la Tierra, un país que tiene todos los climas, con apenas 38 millones de habitantes. Un país que tuvo todo por delante. Envidiado por muchos. Japón tiene cuatro islas volcánicas nada más y es una gran potencia. Produce más de veinte veces lo que produce la Argentina. ¿Qué nos pasó? No tenemos derecho a la queja. No se entiende por qué estamos así. La parábola va en sentido descendente. Hay, por lo tanto, una realidad auténtica, dolorosa, seria, y hay otra realidad en los planes de los funcionarios políticos, que creen que pueden superar todo eso de manera volitiva, sólo por desearlo. Y esto no es así. Platón decía que hay una cosa y hay una idea de la cosa: el mundo de las realidades y el de las ideas. En la vida de cada día, hay que adaptarse a las realidades, no a estas utopías imposibles de cumplir. Ante semejantes fracasos, la población argentina piensa, da pasos hacia este mundo onírico, que es peligroso, porque termina por vivir envuelto en ilusiones que no conducen a nada.

-Usted habló de sueños como algo positivo, pero ahora habla de otros sueños, que son como evasiones...

-El sueño es la meta. El país necesita objetivos, concretar cosas, y hasta ahora esto no se ha visto.

-¿Observar los desencuentros y las luchas del pasado ayuda a construir un proyecto como nación, a mirar para adelante?

-La historia puede ser controvertida. Hegel decía: "Conocemos la ciencia y comprendemos la historia". Se trata de quehaceres humanos. Por tanto, susceptibles de crítica o elogio, como todo acto humano. Si una cosa tiene determinado peso o volumen, eso no es discutible. En cambio, las expresiones, los deseos, las esperanzas y la actitud de la gente son pasibles de crítica. La historia es el estudio del paso del hombre sobre la Tierra. Y ese estudio puede tener todas las variantes posibles, según quién lo mire y en qué momento lo mire. La historia nunca terminará mientras haya un historiador.

-¿Y el "fin de la historia"?

-Lo de Francis Fukuyama es una forma elegante de decir algo diferente. La vida sigue, sin solución de continuidad. El hombre avanza y no es cierto que todo tiempo pasado fue mejor: la vida mejora. La luz eléctrica duplica el tiempo útil. Los esclavos técnicos sustituyen el fatigoso y repetitivo trabajo humano. El siervo de la gleba tiraba el arado. ¿Donde está el ignorado inventor de la pechera del caballo, que reemplazó con el caballo al siervo? Y el arado era un mísero clavo que arañaba la tierra, donde la semilla que se inoculaba daba un fruto precario. La productividad per cápita aumenta. Esto nos beneficia a todos: tenemos cada vez más bienes, la vida se prolonga. La reflexión y la cultura nacen de la posibilidad de dejar de lado el trabajo material, en una espiral infinita de ascenso, hasta límites que no se pueden prever. El futuro será mejor, salvo que alguien haga explotar una bomba que destruya toda una civilización. Como decía el almirante norteamericano Halsey: "Yo no sé cómo será la guerra que sigue. Pero sé cómo será la que sigue a la que sigue. Será con arcos y flechas".

-¿Cómo se veía a sí misma la Argentina hace un siglo?

-Era otra nación, con confianza en sí misma. Era la canasta del pan del mundo, era una esperanza. Los inmigrantes venían; en el muelle del puerto construido por ellos, se hablaba la Babel de las lenguas, todos los idiomas, por gente que de todas partes venía a vivir una vida mejor. Hoy se van. Y es el retorno de los nietos, que no encuentran cabida en un país desierto como el nuestro. Lo que hizo la fortuna de los abuelos es hoy la huida de los nietos.

-Usted recibió el Primer Premio de la SADE por un libro sobre la política exterior del presidente Arturo Frondizi. ¿Piensa que Frondizi intentó revertir esa decadencia del país?

-Fue un gran estadista. Tuvo que luchar contra una contracultura que se había instalado en el país, que vivía una etapa de nacionalismo exacerbado. Amo a mi patria como el que más, pero yo veía con buenos ojos que se sacara el petróleo. Entonces, se sostenía que vender el petróleo al exterior era motivo de alarma.

-Volvamos al Museo...

-El Museo Histórico Nacional es el mayor repositorio de historia que tiene nuestro país. Fue fundado en 1889, organizado sobre el museo rivadaviano de 1822. Si se mira el primer escudo nacional o el clavicordio en que se ejecutó por primera vez el Himno Nacional, se siente la emoción de revivir una época desaparecida. ¡Está la patria en sus salas! Pero no hay posibilidad de hacer una obra duradera si no hay continuidad. Yo pretendo para el Museo que tenga autarquía, que tenga fondos, que puedan restaurarse sus bienes deteriorados, y que se tenga lo suficiente para poder recibir mayor cantidad de bienes. Un museo que no incorpora permanentemente nuevos objetos, nuevas piezas, decrece y muere.

-¿En su gestión incorporó algo?

-Tengo el orgullo de decir que nadie ha incorporado tantos bienes en los últimos 30 años. Entre otras cosas, el original del "Martín Fierro", la bandera de la batalla de la Vuelta de Obligado, que me devolvió el presidente Jacques Chirac acá, en Buenos Aires; el testamento hológrafo de la nieta de San Martín, Josefa Balcarce y San Martín, que tenía la familia Balcarce. Un museo que no incorpora objetos termina por morir. Esto lo entiende Estados Unidos. El Smithsonian es un museo que se ensancha y se ensancha. Algo que parece intrascendente hoy puede ser importante dentro de doscientos años.

Por Jorge Rouillon
De la Redacción de LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=686794

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