El análisis de Sofanor Novillo Corvalán
CORDOBA.– En las inmediaciones de la estancia La Paz, en Ascochinga, parece que el tiempo se hubiera detenido. Poco cambió en ese paisaje serrano que fue tierra de sanavirones, por el que Roca y Juárez Celman cabalgaban cada mañana hace ya más de cien años, a la vez que conversaban y maduraban el proyecto político que les permitió a ambos llegar a la presidencia de la Nación. Eran tiempos en que desde Córdoba se gobernaba el país...
El lugar que el sociólogo cordobés Sofanor Novillo Corvalán eligió para descansar este verano no podría ser más propicio para conocer su perspectiva de intelectual mediterráneo sobre el derrotero que ha seguido la Argentina desde entonces. Novillo Corvalán tiene una larga carrera académica, ligada a las universidades nacionales de Córdoba, Río Cuarto y Catamarca, y a universidades privadas. Actualmente se desempeña como profesor titular de Sociología de la Universidad Católica de Córdoba. Tiene numerosos trabajos publicados en libros, revistas académicas y periódicos de circulación general, sobre la historia del liberalismo y del pensamiento liberal. Ha dictado cursos de posgrado e innumerables conferencias sobre temas de su especialidad. Pero su perfil responde, además, al de aquel "intelectual comprometido" del que hablaba Raymond Aron, donde la vocación por el pensamiento y las ideas se entrelaza con una vocación política que, en su caso, lo llevó a ser legislador provincial durante tres períodos. Esto le ha generado no sólo dos pasiones y dos visiones de la política sino, a veces, según su propia confesión, "dos éticas en conflicto".
"Yo me asumo como un liberal moderno, continuador de ese clásico liberalismo que contribuyó, como bien reconocía Marx, a hacer en menos de un siglo más aportes a la humanidad que los que hubo en toda la historia anterior del mundo", dice.
-¿Por qué aquí los liberales, que pudieron construir los cimientos del Estado moderno, perdieron tan rápidamente preeminencia en el poder?
-Los liberales echaron las bases de una sociedad moderna, pero al perder poder, en 1916, comenzaron a tener una suerte de resentimiento hacia la democracia, porque el pueblo les era esquivo en los procesos electorales. Con el tiempo, devinieron elitistas. Es como si se hubieran subido a un balcón y desde allí hubieran señalado lo que para ellos estaba bien o estaba mal. Lo que estaba mal era sentirse dueños de la verdad de la cosa pública sin estar comprometidos con el proceso político. Así se fueron apartando de a poco. Los partidos liberales se fueron debilitando y todos los esfuerzos por construir una fuerza influyente en la República no tuvieron éxito, excepto algunos episodios más bien ligados a un proceso de colaboracionismo que a un proceso de búsqueda sensata de alternancia en el poder por el voto popular.
-¿Están en deuda?
-El liberalismo tiene una deuda política, social e intelectual con el país. Los intelectuales liberales hablan muy poco y se expresan en ámbitos muy circunscriptos, por momentos crípticos, herméticos. Y los medios tampoco tienden a retener la opinión de hombres de ideas que expresen esta ideología, lo que agrava la situación. Los intelectuales liberales han cedido planos, tanto en lo político como en lo intelectual, a pesar de que, como lo demuestra Occidente, el aporte desde este campo de ideas siempre es importante. Hoy, una sociedad que aspire a crecer y a ocupar un rango jerarquizado en el mundo debe tener un sistema de democracia abierta y pluralista, un sistema de economía de mercado que permita la inclusión en un marco de crecimiento, con un Estado que desempeñe un papel de equilibrio y pueda ser ejecutor de políticas públicas innovadoras, que ayuden a transformar una realidad difícil. El Estado en países como el nuestro tiene responsabilidades mayores que en países más afianzados y más avanzados.
-¿Cómo ve a los radicales?
-Al analizar este apartamiento y por momentos resentimiento de los liberales, pienso en un proceso similar que me parece que se está viviendo hoy en el seno del partido radical. Porque, no obstante la legitimidad y la legalidad de las dos gestiones radicales que hubo a partir de 1983, las dos terminaron en fracasos muy gravosos, con el retiro anticipado del gobierno. Con la curiosidad de que nuevamente, por esta especie de complicidad que hay entre muchos actores intelectuales y mediáticos respecto de las gestiones radicales en lo que tuvieron de negativas, el período de De la Rúa en los análisis más recientes, incluso académicos, aparece desdibujado, como si nunca se hubiera producido. La dirigencia radical está empezando a apartarse, muchos de sus dirigentes se han retirado, se están empezando a replegar. Esto es muy preocupante.
-¿Por qué habla de complicidades?
-Para entender esto hay que remontarse al advenimiento de los radicales a la vida política. De 1890 en adelante, la visión del país empezó a ser metropolitana y su historia empezó a ser la historia de Buenos Aires. El radicalismo ayudó a construir una historia argentina un poco estalinista en el sentido de que se distorsiona y se manipulan los hechos del modo más artificial con tal de que se ajusten a una visión benigna de sus gestiones de gobierno. En el radicalismo hay una apariencia que contrasta con la realidad. El radicalismo contribuyó a crear una cultura golpista en la Argentina. Sólo devino democrático en 1983. Antes no solamente fue un partido no democrático, que no admitió nunca las reglas de juego del pluralismo, sino que incluso difundió prácticas contrarias a los procedimientos propios de una democracia moderna.
-¿Y el peronismo?
-El peronismo también nació en el marco de un golpe de Estado -en ese caso, exitoso, en tiempos en que todavía los modelos del fascismo no se habían derrumbado-, por lo que ese sesgo autoritario tampoco contribuyó, en toda su primera etapa, a crear una sociedad abierta. Su principal problema es que todavía no se ha organizado como partido. Mientras no entienda la necesidad de darse esa organicidad, muy difícilmente podrá contribuir a fortalecer el sistema de partidos, vital para una democracia.
-¿Cómo encaja Kirchner?
-Entre los archipiélagos de poder del peronismo, uno es el poder presidencial. Kirchner es una construcción de Duhalde, quien, como se sabe, violentó la Constitución para permitir que una expresión claramente minoritaria pudiera llegar a la presidencia. Así, un hombre que en la provincia de Córdoba llegó quinto, hoy preside el país.
-¿Le gusta cómo lo hace?
-Estoy desconcertado. Por el momento, me parece que más han sido sus anuncios, sus expresiones, sus demostraciones de poder personal, que sus realizaciones en términos de bien común. Si por algo se ha caracterizado ha sido por una extraordinaria inestabilidad en sus comportamientos. En ese sentido, diría que tenemos un presidente adolescente, cuyos faltazos, plantones y exabruptos, lamentablemente, no son anécdotas, sino la expresión de la frágil madurez del hombre que hoy ejerce la primera magistratura del país. El esfuerzo de toda la dirigencia política, incluso del Congreso, tal vez pueda estabilizar esta gestión presidencial y darle una previsibilidad, una continuidad y un marco de realizaciones que nos permitan evaluarla más positivamente en el futuro. Por ahora, más bien hay expresiones de un marketing político instalado para demostrar que este hombre que llegó con tan poco poder hoy realmente conduce y gobierna el país. No hay ningún motivo para suponer, por ahora, que estamos en un camino de racionalidad.
-¿Es muy distinta la realidad argentina vista desde el interior?
-Es muy distinta, porque el país tiene una multiplicidad de realidades, con una fuerte diferencia en los indicadores de progreso, de crecimiento, de desarrollo cultural entre las distintas regiones en relación con el área metropolitana. En el caso de Córdoba, ya desde su fundación por Jerónimo Luis de Cabrera, en 1573, tuvo que litigar con los representantes de lo que hoy sería el área metropolitana por una concepción ligada con la ubicación y el control del puerto. Desde los comienzos Córdoba aparece como una ciudad contestataria, rebelde, confrontativa. Ya en el siglo XVII, cuando los regimientos de la metrópoli pedían que Córdoba los socorriera con apoyos militares, la respuesta siempre era muy a regañadientes. Había que apelar casi a la fuerza para lograr las levas que fueran en auxilio de la ciudad de Buenos Aires, amenazada por navíos holandeses o ingleses. Todo esto hizo que siempre se mantuviera una relación conflictiva, lo que adquirió una dimensión mayor en 1810, cuando ciudadanos de Córdoba, bajo la presión de Liniers, decidieron oponerse a los designios de la Primera Junta. Sospecho que eso fue más una actitud de rebeldía a las órdenes de Buenos Aires que de apoyo al rey de España.
-¿Qué consecuencias ha tenido, a su entender, la centralización y concentración de la riqueza?
-Muy negativas. Y lo peor es que no hay ningún indicio de que se vaya a revertir esa tendencia. Cuando alguna vez en un gobierno de raíces plenamente democráticas, como el de Alfonsín, se habló de trasladar la Capital, la decisión fue abortada, a pesar de tener una extraordinaria importancia estratégica.
-¿Por qué se frenó la iniciativa?
-Por la simple razón de que el establishment porteño entendió que era un golpe que iba a debilitar de un modo muy acentuado su poder integral sobre el país. Y en esto acertaba. Pero es justamente la descentralización lo que explica el desarrollo más integral y armónico de países de una contextura territorial e institucional semejante a la nuestra, como Canadá y Australia, o el mismo Brasil. En ese país vecino, Juscelino Kubistchek tuvo una fuerte presión y se le trató de impedir que firmara el decreto de traslado de la capital a Brasilia, con el argumento de que Brasil pasaba por una situación difícil. Kubistchek dijo: "Precisamente por eso lo haremos. Porque cuando venga una etapa de bonanza nos olvidaremos de los problemas que le acarrea al país la concentración". Así y todo, la concentración en Brasil es mucho menor que la que se registra en la Argentina. Cualquiera que sea el indicador que se tome aquí para medir esto, uno se va a sorprender. Por ejemplo: el movimiento de los ahorristas que se vieron perjudicados por el congelamiento de sus ahorros en dólares tuvo una fuerte repercusión política y prácticamente expulsó a De la Rúa del poder. Bueno: casi el 90 por ciento de esos ahorristas residía en Buenos Aires y sus áreas de influencia. Aquí lo que no funciona es la democracia entendida como mecanismo de distribución del poder. Yo no cuestiono al porteño. El tema no es dónde se nació sino dónde se acumula poder. No hay una deliberada mala intención, pero la realidad es así, la situación del país es muy crítica, merece medidas de corrección muy innovadoras y la dirigencia metropolitana se niega a dar ese paso.
-¿No cree que los legisladores del interior, cuando llegan a Buenos Aires, adoptan los mismos métodos, la misma idiosincrasia?
-Puede ser una dirigencia muy residual. Es un pequeño argumento que demuestra la raíz de la problemática estructural del sistema de concentración, que ni comienza ni se agota con la actuación muchas veces marginal de los legisladores del interior que recalan en Buenos Aires. El poder de la metrópoli es muy fuerte? Voy a dar un ejemplo arquetípico: el de la Fundación Mediterránea, impulsada por empresarios muy descentralizadores, como Piero Astori. Ellos crearon esta institución para promover investigaciones que demostraran los perjuicios de esta anomalía tan estructural y perniciosa de las desigualdades regionales. Domingo Cavallo fue, durante muchos años, un excelente portavoz de estas ideas. Pero luego, una vez metido en la lógica de Buenos Aires, Cavallo desvió su atención hacia el problema de la macrocefalia y de la ineficiencia estatal y el otro tema quedó en el olvido, sin comprender que si seguimos sosteniendo este modelo no estaremos lejos de aquella profecía de Sarmiento, que decía que en el futuro la Argentina serían "Buenos Aires y ocho ranchos".
-¿Ve alguna salida?
-Una puede ser la regionalización, contemplada en la Constitución de 1994. Las que por ahora han dado un paso en esa dirección son Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos, al constituir la Región Centro. Pero creo que si este bloque, en el corto o mediano plazo, no logra erguirse como un factor de equilibrio o de atenuación de este brutal cuadro de concentración que padece el país, se va a perder una oportunidad histórica, como la que ya se perdió con el traslado de la Capital. Por eso tiemblo cuando escucho proyectos como el de construir, vía financiamiento del BID, un puente que una La Plata con Colonia, en el Uruguay. Ese exabrupto de irracionalidad debería merecer de parte de los gobiernos provinciales una enérgica política de resistencia activa en momentos en que -por dar apenas un ejemplo- la principal vía de comunicación entre dos ciudades clave para la economía del país, Córdoba y Rosario, no está ni siquiera conectada por una autopista. Ese tramo de la ruta 9, estratégico no sólo por ser la ruta cerealera sino por conectar entre sí a distintas regiones del país, es un osario de decenas de muertos por año. Ciudades como Córdoba están verdaderamente sitiadas, sin puerto, sin trenes. En tanto, la dirigencia porteña habla de hacer una obra faraónica que seguramente facilitaría mucho la circulación con Punta del Este, pero que en nada contribuiría a mejorar las tan castigadas economías regionales.
Por Carmen María Ramos
Para LA NACION
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