Para los veraneantes de Deán Funes, arañas y víboras eran las grandes amenazas. A veces, todas las precauciones resultaban insuficientes.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
La novela se llamaba Los olvidados. Su autor, Fernando del Río, había llegado en tren a ese pueblo, en medio de un feroz ataque de asma. Su destino era Salta, donde tenía que litigar un caso; sin embargo, se bajó y se quedó en Deán Funes, donde el ataque de asma se desvaneció en el aire reseco. Compró cuatro leguas de campo y monte bajo, algunos bosquecitos de algarrobo y varias majadas de cabras. Como se decía entonces: se afincó.
Publicó la novela varios años después, a mediados de los cuarenta; su título anunciaba que la novela también iba a olvidarse rápido. Excepto la escena donde un gallo rojo peleaba con una araña peluda del tamaño de un puño. Debajo de un tala, después de media hora de saltos, el gallo agonizaba, moviendo la cabeza con dificultad a medida que lo dominaba la parálisis.
Me leyeron esa descripción para que aprendiera lo que podía pasarme con víboras o arañas, los peligros de las vacaciones.
Mayor ocasión de optimismo ofrecía la historia de un hombre, de apellido Morandini, hacendado de la zona a quien lo picó una yarará cuando la pisó al bajar del caballo para examinar un mojón que, según creía, los vecinos habían puesto de noche para robarle media hectárea de campo. Morandini se agujereó la pierna con el cuchillo hasta hacer un pozo en la zona de la picadura y sacar el veneno. Llegó a su casa medio desmayado; calentó un hierro al rojo vivo en la cocina y se lo aplicó sobre la herida; después fue al pueblo, a tres leguas, le dieron suero y se salvó. Del percance de Morandini se extraían varias lecciones: con las víboras hay que tener cuidado cuando se está de a pie, pero sobre todo cuando se anda a caballo, porque las puede pisar el animal que uno monta, las puede pisar el jinete al desmontar, o pueden estar colgadas de una rama, en la posición de enroscadas que, justamente, necesitan para atacar. Lo principal, entonces, era evitar cualquier víbora enroscada y no provocarla para que se enroscara.
Las víboras preocupaban a mi familia de gente de ciudad. Se mantenía limpio de yuyos el patio de tierra que rodeaba la casa por los cuatro costados; sobre el suelo desnudo cualquier víbora, que se deslizara a un metro, no es peligrosa porque hay tiempo para verla. El monte, en cambio, a la hora de la siesta era el imperio de las víboras y la disciplina debía observarse estrictamente: no salir a juntar piquillín, ni a buscar leñita, no apartarse de las huellas, mirar para los costados a la altura de los hombros, como si se realizara un barrido óptico; en verdad, no convenía ir al monte entre las dos y las cinco. Pero después las cosas no mejoraban mucho, porque la luz tocaba transversalmente los arbustos y las víboras acechaban enroscadas en cualquier ramita con la que se confundían.
Cuando una víbora entraba en la casa, se la mataba fácil porque los golpes del filo de la azada contra el piso de mosaico eran certeros como una guillotina. Sin embargo, estaba el peligro de su compañera. Uno de los perros había quedado con una pata convertida en garfio a raíz de una picadura de yarará que vengó así la muerte de su pareja.
Un día, mientras llevaba un tacho de basura hasta el pozo donde se la quemaba, una víbora de la cruz pasó entre las alpargatas del casero, que se inmovilizó para no asustarla. Después, la buscó y la encontró al atardecer. Como si lo supieran, las gallinas angurrientas esperaron la captura. El cuerpo eléctrico de la víbora descabezada siguió moviéndose un rato y todo parecía un juego en el que las gallinas peleaban por ella a picotazos revoleándola por el aire como si fuera una serpentina. Las gallinas se comían siempre las víboras, que a su vez agujereaban y chupaban los huevos; una vez, habían mordido a una clueca que estaba empollando y el nido quedó convertido en un hueco maloliente y viscoso de cuajaduras. Si el que mataba la víbora decidía no dársela de comer a las gallinas, la desollaba y secaba su piel que se convertía en una lámina brillante pero quebradiza que no servía para ningún uso salvo el de rememorar el momento en que se había dado muerte a su dueña.
http://www.clarin.com/diario/2005/02/13/sociedad/s-921022.htm