Lo afirma el filósofo francés Glucksmann
PARIS.– Una fugaz sonrisa indica que la definición le parece ajustada: André Glucksmann es una singular mezcla de Diógenes y Casandra. Desde que en 1967 publicó su primer libro, el célebre filósofo francés no ha cesado de poner sobre el tapete las cuestiones más inquietantes de la actualidad: los boat people, el sida, el gulag soviético, la represión rusa en Chechenia y el terrorismo.
Sus posiciones políticas molestan. Sus ensayos filosóficos son, al mismo tiempo, gritos de alarma. Solitario y visionario como Casandra, provocador como Diógenes, Glucksmann tuvo, a partir de 1975, el coraje de sostener que el marxismo era comparable al nazismo, algo de lo que algunos todavía parecen no haberse enterado. Lanzar ese anatema en momentos en que el marxismo era para muchos intelectuales una doctrina sagrada desencadenó una de las mayores tormentas ideológicas de la historia de Francia.
Esa osadía y el uso de los medios de comunicación para hacer llegar su mensaje dio origen a la escuela de los "nuevos filósofos". Sus adversarios prefieren definirlos como los "telefilósofos".
Hoy, a los 68 años y con 18 libros, publicados desde 1967, André Glucksmann está entre los pocos pensadores que consideran que el 11 de septiembre de 2001 cambiaron las reglas del juego estratégico en el planeta. Por eso critica a los pacifistas y apoya la política de George W. Bush. Su último libro, "El discurso del odio", es un vibrante alegato contra todos los "anti" que el hombre inventa para ignorar el odio que lo habita.
"El problema del antisemitismo no es el judío, sino el antisemita", suele decir. Lo mismo afirma del antiamericanismo.
Para Glucksmann, "el odio al otro no es más que odio a sí mismo".
-Hace 40 años usted era conocido por sus simpatías maoístas, al punto de ser definido como "un filósofo a la izquierda de la izquierda". Sin embargo, en sus últimos libros hace una encendida defensa de George W. Bush y de su guerra en Irak. ¿Qué sucedió? ¿Se ha transformado en un filósofo de derecha?
-Creo que con el tiempo se ha olvidado la originalidad de Mayo del 68, que fue, simultáneamente, antiestatista y anarquista, pero también anticomunista. Y ésta es su originalidad. Había unas peleas gigantescas entre el Partido Comunista y los estudiantes franceses. Daniel Cohn-Bendit, líder del movimiento estudiantil, los trataba de estalinistas. El gran poeta francés comunista Louis Aragón, que acudió a apoyar al movimiento estudiantil contra la opinión de su propio partido, fue insultado por los estudiantes. Cohn-Bendit le dijo: "Tienes sangre en tus manos porque apoyaste a Stalin y el gulag". Desde el comienzo, Mayo del 68 fue calificado de movimiento de derecha por el PC. En cuanto a mí, yo estoy en contra de todo despotismo, sea estalinista, hitleriano o de Saddam Hussein. Francamente, no concibo que se pueda abandonar a 25 millones de iraquíes bajo la bota de un torturador. Si ser de izquierda es aceptar a un dictador y a las fosas comunes que lo acompañan... no, no soy de izquierda.
-Pero usted ha llegado a afirmar que los Estados Unidos fueron a Irak para defender los derechos humanos. Es difícil pensar así cuando uno mira lo que sucedió en la prisión de Abu Ghraib o en Falujah. ¿No cree que los sufrimientos de su propia familia judía durante la Segunda Guerra Mundial condicionan su forma de ver a ese país?
-Mi motivación no responde a un atavismo familiar, sino al odio por los asesinos. También apoyé la intervención de los vietnamitas comunistas en Camboya, porque encontraba su colonialismo preferible a la política de masacre de Pol Pot. En esa época, yo sostenía a los refugiados y estaba perfectamente al tanto de los campos de concentración comunistas en Vietnam, que también denunciaba. Mi posición es racional: la misma que usan los cirujanos cuando cortan piernas para salvar gente. Encuentro preferible la situación actual en Irak, donde el 80 por ciento de la población se preparó para votar y elegir un gobierno democráticamente. Sí, yo veo la situación mucho mejor que antes, como encuentro mucho mejor la situación en Camboya después de la intervención vietnamita y la caída de Pol Pot. Pero esto no quiere decir que atribuyo cualidades angelicales al ejército vietnamita o al ejército de Estados Unidos. Todo ejército es susceptible de caer en torturas y crímenes de guerra.
-Usted es muy duro con los gobiernos europeos. Los critica por buscar la paz a toda costa. Sin embargo, después de una historia de guerras y sufrimientos como es la europea, ¿no cree que "la paz ante todo" es comprensible?
-Precisemos. Yo apoyo a la mayoría de los gobiernos europeos, sobre todo a los de la Unión Europea (UE) que estuvieron contra Saddam Hussein. Hay cuatro o cinco, entre ellos el mío (Francia), el alemán, el belga y -ahora- el español, en contra de la intervención. Pero para mí Europa no son esos cuatro o cinco gobiernos. Después de todo, fueron minoritarios en la UE durante la crisis previa. Es verdad, sus posiciones no fueron minoritarias en la opinión pública. Pero no creo que un intelectual deba seguir siempre a la opinión pública. El intelectual debe dar su opinión. Sócrates decía que el intelectual era el tábano que pica al buey popular. Yo creo que es la libertad la que permite la paz y no lo contrario. No veo cómo la paz puede engendrar la libertad. Hay malas paces. Paces de torturadores. La idea de hacer la paz a cualquier precio nunca garantizó la libertad de los pueblos, y tampoco trajo la paz. La libertad a cualquier precio, sí. La Alianza Atlántica se hizo entre pueblos libres que no se hacen la guerra, aun cuando se enfrenten diplomática o ideológicamente. Esto es normal. Los pacifistas que pretenden actuar por la paz manifestándose multitudinariamente contra la guerra en Irak no son pacifistas. Si lo fueran, deberían explicar por qué, desde hace diez años, nunca se manifestaron por la paz en Chechenia. Desde hace diez años ese pueblo es martirizado por el ejército ruso y ha sido amputado un cuarto de su población, que fue asesinada. Creo que lo esencial que anima a los millones de altermundialistas que se manifiestan por la paz es, simplemente, el antiamericanismo. Hay quienes argumentan: "Es porque hay 25 millones de iraquíes y apenas un millón de chechenos". No creo que se pueda mutilar impunemente a un pueblo porque sea pequeño.
-Muchos de sus críticos afirman que usted utiliza dos medidas para analizar la lucha chechena y la lucha palestina. ¿Los chechenos tienen para usted más legitimidad que los palestinos?
-Yo diría, por el contrario: ¿por qué aquellos que se sienten tan afectados por la causa palestina -la intifada ha provocado 4000 muertos, entre ellos una parte de israelíes- no se sienten afectados por el martirio de los chechenos, que es mucho peor? Estamos aquí frente a un fenómeno puramente ideológico: el checheno no lucha contra Estados Unidos. El palestino ha sido elevado al rango de héroe mundial antiimperialista; ha tomado el sitio del proletario, tal como lo soñaba Marx. El checheno es alguien que lucha por su tierra y no pretende transformar el mundo en un paraíso terrenal ni terminar con el monstruo absoluto. Desde hace 300 años muere para vivir en forma independiente y libre. Toda la cultura rusa lo dice. Y la nomenklatura -sea zarista, comunista o putinista- no soporta esta reivindicación de libertad. ¿Cómo es esa forma de sopesar el mundo con dos medidas diferentes, que logra que haya millones de personas que se movilizan -no sólo los manifestantes, sino también los periodistas- por los palestinos y nunca por los chechenos?
-Sus críticos se escandalizan, pero usted tiene una actitud perfectamente clásica en filosofía. En su último libro, afirma que el hombre está habitado por el odio, pero ya Empédocles, en el siglo IV antes de Cristo, reflexionaba sobre la lucha entre el bien y el mal, que agita el alma humana.
-Sí, yo me ubico en una tradición filosófica perfectamente clásica. La filosofía definida por Sócrates es el conocimiento de sí mismo. Y cuando Sócrates propone esa definición lo hace a propósito de la mitología. En "Fedro", de Platón, se dice: "¿Qué es lo que me interesa cuando alguien me cuenta las historias de Tifón?" Como su nombre lo indica, Tifón es la idea de un cataclismo, de una erupción volcánica, de un fenómeno natural devastador, aunque también es un titán en la mitología griega. Sócrates dice: "¿Qué es lo que me interesa? ¿La meteorología o la física? No. Yo no soy un científico. ¿La mitología? No, no creo en la mitología. Lo que me interesa es que Tifón es espuma de cólera y me pregunto si yo también soy como Tifón, si puedo tomar distancia de esa cólera". Según mi forma de interpretar la filosofía, es fundamental enfrentarse a la actualidad de los noticieros de la noche, mirar a los masacradores, a la bombas humanas que siembran la muerte y preguntarse: ¿acaso yo soy ese odio? ¿Qué relación tengo con ese odio? Esa es la pregunta que yo me hago a propósito de los kamikazes o de los secuestradores de aviones que hicieron caer las Torres Gemelas. Es la misma pregunta que se hace Sócrates a propósito de Tifón.
-Y la respuesta es...
-La primera respuesta es: el odio existe. Esa respuesta es extremadamente minoritaria en el mundo moderno. La segunda es: el odio existe fuera de nosotros, en torno de nosotros, pero también en nosotros. La tercera: uno puede resistirle.
-Sin embargo, leyendo sus últimos libros, uno tiene la impresión de que las cosas son inevitables. El caos es inevitable, el horror también...
-Lo que digo no es determinista. Yo no afirmo el triunfo inevitable del odio. En realidad, yo hablo de la necesidad de enfrentar ese odio. Digo: "No es posible retirarse a su casa de campo esperando que las cosas se calmen". Si hacemos esto, dejamos que el odio exista y, en consecuencia, nos arrastrará con él. No digo que el odio triunfará; digo que hay que luchar contra él. No soy fatalista.
-Usted critica el modernismo que necesita justificar al hombre que se transforma en bomba humana porque fue un marginado, un niño golpeado o porque no tuvo acceso a la educación. Sin embargo, usted utiliza como ejemplo la tragedia clásica de Séneca, "Medea". Ella sí tenía un motivo para tanta violencia...
-Ese es el punto central de mi reflexión. Es verdad: hay circunstancias favorables a la exasperación. Se dice: "Es pobre, es miserable, entonces se transforma en bomba humana, que es el arma de los débiles". Razonamos como si causas independientes de nuestra voluntad determinaran nuestros actos. En consecuencia, el odio sería el producto de causas externas. Yo creo que esta explicación es falsa y obscena. Es falsa porque la mayoría de los terroristas que actúan hoy en el planeta no son pobres: Ben Laden pertenece a una familia de banqueros, la segunda familia más rica de Arabia Saudita. Es obsceno explicar el asesinato indiscriminado de civiles, de gente sin defensa, mediante la miseria del asesino, de su humillación. Es ignorar que mucha gente que vive en la miseria, en la humillación o en la opresión no se transforma en un asesino absoluto.
-Volvamos a Medea.
-Ella sufre, es engañada por Jason, su marido. Le quitan sus hijos, es infeliz. Ese es el momento en que pasa al odio y comienza a hacer un trabajo sobre sí misma. Esto es subrayado por Séneca, el gran dramaturgo clásico del odio. Hace acompañar a Medea por una sirvienta que le recomienda las cosas normales: negocia, trata de conseguir la tenencia de tus hijos o un derecho de visita, un exilio dorado. Es entonces cuando aparece el momento del odio: Medea se niega a toda negociación; abre sus heridas en vez de dejarlas cicatrizar. Se transforma en un dolor absoluto que le permite el furor absoluto. Como sólo quiere ver su opresión y la traición, consigue matar hasta el amor que siente por sus hijos. Entonces, como no le queda nada más que la búsqueda de la venganza, es capaz de querer el fin del mundo. Así llega a matar a sus hijos ante los ojos de Jason. De la forma más lenta posible, para infligir a ese padre un mayor sufrimiento, y le explica que si tuviera un tercer hijo en el vientre se abriría las entrañas para matarlo a su vez, naturalmente dándose la muerte. Medea se transforma en una bomba humana. Al vaciarse de toda humanidad, el odio a sí misma le permite un odio apocalíptico: la voluntad de terminar con el universo. Ese es el mecanismo del odio: el otro no es un blanco por lo que hace, sino por lo que es. Cuando se odia al otro por lo que es, no hay solución: hay que hacerlo desaparecer.
-Eso es, según usted, lo que sucede con los antijudíos o con los antinorteamericanos?
-Exactamente. Cuando alguien odia a un judío, éste no puede hacer nada para cambiar las cosas. Sólo le queda desaparecer.
Por Luisa Corradini
Para LA NACION
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