Crítica mirada del filósofo peronista
“La función del Estado no es salvar a las personas. No hay que pedirle al Estado y a la política más de lo que pueden dar, ni depositar en ellos esperanzas de redención.” Cuando mira la Argentina, el filósofo Silvio Maresca ve un país que privilegia esta función salvadora del Estado, sin mucha inclinación por los hábitos republicanos, con una identidad cultural débil y que tiende peligrosamente a aplaudir las actitudes autoritarias.
Especializado en el pensamiento de Friedrich Nietzsche sabe, como todos los que atraviesan el estereotipo y se atreven a las ideas originales del pensador alemán, que el actual estado de disolución de valores tiene en sí mismo el germen de lo nuevo, que Maresca ve surgir, por ejemplo, en que “las personas comunes quieren hacer su propia experiencia y buscar sus propios valores”.
Graduado en la Universidad de Buenos Aires (UBA), docente universitario, director de proyectos de investigación en el Conicet, Maresca tiene, además, experiencia en la función pública: su último cargo fue como director de la Biblioteca Nacional durante la presidencia de Eduardo Duhalde, entre marzo de 2002 y junio de 2003. Preocupado por "formular una perspectiva argentina para el pensamiento sin copiar modelos", Maresca cree que la política cultural para el país debería hoy combinar la construcción de una identidad nacional con un imaginario colectivo sudamericano.
Autor de nueve libros -entre ellos, "Nietzsche: verdad y tragedia" (1997), "Verdad y cultura: las consideraciones intempestivas de Nietzsche" (2001) y "Nietzsche y la Ilustración" (2004)-, ensaya una mirada original sobre el peronismo, al que pertenece, un auténtico producto argentino, al que define como "un movimiento de afirmación nacional, plebeyo, con un elemento oportunista y pragmático", cuya hegemonía hace impensable un sistema de partidos en el país.
Crítico con el gobierno de Néstor Kirchner -"va a los tumbos, no tiene visión estratégica"-, Maresca confía en las energías sociales movilizadas desde diciembre de 2001, pero suelta una preocupación: "Mi temor es que la ilusión neoliberal haya sido reemplazada por la ilusión progresista".
-Se acaba de anunciar un aumento presupuestario para la Biblioteca Nacional del 60%, que llevará sus recursos a 11, 7 millones de pesos. ¿Qué opina?
-Creo que es un aumento insuficiente, que en el mejor de los casos permitirá hacer un inventario, pero de todas maneras no alcanza para las cuestiones fundamentales que hay que resolver. Hace falta comprar los aparatos que permitan que los depósitos de libros tengan la temperatura y la humedad convenientes y constantes; hay que informatizar todo el material anterior a 1992; es necesario mejorar la seguridad, aumentar el número de bibliotecarios y tener personal idóneo, lo que es muy difícil por la presión de los gremios; y hay que adquirir un sistema informático que permita vincularse con las bibliotecas del mundo. La Biblioteca Nacional es una de las más precarias de Sudamérica. Al menos, hay que duplicar el presupuesto.
-¿Qué dice esto de nuestra política cultural?
-Que el desinterés absoluto por la cultura es una constante de los sucesivos gobiernos, más allá del signo político.
-Sin embargo, hay un discurso de reconocimiento del valor de la cultura.
-Puede haber un reconocimiento verbal, pero en los hechos no es así. Yo me manejé con un presupuesto de 7 millones de pesos, que apenas alcanzaba para pagar el mantenimiento. Creo que la política cultural en nuestro país no interesa, por eso pudimos tener un secretario de Cultura como Torcuato Di Tella, un verdadero disparate, que disimulaba su enorme ineptitud en este campo con sus chistes de dudoso gusto. Y con esa idea de que si hay un chico que tiene hambre en Santiago del Estero, eso es prioritario y la política cultural no interesa. Cuando es exactamente al revés, porque probablemente deje de haber chicos con hambre en el país cuando prioricemos la cultura, la educación y la ciencia y la tecnología. No se ve que este Gobierno lo esté haciendo, tampoco los anteriores.
-¿A qué llama usted cultura?
-La cultura no reside en los festivales y recitales, y no es sólo una cuestión de presupuesto lo que está en juego. Tiene que ver con la construcción de una identidad cultural, lo cual implica un trabajo conjunto entre los organismos de cultura y los de educación. Eso incluye la formación ética y la formación en una cultura política, que no tiene que ver con el partidismo y las adhesiones ideológicas. También le doy importancia a la cuestión religiosa. No creo que tenga que haber una educación confesional, por lo menos en las escuelas públicas, pero sí es imprescindible un conocimiento de la historia de las religiones.
-Si estuviera en sus manos definir la política cultural en la Argentina, ¿cuáles serían sus prioridades?
-Apuntaría a la construcción de una identidad cultural, vinculada a la construcción de un imaginario colectivo sudamericano, ante todo por razones de estricta supervivencia. Que hoy se plantee la Comunidad Sudamericana de Naciones me parece un proyecto magnífico. En el mundo globalizado, países como la Argentina e incluso como Brasil, solos y aislados, no tienen destino alguno. Pero esa inserción tiene que darse manteniendo un rasgo propio. Allí hay una tarea interesante para los intelectuales sudamericanos, que pueden obrar de puente entre el proyecto político y económico y la conciencia de las personas.
-Usted ha hablado de una crisis espiritual en la civilización occidental. ¿Cree que la crisis argentina puede leerse dentro de ese estado de cosas?
-Nietzsche afirma que la civilización occidental está pasando por una etapa nihilista. El nihilismo consiste en la devaluación de todos los valores que rigieron la civilización occidental por lo menos desde la imposición del cristianismo hasta nuestros días, valores como verdad, justicia, bien, belleza. Cuando él enuncia a fines del siglo XIX la muerte de Dios no se está refiriendo a un problema religioso. Dios de alguna manera sintetiza ese conjunto de valores. "Dios ha muerto" marca la devaluación de los más altos valores, un proceso parecido a la devaluación del dinero: el billete no desaparece, pero ya no vale. Por eso hoy se siguen invocando esos viejos valores, porque todavía no hemos sabido construir otros, o reciclar esos mismos bajo una nueva experiencia. En general, cuando un conjunto de valores civilizatorios se devalúa, las conductas tienden a retrotraerse al egoísmo más elemental. En este desfase entre el egoísmo de las conductas y la impotencia de los valores está la esencia de la corrupción.
-Durante el siglo XX, hubo ideologías que buscaron reemplazar esos valores.
-Sí, las ideologías totalitarias intentaron reemplazar a Dios. Fundamentalmente, el nacionalsocialismo y el bolchevismo funcionaron como desmentida, como negación de la muerte de Dios. Fueron un intento de instalar el paraíso en este mundo. Eso fue terrible porque llevó a liquidar definitivamente a Dios y a los viejos valores, y derivó en la criminalidad más brutal, que fue el elemento fundamental del siglo XX. Las ideologías fueron catastróficas y por suerte caducaron, aunque hoy hay retoños e intentos restitutivos de índole religiosa. La guerra entre el mundo islámico y Estados Unidos tiene un fuerte componente religioso, aunque se suele poner el acento en sus aspectos económicos.
-Con Dios en proceso de morir y las ideologías fracasadas, ¿qué viene en el siglo XXI?
-No todo lo que está pasando es malo; en el nihilismo no hay una visión apocalíptica, sino la posibilidad de la emergencia de lo nuevo, de lo inédito, de lo insólito, lo cual incluye también el reciclamiento de viejos valores. En ese sentido, veo un proceso muy interesante en medio de este horizonte de disolución de lo viejo, que es la individuación de lo que hasta ahora era la masa. De las grandes masas que dominaron el panorama del siglo XX van emergiendo individuos neófitos, que intentan hacer su propia experiencia, no ya en relación con exigencias de tipo trascendente ni normas absolutas. Es algo muy simple: las personas comunes quieren construir sus propios valores, su propia existencia. Esto no es un fenómeno puro, porque coexiste con adhesiones masivas a circunstancias o figuras, pero hay una tendencia cada vez más acusada y altamente positiva.
-¿Cómo se refleja este proceso en la política, que tiene que ver con la construcción de valores comunes?
-La política debería hacer un gran espacio a este proceso. En diciembre de 2001 estalló la ilusión neoliberal, que gobernó a la sociedad argentina o a grandes sectores de ella durante doce años. Adherimos de un modo tan fanático al neoliberalismo por la debilidad de nuestra identidad cultural. Lo curioso es que al estallar el modelo empezó a surgir una energía en la sociedad argentina que es la que hoy está haciendo que nuestra situación esté claramente mejor. Sin embargo, mi temor es que la ilusión neoliberal haya sido reemplazada por la ilusión progresista.
-¿Cómo es esa nueva ilusión?
-El progresismo es un fenómeno difícil de definir. Es, por un lado, una confusión que consiste en ver cada nuevo paso en la decadencia como si fuera un avance. El fenómeno de la legalización del aborto, de los matrimonios gays y la apología del transexualismo son fenómenos propios del nihilismo. No creo que representen la emergencia de valores nuevos, sino la profundización de la disolución de los viejos valores. El progresismo ve esto como un proceso de emancipación del hombre. Es también lo que quedó del marxismo tras su fracaso político, social y económico. Es un marxismo que no pretende, por lo menos explícitamente, transformar la estructura económico-social pero, refugiado en lo cultural, desvaloriza cualquier intento de mejorar las instituciones. El progresismo tiende también a la hipercrítica: todo está mal porque en el fondo lo no confesado es el odio al capitalismo, que ganó la partida, por lo menos por ahora. Y tiene un terrible prejuicio: la creencia rousseauniana de que el hombre es bueno y la sociedad lo corrompe.
-¿Percibe usted la distancia entre las preocupaciones de la gente y las de los dirigentes, que parecen más encerrados en las disputas de poder?
-Da mucho esa impresión. Pero allí hay que reflexionar sobre el papel del Estado. Durante la modernidad, el Estado era lo que reemplazaba a la Iglesia y se lo concebía como un instituto de salvación. Creo que la función del Estado no es salvar a las personas, que no hay que pedirles al Estado y a la política más de lo que pueden dar, ni depositar en ellos esperanzas de redención. En la tragedia de Cromagnon quedaron claros los aspectos en los que el Estado sí debe intervenir y no lo hace: sus funciones de control y ordenamiento de la sociedad, de administración de hombres y cosas.
-El gobierno de Kirchner se dice progresista. ¿Qué tiene de peronista?
-Para responder a eso hay que tratar de entender el peronismo. Creo que el peronismo es un movimiento de tipo gregario. En general nuestra política, desde la Independencia hacia adelante, siempre tuvo ese carácter. También los unitarios y los federales, y todas las vertientes que se fueron construyendo, como el roquismo, que fue fundamental para la construcción del Estado moderno argentino, tenían ese carácter movimientista. Por eso me parece un poco utópico cuando se plantea que aquí se debería constituir un partido de derecha y otro de izquierda y alternarse en el poder, al estilo de los Estados Unidos o algunos países europeos. Esos planteos siempre especulan con la fractura del peronismo, y el peronismo no se fractura. Es cierto que algunos grupos quedan al margen cuando hay un viraje de perspectiva, pero el grueso se encolumna detrás del que gana. Mi teoría de las máscaras plantea que el peronismo es un movimiento de afirmación nacional, plebeyo, la contracara complementaria del 80, que fue el momento de la construcción patricia de la Argentina moderna. Y va adoptando las ideologías de moda en el mundo: en los 70, el socialismo; en los 80, la socialdemocracia; en los 90, el neoliberalismo, y hoy, el progresismo. El peronismo es un movimiento político que no puede terminar de formularse con claridad, pero la sociedad argentina tampoco puede terminar de hacerlo como debería.
-El objetivo parece ser siempre mantenerse en el ejercicio del poder.
-Sí. Maquiavelo decía que el arte de la política es conquistar el poder y mantenerlo. Hay un elemento maquiavélico, oportunista y pragmático, lo cual no tiene que ser mala palabra. Dentro del peronismo, se van alternando los grupos dominantes, pero el grueso se mantiene detrás.
-¿Cómo ve al gobierno de Kirchner?
-En el área económica, me parece que está trabajando bastante bien. Reapareció un elemento de dignidad cultural: tenemos una deuda, pero vamos a negociarla dentro de nuestras posibilidades. También me parece bien que haya una intención de reinsertarse en el mundo. Por otro lado, el proyecto más importante, que es la Comunidad Sudamericana de Naciones, al gobierno de Kirchner no le interesa. Es un gobierno que no tiene un proyecto, que va a los tumbos, no tiene visión estratégica. La propensión de volver a los 70 que tiene gran parte de este gobierno me parece nefasta, y su política cultural y educativa es un desastre. No hay un respeto por la división de poderes y la renuncia del Poder Legislativo a sus derechos es escandalosa.
-¿Qué cosas le preocuparían a Nietzsche en la Argentina?
-Lo que él propone es una filosofía experimental, algo que vale mucho para la Argentina. El final de una civilización no implica el fin del mundo, que es lo que lleva a las posiciones cínicas, escépticas y hedonistas. Nietzsche en la Argentina propondría: prueben, experimenten, busquen caminos no transitados. En lo colectivo y en lo personal, hay que tener el coraje de hacer experiencias, buscar caminos de autoafirmación. Darnos cuenta de que estamos a la intemperie y no buscar que ningún otro resuelva los problemas, ni el Estado, ni la pareja, ni los amigos, ni la empresa. Estamos solos y tenemos que construirnos.
Por Raquel San Martín
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=677270