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La lección de Lajos

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 27-02-2005 00:00:00

BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar

Durante el verano, yo seguía a Lajos Kovacic de la mañana a la noche. Su nombre se pronunciaba Láiosh, y había dicho que mi apodo quería d encita o señorita en húngaro, aunque nunca pude comprobarlo. Lajos tenía dos libros, que había leído en el barco mientras navegaba hacia América: una geografía, y un vocabulario húngaro-inglés. Nadie supo si ese jinete de la caballería imperial durante la primera guerra se había equivocado de destino o de libro.

Había sido campesino y mecánico de una fábrica de balanzas, pero de joven tenía mal genio y no duraba en los trabajos. Cuando lo conocí tenía más de cincuenta años: ojitos celestes achinados, casi calvo, con un bigote militar que tapaba la boca sin dientes. Lajos era dueño de un caballo tobiano, alto y ancho de pecho, que naturalmente se llamaba Tobi, y de un zaino, sin muchas cualidades, que montaba con una elegancia difícil de copiar. También tenía un carro rectangular, de piso chato, al que ataba el tobiano cuando íbamos al pueblo. En el comedor de su casa, guardaba un arcón con herramientas a las que, cada tanto, engrasaba y lustraba. Sobre una piedra chata, alisaba clavos que luego clasificaba en latitas. Sentía un respeto apasionado por las herramientas y el filo de sus palas terminaba en un borde brillante de varios centímetros, que Lajos perfeccionaba todos los días. Sus hachas tenían largos mangos tan lisos que parecían de marfil veteado con caoba.

El mango se deslizaba casi de un extremo al otro entre sus manos, con un estilo personal, eficaz y vistoso. Hachaba al atardecer y ordenaba los troncos por tamaño. Después, con una carretilla, los repartíamos entre las cocinas de su casa y la nuestra.

De la guerra tenía sólo dos recuerdos: que los oficiales azotaban a los soldados si se comían la lata de conserva que llevaban en su mochila y debían mostrar todos los días en la formación de la mañana; y que, al poco tiempo de llegar con su regimiento de caballería, les habían sacado los caballos y los habían metido en trincheras donde todos deseaban recibir "la bala de la suerte" en una pierna o un brazo, a fin de pasar unos meses en el hospital. De su provincia húngara tampoco recordaba mucho: que los establos tenían piso de madera y que los patrones también les pegaban a sus jornaleros. De los treinta y pico de años que ya había pasado en Argentina, recordaba la fábrica de balanzas y una estancia del norte de Córdoba de donde lo habían echado por contestarle mal al mayordomo.

El presente nos ocupaba, entonces, casi por completo: había que ir al pueblo a la mañana con una lista de compras, dar de beber al caballo cuando regresábamos, llevarlo al potrero para que pastara, perfeccionar los canales que transportaban el agua hacia la quinta, engrasar el molino, reparar el cerco del gallinero o el poste caído de un alambrado, quemar la basura, recoger fruta, transplantar almácigos, ponerle kerosén a las lámparas y emparejarles las mechas, arreglar un arreador o un pretal. El día casi no alcanzaba porque Lajos observaba metódicamente la secuencia de tareas, que encaraba con la precisión de un mecánico fino.

Nunca hablaba mal de los vecinos criollos pero, en la serie meticulosa de trabajos que realizaba con una habilidad perfeccionista y obsesiva, les oponía un modelo de artesanado campesino que los criollos cumplían a su manera. No soportaba que un caballo volviera cansado a la casa después de un paseo sin ningún objeto; le parecía intolerable que el animal llegara con espuma en la boca, sudado, así, al divino botón, sólo porque a su jinete se le había ocurrido correr un rato. Por supuesto, la idea de la equitación separada del trabajo le era completamente ajena y hostil.

Mi aprendizaje era infinito, fascinador y exasperante. Las cosas se volvían difíciles cuando llegaba el momento de despedirse. Lajos apretaba en la mano su pañuelo azul, hecho con un retazo de camisa vieja, listo para agitarlo mientras nuestro taxi se alejaba hacia la estación. Los dos llorábamos un poco.

http://www.clarin.com/diario/2005/02/27/sociedad/s-929197.htm

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"Nos han hecho creer que la maternidad es un rol vitalicio"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 27-02-2005 00:00:00

CLARA CORIA, PSICOLOGA

A partir de los 50 es necesario desprenderse de ciertos estereotipos —como la relación incondicional con los hijos— para producir cambios que benefician tanto a las mujeres como a su entorno afectivo.

Analía Roffo
aroffo@clarin.com

# Hace tiempo, el escritor Norman Mailer dijo, hablando específicamente sobre hombres, que "debían crecer o pagar más por seguir siendo los mismos". Hablemos ahora de mujeres: si no crecen, si no cambian, ¿los costos que pagan también son altos?

—Hombres y mujeres pagamos costos altos cuando insistimos en mantener esquemas de funcionamiento que nos tienen atrapados y que en el fondo son muy insatisfactorios. En la edad media de la vida (de los 50 a los 60 años) hay muchas cosas que cambian para unos y otras. Pero las mujeres arrastramos ciertos condicionamientos de género que nos hacen más difícil producir cambios saludables.

# ¿A qué se refiere?

—La vida es cambio permanente, eso no es ninguna novedad. Pero para poder enfrentar los cambios, es necesario hacer desprendimientos; si uno no suelta lo anterior, es imposible tomar lo que sigue. Insisto en que es difícil a veces para las mujeres hacer ciertos cambios porque seguimos muy condicionadas por algunos roles, imágenes y prejuicios que tenemos incorporados.

# ¿De qué tendríamos que desprendernos para hacer cambios saludables?

—Hay cambios que se nos imponen. Frente a ellos, hay dos grandes actitudes: o uno se somete o se convierte en protagonista de los cambios.

# Prefiero la segunda opción. ¿Cómo se hace?

—Hay que montarse en los cambios, aliarse con ellos y manejar las riendas en los aspectos en que se pueda. La edad media de la vida suele coincidir con que los hijos han crecido y, como corresponde para hijos que han hecho un buen desarrollo, levantan vuelo y hacen su propia vida. Se producen entonces muchos espacios vacíos, que estuvieron anteriormente demasiado ocupados con la crianza. Uno de los obstáculos que veo para poder protagonizar cambios es que las mujeres en general hemos crecido en una sociedad en la que nos han hecho creer que la maternidad se ejerce como un rol vitalicio. Eso es terriblemente perjudicial.

# ¿Por qué?

—Aclaremos algo: cuando una es madre, lo es de por vida. Pero eso no significa que una tenga que seguir funcionando en un rol maternal de por vida. Porque tanto el rol materno como el paterno están destinados a criar la prole para que pueda adquirir recursos propios, para que aprenda a conectarse afectivamente con el mundo y para que aprenda a tener buenos intercambios sociales. ¿Cuánto lleva eso? Digamos, como mucho, veinte años. Porque como madre y como padre, podemos enseñar cosas hasta los diez, quince años. Luego, para bien y para mal, ya les transmitimos todo lo que pudimos. Seguir con el rol materno vitalicio es seguir sosteniendo una situación de dependencia a ambas puntas.

# ¿Usted está segura de que eso perjudica a las madres y también a los hijos?

—Claro, porque también esperamos que cuando los hijos crezcan, sigan funcionando como pequeños que cubren ciertos espacios. Cuando los hijos son grandes se convierten en hombres y en mujeres. Y las madres tenemos que aprender a desprendernos de los hijos niños y niñas que tuvimos para conectarnos con esos hombres y mujeres que son los hijos adultos. Eso nos hace también desprendernos de una actitud incondicional a ultranza para establecer un vínculo de más reciprocidad adulta.

# Pero para muchas mujeres —aun para las que tienen desarrollo profesional—, ese rol central en la casa, con los hijos alrededor, es primordial.

—Precisamente, otra necesidad para hacer cambios saludables es desprendernos del protagonismo basado en ser el centro del escenario alrededor de la prole.

# ¿Usted habla de poder ser protagonista de una obra en otro escenario, con otro argumento?

—Es que una obra baja de cartel y todos los actores quedan en libertad para hacer otras obras y jugar otros papeles.

# ¿Y eso no da miedo?

—¡Seguro que hay riesgos y miedos! Porque cuando los hijos se van, quedamos a solas con la pareja. Esto nos lleva a otro desprendimiento necesario, que es el de la imagen ilusoria que teníamos de la pareja para establecer otro vínculo, en donde podamos aceptar al otro como es y respetarnos a nosotras como somos. Esto suele ser más difícil para las mujeres que para los varones porque las mujeres hemos sido educadas como satélites del deseo ajeno. Es decir, para aprender a descifrar los deseos de los otros y tratar de satisfacerlos. Tenemos poca práctica en descubrir nuestros propios deseos y cuando los descubrimos, tenemos dificultades para legitimarlos. Una vez, una mujer me dijo una frase genial por lo reveladora: "Es tanto lo incorporado como obvio, que a una se le confunde con el deseo propio. Terminamos deseando aquello que los otros quieren que hagamos".

# ¿Los hombres saben acompañar los cimbronazos de la mediana edad de las mujeres?

—A los hombres también les afecta cuando los hijos crecen y se van, pero no quedan prisioneros de ese escenario. Sienten que hay un vacío y tratan de ver cómo lo pueden reacomodar. Y generalmente lo hacen bastante bien; sobre todo porque las mujeres se ocupan de llenarles los espacios. Pero los hijos no eran el eje central de sus vidas ni lo que definía su identidad. Por eso es que no pueden acompañar mucho a las mujeres porque no entienden realmente qué les pasa. Y tienen motivos para no entender. Porque ellos siguen teniendo su mundo interno organizado, con intereses múltiples.

# Parece mucha la energía que se necesita para impulsar los desprendimientos que usted pide. ¿La etapa de los 50 a los 60 es la más difícil para las mujeres?

—Por lo que estoy viendo, todas las etapas son hoy difíciles para las mujeres. A los veinte cuesta, a los treinta cuesta, a los cuarenta cuesta... La diferencia que yo marcaría es que, de los cincuenta en adelante, se toma conciencia de la finitud del tiempo. Antes de eso, intelectualmente lo sabemos, pero en el fondo no lo creemos. Y además, realmente, una se da cuenta de cuántos condicionamientos han influido en nuestras vidas, y advertimos que ya no estamos tan dispuestas a seguir subordinándonos a ellos. Pero no siempre tenemos los recursos para enfrentarlos.

# ¿Por qué el escenario sería también complicado para las mujeres más jóvenes? ¿No tienen una imagen menos rígida del rol materno?

—Hoy hay mujeres de treinta y tantos que no han tenido hijos y que piensan que les gustaría tenerlos, pero que hasta ahora no han sido madres porque se han permitido el seguir siendo libres. No como la mayoría de las que ahora tenemos sesenta años, que ni lo pensábamos: a determinada edad había que tener hijos y una los tenía. Creo que los teníamos de inconscientes y después nos poníamos contentas de haberlos tenido. Hicimos lo mejor que pudimos; a veces bien, a veces mal. Muchas de las jóvenes actuales han hecho uso de las libertades que las predecesoras les habilitamos. Al llegar a los treinta y pico, las mujeres hoy toman conciencia de la enorme energía que significa parir un hijo y criarlo. No sólo de lo complicado que es, sino de cuántas libertades quita, y cuántas cosas se pierden y cambian. La ambivalencia es mucho mayor y todas son conscientes de esto. Por eso los debates internos y con la pareja las sensibilizan tanto.

# La clave sería entonces poder descubrir, en cada etapa de la vida, qué decisión nos resultará menos costosa, ¿no cree?

—Todo es costoso. Hay un error en creer que hay cosas menos costosas que otras. Lo que cada persona tiene que evaluar es qué es lo menos oneroso para ella: tener hijos, decidir no tenerlos, seguir adelante con una pareja, ponerle fin, buscar éxito en el trabajo, preferir un desempeño menos exigente... En lugar de "costoso", le propongo otro adjetivo: "laborioso", quizá menos cruento. Es más laborioso tratar de resolver los conflictos de la vida, de la misma manera que es más laboriosa la democracia. La guerra es mucho menos laboriosa, pero son muchos más los que pierden que los que ganan. Piense en otra imagen: la de un malabarista. Es saludable estar haciendo malabares en varios escenarios a la vez. Uno intenta no perderse nada de la vida y no congelarse en un solo rol protagónico.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/02/27/z-03815.htm

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"Somos miopes para mirar hacia el futuro", dice Facundo Manes

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 26-02-2005 01:37:53

Según el joven científico, el error de los argentinos es pensar sólo en lo inmediato

La Argentina tiene una masa de jóvenes que, lentamente, está tomando en sus manos la conducción de todas las actividades del país. La mayoría casi no recuerda las interrupciones institucionales y los años de violencia civil, pero sí el regreso de la democracia y las promesas frustradas de los años 90, cuando se vivía una evolución al revés: en lugar de avanzar en la integración de todos los sectores sociales, de mejorar la educación y hacerla accesible a quienquiera que naciera en esta tierra, rasgaba dolorosamente el tejido social.

Facundo Manes seguramente se reconocería en este cuadro. Como investigador conduce un grupo multidisciplinario que intenta dilucidar los mecanismos de los procesos cognitivos humanos. Y si bien sus trabajos se publican en revistas internacionales, considera que su mayor aporte está en la formación de recursos humanos para la ciencia local. Como muchos, tuvo numerosas oportunidades de irse a trabajar al extranjero, pero decidió quedarse.

Manes (35) se crió en Salto –ciudad de la provincia de Buenos Aires que, en ese entonces, tenía 25.000 habitantes– y recibió toda su educación en instituciones públicas.

“En mi pueblo había sólo dos colegios –recuerda–, algo que, si bien planteaba limitaciones, también tenía cosas positivas. A la misma escuela que iba yo iba el hijo del empresario más poderoso del pueblo, el del gerente de una empresa multinacional, el del que cortaba el césped o el del que recogía el maíz... Uno convive con diferentes estratos sociales. Y eso es bueno."

El doctor Facundo Manes se considera un típico producto de la clase media argentina. Su padre es médico rural en Arroyo Dulce (un pueblito de dos mil habitantes) y su madre, ama de casa. Su familia vivió en el casco de una estancia antes de mudarse a la ciudad.

En la ciudad de Buenos Aires, adonde llegó para estudiar en la UBA, se acercó a la ciencia.

Ya antes de recibirse -precozmente, cuando sólo tenía 23 años-, empezó a interesarse por los temas de la neurología. Combinó estudio e investigación y muy pronto comenzó a hacer sus primeras publicaciones. De esos tiempos conserva una foto con uno de sus profesores. En el anverso de la fotografía se lee una dedicatoria con algo de premonición: "Para Facundo Manes, pichón de águila que volará alto, estoy seguro".

Cuando estaba por recibirse, un premio obtenido por un trabajo sobre el cuerpo calloso le abrió la posibilidad de ir a hacer una residencia a Francia, pero desistió: en lugar de viajar, decidió quedarse para ingresar en el instituto Fleni, donde formó parte de la primera camada de residentes.

Un tiempo después pasó cuatro años en el extranjero. Se formó en neuroimágenes funcionales, una de las herramientas que permiten entender los procesos mentales y cognitivos, en el Massachusetts General Hospital, de Harvard.

En Iowa se capacitó con Nancy Andreasen, experta mundial en esquizofrenia, y con Antonio Damasio y su grupo, del que ahora es colaborador.

Además, Manes se desempeñó en el laboratorio de neuropsiquiatría del profesor Robert Robinson, donde publicó un trabajo sobre la ínsula por el que recibió el premio al investigador joven de la Asociación Americana de Neuropsiquiatría. También trabajó en Cambridge, Inglaterra.

Conoció a su mujer, Josefina, durante una visita de Navidad, y tras un breve noviazgo le pidió que lo acompañara. "Aceptó, irracionalmente, como ocurre con todas las decisiones importantes de la vida, que son irracionales", bromea.

-Doctor Manes, ¿quería quedarse en el extranjero? ¿Se arrepiente de haber vuelto?

-Siempre pensé en volver al país. Por eso traté de formarme en la mayor cantidad de áreas de las neurociencias. En Cambridge, por ejemplo, trabajé con cuatro grupos diferentes: el de John Duncan, que explora la relación entre el lóbulo frontal y la inteligencia; el de Trevor Robbins, que estudia el proceso de toma de decisiones; el de Hodges, que trabaja investigando la memoria y las demencias, y el de Andy Calder, que estudia la emoción. Trabajaba todo el día: sabía que era una oportunidad única y que tenía que aprovecharla.

-¿No sintió que estaba renunciando a una carrera que prometía ser muy exitosa?

-En efecto, me iba muy bien. En los últimos años me publicaron tres papers en Brain, una revista "de alto impacto". Por otro lado, tengo ciudadanía italiana, o sea que tranquilamente podría estar en Europa. Pero no. Estaba convencido. Es más: volví en plena crisis de 2001, y cuando acababa de llegar de Europa y de los Estados Unidos y estaba adaptándome y gestionando un crédito para comprar un departamento, explotó todo. Sin embargo, en Cambridge tuve el privilegio de conocer a César Milstein. Trabajaba enfrente de mi laboratorio y coincidíamos en el bar del hospital. Hablé mucho con él, sin inhibiciones, tal vez porque yo no era de su rama, de la química. Hablábamos de la vida, de política. Aprendí mucho, pero me dije: "En el fondo, no sé si quiero terminar así, aunque me vaya bien, aunque llegue al Nobel". Lo veía haciendo una vida tranquila, entre muchos otros Nobel como él... Es como dijo un polaco que estaba haciendo una carrera bárbara en Cambridge, un físico brillante. Una vez le pregunté por qué se volvía a Polonia, y me contestó: "Porque prefiero ser un polaco egresado de Cambridge en Polonia, antes que un polaco en Cambridge".

-¿Cuáles eran sus planes?

-Quería hacer algo distinto. Formar un grupo multidisciplinario con biólogos, físicos, psicólogos, estadísticos, neurólogos, psiquiatras, para entender los mecanismos, las bases neurales en humanos de los mecanismos de memoria, emoción, toma de decisiones, planificación. Es lo que estamos haciendo en Fleni. Nuestra idea es no sólo estudiar los procesos médicos, como las demencias o el Alzheimer -que es una cosa fundamental, y la estamos haciendo-, sino también abordar los procesos cognitivos humanos con el mismo rigor con que se hace ciencia básica.

-Muchos se quejan de que es bastante frustrante trabajar en un país donde surgen obstáculos a cada paso. ¿Usted coincide?

-Sí, es verdad. Pero eso me hace preguntarme qué nos une a los argentinos. No somos un grupo étnico definido, ni tenemos una cultura milenaria, como otros países... ¿Entonces? Creo que tenemos un destino común y quiero ser parte de él. Es cierto que es frustrante, que es duro, pero también es duro envejecer en el exterior. Nadie me lo dijo, yo lo vi. Es muy noble hacerlo, pero no me gustaría. Por otro lado, creo que quienes tuvimos la posibilidad de pertenecer a esa minoría de argentinos que accedió a la universidad, y cuya educación fue financiada por la gran mayoría de nuestros compatriotas, que trabajaron y pagaron con sus impuestos -aun sabiendo que ellos nunca serían los beneficiarios ni irían a la universidad-, tenemos el deber de aportar nuestro esfuerzo, sin pensar tanto en qué nos debe ofrecer nuestro país.

-¿No le resulta suficiente el éxito profesional?

-Para mí, ni el éxito profesional ni el económico justifican irse del país. Un país no es un espacio de tierra, arbitrariamente poblado por individuos a quienes sólo motiva, para su esfuerzo individual, el éxito personal. Si creyéramos que esto funciona o debe funcionar así, no tendríamos un país, sino más bien una selva, lo que nos haría retroceder cientos de años en la historia, licuando así todo el esfuerzo y sacrificio puestos por nuestros antecesores para que esto sea una verdadera civilización. Debemos preguntarnos en qué dirección va una sociedad cuyas acciones se caracterizan por ser fundamentalmente fragmentadas. Aquí la acumulación de poder es una finalidad, en lugar de ser un medio para construir otra cosa. Sin ideales éticos fundamentales, como la salud, la justicia social y la educación, sucede que todo tiende a convertirse en un gran basural.

-Tratándose de un investigador que analiza los mecanismos de la mente, ¿cómo explica lo que pasa por la cabeza de buena parte de nosotros, los argentinos? ¿Cómo explica nuestras taras tradicionales?

-Vivimos en una sociedad que no se plantea ser una nación. Una nación se construye con políticas integrales, inclusivas, y no con actos impulsivos. Cuando uno planifica su vida piensa qué futuro quiere, piensa en el largo plazo. Lo mismo se aplica a la familia o a una empresa, pero en la Argentina tenemos dificultades para hacerlo. No sabemos qué país queremos. Creo que estamos en una etapa fundacional. Y hasta podría relacionarlo con nuestras investigaciones. Hay un tipo de pacientes que tienen miopía del futuro, piensan en lo inmediato, pero no en el largo plazo. Como país, nosotros estamos siempre pensando en lo inmediato. Un país es mucho más que un determinado espacio geográfico y gente que vive por casualidad en él. No es un lugar donde el esfuerzo personal se justifica por el éxito personal. Por eso creo que lo que nos falta es discutir el futuro que queremos, y que ése es el papel de nuestra generación.

-Sin embargo, las debacles económicas pusieron en desventaja precisamente a los más jóvenes. ¿Pueden, en estas condiciones, pensar un país para las décadas que vienen?

-Sí. Creo que la Argentina tiene todo para ser como España... pero también tiene todo para ser un país atrasado. Depende de nosotros. Y de que los líderes no confundan su destino personal con el de su patria. Y de que todos tengamos una responsabilidad por los excluidos. Los argentinos a veces funcionamos como islas: en ciencia, en salud, en educación. Tenemos que asumir un compromiso y no pensar exclusivamente en el individuo. Algo que aprendí en el exterior es que aun lo individual funciona mejor cuando lo colectivo funciona bien. Ese es nuestro compromiso, el de los que podemos pensar. Porque hay gente que no puede comer. ¿Cómo va a pensar? Si seguimos preocupándonos sólo por nosotros mismos y tenemos un país dividido como el resto de América latina, no tenemos futuro. Pero si la población que puede pensar piensa en un país que incluya al prójimo, podemos tener salvación. Estamos en una bisagra.

-¿Entre nuestras dificultades también figura el vicio de echar siempre la culpa a los demás?

-Claro: muchas veces nos falta sensatez. Lo que hay que combatir es la falta de sensatez. Somos nosotros los culpables. ¿Quién votó las políticas de la década del 90? El 52% de los argentinos. Entonces, alguien tiene que hacerse responsable, y no sólo los menemistas. Ellos son culpables en gran parte de la crisis moral que instauraron, pero ¿quién apoyó esas políticas? Somos un país bipolar: pasamos del éxito a la depresión, y lo que necesitamos es estabilidad.

-¿Cómo se logra?

-Con políticas de Estado. En la instrumentación de políticas integrales que tiendan a un desarrollo inclusivo podemos ver una nación que puede pensarse a sí misma. Siempre cuento que Oxford y Cambridge nacieron en lugares donde había agricultura, campesinos. De modo que cuando llegaron los académicos y se fundaron las universidades se produjo una disputa por las tierras. Entonces, hace mil años, el rey dijo: denle a la universidad todas las tierras que necesite, así nos aseguramos de que nos gobiernen bien en el futuro. Ya hace mil años ellos pensaban que la educación del pueblo y la formación de gente educada estaba ligada con el bienestar de la población. Se necesita una política de Estado, como tienen Brasil y Chile. O como tiene España, que ha repatriado a muchísimos científicos. Pero lamentablemente no se puede cambiar sólo con la voluntad de los científicos. Los científicos están para pensar, para crear. Pero hay un Estado y una sociedad que tiene que analizar la relación entre la ciencia y el bienestar material. La ciencia permite el desarrollo de la inteligencia, es un factor de cultura y produce bienestar material.

-Como usted decía, en Cambridge cualquiera tiene a veinte premios Nobel al alcance de la mano. ¿Tiene posibilidades de competir un científico que se queda acá?

-Muchas veces, el problema de volver a la Argentina es la falta de una masa crítica. Cuando yo estaba en Cambridge podía discutir con el mayor experto en atención, el mayor experto en lóbulo frontal, el mayor experto en lenguaje... ¡Caminaban por los pasillos! Esa riqueza es lo que falta acá, pero se puede construir. Es lo que estoy haciendo en mi laboratorio: creando una masa crítica. Cada uno de los que en otro lado quizá serían estudiantes de doctorado, acá tienen a cargo las áreas del lenguaje, frontal, de atención, de conciencia. Pero además los contacté directamente con referentes del exterior. Si uno cuenta con investigadores inteligentes, en un laboratorio que tiende a trabajar en equipo y conectado internacionalmente, puede competir, porque también aquí hay creatividad.

-¿Vivir en el Tercer Mundo tiene alguna ventaja?

-En mi área, por ejemplo, el hecho de que no hay que correr detrás de los grants [subsidios]. La presión no es tanta. Tenemos la ventaja de poder pensar en experimentos que no tengan una presión de la industria farmacéutica, aunque no se publiquen enseguida... Creo que podemos tener gente bien entrenada, lugares con una atmósfera creativa. Y eso es lo que estoy haciendo, apoyado por Fleni. Esa masa crítica es la clave de la investigación. Porque hacer investigación, al menos en mi área, no pasa tanto por la tecnología. Obviamente hay que tener los instrumentos básicos, pero más importante es plantearse las preguntas que hay que contestar. Esa es mi estrategia y estamos sobreviviendo bien. Tenemos una mística...

-Muchos opinan que esa necesidad de ligarse con un grupo del extranjero nos resta, en alguna medida, independencia científica...

-Es cierto. Incluso en mi tema hay un riesgo. Pero mi táctica es colaborar con ellos, haciendo siempre algo nuevo para nosotros. Además, en este momento, trabajo con siete universidades. Nunca me ato a un solo grupo, porque aun en mi área eso puede ser un factor limitante.

-¿Qué opina sobre la cuestión de la pertinencia de las investigaciones?

-La ciencia de un país tiene que estar ligada estrechamente con las riquezas de ese país y con sus problemas específicos. Abordarlos es el papel de las políticas de Estado. Tal vez tengamos que invertir más en el mal de Chagas o en la exportación de productos agropecuarios que en neurociencias cognitivas, mal que me pese. Puedo entenderlo perfectamente.

-A pesar de que la inversión oficial en ciencia está creciendo, la privada aún está muy rezagada. ¿A qué cree que obedece esto?

-Tiene que ver con una carencia de la educación sobre el papel de la ciencia en un país. El empresariado tiene que entender que es imprescindible invertir en ciencia y educación, colaborar con las universidades... Pero los científicos también tenemos que divulgar más lo que hacemos. Es nuestra responsabilidad, es lo que ocurre en cualquier país adelantado.

-¿Cree que algún día podremos saber qué es la conciencia?

-Es un tema fascinante que estamos abordando desde distintos ángulos. Un premio Nobel decía que abordar esa pregunta es como saltar tirándose de los cordones. Tal vez podamos entender el cerebro por parcelas, o el cerebro en los ratones, pero que el ser humano comprenda su propio cerebro parece un poco ambicioso. Se está haciendo bien, mucho mejor de lo que pensábamos, pero recién estamos empezando.

-¿Cómo resolvería la controversia que existe entre quienes piensan que la mente es algo absolutamente inasible y los que consideran que se limita a un sustrato biológico?

-Creo que los psicoanalistas y los neurobiólogos tenemos que encontrar un idioma común. Vamos a tener diferencias, pero estudiar el cerebro como lo hacen los neurólogos no alcanza. Es como pensar que el "Martín Fierro" es un kilo de papel y medio litro de tinta. Y estudiar el cerebro sin estudiar las bases neurales tampoco alcanza. De hecho, Freud era neurólogo. Las preguntas del psicoanálisis son muy interesantes para abordarlas desde la ciencia y, a su vez, la metodología científica es interesante para abordar el psicoanálisis. Creo que ni unos ni otros vamos a resolver el problema solos. Tenemos que acercarnos. Y eso es algo que en la Argentina se puede hacer, porque hay buenos psicoanalistas.

Por Nora Bär
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=682949

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Ventanitas en la calle oscura

Archivado en Osvaldo Bayer • Fecha: 26-02-2005 00:00:00

Por Osvaldo Bayer

Cabalgar sobre un caballo ciego por una calle oscura sin término. Así califiqué alguna vez a los derechos humanos en la Argentina. Ultimamente se han abierto algunas ventanitas. Como lo de la reanudación de los juicios, aunque no todos los jueces tengan la confianza de los argentinos. Y en la ciudad alemana de Bremen, el gobierno de ese Estado ha realizado en el palacio de gobierno un homenaje al gran historietista argentino Héctor Oesterheld, aquel que nos hizo imaginar todos los mundos con sus maravillosos cuentos dibujados.
El 3 de junio de 1977 es apresado por el Ejército argentino y origina una de las tragedias más grandes durante la represión de Videla. Además de él, desaparecerán para siempre sus cuatro hijas. Beatriz, de 20 años, fue secuestrada un mes más tarde por el Ejército. Diana, de 22 años, quien antes de desaparecer tuvo un niño en el Hospital Militar de Campo de Mayo, y ese niño fue robado. Al mismo tiempo fue muerto el esposo de Diana, Raúl. El 14 de diciembre de 1977 morirán su hija Estela, de 25 años, y su esposo, un año mayor que ella. La más joven de las hijas, Marina, fue secuestrada en noviembre del mismo año, estaba ya en el octavo mes de embarazo, para después desaparecer. Ni de ella ni de su hijo por nacer se obtuvo más noticias.
Tal cual. ¿Después de saberse esta tragedia ya sin calificativos, cómo es que los diputados y senadores del radicalismo pudieron votar las leyes de Obediencia Debida y Punto Final? ¿Y que Alfonsín la haya firmado? Increíble. Lo mismo que los decretos de perdón de Menem a los generales condenados en el juicio de los comandantes.
Héctor Oesterheld quedará para siempre entre nosotros porque nos hizo volar por todos los cielos con su genial “Eternauta”. Que es la que le costó la tragedia porque en su última parte, de 1976, dibujada por Francisco Solano López, la Argentina aparecía gobernada por una feroz dictadura. Además de eso, había producido el guión de Vida del Che, con dibujos de Alberto y Enrique Breccia. Pena de muerte para él y toda su familia.
El lunes pasado, el bürgermeister de Bremen, Henning Scherf, abrió su casa de gobierno para recordar al querido intelectual argentino. Justamente no sólo se lo honró como artista sino también –por razones de nostalgias– por su abuelo August von Oesterheld, conocido ciudadano de Bremen.
El burgomaestre de Bremen hizo una alegoría muy sentida sobre el autor Oesterheld e hizo hincapié expresamente en los setenta desaparecidos alemanes en la Argentina durante la dictadura militar.
El acto se inició con música clásica argentina tocada por un cuarteto. Luego habló la ex ministra de Justicia de Alemania Herta Däumler-Gmelin, quien describió en todos sus aspectos el brutal y bestial método de desaparición de personas y la falta de reacción de diversos gobiernos europeos interesados más que nada en vender armas a los militares argentinos. Comparó, por su brutalidad, a los crímenes nazis con los de los militares argentinos. Principalmente hizo hincapié en el robo de niños.
Por último, en el sentido acto, pleno de emoción, se entregó el “Premio de Solidaridad de Bremen, 2004” a la esposa de Héctor Oesterheld, Elsa, y al pastor evangélico Kuno Hauck. Este último, miembro de la Coalición contra la Impunidad de los Crímenes de la Dictadura Argentina, con sede en Nuremberg, señaló: “Aun cuando Jorge Videla y sus esbirros no puedan ser juzgados en Alemania, por negativa del gobierno argentino de extraditarlos, igual los pedidos de detención internacional contra ellos seguirán siendo una permanente intimación, porque aquí no olvidamos a las víctimas. Para nosotros la injusticia permanecerá siempre siendo una injusticia”.
Si bien el acto fue una verdadera revelación en cuánto se puede hacer por el recuerdo de las víctimas de la dictadura, faltó un detalle. No sé si los argentinos sufrimos del defecto de timidez, acomodo o el “no meterse”. Pero no concurrió el embajador argentino o un representante de jerarquía de la embajada. Como decimos, fue un acto de primera línea en la vida cultural alemana, además en una de sus más grandes ciudades. Sobre compromiso político no se puede hablar porque es un gobierno de coalición de los dos más grandes partidos alemanes. La Socialdemocracia y la Unión Demócrata-Cristiana. Mientras hablaba, un poco con ironía y otro poco con una tristeza que descubría la inexplicable ausencia, preguntó al público que llenaba por completo el gran salón si había alguien de la embajada argentina. Después de mirar todo el salón, se levantó en la última fila una mano que dijo: “Yo soy el vicecónsul”. Es decir, el representante más bajo en la categoría diplomática que ni siquiera se dignó a decir dos palabras. ¿Qué pasó, el embajador perdió el último tranvía, o prefirió ir al cine, o quedarse en casa a ver el partido de turno?
Lo ideal habría sido –y no estoy exagerando– que hubiera concurrido al acto el agregado militar argentino de nuestra embajada. Es hora de que los miembros del Ejército reconozcan los humillantes crímenes que realizó el arma y que digan abiertamente que en caso de delitos de lesa humanidad no valen la obediencia debida o el punto final. Pero no, todos los uniformados callan, como tampoco han respondido últimamente a las frases que expresó el obispo militar, monseñor Antonio Baseotto, de que al ministro de Salud Pública argentino, doctor González García, había que atarle una piedra de molino al cuello y arrojarlo al agua. En un ejército democrático se hubiera esperado una reacción en el sentido de repudiar con toda la fuerza hechos así que hablan de la impudicia de los que aman el crimen como solución a los problemas. El ministro González García tuvo una actitud de coraje civil cuando se demostró favorable a despenalizar el aborto. El tema del aborto es un tema muy serio y muy difícil. No se arregla con piedras de molino ni tirando a la gente desde los aviones. Claro, es fácil decir “yo estoy contra el aborto” o “yo estoy contra los preservativos pese al sida”, mientras hay gobiernos que han tratado a fondo ese problema –especialmente, un problema de la mujer– aprobando leyes que demuestran un respeto fundamental hacia a la vida, pero también a la vida de la madre en el mayor de los casos, apenas adolescente. Es que el llamado obispo castrense de marras es igual que aquellos de la Iglesia Católica española que apoyaron a muerte al dictador Franco, fusilador de poetas y obreros, en la lucha por la dignidad y la libertad. Además, el señor obispo militar no es quién –por la falta de experiencia de su gremio– para recomendar soluciones de la vida sexual. Elegirlo a él para defender la vida es como nombrar a Blumberg director de una cárcel para jóvenes. Ellos, los curas católicos, por su por lo menos declarada castidad, están contra el amor, contra los cuerpos, contra los hijos. Es como enseñar a la gente que todos tenemos el pecado original porque Eva se comió la manzana, que antes era un higo, pero que un antiguo cardenal a lo Ratzinger cambió las Escrituras y en vez de un higo nos puso una manzana, porque el higo, claro, tiene forma de testículo (o algo así).
Bien, aunque sea menos pecado comerse una manzana que un higo, los mitos y tabúes van apareciendo por las ventanitas de la calle interminablemente oscura. Reconquistemos, por ejemplo, la obra del querido Oesterheld, y ofrescámosla en libros, para volver a soñar. La deberían editar, como desagravio, las secretarías de Cultura del país.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-47776-2005-02-26.html

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Kendall: “Luchar contra el delito exige voluntad política”

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 23-02-2005 01:36:41

Reflexiones de un ex director de Interpol

PARIS.– Raymond Kendall jamás hubiera podido inspirar a Conan Doyle. A diferencia de Sherlock Holmes –que trabajaba por deducción–, este “superpolicía”, formado en las rigurosas normas de Scotland Yard, sólo cree en cuatro principios básicos: las virtudes del trabajo científico para combatir el delito, la persuasión para obtener el apoyo de la sociedad, la especialización y la actuación dentro del marco riguroso de la Justicia.

Después de haber dirigido Interpol de 1985 a 2000, Kendall aún no pudo disfrutar de su jubilación. Ahora, este inglés de 72 años tuvo que poner su experiencia al servicio de la reflexión: integra el Grupo de Madrid, que prepara un plan global de lucha contra el terrorismo, y preside el comité de control de la Comisión Antifraude de la Unión Europea.

Este nieto y padre de policía, que conoce 120 países y habla cinco idiomas –entre ellos, el swahili–, dedicó toda su vida a pensar en las formas de combatir el delito.

–¿De qué se ocupa, exactamente, Interpol?

–Del crimen organizado. Sus estatutos le prohíben intervenir en cuestiones políticas, militares o religiosas. Los temas políticos son materia de los servicios de inteligencia.

–Por lo tanto, las cuestiones de terrorismo político y religioso o las acciones de grupos guerrilleros o independentistas quedan excluidas de su área de intervención...

–Así fue hasta comienzos de los años 80. Por entonces, en Italia actuaban las Brigadas Rojas; en Francia, Acción Directa; en Alemania, Baader-Meinhof; en América latina, Sendero Luminoso y otras organizaciones, con diferentes motivaciones, pero igualmente terroristas. A partir de 1985, Interpol analizó la situación y se dijo: si un grupo asesina a alguien, se trata de un crimen; si alguien hace volar un edificio o secuestra un avión, se trata de un delito común. De modo que los analizaremos desde ese punto de vista y los clasificaremos como simples delitos. La motivación vendrá en segunda posición. De este modo, el terrorismo entró en los objetivos de Interpol. Ahora, un terrorista es para nosotros un criminal como cualquiera.

-¿Y qué cambió para la organización?

-Permitió una cooperación internacional que antes era imposible. En mis 30 años de Interpol aprendí que es mejor trabajar sobre aquellos puntos en los que la gente está de acuerdo en vez de insistir en las diferencias. Si uno intenta buscar acuerdos en el plano político, las cosas son mucho más difíciles.

-¿Es fácil la cooperación entre Interpol y los servicios secretos?

-Interpol no tiene contactos directos con esos servicios. La central de Lyon sólo actúa a través de las delegaciones nacionales de Interpol en cada país.

-¿La central de Interpol en Lyon escoge a los miembros en cada país?

-No. Como toda organización internacional, en esto también se respeta la soberanía nacional. En su país, por ejemplo, es el gobierno argentino el que decide quién integrará la oficina de Interpol. La mayoría de esas delegaciones operan dentro de las policías nacionales. Sin embargo, si un país decidiera poner esa oficina central en el seno de sus servicios secretos, nadie podría impedírselo. Cada vez que hay necesidad de un contacto con los servicios secretos de un país, es justamente esa oficina la que lo hará, y no la secretaría general desde Francia.

-¿Un país puede manipular a la secretaría general?

-Para evitar eso, hay que poseer una cierta información política del mundo. Puede ocurrir que un país pida que lancemos una orden internacional de detención contra uno de sus ciudadanos por malversación, fraude y estafa, cuando en verdad se trata de un disidente o un opositor político.

-Esa hipótesis muestra las dificultades que se plantean cuando la política se mezcla con la justicia.

-Justamente: cada vez que prevalecen las consideraciones políticas se suele salir del marco de la ley. En realidad, eso ocurrió con el caso Augusto Pinochet. No entiendo por qué cuando fue detenido en Gran Bretaña no se lo extraditó a España, un país con plena vigencia del Estado de Derecho que lo buscaba por asesinar a varios de sus ciudadanos. El problema es que la política cambia. No sólo cambia, sino que suele acomodarse hipócritamente a la situación del momento, mientras que una organización policial mundial tiene la obligación de ser pragmática. Si nosotros estuviéramos obligados a tener en cuenta todas esas diferencias, no podríamos trabajar. Por el contrario, los países "fuera de la ley" -como Irak, Libia, el Panamá de Noriega, incluso el Chile de Pinochet- siempre fueron miembros de Interpol. El primer pedido internacional de arresto contra Ben Laden fue lanzado por Libia en 1988, porque había asesinado a uno de sus policías. Por esa razón, Interpol no es una agencia de las Naciones Unidas. Si lo fuera, todas nuestras posibilidades de trabajar se complicarían por esas razones políticas.

-¿Ahora es más difícil que antes luchar contra el terrorismo?

-Siempre fue difícil. Primero, porque los servicios especializados están obligados a buscar esos terroristas entre miles de personas inocentes. Es como buscar una aguja en un pajar. El problema reside en que el núcleo duro de esos movimientos es muy pequeño. En el caso de los vascos de ETA, deben ser, como máximo, veinte personas. Imagínese cuán difícil es, entonces, en el caso del terrorismo islámico, donde aparecen dificultades suplementarias de idioma, de cultura y de religión. Las policías occidentales tienen poquísima gente capaz de infiltrar esas comunidades.

-¿Estados Unidos es el país más desarrollado en ese terreno?

-No. Hace unos años, antes de la guerra civil, Yugoslavia tenía una de las mejores policías científicas del mundo. Todo es cuestión de voluntad política, no de capacidad económica.

-¿Hay un núcleo duro de Al-Qaeda que dirige todas las operaciones internacionales o existen clones que asumen los mismos objetivos en diferentes partes del mundo?

-Para ser honesto, no lo sé. Si usted encuentra a alguien que afirma saber, no le crea. Lo único que sabemos es que Ben Laden existe, que Al-Qaeda existe y que, además, hay una enorme cantidad de grupúsculos que giran en esa galaxia. Es normal que haya contacto entre ellos. Pero nadie puede decir que hay una red mundial perfectamente estructurada o que Ben Laden imparte directamente sus instrucciones. Esto hace las cosas mucho más difíciles.

-¿Qué lazos existen entre terrorismo y crimen organizado?

-El terrorismo es una forma más de crimen organizado. El crimen organizado -ese que se ocupa del tráfico de droga o del blanqueo- trabaja 24 horas por día. Esa gente está todo el tiempo pensando cómo va a cometer un delito. Segundo punto importante: hace unos años, los terroristas contaban con el apoyo de varios países. Libia, por ejemplo, Siria, quizá, que proporcionaban armas y ayuda financiera. Ahora eso se terminó, debido a la presión internacional. Aquí es donde la policía tiene, quizás, un poco más de posibilidades, porque ahora los terroristas deben estrechar contactos con el crimen organizado. Y esto los vuelve mucho más vulnerables. En los últimos tiempos esas organizaciones están tomando contacto con los traficantes de armas de la criminalidad organizada. Cuando la droga viaja de América del Sur a Estados Unidos, por ejemplo, los movimientos insurgentes del continente suelen proveer de seguridad a los traficantes. De esta manera, consiguen fondos para comprar armas. Por eso hoy es imposible separar las investigaciones sobre terrorismo y sobre criminalidad organizada.

-¿Por qué aparecen nuevos senderos de tráfico de todo tipo? De droga, por ejemplo, como es el caso de la Argentina en la actualidad.

-Por la misma razón. Porque a medida que cambian las situaciones políticas o geopolíticas en una región, las mafias -que piensan día y noche nuevas formas de delito- se adaptan a las nuevas realidades.

-¿Los países deben crear policías especiales para luchar contra esas mafias?

-Todo lo que podía crearse en ese terreno ha sido inventado. El único requisito es que, para ser eficaz, un cuerpo policial debe estar perfectamente capacitado para la misión que se le confía. Pero, cualquiera sea ese cuerpo policial, su acción debe estar enmarcada por un Estado de Derecho y sometida a las leyes. Yo estoy a favor del respeto de los derechos humanos, pero reconozco que no siempre es fácil conciliar ese respeto con la necesidad de proteger a la población. En esos casos, siempre recurro al buen tino de los pueblos.

-Se afirma que el delito representa entre el tres y el seis por ciento de la actividad económica mundial.

-Es imposible dar cifras. Nadie las conoce con exactitud. No existe ninguna evaluación responsable.

-Hablemos de la droga. Usted, que siempre tuvo una actitud muy particular, dice: "No a la legalización. Sí a la despenalización del consumo y a la lucha contra el tráfico".

-El problema con la droga es el mismo que con el tabaco y con el alcohol: son sustancias nocivas. Un drogadicto, como un alcohólico o como un fumador compulsivo, necesita ser tratado, no arrestado. Al mismo tiempo, es necesario hacer campañas de información para sensibilizar y tomar medidas para que esas sustancias sean cada vez más inaccesibles. La legalización me parece absurda. No se puede legalizar una sustancia nociva. Ya tenemos el alcohol y el tabaco. No veo por qué habría que continuar envenenando a la gente. Pero la policía debería concentrarse en los dealers y en los traficantes, no en los consumidores. Por otro lado, las leyes que penalizan el consumo envían un mensaje equivocado a la población.

-¿Qué quiere decir?

-Una ley que penaliza el consumo es una ley destinada a ser violada cotidianamente. Esto significa entonces que si uno puede violar todo el tiempo una ley también puede violar todas las demás.

-¿Qué se necesita para ser un buen policía?

-Primero hay que creer en la naturaleza humana. La dificultad en esta profesión es la tendencia a ver todo lo malo de la sociedad. Así uno puede volverse un descreído, un neurótico o algo peor. Hay que ser muy equilibrado, buen observador y reconocer que en el mundo hay más gente honesta que deshonesta. La gente honesta sabe que todas las leyes que imponen obligaciones y limitan la libertad están hechas para aquel diez por ciento que actúa de manera ilegal. Todos los demás somos víctimas de ese diez por ciento. Pero las cosas mejoran. Los policías están cada vez mejor formados. Las buenas escuelas de policía enseñan el respeto a los derechos humanos, leyes, idiomas y, sobre todo, cómo establecer buenas relaciones con los demás. La razón es sencilla: la policía jamás podría funcionar sin la cooperación de la sociedad. Para ello, hay que tratar a la gente correctamente. Yo tengo horror de las policías paramilitares. Mi lema es: la policía, que representa la autoridad, jamás debe ser autoritaria.

Por Luisa Corradini
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=681897

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Boda y apuesta

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 20-02-2005 00:00:00

Una fiesta de casamiento campera. Asado, empanadas, truco... y un petiso jugado a los naipes.

BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar

No olvidaré que el ruedo del vestido blanco de la novia se fue manchando de tierra a medida que avanzaba la fiesta. Desde el mediodía, ese vestido había sufrido un envejecimiento precoz, acentuado por las etapas del almuerzo y el baile. De todas formas, los padres de Julia, la recién casada, estaban vestidos simplemente con su ropa de domingo y los invitados, como hacía calor, se habían sacado los sacos, así que Julia, con su vestido blanco, seguía siendo la más emperifollada. La fiesta era en el campo, en el patio de tierra que rodeaba la casa de los padres de Julia, quinteros que, en dos manzanas, habían imitado la disposición geométrica y umbría de un huerto italiano.

Contra todo pronóstico, habían logrado que, en ese suelo seco, cruzado por los canales que salían del tanque australiano llevando agua, prendieran árboles de damascos y ciruelas, duraznos chatos y manzanitas doradas. Entre árbol y árbol, crecían vegetales extraños a la cocina criolla, como radicheta y apio.

La fiesta de casamiento, sin embargo, respondía al modelo local: empanadas con mucha pasa de uva, papa y comino, asado de chivito y pastelitos de dulce. Los hombres comían de a pie, sin plato, cerca de la parrilla; las mujeres rodeaban una mesa debajo del paraíso. El novio y dos amigos, después del almuerzo, se sentaron un rato en unos banquitos bajos, apoyados contra la pared, acalorados y un poco somnolientos. Cuando las mujeres despejaron la mesa, cuatro de los más viejos sacaron la baraja para un truco muy conversado, cuyos puntos se contaban con granos de maíz amarillo que habían traído del gallinero. Al rato, en un carro, un amigo del novio trajo una victrola a cuerda y una caja con discos.

A partir de ese momento, durante el baile, el vestido de la novia mostró su ruedo con motitas de tierra que resultaba de los baldazos que, de vez en cuando, se tiraban para aflojar el calor y evitar que se levantara polvo. Los chicos se amontonaron cerca de la victrola donde hacían cola para darle cuerda y cambiar los discos cada tres minutos. El dueño del aparato no lo perdía de vista, sobre todo por los discos, unos diez o doce, que podían romperse en cualquier momento. Al atardecer, la novia entró a la casa y salió vestida con su ropa de siempre, la que se le conocía en las visitas de los domingos a sus padres, y un pañuelo de seda blanco con guardas azules que le habían regalado. El novio ató el sulky (prestado por otro amigo) y mientras los chicos alborotaban, se despidieron con sencillez. Los demás seguimos en la fiesta que empezó a parecerse a una tarde de sábado cualquiera, con un poco más de comida, de bebida y de gente. Uno de los invitados quería vender un petiso tordillo. Decía que había sido caballo de polo, lo cual era un embuste ingenuo, ya que nadie jugaba al polo en trescientos kilómetros a la redonda.

Se trataba simplemente de un caballo criollo, más bien bajo y rechoncho, que su dueño había traído de San Pedro Norte. Alguien le propuso jugarlo a los naipes y, como no había encontrado interesados, el vendedor aceptó la apuesta que consistía en el petiso contra una cantidad de pesos que representaba, más o menos, la mitad de su precio. El desafío congregó al resto de los invitados, especialmente a los hombres y los chicos. Ganó el dueño del petiso, que se iba a retirar, entonces, con el caballo y la plata. En ese momento, un hermano del perdedor, como si se tratara de reparar una ofensa o perjuicio familiar, repitió la apuesta, idéntica. Ganó de nuevo el dueño del caballo. Le dijeron que así no podía irse, que tenía que dar a algún otro una oportunidad. El caballo, mientras tanto, había sido montado en pelo por casi todos los chicos; era manso y tenía un sobrepaso bastante compadrito; había pasado de ser casi invisible a convertirse en un premio mayor. Reticente, el dueño del caballo se vio en la obligación de aceptar, pero dijo que primero iba a ensillar porque, ganara o perdiera, esa apuesta era la última. Volvió a ganar y, nobleza obliga, fue despedido como un héroe. Al rato, nos fuimos todos, comentando el caso.

http://www.clarin.com/diario/2005/02/20/sociedad/s-925105.htm

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"El delincuente amateur suele combinar trabajo y delito"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 20-02-2005 00:00:00

GABRIEL KESSLER, SOCIOLOGO

No son profesionales ni "pibes chorros". Los "amateurs", un grupo que crece, tienen vínculos familiares complejos, una relación inestable con el trabajo y pautas particulares para gastar lo recaudado.

Claudio Martyniuk
cmartyniuk@clarin.com

De una manera general, se suele hablar de los delincuentes como si fueran profesionales, con rangos específicos dentro del "oficio". Sin embargo, usted acaba de publicar un libro en el que estudia el delito amateur. ¿Cuáles son las características de ese amateurismo?

—Precisamente, la idea de delito amateur toma distancia de la imagen del delito profesionalizado. Esos profesionales adscribirían a un código normativo rígido que diría dónde robar, a quién atacar y cuándo es legítimo usar la violencia. El delito amateur se distancia también de otra idea extendida: la de los "pibes chorros", que serían una especie de subcultura que va conformando valores y conductas apartadas del mundo del trabajo. Esas conductas llevarían a que un joven quede cada vez más inmerso en hábitos delictivos que permitirían predecir una carrera delincuente. Pero sólo una mínima porción de aquellos que cometen delitos en la adolescencia desarrollan una carrera delictiva adulta. En éstos no se verifica esa separación tajante entre actividades legales e ilegales, entre trabajo y delito. Hay una zona gris en la que, de acuerdo a la oportunidad, trabajo y delito pueden estar concatenados. Por eso, la figura del amateur se opone a esas imágenes y, por sus conductas, nada nos permite predecir que un joven que ha cometido un delito hoy será mañana un delincuente profesional.

# ¿Cómo se mide el delito amateur?

—Son, en general, hurtos y robos en la vía pública, y su número es significativo. La mirada de la opinión pública está muy centrada en estos delitos en el espacio público, quizás porque generan temor y desorden. Lo que no debe hacerse es trazar una asociación entre jóvenes de sectores populares y delito. Por otra parte, los delitos más calificados —secuestros, grandes evasiones fiscales, corrupción— son cometidos por adultos.

# ¿Qué otros rasgos ayudan a redondear el diagnóstico?

—Es un fenómeno multicausal que crece. Por un lado, hay una desestabilización del mundo del trabajo que no afecta sólo a los jóvenes pero que tiene efecto en sus marcos de socialización. Sus padres ya han conocido la inestabilidad en el mundo del trabajo, sin poder transmitir nada de la cultura del trabajo estable. Por otro lado, el trabajo es un bien que escasea y que cuando se consigue da pocos ingresos. Tampoco genera espíritu de grupo ni identidad laboral, ni algún tipo de calificación. Entonces, cuando uno escucha los relatos de los jóvenes, esos trabajos y los delitos muchas veces se asemejan.

# ¿Por qué?

—Porque es difícil saber si hablan de un trabajo o de un delito. "Salí a buscar algo y conseguí unos pesos"; "salí a buscar y vine con unos pesos de vuelta", decían. Ley y trabajo son, para los jóvenes que entrevistamos, temas que no tienen absolutamente nada que ver. Incluso son opuestos, porque han trabajado sin que les informen sobre las condiciones de trabajo.

# ¿Qué papel tiene en este amateurismo la familia de quien delinque?

—Son muy complejos los roles familiares, porque hay bastantes movimientos en la familia. Se establecen así vínculos diversos y dinámicos con el padre, con la madre, con la pareja de alguno de los padres, con los hermanos, con algún tío. Hay algunas situaciones que se repiten: en general, la madre es una imagen idealizada con la que media una relación de culpa por hacerla sufrir. Hay promesas de enderezarse por mamá, que muchas veces es la imagen de alguien incondicional, que frente a todo lo que haya hecho siempre va a estar al lado del hijo. Con el padre hay una relación más complicada: aparece mucho la idea de su deuda, por lo que dio y por lo que no dio. Un rol poco estudiado es el del hermano. Muchas veces el hermano que "salió bien" es una fuente de reflexión sobre la propia situación: "¿por qué él salió bien y yo no?". Hay una relación ambigua que oscila entre cierta admiración, sobre todo si es buen alumno, y cierta bronca precisamente por eso. A veces hay un juego muy complicado: los padres hacen que no saben, pero los chicos saben que ellos saben. Entonces, cuando los chicos cometen un delito o traen el dinero y los padres preguntan de dónde lo sacaron, ellos contestan "me lo regalaron" o "me lo encontré". El padre hace como que le cree, aunque los chicos saben que el padre no les cree. Es un juego de apariencias que en muchos casos intenta mantener un equilibrio en un hogar donde se hace difícil regular la situación interna.

# ¿Cómo es el primer delito?

—En general está caracterizado por una escasa planificación. Se proveen de algún arma, pero no saben muy bien a quién van a robar. Suelen elegir algún tipo de víctima que aparezca como un poco más indefensa. Muchas veces hay intención de robar y de proveerse de un arma y hay algún tipo de actitud que los jóvenes califican como de "no pensar" y "mandarse" para realizar un primer delito que deja un escaso botín. La manera en que los jóvenes cruzan ese umbral tiene algo de repentino, de puesta en suspenso de la conciencia. No son actores racionales que realizan un cálculo costo-beneficio de una acción, y por eso la política de aumentar el costo del delito a través del aumento de las penas no suele ser efectiva. En estos casos hay una puesta en suspenso del cálculo para "mandarse".

# ¿Sugiere que la decisión no es racional?

—Hay que evitar una falsa dicotomía entre elección racional y racionalidades alternativas, porque en algunos tramos de la acción sí aparece una elección racional. Por ejemplo: cuando se elige, se elige una víctima que parezca más fácil, entonces hay una elección racional. Lo que es importante es que a medida que van entrando en una carrera, van cobrando experiencia, van teniendo algún tipo de reflexión sobre las acciones y sí empiezan a hacer un cálculo de costo-beneficio sobre a quién conviene robar y cómo aminorar el riesgo de ser aprehendido. Pero los dos momentos que aparecen fuera de un cálculo racional son cuando se entra y cuando se sale del campo del delito.

# ¿La entrada al delito es grupal o individual?

—Hay países (como Estados Unidos) en los que las pandillas son grupos con una identidad muy fuerte: un criterio de diferenciación es cometer un delito. Está en el grupo quien comete un delito y está afuera quien no lo comete. Lo que se ve en nuestro país es distinto. Los grupos y sus lazos son más débiles; algunos jóvenes cometen delitos y otros, no. Un joven puede con algunos amigos o conocidos cometer un delito; con otros, jugar al fútbol; con otros, salir. O sea, el delito no es una cuestión diferenciadora. Pero, en general, para cometer un delito construyen algún tipo de relación para conseguir apoyo y un arma.

# ¿Cómo narran sus delitos?

—No se vanaglorian de los actos, pero sí hay banalización. Y así aparece una cuestión central: el desdibujamiento de la ley. Hay un desdibujamiento generalizado de la ley en el caso concreto de estos jóvenes. Saben que robar es ilegal y que trabajar es legal, pero esa diferencia no necesariamente es algo importante. Tampoco se vanaglorian de una ley de la subcultura que dijera "lo que para la sociedad es malo, para mí es bueno". O sea, la ley actúa como un marco interpretativo, no como marco normativo. Por eso no se da ni la pérdida ni el borramiento total de la ley sino su desdibujamiento.

# ¿Cómo emplean el dinero que obtienen de los delitos?

—Los chicos entrevistados que combinan, o habían combinado trabajo y delito, hacían una clara diferenciación entre la plata fácil y la plata difícil. La plata fácil era la que se conseguía en el delito y se gastaba en rubros "fáciles": comprar cerveza, marihuana, salir con los amigos y gastar en los quioscos. La plata difícil era la que se conseguía trabajando y se gastaba con mucho cuidado, administrándola muy concienzudamente, ayudando a la familia, pagando impuestos, el colectivo, etc. La diferenciación entre la plata fácil y la plata difícil es interesante porque mantiene, de alguna forma, separado lo legal y lo ilegal. En el delito amateur no se ha perdido la idea diferencial de lo legal y lo ilegal, sino que es la ley la que ha perdido su fuerza normativa.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/02/20/z-03615.htm

Copyright Clarín, 2005.

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“Diría que tenemos un presidente adolescente”

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 19-02-2005 01:35:24

El análisis de Sofanor Novillo Corvalán

CORDOBA.– En las inmediaciones de la estancia La Paz, en Ascochinga, parece que el tiempo se hubiera detenido. Poco cambió en ese paisaje serrano que fue tierra de sanavirones, por el que Roca y Juárez Celman cabalgaban cada mañana hace ya más de cien años, a la vez que conversaban y maduraban el proyecto político que les permitió a ambos llegar a la presidencia de la Nación. Eran tiempos en que desde Córdoba se gobernaba el país...

El lugar que el sociólogo cordobés Sofanor Novillo Corvalán eligió para descansar este verano no podría ser más propicio para conocer su perspectiva de intelectual mediterráneo sobre el derrotero que ha seguido la Argentina desde entonces. Novillo Corvalán tiene una larga carrera académica, ligada a las universidades nacionales de Córdoba, Río Cuarto y Catamarca, y a universidades privadas. Actualmente se desempeña como profesor titular de Sociología de la Universidad Católica de Córdoba. Tiene numerosos trabajos publicados en libros, revistas académicas y periódicos de circulación general, sobre la historia del liberalismo y del pensamiento liberal. Ha dictado cursos de posgrado e innumerables conferencias sobre temas de su especialidad. Pero su perfil responde, además, al de aquel "intelectual comprometido" del que hablaba Raymond Aron, donde la vocación por el pensamiento y las ideas se entrelaza con una vocación política que, en su caso, lo llevó a ser legislador provincial durante tres períodos. Esto le ha generado no sólo dos pasiones y dos visiones de la política sino, a veces, según su propia confesión, "dos éticas en conflicto".

"Yo me asumo como un liberal moderno, continuador de ese clásico liberalismo que contribuyó, como bien reconocía Marx, a hacer en menos de un siglo más aportes a la humanidad que los que hubo en toda la historia anterior del mundo", dice.

-¿Por qué aquí los liberales, que pudieron construir los cimientos del Estado moderno, perdieron tan rápidamente preeminencia en el poder?

-Los liberales echaron las bases de una sociedad moderna, pero al perder poder, en 1916, comenzaron a tener una suerte de resentimiento hacia la democracia, porque el pueblo les era esquivo en los procesos electorales. Con el tiempo, devinieron elitistas. Es como si se hubieran subido a un balcón y desde allí hubieran señalado lo que para ellos estaba bien o estaba mal. Lo que estaba mal era sentirse dueños de la verdad de la cosa pública sin estar comprometidos con el proceso político. Así se fueron apartando de a poco. Los partidos liberales se fueron debilitando y todos los esfuerzos por construir una fuerza influyente en la República no tuvieron éxito, excepto algunos episodios más bien ligados a un proceso de colaboracionismo que a un proceso de búsqueda sensata de alternancia en el poder por el voto popular.

-¿Están en deuda?

-El liberalismo tiene una deuda política, social e intelectual con el país. Los intelectuales liberales hablan muy poco y se expresan en ámbitos muy circunscriptos, por momentos crípticos, herméticos. Y los medios tampoco tienden a retener la opinión de hombres de ideas que expresen esta ideología, lo que agrava la situación. Los intelectuales liberales han cedido planos, tanto en lo político como en lo intelectual, a pesar de que, como lo demuestra Occidente, el aporte desde este campo de ideas siempre es importante. Hoy, una sociedad que aspire a crecer y a ocupar un rango jerarquizado en el mundo debe tener un sistema de democracia abierta y pluralista, un sistema de economía de mercado que permita la inclusión en un marco de crecimiento, con un Estado que desempeñe un papel de equilibrio y pueda ser ejecutor de políticas públicas innovadoras, que ayuden a transformar una realidad difícil. El Estado en países como el nuestro tiene responsabilidades mayores que en países más afianzados y más avanzados.

-¿Cómo ve a los radicales?

-Al analizar este apartamiento y por momentos resentimiento de los liberales, pienso en un proceso similar que me parece que se está viviendo hoy en el seno del partido radical. Porque, no obstante la legitimidad y la legalidad de las dos gestiones radicales que hubo a partir de 1983, las dos terminaron en fracasos muy gravosos, con el retiro anticipado del gobierno. Con la curiosidad de que nuevamente, por esta especie de complicidad que hay entre muchos actores intelectuales y mediáticos respecto de las gestiones radicales en lo que tuvieron de negativas, el período de De la Rúa en los análisis más recientes, incluso académicos, aparece desdibujado, como si nunca se hubiera producido. La dirigencia radical está empezando a apartarse, muchos de sus dirigentes se han retirado, se están empezando a replegar. Esto es muy preocupante.

-¿Por qué habla de complicidades?

-Para entender esto hay que remontarse al advenimiento de los radicales a la vida política. De 1890 en adelante, la visión del país empezó a ser metropolitana y su historia empezó a ser la historia de Buenos Aires. El radicalismo ayudó a construir una historia argentina un poco estalinista en el sentido de que se distorsiona y se manipulan los hechos del modo más artificial con tal de que se ajusten a una visión benigna de sus gestiones de gobierno. En el radicalismo hay una apariencia que contrasta con la realidad. El radicalismo contribuyó a crear una cultura golpista en la Argentina. Sólo devino democrático en 1983. Antes no solamente fue un partido no democrático, que no admitió nunca las reglas de juego del pluralismo, sino que incluso difundió prácticas contrarias a los procedimientos propios de una democracia moderna.

-¿Y el peronismo?

-El peronismo también nació en el marco de un golpe de Estado -en ese caso, exitoso, en tiempos en que todavía los modelos del fascismo no se habían derrumbado-, por lo que ese sesgo autoritario tampoco contribuyó, en toda su primera etapa, a crear una sociedad abierta. Su principal problema es que todavía no se ha organizado como partido. Mientras no entienda la necesidad de darse esa organicidad, muy difícilmente podrá contribuir a fortalecer el sistema de partidos, vital para una democracia.

-¿Cómo encaja Kirchner?

-Entre los archipiélagos de poder del peronismo, uno es el poder presidencial. Kirchner es una construcción de Duhalde, quien, como se sabe, violentó la Constitución para permitir que una expresión claramente minoritaria pudiera llegar a la presidencia. Así, un hombre que en la provincia de Córdoba llegó quinto, hoy preside el país.

-¿Le gusta cómo lo hace?

-Estoy desconcertado. Por el momento, me parece que más han sido sus anuncios, sus expresiones, sus demostraciones de poder personal, que sus realizaciones en términos de bien común. Si por algo se ha caracterizado ha sido por una extraordinaria inestabilidad en sus comportamientos. En ese sentido, diría que tenemos un presidente adolescente, cuyos faltazos, plantones y exabruptos, lamentablemente, no son anécdotas, sino la expresión de la frágil madurez del hombre que hoy ejerce la primera magistratura del país. El esfuerzo de toda la dirigencia política, incluso del Congreso, tal vez pueda estabilizar esta gestión presidencial y darle una previsibilidad, una continuidad y un marco de realizaciones que nos permitan evaluarla más positivamente en el futuro. Por ahora, más bien hay expresiones de un marketing político instalado para demostrar que este hombre que llegó con tan poco poder hoy realmente conduce y gobierna el país. No hay ningún motivo para suponer, por ahora, que estamos en un camino de racionalidad.

-¿Es muy distinta la realidad argentina vista desde el interior?

-Es muy distinta, porque el país tiene una multiplicidad de realidades, con una fuerte diferencia en los indicadores de progreso, de crecimiento, de desarrollo cultural entre las distintas regiones en relación con el área metropolitana. En el caso de Córdoba, ya desde su fundación por Jerónimo Luis de Cabrera, en 1573, tuvo que litigar con los representantes de lo que hoy sería el área metropolitana por una concepción ligada con la ubicación y el control del puerto. Desde los comienzos Córdoba aparece como una ciudad contestataria, rebelde, confrontativa. Ya en el siglo XVII, cuando los regimientos de la metrópoli pedían que Córdoba los socorriera con apoyos militares, la respuesta siempre era muy a regañadientes. Había que apelar casi a la fuerza para lograr las levas que fueran en auxilio de la ciudad de Buenos Aires, amenazada por navíos holandeses o ingleses. Todo esto hizo que siempre se mantuviera una relación conflictiva, lo que adquirió una dimensión mayor en 1810, cuando ciudadanos de Córdoba, bajo la presión de Liniers, decidieron oponerse a los designios de la Primera Junta. Sospecho que eso fue más una actitud de rebeldía a las órdenes de Buenos Aires que de apoyo al rey de España.

-¿Qué consecuencias ha tenido, a su entender, la centralización y concentración de la riqueza?

-Muy negativas. Y lo peor es que no hay ningún indicio de que se vaya a revertir esa tendencia. Cuando alguna vez en un gobierno de raíces plenamente democráticas, como el de Alfonsín, se habló de trasladar la Capital, la decisión fue abortada, a pesar de tener una extraordinaria importancia estratégica.

-¿Por qué se frenó la iniciativa?

-Por la simple razón de que el establishment porteño entendió que era un golpe que iba a debilitar de un modo muy acentuado su poder integral sobre el país. Y en esto acertaba. Pero es justamente la descentralización lo que explica el desarrollo más integral y armónico de países de una contextura territorial e institucional semejante a la nuestra, como Canadá y Australia, o el mismo Brasil. En ese país vecino, Juscelino Kubistchek tuvo una fuerte presión y se le trató de impedir que firmara el decreto de traslado de la capital a Brasilia, con el argumento de que Brasil pasaba por una situación difícil. Kubistchek dijo: "Precisamente por eso lo haremos. Porque cuando venga una etapa de bonanza nos olvidaremos de los problemas que le acarrea al país la concentración". Así y todo, la concentración en Brasil es mucho menor que la que se registra en la Argentina. Cualquiera que sea el indicador que se tome aquí para medir esto, uno se va a sorprender. Por ejemplo: el movimiento de los ahorristas que se vieron perjudicados por el congelamiento de sus ahorros en dólares tuvo una fuerte repercusión política y prácticamente expulsó a De la Rúa del poder. Bueno: casi el 90 por ciento de esos ahorristas residía en Buenos Aires y sus áreas de influencia. Aquí lo que no funciona es la democracia entendida como mecanismo de distribución del poder. Yo no cuestiono al porteño. El tema no es dónde se nació sino dónde se acumula poder. No hay una deliberada mala intención, pero la realidad es así, la situación del país es muy crítica, merece medidas de corrección muy innovadoras y la dirigencia metropolitana se niega a dar ese paso.

-¿No cree que los legisladores del interior, cuando llegan a Buenos Aires, adoptan los mismos métodos, la misma idiosincrasia?

-Puede ser una dirigencia muy residual. Es un pequeño argumento que demuestra la raíz de la problemática estructural del sistema de concentración, que ni comienza ni se agota con la actuación muchas veces marginal de los legisladores del interior que recalan en Buenos Aires. El poder de la metrópoli es muy fuerte? Voy a dar un ejemplo arquetípico: el de la Fundación Mediterránea, impulsada por empresarios muy descentralizadores, como Piero Astori. Ellos crearon esta institución para promover investigaciones que demostraran los perjuicios de esta anomalía tan estructural y perniciosa de las desigualdades regionales. Domingo Cavallo fue, durante muchos años, un excelente portavoz de estas ideas. Pero luego, una vez metido en la lógica de Buenos Aires, Cavallo desvió su atención hacia el problema de la macrocefalia y de la ineficiencia estatal y el otro tema quedó en el olvido, sin comprender que si seguimos sosteniendo este modelo no estaremos lejos de aquella profecía de Sarmiento, que decía que en el futuro la Argentina serían "Buenos Aires y ocho ranchos".

-¿Ve alguna salida?

-Una puede ser la regionalización, contemplada en la Constitución de 1994. Las que por ahora han dado un paso en esa dirección son Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos, al constituir la Región Centro. Pero creo que si este bloque, en el corto o mediano plazo, no logra erguirse como un factor de equilibrio o de atenuación de este brutal cuadro de concentración que padece el país, se va a perder una oportunidad histórica, como la que ya se perdió con el traslado de la Capital. Por eso tiemblo cuando escucho proyectos como el de construir, vía financiamiento del BID, un puente que una La Plata con Colonia, en el Uruguay. Ese exabrupto de irracionalidad debería merecer de parte de los gobiernos provinciales una enérgica política de resistencia activa en momentos en que -por dar apenas un ejemplo- la principal vía de comunicación entre dos ciudades clave para la economía del país, Córdoba y Rosario, no está ni siquiera conectada por una autopista. Ese tramo de la ruta 9, estratégico no sólo por ser la ruta cerealera sino por conectar entre sí a distintas regiones del país, es un osario de decenas de muertos por año. Ciudades como Córdoba están verdaderamente sitiadas, sin puerto, sin trenes. En tanto, la dirigencia porteña habla de hacer una obra faraónica que seguramente facilitaría mucho la circulación con Punta del Este, pero que en nada contribuiría a mejorar las tan castigadas economías regionales.

Por Carmen María Ramos
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=680889

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"Hay una nueva Europa en marcha", dice Dominique Moïsi

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 16-02-2005 01:34:00

Defiende el proceso de unidad continental

PARIS.– “¿«Condi» Rice por la tarde? Quedemos así en principio y se lo confirmo luego. Estoy en el medio de una entrevista.”

Dominique Moïsi cuelga el teléfono y vuelve a las preguntas, sonriendo como si nada. Considerado el mayor especialista francés en relaciones internacionales, para él no era algo fuera de lo común que los asistentes de la secretaria de Estado norteamericana le avisaran que, en las pocas horas que su célebre jefa se disponía a pasar en París, hubiera querido encontrarse a solas únicamente con Jacques Chirac... y con él.

Consultor especial del IFRI (Instituto Francés de Relaciones Internacionales), profesor en el Instituto de Estudios Políticos de París, en Harvard y en la Universidad Europea de Varsovia, y uno de los columnistas más prestigiosos de Financial Times y el Internacional Herald Tribune, Moïsi es también una rareza entre los intelectuales franceses: es abiertamente pro norteamericano. Pero, por sobre todo, es una de las voces más fuertes en favor de la unidad europea.

"Yo aprendí los números leyendo los que mi padre tenía tatuados en el brazo", dice este hijo de un deportado francés a quien un compatriota denunció como judío y que, por lo tanto, terminó en Auschwitz. A la vez, otro francés, de la Resistencia, salvó a su madre.

"Así que la historia de mis padres es un sumario emblemático de ese trágico período de nuestra historia, con el pecado y la redención ocurriendo en simultáneo -explica a LA NACION con la voz tranquila y el ademán inalterable que lo acompaña aun en los debates más calientes de la TV francesa-. Esa herencia me trajo una mezcla de vulnerabilidad y fuerza, pero por sobre todo me dio un profundísimo compromiso en favor de una Europa unida, porque es la única manera de que la historia no se repita."

Moïsi vive en un departamento al lado de la embajada norteamericana, en la cuadra más exclusiva de París, rodeado de libros, discos de música clásica y antigüedades. El lugar de honor en su estudio es sólo para una pieza: una delicada fragata en miniatura.

"Es la nave de La Perouse, uno de los grandes navegantes franceses. Simboliza el iluminismo del siglo XVIII, porque es una nave de descubrimiento, no de guerra. Aunque, claro, lleva cañones?.", aclara.

-Lo cual inevitablemente me lleva a consultarlo por la guerra en Irak, ya que en un principio fue de los poquísimos intelectuales franceses que la apoyaron.

-Si lee con cuidado mis artículos de entonces, notará que yo apoyaba la guerra, pero con muchas reservas. Pero comparé los análisis de los franceses y de los norteamericanos y me decidí. El razonamiento de los norteamericanos estaba mal, pero la conclusión a la que llegaban era la correcta: había que sacar a Saddam. Por el contrario, el razonamiento de los franceses era impecable: no a la doctrina de guerra preventiva, apoyo a la ley internacional, a las organizaciones internacionales, a las Naciones Unidas? Pero al final todo eso llevaba a que Saddam permaneciera en el poder. Nunca agonicé tanto por una decisión. Había apoyado, sin dudarlo, las guerras en Kosovo, Bosnia y Afganistán, y la primera intervención en Irak. Pero esta vez estuve, y estoy, profundamente dividido, porque a pesar de las elecciones nada está muy claro todavía.

-¿No es optimista respecto del futuro de Irak?

-Sí, lo soy. El proceso electoral fue un éxito para los norteamericanos y para los iraquíes. Aun así, los problemas más difíciles todavía quedan por delante, porque las elecciones no son suficientes para crear estabilidad o democracia. Estamos en un punto temprano del proceso democrático que puede o no funcionar, pero ésta fue, claramente, una batalla ganada, lo cual obviamente es una gran alegría. Pero la guerra por la estabilidad y el orden está lejos de haber terminado.

-¿Por qué los intelectuales franceses son tan antinorteamericanos?

-Hay un elemento de esto que usted dice, particularmente, en París, donde hay un sentimiento muy fuerte anti-Bush, que para muchos se traduce en antinorteamericanismo. En mi caso, siempre he sido pro norteamericano, pero, por divisiones dentro de la política interior de los Estados Unidos, también he sido anti-Bush.

-Usted escribió, sin embargo, que para los franceses un triunfo de Bush era una bendición oculta, ya que con Kerry en el poder hubiese sido difícil decirle que no al presidente si les pedía tropas para Irak.

-Si Kerry hubiera ganado, habría sido muy difícil para los franceses decirle que no al inevitable pedido de tropas internacionales en Irak, sobre todo porque Alemania inmediatamente habría dicho que sí. Ahora la situación es completamente distinta: los norteamericanos no nos están pidiendo que enviemos tropas, pero el nuevo gobierno iraquí que emerja del proceso electoral va a pedir a la comunidad internacional ayuda en la reconstrucción de la democracia. Va a ser, entonces, difícil para los franceses, nuevamente, negarse a ayudar. No sólo vamos a contribuir financieramente, sino con expertos, que posiblemente incluyan entrenadores para la policía e incluso para las fuerzas especiales.

-¿Le sorprendió que Condoleezza Rice visitara París después de la hostilidad abierta hacia su jefe?

-Su gira fue perfectamente natural. Después de una elección, se presenta a sí misma y presenta la forma de pensar de su presidente, preparando el camino para él. Es lo que se espera de un secretario de Estado. En Francia hay una enorme fascinación por ella. Tiene toda la atención de los medios: es mujer, joven, negra, bastante atractiva y, claro, es interesante que haya elegido París para el gran discurso. ¿Fue una señal de acercamiento o de provocación? "Vengo a París, justamente, y hablo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte y de la integración atlántica?" Se puede interpretar de ambas maneras, y ambas son correctas. Además, ahora, en Francia se está dando una situación paradójica. Los franceses esperan que la segunda presidencia de Bush sea más moderada que la primera, en términos de política exterior. Pero Colin Powell, el hombre que encarnaba la política internacional en la primera presidencia de Bush y que era visto como un moderado y era apreciado por los franceses, ya no está. En su reemplazo está Condoleezza Rice, que no tiene, justamente, la imagen de moderada. Así que si bien estamos esperando una administración más moderada, su encarnación es más robusta, por decirlo de alguna manera.

-Hace poco usted publicó un artículo muy emotivo por el aniversario de la liberación de Auschwitz, recordando a su padre. El hecho de ser hijo de un deportado francés, ¿cómo lo afectó en su visión internacional?

-Me hizo más trágicamente europeo. Llevo cicatrices indirectas de la peor tragedia de tiempos recientes, y por eso fue natural para mí involucrarme en el proceso de la reconciliación europea, el proceso de una Europa unida. Mi sentimiento más íntimo es que en una Europa unida las razones que llevaron a la barbarie no se reproducirían. Para mí la integración europea es un proceso natural de amor tortuoso: se trata de un continente que se comportó espantosamente mal, pero que ha logrado reconstruirse muy bien.

-¿Es optimista sobre el futuro de Europa?

-Básicamente, sí. No sé cuáles van ser su geografía, sus instituciones, su dinámica económica y, sobre todo, su demografía, pero veo que una nueva Europa está en marcha. Yo enseño con enorme placer en Polonia, en un curso de posgrado donde hay estudiantes de todas las naciones del continente, y veo cómo quieren desesperadamente salir adelante, triunfar. Miro a España, por ejemplo, y digo: ¡qué milagro, fue el ultimo país con dictador de la Vieja Europa y tiene hoy una sociedad abierta y dinámica!

-¿Turquía debe ser admitida en la Unión Europea?

-Turquía es el desafío más difícil para Europa. Nos hace reevaluar nuestra identidad. ¿Somos un club cristiano? ¿Un club democrático? ¿Un club de enconomía de mercado? Así como la guerra en Irak, es un tema extremadamente difícil. Personalmente tiendo a estar más a favor de la incorporación de Turquía que en contra, por razones de principios: prefiero vivir con esperanza antes que con temor. Pero también me doy cuenta de que la Europa que queríamos construir alrededor de la parejita franco-alemana no va a ocurrir. No se le puede decir que no a Turquía en nombre de una idea de Europa que hoy ya es inviable. El riesgo de que se diluya la idea de Europa es muy real, pero el mensaje geopolítico de decirle que sí a Turquía es importante. El riesgo de decirle que no a Turquía es mayor que el costo de decirle que sí. Con reservas, con prudencia, y reconociendo que el actual gobierno turco no ayuda, le diría que sí a Turquía.

-¿Qué opina de la prohibición del velo islámico en las escuelas francesas?

-En su momento yo no estaba demasiado a favor de su imposición. Yo creía, y sigo creyendo, que el velo islámico no era el problema. Entonces, prohibirlo no era la solución. El velo islámico era la manifestación de un problema: la búsqueda de identidad de la mayor parte de los musulmanes que viven en Francia. Para algunos, era una provocación contra el Estado, pero para otros era una manifestación de su identidad al no estar seguros de sentirse franceses. Ya no eran algerianos, ya no eran marroquíes, pero ponerse el velo islámico o hacer que sus mujeres se lo pusieran era una forma de decir: "Pero sí seguimos siendo musulmanes y estamos orgullosos de ello". Si el Estado hubiese sido fuerte, habría dado lugar para la manifestación de la identidad religiosa y sólo lo habría prohibido cuando estuviera acompañado de comportamientos peligrosos o cuando usarlo pusiera a las chicas en desigualdad con sus compañeras de escuela. Por ejemplo en las clases de gimnasia o natación. Pero Francia tiene su propia religión: la religión de la laicidad, que ningún otro país europeo tiene. La prohibición del velo islámico fue un acto de afirmación de nuestra propia religión sobre cualquier otra, que se entiende en el contexto no sólo de ser el país de Europa con mayor cantidad de musulmanes, sino porque los árabes en nuestras calles son un recuerdo constante de un pasado colonial.

Por Juana Libedinsky
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=679968

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Vacaciones peligrosas

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 13-02-2005 00:00:00

Para los veraneantes de Deán Funes, arañas y víboras eran las grandes amenazas. A veces, todas las precauciones resultaban insuficientes.

POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar

La novela se llamaba Los olvidados. Su autor, Fernando del Río, había llegado en tren a ese pueblo, en medio de un feroz ataque de asma. Su destino era Salta, donde tenía que litigar un caso; sin embargo, se bajó y se quedó en Deán Funes, donde el ataque de asma se desvaneció en el aire reseco. Compró cuatro leguas de campo y monte bajo, algunos bosquecitos de algarrobo y varias majadas de cabras. Como se decía entonces: se afincó.

Publicó la novela varios años después, a mediados de los cuarenta; su título anunciaba que la novela también iba a olvidarse rápido. Excepto la escena donde un gallo rojo peleaba con una araña peluda del tamaño de un puño. Debajo de un tala, después de media hora de saltos, el gallo agonizaba, moviendo la cabeza con dificultad a medida que lo dominaba la parálisis.

Me leyeron esa descripción para que aprendiera lo que podía pasarme con víboras o arañas, los peligros de las vacaciones.

Mayor ocasión de optimismo ofrecía la historia de un hombre, de apellido Morandini, hacendado de la zona a quien lo picó una yarará cuando la pisó al bajar del caballo para examinar un mojón que, según creía, los vecinos habían puesto de noche para robarle media hectárea de campo. Morandini se agujereó la pierna con el cuchillo hasta hacer un pozo en la zona de la picadura y sacar el veneno. Llegó a su casa medio desmayado; calentó un hierro al rojo vivo en la cocina y se lo aplicó sobre la herida; después fue al pueblo, a tres leguas, le dieron suero y se salvó. Del percance de Morandini se extraían varias lecciones: con las víboras hay que tener cuidado cuando se está de a pie, pero sobre todo cuando se anda a caballo, porque las puede pisar el animal que uno monta, las puede pisar el jinete al desmontar, o pueden estar colgadas de una rama, en la posición de enroscadas que, justamente, necesitan para atacar. Lo principal, entonces, era evitar cualquier víbora enroscada y no provocarla para que se enroscara.

Las víboras preocupaban a mi familia de gente de ciudad. Se mantenía limpio de yuyos el patio de tierra que rodeaba la casa por los cuatro costados; sobre el suelo desnudo cualquier víbora, que se deslizara a un metro, no es peligrosa porque hay tiempo para verla. El monte, en cambio, a la hora de la siesta era el imperio de las víboras y la disciplina debía observarse estrictamente: no salir a juntar piquillín, ni a buscar leñita, no apartarse de las huellas, mirar para los costados a la altura de los hombros, como si se realizara un barrido óptico; en verdad, no convenía ir al monte entre las dos y las cinco. Pero después las cosas no mejoraban mucho, porque la luz tocaba transversalmente los arbustos y las víboras acechaban enroscadas en cualquier ramita con la que se confundían.

Cuando una víbora entraba en la casa, se la mataba fácil porque los golpes del filo de la azada contra el piso de mosaico eran certeros como una guillotina. Sin embargo, estaba el peligro de su compañera. Uno de los perros había quedado con una pata convertida en garfio a raíz de una picadura de yarará que vengó así la muerte de su pareja.

Un día, mientras llevaba un tacho de basura hasta el pozo donde se la quemaba, una víbora de la cruz pasó entre las alpargatas del casero, que se inmovilizó para no asustarla. Después, la buscó y la encontró al atardecer. Como si lo supieran, las gallinas angurrientas esperaron la captura. El cuerpo eléctrico de la víbora descabezada siguió moviéndose un rato y todo parecía un juego en el que las gallinas peleaban por ella a picotazos revoleándola por el aire como si fuera una serpentina. Las gallinas se comían siempre las víboras, que a su vez agujereaban y chupaban los huevos; una vez, habían mordido a una clueca que estaba empollando y el nido quedó convertido en un hueco maloliente y viscoso de cuajaduras. Si el que mataba la víbora decidía no dársela de comer a las gallinas, la desollaba y secaba su piel que se convertía en una lámina brillante pero quebradiza que no servía para ningún uso salvo el de rememorar el momento en que se había dado muerte a su dueña.

http://www.clarin.com/diario/2005/02/13/sociedad/s-921022.htm

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"Hemos perdido de vista la importancia que tiene jugar"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 13-02-2005 00:00:00

MARÍA REGINA FELE, PSICOPEDAGOGA

Adictos al fútbol y los naipes, los argentinos no consideramos, sin embargo, que una actitud lúdica puede ayudarnos a superar las crisis y transformar nuestras realidades personales, familiares y sociales.

Fabián Bosoer
fbosoer@clarin.com

Se suele decir que los argentinos somos jugadores por naturaleza. Pero, ¿no somos también demasiado solemnes?

—No creo que haya unas sociedades que jueguen más que otras. Lo que hay son distintas maneras de manifestarse a través de los juegos. Cada cultura, cada comunidad, tiene su propia forma de jugar. En el juego de los chicos tanto como en el de los adolescentes y el de los adultos uno puede mirar a la sociedad; es una expresión de cultura y, a su vez, a través del juego se recrea una cultura. En la Argentina, esto es cierto, tenemos juegos y modos de jugar que nos identifican: empezando por el fútbol y los naipes, el "truco" en particular, y los juegos de azar más populares.

# ¿Qué dicen de nosotros estas preferencias?

—Podemos ver en estos juegos cómo nos vinculamos con dos cuestiones esenciales: la de las reglas de juego y la de las transgresiones a esas reglas. Ahí está el tema de la trampa, que parece ser una constante de nuestra cultura.

# ¿Somos un poco tramposos por naturaleza, dentro y fuera de los juegos que jugamos?

—Ocurre que la trampa, en realidad, puede mirarse de distinta forma. Puede plantearse, por un lado, como una forma de mantener el juego vivo, de hacerlo más creativo permitiéndonos coartadas lícitas. O puede ser, por el contrario, un modo de arruinar el juego, cuando quien la comete desconoce las reglas y se sale del juego.

# Parece un tanto paradójico. ¿La transgresión sería algo lícito siempre y cuando se reconozcan las reglas de juego?

—Es así. En general entendemos mal lo que significa la transgresión en el juego y en la realidad. Debe haber reglas claras, y debe haber también espacios para poder jugar con esas reglas, y eventualmente cambiarlas. Es así cuando jugamos, pero en la vida real solemos confundir también la transgresión a las reglas con la anomia, que es la ausencia de reglas. Y donde no hay reglas, tampoco hay transgresión.

# Se me ocurre una asociación directa entre lo que está planteando y la tragedia de Cromañón, el "jugar con fuego"…

—Si lo pensamos más allá de lo evidente y que ya fue dicho —de los controles que no se hicieron, de las responsabilidad e irresponsabilidades criminales que existieron—, hubo allí ruptura de las reglas de juego: se invitaba a una fiesta que debía tener ciertas condiciones, y éstas en realidad no estaban dadas. Era una gran trampa, y las víctimas propiciatorias de esa matanza representan un poco a esta generación de adolescentes que como sociedad no estamos sabiendo cuidar, a la que no le prestamos una debida atención.

# ¿Los adolescentes crecen sin reglas de juego claras?

—Podemos verlo así. El sistema educativo no los contiene, los padres no entienden sus códigos, su necesidad de expresarse de otros modos, sus deseos y frustraciones. Pero podemos también considerarlo de este otro modo: son muchas veces chicos que se hicieron adultos demasiado pronto. No han tenido el tiempo y los espacios suficientes para jugar.

# En los pueblos antiguos el momento del juego era el más importante y sagrado en la vida de la gente. ¿Qué es lo que lo transformó en "pasatiempo"?

—En primer lugar, el hecho de que vivimos en una sociedad que se organiza sobre la idea de la productividad. Y el juego no es algo productivo. Entonces, se busca que los chicos tengan en la escuela mayores exigencias de rendimiento y se les agregan actividades —que vayan a computa ción, a estudiar idiomas, etc.—, en lugar de permitirles jugar más y organizar libremente su propio tiempo. No se percibe que el respeto de este tiempo libre es fundamental para el aprendizaje, para el desarrollo de capacidades y talentos creativos.

# ¿Las vicisitudes de la vida adulta, las responsabilidades o dificultades que nos rodean no conspiran también contra ese momento del juego?

—Si hacemos un análisis de los pedidos de trabajo en los diarios, comprobamos que lo que se busca es gente flexible, creativa, que pueda trabajar en equipo. Esto es algo que no se obtiene a través de libros: se logra jugando. Se van incorporando en forma placentera. El que no puede jugar más que solo, quien no puede desarmar algo y armarlo de otra manera, quien no puede salirse de la rutina establecida, va a tener muchas más dificultades. Esto que los chicos llevan como algo natural, los adultos lo matamos cada vez más. Les damos juegos didácticos para que aprendan, y entonces se aburren soberanamente. Nos dejamos invadir por las formas más opresivas de la realidad y eso nos hace perder de vista la importancia vital de tener nuestros "recreos".

# El consejo de aprovechar las vacaciones para jugar más con nuestros hijos se repite, pero es difícil de aplicar.

-Creo que lo principal es proponerse mirar la realidad lúdicamente y permitir una vuelta de tuerca en la realidad cotidiana. Por otra parte, como se tienen otros horarios y posibilidades, los padres tienen que poder tomar esas horas que los chicos no están en el colegio como una posibilidad de encuentro y desde ahí encontrarse en el juego. Eso depende de los padres, de los chicos, pero no hacen falta tecnologías ni ideas sofisticadas, tan sólo darse un mayor tiempo; un juego de mesa, o sentarse a ver una película y poder conversar sobre lo que vemos. Ante todo, las vacaciones nos permiten tener otro tipo de permisos con el chico; por ejemplo, dejarlo tener el cuarto desordenado, vestirse de otra manera. Sobre todo hay que disponerse a hacerlo; hay padres a los que, a pesar de tener tiempo disponible, les cuesta mucho el encuentro lúdico con sus hijos.

# También hay que dejarle su lugar al aburrimiento...

—Sí. El aburrimiento es como el desierto antes de la creación. Cuando un chico está aburrido y se le hace una propuesta, por lo general no la acepta. Cuando se tolera ese aburrimiento, de repente el chico hace click, encuentra algo inesperado, la cosa más insólita, y se motiva. Eso también nos pasa a los adultos. Hay días en que no sabemos qué hacer y de pronto se nos ocurre algo, nos enganchamos y nos concentramos por completo. Es algo positivo, que hay que sostener y no tapar.

# Como sociedad, ¿podríamos también decir que soportamos poco el aburrimiento, y por eso somos tan fácil presa de exitismos y frustraciones?

—Bueno, el exitismo y la super exigencia terminan por aburrirnos. Es un ciclo difícil de cortar. El juego está muy asociado a los chicos y cuesta aceptar que jugar y divertirse es importante y valioso para los adultos. Divertirse bien, sin echar mano a escapismos maníacos o desenfrenados.

# ¿Y la asociación entre el juego y el vicio?

—El juego nunca es nocivo. Lo nocivo aparece cuando no hay posibilidades de salirse del juego, cuando no se puede jugar a otra cosa. Lo que ocurre con los jugadores compulsivos es que dejan de distinguir entre el juego y la realidad, quedaron pegados en la apuesta. Puede ocurrir lo mismo con los chicos que se aíslan y se quedan "enchufados" a la computadora siempre con los mismos jueguitos, como autómatas.

# ¿Qué cosas se pueden lograr jugando?

—Hay cada vez más un uso de los juegos para evaluar negocios, analizar cuestiones políticas, encarar tratamientos terapéuticos, resolver conflictos, organizar tareas grupales. Pero además, la posibilidad de jugar con todo lo que se nos ocurra, de transformar las más variadas situaciones, aun las más duras y difíciles, en algo placentero y abierto nos permite acceder a un nivel de vida más sano, relacionarnos con los demás, con nuestros padres e hijos, amigos, vecinos y compañeros de trabajo, de una manera más relajada. No es mucho lo que se necesita para despertar la imaginación y la creatividad.

# ¿El carnaval tiene algo que ver con esta recuperación de la fiesta social a través del juego?

—Claro, si el juego está marcado por la libertad, el carnaval es de alguna manera el gran juego de la libertad también; un espacio donde el barrio y el vecindario hacen un corte en la vida cotidiana y se preparan para expresar y compartir sentimientos, angustias, alegrías y esperanzas, y donde la fiesta debe "salir bien".

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/02/13/z-03615.htm

Copyright Clarín, 2005.

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Don Quijote de las paradojas

Archivado en Eduardo Galeano • Fecha: 13-02-2005 00:00:00

Por Eduardo Galeano

Nació en prisión esta aventura de la libertad. En la cárcel de Sevilla, “donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace habitación”, fue engendrado Don Quijote de la Mancha. El papá estaba preso por deudas.
Exactamente tres siglos antes, Marco Polo había dictado su libro de viajes en la cárcel de Génova, y sus compañeros de prisión habían escuchado, y escuchándolo habían viajado.

***

Cervantes se propuso escribir una parodia de las novelas de caballería. Ya nadie, o casi nadie, las leía. Estaban pasadas de moda. La tomadura de pelo fue un esfuerzo digno de mejor causa. Y sin embargo, esa inútil aventura literaria resultó mucho más que su proyecto original, viajó más lejos y más alto y se convirtió en la novela más popular de todos los tiempos y de todas las lenguas.
Merece gratitud eterna el caballero de la triste figura. A don Quijote los libros de caballería le habían quemado la cabeza, pero él, que se perdió por leer, salva a quienes lo leemos. Nos salva de la solemnidad y del aburrimiento.

***

Famosos estereotipos: don Quijote y Sancho Panza, el caballero y su escudero, la locura y la cordura, el soñador hidalgo con la cabeza en las nubes y el labriego rústico de pata en tierra.
Es verdad que don Quijote se vuelve loco de remate cada vez que monta a Rocinante, pero cuando desmonta suele decir frases que vienen del más puro sentido común, y en ocasiones pareciera que se hace el loco sólo por cumplir con el autor o el lector. Y Sancho Panza, el ramplón, el bruto, sabe ejercer con ejemplar sutileza su gobierno de la ínsula de Barataria.

***

Tan frágil que parecía y fue el más duradero. Cada día cabalga con más ganas, y no sólo por la manchega llanura. Tentado por los caminos del mundo, el personaje se escapa del autor y en sus lectores se transfigura. Y entonces hace lo que no hizo, y dice lo que no dijo.
Don Quijote jamás pronunció la más famosa de sus frases. “Ladran, Sancho, señal que cabalgamos” no figura en la obra de Cervantes. ¿Qué anónimo lector habrá sido el autor?

***

Metido en su armadura de latón, montado en su rocín hambriento, don Quijote parece destinado a la derrota y al ridículo.
Este delirante se cree personaje de novela de caballería y cree que las novelas de caballería son libros de historia. Sin embargo, no siempre cae despatarrado en sus lances imposibles, y a veces hasta aplica honrosas tundas a los enemigos que enfrenta o inventa. Y ridículo es, qué duda cabe, pero entrañablemente ridículo. Cree el niño que una escoba es un caballo, mientras el juego dura, y mientras dura la lectura los lectores acompañamos y compartimos los andares estrafalarios de don Quijote.
Reímos de él, sí, pero mucho más reímos con él.

***

“No te tomes en serio nada que no te haga reír”, me aconsejó alguna vez un amigo brasileño. Y el lenguaje popular se toma en serio los delirios de don Quijote y expresa la dimensión heroica que la gente ha otorgado a este antihéroe. Hasta el Diccionario de la Real Academia Española lo reconoce así. Quijotada es, según el diccionario, “la acción propia de un quijote” y quijote es aquel que “antepone sus ideales a su conveniencia y obra desinteresada y comprometidamente en defensa de causas que considera justas, sin conseguirlo”.

***

Dos veces pidió Cervantes empleo en América, y dos veces fue rechazado. Algunas versiones dicen que era dudosa su limpieza de sangre. Los estatutos prohibían viajar a las colonias americanas a quien llevara en sus venas glóbulos judíos, musulmanes o heréticos, que se trasmitían a lo largo de no menos de siete generaciones. Quizá la sospecha de algún abuelo o bisabuelo que fuera judío converso explica la respuesta oficial a las solicitudes de Cervantes: “Busque por acá en qué se le haga merced”.
El no pudo venir a América. Pero su hijo, don Quijote, sí. Y en América le fue de lo más bien.

***

En 1965, el Che Guevara escribió la última carta a sus padres.
Para decirles adiós, no citó a Marx. Escribió: “Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante. Vuelvo al camino con mi adarga al brazo”.

***

En sus malandanzas, evocaba don Quijote la edad dorada, cuando todo era común y no había tuyo ni mío. Después, decía, habían empezado los abusos, y por eso había sido necesario que salieran al camino los caballeros andantes, para defender a las doncellas, amparar a las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos.
El poeta León Felipe creía que los ojos y la conciencia de don Quijote “ven y organizan el mundo no como es, sino como debiera ser. Cuando don Quijote toma al ventero ladrón por un caballero cortés y hospitalario, a las prostitutas descaradas por doncellas hermosísimas, la venta por un albergue decoroso, el pan negro por pan candeal y el silbo del capador por una música acogedora, dice que en el mundo no debe haber ni hombres ladrones ni amor mercenario ni comida escasa ni albergue oscuro ni música horrible”.

***

Unos años antes de que Cervantes inventara a su febril justiciero, Tomás Moro había contado la utopía. En el libro de Tomás Moro, Utopía, u-topía significaba no-lugar. Pero quizás ese reino de la fantasía encuentra lugar en los ojos que lo adivinan, y en ellos encarna. Bien decía George Bernard Shaw que hay quienes observan la realidad tal cual es y se preguntan por qué, y hay quienes imaginan la realidad como jamás ha sido y se preguntan por qué no.
Está visto, y los ciegos lo ven, que cada persona contiene otras personas posibles, y cada mundo contiene su contramundo. Esa promesa escondida, el mundo que necesitamos, no es menos real que el mundo que conocemos y padecemos.
Bien lo saben, bien lo viven, los aporreados que todavía cometen la locura de volver al camino, una vez y otra y otra, porque siguen creyendo que el camino es un desafío que espera, y porque siguen creyendo que desfacer agravios y enderezar entuertos es un disparate que vale la pena.

***

Ayuda lo imposible a que lo posible se abra paso. Por decirlo en términos de la farmacia de don Quijote: tan mágico es este bálsamo de Fierabrás, que a veces nos salva de la maldición del fatalismo y de la peste de la desesperanza.
¿No es ésta, al fin y al cabo, la gran paradoja del viaje humano en el mundo? Navega el navegante, aunque sepa que jamás tocará las estrellas que lo guían.

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“Lo urgente es pensar en el largo plazo”, dice Juan Carlos Tedesco

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 12-02-2005 14:52:24

El análisis del especialista en educación

Mejorar la calidad de la enseñanza y quebrar el estigma de la desigualdad. Esos son los desafíos que hoy afronta la educación, en la visión del doctor Juan Carlos Tedesco, una de las voces de mayor prestigio en el mundo académico a la hora de pensar en el diseño de políticas educativas.

Su fino análisis lo lleva a elevar la mirada por encima del aula y advertir que la profundidad de la crisis obliga al país a discutir con urgencia el largo plazo.

“No podemos seguir postergando la discusión de adónde queremos ir porque está muy lejos. Sólo si uno tiene una estrategia de largo plazo puede tomar decisiones en la coyuntura, que le permitan decir: vamos por este camino, esto es prioritario. Entonces la educación tomará sentido. Porque la educación es largo plazo”, precisó este investigador y humanista de 60 años, enemigo de las estridencias, en una entrevista con LA NACION.

Tedesco está convencido de que hay que invertir en educación “si dentro de diez o quince años queremos estar en algún lugar. Si no lo hacemos hoy, nos van a seguir postergando y nadie nos va a esperar”. Lo afirma con el triste recuerdo de las oportunidades perdidas. Indicó, al respecto, que la Argentina perdió la ocasión de modernizar el sistema educativo a partir de los años 60, cuando los gobiernos militares estaban más preocupados por la limpieza ideológica y por si en el aula se enseñaba a Freud o a Marx que por renovar la escuela pública.

También en los años 90 se perdió otra oportunidad, dijo, cuando los intentos de transformación educativa no fueron acompañados por una política de Estado y una estrategia de desarrollo. "Acordémonos de que el ministro de Economía mandaba a los investigadores a lavar los platos", ejemplificó.

Licenciado en Ciencias de la Educación por la Universidad de Buenos Aires, en 1976 ingresó en la Unesco como especialista en política educacional, punto de partida de una extensa y reconocida trayectoria en el organismo internacional.

Desde 1998 dirige la sede regional del Instituto Internacional de Planeamiento de la Educación (IIPE), un centro de formación e investigación de alto nivel que la Unesco abrió ese año en Buenos Aires. Previamente, durante cinco años, dirigió la Oficina Internacional de Educación de la Unesco, con sede en Ginebra. Entre 1982 y 1986 fue director del Centro Regional de Educación Superior para América Latina y el Caribe (Cresalc) y en los cuatro años siguientes condujo la Oficina Regional de Educación para América Latina y el Caribe (Orealc).

Miembro de número de la Academia Nacional de Educación, desde chico adhiere con pasión a otra academia: Racing Club de Avellaneda.

Especialista en historia de la educación, es autor de numerosas publicaciones, entre las que se destacan "Educación y sociedad en la Argentina: 1800-1945", "El proyecto educativo autoritario: Argentina 1978-82" y "Una nueva oportunidad: el rol de la educación en el desarrollo de América latina". Acaba de publicar "Las nuevas tecnologías y el futuro de la educación" y "Educar en la sociedad del conocimiento".

-¿Cuál es el principal problema de la educación?

-El principal problema es la calidad. Esto no quiere decir que la Argentina pueda conformarse con los logros adquiridos en la cobertura escolar. Todavía hay déficit importantes en la educación inicial, en el secundario y en la universidad. Para avanzar hay que actuar también sobre la calidad. Los resultados de los operativos nacionales e internacionales de evaluación son bastante mediocres y muestran una gran desigualdad. La variable fundamental vinculada con esta desigualdad tiene que ver con las condiciones materiales de vida y el capital cultural de las familias. Siempre fue importante el tema de la calidad, pero hoy lo es más que nunca. Los niños y jóvenes que no logran buenos resultados educativos tienen un destino de exclusión social muy fuerte.

-¿Qué peso tiene el capital cultural de las familias en el logro de resultados educativos?

-Es muy fuerte. Todos los estudios internacionales indican que casi un 80 por ciento de la explicación de los resultados de aprendizaje está asociado con variables externas a la escuela. Y el 20 por ciento depende de la escuela. No es que tenga que ser así naturalmente. Es así socialmente. Y tiene que ver con que las familias pobres en la Argentina envían a sus hijos a escuelas pobres y refuerzan esa pobreza. La única manera de romper el peso de estas variables socioculturales, como las condiciones de vida de las familias, es que la escuela no reproduzca esa pobreza, sino que compense todo el déficit que existe afuera. No es un problema argentino, sino mundial.

-¿Antes la escuela era compensadora de esas diferencias?

-Al menos, ésa es la imagen social que hay de la escuela. Si lo hacía o no es muy difícil saberlo, porque antes no medíamos demasiado. Antes no iban todos a la escuela y ahora sí. Pero el Estado tenía antes algunos instrumentos de compensación que hoy no tiene.

-¿Por ejemplo?

-La vieja ley Lainez, de principios del siglo XX, que le daba al gobierno nacional la posibilidad de crear escuelas donde las provincias no podían hacerlo. Había mecanismos compensadores que permitían jugar ese papel. Y existía más la intención política de hacerlo. Hoy algunos instrumentos se han perdido. También está aumentando la desigualdad fuera de la escuela. Porque la escuela no genera las desigualdades. Las puede reforzar, pero en la Argentina hubo en los últimos 15 años un proceso fenomenal de concentración del ingreso. Esto explica que la capacidad compensadora de la escuela se haya debilitado.

-¿La Argentina perdió el crédito de que su sistema educativo fuera un modelo en América latina?

-Hoy la Argentina no es un modelo. Conserva todavía una buena parte del stock, conserva capital, gente calificada, tradiciones educativas importantes, pero no estamos a la vanguardia de ningún proceso de cambio educativo. Al contrario, hemos retrocedido. En las mediciones internacionales, la Argentina aparece en el pelotón de los países latinoamericanos que hace 15 o 20 años estaban muy atrás de la Argentina. Hoy estamos todos iguales. Pero hablar hoy de la educación argentina es bastante complejo, porque tenemos diferencias y desigualdades muy grandes. ¿Cuando nos referimos a la educación argentina estamos hablando de la ciudad de Buenos Aires o de Formosa? ¿Cuál de las dos es la Argentina? Si hacemos un promedio, no estamos hablando de ninguna. Hoy existen grandes desigualdades, que hacen difícil generalizar. Cuando uno establece promedios en contextos de mucha desigualdad no describe bien la realidad, porque es injusto con los que están muy arriba y muy benigno con los que están abajo.

-¿Esas desigualdades son una realidad nueva en la Argentina?

-Son nuevas en la intensidad. Siempre hubo desigualdades, pero nunca tan marcadas como ahora. Están asociadas con la fuerte desigualdad social y con la concentración del ingreso. Lo nuevo es la fragmentación. De las 24 provincias, en algunas se mantiene el viejo esquema del primario y el secundario. Las otras se reparten entre estructuras diferentes, incluso en el interior de alguna provincia.

-¿Esto es resultado de la descentralización educativa que se aplicó a partir de 1992, con la transferencia de escuelas a las provincias?

-La descentralización es un instrumento de gestión. En ningún caso la descentralización promueve estos niveles de anomia y fragmentación. La anomia y la fragmentación son producto de las condiciones sociales en las cuales esos procesos se están dando. Además, la Argentina no descentralizó su administración educativa. Lo que ha hecho es transferir lo que tenía la Nación a las provincias. Pero en cada provincia la administración educativa es supercentralizada.

-¿La Argentina dejó de apostar por la educación?

-Sí, obviamente. Es difícil definir un momento. Pero a partir de la segunda mitad del siglo pasado perdió el rumbo de la educación, dejó de apostar. Algunos quieren sostener que esto empezó antes, con el peronismo, con la famosa expresión "alpargatas sí, libros no". Eso más bien reflejaba cierta tensión política entre sectores sociales. El peronismo apostó por la educación: la expansión educativa fue muy fuerte. La crisis más seria comenzó en los años sesenta. Si tuviera que dar una fecha diría 1966, cuando en el país se empezó a concebir la educación como un campo de lucha, de pelea ideológica y no como un espacio de aprendizaje. Y ahí, en los años 60, perdimos la ocasión de modernizar el sistema educativo, porque todos los proyectos de modernización venían de la mano de gobiernos militares autoritarios, más preocupados por ver si en el aula se enseñaba a Freud o a Marx, preocupados por una gran limpieza ideológica y persecución, lo que impidió modernizar la escuela pública. Eran resistidos por la ciudadanía. Y luego perdimos la segunda oportunidad en los años 90, cuando también hubo un proceso de ruptura entre la política educativa y la política económica. Los intentos de transformación fueron sectoriales. No fueron acompañados por una política de Estado y por una estrategia de desarrollo que concibiera la educación como el factor fundamental. Acordémonos de expresiones de los ministros de Economía de esa época, que mandaban a los investigadores a lavar los platos.

-Al margen de los gobiernos, ¿la sociedad argentina valora la importancia de invertir en educación o tiene otras prioridades?

-Es muy difícil hablar de la sociedad argentina como un todo homogéneo. El mejor indicador de cómo la sociedad valora la educación es que en los momentos más agudos de la crisis las familias no sacaron a sus hijos de las escuelas. Es cierto que no hay una demanda educativa de mucha calidad. Tal vez porque esta sociedad fue adoptando modelos culturales basados en muchos otros caminos y no en el educativo para el ascenso social, para acceder a la riqueza, el triunfo social. Desde los medios de comunicación y desde el poder se transmite que se puede llegar muy arriba sin el esfuerzo educativo sistemático y serio. Pero hay signos alentadores. Ultimamente, algunas encuestas realizadas en la provincia de Buenos Aires revelan que tanto los padres como los propios alumnos empiezan a demandar una educación de muy buena calidad. Es la garantía para el futuro.

-¿En América latina hay que tocar fondo para advertir que un área necesita ser fortalecida?

-Ojalá fuera así. A veces ni siquiera tocando fondo se ha hecho. Si no, no estaríamos donde estamos. Porque uno podría decir que aquí hemos tocado fondo varias veces. ¿Qué significa tocar fondo? Cuando volvió la democracia, después de tantos años de dictadura, desaparecidos, uno pensaba que habíamos tocado fondo. La experiencia demostró que no. Tuvimos que sufrir otra crisis profunda, la de 2001, igual que en otros países de América latina. Esto tiene que ver con el umbral de tolerancia que tenemos. Y nuestros umbrales de tolerancia han descendido mucho. Uno podría haber dicho hace muchos años que la Argentina no iba a tolerar un índice de desempleo mayor del siete por ciento. Llegamos al 20 por ciento y se lo toleró. ¿Podemos tolerar tener el 50 por ciento de la población por debajo de la línea de pobreza? ¿Cuál es el fondo? América latina y la Argentina tienen que entender que tenemos que levantar mucho los umbrales. Hay que reaccionar antes de que sucedan estas cosas.

-¿Otras sociedades lo tienen más en claro?

-Las sociedades que lo tienen en claro no llegan a estas crisis, porque las evitan. Una vez que uno cayó, es muy difícil salir. También es cierto que al tocar fondo algunas han reaccionado mejor que otras. Chile también pasó por una dictadura feroz, con desaparecidos, sin respeto a los derechos humanos, con una crisis económica muy profunda, y sin embargo se recompuso y la vuelta a la democracia estuvo acompañada por un proceso muy sostenido de crecimiento económico, de inversiones muy fuertes en educación, de eliminación de la pobreza. La gran diferencia la hace la clase política. La Argentina, en ese aspecto, tiene un serio problema de elites de conducción, que ha permitido que sucediera lo que ha sucedido. Habría que analizar cómo se han formado nuestras elites. Cómo hemos llegado a una crisis tan profunda de las elites dirigentes, que no han tenido sentido de nación, que han puesto sus intereses corporativos y particulares por encima de los intereses de la sociedad. Este es un rasgo muy fuerte en los dirigentes políticos y empresarios. Lo hemos visto hasta en los propios dirigentes de las Fuerzas Armadas, que cuando tomaron el poder hicieron lo que hicieron.

-¿Percibe decisión política en el actual gobierno para remontar la crisis educativa?

-Por lo menos, hay un mensaje claro de que se debe construir una sociedad en la que entren todos, una sociedad inclusiva. A partir de esa definición, falta un debate sobre la estrategia de desarrollo, cómo vamos a hacerlo, qué quiere el país, en qué quiere ser competitivo. Falta ese debate. Tal vez haya que resolver previamente algunas urgencias fundamentales, como el tema de la deuda. Pero ya llegó el momento de comenzar a discutir esto. Discutir el largo plazo es urgente. No podemos seguir postergando la discusión de adónde queremos ir porque está muy lejos. Sólo si uno tiene una estrategia de largo plazo puede tomar decisiones en la coyuntura, que le permitan decir: vamos por este camino, esto es prioritario. Ahí es donde la educación va a tomar sentido. Porque la educación es largo plazo. Invertir en educación se justifica si dentro de diez o quince años queremos estar en algún lugar. Pero si no lo hacemos hoy nos van a seguir postergando y nadie nos va a esperar. El mundo es cada vez más impiadoso. Además de la voluntad política de querer construir una sociedad inclusiva hay que dar este debate de la estrategia, de cómo lograrlo.

-¿Qué es prioritario: invertir en la enseñanza básica o en la educación superior?

-Esas son siempre falsas opciones. La educación básica es prioridad. Para tener una buena educación superior hay que tener una buena educación básica para todos, porque si no la educación superior se asienta sobre bases muy endebles. Lo que pasa es que los criterios de asignación de recursos son distintos. En la educación básica obligatoria los recursos públicos son fundamentales. En la educación no obligatoria, hay un papel más mixto. Pero estamos en un contexto de exceso de demandas. Como venimos tan atrasados, todas las demandas son legítimas. Sólo si tengo una estrategia de largo plazo, si sé adónde quiero ir, puedo decidir en qué invertir. Porque si no quedo librado a las presiones corporativas, que es lo que pasa ahora. La universidad tiene mucha más capacidad de presión que los analfabetos. Y si yo no sé adónde quiero ir tomo decisiones en función de la capacidad de presión de cada uno. Y no de un modelo de desarrollo.

-¿En los últimos años el asistencialismo desplazó a la búsqueda de la calidad y la exigencia en las aulas?

-Por lo menos en las escuelas que atienden a los chicos de clases populares, los sectores más desfavorecidos, sí. En esos lugares la escuela tiene que dar de comer, contener afectivamente, cumplir otras funciones. Todo esto se ha hecho a expensas del aprendizaje. Pero lo que más preocupa es qué pasa en las escuelas que no hacen ninguna tarea asistencialista y tampoco tienen buenos resultados de aprendizaje. Aun aquellas que podrían estar enseñando mucho y muy bien, porque no están dando de comer, tampoco enseñan bien. Y eso es grave.

-¿Qué responsabilidades tienen en la crisis que atravesó el país las universidades?

-Todos somos responsables. Obviamente, los que más tienen son más responsables que los que menos tienen. Los que más saben son más responsables que los que menos saben. La universidad ha sido muy atacada, ha sido destruida en algunas épocas importantes del país. No se puede atribuir a la universidad toda la responsabilidad. Pero hace falta, como en todas las instancias de la sociedad, cierto análisis autocrítico y una participación activa en todas las discusiones sobre hacia dónde vamos y cómo podemos salir adelante.

Por Mariano de Vedia
De la Redacción de LA NACION

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Haced lo que yo digo

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 10-02-2005 00:00:00

Por Juan Gelman

El Pentágono anunció la retirada de 15 mil de los 150.000 efectivos militares que depositó hasta ahora en Irak. Fueron enviados para reforzar la seguridad durante las elecciones del 30 de enero y se irán en marzo, en principio y tal como estaba proyectado. Los 135.000 restantes, quién sabe cuándo: “Queda por recorrer un camino muy difícil” para derrotar a los insurgentes, aseveró Paul Wolfowitz en una audiencia que el Comité de Servicios Armados del Senado estadounidense celebró la semana pasada (The Washington Post, 5-2-05). El segundo de Donald Rumsfeld adelantó también que no habrá más recortes de invasores en todo el 2005 y reiteró que el cese de la ocupación dependerá de la rapidez con que militares y policías iraquíes reciban el entrenamiento y el equipo adecuados para cumplir sus funciones sin ayuda ajena, apenas como escudo de la ayuda ajena. El general Richard B. Myers, jefe del Estado Mayor conjunto, puntualizó en la misma audiencia que el “ausentismo” –nombre elegante de la deserción– es del 40 por ciento en el ejército iraquí y que apenas el 30 por ciento de los 136.000 enrolados en las fuerzas de seguridad locales está en condiciones de combatir. El senador demócrata Joe Biden, figura destacada del Comité de Relaciones Exteriores, achicó esa evaluación: “El número de iraquíes preparados para luchar contra la insurgencia oscila entre 4000 y 18.000” (The Washington Post, 6-2-05). Pareciera que el camino a recorrer, además de muy difícil, será largo.
O permanente. La Casa Blanca no renuncia a su sueño imperial y Wolfowitz anticipó que las fuerzas armadas norteamericanas aumentarán en número, algo ya previsto por el Pentágono para el 2006: 17.500 millones de dólares se destinarán a la compra de vehículos y cañones y a la creación de dos nuevos batallones de infantería, tres compañías de exploradores y varias unidades de apoyo en el cuerpo de marines (Star and Stripes, 8-2-05). Otros 5000 millones de dólares permitirán establecer y equipar tres nuevas brigadas de combate del ejército. Todo esto se financiará en virtud de una práctica que el gobierno Bush inició en el 2004 en materia de gastos militares: presenta al Congreso un presupuesto de defensa ligeramente modificado respecto del que se aprobara el año anterior y por cuerda separada agrega miles de millones de dólares a título de partidas complementarias. Aparte de las sumas ingentes del presupuesto de defensa “oficial” de este año, Bush hijo ha pedido 81.000 millones de dólares más para las operaciones en Irak y Afganistán durante el 2005. El Congreso ha aprobado ya “complementos” por valor de 203.000 millones de dólares desde el 11/9. Ese disfraz presupuestario a nadie engaña.
Los “halcones-gallina” siguen atendiendo a los consejos de sus mentores ideológicos agrupados en el Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense, uno de los think-tanks que con más contumacia abogan por el dominio norteamericano del planeta. “Las fuerzas armadas de EE.UU. son demasiado limitadas para asumir las obligaciones que les estamos pidiendo que asuman”, pontifican dirigentes del Proyecto en carta dirigida a varios representantes y senadores (Veterans Against the War, 7-2-05). Les exigen que el Congreso autorice un incremento de al menos 25.000 efectivos cada año para “sostener la guerra contra el terrorismo y cumplir con nuestras otras responsabilidades en todo el mundo”. Se conoce la naturaleza de esas “otras responsabilidades”, pero de dónde saldrá tanta tropa. Por primera vez desde 1995, los marines incumplieron su meta de reclutamiento para enero pasado. El jefe de la Guardia Nacional del ejército, general Roger C. Schultz, reconoció que en el mismo mes sólo se enroló un 56 por ciento del personal requerido por el cuerpo (CNN, 6-2-05). El Pentágono ofrece ahora incentivos especiales a los militares con mayor experiencia de combate: aumentos de salario y una prima de 150.000 dólares a quienes se reenganchen por seis años más (The New York Times, 6-2-05). Al terminar sus contratos, no pocos suboficiales y asimilados eligen la vida civil y se convierten en agentes de seguridad de las empresas extranjeras que instalaron filiales en Bagdad o Kabul después de las respectivas invasiones. Se explica: un boina verde con 20 años o más en las filas recibe un sueldo básico de 50.000 dólares anuales y las compañías privadas pagan hasta 200.000. Este drenaje no cesa desde mayo del 2003.
Hay más. EE.UU., tan alarmado por el desarrollo nuclear de Irán, se apresta a renovar y aumentar su arsenal nuclear. En los tres laboratorios del ramo –Lawrence Livermore, Los Alamos y Sandia–, unos cien especialistas diseñan calladamente armas más potentes en el marco de un programa que aprobó el Congreso y supervisa la Administración Nacional de Seguridad Nuclear. Es éste no más que el comienzo de un vasto proyecto que conducirá ineluctablemente a la realización de ensayos con las nuevas armas nucleares, prohibidos por las convenciones internacionales de las que EE.UU. es Estado Parte. Pero eso no arredra a la Casa Blanca. En Abu Ghraib y Guantánamo demostró que tampoco los Convenios de Ginebra le impiden violar los derechos humanos. La ley es ley para todo el mundo, no para la potencia autoungida guardián de la democracia y la libertad en todo el mundo.

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“La paz no garantiza la libertad de los pueblos”

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 09-02-2005 14:59:32

Lo afirma el filósofo francés Glucksmann

PARIS.– Una fugaz sonrisa indica que la definición le parece ajustada: André Glucksmann es una singular mezcla de Diógenes y Casandra. Desde que en 1967 publicó su primer libro, el célebre filósofo francés no ha cesado de poner sobre el tapete las cuestiones más inquietantes de la actualidad: los boat people, el sida, el gulag soviético, la represión rusa en Chechenia y el terrorismo.

Sus posiciones políticas molestan. Sus ensayos filosóficos son, al mismo tiempo, gritos de alarma. Solitario y visionario como Casandra, provocador como Diógenes, Glucksmann tuvo, a partir de 1975, el coraje de sostener que el marxismo era comparable al nazismo, algo de lo que algunos todavía parecen no haberse enterado. Lanzar ese anatema en momentos en que el marxismo era para muchos intelectuales una doctrina sagrada desencadenó una de las mayores tormentas ideológicas de la historia de Francia.

Esa osadía y el uso de los medios de comunicación para hacer llegar su mensaje dio origen a la escuela de los "nuevos filósofos". Sus adversarios prefieren definirlos como los "telefilósofos".

Hoy, a los 68 años y con 18 libros, publicados desde 1967, André Glucksmann está entre los pocos pensadores que consideran que el 11 de septiembre de 2001 cambiaron las reglas del juego estratégico en el planeta. Por eso critica a los pacifistas y apoya la política de George W. Bush. Su último libro, "El discurso del odio", es un vibrante alegato contra todos los "anti" que el hombre inventa para ignorar el odio que lo habita.

"El problema del antisemitismo no es el judío, sino el antisemita", suele decir. Lo mismo afirma del antiamericanismo.

Para Glucksmann, "el odio al otro no es más que odio a sí mismo".

-Hace 40 años usted era conocido por sus simpatías maoístas, al punto de ser definido como "un filósofo a la izquierda de la izquierda". Sin embargo, en sus últimos libros hace una encendida defensa de George W. Bush y de su guerra en Irak. ¿Qué sucedió? ¿Se ha transformado en un filósofo de derecha?

-Creo que con el tiempo se ha olvidado la originalidad de Mayo del 68, que fue, simultáneamente, antiestatista y anarquista, pero también anticomunista. Y ésta es su originalidad. Había unas peleas gigantescas entre el Partido Comunista y los estudiantes franceses. Daniel Cohn-Bendit, líder del movimiento estudiantil, los trataba de estalinistas. El gran poeta francés comunista Louis Aragón, que acudió a apoyar al movimiento estudiantil contra la opinión de su propio partido, fue insultado por los estudiantes. Cohn-Bendit le dijo: "Tienes sangre en tus manos porque apoyaste a Stalin y el gulag". Desde el comienzo, Mayo del 68 fue calificado de movimiento de derecha por el PC. En cuanto a mí, yo estoy en contra de todo despotismo, sea estalinista, hitleriano o de Saddam Hussein. Francamente, no concibo que se pueda abandonar a 25 millones de iraquíes bajo la bota de un torturador. Si ser de izquierda es aceptar a un dictador y a las fosas comunes que lo acompañan... no, no soy de izquierda.

-Pero usted ha llegado a afirmar que los Estados Unidos fueron a Irak para defender los derechos humanos. Es difícil pensar así cuando uno mira lo que sucedió en la prisión de Abu Ghraib o en Falujah. ¿No cree que los sufrimientos de su propia familia judía durante la Segunda Guerra Mundial condicionan su forma de ver a ese país?

-Mi motivación no responde a un atavismo familiar, sino al odio por los asesinos. También apoyé la intervención de los vietnamitas comunistas en Camboya, porque encontraba su colonialismo preferible a la política de masacre de Pol Pot. En esa época, yo sostenía a los refugiados y estaba perfectamente al tanto de los campos de concentración comunistas en Vietnam, que también denunciaba. Mi posición es racional: la misma que usan los cirujanos cuando cortan piernas para salvar gente. Encuentro preferible la situación actual en Irak, donde el 80 por ciento de la población se preparó para votar y elegir un gobierno democráticamente. Sí, yo veo la situación mucho mejor que antes, como encuentro mucho mejor la situación en Camboya después de la intervención vietnamita y la caída de Pol Pot. Pero esto no quiere decir que atribuyo cualidades angelicales al ejército vietnamita o al ejército de Estados Unidos. Todo ejército es susceptible de caer en torturas y crímenes de guerra.

-Usted es muy duro con los gobiernos europeos. Los critica por buscar la paz a toda costa. Sin embargo, después de una historia de guerras y sufrimientos como es la europea, ¿no cree que "la paz ante todo" es comprensible?

-Precisemos. Yo apoyo a la mayoría de los gobiernos europeos, sobre todo a los de la Unión Europea (UE) que estuvieron contra Saddam Hussein. Hay cuatro o cinco, entre ellos el mío (Francia), el alemán, el belga y -ahora- el español, en contra de la intervención. Pero para mí Europa no son esos cuatro o cinco gobiernos. Después de todo, fueron minoritarios en la UE durante la crisis previa. Es verdad, sus posiciones no fueron minoritarias en la opinión pública. Pero no creo que un intelectual deba seguir siempre a la opinión pública. El intelectual debe dar su opinión. Sócrates decía que el intelectual era el tábano que pica al buey popular. Yo creo que es la libertad la que permite la paz y no lo contrario. No veo cómo la paz puede engendrar la libertad. Hay malas paces. Paces de torturadores. La idea de hacer la paz a cualquier precio nunca garantizó la libertad de los pueblos, y tampoco trajo la paz. La libertad a cualquier precio, sí. La Alianza Atlántica se hizo entre pueblos libres que no se hacen la guerra, aun cuando se enfrenten diplomática o ideológicamente. Esto es normal. Los pacifistas que pretenden actuar por la paz manifestándose multitudinariamente contra la guerra en Irak no son pacifistas. Si lo fueran, deberían explicar por qué, desde hace diez años, nunca se manifestaron por la paz en Chechenia. Desde hace diez años ese pueblo es martirizado por el ejército ruso y ha sido amputado un cuarto de su población, que fue asesinada. Creo que lo esencial que anima a los millones de altermundialistas que se manifiestan por la paz es, simplemente, el antiamericanismo. Hay quienes argumentan: "Es porque hay 25 millones de iraquíes y apenas un millón de chechenos". No creo que se pueda mutilar impunemente a un pueblo porque sea pequeño.

-Muchos de sus críticos afirman que usted utiliza dos medidas para analizar la lucha chechena y la lucha palestina. ¿Los chechenos tienen para usted más legitimidad que los palestinos?

-Yo diría, por el contrario: ¿por qué aquellos que se sienten tan afectados por la causa palestina -la intifada ha provocado 4000 muertos, entre ellos una parte de israelíes- no se sienten afectados por el martirio de los chechenos, que es mucho peor? Estamos aquí frente a un fenómeno puramente ideológico: el checheno no lucha contra Estados Unidos. El palestino ha sido elevado al rango de héroe mundial antiimperialista; ha tomado el sitio del proletario, tal como lo soñaba Marx. El checheno es alguien que lucha por su tierra y no pretende transformar el mundo en un paraíso terrenal ni terminar con el monstruo absoluto. Desde hace 300 años muere para vivir en forma independiente y libre. Toda la cultura rusa lo dice. Y la nomenklatura -sea zarista, comunista o putinista- no soporta esta reivindicación de libertad. ¿Cómo es esa forma de sopesar el mundo con dos medidas diferentes, que logra que haya millones de personas que se movilizan -no sólo los manifestantes, sino también los periodistas- por los palestinos y nunca por los chechenos?

-Sus críticos se escandalizan, pero usted tiene una actitud perfectamente clásica en filosofía. En su último libro, afirma que el hombre está habitado por el odio, pero ya Empédocles, en el siglo IV antes de Cristo, reflexionaba sobre la lucha entre el bien y el mal, que agita el alma humana.

-Sí, yo me ubico en una tradición filosófica perfectamente clásica. La filosofía definida por Sócrates es el conocimiento de sí mismo. Y cuando Sócrates propone esa definición lo hace a propósito de la mitología. En "Fedro", de Platón, se dice: "¿Qué es lo que me interesa cuando alguien me cuenta las historias de Tifón?" Como su nombre lo indica, Tifón es la idea de un cataclismo, de una erupción volcánica, de un fenómeno natural devastador, aunque también es un titán en la mitología griega. Sócrates dice: "¿Qué es lo que me interesa? ¿La meteorología o la física? No. Yo no soy un científico. ¿La mitología? No, no creo en la mitología. Lo que me interesa es que Tifón es espuma de cólera y me pregunto si yo también soy como Tifón, si puedo tomar distancia de esa cólera". Según mi forma de interpretar la filosofía, es fundamental enfrentarse a la actualidad de los noticieros de la noche, mirar a los masacradores, a la bombas humanas que siembran la muerte y preguntarse: ¿acaso yo soy ese odio? ¿Qué relación tengo con ese odio? Esa es la pregunta que yo me hago a propósito de los kamikazes o de los secuestradores de aviones que hicieron caer las Torres Gemelas. Es la misma pregunta que se hace Sócrates a propósito de Tifón.

-Y la respuesta es...

-La primera respuesta es: el odio existe. Esa respuesta es extremadamente minoritaria en el mundo moderno. La segunda es: el odio existe fuera de nosotros, en torno de nosotros, pero también en nosotros. La tercera: uno puede resistirle.

-Sin embargo, leyendo sus últimos libros, uno tiene la impresión de que las cosas son inevitables. El caos es inevitable, el horror también...

-Lo que digo no es determinista. Yo no afirmo el triunfo inevitable del odio. En realidad, yo hablo de la necesidad de enfrentar ese odio. Digo: "No es posible retirarse a su casa de campo esperando que las cosas se calmen". Si hacemos esto, dejamos que el odio exista y, en consecuencia, nos arrastrará con él. No digo que el odio triunfará; digo que hay que luchar contra él. No soy fatalista.

-Usted critica el modernismo que necesita justificar al hombre que se transforma en bomba humana porque fue un marginado, un niño golpeado o porque no tuvo acceso a la educación. Sin embargo, usted utiliza como ejemplo la tragedia clásica de Séneca, "Medea". Ella sí tenía un motivo para tanta violencia...

-Ese es el punto central de mi reflexión. Es verdad: hay circunstancias favorables a la exasperación. Se dice: "Es pobre, es miserable, entonces se transforma en bomba humana, que es el arma de los débiles". Razonamos como si causas independientes de nuestra voluntad determinaran nuestros actos. En consecuencia, el odio sería el producto de causas externas. Yo creo que esta explicación es falsa y obscena. Es falsa porque la mayoría de los terroristas que actúan hoy en el planeta no son pobres: Ben Laden pertenece a una familia de banqueros, la segunda familia más rica de Arabia Saudita. Es obsceno explicar el asesinato indiscriminado de civiles, de gente sin defensa, mediante la miseria del asesino, de su humillación. Es ignorar que mucha gente que vive en la miseria, en la humillación o en la opresión no se transforma en un asesino absoluto.

-Volvamos a Medea.

-Ella sufre, es engañada por Jason, su marido. Le quitan sus hijos, es infeliz. Ese es el momento en que pasa al odio y comienza a hacer un trabajo sobre sí misma. Esto es subrayado por Séneca, el gran dramaturgo clásico del odio. Hace acompañar a Medea por una sirvienta que le recomienda las cosas normales: negocia, trata de conseguir la tenencia de tus hijos o un derecho de visita, un exilio dorado. Es entonces cuando aparece el momento del odio: Medea se niega a toda negociación; abre sus heridas en vez de dejarlas cicatrizar. Se transforma en un dolor absoluto que le permite el furor absoluto. Como sólo quiere ver su opresión y la traición, consigue matar hasta el amor que siente por sus hijos. Entonces, como no le queda nada más que la búsqueda de la venganza, es capaz de querer el fin del mundo. Así llega a matar a sus hijos ante los ojos de Jason. De la forma más lenta posible, para infligir a ese padre un mayor sufrimiento, y le explica que si tuviera un tercer hijo en el vientre se abriría las entrañas para matarlo a su vez, naturalmente dándose la muerte. Medea se transforma en una bomba humana. Al vaciarse de toda humanidad, el odio a sí misma le permite un odio apocalíptico: la voluntad de terminar con el universo. Ese es el mecanismo del odio: el otro no es un blanco por lo que hace, sino por lo que es. Cuando se odia al otro por lo que es, no hay solución: hay que hacerlo desaparecer.

-Eso es, según usted, lo que sucede con los antijudíos o con los antinorteamericanos?

-Exactamente. Cuando alguien odia a un judío, éste no puede hacer nada para cambiar las cosas. Sólo le queda desaparecer.

Por Luisa Corradini
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=678077

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“En Estados Unidos hay dos países”

Archivado en María Esther Gilio • Fecha: 07-02-2005 00:00:00

FRANCISCO LATORRE, AYUDANTE DEL DOCUMENTALISTA MICHAEL MOORE

Es uruguayo, dejó su país en los ’70 asfixiado por la dictadura que todo censuraba, e hizo carrera en Estados Unidos. Desde hace doce años trabaja como ayudante y sonidista de Michael Moore, por entonces un desconocido que hacía televisión y películas “molestas”.

Por María Esther Gilio

–De Michael Moore puedo hablar poco. ¡Mi Dios, qué cara de desilusión!
–Un periodista que ante esta decisión no quedara herido de muerte...
–¿Sería un incapaz?
–Peor que incapaz, insensible, indiferente. Sos uruguayo, vivís en Estados Unidos y desde hace más de doce años trabajás con Michael Moore... ¿Qué periodista en Uruguay no querría hablar contigo de este personaje que conocés bien. Tú sabés cómo somos de politizados los orientales. Sus películas calaron hondo.
–Te explico, sólo puedo hablar de algunas cosas. Hay otras que prefiero no tocar porque al aparecer en Página/12, cualquier otro medio de cualquier lugar del mundo las toma, las repite. No tal como fueron dichas sino agregando algún detalle que las deforma. Cuando lo que yo dije pega la vuelta y lleva a Nueva York muy probablemente se habrá transformado en algo que me compromete.
–Está bien. Te fuiste a Estados Unidos cuando tenías 20 años.
–En ese momento –fines de los años ’70– un grupo de amigos y yo habíamos organizado un evento que se llamaba “Todos al estadio”. Teníamos un plan cultural con músicos y otras cosas. Lo prohibieron. Sentí que, en este país, era imposible hacer cosas, crecer.
–Por la falta de libertad.
–Por la total falta de libertad.
–No sería raro del todo, que en el país donde vivís hoy, un día cualquiera, te empiece a pasar lo mismo.
–Es así, así mismo. A partir de las elecciones, Estados Unidos, que más que un país es un continente, muestra dos países diferentes. Uno azul, unpoco –mirá que sólo digo “un poco”– más abierto, un poco más inclusivo, y otro totalmente conservador, reaccionario y extremadamente religioso.
–¿Qué pasa con Bush en este aspecto? ¿Cómo ves esta referencia permanente a Dios? ¿Pensás que él cree realmente que Dios lo prefiere y todo eso?
–Creo que todo es una gran actuación. Que utiliza a Dios para sus fines.
–Si hay algo que nadie podía esperar de Estados Unidos, es este giro.
–Un giro en el que todos somos actores.
–Sería interesante saber cómo ellos ven a Latinoamérica. Cómo nos ven. Sabemos qué nos hacen, desde fines del XIX, pero cómo nos ven... Eso sería conocer algún fundamento de su conducta.
–Somos el patio a donde va a dar todo lo que no sirve.
–¿Qué por ejemplo?
–Pensá en Puerto Rico. Fue invadido en 1898. Con el tiempo todas las compañías farmacéuticas se trasladaron allá porque eran dañinas para el hombre. Poluían el aire y el agua, no podían dejarlas adentro. Esto se transformó en un gran problema para Puerto Rico. Mirá por ejemplo, lo que ha pasado en Vieques, una isla portorriqueña que la Marina utilizó para probar armas. En este momento intervino la Justicia y tendrán que compensar a las familias en que hay muertos y enfermos, como consecuencia de la polución. Tú decís cómo nos ven. Creo que nunca nos miran de frente. Para ellos toda Latinoamérica es una especie de Tijuana.
–Un lugar de diversión.
–Sí, un lugar a donde se va a pasar el rato, donde hay gente que se utiliza para lo que sea, pero que a nadie interesa conocer. Y, sin embargo... no sé. Muchas veces me he preguntado si lo que ellos sienten en lugar de desinterés no es miedo.
–¿Miedo? Latinoamérica no tiene armas, no tiene ejército, no tiene nada.
–Cuando digo miedo pienso en los potenciales que estos países tienen como sociedad.
–Es posible que tengas razón. Yo me pregunto qué habría pasado en un país latino si lo hubiera llevado a la guerra con mentiras. ¿Alguien le pide cuentas a Bush por sus mentiras? En Argentina, las mentiras sobre Malvinas, precipitó la caída de la dictadura. La mentira de Alfonsín en aquel fin de semana histórico lo golpeó de manera definitiva y la mentira de Aznar en España...
–Yo tengo en España familiares bastante conservadores, no se bancaron la mentira del PP sobre el 11 de marzo. Su respuesta fue votar a la Izquierda Republicana.
–Lo curioso, en Estados Unidos, respecto a las armas de destrucción masiva, es que diarios bastante respetables como el “New York Times” fundamentaban esta tesis, la defendían.
–Sí, salvo excepciones fue así. Depende que de quién escribe. Si es Noam Chomsky dirá otra cosa.
–¿Pero quién lo lee?
–Pocos.
–¿Qué pasó en Estados Unidos con Fahrenheit?
–Para mí, como espectador, lo más importante es la cantidad de soldados norteamericanos que siguen yendo a verla. Tiene la mayor audiencia en el sur de Estados Unidos. Soldados y familiares de soldados están muy interesados en la película.
–Sin embargo, el Sur es zona de Bush.
–Sí, pero allí están muchos de quienes terminarán pagando el costo de esta guerra.
–¿Cómo se eligen los soldados que van a la guerra?
–Van aquellos que están en la Guardia Nacional o en las Fuerzas Armadas. Se trata, en general, de muchachos pobres, que tienen pocas posibilidades de acceder a buenos trabajos y entran al ejército para aprender un oficio. Mecánico, por ejemplo. Pero de pronto se enfrentan al hecho de que tienen que ir a la guerra. Pensaban aprender un oficio y abandonar, pero la realidad fue otra porque los mandaron al Golfo Pérsico a patrullar un pueblo miserable. Esa es también la tragedia de todas estas guerras. Que enfrentan a gente pobre iraquí con gente pobre norteamericana.
–No tenés en cuenta a los ingleses, italianos, polacos.
–Daneses. No cuentan. El 98 por ciento son norteamericanos. En cuanto a lo que tú decías sobre el New York Times fundamentando la idea de las armas de destrucción masiva no debe sorprender a nadie. No hay verdadero interés en informar.
–¿Por qué? ¿Se supone que no hay lectores interesados en conocer la verdad?
–No, no es eso. Lo que hay es interés en mantener cierta perspectiva editorial. O sea, lo que el sistema dice debe ser repetido y repetido hasta que todos lo creamos. Tanto el New York Times como el Washington Post son grandes compañías que salvo honrosas excepciones –Watergate, por ejemplo– cumplen esta función. En este momento, en Estados Unidos, estamos viviendo una situación que no podríamos imaginar hace unos años. Se está aplicando el concepto que conocemos de la Seguridad Nacional.
–El que se aplicó acá.
–Acá, en Chile, en Brasil y Uruguay se lo están aplicando a ellos mismos.
–Según creo, un periodista puede decir lo que quiera sin que eso lo lleve a la cárcel.
–A la cárcel tal vez no, pero ¿qué pasa con el ostracismo? El editor sabe qué se puede y qué no se puede publicar en el medio en que está.
–Terminás saliendo del escenario.
–Terminás excluido del mundo de tu trabajo. No es la cárcel, pero es muy duro. Estados Unidos fue a la guerra sin tomar en cuenta muchas voces que debían haberse escuchado. Si veías y escuchabas a Colin Powell en su famoso discurso en el Consejo de Seguridad podías ver cómo esa persona no estaba nada convencida de lo que decía. Ni respecto a las armas de destrucción masiva ni respecto a los breves 45 minutos que le llevarían a Irak a desatar un ataque.
–Cosas ambas que confirmaron los ingleses.
–Sí, claro. Por otra parte tenemos a los medios de comunicación norteamericanos modificando los que fueron los objetivos de la guerra. Ayer fue neutralizar las armas de destrucción masiva. Hoy es devolver la democracia a Irak.
–Pero esto lo desmiente la historia de los Estados Unidos en los últimos 120 años.
–Para que esto pesara había que contar con una memoria colectiva que no existe. Es un país de inmigrantes donde la gente que llegaba de Irlanda, Suecia, Italia o Polonia llegaba sin conocer los zapatos y unas cuantas generaciones más tarde no carecían de nada... Mi abuelo decía que amigos suyos que salieron comunistas de España después de unos años en la Argentina, donde se enriquecieron, hablaban con odio y temor del problema del comunismo. El dice que les decía “pero, escucha, ¿no te acuerdas que cuando llegamos todos estábamos en la misma trinchera?” Se habían olvidado. Este parece ser un problema del ser humano.
–La poca memoria. ¿Con qué crees que tiene que ver esa poca memoria en este caso?
–Creo que tiene que ver con la manera de vivir, con que se vive el día a día. En el día a día no se analizan las cosas. Estados Unidos es un país en el que nunca te asentás, siempre te estás probando. El sistema funciona así. Si preguntás a gente que vivió durante la presidencia de Reagan las famosas cruzadas en las que murió el arzobispo Romero asesinado, los curas españoles de la Universidad Centroamericana...
–Siete curas.
–Siete más la empleada y su hija. Las tres monjas más la trabajadora social norteamericana... Si tú preguntás sobre esto nadie lo recuerda y si lo recuerda nadie piensa que Estados Unidos fue quien lo hizo, y si saben que Estados Unidos fue quien lo hizo, piensan que era lo que correspondíahacer. No saben bien por qué, pero seguramente era para salvar a esos países de algo mucho peor.
–¿Pasa eso en este momento con la guerra de Irak?
–En este momento, como te dije hay dos países. Son muchos hoy, los grupos que han entendido que están metidos en una guerra injusta e inmoral.
–Son muchos, pero no sobrepasan a los que piensan lo contrario.
–Las cosas fueron manejadas de manera tal que era difícil que ocurriera algo diferente de lo que ocurrió. Se insistió mucho en el matrimonio entre homosexuales y se dejaron de lado problemas mucho más graves. En los Estados Unidos hay 35 millones de personas que están por debajo del nivel de pobreza. Y 45 millones que no tienen cobertura médica, quienes deben hacer colas de 14 horas en los hospitales para que les receten una aspirina. Esta es la realidad. Una realidad que tanto la prensa como la televisión ocultan.
–En cuanto a los informativos están, en su mayoría, bastante manipulados.
–Una de cada cuatro personas en Estados Unidos ve la Cadena Fox de noticias. Cualquiera sabe que la información que trasmite Fox está totalmente parcializada, que es una especie de vocero del presidente.
–Tú entraste a Estados Unidos con 20 años ¿cómo llegaste a colaborador de Michael Moore?
–Cuando llegué hice lo que hacen todos los que llegan de una clase media montevideana. Pinté ventanas, refiné oro, fui a la Universidad. Manejé taxis. Hasta que en un momento me metí en el programa de una radio bilingüe no comercial llamada WBAI, que fue fundada por regresados de Vietnam con el apoyo de una iglesia protestante. Ahí trabajé durante 12 años. Todos los latinos que estaban en la vuelta, me decían “Nosotros te admiramos mucho. No podríamos decir las cosas que tú decís”. Yo preguntaba si no podían decirlas porque no las pensaban, y ellos: “No, no es eso, si nos ponemos a decir lo que pensamos, este medio se nos cierra y aquí hay que hacer plata”. Allá todo se mueve en función de la plata. Yo, sin embargo, me he demostrado que puedo tener cierto confort económico sin renunciar a las cosas que, en mi trabajo, me importan.
–¿Qué tipo de programas hacían?
–Por ejemplo, cuando el perdón a los militares, en Argentina, tuvimos al rabino Marshal Mayer, y después en el mismo programa a Hebe de Bonafini, Estela Carlotto, León Rozitchner, Pérez Esquivel. Trasmitimos desde Haití, el plebiscito de Chile. Tratamos siempre de hacer cosas que informaran y educaran. Pero tú querés saber de cómo llegué a Michael Moore. De la radio salté a la televisión, en un programa llamado “60 minutos” que hago todavía. Y, estando en esos trabajos, aparece una persona que había hecho un documental llamado Roger y yo y precisaba un equipo de televisión para un programa que se llamaría TV Nation.
–La persona era Michael Moore.
–Sí, ahí empecé a trabajar con él. Hicimos una cantidad de trabajo y, desde el comienzo se estableció un muy buen relacionamiento. El es una persona bastante especial, generosa. Te doy un ejemplo. Vos hacés un trabajo y ese trabajo saca un premio. Los que colaboraron en el trabajo o la inmensa mayoría, queda en la sombra. Cuando ganamos un Emmy con TV Nation, nos mandó al cameraman y a mí un diploma con la alusión al Emmy. Después de esto él hizo The awfuln truth. O sea La verdad terrible, donde presentaba diferentes historias.
–Contanos un poco.
–Una historia refería a la situación de dos hermanas mexicanas que habiendo pasado de México a Minneápolis entran a trabajar en una cadena de hoteles donde tratan de organizar a los trabajadores para obtener mejoras salariales. El encargado del hotel las cita a una reunión y allí las enfrenta a funcionarios de inmigración que se las lleva detenidas. Mujeres con hijos con esposos que quedaron destrozados. Recuerdo las palabras del sacerdote dominico en cuyo coro cantaban las muchachas “Ellas pertenecen al coro de mi iglesia, se están llevando a mis palomas. No vamos a tenerquien nos cante”, decía. Y todo el mundo lloraba. Todo el mundo, latinos y norteamericanos. Michael trajo inspectores de la ciudad, dio las vueltas que había que dar hasta que finalmente las mexicanas fueron reincorporadas.
–Ahí, todavía no era cine.
–No, era televisión. Luego se planteó hacer cine. Yo había hecho mucha televisión, pero cine casi nada, apenas pequeñas cosas comerciales.
–Era un desafío.
–Sí, porque en el cine la exigencia es mayor. La cosa fue que Michael me tomó como ingeniero de sonido.
–En Bowling for Columbine. La verdad que subiste rápido.
–Sí, cuando estaba por salir la película nos avisan que competiría en Cannes. Michael nos invita a Cannes a los colaboradores y gana el Premio Especial del Jurado, “55º aniversario” por unanimidad. Luego es presentada en París donde gana el César a la mejor película extranjera.
–De ahí va al Oscar, donde compite con esa fantástica película de pájaros, llamada Migraciones.
–Exactamente. Gana el Oscar. Sube al escenario y una vez ahí invita a subir a toda la gente de los otros documentales nominados. Suben y él hace su discurso.
–“Tenemos un presidente ficticio que nos ha metido en una guerra ficticia”. Aunque no es textual.
–Sí, pero por ahí anda.
–Creo que estas palabras, en la ceremonia del Oscar, movieron a mucha gente a ver la película. Contanos como es él en el día a día.
–Es muy afable, lleno de ideas. Una persona que siempre tiene muy claro hacia dónde va y qué es lo que debe tomar para demostrar lo que quiere.
–Hay gente que lo critica diciendo que no es objetivo.
–Yo no creo que en los documentales uno tenga que ser “objetivo”. El documental, de alguna manera está mostrando el punto de vista que tiene el autor del documental respecto de algo. El pregunta, investiga, analiza y cuando llega a una conclusión, la muestra.
–Tal vez esta gente que no lo ve objetivo querría ir siguiendo los pasos que lo llevaron a determinada conclusión.
–Es posible.
–Hubo un solo momento en que en Bowling..., desconfié de la veracidad de la imagen. Fue cuando en Canadá tantea los pestillos de las casas y todas están abiertas.
–Sin embargo, eso fue así mismo. No hubo mentira.
–Esa película hace referencia al miedo. ¿Cuál sería, en una sociedad la función del miedo?
–Aislar. El mundo aísla. Y cuando uno más se aísla más se aleja de la realidad, no de la que nos quieren vender sino de la verdadera realidad.
–Aquellos que quieren dominarnos buscan meternos miedo. Eso hizo Bush después del 11 de septiembre y Aznar después del 11 de marzo. Lo interesante es ver las consecuencias de conductas iguales en sociedades diferentes. Mientras la mayoría de los norteamericanos se tragaron la píldora del peligro y aceptaron la guerra, los españoles rechazaron, condenaron, castigaron. Son dos conductas que hablan de dos maneras de participar estos dos pueblos.
–Es así, en cuanto a Bush, yo creo que éste tenía ya toda una estrategia preparada para la eliminación de los Derechos Civiles. La caída de las Torres le sirvió para implementarla.
–¿No produjo ninguna protesta el hecho de que 140 ciudadanos de Arabia Saudita salieran del país inmediatamente después de la caída de las Torres si pensamos que sólo se salía del país con permiso de la Casa Blanca? ¿No hubo protestas, preguntas, nada?
–No. A pesar de que 15 de los 19 que intervinieron en el acto terrorista eran sauditas no hubo nada. Protestas, preguntas, nada.–Yo me pregunto algo. ¿Le creen a Bush realmente, cuando habla de su relación con Dios, de los mensajes que recibe de Dios y todo eso?
–Sí, pienso que sí. El con eso logró movilizar y galvanizar una gran parte de la sociedad.
–Yo creo que la presidencia de Bush proporcionará, en el futuro, los más importantes datos para pensar la sociedad norteamericana. ¿Cómo se entiende que una gran cantidad de personas en Estados Unidos creyera que Saddam Hussein representaba el mayor peligro para la nación?
–El 70 por ciento, según una encuesta creía eso. Bueno, es lo que decía Goebbels, una mentira que se repite termina por transformarse en verdad. Una cadena de televisión latina, dos días antes de las elecciones pasó infinidad de veces algo sobre John Kerry. En el programa la imagen de John Kerry aparecía siempre pegada a las de Chávez y Fidel.
–Como si perteneciera a la izquierda radical. Pero Kerry ni siquiera es la izquierda.
–Claro que no, por eso es que no hay una real alternativa. Kerry es un multimillonario que fue como Bush a Yale y como Bush, en Yale fue miembro de “Calaveras y Huesos”, sociedad secreta donde sólo es posible entrar por invitación y sólo se invita a quienes pertenecen a las familias patricias.
–Bueno, podría después de esa etapa haberse volcado hacia la izquierda...
–Sí, claro, pero no es el caso. No está en la izquierda ni en el centro. El centro no existe.
–Son dos partidos de derecha.
–Los demócratas con algunas posiciones más aceptables.
–Hay algo que a simple vista impresiona y me gustaría saber si hay algún estudio serio sobre el fenómeno. Me refiero al porcentaje de obreros..
–No sé si tal estudio existe. Sé sí que una gran responsabilidad le cabe al tipo de comida que se ingiere. Te cuento. Hace un tiempo hice una historia sobre la obesidad en Estados Unidos para una cadena de televisión francesa. La historia empezó en Estados Unidos y luego pasó a México. Allí en un distrito cuya población alcanzaba a 42 millones de personas cuando se firmó el tratado de Libre Comercio había 10 millones de obesos. A partir del tratado los obesos crecieron un millón por año. Los obesos se fueron a 20 millones en 10 años.
–Es decir que hoy, en ese territorio, hay 20 millones de obreros.
–Sí, lo que me comentaron es que la comida que México importa de Estados Unidos viene procesada y genéticamente modificada. Ya no es más natural la comida que se consume.
–México importa comida y qué exporta.
–Mexicanos.
–¡Mexicanos! Pero los mexicanos no velan nada. Los norteamericanos no los quieren.
–No los quieren, pero la economía funciona en base a ellos. Son mano de obra barata. Los americanos no quieren relación con los chinos que son comunistas.
–Pero son infinitas las cosas chinas que se venden en Estados Unidos.
–Sí, en un puesto de California mientras sale 6 mil millones de productos para China, entran 32 mil millones desde China para Estados Unidos. Aunque no quieren relaciones con los chinos todo se produce en China. Con fábricas norteamericanas instaladas en China.
–¿Ya no instalan sus fábricas en México?
–Ya no. En gran parte las maquilas se están trasladando a China.
–Es más barata la mano de obra.
–Mucho más barata. Una de las razones de los préstamos que tomó México desde hace 30 o 40 años los tomó para hacer carreteras que permitieran el funcionamiento de las maquilas. ¿Qué van a hacer ahora con las fábricas que van quedando abandonadas, con carreteras que no conducen a ninguna parte? Nadie sabe. Para México será un grave problema.
–Contame algo más de Michael Moore.
–Creo que algo importante es la manera como él se implica en la historia. ¿Recordás en Bowling for Colombine el diálogo con la directora de la escuela donde un niñito mató a una niñita de un balazo? Ahí no hay nada montado, preparado. Todo es como es. El se compenetra con la historia que muestra, se compenetra a su propia manera. Tiene una gran autenticidad. Salir a filmar con él es siempre una aventura. Yo cambié mucho a partir de trabajar en sus films, pude entender muchas cosas. Trabajar con él me permitió entender mucho mejor las fallas que tiene el sistema capitalista como se le conoce en este momento. En una película que hicimos para televisión sobre la fabricación de baterías fuimos a un pueblo donde al pasar las manos por las paredes de las casas nos quedaban grises por el plomo. Yo pensaba si esto se lo hacen a un niño rubio de Missouri, qué no le harán a un niño guatemalteco o a un boliviano.
–Además de las dos películas de Moore que conocemos, ¿hizo algo en las elecciones?
–Dedicó los 30 días anteriores a la elección a tratar de mover a la gente a votar. En 30 días visitó 60 pueblos.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/sociedad/3-47067-2005-02-07.html

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La saga de los Carrizo

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 06-02-2005 00:00:00

Era una familia vasta, con parientes por todo el pueblo. Las primas Blanca y Ramona llegaban cada verano. A Blanca le gustaba el baile. Ramona se parecía a Audrey Hepburn y no sabía leer.

BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar

Las dos chicas eran primas, se llamaban Carrizo de apellido y formaban parte de una familia extensa que vivía en diferentes ranchos, unos cientos de metros hacia el sur y hacia el norte de Las Pencas, nuestra casa.

Carrizo y Coronel eran los patronímicos de casi todas las personas que conocía en ese lugar: la Negrita Carrizo, la Delfi Coronel, doña Marta Carrizo, la madre de Blanca, cuyo marido era un hombre alto y casi rubio que andaba a los saltos con su muleta de algarrobo porque le faltaba una pierna, perdida cuando quiso atar un mulo bravo al sulky con el que iba a buscar a sus patrones a la estación de trenes. Otro Carrizo había sido casero en Las Pencas y había quedado en el recuerdo porque su fiesta de casamiento duró tres días al cabo de los cuales los novios salieron disparando para el hospital para que naciera su primer hijo. De esa fiesta quedó una puerta rota, rajada de arriba abajo, contra la que había pechado el caballo de uno de los invitados. Ese Carrizo, que era inteligente y emprendedor, puso un almacén, fonda, despacho de bebidas y cancha de bochas a un costado, donde (en mi casa comentaban) algunas mujeres también ofrecían sus servicios. Lo cierto es que siempre había dos muchachas en la trastienda, sentadas en un catre sin colchón para que fuera más fresco, riéndose y tomando mate.

Blanca y Ramona vivían en la misma casa, veinte cuadras después del matadero pero, durante el verano, se mudaban a la que mi padre llamaba la "pieza del pasto", porque allí siempre se guardó un rectangular fardo de paja que se reservaba para usos futuros que nunca llegaron. Los domingos, después del almuerzo Blanca y Ramona se iban a visitar a la familia, cortando monte al rayo de sol, con unos ataditos donde siempre llevaban algo para los más chicos.

Volvían el lunes a la mañana, trayendo de regalo pan casero con chicharrón, unas tortas pesadas con pequeñas incrustaciones de grasa. Blanca, la mayor, también iba los sábados al baile del pueblo; se la escuchaba volver de madrugada, precedida por los ladridos de los perros y los gritos con que los ahuyentaba. Su vestido de salida, ajustado a la cintura y las caderas, era naranja fuerte, color diablo afligido como decían en mi casa ejerciendo la crítica de clase; se iba con los zapatos en la mano para que llegaran impecables al pueblo.

Una vez, en un parque de diversiones ambulante, Blanca se ganó una muñeca grande, verdaderamente admirable, con capota y vestido de pañolenci. Sabía todas las canciones de memoria; en opinión de mi familia y de su propia madre, le gustaba demasiado el bailongo, palabra que tenía clarísimas resonancias de peligro moral, confirmadas cuando nació su primer hijo "de padre desconocido". Ramona no pisaba el baile. Sin embargo, su primer sueldo lo gastó en hacerse la permanente. Llegó una tarde de sábado con melena corta y llena de rulos diminutos que contrariaban su pelo pesado y brillante. Tuve la esperanza de que los rulos desaparecieran después de que Ramona se bañara en el tanque australiano y se mojara la cabeza. Pero no: la permanente respondía a su nombre y la melena de Ramona persistió como la incongruencia que coronaba un cuerpo tan fino como el de Audrey Hepburn. Sus ojos también eran parecidos a los de la actriz, almendrados.

Ramona no sabía leer. Esto para mí era un dato extraordinario. No conocía a nadie que no supiera leer a los quince años. Sus hermanas y primas habían hecho los tres primeros grados de la escuela y una de ellas, la Negrita, quería estudiar para maestra. Las mujeres de la familia decidieron que Ramona no podía seguir siendo analfabeta y le impusieron un horario de clase que la mortificaba atrozmente. De reojo, yo la veía deletrear, incómoda porque la hacían sentar a la mesa del comedor, a la hora de la siesta. Como era buenita, según el consenso de todos, y muy callada, Ramona aceptaba esa protección que no había buscado y cuyo sentido no entendía ya que, como una vez se atrevió a decir, ella ya había aprendido a trabajar bien, sin ir a la escuela.

http://www.clarin.com/diario/2005/02/06/sociedad/s-916990.htm

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"En Chile, hoy el mayor desafío es redistribuir el ingreso"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 06-02-2005 00:00:00

RICARDO FFRENCH DAVIS, ECONOMISTA

Son muchos los defectos del "modelo chileno" que legó Pinochet. Su neoliberalismo no fue amigable con los empresarios, la economía tuvo oscilaciones, creció poco y dejó enormes brechas de inequidad.

Julio Sevares
jsevares@clarin.com

Cómo es realmente el denominado "modelo chileno"? Usted plantea que la política económica de Pinochet tiene varias etapas: algunas críticas, otras exitosas.

—Sí, en Chile hemos tenido algo así como tres variantes o tres modelos desde el año 1973 a esta parte. En un primer momento, el gobierno aplicó la versión de texto del modelo neoliberal, la más simple e ingenua. Consistió en liberar los mercados de bienes, los mercados financieros y practicar la apertura comercial y financiera. Sin importar cómo funcionaban esos mercados, ni su impacto en la tasa de interés. Tampoco se preocupó por la supervisión de los bancos, considerando que se podían autorregular, y que la gente iba a poder escoger entre bancos buenos o malos. Además, usó el tipo de cambio más como instrumento para frenar la inflación que pensando en su efecto sobre el comercio externo. Cuando las cosas estaban bonitas afuera, como el precio del cobre, que era el principal producto de exportación chileno, el país se iba para arriba. Pero si el precio del cobre bajaba, el país se iba para abajo.

Esto nos recuerda que la dictadura no privatizó Codelco, la principal productora y exportadora de cobre.

—No. Y eso es muy interesante. Curiosamente, los militares la salvaron. Los civiles del equipo económico trataron de privatizarla y los militares dijeron: "eso no". Y entonces, ¿en qué transaron? La empresa pública del cobre no se privatizó pero tampoco se agrandó; o sea, invirtió poco. Pero, por otra parte, la ventaja de disponer de los ingresos del cobre no se aprovechó bien. Al comienzo del gobierno, debido a los buenos precios del cobre, Codelco ganó mucha plata. Pero como la visión dominante era que un gobierno no debe tomar medidas preventivas, como guardar para cuando las cosas no vayan bien, se gastaron toda la plata. Es decir que la suerte de la economía quedó bajo los mandos del mercado, lo cual, paradójicamente, es malo para el capitalismo, porque se permite que los consumidores y los empresarios se embarquen en los ciclos de sobreoptimismos o de sobrepesimismos, sin que el Estado haga nada para contrarrestar esas corrientes.

¿Qué debería hacer el Estado en esos casos?

—El Estado debe darles a nuestros empresarios y a nuestros trabajadores un mensaje muy intenso con su política macroeconómica: que podrán trabajar tranquilos y que no estarán sometidos a tensiones de aceleradas y frenadas. Por eso en esos primeros años la inversión fue muy pequeña. Esta primera etapa del modelo concluyó en 1982 con una crisis bancaria y productiva, con graves consecuencias sociales

¿Cómo reaccionó el gobierno?

—Cambió aspectos de su política. Uno de los cambios fue hacer intervenir al Estado para corregir las cosas. En la primera etapa el gobierno decía: "el que quiebra, quiebra", pero luego se dio cuenta de que no podía dejar quebrar a un montón de bancos y empresas. Entonces dijo: "tengo que intervenir". Entre las medidas que se tomaron se incluyeron un salvataje de bancos y un dólar barato para los deudores. Además, como el trigo es importante para muchos trabajadores y empresarios agrícolas, se restableció un sistema de precios mínimos que se había suprimido en años anteriores. Para reforzar los ingresos de divisas se aumentaron los aranceles a las importaciones del 10% al 35%. Otro cambio fue que, al principio, no se hacían diferenciaciones entre actividades y se dejaba que el mercado decidiera las oportunidades para el sector. Después de la crisis se decidió promover las exportaciones y para eso se establecieron subsidios. Los costos fiscales de la nueva política se cubrieron con la reducción en el sistema de pensiones, en salud y en educación. Esto era compatible con la política de Pinochet, que promovió una concentración gigante de la distribución del ingreso. La brecha entre el 20% más rico y el 20% más pobre se agrandó de 12 veces a 20 veces. La política oficial dio sus resultados porque el volumen exportado creció un 10% anual, mientras en el mundo el crecimiento era de un 6%. Las exportaciones fueron tomando un espacio importante en la expansión de la economía chilena. Pero, igualmente, el producto total chileno creció poco. Durante los dieciséis años del régimen de Pinochet, si uno toma en cuenta las subidas y caídas, el crecimiento fue menor al 3%.

En las elecciones presidenciales de 1988, la Concertación compitió con el lema "Queremos crecer con equidad". ¿En qué consistió el programa?

—Uno de los objetivos que nos fijamos fue mantener un tipo de cambio alto y estable, para evitar las variaciones traumáticas para el empresario. En la primera etapa del gobierno de Pinochet tuvimos un tipo de cambio fijo. Luego uno libre. Los dos extremos son malos. Hay que buscar algo razonable, un tipo de cambio que contribuya al equilibrio de la economía. El tipo de cambio fijo permitió la apreciación del peso chileno. Y, ¿qué es lo que pasa con un tipo de cambio totalmente libre? Se transforma en un equilibrio de lo financiero, del día. No de la semana: del día. Y eso es malo para el desarrollo productivo y es malo para la equidad. Pero, ¿qué es y cómo se logra el equilibrio? Según la visión general neoliberal para América latina, el equilibrio macroeconómico significa inflación baja y responsabilidad fiscal. Pero eso no basta, como lo demuestra que durante la dictadura, el entorno económico en que se movían la empresa y los trabajadores fue muy inestable, con recesiones. Y, ¿dónde se producen los grandes aumentos de pobreza? En las recesiones, como sucedió en todas las crisis de las últimas décadas en Latinoamérica. Y esto es grave porque la pobreza aumenta rápido, pero después, cuesta bajarla.

¿Cómo lograron mantener alto el tipo de cambio real?

—En esto tuvo un papel la política del Banco Central. Mientras estuve como director de estudios en el Banco Central hicimos un trabajo conjunto, muy armónico con Hacienda. Un planteo muy fuerte que hago es que no hay que tener una ley de Banco Central autónomo, para que se autonomice del país. La autoridad económica no puede tener dos cabezas. Sus diferentes partes tienen que trabajar en conjunto. Hay que establecer mecanismos que obliguen a que las autoridades económicas se pongan de acuerdo. En Chile, el banco era autónomo, pero trabajaba con un objetivo común. Otro elemento fue el control de capitales. En un momento ingresaron muchos capitales y provocaron una valorización del peso. Entonces restringimos el ingreso de capitales de corto plazo. Y dio resultado. Ahora, la posibilidad de controlar el ingreso de capitales se redujo por el acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos.

Chile es conocido por su capacidad exportadora. Pero también hay críticas por la excesiva concentración en recursos no renovables.

—Así es. Las exportaciones chilenas, en el año 1989, y hasta hoy en día, están muy concentradas en recursos naturales. Pero no todos son recursos naturales iguales. Hay tradicionales y no tradicionales. Y algunos no tradicionales, como los salmones o los berries (guindas, cerezas, frutillas, etc.) tienen buenos mercados, son nichos que todavía están expandiéndose en el mundo. El problema es la exportación de recursos naturales tradicionales cuya demanda mundial crece menos. Entonces, si uno se cuelga de eso, se está colgando de algo que va moviéndose despacito.

¿Qué tendría que hacer Chile para mejorar su economía?

—La Concertación hizo bastante, pero hay mucho más que corregir. El desafío ahora es distribución del ingreso. Creo que es más adecuado, en el momento actual, volver a tener políticas de desarrollo productivo. No necesariamente en la industria, puede ser en la agricultura, en la minería. Y teniendo en cuenta la pequeña y mediana empresa, que es muy importante en la creación de empleo. El secreto es cómo se logra crear capacidad productiva vigorosamente de manera sostenible a través del tiempo. Si eso sucede, hay empresarios que están teniendo más ingresos, creando más trabajo y que pueden pagar mejores salarios. El Fisco, por su parte, recibe mayores ingresos tributarios. Esto es el círculo virtuoso de crecimiento.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/02/06/z-03415.htm

Copyright Clarín, 2005.

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Maresca: "Este gobierno no tiene visión estratégica"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 05-02-2005 14:08:41

Crítica mirada del filósofo peronista

“La función del Estado no es salvar a las personas. No hay que pedirle al Estado y a la política más de lo que pueden dar, ni depositar en ellos esperanzas de redención.” Cuando mira la Argentina, el filósofo Silvio Maresca ve un país que privilegia esta función salvadora del Estado, sin mucha inclinación por los hábitos republicanos, con una identidad cultural débil y que tiende peligrosamente a aplaudir las actitudes autoritarias.

Especializado en el pensamiento de Friedrich Nietzsche sabe, como todos los que atraviesan el estereotipo y se atreven a las ideas originales del pensador alemán, que el actual estado de disolución de valores tiene en sí mismo el germen de lo nuevo, que Maresca ve surgir, por ejemplo, en que “las personas comunes quieren hacer su propia experiencia y buscar sus propios valores”.

Graduado en la Universidad de Buenos Aires (UBA), docente universitario, director de proyectos de investigación en el Conicet, Maresca tiene, además, experiencia en la función pública: su último cargo fue como director de la Biblioteca Nacional durante la presidencia de Eduardo Duhalde, entre marzo de 2002 y junio de 2003. Preocupado por "formular una perspectiva argentina para el pensamiento sin copiar modelos", Maresca cree que la política cultural para el país debería hoy combinar la construcción de una identidad nacional con un imaginario colectivo sudamericano.

Autor de nueve libros -entre ellos, "Nietzsche: verdad y tragedia" (1997), "Verdad y cultura: las consideraciones intempestivas de Nietzsche" (2001) y "Nietzsche y la Ilustración" (2004)-, ensaya una mirada original sobre el peronismo, al que pertenece, un auténtico producto argentino, al que define como "un movimiento de afirmación nacional, plebeyo, con un elemento oportunista y pragmático", cuya hegemonía hace impensable un sistema de partidos en el país.

Crítico con el gobierno de Néstor Kirchner -"va a los tumbos, no tiene visión estratégica"-, Maresca confía en las energías sociales movilizadas desde diciembre de 2001, pero suelta una preocupación: "Mi temor es que la ilusión neoliberal haya sido reemplazada por la ilusión progresista".

-Se acaba de anunciar un aumento presupuestario para la Biblioteca Nacional del 60%, que llevará sus recursos a 11, 7 millones de pesos. ¿Qué opina?

-Creo que es un aumento insuficiente, que en el mejor de los casos permitirá hacer un inventario, pero de todas maneras no alcanza para las cuestiones fundamentales que hay que resolver. Hace falta comprar los aparatos que permitan que los depósitos de libros tengan la temperatura y la humedad convenientes y constantes; hay que informatizar todo el material anterior a 1992; es necesario mejorar la seguridad, aumentar el número de bibliotecarios y tener personal idóneo, lo que es muy difícil por la presión de los gremios; y hay que adquirir un sistema informático que permita vincularse con las bibliotecas del mundo. La Biblioteca Nacional es una de las más precarias de Sudamérica. Al menos, hay que duplicar el presupuesto.

-¿Qué dice esto de nuestra política cultural?

-Que el desinterés absoluto por la cultura es una constante de los sucesivos gobiernos, más allá del signo político.

-Sin embargo, hay un discurso de reconocimiento del valor de la cultura.

-Puede haber un reconocimiento verbal, pero en los hechos no es así. Yo me manejé con un presupuesto de 7 millones de pesos, que apenas alcanzaba para pagar el mantenimiento. Creo que la política cultural en nuestro país no interesa, por eso pudimos tener un secretario de Cultura como Torcuato Di Tella, un verdadero disparate, que disimulaba su enorme ineptitud en este campo con sus chistes de dudoso gusto. Y con esa idea de que si hay un chico que tiene hambre en Santiago del Estero, eso es prioritario y la política cultural no interesa. Cuando es exactamente al revés, porque probablemente deje de haber chicos con hambre en el país cuando prioricemos la cultura, la educación y la ciencia y la tecnología. No se ve que este Gobierno lo esté haciendo, tampoco los anteriores.

-¿A qué llama usted cultura?

-La cultura no reside en los festivales y recitales, y no es sólo una cuestión de presupuesto lo que está en juego. Tiene que ver con la construcción de una identidad cultural, lo cual implica un trabajo conjunto entre los organismos de cultura y los de educación. Eso incluye la formación ética y la formación en una cultura política, que no tiene que ver con el partidismo y las adhesiones ideológicas. También le doy importancia a la cuestión religiosa. No creo que tenga que haber una educación confesional, por lo menos en las escuelas públicas, pero sí es imprescindible un conocimiento de la historia de las religiones.

-Si estuviera en sus manos definir la política cultural en la Argentina, ¿cuáles serían sus prioridades?

-Apuntaría a la construcción de una identidad cultural, vinculada a la construcción de un imaginario colectivo sudamericano, ante todo por razones de estricta supervivencia. Que hoy se plantee la Comunidad Sudamericana de Naciones me parece un proyecto magnífico. En el mundo globalizado, países como la Argentina e incluso como Brasil, solos y aislados, no tienen destino alguno. Pero esa inserción tiene que darse manteniendo un rasgo propio. Allí hay una tarea interesante para los intelectuales sudamericanos, que pueden obrar de puente entre el proyecto político y económico y la conciencia de las personas.

-Usted ha hablado de una crisis espiritual en la civilización occidental. ¿Cree que la crisis argentina puede leerse dentro de ese estado de cosas?

-Nietzsche afirma que la civilización occidental está pasando por una etapa nihilista. El nihilismo consiste en la devaluación de todos los valores que rigieron la civilización occidental por lo menos desde la imposición del cristianismo hasta nuestros días, valores como verdad, justicia, bien, belleza. Cuando él enuncia a fines del siglo XIX la muerte de Dios no se está refiriendo a un problema religioso. Dios de alguna manera sintetiza ese conjunto de valores. "Dios ha muerto" marca la devaluación de los más altos valores, un proceso parecido a la devaluación del dinero: el billete no desaparece, pero ya no vale. Por eso hoy se siguen invocando esos viejos valores, porque todavía no hemos sabido construir otros, o reciclar esos mismos bajo una nueva experiencia. En general, cuando un conjunto de valores civilizatorios se devalúa, las conductas tienden a retrotraerse al egoísmo más elemental. En este desfase entre el egoísmo de las conductas y la impotencia de los valores está la esencia de la corrupción.

-Durante el siglo XX, hubo ideologías que buscaron reemplazar esos valores.

-Sí, las ideologías totalitarias intentaron reemplazar a Dios. Fundamentalmente, el nacionalsocialismo y el bolchevismo funcionaron como desmentida, como negación de la muerte de Dios. Fueron un intento de instalar el paraíso en este mundo. Eso fue terrible porque llevó a liquidar definitivamente a Dios y a los viejos valores, y derivó en la criminalidad más brutal, que fue el elemento fundamental del siglo XX. Las ideologías fueron catastróficas y por suerte caducaron, aunque hoy hay retoños e intentos restitutivos de índole religiosa. La guerra entre el mundo islámico y Estados Unidos tiene un fuerte componente religioso, aunque se suele poner el acento en sus aspectos económicos.

-Con Dios en proceso de morir y las ideologías fracasadas, ¿qué viene en el siglo XXI?

-No todo lo que está pasando es malo; en el nihilismo no hay una visión apocalíptica, sino la posibilidad de la emergencia de lo nuevo, de lo inédito, de lo insólito, lo cual incluye también el reciclamiento de viejos valores. En ese sentido, veo un proceso muy interesante en medio de este horizonte de disolución de lo viejo, que es la individuación de lo que hasta ahora era la masa. De las grandes masas que dominaron el panorama del siglo XX van emergiendo individuos neófitos, que intentan hacer su propia experiencia, no ya en relación con exigencias de tipo trascendente ni normas absolutas. Es algo muy simple: las personas comunes quieren construir sus propios valores, su propia existencia. Esto no es un fenómeno puro, porque coexiste con adhesiones masivas a circunstancias o figuras, pero hay una tendencia cada vez más acusada y altamente positiva.

-¿Cómo se refleja este proceso en la política, que tiene que ver con la construcción de valores comunes?

-La política debería hacer un gran espacio a este proceso. En diciembre de 2001 estalló la ilusión neoliberal, que gobernó a la sociedad argentina o a grandes sectores de ella durante doce años. Adherimos de un modo tan fanático al neoliberalismo por la debilidad de nuestra identidad cultural. Lo curioso es que al estallar el modelo empezó a surgir una energía en la sociedad argentina que es la que hoy está haciendo que nuestra situación esté claramente mejor. Sin embargo, mi temor es que la ilusión neoliberal haya sido reemplazada por la ilusión progresista.

-¿Cómo es esa nueva ilusión?

-El progresismo es un fenómeno difícil de definir. Es, por un lado, una confusión que consiste en ver cada nuevo paso en la decadencia como si fuera un avance. El fenómeno de la legalización del aborto, de los matrimonios gays y la apología del transexualismo son fenómenos propios del nihilismo. No creo que representen la emergencia de valores nuevos, sino la profundización de la disolución de los viejos valores. El progresismo ve esto como un proceso de emancipación del hombre. Es también lo que quedó del marxismo tras su fracaso político, social y económico. Es un marxismo que no pretende, por lo menos explícitamente, transformar la estructura económico-social pero, refugiado en lo cultural, desvaloriza cualquier intento de mejorar las instituciones. El progresismo tiende también a la hipercrítica: todo está mal porque en el fondo lo no confesado es el odio al capitalismo, que ganó la partida, por lo menos por ahora. Y tiene un terrible prejuicio: la creencia rousseauniana de que el hombre es bueno y la sociedad lo corrompe.

-¿Percibe usted la distancia entre las preocupaciones de la gente y las de los dirigentes, que parecen más encerrados en las disputas de poder?

-Da mucho esa impresión. Pero allí hay que reflexionar sobre el papel del Estado. Durante la modernidad, el Estado era lo que reemplazaba a la Iglesia y se lo concebía como un instituto de salvación. Creo que la función del Estado no es salvar a las personas, que no hay que pedirles al Estado y a la política más de lo que pueden dar, ni depositar en ellos esperanzas de redención. En la tragedia de Cromagnon quedaron claros los aspectos en los que el Estado sí debe intervenir y no lo hace: sus funciones de control y ordenamiento de la sociedad, de administración de hombres y cosas.

-El gobierno de Kirchner se dice progresista. ¿Qué tiene de peronista?

-Para responder a eso hay que tratar de entender el peronismo. Creo que el peronismo es un movimiento de tipo gregario. En general nuestra política, desde la Independencia hacia adelante, siempre tuvo ese carácter. También los unitarios y los federales, y todas las vertientes que se fueron construyendo, como el roquismo, que fue fundamental para la construcción del Estado moderno argentino, tenían ese carácter movimientista. Por eso me parece un poco utópico cuando se plantea que aquí se debería constituir un partido de derecha y otro de izquierda y alternarse en el poder, al estilo de los Estados Unidos o algunos países europeos. Esos planteos siempre especulan con la fractura del peronismo, y el peronismo no se fractura. Es cierto que algunos grupos quedan al margen cuando hay un viraje de perspectiva, pero el grueso se encolumna detrás del que gana. Mi teoría de las máscaras plantea que el peronismo es un movimiento de afirmación nacional, plebeyo, la contracara complementaria del 80, que fue el momento de la construcción patricia de la Argentina moderna. Y va adoptando las ideologías de moda en el mundo: en los 70, el socialismo; en los 80, la socialdemocracia; en los 90, el neoliberalismo, y hoy, el progresismo. El peronismo es un movimiento político que no puede terminar de formularse con claridad, pero la sociedad argentina tampoco puede terminar de hacerlo como debería.

-El objetivo parece ser siempre mantenerse en el ejercicio del poder.

-Sí. Maquiavelo decía que el arte de la política es conquistar el poder y mantenerlo. Hay un elemento maquiavélico, oportunista y pragmático, lo cual no tiene que ser mala palabra. Dentro del peronismo, se van alternando los grupos dominantes, pero el grueso se mantiene detrás.

-¿Cómo ve al gobierno de Kirchner?

-En el área económica, me parece que está trabajando bastante bien. Reapareció un elemento de dignidad cultural: tenemos una deuda, pero vamos a negociarla dentro de nuestras posibilidades. También me parece bien que haya una intención de reinsertarse en el mundo. Por otro lado, el proyecto más importante, que es la Comunidad Sudamericana de Naciones, al gobierno de Kirchner no le interesa. Es un gobierno que no tiene un proyecto, que va a los tumbos, no tiene visión estratégica. La propensión de volver a los 70 que tiene gran parte de este gobierno me parece nefasta, y su política cultural y educativa es un desastre. No hay un respeto por la división de poderes y la renuncia del Poder Legislativo a sus derechos es escandalosa.

-¿Qué cosas le preocuparían a Nietzsche en la Argentina?

-Lo que él propone es una filosofía experimental, algo que vale mucho para la Argentina. El final de una civilización no implica el fin del mundo, que es lo que lleva a las posiciones cínicas, escépticas y hedonistas. Nietzsche en la Argentina propondría: prueben, experimenten, busquen caminos no transitados. En lo colectivo y en lo personal, hay que tener el coraje de hacer experiencias, buscar caminos de autoafirmación. Darnos cuenta de que estamos a la intemperie y no buscar que ningún otro resuelva los problemas, ni el Estado, ni la pareja, ni los amigos, ni la empresa. Estamos solos y tenemos que construirnos.

Por Raquel San Martín
De la Redacción de LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=677270

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Archivado en Sandra Russo • Fecha: 04-02-2005 00:00:00

Por Sandra Russo

Conocí a Mariana Schapiro porque por suerte a ella le gustaban mis notas y hace un par de años, sin habernos visto nunca personalmente, me llamó para pedirme que le escribiera un texto para el catálogo de la muestra que iba a hacer en el Centro Cultural Recoleta. Son esas coordenadas de empatía que uno caza en el aire. Normalmente hubiese pretextado mucho trabajo, pero mi oído ya había cazado la mariposa: le dije que para escribir sobre su obra tenía que conocerla, y nos citamos para unos días más tarde en su casa-taller. No es una casa común. En la puerta de entrada no hay un picaporte de esos que se pueden comprar en el Easy, sino un pescadito de hierro que adelanta, mudo y colorido, que en esa casa de dos plantas ocupadas por los talleres de Mariana y de su marido hay un universo complejo y maravilloso, más que creado, tejido con paciencia y alegría.
Esa mañana Mariana me mostró sus materiales y sus técnicas para armar sus Lloronas, piezas en pares de ojos llorosos: troncos que lloraban alambre, piedras que lloraban caireles, tapices que lloraban lana. Son los que me quedaron grabados en la retina. Había demasiado llanto en esos ojos que sin embargo convertían la tristeza en algo menos triste que la tristeza. Y así después me resultó ella: alguien que convertía la tristeza en algo menos triste que la tristeza. Incluso cuando unos meses más tarde una enfermedad que parecía que le había dado tregua reapareció de una manera algo brutal, Mariana insistió en ese gesto. Se replegó, y volví a verla en una foto que me mandó por mail después de la última quimio, rapada y cabeza abajo, trepada a un juego de plaza, anunciando su alegría porque lo peor ya había pasado.
Este martes me mandó otra foto, la que se puede ver acompañando esta nota. La del frente de su casa, que apareció esa mañana agraviada con una pintada insultante. “Acá vive una judía. No la queremos en el barrio.” Leí la pintada y después fui directamente a los ojos de la Mariana que no llora. Vi la huella del escándalo interior que provocó ese insulto. No vi llanto. Vi rabia. Vi impotencia. Es el hogar. El refugio ante una adversidad privada y dolorosa. La mancha en lo más íntimo. Vi la nube en esos ojos que no podían terminar de comprender de dónde sale esa mano que en la noche va y pinta agravio en la membrana del nido de Mariana y su familia.
De un idiota en la cuadra no hay nadie que te salve, pensé y le dije, pero en la televisión ese día los legisladores porteños no paraban de decir grandes cosas que no significan nada. Un día de lo más inapropiado para ensayar ante Mariana un consuelo por el insulto. Un día en el que las palabras quedaron minusválidas, después de tanto cacareo y ataque de honorabilidad de bloque por parte de tantos que uno sabe, y muy bien lo sabe, perfectamente lo sabe, que mojan sus palabras en la miga del pan de la muerte. Así que no podía quedarme diciéndole que de un idiota en la cuadra no te salva nadie, porque de la desidia tampoco, y de la especulación política tampoco, y del falso alarde cívico tampoco, y del purismo cobarde tampoco, y de la mala entraña tampoco. Entonces, ¿qué te salva de qué? Así que escribí estas líneas, para intentar salvar algo ante Mariana. Acaso la confianza en que la amistad y la solidaridad son más sólidas que un marcador hijo de puta con el que el idiota de la cuadra se hace su pequeña y miserable fiesta de discriminación. Acaso la necesidad de generar, haciendo viento con las manos, un fueguito que le devuelva una pizca de la calidez que esa casa tiene y se merece.
Mientras en la televisión parece que todos nacimos ayer y que somos bárbaros y que esta ciudad está poblada por gente de bien que sólo quiere vivir en paz, alguien escribía en el frente de esa casa “Acá vive una judía. No la queremos en el barrio”. Un vecino de Buenos Aires.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-46935-2005-02-04.html

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"Los iraníes no se consideran diferentes", afirma Azar Nafisi

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 02-02-2005 14:05:49

La célebre escritora analiza su país

NUEVA YORK.– Jane Austen, Scott Fitzgerald, Flaubert, Nabokov. No son las armas usuales para combatir el totalitarismo, pero Azar Nafisi, la intelectual iraní más famosa de Occidente y autora de “Leyendo Lolita en Teherán” (los recuerdos de sus años como profesora de literatura en Irán), que se ha mantenido durante dos años en la lista de best-sellers de The New York Times, sabe cuán poderosas son.

“Por eso le creí a Carlos Fuentes cuando dijo que el fatwa del ayatollah Khomeini contra Salman Rushdie era, en realidad, contra la naturaleza democrática de la novela. Lo que molesta en un régimen totalitario es que las novelas, o las grandes novelas, al menos, tengan tantas voces en ellas y no haya una voz triunfante al final. Molesta que las fórmulas preestablecidas no funcionen. Eso es insostenible para quien lee buscando la confirmación de sus propias teorías o quiere imponer sus propios sueños sobre la realidad de otras personas (¡o sobre la ficción!)”, asegura, en una entrevista con LA NACION.

A comienzos de la década de los 80, Nafisi fue expulsada de la Universidad de Teherán por negarse a usar el velo islámico. Más adelante enseñó en la Universidad Háyame Tabatabai, pero renunció en 1995 ante la atmósfera hostil. Entonces armó un grupo de lectura en su casa con sus mejores alumnas para seguir debatiendo sobre los autores que el régimen consideraba subversivos, como F. Scott Fitzgerald, Henry James, Jane Austen y Vladimir Nabokov.

De la vida de estas cinco chicas en un país crecientemente cerrado, a través de sus comentarios sobre novelas como "El gran Gatsby", "Orgullo y prejuicio" y, sobre todo, "Lolita", nació el libro que The New York Times llamó "maravilloso".

"Cuando llegaban a casa y se sacaban todo el género oscuro que las cubría, en jeans y blusas de colores eran chicas indistinguibles de sus pares de Occidente. De lo que desde afuera muchos no se dan cuenta es de que los iraníes nunca se consideraron diferentes de los demás. Es el Estado el que insiste en que lo son", relató.

Miembro de una prominente familia de intelectuales e hija del alcalde más joven de la historia de Teherán, Nafisi realizó su doctorado en letras en Estados Unidos, donde participó de las protestas estudiantiles contra el sha de Persia. Regresó a Irán en 1979, luego de su caída, pero encontró al régimen que lo reemplazó aún más intolerante y, en 1997, se radicó definitivamente en Baltimore, donde creó un proyecto para el diálogo entre musulmanes y no musulmanes en la Universidad Johns Hopkins.

A pesar de haberse vuelto una celebridad internacional luego del éxito de su novela y de tener un claro compromiso en favor de los derechos de las mujeres oprimidas, Nafisi sigue siendo, ante todo, una apasionada y divertida profesora de literatura, orgullosa de que su hija mayor esté siguiendo sus pasos. "Pero es más moderna -señala-. En la universidad se está especializando en la influencia de la biología molecular sobre la literatura inglesa. Es una buena combinación: Nabokov mismo, que era un científico, solía decir que uno debe tener la pasión del científico y la precisión del poeta", aclara con la risa cristalina que suele acompañar el final de sus reflexiones.

-¿Cómo comenzó la idea de su libro?

-La idea llegó cuando estaba escribiendo mi primer libro, un análisis de la obra de Nabokov. No podía parar de pensar en cómo me gustaría contar la realidad sobre mi país mientras lo leía. Pero no sólo no se podía escribir sobre temas políticos, sino tampoco sobre temas personales. Y la vida cotidiana en Irán parecía tan rara, tan absurda. Todo lo que la gente hace normalmente en el resto del mundo, como escuchar música, tomarse de las manos, leer los libros que a uno le gustan, tenía que hacerse a escondidas. Así, comencé a escribir un diario, en el que contaba sobre la experiencia de ir a una fiesta en Teherán o leer a Jane Austen? y las ganas de contarlo a los demás fueron demasiado grandes y lo transformé en una novela. Para proteger a mis alumnas, muchas de las cuales quedaron en Irán, mezclé las características de sus personalidades de tal manera que ni ellas mismas pudieran reconocerse.

-¿Le sorprendió que el libro que sus alumnas en Irán sintieran más cercano ?fuese justamente "Lolita"?

-¡Más me sorprendió cuando llegué a Occidente y vi cómo tantos miraban a "Lolita" como un himno a la pedofilia y otras barbaridades! En Estados Unidos todo el tiempo me preguntaban: "¿Por qué justamente Lolita?". Y yo respondía, primero, que porque uno disfruta al leerla. Uno no lee un libro por las lecciones morales o políticas. Las enseñanzas de los libros van mucho más profundo que eso. Pero también porque "Lolita" trata sobre la ceguera hacia otras personas y el arrebatamiento de la realidad de los demás, sobre no permitir al otro que viva su vida de la manera como la quiere vivir. ¡Y eso era tan similar a lo que nos pasaba en Irán!

-¿Por qué cree que es así?

-Porque una buena novela no sólo habla sobre temas de su tiempo y lugar, y "Lolita" es una crítica a la mentalidad totalitaria. El profesor Humbert, su protagonista, obviamente no cometió crímenes como Hitler o Stalin, pero su cabeza es totalitaria porque arrebata a Lolita su derecho de ser lo que quiere ser, la posibilidad de salir con chicos, de decir lo que quiera, de ser una persona de su edad. Humbert le arrebata su infancia, y eso lo convierte en un ser como Hitler o Stalin. Además, Humbert es un gran seductor. No seduce a Lolita, porque su víctima sabe exactamente lo que él es, ni a la madre de Lolita, a quien directamente engaña. Pero sí nos seduce a los lectores. Todos pensamos que alguien tan poético y culto y buen mozo no puede ser un monstruo. Pero Hitler y Stalin sedujeron a millones de personas para hacerles creer que sus crímenes estaban bien. Al mundo le tomó un largo tiempo advertir lo monstruosos que eran. Pero, aun hoy, el hecho de que sacaran el derecho de millones de individuos a desarrollarse es un crimen sobre el que reflexionamos poco. Por supuesto, antes que nada, están los horrores, como sus cámaras de torturas y los campos de concentración. Pero también es cierto y criminal que no hayan permitido a millones de personas ser lo que querían o podían ser.

-¿Hay autores argentinos cuya obra le guste?

-Estoy totalmente enamorada de Borges. Es uno de los autores más adorados y respetados en mi país, y casi toda su obra fue traducida. Nos sorprende con su manera de ser subversiva, sin ser abiertamente político, al mostrarnos la vida de otra manera y ponernos constantemente inquietos como lectores, llamándonos a reflexionar. Borges enseña que para tener una conciencia independiente no es suficiente con tomar una posición política. Pero sí es suficiente con tener un pensamiento independiente, con desarrollar las ideas de una manera compleja, que es precisamente lo que él hace.

-Hoy usted es considerada la intelectual iraní más famosa del mundo y casi la voz de las mujeres bajo el régimen. ¿Se ve con una carrera política?

-No quiero convertirme en una figura política. Las personas como yo podemos hacer mucho más informando a los demás sobre lo que pasa en nuestros países, para que la gente en Occidente deje de pensar, por ejemplo, que si eres una mujer iraní significa que te gusta que te flagelen o te apedreen hasta la muerte. Las mujeres en nuestros países también queremos ser libres y tener las mismas ventajas que las demás.

-¿Cómo ve a las mujeres en Irán?

-Los sistemas totalitarios buscan el control y la homogeneidad. Siempre el amor a un símbolo común y no el amor individual. En Irán, las mujeres se volvieron símbolos de libertad individual y del derecho de elegir, y por eso el velo se convirtió en un problema tan grande: el velo no es un tema de religión, sino de uniformidad. Si en un país cristiano obligan a la gente de todas las religiones a llevar la cruz, la cruz pierde todo significado. Es lo mismo. Mi madre creía que ella era una mujer musulmana muy devota y nunca llevó el velo. Mi abuela creía que ella era una mujer musulmana muy devota y siempre llevó el velo. ¿Quién puede decir cuál de las dos era "más musulmana"? Las mujeres se volvieron el punto central del debate sobre la libertad de escoger la manera en que uno quiere ser ciudadano en la sociedad iraní.

-Usted habla del modo en que la religión se usa para encubrir una ideología.

-Ese es el punto. La gente de Occidente se confunde cuando dice sobre los iraníes que estas imposiciones "están en su cultura". Esa no es mi cultura. Mi cultura es la de los grandes poetas y filósofos. Los grandes poetas místicos de Irán no hablan de restricciones. Por el contrario, usan la comunión con el hermano como metáfora de la comunión con Dios.

-¿Cómo es el movimiento democrático en Irán?

-En este momento está bajo mucha presión, pero todos podemos aprender mucho de él porque no es violento. Es un movimiento que quiere aprender sobre la democracia practicándola. Sus miembros salen a la calle demandando libertad, no con armas, sino siendo democráticos ellos mismos, gritando por la libertad de los prisioneros políticos, por la libertad de expresión. La mayor parte de los iraníes jóvenes no aceptan la manera en que el régimen se impone sobre ellos. Pero los demás países deberían apoyar las aspiraciones democráticas del pueblo iraní. No digo que se pongan detrás de uno u otro grupo o individuo, pero sí que presionen para que se cumplan los derechos humanos. Y de manera seria, no puramente como una bandera política que sirva en un momento determinado.

-Usted vivió la situación de atravesar una guerra contra Saddam Hussein cuando vivía en Irán y, al llegar a Estados Unidos, comenzó otra. ¿Cómo lo siente?

-Sobre Saddam, por supuesto, no tengo dudas. Lo odio. Por todo lo que le ha hecho a mi gente, pero sobre todo por lo que le ha hecho a su propio pueblo. A veces nos olvidamos de que los propios iraquíes fueron sus principales víctimas. La comunidad internacional debería haber actuado para ayudarlos. Bajo una tiranía así no es mucho lo que se puede hacer sin apoyo internacional. De cualquier manera, no creo que la acción de Estados Unidos haya sido inteligente. Y estamos pagando el precio. Ahora espero que la comunidad internacional sepa involucrarse para terminar de resolver la situación.

-En la Universidad Johns Hopkins usted creó un centro para el diálogo entre musulmanes y no musulmanes. ¿Cómo es el programa?

-Quise crear un foro para ayudar a la comprensión entre la gente de Estados Unidos e Irán. Cuando llegué aquí quedé horrorizada por la forma en que se retrata a la sociedad iraní. Así que me ocupé de traer a nuestros mejores cineastas, poetas, músicos, todos aquellos que muestran un ángulo distinto, y con ellos armé un foro de creadores. Gradualmente ha ido incorporando a gente de todas partes del mundo que quiera discutir seriamente los derechos humanos, de la mujer y la cultura. Pero, especialmente, estoy poniendo el énfasis en los libros, porque descubrí que a través de la lectura la gente vive lo que otros están viviendo o han vivido. Mi eslogan es muy simple, pero poderoso: "Amantes de los libros del mundo, ¡uníos!".

Por Juana Libedinsky
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=676050

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