BEATRIZ SARLO
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Se llamaba Eugenio Bossia (o Bocia, quién sabe cómo se escribe). Había peleado en la Primera Guerra, pero a diferencia de otros no le escuché nada sobre el pasado. Sabíamos que era genovés y hablaba, muy poco, casi sin mover los labios ni separar los dientes. Su observación predilecta, en aquellos años del primer gobierno peronista, era que todos los peones estaban soliviantados con la jornada de ocho horas: "Estamos mal por el asunto de lasochosora", repetía, sin separar las palabras.
Para don Bossia, la idea misma de una jornada de trabajo era singularmente inadmisible. Venía de un mundo campesino donde se trabajaba hasta caerse muerto, sin que los horarios interrumpieran los cuidados repetidos e ilimitados a las plantas y los animales. Una vez por semana, las mujeres de mi familia íbamos a la quinta de don Bossia, a comprar fruta, verdura, conejos o menudencias de chancho que nadie sino él ofrecía en ese pueblo del norte de Córdoba. La quinta de don Bossia estaba a unos mil metros de nuestra casa, separada por un rectángulo de bosque bajo, sin desmontar, que atravesábamos por el sendero. Al llegar, casi abruptamente, se alzaba un macizo de un verde profundo, un cerco cubierto de enredaderas y, enseguida, la húmeda galería de la casa. A pocos metros, el chiquero se extendía como un piletón de barro hediondo. Inevitablemente, alguna de las mujeres decía: "No sé cómo este hombre puede vivir al lado de toda esta porquería".
Golpeábamos las manos, gritábamos "Ave María purísima" y aparecía don Bossia, con boina y faja negras. Nunca entrábamos a la casa; es más, tengo dudas de que don Bossia alguna vez pasara largo rato bajo ese techo; creo, más bien, que comía y dormía en la cocina, al lado del fogón. Nos ofrecía agua, servida de una botella de vidirio verde que subía, chorreante, de la oscuridad del pozo. Después empezaba la compra: los conejos estaban vivos en sus jaulas, y don Bossia, sin amagues, cazaba lo que le habíamos pedido, traía un banquito de la cocina y, ahí nomás, les metía cuchillo. Con la destreza natural de una artesanía centenaria, desollaba el conejo, lo abría al medio, lo vaciaba y lo colgaba de algún alambre: "Después se lo llevo yo -decía-; vamos a dejarlo un rato al sereno". Las vísceras del conejo iban directamente al chiquero y los chanchos se les tiraban encima, empujándose y resbalando en el barro: eran un "boccato di cardinale", me decía don Bossia a mí, que miraba atónita.
Después don Bossia nos ofrecía lo mejor de la quinta. Podía ser alguna sandía, a la que hacía resonar con los nudillos, algún zapallo, uvas o una docena de duraznos. Me invitaba a cortar dos o tres higos, de una higuera española que daba unos frutos carnosos, violentamente hinchados, pero un poco insípidos. Regresábamos con las frutas en una canasta, cuando ya se había puesto el sol y comenzaba a subir un relente de pasto que se mezclaba con la fetidez de los chanchos.
Un verano, al llegar, nos enteramos de que don Bossia se había casado. Las mujeres de la familia hicieron un paquetito con una carpeta de seda cruda y nos fuimos a conocer a la recién llegada. Era una criolla traslúcida, de hombros estrechos y grandes ojos negros, sombreados de un modo que luego se juzgó enfermizo. Se llamaba Marquesa y sus brazos eran finos. Por primera vez entramos a la casa y ella nos sirvió té en unas tazas de porcelana.
Marquesa me pareció lindísima y mucho más joven que don Bossia; había colgado cortinas, y un retrato de casamiento, vidriado y coloreado, en el que don Bossia aparecía de traje y ella con un vestidito gris claro, puntillas en el escote, un abanico en las manos entrelazadas que él sostenía entre las suyas. Marquesa se enfermó al poco tiempo; la cabeza envuelta en un trapo blanco que sostenía las rodajas de papa cruda sobre la frente, pasaba las horas tirada en la cama, quejándose de jaqueca y convulsiones. Desde el primer día, en mi familia se observó que Marquesa no era adecuada para don Bossia. Las mujeres con problemas sólo podían ser burguesas.
http://www.clarin.com/diario/2005/01/30/sociedad/s-912898.htm
MATIAS BRUERA, SOCIOLOGO
La preocupación casi obsesiva por la manera en que se degusta un vino o por descubrir nuevos sabores parece más teñida por la necesidad de aparentar que por disfrutar realmente de la comida.
Claudio Martyniuk
cmartyniuk@clarin.com
Un sector social cambió sus hábitos de consumo de alimentos y bebidas. Puerto Madero, Las Cañitas, Palermo Hollywood son los puntos geográficos más representativos de esos cambios. ¿Cómo pudo darse el desarrollo de una especialización exquisita acompañada de un empobrecimiento masivo?
—Pensando en la alimentación, y más allá del problema distributivo, se viene registrando una homogeneización en la producción de alimentos. Y lo curioso es que esto se da junto a una diversificación del gusto. Se afinan los paladares y se homogeneiza la producción. La soja es un ejemplo muy concreto, con el progresivo aumento de la superficie que se le destina. Por el otro lado, ante el vino y la gastronomía domina una posición snob, y llega a ser impúdica la exacerbación de la cuestión gastronómica. El hambre es una situación asemejable a una catástrofe, como si la Argentina se hubiera partido, como si la hubiera arrasado una especie de huracán. La mitad de la población entró en condiciones de no poder subsistir, mientras que un grupo sigue cultivando el hábito de la exquisitez, de la magnificencia, de la mesa como sortilegio de las formas. Unos, entonces, se preocupan por la manera en que se toma una copa, la manera en que se acerca a la nariz para utilizar el olfato, la manera en que se degusta y que se traga, mientras que muchos otros apenas logran calmar el hambre.
# ¿Este enriquecimiento de la sensibilidad, este refinamiento de unos podría interpretarse como un adormecimiento de la sensibilidad ante la mayor hambruna en nuestra sociedad?
—Hay algo que no sé si hemos llegado a captar, porque es bastante reciente: la naturalización del hambre. Y esto se da mientras el gusto de otros se fue refinando y marcando diferencias de clase. Y en ese sentido, me parece que la distancia social se profundiza con la agudeza de la sensibilidad. La Fisiología del gusto, el libro clásico de Brillat-Savarin, describe la degustación como una suma de sensaciones: una directa, otra más compleja y otra refleja. El hambre no participa de ese ritual de análisis.
# ¿Puede aclararlo?
—Hay dos expresiones literarias de esta contradicción. En En busca del tiempo perdido, de Proust, el personaje que relata trata de recobrar el tiempo, y lo hace a partir de las magdalenas y el té que está tomando, que le hacen recordar cierto tiempo pasado. Pero al final termina diciendo algo así como que "la verdad no estaba en las magdalenas o en ese té, sino básicamente en mí", que es lo que había dicho Savarin. Por otro lado, Dante Alighieri, en un pasaje del Purgatorio de la Divina comedia, hace lo mismo, pero en relación al hambre. El hambre es absolutamente personificado. Cuando muestra a los hambrientos, la persona es comida por el mismo hambre; la persona es el mismo hambre. Está tan absolutamente débil que se le ven los huesos, casi el interior del cuerpo. Se descubre que la persona es el hambre mismo, o es comida por el hambre mismo, como si el sujeto fuera arrebatado por el objeto. La idea del gusto es burguesa, porque supone la libertad de elección absoluta. En cambio, los pobres no pueden elegir, están condenados a subsistir. Pero, ¿qué es una fisiología del gusto? Es una forma de estereotipar, es una cuestión de recepción y, como tal, tiene que ver más con la persona que lo recibe que con la propia obra culinaria. Entonces, me parece que, en un punto, el poder de apreciación culinario en la Argentina podría leerse como correlativo a la negación del hambre.
# ¿Por qué?
—Insisto: porque aparece de manera exacerbada. La mitad de la población roza una especie de catástrofe y no puede comer o come muy mal y otra parte de la población refina sus paladares.
# Esta polarización parece hasta haber barrido el vino de mesa.
—Sí. Cada vez crece más el consumo de vino de calidad y el del vi no de más baja calidad, el que ni siquiera se vende en botellas. Antes los vinos decían vino de mesa; ahora siguen el gran invento de los norteamericanos de los cepajes, concebido para competir con los franceses. Los grandes vinos franceses en general eran combinaciones de uvas. El gran invento norteamericano es estereotipar, reconocer los cepajes y hacer de ellos una especie de valor significativo para el vino. Barthes decía que "el vino es una sustancia noble, es una sustancia sumamente agradable, pero nunca va a ser una sustancia del todo feliz, porque es causal de una expropiación", refiriéndose al trabajo que tiene por detrás.
# ¿Cómo conciliar que en el mismo país crezca la necesidad de abrir comedores populares y carreras de gastronomía que desbordan por sus matrículas?
—No hay dialéctica que pueda explicarlo, que pueda comprender la adopción, por un lado, del sibaritismo y, por el otro, la imposición del hambre. ¿Qué dialéctica puede explicar el refinamiento de los sentidos, la sensibilidad gastronómica y el recurrente contacto de muchas personas con nuestros desperdicios? Tampoco puede explicarse la creciente oferta de escuelas de gastronomía y de sommeliers frente a una masa de personas desprotegidas y hambreadas. Ya hay una industria; la cuestión gourmet dejó de ser un mito y se ha constituido en una industria. La distinción en el gusto, en el refinamiento de los paladares, el sibaritismo, lo que hace es marcar más las diferencias sociales, separa más a las clases, las estereotipa y diferencia. Las clases populares quedan reducidas a anatomías voluptuosas porque, en realidad, están circunscriptas a la apreciación del alimento como condición del ser, como condición de la subsistencia; mientras que las clases más altas privilegian más que nada la forma y el parecer, consumiendo alimentos más digestivos y menos calóricos. Esa obsesión por lo light muestra la correspondencia del deseo alimentario con un ideal estético. Además, hay que prestarle atención a cierta lexicalización.
# ¿Por ejemplo?
—Fíjese que a alguien que se desprecia se lo llama "grasa". Esto tiene que ver mucho con la alimentación. Son las clases populares las que comen básicamente cosas con gran carga calórica como para poder subsistir. En esa comida está puesta en juego básicamente la subsistencia, no el parecer, el aparentar.
# En muchos lugares parece comerse, básicamente, el nombre del plato, más que su contenido.
-Sí, hay una terminología imposible de descifrar, propia de cada chef. Y lo mismo pasa con la llamada comida fusión, que sería mezclar, por ejemplo, algún aspecto de la comida armenia con cosas de la comida italiana. Pero como me dijo alguna vez un chef, la comida fusión es, en realidad, el exponente más claro de la comida confusión, porque no se sabe muy bien qué se come, porque los gustos se mezclan y eso se acompaña de palabras indescifrables. Un menú es retórica que relaciona el gusto y la representación, pero se hace en los restoranes de Palermo de un modo cada vez más lejano, con palabras como imposibles de develar. Ante los vinos eso es muy claro en el lenguaje de los críticos, que hablan de un vino "avainillado, pimentoso", y esto sin mencionar otras calificaciones más metafísicas, como "mágico".
# En alguna oportunidad se ha denunciado que el vino argentino se exporta menos de lo que se podría porque algunos empresarios defraudan la calidad comprometida. ¿Es así?
—Hay un personaje de Roberto J. Payró que es el Laucha, que toma vino carlón y que se dedica a falsificar vinos. Se da cuenta de que puede embotellar vino de mala calidad y venderlo como vino de gran calidad. Hace unos años me enteré, por un bodeguero, que unos argentinos hicieron lo mismo vendiendo vino a Oriente. Mandaron una muestra excelente y después el embarque se hizo con una calidad diferente. Gran parte de la desconfianza respecto de la cuestión exportadora argentina tiene que ver mucho con eso. En realidad, Payró anticipa la frase de Gombrowicz: "La Argentina es un pastel que no terminó de levar." Y yo creo que no terminó de levar, básicamente, porque no puede sentar a toda la sociedad a la mesa. También esto se vincula a la idea del no poder ser y querer. Y ése es el mito gourmet: el no poder ser acompañado de un querer que lleva a ser falsamente. Por eso, la mejor representación de la cuestión gourmet es la apariencia.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/01/30/z-03215.htm
Copyright Clarín, 2005.
Por Sandra Russo
–Sos un político honesto... –empieza Matías Martin, pero el público lo interrumpe con chiflidos. Está leyendo la siguiente pregunta del programa que conduce desde principios de enero por Telefé, Coincidencias, en el que un grupo de participantes debe elegir una opción entre varias ante una situación planteada por la producción. Va sumando puntos el que más veces coincida con la mayoría: el público de las enormes tribunas –las mismas que se usaron para Trato Hecho– también pulsa un botón y vota.
–Sos un político honesto...– retoma el conductor, y ante los chiflidos agrega:
–Bueno, bueno, alguno debe haber.
Y sigue: –Te estás por retirar, y justo te ofrecen un “arreglo” de cincuenta lucas. Nadie se va a enterar. ¿Vos qué hacés? ¿Arreglás o no arreglás? Opción A: arreglás. Opción B: no arreglás. ¡A votar! ¿A ver qué votan? ¿Salvás tu trayectoria transparente o te retirás con las cincuenta lucas?
La amplísima mayoría vota la opción A. El resultado parece contrariar al conductor, que con una leve mueca de rechazo amonesta:
–Ah, nos quejamos de los políticos, pero arreglamos todos, ¿eh?
La mayoría de Coincidencias es una mayoría televisiva tallada sobre el cinismo, la canchereada pública y la jactancia privada. Al principio hubo incluso guiños de la producción para ver qué rumbo tomaba esa mayoría construida sobre la marcha, al calor de la cámara encendida y los consensos atrevidos que sólo se manifiestan en patota.
–Te vas de vacaciones y le tenés que dejar las llaves de tu casa a alguien. ¿A quién elegís? ¿A Carlos Grosso o al Gordo Valor?
Esa fue una de las preguntas generadas, presume el observador, para medir cierto código general: ¿Prefiere la gente al ladrón de blindados o al ladrón de guante blanco? El guiño hubiese sido elegir al Gordo Valor. Pero la mayoría no dudó. El 90 por ciento del público le hubiese dejado las llaves de su casa a Carlos Grosso.
–Estás yendo a trabajar. Si llegás tarde podés perder el presentismo. Ves que un ciego, al lado tuyo, está por cruzar la calle. ¿Vos qué hacés? Opción A: Lo ayudás. Opción B: Mirás para otro lado.
¿Adivinen qué votó la mayoría? ¿Es necesario aclarar que miraría para otro lado? La constancia en la elección de la opción más políticamente incorrecta por parte del público (y de los participantes, que para ganar votan lo que creen que votará la mayoría), incluso le ha venido sacando la necesaria intriga al programa, restándole el módico suspenso pretendido. No hace falta que la locutora lea el resultado de la votación: va de suyo que entre varias opciones la gente habrá elegido la más egoísta, la más miserable, la más piola, la más desleal. Ultimamente, para devolverle algún intríngulis a las respuestas, las opciones no son aparentemente “morales” sino “abiertas”:
–Estás embarazada y te van a decir el sexo de tu primer hijo, qué elegirías: opción A, nena. Opción B, varón. ¡A votar!
De doscientas personas, ciento cincuenta votaron “varón”. Lo que se dice una tribuna con perspectiva de género... masculino.
Y así va transcurriendo, penosamente, un programa de entretenimientos veraniego en el que queda expuesto cierto alter ego mayoritario argento, en el que las coordenadas públicas se cruzan en perfecto movimiento con coordenadas privadas: la gente no dudaría en hacer trampa si le conviene, como tampoco dudaría en traicionar a una pareja o a un amigo, siempre y cuando en el horizonte flamee la ventaja personal, la garantía de anonimato o una recompensa. Puede uno imaginarse que, tomados uno por uno y en otras circunstancias, esos mismos participantes elegirían otras opciones, pero la abrumadora potencia de la mayoría dibuja ahí en el aire el viejo enano fascista que aflora en masa y al que no lo amilanan los pruritos éticos. Es más: parte de la estrategia del enano fascista es agazaparse en lo grupal, por un lado, y sostener el supuesto, por el otro, de que el “entretenimiento” dispensa de la ética. Lo correcto, se sabe, es aburrido.
Estas dos preguntas no existieron en el programa, existen en la realidad. Pero a la luz de cómo reaccionan las mayorías televisivas, formularlas podría ser atroz:
–Sos el dueño de un boliche habilitado para 1037 personas, pero hay 4000 que quieren entrar. ¿Vos que hacés?
O:
–Sos un inspector municipal y tenés que clausurar un boliche con fallas de seguridad, pero te ofrecen una buena cometa. ¿Vos qué hacés?
Si Dios existe, que nos salve de las respuestas.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-46767-2005-01-30.html
Vargas Llosa analiza la política nacional
“Hay un cierto orden en la Argentina que no había, lo que seguramente explica la popularidad del presidente Kirchner. Pero al mismo tiempo hay una retórica, unos gestos y unos desplantes que no dejan de ser preocupantes. Eso puede tener, quizá, beneficios políticos inmediatos, pero no en el mediano y largo plazo.”
La sólida presencia del escritor Mario Vargas Llosa en el escenario intelectual –desde la narrativa, el ensayo, la dramaturgia, el ensayo y el periodismo– le concede crédito suficiente para lanzarse con opinión crítica sobre los diversos acontecimientos de la actualidad.
Observador constante de la realidad latinoamericana, el fugaz paso del autor de “Conversación en la Catedral” por la política peruana también le permitió sumar elementos en el inagotable intento de comprender profundamente los matices de la sociedad en los distintos países de la región.
Por ello era dable esperar que durante la entrevista con LA NACION, Vargas Llosa subrayara: “En América latina necesitamos gobernantes muy responsables. Sobre todo, los gobernantes que se consideran de izquierda. Es importante que la izquierda también sea realista y sensata en América latina".
El narrador peruano-español llegó a Buenos Aires para asistir a la reposición teatral de su obra "La señorita de Tacna", protagonizada por Norma Aleandro, y para recibir el Premio Konex Mercosur, entregado ayer por la Fundación Konex, en un acto en el que destacó "el barniz de ciudad literaria" que tiene Buenos Aires. El mismo reconocimiento recibirán otros conspicuos escritores de la región, como Augusto Roa Bastos, Rubem Fonseca, Idea Vilariño, Nicanor Parra y Néstor Taboada Terán.
-Hace un año, en la Feria del Libro de Guadalajara, usted fue crítico con el presidente Kirchner. Lo definió como demagogo. ¿Sigue pensando igual?
-Mire, hay un cierto orden hoy en la Argentina que antes no había, lo que seguramente explica la popularidad del presidente Kirchner. Eso, pues, hay que celebrarlo, luego de la situación caótica y el desbarajuste terrible que hubo. Al mismo tiempo, eso está mantenido en medidas responsables. Tiene un ministro de Economía que parece una persona muy responsable y que no está cayendo en el peligrosísimo populismo que tanto ha hecho padecer a la Argentina. Pero también hay una retórica, unos gestos y unos desplantes que no dejan de ser preocupantes. Eso puede tener, quizá, beneficios políticos inmediatos, pero no en el mediano y largo plazo. Necesitamos gobernantes muy responsables. Sobre todo, gobernantes que se consideran de izquierda. Es importante que la izquierda sea realista y sensata también en América latina. Que siga los ejemplos de la izquierda europea. En la mayor parte de los países europeos, hoy hay gobiernos de izquierda o de centroizquierda que hacen políticas liberales. En España, en Inglaterra, eso ha tenido resultados enormemente positivos para el desarrollo y el progreso. En América latina, hay un caso interesante: el de Lula, en Brasil. Está en la senda de un Felipe González, de un Tony Blair o de un Rodríguez Zapatero. Aunque de a ratos utiliza una retórica un poco demagógica y populista, está en un buen camino. Eso nos gustaría también ver en el presidente Kirchner.
-¿Le preocupa el peronismo como partido único en la Argentina?
-Sin ninguna duda. Yo confieso mi perplejidad ante el fenómeno del peronismo. Es muy difícil de entender. Hoy, la Argentina sería probablemente uno de los países más ricos y poderosos del planeta, como lo fue en un momento de su historia. Siempre recuerdo que cuando las tres cuartas partes de Europa eran subdesarrolladas, este país era desarrollado. No sólo por la potencia de su industria, sino porque su educación era una de las más eficientes del mundo. Era uno de los países más cultos y mejor educados del planeta. Es muy triste, como he visto yo anoche, ver a la gente escarbando la basura en Buenos Aires. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo ha podido ocurrir este derrumbe? Ha habido allí una responsabilidad del peronismo. Claro que también la hubo de las dictaduras militares. Pero el peronismo lleva a la Argentina en sus hombros hace muchísimos años. Y, pese a ello, hay una lealtad, una confianza de una masa enorme de argentinos. ¿Cómo uno no se va a sentir perplejo y completamente confundido?
-Usted es un intelectual que participa de distintos foros en muchos países. ¿Cuál es la imagen que la Argentina tiene hoy en el exterior?
-En Europa, donde paso la mayor parte de mi tiempo, por un lado está Borges, una sombra que crece con el tiempo, que cada vez es más influyente y ya adquirió la condición de un clásico. Mucho más rápido que cualquiera de sus contemporáneos. Y, por otra parte, están los US$ 150.000 millones de la deuda externa argentina, que crece tanto como ha crecido el prestigio de Borges, pero que provoca estupefacción. ¿Cómo fue posible esto? Pero uno llega a Buenos Aires y hay una vitalidad extraordinaria. La vida cultural es muy interesante y con la crisis se ha robustecido. La ciudad respira energía. No hay que perder la esperanza.
-Usted conoció a Juan Carlos Blumberg, el ciudadano argentino que se convirtió en un adalid civil a partir del asesinato de su hijo, Axel. ¿Qué opinión tiene sobre este tipo de liderazgos?
-Lo conocí en Madrid y me impresionó mucho su historia. Me la contó él mismo. Me pareció magnífico que encarnara a la sociedad civil en movimiento y en acción. Ese es uno de los canales a través del cual la sociedad civil puede intervenir, ayudando a los gobiernos, o frenando y corrigiendo sus estropicios. Es admirable su coraje cívico.
-¿Lo preocupa la proximidad del presidente Kirchner con Hugo Chávez y Fidel Castro?
-Me preocupa mucho su cercanía. Castro es el dictador más longevo de la historia de América latina. Tiene ese récord. Y por desgracia, Chávez es su discípulo, que quiere hacer de Venezuela una segunda Cuba. Además, está desquiciando a América latina, ayudando a los movimientos subversivos. Los humalas, en Perú, han reconocido que recibían ayuda del señor Chávez. Se sabe que también asiste a las FARC, en Colombia. En Bolivia, Evo Morales ha sido uno de sus protegidos. Al señor Chávez hay que pararle las manos. Hay que frenarlo, porque puede ser un factor de demolición, no sólo para la democracia venezolana, sino para el resto del continente. El acercamiento a Chávez es muy peligroso desde el punto de vista de la democracia.
-¿Es usted partidario de que el arte, la literatura y la cultura estén dotados de contenido político?
-Ni el arte ni la literatura ni la cultura pueden despojarse de contenido político, como no pueden apartarse de ninguna de las manifestaciones de la vida. El arte y la literatura son expresiones con lenguaje propio, pero lo que está detrás de ellos es la vida. Y no se puede excluir de la vida a la política, que es la organización de la comunidad, lo que hace que una sociedad avance o retroceda, produzca la paz o la violencia. Todo eso no puede estar excluido de la creación artística. Cuando la política es monopolio de una clase de políticos se convierte en un mero pragmatismo, una técnica desprovista de imaginación y de creatividad. No hay democracia que pueda funcionar sin ideas, sin imaginación, sin una constante autocrítica, sin una permanente revisión de sí misma. Para ello es necesario la participación de todos. Quienes se supone que son los profesionales de la imaginación y de la visión crítica no pueden exonerarse de la política. Al final, las obras más perdurables también son, de alguna manera, políticas, pues describen inevitablemente lo que es la vida en sociedad. Hay también un tipo de arte propagandístico, que es muy efímero, con algunos casos excepcionales de artistas, como fue Brecht.
-Las democracias latinoamericanas no parecen requerir mucho la opinión de sus intelectuales.
-El problema con los gobiernos es que quieren instrumentalizar a los intelectuales. Cuando se acercan a ellos es para ponerlos a su servicio. Eso provoca, salvo en el caso de los intelectuales oportunistas, un movimiento de rechazo muy justificado. Un intelectual debe mantener su independencia del poder. Sin esa independencia, no se puede ejercer una función crítica ni en el arte ni en la literatura y se corre un gran riesgo de ser instrumentalizado. Pero en América latina, quizá, lo más grave es el infinito desconocimiento -para no decir el infinito desprecio- por la vida cultural. Hay muy poca inversión en cultura, En general, la cultura es la última rueda del coche. Parece lo prescindible, una especie de lujo prescindible, lo cual es una gran tontería, pues la cultura es un elemento vital, un alimento fundamental para el progreso de una sociedad.
-¿Cómo define usted un clásico?
-Es una obra o un autor al que el veredicto de las generaciones eterniza como una fuente de sabiduría, de placer. Al que generaciones de lectores entronizan como dueño de un canon imposible de desconocer aun cuando se lo rechace. Un clásico es esa idea de permanencia, lo que trasciende las modas, las circunstancias, todo lo pasajero en estética y en moral. Y eso sólo el tiempo lo determina, porque el veredicto de los contemporáneos no basta nunca.
-¿Cuál de sus libros le gustaría que se convirtiera en un clásico?
-Si tuviera que elegir me gustaría que quedara "Conversación en La Catedral". Es la que me costó más trabajo, en la que estuve más perdido durante mucho tiempo antes de encontrar una fórmula que me permitiera apresar toda esa numerosa humanidad que allí aparece. La obra desborda lo local, porque el fenómeno que describe es el que, por desgracia, han vivido muchos países latinoamericanos: el autoritarismo y todo lo que significa un régimen autoritario para todas las formas de vida en una sociedad. Una dictadura puede envilecer el amor, la actividad profesional, la universidad.
-En "La tentación de lo imposible", su reciente ensayo publicado en la Argentina, aborda usted a Victor Hugo y su obra "Los miserables". ¿Qué fue lo que más lo conmovió de su investigación?
-Victor Hugo, un personaje deslumbrante, una fuerza de la naturaleza. Es un caso realmente único. Cuando era un adolescente escribió miles de versos, era famoso y vivía de sus libros. Algo inconcebible para su época, pues no tenía fortuna y su familia había caído en desgracia. Sin embargo, consiguió vivir de lo que escribía. Victor Hugo es un profesional de las letras. Estaba dotado de una facilidad fuera de lo común. Podía escribir una obra de teatro en una semana o una novela en poco tiempo. Y era, también, un trabajador incansable, con gran disciplina. Yo admiro mucho eso en los escritores. Lo maravilloso es que vivía para la literatura al mismo tiempo que vivía con intensidad fuera de la literatura. Vivía su vida familiar, amorosa, su vida pública, de ciudadano. Estuvo prácticamente involucrado en todos los acontecimientos históricos de su época. Incluso desde niño, porque su padre era uno de los generales de Napoleón, enviado a España. Victor Hugo aprendió español y de esta lengua sacó mitos, personajes, leyendas, sin los cuales el romanticismo no hubiera sido lo que fue. La obra de Victor Hugo está plagada de temas y personajes tomados de la historia y la mitología española. Pese a ser uno de los grandes maestros de la lengua francesa, no hubiera escrito por lo menos la mitad de su obra sin la influencia española. España le dio una idea profundamente romántica de la vida como aventura, del individuo como protagonista principal. El español fue su lengua secreta, que le permitía registrar lo prohibido. En sus diarios, todas las picardías y los excesos que se permitía los escribía en español. Sobre todo, en los diarios del exilio, que son secretos, contaba en nuestro idioma las libertades que se permitía con el servicio doméstico. El español fue la lengua del pecado y de la libertad para Victor Hugo.
-¿Y para Vargas Llosa?
-Yo utilizo la lengua con absoluta libertad, pero en otro contexto, donde no tiene mucho mérito. En el siglo XIX, sí tenía importancia, sobre todo tratándose de una figura respetada desde el punto de vista intelectual y político. A pesar de ser un escritor con una obra caudalosa, Victor Hugo vivió intensamente su tiempo, no se exoneró prácticamente de ninguna experiencia fundamental: viajes, amores, pasiones y la aventura política. Fue un gran mentor ideológico, y todo eso lo canalizó hacia la literatura. Fue, además, un escritor convencido de que la literatura no es sólo una elevada forma de entretenimiento, sino que era fundamental para cambiar la vida y la sociedad, incluso para explorar la trascendencia. El estaba convencido de que "Los miserables" era una obra religiosa que exploraba el tema de la redención, de la superación espiritual y moral del ser humano. De ahí nació esa locura a la que le dedicó unos 14 años al final de su vida. Quería demostrar que en un momento Dios perdonaría al diablo, y desaparecería la idea de la caída y el pecado. Creía que sólo habría paz y felicidad en la ultratumba.
-¿Integra su ensayo sobre Victor Hugo una trilogía con sus anteriores obras críticas sobre García Márquez y Flaubert?
-Pues yo creo que sí. De alguna manera, están en la misma línea. Son monografías sobre un libro, un momento creativo. Y hay una continuidad para deslindar lo que es la realidad y la ficción, y las relaciones entre ambas. Justamente, la importancia de esas obras está en la autonomía que los autores consiguieron darles, tanto a "Madame Bovary" como a "Los miserables". La crítica es una dimensión de la creatividad y de la imaginación, aunque yo en mis obras críticas me tomo muchas libertades.
Por Susana Reinoso
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=675101
Por Osvaldo Bayer
El ambiente del jueves pasado en Alemania impresionó, sin lugar a dudas. Los actos en el Bundestag, las legislaturas provinciales, la edición de los diarios –con tres o cuatro páginas dedicadas al tema– y la transmisión del acto en Auschwitz, en recuerdo del máximo crimen cometido por el ser humano contra otros seres humanos, quedaron como señal de que jamás debe olvidarse el Holocausto. Más todavía, quien fuera largos años embajador de Israel en Alemania, Avi Primor, dijo en el acto de Düsseldorf: “La cultura de la memoria histórica de los alemanes y su disposición a aprender del pasado es verdaderamente un modelo. ¿Dónde, por cierto, se encuentra una nación en el mundo que haya levantado monumentos para recordar su propia vergüenza? Hasta hoy, sólo los alemanes han tenido el coraje y la autocrítica para hacerlo”.
Claro, la pregunta es fundamental: ¿cómo fue posible Auschwitz? El asesinato de más de un millón de presos luego de humillarlos y castigarlos hasta superar toda imaginación de la maldad?
La televisión alemana trajo el testimonio de guardianes nazis del campo de la ignominia. Y la realidad le da la razón a Hannah Arendt cuando escribió La obscenidad de la maldad. Los reportajes no pudieron ser más obscenos. Las bestias uniformadas no desmintieron ningún crimen. Describieron en todos sus detalles las cámaras de gases, el trabajo esclavo, los castigos que propinaban y la muerte. “Los sanos iban al trabajo, los viejos, niños y enfermos, al gas”. Así, directamente, al gas. No es que estuvieran orgullosos por lo que habían hecho, pero sí de que habían cumplido con lo que les mandaron a hacer. Y ellos cumplieron. Obediencia debida.
Obediencia debida, argumento que el fiscal alemán del tribunal contra los asesinos de Auschwitz, Fritz Bauer, en Francfort, en 1963, negó como derecho. “No se puede alegar obediencia debida jamás en crímenes de lesa humanidad”, lo dijo Fritz Bauer. Verdad pura que no fue utilizada por los radicales de Alfonsín al aprobar la ley de obediencia debida para perdonar a todos los torturadores y asesinos de la dictadura militar de la desaparición de personas. Cuando se les preguntó a los guardianes de Auschwitz si habían matado a prisioneros, respondieron que sí, de inmediato. Y al reprochárseles esta conducta, se sorprendieron y respondieron: “Y qué quiere que hiciéramos si teníamos la orden”. Y basta. La única moral, la obediencia debida. (Un recuerdo argentino que no nos va a dejar en paz con nosotros mismos, cómo fue posible esa ley. Habría que invitar a todos los diputados y senadores radicales que votaron esa ley y preguntarles si la votaron porque habían recibido la orden.)
Los tres guardianes dijeron algo irrefutable: “Si hubiéramos ganado la guerra seríamos héroes y no asesinos”. Lo obsceno de la maldad. Si no hubiera habido guerra esos tres guardiacárceles de Auschwitz habrían seguido siendo carteros, o carpinteros, o enfermeros, profesiones que habían ejercido anteriormente. Pero les tocó en suerte ser enviados con uniforme a Auschwitz y fueron torturadores, asesinos, verdaderos bestias por la obediencia debida. Un millón de muertos por ser judíos, gitanos, comunistas, homosexuales o discapacitados. La obscenidad de los crueles, de los “normales” que se degeneran porque tienen mando, uniforme, poder sobre el indefenso.
Pero no fue todo oro lo que reluce en la Alemania de la memoria. Los siete diputados neonazis pegaron el gran golpe en la Legislatura de Baja Sajonia al retirarse de la sesión donde se pidió un minuto de silencio por las víctimas de Auschwitz. Se retiraron porque no se había pedido al mismo tiempo un minuto de silencio por los cincuenta mil alemanes muertos (casi todas mujeres y niños y ancianos) en el bombardeo de Dresden realizado por los ingleses en los últimos días de la guerra, cuando esa ciudad abrigaba a los civiles fugitivos de las provincias del Este, ante el avance ruso. Una actitud oportunista e irracional, típica de los neonazis, los admiradores de la irracionalidad. Lo justo hubiera sido ponerse de pie por las víctimas de Auschwitz, y luego, pedir lo mismo, en febrero, en el aniversario de los muertos de Dresden. Pero fue muy oportunista la actitud de esa extrema derecha.
Ahora se han alzado las voces de prohibir para siempre a las organizaciones neonazis. Estamos en contra de esa prohibición; los detrictus de una sociedad deben quedar a la luz. Deben salir a la superficie para ver lo que son y lo que quieren. Pese a esporádicos aumentos de votos –voto castigo a los partidos gobernantes– no dejan de ser una minoría absoluta. Quieren el tiro fácil, el puñetazo y el palo para disciplinar a la juventud. Los conocemos, en la Argentina tenemos a los Patti, a los Bussi, a los Rico, a los Blumberg.
En todas las escuelas de Alemania se dieron clases explicando Auschwitz, el racismo, el autoritarismo, la crueldad. Se repartieron libros sobre el tema. Es impresionante la cantidad de títulos que analizan la tragedia inexplicable por su extrema crueldad.
Pero, decíamos, no es todo oro lo que reluce. Acaba de ocurrir en Alemania algo inexplicable e increíble. El gobierno de Brandemburgo acaba de suprimir de la enseñanza escolar el análisis del genocidio armenio. Los turcos asesinaron en la segunda década del siglo pasado a más de un millón de armenios. A los hombres los ahorcaron y a las mujeres y los niños se los dejó morir de hambre.
Una matanza que conmovió al mundo. Turquía jamás pidió disculpas por tamaña matanza oficial. Más, aún hoy lo sigue negando. Pues bien, como en Alemania es tema de enseñanza, el embajador turco en Berlín invitó a almorzar al ministro de Educación de Brandemburgo y le pidió –para mejorar las relaciones entre los dos pueblos– que se anulara la tal enseñanza del programa de estudios. Y el ministro alemán aceptó. Algo indescriptible, inaceptable. Cuando se conoció la medida, toda Alemania reaccionó. Toda la prensa criticó la debilidad y cobardía del ministro germano. El escándalo político ha llevado al gobierno a decir que a partir del próximo curso se van a estudiar no sólo el genocidio armenio sino también otros cometidos en la historia del mundo.
Cuando el jueves terminó el acto en Auschwitz me nació la pregunta: ¿y la desaparición de personas, la llamada “muerte argentina” no debe ser debatida ya en nuestras escuelas: los campos de concentración, las torturas, el robo de niños (y aquí el tratamiento que recibieron las parturientas prisioneras, de un salvajismo atroz), el arrojar vivos a los prisioneros al mar, la desaparición? La desaparición, el método más obsceno de la muerte. ¿Cómo pudo pasar en la Argentina? Esa es la pregunta. ¿Por qué jamás en nuestros establecimientos educativos se habló de la eliminación del indio de nuestras pampas en manos del ejército argentino del general Roca, de la matanza de obreros en la Semana Trágica, de 1919; de la Patagonia y de la Forestal en 1921-22, durante el gobierno de los radicales? Por qué se calla el cobarde y bestial método de la desaparición de personas de la dictadura militar, o los crímenes oficiales de las Tres A durante el gobierno peronista?
En lo posible, de eso no se habla. Obediencia debida y punto final. Aquí, la pregunta obligada que me hacen en el exterior es: ¿por qué a un criminal como el marino Scilingo lo juzga la Justicia española y no la argentina? Les respondo con una frase alfonsinista: obediencia debida y punto final, y con una solución menemista: el perdón absoluto, el indulto. Veintidós años después parece que se inicia un panorama distinto, veremos. Los guardianes de Auschwitz fueron todos condenados a prisión perpetua en cárceles. En la Argentina algunos verdugos ya han muerto en sus camas ayudados por sus solícitas esposas. La Justicia es lenta. Los niños nacidos en prisión y regalados a los verdugos ya tienen casi treinta años. Crueldad y sadismo. En nuestro país, los verdugos de Auschwitz todavía estarían libres.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-46719-2005-01-29.html
Por Juan Gelman
Son verdaderamente ejemplares las elecciones del próximo domingo en Irak: muestran la clase de “democracia y libertad” que W. Bush ha prometido extender al mundo entero. Nadie sabe cómo se conformaron las listas de candidatos, nadie conoce sus programas, ni sus rostros, ni sus nombres –salvo los de unos pocos–, se vota en un país encerrado y en un virtual estado de sitio, los sunnitas no lo harán y hay indicios de que bastantes chiítas tampoco. La insurgencia declaró la guerra a estos comicios, ha multiplicado sus ataques suicidas y varios jefes militares norteamericanos admitieron que las condiciones de seguridad no existen en vastas zonas de Irak. La votación viene marcada, sobre todo, por un vicio de origen: no hay antecedente alguno de que en algún lugar del planeta se haya sufragado democrática y libremente bajo las botas de una ocupación extranjera. Y luego: no estará sujeta al escrutinio de ningún organismo internacional independiente. Paul Bremer, el ex pro cónsul de la Casa Blanca en Bagdad, se encargó de nombrar a los observadores de su gusto antes de abandonar con turbia gloria su mandato.
En Washington los decibeles han bajado. De “objetivo central de la lucha por la democracia y la estabilidad en Irak”, la importancia de estas elecciones ha sufrido diversas podas en los círculos gobernantes de EE.UU.: “No las consideramos un jalón determinante en sí mismas, creo que la mayoría del gobierno espera que la violencia continúe por mucho tiempo después de celebradas”, precisó Richard L. Armitage, subsecretario de Estado de la primera administración Bush. Y su ex jefe, Colin Powell: “La insurgencia no desaparecerá como resultado de estos comicios. En realidad, tal vez la envalentonen más” (Los Angeles Times, 17/1/05). Un nuevo informe público del Consejo Nacional de Seguridad estadounidense concluye que el terrorismo no disminuirá, antes por el contrario: el Irak ocupado –dice– reemplaza hoy al Afganistán de los talibanes como tierra de cobijo y entrenamiento de terroristas que podrían esparcirse por el mundo. “Lo triste es que hemos creado lo que el gobierno argumentó que íbamos a prevenir con nuestra intervención: la relación Al Qaida/Irak”, manifestó a la cadena de periódicos Knight Ridder (17/1/05) un funcionario de alto rango de la inteligencia yanqui que prefirió el anonimato. Es comprensible: los servicios norteamericanos de espionaje no comulgan con la mirada rosa que la Casa Blanca echa sobre Irak.
Se especula que la coalición chiíta Alianza Unida Iraquí, que lideran el gran ayatola Al Sistani y Abdel Aziz al Hakim, jefe del Consejo Supremo de la Revolución Islámica que evitó en Irán las iras de Saddam Hussein, ha de predominar en unas elecciones en las que también contienden partidos y grupos chiítas de variados matices –laicos unos, fundamentalistas otros–, casi todos encabezados por quienes la invasión norteamericana sacó de sus exilios y devolvió al país. Gane quien gane, poco cambiará. Continuará la guerra, continuará la ocupación y cabe preguntarse cuántas bajas fatales –¿5 mil, 10 mil?– está dispuesto a aceptar el pueblo estadounidense. Y gane quién gane, se verá obligado –antes o después– a buscar la retirada de los ocupantes. “Ningún pueblo del mundo acepta la ocupación –afirmó Al Hakim, probable vencedor– y nosotros no aceptamos la permanencia de las tropas norteamericanas en Irak. Consideramos que esas fuerzas han cometido muchos errores en el manejo de varias cuestiones, ante todo y sobre todo en lo que hace a la seguridad, y esto ha contribuido a las matanzas, los crímenes y las calamidades que sufrieron en Irak los iraquíes.”
Claro que los neoconservadores la piensan de otro modo: tienen viejos planes para el Medio Oriente que entrañan el aumento de la presencia militar de EE.UU. en la región. Irán, Siria y hasta Arabia Saudita están en la mira de sus hambres petroleras. Los alienta el compromiso que W.formulara en el discurso de asunción de su segundo mandato: el objetivo será el de “procurar y apoyar el crecimiento de las instituciones y movimientos democráticos en cada nación y cada cultura, con vistas a la meta final de terminar con la tiranía en nuestro mundo”. El vicepresidente Dick Cheney advirtió ya que Irán será el próximo beneficiario de esta misión “civilizadora”.
No son visiones compartidas por la opinión pública de EE.UU., que lenta y contradictoriamente va evaluando la política internacional del mesías W. Bush. “Escarmentados por la experiencia de Irak, los votantes estadounidenses se inclinan ahora por un ‘nuevo realismo’ en política exterior y de seguridad”, se titula el estudio del Civil Society Institute de Massachusetts que expone los resultados de la encuesta que realizó luego de la reelección de Bush (www.civilsocietyinstitute,org, 11/1/05). Entre otras posturas de los interrogados, se destaca la siguiente: un 43 por ciento considera prioritaria “la defensa de las fronteras de EE.UU. y la seguridad interior”, pese a la afirmación de W. de que la seguridad del país depende de la democracia en el mundo impuesta a marcha forzada; sólo un 7 por ciento coincidió con la Casa Blanca y un 6 por ciento se pronunció por “ir solos” en futuras intervenciones militares. El 64 por ciento consideró que los diferendos con otras naciones debían resolverse por vía diplomática y, con extraño fatalismo, que al menos había que lograr que la acción militar posible fuera multilateral. El 71 por ciento estimó que la intervención unilateral y la invasión a Irak tornaron a EE.UU. más vulnerable a los ataques terroristas. Dos tercios rechazaron una ocupación prolongada de Irak o Afganistán. El 81 por ciento piensa que el acceso al petróleo del Medio Oriente juega un papel en la política exterior de su país y el 75 por ciento se opone al uso de la tortura, aunque se aplique a terroristas. Pareciera que los “democratizadores” de EE.UU. andan medio solitos en EE.UU. En el mundo, ni hablar.
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Por Jack Fuchs
Para la narración de la historia –los historiadores usan aquí mayúsculas que evito– sesenta años es nada más que un parpadeo del tiempo, para un hombre es casi todo su tiempo. De modo que un hombre, aunque sólo sea por una mínima razón de perspectiva, no habla como historiador o como filósofo, por más que el filósofo o el historiador no sean más que un hombre. Hace sesenta años que la historiografía, y casi la entera totalidad de la literatura que se ocupó de pensar el campo de concentración como objeto, viene diciendo que el 27 de enero de 1945 Auschwitz fue liberado. Yo mismo usé esa terminología. Pero liberar supone una acción voluntaria, una decisión política, militar, una forma de intervención específica y concreta. Y no fue eso lo que ocurrió en Auschwitz. Auschwitz, del ’41 al ’45 fue ignorado por los aliados. Los campeones de la libertad, de la democracia y el progreso humano, los líderes del antinazismo estaban ocupados en asuntos de más vasto alcance: se trataba de ganar la guerra. De conquistar hegemonía política, económica y militar en ese escenario europeo devastado por la misma lógica de la guerra. Y en la guerra, como se sabe, las personas no cuentan, no tienen valor.
Los aviones aliados sobrevolaron los campos desde 1944: jamás bombardearon una sola cámara de gas, los hornos crematorios jamás fueron concebidos como objetivos militares de guerra. Bombardearon Munich, pero no bombardearon Dachau, que está al lado, o Slesia, un verdadero objetivo militar porque allí se concentraba parte de la industria alemana de guerra, pero no bombardearon Auschwitz, a muy pocos kilómetros de distancia.
Habría que decir: hace sesenta años que Auschwitz no fue liberado. Hace sesenta años que el Ejército Rojo encontró huellas de las víctimas, barracas vacías, montañas de zapatos, de pelo humano, de anteojos, de juguetes que habían estado en manos de los niños, cadáveres sin enterrar. El general soviético Petrenko cuenta en sus memorias (Antes y después de Auschwitz) que él “liberó” el campo, pero reconoce que hasta un día antes, hasta el 26 de enero, no tenía información acerca de su existencia y que, en realidad, se dirigía a localidades cercanas cumpliendo el plan de reconquistar zonas ocupadas. Sin embargo, durante 1941 las primeras víctimas del gas en Auschwitz fueron oficiales y soldados del Ejército Rojo, fue con prisioneros soviéticos con quienes se puso a prueba el funcionamiento maquinal de las cámaras y la incineración en los crematorios. De modo que el ejército de la revolución proletaria sabía muy bien qué era Auschwitz. ¿Cómo podía pasar inadvertido que desde el otoño de 1941 hasta noviembre del ‘44 Auschwitz había producido un millón seiscientas mil víctimas? ¿Cómo se pudo mantener ocultos los trenes con carga humana, que salían de París, de Roma, de Budapest, de Praga, de Berlín, de Viena, de Amsterdam y llegaban por la mañana con miles de personas vivas que unas horas después, más bien durante la noche, quedaban convertidas en ceniza? No, no fue ningún secreto. No podía serlo. Porque los grandes movimientos de transporte, la enorme energía desplegada en esa máquina de muerte era enteramente visible.
Los gobiernos aliados sabían muy bien lo que pasaba. Lo mismo en el frente inglés-americano que en el frente soviético. Los ingleses se atribuyen haber “liberado” Bergen Belsen y los norteamericanos, Dachau. Pero tampoco fue así. Los ingleses y los americanos encontraron los campos. Antes de que el ejército soviético llegara a Auschwitz, los alemanes habían huido llevándose con ellos a los prisioneros en lo que se conoce como la Marcha de la Muerte, camino de Alemania. El comandante de Auschwitz, Rudolph Hoss, fue apresado en Alemania, enviado a Polonia, juzgado y colgado frente a una de las barracas de Auschwitz en 1947.
En el ’45 yo estaba en Dachau, providencialmente me habían llevado ahí desde Auschwitz, y ningún soldado americano vino a rescatarme, los alemanes nos metieron en un tren que después abandonaron a mitad de camino; literalmente, a mí me encontraron en el cobertizo de una casa de campo en Baviera. Cuando terminó la guerra me gustaba decir que los aliados me habían liberado de Dachau. La juventud es más épica. Tardé años en comprender que no había sido así. No hubo ninguna intención de terminar con los campos. Los sobrevivientes fuimos encontrados en la ruta de los distintos ejércitos, mientras cumplían el único objetivo que se habían propuesto: derrotar a Alemania. La prioridad, la única finalidad, diría, fue la de derrotar al nazismo, y nunca la de rescatar a las víctimas. Los aliados permitieron que durante toda la guerra la matanza se ejecutara sin obstáculos.
Hoy, escribo esta nota y me es difícil retroceder en el tiempo y verme en el planeta Auschwitz (digo planeta irónicamente, para evocar la idea de que la tierra, los hombres, no podrían dar forma a una máquina semejante de muerte, pero sin embargo fue en la tierra y son los hombres), donde los SS eran dioses siniestros que decidían sobre la vida y la muerte a cada momento.
Henry Ibsen dijo que la mayoría no siempre tiene razón. Las Naciones Unidas, todas las organizaciones que preparan actos para la ocasión, la mayor parte de la prensa mundial hablan en estos días de la “Liberación” de Auschwitz, para mí se trata de una ironía de mal gusto, no puedo pensarlo de otro modo, quizá se trata sólo de una imprecisión en el lenguaje, quizá las cosas van más rápido que el lenguaje, pero no creo en esta interpretación, las palabras siguen hablando y a su modo dan cuenta siempre, fatalmente, de la verdad que ponen a cada momento en juego: las palabras y la verdad de lo que dicen y ensombrecen. Yo pregunto (me gustaría escribir como Zola: yo acuso, pero me reservo esa gravedad y ese entusiasmo ya un poco anacrónicos), ahora, 60 años más tarde, señores: ¿por qué los campos nunca fueron liberados? Y más, pregunto: ¿es la misma persona, soy el mismo, que hace 60 años, hasta unos meses antes, caminaba, si puede llamarse a eso caminar, entre los pabellones?
En la entrada de Auschwitz hay una placa escrita en 19 lenguas (hasta 1991 ese texto no figuraba ni en idish ni en hebreo), pretende dar testimonio universal de la tragedia, como cuando el turista se pasea por Le Marais, en París y lee “aquí vivió Victor Hugo”, el turista se detiene, se estremece, dice “Ah, la casa de Victor Hugo”, y después sigue, hay muchas otras cosas para ver, se hace tarde y quiere volver a su cuarto de hotel, sacarse los zapatos y tomar una ducha.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-46681-2005-01-27.html
La mirada del prestigioso jurista francés
PARIS.– A las 17.45 del 17 de enero de 1974, el abogado francés Robert Badinter concluyó un alegato de 75 minutos, en el que describió, con lujo de detalles, los últimos momentos de un condenado a la guillotina. Agotado, jadeante, con la mirada encendida por la pasión, el defensor del asesino Patrick Henry apuntó su dedo acusador hacia cada uno de los miembros de un jurado petrificado por el horror y vociferó: “¡Usted... usted... usted...! ¿Serán capaces de seguir viviendo después de haber cortado a un hombre en dos?”
En ese momento, Badinter salvó a Henry y comenzó a ser leyenda.
Siete años después, como ministro de Justicia de François Mitterrand, Badinter –hijo de un judío ruso emigrado a Francia, deportado a Alemania y exterminado en Auschwitz– obtuvo la abolición de la pena de muerte en su país.
Francia le debe, además, la supresión de la ley de seguridad del Estado y la de los tribunales militares de excepción; la posibilidad, para todo ciudadano, de presentarse ante la jurisdicción europea si el Estado francés viola sus derechos, y numerosas leyes en favor de los detenidos, de la mujer y de los homosexuales. Badinter tiene ya más de 30 años de lucha cotidiana en favor de los derechos humanos, la paz, la libertad y la democracia.
Abogado, profesor de Derecho, constitucionalista, ex ministro, ex presidente del Consejo Constitucional francés y actualmente senador socialista, este asceta de 71 años es uno de los hombres más respetados del mundo en el terreno judicial. No sólo fue un actor de primer orden en la creación de instancias jurídicas internacionales, como la Corte Penal Internacional, y autor de numerosas constituciones de los países de Europa del Este después de la caída del comunismo. También fue miembro del exclusivo High Level Panel de las Naciones Unidas, grupo de 15 especialistas que estudiaron posibles reformas de la organización internacional.
Obsesivo en su trabajo, mordaz, brillante orador, su probidad legendaria y su confianza en el futuro de la justicia han llevado a algunos a llamarlo el Ignacio de Loyola de los tiempos modernos.
-Usted hizo abolir la pena de muerte en Francia en 1981. Ese "combate de su vida", como usted lo califica, tiene aún muchos enemigos. Millones de personas piensan que la pena de muerte debería ser restablecida para los crímenes odiosos?
-En Francia cada vez son menos los que están a favor de la pena de muerte. El día mismo de la abolición se hizo un sondeo y había -como hoy en los Estados Unidos- un 65% de franceses en favor de la pena de muerte y sólo un tercio por la abolición. Yo dije que habría que esperar una generación para que la abolición fuera aceptada. Hoy la opinión pública está en su mayoría contra el restablecimiento de la pena capital. En los más jóvenes la diferencia es todavía superior. Se trata, pues, de una victoria en las mentalidades.
-¿Qué responde a quienes afirman, como lo hacen muchos norteamericanos, que la pena de muerte es disuasiva?
-En Estados Unidos la situación es extremadamente variable. La opinión pública norteamericana es muy contrastante, como lo era en Francia. Siempre es necesario encontrarle una razón a la barbarie. Entonces se dice que la pena de muerte es "disuasiva", pero la única certeza que existe es que la pena de muerte no tiene ninguna influencia en la evolución de la criminalidad sangrienta u odiosa. Esa criminalidad es indiferente a la presencia o ausencia de la pena de muerte. Es la única constatación que se ha hecho en todos los países. Si realmente la aplicación de la pena de muerte permitiera limitar los crímenes odiosos, naturalmente, ningún gobierno democrático hubiera podido resistir la presión de la opinión pública.
-También hay países que aplican la pena de muerte por otras razones. China e Irán, por ejemplo...
-No sólo Irán. La gente cree que la pena de muerte es masivamente aplicada para castigar asesinatos o actos terroristas. ¡Para nada! En la práctica actual de la barbarie, los motivos a los que se apela en el mundo para usarla son, primero, el tráfico de estupefacientes, sobre todo en los países asiáticos (Tailandia y China); luego, la corrupción, y después, el adulterio y la homosexualidad en los países que practican la charia [ley islámica] en su interpretación más fanática. Y permítame una reflexión. Con mucha frecuencia me irrita ver lo que sucede en los países occidentales. Nuestras feministas, por ejemplo, hacen campañas multitudinarias -y legítimas- contra el acoso sexual. Pero cuando se lapida a una mujer adúltera en Irán nunca hay 20.000 mujeres que salgan a la calle a manifestarse. Lo mismo sucede a veces con la comunidad gay: decenas de miles se manifiestan por el legítimo combate en favor de la igualdad de derechos, pero cuando le cortan la cabeza a un homosexual en Arabia Saudita nunca veo una protesta masiva. En otras palabras, ¿dónde está el ultraje a la humanidad? ¿En el acoso sexual o en la lapidación, en bloquear los matrimonios gay o en liquidar físicamente a un homosexual? Nadie habla de eso. Probablemente porque no les atañe directamente.
-A propósito de fanatismos, ¿el mundo se halla hoy ante una guerra santa?
-No. Para una guerra santa hacen falta dos actores. Hoy asistimos a un rechazo radical del sistema de pensamiento y de valores de Occidente. Ese rechazo va hasta el fanatismo y engendra todo lo que vemos.
-¿Esta explosión de odio y violencia podría haberse evitado si EE.UU. no hubiera invadido Irak?
-Esa violencia y ese odio estaban presentes mucho antes de Irak. El 11 de septiembre de 2001 fue antes. La guerra en Irak fue un error, pero la primera responsabilidad la tienen aquellos que optaron por el terrorismo. Yo he reflexionado mucho. No quiero que Occidente caiga en la trampa que se le tiende del doble estándar, dos tipos de moral para sociedades diferentes. Después de la Segunda Guerra Mundial, en la que ocurrieron crímenes de todo tipo, hubo una evolución, una toma de conciencia en gran parte de la comunidad internacional. Por parte de los Estados hubo una especie de voluntad de autocontrol. De esa actitud nacieron el concepto de crimen de guerra, la Convención de Ginebra, el principio de protección de las poblaciones civiles...
-¿Qué es un crimen de guerra?
-Es la prohibición hecha a un Estado de recurrir a medios inútiles militarmente, pero que siembran el terror entre los civiles mediante destrucciones masivas. Cuando uno mira la acción terrorista, que golpea a civiles inocentes para sembrar el terror y así obtener un resultado político, es lo mismo. No es diferente de lo que hacen algunos Estados y por lo cual son condenados. No veo por qué razón, tratándose de organizaciones terroristas transnacionales, la comunidad internacional no debería tener la misma reacción. Por suerte, después de haber trabajado en los estatutos de la nueva Corte Penal Internacional para castigar los crímenes contra la humanidad, conseguimos incluir ese principio. Soy partidario de adoptar una convención internacional, que nunca hemos sido capaces de elaborar, que condene el terrorismo per se, independientemente de las condiciones políticas y del momento en que se cometa contra civiles inocentes, ya sea por un Estado o por una organización. La idea de base es simple: es necesario despojar al crimen de su motivación ideológica. Sea cual fuere la razón ideológica, hay una frontera establecida, y el que la traspasa comete un crimen contra la humanidad. Ese límite es atacar masivamente a víctimas civiles inocentes.
-Si la Corte Penal Internacional hubiera existido antes quizá se habría podido juzgar allí al general Pinochet o a los dictadores argentinos. Sin embargo, ¿no cree usted que es preferible que los propios Estados juzguen a sus criminales?
-No solamente lo creo, sino que es un principio establecido en el sistema instaurado por el Tratado de Roma, que dio origen a la Corte Penal Internacional. El principio es que cuando una investigación diligenciada bajo control del procurador independiente de la Corte Penal Internacional demuestra que en un Estado se ha cometido un crimen contra la humanidad, es la jurisdicción del Estado competente la que debe juzgar. En el caso de la Argentina, sería la justicia argentina la que debería juzgar a esos criminales. La Corte Penal Internacional sólo interviene si los argentinos son incapaces de hacerlo, si se niegan o si organizan un falso proceso para evitar ese juicio. La Corte no tiene competencia inicial. Pero la Corte Penal Internacional permite cerrar la trampa: "Ustedes lo juzgan o nos lo entregan". Ahora es necesario que esa Corte funcione.
-¿Es partidario del derecho de injerencia?
-El derecho de injerencia no existe. Es necesario abandonar ese término desafortunado que hace erizar, legítimamente, a los países en vías de desarrollo, que lo toman como una forma de neocolonialismo. Ese concepto quiere decir: "Tengo derecho de entrar en tu casa debido a lo que haces". De lo que se trata es del deber de asistencia humanitaria. Uno debe ayudar a alguien que se ahoga, socorrer a alguien que es atacado en la calle. De esa misma manera, la comunidad internacional no puede dejar morir ante sus ojos a poblaciones enteras sometidas a la barbarie. Yo no tengo el derecho de ir a Sudán: tengo el deber de ir a ayudar a esa gente en las condiciones establecidas por el derecho internacional.
-¿Está usted de acuerdo con aquellos que afirman que los derechos humanos deben adaptarse a la cultura de cada país?
-Los derechos humanos son universales. Todo ser humano tiene derecho a la dignidad. Si yo tomo a una persona, primer objeto de la protección de los derechos humanos, es evidente que el hombre tiene derecho, antes que nada, a no ser asesinado (sobre todo, por el Estado), a no ser herido, a no ser torturado, a no ser deportado, a no ser sometido a violaciones colectivas, depuraciones étnicas. Todos esos son derechos universales, intangibles, como también la libertad de expresión, la libertad de asociación, etcétera. Ahora tenemos también -y hay que poner el acento en ellos- el derecho intangible a no morir de hambre, a no ser abandonado a las epidemias, a no ser librado al tráfico de seres humanos. Podría citar muchos otros. En el mundo actual, gozar de un medio ambiente sano es un derecho fundamental. Lo que no es universal es la expresión de cada uno de esos derechos, la forma que éstos adoptan: la libertad de asociación o los derechos sindicales no pueden tener la misma forma en todas partes.
-Hablando de dignidad del hombre, después del 11 de septiembre de 2001, de la promulgación en Estados Unidos del Acta Patriótica y de la internación de los prisioneros afganos en Guantánamo, usted pidió públicamente un juicio justo para Ben Laden, llegado el caso. Pero ¿por qué EE.UU., una democracia que cuenta con todas las instituciones necesarias, creó una zona ilegal en el Caribe?
-Es injusto decir "los Estados Unidos". Hay que decir "el gobierno de los Estados Unidos". Por suerte, los gobiernos cambian, pero los Estados perduran. Y en este caso, no se debe confundir los Estados Unidos con las acciones del señor Ashcroft o del gobierno de Bush. En todo caso, sé que en este tipo de lucha contra el terrorismo -y tenemos muchos ejemplos en períodos de descolonización- hay una permanente tentación de abandonar o ignorar el Estado de Derecho. Los primeros artículos que yo publiqué fueron contra la práctica de la tortura de los paracaidistas franceses en Argelia, violaciones que fueron mucho más graves que las de Guantánamo. En estos casos, suele haber un sentimiento que podría expresarse de esta forma: "Aquí estamos en presencia de criminales que no respetan nada y, en consecuencia, no vamos a respetar, para ellos, las reglas comunes del derecho". Es un error absoluto: es como adoptar la moral del terrorismo. Porque se desciende al mismo nivel que el de la acción terrorista. Cuando la democracia reniega de sus valores es fatal. Lo peor es que no sirve para nada. La historia lo demuestra. No es así como se obtiene la victoria. Pero no pierdo la esperanza: los Estados Unidos son un viejo Estado de Derecho y van a reaccionar.
-Durante más de 30 años usted trabajó en favor de la independencia de la Justicia y del buen funcionamiento de las instituciones. ¿Cómo se consigue un Estado sólido que asegure a sus ciudadanos sus derechos fundamentales?
-Las reglas de juego son bien conocidas. Sólo hay que practicarlas y respetarlas: una Justicia independiente, una policía que respete los principios y procedimientos establecidos, controlada por una magistratura preocupada por el respeto del Estado de Derecho, una democracia en la que reine la separación de poderes... No se trata de una utopía. Las cosas jamás son perfectas, pero hay un cierto número de países en los cuales se podría decir que, en general, las reglas son respetadas.
-Pero ¿por qué es posible en Francia, por ejemplo, y no en la Argentina, que ha recibido parte de su herencia cultural?
-La consolidación del Estado de Derecho en Francia no fue simple: fue un proceso largo y con caídas repetidas. Pero ahora no es sólo Francia; ahora se trata de un grupo de naciones europeas. Con algunas excepciones, Europa es un continente que goza actualmente de un sistema de garantías jurídicas -algunas internacionales, como la Corte Europea de Derechos Humanos- muy superior a todo lo conocido en su historia. Actualmente en el continente europeo es donde mejor se garantizan los derechos humanos. Pero esto no se debe al azar, sino al horror de lo que sucedió antes. La inmensidad de crímenes cometidos, sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial, consiguió espantar a los europeos. Y ese horror hizo que Europa tomara conciencia de que para los seres humanos no hay salvación posible, en el sentido terrestre del término, fuera de la democracia, del respeto de los derechos humanos. Es así de simple. Es una convicción. Las guerras no resuelven nada; la violencia tampoco. Es muy profundo ese sentimiento de los europeos.
-¿Qué piensa sobre la Argentina?
-La Argentina es un país de gran cultura. Era un país rico que fue sacudido por graves crisis económicas y que, gracias a Dios, no es ni de lejos comparable con ciertos Estados africanos. ¿Qué hizo que florecieran esos terribles regímenes dictatoriales? Son los argentinos los que deberían responder a esa pregunta. No fue por culpa de una guerra. Quizá se trate de una cultura política de la cual aún no fue erradicada la violencia, donde todavía se cree que el fin justifica los medios. En Europa necesitamos mucho tiempo para poder decir ahora: "No, el fin no justifica los medios". La doctrina comunista era eso: en aras del porvenir radiante de la humanidad adoptamos regímenes con campos de concentración, deportaciones internas, corrupción policial y torturas. En ciertos países latinoamericanos, el fin -proteger los valores cristianos, luchar contra la amenaza del comunismo internacional, preservar el orden contra la revolución- servía de inspiración a los dictadores para someter a sus pueblos. Pero yo no estoy para nada preocupado por el futuro democrático de la Argentina. La cultura mundial de hoy es radicalmente hostil a toda forma de totalitarismo. Tengo menos miedo que hace 30 años: hoy disminuyeron sensiblemente los nacionalismos; las tentaciones militares parecen ridículas y casi no existe el recurso a la fuerza en las relaciones internacionales. No soy para nada pesimista.
-Hablábamos de que es necesario que la Justicia sea independiente del poder político....
-Una vez más, las recetas son conocidas. Yo estaría encantado de ir a la Argentina a explicar los aspectos técnicos de la cuestión. El problema no está en la dificultad del modelo, sino en el sistema de poder. Todo depende de la voluntad política. Los políticos tienen que admitir que para que haya una Justicia fuerte e independiente tiene que dejar de existir la corrupción.
Por Luisa Corradini
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=674166
La rutinaria excursión familiar a un pueblito cercano, convertida repentinamente en aventura.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Los más viejos recordaban que en Ischilín había vivido el pintor Fernando Fader. El pueblito seguía igual a lo que había sido treinta años antes: casas de adobe venidas abajo, cercos de piedra, higueras y tunales sobre la cuesta de una sierra achaparrada, de la que bajaba un arroyo mezquino. Todo, las casas y sus habitantes, cubierto de capas de polvo y cristales de piedra mica. Ischilín casi no tenía paisaje; sin embargo, para los raros veraneantes de Deán Funes, que tampoco tenía paisaje, era una excursión inevitable. Se llegaba a Ischilín dos horas antes de mediodía, en un taxi cuyo dueño oficiaba de baqueano, asador y guía de las señoras y los chicos. Otros hombres, en general, no participaban de la excursión; preferían armar un almuerzo en el hotel del pueblo, jugar al billar, dormir allí la siesta y esperar el regreso de la familia al atardecer, sentados en la vereda de la plaza tomando fernet o manzanilla, con ensalada de papas y perejil, lengua a la vinagreta y fetas de salame. Uno de ellos había encontrado el mejor motivo para no acompañar a los excursionistas: él no iba a hacer un viaje de quince kilómetros sólo para ver un ojo de agua, igual al que salía del caño de cualquier molino. Cuando el taxi regresaba, con la primera penumbra, sus ocupantes y el conductor se sumaban, acalorados, a la mesa del vermut, contaban las aventuras, que siempre incluían una resbalada al trepar una cuesta para llegar a la inevitable cruz de hierro o Cristo redentor que corona cualquier sierra, y mostraban los envoltorios con tunas o frascos de arrope, los costureros de paja con plumas de colores, que eran más típicos de Quilino que de Ischilín pero que los porteños compraban allí donde los veían, anticipando en varios años la pasión por las artesanías que todavía no se había desatado. El camino entre Deán Funes e Ischilín era, naturalmente, de tierra, una huella ancha, sin alisar, que subía el faldeo evitando cualquier dramatismo pintoresco. Mientras no lloviera, ese camino era tan seguro como incómodo. Los taxistas se lo sabían de memoria, en especial Paco Rubio, un hijo de andaluces que las familias adoraban y las mujeres consideraban buen mozo, por sus ojos negros, grandes y sombreados que, en aquellos años, por sí solos podían decidir sobre la belleza de una cara.
Por lo tanto, lo que para los chicos llegados de la ciudad era una aventura, no despertaba en los mayores ningún recelo. Simplemente, había que acertar con el día: al amanecer se miraba el sur, de donde llegaban las tormentas; si estaba despejado, la excursión era un hecho; el día anterior, se le había pedido su pronóstico a don Pedro el de los burros, dueño de una tropa, a quien todos consideraban una autoridad.
Sin embargo, una mañana que prometía un día inalterable mutó, a las cuatro de la tarde, en una tormenta descomunal. Los excursionistas se encerraron en el taxi, como en una caja de cristal que poco a poco se fue hundiendo en el barro. El regreso era tan arriesgado como necesario y se lo emprendió a las siete, acompañados por un paisano a caballo cuya misión iba a ser la de desenterrar el auto cuando el barro inmovilizara sus ruedas en los lugares más bajos. En un avance lento se alcanzó la mitad del viaje, donde el paisano de Ischilín iba a ser relevado por su primo, a quien se despertó en medio de la noche. De pronto, los faros del coche iluminaron un carro de ruedas altas, de los llamados jardinera, arrastrado por un caballo tobiano, que todos conocían.
En el carro venían los hombres de la familia y el dueño del caballo, envueltos en ponchos, con un olor agrio a manta mojada. Hubo una breve deliberación y los excursionistas pasaron al carro, abandonando al taxista a su destino hasta el día siguiente.
Llegaron a Deán Funes al amanecer y lo primero que se escuchó fue la voz de uno de los hombres de la patrulla de salvataje: "Con el aguacero, no pude prender un cigarrillo en toda la noche".
El dueño del caballo (que se había empapado sin tener la obligación de salvar a nadie) le contestó: "Por eso, desde chico, yo no fumo".
http://www.clarin.com/diario/2005/01/23/sociedad/s-908866.htm
JORGE CARMONA TINOCO, JURISTA
En el DF aumentan secuestros y robos. El famoso sistema del ex alcalde de Nueva York se usó contra vendedores ambulantes y cuidacoches. La lucha contra la inseguridad debe reconocer otros métodos.
Marcelo Cantelmi
mcantelmi@clarin.com
El gobierno del presidente Vicente Fox le dijo a Clarín que no es tan grave la delincuencia en su país. ¿Es así?
—Es muy grave, en particular en la capital. Lo que más le preocupa a la gente es la seguridad, aún más que la economía. Pero, claro, esto es también un elemento de pelea política.
# ¿Por qué?
—Porque el gobierno federal está tratando de que esta cuestión de la delincuencia sea percibida sólo como un problema del Distrito Federal que gobierna un alcalde opositor, Andrés Manuel López Obrador, y precandidato fuerte presidencial. Y el DF, para aminorar el tema, intenta que sea visto como una cuestión nacional, es decir, de Fox. Hay una pugna. Y en lugar de atacar el problema se lucha con las estadísticas.
# En México ha habido una historia de carteles de la droga, pero esta violencia es diferente: es urbana, son secuestros, robo de autos y ha crecido de modo notorio. ¿A qué lo atribuye?
—No quiero caer en el lugar común de echarle toda la culpa a la educación o al desempleo, pero son factores importantes. Pero esta es una delincuencia que no es ocasional, de gente que actúa por causas de necesidad. Es una delincuencia organizada que superó ya las capacidades de la policía. La policía no tiene recursos y está rebasada. La delincuencia no la respeta, al extremo que no se preocupa por ser furtiva.
# En México se pidió el asesoramiento de Rudolph Giuliani, el ex alcalde de Nueva York, y su sistema de tolerancia cero, que también interesó a algún sector en Argentina. ¿Cómo funcionó?
—Si, contrataron en el DF a este señor Giuliani para aplicar su programa. Pero claro, la ciudad de México no es Nueva York, ni por su economía, ni por su educación. Y las medidas de tolerancia cero nunca pudieron implementarse. El sistema se tradujo en verdad en represión. Se actuó por ejemplo contra los franeleros, que son las personas que ocupan una parte de la calle y cobran para cuidar el auto. También contra los vendedores ambulantes. Y hasta se preocuparon por embellecer la vista urbana, es decir, cero pintadas, cero tolerancia a los que dibujan graffiti.
# Pero, ¿y el delito...?
—No, nada. Es que esto nunca se entendió bien. Mire, yo recuerdo que estaba en Miami, una ciudad llena de gente latina, y no entendía lo de la tolerancia cero, pero ahí me di cuenta de qué se trataba y es que ante la más mínima infracción de tránsito o administrativa, se produce la reacción policial y el castigo. Es el temor al castigo. En Ciudad de México fueron contra lo más sencillo, contra los que ocupaban la calle, a los que vincularon ligeramente con el robo de autos porque quizá les decían a los ladrones los horarios de quienes estacionaban. Se podía tener una ciudad muy limpia, más bonita. Y querían correr a los vendedores ambulantes. El tema es qué hacer con esa gente, dónde la llevaban y en qué la empleaban. Y fue todo un lío, porque además eran todos votantes de López Obrador. Bueno, todo falló.
# Usted decía que la violencia se ha organizado más y que los delincuentes desafían a la policía. ¿Qué hizo posible este crecimiento del delito?
—Yo crecí en un barrio difícil y puedo decir que el que quería podía salir adelante. Por lo menos en ese momento, hace veinte años. Las generaciones nuevas, después de una crisis como la de 1994 que empobreció totalmente al país, llegaron a la sensación de "para qué sirve tener la oportunidad de estudiar si aun así voy mal". Y hay otro factor que son los medios; en especial, la publicidad de la TV, que le genera a la gente la expectativa por un estandar de vida inalcanzable. Eso causa frustración y esa frustración se traduce en ciertos sectores en algo como "si no lo tengo, lo arrebato".
# Además del experimento Giuliani, ¿qué otras cosas ha hecho el gobierno?
—Ha habido una serie de propuestas. Ahora estamos con la idea de crear un sistema muy similar al de EE.UU. con fiscales y juicios orales. Pero lo que se ha criticado de estas medidas es que no terminan con la impunidad ni están enfocadas a ello. Es decir, con llevar al delincuente realmente a proceso. Se está ahora tratando además de depurar los cuerpos de policía; se creó una policía de seguridad preventiva, que al principio fue muy criticada porque estaba integrada por miembros del Ejército.
# ¿Militares que intervenían en seguridad interna?
—Si, se demandó incluso a la Corte Suprema para que se expidiera sobre la legitimidad del cuerpo. Pero finalmente lo modificaron. Hoy es una especie de policía militarizada, pero integrada con reclutas civiles, obviamente reclutados de los sectores de más bajos recursos porque es también una manera de ganarse la vida.
# ¿Estas fuerzas han servido para frenar el delito?
—No ha sido lo más acertado porque dentro de estas fuerzas hubo ya escándalos de corrupción en la adquisición de armamentos y de helicópteros. Sigue siendo una estructura podrida que se presenta con una cara distinta. Sigue habiendo infiltración de la delincuencia organizada que opera desde la policía. Hubo casos muy sonados en que los propios grupos de lucha contra el secuestro se convertían en grupos de secuestradores: la impunidad perfecta. Todos los países que tienen problemas serios de secuestros deben poner una lupa en los integrantes de los mandos de los sistemas de seguridad.
# ¿Al aumentar los secuestros se redujo el robo de automóviles?
—No, son delitos que se mantienen con ritmos similares. Hay mucho robo de autos, que son desarmados para la venta de los repuestos. Es una mala coincidencia, pero el sitio de Ciudad de México donde está la zona que comercializa piezas sueltas de autos presuntamente robados es una colonia (barrio) llamada Buenos Aires. Y es común que se diga "pues si necesitas un repuesto, vete a la Buenos Aires, allí se consigue de todo". Usted se preguntará por qué no se atacan las madrigueras de esta gente. Bueno, yo mismo se lo he dicho a la policía preventiva durante un curso que dicté y me respondieron: "hay muchos intereses".
# ¿El ex represor argentino Ricardo Miguel Cavallo, detenido en México y extraditado a España, formaba parte de esos intereses delictivos?
—Eso fue distinto. Fue un escándalo, incluso hasta en la forma de película en que fue arrestado. Recordará que lo entrevistaron por teléfono y el periodista se da cuenta por los sonidos que escucha que Cavallo está en el aeropuerto. Le avisan a la policía y es así como lo atrapan en Cancún que era su última etapa para intentar viajar a Argentina y escapar de la extradición.
# Cavallo tenía una firma que hacía el registro de autos, pero ¿estaba vinculado con la mafia?
—El estaba al frente de la empresa que había ganado la licitación que daba el registro único de los vehículos. Quedó la sospecha de que estaba mezclado con mafias del tráfico de automóviles. No se qué tan fundado sea, pero lo cierto es que el escándalo, al conocerse su historia en Argentina, fue de magnitud tal que el programa se terminó. El pasado de represor de este hombre dejó muy cuestionado al gobierno. Y el programa, que no era malo, quedó cajoneado. Era un sistema que asignaba un número de registro único a los automóviles, lo que dificultaba falsificaciones y aún el robo.
# En el marco de esta delincuencia, ¿qué significado tiene esta ola incesante de asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez?
—Un reciente sondeo nacional reveló que de 19 millones de mujeres encuestadas por lo menos la mitad había sufrido en algún momento actos de violencia. Se conocen los casos de Juárez en Chihuahua, pero había estados como Baja California donde los niveles eran más o menos los mismos. Es decir que puede haber más casos de estos si no se hace algo pronto.
# Pero, ¿qué se sabe de los crímenes en Ciudad Juárez?
—Hay una idea de cómo fueron hechos algunos, pero no hay procesados ni detenidos. Y es muy escasa la información sobre muchas de las víctimas. Es que está además el agravante de que las mujeres que van a trabajar del centro al norte del país, muchas veces no tienen un solo familiar cercano que se ocupe de ellas. Esas migraciones rompen vínculos y dejan a estas mujeres sin la mínima protección.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/01/23/z-03415.htm
Copyright Clarín, 2005.
La visión de una prestigiosa educadora
“En los años 90 quedó demostrado que no hay una correlación necesaria entre crecimiento económico y disminución de la pobreza. La metáfora del derrame o del goteo es muy poco feliz. Basa la distribución en la saciedad de los de arriba y no tiene en cuenta la responsabilidad social.”
En un país que aún enfrenta el flagelo lacerante de la exclusión y que no termina de encontrar todavía un rumbo, la investigadora Silvina Gvirtz está convencida de que el camino para remontar la cuesta es apostar por la educación. Y afirma que la misión de la escuela es hoy, precisamente, “formar personas autónomas, democráticas, preocupadas por el prójimo, con vocación inclusiva y responsabilidad social”.
De reconocida trayectoria en el campo de las humanidades, la doctora Gvirtz dirige desde 1999 la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés y es investigadora del Conicet. Ha sido seleccionada Fellow 2003 por la Fundación Guggenheim, de los Estados Unidos, y en diciembre último fue premiada por la Academia Nacional de Educación por un trabajo de investigación orientado a desentrañar un enigma hasta hoy indescifrable: cómo revertir la crisis de la educación argentina.
Crecida en el barrio de Belgrano, Gvirtz, de 41 años, recuerda con orgullo su paso por el Colegio Nacional de Buenos Aires. Obtuvo los títulos de profesora para la enseñanza primaria, licenciada en Ciencias de la Educación y doctora en Educación en la Universidad de Buenos Aires, con calificación sobresaliente, y lleva publicados diez libros. El último es "Mejorar la escuela. Acerca de la gestión y la enseñanza", editado por Granica, donde presenta los resultados del Proyecto Escuelas del Futuro (PEF), desarrollado a lo largo de cuatro años por un equipo interdisciplinario en colegios estatales y privados (parroquiales) del conurbano bonaerense y donde se muestra que es posible mejorar las escuelas interviniendo en forma directa sobre ellas.
También dirige el Anuario de la Sociedad Argentina de Historia de la Educación y ha publicado más de treinta artículos en revistas especializadas, con referato internacional, en Inglaterra, Alemania, Portugal, Australia, Israel, Colombia, Brasil, Venezuela y Bélgica, entre otros logros y reconocimientos.
"La inclusión implica una decisión política y una responsabilidad social. No podemos seguir eternamente intentando paliar las inequidades de la sociedad a través de políticas de emergencia. La necesidad permanente de contar con estas políticas denuncia el gravísimo problema de gobierno de nuestro sistema educativo", precisa la reconocida investigadora, en una entrevista con LA NACION.
Según su percepción, el país está saliendo de la profunda crisis de 2001. La mejora de los índices básicos, como el descenso de la tasa de desocupación y el aumento del PBI, y la preocupación del Gobierno por redistribuir la riqueza son signos alentadores. "Pero persiste el problema central: la incertidumbre sobre qué va a pasar con el mediano y el largo plazo. No sabemos si se están haciendo los cambios necesarios para que dentro de diez años no volvamos a repetir el ciclo de la crisis", advierte, con la rigurosidad de una persona habituada a analizar los agitados escenarios sociales.
Para ello, prosigue, se necesitan cambios estratégicos, como apostar realmente en favor de la educación, revalorizar la cultura del esfuerzo, extender la jornada escolar, desarrollar nuevos modelos de gobierno en las escuelas y priorizar una mirada que ponga a los chicos y a los adolescentes en el centro de la escena y de las preocupaciones.
-¿La historia educativa argentina registra una crisis tan profunda como la actual?
-La crisis se fue agudizando desde fines de los años 60 y los peores picos tuvieron que ver con las más graves dificultades de la situación socioeconómica. Tuvo un momento terrible en el año 2001 y, si comparamos el estado actual con esa crisis, estamos muy mal, aunque no en el peor momento. Pero cuantos más años pasen, más difícil será revertir el proceso crítico.
-¿En qué momento uno puede considerar que empieza la recuperación?
-Desde que volvió la democracia se hicieron algunas mejoras puntuales. Una de las cuestiones más importantes para revertir la crisis es ver qué se hizo bien, no sólo qué se hizo mal, porque cada ministro, cada presidente, llega y quiere poner el primer ladrillo. Empezar todo de cero siempre es muy complejo y mucho más en los tiempos cortos de la política. Estas mejoras parciales fueron, por ejemplo, instalar en los años 90 un sistema nacional de evaluación de la calidad, iniciar procesos de descentralización, aunque sólo se provincializaron las escuelas y el sistema sigue altamente centralizado y fragmentado. En la gestión de Daniel Filmus, la meta de los ciento ochenta días de clase es una muy buena medida política, aunque después hay que resolverla y ver cómo se cumple. Es bueno poner el problema sobre la mesa. Alfonsín, por ejemplo, desreguló el mercado de libros de texto y convocó el Congreso Pedagógico. Son medidas buenas, pero aisladas y fragmentadas. Y lo que estamos necesitando es un cambio más profundo.
-¿La tarea no pasa por una sucesión de medidas aisladas sino por un plan más amplio, alguna ley?
-No una ley. No me parece que las leyes consigan mejoras en sí mismas. La ley federal de educación dice que el 6% del PBI tiene que invertirse en educación, y no se cumple. Tiene que haber un norte, saber dónde vamos a ir a largo, mediano y corto plazo, saber qué medidas hay que tomar para llegar a esos nortes señalados. No importa si son grandes o pequeñas metas. En este momento hay, a grandes rasgos, tres miradas en política educativa: las de los nostálgicos, que creen que podemos volver al viejo sistema educativo, a la ley 1420; los pragmáticos, que suponen que resolviendo cuestiones coyunturales, con políticas ad hoc y programas específicos se va a poder salir de la crisis, y los pedagogos que impulsan reformas estructurales más profundas, sin destruir todo el edificio, valorizando lo bueno que tenemos.
-Ante tantos diagnósticos catastróficos, ¿existen propuestas que realmente puedan mejorar la situación?
-Se puede hacer. Por un lado se necesita mayor inversión en educación. Chile invierte el 8% de PBI y nosotros no llegamos al 6%. Pero si invirtiéramos más en este sistema no sería suficiente. La provincia de Buenos Aires, por ejemplo, necesita imperiosamente una reforma del modelo de gobierno educativo. Se maneja de un modo muy centralizado. El Ministerio de Educación de la Nación, junto con el Consejo Federal, tiene que marcar metas claras de hacia dónde vamos. Metas académicas (qué se espera que los chicos aprendan, cómo se espera que lo hagan) y de ejecución (tasas de deserción, rendimiento interno del sistema: si hoy tenemos determinado índice de repitencia escolar, dentro de tres años tenemos que bajarla a tanto). Las provincias también tienen que tener sus metas claras. Y hay que descentralizar la modalidad en que cada escuela llegará a las metas planteadas. Hay que dar vuelta el sistema educativo. Hoy es como si estuviera patas para arriba. Es un sistema que siempre mira para arriba: para el ministerio, para los ministerios provinciales, para los supervisores. Y el sistema tiene que estar al servicio de los chicos.
-¿Hoy no lo está?
-No. Hoy los chicos y sus familias son los actores menos escuchados. Hay que volver a darles voz. El director tendría que trabajar de un modo más colegiado con los maestros. Si los padres consideran que a sus hijos se les enseña poco, tienen que tener un mecanismo para poder decirlo. Hay que consolidar mecanismos de colaboración entre la familia y la escuela. Puede haber conflictos, pero a mediano plazo generará modelos de colaboración.
-¿Qué peso tiene hoy la educación entre quienes tienen poder de decisión?
-El peso uno lo mide por cómo se distribuye el presupuesto, mucho más que con las palabras y los discursos.
-¿Esta asignación de prioridades es una decisión de la voluntad?
-Un poquito sí. Cuando se define un presupuesto hay miles de presiones y miles de sectores que pelean por mayores asignaciones. Pero hay un momento en que alguien decide priorizar, como gestión, como gobierno, como política, determinadas áreas.
-¿En esta puja por la asignación de recursos las demandas de la educación básica siempre salen perdiendo frente a las demandas de las universidades?
-Sí, salen perdiendo. Pero la pelea central no es enseñanza básica v. universidad, sino ampliar en general el presupuesto educativo. La universidad necesita un aumento presupuestario, pero en el momento de dirimir los conflictos la universidad tiene mayor capacidad de presión política.
-¿Cómo habrá que enfrentar el problema de la desigualdad?
-A largo plazo, hay que apuntar a metas claras, y un sistema de información y evaluación de la calidad que tenga cierta independencia del Poder Ejecutivo y haga un seguimiento muy fino respecto del cumplimiento de esas metas. Hoy no podemos no pensar en políticas compensatorias. Pero nosotros tenemos un sistema que en un punto genera la desigualdad. Los programas compensatorios, que deberían ser un paliativo para alguna situación de emergencia, se convierten en una necesidad estructural porque el sistema genera tanta desigualdad. Y esto lo advierte Juan Llach, que en su último trabajo muestra cómo el propio Estado provee los mejores edificios y los mejores recursos didácticos a la población que se encuentra en mejores condiciones socioeconómicas. Tendría que hacer al revés, darles mucho más a los que menos tienen. Ahí está la base de la desigualdad.
-¿A partir de la transferencia de escuelas el Ministerio de Educación tiene instrumentos para atender estas desigualdades?
-Tiene dificultades. El Ministerio de Educación tiene un rol centralísimo y debe generar políticas para garantizar la igualdad. Pero también tienen un papel central las provincias. Hay muchísima desigualdad entre las jurisdicciones. Algunas hacen las cosas bien y otras mal.
-¿Atender las necesidades sociales posterga la búsqueda de la calidad?
-Tenemos que aprender a pensar en paralelo. Lo social se tiene que resolver al mismo tiempo que lo educativo. Si uno privilegia lo social sobre lo educativo estamos en problemas. Lo educativo es social. Y hace a la calidad de vida que van a poder tener las personas en el presente y en el futuro. No hay ningún justificativo para que se diga "como tenemos una emergencia social vamos a dejar de educar". Tendríamos que estar pensando la educación de acá a cien años, qué querríamos de nuestro sistema educativo en cien años, en cincuenta, en cinco y el año que viene. Para eso se necesitan consensos sociales, porque la educación no puede ser un problema de un gobierno. Ningún gobierno va a resolver el problema educativo solo.
-Al margen de los gobiernos, ¿la sociedad valora la importancia de la educación o solamente queda en la retórica?
-La sociedad valora la escuela. Tiene muy en claro que la escuela es algo muy importante en la vida de todos. Y se esfuerza muchísimo por mandar a sus hijos a la escuelas y por darles buena educación. Hacen el máximo esfuerzo. Pero no veo que sea una sociedad en muchos aspectos preocupada por la cultura. Uno va a casas de gente de clase media y media alta y no hay libros. Es una sociedad que lee poco. Parece que se privilegia otro tipo de valores que los del mérito, del esfuerzo y la cultura. Es una sociedad que cree que con la inteligencia alcanza. Hay que tener una base de inteligencia, pero después hay que cultivarla, hay que ser culto. Resolver bien los problemas implica haber aprendido. No es algo que nace con uno y alcanza. Hay que cultivarlo, esforzarse, trabajarlo. Hay que empezar a darle más prioridad. En una casa donde no se lee habrá hijos con dificultades de lectura, por más que los padres digan "es muy importante que vayas a la escuela". La cultura tiene su parte de esfuerzo, pero también su parte placentera.
-¿Qué rumbo está tomando el país?
-En la coyuntura, se está saliendo bien de la crisis de 2001. La mejora de los índices básicos, como el descenso de la tasa de desocupación y el aumento del PBI, la preocupación del Gobierno por redistribuir la riqueza, son signos alentadores. Pero persiste el problema central: la incertidumbre sobre qué va a pasar con el mediano y el largo plazo. No sabemos si se están haciendo los cambios necesarios para que dentro de diez años no volvamos a repetir el ciclo de la crisis. Para eso se necesitan cambios estratégicos, como apostar realmente en la educación con el cambio de los modelos de gobierno de la escuela, los modos de distribuir los recursos. Son cambios que van a llevar décadas, pero hay que empezarlos ya.
-¿Cómo puede superar el país el problema de la exclusión?
-Para encarar el problema hay que operar sobre un número importante de variables. El crecimiento de la economía es una de ellas, pero en los años 90 quedó demostrado que no hay una correlación necesaria entre crecimiento económico y disminución de la pobreza. Necesitamos políticas redistributivas inteligentes. La metáfora del derrame o del goteo, muy citada en la opinión pública, me parece muy poco feliz. Basa la distribución en la saciedad de los de arriba. Los más necesitados acceden a bienes básicos sólo en la medida en que estén completamente satisfechos en la cúpula. En esta metáfora no hay responsabilidad social y estamos a merced de una economía de crecimiento perpetuo para poder garantizar los derechos de quienes estén más desposeídos. No es una imagen muy republicana.
-¿Qué habría que hacer?
-Resolver el problema de la exclusión implica pensar en otro tipo de políticas redistributivas, con el fortalecimiento de la conciencia ciudadana y el cuidado del prójimo. El tema del pago de impuestos es muy ilustrativo. No es extraño escuchar voces que sostengan que "si no pagás no importa, porque la plata se la quedan los políticos corruptos" o "la plata que pagás se malgasta" y entonces no vale la pena pagar los impuestos. La síntesis es que si uno evade impuestos no es corrupto porque el dinero se usa mal. El razonamiento debería ser: hay que pagar todos y cada uno de los impuestos con el dolor y el sacrificio que eso implique y a su vez reclamar que el Estado y sus gobernantes rindan cuenta de cómo gastan el dinero. Y presionarlos para que lo hagan con criterios claros y públicos de justicia social y no pensando sólo en cómo perpetuarse en el poder. Hoy estamos en un círculo vicioso en el que los políticos acusan a los sectores con poder adquisitivo y éstos a los políticos. Ambos se benefician: unos pagan menos y otros no hacen las reformas necesarias. Quienes pierden, nuevamente, son los que menos tienen, y la mayoría de ellos son menores, chiquitos a los que se priva de sus derechos más elementales.
-¿Se percibe en el Gobierno una estrategia de crecimiento y desarrollo?
-Si la tiene, no la hace pública. Se observan avances interesantes y destacables en algunas áreas. Se nota una mayor preocupación que en otros gobiernos para disminuir la pobreza. En la agenda política hay preocupación por lo social en todas sus dimensiones, pero se necesitan reformas estructurales para que el país salga adelante en el mediano y largo plazo. Tenemos que generar una mayor institucionalidad. Necesitamos una reforma política que espero se encare luego de las próximas elecciones. De otro modo, habremos desperdiciado, como lo hacemos desde hace mucho, una coyuntura favorable para iniciar cambios de fondo.
-¿Cómo ve el rumbo del país y el futuro, de acá a diez años?
-Veo dos escenarios posibles. El primero es un escenario en el que se aprovecha una coyuntura favorable y se realizan mejoras parciales, muy necesarias, pero basadas en la implementación de programas ad hoc. Así, me imagino que vamos a volver a vivir una crisis en el mediano plazo y probablemente, aun si Kirchner fuera reelegido, la enfrentaría su sucesor. En el segundo escenario se avanza lentamente sobre reformas de fondo en todas las áreas y se inicia un camino diferente. En este caso, el Presidente pagaría costos importantes derivados del cambio y los logros obtenidos debería continuarlos su sucesor, que recibiría un país en un estado bastante menos crítico. Este segundo escenario es especialmente difícil, porque se necesita una estrategia integral que cuente con el apoyo y la participación de los gobiernos de las provincias y de otros partidos políticos. Mi deseo es que estemos embarcados en el segundo escenario y que los destellos de algunas medidas que se están tomando no sean espejitos de colores que impactan a la distancia pero que se opacan en la cercanía, sino puntas apenas perceptibles de un país menos pretencioso, más serio, institucionalizado, democrático y preocupado por la justicia y por la calidad de vida de todos sus habitantes.
Por Mariano de Vedia
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=673175
Por Patricio Arana
Para LA NACION
BRUSELAS.– Fue hasta fin de 2004 el encargado de los temas de comercio exterior de la Unión Europea, pero su carrera no parece haber concluido con ese cargo, dado que se lo menciona como candidato a presidir la Organización Mundial de Comercio.
Pascal Lamy, de 57 años, fue el brazo derecho del socialista Jacques Delors, tres veces consecutivas presidente de la Comisión Europea. Al frente del comercio exterior desde 1999, Lamy dejó su puesto con un balance con debes y haberes. El mismo reconoce que le quedaron algunos temas pendientes: “Me hubiera gustado lograr, por ejemplo, un acuerdo con el Mercosur. No hice todo lo que hubiera querido, pero en conjunto, en los grandes objetivos, me han expresado cierta satisfacción los resultados.
–Los negociadores del Mercosur y usted habían fijado el 31 de octubre de 2004 como fecha para concluir un acuerdo entre los dos bloques. ¿Por qué no fue posible firmarlo?
-Creo que lo que nos fijamos como objetivo fue más complicado que lo que esperábamos. No hubiera correspondido al nivel de acuerdo que nos habíamos impuesto, a la ambición que teníamos y creo que tampoco correspondía a la ambición que se plantearon en el Mercosur. Si comparo el proceso de gestación de esta negociación con las que llevé a cabo con México, Chile o Sudáfrica, el Mercosur es un animal de una categoría diferente. De todas maneras una negociación no es un calendario; lo que cuenta son los resultados. Potencialmente, están ahí. Mi sucesor concluirá la negociación con el Mercosur, como yo tuve que concluir las negociaciones que había comenzado mi antecesor.
-¿Qué animal sería el Mercosur?
-El Mercosur es un animal que se está haciendo. En muchas ocasiones tuve el sentimiento de que el Mercosur se construyó con vistas a esta negociación. Hay que tener en cuenta que la Unión Europea más el Mercosur representan la zona de libre intercambio más grande del mundo, con unos 670 millones de habitantes. El Cono Sur es muy importante para la Unión Europea. Sólo el océano Atlántico hace que esa región no forme parte de la política de vecindad de la Unión. La Argentina y Brasil son países cercanos en términos culturales, históricos, lingüísticos y económicos, y hay que subrayar que la UE es el primer inversor y socio comercial de la región.
-¿No cree que hubiera sido más simple firmar acuerdos bilaterales?
-Pero hicimos una apuesta a mediano y largo plazo en favor de la integración amplia. En ciertas ocasiones, algunos países del Mercosur me han sugerido continuar con las negociaciones de manera bilateral. Yo me opuse. En Europa queremos permanecer fieles a ese punto de vista estratégico, que para nosotros tiene un cierto precio. Que el Mercosur exista como una zona económica integrada tiene repercusiones sobre las negociaciones comerciales, pero es un precio que estamos dispuestos a pagar. Hace mucho tiempo que optamos por un Mercosur integrado. Incluso en momentos en que no éramos muchos los que apostábamos en favor de esa posibilidad. Cuando viajaba a la Argentina o Brasil en 2001 y 2002 y hablaba sobre el Mercosur y la Unión me hacían sentir que yo estaba un poco desfasado de la realidad.
-¿El Mercosur y la Unión Europea están lejos de alcanzar un acuerdo?
-No llegamos aún a un nivel de madurez en esta negociación que nos permitiría poner en un papel un acuerdo general que pueda ser aceptado. Lo que tengo como propuesta de parte del Mercosur no me permite ponerlo en un papel para presentarlo a los nuestros. Me dicen, y les creo, que lo que hay en la mesa de parte de la Unión no los satisface. Pero llegaremos al acuerdo en algún momento, porque es así como se logran las negociaciones comerciales. Se logran cuando se presenta una propuesta que no perjudica a las dos partes. Es un juego a suma positiva.
-¿Por qué resulta tan difícil lograr un acuerdo que satisfaga a las dos partes?
-Hay que subrayar que los del Mercosur son países importantes, herederos de un modelo de gobierno económico muy regulado, con una intervención del Estado, del legislador, de la Constitución, de las colectividades locales. Esto es un problema, en la medida en que gran parte de lo que nos interesa en términos de acceso al mercado está focalizado en el sector de los servicios, en las reglas relativas a las inversiones y las compras públicas. Estos son rubros en los que la herencia reglamentarista de esas economías es muy difícil de cambiar.
-Pero se han registrado avances en esos temas; Brasil aceptó hacer concesiones sobre las compras públicas?
-En varias ocasiones me han repetido que se iban a hacer, sí? pero más adelante. Pero esos cambios son necesarios ahora, porque si doy acceso a mi mercado no lo doy para más adelante. Debe tener un efecto inmediato. Existe una asimetría que estamos dispuestos a tomar en cuenta en la estructura final del acuerdo, porque son países emergentes, aunque con un potencial económico importante.
-¿Son realmente países emergentes los del Mercosur?
-En términos de desarrollo económico, Brasil y la Argentina están más cerca de China que de Etiopía. Luego de períodos económicos difíciles, como los que atravesaron Brasil y la Argentina en los últimos años, hay una especie de optimismo vinculado con la coyuntura internacional. La estructura de las exportaciones de esos países en esta coyuntura hace que la presión del comercio exterior se traduzca en un crecimiento estable.
-¿Cree que su sucesor podrá lograr un acuerdo, sabiendo que la UE tiene hoy 25 miembros?
-Una Europa de 25 miembros no representa ningún problema. Es, quizás, hasta más interesante para los exportadores del Mercosur, ya que tendrían acceso a un mercado de 25 países. Las exportaciones del Mercosur hacia la UE en los últimos años han ido en aumento. En los últimos cinco años, en un sector tan sensible como la agricultura aumentaron un 40% en dirección a la UE. Pasamos de comprar por 10.000 millones de euros a hacerlo por 14.000 o 15.000 millones.
-Pero sigue habiendo una demanda, de las naciones sudamericanas, de que se abra el mercado agrícola y de que los europeos pongan fin a las subvenciones?
-Estamos dispuestos a hacer esfuerzos. Comprendo las dificultades de los países del Mercosur, ya que dentro de ese mercado común el sistema es muy complejo. Al ver los problemas de exportaciones de automóviles entre Brasil y la Argentina, comprendo que tengan dificultades para negociar con nosotros.
-¿Cree que los europeos eliminarán sus subvenciones a la exportación?
-Eliminaremos las subvenciones a la exportación. Tomamos esa decisión y fue aceptada en el plano multilateral. Tomamos las decisiones sobre las subvenciones en función de nuestros propios intereses y de los de la OMC. Pero el problema de las subvenciones europeas a la agricultura no es un tema que esté dentro de las negociaciones. Este paso lo hicimos dentro de un marco multilateral del que podrán beneficiarse el Mercosur y también otros países.
-La prensa y círculos oficiales del Mercosur lo califican a usted como un negociador muy rígido. ¿Cree usted que del lado del Mercosur hay o hubo algún negociador más difícil que otro?
-No voy a comentar sobre eso. Jamás puse a la Argentina en contra de Brasil. En Europa estamos bastante bien ubicados para saber quién está en contacto con quién, como por ejemplo cuando Brasil y la Argentina toman contacto con los Estados miembros de la UE para decirles que el comisario europeo debería hacer esto o lo otro. No soy idiota hasta el punto de pensar que eso no pasa. Pero no es un principio de conducta en las negociaciones. Tomo al Mercosur como es. Hay un jefe negociador que cambia cada seis meses y me dirijo a él. Si proseguimos con este objetivo geopolítico que es la integración económica y política de las dos regiones, no voy a hacer lo contrario pidiéndoles a los del Mercosur que le pongan palos en la rueda al vecino.
-¿Qué le falta al Mercosur?
-Le falta experiencia. No dedicaron suficientes recursos intelectuales, políticos y económicos para definir cuál es el mejor camino en el mundo de hoy. Las instituciones no se desarrollaron lo suficiente. También hay que destacar las importantes asimetrías entre los países miembros del Mercosur.
-¿Qué dificultades traen esas asimetrías?
-Mi experiencia en la integración regional me dice que los más grandes deben hacer más concesiones que los otros. Con el tiempo podrán recolectar los frutos de las concesiones de hoy, centuplicadas. Es necesario que Brasil acepte que debe dar mucho para recibir mucho más en el futuro. Pero esto no está arraigado en su cultura administrativa.
-Estando al frente del comercio exterior de la Unión Europea usted pudo observar el colapso de la Argentina. ¿Cómo la ve hoy?
-Las cosas van mejor. No temo por la democracia en la Argentina. Creo que está bien arraigada. En cuanto a la recomposición de las fuerzas políticas y todo lo que son las diversas reencarnaciones, medio psicóticas, del espíritu peronista, pienso que en la articulación entre la sociedad civil y la sociedad política hubo progresos. Desde el punto de vista económico, todo fue solucionado de una manera más bien positiva. Habría preferido que la Unión Europea hubiera tenido en el FMI el mismo tipo de peso que en materia comercial. Estoy persuadido de que para la Argentina, teniendo en cuenta los problemas económicos y políticos que conoció, la única salida y el camino más corto para restaurar la credibilidad económica y financiera internacional es la integración regional. Esa pertenencia a ciertas disciplinas da a los operadores externos el sentimiento de que las señales negativas, que fueron emitidas en varias ocasiones sobre la deuda, la conducción de la economía, el sistema político, ya no son de actualidad. La integración regional es para nosotros un concepto operatorio en la estructuración de nuestras relaciones. Si hay un lugar en donde efectivamente podemos lograr algo importante es en América del Sur.
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=672360
VOLODIA TEITELBOIM, ESCRITOR, BIOGRAFO Y MILITANTE CHILENO
Amigo de Neruda y Salvador Allende, comunista desde los 15 años, biógrafo y novelista, sufrió el exilio y sigue sufriendo el pinochetismo de su país. Para que se entienda su constante militancia por la memoria, este hombre que pasó largamente los ochenta explica que “quisieron que olvidemos todo, hasta la socialdemocracia. Quisieron que volvamos a la colonia para imponer la lógica del cuartel”.
Por María Esther Gilio
–Ay Volodia, su voz es tan, tan baja que...
–Sí, yo debía haber traído, al nacer, un micrófono incorporado.
–Aunque no sé. Porque la gente que grita...
–Ay, no yo no grito nunca.
–¿Y cuando se enoja?
–Nunca me enojo.
–¿Con Pinoche?
–¿Enojado? Pinochet es harina de otro costal. Se trata de un monstruo disfrazado de hombre. Se constituyó en autoridad suprema y, como tal, dijo que en Chile no se movía una hoja sin que él lo supiera.
–Sin embargo...
–Cuando le preguntaron por la Caravana de la Muerte, declaró que él sólo estaba dedicado a cosas grandes como los diferendos con la Argentina. El no se ocupaba de cosas chicas. Cosas chicas eran los muertos.
–¿Quién podía sino él haber ordenado a la caravana a hacer lo que hizo?
–Claro, salió el helicóptero al mando del Puma y así fue llegando a pueblos y ciudades donde ordenaba matar a los presos políticos. La caravana llevaba, incluso, una orden de apresurar los procesos, escrita por Pinochet.
–Apresurar significaba matar.
–Sí, él quería que se acabara ya con determinada gente. Después del golpe se constituyeron los tribunales militares que detuvieron, por alta traición, a políticos y, en general, gente connotada. Las sentencias eran relativamente benévolas. Los jueces militares venían del período anterior.
–¿De Allende?
–Sí, no es que fueran allendistas, pero eran militares profesionales que además sabían que esa gente a la que se debía condenar no había cometido delitos. Llegó, entonces, la caravana y resolvieron rápido el problema. Los mataron a todos.
–¿Cómo se sintió usted cuando retuvieron en Londres a Pinochet?
–Ese fue para mí un período de gran felicidad. En ese momento no había, en Chile, ninguna posibilidad de que lo juzgaran. Fue el mundo que lo juzgó.
–El no esperaba que los ingleses lo retuvieran. Había sido su aliado durante la guerra de las Malvinas.
–Sí. Los aviones ingleses aterrizaban en tierras chilenas, en Magallanes.
–Y ahora tenemos un nuevo golpe a Pinochet con el descubrimiento de su cuantiosa fortuna.
–Tiene muchos millones de dólares en operaciones ocultas. Se está investigando. Antes de morir quiso dejar arreglados a su mujer y a sus hijos.
–A pesar de todo, muchos todavía lo apoyan en Chile.
–Sí, es así. Pero, también muchos quieren que siga viviendo para que vaya recibiendo en vida el castigo que merece.
–¿Quedan en Chile todavía muchas huellas del pinochetismo?
–Desgraciadamente sí. El 31 de octubre tenemos elecciones municipales, que se realizan de acuerdo con un régimen electoral oprobioso, perverso. El sector que tiene un tercio más uno, o sea el 34 por ciento, elige el mismo número de representantes que el sector que tiene dos tercios menos uno, o sea el 65 por ciento. Este triunfo de los enemigos de Pitágoras obliga a aceptar que 34 es igual a 65. Acá los pinochetistas han mantenido el poder. En tales elecciones el pueblo queda excluido. En este momento por primera vez, se está discutiendo esto y otras cosas, por primera vez en 17 años. Esta modificación permitirá remover a los comandantes en jefe y también terminar con los senadores designados de por vida. El problema es que el sistema electoral no ha sido tocado porque la derecha jamás acepta que lo toquen. Y, para modificarlo, se necesitan unos quórum, puestos por ellos, que son inalcanzables.
–¿Pinochet tiene aún poder?
–Pinochet está hecho una piltrafa, pero el pinochetismo es muy fuerte todavía. Incluso aspira a la presidencia de la república.
–¿Es posible que, como dijo un diputado, los marginados alcancen en Chile a un tercio de la población, es decir 5 millones?
–Depende del concepto de marginación, pero yo creo que el pueblo de verdad está marginado. Es como una especie de muerte civil, mientras la herencia de Pinochet está intacta. Pueden elegirse diputados, senadores, incluso gente de la antigua izquierda que estuvo al lado de Salvador Allende. Pero hay cosas que no pueden ser tocadas. El sistema económico, de un neoliberalismo total es sagrado. En cuanto a los medios de comunicación, no hay ninguno que sea de izquierda, ni siquiera progresista de centro. Son grandes cadenas, en manos de la derecha, que conforman la opinión pública a través de muchos años. El país está en una especie de transición perpetua. No se ha recuperado. Nada se ha recuperado. No hablo del tiempo de Allende sino de lo que tuvimos antes de Allende.
–Hay algo, sin embargo, que muchos destacan, traen como ejemplo de neoliberalismo exitoso: su productividad. Sin embargo, si pensamos en el número de marginados...
–Chile está en las listas que se publican en Wall Street, de los países productivos. Pero Chile es un país muy desigual. Y cada día, el abismo entre ricos y pobres se profundiza más.
–En definitiva, Chile serviría para ilustrar lo que piensan quienes están contra el neoliberalismo. La sociedad produce; el balde se llena hasta el borde. Se llena, pero jamás se derrama, como prometen los neoliberales.
–Esto nos permite ver con claridad que aquello de que si un país produce y progresa los pobres serán menos es una gran mentira. Lo que estamos viendo hoy con el FMI y el Banco Mundial es que la brecha se ahonda cada día más.
–¿Pasamos a la literatura? Usted ha escrito unas cuantas biografías, siempre de poetas. ¿Será porque la poesía es más reveladora del carácter del escritor, que la novela o el cuento?
–Yo, cuando joven, empecé escribiendo poesía. Incluso con otro muchacho, Eduardo Anguita, que tendría 18 años, publicamos en 1935 una antología de poesía chilena, que hoy se sigue vendiendo.
–¿Después de setenta años?
–Era una antología iconoclasta que se proponía derribar a todos los consagrados del momento para así dar nacimiento a una nueva época. Eran los tiempos de la vanguardia europea. Muchos debían quedar afuera, Gabriela Mistral por ejemplo.
–No eran tímidos.
–Eramos unos insolentes que decidíamos la suerte de los poetas chilenos. Este libro generó la más palabreada polémica literaria del siglo XX en Chile. En ella participaron Neruda, que estaba en Europa, Vicente Huidobro, Pablo de Roka. Gente que luchaba por la corona mundial de la poesía. En fin, una cosa provinciana del último país del mapa. A esta pasión nuestra por levantar a los renovadores se unía la pasión por la revolución política. La utopía era completa.
–¿Qué decía Neruda?
–El contestó, desde España, con un poema muy subido de tono que se llamaba Aquí estoy. El no solía atacar, pero cuando era atacado respondía con mucha violencia.
–¿Ustedes lo habían atacado?
–No, él había sido incluido. Yo le había escrito diciéndole que una antología de la poesía chilena sin él sería un fraude. Quienes lo habían atacado en esa discusión que se armó eran Huidobro y Roka. Roka llegó a escribir un libro de 400 páginas que se llamó Neruda y yo. Era dramático.
–Gabriela Mistral lo había conocido en Temuco, donde ella vivía. Cuéntenos de ese encuentro.
–Ella era directora del liceo de niñas. Había llegado de Magallanes. Neruda todavía no era Neruda sino Neftalí Reyes, un muchachito esmirriado, de piel oscura, de provincia sureña, llovida y abandonada. Ella se había ya revelado como poeta en un concurso, en 1914, donde triunfó con sus Sonetos de la Muerte, una gran poesía. Neruda llegó a su casa y quien lo atendió le dijo que Gabriela no podía recibirlo, pues estaba enferma. Fue tal la expresión de desconsuelo en el joven que quien lo atendió le pidió que le dijera qué deseaba. El respondió que traía unos versos. Ella entonces le dijo que, si se los dejaba, tal vez ella podría verlos. Que volviera en unas horas. Cuando Neruda, volvió Gabriela en persona lo atendió: “Me he mejorado, le dijo, al leer sus versos, porque tengo la seguridad de que aquí hay un poeta de verdad”. Y luego, “Una afirmación de esta naturaleza no la he hecho nunca antes”.
–Neruda tenía...
–Era un niño de quince años.
–¿Cómo la había conocido?
–Gabriela era muy conocida en todo Chile por sus poesías para niños.
–Por lo menos los niños de mi generación, todos conocíamos a Gabriela. Me sorprendió tremendamente, entonces, descubrir la Gabriela real en el libro que usted le dedica. Su encierro, su desconfianza del mundo que la rodea, y sobre todo su manera de amar. Sus amores imposibles, su rechazo a la relación sexual unida a enamoramientos sin límites. “Te besaré hasta fatigarte la boca.” Creo que sólo puede compararse con los místicos Santa Teresa, San Juan de la Cruz, que amaban a Jesús de manera tan carnal como imposible de realización. Descubrir esa Gabriela, en su libro, me llevó a aquellas frescas poesías de Gabriela que conocemos de la escuela. Cuánta contradicción, dos mundos.
–Sí, dos mundos. Dos partes de su ser. Seguramente sinceras, pero muy contradictorias. Gabriela es una persona contradictoria, enigmática. Creo que todavía no ha sido realmente descubierta. El libro yo lo escribí un poco para pagar la penitencia, por arrepentimiento de haberla excluido durante tantos años. Pero también para enfrentar y poner en discusión la imagen que existía sobre ella. Madre de todos los niños, matrona dulce.
–Resulta difícil de aceptar su desconfianza de quienes la rodean.
–Ella tuvo muchas dificultades en su existencia. Nació en una última aldea, en una familia definitivamente pobre. Su padre los abandonó cuando ella tenía cuatro o cinco años. Aprendió, de una hermanastra que tenía, y mucho de su madre, analfabeta, pero con gran sabiduría campesina. Si vemos las circunstancias de su vida, es fácil ver que estaba condenada a no salir de allí. Pero ella leía, leía, leía y soñaba que la lectura podría llevarla a otra parte. Era una rebelde, tenía ideas en defensa de la mujer de aquel tiempo, principio del siglo XX, las incitaba a conquistar sus derechos. Quiso entrar a la escuela normal, pero la rechazaron. No podía ser profesora porque no tenía ideas congruentes con el medio.
–Tal vez sí en lo religioso. Era muy católica.
–Sí, pero decía que no necesitaba los curas porque tenía comunicación directa con Dios.
–Bueno, esas palabras también la acercan a los místicos. Permiten entender mejor su conducta en la relación de amor.
–Sí, así es. Ella es una mujer con una vida muy dramática. Empecemos por la infancia, donde vivió una experiencia tremendamente traumática, una violación que sin duda la marcó muy profundamente.
–Tal vez nunca más se relacionó sexualmente con nadie. Lo pienso porque siempre tuvo amores imposibles.
–Amores en que la imposibilidad la marcaba ella. Siempre.
–En su libro aparece en una frase de ella: “Rechazo las infernales alianzas de la carne”.
–En algún momento dice que tiene imágenes de Cristo y que de pronto ese Cristo se transforma en el hombre amado.
–Buena manera de confirmar la imposibilidad de la relación carnal. ¿Qué piensa del hijo que ella dice haber adoptado mientras está en Europa? Muchos biógrafos consideran que es realmente su hijo.
–No, yo no lo creo. No creo que ella haya tenido nunca relaciones sexuales después de aquel episodio de la infancia. En fin, es un personaje dramático que pagó con tragedia. Y cuando la gente empezó a murmurar sobre ella, nunca olvidó y nunca perdonó. Se exilió de Chile en 1921.
–No nos contó si Gabriela le aconsejó algo a Neruda cuando lo conoció.
–Le dijo: “Lea mucho mucho. No a los franceses. La suya es una literatura de boudoir, de escándalos”.
–Qué exagerada, no solamente.
–No, claro, pero ella buscaba a sus afines. A los seres atormentados.
–Le recomendó, entonces, a los rusos.
–Sí, lea a Dostoievski, Tolstoi, Andreiev, le dijo. Ellos nos indica cómo es la verdad de la vida. Neruda siguió el consejo y fue un lector omnívoro. Leyó todo y sin límites.
–Escuchando las razones por las que escribió las biografías de Mistral y Neruda, uno se puede preguntar por qué la de Borges, tan diferente a estos dos personajes.
–Mucha gente me ha preguntado esto. ¿Por qué usted que es comunista hace la biografía de Jorge Luis Borges? Por eso mismo, digo yo, porque quiero conocer cómo un escritor tan esclarecido puede ser tan analfabeto desde el punto de vista civil.
–¿Sabe que a veces él consigue ver en medio de esa bruma? En su poema Milonga de un soldado acusa a quienes mandaron a morir a las Malvinas a chicos desconocidos de provincias lejanas. En un pasaje del poema dice: “Una de tantas provincias/ del interior fue su tierra/ (No conviene que se sepa/ que muere gente en la guerra)”. El consiguió ver eso.
–A mí me dieron una explicación sobre su frecuente lejanía “El es un hombre del siglo XIX”. Aunque usted tiene razón, finalmente después de hacer el elogio de las dictaduras del Cono Sur uno puede ver en él un cambio que, según creo, tiene que ver con las Madres de Mayo, quienes lo invitaron a presenciar un juicio que se hizo a algunos militares porviolación de los derechos humanos. A partir de ese acto, que él no ve pero escucha, hace una versión muy impactante de lo ocurrido. Dice “Hemos llegado a una obra de arte de la perversidad”. Y describe al general responsable de las torturas diarias de los prisioneros diciendo el día de Navidad que los presos están invitados para festejar porque en ese día “todos somos hermanos”. Borges era un hombre triste.
–El hace referencia a esto en un poema. Dice, palabras más o menos, no me perdono no haber sido feliz. Tal vez el Nobel lo hubiera hecho feliz. Por lo menos él lo deseaba mucho.
–Un día visité en su casa, en Suecia, a un gran amigo de Neruda, miembro del jurado que le dio el Premio Nobel y gran escritor. Me dijo: “Quiero explicarle por qué no le dimos el premio a Borges, por su visita y su abrazo a Pinochet”. Y luego añadió: “Si a pesar de esto que le digo se lo hubiéramos dado, tenga la seguridad de que ni un solo sueco lo habría entendido”.
–Usted ha hecho varias biografías y ficción. ¿Cómo se siente en cada caso? En uno puede inventar sin límites, en el otro debe ceñirse a una realidad que no puede traicionar.
–Allí hay vasos comunicantes. La invención, que puede llegar muy lejos, elevarse hasta el cielo, siempre debe partir de los pies que están sobre la tierra.
–Algo así decía Onetti. “Sólo Dios saca algo de la nada”.
–Exactamente. Sólo la vida alimenta. En cuanto a Neruda, aunque siempre en su obra es autobiográfico, nunca es, lo suyo, una versión fotográfica de lo que le sucede. Lo que le sucede es transfigurado por él, convertido en poesía.
–¿Usted empezó a escribir la biografía de Neruda siendo su amigo o se hizo su amigo al escribirla?
–No, no. Yo primero fui amigo de él, fui su compañero político. Y también literario. Con toda la distancia que, en este sentido, había entre él y yo, que por otra parte era un principiante. Desde el año ‘37 fuimos amigos. Fieles amigos hasta que él murió.
–Quiere decir que se hicieron amigos cuando él volvió de España, donde había estallado la guerra.
–Sí, al volver de España fue que nos conocimos. El era un hombre muy sensato. Un poeta con los pies sobre la tierra, que no se proponía la locura como finalidad política y estaba en contra de los extremismos delirantes. En 1945 con 41 años entró al Partido Comunista.
–Donde ya estaba usted.
–Yo tenía 30 años y hacía 15 que estaba en el partido. Y bueno, a partir de esos comienzos seguimos la amistad hasta sus últimos días.
–¿Usted lo vio cuando él estaba ya en el final? ¿Lo vio después de la muerte de Allende?
–No, yo lo vi en Isla Negra en su último cumpleaños, el 14 de julio. Fui a verlo con un amigo, que era diputado mapuche. El estaba acostado. Su sueño, su preocupación, era que se creara una universidad de la Araucanía que fuera dirigida por mapuches. A fin de que se restableciera una cultura que había sido borrada por la conquista. Esa era una de sus preocupaciones. Y Neruda era un gran realizador que organizaba a sus amigos, los movía, telefoneaba, molestaba a la gente para que hiciera cosas, y sólo así, creo yo, se explica la nombradía y la extensión de su poesía. Primero conquista su país, después América latina, luego España. En España pone el pie y salta a Europa y a los distintos idiomas. Y finalmente al mundo oriental que también hoy lo acepta. El era un estratega. Nunca se alababa a sí mismo, pero agradecía a quienes lo alababan. Era un hombre condicionado por el siglo XX que pudo ver, antes de morir, que no se cumplirían en él los grandes sueños.
–¿Pensaba eso? ¿Sí?
–Sí, en sus libros póstumos lo dejó dicho.
–¿Esta idea nació en él luego del golpe en Chile o viene de antes?
–Viene de antes. En sus libros póstumos, antes del golpe, hay uno que se llama 2000, 2000. Allí su visión es pesimista, aunque no del todo, porque él siempre quería dejar vivo algo de esperanza. Aunque no mucha. Dice que el siglo XXI comenzaría mal. Habla de aviones que matan, sin que se los pueda ver desde la tierra. Hay una especie de premonición de la guerra de Yugoslavia, de la guerra del Golfo.
–¿Cuál fue la reacción de Neruda cuando conoce la realidad de la Unión Soviética?
–Cuando sabe, luego de la declaración de Krushov, lo que ha pasado bajo Stalin, reacciona violentamente. En ese momento dedica libros enteros a condenar el engaño que le han hecho, a la humanidad progresista, presentando sólo los grandes éxitos, mientras se tendía un velo sobre el resto.
–Al pensar que cuando apareció su biografía de Neruda hacía ya un buen tiempo que estaba en la calle Confieso que he vivido, me he preguntado si usted encontró vacíos en la obra de Neruda, o simplemente, pensó en la necesidad de ver la vida del poeta tomando otro punto de vista.
–El no alcanzó a terminar Confieso que he vivido, por lo tanto es un libro con muchas lagunas, que hubieran sido completadas por él, de haber vivido. A posteriori, Matilde, su viuda, a pesar de haber sido una luchadora directa contra la dictadura, creo que buscó olvidar los temas conflictivos.
–Sin embargo hay una o dos páginas duras contra la dictadura.
–Sí así es. Ella fue respetuosa de la voluntad de Pablo, e incluyó, en las tres páginas finales, lo que Neruda le dictó en trance de muerte, condenando de manera terminante y categórica a los generales traidores que habían traicionado a la patria y a los políticos que habían creado el clima para el golpe, e incluso, empujado a las fuerzas armadas para actuar.
–Cuando se produjo el golpe, usted estaba en Europa, tratando de alertar a los gobiernos sobre lo que pasaba en Chile.
–Allende me había dicho: “Andá a Europa, por un par de semanas”.
–Debía buscar apoyo.
–El apoyo se consiguió. Pero ellos no habrían podido impedir el golpe. Y cuando decidí volver no había aviones para Chile. Los aeropuertos en Chile estaban cerrados. Ahí me quedé en Moscú, donde durante quince años hablé en el programa Escucha Chile. Volví unos años después, en forma clandestina y escribí un libro, En el país prohibido.
–¿Qué vio en esa visita?
–Vi horrores. Y también fenómenos curiosos. Yo en Radio Moscú hice mil quinientos programas. Nunca, en ninguno, traté a Pinochet de presidente de la república. Siempre fue “el felón”, “el mandamás”, “el asaltante del poder”. Vi que en Chile todo el mundo hablaba del presidente. El lenguaje oficial había sido incorporado. “Señor Presidente”, “Su excelencia”. Como si esto fuera normal. Me dolió muchísimo y también me enseñó. Supe allí que en las dictaduras, la gente, para sobrevivir, trata de limar las asperezas y meterse para adentro. No confía en nadie.
–Eso lleva a que quienes mandan se confundan y lleguen a creer que son aceptados, capaz que hasta queridos. Aquí tuvimos un ejemplo de algo así. Volviendo a su obra. Usted escribió cuatro biografías de escritores y hoy está escribiendo la de Juan Rulfo. ¿Piensa que la vida del escritor hace posible una mejor comprensión de su obra?
–La biografía de Neruda yo la empecé a escribir por encargo. Estaba en el exilio, hacía mi programa de radio y viajaba aquí y allá tratando de molestar al máximo a Pinochet. Ni pensaba en escribir ninguna biografía. Pero me llaman desde Madrid y me piden que escriba una biografía deNeruda. “¿Cuánto tiempo me dan?”, pregunté. “Cuatro meses.” “Están locos, imposible.” No tenía mis papeles, nada. Sólo la obra completa que había adquirido en Europa. No. Insistieron, insistieron. Hasta que mi secretario me hace una proposición indecente. “¿Por qué no me la dicta? Con eso trabajaremos más rápido.” “¡Qué disparate! ¿Cómo puedes tú pensar que es posible dictar una biografía de Neruda? Esto hay que hacerlo responsablemente. Otra cosa sería el más horrendo sacrilegio.”
–Eso dijo.
–Eso dije yo, pero desde Madrid siguieron llamando. “No, no, no”, decía yo. Pasó un tiempo. Y fue mi secretario que insistió: “Podría dictarme usted. A lo mejor nos resulta.” Acepté. Para empezar vi que debía dar completamente la espalda a Confieso que he vivido porque corría el riesgo de hacer un refrito. Debía cerrar los ojos a cualquier libro y recurrir sólo a mis recuerdos. Así empiezo a contar el cuento.
–Sin ningún plan previo.
–Sólo sabía que me debía regir por un criterio cronológico.
–Empezar por el incendio de la casa familiar en Temuco.
–Exactamente. Sabía que aquello que debía contar no era lo leído sobre él sino lo que él me había contado. Durante cuatro meses relaté la historia que estaba en mi cabeza como en medio de una alucinación. Cambié mi método de trabajo. Yo escribo alguna página, la dejo madurando y al día siguiente en la mañana trato de corregirla. No podía hacer eso porque podría cortarse el agua. Yo había abierto la llave del agua de la memoria y ésta fluía, fluía y fluía. Durante cuatro meses casi no comíamos ni dormíamos. Ya, al final, y después que hubieron muerto las mujeres, yo le pregunto al secretario –quien estaba tan metido en las cosas como yo y, por lo tanto, carente de perspectiva–. “¿Cómo estará este asunto? ¿Tú qué dices?” “Me parece que está entretenido”.
–Eso era algo fundamental.
–Yo también lo creo. Tomé el mamotreto, que era grande y me puse a corregir. Durante un mes estuve en eso. En el fondo, el libro, no miraba sólo a Neruda sino también el mundo de Neruda. América latina, el panorama internacional. Y ahora le respondo a una pregunta de hace un rato. Yo voy a Neruda, no sólo porque es poeta, sino porque pensó la sociedad, el mundo. Y también porque en Chile se había impuesto una programada desmemoria.
–Olvidar el socialismo.
–No sólo el socialismo. Todo. Había que olvida todo y volver a la colonia. La democracia cristiana. Todo, hasta la independencia. Olvidar todo para luego establecer la lógica y la filosofía del cuartel. Hablar, entonces, de un poeta que representaba los valores del pueblo, de la Nación. Era combatir la situación amnésica que venía trabajada desde arriba. Por eso también tomé a Gabriela Mistral. Porque ella no sólo era poeta. Ella tomó, y habló, con muchísima profundidad y mucho coraje sobre los problemas concretos de América latina. Pero ella está silenciada. Muchos prefieren la Gabriela de las rondas para niños a la que se pronuncia sobre la reforma agraria, la penetración extranjera, el analfabetismo, la falta de democracia, la hipocresía. Aunque no están en la plaza, con una espada en la mano y montados a caballo Gabriela y Pablo son padres de la patria.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/sociedad/3-46282-2005-01-17.html
Para el que venía de la ciudad, el almacén pueblerino parecía detenido en el tiempo. A veces el patrón, don Angel Naveira, hablaba de su Galicia con clientes y proveedores...
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Un edificio, justo frente a la plaza principal, lo ocupaba el almacén de ramos generales, con entrada por la esquina, coronada por un gran cartel con la inscripción: Dopazo, Naveira y Cía; abajo, con letras más chicas, el nombre del pueblo, Deán Funes, y el número de teléfono. La calle, todavía de tierra suelta, expulsaba hacia la vereda piedritas y olas de arena que los zapatos y alpargatas de los clientes transportaban adentro para que se mezclaran con el aserrín que siempre cubría en vetas el piso de cemento portland.
El olor del aserrín era el primero que se percibía en el almacén de ramos generales, pero no el único porque lo de Dopazo-Naveira era un galpón fragante. El piso se lavaba todas las mañanas con acaroína, un desinfectante de campo, que dejaba un relente de espiral contra los mosquitos y kerosene; a los mostradores de algarrobo los pintaban con barniz; en los estantes de la sección tienda, los rollos de lona para catre se ubicaban arriba, sobre los rayados para cortinas, más abajo el algodón de sábana y los percales floreados a dos colores de los que se cortaban los vestiditos de entrecasa de las señoras y el guardarropa entero de sus empleadas domésticas. De esas telas con aprestos de fábrica, todavía rígidas por el último baño de almidón, salía una especie de aroma crujiente, como si se tratara de pan. Desde el fondo, donde se apilaban las bolsas de cemento, de cal y los tambores de combustible, perfilados contra la luz implacable del mediodía mediterráneo, llegaban ondas de polvo flotante en el contraluz y ondas más pesadas de olor a grasa y masilla, que, según como vinieran las corrientes de aire, competían con el perfume fuerte del cuero crudo, que se vendía en lonjas para riendas y barbijos o en piezas que se convertirían en partes de un apero. En la sección comestibles había pirámides de latas de jamón del diablo, picadillo y corned-beef; allí dominaban el vinagre y la salmuera.
Para alguien de la ciudad, el almacén de ramos generales era un museo de objetos desconocidos o arcaicos: hachas, guadañas, veletas, caños y émbolos de molino, frenos para carros, cubos y ejes de ruedas, cocinas de hierro, hilo de alambrar, trancas de acero para las puertas, fuentones de zinc que se usaban para bañarse (como en las películas del oeste), látigos y arreadores, armazones de catre. A fin de año, Dopazo-Naveira repartía entre sus clientes más selectos un almanaque con dibujos de Molina Campos. Indiferente a los ruegos de quienes no figuraban en la lista de beneficiados, los entregaba la cajera, Laura, sentada con una flor en el pelo y guardapolvo gris, detrás de su pupitre, de donde partían las pilas de talonarios de venta hacia el despacho de los dueños.
Allí, el hermano más joven de Naveira y un sobrino de Dopazo, medio cabeza hueca, llevaban los libros de contabilidad, de pie frente a mostradores altos, los brazos cubiertos por manguitas de lino para proteger las páginas, en la mano la pluma cucharita con la que trazaban una caligrafía lujosa sobre las hojas rayadas en rojo.
En ese despacho, don Angel Naveira, un gallego que había llegado treinta años antes y había dormido durante una década debajo del mostrador de su primer despacho de comestibles, charlaba con los proveedores y los mejores clientes, que eran sus amigos. Con ellos, a mediodía, se cruzaba a la confitería de los hermanos Quintana a tomar un jerez. Añoraba, de su pueblo de Galicia, sólo una cosa: la cazuela de pulpo. Don Angel disfrutaba de su abundancia y le encantaba contar que cuando el allí presente sobrino de Dopazo fue enviado por su padre para que conociera Europa, se había quedado tres meses en un pueblo cerca de Vigo, jugando al tute. Don Angel, en cambio, no regresó a España, pero trajo a toda su parentela. Un día le preguntaron por qué había venido él, en primer lugar. Contó que su hermano mayor había muerto en una barca de pescadores, a cien metros del puerto; su madre, todavía de luto, lo mandó a los quince años a América, diciéndole: "Tú no morirás en la mar".
http://www.clarin.com/diario/2005/01/16/sociedad/s-904884.htm
CARLOS SLEPOY, ABOGADO
El juicio al ex represor Adolfo Scilingo muestra la insuficiencia de ciertas formas novedosas de justicia, pero también la voluntad de que éstas se afiancen, a pesar de los poderes que buscan neutralizarlas.
Oscar Raúl Cardoso
ocardoso@clarin.com
El juicio al ex marino Adolfo Scilingo es celebrado como un precedente global o denostado como la confirmación de la "teoría del perejil", en la que sólo pagan los débiles de naciones débiles. ¿Con qué clase de limitaciones lidia la idea de Justicia de jurisdicción universal para los crímenes de lesa humanidad?
—Las restricciones son muchas, pero no son sólo de la Justicia internacional, afectan a la Justicia en general. Vivimos en un sistema de relaciones humanas en el cual hay sectores privilegiados de la sociedad, hay manipulación de la Justicia dentro de los propios países, hay sectores marginales que no pueden acceder a la Justicia y enorme debilidad como pa ra lograr determinadas reivindicaciones. Desde luego, el hecho de que se alcance el juicio a Scilingo y no se haya podido hacer el juicio contra Augusto Pinochet o contra mayores responsables aún que Pinochet revela los límites que tiene el proceso de la Justicia en general. Sin embargo, si esto se ve en un proceso dinámico, el enjuiciamiento a Scilingo favorece ideas que hace muy poco sólo eran retóricas y estaban planteadas en textos jurídicos.
Habría que ir un poco más allá de las verdades de Perogrullo. Quizá no sea el juicio mismo a Scilingo —cualquiera sea su resultado— sino sus efectos potenciales...
—El juicio es parte de un proceso mucho más amplio en el cual han caído algunas torres que parecían inamovibles. En el ámbito argentino, Domingo Bussi, Benjamín Menéndez, Genaro Díaz Bessone hoy están detenidos, sin perjuicio de que puedan tener un régimen de prisión cautelar que consideramos de privilegio e inadmisible. Sin perjuicio de eso, recuerdo que Bussi se reía y decía que era un esperpento este tipo de juicio. Pero cuando se le descubrieron cuentas bancarias secretas en Suiza, Bussi lloró. Y después lo mismo ocurrió cuando el juez Baltasar Garzón pidió su detención efectiva al juez Rodolfo Canicoba Corral. Bussi hablaba con absoluta arrogancia de este tema y sin embargo fue detenido. Y aunque luego España no pidió la extradición y fue dejado momentáneamente en libertad, al poco tiempo fue requerido por la Justicia argentina y hoy está detenido. El efecto de estos procesos nunca es neutro.
Ese es un argumento fuerte, pero poco explorado. ¿Acaso los 17 meses de detención de Pinochet en Londres no iniciaron el proceso de deterioro de su poder en Chile aunque no culminaran con su extradición a España?
—Eso es así. El poder cultural, ideológico y político de Pinochet en la sociedad chilena comienza a morir con el pedido de extradición de Garzón. A partir de este momento él queda destruido políticamente y empieza una deriva que determina la situación en que se encuentra hoy, aunque no es lo ideal. Lo lógico sería que un criminal como Pinochet estuviera en la cárcel desde hace muchísimo tiempo y cumpliera sentencia de por vida. Se parte de alcanzar estos logros muy limitados porque la característica fundamental que tienen estos procesos criminales es que surgen de la sociedad civil, no son ordenados por los vencedores, como en la guerra, o por los Estados poderosos del planeta, sino que se imponen en un proceso en el cual se combate con ideas contra una concepción anacrónica del derecho internacional que determina que sólo quienes tienen el poder son los que pueden ejercer ese derecho.
Esto no anula el argumento de la injusticia por asimetría. En la concepción clásica —hoy en revisión, es cierto— Scilingo es sacado de la jurisdicción de sus jueces naturales y sometido a la de otros, españoles. ¿Quién imagina hoy a un marino español —quizá de los que sirvieron hasta hace poco en Irak— juzgado en tribunales de Chile, Perú o la Argentina?
—¿Alguien lo intentó? No, todavía. Cuando se produjo el requerimiento de Pinochet por Garzón inmediatamente varios pidieron para sí la posibilidad de juzgarlo; tribunales belgas, franceses, etc. A mí me llamó mucho la atención que no hubiera juez en América latina capaz de solicitar la detención de Pinochet. ¿Se debió a que era imposible hacerlo o a un condicionamiento de tipo judicial, cultural, que tiene que ver con el proceso de impunidad en América latina? Efectivamente, dada la relación de fuerzas que hay a nivel internacional parecería bastante improbable que se enjuiciara a un militar de cualquier país poderoso en un país de menor poder relativo. Pero para que suceda hay que hacerlo. Porque si actuara un tribunal argentino contra un torturador español estaría totalmente legitimado por los convenios internacionales. Otra cosa distinta es que un juez o el Gobierno argentinos piensen que esto le puede crear enormes dificultades en su relación con ese país y no se atrevan a dar ese paso.
¿Aun así, Inglaterra le hubiera concedido a un juez, digamos, paraguayo la extradición que le negó a Garzón?
—Probablemente no. No se la concedieron a Garzón y esto demuestra que Chile es un país más débil que España. Sin embargo, tuvo la capacidad suficiente como para impedir que Pinochet fuera enviado a España para ser juzgado. Posteriormente, hubo un procedimiento judicial en la Argentina relacionado con el Plan Cóndor en que sí se requirió a Pinochet. Son relaciones de poder. Todos somos conscientes de que Scilingo fue un personaje marginal en la represión, aunque fue autor y partícipe necesario. Pero la conciencia que crea el juicio a Scilingo va mucho más allá del personaje. Su detención dispara la posibilidad de otros procesos judiciales. Hay que ver todo en términos de una lucha en un proceso histórico, de ideas, de consolidación de determinados términos de derecho, en la que la situación ideal en que todos seamos realmente iguales ante la ley no la veremos por generaciones. Sin embargo, estamos sentando bases para lanzar estas nuevas fuerzas que determinan que por estos crímenes deban ser juzgados desde el más poderoso hasta el más débil, si es que los han cometido. No me satisface que el juicio sea a Scilingo y no, por ejemplo, a Jorge Videla. Y no me satisface que nadie sea capaz de plantear un procedimiento de jurisdicción universal con la situación que estamos viviendo en este momento en Palestina, o en Irak, o en Sudán, etcétera.
El problema de saber si se está ganando o perdiendo en ese combate persiste. En un sistema internacional oligárquico, Estados Unidos puede hacer befa del Tratado de Roma y demandar para sus tropas inmunidades penales globales que van mucho más allá de las diplomáticas tradicionales, las del Tratado de Viena, por ejemplo.
—Entiendo. Pero es justamente contra eso que se está combatiendo. El Tribunal Penal Internacional se crea contra los deseos de los países poderosos del planeta. A pesar de que Estados Unidos logra condicionarlo, minimizar sus atribuciones y firmar el pacto y después retirar su firma. Los estadounidenses con este estatuto no podrán ser perseguidos por crímenes cometidos en su país. Pero si soldados norteamericanos cometen estos crímenes en territorios de países que sí lo hayan firmado, tiene jurisdicción el Tribunal Penal Internacional. Por eso es que está buscando este tipo de inmunidad. Y este tipo de inmunidad lo logra comprando, vendiendo cosas. ¿Esto implica que no va a existir en algún momento algún juez que se atreva a inculpar a un militar norteamericano que haya cometido un crimen en algún lugar? No lo implica, va a suceder.
¿Sí?
—Sí, y en ese momento también van a decir que es un perejil. Siempre habrá insuficiencias. Independientemente de esta polémica, a mí me parece que hay que valorar cómo, a través de múltiples sanciones, a través del tiempo, se ha logrado revertir el proceso de impunidad en la Argentina. La actuación de la Justicia global ha sido eficaz. Si bien interviene un tribunal español, se está haciendo a requerimiento de las víctimas. En el juicio a Scilingo va a haber más de cien testigos, de los cuales el 98% son argentinos. ¿Para qué sirve todo esto, entonces, en términos de trascendencia histórica? En el 99,99% de los casos, estos crímenes, que son los más graves que se pueden imaginar, quedan impunes. Esto es lo que se está revirtiendo. Está claro que la Justicia global es limitada. Pero marcha hacia un esquema posible en el futuro. Y éste es su mérito.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/01/16/z-03015.htm
Copyright Clarín, 2005.
Por María Esther Gilio
No sé si ese invierno había sido tan cruel como lo registra mi memoria o fueron los hechos que vivimos en esos meses los que subrayan la ferocidad del viento y la violencia de la lluvia. Retrocedo a julio del ‘72 y veo mis retornos a casa siempre castigados por alguna noticia que quitaba el sueño. “Te llamó la madre de Ana, dice que otra vez la sancionaron a Sofía quitándole las visitas”. “Le negaron la libertad a Juan” o “Se llevaron a Carlos”. Esa noche, la que hoy traigo a mi memoria, encontré junto a la puerta del edificio donde vivía con mis hijas a una niña de 9 o 10 años que temblaba de frío a pesar de la bufanda que le envolvía el cuello y la cabeza. “Soy la hija de la Tota”, dijo, y me entregó un papel arrugado que traía apretado en la mano. Entramos, subimos y, arriba, luego de encender la estufa, leí la carta. “María Esther”, decía, “esta niña, cuyo nombre es Helena, es la hija menor de Roberto y la Tota. Su padre tuvo que hacerse humo porque lo tenían cercado. A la niña hay que arrimarla a Concordia donde una hermana de la madre irá a esperarla. Este es el teléfono al que debés llamar cuando llegues a Salto. Perdón por esta complicación que no esperabas y gracias. Un abrazo. Angeles”. “¿Qué tenés ganas de comer?”, pregunté a Helena. Pensó y dijo: “Milanesa y papas fritas”. “Milanesas no hay pero, si querés, podemos comer papas y huevos fritos”. Y después de un rato: “Me parece que estuviste llorando”. “Sí, un poco. Me voy a lavar la cara”. Cuando volvió, quedó unos segundos mirándome en silencio hasta que pareció decidirse:
–Mi nombre se escribe con hache –dijo.
–Ah, como Helena de Troya.
–Sí, por eso me lo pusieron con hache –dijo y otra vez quedó en silencio. A mi papá le encanta La Ilíada. La Ilíada es un libro.
–Sí, ya sé. ¿Qué te pasa? Quedaste triste. ¿Qué estás pensando?
–En un problema.
–¿Qué problema?
–Capaz que te vas a enojar.
–¿Estás segura de que me voy a enojar?
–Sí, porque yo tuve la culpa.
–Bueno, te prometo no enojarme. Decí.
–No tengo documentos. Perdí la cédula hace quince días, una vez que fui a lo de mi abuela en el Prado. La perdí en la calle Buchental, creo.
–Bueno, ya vamos a ver –dije mientras pensaba que no era la cédula el problema. En la cédula figuraba un nombre que sí podía ser problema.
A la edad de Helena no pedían cédula. Casi nadie la tenía. El
único problema era la entrada a la Argentina sin permiso de sus padres. Ya veremos. Después de dos días de dar vueltas, hablar con amigos y hacer averiguaciones, tomamos un ómnibus que nos llevó a Durazno. Allí, un amigo nos recogería para llevarnos a Salto en auto.
Eran algo más de las diez de la noche cuando el ómnibus se detuvo en una calle de Durazno. Miré a Helena que con la manga del saco limpiaba el vidrio tratando de ver dónde habíamos parado. La luz del ómnibus se encendió y Helena abandonó su vidrio por mi mano. “No me vayas a dejar sola”, dijo. “Cómo se te ocurre”. Sonrió y bajamos. Busqué a Omar, pero allí no estaba. Un empleado de la empresa se acercó. “¿Usted espera a Omar?” “Sí”. “Avisó que no se inquiete que ya vienen a buscarla. Pasen al local, acá está muy frío”. Entramos y nos sentamos. Helena apoyó la cabeza en mi falda y se durmió. Quince minutos más tarde un anciano de bigotes y poncho blanco se acercó, con la boina en la mano, pidiendo disculpas. “Manuel Ferreira, para servirla. Omar tuvo que salir de apuro para el campo hoy de tarde. Allá las espera. No es lejos. Aquí traje dos mantas; mi auto es viejito y el frío hace de las suyas”. Desperté a Helena que miró sorprendida al viejo, que se quitaba la gorra para saludarla y salimos. El auto –un Chevrolet de los 50, sin guardabarros– esperaba en la esquina. Subimos, nos tapamos con las mantas y esperamos que seresolviera la lucha entre Don Manuel y el arranque. Finalmente ganó Don Manuel y el auto empezó a moverse. “Estos autos, con el frío, se ponen muy mañeros” –dijo mientras limpiaba el parabrisas con su pañuelo. Y poco más tarde, mientras la ciudad iba quedando atrás: “No vamos ni muy lejos ni muy cerca, cuatro leguas y un poquito”.
Habíamos recorrido cerca de cinco kilómetros cuando Don Manuel pidió perdón pues tenía que detenerse para armar un cigarro. Mientras lo armaba preguntó y contó. Sobre Omar que estaba haciendo un tajamar y sobre su mujer que era muy gaucha y lo ayudaba. Ella es española, dijo, y se puso en marcha luego de explicar que en unos minutos dejaríamos la carretera para entrar en caminos vecinales. Me volví y miré a Helena. “Me dormí -dijo–. Me dormí y soñé”.
–¿Qué soñaste?
–Soñé que estaba en la escuela y la maestra me preguntaba por qué había faltado tantos días. No sé, pero cuando la maestra preguntaba eso todos los niños se reían.
–¿Y después?
–Yo quería saber por qué se reían, pero me desperté.
El auto había entrado en el camino que anunciara Don Manuel y su andar se había hecho tembloroso y vacilante. Una lluvia muy fina empañaba el parabrisas y el frío se había vuelto casi insoportable. “Ya llegamos, no se impacienten que falta poco”, dijo Don Manuel deteniendo el auto y bajando a examinar un bulto atravesado en el camino. “Creí que era un perro”, dijo al volver. Era un pedazo de plástico negro”.
Media hora después anunció que estábamos entrando en el campo pero que aún faltaban varios minutos para la casa. Recorrí el campo con la mirada, buscando las luces de la casa que nos recibiría pero ninguna luz la anunciaba. El auto se internó en un monte de eucaliptos bastante espeso y aminoró la marcha. El suelo brillaba. Era evidente que el agua lo cubría. “Esto está medio inundado”, dijo Don Manuel poniendo segunda cuando desde atrás saltó en un grito la voz de Helena.
–Aquí, aquí, de este lado hay una oveja en el agua. Son dos, dos. Una grande y allá un poco más lejos, una chiquita.
Don Manuel detuvo el auto y bajó. Tomó primero la grande y la colocó detrás del auto, en el camino, y luego, rezongando, se dispuso a meterse más lejos, donde estaba hundido el cordero. Lo levantó y se acercó. “Te animás”, le dijo a Helena, cuyos ojos brillaron en la oscuridad. “Vamos a secarlo un poco primero”, dijo pasándole su pañuelo por las patas. “Este nació ayer o antes de ayer. Mañana se lo devolvemos a la madre”. Helena tomó el cordero y lo metió bajo la manta. “Está muy frío”, dijo. El auto retomó la marcha. Habían pasado unos diez minutos cuando una luz apareció a la vuelta del camino. Habíamos llegado. Bajamos. Salió Omar a recibirnos y atrás Milagros, su mujer, cuyo acento seguía tan español como lo había sido a su llegada hacía treinta años. Entramos. Cerca de la estufa había una mesa baja con pasteles, tazas y dos termos. Don Manuel le pidió el cordero a Helena, pero Helena agachó la cabeza y sin mirarlo se dirigió a la estufa. “Dejala”, dijo Omar. “No te preocupes. Mañana o más tarde la llevás”. Don Manuel salió. Helena con su cordero apretado entre los brazos, desinteresada de los pasteles, se sentó. La miré y pensé que su rostro había cambiado. La expresión de miedo que parecía imborrable había desaparecido; estaba seria y tal vez un poco enojada.
–¿Qué pasa, Helena?
–Nada, nada –dijo acariciando la cabeza del cordero. Nada, el corderito me hizo pis.
–¿Mucho?
–No, creo que no, pero varias veces.
–Entonces...
–Es chiquito, no sabe. Después me cambio.Milagros rió mirándola. “Me recuerda a mí cuando salimos de Barcelona con mi madre. La pelea con mi pobre madre que me decía: “No puedes llevar el gato, Milagros, por Dios, no puedes”. Y yo, que no oía. La verdad es que no quería oírla”.
Helena había levantado la cabeza y la miraba.
–Mi madre y yo, con muchos otros, debíamos cruzar los Pirineos nevados. Estábamos en lo peor del invierno y mi madre no cesaba de llorar porque no sabíamos dónde estaba mi padre. Ni siquiera sabíamos si estaba vivo y si algún día volveríamos a verlo. Yo tenía el pelo como Helena, así rizado -aunque un poco más largo–, y unos mitones de lana azul parecidos a los suyos. Ay, niña, de un golpe estuve de nuevo allá por un minuto.
–¿Murió tu padre? –dijo Helena.
–Murió, sí. Pero tú quieres saber si murió aquella vez. Qué va, mi padre era duro y fuerte como un toro. Murió aquí treinta años después. Aquella vez lo hirieron, pero no murió. Dos años más tarde nos juntamos en Marsella y salimos para tu país. Esta casa, ¿viste qué bonita es? Fue él quien la construyó.
Este final feliz pareció devolver el hambre y la alegría a
Helena que tomó un pastel, accedió a darse un baño antes de dormir y entregó –después de besarlo varias veces– el cordero a Don Manuel, que había vuelto, y esperaba junto a la puerta. “Su madre se va a alegrar cuando lo vea”, dijo Don Manuel a una Helena que sonreía.
Era todavía noche cuando al día siguiente nos levantamos. El campo estaba blanco de escarcha, pero la cocina caliente, pues el fuego no se había apagado del todo durante la noche. Cuando salimos tuvimos la sorpresa de que iríamos en un auto nuevo y abrigado. Omar, con pantalones de pana marrón y poncho de vicuña, era un estanciero millonario. Se lo dije. “La ropa llama al respeto de los zonzos”, dijo mientras se calzaba los guantes de pecarí. “Ya verás que vamos a encontrar unos cuantos por el camino”. Y así fue: apenas entramos en la carretera un piquete policial nos detuvo. Omar bajó y dos segundos después volvió a subir. El oficial había gritado desde lejos: “Está bien, no precisa... deje pasar”. Omar volvió a su asiento, encendió un cigarrillo sin hablar y arrancó. Estaba serio, pero sus ojos sonreían. “Antes de mediodía estamos en Salto”, dijo encendiendo la radio y moviendo el dial hacia uno y otro lado hasta que encontró la radio Colonia hablando de dos “artefactos” que habían hecho explotar en Córdoba. Recorríamos ya la ruta 3 cuando nos enfrentamos con lo que pensamos era un accidente grave por los autos de la Caminera, la numerosa policía y las vallas que obligaban a todo el mundo a detenerse. Omar detuvo el auto junto a la banquina y preguntó a un paisano qué había pasado. “Parece que se les escapó una pareja de subversivos que llevaban para Montevideo”.
–¿Cómo se les escapó?
–No sé cómo fue, pero la gente quedó nerviosa.
–Parece que no se habían dado cuenta y la mujer tenía escondida una navaja –dijo otro. –Creo que hay un policía lastimado. Quedaron bravísimos.
Un policía se acercó y pidió documentos del auto y personales. Pero sólo a Omar. A mí y a Helena nos miró apenas y no dijo nada. Ya se iba cuando se detuvo en seco, volvió y, acercándose al baúl del auto, pidió que la abrieran. Movió la rueda de auxilio, miró hacia el fondo y cerró. “Pueden seguir”, dijo. No habíamos recorrido 20 metros cuando otro policía nos detuvo. “Tenemos acá un compañero que perdió el ómnibus, ¿podrían dejarlo a una media hora de camino de aquí?”. Omar dijo que sí y el muchacho –no más de 20 años–, sonrojado hasta el pelo, subió atrás. Pidió disculpas, comunicó su nombre y quedó en silencio. “Están trabajando fuerte”, dijo Omar. “Sí, este episodio ocurrió hoy de mañana, antes de aclarar. La mujer llevaba un cortaplumas encima y no lo vieron”.–¿Gente de por aquí? –dijo Omar.
–No, de por aquí no.
Haría algo más de media hora que el muchacho había subido cuando dijo que debía bajar para tomar el camino que se abría a la derecha. Bajó y Omar y yo nos miramos. “¿Vos no sufrís del corazón, no?” “No”. “Te veo más nerviosa de lo que corresponde. No llevamos a ningún subversivo en el auto”, miré hacia atrás. Helena, con la boca entreabierta, dormía. “No, pero si saben quién es pueden querer interrogarla. Madre presa, padre requerido. Sería complicado, ¿no?”. “No es fácil que lleguen a todo eso”. “Además de todo eso estamos nosotros que la llevamos. ¿Por qué la llevamos? ¿Cuál es nuestra relación con sus padres?” “Vos sos amiga de la madre y yo soy amigo tuyo”. “Andá a contárselo a Magoya que capaz que lo convencés”. “¡Pero si es verdad! ¿O no somos...?” “Ya sé que es verdad, pero eso no alcanza. ¿En qué país vivís?”.
No respondió y yo cerré los ojos. “Si pensás dormir ponete el cinturón”, dijo Omar. Miré la hora, me puse el cinturón y me dormí. Cuando desperté, tal vez una hora más tarde, quedé por varios minutos incapaz de moverme. Omar y Helenita habían bajado y lo que yo veía, lo que se extendía ante mis ojos, tenía la seducción y el misterio de un cuadro impresionista. Hasta hacía una hora todo era gris en mi entorno, el cielo, el campo y el camino. Con el sol en el cielo, el gris había abandonado el mundo y el color se había adueñado de todo lo que existía. Sobre el fondo verde varios niños se perseguían gritando y en un lago pequeño, del que salía un vapor tenue, varias mujeres sumergidas hasta el pecho, con el pelo levantado, conversaban y reían como si el mundo fuera un deseable, posible e irrenunciable paraíso. Busqué hasta encontrar un cartel que me ilustrara. Estábamos en las Termas de Daymán. Omar se acercó seguido por Helenita, quien venía seguida por un perro. “¿Quedaste deslumbrada?”, dijo Omar. Y luego: “Helena y tú se quedan acá por unas horas. Tú hacés el llamado a Concordia, mientras yo voy a Salto a tratar de resolver el resto”.
A las nueve de la noche volvió Omar, cansado pero alegre. “Mis amigos estaban en Artigas, llegaron a las seis. Saldremos hoy a la una. Dependiendo de las corrientes podemos demorar entre 30 minutos y una hora. ¿Qué pasó con tu llamada?”. “Matilde esperará en una pequeña entrada que hay 300 metros al norte de donde sale la lancha de pasajeros”.
Era la una cuando vi a Helena bajar la barranca ayudada por Omar y caminar hacia el río, negro como todo en esa noche. Flaquita y frágil caminó rápido con su bolso en la mano y la bufanda envolviéndole el cuello y la cabeza. Quedé mirando la luz amarilla del farol, pobre y oscilante, hasta que subió a la lancha y se alejó con ella. Y cuando la distancia apagó el sonido del motor volví al auto. A las 9 de la mañana siguiente me avisaron que tenía una llamada. La mano me tembló un poco cuando tomé el teléfono.
–¡Hola! Soy Helena.
–¿Helena con hache?
Una carcajada alegre respondió a mi pregunta desde el otro lado del río.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/suplementos/radar/9-1960-2005-01-16.html
Por Sandra Russo
¿Treinta mil fueron bastante? ¿Comió el monstruo lo suficiente tragándose a treinta mil personas? Retumba la frase del fiscal Julio César Strassera al final de su alegato. Aquel Nunca Más que intentaba, más que cerrar un ciclo histórico, inaugurar uno nuevo. El hambre de víctimas, sin embargo, siguió intacto, aunque homeopático. La democracia quedó instalada, lo que no es poco. Pero el monstruo aprendió a comer de a uno, de a dos, de a diez, a elegir sus bocados selectivamente. El monstruo, más que aprender a no engullir, aprendió a disimular. Y siguió, sin ir más lejos y sin provocar en absoluto a las instituciones, comiéndose a los que no comen. O a los más débiles, o a los que nacen sin oportunidades.
Aquella vocación de Nunca Más también fue impregnándose en el sentido común de un pueblo. Durante estos últimos años hemos visto a decenas de padres y madres llorar a sus hijos –ésa es la manifestación directa y clara de la presencia del monstruo: un padre o una madre llorando a un hijo– y soltar su frase: “Que esto sirva. Que esto no pase nunca más”. Cada uno fue experimentando el propio drama y desviándolo para el sendero colectivo de aquel ansia, de aquel consuelo: “Que esto sirva. Que esto no pase nunca más”. Cada familia deshecha intentaba rehacerse desde el duelo con un módico anhelo, con un gesto si se quiere generoso. “Que esto sirva. Que esto no pase nunca más.” Y la pancarta o la remera con la cara del hijo o de la hija, las víctimas del monstruo, eran una bandera más de las que se iban amontonando en el pabellón de los dolores argentinos.
Hay que admitir que no todo siguió igual. Pese a los esporádicos bocetos de mano dura, pese a los infaltables profetas del orden y el santo Occidente, podría decirse que treinta mil fueron bastante para que la idea de un golpe de Estado hoy suene absurda, patética, extemporánea. Esta última palabra es acaso la más apropiada. Extemporánea. El derrocamiento de un gobierno democrático y el desfile de tanques en las calles fue hace unas décadas apenas un paisaje. Era una posibilidad contemporánea de varias generaciones que aceptaban que de los cuarteles surgía cierto tipo de derecho y jerarquía superiores a las del común. Hoy ese paisaje es extemporáneo: la democracia nos ha sido dada y ha sido tomada (o viceversa) como un rasgo de época. Parece tan extraño que a alguien se le pueda ocurrir la idea de un golpe como que alguien piense en anular el voto femenino o en anular la ley de divorcio. Pero así y todo, el monstruo sigue su depredación.
¿Doscientos adolescentes serán bastante? ¿Comió el monstruo lo suficiente tragándose a doscientas personas? El desastre de Cromañón nos enfrentó no sólo a un dolor que se esparció a lo largo y a lo ancho del cuerpo social, toda vez que el rocanrol expresa y convoca a chicos de distintos sectores, sino que además nos refregó en la cara otro tipo de seguridad, que no fue la que entretuvo en el último año a funcionarios, dirigentes espontáneos, líderes de opinión y analistas de diversa laya. Tuvimos en mente, porque ésa fue la agenda 2004, la seguridad en su versión más drástica. Los secuestros, los asaltos, los robos a mano armada, las derivaciones y asociaciones lúmpenes entre delincuentes y policías, el endurecimiento de las leyes, el fenómeno Blumberg, las idas y venidas en la Bonaerense, todo ese repertorio de seguridad fue el que asociamos con la seguridad. Seguridad quiso decir, hasta el 30 de diciembre, alarmas, custodios, patrullas, purgas, rejas, leyes, cárceles, razzias, desarmaderos, zonas liberadas.
Y de pronto se mueren doscientos chicos en un incendio en un local bailable excedido en su capacidad y con la habilitación vencida. Y sobreviene otra versión del espanto que tiene el mismo nombre, inseguridad, pero que corre por otro andarivel, que serpentea por otras grietas, que se derrama por la vida cotidiana de absolutamente todos. Y no nos dábamos cuenta, ni los ciudadanos ni los funcionarios, que de esa otra versión de la inseguridad pendían las vidas de tantos inocentes. Esa inseguridad no estaba marcada con resaltador en el libro de quejas de este país. Estábamos jugando a la ruleta rusa y esta vez salió el tiro, y mató de un solo impacto a doscientos chicos que representan a decenas de miles de otros chicos que tienen los mismos hábitos y van a escuchar música a lugares igual de inseguros que Cromañón.
Ahora hay controles, muchos controles. Y los controles son bienvenidos por la gente que ve con buenos ojos la incesante tarea de los inspectores que hasta hace dos semanas... ¿qué controlaban? Más allá de la responsabilidad que pueda caberle a funcionarios municipales o incluso al jefe de Gobierno porteño, que obviamente deberá ser clarificada y establecida, el desastre de Cromañón también incendió una idiosincrasia autodestructiva y laxa, excesivamente laxa, con algo con cuyo contacto los argentinos no tenemos fluidez ni recato: la norma. Ese elemento vital de convivencia, ese escalón de base. No respetamos normas ni vemos con malos ojos a quienes se burlan de ellas. No exigimos su cumplimiento ni tutelamos su vigencia. La idiosincrasia argentina está construida por afuera de la norma. Avalamos, por omisión o consentimiento, nuestra propia desprotección, nuestra inseguridad. Claro que damos por hecho que un local bailable habilitado debe estar en regla, pero... ¿realmente nos escandaliza, nos sorprende, nos impresiona advertir ahora que hay shoppings, estaciones de servicio, restaurantes y hasta peloteros que están en infracción? ¿No somos esencialmente un país de infractores? ¿Qué es el banana argentino si no, básicamente, un infractor? Cuando se debatió a los gritos, con gases, insultos, detenidos, el Código de Convivencia, ¿cuáles fueron los temas dominantes? Los vendedores callejeros y las travestis. ¿No es sintomático que en un país en el que después arde una disco con doscientos pibes adentro, las pasiones se hayan desatado por una estupidez tal como la oferta de sexo?
Los chicos están ahora revisando sus hábitos culturales, reflexionando sobre la trampa de la contracultura, que de ninguna manera puede desviar la fuerza de sus contenidos hacia la forma de la infracción. Los funcionarios están haciendo gestos ampulosos, pero también es probable que estén empezando a revisar seriamente cómo tener bajo control la seguridad ciudadana. Hay heridos que siguen muriendo y hay padres y madres que siguen repitiendo la frase que se convirtió en el eco ahogado de estos dolores inenarrables: “Que esto sirva. Que no pase nunca más”. ¿Serán bastante doscientos chicos para el monstruo? Tal vez sí, como lo fueron los otros treinta mil para marcar un antes y un después en la tolerancia popular a formas totalitarias de gobierno. Pero hay un monstruo entre nosotros, y siempre tiene hambre. Depende un poco de cada uno que no vuelva a comerse a nadie más.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-46229-2005-01-16.html
El historiador Nicolás Shumway, de EE.UU., analiza los hábitos del país
La impaciencia, la dificultad para el consenso y la negociación, la debilidad institucional y la falta de hábitos cívicos explican, para Nicolás Shumway, buena parte de las inestabilidades que hoy atraviesa la Argentina.
Para su diagnóstico, el historiador norteamericano encuentra argumentos en el siglo XIX, durante el que, está convencido, se cimentaron los paradigmas sobre los cuales se construyó nuestra idea de país. Paradigmas que hoy sobreviven, a su vez, debajo de las explicaciones sobre lo que nos pasa.
Shumway, actual director del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Texas, ex docente de Yale y profesor de literatura hispanoamericana, rastreó y describió esas “ficciones orientadoras” en su libro “La invención de la Argentina”, publicado en castellano por Emecé en 1992. Comenzó su “largo diálogo con el país” –como lo define– cuando llegó, en 1975, atraído por la tierra de Jorge Luis Borges. “Sigue siendo la influencia mayor en mi vida intelectual”, dijo.
De visita en Buenos Aires, donde viene al menos una vez por año, y en perfecto castellano –que se advierte aprendido en América latina, no en España–, Shumway describió ante LA NACION la supervivencia de mitos en la política y en el lenguaje de los argentinos, como el destino de grandeza, la superioridad de Buenos Aires sobre las provincias y la supuesta distancia con los países latinoamericanos.
Shumway admite que a su mirada extranjera se le escapan matices cuando intenta abordar la complejidad de la mentalidad argentina, pero afirma que tiene la ventaja de asombrarse con fenómenos que aquí naturalizamos. Afirma, además, que en tiempos de incertidumbre la historia puede dar dos lecciones valiosas: humildad para evitar las explicaciones simples y paciencia, porque “los grandes cambios en general no resultan de actos violentos”.
–Hace dos años, en plena crisis, usted se manifestó preocupado porque en el país se buscaran soluciones autoritarias. ¿Cree que ese peligro ya pasó?
–Creo que es difícil decir que el peligro ya pasó porque la historia es muy imprevisible. Pero sí me parece que hasta ahora los gobiernos están respetando la institucionalidad de una forma impresionante. No veo ninguna posibilidad, en este momento, de recurrir a un gobierno militar, autoritario, antidemocrático. Me parece que Kirchner está gobernando dentro de la constitucionalidad de manera admirable.
–¿Cómo ve el gobierno de Kirchner?
–Lo que veo desde los Estados Unidos es que está haciendo un trabajo admirable. Llegó a la presidencia sin ningún mandato, con un 22 por ciento del voto, por una maniobra siniestra de Menem, según me pareció, para negarle un mandato verdadero. Pero me parece que ha ganado el apoyo de los argentinos y ha hecho cosas muy positivas. La reforma de la Corte Suprema me parece una medida importante, como reabrir algunas de las causas de los militares, porque el país no estaba dispuesto a olvidar los abusos a los derechos humanos. Su política frente a la crisis económica me parece muy sensata; es decir que toma posiciones a veces fuertes, pero siempre sigue hablando, sigue conversando. No hay intransigencia. Hay un equilibrio interesante entre posiciones fuertes, bien declaradas, y una capacidad para seguir conversando. Ese es para mí el mejor camino.
–Algunos sectores cuestionan un manejo autoritario del poder. ¿Cómo ve la salud institucional de este gobierno?
–El problema no es tanto Kirchner, sino la necesidad de rehacer los partidos políticos. Creo que es necesaria una reestructuración, una recuperación de los partidos políticos, para que el Congreso pueda desempeñar su papel constitucional de ser un contrapeso de la presidencia. El problema de una concentración del poder no es tanto un resultado de lo que está haciendo Kirchner, sino la falta de poder en los otros organismos del Gobierno. La reforma de la Corte indicaría que el Presidente sí está dispuesto a compartir el poder, pero dentro del marco institucional.
–¿Esa debilidad institucional es característica de la Argentina o se ha profundizado en los últimos tiempos?
–No sé si es característica, pero tengo que reconocer que en la Argentina las instituciones se han debilitado mucho y la fecha más adecuada para marcar un comienzo es el 6 de septiembre de 1930, con el primer golpe militar del siglo XX. Después los gobiernos no han tenido la legitimidad institucional deseable. Durante años, por ejemplo, el peronismo no fue un partido legal. ¿Cómo se puede hacer un país democrático negando la participación de buena parte de sus habitantes? En este momento, la práctica de la democracia y de la institucionalidad sólo está empezando. El gobierno democrático fue restaurado no hace mucho tiempo. La institucionalidad es una especie de hábito cívico.
–¿Cómo se genera?
–Con la práctica, conviviendo dentro de un sistema institucional y no buscando soluciones fuera de las instituciones.
–Usted cree, entonces, que el paso del tiempo en el marco de un sistema institucional puede fortalecer estas prácticas.
–Claro. La expresión “hábito cívico” la saco del discurso de despedida de George Washington. En 1797, dijo que lo que el pueblo norteamericano necesitaba eran hábitos constitucionales, es decir, seguir la Constitución no porque sea perfecta, sino porque es la Constitución.
–¿Cómo se puede explicar desde su mirada que el peronismo hoy esté funcionando como partido hegemónico?
–No sé cuán hegemónico es el peronismo. Yo hablo con peronistas y me parece que hay muchos conflictos dentro del partido.
–Justamente, es oficialismo y oposición al mismo tiempo.
–El peronismo es producto de esa figura tan interesante y tan enigmática que fue Juan Domingo Perón. El genio político de Perón es que supo combinar una serie de elementos que por sí solos serían contradictorios. Por un lado, ese nacionalismo de derecha, aristócrata, ultracatólico, que lo apoyó. Al mismo tiempo, el populismo de izquierda, de personas como Scalabrini Ortiz y Jauretche, que también lo apoyaron. A lo largo de su carrera, Perón mostró esa capacidad de combinar elementos tan dispares. La idea de un peronismo de izquierda es casi una contradicción en los términos, pero es una realidad en la historia del país, lo que es un indicador del genio político de Perón. El problema para el peronismo es ver qué pasa con el movimiento sin esa personalidad y esa figura. Veremos, pero no creo que el partido peronista pueda ser nuevamente el partido hegemónico que fue con Perón.
–Si tuviera que hacer un apéndice a “La invención de la Argentina” mirando los últimos diez años de la historia del país, ¿qué fenómenos analizaría?
–Mi libro es un estudio de ideas, porque para mí las ideas forman una sociedad. En el siglo XIX, que es la época que yo estudio, ya estaban presentes muchos de los paradigmas retóricos que los argentinos todavía utilizan para hablar de su país. Me parece sorprendente que todavía haya argentinos que dicen “yo soy sarmientista” o “yo soy rosista”; es decir que se definen en términos de ese debate. Lo que sobrevive del siglo XIX son esos mismos paradigmas retóricos. Mucho del debate de los años 30 en la Argentina era un debate sobre la historia, qué había pasado realmente en el siglo XIX. Me parece muy interesante ver que todos los libros de Scalabrini Ortiz y Jauretche se están reeditando, y me interesa escuchar ecos de ellos en los discursos de Kirchner. Esos paradigmas retóricos no han muerto, sino que siguen informando cómo los argentinos se ven a sí mismos, aun en el desacuerdo.
–¿Cuáles son esos paradigmas?
–Por ejemplo, la relación de la Argentina con el resto del mundo. Por un lado siempre existió dentro del nacionalismo una idea de que la Argentina tenía que ser autosuficiente y resistir al imperialismo, definido de mil formas, y la idea de que algunas fuerzas exteriores han frustrado el gran destino argentino. Del otro lado, está la gente que dice que la Argentina tiene que insertarse en la economía mundial, pensar en su papel dentro del orden económico mundial, que no puede estar aislada. Son dos posiciones diferentes, que tienen 150 años de existencia.
–¿Esos paradigmas se modifican con el paso del tiempo?
–Se modifican, claro, pero no desaparecen. A mí me parece muy interesante que el mejor libro que hay sobre la mentalidad de los Estados Unidos es un libro escrito por un francés, Alexis de Tocqueville, en 1831. “La democracia en América” es un libro escrito antes de la industrialización, de la guerra civil, de la abolición de la esclavitud, es decir, antes de todos los grandes momentos que supuestamente definen a los Estados Unidos. Esto indica que los paradigmas retóricos del país fueron establecidos mucho antes de lo que podríamos llamar los elementos materiales del país. Algo parecido pasa acá.
–Usted habla sobre el mito de la exclusión como constitutivo de este país. Sin embargo, durante el siglo XX se consolidó un imaginario inclusivo, con la integración de los inmigrantes y la constitución de nuestra clase media. ¿Cómo conviven esas dos ideas?
–La aceptación de los inmigrantes nunca fue total. Recordemos la frase de “aluvión zoológico” para hablar del peronismo. Este es un país que respeta mucho las grandes familias, la aristocracia. No sé hasta qué punto se ha logrado una inclusión. Las tensiones todavía siguen siendo muy grandes, entre distintos grupos sociales.
–¿De dónde viene nuestra dificultad para el consenso?
–Por un lado, creo que viene de un concepto excesivo de lo posible, de la idea de que un gobierno puede corregir los males totalmente. Durante años, Yrigoyen dijo que era intransigente, y la intransigencia se consideraba un valor moral. Para mí la intransigencia es una cosa horrible, porque quiere decir que la conversación ha terminado, pero en el imaginario argentino “intransigencia” era un valor moral. De ahí viene la dificultad para el consenso, porque la democracia es un espacio para negociar.
–¿Y qué opina de que quienes ocupan los cargos públicos muchas veces los “privaticen” en su propio provecho?
–Eso es inevitable. La idea de negociación es que todos somos ambiciosos, pero de alguna manera la ambición de uno corrige y limita la ambición del otro. No hay posibilidad de una perfección moral en el gobierno, sino la capacidad de limitar abusos y, dentro de esos límites, hacer algo bueno para el país.
–Una de las ideas fuertes en la Argentina es que somos más europeos que latinoamericanos. ¿Qué está pasando con esa idea ahora?
–América latina empieza en Plaza Once. La respuesta superficial es que obviamente la Argentina es parte de este continente, pero para dar una respuesta más matizada debería decir que no sé exactamente qué significa la expresión “América latina”. Hay grandes diferencias entre sus países. ¿Qué tiene que ver Brasil con Honduras? México está lejos de ser Bolivia. Las diferencias son tales que la idea de una unidad cultural es difícil de defender. Me pregunto por qué no existe un término para las antiguas colonias de Inglaterra, por qué no vemos a Nueva Zelanda, Australia, Canadá, Estados Unidos y Sudáfrica como si fueran una unidad cultural. En cambio, cuando hablamos de América latina estamos suponiendo que esa unidad existe.
–¿Cómo explica el mito de ser un país llamado a la grandeza con la sensación de crisis permanente?
–La palabra “crisis” es una de las más abusadas en el lenguaje argentino. Desde que yo vengo al país, hace casi 30 años, siempre ha habido una crisis. Al mismo tiempo, ese mito de la grandeza argentina es muy importante. Sarmiento y muchos de su generación pensaban que el destino de la Argentina era ser “los Estados Unidos del Sur”, el contrapeso de los Estados Unidos del Norte. Por otra parte, la Argentina sí tiene en su memoria colectiva un momento de mucha opulencia: entre 1880 y 1930 hubo momentos de gran prosperidad y grandes logros institucionales, como la escuela pública. A diferencia de otros países latinoamericanos, la Argentina sí recuerda un momento en el que era un país del Primer Mundo. El gran deterioro del país que estamos viendo ahora comienza con los militares en 1976. Ningún otro país latinoamericano tiene recuerdo de un momento opulento. La ventaja de esto es que hubo un momento que podría ser recuperado. La desventaja es que, como dijo el ex presidente de Brasil Fernando Henrique Cardoso, es imposible manejar un coche mirando por el espejo retrovisor. Esta es la Argentina, que siempre está tan consciente de su pasado que no puede pensar en su futuro.
–¿Por qué es tan influyente en el país la idea de un líder salvador?
–Porque supuestamente los ha habido. Perón era uno de ellos; Rosas también, según los revisionistas. A mí me parece un gran error. La historia no funciona así. Las democracias estables y prósperas son el resultado de muchos años de paciencia. La Unión Europea tiene 50 años de existencia, con muchos pasos en falso; se ha hecho de a poco. Ese tipo de paciencia es muy necesaria para el progreso del país. La impaciencia ha producido muchos de los males en la Argentina.
–¿A qué figura del siglo XIX resucitaría para hacerlo intervenir hoy?
–Una figura que yo admiro mucho es Urquiza. Es el hombre que derrotó a Rosas y que trató de unificar el país. Bajo su dirección se escribió una constitución. Creo que es una persona que trataba de incluir. Sarmiento había hablado pestes de Urquiza, pero cuando llegó a la presidencia, Urquiza le ofreció su apoyo.
–¿Qué limitaciones tiene un historiador para comprender un país extranjero?
–Muchas. Cualquier niño escolar argentino sabe cosas de la Argentina que yo nunca voy a saber. Yo no puedo cantar el himno de memoria, no conozco todos los dichos y la jerga asociada con el fútbol; el español es una segunda lengua para mí. Siempre estoy tratando de intuir lo que quiere decir la gente. La ventaja es que yo vengo de afuera y puedo ver cosas insólitas, cosas que a otra gente le parecen poco interesantes.
–¿Para qué sirve la historia en tiempos de incertidumbre?
–Creo que la historia puede enseñar humildad, porque es muy difícil saber lo que pasó y lo que está pasando. La historia también puede enseñar cierta paciencia. Los grandes cambios, por lo general, no resultan de actos violentos. La Revolución Francesa, con un lugar tan importante en el imaginario romántico, para el país fue un desastre. Los países más “aburridos”, como Inglaterra desde 1688, tuvieron un progreso lento, con cada vez más inclusión y más participación pública. La historia siempre tiene que ser reescrita. De los géneros intelectuales, es uno de los más efímeros: cada generación tiene que reconstruir su reconstrucción del pasado.
Por Raquel San Martín
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=671308
Así lo afirma el cardenal Jorge Mejía
ROMA.– A pesar de los graves conflictos que existen entre lo occidental y lo oriental, el cardenal Jorge Mejía desestima que el mundo se encamine hacia una guerra religiosa.
Nacido en Buenos Aires en 1923, Mejía ha sido profesor y director de la revista Criterio y participó en el Concilio Vaticano II. Fue secretario del Departamento de Ecumenismo del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam) hasta que fue nombrado secretario de la comisión para las relaciones religiosas con los judíos. También fue vicepresidente de la comisión Justicia y Paz a partir de 1986. Desde 1998 hasta su jubilación fue director de la Biblioteca Apostólica y del archivo secreto vaticano.
El cardenal Mejía fue compañero de estudios de Juan Pablo II, con el que mantiene una relación personal. Con casi 82 años, conserva una memoria y una agilidad mental envidiables que, unidas a su cultura y un sutil sentido del humor, vuelven estimulante todaconversación con él.
–La Iglesia tiene una tradición de mediar ante la perspectiva de conflictos. En el reciente caso de Irak, hasta último momento Juan Pablo II intentó evitar la guerra. Parecía que el viaje del cardenal Etchegaray iba a dar resultado pero fue en vano. ¿A qué lo atribuye?
–El Papa no mandó sólo a Etchegaray a hablar con Saddam Hussein. También mandó a Laghi a hablar con Bush. Y no fue una mediación porque la mediación es una cosa muy concreta, jurídicamente, sino un empeño por la paz. La Iglesia trata de que los conflictos entre las naciones no se resuelvan con las armas sino que prevalezcan medios más adecuados. No había una guerra entre Irak y los Estados Unidos sino un proyecto del Bush de cambiar la situación de un país con la violencia. Una situa ción que ellos habían construido, porque ahora está claro, y lo estaba desde el principio, que las famosas armas de destrucción masiva no existían.
–¿Por qué la Iglesia no tuvo éxito?
–Había una decisión ya tomada de resolver esa situación con la fuerza. El Papa no fracasó, sino que no consiguió detener semejante proyecto, a pesar de que con él había una serie de naciones. Francia se opuso a la guerra, Alemania también…
–Durante el conflicto del Beagle la mediación papal sí dio buenos resultados.
–La Santa Sede siempre prefirió excluir el término "mediación". Fue simplemente una manera de obtener que las dos partes negociaran directamente.
–¿Usted cree que fue porque ambos países eran católicos o porque hace 20 años la Iglesia tenía mayor influencia política?
–La razón es que, en aquel momento y en aquel lugar, América latina, la Santa Sede gozaba de enorme autoridad. Cuando el nuncio Pío Laghi, que estaba en Buenos Aires, le sugirió al nuncio en Chile que interviniera la Santa Sede, éste habló con el gobierno chileno y estuvieron de acuerdo. No hubo que convencer a nadie. El éxito se debió al respeto del cual gozaba, y creo que del que goza todavía, la Santa Sede en esa parte del mundo. Mucho más del que goza en los Estados Unidos y, me temo, en Europa, a pesar del enorme prestigio personal del Papa.
–En los últimos años, algunas comunidades de inspiración católica han tomado un papel más activo en la mediación internacional. Es el caso de la Comunidad de Sant’Egidio. ¿Esos éxitos se deben al corte católico de estas comunidades o a la habilidad individual de sus miembros?
–A las dos cosas. La comunidad de Sant’Egidio nace por otros motivos, pero a raíz de las relaciones que hicieron en las grandes reuniones que organizan se dieron cuenta de que podían intervenir en algunas cuestiones. El primer ensayo fue el de Mozambique, que salió bien. Otros no han salido bien, como el de Argelia, pero eso no los ha paralizado.
–Durante muchos años usted ha sido secretario de la comisión de la Santa Sede para las relaciones religiosas con los judíos y ha vivido y viajado extensamente por Medio Oriente. ¿Qué soluciones ve para la cuestión de Israel y los palestinos?
–La única vía posible es una negociación bilateral en la cual cada una de las partes esté dispuesta a renunciar a algo, como sucede en toda negociación. Las renuncias, en este caso, son sumamente duras y difíciles.
–La idea de un Estado palestino ha sido rechazada por Israel. ¿Palestina tendría que renunciar a ser un Estado?
–Eso es imposible ¿Qué hacen si no tienen un Estado?
–¿Se convertirían en ciudadanos de segunda categoría?
–Exacto. Creo que los israelíes están cada vez más convencidos de que hay que encontrar una salida para que ese grupo humano tenga un estatuto internacional garantizado, o sea, un Estado. He oído decir a amigos judíos que eso es inevitable. Al gobierno le gustará o no, pero hay que encontrar una manera de que se realice. La cuestión es cuáles serán los límites, hasta dónde va a renunciar Israel a las colonias.
–Después del 11 de septiembre del 2001 se avivó el peligro de un choque de civilizaciones. ¿Cómo evitar que esta lucha sea vista como una guerra de religión?
–Yo no hablaría de un conflicto de civilizaciones, porque el estado en que el mundo se ve a sí mismo tiene demasiados puntos en común para que ésa sea la razón de un conflicto. Hay una reacción en quienes no quieren ser nivelados totalmente con lo que podemos llamar occidental, pero que yo llamaría más bien consumista, secular y ajeno a toda dimensión religiosa. Por eso uno de los eslóganes de la "otra parte del mundo", si lo dividimos así, es que Occidente está totalmente corrompido. Por su lado, la parte, digamos, norteamericana llama Satanás a la otra. No habiendo, me parece, la perspectiva inmediata de una guerra de civilizaciones, hay, sin embargo, momentos muy serios de conflicto. ¿Cómo entraron las religiones en esto? En el lado oriental, si usamos ese término aunque sea inadecuado, lo religioso importa mucho más que en la otra parte. A pesar de que todo el mundo esté muy secularizado, basta ir a China, a Japón o a la India para ver que la realidad religiosa tiene una presencia pública y social que lo cristiano tiene cada vez menos en Occidente. Esto último hace difícil una guerra de religión. Dicho esto, no cabe duda de que hay elementos religiosos en el conflicto. Del lado occidental, por suerte no se está usando la frase: "Defendemos una civilización cristiana" o, por lo menos, yo no la he escuchado. Esto se oía en la Argentina durante los gobiernos militares, que decían: "Nosotros somos el Occidente cristiano", cosa que siempre he criticado. De modo que no, guerras de religión como tales, como las que hubo en Europa después de la Reforma, hasta la Paz de Westfalia, no hay, ni creo que vaya a haber. Ni tampoco creo que el islam decida, en nombre del Profeta, invadir Occidente.
–Entonces usted no considera que la Iglesia esté bajo un ataque del islam.
–No. Con todo, no se puede olvidar que el primer ataque contra el Papa, un ataque terrorista, vino de esa parte del mundo.
–Llevado a cabo por un turco…
–El señor Agca es musulmán. Qué hubo detrás no se sabrá nunca con precisión. Yo creo que el Papa lo sabe, y posiblemente lo va a dejar escrito.
–En la Constitución de la Unión Europea, tras muchos esfuerzos de la Santa Sede, se decidió no incluir la mención de las "comunes raíces cristianas" del continente.
–Muchos en la convención hubieran querido una referencia a las raíces cristianas. De hecho, se progresó, porque primero no había nada; luego hubo una referencia a los acuerdos que los diferentes países tienen con las instituciones religiosas y se nombraron las iglesias cristianas. Después hubo otro progreso: que se hablara en general de "los orígenes culturales y religiosos", aunque sin llegar a lo cristiano. De modo que no se trataba de una neta oposición en todo. ¿Por qué no salió lo cristiano? Entre otras cosas, porque algunos no lo consideraban importante y no veían por qué tenía que haber una referencia especial. Otro punto es que la mención de las raíces cristianas podría haber sido vista como un límite a la libertad de los organismos decisivos para resolver cosas que el cristianismo, y sobre todo el catolicismo, no aceptan. Las uniones homosexuales, por ejemplo, o la libertad absoluta en la intervención en la procreación, con la consecuente muerte de los embriones, o la cuestión del aborto. Yo mismo pensaba que, de haberse nombrado las raíces cristianas, pero con todas estas posibilidades abiertas, se hubiera creado una situación equívoca, por no decir hipócrita.
–A la vez, se le está abriendo el camino a la entrada de Turquía en la UE…
–También eso podría crear un problema, aunque Turquía está construida sobre la civilización bizantina, de la cual quedan rastros.
–A partir de los años 70 la Iglesia incorporó también comunidades y grupos de "izquierda católica"…
–¿Incorporar? Podemos decir que surgieron, pero fueron muy resistidos.
–Lo que quiero decir es que hoy en día parecen estar tomando pie las agrupaciones más conservadoras, como el Opus Dei y los Legionarios de Cristo.
–El Opus Dei, ahora y desde hace ya bastante tiempo, no tiene prejuicios excluyentes.
–¿Y los Legionarios de Cristo?
–Son una cosa muy especial, y sobre todo los daña el nombre, porque da la impresión de una cosa militante. Ahora bien: hay que entender de dónde viene este nombre. Conozco al fundador, pues fuimos compañeros acá cuando éramos estudiantes. Ellos vienen de la guerra contra la Iglesia en México, que se volvió muy militante, hasta el punto de que algunas personas pensaron que se exageraba. Me refiero a los famosos cristeros. Ahora, que se los pueda considerar del todo conservadores, ¿qué significa eso? Yo diría que están muy convencidos de su importancia, no sin motivos, pues tienen muchísima gente y muchísimas instituciones. Algunos dicen que lo que les importa es el poder, pero creo que se exagera.
–¿No cree que esto podría alejar de la Iglesia a los católicos más moderados?
–Puede crear dificultades, pero alejarlos no. Además, se puede decir que si algunos se alejan, otros se acercan. Por ejemplo, ahora el Opus Dei acaba de organizar en su facultad de medicina de Roma un diálogo nada menos que con los hombres de ciencia israelíes sobre los temas más delicados, o sea, sobre la intervención en la procreación, sobre el aborto y sobre la eutanasia. Y la cosa ha salido bien.
–En el pasado, los jesuitas eran los educadores por excelencia de la Iglesia. Hoy, el Opus Dei y los Legionarios de Cristo parecen estar tomando ese papel. ¿Esto podría llevar a una Iglesia mucho más conservadora que la de hoy?
–Yo preguntaría qué significa una "Iglesia conservadora", qué conceptos se esconden detrás de ese término…
–Un catolicismo menos abierto…
–¿Abierto a qué? ¿Abierto al mundo? Cuando los jesuitas educaban al mundo, el tema era la Reforma protestante, y los temas que ésta había traído a Europa, pero sobre todo a América latina. Eso hizo bien. Educaron a gente que sería más o menos "cerrada", si usamos esa expresión, pero que eran cristianos de veras. Por lo menos, hasta un cierto momento. El Opus Dei y los Legionarios tienen universidades de muy buen nivel. Que creen gente menos abierta es un peligro que existe, pero siempre hay que ver qué significa eso…
–A mucha gente, organizaciones como el Opus Dei o los Legionarios de Cristo le inspiran cierta desconfianza. Según el libro "Voto de silencio" (J. Berry y G. Renner), los legionarios hacen la promesa de no criticar a su orden y denunciar a los que lo hacen. ¿No le parece que este tipo de obligaciones pueden inducir a pensar mal?
–Lo primero es ver si eso es verdad. Canónicamente sería muy difícil admitir un voto de ese tipo.
–No sería un voto, sino una promesa.
–Una promesa es más posible, pero aun así… Toda comunidad trata de defender su propia identidad, eso es bastante lógico, ¿no? Pero hay que ver cuáles son los límites. Y si eso, en ciertas circunstancias, no es útil u oportuno. No digo necesario. Pero cuando la Iglesia es atacada, tiende a asentar sus defensas. Lo que me parece más importante en todo esto es que todas esas nuevas comunidades tienen un primer principio, que es la fidelidad al Papa. La personalidad del Papa es de extraordinaria apertura, y eso hace que ninguna de estas comunidades admita, o pueda admitir como principio, un "nosotros eso lo excluimos".
–Hace instantes usted mencionó la ciencia. La Iglesia tiene posiciones opuestas a la comunidad científica internacional: la investigación genética, el uso de embriones... ¿Cuánto puede la Iglesia seguir diciendo no a un progreso que sigue adelante?
–La Iglesia no le dice no al progreso. Le dice no a un cierto tipo de aplicación de la ciencia, y no al estudio. Esa aplicación es la que no tiene en cuenta la estructura natural y constitutiva del ser humano y sus actividades. Ese es el problema, y ahí no se va a decir nunca que sí, porque no se puede negar lo que es la defensa del hombre mismo. Si la Iglesia se opone al aborto es porque se opone a que se mate gente. Se puede decir: "¿Quién sabe si el feto es un ser humano?". En eso, la ciencia dirá que sí o que no, y la cosa está muy discutida. Pero matando un feto se mata a un ser futuro, o a un ser actual. Y a eso nunca se le va a decir que sí, porque está el quinto mandamiento en contra. Lo mismo pasa con la eutanasia: a nadie le corresponde decidir la muerte de las personas, porque la vida de las personas depende de Dios y de la persona misma, conforme a la ley de Dios, no conforme a su propio gusto y decisión. El límite no es la ciencia y su progreso; el límite es otra cosa, superior a la ciencia y que está más allá de la ciencia. En eso nunca se va a volver atrás, ni se ha vuelto atrás, que yo sepa...
–Pero ¿no cree que así la Iglesia se va a alejar del mundo real y va a terminar perdiendo influencia sobre las personas?
–¿Por qué no lo decimos al revés: que es el mundo real el que se aleja de la verdad que la Iglesia representa, que eso aleja a las personas? Aleja a algunas personas, pero le da la posibilidad a otras de reconocerse como lo que son.
–Muchas personas se definen hoy como cristianas, pero no comparten ciertos artículos de fe, como el infierno, la vida eterna o, en lo más práctico, la necesidad de una anulación para volver a casarse. ¿Cómo definiría usted a estos neocristianos ?
–O se es cristiano o no se es. Ese es el primer principio. Si se es cristiano, se aceptan una fe, una disciplina y unos sacramentos determinados, no porque sean una imposición, sino porque esto pertenece a la propia decisión interior. Con todo, la Iglesia tiene una vocación necesaria y constitutiva de misericordia y no echa a la gente si no cuando no hay más remedio.
–Durante su gestión como bibliotecario apostólico y jefe del archivo secreto vaticano usted le dio mucha importancia a la incorporación y uso de la tecnología y de Internet. ¿Cree positivo el hecho de que más y más personas tengan acceso a tanta información sin restricciones?
–No hay ningún medio para impedirlo. En Internet sale cualquier cosa. No hay que creer que la infusión masiva de conocimientos e información vuelva a la gente necesariamente mejor. Esa es una ilusión iluminista, aunque tiene un elemento verdadero, o sea que es mejor que la gente no sea ignorante. Creo que hoy la gente está indigestada de información y ya no es capaz de discernir qué está bien y qué está mal en la información que se le da.
–Están de moda las novelas de suspenso inspiradas en temas esotéricos y sociedades secretas, como "El código Da Vinci" y otros. ¿A qué atribuye este interés?
–Ese libro es una sucesión de cuentos chinos y, posiblemente, además, un mediocre plagio. Por eso no pienso perder mi tiempo leyéndolo. Ahora, ¿por qué a la gente le interesa lo esotérico? Porque el ser humano tiene una cierta curiosidad, que se puede calificar de malsana, por todo lo que es extraño, fuera del horizonte normal, y que a la vez teme, aunque le atrae. Esta es una actitud psicológica conocida, que creo que está presente desde que empieza este mundo. Lo que pasa en el pecado original es exactamente eso, un "vamos a ver qué es esto que se nos prohíbe".
–Muchos consideran que hoy la Argentina tiene un gobierno de izquierda. ¿Está de acuerdo al respecto?
–Sé muy poco de todo eso. Que hay una cierta tendencia favorable a lo que se llama la izquierda es verdad, por lo menos todo el mundo lo dice. Hablo de la Argentina siempre con temor, porque no vivo ahí y la conozco poco. Por un lado está la miseria, que es terrible. Y después hay una especie de aflojamiento, eso sí, de lo que son los criterios de una convivencia social normal. Eso, en la Argentina, tuvo importancia. La religión era un elemento, pero no era todo. Y eso es lo que me parece que ahora falla. Además, se ha establecido una cierta tolerancia para cierto tipo de cosas. Lo oigo decir de los piqueteros o con relación a los secuestros. Hay una cierta tolerancia o complicidad por parte de instituciones que deberían impedir, controlar y remediar los excesos.
Por Sebastián A. Murena
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=670462
JA-HOON CHANG, ECONOMISTA
La historia de potencias como Gran Bretaña, Japón y Estados Unidos muestra que, para crecer y consolidar su economía, todos echaron mano de medidas para proteger su propia producción.
Julio Sevares
jsevares@clarin.com
En sus trabajos, usted sostiene que los países ricos no se desarrollaron con las políticas de libre mercado que recomiendan. ¿Puede ampliarlo?
—Así es. Si usted observa la verdadera historia de esos países, descubre que en su mayoría usaron protección del mercado, muchos subsidios estatales, inversiones públicas, etc. El mejor ejemplo es Estados Unidos: hoy pretende ser defensor del libre comercio, pero entre mediados del siglo XIX y la Segunda Guerra Mundial, tuvo la tasa arancelaria más alta en el mundo. Lo que dicen que hicieron es muy distinto de lo que efectivamente hicieron. En realidad, hay solamente dos o tres países que practican realmente el libre comercio y son países como Suiza y Holanda que tienen aranceles muy bajos Pero aun esos países serían retados por el Banco Mundial si solicitaran un crédito, porque se niegan a reconocer los derechos de propiedad intelectual de empresas extranjeras. Esos países consideran las patentes como un monopolio y, por lo tanto, algo inaceptable en un régimen de libre comercio.
Volvamos a la historia de Estados Unidos.
—En el siglo XIX, Estados Unidos trataba de alcanzar a Gran Bretaña. Pensando en ese objetivo, en primer lugar, protegieron la industria manufacturera porque sabían que si tenían un comercio abierto con Gran Bretaña, sería destruida. En segundo lugar, impusieron una serie de regulaciones para que los británicos no se quedaran con su sistema financiero. Por ejemplo, ningún extranjero podía ser miembro del directorio de bancos y los accionistas extranjeros no podían ejercer su derecho al voto a menos que residieran en Estados Unidos. En 1771, el primer secretario del Tesoro, Alexander Hamilton, presentó al Congreso de su país un informe sobre la situación de las manufacturas, en base al cual recomendó proteger la industria para darle tiempo a crecer. El y los que heredaron su legado intelectual no plantean que al proteger algunas industrias automáticamente éstas se vuelven competitivas, sino que hay que invertir en infraestructura, conocimiento, educación, todas las cosas que las industrias necesitan. Pero, sea como sea, una industria naciente necesita cierto espacio para respirar. Básicamente, es como criar a un chico.
¿En qué sentido?
—Usted sabe que el chico que está cuidando un día saldrá al mundo y conseguirá un empleo y se ganará la vida, etc. Pero no se le dice a un chico de 6 años que salga ya mismo a ganar dinero. Primero hay que darle una formación, enseñarle a vivir y cuando llega a los 18 le decimos: ahora salí a conseguir un empleo. No sólo Hamilton pensaba así. Abraham Lincoln fue el presidente más proteccionista en la historia. El aumentó las tarifas, en parte para financiar la guerra civil, pero cuando la guerra terminó, no las bajó. Otro caso es el del general Ulysses Grant. Era un general del ejército, o sea que no tenía una visión sofisticada sobre la economía. Pero acuñó un razonamiento muy interesante que es más o menos como sigue: "los ingleses nos dicen que practiquemos el libre comercio. Por supuesto que lo haremos; sólo que doscientos años más adelante, cuando seamos tan ricos como ellos". Grant, pese a ser militar, entendía cuál era el juego. No es extraño porque, en su época, muchos norteamericanos pensaban de esa forma. En ese entonces, la mayoría de los economistas estadounidenses apoyaban el proteccionismo.
Las ideas de Hamilton luego pasaron a Alemania, ¿no es así?
—Sí. El llamado "Argumento de la industria infante" creado por Hamilton luego fue retomado por Friedrich List. Y los alemanes hicieron algo más complicado que los norteamericanos. En los Estados Unidos, el Estado mantuvo la protección aduanera, invirtió en educación y en infraestructura, pero no hizo mucho más que eso. El esfuerzo proteccionista de los alemanes fue más grande y el Estado finan ció incluso el establecimiento de nuevas fábricas.
Nada menos que en pleno auge del liberalismo liderado por Gran Bretaña...
—Mire, los británicos querían que todo el mundo practicara el libre comercio. Pero List replicaba que ellos se habían industrializado antes de llegar al librecambio utilizando el proteccionismo de la época mercantilista, del siglo XVIII. Cuando los británicos nos dicen que no usemos el proteccionismo, decía List, nos quieren patear la escalera que ellos utilizaron para subir. En ese punto todos siguieron el ejemplo británico. Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se convirtió en el país número uno, Estados Unidos empezó a predicar el librecambio. Los japoneses y los coreanos del sur, que se estaban desarrollando con proteccionismo, subsidios, empresas públicas y muchas regulaciones, no aceptaron esa receta. Pero hoy usted va a la Organización Mundial de Comercio y los japoneses y los coreanos apoyan el libre comercio.
¿Qué sistema utilizó Japón?
—El caso de Japón es ejemplificador. Después de la segunda posguerra, la política estadounidense era que Japón se especializara en la producción y exportación de productos basados en los recursos que tenía en ese momento. Pero los japoneses consideraron que no podían seguir especializados en la exportación de seda, que era lo que más vendían, y decidieron avanzar promoviendo la instalación de industrias básicas, astilleros y automotores. En 1959, cuando Japón tenía un PBI per cápita de 400 dólares, similar al de la Argentina, la Toyota quiso vender autos en los Estados Unidos y fue un fracaso total. Pero perfeccionaron los vehículos y a los pocos años ya eran competidores internacionales. Si Japón hubiera seguido el consejo del general MacArthur, que encabezaba la ocupación estadounidense, Japón seguiría exportando seda.
¿Y Corea del Sur?
—En 1960, Corea tenía un PBI per cápita de 80 dólares y su principal artículo de exportación era el tungsteno que se utiliza en las lamparitas de luz. El segundo era el pescado. Pero un gobierno militar comenzó a desarrollar industria sencillas como textiles y zapatos y luego pasó a las industrias pesadas. A fines de los sesenta, el gobierno pidió un préstamo al Banco Mundial para instalar una siderurgia. El Banco les dijo: "¡Muchachos, ustedes están locos, están exportando remeras y zapatos y quieren hacer una siderurgia!" Y rechazó el pedido. Entonces el gobierno pidió dinero en Japón y así comenzó una carrera que lo convirtió en uno de los principales productores siderúrgicos del mundo. Pero, como decía List, una vez que usaron el proteccionismo para desarrollarse, lo condenan.
¿El proteccionismo no perjudicó la eficiencia?
—Tanto Japón como Corea protegieron las industrias, pero siendo concientes de que ese sistema no puede prolongarse indefinidamente y que tiene que utilizarse para modernizarse. También tuvieron claro la necesidad de exportar para financiar el crecimiento y de ir mejorando el perfil de las exportaciones.
¿Que pasó con el proteccionismo de América latina?
—Es una pena que los latinoamericanos no hayan escuchado completo a Raúl Prebisch. El apoyaba la sustitución de importaciones utilizando el proteccionismo, pero también ponía un fuerte acento en las exportaciones. Porque si se quiere importar tecnología de avanzada hay que exportar; si se quiere tener una buena gestión macroeconómica y no tener crisis de la balanza de pagos, hay que exportar. Pero la gente oyó sólo la mitad de la historia. OK. protejamos.
¿Por qué las elites no prestaron atención a ese consejo?
—Una razón es que las principales exportaciones de América latina eran productos primarios manejados esencialmente por oligarquías. Esas oligarquías no tenían interés en modificar el patrón de exportación. De hecho, alguien dijo que Sudamérica es "el Estados Unidos donde el Sur ganó la Guerra Civil". En los Estados Unidos, el Norte industrial ganó la guerra al Sur agrícola, latifundista y librecambista. Otro problema es que los países latinoamericanos confiaron mucho en las corporaciones multinacionales y, éstas tienen muy poco interés en desarrollar una capacidad exportadora porque tienen una estrategia mundial y su país puede o no ser una plataforma de exportación.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/01/09/z-03415.htm
Copyright Clarín, 2005.
La crisis no terminó, afirma el sociólogo
“El sistema político argentino nació en crisis y nunca logró superarla realmente.” Para Eduardo Grüner, por debajo de algunas señales positivas, la raíz más profunda de la crisis argentina sigue intacta y es la que mantiene abierta la brecha que separa a los dirigentes de sus representados.
Sociólogo, ensayista, actual vicedecano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA), Grüner cree que el origen de ese desfase puede situarse en el propio nacimiento de la Argentina como nación, ya que –opina– se trata de un país “que se inventó desde arriba, a imagen y semejanza de modelos europeos”, con un sistema político cuya conformación “tuvo mucho de ficticia”.
Crítico con el gobierno de Néstor Kirchner –“no decide plenamente qué rumbo tomar”–, desde una posición de izquierda, Grüner no cree que la incertidumbre con la que convivimos los argentinos sea un fenómeno local. Por el contrario, llama la atención sobre las grietas y contradicciones de las naciones centrales y se entusiasma con lo que ve como la instalación de un “realismo crítico” en Occidente.
Autor de los ensayos “Un género culpable”, “Las formas de la espada”, “El sitio de la mirada” y “El fin de las pequeñas historias”, Grüner es profesor de Antropología del arte, Literatura y cine y Teoría política, en la UBA. Su trayectoria intelectual ha recorrido la antropología, la filosofía política, el psicoanálisis, los medios de comunicación, el cine y la estética.
Grüner mantiene sus distancias con el fenómeno de la globalización. "Hay autores que dicen que es la mundialización de una cierta lógica económica en la que hay ganadores y perdedores, pero lo que nunca se puede mundializar es la fuerza del trabajo", afirma.
En cuanto a la amenaza del terrorismo internacional, rechaza el "horroroso derrumbe" de las Torres Gemelas, aunque sostiene que existe fundamentalismo "de las dos partes". En todo caso, se empeña por dejar a salvo "la configuración de una civilización como la islámica, a la cual Occidente le debe lo que es, en buena medida".
Los siguientes son los tramos sustanciales de la entrevista concedida por el sociólogo a LA NACION.
-¿Cómo evalúa los acontecimientos del 19 y el 20 de diciembre de 2001?
-Yo no soy de los que piensan, con una especie de visión apocalíptica, que el 19 y el 20 de diciembre de 2001 cambiaron de manera radical la historia argentina de los últimos años. Es cierto que esas jornadas fueron dramáticas, pero en realidad demostraron una cuestión muy seria y profunda que, de manera más subterránea o intermitente, se venía produciendo en las últimas décadas, casi desde la recuperación de la democracia, en 1983.
-¿Había señales de advertencia desde el regreso del sistema democrático?
-La democracia se recuperó en circunstancias nacionales y mundiales que no permitieron que las realizaciones concretas estuvieran a la altura de las expectativas y esperanzas. Me parece que, desde entonces, cada vez se fue profundizando más esta brecha entre las expectativas y la capacidad o la voluntad de la clase política y de las instituciones de satisfacerlas, aunque fuera medianamente. Desde luego que el progresivo empobrecimiento del país, de la sociedad, contribuyó en buena medida a que, lejos de cerrarse, esta brecha se transformara en un verdadero abismo. Y esto fue lo que estalló en diciembre de 2001
-¿Qué piensa que cambió en el país desde 2001?
-Es muy difícil decirlo, porque todo lo que sucedió es muy contradictorio y hasta confuso. La pregunta que suele hacerse es qué pasó con el "que se vayan todos". En realidad, salvo dos o tres, no se fue nadie. Volvieron algunos que no estaban y aparecieron otros que nadie tenía en cuenta.
-¿Por qué no se produjo la tan invocada reforma política?
-Es una pregunta que supone que eso hubiera sido posible, cuando no había, desde el campo popular, una real perspectiva de construcción de una alternativa contrahegemónica. El otro error de esa pregunta es pensar que esos "todos" a los cuales se pedía que se fueran estaban en algún lado. En realidad, se habían ido hace mucho en la capacidad y voluntad de representación y de acción. Me animé a escribir en ese momento que todo el sistema político estaba fuera de la ley. No necesariamente porque fueran todos delincuentes, sino porque estaban fuera de la propia capacidad simbólica de representar a los representados.
-Un concepto que circuló fue el de la crisis de representación...
-Se hablaba demasiado de la crisis de los representantes y yo pensaba que había que preguntarse por la crisis de los representados. El desastre económico, social, político y hasta psicológico había sido tan grande que era la base material de la representación misma la que estaba deteriorada a un extremo inédito. Quiero decir: las clases, la nación, el pueblo, las instituciones, todo aquello sobre lo cual la representación tiene que levantarse. Creo que en estos años, por un lado, se ha profundizado este desfase entre los representados y los representados.
-¿No cicatrizó todavía la herida?
- No creo que haya cicatrizado esa herida abierta. Por otro lado, hay una cierta conciencia subterránea de una serie de derechos a cuestionar las formas de representación y delegación del poder, aunque eso no está sistematizado en la cultura política. Hay algunos fenómenos nuevos que siguen funcionando: el complejísimo tema de los piqueteros, que produce irritación a mucha gente (los que hubieran estado siempre en contra y los que, como yo, ven allí un fenómeno interesante e inevitable), algunas asambleas, las fábricas recuperadas, ciertas formas parciales de autogestión de lo social y lo económico que no logran articularse en alguna nueva forma de cultura política. El gobierno actual expresa en muchos sentidos estas contradicciones y estos desfases.
-¿En qué sentidos?
-Es un gobierno que ha surgido de las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, en el mediano plazo. Pero en muchos aspectos sigue actuando bajo las formas tradicionales de hacer política y de pensar la representación. Está tironeado entre esas diferentes estaciones actuales de lo político. Es muy difícil saber adónde va a ir a parar. Cuando tomó el poder, el presidente Néstor Kirchner dijo con la más absoluta claridad que él apoya lo que llama un capitalismo nacional. Se puede discutir si esto es posible o no. Yo soy más bien escéptico al respecto, pero hasta ahora no se puede decir que haya traicionado esa voluntad fundacional.
-¿Qué papel están jugando los partidos políticos?
-Al igual que sucede con el Gobierno, también ellos han entrado en una fase de descomposición de sus tradiciones. Esto vale para el peronismo, en muchos sentidos, y ni qué hablar del radicalismo. Me parece que están en una fase de no saber muy bien qué hacer. El propio Presidente apostaba por alguna cosa por fuera del Partido Justicialista, que se llamó transversalidad. Ahora parece haber entrado en razón y trata de juntar fuerzas dentro de la cultura política tradicional.
-¿Qué le criticaría a la gestión de Kirchner?
-Las dos últimas cosas que me fastidiaron fueron el envío de tropas a Haití, que me pareció innecesario, porque se corre el peligro de entrar en complicidades muy complicadas, y que cuando ganó George W. Bush en los Estados Unidos le mandara un saludo en nombre de todo el pueblo argentino. Son anécdotas, posiblemente, pero develan esta especie de conflicto interno que tiene el Gobierno consigo mismo, esta ambivalencia y ambigüedad. Pero lo que le criticaría, en términos más generales, es que no decidió plenamente qué rumbo tomar. Es cierto que hay una cantidad importante de gestos en relación con los derechos humanos, con la Corte Suprema, que tienen un valor importante y generan efectos materiales sobre la vida social. Pero no veo que se esté trabajando sobre el problema de la pobreza, sobre la desocupación, sobre una política económica que implique mayor equidad y justicia.
-¿De dónde nos viene a los argentinos la búsqueda de la salvación mágica a través de un líder o de un acuerdo de miles de millones de dólares, como el que se anunció, en su momento, con China?
-No creo que sea un problema solamente argentino. Hay una constante en la cultura política de la modernidad y del siglo XX: esta llamada crisis de la representación, en sentido clásico, no es un invento reciente. Por lo menos desde fines del siglo XIX viene planteándose este total desequilibrio entre las promesas liberales de la civilización occidental y sus realizaciones concretas y posibilidades. Como resultado de ese conflicto tuvimos fenómenos como la Primera Guerra Mundial, la revolución soviética, el fascismo. Ocurrió durante todo el siglo XX... Hay un fenómeno generalizado que yo caracterizaría con un concepto del antropólogo italiano Ernesto De Martino, que dice que muy frecuentemente las sociedades tienen "crisis de presencia". Es decir: se dan cuenta de que no tienen plenamente garantizado ni siquiera su derecho a la existencia. Esto es muy común en las sociedades arcaicas. Por eso tienen esos rituales con los que se vuelve a fundar la sociedad como si se empezara de cero. En ese sentido son sociedades mucho más sabias que las modernas, que han instalado una aparente certidumbre de que, a pesar de las crisis y los cambios, hay un mínimo asegurado. Y, evidentemente, no es así: ni para la economía ni para el poder político está garantizada la reproducción de la sociedad. Entonces, en una época en la que el resguardo en ciertas certidumbres trascendentales, como las religiosas o las políticas, está muy disuelto, no es para nada raro que aparezcan las soluciones mágicas, como, de manera más trivial, aparecen en la vida cotidiana los horóscopos, una supuesta sabiduría zen o la autoayuda.
-Es antes parte de un espíritu de época que de una circunstancia argentina...
-Me parece que sí. Después están las circunstancias de la historia política cultural argentina, que vienen, por lo menos desde los anarquistas de los años 20, con el aditamento local de que la Argentina es un país que se inventó desde arriba. De la generación del 80 para acá, la nuestra no es una sociedad como otras sociedades pertenecientes a la cultura de la modernidad burguesa capitalista. En otros países se desarrolló, mal o bien, la relación de la sociedad con algo que se llamó Estado. El Estado argentino, este Estado oligárquico de la generación del 80, inventó de arriba hacia abajo una sociedad burguesa que no había tenido oportunidad ni condiciones de posibilidad de desarrollarse de manera espontánea. Esto fue también el producto de una cierta violencia. El sistema político argentino y la cultura política argentina nacieron en crisis y nunca lograron, realmente, superarla.
-¿En crisis con las circuntanscias reales?
-En crisis con las circunstancias reales de su propia conformación, que tuvieron mucho de ficción, de construcción de un país pequeño -despoblado, no desierto-, y con eso se intentó hacer un experimento a imagen y semejanza de modelos europeos y norteamericanos. Esto supuso un desfase muy grande respecto del resto de América latina, donde la historia fue por otros caminos. Mejores y peores.
-¿La cultura política actual sigue teniendo esa dificultad?
-Me parece que sí, que seguimos desgarrados en esa historia. Algo que cambió en los últimos años es que la sociedad argentina se desayunó de la noche a la mañana con que pertenece a América latina y a lo que se llamaba el Tercer Mundo. Es una esquizofrenia cultural fenomenal descubrirnos pobres, y vaya a saber por qué razón, como si nada tuviera que ver la pobreza con la historia. Descubrirnos ontológicamente pobres, como si siempre América latina hubiera sido eso y nosotros, esa especie de quiosco europeo trasplantado al Río de la Plata, hubiéramos sido otra cosa. Yo he escuchado muchas veces que la Argentina no se merecía esta crisis ni este destino trágico y, provocativamente, digo ¿por qué no? Hablar así significa pensar que efectivamente éramos algo diferente. A lo mejor, por las peores razones, un beneficio secundario de la crisis es que terminamos con esa especie de alucinación en la que estábamos inmersos.
-¿Por qué cree que la globalización fue tan exitosa?
-En un renglón, diría que es la enorme eficacia de la ideología. Pero no se puede tener una concepción ingenua. Ninguna ideología funciona realmente si no dice una parte de la verdad, así que, en ese sentido, no es mentira. Pero el funcionamiento de la ideología supone la confusión de la parte con el todo. Ciertos contenidos particulares de verdad se articulan como la totalidad. Por supuesto que el mundo está mucho más interrelacionado que hace 512 años, con el descubrimiento de América, que es cuando todo eso empezó, y que ha habido muchos cambios, sobre todo desde hace tres décadas. El problema es dónde se pone el acento para celebrarlo o para tener una cierta actitud crítica ante esa celebración y ver si puede haber una alternativa. Hay autores que dicen que la globalización es la mundialización de una cierta lógica económica en la que hay ganadores y perdedores, pero nunca puede ser completa. Se puede mundializar, y se ha hecho, la circulación de capitales, de mercancías, de ciertas formas de producción, los medios de comunicación. Lo que nunca se puede mundializar es la fuerza del trabajo, porque el capitalismo necesita mantener cuotas diferentes del valor de la mano de obra por regiones. Pero incluso desde el punto de vista de la llamada globalización cultural habría que manejarse con prudencia. En Africa -en las Africas, porque es un continente de una complejidad cultural y religiosa enorme-, algo así como el 70% de la población nunca hizo ni recibió un llamado telefónico. Sucede lo mismo en Asia y en zonas de América latina. Africa es un continente que ha sido descartado, prácticamente, como mercado consumidor o productor.
-Pero, ¿no cree que la globalización es un hecho irrefutable?
-La globalización existe, pero es altamente selectiva y ni siquiera es del todo verdad en sus propios términos. Existe una mayor circulación de ideas, de imágenes, de sujetos y objetos a través del mundo, pero hay que ver en qué condiciones de poder, de desigualdad, de fragmentación y fractura. Cuando se festeja el multiculturalismo, uno se puede preguntar qué significa de manera profunda este modelo, qué nuevas diferencias se están generando, qué se está perdiendo.
-Se ha hablado mucho del fin de la historia, de los grandes relatos, de las ideologías. ¿Estamos llegando al final de estos fines?
-Me parece que sí, que así como en la Argentina entramos en una etapa de incertidumbre sobre qué va a pasar con nuestros sistemas clásicos de representación, en el mundo entero se puede vislumbrar un cierto retorno del realismo crítico. Todas esas consignas fueron características de una etapa muy corta, pero muy intensa, desde la caída del Muro de Berlín hasta el atentado contra las Torres Gemelas. Siempre me ha llamado la atención que el término posmodernidad se generalizara a principios de la década del 70 en el campo de la arquitectura, se consolidara como ideología con la caída del Muro de Berlín y entrara en crisis por el derrumbe, provocado y horroroso, de las Torres Gemelas. En términos de esta metáfora arquitectónica, ¿qué nueva construcción ha empezado a levantarse? Por ahora es bastante espantosa, porque una de las consecuencias de esta crisis ha sido toda esta nueva puesta en escena de la maquinaria de guerra en el mundo entero.
-¿Cómo incidió el fracaso y caída del comunismo?
-Antes de que cayera el Muro, el mundo era más ordenado, aparecía con una cierta lógica, había dos polos que competían. Era engañoso, pero había un imaginario nítido. El problema es que todo esto se derrumbó, y hoy es necesario inventar artificialmente estos imaginarios para sostenerse en el poder. Ahora, el gran enemigo es el islam. Es fascinante ver el retorno de este tipo de configuraciones imaginarias que uno creía abandonadas, y el retorno de un lenguaje medieval.
-¿Es el regreso del fundamentalismo?
-Sí, que existe en las dos partes y que opera totalmente bajo este régimen ideológico de la parte por el todo. Hay fundamentalismo terrorista de los dos lados, pero no se lo puede confundir con la configuración de una civilización como la islámica, a la cual Occidente le debe lo que es en buena medida.Todo esto da una impresión caótica y apocalíptica bastante dramática, frente a la cual uno está muy escéptico.
-El hecho de que el concepto de posmodernidad haya empezado a circular desde la arquitectura, ¿quiere decir que el arte se anticipa a ciertas tendencias sociales, o que las acompaña?
-Hace las dos cosas y, generalmente, a destiempo. A veces el arte se adelanta, a veces está atrasado con respecto a la realidad, pero siempre está en una situación de conflicto con ella. Theodor W. Adorno tomaba, para definir ciertas formas de arte, una expresión de Ernest Bloch que decía que el arte era una memoria anticipada, cuya función sería mostrar en su propia estructura interna una posibilidad de armonía y reconciliación que no es la que se verifica en la realidad social y política. La idea de la autonomía del arte es, precisamente, la autonomía por contraste. El arte está todo el tiempo denunciando lo que la realidad promete ser, tiene posibilidades de ser, pero no es porque funcionan el poder, la mezquindad, las relaciones desiguales, la injusticia. Adorno decía que el arte es el producto antisocial de la sociedad, que surge de ella, pero se pone en contra de la misma sociedad que lo produjo para denunciar sus insuficiencias.
-Es casi como una señal de salud...
-Sí, en ese sentido es el aspecto más saludable de lo social.
-¿Qué diría del arte contemporáneo de la Argentina?
-Hay cosas muy interesantes que han pasado en el arte de los últimos años. También en ese terreno hay un cierto retorno de una posición más crítica y un cierto abandono, cansancio o hartazgo de una aproximación más frívola que tenía el arte de los 90 sobre la realidad, que aparecía como celebración de la superficie.
Por Raquel San Martín
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=669496
Opina el filósofo suizo Alain de Botton
LONDRES.– “Cada vez que a un amigo le va bien, alguna cosita dentro de uno muere...” La célebre frase de Gore Vidal resume bien lo que Alain de Botton analiza en su nuevo libro. Botton es el joven filósofo suizo que supo lograr la imposible tarea de poner a los grandes, de Aristóteles a De Tocqueville, en boca de todos, con su best seller y sus programas de televisión.
Si bien hasta existe un término en alemán (schadenfreude) para traducir aquel pequeño placer inconfesable que podemos sentir frente al fracaso de los otros, hay otra cara de la moneda, que explica la anterior y que ha quedado oculta. Botton la denomina “la ansiedad por el status” (título, también, del flamante libro, ya traducido al castellano). Según el filósofo ése es “uno de los grandes males de nuestra época”.
“La ansiedad por el status es la preocupación de no estar cumpliendo con los ideales del éxito de nuestra sociedad y el temor de que, como resultado, nos arrebatarán la dignidad y el respeto. Es tan perniciosa que la capacidad de arruinar extendidos períodos de nuestras vidas y no sólo afecta a los individuos, sino también al comportamiento de los países", resume, en diálogo con LA NACION, el autor que popularizó la visión de los grandes filósofos y las ideas complejas con libros como "Las consolaciones de la filosofía" y "Cómo Proust puede cambiar su vida".
De Botton -que se educó en los mejores colegios de Zurich, pasó por Oxford y es ahora investigador de la Universidad de Londres- tiene uno de esos acentos perfectos de la BBC que hacen que todo lo que diga parezca inteligente y ligeramente irónico. Con ese tono asegura que la búsqueda desenfrenada de poder, fama y dinero no es más que la manifestación externa de una necesidad extrema de aprobación o de amor.
"Poder, fama y dinero son valorados más como símbolos de ese amor que como fines en sí mismos", dice.
Niño mimado de la costa este norteamericana desde que Updike calificó de maravillosa su obra, De Botton asegura que su último libro nació de una inquietud personal. Pero es difícil imaginarlo angustiándose por el éxito ajeno. Sin embargo, él jura que tuvo que escribir sobre el tema para ayudarse a sí mismo. "Cuando uno elabora un problema que tiene y logra comprenderlo, éste tiende a disminuir", dice.
Para De Botton, "escuchamos hablar del amor romántico todo el tiempo. Es lo que todos buscamos, lo que nos obsesiona. Sin embargo, también somos increíblemente sensibles a la atención que recibimos de otra gente, del jefe en el trabajo, de los colegas, de los amigos. Somos muy conscientes de la manera en que somos tratados y nos afecta si nos ignoran o no nos reconocen los méritos. Somos muy sensibles a este otro tipo de amor. Sin embargo nadie habla del tema, así que me pareció interesante sacarlo a la luz", explicó.
-¿Pero por qué llama a su objeto de estudio amor, como el amor romántico?
-Hay muchas similitudes entre el amor que uno puede querer de un jefe y el que uno puede querer de un amante, dejando la parte sexual a un lado. Todo se reduce a algo muy simple: el deseo de que nos traten bien. El problema se debe a que en un momento todos tuvimos un status muy alto: si uno mira cómo se trata a los bebes o a los niños pequeños, queda claro que parecen emperadores romanos. Alguien te trae tu comida y si no te gusta, gritas y la tiras al suelo. Todos fuimos esos pequeños dictadores a los que la gente admira sólo por existir. Si a los 25 uno sigue tirando la comida al suelo no impresiona favorablemente a nadie. Justamente, crecer significa ceder todo este amor y atención que se recibe automáticamente para pasar a recibirlo de la sociedad sólo como respuesta a los logros.
-¿No es buena la meritocracia?
-Es buena en cierta manera, pero mala si uno cree demasiado en ella. Porque eso significa que uno está convencido de que los que están en el fondo de la sociedad merecen su fracaso y los que están arriba merecen su éxito. Nuestra propia humanidad, y la generosidad hacia otros seres humanos, en cambio, siempre debería contemplar algún tipo de sospecha sobre los méritos que los pusieron donde están: si el hombre que está barriendo las calles realmente merece hacerlo más que el millonario. Hay que adoptar una visión menos simplista del asunto, porque sabemos que una verdadera meritocracia nunca podrá existir. ¿Cómo crear una sociedad que garantice que los buenos estén arriba y sólo los malos abajo? Es un sueño imposible y es importante recordar eso al juzgar a los demás.
-¿Qué opina de los reality shows que están de moda, en los que los participantes cambian radicalmente de apariencia, de casa y de vida?
-La idea de que uno puede cambiar completamente su apariencia física, su entorno y su vida es parte del ideal típicamente capitalista de que, no importa de dónde provenga uno, cómo luzca o quiénes sean sus padres, todo puede ser distinto con voluntad. Por un lado, es una idea muy linda y optimista. Por el otro, es una idea muy cruel, básicamente porque la mayor parte de nosotros no puede, por más que quiera, transformar mucho su vida. Es muy peligrosa una sociedad que insiste en que todo puede ser distinto dependiendo de nosotros; causa enormes niveles de ansiedad y depresión. La evidencia más clara se encuentra entrando en cualquier librería de Estados Unidos y yendo a la sección de autoayuda. Allí la mitad de los libros son sobre cómo convertirse en millonario para el próximo viernes, y la otra mitad sobre cómo lidiar con la baja autoestima. Ambos géneros están relacionados, porque para cuando llega el sábado y uno no se volvió millonario, necesita algo que lo haga sentir mejor consigo mismo.
-¿Cuál es la solución?
-Hay dos tradiciones occidentales que han abordado el asunto. La antigua Grecia con su idea de que la vida humana es trágica y que, todos, hasta los reyes y reinas más poderosos, están sujetos a fuerzas externas que no pueden controlar. Los dioses un día pueden decidir quitárselo todo, y nadie puede hacer nada al respecto. La otra tradición es la cristiana, por la cual el hombre es pecador e incapaz de llegar a la perfección. Cristo mismo puso el énfasis en el punto más importante: que, fundamentalmente, todos somos iguales. Estas historias se han perdido en la edad moderna, que es básicamente tecnológica, muy optimista y dominada por la idea del cambio constante y la inmortalidad, así que recuperarlas puede ser un comienzo de solución. También el arte es importante, dado que puede desafiar lo que la sociedad considera que importa. Y hasta el humor siempre es un arma muy útil para atacar el alto status de los demás.
-¿Los países también sufren de ansiedad por el status?
-Por supuesto. Después de todo, los países no son sino sumas de personas, y si uno mira en detalle a muchos de los mayores conflictos y guerras contemporáneos es evidente que esencialmente son por cuestiones de status. El conflicto árabe-israelí no es tanto sobre tierra, agua y orden como sobre respeto. Son dos pueblos que sienten que su dignidad ha sido horriblemente aplastada por el otro y no pueden perdonárselo. Otro ejemplo sería la ahora famosa brecha atlántica, sobre todo entre Estados Unidos y Francia. Los norteamericanos se sienten juzgados e inseguros, temerosos de que la clase educada francesa los trate de poco sofisticados y brutales, cosa que odian y que les hace odiar a los franceses. Por otro lado, los franceses temen que los norteamericanos les recuerden que supieron dominar el mundo y que ahora no son más que un pequeño país europeo. Hay una vulnerabilidad de ambas partes que esencialmente también es un tema de búsqueda de respeto.
-¿Cómo ve la ansiedad por el status en la Argentina?
-Yo creo que en lo peor de la crisis se dio la paradoja que suele acompañar estas situaciones: la ansiedad por el status disminuyó. La ansiedad por el status ocurre cuando hay esperanza de dar el salto en materia económica conjugada, a la vez, con el miedo de caer. No se acaba si todos se vuelven ricos, porque la capacidad de competencia es infinita. Pero cuando todos empeoran, por ejemplo, con la devaluación de la moneda, todos ya cayeron, por lo que esta ansiedad se diluye. En China, me contaban cuánto peor en términos de ansiedad por el status está la situación comparada con años atrás, cuando eran tanto más pobres y no había esperanza de cambio. En Alemania oriental, también. La vida era muy relajada; uno sabía que el vecino no iba a volverse millonario mañana. Había otras serias preocupaciones, es cierto, pero, en ese sentido, era fácil relajarse.
-¿Hay que acabar con el status, entonces?
-No. Yo no creo que todos seamos igualmente valiosos. Creo que hay gente mejor que otra en distintas áreas, y que hay gente que merece un alto status, o respeto de los demás, y otra no. Pero sí cuestiono cómo el status de una persona en la sociedad está determinado hoy en día.
-Finalmente, ¿le molesta cuando lo catalogan de escritor de autoayuda, aunque sea autoayuda culta?
-No me gusta la división que hay entre el mundo académico más elevado, que persigue el saber por el saber mismo, y el saber al servicio de la vida cotidiana. Creo que hay algo de grandioso en la idea de un libro que uno pueda leer y que, de alguna forma, va a ayudarnos en la vida. Si me ponen junto con Séneca y Montaigne, entonces fantástico. Todo depende de cómo uno defina la autoayuda. Emerson y Thoreau básicamente escribían para la autoayuda y se me ocurren pocos honores como compartir un estante con ellos.
Por Juana Libedinsky
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=668562
Por Jack Fuchs
Hace pocos días, Iris Chang, de 36 años, periodista y escritora chinonorteamericana se suicidó en Los Gatos, California. En 1997 había publicado The Rape of Nanking (La Violación de Nanking), un holocausto olvidado.
En 1937, al invadir Nanking, los japoneses provocaron unas trescientas mil muertes, en masacres horribles, cuya descripción resulta imposible soportar. Japón, sus dirigentes, se sentían muy seguros de que nadie iba a oponerse o intervenir para evitar esos crímenes. Y así fue. A eso se agregó la violación de ochenta mil mujeres y niñas, con el agravante de que obligaron a los padres a tener relaciones con las hijas y a las madres con los hijos, delante de otros miembros de la familia. Para los japoneses, los chinos y los coreanos fueron los judíos, los gitanos y rusos del lejano Oriente. El horror de este genocidio fue inmediatamente conocido entre los extranjeros que se encontraban en Nanking, entonces capital china. Los servicios diplomáticos y comerciales informaron a sus respectivos países, al punto de que un funcionario nazi avisó a Berlín, manifestando su espanto acerca de lo que estaba ocurriendo. Los países implicados hicieron silencio y no interrumpieron sus relaciones diplomáticas o comerciales con Japón.
El libro de Chang fue best-seller en EE.UU., pero permanece casi desconocido en el resto del mundo. Lo mismo ocurre ahora con el suicidio de Chang, dado a conocer por el The New York Times, y algún otro diario, incluso japonés, pero en general, ignorado por la prensa internacional.
El recuerdo de este genocidio me lleva a pensar en otros, que también permanecieron ocultos, como el armenio, no reconocido hasta hoy por Turquía. Los japoneses tampoco pidieron disculpas (aunque no niegan del todo los hechos). La masacre de Nanking implicó más muertes que Hiroshima y Nagasaki juntas. Pero, en cambio, sí se habló abundantemente acerca de las bombas nucleares. ¿Por qué? ¿Parece más impresionante la eficacia de la técnica que en cuestión de minutos destruyó esas ciudades? ¿Parece menos dolorosa que las matanzas japonesas que apenas duraron un par de meses? ¿Se cree más tolerable que una bomba mate personas, más higiénico? Pero se trata sólo de diferencias técnicas: la impersonalidad del estallido, por un lado, y la presencia de los cuerpos en el teatro de la tortura, por otro. Ningún Estado necesita tomar lecciones de crueldad, llegado el momento, siempre aparecen los procedimientos. Me pregunto si es puro azar que Alemania, el país más desarrollado de Europa, y Japón, el más desarrollado de Oriente, hayan sido a la vez las dos fuerzas capaces de organizar una política criminal tan atroz.
Frecuentemente se habla ahora de la importancia de la memoria para que los crímenes no se repitan. Pero a veces, el énfasis que se pone en la memoria desdibuja y desplaza la realidad brutal del presente. Si es cierto que el recuerdo importa, importa mucho más el relieve de las indiferencias presentes.
El pasado no se puede cambiar, aun cuando los agentes del totalitarismo pretendan hacerlo siempre, porque la verdad histórica, tarde o temprano, se pone en juego. La memoria no previene ni limita la repetición del horror. Tristemente y con alguna melancolía reconozco que el ejercicio de la memoria, ahora tan extendido, no es mucho más que la escena de la buena conciencia, satisfecha en rituales de etiqueta o en especulaciones político-culturales.
Quizá, si el mundo hubiera reaccionado a la guerra entre Irak e Irán, a comienzos de los ’80, que costó un millón de muertos entre los dos bandos y una incalculable destrucción de bienes a costa del hambre de ambos pueblos, se hubieran podido evitar guerras posteriores en la región. Lo mismo en la década del ’30, con la invasión italiana a Etiopía, que costó 250.000 víctimas etíopes y que se produjo sin la menor respuesta civilizada de Occidente.
Todos los crímenes que precedieron al estallido de la Segunda Guerra Mundial, Guerra Civil Española, anexiones de distintos países por Alemania, la ocupación de parte de Polonia y la guerra de la URSS con Finlandia, ocurrieron también con la complicidad y la indiferencia del mundo que los hizo posibles. Y tenemos, ¿hace falta insistir?, nuestro propio ejemplo: ¿qué hicieron los sindicatos, los partidos políticos y las masas argentinas durante los primeros años, los más duros por cierto, de la dictadura?, ¿qué fue de la energía democrática, de la invocación de los derechos y de la conciencia moral de las clases medias hasta que un grupo de madres dio sus primeros pasos alrededor de Plaza de Mayo?
Creo que la pulsión de muerte busca expresarse más allá de toda intención consciente contraria, y las razones de la guerra no son más que racionalizaciones para justificar la necesidad humana de derramar sangre.
De cualquier modo, es mucho más fácil recordar el pasado que combatir la indiferencia presente. Hitler lo sabía bien –cuando señaló que el mundo no había hecho nada para evitar el genocidio armenio– y que nada haría tampoco para evitar la liquidación de los judíos y otras minorías.
En su libro, Iris Chang, ella misma nieta de sobrevivientes, dio el testimonio más acabado y sistemático de la diabólica violencia que usaron los japoneses en China, quizá haya sido la última voz que documentó dramáticamente esos episodios. Dejó una brevísima carta dirigida a su esposo. No sabemos qué dice. No sabemos qué la impulsó a quitarse la vida. Acaso Chang supiera algo de las inútiles paradojas de la reconstrucción histórica y la memoria. El caso de Chang evoca en mí las huellas del tiempo. Mientras, adolescente todavía, estuve cautivo del horror nazi, pensaba que Alemania era la suma inaudita de la crueldad; ahora, tantos años después, sé que el terror, la bestialidad y el espanto tienen formas universales.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-45541-2005-01-03.html
Un recuerdo del pueblo de Deán Funes. Cada 6 de enero, el reparto de juguetes de la Fundación Eva Perón trazaba una frontera...
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
En la primera mitad de la década de 1950, durante los meses del verano, iba con mi padre todos los días al correo de Deán Funes, un pueblo del norte de Córdoba. Recogíamos las cartas que llegaban de Buenos Aires y enviábamos nuestras obligatorias postales. Desde el 2 de enero, la oficina blanca y nueva de ese correo estaba repleta de paquetes oficiales, para designar de algún modo su categoría. En mi recuerdo, esos paquetes son bolsas de tela, de diferentes colores, con etiquetas pegadas que los identifican como provenientes de la Fundación Eva Perón.
Yo sabía qué encerraban esos paquetes porque el 6 de enero sus contenidos aparecían a la vista bajo los aleros de los ranchos que rodeaban la casa donde vivíamos, y las chicas de esos ranchos, que eran mis compañeras de juegos, mostraban sus muñecas flamantes. En los patios de tierra, los hermanos de esas chicas hacían picar pelotas de fútbol. Pelotas y muñecas habían salido de esos paquetes que, según informes proporcionados por mi padre, también contenían pan dulce, sidra y turrón.
Por supuesto, en casa se desaprobaba ese reparto al que se consideraba una forma baja de asegurar lealtades políticas. Había aprendido muy temprano el sonido de una palabra de significado negativo aunque, para mí, indefinible: demagogia. Yo, con una mirada tan utilitaria como suele ser la de los niños, me preguntaba por qué nosotros nunca nos beneficiábamos con algún paquete, intuyendo que el antiperonismo de mi padre impedía que ingresaran los regalos a mi casa. En los paquetes venían también libritos de unas pocas páginas, ilustrados a cuatro colores, con el pie de imprenta de la Fundación Eva Perón y dibujos de Eva que me parecían maravillosos (el mal gusto es innato), vestida como una especie de hada rubia, una iconografía que después volví a ver en bibliotecas o archivos. Los chicos que recibían los paquetes no miraban mucho los libros y, en cuanto a mí, estaba aleccionada para creer que en ellos sólo había falsedades, salvo que me atreviera a considerar que era mi padre el que mentía.
Mis propios regalos de Reyes eran diferentes al contenido de esos paquetes repartidos por el correo, no tanto porque fueran más caros sino porque se trataba de objetos distintos. Durante años, el 6 de enero encontraba al lado de mis zapatos libros, acuarelas, una caja de compases, paletas de ping-pong, un equipo de química o de magia, juegos de tablero; incluso una mesita y un banco en los cuales comía, al costado de la mesa que ocupaban los mayores, con cubiertos que también habían caído del cielo el día de Reyes.
El juguete importante de esa época, ya me lo habían comprado en Buenos Aires y allá había quedado sobre la cama de mi cuarto: la muñeca de cabeza de porcelana que hoy se ve en los anticuarios, vestida de puntillas como una dama antigua.
Mi semana de Reyes significaba una exploración: debía adiestrarme para jugar con los regalos, enterarme de las reglas que los ponían en funcionamiento, leer instrucciones. Yo estaba en el centro de una familia donde abundaban las maestras e imagino que cada una de ellas hacía su aporte sostenido por una ideología educativa que consideraban racional y progresista. Los Reyes Magos eran una especie de pedagogos modernos, decididos a que su visita del 6 de enero dejara huellas e influyera más que las horas que yo pasaba escuchando la radio o jugando con chicas que recibían muñecas de la Fundación Eva Perón.
El destino ya estaba definido por la diferencia entre la vieja casa criolla donde pasaba los veranos y los ranchos, y por la traducción de esa diferencia en todos los detalles de la vida. No sólo porque los chicos de los ranchos recibían sus juguetes en un multitudinario reparto para el que se hacían colas frente al correo, sino porque quienes orgullosamente despreciaban el reparto (o lo condenaban) sabían cuáles eran los mejores regalos, no los más caros ni los más lujosos, sino los que marcaban el futuro, como si los lugares sociales estuvieran embrujados.
http://www.clarin.com/diario/2005/01/02/sociedad/s-896793.htm
VICENTE BARROS, CLIMATOLOGO
El cambio climático provocado por la emisión de gases contaminantes impacta más fuerte en los países en desarrollo y obliga a replantear modos de vida y estrategias para evitar un mayor deterioro.
Fabián Bosoer
fbosoer@clarin.com
Existe alguna relación entre la catástrofe sísmica en Asia y las alteraciones climáticas producidas por la mano del hombre?
—No; no la hay en cuanto a sus causas, son dos fenómenos diferentes. Pero sí en sus consecuencias; en cómo estamos preparados para prevenir o enfrentarnos a las emergencias que generan. Son fenómenos que nos enseñan que tenemos que conocer más en profundidad el planeta en el que vivimos. Tal vez no lo estemos haciendo debidamente.
¿De qué manera está afectando a nuestras vidas el cambio climático?
—Lo que vemos en primer lugar es un aumento muy pronunciado de las temperaturas mínimas, algo que viene ocurriendo desde 1970 y se puede adjudicar a los gases de efecto invernadero. Cambian las diferencias de temperatura regionales y también las zonas de convergencia de los vientos donde se producen las lluvias; hay un corrimiento de los sistemas climáticos. Y entonces hay regiones donde llueve más y más seguido, como Buenos Aires y La Pampa, y otras donde llueve menos, como en Cuyo y las zonas cordilleranas. También se comprueba un aumento del nivel del mar de entre quince y veinte centímetros en todo el planeta, al que contribuye el retroceso generalizado de casi todos los glaciares, el derretimiento de los hielos. En una palabra, un cambio de temperatura no es sólo eso; es también, un cambio en las formas de habitar el mundo.
¿Cómo repercute en las distintas geografías?
—El cambio climático tiene una estructura hemisférica, porque lo que estamos viendo es un aumento de las lluvias en un 20% o 25% en el sudeste de América del Sur, o sea al este de los Andes, y una disminución en el oeste, y un patrón similar en Australia, que es el otro continente con el que tenemos la misma latitud en el hemisferio sur. Allí donde aumenta la cantidad de lluvias se produce un aumento notable en los caudales de los ríos, pero en otros lados puede haber disminuciones. Por ejemplo, Chile ha perdido, en lo que va del siglo pasado, en algunos lugares, hasta un 40% de las lluvias. Lo mismo ocurre en el hemisferio norte, y en México y California, con zonas que enfrentan la amenaza cierta de la desertización.
¿Se van desdibujando las cuatro estaciones?
—Los cambios de circulación lo que han inducido es a que la circulación típica de verano sea más frecuente en primavera y otoño. Pero con consecuencias distintas. Porque lo que hace esta circulación es traer más viento del Atlántico, y en primavera el mar está más frío que el continente, entonces no tenemos primaveras más cálidas, pero sí otoños más cálidos. E inviernos también más suaves, porque las mínimas se fueron para arriba. Deberíamos acostumbrarnos a veranos cada vez más largos y lluviosos, y a que probablemente marzo, abril sean más cálidos que diciembre y noviembre.
¿Cuál es la explicación científica de estos fenómenos concatenados?
—La teoría del cambio climático dice que, en la medida en que se vaya calentando la Tierra, las tormentas severas, las grandes precipitaciones en poco tiempo y muy intensas, van a ser más frecuentes. Y esto es, en primer lugar, porque, aunque parezca extraño, la estratósfera con el cambio climático se enfría. Hay una capa atmosférica de aproximadamente diez kilómetros, y es en esa zona donde se producen todas las nubes. ¿Por qué? Porque la temperatura desciende, y la atmósfera es más o menos inestable a los movimientos verticales. Arriba de eso encontramos la estratósfera, que es como una tapa, donde la temperatura aumenta con la altura. Con lo cual, es cada vez más liviana, porque aumenta la temperatura, disminuye la presión, es menos densa. Los gases del efecto invernadero producen un enfriamiento en la estratósfera y un calentamiento en la tropósfera, y sobre todo en la superficie, al impedir que el calor solar refracte como lo hacía antes. Lo que ocurre entonces es que cambia el gradiente de temperatura.
¿O sea que la atmósfera se está calentando abajo y enfriando arriba?
—Es lo que se produce cuando hay una tormenta: un ascenso y un descenso de la temperatura. Lo más fácil de entender es que a más temperatura, más humedad en el aire, y entonces, más condiciones para que se produzcan precipitaciones.
¿Cuál es la magnitud de la contaminación actual?
—La actual concentración de dióxido de carbono está llegando a 380 partes por millón. En el siglo pasado estaba debajo de 300. Desde que el hombre está en el planeta, nunca superó las 300 partes por millón. Ahora, tenemos 380, y creciendo. En el peor de los escenarios, es decir, si la humanidad sigue con las conductas actuales y hay un moderado crecimiento económico que va a producir más demanda de energía, a fin de siglo estaremos en 900 partes por millón, tres veces la actual concentración de dióxido de carbono.
¿Y eso qué supone, como perspectiva?
—Eso supone aumentos de temperatura de hasta cinco grados en promedio. Pero esos cinco grados en promedio quieren decir que en algunos lados va a haber quince grados de aumento y en otros nada. Cambios de clima totalmente dispares. Los modelos bajo escenarios más moderados están dando hacia el año 2070 o 2080 un aumento de la precipitación moderado sobre nuestra región no muy importantes —el 10%, el 20% más de lo que tenemos ahora—, una sensible reducción de la precipitación en Chile, donde se va a agravar la situación, y en buena parte de Brasil, donde sumado al aumento de la temperatura, se van a crear serios problemas también con el agua que nos llega del río Paraná. Hoy hay más caudal, pero en cincuenta años podría revertirse totalmente por la evaporación, con las consabidas consecuencias: problemas con el agua potable y energía, crisis de alimentos, porque casi todos los escenarios están dando retrocesos en todos los cultivos, migraciones hacia zonas más benignas. Y desde luego, una pérdida de biodiversidad enorme.
¿Volvemos a aquella fábula del aprendiz de brujo: el progreso humano ha desatado un conjunto de fuerzas de la naturaleza que no puede controlar y se vuelven en su contra?
—El cambio climático es como un monstruo. Hace veinte o treinta años lo teníamos lejos en el horizonte, no sabíamos mucho de él, sabíamos que era peligroso... Pero a medida que se acerca, eso quiere decir dos cosas: que produce más efectos pero también que lo estamos estudiando más y podemos conocer mejor.
¿Cómo debe encarar la Argentina estas modificaciones en el ecosistema?
—Tenemos ventajas comparativas, por la gran diversidad de recursos y climas, pero recibimos también los efectos entre dos países —Chile y Brasil— donde las condiciones van a ser más desfavorables. Por ejemplo, la mayor evaporación en casi todo el norte argentino puede dar lugar a un retroceso de estas condiciones tan favorables que se dieron para la agricultura. Por eso es fundamental tener modelos climáticos regionales que nos permitan predecir mejor. Además, hay que liberar petróleo para la exportación y, mientras, favorecer más los biocombustibles y el uso del hidrógeno como energías alternativas.
¿Qué nos deja la última cumbre climática y la entrada en vigor del Protocolo de Kyoto?
—El Protocolo debe entrar en vigor en febrero. Su ratificación y aplicación es importante pero no decisiva. Por un lado, mientras EE.UU., que es el principal emisor de gases, permanezca al margen no es mucho lo que se podrá esperar. Por otro lado, no tiene compromiso ningún país en vías de desarrollo. Tampoco China, que con una economía que crece a esa velocidad y magnitud va a neutralizar cualquier reducción que puedan producir los demás. En cuanto a la cumbre de Buenos Aires, lo importante es que estamos yendo hacia una integración mundial en el tema ambiental, que como ocurre con otros aspectos de la globalización también requiere una regulación. Las negociaciones sobre medio ambiente son como redes de telaraña que van condicionando a todos, pero que sólo ven las arañas más grandes. O los bichos que tienen los ojos más abiertos.
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