Laburo España: 250.000 ofertas de empleo

"Ahora tenemos una sociedad más solidaria", dice Sergio Berensztein

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 31-12-2004 04:19:28

Los cambios en el país, según el politicólogo

Como analista político, a Sergio Berensztein le preocupan, especialmente, los temas relacionados con la crisis institucional de la Argentina y con lo que él define como una “pobre estatalidad”. Lo desvela, también, la preocupación por encontrar caminos para transformar esta gran vitalidad que tenemos como sociedad –que, a su entender, es uno de nuestros rasgos más salientes– en energía de gobierno. Dice que debemos hacerlo de manera democrática y civilizada.

Licenciado en Historia con diploma de honor de la Universidad de Buenos Aires, Berensztein completó su maestría y doctorado en Ciencia Política en la universidad norteamericana de North Carolina at Chapel Hill. Luego vivió y trabajó, de 1995 a 1998, en México, y más tarde regresó a Buenos Aires, donde se desempeña como profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella.

Berensztein integró la Comisión de Reforma Política del Diálogo Argentino (2002-2003) y actualmente coordina la Mesa del Diálogo para la Reforma Política de la Provincia de Buenos Aires. En estos días revisa los borradores finales de dos obras: “Crisis institucional y reforma política en la Argentina” y “Los viejos problemas de la nueva Argentina”.

Entre tales problemas destaca nuestra baja calidad institucional, la falta de un Estado moderno, capaz de amalgamar la sociedad, integrarse en el mundo y favorecer el desarrollo, y la existencia de reglas de juego que, antes que tender a sacar lo mejor de cada ser humano para una convivencia civilizada y para poder ser eficientes y competitivos, más bien generan comportamientos asociales.

"La gente, en la Argentina, desconfía. No tiene incentivos para esforzarse ni para desarrollarse -dice-. Desperdiciamos, así, un montón de oportunidades. Obviamente, los recursos naturales son importantes, pero hoy el desarrollo es capital humano, conocimiento puro."

-¿Por qué tenemos tanta dificultad para adoptar reglas de juego que promuevan círculos virtuosos?

-Creo que vivimos experiencias muy traumáticas como sociedad, con mucho autoritarismo, represión, violación de los derechos humanos y una difícil construcción de la memoria. La violencia es una herida abierta, siempre mal cicatrizada. Uno se pregunta cómo puede ser que hayamos experimentado todas estas cosas tan terribles, y yo creo que tiene que ver con la falta de reglas del juego positivas, que en las sociedades modernas son las que generan democracia, desarrollo e integración. Acá lo único permanente fue la falta de un Estado de Derecho. Por eso, hasta que la Argentina, y lo mismo digo para América latina, no consolide Estados bien financiados y con instituciones sólidas, la democracia va a seguir siendo una democracia electoral, con alguna alternancia, pero va a ser muy difícil pasar a un estadio donde haya un desarrollo humano sustentable.

-¿Nos falta mucho?

-La Argentina es un caso muy traumático, porque veníamos de un desarrollo notable hasta la década del 30, por encima del promedio, y no sólo de América latina. Pero la sociedad empezó a resquebrajarse con enfrentamientos muy profundos. Y no me refiero sólo a la economía, porque, en realidad, la economía siguió creciendo por bastante tiempo. Me refiero, sobre todo, a lo institucional, a los valores, a las relaciones que se establecieron entre los actores sociales, de mucha desconfianza. Una manera de ver cómo se empezaron a condensar los conflictos es a través de la cuestión tributaria. Surge ahí una cosa bastante perversa, con actores de la sociedad que prefirieron eludir, evadir, no financiar al Estado. Ante la percepción de que no hay seguridad jurídica para ahorrar en el país, se ahorra en el exterior. Así, se va extendiendo la práctica, al tiempo que se reduce la torta. El Estado recauda poco y recauda mal, porque al recaudar poco está obligado a salir a buscar plata de la manera más fácil y rápida posible. Entonces, se cobra mucho IVA, que es un impuesto regresivo, se imponen retenciones o impuestos a las transacciones financieras y otros que son fáciles de cobrar en términos relativos, pero que ocasionan problemas muy fuertes al mercado y a la sociedad en su conjunto, una mala distribución de la riqueza y malos incentivos para la inversión y el desarrollo. Es el círculo vicioso perfecto. Todo el mundo sabe que esto no debería pasar, pero es muy difícil desenredar un mecanismo complejísimo que se va perpetuando.

-¿El Estado terminó por financiarse con inflación o utilizando recursos que tenían otros destinos, como las cajas de jubilaciones expoliadas?

-Claro. Lo cual es muy terrible, porque el Estado empezó a romper los pactos más importantes: el intergeneracional, de solidaridad con los mayores, o el de respetar y defender el valor de la moneda, por caso. Un Estado que viola pactos impone una dinámica de destrucción de confianza permanente. Otro ejemplo es el de episodios de naturaleza distinta, pero que apuntan al mismo problema, como son las violaciones de los derechos humanos o la violencia estatal. El Estado, en vez de hacer lo que dice la ley, termina ejerciendo actos absurdos, inhumanos y de igual o peor calibre que los sectores que efectivamente violan la ley. Entonces, el pacto social se resquebraja completamente. Ese es el gran tema, todavía acuciante para nosotros: cómo construir un orden político-democrático, porque sin Estado no hay capacidad de establecer ningún sistema político que funcione de forma tal de poder canalizar las demandas de la sociedad y representar los distintos intereses. El gran dilema para los argentinos es la construcción de la estatalidad.

-¿Cómo se la construye?

-Con una visión de largo plazo. Hay que mirar qué pasa en el mundo y tratar de adaptar los estándares de calidad institucional a lo que puede necesitar la Argentina. Si repasamos las experiencias de la Unión Europea, por ejemplo, vemos que las reglas de Maastricht significaron criterios muy estrictos de política monetaria y fiscal, lo que ya es conocido, pero tal vez nos sorprenderíamos al comprobar que ellos aplicaron los mismos estrictos criterios en materia de políticas públicas y de calidad institucional.

-Un tema sobre el que se vuelve todo el tiempo, pero que no se resuelve, es el de la reforma política. ¿Coincide con quienes sostienen que un paso importante para la consolidación de la democracia sería la eliminación de las listas sábana?

-La reforma política tiene que ser concebida como un esfuerzo de largo plazo, porque las democracias consolidadas nunca terminan de reformar algún aspecto de su sistema. Hay temas que son abiertos, que son constantes, y hay que tener siempre el compromiso de mejorar lo que pueda ser mejorado. Personalmente, creo que la lista sábana no es el punto más conflictivo. Es más: en un contexto de mayor transparencia en el financiamiento y en el control de las elecciones, con partidos más fuertes, yo no tengo ningún problema en que se mantengan. Reforma Política Ya, movimiento al que pertenezco, critica mucho las listas sábana, y yo me adapto a eso, porque creo que lo más importante es que se debatan y se discutan estas cosas. Pero digo que no hay un único sistema electoral bueno. No hay sistema electoral ingenuo. Todos están hechos para que uno gane y otro pierda. Cuando yo le pregunto a la gente sobre los países en los que les gustaría vivir, uno es España, y en España hay listas sábana. Allí los ciudadanos no se quejan, o al menos no se quejan como acá, porque acá la gente identifica las listas sábana como la mayor causa de los problemas funcionales del sistema político. Yo creo que eso es una gran simplificación. En general, los grandes problemas tienen múltiples causas. Una puede ser el sistema electoral, pero, generalmente, hay otras causas asociadas, a veces más importantes, como, por ejemplo, el sistema de financiamiento de la política.

-¿Coincide con quienes sostienen que si se eliminaran las listas sábana desaparecerían los partidos pequeños y se consolidaría el bipartidismo?

-Puede ser. Puede ocurrir. Por eso yo creo que eliminar la lista sábana es una opción para mejorar el sistema político, pero depende de con qué sistema se lo reemplace. En un sistema uninominal, uno puede ganar con el 40 por ciento y el otro salir segundo con el 36 por ciento, y quedarse sin representación. Sería un porcentaje muy importante de la población el que quedaría sin representar. En Chile es así. En Inglaterra, por ejemplo, el Partido Liberal Democrático tiene bastante presencia, pero escasa representación, porque conservadores y laboristas se llevan el 80 o el 90 por ciento de los votos. En Estados Unidos, gana el más votado por distrito. Si uno saca el 50 por ciento y otro el 48, queda toda una minoría sin representar.

-Una de las grandes críticas a nuestro sistema electoral es que se ponen personajes prestigiosos a la cabeza de las listas y debajo vienen desconocidos, que responden a compromisos partidarios antes que a sus votantes.

-Si todos los partidos funcionaran bien, eso no pasaría, pero la política es política en todos lados. Sin duda, hay problemas de calidad de los recursos humanos que se acercan a la política. El dream team es difícil de lograr. En parte, es una cuestión de reglas del juego. Si hiciéramos una selección mundial de los mejores líderes históricos, incluidos Churchill, De Gaulle y compañía, y los pusiéramos a actuar con estas reglas de juego, las cosas no serían muy distintas de las que vivimos hoy. Por eso tiene que haber un cambio de reglas progresivo. Hay que dar incentivos selectivos para que los mejores se interesen por la cosa pública. Esto hoy es difícil porque la política atraviesa una crisis de legitimidad, que llevó a la improvisación de líderes y a la no renovación partidaria. Cuando desde el poder se inventan candidatos, el muy necesario cursus honorum de la política queda desvirtuado. Los incentivos para hacer carrera son hoy nulos. Entonces, viene la autoexclusión de los ciudadanos y la sociedad canaliza esta vocación pública de otra forma. Un ejemplo emblemático fue la creación de Poder Ciudadano, hace 15 años. Hubo otros, pero este caso me parece que marca un antes y un después en la lucha por la transparencia, contra la corrupción, donde el poder de los ciudadanos, que ya no se canalizaba políticamente, comienza a buscar caminos alternativos o complementarios a los partidos, en tiempos en que los partidos parecían alejarse cada vez más de la gente. Fue progresivo. Después hubo coyunturas críticas: la crisis del Senado, la renuncia de "Chacho" Alvarez, el voto bronca previo a la crisis de diciembre de 2001? Hubo un lento, pero sostenido, desinterés por el voto y por la democracia en su conjunto. El "que se vayan todos" terminó de expresar de manera muy dramática algo que venía creciendo muy paulatinamente y que, a la larga, creo que le hizo bien al sistema político, porque por fin se pudo entender la brecha que lo separaba de la sociedad.

-Pero no se fue nadie...

-Eso también fue positivo, porque si se hubieran ido todos, hubiera sido terrible. Ningún país hace saltos al vacío. Ningún país razonable echa a todos los políticos de un día para el otro. Eso no pasó nunca. Se puede hacer una transformación, una transición, pero de acuerdo con la ley. Echar a todos sería desconocer que hay mandatos; sería desconocer el voto popular. Eso es golpista.

-Hubo una crisis de legitimidad y una crisis de confianza: el peor de los escenarios.

-En el peor momento de la crisis empecé a elaborar, en la Universidad Di Tella, los índices de confianza en el Gobierno, porque me di cuenta de que esto era algo muy estructural, que ya no pasaba por una actitud de rechazo a un partido o a una figura, sino que era algo sistemático. En las encuestas, uno veía que la gente rechazaba a los que estaban en situaciones de poder, empresarial, sindical, no solamente a la clase política. Por eso, creo que la reforma política que hace falta en realidad tiene que tener en cuenta la formación de líderes en un sentido amplio y no solamente en un sentido partidario. La democracia argentina es una democracia de partidos: está en la Constitución a partir del 94 y yo creo que algo bueno de esta democracia es que por primera vez los partidos políticos empezaron a cooperar para mantener el sistema. Los partidos políticos están muy erosionados y es parte de nuestro desafío el mejorarlos. Nuevos o viejos, pero los que están tienen que funcionar bien y hoy no lo hacen. En muchos casos son sólo cáscaras huecas, en las que no hay debate, no hay discusión, no hay interacción.

-¿Se trasladó a otros ámbitos ese debate?

-Como hay una pérdida del valor y del sentido de la política, muchas veces se traslada a lugares donde no debería estar, como los medios de comunicación. Hoy tenemos figuras públicas mediáticas con mucha más legitimidad que muchos políticos legitimados por el voto popular. Está todo muy trastrocado.

-¿Cómo se fortalece la política?

-Tiene que haber un compromiso y un esfuerzo público de todos los sectores. Falta ponerse de acuerdo sobre qué sistema político necesitamos, más allá de los instrumentos puntuales de la reforma política. ¿Qué política queremos? ¿Una política abierta, plural, dinámica, tolerante, donde todas las voces sean oídas y donde se alcancen consensos que logren plasmarse en políticas públicas? ¿Queremos eso? Entonces, hay que invertir en formación y en financiamiento, para que los partidos tengan los medios, independientemente del poder económico o de las influencias de los políticos. Tiene que ser algo muy regulado. Sin partidos políticos no hay democracia. De modo que la cosa es seria. La gente que despotrica contra la política y los partidos políticos no está dando, sin embargo, otras respuestas. Lo más fácil es el dedito acusador y decir que todos son chorros. Lo más difícil es comprometerse, pelear, meterse, ganar espacios. Personalmente, creo que estamos en una postura demasiado cómoda como sociedad. Tenemos una evidencia de inmadurez y de delegación.

-¿Cómo anda hoy el índice de confianza en el Gobierno?

-La Argentina experimentó un proceso de debilitamiento de la autoridad presidencial muy profundo desde 1997 en adelante. Pero con Kirchner hubo una recuperación extraordinaria: la gente decidió apostar, aun antes de que el Presidente hiciera cualquier cosa. Fue como una necesidad de vivir, contra toda esperanza, el principio del fin de la crisis. Después, Kirchner subió y bajó, pero se mantiene en niveles muy altos. Este gobierno tiene imagen de capacidad de gestión, de capacidad para resolver las cosas, si bien tiene problemas en la percepción de la corrupción. Por lo menos, la mitad de la gente piensa que hay corrupción en el sector público, que se gasta mal el dinero de los contribuyentes. Hay una desconfianza muy fuerte en el gasto público, con una percepción de que el Gobierno es permeable a intereses particulares: lobbies y grupos de intereses sectoriales. Es decir: la imagen del Gobierno es buena, pero en todo lo que tiene que ver con la calidad institucional, el puntaje baja.

-¿Molestan los desplantes presidenciales?

-Les molestan a la clase alta, a las mujeres y a los habitantes de la ciudad de Buenos Aires. Les molestan menos a los hombres y a los habitantes del interior del país. Después, hay cortes interesantes por edad. La Argentina es una sociedad muy rara. Los más grandes son optimistas y los más jóvenes son muy pesimistas. Eso es muy triste.

-¿Cómo se logra formar buenos cuadros del Estado?

-Una opción es una gran escuela de la administración pública, y también que haya más preocupación por lo público en las universidades. Existe, pero no en el número ni en la calidad necesarias. Hay que capacitar a la gente para que entienda la complejidad del mundo público y para que aspire a tener carreras estables. También hay que aprovechar los recursos de los sindicatos del sector público, que son muy importantes. Los empleados del Estado tienen que ser parte de la solución. Las huelgas son comprensibles, porque los niveles salariales son bajos, pero no son la solución de largo plazo y con esta dinámica de reproducción de los conflictos del sector privado lo que se pone en juego es la calidad de vida de la gente. Yo creo que el shock de calidad institucional que necesita el país tiene al Estado como el principal foco de atención de toda la sociedad. Hasta ahora no hemos mirado eso lo suficiente y, de hecho, este gobierno tampoco ha hecho demasiado. Por supuesto que una buena burocracia es limitante para cualquier aspiración de poder hegemónico, pero el país está reclamando la puesta en marcha de políticas estables, que trasciendan una gestión de gobierno.

-¿Es posible alcanzarlo con el nivel de remuneraciones que se pagan en la gestión estatal?

-Lo más caro es pagar poco. Pero ocurre que lo que produce el Estado no es lo que la gente demanda. Entonces, pagarle mucho a alguien que no hace lo que uno espera no tiene sentido. Además, hay una sospecha de corrupción, justificada a veces y otras no, con lo cual el razonamiento en muchos sectores de la sociedad es: "si van a robar, que roben; total, por lo menos les pagamos poco". Es entendible que la gente reaccione mal, pero desde el punto de vista de la organización de un Estado moderno, insisto, lo más caro es pagar poco. Países como Inglaterra, Francia y los Estados Unidos tienen burocracias estatales con niveles salariales muy competitivos, pero exigen eficiencia y resultados.

-¿Cómo fue su experiencia en la Mesa del Diálogo Argentino, en momentos tan conflictivos para el país?

-Yo fui llamado en el año 2002 como representante de la Universidad Di Tella y luego quedé integrado por mis conocimientos de politicólogo. Lo primero que me sorprendió fue el grado de fragmentación de la sociedad argentina. Todo eran quejas. No había propuestas e incluso los sectores que representaban a los mismos intereses decían cosas contradictorias. Fueron muy llamativos el desorden y la crisis de liderazgo, mezcladas con actitudes individuales de una solidaridad conmovedora. A mí, que provengo de la comunidad judía, me impresionó mucho la generosidad de la Iglesia Católica. Creo que hice un curso acelerado de ciudadanía. Entendí, entre otras cosas, el nivel de simplificación que solemos tener los argentinos cuando no conocemos los temas y pensamos que las soluciones son sencillas. Por eso les tengo ahora mucho más respeto a los políticos: porque comprendí hasta qué punto es complejo gobernar, sobre todo cuando la sociedad tiene intereses tan dispersos.

-¿En qué etapa está ahora la Mesa del Diálogo?

-Continúa, con mucha menos visibilidad pública. Además, hubo una apertura a todos los credos. Se formó una especie de expresión mucho más plural, diversa y fascinante para lo que es la Argentina, de la cultura del diálogo. Yo creo que en el largo plazo esto va a ser recordado como un punto de inflexión, porque implantó la cultura del diálogo en una sociedad confrontativa e intolerante. Además, introdujo propuestas importantes. El Plan Jefes y Jefas salió de ahí, lo mismo que propuestas de reforma política que tuvieron estado parlamentario y algunas que se aprobaron, como la ley de internas abiertas y simultáneas, que, en su momento, sirvieron para dar alguna respuesta de corto plazo. Fueron medidas aisladas, parte de un conjunto más completo que, finalmente, no hubo oportunidad de discutir ni de aprobar. Lo que queda como deuda es encontrar mejores canales de interacción con la clase política para que todos estos consensos que cuentan con el apoyo de la sociedad civil puedan transformarse en políticas públicas. Ese es mi desafío actual en la provincia de Buenos Aires, donde estoy coordinando una experiencia de diálogo político para una reforma política.

-¿Es optimista?

-Mucho. Porque hacemos muchas cosas mal, pero igualmente creo que en estos 20 años logramos algunos consensos fundamentales. Por primera vez en la historia, hoy tenemos un sistema político claramente democrático, sin actores "extrasistémicos". No hay ningún actor que pueda hacer peligrar la sustentabilidad de la democracia. Pasamos crisis muy agudas, pero siempre se procesaron dentro de las instituciones. Yo creo que el espíritu de Balbín y de Perón terminó por formar parte del sentido común de la política. Nunca antes pasó esto. Hay que mejorarlo, pero está. Lo segundo tiene que ver con los derechos humanos: jamás como ahora hubo una sensación de que no se puede usar la violencia como método de acción política, que no se puede eliminar al otro, que hay que respetar incluso al adversario. Esto es un valor fundamental. Tuvimos que hacer un desastre para entenderlo, pero yo creo que el "Nunca más" también caló en nuestra identidad como nación. Lamentablemente, seguimos violando derechos sociales: los chicos no tienen acceso a la educación y a los bienes culturales, hay violencia social, policial, secuestros... Pero que hay un umbral de rechazo a la violencia que nunca estuvo tan sólido y alto como ahora también es cierto. Tercer consenso: este país aprendió a ser responsable en términos fiscales y a odiar la inflación. Tuvimos varias hiperinflaciones, destruimos el ahorro público, llegamos a este consenso después de desastres de décadas. Hubo un político como Duhalde, que no tenía fama de ser un administrador muy prudente en la provincia de Buenos Aires y, sin embargo, prefirió una hiperrecesión a una hiperinflación, porque sabía que la hiperinflación lo eyectaba del poder. Fue un aprendizaje costosísimo para todos, pero creo que ha quedado como un valor. Por último, creo que ésta es una sociedad mucho más solidaria. En plena crisis, consagró el derecho a la inclusión social con el plan Jefes y Jefas, que es ley. Por supuesto que hay corrupción, clientelismo, falta de transparencia, pero... que en el medio de la peor crisis el país se haya acordado de los que menos tenían... Ese es, sin duda, el país en el que yo quiero vivir. Si sumamos estos cuatro aspectos, tenemos una sociedad con posibilidades de lograr lo que se proponga en el futuro, que tuvo que vivir lo que vivió y que aprendió a los ponchazos, como aprenden todas las sociedades, en cierto sentido. Pero creo que tenemos valores y los ingredientes necesarios para ser un país extraordinario.

http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=667591

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

VICTIMAS FATALES DE LA MASACRE DE CROMAGNON

Archivado en General • Fecha: 30-12-2004 00:00:00

AGÜERO EZEQUIEL ADOLFO
AGUIRRE FERNANDO LUIS
ALEGRE BABICH JUAN PABLO
AMAYA GASTON EDUARDO
ANTÓN LARA AGUSTINA
ANTÓN PAULA NATALIA
ARAMBURU MILENA ANDREA
ARIAS JULLIERAT MARTÍN SEBASTIAN
ARNALDO JORGE MAXIMILIANO
ARNALDO MARIELA GISELL
AVALOS JOSE LEANDRO
AVENDAÑO SERGIO DANIEL
AZAAR MARIA VICTORIA
BARATTA, SELVA SOLEDAD
BARBALACE GISELLA REBECA
BECKER CAROL SIGRID
BELASCUAIN ALBERTO GUSTAVO
BELZUNCE EDUARDO RUBEN
BELLO MARIA LAURA
BENITEZ MARIANO ALEXIS
BLANCO LAUTARO EZEQUIEL
BONOMINI SEBASTIÁN
BORDON NAUN LEANDRO EZEQUIEL
BORDON SOLANGE MILAGROS
BORRAS GABRIELA
BRANZINI MANGIAROTTI ROMINA TAMARA
BROGGI ERICA
BUITRON ZAIDA VIOLETA
CABRELLI MARIA ANGELICA
CABRERA GLORIA MARINA
CABRERA SILVIA GABRIELA
CALDERON MATIAS NICOLAS
CALDERON ROBERTO DANIEL
CANSAN MARIA SOLEDAD
CANTALE ABEL JOSE
CASTRO FUENTES ROMINA ROCIO
CAYON JULIAN
COLNAGHI NICOLAS ALEJANDRO
CONFINO MARTÍN JAVIER
CONTE EDGARDO HORACIO
CORDERO IGNACIO ESTEBAN
CORDERO RICARDO
CORTES VOLLA JUAN CARLOS
CRIBELLI PAOLA ANALIA
CRUZ LEANDRO GABRIEL
CWIERZ MACCARENA SOL
CWIERZ SEBASTIÁN RICARDO
CHAPARRO LEONARDO DAVID
D´AGATHA MAYRA ELIZABETH
DE OLIVERA MARIANA
DE ROSE LILIANA CARMEN
DEL CANTO GUIDO NICOLAS
DIAZ DE LONGO MARISA MABEL
DIAZ FLORENCIA SOLEDAD
DIEZ FLORENCIA LAURA
DILVA LUCIA PAZ
DJERFY OSVALDO JOSE
ESCALANTE LILIANA NOEMI
ESCOBAR SERGIO ANTONIO
ESPINOLA MONJES DENIS AURELIO
ESPINOSA PEDRO GABRIEL
FARRERA SEBASTIÁN
FEMOSELLE JUAN IGNACIO
FERNÁNDEZ DIEGO ANIBAL
FERNÁNDEZ HELBIH SEBASTIÁN ALEJANDRO
FERNÁNDEZ LAURA GIMENA
FERNÁNDEZ MAYLA SOLEDAD
FERREIRA FRANCO MATIAS
FLORES FLORENCIA SOLEDAD
FLORES NOEMÍ ANALIA
FLORES ROMINA YAMILA
FRIAS CRISTIAN
FUCCI PABLO SEBASTIÁN
FUNES OSCAR ANDRES
GAMARRA MERCEDES ADELAIDA
GAMBACCINI JOSE LUIS
GARCIA GASTON GUILLERMO
GARCIA MATIAS ALEJANDRO
GAVILAN LUCAS MATIAS
GINALD JORGE EMILIANO RAMON
GIOFFRE CLAUDIA BEATRIZ
GIOVANNI CARLA
GOMEZ ANALIA MARCELA
GOMEZ PABLO EMMANUEL
GONZALEZ ABEL RODOLFO
GONZALEZ CEDRES PATRICIA ALEJANDRA
GONZALEZ FEDERICO NAHUEL
GONZALEZ FRETES ALICIA
GONZALEZ TORRICO EDWIN C.
GUEVARA YAMILA LUCIA
GUZMÁN LUCAS JOSE
IBÁÑEZ ROBERTO GABRIEL
IGLESIAS PEDRO TOMAS
JARA MARTA TERESA
JUÁREZ SEBASTIÁN
KATZ PABLO GREGORIO
LA BELLA MATIAS EZEQUIEL
LA VIA ADRIANA INES
LAMENZA MARCELO ALBERTO
LANAS NOELIA SILVINA
LANATTA DIEGUEZ JUAN IGNACIO
LANDONI CARLOS NICOLAS
LASOTA JONATHAN DANIEL
LEDESMA LUISANA AYLEN
LEIVA JULIO
LEIVA JULIO ALBERTO
LINARES PAOLA
LIZARRAGA ERICA ELIZABETH
LOPEZ PEDRO ANTONIO
LUCAS ESTEBAN RODRIGO
LUPARELLO MAXIMILIANO GABRIEL
MAGGIO DIEGO REYNALDO
MALENOVSKI ARIEL HERNAN
MANSILLA JORGE GUSTAVO
MARCHIANO GUSTAVO JAVIER
MASTRANGELO FEDERICO EZEQUIEL
MAZZEO MARIO DANIEL
MAZZURCO ELISA VALERIA
MEDINA FERNANDO HORACIO
MEDINA MARIANO NICOLAS
MENDIBE ESTEFANÍA
MENDIETA EVARISTO IGNACIO
MIGLIARO LEANDRO HUGO
MOLTENI FEDERICO PABLO
MORALES SOFIA VICTORIA
MUSANTE GUIDO
NIEVAS NICOLAS ADRIAN
NOVOA CECILIA IRENE
NOVOA DAIANA HEBE
ORREGO MAURO LEONEL
ORTIZ DEBORA YAIR
OVIEDO ANA LAURA
PATA WALTER JORGE
PAZ DILVA LUCIA
PEON CELESTE
PEREYRA SILVA JORGE MANUEL
PEREZ GONZALEZ MARIA DEL MONSERRAT
PEREZ LUCAS GABRIEL
PROPATTO LUCIA
RAGONESE Y COMAN CAROLINA VALERIA
RAMÍREZ GRISELDA NOEMI
RANIERI SILVINA NOEMÍ
RENNA CRISTIAN
RODRIGUEZ EDUARDO HUGO
RODRÍGUEZ HERNAN LEONEL
RODRÍGUEZ RIGHI EMILIANO MARCELO
ROJAS FERNANDA
ROJAS LUIS CRISTIAN
ROJAS MARIANELA HAYDEE
ROMIEUX CECILIA LORENA
ROSENGARDT JULIAN
RUZYCKYS AGUSTINA
RUIZ CANNEMANN OSVALDO
RUIZ SERGIO JAVIER
SALAZAR PABLO ADRIAN
SANABRIA RIVADINEIRA SILVIA EMILCE
SANDOVAL ROSA BEATRIZ
SANTANA LUIS ALBERTO
SANTANOCITO ALICIA
SANTANOCITO MARIA BELEN
SANTILLAN JACQUELIN KARINA
SANTILLAN VALERIA VIVIANA
SCHPAK LEANDRO
SEGOVIA RIOS SOFIA ADRIANA
SILLAK NICOLAS ADRIAN
SILOTTA MARIANA
SILVA ALEJANDRA MARINA
SOLIS WALTER ABEL MAXIMILIANO
SORAIDE PABLO MARIANO
STEMPLER ROMINA
TABORDA MARCELO
TOLOSA ROBERTO FABIAN
TORBA PABLO LEONARDO
TORRES JONATAN IVAN
TORRES MARIO ABEL
TORRES MARIO RAMON
TRUJILLO ALEJANDRA MARIA
URCULLU MARIA SOL
VALSANGIACOMO MARIANO LEONEL
VALSANGIACOMO VERÓNICA LAURA
VEIGAS MENDEZ CRISTIAN MARIANO
VERA JAVIER ANDRES
VILLALBA VIVIANA NATALIA
VITALE MARIA LIDIA
YANNI BARBARA DANIELA
YANNI DARIO SEBASTIAN
ZACARIAS WALTER EDUARDO
ZALAZAR PABLO ADRIAN
ZAMUDIO HUGO ALEJANDRO
ZAPATA OSVALDO ALDEMAR
ZARATE JOSE LUIS
ZERPA GUSTAVO

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

"La desigualdad es la mayor amenaza"

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 29-12-2004 10:10:43

Boutros-Ghali define los retos del planeta

PARIS.– Como la diosa Isis de sus ancestros, el egipcio Boutros Boutros-Ghali ha decidido que la vida es eterna. A los 83 años, este ex secretario general de las Naciones Unidas (1992-97) insiste en mantener una frenética actividad que lo lleva, cada semana, a apartados puntos del planeta y que vuelve locos a sus colaboradores.

Diplomático, jurista, docente universitario, autor de más de cien libros, Boutros-Ghali nació, por azar, en Hanoi, Vietnam, en el seno de una prestigiosa familia copta. Antes de llegar a las máximas funciones de la ONU, trabajó en la diplomacia egipcia durante quince años. Actualmente es presidente de la comisión nacional egipcia de derechos humanos, del Panel Internacional Democracia y Desarrollo, de la Unesco, y miembro de numerosas organizaciones no gubernamentales.

¿Cuándo va a parar? “Nunca. El poder vuelve loco: es como una droga”, confiesa a LA NACION.

Boutros-Ghali no oculta que la mayor de sus frustraciones fue no haber podido ejercer un segundo mandato como secretario general de la ONU. Su alejamiento fue provocado por Estados Unidos. "Es demasiado tercermundista", fue el argumento de Washington. Tuvo que dejar su puesto a Kofi Annan, de Ghana. Ese fue el precio por sus enfrentamientos con Madeleine Albright -por entonces, embajadora de los Estados Unidos en la ONU- y con Warren Christopher, el secretario de Estado "cuya mayor virtud era el corte impecable de sus trajes", según dijo años después.

-Cuando usted fue secretario general de la ONU, los demócratas le hicieron la vida imposible. Ahora es el turno de Kofi Annan con los republicanos. Entre ese puesto y Washington parece haber una pulseada permanente que consigue paralizar la organización. ¿Cuál es la solución?

-En sus 55 años de existencia, la ONU vivió numerosas crisis. Lo que sucede hoy es una nueva crisis. Pero la ONU siempre consiguió sobreponerse. Para que ahora sobreviva hay dos posibilidades. Una, acaso la más importante, es que Estados Unidos cambie de política. No es imposible. Le recuerdo que fue el presidente Woodrow Wilson, en 1919, quien creó la Sociedad de Naciones y que fue Franklin D. Roosevelt quien promovió la ONU. Hay una gran tradición en Estados Unidos en favor del multilateralismo, de la colaboración interestatal y de la democracia mundial. Quizás, en los próximos años, Estados Unidos podría tener un presidente que se diera cuenta de que el interés del pueblo norteamericano es utilizar un sistema multilateral, para consultar y colaborar con otros Estados. Algún día se darán cuenta, por fin, de que no tienen los medios para ser los gendarmes del planeta. La segunda alternativa es que, en los próximos años, aparezcan nuevas superpotencias que actúen como contrapoder. Entre ellas, puedo mencionar China, India, la Unión Europea, cuando termine su proceso de integración y comience a tener una verdadera política exterior común, y Rusia.

-¿Tiene posibilidades de recuperarse después del derrumbe soviético?

-Déjeme recordarle que las tropas nazis estaban a las puertas de Moscú en 1941. Apenas quince años más tarde, la URSS volvía a ser una gran potencia. Rusia tiene la voluntad política y la posición geopolítica ideal entre Asia y Africa. Además, cuenta con riquezas, un equipo dirigente y una tradición de jugar un papel ecuménico que viene del tiempo de los zares. Cuando aparezcan esos contrapoderes, volveremos a un mínimo de democracia. Siempre defendí esa idea. Si no conseguimos democratizar la globalización, ese fenómeno terminará por demoler las democracias nacionales. No sirve de nada tratar de alentar la democracia en América latina, en Africa o en el mundo árabe si no se tiene una democracia en lo alto de la pirámide.

-¿Por qué?

-Porque el poder del Estado disminuye paulatinamente por culpa de la globalización. A medida que ese poder disminuye, se desplaza hacia una autoridad mundial. Y si esa autoridad mundial no es democrática, imagínese los peligros que entraña. Cuando yo era secretario general de la ONU también impulsé una reforma de la organización. Por entonces, había tres puntos de acuerdo: la reforma era necesaria, la democratización era necesaria, pero la ampliación del Consejo de Seguridad no debía ser demasiado importante para que no entorpeciera su acción. Mi equipo también había llegado a una cuarta unanimidad: el necesario equilibrio entre los Estados ricos y los pobres dentro del Consejo. Pero el problema era quién representaría a los Estados pobres.

-¿Quizá la representación podría hacerse por bloques, como plantea México en este momento?

-Sí, por bloques, pero tomemos el caso de América latina: ¿quién escogerá su representante?

-La región escogería a su representante en forma rotativa...

-¡Pero usted no puede imaginarse un pequeño Estado de América Central representando a la totalidad de América latina en el Consejo de Seguridad! Hasta hoy, no hemos conseguido resolver esa cuestión. ¿Será la Argentina, será México o será Brasil? La misma cuestión se plantea en Africa: ¿será Egipto, Africa del Sur, Nigeria?

-¿Cuál es su opinión sobre el proyecto de reforma de la ONU presentado por el secretario general, Kofi Annan?

-Se trata de un informe cuyas ideas no son nuevas. El habla de un cambio en la composición del Consejo de Seguridad y propone dos fórmulas. En la primera, a los cinco miembros permanentes actuales, que tienen derecho de veto, se agregarían otros miembros permanentes, pero sin ese derecho. No me parece que esa fórmula vaya a ser aceptada por numerosos Estados. En la segunda fórmula no se dice una palabra sobre una posible limitación del derecho de veto. Por otro lado, se amplia el concepto de seguridad. Ya no se trata de "seguridad para los Estados", sino de "seguridad humana". Esto representa, para mí, un peligro, pues quiere decir que el Consejo de Seguridad pasará a ocuparse de problemas socioeconómicos: crisis económicas graves en un país, hambrunas, calamidades, etcétera. En todo caso, esto estaría sometido al derecho de veto. En resumen, es un proyecto que agrava el control del mundo por parte de las potencias. Ultimo punto, extremadamente peligroso: la utilización de la fuerza para una acción preventiva. Sobre esto el texto no es muy claro, pero parece insinuar que, en algunos casos, se aceptaría la intervención preventiva. Yo diría más: una acción coercitivo-preventiva, que aumenta aún más el poder de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad.

-En otras palabras, ¿éste es un documento de compromiso?

-Es un esfuerzo. No es el primero.

-Hay quienes opinan -entre ellos, Jacques Attali- que dentro de algunas décadas habrá un gobierno mundial liderado por la ONU. ¿Usted también lo cree?

-Sí. Creo que así será. Dentro de 20, 30 o 40 años el mundo tendrá ese gobierno planetario.

-¿Cuál es, para usted, el peligro más grande que acecha hoy al planeta?

-Las desigualdades cada vez más grandes entre el Sur y el Norte. Déjeme darle algunas cifras sobre los países de la cuenca del Mediterráneo: en el Norte, la Unión Europea; en el Sur, los países árabes de Africa. Extienda esto al resto del planeta, pues el modelo se repite sin excepciones. La población del Norte nacida entre 1950 y 2000 aumentó un treinta por ciento; en el Sur, aumentó un 150 por ciento. En los próximos 50 años, la demografía europea disminuirá un 17%, por causa del envejecimiento de la población. Europa estará obligada a recibir 1.600.000 inmigrantes por año para mantener la tasa actual de crecimiento. El norte del Mediterráneo representa el 15% del comercio mundial; el Sur, menos del tres por ciento. En términos de producto bruto interno, el Norte pesa cinco veces más que el Sur. Naturalmente, estos fenómenos crean una inestabilidad social y política en el Sur. Todo esto provoca un repliegue cultural. En otras palabras, fundamentalismo y fanatismo. Una tercera consecuencia es el aumento permanente de la demanda migratoria.

-Y un riesgo de guerra de civilizaciones...

-También hay entre estas dos regiones una tercera fractura, que es religiosa: por primera vez desde la Edad Media, el islam se ha transformado en una realidad en la Europa cristiana. Naturalmente, este encuentro entre dos religiones diferentes volverá a plantear serios problemas. Una última y cuarta fractura: la política. En el Sur hay una realidad marcada por los conflictos: Irak, los países árabes con Israel y muchos otros que podrían estallar por culpa de la distribución del agua y de otros recursos naturales. Imagínese: en Europa, los diez Estados que acaban de incorporarse a la UE recibirán 40.000 millones de euros por subvenciones, hasta 2006. Entre 1992 y 1998, los países del sur del Mediterráneo sólo recibieron 753 millones de dólares. Esto quiere decir medio euro de ayuda por habitante para el Sur, contra 185 euros por habitante para el este de Europa.

-Este es, sin duda, un grave problema a mediano plazo. Pero ¿y las crisis actuales? ¿La guerra de Irak, por ejemplo? ¿Cuál fue, para usted, la verdadera razón de Estados Unidos para hacer esa guerra?

-Hay varias interpretaciones. Yo prefiero aquella según la cual Estados Unidos debía realizar una acción absolutamente espectacular después del 11 de septiembre. Yo la llamaría "la razón psicopolítica fundamental".

-Y ahora, ¿cree que habrá elecciones?

-Lo espero. Esa es la única forma de darle legitimidad al gobierno iraquí. Será la única forma de dar un auténtico poder a los iraquíes. Ese día serán capaces de hallar una solución a sus problemas.

-Pero ¿cómo organizar esas elecciones?

-Hubo elecciones en situaciones extremadamente difíciles en otras partes del mundo. En Camboya, por ejemplo, se temió hasta último momento una intervención del Khmer Rojo. Las elecciones en El Salvador fueron lo mismo. Naturalmente, no estoy diciendo que la situación sea fácil en Irak. Pero, por el momento, no veo otra solución posible. Irak tiene un pueblo extremadamente civilizado, que obtuvo su independencia antes que todos los demás países árabes. Esto se olvida. Irak estuvo presente en la Sociedad de Naciones antes que todos los demás países árabes, antes que Egipto. Irak es uno de los países más ricos. Tiene petróleo y ríos, mientras que otros tienen ríos y no tienen petróleo, o viceversa. Hay un proverbio egipcio que dice: "Se escribe en Egipto, se imprime en el Líbano y se lee en Irak". Es un país muy avanzado. Tendrá violencia, conflictos internos... pero es problema de ellos. Ellos los tienen que resolver.

-Pero si Estados Unidos se fuera, ¿no cree usted que la región está suficientemente desestabilizada como para que estalle un conflicto general?

-No, no lo creo. Tampoco creo que sea necesaria una presencia internacional. Los estadounidenses deberían retirarse y dejar que Irak se reorganizara solo.

-¿Y Siria e Irán? ¿Qué pasará con las pretensiones regionales de esos países?

-Irán tiene su petróleo. Las cosas marchan. Siria también marcha normalmente.

-Pero, mientras tanto, mantiene su ocupación sobre el Líbano y tiene grandes ambiciones regionales... ¿Eso a usted no le molesta?

-Usted evoca una visión eurocéntrica. La historia de América latina es una historia de intervenciones y de dictaduras que existieron y que dejaron de existir. Sus países se independizaron a comienzos del siglo XIX. Cuando yo fui a esa región en 1980, todos los regímenes eran militares. Ahora todo cambió. No se puede pretender que Medio Oriente viva una situación política similar a la de Europa. Medio Oriente obtuvo su independencia hace menos de 50 años, como Africa. Se trata de una región que será inevitablemente inestable durante cierto tiempo, antes de llegar a la estabilidad que vive actualmente Europa. No hay que ver lo que sucede en Medio Oriente con una mirada pesimista.

-¿Y el integrismo?

-El integrismo existió en Egipto desde comienzos de siglo. Hubo movimientos integristas y revoluciones en Somalia y en Sudán. El fundamentalismo no es nuevo, y actualmente hay un nuevo fundamentalismo cristiano, otro hindú y otro judío. Todo esto responde, para mí, a la mundialización. El ciudadano medio no comprende la mundialización. Le tiene miedo. Cuando ve por televisión el genocidio en Ruanda u otro drama, se produce en él un repliegue cultural, cuya respuesta es: "Quiero regresar a mi pueblo, a mi familia, a mi religión y olvidarme del resto del mundo".

-Pero no toda la gente que rechaza la globalización se repliega de ese modo...

-No, no he dicho eso. El fundamentalismo, en el cual se manifiesta el terrorismo, es un pequeño sector. Antes estaban la banda Baader-Meinhoff en Alemania, las Brigadas Rojas en Italia, ETA en el País Vasco, Tupamaros en Uruguay. Esto no es nuevo. Todo el mundo hace un drama por el 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. Es verdad: fue muy espectacular. Pero hubo muchos más muertos por el terrorismo en Colombia o en Sri Lanka que los muertos de las dos torres de Nueva York. Yo quisiera poner las cosas en su verdadera perspectiva.

-¿Cree usted que con la desaparición de Yasser Arafat cambiarán las cosas en el conflicto entre Israel y Palestina?

-Es un proceso muy largo, que requerirá muchos años de esfuerzo. Yo no veo la solución en forma inminente. Entre israelíes y árabes será necesaria una nueva generación para establecer una paz verdadera.

-Usted era el canciller del presidente Anwar el-Sadat cuando él firmó la paz con Israel. Poco después lo mataron. ¿Quién lo mató? Nunca se supo oficialmente.

-Los fundamentalistas. Los mismos que mataron a mi abuelo, que era primer ministro en 1910. Y al primer ministro de Egipto, Ahmed Maher Pacha, en 1945, en pleno Parlamento. Egipto ha padecido el terrorismo mucho más que los estadounidenses o los europeos. Y en aquellos momentos Estados Unidos y Europa cerraban los ojos y ofrecían refugio político a esos fundamentalistas. Ellos depositaban su dinero en los bancos europeos y recibían armas de Europa.

-Usted escribió el famoso discurso que El-Sadat pronunció ante el Parlamento israelí cuando firmó la paz con ese país.

-Le voy a hacer una confidencia. Es verdad: yo escribí el discurso. Pero, a pesar de lo que se ha afirmado durante treinta años, ése no fue el discurso que El-Sadat leyó en la Knesset. Sin que nadie supiera, les había pedido a otras dos personas que también escribieran. Sin embargo, cuando le pregunté qué le había parecido mi texto, respondió: "Excelente, excelente". Aquel día yo estaba sentado en la Knesset, esperando oír mi discurso y nada, ni una palabra, ni una sola de mis ideas salió de su boca.

-¿Que sintió?

-Que El-Sadat tenía razón. El discurso que leyó era mucho mejor que el mío.

Por Luisa Corradini
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=666982

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Laica o libre

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 28-12-2004 00:00:00

Por Sandra Russo

Los periodistas –acaso mejor que nadie, porque es la arcilla con la que trabajamos, la materia prima de nuestro oficio– sabemos que lo que hoy nos parece tan pero tan interesante, eso que nos queda en la cabeza, acerca de lo que conversamos con amigos, incluso aquello que nos involucra, pasado mañana ya se irá opacando, será como una nave que lentamente se interna en la neblina, algo que nuestras mentes archivarán. Las noticias envejecen más rápido que las mariposas. También el espanto, la solidaridad, el morbo o el entusiasmo que las noticias despiertan en la gente serán devorados por el pac-man vertiginoso de la actualidad. Sin embargo, acaso por codearnos permanentemente con ese artefacto efímero que es una noticia, podemos percibir cuándo en alguna de ellas se cuela no el suceso sobredimensionado por declaraciones o hechos condenados a desfallecer, aplastados por otras declaraciones o hechos, sino un pulso más profundo, un desnivel en la conciencia colectiva, una de esas pocas y deslumbrantes puntas de iceberg que quedarán tatuadas en la historia.
Eso sucedió, por ejemplo, en 1958, cuando pasiones similares a las que azotan hoy a vastos sectores de católicos practicantes sacaron a miles de personas a la calle en un debate que no era coyuntural sino que perfilaría al país. El debate aquél fue de los que quedaron tatuados: laica o libre. La sola enunciación de los términos de ese debate transparenta el enorme poder que habían acumulado los obispos que venían de ganarle a Perón una pulseada que selló definitivamente la Revolución Libertadora. Que la educación religiosa reservara para sí el término “libre”, enfrentado dialécticamente a la educación laica, habla de un tipo de libertad precaria, acotada, sectorial, asimilada a la libertad de enseñanza religiosa, que jamás estuvo en cuestión. Lo que se debatía en profundidad era si los ciudadanos de este país serían educados en tanto católicos o no. Como siempre en las peleas que lleva adelante la Iglesia, el oponente era acusado de segundas intenciones más o menos diabólicas. Nacida ya la Guerra Fría, la educación laica cargaba con la mochila de ser la embajadora subrepticia del comunismo. Pancartas de aquella época simbolizaron ese matrimonio antojadizo con la leyenda: “Laika, perra rusa”, en alusión al satélite soviético que había despegado con una perra como tripulante.
Hoy, una artista plástica de veintipocos años que exponía en la galería Elsi del Río, en Palermo, debió bajar anticipadamente su muestra de vírgenes de la abuela con cabezas de muñecos de su infancia porque a un grupo de chicos revoltosos de un colegio católico las obras les parecieron irreverentes y, sin más, destruyeron el frente de la galería. En Córdoba, el transversal Luis Juez se desentiende de un posible conflicto y veta una muestra artística sobre la Navidad para ahorrarse dolores de cabeza –les cabe a los cordobeses provocarle la jaqueca que su decisión política no debería evitarle. Miles y miles de porteños estaban privados hasta ayer de ver la muestra de León Ferrari porque una organización infinitesimal llamada Cristo Sacerdote convenció a una jueza de que algo expuesto en un centro cultural interfiere telekinéticamente en la vida privada de los creyentes.
Otra vez, como hace cuarenta y seis años, reaparece una falsa dicotomía entre la libertad de un sector de la población y la libertad de todo el resto. Es el mismo tatuaje que hace olas: pasará este episodio y se cerrará solamente un nuevo capítulo en una cuestión de fondo que no es coyuntural, ni se expresa ni agota en una noticia. Históricamente, hace escasos dos segundos que los argentinos nos dimos permiso constitucional para tener un presidente que no sea católico. A tal punto caló lo de la “libre”, que nunca fue “libre” sino sencillamente expresión de un pensamiento religioso que de ninguna manera incluye a todos, ni habla por todos, ni siente por todos, y sin embargo jamás dudó en reservar para sí la envergadura de una totalidad. Eso, en otros términos, es lo que en los colegios los chicos aprenden que se llama totalitarismo.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-45291-2004-12-28.html

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(1) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Infiltrados en la fiesta

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 26-12-2004 00:00:00

Un bar de jazz en Nueva York. Un piano y un contrabajo. Dos argentinos confundidos entre los parroquianos. Un año nuevo distinto.

BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar

A las tres de la mañana, las mozas y el barman se sacaron los delantales. Siguieron sirviendo tragos, pero también comenzaron a consumirlos.

Los dos músicos, en el piano y el contrabajo, tocaban como si la medianoche no hubiera sonado para ellos, ni hubiera comenzado un nuevo año. Todos circulaban de mesa en mesa o se paraban en la barra, excepto los dos argentinos infiltrados en la cena de fin de año de un legendario boliche de jazz, donde ellos eran los únicos que no formaban parte de un grupo de amigos que tenía en su centro al dueño, Bradley, un gigante que había querido ser pianista y, con despierta conciencia de sus límites, terminó abriendo un bar de jazz, venerado en Nueva York. Los argentinos no habían llegado allí por casualidad, sino después de deliberar, reservar una de las diez mesas y elegir, de antemano, lo que iban a comer esa noche de un menú bastante incomprensible.

A las once, cuando entraron, el dueño los recibió un poco extrañado de no conocerlos; el azar les dio la mejor ubicación, al costado del piano, en diagonal con la mesa donde el dueño iba a sentarse con sus invitados. Otras noches, los argentinos habían intentado sentarse en ese lugar y nunca habían tenido suerte. Recortado en el marco que formaba la abierta tapa del piano, el bajista Eddie Gómez era visible hasta la cintura, y la cabeza de Kenny Barron quedaba justo en diagonal, aunque no podían verse sus manos sobre el teclado.

En la mesa de Bradley, su mujer, una norteamericana de cara angulosa y gran melena rubia, una especie de modelo de los sesenta, vestida de cuero negro, hablaba con Robin, un albino extravagante. Los argentinos conocían su nombre, porque las meseras lo llamaban así cada vez que volvían a llenar los tres vasos de los que bebía: uno de vodka o gin, uno de vino, uno de agua, más la taza de café negro. Robin solía llegar al boliche con un cuaderno, en el que escribía mientras escuchaba la música. Esa noche no lo había traído. Al lado de Robin, había una italiana grandota, con aire de condesa florentina. Los argentinos comieron unos platos insólitos para sus costumbres, tratando de cortar las piezas de carne y las patas de crustáceo por los lugares adecuados.

A las doce, se paró todo el mundo. Para no ser denunciados como intrusos, los argentinos se incorporaron a la circulación de copas y saludos. Un negro, que había estado en la barra y había salido sin que nadie se diera cuenta, se acercó con una flor a la mujer que parecía una condesa florentina. Inclinado, se la entregó diciéndole, como si se tratara de una escena privada que se volvía enigmáticamente pública: "Happy New Year, baby". Los argentinos pensaron en la literatura y el cine, ya que no tenían muchos otros datos para terminar de componer el cuadro.

De a poco, después de la una, fueron llegando algunos músicos conocidos, que venían de tocar en otros lugares.

Tommy Flannagan, un pianista que en Nueva York era tan reconocible como lo hubiera sido Pugliese en Buenos Aires, avanzó por el pasillo al costado de la barra, con smoking negro y corbata roja bajo la chalina de seda blanca: "Vine a saludar antes de volverme a casa", dijo. Y los argentinos se sintieron incluidos en esa gentileza, aunque Flannagan los había pasado por alto. Entre tanto, la música seguía como si el fin de año se hubiera pospuesto para el pianista y el bajo, aunque, a diferencia de lo que sucedía en ese boliche los días normales, el ruido y las frases de mesa a mesa la colocaban en un fondo más lejano. No para los argentinos, que después de la primera vuelta de saludos, volvieron a su mesa ya que no tenían con quién seguir hablando. Cuando, a las tres de la mañana, las mozas se sacaron los delantales, los argentinos pensaron que estaban asistiendo a una fiesta privada, en la que tocaban dos músicos excepcionales. Todo duró hasta la madrugada; el barman y las mozas, que conocían de vista a los argentinos, los hicieron sentir como en casa. Por supuesto, los argentinos no podían prever que esa madrugada del 1º de enero de 1990 se iniciaba, en su pequeño país del sur, una década cruel.

http://www.clarin.com/diario/2004/12/26/sociedad/s-893728.htm

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

"El Che era muy duro. Con él mismo, más que con nadie"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 26-12-2004 00:00:00

ALBERTO GRANADO, BIOQUIMICO

El amigo del Che Guevara que compartió con él un viaje clave por Sudamérica recuerda entrañablemente a ese muchacho que, en 1951, "descubrió que había que luchar, no sólo filosofar".

Guido Braslavsky
gbraslavsky@clarin.com

Usted ha sido amigo del Che Guevara y compartió muchas experiencias con él. ¿Cómo juzga la mitificación que se ha hecho de su figura?

—Yo trato de que eso no ocurra, porque se está creando una imagen falsa. ¡Qué vamos a ser como el Che, si él era buen médico, buen mozo, valiente, inteligente! Imposible ser como él... Era inteligente, pero también muy trabajador. Y era valiente, pero muchos son valientes y terminan asaltando bancos. Hay mucha gente valiente y trabajadora, muchos Che Guevara en el mundo. El Che no es mito, es un hombre que hizo y pagó las consecuencias.

# La película "Diarios de motocicleta" narra el viaje que hicieron usted y él por Sudamérica. Para el mundo, Alberto Granado es "el amigo del Che". ¿Cómo se ve usted?

—Como un tipo afortunado. Estoy muy orgulloso de ser el amigo del Che. Si el Che no hubiera sido quien fue, ese viaje habría sido un viaje turístico más. Yo he tenido la suerte de haber sido fiel a mi forma de pensar y de ser. Cuba me ha ayudado. Y la responsabilidad de que la gente diga: "Mira, ese es nada menos que el amigo del Che". Eso te obliga a ser un poco mejor. En Cuba consideran que el Che y yo somos algo así como un símbolo de la amistad.

# ¿Qué es lo primero que recuerda cuando piensa en él?

—Su aspecto sarcástico. Ahora estaría diciendo: "Pero mira que hablas macanas, Petiso". Para tomar algunas decisiones no puedo dejar de pensar en él, porque éramos muy parecidos en la forma de reaccionar frente a las injusticias y las desigualdades. Era muy firme en sus convicciones. Y tan drástico... Cuando venía un tipo que él creía que iba a chuparle las medias, me hubiera gustado que fuera más suave. Pero no, hubiera dejado de ser Ernesto Guevara.

# ¿Cómo reaccionaba?

—Por ejemplo, durante nuestro viaje —está relatado en la película— cuando el doctor Pesce en Perú le pide opinión sobre el libro que había escrito, y Ernesto le dice que era una porquería, podría haber sido más suave Mi hermano menor, Tomás, que era su compañero, me contó que una vez hablaban sobre García Lorca con el profesor de Literatura, en cuarto año del bachillerato. El profesor dijo mal un verso y Ernesto le lanzó: "Para qué vamos a hablar, si usted no se sabe ni los versos". Imaginate la bronca del profesor. No hay que endiosar a Ernesto, se lo va lavando mucho. Hay que recordar también sus cosas negativas. En la película, quise evitar que hicieran de Ernesto un cowboy del Oeste, que todo lo hacía bien.

# ¿Era duro?

—Sí, duro, muy duro. Consigo mismo más que con nadie. Se daba cuenta si se le había ido la mano, pero por eso no dejaba de ser duro. Cuando era ministro, los muchachos de la escolta le agarraron el auto y salieron a levantarse un par de minas. Como era un auto del Estado, el Che usó su mano de hierro y les aplicó su propia ley. Les daba donde más les dolía, que era dejarlos sin comer y en calzoncillos para que pagaran sus fechorías.

# En 1960, al reencontrarse en La Habana, ¿el Che le propuso que se quedara a vivir en Cuba?

—No podía proponer mucho, porque él sabía que se iba. Así que no podía decirme "vení, Petiso, vamos a trabajar juntos". En la carta que me manda en abril del 59 me dice que quería verme; ahí ya me di cuenta de que Ernesto era un hombre de Estado. Y me fui a Cuba, donde vi que yo podía ser muy útil. Además me enamoré del proyecto de Fidel. Cuando Fidel habló el 26 de julio del 60 en la Sierra Maestra, todo lo que decía era como si lo hubiera estado pensando yo. El Che, cuando se despide de mí, me deja un libro, donde me escribe "te espero". El sabía que si hubiera habido una Bolivia o un Congo liberados, habría podido contar conmigo en lo que yo sé: desde organizar un equipo de fútbol hasta una escuela de bioquímica.

# ¿Cuándo fue la última vez que lo vio?

—En octubre del 64, sin saberlo. Pero me dio cierta pista. Le dije "me voy a dar el gusto de invitarle un trago a un ministro". Abrí una botella de ron, nos servimos y le digo "vos sabés, Pelao, que de todos mis vicios pequeñoburgueses, hay dos que no me los puedo quitar: el deseo de viajar y el gusto de un buen trago". Y me contestó: "Mirá, Petiso, vos sabés que el trago nunca me interesó, y en cuanto a viajar, si no es con una metralleta tampoco me interesa".

# ¿Cómo supo de su muerte?

—Cuando lo asesinan me llamaron para identificar las fotos. Los cubanos no podían creer que lo hubiesen matado. Uno me decía que con esos bracitos flacos, cómo iba a ser el Che, con la fuerza que tenía. Pero yo sabía que él tenía esos bracitos, lo cachábamos desde joven por eso. Fue uno de los momentos más difíciles de mi vida.

# ¿Usted le decía Ernesto o Che?

—En la intimidad, yo le decía Pelao, apodo que tenía antes de que lo conociera, de cuando se cortó el pelo al rape. Si lo iba a buscar preguntaba por el comandante o el Che.

# Viajó por muchos países para presentar la película, pero a EE.UU. ¿lo dejaron entrar?

—Tenía que ir a Sundance, el centro que tiene Robert Redford, el productor de "Diarios...". Lo que pasa es que en el año 1946 o 1947 firmé una declaración contra la bomba atómica, contra McCarthy; por eso es muy difícil que me dejen entrar a Estados Unidos. Además pedimos la visa desde Cuba. No me dijeron que no, pero nunca me la otorgaron y así se pasó la fecha.

# ¿A la Argentina ha vuelto mu chas veces?

—Sí. Estuve en el 62; después no pude venir más hasta el 73, cuando eligieron a Cámpora. Yo estaba en Chile, gobernaba Allende, había trabajado con los chilenos en genética molecular y queríamos hacer un intercambio con la Universidad de Valparaíso. Fue en setiembre, unos días antes del golpe. Pero a la Argentina Yo no tenía que ver con las guerrillas, pero conocía a Massetti, el líder de la primera guerrilla guevarista en el norte argentino. La Policía Federal sospechaba de mí y cada vez que venía me ponían un tipo atrás. Iba a visitar amigos, me iba y al rato caía la Policía. "No visites a nadie que estás asustando a medio mundo", me decían. Era todo imaginación de la Federal. Jon Lee Anderson, el autor de una extensa biografía del Che, dice que yo vine a reclutar gente.

# ¿Y a qué vino?

—A buscar médicos. Fue en el 62, porque la mitad de los médicos, unos 3.500, se habían ido de Cuba. Convencí a algunos médicos para que fueran a ayudar. Algunos hicieron un gran papel. Desde los 80 vine varias veces. Soy cordobés, me gusta mucho Córdoba y tengo muchos amigos allá. Nunca he dejado de ser argentino. Este es el país que me formó como científico, como profesor. Alguna gente me pregunta por qué no me hago cubano. Y digo que si para morir por Cuba y su revolución hay que ser cubano, yo me hago cubano. Pero si puedo hacerlo sin dejar de ser argentino, para qué voy a renunciar.

# ¿Se iría de viaje de nuevo con el Che?

—Sí, con un tipo como ése, yo salgo a cualquier parte.

# ¿Qué cambió aquel viaje en sus vidas?

—Ahí al Che le nació la idea de que había que meterse en la cosa. No sólo filosofar, sino hacer, luchar. Ahí el Che se dio cuenta de que la vía era la toma del poder por las armas. Y después se encontró con Fidel, que creía lo mismo. El viaje hizo más objetivo lo que habíamos leído. La explotación del cobre, o esa pareja de mineros que viajaban por necesidad de comer, no como nosotros que lo hacíamos por conocer, nos abrió un mundo.

# ¿Lo extraña a Ernesto?

—Sí, sobre todo en momentos de duda. Cuando me pregunto qué hacer, si lo cobraré o se lo entregaré al Estado

# ¿Qué cosa?

—Mi libro "Con el Che por Sudamérica". Si lo publicaba en la Argentina me daban 2 o 3 mil dólares por lo menos. En Cuba, 2 o 3 mil pesos cubanos. "Lo voy a mandar para Buenos Aires", pensaba. Pero después, ¡qué carajo!, cedí los derechos a la agencia literaria de Cuba. No son muchos los momentos de duda, pero en ésos, tener a alguien como el Che...

# ¿Qué le hubiera dicho él?

—No seas pelotudo, Petiso. ¿Te vas a vender por 2 mil dólares?

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/12/26/z-03815.htm

Copyright Clarín, 2004.

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

"El problema está en el no peronismo", dice Mariano Grondona

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 24-12-2004 10:08:49

Sostiene que la falta de una estructura bipartidaria debilita la democracia

Para un periodista que se precie de su condición, entrevistar a un colega de la magnitud de Mariano Grondona requiere algo más que los viejos recursos del oficio. No solamente hay que escucharlo; también hay que leerlo. En mi caso me ayuda a comprender su personalidad una clave generacional, pues ambos vivimos nuestra juventud bajo el mismo peronismo, ése que hoy nos quieren pintar como una primavera. También me asisten algunas influencias y sensaciones parecidas, como la de descender de italianos por ambas ramas y haber sufrido la ausencia prematura de padre, lo que inclina a suplirlo con amigos mayores.

“En la vida, busqué muchos padres –confiesa Mariano–, como Rolo Martínez o Canoro Costa Méndez, siempre con diez años más que yo.”

La lista de similitudes podría completarse con el signo de Libra y la madre octogenaria, pero inevitablemente confluirá en el interés por la política y el amor al periodismo. Mariano, además de cubrir notas, escribir columnas y acceder a la televisión, también fue editor de revistas de opinión, en las cuales se recoge una gran variedad de alegrías y sinsabores. Son suficientes vivencias como para conocerlo por dentro. Aun así, como sus títulos académicos me producen cierto temor reverencial -porque no puedo comparar Harvard con el colegio nacional Urquiza-, la mejor forma de superar mi complejo es apelando a la amistad de casi toda una vida, pues el tuteo entre antiguos colegas genera un diálogo fluido y espontáneo, sin necesidad de fingirle al lector.

Una característica de Mariano, rara en el voraz periodismo televisivo, es la de saber escuchar con atención al entrevistado, aunque admite que eso le quita rapidez en las repreguntas. "Es que ante cada respuesta me detengo a pensar. Como periodista, siento más fuerte la vocación de columnista -se defiende- y admito mi egoísmo al reconocer que, en la columna, estoy más interesado en lo que pienso yo. En cambio, en las entrevistas el polo de atracción es lo que piensa el otro."

-Bueno, en este caso el otro sos vos. Fuiste testigo, y a veces protagonista, de los últimos cincuenta años de nuestra vida política, en que se probaron todas las variantes, desde las democracias fraudulentas y los regímenes autoritarios, hasta los gobiernos populistas, las dictaduras militares y las alianzas partidarias. Pero nada funciona del todo bien. ¿Es culpa de los sistemas políticos o de nuestra sociedad?

-Lo sorprendente de América latina y de la Argentina es que no solamente no funciona un método: tampoco funciona el contrario. Cuando quisimos ser capitalistas, nos salió un capitalismo bastante sui generis, que fracasó. Cuando quisimos hacer socialismo, también fracasó. En América latina y en la Argentina lo que nos falta es el Estado. No lo tenemos. En su reciente libro "La construcción del Estado", Fukuyama explica que hay dos coordenadas: una se llama Fuerza y la otra Alcance, y dice que los Estados más exitosos de nuestro tiempo tienen mucho vigor y poco alcance; cuando hacen una ley, la cumplen, pero no pretenden abarcarlo todo. En cambio, nosotros tenemos muchas leyes y poco alcance para aplicarlas. En aquellos países, si limitan la velocidad a cien kilómetros por hora en la ruta es porque tienen un radar. Porque si no lo tenés, no podés poner la prohibición. La ley que se hace es la que se puede aplicar. En cambio, en nosotros la idea de la ley es más bien declarativa, somos proclives a las revoluciones caligráficas. Como las leyes de Indias, que eran maravillosas.

-Se acatan, pero no se cumplen, como decía el virrey de turno.

-Los países exitosos tienen un núcleo muy fuerte que se cumple. Si hay un impuesto, se paga rigurosamente; en cambio, aquí no se paga y entonces se crea otro impuesto para cubrir el anterior.

-En esos países, si un ciudadano no paga los impuestos no puede ser miembro de la Corte Suprema. Acá parece que sí.

-En América latina y en la Argentina, con un Estado débil, que no puede hacer cumplir las leyes, todo fracasa. Podés tener un gobierno socialista o capitalista, pero si no se cumplen las leyes va a fracasar cualquiera de los dos. El capitalismo, por ejemplo, supone un Estado que defiende el derecho de propiedad. La discusión en Suecia o en Estados Unidos, por ejemplo, es sobre el alcance que tiene una ley, nunca sobre su firmeza.

-¿Nuestro estilo sería entonces el del que "mucho abarca, poco aprieta"?

-Sí, pero cuando abarcamos poco, como ocurrió con la privatización de los servicios públicos, no se instalaron las agencias de vigilancia. Es que tampoco tenemos el mínimo Estado, que necesitan aun los gobiernos más liberales. Si no tenés la herramienta de aplicación, cualquier política que dictes se termina diluyendo.

-Tampoco fuimos muy felices en materia de tendencias ideológicas. Probamos el liberalismo, el populismo, el desarrollismo, el capitalismo moderado, el liberalismo autoritario y siempre terminamos mal. ¿Cómo se podría modificar este trágico destino?

-Ahí aparece otro grave defecto nuestro: la intolerancia. Los que están en el poder creen que la historia empieza con ellos, que ellos tienen la fórmula, la precisa, y que los demás no tienen nada que hacer porque no sirven para nada. Pero como ese poder responde a un sector de la sociedad, se origina un miniciclo: cuatro años, dos años, seis años. Nuestro verdadero modelo es el Acuerdo de San Nicolás, en el que unitarios, federales y rosistas se propusieron un objetivo común y organizaron el país. En cambio, hoy cada grupo se afirma como un extremo frente al otro. Dentro de poco se dirá que el 90 fue una década maldita: siempre el extremo. Nunca en la política argentina se busca la diagonal de las fuerzas y, así, jamás se sientan alrededor de una mesa para discutir un poco de lo tuyo y un poco de lo mío, para acordar por lo menos cinco puntos y respetarlos durante cincuenta años.

-¿Por qué es tan difícil alcanzar acuerdos en la política argentina? Cada vez que Felipe González viene a Buenos Aires, alguien le pregunta cómo hicieron el Pacto de la Moncloa y él contesta siempre lo mismo: que cumplieron con lo que pactaron. Así de simple. Pero acá eso parece imposible.

-Estoy escribiendo un libro titulado "Cultura y democracia", donde digo que el primer valor es la democracia y, dentro de ella, la tolerancia. La tolerancia entre las dos fuerzas principales, como hacen los boxeadores cuando buscan la distancia y se miden. Acá tuvimos épocas de gran intolerancia, como las de unitarios y federales, radicales y conservadores, peronistas y antiperonistas, y, por supuesto, los años setenta. Siempre odiándonos.

-Quedaron calificaciones muy despectivas que todavía se usan, como "zurdaje" y "cipayaje". Siempre excluimos a alguien.

-También la tolerancia implica que no se junten demasiado, porque cuando peronistas y radicales se hicieron muy amigos apareció el Pacto de Olivos. Tiene que haber cierto equilibrio. Para eso debería existir otra fuerza más distante, que sirva de alternativa en las elecciones, porque, si todo parece lo mismo, cuando la gente se cansa sale a gritar "¡que se vayan todos!"

-¿La ausencia de una izquierda seria y de una derecha también seria es un problema sin solución?

-Cuando éramos jóvenes, ¿a qué países admirábamos? A Inglaterra, a Estados Unidos, a Alemania. En cambio, ahora admiramos a Brasil y a Chile. Se te van bajando los modelos. El momento clave es cuando la izquierda toma el poder y resulta racional. Ahí se acabó el problema. ¿Qué sucedió en España con Felipe González, en Chile con Aylwin, en Brasil con Lula y qué puede ocurrir en Uruguay con Tabaré? Cuando llega la izquierda y tiene un acuerdo básico con la derecha y, a su vez, la derecha acepta un acuerdo con la izquierda, hay continuidad y vienen los capitales a largo plazo. En otra época acá también fue así, y la Argentina era un país sólido, previsible.

-Había una relación civilizada entre izquierda y derecha; el Parlamento tenía prestigio, las leyes se elaboraban con criterio...

-Pero cuando la izquierda se pone fanática, como Allende en Chile, Castro en Cuba o Chávez en Venezuela, la derecha también se vuelve irracional y a una locura se le opone otra locura.

-¿No estará faltando una gran revolución latinoamericana que termine con el populismo e instale democracias más racionales?

-Me da la impresión de que algo de eso ya está ocurriendo. En la superficie pareciera que América latina se inclina hacia la izquierda, pero si mirás más detenidamente te das cuenta que poco a poco está entrando en el ALCA, en forma silenciosa. México ya entró, América Central también; Chile tiene tratados comerciales con Estados Unidos, Colombia prácticamente está; Perú y Ecuador están por entrar en un sistema comercial.

-Pero ¿Brasil y Argentina no piensan seguir en el Mercosur?

-Brasil se va a entender con Estados Unidos. Está haciendo una gran negociación, y cuando la concluya, ¿dónde vamos a quedar nosotros? La América latina del Pacífico se está acercando a Estados Unidos y nosotros estamos con la América latina del Atlántico, que es la más renuente. Pero en cuanto entre Brasil, ¿cuál va a ser la posición de la Argentina? Nosotros nunca terminamos de asimilar el hecho americano. Fijate la ilusión que acaba de producir la novela china, que se produjo porque en el gobierno algunos pensaban que los chinos nos iban a salvar de los norteamericanos, cuando los chinos están totalmente comprometidos con Estados Unidos.

-Como profesor de historia de las ideas políticas, ¿cómo definirías a China? ¿Qué es hoy China?

-Hay dos tesis. Huntington cree que es una civilización distinta de la nuestra, que podrán usar automóviles, lavarropas, pero son diferentes. En su libro "Choque de civilizaciones", los ve como la gran amenaza, porque en 2040 van a ser la otra gran potencia. En la visión europea clásica se pensaba que el mundo se estaba occidentalizando íntegramente y que eso también le iba a llegar a los chinos, como le llegó a Japón. Ellos creen que finalmente va a existir una sola y amplia civilización occidentalizada. En cambio, Huntington piensa lo contrario: que hay varias civilizaciones irreductibles que no aceptan a Occidente, como China, la India, el islam.

-Los chinos entraron a todo vapor en el capitalismo, pero mantienen su sistema autoritario. ¿No es un peligro en ciernes?

-Te diría que mientras no sean democráticos, no podés contar con ellos. Si China mantiene un sistema político hegemónico absoluto, para Occidente no es confiable. La expansión de Occidente hacia Asia tuvo diferentes versiones, pero en forma preponderante fue una expansión anglosajona protestante en el siglo XVIII. Y cada oscilación responde a quien intervino. Los japoneses, por ejemplo, hicieron una toma de judo y absorbieron toda la tecnología occidental, pero su alma profunda se quedó con el zen. China, en cambio, rechazó a Occidente.

-...Y le costó la guerra del opio.

-En la correspondencia entre la reina Victoria y la emperatriz china se ve claramente lo que ocurrió. La reina le habla como a una sirvienta y la emperatriz le contesta con un desprecio absoluto. Después de eso vino la guerra del opio. A la vez, en el fundamentalismo islámico, debido a las guerras santas Occidente es el mal. Hay toda una gama de reacciones en el crecimiento de Occidente. La Unión Soviética no olvidaba que Marx era alemán, que era una forma de occidentalizarse. China junto con Marx tenía a Mao, pero ésta de hoy es mucho más China que la de Mao: es la China de Confucio.

-En Occidente, la democracia ha ido puliendo las diferencias y la tolerancia gana terreno, ¿por qué a nosotros nos cuesta tanto aceptar al otro?

-Los países que yo llamo "crucero", que están cruzando del subdesarrollo al desarrollo, como España y Chile, buscan la alternativa de llegar a una izquierda racional. Tienen una estructura bipartidaria: centroderecha o centroizquierda. Se van alternando en el poder y al final se van pareciendo. En Estados Unidos, si ganaba Kerry no hubieran cambiado tanto las cosas. Discuten sobre el aborto, las pensiones, pero en los grandes temas económicos hay consenso. La ingeniería política democrática hace que los partidos que se alternan en el poder en el largo plazo son equivalentes. La Argentina se ha quedado sin esa estructura básica.

-¿El problema sería el peronismo?

-No, el gran problema no es el peronismo; el gran problema es el no peronismo. Para mí, más dramático que el avance del peronismo es el desfondamiento del radicalismo, porque si se carece de una alternativa factible termina resolviéndolo todo la interna peronista, donde siguen el odio de Menem y Kirchner, la lucha con el poder de Duhalde, etcétera. Pensá que si en el 83 ganó Alfonsín y en el 89 ganó la Alianza es porque la oposición al peronismo existe. Pero ¿qué pasa? El no peronismo está desorganizado y el peronismo organizado. Mientras no subsanemos esa falla estructural, el minué lo van a bailar únicamente los peronistas. Finalmente, ¿qué es la democracia, sino la civilización del desencanto? Los que llegan al gobierno logran algunas cosas y otras no, y así te vas desencantando. Pero aparece un político nuevo y te encantás de nuevo. Mañana aparece en Inglaterra un dirigente conservador y lo desplaza a Tony Blair, que en su momento fue la gran esperanza. En la democracia vas ilusionándote y desilusionándote, pero ordenadamente.

-Pero entre nosotros, el peronismo nunca se siente responsable de nada. Parecería que Menem no le pertenece, que Isabelita tampoco y que Firmenich y López Rega llegaron en un plato volador. Al peronismo se le deja hacer lo que quiere. ¡No vaya a ser que se enoje!

-Perón leyó de joven a Maquiavelo y los peronistas siguieron a Perón. Entonces, a ellos no les llama la atención ese estilo de gobernante, que hace lo que quiere, que cambia la Corte Suprema, que se adjudica superpoderes. Eso lo mamaron de Perón.

-Donde más se impregnó ese estilo fue en los sindicatos; de allí se trasladó a la política.

-Yo siempre les digo a los peronistas que ellos son democráticos, pero no republicanos. No entendieron la República. Los radicales sí son republicanos. Los peronistas son democráticos por su gran cantidad de votos, pero al día siguiente del triunfo creen que pueden hacer lo que les da la gana.

-En una columna tuya sobre el hiperpresidencialismo hablabas del riesgo de perder la libertad de expresión. ¿Observás peligros ciertos?

-La libertad de prensa es como la última barrera, el último sagrario de la libertad: es la libertad de pensar, de escribir, de hablar. La prensa escrita siempre fue más libre, pero este gobierno tiene una obsesión con los medios que no tenían los anteriores. No advierte que el medio que hace una crítica constante al Gobierno es una válvula de escape y que, si la tapona, esa crítica se transforma en versión, en rumor, en información falsa de persona a persona. Le ocurrió al primer peronismo, que generó rumores constantes, infernales, y pagó un alto precio.

-Los famosos desplantes presidenciales, ¿afectan realmente la relación entre los gobiernos o no pasan de una mera informalidad anecdótica?

-El problema del presidente de la Nación es que no ganó categóricamente las elecciones y siente que debe suplir eso de alguna manera. Lula ganó con el sesenta por ciento y hace negocios con los grandes inversionistas. En cambio, Kirchner ganó sin esa legitimación electoral. Si Menem se hubiese presentado en la segunda vuelta, Kirchner habría obtenido un setenta por ciento, pero hoy no puede decir eso y entonces es muy proclive a la demonización. Todo eso de torear al FMI, a las privatizadas, a los acreedores externos, tiene buena recepción popular, porque está juntando votos para la elección de octubre, que él busca como un plebiscito. Todo lo enfoca desde ese ángulo, para que el hombre de la calle vea que hace esperar al rey de España o lo deja plantado al presidente de Vietnam, porque él está trabajando para el pueblo. Pero eso no es propio de una democracia equilibrada, donde las cosas se resuelven con todas las de la ley.

-Parecería que en el exterior ya lo tienen catalogado y que lo único que les interesa son los negocios que tienen aquí. Mientras esos desplantes no afecten sus intereses...

-El jefe de Estado de otro país, el ministro de economía, el empresario, va a hacer lo que le conviene, pero el clima de antagonismo es un error, porque se puede ser muy duro y a la vez muy educado. Se puede ser un caballero en las formas y de granito en las posiciones que se sostienen. No es necesario ser maleducado para ser duro. También se puede ser maleducado y blando. Duhalde cree que todo esto es producto del aprendizaje y que Kirchner se va a ir puliendo, mejorando. También es verdad que el oficio de presidente no se aprende en la universidad, pero en toda negociación si uno irrita al otro y lo ofende, lo obliga a un gran esfuerzo para seguir siendo racional, porque le deja la bronca adentro.

-Siempre te has considerado un argentino optimista. ¿Podés seguir siéndolo?

-Creo que la Argentina va a ser un gran país. No lo dudo, porque tiene los recursos y los talentos. Algún día va a ser como Francia, una de esas naciones que dejan su marca en la historia. Todavía somos inseguros, como los adolescentes; tenemos humores muy cambiantes y mucha ansiedad, porque sabemos donde vamos pero todavía no llegamos. Lo que más nos cuesta es la disciplina necesaria para poder empezar a caminar en esa dirección.

Por Hugo Gambini
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=665992

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(1) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

"El fin del comunismo fue un regalo del cielo"

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 22-12-2004 10:07:22

Lech Walesa pide más paz y solidaridad

ROMA.– Aunque es consciente de que es una figura histórica del siglo XX, ya que con su lucha al frente del sindicato Solidaridad fue una pieza clave en el proceso que llevó al derrumbe del comunismo, Lech Walesa –premio Nobel de la Paz de 1983– no ha perdido el don de la sencillez.

Lejos de la impostura o la soberbia, es una persona abierta, simpática, con gran sentido del humor. A través de su intérprete dice riendo: “No es fácil el trabajo de periodista. Es mucho mejor ser político”.

Este ferviente católico que saltó a la fama por sus protestas sindicales, que fue un gran líder nacional polaco en los años 80 –cuando junto con su gran amigo Karol Wojtyla compartió la batalla por la democracia– y que en 1990 ganó las elecciones presidenciales de su país, a los 61 años ostenta la misma espontaneidad de aquellos tiempos pasados, muy duros. Con su bigote ahora canoso y un prendedor en la solapa con la imagen de la virgen de Czestochowa bajo la cual se ve la insignia que dice Solidarnosc, Walesa mantuvo una larga entrevista con LA NACION en Villa Grazioli, un lujoso hotel de Grottaferrata, en las afueras de Roma.

El ex presidente polaco, que en 1995 volvió a presentar su candidatura y fue derrotado, se dedica actualmente al Instituto Lech Walesa. La fundación que lleva su nombre lo lleva a viajar por lo menos a quince países por año. Con esos viajes no sólo intenta hacer conocer más a Polonia y sus tradiciones, sino que también promueve los valores morales en la política, la paz, la solidaridad, la democracia y el libre mercado en el mundo.

Recientemente, se vio a Walesa de nuevo en acción, cuando se convirtió en el primer mediador de la crisis que estalló en Ucrania. En esta ex república soviética, asegura, "yo desarmé una bomba".

-Se dice que Viktor Yushchenko fue envenenado. Usted, ¿qué piensa? ¿Quién podría haber utilizado ese método para eliminar a un adversario político?

-El comunismo eliminó a más de doscientos millones de personas y es experto en este tipo de prácticas. Para mí no es una sorpresa. Lo que me sorprende es que aún siga vivo. Mi experiencia indica que en el pasado se actuaba de esa forma...

-Detrás del envenenamiento, ¿usted vislumbra a la Rusia de Vladimir Putin?

-No, no lo creo. El ya tiene suficientes enemigos en Ucrania.

-¿Entonces a su adversario, Viktor Yanukovich?

-No quiero hacer nombres.

-En las condiciones físicas en las que él está, ¿piensa que puede enfrentar una campaña electoral?

-Sí, puede. Aunque lo difícil para él va a ser gobernar, si es que resulta elegido. Ganar es fácil; lo difícil va a ser después.

-¿Usted alguna vez sufrió un intento de envenenamiento cuando llevaba adelante la batalla de Solidaridad, cuando existía la ley marcial en Polonia?

-Al menos cinco veces fui informado de que había proyectos de atentados contra mi persona. Una de esas veces fue en mi primera visita a Italia, poco antes del atentado que sufrió el Papa en la Plaza de San Pedro, en mayo del 81. Pero yo siempre dije: lo que tiene que ser será. Si es la voluntad del Señor, eso será.

-Muchos analistas creen que hubo una suerte de santa alianza entre el entonces presidente norteamericano, Ronald Reagan, y el papa polaco para ayudar a Polonia a alcanzar la democracia, como puntapié inicial para el derrumbe del comunismo.

-No. Eso es imposible. En esa época había líderes que se entendían sin palabras y odiaban el comunismo. Cada uno de ellos operaba en contra del comunismo por distintos motivos, pero sin hablar de eso. Mitterrand, Margaret Thatcher, Kohl, Walesa... Cada uno sabía, y actuábamos. Estábamos por alcanzar el segundo milenio del cristianismo, el mundo no sabía cómo acabar con el comunismo y tuvimos un regalo del cielo: el Santo Padre y el consenso de los líderes, que colaboraban para que el tercer milenio comenzara sin el comunismo. Yo, que soy creyente, estoy convencido de esto. ¿Pero cómo convencer a los que no creen?

-Cuando usted se encontró con el Papa en los montes Tatra, Polonia, en 1983, ¿qué se dijeron?

-No demasiado, porque estaba la policía, que escuchaba todo... Pero no teníamos misterios para revelarnos. Yo le confirmé al Santo Padre que estaba ganando y que el comunismo estaba perdiendo. El Santo Padre me miró y la fuerza de él para mí fue fundamental.

-Usted es un gran amigo de Karol Wojtyla. ¿Cómo está de salud?

-Estuve hace poco almorzando con él y con mi hijo. Estuvimos una hora y media. Comimos un excelente plato de spaghetti, charlamos bastante y lo vi bien. Para mí está físicamente mejor que hace un año, tiene un mejor aspecto, más sano, aunque me di cuenta de que tiene más dificultades al hablar. Pero desde otros puntos de vista está decididamente mejor que hace un año. Comió con apetito un gran plato de pasta y para mí ésa es una buena señal.

-¿Es cierto, como algunos decían, que el Papa va a querer ser sepultado en Cracovia, en la catedral de Wawel, junto a los grandes de la nación?

-Bueno, a Polonia le encantaría, claro. Cracovia se convertiría en una suerte de Meca. Pero eso depende de que los italianos den su consenso, aunque no se sabe cómo es la cuestión desde el punto de vista formal.

-Al margen de Juan Pablo II, ¿quiénes son sus héroes?

-No sé. Siempre tuve dificultades en tener preferencias. ¿Es mejor el maestro de fútbol o el de boxeo? Yo no tengo líderes. No debe haber líderes. Porque, por ejemplo, alguien puede ser un excelente presidente de Estados Unidos, pero no ser una persona interesante. Dios es el único que siempre fue objeto de mi admiración.

-¿Para usted fue un error de Polonia enviar tropas a Irak?

-Con respecto a Irak, no hubo ninguna buena decisión. Enviar tropas fue una decisión negativa, pero también lo hubiera sido no mandarlas, porque la verdad es que no debería haberse permitido una guerra en Irak. Lo que pasa es que el mundo está mal organizado: tenemos la ONU, la OTAN, el Consejo de Seguridad, pero todo esto ya no responde a las exigencias de hoy. ¿Por qué, si no, pasa todo lo que está pasando? Después de un mundo bipolar, ahora quedó sólo una superpotencia, pero no se sabe cuál es su papel. La ONU ya no sirve, no es efectiva. ¿Qué hubiera pasado si los Estados Unidos no hubieran atacado a los terroristas en Afganistán después del 11 de septiembre? Hoy estaríamos en guerra total: el segundo golpe de los terroristas hubiera sido un ataque en Moscú, después Londres, París, Roma...

-¿Cree, entonces, que fue justa la guerra en Afganistán?

-Sí, pero no la que se hizo después en Irak. Estados Unidos debería haber buscado consenso en el mundo, o debería haber reorganizado la ONU. Pero también en esto Europa tiene su culpa: antes de la guerra en Irak los líderes europeos deberían haberse encerrado en una reunión y no tendrían que haber salido hasta encontrar una posición común. Europa fue corresponsable de lo que pasó en Irak. Europa, no dividida, sino unida, tendría que haber dicho: nosotros vamos a arreglar las cosas, pero en forma pacífica.

-En el mundo globalizado de hoy, los sindicatos, cada vez con menos poder, ¿todavía tienen un lugar?

-Los sindicatos existieron, existen y existirán siempre. Son necesarios, aunque evidentemente los papeles cambian. Y el siglo XXI prevé que se organizarán en una suerte de reforma triangular, en todos los niveles. En un lado del triángulo estarán los sindicatos; en el segundo, los propietarios de los medios de producción, y en el tercer lado, las administraciones. Los tres lados se comunicarán entre sí, y aunque al principio habrá conflictos después habrá menos, porque habrá métodos ligados a la computación y a la tecnología de avanzada que determinarán el fin de los enfrentamientos entre las partes.

-En un artículo usted manifestó que es un escándalo que en la primera Constitución de la Unión Europea no haya lugar para Dios y para las raíces cristianas del continente y no ocultó su temor de que el bloque se reduzca a ser tan sólo un enorme mercado, sin valores...

-Sí; creo que no mencionar las raíces cristianas del continente en la carta fundamental fue el mayor error que hemos cometido. A mayor desarrollo del hombre, de la tecnología, de la inteligencia, corresponde una mayor necesidad de valores, y una mayor necesidad de Dios. No hemos sido lo suficientemente sabios. No hemos combatido el comunismo para sustituirlo con otro tipo de materialismo, sin referencias morales. Corremos el riesgo de convertirnos en algo parecido a la Unión Soviética. Si hubiéramos mencionado las raíces cristianas, quizás habríamos tenido otro comienzo. Fuimos poco sabios y cometimos un gran error.

-Hablando de valores, usted vivió mucho años bajo el comunismo. ¿Hay que rechazarlo en su totalidad o pueden rescatarse valores positivos?

-El comunismo, como principio, tenía cosas muy válidas. Pero lamentablemente esto nunca pudo realizarse, porque de algún modo se ponía en duda la figura de Dios. Todo lo que hubo en el comunismo fue tan controvertido, tan contradictorio... Pero el punto es que no existía el individuo, y cada uno de nosotros es un individuo. La puesta en práctica del comunismo fue un fracaso. No sé si podría haber un buen comunismo. No sabría... El comunismo, que es demagogia, populismo, algo irreal, provocó sufrimiento, injusticias. El comunismo tuvo poder en la mitad del mundo, pero en ningún lado tuvo éxito. ¡En ninguno! Por eso yo lo rechazo, porque es algo que no superó el examen. El capitalismo tampoco logró ser exitoso en todo el mundo, pero aquí y allá, en varias partes del mundo, sí funciona.

-¿Cuál es su sueño aún sin realizar?

-Yo quisiera una globalización en sentido verdadero. Me gustaría ver un parlamento global, un gobierno global, un ministerio de defensa global, que pudiera garantizar a todos la paz, que pudiera construir la solidaridad. Yo trabajo en esa dirección.

-¿Qué papel tuvo su mujer, Danuta, en su camino?

-Un papel excelente, visto y considerando que no cambié y que sigo con ella. Temí que ella pudiera sustituirme, pero no sucedió, y espero que así siga... (Risas.)

-Usted es un personaje histórico. Para usted, ¿qué es lo que debe hacer un líder?

-Siempre hay situaciones distintas, y hay que saber improvisar. Siempre digo cuando charlo con mis amigos que para que haya una verdadera democracia el certificado de nacimiento debería decir que tal persona tiene derecho a ser presidente por al menos siete u ocho minutos. Esta es la verdadera democracia.

-¿Qué piensa de George W. Bush?

-Tiene una situación difícil... Hizo muchas cosas buenas y muchas malas. Yo hubiera hecho muchas cosas en forma distinta...


-Usted estuvo en la Argentina cinco veces. El país está intentando salir de una profunda crisis y en el marco de un difícil proceso de reestructuración de su gigantesca deuda ha decidido una quita del 75%. ¿Qué opina al respecto?

-La verdad es que no pienso en la Argentina desde hace mucho tiempo, pese a que es un país lindísimo... Pero soy sincero. Creo, de todos modos, que los problemas que enfrenta deben resolverse también en forma rápida y global. En el pasado reinaba el concepto de que el hombre es el lobo del hombre. Se aplicaban las leyes del lobo. Pero en el siglo XXI, para vivir en seguridad y prosperidad hay que ser solidarios entre nosotros y entender que cada uno es un ser humano, viva donde viva. Debemos hacer de todo para que en el siglo XXI haya trabajo para todos los individuos. Yo entiendo así a la globalización, como una gran colaboración entre todos, para que la gente tenga trabajo y viva mejor. Este es sólo el comienzo, y yo combato para ello.

-¿Se siente un revolucionario?

-Sí, un revolucionario, con una visión con la cual quiero convencer a los demás. Yo siempre digo: o aceptan mi visión o propónganme la de ustedes y convénzanme de que es la justa.

Por Elisabetta Piqué
Corresponsal en Italia

http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=665303

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Envoltorios urbanos

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 19-12-2004 00:00:00

Una tienda en Nueva York. La sede del Parlamento en Berlín. Las une una inquietante coincidencia: son edificios empaquetados. Pasen y vean.

BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar

En junio de1995, el artista de origen búlgaro Christo y la francesa Jeanne-Claude envolvieron en telas, que caían desde la cúpula hasta el suelo, el histórico edificio del parlamento alemán en Berlín: el Reichstag, cuya cúpula fue registrada en la famosa fotografía del soldado ruso plantando allí su bandera, cuando la ciudad de Berlín cayó, marcando la derrota del nazismo y el fin europeo de la segunda guerra mundial. El envoltorio de Christo y JeanneClaude fue una intervención practicada sobre un edificio atiborrado de símbolos políticos. Cubierto con 60 kilómetros de tela plateada, que tapaba por completo su perímetro de 460 metros y sus 40 metros de alto, el Reichstag se convirtió, durante dos semanas, en un gigantesco objeto invisible que, precisamente por estar cubierto, se volvía espectacularmente visible.

Diez años antes, en la ciudad de Nueva York, quien paseara por la Quinta Avenida, a pocas cuadras de Central Park, podía sorprenderse con un envoltorio también descomunal. Una tienda de dimensiones importantes, Cartier, apareció envuelta como un gigantesco paquete de regalo navideño: papel plateado y cintas rojas de dos o tres metros de ancho, unidas en un moño que planeaba, como una mariposa exótica, en medio de un paisaje de calles ya nevadas. La visión era al mismo tiempo extraña y familiar, ya que el envoltorio imitaba perfectamente el de los regalos que, dentro de esa tienda y de cientos de otras tiendas, se envolvían en ese momento, siguiendo el ritmo frenético del consumo navideño en los países ricos. A unas cuadras, otra tienda famosa, Macy´s, había apostado una hilera de varios Santa Claus, que cantaban la música apropiada a las circunstancias, sonreían y se fotografiaban con decenas de turistas.

Comparados con el edificio envuelto, estos disfrazados eran decididamente menos artísticos. En octubre de este año 2004, quien entrara a Macy´s se llevaba una sorpresa bastante diferente. Octubre no es época navideña, ni siquiera en una ciudad que atiende el culto mercantil, privado y público, de las fiestas de fin de año. Los adornos y escenificaciones aparecen a comienzos de diciembre.

¿Qué sucedía en octubre en Macy´s? La tienda estaba vestida como si ya hubiera llegado diciembre. Se habían evitado, por búsqueda de originalidad o por razones que quizá queden explicadas después, los colores tradicionales. La gama de los adornos pertenecía a los marrones dorados, los rosa viejo, los verdes un poco más claros que la hoja del muérdago, con efectos mitigados y suntuosos donde predominaban el sepia y el oro. A diferencia de los motivos tradicionales, las guirnaldas, los muros y los revestimientos de las columnas, mostraban frutos y manojos de cereales, una especie de cuerno de la abundancia que prometía, en medio del invierno, la resurrección primaveral. Todo era bastante diferente a la costumbre, como si se tratara de la variación sobre un tema hecha por decoradores fatigados de repetirse. Pero lo más extraño era que la decoración navideña estuviera plantada ya en octubre convirtiendo a Macy´s en una escena de anticipación. La tienda era un envoltorio interiorizado.

Al costado de la entrada, un cartel explicaba el misterio. "Queremos avisarle a nuestros clientes que la tienda está decorada anticipadamente porque en ella se filma una película." Por supuesto, el cambio de colores tenía que ver con un diseño de la producción del filme y la tienda se había convertido, dos meses antes de la fecha, en su propio escenario. Macy´s en octubre representaba ser Macy´s en diciembre; Macy´s real actuaba como Macy´s de ficción. Alguien podía recordar la extrañeza del edificio envuelto para regalo en 1985 y, aunque parezca inapropiado, recordar también el envoltorio del Reichstag, más allá de las diáfanas intenciones políticas del artista que lo había realizado. Era muy difícil sustraerse a establecer relaciones de método, aunque en un vértice estuviera el cine comercial, en el otro el impulso al consumo navideño y en el tercero el arte.

http://www.clarin.com/diario/2004/12/19/sociedad/s-890238.htm

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

"El factor clave en la escuela es la calidad de sus docentes"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 19-12-2004 00:00:00

GUDMUND HERMES, SOCIOLOGO

La escuela puede reducir diferencias sociales si, más allá del origen de los chicos y de los conocimientos que traen, los docentes están bien capacitados y reciben el respaldo imprescindible.

Mabel Thwaites Rey
mthwaites@clarin.com

Diversos estudios muestran que el origen social es determinante en el desempeño escolar. ¿La escuela puede hacer algo para contrarrestarlo?

—Una de las premisas más fuertes y universales en la investigación social es que cuantos más recursos tiene un chico en su casa, en términos de la educación y nivel económico de sus padres, mejor rinden en la escuela. Muchos estudios afirman que el origen social del niño es el factor de predicción más fuerte de los logros que tendrá en la escuela. Por eso en una democracia, una de las tareas de la escuela es reducir la dependencia de los niños del medio del cual provienen.

# ¿Es posible hacerlo?

—Las investigaciones muestran que las escuelas, en primer lugar, son selectivas respecto de quién ingresa y además, refuerzan el impacto del origen social, en vez de reducirlo. Incluso en mi país, Noruega, que es muy igualitario. La cuestión es que si queremos que la escuela compense las carencias de los chicos de origen pobre, debemos actuar sobre un factor fundamental: los docentes en el aula. Creo que todos tenemos ejemplos de maestros que nos marcaron positivamente con sus enseñanzas y de otros que aniquilaron el interés que podíamos tener por alguna materia.

# ¿La clave está, entonces, en los maestros?

—En Noruega se hizo un estudio que aportó resultados interesantes. Cuando los chicos van a la escuela se los pone en distintos ascensores, por así decirlo. Cuán rápido suben y adónde terminan depende de a cuál ascensor fueron guiados primero. En otras palabras, ni el status de los padres ni las capacidades personales son decisivos. Tampoco dónde vivieron ni qué conocimientos traen a la escuela. La cuestión pasa por los ascensoristas.

# ¿Cómo es eso?

—El estudio de Gjessing mostró que los alumnos que, por alguna razón, se encontraban en desventaja, funcionaban bien si eran colocados en un "ascensor" que les daba un buen empuje. Y la velocidad del "aula-ascensor" la da el ascensorista, es decir, el maestro. La manera en que el profesor interactúa con los alumnos, para comunicarse, motivar, guiar, apoyar y estructurar el conocimiento, es decisiva. Mientras un buen profesor puede estimular la curiosidad, el interés y el amor por la materia, un maestro autoritario, sarcástico o negativo puede anular todo interés y herir la autoestima del estudiante.

# ¿Qué hace de un docente un buen "ascensorista"?

—Yo preguntaría: ¿qué es lo que da esta capacidad a los docentes? ¿Su capacitación? ¿O sus características personales, que no se aprenden en los profesorados, sino que dependen de cada personalidad? Creo que, amén de los rasgos individuales, es indudable que no se puede abandonar a los profesores a su suerte: ellos también necesitan actualización, supervisión, inspiración y estímulo.

# ¿Qué cuestiones están marcando diferencias en la escuela de hoy respecto de la de antaño?

—Hay una tendencia general, muy marcada, que se está dando en muchos países industrializados y también en Argentina: en las escuelas primaria y secundaria, las chicas rinden más.Y cada vez ingresan más mujeres que varones a la universidad.

# ¿Por qué cree que el sistema escolar actual favorece a las chicas, cuando antes priorizaba a los varones?

—Las escuelas siempre están por detrás de su tiempo. No se reforman al ritmo de los cambios sociales. Las escuelas de ahora se parecen más a las que teníamos hace 20 años, de lo que los medios de comunicación se parecen a los de hace 20 años. La pregunta que surge es: ¿dónde buscan su vida los varones? Y lo que vemos en países donde los chicos tienen acceso a Internet, a los juegos de computadora, a todas esas actividades lúdicas de corte varonil, es que son actividades por fuera de la escuela y en ésta no se integran. Y como las chicas tienden a ser más educadas —en cuanto a cómo comportarse, hacer los deberes, etcétera— rinden más en el sistema tradicional que los varones, que están más distraídos y capturados por otros intereses extra-escolares.

# ¿Qué puede hacerse con ese chico atraído por estímulos tan poderosos?

—Tratar de apartarlo de los sitios en Internet y sentarlo a un escritorio en el colegio parece difícil. Lo que realmente hay que hacer es cambiar la escuela, para que el chico vaya al colegio porque encuentra algo interesante en sus propios términos. Porque lo que está pasando en este nuevo mundo virtual no es todo malo. Algunos de los juegos son fantásticos: plantean, por ejemplo, contiendas globales que sirven para conocer el mundo. Pueden servir como estímulos poderosos para el conocimiento.

# Pero la mayoría de los docentes son mujeres, que a su vez suelen estar menos atraídas por los medios informáticos.

—Exacto. Antes, la mayoría de los profesores eran hombres. En los últimos 40 años ha habido una creciente feminización del cuerpo docente, especialmente en la primaria, pero también en la secundaria. Ellas tienden a recompensar el tipo de comportamiento que las llevó adonde están e interactúan más fácilmente con las chicas que los varones, que son más intranquilos, movedizos, distraídos. Nuevamente, la pregunta es: ¿son los varones los que no se adaptan al viejo sistema o son las escuelas las que no se adaptan al nuevo mundo? Antes, el sistema educativo era un puente hacia el mundo del trabajo y hoy ya no lo es. Y por eso puede darse esa suerte de desconexión entre lo que pasa en la vida social y el ocio de los varones.

# La "vida real" parece cada vez más ajena para los jóvenes.

—El enorme cambio que se produjo en el último siglo es que los jóvenes participan mucho menos que antes en el mundo de los adultos. Cuando yo terminé la primaria tenía 14 años y varios de mis compañeros de clase de inmediato empezaron a trabajar. Algunos se convirtieron en marineros, zarparon en barco a Buenos Aires y volvieron contando historias fantásticas sobre su experiencia aquí. Cuando subían a bordo, por ejemplo, la mayoría de sus colegas eran mayores y debían aprender a tratar con ellos en un ámbito laboral común. En todos los trabajos era más o menos lo mismo. Pero ahora, la cultura va segregando a los grupos por edad. Es un cambio muy importante: los jóvenes cada vez más son excluidos del mundo de la población adulta. Tienen un horizonte muy rico en información, pero muy pobre en prácticas concretas.

# ¿Esto también puede relacionarse con la creciente violencia que se advierte en las escuelas?

—Otra vez uso el ejemplo del chico de 14 años que subía a bordo de un barco. Allí, si chocaba con los marineros mayores, ellos lo frenaban y encauzaban. Hoy ¿cómo se frena a los chicos si están sólo entre pares, si no interactúan con personas más grandes que ellos? Otra cosa es que el mundo de los valores ha cambiado muchísimo. Antes, los valores eran defendidos por la Iglesia, la escuela, el Estado y los medios, y eran idénticos: decir la verdad, portarse bien, restringir los impulsos. Ahora, los valores entran en conflicto con el mundo del joven. No oyen sólo a la Iglesia, sino a la MTV. En los medios no sólo escuchan sermones religiosos, sino que ven "Sex and the City". En mi niñez todo era uniforme y homogéneo y ahora estamos bombardeados por todo tipo de valores en conflicto, y no hay nadie que ayude demasiado a hacer una clasificación.

# ¿Puede decirse que esto es un problema universal?

—Sí, claro. Y muchos de los medios son, naturalmente, internacionales. Pero hay que decir que es mucho peor cuando hay pobreza y la violencia proviene del entorno económico: los chicos reproducen una violencia peor. Por eso hay que atacar la desigualdad económica y social en todos sus frentes: desde la educación hasta los planes alimentarios, de vivienda y de empleo.

# ¿Qué aporte específico puede hacer la escuela?

—Las escuelas no son sólo instituciones de enseñanza, sino que pueden cumplir múltiples funciones. Deben ayudar a que los jóvenes se incorporen a un mundo en constante cambio. Hoy la escuela tiene que aportarles la experiencia que antes hacían de modo directo en el mundo del trabajo, esencialmente adulto y que ya no está. Por eso las aulas deben incorporar las nuevas tecnologías del "mundo real" y reforzar los valores sociales.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/12/19/z-03815.htm

COPYRIGHT CLARIN, 2004.

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

"Era absolutamente innecesario devaluar", dice Della Paolera

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 18-12-2004 10:05:29

El economista analiza la actualidad

PARIS.– Hace dos años que Gerardo della Paolera dirige la Universidad Americana de París. A los 45 años, instalado en la capital francesa, es otro argentino que eligió vivir en el exterior.

Como tantos compatriotas que están lejos, Gerardo della Paolera afirma que cada mañana se pregunta cuándo llegará la hora del regreso. Al pensar en su país sueña con una clase dirigente que sea consciente de que, para competir, la Argentina necesita contar con lo mejor de su capital humano.

En este sentido, Della Paolera espera un cambio, que no se produjo cuando estaba en Buenos Aires como rector de la Universidad Torcuato Di Tella. “La renovación del sistema político y la reforma del Estado nunca llegaron a concretarse”, afirma, a pocos días de una visita de fin de año a la Argentina.

Después de opinar que la devaluación de 2002 fue “absolutamente innecesaria”, sostiene: “Nuestro problema sigue siendo político. No logramos entrar en un mundo capitalista progresista. Raúl Alfonsín y Carlos Menem lo intentaron en su momento, pero ellos fueron fagocitados por la lógica interna de sus propios partidos. El período abierto en 1999 fue una oportunidad interesante, pero no se supo manejar”. Della Paolera lamenta que la Argentina esté dirigida por un "partido hegemónico", como denomina al peronismo. También lamenta que los dirigentes no den el ejemplo al resto de la población y cree que la calidad de la universidad de un país basta para definir a su clase dirigente, científica y empresarial.

Toda la producción académica de este economista egresado de la Universidad Católica Argentina, que también se formó en Chicago, es sobre su "querido país". Tanto "Tensando el ancla", su último libro, en el que analiza la historia económica de la Argentina, hasta los artículos publicados en revistas especializadas. Las conferencias y seminarios en los que participa tienen a la Argentina como un caso de estudio. En 2005, organizará en París, a través de la Universidad Americana, el décimo encuentro anual de la Asociación de Economía de América Latina y el Caribe, por primera vez fuera del continente americano.

Della Paolera vivió la última gran crisis argentina desde Francia, pero no por ello se siente ajeno a lo sucedido. A casi tres años de aquel colapso, opina que se empiezan a ver los "costos dramáticos" de la década del 90, en la que la Argentina "intentó un cambio de sistema económico, fiscal y monetario".

"A pesar de que este cambio se manifestó de manera extraordinaria en materia de crecimiento e inversiones a principios de los años 90, no se lo pudo consolidar políticamente. Fue un intento infructuoso de cambiar la tendencia negativa del país, que había empezado después de la Segunda Guerra Mundial y que se mantuvo en el tiempo, con alguna excepción, durante la década del 60", analiza.

-¿Qué impidió o, más bien, qué frenó aquel cambio que se había iniciado?

-Dos cosas condenaron la posibilidad de éxito del capitalismo progresista en la década del 90. El primero fue el Pacto de Olivos, un verdadero problema, porque por su causa se le hizo muy difícil a la Argentina, como república federal, rearmar el cuadro de sus provincias. Cuando la Argentina renunció al impuesto inflacionario y estableció la ley de convertibilidad produjo una revolución, pero no tanto por reconocer, de facto, que no había moneda, sino porque eso implicaba que los dirigentes políticos reconocían que el segundo pilar del programa era rearmar el pacto fiscal. Con la ley de convertibilidad, con el correr del tiempo, se haría evidente que había provincias viables y otras inviables. El Pacto de Olivos congeló, de alguna manera, esta situación. La otra razón es que la Argentina inició un proceso de cambio durante la primera etapa de Domingo Cavallo, pero ese proceso resultó incompleto. Se dio un paso al establecer la convertibilidad en búsqueda de la estabilidad monetaria, con el objetivo de no mancillar el poder adquisitivo de los salarios, pero no se avanzó en las reformas estructurales.

-Sin embargo, por esos días la Argentina se abrió al mundo?

-Pero esa manera de abrirse, sin realizar las reformas internas indispensables, la presentaban como una nación que salía a correr una carrera de cien metros cargando con una mochila de arena.

-¿Nada cambió después del Pacto de Olivos y de la reelección de Menem?

-La segunda presidencia de Menem fue infértil, desde el punto de vista de los cambios estructurales, porque se estableció la lógica del partido gobernante y mayoritartio argentino, hoy, prácticamente, el partido único: el peronismo. La vocación del poder hegemónico se hizo presente. Menem, en vez de proseguir con sus reformas iniciales, las frenó, con el objetivo de lograr su reelección. Por supuesto que llevar a buen término las reformas hubiera sido políticamente costoso, pero un estadista tiene que tratar de hacer las cosas de manera sincrónica.

-¿Cómo vio el gobierno de Fernando de la Rúa y Carlos Alvarez?

-Vi la administración de De la Rúa, con su coalición inicial de centroizquierda, como una gran oportunidad para el país, como un recambio político. Tal vez fui ingenuo. Por entonces anhelaba que la sociedad argentina y el establishment pudieran soportar esa coalición, que finalmente resultó conservadora, para que se consolidaran las instituciones monetarias, financieras y fiscales del país. No había duda de que entonces existía un equilibrio político muy delicado. Por un lado, el gobierno central estaba en manos del radicalismo y del Frepaso y, por el otro, los lores provinciales dirigían el resto de la República Argentina. Se veía venir la tormenta. Una vez que la Argentina no pudo acceder más al mercado internacional de capitales para suavizar el problema fiscal y el desastre que tenían las provincias, era evidente que la clase política se volcaría sobre los recursos de la población. Es lo que hicieron, a fin de cuentas, los dirigentes políticos del peronismo que sucedieron a la Alianza: decidieron confiscar las reservas internacionales y parte de los ahorros. Los depósitos terminaron depreciados, mancillaron la jubilación de gran parte de la población, licuaron de manera violenta los salarios, al devaluar la moneda, y, además, decidieron no hacer frente a las obligaciones con los tenedores de bonos, que no son sólo extranjeros?

-De esas medidas pasaron ya casi tres años?

-En enero de 2002, uno de los caudillos del partido único, Eduardo Duhalde, accedió al poder. A casi tres años de esa fecha, cuando se devaluó la moneda y se licuaron los salarios, de un saque se pasó de tener un veinte por ciento de la población por debajo del límite de pobreza a un 52 por ciento. Es obvio que hoy, tres años más tarde, es muy difícil esperar un cambio.

-¿A pesar de tener hoy una situación favorable en el comercio internacional?

-Hubo un cambio en el escenario internacional, que produce un efecto sobre los ingresos del país y un "efecto suerte" para este momento de la Argentina y que se traduce en el tremendo aumento de los intercambios comerciales. La concentración de la atención de los Estados Unidos y de Europa en los problemas de Medio Oriente hace que el hecho de que la Argentina haya declarado el default más grande de toda la historia no sea un tema central para el concierto de naciones.

-¿Cree que hay cierto oportunismo de la clase dirigente?

-Los lores políticos se han movido con gran facilidad. Manejar autárquicamente el país no les resulta tan difícil por ese giro de la atención internacional de la que hablaba. Esto facilita la tarea de disolución de alternativas políticas en la Argentina y también facilita la consolidación de un partido hegemónico que, por lo demás, arrastra problemas internos. Pero han aumentado las exportaciones. El Gobierno establece retenciones e impuestos que en ocasiones alcanzan al treinta por ciento de lo que ingresa y, al mismo tiempo, no está pagando la deuda. El Gobierno tiene, de esta manera, la capacidad de financiar sus medidas populistas. Es un potencial interesante: veremos qué pasa con las próximas elecciones a diputados?

-Entonces, además de sentido de la oportunidad, ¿el presidente Néstor Kirchner ha tenido suerte?

-Si el tándem De la Rúa-Alvarez hubiera tenido la mitad de la suerte que tiene la administración actual, con un escenario internacional favorable, la convertibilidad seguiría existiendo en la Argentina y habría un mercado financiero aceitado. Tendríamos una situación más a la chilena, un país más integrado en el mundo, con un capital humano dentro de las fronteras y no esparcido por el exterior. De la Rúa y Alvarez enfrentaron un ciclo económico internacional pésimo para la Argentina. En los años 90 no se llevó a cabo la reforma política, no hubo reforma del Estado y la falta de reforma se puede capear sólo cuando hay un ciclo internacional favorable. Si el ciclo no es favorable y no se puede acceder al mercado de capitales, el Gobierno, para administrar semejante situación, se va a volcar hacia donde estén los recursos. Surge, entonces, el modelo clientelista, con una clase política que intenta sobrevivir y que, por no arreglar la crítica situación de las instituciones, hipoteca a las generaciones futuras.

-¿Cree que la devaluación fue un error?

-Una de las cosas más importantes de la década del 90 fue la ley de convertibilidad, con la que se aplastó la tasa de interés. Esto creó un cambio brusco: pasamos de la economía de especulación, que predominaba en el país, a una economía del trabajo. Cuando se dejó de lado el modelo de especulación, al instaurar la convertibilidad, lo que empezó a importar, con crecimiento e inversiones, fue la fuerza del trabajo y la cultura del trabajo. La devaluación es el impuesto más desgastador para los trabajadores. A mediados de siglo, Juan B. Justo y Alfredo Palacios, ambos socialistas, eran absolutamente conscientes de lo importante que era para el trabajador vivir en un país con moneda fuerte, porque ésta le garantiza el valor del salario. Yo creo que en la crisis, cuando el país estaba con problemas, en vez de destruir las instituciones devaluando la moneda y confiscando depósitos, una solución superior hubiese sido reestructurar la deuda?

-Entonces, ¿la devaluación fue innecesaria?

-Fue absolutamente innecesaria. Fue el artificio encontrado para hacer posible la confiscación de activos de la población y para transferirlos al sector público. La devaluación sirvió para beneficiar a ciertos grupos. Pero con ella la Argentina volvió a un modelo que quizá nunca había abandonado del todo: un modelo corporativista. En él, un partido hegemónico traza algunas alianzas, ya sea con sectores cuasi oligárquicos como con grupos económicos concentrados, y pacta, hacia abajo, con los punteros políticos. La Argentina de hoy se parece al México de los años 30-40, cuando se consolidó el Partido Revolucionario Institucional (PRI), con la diferencia de que una vez que en el PRI el candidato oficial accedía a la presidencia, éste gobernaba con un poder absoluto sobre el partido, porque se creaba un acuerdo de gobernabilidad. Eso todavía no ocurre en el peronismo, que es un partido dramáticamente volátil.

-¿Piensa que el partido peronista es una de las razones de los problemas argentinos?

-En la Argentina hay una parte importante de la población que quiere tener una estrategia de país realmente integrado. Cuando una sociedad tiene problemas fundamentales, necesita una clase dirigente sofisticada, que conozca los problemas y que esté a la altura requerida para encontrar una solución. Cuanto más importantes sean los problemas, mayor es la necesidad de una clase dirigente educada, con las herramientas necesarias para llevar adelante el país. Lamentablemente, parte de la decadencia argentina de las últimas décadas es producto de una tremenda devaluación de la cultura y de la capacidad de los dirigentes. No hay una clase política apropiada para la situación. En la Argentina hay un divorcio importante entre la gente capaz y los que dirigen el país. En otros países, como Brasil, Chile, México y Francia, existe una cierta jerarquía. La gente capaz tiene la responsabilidad social de estar al frente. En este sentido, en nuestro país la democracia representativa no funciona. Hay un fracaso en la instalación de una clase dirigente pública y privada que tenga ciertos ideales cuando habla de la República.

-¿Le parece que la clase dirigente no da el ejemplo al resto de la sociedad?

-La sociedad argentina es cruel. Las personas humildes trabajan de una manera increíble, pero el problema es que el ejemplo que reciben de arriba es dramático. Tenemos un presidente que deja plantados a sus pares. Tenemos una clase dirigente totalmente desubicada. Lo que hoy se hace no sólo tiene efectos inmediatos sino también ulteriores. Cuando el Presidente lo hace esperar dos horas al rey de España, uno se da cuenta de que hay algo que no funciona. Hay una escala de valores que no funciona. No se hace esperar ni al rey de España ni a la persona con la que uno se compromete para asistir a una reunión. Cuando hay gente que no tiene respeto por nada, que piensa que lo sabe todo, en un país que está en total decadencia, uno está frente a un problema.

-Usted viaja mucho. ¿Qué le dicen sus interlocutores sobre la Argentina y los argentinos?

-Que es un país muy querible, porque somos una sociedad muy simpática y muy poco exigente. Pero que para salir del hueco son necesarios sacrificios y exigencias mayúsculas. El no asumirlas nos transforma en una sociedad menos simpática?

-¿Cómo hacer para que la clase dirigente del mañana sea distinta?

-Es una pregunta que me hago todas las mañanas. Trabajo en París, soy rector de una universidad, pero todas las mañanas me pregunto en qué momento vuelvo a mi país. Yo tuve una fabulosa educación: rendí cuentas por ella al fundar la Universidad Torcuato Di Tella. Todas mis investigaciones están relacionadas con mi querida patria. ¿Cómo hacer para que gente con mi mismo perfil entre en ese ambiente, en el político? No tengo respuesta. Hay intentos de personas, como Elisa Carrió o Ricardo López Murphy, que tratan de hacer pie en ámbitos diferentes de los suyos. Pero la renovación política es muy complicada. Repito: el fracaso de los años 90 también fue un fracaso de las personas formadas, que dieron prioridad a la tecnocracia antes que a la comprensión sensible de la sociedad. Lo que hubo fue una altanería de los tecnócratas. Creo que las nuevas generaciones van a dar un paso adelante. Los jóvenes tienen que colonizar los partidos políticos.

-Desde París, espera usted un cambio que todavía no llega?

-Es verdad, desde aquí no veo ningún cambio. La reforma del Estado y la reforma política están completamente congeladas. Veo al presidente Kirchner actuar de la misma manera que algunas personas a las que criticó. Hay un cambio de la Corte Suprema para que sea una Corte adicta? No, no veo ningún síntoma de cambio.

-¿Qué se necesita para formar una buena clase dirigente? ¿Una escuela de gobierno, como hay en Francia?

-Hacen falta buenas universidades, en general, y escuelas de gobierno y de administración pública importantes. Hay ensayos, sí, pero falta más apoyo. Falta algo mas sistemático. No quiere decir que el ejemplo francés, con la EscueLA NACIONal de Administración, sea una maravilla. Lo más importante para un país es la educación primaria y secundaria. Lo más importante para que se instale una clase dirigente, científica y empresarial es la calidad de la universidad. Todo el mundo tiene derecho a la educación. El problema con la universidad masiva surge cuando ésta se transforma en expendedora de títulos. Cuando se masifica la universidad, si se pierde calidad en los estudios, se pierde calidad en la futura clase dirigente del país.

Por Patricio Arana
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=664140

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Treinta mil

Archivado en Osvaldo Bayer • Fecha: 18-12-2004 00:00:00

Por Osvaldo Bayer

Es patético o –para argentinos– apenas folletinesco; es melodramático o –para argentinos– apenas tragicómico. El ex ministro Camilión declaró ante la Justicia que todos los meses recibía de Menem un sobre de treinta mil pesos (dólares en ese entonces) sin que tuviera que acusar recibo. Además de los diez mil pesos de sueldo de ministro. Con eso quiere explicar por qué tiene tanto dinero en su cuenta suiza, ante la acusación de que él también cobró coima en el famoso affaire de la venta de armas.
Comprobamos una vez más que la moral argentina está por el suelo. Ante todo, Camilión fue ministro de la criminal dictadura de la desaparición de personas. Y Menem, sin ningún respeto por la ética de la democracia, lo hizo ministro suyo. Es ya revolvernos en las cloacas. Una falta de respeto absoluto por la claridad y la honestidad de la democracia. Esto deja en claro que ni Camilión ni Menem fueron democráticos, que toda la ética estaba para pisotearla, lo único que interesaba era el poder. Y el dinero del poder.
Ser ministro para el bolsillo propio. Ser presidente para acomodar a los sirvientes de la dictadura criminal. Treinta mil dólares por mes, más el sueldo de ministro, más lo otro... Y el vacío cada vez más grande para los niños con hambre. Viva la Patria, gritaba la Liga Patriótica de Carlés y el Perito Moreno con los niños bien del Barrio Norte cuando salían a matar obreros huelguistas. Viva la Patria, gritaba Camilión cada vez que recibía por mes treinta mil pesos sin firmar, del arca del pueblo, de las manos de su guardador fullero.
Si es vergonzoso el hecho de que así los ministros de Menem engrosaban el bolsillo, más aún es que los políticos elegidos por el pueblo den empleo a los sirvientes de la dictadura. Camilión, ministro del dictador más lamentable de la historia argentina. Camilión, sobador de uniformes con charreteras y después ministro de una “democracia” que le llenaba el bolsillo sin tener que dar cuenta. La Argentina. La estructura argentina para gobernarse.
¿Por qué en este país ninguno de los dos partidos que nos gobernaron hasta el hartazgo y nos dejaron como final con el 60 por ciento de la población en el nivel de pobreza y que se acariciaron los codos con las dictaduras de turno no aprobaron una legislación que condenara con absoluta rigidez y coraje a todo militar que se levantara contra las instituciones? Que estableciera la pena de prisión perpetua en cárcel común a los dictadores, subdictadores y ministros civiles que patearan la democracia. Que se estableciera la quita de todo lo ganado en sueldos y prebendas durante las dictaduras y que además los dictadores pagaran los daños y perjuicios cometidos a la Nación y a sus habitantes. No, pero en nuestra llamada democracia –la de los dos partidos que nos gobernaron siempre– dejaron libres a todos los dictadores, les pagaron su sueldo y les permitieron el uso del uniforme, cuando no les hicieron monumentos –como a Uriburu– o les permitieron concurrir a todos los eventos militares. Alfonsín, por ejemplo, aceptó el traspaso del poder de manos de Bignone, el general manchado de sangre, el que entregó para que desaparecieran a dos conscriptos a su mando. Y, lo que es peor, algunos dictadores están en la galería de presidentes de la Casa Rosada. Una especie de sobarse incestuoso entre dictadores y obedientes electos.
Los sobresueldos de Camilión, buen título para que un dramaturgo argentino nos pinte con sorna y dolor lo que tiene que soportar este pueblo argentino. Cuenta bancaria en Suiza por dos millones de dólares, Camilión. Uno no puede preguntarle si no siente vergüenza, porque esa palabra no existe en el vocabulario de los aprovechados gobernantes y ex gobernantes argentinos. Ganaba diez mil como ministro. ¿No le eran suficientes? Pensando en lo que ganan padres de familia en la Argentina. ¿No sospechaba que con esa verdadera coima en sobre le querían ganar el silencio para algo o convencerlo para el negociado de las armas? Aceptar ese sobresueldo infame es no tener caridad para con los demás que sufren hambre y falta de trabajo. Camilión, ministro de la desaparición de personas y de las torturas y robo de niños y ministro de los treinta mil en el sobre en tiempos de Menem. ¿Qué lo hizo declarar reconociendo los sobres? ¿El complejo Scilingo o una manera no muy apropiada para que lo larguen de la sospecha del negociado de armas? Negociar con armas, negociar con la muerte, negociar con los magnates del gatillo y la bala. Ya había sido ministro de la dictadura de la desaparición. Tétrico. ¿Se preguntó alguna vez por los jóvenes muertos? ¿Vio en alguna noche de insomnio el rostro de ellos? No, primero el sobre de los treinta mil por mes. ¿Cuántos funcionarios de hoy trabajaron con la dictadura, cuántos profesores, cuántos jueces, cuántos militares, cuántos gendarmes, cuántos policías? Una sociedad despiadada. Treinta mil en el bolsillo del señor ministro Camilión. Treinta mil desaparecidos. Treinta mil madres con el mal de ausencias, treinta mil hijos que tratan de adivinar cómo eran sus padres. Treinta mil dólares en la cuenta bancaria de Suiza. Una historia muy argentina.
Y si en esta Argentina todavía la palabra Justicia significa algo, pues bien, hay que hacerle devolver los treinta mil mensuales al ministro de la dictadura. Por una cuestión racional: porque si un maestro gana 490 pesos y la mitad de los docentes universitarios no cobra nada, tiene que hacerse valer el principio constitucional de la justicia, para no hablar del hambre de los argentinitos, sí, esos pibes nocturnos, con rostros de la tierra y ojos grandes. Treinta mil pesos por mes que devuelvan los ministros de Menem, por una cuestión de ética, para comedores infantiles.
Si no lo hacen quedarán como hombres mezquinos, sórdidos, roñas, cicateros. Si devuelven al pueblo el dinero acumulado en delito moral, se los podrá perdonar a ellos, pero no al autor de la dádiva. Un hecho así merece la cárcel común y el desprecio eterno.
La cárcel común, no la que gozan los criminales uniformados de la desaparición que ahora se sabe ya lo inexplicable: a los asesinos presos que tienen título militar se les permite ir al Círculo Militar. ¿Pero, en qué país vivimos? En la Argentina. Sí, al Círculo Militar donde hace pocos días los militares presentaron un libro de absoluta reivindicación de sus procederes durante la dictadura.
La Justicia no puede humillar así a la conciencia argentina. O van presos como los criminales comunes –y eso que son, peor todavía porque a sus horribles crímenes los hicieron desde el poder– o toda la palabra democracia queda sucia por siempre en la historia. En cada momento, aparecen la Obediencia Debida y el Punto Final con vaselina. Todo en veremos, todo sin un final digno desde aquel diciembre de 1983 en que la democracia dejó de hacer lo que tendría que haber hecho.
Los millones en Suiza. Los crímenes militares que van a ser tratados, según los jueces desde 1983. Y Camilión que goza de una cuenta millonaria desde hace dos décadas. Un miembro de la logia de los desaparecedores de personas. Fue un buen negocio. Una mafia excelente.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-44982-2004-12-18.html

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Rosario Green: "La unión sudamericana es sólo una quimera"

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 15-12-2004 10:00:22

La visión de la embajadora de México

Poco antes de comenzar dos años sabáticos en la St. Edward’s University, de Austin, Texas, la embajadora de México en la Argentina, Rosario Green, no ha ocultado su malestar por la cumbre presidencial realizada en Ayacucho, donde nació la Comunidad Sudamericana de Naciones.

No ha ocultado su malestar, en especial, con sus pares de la región: “Les dije que estaba muy irritada porque ese tipo de encuentros, excluyentes y fragmentarios, balcaniza la unidad que buscamos los latinoamericanos”, afirmó.

Como única dama en ese ámbito, Green ha logrado ganarse “el respeto y la caballerosidad” de los otros embajadores, pero ello no impidió que, frente a la exclusión de la cumbre de “México, América Central y el Caribe de habla hispana” haya expresado su disgusto, tanto por la idea de Brasil de erigirse en líder de América del Sur como por el impacto que podría tener el acuerdo alcanzado. A sus ojos, es “una idea, una quimera, un sueño”.

Green lleva casi cuatro años en la Argentina, después de haber sido la última secretaria de Relaciones Exteriores del último gobierno del Partido Revolucionario Institucional (PRI) tras 71 años en el poder, y de haber sido la última embajadora de su país en la República Democrática de Alemania (RDA) antes de la caída del Muro de Berlín.

“Mis amigos dicen que me especializo en países en crisis y que la próxima vez que me manden a otro les avise con tiempo”, bromeó en el salón de la residencia, con las cajas casi listas para la mudanza. Es licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad Autónoma de México y tiene maestrías en Economía de El Colegio de México y de la Universidad de Columbia, Nueva York. Ha escrito una decena de libros y más de cien artículos sobre México y América latina. Fue senadora por el PRI después de haber sido subsecretaria general de las Naciones Unidas, entre 1994 y 1997. Y fue una de las pioneras en la región en el estudio de un tema ahora vital: la deuda externa.

"Les comentaba a los embajadores que, releyendo a Bolívar, desde su carta de La Habana hasta su convocatoria al Congreso de Panamá, da la impresión de que él pensaba en una patria grande que no excluía ni aun a los Estados Unidos, cuyo sur era prácticamente mexicano -señaló Green-. Les decía yo que la idea de fragmentar América latina con un mero argumento geográfico era muy precaria. ¿Qué estamos haciendo?"

-¿Tenemos una identidad común los latinoamericanos?

-No la tenemos. Ni siquiera se ha logrado resolver la identidad "mercosureña": todavía hoy los arquitectos del Mercosur no saben hacia dónde debería inclinarse. ¿Será efectivamente un mercado y, por lo tanto, tendrá que pasar por la unión aduanera y establecer un arancel externo común? ¿O tendrá que contentarse con ser una zona de libre comercio? Ni siquiera el Mercosur tiene una identidad clara, más allá del deseo de hacer de la geografía una ventaja, como hicimos nosotros con los Estados Unidos y Canadá. Políticamente, la Comunidad Sudamericana está compuesta por fracciones. Tiene una irresuelta disputa, y muy antigua por cierto, entre Chile y Bolivia por la salida al mar; una herida muy fresca, siempre a punto de volverse a abrir, entre Perú y Ecuador. Aun cuando Su Santidad resolvió el problema entre Chile y la Argentina, cuando uno va a la Patagonia, ¡cuidado!, porque las relaciones entre particulares de un lado y del otro no son siempre gentiles y amables. Hay un poco de resentimiento. Entre Colombia y Venezuela, la fragilidad es bárbara.

-¿Qué es, en definitiva, la Comunidad Sudamericana?

-Es una idea, una quimera, un sueño. Hay que plantear un camino. Tiene que ser una posibilidad no sólo sudamericana, sino latinoamericana. No veo por qué sacar a Mesoamérica. No entiendo por qué América Central, México y el Caribe de habla hispana tienen que estar afuera.

-En 2000, cuando el ex presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso organizó la Cumbre Sudamericana, le propuso al presidente Fox el eje Puebla-Panamá.

-Sí; yo era canciller y me peleé muchísimo con mi par Lampreia. Fox aún era presidente electo. Cuando se anunció la Cumbre Sudamericana, varios de mis colegas de América del Sur me advirtieron que no estábamos invitados y que nos iban a excluir. Yo conversé mucho con el presidente Zedillo. Y me dijo: "Ve a ver qué hay, pero no te pelees". Lo que fuera, siempre debía ser resuelto por la vía pacífica. Hablé mucho con Lampreia y me quejé amargamente. Era insólito que México y Brasil siguieran tan separados. Era insólito que nos separaran cuestiones casi protocolares, absurdas.

-No sólo México objeta el liderazgo de Brasil.

-A algunos sudamericanos, y no voy dar nombres, no les gusta la idea. Tienen miedo del predominio brasileño. Brasil tiene razón, ya que comparte la frontera con prácticamente todos los países de América del Sur, en hacer propuestas sobre la interconexión de la zona. Todo eso me parece muy importante, pero no estoy de acuerdo con la escisión y con el argumento que muchas veces hicieron público: ustedes ya escogieron. Como si uno escogiera dónde nace, dónde se da la confluencia de las corrientes que ubican a su país. Los accidentes geográficos deben ser considerados accidentes geográficos y la vecindad debe ser analizada para utilizar las ventajas y minimizar las desventajas. No tienen que ser un credo, una fe, una religión, porque eso convertiría al mundo en un conjunto de fortalezas.

-Es más fácil la voluntad política que el acuerdo económico.

-Me parece que la cumbre sudamericana pasará a ser un lindo gesto político. Como gesto político, vale. Yo creo que hay que hacer un análisis económico de costo-beneficio. ¿Qué requiere la conexión fluvial, terrestre y aérea de los países sudamericanos? Recursos que no tenemos ni estarán disponibles desde el exterior para ser concentrados en eso. Pero aun si los hubiera, ¿los volúmenes de comercio y de personas que movemos entre nosotros son de tal magnitud que justifiquen que esa sea la prioridad en lugar de dar de comer, educar, curar o dar empleo?

-Usted fue testigo de la crisis argentina.

-Fui a la RDA justo cuando se cayó el Muro de Berlín y llegué a la Argentina justo cuando esto estaba por acontecer. Lo que vi fue lo más cercano a lo que puede llegar a pasar en el resto de nuestros países. Vi a un pueblo y a un Estado de espaldas el uno con el otro. Un Estado autista, que no oía, no veía y no decía, y una población resignada al autoabastecimiento, a recurrir al trueque, a agrandar el sector informal, con una serie de manifestaciones callejeras que hicieron lo suyo, que derrocaron a un gobierno, ante el enorme desconcierto de los vecinos y de los no tan vecinos, porque los golpes antes solían ser militares. Para derrocamientos civiles no estábamos preparados. Lo que pasó en Bolivia, lo que pasó aquí... Se vio una especie de resignación de unos y de otros. La resignación de un Estado no participativo, de instituciones que no funcionaban y no querían funcionar. Era la resignación de una sociedad que se las arreglaba como podía.

-La gente pedía que se fueran todos...

-El "que se vayan todos" era el grito que finalmente quería despertar a la gente. Lamentablemente, no llegó a crear nuevos liderazgos. Al final se quedaron todos. Nos volvimos a encontrar con los mismos personajes. No hubo tiempo de crear un liderazgo nuevo. La Argentina está a tiempo de hacerlo.

-¿La crisis argentina de 2001 sirve de advertencia para otros países?

-Está pasando, de hecho. En Bolivia, poco después, sucedió prácticamente lo mismo. La gente gritaba en la calle por lo que se quería hacer con el gas. En la Argentina no hay componente indígena, pero hay un condimento: los cacerolazos y los piqueteros. Y hay un lema impresionante: "Piquete, cacerola, la lucha es una sola". Los cacerolazos eran de la clase media pauperizada: los de Belgrano, los de Palermo. Esos eran los que estaban en la calle. Y los piqueteros eran estos rudos con garrote, tambores y slogans muy agresivos: los desocupados. Esa unidad entre los dos extremos se repite en varios países. En Venezuela hay desde un sector popular hasta el más elitista en contra de Chávez. Bueno: Chávez tiene un gran apoyo popular y de las Fuerzas Armadas. Con un poquito menos de fuerza, se hubiera quedado afuera.

-En el interior de nuestros países el Estado siempre ha sido un gran ausente.

-Aun si lo ve uno desde el punto de vista urbano o desde el punto de vista rural, la gran pregunta es por qué no ha aparecido el Estado. Independientemente de que no haya sabido cumplir con su obligación, los ciudadanos tampoco han sabido cumplir con la suya. Porque el ciudadano se acostumbró a la ausencia del Estado, a sobrevivir por sus propios medios. Se acostumbró a que el Estado sacara, pero no metiera. Le sacaba el impuesto, pero no le construía la escuela.

-¿Fue necesario el comandante Marcos para saber qué sucedía en Chiapas?

-No creo que fuera necesario. Había conciencia de que el problema de Chiapas venía de tiempo atrás, porque no había tenido los mejores gobernantes y no se le había canalizado asistencia financiera. Fue un detonador muy importante para que la comunidad internacional levantara la ceja. Para nosotros, Marcos y Chiapas llevaron a que el convenio entre México y la Unión Europea fuera sui generis. Nos exigieron una cláusula democrática y una cláusula de derechos humanos. En ese sentido, pues sí, Marcos, a pesar de que existió más en la fantasía, sirvió para que la mirada internacional se posara en una zona y fuera un poquito más que el folklore.

-Lo mismo ocurre en regiones apartadas de otros países.

-Por eso decía que estamos muy vinculados por el mismo tipo de dificultades, de defectos, y también por el destino común que no queremos: el caos, la desorganización y el apartamiento del Estado y la sociedad. Creo que tenemos que tender puentes. Y a mí me parece que quizá uno de los impactos más importantes de este autismo estatal, por un lado, y de esta indiferencia ciudadana, por el otro, sea la construcción de redes ciudadanas que vayan más allá de la autoayuda y planteen demandas concretas.

-Si crecen las redes ciudadanas decrecen los partidos políticos.

-Ese es el peligro. La sociedad civil debe no solamente construir redes, sino tratar de integrarse en partidos políticos. Sin ellos no hay democracia. Las ONG están más allá de todo escrutinio. Lo único que permite ser escrutado es el partido político para ver quién lo financia, quien lo maneja, quién pretende manipularlo, quiénes son los candidatos, qué tan reales son esos candidatos. Por eso, como ciudadanos debemos tener militancias en partidos políticos, al margen de que pertenezcamos a distintos movimientos o de convertir los movimientos ciudadanos en partidos políticos. A mí no me enoja que la gente marche, pero estoy en contra de la democracia de la calle. La democracia callejera, si no es inmediatamente traducida en acciones parlamentarias, en acciones electorales, acaba siendo tan caótica como puede ser el autoritarismo que encarcela a la gente y la desaparece.

-¿Es un síntoma de la impotencia de los intelectuales que la mayoría se haya opuesto a la reelección de Bush y que, sin embargo, haya sido reelegido?

-En los Estados Unidos ganó el miedo. Cuando uno tiene tanto temor, el lamentable video de este personaje, Osama ben Laden, tres días antes de las elecciones, fue un detonador adicional.

-¿Como los atentados de Atocha?

-Aunque no cobró víctimas de sangre como la gran tragedia de Atocha, de alguna manera le dio un último empujón al presidente Bush. Kerry tampoco era un candidato muy convincente. Era un candidato tieso. Como quiera que sea, el presidente Bush es justamente lo contrario. Es gente más canchera, como dirían ustedes. Es gente que representa más al pueblo. Puede uno estar de acuerdo o en desacuerdo con él, pero tiene un cierto carisma, porque es más populachero.

-Más común y corriente.

-Más común y corriente, en efecto. El senador Kerry, aunque tuviera propuestas interesantes, era muy severo, muy distante de la gente. Su aspecto físico no lo ayuda, amén de que en política exterior no plantearon prácticamente ninguna diferencia. Los latinoamericanos no estamos, no contamos. ¿Para quién contamos? Un buen día contamos para el padre de Bush, que inventó la Iniciativa de las Américas, madre del ALCA (Area de Libre Comercio de las Américas). De ella no salió nada, por esa famosa Guerra del Golfo. Después, Clinton compró el paquete de Bush padre a pesar de que no era el más pro tratado de libre comercio. Y llegó Bush, el hijo, y dijo que se definía como el presidente que miraba al sur. Pero vino el 11 de septiembre. Salió entonces la política de seguridad de la Casa Blanca. Quedaron al margen de cualquier tipo de apoyo global de Europa y de América latina y hoy tienen que reconstruir lazos. Con lo único que cuenta Bush para reconstruir lazos con América latina es con la estabilización del ALCA.

-¿Necesita Bush esos lazos?

-Le convienen. Ni el imperio puede vivir en total soledad. Es un poder omnímodo y tiene esta soberbia para despreciar el sentir de las Naciones Unidas y de los grandes países europeos, pero al final de cuentas acaba buscando el apoyo, el sostén para algunas de sus políticas. Los imperios en soledad acaban siendo sus propios detractores.

Por Jorge Elías
De la Redacción de LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=663236

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Repollo

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 15-12-2004 00:00:00

Por Sandra Russo

¿Hablarles de masturbación? Eso no. ¿Hablarles de género y no de sexo? Mmm... eso tampoco. ¿Hablarles de métodos anticonceptivos? Bue, eso sí. ¿Es el Estado el que debe fijar los contenidos, o los padres? ¡El Estado, si los padres se han hecho cargo hasta ahora y así estamos! ¡Los padres, nadie puede interferir en la patria potestad! La propuesta de educación sexual para chicos tiene alterados a los adultos. Fueron hasta divertidos los debates televisivos del fin de semana: parece que a todo el mundo que defiende el sexo reproductor le han enseñado el abc de la sexualidad en el campo, con ejemplos de cópulas entre perros o caballos. Algunos quieren licuar la cuestión, como para que nuevas generaciones se entrenen como lo han venido haciendo varias otras hasta ahora: acá están las trompas de Falopio, por aquí llega el espermatozoide, la mujer ovula una vez por mes, los varones tienen poluciones nocturnas. Higiene. Sexualidad plastificada. Pero lo cierto es que el tema está sobre la mesa, y las perturbaciones que los adultos tenemos en relación con la sexualidad –y digámoslo: ¿quién, con la mala educación que ha recibido, no padece hoy alguna perturbación, quién no querría sentirse más pleno, más libre, más dueño de sí? ¿Por qué no desear para nuestros hijos menos rollos y menos culpa?– han saltado como los naipes de un castillo mal armado.
La pugna entre proyectos en la Legislatura, las idas y venidas con algunas cuestiones que siguen resultando urticantes, las presiones y las dilaciones han mostrado un paisaje enrarecido, no sólo por las ideas de cada quien sino también por el pudor, que cada quien maneja mejor o peor con respecto a su propia sexualidad. Pero además, y esto es lo interesante, esa pugna ha subido el piso: con el Estado o con los padres, con trompas de Falopio o con la complejidad del orgasmo femenino, con vía libre para abordar costados más polémicos o con riendas cortas, como para no ir más allá de la sexualidad conyugal, nadie niega la necesidad de que los chicos tengan educación sexual. Incluso el debate sobre el aborto, que vino de colado y fue atajado en el aire por sectores que hace rato que vienen proponiendo la despenalización, y por otros, que lo consideran un simple asesinato, llevó más agua al molino de la educación sexual: para que haya menos embarazos que culminen en abortos, debe haber educación sexual. Aunque los legisladores no parecen entenderlo, como demuestra la votación de anoche, estamos zafando del repollo, desprendiéndonos de los brazos de la cigüeña. Estamos sexuándonos socialmente. Por fin.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-44875-2004-12-15.html

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Abismos que abre la Lengua

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 12-12-2004 00:00:00

Más allá de los resultados formales del Congreso de la Lengua de Rosario, queda pensar en un país que ha perdido lectores. La escuela es central para reparar fracturas culturales y sociales.

BEATRIZ SARLO.
bsarlo@viva.clarin.com.ar

Se realizó en Rosario, hace algunas semanas, el Congreso de la Lengua. Dicen que la ciudad quedó muy mejorada, porque la visita de los Reyes de España y otras celebridades provocó una especie de lifting urbano. Nos enteramos también que Sabato siempre había soñado con tener una camiseta de Rosario Central y que el Congreso fue ocasión para que se le cumpliera el sueño. Se trata de un deseo bastante simpático, lejos de las acostumbradas lecciones a la juventud o de las advertencias más tremebundas. Los diarios transcribieron fragmentos de los discursos pronunciados en las sesiones. En fin, cada uno cumplió con su papel, lo cual ya es bastante porque los primeros pasos de la organización del Congreso hacían temer desenlaces peores. ¿Todo bien, entonces? Yo diría que no.

La Argentina es un país donde, en las últimas décadas, descendió la lectura de diarios y revistas; y donde un chico puede pasar un año en la escuela sin leer un libro completo (y me pregunto también qué libros completos leen muchos de sus maestros). El porvenir de la lengua está todavía unido a la escritura. Todos los demás sistemas de comunicación, en algún punto, remiten a la escritura y a la capacidad de descifrarla. A lo largo de los siglos, sólo las lenguas que se convirtieron en lenguas escritas, que lograron ser leídas y no sólo habladas, se consolidaron como instrumentos poderosos. En la Argentina, un verdadero abismo separa a quienes se manejan con destreza en la escritura y quienes derivan por las orillas de la semi-alfabetización. Esa fractura entre verdaderas clases socioculturales es más profunda hoy que hace tres o cuatro décadas.

Hoy, no tenemos ninguna seguridad de que un chico aprenda bien a leer y a escribir. La escuela no garantiza ese aprendizaje porque pertenece a una sociedad que tampoco está en condiciones de garantizarlo. Mientras que en muchos países del mundo existe la preocupación de juntar a chicos pobres y ricos en la misma escuela para evitar las desigualdades, en Argentina las consecuencias de la crisis acentuaron, como en demasiados aspectos, una separación entre pobres, sectores medios y ricos. Hay escuelas de acuerdo con cada nivel socio-económico, que se imponen como un destino.

El país tiene guetos culturales y esto echa por tierra cualquier ilusión de democracia en la sociedad. No hay igualdad posible, si las instituciones (y la escuela es fundamental en este aspecto) no compensan las desigualdades de origen. Lo que la escuela no ocupa, es ocupado por los medios de comunicación audiovisual sin contrapeso.

Lejos de las ilusiones de la Argentina moderna, es decir de la Argentina de la primera mitad del siglo XX, la Argentina de los primeros años del XXI se quiebra a lo largo de líneas definidas por el acceso a todos los bienes, entre ellos, la cultura. Y, en el centro de la cultura, como su corazón y su impulso, está la lengua. El balance de medio siglo deja poco para celebrar. La injusticia cultural y educativa ataca primero a los más débiles (por ejemplo, a los chicos que no comen, que viven en la calle, que han perdido toda idea de futuro), pero también carcome el fallido bienestar de quienes pertenecen a sectores que piensan haberse salvado de lo peor de la crisis.

En este sentido, la crisis no pasó, porque sus consecuencias se han consolidado, han trazado límites precisos y, a lo largo de esas separaciones visibles y tangibles están los que pueden pensar que su futuro no va a ser igual que su presente, y aquellos cuyo futuro, quizá, sea peor que su presente. No habría que quedarse tranquilos, dado que vivimos en este paisaje habitado por ciudadanos impedidos. Lengua, escritura, razonamiento intelectual, capacidad de ciudadanía, posibilidad de reclamar y buscar una representación: esta secuencia no es una suma de palabras sino una cadena que puede enredar a centenares de miles si sus eslabones están cortados. De la lengua a la política, de la lengua a la justicia, de la lengua a los derechos culturales: no es posible pensar las cosas de otro modo.

http://www.clarin.com/diario/2004/12/12/sociedad/s-885713.htm

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

"Sin alianza, Brasil y la Argentina no sobrevivirán"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 12-12-2004 00:00:00

HELIO JAGUARIBE, CIENTISTA POLITICO E HISTORIADOR

Hay un plazo de no más de diez años para lograr que ambos países consoliden su desarrollo y afirmen su lugar como interlocutores independientes del mundo, no sujetos a la voluntad de Estados Unidos.

Oscar Raúl Cardoso
ocardoso@clarin.com

Los gobiernos de la región parecen querer ir por más —una Unión Sudamericana—, pero lo que el Cono Sur logró hasta ahora está entre signos de interrogación. Me refiero al Mercosur. ¿Cómo se responde a los que dicen que no es realmente conveniente para la Argentina y Brasil?

—El Mercosur es mucho más que conveniente: es indispensable. Es nuestro pasaporte para la historia. Lo que pasa es que en la década larga que transcurrió desde el Tratado de Asunción, ha cambiado un poco la forma por la cual Mercosur opera. Fue concebido originalmente —y de modo acertado— por Raúl Alfonsín y José Sarney como un sistema de optimización recíproca, que sería no simplemente un intercambio de mercancías sino un esfuerzo conjunto de desarrollo subregional. Ese era el objetivo central del Mercosur. Este propósito se desdibujó algo y se convirtió un poco en un intercambio de mercancías. ¿Y qué pasa en ese intercambio de mercancías? Mercosur es fundamental para Paraguay y Uruguay porque absorbe el 50% de sus exportaciones. Es importante para Argentina porque absorbe el 30%; para Brasil, porque absorbe el 15%. Pero mientras Argentina, de una manera general, tiene saldos favorables del Mercosur —con pequeñas excepciones, creo que un solo año no lo tuvo—, cuando se examinan los bienes del intercambio no son los mejores. La Argentina exporta materias primas mientras que Brasil coloca productos de alto valor agregado, y eso no es conveniente.

# La reflexión parece darle entidad a uno de los temores argentinos: que el Mercosur reproduzca los términos desfavorables de intercambio que han sido un castigo histórico para el país.

—La respuesta es un acuerdo entre la Argentina y Brasil por el cual uno de los objetivos fundamentales sea reindustrializar a la Argentina, con activa participación brasileña en esa fuerte reindustrialización. La Argentina pasó por un largo período de desindustrialización deliberada. Es impresionante cómo el país, víctima del neoliberalismo de sus dirigentes, prácticamente ha cometido un suicidio industrial. Un sistema industrial se resume en dos cosas. Gente que sabe elaborar cosas y procesos en los que esta gente aplica su conocimiento. Los procesos —si desaparecen— se pueden reinstalar; lo que no se rehace con facilidad es la gente y su habilidad. Ahora, como esta desindustrialización es todavía reciente, la gente que operaba la industria argentina, con excepciones, todavía está ahí con su habilidad. Por lo tanto, en un período relativamente corto se puede reequipar a esta gente y reponer un sector industrial muy importante. En los años 50 —yo frecuento la Argentina desde hace muchos años— en Buenos Aires casi todos los automóviles eran Di Tella, de producción nacional. Toda la línea blanca de las casas era nacional. Las telas que se compraban allí eran de excelente lana argentina. Hoy todo es importado. Esto es una cosa lastimosa. El acuerdo que menciono es imprescindible. Mercosur no puede ser tan sólo un sistema de intercambio: tiene que ser un sistema de asistencia recíproca para el desarrollo.

# Algo más que un sistema de intercambio precisa de voluntad política. Hay quien asegura que esa voluntad se diluyó en el Mercosur durante la década pasada.

—Esto presenta dos facetas. Una, que quizá sea la más importante, es la voluntad política propiamente dicha que existe y mucho. Lula es muy "argentinista", y Néstor Kirchner está muy motivado también. Ambos tienen perfecta conciencia de lo imprescindible de la alianza. ¿Cómo hacerla operativa? Aquí es donde el futuro me preocupa. Mi país, desde hace ya bastante tiempo, está teniendo una conducción monetaria financiera muy neoliberal. Ocurre esta contradicción: Fernando Henrique Cardoso no era liberal y sin embargo practicó una política económica neoliberal; Lula es aún menos neoliberal y practica una política neoliberal. Mientras este equipo de economistas neoliberales que controla aquí las cosas tenga la superioridad de su decisión, no se conseguirá que un país como Brasil tenga libertad para plasmar aquella vocación política.

# El problema no es sólo brasileño. El corsé neoliberal afecta a casi todas las democracias de la región. ¿Es imposible quebrar ese condicionamiento?

—Esto es sólo parcialmente cierto. El neoliberalismo no es la única solución económica técnicamente correcta y posible. No hablo de populismos insensatos. Desde hace 20, quizá 30 años —seguramente veinte años—, los economistas latinoamericanos se forman en universidades estadounidenses, donde reciben excelente educación técnica, pero acoplada a una visión neoliberal que se presenta como precondición única para aplicar el conocimiento técnico. El Consenso de Washington es típico de esta visión: las cinco primeras líneas del documento son correctas; las otras cinco son ideológicas. Pero son presentadas como si fueran necesarias para la eternidad y no es verdad. Nuestros economistas están intoxicados por esa cosa. Esto es terrible, porque hay dos ideologías que son incorregibles por la experiencia: el comunismo y el neoliberalismo. Cuanto peores resultados obtienen, dicen: es porque no fue suficiente. Hay que hacer más comunismo, hay que hacer más neoliberalismo. Son ideologías en las cuales el error retroalimenta la intención básica. La única manera es desenmascarar a nivel técnico —no retórico— la falacia neoliberal y proponer formas técnicamente correctas, políticamente viables, que sin embargo, hagan del desarrollo la meta principal y no la búsqueda del puro equilibrio macroeconómico.

# Hay quien desespera de esta posibilidad. Esta generación de democracias latinoamericanas ha sido "domesticada", dicen, a través de la deuda externa.

—Esa es otra verdad parcial. La Argentina es ejemplo de esto. Por diferentes razones fue conducida a un endeudamiento excesivo y finalmente no pudo pagar su deuda. La reacción fue casi histérica; "¡Oh!, el default" Cuando cae en el default, se comprueba que está muy bien; ésta es la verdad. La Argentina está mucho mejor en el default de lo que estaba antes. Porque al no pagar la deuda —claro que esto no puede ser erigido como principio universal— y como es sólo una situación de emergencia, permite que la Argentina se apropie de la totalidad de las divisas de su exportación. Como está exportando bien, la mejora es rápida. Estoy convencido de que hay que hacer una concientización en nuestros países acerca de que lo importante, lo vital, es el desarrollo. Si se paga la deuda con desarrollo, bien; si no, no se paga la deuda y se hace desarrollo. Si se pagan los intereses con desarrollo está bien, si no, no se pagan. El desarrollo es prioridad total. Y si esto es una cosa que se consigue al mismo tiempo que el respaldo popular, lo que seguramente se conseguirá, y una formulación técnica y política viable, la cosa marchará.

# El dilema no es sólo económico, social. El neoliberalismo que predica el credo laico de la globalización parece demandar la renuncia a las identidades culturales nacionales. ¿Es posible defenderlas mientras los países se integran al mundo?

—Esta es la cuestión crucial. Nosotros no tendremos ninguna capacidad de preservar nuestra identidad nacional si navegamos aislados en el mar de la historia. Y digo más: el plazo del que disponemos para seguir aislados preservando esta identidad es absolutamente corto. No más que diez años. Y diez años no son nada. Hay que tener un poco la idea de plazos; si no no se puede hacer nada. Si pensamos el camino correcto, dentro de veinte años lograremos un ritmo sostenible de desarrollo que nos convierta en interlocutores independientes del mundo. No en superpotencias, pero sí en interlocutores independientes del mundo, cualquiera que sea este mundo. Si no lo hacemos, perderemos nuestra nacionalidad, nos convertiremos en meros seguidores del mercado internacional. Quizá preservemos los aspectos formales de la soberanía —himno, bandera—, pero seremos totalmente comandados domésticamente por las multinacionales y, externamente, por Washington.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/12/12/z-03815.htm

Copyright Clarín, 2004.

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Roberto Lavagna: "El desafío es no volver a perder una década"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 11-12-2004 04:09:19

El ministro habla sobre el largo plazo

“Es hora de consolidar lo hecho. Cometeríamos un tremendo error si creyéramos que ya estamos en condiciones de hacer un reparto fácil. No debemos perder otra década como ya nos sucedió con las del 80 y el 90”, dice y repite el ministro de Economía, Roberto Lavagna.

La entrevista se realiza después de algunas posposiciones y demoras absolutamente previsibles, si se toma en cuenta quién es el personaje y en qué momento de su actuación pública se encuentra. Precisamente, la consigna es apartarlo de lo inmediato, del bramido de negociaciones, versiones y noticias sobre los que debe desarrollar su tarea, para conocer su pensamiento acerca de temas importantes sobre los que rara vez tiene oportunidad de pronunciarse, acosado, como se encuentra, por lo urgente.

Lavagna habla, entonces, del futuro, del papel que tendrá la Argentina en las décadas que vienen, tiempos de una globalización “que no se puede negar sin autocondenarse”; de los márgenes de soberanía que quedarán, en el mediano y largo plazos, a las naciones y sobre lo que se está haciendo y lo que se puede hacer en materia de investigación y desarrollo. Por supuesto, la actualidad más rigurosa no puede sino filtrarse en la conversación, como se ve en las frases seleccionadas al comienzo.

Graduado en la UBA en 1966, con posgrado en Bruselas, Lavagna tiene una intensa historia universitaria. Fue investigador asociado en Harvard, coordinador de maestrías económicas en la Sorbona y profesor en Buenos Aires. Su relación con la función pública fue hecha de apariciones relativamente breves y de largos eclipses. En 1973, cuando el ministro era José Ber Gelbard, fue director general de Políticas de Ingresos y Precios. Pronto salió de escena hasta 1986, cuando Raúl Alfonsín lo nombró secretario de Industria y Comercio Exterior. Otra vez se alejó de los despachos oficiales, que no pisó en la ahora desprestigiada década del 90. Después fue embajador extraordinario y plenipotenciario ante la Unión Europea, en Bruselas. La llegada al ministerio se produjo en abril de 2002, cuando Eduardo Duhalde se batía a capa y espada con lo peor de la crisis. Desde ese puesto, Lavagna impuso su fama de técnico pragmático y realista. Entre las pocas zonas de recreo que se le conocen está su afición por la jardinería.

-Se ha señalado muchas veces que si bien es usted un administrador prolijo, no tiene un proyecto o modelo económico. ¿Le parece necesaria la preexistencia de un modelo en la gestión de gobierno?

-Sí, desde ya, y por supuesto que hay un modelo. Cuando usted define algunas cuestiones muy centrales de la política económica, como, por ejemplo, la idea de que hay que tener un tipo de cambio alto para no volver al peso sobrevaluado o cuando usted dispone que por primera vez en cincuenta años tanto el Estado nacional como las provincias deben tener un superávit fiscal, y lo logra, sólo esos dos elementos ya le están configurando un modelo. Muchos de los que dicen que no hay un modelo, en realidad, lo que deberían decir es que no les gusta. Quieren un modelo, quizás, al estilo de los años 90, de manera que me parece que esto es nada más que un artilugio retórico. El modelo está.

-¿No será que usted no lo ha hecho explícito, como lo hacían otros antecesores en su cargo?

-Es cierto. Tal vez, no lo hemos hecho explícito en el plano de los números, sí en el plano de los conceptos. El otro día, en una conferencia, yo mostré los últimos tres planes, llamémosle de desarrollo, que tuvo la Argentina: mediados de la década del 70, durante el gobierno militar y durante la convertibilidad. En todos los casos hubo una flagrante diferencia entre las promesas y lo que en realidad ocurrió, que fue mucho menor. Nuestro planteo fue distinto: no proponer grandilocuencias. Al revés: en general, hemos hecho propuestas moderadas en el nivel de los presupuestos, y esas propuestas han sido superadas largamente por la realidad. De las dos alternativas, yo me quedo con esta última. Me parece que la sociedad argentina necesita prudencia, necesita realismo, necesita los pies en la tierra.

-¿Qué papel ve para la Argentina en el mundo que viene? ¿Habrá margen para las decisiones nacionales, para oponerse a una globalización que parece inevitable? El ex asesor de Mitterrand Jacques Attali, un hombre muy respetado, acaba de vaticinar que en 2050 existirá un gobierno mundial...

-Si uno mira el proceso con una visión de muy largo plazo, así como existió en la historia un período de los regímenes feudales y después un período de formación de los estados nacionales, yo le diría que estamos entrando en una etapa que uno podría llamar de los estados municipio. El poder de los estados nacionales dentro de sus fronteras queda recortado, enmarcado, por un conjunto creciente de normas que son de validez internacional. Vamos hacia un Estado municipal, donde hay muchas áreas que quedan un poco fuera de su control. Y esto no es sólo en economía: también en seguridad, en materia de medio ambiente, incluso en áreas como las comunicaciones... Por supuesto, me refiero a un horizonte de más largo plazo. Frente a eso, ¿qué tienen que hacer los estados, lo que queda de los estados nacionales? Negar la globalización es algo así como autocondenarse. Yo pondría dos extremos que deberíamos evitar: negar la globalización (no se niega la realidad) y la actitud pasiva, pensar que no se puede hacer nada. Eso es incorrecto. Aun dentro de la globalización hay infinidad de cosas que ese Estado, que tiende a ser un Estado municipio, puede hacer.

-¿La Argentina no estaría condenada a vivir de sus materias primas?

-No, de ninguna manera. Hay una cosa en la que los argentinos no debemos pensar y es la idea de que la inserción de nuestro país se va a dar a través de la especialización en sectores de mano de obra masiva y bajos salarios. Eso está excluido: no podríamos nunca competir con el sudeste asiático. Nosotros tenemos dos bases sobre las cuales fundar una inserción activa en la globalización: los recursos naturales, que son muy importantes, y los recursos humanos. Los recursos humanos de la Argentina, a pesar del deterioro que hemos sufrido, todavía son relativamente superiores a los de buena parte del mundo en desarrollo.

-¿Cómo se compadece esta esperanza en el valor agregado de nuestros recursos humanos con una relativamente baja inversión en investigación y desarrollo, si la comparamos con la de nuestros vecinos Brasil y Chile?

-Pero en ciencia y tecnología no todo es plata, ¿eh? Muchas veces es cuestión de organización. Nosotros acabamos de lanzar un programa para el desarrollo de las nanotecnologías. Tomando contacto con centros de excelencia, identifiqué a quien dirigió las tesis de cuatro argentinos que trabajan en nanotecnología en la que es probablemente la empresa más importante del mundo en la materia, Lucent. Inmediatamente respondieron y vinieron a la Argentina. Pero no vinieron a título personal, sino que lo hicieron con autorización de su empresa. ¿Por qué? Porque en su empresa se identifica efectivamente a la Argentina. Ahora tengo otra reunión similar referida a las ciencias médicas. Son programas que más que mucha plata requieren decisión política y el poder de coordinarlos. En el caso de la nanotecnología, el aporte inicial que hemos puesto en el presupuesto es del orden de los dos millones de pesos. Y, sin embargo, con esos dos millones estamos convocando la presencia de una de las empresas más importantes del mundo en la materia. Le doy un tercer ejemplo: la sociedad argentina está incorporando 800.000 computadoras por año. Nos hemos propuesto llegar a los dos millones. Tenemos la idea de provocar un shock de alfabetización digital en la sociedad argentina, y que el primer compromiso que asuma cada compañía sea hacerlo con la totalidad de su personal. Este tipo de cosas son las que se pueden hacer. Lamentablemente, suelen tener poco espacio en los medios. La pavada en torno de la deuda o la pavada de las interpretaciones de lo que dijo alguien en el exterior sobre la Argentina son claramente predominantes sobre estas cuestiones de fondo.

-¿Por qué decía que un aumento fuerte del presupuesto no garantiza mayor crecimiento en ciencia y tecnología?

-Se puede terminar sólo en el pago de salarios. O, como me ocurrió el otro día en una reunión con un grupo de científicos: alguien, muy orgulloso, señaló que estaban fabricando... aspirinas. ¿Se da cuenta? No es el caso. Ese es un fondo público mal aplicado.

-Usted dice que los medios se dedican a la pavada de discutir qué ocurre con los bancos a través de los cuales se renegociará la deuda. ¿Es realmente una pavada?

-Mire, para serle muy sincero, es una combinación de superficialidad, desconocimiento de cómo es el mundo financiero y también de intereses poderosos, que a veces se expresan a través de medios o de periodistas argentinos. Yo lo invito a hacerse una pregunta: mientras la deuda argentina se duplicaba, en los años 90, ¿quién se enteró de cómo era el operativo, de cuántos bancos intervenían, si había comisiones o no había comisiones? ¿Quién supo cómo era el proceso por el cual emitíamos deuda permanentemente? Y ahora resulta que transmitimos como si esto fuera un partido de fútbol, en directo, cada uno de los pasos administrativos que hay que dar no para aumentar la deuda, sino para conseguir una quita del orden de los 60.000 millones de dólares. O nos toman por tontos a los argentinos quienes ponen el centro en eso o ¿qué es lo que tengo que pensar? ¿Así que mientras esto era el gran negocio del endeudamiento externo y el crear esa enorme masa de deuda nadie preguntó cómo se hacía y ahora estamos haciendo comentarios sobre si hay quince o treinta días de atraso para reducirla?

-Es que creo que queremos saber cómo va a terminar el partido...

-Lástima que no se ocuparon de saber cómo terminaba el partido en la década del 90. Los mismos que publican hoy páginas y páginas sobre esta transmisión en directo no publicaron nada mientras la deuda argentina crecía hasta que nos aplastó, en 2001.

-Usted ha citado ya varias veces la década del 90. ¿Sólo encuentra en ella aspectos negativos?

-Entre el diez por ciento de mayores ingresos y el diez por ciento de menores ingresos, los dos extremos, a mediados de la década del 70 había una diferencia de diez a doce veces. Cuando empezamos los 90, ya la diferencia era de veinte veces, y cuando terminamos los 90, en medio de una fenomenal crisis, era de cuarenta veces. Ahora hemos empezado, desde hace casi tres años, a recuperarnos, y estamos en 28 a 30 veces. Yo no acepto la discusión ideológica. Este es un dato fundamental. Teníamos una sociedad integrada, con movilidad social, con una gran clase media que distintas administraciones a lo largo de estos treinta años fueron conduciendo hasta esta crisis. Dentro de esos treinta años estuvo la década del 80, que fue una década perdida, y estuvo la del 90, que fue una década desaprovechada, que no es lo mismo.

-¿Por qué?

-La del 80 es una década perdida porque se inicia después de la primera crisis de la sobrevaluación del peso. Además de todos los problemas políticos, incluso con la necesidad de esclarecer lo que había ocurrido en la última mitad de los años 70, en lo económico el gobierno se encontró en un mundo en el que no había financiamiento. Por eso digo que fue una década perdida. En cambio, la del 90 fue una década desaprovechada por nosotros, porque en el mundo había capitales disponibles como no había habido casi desde principios del siglo XX, cuando la Argentina había tenido un momento de esplendor. Y los desaprovechamos. Duplicamos la deuda y terminamos con una fenomenal crisis. Esos son los datos centrales, no si había más o menos teléfonos. No vamos a discutir eso. Obviamente, los había. Siempre hay algo bueno, pero...

-En esta década nuevamente hay muy poco financiamiento del exterior. ¿Corremos peligro de repetir la década del 80?

-El desafío ahora es, justamente, evitar una década desaprovechada. Para eso hay que plantear las cosas con absoluto realismo. Para eso hay que ser capaz de decir: "Señores, nosotros, como Argentina, cometimos en la década del 90 un gran error en materia de sobreendeudamiento. Ustedes también alentaron ese sobreendeudamiento cuando nos decían que éramos el país ejemplo. Ahora ha llegado el momento de reestructurar la situación argentina no sobre bases puramente transitorias, para tener dentro de un año que reestructurar nuevamente, sino hacerlo de manera que sea sustentable". Nos hubiera sido infinitamente más fácil, y nos lo propusieron muchísimas veces, hacer una reestructuración con una quita muy reducida, que tuviera una gran aceptación. Pero dentro de un año estaríamos ante una nueva reestructuración. Tratamos de no caer en una nueva década perdida.

-¿Usted cree que es antes la economía o la política?

-No hay política sin economía y no hay economía sin política. Cuando digo política lo digo en un sentido muy amplio. Usted sabe que la recuperación que la Argentina ha tenido desde abril de 2002 en adelante ha llamado la atención prácticamente a todo el mundo. Eso seguramente tuvo que ver con que la política económica fue distinta que en crisis anteriores. Lo que nosotros hicimos fue orientar, dirigir, poner balizas en el camino, pero el verdadero valor fue la reacción de la sociedad. Usted puede armar el mejor plan económico, pero si no tiene una situación política de apoyo y de respaldo de la sociedad, no sirve de nada.

-¿Adjudica a esto que no se haya producido otra hiperinflación con la salida de la convertibilidad?

-La política económica fue distinta a la de crisis anteriores. Tomo dos casos: la del 81 y 82, cuando se produce la crisis de la tablita cambiaria, y la del 89 y 90, con la hiperinflación. En ambos casos se salió de las crisis mucho más lentamente que ahora, por cierto, pero con medidas con las que se intentó dejar al margen del costo de la crisis a los sectores de poder más concentrado. Entonces hubo seguros de cambio para grandes grupos empresarios, hubo moratorias... infinidad de medidas para dejar a estos sectores de influencia al margen y descargar todo el costo de la crisis sobre la población.

-Pero se acordaban aumentos salariales más frecuentes...

-Pero nominales, nada más. En cada una de esas dos crisis todo el peso se descargó sobre la población en general. En esta oportunidad nuestro planteo fue totalmente opuesto. Entonces, no hubo seguros de cambio, no hubo indexación de los balances, no hubo moratorias impositivas. Y por eso yo creo que la sociedad interpretó que aun en el medio de la crisis había un intento de proveer de cierta justicia al reparto de los costos.

-¿Usted no teme que las necesidades políticas inmediatas hagan presión sobre los planteos económicos, al buscar una más rápida redistribución de los ingresos, por ejemplo?

-El otro día yo hacía una reflexión en una asamblea empresaria. Decía que tenemos que tener mucho cuidado entre dos extremos: los profetas del caos, que están siempre presentes, pronosticando cualquier desastre, y los alquimistas del bienestar sin costo. En general, unos están ubicados a la extrema derecha del espectro, y los otros, ubicados en la corriente populista, progresista. No hay bienestar sin costos. Cometeríamos un tremendo error si creyéramos que hoy se puede hacer reparto fácil. Afortunadamente, el Presidente tiene mucha conciencia de esto. En este año, en que el presupuesto es de 80.000 millones, hubo pedidos adicionales por 29.000 millones. Eso es un síntoma de que pasado lo peor de la crisis todo el mundo cree que ha llegado el momento de pedir. Afortunadamente, esos pedidos no fueron aceptados, pero son un síntoma de lo que está pasando.

-Es un buen síntoma...

-Sí, y es un mal síntoma que se crea que ya se puede hacer eso. Creo que todavía tenemos que dar una gran batalla por la productividad, por el empleo, por una mejor distribución del ingreso, pero lo tenemos que hacer con mucha prudencia.

-La política ¿lo atrae o lo agota?

-Si lo tuviera que hacer en forma cotidiana, me agotaría. Por eso varias veces he dicho que no tengo el propósito de una carrera política. Lo dije antes de las elecciones presidenciales y lo he vuelto a decir ahora: no voy a ser candidato ni a diputado ni a senador. No, no está en mi naturaleza, pero sí respeto profundamente a la política cuando se ejerce como debe hacerse, porque, como le decía antes, no hay economía sin política.

-Es un matrimonio sin divorcio...

-Exacto, como también es un matrimonio que no admite divorcio la seguridad jurídica y la macroeconomía. Nosotros tuvimos una ley de déficit cero, una ley de intangibilidad de los depósitos, una ley de intangibilidad de las reservas, la ley de convertibilidad y todo se desplomó. ¿Por qué? Porque la macroeconomía era mala. Usted puede tener el programa económico del mundo, pero si no tiene seguridad jurídica terminará mal y usted puede tener todas las leyes, todo el andamiaje jurídico-institucional, pero si la macroeconomía no es correcta, también termina mal.

-¿Usted diría que el actual matrimonio está estabilizado, consolidado?

-Creo que sí. Al día de hoy, cuando uno despeja todos los ruidos mediáticos, creo que se va en el buen camino. Todos los datos van en el buen camino. Creo también que éste es el momento de consolidar esto. Y consolidar esto significa no caer en ninguna de las tentaciones. Las que nos proponen quienes dicen que si no se paga más al exterior habrá caos y la de los alquimistas del bienestar, que creen que se puede repartir dinero sin asegurarse antes la productividad, la inversión y demás. Usted me preguntaba al principio sobre los modelos, y yo le contestaba: eran castillos en el aire. Yo, la verdad, con todo mi equipo, prefiero tratar de construir fábricas y comercios en la tierra antes que castillos en el aire.

-¿La Argentina puede vivir sin el Fondo Monetario?

-La Argentina no puede vivir sujeta a las políticas económicas que se le sugieren de afuera. Parte del éxito de estos casi tres años tiene que ver con que pusimos límites. A nosotros se nos llegó a proponer, en mayo de 2002, provocar una hiperinflación que licuara los pasivos de los bancos... Hemos tratado de recuperar para el país un margen de acción más amplio. Ahora, eso no significa que debamos romper relaciones. Siempre se encuentran en estos organismos gente razonable, sin anteojeras ideológicas, dispuestas a reconocer que hay formas distintas de hacer las cosas y que hay que respetarlas. Hay posibilidades de restablecer el diálogo. De hecho, en este momento tenemos un excelente diálogo. Hemos podido probar que los resultados son buenos, y son buenos sin pedirle plata a nadie.

-Finalmente, ¿es optimista? ¿Piensa que la salida está cerca o la ve alejarse peligrosamente?

-Creo que hoy estamos más cerca de la salida. Pero nada está garantizado ni nada está ganado. Si alguien cree que porque durante casi tres años hemos logrado una evolución en el sentido positivo eso nos garantiza, casi inercialmente, la continuidad, creo que se equivocaría. Acá no hay inercia. La clave está en consolidar estas tendencias, en materia de inversión, de empleo, en materia social. Bueno, ahora hay que consolidar, y no pensar en darse lujos que después se pagan muy caros.

-¿Esta falta de persistencia en el esfuerzo nos caracteriza como sociedad?

-Esa es una lucha permanente entre la inteligencia y la viveza. Somos una sociedad muy inteligente que en algún momento cae en la tentación de la viveza, de creer que hay caminos cortos por donde lograr lo que otros tuvieron que recorrer por caminos un poco más largo. Espero que no caigamos en eso.

Por Hugo Caligaris
De la Redacción de LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=662284

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Hanif Kureishi: "En tiempos difíciles se necesita más cultura"

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 08-12-2004 04:06:57

El novelista paquistaní analiza el islam

LONDRES.– “Una complicada excusa para no trabajar, perder el tiempo, y, básicamente, no servir para nada.” Así tomaron los conocidos de Hanif Kureishi la decisión que anunció a los 14 años en el Paquistán de sus ancestros: quería ser escritor.

Hoy, bordeando los 50, es considerado la voz por excelencia de los paquistaníes en Inglaterra, así como el escritor sobre temas de raza y religión cuyos trabajos (sobre todo su primera novela, “El Buda de los suburbios”, ganadora del premio Whitbread) inspiraron a artistas de todo el espectro cultural. Y cuyas obras de la década de los 90, como “El álbum negro” (1995) y el cuento corto y subsiguiente película “Mi hijo el fanático” (1997) ya son considerados clásicos en la temática del fundamentalismo islámico.

“Pero en ese entonces no interesaron a mucha gente. Nadie le daba importancia al islam radicalizado. Pensaban que los jóvenes que yo describía eran unos excéntricos que se podían obviar. Sólo más tarde el tema quedó en el centro del debate, a pesar de que había sido condenado a muerte mi amigo Salman Rushdie. Eso fue, justamente, lo que me llevó a explorar el tema”, dice el escritor en diálogo con LA NACION.

La entrevista se realiza en las oficinas de sus agentes literarios, en el coqueto barrio de Notting Hill. A pesar de su fama de impuntual, Kureishi llega a la cita un cuarto de hora antes. Y, contra su fama de "chico malo" de las letras británicas, es increíblemente atento.

"¿Un café? ¿Una copia de mi último libro? ¿Es usted de la Argentina? ¡Quiero ir el año próximo! Ustedes han llevado al teatro varias de mis obras, como «Intimidad» y «Cuando la noche comienza», por Gabriela Izcovich, y el interés es recíproco. Quiero investigar un poco más su fascinación por el psicoanálisis e ir a un partido de fútbol", suelta, mientras pide un café instantáneo y, rápidamente, arregla un par de asuntos con sus representantes.

Sólo cuando se le comienza a preguntar por su obra ("El cuerpo" y "Soñar y contar" acaban de aparecer en castellano) deja de parecer hiperkinético. Su voz es entonces pausada y profunda. Kureishi es de esas personas a las que se les puede aplicar perfectamente el cliché de que perfora con la mirada.

Pero detesta parecer heroico respecto de su papel en las letras de las minorías asiáticas en Occidente: "Nunca tuve la idea de que se podía escribir sobre el racismo. Yo estaba en el colegio y me pateaban por ser de otro origen, y de pronto me di cuenta de que no era solamente mi problema personal y que había palabras para describirlo", señala.

Kureishi es considerado uno de los cronistas más lúcidos de las relaciones humanas, y a pesar de obras que causaron escándalo, como "Mi bella lavandería", la historia de amor entre un inmigrante paquistaní y un skinhead, protagonizada en el cine por Daniel Day Lewis, o la explícita "Intimidad", asegura: "Puedo haber sido un salvaje en algún momento, pero ahora soy un burgués". Se muestra dispuesto a hablar tanto de los grandes problemas de las civilizaciones como sobre sus hijos y la televisión.

-¿Cuánto lo afectaron, a la hora de escribir, las noticias sobre el fundamentalismo islámico a partir del 11 de septiembre de 2001?

-No me afectaron particularmente. Yo escribí sobre los problemas del islam mucho antes de las Torres Gemelas, en novelas como "Mi hijo el fanático", "El álbum negro" y una serie de ensayos, y luego perdí el interés. Sí afectaron, claro, al mundo, cómo el mundo ve a los musulmanes y al islam. A mí lo único que me interesa es que los musulmanes tienen que cuidarse a sí mismos para asegurarse de que su religión no se convierta en la religión de los fundamentalistas. El fundamentalismo islámico es una mezcla de slogans y resentimiento. Funciona bien como un sistema de autoridad que reprime el deseo, pero asfixia a esa fuente de vida humana también. Por supuesto que en los Estados islámicos, como en Occidente, hay gente hambrienta de libertad mental y política, y por supuesto que la mayor parte de los musulmanes no son extremistas. Esa mayoría tiene que reflexionar sobre qué islam quiere y sobre el modo de construirlo. Acabo de llegar de Bradford, en el norte de Inglaterra, donde está la mayor comunidad de paquistaníes del país. Allí di una serie de charlas. Es gente que odia la idea de que "islam" y "fundamentalismo", o "islam" y "ataques suicidas" sean considerados las mismas cosas. Es gente que ama a Dios, que cree que eso es bueno y que los hace, básicamente, muy buenas personas.

-¿Qué misión debe cumplir la gente de la cultura?

-La misión de la cultura es dar el espacio para pensar sobre Bush, el liberalismo, el imperialismo, el islam, estar del lado de la gente que se rehúsa a dejar de opinar, a ser intimidada. Hay que debatir hasta sobre las palabras que se usan. La "guerra contra el terror", el "eje del mal": hay que deconstruir estas ideas todo el tiempo. Para eso existe la cultura: para debatir las ideas y conceptos que nos rodean. Y necesitamos más cultura en un momento como éste, no menos. Necesitamos medios de comunicación, cine, literatura y teatro más profundos y con preocupaciones éticas. Los debates esenciales sólo pueden desarrollarse en el espacio que da la cultura. Son su materia prima y demuestran cómo la cultura se opone tanto a la dominación del materialismo como a la del puritanismo. Si tanto el racismo como el fundamentalismo disminuyen la vida al reducir al otro a una abstracción, porque así es más fácil atacarlo, el esfuerzo de la cultura debe ser mantener al otro vivo, describirlo y celebrarlo en su complejidad.

-¿Cuál es el papel del escritor de ficción?

-Lo único que puede hacer es mostrar cómo los individuos, sus personajes, viven los grandes acontecimientos históricos. Yo no escribiría una historia sobre el bombardeo en Irak porque es una situación muy complicada, que cambia día tras día y para la que es mejor una perspectiva histórica. Pero, definitivamente, escribiría una historia sobre alguien que está preocupado por la guerra en Irak, que teme estar viviendo en un mundo más peligroso. Si no podemos evitar que los individuos crean lo que quieran sobre el otro y proyecten sus fantasías en él, al menos escribiendo podemos contribuir a evitar que los prejuicios se cristalicen hasta volverse una parte aceptable de la cultura.

-¿Qué son exactamente estas fantasías que se proyectan?

-Como el racista, el fundamentalista trabaja sólo con la fantasía. Por ejemplo, están quienes consideran que Occidente es puramente materialista y Oriente puramente religioso. La idea del fundamentalista sobre Occidente, como la idea del racista sobre su víctima, es inmune a cualquier contacto con la realidad. La fantasía del otro también es siempre sexual: Occidente es una orgía sin dios, de copulación inmoral. Si los negros fueron demonizados por los blancos, ahora los blancos son demonizados por los musulmanes militantes. Tienen algo de las parejas que se llevan mal pero que no pueden limitarse a dejar al otro solo: tienen que atacarlo...

-Además de escribir, usted enseña a que otros lo hagan. ¿Por qué?

-Desde comienzos de los años 80, cuando comencé a colaborar con el taller de teatro joven del Royal Court, he desarrollado algún tipo de taller de escritura. ¿Por qué lo hago? Cuando lo pienso, recuerdo un comentario del director cinematográfico Stephen Frears cuando le preguntaron por qué daba clases en una escuela de cine. "Porque nunca nadie me hace las preguntas que me hacen los estudiantes", contestó. Cuando los escritores reconocidos envejecen es fácil que se vuelvan cínicos o se pierdan en sus propios pensamientos o proyectos, rechazando el contacto con cualquier persona distinta de ellos, sin querer cambiar. El taller con jóvenes es una buena cura.

-¿Cuáles han sido sus mejores maestros?

-Los mejores maestros que he tenido, empezando por mi padre, son aquellas personas que saben comunicar su pasión. Si se ponen a hablar de arquitectura, uno de inmediato quiere ser arquitecto. Por eso lo que la gente necesita no es "una buena educación": son buenos maestros. Los maestros son padres sustitutos cuya vocación es despertar su misma pasión en los demás. Cuando uno logra identificarse con esa pasión es que la mejor educación tuvo lugar. A mí, personalmente, me gusta enseñar porque creo que es importante que si uno sabe algo se lo pase a los demás. Sólo cuando uno enseña se da cuenta de lo que sabe y de lo que no sabe. Me interesa el aprendizaje en sí, la psicología que hay detrás de él, porque de chico yo tuve muchos problemas en la escuela: me quedaba estancado y nada me hacía avanzar.

-Incluso lo echaron de la primera universidad a la que asistió...

-En realidad, lo que pasó fue que comencé una relación con una mujer y, aprendiendo cómo es estar con alguien, me olvidé de las clases. Fue una experiencia muy educativa, reconozco, aunque claro, muy traumática para mi padre. No es que descrea de la educación formal: luego retomé mis estudios y terminé la carrera de Filosofía, que también fue fundamental. No es que me interesen las respuestas (si las había, no me las acuerdo), pero sí me interesan las preguntas de la disciplina. Por ejemplo, el tema de si ser bueno te hace feliz es central en la vida de todo hombre. Pero mi interés está sobre todo aplicado a la religión, en particular al islam. Para un musulmán, ser bueno es obedecer a Dios. ¿Pero qué pasa cuando esa máxima deja de servirte, cuando hay un conflicto entre tu deseo y el deseo que ves como divino? ¿Qué hacer entonces? Lo bueno de ser escritor es que uno no tiene que tener la opinión final. Que a través de los personajes puede ir ensayando distintos puntos de vista, distintas vidas. Pero nada se me hubiese ocurrido de no haber estudiado filosofía.

-¿Por qué dice que si bien antes fue un salvaje ahora es un burgués?

-Vivo con mi mujer y mis hijos y sería absurdo que me comportase como un chico de 25 años. Soy burgués y hace falta ser burgués para ser escritor. Cualquier estereotipo contrario es pura fantasía. La mayor parte de los escritores es gente que trabaja muy duramente. Quizá se emborrachen por la noche, pero a la mañana siguiente están sobrios sobre el teclado. Además, hay dos aspectos en la tarea de escritor: la inspiración y ponerla sobre el papel, y luego, toda la parte de la que no se habla, la parte comercial, dar entrevistas, promocionar libros, asegurarse de que haya traducciones a otros idiomas. Si uno tiene que mantener una familia no puede estar corriendo como un salvaje por ahí.

-¿Ahora lee mucho?

-Mi mujer me dijo el otro día: "Te he conocido por años y años y nunca te he visto leyendo un libro". La verdad es que no leo mucho ahora. Si hojeo algo son ensayos, nunca ficción. Si uno se pasa todo el día escribiendo una novela, para distraerse lo último que quiere leer es una novela. Yo solía leer mucho, amaba a los libros. Todavía los amo, en teoría. Pero creo que perdí mucho tiempo leyendo libros en solitario. Ahora disfruto de otras cosas, que, además, me inspiran. Conversar con la gente y mirar a mis hijos crecer están a la cabeza entre esas cosas. No leo a Dostoievski antes de acostarme. Estoy seguro de que alguna gente lo hace, pero a mí lo trivial me gusta porque me vacía la cabeza, y una vez que uno tiene la cabeza vacía empieza a entretenerse con las cosas que lo rodean. También me encanta leer los diarios.

-¿Qué escritores latinoamericanos le gustan?

-Mi generación fue muy influida por los escritores latinoamericanos. Sobre todo por Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes y Borges, aunque a mí, personalmente, Borges fue el que menos me influyó, porque nunca estuve muy interesado en la literatura que habla de sí misma. En cambio, García Márquez me cambió la vida, porque nos dijo que la literatura no estaba muerta y que podíamos volver a contar historias. Historias cada vez más grandes y más vibrantes, romances, con magia. Nos guió de nuevo a la narración y yo le sigo estando agradecido.

Por Juana Libedinsky
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=661140

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Batalla renacentista

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 08-12-2004 00:00:00

Por Sandra Russo

Mi profesora de Literatura de cuarto año era temible. No sabíamos exactamente por qué le teníamos miedo, pero cuando empezaba la hora de Literatura nadie hablaba. Ella entraba al aula prolija del colegio privado, y con ella entraba el silencio más profundo de todos, no el silencio expectante del respeto, sino el del miedo, el que parece sólido porque se lo podría cortar en tajadas. Cuando nos entregaba pruebas, no se limitaba a ponerles un puntaje. Escribía mensajes que a los dieciséis años no éramos capaces de descifrar, pero que eran siempre imperativos y alarmantes. Recuerdo una de mis pruebas, con su caligrafía exaltada ordenándome: “¡Lea a Goethe en alemán! ¡Ya mismo!”. Una de sus obsesiones era el pasaje de la Edad Media al Renacimiento. Se paraba y arengaba: “¿Quién ocupaba el centro de la Edad Media? ¡Dios! ¿Quién ocupaba el centro del Renacimiento? ¡El hombre! ¿Qué renació en el Renacimiento? ¡El pecado!”.
Hasta después de terminar el secundario, yo no había escuchado hablar nunca de la CNU. La Con-certación Nacionalista Universitaria era una agrupación paramilitar que daba apoyo logístico e intelectual a las fuerzas represivas del principio de la dictadura. Mi profesora de Literatura estaba vinculada a la CNU, a la que también estaba ligado un amigo suyo, jefe de la cátedra de Latín de la carrera de Letras de La Plata. En 1978, cursando esa carrera, presencié un brote de ese profesor en plena clase. Nos hizo jurar a noventa alumnos obediencia debida a las Fuerzas Armadas en nombre del Arcángel San Gabriel, y después empezó a gritar: “¡Saquen las armas! ¡Saquen las armas! ¡Vienen los rojos por nosotros!”. Se lo llevaron entre cuatro. Después del episodio, la clase se disolvió en silencio. Nadie sabía qué compañero pertenecía a la CNU. Algunos nos fuimos ese día y no volvimos más.
Lo que aprendí de mi profesora de Literatura de cuarto año y de ese profesor de Latín no fue poco. Los dos me revelaron, cada uno a su modo y por una vía indirecta, que hay un tipo de fanatismo religioso cuya conciencia de sí está adherida a la idea de retaguardia, a una concepción militarizada de la historia y a una paranoia que cada dato objetivo reafirma y retroalimenta. Las obsesiones de mi profesora de Literatura después de todo me ayudaron a comprender el núcleo del pasaje entre la Edad Media y el Renacimiento. El cristianismo había triunfado sobre el Imperio Romano, había erigido durante varios siglos la ingeniería del poder occidental a través de la Iglesia, había subordinado el poder político, cualquiera fuese, a su cosmovisión, que le aseguraba el dominio de las almas de todos. Y entonces llegó el Renacimiento, a desplazar a Dios del centro de la mente humana, a desplegar su iconografía neopagana, a redescubrir el cuerpo y las pasiones. Tenía razón mi profesora de Literatura cuando se inflamaba en clase y se preguntaba: “¿Qué renació en el Renacimiento? ¡El pecado!”.
En realidad, el fin de la Edad Media marcó la primera gran fisura de aquel pensamiento único occidental, que durante casi mil años mantuvo cautivo el psiquismo de millones de personas. Subterráneas, profundas, a veces insospechadas, adentro nuestro corren ideas que nos pertenecen sin pertenecernos. Provienen de una zona de nuestras mentes que nos ha sido expropiada por la cultura cristiana de la que provenimos. Desde allí, desde esos núcleos personales e impersonales al mismo tiempo, San Agustín sigue llamando inmundo a lo que es del mundo. Desde allí viene el eco de la culpa, esa manera que tenemos de examinar nuestros deseos como si fuesen rebatibles, el desprecio por el cuerpo y sus reinados, y sobre todo de allí salen las nociones de lo correcto y lo incorrecto, es decir, nuestra dimensión moral. Sobre esa correa invisible que nos mantiene atados a la vera de una fe que se promueve como absoluta, puso su dedo León Ferrari, justo en el centro de esa llaga. Los poderes nacionales o imperiales o mundiales han ido cambiando de mano y de color, y hemos sido dados a creer que en el poder político o en el poder económico recae el peso de esta civilización que nos contiene. Pero desde el fin de la Edad Media, el otro poder por el que la Iglesia no ha dejado de dar batalla cada día es el que más le interesa. El poder sobre el sujeto.
La Unión Civil entre personas del mismo sexo, la educación sexual en las escuelas, la perspectiva de género, el debate sobre el aborto. La hondura de cada una de estas cuestiones que hoy están en la agenda argentina se comprende desde la pasión innegable con la que son resistidas. Cada una a su modo suelta una rienda, des-sujeta al sujeto. Cada una de ellas implica un movimiento en esa costra de moral cristiana que llevamos tatuada en el psiquismo, seamos o no creyentes. Cada una es una posibilidad de reencuentro con ese mundo del que formamos parte, un mundo no inmundo, un mundo a la medida de nuestras estaturas. La reacción ante estos movimientos es tan fuerte porque la reacción sabe mejor que nadie que debe preservar a toda costa ese pedazo de Edad Media que cada uno lleva en sí.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-44565-2004-12-08.html

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Dos amigas en un jardín

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 05-12-2004 00:00:00

La singular Chloé tiene once años y su hogar en un quincho. Daphnis es su compañera en pequeñas aventuras cotidianas.

BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar

Chloé tiene once años, casi doce, y vive en el quincho de la casa de sus padres. Ha cubierto con colchones y almohadas los veinte metros cuadrados del piso y para entrar hay que sacarse los zapatos. Chloé cocina a la parrilla o, cuando sus padres insisten en invitarla, pasa por el comedor de la casa principal para divertirlos durante dos horas. Va a la escuela, habla por teléfono, lee el Corán, una obra de Ionesco o algún poema de Miguel Hernández, recibe a su amiga Daphnis.

Comparada con Chloé, Daphnis es una chica más del montón, más empeñada en reproducir algo del mundo de los adultos, que Chloé trata con amistad y una ironía tolerante. Pero las dos chicas hablan como si se pudiera discurrir a los costados de las frases hechas.

Los padres de Chloé desearían que ella volviera a dormir en casa, pero tampoco pueden convencerla. En todo, Chloé es maravillosamente extraña, pero también normal, si es que normal quiere decir algo. La televisión no forma parte de su vida (lo cual casi parece una anormalidad), y eso la vuelve interesante e inesperada. A los once años Chloé no está histéricamente sexualizada, como si se tratara de una especie de mujer en miniatura. Más bien parece una chica de hace varias décadas, preocupada por algún compañero de escuela, sin apuro para enamorarse, independiente de las ropas de marca, las modas y las ondas. Es original precisamente porque no está anudada por las convenciones que los niños y los padres importan de los medios y los shoppings. Pasa por ser una alumna excelente, pero se las arregla para copiarse en las pruebas aprovechando la batería de machetes plastificados (sí, plastificados para que no se manchen con la merienda) que preparó uno de sus compañeros. Chloé parece una chica de los años cincuenta con la libertad de una del 2000. Esta mezcla curiosa la convierte en alguien casi irreal y, sin embargo, nada inverosímil. Una tarde, Chloé descubre que puede llegar a desplegar fuerzas excepcionales, sin saber de donde las ha sacado: sorprende a cuatro chicos atacando a un amigo suyo y se transfigura. Minutos después, ante la directora del colegio, despierta de una especie de trance hipnótico para enterarse de que les ha quebrado un hueso y roto algunos dientes.

Esto es misterioso, pero esas cosas pasan con el cuerpo de las chicas de once años, cosas imprevisibles y desconocidas. Quizá por eso, Chloé ha decidido no tener espejos en su casa de almohadones y, cuando necesitaba ver todo su cuerpo, recurre a una polaroid, que le devuelve una imagen borrosa, tranquilizadora en su falta de detalles.

Con su papá y su amiga Daphnis, Chloé va a una playa. En realidad, no se trata de verdaderas vacaciones, sino de una especie de viaje de negocios al que las chicas han llevado sus bikinis deportivas y sus mocasines destrozados. Tiradas en la arena o en las gigantescas camas del hotel, se divierten sin exageración, pelean amistosamente, van al cine o se emborrachan con clericó. En la arena, la conversación de Chloé con su padre tiene la soltura displicente que se sostiene en la inteligencia: "Papá, tenemos que ir a salvar a Daphnis, que se está ahogando en el océano", dice Chloe. "Andá vos primero y fijáte qué podés hacer. Cualquier cosa, si es imprescindible, vos me avisás oportunamente", contesta el padre. Daphnis y Chloé también salen de paseo solas, pequeñas exploraciones. Una vez van a la costanera en colectivo.

Daphnis quiere volver a ver un gato que su familia abandonó allí. Entre los matorrales y las piedras, cree reconocerlo, pero, claro, después de tanto tiempo, no puede estar segura. De pronto, Daphnis sospecha de unos tipos que las están mirando. Las chicas corren hasta encontrar las puertas de un museo. No ha pasado nada, pero Daphnis sintió una amenaza. Hay una grieta en el futuro, así como hay un mundo más allá del jardín de Chloé.

La historia de Daphnis y Chloé la leí en un libro que se llama Hidrografía doméstica y que escribió Gonzalo Castro. Es una novela, claro, y hace pensar que la literatura, a veces, puede golpear la superficie lisa de la repetición.

http://www.clarin.com/diario/2004/12/05/sociedad/s-881364.htm

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

"Coreanos y chinos buscan diseñar aquí su propio destino"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 05-12-2004 00:00:00

CORINA COURTIS, ANTROPOLOGA

Desde hace casi medio siglo, la Argentina recibe "inmigrantes no tradicionales", que provienen de Asia y que son depositarios de los mismos estereotipos y prejuicios que padecían los que llegaban en el XIX.

Claudio Martyniuk
cmartyniuk@clarin.com

Durante el siglo XIX se trató de llenar el país de migrantes europeos. ¿Hubo racismo en esa iniciativa?

—En ese momento, el racismo era una ideología dominante y la raza era pensada como principio organizador de una sociedad. Es sorprendente que el artículo 25 de la Constitución de 1853 —"El Gobierno federal fomentará la inmigración europea"— no fuera reformado en 1994. Pero la migración europea terminó a mediados del siglo XX, aunque hubo intentos de atraerla. En 1994, se acordó brindar un trato especial a migrantes de Europa oriental, mientras se les ponían barreras a los de países vecinos. Por ejemplo, censadas, de la ex Unión Soviética hay unas cuatro mil cien personas.

# Y entre la Segunda Guerra Mundial y ese acuerdo del 94, ¿quiénes vinieron?

—Con el declive de la migración europea salió a luz la inmigración de países limítrofes, que en realidad no es nueva; ya el primer censo la muestra. Era una inmigración temporaria, pendular; venían por trabajos estacionales en las economías regionales. A partir de los 60 sigue el mismo patrón que la migración interna y marcha a Buenos Aires, lo cual generó gran visibilidad. Pero esta migración se mantuvo constante entre un 2,5 y un 3% de nuestra población, desde hace un siglo.

# Y en general, esos migrantes, ¿a qué actividad se han dedicado?

—El éxito de esa migración tiene menos que ver con las calificaciones que se tengan que con los nichos disponibles. Muchos se dedicaron a la construcción y a actividades que los argentinos no querían hacer y que en los últimos tiempos han aceptado. La sensación de competencia tiene que ver con esta aceptación que choca con que hay nativos que están tomando trabajos que antes desechaban. Pero los estudios sobre la veracidad de que "ellos nos sacan los trabajos" indican que si no estuvieran los trabajadores de países vecinos, cambiaría en menos del 1% la situación laboral. Otros estudios muestran lo hecho por los bolivianos en el terreno de la agricultura, que no sólo han desarrollado la horticultura en la provincia de Buenos Aires, sino que crearon cinturones verdes en Córdoba y hasta están cultivando en Ushuaia. Lo interesante es que Argentina siempre pensó en traer campesinos de Europa y menospreció a los bolivianos en esas labores.

# ¿Cuándo arriban los coreanos?

—En la década del cincuenta llegaron unos pocos soldados norcoreanos que tenían la opción de quedarse en Corea del Sur o irse. Después, en el 65, llegan trece familias. Algunas de ellas estaban en la villa de Retiro y después, lentamente, se fueron moviendo hacia el barrio de Flores. En los 70 llegaron más familias.

# ¿Por qué vinieron?

—Después de la Guerra de Corea, en 1953, todo estaba devastado y la tensión política seguía amenazándolos. En los 80 cambia la migración y se firma un acuerdo bilateral, entre Argentina y Corea. Se les pide a los inmigrantes un depósito de treinta mil dólares, que podían reunir porque el milagro coreano estaba en marcha. Muchas familias vinieron buscando mejores condiciones de vida, porque Corea se había convertido en una sociedad muy competitiva y Argentina ofrecía una educación buena. Aunque es verdad que muchos venían para irse después a Estados Unidos, la Meca de todos los inmigrantes.

# ¿Esos treinta mil dólares en depósito se devolvían?

—Sí, cuando se radicaban. Así tenían capital como para empezar algo. Lo más sencillo era la industria textil, en parte porque muchos tenían experiencia. Y la confección fue el nicho económico en el que se insertaron.

# ¿Echaron raíces?

—Muchos dicen que no, que están desarraigados y que no se integraron. Incluso, gente de la misma colectividad hace autocrítica respecto de su proceso de arraigo. Pero se esfuerzan mucho. La cuestión idiomática es grave y Argentina nunca —ni para los coreanos ni para nadie— ha tenido una política de reconocimiento de las otras lenguas que se hablan acá. Y esto se nota en la escuela, porque muchos chicos eran monolingües en coreano cuando entraban a las aulas y tuvieron que aprender a los ponchazos y con sufrimiento.

# ¿Conforman una especie de gueto en el Bajo Flores?

—No es un gueto ni un barrio coreano. Se creó una figura discursiva que intenta darle asidero a la idea de invasión. Las interacciones que se dan muestran lo errado de este prejuicio.

# Con su capacidad económica, ¿por qué optaron por Flores?

—Flores fue el lugar de asentamiento de los migrantes más humildes y antiguos, y ahí se generó un colchón social que fue facilitando la compra de casas en el barrio. Cuando vienen coreanos norteamericanos y van a Flores se quedan helados y dicen: "¡Son pobres!". De todos modos, el ascenso social en la colectividad coreana se mide, en parte, por la salida del barrio, y ya a partir de los 80 hay preferencia por otros lugares.

# ¿Cuántos son?

—En el censo de 2001 hay unos ocho mil. En el 96, la Embajada manejaba cifras de treinta y dos mil coreanos. La disparidad se explica porque la colectividad cuenta a los hijos; aunque estén nacidos acá, para ellos son coreanos. Algunos hablaron de cuarenta mil. Con la crisis quedaron unos quince mil. Ahora muchos están volviendo y hasta vienen nuevos migrantes. Hoy habría unos veinticinco mil.

# ¿Por qué vuelven?

—Hay aprecio por las oportunidades que brinda la Argentina. Además, si alguien tiene capital, los precios son competitivos como para vender afuera y ya están agrandando las dimensiones de los negocios de ropa.

# ¿Cuándo llegaron los chinos?

—En los 60 y 70 vinieron en cuentagotas, y recién en los últimos años se ven ingresos sostenidos. La primera migración es de Taiwán y ahora se empieza a ver de China. Ellos abrieron el nicho de los supermercados, y hoy tienen el 70% de los que hay en la Capital. Y esto porque los pioneros fueron ayudando a otros a entrar, y así amortiguaron las dificultades de la migración. Los ucranianos y rusos no tuvieron ese colchón social. Para los asiáticos, la reciprocidad es directa: yo te ayudo y vos me ayudarás después. Para nosotros tiende a ser indirecta y retardada. Esto se ve en la relación padre-hijo que, acá, funciona así: "A mí me cuida mi madre, yo cuido a mis hijos, todo lo mío va a ser para mis hijos". Pero entre ellos es: "Yo, padre, te cuido a vos y vos, cuando seas grande, me cuidás a mí".

# ¿Los migrantes asiáticos padecen el racismo y la xenofobia como los bolivianos y paraguayos?

—Sí, aunque el cruce de raza y clase haya sido distinto, porque los asiáticos se han insertado en nichos un poco más pudientes. El racismo contra los migrantes de países limítrofes sigue las líneas del clásico racismo contra el mestizo latinoamericano que es histórico en la Argentina.

# ¿Hay parejas mixtas?

—Hay parejas mixtas, pero es difícil que al argentino le gusten los cuerpos asiáticos. Y es especialmente difícil que la mujer argentina se sienta libre de admirar un cuerpo de hombre asiático; en general no encaja con los patrones de belleza que dominan. En muchas entrevistas aparece, sin la etiqueta de discriminación o prejuicio, esta idea de rechazo. "Para qué vamos a salir con mis amigos argentinos si vamos a algún lugar y yo estoy ahí, sin que a nadie le interese", dicen los jóvenes coreanos. Después, en término de los mercados matrimoniales, las colectividades tienen un gran aprecio por la propia gente, así que suele ser difícil que los padres estén contentos de que un hijo o hija quiera casarse con un argentino.

# Con la migración europea la escuela cumplió un rol socializador. ¿Con los asiáticos es igual?

—Yo creo que cumple el mismo rol. La diferencia es que a principios de siglo había mucha diversidad y el objetivo de homogeneizar caía de la misma manera sobre todos. Ahora, ya formada cierta homogeneidad, hay marcas sobre los chicos bolivianos, paraguayos, peruanos, coreanos y chinos.

# ¿Los chicos perciben esa discriminación?

—Sí, aunque muchos no pueden verbalizarlo. Los coreanos y los chinos, en general, tienden a no presentarse como víctimas sino como constructores de su propio destino. Quieren diseñarlo ellos mismos. Están muy presionados para ser exitosos y no mostrar las aristas más difíciles.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/12/05/z-03615.htm

Copyright Clarín, 2004.

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Lo de Ucrania

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 05-12-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

Quien atienda a los medios occidentales en general, a los estadounidenses en particular, y entienda que el enfrentamiento entre los dos Viktor por el gobierno ucraniano es expresión de la lucha por “la libertad y la democracia” contra el reflote de la antigua burocracia soviética, “por el pueblo” y contra “la oligarquía”, corre el riesgo de equivocarse. Mucho. A nivel local, más bien se trata de la disputa por el poder de los diferentes clanes que, con la caída del régimen soviético, se apoderaron con voracidad y velocidad brutales de los diferentes espacios de la economía del país. A nivel internacional, es la continuación por otros medios de la Guerra Fría EE.UU./URSS que W. Bush no piensa abandonar. Tanto el opositor Yuschenko, más amigo de Washington, como el oficialista Yanukovich, más amigo de Moscú, son cuñas del mismo palo. Los dos ocuparon el cargo de primer ministro bajo la larga presidencia de Leonid Kuchma y en materia de corrupción parecen primos hermanos.
Ambos se acusan mutuamente de fraude electoral y esto no sería una novedad en las ex repúblicas soviéticas. Basta mencionar al respecto el plebiscito constitucional que promovió Boris Yeltsin en 1993 y los comicios que le dieron la reelección en 1996. Lo nuevo es que nunca EE.UU. y la Unión Europea se preocuparon tanto por la pureza democrática de las elecciones en esos países. Colin Powell, José Manuel Barroso –presidente de la Comisión Europea– y Jaap de Hoop Schaffer –secretario general de la OTAN– cuestionaron con dureza el proceso que oficialmente no le dio el triunfo a Yuschenko. Barroso amenazó con represalias y Powell, ya tan triste de figura, parece no recordar que su presidente llegó al cargo por primera vez gracias a la manipulación de votos. Occidente tampoco quiere recordar que Yuschenko, cuando fue presidente del Banco Nacional de Ucrania, engañó al FMI y desvió de sus préstamos hacia los capitanes de su grupo 613 millones de dólares que se lavaron en el exterior gracias a la red bancaria secreta heredada del régimen soviético (FMI, comunicado de prensa, 4-5-00; Agencia de Prensa Kiev, 2-6-00; ArtUkraine.com, 16-3-04; Financial Times, 23-11-04). Según el Centro de Investigaciones Políticas y Económicas de Kiev (www.analitik.org.ua), el 60 por ciento de los 14 millones de dólares que Yuschenko habría recibido para su campaña provino del Banco Mundial, la Agencia Internacional de Desarrollo de EE.UU., el Departamento de Estado yanqui, la muy norteamericana National Endowment for Democracy y, entre otras instituciones, por qué no, de la Fundación Vidrodzhenya (“Renacimiento”), que patrocina George Soros, dueño de no escasos intereses en lo que fue la Unión Soviética. Cabe señalar que el mencionado centro ucranio está integrado por varias ONG que apoyan a Yuschenko y que se precian del apoyo internacional recibido.
¿Por qué tanta voluntad occidental por Yuschenko presidente? El investigador británico John Laughland lo explicó en un artículo que la Sanders Research Association dio a conocer el 11-10-04, 20 días antes de las elecciones en Ucrania: “Se han redoblado los esfuerzos para aprovechar los oleoductos que supuestamente deberían transportar petróleo del Caspio a los mercados occidentales. Uno de ellos es el que se extiende desde la ciudad ucrania de Brody hasta Odessa, en el Mar Negro. Este oleoducto estaba inicialmente destinado a llevar a los mercados occidentales el petróleo que EE.UU. controla en los yacimientos del Caspio; en cambio, fue utilizado en beneficio del petróleo ruso, algo que molesta a los norteamericanos. De modo que los estrategas del Nuevo Orden Mundial están decididos a poner a su hombre en el control de Ucrania merced a las elecciones presidenciales del 31 de octubre. Mucha influencia y muy probablemente mucho dinero se están volcando a favor de Viktor Yuschenko... Estos intereses nacionales (de EE.UU.) reciben como siempre el apoyo del poderoso lobby de la nueva política anti Putin”. Entre los influyentes que financian esta urdimbre figuran, según Laughland, Jacob Rotschild y la petrolera Conoco Phillips –a cuya junta directiva perteneció mucho tiempo Condoleezza Rice–, que acaba de concertar una “alianza estratégica” con la empresa rusa privatizada Lukoil, la segunda en importancia del mundo.
Con sed permanente de petróleo y gas natural, Washington no limita sus aspiraciones a dominar Ucrania, le apetecen también el Cáucaso y ciertas repúblicas ex soviéticas de Asia Central ricas en recursos energéticos. La alianza de grupos económicos estadounidenses, euroccidentales y ucranianos propugna el establecimiento de una zona de libre comercio que abarque a Georgia, Uzbekistán, Azerbaiyán, Moldava y, desde luego, a Ucrania, una especie de cerco alrededor de Rusia. Tropas norteamericanas se instalaron ya en Georgia, Uzbekistán y Kirguistán en los últimos dos años.
Hay más: la flota rusa del Mar Negro, por ejemplo, estacionada en Odessa y Sinferopol, puertos en territorio ucranio, que cuenta con 250 unidades de guerra –buques, aviones, helicópteros, tanques, cañones– y 48.000 efectivos y que constituye un factor clave para garantizar la influencia del Kremlin en esas repúblicas de Asia Central. Dicha flota tiene allí sus bases con la anuencia del gobierno ucranio, negociada largamente por los rusos en la década pasada. Moscú sufriría un duro golpe si Kiev se retira del acuerdo. Es algo que W. Bush se propone llevar a cabo por medio de su ahijado político Yuschenko. La Casa Blanca considera que el frente ruso forma parte de “la cuarta guerra mundial” en curso, como definió el ex director de la CIA James Woolsey (CNN, 3-4-03). Según él, la tercera fue la Guerra Fría y reconfortó a los 300 estudiantes que lo escuchaban en Los Angeles con estas palabras de consuelo: “La cuarta guerra mundial será mucho más larga que la primera y la segunda, pero no durará las cuatro décadas que duró la Guerra Fría”. Algo es algo.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-44451-2004-12-05.html

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

"Estas hegemonías terminan mal", dice María Sáenz Quesada

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 04-12-2004 03:40:19

Según la historiadora, es un error creer que sólo los peronistas pueden gobernar

Llegó a la historia casi por mandato de familia. Siempre estuvo presente en su vida y en sus orígenes, que se entroncan con los linajes criollos de las provincias de Buenos Aires y Mendoza.

“Como vieja familia argentina, tuvimos que ver con muchos acontecimientos. Nuestros antepasados fueron actores secundarios, pero importantes en el relato de la patria”, dice la historiadora María Sáenz Quesada. Desde muy joven ella abordó la disciplina con una mezcla de curiosidad y ansiedad por entender el sentir de aquellas viejas familias, como la suya, que se iban viendo arrinconadas por el paso arrollador de la inmigración.

“Son interrogantes que se me fueron metiendo desde la infancia. Además, mi padre, Héctor Sáenz y Quesada, era historiador. Actuaba en el nacionalismo católico. Era de derecha. Yo, de alguna manera, tuve que reaccionar frente a todo eso y hacer mi propio cuadro de reflexión”, señala.

La historiadora se graduó en la Universidad del Salvador y se especializó en la divulgación de la historia argentina y latinoamericana. Desde 1985 se desempeña como subdirectora de la revista Todo es Historia, que dirige Félix Luna. Está casada con el abogado entrerriano Dardo Tuler. Autora de best sellers históricos como "Los estancieros" y "Mariquita Sánchez, vida política y sentimental" -por cuyo éxito arrollador se dice que el entonces jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires Fernando de la Rúa la convocó en 1996 para ser secretaria de Cultura-, Sáenz Quesada ha conseguido, sin duda, lo que se propuso hace ya unos cuantos años: volver más comprensible la historia argentina para sus compatriotas. Pero, además, lo logra con un perfecto equilibrio entre el rigor investigativo y el vuelo literario.

-Usted abordó en uno de sus libros a María Estela Martínez de Perón, una asignatura pendiente en el estudio de nuestra historia. ¿Por qué cree que ha habido tan poca reflexión sobre un capítulo trágico de nuestro pasado reciente?

-Me parece que el de Isabel es un tema que a la gente no le gusta recordar, que se ha ocultado tras el velo del ridículo y de la demonización de su entorno. Esa demonización y esa ridiculización resultan una respuesta tranquilizadora, que tapa todo. No nos olvidemos de que en el gobierno de Isabel hubo una enorme cuota de participación popular. Isabel formó parte de la fórmula Perón-Perón, que votó el 62 por ciento de la población. Eso no fue algo que nos pasó sin que nos diéramos cuenta.

-¿Por qué una mujer sin la preparación adecuada y con influencias espiritistas y de personajes conflictivos, como José López Rega, gobernó la Argentina durante casi dos años?

-Eso no se puede entender desde la lógica de las instituciones republicanas, sino desde la lógica del palacio. Perón se sentía el único centro. Durante sus dos primeros gobiernos apartó a las figuras que podían hacerle alguna sombra, como Mercante o Bramuglia. Cuando vuelve, en el 73, se lo mira como a una suerte de mago que puede ser árbitro en todos los conflictos y pacificar a una sociedad que se ha vuelto muy violenta. Cuando llega el momento de elegir compañero de fórmula, no piensa en algún representante del peronismo histórico, ni siquiera en el binomio Perón-Balbín, que hubiera sido más lógico. La elección recae en su mujer. Yo creo que es una decisión consciente y autónoma de Perón, que responde a una lógica de personalismo exacerbado. El no piensa en el futuro: piensa en resolver la interna con más de sí mismo, es decir, con su mujer. Pero, por estar gravemente enfermo, lo que logró fue abrir un capítulo terrible de la historia argentina.

-¿Fue, a su entender, una de las etapas más violentas de nuestra historia?

-Yo creo que hay que ver los años 70 como un todo, con gobiernos militares y con una democracia muy frágil cuando la hubo, sin la menor vocación por construir consensos y sin tolerancia. El peronismo no tenía una tradición democrática, sino caudillesca. Durante muchos años la propia proscripción del peronismo jugó en contra. Había también muchas culpas y responsabilidades en la forma en que se había hecho política contra el peronismo. Todo eso se fue dando en un marco en el que el modelo del castrismo cubano estaba muy arraigado en la juventud. No era algo nostálgico, como ahora.

-¿Cree que los males de la Argentina pasan por el peronismo?

-No, en absoluto. Sería tan erróneo como decir que sólo los peronistas pueden gobernar en la Argentina. Ese es un discurso que se impuso en la crisis de 2001-2002 y que se ha instalado incluso entre los intelectuales, pero que a mí me parece peligroso. El fin desdichado de Alfonsín y el final caótico de De la Rúa reforzaron esa idea, pero uno debe preguntarse si quienes formaban la oposición tenían ganas de colaborar para que no se destruyera aquello que se estaba construyendo con tanta dificultad, es decir, los gobiernos con alternancia. El peronismo debería haber ayudado para que la Alianza pudiera terminar su mandato. La historia nos enseña que estas hegemonías terminan mal. Si no hay alternancia, es muy difícil imaginar un futuro en democracia.

-¿Hubo similitudes entre la crisis de los años 70 y diciembre de 2001?

-La diferencia es que ahora el arbitraje militar ya no existe. Las Fuerzas Armadas se desarrollan sin que nadie las llame y sin que ellas se agiten. Esta es una diferencia importante. Tampoco hay organizaciones armadas tan evidentes como en los años 70. En cuanto a la similitud, yo creo que la principal es esa ansiedad por no querer buscar soluciones permanentes.

-¿También hubo ansiedad en la Revolución Libertadora, tema en el que usted está trabajando?

-Yo creo que fue un gran error recurrir a las Fuerzas Armadas para derrocar a Perón. Había una gran resistencia estudiantil universitaria, también de los católicos, y ese tipo de resistencia pacífica hubiera sido mejor que las bombas y los fusilamientos. Este golpe -que fue cívico-militar y en eso se diferenció de otros- tuvo también esa impronta de impaciencia tan ejercitada por los argentinos, que nos lleva a borrar todo lo hecho, a reemplazar de un día para otro al gobernante que ha perdido consenso o fuerza y que, en este caso particular, sin duda había cometido muchos errores en la búsqueda de un poder absoluto incompatible con la democracia.

-¿Qué enseñanzas nos dejaron los hechos de la conflictiva historia política de hace treinta años?

-Hay que reconocer que la violencia política como recurso ha sido desterrada. Se valoran los derechos humanos y la democracia. Pero si se trata de comparar a la sociedad de entonces con la de ahora en cuanto al bienestar y a la distribución del ingreso, lamentablemente tenemos que reconocer que estamos peor que entonces.

-¿Se puede consolidar la democracia con fragmentación social y educacional?

-Es el peor de los escenarios para consolidar la democracia. Afortunadamente, la democracia sigue, pero con instituciones muy débiles, con creciente acumulación de poder en el Ejecutivo, con una corrupción que no ha desaparecido.

-¿Le gusta Kirchner?

-Lo que tiene de positivo es que se muestra cómodo en el poder, que le gusta tomar decisiones, lo que ha permitido reconstruir la autoridad presidencial. El peligro es que la concentración del poder en un reducido círculo de su absoluta confianza derive en una parálisis voluntaria del Congreso. Hay un desconcierto de la oposición que favorece esta concentración de poder. Además, veo una sobreactuación en esa confrontación permanente y en esa cosa de presentarse como nuevo cuando, en realidad, él y su gente tienen una historia bien enraizada en las décadas del 80 y el 90. No han aparecido ahora; no nacieron de un repollo.

-¿Podremos recuperar el orgullo de ser argentinos, superar la frustración de comparar la realidad actual con la de cuando éramos granero del mundo?

-A mí esa visión siempre me pareció un poco exagerada. Tenemos que ser más modestos. Si me preguntan de qué modo me gustaría recuperar el orgullo de ser argentina, diría que a partir del modelo de una república sencilla, democrática, con sentido republicano y con una ciudadanía dispuesta a exigir lo mejor de sus gobernantes. De modo que creo que es ese país el que tenemos que construir, pensando, más que en la Argentina rica de 1910, en aquella Argentina original de 1810, en la que todo estaba por hacerse.

Por Carmen María Ramos
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=659961

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

"En 2050 habrá un gobierno mundial", asegura Jacques Attali

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 01-12-2004 03:38:55

El ex asesor de Mitterrand pronostica la concentración de las decisiones globales

PARIS.– Se ha dicho que Jacques Attali es una suerte de Maimónides del siglo XXI. Como el gran sabio judío de la Edad Media tiene una inteligencia poderosa, que lo ha convertido en uno de los intelectuales europeos más brillantes de su generación. El ex asesor especial de François Mitterrand durante diez años y primer presidente del Banco Europeo de Desarrollo (BED) es capaz de resolver en media hora lo que otros no consiguen en tres años. Como no necesita dormir más de cuatro horas por noche también encuentra tiempo para escribir novelas, ensayos, piezas de teatro y crónicas y ha pasado la vida vaticinando lo que sucederá en el futuro con el planeta.

“Son sólo quimeras”, dicen sus adversarios. Sin embargo, las utopías de este hombre que acaba de cumplir 60 años, hijo de un joyero sefardí nacido en Argelia, suelen convertirse en realidad.

“La tragedia conmigo es que cuando digo que voy a hacer algo termino por hacerlo”, suele bromear.

Eso sucedió cuando se le metió en la cabeza que era hora de poner sus conocimientos y sus recursos al servicio de los más pobres. En pocos meses creó una federación planetaria de organismos de microfinanzas, los “bancos de los pobres”, que, en este momento, ayudan a salir de la miseria a 65 millones de personas.

–Usted conoce perfectamente América latina porque fue asesor del gobierno mexicano.

–Más que eso. Nuestro emprendimiento, Planet Finance, tiene una oficina en México y otra en Brasil. Y espero que pronto podamos abrir unaen la Argentina. Nuestro director general estuvo recientemente en su país con ese objetivo.

-Entre las numerosas formas de definirlo, ¿podríamos decir que usted es un defensor de la buena globalización?

-Digamos que soy muy hostil a las civilizaciones que se vuelcan sobre sí mismas y también a la globalización anárquica, pero pienso que una mundialización gobernada es una buena cosa, que un mundo unido y reunido podría ser excelente.

-¿Es ésa la globalización que nos espera?

-No, para nada. Lo más probable es que esa globalización sea anárquica, que los pueblos la rechacen y que volvamos al proteccionismo. Hubo en los últimos tres siglos tres tentativas de globalización: a fines del XVIII, a fines del XIX y entre las dos guerras. Esos intentos fracasaron por culpa del proteccionismo, que condujo a la guerra y a la violencia. Creo que esa globalización anárquica bajo dominación estadounidense será rechazada por los pueblos. Espero que no lo hagan para regresar al proteccionismo antiguo, que fue un desastre, sino para poner en su lugar un verdadero gobierno mundial que asegure el desarrollo equilibrado del planeta.

-Para usted, el individuo que vivirá en ese nuevo mundo será un hombre nómada. También vaticina un cambio de naturaleza del trabajo y de la educación...

-Estamos viviendo un período en el cual está desapareciendo lo que mucha gente creía ver como la verdadera naturaleza humana, es decir, la vida sedentaria organizada en torno de naciones con fronteras, con gente que vive en el mismo país durante siglos. Estamos regresando a lo que existía antes, hace cinco mil años, cuando los hombres eran nómadas. El valor dominante de las sociedades actuales es la libertad. El hombre podría haber escogido otros valores dominantes -la igualdad, la responsabilidad, la lealtad, la virtud-, pero escogió la libertad, incluyendo, desde luego, sus mecanismos: el mercado, en la economía, y la democracia, en política. Una de sus dimensiones es la libertad de movimiento. Viajar también es fundamental para la política: el primer reclamo contra una dictadura es el derecho a partir, a escapar, a exiliarse, a salir y a volver. Las democracias -que son, irónicamente, hijas de sociedades agrarias, totalitarias, sedentarias- harán explotar eso mismo que las hizo nacer. Un poco como los hijos con sus padres. Creo que estamos viendo cerrarse el paréntesis sedentario.

-Pero no todos los hombres pueden permitirse el lujo de ir de aquí para allá cuando les da la gana. Fíjese, por ejemplo, en las dificultades de los ciudadanos de los países del Sur para emigrar hacia el Norte...

-Es verdad. Hoy tenemos tres formas de nomadismo. Primero, los nómadas ricos, que tienen acceso a las tecnologías del movimiento. El segundo grupo está formado por 3000 o 4000 millones de individuos que deben moverse sin cesar para poder comer y sobrevivir, que van del campo a la ciudad, de la ciudad a otro país y que, con enormes dificultades, cada vez se mueven más. Y, entre los dos, hay mil millones de personas de clase media, que son los lectores de nuestros diarios, los consumidores de productos masivos, un poco auténticos nómadas, porque viajan por razones turísticas, y un poco al límite del nomadismo de miseria, porque a veces pierden sus trabajos y se ven obligados a moverse. Esas tres formas de nomadismo provocan reacciones en las sociedades: una reacción proteccionista y una reacción fundamentalista. Esta última significa, simplemente, un retorno a los valores de la inmortalidad en detrimento del valor de la libertad, condenada por los integristas.

-En uno de sus libros, "El vendrá", consagrado al mesianismo, usted decía que el siglo XXI sería religioso o no sería. Si cambiamos "religioso" por "integrista", no pudo haber estado más acertado...

-Porque el hombre siente la necesidad de darle un sentido a su vida. ¿Qué significa en nuestras sociedades la libertad? La libertad es tener el derecho de cambiar de vida. Y quien dice "derecho a cambiar la vida" dice "reversibilidad", es decir, "precariedad". Muy poca gente se da cuenta de que el otro nombre de la libertad es precariedad. Cuando decimos que nuestras sociedades producen empresas precarias, trabajo precario, parejas precarias, objetos precarios, sin saberlo, nos estamos refiriendo a un aspecto estructurante del valor dominante en nuestro modo de vida: la libertad implica precariedad. Como reacción a esa precariedad, ya que ninguna sociedad puede durar sin dar sentido al esfuerzo, hay una búsqueda a largo término. Esa búsqueda se orienta hacia las dictaduras, hacia las sectas, hacia lo religioso o hacia una verdadera agenda democrática de largo plazo. La gran dificultad de hoy es cómo encontrar un verdadero proyecto de largo plazo que le dé sentido a la democracia y a la sociedad laica. Ese proyecto de largo plazo es la constitución de un planeta unido con un gobierno mundial, donde cada uno tenga su sitio y tenga los medios para realizar su sueño.

-¿Ese gobierno mundial tendría que pasar por las Naciones Unidas?

-Hay una forma muy simple, que es fusionar el Consejo de Seguridad de la ONU con el G-8: que todos los miembros del Consejo de Seguridad estén en el G-8, y viceversa. Naturalmente será necesario agregar a América latina, que no está en ninguno de los dos. Y a Africa. En segundo lugar, habrá que someterle el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio (OMC), para darle al Consejo de Seguridad una nueva legitimidad. Tercero, cambiar los estatutos del Consejo de Seguridad, para que todos los países puedan participar en las decisiones. Esto se puede hacer en diez minutos. No es demasiado complicado. A partir de ese momento habría un gobierno mundial. Se lo podría llamar de otro modo, para no darle miedo a la gente, pero tendríamos una auténtica estructura de gobierno.

-¿Para qué fusionar tantas estructuras? ¿No bastaría con reformarlas para que funcionaran mejor?

-Hoy, el G-8 y el Consejo de Seguridad son puntos de enfrentamiento entre naciones. Cada una trata de sacar el mayor beneficio para sí misma. En el caso de un gobierno mundial, ya no serían las naciones las que se enfrentarían para obtener la mejor parte de la torta. Se trataría de hombres que, reunidos, reflexionarían sobre la forma de hallar lo mejor para el planeta. Pasaríamos, así, del multilateralismo a la soberanía planetaria. Actualmente estamos muy lejos de ello, pero ése es el salto cualitativo que hay que dar.

-¿Pero qué pasaría con la soberanía de los Estados?

-El actual proceso de construcción europea muestra que es posible crear una entidad con varios niveles en la cual coexistan las soberanías nacionales con una estructura supranacional. Por eso la construcción europea es tan importante. No sólo para los europeos, sino porque es una especie de laboratorio de lo que conviene hacer a escala planetaria.

-Según usted, entonces, la constitución de bloques de naciones, como el Mercosur, es fundamental...

-Así es. Los bloques permitirán construir progresivamente una estructura global.

-¿Cuántas son las personas que, en su nivel, comparten esta idea?

-Hay mucha gente que comienza a murmurar que es una hipótesis seria. Estoy convencido de que será una realidad dentro de 50 años. La cuestión es saber si existirá antes de una guerra, en lugar de una guerra o después de una guerra...

-Como asesor especial del presidente Mitterrand, usted organizó once reuniones del G-8. ¿Sirven para algo esas cumbres?

-Siempre: ahora y antes. El G-8 es el único sitio donde los grandes del mundo hablan durante todo el año. Sin el G-8, el mundo sería aún más caótico de lo que es.

-En ese nuevo planeta que usted anuncia, con un gobierno mundial, los hombres no tendrían más oficinas ni empresas...

-Creo que, con el tiempo, los hombres serán empleados de sí mismos, porque las empresas están desapareciendo físicamente. La gente trabaja en sus casas o en entidades diversas, y los individuos tendrán cada vez más una especie de multipertenencia a distintas empresas y a diferentes profesiones y deberán administrar sus vidas como si ellos mismos fueran empresarios. Esto planteará a las empresas una cantidad de problemas, porque la gente habrá dejado de ser fiel a sus empleadores para serlo a sí misma. Creo que cada vez más emergerá la idea de que cada uno dispone individualmente de su herramienta de trabajo: lo que se tiene en la cabeza, lo que se aprende, que será la clave. Aprender a aprender será la principal riqueza. Después, el desarrollo se realizará mediante contactos entre esos individuos que producirán solos o en red. A veces pienso, como ejemplo, lo que sucede en el ambiente del espectáculo. Para hacer un film se escogen las capacidades, se las reúne en torno de un proyecto (montajistas, actores, escritores, directores, productores, financistas) y cuando se termina, éstos se separan. Las empresas de mañana serán, sobre todo, así. Serán rarísimas las empresas tradicionales que podrán perdurar.

-Explíqueme su concepto de autoeducación, de escuela del futuro.

-Esto sucederá gracias a las nuevas tecnologías. Cada uno podrá aprender solo, en su casa, como lo permiten ahora ciertos casetes o CD-ROM. Como esto en parte reemplazará -y no sólo completará- la enseñanza directa de los profesores, la educación dejará de ser un gasto para la sociedad y se transformará en una fuente de ingresos para la industria del saber. Pero para que esto funcione la sociedad deberá pagarles a aquellos que se forman. En la autoeducación, el consumidor se vuelve, a la vez, un producto de consumo. Formarse ya no será un consumo, sino un trabajo socialmente útil. Y cada uno deberá recibir un salario por ello. Cada autoformación merecerá un salario.

-¿Y la gente que no tiene nada, ni posibilidades de aprender ni de hacer contactos?

-Esa gente, que es la inmensa mayoría, podrá también crear sus empresas unipersonales y obtener los medios para asegurar su existencia si la humanidad, en su conjunto, lo decide. Para que así sea, es verdad, son necesarios muchos medios; no los de la caridad, sino aquellos que permiten confiar en el otro. Hay que darles a los más pobres los medios para concretar sus sueños, para crear sus propios empleos. Lo que yo digo es posible. En Planet Finance hemos logrado en pocos años que 60 millones de personas en el mundo obtuvieran los medios para crear sus propios empleos dándoles lo necesario sin pedirles nada como garantía. Funciona muy bien, sobre todo con las mujeres. Dentro de cinco años más habremos llegado a 300 millones de jefes de familia con estos proyectos.

-Usted es un humanista, pero ¿cuál es la ventaja, para el mundo del dinero, de hacer una cosa semejante?

-Mire: los ricos tienen interés en hacerlo porque es la única manera de evitar que el mundo les estalle en la cara. Deben evitar la violencia, porque la miseria es fuente de violencia y de frustración. La segunda razón, aunque a usted no le guste, es comercial: los pobres son un mercado. Las empresas comenzarán a comprender que es idiota pelearse para compartir un mercado de 800 millones de personas solventes cuando hay 4000 millones de pobres que sólo piden poder consumir.

-¿Y cómo ve usted a América latina en ese nuevo planeta?

-América latina tiene una reputación muy inferior a su realidad. No sólo es una región llena de promesas, sino que está en pleno desarrollo demográfico y económico. La tasa de crecimiento de América latina es dos veces la de Europa. América latina encontrará definitivamente su camino cuando comprenda lo que Europa tardó mucho en advertir: que es fundamental tener instituciones estables, evidentemente, democráticas, que hay que combatir la corrupción por todos los medios. En consecuencia, que son fundamentales las conexiones viales, ferroviarias, aéreas, el fin de los derechos de aduana, la emergencia de un verdadero Mercosur. Esto América latina aún no lo ha comprendido. Todos los demás, sí.

-Gobierno mundial, una humanidad generosa y solidaria, trabajo para todo el mundo, una América latina recuperada y en marcha... ¿Usted cree que es verdaderamente posible?

-Los seres humanos no somos espectadores de un partido de fútbol. Somos los jugadores. Yo nunca me pregunto quién va a ganar el partido, sino cómo hacer para jugarlo. Y para ganar.

Por Luisa Corradini
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=658930

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

LaInformacion.com lainformacion.com - Medio Oficial de los Premios Bitacoras 2009