El polémico escritor inglés Martin Amis analiza el nuevo escenario internacional
LONDRES.– La casa de Martin Amis en Primrose Hill es el sueño del escritor. Espacios amplios y luminosos en un barrio arbolado, paredes y paredes recubiertas de bibliotecas, hasta un pequeño jardín y, enfrente, las flores multicolores de la célebre Colina de las Prímulas, uno de los puntos naturales más altos de la ciudad, desde donde se domina el valle del Támesis.
Amis, sin embargo, pasa gran parte del año lejos de Primrose Hill. El verano último se instaló en una casa de José Ignacio, en Uruguay, y asegura que nada extrañaba allí “salvo, claro, amigos y familia”. “Es que el año que pasé en José Ignacio fue excepcional –aclara–. No he conocido gente más encantadora y civilizada que los uruguayos.”
No parece pensar lo mismo de los argentinos. Al menos, no lo pensaba cuando escribió un artículo sobre Diego Maradona para el diario británico The Guardian, reproducido por LA NACION hace unas semanas. Allí sostenía que los argentinos tienen las peores características del histórico número diez de su selección de fútbol.
Una de las respuestas más duras llegó a través de una nota de opinión de Roberto Guareschi, publicada también en estas páginas. "La leí por encima. No hay mucho que yo pueda decir. Su queja es la que se puede hacer contra cualquier tipo de generalización. Obviamente, siempre hay magníficas excepciones: mis amigos argentinos son gente fantástica. Ellos mismos me reconocieron que estaban de acuerdo con mucho de lo que yo puse y bromeaban al respecto. El mundo sería muy aburrido si no se pudiera generalizar", dijo.
Martin Amis no es un escritor que, particularmente, le huya a las polémicas. Considerado una de las plumas más brillantes de su generación por su trabajo de ficción (clásicos como "The Rachel Papers, "London Fields", "Money", "Time´s Arrow" y "Yellow Dog", una novela satírica y humorística aún no traducida) y por sus ensayos, ha abordado temas tan duros como el Holocausto ("Time´s Arrow") y el estalinismo ("Koba el temible"). Este último libro -cuya versión en español presentó Amis recientemente en Madrid- denuncia el doble discurso con el que la izquierda suele juzgar las atrocidades cometidas por el dictador soviético frente a los horrores del nazismo. Fue el que levantó la polvareda más reciente.
Ahora Amis ha decidido saltar a otro tema complicado. Después de varios años de investigación, en sus meses en la costa atlántica junto con su mujer -la escritora uruguayo-norteamericana Isabel Fonseca- y sus dos pequeñas hijas, terminó una novela y una serie de cuentos cortos sobre el fundamentalismo islámico. Claro que, por ser Martin Amis, la forma de enfocarlo fue a través de la crisis de la masculinidad, una constante que explora en su trabajo.
"Pero es la primera en que siento cierto temor por lo que pueden ser las repercusiones", confesó a LA NACION.
-¿Por qué cree que la crisis de la masculinidad es una de las claves para entender el fundamentalismo islámico?
-Los hombres somos muy sugestionables y estamos hablando de sociedades donde al hombre se lo trata como a un semidiós, mientras que las mujeres no cuentan y son analfabetas. Al crecer, vemos a nuestras hermanas, a las madres y a las abuelas, y sólo por ser hombres es inevitable sentir que se ha recibido algún tipo de gracia divina. Ahora, estos mismos hombres después miran alrededor y esa potencia que sienten en sí mismos no la ven traducida en la realidad política, en sus países débiles y corruptos, que son una ofensa a la idea de justicia universal del islam. Y eso es una gran humillación. En Occidente no entendemos la humillación como la siente esta gente tan oprimida. Es algo aguado, en comparación. El fundamentalismo islámico se entiende, de alguna manera, por esta tensión entre el sentimiento de omnipotencia de los hombres y la inhabilidad de transformarlo en poder político. Es una reacción a siglos de hombres humillados. Ya tras perder la Alhambra, quedó la célebre frase de la madre del sultán, que le dijo: "No llores como mujer por lo que no supiste defender como hombre".
-¿Fue muy distinto escribir sobre la masculinidad y el fundamentalismo islámico que escribir sobre la masculinidad en las sociedades urbanas occidentales, su tema habitual?
-No hubo una diferencia cualitativa, pero sí de grado. Es un tipo de masculinidad que yo nunca había visto en mi vida, su versión más extrema. La masculinidad siempre ha sido mi tema y la he explorado en otros cultos a la muerte, como el nazismo o el comunismo bolchevique, pero nunca vi algo tan radical en el sentido de que no hubiera más objetivo que la guerra. Por supuesto que estamos hablando de la versión más extrema del islam, que sólo usa la religión como un pretexto y como arsenal. Dejemos bien claro que el islam tiene un ideal mucho más noble, con el cual esta gente no está conectada.
-¿Qué pasos le parecería fundamental dar para encaminar la situación?
-Aliviar la pobreza y el desempleo en estos países sería muy importante. Sin embargo, entre los fundamentalistas militantes se ha llegado a un punto en que la mezcla de soberbia, odio y lástima hacia sí mismos los lleva a actuar independientemente de los hechos de la realidad. Pero también creo que la sangre y el dinero invertidos en la guerra de Irak hubiese sido mejor usado en las mentes y los corazones de las mujeres de la sociedad islámica, que es donde veo que puede haber una esperanza de cambio.
-¿Qué papel deberían jugar los intelectuales de Occidente?
-Yo creo que gradualmente en Occidente nos estamos dando cuenta de que ésta es una guerra filosófica tanto como una guerra militar. Del otro lado también hay un elemento altamente intelectual y apasionado con el que tiene que haber un encuentro cultural, un intercambio de ideas más fluido. Debemos ponernos de acuerdo en que estamos en desacuerdo en muchos temas, y trabajar a partir de eso.
-¿Es optimista o pesimista respecto del futuro del conflicto entre palestinos e israelíes tras la muerte de Arafat?
-Es muy temprano para saberlo. Los palestinos bien podrían haberse caído de la memoria histórica sin él, pero, sin duda, Arafat fue el gurú del terrorismo moderno. Lo llevó a un nuevo nivel, sobre todo en cuanto al uso de los medios de comunicación.
-¿Cuál cree que es el papel que debería tener Inglaterra, su país natal, en el conflicto de Medio Oriente?
-¿Papel? ¿Inglaterra? Nosotros no contamos para nada. El mayor regalo de Tony Blair a los norteamericanos fue haber dicho "vamos a la guerra" con acento inglés, para que se sintieran acompañados. Nuestro primer ministro no tiene ningún tipo de influencia sobre Bush, aunque él quiera creer lo contrario. La Unión Europea, en cambio, sí puede ser vista como un nucleamiento que acumuló cierto poder político, pero no debemos olvidar que Europa es un gigante económico, pero un ratón diplomático y una hormiguita militar.
-¿Cree que con el nuevo mandato de Bush se acrecentará la brecha entre Estados Unidos y Europa?
-Lo veo como inevitable. Probablemente el proceso se hubiera retrasado algo de haber ganado Kerry, pero, en realidad, no hay mucho que se pueda hacer. A los Estados Unidos, simplemente, la vieja Europa les queda cada vez más chica.
-Usted ha vivido mucho tiempo en Estados Unidos y es conocida su convicción demócrata. ¿Le gustaría que Kerry se volviera a postular?
-Sí, pero no me parece que él, ni Hillary Clinton, que también es vista como una intelectual del nordeste de Estados Unidos, puedan tener oportunidad alguna. Edwards, en cambio, que es del Sur, puede "venderse" mejor como "el hombre común y corriente". Los norteamericanos quieren un presidente que sea como ellos y Bush hizo un trabajo excelente al presentarse como el hombre con el que podrían ir a tomar una cerveza? Claro que nunca podrían, porque Bush no puede ni acercarse a una botella, pero bueno, ése es otro tema.
-¿Cuán afectado está por el resultado de las elecciones? ¿Hay algún candidato republicano en el que tenga esperanzas?
-En la era Bush, lo que yo veo como imperdonable es que se esté en camino de erosionar la separación entre Iglesia y Estado y que las minorías sean las que van a sufrir por ello. Para las próximas elecciones, si bien ha sido planteado, veo difícil un cambio en la Constitución que permita que alguien que nació en el extranjero, como Schwarzenegger, pueda postularse. Más bien veo a Jeb Bush, el hermano del presidente, como candidato de los republicanos. Estamos retrocediendo siglos, para pasar a ser gobernados por dinastías, como en la India.
-Muchos intelectuales se comprometieron en estas elecciones con Kerry. ¿Cree que sirvió para algo?
-Yo veo el resultado como un voto contra los intelectuales. Con su apoyo a temas como el casamiento entre parejas homosexuales, la oposición a la guerra de Irak y demás, el activismo de los intelectuales a Kerry lo afectó más de lo que podría haber ayudado.
-Usted también terminó hace poco el guión para una película sobre "Northanger Abbey", la única novela de Jane Austen que aún no fue llevada al cine. ¿Es parte de lo que la revista People llamó "el momento Jane Austen"?
-No en mi caso. Ya escribí muchas veces sobre ella y que este guión efectivamente se convierta en película, bueno, ésa ya es otra historia que puede o no pasar. La industria cinematográfica es muy complicada. Pero al volver sobre Austen redescubrí algo que quizá no sea tan conocido, pero que es realmente brillante: lo último que dijo. En general, las últimas palabras de las grandes figuras son malísimas. Uno se pregunta por qué no se murieron unos instantes antes, para evitarlas. Pero Jane Austen fue distinta. Cuando su hermana se acercó a su lecho y le preguntó si había algo que quisiese, ella le contestó: "Nada más que la muerte". Me parece la mejor manera de irse.
-Usted dijo recientemente que en la medida en que uno se hace mayor, se da cuenta de que todas esas cosas, premios, reseñas, adelantos de libros, es puro espectáculo y que la verdadera acción comienza con el propio obituario. ¿Eso lo tranquiliza?
-Que la verdadera acción comience con el obituario me parece un destino satisfactoriamente equilibrado, porque uno no va a estar por acá dando vueltas para ver la respuesta, sea ésta positiva o negativa. Creo que eso lo mantiene a uno en la honestidad. A mí me gustaría ser recordado como alguien que mantuvo, como en el caso de "Yellow Dog", la novela humorística viva por, al menos, una generación más.
-Cree que el humor en la literatura está en peligro, ¿verdad?
-Me parece que la novela humorística está en retroceso. Una broma es, por definición, políticamente incorrecta. Supone una víctima y cierta superioridad de quien la cuenta. Una cultura democratizadora como la nuestra no lo tolerará mucho tiempo más, salvo que haya una gigantesca crisis económica en Occidente que desestabilice todo.
-¿Y no se viene alguna novela sobre Uruguay? ¿No se inspira en el paisaje que lo rodea?
-Para nada. Viví durante 40 años en Londres y siempre consideré que era algo bueno, si uno escribe historias urbanas, salir y mezclarse con la ciudad. Pero a medida que uno se vuelve más viejo le queda tal reserva en su cabeza que, si bien no es despreciable, ya no hace falta la experiencia directa.
Por Juana Libedinsky
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=656814