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"Siempre esperamos ganar la lotería", dice Rodolfo Terragno

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 13-11-2004 16:27:22

Según el senador, vivimos de ilusiones

Dice que hoy no hay peronismo, sino una diáspora. Que creemos más en los efectos de corto plazo que en las advertencias con plazo fijo. Y que no aprendemos de nuestros errores. “Hay algo que continúa presente en nuestra sociedad, algo que no nos abandona: tenemos la ilusión de que la Argentina se gane la lotería”, concluye Rodolfo Terragno.

La lotería pudo llamarse convertibilidad, en un momento, o Primer Mundo, en otro. Puede llamarse inversiones fabulosas de China, hoy. Y podrá llamarse hache pasado mañana. Llámese como se llame, la lotería, según Terragno, sugiere que “no entendemos que la riqueza no está determinada por lo que se tiene, sino por la capacidad de multiplicarlo”.

En su despacho del Congreso, el senador radical independiente por la ciudad de Buenos Aires –que fue ministro de Obras Públicas en 1987, con Raúl Alfonsín, y jefe de Gabinete en 1999 y 2000, con Fernando de la Rúa, así como presidente de la UCR de 1995 a 1997 y diputado en dos ocasiones, de 1993 a 1995 y de 1997 a 1999– dijo a LA NACION, mate cocido de por medio: “Esa permanente búsqueda de la solución mágica va demorándonos en las verdaderas soluciones”.

Terragno, abogado, escritor, periodista y profesor universitario galardonado por los gobiernos de Francia y de Italia, tiene en su haber una serie de discusiones con el ex ministro Domingo Cavallo, desde 1993, por la salida de la convertibilidad. “Yo tenía la sensación de lo que decía Hume que le pasaba a Berkeley: que sus argumentos no admitían la menor réplica ni producían la menor convicción", recuerda. Y piensa que por discrepar con sus pares de la Alianza sobre ese tema no fue presidente de la Nación.

Está por cumplir 61 años, el martes, y preparando dos libros. Terminará en el verano uno, "Historia y futuro de las Malvinas"; el otro, "El peronismo de los 70", aparecerá en febrero. En ambos, como en los anteriores, confiesa que apeló a su método: "Dudar de todo lo que creo y de todo lo que leo; empezar a discutirme y someter cada cosa que escribo a un contrapunto virtual; buscar otras ideas, otra información. Así escribí «Maitland & San Martín», a través de un proceso de discusión conmigo mismo, con las fuentes y con la bibliografía".

-¿Cómo plasmaría hoy sus "Memorias del presente"?

-Ese libro fue escrito en el exilio. Era muy difícil saber en ese momento, cuando aquí había una dictadura, si la democracia iba a restablecerse y cuán duradera y estable iba a ser. Hoy son otras memorias. Hay algo que continúa presente en nuestra sociedad, algo que no nos abandona: tenemos la ilusión de que la Argentina se gane la lotería. Eso está vinculado con nuestra historia. Los sectores sociales dominantes hicieron un gran negocio cuando los países industriales no se autoabastecían de alimentos. Fue la época en la cual se dice que la Argentina era uno de los diez mayores países del mundo. Es una ficción.

-¿Nos engañaron, entonces?

-La Argentina fue una Arabia Saudita agropecuaria. Era una época en la cual el trigo y la carne ocupaban el papel del petróleo. Es una comparación exagerada, tal vez. Toda esta fantasía de que Buenos Aires se parece a París, de que tiene en algunos sectores una arquitectura parisina, es como decir que hay sectores de Riad que tienen una arquitectura neoyorquina. Hay una idealización de ese pasado. Se supone que la Argentina fue rica. Y muchas veces se habla de la pobreza como un hecho novedoso. Hay que ver, en el Museo de Bellas Artes, "Sin pan y sin trabajo", el cuadro de Ernesto de la Cárcova, y hay que ver "Los desocupados", de Antonio Berni. Hay que recorrer la historia del tango con aquello de Cadícamo: "Si habrá crisis, bronca y hambre/que el que compra diez de fiambre/hoy se morfa hasta el piolín". Es la expresión que tuvo la crisis cuando se acabó aquel negocio efímero de alimentar a los países centrales. Siempre hemos esperado la lotería. Se ha ilusionado parte del país con la convertibilidad, con la idea de que habíamos entrado en el Primer Mundo, con las inversiones traídas por la globalización y, ahora, con China.

-¿Qué haríamos, si ganáramos la lotería?

-El hombre de la villa que gana la lotería, medio millón de dólares digamos, a lo sumo sabrá cómo consumirlo o cómo dilapidarlo. Rockefeller sabrá cómo multiplicarlo. Con los países pasa lo mismo. No se trata sólo de encontrar inversores, sino de desarrollar la capacidad de multiplicar recursos. Eso está muy vinculado con la educación, la tecnología y la ciencia. Pero no se quiere entender. La permanente búsqueda de la solución mágica va demorándonos en las verdaderas soluciones. Y, en cuanto la gente está bajo el efecto hipnótico de esos procesos, es muy difícil que se le pueda advertir cuáles son los riesgos. Me acuerdo de la batalla que inicié en 1993 en el primer debate con el entonces ministro Cavallo. Pasé años advirtiendo sobre el default, la devaluación, la pérdida de la credibilidad, un desempleo gigantesco. Hizo falta una crisis monstruosa para que se entendiera.

-¿Se entendió, finalmente?

-Creo que no. La misma gente que apoyaba la convertibilidad y que endiosaba a Cavallo, como Kirchner?

-¿Kirchner es un noventista arrepentido, como dijo usted?

-No quisiera hacer juicios personales, porque al fin de cuentas todo se convierte en una riña entre algunos actores políticos. Me refería a Kirchner para señalar que él mismo es beneficiario de que todo aquello haya terminado. Todo aquello terminó mal, pero, de alguna manera, se salió. Estaba produciendo la destrucción de la capacidad productiva del país. Ahora a Kirchner le toca presidir un período que es el resultado de que, por suerte, no tengamos más aquella convertibilidad.

-¿Por qué falló la convertibilidad?

-La convertibilidad tuvo sentido al principio. La Argentina vivió entre 1989 y 1991 un largo proceso de hiperinflación. Había que terminar con eso o eso terminaba con nosotros. El problema se presentó cuando se creyó que era un modelo. Como haber terminado con la hiperinflación tuvo un efecto mágico, se tradujo en poder político. Tanto que Menem fue reelegido y después a mucha gente, incluida la Alianza, le parecía que era un riesgo salir de la convertibilidad, un riesgo que no se podía asumir. Fue la tumba de la Alianza.

-¿Cree en la reencarnación?

-No. (Se ríe.) La Alianza fue un episodio que deja lecciones, pero, a mi juicio, la gente interpreta mal las razones por las que fracasó. Fracasó porque, en lo económico, continuó con la política de Menem.

-¿Sólo desde el punto de vista económico?

-Lo que quiero decir es que eso fue lo que provocó el colapso. La convertibilidad fue agigantando la deuda, haciendo que los mercados voluntarios de créditos se cerraran antes del default y obligaran a la Argentina a pagar tasas obscenas. Como no se quería tocar el tipo de cambio, se procuraba adecuarlo mediante ajustes fiscales. Todo eso era una fórmula para el desastre. No había ninguna duda de que iba a terminar como terminó. Los únicos que podían dudarlo eran los consultores financieros.

-Tiene que haber habido algún necio también, no sólo intereses en juego...

-No me refiero a intereses. Necedad, como usted dice, había muchísima. Economistas de renombre que se hayan opuesto a la salida de la convertibilidad yo no conozco. No sólo en el orden interno, sino también en el externo. Cuando propuse una reestructuración preventiva de la deuda, una salida ordenada del tipo de cambio fijo, atado al dólar, y la sustitución por una vinculación con una canasta de monedas acorde con la composición de nuestro comercio exterior, Rudiger Dornbusch escribió un artículo en el cual decía que había que encerrarme en un jardín zoológico. Fue un gran engaño colectivo.

-Tampoco hubo forma de frenar el colapso político.

-Con esa política no había ninguna forma. Por eso me parece tan importante que aprendamos la lección y que no persigamos fantasías.

-¿Las inversiones de China, por ejemplo?

-Occidente vive redescubriendo a China. Marco Polo es evocado en Occidente casi como el Cristóbal Colón de China. Cuando llegó a China, hacía dos mil años que había reinado Shi Huang-ti, el que unificó el país. Hacía 1700 años que había muerto Confucio. Es como si pensáramos ahora en la época de Constantino. A China permanentemente se la descubre. Occidente está descubriéndola. Y ahora la descubre la Argentina. En la Argentina se piensa que la etimología es una ciencia que creó Mariano Grondona y que el verbo "persuadir", que se usa desde el siglo XV, lo acuñó Raúl Alfonsín. Nuestro encierro cultural es muy grande.

-¿Cuánto influye en nosotros ese encierro?

-En la Argentina se divide todo en casilleros. Hay una idea: que político es aquel que vive de la política y para la política. Full time. Eso crea una clase de político que sufre lo que en psiquiatría se llama trastorno obsesivo- compulsivo. Es lo único de lo que sabe hablar; lo único que le interesa es la política. Entonces, usted tiene políticos que no leen filosofía, que no estudian economía, que no saben idiomas. Ahora viajan, pero también viajan las valijas. En la Argentina parece raro que un político haga otra cosa.

-¿Raro o sospechoso?

-Para poner ejemplos grandiosos y, por lo tanto, imitables, Franklin redactó parte del acta de la independencia y parte de la constitución de los Estados Unidos; inventó el pararrayos, los lentes bifocales y un arpa de vidrio que sedujo a Mozart. Uno puede decir que eran otras épocas. No sé. Mitre y Sarmiento también vivieron otras épocas. "La velada de Benicarló" la escribió Manuel Azaña, presidente de España. "Doña Bárbara" la escribió Rómulo Gallegos, presidente de Venezuela. No coincido con esta idea de que lo único que puede hacer un político es el oficio torpe de presentarse a elecciones, discutir con otros políticos y reciclar los mismos conceptos.

-Hasta hace poco la gente quería que se fueran todos...

-Puede haber insatisfacción popular en determinado momento. La gente no tiene por qué saber que la crisis de 2001 fue provocada por una política económica que tiene muchos más responsables empresarios que políticos. La gente juzga el árbol por los frutos. Conoce a quienes son los dueños aparentes del poder y se lanza contra ellos. Me parece comprensible. Pero creo que un político que no estudia y que no sabe cómo funciona el mundo no tiene capacidad para darse de cuenta de que hay un error y de que, a veces, el liderazgo consiste en navegar contra la corriente.

-A alguien termina siéndole útil...

-Sin duda. Es eso que siempre se cita: denme el manejo de la economía y no me importa quiénes hagan las leyes. Este es un poder invisible. Para eso la gente necesita políticos: para que interpreten el interés general, no para que declaren la guerra contra la actividad privada.

-¿Es el mensaje de Kirchner, que, en la misma semana, recibe a un presentador de música popular y deja plantada a una directiva de Hewlett-Packard?

-En Wall Street no saben quién es la "Tota" Santillán, pero saben que este gobierno declaró acreedor privilegiado al Fondo Monetario, que le pagó puntualmente todas sus obligaciones y que le aceptó un superávit primario que no le había aceptado ningún gobierno en la historia desde que la Argentina entró en el organismo. Kirchner llegó al gobierno sin poder. Había perdido las elecciones con Menem. Hubiera ganado la segunda vuelta por el voto anti-Menem, no por el voto pro Kirchner. Estaba en minoría en el Congreso. No tenía gobiernos provinciales que lo acompañaran, salvo el de Santa Cruz. Se hablaba, en esa época, de la ingobernabilidad. Kirchner ha sido muy hábil con los gestos y las palabras, que lo convirtieron en una suerte de enemigo de los enemigos de la gente. Eso le dio un fuerte sostén social. A partir de ese sostén social empezó a unificar el peronismo. Empezó a conseguir un grado de cohesión dentro del peronismo que no se esperaba al principio. Esto forma parte de una estrategia. En cuanto a la política económica, no hay nada que se pueda relacionar siquiera remotamente con el peronismo de los años 70.

-¿No valen las comparaciones?

-Quien compare este peronismo con el de los 70 no vivió aquello o se olvidó. Escribí el libro sobre el peronismo de los años 70 en 1976, en Caracas. Me lo había pedido una editorial inglesa, pero no llegó a publicarse. Un editor británico estaba perplejo porque, según su visión, el peronismo era un movimiento fascista, cercano a Mussolini. El surgimiento de Cámpora, de los montoneros y del peronismo de izquierda le parecía incomprensible. Me pidió que el libro fuera peronism for beginners (?peronismo para principiantes´). Es decir, sin exceso de nombres, pero con profundidad y análisis político. El año próximo se van a cumplir treinta años de la muerte de Perón. Cualquier persona de menos de 40 años, casi diríamos de 45 años, no tiene conciencia política de ese período. Todos esos argentinos son también beginners. Se les puede decir que este peronismo es setentista y se lo creen.

-¿Siente rencor?

-No, de ninguna manera. Fui adversario del gobierno de Perón y de María Estela Martínez de Perón y fui amenazado por la Triple A. Yo era un periodista muy crítico.

-¿Cómo ve a Kirchner?

-La verdad, a mí Kirchner me importa poco. Lo que me importa es el futuro del país. No medido a 2005, sino, como mínimo, a diez años vista. Insisto en esto, que parece una manía economicista. Para duplicar el producto bruto interno en diez años, hay que crecer un siete por ciento todos los años sin parar. Hay que emular la hazaña de los "tigres" asiáticos o del "tigre" celta, Irlanda, cosa que me parece difícil sin un plan de desarrollo.

-¿Cuál fue el último plan de desarrollo?

-La última estrategia de desarrollo que ha tenido la Argentina fue a fines de los años 50, con el presidente Frondizi. La Argentina había desarrollado su industria liviana en la posguerra mediante un sistema de protección que obligó a satisfacer toda la demanda interior de bienes de uso con producción nacional. Eso llegó a un límite. Hacia fines de los 50, el desarrollismo imaginó que si se prorrogaba el proteccionismo a los fines de desarrollar las industrias de base y las industrias extractivas, se podía completar la integración industrial. Para fabricar heladeras y neumáticos, el ahorro nacional alcanzaba; para extraer petróleo y fabricar acero, no. Hacía falta capital externo. El plan consistió en abrir la Argentina al capital externo, pero no permitir que fuera donde quisiera, sino establecer un orden de prioridades, para que las inversiones se dirigieran a aquellos sectores que se consideraban palancas de desarrollo.

-¿Podría funcionar hoy esa estrategia?

-No, las condiciones del mundo son otras. Una economía cerrada no tendría futuro y hoy no son las industrias pesadas las que promueven el desarrollo. Fue, en su momento, una estrategia, lamentablemente trunca, pero muy interesante. Después de eso, nunca más hubo una estrategia.

-¿Se imagina a la Argentina sin peronismo?

-¿Cómo no me la voy a imaginar si no hay peronismo?

-Si no hay peronismo, ¿cuál es la diferencia entre ganar la lotería y esperar la sidra y el pan dulce?

-Yo no veo siquiera lo que podría ser una adaptación al siglo XXI de las ideas de Perón. Vamos a tomar el último Perón y rescatar lo más meritorio que podía tener. Había llevado la concepción de la comunidad organizada al nivel de un acuerdo social. Usted podría decir que hoy sería plantear un modelo como el irlandés, que se basa en planes trienales sometidos al consenso de los representantes de la empresa, del trabajo y de la sociedad civil. Eso sería más o menos defendible. Usted podía estar en contra de Perón, y yo lo estuve, pero Perón, al menos, siempre tuvo una visión, una idea, aparte de las prácticas del peronismo, de los vicios del peronismo y de cualquier juicio que uno hiciera de las calidades personales de Perón. Pero el peronismo se dividió en un sector que adscribió a las ideas neoliberales y otro que se dedica a la gimnasia política. ¿Qué visión hay hoy? No hay allí una concepción, un modelo, una idea. Hoy no hay peronismo, sino una diáspora.

Por Jorge Elías
De la Redacción de LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=653565

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