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"Bush arruinó la economía de EE.UU.", dice Paul Auster

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 27-10-2004 16:06:59

Para el célebre narrador, sólo si gana Kerry se puede esperar un cambio

NUEVA YORK.– “Estaba buscando un buen lugar para morir. Alguien sugirió Brooklyn.”

Las palabras son de Paul Auster, escritor emblemático de ese barrio neoyorquino, y deparan cierta sorpresa. Primero, porque en este otoño boreal, Brooklyn –y, en particular, las cuadras alrededor de la casa de Auster, en Park Slope– parecen más llenas de vida que nunca: los árboles muestran un naranja furioso, se ven niños con los abrigos multicolores de moda aprovechando cada instante para jugar en la calle antes de que llegue el frío y una multitud de ardillas corretean en los patios traseros y acumulan alimentos, lo que le da a la escena un toque de cuento anglosajón.

Segundo, porque la frase pertenece a un manuscrito inédito. Y es sabido que Auster, como tantos escritores, detesta leer parte de su trabajo cuando todavía está en producción.

Pero éstos no son tiempos corrientes en Estados Unidos. El martes se harán las elecciones, que se anticipan como las más parejas de la historia norteamericana. Y sólo para reunir fondos para los demócratas Auster podía aceptar leerle al público (como lo hizo, ante una multitud silenciosa y fascinada que había pasado horas haciendo fila para escucharlo) las primeras páginas de su próxima novela, titulada, tentativamente “The book of human follies” (“El libro de los desatinos humanos”).

“Para mí es casi un tema de vida o muerte que saquemos a Bush de la presidencia”, sintetizó a LA NACION el célebre novelista, poeta, ensayista, traductor y cineasta en su poco esperado papel de activista fervoroso.

"Pongámoslo de esta manera: si Bush es reelegido estaremos en la misma terrible situación en que hemos estado los últimos cuatro años. Si pierde, hay alguna esperanza de cambio. No en la escala que a mí me gustaría, pero ciertamente sería un paso adelante si la gente se volcara por Kerry."

Auster ha sido descripto como el ideal de belleza masculina a lo Byron, y mientras recita su nuevo texto ante los jóvenes oyentes en el auditorio de la universidad Cooper Union hay que conceder que aquello no es errado. Los ojos grises le brillan y su metro noventa de altura le da un aire de gran autoridad. El autor de clásicos como "La trilogía de Nueva York", "El libro de las ilusiones", "Timbuktu", "La invención de la soledad" y " Mr. Vértigo", además responsable de films como "Cigarros" y "Lulú bajo el puente", tiene 57 años, pero la vida política lo encuentra con tanto vigor ahora como cuando era un estudiante que sacudía al establishment en la década del 60.

"Lo de la política no es nuevo para mí. Participé en todos los actos y marchas contra la Guerra de Vietnam y en las lecturas públicas que se hacían entonces. Pero ahora siento que estamos atravesando otro momento de crisis en nuestra cultura y que no puedo quedarme sentado sin hacer nada. Por eso salí a colaborar con la campaña de Kerry. No podría vivir conmigo mismo si no lo hiciera", reconoce.

-¿Qué opina del candidato demócrata?

-Me gustaría que Kerry fuese un poco más coherente respecto de la guerra en Irak, si bien reconozco que está en una posición difícil, porque tiene que defenderla y atacarla al mismo tiempo. Fue un terrible error ir allí, en primer lugar, y los americanos armamos un lío tremendo en ese país. Pero el hecho concreto es que hoy estamos en Irak. ¿Sería lo correcto irnos dejando un lío aún mayor? No estoy seguro. Es un gran dilema político y moral, pero aun olvidándonos del drama en Medio Oriente, en el frente interno hay temas importantes que atacar. Bush arruinó la economía norteamericana. La cantidad de gente que perdió su trabajo en los últimos cuatro años sólo es comparable a la de la época de J. Edgar Hoover, a comienzos de la Gran Depresión. Esto no se arregla de la noche a la mañana, aunque Kerry podría ayudar si eliminara el recorte de Bush en los impuestos a los más ricos, lo que tendría efectos casi automáticos. Pero sobre todo es importante que Kerry sea elegido presidente porque tiene la credibilidad suficiente para salir al exterior y decir que queremos que vuelvan nuestros aliados, que creemos que Estados Unidos es parte del mundo y que no quiere dominar el planeta. Yo creo que el resto de los países nos daría la bienvenida si vamos con un espíritu de cooperación.

-Así como usted, este año fueron muchísimos los escritores, académicos e intelectuales que asumieron mayor activismo político. ¿Cree que pueden cambiar algo?

-No lo sé: al menos, no podemos hacer daño. Cuanto más hable la gente, cuanto más intente llegar a la verdad de lo que está pasando, más posibilidades habrá de sacar la cosa a flote. También hay un tema de conciencia. Muchos de nosotros sentimos que no podemos mirar para otro lado frente a lo que está pasando y que no podemos escondernos tras nuestros libros esta vez. Yo mismo participé este año en varios actos con otros escritores en favor de Kerry. Incluso estuve en la movilización de fines de agosto, que reunió a más de medio millón de personas y que fue considerada una de las más importantes de la historia de Nueva York. Me acompañaron mi mujer, Siri Hustvedt, y mi hija. Estamos politizados hasta en el hogar.

-¿Mantiene dos vidas separadas? ¿Paul Auster el escritor y Paul Auster el activista político?

-No, porque la política siempre fue parte de mi vida. Mis novelas no son abiertamente políticas, pero tienen mucha política atrás que, a veces, aparece de forma metafórica. Cada uno de mis libros trata sobre historia y política, de una forma u otra. De cualquier manera, yo no creo que las novelas sean el lugar para intentar solucionar los problemas del mundo. Las novelas son, frecuentemente, historias de gente pequeña e insignificante, y el valor de esas historias es que nos acercan como seres humanos, al hacernos entrar en la vida de otros y poder así sentir cómo sienten los demás. Una novela nunca va a impedir que las balas penetren en un cuerpo, no va a paliar el hambre ni a frenar una guerra. Son objetos que no sirven para nada a la humanidad, en términos estrictamente prácticos, pero sí tienen una enorme función espiritual.

-¿Y para qué sirven los poemas políticos, entonces? Es sabido que escribió un poema contra el presidente Bush, devenido canción de protesta, "Los blues del rey George".

-(Risas) Mmmm, sí, lo escribí cinco o seis días después del comienzo de la guerra, porque me sentía tan enojado y traicionado que no sabía qué hacer. Es una cancioncita muy obvia y simple, pero sirvió para "hacer que pasara la calentura", como se suele decir. Unos amigos músicos de Brooklyn le pusieron música y hoy se puede escuchar en el sitio web www.topplebush.com. Pero, para otros propósitos, yo ya no escribo poemas. Dejé de hacerlo hace 25 años. Acaba de salir a la venta una colección de los que compuse al comienzo de mi carrera, de los que no reniego. Pero en un momento, décadas atrás, me desesperé y no pude escribir más, nada de nada, y cuando retomé la pluma ya era en prosa. Es como si hubiese tenido dos vidas como escritor. La actual ya no es en verso. Salvo, bueno, en mi furia contra Bush o para motivos familiares, casamientos, cumpleaños, donde escribo un par de líneas para hacer reír. Pero el público nunca las verá: son estrictamente privadas.

-Sin embargo, el humor es algo que a usted, evidentemente, le gusta compartir, ya que acaba de mandar a su editor una nueva novela, "The Brooklyn Follies", que será una comedia. Después de un libro tan triste como "La noche del oráculo", ¿qué motivó el giro?

-Hay una frase de Billy Wilder, el director de cine, que dice que el mejor momento para escribir una tragedia es cuando uno se siente realmente feliz y que cuando uno cae en el más profundo de los pozos depresivos es cuando hay que escribir comedia. Los últimos años han sido muy oscuros para los americanos y para el mundo, así que decidí enfocar la realidad desde un punto de vista alternativo. Traté de acordarme y de poner en el papel lo que es la alegría de estar vivo. Un ejercicio que, además, me ayudó a recuperar cierto equilibrio mental.

-¿Qué es lo más difícil de ser gracioso?

-¡Ser gracioso! Pero yo no clasificaría a este libro como uno de aquellos que invitan a la carcajada, porque hay mucho material denso y humor negro en él. En cambio, por "comedia" lo que yo quiero decir es una historia en la cual al llegar a las últimas páginas los personajes están mejor que en las primeras. Tome a Shakespeare, por ejemplo. En sus comedias y tragedias muchas de las situaciones que plantea son las mismas: iguales conflictos, iguales problemas, sólo que en las tragedias todos terminan muertos en el escenario y en las comedias hay un casamiento en el último acto. Bueno, yo simplemente quise escribir un libro en el que la gente se casa.

-En una entrevista con LA NACION, Martin Amis dijo que lo políticamente correcto estaba matando a la novela humorística. ¿Usted lo cree así también?

-El humor y la comedia son eternos y, sin importar las circunstancias de un momento en particular, siempre existirá gente bromeando sobre lo que ocurre. Los estilos del humor cambian a lo largo de los años, pero decir que el humor, en general, está en peligro de extinción es como decir que la raza humana está en peligro de extinción.

-En la Argentina, muchos leemos sus libros en la traducción al castellano. Usted trabajó muchos años como traductor. ¿Estamos perdiendo mucho respecto de los originales?

-Es inevitable que se pierdan cosas. Cada vez que abro un libro escrito originariamente en otro idioma lo sé por adelantado, pero eso no quiere decir que el poder central del texto no me vaya a llegar igual. Puede faltar la musicalidad del idioma original, por ejemplo, pero, francamente, puedo decirle que algunas de las mejores experiencias de lectura que tuve fueron escritas en otros idiomas. No puedo leer ruso, pero Dostoievski permanece como uno de mis escritores favoritos, aunque sólo haya captado un 75 por ciento de lo que escribió. Como me ocurrió con el "Quijote" (del cual he leído todas las traducciones), ese porcentaje fue suficiente para que cambiara mi vida.

-¿Cómo es el proceso detrás de cada novela suya?

-Todas las novelas que escribo son el resultado de un proceso orgánico muy lento y muy emocional. Las historias me salen del inconsciente. Nunca salgo a buscarlas, sino que ellas son las que me encuentran. Y antes que nada están mis personajes. Me paso años pensando en ellos. "La noche del oráculo", por ejemplo, no es muy larga, unas 240 páginas, pero estuve pensando en los protagonistas durante veinte años. Para el momento en que me siento y escribo las novelas, ya están ahí, de alguna manera, así que esa parte va relativamente rápido, si bien mis historias nunca terminan como lo tenía planeado. Eso, claro, convierte a todo el proceso en una gran aventura.

-Es inevitable preguntarle por el tema del azar, que se repite en su obra. ¿Cuánto de eso proviene de la vida real?

-En mis ensayos he registrado algunas de las coincidencias más extrañas que he tenido en la vida, y a veces en mis novelas ocurren cosas similares. Eso no quiere decir que yo crea que nuestros destinos están escritos. Eso sería muy aburrido. Cada día creamos lo que vivimos y todos tenemos el potencial de desarrollar muchas vidas distintas. Las circunstancias, los accidentes y las coincidencias van a jugar su parte en el camino que elijamos, pero lo elegimos nosotros. Es realismo puro. Del encuentro entre la fuerza de nuestras ambiciones con la fuerza de lo inesperado salen las historias.

-Usted vio los ataques del 11 de septiembre desde su casa, del otro lado del río. ¿Qué le parece que es importante recordar en estas elecciones?

-Sobre todo que, después de los ataques, la gente se empezó a preguntar qué es lo que nos diferencia de quienes los perpetraron. ¿En qué creemos? ¿Por qué somos distintos? Y casi todo el mundo llegó a la respuesta de que los americanos creemos en la democracia. Aun si no la practicamos tan bien como deberíamos, es la piedra fundamental en la que se basa nuestra sociedad.

-¿Qué recuerdos le quedan de su visita a Buenos Aires, en 2002?

-Estuve cinco días y fue como si hubiese pasado cinco meses. Encontré un furor intelectual muy estimulante y, en lo peor de la crisis, igual encontré un asombroso optimismo entre la gente.

-¿En qué está trabajando ahora?

-En general, caigo en una profunda depresión al entregar un manuscrito, pero esta vez encontré una cura. Alguien que no puedo mencionar me pidió que le escribiera un guión cinematográfico, y ya estoy dedicado a eso. Claramente, la mejor medicina para la depresión es seguir trabajando.

Por Juana Libedinsky
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=648533

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