En una revista, alguien canjea psicoterapia por malabares. ¿Qué hay detrás de estos curiosos anuncios?: una cadena de artes, deseos y oficios inserta en un nuevo paisaje social.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Canjeo psicoterapia (soy psicólogo) por clases de acrobacia, malabares, fuego." Este aviso, publicado en la cartelera de canje de Hecho en Buenos Aires, la revista que, por $1,50, venden los desocupados y que yo compro siempre, me dejó pensando. Los canjes de clases de español por inglés o francés, los de una cama por una máquina de coser (con pocas ilusiones, porque se aclara "a pedal, pero que funcione"), de trabajos de plomería por carpintería, o de apoyo escolar por gimnasia, nunca me llamaron la atención. Pero este aviso, que ofrecía psicoterapia a cambio de las artes circenses que volvieron a ponerse de moda, plantea otra cosa: si la afirmación "soy psicólogo" es verdadera, y no tengo motivos para desconfiar, indica a alguien que realizó una carrera por lo menos terciaria, y busca ahora o una nueva ocupación o un hobby cuyo aprendizaje no puede pagarse con los honorarios que, como psicólogo, debería estar cobrando a sus pacientes.
Un mundo desconocido hasta hace pocos años está detrás de ese ofrecimiento de canje. Hoy, sin embargo, ese mundo es bien visible y basta pasear por un parque los domingos para ver que los malabares, la capoeira, las estatuas vivas, los zanquistas y los magos ocupan escasos metros cuadrados con sus destrezas adquiridas, verosímilmente, en canje por enseñar otras quizá tan diversas como maquillaje teatral, biorritmo, acupuntura o sushi. Estas artes y oficios bordean, por un lado, el viejo mundo de los artesanos post-hippies, para darles un fechamiento, y, por el otro, el de los saberes inmateriales del tarot, el yoga, el control mental, la adivinación por la borra del café y variadas maneras de adelantarse a los acontecimientos futuros. También dentro del mundo de estas nuevas o recicladas destrezas debería anotarse el renacimiento de las artes de la murga, una institución que parecía enterrada o en agonía y que, este año, salió a pedir que volvieran a respetarse los feriados de carnaval, días que, hasta hace poco tiempo, sólo eran reivindicados por razones turísticas.
Como sector laboral estabilizado, están los paseadores de perros, oficio que, en otras ciudades donde las estadísticas señalan que hay muchísimos perros, como Berlín por ejemplo, es desconocido porque, en apariencia, los dueños de esos animales tienen ganas de pasearlos y sus jornadas laborales razonables se lo permiten. Si, en Buenos Aires, hay paseadores de perros en barrios que no pertenecen a la geografía de los muy ricos, es porque hay allí dueños de perros que pagan por el servicio. No sé qué es lo que ha sucedido, pero sé que no ha sucedido únicamente en Buenos Aires ni únicamente como resultado de los avatares económicos. El canje de objetos no sorprende a nadie y tuvo un breve esplendor en los momentos más álgidos de la crisis; en el mercado de canje, se intercambian también servicios; incluso existen grupos de artistas e intelectuales que lo realizan como una especie de diversión con pretensiones estéticas o filosóficas. Es decir que lo sorprendente no es el canje sino las materias y los saberes que entran en él. Imagino que un equipo de investigación podría hacer el relevamiento de las actividades ofertadas y requeridas, y ordenarlas por su importancia cuantitativa. ¿Qué se obtendría? Claro, primero habría que saber cuántos miles de personas están incorporadas a ese circuito. Pero si esas personas son muchas, me pregunto cuánto podríamos llegar a saber del deseo y las fantasías; no se trata de lo que tradicionalmente se denomina vocaciones, sino de estilos y modas culturales que marcan lo que se desea hacer, ser o poseer. Hace veinte años, algunas de las actividades que hoy vemos en las plazas estaban en decadencia; hoy renacieron y el desempleo no es el único responsable. Los nuevos oficios y destrezas no provienen sólo de la crisis sino de eso más subterráneo que se llama tendencias culturales. En un medio vuelto hostil por la economía, la rosa de los vientos giró hacia la autorrealización personal imaginaria, donde se puede hacer lo que se quiere y, por añadidura, sentirse creativo.
http://www.clarin.com/diario/2004/10/24/sociedad/s-855643.htm