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Cuerpos tecnificados

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 31-10-2004 00:00:00

El travestismo se convirtió en parte protagónica del showbusiness. Hipérboles de los rasgos sexuales femeninos, ¿qué muestran los cuerpos travestidos?

BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar

Hace unos quince años, la primera vez que fui a San Pablo, mis amigos brasileños, gente de insospechable corrección política, me llevaron una noche, naturalmente en auto, a recorrer las calles donde estaban las travestis que, en esa época, todavía se designaban con el género masculino: los travestis. Tuve la impresión de que se trataba de un paseo turístico normal; hoy, en Buenos Aires, los turistas, probablemente acompañados por algún baqueano local, también hacen ese recorrido.

Por otra parte, la televisión está llena de travestis en todos los formatos: del noticiero al programa de opinión, la revista y el teleteatro; por el momento, sólo faltan en los programas infantiles y en los religiosos. Por eso, es posible hablar de travestismo independientemente del trabajo sexual en las calles, y sin referirse a la prostitución de los más pobres y de los más indefensos social y culturalmente. Las travestis extraordinarias no están en el mercado sexual de las calles sino en el show-business, que es negocio sexual simbólico.

¿Qué quiere una travesti? Imposible saberlo, como es imposible saber a ciencia cierta qué quiere cada uno de nosotros. En lo relativo al deseo, una travesti no tiene las cosas necesariamente más claras que un ama de casa o un ingeniero en sistemas. Entonces, hago otra pregunta: ¿qué muestra una travesti? Un cuerpo tecnificado. El nexo entre travestismo y tecnología es tan evidente porque el efecto travesti depende no sólo de la imitación de un cuerpo de mujer sino de su exageración. El travestismo no tiene nada que ver con la indecisión sexual que constituía el magnetismo de Marlene Dietrich cuando se vestía de muchacho, con un magnífico traje blanco cruzado.

El travestismo, por el contrario, es la maximización de los rasgos sexuales de mujer. Lo que define esquemáticamente el cuerpo de mujer, los pechos y las caderas, son llevados por la travesti a su hipérbole.

Y esto no puede lograrse por el disfraz, por capas de vestidos, de cabellera y de maquillaje. Nada más lejano del travestismo que el disfraz, que es una imitación que rápidamente puede ser abandonada. El cuerpo travestido no puede ser abandonado ni fingido sólo por algunas horas. El cuerpo travestido no es descartable sino que, por el contrario, su ideal es ser completamente definitivo, con la fijeza de los ciber-clones de la ciencia ficción.

El travestismo necesita de la técnica tanto como el disfraz necesita del oficio de la costura, del peinado y del maquillaje. Cuando mejor sea esa técnica, más próximo estará ese cuerpo de su modelo. Por eso, el travestismo es completamente contemporáneo, ya que sólo en las últimas décadas la técnica está en condiciones de intervenir sobre el cuerpo modificándolo materialmente.

Ahora bien, ¿qué cuerpo busca esa técnica travesti? Lo que queda como rastro masculino en la travesti se ve favorecido por un estilo: el del cuerpo producido en el gimnasio. Fue necesario que el musculado cuerpo de gimnasio se pusiera de moda para que el cuerpo travestido tuviera su consagración estética. Este es el lado fashion y el lado fierros del cuerpo travesti.

Está también su lado festivo y exagerado, popular y carnavalesco. El cuerpo travesti es, como se dijo del cine, "más grande que la vida". Sin grito y gran ademán no hay travestismo. No se puede ser discretamente travesti. Por el contrario, el cuerpo travesti busca, a través de repetidas intervenciones, ir subiendo la apuesta hasta donde la combinación de límites físicos y límites técnicos lo hagan posible. Por supuesto, en el camino hay bastante sufrimiento y bastante peligro.

El modelo del cuerpo travesti proviene del show-business. La vedette del teatro de revistas, que se ha ido convirtiendo en casi cualquier cosa gracias a las posibilidades de transmutación televisiva, es el espejo donde se mira un cuerpo travestido. Eso explica las guerras de travestis y vedettes: ambas persiguen lo mismo, convertirse en símbolo de una sexualidad lujosa hasta la extravagancia. Ambos cuerpos, con ropas idénticas, han terminado pareciéndose.

http://www.clarin.com/diario/2004/10/31/sociedad/s-859864.htm

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"Las mujeres nos movemos en zigzag por la ciudad"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 31-10-2004 00:00:00

MARIA ALONSO VIDAL, ARQUITECTA

En la medida en que las mujeres se incorporaron al mercado de trabajo, aparecieron otras demandas de uso del espacio público. Transporte, plazas, servicios no atienden las necesidades femeninas de hoy.

Mabel Thwaites Rey
mthwaites@clarin.com

La ciudad es un espacio que hombres y mujeres habitan de manera diferente?

—Yo creo que es distinto el uso, y sobre todo el disfrute, de la ciudad. Cuando hace más de un siglo se conforman las ciudades modernas, se las piensa en función de las necesidades productivas, que por entonces eran netamente masculinas. En la medida en que las mujeres fuimos incorporándonos al mercado de trabajo, aparecieron otras necesidades de uso del espacio público. Porque además de trabajar, las mujeres seguimos teniendo a cargo la mayor parte de las tareas domésticas: la casa, los chicos, los ancianos. Es decir, sumamos roles y demandas.

# ¿Cómo se expresa esa diferencia de uso urbano?

—Los varones suelen tener trayectorias lineales. Siempre recuerdo la famosa frase de Perón: "de casa al trabajo y del trabajo a casa". Eso supone un transporte lineal, de punto a punto y no en red. Las mujeres, en cambio, nos movemos en zigzag: llevamos un chico a la guardería, otro a la escuela, pasamos por el supermercado, vamos a nuestro trabajo, donde estamos 8 o 10 horas, usamos el mediodía para alguna tarea... Cuando volvemos, lo mismo: es el dentista, el deporte de los chicos, la escuela. Eso implica una trayectoria en red y en zigzag que los hombres no se ven obligados a realizar, porque esas tareas no entran en sus rutinas.

# ¿Qué problemas les trae a las mujeres el moverse en zigzag?

—Muchos trastornos, en la medida en que la ciudad no responde a las expectativas. Por ejemplo, no disfruta los espacios verdes —que son tan importantes para una mujer y sus hijos, porque es ella la que se ocupa de llevarlos a la plaza— porque no tienen los mínimos requerimientos de confort. Supongamos una mujer de Lugano, con dos chicos, un cochecito, el bolso, las mamaderas, tratando de encontrar una plaza. Tiene que hacer veinte cuadras para eso.

# Parques y plazas, en general, no tienen baños ni conservan la limpieza ni la seguridad.

—Exacto. En una encuesta que hicimos hace poco, el 95% de las consultadas se quejaba de los excrementos de los perros y de la suciedad de los areneros. Pero además, las mujeres casi no practicamos deportes en lugares públicos. En las plazas se puede ver a los hombres jugando al fútbol, a las bochas, al ajedrez, pero en mi vida he visto a una mujer jugando. Las mujeres tejen, miran a los chicos, acaso leen.

# Es usual ver más hombres que mujeres mayores en las plazas.

—Las señoras grandes se quedan más en sus casas y cuando salen, están cuidando a los nietos o a otro anciano. Nosotros hicimos una investigación con más de trescientas fotos en la ciudad de Buenos Aires. La hizo un joven arquitecto con mucha mirada de género, Gastón Villa. No se ve un solo varón cargando a un bebe. Tenemos fotos donde se ve una mujer haciendo malabares, bajando las escaleras del subte con el cochecito y el nene, mientras otra la ayuda con el bolso y las mamaderas que se le cayeron.

# Aunque trabajen, las mujeres son las que siguen lidiando con la cotidianidad.

—Por eso reclaman facilidades cerca de sus casas. La encuesta también revela que las mujeres quieren tener lugares para hacer deportes y para estudiar próximos a sus viviendas, porque muchas desearían ampliar estudios, pero se les complica llegar.

# Un problema reside en el tiempo que se tarda en los desplazamientos en una ciudad tan extensa, y en las dificultades de transporte.

—Claro. Esto lleva a que las mujeres usen más el espacio público. Caminan muchísimo, mucho más que los varones. El auto es un medio predominantemente masculino. Ellas caminan el barrio, conocen sus rincones, dónde hacer las compras, dónde están los servicios.

# Estamos hablando de las mujeres en general, pero sabemos que hay diferencias importantes según los sectores sociales.

—Es cierto. La problemática de género está atravesada por otras: etnia, religión, estrato socioeconómico, edad, etcétera. Una compañera nuestra, socióloga, decía: "No es lo mismo ser mujer de clase media, menor de 35 años, universitaria y con ingresos, que ser migrante, india, mayor de 35 y pobre". Una y otra no tienen nada que ver.

# ¿Cómo habitan la ciudad cada uno de los distintos segmentos de mujeres?

—Las de clase alta —que representa un 10% de la población y se lleva el 38,6% de la renta— en la actualidad viven, básicamente, en dos tipos de vivienda. Una, lo que nosotras llamamos las "torres de glamour", que lo tienen todo: seguridad, piscinas, gimnasios. Es el segmento habitacional al cual tiende hoy la arquitectura de alto costo. La otra son los countries y barrios cerrados. En los últimos 12 años, 300 mil personas se fueron a vivir a los countries y ahora, por razones de seguridad, están volviendo a las torres. Han conseguido recrear, en el interior de estas urbanizaciones especiales, el espacio público vivido privadamente. Es decir, han transformado lo público en privado.

# ¿Qué consecuencias tiene esta transformación?

—Este cambio implica un rasgo que a nosotras nos parece bastante grave, porque la mayor parte de estas mujeres, que viven supuestamente en el colmo de la felicidad y del hedonismo, están privadas del rico aporte que el resto de las mujeres tenemos por la participación en el espacio público. Al no tener contacto con el otro, con la otra, al estar siempre en el nosotros/nosotras, se ven privadas de la fabulosa interacción que provoca el espacio público, caótico o no, peligroso o no, pero que sufrimos y disfrutamos el resto.

# ¿Y los sectores medios?

—Las mujeres de clase media siguen bastante aferradas a los valores de su clase: aún reconocen como válida la división público/privado, productivo/reproductivo. Es decir, los esquemas que son propios del patriarcado. Pero están dando un vuelco interesantísimo. Cada vez más se están animando a lo que llamamos "creación de ciudadanía". Estas mujeres son las que más participan de todo lo cultural y vivencial que propone el espacio público. Y en ese sentido, creo que están haciendo una gestión maravillosa, sobre todo agrupándose en multitud de ONG.

# Es interesante cómo hay en la mujer un compromiso muy fuerte con lo social y colectivo ligado al espacio público, mientras los varones siempre participaron más en ámbitos como los sindicatos y los partidos.

—Se ha producido una especie de traslado. El 90% de los emprendimientos solidarios en nuestro país, que hacen al espacio y a la gestión de lo público, están liderados por mujeres. Y no necesariamente porque las mujeres tengan más tiempo. Nosotras estamos ya en la triple jornada: la primera en la casa; la otra en el trabajo y la tercera en lo social.

# ¿Cómo usan el espacio público las mujeres que quedaron por debajo de la línea de pobreza?

—Aquí también se trata de un colectivo diverso, que tiene en común, básicamente, bajísimos ingresos. Viven en hoteles, departamentos alquilados con importante grado de hacinamiento, villas miseria, conventillos. Casi nunca tienen la propiedad de la vivienda y sobreviven con un grado de deterioro y promiscuidad física alarmantes.

# ¿La calle también es un espacio de vulnerabilidad?

—Fíjese qué interesante. En general, las indígenas, las migrantes, los colectivos de distintas identidades sexuales —como las trabajadoras sexuales, las travestis y las prostitutas—, las vendedoras ambulantes, las mendigas, las cartoneras, las piqueteras, tienen en común que han hecho del espacio público su espacio privado, su hábitat de la cotidianeidad. Viven prácticamente en la calle. Para ellas, como lo afirman muchas en sus declaraciones públicas, éste es su "lugar de realización". Han resignificado el espacio público, lo han convertido en su espacio privado.

# ¿Qué impacto tiene este uso sobre el resto de la sociedad?

—Es complejo. Esa irrupción ha segregado a los otros/as, de altos ingresos, que los ven como peligrosos, ajenos y hostiles. Uno de los puntos conflictivos es, justamente, el uso del espacio público. Sin embargo, yo advierto que la tolerancia es mayor por parte de las mujeres que de los varones, especialmente las de clase media, que se conduelen más con la diferencia y el dolor ajeno.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/10/31/z-04215.htm

Copyright Clarín, 2004.

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Eliseo Verón: "Ser peronista significa cada vez menos"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 30-10-2004 16:08:54

Para el filósofo y semiólogo, la falta de coherencia lleva al PJ a la disolución

Eliseo Verón dice haber llegado a la conclusión de que el peronismo le hizo mal a la política nacional y que hoy, por añadidura, ha perdido su identidad ideológica. “El peronismo está entre las peores cosas que le pasaron a este país. No lo digo agresivamente. Si lo pienso en escala, debo decir que el peronismo se perdió una gran cantidad de oportunidades históricas para cambiar el rumbo de la Argentina.”

Licenciado en filosofía por la Universidad de Buenos Aires, Verón trabajó dos años en el Laboratorio de Antropología Social del College de France junto con Claude Lévi-Strauss. Dirigió, aquí, el Centro de Investigaciones Sociales del Instituto Di Tella, antes de radicarse por más de veinte años en Francia.

Actualmente dicta cátedra en la Universidad de San Andrés, en la UBA y en distintas maestrías.

Verón es internacionalmente reconocido por sus trabajos en semiótica, comunicación y análisis del discurso. Ha escrito muchos libros, entre los que se destacan “La semiosis social”, “Construir el acontecimiento”, “Conducta, estructura y comunicación”, “El cuerpo de las imágenes” y “Perón o Muerte”.

En esta última obra, escrita con Silvia Sigal, Verón se sumerge en el análisis discursivo del peronismo y se propone desmenuzar el tejido en el que se cruzan los discursos del propio Perón con los de la Juventud Peronista y Montoneros.

–Carlos Menem, Alberto Rodríguez Saá, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner, José Manuel de la Sota... Todos se dicen peronistas. Pero, ¿cómo se entiende hoy el peronismo?

–La tendencia profunda del pero-nismo fue buscar que el adjetivo “peronista” y el adjetivo “argentino” fueran sinónimos. Una vez logrado eso, ya el peronismo significa poco en términos de contenido ideológico-político. Creo que si Menem, Kirchner, Duhalde y De la Sota son todos peronistas, no se puede hacer un análisis político serio. La llegada de Kirchner al gobierno implica una especie de desaparición, una especie de disolución: como si uno hubiera echado al peronismo en un vaso de agua y terminara por disolverse completamente. Eso sí: queda un estilo, un modo de negociar, de establecer contacto con la gente, de las camándulas. Significa más, quizás, en el nivel del manejo interpersonal, de los modos de usar las influencias, de cómo plantear las alianzas y los enfrentamientos. Ahí sí se puede decir que hay un estilo peronista. Pero si "ser peronista" significó algo en términos de ideología política, yo creo que cada vez significa menos.

-Con el radicalismo desarticulado y el peronismo disuelto, ¿cree que los partidos políticos hoy son nichos vacíos?

-Hay una especie de vaciamiento político, pues por procesos distintos los dos partidos que dominaron la política del país están desapareciendo. Eso me parece bueno. La progresiva disolución del peronismo es una buena cosa para la Argentina. Y de la desaparición del radicalismo, ni hablemos, pues salvo por el injustamente olvidado presidente Arturo Illia, los radicales siempre demostraron que son incapaces de gobernar. Son incompetentes para administrar. Por eso hay que rearmar el espectro político de otra manera. Y eso era lo que pedía la gente.

-¿Cómo ve la gestión del presidente Néstor Kirchner?

-Por el momento, si tuviera que hacer un juicio global, sería positivo. Pero ese juicio es inseparable de aquello de lo que veníamos hablando. El país estaba en crisis y ya no nos podía pasar algo peor. Eso favoreció a Kirchner y condiciona mi juicio, pues salvo que el que viniera hubiera sido un loco, todo lo demás tenía que ser mejor que lo que estaba sucediendo en ese momento. Creo que lo mejor que ha hecho el actual presidente, y lo que sustenta todo lo demás, es haber logrado una cierta estabilidad económica y haber entablado buenas negociaciones por la deuda. Eso está bien llevado. El resto es más variable. Fuera de este núcleo fuerte de la economía, el resto de las áreas está muy teñido por la personalidad del primer mandatario. Eso no es algo que a mí me moleste, pero plantea interrogantes todavía sin respuesta sobre ciertas cosas.

-¿Cree que Kirchner tiene rasgos de autoritarismo?

-El Presidente puede tener decisiones fuertes, pero no lo calificaría de autoritario. Es más: no me parece mal un presidente especialmente fuerte. Sin embargo, creo que en algunos casos se ha buscado conflictos inútiles. Es posible que eso se deba a su estilo de conducción. Cada uno tiene el suyo y hay gente que necesita provocar enfrentamientos para tomar decisiones. Lo que me preocupa es la concentración del poder. No porque crea que es un totalitario, sino porque esa concentración puede ser fuente de ineficacia. Hay puntos pendientes que, finalmente, nunca se tratan y que se van posponiendo. En un país normal, las decisiones son tomadas por un equipo coherente que sirve de marco a un estilo presidencial. Ese mecanismo aquí no se ve. Es cierto que hay algunas personas clave, pero las decisiones las toma sólo el Presidente. Eso puede volverse ineficaz, porque no hay suficiente delegación.

-El actual gobierno suele identificarse con los años 70. ¿Cree que eso le impide tener un proyecto serio de país?

-La evocación que hace el Gobierno de los años 70 es, más bien, un intento de reafirmar la identidad. Es algo que pasa por la biografía de cada uno. Me parece lógico que, dada una situación de llegada, bastante accidental, a la cima del poder político, cada uno reivindique los componentes de su identidad. No obstante, me parece que ninguna de estas personas que dicen evocar la década de los 70 está pensando en aplicar en la realidad de hoy las cosas que se podrían haber dicho en aquel momento. Nadie es tan tonto como para hacer semejante cosa.

-¿Pero el Gobierno tiene un proyecto político para la Argentina?

-Es muy difícil que se hubiera podido definir un proyecto de país tal como se encontraba la Argentina en 2002. Ahora se están comenzando a advertir posibles direcciones, pero hay aún grandes agujeros negros, que no dejan ver si hay un proyecto o no. Pero eso me parece normal, pues éste no es un gobierno que siga a otro, no es una expresión de continuidad. Empezó de cero, en 2003. Un año antes, Kirchner no se imaginaba que iba a terminar donde terminó. Creo que por el momento no hay un proyecto como el que tuvo la generación del 80. Incluso no creo que en países mucho más avanzados que el nuestro si alguien pregunta cuál es el proyecto nacional le puedan contestar. El nivel de incertidumbre es tan alto en el mundo que es difícil definir un proyecto de país. El proyecto de Kerry, por ejemplo, es decir que lo que estaba no puede seguir. Y eso no es muy diferente de lo que hizo Kirchner cuando asumió. Su primer posicionamiento fue decir: basta con la década del 90.

-¿Cree que el gobierno de Kirchner manipula los medios de comunicación a través de la publicidad oficial?

-No, no tengo esa impresión. Todo anunciante va a ejercer el máximo poder en aquellos lugares en los que compra espacio publicitario. Lo que me parece un desperdicio es que se haya gastado tanto dinero en publicidades oficiales desde el comienzo de la gestión. En el momento en que se difundieron, el Presidente gozaba de una imagen positiva que muy pocos gobernantes han tenido en la historia del país.

-¿La televisión tiene la culpa de que se haya perdido la buena retórica política?

-Hay un proceso de desgaste de la política en todas partes del mundo. La televisión fue ocupando espacio dejado por la crisis y las instituciones tradicionales. En los años 80, los políticos no sabían cómo manejarse en la televisión e hicieron un montón de tonterías. Hoy la política tiene otra dinámica y sólo se puede ejercitar a través de los medios de comunicación. Particularmente a través de la televisión. Este es un hecho mundial y los políticos argentinos lo están aprendiendo.

-¿Cuál es su análisis sobre el fenómeno piquetero?

-En el plano político, el fenómeno piquetero es importante en la medida en que ha cumplido un papel opositor. Durante todo este año y medio, Kirchner gobernó sin oposición y eso es siempre malo en términos de una administración. Un gobierno necesita oposición para verse forzado a tomar buenas decisiones. Y la perturbación que generaron los piqueteros cumplió un papel opositor. Kirchner gobernó en una especie de vacío político, porque Ricardo López Murphy se manejó mal y porque la verdad es que lo que diga Elisa Carrió a través de los diarios no le importa demasiado a nadie. Si tomo a los piqueteros como un conjunto, veo algo que genera un poco de presión dentro de un marco demasiado "liso" para la administración de Kirchner.

-¿En qué se manejó mal López Murphy?

-López Murphy me parece demasiado marketinero. Da la impresión de que algún consejero le dice: hoy tenés que hacer esto, y él lo hace. Me da la sensación de que, como no tiene convicción sobre lo que debe hacer, está siempre a la espera del consejo: qué cara tiene que poner en tal programa o qué frase debe decir en tal radio. Se queda en el gesto. No es la misma impresión que me da Kirchner, ni Elisa Carrió, que dice tonterías algunas veces, pero que transmite una cierta convicción en lo que dice.

-El secretario de Cultura, Torcuato Di Tella, dijo que la cultura no es prioridad para este gobierno. ¿Un país puede salir adelante sin un proyecto cultural?

-No. Entiendo que cualquier persona que esté en el Gobierno pueda hablar de prioridades. En la situación en que se encuentra la Argentina, es lógico que la prioridad sea la economía. Pero se pueden buscar alternativas. Y eso tiene que ver con la formación de equipos, pues mientras un grupo busca soluciones a la economía, otro podría trabajar en un proyecto cultural. Pero eso no ocurre. El problema está vinculado con la centralización del gobierno de Kirchner. Como si todo tuviera que pasar por él. Pero si la definición de una política cultural tiene que pasar por el Presidente, y... vamos a tener que esperar tres o cuatro años hasta que tenga tiempo de ocuparse. Esto no tendría que funcionar así. Ahí hay un grave problema de delegación. Aunque en este caso el problema es, más bien, haber nombrado un secretario de Cultura que dice que la cultura no es prioritaria para el Gobierno. ¡Eso sí es un problema!

-¿Cree que a Di Tella lo mueve su gusto por la provocación?

-Torcuato siempre fue así. Es su estilo. Uno puede ser así en distintas instituciones, pero no cuando es parte de un gobierno. Declaraciones de ese tipo no le hacen bien a nadie.

-¿Cree que está cumpliendo una buena administración?

-No vi en la gestión cultural algo que haya llamado mi atención, que me haya parecido un paso adelante. No creo que la gestión Kirchner pase a la historia por su política cultural. Eso está claro.

-Usted es profesor aquí y en Europa. ¿Los alumnos argentinos están lejos de los que tienen acceso a las casas europeas de altos estudios?

-En una evaluación general, le digo que no, a pesar de todos los problemas estructurales del país, pero creo que los problemas educativos se van a ir agravando a medida que pase el tiempo. Los estudiantes que tuve en las universidades argentinas no tienen nada que envidiarles a los europeos. No son peores que ellos. Pero hay que tener en cuenta que las dificultades son siempre institucionales, no de las personas. Y en ese sentido puedo decir que un tema prioritario para este gobierno deberían ser las universidades públicas. Hay que repensar la Universidad. Es un tema prioritario y no se está haciendo nada. Hay una especie de analfabetismo alfabeto o, más bien, alfabetos analfabetizados que uno sospecha que el sistema escolar está produciendo. Eso recién ahora está empezando a llegar. Por ejemplo, uno se encuentra con graduados que empiezan un posgrado y que no saben escribir. Ese es el resultado de fallas que comenzaron hace tiempo. Uno se encuentra con gente inteligente que no sabe redactar. Si uno combina la situación política con la crisis en el sistema escolar, la educación está en serios problemas. Lo importante es que la cultura pedagógica en la Argentina no se ha perdido todavía. El peso de la historia es importante. Eso no está muerto. Pero hay que hacer algo rápido, inmediatamente, porque si no estaremos muy pronto en problemas. Actualmente, si comparamos un estudiante de grado en cualquier universidad, el argentino es mejor que en muchos países de América latina. Esa diferencia sigue existiendo, pero tiende a desaparecer.

-La fuga de cerebros, ¿se puede detener?

-Eso comenzó hace mucho tiempo. Ya en la época del Instituto Di Tella se trabajaba sobre el tema. Pero lo preocupante es que sólo el diez por ciento de los que se inscriben en los posgrados los termina y que muchos se van al extranjero. Que no se pueda retener esa materia es tremendo.

-¿La Argentina ha superado la dicotomía civilización o barbarie?

-Creo que lo mejor que le ha ocurrido al país es que ha terminado con los ciclos macabros de gobiernos civiles y gobiernos militares. Esa dicotomía ha terminado. Es como un milagro. El país tiene 21 años de democracia y esa tendencia se está imponiendo en toda América latina: pasó en Brasil, en Chile, tarde o temprano pasará en Cuba. Este dato no hay que perderlo de vista, pues es un ajuste con la situación internacional. Hoy ha desaparecido la idea de un golpe militar y con eso hemos salido de una historia muy larga, de una especie de ciclo infernal. Nadie puede predecir el futuro, pero parece que hemos salido definitivamente. Soy un optimista en ese terreno y veo las cosas positivas que nos ocurrieron en los últimos años.

Por Jesús A. Cornejo
De la Redacción de LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=649614

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Varsovia 1944 ¿heroísmo o impulso?

Archivado en Jack Fuchs • Fecha: 30-10-2004 00:00:00

Por Jack Fuchs

Las ciencias historiográficas hacen muy bien su trabajo, recopilan y organizan datos. Yo repaso los hechos, y no con la precaria credulidad del hombre informado, pero no hay caso, no puedo leer de otro modo: en la guerra hay en juego un embrollo místico, una violencia que detiene la historia y tira de la cuerda del sacrificio. La guerra se impone como error de cálculo. Si los rivales midieran sus fuerzas con instrumentos de precisión física, y si el instrumental no fallara, resultaría una ecuación de la que surgirían vencedores y vencidos, daños, cómputos de pérdida y ganancia. Alrededor de la guerra, los especialistas debieron haber inventado, como para la economía general, fórmulas del tipo “tasa de ganancia”, “crecimiento del producto bruto”, etc. Pero en la guerra, la razón instrumental, la técnica, revelan su naturaleza excesiva, y sobre ella, con ella, vuelve a reinar el mito. La guerra es el fracaso o la extensión de la razón. Está en la naturaleza social, como el vuelo y la rapiña están en la naturaleza de las aves de presa.
En agosto de 1944, el mundo ardía de una punta a otra, del Pacífico al Atlántico; gran parte de Polonia ya había sido arrancada del dominio nazi por el avance de las tropas soviéticas. Si bien faltaban todavía ocho meses para la rendición final de Alemania, las fuerzas de la URSS ya controlaban la parte este de Varsovia. En el gueto de Lodz aún quedaban unos 70 mil judíos, mi familia y yo entre ellos, que fueron deportados a Auschwitz precisamente durante ese mes. La escena europea de guerra había entrado en una fase de máxima locura, mientras los nazis retrocedían en Polonia, Auschwitz funcionaba en toda la intensidad de sus mecanismos de aniquilación. En ese contexto, cuando todo hacía suponer que Varsovia, en poco tiempo más, quedaría enteramente fuera de la órbita nazi, se produce el levantamiento polaco. La resistencia, al mando del general Tadeuz Komorowsky, recibió órdenes desde Londres, donde funcionaba uno de los gobiernos polacos en el exilio (el otro tenía sede en Dublín); se trataba de poner en marcha un levantamiento popular contra los alemanes. Mal armada, en inferioridad militar, y sin apoyo real, ni soviético, ni aliado, la resistencia estaba destinada a malograrse. Hitler, arrinconado, quiso ser ejemplificador y ordenó la destrucción total de Varsovia, se combatió calle por calle, los alemanes fueron implacables. Stalin pronosticó lo peor, se limitó a decir que se trataba de una locura. En pocos días, el levantamiento dejó cerca de doscientas mil víctimas, más que en Hiroshima, significó la completa destrucción de la ciudad, y sin embargo Varsovia no entró en la “historia” de los grandes acontecimientos de la Segunda Guerra. El arrasamiento fue total, la orden del führer se cumplió casa por casa. Los mayores sufrimientos y daños recayeron sobre la población civil. Quienes intentaban escapar eran ejecutados en el acto, no se respetaron hospitales y asilos, ni la infancia, ni la vejez, había orden de no tomar prisioneros, había que terminar con todos, todo ciudadano fue blanco de la ira nazi.
Los datos son aproximadamente éstos. La pregunta es obvia: ¿qué empujó a los polacos a una decisión tan desatinada? ¿Por qué no esperaron la derrota completa de Alemania que ya se veía llegar en el umbral inmediato, como ocurrió en París, en Bruselas o Praga? ¿Cómo no tener en cuenta la disparidad de fuerzas? ¿Cómo poner en marcha una estrategia semejante sin contar con apoyo aliado o soviético, pactado en firme previamente? Hay interpretaciones pretendidamente sensatas: que los polacos querían ganar posiciones en el terreno político, para negociar en una mejor situación con la URSS el futuro escenario de posguerra; que en el gobierno del exilio y en la resistencia predominaban elementos nacionalistas que consideraban tan enemigos a los alemanes como a los rusos; que la lucha frontal con el nazismo constituiría un bien simbólicamente prestigioso para Polonia, que el alzamiento, aunque los polacos no necesitaban acumular méritos, porque ya habían luchado suficientemente, dejaría bien en alto el orgullo y la heroicidad nacional, que era mejor morir con honor, en combate, antes que aguantar y seguir viviendo.
Ninguna de ellas me satisface. Sesenta años después, y digo esto con dolor: el alzamiento me parece enteramente irresponsable. La mayoría de los líderes, después de haber vivido durante cinco años la ocupación nazi, sabía perfectamente cuáles eran los métodos y cuál podía ser la reacción del régimen. Pero ¿cómo ignorar o despreciar a los que lucharon contra el nazismo? No es mi caso, pero tampoco me conforma la épica del luchar por luchar, y la figura del héroe, arrojado a la poesía del sacrificio, me resulta a veces inaceptablemente farsesca.
Ninguna explicación me tranquiliza, porque lo que veo en el episodio de Varsovia –algo semejante a lo que puede verse hoy en la ciudad de Nayaf, en Irak– es el centro de la naturaleza misma de la guerra: matar por matar, dejarse matar por dejarse matar; siempre ese lado mítico del sacrificio, siempre esa necesidad de derramar sangre humana, que la razón occidental no puede desentrañar.
Y viendo esto, y habiéndolo experimentado en el cuerpo, pienso sin embargo que es imprescindible evocar a las víctimas, evocar las ruinas que sobre las ruinas se acumulan en el pasado. El Levantamiento de Varsovia, durante décadas, se ocultó misteriosamente en el olvido. No lo recordaron los rusos, no lo recordaron los aliados: pero la mala conciencia no borra, no puede borrar, la realidad de los hechos.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-42955-2004-10-30.html

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"Bush arruinó la economía de EE.UU.", dice Paul Auster

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 27-10-2004 16:06:59

Para el célebre narrador, sólo si gana Kerry se puede esperar un cambio

NUEVA YORK.– “Estaba buscando un buen lugar para morir. Alguien sugirió Brooklyn.”

Las palabras son de Paul Auster, escritor emblemático de ese barrio neoyorquino, y deparan cierta sorpresa. Primero, porque en este otoño boreal, Brooklyn –y, en particular, las cuadras alrededor de la casa de Auster, en Park Slope– parecen más llenas de vida que nunca: los árboles muestran un naranja furioso, se ven niños con los abrigos multicolores de moda aprovechando cada instante para jugar en la calle antes de que llegue el frío y una multitud de ardillas corretean en los patios traseros y acumulan alimentos, lo que le da a la escena un toque de cuento anglosajón.

Segundo, porque la frase pertenece a un manuscrito inédito. Y es sabido que Auster, como tantos escritores, detesta leer parte de su trabajo cuando todavía está en producción.

Pero éstos no son tiempos corrientes en Estados Unidos. El martes se harán las elecciones, que se anticipan como las más parejas de la historia norteamericana. Y sólo para reunir fondos para los demócratas Auster podía aceptar leerle al público (como lo hizo, ante una multitud silenciosa y fascinada que había pasado horas haciendo fila para escucharlo) las primeras páginas de su próxima novela, titulada, tentativamente “The book of human follies” (“El libro de los desatinos humanos”).

“Para mí es casi un tema de vida o muerte que saquemos a Bush de la presidencia”, sintetizó a LA NACION el célebre novelista, poeta, ensayista, traductor y cineasta en su poco esperado papel de activista fervoroso.

"Pongámoslo de esta manera: si Bush es reelegido estaremos en la misma terrible situación en que hemos estado los últimos cuatro años. Si pierde, hay alguna esperanza de cambio. No en la escala que a mí me gustaría, pero ciertamente sería un paso adelante si la gente se volcara por Kerry."

Auster ha sido descripto como el ideal de belleza masculina a lo Byron, y mientras recita su nuevo texto ante los jóvenes oyentes en el auditorio de la universidad Cooper Union hay que conceder que aquello no es errado. Los ojos grises le brillan y su metro noventa de altura le da un aire de gran autoridad. El autor de clásicos como "La trilogía de Nueva York", "El libro de las ilusiones", "Timbuktu", "La invención de la soledad" y " Mr. Vértigo", además responsable de films como "Cigarros" y "Lulú bajo el puente", tiene 57 años, pero la vida política lo encuentra con tanto vigor ahora como cuando era un estudiante que sacudía al establishment en la década del 60.

"Lo de la política no es nuevo para mí. Participé en todos los actos y marchas contra la Guerra de Vietnam y en las lecturas públicas que se hacían entonces. Pero ahora siento que estamos atravesando otro momento de crisis en nuestra cultura y que no puedo quedarme sentado sin hacer nada. Por eso salí a colaborar con la campaña de Kerry. No podría vivir conmigo mismo si no lo hiciera", reconoce.

-¿Qué opina del candidato demócrata?

-Me gustaría que Kerry fuese un poco más coherente respecto de la guerra en Irak, si bien reconozco que está en una posición difícil, porque tiene que defenderla y atacarla al mismo tiempo. Fue un terrible error ir allí, en primer lugar, y los americanos armamos un lío tremendo en ese país. Pero el hecho concreto es que hoy estamos en Irak. ¿Sería lo correcto irnos dejando un lío aún mayor? No estoy seguro. Es un gran dilema político y moral, pero aun olvidándonos del drama en Medio Oriente, en el frente interno hay temas importantes que atacar. Bush arruinó la economía norteamericana. La cantidad de gente que perdió su trabajo en los últimos cuatro años sólo es comparable a la de la época de J. Edgar Hoover, a comienzos de la Gran Depresión. Esto no se arregla de la noche a la mañana, aunque Kerry podría ayudar si eliminara el recorte de Bush en los impuestos a los más ricos, lo que tendría efectos casi automáticos. Pero sobre todo es importante que Kerry sea elegido presidente porque tiene la credibilidad suficiente para salir al exterior y decir que queremos que vuelvan nuestros aliados, que creemos que Estados Unidos es parte del mundo y que no quiere dominar el planeta. Yo creo que el resto de los países nos daría la bienvenida si vamos con un espíritu de cooperación.

-Así como usted, este año fueron muchísimos los escritores, académicos e intelectuales que asumieron mayor activismo político. ¿Cree que pueden cambiar algo?

-No lo sé: al menos, no podemos hacer daño. Cuanto más hable la gente, cuanto más intente llegar a la verdad de lo que está pasando, más posibilidades habrá de sacar la cosa a flote. También hay un tema de conciencia. Muchos de nosotros sentimos que no podemos mirar para otro lado frente a lo que está pasando y que no podemos escondernos tras nuestros libros esta vez. Yo mismo participé este año en varios actos con otros escritores en favor de Kerry. Incluso estuve en la movilización de fines de agosto, que reunió a más de medio millón de personas y que fue considerada una de las más importantes de la historia de Nueva York. Me acompañaron mi mujer, Siri Hustvedt, y mi hija. Estamos politizados hasta en el hogar.

-¿Mantiene dos vidas separadas? ¿Paul Auster el escritor y Paul Auster el activista político?

-No, porque la política siempre fue parte de mi vida. Mis novelas no son abiertamente políticas, pero tienen mucha política atrás que, a veces, aparece de forma metafórica. Cada uno de mis libros trata sobre historia y política, de una forma u otra. De cualquier manera, yo no creo que las novelas sean el lugar para intentar solucionar los problemas del mundo. Las novelas son, frecuentemente, historias de gente pequeña e insignificante, y el valor de esas historias es que nos acercan como seres humanos, al hacernos entrar en la vida de otros y poder así sentir cómo sienten los demás. Una novela nunca va a impedir que las balas penetren en un cuerpo, no va a paliar el hambre ni a frenar una guerra. Son objetos que no sirven para nada a la humanidad, en términos estrictamente prácticos, pero sí tienen una enorme función espiritual.

-¿Y para qué sirven los poemas políticos, entonces? Es sabido que escribió un poema contra el presidente Bush, devenido canción de protesta, "Los blues del rey George".

-(Risas) Mmmm, sí, lo escribí cinco o seis días después del comienzo de la guerra, porque me sentía tan enojado y traicionado que no sabía qué hacer. Es una cancioncita muy obvia y simple, pero sirvió para "hacer que pasara la calentura", como se suele decir. Unos amigos músicos de Brooklyn le pusieron música y hoy se puede escuchar en el sitio web www.topplebush.com. Pero, para otros propósitos, yo ya no escribo poemas. Dejé de hacerlo hace 25 años. Acaba de salir a la venta una colección de los que compuse al comienzo de mi carrera, de los que no reniego. Pero en un momento, décadas atrás, me desesperé y no pude escribir más, nada de nada, y cuando retomé la pluma ya era en prosa. Es como si hubiese tenido dos vidas como escritor. La actual ya no es en verso. Salvo, bueno, en mi furia contra Bush o para motivos familiares, casamientos, cumpleaños, donde escribo un par de líneas para hacer reír. Pero el público nunca las verá: son estrictamente privadas.

-Sin embargo, el humor es algo que a usted, evidentemente, le gusta compartir, ya que acaba de mandar a su editor una nueva novela, "The Brooklyn Follies", que será una comedia. Después de un libro tan triste como "La noche del oráculo", ¿qué motivó el giro?

-Hay una frase de Billy Wilder, el director de cine, que dice que el mejor momento para escribir una tragedia es cuando uno se siente realmente feliz y que cuando uno cae en el más profundo de los pozos depresivos es cuando hay que escribir comedia. Los últimos años han sido muy oscuros para los americanos y para el mundo, así que decidí enfocar la realidad desde un punto de vista alternativo. Traté de acordarme y de poner en el papel lo que es la alegría de estar vivo. Un ejercicio que, además, me ayudó a recuperar cierto equilibrio mental.

-¿Qué es lo más difícil de ser gracioso?

-¡Ser gracioso! Pero yo no clasificaría a este libro como uno de aquellos que invitan a la carcajada, porque hay mucho material denso y humor negro en él. En cambio, por "comedia" lo que yo quiero decir es una historia en la cual al llegar a las últimas páginas los personajes están mejor que en las primeras. Tome a Shakespeare, por ejemplo. En sus comedias y tragedias muchas de las situaciones que plantea son las mismas: iguales conflictos, iguales problemas, sólo que en las tragedias todos terminan muertos en el escenario y en las comedias hay un casamiento en el último acto. Bueno, yo simplemente quise escribir un libro en el que la gente se casa.

-En una entrevista con LA NACION, Martin Amis dijo que lo políticamente correcto estaba matando a la novela humorística. ¿Usted lo cree así también?

-El humor y la comedia son eternos y, sin importar las circunstancias de un momento en particular, siempre existirá gente bromeando sobre lo que ocurre. Los estilos del humor cambian a lo largo de los años, pero decir que el humor, en general, está en peligro de extinción es como decir que la raza humana está en peligro de extinción.

-En la Argentina, muchos leemos sus libros en la traducción al castellano. Usted trabajó muchos años como traductor. ¿Estamos perdiendo mucho respecto de los originales?

-Es inevitable que se pierdan cosas. Cada vez que abro un libro escrito originariamente en otro idioma lo sé por adelantado, pero eso no quiere decir que el poder central del texto no me vaya a llegar igual. Puede faltar la musicalidad del idioma original, por ejemplo, pero, francamente, puedo decirle que algunas de las mejores experiencias de lectura que tuve fueron escritas en otros idiomas. No puedo leer ruso, pero Dostoievski permanece como uno de mis escritores favoritos, aunque sólo haya captado un 75 por ciento de lo que escribió. Como me ocurrió con el "Quijote" (del cual he leído todas las traducciones), ese porcentaje fue suficiente para que cambiara mi vida.

-¿Cómo es el proceso detrás de cada novela suya?

-Todas las novelas que escribo son el resultado de un proceso orgánico muy lento y muy emocional. Las historias me salen del inconsciente. Nunca salgo a buscarlas, sino que ellas son las que me encuentran. Y antes que nada están mis personajes. Me paso años pensando en ellos. "La noche del oráculo", por ejemplo, no es muy larga, unas 240 páginas, pero estuve pensando en los protagonistas durante veinte años. Para el momento en que me siento y escribo las novelas, ya están ahí, de alguna manera, así que esa parte va relativamente rápido, si bien mis historias nunca terminan como lo tenía planeado. Eso, claro, convierte a todo el proceso en una gran aventura.

-Es inevitable preguntarle por el tema del azar, que se repite en su obra. ¿Cuánto de eso proviene de la vida real?

-En mis ensayos he registrado algunas de las coincidencias más extrañas que he tenido en la vida, y a veces en mis novelas ocurren cosas similares. Eso no quiere decir que yo crea que nuestros destinos están escritos. Eso sería muy aburrido. Cada día creamos lo que vivimos y todos tenemos el potencial de desarrollar muchas vidas distintas. Las circunstancias, los accidentes y las coincidencias van a jugar su parte en el camino que elijamos, pero lo elegimos nosotros. Es realismo puro. Del encuentro entre la fuerza de nuestras ambiciones con la fuerza de lo inesperado salen las historias.

-Usted vio los ataques del 11 de septiembre desde su casa, del otro lado del río. ¿Qué le parece que es importante recordar en estas elecciones?

-Sobre todo que, después de los ataques, la gente se empezó a preguntar qué es lo que nos diferencia de quienes los perpetraron. ¿En qué creemos? ¿Por qué somos distintos? Y casi todo el mundo llegó a la respuesta de que los americanos creemos en la democracia. Aun si no la practicamos tan bien como deberíamos, es la piedra fundamental en la que se basa nuestra sociedad.

-¿Qué recuerdos le quedan de su visita a Buenos Aires, en 2002?

-Estuve cinco días y fue como si hubiese pasado cinco meses. Encontré un furor intelectual muy estimulante y, en lo peor de la crisis, igual encontré un asombroso optimismo entre la gente.

-¿En qué está trabajando ahora?

-En general, caigo en una profunda depresión al entregar un manuscrito, pero esta vez encontré una cura. Alguien que no puedo mencionar me pidió que le escribiera un guión cinematográfico, y ya estoy dedicado a eso. Claramente, la mejor medicina para la depresión es seguir trabajando.

Por Juana Libedinsky
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=648533

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El empleo del tiempo

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 25-10-2004 00:00:00

Por Sandra Russo

Debería agregarse a la lista de los pequeños placeres de la vida: llegar a casa cansado, prender la televisión, comprobar que en los canales de aire lo único que dan son porquerías, hacer zapping y descubrir que en el cable justo está por empezar una película francesa. El pequeño placer se convierte en placer con todas las letras (incluyendo esa cuota de vértigo de los placeres con todas las letras) si esa película es El empleo del tiempo, de Laurent Cantet, el mismo director que con Recursos humanos hizo, de algún modo, un malabarismo similar para internarse en cuestiones que en manos de otro podrían ser panfletarias, pesadas, recurrentes, y en las de él son historias que dicen mucho más de lo que muestran. Allí se detenía en el borde contradictorio y conflictivo de la relación entre un padre obrero y un hijo ejecutivo. Escarbaba en esa relación a través de un relato que daba vuelta la trama previsible: el padre estaba orgulloso de su hijo, pero el hijo no podía estar orgulloso de un padre que negaba su propia dignidad. El hijo había llegado a donde el padre lo había empujado: a eyectarse de su clase, a ser parte de la patronal, pero eso no era para el hijo algo para agradecer, sino algo para reprochar. Bajo la simple idea de “querer algo mejor”, el padre había criado no a su hijo sino a un hijo del sistema.
En El empleo del tiempo, Cantet sigue profundizando en la subjetividad capitalista y mete la cabeza en una problemática curiosa, abismal, tan íntima y tan social al mismo tiempo que por sí sola es un hallazgo: qué hacemos con el tiempo, cómo lo invertimos, en qué, el tiempo como mercancía, el tiempo como banda ancha de intercambio de comunicaciones productivas, como mera posibilidad de remar hacia la plusvalía, el tiempo alienado y enajenado de sujetos que no son dueños sino empleados de sus días. El tiempo como herramienta de uso y lucro, y al mismo tiempo como amenaza, si está vacío. Cantet exhibe criaturas domesticadas hasta el límite de la cordura. Expropiadas de su vida, es decir de su tiempo, de sus días y de sus horas, de sus cinco minutos, de su ocio. ¿Qué es la vida si no es tiempo?
Un ejecutivo es despedido. Sobre él pesa no sólo la responsabilidad de su familia sino también las enormes expectativas de su padre. El hombre calla. No se anima a decirlo. Miente. Pasa el día por ahí, vagando, habla por celular con su esposa, le dice que tiene reuniones hasta tarde, se sostiene en la simulación del ocupado. Se queja de la sobrecarga de trabajo: es el slogan que lo enmarca. Cuando no puede más, sigue mintiendo. Inventa un trabajo en Ginebra como funcionario de la ONU. Se muda solo. Su familia comprende que todos deben hacer un sacrificio. Una buena carrera profesional es algo por lo que todo el mundo sabe que hay que pagar. ¿Pagar con qué? Principalmente, con tiempo. Después de todo, cada día y desde que nos hacemos cargo de nosotros mismos, ¿qué ofrecemos a cambio de un salario? Nuestro tiempo: nuestras vidas.
La trama va derivando hacia costados oscuros. El tiempo sin empleo, el mal uso del tiempo, arrima al protagonista al mundo del delito, de la estafa. El tiempo vacío lo va corrompiendo. La película de Cantet se abre en dos grandes líneas argumentales. Una va por la superficie, describiendo cómo en una sociedad hipercompetitiva las personas privadas del uso previsible del tiempo van ahogándose en tiempo: van languideciendo entre horas muertas. Sin trabajo no hay nada. Y va mostrando cómo, cuando el tiempo está muerto, se llena de fantasmas y se advierte que esos fantasmas no son tales: en ese submundo habitado por seres fuera de serie en el sentido más literal posible, germina el delito. Pero por otro lado, la visión del protagonista cargando como una cruz su propio uso del tiempo toca una cuerda más profunda, existencial: ¿qué nos han hecho? ¿Qué ha pasado para que haya personas que no tengan, de sus propias vidas, ninguna idea desanudada de la idea de la producción? Se lo ve a él vestido como para una reunión de directorio, durmiendo en el auto, deambulando por la calle, comiendo en bares, hablando por teléfonos públicos, pasando el día entero en un sillón confortable en una empresa corporativa en la que ve ejecutivos y secretarias hacer lo suyo, nada, constatar citas, comunicar estadísticas, defender proyectos, moverse mutuamente el piso. Sentado en ese sillón del que después un guardia lo echará con buenos modales –él está bien vestido, el guardia es respetuoso con un hombre de impermeable tan caro–, uno ve no a un hombre: es un cobayo que se ha quedado sin su jaula. Y eso somos: cobayos que reclamamos jaula. En 1996, también francesa, la crítica literaria Viviane Forrester escribió en su libro El horror económico: “En la actualidad un desempleado no es objeto de una marginación transitoria, ocasional, que sólo afecta a determinados sectores. Está atrapado por una implosión general, un fenómeno comparable con esos maremotos, huracanes o tornados que no respetan a nadie y a quien nadie puede resistir. Es víctima de una lógica planetaria que supone la supresión de lo que se llama trabajo, es decir, los puestos de trabajo. Pero aún hoy se pretende que lo social y económico están regidos por las transacciones realizadas a partir del trabajo, cuando éste ha dejado de existir. Las consecuencias de este desfasaje son crueles. Se trata y se juzga a los sin trabajo, víctimas de esa desaparición, en función de los criterios propios de una época en la que abundaban los puestos de trabajo. Despojados de empleo, se los culpa por eso, se los engaña y tranquiliza con promesas falsas que anuncian el retorno próximo de la abundancia”. Cantet acierta a dar con un tema que reúne como pocos la marca social en la piel más fina y virgen de un hombre común. El empleo del tiempo es una película de una fuerza política notable, justamente porque exhibe la carne viva, la privacidad más llana de un personaje que va cayendo lentamente, que va siendo expulsado en cámara lenta de la moral. La película da su estocada en la perfección de un título. Todos somos empleados del tiempo. En su libro, Forrester hacía una pregunta que se puede retomar hoy aquí, a la vista de miles y miles de hombres y mujeres que ni siquiera se dicen desempleados, porque eso supondría haber tenido un empleo y haberlo perdido. Un desocupado es algo menos que un desempleado. La pregunta es ésta: “¿Pero qué sucede con el derecho a vivir cuando éste ya no funciona, cuando se prohíbe cumplir el deber que da acceso al derecho? ¿Qué sucede cuando se vuelve imposible cumplir con la obligación?”.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-42749-2004-10-25.html

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Cartelera de fantasías

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 24-10-2004 00:00:00

En una revista, alguien canjea psicoterapia por malabares. ¿Qué hay detrás de estos curiosos anuncios?: una cadena de artes, deseos y oficios inserta en un nuevo paisaje social.

BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar

Canjeo psicoterapia (soy psicólogo) por clases de acrobacia, malabares, fuego." Este aviso, publicado en la cartelera de canje de Hecho en Buenos Aires, la revista que, por $1,50, venden los desocupados y que yo compro siempre, me dejó pensando. Los canjes de clases de español por inglés o francés, los de una cama por una máquina de coser (con pocas ilusiones, porque se aclara "a pedal, pero que funcione"), de trabajos de plomería por carpintería, o de apoyo escolar por gimnasia, nunca me llamaron la atención. Pero este aviso, que ofrecía psicoterapia a cambio de las artes circenses que volvieron a ponerse de moda, plantea otra cosa: si la afirmación "soy psicólogo" es verdadera, y no tengo motivos para desconfiar, indica a alguien que realizó una carrera por lo menos terciaria, y busca ahora o una nueva ocupación o un hobby cuyo aprendizaje no puede pagarse con los honorarios que, como psicólogo, debería estar cobrando a sus pacientes.

Un mundo desconocido hasta hace pocos años está detrás de ese ofrecimiento de canje. Hoy, sin embargo, ese mundo es bien visible y basta pasear por un parque los domingos para ver que los malabares, la capoeira, las estatuas vivas, los zanquistas y los magos ocupan escasos metros cuadrados con sus destrezas adquiridas, verosímilmente, en canje por enseñar otras quizá tan diversas como maquillaje teatral, biorritmo, acupuntura o sushi. Estas artes y oficios bordean, por un lado, el viejo mundo de los artesanos post-hippies, para darles un fechamiento, y, por el otro, el de los saberes inmateriales del tarot, el yoga, el control mental, la adivinación por la borra del café y variadas maneras de adelantarse a los acontecimientos futuros. También dentro del mundo de estas nuevas o recicladas destrezas debería anotarse el renacimiento de las artes de la murga, una institución que parecía enterrada o en agonía y que, este año, salió a pedir que volvieran a respetarse los feriados de carnaval, días que, hasta hace poco tiempo, sólo eran reivindicados por razones turísticas.

Como sector laboral estabilizado, están los paseadores de perros, oficio que, en otras ciudades donde las estadísticas señalan que hay muchísimos perros, como Berlín por ejemplo, es desconocido porque, en apariencia, los dueños de esos animales tienen ganas de pasearlos y sus jornadas laborales razonables se lo permiten. Si, en Buenos Aires, hay paseadores de perros en barrios que no pertenecen a la geografía de los muy ricos, es porque hay allí dueños de perros que pagan por el servicio. No sé qué es lo que ha sucedido, pero sé que no ha sucedido únicamente en Buenos Aires ni únicamente como resultado de los avatares económicos. El canje de objetos no sorprende a nadie y tuvo un breve esplendor en los momentos más álgidos de la crisis; en el mercado de canje, se intercambian también servicios; incluso existen grupos de artistas e intelectuales que lo realizan como una especie de diversión con pretensiones estéticas o filosóficas. Es decir que lo sorprendente no es el canje sino las materias y los saberes que entran en él. Imagino que un equipo de investigación podría hacer el relevamiento de las actividades ofertadas y requeridas, y ordenarlas por su importancia cuantitativa. ¿Qué se obtendría? Claro, primero habría que saber cuántos miles de personas están incorporadas a ese circuito. Pero si esas personas son muchas, me pregunto cuánto podríamos llegar a saber del deseo y las fantasías; no se trata de lo que tradicionalmente se denomina vocaciones, sino de estilos y modas culturales que marcan lo que se desea hacer, ser o poseer. Hace veinte años, algunas de las actividades que hoy vemos en las plazas estaban en decadencia; hoy renacieron y el desempleo no es el único responsable. Los nuevos oficios y destrezas no provienen sólo de la crisis sino de eso más subterráneo que se llama tendencias culturales. En un medio vuelto hostil por la economía, la rosa de los vientos giró hacia la autorrealización personal imaginaria, donde se puede hacer lo que se quiere y, por añadidura, sentirse creativo.

http://www.clarin.com/diario/2004/10/24/sociedad/s-855643.htm

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"La cárcel suele significar una capacitación para el crimen"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 24-10-2004 00:00:00

NILS CHRISTIE, CRIMINOLOGO

En distintos países del mundo, incluida la Argentina, se piden penas mayores para luchar contra el aumento del delito. Pero la experiencia indica que tiene más éxito reparar la desintegración social.

Claudio Martyniuk
cmartyniuk@clarin.com

Nuestro paisaje urbano se llenó en pocos años de rejas y se multiplicaron las alarmas y las cerraduras. Cada vez hay más gente armada, pero aún así la sensación de inseguridad sigue dominando y se reclaman más penas y encarcelamientos. ¿Es éste el camino correcto?

—Cuando las diferencias de clase aumentan y la economía está teñida por la inequidad, la inseguridad pasa a ser una característica de la mayoría de las socieda des. La inseguridad es la parte peligrosa del desarrollo. Por eso yo pongo tanto énfasis en la mejora de las condiciones sociales generales como medida contra el crimen. Sé que en Argentina hay un fuerte movimiento tendiente a aumentar las penas y la seriedad de los castigos pero, en mi opinión, esto es a la larga una política peligrosa. A menudo utilizo el siguiente y sencillo ejemplo: si los padres tienen hijos y los mandan a una escuela, esperan que aprendan algo. Esperan que tengan buenos profesores y que hagan amigos para toda la vida. ¿Por qué no habría de tener las mismas consecuencias el encarcelamiento? La cárcel es peligrosa porque en la mayoría de los casos significa una capacitación para el crimen. Creo que esa es su esencia. Por lo tanto, es sumamente importante hacer hincapié en las cuestiones sociales y en los caminos alternativos al endurecimiento de penas. Algo hay que hacer, sin duda, contra el aumento del delito. Pero debemos tratar de encontrar soluciones civilizadas.

# ¿Cuál es el balance de las experiencias de naciones como Estados Unidos o Rusia, que tienen los índices más altos de encierro de personas?

—En Estados Unidos tienen hoy un problema muy serio. Pese a registrar un encarcelamiento muy elevado, tienen que liberar a los detenidos tarde o temprano, y ahora estamos en el proceso en que estas prolongadas condenas van a expirar y muchísimos de los convictos van a ser incapaces de hacer frente a la vida común. En Rusia se ve claramente cómo la clase baja está penetrada por lo que ellos llaman la "cultura del ladrón", aprendida en las cárceles. Pertenezco a un sistema relativamente homogéneo, el noruego, y mi idea es tratar de integrar a la gente a la vida común, socializarla a través de lo cotidiano. Usando medios duros se los excluye y es más difícil recuperarlos.

# Aun así, crece la industria vinculada a las cárceles. Usted ha llegado a asociar el nivel actual de encierro —que está en expansión— y hechos tan graves como los genocidios. ¿Por qué?

—Mis pensamientos se remiten al Holocausto cuando observo lo que está pasando en la industria carcelaria, esa suerte de forma racional de manejarse con las clases más bajas que puede malograrse completamente con tanta facilidad. Veamos casos como el brasileño, con la exterminación de presos, algo ilustrado en ese filme bello y terrible sobre San Pablo, "Ciudad de Dios".

# ¿Cuáles serían las alternativas para desmontar ese modelo de imposición del dolor?

—En primer lugar, pienso que es fundamental que el aparato judicial tome conciencia de lo que está haciendo. Está distribuyendo intencionalmente dolor. Segundo, suelo aconsejar ser anticuado. Con esto quiero decir que casi todas las sociedades que han querido seguir siendo tales intentan soluciones civilizadas, tratan de dialogar, de mediar y negociar. Estoy convencido de que en Argentina también hay una tendencia a dialogar en vez de castigar drásticamente.

# El abolicionismo entiende que no se puede justificar el castigo, que la punición trae más perjuicios que ventajas y que deben sustituirse las sanciones penales. ¿Es esta su posición?

—Sí. Pero creo que soy un abolicionista minimalista. Hay ciertos conflictos que son inevitables. Si la gente dice que quiere manejar en Buenos Aires a 200 Km/h y es imposible pararla, el Estado debe intervenir. Pero el Estado debe saber que el instrumento de dolor es tan pesado que debe tener mucho cuidado al usarlo. Debe intentar usar antes todas las demás alternativas.

# ¿Qué función podría cumplir la mediación en este proceso?

—Una muy importante, porque devuelve la autoridad a las comunidades locales, dado que gran parte del conflicto se produce en el interior de la comunidad local. La mediación entre las partes es muy valiosa, y se debe tratar de ponerla en práctica tanto a nivel local como en los superiores.

# Usted comienza su último libro de manera provocadora, enseñando cómo ha crecido en su país, Noruega, el número de denuncias y el número de presos, pero lo hace dudando de que haya habido más delitos. ¿El mundo en el que hoy vivimos es más violento que el del pasado?

—No. Creo que en muchos sentidos nuestra vida, en años y siglos anteriores, era mucho más violenta. En mi país, y en toda Escandinavia, las personas se agredían mucho más. Y me pregunto si en la Argentina misma no había más violencia. En todo el mundo los padres golpeaban a sus hijos, y hasta los sacerdotes eran muy duros con los alumnos. Pero no puedo dar una respuesta absoluta. Debemos discutirlo y decir que tal vez debamos tener cuidado y no usar palabras grandilocuentes que impiden entender la realidad.

# ¿Tenemos que esperar de los expertos las respuestas ante la violencia social o deben surgir del debate público?

—Es muy importante que haya debate público, y que en él todo tipo de personas puedan tener voz, incluso los miembros de la intelligentsia. En cualquier sociedad hay muchas voces que pueden ser escuchadas, pero es muy fácil que sólo las muy fuertes y las muy ricas, que tienen contacto con los medios, logren atención y legitimidad. Realmente, sancionó muchos actos que son vistos con justicia como criminales, pero no hay que concentrarse sólo en el comportamiento de una clase cuando hay fuentes de brutalidad que provienen de las clases mejor posicionadas. Tenemos que tratar de entender por qué nuestras sociedades son hoy tan inseguras. Pero, por supuesto, es mucho más fácil usar palabras rimbombantes que escuchar voces contrapuestas.

# ¿Usted considera que la desocupación es una causa de comisión de delitos?

—Estoy absolutamente convencido de que una mujer o un hombre desocupados tienen mucha dificultad para enseñar a sus hijos a respetar la sociedad. Es que su autoridad fue cercenada. Es un momento tan importante en la vida de un joven y ¿cómo se puede, como padre y con el ideal de éxito que se percibe todo el tiempo, competir con los ideales que se ven en televisión respecto de la manera de comportarse? Antiguamente, cuando los padres tenían empleo, era más fácil procesar las diferencias entre clases. Pero ahora, en esta especie de jungla en guerra que es hoy el mercado, es más difícil transmitir a los hijos el respeto por formas ordinarias de conducta. No estoy hablando, por favor, de una relación automática entre desempleo y delito, sino de lo difícil que es hoy transmitir los valores de la ley.

# ¿Es conveniente penalizar actitudes que desafían las jerarquías de la cotidianidad, tal como ocurrió con el "hooliganismo"?

—Usted habla de una palabra inglesa tomada por los rusos a fines del siglo XVIII. Tenían una ley contra el hooliganismo. Era una especie de ley de clase porque los hooligans eran trabajadores que salían a la calle en San Petersburgo y demostraban que estaban furiosos por sus condiciones de vida bebiendo y haciendo tropelías. Resulta muy complicado penalizar el hooliganismo; es casi un estilo de vida.

# ¿Qué hacer con el problema de las drogas? ¿El derecho penal es la respuesta?

—No para mí. Yo no quiero que la gente se drogue con heroína ni que destruya su cuerpo. Pero no hay que crear un sistema de control que en sí mismo genera problemas. Creo que hay que prohibir contrabandear, traficar drogas. Pero, particularmente, el consumo no debería ser castigado. Es un error. Los adictos deben recibir algún tipo de tratamiento médico, como sucedía antes en el viejo sistema inglés. Pienso que la marihuana es un problema demasiado pequeño como para movilizar todo un sistema de instrucción penal; además, es una tentación para las autoridades, porque de esa forma pueden arrestar a casi todo el mundo libremente. Y siempre se arresta a las clases más bajas.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/10/24/z-03815.htm

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"Los gobernantes no tienen en cuenta nuestra Constitución"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 23-10-2004 16:03:19

El historiador conservador Isidoro Ruiz Moreno analiza el problema argentino

“Sarmiento insistía en educar al soberano porque un pueblo ignorante elegiría siempre a Rosas.” Sobre esta premisa, Isidoro Jorge Ruiz Moreno reclama el uso de la educación como palanca de cambio para salir adelante.

Heredero de un linaje argentino que supera los dos siglos y medio, con protagonistas de históricos episodios políticos y militares, se enorgullece de pertenecer a esa estirpe: “La importancia de una familia –dice– se mide por el grado de intervención que sus miembros han tenido en el desenvolvimiento del país al que pertenecen”.

Detrás de su escritorio se destacan las imágenes de sus antepasados que combatieron a las órdenes de San Martín, de Dorrego, de Lavalle, de los que enfrentaron a Rosas y de los que lo defendieron, de los que acompañaron a Urquiza y de los que siguieron a Mitre. Todos ellos conviviendo con los médicos heroicos de la fiebre amarilla y los abogados prestigiosos de las últimas generaciones.

Con ese rico historial a cuestas, la participación política de Ruiz Moreno comenzó muy temprano, a los 16 años, cuando fue detenido en Plaza de Mayo por manifestarse en contra del gobierno. "Junto a otros estudiantes, pretendía ensuciar con alquitrán un local peronista", registra su prontuario, abierto en 1950. Abogado con tesis doctoral sobresaliente, ex titular de Historia del Derecho Argentino en la UBA, miembro de las academias nacionales de Historia y de Ciencias Políticas, fue dos veces candidato en las listas del conservadurismo, "más como testimonio de militancia que por ilusiones electorales". Su última participación fue en la asamblea de partidos de centro que proclamó la candidatura presidencial de Ricardo López Murphy.

Pero más que un político, es un estudioso, un intelectual preocupado por las raíces del país, deseoso de escarbar en los recovecos de cada episodio para hallar explicación a nuestros aciertos y a nuestros males. Lo hizo en diversos ensayos: primero fue "Alianza contra Rosas"; después, "La lucha por la Constitución" y luego "La federalización de Buenos Aires". Su último gran trabajo, "La revolución del 55", resultó una investigación desbordante de testimonios y documentación inédita. "No soy un historiador que se dedica a dicha ciencia con exclusividad; soy un abogado que escribe sobre algunos temas concretos de la historia -dice-. En cuanto a la actualidad, no disiento con la condena que se difunde en todos los medios periodísticos sobre la conducción del país. Sintetizando, le diré que un Poder Ejecutivo hegemónico, un Parlamento obediente y un Poder Judicial sospechoso de parcialidad no configuran la existencia de un cabal Estado de Derecho en la Argentina".

-Según el historiador económico Colin Lewis, la Argentina del crecimiento de principios del siglo XX, cuando las cosas iban bien, no fue capaz de dar respuesta a las crecientes demandas sociales y políticas. ¿Qué ocurrió?

-Eso es relativo. Por algo en esa época venían grandes masas inmigratorias a instalarse en nuestro país, lo que indica que les inspiraba confianza para mejorar su estado. Es un hecho evidente el ascenso económico y social de sus hijos. No hay que olvidar que a principios del siglo XX el gobierno de Roca, a través de su ministro Joaquín V. González, proyectó el Código de Trabajo, del cual el diputado Alfredo L. Palacios tomó varios artículos para convertirlos en leyes. Todo fue aprobado por senadores y diputados del oficialismo. En cuanto al espacio político, el presidente Roque Sáenz Peña y su ministro Indalecio Gómez propiciaron la reforma electoral, a través de una ley participativa que sancionaron los legisladores de esa misma clase dirigente. Todo en la vida se realiza en forma gradual, porque las obras nunca son completas. El mismo presidente Hipólito Yrigoyen, a pesar de su populismo, no supo atender a otras demandas. Y si es verdad que la llamada cuestión social no se encaró de manera orgánica, también es cierto que las nuevas generaciones de argentinos vivían mejor que sus progenitores. Habría que ver si hoy esa cuestión social está solucionada...

-¿Cómo cree que encararían hoy nuestros problemas aquellos grandes protagonistas históricos? ¿Qué harían Alberdi, Sarmiento, Roca, Mitre, Pellegrini, Alem, Yrigoyen, Alvear...?

-Se olvida de mencionar a Urquiza entre los estadistas. Sin entrar a considerarlos separadamente, diré que sería una suerte contar con los hombres que en escasos treinta años transformaron un país, deshabitado y bárbaro, en un Estado moderno. Recordemos que se adoptó una constitución, se conquistó el desierto, se solucionaron graves crisis financieras, como las de 1874 y 1890, y el país fue mejorando paulatinamente. Ojalá hoy tuviéramos hombres como aquéllos, que supieron superar problemas gravísimos.

-¿Cuál sería la gran diferencia con nuestros últimos gobernantes?

-Generalizar es equivocarse, pero en términos amplios pienso que los últimos gobernantes, incluyendo a presidentes, ministros y parlamentarios, no han tenido en cuenta el valor de la Constitución, como regla de conducta a la cual debieron haberse ajustado rígidamente. El abuso de las facultades presidenciales y la abdicación del papel del Congreso como organismo de control son evidentes. Un ejemplo límite fue ese desgraciado, por decir lo menos, Pacto de Olivos, entre un presidente en funciones y su antecesor, para dejar de lado el espíritu y los postulados de la Constitución del 53 e imponer otro texto, que ni siquiera fue respetado integralmente por sus autores. Conviene recordar que los convencionales de los dos partidos mayoritarios, que respondían a esas dos figuras políticas, carecían de la facultad para discutir lo acordado. Todo no pasó de una aparcería del poder político, con la reelección para el primero y el dominio de la Capital Federal para el segundo. Muchas de las declaraciones que contiene la nueva Constitución de 1994 no pasan de la declamación y otras son francamente absurdas.

-Europeos notables como Alain Touraine, Giovanni Sartori y Jorge Semprún dicen que lo que retrasa el avance de la Argentina es el peronismo. ¿Es el peronismo o es la sociedad argentina la que no sabe adónde quiere ir?

-Perón construyó un partido político alrededor de su persona, como lo demuestra claramente el nombre adoptado, y el drama argentino es que haya continuado luego de su desaparición, porque el peronismo carece de doctrina. Perón, como buen demagogo, decía lo que sus interlocutores querían escuchar. Por eso sus opiniones resultan contradictorias. Pueden citarse frases suyas para sostener cualquier posición.

-Es cierto. Pero, aun así, a Perón no se le puede negar el envión dado a la justicia social.

-La justicia social, que tiene origen en el cristianismo, no necesitaba a ese nuevo mesías. En estos años, hemos asistido a las divisiones y los enfrentamientos de quienes se titulan peronistas y hemos visto de qué manera las distintas tendencias usufructúan en su propio beneficio la llegada al poder. Esta parecería ser su única ambición, sin excluir la comisión de delitos.

-Parecería que Brasil tiene mejor administración institucional. En cambio, nosotros somos impredecibles. ¿Hay razones históricas que puedan explicarlo?

-En el caso brasileño, quizás haya influido la continuidad que le dio el imperio, con su estabilidad, ya que desde la derrota en Ituzaingó hasta fines del siglo XIX, Brasil estuvo regido por el mismo monarca. Creo que fue el reinado más prolongado del mundo. Instintiva o conscientemente, los brasileños son más estables que nosotros. En cuanto a lo impredecible de los políticos argentinos, se confunde el significado del término democracia, dándole un alcance que no tiene.

-¿Cuál, por ejemplo?

-En realidad, la democracia es un sistema electoral, modificable como tal, mientras que lo verdaderamente esencial para nuestra patria es el concepto de república.

-Pero la Constitución de 1994 hace alusión al sistema democrático como algo inmutable...

-Sí, pero es más trascendente defender los enunciados republicanos que conforman al gobierno adoptado desde 1853. Las elecciones implican la designación de funcionarios, mientras que una república significa la vigencia de derechos que deben ser observados tanto por mandatarios como por mandantes. Si en nuestros tiempos recientes y actuales los integrantes de todos los poderes del Estado cumplieran cabalmente con los postulados constitucionales, muy diferente sería la situación del país. Revertir este proceso requiere una eficaz instrucción cívica, además de la reforma del sistema político.

-¿Que modificaciones haría?

-Además de eliminar las listas sábana, desde las elecciones internas de los partidos comenzaría por la libertad del ciudadano para ir a votar o no hacerlo. El sufragio debe ser un derecho y no una obligación para quienes no lo valoran. Son muy pocos los países que imponen penas a los que faltan al comicio. Hay que tener en cuenta que la obligación de votar en la Argentina tiene una explicación por el momento histórico en que se aprobó la ley Sáenz Peña: por un lado, había que sacar a los radicales de la abstención revolucionaria, para forzarlos a tomar parte en los asuntos públicos y, por otro, había que comprometer a la primera generación de argentinos, producto de la inmigración masiva de los años anteriores. Pero estas dos circunstancias ya fueron superadas. También habría que dividir los distritos electorales en circunscripciones, para hacer más directa y legítima la representación, como sucedió durante la presidencia de Roca, cuando fue elegido diputado por La Boca el doctor Palacios. Claro que no debe repetirse la arbitraria división de los distritos, cuyos antecedentes más groseros fueron los de 1951 y 1954, cuando se la utilizaba para impedir la derrota peronista en circunscripciones notoriamente opositoras de la Capital. Finalmente, los ciudadanos deberían poder votar sólo desde los 21 años, cuando se alcanza la necesaria madurez intelectual. Antes no se puede decidir siquiera el destino personal.

-¿Por qué los conservadores, que eran liberales en lo económico, se hicieron tan autoritarios en lo político?

-Habría que precisar lo del autoritarismo, porque el liberal auténtico lo es sin compartimentos estancos. Políticamente, los conservadores posibilitaron la participación de todos. En los tiempos dirigidos por ellos, hubo ciudadanos nacidos en el extranjero que llegaron a desempeñar altos cargos en el gobierno: fueron ministros, senadores y diputados. Cualquiera podía descollar en sus empresas privadas o participar en política. No obstante, existía desconfianza hacia la voluntad popular, a menudo cambiante y sujeta a emociones, como lo entendió Ortega y Gasset, y, en ese entonces, no capacitada, lo que explica la demora en imponer el sufragio universal. La Constitución de 1853 estableció el gobierno representativo, no el de decisiones populares directas. Pero también habría que reflexionar sobre el hecho de que todas las dictaduras, de Nerón a Hitler y de Perón a Stroessner, fueron masivamente apoyadas en sus comienzos. Los conservadores respetaron los valores del individuo, aunque en ciertas épocas algunos políticos no se preocuparan debidamente por los derechos electorales, en una suerte de tutoría sobre el pueblo para defender los valores superiores al mero acto comicial. Esto puede ser criticable en nuestros días, pero es una realidad histórica.

-Históricamente criticable.

-Es que en política no hay sistemas absolutamente puros. El liberalismo de los conservadores no se tradujo en una plena libertad en lo que a elecciones se refiere. Del mismo modo, un régimen liberal contendrá elementos estatizantes y otro socialista, ingredientes individualistas. En ciencia política se distinguen tres tipos de mentalidad: la conservadora, la retrógrada y la radical. El conservador cree en la evolución, no en la revolución.

-¿Qué debería ser hoy un liberal en la Argentina?

-Fundamentalmente, un defensor de la doctrina contenida en la Constitución del 53. Alguien que, para mejorar la situación del país, participe activamente en la vida cívica, para no dejar espacios que ocupen los simpatizantes de totalitarismos de izquierda o de derecha. Un liberal debe tratar de elevar la educación popular, porque la educación es la palanca de cambio para cualquier mejora de nuestra infortunada Argentina, pues sin educación y sin cultura de nada servirá la mejor reforma electoral, ni los postulados constitucionales. "Un pueblo ignorante elegirá siempre a Rosas: hay que educar al soberano", clamaba Sarmiento. La mayor capacitación intelectual del pueblo resulta imprescindible en todos los órdenes, para elevar las condiciones de vida de la sociedad y para el progreso de la Nación, porque contribuirá a su progreso material. Aunque no creo que los partidos cumplan con esa obligación, no hay que dejar de lado la ilustración de los dirigentes políticos, para que lleguen al Congreso los más idóneos.

-Como antiguo profesor en la Escuela Superior de Guerra, ¿qué cambios advierte en la mentalidad castrense? ¿Cuál es hoy la visión histórica y política de nuestros oficiales?

-Lo primero que se debe destacar es que el Ejército no sueña, como otrora, en convertirse en salvador de la patria. Además, en las últimas épocas los oficiales se capacitan intelectualmente en una variada gama de especialidades, lo que les da una amplitud de criterio que excede el marco de su actividad profesional. Esto no quiere decir que tales estudios no sirvan al perfeccionamiento de los cuadros en su función puramente militar. La Escuela Superior de Guerra, concretamente, ofrece tres maestrías de posgrado, abiertas también a civiles y a las cuales concurren muchos oficiales y jefes. Una de Estrategia y Geopolítica, otra de Ciencias de la Educación y la tercera, de Historia de la Guerra, que se dicta únicamente aquí y no en el resto de América latina. Pero como no todo puede ser perfecto, una materia como Historia Argentina, tan importante para la formación espiritual de los oficiales, porque trata sobre la misma esencia nacional, fue suprimida hace varios años de los planes de enseñanza del Colegio Militar. Ahora se enseña solamente Historia Militar Mundial. Pero dejando de lado estos detalles, es indudable que existe la más completa formación intelectual del Ejército y que hay gran apertura espiritual en la mayoría de sus componentes.

Por Hugo Gambini
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=647578

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La noche del chancho

Archivado en Osvaldo Bayer • Fecha: 23-10-2004 00:00:00

Por Osvaldo Bayer

En las soledades argentinas hay cronistas increíbles. Casi siempre es gente que observa y anota en absoluto silencio. En este caso es una maestra patagónica: Hurí Portela. Anotó los detalles de toda la injusticia que se expandió por una pequeña localidad, Gobernador Gregores, en Santa Cruz. En el libro La noche del chancho –que acaba de salir– está lo que sufrió la gente durante la dictadura de Videla. Es increíble la petulancia, el proceder tiránico, el patear el tablero, el sentirse Dios, patrón y señor, de un gendarme a quien la dictadura le dio plenos poderes para gobernar esa población patagónica. Dios con botas ante el vecindario que no podía creer lo que estaba viendo. Un tema para Anton Chejov en el teatro; para Fassbinder, en cine.
El comandante de Gendarmería Nacional Horacio Primitivo Callejas –tal su real nombre– se sintió Dios. Y fue Dios. Cuando hablaba con la gente abría bien las piernas, a lo macho, o se tiraba para atrás en el sillón del escritorio y miraba con asco al civil que venía a solicitarle algo. Un aspecto que se repitió en el interior argentino y que no fue tocado ni por los políticos ni por la sociedad cuando cayó la dictadura: el comportamiento corrupto y dictatorial de militares, civiles sometidos, gendarmes y policías que entraron a dominar la burocracia.
En La noche del chancho se trabaja este aspecto con fidelidad histórica y jurídica. Aparece todo ese pasado fantoche y criminal. En general la sociedad se comportó como soldados conscriptos ante los cabos primeros y los generales de la Nación. Menos los estudiantes de la Escuela de Agronomía de Gregores, la maestra Hurí Portela y algunos pocos civiles dignos, esos que siempre se hacen presentes por puro coraje civil y vergüenza propia.
El comandante de Gendarmería Nacional Horacio Primitivo Callejas fue todo. Y se acabó. ¡Viva la Patria! El que no obedece es zurdo y al zurdaje no hay que darle ninguna oportunidad. Principalmente si son estudiantes. Ya que de por sí, un estudiante es sospechoso.
El 24 de marzo de 1976 –que deberá ser recordado todos los años como el día de la vergüenza argentina– toma el poder en la municipal de Gregores el comandante Horacio Primitivo Callejas. Dice la autora de La noche del chancho: “La mayoría de las personas entrevistadas: ex alumnos, profesores, maestros de internado, recuerdan que el comandante Callejas no trataba bien a nadie. Era déspota, proclive siempre a insultar, y era común escucharlo gritar ‘como un loco cuando alguien lo contradecía’. Una de sus primeras acciones fue invadir de sorpresa la Escuela de Agronomía con treinta gendarmes armados. A las 7.30 de la mañana oscura, aún sin amanecer, entraron los gendarmes a los gritos, entre maestros y alumnos sorprendidos. Buscaban un ‘nido de subversivos’. Todo era mentira. Callejas lo hacía para asustar y demostrar su poder. Pateaban puertas, a las mujeres las palpaban de armas. Secuestraron las tijeras de injertos, de podas y los cuchillos usados en la enseñanza. El uniformado se proclamó rector. Por supuesto prendieron una fogata y quemaron libros y revistas sacados de los roperos de los estudiantes. Una acción valiente de la Argentina uniformada que nos invade de pena y vergüenza: que los uniformados pagados por el pueblo quemen libros, que es quemar el pensamiento, el derecho, la libertad.
Después, la delación. Los uniformados tomaron exámenes ideológicos a los alumnos. Fueron secundados por la supervisora general de Escuelas, Egidia Sanchi de Marum, férrea defensora de la dictadura. Pero los alumnos no respondieron positivamente a lo que querían los uniformados porque no habían leído a Marx. Ni siquiera entendieron muchas preguntas de los milicos. No importa. Callejas no logró su propósito, pero ordenó que todos los estudiantes se cortaran el pelo y usaran corbata. Así se era patriota. Pero los estudiantes dijeron: no. Por eso Callejas puso un peluquero. Los alumnos calificaron al alcahuete que oficiaba de peluquero como “Hacha brava”. A los profesores sospechados de ideas liberales se los expulsó y no se les pagó los sueldos adeudados.
Los alumnos se despertaban hasta entonces con música folklórica. Ahora, con la Gendarmería, a puro pito. Además, en pleno invierno, se les quitó una frazada para que se hicieran machos. Lo mismo, en la comida, se prohibieron los quesos, dulces, embutidos, el paté, los jamones, fiambres y las mermeladas, a pesar de que todo se hacía en la escuela. Callejas recorría los almuerzos y cuando veía una mesa un poco desordenada, arrancaba el mantel y tiraba todo, a los gritos y patadas. Lo más injusto fueron las cesantías de maestros y empleados. Muchos chicos se fueron por no aguantar la brutalidad del régimen de Callejas. En 1976 había 110 alumnos; a fines del ’77, sólo 40. No hubo paz, comenzaron los hechos rebeldes de los alumnos que mostraron toda su entereza al oponerse al pequeño tirano. Hasta que llegará la noche del chancho.
Fue en marzo del ’77. Los alumnos del último año iban a festejar el egreso con el título de agrónomos. Como era costumbre, prepararon una gran fiesta. Era clásico el asado de cerdo. Para lo cual tomaron uno de esos animales que habían alimentado ellos durante la enseñanza. Fue una verdadera fiesta de estudiantes. Pero todo iba a terminar muy mal. El gendarme Callejas ordenará la detención de los cinco estudiantes que habían intervenido en la faena del chancho. Se los llevó a la comisaría porque, si bien los estudiantes lo habían criado, el chancho era de propiedad del Estado. De inmediato se los expulsó de la escuela por disposición del rector Jorge Lisardo Alvarez, un hombre de Callejas y de la dictadura. Es decir que, para los expulsados, los seis años de estudios habían sido en vano. Los expulsados tenían buen promedio y uno de ellos era el abanderado y otros dos, escoltas. Es impresionante en el libro de Hurí Portela el detalle de todo lo que hicieron los padres y los compañeros para revocar la medida. La tristeza de los alumnos acusados, la angustia interminable. La crueldad. Porque se los mantuvo incomunicados en calabozos que se inundaban. Desde allí fue todo humillación. El tiempo hizo algo de justicia. Pero en el alma de los estudiantes permaneció siempre el dolor de las penas irracionales. En cambio, el comandante Callejas cobra un muy buen retiro y se pasea en uniforme por el barrio. Lo llaman “el chancho argentino”. Con él nadie se atrevió a hacer verdadera justicia.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-42709-2004-10-23.html

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"La Argentina engañó a los ahorristas", dice Ferruccio De Bortoli

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 20-10-2004 15:06:27

Crítica visión del ex director del Corriere

ROMA.– Considera “un escándalo” que la Argentina piense devolver, apenas, el 25 por ciento de la deuda a los bonistas italianos damnificados por el default y asegura que harán falta “años y años” para que la Argentina e Italia se recuperen de la ruptura que ese tema ha causado.

Aunque dice amar muchísimo a la Argentina, que conoce muy bien, Ferruccio De Bortoli, ex director del Corriere della Sera, es muy severo a la hora de hablar de la dura posición adoptada por nuestro país ante los tenedores de tango-bonds. “Es equivocado desde el punto de vista de las relaciones internacionales y desde el punto de vista de la Argentina”, dijo, en una entrevista con LA NACION.

Milanés, licenciado en jurisprudencia e inmerso en el mundo del periodismo desde los 25 años, De Bortoli, una figura muy reconocida en ambientes culturales italianos, estuvo al frente del Corriere della Sera durante seis años.

Hoy es director ejecutivo de RCS Libri. Entre otros temas de actualidad, De Bortoli, de 51 años, habló de los medios de comunicación y de sus interrogantes, que van desde si deben mostrarse los videos de las horripilantes decapitaciones –“el patrón es que las verdades no se esconden”, señaló–, hasta si es posible que un medio sea realmente independiente.

Criticó el hecho de que el más grande empresario de los medios de Italia –Silvio Berlusconi– sea, al mismo tiempo, jefe de gobierno –“algo que no sucede en otros países”– y se manifestó preocupado por algunos episodios que hubo recientemente en su país, indicadores de una "relación enferma entre el poder y la información".

-Antes de llegar a la dirección del Corriere, usted fue varios años jefe de la sección económica de ese diario. ¿Qué opina de que la Argentina haya planteado devolver apenas el 25 por ciento de la deuda de los pequeños ahorristas italianos?

-Creo que es un escándalo, porque 450.000 ahorristas italianos, creyendo en la Argentina, decidieron comprar títulos garantizados por el Estado. Es decir: hay un engaño en la base de todo esto. Ciertamente, la Argentina tiene sus dificultades y creo que debe ser puesta en condiciones de superarlas, pero pienso que decepcionar totalmente a los ahorristas es equivocado. Es equivocado desde el punto de vista de las relaciones internacionales y desde el punto de vista de la Argentina. Creo que pasarán años antes de recuperarnos de esta ruptura en nuestras relaciones. Años y años.

-¿Hay una ruptura en las relaciones?

-Hay una ruptura de confianza, aunque no es totalmente culpa de la Argentina, porque es también culpa de bancos italianos que han colocado títulos muy riesgosos de un Estado soberano que después cayó en default. Como pasa con las empresas que caen en default, así como no debemos enojarnos con quienes trabajan en esa empresa que vendió títulos que no fueron respetados, no debemos enojarnos con los argentinos. Pero en la relación entre los dos países, obviamente, hay una crisis objetiva. Espero que se supere, y espero que ese 25 por ciento pueda subir, porque 25 por ciento es muy poco.

-Algunos, sin embargo, creen que por más dura que sea, esta oferta refleja el cambio que ha habido en la Argentina, donde hay un presidente que no quiere prometer un reembolso que no puede hacer, en un momento en el cual hay que atender cuestiones urgentes, como la pobreza de la mitad de la población...

-Perfecto. Pero creo que, como tenemos confianza en el futuro de la Argentina, podría probarse con otro tipo de sistema. Claro: la Argentina ha recurrido al mercado internacional y no ha logrado, obviamente, reembolsar un préstamo internacional. Podemos discutir sobre las relaciones con el FMI y el liberalismo excesivo, pero creo que resolver la cuestión de esta forma sería un error. Sería una inversión equivocada también para la Argentina, más allá de las dificultades.

-Cambiando de tema, ¿se puede hablar de medios independientes o es una ilusión?

-En Italia, el pluralismo está garantizado. Hubo casos que son preocupantes, porque muestran un progresivo conformismo y un continuo cierre de espacios, pero no podemos decir que no hay pluralismo. En Italia hay una ley pésima, que es la ley Gasparri [por el actual ministro de Comunicación, Maurizio Gasparri], que, de hecho, está matando, en parte, a la prensa escrita, porque los recursos fluyen todos a la televisión. Por otra parte, hubo una serie de casos preocupantes, principalmente a raíz del hecho de que RAI y Mediaset son, sustancialmente, una sola empresa.

-Usted se refiere al monopolio sobre los medios de Silvio Berlusconi...

-Berlusconi se queja diciendo que el mundo de la comunicación en Italia está bajo el control de la izquierda y que por este motivo no logra explicar los éxitos de su gobierno. Recientemente, además, se quejó de que sus propios periodistas - es decir, los de Mediaset-, para demostrar que son independientes, lo atacan de manera deliberada. A este punto, me pregunto por qué no vendió sus televisoras. Lo habrían tratado mejor...

-¿Por qué dejó la dirección del Corriere, en mayo del año último? ¿Hubo presiones? Hay quien dice que el diario no era suficientemente berlusconiano...

-¡Nooo...! La mía fue una decisión personal y el Corriere mantuvo su propia independencia. Es más: la reforzó con el nuevo director, Stefano Folli. Lo único que yo digo es que en un país normal no hubiéramos asistido a muchos episodios que no tienen que ver con mi persona, sino con Enzo Biagi [que tuvo que dejar "Il fatto", su tradicional columna diaria, en la RAI], Michele Santoro [que también tuvo que dejar su programa semanal, por ser considerado opositor] y muchos otros, que de algún modo son índices de una relación enferma entre el poder y la información. En otros países no sucede que el más grande empresario de los medios sea al mismo tiempo el jefe de gobierno.

-Si mañana volviera a ser director del Corriere, ¿qué haría distinto?

-Yo seguiría haciendo lo que siempre hice. Es decir: me basaría en la confianza en los colegas, en el hecho de que la realidad no se esconde y, sobre todo, en la libertad de confrontación, guardando respeto por las posiciones de los demás. Porque el verdadero pluralismo no es el hecho de dividir el tiempo televisivo, o el espacio de los diarios, en tantas pequeñas partes. El pluralismo verdadero es permitir la confrontación entre las partes, permitir que se puedan hacer todas las preguntas, también las incómodas, a quien gobierna y que haya una confrontación entre quien gobierna y la prensa, como sucede en todas las democracias desarrolladas.

-¿Sigue considerando a la prensa norteamericana un modelo por seguir?

-Sin duda, pese a lo anterior. Junto con la prensa británica, la norteamericana sigue siendo un punto de referencia. Pero cuando alguien se equivoca -como, por ejemplo, la BBC-, paga. El director que se equivoca, paga. Pero ésa es la prensa que ha descubierto Abu Ghraib y, al mismo tiempo, es la prensa que ha apoyado la campaña militar. En un sistema sano, la prensa no se pone de parte de un ejército o del otro. Está en el medio. Intenta representar de la mejor forma a la opinión pública, que delega al sistema de los medios, a través de su confianza, la tarea de ser guardián del poder, pero para mejorar el poder, no para impedirle gobernar.

-¿Qué impacto tiene publicar o transmitir las fotos o videos de las terribles decapitaciones a las que hemos asistido últimamente? ¿Significa un arma extra para los terroristas?

-Claro; como a menudo pasó con el terrorismo interno, como ocurrió en la Argentina, como en los años del terrorismo italiano de los años 70, las informaciones pueden convertirse, involuntariamente, en armas en manos de los terroristas. Ahora, en el gran debate sobre si hay que publicar todo, o no, yo creo que el patrón es que las verdades no se esconden. Claro: cuando hay imágenes horripilantes que no agregan nada, es justo no publicarlas, también por respeto a las personas. Pero creo que así como era correcto publicar las fotos de Margaret Bourke-White, que había entrado en el primer campo de concentración nazi, porque si no hubiéramos tenido aquellas fotos crudas hubiéramos dudado de que pasaran algunas cosas terribles, yo creo que los asuntos que tienen que ver con todo el mundo, aunque sean verdades incómodas, aunque sean imágenes difíciles de ver, tienen que ser accesibles. En la era de Internet ya no es posible esconder nada debajo de las alfombras de las redacciones, y es justo no esconder nada. Aunque hay que ponerse a pensar en la cuestión de si a veces no nos volvemos instrumentos inconscientes de los terroristas. Yo creo que la calidad de nuestra información es el mejor pasaporte occidental para presentarse ante la opinión pública árabe, que tiene dificultades para crecer.

-¿En qué sentido?

-Los países árabes copiaron el modelo CNN desde el punto de vista tecnológico, no desde el punto de vista del manejo democrático, de las reglas, de la cultura y del respeto de la verdad, de la confrontación. Y es esto lo que debemos exportar.

-¿Puede decirse que, quizás, en la prensa occidental se contribuye a la demonización del islam?

-Creo que Occidente ha perdido la capacidad de hacerse reconocer por los demás. Nosotros nos tenemos que preguntar cuál es el modelo que exportamos. La democracia no se exporta con las armas, sino con el diálogo, la cultura, la comprensión y el acercamiento. Pero no negándonos a nosotros mismos, sino mostrando a la opinión pública árabe que existe un Occidente que habla de libertades civiles, de igualdad entre el hombre y la mujer, de apertura, de convivencia. Y esto lo podemos demostrar con el hecho de que convivimos con las comunidades islámicas en Europa, en el 95 o 98% de los casos. Nuestro problema, desde el punto de vista occidental, es un enorme problema de comunicación. Hemos perdido la capacidad de comunicar nuestros auténticos valores a los otros. Los demás tienen que pensar que Occidente no son sólo armas, dinero e intereses, sino valores. ¿Por qué yo estaba en contra de la guerra en Irak? Porque no iba a servir para el objetivo de la batalla contra el terrorismo, que se libra también por otras vías.

-¿Usted cree que las tropas italianas deben retirarse de Irak?

-Ahora ya no se puede salir de ahí, porque la alternativa es entre los degolladores del terrorismo y la criticada presencia de las tropas norteamericanas. Retirarse sería contradecir a las personas que están pensando en crecer y que están abriéndose a la democracia después de haber perdido las "seguridades" de la dictadura. Porque las dictaduras tienen seguridades. En el caso iraquí, había un Estado de bienestar muy eficaz y rico. Nuestro error fue pensar que Bagdad, en 2003, se portaría como París en 1944, y no fue así. Nosotros no hemos entendido mucho de su cultura, porque pensábamos que los chiitas iban a ser nuestros aliados. En cambio, ellos dijeron que nos acompañaban para "una guerra de religión". Nosotros no queríamos ninguna guerra de religión, sino liberar a un pueblo, pero este pueblo no nos entiende. Y si no nos entiende es porque hay un problema de comunicación de nuestros valores.

-Entonces, ¿la solución es quedarse?

-Ahora estamos en un camino sin salida, así que no queda otra que quedarse, reforzar al gobierno local, hacer lo posible para que se luche contra el terrorismo y para que haya elecciones verdaderas, aun teniendo en cuenta que ya hubo casos en los cuales el islam más fundamentalista ha ganado con elecciones, como es el caso de Argelia.

-¿Cuál fue la decisión más difícil que tuvo que tomar como director del Corriere?

-La decisión más difícil fue decir que no a la guerra en Irak, intentando decirle al mismo tiempo que sí a Estados Unidos. Creo que podemos ser todos norteamericanos, como escribí en un editorial, manteniendo nuestra libertad de pensamiento y nuestra libertad de disentir.

-¿Las dos peores cosas del periodismo italiano y las dos mejores?

-Las peores: cierto conformismo y una excesiva cercanía al poder, tanto económico como político. Lo mejor es que es un periodismo hecho por grandes profesionales y, especialmente en los jóvenes, con pasión cívica notable.

-¿Kerry o Bush?

-En términos de política exterior, con Kerry o con Bush cambiaría poco. Pero ambos tienen programas económicos que nos deben hacer reflexionar, porque nos hallamos frente a la economía más grande del mundo, que jamás tuvo en su historia deudas interna y externa tan elevadas, con un déficit que antes o después se hará sentir. Yo espero que se pueda volver a un crecimiento sano de los Estados Unidos y nuestras economías -tanto las europeas como las de América latina- dependen de esto. Me asusta el costo de la guerra en Irak, que, aunque es alto, es siempre inferior al de las vidas humanas. Es un costo que pesará no sólo sobre la economía norteamericana, sino también sobre la economía mundial durante muchos años.

-¿Qué opina de los periodistas que bajan a la arena política, como hizo recientemente Lilli Gruber, la periodista estrella del noticiero de RAI 1?

-El periodista es un ciudadano. Pero yo estoy convencido de que no se pueden hacer dos trabajos en uno, porque existen grandes y pequeños conflictos de interés. Es decir: es apreciable que haya una pasión política, pero son elecciones difíciles de hacer, muchas veces sin vías de retorno.

-¿Qué hay sobre el rumor de que la oposición de centroizquierda le está ofreciendo a usted ser candidato a alcalde de Milán?

-No tiene ningún fundamento.

Por Elisabetta Piqué
Corresponsal en Italia

http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=646468

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La rutina y la fiesta

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 17-10-2004 00:00:00

Día de la madre, del padre, del niño, del amigo... Su creación suele explicarse por razones de mercado. Pero el análisis de las causas no se agota ahí. Son el último recurso contra la monotonía de la vida cotidiana.


BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar

Durante mi infancia, el mes de octubre me enfrentaba con la obligación de elegir entre dos regalos posibles para mi madre: o una fosforera de pared, en loza pintada (un enano, una negra con escoba, una paisanita) o un perfume que me parecía, a partir de su nombre, el más adecuado: Gotas de amor; cualquiera de los dos regalos era entregado en un envoltorio casero donde jamás faltaban los nomeolvides artificiales. Cuando yo era chica, el día de la madre era el único de los días que se había impuesto como costumbre, fomentado por la escuela en primer lugar, que ya había adquirido experiencia con el día del maestro. Poco a poco, el día del padre avanzó hasta alcanzar, si no una equivalencia conceptualmente imposible, su actual relieve. Después, en los últimos treinta años, llegaron en fila el día del niño, el del amigo, el de la novia y así sucesivamente hasta cubrir todos los parentescos y vínculos. Por supuesto, lo más sencillo es decir que fue el mercado el que apoyándose en el amor filial se expandió sobre las demás fechas con esa potencia imparable que es un rasgo del capitalismo: más mercancías por vender, más y mejores ocasiones para venderlas. Así se discurre con el ánimo economicista que se ha expresado muchas veces. Quisiera agregar otros motivos en paralelo.

En el curso de un siglo, las festividades públicas, tanto las patrióticas como las religiosas fueron perdiendo sustancia y capacidad para aferrar el deseo o la imaginación. Los militares hicieron todo lo posible para que, durante largos períodos, un desfile no fuera el espectáculo más atractivo que pudiera imaginarse; hicieron lo posible para que pocos quisieran presenciar ceremonias que los incluyeran. Las fiestas de la patria no podían atraer porque quedaban bajo el monopolio de dos rutinas: la militar, que despertaba cada vez menos simpatía, y la escolar que, por repetición y vaciamiento de contenido, no interesaba a nadie. Por razones diferentes, las festividades religiosas fueron retrocediendo acosadas por el turismo de fin de semana, la desaparición del día del santo (la gente ya no recibía al nacer el nombre del patrono correspondiente, porque la televisión empezó a proporcionar nombres más interesantes que Rosa, Teresa, Juan o Clara, y nadie sabe si existe el día de santa Yésica Yasmín o de san Brian Yónatan). Los días-puente, es decir el oportuno traslado de los feriados para fomentar el turismo, hicieron lo suyo, porque es difícil que alguien viaje a Mar del Plata o a Córdoba para ir a la iglesia el sábado de gloria o al tedeum por una fiesta patria en una catedral de provincia. Las festividades religiosas que quedan en pie se apoyan en razones obvias: los desocupados van a San Cayetano y los promesantes a Luján, porque el santo o la virgen representan algo sustantivo, se piense lo que se piense sobre su eficacia.

Las fiestas que puntuaban un calendario religioso-patriótico se vaciaron de contenido, ya que también la escuela se cansó de sus rituales y los educadores modernos acompañaron a los niños en el aburrimiento. Si se me permite otro recuerdo: hoy parecería hipócrita o inverosímil que una abuela progresista y moderna llevara a su nieta a poner unas flores en el monumento a Belgrano en las Barrancas; y menos verosímil todavía, que la nieta aceptara ese paseo con algún interés no exento de solemnidad infantil.

Sucedieron demasiadas cosas terribles en nombre de la bandera y el himno como para que se sostengan en un fanal, aislados de la historia reciente.

Entonces, los días del amigo, de la novia, del abuelo, del niño, de la secretaria, etc., se sostienen porque pueden dar un ritmo festivo a los meses del año sin verse envueltos en sombrías discusiones sobre el último medio siglo de historia argentina o sobre las transformaciones de la religión entre aquellos que la tienen como referencia pero no como práctica. Y además, no se corren como los días puente porque no son feriados. Mantienen así la fijeza necesaria al ritual. La vida cotidiana necesita de esos ritmos festivos, que esconden la rutina del trabajo, y los encuentra donde puede.

http://www.clarin.com/diario/2004/10/17/sociedad/s-851424.htm

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"Una derrota de EE.UU. en Irak sería el fin de la civilización"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 17-10-2004 00:00:00

YOHAH ALEXANDER, EXPERTO EN TERRORISMO

El mundo no supo comprender a tiempo la amenaza terrorista de Al Qaeda. Ahora sólo queda contrarrestar su poder y descartar cualquier negociación. Hacerlo implicaría un paso atrás para Occidente.

Gustavo Sierra
gsierra@clarin.com

Hay alguna explicación histórica al hecho de que sea éste el momento de mayor intensidad del terrorismo en todo el mundo?

—Simplemente hay que leer con mayor cuidado la Historia. Lamentablemente nosotros, el mundo civilizado, fuimos muy malos estudiantes de historia. Esa es la razón por la que nos parece que todo ha acontecido de golpe. Este es un proceso que lleva mucho tiempo. Recordemos lo que dijo Hegel: "Aprendemos de la Historia lo que no aprendemos de la Historia". La cuestión es que nos perdimos la historia de la aparición de Al Qaeda y Osama bin Laden. Y la razón de ese fenómeno es que la comunidad internacional no supo apreciar la naturaleza ni la intensidad de la amenaza terrorista. Se la consideraba —incluso en Estados Unidos— una molestia, algo irritante; algunos atentados por aquí, asesinatos por allá y no una amenaza estratégica importante para la seguridad nacional. Y fue así hasta el 11 de Setiembre de 2001.

# ¿Por qué el terrorismo se ha vuelto tan fuerte en pocos años?

—En realidad, hay una evolución. Aunque en cierto modo usted tiene razón. Pero le diré por qué sucedió. Número uno: en 1979, el ayatolá terrorista Jomeini asumió el poder en Irán. Y durante 444 días no sólo los rehenes tomados sino todo Estados Unidos quedó cautivo. Yo estaba en Teherán cuando el presidente Jimmy Carter decidió actuar, envió los comandos con los helicópteros y se estrellaron en el desierto porque Estados Unidos estaba mal preparado para esas operaciones de rescate. Para Irán, para los shiítas, quedó muy claro que Estados Unidos era débil. En segundo lugar, está la aparición de Hezbollah en el Líbano. Estuve entrando y saliendo del Líbano durante ese período entre el 82-83. Tuve la oportunidad de entrevistar a algunos de los terroristas de Hezbollah. Nunca lo olvidaré. Salí de esa entrevista afligido porque sabía que tenían razón. Tenían un sentimiento de superioridad. Y yo tenía complejo de inferioridad. ¿Por qué? Porque me dijeron: "Ustedes son americanos. Con toda su capacidad y su poder, con todas las armas nucleares, no podemos combatirlos en este campo de batalla. Pero los podemos atacar de otra manera y los vamos a expulsar del Líbano. Les mandaremos a alguien en un auto lleno de explosivos y se terminó". Y fue lo que pasó. Colocaron un tremendo coche bomba contra el cuartel de los marines. ¿Qué hizo Estados Unidos en ese momento? Tomó sus cosas y abandonó el Líbano. Y ese fue otro signo de que Occidente era impotente. Eso es lo que fortaleció el terrorismo internacional.

# ¿Al Qaeda existe como una organización o es un sello utilizado por decenas de grupos terroristas en todo el mundo?

—Al Qaeda es una red con Bin Laden a la cabeza y no hay ninguna duda respecto de la estructura, el modus operandi y las distintas ramas de mando —desde las que manejan la religión, las que manejan las operaciones, las que manejan la propaganda y el trabajo psicológico—. Después de la caída de los talibanes en Afganistán se alteró la estructura, se debilitó la jerarquía y en vez de ser vertical se horizontalizó y ahora tenemos al menos una docena de redes. Por ejemplo, la red que dirige Zarqawi en Irak es independiente, unilateral. No hay duda de que Al Qaeda está operando en más de 80 países.

# ¿Y todos esos grupos reciben órdenes directas de Bin Laden desde su escondite entre Afganistán y Pakistán?

—No hay un "Dr. No", como en la película de James Bond, sentado en una cueva tirando todos los hilos. Pero ciertamente Bin Laden sigue siendo el referente y la figura máxima de todas esas organizaciones. Los grupos a veces actúan en forma coordinada y la mayoría de las veces atendiendo a situaciones locales.

# ¿Y cómo se actúa contra esta estructura?

—No soy militar, pero por mi discusión con gente que está en las fuerzas armadas, no es tan simple. No duermen en el mismo cuartel, o en la misma cama o en la misma cueva dos noches seguidas. Se mueven. Con todo el apoyo de los simpatizantes, es muy, muy difícil localizarlos. De todos modos ése no es el camino correcto. Por más que se pueda capturar a una persona o matarla, no se puede matar una idea. Creo que el énfasis en Bin Laden fue tal que nos perdimos la sustancia. Porque no es sólo Bin Laden sino los próximos Bin Laden debido al adoctrinamiento y la educación en el odio. La propaganda es un tema clave. Es por eso que a mí me preocupan más los hijos de estos terroristas que los que están actuando ahora.

# ¿No se está olvidando del papel de Estados Unidos en todo esto? ¿No cree que Estados Unidos creó el monstruo cuando le dio apoyo a los mujaidines que luchaban contra los invasores soviéticos en Afgnistán? Allí se creó Al Qaeda y allí se entrenaron todos los jefes de los grupos que cometieron los peores atentados de los últimos tiempos.

—No. Aunque Estados Unidos no hubiera existido, habría ocurrido el problema de Afganistán con los soviéticos. Y aunque los soviéticos no hubieran existido, creo que es muy fácil, intelectualmente decir: "Ustedes los americanos están en todas partes. Ustedes crearon el problema, el Frankenstein". Y mi respuesta es categóricamente no.

# ¿Por qué?

—Porque la causa contra los soviéticos atrajo a muchos voluntarios internacionales. Cuando existe una causa que puede movilizar, hay movilización, como ocurrió en España durante la guerra civil o ahora en Irak. Por otra parte, el extremismo del Islam estaría allí aunque Estados Unidos no existiera. Para ellos, el blanco número uno es Arabia Saudita, también están Egipto y Argelia y el resto de los estados árabes.

# Se sabía desde hacía mucho tiempo que no existía ninguna conexión entre Al Qaeda y el régimen de Saddam Hussein. Ahora lo confirman los propios inspectores estadounidenses. ¿Por qué cree que el presidente George Bush insistió en sostener una mentira tan grande hasta ir a una guerra con ese argumento tan débil?

—Creo que es una cuestión de interpretación. Irak durante décadas fue un estado que apoyó el terrorismo. El terrorismo desde arriba contra la gente, es decir, totalitarismo. Sabemos también que Irak no sólo usaba el terror dentro del país sino fuera del país. Sabemos también que el grado máximo de terror es la agresión de invadir Kuwait. Sabemos cuál era la naturaleza del régimen. Conocemos las conexiones, sabemos que apoyó a varios grupos, incluidos algunos de palestinos. Hay todo tipo de teorías y algunos colegas míos creen que hay algunas conexiones con Al Qaeda. Pero no tengo pruebas. En cambio, sí sé con certeza que había vínculos entre gente que se entrenó en Afganistán o gente de Al Qaeda y que llegó a refugiarse en Irak.

# Si no estaban antes de la guerra, ahora lo están. Irak es hoy el mayor campo de entrenamiento del terrorismo internacional.

—Absolutamente. El terrorismo disparó la guerra y la batalla se lleva a cabo en este momento en Irak. Primero ocurrió en Afganistán, pero allí todo el mundo lo entendió y se logró una amplia coalición para entablar la lucha. En Irak es diferente. El mundo no comprende en toda su magnitud lo que pasa allí.

# ¿Hay alguna posibilidad de una solución política con Al Qaeda? ¿Por qué nadie piensa en una negociación?

—Hay posibilidad de una salida política, pero no se debe negociar de ninguna manera con el terrorismo. Insisto: de ninguna manera. Es posible conversar con los grupos que tienen una mente abierta y que quieren encontrar alguna solución. Pero no hay forma de negociar con Al Qaeda ni Bin Laden.

# ¿Y en Irak? ¿Hay alguna posibilidad de negociación?

—En Irak, creo que todavía hay alguna posibilidad de solución si no tomamos las valijas y nos vamos. Si optamos por irnos, será una derrota y el comienzo del fin para la civilización. ¿Por qué? Debido al pensamiento estratégico de los terroristas, que van a usar no sólo medios convencionales sino las armas de destrucción masiva, armas biológicas y químicas, nucleares. Esa sería la gran cuestión para la civilización: cómo vamos a sobrevivir. Sería un desastre.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/10/17/z-03815.htm

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Abraham Gak: "Nos sigue faltando un proyecto productivo"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 16-10-2004 15:04:20

El rector del Pellegrini juzga al Gobierno

Cuando se le pregunta al rector de la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini, Abraham Gak, si es optimista sobre el futuro de la Argentina, no lo duda. “Por supuesto. Si están los chicos...”, dice, y hace un gesto hacia fuera de su oficina, donde, dentro de un momento, el timbre del recreo llenará los pasillos de voces.

“Hay chicos que superan condiciones personales y familiares dificilísimas. Son generosos, son inteligentes, quieren construir”, se entusiasma Gak y dice que muchas veces el mayor obstáculo son los adultos.

Contador público recibido en la Universidad de Buenos Aires, rector desde hace once años de la prestigiosa escuela fundada en 1890, Gak, de 75 años, ideó y conduce el Grupo Fénix, un conjunto de 35 economistas y profesionales de otras áreas que, desde fines de 2000, trabaja en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA para diseñar “un proyecto estratégico de país”, basado en la máxima del desarrollo económico con equidad.

Como una suerte de grupo de trabajo y de opinión paralelo, Gak acompañó con sus diagnósticos públicos la crisis económica y social de la Argentina de estos últimos años. Señaló la destrucción de la capacidad de producción durante los años 90, la necesidad de abandonar la convertibilidad de manera ordenada, los costos de la pesificación decidida durante el gobierno de Eduardo Duhalde y la urgencia de renegociar una deuda externa "impagable".

Gak califica la llegada al poder del presidente Néstor Kirchner como "un milagro" y alaba "la actitud digna, seria y de independencia" con que el Gobierno está manejando las discusiones por la deuda. Pero tiene críticas para hacer. "Creemos que no hay un proyecto productivo", dice, en plural, y enseguida pone el foco en otras urgencias: la desvalorización de la actividad política, la falta de una política educativa y hasta la necesidad de una nueva reforma universitaria, que ponga a las casas de altos estudios de cara a las urgencias del país.

-¿Cómo se originó el Grupo Fénix?

-Buscábamos una forma de que la universidad se comprometiera realmente con las necesidades del país. En noviembre de 2000 veíamos que muchos de los datos de la realidad no eran producto de errores o asignaturas pendientes, sino consecuencias lógicas del modelo. La valorización del peso argentino por vía de la convertibilidad implicaba dejar fuera de carrera a la producción local. En 2001, preveíamos la necesidad de salir de la convertibilidad, que estaba agotada en el objetivo exitoso que tuvo de parar la hiperinflación. Al tratar de sostenerla de cualquier manera se produjo una salida desordenada y muy costosa. En septiembre de 2001 señalamos que no se iban a poder cumplir los contratos. El primer período del gobierno de Duhalde fue una suma de decisiones equivocadas: la pesificación asimétrica le costó al país el crecimiento de la deuda en una cifra importante. De todos modos, estábamos convencidos de que los vaticinios de desastre eran equivocados. La Argentina ha tenido bastante mala suerte con sus presidentes y ocurrió un milagro. Imagínese que en este momento podríamos tener de presidente a Menem, a Reutemann, si hubiera aceptado, a De la Sota o a Rodríguez Saá. Pero no pasó nada de esto, sino que apareció Kirchner, gobernador de una provincia despoblada, con un discurso diferente que, en buena medida, era el que planteábamos nosotros, el del desarrollo con equidad en la distribución del ingreso. De todos modos, tenemos una mirada crítica.

-¿Sobre qué aspectos?

-Creemos que no hay un proyecto productivo. Tenemos que recrear la industria argentina, con dos miradas. Una, hacia el pleno empleo; la otra, notar que un incremento imprescindible de exportaciones de la Argentina tiene que estar acompañado con la incorporación de valor agregado en los productos exportables. La Argentina exportadora sólo de productos primarios y de hidrocarburos no es la Argentina inclusiva de 37 millones de habitantes, sino un país para menos de la mitad. El crecimiento de la producción agropecuaria, suponiendo que los precios sean estables, tiene posibilidades limitadas. La Argentina exporta alrededor de 900 dólares por año por habitante, un poco más que lo que exporta Brasil y la mitad de lo que exporta Chile. Pero Irlanda, Nueva Zelanda, Israel y Malasia andan en 4500 dólares por habitante. Hablar de duplicar en breve plazo las exportaciones argentinas no es una quimera, sino algo necesario. Pero no vamos a crecer el doble ofreciendo el doble de producción agropecuaria.

-Hace falta un cambio cualitativo.

-Forzosamente. Tenemos que aprovechar algunas ventajas relativas que tiene la Argentina, que son los recursos humanos, lo que nos permitiría desarrollar algunos nichos productivos de alta tecnología (informática, biotecnología, telecomunicaciones, genética). Pero a medida que se incorpora tecnología se expulsa mano de obra, así que hay que hacer actividades que sean mano de obra intensiva. El plan del Gobierno de 120.000 viviendas en el año nos parece un camino muy acertado en ese sentido. Esto supone, necesariamente, la presencia de un Estado fuerte y activo, que gestione bien, y después de 30 años de desmantelar el Estado usted no lo da vuelta como un guante y lo recupera. Es un proceso difícil; la Argentina no viene de una depresión, sino del décimo subsuelo. Tenemos que tener una mirada de mediano y largo plazo. Esto supone grandes volúmenes de inversión. La provisión insuficiente de bienes públicos, es decir, de educación, salud, seguridad y justicia, es la raíz estructural de nuestras crisis. No basta el discurso de que el conocimiento y la educación son las herramientas para el crecimiento y la valorización de los países en este siglo. Hay que invertir en eso. Entre los tenedores de fondos en el exterior, los científicos que trabajan afuera, las empresas multinacionales que se aprovechan de los conocimientos científicos que se producen aquí, mire cuánto dilapidamos.

-Pero si esto está tan claro en el discurso y nadie lo discute, ¿por qué no se transforma en políticas concretas?

-En algunos aspectos se va hacia eso. Uno puede decir que la marcha es lenta, insuficiente, pero estamos caminando. Resolver el tema de la deuda externa es fundamental y está acotado en el tiempo. Creo que la gente está conforme con la actitud digna, seria y de independencia con que se negocia.

-¿Así califica la actitud del Gobierno?

-Creo firmemente que el doctor Lavagna, con su tranquilidad y serenidad, es el negociador apropiado y creo que lo hace con patriotismo. La batalla es dura, es la lucha de David contra Goliat, porque es la Argentina frente al Grupo de los 7, a los bonistas, que ahora descubrimos que son muy duros, y a los organismos financieros internacionales, que siguen pensando que tienen que imponer condiciones a sus operaciones. Por eso planteamos que, si se hace difícil, hay que decirle al Fondo que se renuncia al stand by y a los bonistas que esperen.

-Usted opina que también ellos son responsables.

-Si yo a usted le armo las condiciones para que necesariamente tenga que pedir prestado, aceptar las tasas de interés y los plazos de pago que yo impongo, condicionar toda su política interna para poder atender eso, ¿es una relación justa o estamos hablando de usura? Esa es la mirada que nosotros tenemos: acá hay corresponsables. El FMI avaló acuerdos que están hechos para no poder ser cumplidos.

-También hay responsabilidades desde aquí.

-Desde luego. Si no hubiera habido actores activos que acompañaron, esto no hubiera sucedido. Aquí estuvimos pateando la pelota hacia adelante con el blindaje y con el megacanje y eso costó muchísimo dinero. Por eso, una crítica que tenemos es que el Gobierno no utilizó todos los argumentos jurídicos en defender los intereses del país. Prefirió la negociación comercial, financiera, de presión.

-¿Por ejemplo?

-No utilizó la consulta a la Corte Internacional de Justicia, que me parece un elemento muy interesante. Primero, porque hay antecedentes. Segundo, porque una declaración favorable en ese sentido es simplemente consultiva y no obligatoria para un tenedor de bonos, pero sí obliga a un organismo financiero que depende de las Naciones Unidas. Otra cosa que tenemos muy en contra es que la Argentina es un leading case. Creo que los organismos financieros internacionales están atentos, porque si nosotros tenemos éxito será una señal muy fuerte para Brasil, para Turquía, para otros países de América latina que están endeudados...

-Esto podría generar un efecto de contagio.

-Exacto: un modelo, una copia de lo que aquí está sucediendo.

-¿Ve cambios en la cultura política del país en estos años?

-No. Uno de los problemas que tenemos es la desvalorización de la actividad política, que tiene que recomponerse. Es la clase política la responsable de la crisis, porque aceptó distintas formas de trabajar, reñidas con la ética y con los intereses nacionales. Prevaleció el interés individual. Eso ha producido un daño tremendo y va a ser muy difícil recomponerlo. Van a tener que aparecer líderes políticos honestos que puedan mostrar su pasado.

-¿Cree que eso está pasando?

-Creo que hay una presión significativa, pero aparecen también los que improvisan la política. Yo desconfío de los políticos que nacen de la noche a la mañana, de la gente que descubre a los 55 años que tiene sensibilidad social.

-Individualmente, los argentinos podemos demostrar compromiso y solidaridad. Colectivamente, no parecemos capaces de hacerlo.

-Colectivamente podemos, si tenemos las agallas de plantear las cosas como corresponde. Hay cosas en que no se puede recurrir a la solidaridad individual. En Estados Unidos la gente paga impuestos porque si no va presa, y va presa en serio. Kirchner invitó a los empresarios a que compartan sus rentas con los trabajadores. Los empresarios van a compartir cuando una legislación los obligue a hacerlo.

-¿Comparte el diagnóstico de crisis en la educación?

-Desde luego. Frente al incremento de la necesidad de educación no hemos tenido respuesta. Seguimos dándoles respuestas antiguas a problemas nuevos. Y no hay igualdad de oportunidades. Pero la escuela hoy tiene que hacerse cargo de muchas cosas de las que antes la familia se hacía cargo. Tenemos que hacerlo: no podemos ignorar lo que pasa con cada chico. Esto requiere una red de contención muy importante. Aquí, en el colegio, cada curso tiene un preceptor. Tenemos tutores, un departamento de orientación al estudiante, con psicólogos, y actividades de prevención, que consisten en generar centros de interés para los chicos fuera de las horas de clase.

-¿Se les puede pedir a los docentes que además de enseñar se ocupen de estas cosas?

-Es imprescindible. La concepción del profesor de escuela secundaria que da la clase y se va es de otra época. Hay profesores que no están en condiciones de sostener a un grupo porque no lo entienden. Si pienso que un adolescente que me tutea me está faltando el respeto, estoy cometiendo un error gravísimo. Hay cuatro aspectos importantes: la comprensión, que es entender la modalidad y el lenguaje de los adolescentes; la contención, porque los chicos piden ayuda y, al mismo tiempo, límites; la solidaridad y el afecto. Los chicos lo sienten cuando un profesor prepara sus clases, llega a horario, se preocupa por generar una relación personal con ellos, por comprenderlos, aunque sea severo. Los chicos buscan modelos.

-¿Cree que este gobierno tiene una política educativa?

-Creo que hay actividades educativas. Existiría una política si hoy estuviéramos discutiendo en el Parlamento una reforma a la ley federal de educación. Creo que hay un inteligente entendimiento de las necesidades por parte del ministro Daniel Filmus, que genera focos de actividad nuevos. Pero tiene fuertes limitaciones. Al estar tan descentralizada la educación, su tarea es convencer a los ministros de Educación de las distintas provincias. En el país hay jurisdicciones de primera, de segunda y de tercera en materia de educación. Es difícil revisar el sistema, porque hay una inversión grande hecha durante diez años, pero hay que hacerlo urgentemente.

-Usted ha afirmado que es necesaria una nueva reforma universitaria. ¿Sobre qué principios?

-La reforma de 1918 tuvo objetivos muy claros, que fueron la apertura de la universidad a la sociedad, al pensamiento moderno, con algunos reclamos muy puntuales, como el cogobierno y las cátedras paralelas. Pero, al mismo tiempo, tuvo una mirada política. Cuando se trasladó a otros países latinoamericanos, fue porque estaba reflejando una realidad común. Esos objetivos están, en gran medida, cumplidos. Ahora falta una mirada de región en América latina, de intereses comunes y de un compromiso activo para modificar las condiciones políticas y sociales del país. No se trata de la reforma de la universidad. No debemos tolerar un 50% de pobreza en nuestro país. Recuperar eso es una función esencial de la universidad. Si seguimos pensando en graduar estudiantes para que ingresen en el mercado, si la investigación es al solo efecto de avanzar en el conocimiento propio, no estamos cumpliendo con una función que la sociedad le requiere a la universidad. Si la credibilidad y la confianza que la sociedad argentina tiene en la universidad no se transforma en acción, va a desaparecer.

-¿Qué es lo que impide que eso suceda en las universidades?

-A veces la cotidianidad hace que esto reciba un apoyo total desde el discurso, pero parcial en los hechos. El movimiento estudiantil está destruido. No cumple con su papel esencial, que es la representatividad de un número enorme de estudiantes. Está destruido porque la aplicación de las políticas prebendarias terminó alejándolo de la comunidad estudiantil. Los docentes tienen que acumular horas cátedra para poder vivir. Y el personal no docente es el peor pago de la administración pública.

-¿La UBA necesita más presupuesto?

-Desde luego. De todas las universidades, debe de ser la que tiene menos presupuesto por alumno. Es necesario para investigar más y crear las condiciones para retener a los jóvenes talentos. Tenemos que mandar gente al exterior, pero que vayan a estudiar cosas que el país necesita y asegurarnos de que vuelvan.

-¿Es optimista cuando mira a los adolescentes?

-Mucho. Ahí está el futuro. Lo máximo que podemos hacer es mejorarles las condiciones para que se puedan desarrollar. Hay chicos que sobrepasan condiciones personales dificilísimas. Son optimistas, generosos, son afectuosos, inteligentes. Detrás de cada chico hay una inteligencia que uno debe permitir que se desarrolle. Ahí está el desafío de la escuela. Le digo la verdad: no me importa demasiado si saben mucha física, química o matemática. Yo creo que si se forman como seres humanos con personalidad, con criterio propio, con sentido crítico, inquietos, dispuestos al cambio, serán buenos ciudadanos. Esa es la tarea de la escuela media: que sean felices.

Por Raquel San Martín
De la Redacción de LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=645476

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Rockefeller: "Perón les hizo muchísimo daño a los argentinos"

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 13-10-2004 15:00:24

Falta un líder fuerte y democrático, dice

NUEVA YORK.– Pasar entre las masas de turistas que disfrutan de una tarde de sol entre los negocios y restaurantes del símbolo ultimo del capitalismo norteamericano –el Rockefeller Center– y decirle al conserje (de la torre más alta del complejo, naturalmente) que uno viene a ver a mister Rockefeller tiene algo de intimidatorio.

Ni qué hablar de atravesar el pasillo que lleva a su oficina, donde cuelgan obras de Picasso, Manet, Gauguin, De Kooning, Rothko y Botero,y los budas, tapices y elefantes más extraordinarios del arte oriental.

Sin embargo, David Rockefeller –el menor de los seis hijos de John D. Rockefeller Jr. y el más parecido a su abuelo, John D. Rockefeller, el forjador de la fortuna familiar– es una persona extremadamente sencilla y con un gran sentido del humor. Cuando esta cronista comienza la nota preguntándole si hoy, siendo el último que queda de su generación, al borde de los 90 años y con el apellido que es sinónimo de millones, todavía usa billetera, Rockefeller, rápido como una bala, la saca del bolsillo del traje y la revolea alegremente para su inspección. Algunos billetes (considerablemente menos de los que tiene cualquier profesional de su edificio de oficinas, sin duda) y un par de tarjetas de crédito. Eso es todo lo que hay en el discreto estuche de cuero oscuro, ligeramente gastado.

Un poco decepcionante. Pero, claro, estamos hablando del hombre que fue durante décadas a trabajar en subte. "Me parecía lo lógico viajar como todos los demás empleados del banco; después me hicieron presidente del directorio del Chase Manhattan Bank y, como el cargo venía con auto de la empresa, tuve que cambiar mis hábitos", señala. Un hombre cuyo discretísimo traje gris y corbata azul pueden no ser de la última temporada. Que sostiene que "el éxito en los negocios requiere entrenamiento, disciplina y trabajo duro, pero si uno no teme a estas cosas, las oportunidades hoy son tan grandes como nunca". Pero un hombre que, a la vez, aclara: "Ser rico trae una obligación, que es hacer cosas que beneficien al resto".

En su caso ya ha quedado como símbolo de la filantropía. Además de su carrera como banquero y como diplomático informal del gobierno norteamericano, Rockefeller fundó el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Harvard, que lleva su nombre, y es uno de los principales mecenas del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), fundado por su madre, del cual es presidente emérito y al cual donará la mayor parte de las piezas de su colección.

Rockefeller tiene un doctorado en economía de la Universidad de Chicago, en cuya tesis sostuvo que los empresarios toman decisiones no sólo para maximizar ingresos, sino para servir a las "necesidades de los trabajadores y de la comunidad en general".

Estuvo casado durante 55 años y su mujer, Peggy, murió en 1996. Tiene seis hijos y diez nietos y recientemente, para sorpresa de todos, publicó su biografía (que en breve llegará a la Argentina, editada por Planeta), en la que no sólo aborda las críticas a su familia sino que también se torna cándido respecto de los conflictos internos.

-En su biografía usted dice que se crió sintiendo que ser un Rockefeller equivalía a dar el éxito por sentado, a desarrollar cierta inmunidad a las críticas y a tener valores cristianos. ¿Cuán difícil fue crecer con ese apellido?

-Cuando se cuenta con amplios recursos, lo más importante es tener buenos padres y ser educado por personas que sepan transmitir valores. Yo los tuve, así que lo pasé muy bien. Me enseñaron que el dinero puede agregar mucho a la habilidad de desarrollar una vida constructiva, no sólo agradable para uno mismo, sino beneficiosa para los demás. Mi abuelo, por ejemplo, fue un pionero en la filantropía, que mi padre practicó en gran escala, y en la que la ética cristiana jugó una parte fundamental. Ahora, también es cierto que mi papá era el hijo mayor y heredero y puso muy en alto el standard de lo que significa ser un Rockefeller, por lo que cada logro era dado por sentado y la perfección era la norma. El siempre pensaba que había espacio para mejorar. De chicos nos dábamos cuenta de que pertenecíamos a una familia inusual, incluso excepcional, pero el efecto de esto fue distinto para cada uno de nosotros. Para algunos fue más una carga, para otros más una oportunidad. Yo siempre me sentí muy afortunado.

-Los Rockefeller fueron muy cuidadosos de su privacidad. ¿Por qué decidió publicar su biografía? ¿Es verdad que tomó la idea de Catherine Graham, quien fue la editora del Washington Post?

-Se dio una combinación de circunstancias. Básicamente, yo sentía que había tenido una vida interesante, en la cual había conocido a mucha gente importante, y que si bien había muchos libros escritos sobre mi familia, no había ninguno que diese la visión desde adentro. Así que me puse a juntar información que podía servir durante unos cuantos años y después armamos el libro junto a mi amigo y colega Peter Johnson. Mientras yo trabajaba en mi libro, Catherine trabajaba en el de ella, así que comparábamos notas. Vi que Catherine era muy abierta respecto de sus relaciones familiares y que eso resultaba interesante para el lector. Fue su ejemplo el que me dio el coraje para hacerlo yo también.

-Usted escribe que lo que más le gusta es el arte, conocer gente y viajar.

-Soy un viajero apasionado y, desde chico, los viajes fueron tan importantes en mi formación como la educación formal. Yo trato de rodearme de cosas bellas de diferentes partes del mundo. Eso lo aprendí de mi madre, Abby Aldrich Rockefeller, que tenía un gusto muy ecléctico, de la antigüedad clásica a lo último en arte contemporáneo. Claro que algunas cosas son transportables. Otras, como la catedral de Chartres... hay que ir a verlas. Es uno de los edificios más lindos del mundo, y trato de viajar allí cada vez que puedo.

-¿Compra cada obra de arte que le gusta?

-Cuando veo algo que me gusta mucho, lo compro, pero no voy por ahí en búsquedas desenfrenadas. Trato de ser razonable.

-¿Cómo nació su interés por América latina?

-Supongo que lo despertó mi hermano Nelson, a quien en la Segunda Guerra Mundial el presidente Roosevelt le pidió que fuera coordinador de relaciones con América latina para el gobierno norteamericano. Yo empecé a viajar con él y mi primera visita a la Argentina fue en 1954. Ya hablaba algo de castellano porque, como durante la guerra estuve dos años en el frente, al volver a casa decidimos tomarnos una segunda luna de miel con mi mujer. El lugar elegido fue México, así que antes de partir me puse a tomar clases. Después, en mi carrera en el banco, me ocupé varios años del área latinoamericana e incluso cuando fui presidente del directorio seguí muy interesado en la zona, porque era muy importante para nosotros y había que promoverla.

-Desde entonces ha visitado la Argentina en varias ocasiones. ¿Por qué cree que fracasamos como país una y otra vez?

-No sé si aceptaría la descripción de que el país fracasó una y otra vez. Lo que sí veo es que por una razón u otra la Argentina cayó presa de un número de dictadores que la manejaron demasiado tiempo, lo cual sólo podía resultar pésimo para el país. Nunca voy a entender por qué pasó, los argentinos son tan extraordinariamente bien educados, con gente tan brillante para los negocios, en las artes, la literatura? Es realmente sorprendente. En el caso de Perón, en particular, creo que les hizo muchísimo daño a los argentinos, no sólo internamente sino también externamente.

-¿Cómo ve a la Argentina hoy?

-Es muy triste ver que no logra establecer una base democrática sólida a partir de la cual elegir líderes que realmente sepan hacia dónde encaminar al país. Como resultado, se ha visto envuelta en una serie de crisis económicas, financieras y de varios otros tipos, lo que me parece una lástima inmensa porque, como le dije, la Argentina es uno de los grandes países del mundo.

-¿Qué opina de Kirchner?

-Lo conocí hace poco, y superficialmente, y no tengo una noción clara de cómo le está yendo. De cualquier manera, me parece que hace tiempo que la Argentina no tiene un líder democrático fuerte que a la vez sea bueno manejando la economía y los problemas económicos.

-¿Qué hay que hacer con la deuda?

-Si tuvieran un líder fuerte que entendiese los problemas económicos, estaría tomando más medidas para enderezar la economía y manejar la deuda. Entiendo que era muy difícil pagar cuando les iba tan mal, pero negociar con el Fondo y resolver el problema sigue siendo la mejor idea.

-¿Sigue creyendo en el capitalismo?

-El capitalismo, junto con la democracia, pueden tener muchos problemas. Pero, como dijo Churchill, aunque sea una mala forma de gobierno, todas las demás son peores. Yo tiendo a pensar que un gobierno democrático con un equipo económico sólido, que maneja las cuentas de manera prolija y que toma obligaciones y luego las paga, es infinitamente superior a cualquier otra cosa. Ni qué hablar de las dictaduras, que siempre han resultado un desastre. Por eso, todavía tengo esperanzas de que la Argentina logre un liderazgo fuerte y democrático.

-¿Cómo ve la década de los 90?

-Como una década de enorme prosperidad, en la cual alguna gente se dejó llevar y permitió que la ambición y el egoísmo fuese una parte demasiado importante de su vida. Creo que la década del 20 fue similar, hasta cierto punto, por las mismas razones.

-En la Argentina, ¿le gustaba Menem?

-Siempre me sentí más cercano a la perspectiva de Cavallo. Menem era más un político, y uno tendría la impresión de que estaba más sujeto a la corrupción de lo que hubiese sido deseable para el bien del país. En cambio, a Cavallo lo sigo viendo cada tanto acá en Estados Unidos.

-Peter Johnson dice que Cavallo a usted le reconoció haber hecho un par de errores de estimación, que quizá debería haber abandonado la convertibilidad antes...

-Pero probablemente haya sido la mejor persona que ustedes hayan tenido en el gobierno en mucho tiempo y todavía le tengo respeto.

-¿Qué hay de Amalia Fortabat?

-Es una gran amiga y su carrera fue impresionante. Tomó las riendas de la fortuna de su marido al enviudar y demostró que tenía un gran talento para manejarla. Respeto muchísimo su habilidad y además le tengo un gran afecto.

-En líneas generales, ¿cómo vive el mundo posterior al 11 de septiembre?

-El reconocimiento de que el terrorismo es una amenaza en todo el mundo ha conseguido que la gente se dé cuenta de que quienes están en el gobierno deben tomar medidas de una manera más seria y ordenada de lo que jamás lo hicieron. Al mismo tiempo, implica que las energías están puestas en lidiar con la amenaza y no en construir gobiernos sólidos.

-Así como las Torres Gemelas, el Rockefeller Center es uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad. ¿Le da miedo un atentado?

-Obviamente, sé que existe ese riesgo, pero no paso mi tiempo preocupándome por ello.

-¿Cómo ve las elecciones?

-Creo que serán muy reñidas, pero si Bush fuera reelegido yo me sentiría cómodo con el resultado. Es un hombre al que respeto, así como respetaba a su padre, y tengo la esperanza de que será acompañado de gente idónea que le permitirá hacer un buen trabajo.

-Pero con Bush Estados Unidos es más odiado que nunca en su historia. Después de su trayecto a favor de la amistad entre los pueblos, ¿cómo lo siente?

-En la medida en que eso que usted dice sea cierto -y creo que lo es en una serie de países-, es quizá resultado de que Estados Unidos se ha convertido, de forma indisputada, en el país más poderoso del mundo. Al manejar a otras personas y lugares, ha dado la impresión de ser arrogante. Y la arrogancia no es una cualidad atractiva, sobre todo porque los muy poderosos pueden darse el lujo de ser gentiles y compasivos, algo que los norteamericanos no hicimos.

-Entre los enojados está Europa. ¿Cómo ve el futuro de la relación transatlántica?

-Las relaciones entre Estados Unidos y Europa, obviamente, dejan mucho que desear y en parte es, justamente, porque con demasiada frecuencia los norteamericanos hacemos lo nuestro sin consultar, como sería sensato, a nuestros compañeros europeos. Pero Europa seguirá siendo una parte importante del mundo. La gran pregunta es no qué pasará en su relación con nosotros, sino si podrá actuar como unidad o si los distintos países irán reclamando mayor independencia. Me parece que en eso se está trabajando en este momento.

-¿Cuál debería ser el papel de Estados Unidos en el mundo?

-Estados Unidos, como la nación más poderosa del planeta, tiene la obligación de jugar un papel internacional. Cuanto más sólido es un país, más fuerte es su obligación de involucrarse, de tener una función moral. Pero creo que las Naciones Unidas juegan en todo un papel fundamental, y deberían tener mayor apoyo. Los norteamericanos tenemos que entender que no podemos hacer las cosas solos, que eso va, incluso, contra nuestro propio interés.

-¿Es optimista o pesimista mirando al futuro?

-Soy optimista. Creo que la tecnología moderna está permitiendo la mejora económica de la población. Me cuesta creer que las naciones desarrolladas no van a sacar ventaja de esto y no van poner la tecnología a trabajar por el bien del planeta. Hay más de dos mil millones de personas viviendo en la pobreza. Las naciones desarrolladas tenemos que dar todo el apoyo posible a las organizaciones que están intentando ayudar a las más pobres y jugar un papel constructivo en el mundo en general.

-Mirando para atrás en su vida, ¿se arrepiente de algo?

-Me hubiese gustado hacer todas las cosas que hice mejor de lo que las hice. No tengo graves arrepentimientos. He tenido una vida interesante, pero siempre hay espacio para mejorar.

Por Juana Libedinsky
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=644501

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Darks

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 11-10-2004 00:00:00

Por Sandra Russo

Para un periodista, hay crónicas que son muy difíciles de hacer. Uno tiende a pensar en noticias dolorosas, impactantes, sangrientas. En masacres, en catástrofes, en accidentes. No, ésas no son las más difíciles. Si un editor quiere poner a prueba a un cronista, puede mandarlo a cubrir el Día de la Primavera en los bosques de Palermo. Así sí te quiero ver. ¿Cómo escribir algo que valga la pena, cómo ver algo más que el lugar común en ese rito que permanece imperturbable a lo largo de los años mientras sólo sus protagonistas van cambiando? ¿Cómo apuntar algo más que “con alegría, los estudiantes desafiaron a la lluvia” –porque, es fija, cada año, ese día siempre llueve–? Es difícil hacer esa crónica porque el cronista no puede ver nada más allá de las guitarreadas parecidas a las de Luján, los porros atrás de un árbol, las parejitas besándose, el pasto lleno de basura, en fin, ese folklore encarnado por cada nueva generación, pero fijado de antemano dentro del corralito de un día y un espacio: el Día del Estudiante, que coincide con el Día de la Primavera, lleva inscripto su paisaje, su borde y su desborde, su tibia y anticipada decadencia, su presunta explosión de alegría, la homologación del estudiante al capullo, el alineamiento del adolescente al brote que se sale de la vaina por mostrarse en flor.
Falsamente báquico, escenográficamente desordenado, ese día está reservado para que los estudiantes hagan mugre en Palermo y se expresen como gusten. El conjunto “los adolescentes” debería encajar con el conjunto “los estudiantes”, pero no es así en un país como éste, de modo que lo primero que deberían festejar los que entran en el conjunto “los estudiantes” es no ser “los lúmpenes”. Pero aun así, aún dejando de lado las consideraciones explícitamente políticas, la asociación entre jóvenes y primavera no es ni casual ni caprichosa. Hay una voluntad colectiva y colectivamente tranquilizadora en asimilar la juventud a un tiempo cálido, no tórrido, prometedor, ligeramente sensual, no sexual, a un tiempo encapsulado en una promesa incumplida: la primavera en tanto eterna primavera, la primavera freezada, sin su pasaje al verano y a sus voluptuosidades, contiene una reserva de significados que la sociedad querría hacer coincidir con la juventud: la medida de una inocencia y la medida de una temperatura. De todo un poco. Mucho, de nada.
No deja de ser curiosa e intencionada la asociación entre juventud y primavera. La juventud, y especialmente la adolescencia, suelen tener zonas de riesgo y de oscuridad notables. Es la época de la vida en la que se descree. Todo se pone en duda. La llaga está en carne viva. Hay preguntas. Hay miradas de rayos ultravioletas que detectan mentiras, poses, injusticias y miserias. Hay demanda y no hay oferta. Una energía brutal no encuentra su continente. Hay tristeza y todavía no hay autoconfianza. No hay interlocutores ni maestros. La adolescencia es una ruta sin señalizar. Todos los caminos y todas las direcciones parecen estar disponibles, pero el adolescente percibe, y con razón, que ésa es una farsa más. La mayoría de los destinos ya están marcados.
La adolescencia no es primaveral. Es oscura. Hay pantanos. Los que expresan esta sensación laberíntica suelen ser llamados “darks”, pero ellos son solamente el emergente de una percepción más amplia e incluso más lúcida que aquella que insiste en el capullo candoroso cuyo futuro está trazado y cuyo corolario será la flor. Queremos pensar eso y les regalamos los bosques de Palermo, un día por año, para que hagan travesuras y se dejen sacar fotos que después no mira nadie.
La adolescencia es una zona de tránsito espesa, que cuestiona por su propia y poderosa naturaleza, física y mental, todos los órdenes establecidos. La adolescencia es dark, nos guste o no nos guste, se vista el joven o no de negro, como es dark toda versión del alma humana cuando por un instante se suelta de lo que debe ser y se pregunta por lo que debería ser. Los adolescentes son pequeños y accidentados filósofos, improvisados y tercos poetas que hacen preguntas que otros se han hecho antes y para las que tampoco encontraron respuesta. Queremos tranquilizarnos describiéndolos como capullos tiernos, cuando no toleramos la embestida de su brutal intensidad.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-42158-2004-10-11.html

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Una turista provinciana

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 10-10-2004 00:00:00

Un sombrero gris, jazz en Washington y una tarde perdida en Nueva York: recuerdos de una primera visita a los Estados Unidos.

BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar

En diciembre de 1984 visité por primera vez Estados Unidos. Algo tarde, si se considera que tenía más de cuarenta años; evidentemente, no había aprovechado las masivas excursiones a Miami, Orlando y Nueva York a las que se acostumbraron las capas medias desde que Martínez de Hoz inventó el primer dólar barato, durante la dictadura militar. En efecto, no lo aproveché y llegaba ese fin de año de 1984 por primera vez a Washington y a Manhattan.

Formaba parte de un grupo de intelectuales argentinos, invitados por una universidad norteamericana para que comenzaran a hacer el balance de los años inmediatamente anteriores: exilio, represión, transición democrática. Muchos de mis compañeros pisaban también por primera vez Estados Unidos y estaban tan asombrados como yo. Simplemente las doce horas del viaje en avión ya eran una experiencia extraordinaria; en esa época todavía se conseguían varios whiskies sin pagar por ellos y la comida era mejor (o nos parecía mejor) que la que proporciona hoy una bandejita que ha pasado raudamente del freezer al microondas.

Llegué al aeropuerto Kennedy de madrugada y allí tuve que tomar un ómnibus al otro aeropuerto, Newark, de donde salía mi vuelo para Washington una hora después. Conociendo el sistema de transporte, la tarea, de todos modos, no es sencilla; más complicada lo fue para mí que estaba vestida de verano y tuve que abrir mi valija para sacar un abrigo, en la calle, volver a cerrarla evitando que se volara la ropa, y averiguar dónde paraba mi ómnibus. La reunión era en Maryland, a unos kilómetros de Washington, o sea que estábamos casi en el medio del campo, lejos de cualquier imagen emblemática.

Pero una noche nos invitaron a la embajada argentina en Washington. También era la primera vez que pisaba una embajada, pero decidí no quedarme allí más de veinte minutos; pedí un taxi y arrastré conmigo a dos o tres de mis compañeros. Al taxista, confiando en su saber urbano, le dije que nos llevara a un boliche de jazz. Nos dejó en el mejor de Washington que, por supuesto, estaba completamente lleno. Con la audacia y la suerte que acompaña a los que no conocen las costumbres locales, le expliqué a alguien en la puerta que éramos argentinos, nos volvíamos a Buenos Aires, y no queríamos perdernos eso. Eso, que no queríamos perdernos, era un trompetista blanco a quien yo no conocía ni remotamente. El hombre de la puerta, quizás apiadado de mi candidez, porque esos ruegos nunca funcionan, nos dejó pasar.

Al día siguiente, de la universidad nos llevaron al National Gallery, también en Washington. No pude mirar nada, no conocía cuál era la disposición de las salas, ni podía calcular qué podía ver realmente con el tiempo que tenía por delante; recuerdo sólo un móvil gigantesco en el hall del edificio nuevo (la National Gallery acababa de inaugurar una pirámide de cristal diseñada por el mismo arquitecto que diseñó las del Louvre). Busqué refugio en un lugar cuyo nombre aprendí en ese momento: el museum shop, es decir el negocio donde se venden reproducciones, afiches, agendas, anotadores, libros, señaladores, lápices y lapiceras, tarjetas postales. El museum shop estaba más a la medida de mi capacidad; sin embargo, en el momento de elegir algún recuerdo y comprarlo, me paralicé. Me fui de allí sin nada.

Viajamos dos días después a Nueva York, donde dormimos en un hotel de la calle 43 o 44. A la mañana siguiente, nos tomamos un subte hasta el Greenwich Village. En vez de recorrerlo, nos dedicamos a averiguar cómo llegar al Barrio Chino, demostrando la ignorancia de turistas que confundían el San Francisco del cine y las novelas policiales con Manhattan. Por el camino, me compré un sombrero gris. Nunca había tenido un sombrero, desde el uniforme de la escuela secundaria, pero, en esos años ochenta, todo el mundo en Nueva York andaba con sombrero y ese objeto me pareció lo más neoyorquino que podía llevarme de vuelta a casa. Cuando se pronuncia la palabra provinciano, este primer viaje a Estados Unidos me viene, de modo inevitable, a la cabeza.

http://www.clarin.com/diario/2004/10/10/sociedad/s-846966.htm

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"Hay un resurgimiento de las ideas latinoamericanistas"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 10-10-2004 00:00:00

WALDO ANSALDI, HISTORIADOR

El fracaso de las políticas aplicadas en las últimas décadas frente a la crisis del Estado parece abrir paso a la búsqueda de un modelo de desarrollo que integre mejor la política, la economía y la sociedad.

Fabián Bosoer
fbosoer@clarin.com

Las crisis sociales y estatales latinoamericanas suponen también la existencia de una crisis intelectual?

—Hay un conjunto de fenómenos eclosivos detrás de los cuales encontramos un replanteo sobre el modo en que se constituyeron nuestros estados nacionales hace dos siglos. Por eso es que las crisis que vivimos tienen mucho que ver con el modo mismo en el que las pensamos y respondemos a ellas y esto supone, por cierto, una crisis intelectual.

# ¿Cómo se expresan esos replanteos?

—Hacia el interior, esto es lo que vemos en la pérdida de presencia estatal y en las reivindicaciones antiguas y nuevas de los pueblos y sectores excluidos, que tienden a un mayor multiculturalismo. Hacia afuera, se observa en la voluntad declarada de superar el nacionalismo competitivo y generar un bloque más o menos integrado de diferentes países que les permita posicionarse mejor frente al mundo, los Estados Unidos, la Unión Europea, los grandes organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización Mundial de Comercio. Esto va acompañado también por un nuevo intento de volver a pensar América latina desde su propia especificidad, un resurgimiento del pensamiento latinoamericanista, que en las dos últimas décadas del siglo XX prácticamente se había diluido y que hoy parece renacer.

# La referencia que toma remite a los debates de las décadas del 60 y 70. ¿Cuál es la vigencia que pueden tener hoy aquellas ideas?

—Aquella fue una época clave para las ciencias sociales latinoamericanas, que estaban además en una íntima vinculación con la realidad social y política. Hay una referencia que no podría obviarse: el papel fundamental jugado por la Comisión Económica para América latina, creada a fines de los años 1940 gracias a la fuerte coincidencia y decisión de los gobiernos de Getulio Vargas y de Juan Perón. La Cepal se iría a convertir en una institución generadora de un nuevo pensamiento para América latina.

# ¿Cuáles fueron sus rasgos originales?

—Uno principal fue situar a América latina frente a un desafío semejante al de la Europa de la posguerra. Primer punto de partida en el que convergieron economistas, sociólogos, historiadores de diferentes perspectivas: había marxistas, weberianos, economistas clásicos liberales, y esto le daría una peculiaridad al pensamiento científico social latinoamericano, que sin renunciar al bagaje de conocimientos y métodos provenientes de otras realidades, se va a retomar y ampliar después en otros institutos como la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO, o el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, CLACSO, que contaron con el apoyo de los estados y otros centros académicos.

# Otros de los resultados más conocidos fueron los estudios de la dependencia, pero merecieron también muchas críticas.

—Sí, la mal llamada "teoría de la dependencia", fue quizás el aporte más significativo y más peculiar que América latina dio en el campo de las ciencias sociales en el plano mundial. No en vano aquel libro de Cardoso y Faletto circuló prácticamente por todo el mundo. Creo que más allá de las discusiones, permitió pensar América latina desde una perspectiva bien diferente.

# ¿Qué fue lo que hizo que se dejaran de lado aquellas ideas?

—Sin duda, tuvo que ver el cambio de la coyuntura política a partir de la imposición de las dictaduras institucionales de las Fuerzas Armadas en los 70, pero también con un cambio epocal con la llamada crisis de los paradigmas, y especialmente con la crisis del marxismo. El otro punto es que las ciencias sociales estuvieron en esos años muy comprometidas con procesos políticos que terminaron llevando a fracasos y derrotas muy fuertes.

# ¿Por ejemplo?

—Quizás, el caso más emblemático de esta posición fue el debate respecto de si la colonización de América latina había sido feudal o capitalista. Para decirlo de un modo muy sobresimplificado, si la colonización había sido feudal, la tarea política de finales del siglo XX era completar la revolución democrático-burguesa. Si, por el contrario, la colonización había sido capitalista, y ésta había mostrado su incapacidad de desarrollar el continente, la única opción era la revolución socialista. Y ambos caminos terminaron mal, o clausurados o derrotados de manera cruenta. Con lo que se truncó la única manera de saldar ese debate, que era con más investigaciones empíricas, con mayor profundización teórica inmersa en los procesos políticos. Las dictaduras y las ideas neoliberales terminaron con todo eso y mucho de ese capital intelectual resultó dispersado, prosiguió en el exilio o se discontinuó.

# ¿Las transiciones democráticas no lograron recuperar aquella tradición de pensamiento?

—Hubo una línea de continuidad, es cierto, en torno a la reflexión sobre el Estado latinoamericano y sus contradicciones, concebido como institución que administra el poder y como un ámbito que condensa relaciones sociales conflictivas. Pero lo cierto es que el retorno de las instituciones democráticas no fue acompañado por un nuevo modelo de desarrollo. Ese lugar lo ocuparon las recetas económicas y políticas neoconservadoras que significaron un brutal incremento de la desigualdad social y la aparición de fenómenos de involución social poco conocidos en algunas sociedades como la nuestra. Era un modelo de desarrollo injusto, y que merecía fuertes cuestionamientos éticos; era un conjunto de políticas prescriptas con un carácter general por los grandes organismos internacionales, aplicado en todos los lugares más o menos de las mismas maneras, y que terminó generando más o menos los mismos resultados. Pero además fue un modelo que fracasó y eso vuelve a dejarnos ante la misma vacancia inicial.

# ¿Es posible recrear un modelo de desarrollo aplicable a los países latinoamericanos más allá de sus notorias diferencias y asimetrías?

—Es innegable que hay una heterogeneidad estructural de las sociedades latinoamericanas que hace difícil aprehenderla como una totalidad, como una unidad de análisis. No hay ya libros, por ejemplo, como el clásico de Tulio Halperín Donghi, que reconstruyó la historia de América latina en una interacción entre una imagen global, subregional, y al mismo tiempo, analizando cada uno de los países. Lo que predominan son obras donde cada capítulo es un país. La dinámica sociopolítica de las últimas décadas ha llevado no sólo a una fragmentación social en cada uno de nuestros países, sino a una fragmentación política y en parte cultural. No se puede ignorar que existen subbloques y que dentro de cada uno de ellos, a su vez, no siempre hay acuerdos.

# Esto nos lleva nuevamente al primer punto: ¿cómo impulsar un proceso de integración que construya instituciones políticas y esté a la vez conectado con las distintas realidades sociales?

—Hay una cuestión que es claramente política, no sólo de los gobiernos sino de los Estados. Por ejemplo, la posibilidad de un Parlamento del Mercosur, que genere una internacionalización de los partidos y corrientes de opinión de nuestros países, como sucede en la Unión Europea. En América latina esto todavía no existe y sería importante construir instituciones que lo impulsen.

# ¿Y el papel de los intelectuales?

—Consiste en generar un pensamiento crítico y con un profundo conocimiento de nuestras sociedades —de su pasado, de su presente y de sus perspectivas— que pueda también tener un carácter que llamaría, en el buen sentido de la expresión, "instrumental". Si no contribuimos a crear un núcleo de ideas muy fuerte, y de mayor cercanía entre el campo científico y tecnológico y los ámbitos de decisión política, creo que vamos a seguir en perspectivas estrictamente nacionales, sujetos a los vaivenes coyunturales y proyectando nuestras comunes desventuras. Recuerdo una frase de Sergio Bagú, escrita en 1970, que tiene absoluta vigencia: "América latina, continente colonizado desde hace siglos, pagó y sigue pagando tributo de sangre y especie... (Pero) percibimos ya los síntomas de una nueva actitud: la conquista del derecho a la propia opinión, respetuosa de los antecedentes, pero liberada de toda reverencia inhibitoria".

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/10/10/z-03616.htm

Copyright Clarín, 2004.

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"Hay un resurgimiento de las ideas latinoamericanistas"

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WALDO ANSALDI, HISTORIADOR

El fracaso de las políticas aplicadas en las últimas décadas frente a la crisis del Estado parece abrir paso a la búsqueda de un modelo de desarrollo que integre mejor la política, la economía y la sociedad.

Fabián Bosoer
fbosoer@clarin.com

Las crisis sociales y estatales latinoamericanas suponen también la existencia de una crisis intelectual?

—Hay un conjunto de fenómenos eclosivos detrás de los cuales encontramos un replanteo sobre el modo en que se constituyeron nuestros estados nacionales hace dos siglos. Por eso es que las crisis que vivimos tienen mucho que ver con el modo mismo en el que las pensamos y respondemos a ellas y esto supone, por cierto, una crisis intelectual.

# ¿Cómo se expresan esos replanteos?

—Hacia el interior, esto es lo que vemos en la pérdida de presencia estatal y en las reivindicaciones antiguas y nuevas de los pueblos y sectores excluidos, que tienden a un mayor multiculturalismo. Hacia afuera, se observa en la voluntad declarada de superar el nacionalismo competitivo y generar un bloque más o menos integrado de diferentes países que les permita posicionarse mejor frente al mundo, los Estados Unidos, la Unión Europea, los grandes organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización Mundial de Comercio. Esto va acompañado también por un nuevo intento de volver a pensar América latina desde su propia especificidad, un resurgimiento del pensamiento latinoamericanista, que en las dos últimas décadas del siglo XX prácticamente se había diluido y que hoy parece renacer.

# La referencia que toma remite a los debates de las décadas del 60 y 70. ¿Cuál es la vigencia que pueden tener hoy aquellas ideas?

—Aquella fue una época clave para las ciencias sociales latinoamericanas, que estaban además en una íntima vinculación con la realidad social y política. Hay una referencia que no podría obviarse: el papel fundamental jugado por la Comisión Económica para América latina, creada a fines de los años 1940 gracias a la fuerte coincidencia y decisión de los gobiernos de Getulio Vargas y de Juan Perón. La Cepal se iría a convertir en una institución generadora de un nuevo pensamiento para América latina.

# ¿Cuáles fueron sus rasgos originales?

—Uno principal fue situar a América latina frente a un desafío semejante al de la Europa de la posguerra. Primer punto de partida en el que convergieron economistas, sociólogos, historiadores de diferentes perspectivas: había marxistas, weberianos, economistas clásicos liberales, y esto le daría una peculiaridad al pensamiento científico social latinoamericano, que sin renunciar al bagaje de conocimientos y métodos provenientes de otras realidades, se va a retomar y ampliar después en otros institutos como la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO, o el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, CLACSO, que contaron con el apoyo de los estados y otros centros académicos.

# Otros de los resultados más conocidos fueron los estudios de la dependencia, pero merecieron también muchas críticas.

—Sí, la mal llamada "teoría de la dependencia", fue quizás el aporte más significativo y más peculiar que América latina dio en el campo de las ciencias sociales en el plano mundial. No en vano aquel libro de Cardoso y Faletto circuló prácticamente por todo el mundo. Creo que más allá de las discusiones, permitió pensar América latina desde una perspectiva bien diferente.

# ¿Qué fue lo que hizo que se dejaran de lado aquellas ideas?

—Sin duda, tuvo que ver el cambio de la coyuntura política a partir de la imposición de las dictaduras institucionales de las Fuerzas Armadas en los 70, pero también con un cambio epocal con la llamada crisis de los paradigmas, y especialmente con la crisis del marxismo. El otro punto es que las ciencias sociales estuvieron en esos años muy comprometidas con procesos políticos que terminaron llevando a fracasos y derrotas muy fuertes.

# ¿Por ejemplo?

—Quizás, el caso más emblemático de esta posición fue el debate respecto de si la colonización de América latina había sido feudal o capitalista. Para decirlo de un modo muy sobresimplificado, si la colonización había sido feudal, la tarea política de finales del siglo XX era completar la revolución democrático-burguesa. Si, por el contrario, la colonización había sido capitalista, y ésta había mostrado su incapacidad de desarrollar el continente, la única opción era la revolución socialista. Y ambos caminos terminaron mal, o clausurados o derrotados de manera cruenta. Con lo que se truncó la única manera de saldar ese debate, que era con más investigaciones empíricas, con mayor profundización teórica inmersa en los procesos políticos. Las dictaduras y las ideas neoliberales terminaron con todo eso y mucho de ese capital intelectual resultó dispersado, prosiguió en el exilio o se discontinuó.

# ¿Las transiciones democráticas no lograron recuperar aquella tradición de pensamiento?

—Hubo una línea de continuidad, es cierto, en torno a la reflexión sobre el Estado latinoamericano y sus contradicciones, concebido como institución que administra el poder y como un ámbito que condensa relaciones sociales conflictivas. Pero lo cierto es que el retorno de las instituciones democráticas no fue acompañado por un nuevo modelo de desarrollo. Ese lugar lo ocuparon las recetas económicas y políticas neoconservadoras que significaron un brutal incremento de la desigualdad social y la aparición de fenómenos de involución social poco conocidos en algunas sociedades como la nuestra. Era un modelo de desarrollo injusto, y que merecía fuertes cuestionamientos éticos; era un conjunto de políticas prescriptas con un carácter general por los grandes organismos internacionales, aplicado en todos los lugares más o menos de las mismas maneras, y que terminó generando más o menos los mismos resultados. Pero además fue un modelo que fracasó y eso vuelve a dejarnos ante la misma vacancia inicial.

# ¿Es posible recrear un modelo de desarrollo aplicable a los países latinoamericanos más allá de sus notorias diferencias y asimetrías?

—Es innegable que hay una heterogeneidad estructural de las sociedades latinoamericanas que hace difícil aprehenderla como una totalidad, como una unidad de análisis. No hay ya libros, por ejemplo, como el clásico de Tulio Halperín Donghi, que reconstruyó la historia de América latina en una interacción entre una imagen global, subregional, y al mismo tiempo, analizando cada uno de los países. Lo que predominan son obras donde cada capítulo es un país. La dinámica sociopolítica de las últimas décadas ha llevado no sólo a una fragmentación social en cada uno de nuestros países, sino a una fragmentación política y en parte cultural. No se puede ignorar que existen subbloques y que dentro de cada uno de ellos, a su vez, no siempre hay acuerdos.

# Esto nos lleva nuevamente al primer punto: ¿cómo impulsar un proceso de integración que construya instituciones políticas y esté a la vez conectado con las distintas realidades sociales?

—Hay una cuestión que es claramente política, no sólo de los gobiernos sino de los Estados. Por ejemplo, la posibilidad de un Parlamento del Mercosur, que genere una internacionalización de los partidos y corrientes de opinión de nuestros países, como sucede en la Unión Europea. En América latina esto todavía no existe y sería importante construir instituciones que lo impulsen.

# ¿Y el papel de los intelectuales?

—Consiste en generar un pensamiento crítico y con un profundo conocimiento de nuestras sociedades —de su pasado, de su presente y de sus perspectivas— que pueda también tener un carácter que llamaría, en el buen sentido de la expresión, "instrumental". Si no contribuimos a crear un núcleo de ideas muy fuerte, y de mayor cercanía entre el campo científico y tecnológico y los ámbitos de decisión política, creo que vamos a seguir en perspectivas estrictamente nacionales, sujetos a los vaivenes coyunturales y proyectando nuestras comunes desventuras. Recuerdo una frase de Sergio Bagú, escrita en 1970, que tiene absoluta vigencia: "América latina, continente colonizado desde hace siglos, pagó y sigue pagando tributo de sangre y especie... (Pero) percibimos ya los síntomas de una nueva actitud: la conquista del derecho a la propia opinión, respetuosa de los antecedentes, pero liberada de toda reverencia inhibitoria".

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"Somos un país muy narcisista", asegura el filósofo Guillermo Maci

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 09-10-2004 14:57:06

Es también psicoanalista y fue alumno de Lacan; analiza los pecados nacionales

Guillermo Maci es filósofo y psicoanalista. Fue profesor titular de las universidades de Buenos Aires, Rosario y Mar del Plata, así como de instituciones psicoanalíticas. Fue discípulo de Lacan y ha formulado diversas teorías en relación con la problemática de los conflictos psíquicos, emocionales y del comportamiento humano. En las últimas dos décadas ha desarrollado innumerables seminarios, conferencias y publicaciones sobre temas de derechos humanos, poder, violencia y discriminación. Autor, entre otros libros, de “El objeto y el otro” y “Yo mismo y yo”, muchas de sus reflexiones se orientan a interpretar la idiosincrasia del argentino como protagonista de un país cuya crisis es endémica.

“Los argentinos somos tolerantes con todo lo que conduce a la fama, pero implacables con lo que no nos resulta favorable. Esta vanidad nos enfrenta de modo constante”, afirma.

–¿Dónde se aloja, a su entender, el huevo de la serpiente del fracaso argentino?

–En la estructuración corporativa del poder, que es un rasgo de nuestro tiempo, pero que en la Argentina tomó una forma perversa porque quiere hacer pasar como estructura partidaria y democrática lo que forma parte de una corporación de poder. Por eso, yo establezco permanentemente la diferenciación entre partidos políticos y estructuras corporativas de poder, que han ido distorsionando hasta el infinito el funcionamiento de la vida política actual.

-¿Cómo interpreta que en el país haya más de 600 partidos políticos?

-Como una de las tantas paradojas argentinas. Porque, en realidad, lo que predomina es una estructura de poder no partidaria. Los partidos políticos también han sido víctimas de este aparato, que los reduce a corporaciones de intereses asociados. Por eso aparecen partidos nuevos que aspiran a otra cosa. Pero les resulta muy difícil. Hay un poder devorador en la Argentina y esto, vuelvo a insistir, va más allá de las personas y de los partidos. Es una estructura de poder de la que hay que salir. Hasta que los argentinos no nos hagamos cargo de que es necesario modificarla, vamos a seguir haciendo trampa.

-¿No tenemos verdadera democracia?

-El poder del aparato corporativo no tiene políticas de Estado, sino estrategias de dominio. La democracia está en relación inversa a la acumulación de poder. Cuanto mayor es ésta, menor es aquélla, hasta llegar a su definitiva desaparición. Una democracia en serio implica poner la cultura política al servicio de la sociedad y no la sociedad al servicio de los grupos de poder. Lo que hemos visto en estos años ha sido, más bien, un afán acumulativo de poder. Es un poder que crece alimentado por los derechos sociales que devora. Por ese lado hay que analizar las causas de la brutal crisis que estamos viviendo. Porque en el reconocimiento de una realidad, no en el encubrimiento, está la posibilidad de resolver las situaciones que nos afligen, la posibilidad de recuperar una ética social y política. Reconocer no es algo abstracto. Es comprender que por este camino sucumbimos. De Gaulle decía que el arte de la política consiste en conducir lo inevitable. Yo diría que también es establecer algunos ideales para toda una sociedad.

-Los argentinos nos hemos vuelto muy escépticos al respecto...

-Hoy se dice que para hacer política hay que ser chanta o corrupto. Eso lleva a la prescindencia, al no te metás, que es uno de los rasgos trágicos del ser argentino, porque el no te metás, lejos de protegernos, nos expone. Ciertamente, es muy difícil gobernar. Hay que mover situaciones humanas, celos, envidias, rivalidades. No quiere decir que sea imposible. Se puede, pero hay que enfrentarse a la realidad y no encubrirla mentirosamente.

-¿Eso ocurrió, por ejemplo, con el toma y daca de la reforma constitucional y con otros casos escandalosos?

-El Pacto de Olivos ejemplifica de una manera muy concisa una complicidad al margen de la sociedad y al margen de los partidos. En un partido auténticamente democrático tiene que haber ideas y representatividad a través de una sociedad civil que las apoye. Pero si no hay ideas ni ideales, porque se cambian según convenga, ni hay representatividad, porque se la sustituye por medio de votos cautivos, de sobornos o de complicidades, lo que tenemos es un poder usurpado. Una sociedad que siente que no tiene derechos, que no está representada, lo único que busca son complicidades. A mi entender, es prioritario que exijamos una dirigencia representativa, que elabore políticas de Estado para resolver sus múltiples problemas en vez de tolerar políticas destinadas a perpetuar el poder de quienes lo detentan. Sin este tipo de reclamos, va a ser imposible cambiar. Esto no quiere decir caer en las asambleas callejeras. El asunto es que esa sociedad se haga cargo de sus derechos y reclame que se los defiendan. Hace un tiempo estuvo aquí un experto universitario inglés, de Oxford, estudiando el Poder Legislativo, y concluyó que era imposible comprender cómo podía funcionar en la Argentina un sistema en el que, una vez que elige a sus diputados y senadores, la gente ya no tiene más control. Parecería que la elección genera individuos que después sólo trabajan para sí. Debemos hacernos cargo de que necesitamos partidos políticos en serio, que no se diluyan en el Leviatán, en el poder devorador de la corporación.

-Se ha dicho que somos la sociedad más psicoanalizada del mundo. ¿Sigue siendo así? ¿A qué se debe?

-Efectivamente, ése es un rasgo que nos caracteriza. Yo creo que esta inclinación de los argentinos por el psicoanálisis tiene una explicación de fondo y es la angustia latente que produce el disimulo social, algo muy característico de la vida argentina. Lo que veo a través de los pacientes es un conflicto permanente entre la imagen de prestigio que quieren dar para ser aprobados por los otros y lo que efectivamente sienten, quieren, desean. Esta disociación genera problemas de identidad, sentimientos de vacío, angustia. Si yo sólo quiero verme en el espejo de la mirada del otro, al que seduzco, yo, como sujeto, no estoy, porque lo único que me importa es el reflejo. Y lo que no deja de ser igualmente trágico es que el otro tampoco está. Del otro lo único que estoy buscando es la aprobación.

-Es un juego de suma cero.

-Exacto. Es un sentimiento muy primario, infantil, que tiene que ver con la omnipotencia. Pero es la clave para entender muchas de las cosas que nos pasan. Y en esa clave está el narcisismo. Se suele decir que Narciso se ama a sí mismo. Grave error: lo que Narciso ama es su imagen. Por eso se muere al caer atrapado por ella. Esto es algo que se ve muy bien en la sociedad contemporánea, pero especialmente en la nuestra: la obsesión por el poder de cautivar a través de la imagen, de construir una imagen para obtener consenso, aprobación. Pero de esa manera se empieza a producir una disociación entre la imagen que se propone y lo que se hace o se es. Ahí está el origen del doble discurso. Para colmo, muchos terminan por creen que son la imagen que dan, lo que lleva a una situación crítica, que me hace pensar en lo que Hegel llamaba "el delirio de la presunción", por el cual siempre estamos convencidos de poder lograr lo que nadie logra. Y esto no es por empeño en el esfuerzo real, en el trabajo, sino por el mágico privilegio de ser argentinos. Por ejemplo: no sólo se admira a Maradona por su talento deportivo, sino por sus transgresiones y por la posibilidad de transformarlas en éxitos. La consecuencia es que muchos problemas, casi todos, permanecen pendientes de solución, porque hablamos y hablamos de ellos, diagnosticamos y pronosticamos, proponemos y planificamos, pero no hacemos nada. Ejemplos aterradores de eso son el desempleo, la pobreza, la indigencia, el hambre. Uno tiene que reconocer que este país tiene creatividad. Es cierto: es infinita la capacidad creativa de nuestra gente. Pero el problema es que cada uno quiere encerrase en una propia imagen. Cada cual quiere ser solamente como pretende exponerse para los otros. Entonces, es muy difícil lograr consensos. Cada cual arma su propio feudo.

-La famosa quintita.

-Claro. Hay quienes prefieren ser aplaudidos por su público en lugar de resolver los problemas de fondo que aquejan a toda la sociedad. Tal fascinación elitista comprende también a los excluidos: en vez de reclamar por sus derechos, prefieren reclamar por privilegios, los mismos que atacan cuando son de otros. Por eso el debate en la Argentina es tan conflictivo. Porque si el otro no piensa lo que yo pienso, tiendo a condenarlo. ¿Por qué? Porque nos afecta en nuestro ego y en nuestra pretendida imagen de prestigio. Por eso una clave importante es que hay una estructura social narcisista en la Argentina. Digo más: somos tan narcisistas que preferimos que descubran a nuestros talentos -escritores, científicos, artistas- en el exterior que descubrirlos y reconocerlos nosotros. Rivalizamos a muerte unos con otros. ¿Cómo lograr un consenso en serio si cada cual esta peleando por su propia imagen?

-La exigencia de aprobación de la que usted habla ¿comprende a todos? ¿También al cartonero, al piquetero?

-Sí, porque hay un temor latente de no ser aceptado, y éste es siempre el peor consejero. En definitiva, tras la búsqueda de aprobación late la angustia de ser una sociedad que no reconoce los derechos de todos, sino que concede privilegios a los que son socios del sistema. La verdadera lucha por la libertad, la igualdad y la fraternidad es lo más opuesto a esta concepción generalizada del poder. Tengo confianza, sin embargo, en que la dignidad de la sociedad civil termine con los privilegios del poder y sus cómplices.

-¿Cómo?

-Hay un momento en el que la realidad cura, es terapéutica. Hoy vemos que se ha producido una fisura en nuestra sociedad, cuando se descubrió, de manera patética, la escisión entre la sociedad política, que para mí es la sociedad del poder, y la civil. Y aunque esas cosas parece que se olvidaran, no se olvidan: retornan. Retornan de algún modo. Ojalá retornen del mejor modo, que sería un cambio de cultura y una revisión de toda la estructura de poder y, consiguientemente, de la política.

-¿Cuándo ubica usted ese quiebre?

-Cuando se descubrió la trampa del soborno, un Senado comprometido con ese soborno y un gobierno débil [el de Fernando de la Rúa], que era apenas un montaje, un armazón que se presentaba como la supuesta renovación del menemismo cuando, en realidad, ocurría exactamente lo contrario: era la misma estructura de poder que se retroalimentaba. También veo que se van produciendo otros, como el efecto Blumberg. Digo "efecto" porque este señor ha tenido la virtud de representar a una sociedad que se siente huérfana. Juan Carlos Blumberg pone en evidencia a una sociedad que no sabe quién la representa. Si, por una parte, hay desconfianza hacia la política, por otra parte comienza a haber una convicción de que hay que hacer otra cosa, de que se necesita una política diferente y una estructura de poder distinta.

-¿Somos un país violento? ¿Somos discriminatorios?

-Sí; las dos cosas van juntas. Se privilegia la amenaza sobre el consenso. El poder se funda en la adhesión incondicional, y en eso estos gobernantes se parecen a aquellos de cuya imagen quieren diferenciarse. Por ejemplo, el que no está de acuerdo con la gestión del poder actual es un "traidor a la patria".

-Usted definió la existencia de numerosos partidos políticos como una paradoja en un país donde lo que predomina es una estructura de poder no partidaria. ¿Puede señalar otras paradojas?

-Lo que yo llamo la "ley del corazón", por la que pretendemos hacer lo mejor posible para todos y, en rigor, hacemos lo peor para todos, porque en lugar de pensar las cosas en términos de acción, de planeamiento, de política social, de política de Estado, se piensa en función de apariencias, de salvar el momento, de lograr buenos resultados en las encuestas. La paradoja sería el desfase entre lo que se aparenta y lo que se es. Otra es confundir la complicidad con la acusación. Los argentinos acusamos al exterior de los problemas que nos conciernen a nosotros. Pero por más que hayamos padecido errores ajenos, nosotros fuimos cómplices. Pienso en el tema de la deuda externa. Están los grandes errores del Fondo Monetario. Los han denunciado Stiglitz y tantos otros. Pero ¿y la complicidad interna? ¿Qué se hizo con el dinero que se obtuvo? ¿Se hicieron obras o sirvió para financiar la corrupción?

-¿Amamos la verdad o huimos de ella?

-Hay una fuga permanente de la verdad, porque la verdad angustia. ¿Qué pasó durante los años llamados "de plomo"? Da la impresión de que la sociedad se veía como al margen, como que era un problema de otros. Yo recuerdo durante el proceso una frase horrible: "Por algo será". La nuestra es una sociedad disociada. Una de las funciones de los partidos políticos es la de educar a la gente en la democracia, pero acá no se la educó en la democracia sino en diversas formas de despotismo, hasta que llegó un momento en que la crisis fue tan profunda que se eligió el peor camino: el de la indiferencia.

-¿Un ejemplo sería el de las Malvinas?

-Las Malvinas, como la lucha antisubversiva, están en el orden de esas grandes cosas de las que no nos queremos sentir responsables. Entonces las dejamos ahí, censuradas. "De eso no se habla", como el título de la película de María Luisa Bemberg. No hacemos el duelo. Eso va quedando ahí, pero nada queda ahí por simple tachadura. Como dice el Nuevo Testamento, hasta las piedras hablan cuando todos se callan. Y, efectivamente, viene el retorno. Se repite el mismo problema. En lugar de resolver ciertas cosas definitivamente, de hacer valer la ley para cerrar las heridas, el pasado se censura o se deja pasar. Entonces, sigue reapareciendo, como si no pasara el tiempo.

-Tropezamos con la misma piedra...

-Claro, y repetimos los errores hasta el infinito. Somos una sociedad que ha caído en una especie de fluctuación entre la melancolía de lo que no fue y la paranoia persecutoria de lo que no se ha logrado hacer. Por eso urge encontrar nuestras fallas y errores: para poder superarlos. Mientras sigamos justificándonos u ocultándonos tras imágenes de prestigio para tapar la realidad, no resolveremos los problemas. Los problemas son reales. No se resuelven con fantasías.

Por Carmen María Ramos
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=643530

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Valdés: "Hay mucha hipocresía cuando se habla de Cuba"

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 04-10-2004 14:54:30

Duras críticas de la escritora disidente

BARCELONA.– Zoé Valdés es una escritora cubana que nació en La Habana al mismo tiempo que la revolución de Fidel Castro. Y eso la lleva a adoptar una determinada actitud frente a la vida.

“Me preguntan todo el tiempo por Cuba y yo contesto. Es mi obligación como escritora y como ser humano”, dice, con la dulzura del acento caribeño. Pero con esa misma dulzura suelta puñales: “No entiendo cómo después de 45 años de la opresión más inhumana, la gente se resiste a ver lo que pasa en mi país. Con Cuba hay demasiada hipocresía”, dice.

Su prosa visceral, despojada y desinhibida, cosecha premios literarios en España. De hecho, LA NACION tomó contacto con ella en Kosmópolis, la cita de escritores de Barcelona, a la que asistió como invitada especial.

Pero en Cuba no circula. “Estoy censurada y la excusa del poder es que soy pornográfica”, dice esta mujer, que no se cansa de denunciar la tortura y los presos políticos en las cárceles de Castro. También las estadísticas de su régimen: 80.000 desaparecidos y 15.000 fusilamientos, de los que no se habla porque “no es políticamente correcto”.

Su experiencia es la de quien va contra la corriente. “A quienes denunciamos estas atrocidades no nos creen, nos ponen bajo sospecha. Es terrible, porque se niega el sufrimiento en la cara de quien lo padece”, dice.

Habla del próximo viaje del presidente Néstor Kirchner a Cuba y recuerda que Castro apoyó a la dictadura militar argentina. “La dignidad sólo está en la memoria completa”, afirma.

Asegura que el líder cubano “siempre se sirvió de tontos útiles” y ubica entre ellos a Diego Maradona, de quien asegura que “no fue para curarse, "no fue para curarse, sino para chutarse [drogarse]" y que "vive en la isla como un príncipe y así será mientras el dictador quiera".

Carga contra el colombiano Gabriel García Márquez, de quien afirma que le gusta el poder y que vive en la isla una vida de lujo, lejos del contacto con los cubanos de a pie. Y también contra Ernesto "Che" Guevara, un mito elevado a potencia para el que no encuentra otra explicación que el comercio de camisetas y el desconocimiento de sus equivocaciones y fanatismos.

"Pocos saben que perseguía a los homosexuales con la dureza de un soviet", advierte.

Habla con respeto de las Madres de Blanco, mujeres cubanas que -inspiradas en las de Plaza de Mayo ("las verdaderas, no las que manipulan los cadáveres de sus hijos, como Hebe de Bonafini")- marchan para pedir la libertad de sus familiares y amigos, presos en las cárceles castristas.

Sólo lamenta que se las escucha mucho menos. "Es lo de siempre con Cuba. La gente tiene una imagen errónea y no puede soportar que se diga la verdad y que se hable de la opresión."

-¿Cuál es la situación de su literatura en Cuba?

-Mis libros están censurados. Circulan de manera clandestina. A veces, gracias a bibliotecarios independientes. Aprovecho para decir que 17 de esos bibliotecarios están presos, condenados a veinte años de prisión por el simple hecho de tener libros diferentes en sus casas. Libros que fueron quemados en las calles. Esto muy poca gente en el mundo lo sabe y quienes lo saben se callan, porque es políticamente incorrecto decirlo. No están mis libros ni los de Reynaldo Arenas, aunque ahora, porque murió, han empezado a editar algo.

-¿Por qué dice que es políticamente incorrecto hablar sobre Cuba?

-Las cosas están cambiando, afortunadamente, pero persiste una noción romántica de lo que fue o de lo que quiso ser aquel proceso que comenzó en 1959. Y hay gente en el poder a la que le conviene que eso sea así. Por eso es tan difícil todo para los independientes.

-Parte del cambio en Cuba parece venir por el lado económico. Se está abriendo la economía. ¿Cómo es eso?

-Poco a poco la gente empieza a hacer negocios con Cuba. Pero el mundo del pensamiento, el mundo filosófico y el mundo de la realidad están manipulados y puestos a disposición del poder.

-¿Por qué al disidente cubano se le pone tan en duda lo que dice?

-Es muy extraño. Porque a víctimas de otras latitudes se les ha creído, por fortuna, sin que siquiera tuvieran que aportar pruebas. Pero si un cubano dice que fue torturado en su país, la primera reacción es: "Pero, ¿qué dices? ¡Si en Cuba no se tortura a nadie!" Hay un rechazo a experiencias reales y se les niega a seres humanos el sufrimiento en su propia cara. Esto, realmente, es muy doloroso.

-El presidente Néstor Kirchner tiene en agenda un viaje a Cuba. Si lo tuviera enfrente, ¿qué quisiera decirle sobre su país?

-No es la primera vez que pido a un presidente que por favor haga todo lo que esté en su poder para que se libere a los presos políticos. Muchos de ellos, enfermos, como el poeta Raúl Rivero, acosado por su carcelero, que se llama Alexis. Todo eso lo sabemos, pero nadie hace nada. Kirchner es el presidente de un país democrático que en Cuba es muy querido. Si es generoso y me escucha, ojalá le pida a Castro la libertad de estas personas. Eso es lo más urgente. Luego está la situación de la que nadie habla: los 45 años de dictadura atroz, con rasgos nazis, con gente que desaparece en las cárceles. Hay 80.000 desaparecidos en Cuba y tenemos computadas 15.000 ejecuciones. También recordaría que Fidel Castro apoyó a la dictadura militar argentina. Sólo en la memoria completa está la dignidad.

-¿De dónde salen esas cifras?

-Son datos que recopilamos. Las 15.000 ejecuciones incluyen los casos en el paredón y también las que ocurren en las espantosas cárceles cubanas, donde la gente desaparece sin más. No sé... todo esto lo contamos y nadie reacciona. Es como si a la tortura de la derecha se reaccionara con más celeridad que a la de izquierda.

-¿Cómo influye la política en su literatura?

-Soy una escritora, tengo opiniones y cuando me preguntan, contesto. Es, sencillamente, mi deber como escritora y como ser humano.

-¿Se superpone con su trabajo literario?

-Les pasa a muchos escritores. Mario Benedetti y Luis Sepúlveda, por caso, están muy comprometidos con la izquierda. Provienen de países donde hace años que no hay dictadura y ellos siguen hablando de la dictadura sin que nadie les reproche nada. En mi caso y en el de otros colegas cubanos, hay reticencia con esto. Yo lo único que sé es que viví una realidad y que la sigo viviendo, y hablo de ella.

-¿Siente solidaridad con otros escritores de la región, como García Márquez, que suele comprometerse con los problemas de América latina?

-A García Márquez le encanta el poder y, cada vez que va a Cuba, Fidel Castro le da una vida de lujo. El había dicho que estaba en contra de la pena de muerte, pero, desgraciadamente, cuando hace un año y medio Castro fusiló a tres jóvenes que trataron de fugarse de la isla, pues apoyó los fusilamientos una vez más. Parece que siempre hace una excepción con la muerte en el caso de Cuba. Y eso es terrible.

-El portugués José Saramago, que también milita en la izquierda, ha estado más crítico.

-Tras los fusilamientos, hizo un análisis y afirmó que hasta allí había llegado para él la llamada revolución cubana. No conozco a Saramago, pero me alegro muchísimo de que lo haya entendido a tiempo.

-En el Festival de San Sebastián, a pocos kilómetros de aquí, el director Oliver Stone acaba de asegurar que Castro es uno de los hombres más sabios que ha conocido y que si fusila es por culpa de los Estados Unidos, que le declaró la guerra a Cuba con el bloqueo.

-Ese suele ser el discurso. Gente que dice tonterías, como que los bibliotecarios independientes son agentes de la CIA. Quisiera ver al señor Stone haciendo en Cuba y contra Fidel las críticas que él hace con libertad contra su país y su presidente en los Estados Unidos. Es fácil ser seducido por Castro cuando pone toda una isla paradisíaca a disposición de los idiotas útiles que usa en su provecho.

-¿Qué piensa del "Che" Guevara?

-Siento decirlo: es un personaje que no me gusta. Fue médico y no ejerció; fue padre y esposo y abandonó a su familia. Fue ministro de Industria y llevó la economía de Cuba al desastre. Fue guerrillero en Bolivia y terminó muerto. Creo que él soñó con hacer cosas muy buenas y, como muchos revolucionarios, se equivocó y terminó en el fanatismo más terrible. En su caso, lo peor es que acabó siendo una figura comercial y de camiseta, lo que debería ser bastante aplastante para sus propios ideales.

-¿A qué se refiere con lo del fanatismo?

-Ernesto Guevara era un perseguidor de homosexuales en Cuba. Eso puede contarlo la generación de Virgilio Piñeira o de José Triana. Tuvo en eso una ferocidad digna del soviet.

-Es una figura admirada por mucha gente en el mundo. ¿Ocurre lo mismo dentro de Cuba?

-No. En Cuba la gente le tiene un rechazo tremendo y, sobre todo, la juventud. Claro que en las manifestaciones aparecen las pancartas con su foto, porque es obligatorio: si no, la gente puede perder su trabajo, o algo peor aún.

-¿Por qué se lo rechaza?

-En parte, como reacción natural contra las consignas repetidas hasta el hartazgo. Por ejemplo, en la escuela era obligatorio repetir: "Seremos como el «Che»". Y la gente decía, bajito: asmáticos. ¡Estábamos hartos! Creo que eso es algo que Castro, que es muy maquiavélico, hace a conciencia: sabe que otra forma de acabar con una persona, aparte de fusilarla, es haciendo uso de ella hasta que la gente ya no pueda más y llega a detestar la imagen y el personaje. Lo hizo también con el poeta Nicolás Guillén.

-¿El "Che" fue, entonces, una víctima de Castro?

-Hay mucha frivolidad, mucho comercio y mucha ignorancia, sobre todo. Y, además, mucho dinero con esta imagen. ¿De quién es, realmente, el personaje del "Che" Guevara? Hágase esa pregunta.

-¿Cómo explica el enorme atractivo de Castro? Hace poco fue invitado a dar una conferencia en la Facultad de Derecho de Buenos Aires y la concurrencia desbordó todo.

-Castro ha sabido crearse esta imagen de justiciero, de Robin Hood mundial, y eso atrae mucho. A veces me asombra y me pone de mal humor ver la falta de análisis para la realidad cubana. El problema es que vivimos en un mundo de una velocidad tremenda, donde se lee poco y mucho se sigue la moda. Es una pena que los futuros abogados de un país, gente que se ocupará de los derechos humanos, reciban a un dictador que hace 45 años oprime a su pueblo de la manera en que lo recibieron.

-¿Cuestiones de veleidad, nada más?

-Es profundo. En mi juventud, en Cuba, yo también pensaba que estaba construyendo el futuro. Hasta que empecé a tener más experiencias con el castrismo, con mi padre preso, compañeros torturados y desaparecidos... y comprendí. Tal vez algún día los jóvenes que aplaudieron a Castro en esa conferencia entiendan lo injustos que estuvieron con esa realidad.

-Las llamadas Madres de Blanco, en Cuba, ¿se inspiraron en las Madres de Plaza de Mayo de la Argentina?

-Son como ellas, pero están más solas y son más ignoradas. Nos inspiramos en las que son todavía madres y no manipuladoras de los cadáveres de sus hijos, como es el caso de Hebe de Bonafini. Marchamos vestidas de blanco, en silencio, pidiendo la libertad y la recuperación de nuestros seres queridos presos en las cárceles cubanas. Trabaja mucho en ello Blanca Reyes, la mujer del poeta Raúl Rivero. Quienes estamos fuera de Cuba lo hacemos como podemos. En Francia, donde vivo, es todos los martes frente a la embajada.

-¿Por qué afirma que son menos conocidas en su lucha?

-La única explicación es la mano negra del castrismo, que es más larga de lo que se piensa. Conozco periodistas que tuvieron problemas por hacerme reportajes. Se lo digo para prevenir.

-¿Qué piensa de la base de Guantánamo y de la tortura que allí se comprobó?

-Espero que el territorio que ocupa la base naval sea devuelto a Cuba cuando exista democracia en la isla. Por supuesto que no quiero esa base allí ni tampoco la tortura que allí se practica.

-¿Cómo valora el trato que Cuba da a Diego Maradona? En la Argentina suele afirmarse que eso refleja la excelencia médica de la isla.

-Fidel Castro siempre se ha servido de los tontos útiles. Maradona es uno más, que no ha ido a curarse sino a chutarse. Se ha dejado manipular. Vivirá como un príncipe en la isla hasta que el dictador quiera.

-¿Y en cuanto al nivel de medicina?

-Maradona no vive donde la gente se muere de hambre. La medicina en Cuba es pésima para los cubanos. Lo que digan los argentinos me importa un bledo: ellos no viven el día a día de los policlínicos, de la falta de medicamentos, de la falta de higiene en los consultorios, de los decesos de niños y ancianos. Y me consta que no son todos los argentinos los que piensan de ese modo. Muchos han abierto los ojos respecto de Cuba.

Por Silvia Pisani
Corresponsal en España

http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=642520

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Extraño oficio

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 03-10-2004 00:00:00

Un hombre vestido de payaso. Una rutina desprovista de toda gracia. El gesto final de un regalo que redime la dignidad escondida detrás del maquillaje.

BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar

El payaso se subió más o menos a las tres de la tarde de un sábado en un colectivo no muy lleno. De inmediato, me puse nerviosa, porque sabía que todo lo que el payaso iba a hacer sería muy malo, una imitación terrible y triste de los nuevos payasos de la televisión, que tampoco son muy buenos. Dividida entre sentimientos contradictorios, traté, sin embargo, de mirarlo porque creí que era más ofensivo no hacerlo. Pero el espectáculo era penoso: el hombre estaba mal vestido de payaso, mal maquillado, su voz sonaba estridente pero sin ninguna modulación, los chistes eran ingenuos y audaces al mismo tiempo, como esos chistes que a veces cuentan los chicos y que sólo en ellos son tolerables. Cuando todo indicaba que iba a terminar su acto, el payaso sacó de sus bolsillos un puñado de caramelos y los repartió entre los pasajeros; pedía que los aceptáramos y, de hecho, los aceptó casi todo el mundo; los entregó con una gracia y una serenidad inesperadas, mostrando cualidades que habían estado ausentes hasta ese momento. Sólo dos personas le dieron una moneda.

Haciendo cuentas rápidas, llegué a la conclusión de que el payaso había repartido más plata en caramelos que la que había recibido de su público. El hombre disfrazado de payaso agradeció, contó un último chiste como si hubiera tenido éxito con los anteriores, y bajó del colectivo. No podía olvidarlo muy rápidamente, sobre todo por el conflicto de mis reacciones que imitaba el conflicto de los propios actos del payaso: por un lado, la imposición de algo mal hecho, una imitación subterránea y torpe del artista de circo digerido por el show de televisión; por otro lado, la dignidad de lo que el payaso había ofrecido materialmente a cada uno de los pasajeros, el caramelo como una especie de don sobre el que yo había comprobado que se establecía un intercambio desventajoso. El nudo de las ocupaciones que nadie necesita, porque, en efecto, pocos desean quedar cara a cara con un payaso en un colectivo, pero que ese hombre mejoraba con un plus de dignidad: él daba algo, además de su inexistente oficio de cómico.

El gesto casi lujoso de entregar un caramelo a cambio de nada, coronaba una invasión que, al comienzo, me había producido una incomodidad muy próxima al fastidio. En ese rechazo inicial, provocado por la torpeza del hombre vestido de payaso, yo no había previsto el gesto que iba a cerrar su actuación. El reparto de caramelos era un dispendio, si es que las cosas se repetían, como parece previsible, del mismo modo en los sucesivos colectivos abordados por el payaso. Al final del día, la diferencia a favor serían, en el mejor de los supuestos, unos pocos pesos.

Alguien se había maquillado, se había vestido con bombachas triangulares, un gorro cónico y gorguera blanca, para atravesar la ciudad haciendo un acto que nadie le había pedido ni necesitaba. Sin embargo, esa persona había seguido la imitación hasta el final, y sacaba de sus bolsillos el pobre tesoro de un regalo, que entregaba a cambio sólo de una moneda hipotética.

Todo tenía, en efecto, la melancolía de un malentendido. Los pasajeros podían percibir fácilmente que no se trataba de un verdadero mal payaso, sino de un aficionado sin habilidades. El hombre seguramente percibía que era visto como un agregado inútil al viaje en colectivo, se daba cuenta que nadie sonreía y que muchos estaban incómodos.

El payaso había impuesto su presencia como si ejerciera un derecho, pero el final de su acto le había restituido a ese hombre una dignidad, porque estaba dando más de lo que iba a recibir. Su trabajo en el colectivo empezaba a mostrarse no sólo como una intrusión incómoda sino también como un testimonio desestabilizador. El mal payaso obligaba a pensar que ese hombre no tenía nada mejor que hacer, porque no había tenido una oportunidad diferente. Obligado a irrumpir en un colectivo, lo hacía, sin embargo, conservando el vestigio de que no sólo estaba pidiendo unas monedas sino que estaba dando algo gratis. Por eso, sin más y pese a todo, lo tocaba una luz modesta que, finalmente, lo liberaba del grotesco.


http://www.clarin.com/diario/2004/10/03/sociedad/s-842862.htm

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"No escribí con lápiz, sino con un pedazo del Muro de Berlín"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 03-10-2004 00:00:00

UWE KOLBE, POETA ALEMAN

¿Cómo era la vida cotidiana para quien vivía en Alemania del Este, a 300 metros del Muro y su obsesión era escribir? En la historia de uno se refleja la de una generación marcada por la política.

Claudio Martyniuk
cmartyniuk@clarin.com

Usted nació y creció en Alemania del Este, en lo que fue la República Democrática Alemana. A casi quince años de la caída del Muro de Berlín, ¿existe la distancia suficiente para evaluar cómo influyó el Muro en la vida cotidiana de los alemanes?

—No sólo crecí en el este de Alemania sino, además, en el este de Berlín y a 300 metros del Muro. Y aunque es obvio que esta circunstancia no tiene ninguna significación política para un niño, para mí vivir donde vivía era como vivir en el fin del mundo. Imagínese: mientras jugábamos al fútbol en la escuela, nos quedábamos mirando los aviones con la insignia azul de la aerolínea norteamericana Pan Am que pasaban volando para terminar perdiéndose en la nada, del otro lado del Muro, en el fin del mundo. Pero lo más absurdo de todo era que desde el fin del mundo cada tanto venía de visita mi abuela, que vivía del lado oeste y "saltaba" el Muro para traernos chocolates.

# ¿Cómo influyó el Muro sobre su elección de ser poeta?

—El Muro fue determinante en mi desarrollo como poeta porque sólo tenía acceso a ciertos libros. A los clásicos modernos como Edgar Allan Poe, Rimbaud, o T. S. Elliot apenas los conocí gracias a traducciones autorizadas a ser publicadas en la RDA.

# Suele decirse que detrás de todo artista de la RDA estaba Bertoldt Brecht. ¿Era tan fuerte la presencia de este artista convertido en modelo?

—Sin duda, Brecht era un referente obligado para todo artista de la RDA, pero al mismo tiempo era una figura ambigua con la que había que lidiar: pensemos por ejemplo en la actitud crítica que tuvo frente al levantamiento obrero de 1953 contra el régimen de la RDA. Esa ambigüedad lo llevó a escribir sus últimos poemas cargados de melancolía, las "Elegías de Bukow". En ellos, después de aludir al 17 de junio de 1953, termina preguntándose si "no sería mejor que el Gobierno disolviera el pueblo e hiciera elegir uno nuevo". Ese Brecht crítico respecto de la RDA era mucho más interesante para nosotros. Y cuando hablo de nosotros, me refiero a los autores jóvenes de mi generación que en los 70 recién empezábamos a pensar, a escribir. Si bien era una época de cierta estabilidad en la RDA y donde empezaba a aparecer la crítica —pensemos en Christa Wolf o Heiner Müller, por nombrar incluso a un heredero de Brecht—, al mismo tiempo eso que nosotros escribíamos se volvió muy difícil de publicar porque nuestros escritos eran tildados de vanguardistas o demasiado realistas; de hecho, la publicación de mi primer libro fue una verdadera excepción. El dogma del realismo socialista hacía que los textos fueran leídos con lupa y que se encontrara crítica hasta donde no la había.

# Ahora esas restricciones parecen absurdas, inconcebibles.

—Sí, y ese absurdo se ve representada en películas como "Good by Lenin", que sé que los argentinos han visto hace poco.

# Pero a la vez, esa película muestra el actual endiosamiento del dinero y deja una sensación de nostalgia: nostalgia por un Estado, un sistema que contiene a las personas, que les da protección, que conserva un sentido para la sociedad y para el individuo. Un alemán del Este, ¿tiene algo que añorar de lo que ya no está?

—Yo sólo puedo responder desde mi propia biografía: en lo personal, no siento ninguna nostalgia. Me siento un privilegiado porque pude autoexiliarme de la RDA en 1987, dos años antes de la caída del Muro. Como muchísimos otros escritores y artistas, tenía motivos para querer irme y ahora no extraño nada. Lo interesante es que sí hay una generación mucho más joven, que en realidad no vivió casi nada de la RDA, que sí siente nostalgia. Después de la caída del Muro se dio un fenómeno de glorificación de muchos de los símbolos de la RDA: el emblema, la bandera, esa contención, los jardines de infantes, el no-valor del dinero. Por supuesto que estos símbolos pertenecen a un mundo ideal, pero el precio que pagábamos por vivir en ese mundo ideal era demasiado alto: las fronteras cerradas, un aparato represor, la vida entera en manos del Estado.

# Usted tuvo problemas para publicar en la RDA. ¿Eso lo convirtió en un disidente?

—Es un concepto difícil el de disidente. Creo que disidentes había en los países del Este europeo, en Polonia, en Rusia. Nosotros, en el Este de Alemania, nunca nos identificamos con esa palabra.

# ¿Por qué?

—Porque disidente es el que deja de creer, y para dejar de creer hay que haber creído alguna vez. Más allá del término, lo que pasó conmigo fue lo siguiente: en el 82 se publicó un poema mío en la RDA como parte de una antología; era una suerte de pictograma, una sucesión de sustantivos sin sentido. Pero si uno leía sólo las mayúsculas —y en alemán los sustantivos se escriben con mayúscula— se podía leer otro texto, una especie de metatexto que sí tenía sentido y que decía cosas como "a ustedes, ancianos heroicos, los haga trizas la Revolución". Yo mismo me sorprendí de la publicación, pero al parecer nadie había leído ese metatexto encubierto. Claro que apenas esto saltó a la luz se ordenó excluir el poema de la colección y las autoridades de la RDA me dieron "vacaciones" por tres años: no pude volver a publicar, ni a participar de ninguna reunión oficial, ni a dar charlas en la universidad. Entonces, con un grupo de amigos decidimos editar una pequeña revista ilegal con una ti rada de no más de 100 ejemplares. Ediciones ilegales como esa no tardaron en plagar la ciudad, que se convirtió en una suerte de rincón de juegos de la Stasi —la policía secreta de Alemania Oriental—, con informadores en todas las esquinas.

# ¿Se podía ser poeta en la RDA?

—Sí, porque a diferencia de Rusia, o de los primeros años de la RDA, mi generación vivió una forma de dictadura empalidecida. Durante gran parte de mi historia como poeta, lo hubiera querido o no, no escribí con un lápiz. Escribí con un pedazo de Muro, con un pedazo de historia: estaba inevitablemente empapado de las dos guerras mundiales, el nazismo, el Muro, la dictadura de la RDA. Y la mayoría de los escritores cargaba con la historia alemana como lo hacía yo. Toda nuestra literatura era inevitablemente política y eso hacía que fuéramos escépticos desde el vamos. Eramos escépticos por la sola causa del medio de la escritura, el alemán, una lengua pervertida por la experiencia nazi, y éramos escépticos por el material de escritura, la historia alemana. Hoy, en cambio, vivimos en un mundo en el que podemos expresar nuestra opinión política en un diario sin tener que hacerlo en verso. En este sentido estoy feliz de vivir en una sociedad de, al menos, fronteras abiertas, aunque es cierto que tenemos que cerrar los ojos para no ver otros problemas.

# ¿Cómo se puede escribir en alemán apartándose de la tradición esencialista que tiene la poesía en esa lengua?

—A eso me refería con ser escépticos. Hölderlin y Paul Celan son el meollo de la cuestión. Hölderlin fue el más grande; era un visionario, tenía una visión ideal de la Nación alemana como una nueva Grecia. En las antípodas, Celan, el poeta judío venido de Bukowina que escribía en alemán, se volvió cada vez más escéptico. Este poeta tanto escarbó en el lenguaje como queriendo ir cada vez más adentro, que se le acabaron las palabras y terminó por suicidarse. Hölderlin y Celan son los dos grandes polos de la poesía escrita en alemán y nosotros escribimos en sus conciencias, como también escribimos en la lengua de Weimar, la ciudad de Goethe, pero a la sombra de un campo de concentración.

# Adorno dijo que no se puede escribir poesía después de Auschwitz. ¿Cómo se la escribe después de la caída del Muro?

—Escribir poesía después del Muro ya no es programático; la poesía ya no es leída por masas que la malinterpretan, sino por unos pocos, pero que saben interpretarla. El "problema" de la escritura política desapareció. Me refiero a aquella necesidad interna inevitable, aun cuando a veces la elegíamos y celebrábamos, o la necesidad externa impuesta por el carácter de lo "publicable". Recién ahora, con 47 años, siento que puedo separarme de la historia y que me estoy encontrando a mí mismo; finalmente puedo escribir desde quien realmente soy.

Traducción: Carla Imbrogno.

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Félix Luna: "No niego que me gusta el gobierno de Kirchner"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 02-10-2004 14:47:20

El historiador analiza la actualidad

Para muchos, su nombre es sinónimo de historia. No parece una exageración: es best seller entre los autores de libros sobre nuestro pasado político y, a los 79 años –cumplidos anteayer– sigue dirigiendo una de las más exitosas revistas culturales de la Argentina: Todo es Historia.

Sin llegar a extremos, el doctor Félix Luna es más que moderamente optimista sobre el futuro de nuestro país: “Creo que es muy difícil que nos pueda ir mal”, afirma. Al mismo tiempo, se confiesa esperanzado en la gestión de Néstor Kirchner, de quien dice que “está aprendiendo a gobernar”.

Considera que el gobierno de Carlos Menem fue uno de los más corruptos de nuestra historia, que Raúl Alfonsín encabezó una verdadera gesta, que Eduardo Duhalde actuó con grandeza cuando estuvo en el poder y que, hasta hoy, no se explica qué le pudo haber pasado a Fernando de la Rúa.

Graduado como abogado en la UBA en 1951, escribió numerosísimas obras de historia, de ficción y también musicales, varias de estas últimas con el compositor Ariel Ramírez. De 1963 a 1976 ejerció la docencia como profesor de Historia de las Instituciones en la Facultad de Derecho de la UBA. Durante la dictadura, encontró refugio en una cátedra de Historia Contemporánea, en la Universidad de Belgrano, hasta 1987, cuando fue designado secretario de Cultura porteño. Obtuvo muchas distinciones, entre ellas el Premio Konex 1994. Algunos de sus libros más recordados son "Soy Roca", "Historia integral de los argentinos", "Sarmiento y sus fantasmas", "Alvear", "Yrigoyen", "El 45" y "Perón y su tiempo".

Actualmente, Luna vive con su esposa -riojana como él- en un antiguo piso en la zona de Retiro, lleno de libros y de objetos de la época colonial, aunque no hay día en que no haga escala en la redacción de la revista que dirige con la ayuda de su hija Felicitas y de la historiadora María Sáenz Quesada.

Y su producción personal no cesa: ya está proyectando un libro sobre supuestos diálogos que habrían tenido lugar en un año en el que, según él, "no hubo historia": 1925. Curiosamente, el año de su nacimiento.

-En estos días se han cumplido 50 años de uno de sus primeros libros, "Yrigoyen", publicado en 1954. Usted ha reconocido que más que un libro de historia fue una obra de militancia política, ya que quería demostrar en aquellos tiempos de Perón que un líder popular, para hacer una transformación, no necesitaba sofocar las libertades públicas ni reprimir a los opositores. ¿Aprendimos los argentinos esa lección?

-Yo creo que sí. Los argentinos tal vez no seamos muy conscientes, pero hay una experiencia histórica que se recoge. Fíjese que cuando el país estallaba, a fines de 2001, a nadie se le ocurrió pedir un militar o un gobierno de facto. Todos buscaron una salida más o menos institucional. Eso indica que hay una experiencia correctiva que apunta a buscar las soluciones dentro de la democracia, más allá de algunos slogans totalmente banales, como "que se vayan todos".

-¿Aquel "que se vayan todos" fue un rasgo de una sociedad autoritaria?

-Fue un rasgo de estupidez política. Hay que comprender a mucha gente que se hallaba en una situación desesperante, en parte, por el corralito. Pero en situaciones de crisis, la solución no es que se vayan todos, sino que vuelvan los mejores, los más experimentados en la cosa pública, y no los improvisados que quieran venir a aprender lo que hay que hacer con el gobierno y a equivocarse de nuevo.

-¿En qué avanzó y en qué retrocedió la Argentina desde la reapertura democrática de 1983?

-Avanzó en la conciencia de que un contexto democrático es indispensable para cualquier emprendimiento de desarrollo. Además, hemos avanzado en la idea de que la cultura también es indispensable, de que no es un objeto de adorno. Evidentemente, andamos mal en la generación y distribución de la riqueza; ahí tenemos fallas que son muy graves. Tampoco se pudo avanzar en un federalismo más sólido.

-A principios de año, usted pronunció una frase que me llamó la atención. Dijo que el gobierno de Kirchner "por suerte, tiene poco de peronista". ¿Cómo lo define, entonces?

-Me refería, más que nada, al folklore chabacano, compadrito y provocativo del peronismo, que es lo que más molesta. No puedo definir al gobierno de Kirchner, porque no niego que me gusta. Pero muchas veces me sorprende y me confunde. No entiendo, por momentos, hacia dónde va ni el porqué de sus enfrentamientos. Parecería que le falta temperancia. De todas maneras, creo que Kirchner es un hombre que defiende o intenta defender el interés nacional. Es probable que a veces no lo haga del todo bien o que se maneje con una visión muy lugareña, pero tiene verdadera vocación por hacerlo, y eso no es poco importante.

-Maquiavelo atribuía el éxito de los gobernantes a la virtud y a la fortuna. ¿Kirchner es un hombre de suerte, en función del contexto internacional favorable a la economía argentina?

-Podría ser un hombre de suerte. Basta recorrer un poco el interior para ver cómo le está yendo al campo. La fortuna forma parte de la gestión de los gobernantes. Hay presidentes que no pegan ni una y otros que las pegan todas. Alvear, por ejemplo, fue un gobernante con mucha suerte, al margen de su talento personal. Perón, en los primeros cuatro años de su primer gobierno, también tuvo mucha suerte.

-¿Qué juicio le merece la actitud de enfrentamiento de Kirchner con capitales extranjeros, fundamentalmente con las empresas de servicios privatizadas?

-No creo para nada que sea xenofobia. Probablemente Kirchner carga con las secuelas de una ideología setentista que salta a la vista a veces, aunque no llegue a modificar su acción de gobierno. No es demasiado grave. Además, creo que los gobernantes van aprendiendo a gobernar a medida que gobiernan. Eso es algo injusto, porque a cualquier profesional se le toma examen a la hora de ejercer su profesión y a un gobernante se lo pone en el cargo más importante del país sin saber si es apto o no. Creo que Kirchner está aprendiendo a gobernar: ha pasado más de un año, no ha hecho grandes papelones, se ha manejado discretamente en su vida privada, ha tratado de construir poder, como no podía ser de otro modo, pero no ha ejercido autoritariamente el poder. Apostaría a su favor, aunque no lo conozco ni de vista.

-¿Cómo analiza el fenómeno dado por un peronismo que concentra prácticamente todo el escenario político?

-Cuando una fuerza política ocupa todo el escenario, se divide irremediablemente. Lo malo es que los enfrentamientos que deberían producirse en el escenario político general se producen dentro de esa fuerza hegemónica, por lo que todo se distorsiona. Ocurrió con el radicalismo en la década del 20, cuando la división entre yrigoyenistas y antipersonalistas era más importante que el enfrentamiento entre radicales y conservadores o entre radicales y socialistas. Todo se definía dentro de la interna radical. Y este tipo de fenómenos no son buenos para las fuerzas políticas en el poder ni para el país.

-¿Podría repetirse ahora esto dentro del peronismo?

-No sé si esto pasará con el peronismo. Creo que Eduardo Duhalde se maneja con mucha prudencia. Claro que a veces son los amigos de los dirigentes quienes provocan los enfrentamientos. El peronismo tendrá que hacer en algún momento un blanqueo sobre qué quiere y qué es. Mientras puedan, demorarán esa definición, y harán bien, porque tal vez no esté el peronismo en condiciones de solucionar pacíficamente ese problema. Pero siempre es malo que un partido ocupe todo el escenario político.

-Aunque hoy estén bastante apaciguadas, las relaciones entre Kirchner y Duhalde han sido comparadas con las que mantuvieron, en su momento, Yrigoyen y Alvear o Roca y Juárez Celman. ¿Ve semejanzas?

-Soy bastante enemigo de estas comparaciones históricas, porque nunca son las mismas circunstancias.

-Pero no dejan de ser divertidas, al menos para quienes ejercemos el periodismo...

-Es cierto. Son divertidas, pero no pueden tener demasiado rigor, porque han cambiado las sociedades y las creencias. Es muy difícil sacar conclusiones de comparaciones históricas. De todos modos, un hombre que ha sido presidente de la República y que conserva el manejo de un fuerte aparato partidario, si no quiere interferir en la gestión de quien se encuentra en el poder, debe manejarse con suma prudencia. Y yo creo que Duhalde está ejerciendo esa prudencia, al tiempo que es justo reconocer que hizo un gran servicio al país: entregó el poder, se fue, trató de no aparecer y de dejar a su sucesor gobernando tranquilo. En cambio, Yrigoyen, a los diez días de haber entregado el poder a Alvear, seguía impulsando decretos y reuniéndose con sus ex ministros. Es muy difícil decir "hasta aquí llegué y me voy a mi casa". Hasta ahora, Duhalde ha dado muestras de grandeza, algo que a muchos les cuesta creer, por sus orígenes un poco turbios.

-¿Qué cree que les reservará la historia a Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando de la Rúa y Eduardo Duhalde?

-A Alfonsín el país le debe un lugar en la historia que, seguramente, no se le va a negar, pese a todos los errores que pudo haber cometido. La recuperación de la democracia que lideró Alfonsín fue una verdadera gesta. Menem pudo haber hecho algunas cosas interesantes, pero el aura de corrupción que rodeó su gobierno lo tiñe de sombras que difícilmente se puedan aclarar. Los países se hacen también con la imagen que dejan sus gobernantes. En cuanto a De la Rúa, bueno... ya sabemos lo que pasó. Es incomprensible lo que ocurrió: un hombre que estudió cuarenta años para llegar a ser presidente y fue tamaña decepción. Yo, que he sido amigo de él desde hace tanto tiempo, aunque hace mucho que no lo veo, no salgo todavía de mi asombro por lo que le ha ocurrido.

-¿Fue el gobierno de Menem el más corrupto de la historia argentina?

-Es muy difícil afirmar eso. Pero hubo una suerte de corrupción jactanciosa, una especie de festival público de corrupción. Es algo que molesta mucho cuando la gente se tiene que romper el lomo trabajando. Eso es muy insultante y vejatorio. De cualquier manera, los historiadores no estamos para condenar o absolver. Estamos para intentar comprender procesos, situaciones y personajes.

-Desde el punto de vista de la historia, ¿a qué debería apuntar Kirchner?

-Imagino que es una pregunta que el propio Kirchner debe hacerse. Por lo pronto, él está reivindicando temas que parecían ya superados. Esto está bien en el sentido de los principios que uno tiene, que inducen a que se haga justicia aunque el tiempo pase. Pero, por otro lado, Kirchner debería dar el impulso definitivo hacia un desarrollo que en la Argentina es indispensable para poner al país en condiciones de competir internacionalmente. Esta es una buena situación para hacerlo. Una vez superados los prejuicios que pueda tener el Presidente o los consejos de un amigo funcionario que pueda tener una influencia no demasiado favorable, pienso que Kirchner puede hacerlo.

-¿Cómo ve la conflictiva relación de Kirchner con parte del empresariado?

-A mí no me parece mal que quiera poner en caja a empresas capaces de hacer cualquier cosa por cumplir con su afán de lucro.

-Hace muy poco, se publicó en su revista una tapa con el título "El día que la Argentina pagó su deuda externa", con referencia a uno de los primeros gestos de Juan Domingo Perón al asumir el gobierno, en 1946. ¿Cómo está viendo la estrategia para la renegociación de la deuda pública?

-El país ha tenido una constante: nunca tuvo capacidad para financiar su propio desarrollo. Siempre necesitó que el financiamiento viniera de afuera. Y es obvio que cuando los capitales vienen del exterior, procuran hacer su propio negocio. Esto se dio ya a los pocos años de declarada la independencia, con un empréstito solicitado a los ingleses, que tenía un destino loable, pero la guerra con Brasil terminó llevándose ese dinero. Más tarde, cuando hubo que crear una red de ferrocarriles, no había capitales ni tecnología nacionales para hacerlo y tuvieron que venir capitales ingleses y franceses. En el proceso de reindustrialización del país, tampoco hubo capitales argentinos. Creo que la deuda de hoy -que tiene que ser pagada- está siendo encarada en una negociación que me parece muy inteligente. Esto de negociar a cara de perro puede no resultar simpático, pero es la única forma. Sobre todo cuando intervienen los llamados fondos buitres. Ya hace un año escribí en LA NACION que la deuda se iba a pagar en algún momento, aunque iba a haber sobreactuaciones y exabruptos, como ocurre en toda negociación comercial. Y creo que habrá un porcentaje razonable de bonistas que terminarán aceptando el ofrecimiento del Gobierno. En 1946, a poco de asumir el gobierno, Perón anunció con bombos y platillos que el país había cancelado toda su deuda externa. Eran apenas remanentes que quedaban de viejos empréstitos, con intereses muy bajos, que no se sentían en el presupuesto, porque en ese entonces la Argentina no era deudora, sino acreedora, sobre todo de Inglaterra. Hubo muchos que criticaron esa cancelación de deuda, como Federico Pinedo, pero al país le significaban muy poco esas amortizaciones e intereses. Claro que seis años después el país empezó a endeudarse.

-Entonces, ¿Kirchner estaría haciendo lo contrario de Perón?

-En alguna medida, sí.

-Al margen de la negociación de la deuda, ¿cómo está evaluando la política exterior del gobierno nacional?

-No hay una política exterior demasiado definida, lo cual no es malo. Porque una política exterior definida puede ser mala también, como la de las relaciones carnales o la de los arrebatos nacionalistas. Se está haciendo una política exterior que no será brillante, pero sí sensata, de fortalecimiento del Mercosur y una relación de respeto recíproco con los Estados Unidos. ¿Qué otra cosa se puede pedir?

-¿Qué futuro les ve a nuestro sistema de partidos y a las fuerzas que hoy están en la oposición?

-Creo que los partidos políticos argentinos están en un proceso de transición. Pienso que esto no significará la desaparición del radicalismo: hay fuerzas con mucha más capacidad de supervivencia de lo que se cree. Pero es probable que aparezcan otras fuerzas. No estoy pensando en "Lilita" Carrió ni en Ricardo López Murphy, sino en dirigentes de segunda o tercera línea que, poco a poco, irán haciendo su carrera. El peronismo tendrá que sincerarse. Hoy está en la congeladora y algo tendrá que pasar, porque ni siquiera tiene autoridades.

-¿Es el peronismo un mal necesario?

-Me he preguntado muchas veces qué hubiera pasado si en 1946 la pequeña diferencia de votos entre el peronismo y la Unión Democrática hubiese sido favorable a esta última fuerza. Creo que el peronismo hubiera existido de todos modos. El peronismo nació en un momento histórico en el que algo como eso tenía que darse. Tal vez sin algunos aspectos muy odiosos, tales como su autoritarismo, su escasísima tolerancia hacia la oposición y su nula vida interna. Pero se hubiera dado algo parecido. Diría que el peronismo ha sido una fuerza política necesaria. Pero para que sea necesaria y a la vez conveniente, va a tener que cambiar. Mientras tanto, habrá que seguir aguantándolo.

-¿En qué deberá cambiar?

-Deberá ser más tolerante, más democrático y sacarse de encima algunas execrencias clientelistas y bolsones de atraso en ciertas provincias, tales como el juarismo en Santiago del Estero. Deberá aprender a ser un inquilino en el poder, sin pretender ser su propietario. La alternancia, por otra parte, es fundamental en toda democracia, y sabemos que en la Argentina es muy difícil gobernar contra el peronismo, más allá del delirio de otros tiempos de pretender gobernar sin el peronismo.

-¿Qué opinión le merece Roberto Lavagna?

-Creo que es el mejor ministro de Economía que pudimos haber tenido. No veo dentro del muestrario de ministros de Economía posibles nadie que pueda igualarlo.

-¿Cree que en algún momento será inevitable un choque entre Kirchner y Lavagna, teniendo en cuenta que el actual ministro es un hombre joven, con probables aspiraciones políticas mayores?

-Sería deseable que no ocurriera. Aunque Lavagna es un hombre que, entre otros méritos, cuenta con una enorme paciencia. Una paciencia casi oriental, tanto para la negociación de la deuda como para aguantar actos de resistencia dentro de la esfera del poder.

Por Fernando Laborda
De la Redacción de LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=641448

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