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Mano dura y música clásica

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 12-09-2004 00:00:00

Un viaje en taxi, en mitad del caos de tránsito de un mediodía porteño. Un conductor con oído refinado e ideas brutales... Y un pasajero aturdido por el asombro.

BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar

Tomó un taxi en el centro de Buenos Aires, Leandro Alem y Corrientes, a mediodía. Las radios y los diarios de la mañana anunciaban varios piquetes y una marcha, y los autos tocaban bocina como si estuvieran frente a un todavía invisible cordón de manifestantes; en realidad, se tocaban bocina mutuamente, en un anticipo de desorden urbano que convertiría la ciudad en el caos de vehículos que se atropellan para avanzar a toda costa y alejarse de la futura amenaza. El pasajero no estaba obligado a meterse en el centro; por el contrario, debía tomar por una gran avenida y dirigirse hacia el norte. Le sobraba tiempo y el tránsito no estaba detenido. Cerró la puerta del taxi y dijo: "Figueroa Alcorta y Tagle". El taxista se dio vuelta: "¿Usted sabe que tenemos que pasar justo por la puerta del Ministerio de Trabajo?". Lo dijo como si su pasajero le hubiera propuesto una excursión en bicicleta al Orinoco. El contestó: "Seguro, pero estoy viendo que los carriles están abiertos".

El taxi arrancó y, en el primer semáforo, el conductor se expidió sobre Buenos Aires: "La peor ciudad del mundo, ni más ni menos". El pasajero, como quien piensa en voz alta, le preguntó si conocía Bogotá, Ciudad de México, San Pablo. "Mire, le dijo el conductor, yo fui marino mercante durante treinta años, así que a mí no se me escapa nada; se lo digo yo: Buenos Aires es la peor del mundo." El pasajero, que apenas había sido turista unas cuantas veces, se calló la boca. La opinión del taxista contrastaba con las de miles de turistas latinoamericanos, pero no era momento para comentar que a esos visitantes, quizá porque no tienen nada que hacer, la ciudad les gusta mucho y la consideran más amistosa que sus propias capitales.

La sensación del taxista era la que valía, aunque otras visiones lo contradijeran. La posmodernidad es un mundo de sensaciones, pensó el pasajero.

En ese momento, el taxista pegó un pique fenomenal y cuando pasó sin problemas por el Ministerio de Trabajo, mirando a un grupo de manifestantes, exclamó como quien ruega que un deseo se convierta en ley: "Habría que meterlos presos a todos". El pasajero, que no toma taxis con frecuencia pero que ha escuchado anécdotas, cometió el cándido error de preguntar: "¿A usted le parece?" El taxista, se explayó: "Me quedo corto, habría que matar a algunos para que el resto aprenda".

El pasajero tomó coraje y le pidió al taxista: "Pare acá, me bajo; no quiero viajar escuchando lo que usted dice". El taxista, probablemente porque manejaba un auto de radiollamada y estaban las tarjetas con los números de teléfono de la compañía al alcance de ese pasajero que parecía enojado, dijo: "Está bien, me callo la boca hasta llegar a destino y va a ver qué bien que llegamos".

Indeciso sobre si esto último era una ironía, el pasajero se quedó en silencio y siguieron viaje. Justo cuando pasaban por Retiro, el taxista le preguntó si le molestaría que él pusiera la radio. El pasajero, que creía haberse dado cuenta de que ese hombre no soportaba el silencio, le contestó que no le molestaría en absoluto y pensó que entonces, en vez de las diatribas del taxista, iba a escuchar la que todos llaman "la radio de los taxistas", quizás injustamente para éstos, porque suele expresar la perspectiva de gente que no quiere meter presos a todos.

Pero el pasajero se equivocaba: la radio que tenía sintonizada el taxista era Nacional, que transmitía una música leve, luminosa y amable, algo de Gabriel Fauré, una pavana o una barcarola, sonidos completamente adecuados al parque que ya se estaba viendo a la derecha, por la ventanilla, en el mediodía radiante.

El pasajero pensó que no debía sorprenderse, aunque estaba sorprendido al descubrir que él también tenía sus prejuicios culturales. Pensó que, en vez de asombrarse, debía recordar lo que ya se dijo muchas veces: las opiniones más violentas pueden venir de excelentes padres de familia, incapaces de tocarle un pelo a sus hijos, buenos vecinos que, después de desear la muerte de un par de piqueteros, pueden escuchar música clásica.

http://www.clarin.com/diario/2004/09/12/sociedad/s-829978.htm

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