Para el músico, el conflicto tiene que ser superado con el mutuo reconocimiento
Cada visita de Daniel Barenboim a la Argentina es un acontecimiento cultural que excede el terreno de lo artístico y tiene la rara cualidad de ir adquiriendo –a medida que pasan los días, aun después de que el músico se ha ido– resonancias afectivas, políticas, filosóficas.
A Barenboim le importan la música, las ideas y las personas, observó alguien que ha estado cerca del artista, al menos, en sus dos últimas visitas al país. Y quien haya tenido contacto con él durante los pocos días que acaba de pasar en la ciudad habrá comprobado personalmente cuán acertada es esa observación. La cantidad de compromisos que Barenboim contrae cuando viene a Buenos Aires (una agenda extenuante para el común de la gente, pero que él afronta con placer) no le impide atender cada situación con el máximo de concentración y amabilidad, se trate de dar una conferencia, dictar una clase, recibir un homenaje, asistir a una comida o entrevistarse con la prensa.
Daniel Barenboim nació en Buenos Aires en 1942. Diez años después se instaló con sus padres en Israel. Desde entonces, su intensa y destacada actividad como pianista, y luego como director de orquesta, lo ha hecho recorrer el mundo. En 1991 asumió como director musical de la Orquesta Sinfónica de Chicago y desde 1992 es director musical, general y artístico de la Deutsche Staatsoper de Berlín, ciudad en la que reside.
En 1999, su preocupación constante por encontrar soluciones para el conflicto palestino-israelí lo impulsó a crear The West-Eastern Divan Project, una orquesta integrada por jóvenes músicos israelíes y de los países árabes. La iniciativa, compartida por Barenboim con el fallecido escritor Edward Said, con quien lo unía una profunda amistad, fue distinguida en 2002 con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Es probable que el año próximo Barenboim vuelva al país, nuevamente invitado por el Mozarteum Argentino, para presentar aquí, por primera vez, a su orquesta mixta.
El miércoles y el jueves últimos, Barenboim ofreció en el Teatro Colón su reveladora interpretación de "El clave bien temperado", de Johann Sebastian Bach. Al día siguiente, horas antes de volar a Lucerna, donde tenía previsto actuar ayer, compartió con LA NACION sus reflexiones acerca del conflicto de Medio Oriente, la relación entre Israel y los Estados Unidos, la situación de Alemania y ciertos rasgos característicos de los argentinos que, según cree, merecen ser revalorizados.
-¿Qué impresión se lleva de Buenos Aires en esta nueva visita?
-Estuve poco tiempo como para responder esa pregunta, pero sí puedo decirle que hubo algo que me conmovió mucho. Fue una pequeña ceremonia, el jueves pasado, en la que fui distinguido por el Centro Islámico de la República Argentina. Ese hecho me hizo pensar en que criticamos mucho a la Argentina, nos reímos de los argentinos y hacemos chistes sobre lo engreídos que somos, pero no hay otro país en el mundo donde hubiera podido tener lugar una ceremonia así. La Argentina es cosmopolita en el mejor sentido de la palabra. Habría que rescatar eso, porque es un rasgo muy positivo de este país. Lo que ocurrió realmente me emocionó mucho, porque no era una ceremonia vacía ni una cosa para lucirse, sino que, en ella, los musulmanes de la Argentina demostraron que pueden sentirse lo suficientemente libres como para darle su reconocimiento a un israelí. Y lo que me emocionó especialmente fue que, después de haberme dicho todo lo que la comunidad islámica siente que hago en favor de la paz entre palestinos y judíos, la persona que habló, Omar Abboud, dijo que lo que más lo conmovía era que yo fuera un compatriota, un argentino.
-¿Por qué lo emocionó especialmente que lo reconociera como argentino?
-Porque el hecho de que la gente del Centro Islámico se ocupara de mí como israelí (en ese sentido, en parte, enemigo de la causa árabe) tanto como argentino que tiene cosas en común con ellos demuestra que esa comunidad siente que es posible entender la identidad como algo múltiple, tal como lo siento yo. Hay en este país una forma de cosmopolitismo que hace que judíos e islámicos puedan convivir sin inconvenientes y sin que su condición entre en conflicto con su identidad argentina. Y destaco esto porque en los Estados Unidos también se habla de las comunidades y de la pluralidad de la sociedad norteamericana, pero están todos separados: los polacos no quieren saber nada con los escandinavos, ni los negros con los latinos, etcétera. En la Argentina, el cosmopolitismo es mucho más natural.
-Hace dos años, en una entrevista con LA NACION, usted señalaba la necesidad de que hubiera un cambio en la mentalidad de los pueblos judío y palestino como primer paso para solucionar el conflicto de Medio Oriente. Parece que eso no ocurrió.
-Las cosas cambiaron, pero para peor.
-¿Lo dice por el muro de Cisjordania?
-El muro es inaceptable desde el punto de vista moral y una tontería desde el punto de vista estratégico, porque está claro que, después de todos estos años de conflicto y de sangre derramada, los destinos de los pueblos palestino e israelí están inexorablemente unidos. El gobierno israelí actual no es patriota, sino nacionalista. Hay una gran diferencia. El patriotismo es poder estar contento y hasta orgulloso de lo que el país es capaz de conseguir y hacer; es un sentimiento positivo que da energía al país y permite tomar energía del país. El nacionalismo, en cambio, tiene que ver con actitudes negativas, como decir: "El otro no es como yo". Y de ahí a decir: "El otro es menos bueno que yo, hay sólo un paso muy pequeño". Lo que a mí me gustaría ver en Israel es un sentimiento de patriotismo, en el sentido de decir: nosotros conseguimos el Estado, pasamos de ser una minoría en el mundo a ser una mayoría, y lo próximo que haremos será ayudar a nuestros vecinos a que den el mismo paso, a que tengan los mismos derechos. A lo mejor ellos se equivocaron cuando no aceptaron la partición de Palestina, pero nosotros también tenemos una cierta responsabilidad -o corresponsabilidad- en lo que fue para los palestinos la catástrofe de la creación del Estado de Israel, en 1948. No podemos simplemente repetir que venimos de los campos de concentración, del Holocausto; sí, naturalmente que eso fue así, pero no podemos quedarnos en eso. Lo que quiero decir con esto es que el sendero para la paz pasa por el conocimiento y el reconocimiento del sufrimiento del otro.
-¿En qué consistiría ese reconocimiento mutuo?
-De parte de los palestinos, se trata de que vean lo que fue el sufrimiento del pueblo judío durante tantos siglos y acepten y reconozcan que hay algo que une ese pueblo con esa tierra, con esa área geográfica (algo que los palestinos aún no han hecho, porque se siguen preguntando por qué un judío argentino o australiano tiene que ir a vivir allí). De parte del pueblo judío, lo que ya mencioné: el reconocimiento de los palestinos como vecinos que tienen exactamente los mismos derechos que ellos.
-¿Cree que existe la posibilidad de que ese reconocimiento ocurra?
-Los dos son pueblos semitas, de sangre caliente, y eso también significa un virtuosismo único para olvidar. Estoy convencido de que algo va a pasar. Esto va a cambiar de la noche al amanecer. Después de tanto odio, no se va a negociar la paz durante semanas y semanas. Tiene que pasar algo tan inesperado como lo fue la caída del Muro de Berlín. Yo creo en ese virtuosismo para dar vuelta la página que tienen tanto los judíos como los palestinos, en particular, y los árabes, en general.
-¿Por qué?
-Porque es un rasgo muy semítico el de no guardar rencor. Odiarse, sí, profundamente. Matarse. A cuchillazos, incluso. Pero no guardar rencor indefinidamente.
-¿Cómo cree que va a influir en la política de Israel el resultado de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos?
-Mal. En lo que se refiere a Israel y a Medio Oriente es Europa la que se tiene que involucrar, porque tiene razones históricas y morales para hacerlo. Especialmente España y Alemania, tanto por la Inquisición como por Hitler, pero también por los siete siglos de vida en común entre judíos, musulmanes y cristianos que hubo en España y por toda la creación que la comunidad judía aportó a Alemania. Es decir: tanto por los aspectos positivos como por los negativos. Por eso, creo que hay que aceptar que los Estados Unidos son el país más poderoso del mundo, pero Israel debe tomar una línea política completamente independiente de los Estados Unidos. La solución para Medio Oriente no vendrá de los Estados Unidos, y en ese sentido, que el presidente sea George W. Bush o John Kerry no marca una gran diferencia.
-Pero el gobierno de Bush siempre ha apoyado a Israel...
-El apoyo incondicional y ciego que hubo del gobierno de Bush a Israel es peligroso para el futuro de Israel y del pueblo judío, porque el día que estalle una reacción contra esas políticas será terrible. Probablemente nadie juzgue a Bush, porque es el presidente del país más poderoso del mundo (a Milosevic se lo juzga porque es un pobre diablo que no tiene ningún poder), pero la historia sí va a juzgar lo que pasó. Y lo que los Estados Unidos están haciendo en Irak, ese tipo de genocidio... Algún día provocará una reacción muy fuerte, y tanto Israel como Europa van a sufrir las consecuencias de esa reacción durante generaciones. Por otra parte, depender de los Estados Unidos también es un error estratégico, porque la única seguridad que vale para Israel es la que le daría ser aceptado por Palestina y por el mundo árabe, y formar parte de la familia de países de Medio Oriente. ¿Cómo se puede hacer depender durante años la seguridad propia de una potencia que está a miles de kilómetros y presionada por el voto judío? No hay que olvidarse de que el pueblo judío tiene solamente un capital: el capital moral, y lo está desperdiciando. Los judíos despiertan la admiración (y el odio) del mundo por su inteligencia. Y no están mostrando inteligencia en el manejo de este conflicto. Lo que le digo no son consideraciones políticas, sino, simplemente, cuestión de ponerse a reflexionar. Tampoco hay que olvidarse de que mucha gente utiliza las críticas al gobierno de Israel para esconder su antisemitismo. Esto se ve mucho en Europa, en países como Francia e Inglaterra, donde hay cierto resurgimiento del antisemitismo. Pero también hay que reconocer que puede haber un sentimiento antiisraelí, sobre todo en los palestinos, que no tiene nada que ver con el antisemitismo europeo. Por otra parte, los atentados palestinos son aberrantes y tampoco le sirven al pueblo palestino, a la larga. Pero repartiendo paquetes de culpabilidad no vamos a llegar a ningún lado. Hay que parar con eso. Es como en la vida privada: hay que analizar adónde nos llevó el pasado, que es el presente, y reconocer que el presente no es más que una transición hacia el futuro. Por diferentes razones, por culpas de la izquierda y de la derecha, el pasado nos trajo adonde estamos. ¿Y ahora qué hacemos? ¿Seguimos dándole vueltas a lo mismo o tomamos la decisión de aceptar lo que no es modificable, la existencia del Estado de Israel, por parte de Palestina, y la necesidad de independencia e igualdad de derechos de los palestinos por parte de Israel? No es tan complicado.
-Parece que sí.
-No, no es tan complicado. Se hace complicado porque no hay reflexión y porque los dos pueblos viven en el pasado. Los judíos dicen: no se puede repetir el Holocausto (y está claro que eso no se debe repetir, pero estamos en una situación muy diferente) y los palestinos dicen: ésta es nuestra tierra (pero la existencia de Israel es una realidad que tiene que ser aceptada).
-Alemania encaró una reforma de su política social y el Estado está empezando a retirarse de una serie de funciones que solía desempeñar. Un ejemplo de eso es la reducción de los seguros de desempleo, que ha provocado varias reacciones en contra. ¿Cree que ésta es una tendencia que se puede profundizar?
-Espero que no. Pero todo esto es consecuencia de un largo proceso. Que el sistema comunista no funcionó lo hemos visto con la caída del Muro de Berlín, en 1989. Pero al caer el muro tendría que haber habido una reflexión. Era un momento único en la historia para experimentar en la búsqueda de un camino entre el capitalismo y el comunismo tal como había sido practicado por el bloque soviético. Porque en el terreno económico estaba claro que el sistema no funcionaba, pero en algunos aspectos de la vida cotidiana de la gente y del campo de la cultura ese fracaso no era algo tan evidente. Está claro que un Mercedes es un auto muy superior al Trabant, que es inseguro, hace ruido, no va tan rápido y huele mal; pero cuando se habla del teatro, de la ópera, de la educación y la cultura en general, las cosas no son tan simples. Sin embargo, a la caída del muro hubo un triunfalismo tan ciego de parte de Alemania Occidental que impidió todo análisis profundo de estas cuestiones e hizo que gran parte de la población de la ex Alemania Oriental se sintiera muy mal. Eso trae consecuencias psicológicas, políticas, sociales y, por lo tanto, económicas. Y lo que está pasando ahora en Alemania es consecuencia de todo ese complejo proceso.
-Hace algún tiempo que circulan versiones acerca de que el Gobierno quiere convocarlo a usted para formar una orquesta mixta, a la manera de The West-Eastern Divan Project, pero con jóvenes músicos argentinos y malvinenses. ¿Recibió alguna propuesta formal en ese sentido?
-Mire, yo creo que el capítulo de las Malvinas no se puede comparar con el conflicto palestino-israelí. Lo que ocurrió en las Malvinas fue algo triste, que ocasionó mucho dolor inútil. Lo mejor que se puede hacer, a mi modo de ver, es olvidarse de que ese capítulo existió. Ayudar, sí, en lo que pueda a quienes sufrieron por esa guerra, pero no tratar de buscar cosas en común que, en definitiva, lo que logran es perpetuar la idea de ese enfrentamiento. Ese conflicto hay que borrarlo, olvidarlo y no crear símbolos que lo fijen en la memoria de los pueblos. No hay un problema de entendimiento entre Inglaterra y la Argentina, como sí lo hay entre israelíes y palestinos. Es otra cosa. Yo estaría encantado de ir a las Malvinas y de tocar allí como argentino, o hacer lo que sea de utilidad para la gente. Pero no soy partidario de crear monumentos para superar ciertos conflictos, porque esos monumentos, por el contrario, lo único que logran es fijar el conflicto y hacer más difícil su superación.
Por Verónica Chiaravalli
De la Redacción de LA NACION
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