No tener auto ni telefonía móvil es una especie de rareza en ciertas capas de la clase media. Los demás miran esta opción con asombro. Aunque pueda resultar más barata, cómoda y, además, ecológica.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
No tengo auto ni teléfono celular. Hace poco me di cuenta de que esto me ubicaba en una minoría casi invisible dentro de las capas medias, como si confesara que no tengo tazas o una ensaladera. Alguien, que me había invitado a su casa, descontaba que iba a llegar allí en mi (no existente) auto y me ofrecía instrucciones que incluían bajadas de autopista y cruces con semáforos; cuando le dije que iba a tomar el tren, me respondió que, en ese caso, al llegar a la estación anterior a mi destino, llamara por teléfono para que me fueran a buscar a la siguiente. Ante mi comentario de que en la Argentina no hay teléfonos públicos en los trenes, con buen humor me sugirió que tomara un remise o caminara seis cuadras.
La mañana del día de la invitación, le pregunté a un amigo, que trabaja en el Gran Buenos Aires, cuánto tardaba el tren hasta donde debía bajarme. Me miró fijo, me aclaró que él nunca tomaba el tren y que, a la hora de la noche en que yo debía viajar, lo mejor era que me gastara treinta pesos en un remise "para ahorrarme un disgusto".
Le señalé que a esa hora de la noche de un sábado, precisamente, estarían volviendo a sus casas gente cuyas ocupaciones están en Buenos Aires: vendedoras de tiendas y supermercados o mozos, por ejemplo; y que en esa compañía yo iba a sentirme perfectamente confortable. Mi amigo, que no pertenece a la aristocracia, me dijo que la diferencia estaba en la ropa. Yo, que tampoco pertenezco a la aristocracia, le dije que, si vamos al caso, la diferencia de ropa es algo que no puede ocultarse en ninguna parte ni a ninguna hora. Mi amigo, entonces, me dijo: "Por lo menos no lleves la tarjeta del banco ni el celular". Olvidaba, evidentemente, que no tengo celular, lo cual, a esta altura ya se había convertido en un signo de extrañeza. Conozco personas que no tienen televisión y lo presentan como una marca cultural que los elevaría por sobre los demás mortales. Conozco también algunos que no leen diarios argentinos sobre papel y se confían a lo que puedan sacar de las ediciones internacionales en Internet. Ninguno de esos dos grupos me pareció nunca demasiado simpático, precisamente por el gesto ampuloso de establecer una separación nítida entre ellos y el resto del mundo.
Me pregunté entonces si mi carencia de auto y celular me ponía en esa categoría de gente. Una especie de snobismo de la prescindencia que, si lo descubría en mí misma, no me iba a resultar agradable. Carecer de auto o de celular no garantiza ninguna superioridad. Lo que habría que ver es si se sostiene en una elección sensata. Hace pocas semanas, una investigación informó que el 75 % de la polución de la ciudad de Buenos Aires proviene del transporte automotor, incluidos los autos particulares. Quien vive en Buenos Aires tiene el privilegio de vivir en una ciudad con comunicaciones públicas razonablemente buenas; yo, que vivo en Buenos Aires, jamás he necesitado de un auto para ninguna actividad, en los horarios diurnos y nocturnos más variados. Naturalmente, si viviera a quince kilómetros delCentro, si tuviera que transportar niños o mercancías, el razonamiento caería en pedazos. Eso pensé en lo que respecta al auto. No se trataba de un signo de distinción sino de una opción barata y relativamente cómoda. Y, como bonus track, una opción ambientalista.
Lo del celular me resultó más fácil. Tengo un teléfono en mi casa y otro en mi oficina; ni chicos ni ancianos dependen de mí en términos de seguridad o circunstancias de vida; no soy médica, ni cadete, ni responsable de prensa de algún político, ni bombero voluntario.
Los usos que le daría al celular estarían restringidos, por ejemplo, a recibir llamadas en el subterráneo o el colectivo, en los restaurantes, cuando voy a comprar un libro o un par de zapatos, cuando tomo café con un amigo o camino por el barrio. Estos lapsos no son más extensos que dos o tres horas. Decididamente, el celular no está entre mis prioridades. Además no tengo que acordarme de dejarlo en casa, como me aconsejó mi amigo, cada vez que viaje en tren por el Gran Buenos Aires.
http://www.clarin.com/diario/2004/08/29/sociedad/s-822050.htm
ALAIN MUSSET, GEOGRAFO
La interdependencia mundial, la comunicación por la Red y los grupos separatistas intentan arrasar con los límites. Pero el poder sigue localizado en territorios concretos y no virtuales.
Claudio Martyniuk
cmartyniuk@clarin.com
Siempre se vinculó al poder imperial con la acumulación de grandes territorios. ¿Esta idea está aún vigente?
—Sí, no ha caducado. Cuando se habla de globalización se dice que ya las fronteras no tienen sentido, o que no existen, pero no es así. Las fronteras todavía existen, pero han cambiado su sentido, porque ya no son fronteras de imperios y ahora hay reivindicaciones territoriales por parte de grupos étnicos y nacionales. Que quede claro: ni la globalización ni Internet acabaron con las fronteras. Se podría decir que hay una recomposición de los territorios a partir de nuevas identidades que van en busca de un territorio. Pero aunque trabajemos con otras escalas, las fronteras existen, por supuesto, y por eso, por ejemplo, Rusia quiere conservar la mayor parte de su poder sobre el territorio de la ex Unión Soviética. Las fronteras existen con otras características. Dentro de las ciudades hay nuevas fronteras que se establecen entre los diferentes grupos sociales y étnicos. Yo trabajé sobre las ciudades de los Estados Unidos, donde hay barrios de blancos, sajones y protestantes, y también barrios negros y chinos, y ahora, desde los años 70, barrios latinos: estos territorios corresponden a las identidades de los grupos y sus búsquedas de identificación.
# Esas fronteras trazadas por identidades, ¿están fragmentando a los Estados-nación?
—Efectivamente, hay una fragmentación de los antiguos Estados nacionales, que responden a la vieja idea europea del siglo XIX de que a cada nación le corresponde su Estado y que cada nación busca sus fronteras. Por la actual fragmentación, los diferentes grupos separatistas están buscando un Estado-nación. Es algo que no ocurre en América latina, donde se da otro proceso.
# ¿De qué tipo?
—Cuando se fragmenta el imperio español, los nuevos Estados heredaron las antiguas fronteras coloniales de audiencias, gobernaciones y virreinatos. Existían fronteras, y el viejo sueño de Bolívar era la abolición de todas ellas por una patria grande, pero lo que pasó es que las elites de los diferentes Estados incipientes estaban influidas por las ideas europeas sobre el modelo del Estado-nación. Entonces, esas fronteras buscaron naciones, cuando en Europa teníamos naciones que buscaban fronteras.
# ¿Cómo explicar la persistencia de estas fronteras artificiales?
—Todas las fronteras son artificiales, pero se mantienen porque la gente se siente identificada con ese modelo impuesto.
# Hace poco, un asesor de Putin dijo que Rusia ocupa el 11,2% del territorio mundial, tiene el 2,3% de la población mundial y produce el 1,1% del PBI mundial. Esta es una brecha entre masa territorial e irrelevancia económica. El historiador Paul Kennedy estima que mantener el territorio de Siberia fue una carga perjudicial para la Unión Soviética, que erosionó su poder económico.
—Yo creo que es un caso especial. La Unión Soviética necesitaba esta masa continental para expresar su poderío sobre todos los estados que estaban alrededor. Y, efectivamente, para la Rusia actual esos territorios pueden ser una carga, pero tiene que conservarlos porque es la prueba de que todavía es un país potente.
# ¿Aún es importante el dominio del territorio y del mar?
—Antes se diferenciaban las potencias que podían controlar los mares, como Inglaterra y Estados Unidos, de las potencias territoriales como Rusia o Alemania. Hoy en día ya no se puede hablar de la misma forma. Sin embargo, hay que tener en cuenta que los Estados no abandonan sus herencias imperiales. Francia, por ejemplo, mantiene sus islas en el Caribe y en el Pacífico no sólo para controlar el espacio, sino también los recursos potenciales que existen en el fondo del mar. El fondo del mar es una nueva frontera, pero ya no en el sentido de línea de un borde sino de espacio de conquista y aprovechamiento. Esto explica la necesidad de tener unos puntos que puedan controlar parte del territorio marítimo. Voy a dar un ejemplo: hace tres años Nicaragua y Honduras estuvieron a punto de declararse la guerra por el control de la plataforma continental, donde hay grandes posibilidades de encontrar yacimientos petrolíferos. Claro que detrás de todo esto está el poder económico que juega un papel decisivo, porque no son las compañías nicaragüenses las que pueden hacer esas investigaciones sino las grandes compañías internacionales. Estamos otra vez en el mundo de la globalización, pero ésta se expresa en territorios que son reales. No hay imaginación, no hay mundo virtual: la realidad está localizada.
# Un caso similar es el de las islas Malvinas.
—Por supuesto. El conflicto es, en buena medida, por el control de las riquezas de los subsuelos marinos.
# ¿Pero no es paradójico que el espacio más relevante en los tiempos de la globalización sea el espacio virtual, un espacio que trasciende las fronteras?
—Sí, efectivamente no hay fronteras en el espacio de Internet, y sí que es un problema para los geógrafos. Hay estudios que se están haciendo para tratar de ver cómo se organiza, porque detrás del espacio virtual siempre hay territorios. Es importante saber que de las direcciones electrónicas se ocupa un organismo norteamericano, que las chequea en todo el sistema mundial de correo electrónico. Y cuando se declaró la guerra a Irak, ese organismo borró de la red mundial todas las direcciones con la terminación relativa a Irak. Así que momentáneamente ellos fueron privados del acceso al mundo virtual. Aunque se diga lo contrario, las fronteras todavía existen, porque ahora todo depende de los que pueden controlar este mundo virtual.
# Usted pertenece a una disciplina científica cuya historia ha estado directamente relacionada a la conquista de continentes como América y África. ¿Cuál es el incentivo que mueve a la geografía en la actualidad?
—Hasta el siglo XIX y principios del XX, la geografía era la ciencia de la descripción de la Tierra. Hoy se trata de entender la relación entre sociedades y territorios. Es decir que pasamos del espacio al territorio, y el territorio es visto como el espacio apropiado por los diferentes grupos humanos que expresan su identidad a través de la remodelación, por ejemplo, del medio ambiente. La perspectiva actual de la geografía es una problematización de las relaciones del hombre con el entorno natural. Por ejemplo, la geografía urbana debe explicar el tremendo crecimiento de las ciudades en los últimos cincuenta años, sin olvidar que lo que vemos ahora es la herencia de varios siglos de cambios. Y por eso me parece tan importante que haya una relación estrecha entre historia, por una parte, y geografía por el otro. A fines del siglo XIX, Elisée Reclus, un gran geógrafo francés, dijo que la historia no es sino la geografía en el tiempo, y la geografía no es sino la historia en el espacio.
# Durante siglos, los mapas se hicieron observando el horizonte. Ahora existen fotografías satelitales. ¿Qué cambios produce esto?
—Efectivamente, primero con las fotografías aéreas —ver desde arriba es algo muy importante—, y ahora con el satélite y con los nuevos sistemas que nos permiten ver la evolución de los territorios hora a hora —porque a cada hora cambian y lo podemos constatar—, cambió la geografía, y ya no se trata únicamente de los viejos mapas de Estado Mayor, como se los llamaba antes.
# En la Argentina los mapas están todavía en manos del Instituto Geográfico Militar.
—En Francia era el ejército el que realizaba el trabajo de cartografía. Hoy en día ya es una organización civil, el Instituto Geográfico Nacional, que sigue siendo muy importante para el Estado francés, pues el control del territorio pasa también por los mapas. Hoy podemos hacer mapas temáticos que evolucionan y que dan diferentes opciones de interpretación del territorio. Por ejemplo, hay mapas que se hacen para toda Europa con una resolución muy fina para medir la evolución de los territorios urbanos. Podemos también hacer mapas de la contaminación ambiental.
# ¿La cartografía sigue siendo un instrumento de poder?
—Cada vez más, pero cada vez menos en manos de los hombres políticos, porque es un instrumento tan complicado que al fin y al cabo, el poder se concentra en los científicos, que pueden manejar los instrumentos.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/08/29/z-03415.htm
Copyright Clarín, 2004.
Según el investigador, nuestra sociedad vive de espaldas a la labor científica
Para Diego Hurtado de Mendoza, director del Centro de Estudios de Historia de la Ciencia José Babini, de la Universidad Nacional de San Martín, a nuestros políticos habría que tomarles una prueba de multiple choice sobre sus conocimientos científicos. "Se desgarran las vestiduras porque los chicos reprueban los exámenes de ingreso a la universidad, pero que le pregunten a un político quién fue Gaviola, quién fue Houssay qué es el Instituto Leloir o el Balseiro", desafía.
Hurtado de Mendoza es, todavía. una rara avis en nuestro país: forma parte del reducido grupo de algo más de diez investigadores que están escribiendo la historia de la ciencia nacional, y el centro José Babini es el único, realmente activo, que se dedica a esta disciplina. Doctorado en Física en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, confiesa que siempre se sintió tironeado entre la ciencia dura y las disciplinas humanísticas. Su tesis de doctorado versó sobre temas tan abstrusos como el de los plasmas turbulentos. Un intercambio epistolar fallido impidió su viaje a la McGill University para ponerse bajo la tutela de Mario Bunge. En esos momentos conoció a Miguel de Asúa, historiador de la ciencia, con un doctorado de la Universidad de Notre Dame, Estados Unidos. "Lo mío fue un salto al vacío -recuerda-. Mi directora de tesis todavía me está buscando para que vuelva a la física, porque ya tenía mi posdoctorado arreglado en la Universidad de Cornell. A mí nunca me gustó la idea de irme... Ana [su mujer] me apoyó y... nos quedamos. Me encontré con que la historia de la ciencia era un campo infinito."
A partir de sus estudios de la investigación local, Hurtado de Mendoza está convencido de que, para que exista una política de desarrollo de la investigación que vaya más allá de la retórica, nuestros políticos tienen que entender de ciencia. Y asegura que para eso es fundamental desarrollar la disciplina que cultiva. "Muchos se asombran frente a nuestra tradición científica. Descubren que nuestro territorio también fue y es escenario de la construcción de conocimiento. Necesitamos transmitir y construir tradición, bibliotecas, archivos documentales, editar publicaciones", explica.
-¿Por qué no se estudia la historia de la ciencia en la escuela?
-Hoy, los historiadores de la ciencia estamos en América latina y en la Argentina como estaba el mundo anglosajón o francés en la década del 70: intentando dialogar con los historiadores, a secas. Creo que están descubriendo en la historia de la ciencia algo que se habían olvidado.
-¿Un olvido que cuesta caro?
-Bueno, yo diría que es un pecado original de nuestra sociedad. Houssay, en la década del 30, y Gaviola, en la del 40, afirmaban que la nuestra era una sociedad sin tradición científica. Decían que es misión del científico mostrar a nuestra sociedad (y cuando ellos decían sociedad estaban pensando en los políticos) para qué sirve la ciencia. Se habla mucho de la industrialización, pero ¿cómo se hace sin ciencia de base, sin producción de tecnología propia? En esos momentos ya había científicos lúcidos que consideraban que había que mostrar a la sociedad qué es un investigador.
-¿A qué atribuye que los científicos argentinos trabajen aislados del resto de la cultura?
-Se podría decir que estuvieron segregados y autosegregados. Personalmente, creo que los países en desarrollo todavía no tienen muy en claro qué hacer con la ciencia. Se sabe que es una de las grandes producciones del Occidente moderno, que necesitamos tenerla como valor cultural, pero cuando le queremos dar otro papel, tenemos serios problemas. Cuando uno lee un libro de historia de los Estados Unidos o de Canadá o de Australia, se encuentra con capítulos dedicados a la ciencia y la tecnología. En nuestra historia, se los olvidaron. ¿Es culpa de los historiadores? Puede ser que hayan prestado poca atención, pero también es un problema de nuestra tradición cultural: a nosotros la ciencia siempre nos resultó ajena, es como si no formara parte de la vida del país.
-Paradójicamente, aquí hubo proyectos científicos importantísimos.
-Un caso particular es la energía nuclear. Durante la década de 1950, se veía como la gran panacea y así la vendían las potencias - entre otras, los Estados Unidos-, porque vislumbraban un mercado muy promisorio de venta de reactores. La Argentina se embarcó en ese proyecto y hoy en día es un país nuclear que exporta tecnología de punta.
-¿Cómo se logró un desarrollo tecnológico de vanguardia en un país tan traumático como la Argentina?
-La historia de la ciencia local se explica perfectamente al ritmo de crisis económicas y golpes militares. Sin embargo, el desarrollo nuclear fue más bien atípico. A diferencia de la universidad, pudo atravesar todos esos cataclismos (Noche de los Bastones Largos, hiperinflación, rodrigazo, golpe del 76, vuelta a la democracia, crisis económica del 89) con cierta continuidad.
-¿Siempre hubo fuga de cerebros en la Argentina?
-Es un problema que viene de antes de la década del 60. En 1946, Braun Menéndez, en un folleto que se llama "Bases para el progreso de las ciencias en la Argentina", dice: "Provocará vuestro asombro saber que la Argentina, además de exportar carne, cereales y algunos productos manufacturados, exporta también hombres de ciencia". Estamos hablando de hace más de 60 años... Es decir, la fuga de cerebros no nació ni en la década del 60 ni en la del 70: viene como un mal de origen. Me animaría a llamarlo estructural. Ciencia Hoy publicó en 2002 un informe de evaluación sobre la matemática en la Argentina. En 1942, es decir, exactamente 60 años antes, la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias había publicado un folleto en el que se preguntaba: "¿Qué debería hacerse para el adelanto de la matemática en la Argentina?" Se me ocurrió comparar los dos informes: dicen exactamente lo mismo, salvando las diferencias de escenario, las diferencias temáticas... Ambos informes hablan de obstáculos burocráticos, de fronteras rígidas que separan las distintas ramas de la matemática, de grupos pequeños aislados entre sí dentro del país, de falta de interacción con otras ciencias (esto también se puede traducir como "falta de matemática aplicada"), de la necesidad de promover visitas de profesores extranjeros, de la necesidad de contar con buenas bibliotecas... ¡Y pasaron 60 años!
-¿Cómo habría que formar a nuestros científicos?
-Si los formamos para trabajar con el telescopio Hubble, cuando se reciban, obviamente, se van a tomar un avión y no vamos a tener derecho a quejarnos ni a reprocharles el hecho de que se vayan, porque, simplemente, querrán aplicar lo que se les enseñó.
-¿Hay una tradición científica local?
-Sí. Nuestra tradición enseña lo que es hacer ciencia en la Argentina. Y enseña muy bien: tenemos casos maravillosos, como Balseiro, Gaviola, Houssay, Leloir, Milstein. La historia de nuestra ciencia es muy rica. Creo que todavía quedan carbones incandescentes que, soplando y soplando, pueden volver a encenderse. Si nos decidiéramos a impulsar la investigación, me parece que no habría que empezar de nuevo desde cero. Héctor Rubinstein, un físico argentino que vive en Suecia, me decía el otro día: de los mejores 90 físicos del mundo, siete son argentinos. Es una cifra que va contra todas las estadísticas.
-Vistos desde la perspectiva de la historia, ¿cuáles son los males más arraigados de la ciencia en el país?
-Es necesario que las instituciones trasciendan lo coyuntural de la política. No puede ser que a cada cambio de gobierno, golpe militar o crisis económica, cambiemos todo. Abrimos agencias nuevas; cerramos otras. Basta con mirar la historia de los países que a comienzos del siglo XX presentaban un panorama educativo y científico en muchos aspectos semejante al de la Argentina y que fueron exitosos: Australia, Corea...
-¿Por qué nos pasa esto?
-Bueno, no nos pasa solamente a nosotros. Por ejemplo, cuando hablamos de Ronald Richter nos estamos refiriendo al caso más traumático y bochornoso de la historia de la ciencia en nuestro país. ¿Cómo un presidente [Juan Perón] se dejó estafar por un físico austríaco de cuarta línea? Mariscotti lo explica muy bien en su libro "El secreto atómico de Huemul": el poder político de ese momento dejó fuera del escenario a la comunidad científica, perdió toda posibilidad de evaluación de proyectos científicos. Eso, sumado al amor de nuestras elites por el mundo germano y al prestigio de la física de tradición alemana, desembocó en un Richter. Pero si uno se fija en Brasil, que no tuvo un Richter, se da cuenta de que allí ocurrió algo parecido. En 1951 o 1952 [época del populismo de Getulio Vargas], el Conselho Nacional de Pesquisas también decidió iniciar un programa en física nuclear. Ellos tenían un físico muy prestigioso, Cesar Lattes, y eso impulsó mucho la física nuclear brasileña. Entraron por un lado más serio: la Universidad de Chicago, que fue donde Arthur Compton decidió instalar gran parte del proyecto Manhattan, donde Enrico Fermi realizó la primera reacción sostenida de fisión. Y, sin embargo, fueron estafados, aunque también el episodio fue motivado por la falta de experiencia y por los delirios de grandeza de los propios brasileños que lideraron el proyecto. El presidente del Conselho de ese momento, deslumbrado por los grandes aceleradores de Brookhaven, de Berkeley, de Columbia y de Chicago, quiso comprar un gran acelerador. Compraron dos: uno chico, para adquirir experiencia, y otro enorme, copia del acelerador de última generación que tenían en Chicago. Nunca lograron hacerlos funcionar. Hasta hoy el episodio se conoce como el "fracaso de los ciclotrones".
-Sin embargo, en este rubro, la Argentina llegó a un desarrollo propio que Brasil no alcanzó.
-Algunos historiadores de la ciencia brasileños también lo consideran así. Uno de ellos me preguntó en una ocasión cómo, si en la década del 30 teníamos el mejor sistema educativo de América latina y si teníamos trigo, petróleo y carne, estamos en la situación en que estamos.
-Uno se pregunta lo mismo...
-Los males regionales también responden a estrategias del Primer Mundo. Nos guste o no, la ciencia es parte de las herramientas de dominación... en la medida en que nosotros nos dejemos dominar. Aunque a veces, la dominación es muy sutil.
-¿Cómo se hace para desarrollar una ciencia propia?
-Primero, entendiendo y mostrando que hay una tradición propia, que incluye premios Nobel, desarrollo de tecnología de punta... Hay un Jorge Sábato, que fue una especie de héroe de la energía nuclear. Nadie duda de que necesitamos ciencia y tecnología. ¿Cómo integrarlas al ciclo económico? Creo que una buena parte de la respuesta se encuentra mirando la historia. ¿Qué festejamos cuando decimos que desde 1956 a 1966 fue nuestra edad de oro en ciencia? Estamos festejando creación de carreras, creación del Conicet, creación del INTA, del INTI, despegue de la Comisión Nacional de Energía Atómica, del Instituto Balseiro. No hay premios Nobel en ese período. Lo que hay es organización y creación de instituciones. Me parece que eso es lo que estamos necesitando: entender de nuevo qué es un instituto de investigación, qué papel tiene la universidad, y empezar a hacer que estos lugares de creación de conocimiento trasciendan lo político. Esto tienen que entenderlo los políticos y la sociedad.
Por Nora Bär
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=631431
Por Osvaldo Bayer
No todo es en vano. Ayer, al levantarse, el lector en Alemania pudo leer una noticia que lo elevó a una esfera superior del contento y la satisfacción. Como si hubiese, de pronto, escuchado el Concierto Italiano de Juan Sebastian Bach, ese Dios de la Música. Nada menos que, a página entera, el texto de la declaración del Instituto Germano para los Derechos Humanos acerca de la denominada “Guerra contra el terror” impuesta por George W. Bush.
No puede ser. Los métodos ya oficiales para asegurarse el dominio. La tortura por los soldados vencedores, el bombardeo en cualquier momento de barrios enteros con niños, mujeres embarazadas y enfermos cuando lo manda un asesino con tres estrellas en el hombro, la ametralladora contra lo que se toma como sospechoso. Bush con su “Guerra contra el terror” ha manchado para siempre el honor del pueblo estadounidense. Es una bravata de truhanes y crueles, como todos los superficiales. Guantánamo, nada menos que en tierra cubana. Los prisioneros iraquíes desnudos formando una pila de carne, dolor y saliva mientras los torturadores de las bandas y estrellas sonríen bobamente en una masturbada unisex. La mejor manera de enseñar democracia.
Y el Instituto Germano para los Derechos Humanos da su opinión con mucha humildad y ciencia. No a las torturas de prisioneros, al bombardeo de ciudades indefensas, al ametrallamiento de civiles en la calle. A nada de eso –dice el Instituto– se lo puede calificar oficialmente como “Guerra contra el terror”. Ese término está contra todos los principios de los derechos humanos y de las leyes internacionales. No se puede seguir ni usando ni empleando. Paren, eso no, no son dueños de la vida y la muerte aunque se lo crean y lo ejecuten.
El documento publicado justo el día –en su sexagésimo aniversario– de la liberación de París de la bestial ocupación nazi se pregunta con todo respeto pero sin ambages: “¿Guerra global contra el terrorismo?”. Y continúa: “La metáfora bélica introducida por Estados Unidos: ‘guerra global contra el terrorismo’ para combatir el terrorismo es discutible. Se basa en un concepto bélico antijurídico, que busca significar ‘dureza’ y ‘cruzada de larga duración’, pero no en un concepto bélico del Derecho Internacional. En el caso de Estados Unidos, sucesos como el de Abu Ghraib dejaron bien en claro que se ha llegado a una negación selectiva de las propias obligaciones de Derecho Internacional como parte de dirigir una guerra”.
Claro, es difícil declararse en general a favor o en contra de lo militar para combatir el terrorismo. Pero, básicamente, la lucha contra el terrorismo no debería interpretarse como una “guerra”, sino ayudarse con los medios que están a disposición y los que se están creando de los servicios de informaciones, la policía y la Justicia. El recurso de recurrir a la guerra valdría sólo como una excepción a raíz de los enormes peligros para la población civil y tendría que estar bajo una observación severa (monitoring). Aquí podríase pretextar que las operaciones militares mencionadas –Operation Enduring Freedom, en Afganistán y Operation Iraqi Freedom, en Irak– son excepciones. Pero las expresiones del gobierno norteamericano hacen creer en una guerra sin término, conocida como la planificación estratégica de los Estados Unidos. Y aquí nace la pregunta de cómo influirá esto a la estrategia de la NATO y qué efectos tendrá sobre los ejércitos europeos.
Por eso, el documento establece y recomienda: “El gobierno alemán y el Congreso deberían entender a la lucha contra el terrorismo internacional en la investigación y la identificación de la criminalidad internacional y de ninguna manera seguir el concepto bélico establecido ahora por el gobierno de la USA”.En Afganistán y en Irak fueron probablemente muertos varios miles de civiles en el marco de operaciones militares sin que hasta hoy los Estados que llevaron adelante esas acciones hayan publicado estadísticas de civiles muertos y heridos. Los Estados Unidos y sus aliados de guerra tampoco han contestado la acusación de haber vulnerado los derechos humanos. Ni han hecho cumplir prisión a los culpables ni se han tomado medidas para que se prevengan hechos como los ocurridos. En las investigaciones no participaron jueces ni observadores neutrales, sólo militares estadounidenses. No han quedado aclarados hasta hoy crímenes de guerra muy graves, cuya amplitud no ha podido ser calculada (por ejemplo, cuántos prisioneros fueron afectados, cuántos protagonistas actuaron en los crímenes, etc.).
Se señala que ante la denuncia de la falta de respeto a los derechos humanos en Guantánamo, en Irak y en Afganistán no se ha notado ningún cambio en los métodos de las fuerzas norteamericanas. El sistema de prisión en secreto sin acusación y sin juicio sigue existiendo. Toda investigación es negada. La aceptación de faltas graves ha sido reconocida por el gobierno de EE.UU. sólo en algunos casos aislados: faltas de soldados y mujeres soldados que salieron a la luz por fotos llegadas a la prensa. En este sentido también son responsables los gobiernos que han enviado tropas a esos lugares y que son testigos de cargos graves pero hasta ahora han guardado silencio. Por eso, en el futuro, las organizaciones internacionales tienen que acusar también a las representaciones que guardan silencio ante los crímenes de guerra del país protagonista.
En la “Recomendación 2”, el documento le señala al gobierno y al Parlamento alemán que deben revisar con detenimiento cualquier invitación a participar en investigaciones sobre actos de terrorismo. Para aceptar tal “invitación” debe existir siempre un mandato de Naciones Unidas, a través de su Consejo de Seguridad, en el cual debe figurar un claro compromiso de respeto de los derechos humanos y el derecho internacional humanitario. No debe existir ninguna “rebaja por terror”, es decir la autorización de graves acciones contra el individuo tomando como excusa al terrorismo, y por eso cada acción debe ponerse en conocimiento de la comisión de derechos humanos de la ONU. Civiles hombres y mujeres de Afganistán han sido víctimas de acciones que jamás fueron dadas a publicidad. Lo mismo está ocurriendo en forma cada vez más numerosa en Irak. Se recomienda en ese sentido que el Centro Antiterrorista del Consejo de Seguridad de la ONU debe llevar estricta cuenta de cada una de las acciones.
En las relaciones bilaterales de los pueblos debe observarse atentamente lo que los gobiernos llevan a cabo con grupos de oposición a los que acusan de terrorismo. Las relaciones bilaterales deben servir para cumplir con la obligación moral de que no se cometan acciones “antiterroristas” que sólo tienen como motivo el fin político de hacer desaparecer a la oposición. En ese sentido, no han quedado claras varias acciones realizadas por los gobiernos de la República Popular China, la Federación Rusa e Israel.
Se señala también que ninguna fuente de justicia puede tomar como prueba las declaraciones contra sí mismos de los prisioneros de Guantánamo o de toda prisión donde se han producido maltratos a presos. Tampoco reconocer condenas a prisioneros en países donde se persigue a los defensores de los derechos humanos.
Más todavía, el documento del Instituto recomienda al gobierno alemán acciones de protección a las organizaciones y personas defensoras de los derechos humanos en todo el mundo.
El documento deja una estela de dignidad que es difícil que pueda olvidarse: la obligación de denunciar de toda comisión civil o comisiónmilitar cada vez que se comprueben los casos de tortura de prisioneros o de humillación de las poblaciones invadidas. Para combatir al terrorismo no hay que caer en la indignidad y los métodos deshumanizados. Sí se deben aumentar las armas científicas y de vigilancia que no permitan atentados que dejan víctimas inocentes. Y despreciar mundialmente a personajes como Kissinger, aquel solapado canciller estadounidense que apañó el sangriento Operativo Cóndor de las dictaduras militares sudamericanas.
No al nuevo método terrorista mundial: la llamada “Guerra global contra el terrorismo”. Es hora de comenzarlo en las esferas de los gobiernos. Es obligación de conciencia y de nobleza.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-40263-2004-08-28.html
Para el músico, el conflicto tiene que ser superado con el mutuo reconocimiento
Cada visita de Daniel Barenboim a la Argentina es un acontecimiento cultural que excede el terreno de lo artístico y tiene la rara cualidad de ir adquiriendo –a medida que pasan los días, aun después de que el músico se ha ido– resonancias afectivas, políticas, filosóficas.
A Barenboim le importan la música, las ideas y las personas, observó alguien que ha estado cerca del artista, al menos, en sus dos últimas visitas al país. Y quien haya tenido contacto con él durante los pocos días que acaba de pasar en la ciudad habrá comprobado personalmente cuán acertada es esa observación. La cantidad de compromisos que Barenboim contrae cuando viene a Buenos Aires (una agenda extenuante para el común de la gente, pero que él afronta con placer) no le impide atender cada situación con el máximo de concentración y amabilidad, se trate de dar una conferencia, dictar una clase, recibir un homenaje, asistir a una comida o entrevistarse con la prensa.
Daniel Barenboim nació en Buenos Aires en 1942. Diez años después se instaló con sus padres en Israel. Desde entonces, su intensa y destacada actividad como pianista, y luego como director de orquesta, lo ha hecho recorrer el mundo. En 1991 asumió como director musical de la Orquesta Sinfónica de Chicago y desde 1992 es director musical, general y artístico de la Deutsche Staatsoper de Berlín, ciudad en la que reside.
En 1999, su preocupación constante por encontrar soluciones para el conflicto palestino-israelí lo impulsó a crear The West-Eastern Divan Project, una orquesta integrada por jóvenes músicos israelíes y de los países árabes. La iniciativa, compartida por Barenboim con el fallecido escritor Edward Said, con quien lo unía una profunda amistad, fue distinguida en 2002 con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Es probable que el año próximo Barenboim vuelva al país, nuevamente invitado por el Mozarteum Argentino, para presentar aquí, por primera vez, a su orquesta mixta.
El miércoles y el jueves últimos, Barenboim ofreció en el Teatro Colón su reveladora interpretación de "El clave bien temperado", de Johann Sebastian Bach. Al día siguiente, horas antes de volar a Lucerna, donde tenía previsto actuar ayer, compartió con LA NACION sus reflexiones acerca del conflicto de Medio Oriente, la relación entre Israel y los Estados Unidos, la situación de Alemania y ciertos rasgos característicos de los argentinos que, según cree, merecen ser revalorizados.
-¿Qué impresión se lleva de Buenos Aires en esta nueva visita?
-Estuve poco tiempo como para responder esa pregunta, pero sí puedo decirle que hubo algo que me conmovió mucho. Fue una pequeña ceremonia, el jueves pasado, en la que fui distinguido por el Centro Islámico de la República Argentina. Ese hecho me hizo pensar en que criticamos mucho a la Argentina, nos reímos de los argentinos y hacemos chistes sobre lo engreídos que somos, pero no hay otro país en el mundo donde hubiera podido tener lugar una ceremonia así. La Argentina es cosmopolita en el mejor sentido de la palabra. Habría que rescatar eso, porque es un rasgo muy positivo de este país. Lo que ocurrió realmente me emocionó mucho, porque no era una ceremonia vacía ni una cosa para lucirse, sino que, en ella, los musulmanes de la Argentina demostraron que pueden sentirse lo suficientemente libres como para darle su reconocimiento a un israelí. Y lo que me emocionó especialmente fue que, después de haberme dicho todo lo que la comunidad islámica siente que hago en favor de la paz entre palestinos y judíos, la persona que habló, Omar Abboud, dijo que lo que más lo conmovía era que yo fuera un compatriota, un argentino.
-¿Por qué lo emocionó especialmente que lo reconociera como argentino?
-Porque el hecho de que la gente del Centro Islámico se ocupara de mí como israelí (en ese sentido, en parte, enemigo de la causa árabe) tanto como argentino que tiene cosas en común con ellos demuestra que esa comunidad siente que es posible entender la identidad como algo múltiple, tal como lo siento yo. Hay en este país una forma de cosmopolitismo que hace que judíos e islámicos puedan convivir sin inconvenientes y sin que su condición entre en conflicto con su identidad argentina. Y destaco esto porque en los Estados Unidos también se habla de las comunidades y de la pluralidad de la sociedad norteamericana, pero están todos separados: los polacos no quieren saber nada con los escandinavos, ni los negros con los latinos, etcétera. En la Argentina, el cosmopolitismo es mucho más natural.
-Hace dos años, en una entrevista con LA NACION, usted señalaba la necesidad de que hubiera un cambio en la mentalidad de los pueblos judío y palestino como primer paso para solucionar el conflicto de Medio Oriente. Parece que eso no ocurrió.
-Las cosas cambiaron, pero para peor.
-¿Lo dice por el muro de Cisjordania?
-El muro es inaceptable desde el punto de vista moral y una tontería desde el punto de vista estratégico, porque está claro que, después de todos estos años de conflicto y de sangre derramada, los destinos de los pueblos palestino e israelí están inexorablemente unidos. El gobierno israelí actual no es patriota, sino nacionalista. Hay una gran diferencia. El patriotismo es poder estar contento y hasta orgulloso de lo que el país es capaz de conseguir y hacer; es un sentimiento positivo que da energía al país y permite tomar energía del país. El nacionalismo, en cambio, tiene que ver con actitudes negativas, como decir: "El otro no es como yo". Y de ahí a decir: "El otro es menos bueno que yo, hay sólo un paso muy pequeño". Lo que a mí me gustaría ver en Israel es un sentimiento de patriotismo, en el sentido de decir: nosotros conseguimos el Estado, pasamos de ser una minoría en el mundo a ser una mayoría, y lo próximo que haremos será ayudar a nuestros vecinos a que den el mismo paso, a que tengan los mismos derechos. A lo mejor ellos se equivocaron cuando no aceptaron la partición de Palestina, pero nosotros también tenemos una cierta responsabilidad -o corresponsabilidad- en lo que fue para los palestinos la catástrofe de la creación del Estado de Israel, en 1948. No podemos simplemente repetir que venimos de los campos de concentración, del Holocausto; sí, naturalmente que eso fue así, pero no podemos quedarnos en eso. Lo que quiero decir con esto es que el sendero para la paz pasa por el conocimiento y el reconocimiento del sufrimiento del otro.
-¿En qué consistiría ese reconocimiento mutuo?
-De parte de los palestinos, se trata de que vean lo que fue el sufrimiento del pueblo judío durante tantos siglos y acepten y reconozcan que hay algo que une ese pueblo con esa tierra, con esa área geográfica (algo que los palestinos aún no han hecho, porque se siguen preguntando por qué un judío argentino o australiano tiene que ir a vivir allí). De parte del pueblo judío, lo que ya mencioné: el reconocimiento de los palestinos como vecinos que tienen exactamente los mismos derechos que ellos.
-¿Cree que existe la posibilidad de que ese reconocimiento ocurra?
-Los dos son pueblos semitas, de sangre caliente, y eso también significa un virtuosismo único para olvidar. Estoy convencido de que algo va a pasar. Esto va a cambiar de la noche al amanecer. Después de tanto odio, no se va a negociar la paz durante semanas y semanas. Tiene que pasar algo tan inesperado como lo fue la caída del Muro de Berlín. Yo creo en ese virtuosismo para dar vuelta la página que tienen tanto los judíos como los palestinos, en particular, y los árabes, en general.
-¿Por qué?
-Porque es un rasgo muy semítico el de no guardar rencor. Odiarse, sí, profundamente. Matarse. A cuchillazos, incluso. Pero no guardar rencor indefinidamente.
-¿Cómo cree que va a influir en la política de Israel el resultado de las elecciones presidenciales en los Estados Unidos?
-Mal. En lo que se refiere a Israel y a Medio Oriente es Europa la que se tiene que involucrar, porque tiene razones históricas y morales para hacerlo. Especialmente España y Alemania, tanto por la Inquisición como por Hitler, pero también por los siete siglos de vida en común entre judíos, musulmanes y cristianos que hubo en España y por toda la creación que la comunidad judía aportó a Alemania. Es decir: tanto por los aspectos positivos como por los negativos. Por eso, creo que hay que aceptar que los Estados Unidos son el país más poderoso del mundo, pero Israel debe tomar una línea política completamente independiente de los Estados Unidos. La solución para Medio Oriente no vendrá de los Estados Unidos, y en ese sentido, que el presidente sea George W. Bush o John Kerry no marca una gran diferencia.
-Pero el gobierno de Bush siempre ha apoyado a Israel...
-El apoyo incondicional y ciego que hubo del gobierno de Bush a Israel es peligroso para el futuro de Israel y del pueblo judío, porque el día que estalle una reacción contra esas políticas será terrible. Probablemente nadie juzgue a Bush, porque es el presidente del país más poderoso del mundo (a Milosevic se lo juzga porque es un pobre diablo que no tiene ningún poder), pero la historia sí va a juzgar lo que pasó. Y lo que los Estados Unidos están haciendo en Irak, ese tipo de genocidio... Algún día provocará una reacción muy fuerte, y tanto Israel como Europa van a sufrir las consecuencias de esa reacción durante generaciones. Por otra parte, depender de los Estados Unidos también es un error estratégico, porque la única seguridad que vale para Israel es la que le daría ser aceptado por Palestina y por el mundo árabe, y formar parte de la familia de países de Medio Oriente. ¿Cómo se puede hacer depender durante años la seguridad propia de una potencia que está a miles de kilómetros y presionada por el voto judío? No hay que olvidarse de que el pueblo judío tiene solamente un capital: el capital moral, y lo está desperdiciando. Los judíos despiertan la admiración (y el odio) del mundo por su inteligencia. Y no están mostrando inteligencia en el manejo de este conflicto. Lo que le digo no son consideraciones políticas, sino, simplemente, cuestión de ponerse a reflexionar. Tampoco hay que olvidarse de que mucha gente utiliza las críticas al gobierno de Israel para esconder su antisemitismo. Esto se ve mucho en Europa, en países como Francia e Inglaterra, donde hay cierto resurgimiento del antisemitismo. Pero también hay que reconocer que puede haber un sentimiento antiisraelí, sobre todo en los palestinos, que no tiene nada que ver con el antisemitismo europeo. Por otra parte, los atentados palestinos son aberrantes y tampoco le sirven al pueblo palestino, a la larga. Pero repartiendo paquetes de culpabilidad no vamos a llegar a ningún lado. Hay que parar con eso. Es como en la vida privada: hay que analizar adónde nos llevó el pasado, que es el presente, y reconocer que el presente no es más que una transición hacia el futuro. Por diferentes razones, por culpas de la izquierda y de la derecha, el pasado nos trajo adonde estamos. ¿Y ahora qué hacemos? ¿Seguimos dándole vueltas a lo mismo o tomamos la decisión de aceptar lo que no es modificable, la existencia del Estado de Israel, por parte de Palestina, y la necesidad de independencia e igualdad de derechos de los palestinos por parte de Israel? No es tan complicado.
-Parece que sí.
-No, no es tan complicado. Se hace complicado porque no hay reflexión y porque los dos pueblos viven en el pasado. Los judíos dicen: no se puede repetir el Holocausto (y está claro que eso no se debe repetir, pero estamos en una situación muy diferente) y los palestinos dicen: ésta es nuestra tierra (pero la existencia de Israel es una realidad que tiene que ser aceptada).
-Alemania encaró una reforma de su política social y el Estado está empezando a retirarse de una serie de funciones que solía desempeñar. Un ejemplo de eso es la reducción de los seguros de desempleo, que ha provocado varias reacciones en contra. ¿Cree que ésta es una tendencia que se puede profundizar?
-Espero que no. Pero todo esto es consecuencia de un largo proceso. Que el sistema comunista no funcionó lo hemos visto con la caída del Muro de Berlín, en 1989. Pero al caer el muro tendría que haber habido una reflexión. Era un momento único en la historia para experimentar en la búsqueda de un camino entre el capitalismo y el comunismo tal como había sido practicado por el bloque soviético. Porque en el terreno económico estaba claro que el sistema no funcionaba, pero en algunos aspectos de la vida cotidiana de la gente y del campo de la cultura ese fracaso no era algo tan evidente. Está claro que un Mercedes es un auto muy superior al Trabant, que es inseguro, hace ruido, no va tan rápido y huele mal; pero cuando se habla del teatro, de la ópera, de la educación y la cultura en general, las cosas no son tan simples. Sin embargo, a la caída del muro hubo un triunfalismo tan ciego de parte de Alemania Occidental que impidió todo análisis profundo de estas cuestiones e hizo que gran parte de la población de la ex Alemania Oriental se sintiera muy mal. Eso trae consecuencias psicológicas, políticas, sociales y, por lo tanto, económicas. Y lo que está pasando ahora en Alemania es consecuencia de todo ese complejo proceso.
-Hace algún tiempo que circulan versiones acerca de que el Gobierno quiere convocarlo a usted para formar una orquesta mixta, a la manera de The West-Eastern Divan Project, pero con jóvenes músicos argentinos y malvinenses. ¿Recibió alguna propuesta formal en ese sentido?
-Mire, yo creo que el capítulo de las Malvinas no se puede comparar con el conflicto palestino-israelí. Lo que ocurrió en las Malvinas fue algo triste, que ocasionó mucho dolor inútil. Lo mejor que se puede hacer, a mi modo de ver, es olvidarse de que ese capítulo existió. Ayudar, sí, en lo que pueda a quienes sufrieron por esa guerra, pero no tratar de buscar cosas en común que, en definitiva, lo que logran es perpetuar la idea de ese enfrentamiento. Ese conflicto hay que borrarlo, olvidarlo y no crear símbolos que lo fijen en la memoria de los pueblos. No hay un problema de entendimiento entre Inglaterra y la Argentina, como sí lo hay entre israelíes y palestinos. Es otra cosa. Yo estaría encantado de ir a las Malvinas y de tocar allí como argentino, o hacer lo que sea de utilidad para la gente. Pero no soy partidario de crear monumentos para superar ciertos conflictos, porque esos monumentos, por el contrario, lo único que logran es fijar el conflicto y hacer más difícil su superación.
Por Verónica Chiaravalli
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=630356
REPORTAJE A ELISABETH ROUDINESCO SOBRE FREUD, LACAN Y EL PSICOANALISIS
Es difícil que quien se interese en el psicoanálisis no desee conocer a Elisabeth Roudinesco, autora de una de las obras más polémicas de la historia del psicoanálisis. Lacan, indagación de una vida, historia de un sistema de pensamiento. Freud, Lacan, el psicoanálisis y sus alcances, y las consecuencias de un sistema económico mundial en la vida de las personas son algunos de los temas abordados por Roudinesco en esta entrevista.
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Por María Esther Gilio
Psicoanalista, doctora en letras y ciencias humanas, historiadora del pensamiento freudiano y docente, Elisabeth Roudinesco es además una mujer alegre que desborda alegría y entusiasmo.
–Parece mentira que las historias personales de los teóricos del psicoanálisis importan a los historiadores mucho más que las historias de aquellos teóricos que se destacan en otros saberes. La vida de los grandes físicos, astrónomos, etcétera nunca aparecen como tan relevantes frente a la de los psicoanalistas.
–Yo diría que en mis libros he equilibrado ambas cosas. Aunque pienso que en las ciencias duras y las de la naturaleza interviene menos la cuestión subjetiva, que en las ciencias humanas. Nadie podría discutir que hay una parte importante de subjetividad en cualquier ciencia humana. Y un poco más, naturalmente, en el psicoanálisis. Eso que usted dice no es exacto en lo que tiene que ver con la historia de la física, así como de otras ciencias, ya que en este momento se está dando intervención en la historia de las ciencias, la historia personal de los científicos. Cuando se trabaja por ejemplo con Einstein –también con otros– se hace intervenir sus vidas, sus historias personales. Es así que hoy podemos ver el papel que seguramente cumplió la mujer de Einstein en su descubrimiento. Cuando uno es historiador le interesan todas las formas de historias. Hay que mezclar. Y ésta es una sabia mezcla. Yo tengo cierta tendencia a hacer historias del pensamiento como historia de los personajes e historias de los personajes como historia del pensamiento –dice Elisabeth Roudinesco con una sonrisa divertida–. Si no supiéramos sobre los cientos y cientos de páginas que esta mujer ha escrito y tuviéramos que adivinar a partir de su físico y los gestos y su tarea en este mundo, seguramente iríamos a buscar en aquellas actividades más vinculadas a lo vital y a lo sensual. No son muchos los entrevistados que aparecen tan gozosamente presentes durante una entrevista.
–¿Cree que la persecución sufrida por Freud a partir del nazismo pudo haber tenido consecuencias en ese mundo que, con tendencias al encierro, caracterizó al psicoanálisis?
–Cuando llegó el nazismo Freud tenía ya 75 años y había, prácticamente, terminado su obra. El nazismo cumplió un papel, pero no diría que en ese sentido sino en el de que obligó a emigrar a cantidad de psicoanalistas a los Estados Unidos y a América latina.
–¿Qué diría usted sobre una nota de tapa aparecida en Times hace dos o tres años titulada “¿Freud ha muerto?”
–Se trata de periodismo. Le cuento lo que dice Jean Derrida en su magnífico libro llamado El espectro de Marx. Dice que cuanto más se anuncia la muerte de alguien –y sobre todo si se trata de un gran pensador– más significa que ese pensador sigue presente, sigue viviendo. De cualquier manera, debo decir que esto no es novedoso respecto de Freud cuya muerte siempre se estuvo anunciando. Yo tomo este tema en un capítulo de mi libro ¿Por qué el psicoanálisis?.
–Capítulo al que llama “Freud murió en Norte América”.
–Sí, así es. De cualquier modo, yo creo que en Estados Unidos, a la vez que hubo las mayores críticas, –tan tremendas que se inventó una palabra: vachon, con la que se representaba la destrucción de Freud–, hubo a la vez la más grande expansión del psicoanálisis y los mejores trabajos.
–Lo curioso es que, según creo, porque no he leído ninguno de los libros en contra, las críticas se centran más que en la teoría, en la persona de Freud.
–Así es. Hay historiadores cuyo trabajo está dedicado exclusivamente a demostrar que Freud era un estafador, un ladrón. Un mentiroso que se acostaba con su cuñada.
–Su cuñada no era su paciente.
–Querían demostrar la inmoralidad en su vida privada.
–Que la destrucción fuera total, que alcanzara no sólo a la obra sino también a la persona.
–Trataban de demostrar que era capaz de cualquier crimen.
–¿No fueron más destructivas, que estos ataques a la vida privada de Freud, aquellas terapias emprendidas por los psicoanalistas norteamericanos que banalizaban el psicoanálisis y lo llevaban a terrenos que poco tenían que ver con lo creado por Freud?
–Bueno... La mejor manera de ser fiel es ser infiel, si no, estamos en el dogmatismo. Cada época necesita reinterpretar la herencia freudiana.
–¿Usted podría decir que el conocimiento de las vidas de Freud y de Lacan iluminan y enriquecen las teorías creadas por éstos?
–No, no creo eso en términos generales. Sí creo que el conocimiento de sus vidas puede ser importante en ciertos puntos. Pero esto depende también de lo que llamemos vida. A mí, en mi tarea como historiadora, me interesa básicamente la vida intelectual. En el caso de Lacan me interesó mucho todo aquello que me informa de su vida como psiquiatra. Toda su experiencia en el terreno de la locura. También su interés en la filosofía y su formación en este terreno. Lo que más me interesa, entonces, es la formación intelectual.
–También le interesa la vida privada.
–También me interesa. No se puede dejar de lado la vida privada, pero es necesario, siempre, buscar un equilibrio.
–Usted abre la biografía de Lacan con una frase de Leon Bloch “Robespierristas y antirrobespierristas, por piedad, decidnos, simplemente cómo ha sido Robespierre”. ¿Después de escribir la biografía de Lacan usted siente que realmente ha permitido que sus partidarios y sus detractores lo conozcan?, ¿o siente que hay zonas de su vida que quedaron en la sombra?
–¿Es posible conocer a alguien de una manera total? Traté, como historiadora, de no ser fanática, de ser objetiva y sincera a cualquier costo. En cuanto a la frase que usted menciona, creo que se aplicaba maravillosamente en Lacan, quien despierta como Robespierre iguales amores y odios. Yo –con esta biografía– tuve contra mí a los lacanianos que sentían que ese libro no expresaba suficientemente su adoración por Lacan. Y también tuve en mi contra a los antilacanianos porque encontraron que no lo castigaba lo suficiente.
–¿Cuál, en definitiva, fue la conclusión que usted sacó?
–Yo pensé: tuve éxito. En cuanto a si quedaron zonas de sombra, seguramente sí. Nunca se llega a la biografía total de nadie. Pero además, este libro no es una biografía clásica. Por eso no empleé esa palabra: biografía. Su título es: Historia de un sistema de pensamiento. Esbozo de una vida.
–Justamente esa palabra “sistema” se le ha criticado. Ya que sistema hace referencia a algo cerrado, cuando el psicoanálisis es un saber abierto.
–Empleé la palabra “sistema” como Michel Foucault. No hay en este caso un pensamiento limitado al psicoanálisis sino que Lacan tomó prestado, en cierto modo, saberes de otras disciplinas para construir un sistema abierto. Y justamente, un poco en contra de todos los psicoanalistas que construían historias en torno de Lacan mostrándolo como alguien sui generis. Como si él lo hubiera inventado todo. Sin tomar nada prestado de nadie. Como si no hubiera habido influencias.
–Green dice que Lacan ha hecho todo para ser idolatrado a partir de los típicos razonamientos de los perversos. ¿Qué piensa sobre esto?
–Nunca responderé a Green porque fui atacada personalmente en muchas oportunidades y sobre todo en el momento en que publiqué mi libro sobre Lacan. Green estaba furioso. El quería que yo hiciera su biografía, la suya y no la de Lacan. Porque pensaba que Lacan era menos importante que él. Y cuando apareció el libro me insultó públicamente y, en una entrevista que se publicó en el Magazine Literaire me trató de historiadora autoproclamada, incompetente. Tanto que me vi obligada a responder a través de la prensa. Pero él no se detuvo y cada vez que nos cruzamos no ha dejado de repetir una frase que me resulta interesante. Dijo que yo me había atrevido a decir sobre Lacan cosas que él nunca se habría atrevido a pronunciar.
–¿Y eso cómo lo recibió? Era casi un elogio.
–Le contesté que esto ocurría porque él odiaba a Lacan y yo lo amaba, no con idolatría, pero lo amaba y me sentía autorizada para realizar alguna crítica. Green y sus semejantes se nutrieron durante varios años de anécdotas sobre Lacan. Y como Lacan era absolutamente extravagante era muy fácil reducirlo a una serie de anécdotas. Después de la aparición de mi libro, y de su traducción a 26 lenguas, les saqué a los antilacanianos ese objeto de odio que se alimentaba de rumores y misterios.
–Usted habló directamente. Los rumores sobre cosas que usted decía claramente habían perdido sentido.
–Claro. Se acusaba a Lacan de cosas terribles en su práctica. De hacer que la gente se suicidara, por ejemplo.
–¿En cuanto a las sesiones ultracortas al final de su vida? Esta parece ser una de las cosas que más han dado pasto a sus detractores.
–Critican, desde el mayor de los odios. Yo traté de explicar largamente por qué Lacan había llegado a reducir el tiempo de las sesiones. Expliqué la manera en que Lacan estaba concibiendo el psicoanálisis. E incluso señalé que –en mi opinión– no había que retomar todo lo dicho por Lacan. Todo esto es evidente que les resultó poco placentero a los antilacanianos. Pero es en esto que consiste la historia, en el equilibrio.
–Resulta curioso comprobar cómo han sido las pacientes mujeres las que llevaron a los teóricos del psicoanálisis –Freud hacia 1890, a Lacan, y Ferenczy, en la década de los ‘30– a tomar nuevos rumbos. Me resulta inolvidable la anécdota de Emmy cuando le dice a Freud “usted no debe preguntarme siempre de dónde viene esto o aquello sino dejarme decir lo que tengo para decirle”. Freud calló y empezó a escucharla. Me pregunto si en estos cambios, que se produjeron a partir de las mujeres, pesó la casualidad. ¿Qué empujó a las mujeres a jugar el papel que jugaron?
–Son siempre las mujeres, es siempre en el cuerpo de las mujeres que pesa la neurosis de una sociedad en una determinada época. Las mujeres histéricas, en Viena, expresaban su rebelión contra sus padres, contra la sociedad. Pero, la característica de esta rebelión es que era una rebelión importante, es decir una rebelión que se volvía sobre ellas mismas.
–Sería esto lo que daba lugar a la histeria a fines del siglo XIX.
–Sí, es a esto que llamamos histeria. Es este fenómeno el que movió a dar un golpe de timón al creador del psicoanálisis.
–A Freud.
–Sí, a Freud. Con Lacan, en cambio, se produjo 40 años más tarde, en los ‘30 con un desplazamiento de paradigmas. Sobre todo porque Lacan se interesaba más por la locura que por la neurosis.
–Sería Aimée, paranoica y en un momento asesina, quien mostró nuevos rumbos a Lacan.
–Exactamente. Lacan, a diferencia de Freud, –que trabajó siempre en su consultorio privado– actuó mucho como psiquiatra en hospitales. Allí debió enfrentar permanentemente la locura. No hay duda de que los inicios del psicoanálisis siempre están relacionados con la rebelión de las mujeres. Una rebelión no exitosa que les impide acceder a sí mismas, a lo inconsciente. El psicoanálisis es un avance de la civilización sobre la barbarie porque pone al sujeto frente a sí mismo y por consiguiente, lo libera de las ataduras tribales y familiares. No puede haber psicoanálisis en los países donde los problemas de los sujetos permanecen regulados dentro de familias opresivas.
–¿Familias islámicas, por ejemplo?
–Sí, islamismo que no es igual a Islam. Islam es religión espiritual, mientras islamismo es religión política.
–El hombre, desde hace muchos siglos, se interesó en conocer verdades vinculadas a terrenos que están muy, pero muy alejados de sí mismo. Hablo de Copérnico, de Galileo y otros. Recién hace un siglo y algo que el hombre empezó a mirar y a tratar de descubrir los misterios de su propia psiquis. ¿No es muy curioso esto?
–Esta es una vasta pregunta epistemológica que Holberg explicó a través del mito y la fábula de las tres heridas narcisistas. Con Copérnico comprendimos que no éramos el centro del universo. Primera herida narcisista. Con Darwin comprendimos que no habíamos sido creados en forma independiente sino que descendíamos de los monos, con lo cual tenemos la segunda herida narcisista. Y con Freud descubrimos que ni siquiera éramos dueños de nuestros propios pensamientos. Y este tercer descubrimiento apasionó al siglo XX.
–Los deslumbró ese misterio que parecía estar tan cerca.
–Tal vez, pero además, ocurría que la filosofía occidental había arribado a una teoría muy sofisticada del sujeto. Siempre se pensó que el inconsciente existía, pero, a partir del momento en que se teorizó también sobre los problemas de la conciencia hubo un vuelco que podríamos llamar...
–Pasional...
–Sí, así es. Estamos en una época en Occidente, en que el hombre tiene una tremenda preocupación y ocupación por sí mismo. Por la higiene y la salud que, de algún modo, se parece a lo que habían inventado los griegos. Aunque llevándolo mucho más al extremo. Hoy pocas cosas le interesa más a la gente que ella misma. Nunca se ha explorado tanto al propio sujeto. La sexualidad, la felicidad.
–Hay algo bueno en todo eso y también algo que produce rechazo.
–Ah, claro, algo mortífero. Freud decía, con justo título, que un exceso de interés narcisista conduce a la muerte. Me gustaría hacer un libro sobre este tema. Creo que una preocupación fundamental de nuestra sociedad es hoy la inmortalidad. No en el sentido espiritualista, en que se lucubraba sobre la vida después de la muerte, la metafísica, la mística. Hoy lo que la gente quiere es que la vida biológica no se detenga. Es por esto que todos se preocupan tanto por los cementerios, las píldoras de rejuvenecimiento. Por supuesto, todo esto es fascinante. Pero también es mortífero.
–¿Qué piensa sobre esa tendencia a localizar en tal o cual órgano, o en los genes, el origen de determinadas conductas. Tendencia al suicidio, por ejemplo?
–Lo he criticado esto muy duramente. Sería algo muy sencillo si uno pudiera encontrar la solución química o biológica a todos estos problemas. Todo se arreglaría tomando una pildorita. No, tales pildoritas no existen.
–Freud dijo en un momento que probablemente en el futuro llegaría un día en que los medicamentos ayudaran al psicoanalista. Claro que no se refería, concretamente, al tema que acabamos de mencionar.
–Freud decía, y lo dijo varias veces, algo mucho más interesante. No dijo “es probable” sino “es posible” que se encuentre la causalidad endocrinológica de todos los problemas. (Con la palabra endocrinología él designa todo lo relativo a lo biológico y lo genético. Y añadía: “Pero ese día, las cosas serán tan terribles que necesitaremos al psicoanálisis” –dice Elisabeth riendo fuerte–. De cualquier manera, creo que hay cosas que siempre escaparán a una explicación cerebral o genética. El ejemplo de la homosexualidad es típico. Se trata de algo complejo donde siempre habrá que tener en cuenta muchas cosas, el medio ambiente por ejemplo. El ser humano está hecho de muchas fachadas.
–¿Cuál es, según usted, la influencia de la reorganización monetaria neoconservadora de la economía mundial, en la construcción de las subjetividades?
–El problema de esta economía mundializada y bárbara es que disuelve la noción de subjetividad. Hace de los seres humanos mercaderías, dejan de ser sujetos. Se convierten en objetos, y, por consiguiente, hay un debilitamiento de la subjetividad. Pienso que por ese motivo cada vez que está presente ese horizonte de un mundo uniforme, reconstruido por la economía, hay, paralelamente, una fuerte demanda comunitaria. Cuando más se quiere lograr una explicación unívoca del ser humano, cuanto más se dice que el hombre es puramente químico, cuanto más se lo reduce a un objeto, más se hace surgir por el otro lado el pensamiento mágico, el oscurantismo. Estamos en un mundo donde, por un lado, se opone un oscurantismo religioso y, por otro, un cientificismo mortífero. Hay que encontrar una tercera vía. Seguramente será Europa quien la inventará. Pero como América latina es un reflejo de Europa, ustedes serán europeos con nosotros.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/sociedad/3-40041-2004-08-23.html
Supermercado en una zona deteriorada del centro de Buenos Aires, mediodía de un feriado, y lluvia. En la sección quesos, dos empleados intercambian experiencias: uno de ellos, que viene de la sucursal de un barrio rico, le dice al empleado local que esos productos que allí casi no se venden, allá salían muchísimo. Camino hacia las cajas, pago y cuando estoy llegando a la puerta un señor de uniforme me detiene y, con un tono de rutina respetuosa, dice: "Por favor, abra la cartera".
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Le pregunto por qué debo hacerlo y me dice que son normas. Le pregunto de quién son las normas. Previsiblemente, me contesta que son normas de la empresa. Le pregunto si él quiere ver mi cartera, de dimensiones modestas, porque existe sobre mí alguna sospecha, si le han avisado que yo habría intentado o cometido un hurto, y me responde negativamente. Quiero saber si me ha elegido entre varios que están saliendo y si la requisa se destina a personas tomadas al azar; y me dice que eso no puede responderlo o que no lo sabe (escucho mal la frase). Le digo que él no tiene derecho a pedirme que abra mi cartera, que, en todo caso, podría llamar a un policía pero que, incluso en ese supuesto, habría que ver si el policía tiene derecho a hacerme abrir la cartera sin una presunción firme. Me responde, de nuevo, que son normas. Le digo que me doy cuenta perfectamente de que él está cumpliendo órdenes y pido hablar con un gerente que no está en ese momento.
Vacila mi vocación de ejercer derechos de ciudadanía. Tengo, yo también, que seguir trabajando; abro la cartera y me voy enfurecida. Debería haber mantenido mi negativa y, si era necesario, perder unas horas de esa tarde. Si yo no soy capaz de seguir esa conversación hasta su desenlace, cualquiera que fuera, es porque el incidente no me resultó tan insultante como estoy inclinada a creer. Para consolarme de mi defección, me digo que así son las empresas; quizás evaluaron que les sale más barato insultar a un cliente que disponer la suficiente vigilancia interna como para evitar que desaparezcan sus mercancías en los bolsos de quienes pasean entre las góndolas; y, entonces, optan, por una requisa que es ilegal.
Evidentemente, si todos los clientes son como yo, las empresas tienen motivos para someterlos, aunque protesten dos minutos, a una inspección de sus carteras, aceptando que la sospecha rija las relaciones entre un supermercado y quien acaba de comprar dos sobres de sopa y un pan. Minimizar los gastos en vigilancia es posible por la reacción de compradores como yo misma que consideraron el tiempo que iban a perder y decidieron regalarle al supermercado un derecho que no tiene.
Ese día le pregunto a una amiga si, en el supermercado donde compra, le hacen abrir la cartera. A ella nunca le pasó, me contesta. Tampoco a mí, en un supermercado de otra cadena. Me tranquiliza saber que no siempre voy a renunciar a mis derechos cada vez que tenga que adquirir mi comida. Y resuelvo no volver a aquel supermercado que exigió la requisa de mi cartera.
Sin embargo, ni siquiera puedo sostener esa resolución y a los quince días, porque el local está muy cerca de mi oficina y voy de paso, entro de nuevo. A la salida, no revisan mi cartera. En ese momento debería haber preguntado por qué; pero evidentemente tampoco tenía ganas de hacerlo.
La historia me hace quedar bastante mal parada. Primero me sometí a un requerimiento insultante ejercido sin derecho; y no fui capaz de sostener mi posición dedicándole algunos minutos o algunas horas al asunto. Después no mantuve la resolución de no regresar al supermercado y, cuando finalmente, pude salir la segunda vez sin que un guardia metiera sus dedos en mi cartera, no pregunté por qué esa vez me había salvado. Con ciudadanos tan plegadizos como yo a las órdenes que reciben en la puerta de un supermercado, será difícil convencer a las empresas que no tienen derecho a requisar a sus clientes.
Pero hay más: no me defendí yo, que estoy en las mejores condiciones para hacerlo. Los derechos atropellados de quienes tienen menos o ninguna defensa son la verdadera cuestión de fondo.
http://www.clarin.com/diario/2004/08/22/sociedad/s-817820.htm
GRACIELA SILVESTRI, ARQUITECTA
¿Cómo un barrio construye su identidad? ¿Qué lo hace realmente típico? El tipo de inmigración que recibió, su diseño urbano y la actitud de sus vecinos define a un barrio único en la Ciudad.
Mabel Thwaites Rey
mthwaites@clarin.com
Muchos barrios porteños tienen su carácter, sus poetas, sus tesoros arquitectónicos. Pero pocos como La Boca son un símbolo de Buenos Aires. ¿Por qué?
—Esa es la pregunta que me hice cuando empecé a estudiar la cuenca del Riachuelo. Desde 1930 la Boca quedó como un paisaje típico y pintoresco que representa lo que los porteños imaginamos como Riachuelo.
# ¿Cómo nace La Boca?
—Es un pueblo surgido casi espontáneamente del pantano, hacia 1830, formado por trabajadores portuarios que venían del Lígure italiano. Ya hacia fines del siglo XIX hay un pueblo, relativamente independiente del centro, conformado por estas familias de origen italiano, con una vida cultural muy importante: revistas, asociaciones, academias.
# Aunque hay italianos en todas partes, uno los imagina especialmente en La Boca. ¿Cómo se explica esta asociación automática?
—Esa era otra de las preguntas de mi investigación. Basta mirar la guía telefónica para ver que hay italianos por todos lados. Pero esa es la gran inmigración que se difuminó por los barrios después de Roca. La de La Boca es anterior. Por eso, cuando a comienzos del siglo XX aparece la primera generación de argentinos formados en la escuela pública, La Boca ya tiene una personalidad definida como italiana. Aunque allí ya no hubiera más italianos que en otros barrios.
# ¿Es la identidad temprana en el lugar lo que explica la persistencia de su impronta?
—Hay que considerar que era un barrio relativamente independiente del centro, al que era muy difícil llegar, porque se inundaba muchísimo. Se daba una relación de integración y separación, a la vez, con el centro. Entonces, no se homogeneizó de la misma manera que el resto de las barriadas populares que iban ocupando los inmigrantes, como Almagro, San Cristóbal o Caballito. Todos estos barrios nuevos no tenían una fisonomía muy distinguible, salvo para sus habitantes: casitas bajas, de tipo "chorizo", veredas vainilla, árboles en las calles, adoquines, almacén en la esquina. La Boca, en cambio, tiene una configuración particular.
# ¿Cómo se define esta particularidad de La Boca?
—Desde un punto de vista físico es un lugar bastante extraño. El ondular del Riachuelo le confiere a sus calles un movimiento muy distinto a la cuadrícula clásica de otros barrios, con veredas altas para evitar la inundación. Para enfrentar las crecidas del río, los trabajadores hacían sus casas con madera y con chapas que traían de lastre los buques. De ahí parte su encanto y singularidad.
# Es común asociar a La Boca con la típica casa de chapa.
—Pero la chapa no se usó sólo allí. En la Isla Maciel todavía podemos ver casas de chapa originales, sin pintar. Y en otras zonas cercanas al Riachuelo también las hubo. De modo que la pregunta es por qué La Boca mantuvo una identidad con esa fuerza. Y creo que en eso tiene que ver que ya a principios del siglo XX empieza a ser considerado como un paisaje de mucho interés, con mucha vida. Ya había depósitos, fábricas y frigoríficos en la orilla de enfrente. El transbordador Avellaneda, una postal emblemática, es de 1913.
# La imagen de La Boca se asocia a lo fabril y, al mismo tiempo, a la estética cultural del barrio.
—Es muy peculiar, porque la parte fabril no pertenece a La Boca, sino a Barracas y el Dock Sud. Pero es el fondo de La Boca, que no sería tal sin él, que Benito Quinquela Martín pintó tan bien. En sus cuadros aparecen las chimeneas y la pátina de humo. Lo que antes se veía feo, se transforma en algo bello en las pinturas.
# Parece que los hierros y el humo inspiraron a los artistas.
—Muchos jóvenes boquenses se dedicaron a la pintura o a la música. El caso de Quinquela es el más conocido, pero están Lacamera, Cunsolo y todos los pintores de la Escuela del Riachuelo, originarios de La Boca. Y también los que llegaron del centro a instalar sus talleres, como Spilimbergo, Raquel Forner, Victorica. Porque les parecía una especie del parisino Montmartre. También estaban los grabadores "sociales", como Facio Hébequer y Rebuffo, que mostraban la miseria de los trabajadores.
# La Boca suele asociarse a la alegría de sus colores.
— Claro. Quinquela, en los años 30 y 40, da una vuelta de tuerca a sus pinturas: de una paleta sobre todo negra, como la de los grabadores, vira a los colores brillantes, como de un mediodía de domingo, y destaca algo nuevo: la alegría. «él mismo hace un trabajo fantástico. Es uno de los primeros pintores que salen de la tela y hace murales, funda la Escuela de Grabado de La Boca, crea un Jardín de Infantes.
# ¿El colorido de las chapas de La Boca empieza con Quinquela?
—«él lo recrea. Como para mantener la chapa hay que pintarla, los vecinos usaban la pintura que tenían. Pero empiezan a consultar a Quinquela —convertido en referente del barrio— qué colores poner. Y así a él se le ocurre convertir un pasaje en un lugar emblemático para el barrio y convoca a los vecinos para hacerlo. De este modo nace "Caminito", que debe su nombre a una vieja canción de Juan de Dios Filiberto, que se conserva como atractivo turístico y espacio cultural activo. Lo peculiar de La Boca es que se atrevió a poner arte en la pobreza, y formó su identidad dándole color a su paisaje brumoso. Y lo hace en medio de una cultura nacional dominada por la palabra escrita (Borges, Arlt, Sábato), más que por la plástica.
# ¿Cómo sobrevive hoy esa identidad boquense?
—Algunos de aquellos valores se perdieron en las últimas décadas, porque se sustentaban en un horizonte de esperanzas, de ascenso social que ya no está. Hoy lo más "típico" se reduce a unas pocas cuadras reformadas, en medio de un entorno nunca tan degradado por la pobreza. Pero aún así la Boca está en mejor situación que las orillas del Riachuelo aguas arriba del puente Pueyrredón, las áreas que jamás lograron identidad porque nunca salieron de la miseria. Y tiene una movida cultural casi única: la de Catalinas Sur, con sus vecinos haciendo crecer un teatro de repertorio propio y valioso.
# ¿Los puentes son símbolo de unión o de división entre orillas?
—El puente significa separación y reunión, al mismo tiempo, porque los ríos siempre unen y separan. Pero, en algunos casos, el Sena por ejemplo, atraviesa París pero no la divide. ¿Y qué es lo que sucedió aquí? El Riachuelo, cuando se capitalizó Buenos Aires, terminó como línea divisoria porque la provincia no quiso ceder los terrenos de Avellaneda, por su incipiente actividad industrial. La idea original de integrar las dos orillas se frustró.
# ¿Y cómo afecta en la configuración del Riachuelo que sea un divisor territorial?
—Bastante. Porque además de corrupción, en los fracasos de hacer acciones sobre el Riachuelo pesa mucho la compleja articulación administrativa entre distintas jurisdicciones. Costó mucho, por ejemplo, crear Puerto Madero.
# ¿La contaminación viene de lejos?
—Sí, ya desde la época de los saladeros. Cuando carneaban animales, el agua se teñía de rojo y el olor era indescriptible, dicen las crónicas de la época. Pero la idea de canalizarlo también es muy temprana. Hubo varios proyectos muy lindos de armar un canal, incluyendo el Maldonado, que hubieran convertido a Buenos Aires en una isla veneciana, integrando lo industrial con una costanera verde, parecida al Tigre.
# Eso quedó como nostalgia en la memoria colectiva.
—Claro. Qué distinto sería si se pudiera continuar la Costanera limpia del Riachuelo, mejorar todos esos terrenos, drenarlos y darles un carácter pintoresco, pero a la vez vivo y activo. Hay fotos de los años 50 con nadadores tirándose al Riachuelo como los clavadistas mexicanos. Por entonces existían clubes de remo que surcaban la zona. Si alguien se tira ahora, muere intoxicado.
# ¿Cómo se explica semejante degradación?
—A pesar de que el sur siempre fue "la hermana pobre" del norte, hace medio siglo todavía había un poder público, un Estado que permitía que en ese lugar se desarrollaran actividades recreativas y sociales. En los últimos treinta años llegó el desastre para toda esa zona. Hoy hacen falta proyectos integrales, con más visión de conjunto, para que podamos realmente acceder a otro sur: el que la ciudad necesita.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/08/22/z-03415.htm
Copyright Clarín, 2004.
Por Juan Gelman
El presidente Bush anunció el lunes pasado ante una convención de veteranos de guerra celebrada en Cincinnati, Ohio, que había resuelto cerrar algunas de las 700 bases militares que EE.UU. ha diseminado por el mundo, reubicar otras y traer de vuelta a casa a 70.000 efectivos norteamericanos que sirven en el exterior. W. subrayó que procura aliviar la carga que pesa sobre las fuerzas armadas norteamericanas, aunque ese alivio no llegará a los 125.000 efectivos que ocupan Irak ni a los 20.000 que combaten en Afganistán. Tampoco por ahora a los 70.000 del caso: el plan comenzará a aplicarse a partir de 2006 y su ejecución tomará de siete a diez años. Los demócratas se irritan: dicen que el anuncio persigue fines electorales y está destinado a contrarrestar la demanda de Kerry de reducir drásticamente las tropas que “pacifican” Irak. Tal vez, aunque es muy probable que la decisión de la Casa Blanca apunte a lograr propósitos de más vasto alcance.
El principal fue tempranamente declarado: en 1992, el hoy vicepresidente Dick Cheney y entonces secretario de Defensa con Bush padre aseveró que “nuestro objetivo general es mantenernos como la potencia extranjera predominante en la región (el Golfo Pérsico) y preservar el acceso de EE.UU. y de Occidente al petróleo de la región”. En 1997, con más brillo y amplitud de visión, Zbgniew Brzezinski –ex asesor de seguridad nacional también bajo Bush padre– redondeó la meta: EE.UU. debía dominar Asia central para controlar Eurasia, donde se concentran “alrededor de las tres cuartas partes de los recursos energéticos mundiales conocidos” (The Grand Chessboard - American Primacy and it’s Strategic Imperatives). En el año 2000, el documento titulado “Reconstruir la defensa de Estados Unidos”, obra del Proyecto para el nuevo siglo estadounidense, organismo que preside William Kristol –a quien se ha calificado de “halcón al cubo”–, precisó los métodos necesarios para concretar el empeño: imponer al mundo una Pax Americana sustentada en “labores policiales” a cargo de las fuerzas armadas yanquis y establecer bases militares permanentes “en y más allá de Europa Occidental y del nordeste de Asia”, es decir, en Medio Oriente, el sudeste de Europa, América latina y el sudeste de Asia. “Redesplegar las bases era una de las preocupaciones del Sr. Rumsfeld incluso antes del 11/9” (editorial del Wall Street Journal, 17-8-04). Los terribles atentados de ese día dispararon la puesta en práctica de semejante designio.
Antes de invadir Irak, el Pentágono había instalado ya 13 nuevas bases militares en países que circundan las reservas de gas natural y petróleo de la cuenca del mar Caspio, las segundas en importancia del planeta. En el Irak ocupado situará 14 bases permanentes, cuatro de las cuales están en pleno funcionamiento. Cerrará una buena parte de las que existen en Alemania, sobre todo las menos importantes, y abrirá otras en países del este de Europa como Rumania y Polonia, y aun de Asia central, como Uzbekistán, que otrora giraron en la órbita soviética. Sorprende que Putin no proteste por este cerco y se conforme con las seguridades de Donald Rumsfeld de que EE.UU. se propone atrapar terroristas y no rodear a Rusia de bases militares. En cierto sentido esto es cierto: el Pentágono está rodeando las reservas energéticas de Rusia, no a Rusia, y tal vez Moscú –agobiada por sus problemas de producción de petróleo– piensa, o algo más, en algún tipo de participación con Washington en la explotación de su propio oro negro. Por otra parte, pocos creen que EE.UU. desarmará sus bases militares en Djibouti, Mali y otros puntos del continente africano donde el petróleo está cerca. Y el Golfo de Guinea al oeste y Somalia al este siempre a la vista.
“No tratamos de construir un imperio. No somos imperialistas. Nunca lo fuimos. No sé por qué a alguien se le ocurre esa pregunta”, explotó Rumsfeld en una conferencia de prensa que otorgó al periodismo a fines de abril de 2003 en el comando central de las tropas norteamericanas en Qatar. Tres días después, el 1º de mayo, W. Bush aterrizaba en la cubierta del portaaviones “Abraham Lincoln”, declaraba el fin de la guerra en Irak y se ufanaba: “Históricamente, otras naciones han luchado en países extranjeros y se quedaron para ocuparlos y explotarlos. Los estadounidenses, después de batallar, no quieren otra cosa que volver a casa”. Las tropas, sin duda. Pero nadie en la Casa Blanca es tropa.
Hace más de medio siglo que el 8º ejército de EE.UU. ocupa en el centro de Seúl, una ciudad de 11 millones de habitantes, los viejos cuarteles de los colonialistas japoneses. El aspirante demócrata a la presidencia John F. Kerry se queja de que Bush quiera una reducción del número de efectivos allí estacionados: “¿Por qué retiraremos de manera unilateral 12.000 hombres de la península coreana precisamente cuando estamos negociando con Corea del Norte, un país que tiene verdaderamente armas nucleares? Es una señal equivocada en el momento equivocado”. Y es notable que el tema central del debate entre los dos candidatos sea el de cómo hacer mejor la guerra. Nada aprendieron de Herodoto, que escribió: “En tiempos de paz los hijos entierran a los padres; en tiempos de guerra, los padres entierran a los hijos”. Cabe reconocer que no hay constancia de que W. y Kerry lo hayan leído siquiera.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-39980-2004-08-22.html
La visión de Ernesto Laclau, un filósofo de la política radicado en Gran Bretaña
Desde hace aproximadamente dos décadas, Ernesto Laclau, filósofo de la política, doctorado en Oxford, actualmente profesor de la Universidad de Essex, vuelve cada año a la Argentina para pasar uno o dos meses en el país donde nació en 1935. Aquí tuvo sus primeros contactos con el pensamiento de izquierda, principal objeto de su trabajo como ensayista e investigador, gracias a la lectura de Althusser y de Gramsci y a su propia militancia política.
"Primero estuve en el socialismo de vanguardia. Eso no me dio ningún aporte teórico –dice Laclau–, pero después estuve en el socialismo de la izquierda nacional, donde estaba Jorge Abelardo Ramos, y eso fue muy importante para mi formación."
Hijo del abogado Ernesto Laclau, que de 1964 a 1966 fue embajador de la Argentina en Dinamarca, el filósofo reconoce en su trayectoria la marca de la herencia familiar. "Vengo de una familia yrigoyenista –cuenta–. Mi padre era radical y tuvo que exiliarse durante la dictadura de Uriburu. Todo eso influyó en mi formación intelectual, porque se puede decir que el sentido de lo nacional y popular lo incorporé en mi casa. Después desarrollé mis ideas en formas que fueron muy distintas de las que mi padre hubiera aceptado, pero siempre mantuve con él relaciones cordiales. Era un hombre muy inteligente."
Hacia fines de los años 60, Laclau se instaló en Inglaterra. "En 1966, después de graduarme, obtuve mi primer puesto de profesor en la Universidad de Tucumán, con tal suerte que a los seis meses vino el golpe de Onganía y, como tanta otra gente en ese momento, perdí mi puesto. Entonces vine a Buenos Aires, a trabajar en el Instituto Di Tella, en un proyecto de investigación cuyo asesor era el historiador inglés Eric Hobsbawm. El me preguntó si yo quería que me consiguiera una beca para hacer mi doctorado en Oxford. Como en ese momento no había en la Argentina perspectivas de ningún tipo para mí, le dije que sí. Fui a Oxford; pasé tres años allí. Luego conseguí un cargo en la Universidad de Essex. Estuve por volver a la Argentina en 1973, pero como acababa de conseguir ese puesto decidí postergar el viaje un año y medio. Después ya era imposible volver al país. Cuando terminó la dictadura, yo ya había hecho toda mi carrera en Inglaterra. Entonces empecé a venir a la Argentina como lo hago ahora, uno o dos meses por año".
Autor de "Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo", "Emancipación y diferencia" y "Contingencia, hegemonía, universalidad" (con Judith Butler y Slavoj Zizek), entre otros ensayos, Laclau estuvo recientemente en Buenos Aires para presentar la segunda edición en español de "Hegemonía y estrategia socialista", escrito con Chantal Mouffe. En diálogo con LA NACION, el filósofo analizó la situación actual de la Argentina, se mostró optimista respecto del desempeño del gobierno nacional, señaló la necesidad de profundizar la democracia y manifestó su preocupación por que la protesta social que encabezan los movimientos piqueteros pueda encontrar, finalmente, un cauce institucional.
-Hace dos años, dijo que veía el país al borde de la disolución y que temía que hubiera una reimposición autoritaria del orden. ¿Cómo ve la situación ahora?
-Tengo una impresión positiva. Creo que el país se está recuperando rápidamente de esa crisis y que hay más esperanzas que en aquel momento en el que, por un lado, estaban en conflicto las instituciones y, por otro, no se sabía hacia dónde se desarrollaba ese conflicto. El lema era: "Que se vayan todos", y "que se vayan todos" quiere decir que se quede uno, uno que no es elegido por nadie.
-¿Por qué en nombre de la democracia se lanza una consigna autoritaria como "que se vayan todos"?
-Creo que el autoritarismo puede emerger de dos vertientes: de que las instituciones no tengan capacidad para dar respuesta a las demandas sociales y de que las demandas sociales se planteen de tal modo que no encuentren formas de vehiculización institucional. Me parece que en la Argentina, a partir de las protestas de 2001, hubo una expansión horizontal enorme y, por otro lado, una dificultad muy grande para integrar verticalmente esa expansión horizontal creciente.
-¿En el plano horizontal usted ubica al pueblo y en el vertical al Estado?
-Sí. Las elecciones presidenciales de 2003 tuvieron lugar en el nivel más tradicional del sistema político, sin que se expresara todo ese otro nivel de demandas sociales. Creo que el gobierno del presidente Néstor Kirchner está tratando de establecer una conexión entre los dos niveles que mencionamos. Las dificultades vienen tanto de una ideología de los aparatos del Estado que quieren, simplemente, reprimir, como del hecho de que algunos sectores de la protesta social tienen una radicalización tal que impide la absorción política de sus demandas. La posibilidad de una Argentina democrática depende de que esos dos niveles se conjuguen.
-¿Ese problema revela la existencia de una crisis del sistema representativo?
-La representación siempre es un proceso que se mueve en dos sentidos: del representado al representante y del representante al representado. Cuando hay una protesta amorfa, la función del representante es tanto más central. El problema de la representación en una democracia es cómo moverse al mismo tiempo en esos dos sentidos.
-No parece ser esa la preocupación de los líderes políticos argentinos...
-Por supuesto que hay formas pervertidas de la representación, formas de absorción clientelística de las demandas sociales que ignoran totalmente la potencialidad de esos reclamos. Pero esas no son las únicas formas de representación posibles.
-¿Se puede tensar una confrontación como la que plantea el movimiento piquetero sin que se quiebren los mecanismos institucionales de representación?
-Ese es el gran tema. En ciertos casos, las demandas sociales son tan vastas que si el aparato del Estado no es lo suficientemente dúctil como para absorberlas por medio de los canales existentes se puede producir un quiebre. Pero los movimientos de protesta social pueden ayudar a una mayor democratización de la sociedad.
-¿Cómo?
-Simplemente, presentando al sistema demandas que el sistema pueda absorber, lo que lo haría más amplio. En cambio, si estas demandas son planteadas de manera excesivamente confrontativa pueden llevar a un endurecimiento de las instituciones. Creo que la política de Kirchner tiende a la alternativa democrática, a una ampliación del sistema que evite la represión y que, a través de esta absorción creciente de demanda, permita la flexibilización de las instituciones, porque si sólo se aplica mecánicamente la represión vamos a llegar a una sociedad en la cual, por un lado, habrá una acumulación de demandas insatisfechas y, por el otro, un régimen institucional cada vez menos representativo de la sociedad. Y ésa es la mejor receta para el autoritarismo. Pero si la protesta social se generaliza más allá de lo que las instituciones pueden absorber, podemos llegar a una situación como la que se dio en la Argentina en 1974 y 1975, cuando la tensión entre ambos actores no pudo ser resuelta, y el resultado fue la tragedia que todos conocemos.
-¿Qué papel juega la represión en la defensa de la democracia?
-Es claro que tiene que haber límites. Recuerdo que en Inglaterra, a finales de los años 80, algunos islamistas radicales decían que, por respeto a la diversidad cultural, reivindicaban el derecho de asesinar al escritor Salman Rushdie, condenado a muerte por el ayatollah Khomeini. Evidentemente, ninguna sociedad puede tolerarlo todo.
-El sindicalismo argentino ha ido perdiendo protagonismo hasta verse prácticamente desplazado por los movimientos piqueteros. Ahora parece dispuesto a recuperar el centro de la escena. ¿Usted cree que eso es posible, o hay etapas a las que no se puede volver?
-No hay instituciones que tengan un papel prefijado. Supongamos que en una determinada zona existe violencia racial y que la única institución capaz de luchar contra ella son los sindicatos. La función normal de los sindicatos no es luchar contra la violencia racial, pero por ser la única institución organizada en esa zona que puede luchar contra el racismo, asumen esa función. La gente comienza a acostumbrarse a que la lucha antirracista tiene que ver con los sindicatos. Usted me dice: el piqueterismo ha reemplazado en la Argentina muchas formas de protesta social que anteriormente estaban ligadas a los sindicatos. Bueno, pero eso probablemente tenga que ver con la forma en que el sindicalismo fue entendido durante un cierto período histórico. Por otra parte, hay que ver si el piqueterismo puede constituirse en un sistema institucional alternativo. Eso sería legítimo: no hay razón por la cual los sindicatos tengan que ser los únicos protagonistas de la canalización de la protesta social. Pero si el piqueterismo es simplemente una forma de protesta que se mantiene desestructurada, no podrá perdurar.
-¿Aunque perduren las condiciones que le dieron origen?
-Sí. El problema básico es el de la marginalidad social. Siempre ha habido en la sociedad la idea de una jerarquía: estaban los campesinos, los nobles, los burgueses. Y, del otro lado, estaban aquellos que no se podían incorporar al cuadro, los pobres. Pero como hasta comienzos del siglo XIX éstos no eran tantos, ese sector excedente se trataba con medidas ad hoc, como las leyes de pobres que había en Europa. Con la llegada del industrialismo esa masa de los no clasificables empieza a crecer, pero entonces (y ése, quizás, ha sido el golpe maestro del marxismo) se dice que esos pobres son parte del proceso productivo, porque constituyen una clase obrera. Así, por medio de los sindicatos y los partidos políticos obreros, ese sector que parecía excedente se vuelve reabsorbible y funcional al sistema. Pero ¿qué ocurre cuando hay un exceso de marginales que no es funcional al sistema porque deja de ser absorbible? Se plantea el problema de integrar a esos sectores.
-Pero mejor que institucionalizar la desocupación y la marginalidad sería erradicar los factores que las causan.
-Sí, pero eso no va a ocurrir. Después de 1955 se pensaba que, gracias al desarrollo económico que posibilitarían las inversiones extranjeras, todas las demandas sociales serían satisfechas y los símbolos populares del peronismo pasarían a ser una cosa del pasado. Pero durante los años 60 los símbolos del peronismo fueron adquiriendo una centralidad cada vez mayor y se incrementó la desinstitucionalización del país. El problema es que siempre habrá un cierto desnivel entre lo que las instituciones pueden hacer y las demandas sociales que están surgiendo. Creo que la apuesta del gobierno argentino actual es llegar a una nueva institucionalización del sistema político sobre una base expansiva mucho más democrática que la que existía antes. Allí los enemigos fundamentales son las máquinas partidarias, que tratan de limitar las formas de institucionalización de la protesta social. Por un lado, el Gobierno se mueve dentro de un marco creado por máquinas políticas que son muy fuertes y que no tienen particular simpatía por sus proyectos, y, por otro lado, en el marco de una protesta social que, en sus formas más duras, también pone obstáculos. Entre esas dos alternativas, el Presidente a veces nada con la corriente a favor y otras con la corriente en contra. Creo que el sistema político argentino está en la mejor situación que yo he conocido en muchísimos años. Hay un momento de creatividad política muy interesante en la Argentina actual. Hasta donde yo veo y analizo el proceso argentino desde el exterior, creo que este gobierno está tratando de hacer lo mejor posible para crear una sociedad democrática en el país.
-Respecto de la democracia, usted suele afirmar que el populismo como forma, no como contenido, es un elemento inevitable en ella.
-La cuestión del populismo es la siguiente: supongamos que hay un grupo de vecinos que presenta un pedido a la municipalidad para que se cree una línea de ómnibus que los lleve al lugar donde casi todos ellos trabajan. La demanda puede ser aceptada, y en ese caso no hay problema, pero si es rechazada, esa gente empieza a sentirse excluida. Esa serie de demandas insatisfechas se cristaliza alrededor de un símbolo antisistema, de un discurso que trata de dirigirse a estos excluidos por fuera de los canales de institucionalización. Cuando eso ocurre, hay populismo. Ese populismo puede ser de izquierda o de derecha, no tiene un contenido ideológico determinado. El populismo es más bien una forma de la política que un contenido ideológico de la política. Ahora bien: una democracia que no aceptara ninguna forma de populismo tendría que ser una democracia en la cual todas las demandas fueran institucionalizadas de una manera absolutamente perfecta (lo que es un fenómeno impensable). Si no, la democracia tiene que aceptar esta forma de pluralización de demandas y esta distancia institucional entre demandas y canales de acceso. Esta última es la democracia viable, y tiene que ser siempre, en alguna medida, populista.
-En el prólogo a la segunda edición en español de "Hegemonía y estrategia socialista" usted plantea la necesidad de que la izquierda recupere su capacidad de proponer alternativas dentro de los sistemas democráticos. ¿Cree que esa falta de reacción que usted advierte es síntoma de que los socialismos están en vías de extinción o de transformación en algo completamente diferente?
-Lo que yo no creo que pueda desaparecer nunca es el principio de la división social, que siempre va a existir y generar antagonismo. Uno puede plantear eso en términos de la distinción entre derecha e izquierda, pero en el futuro podría llegar a plantearse en términos distintos. Lo que no creo es que estemos avanzando hacia sociedades en las cuales haya un pensamiento único. Hay ciertas teorías, como la de Anthony Giddens, que dicen que estamos moviéndonos fuera de un sistema adversativo de la política, pero yo creo que está completamente equivocado. Una sociedad en la cual no hubiera adversarios funcionaría como una fórmula matemática, pero uno no tiene libertad dentro de una estructura matemática. La libertad supone que haya distintas posibilidades, y esas posibilidades suelen generar antagonismos. Por eso, la democracia requiere la oposición entre adversarios. Esa confrontación tiene que estar sometida a reglas, pero tiene que existir. Es como jugar al ajedrez: hay un sistema de reglas y hay dos adversarios, pero no se puede jugar si hay un solo jugador, o si hay dos, pero uno de ellos patea el tablero.
Por Verónica Chiaravalli
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=629341
Se desconocen sus principios, sostiene el sociólogo francés Raymond Boudon
PARIS.– La ignorancia es la principal razón con la que Raymond Boudon explica por qué en Francia el liberalismo no es popular. El público, y también numerosos intelectuales, tienen tendencia a confundir el liberalismo con versiones muy especiales de esta corriente. "Algunos lo asimilan con la llamada teoría del Estado mínimo, que le concede una sola función al Estado: garantizar la seguridad pública. Otros sólo ven en el liberalismo una doctrina según la cual la vida económica debería ser abandonada al mecanismo regulador del mercado", explica Boudon.
Miembro correspondiente de la Academia de Ciencias Morales y Políticas y de la Academia de Ciencias Sociales de la Argentina, este heraldo francés del individualismo metodológico en la sociología se opuso durante toda su vida a las teorías defendidas por su contemporáneo Pierre Bourdieu.
A los 70 años, Boudon publicó un ensayo –"Por qué a los intelectuales no les gusta el liberalismo"– con el que, seguramente, se habrá ganado unos cuantos enemigos, aunque asegure a LA NACION que no recibió tantos ataques como esperaba. Es que en la Francia de hoy, liberalismo es, casi, una mala palabra. En su minúscula oficina del Grupo de Estudios de Métodos de Análisis Sociológico (Gemas), un laboratorio de investigación asociado a la Sorbona, Boudon explica el origen del liberalismo.
"El concepto se conoce desde mediados del siglo XIX. Fue un movimiento que se opuso al bloqueo continental de las corn laws, que eran leyes que, en Inglaterra, establecían un precio mínimo para las importaciones de trigo, con la idea de proteger la industria cerealera británica. Estas leyes fueron, finalmente, abolidas por la presión de los promotores del libre intercambio, persuadidos de que tal jurisdicción reforzaba el carácter aristocrático de la sociedad inglesa."
En Francia, como en otras partes del mundo, subraya Boudon, "muchos intelectuales no ven que lo que se llama liberalismo es un movimiento de ideas complejo, que tiene una dimensión económica y política, pero también filosófica, que es la fuente de las otras dos".
-¿Cómo define usted el liberalismo?
-Es una metodología. No es una doctrina. Son reglas para dirigir el espíritu, como decía Descartes. Históricamente, el liberalismo nació de la voluntad de regular lógicamente la vida social. Es decir que cuando se analiza el comportamiento humano, se lo debe analizar como el de un ser racional. Esta metodología crea un corte con toda la tradición marxista y psicoanalítica. Se debe analizar el comportamiento humano como racional y sólo si no se puede hay que buscar la forma con otro tipo de psicología. Es una idea común a todos los liberales. Cuando Alexis de Tocqueville analiza, lo hace de manera racional. Por su lado, para Max Weber lo más importante es la comprensión. Quiere decir que para explicar los fenómenos sociales hay que reencontrar las razones por las que la gente hace lo que hace o cree lo que cree. Se debe considerar al hombre como ser racional. Eso ya marca una ruptura total con la falsa conciencia de Marx.
-¿Por qué la hostilidad al liberalismo en nuestras sociedades?
-Esa hostilidad está muy presente en nuestras sociedades porque hay mucha gente que desconoce totalmente la tradición liberal, porque no la estudió. Un universitario parisiense que dicta cursos de antropología o sociología jamás leyó a los autores liberales, ni siquiera a Tocqueville. La ignorancia sobre el tema está muy generalizada. Sin embargo, hay un aspecto positivo en ella: que esos universitarios tienen un marco de pensamiento diferente, lo que llamo la "teoría iliberal".
-¿En qué consiste?
-A través del tiempo se creó un paisaje de las ciencias humanas en el que la visión del hombre, de la sociedad y del Estado característica del liberalismo se centró en la economía, mientras que las visiones que califico de "iliberales" reinaron en la sociología, la antropología, la ciencia política e, incluso, sobre disciplinas más tradicionales, como la historia, la geografía y la filosofía. Llamo teoría "iliberal" a aquella según la cual toda relación social conflictiva es un juego de suma cero. Este análisis, muy utilizado, ignora que detrás de todo conflicto se esconde un cierto tipo de cooperación. En este sentido, me divirtieron mucho las diferentes reacciones que produjo el fracaso de la cumbre de Cancún.
-¿Por qué?
-Varios grupos y militantes antiglobalización se felicitaron por el "fracaso" de la cumbre, como José Bové, en Francia. Pero se felicitaron porque piensan en términos de lucha de clases. Un fracaso de una conferencia entre los dominantes y los dominados se traduce como una victoria para los dominados. Sin embargo, el fracaso de la conferencia no fue un éxito ni para los países del Norte ni para los del Sur. Hay gente que, desgraciadamente, no ayuda a nadie al interpretar que estamos en términos de conflicto frontal ahí donde, objetivamente, se está en terminos de cooperación-conflicto. Pero eso un militante antiglobalización, como José Bové, no lo puede entender, porque piensa todo según la perspectiva de Norte-Sur, de dominante-dominado.
-¿Qué papel juega el Estado en la teoría liberal?
-Los liberales tienen una concepción contractualista del Estado. Incluso en Rousseau, si no hay autoridad, la cooperación no funciona. Concepción contractualista versus concepción dominantes-dominados, los dominantes aplastando a los dominados sin que se den cuenta.
-¿Cuándo debe intervenir el Estado?
-El liberalismo tiene un límite. Es allí donde el Estado tiene que hacer su trabajo: cuando no se hace lo que se debería hacer. Adam Smith decía que el Estado tiene que ocuparse de la seguridad, primero; de la justicia, después, y, en tercer lugar, de la iniciativa privada cuando ésta no hace lo que debe. Creo que es un texto eterno.
-¿Y la sociedad?
-Los liberales la entienden como un conjunto de interacciones complejas que sólo se puede conocer parcialmente. En ese conjunto hay siempre una mezcla de conflicto y cooperación. Su característica es la complejidad. Del otro lado está la simplicidad: clases dominantes-clases dominadas. Son las dos matrices importantes, a mi entender.
-¿Francia es un país liberal?
-En Francia no saben qué es el liberalismo, porque a él se opone una importante tradición francesa, que es la tradición centralizadora, que se conoció primero durante la monarquía absoluta, luego con el jacobinismo y, finalmente, con el bonapartismo. Durante estos períodos de la historia se impuso lo que Tocqueville llamaba la temible "centralización administrativa". Es una tradición que se remonta a varios siglos. Los que trabajan para el Estado tienen sólo eso en mente: son centralizadores y partidarios del estatismo. Piensan que cuando hay un problema sólo el Estado puede tener la solución.
-¿Incluso la derecha francesa?
-En la derecha no son liberales, por una razon de tradición de la monarquía absoluta bonapartista y partidaria del estatismo. En la izquierda no son liberales porque siguen con la lógica de la lucha de clases y no tuvieron un aggiornamento de la tradición marxista. Consecuencia, no hay liberales en Francia.
-Se dice que en Francia la derecha aplica políticas de izquierda y la izquierda políticas de derecha...
-Es cierto que entre los gaullistas existe esa idea un poco extraña, probablemente de origen cristiano, en la que hay un fuerte acento de la política social. Siempre tuvieron esa idea, muy católica, de que el capitalismo no es algo bueno, como tampoco lo es el socialismo. ¿Qué es lo bueno? Como los políticos no son gente que piensa, sino más bien que actúa, no tienen tiempo de pensarlo. Viven con ese mecanismo en la cabeza.
-¿Todos los políticos?
-Hay algunos que comprenden la importancia de pensar el momento mirando el futuro. El popular ministro de Finanzas Nicolás Sarkozy, por ejemplo, da la impresión de que sabe adónde va, de que tiene proyectos a largo plazo. Por eso es popular. Los políticos muy a menudo tienen una visión de corto plazo. Sólo viven el momento.
-Si viven el momento, son incapaces de pensar en reformas para el futuro.
-Tomemos como ejemplo el gobierno francés. Hoy ocupa su tiempo discutiendo con líderes sindicales. Uno se pregunta quién es el más fuerte. ¿El líder sindical? ¿Qué representa? Nada, en la medida en que el sindicalismo sólo está instalado en el sector público. Hay muy poca sindicalización en el sector privado. ¿Qué hacen los líderes sindicales? Se contentan con luchar para conservar sus derechos. Esto se llama una democracia, pero lo asimilo más bien a un régimen zarista, un ejecutivo por un lado y, por el otro, los señores feudales. El único problema que preocupaba al zar era lograr un acuerdo con los señores.
-En su ensayo "Por qué a los intelectuales no les gusta el liberalismo" afirma que las ideas simples venden más. ¿Es porque son mejores?
-Es porque son simples. Una idea simple y útil en el sentido ideológico es fácil de asimilar. Si se tiene una idea simple y que al mismo tiempo sirve a una causa ideológica defendible, entonces la idea se instala... incluso si es falsa.
-También en su ensayo enumera varias clases de intelectuales. ¿Cuáles son?
-La noción de intelectual recubre varias categorías muy extrañas y diferentes. Puede designar a los intelectuales a lo Zola o Voltaire, que utilizan su prestigio para llevar adelante una causa moral. Pero también designa a la categoría socioprofesional de los que producen ideas, tanto en lo humano y lo social como en lo político. Hay otras distinciones derivadas de lo que busca la gente. Están los que buscan aumentar el saber. Weber, por ejemplo, que no publicó nada en toda su vida. También están los intelectuales militantes, que defienden una causa o una idea. Luego están los que piensan en salir por la televisión. Es otra distinción: los intelectuales mediáticos.
-Se lo ve un poco indignado por esta última categoría de intelectuales...
-Creo que molestan. Molestan porque perturban la producción del saber. Un sociólogo debe presentar ideas más o menos importantes, pero sólidas, que permitan comprender o explicar mejor las cosas. Los intelectuales mediáticos afectan a los demás, ya que no son serios y molestan a los otros. Desgraciadamente, como hay una decadencia de las universidades, la gente brillante se va a vender a los medios, ya que consigue un reconocimiento más importante, mayor prestigio y dinero.
-¿Piensa que hay una crisis en el nivel universitario?
-Hay cosas serias que se hacen, pero no son muy visibles. Cuando se piensa en sociología, el gran público ve a los sociólogos de manera superficial, y sólo a los que son públicamente conocidos. También hay una crisis de la gente que es muy talentosa y que hace cosas mediáticas.
-Mencionó que hay una crisis de investigación en Francia...
-Las instituciones fundamentales de investigación fueron creadas después de la guerra, con un estilo similar a las instituciones existentes en los países comunistas. Aparatos enormes centralizados, como era la Academia de las Ciencias de la ex URSS. El Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS) -el Conicet francés- es algo único en el mundo, un aparato inmenso. Ahora empiezan a comprender que hay que tratar de tener instituciones más flexibles. Los estadounidenses y los alemanes tienen instituciones más flexibles, pequeñas estructuras que abarcan un poco de cada tema y que incitan a la investigación. En Estados Unidos todo está muy descentralizado. Acá se empieza a comprender que hay que poner plata para la investigación, que es algo muy importante. Finalmente, hay que reestructurar el sistema. Ahora la pregunta es saber si el gobierno tendrá el coraje de enfrentarse con los investigadores.
-¿Cree que una institución como el CNRS no es eficiente?
-Simplemente hay que ver qué es lo que no va en las instituciones y acabar con el despilfarro. Estamos de acuerdo en que existe el buen despilfarro, que se hace en investigaciones serias para tal o tal otra cosa, y está el mal despilfarro: cuando se le paga a gente por no hacer nada. Y lo hay. Acá hay instituciones con centenares de investigadores, como el Instituto Nacional de la Investigacion Pedagógica. Allí hay centenares de investigadores. ¿Qué hace esa gente? Son los que no son capaces de enseñar. Entonces se los manda a un instituto de investigación sobre la enseñanza. No hay país serio sin una política de investigación seria.
-¿Cree que hay un sistema alternativo al liberalismo?
-Nadie cree hoy en un sistema alternativo, sólo los musulmanes. Hay aportes importantes de nuevos actores, como Attac, una organización que hace un buen trabajo al denunciar el trabajo infantil en la India y al impedir que la empresa Nike haga trabajar allí a los niños. Pero no hay un sistema alternativo: es la tercera función del Estado, según Adam Smith, adoptar todas las iniciativas deseadas desde el punto de vista del interés general y que no se puede esperar que sean tomadas por el sector privado.
-¿Piensa que hay terroristas intelectuales?
-Sí, y son peligrosos. Hubiera sido mejor que las ideas de Lenin no se hubiesen instalado. Quien dice intelectual dice sentido de la complejidad de la crítica, de la tolerancia. Cuando se es terrorista ya no se puede ser un buen intelectual.
Por Patricio F. Arana
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/04/08/11/DQ_626373.asp
Definiciones del economista brasileño
SAN PABLO.– "En 1982, en plena crisis económica en la Unión Soviética, Mikhail Gorbachov fue a Inglaterra para pedir crédito. Fue recibido con una de esas comidas amigables, con brandy, cigarros cubanos, todo en un ambiente sumamente cordial. Después del postre, Gorbachov explicó que necesitaba un crédito. Entonces, el presidente del Banco de Inglaterra abrió un cajón, sacó un mazo enorme de papeles y dijo: «Primero, señor Gorbachov, vamos a discutir esto». «¿Qué es eso?», preguntó Gorbachov. «Estos son los pagarés que su zar dejó impagos en 1917»."
El profesor, economista y diputado Antonio Delfim Netto termina su anécdota con una carcajada. La historia le vino a la cabeza cuando este cronista le preguntó sobre las posibilidades que la Argentina tiene de no sufrir costos por su default en el mercado financiero internacional.
A los 76 años, Delfim Netto sabe tanto de moratorias –condujo la brasileña de 1982– como de crecimiento: fue ministro de Hacienda entre fines de los años 60 y mediados de los 70, cuando Brasil era una aplanadora que crecía al nueve por ciento anual. La época del "milagro brasileño". Con 43 años en la vida pública, Delfim Netto sigue siendo toda una referencia. Identificado con la derecha, es fuente de consulta frecuente para el equipo económico de Luiz Inacio Lula da Silva. Irónicamente, su visión desarrollista lo deja en algunos asuntos a la izquierda del mercado financiero y del propio gobierno de Lula, al que apoya con entusiasmo.
Es diputado por el Partido Progresista desde 1986. Viene siendo reelegido consecutivamente y es considerado uno de los diez legisladores más influyentes. Creador de juegos de palabras ingeniosos que después se vuelven lugares comunes, fue él quien inventó aquello de que Brasil bien podría llamarse Inghana: "Cobra impuestos como en Inglaterra y devuelve a cambio servicios como los de Ghana". Hoy, sin embargo, se lo encuentra optimista con las perspectivas brasileñas.
Enérgico e irónico, recibió a LA NACION en su oficina del coqueto barrio paulista de Pacaembú, desde donde dice a los negociadores argentinos de la deuda: "Al baile del mercado financiero internacional no se entra en calzoncillos".
-¿Qué Brasil era mejor? ¿Aquel Brasil cerrado de los años 70, pero con crecimiento arrollador y pleno empleo, o éste, globalizado y abierto, pero con crecimiento mediocre y desempleo?
-En los años 70 no éramos tan cerrados como se dice. Aquella furia de sustituir todas las importaciones por producción brasileña terminó en 1964. Comenzamos a abrir el mercado en 1967. Hicimos, inclusive, una reforma arancelaria, con la reducción de las tasas de importación. Es verdad que en aquella época tuvimos grandes cifras de exportaciones, pero también de importaciones.
-Pero sin duda que no era una apertura comercial como la iniciada por Fernando Collor de Mello, en Brasil, o por Carlos Menem, en la Argentina.
-No, pero eso fue un delirio. Esa etapa fue un asunto ideológico, un acto de locura mucho más grave de lo que parece. Porque se bajaron los aranceles para la entrada de productos importados y, al mismo tiempo, se congeló el cambio, lo que, económicamente, es un acto suicida. Además, como había exceso de capitales disponibles en el mundo y había disposición para prestar, los gobiernos se volvían irresponsables. Los gobiernos no se endeudan cuando no hay nadie que les preste dinero. La tragedia es que el día en que un país no tenga cómo pagar, Wall Street va a querer un pedazo de su carne.
-¿Qué tipo de economista es usted?
-Yo soy un economista recibido en la Edad Media. No puedo decir otra cosa de alguien que se recibió hace 50 años, en la Universidad de San Pablo. Para nosotros, en aquella época, la única preocupación era crecer. En los años 80, los "colonizadores" fueron descartando eso de los libros. Sólo hace poco, libros editados en Inglaterra, por ejemplo, volvieron a hablar de crecimiento. El crecimiento es lo más importante de la teoría económica. Décadas atrás, los economistas eran lubrificantes para el crecimiento; hoy son arena. Yo me divierto cuando veo que dicen que el Banco Mundial descubrió que las instituciones son importantes para el crecimiento. ¡Pero si crecíamos más cuando teníamos instituciones más frágiles! Después, "descubren" que la propiedad privada es fundamental para el crecimiento; claro que es importante, pero ¿cómo es que China se desarrolló sin propiedad privada? Estas cosas esconden un único hecho: crecer es un estado de espíritu. Sólo se crece cuando aparece un liderazgo adecuado que crea un ambiente que enciende el espíritu animal del empresario.
-¿Se refiere a Lula?
-Lula es un líder carismático. Sí, él le está devolviendo una cierta confianza al pueblo. ¿Quién es la oposición? La oposición son los que estuvieron en el poder en los últimos 15 años y no tuvieron éxito. Ahora le dicen a Lula: "Vos estás copiando nuestra política". ¡Sí, pero ahora está funcionando! ¿Cuál es mi obligación? Decirle a la oposición: ustedes no sabían hacerlo. Otra parte de la oposición está en el propio Partido de los Trabajadores, que es muy curioso. Un tercio del partido rechaza su actual programa político. Lula abandonó el viejo programa del PT. Pero hay un tercio del PT que continúa creyendo en una sociedad sin clases, sin propiedad privada. Es un tipo de romanticismo, de utopía, que tiene un problema serio: rechaza la aritmética. No cree que dos más dos tiene que dar cuatro. Ellos creen que con un poco de aritmética de clase, dos más dos da 6.
-¿Qué ocurre con el desempleo y sus consecuencias sociales desastrosas, tanto en Brasil como en la Argentina?
-Las empresas más productivas son las que ahorran o reducen mano de obra. Cuando un sector económico está creciendo y conquistando competitividad, al mismo tiempo está generando desocupación. Eso va dejando una enorme masa de desempleados. Para que el sistema funcione sería necesario que un país creciera siete por ciento al año. Para los economistas actuales, el hombre es un tornillo. No les importa si para obtener una productividad determinada desemplean al sujeto.
-Pero, ¿ésa no es la teoría liberal, la idea de que el crecimiento, libre y sano, va a terminar absorbiendo a todos?
-Sí, pero en la teoría liberal no hay montañas, no hay ríos, no hay agujeros negros. Si el mundo fuera limpio como esta mesa, el liberalismo funcionaría perfectamente. Esa teoría pone el pleno empleo como axioma, pero después se olvida. "Como ya tengo el pleno empleo, no necesito pensar más en él..." Se niega a mirar la realidad. Cuando usted dice que quiere hacer una política industrial, ellos dicen que no se puede, como si fuera una ley divina, porque eso sería subsidiar a la industria.
-¿Se refiere a que debe adoptarse el keynesianismo para contrarrestar los males del liberalismo puro?
-¡Pobre Keynes! Keynes fue víctima de la avivada del presidente Richard Nixon, y de Arthur Burns (presidente del banco central norteamericano, la FED, de 1970 a 1978). Ellos decían que Keynes fomentaba la inflación. Ellos no entendían que existe un mundo real y que el coordinador de esos factores es el espíritu animal del empresario. En Brasil, la ventaja es que el empresario es extremadamente ágil. Pero es una lástima que las mejores inteligencias estén perdidas en el mercado financiero, porque es más lucrativo. Cuando la industria vuelva a tener su papel, esas inteligencias comenzarán a ganarse la vida honestamente [se ríe], usando su inteligencia en la organización productiva.
-¿Y cómo ve el proceso de salida de la crisis en la Argentina y la renegociación de la deuda?
-Se están defendiendo de la mejor manera posible, claro. Pero, honestamente, es imposible imaginar que yo puedo decir "no pago" sin que pase nada. Yo conduje la moratoria de 1982. En aquella época, los bancos tenían cierto recelo de hacerte quebrar, porque era el capital de ellos el que estaba en juego. Hoy no es a los bancos, es a la viejita de Ohio que compró bonos argentinos a la que Kirchner no le quiere pagar. De cualquier forma, creo que está negociando de la forma que puede. El PBI del país había caído el veinte por ciento y ya recuperó un dieciséis. Pero dentro de poco va a necesitar crédito. Por eso siempre bromeo diciendo que al baile del mercado financiero internacional no se entra en calzoncillos. Se entra de black tie [ropa de etiqueta], bien arreglado, fingiendo que uno es un caballero...
-¿No cree posible un acuerdo en los términos propuestos por la Argentina?
-Imaginemos que el mercado acepta: se termina el mercado. ¿Quién es el idiota que va a pagar sus deudas después de eso?
-El acreedor no perdona...
-¡No! Igual, sé que la Argentina está haciendo todo lo que puede. Yo tengo una gran admiración por el ministro Roberto Lavagna. Creo que algún descuento va a conseguir. Pero la Argentina, simplemente, está pagando el precio de una aventura, aquella idea de que el peso era más fuerte que el dólar. Me acuerdo de haberlo visto a Domingo Cavallo en una conferencia en la que decía: "No queremos una moneda tan volátil como el dólar" [se ríe de nuevo]. El es brillante. Era un actor espectacular.
-Brasil también tiene una deuda pública, interna y externa, considerable: llega al 56% de su PBI.
-Sí, pero Brasil usa la teoría de "patear para adelante". La deuda no se paga, se patea para adelante. A medida que se va creciendo, si uno toma cuidado de no aumentarla, se vuelve perfectamente aceptable. Es el estilo brasileño, nuestro estilo. Nunca dejamos de pagar.
-Usted hace algunas críticas que lo dejan a la izquierda del gobierno de Lula. Da la impresión de que los límites entre izquierda y derecha, en Brasil, se desdibujan.
-Esos límites no existen más. En mis orígenes, cuando entré en la escuela, yo era socialista fabiano. Cuando vi lo que los socialistas hacían con mi dinero me convertí en capitalista inmediatamente. La verdad es que la izquierda no resiste un curso de teoría de precios. Ningún sujeto que pasa un curso decente de teoría de precios continúa en la izquierda. Hoy el progresismo dice: vamos a hacer un socialismo de mercado, lo que no es más que repetir el capitalismo. Para que el socialismo funcione, tendría que ser fabricado otro hombre. Yo no sé si soy keynesiano o poskeynesiano, pero estoy convencido de que hoy el mundo es mucho más keynesiano que liberal al estilo Ronald Reagan o Margaret Thatcher. Se debe usar el mercado como instrumento de eficacia, pero el mercado es el atropello y es incompatible con la igualdad. Libertad, igualdad y eficacia son tres valores que, de hecho, son incompatibles al mismo tiempo. La única forma de progresar es empujando uno y corrigiendo otro. El máximo es una cuestión de convergencia. El pensamiento único neoliberal es contra eso, contra la posibilidad de ir encontrando una convergencia. El mercado privilegia la libertad, pero desprecia la igualdad.
-Usted comenzó como funcionario del Estado hace 43 años. En todo este tiempo, ¿cómo cree que fue la evolución de la relación Brasil-Argentina?
-¡Ah, mejoró notablemente...! Antes existía una desconfianza que era enseñada hasta en las escuelas de aquí, y creo que también en las de la Argentina. Uno sabía que la mayor parte del ejército estaba en Rio Grande do Sul. Uno preguntaba: ¿por qué en Rio Grande do Sul? "Porque el clima es mejor, porque el Río de la Plata es agradable...", respondían [risas]. Por eso, yo creo que los dos países le deben mucho a Raúl Alfonsín y a José Sarney, que se comportaron como estadistas. Tuvieron coraje de ceder en algunas cosas. Yo me acuerdo de cuando era ministro y estábamos construyendo Itaipú. En la Argentina se inventaban las historias más locas, como que podíamos llegar a abrir las compuertas para inundar Buenos Aires. Si la Argentina compraba un equipo militar, nosotros queríamos comprar diez. El papel de Alfonsín y Sarney va a quedar grabado en la historia de América del Sur, por haber tenido el coraje de desarmar esa historia.
-¿Le sorprendió mucho verse apoyando al gobierno de Lula?
-No. Yo conozco a Lula hace muchos años. Mire, Brasil tiene una suerte loca: Lula era un líder de izquierda que nunca había escuchado hablar de un tal Karl Marx y que nunca había puesto un pie en la escalera del Partido Comunista. Lula es un católico fervoroso; cuando Lula llora, llora de verdad. Yo no tengo duda de que en 1998 él no estaba preparado para vencer. Nosotros le debemos al Fondo Monetario dos cosas, por las cuales tendríamos que hacerle una estatua: en 1998, Fernando Henrique Cardoso hizo que Brasil quebrara y el FMI corrió y consiguió un préstamo de 41.500 millones de dólares. Si no hubiéramos quebrado, Lula ganaba la elección. Lula iba a aplicar aquel programa ingenuo e iluso del PT. En las vísperas de la última elección, Brasil vuelve a estar en crisis, y vuelve el FMI a dar 30.000 millones, que posibilitan una transición tranquila. Sin ese dinero, la transición hubiera sido un caos. En lugar de eso, logramos hacer una transición histórica, de un gobierno del que se pensó que iba a ser socialdemócrata a otro del que se pensó que podía ser socialista. La elección de Lula transformó a Brasil de republiqueta latinoamericana en república latinoamericana democrática y respetable.
Por Luis Esnal
Corresponsal en Brasil
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=628382
Por Sandra Russo
Una sola vez en mi vida fui a una bruja. Se dice así, ¿no?. “Fui a una bruja”, como si uno no fuera a verla ni a escucharla sino a absorberla. Un modo de decir antiguo, que se arrastra en la mente desde hace siglos: ir a ella. Nunca me llevé bien con la new age en ninguna de sus formas, pero tenía que pecar. Me lo tomé como una pequeña e inocua excentricidad, y hasta se lo conté a mi analista, que, sospecho, creía en las brujas más que yo. Esa noche busqué la dirección con nerviosismo: la bruja atendía en un departamento de la calle Bartolomé Mitre. Cuando toqué el timbre y se abrió la puerta, vi a una mujer de mediana edad con una cara de gnomo exaltado. El lugar olía a incienso. Me hizo esperar. Todo era feo. Había ángeles de distintos tamaños colgando de las paredes descascaradas, la alfombra estaba quemada, la luz se filtraba por el mimbre de las pantallas, sonaba una música previsible, cuerdas y percusión oriental. Ella hablaba por teléfono. Tenía una voz finita y un acento ligeramente extranjero. Daba consejos velados: alguien, del otro lado, dependía de ellos.
Cuando me hizo entrar en su ¿consultorio? quise irme. El aire estaba espeso. Su mirada era oblicua. Había empezado el duelo sin que yo lo advirtiera. Sentada en posición de loto sobre esa alfombra sucia, expuesta a sus ojos celestes de conejo, fue que mi pequeña excentricidad empezó a parecerme un exabrupto. Ya era tarde.
Hizo preguntas que no recuerdo, nada preciso, como hacen las brujas. La única que conocí fue ésta, pero desde luego, si yo fuera bruja, haría preguntas vagas, tomaría nota de pulsos, rictus, temblores, brillos, opacidades, en fin, intentaría tender redes sobre una personalidad, no sobre una persona. Yo había ido, como casi cualquiera que va a una bruja, a que me dijera que iba a tener suerte en el amor. No pedía mucho. Datos sueltos, ambiguos, premoniciones inexactas, parábolas de bienaventuranza, eso esperaba. Eso esperamos. Un horóscopo amable, una corriente a favor, una palmada en el hombro. Eso solo esperamos.
Me tocó la bruja más mala de Buenos Aires. Había pasado una hora y yo ya estaba envuelta en sus miradas torvas, en el olor escandaloso, en la revulsión de esa alfombra sucia de angustia ajena. La bruja era malísima. Artera. Yo hubiese repelido, creo, hasta alguna sentencia adversa sobre dinero y amor, pero ella tomó otro rumbo. Me habló de mis afectos. Habló de maleficios terriblemente peligrosos. Detectó una tragedia familiar y se anudó allí para profetizar desgracias. Hacía silencios densos. Unía desastres pasados con desastres por venir y dijo, finalmente, que sobre mí pesaba un sino tan tremendo, que iban a ser necesarios unos cinco mil pesos para poner a una legión de aprendices de brujos a orarles a los ángeles.
Salí de ese departamento de la calle Bartolomé Mitre con pasos rápidos, marcados por el pánico, y con un papel en el bolsillo en el que ella había escrito una oración en esperanto: yo tenía, mientras conseguía los cinco mil pesos para comprar metales y alquilar a los aprendices de brujos, que repetir esa oración a un ángel de nombre extraño diez veces por día.Llegué a casa desesperada y sin poder todavía saber qué hacer. El impulso era rezarle al ángel y pedir plata prestada. Por suerte primero pedí sesión de urgencia con mi analista, que no descreía de las brujas, pero tampoco comía vidrio. Los siguientes diez días fueron de pesadilla. Yo sabía que la bruja era mala, pero no podía desandar el miedo. Me había expuesto a que ella tocara de mí lo más vulnerable. El mal de amores ya me parecía una payasada. Las profecías de la bruja habían arrasado con todas mis defensas. Como no contesté a los dos días, tal como habíamos quedado, llamó ella. Dijo que había hablado con su maestro, para que intercediera, porque mi caso era muy grave. Y me llamaba, dijo, para comunicarme que entre el maestro y ella habían decidido que me harían un descuento: con tres mil pesos y un poco menos de metales, estaban en condiciones de desarmar el sortilegio.
Y ni aun así, ni aun con sus ominosas maniobras a la vista, yo podía alejar el miedo. El miedo paraliza. Corroe. Destruye la capacidad de reaccionar. El miedo nos hace fascistas. En aquellos días, yo hubiese ordenado un pelotón de fusilamiento para todos los demonios que sobrevolaban sobre mi casa. Mientras discutía con mi analista qué iba a hacer (llegamos a evaluar la posibilidad de reunir el dinero y pagarle, aun sabiendo de que todo era un embauco, porque en ese punto lo que tenía que pagar no era un exorcismo sino el precio de un error: yo tenía miedo real), rezaba. Rezaba en esperanto a un ángel de nombre complicado, sintiéndome ridícula, patética y extraviada, pero el miedo hace eso, extravía, confunde. Me encerraba diez veces por día en el baño, y rezaba.
Cuando ella llamó por segunda vez para decirme que había hablado nuevamente con su maestro, y que visto y considerando la gravedad de mi caso, iban a hacerme otro descuento, cayó la ficha. Sus poderes valían entonces, dijo, mil quinientos. Quise mandarla al carajo, pero no pude. Siempre quise ir a gritarle en la cara que era una mala persona y que se iba a ir al infierno, pero no pude. El miedo tiene eso. Inocula. Intoxica. Desarma.
Me acordé de esa bruja en estos días, porque hay tanto miedo dando vueltas. Los comunicadores se han vuelto brujos que profetizan calamidades. La televisión, la radio, tocan a cada instante esos núcleos de pánico que nos descontrolan, esos puntos álgidos de cada uno, esos territorios íntimos que si son vulnerados nos vuelven bestias, reclamadores compulsivos de cualquier tipo de medidas que nos amparen. Están tocando ahí, en esos talones de Aquiles sobre los que no tenemos reflejos. Saben dónde tocar, como sabía esa bruja, que era más mala que loca, y que estuvo a punto de hacerme pagar, aunque yo no creía en ella, mi propio rescate.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-39698-2004-08-16.html
Entre las cumbias que exageran los parlantes de las disquerías y el ruido atronador del tránsito, el peatón puede aspirar a una tregua: un concierto en la vereda, a cargo de músicos callejeros virtuosos.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Nunca habían estado allí antes. De repente, un sábado a la tarde, en la vereda del Banco Provincia, el más grande de esa avenida, cerca de la entrada del subterráneo, aparecieron los dos músicos. Cuando doblé la esquina, y estaba más o menos a cincuenta metros, escuché el sonido de un saxo. Pensé que la casa de discos había cerrado hace meses y que era difícil que el sonido viniera de la librería-disquería de enfrente, venciendo el ruido del tránsito. El saxo me llegaba directo; segundos después los vi: era, en efecto, un saxo acompañado por una batería. No tocaban una canción inmediatamente reconocible; me pareció que el saxo improvisaba con solvencia, como se improvisa en el jazz. Me quedé escuchando; el saxo tenía un atril, y entonces me di cuenta de que estaba ejercitando algún solo de saxo, que seguía en su partitura. Y no se trataba de jazz tradicional, sino de jazz moderno.
Era muy extraño. Nunca antes había escuchado dos compases de jazz en esa calle, donde domina, en primer lugar, el ruido y antes, cuando estaba abierta la disquería, la peor música pop nacional e internacional, falso rock melódico, boleristas mexicanos, casi toda la música comercial, incluida la cumbia. Pero un saxo y una batería parecían verdaderamente instrumentos de seres extraterrestres, llegados de un planeta musical remoto, complejo y minoritario. El chico del saxo podría haber tocado cualquier otra cosa, ya que lo que estaba sonando era bien difícil y, por lo tanto, le hubiera resultado sencillísimo seguir la melodía de una canción conocida o, por lo menos, de un clásico de Sinatra que le ganara un público de la tercera edad. Y el baterista hubiera podido acompañarlo en esa empresa mucho más atractiva, sin duda, para la gente que pasaba rumbo al shopping.
Pero no, habían elegido reproducir un solo de saxo con batería, de melodía extraña a la reducida memoria musical con que podían contar a esa hora, con ese público y en esa calle.
Concentrado, como si estuviera en un pequeño escenario y como si no escuchara el ruido de la avenida pautado por la apertura periódica del semáforo, el baterista miraba al saxofonista, que leía su partitura. Lo miraba en suspenso como mira un músico cuando sigue a otro y debe ir improvisando sobre sus frases, sus armonías, las eventuales ocurrencias que introduce en la música escrita. El saxo, en cambio, independizado de la batería, tocaba con la certeza de que era el jefe del dúo y de que el baterista iba a seguirlo. Todo sonaba sorprendentemente bien. Recordé entonces lo que me había contado un amigo que trabajó como artista callejero en Europa. La clave del oficio era que la música o el micro-espectáculo fuera bueno y que rotara con el paso de las semanas, ya que lo escuchaba, en general, la misma gente, que no debía aburrirse. Si se cumplían estas condiciones era posible ganarse la vida. La misma impresión tuve siempre con los músicos callejeros en ciudades como Nueva York, donde dúos, tríos e incluso bandas de varios integrantes tienen una calidad que siempre supera lo aceptable. De repente, en un barrio de Buenos Aires, el dúo de saxo y batería que escuchaban apenas dos personas, parecía responder a esa medida de destreza, de la que están muy lejos los tocadores de bandoneón de las calles turísticas, que combinan ancianos que nunca supieron música o la olvidaron y jóvenes cuya proximidad y gusto por el tango no compensa la impericia. En el centro de la ciudad, es posible escuchar muy mala música, sin buscarla demasiado.
Dos días después, en esa misma cuadra de la avenida, que es lejana al circuito turístico, se escuchó un bandoneón y una guitarra tocando un tango bien conocido, pero del que daban una versión que se esmeraba en escapar de la rutina de una melodía recordable.
También dos jóvenes, vestidos de marrón, de melena clara, parecidos físicamente a los del saxo y la batería, ocupaban el mismo lugar en la vereda del banco. Extrañamente, parecían los dobles o los hermanos musicales de los jazzistas del sábado. Ninguno volvió después de estas apariciones sorpresivas y estelares.
http://www.clarin.com/diario/2004/08/15/sociedad/s-813970.htm
JUAN GABRIEL VALDES, JEFE DE LA MISION DE PAZ DE LA ONU EN HAITI
La comunidad internacional tiene una deuda con el pueblo más castigado del hemisferio. Los soldados de América latina pueden ayudar a reconstruir su Estado, luego de muchos intentos fallidos.
Fabián Bosoer
fbosoer@clarin.com
No es la primera vez que tropas extranjeras llegan a Haití para detener la violencia, reemplazar un gobierno o rescatar a aquel país de la miseria. Pero los antecedentes no son demasiado alentadores.
—La verdad es que la misión tiene un desafío gigantesco porque, es cierto, todos hasta ahora han fracasado. Ha fracasado Haití y ha fracasado la comunidad internacional al intentar ayudar a Haití a salir de su cuadro de descompo sición. Y el fracaso más notable fue, probablemente, el que ocurrió durante la última década, en la que se gastaron 2.500 millones de dólares que no se ven, que no se sabe dónde están, que no parecen haber producido ningún cambio. Fue una década en la que hubo un presidente con una mayoría rotunda, que llevó a un gobierno que se fue deteriorando, hasta caer envuelto en una insurrección dramática. Por eso es que hay muchos que ven esta misión como la última oportunidad para esta generación de haitianos de construir un país viable. Y por eso no podemos fallar.
# ¿Qué es lo que hace que ahora vaya a ser distinto?
—Es distinto porque el compromiso internacional es más fuerte e integral. De lo que se trata es de intentar poner de pie a un Estado y a un país, y por eso el Secretario General de las Naciones Unidas ha insistido tanto en que esta es una misión de largo plazo. Es distinto, también, porque hay un involucramiento latinoamericano en el rescate de uno de los suyos, del más pobre y del más sólo del hemisferio, algo que nunca antes había ocurrido.
# ¿Cuáles son los mayores problemas y riesgos que enfrentará?
—Una autoridad haitiana me recibió preguntándome "cuál de todos los hilos de este nudo ciego es el que usted piensa tirar primero". Hay temas de seguridad, que son los principales, como desarmar a los grupos armados. Pero el desarme implica, al mismo tiempo, construir una relación de confianza y de cooperación que pasa por enfrentar la pobreza, por ayudar a atenuar los niveles horribles de miseria en los que está este país. Pasa, también, por un proceso electoral limpio y por darle a Haití un gobierno e instituciones legítimas.
# ¿Es Haití lo que en la actual jerga se denomina un "Estado fallido" o colapsado? ¿Significa esto que esta misión de paz se encuadra en la idea de "reconstrucción de naciones" (rebuilding states)?
—Creo que sí, porque el Estado no tiene la capacidad para ocupar y controlar el conjunto de su pequeño territorio, mantener el orden y la protección de la vida y de la seguridad del pueblo haitiano. Por eso, lo que establece la resolución 1542 del Consejo de Seguridad es, en primer lugar, estabilizar la paz restableciendo la seguridad. Desde ese punto de vista, la misión cabe dentro del capítulo siete de la Carta de la ONU; pero también hay un mandato, referido al desarrollo y los derechos humanos, de colaborar con el gobierno provisional para reestablecer el imperio de los derechos humanos y generar mejores condiciones de vida.
# Sin embargo, no se trata de un país en guerra civil.
—Es cierto, no hay dos ejércitos enfrentados ni una situación tribal difícil. Aquí lo que hay es un Estado desplomado, que no tiene capacidad de mantener el orden, y fuerzas que tienen armas y tienen que ser invitadas a sumarse a un proceso de desarrollo y a un desarme voluntario. Haití es un "Estado fallido", pero distinto de otros, que puede recoger de América latina una experiencia importante.
# Hace diez años el ex presidente Arístide fue repuesto por una fuerza internacional de paz. Diez años después, es enviado al exilio por otra fuerza militar extranjera. En ambos casos fue decisiva la presencia norteamericana. ¿Este intervencionismo es un problema o es una condición ineludible para Haití?
—Creo que la primera misión militar fue imprescindible, porque había un cuadro de violencia interna y de crisis política y armada que condujo a situaciones de gran violencia, al borde de un desastre humanitario. Sin embargo, una distinción entre la primera intervención y la actual, que es una fuerza de estabilización, está en que ahora hay un gobierno con legitimidad constitucional, formado por personas respetadas por el conjunto del arco político, que no tiene como primera tarea destruir a sus adversarios políticos sino pacificar la sociedad y permitir que haya una competencia legítima entre distintos actores políticos organizados.
# Tal vez no sea una gran diferencia a los ojos de los haitianos
—Eso depende mucho de lo que podamos hacer. Es natural que los haitianos que ven una fuerza militar extranjera tras otra que se pasea en vehículos iguales, con los mismos cascos azules muchas veces, y que cumplen una tarea que ellos solamente entienden como de mantenimiento del orden, se pregunten "¿pero qué más hacen esos militares ahí?". Es justamente lo que nosotros tenemos que ayudar a responder. Esos militares están aquí para darles seguridad a los haitianos no solamente en términos militares y policiales, sino también frente a la miseria y el abandono.
# Hubo quienes afirmaron que esta misión legitima un golpe promovido por los EE.UU.
—No es así de ningún modo. En primer lugar, el ex presidente Arístide renunció y comunicó su renuncia al secretario general de la ONU. En segundo lugar, Estados Unidos ya no tiene presencia militar en Haití. Naturalmente que hay una participación muy importante en el apoyo al desarrollo y a la reconstitución de su economía. No se puede prescindir de la presencia y el apoyo de la principal potencia mundial y hemisférica. Pero la responsabilidad está en Naciones Unidas. Y sin Brasil, Argentina, Chile y los demás países, esto no funcionaría.
# ¿No existe una contradicción entre la intervención humanitaria y la no injerencia y autodeterminación de los pueblos? ¿Cómo se coloca frente a esa discusión?
—En mi período como embajador en Naciones Unidas, me tocó tener una participación bastante activa en todos los debates que hubo sobre intervención humanitaria. Le puedo decir que participo plenamente de la idea de que la comunidad internacional no puede permanecer impertérrita ante cuadros en los cuales hay un desgarro de una sociedad que vive su propia extinción ante la indiferencia del mundo exterior. Y que nosotros no podemos seguir mirando como algo ajeno a nosotros —y en esto estoy dejando de lado mi carácter de diplomático— que sólo puede ser resuelto por los Estados Unidos. Aquí hay no solamente una señal de madurez de nuestros países, sino también una obligación moral, de hacerse cargo de cuadros tan graves como éste.
# ¿Puede ser la participación en Haití un caso testigo para otras acciones similares?
—Voy a enfrentar el problema de la siguiente manera: hoy día, con los grados de globalización que existen en el mundo y con los niveles de dependencia que tenemos entre nosotros, no hay ningún problema que nos pueda ser ajeno. Por eso Haití es un gran desafío para la política latinoamericana, porque, como dije, no podemos permanecer indiferentes ni podemos fracasar ante ese cuadro. Creo que América latina tiene que desarrollar los instrumentos políticos propios para enfrentar los desafíos, entendiendo que nuestro estilo, nuestra práctica y nuestra vocación es darle solución política y no militar a nuestros problemas. No hay solución militar para ningún problema en América latina, y por lo tanto, debemos tener capacidad para actuar políticamente. Lo que sí queda claro es que al dar el paso de decir "ningún problema nos es indiferente", estamos asumiendo una conciencia política que puede marcar un cambio en la manera como miramos otros problemas comunes.
# ¿Nace un "intervencionismo democrático" latinoamericano?
—En América latina ya existe, de hecho, un intervencionismo democrático. Hemos tenido crisis políticas que han movilizado a los cancilleres, que han tenido que tomar aviones y aterrizar en las capitales donde se produjeron los problemas, que han llevado a los gobiernos a suscribir tratados con cláusulas de reafirmación democrática. Hay un consenso en que ciertas situaciones resultan intolerables. Es muy difícil que en América latina se pueda producir cualquier amenaza a los derechos y las instituciones democráticas sin que el resto de los países de la región reaccionen. Y me alegro mucho de que así sea.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/08/15/z-03616.htm
Copyright Clarín, 2004.
El escritor analiza la situación política
"Lo tiene todo: ternura, penetración, dolor y piedad", dijo Marta Lynch de Isidoro Blaisten, uno de nuestros más brillantes narradores, cuyos libros de cuentos ("Dublín al sur", "La felicidad", "Cerrado por melancolía") fueron traducidos a varios idiomas. Miembro de número de la Academia Argentina de Letras, acaba de publicar una novela de trama policial: "Voces de la noche".
Nacido en Entre Ríos pero afincado en Buenos Aires, recreó con lucidez, humor irónico y eficacia descriptiva al porteño y al argentino, en general, lo que nos lleva a pedirle su opinión acerca de nuestra idiosincrasia como pueblo y sobre aspectos relacionados con la actual situación política.
-¿Cuáles son nuestras principales virtudes y cuáles nuestros principales defectos?
-Para mí, tenemos un rasgo distintivo: somos sentimentales. Mi hermana Paulina, recuerdo, casó, y casó muy bien, a todas las "muchachas" –como se decía en esa época– que trabajaban en casa. El pretendiente era conducido a la sala. Se lo convidaba con un cafecito, se le hablaba de las virtudes de la chica, se le resaltaba que para nosotros ella era "como de la familia" y que él debía aclarar con qué intenciones venía. El resultado fue que, durante muchos años, chorreras de chicos venían a visitar a mi hermana Paulina. Eran los hijos de esos matrimonios. Esta manera de ejercer la solidaridad es típicamente argentina. Aun la solidaridad que abruma es siempre bienvenida, cuando uno recuerda la frialdad de otros países. Prefiero que me ahoguen en un abrazo y no que se me congele un saludo por falta de respuesta. El argentino hace de la amistad un culto. Fíjese lo que pasó el Día del Amigo. Colapsaron los teléfonos y se llenaron todos los bares. Después, se puede hacer una larga lista de defectos, que van del aplauso fácil a la condena fácil, la exageración adolescente, la desconfianza básica? Pero, fundamentalmente, hay algo que para mí es misterioso. ¿Por qué, si el argentino es tan creativo, no puede funcionar en grupo? Este es un gran país de talentos individuales, eso es evidente, pero lo que nadie explica es por qué no funciona en conjunto.
-¿No estamos demasiado acostumbrados a celebrar al transgresor, al pícaro, al "piola"?
-Así nos fue. Nos quedamos "pagando como un chabón", como dice el tango. Tan mal nos fue que tuvieron que cambiarle el significado a la palabra "chabón". Antes era un tonto, un estúpido. Ahora es cualquiera. Tan "piolas" fuimos que privatizamos y perdimos. En 1989, en Madrid, le pregunté a un grupo de economistas argentinos por qué, si la privatización era negocio para los extranjeros, no era negocio para los argentinos, por qué no podían comprar esas mismas empresas los argentinos que tenían la plata. Me contestaron que las empresas extranjeras tenían el know-how. Años después, yo me sigo preguntando si esa compañía que hizo ese desastre de dejar a oscuras a media Buenos Aires durante casi dos meses tenía el know-how. No entiendo para qué queremos inversores de afuera. Si los economistas dicen que el dinero argentino que está en el exterior es igual al monto de la deuda externa, ¿por qué tienen que venir los extranjeros a comprarse, poco a poco, la Patagonia?
-Después de la década de Menem y de su proceso de modernización unido con la corrupción, vinieron los años de ineficiencia de De la Rúa y la declaración del default de Rodríguez Saá. ¿Los argentinos de los últimos diez años hemos tenido los gobiernos que merecíamos?
-Eso de que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen es, para mí, una aseveración mecánica, simplista y reduccionista. En la democracia, se gobierna a través de los representantes elegidos por el pueblo. Muy bien, el pueblo eligió a sus representantes. Los eligió por sus promesas. Ahora, dígame usted, ¿qué gobierno ha cumplido esas promesas? ¿Qué pretenden del pueblo? No creo que ni la familia cartonera que trabaja entre la basura ni la pobre señora a quien le han vendido la garrafa social adulterada se merezcan esos gobiernos. A un obrero que, con un inmenso sacrificio, a gatas puede mantener a su familia, usted no le puede pedir que, encima, controle al gobierno. El gobernante entra en lo que se llama "división del trabajo". Lo que nadie parece querer admitir es que los gobernantes son empleados. Nosotros les pagamos el sueldito al presidente, a los senadores y a todos los demás para que hagan su trabajo, para que hagan las cosas bien, para que no falten ni se vayan por ahí. Pero uno no puede hacerse eternamente responsable por su empleado, aunque es cierto que la tendencia que tenemos a dejar en manos de los demás ciertas cosas que deben ser controladas puede llevarnos a un callejón sin salida. Freud y Perón concuerdan en un punto: Freud decía que en cualquier ciudad, si se dejan dos manzanas sin vigilancia, se llenan de ladrones, y Perón sostenía que los hombres son buenos, pero que si se los controla son mejores.
-Ultimamente, asistimos a la lucha de unos contra otros o de todos contra todos. Se pelea el Presidente con sus ministros y se dividen los dirigentes de un mismo partido, los legisladores, los sindicalistas, los piqueteros. El argentino parece incapaz de respetar a quien piensa de otro modo. ¿Qué nos pasa? ¿Somos ingobernables?
-No sé si somos ingobernables. Depende de quién nos gobierne. Para Alberdi, gobernar es poblar. Yo creo que gobernar es gobernar los acontecimientos. Y para eso se debe descartar a los gobernantes glamorosos, triunfalistas y entretenidos. El mejor gobierno es el que no se nota, el que nunca da la nota. Las cosas andan tan bien que uno no repara en el gobernante. Es una forma natural de sentirse gobernado. No le pedimos a nadie que nos entretenga y por eso nadie nos puede resultar aburrido. Usted, que es viajado, conocerá países así, como Suiza o Dinamarca, donde no le cambian el monotributo a cada rato, donde el jubilado vive con dignidad y donde todos los servicios que sustentan la vida cotidiana funcionan previsiblemente. Porque, si de hacer locuras se trata, me quedo con la locura sagrada de los artistas.
-Este es un país que podría alimentar a cientos de millones de personas y hay argentinos con hambre. ¿Por qué?
-Porque aquellos que tienen la obligación de eliminar definitivamente el hambre en nuestro país nunca han pasado hambre. Se dedican a dar discursos. Un antiguo cuento ucraniano habla de un mujik que le leía poemas a su burra a la hora de darle de comer. Como la burra no decía nada, el campesino seguía leyéndole poemas y la burra seguía trabajando. Hasta que un día la burra se murió. Eliminar el hambre es una prioridad, una cuestión de Estado. Y todos los que tienen algún poder en la Argentina tendrían que reunirse, no para pronunciar discursos, sino para dar ideas concretas. No es necesario que ningún legislador se atornille durante 45 minutos a su banca para explicarnos que el hambre es un flagelo. Eso lo sabemos todos. Primero hay que hacer un mapa del hambre en la Argentina; después, eliminarlo definitivamente. Estoy convencido de que se puede. No es posible que una señora de buena voluntad y sin recursos se ingenie para dar de comer a cien chicos y que un país entero, rico y exuberante, deje morir de hambre a sus habitantes. Esta debe ser una tarea permanente y silenciosa, no importa si da réditos políticos o no. Es un imperativo categórico. Después, hay que aprovechar las donaciones de todas las empresas que producen alimentos y quieren colaborar. Empezamos con eso, que no le va a costar un solo peso al país. Después se harán pequeñas inversiones, se darán pequeños créditos, se harán bolsas de trabajo, cursos de capacitación? Eso sí: esto tiene que estar muy bien controlado por gente confiable y respetada de cada lugar, para que se encargue de una eficiente distribución, sin clientelismos, sin avivadas. Al mismo tiempo, hay que buscar posibilidades de trabajo. Lo que hay que evitar es la migración. Que la gente no abandone sus lugares de origen. Asegurar las necesidades elementales, para que esos lugares progresen. ¿De qué le sirve a un entrerriano irse a vivir al Gran Buenos Aires para terminar como cartonero en la Capital?
-¿Es cuestión de querer?
-Es cuestión de empezar. Es como la organización de un poema: se empieza con una palabra. Bioy Casares decía que no hay agujerito por donde la inteligencia humana no pueda pasar. He descubierto que no hay gente más práctica que los poetas. Necesitamos, para empezar, cien poetas, un camioncito y una nutricionista.
-Me conmueve su fe en los poetas. ¿Los intelectuales tienen responsabilidad política? ¿Deberían actuar en política como lo hicieron en el siglo XIX los escritores de las generaciones del 37, el 53 y el 80?
-Eran otras épocas. Todos nuestros políticos estaban obligados a ser intelectuales. Debían pensar el país al mismo tiempo que lo construían. Hoy, se encuentra el caso de intelectuales que hablan muy bien, que son brillantes exponiendo sus ideas y que cuando llegan al gobierno, fracasan. Por eso, considero que depende de la personalidad de cada uno. Si un intelectual no se siente capacitado para la lucha política, quizá sea mejor que permanezca en la soledad recoleta de su estudio, haciendo bien su trabajo.
-Tal vez una de las causas de nuestra decadencia sea el progresivo deterioro de la educación. La educación ha sido sobrepasada, en alguna medida, por una televisión que promueve la banalidad, el mal gusto, y que confunde lo popular con lo vulgar y chabacano.
-Creo que, en algún sentido, es cierto. Durante mi juventud, la gente, a la noche, se dormía leyendo un libro. Hoy, se duerme con el control remoto en la mano agarrotada, viendo por enésima vez "Duro de matar I". Se perdió "el versito", el poema que, a través de todo nuestro paso escolar, todavía recordamos. Yo tuve un profesor que, en el primer año de la escuela comercial, se ofreció a darnos clases de literatura en el aula de Mecanografía, por la tarde, fuera de nuestro horario escolar. De 40 chicos, ocho aceptamos. Más de medio siglo después, esos ocho chicos siguieron escribiendo. De manera que, cuando se dan las posibilidades, siempre hay alguien que las puede aprovechar. En cuanto a lo popular, es una noción numérica. Algo puede tener mucho éxito y ser muy bueno o tener mucho éxito y ser muy malo. La televisión nunca puede reemplazar a la educación.
-Existe, creo, una suerte de contracultura, marcada por la politización, la ideologización o la farandulización, que puede atentar contra la formación humanista del individuo.
-Creo que todo proyecto marcado por la politización, ideologización o farandulización está condenado al fracaso. ¿Quién soporta hoy la lectura de esos novelones del realismo socialista que palanqueaba Stalin? Durante el segundo gobierno de Perón, se perseguía a Osvaldo Pugliese porque era comunista. Muchas veces lo sacaban del club donde estaba tocando y se lo llevaban preso. Sin embargo, muchísimos peronistas de alma lo idolatraban. La ley se puede imponer; el arte, no. Hubo una época, creo que alrededor de 1944, en que hubo una cruzada para hablar correctamente. Se cambió la letra de los tangos. No se podía decir por radio: "Percanta que me amuraste" y, en vez de "viajero maldito", había que decir "viajero infinito". La gente se reía, entraba en el almacén y en vez de pedir media docena de huevos preguntaba: "Don José, ¿tiene productos de la consorte del gallo?" Ese era el chiste de la época. Pero, fundamentalmente, la cultura no tiene contra. ¿Quién sabe quién era el ministro de economía en Francia en 1888? Pero todos recuerdan "La habitación de Arlés", que Van Gogh pintó ese año. El arte se impone y no acepta imposiciones. Porque cuando todo se olvide quedará la cultura. Hubo un momento en que Atahualpa Yupanqui estuvo prohibido. Su nombre no podía pronunciarse. ¿Quién recuerda hoy el nombre del censor? Creo que fue hacia el fin de los años 50 cuando era obligatorio en los cines el número vivo. Cuando llegaba el número vivo, la gente se levantaba, abandonaba la sala y salía a fumar un cigarrillo y el vocalista cantaba para un cine casi vacío.
-¿Qué opina del gobierno de Kirchner?
-Creo que hay gente bienintencionada y activa, pero me desorienta.
-Supongo que ningún gobierno, de izquierda, derecha o centro puede gobernar en medio del desorden, de la permanente discordia, y a este gobierno, aparentemente, no le importa mantener el orden público. Su impavidez ante los piqueteros parece un ejemplo...
-Los reclamos de los piqueteros son justos; los métodos de la protesta, no. Han logrado ponerse en contra a la mayoría de los argentinos, que, al principio, los apoyaban. El salvaje ataque a la Legislatura colmó la paciencia de la opinión pública. ¿Con qué derecho alguien va a intentar quemarla a la vista de todo el mundo sin que nadie intervenga? Digo "a la vista de todo el mundo" y no es una metáfora, porque todo el mundo lo vio por televisión. Vio cómo se robaban los magníficos leones de bronce de las puertas, cómo usaban las vallas como arietes, cómo quemaban las puertas. Sartre dijo que somos como los demás nos ven. ¿Cómo nos puede ver el mundo? ¿Somos así? Es imposible suponer que a un portero del Louvre se le ocurrirá quemar "La Gioconda" porque sus reclamos no son atendidos. Los que recordamos el incendio del Jockey Club y la quema de las iglesias sabemos que no trajo nada bueno para el país. El acostumbramiento a las permanentes imágenes de violencia es letal para un país. Tenemos la violencia de fondo, la muerte cotidiana. Vemos cómo matan a un obrero que sólo llevaba dos monedas para el colectivo y no tenemos mejor idea que superponer otra violencia con enmascarados y garrotes y fuego, y trasmitirla por televisión. Creo que estamos viviendo una ambigüedad que nos puede llevar a la irrealidad. A mí la ambigüedad me gusta en la literatura; en la vida, no. Y menos en la vida de un país, donde convienen las reglas claras. La ley debe cumplirse. No hay violencia buena y violencia mala. La ley debe cumplirse porque la impunidad solivianta a la democracia. Que un funcionario diga que el ataque a la Legislatura resultó "un triunfo de la democracia" porque "la Legislatura no pudo ser tomada" supera cualquier imaginería del realismo mágico o del absurdo. Todo esto exacerba y libera en la gente el desasosiego oculto, aquello que no se menciona: la realidad no existe. Ya vivimos en la irrealidad, aunque no podamos decirlo porque no es políticamente correcto. Y como la irrealidad no tiene límites, y como en un país destruido todo el mundo tiene algo para reclamar, la justicia del reclamo se puede ir desdibujando y perder la noción de urgencia y la noción de importancia. Mañana pueden llegar a salir todos. Mañana, por ejemplo, tendrán derecho a salir a romper todo todos los poetas que no pueden publicar su libro, todos los cantores que no consiguen grabar, todos los cuentistas que no han sido premiados y todos aquellos a los que no les suben las medias.
-A su criterio, ¿el gobierno de Kirchner tiene un proyecto de país integrado, sin excluidos y próspero en el mediano o largo plazo?
-Creo que hasta que no desaparezca la sensación de ambigüedad e irrealidad, ningún proyecto de mediano o largo plazo será posible. Gobernar es escuchar, es ordenar y contemplar las distintas opiniones. Si vamos a ver constantemente lo que nos separa, no conseguiremos nada. Tenemos que ver qué nos une. Seguir la línea de puntos, como esos dibujitos infantiles. Ni el protagonismo ni la figuración son garantía de nada. La gente tiene necesidades y cansancio. Y la Argentina está enferma de palabras. Creo que gobernar es dedicarse. Si se está pensando en jugar al ajedrez político, si se está pensando en ocupar espacios de poder de aquí a cinco años, se reduce el tiempo de dedicación.
Por Antonio Requeni
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/04/08/14/DP_627295.asp
Por Osvaldo Bayer
Todo va cada vez peor, se puede decir. Pero no es así, hay que corregirlo. Todo va cada vez peor, pero según de quién se trate. Por ejemplo, estamos en Alemania a la cual, tal vez, se podría mostrar como ejemplo del progreso constante del capitalismo. Por lo menos su producto modelo.
¿Es así? Pobres los otros países, entonces. Vamos primero a las pequeñas cosas. Por ejemplo el sacar pasajes para el ferrocarril. Aquí se están cerrando todas las boleterías de las estaciones. El que quiere pasaje que lo saque en el automático. Para lo cual hay que ser joven, rápido e instruido. Los viejos están sonados. Es tan complicado el aparato que no dan pie con bola. Se quejan y se les dice: vaya a una agencia de viajes. Allí hay que hacer cola, son en general mal atendidos porque a las agencias de viajes no les interesa un boleto de 1,20. Pero bien. Hay que hacerlo. A veces la primera agencia de viajes está a diez cuadras de la estación. Viejito, hacete ida y vuelta, no hay otra. Hay que ahorrar gastos, cada vez más. Antes tenías la boletería donde la empleada te saludaba, te daba el boleto preciso y te devolvía el vuelto. Los extranjeros recién llegados empiezan a mirar para todos lados buscando la boletería, miran tanto que resultan sospechosos.
Pero así los ferrocarriles pudieron dejar cesantes a centenares de empleados y tener más ganancias. Eso es lo que importa. Claro que si estás apurado y no tenés boleto podés sacarlo arriba del tren pero...claro, tenés que pagar más. Todo está calculado para la ganancia. Y las ganancias no tienen en cuenta ni a los viejos ni a los niños. Claro, se vive en democracia y tenés derecho en cuatro años a votar al partido que se opuso a los aprietes económicos. Lo votás, pero eso no te da ninguna seguridad que el nuevo partido, en el gobierno, vaya a cumplir con lo prometido. Porque lo que importa es que todo dé ganancia.
Es lo que pasó con el partido socialdemócrata alemán, famoso porque siempre habló de “reformas”. Y sí, desde que está en el gobierno hace reformas que deja boquiabiertos a quienes lo votaron. Por ejemplo: hacer una drástica reforma sobre algo que siempre fue un orgullo de la República Federal Alemana, la ayuda mensual a los desocupados. Esa reforma se conoce como el programa Hartz IV. Por el mismo se reducen las entradas que percibía la gente sin trabajo. Se hace con el fin de que aquellos que se han acostumbrado a no trabajar y a cobrar el subsidio piensen que no hay otra salida que buscar, buscar y buscar trabajo hasta que se gasten las pilas de los timbres que vos apretás. Un tema para Roberto Arlt. Para comenzar a cobrar dicho subsidio hay que llenar un formulario de 16 páginas. Hay que declarar todo. Hay que declarar, sí, cuánto tiene su hijo menor de edad en la caja de ahorros. Si tiene más de 700 euros pasa a considerarse para calcular el subsidio. (Aquí hubo tanta burla de la opinión pública, y tanta vergüenza ajena que el gobierno socialista-verde tuvo que subir esa suma a 4000 euros.) Si el desocupado vive con una amiga que trabaja, eso se tiene en cuenta para el cálculo; en determinados casos la amiga tiene que mantener al desocupado. Aquí no se salva nadie. Por ejemplo, un ejecutivo de 52 años que fue dejado cesante por el cierre de la empresa y que ganaba 8000 euros, si no consigue trabajo pasa a recibir 380 euros por mes de ayuda. Claro que el ejecutivo se va a lanzar desesperado a encontrar empleo. Pero ahí está el problema. Con 52 años no lo emplea nadie, salvo que tenga conexiones empresariales, políticas o eclesiásticas muy integrales. Las revistas de actualidad y los diarios están llenos de reportajes a personas que tuvieron alto empleo y que quedaron en la calle: “Me he presentado a 240 empresas ofreciendo mis servicios, pero no me toman por mi edad”. Más de cincuenta años. Una selección que antes tenía principios racistas pero hoy es por el grado de marcha hacia la vejez, o madurez que dicen algunos disimulados. Para quien va a pedir y recibe, con afectuosa sonrisa, la respuesta de “No, señor, nuestra empresa emplea a gente joven” es lo mismo que recibiera en la cara aquella respuesta arltiana: “Rajá... turrito... rajá”. En junio, el número de desocupados creció en 126.500, a casi cuatro millones y medio.
Una diputada ha dicho que el Hartz IV no es un paquete de reformas sino una ley de pobreza. “Mete la mano en el bolsillo de los pobres y los remite a la Edad Media.” Ya lo dijo Ernst Bloch: “Cuando ya las cosas no alcanzan para todos, entonces hay que sacarles a los pobres”. Porque las noticias empresariales que llegan actualmente son de lo mejor. Heinrich von Pierer, por ejemplo, de la dirección de Siemens, comunicó con una gran sonrisa una ganancia del 12,5 por ciento con respecto al año pasado y agregó que su meta se llama: “Ganar más y crecer más”. Y para que lo entendieran todos repitió en inglés: “Go for profit and growth”. Y mismo el quejoso presidente de Daimler-Chrysler anunció en el segundo trimestre de este año un superávit de ganancia de 2,08 mil millones de euros. Y para eso, las medidas llamadas de racionalización y el traslado de fábricas al exterior donde se paga mucho menos mano de obra.
Hay que vender más, señores, ese es el verdadero fin de la política y tendría que ser también de la filosofía. Para ello, ahorrar gastos, cambiar la fuerza de trabajo por más automatización. Lo que antes querían los socialistas: unir la dinámica económica con la seguridad social y la justicia social ya es teoría olvidada. Justamente los socialistas de ahora hacen lo contrario. Ni fuertes ni débiles en la sociedad: todos iguales en la exigencia de producir y el que se queda es porque no merece participar del festín. Aunque no se los va a dejar morir de hambre pero van a tener que ajustarse bien el cinturón.
Pero nada es fácil. La tristeza y la rabia de la población alemana se hizo sentir. La gente reinició la protesta de nunca acabar y salió a la calle. Principalmente en el Este alemán. En la ciudad de Magdeburgo la gente llenó las calles. Fueron miles. La última vez que salieron a protestar fue por el régimen que tenían y el Muro. Ahora es por la humillación sobre las nuevas leyes de desocupados. Más, todavía, en el estado de Brandemburgo, donde habrá elecciones en seis meses, los pronósticos están encabezados por el ex Partido Comunista, hoy Partido de la Democracia Social. ¿Quién iba a pronosticar algo así? Ni el más fantasioso intérprete de las realidades políticas hubiera adivinado ese vuelco de la opinión popular.
Globalización. Primer Mundo. Con su correspondiente Tercer Mundo: bombardeos, bombas, muerte por doquier, hambre, emigraciones, una naturaleza explotada hasta el fin, capital extranjero que compra, compra y seguirá comprando el Tercer Mundo.
A los desocupados en Alemania se les han reducido las condiciones de vida. Parece una falsa noticia de algún otro mundo. Pero es cierto. Para medir el alcance de las medidas, un sociólogo ha dicho que tendría que someterse a los diputados que aprobaron la nueva ley a vivir durante un año con lo que van a percibir ahora los desocupados. No se puede vivir feliz, es tener la espada de Damocles siempre sobre la cabeza. Es permitir que los propios hijos vean a través del vidrio de los escaparates cómo viven los otros, los bendecidos por el sistema. Esa no es una sociedad justa ni siquiera humana. Esto es en pequeño lo que la humanidad es. Para mantener este sistema tan alabado se van a necesitar siempre bombas y bombardeos, guerras y gobernantes mentirosos. Los desocupados de Magdeburgo están formando piquetes. Y habrá congresos internacionales de piqueteros. Y posiblemente llegarán a ocupar el “Queen Mary II”. ¿Exageraciones? ¿Quién iba a decir hace un lustro que un gobierno socialista, en Alemania, iba a reducir las magras entradas de la gente sin trabajo? Los desocupados tienen la culpa de todo. ¿Y si de pronto, por las calles de Berlín, sale un señor Blumberg y exige leyes disciplinarias más extremas para los que no tienen trabajo? Se solucionaría el problema. Cárcel de por vida a quien no consigue trabajo. Que lo hagan trabajar en la cárcel. A grandes problemas, grandes soluciones. La cuestión es globalizarse.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-39655-2004-08-14.html
Por Jack Fuchs
Cuando en 1944 Alemania advirtió que la guerra en el frente soviético podía precipitar el final del régimen, algunos oficiales del ejército y un grupo de civiles ligados al partido discutieron la alternativa de producir un gran golpe de mando mediante un atentado dirigido a matar a Hitler, tras el cual se promovería un tratado de paz con Occidente. La idea era fortalecer la guerra contra la URSS pactando con los aliados occidentales. Como se sabe, el atentado fracasó. Cerca de Rostemburg, en una localidad llamada “la guarida del lobo”, un grupo mal preparado, al frente del cual va un hombre manco, falló en el intento de poner una bomba donde se encontraba Hitler. ¿Es que no había nadie en Alemania, pregunto, capaz de matar a Hitler? Sólo él podía matarse, y la prueba llegaría unos meses después, a comienzos de mayo del ‘45, cuando con Eva Braun, los cuatro hijos de Goebbels, Goebbels mismo, su perro y su señora se suicidaron en Berlín, al tiempo que entraban las tropas soviéticas.
La reacción nazi al atentado fue durísima. En poco tiempo, con espíritu fuertemente aleccionador, la Gestapo liquidó a 5000 personas supuestamente ligadas al proyecto de matar al führer. La horca y el escarnio público fueron el método que siguió en este caso la pedagogía nazi.
Unas semanas antes Rommel había sido herido en el frente occidental. Iba en auto y recibió el impacto de una bomba. El chofer murió en el acto, y Rommel pasó a recuperarse en un hospital alemán. Bajo tortura, uno de los oficiales que había participado del proyecto de atentado lo denunció. Hubiera sido demasiado indigno que un general de la jerarquía de Rommel muriera en la horca como los otros. Hitler prefirió ofrecerle una pastilla de cianuro a cambio de proteger a su familia y a sus colaboradores. También le prometió grandes funerales de Estado. Y así se hizo. El que siembra vientos cosecha tempestades. Rommel aceptó, bebió el cianuro, y el caso fue presentado públicamente como una muerte heroica.
Ironías del destino: Rommel había empujado a la muerte a millones de alemanes para dar gloria al führer y ahora, testigo de tantos crímenes y conspiraciones, moría secretamente, salvaguardando la farsa del honor. ¿Un criminal honorable? En octubre, en plena crisis de la guerra, Alemania despedía con pompa a uno de sus hijos dilectos. La viuda de Rommel recibió condolencias personales de Hitler y el cadáver del general fue quemado para borrar las huellas del cianuro. ¿Cómo es posible que un hombre sea tan considerado con valores como el honor, la jerarquía o el cuidado paternal de la familia después de haber arrasado ciudades y aldeas enteras, después de haber colaborado en una empresa de tortura, exterminio y muerte?
Rommel no había aceptado el proyecto de matar a Hitler, junto con algunos otros oficiales estaba más bien por una salida putchista. Releo esta historia y me estremezco. Rommel, y en su lugar quizá cualquier otro general, aceptó morir para salvar a su familia pero no hizo nada, ni entonces ni antes, para frenar el delirio alemán que él, como muchos otros, conocía bien de cerca. Aun el atentado mismo no fue pensado para salvar vidas, para detener la masacre que estaba en curso sino para preservar a Alemania, para definir una política de paz con los aliados y avanzar sobre Rusia. De hecho, era el plan de un sector de la derecha del partido y el ejército. Para los nazis, los rusos, como los judíos o los gitanos, no eran humanos. El proyecto alemán no sólo contemplaba la conquista territorial de la URSS, había que aniquilar a los rusos. Muchos años después el hijo de Rommel declaró que hubiera sido preferible perder la guerra sin Hitler que haberla ganado con él.
Me impresiona que en medio de la mayor intensidad de locura hubiera algunos signos de “sentido común”: el nazismo no se podía permitir un juicio a Rommel. Ahora: ¿por qué los mismos generales que estaban dispuestos a liquidar a Hitler no hicieron nada antes para rendirse? El atentado quizá hubiera salvado tres millones de vidas, quizá no, quizá hubiera generado una locura aún mayor. No sé. Y no sé por qué si desde la llegada de Hitler al poder habían pasado 12 años, si para el momento de su ascenso había en Alemania seis millones de socialistas, cuatro millones de comunistas y otro tanto de liberales, no hubo oposición fuerte. El nazismo avanzó con desmesura, se presentó con aliento redentor, y los pueblos, desgraciadamente, creen con mucha facilidad en la salvación. El pueblo alemán quedo subyugado, hipnotizado, paralizado en la locura y el delirio nazi. Esto es, si los hay, un misterio. El otro misterio: al terminar la guerra, nadie salió a celebrar. En Italia recibieron a los aliados con festejos, Mussolini murió ahorcado por una turba popular, pero Alemania se quedó en silencio, ¿por qué no hubo alemanes que sintieran la alegría de que sus propios hijos ya no morirían en el frente, de que ya Alemania no se avergonzaría más con crímenes absurdos y ensoñaciones de sangre?
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-39370-2004-08-09.html
Un simple rastreo en Internet lo confirma: en Francia, los exámenes del bachillerato despiertan tanto interés como las vacaciones. ¿Cuál es el sitio de la educación?
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
El buscador de Internet Google ofrece una página que se llama Zeitgeist, espíritu de la época, en la que se encuentran los sitios más visitados en la web, ordenados en tablas por país. Llegué a Zeitgeist por casualidad, en esos momentos en que no se sabe cómo seguir trabajando y uno se pone a clickear para ver si descubre alguna salvación ante el vacío. Me llamó la atención que una página web tuviera ese filosófico nombre en alemán y allí me encaminé. Recibiría una sorpresa. Las preferencias por países eran bastante similares.
Lo habitual: Beckham, Shrek, Harry Potter, Viajes, Meteorológicas. De pronto algo saltó a la vista en la tabla correspondiente a Francia porque, entre los diez sitios más populares, allí figura uno cuyo nombre me obligó a detenerme: France Examen. Mi primera reacción fue de aturdida incredulidad, como si estuviera frente a un error. ¿Qué hacía France Examen compitiendo, si bien en el lugar número nueve, con las naves insignia de la industria cultural, con los mamuts del mercado cinematográfico y musical? El nombre no parecía el de una banda de rock ni de un rap especialmente cocinado para adolescentes que repudiaran el control de calidad de la enseñanza.
Allí vamos. Y apareció efectivamente una página que respondía de manera convencional a su nombre. Nada de tecnología flash, ni animaciones, ni publicidades, ni pop-ups, nada de diseño hiperkinético, pensado como si el público estuviera enfermo del mal de aburrimiento.
France Examen es exactamente lo que su nombre anuncia: la página donde están los resultados, las fechas y otras informaciones sobre el examen final del bachillerato (que en Francia es una licencia indispensable para entrar en la vida laboral o seguir estudiando), y sobre los ingresos a las "grandes escuelas" de administración, de humanidades, de ingeniería y ciencias, que son la crema de la crema de la universidad francesa. El noveno sitio visitado era entonces el de las calificaciones escolares y los ingresos a los lugares de excelencia. Competía con Zidane y con la Eurocopa.
Increíble.
Recordé entonces que para ser profesor en un colegio secundario francés los candidatos deben pasar un examen que les ocupa uno o dos años completos de su vida (de su vida posterior a la graduación universitaria, entiéndase bien).
El éxito en el examen de agregación es un acontecimiento no sólo para quien aspira a ser profesor secundario sino también para quien se propone seguir una carrera en la investigación y la universidad. Y recordé que los resultados de esas pruebas nacionales (que se llaman de agregación ya que los vencedores se agregan al aparato educativo del estado) salen publicados en los grandes diarios: páginas y páginas de nombres, acompañados de una disciplina y de un lugar. Para quien ve esto por primera vez, representa una especie de síntesis material del lugar de la educación en la sociedad. Las páginas de nuevos agregados que publican los periódicos son la prueba de una jerarquía efectiva, que toca no simplemente a los que aprobaron el examen sino a la educación como cuestión central en la opinión pública.
Las tablas de preferencias de Zeitgeist estaban allí proponiéndome una confirmación a esto que, de algún modo, ya sabía. En junio y julio, es decir antes del verano europeo, cuando oleadas millonarias de población se desplazan hacia las costas del Mediterráneo o hacia lugares exóticos que, minoritariamente, incluyen también a América Latina, la página de France Examen compite con las de ofertas de viajes y el pronóstico del tiempo en las Baleares.
No quise evitar la envidia. La educación es uno de los pocos caminos de futuro para países pobres como el nuestro. Y es en una de las naciones ricas del mundo, en el centro de ese experimento político que se llama Unión Europea, donde France Examen muestra, con la contundencia a veces demasiado brutal que tienen las tablas de preferencias, en qué lugares la educación verdaderamente compite con las seducciones más idiotas y más atractivas del mercado. E, incluso, gana.
http://www.clarin.com/diario/2004/08/08/sociedad/s-809609.htm
ERNESTO LACLAU, SOCIOLOGO Y POLITOLOGO
Quizá por primera vez en nuestra historia, las instituciones democráticas están en condiciones de procesar las transformaciones y demandas sociales sin quebrarse ni traicionarse a sí mismas.
Fabián Bosoer
fbosoer@clarin.com
Hace dos años, luego de la crisis del 2001, usted advertía sobre una situación de disgregación social y sobre el peligro cercano de una reimposición autoritaria del orden. ¿Cómo observa lo acontecido desde entonces?
—Lo que me preocupaba en aquel momento era que el lema de la oposición a la situación imperante era exclamar que se fueran todos. Recuerdo que advertí que al pedir "que se vayan todos", lo que se iba a lograr es que se quedara —o que volviera— "uno", y eso siempre quiere decir un poder autoritario que ocupara el vacío de poder. Lo que significa que excluir la esfera política de la protesta social siempre lleva a consecuencias malas. De hecho, la crisis del 2001 provocó una ampliación horizontal de la protesta social, pero sin que eso se tradujera en el plano político. Lo que ocurrió después es que las cosas salieron bien, porque sorprendentemente surgió la figura de Kirchner y se nota una real voluntad y un esfuerzo por vincular el sistema político institucionalizado con las demandas sociales.
# Se le asignan características populistas al tipo de liderazgo que representa Kirchner. ¿Está de acuerdo con esta definición?
—En el sentido en que yo lo entiendo, que no es en absoluto peyorativo, el populismo es la construcción política de un pueblo; la construcción de lo que Antonio Gramsci llamaba "una voluntad colectiva". Esa idea, que no tiene nada que ver con la evocación nostálgica o temeraria del viejo populismo, existió en los años 80 identificada alrededor de la democracia y de los derechos humanos en los primeros años del gobierno de Alfonsín, pero fue débil y se fue disgregando en los años 90, en los que se impuso un gran cinismo y un desencanto total con el sistema político. Lo que me parece que está ocurriendo ahora es que hay un esfuerzo por reconstituir esa voluntad colectiva más amplia, un pueblo en un sentido más global. Es un proceso difícil, que va a tener muchos obstáculos, pero veo que esta es una gran oportunidad para cambiar la política argentina.
# Sin embargo, varios analistas políticos e intelectuales contraponen la democracia liberal al populismo, y a éste como una deformación de aquélla.
—Democracia y liberalismo no son términos históricamente coincidentes, como tampoco el populismo y la democracia son excluyentes o necesariamente antagónicos. La democracia liberal fue la consecuencia de un siglo de luchas, revoluciones y reacciones para llegar a formas de integración siempre precarias y discutidas. Pero esa integración que se dio en Europa nunca se produjo de la misma manera en América latina, donde el liberalismo fue la forma política imperante de las oligarquías, y las demandas y fuerzas democratizadoras no fueron absorbidas sino rechazadas y reprimidas por el sistema institucional liberal. El momento en el que sí hubo un esfuerzo de democratización radical —y democratización quiere decir inclusión y participación de los excluidos, de "los de abajo", en la esfera pública— tuvo lugar en los años 30 y 40 del siglo pasado, bajo regímenes que no eran típicamente liberales o que eran francamente antiliberales. Fue lo que llevó a cabo el MNR en Bolivia, el varguismo en Brasil, el peronismo en Argentina.
# Es decir que se produjo una oposición histórica entre liberalismo y democracia.
—Sin embargo, las dictaduras violentas de los años 70 y 80 golpearon y destruyeron tanto al liberalismo como a la democracia y fue ello lo que rompió ese dique que separaba a las dos tradiciones. Hoy día, no veo que haya otra posibilidad de afirmar las demandas democráticas de las masas que no sea a través del afianzamiento de las instituciones políticas liberales. Pero dicho afianzamiento obliga a ir más allá para cerrar la brecha que existe entre ambas.
# ¿Qué significa "ir más allá"?
—El problema con las democracias "realmente existentes" no es con sus valores constitutivos de libertad e igualdad para todos, sino con el sistema de poder que redefine y limita la realización de esos valores. Por eso hablo de una "democracia radical y plural" como una etapa de profundización de la revolución democrática, de extensión de las luchas por la igualdad y la libertad a un número crecientemente más amplio y heterogéneo de relaciones sociales. Con un reconocimiento de la pluralidad de voces y de realidades que una sociedad democrática contiene, pero también de la necesidad de articulación política de las contradicciones.
# ¿Sigue entonces existiendo un conflicto entre lo que representa la democracia y lo que defiende el liberalismo?
—Podemos decirlo así. Esto se profundizó en los años 90, porque el neoliberalismo, con su idea de que el mercado generaría un tipo de acuerdo que haría la discusión política y toda intervención del Estado innecesarias y nocivas, rompió ese compromiso con la tradición liberal-democrática. Eso condujo a que llegásemos a un reclamo de sociedades más integradas que confronta con instituciones que coexisten con una altísima desigualdad e injusticia en distintos planos de la realidad social.
# ¿Explica de este modo la protesta de los piqueteros y su difícil interlocución con el Gobierno?
—El Gobierno está caminando en una cornisa y no lo está haciendo mal; hay tropiezos, aquí y allá, por los cuales trata de crear un balance entre esa protesta más o menos espontánea y las formas institucionales del Estado. Por un lado, reprimir significaría tener un sistema político separado de las formas espontáneas de organización de la protesta social. Por el otro lado, dejar que la protesta social se transforme en formas antipolíticas y antiinstitucionales tampoco hace posible el funcionamiento democrático.
# ¿Cómo se transforma un sistema político sin partidos fuertes que sean sus actores principales?
—Creo que la pregunta es cómo se articula el sistema político con la sociedad global. Evidentemente, para que funcione una democracia los partidos son necesarios y cumplen una función muy importante. Pero qué es un partido político es algo que hay que analizar en cada situación: por ejemplo, en Italia, después de la Segunda Guerra mundial, el Partido Comunista, que era la fuerza más importante del país, absorbía todos los modos de la protesta social. Eso ya no ocurre. En Inglaterra, el Partido Laborista nunca fue un partido de masas, sino más bien una máquina para ganar elecciones —o para perderlas, a veces—. Pero lo que es importante es que la sociedad civil empiece a darse formas de organización propia con las cuales los partidos tengan que negociar. Cuando la marginalidad social crece, o se estanca, más allá de un cierto punto y sólo se da una articulación de demandas sociales a través de formas clientelísticas, en ese caso puede seguir existiendo un sistema político formalmente liberal, pero profundamente antidemocrático. Que sería además probablemente cada vez menos liberal, en términos de la realización de los derechos ciudadanos.
# Personalismo, relación directa de un líder con las masas, una opinión pública fluctuante entre la esperanza, el enojo y la frustración, crisis de los partidos... no parecen los indicadores más propicios para renovar y revitalizar nuestra vida política.
—Yo no lo veo de ese modo. Más bien observo que lo que puede ocurrir en la Argentina son dos cosas: o que las máquinas partidarias tradicionales se impongan nuevamente, y entonces tengamos un sistema liberal sin grandes aperturas democráticas y que vuelva la desesperanza —y ésta es una posibilidad real, en lo inmediato—; o un populismo de tipo nuevo, un populismo progresivo que sea compatible con el sistema democrático, que abarque una cantidad de demandas, pero que va a tener, necesariamente, que romper con las distintas formas existentes de institucionalización del poder para producir un desplazamiento en las fronteras de lo social.
# ¿Lo ve al Presidente liderando un proyecto de esas características?
—El problema de Kirchner es que todavía no ha llegado a cristalizar en el imaginario colectivo cómo poner juntos esos elementos y significantes diversos de un modo más definido y convocante. Espero que lo vaya a hacer. Puede llegar a ser un líder populista, y no veo en eso, en sí mismo, nada malo. Siempre, claro, que no se quede sólo en las formas.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/08/08/z-03416.htm
Copyright Clarín, 2004.
El historiador desmitifica el pasado
Sus investigaciones lo llevaron a publicar ensayos muy diversos, que abarcan tanto nuestros conflictos políticos como los grandes episodios del siglo XX. La fecunda militancia en el antiguo Partido Socialista –aquel de los brillantes legisladores– le despertó a Oscar Troncoso la imperiosa necesidad por conocer, primero, la historia de su partido y los orígenes del gremialismo argentino; luego, los fundamentos y razones de las ideologías opuestas. Eso lo convirtió en un autodidacta de visión sumamente amplia, cuya labor intelectual registraría títulos como "Los nacionalistas argentinos", primer ensayo sobre el tema, aparecido en 1957; "Fundadores del gremialismo obrero", testimonio de las conductas sindicales anteriores al peronismo, y "La modernización de Buenos Aires en 1900", de reciente aparición, basado en el copioso archivo personal del intendente Adolfo J. Bullrich.
Troncoso buceó en los papeles y entrevistó a protagonistas, pero también enriqueció sus escritos con preciadas vivencias, como la de haber sido testigo inesperado del 17 de octubre de 1945 en su condición de soldado conscripto, lo que le facilitó observar de cerca los acontecimientos en el momento en que se producían. Lo pone mal la deformación de los hechos históricos, "porque conspira contra la interpretación correcta de la realidad que uno está viviendo y no ayuda a resolverla". Escribió en la Revista Socialista, Liberalis, Sagitario, Futuro, La Vanguardia, Panorama, Cuarto Poder, Redacción, La Razón y Siete Días. Con Miguel Unamuno, actual director del Archivo General de la Nación -a quien considera "un peronista sorprendente por la amplitud de su visión política, social y cultural"-, compartió hasta hace poco la dirección de la revista-libro Desmemoria. Pero el mayor aporte de Troncoso a la historiografía argentina fue haber dirigido la Biblioteca Política Argentina, del Centro Editor de América Latina, una colección de medio millar de libros pequeños que supo rescatar grandes textos.
De muy joven hizo una lectura completa de don Miguel de Unamuno (el verdadero), cuyo influjo lo llevó a descubrir el admirable paralelo que trazó Dardo Cúneo en su "Sarmiento y Unamuno", un ensayo que Troncoso no se cansa de recomendar. Su búsqueda de información le hizo dudar muchas veces de los relatos políticos, pero a la vez lo transformó en un obsesivo verificador de datos históricos, "porque si se falsean los hechos -advierte- y se deforma la realidad, nunca podremos comprenderla del todo y menos aún superarla". Esa obsesión por descubrir los hechos reales comenzó hace casi medio siglo, cuando les corrió el velo a los nacionalistas.
-Aquel libro suyo fue un hito, del que luego partirían Enrique Zuleta Alvarez y David Rock, para producir nuevos ensayos. ¿Por qué decidió retratar a los nacionalistas cuando nadie se había ocupado de ellos?
-Precisamente por eso. En 1957 había elecciones de convencionales constituyentes y el semanario nacionalista Azul y Blanco tenía una fuerte repercusión, lo que me preocupaba, porque sin haber estado nunca en el poder ellos igual lograban influir en las decisiones políticas. Habían tenido un momento de esplendor en septiembre de 1930, con el golpe militar de Uriburu, pero seguían ansiosos por la frustración de no haber podido implantar sus ideas corporativistas. Lo que me satisface es haber sido el iniciador de dicha temática y haber descubierto otras facetas de los personajes estudiados.
-¿Coincide con los nacionalistas en que el período 1930-43 fue la "década infame"?
-Eso es cierto, pero es sólo una parte de la historia. La película es mucho más completa. Hoy, tras la crisis de 2001, debe ponerse de relieve que en la década del 30 a nadie se le ocurría pensar que la Argentina podía descender al grupo de los países más pobres del mundo. Por el contrario, se la observaba como una de las naciones nuevas más exitosas, de similitudes con Australia y Canadá, a las que superaba en producción de carnes y cereales y, desde luego, en cultura.
-¿Por qué ha vuelto a trabajar ahora con ese período?
-Para rescatar toda la verdad histórica. Penetré en el tema hace años, cuando Electra González, viuda de Sebastián Marotta, aquel dirigente gráfico autor de tres tomos de "El movimiento sindical argentino", me propuso continuar el libro y extender la historia de 1935 a 1945. Con sus papeles y la formidable documentación de Diego Abad de Santillán obtuve una visión más amplia de la vida sindical en ese período. Recuerdo que, apoyado en la leyenda de "la década infame", escribí un capítulo sobre la desocupación y cuando se lo mostré al gremialista Andrés Cabona, me dijo: "Mire que en 1935 no había desocupación, porque el gobierno de Justo reactivó la economía y realizó gran cantidad de obras públicas, sobre todo caminos". Me sorprendió una actitud tan objetiva sobre el vilipendiado general Justo, de parte de un dirigente de la CGT de entonces, lo que me obligaba a buscar más datos.
-¿Y qué encontró?
-De todo. Por ejemplo, la importancia del intervencionismo estatal en la administración conservadora de entonces, creadora de la comisión de control de cambios y permisos oficiales de importación, el impuesto a los réditos, las juntas reguladoras, el Banco Central, etcétera. Ultimamente muchos sociólogos, economistas e historiadores de nivel han intensificado sus estudios sobre esa época. Al mismo tiempo, María Cristina Tortti y Juan Carlos Portantiero analizaron el socialismo de la década del 30; Juan Carlos Torre publicó "La vieja guardia sindical"; Ricardo Sidicaro, "Los conflictos entre el Estado y los sectores socioeconómicos predominantes entre 1930 y 1943", y Horacio J. Pereyra destacó el plan de reactivación económica de Federico Pinedo, que preveía transformaciones sociales con un creciente intervencionismo estatal.
-¿La izquierda de entonces aportaba algo o sólo discutía?
-Revisando la revista Izquierda, que editaban los socialistas Benito Marianetti, Bartolomé Fiorini y Carlos Sánchez Viamonte, encontré proyectos sobre cambios sociales profundos. Pero no se trataba de pura teoría, como ahora, pues al rastrear la acción de los 40 diputados socialistas de entonces aparecieron propuestas concretas de reformas económicas. Rómulo Bogliolo tenía presentado un plan para modificar el orden social vigente, que luego publicaría con el título "Hacia una economía socialista". Estaban los proyectos de José Luis Pena, dirigidos al sistema monetario y financiero, y las iniciativas de Miguel Navas, que promovían la creación de los tribunales del trabajo, para hacer cumplir las leyes laborales.
-¿Cómo vivía la clase obrera en esos años?
-Mi padre era corredor de comercio y vivíamos en Caballito sur, cerca del barrio Caferata, una zona de clase media baja. Todos mis amigos eran hijos de obreros: albañiles, carpinteros, electricistas. Alquilaban una pieza con baño y cocina; a veces se juntaban dos matrimonios para rentar y compartir una casita. Con las necesidades básicas satisfechas, se escuchaba la radio y de vez en cuando se iba al cine. La crisis llegó atenuada, salvo excepciones, y se hablaba más de la difícil situación del campo; también de una "villa desocupación" que estaba lejos, en el puerto. Nada de eso interfería la modesta vida barrial. Las elecciones en la Capital eran limpias y las noticias de fraude electoral llegaban de afuera, de las provincias.
-¿Qué recuerda de aquellos sindicalistas?
-Eran de una moral ascética y, por un prurito de la época, soportaban los sacrificios personales en silencio. Esto impidió medir su verdadera templanza, sus sueños de una nueva sociedad y el valor de sus batallas por la moderna legislación social que iban conquistando paulatinamente. Años después, y todavía hoy, se creó la falsa idea de que el sindicalismo argentino comenzó en 1945. No se dice que las concesiones de Perón a la nueva burocracia sindical que lo rodeaba nada tenían que ver con aquellos pioneros. Siempre tengo grabada la imagen de aquel gremialista que se desmayó de hambre en la calle y cuando le encontraron cien pesos en un bolsillo, en el hospital, dijo que no los usó para comer porque era dinero del sindicato.
-Es frecuente escuchar que la industrialización del país empezó con el peronismo. No se entiende, entonces, de dónde salieron los obreros industriales el 17 de octubre de 1945.
-Es que eso no es cierto. La zona donde yo vivía estaba rodeada de talleres y fábricas de zapatos y de otros productos derivados del cuero. La industria de la alimentación exhibía grandes plantas productoras de marcas muy populares, la industria textil hacía rato que se había desarrollado, la carne se faenaba en grandes frigoríficos. Existían casi cien mil obreros metalúrgicos, además de los trabajadores de las industrias del cemento, los cigarrillos, las bebidas, la pintura, las máquinas herramienta, entre otras más pequeñas, que fueron creciendo gracias a las barreras aduaneras que las protegían y a la restricción de las importaciones. El Estado tendía caminos para aumentar el transporte de las materias primas y los productos terminados. Se ampliaban la refinería de YPF y la flota de buques petroleros, se ponía en marcha la Fábrica Militar de Acero del Riachuelo, que producía planchas y barras especiales para la industria privada. Todo esto se acrecentó al iniciarse la Segunda Guerra Mundial, por el cierre de los mercados externos.
-¿Cómo influía el contexto internacional?
-Con una inmigración como la nuestra, se puede comprender la repercusión que tuvieron en esa década el fascismo italiano y la Guerra Civil Española. Los principales partidos políticos se pronunciaron contra el fascismo y en favor de la República Española. También lo hicieron los sindicatos, a través de sus periódicos. El diario Crítica, de Natalio Botana, fue un baluarte republicano que albergó a los primeros intelectuales que llegaban exiliados. Eran continuos los actos de solidaridad para enviar ayuda al pueblo español: hasta los chicos buscaban en la calle marquillas de cigarrillos para hacer grandes bollos de papel plateado y enviarlos a la industria de guerra republicana. Ese era el tema de discusión diaria, no porque se mirara más hacia fuera, sino porque las noticias eclipsaban los hechos locales. Esto es fundamental para comprender lo ocurrido en 1945.
-¿Qué otra cosa se distorsionó?
-No se aclara, por ejemplo, que los partidos habían sido disueltos por la dictadura y que la militancia se hacía en la calle, donde ocurrían cosas todos los días. No era una pelea entre peronistas y antiperonistas, como se suele decir, sino entre militantes antifascistas y los grupos de choque de la Alianza Libertadora Nacionalista, que actuaban con ayuda de la policía y ocupaban la calle. Había balazos, muertos y heridos. La liberación de París fue tan festejada que al año siguiente, en 1945, el gobierno militar prohibió por decreto celebrar públicamente el triunfo aliado y la caída de Hitler y Mussolini. En ese momento la Unión Democrática, que era la unión de casi todos los partidos, aparecía como la única salida para evitar que las elecciones legitimaran el continuismo de un régimen militar de tendencia fascista. Hay que situarse en la época y valorar la enorme gravitación del contexto internacional para comprender lo que significaba entre nosotros el temor al fascismo.
-Ese año la calle también fue testigo del 17 de octubre...
-Pude ver todo de cerca, porque era conscripto. Estaba en el Comando de Defensa Antiaérea, en el piso 13 del Ministerio de Guerra, o sea detrás de la Casa de Gobierno, y ese día me iban a dar de baja, pero la suspendieron y me tuve que quedar por allí. Uno de los oficiales que entraban y salían era el mayor Francisco Filippi, yerno del general Pedro Pablo Ramírez, presidente hasta el año anterior. Recuerdo que en la cafetería había fotografías de Hitler y Mussolini. Desde un balcón, vi llegar los primeros grupos, que no eran tan numerosos, como se dijo después, con banderas argentinas y fotos de Perón vestido de coronel. Me fui a la plaza a caminar entre la gente y como era conscripto me pedían que le hiciera la venia a los retratos de Perón, pero en un clima muy pacífico, porque la gente estaba sentada en el pasto. Me miraban con simpatía, dado que los uniformes militares caían bien. Era un día caluroso, casi agobiante, y la mayoría estaba de traje, como se usaba entonces para ir al centro. Había mucha curiosidad por los movimientos en la Casa Rosada y cuando se vio salir un auto con banderitas inglesas, le abrieron paso respetuosamente. Era el embajador británico David Kelly, que acababa de entrevistarse con el presidente Farrell.
-¿No era demasiado respeto en una manifestación de protesta?
-Es que la gente fue en forma pacífica a pedir que volviera Perón. Años después, me sorprendería la fantasiosa descripción que hicieron algunos escritores conocidos y muchos interesados en quedar bien políticamente. Se dijo, por ejemplo, que cuando el escuadrón policial disolvía a los manifestantes éstos se reagrupaban enseguida, pero la policía no actuó ese día porque los militares adictos a Perón la habían neutralizado. También hay quienes insisten con "las gigantescas multitudes que invadieron la ciudad". Sin embargo, éstas sólo se vieron en los años siguientes, cuando se celebraba la fecha con la plaza llena y se publicaban grandes fotos en los diarios. Lo más increíble es la paradoja de los escritores revisionistas, que construyeron una historia oficial a través de la propaganda del gobierno peronista. Por suerte, con los años, los investigadores más serios esclarecieron las cosas, especialmente los autores extranjeros como Potash, Rouquié, Page, Rein, Rock, Buchrucker, Snow, Waldman y otros.
-Usted también escribió en otros medios partidarios e independientes. ¿Qué ideas quiso dejar estampadas?
-Traté de comprender la época que me tocaba vivir, que fue de grandes transformaciones, y de reflejarla tal cual era, porque la Argentina vive deformando la realidad histórica para satisfacer intereses políticos circunstanciales y así no se construye un marco nacional. Se transita de crisis en crisis. En la medida de mis posibilidades, pretendo dar testimonio del presente en su continuidad con el pasado, porque la mejor contribución a la unidad del país es el compromiso con la verdad y la búsqueda del consenso en los asuntos esenciales. En cuanto a ideas, siempre expresé mi fervorosa adhesión a la democracia, aun con todos sus defectos, en la creencia de poder construir una sociedad socialista evolutiva, al estilo de la que vemos hoy en España. Mi oposición a Perón radicaba en el autoritarismo de su régimen y en que las modificaciones sociales y económicas que se produjeron eran oportunistas, sin bases sólidas, otorgadas como concesiones graciosas del poder.
-¿Su labor editorial más importante fue la famosa "colección negrita" del Centro Editor?
-Quien merece mi homenaje de admiración es el creador de esa editorial, José Boris Spivacow, cuya pasión irrefrenable por difundir las nuevas ideas lo impulsó a lanzar ediciones económicas de títulos importantes. Lo acompañaban Elena Chio- zza, Beatriz Sarlo, Haydée Gorostegui de Torres, Jorge Lafforgue, Susana Zanetti, Luis Gregorich, Carlos Altamirano, Josefina Delgado, Amanda Toubes, Ricardo Figueira, Graciela Montes, Graciela Cabal y otros intelectuales de nivel. Entre 1982 y 1993 publicamos 485 libros de autores prestigiosos y jóvenes desconocidos de todas las corrientes, desde el conservadurismo hasta el trotskismo, con riquísima información sobre el país. Títulos como "El drama de la democracia argentina", de José Luis Romero; "Los sindicatos en el poder 1973-1976", de Juan Carlos Torre; "Autoritarismo y democracia, 1955-1983", de Marcelo Cavarozzi; "Comportamiento y crisis de la clase empresaria", de Dardo Cúneo; "Las primeras leyes obreras", de Juan Panettieri; "El fenómeno insurreccional y la cultura política", de María M. Ollier; "Los nuevos movimientos sociales", de Elizabeth Jelin; "Juventud y familia en una sociedad en crisis", de María Ester Chapp; "Madres solteras adolescentes", de Anahí Viladric. Esa colección fue mi aporte más importante, es cierto, lo que me enorgullece.
-¿Qué le sugiere la presidencia de Kirchner?
-Poco antes de las elecciones asistí a una reunión en la que Kirchner fue acosado con preguntas sobre la organización del Estado, la situación económica, la relación con las empresas privatizadas, etcétera. Sus respuestas no eran improvisadas: respondían a un pensamiento coherente, en la línea de un izquierdista moderado y actualizado, naturalmente, con tics peronistas. Al salir nos entregaron un ejemplar de "Después del derrumbe", libro de Torcuato Di Tella con un reportaje a Kirchner, donde ampliaba los temas tratados. Todo concordaba con mi forma de pensar y eso me convenció de que estaba frente a un buen candidato. Hoy me parece positivo su gobierno, a pesar de que me molesta la abundancia de enfrentamientos ásperos con quienes no coinciden con su actuación, como también las disputas políticas internas en un momento de crisis como el actual y las actitudes públicas de exagerado populismo. Pero siento que debo apoyarlo, por su lucha contra la desocupación y por su arremetida contra los focos de corrupción en la Corte Suprema, en las empresas privatizadas sin control estatal, en la policía, en la negociación con el FMI y, en general, porque coincido con los fines que persigue.
Por Hugo Gambini
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/04/08/07/DP_625433.asp
La opinión del controvertido historiador inglés, autor de "Tiempos modernos"
LONDRES.– Cuando Paul Johnson era chico soñaba con ser artista. Su padre, un paisajista respetado, al ver sus intentos con el óleo y las acuarelas le dijo que, si bien era talentoso, podía ver que se avecinaban malos tiempos para el arte, “con fraudes como Picasso dominando el próximo medio siglo”.
“Busca ganarte la vida de otra manera”, le recomendó. El resultado fue que el joven Johnson, obedientemente, marchó a Oxford a estudiar historia y luego desarrolló una carrera con la pluma, con best-sellers mundiales que marcaron una época, como “Tiempos modernos”, “Intelectuales”, “Historia del cristianismo”, “Historia de los judíos”, “Estados Unidos: la historia” y “El nacimiento de la modernidad”, aún no publicado en castellano.
Hoy, al borde de los 80 años, se toma la revancha cada mañana en su atelier, en una magnífica casa georgiana, en el centro de Londres, pintando sus clásicas imágenes de la campiña inglesa, vistas del lago Cuomo y alguna que otra panorámica de los Andes. Luego va a su escritorio, besa los pies de un gigantesco Cristo (“Los republicanos lo robaron de una iglesia española y yo lo rescaté de un anticuario a pocas cuadras”, aclara) para que lo inspire, y se pone a trabajar.
En este momento hay dos temas que lo preocupan: tiene que terminar una reseña de la biografía de Bill Clinton (“El mentiroso más grande de la historia”, explica, sin más, a LA NACION) y un ensayo sobre las elecciones europeas (“En Gran Bretaña casi nadie es pro europeo; odiamos a Europa, no como lugar físico, pero sí a la Unión Europea y a Bruselas”, aclara).
Evidentemente, con el paso de los años, Johnson no ha perdido ni pelo –sigue con su distinguida mata gris con reflejos rojizos– ni contundencia en sus declaraciones. Una charla con él es extremadamente entretenida –es encantador y cada vez que se refiere a los personajes públicos con los que tuvo contacto directo, sean Bush, Thatcher, Blair, el Papa o la princesa Diana, imita con bastante precisión su forma de hablar-, pero en su transcurso puede resultar fácil ofenderse.
Por ejemplo, ni siquiera lo convence el título de esta serie de entrevistas: "No me gusta aparecer entrevistado como un intelectual -se queja antes de comenzar-. Para los intelectuales las ideas son más importantes que las personas. Hay cosas terribles que pasan porque intentan adaptar a la gente a las limitaciones de su pensamiento. Para mí, la gente viene antes que nada. No soy como aquellos que escriben, desde la izquierda preeuropea, que creen que sólo ellos saben cuál es el bien de los demás".
-Pero usted solía estar a favor de la unión entre los países europeos...
-Mi primer trabajo fue en París, en 1952, en una revista que trabajaba en favor de una Europa unida bajo la guía de Jean Monnet, máximo impulsor de la creación de la Comunidad Económica del Carbón y del Acero (CECA) y considerado el padre de la Unión Europea. Pero él era muy distinto de esta gente que ahora está en Bruselas. Para empezar, odiaba la burocracia y su objetivo siempre era mantenerla al mínimo. Segundo, y más importante aún, él estaba convencido de que Europa no podía y no debía ser construida sin una colaboración cercana con los Estados Unidos, para conformar, así, la gran comunidad occidental. Hoy estaría horrorizado por personas como Chirac, que ven a Europa como un contrapeso de los Estados Unidos. El presidente francés está en contra de todos aquellos a quienes De Gaulle llamaba les anglosaxons, y así le va. Mientras que la economía anda bien en los Estados Unidos y en Gran Bretaña, no hay crecimiento para Francia ni para sus aliados alemanes. Este es un problema muy serio. Con el envejecimiento de su población y sin la incorporación de jóvenes que subsidien el sistema con su trabajo, y con el peso de la terrible burocracia de Bruselas, es imposible que logren salir adelante. Los franceses están supliendo su necesidad de mano de obra mediante la importación de árabes. Están importando musulmanes, algo muy peligroso, por razones que ni hace falta que explique. Otro tanto es cierto para Italia y, en cierta medida, también para España, un país que me ha decepcionado mucho.
-¿Por qué?
-Porque se comportaron como unos cobardes respecto de Irak. Fue algo muy poco característico de un pueblo no sólo valiente, sino de una enorme dignidad y sentido del honor. Pero esta vez, después de que unos árabes les pusieron bombas, se olvidaron de sus compromisos preexistentes y tuvieron elecciones, en las cuales ganó el partido de los cobardes. Conozco varios españoles que están muy avergonzados de lo que pasó. Espero que puedan revertir el rumbo, porque son gente maravillosa.
-Pero la población estaba en contra de la guerra en Irak aun antes de que Aznar mandara sus tropas.
-Estaban confundidos por los medios de comunicación. Saddam Hussein era un hombre muy peligroso. Llevó a su gente a una larga guerra contra Irán, en la cual es, personalmente, responsable por cuatro millones de muertos. Después invadió Kuwait, una agresión lisa y llana que costó otro millón de vidas. Tuvimos que pelear en una guerra para ponerle freno. En ese momento, la señora Thatcher estaba en el poder aquí y Bush padre, en los Estados Unidos. Un hombre encantador, pero indeciso y débil. El quería olvidarse de Kuwait y concentrarse en proteger Arabia Saudita. Se encontraron en la conferencia anual en Aspen, Colorado, y Thatcher, que ya había librado una guerra contra la agresión externa, en las Malvinas, le dijo a Bush padre: "No puedes ser tan tonto. Esto es un acto de agresión. ¿Lo vamos a dejar pasar? ¿Para qué fuimos a la guerra contra Hitler, entonces?" Y eso dio lugar a la operación Tormenta del Desierto. Lamentablemente, mientras tanto, Thatcher perdió su cargo y su propio partido la reemplazó por un primer ministro ridículo, John Major, y entonces. en vez de entrar en Bagdad y acabar con Saddam, que era lo que ella hubiese querido hacer, lo dejaron zafarse y tuvimos que pelear otra vez más contra este maldito hombre. Ahora, por suerte, Saddam Hussein fue capturado y está siendo juzgado gracias a que el joven Bush es muy distinto de su padre.
-¿Le gusta el presidente Bush?
-Claro, pero porque es el hijo de su madre, no de su padre. Barbara Bush es una señora dura y formidable y él salió a ella. En realidad, antes del 11 de septiembre él no sabía cuál podía ser su misión, más allá de ser presidente porque su padre había sido presidente. Pero después de los ataques se dio cuenta de que su objetivo era vencer al terrorismo, que ése debía ser el principio rector de su presidencia. Por suerte, tiene buena gente en su gabinete. Sobre todo, el vicepresidente, Dick Cheney...
-Esa visión no es la más popular entre los europeos?
-Yo no entiendo qué quieren los europeos. No se puede dejar que dictadores fuertemente armados, como Saddam, que es un psicópata, hagan lo que se les cante. Ahora me preocupan los iraníes, porque sus clérigos están desesperados por conseguir armas nucleares. ¿Vio lo que pasó con esos pobres soldados ingleses, un tiempo atrás? Estaban volando tan bajo cerca de la frontera con Irán que los pudieron arrastrar hacia el lado iraní y después decir que los estaban invadiendo. Es gente muy peligrosa. Tony Blair, a quien admiro mucho, fue muy débil con ellos. La próxima vez que lo vea lo voy a retar.
-¿Alguna vez la retó a Thatcher?
-Sí; le dije que se estaba corrompiendo. Ella me respondió: "Sabes que nunca toqué un penique ajeno". Y yo me reí y le dije que sabía que en ese sentido era la persona más honesta del mundo, pero que le estaba empezando a gustar demasiado el poder y que eso siempre es peligroso. Poco después fue derrocada.
-¿Y por qué detesta tanto a Chirac?
-Porque el antiamericanismo es la peor forma de racismo. En Estados Unidos uno encuentra gente de todo tipo, étnico, religioso o racial, así que odiar a Estados Unidos es odiar a la humanidad. Y Chirac -quien, en cuanto se le acabe la inmunidad va a ser llevado a juicio por la forma delincuencial en que usó fondos públicos para su partido cuando era alcalde de París- es tan profundamente anti-Bush que es responsable de que todo el establishment francés sea una máquina política antiamericana. No es el único, claro. La culpa la tiene toda esa elite intelectual francesa. Yo leo Le Monde y no pasa un día sin que publiquen alguna nota anti-Bush, así que el pueblo francés no puede sino estar confundido por ello.
-Pero ¿por qué cree que Chirac y el establishment político francés odian a los Estados Unidos?
-Son una elite de intelectuales para quienes las ideas son más importantes que las personas. Y si bien dicen ser democráticos, en realidad no entienden que el voto de la gente común, el de los pequeños comerciantes, es tan valioso como el de ellos. Creen que saben lo que es mejor para los demás y no aguantan que los Estados Unidos sean una verdadera democracia, en la cual lo que la gente dice se hace. Francia no es una democracia, en absoluto. Es un país manejado por los burócratas y por una elite política. El ciudadano común no tiene voz en el gobierno. Entonces, no le queda otra que hacer esas manifestaciones, cortando las calles, y, cada tanto, sacando al gobierno por la fuerza. Yo creo que en unos cinco o seis años vamos a ver otra revolución contra el régimen. Francia es un pueblo muy infeliz por culpa de sus gobernantes, con un diez por ciento de desempleados, las pensiones con problemas de recursos tales que Dios sabe qué ocurrirá con ellas y esa semana de 35 horas que es un desastre y que no permite que la gente pueda trabajar tan duro como hace falta para sacar el país adelante. Si esto sigue así, en unos años se escucharán disparos contra los políticos, sin duda. Los alemanes son más disciplinados, por lo que no creo que haya tantas revueltas allí, pero algo va a pasar con sus diez millones de desempleados. Y las cosas tampoco pueden seguir así para la Unión Europea. Los polacos, por ejemplo, y los húngaros son pueblos muy inteligentes, que no van a tolerar la dominación francogermana. Ellos saben que sin los Estados Unidos seguirían siendo esclavos de los soviéticos.
-¿Y qué va a pasar en los Estados Unidos? ¿Quién ganará las elecciones?
-Bush. Es muy difícil que un presidente no gane un segundo término. Además, la gente sabe que él les llevó a los iraquíes algo más parecido a la democracia y al Estado de Derecho que lo que tenían con su dictador. También, un punto fundamental, y que pocos señalan, es que California es el estado más importante de la Unión, y que ese actor tan cómico, Schwarzenegger, está haciendo un buen trabajo y es republicano, lo cual va a traducirse en una mayoría en el colegio electoral. No creo que Kerry, con sus mentiras, y ese muchachito curioso que eligió para vice, ese que se excita tanto cuando habla, tengan chances. Y esperemos que así sea, porque Kerry es aún más mentiroso que Clinton. ¡Todos estos años haciéndose pasar por un irlandés de Boston para conseguir votos, cuando sabía perfectamente que su familia era de judíos de Europa central! Un hombre que puede mentir sobre eso va a mentir sobre cualquier cosa.
-En este momento está reseñando las memorias de Clinton. ¿Qué le parece el libro?
-Largo, aburrido y una mentira, como su presidencia. Hasta tal punto mentir es parte de la naturaleza de Clinton, que lo hace no sólo cuando no es necesario, sino, incluso, cuando le puede jugar en contra. Por ejemplo, en sus memorias dice que su mujer se llama Hillary y no Hilary, con una "l", como es común en inglés, en honor de sir Edmund Hillary, el hombre que conquistó el Everest. ¡Pero ella nació en 1938 y Edmund Hillary logró su hazaña sólo en 1953, antes de la cual nadie lo conocía! Pero Clinton es tan, pero tan seductor que si no existiese la enmienda de la Constitución que lo impide, lo habrían seguido eligiendo. Tony Blair me decía: "Sé todo sobre los antecedentes de Clinton, pero cuando estoy con él no puedo evitar que me guste. Es superior a mí". La única explicación que yo veo para tal magnetismo es que le debe haber vendido el alma al diablo.
-Bueno, pero hay que admitir que ese poder de atracción carismática es algo fundamental para un político.
-Sí, pero a Clinton no le importa a costa de qué. La forma en que trabaja con las masas es incomparable, pero lo hace sin escrúpulos y no puede parar. Le doy un ejemplo: cuando dejó la Casa Blanca y vino de visita a Londres, se metió en un pub y gritó: "¡Los tragos son gratis para todos, porque yo invito!" La gente, como loca, lo aplaudía, lo besaba. Se juntó una multitud de mil personas afuera. Todos encantados. Todos, salvo una persona: el dueño del pub. ¡Porque Clinton se fue sin pagar! Al día siguiente, este pobre hombre fue a la embajada norteamericana a quejarse. Clinton ya había dejado el país, por supuesto, pero igual le reembolsaron su pérdida, con fondos de las arcas públicas. Una metáfora de su presidencia: él queda bien, pero pagan todos los norteamericanos.
-Una última pregunta: los argentinos no le caímos demasiado bien durante la Guerra de las Malvinas, pero ¿qué piensa de nosotros ahora?
-Buenos Aires es tan linda como París. Tiene librerías mucho mejores que las de Gran Bretaña y una Feria del Libro como no hay en Europa. El país tiene todo tipo de materias primas y una población educada. Cada vez que voy me lleno de tristeza, porque soy el primero en sorprenderse de que no siga siendo una potencia como lo era antes de ese espantoso hombre, Perón. Hace unos años fui a conocer a Menem y me pareció bastante inteligente y con una idea clara de hacia dónde debía ir el país, pero ahora resulta que era un delincuente? Ya no sé qué creer. Supongo que gran parte de la culpa la tiene la elite política de su país, que no sirve para nada. Pero eso no puede ser lo único. Cuando pienso en la Argentina, me vuelvo loco. Es uno de los pocos casos para los que no encuentro una maldita explicación.
Por Juana Libedinsky
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/04/08/04/DQ_624315.asp
SILVIA BLEICHMAR, PSICOANALISTA
La frecuencia de ataques sexuales a niñas, niños y adolescentes, muchas veces acompañados de muerte, impone replantearse estos fenómenos tan largamente tapados. ¿Es una violencia nueva? ¿O la diferencia es el debate público? Con lucidez, la psicoanalista Silvia Bleichmar intenta en esta entrevista una explicación.
Por María Esther Gilio
–La violación no es, por supuesto, nada nuevo dentro de esta y otras sociedades. Lo nuevo, en este momento, es la frecuencia con que la muerte sigue –y a veces precede– a la violación. Suele decirse “la mató para no ser denunciado”. Siento que esta explicación es muy pobre, que no explica todo.
–Esto que vos notás en la violencia homicida con que se ejerce la violación indica que ésta no se produce solamente como un lamentable ejercicio de masculinidad, sino como un acto de odio muy profundo que en este momento padece la sociedad argentina en todas las formas de la violencia.
–Quiere decir que, para usted, esto no es algo que presente caracteres propios, excepcionales, vinculados con los delitos sexuales.
–No, no lo es. Que se mate a alguien después de haberle robado hoy ya no es algo excepcional.
–Es decir, no se mató porque fuera la condición indispensable para poder robar.
–Claro. En la Argentina hay en los últimos años algo así como una combinación de violencia con sadismo. Se trata de algo que aparece en múltiples espacios y que muestra una especie de decantación de formas de impunidad con los modos de resentimiento.
–Formas de impunidad que vendrían de lo vivido en los setenta.
–Claro, en esos años se destituyó en este país el horror ante la muerte. La desaparición del horror ante la muerte, la aceptación de la muerte fue algo que se instaló aquí durante la dictadura militar.
–Dominó en ese tiempo una especie de frivolización del hecho.
–El asesinato fue algo natural.
–Que pasó a formar parte de la vida.
–Algo con lo que se convivía sin horror. Se han producido en los últimos años muchas formas de la violencia delictiva que tienen estas características. No hay que olvidar, además, que un porcentaje muy alto de la violencia está ejercido por individuos vinculados con los servicios de seguridad. La violencia aquí está ejercida por delincuentes policiales. Y por sectores del poder, quienes también cometen violaciones. En este momento, en la Argentina, hay una sedimentación de dos vertientes. Por un lado tenemos la historia de impunidad y violencia, desde las distintas formas del poder, y por otro tenemos un profundo resentimiento por las promesas incumplidas. No es la pobreza la que trae las formas de violencia inmisericordiosas que comprobamos constantemente, sino el profundo resentimiento.
–Es verdad que sorprende a menudo el odio que aparece vinculado con la violencia. Esos policías que agarraron a tres chicos que venían de un baile y los tiraron al Riachuelo... ¿Por qué? Uno se ahogó. ¿De qué los acusaban? De ser jóvenes tal vez.
–Sí, esta violencia sorprende, ente otras cosas, por el hecho de que no siempre tiene como objetivo conseguir algo. Este hombre que violó y mató a dos niñas. Se supone que la tiró al pozo cuando todavía vivía. Este hombre, un hombre joven, que ya había estado seis años preso por violar a una prima, cuando le preguntan por qué mató a esta última niña, dice algo impactante: “Para vengarme del padre que me debía dinero”. Con lo cual está mostrando que él cree que esta excusa puede ser aceptada por la sociedad. Es impresionante que él piense que de esa manera su crimen puede justificarse.
–Usted hizo un trabajo sobre la diferencia entre excusa y justificación.
–Sí, yo he trabajado ese tema. Esto es algo que en general está presente en la mentalidad del violador. En muchos casos el violador justifica su acción diciendo que la mujer estaba vestida así o asá. Que iba por la calle moviéndose de tal o cual manera.
–¿Cuál sería la diferencia entre justificación y excusa?
–En la excusa el individuo reconoce que ha cometido un acto que está mal.
–No busca justificarse, trata, simplemente de explicar por qué.
–Exactamente.
–¿Una persona que comete un delito como el que describimos, violación y muerte, es necesariamente un psicótico?
–No. Además, en este momento se decidió algo en lo judicial, a partir del cuádruple crimen del dentista Barreda, con lo que yo estoy de acuerdo.
–Recuerdo a Barreda. Vivía en La Plata y hace varios años mató a su mujer, su suegra y sus dos hijas.
–Sí. En lo que se llegó a un acuerdo en el terreno de la Justicia es en que no se puede considerar inimputable al individuo que planifica una acción y la mantiene.
–De cualquier modo, alguien que hace algo como Barreda no se puede considerar normal.
–No, claro que no. Vamos a suponer que alguien tiene una psicosis que se manifiesta en delirios.
–Ve en la realidad cosas que ve sólo él.
–Sí. El problema de considerar inimputable a un delirante es el límite que separa a una acción racional de una acción irracional, porque el delirio tiene racionalidad. El problema de considerar inimputable al delirante trae por consecuencia que se pueden justificar acciones de todo tipo explicándolas por la irracionalidad delirante.
–El decía que la familia lo despreciaba; se reía de él.
–¡Pero mucho más que eso podés justificar! Podés, por ejemplo, justificar el nazismo como un gran delirio. Podés justificar a los muchachos que mataron a los catorce jóvenes de Columbine. Debemos, para empezar, distinguir entre alguien a quien podemos clasificar como psicótico de alguien que tiene una estructura psicótica. Es correcto, entonces, no considerar inimputable a un delirante, porque la racionalidad permite la planificación y la conservación de la acción. Mientras que en alguien que está en brote, el sujeto ha caído.
–Alguien que está en brote sufre una desestructuración como individuo.
–Sí, en el momento del brote está alucinado... pero pasado el brote es consciente de su acción y no busca justificarla.
–Tal vez sí excusarla.
–Sí, puede excusarla, pero no justificarla. Mientras el delirante sigue justificándola. Entonces el problema de la inimputabilidad está dado por el nivel de la racionalidad y la permanencia en el tiempo de la planificación de la acción.
–Resumiendo, el violador no es necesariamente psicótico.
–No lo es. Puede haber psicóticos y puede haber perversos. Y en la perversión puede haber diferentes estructuras psicopatológicas.
–Pero no es una psicosis.
–No, tiene otra estructura. Y en el caso de estos violadores reiterativos podemos hablar de patologías con impulsiones o compulsiones. Este panorama puede complicarse, aún más, cuando el sujeto toma drogas.
–Hay otro tema que no es nuevo, pero sí es nueva la frecuencia. Me refiero a la paidofilia. Esto ha determinado la existencia de la prostitución infantil en el Tercer Mundo. Según el canal español “24 horas” España se lleva la palma entre los países europeos.
–España tiene el índice más alto de turismo sexual hacia países del Tercer Mundo. Turismo sexual con una característica: paidofilia.
–¿Cómo se explica esta atracción del adulto por el niño?
–El niño aparece como alguien profundamente indefenso, lo cual, ante las personalidades sádicas, o con fantasía de omnipotencia sexual, lo convierte en una víctima propicia.
–La indefensión es provocativa para estos individuos.
–Muy provocativa. Hay que pensar que vivimos en un mundo donde permanentemente se estimula el abuso de unos sobre otros.
–En este momento, creo que más que en otros, a partir de la gran desocupación. Todos estamos mucho más dispuestos a aceptar la humillación por miedo a perder el trabajo.
–Es así. El temor a perder el trabajo y la desaparición de normas claras de trabajo provoca terror en los individuos. Terror que funciona como una forma de autoexigencia. Así como en la época del terrorismo de Estado funcionó la autocensura. Hoy, en los trabajos se generan circuitos de autoexplotación brutales. La gente se queda voluntariamente más tiempo del que se pide, por ejemplo. El modelo que se vive en este momento es muy perverso.
–¿También en el Primer Mundo?
–Claro, es brutal la forma con la cual en Estados Unidos se establecen los modos de jerarquización y apropiación del poder. Impresiona cómo en los lugares de trabajo se jerarquizan símbolos de status. La vista, la luz natural, el sillón, la lámpara. Es algo así como las jinetas de los militares.
–En definitiva estamos en una sociedad...
–...donde se propicia deconstrucción de los ideales comunitarios y de incremento de los modos del poder. Y estas formas del poder se ejercen, muy particularmente, en la violencia sexual y, sobre todo, con víctimas indefensas, porque, claro, se busca el sometimiento. Esto lo vemos, a menudo, más subrayado en la relación con los travestis. Con niños travestis de 12, 14 años, donde el sometimiento se agudiza.
–¿La paidofilia realmente ha crecido en estos años?, porque sobre la violación se dice “El número no creció, creció la violencia con que se ejerce, pero no el número”.
–La paidofilia claro que creció. Y también la violación. No estoy de acuerdo con que el número de violaciones no se modificó. Hace 25 o 30 años en la Argentina tal vez había tanto abuso dentro de la misma familia como ahora.
–Eso viene de muy lejos.
–Sí, así es, pero la violación era mucho menos frecuente. Y muchísimo menos con estas características de hoy.
–¿Por qué la paidofilia se da solamente, o casi solamente, en el hombre?
–Porque el hombre busca su ideal de sometimiento del otro, lo cual no ocurre con la mujer porque la mujer, en general, está ajena a este ideal de sometimiento sexual del otro. Hay deseo de gozar con el otro; hay deseo de otorgar goce por parte de la mujer. Salvo casos patológicos muy extraños.
–¿No hay en la mujer deseo de poder sexual?
–Hay, pero no a nivel de violencia física. La mujer desea, a partir de su dominio, ocupar el lugar que le permita realizar sus fantasías: Lady Macbeth o Jacqueline Onassis serían ejemplos. Dominar a un hombre poderoso produce algo, pero no es lo mismo que la idea de desconstruir al otro, dejarlo inerme para, sobre él, ejercer un poder a fin de arrasarlo en su condición de sujeto, que es lo que caracteriza a la perversión.
–La perversión busca transformar al otro en una cosa.
–Sí, creo que el paradigma más brutal es la tortura donde se junta la crueldad y el sadismo. Y también la paidofilia donde el paidófilo cosifica al niño o quiere que éste termine deseando lo que él desea.
–La fantasía es corromper al otro. ¿Con qué finalidad?
–Ser absuelto de su deseo paidófilo. Por eso es que los victimarios quieren que las víctimas les digan que anhelan el sometimiento. Eso es desubjetivación.
–Crueldad y sadismo, ¿cuál es la diferencia?
–Tienen que ver con cosas distintas. El sadismo tiene que ver con el placer sexual de producir dolor, mientras la crueldad tiene que ver con el goce moral que no implica sólo sufrimiento físico en la víctima, sino también padecimiento moral.
–¿Cómo ves la conducta de los medios argentinos –televisión, radio, prensa– frente a estos hechos sobre los que estamos hablando? Cómo en un sentido general, cómo en cuanto a sus consecuencias. Cómo juzgás, por ejemplo, su manera de mostrar los hechos.
–Hay algo que está muy generalizado hoy en los medios, que es no informar sino mostrar, con lo cual no se permite ni la simbolización ni la producción de representaciones sobre lo que se ve. El bombardeo de la imagen es tan descarnado en algunos casos, tan brutal que no posibilita que eso permita una apropiación productiva de la información.
–¿Qué pasa entonces con el que mira y escucha?
–Este sufre una especie de golpe traumático altamente perturbante. Yo recuerdo mucho a una paciente, que había vivido la guerra en Europa, que me dijo: “Cuando se fotografía un cuerpo que ha sido violado o asesinado, sin cubrirlo, se le está violando de nuevo”. Esto que me dijo esta mujer, me conmovió brutalmente.
–Recuerdo hace unos 15 años, el zapato de un niño de 12 que había sido atropellado por un auto y la cámara de un canal tomó durante 15 o 20 segundos. Esto fue bastante nuevo en televisión y produjo enorme indignación a mucha gente que sintió algo parecido a tu paciente. El tiempo pasó y eso, hoy, es corriente. Mi pregunta es, ¿qué buscan los periodistas que muestran esas imágenes?
–Lo que buscan no lo saben. Pero sí saben lo que encuentran. En los seres humanos el horror nos produce una fascinación que está relacionada con el intento de controlar lo terrible. Por ejemplo la fantasía que tenemos de que cuanto más veamos, más vamos a entender, termina traumatizándonos.
–Mirar la muerte a partir de que la muerte nos produce horror.
–Sí, como si buscáramos descubrir ahí algo que pudiera permitirnos capturar el enigma que nos enloquece. Y en realidad, lo que se produce es mayor nivel traumático. Yo creo que los medios no buscan esto pero al encontrar una tal respuesta en el público, en la medida en que están regulados por las leyes del mercado y no por la producción de una subjetividad más sana, dan aquello que engancha. Además cuando más reciben más piden. Nada es suficiente.
–¿No pensás que esta exhibición banaliza los hechos de que hablamos?
–Sin duda que hay una banalización brutal del horror. Cuando uno ve imágenes, como las de la AMIA una y otra vez en la pantalla, durante días, cuando ahí están los cuerpos de las víctimas, las familias llorando...
–Y el periodista preguntando “¿qué siente ante esta pérdida?”
–Fue escandaloso. Sin embargo, uno puede pasar días enteros mirando ese horror. Las Torres Gemelas, por ejemplo.
–Es decir que hay algo muy atrapante en el horror.
–Es como si uno buscara ante el horror simbolizar algo.
–¿Ponerlo en palabras a fin de manejarlo?
–Claro. Es por eso que uno queda capturado por el horror; por el deseo de manejarlo.
–Es curioso lo que pasa con el público que recibe estas imágenes y comentarios sobre los hechos de que hablamos. Hay gente que llama a las radios y dice “¡Pena de muerte!”, gente que llama y dice “¡Castración!”, o “Encierro total, hasta la muerte”. Es evidente que estos hechos desbaratan todo razonamiento y sumen a la gente en una tremenda angustia que lleva a la irracionalidad. ¿Qué posibilidades hay de modificar este panorama? Se sabe que el agravamiento de las leyes no incide en los delitos.
–Este hombre, el de las dos niñas, un tiempo antes había pasado varios años en prisión por el mismo delito que cometió ahora. Uno podría preguntarse qué se hizo mientras estuvo en prisión para tratar de modificar su estructura psíquica.
–No sé qué habrá de verdad en lo que he escuchado alguna vez, que es casi imposible modificar la compulsión que empuja al violador.
–Bueno... yo diría que, en general es difícil modificar compulsiones. Y, la dificultad es mayor cuando es más grande el nivel general de degradación del sujeto que las sufre. Facilita, en cambio, este contralor, el hecho de que el individuo que sufre la compulsión tenga una alta conciencia de la propia existencia. Pensemos en una compulsión simple: fumar. Hay que tener una convicción muy grande sobre el valor de la propia vida para que alguien acepte dejar esta compulsión. La pregunta que podríamos hacernos es ¿por qué los sectores más pobres y marginales tienen mayor tendencia a incorporar conductas compulsivas autodestructivas?
–Eso es muy fácil de entender. La vida en las márgenes... sabemos lo que es.
–Sí, indudablemente hay mucho menor aprecio de la vida, menos autoestima yoica.
–No te podés bañar con agua caliente, no podés satisfacer toda tu hambre, no podés dormir en un cuarto que es sólo tuyo y tu trabajo consiste en limpiar lo que otros ensuciaron.
–Y te preguntás qué sos vos para el otro, qué representás para el mundo. Quienes nos sentimos queridos, valiosos, controlamos ciertos aspectos de nosotros mismos por propia autoestima. Pero si sentís que sos alguien que no existe, que no es... El hombre este de las dos niñas era un delincuente en todo el sentido del término. Traficaba droga, objetos robados y no es un compulsivo clásico. ¿Recordás aquel albañil inglés que había secuestrado, violado y matado cantidad de mujeres?
–Sí, fue el que secuestró, violó y mató a una prima del escritor inglés Martin Amis.
–Sí, creo que sí. Este era un albañil que realizaba su trabajo con toda normalidad, pero en determinados momentos actuaba su parte loca. Así podemos verlo en su jardincito enterrando a sus víctimas. Esta es una persona de vida disociada. Son personas cuyas conductas tienen el aspecto de la normalidad, menos en el momento de cometer el delito. El de las dos niñas pertenece a otro grupo. Al de los que no tienen dos vidas sino una en la que violan, matan, roban. En estos sujetos hay como un déficit que colorea toda su organización subjetiva. Hay algo así como una pérdida en lo relativo al sentido de la vida, al sentido comunitario, de su inserción en el mundo.
–El individuo aquí presenta un sinnúmero de degradaciones que se manifiesta en múltiples formas. ¿Cómo explica la psicología esa compulsión que vemos en los violadores?
–En general es muy raro que aparezcan abusadores que no han sido abusados.
–¿Se comprueba esto?
–Sí, ¿sabés dónde es muy fácil detectarlo? En las escuelas a partir del abuso de niños mayores sobre niños menores. En esos casos resulta fácil descubrir que los niños abusadores han sido niños abusados. Y este abuso, que comienza la cadena, en general, es cometido por un adulto.
–En este momento hubo aquí, en la Argentina, un caso en una escuela, de un niño de cinco años, abusado por uno de 12.
–Sí, y lo grave es que mucha gente habló de juegos infantiles. No, no es así.
–¿No es así por la diferencia de edad?
–Claro. El abuso está dado por la asimetría. Asimetría de saber, asimetría de poder. Podemos hablar de juegos sexuales frente a dos chicos, de cinco años, que se muestran sus penes, no frente al caso de un niño de doce años con uno de cinco.
–¿Tenés alguna explicación respecto de la frecuencia con que estos hechos hoy se repiten?
–Yo creo que esto se está produciendo en el mundo a partir de los modelos actuales del neoliberalismo. Nosotros, argentinos, tenemos una historia propia, pero una de las cosas que hay que tener en cuenta es que estos fenómenos de desconstrucción de la subjetividad, y pérdida del conocimiento del semejante, hacen desaparecer ciertos diques que históricamente controlaban el ejercicio del goce.
–¿Qué diques eran los que controlaban el ejercicio del goce?
–El hecho de vivir en una comunidad donde el ser humano se sentía respetado y sabía que, a su vez, debía respetar a los demás. La palabra respeto, que formaba parte de la ideología de la primera mitad del siglo pasado, ha desaparecido. Hay dos autores sumamente interesantes que tocan estos temas. Uno es el norteamericano Richard Senet, que trabaja en Londres y tiene un maravilloso libro llamado Respeto. El otro es un sociólogo y cientista político polaco, Zygmunt Bauman, quien dice que la sociedad sigue conservando la idea de transgresión, pero sin proyecto. Vale decir que se trata de una transgresión desligada del espíritu libertario.
–¿Esto qué significa en los hechos?
–Que la transgresión ha perdido el carácter liberador que tenía y se ha convertido en pura transgresión cotidiana de des-respeto por el semejante.
–La transgresión, en el pasado, implicaba una búsqueda...
–Búsquedas compartidas definidas ideológicamente. Por ejemplo mi generación luchó por la libertad sexual. Libertad en el marco del respeto por el otro.
–Hay algo de lo que no hablamos y me parecería de interés. ¿Cuáles son las consecuencias de la violación en cada uno de los sexos?
–En este momento la preocupación por este problema es muy grande. En cuanto a tu pregunta, hay diferencias entre uno y otro sexo frente a la violación. Hay un autor que a mí me encanta, David Gilmore, que tiene un libro extraordinario, Hacerse hombre, donde él analiza el problema de la masculinidad. Ahí dice que uno llega a ser hombre pero puede ser destituido de ese ser hombre.
–¿Esto no pasa con las mujeres?
–No, no pasa. Una mujer puede ser mejor, peor, santa, puta. Cualquier cosa. Pero nunca deja de ser una mujer.
–Quiere decir que el hombre violado...
–Queda destituido de la masculinidad. Una mujer violada es eso, una mujer violada. Un hombre violado no es un hombre.
–Eso es lo que él siente.
–Es lo que siente el imaginario popular. Con lo cual el abuso sexual masculino es una afrenta mucho mayor, en la subjetividad, que el abuso sexual femenino. La mujer abusada siente “¿por quién me toma?”.
–La pregunta tiene que ver con su ser moral.
–Claro. El varón que es abusado por otro hombre se pregunta “cuán hombre soy si el otro me tomó por mujer”.
–¿Experimentás estas diferencias en el consultorio?
–Sí. Entre mis pacientes, aquellos que han vivido una situación de abuso o de violencia sexual en la infancia quedan con una marca en la constitución de su masculinidad, mientras que con la mujer queda como un problema en la constitución femenina. Algo muy doloroso...
–Pero que no cuestiona su identidad como género.
–No la cuestiona. Para terminar, porque me parece que ya hablamos bastante, creo que es necesario insistir sobre la necesidad de programas sobre delitos sexuales. Programas que profundicen en la reeducación y en la legislación que se refiere a estos delitos.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/sociedad/3-39058-2004-08-02.html
Llegar por primera vez a la gran sala y asistir a una función de su programación central. ¿No podría ser una experiencia clave para un adolescente? ¿Y si fuera posible a través de un encuentro entre el mérito y el deseo?
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Faltan unos quince minutos para que comience el espectáculo. En la sala que va llenándose poco a poco, rebotes de luz dorada modulan el terciopelo rojo. Desde la llamada cazuela, es decir el segundo nivel en altura, se ven en perspectiva los respaldos ovales de las butacas de platea, con sus marcos de madera oscura, donde una perchita de bronce se ofrece eventualmente para sostener una cartera. Del costado que ocupo en ese segundo nivel del teatro, puedo ver el palco presidencial, ubicado exactamente en el centro, sobre la entrada de la platea; en su frente, el escudo nacional señala el mejor lugar del teatro Colón. Muchas veces no hay nadie allí, pero esta noche, en que se canta El oro del Rhin de Richard Wagner, el palco presidencial está casi lleno.
Por supuesto, no se trata del presidente ni de su esposa, tampoco de ningún ministro del ejecutivo, ni del canciller Bielsa acompañando a un representante extranjero. Es simplemente, gente como la que está conmigo en cazuela, o más arriba, en tertulia, o más arriba aún, en el justamente llamado paraíso.
Recuerdo, entonces, que el vicepresidente también tiene adjudicado un palco en el Colón, sobre el costado derecho, casi sobre la escena. A ese palco extraordinario entré una vez, no por haber recibido una invitación oficial, sino porque, durante un ensayo, acompañé a un equipo de filmación. Un acomodador me dijo que rara vez se ocupaba ese palco.
Con este recuerdo se mezcla la sencilla comprobación de que, lejos de responder a ningún estereotipo sobre el teatro Colón, la gente que me rodea y que ha pagado entre cuarenta y sesenta pesos por estar allí pertenece, como yo, a las capas medias de manera clara y casi indeleble. La entrada es razonable, si se piensa en lo que vamos a escuchar, la ópera-prólogo del más descomunal ciclo operístico de la música occidental: la Tetralogía legendaria de Wagner.
Cualquier buscador de Internet da como resultado más o menos medio millón de páginas, que incluyen crítica, discografía, historietas, fotografías, figurines, comentarios de representaciones y un variado etcétera. Casi no hace falta saber nada, para saber que la Tetralogía es una experiencia que subyugó, desde un comienzo, a generaciones enteras de artistas y de público.
El Colón es un objeto excepcional en un país que a veces ha sabido preservarlo y otras lo conduce a crisis desesperadas. Es la maqueta de lo que la Argentina alcanzó en algunos momentos de su historia: construir una tradición musical que, sólo desde un prejuicio más populista que democrático, puede calificarse como elitismo liso y llano.
Indiscretamente, me pregunto quiénes son las personas del palco presidencial, y también si estará ocupado el palco del vicepresidente. ¿Qué pasaría si la entrada a esos palcos fuera algo que pudiera alcanzarse como recompensa de un encuentro original entre el deseo y el mérito? Una fantasía antes de que comience la obertura: el Ministerio de Educación, además de organizar concursos para guiones de televisión en las escuelas o llevar a los chicos pobres a que vean una película comercial en un multicine (como se ha hecho), ¿organizaría un concurso para que el presidente, el vicepresidente y el teatro mismo inviten a los chicos que mejor escriban sus razones para querer escuchar a Wagner, a Mozart o a Puccini en el Teatro Colón? Y no me refiero a que toda una escuela aterrice en la platea para ver un espectáculo especialmente pensado como visita guiada, donde el teatro pasa a ser su propia escenografía. Me refiero a la posibilidad de que el verdadero Colón, con su verdadera programación, sea ofrecido a adolescentes que, por los motivos más diversos, incluso las más raras curiosidades, demuestren que quieren entrar a la gran sala. Llegar como público al Colón, y como público de una ópera de Wagner, puede ser un acontecimiento importante en la vida de alguien. No necesariamente en la vida de todos, ni en la de cualquiera, sino en la de alguien que, por esos motivos que siempre será difícil imaginar, puede desearlo, incluso sin comprender del todo su deseo.
http://www.clarin.com/diario/2004/08/01/sociedad/s-805384.htm
VICENTE PALERMO, POLITOLOGO
Las últimas desavenencias con nuestro socio del Mercosur vuelven a cuestionar la consistencia del proceso de integración regional frente a las necesidades, reflejos y tradiciones de cada país.
Fabián Bosoer
fbosoer@clarin.com
Brasil y Argentina no han dejado de sufrir los vaivenes de encuentros y desencuentros. ¿Es una constante histórica que no logró modificar la formación del Mercosur?
—La política brasileña y la argentina son dos mundos suficientemente complejos que, al mismo tiempo que están cambiando con mucha rapidez, se desconocen profundamente. Brasil había cambiado tanto durante el largo período autoritario, que el país que emergió a principios del 85, con la recuperación democrática, era muy diferente al de quince o veinte años atrás. El caso argentino también fue así, pero con un legado de destrucción muy grande por parte del proceso militar. Esta transformación generó una cantidad de incógnitas sobre cómo funcionarían las instituciones, cómo se gobernaría ese país. Y tanto las elites como los intelectuales brasileños llevaron a cabo un largo proceso de aprendizaje y de debate que todavía, desde luego, no está cerrado. Por lo cual, es comprensible que esa ignorancia recíproca, en alguna medida, se haya profundizado. Creemos que nos conocemos, pero en realidad nos conocemos bastante poco.
# ¿Qué puede aprender un país a la luz de la experiencia del otro?
—Hay una serie de cuestiones interesantes, entre las que está la capacidad de la elite brasileña de cooperar y llevar adelante una política en la que las negociaciones y los acuerdos son más predominantes que en el caso argentino; de mantener niveles de eficiencia estatal en sectores donde el Estado funciona competentemente y relativamente preservado no sólo de la predación o la "captura" privada, sino también de las luchas partidarias más destructivas. De llevar adelante lo que solemos llamar "políticas de Estado".
# ¿Por ejemplo?
—El nivel de la presión tributaria brasileña es más de diez puntos superior al de la presión tributaria argentina. Desde luego, se trata de una presión fiscal quizá ya excesiva, inequitativa y, desde el punto de vista de la eficiencia sistémica económica, que deja mucho que desear. Pero es un logro que un país en desarrollo tenga capacidades extractivas importantes, cosa que la Argentina está lejos de tener. Y no es concebible cómo un país puede resolver sus problemas de inequidad y de falta de eficiencia económica sin aumentar sus niveles de capacidad extractiva, y al mismo tiempo, por supuesto, hacer esta carga fiscal más justa.
# ¿Y qué le tocaría tomar a Brasil de la Argentina, en la experiencia de estos últimos veinte años?
—En muchos casos, los brasileños ven como algo apreciable de la política argentina que todavía siga siendo mucho menos elitista. Lo que perciben, en general, son niveles de participación, de compromiso y de capacidad de protesta pública mayor. Argentina tiene una tradición de vida política pública más activa y popular, y eso es valioso.
# Se suele hablar de la argentina como una cultura política facciosa. ¿En qué rasgos se evidencia y en qué se diferencia de la brasileña?
—Caracterizaciones así, tan contundentes, no me parecen ni verdaderas ni falsas, sino perfectamente inútiles. Pero al mismo tiempo, si comparamos, la cultura política argentina es una cultura mucho más de contraposición y de confrontación que la brasileña. Porque en las orientaciones y estilos de acción política de los partidos y de las organizaciones brasileñas, la negociación y la cooperación están más presentes. Esto tiene que ver, en parte, con los orígenes tan diferentes del mundo político brasileño, elitista y estatalista, y el argentino, más "plebeyo", si se quiere. Aun los fenómenos populistas, los "primos políticos" —el "varguismo" y el peronismo— son completamente diferentes, siendo el varguismo un fenómeno mucho más estatal, desde arriba, digamos, con un potencial de activación popular y de autonomía de organizaciones populares muy inferior al del caso argentino. Y esto se ve tanto en una caracterización sociológica como en episodios políticos importantes.
# ¿Habría una relación entre la visión de la política como lucha y la búsqueda de mayorías absolutas?
—Un ejemplo muy claro de esa facciosidad asociada a una especie de tendencia "mayoritarista" de la política argentina es que, aun cuando no se tienen mayorías, se quiere gobernar como si se las tuviese, y se hace todo lo posible para constituirlas, como la forma de obtener una base de poder más segura, lo cual creo que es un error. En ese sentido, otra de las cosas a destacar del Brasil es la experiencia coalicional que tiene, que implica una ingeniería política especial. Esa cuestión no está en las instituciones solamente; no es que las reglas institucionales hagan que en la política brasileña se gobierne coalicionalmente y en la argentina, no; está también en los aprendizajes, en los mapas cognitivos, en la cultura política de los actores. En ese sentido, creo que hay un déficit muy grande en la Argentina y la política brasileña puede ser un insumo provechoso para cubrir ese déficit.
¿Se proyectan estas dos culturas políticas contrapuestas al modo de relacionarse con el mundo?
—Podemos hacer esa proyección. Vemos que Brasil es un país que está relativamente bien asentado en el mundo. Tiene una agenda, expectativas, puntos de conflicto, como lo tiene obviamente cualquier país, pero su posición es más o menos identificable, clara, y es vista sin mayor perplejidad por los demás países. Nuestro caso es totalmente distinto; todavía no encontramos una inserción que nos resulte más o menos cómoda, entendible por los demás países y a la altura de nuestros recursos. En ese sentido, creo que hay una brecha muy grande todavía entre las posibilidades reales que la Argentina tiene y nuestras ambiciones imaginarias.
# ¿Es por una excesiva valorización de un pasado mítico, de un supuesto rumbo perdido?
—Mucho se hace para consumo interno, sin duda, pero también porque hay formadores de política exterior que creen —y hacen creer— que realmente la Argentina puede desempeñar un papel relevante en la política internacional y en que son alcanzables una serie de metas y objetivos muy superiores a los recursos con los cuales realmente cuenta. El país ganaría mucho si empezara a tener un diagnóstico más realista en relación con sus propios recursos, posibilidades y campos de acción en este mundo globalizado, en el cual los Estados y las regiones siguen teniendo importancia.
# Y en esa línea, ¿cómo resolver nuestras desavenencias con Brasil?
—Un paso necesario es reconocer que todavía no hay nada que se parezca a una alianza estratégica establecida, donde hay identificaciones recíprocas claras, confianza asentada mutua. No digo que haya hostilidad —ciertamente no la hay—. La diferencia entre la relación Argentina-Brasil, a fines de los 70 y a mediados de los 2000, es muy grande. Pero, de cualquier manera, falta mucho para poder decir que está realmente asentada en patrones de interacción establecidos y reconocidos, donde haya una confianza que tenga más que ver con interacciones reconocidas, un capital de confianza y no simplemente con una buena relación personal entre presidentes, o con acuerdos arancelarios que se acomodan a las circunstancias.
# ¿Qué le está faltando al Mercosur para ser un verdadero bloque regional geopolítico?
—Un factor clave es que nuestra sociedad termine de madurar su propia cultura política para penalizar la improvisación, el amateurismo, los delirios de grandeza, el facilismo en la política exterior, el diletantismo. Si estas cosas ocurren es porque hay una tolerancia social que tiene que ver con representaciones difusas que la sociedad argentina tiene de sí misma. El segundo punto clave es no hacerse ilusiones en cuanto a que ya tenemos tanto terreno avanzado en capital de confianza, de amistad, de parcería estratégica con Brasil, sino que eso es una cosa a conquistar y que tenemos que empezar por un diagnóstico apropiado. Y el tercer elemento es profesionalidad y talento, en una convergencia entre la burocracia estatal y la política. Es decir, la burocracia sola no puede resolver este problema y la dirigencia política sola, tampoco. En Brasil, en ese sentido, con todo lo criticable que tiene, hay más y mejor cooperación entre los políticos y los funcionarios de la burocracia estatal.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/08/01/z-03816.htm
Copyright Clarín, 2004.
Por Sandra Russo
¿Qué hay de nuevo, viejo McLuhan? Nada. El medio es el mensaje, y a esa bulimia del soporte no hay con qué darle. El medio es una araña hembra que se deshace de la araña macho apenas fue servida. El medio deglute hasta lo que no le interesa: es deglutiendo, masticando, digiriendo y defecando incluso lo que no le interesa que el medio lo reconvierte en algo que le es útil. El medio vive de las sobras. Son escasos, contados los momentos de epifanía, esos en los que el medio encuentra exactamente su material pertinente. Si el medio es serio, una investigación, una denuncia. Si el medio es amarillo, un chisme, un desliz. El resto del tiempo, el medio sobrevive haciendo alquimia con mensajes foráneos a su propio intestino: todo lo que pasa por las paredes húmedas del colon de los medios es teñido por un valor agregado, el del medio. He ahí a Nina: ahora, objeto sexual.
Es un poco libidinosa la sonrisa de Castells cuando afirma, congratulado, que su mujer ha alcanzado ese rango. Vaya vaya. Así que era ahí adonde había que llegar. Así que esta magra estrategia política supone que mostrando las gambas se escala algo. ¿Qué?
En cierto modo, tienen razón Nina y su esposo reivindicando para las mujeres pobres el status de objeto sexual que les es negado por definición. Las mujeres pobres son mujeres fáciles o mujeres ponedoras. El imaginario colectivo las desvía en esos dos grandes conjuntos desgraciados: uno, compuesto por aquellas que van guardando rabia y desconsuelo a medida que sus cuerpos se exponen para el uso público por diez o veinte pesos. Otro, en el que entra la mayoría, integrado por madres de familias numerosas que se agrandan casi fatalmente, con siete, ocho, nueve bocas para alimentar. Mujeres sin cuerpo propio, de cuerpo recipiente.
El exabrupto de Nina en la tapa de Noticias puso arriba de la mesa un tema siempre eludido, un tema incómodo: la sexualidad de la pobreza. ¿Existe? ¿Cómo es? ¿Cómo se ejecuta y desarrolla ese derecho humano para otros sectores sociales que gozan, en principio, no sólo de información sino de intimidad? ¿Qué sexualidades descontentas encubren el hacinamiento, la promiscuidad, el frío, el hambre? ¿Es menor esta pregunta? No lo sé. Pero es una pregunta que no se hace. En esos arrabales del cuerpo social, las privaciones son muchas. Están privados también de estas preguntas.
No sólo hay cierta lascivia en el gesto de Castells hablando del objeto sexual que supo conseguir y que ahora comparte con el público, sino también una referencia novedosa a lo que se entiende por “objeto sexual”. Esas chicas que cobran diez o veinte pesos por sexo rápido callejero no son objetos sexuales. Nadie las llamaría así. Son apenas agujeros disponibles al paso. Mucho, muchísimo menos que un objeto sexual, aunque literalmente lo sean, objetos, y sexuales. La conjunción que reúne esas palabras, sin embargo, se resignifica de un modo curioso: ser un objeto sexual implica el ejercicio de un poder. Lo que define a un objeto sexual no es su uso, sino precisamente estar fuera del alcance de aquel que lo desea, un no uso, la posibilidad no de la venta sino del intercambio. El objeto sexual no se regala: se muestra. Y sólo se entrega en un convenio interesante. Culturalmente, la síntesis de ese intercambio fue Marilyn con JFK. La bomba sexual y el presidente. Trato hecho: el objeto sexual zafa. En escalas menores, los objetos sexuales son mercancías simbólicas que dirigen su rumbo hacia transacciones sentimentales que les confirmen lo que valen. Polistas, ricachones, empresarios, políticos –ahora habría que agregar, y por esto Castells se felicita: ¡piqueteros duros!–, tipos que pueden pagar con algo más que dinero la promesa inexacta del objeto sexual: una satisfacción inenarrable, poseer para sí un objeto sexual es tenerla más larga más allá de la cama. La elevación de Nina a objeto sexual lo eleva a su marido: es él el codiciable, saca chapa.
Y tiene razón Nina cuando dice que a toda mujer le gusta sentirse linda y deseada. Lo que no se entiende es la tapa. Debe haber millones de mujeres en el mundo, pobres, ricas, más o menos, que rechazarían de cuajo salir en pelotas en la tapa de una revista de actualidad. Entre querer sentirse linda y deseada y posar para ese tipo de fotos que aunque no muestren mucho sugieren que hay mucho por mostrar, hay tanta distancia como entre ella y Evita.
Y después está McLuhan y su frase: el medio es el mensaje. Nina o María Julia, mujeres provenientes de galaxias dispares, homologadas por los productores de la revista a las hembras que nadie pondría en duda. Si la tapa de María Julia en su momento o ésta de Nina provocan urticaria, es precisamente porque el montaje las disfraza de lo que no son, porque las pesca in fraganti en el gesto ajeno, en la pose robada. En realidad, la de aquel tapado de zorro o ésta de la bombacha atigrada son dos fotos movidas, dos fotos cuyo mérito mediático es haber captado una grieta en dos personalidades. El medio nunca, nunca juega de visitante. El medio es el conserje de un hotel por el que pasan, uno tras otro, pasajeros que puntillosamente pagan. A veces, con el ridículo.
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