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"A la Argentina le hace falta un partido fuerte de centro"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 31-07-2004 05:23:13

El análisis de Ernesto Schoo, periodista y escritor especializado en temas culturales

Impresiona por su sensibilidad y mesura: se trata de uno de los periodistas más cultos de la Argentina. Varias generaciones disfrutaron y siguen disfrutando de los vastos conocimientos –particularmente, en el campo del espectáculo, el arte y la cultura–, que vierte en sus críticas y artículos. Los lectores de LA NACION tienen el privilegio de compartir con Ernesto Schoo, cada sábado, sus vivencias, recuerdos, reflexiones e investigaciones sobre la historia y el presente de la escena nacional, en su columna del suplemento de Espectáculos. Es, además, autor de “El baile de los guerreros”, “Ciudad sin noche” y “Pasiones recobradas”, entre otros libros. Tiene la estampa de un caballero andante, y lo es, de la Orden y de las Letras del Ministerio de Cultura de Francia. Además es oficial de la Orden al Mérito de la República de Italia. Como periodista escribió en las revistas Primera Plana, Panorama y, actualmente, en Noticias. Fue director del Teatro San Martín y, desde hace años, se desempeña como vocal del Fondo Nacional de las Artes.

Schoo señala que el autoritarismo argentino es genético y que la gente le asigna un valor relativo a la democracia. Así y todo se considera un optimista.

–Como crítico, ¿cómo fueron sus batallas con la censura?

–Ha sido un gran tema a lo largo de mi vida profesional, especialmente durante los gobiernos militares y, sobre todo, en el de Onganía, que fue bastante duro. Recuerdo de esa época que cierta vez fuimos citados por un general varios críticos a la Casa de Gobierno y le dijimos que la censura argentina era prácticamente equivalente a la soviética, por el puritanismo y otra cantidad de cosas. "Pero yo, ¿qué hago cuando las señoras vienen a protestar?", nos respondió. Las señoras protestaban mucho entonces y en épocas anteriores. Yo era relativamente chico en 1938 cuando, en el Teatro Nacional Cervantes, anunciaron que iban a representar, nada menos, que "Salomé", de Oscar Wilde, dirigida por Cunill Cabanellas, con Berta Singerman. No faltó la delegación de señoras que protestaron y la obra no se hizo. Por mucho tiempo esos grupos de presión fueron muy fuertes. Incluso se opusieron a que monseñor Miguel de Andrea fuera arzobispo de Buenos Aires porque era socialista y a esas señoras ser socialista les parecía un pecado mortal. Por suerte, la censura se alivió muchísimo a partir del gobierno de Alfonsín. Siempre queda alguna resistencia de sectores muy tradicionales frente a ciertas licencias que la evolución de los tiempos va marcando. Yo tampoco estoy de acuerdo con todas las licencias, pero a pesar de eso no me atrevería a censurar absolutamente nada.

-¿No cree que la censura deriva del autoritarismo y que esa presencia es bastante pesada y persistente en la vida nacional y latinoamericana?

-Hay una herencia muy difícil de combatir, de autoritarismo, caudillismo y demagogia populista. Todo eso forma un paquete que viene de muy lejos. Mientras que en América del Norte los colonos ingleses prosiguieron con el criterio de comunidad que habían tenido en su país, los españoles, que tenían todo el peso de haber sido una potencia mundial católica, apostólica, romana, todopoderosa, absolutamente militar, que acababa de expulsar a los judíos y a los árabes, vinieron aquí a imponer una autoridad muy fuerte. Eso penetró en el inconsciente colectivo y ha quedado la impresión de que hay que temerles a los que ejercen la autoridad porque, en efecto, han sido muy malos.

-¿Ese patrón autoritario de la vida pública se reprodujo en la privada, en el seno de las familias?

-Por supuesto. Tuvieron una estructura esencialmente patriarcal. Había una autoridad muy fuerte, pesada y tremenda, que era el padre, contra la cual trabajaba la madre, en complicidad con los hijos.

-El autoritarismo, a su manera, ¿no nos libra de tener que resolver un montón de cosas?

-Seguro. Creo que a la mayoría de la gente la democracia no le importa tanto. Les interesa más estar bien, tener trabajo, seguridad, dinero y salud para poder disfrutar de pequeñas o grandes cosas de la vida. Pero, al menos en América latina, me parece que el concepto de democracia no está del todo arraigado. En cuanto aparece un caudillo dominante, si no molesta demasiado, lo siguen.

-¿Eso significa que América latina está más predispuesta al autoritarismo que a la democracia?

-No es exclusivo de América latina. Se ha visto autoritarismo en Italia, en Alemania, en España y en muchos otros países. Australia fue una nación poblada originalmente por presos y criminales. Pero siempre hay una porción de la población que cree auténticamente en el valor de la democracia y reacciona. En cambio, en América latina el autoritarismo es un fenómeno recurrente y persistente. Hay una tradición hispano-criolla lamentable. Tendría 7 u 8 años cuando fui a preguntarle a mi abuelo gallego qué era ese cuadro que se llamaba "El cacique" y que reproducía la revista La Ilustración Artística. Para mí, un cacique era un indígena; en cambio, allí había un señor que parecía más bien un próspero labriego rodeado por personas que le traían bebida y comida, lo halagaban, le regalaban cosas. Todavía ahora, en el siglo XXI, tenemos caciques de esa misma naturaleza en nuestras provincias, lo cual no quiere decir que no existan también en los Estados Unidos. Evidentemente los hay, no cabe duda. Como esos famosos senadores vitalicios y las familias presidenciales, que tienen sus grupitos de seguidores que los apoyan. Pero hay una diferencia fundamental: en las democracias sólidamente constituidas, la gente cree más en las instituciones que en los hombres. Acá ocurre todo lo contrario. En el esquema mental y político de un argentino las instituciones no representan gran cosa. El Congreso y Tribunales son sólo edificios, pero casi todo se centra en el Poder Ejecutivo. De todas maneras, creo que hay algo muy interesante que vino tras el naufragio de De la Rúa y que yo observo por primera vez en mi vida: una conciencia del ciudadano que quiere hacer valer sus derechos, pero que también se expresa en el desborde piquetero, que es una forma perversa de esa conciencia que vamos adquiriendo.

-¿Asambleas, cacerolazos, piquetes son formas de expresarse que en algún momento se moderarán?

-Cuando se abre la tranquera, la tropilla sale al galope desesperadamente. Es el Estado el que debe regular las relaciones entre los distintos grupos que conviven en la sociedad y eso es lo que estamos extrañando, que el Estado ponga un poco de orden. Estoy de acuerdo con que hay que solucionar y solidarizarse con la tremenda situación de los marginados, pero discrepo con el método que se usa. No me atrevería a usar el verbo reprimir, pero contener, de alguna manera, se hace necesario, porque en la medida en que se siga permitiendo el desborde, en un momento no se va a poder parar y caeremos en la anarquía. Todos debemos reconocer la buena voluntad de Kirchner y la buena voluntad de la gente para que pueda gobernar en paz y adecuadamente. Lo que pasa es que nos sorprenden cosas como lo de la ESMA, los casetes de la AMIA, el tratamiento del tema piquetero, los disturbios en la Legislatura. Hay una desorientación y un afán por salir a explicarlo todo con argumentos que a veces son casi cómicos.

-Elitismo y populismo, civilización o barbarie, como decía Sarmiento. Esa antinomia sopló con fuerza, paradójicamente, cuando en el país había más equidad y no tanto ahora, cuando el contraste entre ricos y pobres es más brutal. ¿Cuánto que ver tuvieron estas dos miradas divergentes en los desencuentros del país?

-Para empezar, no creo en absoluto que exista una cultura aristocrática y una cultura popular. La cultura es todo lo que el hombre hace con un grado de calidad en cuanto a la trascendencia. Esa división es una falacia. Creo que el principio fundamental de una comunidad es que aspire a procurarse un concepto de excelencia, porque si lo pierde se termina la sociedad. La excelencia no pasa por ser más rico o ilustrado o ser más educado o más fino. La democracia exige el gobierno de los mejores. Si no, se cae en la anomia total, porque no es verdad que todo el mundo sea igual. Deben darse, claro, las mismas oportunidades para todos, pero lo demás es cuestión de talento y también de suerte.

-México tiene incorporada en su identidad manifestaciones de la cultura indígena. Los argentinos, en cambio, corrimos, suprimimos e ignoramos a nuestros aborígenes...

-En mi novela "El baile de los guerreros" hablo de estos compatriotas incómodos que fueron los indios. Ahora también hay que ver el grado de agresividad que tenían esas poblaciones indígenas contra lo que simbolizaba la civilización, que naturalmente era eurocéntrica, porque Europa era, en ese momento, el lugar en el que la humanidad había alcanzado un nivel más alto de desarrollo mental, espiritual e inclusive material. Un gran amigo, Daniel Larriqueta, tiene una teoría que a mí me parece muy interesante: la de las dos corrientes colonizadoras, la que vino del Alto Perú y que entró en el territorio argentino con una cierta manera de ser, vivir y trabajar, que después va a chocar con la corriente borbónica, que vino por la vía del Atlántico, el Río de la Plata y Buenos Aires. Creo que eso quedó flotando. La Generación del 80 intentó una integración.

-¿Y por qué duró tan poco la república del 80, siendo que tenía logros políticos y económicos tan claros?

-Pienso que no tuvieron tiempo de terminar su obra porque la Generación del 80 no advirtió el cambio profundo que se producía en el mundo, sobre todo a partir de las inmigraciones y de la guerra del 14, ni advirtió que ya no podíamos funcionar tan sólo como granero del mundo. En resumen, su pecado fue no haber industrializado el país a tiempo, cosa que intentó mucho después Frondizi. No lo dejaron. Creo que Frondizi fue el último gran presidente que tuvimos.

-Es difícil pensar por dónde pasa la excelencia en un país que se define a sí mismo con una disyuntiva tan contrastante como la de civilización o barbarie...

-Creo que volvemos al tema de siempre, que es la educación. La Generación del 80 tuvo un proyecto educativo maravilloso. No hay duda de que la ley 1420 fue admirable durante el tiempo que funcionó, pero Ezequiel Gallo y otros historiadores hicieron una observación interesante al decir que la Generación del 80 había tenido un plan educativo importante, pero no un plan cultural. Creo que hay un déficit de formación en la gente más humilde, déficit que hasta los años 30 y 40 no se notaba tanto. Estoy totalmente en contra del rótulo que recibió la llamada "década infame". Lo que puedo recordar como chico de aquella época era un estado general, no diría de prosperidad, pero sí de buen pasar para mucha gente que tenía su automóvil y a la que el banco le daba treinta años para pagar su casa. Había pobres, como los habrá siempre, pero no había miserables. Lo que pasa es que también hay un sector de la izquierda que toma esas banderas de la reivindicación social y exagera mucho. Cuando uno lee a Roberto Arlt, admirable escritor, sin la menor duda, casi un equivalente de Dostoievski, uno ve que él toma un sector muy determinado de la sociedad y lo puebla con tipos sumamente pintorescos y curiosos, pero ése no era el modelo del argentino medio de los años 30. De ninguna manera.

-¿Qué tipo de sensibilidad le faltó al conservadurismo para que apareciera el peronismo?

-Le faltó perspectiva. El esquema conservador se había agotado y necesitaba una renovación. Siempre digo que necesitábamos un De Gaulle y que, en cambio, llegó Perón.

-Llegó y se quedó... para siempre.

-Perón, que era un pragmático absoluto, seguramente estaría muy contento de ver cómo ha evolucionado su movimiento. Esa democracia fue, en cierto sentido y salvando las distancias, como puede ser el régimen cubano. Se sabía que, inevitablemente, Perón iba a ganar una elección tras otra, lo cual indica que algo falló en el sistema, porque no puede ser que sesenta años después todavía estemos con esa carga. En el transcurso, el peronismo ha adoptado las formas más variadas. Por ejemplo, ¿cómo asimilar a Menem con el peronismo tradicional?

-¿Pero acaso no fue Perón el primer privatista salvaje cuando intentó dar a la California prácticamente en concesión la Patagonia entera para que explotara el petróleo? ¿No será que la ideología del peronismo no es ni el estatismo a ultranza ni la privatización sin límite, sino el poder por sí mismo?

-Es eso. El peronismo quiere continuar en el poder por la vía que sea y lo que nos está faltando, evidentemente, es un partido fuerte de centro que sea un contrapeso del peronismo, ya que el radicalismo no llegó a serlo, aunque cuando ganó Alfonsín hubo un alivio. Pero ya ve en qué terminó todo eso...

-También podría decirse que se extraña una derecha ilustrada y una izquierda organizada.

-Exacto. Y eso que hubo una izquierda inteligente, sin la menor duda. Cuando era chico, recuerdo que en el Parlamento estaban Palacios, Dickmann, Bravo, que eran notables socialistas; Antonio de Tomaso, que fue, realmente, una lumbrera, un hombre que podría haber sido un gran presidente si no hubiese muerto tan joven. Y en cuanto a lo otro, hay fragmentos de una derecha ilustrada. Por ejemplo, yo soy, absolutamente, un liberal, y afirmar que Menem sea liberal me parece un disparate. Cuando me dicen si soy neoliberal, yo respondo que a mi edad ya no se puede ser "neo" nada. Soy un liberal a la manera de Adam Smith.

-Las puntas ideológicas del espectro político no se organizaron. En el medio quedó el peronismo, a cargo de todo, incluso de la izquierda y de la derecha.

-Hay algo en los genes argentinos que impide el trabajo en equipo. Ahora hay equipos de arquitectos, diseñadores, gente del teatro, pero parece que eso todavía no llegó a la política. Porque, ¿qué impide que López Murphy, Carrió, Bullrich y Macri se junten? Conformarían una fuerza considerable. En cambio, prefieren seguir siendo parte de pequeñas facciones que pelean entre sí.

-Ya hubo una experiencia de unir a gente proveniente de distintas extracciones, con la Alianza, pero no resultó bien.

-Pero la Alianza tenía una debilidad, que fue afianzarse en torno de De la Rúa. Luego "Chacho" Alvarez se autoeyecta y De la Rúa eyecta a Rodolfo Terragno, que es un hombre inteligente y culto, muy valioso.

-A pesar de los contrastes evidentes, por ejemplo, entre Menem y Kirchner, hay una clase de irritación constante por parte de quien ostenta el poder contra cualquiera que se le oponga. Ese es un patrón inalterable dentro del peronismo.

-Absolutamente. Es un movimiento autoritario más o menos disfrazado, cuya única obsesión es estar en el poder. El primer Menem es un Menem muy aceptable, que le hace bien a la Argentina. Ahora, ¿por qué se le acepta la reelección? Allí hay una responsabilidad muy grande de Alfonsín.

-Frente a esto, ¿cómo ser optimista?

-Yo soy optimista. Un hombre que, como yo, está por cumplir 79 años tiene una cierta visión del mundo, una experiencia tanto personal como colectiva que me hace ser bastante escéptico, sobre todo en cuanto al nivel relativo de aceptación que puede tener un argentino medio de la democracia. Pero, por otro lado, no puedo dejar de ser optimista cuando veo que, a pesar de todo, hay gente joven admirable que no es vaga, ni se emborracha ni se droga. Y me pregunto por qué, habiendo en las ciencias, en las artes y en la cultura gente nueva que trae tanta calidad y renovación en el diseño, en el cine, en el teatro y en montones de cosas, este movimiento no se produce en la política. Yo creo que porque no los dejan y porque los argentinos tenemos la obsesión de ver siempre en un adversario a un enemigo. Deberíamos admitir que en algún momento podemos coincidir con ese adversario para hacer frente a peligros mayores. Creo que nos está faltando esa visión más amplia. Hay un problema muy serio en la educación de todos para revertir esa mezquindad política que sólo piensa en arrebatar el poder.

-En su larga vida jamás había asistido a un período de democracia ininterrumpida como el que llevamos desde hace 21 años. ¿Nunca pensó en acercarse a la política?

-Por primera vez en mi vida me acerqué a grupos políticos, concretamente a López Murphy y a Patricia Bullrich, en ocasión de la última elección para jefe del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. No diré que me decepcioné, pero me quedé como en suspenso. ¿Por qué no pueden, por ejemplo, coincidir con Carrió, que es un personaje muy interesante? ¿Por qué, si toda esta gente tiene ideales, no se junta? Tenemos una incapacidad de ver las cosas como son y una tendencia a engañarnos a nosotros mismos, conformándonos con dar una mano de barniz en la pared cuando se está viniendo la casa abajo. Además de las fallas en la educación escolar, también las hay en el seno de las familias. No tengo hijos, así que no puedo saber de primera agua qué es lo que está ocurriendo, pero me da la sensación de que hay una permisividad en general con los chicos y no se les exigen pequeñas disciplinas que son muy importantes. Y así vemos a personas mayores, políticos y gobernantes que reaccionan como nenes caprichosos que les echan la culpa siempre a los otros nenes. No son adultos; a lo sumo, son adolescentes. No quiero generalizar, pero creo que los padres tratan de sacarse de encima el problema de controlar y vigilar el desarrollo de sus propios hijos. Aun así, sigo siendo optimista y creo que de esta crisis va a salir una mejor Argentina. Pero para lograr un país finalmente maduro antes nos hará falta tener gobernantes maduros.

Por Pablo Sirvén
De la Redacción de LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/04/07/31/DP_623334.asp

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