La fuerza militar y las invasiones, como las de Afganistán e Irak, no servirán para acabar con el flagelo, dice la decana del Radcliffe Institute, una de las mayores especialistas en el tema
NUEVA YORK.– Cuando Louise Richardson era una niña y jugaba en las calles de Dublín, una de sus experiencias más fuertes fue darse cuenta de que algunos de los vecinos de su barrio, personas cariñosas y afables a las que veía llevando a sus hijos al colegio, barriendo la vereda, cantando en el coro o regando las plantas, eran terroristas del IRA.
La impresión nunca se borró de su mente y dedicó su vida a estudiar esa problemática. Hoy, Richardson es una de las mayores especialistas mundiales en el tema, decana del Radcliffe Institute of Advanced Studies y responsable de los primeros cursos sobre terrorismo internacional que se organizaron en la Universidad de Harvard. A partir del 11 de septiembre, la tímida profesora se volvió, además, una celebridad internacional, con presencia frecuente en los medios de comunicación. Incluso fue llamada a declarar como experta por el Congreso de los Estados Unidos.
Richardson, una pelirroja menuda y amable, de voz cristalina, ya ha perdido la cuenta de la cantidad de peligrosísimos terroristas de todo tipo y facción, que ha entrevistado en su vida profesional. "Ayuda ser mujer -confiesa, en diálgo con LA NACION-. En cambio, esa condición puede hacer más difícil que los pares nos presten atención, sobre todo cuando una es propulsora de las alternativas más blandas a la intervención militar. Eso suena como un cliché femenino. Pero las fuentes nos ven más inofensivas que a los hombres y se relajan. Es increíble lo que se puede aprender."
Richardson es también autora de varios textos especializados sobre la toma de decisiones dentro de las células terroristas y sobre su financiación y de un libro de historia de las relaciones internacionales entre los dos países que son su principal foco de interés, Gran Bretaña y Estados Unidos.
-¿Veremos más ataques terroristas?
-Probablemente no a la escala y con la sofisticación del que ocurrió el 11 de septiembre, pero sí como en Madrid o en Bali. Me preocupa que el énfasis puesto en protegernos de ataques con armas biológicas, químicas o nucleares, que son más caras y menos probables, nos distraiga de la necesidad de prevenir los ataques más convencionales, que son, comparativamente, baratos y mucho más probables.
-Recientemente, Dominique Lapierre y Larry Collins publicaron "Arde Nueva York", un libro en el que especulan con la posibilidad de una bomba atómica escondida en Manhattan. Según ellos, sería algo relativamente fácil y probable. ¿Usted no lo cree así?
-Para empezar, insisto en que el armamento sofisticado, las armas de destrucción masiva, es muy caro, lo cual es una limitación importante para los grupos terroristas. Si los terroristas lo quisieran desarrollar ellos mismos, necesitarían instrumentos de una sofisticación tal y técnicos de tanto calibre que sería difícil que el Estado donde estuvieran no notara algo raro. Otra alternativa sería que algún Estado sponsor les cediera las armas. Pero creo que este temor está fuera de proporción: ceder armas de destrucción masiva a un grupo terrorista con el que un Estado puede simpatizar, pero al que no puede controlar por completo, sería un acto de tanta torpeza como para hacerlo prácticamente incomprensible. Un Estado que quisiera arriesgarse a su aniquilación total podría usar las armas él mismo, pero hay buenas razones por las cuales ninguno lo ha hecho. Y los motivos por los cuales un Estado no las cedería a un tercero son aún más fuertes. De cualquier manera, hay cosas elementales que no se están haciendo. Por ejemplo, Estados Unidos está gastando seis mil millones de dólares en intentar protegernos de las armas biológicas. Pero no está controlando las plantas de armas biológicas, químicas y nucleares de la ex Unión Soviética, que quedaron desprotegidas, y tampoco tiene completamente penetrados por los servicios de inteligencia a los grupos terroristas que podrían estar interesados en conseguirlas, que no son tantos.
-Para usted, la solución al terrorismo está en el espionaje y no en la fuerza militar, ¿verdad?
-Sí. Creo que la prioridad para destruir a las organizaciones terroristas es comprender cómo se ven a sí mismas, no cómo las vemos nosotros. Para conseguirlo debemos estar dentro de sus células y dentro de las sociedades que las producen. Debemos leer todos sus comunicados y propaganda, en un esfuerzo no sólo por anticipar su accionar, sino para comprender su atractivo. Creo que podemos aprender de los terroristas lo que ellos aprendieron de nosotros. Podemos aprender a tener paciencia y esperar los resultados. Lo brillante del 11 de septiembre estuvo en que usaron nuestra propia fuerza contra nosotros mismos, al convertir nuestros aviones civiles en las armas con que nos atacaron. Debemos hacer lo mismo. Tenemos que entender su ideología y sus tácticas para usarlas contra ellos. Las organizaciones terroristas operan bajo condiciones de inseguridad constante y están siempre temerosas de ataques externos y traiciones internas. Hay que explotar esto, manteniéndolas bajo presión permanente y explotando su tendencia a la escisión. Su necesidad de conseguir fondos a través de actividades criminales aumenta su exposición y nos da otro flanco para perseguirlas.
-Hablando de los fondos, se suele sostener que a través de servicios de asistencia social y de caridad en manos de grupos terroristas o de sus simpatizantes, éstos, por un lado, consiguen fondos y, por el otro, consiguen voluntarios. ¿Hay que terminar con estos servicios?
-Bueno, acabar con la caridad no va a acabar con el terrorismo... Muchos donantes de estas entidades genuinamente quieren ayudar a los pobres y muchas de estas asociaciones genuinamente hacen muchas obras de bien para sus beneficiarios. Sin embargo, en el largo plazo, estas entidades de caridad sirven para conseguir y mantener el apoyo a quienes las auspician, aun grupos terroristas, como Hamas. Deberíamos asegurarnos, entonces, de que sean amigos o aliados los que se estén ocupando de las necesidades sociales de la gente en las áreas de reclutamiento. Es una estrategia de largo plazo. Pero el terrorismo ha estado con nosotros por mucho tiempo y, posiblemente, así seguirá. Lo que es nuevo es la existencia de organizaciones dispuestas a matar a cuantos civiles puedan y la creciente disponibilidad de medios para que lo logren. Acabar con sus activos financieros no va a acabar con el terrorismo, pero, al menos, su funcionamiento resultará cada vez más difícil.
-Pero ¿por qué dejarlos sin fondos no es acabar con sus actividades del todo?
-Un punto principal por tener en cuenta es que el terrorismo es barato. Ese es parte de su atractivo. El ataque del 11 de septiembre, probablemente la operación terrorista más cara de la historia, costó, según se estima, medio millón de dólares. Y cuesta notablemente menos comprar fertilizante, alquilar un camión y luego usarlo para tirar abajo un edificio. Si un grupo terrorista tiene un sponsor generoso, como Hamas tiene en Irán, no sólo puede manejar asociaciones de caridad y sistemas de asistencia social para asegurarse el apoyo popular: incluso puede solventar los costos de mantener a las familias de los miembros muertos en acción o de los que fueron capturados. El terrorismo es, sobre todo, una táctica y su atractivo como táctica es que, precisamente, uno puede conseguir mucho poder de fuego por cada dólar. Es barato y fácil y se presta al impacto dramático.
-¿Cuál es la responsabilidad de los medios de comunicación respecto de estos impactos dramáticos?
-Hay dos argumentos al respecto. Algunos sostienen que los medios de comunicación son el principal instrumento para que los terroristas obtengan publicidad por sus acciones. Uno piensa en las imágenes del 11 de septiembre, que recorrieron todo el mundo, pero esto no es un fenómeno nuevo: en las Olimpíadas de Munich de 1972, el asesinato del equipo olímpico israelí por los palestinos fue visto por 500 millones de personas. Pero yo creo que los medios de comunicación también pueden ser un instrumento para derrotar al terrorismo y que no hemos sido lo suficientemente inteligentes como para usarlos en todo su potencial hasta ahora.
-¿A usted le gustaría un equivalente a la red Al-Jazeera, pero pro norteamericana, por ejemplo?
-Más que eso. Creo que deberíamos estar comprando satélites en todo Medio Oriente para presentarles nuestros argumentos a los potenciales reclutas de los grupos terroristas, para mostrarles que no estamos desarrollando una guerra contra el islam, que tenemos valores y que, honestamente, estamos intentando ayudar, para evitar la caída de civiles en el conflicto. También compraría radios al por mayor, pero todo lo haría de una manera mucho más sutil que la usada hasta ahora. Yo le dedicaría a esta campaña recursos muy significativos, porque el objetivo es mantener a los grupos terroristas tan aislados como sea posible y evitar que tienten a nuevos reclutas. Obviamente, después de Irak es mucho más difícil que confíen en nosotros, pero creo que llegó la hora de una gigantesca campaña de relaciones públicas para atacar al terrorismo de raíz.
-A usted no le gusta atacar al terrorismo con invasiones, como ocurrió en Irak, pero ¿le pareció mal la invasión de Afganistán después del 11 de septiembre?
-Son dos casos muy distintos. A diferencia de lo que pasó en Irak, la comunidad internacional apoyó el ataque a Afganistán y había una enorme presión dentro de Estados Unidos para hacer algo respecto del 11 de septiembre, en la forma de una respuesta armada. Y estaba el hecho de que el gobierno de los talibanes estaba sosteniendo a Al-Qaeda. Ahora, lo que yo hubiese hecho, sin duda, hubiese sido otorgarles incentivos mucho mayores a los talibanes, para que ellos mismos entregaran a Ben Laden. Creo que aun en Afganistán fuimos a la guerra demasiado rápido y no se agotaron todas las alternativas diplomáticas.
-Ante el Congreso norteamericano usted usó el caso de la lucha contra Sendero Luminoso como ejemplo de que los servicios de inteligencia son mejores que las armas para derrotar al terrorismo. ¿Cómo es eso?
-Me parece que Perú es un buen ejemplo de las limitaciones de la estrategia militar. El gobierno peruano utilizó al ejército durante años para intentar combatir a Sendero, pero lo que finalmente fue efectivo fue la creación de una unidad de inteligencia de apenas setenta personas, dentro de la policía, cuyo único objetivo era comprender al movimiento terrorista, infiltrarse en él y atrapar a los líderes desde adentro. Las fuerzas armadas son un instrumento demasiado burdo para combatir eficazmente al terrorismo.
-Respecto de la Argentina, ¿debemos temer nuevos ataques?
-Estamos viendo una creciente evidencia de actividad terrorista en la zona de la Triple Frontera, especialmente de grupos como Hamas, lo cual es sorprendente, porque no parecería que en un futuro cercano la Argentina volviera a ser una zona prioritaria para ellos. No sería raro algún ataque esporádico, pero no un esfuerzo concertado, como el que se sostiene contra Estados Unidos. De cualquier manera, me parece que, una vez, más, es fundamental y prudente que los servicios de inteligencia trabajen consistentemente allí para ver qué pasa.
-Usted escribió sobre la relación entre Estados Unidos y Gran Bretaña respecto de las Malvinas. ¿Qué cree que va a pasar?
-Es una pregunta difícil. Lo que vimos fue un conflicto de intereses entre Gran Bretaña y Estados Unidos respecto de las islas, ya que Gran Bretaña tomó una posición mucho más fuerte de la que le hubiese gustado al gobierno norteamericano, que igual, en última instancia, se alineó con su aliado tradicional. Mirando a futuro, Gran Bretaña tiene escaso interés en mantener las islas y, eventualmente, las devolverá. Pero, irónicamente, fue la guerra la que demoró esta restitución, ya que los británicos se sintieron obligados a responder a una agresión. Hoy, el de las Malvinas no es un tema frecuente en el discurso público inglés, y mucho menos en el norteamericano. Pero en la medida en que Estados Unidos se vuelva menos eurocéntrico y mire más hacia su continente, posiblemente terminará presionando para que las islas sean devueltas. Pero en el muy largo plazo.
-Hablando de Inglaterra, en los últimos días Blair recibió, en el Butler Report, un nuevo golpe por su participación en la guerra en Irak. ¿Cómo afectará esto la relación entre ambos aliados?
-Es interesante. Estados Unidos y Gran Bretaña han sido los principales aliados desde la Segunda Guerra, y esta relación ha sobrevivido a todo tipo de cambios ideológicos a ambos lados del Atlántico. Cualquier combinación de republicanos o demócratas, de un lado, con laboristas o conservadores, del otro, siempre funcionó de maravillas. Esto tiene que ver con una política deliberada de Gran Bretaña, que sabe que tiene más poder del que debería justamente por ser la gran aliada de Estados Unidos. Pero no hay duda de que la guerra en Irak ha sido devastadora para la relación y para la carrera política de Tony Blair, por su asociación con un presidente norteamericano extremadamente impopular. Sin embargo, en el largo plazo el interés de Gran Bretaña siempre va a ser el de ser la gran amiga de Estados Unidos.
-Después de tantos años, ¿logró responder a las dudas que la desvelaban de niña?
-Lo más duro y sorprendente para mí sigue pasando cuando me encuentro con miembros de grupos terroristas con sentido del humor. Gente con valores, que parece tan normal, cuando el perfil de los terroristas que nos dan los medios es totalmente unidimensional. Son mucho más complicados que eso. Más difícil de entender aún es la forma en que son cooptados. Irónicamente, las organizaciones terroristas consiguen a sus voluntarios apelando a lo mejor de ellos, a su idealismo y a las ganas de ayudar a cambiar el mundo. Tocando ese punto, los convencen de que las atrocidades que cometerán son, en realidad, un acto de bien. Es una vieja respuesta, pero todo se basa, en realidad, en la profundidad de la ideología.
Por Juana Libedinsky
Para LA NACION
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