La actualidad, en la visión del director de Criterio, José María Poirier-Lalanne
El pensador José María Poirier-Lalanne fue tajante: "Si las organizaciones piqueteras tienen futuro, la Argentina no lo tiene".
Durante un diálogo con LA NACION, Poirier-Lalanne, director de Criterio, reconocida revista de orientación católica y liberal, habló de la violencia social y del presente político del país, de la falsa antinomia entre setentistas y noventistas y del aparente desinterés en las políticas culturales.
Poirier-Lalanne es egresado de la carrera de Filosofía de la Universidad Lateranense de Roma. En 1976 abandonó sus estudios de Letras en el Profesorado Nacional para volver a Italia, más precisamente, a Florencia, donde, durante varios años, se dedicó a la literatura, el cine y la teología en el ámbito del Centro Internacional de Estudios del Movimiento de los Focolares. Es coautor de "La Iglesia y el mundo, ¿conflicto o diálogo?" y de "Iglesia y derechos humanos", a partir de conversaciones con monseñor Jorge Novak. Fue rector de la Escuela Superior de Periodismo y director del Museo del Cine de la ciudad de Buenos Aires.
-¿Qué consideraciones le merecen las distintas manifestaciones de violencia social que se vienen dando en los últimos tiempos?
-La exclusión social, que años atrás era inimaginable para un país como la Argentina, es una llaga enorme y abierta en la que todos tenemos que colaborar, porque ya ha cobrado víctimas atroces. Ya tenemos una o dos generaciones perdidas y llevará muchos años curar esas llagas. En el mejor de los casos, quedarán cicatrices. La cuestión social, entonces, debe ser atendida, pero se comete un error cuando se la atiende con un sentido político clientelista y cuando se permiten manifestaciones con un factor violento. Es inadmisible que un gobierno diga que su policía no puede contener una manifestación de piqueteros porque reprimiría mal. Es obligación de un gobierno el justo ejercicio de la fuerza. Junto con eso, debe estar la preocupación por la inserción escolar, la alimentación y la creación de fuentes de trabajo, pero no podemos vivir tirándonos el bulto los unos a los otros. Creo que si las organizaciones piqueteras tienen futuro, la Argentina no lo tiene. Quiero creer que son la dolorosa expresión de una situación que hoy estamos atravesando, pero no podemos admitir que la solución pase por la organización piquetera. Falta una mediación política. No hay sociedad sin política; la política es insustituible y, mal que nos pese, hay que mejorarla desde la política misma. Lo otro son quimeras que crean grandes frustraciones.
-Junto con la tolerancia del Gobierno hacia las manifestaciones piqueteras se está dando un debate que podría sintetizarse en la antinomia setentismo-noventismo. ¿Cómo analiza este debate?
-Creo que son muy peligrosas las absolutizaciones. Demonizar los años setenta o los años noventa es no entender nada. Es el antiejercicio de la intelectualidad. Justamente, si un aporte tienen que dar los intelectuales es el trabajoso esfuerzo de discernir los elementos positivos y negativos de todo proceso. ¿Quién puede dudar de que necesitábamos una moneda? ¿Y quién puede dudar, al mismo tiempo, de que el gobierno de Menem nos llevaba, más o menos, como cómplices, a un gran desastre, por su concepción de iniquidad social? Privatizar no es bueno ni malo en sí mismo. Es bueno o malo en la medida en que se haga bien o mal. Tampoco creo que el kirchnerismo sea equivalente al setentismo. Temo que haya un doble discurso: uno pour la galerie y otro más pragmático. Que al gobierno de Kirchner le vaya bien es lo que deseamos todos, pero el Gobierno debe emplear su capacidad de autocrítica. Ha tenido desaciertos notables junto con un consenso notable.
-¿Cuáles fueron, a su juicio, tales desaciertos?
-El acto de la ESMA, por ejemplo. De un plumazo, se ignoraron todos los méritos del gobierno de Alfonsín. El juicio a las juntas militares fue un hito. Y pretender enmendar ese error público con una llamada privada es no distinguir entre un plano y otro. Como tenemos una gran tradición de caudillismo y de autoritarismos localistas, convendría exagerar en el respeto por la ley y las instituciones, y no se está haciendo.
-¿De qué manera juegan la ética y el realismo político?
-La dirigencia política debe tener sus oídos atentos al clamor de la sociedad. En política se hace lo que se puede, pero hay que escuchar las observaciones que vienen de la ética y de los principios. La libertad, la igualdad y la fraternidad son grandes principios éticos. Cuando una sociedad olvida las utopías empieza a desintegrarse, inicia un proceso involutivo. Pero ninguna utopía es realizable tal cual puede ser enunciada. Es un ideal hacia el que se camina. Y ahí radica la mediación política: en cómo hacer para que la mayor cantidad de gente posible tenga la mayor cantidad de oportunidades para vivir con libertad y con dignidad.
-Usted pertenece a la misma generación que el presidente Néstor Kirchner. ¿Advierte detrás de algunos de sus gestos un intento por rescatar a una generación idealista que fue derrotada?
-Creo que mi generación, la que fue universitaria entre fines de los años 60 y comienzos de los 70, padece una confusión entre autoritarismo y autoridad. Debemos hacer un esfuerzo por no caer en la tentación de creer que toda forma de autoridad es autoritarismo. Sin autoridad no hay sociedad. El autoritarismo sería la contracara de la autoridad. El autoritarismo va de la mano de la anarquía. La autoridad va de la mano de la ley, del derecho.
-¿A qué atribuye esa confusión?
-Probablemente a una gran frustración por un peronismo que encandiló a muchos jóvenes de gran ingenuidad, en los años 70, y los traicionó. Por otro lado, a un proceso de represión brutal, en el que se diezmó a una clase dirigente y en el que muchos otros quedamos con la sensación de que era muy peligroso actuar en política. Ahí se produce un cruce de sufrimiento y frustración que es muy complejo. En Kirchner se mezcla con eso el aislamiento patagónico que le impidió ver muchos de los cambios en el mundo. Creo ver en él una ausencia de conocimiento sobre esos cambios.
-¿Cómo analiza el reflotamiento del debate sobre nuestro pasado trágico y, en particular, la posición que sobre este tema ha manifestado la Iglesia?
-La jerarquía eclesiástica argentina no ha tenido, como cuerpo, una actuación digna en los años del proceso militar, a diferencia, por ejemplo, de la Iglesia chilena. Hubo posteriormente un examen de conciencia que no todas las instituciones han hecho. Debemos distinguir entre justicia y perdón. La justicia es lo que debe aplicarse y está en el orden de la ley; el perdón está en el orden del espíritu humano. Nadie puede obligarme a que perdone. Lo que sí puedo exigir es que se cumpla con la ley. Todas las naciones pasan por momentos difíciles, pero creo que no podemos quedar detenidos en el pasado. Debemos tratar de construir el futuro con las instituciones que tenemos. Para eso sería útil crear nuevas categorías de fraternidad, pensamientos nuevos, fórmulas alternativas. La patria no es una realidad perenne, sino una construcción cotidiana, y el Estado no es todopoderoso. Y ninguna nación tiene asegurado su porvenir.
-No tendría fundamento la creencia de que estamos llamados a ser una gran nación...
-Prefiero hablar de una patria modesta y moderna, en la que sólo estamos llamados a "pelearla" cada uno de nosotros.
-Semanas atrás, el secretario de Cultura de la Nación, Torcuato Di Tella, afirmó que la cultura no era una prioridad nacional y que tampoco lo era para él. ¿Cómo interpreta esos dichos?
-En el mejor de los casos, la frase fue poco feliz. De todas maneras, es grave, porque si él piensa eso no puede aceptar el cargo de secretario de Cultura y su correspondiente sueldo. Justamente él se debe ocupar de que la cultura sea prioridad nacional. Si no lo fuera para el Gobierno, sería su responsabilidad que lo fuera. Y si no es prioritaria para él, es imprescindible que se retire.
-¿Encuentra un eje común en los conflictos que se han venido registrando, por problemas gremiales o burocráticos, en algunos centros culturales de excelencia, como la Biblioteca Nacional y el Teatro Colón?
-Creo que sí. Hay dificultades que son históricas. Una es la injerencia de una burocracia estatal o municipal, sostenida en gran medida por los gremios, que pone continuamente trabas y dificultades muy serias a las manifestaciones culturales o artísticas. Se debe optar decididamente por poner a personas que conozcan de administración cultural en cada campo. El de la Biblioteca Nacional es muy específico: debe estar muy bien preservado el material a disposición de estudiosos e investigadores. La Biblioteca Nacional no es una simple sala de lectura, sino que tiene exigencias y particularidades muy propias. En el caso del Colón, creo que es una de las maravillas de la Argentina, porque hoy no podríamos volver a construir un Colón. Siempre tuve la sensación de que es un milagro argentino. Entonces es menester preservarlo y hacerlo funcionar lo mejor posible. Tenemos que recuperar el valor real y simbólico de las instituciones culturales. Días atrás asistí a una discusión sobre la conveniencia de que el Teatro Colón se utilizara para rock nacional o para folklore. Creo que ese planteo es equivocado, porque Buenos Aires no tiene otras salas como el Colón, que fue pensado para conciertos y para lírica. Sería como pretender usar el estadio de River para un partido de ping pong.
-¿Y está de acuerdo con la "cuota de pantalla" por la cual las salas cinematográficas estarán obligadas a tener un porcentaje de cine nacional?
-Es una buena iniciativa que el Estado, independientemente del gobierno de turno, apoye al cine nacional. Pero para eso puede tener salas especiales. No tiene sentido volver a políticas que se demostraron equivocadas. La medida de la cuota de pantalla para el cine nacional va a atentar contra la libertad de las salas. Me parece positivo que el cine argentino haya producido una buena cantidad de películas interesantes. Films como "La niña santa", "Ay, Juancito", "El abrazo partido" y "Luna de Avellaneda" han demostrado valer por sí mismos y no porque haya una obligación de verlos.
-En momentos en que muchas revistas culturales, como La Maga o Proa, han desaparecido del mapa cultural argentino, ¿cómo se explica la vigencia y la supervivencia de Criterio?
-Tal vez habría que preguntarles a sus lectores. Pero creo que Criterio, desde el comienzo, mantuvo la idea de una aventura intelectual y es una comunión de intereses intelectuales. La concepción de cultura que se tenía en los tiempos en que se fundó la revista fue perdiendo vigencia. Las especializaciones llevaron a que la cultura, en general, perdiera cierto interés; comenzaron a aparecer revistas especializadas en economía, en literatura, en ciencias políticas o en ciencia y técnica. Criterio sigue, en cambio, defendiendo el espacio que le corresponde a una publicación de divulgación cultural en las distintas disciplinas del saber. En más de 75 años de trayectoria, pasó por etapas diferentes. En algunos momentos representó al nacionalismo católico y en otros, un pensamiento liberal católico en el sentido de que se oponía a la tradición que daba por descontado que ser católico era ser nacionalista. La última etapa, bajo la dirección de Gustavo Franceschi y luego de Jorge Mejía, Rafael Braun y Carlos Floria, le dio un toque liberal en cuanto a defensa de lo democrático y de lo republicano, un pensamiento que exige una amplia libertad para ejercerse, costumbre no muy habitual en los ámbitos eclesiásticos, que requiere miradas plurales.
-¿Por qué señala que el ejercicio de una amplia libertad no es un hábito frecuente en ámbitos eclesiásticos?
-Porque, a mi entender, uno de los mayores temores que ha tenido la Iglesia a lo largo de su historia ha sido el de respetar la amplia libertad que exige siempre toda formulación científica, artística o filosófica. Todo momento de creación intelectual o artística necesita un momento donde conviene que los dogmas sean pocos y restringidos.
-¿Y cómo juega la relación entre cultura y fe?
-Son términos difíciles de explicar, porque no hay fe que no se exprese en términos culturales. Ambas son preocupaciones que hacen al espíritu humano. Hay lectores de Criterio que no son católicos, ya sea porque profesan otras religiones o son indiferentes ante la religión, pero eso no quiere decir que no le susciten interés estas problemáticas. Yo creo que no hay creyentes verdaderos que no tengan dudas sobre la fe, como no hay agnósticos serios que, en algún momento, no se sientan tentados por la fe. En un sentido o en otro, en el fondo, wla cultura y la fe nos interpelan. George Steiner, en momentos de gran desazón, llegó a escribir que la cultura no mejoraba la condición humana. Se trata de un momento de desconcierto con el que todas las personas que se dedican a intereses culturales tropiezan, pero eso no quiere decir que uno abandone la propia vocación y el propio desafío. Creer que la cultura va a resolver todos los problemas o va a hacer al hombre más bondadoso es ingenuo, pero es igualmente ingenuo pensar que se pueden construir una comunidad política y una sociedad civil sin cultura.
Por Fernando Laborda
De la Redacción de LA NACION
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