La opinión del cineasta y literato español
MADRID.- Jorge Semprún habla con afecto sobre la Argentina, pero de modo bien preciso, sin explayarse demasiado.
"Cansa un poco. Cansa, sobre todo, el arraigo de la forma peculiar del populismo, que es resabio del peronismo. El populismo no es el camino y que siga presente es bastante contradictorio con lo que representa la sociedad argentina", dice. Luego guarda silencio y deja la mirada perdida.
Admira al país por sus expresiones culturales. Guionista de películas tan célebres como "Z", de Costa-Gavras, y "El atentado", de Alain Resnais, Semprún se muestra entusiasmado con el nuevo cine argentino. "¡Me gusta! Me gusta mucho. Y cada vez que veo una película argentina anunciada no dejo de verla. Están haciendo cosas interesantes", dice.
La vida de este literato y cineasta español, residente en Francia, es casi de ficción. Se exilió, empujado por el régimen de Francisco Franco; participó en la resistencia francesa contra los nazis y, atrapado por ellos, sobrevivió dos años en el campo de concentración de Buchenwald, irónicamente, emplazado en uno de los paisajes más bucólicos de Alemania.
El horror de esa experiencia estuvo presente en buena parte de la conversación con LA NACION. "El hombre es capaz de lo mejor y de lo peor. Los campos de concentración son la expresión de esa máxima libertad", afirma. Y se nota que, aun con los 80 años que su vitalidad desmiente, está dispuesto a luchar por ella.
Cuatro de sus novelas son autobiográficas, sobre aquel tiempo en que la esperanza requería coraje.
El relato del pasado le interesa. Y le indigna lo inútil que se vuelve un museo cuando falsea la realidad.
"El campo de Buchenwald fue liberado por los aliados, pero en el museo soviético que allí se instaló se aseguraba que lo había hecho el Ejército Rojo. Supongo que lo decían para hacer olvidar el campo de internamiento que luego instalaron allí mismo y para no reconocer que un totalitarismo había reemplazado a otro", dice.
Hoy lo tranquiliza saber que "las dos partes y las dos capas geológicas de horror que allí convivieron", la nazi y la soviética, están, finalmente, reconocidas.
El desarrollo de su biografía es aún más extraordinario. Después de la guerra, militó, en la clandestinidad, en el Partido Comunista Español (PCE). Descubierto otra vez, fue expulsado y luego regresó a España, pero ya como ministro de Cultura del ex presidente Felipe González. Y así llegó a cerrar el círculo que suele atribuirse al estereotipo -o a la caricatura- del intelectual desengañado de la izquierda más combativa: de la revolución a un departamento en el parisiense Saint Germain.
Sin embargo, allí, por alguna ventana, no mira a otro sitio que no sea aquel del pasado, detrás de los alambrados nazis.
Con todo ese bagaje, Semprún es hoy más un hombre de pensamiento que de acción. Y, desengañado de casi todo, no se cansa de advertir sobre las formas totalitarias en las que puede caer el más mentado de los demócratas. Contra eso, dice, lo mejor de las democracias no está tanto en sus líderes "como en la capacidad de observación, de denuncia y de reacción" de las sociedades.
Asegura que la revolución tal como se la entendía ya no es el objetivo de ninguna lucha, que la globalización es inevitable y que quien quiera ir contra ella se dará de narices. Además, que la revolución cubana "está en proceso de involución total y cancerígeno" y que los intelectuales de izquierda de Europa y de América latina no lo admiten, porque hacerlo sería admitir su propio error.
-¿Qué fue lo más duro de su experiencia en el campo de concentración?
-Los campos han sido de lo peor. En cuanto a mi paso como deportado político, me limito a señalar dos cosas. La primera, la experiencia de la selección. Ha habido centenares de miles de deportados políticos en Europa, pero sólo con los nazis pasaron por la experiencia de la selección. Esto es, antes de ingresar en el campo, la posibilidad de ser adscripto a un barracón... La selección era a la cámara de gas o a los barracones, lo cual tiene una significación enorme. Lo segundo que destaco fue comprender la dimensión de para qué existía la cámara de gas. La muerte en escala industrial.
-¿Es la peor de las crueldades?
-No sé si hay una crueldad peor que otra. Esta fue singular entre todas. El más singular de los fanatismos, la persecución del aniquilamiento étnico con una gratuidad absoluta. Y luego, la increíble industrialización del acto de matar.
-¿Qué representa todo eso?
-La evidencia de que el hombre es un ser libre y que tiene tanta capacidad de libertad para el mal como para el bien. Exactamente la misma. Erradicar esa libertad es hacer del hombre un esclavo. Podrá ser perfecto, podrá ser bueno, en el sentido de que ni se le ocurriría hacer el mal. Pero no sería un hombre.
-¿Eso es lo que expresan los campos? ¿Libertad?
-Mire: para mí, cómo se llega a la decisión de tal aniquilamiento sigue siendo un misterio. Y no vale decir que hubo ignorancia, porque la idea del aniquilamiento fue hecha pública a grandes voces, en los manifiestos del partido nazi. Todo estaba dicho. Podría haberse ignorado alguna cosa, algún detalle. Por ejemplo, qué se hizo con los gitanos. Pero no hubo ignorancia del propósito o de la intención.
-¿Usted asegura que alguien miente si dice que en el momento de los hechos ignoraba lo que estaba ocurriendo?
-Nadie puede discutir si alguien dice que era ignorante. Pero era una ignorancia voluntaria. De no querer saber.
-España no parecería querer saber mucho más sobre su pasado.
-Sí, es cierto. Y con una característica trágica: hubo guerra civil, y eso implica represión abierta, algo que no puede ocultarse. En cambio, con los golpes militares del tipo del que se vivió en Chile era más difícil saber lo que pasaba.
-¿Cómo fue el proceso de construcción del museo para evocar lo sucedido en Buchenwald?
-El campo quedó en la zona de ocupación soviética, y meses después de que se cerrara fue reabierto como campo de la policía del sistema. Años después, durante la existencia de la República Democrática Alemana, se lo liquidó y se hizo en el lugar una especie de sitio de conmemoración, de muy mal gusto, en el que se aseguraba que había sido liberado por el Ejército Rojo en la lucha antifascista. Sencillamente, se borró una parte de la historia.
-¿Cuál?
-Faltaba una cara, la del totalitarismo soviético. Tuvieron que pasar años. Ahora se ha hecho un nuevo museo, contando las dos capas geológicas de lo que allí pasó. Las dos caras. Es un museo espeluznante desde el punto de vista moral, porque está en el centro de la Alemania culta, al lado de la casa que fue de Goethe.
-En el corazón de Europa.
-Sí, allí estaban los dos campos de concentración. Es un lugar impresionante. El sitio de la ilustración y el de la barbarie. Allí tendría que haber una academia, o una escuela, o un centro de investigación histórico-política.
-¿Sería ésa una forma de honrar el espanto que usted y otros seres humanos anónimos vivieron allí?
-No puedo decirlo, porque no tengo experiencia museológica. Pero sí digo que deberían estar las dos partes. El caso es que hay más huellas del totalitarismo nazi que del soviético. En ambos murieron muchos, aunque con mecanismos distintos.
-El presidente de Brasil, Luiz Ignacio Lula da Silva, dice que el exterminio no ha terminado y que hoy tiene la forma del hambre.
-Absolutamente. La forma actual del exterminio es el hambre. Y la desigualdad. Me gusta Lula. Lo conocí hace muchos años, cuando se hablaba del camino de la lucha urbana contra la opresión.
-¿Es válido hoy ese camino o los métodos de lucha del siglo XXI tienen que ser otros?
-El camino es otro. Una de las cosas más frecuentes es que aquel tipo de revolución realizada por el asalto al poder, para que lo ejerza el proletariado, termina por colocar el poder en manos de otros. Pero no de los proletarios. Es la contradicción más real para quienes tomaron ese camino: siempre que tuvieron el poder se lo han quitado.
-Entonces, ¿nos quedamos con la sociedad que tenemos?
-El hecho de que el comunismo haya sufrido semejante derrota no basta para decir que esta sociedad en que vivimos no es injusta. Sigue siendo igualmente injusta, desigual y con focos de opresión terribles. Es mejor que otras que existen, sin duda. Pero tenemos que ir a más.
-¿Por qué vía?
-Para empezar, hay que entender que la globalización es inevitable e imparable y que la lucha es por equilibrar la noción de poder en el mundo. Y que ese desafío carece hoy de una teoría que sirva para unificar las luchas. El marxismo era un gran unificador, aunque la conclusión de la llegada al poder de los marxistas -que de marxistas no tenían nada y más bien invocaban a Marx en vano- fue un fracaso. La ausencia de ese aglutinador que fue el marxismo y de un país que lo represente lo vuelve todo más difícil.
-¿Qué es hoy Cuba?
-La revolución cubana está en fase de involución cancerígena. Es lo más parecido al caudillaje y al caudillismo, que bien hemos conocido en España y en América latina. Un poder absoluto e indiscutido de una persona y de una camarilla que usa resortes demagógicos del antiimperialismo para quedarse en el poder. Su único objetivo es perpetuarse.
-¿Por qué hay tanta resistencia a reconocer el fracaso de la experiencia cubana entre intelectuales de América latina y de Europa?
-Porque, en el fondo, hacerlo sería toda una autocrítica. Sería admitir que nos equivocamos. Después de Stalin, después de Mao... En los intelectuales no se vería más que una propensión al error.
-¿Por qué tendrían que estar a salvo de los errores?
-Creo que la propensión al error está relacionada con la ilusión de cambiar el mundo. Si no tuviéramos ese sueño, no nos equivocaríamos nunca. La gente se equivoca por la grandeza que pretende abarcar con su pensamiento: la transformación del mundo.
-Con tanto desengaño, ¿qué camino queda para la transformación?
-Estoy decepcionado de la política, pero no hay más camino que trabajar dentro de los partidos. La sociedad democrática moderna sólo funciona con ellos. Lo que sí creo es que los partidos necesitan abrirse. Ser menos partidos de aparato y de nomenclatura y abrirse a los movimientos ciudadanos.
-¿El riesgo del fracaso está en la estructura de los partidos, entonces?
-Una de las paradojas es que el ejemplo del Partido Comunista -monolítico, verticalista, eficaz, sin líneas internas- se consolida aun entre quienes fueron sus más acérrimos enemigos. En España, por ejemplo, cuando yo veía la estructura del derechista Partido Popular, con José María Aznar, yo decía: esto viene de Marx. El partido de Aznar era, entre comillas, comunista. Eso sí parece haberlo aprendido la sociedad occidental.
-¿Hasta el más demócrata cae en la tentación de centralizar el poder?
-Estados Unidos es una república imperial, pero es una república. A uno le puede gustar más o menos lo que haga Michael Moore, pero puede denunciar cosas. Y hay literatos y profesores de universidad y gentes sencillas que reaccionan. Y que despiertan. No es sólo la guerra. El hecho de que Estados Unidos haya torturado del modo en que lo hizo nos deja atónitos. Como dijo André Malraux, hay guerras justas y hay ejércitos que no lo son.
-Volvemos a esa capacidad de mal que hay en el hombre...
-No aprendemos mucho, pero la democracia sirve para denunciar. Y entre lo que puede ocurrir figura que el presidente pierda las elecciones. Yo no sé si vendrá otro mejor. Pero si las pierde, el mensaje será que detrás de él hay una sociedad atenta. Hay que estar atentos. Esto no puede volver a ocurrir.
-¿Nunca se está del todo a salvo?
-Hay mecanismos que pueden desatarse si no hay contrapesos. Por ejemplo, Francia es el país de los derechos del hombre y de la revolución. Pero con esa ilustración, torturó y mató en Argel.
-Hubo oficiales que aseguraron que con esa experiencia fueron instruidos muchos militares argentinos.
-Algo de eso había oído. No con detalles. Lo que sí está claro es que los franceses tardaron más en admitir lo que ocurrió en su propio país que los norteamericanos en el suyo, en el caso de la reciente guerra. Tuvieron que pasar décadas para que los franceses lo admitieran. Yo mismo fui muy criticado por denunciar aquellos excesos y hubo condenas a muchos firmantes del manifiesto contra la guerra de Argelia. Pero con toda el agua que corrió, Francia aún no ha dicho: esto es lo que ha pasado en este país. Estos son los documentos. Eso es muy diferente de lo que ha ocurrido en Alemania.
-¿Podrá Europa convertirse en contrapeso de los Estados Unidos?
-Europa todavía no es una entidad política. Hoy es un mercado y una figura espiritual que sólo expresa determinados valores culturales.
-¿Qué opinión tiene sobre la situación en la Argentina?
-Cansa un poco ver el arraigo de la forma peculiar de populismo que rige en la Argentina, que es el resabio del peronismo. Cansa un poco que sea tan mentado ese recuerdo. El populismo no es el camino. Y es contradictorio con lo que es la sociedad argentina. Lo que me gusta mucho es su cine. Siempre que puedo lo veo. Y he visto cosas realmente interesantes.
Por Silvia Pisani
Corresponsal en España
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