ANA LIA KORNBLIT, MEDICA Y SOCIOLOGA
En la Argentina, hasta ahora, no se han hecho esfuerzos sistemáticos para prevenir el VIH-sida. No basta con tener información: hace falta que el saber se asimile y provoque cambios en las conductas.
Mabel Thwaites Rey
mthwaites@clarin.com
Hay una idea bastante generalizada de que en el combate contra el sida y las enfermedades de transmisión sexual, la Argentina tiene un déficit importante en materia de prevención. ¿Es así?
—Hasta ahora, no ha habido esfuerzos sistemáticos y coordinados en materia de prevención. Lo que se ha hecho, en distintos sectores y por diferentes grupos, son intervenciones puntuales. Y esto no podía ser de otra manera, en tanto el Estado no hizo un esfuerzo sostenido para que estas actividades pudieran desarrollarse. Y esto ocurrió porque la Argentina optó —en un sentido, felizmente— por financiar los medicamentos contra el sida para los infectados.
# Usted dice que felizmente ha habido un vuelco de recursos de parte del Estado a los tratamientos. ¿Cómo se dio?
—Durante el gobierno de Menem se desarrolló una política de medicamentos para los enfermos de sida. Esto, en realidad, se produjo a partir de una presión importante de las organizaciones de la sociedad civil, que pelearon muy duramente para que, incluso, se promulgara una ley sobre sida en la cual está explicitado que el Estado debe subvencionar los medicamentos. A partir de ahí, los tratamientos se complejizaron, se hicieron más efectivos, pero también se encarecieron. De manera que casi el 99% del dinero que el Ministerio de Salud destina al Programa Nacional de Sida se gasta en medicamentos.
# ¿Cuál es la situación actual en materia de prevención?
—Hay una cantidad importante de dinero, que fue aportada por el Fondo Mundial de Lucha Contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria, y es producto de un proyecto que la Argentina ganó en un concurso en el que participaron muchos países. El financiamiento de ese proyecto comenzó en abril del año pasado, y a partir de entonces se concursaron una serie de proyectos, con diferentes objetivos y en su mayoría gestados por la sociedad civil, en relación con la prevención.
# ¿Cuáles son los ejes de estos proyectos preventivos?
—Tienen distintos objetivos. Entre otros, por ejemplo, la prevención del VIH-sida entre las personas que consumen drogas, entre los homosexuales y travestis, entre las embarazadas y en las cárceles. También hay proyectos encaminados a incluir la temática del VIH-sida de un modo sistemático en el ámbito educativo y en los programas de pobreza de Desarrollo Social.
# Suele reconocerse que es más eficiente y menos costoso, en términos sociales, trabajar en prevención, pero los avances son más notorios en el tratamiento de las enfermedades.
—En realidad, se ha dicho siempre que la prevención es la pariente pobre de la medicina. Hay mucho más esfuerzo en las ciencias médicas puesto en tratamiento que en prevención. Y esto tiene que ver con una concepción de la medicina orientada a las enfermedades. Para que se trabajara más en prevención debería haber un cambio de modelo en las ciencias médicas.
# Suele ponerse mucho énfasis en las campañas masivas de información. ¿Son útiles?
—Mundialmente se reconoce que es importante hacer campañas masivas de prevención, pero hay que tener en cuenta que lo que pueden lograr, a lo sumo, es instalar el tema. Si no hay un esfuerzo continuo en los medios de comunicación en relación con los mensajes —que no sean esporádicos, que no sea un año un mensaje y otro año otro, etcétera—, se considera que es bastante ineficaz el dinero que se emplee en estas campañas.
# ¿De qué modo debería encararse la prevención?
—En temáticas como el VIH-sida, o del consumo de drogas, por ejemplo, no basta con brindar información, que es un primer paso necesario. No alcanza con lograr que la población esté más informada. Porque, en realidad, si uno le pregunta a la gente, por ejemplo, cómo se transmite el VIH, hay un buen porcentaje de personas que, en teoría, saben. Pero cuando se trata de ver en qué medida esa información los lleva a adoptar cambios y conductas en el sentido de la prevención, resulta que hay un gran salto entre el saber y las conductas.
# ¿Cómo sería esta relación entre el conocimiento sobre la forma de transmisión y la modificación de la conducta?
—Es un típico caso en donde uno podría decir que la información es necesaria, porque sin ella no se puede seguir avanzando, pero no es suficiente. Porque lo que realmente podría llevar a la modificación de las conductas es lo que en psicología se llama una información que no sea solamente a nivel cognitivo o teórico, sino que sea internalizada. Esto implica que pueda trabajarse con aspectos que tienen que ver con lo afectivo, con las emociones, para que lleve a la posibilidad de modificar actitudes y conductas.
# ¿De qué modo hay que actuar para que se consiga ese cambio de actitud?
—Para ello hay que desarrollar actividades preventivas cara a cara, o sea, en grupos pequeños, en donde la gente tenga la posibilidad de confrontar sus mitos, creencias y actitudes, con las de las demás personas. Y a partir de esta confrontación se llegue entonces a incorporar otro tipo de conductas. Lamentablemente, esto es difícil, porque lo es trabajar en pequeños grupos a nivel masivo. Pero no hay otra posibilidad.
# La experiencia mundial muestra logros de prevención entre los llamados "grupos de riesgo", como homosexuales o adictos. Paralelamente, el sida creció entre la población heterosexual y especialmente entre las mujeres.
—En realidad, hoy en día es una mala palabra hablar de "grupos de riesgo", porque hay toda una historia nefasta. Cuando se comenzó a hablar del sida, se lo identificaba con estos grupos de riesgo. Esto fue muy perjudicial, porque se construyó la enfermedad alrededor de estos "grupos de riesgo" y después resultó muy difícil que la población pudiera desarticular esta idea y referirla a todas las personas. Muchos siguen creyendo que no están expuestos por no tener "conductas atípicas". Y eso es falso.
# La vida sexual de los jóvenes de hoy parece signada por la existencia del sida. ¿Cómo repercute en su conducta?
—Entre los jóvenes, el tema del uso del preservativo está instalado de un modo mucho más importante que entre los adultos, porque se iniciaron en la sexualidad en la era del sida. En lo que podríamos llamar subcultura juvenil, por suerte, entró —bastante, no del todo— el preservativo en las primeras relaciones, cuando se inicia una pareja, o en los vínculos ocasionales. La aceptación es mucho mayor que entre los adultos, y esto habla de la incorporación de una nueva pauta cultural generacional. El problema es que, una vez que la pareja se estabiliza, se pasa a otros anticonceptivos, que quedan a cargo exclusivo de la mujer.
# ¿Entre las mujeres ha habido cambios en el cuidado?
—También aquí hay una cuestión de la cultura generacional. En la medida en que las chicas más jóvenes ya no se plantean tanto la dependencia de la pareja como eje de su vida, y tienen proyectos propios, crece su disposición a exigir relaciones sexuales seguras. A las mayores les resulta más difícil imponerse, y además deben enfrentar una cultura masculina muy reacia al uso de preservativos. Mientras las chicas se plantan más a la hora de mantener relaciones y exigen el uso de preservativos, para las más grandes es muy complicado. Esta es una realidad extendida en toda América latina.
# Sucede que las mujeres mayores, en su mayoría, están casadas. ¿Cómo se procesa esta cuestión dentro del matrimonio?
—Dentro del matrimonio, de una unión duradera y estable, introducir el uso del preservativo es casi imposible. Sólo plantearlo lleva a la mujer a dejar expuesta su duda sobre la conducta del marido y a ahondar en un tema espinoso de la relación marital. Por eso las más expuestas son las casadas, las que no tienen cómo advertir su riesgo o cómo imponer su cuidado.
# En las relaciones extramatrimoniales, ¿los hombres se cuidan?
—En trabajos que nuestro equipo ha hecho con trabajadoras sexuales, ellas cuentan que hay muchos hombres casados que les proponen no usar preservativos, y hasta ofrecen pagar más para no usarlos. Ahí se ve realmente una negación muy fuerte de la situación de riesgo. Porque cualquiera pensaría —por más que también puede ser un prejuicio el hecho de pensar que si se tienen relaciones con trabajadoras sexuales haya riesgo— que el hombre tendería a cuidarse. Pero no es así. Y la paradoja es que son estas mujeres las que tienen más conciencia sobre la necesidad de cuidarse.
# ¿Y los chicos jóvenes usan preservativos como algo menos problemático?
—Sí. Para ellos no está tan asociado a la disminución de la naturalidad, de la sensibilidad, del placer. Es una pauta de cultura generacional que, afortunadamente, ha variado.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/07/04/z-03615.htm
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