Para Bernardo Kliksberg, el acento debe estar en lo social
Recibido con medalla de oro, Bernardo Kliksberg fue, a los 23 años, uno de los profesores más jóvenes seleccionados por concurso para una cátedra en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires. Después, la vida y su sensibilidad por la problemática social lo llevaron por caminos diferentes. Desde hace años vive en Washington. Es asesor de las Naciones Unidas, del Banco Interamericano de Desarrollo, de la Organización Internacional del Trabajo. Sus ideas y posturas en materia de gerencia social han sido volcadas en numerosos libros (el último, "Más ética, más desarrollo") y le han valido repetidos reconocimientos internacionales.
Kliksberg se identifica con las posiciones no ortodoxas de los premios Nobel Amartya Sen y Joseph Stiglitz y es considerado una fuente de consulta por el actual gobierno argentino. Su desconfianza en el éxito de las técnicas clásicas suena bien a los oídos del presidente Kirchner, especialmente cuando insiste en que la economía debe apoyarse en los valores éticos no sólo por lirismo, sino porque eso redundará, según cree, en ventajas concretas.
En sus viajes al país, Kliksberg es también recibido con frecuencia por los representantes del sector privado, que suelen coincidir con él en que las empresas deben darle importancia creciente a sus responsabilidades sociales. En su última visita, inauguró, en la sala Casacuberta del San Martín, la cátedra abierta "Etica, cultura y desarrollo", que presidirá y que funcionará en el Complejo Teatral de Buenos Aires.
Kliksberg recurre frecuentemente a las citas bíblicas y a las de su autor favorito, el filósofo Maimónides. Dice que La Biblia es "el tratado de política social más formidable, porque allí se plantea la necesidad de construir una sociedad equitativa, se habla del jubileo, de la protección del sábado para el trabajador y se detalla, incluso, la forma de pagar los sueldos, porque el trabajador los necesita con urgencia para mantener a su familia". En la entrevista con LA NACION, realizada en el café que se encuentra al lado de la Biblioteca Nacional, mantuvo su kipá en todo momento sobre la cabeza y abundó en referencias religiosas.
-Usted habla en sus libros del capital social. ¿Qué significa eso?
-En primer lugar, la confianza en las relaciones interpersonales, cuáles son las expectativas de comportamiento mutuo. Actualmente tenemos métodos para medir eso y sabemos que si el nivel de confianza en las relaciones interpersonales es bajo, sube el costo macroeconómico, lo que llamamos el costo del "pleitismo". Cuando los unos no confían en los otros, buscan un tercero que los proteja: más policía, más Poder Judicial, más abogados?
-¿Tuvimos alguna vez un alto nivel de confianza entre los argentinos?
-Sí, en las sociedades de origen de nuestros mayores, donde un apretón de manos sellaba los pactos. El ascenso del costo del pleitismo está ligado al deterioro de la confianza, lo que es fundamental para el desarrollo de los mercados. Esto lo intuyó, genialmente, Adam Smith, el fundador de la economía neoclásica. Una de sus anotaciones más agudas fue que para que un mercado pueda ser eficiente tiene que tener valores éticos positivos. Otro punto fundamental es que hoy sabemos científicamente que si el grado de confianza en el liderazgo político es muy bajo, se reduce la gobernabilidad democrática.
-Pero también la historia registra momentos de confianza en líderes no democráticos, en dictadores?
-Hay capital social positivo y capital social negativo. Pero déjeme completar el esquema del positivo. La segunda dimensión del capital social es la capacidad de asociatividad, de trabajar juntos, de generar sinergias. Desde las más elementales, que los vecinos se ayuden entre sí, hasta las más sofisticadas: la capacidad de una sociedad fue decisiva, con el Pacto de la Moncloa, para que España pudiera salir del franquismo. Ahora, eso no llovió del cielo. El capital social no es algo dado. Hay un trabajo sistemático detrás.
-¿Cómo está la Argentina?
-En los años 90, ha mostrado dificultades importantes. Ahora se ve que puede afrontar algunos temas, entre ellos uno que LA NACION impulsó, que es "El hambre más urgente", un programa totalmente sinérgico. La tercera característica del capital social es la conciencia cívica, la actitud que tiene la gente en una sociedad frente a todo aquello que o se hace colectivamente o no puede existir: cuidar los parques y el transporte, pagar los impuestos. Estas tres cosas que hemos enumerado hasta aquí se conocen como capital social. Yo le he agregado una cuarta, que son los valores éticos.
-¿No son los valores algo propio del individuo, sin vínculo con la idea de capital?
-Son algo personal, desde ya. Hace 800 años, Maimónides decía: "Todos elegimos cada día entre el bien y el mal y nuestra pequeña elección vuelca la balanza". Si los empresarios, fundamental motor de producción, tienen valores éticos a favor del progreso, de la reinversión en el país, de la responsabilidad social, es una cosa. Si los valores de los empresarios van en el sentido de ganar lo máximo en el menor tiempo posible, enviar sus ganancias a los paraísos fiscales y compartir muy poco con su personal, es otra cosa, totalmente diferente.
-Me parecen concepciones interesantes, por cierto, pero no advierto qué tienen de nuevo.
-Lo nuevo es que hoy estamos en condiciones de medir todo esto, de medir exactamente el impacto de estas cosas sobre el crecimiento económico.
-¿Hay maneras relativamente precisas de medir el grado de confianza de una sociedad?
-Absolutamente. La encuesta Latinbarómetro lo hace con éxito, por ejemplo. Se le pregunta a la gente: "Usted, ¿cómo percibe al otro? ¿Como alguien en quien debe desconfiar, como alguien en quien debe confiar poco o como alguien en quien debe desconfiar?" Hoy hay muchas maneras de construir los indicadores. Se hacen precisiones. Hay una encuesta mundial de valores, que ya es tradicional. Mi humilde tesis central es que la ética importa. Estas mediciones demuestran que si hay más capital social, la tasa de crecimiento macroeconómico es mayor. Si hay más capital social, la esperanza de vida es mayor, según lo demostraron estudios hechos por la Universidad de Harvard. Tomaron una ciudad pequeña, que se llama Roseto, en Estados Unidos. Es pequeña clase media, inmigrantes de origen italiano. Tienen menos ataques cardíacos y menos estrés. Descubrieron que la diferencia entre Roseto y otras comunidades parecidas es que la gente se visita mucho, no hay muchas envidias, porque todos son de pequeña clase media, los abuelos, los hijos y los nietos conviven, a diferencia de la sociedad norteamericana típica, compuesta por individuos más aislados.
-¿El capital social es una panacea?
-No se puede caer en simplificaciones. Hay cuatro factores desencadenantes del crecimiento: el capital natural, es decir, los recursos físicos; el capital construido, que la sociedad ha generado en lo comercial, lo financiero, lo tecnológico; el capital humano, los niveles de educación y salud, y ahora se incorpora esta cuarta dimensión, que es el capital social. El crecimiento macroeconómico no está determinado por estas últimas dos formas del capital, pero tampoco sólo por las dos primeras. Está determinado por las cuatro. Si una sociedad tiene fuertes dosis de capital social y tiene una inversión importante en capital humano, eso le va a permitir potenciar mucho más sus recursos naturales y movilizar mucho más su capital construido. Eso es lo que sucedió con los nórdicos. Hace cien años, Noruega era un país de pescadores. Por la miseria, sus habitantes emigraban a otros países europeos. Invirtiendo fenomenalmente en capital humano, con la educación a la cabeza, y en capital social, construyeron una gran concertación nacional. La potencia de Noruega, hoy, está en su capital humano y social. Ellos tienen petróleo, pero les va mejor que a otros países que también lo tienen. No se trata de que queramos vender un nuevo producto que se llama capital social, pero hoy sabemos científicamente que si una sociedad es muy desigual se resiente el capital social. La igualdad de oportunidades está en la naturaleza del ser humano.
-Pero el mundo parece ir hacia un esquema cada vez más desigual?
-No todo el mundo. Las sociedades que más han progresado tienen mejores indicadores de equidad. No sólo los nórdicos, sino Japón, Corea, el sudeste asiático, donde se ha logrado la educación y la salud para todos.
-Usted sostuvo muchas veces que América latina es el continente más desigual. ¿Somos más desiguales que Africa?
-Sí, aunque resulte casi increíble. ¿Cómo reducir la pobreza? Durante mucho tiempo se pensó que si se lograba un crecimiento muy fuerte, los beneficios se iban a "derramar" en la pirámide social. Después la realidad comprobó que si una sociedad es muy desigual no hay derrame: no llega el crecimiento a los más humildes. Queda concentrado. La Argentina llegó a tener en 2002, según las cifras del Indec, 58 por ciento de pobres. En los años 90, siete millones de argentinos de clase media se transformaron en pobres.
-¿Esa fue la consecuencia de la aplicación de medidas económicas duras o de una gestión corrupta?
-Siempre hay una suma de factores. Pero Stiglitz, que ha analizado mucho la realidad argentina, plantea repetidamente que acá hubo una ortodoxia rígida y muy insensible a los efectos sociales, creyendo que se iban a corregir más tarde. Los efectos sociales no se corrigen más tarde. Causan daños irreversibles. La pobreza mata; no puede esperar.
-Algunos economistas aún afirman que, en rigor de verdad, nunca hubo una economía plenamente liberal en vigor en los años de Menem y en los de De la Rúa.
-Yo creo que la visión actual no es oponer diferentes teorías, sino construir un modelo de desarrollo más integrado. La única manera de tener un desarrollo sustentable es apuntar al conjunto. Y ahí los valores éticos son una palanca fenomenal. Vienen prescriptos por el texto bíblico. Además, la ética, encarnada en los actores económicos, significa políticas públicas responsables y responsabilidad social de la empresa privada.
-¿Es humano esperar esta disposición de empresarios que, en principio, operan por su propia ganancia?
-Esa visión, muy fuerte, está siendo totalmente cuestionada en los países desarrollados por los líderes del empresariado privado, que están planteando que el empresario tiene que ser un ciudadano con responsabilidades calificadas. Y el famoso mercado le ha dado un estímulo fenomenal a esta idea, porque aumentan los consumidores que prefieren comprar productos de empresas socialmente responsables. Hay una encuesta reciente del Boston Collage que dice que más del 60 por ciento de los consumidores están dispuestos a pagar un precio mayor si tienen la seguridad de que los productos pertenecen a una empresa socialmente responsable.
-¿Hasta convendría al bolsillo?
-Absolutamente. En el mundo desarrollado se afirma hoy que para que una empresa sea competitiva va a tener que ser socialmente responsable.
-¿Usted advierte esta orientación en los empresarios argentinos?
-Empieza a haber una inquietud. En la Argentina, a mí me han invitado con mucha frecuencia, en los últimos tiempos. He dado una conferencia en la Cámara Argentina de la Construcción ante 1500 empresarios prominentes. Me aplaudieron de pie durante quince minutos. Yo creo que hay una gran sensibilidad.
-¿La corrupción tenía prestigio?
-Claro, se presentaban esos comportamientos como viveza criolla, en lugar de lo que eran. Con todo eso, la sociedad argentina, de 2000 a 2002, cuando la explosión de pobreza fue fenomenal, logró reaccionar. En ese período, la gente pudo haber reaccionado con un egoísmo tremendo, porque tenía que sobrevivir. En cambio, la encuesta Gallup dice que en esos tres años el número de trabajadores voluntarios en la Argentina, de gente que hace cosas por los demás, aumentó explosivamente. Existen los fenómenos de coyunturas, como se expresó en aquel "que se vayan todos". Son reacciones legítimas frente a situaciones muy difíciles. Pero nunca se rompió el contrato ético entre las personas.
-¿Hasta dónde llega su confianza en que el actual presidente pueda producir un cambio efectivo?
-Yo creo que hay un mandato muy claro de cambios importantes. Kirchner es el presidente con más aprobación en toda América latina. Esa aprobación no está sólo ligada al carisma, sino a las cosas que están pasando. Este país, que hasta hace dos años era el más pesimista de la región, tiene hoy, según las encuestas internacionales, la visión más optimista sobre el futuro. Hay una atmósfera diferente. Pero lo que suceda, en definitiva, va a depender de todos.
-Ese optimismo tiene que ver con una marcha relativamente cómoda de la economía. ¿Piensa que ese crecimiento tiene un techo?
-La situación que se heredó es extremadamente difícil, pero en esa dificultad hay un esfuerzo muy significativo por acentuar el capital social. Hay políticas educativas con las que me identifico en un ciento cincuenta, no en un ciento por ciento. Lo que el ministro de Educación está haciendo al poner los libros de texto al alcance de todos los escolares del país, lo mismo que el programa Manos a la Obra, son cosas que van en la dirección correcta. Hay políticas interesantes, yo diría. Pero la garantía mayor es que los actores asuman sus responsabilidades éticas, que se concentren en hacer una economía orientada por la ética.
Por Hugo Caligaris
De la Redacción de LA NACION
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