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"A la Argentina le hace falta un partido fuerte de centro"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 31-07-2004 05:23:13

El análisis de Ernesto Schoo, periodista y escritor especializado en temas culturales

Impresiona por su sensibilidad y mesura: se trata de uno de los periodistas más cultos de la Argentina. Varias generaciones disfrutaron y siguen disfrutando de los vastos conocimientos –particularmente, en el campo del espectáculo, el arte y la cultura–, que vierte en sus críticas y artículos. Los lectores de LA NACION tienen el privilegio de compartir con Ernesto Schoo, cada sábado, sus vivencias, recuerdos, reflexiones e investigaciones sobre la historia y el presente de la escena nacional, en su columna del suplemento de Espectáculos. Es, además, autor de “El baile de los guerreros”, “Ciudad sin noche” y “Pasiones recobradas”, entre otros libros. Tiene la estampa de un caballero andante, y lo es, de la Orden y de las Letras del Ministerio de Cultura de Francia. Además es oficial de la Orden al Mérito de la República de Italia. Como periodista escribió en las revistas Primera Plana, Panorama y, actualmente, en Noticias. Fue director del Teatro San Martín y, desde hace años, se desempeña como vocal del Fondo Nacional de las Artes.

Schoo señala que el autoritarismo argentino es genético y que la gente le asigna un valor relativo a la democracia. Así y todo se considera un optimista.

–Como crítico, ¿cómo fueron sus batallas con la censura?

–Ha sido un gran tema a lo largo de mi vida profesional, especialmente durante los gobiernos militares y, sobre todo, en el de Onganía, que fue bastante duro. Recuerdo de esa época que cierta vez fuimos citados por un general varios críticos a la Casa de Gobierno y le dijimos que la censura argentina era prácticamente equivalente a la soviética, por el puritanismo y otra cantidad de cosas. "Pero yo, ¿qué hago cuando las señoras vienen a protestar?", nos respondió. Las señoras protestaban mucho entonces y en épocas anteriores. Yo era relativamente chico en 1938 cuando, en el Teatro Nacional Cervantes, anunciaron que iban a representar, nada menos, que "Salomé", de Oscar Wilde, dirigida por Cunill Cabanellas, con Berta Singerman. No faltó la delegación de señoras que protestaron y la obra no se hizo. Por mucho tiempo esos grupos de presión fueron muy fuertes. Incluso se opusieron a que monseñor Miguel de Andrea fuera arzobispo de Buenos Aires porque era socialista y a esas señoras ser socialista les parecía un pecado mortal. Por suerte, la censura se alivió muchísimo a partir del gobierno de Alfonsín. Siempre queda alguna resistencia de sectores muy tradicionales frente a ciertas licencias que la evolución de los tiempos va marcando. Yo tampoco estoy de acuerdo con todas las licencias, pero a pesar de eso no me atrevería a censurar absolutamente nada.

-¿No cree que la censura deriva del autoritarismo y que esa presencia es bastante pesada y persistente en la vida nacional y latinoamericana?

-Hay una herencia muy difícil de combatir, de autoritarismo, caudillismo y demagogia populista. Todo eso forma un paquete que viene de muy lejos. Mientras que en América del Norte los colonos ingleses prosiguieron con el criterio de comunidad que habían tenido en su país, los españoles, que tenían todo el peso de haber sido una potencia mundial católica, apostólica, romana, todopoderosa, absolutamente militar, que acababa de expulsar a los judíos y a los árabes, vinieron aquí a imponer una autoridad muy fuerte. Eso penetró en el inconsciente colectivo y ha quedado la impresión de que hay que temerles a los que ejercen la autoridad porque, en efecto, han sido muy malos.

-¿Ese patrón autoritario de la vida pública se reprodujo en la privada, en el seno de las familias?

-Por supuesto. Tuvieron una estructura esencialmente patriarcal. Había una autoridad muy fuerte, pesada y tremenda, que era el padre, contra la cual trabajaba la madre, en complicidad con los hijos.

-El autoritarismo, a su manera, ¿no nos libra de tener que resolver un montón de cosas?

-Seguro. Creo que a la mayoría de la gente la democracia no le importa tanto. Les interesa más estar bien, tener trabajo, seguridad, dinero y salud para poder disfrutar de pequeñas o grandes cosas de la vida. Pero, al menos en América latina, me parece que el concepto de democracia no está del todo arraigado. En cuanto aparece un caudillo dominante, si no molesta demasiado, lo siguen.

-¿Eso significa que América latina está más predispuesta al autoritarismo que a la democracia?

-No es exclusivo de América latina. Se ha visto autoritarismo en Italia, en Alemania, en España y en muchos otros países. Australia fue una nación poblada originalmente por presos y criminales. Pero siempre hay una porción de la población que cree auténticamente en el valor de la democracia y reacciona. En cambio, en América latina el autoritarismo es un fenómeno recurrente y persistente. Hay una tradición hispano-criolla lamentable. Tendría 7 u 8 años cuando fui a preguntarle a mi abuelo gallego qué era ese cuadro que se llamaba "El cacique" y que reproducía la revista La Ilustración Artística. Para mí, un cacique era un indígena; en cambio, allí había un señor que parecía más bien un próspero labriego rodeado por personas que le traían bebida y comida, lo halagaban, le regalaban cosas. Todavía ahora, en el siglo XXI, tenemos caciques de esa misma naturaleza en nuestras provincias, lo cual no quiere decir que no existan también en los Estados Unidos. Evidentemente los hay, no cabe duda. Como esos famosos senadores vitalicios y las familias presidenciales, que tienen sus grupitos de seguidores que los apoyan. Pero hay una diferencia fundamental: en las democracias sólidamente constituidas, la gente cree más en las instituciones que en los hombres. Acá ocurre todo lo contrario. En el esquema mental y político de un argentino las instituciones no representan gran cosa. El Congreso y Tribunales son sólo edificios, pero casi todo se centra en el Poder Ejecutivo. De todas maneras, creo que hay algo muy interesante que vino tras el naufragio de De la Rúa y que yo observo por primera vez en mi vida: una conciencia del ciudadano que quiere hacer valer sus derechos, pero que también se expresa en el desborde piquetero, que es una forma perversa de esa conciencia que vamos adquiriendo.

-¿Asambleas, cacerolazos, piquetes son formas de expresarse que en algún momento se moderarán?

-Cuando se abre la tranquera, la tropilla sale al galope desesperadamente. Es el Estado el que debe regular las relaciones entre los distintos grupos que conviven en la sociedad y eso es lo que estamos extrañando, que el Estado ponga un poco de orden. Estoy de acuerdo con que hay que solucionar y solidarizarse con la tremenda situación de los marginados, pero discrepo con el método que se usa. No me atrevería a usar el verbo reprimir, pero contener, de alguna manera, se hace necesario, porque en la medida en que se siga permitiendo el desborde, en un momento no se va a poder parar y caeremos en la anarquía. Todos debemos reconocer la buena voluntad de Kirchner y la buena voluntad de la gente para que pueda gobernar en paz y adecuadamente. Lo que pasa es que nos sorprenden cosas como lo de la ESMA, los casetes de la AMIA, el tratamiento del tema piquetero, los disturbios en la Legislatura. Hay una desorientación y un afán por salir a explicarlo todo con argumentos que a veces son casi cómicos.

-Elitismo y populismo, civilización o barbarie, como decía Sarmiento. Esa antinomia sopló con fuerza, paradójicamente, cuando en el país había más equidad y no tanto ahora, cuando el contraste entre ricos y pobres es más brutal. ¿Cuánto que ver tuvieron estas dos miradas divergentes en los desencuentros del país?

-Para empezar, no creo en absoluto que exista una cultura aristocrática y una cultura popular. La cultura es todo lo que el hombre hace con un grado de calidad en cuanto a la trascendencia. Esa división es una falacia. Creo que el principio fundamental de una comunidad es que aspire a procurarse un concepto de excelencia, porque si lo pierde se termina la sociedad. La excelencia no pasa por ser más rico o ilustrado o ser más educado o más fino. La democracia exige el gobierno de los mejores. Si no, se cae en la anomia total, porque no es verdad que todo el mundo sea igual. Deben darse, claro, las mismas oportunidades para todos, pero lo demás es cuestión de talento y también de suerte.

-México tiene incorporada en su identidad manifestaciones de la cultura indígena. Los argentinos, en cambio, corrimos, suprimimos e ignoramos a nuestros aborígenes...

-En mi novela "El baile de los guerreros" hablo de estos compatriotas incómodos que fueron los indios. Ahora también hay que ver el grado de agresividad que tenían esas poblaciones indígenas contra lo que simbolizaba la civilización, que naturalmente era eurocéntrica, porque Europa era, en ese momento, el lugar en el que la humanidad había alcanzado un nivel más alto de desarrollo mental, espiritual e inclusive material. Un gran amigo, Daniel Larriqueta, tiene una teoría que a mí me parece muy interesante: la de las dos corrientes colonizadoras, la que vino del Alto Perú y que entró en el territorio argentino con una cierta manera de ser, vivir y trabajar, que después va a chocar con la corriente borbónica, que vino por la vía del Atlántico, el Río de la Plata y Buenos Aires. Creo que eso quedó flotando. La Generación del 80 intentó una integración.

-¿Y por qué duró tan poco la república del 80, siendo que tenía logros políticos y económicos tan claros?

-Pienso que no tuvieron tiempo de terminar su obra porque la Generación del 80 no advirtió el cambio profundo que se producía en el mundo, sobre todo a partir de las inmigraciones y de la guerra del 14, ni advirtió que ya no podíamos funcionar tan sólo como granero del mundo. En resumen, su pecado fue no haber industrializado el país a tiempo, cosa que intentó mucho después Frondizi. No lo dejaron. Creo que Frondizi fue el último gran presidente que tuvimos.

-Es difícil pensar por dónde pasa la excelencia en un país que se define a sí mismo con una disyuntiva tan contrastante como la de civilización o barbarie...

-Creo que volvemos al tema de siempre, que es la educación. La Generación del 80 tuvo un proyecto educativo maravilloso. No hay duda de que la ley 1420 fue admirable durante el tiempo que funcionó, pero Ezequiel Gallo y otros historiadores hicieron una observación interesante al decir que la Generación del 80 había tenido un plan educativo importante, pero no un plan cultural. Creo que hay un déficit de formación en la gente más humilde, déficit que hasta los años 30 y 40 no se notaba tanto. Estoy totalmente en contra del rótulo que recibió la llamada "década infame". Lo que puedo recordar como chico de aquella época era un estado general, no diría de prosperidad, pero sí de buen pasar para mucha gente que tenía su automóvil y a la que el banco le daba treinta años para pagar su casa. Había pobres, como los habrá siempre, pero no había miserables. Lo que pasa es que también hay un sector de la izquierda que toma esas banderas de la reivindicación social y exagera mucho. Cuando uno lee a Roberto Arlt, admirable escritor, sin la menor duda, casi un equivalente de Dostoievski, uno ve que él toma un sector muy determinado de la sociedad y lo puebla con tipos sumamente pintorescos y curiosos, pero ése no era el modelo del argentino medio de los años 30. De ninguna manera.

-¿Qué tipo de sensibilidad le faltó al conservadurismo para que apareciera el peronismo?

-Le faltó perspectiva. El esquema conservador se había agotado y necesitaba una renovación. Siempre digo que necesitábamos un De Gaulle y que, en cambio, llegó Perón.

-Llegó y se quedó... para siempre.

-Perón, que era un pragmático absoluto, seguramente estaría muy contento de ver cómo ha evolucionado su movimiento. Esa democracia fue, en cierto sentido y salvando las distancias, como puede ser el régimen cubano. Se sabía que, inevitablemente, Perón iba a ganar una elección tras otra, lo cual indica que algo falló en el sistema, porque no puede ser que sesenta años después todavía estemos con esa carga. En el transcurso, el peronismo ha adoptado las formas más variadas. Por ejemplo, ¿cómo asimilar a Menem con el peronismo tradicional?

-¿Pero acaso no fue Perón el primer privatista salvaje cuando intentó dar a la California prácticamente en concesión la Patagonia entera para que explotara el petróleo? ¿No será que la ideología del peronismo no es ni el estatismo a ultranza ni la privatización sin límite, sino el poder por sí mismo?

-Es eso. El peronismo quiere continuar en el poder por la vía que sea y lo que nos está faltando, evidentemente, es un partido fuerte de centro que sea un contrapeso del peronismo, ya que el radicalismo no llegó a serlo, aunque cuando ganó Alfonsín hubo un alivio. Pero ya ve en qué terminó todo eso...

-También podría decirse que se extraña una derecha ilustrada y una izquierda organizada.

-Exacto. Y eso que hubo una izquierda inteligente, sin la menor duda. Cuando era chico, recuerdo que en el Parlamento estaban Palacios, Dickmann, Bravo, que eran notables socialistas; Antonio de Tomaso, que fue, realmente, una lumbrera, un hombre que podría haber sido un gran presidente si no hubiese muerto tan joven. Y en cuanto a lo otro, hay fragmentos de una derecha ilustrada. Por ejemplo, yo soy, absolutamente, un liberal, y afirmar que Menem sea liberal me parece un disparate. Cuando me dicen si soy neoliberal, yo respondo que a mi edad ya no se puede ser "neo" nada. Soy un liberal a la manera de Adam Smith.

-Las puntas ideológicas del espectro político no se organizaron. En el medio quedó el peronismo, a cargo de todo, incluso de la izquierda y de la derecha.

-Hay algo en los genes argentinos que impide el trabajo en equipo. Ahora hay equipos de arquitectos, diseñadores, gente del teatro, pero parece que eso todavía no llegó a la política. Porque, ¿qué impide que López Murphy, Carrió, Bullrich y Macri se junten? Conformarían una fuerza considerable. En cambio, prefieren seguir siendo parte de pequeñas facciones que pelean entre sí.

-Ya hubo una experiencia de unir a gente proveniente de distintas extracciones, con la Alianza, pero no resultó bien.

-Pero la Alianza tenía una debilidad, que fue afianzarse en torno de De la Rúa. Luego "Chacho" Alvarez se autoeyecta y De la Rúa eyecta a Rodolfo Terragno, que es un hombre inteligente y culto, muy valioso.

-A pesar de los contrastes evidentes, por ejemplo, entre Menem y Kirchner, hay una clase de irritación constante por parte de quien ostenta el poder contra cualquiera que se le oponga. Ese es un patrón inalterable dentro del peronismo.

-Absolutamente. Es un movimiento autoritario más o menos disfrazado, cuya única obsesión es estar en el poder. El primer Menem es un Menem muy aceptable, que le hace bien a la Argentina. Ahora, ¿por qué se le acepta la reelección? Allí hay una responsabilidad muy grande de Alfonsín.

-Frente a esto, ¿cómo ser optimista?

-Yo soy optimista. Un hombre que, como yo, está por cumplir 79 años tiene una cierta visión del mundo, una experiencia tanto personal como colectiva que me hace ser bastante escéptico, sobre todo en cuanto al nivel relativo de aceptación que puede tener un argentino medio de la democracia. Pero, por otro lado, no puedo dejar de ser optimista cuando veo que, a pesar de todo, hay gente joven admirable que no es vaga, ni se emborracha ni se droga. Y me pregunto por qué, habiendo en las ciencias, en las artes y en la cultura gente nueva que trae tanta calidad y renovación en el diseño, en el cine, en el teatro y en montones de cosas, este movimiento no se produce en la política. Yo creo que porque no los dejan y porque los argentinos tenemos la obsesión de ver siempre en un adversario a un enemigo. Deberíamos admitir que en algún momento podemos coincidir con ese adversario para hacer frente a peligros mayores. Creo que nos está faltando esa visión más amplia. Hay un problema muy serio en la educación de todos para revertir esa mezquindad política que sólo piensa en arrebatar el poder.

-En su larga vida jamás había asistido a un período de democracia ininterrumpida como el que llevamos desde hace 21 años. ¿Nunca pensó en acercarse a la política?

-Por primera vez en mi vida me acerqué a grupos políticos, concretamente a López Murphy y a Patricia Bullrich, en ocasión de la última elección para jefe del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. No diré que me decepcioné, pero me quedé como en suspenso. ¿Por qué no pueden, por ejemplo, coincidir con Carrió, que es un personaje muy interesante? ¿Por qué, si toda esta gente tiene ideales, no se junta? Tenemos una incapacidad de ver las cosas como son y una tendencia a engañarnos a nosotros mismos, conformándonos con dar una mano de barniz en la pared cuando se está viniendo la casa abajo. Además de las fallas en la educación escolar, también las hay en el seno de las familias. No tengo hijos, así que no puedo saber de primera agua qué es lo que está ocurriendo, pero me da la sensación de que hay una permisividad en general con los chicos y no se les exigen pequeñas disciplinas que son muy importantes. Y así vemos a personas mayores, políticos y gobernantes que reaccionan como nenes caprichosos que les echan la culpa siempre a los otros nenes. No son adultos; a lo sumo, son adolescentes. No quiero generalizar, pero creo que los padres tratan de sacarse de encima el problema de controlar y vigilar el desarrollo de sus propios hijos. Aun así, sigo siendo optimista y creo que de esta crisis va a salir una mejor Argentina. Pero para lograr un país finalmente maduro antes nos hará falta tener gobernantes maduros.

Por Pablo Sirvén
De la Redacción de LA NACION

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Archivado en Osvaldo Bayer • Fecha: 31-07-2004 00:00:00

Por Osvaldo Bayer

Sí, fue un verano europeo como el que se está viviendo ahora: lluvia fresca todos los días en el imparable verde que crece. Y el sol de a ratos para que no lo olvidemos. Bien, sí, así fue en 1914, el día que comenzó la Primera Guerra europea; bien, sí, así fue el día de 1939 en que comenzó la Segunda Guerra europea, apenas veinte años después de terminada aquélla, en 1918. Las interpretaciones de hoy de filósofos, de historiadores, de politólogos no es otra que: inexplicable. ¿La humanidad se volvió loca? ¿O el ser humano es loco de por sí al llenarse la cabeza con términos como “heroísmo”, la “sagrada patria”, “el honor del pueblo”? Y marcharon hacia la muerte.
Hoy ya es totalmente incomprensible. No hay ninguna ciencia que lo pueda explicar. Ni todas las variedades de la psicología, ni todas las ilusiones de la literatura. Basta esta muestra que no tiene explicación ninguna: en el osario común del cementerio de Verdún se hallan los huesos de 128.000 o 130.000 (es lo mismo) soldados muertos en esa batalla que nunca pudieron ser reconocidos. Vamos a repetir: 128.000. Vamos a contarlos uno por uno. Son los no reconocidos. Es decir, que salieron cantando desde sus ciudades, contentos con sus uniformes, con flores que les daban sus mujeres y llegaron hasta Verdún y ahí después de ser despanzurrados por los bayonetazos, o por las bombas o por las balas de ametralladora murieron en las trincheras llenas de mierda, es el último perfume que sintieron pese a que los campos estaban llenos de flores silvestres. Millones de mujeres tuvieron hijos para que después los mandaran al lugar donde morirían y jamás se los reconocería. Hasta perdieron el nombre. Los borraron por completo. Mientras las iglesias repicaban campanas, los intelectuales leían poesías encendidas de patriotismo, las mujeres trabajaban todo el día en las fábricas de armas y tenían nuevos hijos para nuevas guerras.
¡Los intelectuales! En toda Europa fueron de pronto los patriotas más encendidos. En Alemania llamaron a la guerra nada menos que Hermann Hesse, Thomas Mann, Rainer María Rilke, Hugo von Hoffmannstal, Arnold Zweig, Oskar Kokoschka, Franz Marc, Otto Dix, Alfred Döblin, Gerhard Hauptmann. Mientras tanto iban a morir en esa batalla de Verdún 335.000 alemanes y 350.000 franceses. ¿Lo repetimos? Ni uno más ni uno menos. ¿Por qué? Porque como dice Hermann Hesse en su poesía El poeta a los guerreros: “Vosotros, los que estáis allí en el frente, en las batallas, sois mis hermanos, amados por mí”. Sí, Hermann Hesse, el que leímos todos. Y Thomas Mann exigía que en la guerra, los deberes del intelectual en la guerra son: “La explicación, la santificación y la profundización de los sucesos guerreros”. Todo para que los soldados murieran en la mierda. Pero donde ya se llega al disparate: 93 intelectuales, científicos, artistas, entre ellos Max Planck, Max Reinhardt, Wilhelm Röntgen, Gerhard Hauptmann, etc., escribieron el “Llamado al mundo de la cultura: creednos, creed que nosotros llevaremos esta lucha hasta el final como un pueblo cultural, para el cual es tan santa la herencia de un Goe- the, un Beethoven, y un Kant como respeto al hogar y al paisaje patrio. Aquí estamos nosotros con nuestro nombre y nuestro honor”.
El historiador Michael Jürgs ha descrito en su trabajo Los poetas y la guerra la posición de Ernst Jünger (llamado por algunos el “Borges alemán”, mientras que otros señalaban que Borges era el “Jünger argentino”). En su libro Tormenta de acero, Jünger describe su posición en esa guerra: “Nosotros habíamos abandonado los claustros, las aulas y los talleres y nos habíamos fundido en un cuerpo grande, entusiasta. Crecimos en una época de seguridad, sentimos de pronto la necesidad de lo extraordinario, del gran peligro. Nos había abrazado la guerra como un éxtasis. La guerra debía brindarnos la grandeza, la fuerza, lo solemne. Nos pareció un hecho varonil, una especie de fiesta de caza en un prado con flores regadas con rocío de sangre. Ninguna muerte es más hermosa en este mundo”.
Sí, pero al recibir el bayonetazo en el vientre, el joven soldado de 18 años no recibía ninguna flor ni ningún rocío. Sólo la diarrea que brotaba de sus intestinos destrozados. Tampoco el fabricante de cañones, fusiles y ametralladoras recibía ni rocío ni flores pero sí una buena suma de billetes en su banco preferido. Poesía y ganancias; muerte y negocio; heroísmo y las bajezas más irrisorias de la vida de políticos, y militares e industriales bélicos.
Pero lo más patético es que veinte años después de los millones de jóvenes asesinados en los campos de batalla comenzaba una nueva guerra, aun más perversa, con bombardeos que borraban las ciudades. Ahora sí, el fuego y la sangre y la mierda llegaban a la casa de cada hogar, también en la de Ernst Jünger, sin margaritas ni rocíos.
Europa, en silencio, y con horror recuerda en agosto los noventa años de la iniciación de esa guerra sucia, perversa, cobarde, cruel: el que tiene mejor arma, gana. Cuando hoy se habla del tema hay vergüenza, no hay explicación posible. Los que ganaron y los que perdieron. Las que siempre han perdido son las mujeres: esas marchas con los niños sedientos y hambrientos, esas ciudades con todo en el suelo, esas ciudades que debieron reconstruirlas ellas. La brutalidad, la violación, la vergüenza hasta el hartazgo. Nada se aprendió. Vino la terrible representación de Hitler. Ahora empezó el Otro a imitar. Primero esa figura histriónica del Kaiser con el penacho de plumas y 155 medallas en el pecho y ahora este cowboy de salón de lustrar bombardeando ciudades y matando cada vez más niños.
Y la pregunta que cabe y alguien tiene que hacerla: y qué hicieron las mujeres, por qué aguantaron toda la estupidez y estolidez de los hombres. Más todavía, ahora ya se las empieza a usar vistiéndolas de soldados y enseñándoles también a torturar.
Tal vez ellas hubieran hecho posible o todavía pueden hacer posible aquel sueño de la paz eterna. Formando unas Naciones Unidas de Mujeres que se opusieran a toda acción bélica. En peligro de guerra, las bases se prepararían para decir no en las calles, sin grandes dificultades, en especial cuando comienza el llamado a los hijos a la movilización.
Esas Naciones Unidas de Mujeres serían convocadas –por obligación– por las Naciones Unidas actuantes. Y ahí se vería quién tiene más fuerza. Lo hemos visto últimamente en Europa cómo reaccionó la población de diversos países que salió a la calle y cubrió el cemento. Esa gente en la calle decidió la neutralidad de Alemania y de Francia. Ante el cuatrero internacional no hay otro método. Hay que cortarle la mano larga.
La socióloga alemana Ulrike Brunotte ha investigado en su libro Entre Eros y Guerra. Las uniones de hombres y su ritual el porqué del atractivo que ejerce la guerra y el llamado al combate entre los hombres. Presenta a la guerra como una experiencia deseada por la comunidad masculina de las ligas de la sociedad de hombres. Es para ellos un acontecimiento delirante, como un ritual mortuorio místico sin regreso. E investiga toda la literatura que concebía la guerra como la experiencia máxima de la masculinidad... La literatura y todas las asociaciones que enseñaban la vida dura, la aventura, los cánticos hacia la nada. Comentando este libro, Angela Gutzeit se pregunta por qué al comenzar el siglo veinte se desarrolló una imagen del Hombre que en una reflexión propia rechazaba con asco, con disgusto todo lo femenino, todo lo que fuera mezcla y democrático; para presentarse como ideal todo aquello claro como el cristal, el héroe masculino. Y dice la autora del libro que en la actualidad ha comenzado lo estólido propio de la masculinidad que está ganando en estabilidad en la política y en las actividades militares. Es justamente la pérdida de la Primera Guerra Mundial y el movimiento nazi que había unido entonces este culto de la amistad masculina que hará despreciar profundamente la democracia, el judaísmo y el feminismo. Con la pérdida de la segunda guerra se perdió todo eso, pero ahora con la autoescenificación de George W. Bush está comenzando a penetrar algo de la unión masculina ante el terrorismo de otra religión y la guerra no definida con el mundo árabe.
Es importante el estudio que hacen mujeres sobre este aspecto insoslayable del hombre y el tratar de explicarse el porqué lo atractivo irracional de la marcha indefinida del ser militar. Pero claro, pese a ese tratar de dejar al desnudo la agresión y la misión hay que seguir de cerca también el otro aspecto que ha movido siempre profundamente a todas las guerras: los intereses económicos y la agresividad de los grandes países dispuestos siempre a enseñar su moral a los países sometidos por el sistema mundial del comercio.
Los huesos de ciento treinta mil soldados de la Primera Guerra muertos en Verdún se amontonan sin nombre en ese cementerio. No pudieron ser reconocidos. Son huesos humanos anónimos. Se tendría que crear el día del soldado muerto no reconocido y respetarlo en todo el mundo. Ese es siempre el resultado final de la guerra. Tendría que marchar una columna por las calles de Washington para que le recuerden a Bush que todavía no se sabe el nombre de los soldados muertos en Verdún. Y él sigue tirando cohetes. El olvido total, la humillación eterna del ser humano. Los soldados muertos que mataron la estupidez humana y la avaricia de los del poder no están registrados.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-39002-2004-07-31.html

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Védrine: "El mundo seguirá bajo dominio de Estados Unidos"

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 28-07-2004 05:21:03

Lo afirma el ex canciller de Francia

PARIS.– Durante cinco años fue el ministro más expuesto a las rencillas entre la derecha del presidente Jacques Chirac y la izquierda del ex premier Lionel Jospin. Era la época de la "cohabitación", de 1997 a 2002. Pese a ello, Hubert Védrine supo ganarse la estima del presidente en política exterior sin ofuscar al Partido Socialista, al que le debe casi 20 años en las altas esferas del poder.

Comenzó a codearse con la dirigencia de su país en 1981, cuando el entonces recientemente elegido François Mitterrand, amigo de su padre, Jean Védrine, lo convocó al Eliseo. Fue secretario general de la presidencia y luego vocero del gobierno. A mediados de los 90, cuando la enfermedad de Mitterrand avanzaba, Védrine comenzó a ocupar funciones cada vez más importantes hasta asumir, según dicen, "la realidad del poder". Chirac lo nombró en 1997 al frente del Quai d’Orsay, lugar en donde está situado el ministerio francés de Relaciones Exteriores, a orillas del Sena.

En vez de calificarlo como un diplomático en el sentido clásico del término, la revista L’Express lo definió como un "experto en los asuntos del mundo". Analista perspicaz, Védrine es, a los 57 años, "consultor en geopolítica". Desde que abandonó su oficina en el Quai d´Orsay, dice que pudo organizarse para "pensar, viajar y escribir".

Además de calificar de simplista la visión del presidente George W. Bush según la cual todos los problemas del mundo se limitan a la lucha contra el terrorismo, Védrine declaró una guerra abierta al "unilateralismo estadounidense".

Su oficina en el último piso del edificio de un lujoso estudio de abogados es bastante austera. Muy diferente del Salón de la Rotonda, su despacho en el Quai d´Orsay. Un escritorio lleno de papeles, dos computadoras, una biblioteca baja y una mesa redonda constituyen todo el mobiliario. Allí recibe a LA NACION. La única ventana de la oficina da hacia el río. Desde esta oficina de la cours Albert Ier se puede ver perfectamente el ministerio. El ex ministro se sienta de frente a la ventana y mirando el Quai d´Orsay afirma que no excluye volver a ocupar su antiguo cargo otra vez. Védrine espera, con tranquilidad, un cambio de gobierno.

La "hiperpotencia", como denomina él a los Estados Unidos, ¿comienza a mostrar signos de decadencia, al igual que el Imperio Romano? Hubert Védrine aclara que esa expresión no es peyorativa. "Hay elementos de debilidad económica en el sistema estadounidense. Es un país que vive gracias a un endeudamiento colosal. Pero, a pesar de ello, la dominación estadounidense tiene aún varios años por delante. No hay que ver sólo el aspecto militar sino también la economía, el dólar, la cultura, el idioma, el prestigio de las universidades. El de Estados Unidos es un poder que continuará incluso si afronta una catástrofe total en Irak, catástrofe que todavía no se produjo", sostiene.

-¿Lo que pasa en Irak hoy no es una catástrofe?

-Por supuesto que hay aspectos catastróficos de la política estadounidense en Irak, pero se sacaron de encima a Saddam Hussein y hoy se puede pensar que habrá una evolución. Los estadounidenses pueden tener éxito si las cosas no se deterioran en los próximos meses. Los extremistas en Irak quieren que los norteamericanos se vayan lo antes posible. Quieren tomar el poder, pero cada uno por su lado. Sin embargo, la mayoría de los grupos -chiitas, sunnitas y kurdos- no tiene interés en que estalle una guerra civil y que Irak se desmembre. La situación puede seguir así hasta después de las elecciones estadounidenses.

-¿La guerra en Irak fue justificada?

-Fue un error, pero lo que es un error aún mayor es la incapacidad política de la posguerra para solucionar los problemas entre sunnitas, chiitas y kurdos. Todo me parece torpe.

-¿Qué piensa del traspaso de poder a los iraquíes?

-Se traduce como una mejoría en la situación estadounidense. Ahora hay un gobierno iraquí. Se puede poner en duda su legitimidad, pero existe. Funcionará, además, como un pararrayos para Estados Unidos. Es un cierto progreso. Probablemente veamos el despertar de un cierto nacionalismo iraquí, lo que sería algo bueno frente al islamismo.

-¿Qué cambió después del 11 de septiembre?

-El punto de inflexión más importante no fueron los atentados del 11 de septiembre, sino más bien el fin de la URSS, en 1990/1991, momento en que pasamos de un mundo bipolar a uno unipolar. El 11 de septiembre significó un cambio para los estadounidenses, ya que fue un acontecimiento traumático para quienes se consideraban invulnerables. En el mundo global, el terrorismo es global y utiliza todos los medios a su disposición, como en todas las épocas. No debería ser una sorpresa, pero lo es porque los estadounidenses no pensaban que podían ser atacados en su territorio y el resto del mundo tampoco podía imaginárselo. Es un traumatismo extraordinario, una humillación inmensa y un sufrimiento considerable.

-¿Y cuáles son las consecuencias?

-Tiene consecuencias políticas, porque modifica la psicología de los estadounidenses que hoy se sienten en guerra. Pero para el resto del mundo no es una fecha principal. Muchas de las evoluciones que se presentaban en su política ya estaban presentes antes de los atentados. El 11 de septiembre fue un elemento desencadenador.

-¿Marcó el fin de una ilusión?

-El 2000 y el 2001 marcaron el fin de cierto optimismo que se había establecido en el mundo, especialmente en Europa. La creencia en la pacificación del mundo, los valores universales, la solución al problema de Medio Oriente, la aplicación de la Carta Magna de las Naciones Unidas, la prevención de los conflictos. El texto adoptado por las Naciones Unidas al comienzo del tercer milenio, que es una expresión un poco ridícula, es un texto utópico de un idealismo increíble y es probable que no seamos capaces de alcanzar ninguno de sus objetivos, que incluye la reducción del 50% de la pobreza en el mundo en 10 o 15 años. Después de la elección de George W. Bush, del 11 de septiembre, del proceso de paz de Oslo... es el fin de ese período un poco inocente que comenzó en los años 90.

-¿Volvimos a la realidad?

-Volvimos a la realidad, que es la de un mundo duro, en el cual los 6000 millones de habitantes todavía no comparten los mismos valores y hay muchos problemas no resueltos. Muchos pensaron que vivían en una simpática comunidad internacional y en realidad siguen viviendo en la jungla.

-¿Y el 11 de marzo cambió algo?

-El 11 de marzo no tuvo el mismo efecto en Europa que el 11 de septiembre en los Estados Unidos, porque los europeos conviven desde hace siglos con la tragedia. Saben muy bien que es posible.

-Pero hay una diferencia entre el terrorismo de ayer y el de hoy...

-El de hoy es un terrorismo más fuerte, más espectacular y menos comprensible que los otros, pero no es una novedad. Los países de Europa no quedan estupefactos si hay un atentado en su tierra, ya que no tienen ese sentimiento de invulnerabilidad.

-Sin embargo, luego de los atentados del 11 de septiembre y del 11 de marzo, la vida cambió en Estados Unidos y en Europa...

-Ni el 11 de septiembre ni el 11 de marzo son fechas clave. Son acontecimientos trágicos, graves, pero no modifican el hecho de que estamos en un mundo unipolar en donde los idealistas pensaban que los problemas podrían ser resueltos con la Carta Magna de las Naciones Unidas, pero la realidad nos mostró otra cosa. El terrorismo forma parte de un todo, pero no podemos hacer foco únicamente sobre eso. De hacerlo, no comprenderíamos el mundo.

-¿Usted cree que la administración Bush es torpe?

-Sí. El principal error de la administración Bush es haberse alineado a la política del Likud. Es un error grave. La política del Likud es la oposición exacta a la política de Yitzhak Rabin, de Ehud Barak. La derecha israelí no busca una solución al problema palestino, no busca la creación de un Estado palestino. Por eso rechaza a los negociadores. Pienso que es deplorable que Estados Unidos haya adoptado esa política, porque así no puede solucionarse nada e incluso se agravan las cosas. Pero en Europa también hay administraciones torpes, incluso cuando actúan con buenas intenciones. Europa fue muy complaciente durante años con ciertas formas de islamismo radical en nombre de la tolerancia, el respeto de las culturas. En Europa se pensó que el conjunto de la humanidad está compuesto por amables boy scouts. Es ingenuo, y puede ser una concepción trágica.

-¿El terrorismo global busca una justificación en el problema palestino-israelí?

-Para Al-Qaeda la cuestión palestina es un pretexto. Su verdadero objetivo es derrocar el régimen de Riad y tomar el poder en Arabia Saudita. Pero es un pretexto que funciona y que sensibiliza a mil millones de musulmanes desde Marruecos hasta Indonesia.

-¿Opinar sobre todo es una actitud recurrente de los Estados Unidos?

-Los norteamericanos de todas las épocas intervinieron en casi todos los temas. Siempre dijeron a los otros países lo que hay que hacer y no hay que hacer.

-Se puede decir lo mismo de Francia...

-De cierta manera sí, ya que Francia piensa que tiene ideas universales. Francia y Estados Unidos tienen puntos en común en ese sentido, en la declamación.

-¿Compiten entre sí?

-A veces Francia tiene celos.

-¿Pueden Francia y Estados Unidos superar sus diferencias?

-No conoceremos jamás una situación en la que franceses y estadounidenses vayan a estar de acuerdo en todo. Eso jamás existió. Hay que adaptarse a esta idea: tenemos puntos en común y puntos de desacuerdo. Tenemos que aprender a controlar nuestras divergencias sin exagerar.

-¿La política exterior estadounidense puede cambiar si gana las elecciones Kerry?

-Si Kerry gana, bajarán las tensiones que desde hace cuatro años dominan en las relaciones entre la administración Bush y el resto del mundo. Habrá un cambio espectacular en las relaciones con América latina, con Europa y con muchas otras regiones del mundo. Pero no pienso que Kerry tenga una política totalmente diferente. Será más amable, consultará a sus aliados, será menos brutal, el recurso de la fuerza será menos sistemático. Pero Estados Unidos seguirá siendo Estados Unidos. No dejará a los otros dictar su política. Sería ingenuo esperar un cambio total.

-¿Cuál es su visión de América latina?

-Tengo una visión optimista, ya que no olvido el período de las dictaduras. En una época parecía que toda la región estaba bajo gobiernos militares y nadie pronosticaba el regreso a la democracia, que fue bastante rápido y fácil.

-Sin embargo, hoy las sucesivas crisis acarrean las renuncias de presidentes elegidos y generan inestabilidad en la región...

-Tras el regreso de la democracia, muchos quedaron decepcionados. Hay una visión según la cual la democracia no es muy eficaz y habría que encontrar otra cosa. También se nota una vocación populista aún presente en América latina. Hay un riesgo, alimentado por los problemas sociales y económicos. Pero depende mucho de los gobiernos y su capacidad de reformar y disminuir las injusticias y desigualdades sociales.

-¿Qué piensa de la crisis que vivió la Argentina en diciembre de 2001?

-La crisis que tuvo la Argentina fue artificial. Los recursos, el espacio geográfico, la población son cosas favorables para todo el país. Además, no hay fallas en la base, no hay un handicap estructural en la economía argentina. El problema fue por la mala organización social y política.

-Hace unas semanas, un importante funcionario de la administración Bush mostró su preocupación por cómo el gobierno argentino maneja la crisis con los piqueteros...

-No veo en qué lo incumbe. Los estadounidenses pueden tener una opinión sobre todo. Es lógico, pero no creo que sea correcto que deban decirle al gobierno argentino lo que tiene que hacer sobre ese tema.

-¿Cómo ve la integración regional?

-La integración sería importante para la Argentina, porque consolidaría la recuperación económica que ya empezó. También sería útil para América latina en general, región que no veo en el futuro fundida en una amplia zona de libre comercio que vaya desde Canadá hasta Tierra del Fuego. El ALCA es un proyecto muy teórico, muy abstracto, muy norteamericano. Creo que la existencia de un polo entre la Argentina y Brasil, por supuesto, Chile y algunos más, me parece muy importante desde todos los puntos de vista.

-¿Es optimista sobre un acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur?

-No puede haber un acuerdo UE-Mercosur si Europa no cumple con sus compromisos, en especial el agrícola. Hasta ahora, sobre todo en Francia, el compromiso geopolítico que representa esa región sudamericana no se presentó como muy importante. Me parece importante lograr un acuerdo, ya que pienso que el mundo estará más equilibrado si hay varios polos. Pero hay cosas que dependen de los dirigentes latinos.

-¿Cree que para Francia la consolidación de un Mercosur estable y el fortalecimiento de las relaciones comerciales con la UE no son una prioridad geopolítica?

-Cuando había que abrir el mercado a las importaciones agrícolas, Francia se opuso...

Por Patricio F. Arana
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/04/07/28/DQ_622521.asp

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Retrato de familia

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 25-07-2004 00:00:00

Para ellos la esquina es un lugar de trabajo. Esperan unas monedas de los que pasan, y una bolsa de facturas que les dan en la panadería. ¿De dónde vienen? Las preguntas están de más.

BEATRIZ SARLO.
bsarlo@viva.clarin.com.ar

No duermen allí, sino que llegan a la mañana temprano: padre, madre y dos chicos. Ella es bajita y muy flaca, joven, de pelo enrulado con algunas canas, cara curtida por la intemperie, encorvada por el peso del hijo menor que sostiene en sus brazos o mantiene atado con un pañuelo al cuello. El hijo mayor, de unos seis o siete años, muy sucio, rodea a su madre en un círculo que parece definido por una cuerda invisible; dentro de ese espacio pasa todo el día, jugando con piedras o basuritas; sólo se separa de ella cuando, en la panadería más próxima, le dan una bolsa de facturas del día anterior y, como pude comprobarlo varias veces, un vaso de leche chocolatada. La leche, el nene la toma en la panadería, mientras estruja la bolsa de facturas que le va a llevar a su familia. El padre desempeña, en la esquina de la avenida, oficios diferentes: a veces vende mentitas o pañuelos de papel, limpia parabrisas o simplemente pide limosna cuando el semáforo está en rojo. El hombre muestra cierta nerviosidad en la forma en que se desplaza de la vereda a la calle, de los autos a su hijo mayor o su mujer; evidentemente, los protege. Ella, en cambio, está casi completamente inmóvil, clavada en cuatro baldosas.

A pocos metros, pero sin formar parte de la unidad familiar, una vieja, completamente estropeada, desnutrida, doblada, también pide limosna. Nunca vi un contacto entre la familia y la vieja, pero tampoco ninguna disputa por la posesión de la esquina. Se van más o menos a las nueve de la noche, cuando llegan para quedarse un rato los cartoneros que luego toman el tren en una estación a diez cuadras.

Lo que me llama la atención es la falta de insistencia tanto de la familia como de la vieja. Están allí casi sin hacer el ademán de pedir nada a quienes pasan, como si tuvieran la seguridad de que los conocen y de que, por lo tanto, los vecinos ya decidieron, desde hace tiempo, si los van a ignorar o les darán algunas monedas. Muchas veces me pregunto de dónde llegan, pero no me animo a hablar con ellos para averiguarlo. Tengo miedo de que piensen que estoy tratando de saber algo que no me corresponde. Y, en efecto, tendrían razón, porque lo único que me corresponde es elegir darles o no darles lo que están pidiendo; no tengo nada que hacer con el resto de sus vidas en la medida en que nada de lo que yo pudiera enterarme sería importante para ellos, que no están en esa esquina para proporcionar a los paseantes sus datos sociológicos o habitacionales.

Pero no puedo dejar de preguntarme de dónde llegan, porque no hay en las cercanías casas o villas desde donde puedan llegar más o menos rápido a esa especie de lugar de trabajo en la esquina de la avenida. Me digo que deben caminar durante por lo menos una hora, la madre cargando al hijo más chico, que no parece haber crecido en todos estos meses, el otro de la mano del padre, una especie de grupo familiar que se presenta como irónica imitación de los grupos familiares más o menos prósperos de ese barrio de capas medias. En la anadería, la mujer que le da las facturas al chico mayor le preguntó una vez si no iba a la escuela; el chico le dijo que tenía que quedarse con los padres. Algo de razón tenía: ¿a qué escuela iba a ir, dónde haría sus tareas, quién lo llevaría y con qué ropa, cómo lo mirarían sus compañeros? Tenía que quedarse con sus padres, que son sus iguales, como obligación de unidad y como única salida.

En los últimos meses, cerca de esa esquina comenzó la construcción de un multicine; la familia tuvo que correrse unos metros, justo para quedar contra la vidriera de un negocio de ropa para chicos. Las vidrieras del negocio son una especie de escenografía espléndida sobre la que se recortan, como en un aviso de Benetton, los harapos grisáceos. Al correrse unos metros, la familia ha quedado al lado de la vieja, como si pertenecieran al mismo grupo. Siguen, de todos modos, sin hablarse. Me pregunto si será mejor para ellos cuando se termine la construcción del multicine. Al mismo tiempo me doy cuenta de la absurdidad de mi pregunta: ¿qué quiere decir mejor en este caso?

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"A la prensa le llevará tiempo reconquistar credibilidad"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 25-07-2004 00:00:00

JEAN MARIE COLOMBANI, DIRECTOR DE "LE MONDE"

La Guerra del Golfo fue un primer momento crítico para el periodismo. Hoy, el conformismo que suele mostrar ante las estrategias de comunicación que tienen todos los poderes pone en riesgo su calidad.

María Laura Avignolo
mavignolo@clarin.com

# Hay un periodismo antes del 11 de setiembre y otro después?

—No, no lo creo. Más bien existía la necesidad de un periodismo después de la Guerra del Golfo, porque ahí comprobamos que la información estaba completamente controlada, recortada por las autoridades militares que estaban en el lugar. Después llegó la guerra de Irak en la que, del mismo modo, los periodistas son "adosados" a los combatientes. Eso plantea problemas. Pero el 11 de setiembre, ¿en qué habría cambiado el periodismo? Lo que hay que tratar de evitar es la lectura ideológica, que nos instalaría en el universo de presiones en la información por la guerra contra el terrorismo.

# ¿Usted cree que el patriotismo ante la guerra antiterrorista, especialmente en la prensa norteamericana, es la amenaza mayor contra la libertad de la prensa?

—No creo que sea una amenaza, porque no afecta a la libertad. Lo que afecta es el conformismo. Se comprende que los Estados Unidos hayan estado impresionados, emocionados, tras los atentados del 11 de setiembre. El reflejo patriótico es normal. En cambio, lo que se puede reprochar a la prensa norteamericana es haber estado muy poco atenta al resto del mundo, no sobre la guerra contra el terrorismo, sino en cuanto a la guerra en Irak. Había todo un sector de la comunidad internacional que era hostil a la guerra. La prensa norteamericana le hizo coro al gobierno de Bush para apoyarlo. Y no se despertó realmente hasta que empezó la campaña electoral. Es decir, cuando los demócratas levantaron la cabeza y sus candidatos empezaron a cuestionar las operaciones en Irak. Pero antes, la prensa norteamericana se había quedado estancada. Pero no creo que haya que plantear el problema en términos de libertad, sino de la manera en que en una situación dada todos somos llevados a tener pautas de lectura que pueden inducirnos a error.

# En ese contexto, ¿cómo explica la apología de The New York Times en la cobertura de la guerra en Irak?

—The New York Times tomó posición contra la guerra en sus editoriales y luego, en su cobertura de la guerra, tuvo algunos problemas que ahora reconoce. Pero, al mismo tiempo, es difícil tirar la piedra. Primero, porque es un gran periódico. Segundo, porque estaban viviendo una crisis interna, que hizo que, probablemente, estuvieran un tanto temerosos. Esto quizá provocó que no tuvieran la audacia periodística que terminó mostrando The Washington Post, que había tenido una postura a favor de la guerra, pero que en una segunda etapa fue más crítico.

# ¿Cómo es que Le Monde escapa a esa autocrítica?

—A Le Monde se le puede reprochar precisamente haber sido un tanto conformista. Porque Le Monde fue bastante antiguerra e hizo coro al gobierno francés, junto con una buena parte de la opinión francesa y europea que estaba contra la intervención en Irak. Esto, quizás, hizo que una parte de la opinión se deslizara hacia un antiamericanismo absurdo. Son períodos difíciles en los que no se puede juzgar más que con la distancia.

# Usted escribió después del 11 de setiembre un famoso editorial: "Somos todos norteamericanos". ¿Por qué después todo el mundo se volvió antiamericano?

—Sólo los imbéciles podían pensar que eso no concernía a todas las democracias. Pero la solidaridad inicial fue destruida por la invasión norteamericana.

# En el contexto actual, ¿cuál es el papel de los periodistas y del periodismo? ¿Cómo escapar a las operaciones políticas y la manipulación de los gobiernos?

—El periodismo es cada vez más complicado porque la época está dominada por las estrategias de comunicación de todos los poderes —político, religioso, sindical, intelectual—. Pero la información es lo contrario de la comunicación; implica mirar detrás de la comunicación oficial, buscar lo implícito, revelar lo que está escondido. De modo que es un choque frontal entre los intereses de unos y otros.

# Si a usted le ofrecen una entrevista con Bin Laden, ¿la acepta o no? Aunque usted sepa que es también propaganda.

—Hay periódicos que entrevistaron a Saddam Hussein, periodistas que entrevistaron a Bin Laden... Ese no es el fondo del problema. El fondo del problema es el uso que se hace de eso y en qué marco se sitúa. Por ejemplo, es cierto que Al Jazzira provoca malestar por el hecho de difundir regularmente casetes de Bin Laden, que son palabras que implican órdenes en bruto para miles de combatientes. Pero informar es más bien decir: "Recibimos este casete, en tales condiciones. Este es su mensaje, pero esto es lo que nosotros pensamos sobre él". Se necesita una puesta en escena diferente. Lo mismo respecto a las películas que difunden cada vez que hay una ejecución de un rehén en Irak.

# ¿Pero usted aceptaría publicar una entrevista con Bin Laden o no?

—Sí, por supuesto, por supuesto. Los periódicos y la televisión buscamos normalmente eso.

# Pero las cadenas televisivas americanos le anulan la voz.

—En mi opinión, ese es un falso problema. Es realmente un caso absurdo, porque por definición esa gente no juega el juego normal de la prensa, libre y democrático. Esa gente está en la instrumentalización y quiere mandar casetes, pero no quiere jugar el juego de la entrevista con preguntas y repreguntas. Nunca van a proponer una entrevista porque están ellos mismos en el plano de la comunicación recortada y controlada. Estamos en dos mundos diferentes.

# ¿Para usted Le Monde defiende la objetividad o la honestidad profesional? ¿Cuál es la diferencia?

—Yo creo en la honestidad profesional, porque pienso que siempre somos portadores de una parte de subjetividad. Le Monde tiene una historia y en ella hay elementos que pesan. Tiene un lugar en la sociedad y reflejos, de modo que la objetividad es una búsqueda, un ideal. Pero la realidad a la que uno debe obligarse es la honestidad en la manera en que se exponen los hechos, separados de los comentarios. Esa gimnasia es difícil en Francia, como en todos los países de origen latino.

# La prensa anglosajona utiliza ahora las columnas y mezcla todo: subjetividad, comentario, opinión. ¿Le parece que hay una diferencia entre el comentario y la opinión?

—Globalmente, ellos son la mejor escuela. La composición de un artículo debe obedecer a ciertas reglas, a la exposición de los hechos y del contexto. Mezclar la información con los comentarios es siempre introducir contrabando en lo que se vende a los lectores. Este tipo de cosas hacen perder credibilidad. Y, desgraciadamente, a la prensa le llevará tiempo reconquistar credibilidad. Será un largo camino.

# ¿Por qué la perdió? ¿Por la televisión, por Internet?

—Hay mil razones. La prensa tuvo sus propios excesos, sus derivas. Obedece a imperativos económicos y está muy concentrada. Tome el grupo Murdoch: obedece a consignas estrictas. O la cadena norteamericana Fox, que también obedece a una ideología precisa. Todo eso contribuye a empañar la imagen y a estorbar el crédito de la prensa. Al mismo tiempo, la prensa nunca es algo terminado: está llena de tensiones, de contradicciones, como todas las entidades del mundo entero. Lo que se puede y se debe hacer, aparte de respetar ciertos dogmas profesionales, es utilizar mecanismos de autocontrol que sean transparentes para el lector.

# Algunas personas dicen que Le Monde es "el mundo" de la inteligencia francesa; otros editores creen que tiene un estilo pesado. ¿Le Monde tiene que cambiar su estilo?

—Le Monde libra un combate permanente por la independencia de un periódico, de un tipo de prensa, de una comunidad; un combate permanente por la defensa de una libertad que nos es discutida, no solamente por el poder sino por los otros actores de la prensa. De modo que Le Monde es todo eso, siempre frágil. Pesado o no pesado, complicado o no complicado, es ante todo un combate por la independencia y una convocatoria a todos aquellos que en una democracia preservan un espacio independiente.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/07/25/z-800875.htm

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"Hay que evitar que vuelvan los viejos fantasmas", dice Terán

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 24-07-2004 05:19:02

El análisis del historiador y filósofo

Se dice un hijo de la ley 1420, de la educación laica, gratuita y obligatoria. Aquella que durante décadas permitía que un joven de clase media tirando hacia abajo, como él, cursara la primaria y la secundaria en escuelas del Estado, en un pueblo de provincia, que llegara luego a la ciudad de Buenos Aires, ingresara en la universidad pública y, en poco tiempo, si era estudioso, trabajador y medianamente inteligente, estuviera a la altura, y hasta superara, a quienes habían tenido mejores oportunidades económicas y educacionales.

"Eso hoy ya no existe", dice Oscar Terán, profesor de Pensamiento Argentino y Latinoamericano en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, docente de la Universidad Nacional de Quilmes e investigador principal del Conicet, además de miembro del Club de Cultura Socialista José Aricó y del consejo de redacción de la revista Punto de Vista.

"Las brechas sociales y culturales determinaron que la educación sea hoy una cuestión de clases. Desapareció aquella igualdad de oportunidades que fue nuestro timbre de honor durante tantas décadas", se lamenta. Terán nació en 1938 en Carlos Casares, provincia de Buenos Aires. Estudió Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, en tiempos en que el edificio de la calle Viamonte era el centro de la ebullición intelectual de los años 60. Luego completó una maestría de Estudios Latinoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México, ciudad en la que se exilió en 1976. "Exilio es una palabra que me cuesta mucho asumir, porque creo que es demasiado prestigiosa para lo que yo hice, que fue, simplemente, tratar de preservar mi vida y la de mi familia", aclara.

Autor de "José Ingenieros: pensar la nación", "En busca de la ideología argentina" y "Vida intelectual en el Buenos Aires de fin de siglo (1880-1910)", Terán se define como un socialdemócrata. Hijo de padre radical y madre socialista, admite que él, a los 18 años, fue un marxista "convicto y confeso".

"Yo formé parte del partido de la revolución cubana, de los ideales de la revolución cubana, de la metodología de la revolución cubana", reconoce. Pero también asegura que, ya en México, con las denuncias sobre el socialismo real, comenzó a percibir que algo olía mal en aquel país de las utopías.

"Mi ideología marxista, simplemente, se cayó y, a comienzos de los años 80, era un marxista en crisis. Como usted imaginará, cuando una ideología cae, se generan problemas de identidad muy serios", reconoce Terán.

"En 1983, antes de las elecciones, era tal la necesidad, diría animal, de volver al país, que no pude esperar más y regresé. Me convertí en un izquierdista reformista que trata de conciliar justicia social con democracia. Me hice socialdemócrata y creo que sigo así hasta el presente. Reconozco que nuestros errores fueron funestos. Sin embargo, los problemas que el socialismo denunció, la injusticia social, la marginalidad, la disparidad, siguen estando absolutamente vigentes, en la Argentina y en el mundo", asegura.

Dice que nunca fue peronista ("traté, pero no pude", se ríe), pero aclara que jamás podría adherir a quienes, a su entender, están conspirando para desestabilizar a Kirchner.

-Kirchner es Kirchner, el peronismo es el peronismo, pero hay un valor más importantes que preservar: la democracia, que nos ha costado mucho, que es endeble, pero que ofrece vías de tramitación pacífica de los conflictos y un espacio para que los ofendidos y humillados encuentren canales para la defensa de sus derechos. Debemos tener cuidado de que no vuelvan los viejos fantasmas que llevaron a este país a tragedias incontrolables, de las que yo formé parte.

-Usted hace su autocrítica, pero, en general, la tentación, típicamente argentina, es mirar para otro lado y preguntar: ¿quién tuvo la culpa?

-Tenemos que aceptar que, de un modo u otro, todos hemos fallado. A partir de este reconocimiento, es posible tratar de imaginar un destino que no esté condenado al éxito, pero que tampoco esté destinado, necesariamente, al fracaso. Me preocupa mucho la idea predominante de que el drama argentino son los piqueteros y los cortes de ruta, mientras que se desconoce que el auténtico drama argentino es la excepcional disparidad económica y social. Ese es el gran drama argentino y hay que resolverlo ya mismo, de alguna manera.

-¿Cuándo la Argentina pasa de ser un país incluyente a otro excluyente?

-Diría que la bestial polarización social que comienza a configurarse hasta desembocar en este escenario de gran inequidad se inaugura a mediados de la década del 70 y se condensa en la última década. Esa crisis impacta de manera brutal no sólo en los sectores más bajos del arco social, sino en las clases medias, a las que durante décadas se les aseguró que la educación era una vía de ascenso social.

-Y lo era...

-De hecho, lo era. Se decía y se cumplía. Hoy, tal vez se siga diciendo, pero no se puede cumplir. Porque la educación pública recorre el mismo sendero que el Estado argentino desde hace 30 o 40 años: un Estado débil, impotente, fallido. Aquella sociedad de la igualdad de oportunidades que yo conocí en mi infancia y juventud no existe más. Pero, además de lamentarnos, es un buen momento para decir: somos lo que somos. Mi generación y alguna otra han defraudado a nuestro país. Les dejamos a nuestros hijos y nietos un país mucho peor del que heredamos de nuestros padres.

-¿Será porque el país sufre el vacío que dejó una clase dirigente desplazada, pero nunca reemplazada?

-La barca argentina se lanza a la mar, digamos, en 1880. En esos momentos, la Argentina estaba en un proceso de franca expansión, con un crecimiento económico extraordinariamente acelerado. En la época del "milagro argentino", se colocaban bienes en el mercado mundial con un éxito que nunca más se alcanzaría. Esta expansión económica se acompaña con un proceso de movilidad social ascendente. Tal vez no todos tenían ocupación o progresaban, pero el porcentaje exitoso era realmente grande.

-¿Esa era la república posible de la que hablaba Alberdi?

-Claro. Era una república en la cual existía un sector, una elite, que se autoadjudicaba el derecho de gobernar, de gestionar el desarrollo y de tutelar a las masas argentinas. En esos años, el país navegaba en aguas venturosas, con esta dirigencia elitista que restringía la ciudadanía política, que no daba cabida al voto universal, pero en la que se observaba que había un proyecto de país. Además, el Estado argentino era muy activo y podía fijarse metas que iba a realizar; uno puede pensar cómo podía ser que se implantara la enseñanza laica en una sociedad católica. Y es porque ahí había un Estado. Un Estado que se proponía un objetivo y lo cumplía.

-La inmigración, por ejemplo.

-Bueno, ésa fue, a mi entender, la gran epopeya argentina, de la que nuestro país puede enorgullecerse. La Argentina fue el país del mundo que recibió mayor cantidad de extranjeros respecto de la población nativa. En términos absolutos, Estados Unidos recibió más, pero en términos comparativos la Argentina supera con extraordinaria largueza los promedios. En Buenos Aires, en 1914, si uno iba al bar de la esquina, de cada cuatro varones, tres eran extranjeros. Lo notable es que ese dato no provocó escándalos. Las masas extranjeras se incorporaron pacíficamente, aunque no sin concesiones, si bien creo que esa realidad crispó y dramatizó la búsqueda de una identidad nacional.

-¿Se incorporó a esos inmigrantes a través del sistema educativo?

-Sí, pero además había condiciones materiales para que eso efectivamente se realizara. La Argentina era muy rica, le iba muy bien. Un trabajador argentino ganaba más que un trabajador francés o alemán. En ese tiempo, por ejemplo, LA NACION contrató como corresponsal a Miguel de Unamuno, que era rector de la Universidad de Salamanca. Unamuno reconoció entonces que a partir de haber conseguido escribir un artículo por semana para LA NACION su situación económica había mejorado, porque con esos artículos ganaba tal vez más de lo que podía ganar como rector de Salamanca. Este es el lado claro de la luna, pero no hay duda de que estos sectores pagaron un precio, que fue el de abandonar sus lugares de origen, material y simbólicamente. La Argentina bloqueó la posibilidad de una nación multicultural, no permitió que existiera un barrio llamado Little Italy, que estaba en ciernes en La Boca. El Estado argentino operó de manera autoritaria para disolver las diferencias y cepillar lo heterogéneo.

-¿Esto fue acertado o errado?

-En la Argentina de fines del siglo XIX y principios del XX triunfó una concepción que sostenía: una nación, una cultura; una nación, una lengua. Las diferencias culturales y lingüísticas debían ser eliminadas... y fueron eliminadas. Hace unos años le preguntaron a Héctor Bianciotti, el escritor argentino que se incorporó a la Academia Francesa, sobre esa experiencia tan significativa para un escritor que es escribir en otra lengua. Respondió: "Para un hijo de italianos pobres, eso no es ningún misterio, porque lo primero que nos decían era que teníamos que olvidar el italiano y aprender bien el español para poder integrarnos y circular en la sociedad". Se podrá indicar, críticamente, que no había espacio para la diversidad, pero creo que fue un tiempo admirable y que tenemos que lamentarnos de nuestro retroceso.

-Aquel proceso modernizador de principios del siglo XX, que podía verse por registros concretos de la economía o de la cultura, no pudo verse, en cambio, tan claramente en la política...

-Se pensaba que había que dar libertades civiles, pero no participación política. Al menos, hasta configurar ciudadanos ilustrados, con vocación republicana. A partir de ese momento se abriría el período de la República verdadera, la que, en términos del liberalismo democrático, significa un hombre, una mujer, un voto.

-Eso comenzó a ocurrir a partir de la reforma que la elite gobernante, como usted la define, realizó con la ley Sáenz Peña, en 1912.

-Claro. Y fíjese qué paradoja: aquellos que habían encabezado este proceso modernizador iban a ser derrotados en las elecciones democráticas de 1914 y, sobre todo, en las de 1916, cuando triunfó Yrigoyen. Las enormes dificultades de esta elite a la que se le dice conservadora, pero que, en realidad, fue en algunos aspectos básicos realmente transformadora, se reflejarían en que no consiguió, y nunca iba a conseguir, articular un partido político de dimensiones nacionales. Los dueños de los bienes económicos no tienen una representación política.

-¿Dan educación para todos y la gente vota en contra?

-Hay que entender que esta sociedad se constituyó con una perspectiva y un criterio de valores, fundamentalmente, igualitarios, cosa que no ocurrió en el resto de la América hispana. En la Argentina, los de abajo miran a los ojos de los de arriba. Esto ya estaba en la idiosincrasia del gaucho ("naides es más que naides"). Yo viví bastantes años en México, y allí hay gente que, aun hoy y más allá de su situación económica, no se permite a sí misma ingresar en ciertos lugares. Siente que no tiene derecho. Aquí uno se siente con derecho a estar en todas partes.

-¿Seguimos siendo igualitarios?

-Somos una sociedad imaginariamente igualitaria. Es imposible entender ciertos fenómenos que ocurren todos los días sin entender esta pulsión o esta convicción de igualitarismo. Es imposible ver cómo se mueven los piqueteros, los travestis, los vendedores ambulantes, sin esta idea de que todos somos iguales.

-¿Esto es lo que nos hace también una sociedad difícil de gobernar?

-Lógicamente, porque el igualitarismo tiene un doble rostro. Es extraordinariamente elogiable porque ha contribuido a que la gente adquiera derechos. Pero cuanto más igualitaria es una sociedad, también es mucho más difícil de gobernar. A lo que hay que sumar las dificultades que surgen cuando el igualitarismo se convierte en "cualquierismo" o en qualunquismo.

-¿Qualunquismo?

-Es el desconocimiento de ciertas jerarquías que no tienen nada que ver con la democracia. Algo típicamente argentino. Salga a la calle y lo comprobará: gente que sin instrucción, sin mérito, sin esfuerzo, sin especialización en nada, opina de cualquier cosa. Las consecuencias son desquiciantes. Otro rasgo clave que nos describe es el populismo. Una cultura populista dominante tiene bajo nivel de reconocimiento de la institucionalidad. En nuestro país, las instituciones tienen debilitada su capacidad de ser mediadoras entre los ciudadanos y el Estado. Es mejor estar protegido por un puntero que por el Estado argentino. La nuestra es una sociedad con fuertes componentes corporativos. Si hay un sindicato de metalúrgicos, al dirigente de los metalúrgicos lo vamos a nombrar ministro de Trabajo. Aparece un sector piquetero y lo metemos dentro del Estado, con lo cual se le resta autonomía al movimiento social y se confunde el Estado con un partido. Creo que una de las modificaciones que generó el primer peronismo fue romper con el modelo de trabajador, llamémosle, "socialista". Un trabajador autónomo, que tenía que construir de abajo para arriba, que no debía aceptar ser incluido en las redes del Estado, que tenía que ser laborioso, frugal y letrado. Bueno, el peronismo inventó otra cosa.

Por Carmen María Ramos
Para LA NACION

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Louise Richardson: "El terrorismo se combate con más inteligencia"

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 21-07-2004 05:17:41

La fuerza militar y las invasiones, como las de Afganistán e Irak, no servirán para acabar con el flagelo, dice la decana del Radcliffe Institute, una de las mayores especialistas en el tema


NUEVA YORK.– Cuando Louise Richardson era una niña y jugaba en las calles de Dublín, una de sus experiencias más fuertes fue darse cuenta de que algunos de los vecinos de su barrio, personas cariñosas y afables a las que veía llevando a sus hijos al colegio, barriendo la vereda, cantando en el coro o regando las plantas, eran terroristas del IRA.

La impresión nunca se borró de su mente y dedicó su vida a estudiar esa problemática. Hoy, Richardson es una de las mayores especialistas mundiales en el tema, decana del Radcliffe Institute of Advanced Studies y responsable de los primeros cursos sobre terrorismo internacional que se organizaron en la Universidad de Harvard. A partir del 11 de septiembre, la tímida profesora se volvió, además, una celebridad internacional, con presencia frecuente en los medios de comunicación. Incluso fue llamada a declarar como experta por el Congreso de los Estados Unidos.

Richardson, una pelirroja menuda y amable, de voz cristalina, ya ha perdido la cuenta de la cantidad de peligrosísimos terroristas de todo tipo y facción, que ha entrevistado en su vida profesional. "Ayuda ser mujer -confiesa, en diálgo con LA NACION-. En cambio, esa condición puede hacer más difícil que los pares nos presten atención, sobre todo cuando una es propulsora de las alternativas más blandas a la intervención militar. Eso suena como un cliché femenino. Pero las fuentes nos ven más inofensivas que a los hombres y se relajan. Es increíble lo que se puede aprender."

Richardson es también autora de varios textos especializados sobre la toma de decisiones dentro de las células terroristas y sobre su financiación y de un libro de historia de las relaciones internacionales entre los dos países que son su principal foco de interés, Gran Bretaña y Estados Unidos.

-¿Veremos más ataques terroristas?

-Probablemente no a la escala y con la sofisticación del que ocurrió el 11 de septiembre, pero sí como en Madrid o en Bali. Me preocupa que el énfasis puesto en protegernos de ataques con armas biológicas, químicas o nucleares, que son más caras y menos probables, nos distraiga de la necesidad de prevenir los ataques más convencionales, que son, comparativamente, baratos y mucho más probables.

-Recientemente, Dominique Lapierre y Larry Collins publicaron "Arde Nueva York", un libro en el que especulan con la posibilidad de una bomba atómica escondida en Manhattan. Según ellos, sería algo relativamente fácil y probable. ¿Usted no lo cree así?

-Para empezar, insisto en que el armamento sofisticado, las armas de destrucción masiva, es muy caro, lo cual es una limitación importante para los grupos terroristas. Si los terroristas lo quisieran desarrollar ellos mismos, necesitarían instrumentos de una sofisticación tal y técnicos de tanto calibre que sería difícil que el Estado donde estuvieran no notara algo raro. Otra alternativa sería que algún Estado sponsor les cediera las armas. Pero creo que este temor está fuera de proporción: ceder armas de destrucción masiva a un grupo terrorista con el que un Estado puede simpatizar, pero al que no puede controlar por completo, sería un acto de tanta torpeza como para hacerlo prácticamente incomprensible. Un Estado que quisiera arriesgarse a su aniquilación total podría usar las armas él mismo, pero hay buenas razones por las cuales ninguno lo ha hecho. Y los motivos por los cuales un Estado no las cedería a un tercero son aún más fuertes. De cualquier manera, hay cosas elementales que no se están haciendo. Por ejemplo, Estados Unidos está gastando seis mil millones de dólares en intentar protegernos de las armas biológicas. Pero no está controlando las plantas de armas biológicas, químicas y nucleares de la ex Unión Soviética, que quedaron desprotegidas, y tampoco tiene completamente penetrados por los servicios de inteligencia a los grupos terroristas que podrían estar interesados en conseguirlas, que no son tantos.

-Para usted, la solución al terrorismo está en el espionaje y no en la fuerza militar, ¿verdad?

-Sí. Creo que la prioridad para destruir a las organizaciones terroristas es comprender cómo se ven a sí mismas, no cómo las vemos nosotros. Para conseguirlo debemos estar dentro de sus células y dentro de las sociedades que las producen. Debemos leer todos sus comunicados y propaganda, en un esfuerzo no sólo por anticipar su accionar, sino para comprender su atractivo. Creo que podemos aprender de los terroristas lo que ellos aprendieron de nosotros. Podemos aprender a tener paciencia y esperar los resultados. Lo brillante del 11 de septiembre estuvo en que usaron nuestra propia fuerza contra nosotros mismos, al convertir nuestros aviones civiles en las armas con que nos atacaron. Debemos hacer lo mismo. Tenemos que entender su ideología y sus tácticas para usarlas contra ellos. Las organizaciones terroristas operan bajo condiciones de inseguridad constante y están siempre temerosas de ataques externos y traiciones internas. Hay que explotar esto, manteniéndolas bajo presión permanente y explotando su tendencia a la escisión. Su necesidad de conseguir fondos a través de actividades criminales aumenta su exposición y nos da otro flanco para perseguirlas.

-Hablando de los fondos, se suele sostener que a través de servicios de asistencia social y de caridad en manos de grupos terroristas o de sus simpatizantes, éstos, por un lado, consiguen fondos y, por el otro, consiguen voluntarios. ¿Hay que terminar con estos servicios?

-Bueno, acabar con la caridad no va a acabar con el terrorismo... Muchos donantes de estas entidades genuinamente quieren ayudar a los pobres y muchas de estas asociaciones genuinamente hacen muchas obras de bien para sus beneficiarios. Sin embargo, en el largo plazo, estas entidades de caridad sirven para conseguir y mantener el apoyo a quienes las auspician, aun grupos terroristas, como Hamas. Deberíamos asegurarnos, entonces, de que sean amigos o aliados los que se estén ocupando de las necesidades sociales de la gente en las áreas de reclutamiento. Es una estrategia de largo plazo. Pero el terrorismo ha estado con nosotros por mucho tiempo y, posiblemente, así seguirá. Lo que es nuevo es la existencia de organizaciones dispuestas a matar a cuantos civiles puedan y la creciente disponibilidad de medios para que lo logren. Acabar con sus activos financieros no va a acabar con el terrorismo, pero, al menos, su funcionamiento resultará cada vez más difícil.

-Pero ¿por qué dejarlos sin fondos no es acabar con sus actividades del todo?

-Un punto principal por tener en cuenta es que el terrorismo es barato. Ese es parte de su atractivo. El ataque del 11 de septiembre, probablemente la operación terrorista más cara de la historia, costó, según se estima, medio millón de dólares. Y cuesta notablemente menos comprar fertilizante, alquilar un camión y luego usarlo para tirar abajo un edificio. Si un grupo terrorista tiene un sponsor generoso, como Hamas tiene en Irán, no sólo puede manejar asociaciones de caridad y sistemas de asistencia social para asegurarse el apoyo popular: incluso puede solventar los costos de mantener a las familias de los miembros muertos en acción o de los que fueron capturados. El terrorismo es, sobre todo, una táctica y su atractivo como táctica es que, precisamente, uno puede conseguir mucho poder de fuego por cada dólar. Es barato y fácil y se presta al impacto dramático.

-¿Cuál es la responsabilidad de los medios de comunicación respecto de estos impactos dramáticos?

-Hay dos argumentos al respecto. Algunos sostienen que los medios de comunicación son el principal instrumento para que los terroristas obtengan publicidad por sus acciones. Uno piensa en las imágenes del 11 de septiembre, que recorrieron todo el mundo, pero esto no es un fenómeno nuevo: en las Olimpíadas de Munich de 1972, el asesinato del equipo olímpico israelí por los palestinos fue visto por 500 millones de personas. Pero yo creo que los medios de comunicación también pueden ser un instrumento para derrotar al terrorismo y que no hemos sido lo suficientemente inteligentes como para usarlos en todo su potencial hasta ahora.

-¿A usted le gustaría un equivalente a la red Al-Jazeera, pero pro norteamericana, por ejemplo?

-Más que eso. Creo que deberíamos estar comprando satélites en todo Medio Oriente para presentarles nuestros argumentos a los potenciales reclutas de los grupos terroristas, para mostrarles que no estamos desarrollando una guerra contra el islam, que tenemos valores y que, honestamente, estamos intentando ayudar, para evitar la caída de civiles en el conflicto. También compraría radios al por mayor, pero todo lo haría de una manera mucho más sutil que la usada hasta ahora. Yo le dedicaría a esta campaña recursos muy significativos, porque el objetivo es mantener a los grupos terroristas tan aislados como sea posible y evitar que tienten a nuevos reclutas. Obviamente, después de Irak es mucho más difícil que confíen en nosotros, pero creo que llegó la hora de una gigantesca campaña de relaciones públicas para atacar al terrorismo de raíz.

-A usted no le gusta atacar al terrorismo con invasiones, como ocurrió en Irak, pero ¿le pareció mal la invasión de Afganistán después del 11 de septiembre?

-Son dos casos muy distintos. A diferencia de lo que pasó en Irak, la comunidad internacional apoyó el ataque a Afganistán y había una enorme presión dentro de Estados Unidos para hacer algo respecto del 11 de septiembre, en la forma de una respuesta armada. Y estaba el hecho de que el gobierno de los talibanes estaba sosteniendo a Al-Qaeda. Ahora, lo que yo hubiese hecho, sin duda, hubiese sido otorgarles incentivos mucho mayores a los talibanes, para que ellos mismos entregaran a Ben Laden. Creo que aun en Afganistán fuimos a la guerra demasiado rápido y no se agotaron todas las alternativas diplomáticas.

-Ante el Congreso norteamericano usted usó el caso de la lucha contra Sendero Luminoso como ejemplo de que los servicios de inteligencia son mejores que las armas para derrotar al terrorismo. ¿Cómo es eso?

-Me parece que Perú es un buen ejemplo de las limitaciones de la estrategia militar. El gobierno peruano utilizó al ejército durante años para intentar combatir a Sendero, pero lo que finalmente fue efectivo fue la creación de una unidad de inteligencia de apenas setenta personas, dentro de la policía, cuyo único objetivo era comprender al movimiento terrorista, infiltrarse en él y atrapar a los líderes desde adentro. Las fuerzas armadas son un instrumento demasiado burdo para combatir eficazmente al terrorismo.

-Respecto de la Argentina, ¿debemos temer nuevos ataques?

-Estamos viendo una creciente evidencia de actividad terrorista en la zona de la Triple Frontera, especialmente de grupos como Hamas, lo cual es sorprendente, porque no parecería que en un futuro cercano la Argentina volviera a ser una zona prioritaria para ellos. No sería raro algún ataque esporádico, pero no un esfuerzo concertado, como el que se sostiene contra Estados Unidos. De cualquier manera, me parece que, una vez, más, es fundamental y prudente que los servicios de inteligencia trabajen consistentemente allí para ver qué pasa.

-Usted escribió sobre la relación entre Estados Unidos y Gran Bretaña respecto de las Malvinas. ¿Qué cree que va a pasar?

-Es una pregunta difícil. Lo que vimos fue un conflicto de intereses entre Gran Bretaña y Estados Unidos respecto de las islas, ya que Gran Bretaña tomó una posición mucho más fuerte de la que le hubiese gustado al gobierno norteamericano, que igual, en última instancia, se alineó con su aliado tradicional. Mirando a futuro, Gran Bretaña tiene escaso interés en mantener las islas y, eventualmente, las devolverá. Pero, irónicamente, fue la guerra la que demoró esta restitución, ya que los británicos se sintieron obligados a responder a una agresión. Hoy, el de las Malvinas no es un tema frecuente en el discurso público inglés, y mucho menos en el norteamericano. Pero en la medida en que Estados Unidos se vuelva menos eurocéntrico y mire más hacia su continente, posiblemente terminará presionando para que las islas sean devueltas. Pero en el muy largo plazo.

-Hablando de Inglaterra, en los últimos días Blair recibió, en el Butler Report, un nuevo golpe por su participación en la guerra en Irak. ¿Cómo afectará esto la relación entre ambos aliados?

-Es interesante. Estados Unidos y Gran Bretaña han sido los principales aliados desde la Segunda Guerra, y esta relación ha sobrevivido a todo tipo de cambios ideológicos a ambos lados del Atlántico. Cualquier combinación de republicanos o demócratas, de un lado, con laboristas o conservadores, del otro, siempre funcionó de maravillas. Esto tiene que ver con una política deliberada de Gran Bretaña, que sabe que tiene más poder del que debería justamente por ser la gran aliada de Estados Unidos. Pero no hay duda de que la guerra en Irak ha sido devastadora para la relación y para la carrera política de Tony Blair, por su asociación con un presidente norteamericano extremadamente impopular. Sin embargo, en el largo plazo el interés de Gran Bretaña siempre va a ser el de ser la gran amiga de Estados Unidos.

-Después de tantos años, ¿logró responder a las dudas que la desvelaban de niña?

-Lo más duro y sorprendente para mí sigue pasando cuando me encuentro con miembros de grupos terroristas con sentido del humor. Gente con valores, que parece tan normal, cuando el perfil de los terroristas que nos dan los medios es totalmente unidimensional. Son mucho más complicados que eso. Más difícil de entender aún es la forma en que son cooptados. Irónicamente, las organizaciones terroristas consiguen a sus voluntarios apelando a lo mejor de ellos, a su idealismo y a las ganas de ayudar a cambiar el mundo. Tocando ese punto, los convencen de que las atrocidades que cometerán son, en realidad, un acto de bien. Es una vieja respuesta, pero todo se basa, en realidad, en la profundidad de la ideología.

Por Juana Libedinsky
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/04/07/21/DQ_620343.asp

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Pogo

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 19-07-2004 00:00:00

Por Sandra Russo

Menos mal que me dejé convencer. El sábado pasado fuimos con la nena al Luna Park a ver a la Bersuit. Pasé años padeciendo esos productos para púberes lamentablemente tan bien hechos que uno puede combatirlos solamente desde la ideología. ¿No ves que cantan mal?, les dice uno, y a ellos qué les importa si cantan mal. Además, está probado que los chicos desarrollan anticuerpos voraces contra las bajadas de línea domésticas, de modo que si uno fuese un verdadero estratega debería probar a hacerse fan de Erreway, comprarse todo el merchandising disponible, colgar posters de Cris Morena en el living de casa, servirles a los chicos la merienda con la remera de Mambrú puesta, en fin, sacar chapa de alienado: estoy segura de que daría resultado pero nunca junté coraje. La cosa es que llevaba muchos años sin ir a estadios, porque tanta gente junta en un espacio cerrado me atosiga. Pero tomé esa ida al Luna como parte de la educación de la nena. Hace unos meses, mágicamente, ella dijo que Benjamín Rojas, el rubio de Rebelde Way, está rebueno, pero que el programa era “una estupidez”. Escuché en silencio y reprimí las ganas de gritarle: “¡Yo te dije! ¡Te lo dije!”. Más o menos para esa misma época, no me acuerdo exactamente qué pasó –creo que la pisé, o me la llevé por delante–, dije “sorry”. Ella me miró súbitamente con desprecio, y observó: “No digas sorry, que es grasa”. Ok, pensé. Pasamos a otra etapa. Aleluya. Dios existe.
Y estábamos las dos allí, en el Luna Park, en un estadio repleto de chicos y más o menos, agitando banderas argentinas por aquello de la Argentinidad al palo, consigna que todavía me sigue resultando algo enigmática. Teníamos entradas para el campo, y eso me atormentaba tremendamente. La noche anterior no dormí. La sola idea de encontrarme en el medio del Luna Park atrapada en el medio de un pogo multitudinario y sudoroso me volvía loca. Pensaba en el probable ataque de pánico y evaluaba qué hacer si justo en la mitad del concierto me veía obligada a decirle: “Disculpame pero vamos, que mami está descompuesta”. En un lugar así, no hubiese podido decirle “te espero en el baño” ni “me voy a tomar un café afuera”. El Luna Park, si uno acompaña a un menor de doce años, es una entrada sin salida hasta el último bis. Encontramos unas gradas y nos trepamos a ellas, y por suerte atrás teníamos a una banda de chicos de nueve o diez años, también acompañados por madre consustanciada, cuyas voces de pito me tranquilizaron en el acto.
De las letras no entendía nada (salvo la del “bomboncito”, porque en casa se la escucha unas quince o diecisiete veces por día), pero desde las gradas veía miles de cabezas muy jóvenes saltando y saltando, sin parar de saltar, porque no eran ingleses ni militares, eso cantaban. Y justo esa semana todo ese apretujamiento y ese olor a chivo concentrado fue un bálsamo. Esa marea alta juvenil fue un refresco que me tomé después de haberme pasado los últimos días discutiendo con taxistas y azorándome con los diagnósticos políticos de los comunicadores televisivos. Porque de repente se puso todo mal, no sé si lo notaron. De repente se acabó lo que desde un principio bobaliconamente algunos llamaron “luna de miel”. Qué graciosos. Claro que cualquier cosa que se llame “luna de miel” tiene cerca la fecha de vencimiento. De repente no sólo los previsibles, sino además otros, gente con dos dedos de frente, personas aparentemente en sus cabales, entraron a flotar como aprendices de astronautas en el discurso sin oxígeno que les prodiga la derecha, amparádose en dos o tres ideas base que más vale tener en cuenta.
Roland Barthes cita los cigarros de Brecht y los de Marx como excepciones en el mundo austero y sin reflejos para el bienestar de lo que “la derecha” llama “la izquierda”. Lo que “la derecha” llama “la izquierda” no ofrece ningún costado placentero. “Toda una mitología menor tiende a hacernos creer que el placer es una idea de derecha. La derecha, en un mismo movimiento, expide hacia la izquierda todo lo que es abstracto, incómodo, político, y se queda con el placer para sí.” No está hablando, Barthes, de que “la derecha” se reserve además el dinero para pagarse el spa, o el yate o la semana en el Mediterraneé. Ni de que “la izquierda” se balancee en los márgenes del mercado, allí donde no se hacen grandes negocios ni los sueldos pasan de la media. Está, más bien, haciendo referencia a reflejos hondos y profundamente enraizados, según los cuales “la derecha” se atribuye el bienestar, y “la izquierda” se atribuye la queja. No está hablando de política, por lo menos no solamente de política, sino de autoimágenes previas que recién después de ser experimentadas decantan en política.
“Es el viejo mito reaccionario de la cabeza contra el corazón, de la sensación contra el raciocinio, de la vida contra la abstracción”, dice Barthes. Un mito dialéctico, en el que unos y otros aceptan sin chistar la parte que les toca.
El sábado pasado, a pesar del pánico burgués que me daba ese pogo desatado a unos metros de distancia de mis gradas salvadoras, recordé qué divertido era ser joven, y a la luz de las palabras de Barthes también advertí que los jóvenes, en todas las épocas, son los que han refutado, una vez y otra vez, “el viejo mito reaccionario de la cabeza contra el corazón”. Ellos son los que, vírgenes todavía de ese tipo de mitos, inundados de vitalidad y de deseo, niegan con sus cuerpos y sus ánimos las presuntas verdades que se inventan y se repiten hasta que pasan por ciertas.
Los metros que me separaban de ese baile brutal plagado de banderas y de consignas que no llegué a entender no me impidieron absorber la fuerza magnífica de los que todavía anudan su identidad al placer que les da ser muchos, estar juntos, no conocerse, compartir códigos, cantar, saltar, y tener ganas de todo eso. La identidad anudada a la alegría. Por eso los jóvenes, ese tipo de jóvenes no amansados, han sido siempre peligrosos. Porque llevan tatuada en el cuerpo la camiseta del fervor, pero es un tipo de fervor que después, con los años, el “viejo mito reaccionario de la cabeza contra el corazón” desvía hacia los atajos más crudos del malestar y la amargura. Esos jóvenes son peligrosos porque exponen la falacia del mito. Lo desmienten.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-38346-2004-07-19.html

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"El diálogo entre técnicos y políticos nunca ha sido fácil"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 18-07-2004 00:00:00

MIGUEL MURMIS, ESPECIALISTA EN CIENCIAS SOCIALES

La relación entre quienes interpretan los datos de la sociedad y quienes ejecutan políticas es más tormentosa en la Argentina que en el resto de América latina. Unos y otros suelen confundir roles.

Analía Roffo
aroffo@clarin.com

Usted y Juan Carlos Portantiero publicaron en 1971 un libro que se transformó pronto en un clásico, Estudios sobre los orígenes del peronismo, que mostró que había una forma intensa de relacionar investigación y política. En general, ¿cómo se acercan los intelectuales a la política? ¿El vínculo suele ser sereno?

—Juan Carlos y yo éramos dos personas que habíamos sido activos en política. Entonces, teníamos interés en aclarar ciertos problemas que eran pertinentes para la actividad política. ¿Qué pretendíamos? ¿Situarnos, con ese pensamiento, para ser dirigentes o para hacer lo que a mucha gente le gusta, que es saltar a la oreja del dirigente?

# ¿Qué es "saltar a la oreja del dirigente"?

—Muchos creen que el intelectual, el técnico, sabe más que el común de las gentes y no tiene que perder tiempo pasando por las filas de la organización ni por ese tiempo de militancia, a veces aburrida y a veces peligrosa. Su papel es transmitir verdades importantes al que ya es el líder de la organización o del país. Muchos de nosotros intentamos en esa época saltar a la oreja del líder, que es ser algo así como un técnico que trabaja para un partido. Más o menos por esos años, fundamos un instituto en el Partido Socialista, que era independiente del partido. Queríamos formar gente que tuviera un buen nivel técnico e identificación ideológica. Como usted puede imaginarse, no duró mucho.

# ¿Qué pasó?

—En esa época, se decía que los partidos socialistas respetaban una regla matemática: todo partido socialista era divisible por dos. Efectivamente, se dividió por dos.

# ¿Sabe que la palabra saltar me da idea de improvisación y de cierta zozobra? ¿Es tan frágil y episódica la relación entre el intelectual y el que ejecuta políticas?

—Ah, no es nada sencilla... Yo creo que en muchos hay una búsqueda de circuito corto, de inmediatez: quieren llegar a la oreja del líder rapidito. Justamente, si uno hace el camino de la militancia, sabe que el circuito no es corto. Yo no he sido un gran militante, pero por ejemplo, cuando me acerqué a militar en un centro socialista, lo primero que hice fue pintar la pared, ordenar la biblioteca. Y me parece muy bien.

# Los que buscaban el circuito corto no pintaban paredes...

—Silvia Sigal, en su libro sobre los intelectuales en los años 60, dice que el campo intelectual era especialmente débil en la Argentina. Y era débil tanto porque lo atacaban quienes querían reprimirlo, como porque lo desdibujaban quienes le daban una significación política demasiado grande. Ella dice: sí, era débil por esas razones, pero eso no llevó a que los intelectuales quisieran pasar a un segundo plano. Al revés, quisieron pasar a un plano directivo en lo ideológico.

# ¿Es positivo que el intelectual dirija?

—No. Todos nosotros somos investigadores, personas que conocemos un modo de analizar e investigar la realidad que requiere buena formación previa. Tenemos una forma de trabajar profesionalmente, que puede dar gran rendimiento para la política. Si uno analiza los problemas pertinentes, si además trabaja dentro de una organización, puede instar a que se discuta allí lo que uno ha armado. Pero, para mí, el aporte fundamental del investigador es ser un profesional que ofrezca materiales importantes para comprender la situación en que el partido se mueve. No el de ser dirigente. El intelectual, a partir de datos fehacientes, construye propuestas para el futuro.

# Usted dirigió un famoso estudio sobre la situación de los obreros azucareros en Tucumán. ¿Le interesaba incidir en las políticas de esos años?

—Nosotros —pienso también en Juan Carlos Marín— hacíamos ese tipo de estudios en la época en que estábamos en el Partido Socialista. Creíamos que si el partido tenía una imagen adecuada de qué eran los obreros azucareros, iba a tomar mejores decisiones políticas en el noroeste. Pero lo que nosotros hacíamos no era decirles: "Miren, es importante, ahora, desarrollar la línea revolucionaria, o la línea reformista". No, nosotros decíamos: "Para los obreros azucareros, éste es el escenario". Hicimos una investigación muy difícil, con encuestas y entrevistas en medio del campo. Todo eso fue malogrado por algunas de las dictaduras militares que nos hicieron volar por el aire. Pero ese modelo de vincular investigación y política me gusta, aunque no diga que sea el único.

# Ese es el modelo que más le gusta, pero ¿cuál es el real?

—En general, me parece que uno en el que el diálogo entre técnicos y políticos no es fácil. Hay una serie de partidos que han formado institutos de investigación. Carlos Auyero, que era un hombre muy preocupado por el conocimiento, trató de hacerlo en su partido. No sé, no creo que en ninguno de esos casos haya funcionado demasiado bien el diálogo entre unos y otros. Cada uno parecía hacer su trabajo, pero realmente, ¿había diálogo? Un amigo me contó cómo una vez, en uno de estos institutos, un dirigente político de alto nivel le pidió que le hiciera un informe sobre el tema agrario. Mi amigo hi zo su informe y cuando encontró al dirigente, éste le dice: "Uy, mirá, che, no tuve tiempo de leerlo. Hacemos una cosa: ahora, en el auto, vos me contás". No es lo ideal, ¿no cree?

# ¿No tiene algún recuerdo más estimulante?

—Bueno, sí. Años atrás estuve en la Universidad de Concepción, en Chile. En aquella época, la Universidad estaba fuertemente dirigida por el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, el MIR. Yo llegué como profesor de sociología. En una reunión me preguntan qué podía hacer yo. Contesté: "A mí me da la impresión de que ustedes no saben mucho sobre Chile. Y hay un material muy bueno, que es el censal... Yo les ofrezco sacar un boletín, con ayuda de los estudiantes. Ustedes lo leen y lo discutimos". Sale el primer número del boletín, que mostraba que en Chile había más estudiantes que obreros industriales. Entonces, uno de los dirigentes del MIR, Nelson Gutiérrez, un tipo muy inteligente que además era sociólogo, me dice: "¡Miguel, nunca pensamos esto en el partido! Si hay más estudiantes universitarios que obreros industriales, tenemos que pensar una estrategia distinta". Yo no le indiqué cuál debía ser su estrategia, sólo mostré datos. En ese momento sentí que la cosa funcionaba.

# ¿Estas anécdotas marcan tendencia? Quiero decir: la mala es argentina; la buena, chilena. ¿América latina vincula mejor que nosotros a intelectuales y políticos?

—Por lo general, sí. Yo creo que la actitud que existe en la Argentina con respecto a los especialistas en ciencias sociales no es de gran respeto a lo que pueden aportar. Pero no pasa lo mismo con los economistas: ahí se invierten los papeles. Ha habido cantidad de gobiernos en la Argentina que, antes de tomar una medida, tenían que saber qué les decía el economista de moda. Tampoco es ésa la relación que yo busco. ¿Existe mejor diálogo en otros países, pregunta usted? Si usted toma Brasil, por ejemplo, sí. En Brasil, los científicos sociales llegaron a estar más cerca del poder y en el poder mismo.

# Fernando Henrique Cardoso, claro...

—Pero fíjese que Cardoso no era un señor que andaba suelto. Fernando Henrique —que desde que tenía dos años trabajó para ser presidente de la república y lo consiguió— representaba a un grupo de intelectuales y llegó con ellos al gobierno. Cantidad de gente que estaba al lado de Cardoso en la función pública era especialista en ciencias sociales. Ese es un fenómeno totalmente distinto de lo que vemos en la Argentina. Hay un libro del investigador francés Daniel Pecau sobre los intelectuales brasileños y su vocación de construir el Estado: construyen el Estado y lo dirigen. Bueno, acá no existió eso para nada. En realidad, lo que nos pasa a nosotros lo vio muy bien José Luis de Imaz hace muchos años.

# ¿Cuando escribió Los que mandan?

—Claro. El vio que en nuestro país había toda una serie de elites separadas que no estaban interconectadas. Sin duda, yo creo que acá, los que investigamos en ciencias sociales no estamos conectados. Y el día que nos conectamos, lo hacemos sólo con el sistema de saltar a la oreja del líder.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/07/18/z-03615.htm

Copyright Clarín, 2004.

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"Si los piqueteros tienen futuro, la Argentina no lo tiene"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 17-07-2004 05:16:15

La actualidad, en la visión del director de Criterio, José María Poirier-Lalanne

El pensador José María Poirier-Lalanne fue tajante: "Si las organizaciones piqueteras tienen futuro, la Argentina no lo tiene".

Durante un diálogo con LA NACION, Poirier-Lalanne, director de Criterio, reconocida revista de orientación católica y liberal, habló de la violencia social y del presente político del país, de la falsa antinomia entre setentistas y noventistas y del aparente desinterés en las políticas culturales.

Poirier-Lalanne es egresado de la carrera de Filosofía de la Universidad Lateranense de Roma. En 1976 abandonó sus estudios de Letras en el Profesorado Nacional para volver a Italia, más precisamente, a Florencia, donde, durante varios años, se dedicó a la literatura, el cine y la teología en el ámbito del Centro Internacional de Estudios del Movimiento de los Focolares. Es coautor de "La Iglesia y el mundo, ¿conflicto o diálogo?" y de "Iglesia y derechos humanos", a partir de conversaciones con monseñor Jorge Novak. Fue rector de la Escuela Superior de Periodismo y director del Museo del Cine de la ciudad de Buenos Aires.

-¿Qué consideraciones le merecen las distintas manifestaciones de violencia social que se vienen dando en los últimos tiempos?

-La exclusión social, que años atrás era inimaginable para un país como la Argentina, es una llaga enorme y abierta en la que todos tenemos que colaborar, porque ya ha cobrado víctimas atroces. Ya tenemos una o dos generaciones perdidas y llevará muchos años curar esas llagas. En el mejor de los casos, quedarán cicatrices. La cuestión social, entonces, debe ser atendida, pero se comete un error cuando se la atiende con un sentido político clientelista y cuando se permiten manifestaciones con un factor violento. Es inadmisible que un gobierno diga que su policía no puede contener una manifestación de piqueteros porque reprimiría mal. Es obligación de un gobierno el justo ejercicio de la fuerza. Junto con eso, debe estar la preocupación por la inserción escolar, la alimentación y la creación de fuentes de trabajo, pero no podemos vivir tirándonos el bulto los unos a los otros. Creo que si las organizaciones piqueteras tienen futuro, la Argentina no lo tiene. Quiero creer que son la dolorosa expresión de una situación que hoy estamos atravesando, pero no podemos admitir que la solución pase por la organización piquetera. Falta una mediación política. No hay sociedad sin política; la política es insustituible y, mal que nos pese, hay que mejorarla desde la política misma. Lo otro son quimeras que crean grandes frustraciones.

-Junto con la tolerancia del Gobierno hacia las manifestaciones piqueteras se está dando un debate que podría sintetizarse en la antinomia setentismo-noventismo. ¿Cómo analiza este debate?

-Creo que son muy peligrosas las absolutizaciones. Demonizar los años setenta o los años noventa es no entender nada. Es el antiejercicio de la intelectualidad. Justamente, si un aporte tienen que dar los intelectuales es el trabajoso esfuerzo de discernir los elementos positivos y negativos de todo proceso. ¿Quién puede dudar de que necesitábamos una moneda? ¿Y quién puede dudar, al mismo tiempo, de que el gobierno de Menem nos llevaba, más o menos, como cómplices, a un gran desastre, por su concepción de iniquidad social? Privatizar no es bueno ni malo en sí mismo. Es bueno o malo en la medida en que se haga bien o mal. Tampoco creo que el kirchnerismo sea equivalente al setentismo. Temo que haya un doble discurso: uno pour la galerie y otro más pragmático. Que al gobierno de Kirchner le vaya bien es lo que deseamos todos, pero el Gobierno debe emplear su capacidad de autocrítica. Ha tenido desaciertos notables junto con un consenso notable.

-¿Cuáles fueron, a su juicio, tales desaciertos?

-El acto de la ESMA, por ejemplo. De un plumazo, se ignoraron todos los méritos del gobierno de Alfonsín. El juicio a las juntas militares fue un hito. Y pretender enmendar ese error público con una llamada privada es no distinguir entre un plano y otro. Como tenemos una gran tradición de caudillismo y de autoritarismos localistas, convendría exagerar en el respeto por la ley y las instituciones, y no se está haciendo.

-¿De qué manera juegan la ética y el realismo político?

-La dirigencia política debe tener sus oídos atentos al clamor de la sociedad. En política se hace lo que se puede, pero hay que escuchar las observaciones que vienen de la ética y de los principios. La libertad, la igualdad y la fraternidad son grandes principios éticos. Cuando una sociedad olvida las utopías empieza a desintegrarse, inicia un proceso involutivo. Pero ninguna utopía es realizable tal cual puede ser enunciada. Es un ideal hacia el que se camina. Y ahí radica la mediación política: en cómo hacer para que la mayor cantidad de gente posible tenga la mayor cantidad de oportunidades para vivir con libertad y con dignidad.

-Usted pertenece a la misma generación que el presidente Néstor Kirchner. ¿Advierte detrás de algunos de sus gestos un intento por rescatar a una generación idealista que fue derrotada?

-Creo que mi generación, la que fue universitaria entre fines de los años 60 y comienzos de los 70, padece una confusión entre autoritarismo y autoridad. Debemos hacer un esfuerzo por no caer en la tentación de creer que toda forma de autoridad es autoritarismo. Sin autoridad no hay sociedad. El autoritarismo sería la contracara de la autoridad. El autoritarismo va de la mano de la anarquía. La autoridad va de la mano de la ley, del derecho.

-¿A qué atribuye esa confusión?

-Probablemente a una gran frustración por un peronismo que encandiló a muchos jóvenes de gran ingenuidad, en los años 70, y los traicionó. Por otro lado, a un proceso de represión brutal, en el que se diezmó a una clase dirigente y en el que muchos otros quedamos con la sensación de que era muy peligroso actuar en política. Ahí se produce un cruce de sufrimiento y frustración que es muy complejo. En Kirchner se mezcla con eso el aislamiento patagónico que le impidió ver muchos de los cambios en el mundo. Creo ver en él una ausencia de conocimiento sobre esos cambios.

-¿Cómo analiza el reflotamiento del debate sobre nuestro pasado trágico y, en particular, la posición que sobre este tema ha manifestado la Iglesia?

-La jerarquía eclesiástica argentina no ha tenido, como cuerpo, una actuación digna en los años del proceso militar, a diferencia, por ejemplo, de la Iglesia chilena. Hubo posteriormente un examen de conciencia que no todas las instituciones han hecho. Debemos distinguir entre justicia y perdón. La justicia es lo que debe aplicarse y está en el orden de la ley; el perdón está en el orden del espíritu humano. Nadie puede obligarme a que perdone. Lo que sí puedo exigir es que se cumpla con la ley. Todas las naciones pasan por momentos difíciles, pero creo que no podemos quedar detenidos en el pasado. Debemos tratar de construir el futuro con las instituciones que tenemos. Para eso sería útil crear nuevas categorías de fraternidad, pensamientos nuevos, fórmulas alternativas. La patria no es una realidad perenne, sino una construcción cotidiana, y el Estado no es todopoderoso. Y ninguna nación tiene asegurado su porvenir.

-No tendría fundamento la creencia de que estamos llamados a ser una gran nación...

-Prefiero hablar de una patria modesta y moderna, en la que sólo estamos llamados a "pelearla" cada uno de nosotros.

-Semanas atrás, el secretario de Cultura de la Nación, Torcuato Di Tella, afirmó que la cultura no era una prioridad nacional y que tampoco lo era para él. ¿Cómo interpreta esos dichos?

-En el mejor de los casos, la frase fue poco feliz. De todas maneras, es grave, porque si él piensa eso no puede aceptar el cargo de secretario de Cultura y su correspondiente sueldo. Justamente él se debe ocupar de que la cultura sea prioridad nacional. Si no lo fuera para el Gobierno, sería su responsabilidad que lo fuera. Y si no es prioritaria para él, es imprescindible que se retire.

-¿Encuentra un eje común en los conflictos que se han venido registrando, por problemas gremiales o burocráticos, en algunos centros culturales de excelencia, como la Biblioteca Nacional y el Teatro Colón?

-Creo que sí. Hay dificultades que son históricas. Una es la injerencia de una burocracia estatal o municipal, sostenida en gran medida por los gremios, que pone continuamente trabas y dificultades muy serias a las manifestaciones culturales o artísticas. Se debe optar decididamente por poner a personas que conozcan de administración cultural en cada campo. El de la Biblioteca Nacional es muy específico: debe estar muy bien preservado el material a disposición de estudiosos e investigadores. La Biblioteca Nacional no es una simple sala de lectura, sino que tiene exigencias y particularidades muy propias. En el caso del Colón, creo que es una de las maravillas de la Argentina, porque hoy no podríamos volver a construir un Colón. Siempre tuve la sensación de que es un milagro argentino. Entonces es menester preservarlo y hacerlo funcionar lo mejor posible. Tenemos que recuperar el valor real y simbólico de las instituciones culturales. Días atrás asistí a una discusión sobre la conveniencia de que el Teatro Colón se utilizara para rock nacional o para folklore. Creo que ese planteo es equivocado, porque Buenos Aires no tiene otras salas como el Colón, que fue pensado para conciertos y para lírica. Sería como pretender usar el estadio de River para un partido de ping pong.

-¿Y está de acuerdo con la "cuota de pantalla" por la cual las salas cinematográficas estarán obligadas a tener un porcentaje de cine nacional?

-Es una buena iniciativa que el Estado, independientemente del gobierno de turno, apoye al cine nacional. Pero para eso puede tener salas especiales. No tiene sentido volver a políticas que se demostraron equivocadas. La medida de la cuota de pantalla para el cine nacional va a atentar contra la libertad de las salas. Me parece positivo que el cine argentino haya producido una buena cantidad de películas interesantes. Films como "La niña santa", "Ay, Juancito", "El abrazo partido" y "Luna de Avellaneda" han demostrado valer por sí mismos y no porque haya una obligación de verlos.

-En momentos en que muchas revistas culturales, como La Maga o Proa, han desaparecido del mapa cultural argentino, ¿cómo se explica la vigencia y la supervivencia de Criterio?

-Tal vez habría que preguntarles a sus lectores. Pero creo que Criterio, desde el comienzo, mantuvo la idea de una aventura intelectual y es una comunión de intereses intelectuales. La concepción de cultura que se tenía en los tiempos en que se fundó la revista fue perdiendo vigencia. Las especializaciones llevaron a que la cultura, en general, perdiera cierto interés; comenzaron a aparecer revistas especializadas en economía, en literatura, en ciencias políticas o en ciencia y técnica. Criterio sigue, en cambio, defendiendo el espacio que le corresponde a una publicación de divulgación cultural en las distintas disciplinas del saber. En más de 75 años de trayectoria, pasó por etapas diferentes. En algunos momentos representó al nacionalismo católico y en otros, un pensamiento liberal católico en el sentido de que se oponía a la tradición que daba por descontado que ser católico era ser nacionalista. La última etapa, bajo la dirección de Gustavo Franceschi y luego de Jorge Mejía, Rafael Braun y Carlos Floria, le dio un toque liberal en cuanto a defensa de lo democrático y de lo republicano, un pensamiento que exige una amplia libertad para ejercerse, costumbre no muy habitual en los ámbitos eclesiásticos, que requiere miradas plurales.

-¿Por qué señala que el ejercicio de una amplia libertad no es un hábito frecuente en ámbitos eclesiásticos?

-Porque, a mi entender, uno de los mayores temores que ha tenido la Iglesia a lo largo de su historia ha sido el de respetar la amplia libertad que exige siempre toda formulación científica, artística o filosófica. Todo momento de creación intelectual o artística necesita un momento donde conviene que los dogmas sean pocos y restringidos.

-¿Y cómo juega la relación entre cultura y fe?

-Son términos difíciles de explicar, porque no hay fe que no se exprese en términos culturales. Ambas son preocupaciones que hacen al espíritu humano. Hay lectores de Criterio que no son católicos, ya sea porque profesan otras religiones o son indiferentes ante la religión, pero eso no quiere decir que no le susciten interés estas problemáticas. Yo creo que no hay creyentes verdaderos que no tengan dudas sobre la fe, como no hay agnósticos serios que, en algún momento, no se sientan tentados por la fe. En un sentido o en otro, en el fondo, wla cultura y la fe nos interpelan. George Steiner, en momentos de gran desazón, llegó a escribir que la cultura no mejoraba la condición humana. Se trata de un momento de desconcierto con el que todas las personas que se dedican a intereses culturales tropiezan, pero eso no quiere decir que uno abandone la propia vocación y el propio desafío. Creer que la cultura va a resolver todos los problemas o va a hacer al hombre más bondadoso es ingenuo, pero es igualmente ingenuo pensar que se pueden construir una comunidad política y una sociedad civil sin cultura.

Por Fernando Laborda
De la Redacción de LA NACION

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Las aguas de las lágrimas

Archivado en Osvaldo Bayer • Fecha: 17-07-2004 00:00:00

Por Osvaldo Bayer

Por mi calidad de santafesino, la Legislatura de esa provincia, la ciudad Capital y la Universidad del Litoral –que demostraron amplitud de mira– me dieron diplomas por el trabajo de vida. Pero la gran alegría se vio cubierta por una tristeza desgarrante.
Con un sentido de la realidad y contra toda demagogia, el diputado Marcelo Brignoni y el periodista Pilo Monzón me llevaron –antes de empezar los actos de homenaje– a visitar el barrio de La Tablada, donde los inundados todavía viven en carpas. Pocas veces en mi vida vi un espectáculo más triste. En carpas viejas y desgarradas, por donde pasa el agua de las lluvias, en medio del barro permanente. Penetré en esas carpas y enseguida me cubrieron las moscas y moscones. El suelo de tierra, húmedo. Como muebles cajones, colchones y ropa tendida, adentro. Niños, con ojos sorprendidos y tristes, mujeres con rostros amargos. Madres.
Me quedo helado. Las madres me hablan en tono directo, sin disimulos, de que así viven desde hace largos meses, desde las inundaciones del 2003. Yo pienso de inmediato: ¿cómo la comunidad santafesina, mi ciudad, permite que decenas de sus hijos –y, lo peor, de sus niños– soporten esta tortura diaria? ¿No piensan en las enfermedades? Continua humedad, continua suciedad, a pesar de que se limpie: el barro en todos los caminos que conducen a las carpas. ¿Cómo no pudo haber un esfuerzo de todos, sí, de todos, para construir pequeñas casas –aunque humildes, pero seguras para la salud– de todos sus conciudadanos? Me alejo un poco para ver el espectáculo desde afuera. ¿Qué es esto: un pueblo después de una guerra, un pueblo después de una masacre racista? No, es Santa Fe, mi ciudad, el amado lugar de la infancia. Y si la ciudad de Santa Fe no protegió a sus ciudadanos más perjudicados, por qué no reaccionó la provincia, por qué no reaccionó la Nación, por qué no reaccionaron las instituciones llamadas de bien público, o las entidades no gubernamentales, o las iglesias. ¿Qué somos? ¿Un pueblo egoísta, o no nos interesan los pobres del interior? Cuando le pregunté a una funcionaria por qué sucedía tal abandono me respondió con aire un tanto superior: “Pero es que esa gente no tiene siquiera un terrenito para levantarles un techo”. Sólo le respondí: “Los niños tampoco”.
Hablé de mi inmensa tristeza en todas las radios que me hicieron reportajes, lo dije en la Universidad del Litoral, en la Legislatura y en el Concejo Deliberante de la ciudad. Y como no podía ser de otra manera, el 12 de este mes el diputado Marcelo Brignoni cuestionó el rechazo por la provincia y la municipalidad de Santa Fe de la reubicación en viviendas de los inundados de La Tablada. El gobernador Obeid había asegurado que: “...lo de La Tablada es un tema de responsabilidad exclusivamente municipal”. Le había puesto límites burocráticos a la miseria cuando el dolor humano no puede caer ni en límites ni en fronteras. Y como si fuera poco, al ser aludido, el intendente de Santa Fe, Martín Balbarrey, no aceptó trasladar del barro a las víctimas de la burocracia. Les dijo: “Habrá un operativo que servirá para cambiar las carpas por un corte de rancho, que va a permitir una mejor condición. Pero la situación va a continuar hasta que se construyan las cien viviendas”. Claro, aquí cabe la pregunta: ¿y el barro de los senderos y caminos, y las miles de moscas verdes?
El diputado Brignoni contestó con ira y justicia: “Las declaraciones del gobernador Obeid me parecen lamentables. Tan luego él, que junto con Reutemann son los principales responsables de la inundación que arrasó con las casas de esa gente abandonada en esas carpas, diga que él no tiene responsabilidad en el problema, deja dudas sobre el mínimo humanismo que debiera tener alguien que ocupa, aunque gracias a la Ley de Lemas, el sillón que Silvestre Begnis alguna vez ocupó, y que se dice peronista. El presupuesto provincial le asigna 17 millones para usar en subsidios, pero Obeid cree que la situación que padecen en el medio de este frío esas familias de comprovincianos no merece que gaste parte de ese dinero en ellos. Sería bueno que explique dónde gasta esa plata o qué situación es más importante que la vida de esos chicos abandonados en esas carpas inmundas”.
Carpas inmundas, rotas y llenas de moscas y humedad. Cuando esos niños duermen, las moscas están en sus bocas y sus ojos, para desesperación de sus madres. Esas mujeres duras y que no se dejan convencer con argumentos burócratas. Van una y otra vez a la protesta. Un viejo me para y me dice que las autoridades de la Niñez le acaban de quitar a su sexto nieto porque lo acusan de no poder darle una vivienda digna. Al viejo peón de campo se le caen las lágrimas. La culpa la tienen los pobres, me dice, como filosofía absoluta.
La batalla está casi ganada porque, ante la ofensiva del diputado Brignoni y su amenaza de recurrir a la Justicia, la Cámara de Diputados de la provincia le comunicó al gobernador Obeid que “se ha aprobado el proyecto de comunicación siguiente”: “Que la Cámara de Diputados de la Provincia vería con agrado que el Poder Ejecutivo a través del organismo que corresponde auxilie en forma inmediata a las familias del campamento de inundados La Tablada, en la ciudad de Santa Fe, que viven en condiciones de extrema precariedad”.
El invierno, el hambre, las enfermedades, en plena capital santafesina. Recuerdo cuando adolescente galopaba por esos campos azules del lino, de mi provincia. Hoy todo es soja, soja, dólares, dólares. El desastre de la inundación terrible –que se puede ver en el sabio film Los inundados– dejó a la gente sin techo, sin muebles, sin protección. Se ven los rostros humanos que trabajaron toda su vida: “Veintiún años tardé, puro trabajo, para hacerme esta casita que quería tanto: mire lo que quedó: nada, puro olor a podrido y basura”. El hombre se larga a llorar.
La pobreza, el sufrimiento de los niños. Un pueblo que lo permite no es digno. Ayer, en Alemania, en la ciudad de Mainz, fue premiado un hombre que donó sangre durante cuarenta y cuatro años de su vida, todas las veces que se lo pedían los hospitales. Empezó a los veinte años, hoy ya tiene 64 años y los médicos le dijeron que pare, que le van a permitir dos años más y después, ya es suficiente.
El hombre se entristeció como si ya su vida no tendría ninguna significación. Hay otros, en cambio que permiten que a los niños de su país las moscas verdes, ávidas, les sequen sus labios y sus ojos. Más todavía, las estadísticas dicen que Latinoamérica el año pasado ha comprado más armas que años anteriores. Y que los países que venden más armas son Estados Unidos, Inglaterra, Francia, China y Rusia. Y Naciones Unidas se calla la boca. Y los pueblos latinoamericanos no echan a sus mandantes que se gastan el dinero en comprar armas en vez de construir viviendas para los sin techo.
Ojalá muy pronto, el antro de La Tablada quede vacío y en lo que hoy es todo lodo se plante lino, como antes y gocemos los colores y la nobleza de la planta. Mientras damos la espalda a la soja transgénica. Soja, soja, dólares, dólares.

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Historias de aeropuerto

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 15-07-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

Elena Lappin fue enviada en misión periodística a Los Angeles por el diario The Guardian en mayo pasado. La también escritora creyó que, como ciudadana británica, no necesitaría visa. Se equivocaba: pese a los acuerdos EE.UU./Reino Unido vigentes en la materia, tenía que haber solicitado una especial –la I– “para información”. Así que fue interrogada durante 4 horas, palpada minuciosamente, debió estampar sus impresiones digitales y, esposada y presa, pasó la noche en un centro de detención para infractores de las leyes de inmigración y aduanas ubicado a 32 kilómetros del aeropuerto. En el aeropuerto mismo estuvo detenida al día siguiente hasta su deportación a Londres: 26 horas humillantes en total (The International Herald Tribune, 13-7-04). Lappin no inauguraba la lista de 13 colegas extranjeros que corrieron idéntica suerte en el 2003 desde que el Departamento de Seguridad Interior, creado en marzo de ese año por la llamada Ley Patriótica, se hizo cargo de las cuestiones inmigratorias y de la vigilancia de fronteras. Las protestas de la Sociedad Estadounidense de Editores de Periódicos y de Periodistas sin Fronteras movieron recientemente a Robert Bonner, comisionado de Aduanas y Protección Fronteriza, a decidir que los periodistas extranjeros podían entrar sin la visa I una única vez, pero debían solicitarla con ocasión de cada nuevo ingreso a EE.UU. “Somos una sociedad abierta –se congratuló Bonner cuando anunció la medida– y queremos que la gente se sienta aquí bienvenida.”

George Fernandes, ex ministro de Defensa de la India, suele vestir una kurta, esa suerte de camisa larga y holgada tradicional. En visita oficial a EE.UU. en el 2000 y de tránsito a Brasil en el 2003 fue obligado a desnudarse. Es un hombre anciano y quién sabe si se sintió bienvenido (The Guardian, 12-7-04).

Laura Bush admira al novelista británico Ian McEwan, tanto que lo invitó a compartir una comida con el primer ministro Tony Blair cuando la primera dama estadounidense visitó Londres con su esposo poco antes de la invasión a Irak. Meses más tarde –relata Lappin–, McEwan viajó a EE.UU. vía Canadá para dar una charla en Seattle. Funcionarios de inmigración yanquis le negaron la entrada en el aeropuerto de Vancouver: argumentaron que el escritor cobraba honorarios demasiado altos por hablar (5 mil dólares). Diplomáticos, miembros del Congreso norteamericano, periodistas y abogados invirtieron 36 horas en gestiones para que McEwan pudiera finalmente entrar. Inició la conferencia prevista agradeciendo al Departamento de Seguridad Interior su celo en “proteger de novelistas británicos al público estadounidense”.

El prestigioso narrador Rohinton Mistry, nacido en la India y ciudadano canadiense, interrumpió una gira de conferencias por el país de Lincoln en el año 2002. Lo acompañaba su mujer y en cada aeropuerto eran detenidos e interrogados “hasta un punto en que la humillación resultó insoportable para ambos”, confió al The Globe and Mail de Toronto Alfred A. Knopf, el editor neoyorquino de Mistry. Como George Fernandes, Mistry no es responsable del color de su piel.

Charles C. Green explica en el Houston Chronicle del 2-7-04 que no se considera una persona peligrosa, que más bien se dedica a escribir. Hace unas semanas voló de Nueva Orléans a Dallas y en el aeropuerto lo atajó una mujer cuando iba a buscar su equipaje. Era una agente de seguridad, le dijo que un pasajero se había quejado de él, le preguntó qué había hecho durante el vuelo y le pidió ver el crucigrama del New York Times que Green, por primera vez en su vida, había completado. Lo ignoró y fijó la vista en una anotación manuscrita al margen de la hoja: “Yo sé que esto es una especie de bomba”, decía. “¿Y esto qué significa?”, preguntó ella. Green aclaró que estaba escribiendo una novela y que en el vuelo se le había ocurrido la frase que Bucky, el protagonista de 42 años, iba a decirle a su amada Julia, de 19, en una escena decisiva del relato. Para confirmarlo, abrió su laptop, fue mostrando a la agente fragmento tras fragmento de la novela en ciernes y ella se convenció de que la bomba no era de TNT precisamente. Los que no se convencieron fueron tres policías que presenciaban la escena. Sin mayores trámites, trasladaron a Green a una comisaría. El que le tomó declaración quiso que el detenido además resumiera la trama de la narración. Al parecer le gustó –aventura Green– porque lo dejaron en libertad “por esta vez”. Más tarde reflexionó: “Si me pudiera dar un consejo práctico a mí mismo y lo aceptara, me diría: ‘Olvídate de lo que leíste sobre EE.UU. en las clases de Historia, Charlie. Olvídate de todo ese asunto de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad... El entrenador del equipo de baseball de mi padre... piensa que debo subir ya a un (autobús) Greyhound. Debería escucharlo, es un veterano de Vietnam’”.

“La verdad es –concluye Elena Lappin– que en nombre de la lucha contra el terrorismo (la Ley Patriótica) ha convertido a una democracia libre, abierta, absolutamente atractiva, en algo parecido a una fortaleza insular del absurdo kafkiano. Tal vez Kafka fue muy sensato al escribir su novela America sin haberla visitado nunca. Tal vez hoy no le darían visa para entrar.”

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"La forma actual del exterminio es el hambre", dice Semprún

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 14-07-2004 05:08:10

La opinión del cineasta y literato español

MADRID.- Jorge Semprún habla con afecto sobre la Argentina, pero de modo bien preciso, sin explayarse demasiado.

"Cansa un poco. Cansa, sobre todo, el arraigo de la forma peculiar del populismo, que es resabio del peronismo. El populismo no es el camino y que siga presente es bastante contradictorio con lo que representa la sociedad argentina", dice. Luego guarda silencio y deja la mirada perdida.

Admira al país por sus expresiones culturales. Guionista de películas tan célebres como "Z", de Costa-Gavras, y "El atentado", de Alain Resnais, Semprún se muestra entusiasmado con el nuevo cine argentino. "¡Me gusta! Me gusta mucho. Y cada vez que veo una película argentina anunciada no dejo de verla. Están haciendo cosas interesantes", dice.

La vida de este literato y cineasta español, residente en Francia, es casi de ficción. Se exilió, empujado por el régimen de Francisco Franco; participó en la resistencia francesa contra los nazis y, atrapado por ellos, sobrevivió dos años en el campo de concentración de Buchenwald, irónicamente, emplazado en uno de los paisajes más bucólicos de Alemania.

El horror de esa experiencia estuvo presente en buena parte de la conversación con LA NACION. "El hombre es capaz de lo mejor y de lo peor. Los campos de concentración son la expresión de esa máxima libertad", afirma. Y se nota que, aun con los 80 años que su vitalidad desmiente, está dispuesto a luchar por ella.

Cuatro de sus novelas son autobiográficas, sobre aquel tiempo en que la esperanza requería coraje.

El relato del pasado le interesa. Y le indigna lo inútil que se vuelve un museo cuando falsea la realidad.

"El campo de Buchenwald fue liberado por los aliados, pero en el museo soviético que allí se instaló se aseguraba que lo había hecho el Ejército Rojo. Supongo que lo decían para hacer olvidar el campo de internamiento que luego instalaron allí mismo y para no reconocer que un totalitarismo había reemplazado a otro", dice.

Hoy lo tranquiliza saber que "las dos partes y las dos capas geológicas de horror que allí convivieron", la nazi y la soviética, están, finalmente, reconocidas.

El desarrollo de su biografía es aún más extraordinario. Después de la guerra, militó, en la clandestinidad, en el Partido Comunista Español (PCE). Descubierto otra vez, fue expulsado y luego regresó a España, pero ya como ministro de Cultura del ex presidente Felipe González. Y así llegó a cerrar el círculo que suele atribuirse al estereotipo -o a la caricatura- del intelectual desengañado de la izquierda más combativa: de la revolución a un departamento en el parisiense Saint Germain.

Sin embargo, allí, por alguna ventana, no mira a otro sitio que no sea aquel del pasado, detrás de los alambrados nazis.

Con todo ese bagaje, Semprún es hoy más un hombre de pensamiento que de acción. Y, desengañado de casi todo, no se cansa de advertir sobre las formas totalitarias en las que puede caer el más mentado de los demócratas. Contra eso, dice, lo mejor de las democracias no está tanto en sus líderes "como en la capacidad de observación, de denuncia y de reacción" de las sociedades.

Asegura que la revolución tal como se la entendía ya no es el objetivo de ninguna lucha, que la globalización es inevitable y que quien quiera ir contra ella se dará de narices. Además, que la revolución cubana "está en proceso de involución total y cancerígeno" y que los intelectuales de izquierda de Europa y de América latina no lo admiten, porque hacerlo sería admitir su propio error.

-¿Qué fue lo más duro de su experiencia en el campo de concentración?

-Los campos han sido de lo peor. En cuanto a mi paso como deportado político, me limito a señalar dos cosas. La primera, la experiencia de la selección. Ha habido centenares de miles de deportados políticos en Europa, pero sólo con los nazis pasaron por la experiencia de la selección. Esto es, antes de ingresar en el campo, la posibilidad de ser adscripto a un barracón... La selección era a la cámara de gas o a los barracones, lo cual tiene una significación enorme. Lo segundo que destaco fue comprender la dimensión de para qué existía la cámara de gas. La muerte en escala industrial.

-¿Es la peor de las crueldades?

-No sé si hay una crueldad peor que otra. Esta fue singular entre todas. El más singular de los fanatismos, la persecución del aniquilamiento étnico con una gratuidad absoluta. Y luego, la increíble industrialización del acto de matar.

-¿Qué representa todo eso?

-La evidencia de que el hombre es un ser libre y que tiene tanta capacidad de libertad para el mal como para el bien. Exactamente la misma. Erradicar esa libertad es hacer del hombre un esclavo. Podrá ser perfecto, podrá ser bueno, en el sentido de que ni se le ocurriría hacer el mal. Pero no sería un hombre.

-¿Eso es lo que expresan los campos? ¿Libertad?

-Mire: para mí, cómo se llega a la decisión de tal aniquilamiento sigue siendo un misterio. Y no vale decir que hubo ignorancia, porque la idea del aniquilamiento fue hecha pública a grandes voces, en los manifiestos del partido nazi. Todo estaba dicho. Podría haberse ignorado alguna cosa, algún detalle. Por ejemplo, qué se hizo con los gitanos. Pero no hubo ignorancia del propósito o de la intención.

-¿Usted asegura que alguien miente si dice que en el momento de los hechos ignoraba lo que estaba ocurriendo?

-Nadie puede discutir si alguien dice que era ignorante. Pero era una ignorancia voluntaria. De no querer saber.

-España no parecería querer saber mucho más sobre su pasado.

-Sí, es cierto. Y con una característica trágica: hubo guerra civil, y eso implica represión abierta, algo que no puede ocultarse. En cambio, con los golpes militares del tipo del que se vivió en Chile era más difícil saber lo que pasaba.

-¿Cómo fue el proceso de construcción del museo para evocar lo sucedido en Buchenwald?

-El campo quedó en la zona de ocupación soviética, y meses después de que se cerrara fue reabierto como campo de la policía del sistema. Años después, durante la existencia de la República Democrática Alemana, se lo liquidó y se hizo en el lugar una especie de sitio de conmemoración, de muy mal gusto, en el que se aseguraba que había sido liberado por el Ejército Rojo en la lucha antifascista. Sencillamente, se borró una parte de la historia.

-¿Cuál?

-Faltaba una cara, la del totalitarismo soviético. Tuvieron que pasar años. Ahora se ha hecho un nuevo museo, contando las dos capas geológicas de lo que allí pasó. Las dos caras. Es un museo espeluznante desde el punto de vista moral, porque está en el centro de la Alemania culta, al lado de la casa que fue de Goethe.

-En el corazón de Europa.

-Sí, allí estaban los dos campos de concentración. Es un lugar impresionante. El sitio de la ilustración y el de la barbarie. Allí tendría que haber una academia, o una escuela, o un centro de investigación histórico-política.

-¿Sería ésa una forma de honrar el espanto que usted y otros seres humanos anónimos vivieron allí?

-No puedo decirlo, porque no tengo experiencia museológica. Pero sí digo que deberían estar las dos partes. El caso es que hay más huellas del totalitarismo nazi que del soviético. En ambos murieron muchos, aunque con mecanismos distintos.

-El presidente de Brasil, Luiz Ignacio Lula da Silva, dice que el exterminio no ha terminado y que hoy tiene la forma del hambre.

-Absolutamente. La forma actual del exterminio es el hambre. Y la desigualdad. Me gusta Lula. Lo conocí hace muchos años, cuando se hablaba del camino de la lucha urbana contra la opresión.

-¿Es válido hoy ese camino o los métodos de lucha del siglo XXI tienen que ser otros?

-El camino es otro. Una de las cosas más frecuentes es que aquel tipo de revolución realizada por el asalto al poder, para que lo ejerza el proletariado, termina por colocar el poder en manos de otros. Pero no de los proletarios. Es la contradicción más real para quienes tomaron ese camino: siempre que tuvieron el poder se lo han quitado.

-Entonces, ¿nos quedamos con la sociedad que tenemos?

-El hecho de que el comunismo haya sufrido semejante derrota no basta para decir que esta sociedad en que vivimos no es injusta. Sigue siendo igualmente injusta, desigual y con focos de opresión terribles. Es mejor que otras que existen, sin duda. Pero tenemos que ir a más.

-¿Por qué vía?

-Para empezar, hay que entender que la globalización es inevitable e imparable y que la lucha es por equilibrar la noción de poder en el mundo. Y que ese desafío carece hoy de una teoría que sirva para unificar las luchas. El marxismo era un gran unificador, aunque la conclusión de la llegada al poder de los marxistas -que de marxistas no tenían nada y más bien invocaban a Marx en vano- fue un fracaso. La ausencia de ese aglutinador que fue el marxismo y de un país que lo represente lo vuelve todo más difícil.

-¿Qué es hoy Cuba?

-La revolución cubana está en fase de involución cancerígena. Es lo más parecido al caudillaje y al caudillismo, que bien hemos conocido en España y en América latina. Un poder absoluto e indiscutido de una persona y de una camarilla que usa resortes demagógicos del antiimperialismo para quedarse en el poder. Su único objetivo es perpetuarse.

-¿Por qué hay tanta resistencia a reconocer el fracaso de la experiencia cubana entre intelectuales de América latina y de Europa?

-Porque, en el fondo, hacerlo sería toda una autocrítica. Sería admitir que nos equivocamos. Después de Stalin, después de Mao... En los intelectuales no se vería más que una propensión al error.

-¿Por qué tendrían que estar a salvo de los errores?

-Creo que la propensión al error está relacionada con la ilusión de cambiar el mundo. Si no tuviéramos ese sueño, no nos equivocaríamos nunca. La gente se equivoca por la grandeza que pretende abarcar con su pensamiento: la transformación del mundo.

-Con tanto desengaño, ¿qué camino queda para la transformación?

-Estoy decepcionado de la política, pero no hay más camino que trabajar dentro de los partidos. La sociedad democrática moderna sólo funciona con ellos. Lo que sí creo es que los partidos necesitan abrirse. Ser menos partidos de aparato y de nomenclatura y abrirse a los movimientos ciudadanos.

-¿El riesgo del fracaso está en la estructura de los partidos, entonces?

-Una de las paradojas es que el ejemplo del Partido Comunista -monolítico, verticalista, eficaz, sin líneas internas- se consolida aun entre quienes fueron sus más acérrimos enemigos. En España, por ejemplo, cuando yo veía la estructura del derechista Partido Popular, con José María Aznar, yo decía: esto viene de Marx. El partido de Aznar era, entre comillas, comunista. Eso sí parece haberlo aprendido la sociedad occidental.

-¿Hasta el más demócrata cae en la tentación de centralizar el poder?

-Estados Unidos es una república imperial, pero es una república. A uno le puede gustar más o menos lo que haga Michael Moore, pero puede denunciar cosas. Y hay literatos y profesores de universidad y gentes sencillas que reaccionan. Y que despiertan. No es sólo la guerra. El hecho de que Estados Unidos haya torturado del modo en que lo hizo nos deja atónitos. Como dijo André Malraux, hay guerras justas y hay ejércitos que no lo son.

-Volvemos a esa capacidad de mal que hay en el hombre...

-No aprendemos mucho, pero la democracia sirve para denunciar. Y entre lo que puede ocurrir figura que el presidente pierda las elecciones. Yo no sé si vendrá otro mejor. Pero si las pierde, el mensaje será que detrás de él hay una sociedad atenta. Hay que estar atentos. Esto no puede volver a ocurrir.

-¿Nunca se está del todo a salvo?

-Hay mecanismos que pueden desatarse si no hay contrapesos. Por ejemplo, Francia es el país de los derechos del hombre y de la revolución. Pero con esa ilustración, torturó y mató en Argel.

-Hubo oficiales que aseguraron que con esa experiencia fueron instruidos muchos militares argentinos.

-Algo de eso había oído. No con detalles. Lo que sí está claro es que los franceses tardaron más en admitir lo que ocurrió en su propio país que los norteamericanos en el suyo, en el caso de la reciente guerra. Tuvieron que pasar décadas para que los franceses lo admitieran. Yo mismo fui muy criticado por denunciar aquellos excesos y hubo condenas a muchos firmantes del manifiesto contra la guerra de Argelia. Pero con toda el agua que corrió, Francia aún no ha dicho: esto es lo que ha pasado en este país. Estos son los documentos. Eso es muy diferente de lo que ha ocurrido en Alemania.

-¿Podrá Europa convertirse en contrapeso de los Estados Unidos?

-Europa todavía no es una entidad política. Hoy es un mercado y una figura espiritual que sólo expresa determinados valores culturales.

-¿Qué opinión tiene sobre la situación en la Argentina?

-Cansa un poco ver el arraigo de la forma peculiar de populismo que rige en la Argentina, que es el resabio del peronismo. Cansa un poco que sea tan mentado ese recuerdo. El populismo no es el camino. Y es contradictorio con lo que es la sociedad argentina. Lo que me gusta mucho es su cine. Siempre que puedo lo veo. Y he visto cosas realmente interesantes.

Por Silvia Pisani
Corresponsal en España

http://www.lanacion.com.ar/04/07/14/dq_618275.asp

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"La amistad es un amor calmo; el amor, una amistad excesiva"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 11-07-2004 00:00:00

ALAIN BADIOU, FILOSOFO

La diferencia entre un sentimiento y otro es de proyecto, no de intensidad. En un mundo en el que el concepto de igualdad es cada vez más esquivo, no es sencillo construir vínculos que la presuponen.

Claudio Martyniuk
cmartyniuk@clarin.com

Aristóteles dice que "el hombre feliz necesita amigos". ¿Qué forma cree que tienen hoy la amistad? Por ejemplo, pueblos que por décadas han tenido enfrentamientos y recelos, ¿cómo pueden reestablecer la confianza y alcanzar una amistad duradera?

—En primer lugar, no existen "los pueblos" en abstracto, sino que existen en situaciones políticas concretas. En la historia ha habido países dominantes y países dominados; existieron la colonización, la esclavitud y aún hoy hay pueblos ricos y pueblos pobres. Todos hablamos de la amistad entre los pueblos, de confianza, de paz, ya que es algo que todos deseamos. Pero para avanzar en esa dirección debe considerarse un serio problema, dado porque los pueblos más ricos no parecen dispuestos a sacrificar nada por los pueblos más pobres. La amistad es muy linda, pero la cuestión es saber qué precio estamos dispuestos a pagar. Y por lo tanto, la idea fundamental de la cual hay que partir, antes incluso de la idea de amistad, es la cuestión de la igualdad. Nunca hay una verdadera amistad entre alguien que domina y alguien que es dominado. Puede haber sentimientos entre los dos, pero nunca una verdadera confianza y una verdadera amistad. Igualdad entre los pueblos y dentro de cada pueblo, de cada país, igualdad real entre las personas: éste es el verdadero problema, y lo es más dado que esa idea de igualdad no ha avanzado, retrocedió.

# ¿La acción política que se despliega en torno a la guerra contra el terrorismo es una nueva forma de trazar la distinción entre el amigo y el enemigo?

—Detrás de esa guerra está lo que la hace posible, y es esencialmente la desigualdad. Y algo que me llama mucho la atención es que en los países ricos no se encuentra a nadie que piense siquiera que es posible morir por un ideal. Tenemos un mundo que protege el confort y el individualismo, y otro donde esas cuestiones no se plantean porque predominan la miseria y la muerte. Me gustaría, como simple ejemplo, indicar que en el continente africano ha habido 35 millones de muertos de sida y habrá quizá decenas de millones más porque no reciben medicamentos gratuitos ni pueden comprarlos. Son diferencias tan profundas, tan violentas, que en definitiva esta cuestión del amigo y el enemigo existe a partir de ellas, que son sus condiciones de posibilidad. No creo que haya el más mínimo valor político en el terrorismo, pero antes de la cuestión del amigo y el enemigo debemos remitirnos al violento reparto del mundo que existe hoy.

# Usted sugería algo así como la existencia de dos éticas diferentes, una altruista o integrista, y otra egoísta, consumista. ¿Considera posible el encuentro y la confianza entre los miembros de estas diferentes formas de vida?

—Es enteramente posible. Usted puede unirse a personas cuya ética es distinta de la suya si todos tienen un objetivo político común. No es una cuestión filosófica o ideológica, es realmente una cuestión política. Si pueden definir objetivos comunes, si pueden encontrar un idioma común —que es un idioma político—, entonces lo que usted dice es posible, naturalmente. Porque la política tiene que poder desarrollarse en culturas diferentes. Una política de igualdad puede perfectamente ser compatible con horizontes culturales totalmente diferentes. Lo que hay que encontrar es lo que permite respetar la diferencia de las culturas y confiar en un trabajo en común. Cuando la gente es muy diversa, lo que reúne es hacer algo en conjunto. Siempre. A nivel individual puede ser el amor, pero a nivel colectivo tiene que ser la política.

# ¿La amistad sería la experiencia en comunidad de la igualdad?

—Sí. Pero quiero insistir en que la amistad, la comunidad, son consecuencias. No son el punto de partida. No hacemos el bien para estar satisfechos, pero descubrimos que si hacemos el bien, además estamos satisfechos. Si usted realiza acciones políticas que son realmente igualitarias, además tendrá, como recompensa, la amistad.

# ¿Hay una tensión entre el amor y la amistad?

—No soy nada sensible a esa oposición. Creo que la amistad es una dimensión del amor. Nunca vi desarrollarse un amor en forma duradera sin que se construya también en su interior algo que es manifiestamente del orden del intercambio amistoso. E inversamente, una amistad intensa puede no tener dimensiones sexuales activas, pero finalmente puede provocar afectos, demandas, expectativas que son muy próximas a las del amor.

# ¿Qué distingue entonces a una de otra?

—Creo que la distinción entre la amistad y el amor es más bien de proyecto, más que de intensidad y afectos. La amistad es una suerte de intercambio a propósito de la experiencia del mundo, una manera de ser compañeros en la experiencia del mundo, y la elección del amigo se hace en esa dimensión, mientras que el amor es realmente una experiencia de la dualidad, de la diferencia. El amor, como proyecto, se refiere a qué es ser dos. Por otra parte, puede haber un grupo de amigos, puede haber tres, cuatro amigos que salen a pasear, a tomar algo y charlar juntos; en general, en el amor, son dos. Entonces, hay una diferencia, pero no me parece una diferencia tan radical. En el fondo, podríamos decir que la amistad es un amor calmo, mientras que el amor es una amistad excesiva. Pero son cuestiones más de tensiones que de diferencias cualitativas. Quiero agregar, no obstante, algo que le daría la razón, al menos en parte. Vemos muy bien cómo puede haber una relación entre la política y la amistad, y la posible consecuencia sería la amistad en comunidad, la amistad en grupo. Entre el amor y la política hay más una tensión que una fusión, porque es verdad que los enamorados están solos en el mundo, no están con la comunidad.

# ¿Se podría afirmar, entonces, que existe una tensión entre los mecanismos políticos y la unión amorosa?

—Sí. El sentido del amor es una experimentación radical de la diferencia y es la construcción totalmente singular de la diferencia. En el amor usted trata de saber qué es realmente ser dos, crear una nueva visión del mundo, enfrentar la cuestión sobre cómo se ve el mundo siendo dos. No es lo mismo ver de a dos que ver de a uno, no es el mismo mundo. Y es verdad que es totalmente distinto de la política, porque la política es la creación organizada de la igualdad, mientras que el amor es la experimentación de la diferencia. Y son dos cosas separadas. Diciendo simplemente "ámense los unos a los otros" no se avanza en la política. No se pueden trasladar a la política las máximas del amor.

# ¿Qué relación existe entre amistad, confianza y fidelidad?

—Pienso que debemos tomar las tres palabras en su orden: confianza, fidelidad y amistad. La posibilidad de creación de una comunidad amistosa se funda en la unidad de proyecto. Y hace falta una confianza común en ese proyecto. Entonces, se empieza por la confianza. Es la misma razón que hacía que San Pablo pensara que había que empezar por la fe.

# ¿Por qué?

—Es que sin la fe, no se tiene nada. Si no se tiene confianza, no se tiene nada tampoco. Porque si lo que se encuentra es desconfianza, no se puede tener una relación positiva con el otro, será siempre recelosa. Entonces, el primer punto es la confianza, la confianza en el proyecto, la confianza en el hecho de que es posible pensar otro mundo. Luego, la fidelidad, porque es necesario estar juntos, ser fiel a esa confianza. No se trata de tenerla de vez en cuando y por azar, hay que continuarla. El único imperativo es continuar, no dejarse desalentar, no renunciar, mantener la confianza, porque de inmediato esa confianza va a encontrar obstáculos terribles, fracasos, imposibilidades.

Renunciar es lo más fácil. Pienso, pues, que la fidelidad viene después de la confianza y desde el interior de la fidelidad se crea la comunidad amistosa de los que son fieles, de los que continúan, de los que conservan la confianza. La amistad es la consecuencia de una fidelidad común. A veces, incluso, la amistad es considerada como una fidelidad a la infancia, a la juventud. Es muy común tener amigos de la juventud. Por lo tanto, la amistad es consecuencia de la fidelidad, y la fidelidad remite siempre a cierta confianza.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/07/11/z-03415.htm

Copyright Clarín, 2004.

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"Los argentinos son mejores que la historia de su país"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 10-07-2004 05:05:06

Edgardo Cozarinsky y su visión política

Artista nómade, el escritor y cineasta Edgardo Cozarinsky va de mapa en mapa empujado por una doble obsesión: eludir fantasmas y buscar palabras. Su pasión por observar el mundo (y por traducirlo) lo lleva a perseguir imágenes. Salta el océano como quien va a Quilmes. Vive en grandes aviones, disuelve husos horarios y humilla al jet lag. Es pasajero de equipaje breve: bolso de mano, libreta de apuntes y, acaso, una flor. Insomne de tiempo completo, no hay tesela de la realidad que se le escape. Dedicó su vida a la gimnasia de la mirada. A descubrir lo no visto ni clasificado por otros. Y de eso (y por eso) vive. Ausente del país de 1974 a 1985, viene dos o tres veces por año y descarga en la playa natal su obra fresca: film o libro. En París asume trabajo concreto, vida práctica. Aquí, su imaginario.

En Buenos Aires pasó infancia y juventud. Y es aquí donde encuentra, como en un cuento de Henry James, "el que yo hubiera podido ser de haberme quedado". Le fascina comparar el país que deja tras cada visita con el que encuentra al volver. Lo celebra. Lo goza. Lo filma. No es turista: es viajero. De traer, como ahora, su novela "El rufián moldavo", editada por Emecé (como antes "La novia de Odessa"), y "El pase del testigo", que publicó Sudamericana. O entrometer su cámara en lo canalla de la noche urbana. Antes de responder, Cozarinsky abre el paraguas: "Probemos. Pero yo no soy un opinador al uso. Sólo puedo hablar de lo sensible". (Y opinará sensiblemente.)

-¿Y puede hablar de la nostalgia?

-No siento nostalgia. Viví cosas en mi juventud en Buenos Aires que pertenecen a una época clausurada. Lo que encuentro al venir es una experiencia, para mí, extraordinaria. Jóvenes que no tienen nada que ver con lo que era la gente de esta ciudad cuando yo vivía aquí. Estoy lejos, pero no distante de lo que sucede aquí, y me sorprende que a pesar de los problemas exista tanta fuerza positiva. Una libertad de conducta, de mirada, de juicio. Un especial enfoque sobre la realidad que los rodea. Una mirada sin tapujos que me alimenta mucho.

-¿Cuando "escribe" con la cámara procede igual que ante la página en blanco?

-Sí y no. Soy un esquizofrénico controlado. Cuando escribo me gusta estar solo. Para filmar, rodeado de gente. El cine siempre se hace con otro. Compartir un proyecto con otro. En cuanto al trabajo en sí, tanto en la escritura como en el cine me importa la tarea de montaje, el "cortar y pegar", esa carpintería artesanal para crear un efecto de interés o un voluntario desorden para causar en el lector o en el espectador una cierta inquietud. Pero hay discordancia. Las palabras a veces vienen por asociación, sugieren cosas de otros. Arrastran pasado, influencias, historia que ellas contienen y obligan a un rigor más complejo para dar con lo propio de uno. En el cine es distinto. El archivo de citas, imágenes y palabras en el cine no es mental, sino crudo material filmado...

-Vivimos en una cultura que privilegia lo visual y elude inmersión y reflexión. ¿Podrá mantener la literatura su influencia de siglos?

-Me parece difícil. Creo, por el contrario, que tal vez va a sobrevivir como una comunidad de catacumbas. No como la de los primeros cristianos, sino como la de los últimos. Como los últimos hombres de libros. Creo que cuando estallen todas las centrales eléctricas y electrónicas del mundo y se queden sin energía las computadoras y nadie tenga acceso y se borren los discos duros y el Apocalipsis virtual llegue para todos los que han cifrado su vida en ellos, un pequeño libro impreso que se pueda leer a la luz del sol va a seguir existiendo y va a permitir que alguien conozca un poema de Quevedo.

-Lo que denominamos historia es, ciertamente, historia con dirección humana. ¿La hacemos todos, como nos dicen, o sólo unos diez mil terrestres por generación? ¿O no es otra cosa que un montaje azaroso?

-No pretendo saber qué es la Historia, así, con hache mayúscula. Para mí no es, por cierto, ese ídolo hegeliano, autónomo y amnésico, esa pura conciencia que se va constituyendo sobre masacres demasiado concretas y abstracciones demasiado sangrientas. Me parece significativo que Hegel haya creído reconocer su realización en Napoleón y, más de un siglo después, su comentarista y exégeta Alexandre Kojève haya creído verla en Stalin. De esa historia, a mí sólo me interesan los perdedores, cualquiera sea su probidad o su sinceridad: los que pelearon por una idea que les pareció legítima y las veleidades de la ideología iban a decretar caduca. Pueden ser monstruos (lo sé demasiado bien), pero la complacencia en la virtud de los ganadores me deja indiferente o me repugna.

-¿Cómo siente que transcurre la historia, sea en Francia o aquí? ¿Cambia, se repite, va a los saltos, en espiras, hacia atrás?

-En una época pensé que era algo propio de la Argentina que los conflictos históricos no se resolvieran. Pensé que Rosas o Perón iban a permanecer no enterrados en la conciencia (que a menudo se confunde con la superstición) social. Tras la caída del muro de Berlín se han visto en Europa salir de sus tumbas tantos cadáveres con buena salud que pienso, una vez más, que mi país no es una excepción. En ningún aspecto. A lo sumo, las cosas ocurren aquí antes que en Europa, con más fuerza, a lo bestia, como corresponde a un país aún no anquilosado. En Francia, los momentos de violencia orgiástica, en general ligados a la construcción de un "hombre nuevo", ya sea el terror de la Revolución Francesa o la colaboración del régimen de Vichy, para alivio colectivo, duran poco. Como decía Borges del nazismo: se puede vociferar, matar y morir por él. Lo que no se puede es vivir en él.

-Del fin de la historia hablan mucho los intelectuales, pero no inquieta para nada a los muchachos del café o a los campesinos. ¿Qué influye más en el individuo? ¿Lo que murmura su interior o lo que le imponen los grandes otros de su tiempo?

-A la mayoría de la gente la historia no le importa, como no le importan las ideas. En un país de inmigrantes como el nuestro, y también en los Estados Unidos, la memoria genealógica suele perderse en la segunda generación. La gente vive más liviana, no siente sobre sus hombros el mandato de un papel heredado, de ser un eslabón en una cadena cuyo inicio se ha perdido u olvidado, cuya meta es indiscernible. Pero también en la Europa de hoy los jóvenes han olvidado o confunden las guerras que pelearon sus padres, las ideas por las que se mataron. O ven muy claramente la parte de sombra en cada uno de los bandos en conflicto. Y no hablemos de los Estados Unidos del tercer milenio, felices de liquidar los restos de aquel espejismo de rectitud pública que había sido herencia protestante.

-¿Cuándo empezó a meterse la historia de la Argentina en su vida?

-Creo que fue en la escuela primaria. Fui a una escuela del Estado. Tuve que escribir en el pizarrón "Perón cumple, Evita dignifica". Me obligaron a leer "La razón de mi vida". También me vi obligado a dejar el aula común, junto con chicos de familias protestantes, ateas y judías, para asistir a clases de moral, porque Perón impuso a partir de 1946, para retribuirle a la Iglesia el apoyo dado en las elecciones recientes, la enseñanza religiosa en la escuela que había creado Sarmiento: laica, gratuita y obligatoria.

-En 1536 tuvimos una feroz hambruna que inspiró al cura español Luis de Miranda el primer poema "argentino". Al relatar el canibalismo a que se había llegado, concluye su elegía así: "Las cosas que allí se vieron no se han visto en escritura, comer la propia asadura de su hermano". ¿La violencia que atraviesa gran parte de nuestra historia no dependerá de este dístico de origen?

-Sería a la vez horrible y reconfortante pensar que, aun en esos extremos, la realidad imita al arte. Entre paréntesis: es una idea de Wilde que a menudo le oí repetir a Lamborghini: podríamos pensar que la ESMA copió páginas de "El fiord"... Me parece menos utópico suponer que algunos artistas perciben antes, más lúcidamente, aspectos de la realidad que la superficie de la experiencia cotidiana oculta. En este aspecto, "El matadero" sigue siendo, junto con "Una excursión a los indios ranqueles" y "Facundo", pero de una manera visceral, pesadillesca, irracional, el texto fundador de la Argentina: una cara del siglo XIX, acaso menos perfecta como literatura que el "Martín Fierro", pero donde reconozco, proféticamente, la realidad y las ilusiones que alimentaron durante tanto tiempo nuestra vida. ¿Quién se acuerda, en cambio, de "La bahía del silencio"?

-¿Qué recibió de Francia? ¿Qué le debe usted a la Argentina?

-Francia me dio lo que puede dar un supermercado de la cultura. La Argentina me dio los primeros sabores, los primeros olores, las primeras felicidades y las primeras humillaciones, todo lo que nutre mi trabajo -llamémoslo, con impudor- creativo. A ese humus he aprendido a darle forma, a sacarlo de adentro, a nombrarlo y elaborarlo, en Francia, sí, pero también en toda Europa. Creo que hoy escribo mejor castellano que cuando vivía todo el tiempo en la Argentina, porque he convivido años con la severidad de la sintaxis francesa. Pero la entraña oscura, el motor primero, está aquí. Cuando sueño, nunca estoy en otro lado; estoy, siempre, en Buenos Aires.

-¿Y qué le debe el país a usted?

-El país no me debe nada. Me regala lectores y espectadores.

-¿Qué sucesos cotidianos de la Argentina 2004 lo hacen gozarla y cuales sentirse un extranjero en su propio país?

-Gozo con los jóvenes, tan libres, tan dispuestos a explorar todo lo que en mi juventud se daba por sentado o se temía mirar de frente, sin el apoyo de una militancia, de un grupo literario o artístico, de una religión. Me gustaría ser joven en la Argentina de hoy. Extranjero en mi país no me he sentido nunca. Ante la vida política puedo reírme o sentir vergüenza ajena, como ante la televisión cuando le corto el sonido, pero me reconozco visceralmente en su comedia grotesca.

-¿Llega usted a veces a sentirse más argentino en París que aquí?

-Desde luego. Cantidad de aspectos de la Argentina que me irritaban cuando vivía aquí todo el tiempo empezaron a parecerme, primero, interesantes, luego, positivos desde la distancia. Y no hablo del mate y del tango. Esa aptitud para la comunicación inmediata entre gente que apenas se conoce, que puede ser invasora, insufrible, se convierte en objeto de deseo desde el contexto de sociedades donde los contactos están muy codificados y las distancias se mantienen o anulan según reglas estrictas.

-¿Encontró a Buenos Aires más convulsa y a sus amigos y a la gente más inquietos?

-Estuve en Buenos Aires durante el mes que siguió a la huida de De la Rúa. Allí sí que vi convulsión e inquietud y, al mismo tiempo, una maravillosa posibilidad, frágil, fugitiva, de cambio. Fui mucho a las asambleas barriales en las plazas, donde por primera vez señoras de clase media hablaban con repartidores de supermercado, más allá de dejarles una propina o de protestar por el atraso de la entrega. Cuando uno de los chicos dijo que aspiraba a saber el sábado si la semana siguiente iba a tener trabajo, porque sólo se enteraba al llegar, el lunes, una mujer le dijo que a ella le pasaba lo mismo en la editorial donde trabajaba: varias colegas se habían encontrado de un día para otro con la oficina cerrada, el contenido de su escritorio en cartones y un remise esperándolas para devolverlas a su casa. En esos días sentí que algún contacto entre experiencias estancas se establecía. Luego el país salió adelante, gracias a la energía y la capacidad de trabajo de la gente y no a los políticos, cuyo único interés es mantener con retoques cosméticos el sistema que les da protagonismo.

-Dada su edad, usted fue alcanzado por el peronismo. ¿Salió dañado, alterado, amplificado o mejorado? ¿Entiende usted al peronismo? ¿Cómo lo describiría?

-Al peronismo le debo mi escepticismo muy temprano, que se fue haciendo medular. Acaso no sea algo positivo, pero con ese escepticismo recuerdo, vivo y funciono. Como fenómeno histórico, siento que el peronismo fue liquidado por el regreso de un líder senil en 1973, por la masacre de Ezeiza, por esos mismos jóvenes que se pensaban de izquierda y creían haberse infiltrado en el movimiento. Pero sabemos que la distancia nos permite recibir la luz de estrellas muertas... Hoy el peronismo es algo tan universal como inconsistente: tuvo la cara de Menem y la de López Rega, la de Evita y la de tantos caudillitos provinciales. Ha tenido poetas y cineastas que importan. Como Gardel, el Che o Maradona, pertenece a la esfera de la mitología y lo irracional: del folklore.

-¿Está de moda "surfear" por el pasado? ¿Se está banalizando nuestra historial oficial?

-"Surfear" me parece, ay, la metáfora justa... Hay algo positivo en atreverse a mirar al pasado, aunque más no sea con la intención de hallar apoyo para prejuicios e intereses de hoy. Una vez más: no se trata de algo propio de la Argentina. En Francia, cada generación relee la historia de hace poco más de medio siglo y trata de entender cómo, en ese país ocurrió la banalidad de la vida durante la ocupación. En la Argentina la nostalgia setentista de hoy encubre tanto como lo que rescata. Subsiste el miedo de mirar de frente muchas conductas, de examinar esas utopías que se celebran porque fueron liquidadas y nadie hubiera querido vivirlas, de haberse realizado.

-¿Puede alguien ser mejor que la historia del país en el que vive?

-La mayoría de los argentinos son mejores, mucho mejores que la historia de su país.

-¿Qué deberíamos hacer para merecer no tener gobierno?

-Ser suizos. No se lo deseo a nadie que no sea, ya, suizo. No sé. Borges decía que le gustaba Suiza porque casi no se sabía el nombre del presidente ni qué cara tenía. Pero la experiencia suiza es irrepetible: un país de sólo siete millones de habitantes, cuya única ley fundamental es el secreto bancario...

-¿Hablar de la Argentina es llorar?

-Llorar y reírse a las carcajadas. ¿Alguien se acuerda de ese póster que durante su paso relámpago por el poder hizo pegar en las paredes del microcentro Rodríguez Saá? Decía: "Adolfo las tiene bien puestas" y las dos letras o del nombre tenían forma de huevo y color amarillo... Sí, reír y llorar. Casi siempre al mismo tiempo.

Por Esteban Peicovich
Para LA NACION

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Bloom: "El gobierno de Bush supera cualquier sátira"

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 07-07-2004 04:40:50

El crítico literario ironiza sobre EE.UU.

NEW HAVEN, EE.UU. - Para entrar en la casa de Harold Bloom hay que pegarle a sir Walter Scott. El rostro en bronce del autor de "Ivanhoe" es parte del llamador de la puerta. Adentro, como es de esperar, también todo son libros o tiene reminiscencias literarias. Hace muchos años que Bloom, el crítico literario más famoso del planeta, bestia negra de la academia "políticamente correcta" y enemigo acérrimo de Harry Potter y de Stephen King, agotó la capacidad de su enorme biblioteca, por lo que hay volúmenes apilados en el piso, en la escalera, en las mesas, en las sillas, en la cocina, en el baño.

La repisa sobre la chimenea está siempre decorada con la tapa del texto que está próximo a editar. Y sobre el sillón se acumulan viejos muñecos de peluche: la lechuza Wordsworth, en recuerdo del genio romántico inglés, el conejo Oscar -obviamente, por Wilde- y el murciélago Mac Gregor, en honor al murciélago de verdad que tenía el poeta Dante Gabriel Rosetti (y con el que, según la leyenda, entretenía a su colega William Morris mientras él se entretenía con la señora Morris).

"Quien se rodea de libros nunca va a estar solo. Sólo a través de ellos podemos estar unidos, en la conciencia, con varias generaciones. Encontrar lo extraordinario en otra persona es enamorarse y muchas veces eso termina con una desilusión. En cambio, confrontar lo extraordinario en un libro es beneficiarse casi sin costos. Los textos que nos dejaron los grandes escritores constituyen el mejor camino para llegar a la sabiduría. Yo creo que éste es el verdadero uso de la literatura en la vida", asegura Bloom. Mientras dice esto, su esposa, Jeannie, desplaza un par de tomos invasores para que podamos sentarnos.

Pero la realidad es que la casa pronto será sometida a un ordenamiento profundo. Después de una reciente operación a corazón abierto, el autor de clásicos como "El canon occidental", "La ansiedad de la influencia" y "Shakespeare o la invención de lo humano" -entre una veintena de títulos, muchos de ellos best sellers- decidió donar sus 30.000 volúmenes, entre los que abundan valiosas primeras ediciones, con sus notas al margen.

El destino de los libros no será la Universidad de Yale, donde Bloom -un agnóstico de tradición judía que aprendió a hablar idish antes que inglés- enseña Shakespeare desde hace 50 años, sino un pequeño college católico de Vermont.

"Quería un lugar que fuese a mantener mi biblioteca como una especie de legado humanístico cuando yo ya no esté y en el cual la basura de la teoría política literaria contemporánea no fuese bienvenida. Yo soy un viejo socialista. No votaría a un republicano ni para trabajar en la perrera, pero nadie es un opositor más apasionado que yo al horror de la izquierda académica actual, que yo llamo la «escuela del resentimiento».

"Es una espantosa mezcla de seudofeminismo, multiculturalismo y teoría literaria francesa.

"En Yale hay ciertos departamentos, como el de Estudios Americanos, que se han volcado completamente a esta vertiente siniestra. Las únicas excepciones a este suicidio de la que alguna vez fue mi disciplina, la literatura, son unas pocas de las principales universidades católicas de Estados Unidos, como Notre Dame, y un puñado de pequeños «liberal arts colleges» católicos, como Saint Michael´s. Por eso les dejo mis libros", aclara, con una sonrisa tranquila.

La función de la crítica

Bloom lleva una vida orgullosamente anacrónica. Detesta el e-mail y el fax. Escucha discos de vinilo y sujeta sus pantalones con tiradores. Como un abuelo afectuoso, se dirige a todo el mundo como "mi querido" o "mi querida", sea el interlocutor su editor, que lo llama por teléfono, esta periodista o el cartero en la puerta. Pero, a pesar de su aire de anciano afable, claramente no está dispuesto a dejar pasar ninguna oportunidad para dar el grito de guerra en el nombre de la tradición occidental.

-A usted lo odian los críticos y lo ama el público. ¿Cómo se ve a sí mismo?

-Soy un fenómeno curioso. Nunca en mi vida he recibido una reseña positiva en Gran Bretaña, Australia ni ningún país "políticamente correcto", y aquí, en Estados Unidos, en general escriben sobre mí con bastante saña. Sin embargo, parecería que soy el único crítico que ha llegado a una audiencia masiva, tanto en mi país como en el exterior. Es un fenómeno extraño. Supongo que, en algún sentido, soy el último crítico literario tradicional que queda vivo. Uno de los que creen que la función de la crítica es mostrar que la más alta literatura imaginativa, como Shakespeare, Cervantes o Dante, no sólo debe ser apreciada por sus cualidades estéticas, sino por la enormidad de la fuerza del pensamiento que conlleva y porque transmite lo que podríamos llamar una sabiduría prudencial. Probablemente, uno aprende más sobre cómo vivir de la gran literatura que de los grandes filósofos o de los textos religiosos.

-¿Qué pasa si no se leen esos grandes libros, más allá de la pérdida en sabiduría personal?

-Lo que está pasando ahora en este país: Estados Unidos ya no es más una democracia. Es una plutocracia y una oligarquía, particularmente bajo W El Grande, nuestro emperador. Para poder pensar hace falta tener memoria. Sin haber leído lo mejor que se ha escrito, uno no tiene con qué empezar a trabajar. Y los resultados están a la vista: tenemos un gobierno en el cual todas las políticas están dirigidas a hacer más ricos a los ricos y más pobres a los pobres, y el pueblo norteamericano está tan estupidizado que no hace nada. Creo que ni siquiera logra absorber que estamos viendo unos recortes escandalosos en los impuestos de las clases muy pudientes y, al mismo tiempo, un déficit tan grande que el gobierno va a recortar en un diez por ciento el presupuesto de todas las agencias de ayuda social para compensarlo. Si no fuese porque Bush y su gente cometieron el terrible error de la absurda e injustificable invasión a Irak, sería una ideología completamente triunfante; ahora creo que hay una oportunidad de que sea derrocada.

-En su libro sobre Shakespeare asegura que, después de él, no queda nada por inventar. ¿Shakespeare previó una situación como ésta?

-¡Claro! Sólo hay que prestarles atención a las dos partes de Enrique IV. Cuando Enrique V sucede a su padre en el trono, al igual que W, lo primero que decide es que debe completar lo que su padre no llegó a hacer. En el caso de los Bush, eso se llama controlar Irak. En el caso de los Enriques era, simplemente, ir a la guerra. Enrique IV era un usurpador que había matado al rey Ricardo II y que había tomado su lugar diciendo que iba a ir como cruzado a Tierra Santa, pero nunca lo hizo. Su hijo decide entonces que él llevará a su pueblo a la guerra, así que, sin mayor motivo, ataca a los franceses y se convierte en una especie de cruzado. Claramente, para los fundamentalistas cristianos, o los que creen que la esencia del cristianismo es Mel Gibson, la invasión al Irak musulmán también tiene algo de cruzada,

-Recientemente, usted escribió una breve obra de teatro satírica sobre la situación política actual, que usted llamó "El reinado de W El Grande", para la revista Vanity Fair. Fue una pieza bastante escandalosa, puesto que allí George W. Bush aparece como un cruzado medieval.

-Lo más triste de la situación es que al escribirla yo intenté hacerla lo más extrema y absurda posible, bien risible, y estaba bastante contento con el resultado. La otra noche no me podía dormir y la releí. ¡Quedé aterrado! Ni siquiera era una parodia: la realidad había superado todo lo que yo había imaginado, no sólo para mi rey, sino también para Cheney, a quien llamo el Duque de Halliburton, y para Rummy, Rumsfeld, el Barón de Bechtel. Halliburton y Bechtel son, por supuesto, las dos firmas que se quedaron con todos los contratos en Irak. La situación que estamos viviendo superó la capacidad de sátira. Nunca pensé que eso pudiera pasar.

-El año último, el premio literario más importante de Estados Unidos, el de la National Book Foundation, fue para Stephen King, el escritor de novelas de terror, y a usted no le gustó nada. ¿Lo considera parte del mismo proceso de atontamiento de la sociedad norteamericana que usted describe?

-¡Por supuesto! La decisión de dar a Stephen King el premio anual de la National Book Foundation por su "distinguida contribución" a la literatura es un nuevo golpe bajo en el escandaloso proceso de idiotización de nuestra cultura nacional. Stephen King no es Edgar Allan Poe. Analizándolo palabra a palabra, oración a oración, párrafo a párrafo, no es más que un mal escritor. La industria editorial ha caído increíblemente bajo al darle el mismo premio que con anterioridad recibieron novelistas como Saul Bellow o Phillip Roth, o un dramaturgo como Arthur Miller. Si éste va a ser el criterio por seguir, quizá se debería dar el premio a la contribución distinguida a la literatura, el año próximo, a Danielle Steele, y, obviamente, el Nobel de Literatura a J. K. Rowling.

-Hablando de ella, resulta imposible olvidar el escándalo que armó usted cuando publicó su crítica sobre el primer libro de la serie de Harry Potter.

-Bueno, pero todo comenzó bastante inocentemente. El editor de la página de opinión de The Wall Street Journal me llamó y me pidió que le hiciera una reseña sobre Harry Potter. Yo le dije que no sonaba como el tipo de libro de mi especialidad, pero me dijo que mucha gente creía que yo era el crítico literario más importante del momento y que verdaderamente les serviría mi opinión sobre el tema. Y con eso, naturalmente, me convenció. Así que fui a una librería y me compré el primer volumen. No podía creer lo que estaba delante de mí. Lo que me resultaba más insoportable era la cantidad de clichés que usaba la autora. Escribí mi artículo y fue publicado. No es una exageración decir que comenzó un infierno. El editor me llamó diez días después y me dijo que nunca había visto algo así. Habían recibido unas cuatrocientas cartas de lectores insultándome y una sola a favor, que él creía que yo mismo había mandado. La cosa nunca más paró. Pero, por supuesto, la serie de Harry Potter es una porquería. Como toda porquería, eventualmente, el tiempo la dejará en el olvido. Pero, mientras tanto, no escribo más sobre el tema. Me he convencido de que es como luchar contra el océano.

-¿Y qué opina de las nuevas vueltas de tuerca sobre los clásicos? Recientemente vi, por ejemplo, "Romeo y Julieta" ambientada en un circo del futuro.

-No soy un fanático, para nada. Pero todavía recuerdo un debate público que tuve años atrás con quien probablemente sea el más distinguido crítico británico de la actualidad, sir Frank Kermode, pero que no me admira demasiado. En un momento, alguien del público preguntó cuál era el mejor film basado en una obra de Shakespeare que yo había visto jamás. Le respondí que dos películas de Kurosawa, "Ran", su versión de "El rey Lear" y "Trono de sangre", su versión de "Macbeth". A lo que sir Frank preguntó, con ironía, si el lenguaje de Shakespeare no importaba en absoluto, ya que Kurosawa no sabía una palabra de inglés. Yo respondí que sin duda todo eso era verdad, pero que Kurosawa había capturado la esencia de ambas obras de forma magistral.

-Sé que odia la palabra, pero Shakespeare, ¿es un fenómeno multicultural?

-Odio mucho lo que se llama hoy multiculturalismo, pero Shakespeare es, verdaderamente, un autor multicultural. Creo que mi frase favorita en mi libro sobre el canon occidental es: "Si multiculturalismo significara Cervantes, ¿quien podría protestar, entonces?" El tema es que por supuesto que no significa Cervantes, o Shakespeare, sino valorar a un escritor por pertenecer a una minoría y no por su trabajo en sí. Yo he dicho que no soy un gran entusiasta de la literatura "lésbico-esquimal" y sigo pensando que Shakespeare, el bardo de Avon, es el centro de todo. Me han acusado de "bardolatría", tanto que ya me burlo al respecto. Como sé que me consideran un dinosaurio, me llamo a mí mismo Bloom Brontosaurus Bardolator. Pero, dinosaurio y todo, mis libros se leen, y mucho. Parecería que los lectores de otros países que no están contaminados por la academia norteamericana quieren saber de los autores y de su capacidad creativa, no del multiculturalismo, la ideología, la política y todas esas cosas que tapan la verdadera literatura. Eso es de lo poco que me sigue trayendo algo de esperanza.

Por Juana Libedinsky
Para LA NACION

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"En sida, la información es necesaria pero no suficiente"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 04-07-2004 00:00:00

ANA LIA KORNBLIT, MEDICA Y SOCIOLOGA

En la Argentina, hasta ahora, no se han hecho esfuerzos sistemáticos para prevenir el VIH-sida. No basta con tener información: hace falta que el saber se asimile y provoque cambios en las conductas.

Mabel Thwaites Rey
mthwaites@clarin.com

Hay una idea bastante generalizada de que en el combate contra el sida y las enfermedades de transmisión sexual, la Argentina tiene un déficit importante en materia de prevención. ¿Es así?

—Hasta ahora, no ha habido esfuerzos sistemáticos y coordinados en materia de prevención. Lo que se ha hecho, en distintos sectores y por diferentes grupos, son intervenciones puntuales. Y esto no podía ser de otra manera, en tanto el Estado no hizo un esfuerzo sostenido para que estas actividades pudieran desarrollarse. Y esto ocurrió porque la Argentina optó —en un sentido, felizmente— por financiar los medicamentos contra el sida para los infectados.

# Usted dice que felizmente ha habido un vuelco de recursos de parte del Estado a los tratamientos. ¿Cómo se dio?

—Durante el gobierno de Menem se desarrolló una política de medicamentos para los enfermos de sida. Esto, en realidad, se produjo a partir de una presión importante de las organizaciones de la sociedad civil, que pelearon muy duramente para que, incluso, se promulgara una ley sobre sida en la cual está explicitado que el Estado debe subvencionar los medicamentos. A partir de ahí, los tratamientos se complejizaron, se hicieron más efectivos, pero también se encarecieron. De manera que casi el 99% del dinero que el Ministerio de Salud destina al Programa Nacional de Sida se gasta en medicamentos.

# ¿Cuál es la situación actual en materia de prevención?

—Hay una cantidad importante de dinero, que fue aportada por el Fondo Mundial de Lucha Contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria, y es producto de un proyecto que la Argentina ganó en un concurso en el que participaron muchos países. El financiamiento de ese proyecto comenzó en abril del año pasado, y a partir de entonces se concursaron una serie de proyectos, con diferentes objetivos y en su mayoría gestados por la sociedad civil, en relación con la prevención.

# ¿Cuáles son los ejes de estos proyectos preventivos?

—Tienen distintos objetivos. Entre otros, por ejemplo, la prevención del VIH-sida entre las personas que consumen drogas, entre los homosexuales y travestis, entre las embarazadas y en las cárceles. También hay proyectos encaminados a incluir la temática del VIH-sida de un modo sistemático en el ámbito educativo y en los programas de pobreza de Desarrollo Social.

# Suele reconocerse que es más eficiente y menos costoso, en términos sociales, trabajar en prevención, pero los avances son más notorios en el tratamiento de las enfermedades.

—En realidad, se ha dicho siempre que la prevención es la pariente pobre de la medicina. Hay mucho más esfuerzo en las ciencias médicas puesto en tratamiento que en prevención. Y esto tiene que ver con una concepción de la medicina orientada a las enfermedades. Para que se trabajara más en prevención debería haber un cambio de modelo en las ciencias médicas.

# Suele ponerse mucho énfasis en las campañas masivas de información. ¿Son útiles?

—Mundialmente se reconoce que es importante hacer campañas masivas de prevención, pero hay que tener en cuenta que lo que pueden lograr, a lo sumo, es instalar el tema. Si no hay un esfuerzo continuo en los medios de comunicación en relación con los mensajes —que no sean esporádicos, que no sea un año un mensaje y otro año otro, etcétera—, se considera que es bastante ineficaz el dinero que se emplee en estas campañas.

# ¿De qué modo debería encararse la prevención?

—En temáticas como el VIH-sida, o del consumo de drogas, por ejemplo, no basta con brindar información, que es un primer paso necesario. No alcanza con lograr que la población esté más informada. Porque, en realidad, si uno le pregunta a la gente, por ejemplo, cómo se transmite el VIH, hay un buen porcentaje de personas que, en teoría, saben. Pero cuando se trata de ver en qué medida esa información los lleva a adoptar cambios y conductas en el sentido de la prevención, resulta que hay un gran salto entre el saber y las conductas.

# ¿Cómo sería esta relación entre el conocimiento sobre la forma de transmisión y la modificación de la conducta?

—Es un típico caso en donde uno podría decir que la información es necesaria, porque sin ella no se puede seguir avanzando, pero no es suficiente. Porque lo que realmente podría llevar a la modificación de las conductas es lo que en psicología se llama una información que no sea solamente a nivel cognitivo o teórico, sino que sea internalizada. Esto implica que pueda trabajarse con aspectos que tienen que ver con lo afectivo, con las emociones, para que lleve a la posibilidad de modificar actitudes y conductas.

# ¿De qué modo hay que actuar para que se consiga ese cambio de actitud?

—Para ello hay que desarrollar actividades preventivas cara a cara, o sea, en grupos pequeños, en donde la gente tenga la posibilidad de confrontar sus mitos, creencias y actitudes, con las de las demás personas. Y a partir de esta confrontación se llegue entonces a incorporar otro tipo de conductas. Lamentablemente, esto es difícil, porque lo es trabajar en pequeños grupos a nivel masivo. Pero no hay otra posibilidad.

# La experiencia mundial muestra logros de prevención entre los llamados "grupos de riesgo", como homosexuales o adictos. Paralelamente, el sida creció entre la población heterosexual y especialmente entre las mujeres.

—En realidad, hoy en día es una mala palabra hablar de "grupos de riesgo", porque hay toda una historia nefasta. Cuando se comenzó a hablar del sida, se lo identificaba con estos grupos de riesgo. Esto fue muy perjudicial, porque se construyó la enfermedad alrededor de estos "grupos de riesgo" y después resultó muy difícil que la población pudiera desarticular esta idea y referirla a todas las personas. Muchos siguen creyendo que no están expuestos por no tener "conductas atípicas". Y eso es falso.

# La vida sexual de los jóvenes de hoy parece signada por la existencia del sida. ¿Cómo repercute en su conducta?

—Entre los jóvenes, el tema del uso del preservativo está instalado de un modo mucho más importante que entre los adultos, porque se iniciaron en la sexualidad en la era del sida. En lo que podríamos llamar subcultura juvenil, por suerte, entró —bastante, no del todo— el preservativo en las primeras relaciones, cuando se inicia una pareja, o en los vínculos ocasionales. La aceptación es mucho mayor que entre los adultos, y esto habla de la incorporación de una nueva pauta cultural generacional. El problema es que, una vez que la pareja se estabiliza, se pasa a otros anticonceptivos, que quedan a cargo exclusivo de la mujer.

# ¿Entre las mujeres ha habido cambios en el cuidado?

—También aquí hay una cuestión de la cultura generacional. En la medida en que las chicas más jóvenes ya no se plantean tanto la dependencia de la pareja como eje de su vida, y tienen proyectos propios, crece su disposición a exigir relaciones sexuales seguras. A las mayores les resulta más difícil imponerse, y además deben enfrentar una cultura masculina muy reacia al uso de preservativos. Mientras las chicas se plantan más a la hora de mantener relaciones y exigen el uso de preservativos, para las más grandes es muy complicado. Esta es una realidad extendida en toda América latina.

# Sucede que las mujeres mayores, en su mayoría, están casadas. ¿Cómo se procesa esta cuestión dentro del matrimonio?

—Dentro del matrimonio, de una unión duradera y estable, introducir el uso del preservativo es casi imposible. Sólo plantearlo lleva a la mujer a dejar expuesta su duda sobre la conducta del marido y a ahondar en un tema espinoso de la relación marital. Por eso las más expuestas son las casadas, las que no tienen cómo advertir su riesgo o cómo imponer su cuidado.

# En las relaciones extramatrimoniales, ¿los hombres se cuidan?

—En trabajos que nuestro equipo ha hecho con trabajadoras sexuales, ellas cuentan que hay muchos hombres casados que les proponen no usar preservativos, y hasta ofrecen pagar más para no usarlos. Ahí se ve realmente una negación muy fuerte de la situación de riesgo. Porque cualquiera pensaría —por más que también puede ser un prejuicio el hecho de pensar que si se tienen relaciones con trabajadoras sexuales haya riesgo— que el hombre tendería a cuidarse. Pero no es así. Y la paradoja es que son estas mujeres las que tienen más conciencia sobre la necesidad de cuidarse.

# ¿Y los chicos jóvenes usan preservativos como algo menos problemático?

—Sí. Para ellos no está tan asociado a la disminución de la naturalidad, de la sensibilidad, del placer. Es una pauta de cultura generacional que, afortunadamente, ha variado.

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La confesión del torturador

Archivado en Eduardo Galeano • Fecha: 04-07-2004 00:00:00

Por Eduardo Galeano

No vale nada, o poco vale, la confesión del torturado. Desde los tiempos de la Santa Inquisición, se sabe que no son creíbles, o bien poco creíbles, las informaciones y las confesiones arrancadas bajo tortura, por la sencilla razón de que el dolor convierte a cualquiera en gran novelista.
En cambio, el sistema de poder confiesa su verdadera identidad a través de las torturas que inflige. En las cámaras de tormento, los que mandan se arrancan la máscara.
Así ocurre en Irak, pongamos por caso. Para apoderarse de Irak a pesar de los iraquíes y contra los iraquíes, las tropas de ocupación actúan con realismo: predican la democracia y la libertad y practican la tortura y el crimen. Quien quiere el fin quiere los medios. ¿O acaso alguien puede creer que existe otra manera de robar un país?
Lo demás es puro teatro: las ceremonias, las declaraciones, los discursos, las promesas y la transferencia de la soberanía, que pasa de los Estados Unidos a los Estados Unidos.
Ocurre que el poder no dice lo que dice. Por ejemplo: cuando dice “terrorismo en Irak”, en muchos casos debería decir: “resistencia nacional contra la ocupación extranjera”.

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Cuando se publicaron las fotos y estalló el escándalo, las cumbres del poder político y militar cantaron a coro los salmos de su autoabsolución:
–Son casos aislados;
–Son casos patológicos;
–Son unas cuantas manzanas podridas;
–Son perversos que deshonran el uniforme.
Como de costumbre, el asesino ha echado la culpa al cuchillo.
Pero esos soldados o policías que enloquecen al prisionero disparándole descargas de electricidad, o sumergiéndole la cabeza en la mierda, o partiéndole el culo no son más que instrumentos: funcionarios que se ganan el sueldo cumpliendo su tarea en horario de oficina. Algunos trabajan a desgano y otros meten fervor, como esas entusiastas señoritas que se han fotografiado mientras humillaban a sus torturados iraquíes y los exhibían como trofeos de cacería. Pero todos, los apáticos y los fervorosos, son burócratas del dolor que actúan al servicio de una gigantesca máquina de picar carne humana. ¿Locos? ¿Perversos? Puede ser; pero la coartada patológica no absuelve al poder imperial que necesita la tortura para asegurar y ampliar sus dominios, porque ese poder está mucho más loco y es mucho más perverso que los instrumentos que utiliza. Y nada tiene de anormal que un poder atrozmente injusto utilice métodos atroces para perpetuarse.

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Nada tiene de anormal, tampoco, que esos métodos atroces no se llamen por su nombre.
Europa sabe que donde manda capitán no manda marinero. La declaración de la Unión Europea contra las torturas en Irak no mencionó la palabra tortura. Esa desagradable expresión fue sustituida por la palabra “abusos”. Bush y Blair hablaron de “errores”. Los periodistas de la CNN y de otros medios masivos no pudieron utilizar la palabra prohibida.
Años antes, para que los prisioneros palestinos fueran legalmente triturados, la Suprema Corte de Israel había autorizado “las presiones físicas moderadas”. Los cursos de torturas que desde hace mucho tiempo reciben los oficiales latinoamericanos en la Escuela de las Américas se denominan “técnicas de interrogatorios”. En el Uruguay, que fue campeón mundial en la materia durante los años de la dictadura militar, las torturas se llamaban, y se llaman todavía, “apremios ilegales”.
Según Amnistía Internacional, la venta de aparatos de tortura en el mundo es un brillante negocio para unas cuantas empresas privadas de los Estados Unidos, Alemania, Taiwan, Francia y otros países, pero esos productos industriales son “medios de autodefensa” o “material de control de la delincuencia”.

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En cambio, sí mencionaron la palabra tortura, con todas sus letras, los encuestadores que interrogaron a la población de los Estados Unidos en el año 2001, poco después del derrumbe de las torres de Nueva York. Y casi la mitad de la población, el 45 por ciento, contestó que la tortura no le parecía mal “si se aplica contra los terroristas que se niegan a decir lo que saben”.
Seis años antes, sin embargo, a nadie se le hubiera ocurrido torturar al terrorista Timothy McVeigh cuando se negó a dar los nombres de sus cómplices. La bomba que McVeigh puso en Oklahoma mató a 168 personas, incluyendo muchas mujeres y niños, pero él era blanco, no era musulmán y había sido condecorado en la primera guerra de Irak, donde aprendió a cocinar puré de gente.

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Contra el terrorismo, todo vale. Lo ha proclamado el presidente Bush, en mil ocasiones; y lo ha repetido el eco Blair. Ambos continúan brindando por el éxito de sus cruzadas. Siguen diciendo: “El mundo es ahora un lugar mucho más seguro”, mientras el mundo estalla y cada día la violencia genera más violencia y más y más.

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Guantánamo es el símbolo del mundo que nos espera. Seiscientos sospechosos, algunos menores de edad, languidecen en ese campo de concentración. No tienen ningún derecho. Ninguna ley los ampara. No tienen abogados, ni procesos, ni condenas. Nadie sabe nada de ellos, ellos no saben nada de nadie. Sobreviven en una base naval que los Estados Unidos usurparon a Cuba. Se supone que son terroristas. Si son o no son es un detalle que no tiene la menor importancia.
Allí fue donde el general Ricardo Sánchez ensayó treinta y dos formas de tortura, llamadas “tácticas de presión e intimidación”, que luego implantó en las prisiones de Irak.

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Desde el derrumbe de las torres de Nueva York, la tortura viene recibiendo numerosos elogios. Se ha desencadenado un bombardeo de opiniones jurídicas y periodísticas abierta o veladamente favorables a este método institucional de violencia, aunque nunca, o casi nunca, lo llaman como se llama. Estas apologías de la infamia, que provienen del poder, o de fuentes cercanas, sostienen que la tortura es legítima para defender a la población desamparada ante las amenazas que acechan, porque hay medios de lucha de moralidad dudosa que resultan inevitables contra los inescrupulosos asesinos que practican el terrorismo y lo promueven y que jamás dicen la verdad.
Pero, si así fuera, ¿a quiénes habría que torturar? ¿Quiénes son los hombres que más han mentido en este siglo veintiuno? ¿Quiénes son los que más inocentes han matado, sin ningún escrúpulo, en sus guerras terroristas de Afganistán y de Irak? ¿Quiénes son los que más han contribuido a la multiplicación del terrorismo en el mundo?

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Ahora abundan los sorprendidos y los indignados, pero la tortura no fue utilizada por error ni por casualidad contra la población iraquí. Las tropas de ocupación la emplearon como era costumbre, por órdenes muy superiores, a sabiendas de lo que hacían y de para qué lo hacían. ¿Para qué? No hay ninguna prueba de que la tortura haya servido nunca para evitar ni un solo atentado terrorista. En el caso de Irak, ni siquiera ha sido útil para capturar a ninguno de los prófugos importantes. El más, Saddam Hussein, no cayó gracias a la tortura sino gracias al dinero que compró a un soplón.
La tortura arranca informaciones de escasa utilidad y confesiones de improbable veracidad. Y sin embargo, es eficaz. Por eso se ha aplicado y se continúa aplicando: lo que es eficaz es bueno, según los valores que rigen el mundo. La tortura es eficaz para castigar herejías y humillar dignidades, y sobre todo es eficaz para sembrar el miedo. Bien lo sabían los monjes de la Santa Inquisición y bien lo saben los jefes guerreros de las aventuras imperiales de nuestro tiempo: el poder no emplea la tortura para proteger a la población, sino para aterrorizarla.
¿Será tan eficaz como el poder cree que es?

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"La economía crece con más valores éticos"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 03-07-2004 04:19:41

Para Bernardo Kliksberg, el acento debe estar en lo social

Recibido con medalla de oro, Bernardo Kliksberg fue, a los 23 años, uno de los profesores más jóvenes seleccionados por concurso para una cátedra en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires. Después, la vida y su sensibilidad por la problemática social lo llevaron por caminos diferentes. Desde hace años vive en Washington. Es asesor de las Naciones Unidas, del Banco Interamericano de Desarrollo, de la Organización Internacional del Trabajo. Sus ideas y posturas en materia de gerencia social han sido volcadas en numerosos libros (el último, "Más ética, más desarrollo") y le han valido repetidos reconocimientos internacionales.

Kliksberg se identifica con las posiciones no ortodoxas de los premios Nobel Amartya Sen y Joseph Stiglitz y es considerado una fuente de consulta por el actual gobierno argentino. Su desconfianza en el éxito de las técnicas clásicas suena bien a los oídos del presidente Kirchner, especialmente cuando insiste en que la economía debe apoyarse en los valores éticos no sólo por lirismo, sino porque eso redundará, según cree, en ventajas concretas.

En sus viajes al país, Kliksberg es también recibido con frecuencia por los representantes del sector privado, que suelen coincidir con él en que las empresas deben darle importancia creciente a sus responsabilidades sociales. En su última visita, inauguró, en la sala Casacuberta del San Martín, la cátedra abierta "Etica, cultura y desarrollo", que presidirá y que funcionará en el Complejo Teatral de Buenos Aires.

Kliksberg recurre frecuentemente a las citas bíblicas y a las de su autor favorito, el filósofo Maimónides. Dice que La Biblia es "el tratado de política social más formidable, porque allí se plantea la necesidad de construir una sociedad equitativa, se habla del jubileo, de la protección del sábado para el trabajador y se detalla, incluso, la forma de pagar los sueldos, porque el trabajador los necesita con urgencia para mantener a su familia". En la entrevista con LA NACION, realizada en el café que se encuentra al lado de la Biblioteca Nacional, mantuvo su kipá en todo momento sobre la cabeza y abundó en referencias religiosas.

-Usted habla en sus libros del capital social. ¿Qué significa eso?

-En primer lugar, la confianza en las relaciones interpersonales, cuáles son las expectativas de comportamiento mutuo. Actualmente tenemos métodos para medir eso y sabemos que si el nivel de confianza en las relaciones interpersonales es bajo, sube el costo macroeconómico, lo que llamamos el costo del "pleitismo". Cuando los unos no confían en los otros, buscan un tercero que los proteja: más policía, más Poder Judicial, más abogados?

-¿Tuvimos alguna vez un alto nivel de confianza entre los argentinos?

-Sí, en las sociedades de origen de nuestros mayores, donde un apretón de manos sellaba los pactos. El ascenso del costo del pleitismo está ligado al deterioro de la confianza, lo que es fundamental para el desarrollo de los mercados. Esto lo intuyó, genialmente, Adam Smith, el fundador de la economía neoclásica. Una de sus anotaciones más agudas fue que para que un mercado pueda ser eficiente tiene que tener valores éticos positivos. Otro punto fundamental es que hoy sabemos científicamente que si el grado de confianza en el liderazgo político es muy bajo, se reduce la gobernabilidad democrática.

-Pero también la historia registra momentos de confianza en líderes no democráticos, en dictadores?

-Hay capital social positivo y capital social negativo. Pero déjeme completar el esquema del positivo. La segunda dimensión del capital social es la capacidad de asociatividad, de trabajar juntos, de generar sinergias. Desde las más elementales, que los vecinos se ayuden entre sí, hasta las más sofisticadas: la capacidad de una sociedad fue decisiva, con el Pacto de la Moncloa, para que España pudiera salir del franquismo. Ahora, eso no llovió del cielo. El capital social no es algo dado. Hay un trabajo sistemático detrás.

-¿Cómo está la Argentina?

-En los años 90, ha mostrado dificultades importantes. Ahora se ve que puede afrontar algunos temas, entre ellos uno que LA NACION impulsó, que es "El hambre más urgente", un programa totalmente sinérgico. La tercera característica del capital social es la conciencia cívica, la actitud que tiene la gente en una sociedad frente a todo aquello que o se hace colectivamente o no puede existir: cuidar los parques y el transporte, pagar los impuestos. Estas tres cosas que hemos enumerado hasta aquí se conocen como capital social. Yo le he agregado una cuarta, que son los valores éticos.

-¿No son los valores algo propio del individuo, sin vínculo con la idea de capital?

-Son algo personal, desde ya. Hace 800 años, Maimónides decía: "Todos elegimos cada día entre el bien y el mal y nuestra pequeña elección vuelca la balanza". Si los empresarios, fundamental motor de producción, tienen valores éticos a favor del progreso, de la reinversión en el país, de la responsabilidad social, es una cosa. Si los valores de los empresarios van en el sentido de ganar lo máximo en el menor tiempo posible, enviar sus ganancias a los paraísos fiscales y compartir muy poco con su personal, es otra cosa, totalmente diferente.

-Me parecen concepciones interesantes, por cierto, pero no advierto qué tienen de nuevo.

-Lo nuevo es que hoy estamos en condiciones de medir todo esto, de medir exactamente el impacto de estas cosas sobre el crecimiento económico.

-¿Hay maneras relativamente precisas de medir el grado de confianza de una sociedad?

-Absolutamente. La encuesta Latinbarómetro lo hace con éxito, por ejemplo. Se le pregunta a la gente: "Usted, ¿cómo percibe al otro? ¿Como alguien en quien debe desconfiar, como alguien en quien debe confiar poco o como alguien en quien debe desconfiar?" Hoy hay muchas maneras de construir los indicadores. Se hacen precisiones. Hay una encuesta mundial de valores, que ya es tradicional. Mi humilde tesis central es que la ética importa. Estas mediciones demuestran que si hay más capital social, la tasa de crecimiento macroeconómico es mayor. Si hay más capital social, la esperanza de vida es mayor, según lo demostraron estudios hechos por la Universidad de Harvard. Tomaron una ciudad pequeña, que se llama Roseto, en Estados Unidos. Es pequeña clase media, inmigrantes de origen italiano. Tienen menos ataques cardíacos y menos estrés. Descubrieron que la diferencia entre Roseto y otras comunidades parecidas es que la gente se visita mucho, no hay muchas envidias, porque todos son de pequeña clase media, los abuelos, los hijos y los nietos conviven, a diferencia de la sociedad norteamericana típica, compuesta por individuos más aislados.

-¿El capital social es una panacea?

-No se puede caer en simplificaciones. Hay cuatro factores desencadenantes del crecimiento: el capital natural, es decir, los recursos físicos; el capital construido, que la sociedad ha generado en lo comercial, lo financiero, lo tecnológico; el capital humano, los niveles de educación y salud, y ahora se incorpora esta cuarta dimensión, que es el capital social. El crecimiento macroeconómico no está determinado por estas últimas dos formas del capital, pero tampoco sólo por las dos primeras. Está determinado por las cuatro. Si una sociedad tiene fuertes dosis de capital social y tiene una inversión importante en capital humano, eso le va a permitir potenciar mucho más sus recursos naturales y movilizar mucho más su capital construido. Eso es lo que sucedió con los nórdicos. Hace cien años, Noruega era un país de pescadores. Por la miseria, sus habitantes emigraban a otros países europeos. Invirtiendo fenomenalmente en capital humano, con la educación a la cabeza, y en capital social, construyeron una gran concertación nacional. La potencia de Noruega, hoy, está en su capital humano y social. Ellos tienen petróleo, pero les va mejor que a otros países que también lo tienen. No se trata de que queramos vender un nuevo producto que se llama capital social, pero hoy sabemos científicamente que si una sociedad es muy desigual se resiente el capital social. La igualdad de oportunidades está en la naturaleza del ser humano.

-Pero el mundo parece ir hacia un esquema cada vez más desigual?

-No todo el mundo. Las sociedades que más han progresado tienen mejores indicadores de equidad. No sólo los nórdicos, sino Japón, Corea, el sudeste asiático, donde se ha logrado la educación y la salud para todos.

-Usted sostuvo muchas veces que América latina es el continente más desigual. ¿Somos más desiguales que Africa?

-Sí, aunque resulte casi increíble. ¿Cómo reducir la pobreza? Durante mucho tiempo se pensó que si se lograba un crecimiento muy fuerte, los beneficios se iban a "derramar" en la pirámide social. Después la realidad comprobó que si una sociedad es muy desigual no hay derrame: no llega el crecimiento a los más humildes. Queda concentrado. La Argentina llegó a tener en 2002, según las cifras del Indec, 58 por ciento de pobres. En los años 90, siete millones de argentinos de clase media se transformaron en pobres.

-¿Esa fue la consecuencia de la aplicación de medidas económicas duras o de una gestión corrupta?

-Siempre hay una suma de factores. Pero Stiglitz, que ha analizado mucho la realidad argentina, plantea repetidamente que acá hubo una ortodoxia rígida y muy insensible a los efectos sociales, creyendo que se iban a corregir más tarde. Los efectos sociales no se corrigen más tarde. Causan daños irreversibles. La pobreza mata; no puede esperar.

-Algunos economistas aún afirman que, en rigor de verdad, nunca hubo una economía plenamente liberal en vigor en los años de Menem y en los de De la Rúa.

-Yo creo que la visión actual no es oponer diferentes teorías, sino construir un modelo de desarrollo más integrado. La única manera de tener un desarrollo sustentable es apuntar al conjunto. Y ahí los valores éticos son una palanca fenomenal. Vienen prescriptos por el texto bíblico. Además, la ética, encarnada en los actores económicos, significa políticas públicas responsables y responsabilidad social de la empresa privada.

-¿Es humano esperar esta disposición de empresarios que, en principio, operan por su propia ganancia?

-Esa visión, muy fuerte, está siendo totalmente cuestionada en los países desarrollados por los líderes del empresariado privado, que están planteando que el empresario tiene que ser un ciudadano con responsabilidades calificadas. Y el famoso mercado le ha dado un estímulo fenomenal a esta idea, porque aumentan los consumidores que prefieren comprar productos de empresas socialmente responsables. Hay una encuesta reciente del Boston Collage que dice que más del 60 por ciento de los consumidores están dispuestos a pagar un precio mayor si tienen la seguridad de que los productos pertenecen a una empresa socialmente responsable.

-¿Hasta convendría al bolsillo?

-Absolutamente. En el mundo desarrollado se afirma hoy que para que una empresa sea competitiva va a tener que ser socialmente responsable.

-¿Usted advierte esta orientación en los empresarios argentinos?

-Empieza a haber una inquietud. En la Argentina, a mí me han invitado con mucha frecuencia, en los últimos tiempos. He dado una conferencia en la Cámara Argentina de la Construcción ante 1500 empresarios prominentes. Me aplaudieron de pie durante quince minutos. Yo creo que hay una gran sensibilidad.

-¿La corrupción tenía prestigio?

-Claro, se presentaban esos comportamientos como viveza criolla, en lugar de lo que eran. Con todo eso, la sociedad argentina, de 2000 a 2002, cuando la explosión de pobreza fue fenomenal, logró reaccionar. En ese período, la gente pudo haber reaccionado con un egoísmo tremendo, porque tenía que sobrevivir. En cambio, la encuesta Gallup dice que en esos tres años el número de trabajadores voluntarios en la Argentina, de gente que hace cosas por los demás, aumentó explosivamente. Existen los fenómenos de coyunturas, como se expresó en aquel "que se vayan todos". Son reacciones legítimas frente a situaciones muy difíciles. Pero nunca se rompió el contrato ético entre las personas.

-¿Hasta dónde llega su confianza en que el actual presidente pueda producir un cambio efectivo?

-Yo creo que hay un mandato muy claro de cambios importantes. Kirchner es el presidente con más aprobación en toda América latina. Esa aprobación no está sólo ligada al carisma, sino a las cosas que están pasando. Este país, que hasta hace dos años era el más pesimista de la región, tiene hoy, según las encuestas internacionales, la visión más optimista sobre el futuro. Hay una atmósfera diferente. Pero lo que suceda, en definitiva, va a depender de todos.

-Ese optimismo tiene que ver con una marcha relativamente cómoda de la economía. ¿Piensa que ese crecimiento tiene un techo?

-La situación que se heredó es extremadamente difícil, pero en esa dificultad hay un esfuerzo muy significativo por acentuar el capital social. Hay políticas educativas con las que me identifico en un ciento cincuenta, no en un ciento por ciento. Lo que el ministro de Educación está haciendo al poner los libros de texto al alcance de todos los escolares del país, lo mismo que el programa Manos a la Obra, son cosas que van en la dirección correcta. Hay políticas interesantes, yo diría. Pero la garantía mayor es que los actores asuman sus responsabilidades éticas, que se concentren en hacer una economía orientada por la ética.

Por Hugo Caligaris
De la Redacción de LA NACION

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La Academia escribe la historia

Archivado en Osvaldo Bayer • Fecha: 03-07-2004 00:00:00

Por Osvaldo Bayer

Hace treinta años. Sí, justo hace treinta años. La muerte de Perón y la muerte traidora en las calles, en el calor del hogar, en las plazas. La patota oficial del gobierno. La impunidad. Uno podía leer su pena de muerte en el diario del día. Eran las ocho de la mañana, en el café abrí el diario La Opinión y en la segunda página estaba mi nombre condenado a muerte si no dejaba el país en 24 horas. La patota oficial. Con el general en vida había empezado de a poco, una especie de selección. Luego ya fue abierta. Cerré el diario. Comprendí que ya nada sería igual. Que lo que había empezado con prohibiciones de libros y censuras al cine iba a terminar en eso, en el crimen oficial. Una forma argentina de matar que luego se iba a convertir en la desaparición. Cuando cerré el diario pensé en el niño. La patota había matado a un niño de seis meses porque el padre no había aceptado irse ante la condena de las Tres A, los asesinos comandados por el primer ministro peronista López Rega. Un gusano asesino con todos los poderes. El niño Laguzzi murió en el estallido de la máxima cobardía de la patota pagada por el erario.
Nunca se investigó nada, nunca nadie de los miembros del gobierno de Isabel Perón se jugó para acabar con la ignominia. Las muertes siguieron. Se decía que Isabel Perón iba a prohibir a la mafia armada de su propio gobierno. Que iba a tener una reacción femenina de dolor ante la muerte del niño. No, nada. Sus ministros se callaron, sus diputados se callaron, el Partido Justicialista se calló. Con el diario en la mano corrí a casa y le dije a mi mujer que tenía que partir ya mismo con nuestros hijos. Dejar todo, tal vez para siempre. La casa, los árboles, los libros, los sillones del jardín donde los domingos al atardecer leíamos poesía. Tal vez para siempre. Porque dominaba la ley López Rega y del gobierno donde todos se callaban la boca. Treinta años. Nadie realizó una investigación. Más todavía, personajes que formaron parte de ese gobierno de las Tres A no sólo se callaron la boca sino que llegaron a ser gobernadores y hasta ministro de Relaciones Exteriores de la Nación Argentina, como el señor Ruckauf. El Partido Justicialista jamás pidió disculpas por los viles asesinatos ni publicó los nombres de los culpables. Cuando ante la muerte del niño era un deber de conciencia.
Y así se escribe la historia. Es el ejemplo que nos ha dado nada menos que el presidente de la Academia Nacional de la Historia, Miguel Angel De Marco.
Esa entidad tendría que ser la de máxima autoridad entre los historiadores y eso se logra en el estudio de la verdad y objetividad histórica. Cada estudio tendría que ser dado a una junta de estudiosos para que lo debata y saque sus conclusiones, después de las cuales sí puede valer como documento conductor. No, el historiador De Marco escribe un estudio –publicado en La Nación, del 20 de junio de este año– donde hace una exageradísima alabanza del presidente Julio Argentino Roca. Enumera todos los actos administrativos de doce años. Según el autor, hizo todo por lo cual la Argentina vivió luego en la opulencia y el progreso. Le falta la música para lograr el ditirambo total. Pero, por ejemplo, no trae ninguna mención sobre la represión al movimiento obrero que llevó a cabo. Para el autor De Marco tiene mucha más importancia que “Roca no vacilaba en promover en su despacho conversaciones sobre temas históricos y literarios al igual que la mayoría de sus predecesores”. Pero no dice ni una palabra contra la brutal ley 4144, la “Ley de Residencia” por la cual se expulsaba a los obreros acusados de ideología anarquista separándolos así de sus mujeres y sus niños.
No habla de las represiones que ordenó contra las manifestaciones pacíficas del 1º de mayo de los obreros que reclamaban las justas ocho horas de trabajo. En una de esas represiones se mató al marinero Juan Ocampo, el primer mártir del movimiento obrero ya que no hacía otra cosa que reclamar por la jornada laboral. Habla de “la Nación próspera y pujante” pero no dice ni una palabra de la explotación increíble de los trabajadores, principalmente de las obreras. Lo expresan muy bien, por ejemplo, los alemanes de la asociación Vorwärts que denuncian, entre otras cosas, el tratamiento a la mujeres y niñas que trabajan, y es solo un ejemplo, en la fábrica Alpargatas: “La Fábrica Argentina de Alpargatas emplea a 510 obreros, de los cuales 400 son mujeres y niñas. El trabajo comienza a las 6 de la mañana y dura hasta las 6 de la tarde, interrumpido por una hora y media al mediodía. El trabajo se hace a destajo, trabajo a destajo, trabajo criminal. Un trabajador aplicado puede ganar la enorme suma de 10 pesos papel por semana, en cambio las chicas sólo 6 pesos. Por día se producen doce mil pares de alpargatas. Es decir, que en la Argentina no sólo hay grandes establecimientos industriales, igual que en Europa, sino que también tenemos aquí unido a ello la más grande explotación de mujeres y niños”.
No, de esto nada, para el historiador, nada tampoco del estudio de Bialet Massé sobre la situación de los trabajadores. Nada de la miseria de los conventillos, de cómo vivían familias enteras casi sin agua e instalaciones sanitarias. No, todo era nada más que “Paz y administración”. Un paraíso.
Sobre su racismo, nada. Esa expresión continua de “los salvajes, los bárbaros” para referirse a los pueblos originarios, no encuentra espacio en la loa del nada menos que presidente de la Academia de la Historia. Nada de que su héroe Roca instaló de nuevo la esclavitud de los indios, llevando a los prisioneros a Martín García y Tucumán, mientras se regalaba a sus mujeres como sirvientas en las casas porteñas bien y se repartía a los niños entre familias para que fueran peoncitos. De eso no se habla. Aunque sea el presidente de la Academia Argentina de la Historia. Sobre la expedición “del desierto” sólo dice que “Roca sintonizaba con las ideas de la época acerca de la necesidad de recuperar inmensas regiones desiertas y emprendió una rápida campaña que permitió enarbolar por primera vez la bandera celeste y blanca en las márgenes del río Negro”. Evidentemente, mucha bandera pero la tierra fue para los extranjeros y para el general Roca, que se quedó con 15.000 hectáreas. Evidentemente “sintonizaba” bien.
Es enternecedor el final de la nota del presidente de la Historia Oficial, dice: “Fuerte y voluntarioso se entregó a las tareas rurales y dedicó largo tiempo a la lectura”. Claro, en las tierras que antes pertenecían a los ranqueles y que pasaron a poder del general Julio Argentino. Y por último: “Fue sepultado en medio de grandes honras muy justas para quien había sido uno de los organizadores de la Nación”. Claro, organizador para el poder rural, para el poder financiero y con todo respeto, para los fuertes.
Así se escribe la historia argentina. Roca, después de sus crímenes del desierto pudo leer y dedicarse al aire campero en las tierras que supo conquistar al bárbaro, al salvaje. Para eso era civilizado. Y tiene sus monumentos en el centro mismo y en toda la Argentina. Sus crímenes siguen impunes. Los crímenes de las Tres A siguen impunes y sus protectores cobrarán o ya cobran una jubilación de privilegio. Pero los ojos del niño Laguzzi nos seguirán mirando para siempre, desde el nublado cielo argentino.

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Hitler en la Unión Soviética

Archivado en Jack Fuchs • Fecha: 02-07-2004 00:00:00

Por Jack Fuchs

Hacía ya un año y medio que mi familia y yo estábamos encerrados en el gueto de Lodz cuando en junio de 1941 Hitler invadió la Unión Soviética. La guerra es también una ingeniería estratégica. Los rivales, como en un ajedrez funesto, miden sus fuerzas, se estudian mutuamente, están al acecho, quieren comprender los movimientos y las jugadas del otro. Ya antes de invadir Polonia Hitler había pactado con la Unión Soviética, pensaba que Francia e Inglaterra no iban a entrar en guerra con Alemania sin un acuerdo con la URSS. Stalin era una pieza clave. El viejo bolchevique de Georgia funcionaba en la partida como la torre de Oriente. Desde agosto del ’39, y a partir de la firma del pacto Hitler-Stalin, Alemania y la Unión Soviética profundizan lazos de intercambio comercial y tecnológico; ya antes de la guerra, durante los años ’36 y ’37, habían establecido muchos acuerdos económicos de ayuda mutua, pero ahora se intensificaban y, a su vez, crecía la compra y venta de armas y material de guerra entre ambos países. En ese año y medio, Alemania había conquistado la mitad de Polonia, Francia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Dinamarca y Noruega; asimismo, había arreciado en sus ataques aéreos para conquistar Inglaterra.
Durante ese período la URSS hizo todo lo necesario y posible para no entrar en conflicto con Alemania. Mucho antes de que se produjera la invasión nazi a Rusia, los países occidentales estaban al tanto de los planes de Hitler. Los espías aliados y los espías soviéticos conocían muy bien los movimientos de tropas y de la máquina de guerra alemana que se aproximaba a la frontera con la URSS. El propio Stalin quiso ignorar la información que le llegaba con toda evidencia, rechazó los informes de sus propios generales y hasta último momento creyó imposible que Hitler fuera a invadir. Muy pocas semanas antes de la invasión los barcos soviéticos todavía seguían transportando materias primas y pertrechos que poco más tarde serían útiles a la invasión. El absurdo, el engaño, el sinsentido y la credulidad también forman parte del desgarramiento humano de la guerra. Los aviones nazis fotografiaban el territorio soviético para diseñar la invasión, Stalin lo sabía pero no quiso ni pudo creer que se acercaba un episodio, quizás el más sangriento de toda la guerra, que dejaría millones de muertos en el teatro de los hechos, y ordenó no disparar contra la aviación alemana.
¿Cómo medir la actitud de Stalin? ¿Ingenuidad? ¿Soberbia? ¿Torpeza? ¿Deliberada astucia? Como sea, en cualquiera de sus versiones, cualquiera sea la explicación que busquemos, es imposible dejar de ver, en los movimientos de acuerdo y desacuerdo, de merodeo, de comprensión o incomprensión del enemigo, los rasgos definitivos de la locura, rizada hasta el extremo y ocupando, entre los líderes y señores de la guerra, todo el campo de la historia, poniendo en compromiso la existencia misma de las naciones y de los hombres que las integran. Stalin creyó que Hitler no podía ser tan estúpido como para invadir la URSS, Hitler no valoró suficientemente la capacidad de resistencia soviética, no evaluó que los rusos pelearían hasta el final. En medio de los errores, en medio de la sórdida embriaguez que oscurece la inteligencia lógica de los jefes, corre sangre, siempre corre sangre, los acuerdos se desintegran de un momento a otro, se desmorona todo edificio racional, se pierde el pudor, la prudencia y la orgía de muerte se abre paso contra toda esperanza.
Recién cuando las tropas alemanas comenzaron a entrar en territorio soviético Stalin ordenó resistir la ofensiva. La historia es conocida. Primero Stalin no quiso entrar en guerra con Alemania, esperó hasta último momento, y cuando ya era inocultable la agresión alemana, entonces sí dio paso a la confrontación. Lo cierto es que muy pocas personas, poquísimas, como sigue aún sucediendo, en el contexto de la guerra, deciden el destino de millones de hombres. En el conflicto entre Alemania y la URSS murieron cerca de dos millones de personas por año, casi sesenta mil por día.
Hitler no quería tanto la conquista de la URSS, se proponía una tarea más delirante: terminar con todo, con el pueblo ruso y las ciudades, llegó a declarar que convertiría a Moscú en un gran lago, se trataba de aniquilar a los rusos. El agresor luchaba con tanta ferocidad, con tanta convicción, como el defensor por la suya, con la misma ferocidad y el mismo ardor guerrero. Fuera de la guerra cuando un hombre mata a otro, los jueces llaman a un psiquiatra, piden pruebas del estado mental del asesino; durante la guerra, cuando los líderes ordenan la muerte de millones, a nadie se le ocurre comprobar si ellos están en su sano juicio. La muerte, el terror y el desamparo no fueron ninguna sorpresa, desde hacía años el mundo sabía que los países involucrados después en la guerra se estaban preparando con nuevas tecnologías bélicas y con mayor producción de armas. En el gueto, era poca la información que recibíamos. Hasta el ’44, cuando pudimos escuchar en secreto la BBC de Londres, casi no sabíamos nada acerca de la situación en la URSS. Tampoco en la URSS, esto lo supe después, se conoció nada acerca del exterminio judío. La prensa soviética no había informado sobre las atrocidades nazis hasta el momento de desatarse el conflicto. Todos jugaban su partida. El conflicto entre URSS y Alemania fue el comienzo de las mayores matanzas civiles, los primeros experimentos que se hicieron en Auschwitz fueron hechos con prisioneros rusos, los prisioneros franceses o ingleses jamás fueron tratados de ese modo; quizá haya sido un error que Occidente no se aliara desde el principio con la URSS. Pero todos jugaban sus fichas y el ajedrez ya estaba en marcha.

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Cómo hablar de lo que no se puede

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 01-07-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

“Sería para mí un timbre de honor que se hubiera prohibido un libro mío en Sudáfrica.” Son palabras que el sudafricano J.M. Coetzee, Premio Nobel de Literatura 2004, deslizó en una entrevista de 1990. “Nunca alcancé ese honor –agrega– y, para ser franco, tampoco lo he merecido.” Quién sabe. Las cinco novelas que publicó bajo el régimen de apartheid y su estricta censura no son precisamente inocuas. Esperando a los bárbaros, publicada en 1980, habla de un imperio instalado en una ignota geografía del futuro o del pasado, y bien puede entenderse como una sátira del Estado afrikaner. O como una lúcida reflexión moral sobre el experimento de diez mil años de civilización. La superposición de capas de sentido en las obras de Coetzee permite ambas lecturas y aun otras. Algunos de sus protagonistas de ficción parecen atrapados en un no lugar kafkiano y real a la vez. Son prisioneros de un tejido que enlaza su intimidad con un entorno preciso –Sudáfrica antes y después del fin del apartheid en 1994–, pero exploran mundos de la naturaleza humana que parecen conocidos. No lo son para el enorme talento literario de Coetzee.
Tal vez por ello sus textos atravesaron la malla de una censura que no dejó pasar los de otros autores. La Oficina de Control de Publicaciones (PCB por sus siglas en inglés) creada por el régimen se ocupaba de vigilar que libros y periódicos no criticaran o divulgaran los crímenes del apartheid, que los sudafricanos blancos de a pie no denunciaran a los sudafricanos blancos en el poder, y menos cuando iba en aumento la condena de la comunidad internacional al gobierno pretoriano de Pretoria. De manera que el ministro del Interior designaba a los censores y éstos se atenían a los seis incisos del artículo 47 (2) de una ley de 1974 para dictaminar si un libro podía circular en el país o era “indeseable”. Lo era si: a) incurría en “la indecencia o la obscenidad” u ofendía o dañaba a “la moral pública”; b) resultaba “blasfemo u ofensivo para las convicciones o sentimientos religiosos de cualquier sector de los habitantes de la República”; c) ridiculizaba o menospreciaba “a cualquier sector de los habitantes de la República”; d) dañaba “las relaciones entre sectores de los habitantes de la República”; e) perjudicaba “la seguridad del Estado, el bienestar general o la paz y el orden”; f) sacaba a luz cualquier elemento “indecente, ofensivo o dañino de cualquier procedimiento judicial”. Moral pública, religión, orden y seguridad, Estado, justicia, todo estaba excluido para la palabra cívica.
Los censores seleccionados pertenecían, claro, al pequeño grupo de la intelligentzia afrikaner con credenciales impecables para el establishment, y no sólo se guiaban por las abarcadoras normas del artículo 47 (2); también por sus convicciones y los consensos no escritos de una conciencia social dominante: el probable lector era sin duda blanco, conservador y racista. Pero una investigación de Peter D. McDonald, catedrático de la Universidad de Bristol que hurgó en los archivos y expedientes de la PCB, revela que en el caso de Coetzee los censores que le tocaron en suerte tenían una mente abierta y/o se rindieron ante su fuerza literaria. No sin objeciones.
La novela In the Heart of the Country (1977) pasó por la lupa de tres censores que cuestionaron la escena de la violación de la blanca Magda por el peón de campo negro Hendrik, otros tramos con sexo muy explícito y una mención a la indiferencia de Dios para con el sufrimiento humano que lesionaba el fundamento mismo de la ley en vigor, es decir, “el reconocimiento del compromiso permanente de la población de la República de Sudáfrica de vivir una existencia cristiana”. Había mucho de “indeseable” en el relato, pero los censores recomendaron calurosamente su publicación: el vigor del estilo atemperaba –dijeron– “los atisbos de literatura de protesta” que encontraban en una novela “extraordinariamente bien escrita”. Y sumaban un argumento tranquilizador: “Sólo la leerán intelectuales... y por su densidad no será accesible para cualquiera”. El dictamen aprobatorio de E.H. Holtz, la censora de Vida y época de Michael K, es notable: “Esta brillante novela aborda cuestiones políticas delicadas en Sudáfrica. Contiene referencias y comentarios despectivos de actitudes del Estado, también de la policía y de sus métodos”, pero propone no prohibirla con una afirmación no menos notable: “Los probables lectores de esta publicación... considerarán que es una obra de arte y juzgarán que, aunque la trágica vida de Michael K transcurre en Sudáfrica, su problema es hoy de carácter universal y no se limita a Sudáfrica”.
Las conclusiones de los censores se elevaban a un comité ad hoc nombrado y dirigido por algún subdirector de la PCB que las aprobaba o rechazaba. Este proceso se prolongó dos meses para The Heart of the Country y apenas dos semanas para Vida y época de Michael K, ya publicada en Inglaterra en 1983 y premiada con el muy prestigioso Booker Prize. Esto influyó sin duda en que la decisión de declararla “no indeseable” se tomara con rapidez. Lo contrario habría acentuado el descrédito internacional de Pretoria. En los seis años transcurridos entre una novela y otra, el Consejo de Seguridad y la Asamblea General de las Naciones Unidas intensificaron su exigencia de que el régimen pusiera fin al apartheid, se sumaban más países a su reclamo de redoblar el embargo de armas contra Sudáfrica y se robustecía una curiosa paradoja: en el extranjero se consideraba a Coetzee “el gran escritor sudafricano”, en su país los censores lo calificaban de “gran escritor universal”. Es las dos cosas.

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