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"La proliferación de armas es el mayor factor de riesgo"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 30-05-2004 00:00:00

PABLO DREYFUS, ESPECIALISTA EN SEGURIDAD

Entre quienes plantean la "mano dura" y quienes cargan la responsabilidad sobre el "sistema" hay cosas concretas que pueden hacerse frente a la inseguridad, con la participación de la sociedad civil.

Fabián Bosoer
fbosoer@clarin.com

Aumentó la tenencia de armas debido a la inseguridad o es al revés: hay más inseguridad por la gran proliferación de armas?

—Es difícil determinar qué vino primero. Sabemos que en sociedades que no tienen conflictos internos, guerras civiles o insurgencia armada, como Argentina o Brasil, una fuente principal de inseguridad es la circulación no controlada de armas de fuego. Son sociedades donde existen leyes de control de armas pero éstas no se aplican; donde no se controla que las armerías le vendan armas a la gente sin exigir autorización, donde ha aumentado mucho el mercado de armas y donde es difícil determinar cuántas hay dentro y cuántas fuera de la ley, cuántas están en manos de personas con autorización y cuántas van a parar al delito.

# Se dice también que impedirle a la gente honesta que se arme, cuando el Estado no la protege es darles vía libre a los delincuentes: ¿No es una respuesta natural de mucha gente: armarse en defensa propia?

—Crisis de seguridad pública como la que atraviesa hoy la Argentina asustan a la gente y una de las reacciones es armarse, en la creencia de que así se están garantizando su propia seguridad. Y lo que están haciendo, en realidad, es llevar un problema más a casa. Están llevando la posibilidad de tener un accidente con los hijos, o de que un ladrón entre a la casa y con la misma arma hiera o mate a su dueño, o la posibilidad de que esa arma sea robada y utilizada después para delinquir. Quien compra un arma tiene que estar preparado para usarla. Además, una persona que tiene un arma y no se sabe controlada por el Estado, no se siente responsable por el arma que tiene en su casa; puede utilizarla mal, venderla ilegalmente, perderla, o dejarla a mano de un menor de edad que la puede usar para matarse, o dispararle a un amiguito jugando. Cuando una persona que no es parte de una fuerza pública porta un arma lo que estamos haciendo es que el Estado dé un paso atrás en el control de la calle: el Estado les está cediendo la calle a las personas. Está cediendo su función principal y abriendo la puerta a un amplio abanico de muertes por causas fútiles.

# ¿Qué es lo que indican las estadísticas?

—En Brasil, por ejemplo, que tiene las tasas de homicidio con armas de fuego más altas del mundo —35 mil muertes por año—, primero viene el crimen organizado, después las muertes causadas en peleas en la puerta de bares, de canchas de fútbol, de discotecas: dos personas que estaban portando un arma, que bajo la emoción violenta, en lugar de darse un trompazo o dejarse un ojo en compota, se matan.

# ¿Cuánto y cómo creció el mercado de armas en nuestro país?

—Un gran pico de compra de armas se dio en la segunda mitad de los años 80, plena crisis económica, y con muy pocas restricciones para el acceso a las llamadas armas de uso civil: calibre 32, 22, y 38. En esa época, para comprar un arma, una persona entraba a una armería, pedía una tenencia provisoria y recién después estaba obligada a registrarla. La mayoría de la gente no lo hizo. Según las cifras oficiales, hoy en la Argentina habría más de 2,5 millones de armas y poco más de 800 mil usuarios. Una población pasmosamente grande. Pero se están tomando sólo, insisto, las armas que han sido registradas. No se está discriminado cuántos usuarios son personas jurídicas, cuántas empresas de seguridad (y cuando nos referimos a las empresas de seguridad, tenemos que multiplicar el número de gente que trabaja con el arma 24 horas del día y que no se sabe si están bien fiscalizados).

# ¿Eso permite estimar que la cantidad es mucho mayor?

—Se ha ido acumulando —más bien diseminando— un enorme stock de armas. Hay 2,5 millones de armas registradas, pero no sería muy osado decir que puede haber una cantidad similar de armas compradas antes de la reforma de la ley de 1994, de calibre civil, sin registrar. Y si están sin registrar, el Estado no sabe si esas armas no están siendo tiradas a la basura, dejadas en la calle, vendidas entre personas, siendo robadas de las casas.

# ¿Hay una relación directa entre el crecimiento del mercado de armas y el aumento del delito?

—La existencia de tantas armas disponibles, valga la metáfora, es un disparador del delito violento. Podemos —y debemos— rastrear las causas en los grandes y visibles contrastes sociales, la gran desigualdad y disparidad de ingresos, la desocupación y la pobreza, el crecimiento de concentraciones miserables alrededor y dentro de las ciudades, sin garantía de la seguridad pública para esa gente que vive en villas miseria, pero también son ciudadanos y merecen protección. Son todos caldos de cultivo de la ilegalidad que se explican también por la retirada del Estado en la provisión de los servicios básicos. Si no está la autoridad pública, ¿Quién va a estar? Naturalmente, va a estar el jefe de la banda.

# ¿Cuál es el umbral de tolerancia o acostumbramiento a la inseguridad que una sociedad está en condiciones de soportar? ¿Qué es lo que puede producir un punto de inflexión?

—Creo que en la Argentina el umbral de tolerancia se cruzó con la reacción por el asesinato de Axel Blumberg. La gente dijo "basta". Ya había dicho basta tiempo atrás con otros casos, y está dando señales de cansancio por la falta de seguridad; quiere y exige respuestas. En Río de Janeiro, que tiene una pobreza mucho más extendida —las bandas del narcotráfico controlan colinas, morros, alrededor de la ciudad— el umbral se cruzó en el 93. No fue un chico de clase media el que murió, sino un grupo de chicos pobres de la favela, chicos de la calle, que fueron masacrados por un escuadrón de la muerte. En Brasil la cuestión era mucho peor, porque se había privatizado hasta la ejecución extrajudicial de personas. En ninguno de nuestros países hay pena de muerte, pero a lo que se había llegado en Brasil era a grupos de exterminio de los llamados "marginales". Mataron a ocho chicos de la calle frente a la principal iglesia de Río. Hubo un clamor generalizado por detener esas matanzas de civiles en las favelas.

# ¿No derivó ese clamor a un reclamo de "mano dura" por parte del Estado?

—Al contrario. En Río en el 93 se estaba llegando al final del fracaso de la mano dura. Que era la represión policial pura y simple, la tolerancia de grupos parapoliciales de exterminio, la compra indiscriminada de armamentos, de concentración de policías alrededor de las favelas, sin hacer un diagnóstico, sin identificar grupos de riesgo y sin tomar medidas para esos grupos de riesgo. Y ese grupo de riesgo, una vez que se hizo el diagnóstico, se identificó en chicos de entre 15 y 29 años que no terminaron la escuela primaria. La sociedad civil dijo "basta" en Río de Janeiro, pero propuso además políticas alternativas. La "mano dura", como la mal llamada "justicia por mano propia", es la respuesta desesperada de una sociedad o de un gobierno. Es un síntoma de la inseguridad; nunca una solución a la misma. Es la primera respuesta de un Estado impotente: más represión.

# ¿Hay respuestas alternativas que mostraron alguna eficacia?

—Como ocurre con toda enfermedad social, y la inseguridad en la que vivimos habla de una verdadera epidemia social, lo primero es poner paños fríos, y eso, además de realizar buenos diagnósticos, es concretamente controlar severamente la portación ilegal de armas. Es más, debería prohibirse la portación de armas. Los civiles no tienen por qué portar armas. Quien porta armas en la calle es la Policía —claro que una Policía confiable, que defienda a los ciudadanos—. De lo contrario se acabó el Estado y vivimos en la ley de la selva.

# ¿No es un planteo un tanto utópico, teniendo en cuenta el grado de corrupción e involucramiento policial en el delito y las muertes por "gatillo fácil"?

—Miremos el caso de Río de Janeiro, por ejemplo, donde se ha prohibido la portación de armas por parte de los civiles. Después de tres meses de aplicar el estatuto que prohíbe la portación descendió la tasa de homicidios y aumentaron, en salas de emergencias, los casos de heridas cortantes. ¿Disminuyó la violencia? Tal vez no, pero se hizo menos letal. Eso es lo que hace el arma de fuego: cambia la naturaleza de la violencia.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/05/30/z-03615.htm

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Silvio y el café de ayer

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 30-05-2004 00:00:00

Por Sandra Russo

Tenía veintidós años, esa edad de esplendor vivida en una hierba mal regada por los tiempos aquellos, feroces, aniquiladores. Escuché por primera vez a Silvio Rodríguez en plena dictadura, mucho antes de Malvinas, cuando nada hacía sospechar que el monstruo fuera a trastabillar. Lo escuché en un casete regrabado y pasado de mano en mano, y en general las manos que se lo habían pasado estaban acostumbradas a hacer play en otra cosa. Los sonidos acústicos no eran bien vistos entre los veinteañeros de esa época, madurados a dedo por el rock. La fe, por aquel entonces, se enchufaba.
A esa edad, y sin militancia política previa, yo asimilaba Cuba a Marte. De más está decir que no tenía nada en contra de los marcianos, todo lo contrario. Cualquier cosa exterior o ajena a la opresión cotidiana y al olor a muerte que se respiraba acá tenía que ser mejor. Pero la dictadura me ocasionaba perjuicios extraños, operaciones intelectuales delirantes. Juro que en mi idea de Cuba había siempre gente luchando, resistiendo, combatiendo, en fin, conjugando todo ese tipo de verbos. Cuba para mí era un país sin vida cotidiana, suspendido, congelado en las postales de Sierra Maestra o el asalto al Moncada. Nunca se me había ocurrido que en Cuba la gente se despertaba, se vestía, tomaba el desayuno, caminaba por la calle, saludaba al vecino, iba al trabajo. Nunca se me había ocurrido que esa gente tomaba café por la mañana, y después, si sobraba, lo tiraba. Y cuando escuché esa canción en la que Silvio Rodríguez se pregunta a dónde van las cosas de todos los días, las cosas amables y atroces que tiene el hogar, en la que se pregunta a dónde se ha ido el café de ayer, y si esas cosas acaso vuelven a ser algo o acaso se van, un rayo cayó sobre mi cabeza y me la partió, y ya nada, nunca, volvió a ser igual.
Empecé a escuchar otros versos perdidos que eran difícilmente audibles en el casete regrabado, y hubo otras revelaciones que no eran previsibles, que no eran de pancarta, sutilezas existenciales que me descolocaban. Cuando él cantaba, como cantó este martes en la Plaza de Mayo, que era un hombre feliz y que pedía que lo perdonaran todos los muertos de su felicidad, claro que se podían entender políticamente esas estrofas (así, entre paréntesis: qué enorme diferencia tiene el saldo deudor de los sobrevivientes de una victoria, cuando aquí nuestra perspectiva hacia los que quedaron en el camino siempre fue el desastre), pero cómo no escuchar que, además, cualquier conquista individual contiene derrotas ajenas, gente que no llegó a destino, elecciones que se dejaron de hacer.
Cuba entonces, con la oreja pegada al grabador, dejó de ser en mi precaria configuración de las cosas un país en el que la gente se lo pasaba haciendo la revolución machete en mano, alfabetizando y trabajando en las cosechas. Dejó de ser un espejismo en el que las consignas rápidamente eran devoradas por su propia y espesa consistencia –una consistencia que probablemente por una cuestión generacional a mí siempre me sonó parecida a la de un engrudo–, y empezó a ser también y sobre todo un lugar en el que una mujer se había perdido conocer la bella locura de su breve cintura debajo de un hombre, el lugar en que se afirmaba que los amores cobardes no llegan a amores ni a historias, que se quedan allí. El lugar en el que una catedral estaba sumergida en su baño de tejas, en él se ofrecía recompensa por información sobre un unicornio, el que alguien deseaba ser blanco de una luz cegadora, de un disparo de nieve, en el que alguien decía ojalá que no pueda tocarte ni en canciones. Y además, y me ericé cuando llegué a esa parte, en el que alguien decía patria y seguía hablando de amor.
Qué ocurrencia decir patria y seguir hablando de amor. Qué idea descabellada para alguien que como yo y como tantos otros había crecido en una patria huraña y maloliente, una patria dominatriz y sádica que no cobijaba, picaneaba. Que no daba, pedía. Que no hablaba, hacía señas a punta de fusil. No era una experiencia individual, ni siquiera argentina. Por esa época hice mi iniciático viaje al Machu Picchu (¡sí, lo confieso, yo también usé pulóver peruano!), y en un tren destartalado y con olor penetrante a frituras confluyeron en la misma canción, Ojalá, y en la misma añoranza por lo que jamás se había tenido, muchas voces jóvenes que hablaban una misma lengua, el castellano, pero salpicada por acentos chilenos, uruguayos, colombianos, venezolanos, bolivianos.
Llegué a escuchar mil veces, hasta romperlo, aquel casete regrabado. Me llegó a ser necesario, de verdad necesario. Era aire. Quería saber, escuchándolo, que la vida podía ser otra cosa, un viaje extraordinario a preguntas sobre las cosas ordinarias. Quería saber que era posible tomarse un café y quedarse pensando qué se hace de todas esas cosas que suceden y se esfuman, preguntarse adónde habrá ido el café de ayer, si acaso esas cosas vuelven a ser algo o acaso se van.
Después crecí y más tarde dejé de crecer, y me olvidé de Silvio Rodríguez hasta este martes, cuando volví a escuchar esa canción tan engañosamente inocente, Adónde van, y una avalancha de preguntas que dejé de hacerme se me vino a la cabeza. Y sentí en todo el cuerpo el soplido de esas letras que él escribe, y revivió una enorme gratitud, porque por ese hombre parco que casi ni saluda sobre el escenario supe, a los veintidós años, que una de las formas de la revolución es la poesía.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-35990-2004-05-30.html

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Ezequiel Gallo: "No veo cambios, pero sí algunos retrocesos"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 29-05-2004 06:37:33

El historiador criticó al actual gobierno

Para el historiador Ezequiel Gallo, detrás de la decadencia argentina hay una honda crisis de valores, que puede resumirse en la intolerancia, el culto a los personalismos y nuestro desinterés por el progreso.

"No veo cambios en materia institucional y sí algunos retrocesos", confió a LA NACION con referencia al gobierno de Néstor Kirchner.

Doctor en historia por la Universidad de Oxford y profesor plenario de la Universidad Torcuato Di Tella, Gallo es, además, miembro de las academias nacionales de Historia y de Ciencias Morales y Políticas. También ha sido profesor visitante en las universidades de Essex, Columbia, Melbourne y Jerusalén, y en el Instituto Universitario Ortega y Gasset. Entre sus principales obras se cuentan "La Pampa gringa", "Carlos Pellegrini: orden y reforma" y "La República conservadora", que escribió junto con Roberto Cortés Conde.

-¿Cómo analiza el presente argentino?

-Es bastante obvio que las últimas décadas de la Argentina no han sido muy felices, en contraste con las enormes expectativas que, en el pasado, había generado nuestro país. Basta ver los rankings que se hacían en otros tiempos a partir de predicciones sobre la Argentina y los datos que indican que hemos sido, en términos absolutos, el segundo país que atrajo mayor número de inmigrantes, después de los Estados Unidos. Creo que ha habido una crisis valorativa que, en parte, ha estado con nosotros siempre. Si uno toma la Constitución nacional, advierte que se ha establecido un régimen representativo, republicano y federal, pero a la luz de los hechos podemos preguntarnos cuán representativo, cuán republicano y cuán federal ha sido ese régimen. El propósito de los textos constitucionales es la protección de la libertad, la vida y la propiedad de sus habitantes. Al fallar los instrumentos para garantizar tal protección, esos tres factores también han sufrido enormemente. Hoy el problema de la inseguridad es uno de los más graves de nuestra sociedad, al tiempo que pueden hacerse muchas observaciones sobre la libertad y el derecho de propiedad.

-¿Cuánto ha influido en la decadencia argentina nuestra propia idiosincrasia?

-Junto a las instituciones, los países generan hábitos y costumbres. Y tampoco hemos sido exitosos en ese terreno. Uno de los problemas que vienen de lejos es el de la intolerancia. Hoy seguimos enfrascados en el hecho de considerar al adversario un enemigo a quien hay que cerrarle el paso a toda costa. Otro tema es la fuerza del personalismo. Desde luego, el papel de la personalidad presidencial es importante. Pero nosotros nos hemos pasado de la marca. Cuando falta una personalidad fuerte, los regímenes entran fácilmente en crisis, dado que no hay un tejido institucional que permita minimizar la falta de un caudillo. Un último tema surge de una pregunta: ¿a los argentinos les interesa el progreso? Yo tengo serias dudas.

-¿Por qué?

-Porque estamos en un país que siente un enorme desprecio hacia quienes crean riqueza. En países parecidos al nuestro, como Estados Unidos, Australia y Canadá, la figura del pionero es muy importante, mientras que en la Argentina no sólo no lo es, sino que en algunos casos tiene mala fama. Por ejemplo, una actividad como la agropecuaria, que durante más de cien años generó la mayor innovación, ha sido despreciada como si fuera algo que era mejor no tener. Ahora, por supuesto, se frenó en parte este sentimiento, porque dependemos de la soja.

-¿Cómo analiza el primer año de Néstor Kirchner en la presidencia de la Nación ?

-En materia institucional no veo cambios y sí algunos retrocesos. He marcado un viejo problema que sería injusto endilgarle al actual gobierno, la intolerancia. Pero se ha hecho muy poco por solucionarlo. Otro problema es el de la Justicia: hemos sacado una Corte espantosa de una manera casi espantosa también. En el aspecto económico, en cambio, creo que ha habido cierta prudencia en el manejo de los fondos públicos, aunque, al mismo tiempo, ha habido factores externos muy favorables. Tampoco veo que se haya avanzado demasiado en el problema del personalismo; muy pocas veces hemos tenido gabinetes como el de Marcelo T. de Alvear, con peso propio.

-Para muchos, el gabinete de Fernando de la Rúa fue de lujo y, sin embargo, su gobierno fue un fracaso...

-Es que el peso que tiene el factor presidencial es muy fuerte en la Argentina. Y si el Presidente no anda, el régimen entra en crisis. Creo que De la Rúa no era el jinete que se precisaba para cabalgar la crisis.

-Por eso Kirchner se ha preocupado por mostrarse diferente a De la Rúa...

-Podemos poner en un extremo a Kirchner y en otro a De la Rúa. Dadas las características de la institución presidencial en la Argentina, uno falla por debilidad y el otro, porque tapa al resto de su equipo.

-¿Cuáles cree que serán los mayores desafíos que enfrentará el gobierno de Kirchner de ahora en más?

-Dejando de lado problemas que requieren una resolución más inmediata, como la crisis energética y la deuda, creo que los mayores desafíos son la reforma política, un plan de seguridad y una reforma judicial.

-¿Qué reflexiones le merece el debate sobre la reforma política?

-La cuestión del sistema electoral es importante, pero no decisiva. En lo personal, creo que ir hacia un sistema de elección en circunscripciones uninominales, como el que en su momento proponía Joaquín V. González, sería más favorable. Pero creo que hay un aspecto quizá más importante, que radica en cómo reconstruimos la clase política para que funcione bien. El problema de la Argentina es que ocuparse de la cuestión pública ha dejado de ser la actividad prestigiosa que fue en algún momento. Lo central es cómo podemos volver a atraer a la gente más capaz y honesta hacia la política.

-¿Qué importancia le asigna, en términos de gobernabilidad, a la relación entre Kirchner y el PJ?

-Es una pregunta complicada, porque el PJ es complicado y tiene características sui generis. Depende más del Presidente que de su partido. Tengo la sospecha de que si se insiste mucho en el proyecto de transversalidad, la relación entre Kirchner y el PJ puede verse afectada seriamente. Creo que el Presidente debería aplicar el máximo de cautela en el manejo de la situación.

-Frente a los problemas internos en el justicialismo, no faltan quienes pronostican una ruptura, al tiempo que otros recuerdan la frase de Perón en el sentido de que los peronistas son como los gatos, ya que cuando parece que se pelean en realidad se están reproduciendo. ¿Quién tiene razón, para usted?

-Efectivamente, el justicialismo ha mostrado una gran capacidad de supervivencia y ha sobrevivido a muchos pronósticos en contrario. Pero la frase de Perón es distinta con Perón vivo que con Perón muerto. Porque los peronistas podían comportarse como los gatos con un papá arriba que cuidara algunas cosas. Podría haberse dicho lo mismo sobre el radicalismo en tiempos de Yrigoyen y, sin embargo, el radicalismo se quebró dos veces: entre personalistas y antipersonalistas, primero, y entre frondicistas y balbinistas, más tarde.

-¿Se anima a definir a Kirchner ideológicamente?

-¿Es gratis la respuesta? (Se ríe.) Claramente, a mí me da la impresión, por sus dichos, de que es un hombre de una centroizquierda nacionalista y, en algunos casos, con ideas un tanto anticuadas. Ciertamente, no es un hombre de centroderecha, no es un liberal, y el factor nacionalista se advierte con mucha más fuerza que en otros presidentes anteriores.

-¿Hacia dónde cree que se va a mover la oposición?

-Es un poco difícil discernir entre lo que uno quiere que pase y lo que puede pasar. En mi caso, he tenido simpatías por Recrear, porque creo que con López Murphy hay un intento por crear un partido liberal tanto en lo político como en lo económico, diferente de los intentos anteriores, caracterizados por un liberalismo cojo, con sólo una pierna económica. Por el momento, veo difícil que una oposición de ese tipo pueda tener fuerte arraigo. Creo que hoy la oposición se puede canalizar más fácilmente a través de lo que era el viejo partido radical y de lo que representó en la política argentina, aunque no con la misma organización actual ni con sus mismos dirigentes. Si el oficialismo es Kirchner, veo difícil una oposición a su izquierda, salvo imprevistos en lo económico.

-¿Me está diciendo que ve poco espacio para una figura como Elisa Carrió?

-A Elisa Carrió le veo el mismo espacio que pudieron tener en el pasado figuras de la talla de Lisandro de la Torre, que es mucho, pero poco para el premio mayor.

-¿De qué dependerá que Kirchner conserve los elevados niveles actuales de adhesión en la opinión pública?

-Progresivamente, el juicio de la opinión pública dependerá cada vez más de los resultados de la gestión. Hay enfrentamientos que el Gobierno ha manejado favorablemente, pero esos enfrentamientos pueden llegar a cansar a la gente si no hay al mismo tiempo una buena performance. El Gobierno ha tenido un año sui generis, en parte por la crisis que lo precedió y en parte por las circunstancias internacionales favorables para la economía argentina. Pero desde ahora, como dice un dicho criollo, en la cancha se verán los pingos.

-Tanto el clientelismo como el caudillismo son fenómenos incorporados desde hace mucho tiempo a la cultura política argentina. ¿Cree que han llegado para quedarse por largo rato?

-Mientras haya fondos públicos de la naturaleza y del tamaño de los que se aplican al plan Jefes y Jefas de Hogar va a ser muy difícil que dejen de existir. Tengo la impresión de que esto va a seguir y temo que se empiecen a generar conflictos internos por el manejo de esos fondos. Creo que el fenómeno de los caudillismos tiene que ver con situaciones provinciales de poco desarrollo relativo. Una vez hice una investigación sobre lugares de la provincia de Santa Fe durante la segunda mitad del siglo XIX y observé que la mayoría de los jueces de paz de esas zonas eran figuras conocidas: comerciantes importantes y terratenientes. A medida que Santa Fe empezó a tener un desarrollo económico importante, los jueces de paz conocidos empezaron a desaparecer, porque estaban dedicados a funciones más redituables. Y hoy vemos provincias donde sólo encontramos empleados públicos. Es difícil ser caudillo en provincias grandes y prósperas. El caudillismo seguirá existiendo mientras haya lugares muy estancados en su desarrollo y esto tiene mucho que ver con el fracaso del federalismo en la Argentina. Es muy difícil armar un Estado federal con unidades que no se pueden sostener a sí mismas.

Por Fernando Laborda
De la Redacción de LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/04/05/29/dp_605542.asp

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Giannetti: "La felicidad no depende sólo de la marcha de la economía"

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 26-05-2004 06:36:02

Uno de los filósofos más respetados de Brasil

SAN PABLO.- "Países como la Argentina y Brasil sufren grandes oscilaciones en su sentimiento de felicidad. Somos un poco maníaco-depresivos: un día nos sentimos en el fondo del pozo y otro día nos sentimos los mejores. Estas oscilaciones tienen valor, porque hacen la vida emocionante y nadie se muere de tedio en culturas como las nuestras. Pero se paga un precio: el de la dificultad para seguir un camino más equilibrado, porque estamos siempre absorbidos por el momento, sin capacidad para pensar estratégicamente en el futuro."

Según Eduardo Giannetti, uno de los filósofos más respetados de Brasil, son ésos los pros y los contras de nuestra cultura. Historiador de las ideas, economista, doctor en Cambridge y profesor universitario, dedicó los últimos años al estudio de algo tan controvertido como esencialmente humano: la felicidad. Asunto relegado al campo de la autoayuda, la felicidad es tema de estudio desde los pensadores griegos clásicos hasta los intelectuales contemporáneos, pasando por Sigmund Freud, Friedrich Nietszche y el tan en boga John Maynard Keynes. Ya existe en el mundo catedrático norteamericano hasta un prestigioso Journal of Happiness Studies (Diario de Estudios sobre la Felicidad).

"Felicidade", el libro con el que Giannetti impulsó el debate filosófico del tema en Brasil, aborda una cuestión que se eleva sobre las discusiones triviales de la vida diaria, pero que va al centro de esas discusiones: ¿la civilización entristece al animal humano?

Las respuestas están en esta entrevista, desarrollada en su casa del barrio paulista de Alto de Pinheiros, de la que surgió una conclusión interesante y hasta esperanzadora para nuestros países.

-¿Cómo viene siendo tratada la felicidad por los estudios académicos?

-El tema de la felicidad está muy presente en la historia de la filosofía. Los griegos discutían mucho la cuestión. Platón y Aristóteles, especialmente. La novedad reciente es que comenzamos a tener muchas investigaciones empíricas, en psicología y economía, sobre el bienestar. Y eso comienza a reflejarse en la filosofía, porque ahora los filósofos tienen material práctico para poder hacer afirmaciones. Cuando Freud dice que el hombre civilizado cambia una parte de su felicidad por más seguridad y confort, eso es plausible, pero no había evidencias para medir hasta qué punto eso ocurría. De los años 50 para acá, estudios prácticos con rigor científico permiten reevaluar la tesis freudiana.

-¿Cómo es posible definir y medir la felicidad?

-Yo no busco una definición de felicidad, no creo que sea necesario. Estas investigaciones empíricas son interesantes porque el propio individuo encuestado relata el grado de satisfacción que tiene en su vida. No existe un especialista en felicidad, porque el tema es, evidentemente, interdisciplinario: la psicología, la economía, la filosofía y la neurociencia estudian mucho la relación entre bienestar y placer. La cuestión es muy compleja y los temas relevantes del ser humano no respetan fronteras académicas.

-¿Cómo es la relación entre nivel de ingresos y felicidad?

-Estudios realizados en la Universidad de Princeton, en 2002, mostraron que a partir de cierto nivel de ingreso per cápita (aproximadamente, 10.000 dólares anuales, con variaciones según el país), el incremento de ingresos deja de generar un incremento del bienestar subjetivo. El bienestar objetivo claro que puede seguir creciendo, con más autos, más tecnología, mejores tratamientos de salud, etcétera, pero el bienestar subjetivo -cómo se siente la persona- se estanca. En los países que pasaron un cierto nivel de ingresos per cápita desaparece la correlación entre aumento de riqueza y aumento del bienestar subjetivo. Ese es más o menos el índice de Portugal o de Corea del Sur. Para países como la Argentina o Brasil, eso deja un mensaje muy importante: para alcanzar el bienestar subjetivo de los países más ricos no es necesario tener un ingreso per cápita de 30.000 o 40.000 dólares, porque a partir de los 10.000 dólares ya no hay un aumento del bienestar subjetivo.

-Es sorprendente que, después de varios siglos del inicio de la era de la razón, una cierta felicidad sea encontrada más fácilmente en individuos con creencias religiosas.

-La creencia religiosa da algún tipo de esperanza en una realidad trascendente y eso apacigua al ser humano. Sin esa posibilidad de trascendencia, el ser humano queda un poco desamparado, porque la vida sin ningún tipo de creencia es dura. Personas con creencias religiosas tienen, de hecho, un grado subjetivo de bienestar mayor. Ahora, se paga un precio por eso, porque en algunos casos la religión infantiliza al ser humano, lo vuelve tutelado o dependiente. Es el intercambio inevitable.

-El iluminismo prometió una felicidad cada vez mayor a medida que se conquistara el dominio de la naturaleza, el ser humano se perfeccionara con la razón y se lograran gobiernos racionales. ¿Qué fue lo que falló?

-Los iluministas más exaltados -porque también había iluministas escépticos-, como el marqués de Condorcet (1743-1794), creían que había una ecuación infalible entre el progreso de la razón y el aumento de la felicidad. Cuanto más avanzara la civilización, más el hombre se volvería feliz con su vida. Ahora sabemos que la ecuación no se comprobó. La dimensión objetiva del bienestar mejoró mucho, no hay duda. Según indicadores médicos, por ejemplo, hubo mejoras impresionantes, pero la contrapartida de eso, el bienestar subjetivo, es muy cuestionable.

-¿Se sobreestimaron las conquistas de la razón o, en realidad, esos tres desafíos del iluminismo no fueron puestos completamente en práctica?

-Algunos pensadores creen que el iluminismo no cumplió con su promesa porque no llegó a ser aplicado en forma integral. Cuando Jürgen Habermaas habla de caminar "en dirección de una sociedad racional", él quiere que la sociedad sea aún más racional, para que se puedan recoger los frutos del iluminismo. Existe otra escuela, menos optimista, que cree que siempre va a haber un trade off, un intercambio. Es decir, hay un precio en el aumento de la civilización. Se pierde una cierta alegría espontánea de vivir. Lo que Rousseau llamaba "el dulce sentimiento de la existencia". Jean-Jacques Rousseau es un gran precursor de esa idea, de que lo que se gana por un lado se pierde por el otro. Las personas van perdiendo la alegría espontánea de vivir, algo que se encuentra en los países premodernos de Africa. Es sorprendente para cualquier europeo ver cómo los habitantes de Nigeria, a pesar de la enorme precariedad de su vida material, tienen una disposición feliz frente a la vida.

-Y los argentinos y brasileños, ¿cómo somos?

-Países como la Argentina o Brasil sufren grandes oscilaciones en su sentimiento de felicidad. Somos un poco maníaco-depresivos: un día nos sentimos en el fondo del pozo y otro nos sentimos los mejores y felices. Estas oscilaciones que tenemos en nuestra cultura tienen valor, porque hacen la vida emocionante. Nadie se muere de tedio en culturas como las nuestras, pero se paga un precio: el de la dificultad de estructurar un camino más equilibrado, porque quedamos absorbidos por el momento sin capacidad para pensar estratégicamente en el futuro. Culturas más racionales y menos oscilantes no tienen tantos altibajos, pero son mucho más capaces de mirar hacia el futuro y actuar estratégicamente.

-¿Terminaron las fórmulas ideológicas, marxistas o capitalistas, de la felicidad?

-Yo no creo que exista un sistema económico que pueda resolver por nosotros el desafío de la felicidad. Creo que ésa fue la quimera del siglo XX, heredada del pasado, de que tenía que haber algún sistema económico que nos llevara a la mejor vida. Lo que un sistema económico puede hacer es dar más oportunidades para que un número mayor de personas tengan un amplio abanico de opciones para encontrar su propio camino. Un buen sistema tiene que permitir mayor espacio para que las personas afirmen sus valores, pero eso no garantiza la felicidad de nadie. Keynes decía que "para quien lucha por el pan diario, el ocio es un premio ardientemente deseado. Hasta que lo consigue". Ningún paquete ideológico, ninguna doctrina, va a resolver esa cuestión para los individuos. La vida es más difícil así, porque nos obliga a pensar; era muy confortable poder recurrir a una doctrina ya lista. Vamos a tener que pensar los problemas en su propio contexto y reflexionar sobre ellos. El problema de la realización humana es esencialmente individual, no se resuelve colectivamente. Lo que lo colectivo puede hacer es incomodar menos, dar más oportunidades y capacidades: educación, salud, igualdad de oportunidades.

-Hablando de Keynes, él decía en 1927: "Ya es hora de que comencemos a recoger los frutos de nuestras conquistas materiales". Pasaron casi ochenta años, y nada.

-Los grandes economistas del pasado, incluso Keynes, imaginaban que había un problema económico en la sociedad. Y pensaban que a medida que la civilización avanzara y los problemas fueran resueltos, lo económico iba a quedar subordinado a otros valores. Lo que uno observa es que lo que ocurrió fue lo contrario: la humanidad tuvo económicamente un avance enorme, pero lo económico pasó a ocupar un espacio cada vez mayor. Hay algo equivocado. Nuestros ancestros, que tenían un nivel de ingresos mucho peor que el nuestro, estaban menos obcecados por la economía que nosotros.

-Ya que en un determinado nivel de riquezas la felicidad deja de crecer, ¿se puede pensar en un gobierno que busque la felicidad de sus gobernados como meta y no únicamente el desarrollo económico?

-El gran reclamo en el mundo en relación con los gobiernos es la cuestión económica y el empleo. Sólo que economía y empleo no son fines, son vehículos para el bienestar humano. ¿Podremos tener algún tipo de indicador de bienestar humano que sea objeto de atención y de políticas públicas? Es una pregunta que muchos estudiosos se están haciendo. Ahora, yo vería con preocupación un gobierno que intentara imponer una visión de felicidad. Tendríamos, en ese caso, una pesadilla platónica: la idea de que un rey filósofo puede mostrar a las personas cuál es el camino. En ese punto, me identifico con el liberalismo clásico. Yo creo que el individuo es el que tiene que elegir su vida. Soy mucho más pro Sócrates que pro Platón. Sócrates instigaba a que cada individuo hiciera lo mejor que pudiera; Platón pensaba en una ingeniería política. Es preferible una vida en libertad, por más que se sea menos feliz, que una vida tutelada o químicamente facilitada.

-¿Cómo buscamos la felicidad?

-Bueno, Brasil y la Argentina podrían comenzar a pensar qué tienen para decirle al mundo sobre el tema. Podemos mostrar que no sacrificamos todo en nombre de la economía, que tenemos otras posibilidades de realización: una comprensión más amigable de la vida, una vida en la que las relaciones personales tienen un valor importante. Ahora, para poder llegar a ese paso necesitamos resolver primero nuestros problemas económicos elementales, claro. Si logramos alcanzar un nivel mínimo de civilización, podríamos entonces ver si podemos aportar algo nuevo.

-A fin de cuentas, ¿la civilización entristece al animal humano?

-Probablemente, sí. Eso no significa que la civilización sea enteramente mala. Por el contrario, el desafío para países como la Argentina y Brasil es encontrar en ella lo valioso y descartar lo que no nos interesa. Eso requiere mucha madurez y mucha sabiduría. Yo me defino mucho con una afirmación del filósofo Wittgenstein: "Aun después de que todas las cuestiones científicas hayan sido respondidas, los problemas de la vida no habrán sido ni siquiera tocados". Eso no quiere decir que la ciencia no tenga un valor fabuloso. Lo tiene, pero también debemos encontrar caminos para los interrogantes que surgen en los planos ético y existencial.

Por Luis Esnal
Corresponsal en Brasil

http://www.lanacion.com.ar/04/05/26/dq_604522.asp

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Curiosidades de un traspaso

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 26-05-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

Las grandes palabras suelen ocultar pequeños hechos. El lunes 24-5, ante un auditorio de 400 jefes y oficiales que no lo aplaudió mucho, el presidente Bush presentó su plan de “traspaso de la soberanía” al pueblo iraquí el próximo 30 de junio. Las nuevas propuestas de W. son las viejas: seguirán en Iraq los 138.000 efectivos estadounidenses –tal vez lleguen a ser más– sin fecha de retirada a la vista. Las nuevas fuerzas de seguridad locales, a crearse, serán en última instancia controladas por el mando militar de EE.UU. sobre el terreno. Esa “soberanía” entraña además la presencia por tiempo indefinido de asesores norteamericanos en los ministerios clave (véase Página/12, 23-5-04). El plan acrecentó el escepticismo de los iraquíes, un 90 por ciento de los cuales considera que los invasores son “fuerzas de ocupación”, no “libertadores”, según la última encuesta conocida (Chicago Tribune, 23-5-04). Se quejan incluso miembros de la Autoridad Provisional de Coalición (APC), todos designados por Washington.
Ali Allawi, actual ministro de Defensa de la APC, insiste en que las tropas extranjeras deben ser reemplazadas por fuerzas de seguridad iraquíes a más tardar en un año. El presidente de turno de la APC, Ghazi al Yawar, quiere que las autoridades locales “tengan el derecho a pedir la retirada de esas tropas”. La nueva “soberanía” de Iraq no contempla semejante pretensión. Al Yawar también quiere que los iraquíes controlen los ingresos que asegura la exportación de petróleo. En teoría, el nuevo gobierno interino debería administrar el Fondo de Desarrollo para Iraq, cuyos dineros provienen de un porcentaje de esas ventas. Quién sabe. Washington se opone.
Una delegación encabezada por Hamid al Bayati, viceministro de Relaciones de Exteriores de la APC, intentó recientemente en Nueva York que las Naciones Unidas presionaran a las autoridades ocupantes a fin de que se devolviera a Bagdad el dominio y el manejo de las entradas que producen sus propios hidrocarburos. Sin suerte: ni siquiera fueron recibidos por los funcionarios competentes de la ONU. Desde la ocupación del país hace 14 meses, EE.UU. ha impuesto un silencio de plomo sobre los tratos, las exportaciones y el uso de los fondos que éstas devengan. Hay motivos: Muzhir al Dulaymi, vocero de la Liga de defensa de los derechos del pueblo iraquí, declaró el lunes 24-5 “que se roba diariamente a Iraq”. Aseguró que, según fuentes de primera mano, los datos del movimiento portuario de al Bakr, en el sur iraquí, y del puerto turco de Jihan, confirman que “tres millones de barriles de petróleo salen de Iraq cada día”. Los funcionarios del Ministerio del Petróleo iraquí tienen prohibido hablar del tema. Sin mencionar, agregó al Dulaymi, “el hecho de que existen muchos contratos secretos que ni siquiera se notifican a ese ministerio”. Aun antes de la invasión, Washington contaba –y los “halcones-gallina” lo decían– con que la producción petrolífera iraquí iba a solventar los gastos de la guerra en un par de años.
El plan para Iraq formulado por W. Bush –que ahora sí pide el apoyo y la ayuda de la ONU– no toca puntos esenciales y nada cambia de la estrategia que hasta ahora aplica. O de la falta aparente de estrategia. El muy respetado general (R) de cuatro estrellas Anthony Zinni lo acaba de señalar sin tapujos: “Ha habido poco pensamiento estratégico (en el gobierno), la planificación operativa y su ejecución sobre el terreno han sido pobres” (CBS News, 21-5-04). Dijo más: el curso actual de la ocupación de Iraq “es un fracaso”, culpó de ello “directamente a la conducción civil del Pentágono” –es decir, Donald Rumsfeld– y afirmó que la ideología de los neoconservadores los llevó a secuestrar la política estadounidense en el país invadido. No es el único militar de alto rango que piensa de ese modo. El general de marines (R) Joseph P. Hoar, ex comandante de las tropas norteamericanas en Medio Oriente, manifestó ante el Comité de Relaciones del Senado: “Creo absolutamente que estamos al borde del fracaso. Nos hallamos frente al abismo” (Los Angeles Times,23-5-04). El general Charles Swannack Jr., comandante de la 82ª división aerotransportada del ejército que volvió de Iraq en abril, ya había señalado a los medios que “estamos ganando tácticamente” pero “estamos perdiendo estratégicamente”.
Las críticas también proceden del establishment republicano, de conservadores tradicionales como Pat Roberts, presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado: “Necesitamos –objetó– frenar los instintos mesiánicos en aumento en EE.UU., esa especie de ingeniería social mundial, a la que EE.UU. se siente obligado y con derecho propio, que consiste en promover la democracia, a la fuerza si es preciso”. Para los neoconservadores no se trata de fomentar o imponer la democracia.
Thomas Donnelly, el segundo del muy halcón Instituto Empresarial Estadounidense, acaba de reiterar en una conferencia que “la meta estratégica central para EE.UU. es establecer un nuevo orden en el Gran Medio Oriente”. Esa, sí, es la verdadera estrategia de la Casa Blanca y no ha variado desde la asunción de W. Bush. La única iniciativa nueva que anunció en su discurso del lunes pasado fue la construcción de “una prisión moderna de máxima seguridad” a la que serán trasladados los prisioneros de la siniestra cárcel de Abu Ghraib. Algo es algo.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-35797-2004-05-26.html

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"Seguimos en el infierno, pero subimos dos escalones"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 23-05-2004 00:00:00

CONVERSACION A FONDO CON NESTOR KIRCHNER

Dos horas de charla con Clarín y una recorrida por su gestión de un año. La crisis energética, los empresarios, Duhalde, Lavagna, los derechos humanos; piqueteros, seguridad, su salud y el futuro.

Julio Blanck
jblanck@clarin.com

Eduardo van der Kooy
nobo@clarin.com

Eduardo Aulicino
eaulicino@clarin.com

Alberto Amato
aamato@clarin.com


Cuántas cosas, en un año, son absolutamente distintas a como las imaginó cuando asumió? ¿Cuáles son las que más le llamaron la atención, las que más lo descolocaron?

—Cuando entré aquí, este despacho no tenía ni llave. Me acerqué a la ventana, miré el horizonte y confirmé la dimensión de la crisis argentina: un país muy fracturado, con las esperanzas dormidas, con una dirigencia política, todos, me incluyo, más preocupados por el enfrentamiento coyuntural que por un proyecto estratégico. La verdad es que el desafío sigue siendo una inmensidad. Pero hace un año era segundo a segundo, y hoy es minuto a minuto. La gobernabilidad en la Argentina es una tarea ímproba. Por eso siempre digo que estamos en el infierno. Pero hemos alcanzado a subir dos escalones. Soy optimista, pero cada paso cuesta.

# ¿El romance con la opinión pública se terminó? Usted tuvo índices de popularidad desconocidos.

—Están casi ahí. No es que haya romance. Muchos nos acompañan de acuerdo en muchas cosas, en desacuerdo en otras. Pero los argentinos no quieren perder más tiempo, quieren que las cosas se hagan lo mejor posible para que podamos avanzar.

# ¿Siente que algo puede poner en peligro esa relación en una sociedad de humor tan volátil?

—Mire, yo voy a seguir dando todo para cambiar este país. Para mí, gobernar bien es dar todos los días un pasito para sufrir menos. Quiero un país más justo, más equilibrado, con inclusión social, que se reconstruya la clase trabajadora, pero también la clase media, que considero fundamental para el proceso de recuperación. No se puede reconstruir la Nación sin la movilidad social de la clase media. Fue el motor y el hecho distintivo de la Argentina nuestra clase media. Y hay que trabajar para que salga de la pauperización a la que la llevaron. Confío en ellos, en alianza con los trabajadores y los empresarios nacionales.

# ¿Cuál fue el día que más se preocupó, que tuvo más dolor de cabeza?

—Muchos. Todos los días. Cuando veo que debemos el ciento setenta por ciento del Producto Bruto Interno, que no hay crecimiento que alcance para hacer frente a tantas obligaciones, es difícil no tener algún dolor de cabeza. La demanda es permanente. Un país con la exclusión y los niveles de indigencia y pobreza a los que se llegó en determinado momento, marca que cada problema es muy grave, que la angustia es permanente y que los problemas son permanentes. Pero yo soy optimista: la Argentina tiene tanta potencialidad que siempre se puede encontrar un camino.

# Cuando asumió se veía un gobierno con mucha iniciativa política. Hoy se lo ve casi al revés, muy tomado por la realidad, la crisis energética, la inseguridad, y no con los temas que impone el propio Gobierno.

—No es tarea nuestra imponer temas. La crisis energética se da por la falta de inversión durante muchos años, por la recesión y también por el crecimiento económico. Cuando asumí, se decía que la Argentina iba a crecer un 1 por ciento en 2003 y un 1,5 o 2 en 2004. Y la Argentina casi llega al 8,9 en un solo año y crece en este primer cuatrimestre un 10 por ciento. Todo esto es bueno. Pero desnuda las carencias por la falta de inversión durante muchos años.

# ¿No subestimaron un poco la crisis de energía al comienzo?

—No. Lo que pasó es que hablamos con el sector y nos dijeron que tenían volumen de gas de sobra. Evidentemente no era así. Ellos, en reuniones conmigo, me reconocen que se equivocaron.

# Pero el costo político lo paga siempre el Gobierno, Presidente.

—Cuando hay que construir un país no es un problema de costos. Me toca decidir sobre inversiones que no se hicieron desde 1998, con un Estado que estuvo totalmente ausente y con un sector en el que muchos están acostumbrados a hacer lo que quieren. Esa es la realidad concreta. Cuando se privatizó no se garantizó la inversión, no se cumplieron los contratos, Es como la seguridad, que viene desde hace mucho tiempo y que todavía es una asignatura pendiente. Estamos avanzando y la tenemos que solucionar, pero nos va a llevar tiempo.

# Usted es más bien introvertido, con un mecanismo de toma de decisiones bastante pequeño y cerrado. Hay una sensación de que las cosas las deciden pocos, que sus reacciones iniciales son siempre más temperamentales que racionales. Esto está bastante instalado.

—Eso no quiere decir que sea cierto. Yo soy como me ven, como me conocen. Ni depresivo, para nada, ni eufórico. Tengo siempre un optimismo racional.

# Bueno, pero bajones debe tener. No me va a decir como decía Cavallo, que él no soñaba...

—No. Yo tengo ilusiones, tengo sueños. Pongo mucha fe en lo que hago. Y tengo una profunda capacidad de autocrítica. Lo que pasa es que ustedes han encontrado una nueva forma de gobernar. Yo estoy todo el día aquí adentro. Me reúno con todos mis funcionarios. Hubo otros que preferían gastar el tiempo en otras cosas. Yo consulto a todo el mundo, después sintetizo y tomo la decisión que corresponde.

# Es decir, no es que deciden pocos: decide uno.

—Deciden todos. Yo tengo que sintetizar.

# Pero usted nunca junta a sus ministros ¿no?

—No. ¿Sabe lo que pasa? Estando solos puedo charlar con intimidad y a fondo. Ellos se sueltan y yo tengo una capacidad de elaboración distinta. Tengo una visión mucho más global que si los juntara a todos. Porque si no, empiezan a mirarse, ¿no? Salen y dicen una cosa por afuera, lo que ha pasado siempre. Somos así los seres humanos. Tengo un equipo de ministros muy buenos, ninguno hace seguidismo torpe.

# ¿Esa metodología no le puede quitar efectividad, dinámica a la gestión?

—No, porque yo decido permanentemente. También escucho en forma individual a los empresarios. Charlo mucho con los empresarios y no en reuniones colectivas. Me encanta la charla individual. Y se toman decisiones todos los días. Yo leí un titular de Clarín que decía "El Gobierno disputa con las petroleras el precio de la nafta y el combustible". Al otro día el titular pudo haber sido: "El Gobierno cedió" o "El Gobierno perdió". Sin embargo peleé hasta la última instancia un aumento que se daba por hecho.

# Usted les hizo saber que, si se aumentaba la nafta, le aumentaba los impuestos al gas. ¿A los empresarios hay que convencerlos o hay que "apretarlos"?

—Hay que saber conversar con ellos. Y hay que tener las manos desatadas. Digamos las manos no atadas. No tener compromisos que le impidan a uno tomar las decisiones que tiene que tomar, que es lo que pasó en la Argentina durante muchos años.

# ¿Los empresarios también buscan conversar, o "aprietan"?

—No se trata de "apriete". Cuando se discuten intereses... En nuestro caso no es apriete, es firmeza. Cuando uno está defendiendo los intereses del conjunto de la sociedad, tiene que tener la decisión de hacerlo.

# Hablando de manos desatadas, últimamente empezaron a tomar alguna difusión denuncias de corrupción o de algo parecido, de funcionarios del Gobierno. Por ejemplo, lo de la pesquera Conarpesa. Es algo que en los primeros meses de gobierno no había aparecido.

—Yo no voy a decir que hay que ir a la Justicia y todo lo demás, como se decía antes. Pero si yo tuviera un solo hecho que comprometa la honestidad, si a mí me alcanzan en mano un solo elemento probatorio de estos hechos que se lanzaron para desgastar al Gobierno, yo los ceso de inmediato. De Conarpesa ni vale la pena hablar. Nadie me trajo un solo elemento. Tráiganmelo. Y si quien lo tiene no se anima, tráiganmelo ustedes. O cualquiera. Que me lo dejen debajo de la puerta. Yo no pongo las manos en el fuego por nadie. Yo debo garantizar la lucha contra la corrupción y lo voy a hacer.

# Cuando usted dice que no pone las manos en el fuego...

—Lo puedo hacer desde lo personal. Pero desde lo institucional no puedo.

# ¿Confía o no? ¿Es un hombre confiado o desconfiado?

—Igual que los periodistas. (Risas)

# Ya que habla de eso, a usted el periodismo le preocupa mucho, demasiado

—Eso también lo han instalado. Si alguien escribe algo que no me gusta, con lo que no estoy de acuerdo, si la confianza me lo permite le digo: "Mirá, yo pienso diferente". Y él tendrá su postura y yo la mía. Creo que hay una clase política argentina que les dice a los periodistas lo que quiere escuchar. Van a hablar a sectores liberales y les dicen lo que quieren escuchar. Y van a hablar a un sector progresista y les dicen a los progresistas lo que quieren escuchar. Tenemos que terminar con esa hipocresía. Yo creo que fortalezco la libertad de prensa discutiendo este tipo de cosas.

# Usted habló recién de liberales y progresistas. ¿Usted qué es? ¿Liberal o progresista?

—Peronista.

# O sea, un poco de cada cosa.

—(Risas). Yo me tengo que dedicar a gobernar con todos.

# Todavía no aparece claro cuál es la relación que busca con los otros sectores políticos. ¿Tiene pensado abrir una discusión para generar consenso?

—Yo converso permanentemente. Tengo muy buen diálogo con gobernadores radicales, con diputados de otros partidos. Creo que el diálogo debe ser permanente. Pero no creo en los diálogos corporativos. Por ahí estoy equivocado. Pero a veces no soy de participar en reuniones festivas.

# El congreso del PJ no fue festivo: las señoras se tiraron con lo que tenían a mano.

—Digamos que, a mi juicio, el congreso del PJ fue una expresión de lo que no se debe hacer en política.

# ¿Cómo es hoy su relación con Duhalde?

—Natural, normal, una relación de mucho respeto. En muchas cosas pensamos igual y en otras pensamos diferente. Y lo discutimos los dos con calidez.

# Luego de los gestos que intercambiaron, ¿se van a encontrar?

—¿Y ustedes qué saben si no nos vemos? (Risas) Miren: desdramaticen. Tenemos una relación muy racional. Y cuando tenemos diferencias no nos enojamos, disentimos.

# ¿Qué es para usted el peronismo de la provincia de Buenos Aires?

—Bueno, el Partido Justicialista de Buenos Aires...

# ¿Dice que el peronismo es más que el Partido Justicialista?

—Obviamente. El PJ es un instrumento electoral que tiene que sintetizar al justicialismo y a otras fuerzas políticas. Hoy por hoy, creo que hay dirigentes muy valiosos y otros que no lo son tanto. Y es un problema, a veces, de la provincia de Buenos Aires entender que existe otro país. Y el otro país también tiene que entender que existe la provincia de Buenos Aires. Es un problema que trasciende incluso al peronismo.

# ¿Y qué siente cuando el ex presidente Menem dice que usted puede no terminar su mandato?

—La verdad, no tuve mucho tiempo de dedicarme a estudiar los pensamientos del ex presidente.

# Sobre su política de derechos humanos y revisión del pasado hay quien dice que usted saldaba una deuda con su propio pasado más que responder a una demanda de la sociedad.

—Ese es un acto de reduccionismo histórico. No creo que el destino de treinta mil desaparecidos, de cientos de miles de torturados y presos, la quita de todas las libertades públicas, el vaciamiento de la Argentina, pueda ser un problema de una persona. Estoy convencido de que no se puede conseguir una Argentina distinta si no se resuelve con memoria, justicia y verdad la lucha contra la impunidad. Lo llaman pasado, pero cuando no se lo resuelve, ya no es más pasado, es algo que viene de atrás, pero que es presente. Es como cuando analizan la crisis energética, no dicen dejemos el pasado. Es algo que en el pasado no se resolvió y lo tenemos que resolver ahora. Lo que puede ser cuestionable son por ahí los gestos, las cosas que uno suele decir.

# ¿Lo dice por lo de la ESMA?

—No, como en cualquier otro momento. Yo puedo cometer errores, como todos los seres humanos. Un gesto mío puede ser malinterpretado, no es mi intención agraviar a nadie. La búsqueda de justicia no es un agravio.

# ¿Usted hizo autocrítica sobre lo que dijo en la ESMA?

—Yo hago autocrítica de todo lo que hago. Y tengo a mi compañera que me ayuda permanentemente: me hace críticas todo el tiempo (Risas). Uno siempre está en la fragua. Ese día, la primera que me dijo que no tenía que hablar fue Cristina. Y no quise desconocer lo que hizo mucha gente por los derechos humanos. Se hicieron muchas cosas, pero después hubo un retroceso, con el indulto, la Obediencia Debida y el Punto Final.

# ¿Cómo es su relación con Lavagna, sobre la que siempre hay versiones?

—Excelente. Con Roberto nos conocimos cuando era ministro de Duhalde. Así como yo disentí mucho con la primera etapa de la economía del gobierno de Duhalde, debo reconocer que en la segunda etapa, con Roberto, llegó mucha racionalidad, y en un momento difícil. Yo trabajo muy bien con él, lo que no quiere decir que estemos siempre de acuerdo. No tiene nada de malo. Yo he escuchado que en muchos gobiernos se negaban los desacuerdos.

# Presidente, pero cuando hay desacuerdos se hace lo que dice usted.

—Obviamente. Yo soy el Presidente. Y ejerzo esas decisiones en forma continua. No vivimos en asamblea permanente, ni deliberando. Las decisiones hay que tomarlas y las tomamos. Nunca se toman irracionalmente.

# Usted llegó hace un año al gobierno. Estuvo doce como gobernador y cuatro como intendente. Son diecisiete años mandando. ¿Se imagina un día sin mandar? Bueno, en su casa (risas) Como nos pasa a todos...

—Es el lugar más difícil (risas). Siempre digo esto porque a algunos les da pudor, por allí dicen: "No, yo...". La verdad, Cristina es una fuerte crítica. Pero eso es bueno para mí.

# ¿Su mujer es un factor de poder?

—Bueno, es mi compañera. Yo no pacto decisiones con ella. La escucho permanentemente. ¿Cómo no la voy a escuchar? La escuché toda mi vida. Llevamos veintinueve años juntos, no son dos días, nos tocó pasar de todo. Lo que pasa es que me gustaría que fuese un poco más ¿cómo les diría?, obediente (risas).

# Pero uno se acostumbra al mando ¿no? Sólo para poner un ejemplo, había gente en el gobierno del ex presidente Menem que decía que manejaron tanto tiempo cuestiones del Estado que casi sentían que era de ellos.

—Ese es un gran riesgo. Las cosas del Estado no son de uno. Cuando uno cree que las cosas del Estado son de uno, es el principio del fin. Y por el ejercicio del poder que hay en la Argentina, ya sea presidente, gobernador, intendente, hay que tener muchas veces un tremendo equilibrio. Yo siempre dije que somos como somos. Y si mañana tengo que volver a mi estudio o a la inmobiliaria de mi hijo, lo haré con la mejor gana. Pero no puedo negar que los riesgos existen. Hay que tener los pies muy en la tierra.

# ¿No teme que lo cuestionen por la casa que está haciendo en El Calafate, que se la vea como una forma de tránsito por el poder?

—Esa casa la estamos haciendo hace cuatro años, está en mi tierra regional, allí donde nací. Por el contrario, siempre fue hecha de cara a la sociedad. Vaya a El Calafate y pregunte a la gente. Siempre hemos tenido la solidaridad de la gente por levantar nuestra casa allí. Todo lo que hacemos está explicado hace más de veinte años en nuestras declaraciones a la DGI.

# ¿Cómo está su salud, Presidente?

—Mire, allí donde está sentado usted estaba aquel día Graciela Ocaña, acá estaba sentado el "Bochi" Granero, el doctor Granero, que fue opositor mío muchos años en Santa Cruz, si quiere puede tomarlo por allí. (Risas). Hablábamos del PAMI. La noche anterior yo había ido al dentista. Y le digo a Granero, que es odontólogo: "Che, me duele el conducto". Me dice: "Tomá Ketorolac".' Y yo debí haber tomado un protector gástrico. Fue un error mío. Y me fue muy mal. Me recuperé rápido porque son esas cosas que hacen pasar un muy mal rato y nada más. No soy Superman. Lo que pasa es que enseguida sale eso de "tiene tal enfermedad". Pero realmente eso fue lo que pasó.

# ¿Y sobre lo que se dijo que tenía, las versiones de una operación, que había tenido un tumor?

—Todos mis análisis son públicos y están para que los vean. Yo, como usted, amo la vida. Profundamente. Si tuviera algún problema grave me estaría cuidando y curando y no dándole acá todas las horas que le doy al trabajo.

# ¿Disfruta el poder, goza con el poder? Menem gozaba. Alfonsín lo sufría, al final sobre todo...

—Tengo días en los que me siento con las espaldas más cargadas, y otros días, menos. No puedo decir que lo sufro porque cualquier argentino me diría: "¿Para qué quisiste llegar al Gobierno si lo vas a sufrir". Se sufre con el dolor que a uno le toca ver. Es muy difícil elegir gozar con las carencias que hay en la Argentina. No son momentos para superficialidades, que se han tenido en el país, y que no merecemos.

# Si, pese a su racionalidad, le estuviera dado solucionar por arte de magia un problema argentino, ¿cuál elige?

—El trabajo. Es el principal problema: la inversión, el trabajo. Yo he solucionado cientos de problemas de trabajo, me ayudan mis ministros, y los empresarios. Así que sé muy bien que la vida de una persona cambia por completo cuando encuentra trabajo.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/05/23/z-764448.htm

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De patas cortas

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 23-05-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

Es cierto que George W. Bush no es Esquilo, que Donald Rumsfeld no es Sófocles y que Paul Wolfowitz no es Eurípides. Pero al menos podrían intentar la confección de mitos que duraran más de un año. Una encuesta reciente de Gallup demuele por completo ciertas ficciones fabulosas que los “halcones-gallina” de Washington no se cansan de repetir. Un ejemplo: los ataques a las tropas ocupantes de Irak son obra de grupúsculos de baasistas con nostalgia y de otros terroristas, y la mayoría silenciosa iraquí los repudia. La encuesta indica que un 22 por ciento de los iraquíes interrogados apoya parcialmente las acciones de la resistencia y un 29 por ciento las aprueba plenamente. Otro ejemplo: Bush hijo insiste, a falta de armas de destrucción masiva, en que el objetivo de la invasión era llevar la democracia a Irak y que sus tropas no ocuparon el país, lo liberaron. Es una afirmación que los iraquíes no comparten: el 81 por ciento no está de acuerdo con lo último; en las regiones sunnitas y chiítas, la proporción es de 90 y 93 respectivamente.
¿Qué ocurre con la aseveración de la Casa Blanca de que los iraquíes prefieren que el invasor permanezca un largo período con ellos? El 57 por ciento se pronunció por su retirara “inmediata”; un 61 en las zonas chiítas y el 65 en las zonas sunnitas. En Bagdad un abrumador 75 por ciento pidió que los ocupantes se vayan ya. En octubre pasado, el 80 por ciento quería que se quedaran. Y una encuesta que la semana próxima dará a conocer el Centro de Investigaciones y Estudios Estratégicos iraquí –un organismo confiable para la Autoridad Provisional de Coalición (APC), que rinde cuentas al Pentágono– revela que la posición del chiíta Muqtada al Sadr, quien sigue combatiendo contra los efectivos yanquis en las ciudades santas de Najaf y Karbala, gana consenso: un 32 por ciento de los interrogados manifestó que apoya totalmente al joven clérigo y otro 36 también, aunque con restricciones. Estas dos encuestas se llevaron a cabo antes de que se difundieran las fotos de Abu
Ghraib y sus resultados evidencian que la mayoría silenciosa iraquí ve a los ocupantes como lo que son, ocupantes, y demanda su partida. La credibilidad de EE.UU. ha caído en picada ante los ojos iraquíes. Y del mundo.
Hace unos días, el presidente Bush analizó con su gabinete y con el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, los planes preparados para que el 30 de junio próximo se realice “el pleno traspaso de la soberanía” –así dijo W.– de Irak a otro gobierno interino iraquí que convocaría a elecciones generales el año que viene (Reuters, 19-5-04). Ese proclamado “traspaso de soberanía” no llega a la condición de mito, se queda apenas en mentira. El Financial Times del lunes 17 puntualiza en qué consistirá: el virrey Paul Bremer y su entorno “están creando con sigilo instituciones que darán a EE.UU. poderosas palancas para influir en casi todas las decisiones importantes que el gobierno interino adoptará”.
En primer término, las tropas. Nadie sabe cuándo se retirarán los ocupantes; en Washington se habla de aumentar su número y algunos predicen que permanecerán en Irak varios años todavía. El nuevo gobierno interino iraquí no controlará sus propias fuerzas armadas y de seguridad cuando finalmente existan. En marzo, Bremer emitió un edicto que concede al Ministerio de Defensa iraquí la facultad de dirigirlas, pero una cláusula “de emergencia” establece en un solo párrafo que “el control operativo” de todos los efectivos iraquíes será de los comandantes norteamericanos en el terreno. Las autoridades interinas no podrán ordenar que esas fuerzas entren en combate, una facultad otorgada en exclusiva a los mandos de la coalición. De manera que el ministro de Defensa iraquí se limitará al “control administrativo” de sus propios militares.
Bremer y la APC nombrada a dedo por los invasores comenzaron a construir el poder norteamericano detrás del trono a principios de abril. Merced a edictos sucesivos de la APC, se crearon comisiones que absorberán casi todas las funciones de los ministerios importantes. Estos, además, estarán sometidos a la vigilancia de dos organismos de supervisión. Los miembros de estas nuevas entidades son, desde luego, estadounidenses e iraquíes amigos. Lo notable es que su mandato durará cinco años, es decir, la mano de Washington seguirá presente un largo período cuando el gobierno interino desaparezca y lo sustituyan autoridades elegidas en las urnas. La verdad cruda es que EE.UU. ha previsto mantener su aparato colonial en el Irak “soberano”, detrás de unas fachadas iraquíes vacías.
Seguirá existiendo –por ejemplo– un Ministerio de Comunicaciones iraquí, pero la autoridad encargada de otorgar licencias de funcionamiento a canales de televisión, regular la telefonía celular, censurar y clausurar periódicos y aun incautar equipos de los medios es una comisión creada por Bremer con personal designado por Washington, con un mandato también de cinco años. El actual ministro de Comunicaciones iraquí y miembro de la APC, Haider al Abadi, se enteró por la prensa de que su ministerio sólo se ocupará de cuestiones menores. Dijo: “Si se trata de un gobierno iraquí soberano que no puede cambiar las leyes ni tomar decisiones, no hemos ganado nada”. Y sí, de eso se trata.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-35688-2004-05-23.html

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Massot: "Kirchner debe atravesar varios frentes de tormenta"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 22-05-2004 06:35:44

La visión del periodista y politicólogo

"Más importante que hablar sobre el primer año del gobierno de Néstor Kirchner es analizar lo que viene. Hay que evitar cualquier expresión catastrófica, pero se anuncian varios frentes de tormenta para el futuro inmediato."

Según Vicente Massot, la lucha interna por el poder dentro del peronismo, algunos cambios en la situación económica internacional y la falta de planes concretos constituirán un desafío muy importante para la actual gestión. Si no hay respuesta satisfactoria, añade, la buena sintonía entre el Presidente y la sociedad, que lleva un año, podría terminar súbitamente.

Director del diario y del grupo de comunicaciones La Nueva Provincia, de Bahía Blanca, Massot es autor de una decena de libros de ensayo, doctor en Ciencias Políticas y profesor de historia del siglo XX en la Universidad Católica Argentina y de la maestría de Ciencias del Estado en el CEMA. Massot recibió a LA NACION en su despacho, en la sede porteña del grupo, una oficina muy bien puesta, con pinturas de Raquel Forner y un cuadrito que delata su corazón futbolístico: Racing Club.

-¿Cuál es su opinión sobre estos primeros doce meses de gobierno de Néstor Kirchner?

-No es fácil adelantar un juicio. Cabría decir que el Presidente puede ufanarse por el crecimiento de la economía, el superávit fiscal, la reducción -aunque sea incipiente- del desempleo y el sostenimiento de la gobernabilidad. Le aclaro que no es poco.

-¿Este país es gobernable?

-Debo reconocer que soy un crítico de esta administración, pero Kirchner ha resuelto un problema que aquejaba a la Argentina desde 1999: la crisis de gobernabilidad. De la Rúa no terminó su mandato; Rodríguez Saá, tampoco; Duhalde no terminó el mandato para el cual lo había elegido la Asamblea Legislativa. Hoy no existe el fantasma de la ingobernabilidad. Kirchner, tanto si uno está en contra suyo como si está a favor, es un hombre que entiende el poder y sabe ejercerlo. La condición necesaria de cualquier administración para tener éxito es asegurar la gobernabilidad y parece que está asegurada.

-¿Cómo ve el uso de ese poder?

-La contracara de lo que acabo de enumerar es el déficit, por momentos alarmante, para gerenciar el Estado y poner en marcha las diferentes políticas públicas, como se ve en el caso de la crisis energética; la confrontación convertida en el principal expediente de acción política, como ocurrió con la ESMA, y la falta de estrategia de largo plazo para aprovechar el ciclo virtuoso de la economía internacional. Si tuviese que destacar una virtud presidencial, no tendría dudas: su vocación y capacidad para ejercer el poder. Si, en cambio, debiese apuntar un vicio, diría que, en vez de vertebrar el país, Néstor Kirchner, por una obsesión ideológica, ha hecho todo lo posible por resucitar odios y generar conflictos que deberían enterrarse. Con todo, más importante que el juicio, cualquiera que sea, sobre este primer cuarto de su mandato es tratar de analizar lo que viene. Porque -evitando cualquier giro catastrófico- se anuncian frentes de tormenta.

-¿Cuáles frentes son ésos?

-Kirchner aprovechó, como pocos, una extensa luna de miel, fruto del viento de cola que tuvo la economía y de la falta de peso político de la oposición. Si bien la situación estructural de la Argentina cuando él asumió era la de un país en decadencia, fenómeno que no ha cambiado, a Kirchner le tocó en suerte una coyuntura de carácter económico extraordinariamente favorable. Si a eso le sumamos que el movimiento peronista lo acompañó sin resistencias durante los primeros diez meses de gestión y que los principales partidos opositores apenas tenían presencia mediática, todo parecía sonreírle al Gobierno. Luego estalló la crisis energética, se desaceleró el crecimiento de la economía, apareció Juan Carlos Blumberg, se despertó la oposición dentro del propio justicialismo y puede terminar la luna de miel, sin contar la segura suba de las tasas de interés, por el efecto Greenspan. Por lo tanto, el panorama cambió de manera drástica.

-¿Cuáles son las posibilidades que se le ofrecen a la Argentina?

-El país está ante una coyuntura inmejorable, pero estructuralmente no ha podido salir de una decadencia que lleva, a mi juicio, 60 años. La Argentina está muy mal, estructuralmente. Pero en la coyuntura, por fuerzas que son absolutamente ajenas a cuanto nosotros podemos decidir, se presenta una oportunidad importante.

-¿Por qué?

-Porque si uno cree que los precios que hoy tienen algunas de las principales commodities -soja, maíz, petróleo-, fundamentales en la capacidad exportadora argentina, son una tendencia de largo plazo, no de un año o dos, la Argentina tiene una oportunidad como quizá no se presentaba desde 1946. Hubo dos coyunturas externas extraordinariamente favorables, que la Argentina desperdició, en 1946 y 1973. Y hoy vuelve a tener otra. Porque la economía argentina es muy endeble, no cuenta, el comercio argentino no representa ni el tres por ciento del comercio mundial, como en 1929. Pero por fuerzas en las que nuestra voluntad no tiene que ver, tenemos una gran oportunidad. El tema es saberla aprovechar. Creo que el peronismo desaprovechó las dos oportunidades anteriores.

-¿Por qué se caracterizaban?

-La Argentina, en 1946, tuvo un saldo acreedor con Gran Bretaña que nunca antes había tenido. Las reservas argentinas eran tantas que no se podía caminar por las bóvedas del Banco Central. Piense que, en 1942, un famoso economista que fue premio Nobel, Colin Clark, vaticinó que si la performance argentina continuaba y era capaz de seguir creciendo en la medida en que lo había venido haciendo, en 20 años más sería el segundo país en producto bruto per cápita del mundo. No era un improvisado. ¡Era Colin Clark! Veinte años después, obviamente, la Argentina no estaba en el segundo puesto detrás de los Estados Unidos, sino muy por debajo. Fue una oportunidad que Perón malgastó. No es culpable por lo que hizo, sino por lo que dejó de hacer, en función del poder que tenía, que era omnímodo. Podía hacer realmente lo que quería y optó por un camino equivocado: el modelo de desarrollo hacia adentro, de la sustitución de importaciones, la transferencia de ingresos del único sector competitivo que tenía. Hizo una industrialización ficticia, subvencionada, que a la larga obró en contra de las posibilidades del país.

-¿Y en 1973?

-El precio de las commodities era de los mejores de los últimos 50 años. Pero en esa oportunidad llegó un gobierno carcomido por un principio de guerra civil, enfrentado consigo mismo, con un Cámpora que tenía el gobierno, pero no el poder. El gobierno militar que sucedió al peronismo de entonces desperdició otra oportunidad. La coyuntura externa no era tan buena como la de 1973, pero se trataba del primer gobierno de la Argentina en el siglo XX que tenía derecho a la vida y a la muerte. El gobierno militar es uno de los grandes responsables de la decadencia, de la frustración argentina, porque tenía la posibilidad fáctica de hacer lo que le viniera en gana. No tenía que rendirle cuentas a nadie sobre cómo se decidían las políticas públicas. Y, sin embargo, terminó seis años después en una verdadera catástrofe.

-¿Qué valor le asigna al reclamo de seguridad, con la aparición de nuevos actores y la reacción social? ¿Le parece circunstancial?

-Uno podría, con beneficio de inventario, establecer un paralelo entre el cacerolazo, los piqueteros y Blumberg. Los tres fenómenos ocurren en un país en el que los vínculos tradicionales de representación están quebrados. Los partidos políticos arrastran mala fama, suscitan descreimiento. Así, no es de extrañar que, frente a una crisis como la que aún sobrelleva la Argentina, hayan aparecido esos fenómenos. Lo de Blumberg es una incógnita. Es una respuesta a una inédita, brutal crisis de seguridad, donde lo que está en tela de juicio es el derecho a la vida. Hoy en la Argentina se mata por un par de zapatillas. Nadie sabe cuándo va a ser víctima de un asalto, de un robo, de una violación o de un asesinato. Afortunadamente, la violencia ideológica desapareció, pero creció, en cambio, una violencia de carácter social absolutamente inédita y con un salvajismo sin antecedentes. Y Blumberg demuestra un realismo, un sentido común y una cordura difíciles de encontrar en cualquier hombre público.

-¿Qué asuntos subrayaría hoy en el orden internacional?

-El 11 de septiembre representó en el nivel planetario el comienzo de un nuevo orden, por ahora balbuceante.

-¿Caracterizado por qué?

-Por cuatro elementos. El primero es la metamorfosis de la categoría del enemigo. Por primera vez, los Estados Unidos han de hacer frente a un enemigo absoluto, cosa que no fueron ni el imperio soviético ni el japonés. En la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra Fría se enfrentaban cosmovisiones diametralmente distintas, pero la contienda quedó entablada entre Estados o entre coaliciones. Pero para Al-Qaeda el enemigo no es el gobierno republicano. Estados Unidos es el Gran Satán, pero no porque esté Bush o porque mañana pueda estar Kerry. En segundo lugar, las categorías políticas ceden ante las categorías religiosas. Porque hay enemigos absolutos, no hay forma de establecer reglas de juego sobre cómo se va a empeñar el combate. La Guerra Fría, y por eso fue fría, es la historia de pactos tácitos o explícitos entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, que se habían puesto de acuerdo en reglas que no se podían violar, porque la paridad nuclear podía llevar a la destrucción total. A partir del 11 de septiembre no hay reglas de juego, no hay posibilidad de establecerlas, la negociación es un imposible. El tercer elemento es que se quiebra el principio de disuasión clásica. Y el cuarto, ¿qué significa en el mundo de hoy ganar o perder? ¿Cuál es la definición de victoria o derrota? Qué era ganar o perder en la Segunda Guerra Mundial no necesitamos explicarlo. Eran categorías claras. Hoy esas nociones se han esfumado. Al-Qaeda les ha mostrado a los Estados Unidos que no son invulnerables. ¿Eso es vencer? No lo creo. A lo sumo, será un triunfo táctico...

Por Jorge Rouillon
De la Redacción de LA NACION

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Jorge Domínguez: "La Argentina tuvo un golpe de mala suerte"

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 19-05-2004 06:33:16

Opiniones del politicólogo estadounidense

WASHINGTON.- "Con las crisis recurrentes que ha vivido en los últimos años, la Argentina no se ha convertido en latinoamericana. Se convirtió en sublatinoamericana."

Este concepto, duro para la estima de los argentinos, parte del profesor Jorge Domínguez, uno de los politicólogos más reconocidos de Estados Unidos sobre cuestiones de América latina, que dirige el Centro de Asuntos Internacionales Weatherhead, de la Universidad de Harvard.

Desde su oficina en el campus de Harvard, ubicado en la ciudad de Cambridge, a pocos kilómetros de Boston, Massachusetts, Domínguez dijo a LA NACION que "debería ser un objetivo optimista de la Argentina llegar a tener resultados tan buenos como Brasil, Chile o México".

"Si se hubieran latinoamericanizado a lo Brasil, Chile o México, las cosas no estarían tan mal", sostuvo el politicólogo respecto de la idea de que, después de las crisis económicas, la Argentina comenzó a parecerse más a los países de América latina que a Europa, como buena parte de la dirigencia argentina repitió por décadas.

"Lo triste del caso argentino es que es peor. El país puede ser comparado con los de la región andina, como Bolivia y Ecuador, que han tenido una experiencia similar a la argentina", dijo el profesor de Harvard.

Domínguez, ciudadano norteamericano de origen cubano, considera que el gobierno del presidente George W. Bush desatendió los problemas de América latina. "La prioridad de Bush para la defensa de los regímenes democráticos y constitucionales en el continente ha sido débil", dijo. Y cuestionó el apoyo norteamericano al derrocamiento de Jean-Bertrand Aristide, en Haití, este año, y la fallida promoción del golpe en Venezuela, en 2002.

"Los últimos dos o tres años han sido un período muy difícil, prácticamente, en todo el continente. Sin embargo, no veo la situación como para llegar a un nivel de pánico, que a veces cunde en discusiones sobre el tema", señaló.

En una radiografía de la región, Domínguez dijo que en Brasil "el proceso electoral introdujo una innovación en América latina, que fue el hecho de que hubo, antes de las elecciones, una negociación entre el FMI y la oposición. El primer caso de ese tipo de negociación ocurrió en Corea del Sur, después de la crisis financiera en 1997. En Brasil tuvo un par de consecuencias importantes. La primera fue la consagración de Lula, porque le ayudó a quitarle su única carta al candidato oficialista, José Serra. De pronto, Lula podía ser elegido con el respaldo del FMI", expresó Domínguez.

"La segunda consecuencia es que en el gobierno de Lula se ha venido cumpliendo el acuerdo con el FMI, que ha tenido dimensiones muy positivas. Por ejemplo, la reforma del sistema de jubilación. Es una especie de matrimonio entre el saneamiento de las cuentas fiscales y la posibilidad de desarrollar un programa de un presidente socialdemócrata", añadió.

Entonces, surge de inmediato la pregunta sobre la Argentina. "En el caso argentino, en el que parecía que todo salía mal, hay cosas que dentro de un contexto terrible no salieron tan mal. No hubo un golpe de Estado. Por la experiencia argentina, no era algo descartable, ya que, en circunstancias parecidas, hace rato que hubieran venido ocurriendo múltiples golpes de Estado. Cuando la frase que pedía «que se vayan todos» calaba en la opinión pública, los únicos que se fueron fueron los radicales, aunque hay un proceso de reconstrucción del Partido Justicialista que no ha terminado, porque el justicialismo siempre se está reconstruyendo. No es posible gobernar sin partidos políticos. Me sorprendería mucho que no se produjera la reconstrucción del radicalismo, ya sea con la forma de la vieja UCR o bajo alguna otra que le permita hacer su tarea opositora de una forma más efectiva."

-¿Cómo hace América latina para salir de estos períodos de estabilidad e inestabilidad, que parecen ser cíclicos?

-Donde, lamentablemente, los ciclos se observan más es en la Argentina. En el caso brasileño, veo que hay un paso al frente. Que el principal candidato de la oposición de izquierda, que había sido derrotado en consecutivas elecciones, de pronto gane y adopte políticas eficaces, tanto en términos económicos como sociales, no es repetir un ciclo: es un paso adelante. En Perú, si bien son lamentables algunos aspectos del comportamiento personal de Toledo, hay pasos institucionales importantes, como la reforma del Poder Judicial, el restablecimiento del poder civil contra la prepotencia de las fuerzas armadas, el crecimiento de la economía, la contención de los niveles de violencia… No veo esto como un ciclo. La expresión cíclica sí les pega a la Argentina y a Bolivia, dos casos en los que se dan estas circunstancias trágicas, y también Ecuador. En los casos de la Argentina y de Bolivia es algo particularmente lamentable, porque si hubiéramos tenido esta conversación hace diez años ambos hubiéramos pensado que por fin esos países habían salido de esos ciclos.

-En el caso argentino, ¿cuál es la raíz de estas repeticiones? ¿Es económica, es un problema de la dirigencia política?

-Lo que voy a decir parecerá, a lo mejor, una gran tontería, aunque no creo que sea así. Parte de lo que ocurre en la Argentina, aunque no es todo, es producto de la mala suerte. Y mala suerte quiere decir algo relativamente preciso: la coincidencia de una serie de factores, no vinculados entre sí, pero que ocurrieron en un mismo instante histórico. La Argentina ejecutó una reforma en su sistema de jubilaciones, con un costo importante, como ocurre en cualquier país del mundo que lo hace. Esto coincide, y no es más que una triste coincidencia, con un retraimiento de la financiación internacional, porque los inversores prefirieron poner sus ahorros en la Bolsa de Nueva York y no en los países en vías de desarrollo, tras la crisis asiática de 1997 y de la rusa de 1998. Otro aspecto coincidente, que no tiene que ver con lo primero, pero sí con lo segundo, es la crisis brasileña de enero de 1999, que azota a la Argentina. Otro factor, analíticamente independiente de los demás, es el aumento del gasto fiscal en las provincias y en el nivel nacional, que tuvo un elemento político, que fue el intento del presidente Menem de buscar otra reelección. Si hubiera ocurrido uno solo de estos distintos elementos coincidentes en el tiempo, no creo que la crisis argentina hubiese sido tan grave. La coincidencia de estos factores, independientes uno de otro, desembocó en una catástrofe.

-El presidente Néstor Kirchner planteó que América latina necesita un Plan Marshall. ¿Es posible o es sólo una quimera?

-No creo que vaya a haber un Plan Marshall. Tampoco creo que sea una retórica presidencial inútil, porque es un buen llamado de atención. Lo que, sin duda, ni la Argentina ni el resto del continente requiere es lo que se podría llamar el Plan O’Neill, que fue otro de los elementos coincidentes y lamentables de la reciente experiencia argentina. Le tocó un secretario del Tesoro de los Estados Unidos que, aun en sus declaraciones públicas, innecesarias, socavó cualquier tipo de medida internacional adoptada por la Argentina en aquel momento. Esto sigue siendo insólito para mí. No porque fuera incorrecto, contrario a los hechos observables de la Argentina en los diez años anteriores, sino porque no parecían servir a ningún propósito de la política exterior de los Estados Unidos. No es menos cierto, por otra parte, que O’Neill era ministro del presidente norteamericano y, por lo tanto, lo suyo sí tuvo un costo real para la Argentina.

-¿Esto no es, entonces, el cambio en el paradigma frente a la asistencia de los países en crisis financieras, del que habla el ministro de Economía, Roberto Lavagna? ¿Era sólo el pensamiento de O’Neill o era una estrategia del gobierno de Bush?

-Me sentiría feliz si pudiera afirmar que hay una estrategia del gobierno de Bush con relación a estos temas en América latina. No creo que haya una estrategia; sí una falta de atención. Bush es un presidente, lógicamente, distraído: una guerra en Irak que no se termina; una elección presidencial que parece ser muy reñida. Creo, y en esto Lavagna tiene razón, que ha ocurrido un cambio de política de Bush con relación a la política tradicional de Estados Unidos, no solamente bajo el mandato de Clinton, sino del padre del actual presidente, George Bush, y, en algunos aspectos, en la segunda presidencia de Ronald Reagan. La segunda presidencia de Reagan tuvo el Plan Baker, para intentar resolver algunos problemas de financiación en América latina y la presidencia del primer Bush arrancó con lo que se llamó el Plan Brady. Si comparamos a Brady con O’Neill, estamos frente a las dos caras de la luna. El primero asumía que, en efecto, la crisis financiera latinoamericana es real, que no puede resolverse sólo pidiéndoles a los países que hagan mayores esfuerzos, sino que parte de la solución debe ser compartida. Ese fue el Plan Brady. Y esto no lo hemos escuchado recientemente.

-¿Qué otras diferencias hay?

-La defensa de la democracia, que fue un elemento importante en la segunda presidencia de Reagan -no en la primera-, en la de Bush padre y en la de Clinton. Limitémonos a los dos Bush y tomemos un político que no es de mi agrado: Jean-Bertrand Aristide. Cuando fue derrocado, en 1991, por un golpe militar en Haití, Bush padre condenó el golpe militar, aplicó las normas de la OEA, impuso sanciones económicas a los golpistas y le dio asilo a Aristide. La actual presidencia de Bush públicamente le dijo a Aristide que se vaya. El apoyo a la democracia bajo la presidencia de Bush padre también se vio con el autogolpe de Alberto Fujimori en Perú. Le dijo que no estaba a favor de esas maniobras y Fujimori tuvo que dar marcha atrás e, inclusive, garantizar el proceso electoral futuro. Esta vez, lo menos que se puede decir con el intento de golpe de 2002 para derrocar al presidente Hugo Chávez es que el gobierno de Bush fue incompetente. Otro caso: la renuncia obligada de Gonzalo Sánchez de Lozada, en Bolivia. Un presidente sudamericano más cercano a los criterios políticos y económicos del actual gobierno de Estados Unidos sería difícil de encontrar. Lo único que Sánchez de Lozada requería era un poco de ayuda financiera y lo que le dieron fueron migajas.

-Es decir que la presidencia de Bush desatiende a América latina y cuando se mete genera problemas…

-Así es. Y la comparación la hacemos con su padre. Si comparamos a Bush uno con Bush dos y observamos el comportamiento frente a la deuda latinoamericana, el apoyo a la democracia, ¡caray!, son dos presidencias muy distintas, a pesar de que muchos de sus integrantes sean los mismos. Uno puede ir repasando los hechos y se da cuenta de que las reglas han cambiado.

-Frente a este esquema, ¿cuál es el futuro que ve en la relación de América latina con Estados Unidos, gane Bush o gane el demócrata John Kerry en noviembre?

-No veo raíces institucionales o políticas para imaginar que una segunda presidencia del actual mandatario sería distinta de la actual. La guerra en Irak tendría otros matices, pero seguiría ocupando buena parte de las prioridades de este presidente. La amenaza terrorista no está por terminar.

-¿Qué cambiaría con un presidente demócrata?

-No supongo que los cambios serían dramáticos. Kerry parece más propenso a acudir a los organismos multilaterales, buscar consensos, la construcción de coaliciones y de ser fiel a sus amigos internacionales. Kerry no ha sido un político que haya dedicado mucha atención a los aspectos financieros internacionales, como el tema de la deuda. De manera que sobre ese tema en particular no estoy muy seguro de que cambie considerablemente, pero tampoco me sorprendería si hubiera un intento de retorno a lo que fue la política de Clinton, del primer Bush y de la última parte del mandato de Reagan. Tendría cierta sensatez decir que ésa es una manera de hacer las cosas mejor de lo que ha ocurrido en los últimos tres años. Sobre la defensa de los regímenes constitucionales, Kerry criticó el comportamiento del gobierno de Bush con relación al derrocamiento de Aristide, no por la defensa de él sino por la decisión de tumbar un régimen democrático.

-Kirchner y Lula han hecho un llamado para que haya cambios en los parámetros de la discusión de los organismos internacionales con los países de América latina. ¿Tiene futuro o es sólo un llamado de atención?

-Parte de lo que se observó en la relación entre el Fondo y Lula, cuando era el candidato de la oposición, sugiere la posibilidad de que el FMI en particular y otros organismos en general estarían dispuestos a discutir diversos aspectos de la relación entre las instituciones financieras internacionales y los países en vías de desarrollo. No creo, sin embargo, que se trate de cambios dramáticos, pero sí de sentarse a discutir sobre temas concretos. La señal más importante fue la negociación del FMI con la oposición brasileña antes de las elecciones.

Por Jorge Rosales
Corresponsal en EE.UU.

http://www.lanacion.com.ar/04/05/19/dq_602426.asp

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"Cuando los chicos toman, medican su estado de ánimo"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 16-05-2004 00:00:00

HUGO MIGUEZ, PSICOLOGO

Los patrones del consumo de alcohol han variado en los últimos veinte años. Para los jóvenes, la cerveza tiene hoy un valor farmacológico con el que intentan paliar el desajuste con su medio.

Mabel Thwaites Rey
mthwaites@clarin.com

La ebriedad ha sido algo habitual en la historia de la humanidad. Pero las pautas de consumo de alcohol han cambiado mucho en la sociedad argentina de los últimos años. ¿Cómo ve este fenómeno?

—Hace veinte años, en nuestro país el alcohol estaba circunscripto a la mesa familiar. Pero desde entonces han cambiado bastante los patrones culturales y el alcohol pasó a ser más apetecido por su valor farmacológico que por ser un condimento de la comida. En lugar de dar marco al encuentro social, pasó a acompañar la desinhibición y el descontrol. Y lo preocupante es que afecta mucho más a los jóvenes.

# ¿De qué modo se fue dando este proceso de cambio en los hábitos con el alcohol?

—Hay varios factores. En primer lugar, el alcohol ha sido descentrado del ambiente familiar. Antes se bebía vino en las comidas y era común que hasta los chicos tomaran un poco de "vino con soda". Pero esto cambió, sobre todo cuando entraron al mercado otras bebidas, como la cerveza, que es estimulada en los jóvenes por fuera de lo alimentario.

# ¿Puede fecharse el pasaje histórico del uso del alcohol en la casa al consumo farmacológico?

—El cambio importante en la Argentina arranca en los años ochenta. El indicador clave es la fuerte presencia de la cerveza en los sectores juveniles y el decrecimiento de otras bebidas, a partir de las campañas publicitarias que apuntan, sobre todo, a los más chicos. Eso explica por qué en veinte años creció tanto su consumo. El vino, subordinado a la norma familiar, es desplazado por el de cerveza, cuya ingesta aumenta de 7,30 litros por habitante en 1981 a 35 litros en 2001.

# Usted resalta que no sólo se trata de un cambio en el tipo de bebida, sino en los hábitos que la acompañan. ¿En qué se nota?

—Hoy nos encontramos con un adolescente solitario, que bebe por la apetencia de los efectos que trae el alcohol —su valor "farmacológico"— más que por gusto. Comienza a encontrar en el alcohol algo que lo alivia del tedio, de la pena, de la desesperanza. De este modo, podemos decir que el joven "medica" su estado de ánimo y su comportamiento. Utiliza el alcohol como una droga, mediante la cual logra manipular lo que siente o cómo se comporta.

# En el imaginario social, la cerveza suele aparecer asociada a situaciones gregarias: los chicos se juntan para tomar.

—Yo vería más esa escena como la actitud de un grupo de solitarios. Cuando los chicos deciden tomar juntos unas cervezas antes de entrar a la disco, lo que hacen es medicar su estado de ánimo. No están compartiendo verdaderamente entre sí, sino adecuándose a la demanda social que van a tener cuando traspongan la puerta de un lugar cargado de exigencias a las que no siempre se sienten capaces de responder.

# Parecen escaparle, a través del alcohol, a esas exigencias ¿A qué le temen, en realidad?

—Es una buena pregunta. Yo creo que las demandas sociales a las cuales ellos se enfrentan a diario son muy duras. En general, los adultos nos enteramos de la violencia que estalla fuera de una disco cuando los chicos se pelean en la calle, provocan desmanes o terminan lastimados. Pero la vio lencia empieza antes de entrar, cuando tienen que atravesar el proceso de "selección" que se da en la puerta, y se instala dentro mismo de la disco. Allí los chicos se enfrentan a un mundo de fuertes imperativos sociales, donde deben adecuarse a ser objetos codiciados por otros. Entran a una disco, que es un mundo de sordos, donde no hay diálogo, donde sólo existen imágenes y la exhibición de sí mismo para que el otro lo pueda codiciar.

# ¿Eso explica la existencia de una iniciación tan precoz en el consumo de alcohol?

—La cuestión es más amplia y compleja. La iniciación precoz sucede en un contexto en el cual toda una sociedad ha farmacologizado sus relaciones sociales. Los chicos no hacen otra cosa que reproducir lo que ven en sus casas, cuando frente al conflicto doméstico la alternativa son los psicotrópicos. En rigor, el problema es más profundo: hay toda una sociedad que no resuelve los conflictos, sino que los acalla.

# La Argentina no tenía una tradición de uso abusivo del alcohol entre los jóvenes.

—Es así. Quizá lo que habría que pensar, en lugar de poner el acento en la sustancia, es en lo que ocurre con las personas. El mundo de los chicos de hoy es mucho más difícil que el de hace 20 o 30 años atrás. Hay una mayor exigencia social y sobreestimulación para un consumo que pocos pueden concretar. Es impresionante la cantidad de cosas que se les ofrecen a los chicos para que consuman y a las que se les asigna un valor que excede lo que ese consumo puede satisfacer. A su vez, el adolescente entra desprovisto de un pensamiento crítico para analizar esa oferta, para discriminar lo que le conviene y lo que le puede hacer mal.

# ¿Por qué ocurre esto?

—Frente al acoso del consumo, gran parte de los chicos no tiene los instrumentos conceptuales para poder examinarlo críticamente. No disponen de la capacidad de discernir y de actuar con plena conciencia, con total y libre voluntad. La escuela tiene serias limitaciones para ayudarlos a conformar esa capacidad analítica indispensable para actuar como seres autónomos y plenos.

# ¿Qué impactos tiene esa dificultad juvenil para discriminar lo que se les ofrece?

—El mercado está permanentemente induciendo nuevas necesidades. ¿Pero por qué es importante el objeto de consumo? Porque es vendido como la medida de valor para aquel que lo tiene. Lo grave es que si no se lo puede alcanzar, y ante la ausencia de un pensamiento crítico que pueda examinarlo, jerarquizarlo o cuestionarlo, llega la frustración. Cuando la demanda no se satisface, es allí donde la química sustituye a la experiencia, y aparecen las sustancias que ofrecen la ilusión de que no importa tanto lo que no se tiene. La alegría —y la resignación por la impotencia de no tener— es así construida desde la sustancia.

# Parece haber una contradicción entre la imagen que tienen muchos adultos de los chicos tomando cerveza como una actitud de rebeldía, y la realidad que usted subraya, que es la de una aceptación acrítica del mundo.

—Podríamos pensar en el alcohol como la conducta de ajuste frente a exigencias inalcanzables, incluso entre pares. A un joven a veces se le hace muy difícil no participar del consumo, que está tan masificado. El que se niega a beber puede llegar a convertirse, casi, en un disidente. El alcohol, entonces, u otras drogas, pasan a ser un mecanismo de ajuste, de adaptación regulada al medio social, aunque parezca lo contrario.

# ¿Este problema afecta por igual a los chicos de todos los sectores sociales?

—Es indudable que los chicos de los sectores populares tienen menos recursos para afrontar la inducción al consumo. Tienen una escuela menos completa, una situación social más precaria y una mayor vulnerabilidad frente a lo que son las consecuencias de la intoxicación. Esto no significa que los jóvenes de otros estratos sociales no tengan problemas ni sean invulnerables.

# ¿El alcohol es una droga?

—La sociedad tiende a considerar como drogas duras solamente a las ilícitas. Pero si dejamos de mirar esto desde la óptica de las sustancias y lo vemos desde las personas, el chico que hoy decide intoxicarse con alcohol arrastra un contenido vital tanto o más importante que el que podría arrastrar una droga ilícita. Porque ya no es la sustancia lo que importa, sino lo que él resigna, que es la capacidad de crear, de cuestionar. Queda inmóvil frente al mundo actual, resta su participación. De algún modo, acepta que la realidad es inmodificable y que él no tiene demasiado peso en su cambio. Más allá del valor toxicológico de cada sustancia, lo que impacta y alarma de cualquier droga es lo que el sujeto que consume pierde.

# ¿Eso significa que luchar y combatir las adicciones es un tema más general que luchar contra un tipo puntual de drogas?

—Claro, porque el problema no es de sustancias, es de personas. Y en realidad, cuando nosotros hacemos un trabajo sobre las sustancias específicas, sean lícitas o no, probablemente no sea la mejor estrategia. Deberíamos, en cambio, cuestionar los modelos sociales que se venden como exitosos y que implican, de algún modo, el consumo de esas sustancias, cualquiera que sean.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/05/16/z-03615.htm

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"La decadencia no es nuestro destino", dice Roberto Russell

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 15-05-2004 06:31:36

Habla un especialista en política exterior

En el prólogo de una futura compilación, Roberto Russell describe una curiosidad de la política exterior argentina: "La búsqueda permanente de la reinserción en el mundo expresa, en lo más profundo, la crisis de identidad internacional que vivimos hace décadas y las dificultades de las clases dirigentes argentinas para entender cómo funciona el mundo y el papel que le corresponde al país en el orden internacional".

Lo mismo dice durante una entrevista con LA NACION en el confortable estudio de su casa de Belgrano, convencido de que "nuestra decadencia no es, necesariamente, nuestro destino", y de que, si bien entre los argentinos "pesa en el inconsciente colectivo la memoria del país que fue", ningún otro latinoamericano "tuvo un país mejor que el que tiene hoy".

Russell, director de la maestría en estudios internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella, profesor del Instituto del Servicio Exterior de la Nación (ISEN) y autor de numerosos libros y ensayos sobre la materia, se muestra sorprendido frente a una constante que se ha dado desde Perón hasta Kirchner: "Cada gobierno dice que va a proponer una nueva proyección internacional del país. Hay una expresión frecuente de cada presidente: la Argentina necesita una reinserción. Eso va ligado, en lo interno, a una especie de nueva fundación del país. Muestra claramente las dificultades que tenemos los argentinos para definir qué somos, cómo nos colocamos en el plano internacional e incluso cómo funcionamos".

Menem decía que la Argentina debía volver a ser un país normal. Más de una década después, desde las antípodas del peronismo, Kirchner emplea idénticos términos. "Pero la idea de normalidad de uno no es la del otro", repone Russell, doctor en ciencias políticas graduado en asuntos internacionales en la Universidad Johns Hopkins, de Washington, que ha dictado clases en las universidades de Londres y de Georgetown, Washington, así como en el Instituto Universitario Ortega y Gasset, de Madrid.

"Tenemos un serio problema de identidad, entre otras tantas cosas -insiste Russell-. La reinserción y la fundación de la Argentina, en realidad, no quieren decir nada. Expresan, muchas veces, la nostalgia por un pasado que se idealiza, a veces, por medio de las llamadas relaciones especiales con los Estados Unidos o con el Mercosur, mientras aún no nos definimos como latinoamericanos."

-¿Somos latinoamericanos o no?

-Claro que lo somos. Volvemos al tema de la identidad. A ningún francés o español se le preguntaría si es europeo o no. Nuestra condición de latinoamericanos es una esencia y no una contingencia. No es una opción, como ser de derecha o de izquierda, o una situación cambiante que se profundizaría si nos va mal y se transformaría si nos va bien, para mutarnos en europeos periféricos, como podría ser nuestro caso, o, quizá mejor, en norteamericanos del Sur. Debemos entender de una vez por todas que ser latinoamericanos no es una desgracia ni una condena. Por el contrario, debe ser motivo de orgullo. En este tiempo debe ser también un compromiso. Se trata, desde nuestra identidad y cultura, de trabajar para construir una región en la que todos sus habitantes encuentren un lugar bajo el sol y que no lo tengan que buscar en otra parte. En el plano de la política exterior se trata de tener políticas propias y activas que nos ayuden a superar nuestra marginalidad internacional.

-En tanto que no se define la identidad, ¿cómo se define la política exterior?

-Creo que hay que empezar por casa. Muchas veces se hace un diseño de política exterior pensando en qué le gustaría a Washington. Eso es muy serio. El caso del voto por Cuba sobre el tema derechos humanos se puede ligar con el tipo de vínculo que uno tiene con los Estados Unidos. Y a mí me parece que es un serio error, porque la Argentina, por su historia, necesita tener una posición muy activa en derechos humanos. Entonces, no se puede atar a los humores o a los deseos de Washington. Otro caso más reciente: Haití. Aparece en todos los diarios que la Argentina envía ahora un contingente militar como un gesto hacia los Estados Unidos. A lo mejor, quien lo define está pensando en el vínculo con los Estados Unidos, pero debería ser un punto de partida para definir, en realidad, nuestra posición en el mundo y nuestras limitaciones.

-El cambio en el voto sobre la situación en Cuba en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en Ginebra, se produjo, durante el gobierno de Duhalde, por una necesidad electoral de Kirchner, pero después se planteó como parte de la alianza estratégica con Brasil.

-Uno no tiene que votar igual que Brasil para mantener una alianza estratégica. Porque, a lo mejor, desde la perspectiva de Brasilia les conviene abstenerse por razones que hacen a la política interna y exterior de su país. Y a nosotros, desde la perspectiva de Buenos Aires, nos conviene votar en contra porque tiene que ver con nuestra historia y con el papel que debemos desempeñar en materia de derechos humanos. Esto se entiende perfectamente en una relación bilateral. Los europeos no votan del mismo modo todos los temas y han construido una sociedad estratégica extraordinaria. Si uno coincide con Brasil, mejor, pero la relación no depende de cómo votemos sobre Cuba. Es un punto central: ¿voto porque el otro vota de esa manera?; no, tengo que votar como a mí me conviene.

-¿Por defecto del gobierno de Menem todo ha quedado supeditado al juicio de Washington?

-No, eso viene de antes. Es curioso que en la Argentina se siga pensando que el país puede construir una sociedad especial con los Estados Unidos. Creo que se liga a la idea de algunos sectores de que un cierto vínculo con los Estados Unidos nos va a salvar. Acá hay una nostalgia en relación con lo que pasó con Europa. Se supone que la Argentina entró exitosamente en el mundo de la mano de alguien (entonces, Gran Bretaña) y hoy debería buscar algo parecido. A pesar de lo que pasó, me parece que es una lección no suficientemente aprendida. Esta idea de que la Argentina va a encontrar su camino en el mundo de la mano de alguien me parece un poquito infantil. Si uno lo plantea con Brasil, el Mercosur, bueno, cae en lo mismo. Si la política exterior se vislumbra a corto plazo, creo que vamos mal.

-¿Cómo se diseña la política exterior de un país cuyos presidentes, como usted dice, hacen borrón y cuenta nueva en cuanto asumen?

-Hemos tenido esquemas que orientaron la política exterior. Como la Argentina ha ido muchas veces más allá o, en ocasiones, ha ejercido tentaciones de protagonismo, la gente tiende a quedarse con eso, como pasa con el alineamiento automático, entre comillas, de Menem. Fue mucho más que eso, pero, en realidad, antes habíamos tenido esquemas.

-¿Por ejemplo?

-Las generaciones de los años 80 del siglo XIX a los 30 del siglo XX tenían un modelo de relación con Gran Bretaña, y desde la Segunda Guerra Mundial hasta el gobierno de Alfonsín hemos tenido un modelo con premisas bastante claras.

-¿A pesar de las interrupciones de gobiernos militares?

-Absolutamente. Más allá de los gobiernos autoritarios. Era el paradigma propio de un país que tenía una cierta estrategia de desarrollo interno y que, por otro lado, respondía en el plano externo al conflicto Este-Oeste y al problema Norte-Sur. Menem construye un modelo, pero tiene sus problemas, porque es excesivo. Tanto es así que De la Rúa asume con un discurso distinto y termina adoptándolo. Lo que pasa es que esa estrategia de plegamiento a los Estados Unidos se basa en la ayuda en caso de crisis. La crisis llegó, los Estados Unidos no ayudaron y se volvió a caer un paradigma. A partir del default no hay paradigma. Y Kirchner, o quien esté, se verá obligado a reconstruirlo.

-El paradigma actual, sin embargo, está más marcado por las urgencias ajenas que por las propias, empezando por el 11 de septiembre.

-Claro, ahora tenemos una situación distinta. La política de coerción de los Estados Unidos es una respuesta al 11 de septiembre. A su vez, el default nos obliga a plantearnos un nuevo esquema de política exterior. Es evidente que la Argentina, en una situación de vulnerabilidad, tiene que buscar una estrategia, lo que no implica una estrategia de alineamiento con los Estados Unidos. Yo puedo votar como los Estados Unidos en el caso Cuba y en algunos otros temas estar en contra de ellos.

-Como Chile y México, digamos.

-Exactamente. Nosotros, con nuestra posición de poder, tenemos que tratar de defender la legalidad internacional. Hubo muchos que dijeron que había que apoyar a los Estados Unidos. Esa política, hoy, nos encontraría metidos en Irak. Si Menem hubiera ganado las elecciones, indudablemente estaríamos en Irak. Si uno hace puro seguimiento, no necesita política exterior.

-¿En la Argentina se entiende el proceso de toma de decisiones de los Estados Unidos o se los ve como si fueran una democracia latinoamericana de corte presidencialista?

-Mi impresión es que se está entendiendo un poco más, lo que no quiere decir que se entienda cabalmente. Hay gente, dentro de la población educada, que no tiene la menor idea y sigue viendo a los Estados Unidos como si fuese un animal racional con políticas muy claras, muy consistentes, sin reparar en la complejidad burocrática del proceso decisorio.

-Algunos creen que un virtual triunfo del candidato demócrata, John Kerry, en las elecciones de noviembre, implicaría un cambio en la política norteamericana.

-Bueno, eso muestra el desconocimiento del mundo. Acá prevalecen las visiones simplistas. De izquierda y de derecha. No es problema de un sector. Vuelvo al caso Cuba: las consideraciones electorales suceden en todos los países, como en los Estados Unidos con el voto latino, pero hay consistencia y acuerdos fundamentales básicos atrás. El punto es someter a consideraciones electorales cosas que deberían ser parte de una política basada sobre acuerdos básicos.

-Perdón, ¿acuerdos básicos entre quiénes en un país cuya oposición pertenece al partido del Gobierno?

-No siempre fue así. Si no, uno actúa siempre a corto plazo, por internas electorales, y el país da una imagen de vulnerabilidad y poca seriedad.

-El Mercosur también está signado por tendencias políticas y por el corto plazo.

-Mi temor es que cuando se pone tanto el énfasis en lo político es porque lo económico no está funcionando. Que haya gobiernos de distinta orientación no tiene por qué ser un impedimento para el Mercosur, en la medida en que en cada uno de los países haya acuerdos fundamentales.

-¿Cómo ve las llamadas amistades peligrosas con Hugo Chávez y Fidel Castro?

-Eso repercute más adentro que afuera. Son temas que pueden debatirse en los Estados Unidos como una forma de exigir definiciones. No creo que nadie suponga que Kirchner vaya a hacer una alianza con Chávez y Castro. El punto es que la Argentina va a tener que definirse mucho más. Nos quedamos sin modelos. Buenos o malos, los modelos se acabaron. El mundo cambió y cambió el país. En ese sentido, no hay mucho para inventar. Hay que desdramatizar las cosas, hay que entender cuáles son los intereses básicos y hay que tratar de cumplir con ciertos acuerdos. El resto no ofrece mayores problemas.

-¿Qué tan importante es la relación con Brasil?

-Es muy importante, porque hay un componente político y porque la relación en sí es básica para cosas que normalmente no se ven, como el fortalecimiento de la democracia en la región, que no digo que esté afianzada, y la construcción de la paz, que no es poca cosa si uno mira cómo está el mundo.

-Pero, hablando de la construcción de la paz, Brasil ha sido el más reacio a involucrarse en Colombia, el principal foco de violencia en la región.

-Es cierto, pero una relación fuerte con Brasil puede ayudar. Estaríamos mucho peor si no la tuviéramos. Una alianza de la Argentina con Brasil en una región complicada y explosiva puede ser muy importante. En general, la idea que ha predominado es que teníamos una buena relación con Brasil para oponernos a los Estados Unidos o con los Estados Unidos para oponernos a Brasil. Eso hay que cambiarlo. La política internacional es un juego de poder y de intereses.

-Deberemos admitir que no somos los primeros.

-Los argentinos hemos aprendido algo. Para ponerlo en lenguaje sencillo, no nos da el cuero. En términos más académicos le diría: no tenemos el poder relativo.

-¿Creímos realmente que estábamos en el Primer Mundo cuando nos nombraron aliados extra OTAN de los Estados Unidos?

-Fue la idea absurda, tonta diría yo, de la Argentina como aliada especial de los Estados Unidos. No lo somos ni lo seremos jamás. Por lo menos, por muchas décadas. Y no hay que volverse loco con ese tema. Eso va a depender de cómo nos vaya a nosotros. No tenemos relevancia estratégica para que los Estados Unidos hagan con nosotros una alianza especial. El liderazgo internacional requiere una cuota de poder y de prestigio, dos atributos de los que hoy carecemos. Sin ellos no se puede lograr que otros nos sigan. Esto no debe llevarnos, para usar una palabra de moda, a la subextensión de nuestro papel en el mundo y en América latina.

-Como latinoamericanos, no podemos ufanarnos de nuestros consensos.

-Los latinoamericanos tenemos una incapacidad enorme para concertar políticas y, además, tenemos una desgracia. Cuando a uno le va bien, al otro le va mal. No nos va bien a dos o tres en forma simultánea para arrancar en serio de una vez por todas. Y no porque alguien de afuera esté haciendo que a uno le vaya bien y al otro mal.

-¿Nos creen a los argentinos?

-Creo que no.

-¿En qué medida contribuye o nos perjudica el discurso de Kirchner con los tenedores de bonos y con las compañías privadas?

-Por ahí no pasa la credibilidad. Eso sí lo creen. La credibilidad tiene que ver con la forma de manejarse a través del tiempo, con procesos y acciones repetidas que hacen que uno genere expectativas. Si uno cambia la conducta, no hay expectativa. Si uno no cumple con los regímenes internacionales, lo cual es básico en el mundo, aporta otro elemento que nos hace perder credibilidad. Hacen al interés nacional el mediano y el largo plazos.

-¿Existe un atajo para la reinserción?

-No, no hay un atajo. Más que la reinserción o la inserción, ganar respeto, ganar una imagen, ganar credibilidad va a llevar mucho tiempo.

-En el exterior, muchos piensan lo mismo: llevará años borrar la imagen de los festejos del default de Rodríguez Saá en el Congreso.

-Tuvimos eso, pero antes habíamos tenido Malvinas. No hemos cambiado la imagen. Estos veinte años de democracia no han servido para cambiar la imagen de la Argentina. El festejo del default salió en todos los diarios del mundo y la Argentina ha dado esa imagen de país impredecible, infantil, que, si se agregan la corrupción y otras cosas, es difícil cambiar. Hay que empezar por mejorar el país, su calidad institucional.

-En este momento, el eje pasa por la intervención estatal, sea en Santiago del Estero, sea en la explotación del petróleo.

-Tenemos la imagen de que un día podemos hacer una cosa y al otro día podemos hacer lo opuesto. No lo hace Chile, no lo hace Brasil, no lo hace México. La Argentina, insisto, pudo haber ido a Irak. No podemos estar discutiendo ese tipo de cosas. La respuesta es no, claramente no, no es para un país como la Argentina. Esto es muy profundo; es, además, viejo, antiguo. En los años 90 se puso un énfasis excesivo en el mercado. Fue parte del paradigma de la política exterior. Sabemos qué pasa cuando no hay instituciones. Como nos fuimos tanto, corremos ahora el riesgo de intentar recuperar un rol para el Estado que fue propio de otra época. Ya no es el mercado de los 90, sino el Estado de los 70.

-¿Tenemos una falla de fábrica, en definitiva?

-Nuestra decadencia no es, necesariamente, un destino. Suele decirse que la Argentina perdió el rumbo hace cuatro décadas; en los ochenta también solía decirse que la Argentina había perdido el rumbo hacía cuatro décadas. Pesa en el inconsciente colectivo la memoria del país que fue. Es algo que no tienen los otros latinoamericanos. Ningún otro latinoamericano tuvo, como nosotros, un país mejor que el que tiene hoy.

Por Jorge Elías
De la Redacción de LA NACION

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La guerra "snuff"

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 15-05-2004 00:00:00

Por Sandra Russo

No pasará mucho tiempo antes de que algún cable de agencia indique que se ha descubierto que las fotografías digitales de torturas a prisioneros iraquíes fueron incorporadas en algún sitio porno. Tal vez esas fotografías ya estén formando parte de los catálogos secretos del mundo del snuff, que parece ser más que una leyenda si se toman en cuenta las desviaciones perversas que guarda, en sus sobacos, la cultura cuáquera que se autoindica como el “camino del bien”.
El snuff, nunca del todo probado pero insistentemente alimentado por la imaginería erótico-criminal de esa cultura, consiste en constancias fílmicas de violaciones y asesinatos, y supone un espectador snuff que sólo alcance el clímax viendo cómo padecen otros. En un colmo sádico, en un éxtasis de literalidad, al adicto al snuff no le alcanza la simulación que supone cualquier juego erótico. El goce snuff está ubicado fuera de los bordes de la ficción que permite, al común de los mortales, contentarse con ese fabuloso invento humano que nos libra del acto allí donde el acto pondría en peligro nuestras vidas o las de los demás: la fantasía. El goce snuff necesita que haya dolor donde se ve dolor, que haya amenaza donde se ve amenaza y que haya muerte real en la pantalla. La conexión entre el mundo snuff y los crímenes de guerra ya fue planteada, aunque no probada, en la guerra de la ex Yugoslavia. Se dijo entonces que de muchas de las sistemáticas violaciones a mujeres habían quedado registros fílmicos destinados el mercado snuff.
“Si vas con mujeres, no olvides el látigo”, le dijo el filósofo Paul Reé a su amigo Federico Nietzsche, con el que compartía la pasión por la musa de esos tiempos, Lou Andreas Salomé. ¿Qué le habrá dicho un anónimo soldado norteamericano a otro anónimo soldado norteamericano cuando se armó la foto en la que la joven England arrastra de la correa al perro iraquí? Si vas con mujeres a la guerra, no olvides darles a ellas el látigo, que sean ellas las que arrastren de la correa a los perros iraquíes, que sean ellas las que los obliguen a masturbarse, que sean ellas, casi infantiles, casi teen-agers, ambiguas en su ropa de fajina, que sean ellas, con sus cachetes rosados como las niñas de Mujercitas, que sean ellas las que se hagan servir por los perros iraquíes, o las que miren, en la foto, cómo los perros iraquíes son forzados a fornicar entre ellos.
La palabra soldada no existe. Las mujeres están soldadas a la palabra soldado. Dales el látigo a las mujeres soldado para que la escena sea perfecta: es en la sonrisa de la soldado England, en esos dientes apenas visibles, en esa sonrisa autocontrolada –porque el poder lo tiene ella, porque lo que está haciendo le parece divertido, porque está preparada para hacerlo, porque detrás de cámara sus camaradas le están festejando el valor–, es en esa sonrisa en la que la mirada snuff se detendrá, para luego cotejarla, en un crescendo de goce, con la mirada aterrada del perro iraquí. El goce snuff necesita humillación y sufrimiento real. Irak se volvió, inesperadamente, el escenario en el que las mujeres –las víctimas por excelencia del mundo snuff– han encontrado un perfecto sustituto: el prisionero de guerra, el varón degradado a los extremos más bajos de su propia condición. Dales el látigo a las mujeres, ahora sí, porque si son ellas las que manejan el látigo, la escena se vuelve realmente impactante. Que sonrían como la soldado England, que den la impresión de ser capaces de tomarse un ice-cream durante la sesión de torturas.
El presunto video de Al Qaida en el que el joven norteamericano Nicholas Berg es decapitado, por su parte, aparece como una contrarresta de horror, pero no tiene, a diferencia de las fotografías digitales, ningún componente snuff. Como no lo tienen los ataques kamikaze ni los atentados terroristas. Esas escenas dan cuenta de un furor criminal cuyos alcances estremecen, pero la crueldad fundamentalista no es en absoluto una crueldad erotizada.
El presunto video de Al Qaida es una pieza de guerra irregular. Allí se ejecuta, no se goza. En las fotografías digitales, en cambio, es fácilmente visible el desvío por el cual el poder ejercido sobre los prisioneros decanta en un nuevo fetiche.
En 1886, el primer compilador de las más extrañas parafilias, Richard von Krafft Ebing, escribió su Psychopathia Sexualis. En ella hace un rastreo de la libido occidental decimonónica, en el que abundan las preferencias sádicas. Entre ellas, por ejemplo, la de un hombre de Viena que visitaba regularmente a prostitutas sólo para enjabonarles la cara y afeitarlas con su navaja: eyaculaba mientras retiraba el jabón. Las prostitutas eran, desde luego, el blanco móvil mayoritario de los sádicos del siglo XIX.
Hay perversiones de época. Von Krafft Ebing incluiría hoy estas fotos digitales entre los nuevos productos fetichistas que arroja la cultura dominante. Nuevas postales eróticas posibles, con nuevos protagonistas y nuevos humillados. Dales el látigo, dales el látigo, que esas chicas rozagantes de Iowa o Michigan o Texas se cobren en la foto las facturas por las otras fotos y películas en las que otras chicas rozagantes como ellas eran las víctimas del goce snuff. Ahora son mujeres soldado, son camaradas. Dales el látigo, que saquen a pasear al perro iraquí.

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Tratos

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 13-05-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

Bin Laden siempre oportuno. Cada vez que W. Bush se encuentra en apuros graves, el ex agente de la CIA reaparece. Ocurrió en noviembre del 2002, cuando EE.UU. procuraba el apoyo de naciones europeas decisivas y aun de la ONU para invadir a Irak. Por el canal de TV Al Jazeera se escuchó entonces una grabación en que la voz del terrorista millonario, después de un año de silencio, anunciaba próximos y terribles atentados en Gran Bretaña, Francia, Canadá, Alemania, Italia y Australia. Esto permitió a la Casa Blanca acentuar las exhortaciones dirigidas a esos y otros países para que se unieran a su empresa. Un grupo de Al Qaida difunde ahora un video que muestra la decapitación del empresario norteamericano Nick Berg a manos de Abu Musab al Zarqawi, el segundo de Bin Laden, cuando el escándalo de las torturas, los tratos crueles y las humillaciones sexuales propinados a los iraquíes presos en Abu Ghraib sube de temperatura. La cabeza decapitada de Nick Berg frente a la cámara es un espectáculo horrible. Quién sabe si logrará aplacar la indignación mundial que provocaron las fotos tomadas en la prisión iraquí. La Unicef expresó alarma por las versiones de que incluso niños fueron violados –y fotografiados– por policías militares, mercenarios y oficiales de inteligencia de EE.UU.
El general de origen filipino Antonio Taguba es autor de un informe de 6000 páginas sobre las actividades de la 800ª Brigada de Policía Militar en Abu Ghraib, cuyo resumen trascendió a los medios. En su comparecencia del martes 11-5 ante el Senado, el general insistió en que la investigación que le fue ordenada se limitaba principalmente a los operativos de detención de iraquíes y no a los métodos que se aplican en esa prisión con el fin de quebrar a los prisioneros antes de interrogarlos. El general Taguba, de quien se esperaban declaraciones sensacionales, poco agregó a lo que se sabía ya, defendió las afirmaciones del gobierno Bush –los culpables son unos pocos– y no encontró que la inteligencia militar les hubiera ordenado torturar. Quien puso sal a la audiencia fue su inopinado acompañante civil, Stephan Cambone, subsecretario de inteligencia del Pentágono y hombre de completa confianza de su jefe, Donald Rumsfeld. Tanto es así que ejerce la facultad de convocar reuniones bisemanales de supervisión a las que asisten los altos jefes militares que encabezan los organismos de seguridad nacional, de inteligencia de Defensa y de inteligencia geoespacial, quienes en teoría deberían informar directamente a Rumsfeld y al director de la CIA, George Tenet, no a Cambone.
Ante las preguntas implacables del presidente del comité senatorial de fuerzas armadas, el demócrata Carl Levin, Cambone reconoció que existe una lista de “técnicas de interrogatorio aprobadas” que maneja el alto mando de las tropas estadounidenses en Irak. Levin inquirió si forma parte de la doctrina de las fuerzas armadas coaccionar a prisioneros de guerra. “¿Conoce usted esas 50 técnicas?”, demandó el senador. Cambone: “Existen, como dije en mi declaración inicial, en la doctrina de las fuerzas armadas, sí, señor”. Levin: “¿Son 50 esas técnicas?”. Cambone: “No sé si son 50, señor, Pero hay una...”. Levin: “¿Pero incluye actos de coacción?”. Cambone: “Creo que sí...”. El senador leyó entonces en voz alta un anexo –todavía no público– del informe del general Tabuga que contiene una orden presumiblemente del general Ricardo Sánchez, jefe de las tropas yanquis ocupantes: prescribe que el oficial a cargo de los interrogatorios de prisioneros debe solicitar la aprobación del general al mando para usar métodos como la privación del sueño, el aislamiento por más de 30 días y los perros. Levin: “¿Sabía usted que esas técnicas de interrogatorio se aplican en Irak?”. Cambone: “No, señor. Esa lista (de técnicas), tanto en sus detalles como en las excepciones previstas, es aprobada a nivel de comando en el teatro (de operaciones)”. El 19 de octubre de 2003 –reveló el periodista Mark Rothschild–, el general Sánchez firmó la orden que aprueba el uso de perros y de otros “métodos de ablande”.
La pirámide de responsables de las torturas en Abu Ghraib y demás prisiones estadounidenses en Irak, Afganistán, etc., no se detiene ahí. Interrogado por el senador Ted Kennedy, Cambone admitió que su jefe, el jefe del Pentágono Donald Rumsfeld en persona, se atiene a su propia lista de “técnicas de interrogatorio aprobadas”: establece, eso sí, que cuando los oficiales de inteligencia en Guantánamo quieren aplicar métodos más duros que los ya duros permitidos, deben pedir permiso al secretario de Defensa mismo. La Cruz Roja Internacional proporcionó a W. Bush y a Tony Blair un informe confidencial sobre la situación de los prisioneros en Irak en que se dice que los oficiales de inteligencia militar que actúan sobre el terreno sostienen que “del 70 al 90 por ciento de los detenidos iraquíes fueron ‘arrestados por error’” (The Financial Times, 10-5-04). Qué más da. Para la Casa Blanca, buena parte de la clase política y de la opinión pública norteamericanas, y desde luego para los altos mandos militares, todos o casi todos los iraquíes son terroristas, seres inferiores y merecen el trato que del invasor reciben.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-35248-2004-05-13.html

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Pinter: con Bush, el mundo pierde

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 12-05-2004 06:30:11

Por Juana Libedinsky
Para LA NACION

LONDRES.- "Estimado presidente Bush: estoy seguro de que en este momento debe estar tomando un lindo té con otro criminal de guerra como usted, Tony Blair. Por favor, no dejen de acompañar los sandwichitos de pepino fresco con un buen vaso de sangre."

Si bien la visita de Bush a Gran Bretaña, pocos meses atrás, fue recibida con duras críticas y manifestaciones, pocas se compararon con la carta abierta al presidente norteamericano que publicó el matutino The Guardian. Su autor era nada menos que Harold Pinter, no sólo, probablemente, el dramaturgo más famoso del planeta (clásicos como "El amante", "El portero", "Betrayal" y "Tierra de nadie" son sólo el comienzo de una larga lista de obras, que también incluyen novelas, poemas, guiones y adaptaciones para la pantalla), sino también la voz predominante en el activismo británico de izquierda.

A los 73 años, recién recuperado de un cáncer de esófago brutal, Pinter retornó a la vida pública para oponerse a los norteamericanos en guerra. Llamó al cambio, simplemente, "pasar de una pesadilla personal a una infinitamente más abrumadora pesadilla pública". Y desde entonces -"con enormes ganas de vivir y sintiéndome muy afortunado, lo cual no implica que afecte mi espíritu crítico", según expresó a LA NACION- está dedicado a su batalla política.

Esto implicó tanto discursos ante la Cámara de los Comunes como la lectura de sus flamantes poemas sobre la guerra a cerca de un millón de personas que lo acompañaron en una protesta antibélica en Hyde Park. El National Theatre así como las páginas de los diarios y la BBC, en su horario central, se convirtieron en las plataformas desde las cuales Pinter se explaya periódicamente sobre su ideología política, de reminiscencias chomskianas.

Por ejemplo, para el aniversario de la invasión a Irak fue el invitado de "Newsnight", el principal programa de opinión de la BBC, para debatir frente a un enviado especial del Pentágono. Aún con la opinión pública sensibilizada por el atentado en Madrid, ocurrido hacía pocos días, Pinter fue con los tapones de punta: "La atrocidad en Madrid, que mató a 200 personas, y la atrocidad en Nueva York, que mató a 3000 personas, no pueden ser distinguidas de la invasión a Irak, que mató a 10.000 personas. Yo creo que son todas atrocidades, monstruosas y criminales, y que todos los responsables deben comparecer ante una corte internacional de justicia", dijo, trayendo a colación la polémica reflexión de Chomsky respecto de que el 11 de septiembre de 2001 lo inusual no fue "la cantidad de muertos, sino hacia dónde apuntaron las bombas".

Pinter recibió a LA NACION en su estudio en Holland Park, la arbolada zona al oeste de Londres. Como siempre, vestido íntegramente de negro, salvo por unas inmaculadas medias blancas, lucía bronceado y saludable, en parte por las horas al aire libre que pasa alentando a su equipo de criquet, los Gaieties, bautizados así en honor a un teatro de los años 30 del mismo nombre.

En las paredes, cubiertas de punta a punta por estantes de libros, hay abundante memorabilia del deporte y fotos de sus numerosos nietos y de su mujer actual, lady Antonia Fraser, historiadora del clan de los Longford, conocidos aristócratas socialistas. De ella aseguran las malas lenguas que es quien está detrás de la creciente politización de Pinter.

Sus enemigos políticos -de los que basta abrir cualquier periódico norteamericano para ver cantidades- lo consideran el epítome de los champagne socialists de Inglaterra y el campeón de los antinorteamericanos viscerales. Pero para otros es una voz valiente que se atreve a enfrentar al establishment y defender causas de los que no suelen tener voz en las sociedades occidentales.

-Después de un momento personal tan difícil para usted, ¿por qué decidió poner toda su energía en oponerse a la guerra en Irak?

-Bueno, no sólo me he ocupado de la guerra en Irak. Yo he sido un crítico de la política exterior norteamericana por muchos años, en particular desde la década del 70, cuando el gobierno de Allende, en Chile, fue derrocado por Pinochet con el auspicio, por ponerlo tibiamente, del gobierno de Estados Unidos. Desde entonces he seguido el tema en profundidad, en particular respecto de América Central, si bien sé que en la Argentina (así como en Brasil y Uruguay) Estados Unidos también fue muy activo y lo sigue siendo en lo económico, con el resultado de la destrucción de cientos de miles de personas. Pero cada vez estoy más preocupado, porque hace veinte años, por lo menos, los norteamericanos hacían sus operaciones medianamente encubiertas. Pretendían no estar haciendo lo que estaban haciendo. Ahora tienen una indiferencia total por la opinión del resto del mundo. Creo que Estados Unidos se ha convertido en un animal infinitamente más peligroso que dos décadas atrás.

-Pero su país es el aliado incondicional...

-Siento un disgusto muy profundo hacia la arrogancia de Estados Unidos, pero también creo que es humillante la manera en que Inglaterra se ha convertido en su perro faldero. Estados Unidos consigue el apoyo de la comunidad internacional a través de diferentes formas de intimidación, desde chantaje y sobornos hasta amenazas y mentiras. La comunidad internacional se vuelve, así, una entidad degradada al servicio de una fuerza militar brutal y fuera de control. Pero, lejos, la situación más patética es la de mi país, que pretende, risiblemente, estar hombro con hombro con su gran aliado. Estamos siendo disminuidos y deshonrados por la servidumbre incondicional de este gobierno al de Estados Unidos.

-Usted votó por Blair.

-Todos lo votamos en 1997, para deshacernos de los conservadores. Nunca imaginamos que lo íbamos a terminar detestando. Es un lunático hueco y pomposo que cree estar haciendo una cosa cuando, en realidad, hace la contraria todo el tiempo. Probablemente crea en serio que está llevando la libertad al pueblo iraquí, cuando, en realidad, esa guerra es una atrocidad. Recuerdo que en la Navidad de 2002 una de las imágenes más terribles para mí fue ver a Blair arrodillado rezando por la paz mundial mientras se preparaba para asistir al asesinato de miles de personas inocentes en Irak. La paradoja es agobiante. Además, Blair no tiene el apoyo del Partido Laborista ni el de su país ni el de la celebrada comunidad internacional. ¿Cómo puede justificar haber llevado a este país a una guerra que nadie quería? No puede. Sólo puede recurrir, entonces, a la retórica, al cliché y a la propaganda.

-¿Pero no es lo que hacen todos los políticos, sobre todo en tiempos de guerra?

-Cuando Churchill dijo durante la Segunda Guerra Mundial su famoso discurso ("we will fight them on the beaches... on the hills... we shall never surrender!", "los combatiremos en playas y colinas. ¡Nunca nos rendiremos!") supongo que estuvo bien, porque el público británico necesitaba una cosa así, y sirvió. Pero eso pasa muy rara vez, y el uso del lenguaje usado para las campañas militares recientes me parece no sólo peligroso, sino también desagradable. Una distorsión, un abuso del lenguaje que es, en sí mismo, extremadamente destructivo, porque el lenguaje nos puede llevar políticamente a todo tipo de campos. Se usan palabras como "intervención humanitaria", "libertad", "democracia" para justificar simples acciones asertivas para tomar poder y mantenerlo. Y, mientras tanto, las vidas que se destruyen pasan inadvertidas para los poderes a cargo. Salvo que sean norteamericanas, todas quedan escondidas bajo otro término tan popular ahora, el de "daños colaterales". Por suerte, las elecciones en España han restaurado el significado a una palabra que aprecio, "democracia".

-Para muchos, por el contrario, significó un triunfo para los terroristas, que demostraron que pueden afectar el resultado de las elecciones.

-Esas son tonterías. La culpa de que el Partido Popular haya perdido es únicamente de Aznar, que llevó a los españoles a una guerra que nadie quería, cuyo resultado, por supuesto, fueron las atrocidades de marzo. Los españoles hablaron en las urnas. Eso es un acontecimiento importante y significativo. Hoy no ocurre tan a menudo.

-¿Diría que hoy la pluma es más fuerte que la espada, o viceversa?

-Bueno, digamos que en este momento la pluma está librando una batalla dura. Igual, debo admitir que si bien yo he escrito y leído poesía toda mi vida, nunca tuve una sensación como la que tuve cuando leí mis poemas sobre la guerra en el National Theatre. Había cerca de mil personas. Supongo que en su mayoría conocían mi posición política, si bien no habían escuchado antes los poemas. Pero al expresarme a través de la poesía sentí que estaba llegando a ellos desde un ángulo que un discurso jamás podría haber tocado. Lo mismo que antes de la invasión a Irak, cuando leí un poema en Hyde Park. En la marcha había cerca de dos millones de personas y en el parque lograron entrar unas 750.000. Fue extraordinario. Cuando me paré frente a ellos y miré esa masa, quedé muy impresionado: nadie hacía un ruido ni flameaba una bandera. ¡Toda esa gente escuchaba un poema con una concentración absoluta! Sin embargo, no me hago ilusiones. A la espada hoy es muy difícil frenarla con la pluma. Lo único que podría contenerla sería, para empezar, deshacernos de Bush y de Blair. Si Bush gana las elecciones, el mundo perderá, rodará cuesta abajo y será prácticamente imposible recuperarnos.

-Sin embargo, Kerry también criticó que España sacara sus tropas de Irak, decisión que usted festejó públicamente.

-Pongámoslo de esta manera: no tengo mucha fe en el candidato demócrata. Pero hay que darle una oportunidad. Bush y compañía están empeñados en dominar el mundo y no les importa cuánta gente caiga en su camino a la meta. Hay que pararlos de alguna forma.

-Su pensamiento se asemeja al de Noam Chomsky, a quien usted presentó al público cuando dio una famosa conferencia en Inglaterra, en la catedral de St. Paul. ¿Su admiración sigue intacta?

-Chomsky me parece una persona de gran integridad, claridad e independencia de pensamiento. Le tengo mucho respeto. Es la voz más importante que se eleva contra el régimen criminal que hoy dirige a Estados Unidos, un régimen que es un monstruo peligroso y fuera de control. Pero él no es intimidado. Chomsky hace algo que es muy simple, pero altamente inusual: dice la verdad. En la presentación en St. Paul conté cómo en febrero de 2002 su editor en Turquía, Faith Tas, fue acusado, bajo el artículo 8 de la ley antiterrorista, de publicar propaganda "contra la unidad indivisible del país, nación y Estado turcos". La propaganda era el libro de Chomsky "Intervencionismo norteamericano". Cuando se enteró, Chomsky voló inmediatamente a Estambul y pidió ser acusado juntamente con su editor. El fiscal entonces retiró los cargos y Tas fue liberado. Lo que hizo Chomsky fue algo extraordinario que sólo una persona extraordinaria puede hacer.

-¿Cuán importante es que los intelectuales se metan en la política?

-Es muy importante. Es una obligación social y política tomarse en serio el mundo y entender los hechos que nos rodean. Claro que es muy fácil decir que los intelectuales deberían actuar cuando hay tantos países donde se los tortura y mata precisamente por hacerlo, pero afortunadamente aquí no, así que sigo adelante y, además, a estas alturas sería muy difícil callarme. No sé qué tipo de diferencia podemos llegar a hacer, pero al menos hay que intentarlo, en nombre de los millones que quedan olvidados.

http://www.lanacion.com.ar/04/05/12/dq_600481.asp

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La caída del nazismo

Archivado en Jack Fuchs • Fecha: 10-05-2004 00:00:00

Por Jack Fuchs

Tengo ahora ochenta años. Desde el 8 de mayo de 1945, día de la capitulación alemana, ya pasaron 59. Mucho tiempo si se juzga a partir del almanaque. Mucho tiempo si se juzga a partir de la experiencia que la vida acumula y ordena. El pasado finalmente se ordena. Sin embargo, hay hechos que dejan a un hombre, aun sereno, en el papel de testigo inaudito del tiempo. Difícil papel. Y no es una dificultad que merezca o desmerezca compasión, reconocimiento. Ya puedo decir que no se trata de una dificultad social, de intercambio, de comunicación. Sé que hay amigos y desconocidos que escuchan. Es una dificultad íntima. Sobrevivir en Auschwitz, recibir el final de la guerra en Dachau, sin mi padre, que antes de salir de Lodz, hacia los trenes, me regaló unos zapatos hechos por él, andar por los pastos de Baviera, descansar, restablecerme en un hospital alemán son todavía mis dificultades íntimas, mis preguntas. El pasado se ordena, se puede organizar la marcha de las cosas, el sinsentido, el absurdo, todo se puede ordenar; son hechos que requieren memoria, quizá información. Los hechos suceden y después se les encuentra explicación. Y la explicación es un abrigo que cubre y apacigua.
Desde la finalización de la guerra, en la primavera europea de 1945, cuando el mundo descubre el horror de los campos, el viejo ideario humanista tiembla, entra en crisis. ¿Cómo fue posible que de un día para otro Alemania se dispusiera a aniquilar a poblaciones enteras que habían convivido durante siglos en Europa? ¿Cómo fue posible que las masas se entregaran a un delirio asesino, a matar y morir por una causa? ¿Puede ocurrir otra vez un delirio semejante? Repentinamente, el proyecto civilizatorio, racional, se había desvanecido. Viví esos años, tuve esa experiencia desde el momento mismo en que Lodz, la población judía de Lodz, fue confinada, cercada en los muros y alambres del gueto, muchos años antes. Primero fue desconcierto, perplejidad. Después todo se hizo claro: el modo en que las cosas iban a desembocar en “la solución final”.
El mismo desconcierto, con rasgos nuevos, me rozó al terminar la guerra. Porque así como el sentimiento de angustia y desánimo se generalizó rápidamente, también muy rápidamente pude ver cómo nacía una ominosa voluntad por dar vuelta la página y comenzar enseguida todo de nuevo. Había que ocultar la monstruosidad y, sobre todo, había que seguir viviendo. Las masas alemanas que hasta pocos días antes habían seguido con fanatismo los dictados delirantes del partido nacionalsocialista se disponían ahora, mansas, a convivir con las tropas de ocupación, y muy poco más adelante entraban en la farsa del milagro y la recuperación. Los sesenta millones de muertos, la destrucción de las ciudades, todo el teatro de la crueldad, pasaron a ser nada más que un mal sueño, una pesadilla. Europa recurre al pasado cuando lo necesita, con todos los resortes de la tradición y la cultura, pero también ignora la historia cuando necesita ignorarla. El pueblo alemán, el pueblo de Goethe, de la gran filosofía romántica, de la exquisita música del XIX, de Hegel, de Heidegger, al terminar la guerra, no celebró la caída del régimen en las plazas, ni sobre las ruinas en las que el propio régimen había dejado a Alemania. Que yo sepa, el 8 de mayo, aún ahora, no se festeja en Alemania, ni siquiera como el día en que el viejo espíritu racional e ilustrado recuperó la razón a la fuerza.
Hace años que tengo la impresión de que la cultura europea fue adoptando un punto de vista equívoco acerca del horror concentracionario. ¿Cuál? El de interpretar el campo de concentración como un instrumento exclusivamente destinado a la liquidación de los judíos. Si bien todos los judíos, por el hecho de serlo, fueron víctimas del nazismo, no todas las víctimas del nazismo fueron judíos. Los campos existieron primero para terminar con comunistas, socialdemócratas y hasta la oposición interna en el partido. También murieron “arios”. Casi setenta mil alemanes murieron bajo los efectos del gas en los primeros campos de concentración. Los nazis asesinaron a una buena parte del clero polaco. Hubo víctimas protestantes, ortodoxas. La presunta superioridad aria no soportaba a los enfermos mentales, a los discapacitados, que también fueron víctimas tempranas; lo mismo que los homosexuales.
De modo que hay sobradas razones para rememorar el 8 de mayo; y sin embargo, este ejercicio banal de memoria parece estar circunscripto a un grupo cada vez más pequeño de sobrevivientes. Me pregunto, y llego otra vez al plano de mis dificultades íntimas, si no estaré solo en esta empresa. Seguramente no es así, pero me divierte la imagen: un solo hombre, muchos años después, haciendo memoria de millones de muertos. Me divierte la desproporción. Y por otra parte, no confío para nada en ese simplismo de la política “memoriosa”; sé que las buenas intenciones, o no tan buenas, son precarias, insuficientes para detener la marcha de las cosas, para evitar, como suele decirse, que se repitan. Toda Europa recordaba muy bien el espanto de la Primera Guerra cuando 20 años más tarde se volvía a lo mismo pero con una intensidad más asesina, si cabe. Quiero decir: la memoria no cura la crueldad, no limita la violencia. ¿Entonces por qué recordar? No tengo una respuesta acabada. Estoy en el terreno de mis dificultades íntimas; diría: hacer memoria por hacer memoria. Hacer memoria de lo particular, del detalle de una vida. Para mí, pues, es un modo de evocar a mis amigos, a mis padres y hermanos, y a los que entraban por miles en las cámaras de gas cantando Shemá Israel, La Internacional o rezando un Padre Nuestro, y también finalmente, un modo de evocarme yo mismo.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-35122-2004-05-10.html

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De la Balze: "Nuestro destino no es ser un país de segunda"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 08-05-2004 06:29:34

La visión de un analista de la economía

"La Argentina tiene un porvenir de éxito o de fracaso, pero no puede ser un país de segunda", expresó el especialista en economía internacional Felipe de la Balze.

El secretario general del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) consideró que uno de los desafíos de nuestro país es pasar de ser la Argentina de los doctores a la Argentina de los hacedores.

Académico, empresario, coordinador de los equipos de política exterior de Ricardo López Murphy en la última campaña presidencial, asesor de empresas y bancos, especialista en economía internacional y profesor en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación, en Flacso y en la Universidad Di Tella, De la Balze se refirió, durante un diálogo con LA NACION, al escenario mundial y a los desafíos que se le pueden presentar a la Argentina en los próximos tiempos.

-¿Qué caracterizará, a su juicio, al siglo XXI?

-Vivimos en un mundo muy diferente al del siglo XX. En primer lugar, los Estados Unidos son una superpotencia con un poder militar incontestable, sin otra potencia que genere equilibrio. Esto no se da en el aspecto económico, donde la Unión Europea es tan importante como los Estados Unidos. La caída de las Torres Gemelas provocó que el país más importante del mundo se sintiera afectado en sus intereses vitales y se produjera un sentimiento de temor, que las clases dirigentes norteamericanas no habían experimentado desde el comienzo de su historia. Y esto creó la respuesta en Irak, que era necesaria, pero que está siendo criticada en términos de los medios e instrumentos que se han utilizado.

-¿Puede convertirse Irak en una suerte de Vietnam para los Estados Unidos?

-Creo que es una situación muy diferente, aunque puede ser peor, por otras razones. En Irak lo que está en juego son los temores del pueblo norteamericano. Vietnam fue parte de una decisión estratégica y geopolítica de competir con el supuesto imperio del mal, encarnado por la Unión Soviética, para no permitir un efecto dominó en una región que a los Estados Unidos no la afectaba internamente. Irak, en cambio, es un tema percibido por la población norteamericana como ligado a las Torres Gemelas. El 70% de los norteamericanos dice creer que Saddam Hussein fue responsable o corresponsable del atentado del 11 de septiembre de 2001. Es irrelevante si esto es cierto o no; lo que importa es que la mayor parte de la sociedad está convencida de que es así. A tal punto que John Kerry no está proponiendo irse de Irak, sino aumentar las fuerzas allí, pero hacerlo en el contexto de un esfuerzo multilateral, con las Naciones Unidas.

-¿De qué manera puede influir la cuestión iraquí en las próximas elecciones presidenciales norteamericanas?

-Lo que está en discusión hoy, en plena campaña electoral, no es si hay que retirarse de Irak, sino cómo comportarse respecto de Irak. Se debate la instrumentación, pero no lo que se hizo. Lo que se advierte es que Bush está comenzando a cooptar la estrategia de Kerry, tratando de llevar a las Naciones Unidas a Irak. Hasta los grandes países a veces se dejan llevar por sus pasiones y no por la razón. La decisión de Bush fue una respuesta al agravio sufrido por Nueva York y Washington. Y esa respuesta no ha sido, políticamente, la más apropiada, a tal punto que Kerry ha lanzado una crítica y Bush la está asumiendo.

-¿Qué se debe hacer ante el terrorismo?

-Frente al terrorismo puede haber soluciones negativas o positivas. Entre las primeras está la política del avestruz, consistente en negar su existencia, ponerse de acuerdo con los terroristas, permitiéndoles que operen en nuestro país a cambio de que no nos ataquen. Esa práctica política hace que después de cierto tiempo las cosas salgan de control. También entre las soluciones negativas está pensar que el terrorismo es puramente un problema de control militar, que se puede resolver mediante la contrainteligencia y la violencia. Esto se aplicó en Perú, donde se desmontó Sendero Luminoso sin cambiar las circunstancias profundas que le dieron origen. Desde hace seis meses retornaron los atentados.

-¿Cuál es la solución correcta?

-El terrorismo es un fenómeno muy viejo. Uno de los casos más interesantes fue cuando la piratería comenzó a asolar el Imperio Romano en el Mediterráneo. Los piratas actuaban en unidades muy pequeñas que actuaban sorpresivamente y hacían uso del terror. Los romanos decidieron aplicar una respuesta militar, basada en la inteligencia y en la cooperación con otros. La solución actual es muy similar: hay que admitir que el terrorismo es algo absolutamente inaceptable y no hacer la política del avestruz.

-Hay quienes piensan que, más que una cruzada liberalizadora, detrás de la acción norteamericana en Irak actuaron intereses económicos concretos, vinculados con el petróleo.

-El tema en Washington no es el petróleo: el tema es el temor. Nunca en Washington un presidente de la República o un alto funcionario tuvieron miedo; hoy lo tienen. Por supuesto que una vez que uno se lanza a atacar Irak aparecen cinco amigos petroleros que buscan obtener una tajada. Pero la razón de la aventura norteamericana es que, por primera vez, sus clases dirigentes tienen temor físico y cada mañana, cuando salen de su casa, se preguntan si les tocará un bombazo.

-No hay dudas de que la supremacía militar seguirá en los Estados Unidos por bastante tiempo. ¿Hacia dónde se dirigirá el poder económico mundial?

-La novedad más interesante de los últimos años es el surgimiento de China y la India. China puede producir el ciento por ciento de las heladeras y televisores que se consumen en el mundo a mitad de precio, porque una nación de casi 1300 millones de habitantes ha decidido incorporar el capitalismo como sistema de producción. En los años 70 sorprendía el fenómeno de los cuatro tigres asiáticos -Taiwan, Singapur, Hong Kong y Corea-, y eran 60 millones de personas. Ahora estamos hablando de 1300 millones de chinos. El problema de China es que se han lanzado a una aventura de liberalización en lo económico, pero conservan un sistema político centralizado y autoritario. Ha hecho una revolución inversa a la de Rusia, que liberalizó la vida política con el glasnost de Gorbachov y tardó mucho en liberalizar la economía.

-¿Qué se puede esperar de Europa con la incorporación de los países del Este?

-La incorporación de estos diez países es un éxito formidable, pero también un punto de inflexión. El éxito europeo es que una región que durante 200 años produjo las guerras más mortíferas en el mundo logró dejar atrás el pasado. Pero ha agrandado la Unión Europea a costa de tres cosas que no ha podido hacer. La primera es construir una política de defensa y seguridad común efectiva; ése es un desafío cada vez más difícil cuantos más países incorpora. El segundo dilema es cómo gobernar Europa y cómo consolidar las instituciones comunes. El tercero es el económico: una unidad de moneda común requiere políticas de tasas de interés, monetarias y fiscales coordinadas. Si los dos principales países de Europa, Alemania y Francia, no cumplieron en su momento con sus metas fiscales, ¿qué podrá pasar con otros países más chicos cuando tengan crisis de desempleo o recesión? No veo a esta Europa preparada para asumir sus nuevos desafíos y creo que va hacia una crisis de identidad.

-Esto último lleva a pensar que América latina, y en especial la Argentina, pasarán a tener para Europa una importancia cada vez más secundaria...

-Creo que la Argentina es más europea que muchos de los países que se han integrado recientemente a Europa. Pero nosotros somos parte de la Europa de la cultura, con sus virtudes y defectos. Los argentinos, en general, nos comparamos con la Europa pos 1945. Pero muchos de nuestros defectos actuales son los mismos que tuvo Europa durante el siglo XIX y parte del siglo XX.

-¿Cómo afectará a la economía argentina la nueva Europa?

-Varios de los países que se incorporaron a la Unión Europea son agrícolas. El caso más emblemático es Polonia. Eso implica un problema para la Argentina y el Mercosur, porque esos países querrán beneficiarse con el sistema de altísimos precios y protección de Europa, donde las vacas viven bajo techo seis meses al año. El Viejo Continente quedará, así, en el medio de un sistema de tironeos, por la presión internacional para una liberalización, de un lado, y, del otro, una serie de países que no querrán recibir el trigo argentino, ni el azúcar brasileño ni el arroz tailandés.

-¿Qué puede pasar entonces con las exportaciones argentinas?

-No sé si van a caer, pero pueden disminuir los márgenes de ganancias. Muchos de los países nuevos de la Unión Europea querrán producir más de lo que producían antes y quizás en el mediano plazo veamos una sobreoferta de productos en los que competimos internacionalmente y una caída de precios. Por ende, la incorporación de estos países a la Unión Europea no es una buena noticia para nosotros. Sin embargo, no hay mal que por bien no venga. A menudo los males producen tomas de conciencia y cambios en las políticas de los países.

-¿Qué puede depararnos la posibilidad de que la Reserva Federal norteamericana suba las tasas de interés?

-Las tasas de interés van a subir en algún momento. No hay ninguna duda. La pregunta es cuánto y cómo van a subir. Los efectos más graves no se dan en los países centrales, sino en los periféricos. La suba de tasas en países centrales sólo apunta a atraer fondos hacia esos países. También es previsible que, si suben las tasas de interés, los precios de los commodities o productos agrícolas o industriales se estabilicen o bajen. El gran importador de soja, cobre y hierro es China. Se puede prever, entonces, suba de tasas y caída del precio de los commodities, con un escenario para la Argentina diferente del actual hacia el año 2006.

-¿Qué opina de la estrategia del gobierno argentino para renegociar la deuda con los acreedores privados?

-No siempre "negociar hasta la última moneda" es lo mejor. La Argentina debió negociar más rápidamente, porque el tiempo corrió en dirección opuesta a una transacción en condiciones más favorables por la suba de tasas de interés que se espera. Creo que nunca debimos haber repudiado nuestra deuda, sino haberla renegociado a largo plazo y con menores tasas antes que discutir quitas nominales. Por otra parte, uno siempre debe apuntar a conseguir los mejores cosas sin ofender o humillar al otro; en tal sentido, no se les puede endilgar a los acreedores que son culpables por habernos prestado dinero o decirles que participaron de un casino. La Argentina se ha estado endeudando alegremente con la responsabilidad de su clase política gobernante y es muy poco serio responsabilizar a los de afuera.

-¿Cómo debería prepararse, entonces, la Argentina para los nuevos tiempos?

-Habrá que pasar de la política de los gestos a la política de la gestión. Tendremos que convencernos de que no podremos seguir creciendo al 8% anual sin enfrentar los fantasmas que durante años nos resistimos a enfrentar. En primer lugar, necesitamos un Estado que funcione, para lo cual debe despolitizarse; hoy tenemos una sociedad civil con periodistas que podrían trabajar en España o en Italia, con odontólogos que van a España y son iguales o mejores que los españoles, con tenistas que están entre los mejores del mundo, pero tenemos un Estado que funciona como en los peores países de Africa, con una administración pública ocupada patrimonialmente por la política. En segundo lugar, hay que hacer que los jóvenes de 15 a 20 años tengan entrenamiento en cosas prácticas, pasando de la Argentina de los doctores a la Argentina de los hacedores, con una revolución educativa muy importante. Por último, hace falta una buena política macroeconómica. Si la Argentina pudiera crecer durante los próximos diez años y simultáneamente hacer estas tres reformas pasaría a ser el país que merece y puede ser. Dejaría de ser un país reprimido y condenado a la mediocridad.

-¿Cómo evalúa el fenómeno Blumberg?

-Juan Carlos Blumberg y los piqueteros son diferentes formas de protesta de la sociedad argentina contra un país que ven como mediocre, pero que no aceptan. San Martín dijo que la Argentina será lo que debe ser o no será nada. Yo creo que la Argentina no tendrá un destino nacional si acepta ser un país mediocre. Un país que no crece económicamente en forma sostenida y donde los ciudadanos viven quejándose de que la ley no se cumple no es un país factible. Ese país es el de la decadencia de los últimos 40 años. Los argentinos protestan todo el tiempo porque no aceptan eso. Porque este no es un país de gente mediocre. La Argentina tiene dos destinos posibles: uno de fracaso o uno de éxito; no tiene un destino intermedio de ser un país latinoamericano de segunda, porque su imaginario colectivo es el de un San Martín que cruzó los Andes y liberó Chile y Perú, es el de un país que sale de las guerras civiles más cruentas y en un período de 40 años construye los subterráneos antes que los Estados Unidos. Si no somos capaces de realizar ese imaginario colectivo, desgraciadamente continuaremos en un proceso de declinación que no nos llevará a ser un país de segunda, sino a ser un "no país".

-La Argentina parece estar experimentando una recuperación económica y el grado de apoyo a Néstor Kirchner no deja de ser importante. ¿Es sustentable?

-La Argentina sufrió una crisis económica de una magnitud desconocida por no haber sabido salir de la convertibilidad. Sólo los Estados Unidos y Europa sufrieron crisis de esta dimensión a comienzos de los años 30. En Europa la crisis produjo un Hitler, con totalitarismos, búsquedas de chivos expiatorios en gran escala y guerras; en los Estados Unidos produjo un presidente como Franklin Delano Roosevelt, un hombre esclarecido, que supo utilizar el populismo y la demagogia para levantar a una sociedad que estaba destruida por la bronca y que llegó a meter preso al presidente del Citibank. La Argentina sufrió un fracaso de la misma proporción y entró en un período de duelo, que llevó a sentir que se había perdido todo. Pero, ante el gran temor de volver a caer, se cree que hay que apoyar a quien le toque gobernar. La crisis de los años 2001 y 2002 es de tal magnitud psicológica, moral y financiera que los argentinos aborrecen la idea de que, por alguna razón, puedan volver a sufrir las consecuencias de ese tipo. Como resultado de eso, se le ha dado un apoyo extraordinario al presidente Kirchner. Es un apoyo que tiene sus bases en el temor a la caída. Y ese temor no es suficiente para la construcción de un país moderno y exitoso, que requiere gestión, modernizar la educación y la política.

-¿Y ve a Kirchner con la capacidad de llevar a cabo esas reformas?

-Hasta ahora lo que hemos visto es el predominio del statu quo. Hemos visto un paciente que está en duelo al cual el Gobierno le ha inculcado que hay enemigos que han sido responsables de ese problema. El paciente aprecia eso, pero quiere progreso.

Por Fernando Laborda
De la Redacción de LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/04/05/08/dp_599233.aspç

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Giovanni Sartori: "La Argentina debería librarse del peronismo"

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 05-05-2004 06:26:23

El politicólogo italiano elogió a Kirchner

ROMA.- Dice que los argentinos deberían empezar a trabajar en serio, que "tienen que poner la cabeza en orden" y que Néstor Kirchner es un presidente que "tiene la fuerza, el carisma y la popularidad" necesarios para combatir de verdad la corrupción. Así, la Argentina, "que tiene todas las premisas para ser el país número uno de América latina" y que debería "liberarse del peso nocivo del peronismo", aunque no pague sus deudas será respetada por el mundo.

Giovanni Sartori es uno de los politicólogos más prestigiosos del mundo. Directo, lúcido, polémico y con gran sentido del humor, este florentino que el 13 de este mes cumplirá 80 años y que es un clásico de la ciencia política contemporánea mantuvo una larga entrevista con LA NACION. No sólo habló de la Argentina, sino también de los Estados Unidos, a los que definió como "un gran país, pero desde el punto de vista cultural, profundamente provinciano", y de Irak, que para él se ha convertido en algo "mucho peor" que Vietnam.

Gran experto en los problemas actuales de los sistemas democráticos de Occidente, autor de una treintena de libros publicados en todo el mundo y profesor de la Columbia University, de Nueva York, Sartori -que concedió el reportaje en su elegante pied á terre romano, con un vaso de vino blanco de por medio- no ahorró críiticas al premier italiano, Silvio Berlusconi, a quien tildó de "animal que no se encuentra en ningún jardín zoológico".

-En un escenario mundial en el cual China se está convirtiendo en la nueva potencia, la Unión Europea se amplía hacia el Este, los Estados Unidos aparecen cada vez más encerrados en sí mismos, ¿qué futuro queda para América latina?

-Como sucede con Italia, también América latina tiene en su ADN algo que no va (risas). Como hablo mal de Italia, también puedo hablar mal de América latina, y de la Argentina... En la Argentina existen todas las premisas para un país potencialmente rico, como es Suiza, y como era Uruguay. En cambio, fue destruida por la mala política, algo que también pasó en toda América latina. Y las clases dirigentes que vuelven a estar en el poder son populistas y demagogas. Sólo Chile aguanta bien, como siempre lo ha hecho. Pero los nuevos presidentes son unos descamisados...

-¿A quién se refiere?

-Sobre todo al venezolano Chávez.

-¿También a Lula y a Kirchner?

-No, Kirchner, milagrosamente, hasta ahora ha hecho las cosas bien, y Lula, milagrosamente, también. Digo milagrosamente porque Lula creó demasiadas expectativas y es difícil que logre galopar su tigre al infinito. Sin embargo, es muy bueno, sabe hacer bien su trabajo. Yo tengo esperanzas en él, y también en Kirchner.

-Como experto politicólogo, ¿qué consejo le daría a Kirchner, un presidente con altísima popularidad, que parece desafiar al Fondo Monetario Internacional e incluso a cientos de acreedores italianos, al sostener que primero se ocupará de la deuda interna, y después de la externa? ¿Está bien su postura?

-Está bien hasta un cierto tiempo. Inicialmente está bien, porque el resto del mundo no quiere el colapso de la Argentina. Por ahora, el hombre es popular entre los argentinos, algo que también es necesario para obtener sacrificios, y el resto del mundo se da cuenta de esta situación y le deja oxígeno. Pero, a la larga, la economía indica que si un deudor no paga no tendrá más créditos. La Argentina tiene un potencial económico extraordinario: no es un país superpoblado, tiene enormes recursos naturales, y una clase media educada. Es el país más afortunado de América latina, aunque nadie se dé cuenta. La Argentina es una catástrofe de la mala política, que comienza con el peronismo, que sobrevive en la historia argentina. El antiperonismo se hace en nombre del peronismo. Carlos Menem lo entendió y el peronismo es como un inmenso palo entre las ruedas. De todos modos yo soy el primero en estar maravillado, pero al mismo tiempo felicísimo del éxito de Kirchner, que también tiene la fuerza de ser valiente.

-¿Ve algún tipo de similitud entre Menem y Berlusconi?

-No, Berlusconi es un caso único, es un animal que no se encuentra en ningún jardín zoológico, mientras que Menem pertenece a otro tipo de categoría... De todos modos, Menem al principio no lo hizo mal y logró frenar una inflación galopante, aunque después haya terminado como todos sabemos. Pero no creo que existan analogías de nadie con Berlusconi, porque no creo que exista ningún jefe de gobierno que haya jamás poseído el control de todas las televisoras y el de buena parte de la prensa. Este es un exceso de poder que ninguna otra democracia en el mundo ha visto, que hace a Berlusconi no comparable.

-¿Cree que en la Argentina se ha completado la transición hacia una democracia plena?

-Es un tema confuso, porque ¿cuál es el punto de llegada? ¿Cuándo es que termina la transición? Si transición a la democracia significa poner en orden el Estado de Derecho, diría que no. No porque no haya democracia en la Argentina, sino porque las premisas de una democracia que funciona son frágiles. Esta mañana estuve en la presentación de un libro de Dahrendorf que dice que el Estado de Derecho es más importante que la democracia, y que sin el Estado de Derecho todo el resto es cháchara... Y lo mismo pasa en la Argentina.

-Pero también en muchos otros países del mundo, incluso Italia...

-Sí. Aunque Italia no tuvo el peronismo, lo que es una gran suerte. La demagogia sindical peronista de la Argentina fue mortífera y este pasado nocivo que no logra morir, que aún controla votos y sindicatos, para la Argentina es un peso muy grande, del cual espero que se libere. Porque, reitero, todas las premisas para que la Argentina sea un gran país, rico, moderno, en orden, desarrollado, el número uno de América latina, para mí existen. Porque Brasil tiene problemas muy graves, es un país grandísimo, pero justamente porque es demasiado grande y demasiado poblado sus problemas son más difíciles de resolver y sus bolsones de pobreza, mucho más grandes. En la Argentina, en cambio, los recursos naturales son extraordinarios con respecto a la población.

-Además de afianzar el Estado de Derecho y poner en orden el tema judicial, ¿qué hay que hacer?

-Hay que poner en orden la cabeza de los argentinos. Porque hay un dicho, que no es mío, sino vuestro: que en la Argentina nunca nadie se enriqueció trabajando, y esto no está bien. Trabajar es un deber también argentino, y el modo más inteligente de hacerse ricos es trabajar. Para mí, de todos modos, la lección que ha tenido la Argentina en los últimos años, con la inflación galopante y la catástrofe, puede ser saludable. Y quizá con este nuevo presidente puede haber una vuelta de página, porque los argentinos están hartos de volver a caer.

-¿Cómo se combate la plaga de la corrupción?

-Se combate combatiéndola. Kirchner hoy tiene la autoridad y la popularidad para poner verdaderamente en la cárcel a la gente corrupta, y será más popular si lo hace. Tendría el apoyo para hacerlo, y si lo hace repasa todas las premisas de un buen gobierno. La Argentina debe enfrentar la corrupción también porque, aunque no paga sus deudas, si lo hace, el resto del mundo la respetará, y sabrá que hay un país de América latina que toma el toro por las astas.

-Su último libro se llama "Mala tempora", en latín, malos tiempos. Hoy Irak está en llamas, Medio Oriente también; vivimos en un mundo cada vez más inseguro. ¿Hace casi quince años, cuando cayó el Muro de Berlín, usted se hubiera imaginado semejante escenario?

-En el apéndice de mi libro "¿Qué es la democracia?" hice profecías sobre el pos-Muro y el poscomunismo. Y allí advertía que con la caída de la Unión Soviética la democracia se queda sin enemigo, pero como principio de legitimidad. Pero fui cauto. La historia se reabre; no es el fin de las ideologías, sino el fin de la ideología del comunismo, y tenía -tengo- muchas dudas sobre la transformación de las economías centralizadas en economías de mercado. No imaginaba claramente lo que sucede hoy, pero sí percibía que todo el mundo islámico no era democrático, ni fácilmente penetrable. Veía una serie de problemas que ahora estallaron y que ningún politicólogo había previsto, al margen de la teoría de Huntington, que habla del choque de civilizaciones...

-¿Es correcto decir que ahora hay un choque de civilizaciones?

-¡Claro! Por diplomacia, no hay que decirlo, pero existe. Si dos civilizaciones no tienen nada en común o son recíprocamente indiferentes o chocan. En este momento, cuando hay un recalentamiento del fundamentalismo, hay choque.

-¿Para usted ha sido un error el alineamiento de Berlusconi con la política norteamericana? ¿Cree que puede llegar a terminar como Aznar?

-Berlusconi se alineó con Bush por motivos de él, personales. Es decir, porque necesita de legitimización internacional, porque el conflicto de intereses que tiene, que es enorme, lo convierte en sospechoso en todo el mundo. Una cobertura internacional de los Estados Unidos para él es importante. Por otra parte, a un Bush muy aislado le venía muy bien tener el apoyo de Berlusconi. Es decir, esto es un problema personal de Berlusconi: como el conflicto de intereses lo debilita, a él le conviene decir que es amigo de Bush. El tema español es distinto, porque Aznar tomó partido, como Blair, pero no perdió las elecciones por eso. El cayó porque los españoles tuvieron la sensación, bastante justificada, de que él quiso aprovechar los doscientos muertos para las elecciones de dos días después. Aznar no cayó porque era aliado de Bush, sino porque indignó a los españoles con el manejo electoral de una tragedia.

-Pero, ¿no cree que la opinión pública italiana, que siempre se opuso a la guerra en Irak, puede emitir un voto castigo contra Berlusconi en las elecciones europeas y administrativas de junio?

-Sí, claro. El mundo ha sido transformado por la televisión. Ahora vivimos en un mundo de madres que lloran y de gente que ve sólo un aspecto de la realidad. Y para mí es cierto, Berlusconi corre el riesgo de pagar con las elecciones europeas el envío de tropas a Irak y corre el riesgo de pagar el precio de su política con los pacifistas italianos, que son distintos de los españoles. Los pacifistas italianos son más numerosos, son más fuertes y tienen detrás a la Iglesia. Se trata de un voto que Berlusconi no puede comprar: no puede decirles: "Yo les bajo los impuestos", porque los pacifistas italianos están enojados en serio.

-Hablando de pacifistas, usted los tildó despectivamente de "ciegopacistas". ¿Por qué?

-¡Porque son unos insensatos! Los "ciegopacistas" gritan por la paz, pero no nos dicen cómo conseguirla. ¡Que vayan a gritar a Irak, si ésa es la solución! Pero los "ciegopacistas" no entienden nada de los problemas y hacen más difícil su solución. Yo también soy pacifista. Nadie es partidario de la guerra, no digamos estupideces, pero ése es un pacifismo uterino, que no entiende los problemas, y que no aporta soluciones. Es decir, agrava las cosas. Quisiera saber qué es lo que resuelve salir todos de Irak... Empeora todo, tanto para Irak como para Occidente.

-¿Está de acuerdo con el concepto de guerra preventiva?

-Lo que yo digo es que en el futuro, como vivimos en un mundo cada vez más peligroso por las armas de destrucción masiva, que son armas de bolsillo, químicas o bacteriológicas, la protección del terrorismo global puede ser solamente dada por un derecho de intervención, pero no de ocupación. Como hicieron los israelíes cuando Saddam Hussein estaba construyendo una central para la producción de uranio y bombas atómicas: fueron allá y la bombardearon. Pero yo nunca aprobé ni la intervención en Kosovo ni la de Irak. En Irak, entendía que, en términos de costos y beneficios, los beneficios iban a ser muy pequeños, y los costos, enormes.

-¿Irak es un nuevo Vietnam para Estados Unidos?

-Es peor. Es un Vietnam en el sentido de que están empantanados y no se sabe cómo van a salir. Esta es la analogía. Pero es mucho peor porque, al menos, en Vietnam ellos tenían un aliado, que era Vietnam del Sur, es decir que operaban también con el apoyo de un Estado vietnamita que tenía sus tropas. Ahí había una guerra de tipo bastante clásico, que los norteamericanos no gestionaban solos. Acá se encuentran solos contra todos. Es una guerra sin enemigos identificables y son agredidos por gente vestida de civil. Por lo tanto, si se defienden, matan a civiles; si no se defienden, se dejan matar, y en esta situación de terror también las estructuras de apoyo político o de reconstrucción del país son imposibles, por lo que la situación no podría ser peor.

-¿Se puede exportar la democracia?

-La democracia se puede exportar en algunos países, y en otros, no. Sobre todo, no se puede exportar a países islámicos, con culturas teocráticas, porque ahí faltan todas las premisas no sólo para entenderla, sino también para quererla. El islam no quiere la democracia. El islam es un sistema teocrático gobernado por la voluntad de Alá. La libertad tampoco existe, así como todos los valores laicos, porque la liberal-democracia es un sistema creado por valores laicos. Hasta que Europa tuvo una cultura de naturaleza religiosa, tampoco ella aceptaba la democracia. Sólo cuando se creó una civilización laica que separa adecuadamente la Iglesia del Estado pudo crearse la democracia. En el islam ni siquiera saben qué es la libertad individual y desconocen todos los mecanismos de gestión del poder, legitimados por la voluntad popular. Es la voluntad de Alá, que el imán comunica. En una cultura no sólo profundamente teocrática, sino que no distingue entre esfera laica y esfera religiosa, la democracia no tiene sentido. Esto no quiere decir que las poblaciones islámicas no puedan tener autoridades políticas mejores que Saddam Hussein... El déspota iluminado también es posible en el mundo islámico. Pero atención, porque el único país de población islámica que logró convertirse en una democracia de tipo occidental es Turquía. Pero la democracia de Turquía siempre ha sido tutelada por los militares. Por lo tanto, el dilema de los países de religión islámica es que pueden ser bastante laicos sólo si son dominados por un dictador. Si desaparece el dictador, vuelven a convertirse en regímenes teocráticos. Los dejás votar, y eligen a un régimen tipo iraní, por lo que es verdaderamente absurdo que nos cuenten que uno interviene para llevar la democracia.

-¿Cómo es posible que una potencia como Estados Unidos cometa semejante error?

-Estados Unidos es un gran país, pero desde el punto de vista cultural es profundamente provinciano. Del mundo no sabe nada, o muy poco, y lo entiende poquísimo. El aislamiento cultural de Estados Unidos hoy es total: no traducen casi nada, saben sólo inglés, y se leen solamente a sí mismos.

-La noche en la que trascendió que habían ejecutado a uno de los cuatro rehenes italianos capturados en Irak, el canciller italiano, Franco Frattini, siguió toda la situación desde un programa de TV al que había sido invitado. Algo que fue muy criticado y que es un ejemplo perfecto de la "videocracia" de la que usted hablaba en su libro "Homo Videns", en el cual el hombre se transforma en esclavo de la imagen, es decir de la televisión. ¿Cómo se combate esto?

-Ahora hay videoinflación. ¿Cómo se combate? Con un buen servicio de televisión pública responsable. Toda nuestra televisión es comercial, por lo cual lo único que quiere es hacer dinero, y tenemos solamente televisión mala, y el nivel de información, de la cultura y de la instrucción cae muy bajo. Los debates que se ven hoy en la televisión sólo producen ruido, pero no dejan entender nada a nadie. En nuestra televisión no existe ninguna transmisión donde se debata en serio. Tenemos reuniones de masa en las cuales treinta personas hacen mucho ruido, y después el público se queda donde estaba, sin entender nada.

Por Elisabetta Piqué
Corresponsal en Italia

http://www.lanacion.com.ar/04/05/05/dq_598410.asp

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¿Entiende?

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 05-05-2004 00:00:00

Por Sandra Russo

¿Entiende?, dice el señor Blumberg sin signos de interrogación. Casi lo afirma: usted entiende. ¿Qué entiende usted, que es su interlocutor, usted que lo está entrevistando, si es periodista, o que lo está escuchando, si es oyente de radio o telespectador? La muletilla del señor Blumberg apela a la racionalidad y al sentido común del que tiene delante. ¿Entiende? Nadie le dice que no entiende. Lo que dice el señor Blumberg es sencillo, coherente y claro, como la consigna de su cruzada: todos por Axel por la vida de nuestros hijos. ¿Quién osaría no entender que no puede oponerse a ser empático con el dolor de un padre que ha perdido a su hijo? ¿Quién puede rehusarse a adherir a una causa cuyo objeto es la preservación de la seguridad de los hijos de todos? El señor Blumberg se hace entender y no corre riesgos retóricos cuando pregunta “¿Entiende?”. Sería diferente si el señor Blumberg dijera: “¿Está de acuerdo?” o “¿Me explico?”, por ejemplo. Entreabriría una puerta que permanece cerrada, porque para empezar el “¿Entiende?” da por sentado que él es el portavoz de lo que hay que entender (él es El Que Ya Ha Entendido), y por otra parte enuncia un discurso cerrado sobre sí mismo, que adelanta al posible disenso un “no entendimiento” de la palabra Blumberg. El que disienta con él es porque no lo entiende. Blumberg, si es cuestionado, es porque es incomprendido.
A esta altura, el señor Blumberg es mucho más que el caso Blumberg. Tampoco es casual que el señor Blumberg sea para todos el señor Blumberg: el “señor” reemplaza al “don” o al “doctor” o al “licenciado” o al “ingeniero” o a cualquier otro apelativo que ubique a su portador en algún status social. El señor Blumberg es un señor: esa palabra extremadamente potente designa al mismo tiempo a un hombre del común y a un gran hombre.
El señor Blumberg y el fenómeno que despertó su irrupción en escena puso en aprietos a muchos, entre los que me anoto. Aterrizó sobre la piel urticada de amplios sectores sin representación y con un discurso que oscila entre las reminiscencias más escalofriantes del viejo ser nacional y una necesaria puesta a punto de los piripipí progresistas, siempre más proclives a deslumbrarse por las vidas bellamente cronificables de los lúmpenes que a atender las demandas de mínima de gente de clase media de esa que todos tenemos en la familia.
Sin embargo, pese a que al señor Blumberg se le entiende casi todo, uno lo ve fastidiarse bastante cuando algún interlocutor lo entiende, pero no acuerda con él. Parece ser un hombre infatigable que no para de reunirse con “especialistas” de acá y “del exterior”, amplía cada vez más sus miras y se muestra dispuesto a usufructuar su emergencia como referente en aras de la “causa del bien”. Pero no puede pretender, el señor Blumberg, discernir él solo cuál es el camino del bien. Se ha dicho que su figura se comió a la del hijo, pero lo mismo podría decirse de las Madres de Plaza de Mayo. Su figura es socialmente importante con posterioridad a la muerte del hijo y va de suyo que, si Axel hubiese sobrevivido, tendríamos a este señor siguiendo con su vida y tratando de olvidar el mal trago. Pero a Axel lo mataron y el señor Blumberg procesa su duelo multitudinariamente. Cada uno hace lo que puede.
“Todos podemos ser Axel”, rezan muchas pancartas. Claro que sí. Le puede pasar a cualquiera, rico o pobre. El “conjunto-Axel” agrupa a millones de anónimos con posibilidades de convertirse en víctimas de la violencia común, más las miles y miles de personas que ya lo fueron. Pero hay otros conjuntos. La jueza de instrucción Mirta López González procesó esta semana a trece policías federales que habían armado falsos procedimientos para detener a personas inocentes con el propósito propagandístico de sumar puntaje. Desde el año 2000, una comisión de fiscales creada por la Procuración General de la Nación investigó 95 casos similares: un total de153 ciudadanos fueron engañados por policías para ser “sorprendidos in fraganti” en delitos inexistentes. De ellos, 37 eran inmigrantes ilegales, 35 eran mendigos o personas sin techo, 27 eran desocupados y 21 eran chicos de la calle. Otros eran adictos, remiseros o prostitutas. Todas esas personas fueron encarceladas, a todas se les abrieron causas y sólo un milagro institucional hace que ahora el honor les sea devuelto, aunque muchos perdieron lo poco que tenían: matrimonios, vivienda, tenencia de los hijos o acaso sencillamente la libertad que les quedaba después de haber sido expropiados de todo lo demás.
Todos podemos ser Axel, naturalmente, pero no todos estamos expuestos a este tipo de violaciones: hay horrores que quedan fuera del “conjunto Axel”, horrores que no son menos horrorosos. Nadie hubiese secuestrado a un mendigo para pedir rescate, pero sí hubo mendigos a los que secuestró la policía para plantarles droga o autos robados o armas. Señalar que hay conjuntos de desprotegidos que merecen tanto apego a la ley y tanto fervor cívico como las víctimas de los secuestros extorsivos no es no entender al señor Blumberg, sino dejar abierta la posibilidad de que al señor Blumberg todavía, como a todos, le falten entender algunas cosas.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-34903-2004-05-05.html

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"El periodismo es cada vez más un medio de entretenimiento"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 02-05-2004 00:00:00

EVAN CORNOG, HISTORIADOR

En su visita para inaugurar el año lectivo de la Maestría en Periodismo Clarín-San Andrés, que se realiza en colaboración con la Universidad de Columbia, el investigador y docente reflexionó sobre el trabajo periodístico.

Osvaldo Tcherkaski
otcherkaski@clarin.com

El debate actual sobre los medios periodísticos disparado por las malversaciones noticiosas sobre la guerra contra Irak, ¿permite pensar que el periodismo sigue siendo el primer borrador de la Historia?

—Creo que sí, pero veo dos tipos de problemas. A menudo, cuando los historiadores se remontan atrás para estudiar un período, no recurren a fuentes periodísticas. La segunda cuestión es que muchos sucesos históricos, particularmente la historia vivida por la última generación, al menos en EE.UU. ha girado en torno a lo que los periodistas no cubrieron. Por ejemplo, hubo enormes cambios demográficos en mi país, con consecuencias políticas muy importantes, que prácticamente no fueron cubiertos por el periodismo.

# Reconocidos críticos de medios de su país sostienen que la producción informativa ha pasado a ser el primer borrador de un libreto de Hollywood.

—Es cierto. A veces, el poder de una buena historia supera el peso de la verdad. Lo vimos en la prensa estadounidense con el caso de la soldado Jessica Lynch. Fue pintada como una combatiente heroica durante la invasión a Irak y resultó un montaje revelado cuatro semanas después por la BBC de Londres. Hasta se hizo una película para la TV y la mayoría de los estadounidenses probablemente la siguen creyendo una noticia verdadera y no recuerdan las revelaciones de la BBC. Creo que como nunca antes, el periodismo se está convirtiendo en un medio de entretenimiento. Los periodistas están cada vez más interesados en encontrar una buena historia, especialmente con impacto humano, antes que informar sobre temas importantes. No me parece un problema fácil de resolver porque todo se guía por lo que se supone que los lectores quieren leer y las teleaudiencias quieren ver.

# Sin embargo, encuestas realizadas por un proyecto conjunto precisamente con la Facultad de Periodismo de Columbia, indican que la percepción pública sobre los medios es que constituyen grupos de interés dedicados a hacer negocios como cualquier otro.

—Es un gran problema. Creo que atañe principalmente a las publicaciones de circulación masiva y a los canales de televisión. Al mismo tiempo entiendo que hay reporteros y editores interesados en cubrir los hechos de envergadura y producir noticias. Hay un desafío interesante en ese proceso: encontrar formas de lograr las dos cosas, buena información y al mismo tiempo impacto para atrapar lectores y audiencias.

# ¿Me puede dar un ejemplo?

—El movimiento ecológico en EE.UU. surgió a partir de una serie de notas en la revista New Yorker publicadas en 1962. Ciertamente había gente preocupada por los problemas del medio ambiente antes de 1962 y los EE.UU. no son lo que se dice una luz esclarecedora en el mundo sobre responsabilidad ambiental. Pero esa serie de artículos contribuyó a cambiar la forma en que los ciudadanos estadounidenses veían su mundo ambiental y su responsabilidad.

# Convengamos que en ese entonces el contexto de la producción mediática era diferente.

—De acuerdo. El principal problema del trabajo periodístico es la relación con la verdad. Los periodistas tienen que averiguar lo que es verdad y darlo a conocer a sus lectores de la mejor manera posible. Presiones y obstáculos han existido siempre, y aunque no todo depende de la actitud individual, para mí un periodista debe pensar cómo puede contribuir a que algo cambie cuando va a cubrir algo. Si usted debe escribir hoy una nota sobre los daños del cigarrillo para la salud, probablemente nadie le pedirá que recurra a una segunda opinión, al testimonio de alguien que sostenga que fumar no es perjudicial, como sucedía años atrás. En cambio si lo que va a escribir confronta con la opinión del gobierno o de grupos de interés, es cierto que los diarios serán más cuidadosos. Pero fíjese que dos meses antes del lanzamiento de la guerra contra Irak, el diario The Wall Street Journal, que pregona la línea editorial más conservadora que cualquier otro diario estadounidense, publicó un artículo que divulgaba cuáles empresas podían beneficiarse con la guerra; todas estaban vinculadas de manera directa o indirecta con la industria petrolera. Discutí este artículo en mi clase en la facultad, y resultó que se podía leer como una información económica destinada a los inversores y a mostrar qué compañías tenían un horizonte de alza en sus acciones, o bien, como propusieron mis alumnos, leerla como una noticia política: el diario financiero más influyente del mundo estaba diciendo que EE.UU. iba a la guerra por el petróleo. Quiero decir: parte de lo que pueden hacer los buenos periodistas es desplazar la información de un marco prefijado a otro marco de referencia, de modo que pueda servir a un objetivo distinto y más esclarecedor.

# Si entiendo bien, usted ve el trabajo periodístico en un momento de transformación más que de crisis.

—Tal vez la naturaleza del periodismo sea estar siempre en crisis. Hemos atravesado un período particularmente sombrío en EE.UU. debido en parte a la especie de abandono del pensamiento crítico que sobrevino tras los atentados del 11 de setiembre de 2001, la oleada de patriotismo, el alineamiento inicial de los grandes diarios en la guerra contra Irak, y también a los escándalos por la publicación de noticias inventadas, como fue el caso de Jayson Blair en el New York Times, o el de Stephen Glass en el New Republic. Como ciudadano, me preocupa que el mundo sea ahora mucho más peligroso debido a George W. Bush. Como periodista entiendo que muchas de las cuestiones que estamos discutiendo encontrarán nuevas perspectivas en el periodismo online y en el tremendo desafío para los periodistas de pensar nuevas formas de contar la historia: ahora podemos usar videos, fotografías, sonido, mapas, gráficos, no sólo palabras. Actualmente, la mayoría de los sitios de periodismo online fueron establecidos por las organizaciones informativas más poderosas. Hay una brecha entre esto y el potencial de voces nuevas. Informar es muy costoso. Si se va a encontrar un modelo económico que les permita funcionar, está por verse. No sé quién manejará esto, tal vez los canales de televisión o Microsoft. De lo que no hay duda es que va a transformar la actividad en relación a como la conocemos y la practicamos ahora. La cuestión es cómo.

# Y entonces, ¿cómo?

—Creo que mucho depende de los públicos, de los niveles de exigencia y selectividad que pueda plantear la ciudadanía.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/05/02/z-03515.htm

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Morir bien pago

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 02-05-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

El número de bajas norteamericanas en Irak –134 muertos en abril, un 22 por ciento más de los 109 que cayeron durante toda la invasión– aleja la atención de los medios de las que vienen padeciendo las tropas británicas. Sus bajas mortales no llegan a 100, pero el Ministerio de Defensa del Reino Unido acaba de revelar que los heridos repatriados desde la invasión son exactamente 2228. El estado de muchos es grave y la cifra no es pequeña comparada con el total de 12.000 hombres que Londres puso a disposición de Washington. Según The Scotsman (24-4-04), los efectivos británicos enfrentan ataques insurgentes todos los días y caen heridos unos 50 por mes.
No terminan ahí los sinsabores de las tropas del aliado más aliado de la Casa Blanca. Sus mandos resisten presiones del gobierno Blair para que se desplieguen en Bagdad y otras zonas peligrosas del país ocupado. Washington exige que Londres reemplace a los 1300 militares de la brigada Plus Ultra que España evacuó. El próximo nombramiento del muy británico general John McColl como subcomandante en jefe de las fuerzas de la coalición requiere para el Pentágono un gesto de reciprocidad: más combatientes del Reino Unido en Irak y una presencia mayor en Bagdad. Esto último facilitaría que EE.UU. pudiera proclamar que, ahora sí, la ocupación es verdaderamente multinacional.
El oleaje de la resistencia ha creado otros disgustos a los mílites de las islas: las agencias de seguridad privadas que operan en Irak tientan a sus oficiales con altísimos ingresos –hasta mil dólares diarios– si dejan las filas y se incorporan al ejército de 20 mil mercenarios que constituye la segunda fuerza armada en el país, después de la estadounidense, y que se ocupa de resguardar a unos 15 mil ejecutivos y empleados civiles que trabajan para las grandes corporaciones encargadas de reconstruir Irak en beneficio propio, claro. El Ministerio de Defensa británico ha dirigido a las seis firmas del ramo manejadas por compatriotas un memorando oficioso solicitándoles que dejen de reclutar a sus militares más fogueados (The Scotland on Sunday, 25-4-04). El número de oficiales, algunos de alto rango, que han pedido la baja voluntaria anticipada ganó densidad desde el derrocamiento de Hussein. Unos 350 lo han hecho en los últimos seis meses y el ejército británico no se puede dar el lujo de perder tantos hombres bien entrenados en lapso tan corto.
Quién sabe si esas agencias atenderán el llamado. Aumentan las muertes de efectivos de la coalición, de políticos y policías iraquíes, no cesan los secuestros de civiles extranjeros, y la necesidad de guardias de corps crece al mismo ritmo. Empresas gigantes como Siemens AG, Bechtel y General Electric suspendieron la ejecución de diversos contratos por la inseguridad que impera y que las obliga a destinar del 15 al 25 por ciento de su presupuesto a gastos de seguridad (AP, 25-4-04). La organicidad de la resistencia demanda cada vez más mercenarios calificados. Paul Brown, director de AKE –una agencia de seguridad con sede en Hereford–, señaló al periódico escocés que los hombres bajo bandera son hoy la mejor fuente de recursos para esta clase de negocio.
Las agencias recurrían al principio a la llamada mano de obra desocupada, es decir, ex represores de dictaduras varias –la pinochetista, entre otras– que en general se quedaron sin carne de cañón cuando llegaron los gobiernos civiles. Lo de Irak les parecía un trabajito fácil y bien remunerado hasta que aparecieron del otro lado iraquíes con armas y rabia en vez de víctimas inermes a las que se podía secuestrar, torturar y asesinar con total impunidad. Una cosa es ejercer bajo el ala del terrorismo de Estado y muy otra caer en una emboscada insurgente, exponerse a las balas de un francotirador, ser despedazado por una bomba casera que estalla en el camino y/o enfrentarse a tiros con el enemigo. Los viejos represores, salvo excepciones, carecen de entrenamiento para eso.
A mediados de abril fue abatido en Irak Gray Branfield, uno de los más feroces violadores de los derechos humanos en la Sudáfrica del apartheid. Miembro destacado de los escuadrones de la muerte agrupados bajo el tierno nombre de Dirección de Cooperación Civil, Branfield contaba entre sus hazañas la participación en el asesinato de 14 exiliados sudafricanos, un niño incluido, que dormían en una casa de la vecina Bostwana. La ONU estima que Sudáfrica proporciona, después de EE.UU. y Gran Bretaña, el número mayor de mercenarios alquilados en Irak: serían al menos 1500 (The Australian, 27-4-04).
Se comprende que las agencias de seguridad prefieran a ex militares o militares en actividad, en vez de mano de obra desocupada, a fin de elevar el nivel de seguridad en las presentes circunstancias. Se comprende también que oficiales británicos abandonen su carrera y emprendan otra que les permite embolsar en dos semanas el estipendio de un año entero en el ejército. Están peleando una guerra ajena y, morir por morir, mejor morir bien pago.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-34784-2004-05-02.html

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