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"Hay peligro de una intervención militar de EE.UU. en Cuba"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 29-02-2004 00:00:00

FELIPE PEREZ ROQUE, MINISTRO DE RELACI0NES EXTERIORES DE CUBA

La posibilidad de que empeoren las ya tensas relaciones con el gobierno de Bush, la política del régimen cubano con sus opositores, y los números reales que implica el embargo, son tratados en este reportaje exclusivo para Clarín.

Natasha Niebieskikwiat.
natashan@clarin.com

George W. Bush encargó a su secretario de Estado Colin Powell una revisión de la política norteamericana hacia Cuba. ¿Esperan ustedes algún cambio o más de lo mismo: conflicto?

—Todo apunta a peor de lo mismo. El 10 de octubre, Bush habló para los grupos ultraconservadores de origen cubano en Miami y anunció la creación de una Comisión para la Transición en Cuba. En diciembre, el subsecretario de Estado Roger Noriega or ganizó la primera reunión y comentó las ideas que se habían estado discutiendo. Dijo: "Hay tres temas. El primero es que el régimen cubano sólo se sostiene debido a la personalidad de Fidel Castro. Nuestra primera tarea es presentarle al presidente Bush opciones para acelerar la salida de Fidel". El propio Fidel preguntó públicamente al presidente Bush —todavía no respondió— si se trata de asesinarlo. Le preguntó si está en vigor o no la prohibición de asesinar líderes extranjeros que firmara Gerald Ford en los 70. Noriega dijo: "EE.UU. tiene que estar preparado para actuar rápidamente, en las primeras horas, e intervenir, cuando Fidel no esté, para evitar que sus compinches —así nos llamó— puedan dar continuidad al régimen". Sugirió, francamente, la idea de la intervención. Y agregó: "Tenemos que presentar nuevas medidas para endurecer el bloqueo económico contra Cuba". Creemos que la administración está actuando bajo la presión electoral, bajo el temor de un Bush caído en las encuestas.

# ¿Creen ustedes que esto es sólo retórica o ven la posibilidad de un peligro mayor?

—Existe un peligro real de que se trate de inventar los pretextos para una intervención militar contra Cuba. Recordemos que la administración Bush ha acusado a Cuba de tener un programa de investigación y producción de armas biológicas, que el propio ex presidente James Carter desmintió públicamente. EE.UU. mantiene a Cuba en la lista de países que patrocinan el terrorismo, acusación falsa. Existe, sí, un peligro real de que se intente una agresión contra Cuba.

# ¿Y si no sucediera, es posible que Cuba sirva de pretexto para otras acciones norteamericanas, como alguna forma de intervención contra Hugo Chávez en la crisis venezolana?

—Es muy difícil que EE.UU. pueda dictar pautas en las relaciones con Cuba a los gobiernos que han venido surgiendo en América latina. A Washington le preocupa que en América latina surjan gobiernos que han tomado distancia de las políticas que ellos impusieron en la región y que han mostrado un fracaso total. Chávez alienta un gobierno con amplio apoyo popular, con un programa social muy claro y defiende la integración latinoamericana. El presidente Néstor Kirchner encabeza en la Argentina una batalla realmente admirable en defensa de los intereses nacionales. Lula significa la llegada al poder en Brasil del Partido de los Trabajadores. La política de EE.UU. hacia Cuba está aislada.

# En este clima es difícil entender el hostigamiento a la oposición interna. ¿No hace la Revolución las cosas más difíciles para sus propios objetivos?

—No existe una oposición interna en Cuba. Existen diversidad de opiniones, un rico debate político, un espacio ampliamente democrático, dentro de nuestro partido y de las instituciones de la sociedad civil. En Cuba hay más de dos mil organizaciones no gubernamentales. Si de lo que hablamos es de si en Cuba puede existir una oposición fabricada y financiada por el gobierno de los EE.UU., no, no puede existir.

# Pero lo drástico de la política del régimen —largas condenas, pena de muerte— para con esa oposición es difícil de justificar fuera de Cuba.

—Los que evalúan fuera de Cuba este problema suelen olvidar que los cubanos vivimos en un país sitiado por un vecino poderoso y debemos defendernos. Hay que buscar la responsabilidad de lo que pasa en Cuba en los agresores y no en los agredidos. Cuando Cuba no esté bloqueada, cuando no tenga la crispación de la defensa, cuando sea dejada en paz, podrá entonces avanzar más de lo que lo ha hecho.

# El embargo es un argumento oscuro en algún punto. ¿Cuáles son sus números reales?

—Le ha costado a Cuba 72 mil millones de dólares en cuarenta años; 1.900 millones de dólares por año promedio. Cuba no puede exportar a los EE.UU., destino del 80% de sus exportaciones hasta 1959. Podría vender, allí, decenas de miles de toneladas de níquel; azúcar a 26 centavos la libra, la misma que tiene que mal vender a 5 centavos la libra. No puede exportar cítricos, tabaco, productos biotecnológicos y farmacéuticos, únicos en su tipo en el mundo. No puede importar de EE.UU., excepto alimentos. No puede recibir turismo de los EE.UU. Recibiría, según datos publicados en EE.UU., 5 millones de turistas al cabo del quinto año en que se apruebe que viajen. Siete mil millones de dólares brutos para la economía cubana adicional. ¿Saben dónde se pone Cuba con 7 mil millones de dólares adicionales?

# ¿Por qué el régimen de Cuba encuentra problemas para mostrar flexibilidad en casos puntuales, como el pedido del Gobierno argentino en favor de la doctora Hilda Molina, impedida de viajar al exterior?

—Me interesa esclarecer algunas cosas que se publicaron en la Argentina. Clarín publicó que "Rafael Bielsa y su par cubano hablaron de disidentes". Le doy garantías de que la palabra disidente no se nombró en la conversación. Dijeron que Bielsa me informó que la Argentina comenzaría a atender a la oposición cubana. Es falso. Bielsa no me dijo eso, sería improcedente. Dijeron: "Kirchner tocó el tema de los disidentes en Cuba". Es falso. Kirchner no me nombró la palabra disidente. InfoBae aseguró: "Kirchner se reunió con el canciller de Cuba y habló del caso Molina". Falso. El presidente Kirchner no me nombró el tema de Hilda Molina ni me entregó ninguna carta.

# No explica el caso concreto de la doctora Molina, profesional respetada y antigua militante de la Revolución.

—En nuestra conversación privada con Bielsa hablamos del tema. Acordamos que no es un asunto de la relación bilateral. Por única vez, él —con todo respeto, por supuesto— abordó el asunto. Yo le di mi opinión y acordamos que eso era lo que íbamos a decir públicamente. Ahora voy al fondo del tema. El señor Roberto Quiñones, hijo de Hilda Molina, puede tomar el avión de Cubana e ir con sus hijos a Cuba, ver a su madre y regresar cuando quiera. El lo sabe desde 1998.

# Pero una restricción pesa sobre la doctora Molina.

—Es correcto. La doctora Hilda Molina renunció a su práctica, al Partido y a su banca en la Asamblea Nacional por su voluntad. Después empezó a participar de manera activa en las campañas contra Cuba. Creó un Comité Independiente de Médicos Cubanos, financiado con dinero de la Sección de Intereses Norteamericanos en La Habana, que emitía informes tendenciosos y se publicaban en los periódicos de Miami. A partir de ahí se enrareció la situación. Siguió una campaña mediática y Cuba no puede sentar el precedente de que cede bajo la manipulación mediática. La restricción está en vigor. Cuba no puede darse el lujo de premiar el chantaje.

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Albornoz: "Hay doble discurso sobre la ciencia"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 28-02-2004 03:51:26

El profesor de filosofía acusa a los políticos de inconsecuencia

"La sociedad argentina tiene dificultades con la realidad concreta. Como el contexto es adverso y las condiciones en que está el país son difíciles y dolorosas, nos liberamos por el lado del pensamiento, imaginándonos una Argentina que no existe, que tiene pocas posibilidades de existir alguna vez..."

Mario Albornoz es tan contundente en su diagnóstico como tenaz para buscar señales de aliento. Profesor de filosofía especializado en política científica y tecnológica, con estudios de posgrado en administración pública en España, investigador principal del Conicet y docente universitario, Albornoz distingue, por el lado positivo, el germen de un consenso sobre lo que hay que resolver.

Aunque se confiesa desconcertado por el gobierno de Néstor Kirchner, elogia sin reticencias la política económica y cree que el Presidente sabe interpretar, por ahora, "lo que la gente piensa de sí misma y la necesidad de autoestima de los argentinos". Dice que la convocatoria para dialogar con algunos sectores, como la comunidad científica, es auspiciosa. Sin embargo, advierte que la crisis será nuestra compañera de ruta por varios años y que los problemas axiales del país siguen sin encararse.

Cuando describe el estado del sistema científico, Albornoz -59 años, coordinador de la Red Iberoamericana de Indicadores en Ciencia y Tecnología y mención especial de los Premios Konex 2003- menciona la baja inversión del Estado y sus consecuencias, pero advierte que un aumento del presupuesto para ciencia y tecnología no será suficiente si no se enfrentan algunos déficit estructurales.

Desde el Centro Redes, la entidad sin fines de lucro que dirige, Albornoz y su equipo de jóvenes investigadores han denunciado, por ejemplo, la migración de científicos jóvenes, desalentados por la falta de oportunidades y captados por los centros de investigación de los países industrializados. Calcularon, también, que se requeriría un aumento del 71% de los investigadores existentes para abastecer las potencialidades vacantes de la Argentina. Y detectaron que el 61% de los argentinos que realizan posgrados en los Estados Unidos manifiesta interés por quedarse allí.

-¿Qué percepción tenemos en la Argentina de la ciencia y la tecnología?

-En la Argentina hay una percepción muy positiva de la ciencia como cuerpo de conocimientos que puede permitir la solución de los problemas principales de la sociedad, como una actividad en la que los argentinos somos buenos y alcanzamos cierto prestigio internacional. Sin embargo, la gente percibe que en la Argentina se hace ciencia de buena calidad, pero que no llega a aplicarse porque no hay suficiente difusión de los conocimientos científicos. No se la valora como un instrumento que, efectivamente, vaya a solucionar los problemas. En los sectores que toman decisiones acerca de la asignación de recursos públicos y privados, hay una especie de esquizofrenia: un discurso favorable a la ciencia y una práctica que la deja relegada a un sector marginal.

-¿Quiénes son responsables de ese doble discurso?

-Probablemente tenga que ver con la historia de este país, que tuvo la fantasía de ser rico hace unas cuantas décadas, que acumuló riquezas sobre la base de una renta agropecuaria que exigía poca inversión en conocimientos, ciencia y tecnología, que no resolvió nunca adecuadamente su proceso de industrialización y en el que muchos años de economía cerrada hicieron que las empresas fueran poco competitivas. Eso explica las dificultades que tenemos en los últimos años para acompañar las transformaciones que ocurren en el mundo.

-¿Hay alguna responsabilidad del lado de los científicos?

-Honestamente, creo que es menor. Los científicos, en la Argentina y en el mundo, tienen una cierta tendencia endogámica, pero en la Argentina no me parece que ése sea un rasgo predominante. En realidad, la comunidad científica viene siendo uno de los sectores más castigados por la crisis. Primero, por el empobrecimiento que sufrieron todos los sectores sociales. En la Argentina, estamos por debajo de una condición de supervivencia. Pero la crisis también castiga a los científicos de otro modo: en la medida en que no son requeridos para contribuir al desarrollo, se genera en el sistema científico una crisis de sentido. Sin embargo, lo que es absolutamente evidente es que en los últimos años las iniciativas más importantes de acercamiento de la ciencia a sectores productivos y sociales provinieron de las instituciones académicas y de los centros de investigación.

-En este estado de crisis que usted describe, ¿cómo se explica que el sistema siga formando científicos tan requeridos en el exterior y tan buenos cuando trabajan aquí?

-Se explica porque el sistema científico argentino tiene tradición y tiene excelencia. Los científicos que están incorporados a las instituciones científicas, en general, no se van. Están protestando, de mal humor, pero defienden sus instituciones. Se van los jóvenes, los que no consiguen incorporarse al sistema. Por otra parte, la producción de la ciencia argentina medida en las principales bases de datos del mundo ha ido aumentando en estos años, a pesar de que el financiamiento ha caído. Es una comunidad científica que todavía tiene una clara idea de lo que es la excelencia y es absolutamente consciente de que se debe defender a la ciencia. El sistema científico tiene buena gente y tiene la capacidad de seguir formándola. Lo que no hay es una organización que dé una oportunidad para quedarse en el país, o para irse y luego reincorporarse.

-¿Existe una política activa de captación de recursos humanos por parte de los países industrializados?

-Sí, la migración no sólo responde a problemas nuestros. Hay un desnivel en la concentración de la riqueza en el plano internacional que hace que existan oportunidades en otras partes que no hay acá. Los países industrializados tienen déficit de profesionales y la Argentina es uno de los países proveedores de materia gris. No somos el mayor proveedor. En realidad, en los Estados Unidos antes que a los argentinos prefieren a los asiáticos. Pero la migración argentina es, dentro de América latina, la que tiene la proporción más alta de recursos humanos altamente formados.

-¿Hay conciencia del riesgo que ese éxodo supone?

-La sociedad argentina tiene dificultades con la realidad concreta. Se piensa la Argentina desde posiciones ideológicas, ideas preconcebidas, visiones románticas. El debate universitario es, claramente, así. Como no se puede discutir sobre lo concreto, se discute sobre arquetipos ideológicos y visiones románticas del pasado que fue.

-El país se construyó como tal en una época romántica.

-Sí, y como parte de la creación de un país moderno se construyeron mitos de apuro, para generar la identidad nacional.

-¿Cree que estamos viviendo una revalorización de algunos mitos nacionales con el gobierno de Kirchner?

-No lo sé. El gobierno de Kirchner me desconcierta. Lo que sí creo es que, como rasgo general, la sociedad argentina está cambiando. Me parece que hay muchísima mayor percepción de los problemas. Si las crisis en profundidad como la que estamos viviendo tienen algún lado positivo es que hacen que la gente empiece a tomarse las cosas en serio. Me parece que el gobierno de Kirchner es una expresión bastante clara de esta etapa de la sociedad argentina. El nivel de sintonía del Gobierno con la sociedad, y viceversa, es muy alto. No es sólo la aprobación de la gestión de Kirchner, sino que la gente se ve reflejada en sus políticas. La retórica y la gestualidad de Kirchner representan lo que la gente piensa de sí misma, y de ahí viene su nivel de adhesión, quizá más que de las medidas concretas.

-¿Qué papel juegan los medios de comunicación en esta adhesión? ¿Construyen una realidad o reflejan un estado de ánimo?

-El papel de los medios en la formación de un estado de ánimo es muy importante, y así se está comprobando aquí. Sin embargo, no creo en la omnipotencia de los medios, en el sentido de que puedan construir realidades ficticias o de que, si en un momento lo hicieran, esto fuera sostenible en el tiempo. Vea lo que pasó con la fascinación del gobierno de De la Rúa por las campañas de imagen. Se lograron golpes de efecto, pero no alcanzó con eso. En una sociedad informativamente abierta, como afortunadamente es la argentina, los medios tienen gran influencia, pero, en definitiva, creo que reflejan los estados de ánimo sociales. A la gente le gusta que Kirchner sea firme frente al FMI, a los acreedores y a las empresas privatizadas, porque piensa que durante muchos años hemos estado a merced de ellos. Esto los medios lo captan y lo reflejan, pero no creo que tengan el poder de crearlo.

-¿Cree que esta adhesión al Presidente es en realidad la adhesión a un discurso?

-No sólo a un discurso, sino a una imagen, a una gestualidad, a una manera de plantarse. Kirchner ha entendido muy bien la necesidad de autoestima de los argentinos, de cómo pararnos frente al mundo. Es una fase muy superior al ingreso en el Primer Mundo por decreto, o a las relaciones carnales. Ahora sí, efectivamente no es una posición decantada. Habrá que seguir viendo cómo evoluciona. Todavía los problemas básicos no han sido resueltos.

-¿Cuáles son, a su juicio?

-En primer lugar, la Argentina tiene que definir cuál será su perfil productivo, cómo va a hacer para generar valor económico. Estamos colaborando con la Secretaría de Ciencia y Tecnología en un plan estratégico, y hasta ahora las tendencias macroeconómicas son muy preocupantes. La tasa de crecimiento necesaria para empezar a revertir el desempleo y generar trabajo requeriría políticas muy activas, y no son fáciles de poner en práctica. La segunda cuestión por resolver es la crisis social. Nos hemos acostumbrado a decir que somos distintos del resto de América latina, pero en realidad hace muchos años que somos iguales a los peores países del continente. Es uno de los tantos mitos románticos de la Argentina. En tercer lugar, tenemos que solucionar la cuestión del conocimiento. La Argentina no puede seguir haciendo planes para salir de la crisis agregando tres páginas de ciencia y tecnología en sus planes estratégicos. Tiene que articular la educación y la inversión en el conocimiento. Y el otro problema es la reconstrucción de las instituciones. No hay una cultura institucional importante en la Argentina.

-¿Qué deberíamos imitar, y a qué países?

-No hay un único país al que nosotros podamos mirar como referencia. Recuerde la famosa tipología hecha, irónicamente, por Samuelson, en la que Japón y la Argentina constituían, cada uno, una categoría en sí mismos. Desde hace muchos años, la Argentina es un enigma casi indescifrable. Por eso no hay un país de referencia al que debamos mirar, porque casi ninguno tiene el balance de problemas y recursos que nos caracteriza. Sin embargo, podemos aprender muchas cosas. En la definición de un perfil productivo, Chile tiene cosas para enseñarnos. En el manejo de la crisis social hay muchos ejemplos. Pienso en el desempleo español de los primeros años de la democracia. Hasta muy avanzados los años setenta, España era un país de emigración hacia Europa. Hoy se ha revertido esa situación y somos nosotros los que exportamos mano de obra a España. En la cultura institucional, yo trataría de aprender mucho de Francia, de los países escandinavos y, en general, de los anglosajones. En el problema del conocimiento científico, miraría a Brasil, un ejemplo muy cercano de buenas prácticas. Si se trata de fortalecer una opción como la informática, creo que Irlanda y la India han aplicado políticas que deberíamos mirar con cuidado.

-¿Qué expectativas le genera el modelo económico del Gobierno?

-La política económica que puso en práctica Lavagna durante la gestión de Duhalde y que se ha profundizado con la de Kirchner merece un elogio sin reticencias. Sin embargo, el "modelo" al que se refiere la pregunta todavía no está definido. Por una parte, porque no se ha cerrado la negociación por la deuda. Por otra, porque no se ha alcanzado un acuerdo entre los principales actores acerca del camino más adecuado para alcanzar un desarrollo sustentable. Esta es la discusión que es necesario realizar en profundidad.

-En las encuestas sobre sus preocupaciones, la gente habla del desempleo, de la inseguridad, de lo más inmediato. ¿Somos incapaces de pensar en el largo plazo?

-Tenemos una dificultad para pensarnos en el largo plazo de manera no romántica. Pensar que la Argentina está fuertemente condicionada por el contexto internacional se toma como antiargentino. Muchas veces, como los contextos son adversos y como pensar en las condiciones reales en que está el país es difícil y es doloroso, podemos liberarnos imaginándonos una Argentina que no existe, que tiene pocas posibilidades de existir alguna vez. No podemos pensar que vamos a generar empleo a paladas en los próximos años. Vamos a convivir largo tiempo con la crisis y tenemos que tener estrategias para eso. Además, debemos aprender a gestionar. La gestión ha sido infravalorada en los últimos años, o se ha convertido en una tecnocracia vaciada de pensamiento utópico. Una gestión sin utopías no soluciona los problemas, pero las utopías que se construyen sin cable a tierra no modifican la realidad.

-¿Qué opina de la gestión del rector Guillermo Jaim Etcheverry en la UBA?

-Guillermo es un intelectual brillante, un hombre honesto y, en lo personal, un buen amigo. Es pronto para opinar, pero, por no eludir la pregunta, le diría que el problema de la UBA es mucho más complejo que el de tener un buen rector. Además, pienso en la gestión de Jaim Etcheverry como de transición, y con esto no le quito importancia, sino que se la aumento, porque las transiciones son difíciles de gestionar. En ese proceso, el rector debe señalar rumbos, aunar voluntades y mantener el rumbo con firmeza. Supongo que eso es lo que está haciendo, pero no lo puedo afirmar porque, como le decía, hoy no estoy en la UBA.

-Para reconstruir la autoestima como país ¿hace falta apelar a mitos, construir una utopía?

-Sí hace falta construir una utopía, pero las utopías tienen que estar vinculadas con caminos posibles. Las utopías son movilizadoras si señalan un rumbo en el que tiene sentido caminar; dibujan una meta que está lejos, pero sabemos que cuando lleguemos vamos a alcanzar alivio para la gente. Si no, la utopía significa evasión de la realidad.

-¿Cuál es su utopía en la Argentina actual?

-En este momento la utopía debe ser construida sobre bases ética,s y la sociedad en su conjunto está tratando de hacerlo. Los argentinos nos debemos una sociedad justa. Para lo que tiene sentido que trabajemos es para que en esta sociedad no haya cartoneros, ni chicos revolviendo la basura, ni hambre ni miseria. Eso es un imperativo ético, y es la gran utopía. La utopía no depende tanto de la inspiración de un gran iluminado, de una gran idea genial, sino de un sentimiento ético compartido para construir una sociedad mejor. La ciencia hoy en la Argentina es uno de los elementos que permiten que esa utopía ética se pueda alcanzar. A través de un esfuerzo científico importante, se pueden empezar a encontrar soluciones que necesitamos para darle vivienda y salud a la gente, generar empresas y todos los valores agregados que se necesitan.

Por Raquel San Martín
De la Redacción de LA NACION

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Las elites y los pordioseros

Archivado en Osvaldo Bayer • Fecha: 28-02-2004 00:00:00

Por Osvaldo Bayer

Hace poco escribíamos que el famoso rey de Inglaterra Enrique VIII echó la culpa de todos los males de la sociedad británica a los pordioseros. Y los mandó a ahorcar. Setenta mil en poco tiempo. Venía esto al caso por nuestra increíble discusión sobre los piqueteros. Hemos dado ahora con un documento honesto, no escrito ni por un agitador obrero, ni por un miembro de algún partido de los trabajadores, ni siquiera por algún discípulo de Kant. Es un escrito reciente del filósofo norteamericano Thomas Pogge que enseña filosofía en la Columbia University. Es un trabajo científico, pero sencillo, claro, que no admite tergiversaciones. Detalla las terribles cifras del hambre. Indiscutibles. Y dice sin ninguna búsqueda de notoriedad que “el hambre masiva en los países del Sur (y la Argentina está al Sur del Sur) no es simplemente el destino sino la consecuencia del actual ordenamiento del mundo”. Algo que sabemos todos y lo hemos escuchado mil veces en discursos presidenciales, en cátedras de derechos humanos, en las discusiones sin término de Naciones Unidas, en organizaciones religiosas. Sí, sí. Pero ahí está. Y al profesor Pogge no le importa repetir. Porque todo lo viejo que dice es absolutamente nuevo y urgente.
Nos comienza acusando. Dice que el peor crimen que ha cometido la humanidad hasta ahora nos sigue paso a paso. Es la pobreza mundial. Y nosotros nos ocupamos, pero al mismo tiempo miramos para el lado contrario. Y ahora viene el espanto.
La Segunda Guerra Mundial causó cincuenta millones de muertos. Un absurdo que sólo se puede intentar superarlo yendo al Muro de los Lamentos y ponerse a llorar a los gritos.
Para no aprender nada. Fueron muertas cincuenta millones de personas como nosotros, como los niños de al lado, como los viejos de la plaza. Pero ahí no nos detenemos. Ahora vienen los verdaderos muertos por nuestra crueldad, desidia y codicia: desde la terminación de la Guerra Fría en 1989 murieron alrededor de 270 millones de seres humanos por cuestiones de pobreza. Dos tercios de los cuales fueron niños. Niños más jóvenes de cinco años. Por año se van juntando en esta pirámide monstruosa 18 millones más. Muertos de hambre. La culpa la tienen los piqueteros, la culpa la tienen los pordioseros según el rey de reyes Enrique VIII. Bueno, basta. No, por favor, en el trabajo está todo demostrado de acuerdo con estadísticas oficiales y a estudios de las llamadas organizaciones de elites.
La mitad de todos los seres humanos que vive en la actualidad está debajo del límite de pobreza de dos dólares por día, que hoy corresponde al poder de compra de mil dólares por año en Estados Unidos. Pero hay más todavía. Aprendámoslo para ir comprendiendo la política que nos domina: una mitad de la humanidad vive en promedio un 30 por ciento debajo del límite de un dólar por día como límite de pobreza.
Este tendría que ser el tema de los sermones dominicales de todas las iglesias y de todas las sesiones de cuerpos colegiados del mundo. Mata más que la guerra de Irak y no sale en los titulares. Sí, el hambre aparece de vez en cuando en algún concurso fotográfico, premiado por la cara de increíble sufrimiento de los niños, nuestros niños.
Lo dicen los informes de las organizaciones mundiales de la salud. Ochocientos millones de seres humanos están mal alimentados en forma crónica. Mil millones no tienen agua limpia para beber. Por ejemplo, 2400 millones no tienen instalaciones sanitarias.
Los funcionarios mundiales se han propuesto que hasta el año 2015 van a impedir la muerte de 9 millones de pobres por hambre.
Nos dice el profesor Pogge que no se trata de seguir publicando estadísticas sino de hablar de nuestra dureza de corazón y nuestra falta absoluta de querer dar una solución al problema. Es la misma línea absolutamente egoísta del ser humano cuando aplicó el colonialismo, la esclavitud y el genocidio de pueblos. Hoy el sistema declara a la desigualdad como ley suprema que domina las relaciones internacionales. Y la venta de armas por los países más poderosos de la Tierra. Allí donde hay hambre, hay armas de las más modernas cualidades vendidas por los países que dominan las economías de esos países explotados. ¿Qué ha hecho Naciones Unidas sobre el comercio increíble de la venta de armas? Todo se mezcla, todo es producto de la misma causa: hambre, armas, dictaduras, golpes de Estado, labor de los organismos de informaciones, consorcios, globalización de la injusticia. Hambre.
El científico preocupado por los pobres señala que el desarrollo de la pobreza en el mundo se debe, sin discusión, a la construcción del orden que lleva a eso. En la conformación de ese orden dominan los Estados ricos, que pese a toda la teoría del comercio libre exigen la seguridad de sus masivas subvenciones y de las aduanas protectoras, como lo demostró claramente Cancún. Las mafias dirigentes de los pequeños países pueden obtener aquí y allá a veces pequeñas concesiones. Pero los intereses de los pobres no están representados por nadie o permanecen sin ser contempladas como principio del sistema (porque la culpa, y ya lo decía Enrique VIII, la tienen los pordioseros; en la Argentina, los piqueteros. Y el que no lo crea, que escuche las poderosas emisoras argentinas y los canales televisivos, toda una fuente de sabiduría en el orden sociológico). El profesor Thomas Pogge lo remarca, dice textualmente: “Los pobres son los culpables, así se dice, cuando son gobernados sus países por tales mafias. Se exige a menudo good governance en los países pobres. Pero el ejercicio del poder corrupto y represivo está condicionado por factores globales”.
Materias primas y armas: como decíamos, esos dos son los factores esenciales de nuestra globalización con el tercer mundo. Los pequeños países dominados brutalmente venden sus materias primas y compran armas para mantenerse en el poder. El abuso del poder es el que hace nacer la pobreza. “Pero queda en claro la culpabilidadd de los países ricos”, dice Pogge. Está claro y es indiscutible que “la pobreza del mundo podría combatirse y hacerla desaparecer mediante un ordenamiento justo del mundo”. Y en sus palabras finales, es definitivo: “De esta manera, somos los que producimos –se refiere a Estados Unidos y a su sistema– la pobreza mundial no sólo de una manera pasiva sino evidentemente activa. Mediante el sostén de un injusto sistema mundial, que podía preverse y podía impedirse, y al no hacerlo reproducimos la miseria, la inimaginable miseria de la pobre mitad de la humanidad”.
Y se ve en todo. Cada vez se quiere ganar más. Lo vemos hasta en los aviones de pasajeros. Cada vez las diferencias son más grandes. Sillones para elefantes en la primera clase y en la tercera, los pasillos cada vez más estrechos para hacer entrar cada vez más butacas. Los carritos de comida han quedado reducidas a lo que llamábamos antes changuitos, para no hablar de las comidas y el vino en vasos. Todo sigue al modelo. El trabajo del profesor Pogge tiene una foto: niños de Lubango, Angola, viven en cajas de cartón una sobre otra. Los llamaríamos cartoneros. Investiguemos bien porque a lo mejor los culpables de nuestra república cartonera fueron los piqueteros. Todo tiene un origen común que lleva finalmente a destruir esta sociedad argentina. ¿Acaso el general Bussi no fue un buen alumno de Enrique VIII y ordenó hacer desaparecer a los mendigos y vagabundos de Tucumán? Por ahí está la cosa, profesor Thomas Pogge. Por ejemplo, en el plan tan bienvenido en Estados Unidos y Alemania de las universidades de elites. Marchemos con las elites y terminemos con los pordioseros. Seamos bien occidentales y cristianos.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-31992-2004-02-28.html

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Alambre

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 27-02-2004 00:00:00

Por Sandra Russo

Hay una sección fija del programa de Andy Kustnetzoff que no deja de ser un gag caprichoso, y sin embargo plantea, camuflada bajo el efecto hilarante que provoca, una teoría. “¿De qué estábamos hablando?” pone en blanco sobre negro dos andariveles de hechos superpuestos en un mismo momento y lugar –la Argentina–, unos sepultados bajo el mecanismo difuminador de otros. Por un lado, flexibilización laboral, denuncia de coimas en el Senado, remoción de un presidente, intervención en el PAMI, en fin, sucesos políticos de evidentes consecuencias colectivas. Por el otro, Guido Süller, Jacobo Winograd, Moria Casán y sus dos maridos, Velasco Ferrero y su batalla matrimonial, etcétera. “¿De qué estábamos hablando?”, en el contexto de un programa que recorre cada vez con más suerte los bordes menos cómodos de la argentinidad, parece remontarse a aquello que en las escuelas de periodismo se conoce como “función establecedora de agenda”. Es decir, los medios no son todopoderosos, no tienen la aptitud para manipular a su antojo la opinión pública, pero sí pueden, por la fuerza de la repetición, la obsesión y el despliegue antojadizo, establecer una agenda de intereses, incluir en la agenda colectiva temáticas que, si no fuera por su presencia en los medios, no le interesarían a nadie. Y, del mismo modo, pueden bajarle intensidad a otros temas que son de interés público.
Dicho de un modo llano, mientras bajo cuerda se cambiaba la ley que regula derechos y obligaciones entre empresas y asalariados –tema que objetivamente incumbe a millones de asalariados–, la televisión no cesaba de explayarse sobre el tamaño del miembro viril de un señor cuya actividad se desconocía. Se hablaba del chizito de Winograd, mientras Winograd no era otra cosa más que un señor con chizito. Un universo cerrado en sí mismo, vacío de todo sentido, manipulado con formas aparentemente periodísticas, pero cuyo origen y contenido provenía, si es que se le podía encontrar un género, del circo o del varieté. Ni el circo ni el varieté tienen nada de malo, claro. Tener un chizito tampoco y llamarse Winograd, menos. ¿Qué era lo reprochable, si es que había algo reprochable fuera de los cánones, esos sí, indudablemente subjetivos, del buen o del mal gusto? La sección “¿De qué estábamos hablando?” parece ofrecer una posible respuesta. La hueste que se llamó “mediáticos”, como su nombre lo indica, adquirió entidad solamente por su constante y abusiva presencia en los medios, que decidieron replegar sus funciones de difusión, amplificación, análisis, investigación e incluso de entretenimiento (¿a quién podía entretenerlo Winograd?) en aras de la recreación de una realidad virtual, con sus personajes virtuales y sus conflictos virtuales, que demandaban, como eran virtuales, cada vez más dosis de cachetazos, trompadas, escupidas, puteadas, ataques de histeria.
En pleno menemismo y auge de talk shows, recuerdo haber escrito una columna en la que decía que los ricos mostraban sus casas en Caras y los pobres mostraban sus miserias en la televisión. Si se era rico, bastaba con mostrar los muebles y mencionar al decorador. Si se era pobre, había que hablar de algún incesto, alguna infidelidad, algún intento de homicidio. La tele te recibe con los brazos abiertos, pero te cobra peaje.
Así, Flavia Pereyra Iraola, que se llamaba Ortiz, recién pudo volver a los medios cuando se tiró de un octavo piso. El peaje para volver a ser mediática fue caro. Ella debe haberlo evaluado mientras maquinaba su suicidio. No pudo, porque se murió, usufructuar sus nuevos quince días de fama, pero sí los usó su ex marido, y cómo. Y ahora parece que esa tal Giselle Rímolo, que se llama Mónica, ha juntado no sólo la plata para la fianza sino también el bulto para el peaje: cambiar de estrategia y decir que mintió desde un primer momento, sugerir asociación ilícita con un novio llamado Soldán, presentarse siempre acompañada de dos abogados –uno, dicen otros testigos, que es su novio, y otro es el que arrastraba a Pipo Cipolatti de un estudio al otro y le iba juntando los tickets canasta–, es un buen paquete para volver a la pantalla. Lo que no se entiende es cómo una pantalla puede hacer de un caso como el de Giselle Mónica o Mónica Giselle una especie de minicadena nacional propia: la señora, ahora de pelo castaño –porque está arrepentida y las rubias son jodidas para arrepentirse–, está ahí a la mañana, a la tarde y a la noche.
A la teoría esbozada por “¿De qué estábamos hablando?”, entonces, habría que repensarla. No parece haber ahora maniobras distractivas. No parecen, ahora ni antes, los mediáticos responder a una avidez del público por saber sus intimidades. Tal vez se trate, simplemente, de otra argentinidad mayúscula. Esa según la cual todo, hasta una pantalla, puede atarse con alambre.

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Gilles Lipovetsky: "Es estúpido ser antinorteamericano"

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 25-02-2004 03:49:38

El filósofo posmoderno levanta polémicas

PARIS.- A Gilles Lipovetsky le gusta Whitney Houston. "Y también Celine Dion, y pasear por un shopping. Además, me emocioné con "Titanic"", agrega. Doblemente escandaloso. No sólo porque es un gran intelectual, sino un gran intelectual francés y, por ende, se supone que no debería dejarse seducir por el arte de masas. Menos aún, por el norteamericano.

Pero el sociólogo y filósofo devenido en oráculo de la posmodernidad gracias a libros como "La era del vacío", "El imperio de lo efímero", "El crepúsculo del deber" y "La tercera mujer" está acostumbrado a ser un llanero solitario en las academias, conocido por no participar en los debates calientes entre sus pares.

Pierre-Henri Tavoillot, uno de sus legendarios editores en Grasset, lo califica de "electrón libre, que no necesita de las polémicas para hacer avanzar su pensamiento".

Por eso ahora, mientras la filosofía reflota los temas clásicos, él se basa en lo cotidiano, el consumo, la moda, el placer. Mientras se habla de terrorismo, él prefiere dedicarse al "terrorismo de los intelectuales", es decir, "a la forma en que a uno lo tratan si no le gusta el arte moderno". Mientras el mundo se sacude por los fundamentalismos que reniegan de los principios básicos de la modernidad, su último libro explora el lujo. Al tiempo que asegura que la posmodernidad, famosa palabra que lo hizo famoso, ya no existe, y que ha sido reemplazada por una "hipermodernidad". Si bien seguimos buscando el placer inmediato, una nueva ansiedad por el futuro nos impide disfrutarlo.

Gilles Lipovetsky, de 63 años, es profesor de la Universidad de Grenoble, ciudad que alterna con la capital francesa. En sus trabajos revindica el empirismo de Tocqueville y es considerado la contracara de Pierre Bourdieu, con su lucha de clases. "Bourdieu no le prestaba atención a los cambios", dice con su voz tranquila, en diálogo telefónico con LA NACION.

Si bien es el gran estudioso del consumo, asegura ser bastante inmune a él. Después del éxito editorial de "La era del vacío", que lo catapultó al estrellato, asegura que lo único que cambió en su vida fue que se propuso comprar una soñada tabla de windsurf. Sobre ella, desde entonces, es común verlo disfrutar de los lagos franceses cuando no está enseñando, dando conferencias alrededor del mundo, o explicando por enésima vez que no todo lo superficial es, necesariamente, superficial.

-Su libro "El lujo eterno" acaba de ser publicado en Francia. ¿No le parece insignificante ponerse a pensar en el lujo en los tiempos dramáticos en que vivimos?

-Hoy puede parecer no sólo insignificante, sino hasta indecente. Pero las críticas olvidan un punto esencial: el carácter universal y antropológico del lujo. No se puede pensar en la humanidad sin pensar en el lujo, porque a través de él el hombre demuestra que no es un animal y que su horizonte no se limita a la subsistencia, a la conservación y a las necesidades. Shakespeare lo dijo bien: "Sacad al hombre lo superfluo y le quitaréis parte de su humanidad". De cualquier manera, lo que yo quiero no es hacer una apología del lujo, sino demostrar que hoy lleva la impronta democrática, lo cual es revolucionario.

-¿Cuál es la relación entre el lujo y la democracia?

-Obviamente, es una relación reciente. A lo largo de la historia, el lujo siempre sirvió para alabar a Dios. Es decir, era la expresión de una jerarquía, que no es, precisamente, un orden social democrático. Tradicionalmente, el lujo fue la forma de marcar las diferencias. Esto lleva una contradicción aparente con el principio de igualdad de la democracia, pero en los últimos años se demostró que pueden llevarse muy bien. Porque con los medios de comunicación masivos, el lujo dejó de parecer algo inaccesible. Viajes, marcas, autos... Todo el mundo puede soñar con ellos. Si bien en Europa en el último año una de cada dos personas compró un artículo de lujo, siguen siendo caros. Es decir que la gente de clase media o baja no necesariamente puede acceder a ellos, pero al menos se democratizó el deseo del lujo. Todos lo ven como un derecho. Al mismo tiempo, el lujo (no importa si en la forma de un castillo, un yate o un perfume) tradicionalmente sirvió a los individuos para marcar su diferencia de clase respecto de otros. Hoy eso sigue existiendo, pero también tenemos un nuevo "lujo emocional". Es el que se consume no para impresionar a otros, sino para experimentar nuevas sensaciones. Le doy un ejemplo: un chofer de taxi de París me contó que una vez al año va con su mujer a comer a un restaurante carísimo. No es que quiera impresionar a nadie. Lo hace por la experiencia que significa, por el placer y la excitación que le da el programa. El lujo en nuestros tiempos hipermodernos ya puede despegarse de la lógica de la distinción de clases.

-Hablando de lujo, una de las frases suyas más famosas es que "la moda suaviza los conflictos sociales". ¿Hay que mandar diseñadores a Irak?

-No es para tanto. Lo que pasa es que la moda, para mí, es análoga en todo el mercado de la sociedad de consumo. La sociedad hoy funciona como la moda, porque cambia todo el tiempo y todo es descartable. Es la sociedad Kleenex. Cambiamos de auto, de televisión, de canal de televisión, como de ropa. La sociedad de consumo funciona sobre la base de la superficialidad. La prueba está en la preponderancia de la publicidad, que es una comunicación frívola, totalmente exterior. El consumo de masa ha transformado nuestro modo de vida. Refuerza el deseo de bienestar individual a la vez que destruye las grandes pasiones colectivas en torno de revoluciones, nacionalismos histéricos y demás. Es en ese sentido en el que digo que la moda, o la superficialidad, refuerza los nexos democráticos. Pero atención: le da legitimidad a las democracias. Por algo es que en nuestros tiempos superficiales no ha habido guerras mundiales, ni conflictos mayores. Justamente, muy distinto es los que pasa en Medio Oriente o en los países africanos.

-Es decir que la frivolidad es algo muy bueno, si queremos un mundo más pacífico.

-La frivolidad es algo muy bueno, y en eso soy completamente antiplatónico. Platón consideraba que todo lo superficial era malo y peligroso. Yo creo que la historia va a rehabilitar a lo superficial. Lo superficial, obviamente, no arregla todo. Pero echarle la culpa de todo también es una locura. Los intelectuales suelen criticar el consumo, la publicidad, los medios. Si los problemas son el desempleo y la crisis económica, entonces, ¿por qué no critican, mejor, las regulaciones, los contratos sociales, la educación de los chicos? Los intelectuales critican el consumo sin parar ellos mismos de consumir. Lo que está bien, porque el hedonismo, que está tan vinculado con el consumo, es antropológico.

-Si lo que importa es el consumo y el placer inmediato, ¿por qué sostiene en "Los tiempos hipermodernos", otro libro que acaba de publicar, que ya no vivimos en un mundo posmoderno, si justamente tenía esas características?

-El concepto de posmodernidad hoy ya no es el correcto para describir la realidad. Como mucho, "posmodernidad" servía para describir la década del ochenta, una década de relativa tranquilidad, en la que lo que importaba era solamente el hedonismo del presente. La hipermodernidad, por el contrario, es la revancha del futuro, y ésa es la gran paradoja: por un lado, es la sociedad de la publicidad, la que busca el placer inmediato. Pero, al mismo tiempo, no lo puede disfrutar porque le pesan una enorme ansiedad sobre el futuro, fruto de las crisis económicas, del desempleo, y un creciente temor en temas de salud, virus y epidemias, como se vio con el sars. Es la ideología de la prevención, no la del disfrute. Es la que se preocupa por un futuro profesional incierto y por la educación de los niños en un contexto conflictivo.

-Respecto de la educación de los chicos, ¿qué opina de la prohibición de usar velo islámico para la escuela en Francia?

-No me convence. Desde un punto de vista liberal, que una mujer quiera taparse toda es inobjetable. Es parte del derecho de cada uno a vestirse como quiera. Por otro lado, está el principio de laicidad en la educación, que el Estado francés defiende a rajatablas. Sin embargo, sostengo que este principio no debe alcanzar a los alumnos sino a los profesores. O sea, obviamente no me parece que se les debería permitir a los profesores llevar símbolos religiosos ostensibles, pero respecto de los alumnos, no está tan claro. Además, una cosa es una chica que lleva apenas la cabeza cubierta y otra distinta es la que está toda cubierta y a la que sólo se le ven los ojos, con lo cual no puede participar, como todos, en las actividades escolares. El asunto se complica aún más si pensamos en que no todos los casos son iguales. Hay mujeres que llevan el velo islámico por imposición y otras por elección. En todo caso, a las que se les impone, ¿qué les va a ocurrir si no se las deja entrar en la escuela? Es más probable que se precipiten en los brazos de un islamismo fanático antes de que se descubran.

-¿Cómo se relaciona el 11 de septiembre con la hipermodernidad?

-Es una manifestación, no una consecuencia. La hipermodernidad liberó en su máxima potencia los tres factores que hacen a la modernidad: el individualismo, que se convirtió en el individualismo hedonista; el mercado, que se convirtió en la globalización extrema, y la tecnología, que llegó a límites impensados, como la clonación. Una escalada de modernidad naturalmente no tiene por qué agradar a los enemigos de la modernidad. Sobre todo, porque otra forma de verlo es como una norteamericanización extrema del mundo. Ahora, dentro del gran cambio de la civilización del que es parte, el 11 de septiembre será visto como un caso dramático, pero no de gran importancia.

-La guerra de Irak, ¿también es una guerra hipermoderna?

-Sin duda. No es una guerra colonial ni mundial, como lo eran las guerras propiamente modernas, sino que es una guerra de la hiperpresencia americana, del hiperdominio norteamericano.

-¿Qué opina del antinorteamericanismo que esto causa en Europa, sobre todo entre los intelectuales?

-El antinorteamericanismo no es algo nuevo. Desde fines del siglo XIX hay manifestaciones semejantes, y en el período de entreguerras se consolidó esa imagen de cowboys, sin gusto: la famosa figura del ugly american . Pero hay que hacer una distinción entre la política exterior de George Bush y la crítica hacia los Estados Unidos. Suena elemental, pero en Europa la gente lo olvida. Y si lo que se critica, como lo hacen tantos intelectuales, es el american way of life , no podría estar menos de acuerdo. ¡El american way of life hoy es nuestro modo de vivir, el de los franceses! El consumo, la televisión, los jeans, el pop, el rock, son nuestra vida cotidiana como europeos. Régis Debray, por ejemplo, denuncia a Estados Unidos por ser una sociedad donde sólo importa el dinero. ¿Y cuál es, entonces, el papel del mercado en Francia? El antinorteamericanismo, como ideología, es una estupidez. Es un viejo reflejo antiindividualista y antidemocrático. Obviamente, hay aspectos de la cultura americana que son más difíciles de aceptar. Personalmente, por ejemplo, creo que me sentiría más cómodo viviendo en la Argentina, que es más europea y en algunos aspectos más refinada, que en los Estados Unidos. Pero eso no tiene nada que ver con que los norteamericanos siguen siendo los grandes defensores de los valores democráticos y que se los deba respetar por ello.

-Pero usted es, además, un conocido defensor de ciertos fenómenos del arte popular norteamericano que no suelen ser muy bien vistos por los intelectuales....

-Hay que acabar con el terrorismo intelectual, esa idea de que los intelectuales son los árbitros del gusto. Por ejemplo, todos coincidimos en que el film "Titanic" fue puro negocio. Pero, ¿quién no se emocionó al verlo? No hay ningún criterio para menospreciar esto. Si una obra tiene éxito es que expresa algo que llega a la gente, y que es un producto bien hecho. Yo me quedo mil veces con un producto bien hecho que con obras de arte "culto" que dejan a todos helados. La gente no es estúpida. Se da cuenta de que en el arte de hoy en día no hay sentimientos y de que los artistas buscan ser subversivos y contestatarios ante una sociedad que no lo es.

-En una sociedad de hiperconsumo, ¿el verdadero arte será la publicidad?

-No necesariamente, aunque muchas veces hay más creatividad en la publicidad que en las obras de arte. Las primeras vanguardias tampoco buscaban la belleza, pero crearon cosas nuevas. Ahora no hay ni búsqueda de la belleza ni novedad. De vez en cuando surgen cosas nuevas, como el museo Guggenheim de Bilbao. Frank Gehry, el arquitecto, trajo una estética que tuvo impacto y que la gente disfrutó. Pero a pesar de que a tantos le gusta el arte (la prueba está en los millones que concurren a los grandes museos), se sienten ajenos a lo nuevo que se ve en las galerías, que por algo están siempre vacías. Por ahora lo único que veo es el arte de las instalaciones y de las performances, que es muy repetitivo y vacío. Pero si uno dice que no le gusta el arte moderno, lo tratan como a un terrorista. Al mismo tiempo, en el arte comercial hay obras formidables, pero hoy el artista es el que está afuera del mercado. El otro es el que está "haciendo un negocio", y eso no cuenta. Esto es ridículo... ¡Justamente cuando el placer se ha convertido en el eje de nuestras vidas!

Por Juana Libedinsky
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/04/02/25/dq_576065.asp

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"También hay una politización de la Justicia que es positiva"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 22-02-2004 00:00:00

CATALINA SMULOVITZ, POLITOLOGA

En estas dos décadas de democracia hubo una utilización del espacio judicial que produjo conflictos entre intereses y poderes, pero que permitió, a la vez, que adquieran tratamiento público los temas que más nos afectan.

Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com

# Estamos acostumbrados a ver las leyes como ladrillos que se mueven y se cambian de lugar según el momento y las necesidades de quienes deciden. ¿Sigue siendo así después de veinte años de democracia?

—Creo que uno de los hechos más destacables de estos últimos veinte años es el progresivo descubrimiento de la ley. Tanto por parte de los ciudadanos como de los actores políticos. Hay, por un lado, un uso estratégico de la ley para la obtención de fines políticos, y por el otro, un uso del espacio judicial como espacio de acción política de los ciudadanos. De esto pueden hacerse distintas lecturas. Pero el hecho de que los ciudadanos tomen el espacio judicial como un ámbito en el que se procesan las demandas y preocupaciones de interés público, la defensa y la protección de derechos, es un verdadero descubrimiento de la ley que nos permitió la democracia. No se había dado antes.

# ¿Qué es lo que posibilitó este cambio?

—Un hecho fundamental fue el juicio oral y público a los ex comandantes; la idea de introducir el estado de derecho, el imperio de la ley, el castigo por violaciones a la ley. Fue un acto originario de carácter fundacional, que puso casi en un escenario teatral la capacidad de esclarecer y castigar la violación de derechos ocurrida en el pasado, y también una capacidad de ordenamiento político y social hacia el futuro.

# ¿No había antecedentes de este activismo ciudadano y judicial?

—Indudablemente, el movimiento de derechos humanos tuvo un rol fundamental en mostrar que a través de peticiones judiciales uno podía reclamar y obtener reparaciones. Hasta la última dictadura, la ley y la justicia eran visualizadas como instrumentos y poderes más bien conservadores destinados a proteger a los más fuertes. La violación de los derechos humanos produce este corrimiento en el que el espacio de la ley aparece con todo su potencial revelador, como el lugar natural en el que la ciudadanía se reencuentra con los derechos.

# ¿Existe una "politización de la Justicia", y al mismo tiempo, una "judicialización de la política"?

—Podemos decirlo así. El hecho de utilizar una petición judicial para reclamar algo supone, por parte del que reclama, la posibilidad de nombrar un daño que ha sido realizado y la aspiración de una reparación. Pero también supone la idea de que aquel al cual se demanda es considerado, de alguna forma, con capacidad de responder con cierta responsabilidad sobre la reparación. Hay alguien que reconoce y puede nombrar un daño, hay alguien que puede responsabilizar a alguien por la reparación de ese daño. El Poder Judicial funciona así como un mecanismo de obtención de legitimidad para las demandas de los ciudadanos. Lo que pasó con el caso del corralito es otro ejemplo de este descubrimiento de la instancia judicial para una petición política social.

# Lo curioso es que avanza el reconocimiento y ejercicio de los derechos precisamente cuando la evidencia es que éstos no se cumplen o se transgreden...

—Es cierto. Pero hay otro punto, que vale la pena subrayar, y es que, a diferencia de lo que sucede con un reclamo político tradicional, en el que uno puede organizarse para peticionar y demandar, pero las autoridades o los actores a los cuales reclama pueden ignorar ese reclamo, en el caso del procedimiento judicial, en la medida en que entra en otro ámbito que tiene ciertas reglas específicas de funcionamiento, todo reclamo adquiere un carácter público y no puede ser ignorado: tiene que decirse que se lo ignora. Esto provoca otro género de discusión política. Y aunque quien peticiona no necesariamente va a tener una respuesta efectiva sobre su reclamo, lo que sí consigue, a través de esta rúbrica pública de que su demanda es una petición de derecho, es un reconocimiento público.

# ¿Otros ejemplos?

—Pongamos los casos de abuso policial. No es un fenómeno exclusivamente de los años 80 y 90; sin embargo, el tema, como tal, adquiere visibilidad pública a partir de reclamos muy concretos de familiares de las víctimas, vecinos y comunidades enteras. Se entiende entonces la necesidad de nueva legislación y de reformas policiales, que se inician en todos los distritos. Más allá de cuál haya sido la efectividad en estas medidas, también hay una "politización" positiva de la justicia en un tema que afecta de manera directa a la gente. Quiere decir que se vuelve un tema de atención pública; que deriva en cambios de legislación y en cuestiones específicas sobre cómo tratar un problema como el de la seguridad pública y la responsabilidad de las agencias estatales. Lo mismo puede verse en otros casos, como el de los derechos de los usuarios y consumidores.

# Esta relevancia que adquiere la Justicia, ¿no es también resultado de la crisis de representación de la política y los partidos?

—Uno puede pensar la crisis de la representación únicamente como un problema de falla de los partidos porque se han ensimismado y dejado de representar los intereses de sus votantes. O puede pensarlo de otro modo, como resultado de que hay más demandas y más difíciles de representar y por ello, los mecanismos tradicionales ya no funcionan.

# ¿Esto es lo que ha llevado también a "politizar" la mirada sobre la composición y el manejo de la Corte Suprema?

—La Corte ha tenido un comportamiento político a lo largo de todos estos años, que tiende a acompañar a los gobiernos cuando tienen mucho poder y empieza a tener resoluciones opuestas a la voluntad del gobierno en los momentos en que su luz política empieza a apagarse. Un comportamiento político que no es exclusivo de un período y que es atribuible, en parte, a la propia inestabilidad que han tenido los miembros del máximo tribunal. Que quiénes sean los miembros de la Corte se transforme en un problema de la ciudadanía es un hecho novedoso y auspicioso. Indudablemente, dado el perfil que tenía la Corte hasta ahora y la afinidad ideológica que el Gobierno tiene con algunos de los miembros que ha propuesto es cierto que está modificando el perfil, y no creo que eso pueda objetarse. El problema no es el perfil ideológico sino si los candidatos reúnen las capacidades y condiciones de idoneidad para ser jueces del máximo tribunal.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/02/22/z-03915.htm

Copyright Clarín, 2004.

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Feinmann: "El Presidente no es ni debe ser peronista"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 21-02-2004 03:41:28

Sostiene que no representa a su partido

La carrera de Filosofía le dio a José Pablo Feinmann una formación de la que se sirvió para pensar la realidad del país. Nacido en Buenos Aires, en 1943, en una familia de clase media, se sintió atraído simultáneamente por el pensamiento abstracto, por la literatura, el cine y la música. Su producción muestra el mismo eclecticismo. Es autor de ensayos, de novelas, obras de teatro y es uno de los guionistas más prolíficos del cine nacional (su último guión es el de "Juan Duarte", película de Héctor Olivera aún no estrenada).

Interpretó la sociedad argentina de modo nada superficial en libros como "El peronismo y la primacía de la política" (1974), "López Rega, la cara oscura de Perón" y "La sangre derramada". Además, ha retratado el país y a sus habitantes en una serie de novelas ("Ultimos días de la víctima", "Ni el tiro del final", "El ejército de ceniza", "El mandato", "La crítica de las armas") que en un ningún momento caen en lo panfletario. Los personajes de esas obras no son voceros ideológicos, a pesar de que en sus textos de ficción las ideas tienen un papel muy importante.

En los comienzos de la década del 70, Feinmann enseñó en la Universidad de Buenos Aires. Como la mayoría de los intelectuales de izquierda de aquella época, tenía en Jean-Paul Sartre un modelo de conducta y de trabajo. A pesar de que Hegel, Marx y por supuesto, Sartre eran sus mentores, o quizá precisamente por eso, la idea del compromiso que, en aquellos tiempos, muchos intelectuales sentían como un deber lo acercó al peronismo.

Feinmann reconoce que no tuvo pocas dificultades para conciliar a Hegel, a Marx, a Sartre y, por si fuera poco, a Heidegger con la ideología (?) justicialista. Enemigo de la violencia, tanto militar como guerrillera, Feinmann criticó con mucha dureza a la agrupación Montoneros en un momento en que hacerlo no resultaba saludable. Cuando la democracia fue restaurada, las diferencias de Feinmann con el peronismo se hicieron inconciliables y, en 1985, terminó destruyendo su carnet de afiliado. Para un hombre acostumbrado a frecuentar las páginas de Descartes, Hobbes, Foucault y Derrida, las veinte verdades justicialistas sólo eran ricas en contradicciones. Como todo izquierdista, después de la caída del Muro de Berlín, debió revisar su concepción de la Historia. La fuerza de los hechos le demostró que el triunfo del proletariado no era ineluctable. Por cierto, aquella revisión permitió que la posición política y filosófica de Feinmann ganara en matices.

La victoria electoral de Kirchner y sus primeras acciones de gobierno alimentaron en Feinmann una esperanza en la recuperación del país que casi había perdido. Cuando publicó en Página 12 un artículo sobre el Presidente en el que expresaba ese conato de fe, Kirchner se puso en contacto con él y, en pocos días, los medios ya decían que entre Feinmann y el Presidente se había establecido una relación de amistad y que el filósofo era, por así decirlo, el intelectual de cabecera de Kirchner. De allí que sea interesante escuchar a un hombre que supo autocriticarse y que, en la actual administración, ve resurgir algunos de sus viejos ideales.

-¿Cuál es el problema más difícil que debe afrontar el presidente Kirchner?

-El más grave es el del hambre. Kirchner dio pasos muy importantes para desmontar la estructura menemista, que estaba al servicio de la economía del hambre. Pero le falta avanzar en un proceso de redistribución de la riqueza sin que eso signifique expropiaciones. Kirchner debe tener en cuenta aquella observación de aquel viejo zorro que fue Perón: "El órgano más sensible del hombre es el bolsillo", pero no debería seguir otros consejos suyos, porque creo que el Presidente no es peronista. No debe ser peronista.

-¿Cómo puede decir que Kirchner no es peronista cuando hay evidencias que dicen lo contrario?

-Uno no sigue siendo necesariamente lo que fue. Yo fui peronista y renuncié bastante sonoramente al partido. Del mismo modo, Kirchner no está obligado a ser hasta el fin de sus días lo que fue.

-Pero Kirchner fue un candidato del Partido Justicialista.

-Kirchner es un político que viene de afuera, que viene del Sur, del frío, para darle desde el Estado consistencia política a un hecho social que la perdió: las asambleas. En 2002, las asambleas se agotaron, se dispersaron, porque, por ejemplo, no resolvían el problema entre la horizontalidad democrática y la verticalidad organizativa. Kirchner no representa al peronismo, porque las asambleas, cuyo mensaje él retoma, no eran peronistas, y el 21 de diciembre de 2001 no fue peronista. Creo que cuando Kirchner asumió como Presidente no lo hizo en nombre del aparato justicialista. Asumió en nombre de los derechos humanos, cuando dijo: "Somos hijos de las madres y abuelas de Plaza de Mayo".

-¿Eso no se parece a lo que ocurrió en los años 70, cuando la izquierda se acercó al peronismo porque era la única manera de llegar al poder?

-Usted se refiere al "entrismo". El caso de Kirchner es distinto. En primer lugar, no está Perón, no hay un "padre eterno", Kirchner no tiene a Perón encima. No hay una izquierda que lo quiera infiltrar. La izquierda es aquí antikirchnerista. Lo que Kirchner tiene es una base social, fundamentalmente, de clase media. Si Kirchner se hace peronista, lo van a identificar con el aparato justicialista.

-Pero él debe negociar con los que usted denomina viejos políticos peronistas.

-Yo no creo que Kirchner haya sido elegido como presidente peronista. Fue elegido como no menemista, como un mal menor. Menem era el aparato justicialista. A partir de ahí, Kirchner produce un fenómeno político excepcional. Nosotros, acostumbrados a los políticos mentirosos, vemos que, de pronto, aparece un político que dice cosas muy arriesgadas, por las cuales va a tener que responder si no las cumple, pero sorpresivamente las comienza a cumplir. Me refiero, por ejemplo, a lo que hizo con la Corte. La designación de Zaffaroni me pareció formidable. La vieja derecha se opuso a Zaffaroni con armas viles. La investigación maccarthista que sufrió llegó a interesarse por las tendencias sexuales del candidato. La política latinoamericana que desarrolla Kirchner también es muy peculiar. Asume en presencia de Lula, Castro y Chávez, lo cual puede parecer excesivo.

-Para un defensor de los derechos humanos, la presencia de Castro en la ceremonia de asunción no fue, quizás, un detalle muy coherente.

-Estoy de acuerdo con usted en ese sentido. Yo estoy en contra de la permanencia de Castro en el gobierno de Cuba porque, paradójicamente, estoy a favor de él. Me parece un error que no democratice la isla, porque se va a morir y a la isla la va a democratizar cualquiera. Cuando Castro fusiló, recientemente, a tres personas, yo escribí varias notas contra ese hecho.

-¿Cuál es su relación con Kirchner? Se dijo que había encontrado en usted un pensador que podía servirle de brújula.

-Mi relación con Kirchner comenzó siendo agradable. Cuando él asumió, me deslumbró todo lo que hizo, cómo se metió entre la gente, cómo eludió la custodia, cómo jugó con el bastón de mando, cómo la miraba a su mujer. Escribí una nota que se llamaba "Un flaco como cualquier otro". A los quince días me llamó el vocero, Miguel Núñez. Me dijo que el Presidente y su mujer estaban muy emocionados con mi nota. Tiempo después, lo vi en la Casa Rosada. Era la primera vez que entraba allí y era la primera vez que me encontraba con Kirchner. Me dijo: "Hola, José. Qué alegría, qué honor conocerte". Lo abracé y él me dio un beso. Continuó: "Cómo me gustó esa nota. Tenemos que reunirnos. Hay que remontar treinta años de fracasos. Te voy a invitar a almorzar". Le tuve que decir que yo no almuerzo, porque vivo y trabajo de noche. Tuvimos una larga charla a solas. El acababa de regresar de Tucumán. Me dijo: "Hay que ver la pobreza de frente. La próxima vez que vaya a Tucumán, te venís conmigo". Y agregó una frase que me conmovió mucho: "Yo soy un idiota más o hago historia". Le respondí: "Estás loco, evidentemente. Sólo estando loco podés decir algo así. Pero me gusta que estés loco. Después de De la Rúa, si siguieras haciendo los deberes, serías un idiota. Para hacer historia, no hay que hacer los deberes, pero para no hacer los deberes, hay que estar loco. Eso significa oponerse al imperio globalizador más poderoso de la historia".

Después tuvimos una reunión muy fructífera con el Presidente y con José Nun, en Olivos. Kirchner nos invitó a cenar. La comida empezó a las 9.30 y terminó a las 3.40 de la madrugada. Quedamos en reunirnos una vez por mes. Dijo en esa reunión algo muy inteligente: "Yo voy a tener que hacer política con gente que a ustedes no les va a gustar". Nosotros le contestamos: "Vamos a entender eso, pero vos también tendrás que entender que somos intelectuales críticos. Cuando te equivoques, te vamos a criticar". Eso lo sorprendió un poco, pero lo aceptó.

Dejamos de vernos un tiempo. Un día, veo la clásica tapa de Gente con los personajes del año. Entre ellos posan Kirchner y Cristina, su esposa. Me vino un bajón muy grande. Fue un dolor. Me dije: otra vez la frivolidad. Menem fue durante una década uno de los personajes del año de esa revista. Kirchner no debía haber estado allí. Escribí una nota larga en Página 12, y en la revista Noticias salió una declaración de alguien que se identificó como un "funcionario indignado". El decía: "Kirchner cree que se puede meter a estos tipos en la mochila. Y a estos tipos nadie se los pone en la mochila". Esa es una buena identificación de un intelectual. A un intelectual nadie se lo pone en la mochila. Cuando le preguntaron a Cristina Kirchner qué opinaba de mi nota, contestó: "Esas son las críticas que a mí me gustan, las que están fundadas. No estoy de acuerdo con Feinmann, porque también estaba Estela Carlotto en esa foto". Yo también deploraba que Estela Carlotto hubiera aparecido en esa imagen.

-Supongo que sería una decepción para usted que no lo invitara de nuevo.

-Sí, me sentiría decepcionado. Significaría que a Kirchner le incomodó la opinión de un intelectual independiente.

-Hoy no hay guerrilla, no hay terrorismo de Estado, pero los ciudadanos se sienten inseguros. ¿A qué se debe la violencia que, bajo distintas formas, contamina a los argentinos?

-Creo que el vacío ideológico es una de las fuentes de la violencia actual. La violencia de los proyectos revolucionarios está iluminada por argumentos racionales. Pensemos en la Revolución Francesa, tan sangrienta, que surgió del pensamiento de los enciclopedistas. Marx dice que la violencia es la partera de la historia. Antes del triunfo de Cámpora, había dos posiciones, la violencia foquista, guevarista, y la violencia de masas, que responde mucho más a una concepción marxista. Yo estuve en aquella época de parte de la violencia de las masas. La violencia nos parecía justificada por la ilegalidad en que se vivía. Cuando asumió Cámpora, fuimos muchos los que dijimos: "Se acabó la violencia. Empezó la democracia". En la actualidad, la violencia ideológica ha desaparecido y ha cedido paso a la delincuencia. La gente ya no mata por ideas. Mata para comer, mata porque el valor de la vida se ha depreciado.

-¿Las protestas de los piqueteros no encierran una violencia tácita que puede llegar a ser explícita? ¿No piensa usted que debería alentarse en los ciudadanos la cultura del trabajo, en vez de fomentar la vida subsidiada? Por ejemplo, consideremos los planes de Jefas y Jefes de Hogar. ¿No se corresponden con una tradición peronista de asistencialismo?

-En el primer peronismo, el Estado de bienestar no se caracterizó por practicar el asistencialismo, sino por crear fuentes de trabajo. Se dice que Perón debería haber desarrollado la industria pesada. No lo hizo porque con la industria liviana se generaban más fuentes de trabajo. La industria estuvo en esa época muy ligada al consumo de los sectores trabajadores. En la interpretación neoliberal mercadista del menemismo, lo que se hace es establecer una cultura del desempleo, del asistencialismo, que implica control y contención social. Esa cultura menemista, hasta el presente, no ha sido modificada y es lo más grave que se le puede achacar al gobierno de Kirchner en el aspecto económico.

-Los piqueteros, al principio, contaban con la simpatía de buena parte de la población. Esa simpatía ha disminuido .

-Los piqueteros no nacieron en la calle, los echaron a la calle. Los piqueteros son la vieja clase obrera de la vieja industria nacional que empleaba a esos trabajadores. Eso lo conozco personalmente, porque en mi juventud tenía, con mi hermano y un socio, una fábrica de conductores eléctricos en Munro. Y, para expresarlo a lo Hemingway, en ese entonces Munro era una fiesta. Estaba llena de pequeñas fábricas y de obreros, que vivían dignamente. Una vez que esos desocupados están en la calle, se organizan en piquetes. Paralizar la calle es la huelga que ellos pueden hacer, así como la huelga que hacía el obrero ocupado consistía en paralizar la fábrica. La clase media, en 2001, cuando le tocaron sus ahorros, vio en su horizonte de horror que podía llegar a engrosar el grupo de los piqueteros. Por eso los aceptó. Cuando mejoró su situación, con la acertada política económica de Lavagna, ese grupo social sintió que se recuperaba y desde la elección de Kirchner tiene esperanzas también en lo político. Entonces, rechaza los cortes de calles. En cuanto a los piqueteros, hay infiltrados entre ellos. Es muy posible que haya grupos que respondan a la policía bonaerense, y estoy seguro de que hay grupos que responden al menemismo, o a la llamada izquierda argentina. El piquete se ha transformado en la bomba social del país. Creo que esa política está terminada. Pienso que los piqueteros tienen que revisar su práctica de protesta. El corte de calles y de rutas es inconducente, porque se ha vuelto irritativo no sólo para la clase media, sino también para todo aquel que tiene trabajo, independientemente de su clase social.

-¿Qué horizonte ve Kirchner para el problema piquetero?

-El me dijo: "Yo no les voy a pegar a los piqueteros". Sería lo peor que puede hacer el Gobierno. Lo está esperando la derecha, y también la izquierda. Los izquierdistas son tan malos haciendo política que esperan una represión del Gobierno para demostrar que Kirchner es burgués y antidemocrático.

-¿No le mencionó alguna salida?

-Las que mencionó están muy ligadas a Lavagna, y estas cosas no se resuelven desde el punto de vista económico, sino por medio de decisiones políticas.

-¿De qué modo?

-Esto que voy a comentar se lo dije a Gustavo Beliz. "¿Por qué no destraban algunas cuentas en Suiza?" Si destrabo dos cuentas en Suiza, traigo veinte millones de dólares al país y con esa suma abro dos fábricas en el conurbano, creo varios puestos de trabajo. El pueblo va a ver, entonces, que el dinero de la corrupción, recuperado, se está utilizando para luchar contra el desempleo. La otra alternativa es no hacer depender la distribución del crecimiento. Los economistas sólo distribuyen cuando la economía crece. Pienso que Kirchner no debe escuchar a los economistas, sino fiarse de su olfato de viejo zorro político. Puede decirse: "Vamos a crecer dos por ciento menos este año, pero con el dinero que restemos al crecimiento crearemos fuentes de trabajo, o atenderemos necesidades sociales". La gente no puede vivir con lo que le sobra a la clase capitalista. Por eso propongo patear el tablero, anteponer la política a la economía.

-Las estadísticas dicen que en la Argentina se lee cada vez menos y peor. Por si fuera poco, las grandes editoriales locales han sido compradas por grupos internacionales. ¿Qué ha pasado?

-Se ha quebrado el hábito de la lectura literaria. Le puedo dar tres causas de ese hecho: el periodismo de denuncia de los años 90, los libros de autoayuda y el bestsellerismo , en el que incluyo la novela histórica. Los novelistas que se inclinaban por ese género, en vez de contar todo lo que se robaban los funcionarios de la época menemista, narraban en un libro de ficción la vida íntima de Urquiza y las atrocidades del pasado. El éxito de los libros de autoayuda es fácil de explicar. El psicoanálisis fracasó: es caro y los resultados se dan a muy largo plazo. Es mejor comprar un libro que nos ofrece soluciones mágicas.

-En esa enumeración de causas por las que la lectura está en crisis ha pasado por alto la televisión.

-No hay programas culturales. Hay, en cambio, una televisión obscena, groseramente explícita. Hay una enorme violencia y extravagancia que algunos consideran producto de gran imaginación. Leí reseñas de "Resistiré" que eran formidables creaciones de los críticos. Yo publiqué "La crítica de las armas" en abril del año pasado y creí que se iba a producir un debate muy importante, porque era la primera novela que se refería al tema de la culpa colectiva durante la dictadura. No pasó nada. No hubo debate. Hubo simplemente dos reseñas. Seguí escribiendo, porque me gusta escribir, pero se pierde por completo la esperanza de una incidencia de tu texto en la sociedad. Los escritores nacionales de mayor valía, como Saer, Rivera y Piglia, no son conocidos por el público. La verdadera revolución de estos tiempos es la comunicacional. La izquierda se niega a ver que hubo una revolución, pero no la hizo el proletariado, sino la burguesía. La clase burguesa enterró al proletariado. Marx dice en el "Manifiesto comunista" que la dialéctica de la historia determina que el proletariado instaurará una sociedad sin clases. Ocurrió lo contrario. La burguesía expulsó al proletariado del mundo del trabajo y creó la sociedad comunicacional. Lo que se transmite con la imagen es un proyecto de colonización de la subjetividad.

-¿A qué se refiere?

-Cuando subo a un taxi y el taxista dice las dos primeras palabras, sé cuáles van a ser las veinte siguientes, porque no está hablando él, está hablando Radio 10. Lacan y Derrida dicen que el hombre no domina el lenguaje, sino que el lenguaje lo domina a él. La gente no tiene opiniones, opina lo que opina el poder. Por eso se me hace aburrido hablar con muchas personas, porque apenas empiezan ya se sabe qué es lo que van a decir, el diario que leen, el canal que ven, la radio que escuchan. Creen que están diciendo algo, pero no lo hacen. Más bien están siendo dichos por algo.

-¿Cómo ve la cultura argentina en este momento?

-Hay una hipervaloración de algunas expresiones, como el movimiento teatral y lo que se ha dado en llamar el nuevo realismo argentino en el cine. De todo ese movimiento hay para mí una sola película fundamental: "La ciénaga", de Lucrecia Martel. El problema con los jóvenes directores es que hacen todo: el guión, la escenografía, la música, y no siempre todo eso les sale bien. Hay en muchos de ellos, así como en muchos críticos, una negación del cine de Hollywood. No se dan cuenta de todo lo que se pierden cuando rechazan la cultura de los Estados Unidos.

-Usted hace una crítica muy acerba del capitalismo. Sin embargo, reconoce la grandeza de la cultura de los Estados Unidos, que es un producto de ese sistema.

-No veo a los Estados Unidos como una totalidad cerrada. Está Susan Sontag y están Bush, Michael Moore y Spielberg, Tom Hanks y Sean Penn. Los que enseñaron a narrar en cine fueron los norteamericanos. En la literatura, ni hablemos. Hay muchísimos escritores norteamericanos excepcionales. Si pensamos en la música, tenemos a Charles Ives, Aaron Copland, Leonard Berstein... Los Estados Unidos no son una totalidad maligna.

Por Hugo Beccacece
De la Redacción de LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/04/02/21/dp_575049.asp

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Audacias

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 19-02-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

Se está jugando con fuego en el planeta y, lo que es peor, con fuego nuclear. Los trascendidos del 2003 acerca de la transferencia de tecnología nuclear de Pakistán a Corea del Norte, Irán, Libia, y las “confesiones” del Dr. Abdul Qadeer Khan –considerado el padre de la bomba atómica paquistaní– sacaron a luz la existencia de un mortífero mercado negro también en este rubro. Khan y los equipos de sus laboratorios entregaron materiales y equipos nucleares a terceros países por intermedio de una vasta red mundial, tal vez la más compleja y articulada que se conozca, que supo burlar los controles nacionales e internacionales. La red extendía sus actividades por varios continentes: una fábrica de centrifugadoras para obtener uranio enriquecido en Malasia, agentes en Alemania, Sri Lanka y los Países Bajos, jugosas reuniones en Turquía y Marruecos, embarques de maquinaria desde Dubai. Se movía sin trabas, desde luego, gracias al ejercicio de una robusta corrupción.
El dictador de Pakistán, general Pervez Musharraf, aceptó las explicaciones de Khan: ese tráfico era obra de “científicos individuales” movidos por “el ansia de dinero”. W. Bush también compró tales explicaciones: Musharraf, instalado en el poder tras el sangriento golpe de Estado de 1999, es un aliado principal en la lucha contra Al-Qaida. Pero quién puede darles crédito. La planta paquistaní de enriquecimiento de uranio de Kahuta se encuentra bajo estricto control militar, sus trabajadores padecen una vigilancia rigurosa y ni siquiera los ex primeros ministros del país Benazir Bhutto y Nawaz Sharif pudieron, cuando lo eran, visitar las instalaciones. Esta red nuclear subterránea no funcionaba sin el conocimiento y el consentimiento de Musharraf, quien –hecho notorio– se enriqueció a medida que aumentaba la producción local de uranio enriquecido.
En el discurso que pronunciara el 12-2-04 en la Universidad de la Defensa Nacional, el presidente Bush manifestó alarma ante la proliferación de armas nucleares, advirtió que EE.UU. no permitirá que gobiernos hostiles lo amenacen con ellas y prometió capturar a todos los involucrados en el mercado atómico clandestino. Esta denuncia de lo que podría llamarse proliferación horizontal esconde una profunda hipocresía. Bush hijo no habló de la proliferación vertical que la Casa Blanca practica, es decir, el proyecto denominado “Revisión de la postura nuclear” que propone una serie de programas de vasto alcance para renovar el arsenal nuclear norteamericano (véase Página/12, 12-6-03). Tampoco mencionó su retirada del tratado de limitación de los sistemas de misiles antibalísticos –la “Revisión” lo viola de manera manifiesta– aduciendo que era “una reliquia de la guerra fría”. Y menos explicó por qué sabotea la entrada en vigor del Tratado de prohibición completa de los ensayos nucleares (CTBT por sus siglas en inglés) de las Naciones Unidas, al que adhirió pero no ratificó. Y mucho menos por qué hace la vista gorda ante el armamento nuclear de Israel, la India, Pakistán, pero invade Iraq, donde no lo encuentra.
El CTBT cuenta con la adhesión de 169 países y la ratificación –el paso segundo y definitivo– de 105 Estados. Su artículo XIV establece que es necesario que lo ratifiquen los 44 países del mundo con capacidad nuclear, no en todos los casos bélica, y 12 no lo han hecho, entre ellos Corea del Norte, la India, Israel, EE.UU. En la Conferencia convocada por la ONU para facilitar la entrada en vigor del Tratado, que tuvo lugar en Viena del 3 al 5 de septiembre del año que pasó, imperaba en las sesiones públicas un silencio diplomático sobre la postura de la Casa Blanca, pero “hubo mucha discusión en los corredores acerca de cómo frustrar la aparente voluntad del gobierno Bush de liquidar el CTBT y de llevar a cabo nuevos ensayos nucleares”, informa la revista especializada Disarmament Diplomacy (N° 73, octubre-noviembre de 2003). “Un solo ensayo más –agrega la publicación–, realizado por razones miopes de políticos ideologizados y atados a ambiciones nucleares pasadas de moda, puede desbaratar este tratado y, con él, años de esfuerzos destinados a frenar la proliferación nuclear.”
El general (R) George Lee Butler señaló no hace mucho: “¿Con qué autoridad las sucesivas generaciones de dirigentes de los Estados con armas nucleares usurpan el poder de determinar la suerte de la continuidad de la vida en nuestro planeta? Y más importante aún, ¿por qué persiste esa audacia inaudita cuando deberíamos temblar ante nuestra locura y unirnos en el compromiso de abolir su manifestación más letal?”. El general Butler sabe de qué habla: de 1992 a 1994 fue jefe del Comando Estratégico de EE.UU. y tenía bajo su mando a todas las fuerzas nucleares aéreas, terrestres y navales del país.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-31683-2004-02-19.html

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Alain Touraine: el país debe olvidarse del peronismo

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 18-02-2004 03:39:53

Advierte que urge una reforma política

PARIS.- El sociólogo francés Alain Touraine es un entusiasta declarado de la Argentina, y también del gobierno de Néstor Kirchner. Pero, aun con tono de amigo, advierte que el Presidente "tiene muy poco tiempo, un año, tal vez dos, para producir la reforma administrativa y del Estado que permita el crecimiento". Añade que todo el mundo está de acuerdo en eso.

A Touraine le preocupa especialmente la reforma política. Y pone como "triste ejemplo" lo ocurrido en México, donde califica como "paralizado por falta de sistema político" al gobierno de Vicente Fox, que tanta ilusión despertó como ruptura con el pasado.

"Es que con las expectativas pueden ocurrir dos cosas: una gran decepción o, por el contrario, que se vaya creando un sistema de condiciones interdependientes de crecimiento", afirma el sociólogo e investigador, nacido en 1925, crítico de las políticas neoliberales que reinaron en los noventa y autor de una veintena de libros. Entre ellos, el clásico "Actores sociales y sistemas políticos en América latina", "Crítica a la modernidad" y "¿Podremos vivir juntos? Iguales y desiguales".

Touraine habla en tono amable, pero con firmeza. La misma que le ocasionó duras críticas cuando, en lo peor de la crisis de nuestro país, afirmó: "Los argentinos existen, pero la Argentina no". Hoy prefiere olvidar el episodio e insiste en que el nuevo ciclo tal vez nos lleve a "reaccionar y comprender que deben organizarse".

La conversación transcurre en la prestigiosa Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, en el céntrico Boulevard Raspail. Hace ya muchos años Touraine fundó allí el Centro de Análisis y de Intervención Sociológica. Cortés, recibe a LA NACION en la puerta del ascensor que lleva hasta el octavo piso, el de su pequeña oficina. "Es que estos aparatos no siempre funcionan y quiero asegurarme de que llegue usted bien", tranquiliza.

Con esa misma cortesía cuenta que le pidió a la esposa del mandatario argentino, Cristina Fernández de Kirchner, "que se olvide del peronismo". Comenta que ella "entendió bien" lo que le dijo. Asegura que América latina perdió una posibilidad de futuro por culpa de su pasmoso desinterés por el conocimiento, y que la Argentina arruinó su universidad.

Le alarma el silencio de Brasil, donde "no pasa nada" de lo que se esperaba de Lula. Advierte que el problema social en el mundo es "la falta de responsabilidad" y, tarde o temprano, todo lo lleva de nuevo a la Argentina. Eso sucede hasta cuando asocia el plus de dinero en el mercado a partir del boom petrolero de los años 70 con "el ansia desmedida de plata dulce" que tienen los porteños.

"En ese entonces -rememora- el problema fue encontrar países y gente que pudieran aceptar préstamos. Había demasiado dinero y sus dueños, árabes y venezolanos, reclamaban intereses por él a los bancos. ¡Y la Argentina calzó a la maravilla! Más que la Argentina, los argentinos, y más que ellos, los porteños, que son una cantidad nada desdeñable y que se sienten muy poco argentinos.

-¿Por qué ellos?

-Porque se creen europeos y norteamericanos. Les encanta la plata dulce. Porque son cosmopolitas. Tanto, que si no se deciden entre comprarse un auto americano o uno alemán... bueno, compran los dos. Si es por ellos, se compran todo. La Argentina es un país que se endeudó y que depende mucho del mercado exterior. Más que una cuestión económica, yo creo que hay una profunda raíz cultural.

-¿Una cultura de endeudamiento?

-Parte del problema está en que los porteños no se sienten muy argentinos, y no se sienten nada latinoamericanos. Pero sí se sienten parte de las grandes capitales. Lo que pasa en Londres, París, Nueva York o Buenos Aires es parte de una misma red.

-¿Qué tiene de malo eso?

-La forma en que se encara la apertura. Mire, me hacen acordar un poco a los mexicanos, que después de firmar el Nafta con los Estados Unidos decían: "Nosotros somos norteamericanos". Ahora no lo dicen más, y son incluso más mexicanos que antes. Más latinos, también.

-¿México superó un sentimiento que la Argentina no pudo superar?

-Yo tengo un prejuicio muy positivo hacia México. Diría que es el país más activo de todo el continente. Es el que tiene más vida, más movimiento.

-¿Y cuál es, según ese enfoque, el problema argentino?

-Es el suyo un país con mucha riqueza y una oligarquía sumamente refinada, que acumuló dinero e inmigrantes a lo largo del siglo pasado. Los inmigrantes se convirtieron muy rápidamente en argentinos. Y se generaron dos fuerzas: los exportadores, que quieren que el pan sea caro, y la plebe urbana, que quiere que sea barato. Todo se zanja entre productores y consumidores. Lo que nunca hubo fueron productores.

-¿No exagera un poco?

-Sí. Pero, básicamente después de la guerra, el símbolo de la modernización fue la siderurgia. Los brasileños lo tomaron rápidamente, mientras que en la Argentina se plasmó la alianza entre la CGT y la CGE, que no iba a ningún lado. El pobre presidente Arturo Frondizi fue la única excepción en un abanico que no se interesó por hacer una sociedad industrial. Tenían todo para hacerla, y no la hicieron.

-¿Eso nos sigue condenando, medio siglo después?

-Eso habla de una forma de abordar los problemas. Y esto es algo que se ve claramente no sólo en la Argentina, sino también en buena parte de América latina, que está perdiendo por eso el futuro.

-¿A qué se refiere?

-A la falta absoluta de interés por el conocimiento, mientras que el sudeste asiático produce, invierte, investiga. Es algo que cuesta entender, especialmente en la Argentina, con su aporte a la química, con su fantástica universidad...

-¿La hemos perdido?

-¡Claro! Y no sólo porque todos se fueron...

-¿Qué universidad rescata en América latina?

-Una sola: la Universidad de San Pablo, la única con nivel internacional, y que conozco muy bien.

-¿No ya la de Buenos Aires?

-¡No!

-¿Tanto ha caído?

-Totalmente. Y la Autónoma de México es la misma cosa. No hay investigación, no hay ciencia. No hay tampoco mucha educación. Y eso hace que en este momento en el mundo el futuro no pertenezca a América latina sino al sudeste asiático. Corea, Taiwán, Japón, por supuesto. También Indonesia y la India invirtieron en el recurso más fundamental, que es el conocimiento. Inventar, investigar, innovar... Es como si en América latina no les interesara.

-Antes de que siga con eso, me gustaría que me dijera los síntomas que identificó para afirmar que la Argentina perdió su universidad.

-Seré un poco cínico. Primero, el salario de los profesores. Uno no puede vivir, ni siquiera de un modo pobre, con esos salarios. Yo conocí a colegas de mi generación y, luego, a ex alumnos brillantes que, sencillamente, no podían sobrevivir. Entonces, se iban. Vaya usted a un hospital norteamericano y verá cuántos médicos argentinos formados en la UBA encuentra.

-¿Esa es su base de diagnóstico?

-Falta de crédito, exportación de cerebros... Hay algo más que me impresionó mucho. Tengo trato con intelectuales exiliados del Cono Sur. Y lo cierto es que cuando los chilenos pudieron volver, lo hicieron. Lo mismo los brasileños. Pero muy pocos argentinos volvían.

-Usted dice que la expectativa actual de la sociedad argentina le da esperanza. ¿Es eso suficiente?

-Claro que no. A los argentinos les falta conciencia nacional. Yo no conozco ningún caso de un país que se haya desarrollado sin tener una fuerte conciencia nacional. Hasta Brasil la tiene, y mire que es un caso perfecto para no tenerla: ni siquiera había comunicación entre Rio Grande do Sul y Recife. Y sin embargo, tiene una conciencia nacional fuertísima, casi tanto como la más fuerte de todas, que es la chilena. Eso es una cosa interesante y que me duele. Porque hoy en día tampoco hay mucha ni en Gran Bretaña ni en Alemania ni en Francia.

-¿Cómo afecta a sus respectivas sociedades esa carencia?

-No creo que sean países que vayan a desaparecer. Pero corren el riesgo, muy concreto, de perder cualquier capacidad de decisión autónoma. La España de hoy es un excelente ejemplo de país que no quiere tener capacidad de decisión autónoma. Y los demás países, especialmente Alemania, tienen una capacidad negativa: yo no quiero tal cosa. Pero nunca dicen "yo quiero" algo. Los franceses tampoco.

-¿Por qué desconfían los Estados Unidos de esta etapa política en la Argentina?

-Es normal. La Argentina era un país casi totalmente incorporado a un sistema de economía global, pero bastante norteamericano. Hubo una reacción muy fuerte por parte de una clase media, en el sentido amplio de la palabra, que lo había perdido todo en diez años. Aún no hay conciencia de la caída argentina: fue un salto tan grande como su ascenso, a comienzos del siglo XX.

-¿Volver a modelos del pasado no es un poco inútil?

-¡Ah, claro que sí! Esa cosa vieja no me gusta nada. Incluso se lo dije a la señora Kirchner cuando estuvo aquí: tiene que olvidarse del peronismo. Ella no se olvida, pero tendría que hacerlo.

-¿Por qué le parece tan necesario?

-Porque el peronismo es un modelo político que mezcló discursos de derecha y de izquierda, y que no ha hecho nada. Sencillamente, nada. Con un país lleno de dinero... no hicieron nada. Se lo comieron.

-¿Es incapaz de administrar?

-Es peor que eso. Es lo que le decía antes: o consumidores o exportadores, pero nunca productores.

-Imagino que a la señora de Kirchner no le habrá gustado el comentario...

-No, pero quiero pensar que, en el fondo, ella lo entendió bien. Hay mucha expectativa en la Argentina ahora, pero con eso pueden pasar dos cosas: o bien una gran decepción, o se empieza a crear un sistema de factores interdependientes de crecimiento. Todo el mundo, dentro de la Argentina y fuera de ella, está de acuerdo con que tienen muy poco tiempo para progresar de nuevo. Yo le daría un año... tal vez dos. No más.

-¿Para dar señales de rumbo hacia un crecimiento sostenido?

-¡No! ¿Qué señales? Ese es el tiempo que tiene para crear efectivamente los instrumentos económicos, administrativos, psicológicos, y eso supone, como en cualquier país latinoamericano, una reforma política y del Estado.

-¿En tan poco tiempo?

-Sé que es difícil, pero hay un ejemplo muy triste, que es México, donde existía un partido único y no había sistema político. Desaparece el partido único, se abren las puertas... ¿y? No hay sistema político. El presidente Vicente Fox no puede hacer nada, porque no tiene mayoría en el Congreso, y eso resulta insoportable en este momento. Ese es un ejemplo casi perfecto de parálisis de un país por no tener sistema político. Algo parecido ocurre en la Argentina y otro tanto en Brasil, donde el error de Fernando Henrique Cardoso fue no organizar un partido político y basarse sólo en su poder de encantador. Le encantaba seducir.

-¿Es eso un riesgo en política?

-En la vida privada, no siempre es riesgoso, pero en la vida pública, sí. En Brasil ya hay quienes trabajan para la construcción de alternativas. Pero en la Argentina... ¿con los radicales como están y con todo el país llamándose peronista? Creo que hay elementos positivos, pero no a la altura de lo que se necesita.

-Entonces, ¿cómo transformar esa expectativa que tanto le entusiasma en resultados concretos?

-Con reforma administrativa y reforma del Estado, con organización de partidos políticos. Es muy complicado.

-Su afirmación de que la Argentina no existe, pero los argentinos sí, tal vez sea al revés: la Argentina aún existe, pese a los argentinos...

-No quiero decir más eso. Estoy bien impresionado con Kirchner, a pesar de que tiene alguna cosa del viejo izquierdismo internacional. Lo que me esperanza es que tal vez los argentinos reaccionen y descubran que deben organizar una nueva vida argentina. Dependerá de su capacidad. Y lo bueno que tienen ahora es que, con la crisis internacional, nadie está tan pendiente de la Argentina ni de América latina. Cinco años atrás todos estaban con el tratado de libre comercio, el futuro del continente. Hoy, ¿quién se acuerda de todo eso?

-¿América latina no cuenta?

-No, para nada. Y Europa tampoco cuenta mucho. Ahora, en su continente los gobiernos pueden tomar más iniciativa. El problema que veo es que allí es crucial Brasil, y yo, hasta ahora, del Brasil de Lula no veo nada que indique una voluntad. La impresión que tengo de Brasil es silencio. Pero no todo está perdido, porque si la Argentina habla, y Chile habla, y los mexicanos hablan... los brasileños tendrán que hacerlo, y el continente podría salvarse. Bueno, eso si no consideramos la situación colombiana, que es atroz. Y la crisis de Venezuela, por cuyo "dueño" no tengo simpatía.

-Usted denunció la falta de interés por el conocimiento en América latina. ¿La otra traba sigue siendo la corrupción?

-Yo, por experiencia profesional, prefiero hablar de crisis del sistema político. Cuando no hay reglas de juego ni capacidad de imponerlas, hay corrupción. La Argentina en eso tiene una gran ventaja en el continente: tiene corrupción, pero no es la reina. Tradicionalmente los reyes de la corrupción eran los mexicanos, y ahora tal vez los venezolanos puedan ganarles. Pero lo grave, más que la corrupción, es la violencia oficial: la policía corrupta, la policía que mata. Eso ocurre en toda América latina, y antes no ocurría. En la Argentina sucede menos, pero en Río de Janeiro es insoportable: la policía esta metida en todo lo sucio. No conozco en la Argentina el estado de las cárceles, pero las de San Pablo son una cosa increíble, con cientos de muertos por año.

-Pero ése no es un espejo en el que quiera mirarse ningún argentino. Puesto a elegir, supongo que prefiere medirse con uno mejor y no uno peor.

-La situación en la Argentina no es la deseable, pero está lejos de la violencia institucional que hay con los paramilitares colombianos o con la policía de Río o de Belén.

-¿Qué nos falta?

-Mire, hay gente culta y hay capacidad. Lo que no hay es esta idea de actuar como argentinos. Un argentino no actúa como argentino, sino como persona privada. O como familia, como parte de un grupo de amigos, como un profesional de alto o bajo nivel. Pero no hay sentido de responsabilidad.

-Creo que eso ha desaparecido en buena parte del mundo...

-Sí, es el error de la globalización, su consecuencia nefasta. Desaparece la idea de responsabilidad, la conciencia de que lo que hagamos nosotros es decisivo para el futuro. Yo diría que la mayor parte del mundo piensa que lo que hace y lo que piensa no tiene capacidad alguna para influir sobre el conjunto. Todos los sociólogos hablan hoy de eso bajo distintas denominaciones: sociedad de riesgo, de catástrofe, de la imprevisibilidad.

-¿Una absoluta pérdida de control?

-Sí. El siglo XIX tuvo un enorme concepto de futuro. Ahora no es así, y la visión social es, un poco, como la de una tormenta tropical: nadie puede hacer nada. Y eso es algo clave en el momento en que vivimos. Por eso guardo optimismo para la Argentina: porque ha adelgazado mucho, pero le quedan recursos. Ojalá que recuerden que el primer recurso es el conocimiento. Deben saber, a fondo, cuáles son los problemas para resolverlos y no seguir con los mismos de siempre.

Por Silvia Pisani
Enviada especial

http://www.lanacion.com.ar/04/02/18/dq_574102.asp

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"Cuanto menos se escucha al paciente, más análisis se piden"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 15-02-2004 00:00:00

ALDO BARSANTI, MEDICO

En todo el mundo se revisa, por insatisfactoria e ineficaz, la "medicina de especialistas". Mirar por parcelas al enfermo y disminuir el tiempo de la consulta no beneficia su salud ni favorece la inversión racional.

Analía Roffo
aroffo@clarin.com

Da la sensación de que los médicos se parecen cada vez más a los entomólogos y a los miniaturistas: miran a la persona de órgano en órgano, en fragmentos. ¿Estoy equivocada?

—Sí y no: esa mirada depende de cómo esté encarado el sistema de atención de la salud. Si el que está a cargo es un especialista en medicina interna, un internista, ve el contexto del paciente. Si no, es probable que el paciente deambule, sin conducción, a través de distintos especialistas.

# ¿A qué llama internista?

—El internista sería una versión más sofisticada, más formada, del viejo clínico. Su enfoque le permite interactuar con los distintos especialistas, en el caso de que esto sea necesario, y después él, que conoce el contexto psicofísico del paciente, decide cuál es el mejor camino para la recuperación de su salud. Esto es la antítesis de lo que ha ocurrido en los últimos años, por ejemplo en los Estados Unidos, donde la medicina contemplaba sólo la mirada del especialista. Y finalmente admitieron que la atención fraccionada genera iatrogenia, es decir, daño.

# ¿Por qué?

—Porque lo que es bueno para el corazón es malo para el estómago y lo que es bueno para el estómago es malo para el ojo. Y el individuo no es ni un ojo ni un corazón ni un estómago. Es una suma, un contexto, y no solamente físico sino también psíquico. En todo el mundo se está tratando de cambiar la "medicina de especialistas" porque no ha dado buenos resultados.

# ¿En la Argentina también?

—Yo no sé si en la Argentina hay una política de salud destinada a cambiar esa óptica. Estamos apenas tratando de tapar agujeros de la mejor manera posible.

# ¿Cuál sería el inconveniente de ir directamente al especialista sin ser derivado por un internista?

—Es que eso no ayuda a ninguna prevención. Usted dice "voy a ver cómo estoy cardiológicamente" y va al cardiólogo. Y es imposible que el cardiólogo no le pida una cámara gamma o una ergometría, que en ningún sistema de prevención en salud del mundo está pautada como método de detección masiva de enfermedad coronaria. Porque una cosa es decir voy a estudiar un dolor con una ergometría, con una cámara gamma, o voy, en tal paciente de alto riesgo, a utilizar el proceso selectivamente por tales circunstancias. Otra cosa es que todo el mundo que vaya al cardiólogo y tenga más de tal edad, con algún factor de riesgo, tenga que hacerse una cámara gamma, o una ergometría.

# Estamos hablando de ir o no a especialistas y pienso que hay gente que ni va al médico clínico. Un estudio reciente hecho por médicos del hospital Argerich da cuenta de que en La Boca el 23 % de los encuestados no ha ido nunca al médico.

—Vivimos en Belindia, ¿no? Una Argentina inequitativa que combina calidad de vida de Bélgica e India. Hay gente que ni siquiera se toma la presión y hay otra que está viendo si tiene sangre oculta en materia fecal o se hace una fribrocolonoscopía cada equis tiempo para detectar si tiene cáncer. No digo que esto no deba ser hecho ni discutido, lo que pasa es que tenemos urgencias distintas.

# La primera urgencia del paciente, me parece, es encontrar un buen médico. ¿Cómo saber si uno dio con la persona adecuada?

—Usted puede hacer pequeños tests. Usted entra, y si tiene suerte y el doctor está bien educado, se levanta y le da la mano; si no, se queda sentado, mirando su ficha. Usted manifiesta una serie de problemas, el doctor desgraciadamente no tiene más de cinco o diez minutos para ofrecerle, le da un remedio o le pide un análisis. Eso significa que usted tiene que hacer un deber antes de volver. Luego están los doctores de "pie de la cama", ya en una situación de internación: el tipo llega acompañado por una serie de personas, mira algunos datos en la historia clínica; si es educado lo saluda, si no ni lo mira, habla con los otros médicos y se va. Y después está el que yo llamo el "bedside doctor" (al lado de su cama): el doctor que, como primera condición, lo escucha. No se imagina la cantidad de macanas que hacen los médicos que no escuchan a los pacientes. La primera aptitud que un médico necesita es saber escuchar.

# Pero para escuchar hay que tener tiempo y no cobrar cifras irrisorias en hospitales, obras sociales o prepagas...

—¡Exactamente! Uno tiene que disponer de tiempo y de voluntad y no estar agobiado por no llegar a fin de mes, o no poder suscribirse a revistas especializadas o invertir en su perfeccionamiento. Después, el médico tiene que examinar al paciente prolijamente. Y después tiene que pedirle que haga lo menos posible para resolver su problema. En medicina hay que tirar con un arma de precisión. Usted no puede tirar un escopetazo a ver a qué le pega, porque muchas veces se encuentran resultados que son absolutamente fortuitos, que no conducen a entender qué le pasa al paciente. Cuanto menos tiempo usted le dedica al paciente, más invasión tiene que hacer del mismo a través de estudios de imágenes y análisis, y eso significa mayores costos. Esto es lo grave: cuando se planifican los sistemas de atención en salud, se fomenta que el paciente esté en contacto con el médico escasos minutos, lo cual significa que el tipo tiene que pedirle un montón de cosas.

# ¿La fórmula sería más sueldo a los médicos y menos inversión en estudios?

—Absolutamente. Un punto clave en la buena medicina es la contención de los costos, su uso racional. Porque no se trata sólo de ahorrar plata, sino ahorrar la agresión física y psicológica que generan los exámenes complementarios. La religión médica debería ser pedir estrictamente lo que es necesario cuando el paciente no está bien. Y cuando lo está, pedir sólo aquello que ha demostrado ser útil en cuanto a prevención en salud.

# Descuento que hay buenos y malos médicos, pero supongo que aun los de mejor voluntad tienen problemas para lidiar con las condiciones de trabajo.

—Estoy de acuerdo con usted. La insatisfacción va minando su autoestima y su libido para hacer bien su tarea. Y a esto súmele los riesgos de que si transgrede tal o cual norma puede ser eliminado de su trabajo y la amenaza creciente de los juicios por mala praxis. Nada de esto contribuye al vínculo de confianza y afecto imprescindible entre médicos y pacientes. No se puede seguir generando la situación de enemigo potencial, en la que el médico vive a la defensiva.

# Usted habla de ese vínculo de confianza y afecto y recuerdo una escena de la película dinamarquesa "Corazones abiertos" en la que el médico, como un latigazo, le informa al paciente —que ha quedado cuadripléjico— que "de ahora en adelante usted sólo podrá hablar y pensar".

—Es una escena terrible. Ese médico no puso ahí ni tiempo, ni oído, ni intimidad.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/02/15/z-03515.htm

Copyright Clarín, 2004.

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Y Afganistán tampoco

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 15-02-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

El 29 de enero del 2002, en su discurso sobre el estado de la Unión, W. Bush envió al mundo una de las requisitorias más contundentes de su guerra contra el terrorismo. Los talibanes acababan de ser desalojados del poder y el mandatario yanqui explicaba así las razones de la agresión militar contra Kabul: “Nuestra causa es justa y se prolonga. Nuestros descubrimientos en Afganistán confirmaron nuestras peores aprensiones y nos mostraron el verdadero alcance de la tarea que tenemos por delante. Hemos visto la profundidad del odio de nuestros enemigos (afganos) en videos en que aparecen riéndose de la pérdida de vidas inocentes. Y la profundidad de su odio es equiparable a la locura de la destrucción que planean. Hemos encontrado diagramas de plantas estadounidenses de energía nuclear y de sistemas de agua para el consumo público, instrucciones detalladas sobre cómo producir armas químicas, mapas de ciudades estadounidenses y descripciones precisas de objetivos en EE.UU. y en todo el mundo”. Es decir, un plan pormenorizado de ataques terroristas contra centros vitales del planeta. Quién sabe.
A comienzos de este febrero Edward McGaffigan Jr., miembro destacado de la Comisión Reguladora Nuclear de Estados Unidos, declaró que no tenía conocimiento de que se hubieran encontrado diagramas de plantas nucleares norteamericanas en Afganistán (The Boston Globe, 10-2-04). La mencionada Comisión (NRC por sus siglas en inglés) es un organismo independiente establecido por la Ley de reorganización energética de 1974 y se encarga de regular el uso civil de materiales nucleares. McGaffigan, quien fuera designado por Clinton como uno de los cinco miembros que dirigen la NRC, había ya afirmado lo mismo en una sesión a puertas cerradas del Congreso unos meses después del anuncio abracadabrante de Bush hijo. Los expertos indican que, de ser cierto el hallazgo de tales diagramas, la NRC habría tenido que jugar un papel fundamental en la salvaguardia de las plantas nucleares presuntamente amenazadas. El politólogo James P. Riccio recordó que el gobierno estadounidense tenía la obligación de alertar a la Comisión para que contribuyera a tomar medidas de seguridad, al menos en la esfera civil, contra los planes terroristas. Eso no ocurrió.
En otra sesión del Congreso, esta vez pública, que tuvo lugar en junio del 2002, un senador trajo a colación los diagramas que, según Bush hijo, se habrían encontrado en Afganistán. McGaffigan, siempre testimoniante, sugirió que “quienes escriben los discursos del presidente se exaltaron un poco con el tema”. ¿La exaltación fue de los speech writers de la Casa Blanca o del jefe de la Casa Blanca, que es el que baja línea? Lo cierto es que W. no encontró en Iraq las armas de destrucción masiva (ADM) que “justificaron” la invasión y tampoco en Afganistán los diagramas de planes terroristas fatídicos que preparaban los talibanes y Al-Qaida. Qué triste.
Nada de esto impide que “el presidente de la guerra” –como se autodefinió– vuelva a exigir que la comunidad internacional se empeñe en una lucha más dura para impedir la proliferación de ADM, algo que, desde luego, Washington no aplica a Israel, ni a Pakistán, ni a Estados Unidos. Todo vale para distraer la atención del fracaso de encontrarlas en Iraq. En su discurso del 11-2-04 W. Bush subrayó en particular el peligro que representan las armas nucleares de Corea del Norte, elogió a la CIA porque descubrió la intención nuclear de Libia y criticó, otra vez y sin piedad, al Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) de las Naciones Unidas, al que los halcones-gallina consideran incapaz porque no ha logrado detener los intentos de desarrollo de programas nucleares en Libia, Corea del Norte y otros países. Sólo que la evaluación de la OIEA acerca de la inexistencia de tales programas en Iraq resultó más acertada que los argumentos que el vicepresidente Dick Cheney y otros esgrimieron para fundamentar la invasión.
Qué importa eso. El ministro de Justicia y amputador de las libertades civiles del pueblo norteamericano John Ashcroft aseguró hace tres semanas en Viena que se justificaba la guerra contra Iraq aunque no tuviera ADM (The Guardian, 26-1-04). ¿La razón? Saddam Hussein utilizó en el pasado una “química nefasta” y una “biología nefasta”. Ashcroft no es un anciano, se acerca a los 60 de edad, y sus lagunas de memoria se explican perfectamente: olvidó decir que fue el Occidente desarrollado, y ante todo Estados Unidos, empujado por una voracidad petrolera insaciable, el que proporcionó a Saddam la “química nefasta” y la “biología nefasta” que el autócrata empleó en su guerra contra Irán. Otra demostración de que las guerras largas requieren una memoria corta.

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"La única realidad es el aula", dice Barcia

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 14-02-2004 03:04:17

Pide reformas de fondo en la educación

El presidente de la Academia Argentina de Letras, Pedro Luis Barcia, ubica el problema de la libertad de expresión en un ámbito íntimo y primario, donde puede verse amenazada aun en un régimen democrático y en una sociedad que goza de la tecnología necesaria para servirse de los medios de comunicación más modernos.

La libertad de expresión es una mentira, dice Barcia, cuando las personas carecen del vocabulario apropiado para expresar con precisión lo que piensan. Según el académico, ésa es la clase de jóvenes que la Argentina produce cada vez más desde hace algunos años, porque se ha ido desatendiendo en las escuelas el trabajo de enriquecer y ejercitar el habla de los alumnos.

El problema, a su juicio, sería consecuencia de otro mayor: el progresivo deterioro de la enseñanza en el país, para el que no ve una solución inmediata. Porque Barcia es optimista, pero también escéptico. Si bien aprueba, en líneas generales, la actuación del gobierno nacional, no deja de señalar lo que considera una ausencia de programas y objetivos de largo plazo, con los perjuicios que esto causa, particularmente en el campo de la educación.

Barcia recibe a LA NACION en la sede de la academia que preside, una tarde de calor agobiante. Las persianas bajas filtran sólo hilos de luz, como en las casas de los suburbios en las siestas de verano. La penumbra y el silencio aumentan la sensación de que el tiempo no transcurre en esas habitaciones, donde se puede percibir, como dice Borges, "un olor a cosas guardadas" (curiosamente, durante esta entrevista Barcia citará "El informe de Brodie"). En el escritorio del presidente, iluminado con luz artificial aunque el sol quema del otro lado de la ventana, la personalidad de Barcia contrasta con la quietud del ambiente. Enérgico, entusiasta y locuaz, este hombre nacido en Gualeguaychú (provincia de Entre Ríos) en 1939 y doctorado en Letras por la Universidad Nacional de La Plata (donde enseña Literatura Argentina) analiza los problemas que actualmente atraviesa la educación en el país, con la autoridad que le da el hecho de haber consagrado gran parte de su actividad a la docencia y de haber publicado numerosos trabajos críticos sobre autores y temas de la cultura argentina e hispanoamericana. Actualmente, Barcia dirige el posgrado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral y el 1° de marzo será incorporado, como miembro de número, a la Academia Nacional de Educación.

-Como presidente de la Academia Argentina de Letras, una de sus preocupaciones ha sido siempre la calidad del habla, sobre todo en la vida pública.

-En nuestro país, como en cualquier parte, el nivel de expresión difiere según los ámbitos y el nivel cultural de las personas. Lo que se advierte es una decadencia generalizada de la lengua en dos aspectos fundamentales. En primer lugar, su riqueza, un valor importantísimo no tanto por razones gramaticales como culturales, relacionadas con la identidad nacional, la libertad de expresión y, por lo tanto, con la formación del ciudadano. En segundo lugar, su calidad: la lengua se ha vulgarizado. Esta decadencia se aprecia especialmente en el ámbito de los medios de comunicación, sobre todo en los orales. Aunque no hay que demonizar a la televisión y a la radio, se da en ellas una despreocupación creciente y yo diría que hasta un placerse en esta forma vulgar o pobre de hablar. Entonces, nos encontramos con una situación bastante penosa, porque no sabemos si los animadores o locutores hablan así deliberadamente o porque no pueden hacerlo de otra manera y pretenden disimular esa limitación con el falso argumento de que quieren ser fieles al habla del pueblo. Pero lo curioso es que el pueblo, en general, no habla vulgarmente, sino popularmente. Aquellos animadores radiales y televisivos suelen confundir lo vulgar con lo popular. El problema, sin embargo, comienza antes de llegar a los medios de comunicación. La pobreza expresiva ha ido creciendo hasta tal punto que hoy el alumno promedio no puede expresar lo que piensa porque carece de la riqueza lingüística necesaria para hacerlo. Entonces se entra en un círculo vicioso en el que la libertad de expresión se convierte en una mentira, porque quien no tiene el vocabulario adecuado no puede expresar su pensamiento en forma precisa y con todos sus matices.

-Lo que pasa en los medios de comunicación masiva es más el reflejo de ese problema que su causa.

-Ciertamente, los responsables de esta situación no son los medios sino la educación argentina. Hoy, difícilmente se trabaje la lengua en clase como se hacía antes, porque no hay tiempo para hacerlo. Si uno tiene 45 alumnos en un aula es difícil que pueda tomar exámenes orales, de modo que se toman exámenes escritos, y esto empobrece la elocución del alumno. Lo que ocurre en este momento es que se ha perdido de vista el hecho de que el ochenta por ciento de la vida de una persona se hace con comunicación oral, no escrita. Y la expresión oral está siendo descuidada por la educación. En las universidades se toman cada vez más exámenes escritos y menos orales. Yo soy profesor de una facultad de comunicación y el primer ejercicio que hago consiste en que el alumno se presente y diga quién es. La mayoría no sabe hacerlo, porque le falta ejercicio y porque, además, nunca se ha puesto a pensar cómo vende su imagen en una reunión diciendo cuáles son sus cualidades y sus limitaciones.

-¿Por qué le falta esa práctica?

-Porque no ha tenido maestros ni profesores que cultiven la riqueza y la flexibilidad de la lengua, y cuando el chico entra en contacto con la radio y la televisión se encuentra con animadores que hablan con la misma pobreza que él. Entonces, se siente justificado. Así, los medios, aunque no lo quieran, se convierten en escuelas de ratificación de los errores y limitaciones del alumno.

-A partir del estudio que usted ha hecho de la obra de Fray Mocho, por ejemplo, ¿qué cambios nota en el costumbrismo argentino desde aquellos textos periodísticos y literarios hasta los programas televisivos que se ven actualmente?

-Usted puede recorrer toda la obra de Fray Mocho y la de todos los costumbristas argentinos y no va a encontrar brutalidades ni vulgaridades. Encontrará dobles sentidos, alguna expresión brusca, natural y espontánea, que es propia de la lengua. El pueblo siempre es muy rico y muy gráfico para expresarse. Entonces ejemplifica con partes del cuerpo humano o con funciones del organismo humano, eso es natural, pero hacer todo el discurso en esta modalidad es un hecho desgraciado, porque entonces el habla se reduce a lo que se podría llamar la región subumbilical: lo que está por debajo del ombligo justifica el idioma. Los costumbristas enriquecen mucho el idioma al incorporarle modalidades expresivas, pero usted no va a encontrar que un buen escritor use una puteada o una grosería por día, que es lo que a veces se escucha por televisión. Una puteada situada en su contexto es un elemento orgánico, expresivo y contundente. A nadie se le ocurre decir "recórcholis" o "cáspita" cuando lo pisan o lo empujan en un micro (aunque, por otra parte, la urbanidad lleva a que uno piense dos veces lo que va a decir en una situación así). Ahora, si yo soy novelista o creador de personajes de ficción y tengo que hacer hablar a mis criaturas, trato de que hablen en el lenguaje adecuado a la historia y a sus respectivos papeles dentro de ella. Pero interesa que ese novelista muestre que tiene otros registros, porque si no los tiene, estamos ante el caso que mencionábamos antes: el de alguien que pretende disimular sus limitaciones (la incapacidad de escribir en otro registro que no sea el vulgar) con la excusa del estilo. Todo el manejo del idioma consiste en un problema de adecuación.

-Hace algunos meses, los académicos de Letras, Periodismo y Educación hicieron público su rechazo al uso de lenguaje vulgar en los medios de comunicación masiva. El hecho tuvo bastante repercusión y hasta hubo reuniones entre académicos, personalidades del ámbito de la televisión y autoridades del Comité Federal de Radiodifusión (Comfer). ¿Qué pasó después?

-Nada. La gente es ingenua y creía que con declaraciones bienintencionadas y definiciones muy valientes de intelectuales esto iba a cambiar. No cambia nada. Evidentemente, hay que cuidar muchísimo lo que se diga en medios como la televisión, porque a él tienen acceso tanto los que no saben leer ni escribir como los que sí sabemos. Yo miro toda la televisión que puedo, le aclaro.

-¿Por qué?

-Porque me gusta, me apasiona y me da instrumentos útiles para trabajar. Yo entro en el aula silbando la música de "Son amores" y ya sé que voy a tener un eco favorable. A partir de allí puedo analizar vocabulario y actitudes de los personajes y abordar otras cuestiones. El tema de la televisión es complejo, pero lo fundamental para que mejore el lenguaje que se utiliza son las políticas culturales de los gobiernos, las políticas lingüísticas que se instrumentan en la escuela y el grado de importancia que le dan los gobiernos al buen manejo de la lengua. Nosotros, como comunidad, ¿queremos vernos reflejados en la lengua de ciertos programas televisivos y radiales, o no? Porque si no lo queremos, mejoremos el nivel de educación de nuestros chicos.

-Al gobierno actual, ¿lo ve preocupado por la educación?

-Este gobierno está haciendo cosas muy importantes, sin duda, como la revisión de la Corte Suprema, más allá de las opiniones que uno pueda tener sobre los candidatos que propone. También es importante lo que está haciendo en materia de derechos humanos, con excepción de la política hacia Cuba: no veo por qué no se define la cuestión con claridad y se dice que en Cuba hay una dictadura que está en contra de la vida democrática y de los derechos humanos. Por otra parte, este gobierno se ha preocupado por combatir la corrupción. Pero veo, por ahora, pocas expresiones de planes y programas de mediano y largo plazo. Es decir, estamos viviendo pendientes de la coyuntura, del parche y de la situación que hay que negociar. Es comprensible que esto sea así por un tiempo, dada la situación que se heredó, pero la política no es ir de coyuntura en coyuntura y jugar una contradanza permanente. Lo que no se puede extender por mucho tiempo más es la ausencia de planes, porque uno tiene que programar lo que desea hacer y, en la medida en que los argentinos sepamos cuáles son los objetivos del Gobierno en cada área, podremos acompañarlo o criticarlo. Los países se levantan con un proyecto claro.

-¿Qué piensa de lo hecho hasta ahora en materia educativa?

-No se han planteado reformas estructurales, que son necesarias. El Ministerio de Educación ha llevado adelante una campaña regalando libros en las canchas de fútbol y en distintos puntos turísticos del país, tarea absolutamente positiva, porque el destino de los libros es siempre misterioso: nunca se sabe hasta dónde pueden llevar al lector. Ahora bien, el hecho de regalar libros tiene un impacto mediático importante, pero no va a lo hondo del problema, que es la calidad de la lectoescritura y la formación del hábito de la lectura, que se crea antes de los 16 años. El sesenta por ciento de los alumnos que salen de las escuelas no sabe leer comprensivamente. Solucionar este problema es prioritario. Hace dos años, en Francia, las autoridades educativas detectaron un diez por ciento de incomprensión lectora en los alumnos y cambiaron todo el sistema de enseñanza. Aquí todavía no se ha hecho nada. La lectura libera, acompaña, revoluciona. Es de una riqueza increíble. Por eso, que no se la atienda debidamente es un crimen. Hay que tomar a la criatura desde que comienza a dar los primeros pasos y acompañarla en el proceso de aprendizaje de la lectura y la escritura. Y en esta tarea no se puede improvisar. Lo digo por experiencia: crearle el hábito de la lectura a una persona mayor de veinte años me ha costado un esfuerzo enorme. En cambio, es mucho más fácil hacerlo cuando un chico tiene quince años. Siempre que el docente sepa qué es lo que hay que darle para leer. Es como aquel que decía: ¿usted cómo le enseña a leer latín a Juan? Primero, es necesario saber latín, cosa que no siempre los docentes saben (no latín, sino la materia que tienen que enseñar); segundo, hay que saber cómo se lo enseña, y tercero, conocer a Juan. ¿Qué le gusta a Juan, la novela policial? Bueno, entonces uno empieza por Conan Doyle y termina en Borges. Pero esa progresión se da porque sé qué le interesa al alumno. Hay que retomar esos centros de interés de los que tanto ha hablado la pedagogía. El docente actual (lo veo sobre todo en los muchachos que estudian en la universidad) cree que todo lo que aprende él le puede interesar a un chico de 15 o 16 años. No es así, y en la educación no se puede operar con presión, hay que hacerlo con seducción. Si a usted la obligan a leer el "Quijote" en un momento inadecuado, en su vida querrá volver a leerlo. En cambio, si le dan una selección de capítulos que pueda entender y asociar con su propia realidad, usted, en el futuro, seguramente será lectora del "Quijote". Yo, para que los chicos leyeran "La celestina", les dije que había pasajes que no quería comentar en clase porque prácticamente rayaban lo pornográfico. Al día siguiente todos habían leído el libro. Por eso, volviendo al tema, creo que hay que terminar con las disputas acerca de los métodos pedagógicos y empezar a dar clases. Lo que pasa en estos momentos es que no hay actos de enseñanza y de aprendizaje en el aula.

-¿Por qué?

-Porque se han aflojado la exigencia de rendimiento y el concepto de autoridad. También porque falta una buena formación de maestros y de profesores. No hay responsabilidades por parte del alumno porque no hay exigencia. ¿Queremos ciudadanos con esta formación? Que la escuela contenga al alumno en situación de riesgo social es muy importante, pero la escuela no está hecha exclusivamente para la contención, y si sólo se dedica a eso pierde su papel específico. Hay que volver a enseñar.

-¿Cómo se recuperan el concepto de autoridad y, sobre todo, el prestigio que en otras épocas tenía la docencia?

-Al docente se lo ha vapuleado, y hay que gratificarlo. El docente no gratificado es un elemento resentido, disminuido. Yo, para que no me roben cuando me voy de vacaciones, pongo en casa un cartel que dice: "Docente". Jamás se le ocurre a un ladrón entrar en casa porque sabe que no va a encontrar nada, tal es la situación paupérrima en la que estamos los docentes. Aquí, la gente que piensa tiene que ser prestigiada. Hay al respecto una falsa anécdota de Aristóteles. Estaba el filósofo sentado en el umbral de su casa, con la mano en el mentón, cuando pasó un vecino que le dijo: "¿Descansando?" "No, trabajando", le respondió Aristóteles. Al día siguiente, estaba el filósofo cavando una zanja cuando pasa nuevamente su vecino. "Ah, trabajando", le dice el hombre. "No, no, descansando", responde Aristóteles. Ese vecino fue el primer pragmático de la Historia. Pobre del pueblo si llega a ser gobernante.

-¿Por qué cree que la educación, que cumplió un papel importantísimo en la organización nacional, ha ido dejando de ser un tema prioritario para los gobiernos argentinos?

-Mire, hay una esquizofrenia en esto: los últimos gobiernos que hemos tenido han declarado que la educación es uno de los pilares del país y que sin educación no hay futuro. Todo esto se declama siempre, pero a mí me suena a versos de Belisario Roldán, de mucho énfasis y poca concreción. Lo que ocurre es que la educación no interesa demasiado porque sus efectos se manifiestan en el largo plazo. Fíjese que la mala praxis en una operación se ve enseguida y uno arma un alboroto porque perdió a un familiar o perdió un riñón. El chico que, dentro de seis años, salga de un polimodal, se presente en una oficina a buscar trabajo y escriba "senior gefe" tiene la vida anulada. ¿Quién se hace responsable de esto? Nadie. Yo por eso insisto en que, en cuanto a educación, los gobiernos suelen ser como esos personajes de "El informe de Brodie" sobre los que Borges decía que eran incapaces de asociar el acto del coito entre el hombre y la mujer con un producto que salía después de nueve meses. Aquí, conscientemente, se especula con que dentro de nueve años ¿quién se va a acordar de cómo se gestó esto? Y por eso se dan las cosas así.

-¿No hay responsabilidad inmediata?

-No hay rédito inmediato: no se pueden mostrar fotografías de niños que han progresado en un año. Y todos sentimos que tenemos la exigencia de mostrar rendimiento instantáneo. Ese es el ritmo televisivo, que se ha colado en todas las actividades. También en la política: hay que mostrar resultados rápidamente. Esto, a veces, no se puede hacer. La educación es una tarea de siembra, y en la siembra que se deja de hacer se van sacrificando algunas generaciones. Por eso, no se puede perder más tiempo. ¿Sabe cuál es la frase que el general Perón no dijo, pero que, a lo mejor, pensó? La única realidad es el aula. Allí se juega todo. Tanto, que si el sistema es malo pero el docente es bueno el alumno igualmente avanza.

-Hace tiempo que usted trabaja en la organización del próximo Congreso Internacional de la Lengua Española, que esta vez se haría en la Argentina. ¿En qué etapa se encuentra ese proyecto?

-Yo empecé a preocuparme por el Tercer Congreso Internacional de la Lengua Española, que se hará en Rosario antes de fin de año, no bien nos enteramos de que se había comprometido con él el presidente Fernando de la Rúa. Y gestioné fuertemente para que los gobiernos que fueron sucediéndose después se preocuparan por el tema. Ninguno lo hizo. Finalmente, el presidente Eduardo Duhalde firmó el decreto pertinente, que luego, sin embargo, durmió el sueño de los justos. Las cosas comenzaron a moverse nuevamente hacia junio de 2003. Desde entonces, Rosario ha puesto toda la carne en el asador; el Instituto Cervantes ha comprometido cerca de un millón setecientos mil euros. Ahora, el decreto presidencial dice que el Gobierno pondrá cien mil pesos, pero que deberán ser recuperados de los fondos que se recauden. Esto no alienta mucho a gente que podría invertir en el congreso, como, por ejemplo, los empresarios españoles, que están esperando un gesto simbólico del Gobierno.Esto parece revelar que no hay una conciencia clara de lo que este encuentro significa para el país: vendrán representantes de veintiuna naciones de la comunidad hispanohablante y eso le dará relieve internacional a la Argentina. Se analizarán el problema de la inmigración, la identidad nacional y las traducciones en el marco de la globalización, entre tantos otros temas, como la enseñanza de la lengua española en América. Brasil, por ejemplo, es un consumidor de profesores de español y no es posible que todavía estemos pensando cómo vamos a articular con los brasileños la enseñanza de nuestro idioma mientras España avanza en lo que es un mercado interesantísimo para nosotros. No critico a España. Naturalmente, cuando uno no da un paso, otro lo hace. Simplemente, me parece que a veces no tenemos conciencia de las oportunidades que nos perdemos.

Por Verónica Chiaravalli
De la Redacción de LA NACION

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La paz eterna y los perversos

Archivado en Osvaldo Bayer • Fecha: 14-02-2004 00:00:00

Por Osvaldo Bayer

Al anochecer del 24 de diciembre de 1914 se abre la cortina de nubes sobre el campo de batalla de Flandes en la primera Gran Guerra europea. El cielo se vuelve claro de puras estrellas y la luna llena envuelve el campo de batalla poblado de cráteres, en una luz tenue. De pronto, los soldados británicos no quieren creer a sus ojos. En las trincheras alemanas de enfrente se encienden velas que iluminan diminutos árboles de Navidad. ¿Acaso una nueva artimaña guerrera de los odiados hunos de enfrente? Pero no, porque se oyen cánticos. “Noche de paz, noche de amor”, cantan voces rudas de gargantas viriles. Y después: “Ha nacido un rosa”. “Well, done, Fritzens”, gritan ahora los estupefactos soldados ingleses y exigen otra canción más. Y desde las gargantas alemanas surge ahora el “Merry Christmas, Englishmen”. “No tiramos, no tiren.”

Así comienza la nota de Volker Ullrich sobre el libro de Michael Jürgs, La pequeña paz en la Gran Guerra.
Las dos caras del hombre. En la tierra de nadie de una guerra de trincheras llenas de cadáveres despanzurrados, de gente joven sin piernas ni cabezas, un campo con margaritas silvestres pleno de sangre y mierda y uniformes, uniformes y medallas, de pronto eso. Las canciones de la niñez de las sagradas navidades. El salir al campo sin armas, abrazarse al enemigo y primero enterrar a los muertos antes de brindar y cantar abrazados. Alemanes e ingleses. Pero también en otros sectores, alemanes y franceses. ¿Cómo explicar esto? ¿Cómo explicar que, pasada la noche, los soldados volvían a sus trincheras, sus fusiles y sus cañones, y apuntaban con toda fiereza a los ojos, a la frente, al corazón del enemigo para verlos saltar a la muerte, abrirles las barrigas, dejar que mostraran los chinchulines como en una mercado de carne? ¿Cómo se explica? El historiador inglés, con cierta ferocidad, lo explica como un inconsciente impulso instintivo hacia la muerte, haciendo mención a Freud. El episodio relatado en los partes militares con vergüenza y pedido de castigo que va de la pena de muerte al envío al frente más expuesto de la guerra, hoy se enseña en los colegios y se pone a discusión de los alumnos adolescentes.
Y justamente fue citado por los medios el jueves, al cumplirse los doscientos años de la muerte del más grande de los filósofos alemanes (como titularon casi todos los diarios de ese día): Immanuel Kant.
Y lo que más se ha citado del noble y humilde filósofo alemán es su libro Hacia una paz eterna, donde detalla las seis condiciones previas para la solución pacífica de todo conflicto bélico. Ellas son: 1) No debe valer como tratado de paz aquel que con una reserva secreta prepara el material para una guerra futura. 2) No debe valer para ningún Estado existente (pequeño o grande, para esto es lo mismo) que ese país pueda ser comprado, cambiado por trueque, vendido o regalado. 3) Los ejércitos existentes (miles perpetuus) deben ser disueltos con el tiempo. 4) No debe hacerse ninguna deuda estatal con referencia al comercio estatal exterior. 5) Ningún Estado debe entrometerse en la constitución o en el gobierno de otro Estado. 6) Ningún Estado debe permitirse, en guerra con otro Estado, tales enemistades que hagan imposible la confianza mutua en la paz futura. Como por ejemplo: empleo de criminales alevosos pagados (percussores), envenenadores (venefici), rompimiento de la capitulación, instigación para la traición (perduellio) en el Estado en contienda.
Con esto, el filósofo negaba toda política que veía a la guerra como simple continuidad de la política por otros medios o como continuación del uso de los instrumentos de poder.
Kant fue un cristiano sin religión y sin Biblia. A él le bastaban la razón y la ética, dos productos del Ser. Un buscador de la eliminación del mal y de la codicia. Porque uno se pregunta ahora si las fementidas armas de Saddam Hussein, no encontradas nunca, son más motivo de iniciar una guerra que la mansión de los Vanderbilt. Dice Julian Hanich en el diarioFrankfurter Rundschau, en el comentario del libro del publicista norteamericano Kevin Phillips La aristocracia americana del dinero: “Cuando se viaja por la Ochre Point Avenue en dirección al sur, en Newport, Rhode Island, se da de cabeza de pronto con un edificio que casi le quita la respiración a todos. Un palacio en estilo neorrenacentista con pasillos con arcadas, columnas corintias y pilastras. Esa residencia no tiene menos de setenta habitaciones. Y para los niños, al lado se levanta un edificio parecido. Ante la terraza se extienden interminables jardines y césped. Y detrás, justo, el Atlántico: only the sky is the limit. Es un domicilio de los diez mil que poseen toda la riqueza de Estados Unidos. Uno de los barones ladrones, como eran llamados Rockefeller, Andrew Carnegie y Henry Frick. El gobierno de Bush es una plutocracia, un gobierno del dinero. Ahí está el origen de la globalización. Un castillo de 70 habitaciones para unos; para millones, en cambio, barro, paja, o la calle y la basura. Miles de bombas que han matado a madres, a niños, a enamorados en Bagdad. Miles. Kant hace doscientos años que transforma la filosofía en ética, y ahora Bush, todo en crimen, todo en violencia. Un Hitler con Senado y ministros negros. Doscientos años después. Y la culpa la tiene Cuba.
Kant, qué cerebro, qué alma. Detiene las guerras con su “hacia la paz eterna” y los pueblos siguen horas después como los soldados alemanes contra los aliados en Navidad. Kant en vez de las bombas sobre las ciudades abiertas y los niños quería fundar hace doscientos años una comunidad mundial libre y cosmopolita.
Hubo almas buenas que siguieron el camino de Kant. El ciudadano Julio Cortázar, el bondadoso. Cuántas veces nos vimos en la casa de Soriano, en ese París. Cortázar, que se nos fue hace veinte años, era el hombre del bolsillo abierto, con el corazón en esa América latina de los Sandino y los Zapata. Nos llenó de letras mostrándonos nuevos caminos e interminables sueños e ilusiones en sus libros irrepetibles. Cortázar terminó en la pureza corroborada por el hecho de que el presidente de la Rosada no lo recibió. A Cortázar, el puro. Me acuerdo del último encuentro, cómo acariciabas a esa muchacha, tu amor. Tus ojos adolescentes revivían como si estuvieras jugando a la “Rayuela” y llegaras al cielo para siempre, acompañado.

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Chomsky: "Bush debe ser juzgado como Saddam"

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 11-02-2004 03:01:46

Por Juana Libedinsky
Para LA NACION

CAMBRIDGE.- Lo acusan de ser un apologista del terrorismo islámico, llamó a los Estados Unidos "la principal nación terrorista" y es considerado por muchos como el demonio, el anticristo o, al menos, el ángel negro de la Academia. La revista New Yorker tituló recientemente un artículo sobre su persona "El contador del demonio". Por eso, cualquier encuentro con este profesor llamado Noam Chomsky, apasionado y feroz ensayista que, incluso, llevó una voz discordante respecto de los ataques del 11 de septiembre, tiene algo de inesperado.

Para empezar, habla muy bajito y con voz monocorde. Ni siquiera cuando sostiene, en diálogo con LA NACION, que la ocupación norteamericana en Irak es más desafortunada que el régimen de Vichy, que en Estados Unidos "las elecciones se compran" o que Bush "debería ser juzgado a la par de Saddam Hussein" su voz se eleva o sus gestos, de extrema timidez, cambien. Su oficina, en el Massachusetts Institute of Technology, es totalmente convencional, con vista a un pasillo. Chomsky siempre viste jeans, camisa mal planchada y zapatillas blancas, el uniforme oficial del suburbio norteamericano.

En la década del 60, Chomsky era simplemente uno más de los miles de intelectuales de izquierda que protestaban contra Vietnam. En cambio, cuando recientemente se opuso a los bombardeos en Afganistán, quedó prácticamente solo. Por eso no es sorprendente que sus libros Secretos, mentiras y democracia , Estados canallas , 11 de septiembre y el flamante Hegemonía o supervivencia: la búsqueda norteamericana de dominio mundial sean siempre best-sellers. Para aquellos que buscan en Estados Unidos voces que rompan con el consenso respecto de la guerra contra el terrorismo, Chomsky es una de las pocas con peso propio.

En el resto del mundo su importancia es aún mayor. Dondequiera que vaya son multitudes las que se acercan a escucharlo, como a un gurú o a una superestrella, mucho más que a un intelectual. Recientemente Chomsky dio una serie de conferencias en Gran Bretaña, en la Universidad de Londres y en la Catedral de St. Paul. Fueron miles los que no pudieron conseguir entradas, pero se quedaron igual en las inmediaciones, esperando algún eco de su voz. Los organizadores dijeron, en tono de broma, que ningún otro norteamericano, salvo Bruce Springsteen, podría conseguir semejante público.

Más allá de su activismo político, Chomsky es, sobre todo, un lingüista revolucionario. Se considera que el giro que dio a su disciplina a fines de los años 50 fue equivalente a la revolución que Einstein trajo a la física. En un estudio sobre las diez fuentes más frecuentemente citadas (la lista incluye a la Biblia) Chomsky aparece octavo, por encima de Hegel y Cicerón y justo por debajo de Platón y Freud.

-¿Cuánto cambia el panorama en Irak la captura de Saddam Hussein?

-Capturar a Saddam tiene un significado simbólico, pero nada más. La gente no se oponía a una guerra en Irak porque supusiera que Hussein nunca sería capturado. El problema en Irak es otro. Lo que resulta sorprendente es que nos encontramos en un país virtualmente destruido por las sanciones, donde había un tirano, pero el tirano no está más; donde no hay apoyo internacional a cualquier tipo de resistencia a la ocupación norteamericana, donde Estados Unidos controla todos los recursos naturales y donde forzó al nuevo gobierno a aceptar un programa económico que vende el país al capital extranjero, y donde Estados Unidos puede colocar los fondos que quiera para su campaña militar. Parece una ocupación extremadamente fácil. Se requeriría un talento extraordinario para fracasar. Y, sin embargo, Estados Unidos hasta ahora fracasó. Los alemanes fueron mucho mejores para controlar Europa en la Segunda Guerra. Ponían gobiernos locales, como el de Vichy, con fuerzas de seguridad locales. Obviamente, ellos estaban detrás. Lo mismo que Rusia con los países del este europeo. Ponían títeres locales y ellos se mantenían detrás. Y todo esto, en condiciones infinitamente más duras que las que encontraron los norteamericanos en Irak.

-¿A qué se debe este fracaso?

-Justamente venía hablando de eso con un alto funcionario de una de las principales organizaciones de ayuda humanitaria, al que, naturalmente, no puedo nombrar. Es un hombre con tremenda experiencia por todo el mundo, que lo ha visto todo. Venía de pasar unos meses en Bagdad y estaba escandalizado. Dijo que nunca había contemplado semejante combinación de arrogancia, ignorancia e incompetencia. Y probablemente esté en lo correcto. Arrogancia extrema, incompetencia total e ignorancia absoluta son las características de la ocupación en Irak. Si uno tiene un poder como el de Estados Unidos, ¿qué se va a ir preocupando por estas pequeñeces? Pueden aplicar la fuerza bruta tanto como quieran, de lo que deduzco que algún día efectivamente controlarán Irak, cueste lo que cueste.

-¿Cuál es su opinión sobre Saddam?

-Saddam es un monstruo que ya debería haber sido llevado a juicio. Pero en ese mismo juicio, junto a él, deberían estar parados los otros responsables, y con esto me refiero a Bush y a todo el gobierno norteamericano. Ellos apoyaron a Saddam a lo largo de sus peores atrocidades y continuaron proveyéndole de armas. Y esto no tiene nada que ver con la guerra contra Irán. Le hablo de los años posteriores a ella. Como si esto fuese poco, Estados Unidos apoyó al tirano cuando aplastó las rebeliones de 1991, que bien podrían haberlo derrocado. Cuando Bush, Blair y Aznar se encontraron en la base militar norteamericana de las Azores y anunciaron la invasión, dijeron bien clarito que aun si Saddam y sus socios abandonaban el país ellos iban a entrar con sus tropas. Eso muestra cuán poco importante era la captura de Saddam, desde su punto de vista. Lo único que les interesaba era asegurarse de que Irak se mantuviera como un Estado cliente, dócil hacia Estados Unidos y -algo que los argentinos conocen muy bien- que aceptase un programa neoliberal extremo, que dejara todos sus recursos en manos de las corporaciones extranjeras.

-El petróleo quedó para los iraquíes.

-Es la única excepción, porque era demasiado burdo hacerlo de otra manera. Pero dele un tiempo y ya estará en manos norteamericanas. El próximo paso, que ya fue anunciado y que ahora falta llevar a efecto, es un acuerdo (aunque acuerdo es una palabra algo extraña para un tratado tan unilateral) por el cual el único gobierno que Estados Unidos aceptará en Irak será aquel que les permita permanecer allí con bases militares.

-¿Cómo afecta esto al resto del mundo?

-Muy directamente. Que a Estados Unidos le haya ido tan mal en Irak impide a Washington dar el siguiente paso. ¿Cuál es éste? La zona de los Andes, desde Venezuela hasta el límite con la Argentina. Este era uno de los escenarios más importantes que se estaban evaluando, con Colombia como blanco muy claro, para la intervención norteamericana armada. Ahora se dio un paso atrás con este proyecto. El fracaso en Irak lo transformó en una aventura cara y creó demasiada oposición a las intervenciones internacionales armadas, aunque de ninguna manera va a ser el fin de ellas.

-¿Por qué?

-Es muy simple. Hay que recordar que los Estados Unidos ya no son más la principal potencia económica del mundo. Hay tres bloques que están más o menos a la par. Uno está formado por todos los países de América del Norte, otro es Europa y otro es el nordeste asiático, que, claro, es el más dinámico y el que pronto podría convertirse en el centro económico del mundo. Estados Unidos hoy sólo domina en una dimensión, la del poderío militar. El gobierno norteamericano actúa sólo para el beneficio de la gente extremadamente rica. El ejemplo más claro es cómo se está acabando con todos los logros progresistas del último siglo para dejar contentos a los ricos. Por ejemplo, se eliminan los impuestos progresistas y se recortan fondos destinados a la educación, salud y seguridad social para la gente más pobre.

-Este es un año electoral en los Estados Unidos. ¿Cree que puede haber cambios?

-Me parece muy poco probable, y la razón es que en los Estados Unidos las elecciones, básicamente, se compran. Es todo un show para el público, pero de cultura democrática prácticamente no queda nada. Los candidatos que verdaderamente representan a la gente común ni podrían soñar con competir. Nunca podría pasar lo que ocurrió en Brasil, donde ganó un candidato populista a pesar de la oposición del capital concentrado y los medios de comunicación. Para que se dé una idea de lo controladas que están la política interna y la opinión pública por las grandes corporaciones, piense en cuál fue el logro legislativo de las últimas semanas: las leyes del servicio de asistencia Medicare, que dicen proveer de medicamentos a los ancianos. Ahora, si uno mira con detenimiento la nueva legislación, se da cuenta al instante de que la gente común no sólo no obtendrá prácticamente nada de ella, sino que el sistema es muy caro. ¿Los únicos beneficiados? Las corporaciones farmacéuticas. Ejemplos así se multiplican. Elecciones en esas condiciones son prácticamente sin sentido. Hasta que eso no cambie, no serán más que una broma.

-Después del 11 de septiembre usted comparó la acción de Ben Laden con la de los Estados Unidos en el resto del mundo. Muchos interpretaron que sugería que su país "se la estaba buscando". ¿Fue así?

-Por supuesto que no, es increíble que se haya interpretado así. Lo único que dije fue: esto es una atrocidad espantosa. Pero, desafortunadamente, el número de muertos no es inusual. Lo único inusual es la dirección hacia la que apuntaron las armas. Si algo es un crimen cuando es cometido contra nosotros, también lo es cuando nosotros lo cometemos.

-En una reciente entrevista en The New York Times le preguntaron si no consideraba irse a vivir a otra parte y usted respondió que Estados Unidos era "el mejor país del mundo". ¿Verdaderamente lo siente así?

-La entrevista que usted menciona también es muy interesante, porque dice mucho sobre el periodismo norteamericano. Esa entrevista no tuvo lugar. El periodista me hizo una serie de preguntas completamente idiotas. Me tomé el trabajo de explicar en detalle, durante una hora y media, por qué no iba a contestar cada una de ellas. Lo que luego hizo el editor fue extraer una oración de cada una de mis explicaciones y ponerla como respuesta. Como les dije que no contestaría esas preguntas (por ejemplo querían que, como lingüista, ¡explicara por qué hay tantas palabras para decir genitales en inglés!) inventaron una entrevista.

-Pero, a riesgo de también quedar frente a usted como alguien que hace preguntas tontas, verdaderamente me gustaría saber si alguna vez consideró vivir fuera de los Estados Unidos.

-No, ¿por qué habría de hacerlo? Es mi país. Si viviese en otro país también consideraría que es mi deber criticar las cosas que en él no me gustan. Los Estados Unidos son su gente, su cultura, no sólo su política exterior. Tenemos cosas muy admirables, mejores que en el resto del mundo, derechos y garantías constitucionales que fueron el fruto de muchos años de trabajo y de lucha. No lo olvido. Yo no podría vivir bajo una dictadura.

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"Con el tiempo descubrí que las historias personales sí importan"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 08-02-2004 00:00:00

ARIEL DORFMAN, ESCRITOR

Ante la fiebre consumista que es marca de época, hay que defender cosas esenciales como recuperar la pequeña historia de personas y lugares. Es una forma de luchar contra el dolor que dejan los exilios y las migraciones.

Mabel Thwaites Rey
mthwaites@clarin.com

Su último libro, "Memorias del desierto", puede leerse como una vuelta a los orígenes: de la familia, del amigo desaparecido, de la historia de Chile, del universo mismo. ¿Qué sentido tuvo para usted ese viaje?

—Hay dos ejes en el libro. El primero es bastante personal. Hace un tiempo me encuentro con un viejo amigo, que es un gran antropólogo chileno, y me doy cuenta de que cuando nos conocimos, hace cuarenta años, yo no sabía nada de él, sólo que teníamos un proyecto social y político común. Tampoco de mi amigo Freddy Taberna, que luego desapareció. Entonces no teníamos interés en averiguar de dónde veníamos, quienes éramos. Con el tiempo descubrí que las historias personales sí importan y me interesó rastrearlas.

# ¿Y el otro eje?

—Junto con ese interés personal hay una especie de angustia por vivir en un tiempo, el de la modernidad y también el de la supuesta posmodernidad, de una constante destrucción de la historia, incluso la más reciente. Tal como uno va y ve que la casa de su infancia ya no está y hay un rascacielos, la modernidad es eso, la destrucción del pasado.

# Sería una suerte de amnesia colectiva...

—Yo lo entiendo como una amnesia que tiene que ver con la sociedad de consumo. El desenfreno del neoliberalismo es convertirnos en personas que consumen día a día para olvidar aquello que teníamos el día anterior. De alguna manera te vuelves como un amnésico del consumo. Es decir, siempre hay algo nuevo que quieres adquirir.

# Como si el olvido fuera una forma de recuperar un deseo siempre en tiempo presente.

—Yo diría más bien que el olvido es parte necesaria de una sociedad que está siempre adscripta a lo novedoso y a lo juvenil. Una especie de intento por encontrar lo inmortal, que es vano e ilusorio. Estamos en un momento, el de la globalización, en que parece que todo se iguala y resulta idéntico. Pero no es cierto.

# ¿Es de ahí de donde nace la necesidad de buscar el origen?

—Exacto. Recorrer el desierto chileno, donde la explotación del salitre sirvió para fertilizar los campos europeos, es remontarse al lugar donde nació la modernidad de Chile y también de Europa y Estados Unidos. Pero lo más impactante es ver cómo ese salitre, esa riqueza arrancada de un lugar inhóspito, en vez de quedar entre la gente que la produjo, se va. Se crearon pueblos enteros, actividad comercial y cultural intensa que, cuando la explotación acabó, en los 20, se extinguieron. Lo que no es raro, porque eso siempre se da en la historia.

# ¿Y qué pasa con la gente que gestó esas riquezas?

—Bueno, cuando se crea el salitre sintético, en la Primera Guerra Mundial, los capitales se van, pero la gente queda. Entonces, a mí me interesó ver esos pueblos fantasma del norte de Chile, porque la gente que quedó no es fantasma, es de carne y hueso, sufrió, vivió y está recordando.

# ¿Qué sentido político, humano, personal, cree que tiene mirar cómo comenzó la historia?

—Creo que si uno no sabe aquello que ocurrió en el pasado, no sólo está condenado a repetirlo, sino a sufrirlo bajo una máscara diferente, la próxima vez. Es decir, yo tenía la sensación de que explorando esos pueblos fantasma, de alguna manera estaba buscando una metáfora, una imagen que sirviera como un prisma para mirar la realidad actual de América latina. Porque lo que había ocurrido es que los pueblos no controlaron esa riqueza y se la llevaron otras manos. La cuestión es cómo evitar que el fenómeno se repita, como ocurre con la deuda argentina: los que la contrajeron no son los mismos que la pagan.

# ¿Se puede conjurar ese pasado, para no repetir la historia de pueblos fantasmas o de sociedades saqueadas?

—No soy profeta ni tengo la solución. Pero se comienza por aprender del pasado. Por eso el título de una conferencia que di en el Instituto Argentino de Desarrollo Económico fue "Por qué los economistas tienen que escuchar a los muertos". Hay que rescatar la dignidad propia. En el momento en el cual te quitan esa dignidad, tú no tienes ninguna posibilidad de volver a tomar control de tu propia riqueza, de tu propia historia. En el instante en que te sometes a la mirada ajena, pasas a ser una especie de reflejo, un fantasma. Eso no significa que yo, que vivo entre dos países (Chile y EE.UU.), esté en contra de lo extranjero. Al contrario, creo que lo que hace falta es un diálogo permanente.

# ¿Es posible el diálogo entre disparidades tan notorias?

—Todos estamos influidos constantemente por un diálogo entre lo que viene de afuera y lo de adentro. Es un ida y vuelta incesante. En el caso nuestro, necesitamos crear medios para fortalecernos. La integración latinoamericana es muy importante. Ya no hay soluciones país por país.

# En su recordado libro "Para leer al Pato Donald" usted planteaba una fuerte crítica a la dominación cultural norteamericana. ¿Cómo lo ve ahora?

—Con Armand Mattelart no pusimos suficiente énfasis en la idea de que la cultura propia es una constante apropiación de aquello dominante. Es decir, lo dominante no es algo que te llega, te lo ponen en un vaso vacío y tú te lo tragas entero. No es así, sino que tú lo tragas, lo mascas, lo escupes, lo regurgitas. Es decir, utilizas todo eso y sale un producto diferente del que te han metido. Los pueblos tienen esa capacidad y lo están haciendo todo el tiempo. Y además, los dominantes también están constantemente devorándose lo nuestro. No es una calle de un único sentido.

# Otro eje recurrente de su obra, y de su vida misma, es el exilio, que podría leerse, también, como metáfora de la modernidad.

—Hay dos mitos centrales de los seres humanos. Uno es el del paraíso, en el cual tú quieres quedarte. Es el mito del hogar, el vientre, el reposo, el refugio, la tumba. Son los lugares de protección. Y luego está el movimiento hacia afuera, la propulsión, yo diría redentora, de irnos, de ser exploradores. Pero también se huye del dolor. La globalización crea millones de refugiados económicos, que sufren mucho.

# Sin embargo, la gente emigra.

—Porque el bichito de moverse es tan fuerte como el bichito de quedarse. Y yo diría que eso es crucial y paradigmático de lo humano. El asunto es encontrar en la vida, como en la historia, el equilibrio perfecto entre la persona, el yo inviolable, y el afuera. A la vez, reconozco que si uno, y como cultura también, no acepta lo de afuera y no crece con lo de afuera, está condenado a morir.

# Pero de emigrar como metáfora de cambio a la emigración como exclusión, como exilio político o económico, hay un trecho.

—Hay muchas razones por las cuales la gente se va. Uno quisiera un mundo donde el irse sea por el deseo de explorar lo nuevo, y no por la necesidad de huir de lo viejo. No es imposible eso. Es posible terminar con las sociedades donde la gente huye porque tiene hambre, o porque no quiere que la torturen. Tenemos todos los medios para hacerlo.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/02/08/z-03715.htm

Copyright Clarín, 2004.

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Kvaternik: "En la Argentina llamamos éxito al fracaso"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 07-02-2004 02:58:07

El politicólogo analiza la gestión Kirchner

"Creo que Kirchner se parece mucho más a Arturo Illia que a Arturo Frondizi", afirma el politicólogo Eugenio Kvaternik, para quien el actual gobierno nacional "es una extraña mezcla de ex menemistas y ex montoneros".

Kvaternik tiene 61 años y nació en Croacia. Desde muy pequeño, se trasladó a la Argentina junto a su familia de exiliados políticos. Descendiente de militares y de funcionarios públicos, su fantasía de joven era imitarlos. Como no podía ser ninguna de las dos cosas por ser extranjero, optó por la cultura: estudió Ciencia Política en la Universidad del Salvador -donde fue compañero de Dante Caputo y de Julio Bárbaro- y realizó posgrados en las universidades de Lovaina (Bélgica) y Johns Hopkins. Desde entonces alternó la docencia universitaria con la investigación y con frecuentes viajes a Europa; en uno de ellos conoció a su actual esposa, de nacionalidad alemana.

Se define como un socialcristiano liberal, aunque no milita políticamente. En la actualidad es docente investigador en la UBA y en la Universidad del Salvador, y hasta 2000 fue investigador del Conicet y presidente de la Sociedad Argentina de Análisis Político. Habla seis idiomas y, entre otras obras, ha publicado los libros "Crisis sin salvataje: la crisis político-militar de 1962/63" y "El péndulo cívico-militar: la caída de Illia".

-¿Cómo evalúa la marcha de la democracia argentina?

-Según cómo la veamos, podemos hablar de una botella medio llena o medio vacía. Yo considero que la caída del gobierno de Fernando de la Rúa constituyó un semigolpe de Estado, que reitera la historia argentina de los últimos treinta años, en los que un golpe coincide con una gran devaluación, con la diferencia de que en esta ocasión no estuvieron involucrados los militares. Sí hubo una alianza entre grupos económicos que buscaban la licuación de sus deudas y la corporación política.

-¿Es éste un proceso que caracteriza a buena parte de América latina?

-Efectivamente. La caída de Bucaram en Ecuador y la de Sánchez de Lozada en Bolivia, junto al débil apoyo que tienen sus sucesores, Gutiérrez y Meza, la precariedad de Toledo en Perú y la institucionalización de la crisis en Venezuela nos dicen que estamos ante algo que podemos denominar neoinestabilidad. Estamos, entonces, frente a democracias by default, es decir, experiencias en las que la democracia funciona a los tumbos, sin ser interrumpida. No sabemos exactamente cuánto de esto se debe en parte a su legitimidad intrínseca y cuánto a la ilegitimidad de cualquier solución de facto.

-¿En qué consistiría la visión de la botella medio llena?

-En que, al cabo, muchas democracias que con el tiempo se han consolidado, como Italia en los años 60, no han escapado a problemas análogos. Italia resistió intentos de grupos militares o de inteligencia basados en la llamada estrategia de la tensión, consistente en polarizar más a la sociedad italiana en contra de la izquierda. En términos de Tocqueville, podemos decir que tenemos democracias imbuidas de espíritu revolucionario, es decir, de esa mezcla de violencia, ilegalidad y desprecio por los derechos que caracterizaba a la democracia francesa luego de la Revolución y que él contrastaba con el reino tranquilo de la mayoría, de la democracia americana. Siguiendo ese argumento, únicamente en Chile, y quizás en Brasil, tenemos un imperio tranquilo de la mayoría, en tanto que en el resto de nuestras democracias todavía impera el espíritu revolucionario. Este espíritu no es del todo inexplicable, por la fuerte desigualdad y la exclusión social.

-¿Sería ésta la renguera de la democracia de la que habló Raúl Alfonsín?

-Algo que caracteriza a la democracia es esa tendencia a la igualdad que Tocqueville percibió en su viaje a los Estados Unidos. A diferencia del caso chileno, donde a mi entender hallamos una democracia más igualitaria y con un mayor grado de inclusión social, encontramos en América latina esas democracias rengas, caracterizadas por una gran desigualdad.

-Algunos autores han coincidido en que, en la Argentina, el populismo fue un gran obstáculo para el proyecto liberal. Pero para otros la historia reciente de los años 90 parece indicar que populismo y liberalismo se fundieron en un proyecto político y económico.

-Estoy de acuerdo con la segunda observación. Pero no se trata sólo de un fenómeno de la Argentina. Una comparación entre el peronismo y el Partido Revolucionario Institucional de México (PRI) resultaría válida en ese sentido. Muchos análisis actuales indican que Kirchner representa el regreso al verdadero peronismo, un peronismo de centroizquierda, que, pervertido por el neoliberalismo de Menem, resucita como Lázaro de la mano de Duhalde y del actual Presidente. No me parece una interpretación correcta. El propio Perón, en su segundo período, reorientó su política económica a través de una apertura al capital extranjero. Este debate acerca de si Menem pervierte al peronismo y Kirchner lo hace volver a sus fuentes es un seudodebate que no hace más que confirmar que, al igual que el PRI mexicano, el peronismo es una esfinge cuyos dichos, de significados ambiguos, adquieren claridad por obra y gracia del intérprete de turno, sea Menem o Kirchner. Para usar un eslogan del PRI, el peronismo no es de izquierda ni de derecha, sino todo lo contrario.

-¿En qué se diferencian el peronismo y el PRI, entonces?

-Se diferencian en torno del problema de la sucesión. Es sabido que el partido mexicano logró resolver los conflictos sucesorios impidiendo la reelección presidencial. No así el peronismo, como se vio recientemente con los intentos reeleccionistas de Menem. El peronismo, si me permite la boutade, es un PRI imperfecto. Curiosamente, y sin que esto signifique aprobar el procedimiento, la ley de neolemas inventada por Duhalde fue una suerte de sucedáneo a falta de algo mejor para regular e institucionalizar el conflicto sucesorio.

-Es decir que trasladó al Estado los conflictos partidarios y usó como ley nacional un procedimiento para resolver disputas internas.

-Tiene razón. Pero podemos poner el argumento al revés. En un país con un partido que abarca a más del 60 por ciento del electorado, las cuestiones partidarias son casi inevitablemente cuestiones de Estado, a pesar de que esto no nos guste ni a usted ni a mí.

-¿Cómo ubica el proyecto de Kirchner?

-En esta misma serie de entrevistas, algunos intelectuales con mayores pergaminos que yo han comparado el proyecto de Kirchner con la experiencia desarrollista de Frondizi. Yo discrepo. No veo similitud alguna entre la experiencia desarrollista, basada en la inversión extranjera y en la recuperación del crédito interno, y la gestión actual, que transita por caminos opuestos. Si este gobierno se parece a algún otro es al de Arturo Illia, que anuló los contratos petroleros firmados por Frondizi y que salió de la recesión de 1962 aplicando una política basada en la recuperación de la capacidad ociosa instalada. No es por casualidad que Kirchner recibe el apoyo del partido radical y de su numen, Alfonsín, más afín a Illia que a Frondizi. La experiencia de Kirchner, a diferencia de aquel gobierno radical, cuenta con una coyuntura internacional favorable. Mal que les pese a los progresistas con nostalgias desarrollistas tardías, lo más parecido a la política de Frondizi fue el gobierno de Menem.

-Su comparación entre Kirchner e Illia, ¿puede, acaso, hacernos pensar que Kirchner terminará igual que Illia en 1966?

-A lo mejor el presidente Kirchner tiene alguna baraja que desconozco. En algún momento la Argentina tendrá que decidir cómo se reintegra en el mundo. Si no se reintegra y no soluciona problemas como el de la deuda y el de las tarifas, en algún momento se pagarán los costos. Cuando se acabe la capacidad ociosa instalada y empiece la necesidad de nuevas inversiones, ¿cómo se resolverán los problemas?

-Illia fue víctima de las presiones de corporaciones. ¿Usted cree que se puede repetir un escenario parecido?

-Las corporaciones no son las mismas. Pero recordemos que no hace mucho la alianza de sectores empresariales que querían licuar sus deudas con grupos políticos determinaron la caída de De la Rúa. No nos olvidemos de que el peronismo tiró a dos presidentes, uno radical y otro peronista (Héctor Cámpora). ¿Qué certeza hay de que no vaya a tirar a un tercero? No obstante, no quiero exagerar, por eso hago referencia a la botella medio vacía y medio llena.

-No pocos analistas califican al gobierno de Kirchner como izquierdista. ¿Comparte esa calificación?

-Creo que tiene una retórica izquierdista, pero no creo que tenga una ideología izquierdista, más allá del pasado de izquierda de muchos de los miembros del kirchnerismo. Kirchner no tiene un partido de izquierda detrás. Los mismos políticos que estaban con Menem están con Kirchner. Esta es una extraña mezcla de ex montoneros con ex menemistas.

-¿Podría precisar esa definición?

-El secretario de Derechos Humanos (Eduardo Luis Duhalde) ha sido un importante inspirador de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), una agrupación terrorista. El Presidente tiene a Horacio Verbitsky y a Miguel Bonasso como asesores... Incluso la política de derechos humanos de este Gobierno, con la anulación de las llamadas leyes de impunidad, apunta a todo lo hecho durante el malhadado proceso militar, pero nadie dice nada de los novecientos desaparecidos durante el gobierno de Isabel Perón. ¡Como si esos novecientos desaparecidos no fuesen desaparecidos y como si no hubieran existido órdenes con la firma de la presidenta y de los ministros! Evidentemente, se busca un chivo emisario.

-Pero, ¿esto tiene que ver más con la retórica, como usted dice, o con una ideología?

-Esto tiene que ver con una estrategia política para reconciliar a los peronistas. Es una versión incruenta de los 70 en el plano simbólico y popular: la alianza del movimiento popular con los sectores progresistas. Si se quiere, el kirchnerismo es una versión incruenta del camporismo, que recoge también las banderas alfonsinistas. Como usted recordará, en el "Bolero" de Ravel distintos instrumentos tocan por separado la misma melodía y, en el final, convergen todos. La biotecnología progresista nos ha regalado, como en el "Bolero" de Ravel, la melodía del tercer movimiento histórico con distintos instrumentos: el camporista, el alfonsinista y el kirchnerista. Lo curioso es que este modelo parte de un piso que es la transferencia de ingresos más grande que se ha hecho en la historia económica nacional en favor de los grupos corporativos y de la clase política. Y, salvo contadas excepciones, los intelectuales progresistas, marxistas y populistas de todo cuño y pelaje, que han hecho de la crítica a las transferencias de ingresos del pasado una de las verdades canónicas del discurso políticamente correcto, se han llamado a silencio frente a las actuales.

-Kirchner ha descalificado la década del 90. ¿Se puede romper fácilmente con todas las implicaciones, culturales incluso, de ese modelo?

-El intento de Menem fue, como el de Frondizi, una modernización fallida. A Frondizi también se lo demonizó por los contratos petroleros, por la supuesta corrupción, por las connotaciones que tenía el frigerismo... En el caso de Menem, los hechos demuestran que ha habido casos flagrantes de corrupción, pero en algunos aspectos el país se modernizó; basta recordar cómo estábamos antes de los 90. A fin de año van a transcurrir cinco años desde el alejamiento de Menem del poder. Me pregunto si cinco años después vamos a seguir demonizándolo.

-Para usted, ¿descalificar esa década es tomar a la ciudadanía por tonta?

-Sí, es tomarla por tonta. No fue un modelo impuesto: fue ratificado por el voto.

-¿Y cómo explica el elevadísimo nivel de imagen positiva de Kirchner en la opinión pública?

-Por sus características personales. Kirchner es una persona trabajadora a quien la gente ve imbuida de su cargo y su responsabilidad. Está en una fase ascendente del ciclo económico, después de la recesión y de la devaluación.

-¿Cómo percibe la tendencia de algunos funcionarios del actual gobierno a polemizar con altos funcionarios de otros países, como Roger Noriega y Jorge Batlle?

-Creo que es parte de una política exterior totalmente errática. Me sorprende que nuestro embajador en Cuba diga que no le consta que se violan los derechos humanos en ese país. Eso implica reconocer que tampoco le consta que se respeten. Volvemos a los 60, a la famosa polémica entre marxistas y liberales. Estos últimos decían que en la Unión Soviética no se respetaban las libertades y los marxistas les contestaban que no se respetaban las libertades formales, pero sí las libertades reales.

-¿Qué hay detrás de esta condescendencia del Gobierno con el régimen cubano?

-El oportunismo es un rasgo no sólo del Gobierno, sino de la sociedad argentina. Hay encuestas en las que se ve que la mayoría de la población se manifiesta en contra de condenar al gobierno de Cuba en la OEA. Esto ya lo instaló Alfonsín, la idea de que uno puede ser democrático y marxista a la vez, moderado y extremista al mismo tiempo, cuando agregó a los símbolos históricos del partido radical, Alem e Yrigoyen, a Fidel Castro, al Che Guevara y al sandinismo. Nadie puede decir que Alfonsín no es democrático, pero fue él quien nos impuso este paradigma.

-Una encuesta de Gallup International menciona al pueblo argentino entre los diez más optimistas del mundo. ¿Cómo explica este fenómeno?

-Es parte de la habilidad comunicacional del Gobierno, además de la reactivación económica después de cuatro años de recesión y de la crisis devaluatoria. Sólo frente a eso se entiende que haya tanto optimismo, porque en términos históricos estamos viviendo un fracaso. Estamos en la Argentina, donde llamamos éxito al fracaso. Para decirlo como los franceses, en nuestro país no hay nada que tenga tanto éxito como el fracaso. Fíjese qué curioso: hemos cumplido veinte años de vida democrática y la memoria colectiva registra y celebra un golpe de Estado vergonzante, como fue la caída de De la Rúa, mientras que pasa inadvertido el 10 de diciembre de 1983, aniversario del retorno a la Constitución.

-¿Cómo evalúa el escenario latinoamericano?

-Preferiría concentrarme en Chile y Brasil, que son los países que se han deslatinoamericanizado. Chile, en un tiempo, tenía la tercera parte del PBI argentino y ahora tiene las dos terceras partes; es un país que ha logrado, a partir del hoy denostado paradigma neoliberal, tasas altas de crecimiento, con baja inflación y un importante nivel de inclusión social, con una tasa de desocupación de un dígito. Sin embargo, muy pocos hacen referencia al caso chileno, que es una experiencia neoliberal exitosa. En Chile hay una democracia de acuerdos: la centroizquierda aceptó las reformas económicas de los 80 y la derecha aceptó en la primera mitad de los 90 propuestas en materia impositiva y laboral hechas por la concertación de izquierda. Incluso en cuestiones de derechos humanos Chile ha progresado, con casos emblemáticos, como el juicio al general Contreras, jefe de la DINA, el organismo represor de Pinochet, que fue juzgado y purga su condena. Comparado con el resto de la región, Chile es lo que se decía de Venecia en la era de las turbulencias que vivían las repúblicas italianas del Renacimiento: es la Serenísima. Y gobierna una coalición de centroizquierda que, curiosamente, no provoca ningún interés entre nuestros políticos e intelectuales de centroizquierda. Es raro, pero los únicos que se interesan por Chile son Ricardo López Murphy y Patricia Bullrich.

-¿Y cómo lo ve a Lula?

-Creo que Lula es un caso parecido al chileno. Es el Lagos brasileño, porque ha logrado producir dos reformas fundamentales, la previsional y la fiscal, ha estabilizado las variables económicas y ha honrado la deuda.

-¿Qué futuro cree que tendrá el sistema argentino de partidos?

-La Argentina tuvo, en las décadas de 1920 y 1930, un sistema más europeo, con el radicalismo en el centro, el conservadurismo en la derecha y los partidos socialistas en la izquierda. El surgimiento del peronismo terminó con ese sistema. Hoy el peronismo percibe hacia dónde se inclina el elector mediano. Si éste se ha desplazado hacia la derecha, el peronismo lo tiene a Menem; si, en cambio, se desplaza hacia la izquierda, lo tiene a Kirchner. No ocurre lo mismo con el radicalismo, que, al ser un partido controlado por los militantes, enfrenta este dilema: ¿debe competir por sus votantes o debe maximizar su popularidad entre sus militantes? En ese sentido, nuestro sistema político es curioso. En cambio, Chile demuestra que no importa tanto el formato de un sistema como la existencia de un consenso en torno de las reglas. Esta es la democracia de acuerdos.

-¿Cómo ve el futuro del peronismo?

-Más allá de que la ley de neolemas es un expediente provisional, la renuncia de Duhalde a ser elegido presidente ofrece un margen para la reinstitucionalización del peronismo. Si esto ocurre y el peronismo no se divide, no sería improbable que Duhalde pasara a la historia como el Calles del peronismo. Fundador del PRI, Calles institucionalizó en México, en 1929, la no reelección y manejó al PRI entre bambalinas algunos años más. Me parece que el tema del paso al costado de Duhalde tiene una importancia que ha sido pasada por alto. En este punto, Duhalde, más allá de su historia pasada como gobernador, ha actuado con espíritu republicano. Salvando las distancias, su posición dentro del peronismo me hacer acordar al general Aramburu en el Ejército después de 1958. Al cumplir su promesa de entregar el poder, a pesar de que Frondizi no era un candidato de su agrado, Aramburu consolidó su papel como jefe político de su fuerza. En ese sentido, creo que Duhalde fue políticamente más sabio que Menem. Porque Menem quiso repetir la historia del partido de líder, donde la carrera política se define, como con Perón, en función de la adhesión a un liderazgo.

-¿Diría que, a pesar de todo, es optimista sobre los tiempos por venir?

-No me gusta hacer predicciones, pero me pregunto qué pasará si el precio de la soja vuelve a bajar dentro de un año y si no se acuerda con los acreedores. No veo un impulso autosostenido que nos permita hacer un proyecto de mediano plazo. Por otro lado, la Argentina es un país institucionalmente débil, un país donde se festeja la caída de un presidente. Volviendo a Tocqueville, hay dos elementos que juegan un papel importante en la conformación de las instituciones de la democracia: las leyes y las costumbres, los hábitos que hoy llamaríamos la cultura política. La Argentina es un país en el que las costumbres van en contra de las leyes.

Por Fernando Laborda
De la Redacción de LA NACION

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Lampreia: "Un país debe ser pragmático"

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 04-02-2004 02:56:45

La visión del ex canciller brasileño

RIO DE JANEIRO.- Luiz Felipe Lampreia es el hombre que estuvo al frente de la cancillería brasileña en el período en que Brasil dejó de ser simplemente el país del samba, del fútbol y de las favelas para convertirse en un jugador trascendente de la política internacional.

Este carioca de 62 años, con exactamente cuatro décadas ininterrumpidas en la administración pública de Brasil, fue uno de los diplomáticos que lideraron durante los últimos veinte años el pensamiento del Palacio de Itamaraty, una institución conocida por encarnar al Estado brasileño.

Canciller desde 1995 hasta 2001, seis de los ocho años del gobierno de Fernando Henrique Cardoso, durante su gestión Lampreia se mantuvo firme en el principio de no intervencionismo que guía a Itamaraty. Por eso ahora, sin medias palabras, critica la búsqueda explícita de liderazgo regional emprendida por el gobierno de Luiz Inacio Lula da Silva.

"No creo que la sociedad brasileña esté dispuesta a pagar los costos (del liderazgo): abrir generosamente nuestro mercado, extender créditos solidarios a los vecinos para que se desarrollen y eventualmente prestar apoyo político y militar", expresa, pragmático.

Sociólogo antes de convertirse en diplomático de carrera, participó en misiones en una decena de países, entre ellos como embajador en Surinam, Portugal y Ginebra. Actualmente preside el Centro de Estudios Brasileños de Relaciones Internacionales y el Consejo de Relaciones Internacionales de la Federación de Industrias de Río de Janeiro y es miembro del Consejo Consultivo del International Council on Foreign Relations (Nueva York), del Inter-American Dialogue (Washington) y del Consejo Consultivo de la Oxford Analytica.

En esta entrevista, Lampreia analizó el papel de Brasil en América latina, la formación del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA), el tema más trascendente para la geopolítica regional de esta década, y las relaciones con los demás países de la región, incluso la Argentina. Sobre el acuerdo de negociar un ALCA "flexible", propuesto por Brasil a los Estados Unidos y aceptado luego por el resto de los países, Lampreia teme que los resultados sean los mismos que dejó la integración de México con los Estados Unidos (Nafta). Dice que ésta no provocó un efecto notable en la reducción de la pobreza y que benefició a las grandes empresas en desmedro de las menores. "Pero hay que ser pragmático y negociar", admite.

Sobre las relaciones con la Argentina, considera que puede haber llegado a su fin la era de las desconfianzas mutuas, gracias a que "ya no son dichas aquellas frases sobre las relaciones carnales con los Estados Unidos". Ahora, dice, "tenemos básicamente la misma posición con relación a los Estados Unidos: no somos subordinados, no aceptamos automáticamente todo lo que los Estados Unidos dicen, pero mantenemos con ellos la mejor relación que sea posible". Un Itamaraty clásico.

-¿Por qué durante su gestión casi en todo momento se evitó cualquier afirmación de liderazgo regional, a diferencia de la actitud tomada por el gobierno de Lula?

-Por dos razones. Primero, porque Brasil no debe proclamar su liderazgo. No es bueno para Brasil, no es bueno para los vecinos y no es bueno para la relación con nuestros países más próximos que nosotros lo estemos proclamando. Es obvio que Brasil es enorme, su economía también, la población es numerosa y el país tiene un peso internacional. Eso no es necesario que sea proclamado. Ahora, el liderazgo, encarado de una forma positiva, implica también una serie de compromisos y obligaciones que Brasil apenas parcialmente, como sociedad y como nación, está dispuesto a asumir. No creo que la sociedad brasileña esté dispuesta a pagar los costos de abrir generosamente nuestro mercado, extender créditos solidarios a los vecinos para que se desarrollen y, eventualmente, prestar apoyo político y militar. Porque existe una razón muy buena: el pueblo brasileño está mucho más preocupado por su propia injusticia social, su pobreza y las carencias internas, incluso con las dificultades que Brasil tiene con la estabilidad de su economía. Para ejercer un liderazgo pleno es necesario tener fuerzas armadas poderosas y respaldar financieramente ese liderazgo. Por eso, durante el gobierno de Cardoso nunca nos interesó hablar de liderazgo.

-¿Considera que está habiendo una ruptura en la tradición de Itamaraty de no intervenir en asuntos externos?

-No, no necesariamente. Creo que todo gobierno tiene en su inicio una cierta dosis de voluntarismo, de querer hacer, pero en el largo plazo pesan más los factores permanentes. Y esos factores están condicionados por lo que estaba diciendo sobre el costo de asumir un liderazgo.

-En el comienzo del gobierno de Lula se evidenció, y algunos funcionarios lo confesaban en privado, el interés de que los Estados Unidos financien el desarrollo de América latina como Alemania hizo con Portugal y España en la Unión Europea. Brasil parecía decirles a los Estados Unidos: les damos el ALCA, pero queremos ayuda a cambio. ¿Qué le parecía esta idea?

-Era muy buena. Infelizmente, no creo que los Estados Unidos puedan tenerla en cuenta. Para ellos, ése es un tema sin discusión, porque no consideran que exista aquí, en América, un proyecto semejante al de Europa. El ALCA es apenas un proyecto de integración comercial, de uniformización de reglas. Pero no un proyecto profundo que pretenda establecer una unión real. Los Estados Unidos tienen un proyecto diferente y no están dispuestos a dar ayuda estructural como los países europeos ricos les dieron a los menos ricos.

-El actual gobierno llegó con un discurso más integracionista con la Argentina, que pretendía ponerle fin a una etapa de roces que existió durante el final del gobierno de Carlos Menem. ¿Qué es lo que cambió?

-La integración con la Argentina es un objetivo nacional permanente de Brasil. Eso no está en discusión. Lo que hubo en el final del gobierno de Menem fueron algunas tensiones de naturaleza comercial. Los Estados Unidos las tienen con Japón, y Europa las tiene con los Estados Unidos, y es natural, porque hay intereses en conflicto. Pero eso nunca puso en duda la prioridad de nuestra relación con la Argentina. Creo que el gobierno de Lula mantiene y, de cierto modo, lleva aún más lejos ese objetivo permanente.

-¿Terminó la era de los distanciamientos, de las desconfianzas mutuas?

-Creo que sí. Y creo que eso es porque ahora hay una diferencia clara de orientación del gobierno argentino. El ministro de Relaciones Exteriores, Rafael Bielsa, y el propio presidente Néstor Kirchner no han dicho aquellas frases que fueron dichas en el pasado, sobre relaciones carnales con los Estados Unidos y cosas parecidas. Ahora tenemos, básicamente, la misma posición con relación a los Estados Unidos: no somos subordinados, no aceptamos automáticamente todo lo que los Estados Unidos dicen, pero mantenemos con ellos la mejor relación posible.

-La diplomacia de la última etapa del gobierno de Cardoso llegó a asumir una posición más dura y a afirmar que la posibilidad de no negociar el ALCA no estaba descartada. Paradójicamente, es el gobierno de Lula el que está abriendo camino al ALCA. ¿Qué piensa del acuerdo del ALCA flexible?

-Creo que el acuerdo del ALCA flexible es un formato excelente. Es muy bueno que pueda existir la posibilidad de negociar por países. Sobre todo para un país como Brasil, que tiene intereses múltiples y aspectos económicos complejos. Igual, hasta ahora lo único que se hizo fue adoptar un determinado formato y aceptar que durante los próximos doce meses va a haber una negociación intensa sobre contenidos. Pero nadie aceptó el ALCA, porque nadie sabe cuál es su contenido.

-Usted acaba de volver de México. ¿Cree que los resultados que México obtuvo después de años de integración con los Estados Unidos a partir del Nafta son un anticipo de lo que puede ocurrir en el ALCA?

-Es indiscutible que el comercio de México aumentó tres veces y que eso generó muchos millones de empleos. Ahora, evidentemente, y eso lo ve cualquiera que visite México, no se resolvió el problema de la pobreza del país. Y en la zona sur, debajo del Distrito Federal, continúa habiendo una economía muy rural, paralizada, donde los beneficios que el Nafta pueda haber tenido no son visibles. De forma que hubo efectos diferentes entre el norte y el sur del país, así como entre la gran empresa y las pequeñas empresas.

-¿Y no temen que termine ocurriendo lo mismo en Brasil, que tiene una economía similar a la mexicana?

-Sí, es un temor. La negociación es muy delicada y compleja, porque hay diversos sectores de la industria brasileña que son vulnerables frente a los productos norteamericanos, porque pagan intereses muy altos, impuestos muy altos, porque tienen que sufrir una infraestructura deficiente y porque tienen una escala de producción inferior. Varios de esos sectores pueden ser muy afectados por el ALCA, incluso los competitivos. Pero un país como Brasil, que depende de las exportaciones para generar crecimiento económico, tiene que ser pragmático. No puede no ser pragmático. Los Estados Unidos venden la idea de que el ALCA es lo mejor que hay para Brasil y para América latina. Y no creo que sea verdad. Lo mejor para Brasil es la Organización Mundial de Comercio, que es el foro donde hay más equilibrio de fuerzas. El ALCA puede ser bueno, pero no es el paraíso.

-La manifestación de apoyo a candidatos de otros países, como realizó el gobierno de Kirchner, ¿es perjudicial o no para la geopolítica de la región?

-No quiero referirme específicamente a las decisiones que pueda tomar el gobierno de la Argentina. Pero desde el punto de vista brasileño, tomar partido, ser parcial en elecciones de otros países, es equivocado. Doctrinariamente es un equívoco, porque es una forma de intervención. En Europa eso se hace mucho: los laboristas apoyan a los laboristas, la derecha a la derecha, etcétera. Brasil, con sus características, no puede hacer eso, y en cierta forma le ha dado resultados. Sin contar la participación en la Segunda Guerra Mundial, Brasil no tiene ningún conflicto desde 1870, año de la Guerra de la Triple Alianza.

-¿Qué opina del modelo chileno de gestión diplomática?

-Chile es un país admirable, que consiguió en los últimos veinte años, con gobiernos diferentes, incluso con una dictadura detestable, obtener un crecimiento económico sostenido. Logró eliminar la miseria, combatió la ignorancia y, por lo tanto, consiguió mejorar el nivel de vida. Ojalá que todos nosotros podamos repetir el modelo chileno, porque demostró ser exitoso. Chile, por otro lado, ha preferido relacionarse más profundamente con Europa y con los Estados Unidos que con el Mercosur. Cuando Eduardo Frei era presidente llegamos a un acuerdo muy importante, del cual fui el negociador, pero después Chile hizo una opción por un acuerdo directo con los Estados Unidos y por otro con la Unión Europea. Chile no puede ser criticado por eso, pero nosotros sí lamentamos que incluso por causa de las crisis que tuvimos en el Mercosur a partir de 1998 Chile se haya alejado un poco de nosotros. Es una pena que eso haya ocurrido.

-¿El 11 de septiembre de 2001 marcó un antes y un después en la geopolítica mundial?

-Yo creo que agudizó ciertas cuestiones, pero no cambió el rumbo del mundo, porque los Estados Unidos ya estaban en una posición más agresiva. Lo que cambió fue que la sociedad norteamericana se volvió más capaz de aceptar que sus soldados murieran, que combatieran en otras partes del mundo. Pero no creo que el 11 de septiembre haya sido un punto cero. El gobierno de Bush, sin duda, lleva la política externa norteamericana a una contundencia mayor que el gobierno de Clinton.

-Se volvió casi un lugar común decir que éste es el siglo de China. ¿Cree usted que éste será el siglo en que se consolidarán los dos polos de poder, los Estados Unidos y China, como grandes y únicas superpotencias?

-China es el único país que tiene condiciones y ganas políticas de volverse una superpotencia. Pero aún es en muchos aspectos un país en desarrollo con un lado muy moderno. Pero con muchos aspectos todavía atrasados. Necesita más progreso económico para uniformizar el status económico de su población. Por eso el Partido Comunista Chino está tomando la actitud de permitir el ingreso paulatino del capitalismo. Pero no creo que actualmente China quiera tener una actitud desafiante con los Estados Unidos, sino cooperativa. Tampoco los Estados Unidos tienen, como tenían, la actitud de querer contener a China. El espíritu es más de cooperación mutua. Dentro de unos cincuenta años creo que China tendrá condiciones para asumir y desafiar el poder americano, con todos los riesgos que implicará eso.

-¿Cuál es la ideología, como conjunto de ideas, que guía a Itamaraty hoy?

-Itamaraty es una institución del Estado brasileño. Es el Estado brasileño. No creo que Itamaraty tenga una ideología particular. En Itamaraty hay de todo, de extrema izquierda a extrema derecha. Lo que hay en común es la adhesión a algunas ideas básicas: la no intervención, el respeto a la autodeterminación de los pueblos y el desarrollo económico como objetivo número uno de nuestra política exterior.

Por Luis Esnal
Corresponsal en Brasil

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"Todo conocimiento debe ser hoy de uso público"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 01-02-2004 00:00:00

MARCELO CARROLL, ESPECIALISTA EN BIOETICA

Cualquier saber científico que pueda afectar de algún modo al ciudadano tiene que ser objeto de control democrático. Para ello la gente debe contar con información adecuada y accesible sobre avances de la ciencia y la salud.

Claudio Martyniuk
cmartyniuk@clarin.com

Desde el Génesis ha habido intentos por controlar la producción de conocimiento. ¿Han sido efectivas estas restricciones?

—Yo estoy en contra de prohibir cualquier conocimiento. El conocimiento —sea productivo, artístico o industrial— debe conciliarse con la sociedad, porque es parte de la sociedad y se debe a ella. Para esto, se debe informar sobre todos sus rasgos y acerca de su incidencia sobre el individuo. Entonces, que quede claro que no debe ser prohibido, pero que debe ser de uso público: el ciudadano debe estar suficientemente informado sobre los derroteros de la ciencia para armar su opinión.

# ¿Puede hacerse esto con ciencias cada vez más complejas?
—Por ejemplo, recientemente la bioética demostró que se puede, sacando al científico de lo privado a lo público. No sin resistencias, pero lo cierto es que el científico está hoy en lo público, que es donde tiene que estar, con independencia de que su actividad tenga sus propios modos de funcionamiento. Así se lograron dos dimensiones de la información: una académica y otra pública, que facilita el debate, ya que el lenguaje se presenta de otra forma. Esto hace muy pocos años era impensable porque el científico se mantenía en su reducto cerrado y aislado. La bioética logró, entonces, sacar al científico de lo privado y ponerlo en lo público, y promovió un lenguaje comprensible para todo el mundo, para que lo que hoy llamamos "sociedad del conocimiento" sea de verdad así, con personas informadas y formadas con esa información.

# ¿Son eficaces las normas que establecen cómo deben hacerse los experimentos científicos?
—Sí, en general lo son. Pero yo no creo que haya que plantearse siempre la necesidad de legislar, sino establecer imprescindibles reglas del juego. Sí, cuando están en peligro los derechos de los ciudadanos, tiene que haber normas con sanciones, como las que exigen que todo ensayo clínico tenga que ser previamente evaluado por un comité de ética.

# Pero aun así no parece estar asegurada la democratización del saber.
—Todo conocimiento y desarrollo biotecnológico, del tipo que sea, que pueda afectar al ciudadano es conocimiento de carácter social, y lo social tiene que ser siempre democrático. Si la ciencia no es social, es poco. Si la ética no es social, no es nada.

# La biología contemporánea abre la posibilidad de curar enfermedades hereditarias, pero hay intereses comerciales y políticos en puja por la manera de aplicar ese saber.
—Tiene razón. Y antes de todo eso hay también otro tipo de enfermedades que son el hambre, la sed, la pobreza y la miseria. Son enfermedades de ciclos tan cortos que, como que no se satisfagan de inmediato, conducen a la muerte. O sea que lo primero que hay que hacer es tender hacia un pacto racional de civilidad que impida que haya gente que no coma y se muera por enfermedades debidas al agua contaminada, o que haya setecientos millones de analfabetos. Estas son las cuestiones que son en principio fundamentales. Es inconcebible que los niños de un país vivan hasta cien veces mejor que los de otro. Después sí, deben tratarse de regular las otras cuestiones para que el ciudadano no pierda.

# ¿No le parece un tanto problemática la idea de que todos los ciudadanos puedan entrar en contacto con la información científica especializada?
—La gente se familiariza con la terminología técnica, pero además es posible dar información compleja con un lenguaje sencillo, sin humillar al ciudadano. A mí, en el pequeño mundo que me toca gestionar, que es el de la medicina, me es fácil humillar al ciudadano. Simplemente me pongo a hablar de medicina y me comporto como un pedante que empieza a usar términos que necesariamente humillan al que escucha. Pero puedo hacerlo de otra manera. ¿Cómo voy a decirle yo a una persona qué es la recombinación genética sin explicárselo con un símil que entienda? ¿Y si yo le digo que la recombinación genética es muy fácil de entender, porque todo el mundo maneja películas, cintas y video? Yo puedo a una película de Bogart, por ejemplo "Casablanca", mezclarle un trozo de una película de "Popeye", la proyecto y va a aparecer primero Bogart y luego "Popeye" y luego "Casablanca" y luego lo que quiera: eso es la recombinación genética. Es utilizar genes de distinta procedencia, como hacer una recombinación de una cinta de video.

# Esto demanda un esfuerzo que no todos los científicos ni los docentes hacen.
—La información se puede llevar al ciudadano de manera fácil y accesible para que le permita formar opinión. Ahora, si no hacemos ese esfuerzo, el ciudadano será siempre ignorante y no tomará decisiones. Quizás es lo que quieren muchos que suceda. Pero es fácil y ha de hacerse, para empezar, en la escuela. El arma civil es la formación y la información, y el saber tomar opinión con conocimiento de causa. No hace falta ser un genio ni expresarse en términos académicos. Muchos científicos estamos acostumbrados a hacerlo así ya, sin que el conocimiento pierda rigor.

# En este ideal de sociedad democrática, ¿los ciudadanos informados tendrían capacidad de decidir también sobre temas científicos?
—Sobre todo en temas científicos. Porque éste es un siglo que se caracteriza por la incidencia de los elementos científico-técnicos en la vida de las personas. Vamos hacia un mundo en el cual el ciudadano con esa información tiene que operar como si manejara un instrumento civil. Es decir, tiene que utilizar esa información para dirimir, para decir "esto no nos conviene, esto sí nos conviene". Ante la ciencia, la sociedad civil debe saber y opinar, tiene que salir y decir: aquí estamos, queremos formarnos e intervenir. La sociedad civil tiene un poder inmenso, porque es un movimiento en el cual todos estamos inmersos, con funciones que se alternan. Yo puedo producir queso con una bacteria; soy agente activo. Pero mañana tengo una apendicitis y me operan y entonces soy pasivo, vuelvo a ser usuario.

# ¿Cuál sería el principal aspecto de la Declaración de la UNESCO y de la Convención de Asturias del Consejo de Europa, ambas sobre bioética?
—En ellas se establece que el interés del individuo está por encima del interés de la sociedad y de la ciencia. Desde ese principio, al ciudadano se lo dota de un recurso recientemente ganado, que es el consentimiento informado, por el cual se exige información previa antes de que se pueda consumar un hecho que lo pueda dañar. El consentimiento informado asegura uno de los derechos más importantes del individuo: la libertad, la autonomía.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2004/02/01/z-701261.htm

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