El historiador señala los errores políticos
Para un Estado democrático, estar en condiciones de garantizar el orden público es más importante que para cualquier otro tipo de Estado, dice el profesor universitario, historiador y comentarista político Natalio Botana. Explica por qué: cuando las democracias se ven compelidas a imponer el orden, deben hacerlo con la consigna de salvaguardar los derechos humanos. Para eso es preciso que puedan responder por la organización y la educación de sus fuerzas policiales y de seguridad.
Botana cree que éste ha sido uno de los puntos más flojos en el ciclo democrático que acaba de cumplir dos décadas. La manera que encontraron los líderes democráticos para reaccionar contra los abusos autoritarios del proceso militar fue ignorar el problema de la seguridad. El poder central no adoptó decisiones de fondo y dejó la primera línea de acción a las policías provinciales que, en muchos casos de repercusión, mostraron su falta de pericia. Siempre que la represión se desencadenó hubo que lamentar muertos y parecemos haber quedado encerrados en una opción estéril: inmovilismo o acción sangrienta.
La cuestión federal es otra de las obsesiones de Botana. ¿Qué puede hacer, se pregunta, el mejor de los ministros de Educación de la Nación si luego los que ejecutarán las políticas serán Estados provinciales sólo hábiles para malgastar los fondos girados?
Pero la pregunta que más lo inquieta, y para la que admite no tener respuesta, es cómo superar una "crisis de representación" que va más allá de la adhesión emocional que despiertan en su primer cuarto de hora los presidentes surgidos del voto popular, como es el caso de Néstor Kirchner. La gente puede simpatizar con Kirchner, pero no termina de sentirse representada por sus diputados y por sus senadores, por sus jueces y por sus policías, insiste, y eso es, en el mediano plazo, una promesa de inestabilidad posible.
Botana, de 66 años, es doctor en Ciencias Políticas y Sociales por la Universidad de Lovaina, profesor y director del Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales en la Universidad Torcuato Di Tella y miembro de número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas y de la Academia Nacional de la Historia. Muchos de sus libros son ya clásicas fuentes de consulta. Entre ellos se cuentan "El orden conservador", "La tradición republicana. Alberdi, Sarmiento y las ideas políticas de su tiempo" y "La libertad política y su historia".
-¿Estamos en un momento políticamente estable o asistimos a una lucha por el poder político?
-El problema de la inestabilidad siempre es una nube tóxica que planea sobre nuestras circunstancias. La paradoja de esta democracia de veinte años es que ha sido un régimen estable. Pero la marca de esta democracia son las tres grandes crisis de estabilidad que hemos tenido: la de la legitimidad de la moneda, que comienza con Alfonsín y termina con Menem, la crisis fiscal después de la ficticia convertibilidad, que provocó el endeudamiento que ahora estamos padeciendo, y, a partir de octubre de 2001, la gravísima crisis de representación. Las dos primeras crisis más o menos están contenidas. Pero mi impresión es que la crisis de representación no ha sido superada, y eso plantea en el horizonte inmediato una posible inestabilidad.
-¿No ha sido superada a pesar de que los índices de adhesión al actual presidente sean tan altos?
-Por un lado hay una suerte de adhesión personal al Presidente que nos gobierna pero, por otro lado, la adhesión profunda no existe. No nos sentimos representados y ése es un problema muy complicado. Es un problema mundial, pero creo que está particularmente agudizado en la democracia argentina.
-¿La fractura de los partidos es la causa de esta crisis?
-La sensación de no estar representado en parte se debe al fracaso de los partidos, pero fundamentalmente se debe a que una democracia no sólo debe legitimarse porque la practicamos, sino por sus resultados. Y los resultados han sido penosos en estos veinte años. Entonces, la ciudadanía no termina de construir a sus mediadores, no termina de generar aquello sin lo cual una democracia no puede subsistir, que es la mediación. Sin mediación no hay democracia contemporánea.
-¿Cree que el sector de la ciudadanía que se identifica con el Partido Justicialista sí se siente representado y los que no se identifican con él no se sienten representados?
-El sector que se identifica con el justicialismo se siente más representado. Lo que pasa es que el Partido Justicialista hoy es una suma de partidos hegemónicos provinciales, de una duración increíble. Hay provincias justicialistas en las que no ha habido alternancia en estos veinte años. El vicio se ha transformado en hábito. Pero no es lo mismo la hegemonía del Partido Justicialista en Santiago del Estero que en la provincia de Buenos Aires. En Santiago del Estero lo que estamos viviendo es el ejemplo más brutal de lo que puede ser el federalismo de la inseguridad, es decir un caudillismo esclerótico ligado a las peores expresiones del nepotismo. En la provincia de Buenos Aires, ya no se trata de la hegemonía de un gobernador y su parentela, sino de la hegemonía de los intendentes duhaldistas, sobre todo en el Gran Buenos Aires, que controlan el voto y controlan la situación política de la provincia.
-¿Es una red de poder más sutil?
-Más compleja, por el tamaño. Yo creo que es uno de los problemas más graves de la gobernabilidad argentina. Vengo diciendo desde hace treinta años que Buenos Aires tendría que dividirse en dos áreas. Pero lo que le digo está dentro del campo de lo utópico, porque no están dadas las condiciones.
-¿Nadie aceptaría reducir a la mitad su poder?
-Exactamente. Fíjese que cuando tuvo que reducir a la mitad su poder la provincia, porque eso ocurrió en las batallas por la federalización de Buenos Aires, en el invierno de 1880, hubo una corta, pero muy sangrienta, guerra civil.
-¿Qué se le pide al peronismo, cuando se le pide que no sea hegemónico? ¿Que pierda las elecciones?
-No es que se pierdan las elecciones, sino que se sepan perder las elecciones. Me hace mucha gracia, porque el propio general Perón les decía a los deportistas: "Más difícil es saber perder que saber ganar". Pero al justicialismo le cuesta mucho trabajo perder. Yo creo que el radicalismo dilapidó sus dos oportunidades presidenciales en este ciclo. Pero hay que tener en cuenta lo difícil que es lidiar con un justicialismo que está en la oposición. No sé si en el epílogo del gobierno de De la Rúa hubo una conspiración o no, eso lo tendrá que dilucidar la historia, pero el hecho de que el justicialismo haya estado en la oposición jugó un papel muy importante en la crisis de diciembre de 2001.
-Kirchner es también un caudillo provincial.
-El proviene de una provincia débil en términos de su peso y población, pero hegemónica. Es muy curioso, porque en realidad en abril compartieron las candidaturas peronistas tres caudillos de provincias hegemónicas: Menem, Rodríguez Saá y Kirchner. Tengo la impresión de que, de todos modos, Kirchner tiene ahora un bloque de entre 37 y 40 diputados, que más o menos es equivalente al bloque de Duhalde en la Cámara de Diputados. Pero donde yo veo que la situación se puede complicar es en el Senado, porque allí se va a producir inevitablemente un juego de alianzas, del que todavía no tenemos mucha idea de cómo se va a configurar. Así que constituir un eje de gobernabilidad sigue siendo una hipótesis necesaria, más aún teniendo en cuenta que el conflicto social en la Argentina se va a acrecentar...
-¿Piensa en los piqueteros?
-Sí, pienso en los piqueteros y, sobre todo, pienso en que no necesariamente, aun cuando el justicialismo esté en el gobierno, se van a abolir los conflictos de naturaleza sindical. Y el Gobierno va a tener un típico conflicto de raíz peronista, porque la base del poder de los piqueteros es el reparto corporativo de los planes sociales. De algún modo se ha producido un fenómeno análogo al del sindicalismo.
-¿Esa conflictividad social es el problema que peor sabe manejar el Presidente?
-Es probable. Yo creo que hemos cometido, todos los ciudadanos argentinos, muchos errores en esta vida democrática. Uno de los más importantes es que, sobre todo la clase política, no ha prestado suficiente importancia a lo que significa tener un aparato de seguridad en forma, de acuerdo con los cánones republicanos. Es decir, no hemos pensado en ese gran criterio de Montesquieu que es la seguridad individual. Eso lo tuvo la Argentina en otras épocas, claro que el componente de las dictaduras y del autoritarismo influyó muchísimo para, por un lado, crear seguridad y, por otro lado, para crear una gran inseguridad política. Pero ahora el Gobierno no dispone de las policías provinciales y eso que hoy llamamos erróneamente, creo yo, represión, está en manos de las policías provinciales en una primera línea de acción, y no tenemos un línea intermedia, republicana, que respete el valor sagrado de la vida, entre el inmovilismo y la represión sangrienta. La tragedia argentina de estos últimos años es que cuando ha habido represión siempre hemos tenido que lamentar el sacrificio de vidas humanas. Esto es extraordinariamente grave.
-¿La democracia reaccionó contra aquella policía autoritaria que heredaba y reaccionó ignorándola, sin ocuparse de ella?
-Eso fue exactamente lo que hizo. Descuidó la seguridad. Un Estado de Derecho comienza con una policía civilizada, que sepa poner orden. Yo creo que este gobierno está atrapado entre el inmovilismo, una retórica setentista, que dice: "Yo no voy a reprimir..." y ese temor visceral de que si se lanza la represión habrá que cargar con uno o con más muertos. No olvide usted que Duhalde adelantó las elecciones, produciendo un desbarajuste institucional, precisamente por los muertos que hubo en el invierno del año pasado, en Avellaneda.
-¿Saber cómo manejar la seguridad es esencial para la democracia?
-Para cualquier tipo de Estado, pero en particular para las democracias, porque la república democrática es el Estado más delicado, el que exige el tejido institucional más sofisticado, para imponer orden cuando es necesario, pero para salvaguardar los derechos fundamentales de la persona en el momento en que se impone ese orden. Y ahí lo que se requiere es organización y educación.
-¿Una policía mejor pagada sería garantía de menor corrupción?
-No solamente, porque eso tiene que aunarse con buenos institutos educacionales, pero no hay ninguna duda de que una policía mal paga es una doble tentación.
-¿El alto grado de desigualdad condiciona el presente argentino?
-Nunca tuvo la Argentina los grados de desigualdad social que tiene en este momento, ni aun en los dos momentos más duros del siglo XX. Las desigualdades argentinas, además, están siempre heridas por privilegios irritantes. Cuando uno mira hacia arriba en la estructura del Estado, hay privilegios que me parecen inaceptables en cualquier democracia seria y desarrollada. Por ejemplo, ¿cómo es posible que los jueces no paguen impuestos?
-La desigualdad social, ¿le da la razón al presidente Kirchner cuando decide no reprimir a los piqueteros?
-Hay una atención obsesiva a las encuestas. A mí me crea una cierta melancolía decirlo, pero son gobernantes encuestadependientes . Y a mí la impresión que me da es que en el único punto en que el Gobierno está decayendo es en lo que se refiere a la política con los piqueteros. De modo tal que ahí va a tener que prestar atención, y tendrán que ver el modo de seguir dividiendo las filas entre los sectores moderados y los más duros, pero, sobre todo, yo le diría que a mediano plazo, y eso se podría hacer, con lo que hay que romper es con el clientelismo y el corporativismo en el reparto del gasto social. Creo que tenemos que ir a un sistema universal, en forma de una tarjeta magnética, porque la Argentina tiene una tradición corporativa demasiado fuerte.
-¿De dónde proviene la tendencia de gobernar mirando las encuestas?
-Le voy a contar una anécdota. En 1993 o 1994, hubo una mesa redonda muy rica en una asamblea de la SIP, en Bariloche. Tuve la suerte de participar en ella, y estaba Michel Rocard. Rocard tiene una extraordinaria dimensión intelectual. Y lo que sostenía era que el fenómeno de las encuestas condiciona al gobernante a pensar exclusivamente en el corto plazo. Ahora bien, decíamos en esa mesa redonda: lo fundamental en el hombre de Estado es concebir el largo plazo. Robert Schumann fue un hombre de Estado cuando, en 1950, lanzó el gran proyecto de la Unión Europea. Roca pensó en metas muy ambiciosas para la Argentina. Lo mismo hizo Mitre. Este mundo de la hipercomunicación transforma al político en un hombre pendiente de la popularidad.
-¿Correr detrás de las encuestas tiene el riesgo de que la atención de la opinión pública salta con frecuencia de un tema a otro?
-Sí, pero hay dos temas que están atravesando el país que se repiten constantemente desde hace siete, ocho años. Uno es el desempleo y otro, la inseguridad.
-¿Son dos temas íntimamente vinculados?
-Por supuesto. Pero también ahí yo me coloco en el medio de dos tendencias. Una tendencia muy inclinada a lo sociológico, que dice: mejoremos las condiciones de la justicia social, de la distribución y todo lo demás vendrá por añadidura. Otra tendencia que dice: no, señor, ésta es una cuestión de ley y orden. Entre estas dos posiciones antagónicas, yo me sitúo en el medio. Creo que las condiciones sociológicas del desempleo son fundamentales para entender el tema de la inseguridad. Pero cuidado, si no se trabaja sobre el flanco de tener policías en forma, la propia malformación de los organismos de seguridad puede reproducir la inseguridad.
-¿Siempre asume posiciones equidistantes?
-Me gusta el claroscuro de la historia. Nunca he practicado una historia que se sitúa ni en la oscuridad ni en la claridad absoluta.
-Así, ¿tampoco juzga a este gobierno en blanco o en negro?
-Ni una cosa ni otra. Fíjese, además, la manía anticipatoria que tenemos las argentinas y los argentinos. Kirchner recién ha comenzado su mandato. Pero la sociedad argentina ha hecho de la necesidad virtud, porque todas las hipótesis catastróficas, sobre todo las de 2002, no se cumplieron. No sólo este año que el presidente Kirchner no duraba, sino el dólar a diez pesos, la hiperinflación. No pasó nada de eso. Por eso trato de ser cauteloso, a riesgo de que parezca que no quiero dar fórmulas terminantes ni jugar la realidad con contrastes, como hacía Carlyle. "Yo quiero iluminar la sociedad con grandes llamaradas..." No, apenas ser un fosforito que se enciende. Es muy difícil predecir, y es aún más difícil en las circunstancias presentes. Los últimos grandes acontecimientos del mundo, de los últimos catorce años, no se los vio. No se predijo la caída del imperio soviético.
-Dos semanas antes de la caída del Muro de Berlín, el escritor Günter Grass decía que por lo menos faltaban veinte años...
-Uno de los maestros con los que yo me formé, a la distancia, Raymond Aron, en su último libro daba por hecho que estaba congelada la distribución del mundo entre las dos grandes potencias. El otro punto que tampoco se predijo en cuanto a su formidable potencial destructivo y el extraordinario poder que tienen la injusticia y el resentimiento como generadores de catástrofes es el terrorismo. Entonces, seamos cautelosos. De ahí la importancia que tiene la estabilidad de las leyes, porque no podemos predecir todo, pero por lo menos podemos predecir que las leyes van a ser estables y que el tejido social mínimo que sostiene una sociedad va a tener puntos de apoyo importantes. Bueno: estamos en una etapa de reconstruir los puntos de apoyo.
-¿Piensa que la sociedad está un paso adelante que sus dirigentes, o esto es ser muy optimista?
-Tal vez sea esto último. Hay elementos de sensatez, pero en este tipo de análisis hay un riesgo muy grande. Es una vieja tradición, tanto teórica como práctica, que tiene sus orígenes en la España del siglo XIX, que es el regeneracionismo. El regeneracionismo dice que la sociedad es buena, pero está atrapada en una membrana de corrupción en manos de la clase dirigente. Rompemos esa membrana y van a florecer las semillas. Yo creo lo contrario: creo que es la propia sociedad la que genera a sus dioses. Después los destruye. Los reemplaza por otros. Pero hay que entrar muy a fondo en el análisis del vínculo social de los argentinos. Y, sobre todo, entender y explorar esa pregunta que en este momento, lo confieso, me obsesiona, que es la pregunta del principio: ¿por qué no sabemos representarnos? Lo único que le puedo decir es que tengo la pregunta, pero no la respuesta.
-Y eso que probamos todas las variantes: desde la sensatez de De la Rúa al pintoresquismo de Menem, pasando por el progresismo de Alfonsín y Kirchner.
-Yo siempre digo que uno de los grandes aciertos de esta democracia fue la alternancia. Lo que pasa es que la alternancia salió mal. Porque los dos presidentes no peronistas que tuvo esta democracia terminaron muy mal. Usted dice que probamos todo. Bueno, lo propio de la democracia es probar todo. La democracia española no se habría constituido si no hubiera probado un socialismo responsable como el que lideró Felipe González, ni tampoco se hubiera consolidado de no tener una derecha convertida a la democracia, en el plano interno sobre todo, como ha sido la de Aznar. Nosotros hemos tenido estas opciones a medias.
-¿Tal vez tuvieron ellos mejores dirigentes?
-No, lo que tuvo España fue una serie de ventajas muy grandes que la Argentina no tiene. A diferencia de lo que ocurría en la década del 80 del siglo XIX, la Argentina no tiene hoy un centro de incorporación mundial. A España le fue tan bien porque tuvo dos metas muy claras: primero, incorporarse a la Alianza Atlántica; segundo, incorporarse a la Unión Europea. Cuando lo hizo, pegó un salto espectacular en su crecimiento y en su desarrollo, porque la asistencia de la Unión Europea fue muy importante.
-Pero en la década del 90, nuestro centro de incorporación eran los Estados Unidos...
-Claro, pero cuando yo hablo de un centro de incorporación, pienso en un ida y vuelta. Estados Unidos no es en este momento una potencia regional con respecto a América latina. No, Estados Unidos es una república imperial, es la hiperpotencia mundial, la preocupación de Estados Unidos es el mundo, y Estados Unidos tiene claramente definida su política con respecto a América latina, que es una política de llegar al ALCA, tal vez, pero fundamentalmente de acuerdos bilaterales. Bueno, la Argentina tiene que decidir cuál es su rumbo. Tal vez, y yo apoyo esta idea, el rumbo de la Argentina sea consolidar el Mercosur como zona regional de paz y como zona de integración y ver si por medio del Mercosur podemos lograr una incorporación decorosa en esta área de libre comercio de las Américas. Pero eso está por verse.
-No haber tenido un centro de incorporación, ¿fue culpa nuestra?
-En parte, sí, porque podríamos haber avanzado mucho más los argentinos y los brasileños en la creación de un eje que se transformase en un lugar atractivo para los otros países. Sé que es muy difícil: las asimetrías con respecto a Brasil son muy grandes, pero creo que hubiéramos podido avanzar más rápidamente.
-¿Todavía hay tiempo de hacerlo?
-Sí, hay tiempo. Yo creo que no hay que abandonar para nada esta hipótesis.
Por Hugo Caligaris
De la Redacción de LA NACION
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