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Genocidios

Archivado en Jack Fuchs • Fecha: 30-12-2003 00:00:00

Por Jack Fuchs

Actualmente el tabaco ocasiona cinco millones de muertes por año en todo el mundo, y no digo esto a favor de esas estruendosas campañas que postulan una presunta “vida sana”. Tres millones mueren de sida. Es verdad que hay mayor prevención en países mejor informados, con mejores recursos, pero también ahí el sida mata. Muere más gente por accidentes de tránsito que por asesinato, sobre todo en países desarrollados. Comparativamente, se puede decir que el tabaco, el sida, los accidentes causan más muertes que los ataques de xenofobia. En Occidente se gasta mucho más en cosmética y peluquería que en salud mental. Como sea, la estadística es un discurso que me interesa muy poco, sobre todo cuando en estos cómputos que cito parece querer afirmarse la ingenuidad de que la muerte existe en el mundo. Que la muerte existe, que existen el absurdo y la estupidez son datos que no requieren estadística, pero la estadística también existe en el mundo. Como la guerra. El reconocimiento del carácter inevitable de la guerra, creo, hay que buscarlo en las pautas, las reglamentaciones y normas que vienen a regirla; se habla de un arte de la guerra, de formas de control y códigos de honorabilidad, de una ética de la guerra. Es una suerte que en la guerra haya, según parece, esas formaciones tan propias del refinamiento humano, una estética y una ética de la masacre. Durante la Segunda Guerra, por ejemplo, era obligatorio que los hospitales militares tuvieran una cruz roja pintada en el techo para advertir a la aviación enemiga que se abstuviera de bombardear a los soldados heridos, mutilados y agonizantes. Un poco más allá, en las barracas donde duerme la infantería, donde los muchachos de 18 a 20 años, todavía sanos, velan por los supremos intereses y el orgullo de la patria, ahí sí, ahí está permitido bombardear y, no sólo está permitido, es un blanco deseable, apetecido por la lógica de la guerra.
La tensión entre el deseo humano de controlar la violencia, y la naturaleza de la violencia que precisamente va más allá de las formas, los discursos y las restricciones jurídicas que el hombre se impone, la ambigüedad entre las pasiones y los mecanismos de represión de las pasiones, la voluntad de dominio, de liquidación de las fuerzas oscuras y el modo en que ellas vuelven con toda su potencia, éste, me parece, es el juego de la historia, el juego de los hombres, el enigma de las tragedias y las comedias humanas. Imaginariamente, las diversas filosofías, las teorías políticas, antropológicas, las doctrinas económicas y los dogmas morales o científicos quieren postular una solución adecuada. ¿Y si partiéramos del hecho simple, del inevitable reconocimiento de que no hay solución?
Las protestas contra la guerra tienen toda mi simpatía, y sin embargo no puedo dejar de ver los rasgos de ingenuidad que las impulsan, el candor de una creencia ideal en la bondad, en la racionalidad de los hombres. Se protesta contra la guerra como si la guerra pudiera evitarse a partir de un “entrar en razones”. Se adjudican causas a la guerra y se imagina que resolviéndolas en la arena del diálogo se avanza en el camino absoluto de la paz. Se cree en la posibilidad de apaciguar el odio racial cuando se piensa que el odio racial explica la guerra. Pero antes de que los nazis se dedicaran a matar judíos, habían asesinado con todo rigor, con el mismo espíritu maquinal, a casi cien mil alemanes que los perturbaban; en la Guerra Civil Española, en Camboya, en Bangladesh, no hubo causa racial alguna. Las masacres de la Revolución Rusa se hicieron en nombre del socialismo. El terrorismo de Estado en Argentina produjo muchos más muertos que la Guerra de Malvinas. La “solución final” ocasionó seis millones de muertos judíos, pero en la guerra hubo un total de sesenta millones de muertos.
La guerra es conceptual e históricamente anterior a la organización en naciones, o a los prejuicios de raza; la guerra es constitutiva de lacultura. El Antiguo Testamento, en Caín y Abel, ya había dado las claves de media humanidad que destruye fraternalmente a la otra. No es ninguna novedad lo que digo, no pretende serlo; ya está en Freud, en muchos otros. Y sin embargo se olvida fácilmente; no es un argumento que sirva al espectáculo de los medios, no es un argumento comunicacional. Es más sencillo creer que la memoria es un bien, un instrumento valioso para evitar la guerra, para no volver a cometer los mismo errores. Se tolera mejor la idea de una memoria eficaz, una buena memoria que impida el retorno del crimen, como creen los señores de la autoayuda, esos mercachifles del marketing de la voluntad, esos reduccionistas del deseo a estadística, “tú puedes, tú puedes”, porque lo que hay que olvidar a toda costa es la circunstancia obvia de que el hombre mata por deseo de matar, de que el deseo no se detiene en el discurso de los bienes, en la fanfarronería de la felicidad. Y este olvido sistemático, esta caída, que es una caída de lenguaje, es ahora la forma moral hegemónica. Vivimos en la época de la autoayuda y la estadística, en la época del brillo universal de la publicidad, una época en la que resulta cada vez más difícil mirar de frente el desastre. Y un tiempo así, un tiempo que se cree triunfal, es quizá el tiempo de la mayor amenaza y peligro. Es triste escribir esto hacia fin de año, y no es que quiera con ello aparecer como un pesimista incorregible, sólo quiero hacer mía la idea de que cuanta más realidad veamos, cuanto más realismo pongamos en nuestra mirada, cuanto más la despojemos de ilusión e ideal, más en condiciones estaremos de enfrentarla.

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"A partir de 1850 se piensa que los indígenas molestan"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 28-12-2003 00:00:00

ISABEL HERNANDEZ, ATROPOLOGA

Unos veinte pueblos indígenas esperan, en nuestro país, el reconocimiento efectivo de sus derechos colectivos. En la historia, ayudaron a gestar la Independencia, pero luego fueron diezmados y aculturados.

Claudio Martyniuk.
cmartyniuk@clarin.com

# La reciente crisis en Bolivia hizo sospechar que las protestas indígenas podrían extenderse a otros países. ¿Usted qué cree?

—Bolivia es el ejemplo más claro en América latina de la cultura del silencio, donde la sumisión hace que un aimara baje su cabeza y diga "mande". Sin embargo, llega un momento en que explota por una situación coyuntural. Los pueblos indígenas fueron pueblos y naciones mucho antes que nosotros, y ahora estamos recuperando la memoria histórica, viendo que siempre tuvieron autogobierno, autodeterminación y etnodesarrollo. Ellos muestran ahora que no sólo son sobrevivientes sino que también quieren ejercer sus derechos.

# En Argentina, con la reforma constitucional del 94 pareció que se les daban esos derechos, reconociéndose el carácter multiétnico del país.

—Sí, y fue un paso muy importante. Hay que comenzar admitiendo que tenemos pueblos indígenas y que son más de los que creemos: veinte en realidad. Otros países de América latina, como Chile, aún no brindó reconocimiento constitucional a los pueblos originarios. Pero si hay un lugar donde la ley va por un lado y la realidad por otro, es en el mundo indígena. Y no se aplican, porque en nuestras sociedades hay algo mucho más fuerte que la ley, y son nuestras conductas etnocéntricas, que son discriminatorias.

# En la historia argentina, los pueblos indígenas fueron aliados del movimiento revolucionario emancipador. ¿Por qué terminaron siendo exterminados?

—A comienzos del siglo XIX, en los momentos en que los criollos necesitaron aliados fuertes en contra de las Invasiones Inglesas y para romper definitivamente con la Corona, recurren a los caciques, sobretodo a los del sur, que tenían una tremenda fuerza bélica. Investigando en el Cabildo, encontré piezas de antología de la Primera Junta, inspiradas en Mariano Moreno, que expresan la necesidad de hermanarse con los pueblos indígenas, pensando en un país más abierto y democrático, en el que los pueblos indígenas tuvieran su espacio. Cuando revisé el registro de los muertos y los heridos de las Invasiones Inglesas, encontré muchos apellidos mapuches, y es que ellos fueron los lanceros que más resistieron, según afirmaron en diversos testimonios los mismos ingleses. O sea, fueron carne de cañón. Pero a partir de 1850 se piensa que los indígenas molestan, y comienza a formularse la idea de que era mejor poblar al país con extranjeros. El proceso iniciado con Rosas es cristalizado por Roca, con el apoyo del gobierno chileno, en operaciones de pinza para eliminar al enemigo común, como ellos definían al pueblo mapuche.

# En la Argentina se lleva adelante la Conquista del Desierto, mientras que en Chile se habla de la pacificación de la Araucanía. ¿Se sabe cuántos indígenas murieron?

—Quedó la quinta parte de los pobladores de América en el momento de la conquista. En el caso del sur, las matanzas son mucho mayores en la época republicana que en la época de la conquista y de la colonia.

# ¿Hubo mucha crueldad?

—Hay una historia que creo que es necesario recuperar, y es "la marcha del desierto". En 1885, Sayweke, el más temido de los caciques, se rinde y son detenidos, en Junín de los Andes, unos 120 mil de indígenas, mujeres y niños incluidos. Estos mapuches fueron llevados a pie a Carmen de Patagones, de los Andes al Atlántico, por más de 1.200 kilómetros. Los sobrevivientes, unos cinco mil, son después trasladados a Buenos Aires, donde son expuestos de manera humillante. Esta gran matanza fue debido a la caminata tremenda por la Patagonia, que supera a la del éxodo bíblico de Egipto. Los inmigrantes de entonces, esos españoles e italianos que mayoritariamente regresaron a Europa, se abrazaban a los indígenas mapuches que avanzaban encadenados por la Avenida de Mayo, porque se identificaron con ellos: padecían la misma miseria.

# ¿A cuánto asciende la población indígena actual?

—A pesar de que se pidió, en el censo del 2002 no se permitió reconocer la identidad étnica, aunque sí se identificaron los hogares en los que hay presencia indígena. Para el 2004, el Ministerio de Desarrollo Social se comprometió a realizar un censo sobre esos hogares, por lo cual es muy probable que tengamos una sorpresa, como Chile, que censó a más de un millón. Pero más que aspectos numéricos, es importante el ejercicio de la tolerancia y de la comprensión del diferente, ya que no hay democracia sin el respeto por ese otro distinto.

# ¿Qué función cumple la escuela pública en los pueblos indígenas?

—Argentina es un país pionero en términos de alfabetización universal, y la escuela ayudó a difundir la idea liberal de que somos todos iguales. Esto último es problemático, porque no hay nada peor que igualar y tratar de la misma manera a aquellos que tienen necesidades distintas. Castellanizar fue un modelo político que implicó aculturar a un pueblo que hablaba otra lengua, sin pensar en la posibilidad de la coexistencia. La educación bilingüe e intercultural no anula una lengua ni la otra, ni subordina una cultura a la otra. Ahora, la traducción a una lengua autóctona de contenidos presuntamente universales, pero que no se corresponden a esa realidad distinta, puede provocar un proceso de aculturación mayor que el de castellanizar y punto. Tenemos mucho que trabajar en eso, ya que la escuela es, fue y sigue siendo un ente aculturador. No se trata de que un maestro se identifique con el pueblo toba, ya que es no indígena, pero debe tener la capacidad de no discriminar ni ametrallar las manifestaciones autóctonas.

# ¿Hay equidad de género entre los indígenas?

—Hay que ser cuidadosos para no proyectar una categoría que es generalmente de clase media urbana a una realidad cultural absolutamente distinta. Ojo, esto no quiere decir que en los pueblos indígenas no haya subordinación de la mujer al hombre. La hay, y es un tema muy delicado, pero es contraproducente introducir conceptos que son ajenos a las distintas culturas indígenas. Está claro que una mujer indígena es triplemente discriminada: por ser mujer, por ser indígena y por ser pobre, ya que los pueblos indígenas han sido reservorio de mano de obra para la cosecha o la esquila, viviendo bajo condiciones económicas dramáticas. Las mujeres indígenas tienen problemas como mujeres, que tienen que ver con el propio cuerpo, con la reproducción, las relaciones sexuales y la defensa frente a las enfermedades de transmisión sexual; pero prima una fuerte complementariedad con el varón en la lucha étnica para ejercer derechos colectivos.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2003/12/28/z-03515.htm

Copyright Clarín, 2003.

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Familias

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 28-12-2003 00:00:00

Por Sandra Russo

Una de las cosas que ponen en descarada evidencia las fiestas es que cada vez hay menos familias como Dios manda. La publicidad, esa fuente de espejos del presente cuya finalidad de máxima es construir espejos a futuro, muestra familias todo el tiempo: la familia es uno de los soportes predilectos para hacer girar esos mensajes. Habrán visto esa de agua mineral poco gasificada, en uno de cuyos extremos un aspirante a suegro escucha en tintineo del vaso de un posible yerno huidizo, y lo confunde con un llamado de atención para pedir la mano de la novia. O habrán visto, en gráfica, la de una joyería impactante que abrió sus puertas el año que termina –allí y sólo allí se venden piezas de Tiffany’s–, en la que gente re-bien se sonríe con recato y se abraza con la exacta cuota de énfasis que pudieron rescatar del internado suizo, mientras en sus muñecas apenas se dejan ver relojes de las mejores marcas, siempre lisos y siempre exentos de esos chiches que volverían locos a los hermanos Conzi, y en los lóbulos de las mujeres brillan pequeños aros cuya escasa dimensión sólo habla de autenticidad, legitimidad y certeza de kilates. En un extremo, el mondo campanelliano rozando los modales de la mafia y los conflictos a flor de piel, pero subyugado por la noción de que la familia unida jamás será vencida. En el otro, un mundo extractado y aggiornado de La edad de la inocencia, en el que los modales reemplazan a la moral y los conflictos jamás ladran, sólo consumen a sus víctimas.
Si las fiestas de fin de año demandan algo, no es solamente dinero para hacer regalos y comprar almendras confitadas. Para mucha gente, lo peliagudo es encontrar a quién hacerle regalos, es decir: con quién pasar esas noches espléndidas, rojas y doradas, en las que se supone que todos se aman y si hay algún tullido, éste caminará perfectamente justo antes de que den las doce. Así pasan las cosas en las películas que pasan en esta época del año: sólo hay que esperar hasta las doce menos uno. Ese minuto es el de la resolución de los problemas, si es que los hubiere. Ni antes, porque se cae el suspenso, ni después, porque así actúa la magia de las fiestas: precisa e indefectible.
Pero al asunto ya medio digerido de las familias ensambladas (esto es: ¿pasamos el 31 con tus hijos pero sin los míos? ¿Con tus padres? ¡Pero si no los conozco todavía! ¿Cómo le digo a mi ex que no quiero que mis hijos la pasen con ésa que anda con él? La de antes me encantaba, pero ésta es un gato. ¿Tu ex suegra? ¿Cómo vamos a pasarla con tu ex suegra, estás loco? ¿Qué me importa que tu ex suegra sea moderna? ¿Le digo a Jorge que venga? Total, nos separamos hace como nueve años, es como un hermano. ¿La hija de tu ex marido con nosotros? ¿Y tu ex marido con quién la pasa? ¿Cómo que se fue a Colonia con la actual? ¿Y a nosotros nos deja la nena? Y bueno, que venga, pero entonces que tus hijos no se vayan con el padre...), repito: al asunto ya medio digerido de las familias ensambladas, se le suma ahora el asunto de la soledad.
Resulta que la soledad tiene buena prensa: los sueltos ya no buscan desenfrenadamente pareja, mucha gente revaloriza sus espacios, algunos hasta mean sus territorios, cada cual defiende su monoambiente, y todos contentos, todos chateando, todos relajados con las relaciones virtuales... hasta que llegan las fiestas.
Las fiestas demandan gente concreta con nombre y apellido y un vínculo real, tan real como para soportar esa noche con los hombros encogidos como cuando uno tiene que llevar al nene al dentista. ¿A quién le gusta llevar el nene al dentista? Pero uno lo hace, porque para eso está. Y en las fiestas, se requiere ese mismo gesto de abnegación que los solos y solas, los esteparios, los home sweet home, los de casas separadas, los que repiten “dejemos que esto fluya” no practican. La abnegación es un deporte familiar por excelencia. El mundo de familias atípicas y sujetos narcisistas de hoy expulsa la abnegación como sentimiento loable y la reemplaza por la diversión. ¿Quién se divierte en familia? ¿A quién le causa gracia escuchar al tío contar por décimo año seguido el mismo chiste? Solamente a Steve Martin y a Cheewy Chase. Seguro que a la tarde dan una de ésas. Menos mal.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-29827-2003-12-28.html

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Botana: “Nuestra democracia se olvidó de la seguridad”

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 27-12-2003 11:31:18

El historiador señala los errores políticos

Para un Estado democrático, estar en condiciones de garantizar el orden público es más importante que para cualquier otro tipo de Estado, dice el profesor universitario, historiador y comentarista político Natalio Botana. Explica por qué: cuando las democracias se ven compelidas a imponer el orden, deben hacerlo con la consigna de salvaguardar los derechos humanos. Para eso es preciso que puedan responder por la organización y la educación de sus fuerzas policiales y de seguridad.

Botana cree que éste ha sido uno de los puntos más flojos en el ciclo democrático que acaba de cumplir dos décadas. La manera que encontraron los líderes democráticos para reaccionar contra los abusos autoritarios del proceso militar fue ignorar el problema de la seguridad. El poder central no adoptó decisiones de fondo y dejó la primera línea de acción a las policías provinciales que, en muchos casos de repercusión, mostraron su falta de pericia. Siempre que la represión se desencadenó hubo que lamentar muertos y parecemos haber quedado encerrados en una opción estéril: inmovilismo o acción sangrienta.

La cuestión federal es otra de las obsesiones de Botana. ¿Qué puede hacer, se pregunta, el mejor de los ministros de Educación de la Nación si luego los que ejecutarán las políticas serán Estados provinciales sólo hábiles para malgastar los fondos girados?

Pero la pregunta que más lo inquieta, y para la que admite no tener respuesta, es cómo superar una "crisis de representación" que va más allá de la adhesión emocional que despiertan en su primer cuarto de hora los presidentes surgidos del voto popular, como es el caso de Néstor Kirchner. La gente puede simpatizar con Kirchner, pero no termina de sentirse representada por sus diputados y por sus senadores, por sus jueces y por sus policías, insiste, y eso es, en el mediano plazo, una promesa de inestabilidad posible.

Botana, de 66 años, es doctor en Ciencias Políticas y Sociales por la Universidad de Lovaina, profesor y director del Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales en la Universidad Torcuato Di Tella y miembro de número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas y de la Academia Nacional de la Historia. Muchos de sus libros son ya clásicas fuentes de consulta. Entre ellos se cuentan "El orden conservador", "La tradición republicana. Alberdi, Sarmiento y las ideas políticas de su tiempo" y "La libertad política y su historia".

-¿Estamos en un momento políticamente estable o asistimos a una lucha por el poder político?

-El problema de la inestabilidad siempre es una nube tóxica que planea sobre nuestras circunstancias. La paradoja de esta democracia de veinte años es que ha sido un régimen estable. Pero la marca de esta democracia son las tres grandes crisis de estabilidad que hemos tenido: la de la legitimidad de la moneda, que comienza con Alfonsín y termina con Menem, la crisis fiscal después de la ficticia convertibilidad, que provocó el endeudamiento que ahora estamos padeciendo, y, a partir de octubre de 2001, la gravísima crisis de representación. Las dos primeras crisis más o menos están contenidas. Pero mi impresión es que la crisis de representación no ha sido superada, y eso plantea en el horizonte inmediato una posible inestabilidad.

-¿No ha sido superada a pesar de que los índices de adhesión al actual presidente sean tan altos?

-Por un lado hay una suerte de adhesión personal al Presidente que nos gobierna pero, por otro lado, la adhesión profunda no existe. No nos sentimos representados y ése es un problema muy complicado. Es un problema mundial, pero creo que está particularmente agudizado en la democracia argentina.

-¿La fractura de los partidos es la causa de esta crisis?

-La sensación de no estar representado en parte se debe al fracaso de los partidos, pero fundamentalmente se debe a que una democracia no sólo debe legitimarse porque la practicamos, sino por sus resultados. Y los resultados han sido penosos en estos veinte años. Entonces, la ciudadanía no termina de construir a sus mediadores, no termina de generar aquello sin lo cual una democracia no puede subsistir, que es la mediación. Sin mediación no hay democracia contemporánea.

-¿Cree que el sector de la ciudadanía que se identifica con el Partido Justicialista sí se siente representado y los que no se identifican con él no se sienten representados?

-El sector que se identifica con el justicialismo se siente más representado. Lo que pasa es que el Partido Justicialista hoy es una suma de partidos hegemónicos provinciales, de una duración increíble. Hay provincias justicialistas en las que no ha habido alternancia en estos veinte años. El vicio se ha transformado en hábito. Pero no es lo mismo la hegemonía del Partido Justicialista en Santiago del Estero que en la provincia de Buenos Aires. En Santiago del Estero lo que estamos viviendo es el ejemplo más brutal de lo que puede ser el federalismo de la inseguridad, es decir un caudillismo esclerótico ligado a las peores expresiones del nepotismo. En la provincia de Buenos Aires, ya no se trata de la hegemonía de un gobernador y su parentela, sino de la hegemonía de los intendentes duhaldistas, sobre todo en el Gran Buenos Aires, que controlan el voto y controlan la situación política de la provincia.

-¿Es una red de poder más sutil?

-Más compleja, por el tamaño. Yo creo que es uno de los problemas más graves de la gobernabilidad argentina. Vengo diciendo desde hace treinta años que Buenos Aires tendría que dividirse en dos áreas. Pero lo que le digo está dentro del campo de lo utópico, porque no están dadas las condiciones.

-¿Nadie aceptaría reducir a la mitad su poder?

-Exactamente. Fíjese que cuando tuvo que reducir a la mitad su poder la provincia, porque eso ocurrió en las batallas por la federalización de Buenos Aires, en el invierno de 1880, hubo una corta, pero muy sangrienta, guerra civil.

-¿Qué se le pide al peronismo, cuando se le pide que no sea hegemónico? ¿Que pierda las elecciones?

-No es que se pierdan las elecciones, sino que se sepan perder las elecciones. Me hace mucha gracia, porque el propio general Perón les decía a los deportistas: "Más difícil es saber perder que saber ganar". Pero al justicialismo le cuesta mucho trabajo perder. Yo creo que el radicalismo dilapidó sus dos oportunidades presidenciales en este ciclo. Pero hay que tener en cuenta lo difícil que es lidiar con un justicialismo que está en la oposición. No sé si en el epílogo del gobierno de De la Rúa hubo una conspiración o no, eso lo tendrá que dilucidar la historia, pero el hecho de que el justicialismo haya estado en la oposición jugó un papel muy importante en la crisis de diciembre de 2001.

-Kirchner es también un caudillo provincial.

-El proviene de una provincia débil en términos de su peso y población, pero hegemónica. Es muy curioso, porque en realidad en abril compartieron las candidaturas peronistas tres caudillos de provincias hegemónicas: Menem, Rodríguez Saá y Kirchner. Tengo la impresión de que, de todos modos, Kirchner tiene ahora un bloque de entre 37 y 40 diputados, que más o menos es equivalente al bloque de Duhalde en la Cámara de Diputados. Pero donde yo veo que la situación se puede complicar es en el Senado, porque allí se va a producir inevitablemente un juego de alianzas, del que todavía no tenemos mucha idea de cómo se va a configurar. Así que constituir un eje de gobernabilidad sigue siendo una hipótesis necesaria, más aún teniendo en cuenta que el conflicto social en la Argentina se va a acrecentar...

-¿Piensa en los piqueteros?

-Sí, pienso en los piqueteros y, sobre todo, pienso en que no necesariamente, aun cuando el justicialismo esté en el gobierno, se van a abolir los conflictos de naturaleza sindical. Y el Gobierno va a tener un típico conflicto de raíz peronista, porque la base del poder de los piqueteros es el reparto corporativo de los planes sociales. De algún modo se ha producido un fenómeno análogo al del sindicalismo.

-¿Esa conflictividad social es el problema que peor sabe manejar el Presidente?

-Es probable. Yo creo que hemos cometido, todos los ciudadanos argentinos, muchos errores en esta vida democrática. Uno de los más importantes es que, sobre todo la clase política, no ha prestado suficiente importancia a lo que significa tener un aparato de seguridad en forma, de acuerdo con los cánones republicanos. Es decir, no hemos pensado en ese gran criterio de Montesquieu que es la seguridad individual. Eso lo tuvo la Argentina en otras épocas, claro que el componente de las dictaduras y del autoritarismo influyó muchísimo para, por un lado, crear seguridad y, por otro lado, para crear una gran inseguridad política. Pero ahora el Gobierno no dispone de las policías provinciales y eso que hoy llamamos erróneamente, creo yo, represión, está en manos de las policías provinciales en una primera línea de acción, y no tenemos un línea intermedia, republicana, que respete el valor sagrado de la vida, entre el inmovilismo y la represión sangrienta. La tragedia argentina de estos últimos años es que cuando ha habido represión siempre hemos tenido que lamentar el sacrificio de vidas humanas. Esto es extraordinariamente grave.

-¿La democracia reaccionó contra aquella policía autoritaria que heredaba y reaccionó ignorándola, sin ocuparse de ella?

-Eso fue exactamente lo que hizo. Descuidó la seguridad. Un Estado de Derecho comienza con una policía civilizada, que sepa poner orden. Yo creo que este gobierno está atrapado entre el inmovilismo, una retórica setentista, que dice: "Yo no voy a reprimir..." y ese temor visceral de que si se lanza la represión habrá que cargar con uno o con más muertos. No olvide usted que Duhalde adelantó las elecciones, produciendo un desbarajuste institucional, precisamente por los muertos que hubo en el invierno del año pasado, en Avellaneda.

-¿Saber cómo manejar la seguridad es esencial para la democracia?

-Para cualquier tipo de Estado, pero en particular para las democracias, porque la república democrática es el Estado más delicado, el que exige el tejido institucional más sofisticado, para imponer orden cuando es necesario, pero para salvaguardar los derechos fundamentales de la persona en el momento en que se impone ese orden. Y ahí lo que se requiere es organización y educación.

-¿Una policía mejor pagada sería garantía de menor corrupción?

-No solamente, porque eso tiene que aunarse con buenos institutos educacionales, pero no hay ninguna duda de que una policía mal paga es una doble tentación.

-¿El alto grado de desigualdad condiciona el presente argentino?

-Nunca tuvo la Argentina los grados de desigualdad social que tiene en este momento, ni aun en los dos momentos más duros del siglo XX. Las desigualdades argentinas, además, están siempre heridas por privilegios irritantes. Cuando uno mira hacia arriba en la estructura del Estado, hay privilegios que me parecen inaceptables en cualquier democracia seria y desarrollada. Por ejemplo, ¿cómo es posible que los jueces no paguen impuestos?

-La desigualdad social, ¿le da la razón al presidente Kirchner cuando decide no reprimir a los piqueteros?

-Hay una atención obsesiva a las encuestas. A mí me crea una cierta melancolía decirlo, pero son gobernantes encuestadependientes . Y a mí la impresión que me da es que en el único punto en que el Gobierno está decayendo es en lo que se refiere a la política con los piqueteros. De modo tal que ahí va a tener que prestar atención, y tendrán que ver el modo de seguir dividiendo las filas entre los sectores moderados y los más duros, pero, sobre todo, yo le diría que a mediano plazo, y eso se podría hacer, con lo que hay que romper es con el clientelismo y el corporativismo en el reparto del gasto social. Creo que tenemos que ir a un sistema universal, en forma de una tarjeta magnética, porque la Argentina tiene una tradición corporativa demasiado fuerte.

-¿De dónde proviene la tendencia de gobernar mirando las encuestas?

-Le voy a contar una anécdota. En 1993 o 1994, hubo una mesa redonda muy rica en una asamblea de la SIP, en Bariloche. Tuve la suerte de participar en ella, y estaba Michel Rocard. Rocard tiene una extraordinaria dimensión intelectual. Y lo que sostenía era que el fenómeno de las encuestas condiciona al gobernante a pensar exclusivamente en el corto plazo. Ahora bien, decíamos en esa mesa redonda: lo fundamental en el hombre de Estado es concebir el largo plazo. Robert Schumann fue un hombre de Estado cuando, en 1950, lanzó el gran proyecto de la Unión Europea. Roca pensó en metas muy ambiciosas para la Argentina. Lo mismo hizo Mitre. Este mundo de la hipercomunicación transforma al político en un hombre pendiente de la popularidad.

-¿Correr detrás de las encuestas tiene el riesgo de que la atención de la opinión pública salta con frecuencia de un tema a otro?

-Sí, pero hay dos temas que están atravesando el país que se repiten constantemente desde hace siete, ocho años. Uno es el desempleo y otro, la inseguridad.

-¿Son dos temas íntimamente vinculados?

-Por supuesto. Pero también ahí yo me coloco en el medio de dos tendencias. Una tendencia muy inclinada a lo sociológico, que dice: mejoremos las condiciones de la justicia social, de la distribución y todo lo demás vendrá por añadidura. Otra tendencia que dice: no, señor, ésta es una cuestión de ley y orden. Entre estas dos posiciones antagónicas, yo me sitúo en el medio. Creo que las condiciones sociológicas del desempleo son fundamentales para entender el tema de la inseguridad. Pero cuidado, si no se trabaja sobre el flanco de tener policías en forma, la propia malformación de los organismos de seguridad puede reproducir la inseguridad.

-¿Siempre asume posiciones equidistantes?

-Me gusta el claroscuro de la historia. Nunca he practicado una historia que se sitúa ni en la oscuridad ni en la claridad absoluta.

-Así, ¿tampoco juzga a este gobierno en blanco o en negro?

-Ni una cosa ni otra. Fíjese, además, la manía anticipatoria que tenemos las argentinas y los argentinos. Kirchner recién ha comenzado su mandato. Pero la sociedad argentina ha hecho de la necesidad virtud, porque todas las hipótesis catastróficas, sobre todo las de 2002, no se cumplieron. No sólo este año que el presidente Kirchner no duraba, sino el dólar a diez pesos, la hiperinflación. No pasó nada de eso. Por eso trato de ser cauteloso, a riesgo de que parezca que no quiero dar fórmulas terminantes ni jugar la realidad con contrastes, como hacía Carlyle. "Yo quiero iluminar la sociedad con grandes llamaradas..." No, apenas ser un fosforito que se enciende. Es muy difícil predecir, y es aún más difícil en las circunstancias presentes. Los últimos grandes acontecimientos del mundo, de los últimos catorce años, no se los vio. No se predijo la caída del imperio soviético.

-Dos semanas antes de la caída del Muro de Berlín, el escritor Günter Grass decía que por lo menos faltaban veinte años...

-Uno de los maestros con los que yo me formé, a la distancia, Raymond Aron, en su último libro daba por hecho que estaba congelada la distribución del mundo entre las dos grandes potencias. El otro punto que tampoco se predijo en cuanto a su formidable potencial destructivo y el extraordinario poder que tienen la injusticia y el resentimiento como generadores de catástrofes es el terrorismo. Entonces, seamos cautelosos. De ahí la importancia que tiene la estabilidad de las leyes, porque no podemos predecir todo, pero por lo menos podemos predecir que las leyes van a ser estables y que el tejido social mínimo que sostiene una sociedad va a tener puntos de apoyo importantes. Bueno: estamos en una etapa de reconstruir los puntos de apoyo.

-¿Piensa que la sociedad está un paso adelante que sus dirigentes, o esto es ser muy optimista?

-Tal vez sea esto último. Hay elementos de sensatez, pero en este tipo de análisis hay un riesgo muy grande. Es una vieja tradición, tanto teórica como práctica, que tiene sus orígenes en la España del siglo XIX, que es el regeneracionismo. El regeneracionismo dice que la sociedad es buena, pero está atrapada en una membrana de corrupción en manos de la clase dirigente. Rompemos esa membrana y van a florecer las semillas. Yo creo lo contrario: creo que es la propia sociedad la que genera a sus dioses. Después los destruye. Los reemplaza por otros. Pero hay que entrar muy a fondo en el análisis del vínculo social de los argentinos. Y, sobre todo, entender y explorar esa pregunta que en este momento, lo confieso, me obsesiona, que es la pregunta del principio: ¿por qué no sabemos representarnos? Lo único que le puedo decir es que tengo la pregunta, pero no la respuesta.

-Y eso que probamos todas las variantes: desde la sensatez de De la Rúa al pintoresquismo de Menem, pasando por el progresismo de Alfonsín y Kirchner.

-Yo siempre digo que uno de los grandes aciertos de esta democracia fue la alternancia. Lo que pasa es que la alternancia salió mal. Porque los dos presidentes no peronistas que tuvo esta democracia terminaron muy mal. Usted dice que probamos todo. Bueno, lo propio de la democracia es probar todo. La democracia española no se habría constituido si no hubiera probado un socialismo responsable como el que lideró Felipe González, ni tampoco se hubiera consolidado de no tener una derecha convertida a la democracia, en el plano interno sobre todo, como ha sido la de Aznar. Nosotros hemos tenido estas opciones a medias.

-¿Tal vez tuvieron ellos mejores dirigentes?

-No, lo que tuvo España fue una serie de ventajas muy grandes que la Argentina no tiene. A diferencia de lo que ocurría en la década del 80 del siglo XIX, la Argentina no tiene hoy un centro de incorporación mundial. A España le fue tan bien porque tuvo dos metas muy claras: primero, incorporarse a la Alianza Atlántica; segundo, incorporarse a la Unión Europea. Cuando lo hizo, pegó un salto espectacular en su crecimiento y en su desarrollo, porque la asistencia de la Unión Europea fue muy importante.

-Pero en la década del 90, nuestro centro de incorporación eran los Estados Unidos...

-Claro, pero cuando yo hablo de un centro de incorporación, pienso en un ida y vuelta. Estados Unidos no es en este momento una potencia regional con respecto a América latina. No, Estados Unidos es una república imperial, es la hiperpotencia mundial, la preocupación de Estados Unidos es el mundo, y Estados Unidos tiene claramente definida su política con respecto a América latina, que es una política de llegar al ALCA, tal vez, pero fundamentalmente de acuerdos bilaterales. Bueno, la Argentina tiene que decidir cuál es su rumbo. Tal vez, y yo apoyo esta idea, el rumbo de la Argentina sea consolidar el Mercosur como zona regional de paz y como zona de integración y ver si por medio del Mercosur podemos lograr una incorporación decorosa en esta área de libre comercio de las Américas. Pero eso está por verse.

-No haber tenido un centro de incorporación, ¿fue culpa nuestra?

-En parte, sí, porque podríamos haber avanzado mucho más los argentinos y los brasileños en la creación de un eje que se transformase en un lugar atractivo para los otros países. Sé que es muy difícil: las asimetrías con respecto a Brasil son muy grandes, pero creo que hubiéramos podido avanzar más rápidamente.

-¿Todavía hay tiempo de hacerlo?

-Sí, hay tiempo. Yo creo que no hay que abandonar para nada esta hipótesis.

Por Hugo Caligaris
De la Redacción de LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/03/12/27/dp_558897.asp

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"El Mercosur y el ALCA son dos proyectos incompatibles"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 21-12-2003 00:00:00

LUIZ A. MONIZ BANDEIRA, POLITOLOGO E HISTORIADOR

Como potencia industrial emergente, Brasil está en condiciones de liderar, junto con la Argentina, la construcción de un bloque de países sudamericanos integrados a escala regional en torno a una unión aduanera.

Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com

La actual discusión sobre el ALCA y el Mercosur, ¿replantea o continúa el viejo triángulo conflictivo entre Brasil, Estados Unidos y la Argentina?

# Las relaciones competitivas entre Brasil y Estados Unidos son un dato cartográfico e histórico objetivo. Son las dos mayores geografías, economías y poblaciones del continente. Y a pesar de las grandes asimetrías, rivalizan inevitablemente en sus posiciones e intereses en la región. Veamos la historia: Brasil es la América portuguesa que no se desintegró; al contrario de la América española, mantuvo su unidad política, económica y social y eso le permitió tener una política exterior y ejercer una primacía regional durante gran parte del siglo XIX. Pero era dependiente del café en casi 60 % de sus exportaciones; y el café, dependiente del mercado americano también en igual proporción. Todo el esfuerzo de Brasil fue en el sentido de liberarse del café y, consecuentemente, del mercado americano. Eso le permitió ser la principal, si no la única, potencia industrial del Hemisferio Sur. La Argentina podría haberlo sido también; tuvo un gran momento durante cuatro o cinco décadas de enorme prosperidad, mayor que Brasil. Pero vinculada a Inglaterra, declinó con Inglaterra y se quedó atada a aquel recuerdo.

Se suele remarcar la diferente actitud de ambos países en la Segunda Guerra, el apoyo de Brasil a los aliados y la neutralidad de la Argentina...

# ¡Pero si Brasil era tanto o más neutralista que la Argentina! Lo que pasó es que Brasil tenía minerales que Argentina no tenía. Estados Unidos no necesitaba de carne y trigo, tenía de reserva. La neutralidad argentina fue favorecida y apoyada por Inglaterra, que percibía en las presiones americanas una lucha contra los intereses ingleses en la Argentina y necesitaba además que los buques no fueran torpedeados por los alemanes. Pero Brasil tenía, además de materias primas que interesaban a Estados Unidos, una posición geoestratégica mucho más importante que la argentina.

La Argentina formaba parte del mismo escenario geopolítico, y sin embargo, Estados Unidos fue mucho más duro, aplicó otro criterio con este país.

# Porque Argentina, insisto, no era estratégicamente tan relevante. No tenía hierro, ni esa proyección geopolítica. Tenía un nacionalismo, eso sí, que molestaba mucho a los Estados Unidos, pero que era fácil de castigar. Lo que más les interesaba, en realidad, era terminar con la influencia británica en este país. Y mantener el equilibrio de poder regional sosteniendo la rivalidad entre Argentina y Brasil.

¿Qué ocurre después de la guerra?

# Los militares norteamericanos ganaron influencia y pasaron a tener contacto directo con militares latinoamericanos, por encima de los gobiernos. Esto llevó a acabar la hostilidad y las sanciones hacia la Argentina. Mientras, la competencia por la ayuda económica norteamericana para la compra de armas indujo a los sectores de poder argentinos a buscar un alineamiento mayor con EE.UU. Todo eso terminó en los golpes militares que sufrieron nuestros países en los años 60.

Sin embargo, las rivalidades continuaron y se acentuaron incluso como "hipótesis de conflicto".

# En primer lugar, hay que tener presente que los gobiernos militares de Argentina y Brasil tomaron distintos rumbos y establecieron distintas alianzas con los sectores económicos, tal como ya había ocurrido en 1930 (en Argentina triunfaron los militares conservadores; en Brasil, éstos resultaron apartados). En Brasil se consolidaron los sectores industrialistas mientras en la Argentina la antinomia entre los intereses del sector agroexportador y las necesidades de la industria no fue resuelta, ni se superó el círculo vicioso del estancamiento económico y la inestabilidad política e institucional. Curiosamente, los sectores militares argentinos que más se preocuparon por la supuesta "amenaza" expansionista de Brasil fueron los que terminaron con la paridad estratégica entre ambos países al abrir el mercado argentino a las importaciones, devastar las industrias nacionales y contraer un fabuloso endeudamiento externo: fue entonces, a partir de la segunda mitad de los años 60, cuando Brasil logró, por medios económicos y diplomáticos, los resultados de una guerra victoriosa, restaurando —un siglo después de haberla perdido en la guerra de la Triple Alianza— su condición de potencia regional indiscutida.

¿En qué representan el Mercosur y el ALCA la continuidad de aquellas contradicciones?

# Los primeros acuerdos firmados por Alfonsín y Sarney rescatan los objetivos ya propuestos en 1941 por los cancilleres Aranha y Ruiz Guiñazú: integrar un mercado común cuyo eje Río-San Pablo-Córdoba-Rosario-Buenos Aires constituiría la región de mayor desarrollo de América del Sur. Durante los años 90, esto viró hacia un carácter librecambista, de apertura general, que en cierta forma abandonaba el concepto de integración flexible y gradual. El ALCA y el Mercosur son dos proyectos incompatibles. El objetivo de los Estados Unidos con el ALCA es extender sus mercados para paliar su extraordinario déficit y colocar sus productos, una adaptación del viejo proyecto panamericanista del presidente Benjamin Harrison; el Mercosur, en cambio, es el único proyecto viable de desarrollo para los países de la Cuenca del Plata: hay una necesidad de escala de producción y de construcción institucional supranacional. Argentina vinculada a Brasil tiene una población de más de 200 millones de habitantes; aislada, es poco lo que podrá hacer por sí sola.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2003/12/21/z-04215.htm

Copyright Clarín, 2003.

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Descubrimientos

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 21-12-2003 00:00:00

Por Juan Gelman

La captura de Saddam Hussein es una victoria más bien simbólica para la Casa Blanca y corre el riesgo de convertirse en pírrica: los ataques guerrilleros y los atentados suicidas se sucedieron sin pausa esta semana en Bagdad, Mosul y otras ciudades, en el marco de las manifestaciones de sunnitas desarmados que aún extrañan al autócrata depuesto. Fueron dispersadas con fuego real, hubo muertos y heridos y no parece que esto contribuirá a apaciguar los ánimos de los ocupados. La moderación de Bush hijo al anunciar la captura y las advertencias de los altos mandos estadounidenses subrayaron lo que se sabía ya: Hussein era una sombra fugitiva que no controlaba la resistencia iraquí.
Hace mucho que un buen sector de quienes combaten al invasor descartaron a Saddam y a su partido Baaz como banderas de lucha. Esa resistencia es heterogénea: la constituyen baazistas, sí, pero también fundamentalistas sunnitas que siempre despreciaron a Hussein, nacionalistas árabes que no soportan la idea de su país ocupado, parientes de asesinados o humillados por las tropas de EE.UU. en busca de venganza, jóvenes sin trabajo, y no faltan los sunnitas abrumados por la posibilidad de que EE.UU. los convierta en ciudadanos de segunda fabricando un Irak dominado por kurdos y shiítas. El Servicio de Investigaciones del Congreso norteamericano hizo una lista de 15 agrupamientos guerrilleros diferentes que no actúan bajo las órdenes de un comando central. Su número asciende al doble para el Departamento de Estado. Y puede haber más. Los chiítas que se oponen a la ocupación o están descontentos con las políticas del Pentágono en Irak “ya no temerán que EE.UU. se retire repentinamente y Saddam vuelva al poder. Es posible entonces, que pierdan paulatinamente su timidez política y se manifiesten con más fuerza en la arena pública”, opina John Cole, catedrático de la Universidad de Michigan. Es que “la resistencia se autogenera y poco y nada tiene que ver con Saddam”, propone Tim Ripley, especialista del Centro de Defensa y Estudios de Seguridad Internacional de la muy británica Universidad de Lancaster (The Christian Science Monitor, 15-11-03).
Washington proclama ahora que la captura del autócrata justifica plenamente la invasión y ocupación de Irak. El representante republicano Jan Schakowsky expresó su desacuerdo con la pretensión de quienes hoy afirman que un Saddam prisionero “prueba que todo valió la pena, las pérdidas de vidas norteamericanas, el aislamiento de EE.UU., el enorme gasto soportado por nuestros ciudadanos”. Este legislador olvida un poquito ciertas cosas –los miles de civiles iraquíes muertos y heridos, la devastación de ciudades y poblados, la represión indiscriminada, otras–, pero tiene razón. Los argumentos de la Casa Blanca para invadir Irak se centraron en la necesidad de destruir sus presuntos arsenales de armas de destrucción masiva, que no se encuentran, en los presuntos lazos de Bagdad con Al-Qaida, que no se descubren, y en muy escasas apariciones de la misión de liberar a un pueblo oprimido. El zapping declaratorio de Bush hijo no es una novedad.
Las imágenes televisivas de un Hussein humillado tuvieron un efecto boomerang en los países árabes. Nadie defiende al autócrata, ni las guerras contra Irán y Kuwait que inició, ni el asesinato, gaseo, tortura y ahorcamiento de decenas de miles de opositores kurdos y chiítas que perpetró, y sin embargo: “El arresto de Saddam es un insulto al honor de los árabes”, pudo leerse en el periódico saudita Al-Aharq Al-Awast (16-12-03). Este medio nunca se caracterizó por defender al régimen baazista, pero expresa un sentimiento generalizado en el mundo del Islam. Y no sólo: “Sentí compasión por este hombre destruido al que le revisaban los dientes como si fuera una vaca”, se disgustó el cardenal Renato Martino, presidente de la Comisión de Justicia y Paz del Vaticano y exrepresentante de la Santa Sede ante la ONU. “Es terriblemente importante que el público lo vea como lo que es, un prisionero”, indicó por su parte el jefe del Pentágono Donald Rumsfeld. Estas delicadezas de los halcones gallinas tampoco son novedad.
La alegría de millones de iraquíes por la captura de Hussein se diluye, entre otras cosas, en el odio que despiertan las condiciones de la vida cotidiana, el desempleo que desespera, la inseguridad y la inestabilidad que avanzan, la carestía y la inflación. “Es fantástico que lo hayan capturado, pero no fue él quien subió hasta el cielo los precios del petróleo, de la electricidad y todo lo demás; un tanque de gasolina costaba antes 250 dinares y ahora vale 4000, si se consigue”, se quejó el dentista bagdadí Gazhi (Reuters 15-12-03). Escasea el carburante en el país del planeta que posee reservas del petróleo sólo inferiores a las de Arabia Saudita. Lejos están de cumplirse las promesas de libertad y prosperidad que alguna vez los ocupantes formularon. Ahora matan indiscriminadamente a civiles iraquíes que, ya en estado de cadáver, son convertidos en “insurgentes” por los partes de guerra yanquis.
La captura de Saddam no ha terminado con la resistencia iraquí y el legislador demócrata Jan Rockefeller, vicepresidente del Comité de inteligencia del Senado norteamericano, lo acaba de descubrir con una suerte de asombro enojado: “Esto es elocuente y perturbador –dijo (AP, 15-12-03)– porque significa que los insurgentes no están peleando por Saddam, están peleando contra Estados Unidos”. Y, sí.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-29565-2003-12-21.html

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"El problema es que somos inconsistentes"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 20-12-2003 11:29:10

Carlos Floria analiza a los argentinos

Mientras Carlos Floria reflexiona acerca de ciertas percepciones políticas en la Argentina contemporánea, piensa y escribe un nuevo libro. A pesar de tener en su haber más de veinte títulos escritos como profesor consulto de la Facultad de Derecho de la UBA y plenario de la Universidad de San Andrés, y de haber alcanzado un reconocimiento intelectual que lo ha llevado a ocupar un sitial de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, Floria se dio tiempo para ser funcionario internacional entre 1996 y 1999, representando a la Argentina ante la Unesco.

"Yo había escrito mucho contra el menemismo, pero creo que Menem no lo leyó", deduce no sin cierto humor. Y explica mejor la aparente contradicción: "La relación de amistad que yo tenía con Guido Di Tella hizo lo demás. A él se le ocurrió que era una embajada para alguien del mundo intelectual. Fue una experiencia muy interesante".

Entre sus clásicos más consultados se encuentra "Historia de los argentinos", que escribió con César García Belsunce, y "Pasiones nacionalistas". Floria es un experto en sistemas políticos y, a la luz de ese saber, La Na-

cion fue en su búsqueda. Asegura que el gran problema de la Argentina es la inconsistencia de su vida institucional. El encuentro tiene lugar en su casa de Palermo Chico.

-Divisa punzó, el luto por Eva Perón, el sistemático cambio de nombre de las calles, si la estatua de la Virgen debe o no permanecer en el Palacio de Tribunales, ¿no reparamos los argentinos demasiado, y de manera superficial, en los símbolos?

-Tenemos una propensión a abusar de los símbolos instintiva o deliberadamente. Se los usa como factores de cohesión o de integración, pero también pueden transformarse en objetos de dominación, con vistas a excluir. Ese eje de simbología ideológica no sólo ha operado en la Argentina y hay razones estructurales para que siga funcionando. Ahora, por ejemplo, el nacionalismo vuelve a estar en auge como forma de protesta, rebelión y cohesión frente a los efectos no queridos de la globalización que excluye a tanta gente. Pero también hay otros casos, como el nacionalismo imperial de Estados Unidos que se cohesiona tras ser atacado, pero que en el plano interno norteamericano afecta valores fundamentales de las libertades democráticas. En la Argentina siempre ha habido expresiones muy nacionalistas como "proyecto nacional" que, en principio, no debería alarmar, pero que transformado en símbolo y llevado a la acción política con vistas a la cohesión en torno de objetivos fundamentales, se ha transformado en pactos de dominación muy preferidos por los nacionalistas integristas, las Fuerzas Armadas cuando gobernaron y el peronismo histórico. Al final, de una u otra manera, cada uno con sus matices terminaron hablando de "doctrina nacional", que tiene una lógica interior de tipo autoritario.

-¿Por qué la sociedad apuesta tan fuerte a lo mediático, reemplazando a la política por la mera gestualidad transmitida masivamente, privilegiando lo notorio por sobre lo profundo?

-Es que la inconsistencia de la vida no es original nuestra, aunque la practicamos con aparente delectación masoquista. Las declaraciones a favor de los derechos humanos son suscriptas en los organismos internacionales por 150 países, de los cuales casi un tercio tortura hoy en día. La inconsistencia hace que la simbología y los valores se invoquen mientras las conductas y comportamientos van por otro lado. La inconsistencia nacional es uno de los males o vicios públicos y también privados de la Argentina.

-Pero, ¿por qué somos cada vez más inconsistentes? En algunos momentos de nuestra historia pareció haber cierto Norte. En cambio, en los últimos años hay una incapacidad creciente en instrumentar políticas racionales de mediano y largo plazo. ¿Qué es lo que pasó?

-Perder la consistencia nacional es nuestro pecado individual y colectivo. Hay una elección perversa de quienes tendrían que ser los educadores cívicos, tal como sucedió en las democracias europeas donde sus líderes políticos se convirtieron en ejemplos positivos.

-¿Y qué pasó acá? Aquí supimos tener, en el pasado, una clase dirigente intelectual. ¿Por qué en los últimos años la multiplicación de arribistas convirtió a la política en otra cosa?

- La democracia no es un hecho de la naturaleza, sino que es cultural. Creo que la dirigencia argentina se acostumbró al autoritarismo corporativo. La historia corporativa contemporánea argentina es mucho más clara y, ahí sí, consistente, pero en un sentido negativo. Por lo tanto la ejemplaridad de esas dirigencias ha sido de un tremendo interés egoísta, personal o de grupo. Ahora que estamos conmemorando y reflexionando seriamente sobre los veinte años de democracia, nos preguntamos por qué ha sido tan precaria. ¿Cuál ha sido el comportamiento concreto del sistema? La política es una de las dimensiones de la vida. Afirmar que no nos gusta sería como decir que no nos gusta la moral, que sería como reconocerse como un amoral y si soy un amoral soy poco realista, porque lo moral es constitutivo de la vida, igual que la política. Y en la Argentina esa dimensión fue maltratada. En 1983 resultó emotivo y espectacular el regreso a la democracia, pero, ¿a cuál democracia regresábamos? ¿No habrá sido una irrupción en una democracia que debíamos construir? Justamente lo que se ve en la Argentina es que, según las épocas, tanto los liberales como los antiliberales fueron muy fuertes, al igual que las corporaciones, pero la democratización de la república fue débil. Democratizarla realmente significaría aceptar su división de poderes. De otra manera seguiremos con la república aristocrática, corporativa y bastardeada. De allí los fracasos de fondo que hemos tenido en cuanto a la conciliación de valores como la libertad y la igualdad.

-El más reciente escándalo político, la aparición de un "arrepentido" que echa luz sobre las coimas de hace tres años en el Senado refleja con fuerza ese sentimiento corporativo del que usted habla...

-Efectivamente, en el epílogo de la actualización de la próxima edición de "La historia de los argentinos", caracterizamos el comportamiento del Senado de la Nación frente al tema de los sobornos como una profundización del proceso de oligarquización corporativa de la clase política. De la Rúa debería callar o, si habla, decir algo sustantivo. Los escándalos políticos sirven para poner a prueba la calidad institucional de un sistema, lo cual no es del todo negativo si el sistema responde adecuadamente. Pero si sucede lo contrario, se degrada su legitimidad porque se resiente una vez más la confianza de la gente. Ahora, el sistema está a prueba y corresponde observar con mucha severidad cómo se procederá en nombre de la calidad institucional que se dice buscar.

-Antes de la llegada del comunismo, en Rusia gobernaron los zares; antes de Fidel Castro, Cuba tuvo otras dos largas dictaduras de signo contrario (Machado y Batista). Esa recurrencia de la historia por instalar formatos fijos también se repite en el caso argentino: los veinte años de Rosas, los dos primeros gobiernos peronistas, las dictaduras militares, el privatismo a ultranza del menemismo; ahora mismo tras la fachada de la llamada "transversalidad", ¿no se esconde un nuevo intento absolutista?

-Si uno toma la historia liberal del siglo XIX, lo que se reconoce de esa generación es una república controladora mucho más oligárquica que democrática, lo cual era muy propio de ese tiempo. Y, efectivamente, cuando Alberdi hace su diseño constitucional, concibe al Presidente como una suerte de rey republicano. Si se toma, en cambio, a los nacionalistas antiliberales, ellos proponen un tipo de régimen que significaba la alianza de la cruz y de la espada, una especie de monarquía militar donde la Iglesia aportaba como factor de poder, no como elemento religioso. Luego, el primer peronismo fue una democracia autoritaria porque no toda democracia es esencialmente liberal y pluralista. La democracia busca la igualdad y el liberalismo, la libertad. La combinación de estos dos factores aún no la hemos logrado. Más tarde aparece el antiperonismo gobernante, aderezado por algo más que entremeses militares. Cuando llegan los 70 hay una rebelión contra ese antiperonismo gobernante y, sin embargo, no se ve cuál es la teoría política que tenían detrás, por ejemplo, los Montoneros. Probablemente, de haber llegado al poder, habrían querido concretar una dictadura en nombre del nacionalismo peronista o del socialismo nacional, pero sin bases programáticas. Tampoco la dictadura militar tenía muy claras sus bases programáticas. También en el partido radical, y lo digo con benevolencia y no con perversidad, hay un tufillo sectario. Los que no ostentan pergaminos radicales no son asimilados. No tiene la UCR la capacidad incorporativa del peronismo, nunca la tuvo. La alianza que logra constituir en 1998 es meramente electoral, sin capacidad de coalición de gobierno al estilo chileno. Esa pulsión cátara, que idealiza crear el partido de los puros, es recurrente en la Argentina. Pero ya se sabe que la condición humana es pura e impura, trigo y cizaña dice el Evangelio. Entonces el partido de los puros termina siendo jacobino, autoritario, y plantea la revolución en el sentido del enemigo absoluto y por lo tanto o elimina o es eliminado. Esa visión cátara de la política argentina no ayudó a la aceptación del disenso como parte del sistema democrático. El consenso de la democracia empieza por las reglas del juego. El sentido negativo de la tolerancia es cuando yo tolero al otro porque no me queda más remedio, ésa sería la idea muy argentina de la tolerancia. Y el sentido democrático real es que yo tolere al otro porque el diálogo me lleva a una verdad más alta y me enriquece. Al no haber capacidad en el sentido positivo de la tolerancia, es muy difícil llegar a consensos fundamentales. Las dificultades que atravesamos los argentinos son enormes. Vivimos una Argentina fragmentada, con una marginación inédita en su historia. Cuando Alemania sale de la guerra, con Plan Marshall de por medio, tuvo en ese momento a Adenauer, De Gasperi y a Schuman. Con un medio campo político de semejante calidad, uno tiene fortuna, como le pasó también a la España de la transición con el rey, Felipe González y, sobre todo, con Adolfo Suárez. En nuestro caso, Frondizi, comparado con la decadencia política posterior, en su época, representó a un intelectual en acción.

-El problema de Frondizi es que no cumplió con el pacto electoral que lo había llevado al poder y cuando llegó al gobierno hizo lo contrario de lo que había prometido como candidato. Cuando Carlos "Chacho" Alvarez renuncia, también se quiebra el pacto electoral de la Alianza y De la Rúa queda sentenciado...

-El caso de Frondizi es el de un líder desperdiciado que aterriza en la Argentina en un momento en que no había sistema político: estaba el antiperonismo gobernante, el acoso militar y el peronismo proscripto y, por lo tanto, también amenazante. Esa disociación entre calidad institucional de un régimen y la calidad de un liderazgo es una de las inconsistencias argentinas. Por ahí hemos tenido líderes interesantes sin sistema y que se despreocuparon de la calidad del régimen político. El razonamiento de Yrigoyen, en su época, fue: "Nosotros constituimos la conducta" y por eso debe haber sido el régimen constitucional con más intervenciones federales de la historia en contra de las provincias que estaban en manos de los conservadores. A Perón, por ejemplo, lo que menos le importaba era el régimen e inclusive el partido. Le importaba su liderazgo y el poder sindical, en todo caso, una verdadera creación del peronismo histórico. Este tipo de comportamiento tan inconsistente de cómo se llega al poder y cómo eso deriva en autoritarismo por la irreverencia hacia la ley, en esas dos cosas, los argentinos sí hemos sido perversamente consistentes. De Gaulle, en cambio, fue un líder carismático que en cierto momento encarnó la salvación de Francia y le hicieron una constitución a su medida. Cuando contaba con todo el poder de la Quinta República llamó a un referéndum y, al perder, no produjo ningún drama nacional y se fue a su casa. Ese tipo de comportamiento, con un líder carismático que de alguna manera se institucionaliza, no lo hemos tenido en la Argentina. Esto supone una gran inconsistencia porque la democracia implica la circulación de elites, la competencia.

-Volvemos al terreno absolutista. El líder es vitalicio y desaparece con su muerte, como Perón. Pero allí siguen Menem, Duhalde y Alfonsín que no acaban de irse...

-Cierta vez Raymond Aaron, al que yo visitaba con frecuencia, recibió al profesor Stanley Hoffman, hoy director de Relaciones Internacionales de la Universidad de Harvard y uno de los críticos más genuinos e interesantes de Bush. Llevaba con él un estudio sobre el fenómeno del colaboracionismo en tiempos de la ocupación nazi y decía que recibía insultos feroces desde la izquierda y desde la derecha porque según su investigación el 80 por ciento de los franceses había prestado diversas formas de colaboración. Aaron lo consoló: "Hay temas -le dijo- que por su naturaleza están endemoniados y no olvide además que los pueblos son habitados por demonios. No hay pueblo que no tenga etapas sombrías de las cuales arrepentirse". Hay cuestiones que la gente no conoce e igual se le pide un acto de sofisticación intelectual o heroico por más desesperada, confundida y sofocada que esté por una clase dirigente ofuscada. Y, claro, termina votando lo que circula y lo que, por ejemplo, se vio el otro día cuando juraron los nuevos legisladores. Ahora, ¿cuál es la calidad del sistema como para permitirle elegir entre una oferta mejor? Me parece que la transición argentina se parece un poco más a la de Europa del Este que a la española.

-Se dice que el problema argentino es, lo que en algún momento se interpretó como una virtud: su "crisol de razas", pueblos de distintas procedencias, con culturas y expectativas muy diversas que confluyeron en el país. Sin embargo, los mismos argentinos que emigran, se integran y se destacan cuando adoptan un nuevo país para vivir, ¿por qué en cambio aquí solemos ser tan buenos en lo individual y tan malos en lo colectivo?

-Es verdad que la Argentina ha tenido una capacidad de asimilación de extranjeros incluso mayor que los Estados Unidos y que el impacto inmigratorio fue fenomenal. Esa especie de hibridez del argentino ha sido defendida por Ernesto Sabato a propósito del tango y es más bien una virtud que un vicio. El tema es que por arrogancia e ignorancia nos ha faltado capacidad de gestión. Que nos destaquemos en lo individual y no en lo colectivo en el fondo marca una falta de sentido de lo solidario. La tolerancia en un sentido positivo es pensar con el otro y acá la tolerancia, en el mejor de los casos, funciona a pesar del otro. La dificultad que existe para llegar a consensos tiene que ver con eso. Por eso existe esta incongruencia entre las capacidades individuales y el comportamiento colectivo. Si en el rugby no hubiesen reglas de juego firmes y precisas, sería un deporte sanguinario y demoledor. Es cierto que si no hay un jugador que meta un try, no hay triunfo. Pero si no hay un equipo que le facilite a ese jugador hacer el try, no hay partido. Es un buen ejemplo del ensamblaje entre lo individual y lo colectivo.

-La administración Kirchner está por cumplir siete meses en el poder. ¿Qué es lo que está viendo y que es lo que está por venir?

-Eduardo Fidanza, del estudio Catterberg, ha puesto un título muy apropiado para la descripción de lo que está pasando: afirma que estamos viviendo y vamos a vivir la "pax" peronista en el corto plazo. Esto supone el control de los conflictos, la gobernabilidad, conciliar alianzas objetivas, no que subjetivamente se aman sino que objetivamente se necesitan porque como decía Borges, no los une el amor sino el espanto. Suscribo también lo que dijo Beatriz Sarlo en esta serie de reportajes de LA NACION en el sentido de que sólo los peronistas pueden gobernar, lo cual no es bueno...¡pero es así!

Esto significa que la calidad institucional sigue relegada aunque, por lo menos, hay cierta gobernabilidad. Pero al mismo tiempo podríamos estar viviendo el ocaso del peronismo. Una gran sovietóloga, Hélène Carrère D’Encausse, anticipó diez años antes la disolución de la Unión Soviética en "El imperio estalla", catalogándolo como un gigante con pies de barro que incubaba una cantidad de factores de crisis: la burocracia, las mentiras, las mafiocracias y, por otra parte, ya nadie sabía quién era realmente comunista. El hombre soviético no existía, pero sí el moscovita, el ucraniano. El comunismo en sí mismo sólo les servía para el ejercicio del poder, pero todo lo demás estaba en duda. Si el peronismo sigue con esta desolación opositora que le genera una arrogancia muy peligrosa, eso le creará una situación de crisis muy complicada que puede ser la semilla de la disolución, una diáspora, una metamorfosis, porque esta versión nacional populista no tiene programa ni visión estratégica, posee símbolos, gestos espectaculares, gran capacidad de captación masiva, pero tiene poca capacidad de gestión.

-En el medio de esta situación tan delicada, ¿cómo va a funcionar Kirchner?

-A Kirchner, puede favorecerlo o no. Nada es necesario ni definitivo. Depende de la calidad de conducción que vaya demostrando y de la gestión que haga del conflicto interno. Va a necesitar apelar a una coalición muy fuerte dentro del peronismo que, de hecho, ya tiene, pero que debe darle persistencia en el tiempo. Después de la "pax", que es de corto plazo, viene una zona de "soldar" esa coalición para que tenga condiciones de gobernabilidad en el largo plazo y una visión estratégica. Lo que va a poner a prueba a Kirchner es si logra o no ser garante de la reforma política. Si no hay certidumbre en la autoridad, tarde o temprano se pierde el poder. Duhalde tuvo un momento de habilidad táctica capaz de una gobernabilidad de tránsito. Acá de lo que se trata ahora es de construir una democracia con una aceptación de la competencia política mucho más franca. Kirchner, de alguna manera, va a necesitar la oposición leal, porque si no, va a vivir de las oposiciones faccionales, derivadas de la interna peronista.

-Estas oposiciones faccionales internas del peronismo, en los 70 se manifestaron de una manera muy sangrienta a través de los llamados "brazos armados" de la izquierda (Montoneros, FAR, FAP, etc.) y de la contrarréplica de ultraderecha (la triple A). En este momento, ciertos brotes de delincuencia común, ¿no estarían jugando ese mismo rol?, ¿podría estar siendo manipulada para conseguir determinados efectos políticos?

- Yo creo que en la medida en que hay oposiciones faccionales, que no es la leal de tipo institucional, hay una proclividad hacia la explotación de esa violencia en términos políticos. Hay un ejemplo que puede parecer exótico, pero muy interesante: cuando la fractura de Yugoslavia, las barras bravas del fútbol de ese país, especialmente las serbias, que eran mucho peores que los hooligans ingleses, terminaron siendo militarizadas y convertidas en vanguardias de la limpieza étnica serbia. Es una analogía lejana, pero la traigo a colación precisamente para marcar que la explotación de la violencia común por la política no es tan rara. Y eso supone que la Argentina transita una situación peligrosa. Estamos construyendo una legalidad y mire lo que nos cuesta.

Por Pablo Sirvén
De la Redacción de LA NACION

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La República humillada

Archivado en Osvaldo Bayer • Fecha: 20-12-2003 00:00:00

Por Osvaldo Bayer

La vergüenza y la tristeza. Lo que ha ocurrido en nuestro país ya supera toda paciencia y comprensión. Las coimas a los senadores de la Nación tienen una trascendencia moral tan profunda que nos llega a conmover toda raíz de confianza y de fe en las instituciones. Todo menos eso. Que los representantes de la Nación, más, que los representantes del pueblo sean coimeros, sobornados, de una inmoralidad pequeña, sucia, imperdonable. En los mismos partidos –los de siempre– a los que pertenecen esos seres inmorales, deben constituirse tribunales de conducta, para juzgarlos, expulsarlos y pasar esos antecedentes a la Justicia a fin de que se los condene a prisión perpetua por jugar de la manera más deshonesta con sus representados y por supuesto debe regir la prohibición absoluta para cargos electivos y al servicio del Estado. Pero los deshonestos son una cosa y los que protegieron a los deshonestos –en este caso, todos– son otra, pero con detalles muy comprometedores. Si el vicepresidente renuncia por esto, el Senado, por un lado, y por el otro, el propio gobierno, tendrían que haber llevado la investigación hasta las últimas consecuencias. No, se traslada el caso a la Justicia y allí, como era de prever, la investigación muere, dejando probado que está todo podrido en Dinamarca, perdón, Shakespeare nada tiene que ver, en la Argentina.
Que tenga que aparecer un correveidile vergonzante para hacer conocer toda esta tremenda deshonestidad a toda la Argentina es de no creer. La Argentina, con su policía, su Justicia, sus engolados políticos y su mafia, dejó pasar todo. No se enteró. No supo, y sólo alguna noticia y una renuncia, la de Chacho Alvarez, para la gilada. Llegamos a saber del vergonzoso crimen para con la República a través de un mandadero de manos sucias.
Basta ya, señores peronistas y radicales, basta ya. Déjense de jugar con las bases republicanas que fundaron los patriotas de Mayo. Basta los dos partidos de hacer negocios con la moral de la República. Este episodio terrible, inconfesable, indescriptible, nos hace recordar la Década Infame, aquel triste período donde se mancilló el nombre argentino hasta el hartazgo. El negociado de las tierras del Palomar, al cual hay que recordar siempre y sacar consecuencias. Tierras para el Colegio Militar que se compraron con la participación de generales, legisladores y funcionarios. Una vergüenza nacional. Las señoras Herrera Vegas le venden al comisionista Néstor Luis Casás las tierras del Palomar en 1.447.906 pesos. Y diez minutos después, Casás le vende al gobierno nacional las mismas tierras en 2.450.303 pesos. Es decir que la Nación pierde 1.002.497 pesos en el mismo momento. Y el pago se hace en orden inverso, la Nación le paga primero a Casás la suma de 2.450.303 pesos. Y Casás paga en segundo término a las dueñas Herrera Vegas 1.447.906. La diferencia servirá para pagar coimas a los miembros de la comisión senatorial y al presidente de diputados, Juan G. Kaiser; al titular de la comisión de Presupuesto y Hacienda de Diputados, Gregorio Raúl Godoy, y otros legisladores radicales, así como a generales y funcionarios. El ministro de Guerra, general Márquez, que había aprobado la venta, pasó a llamarse para el pueblo, el general Palomárquez. Cuando se descubre todo, el diputado nacional del radicalismo, Víctor Juan Guillot, se pega un tiro. En el caso actual, ninguno de los inculpados ha tenido esa salida en reconocimiento de su delito. No, niegan todo y esperan el camino de la Justicia, tortuoso e interminable que no nos ha llevado a ninguna conclusión –salvo contadas excepciones– con respecto a los negociados de armas y de otras especies que han cometido nuestros representantes, especialmente en el período menemista.
En las tierras del Palomar, el negociado queda absolutamente esclarecido cuando el senador conservador Suárez Lago enfrenta al ministro de Guerra, general Márquez, y le destruye sus argumentos. Le dice textual: “Según lo que hemos oído de la boca del señor ministro de Guerra, general Carlos Márquez, había una extraordinaria urgencia de carácter militar en adquirir el campo. Se necesitaba como oxígeno para resolver las dificultades de la enseñanza y de la práctica de ejercicios en el Colegio Militar, pues, por las razones que dio el general Márquez, parecía que los cadetes se ahogaban en ese pañuelo de tierra en que está edificado el Colegio. ¡Imagino cuál sería la alegría y satisfacción del director del Colegio Militar cuando supo que se había realizado la compra de la propiedad lindera! Pero no es así. No bien comprados los terrenos a Casás, se dan en arriendo a un particular para la explotación de la industria tambera a 40 pesos la hectárea. Se pagó 11 mil pesos la hectárea para arrendarla en seguida a 40 pesos anuales. ¡Oh, sarcasmo irritante!”. Por el negociado, renuncia el presidente de la Nación, doctor Roberto M. Ortiz, pero la misma no es aceptada.
En cambio, en el affaire de Pontaquarto no va a renunciar nadie.
La Justicia condenará a los implicados –entre ellos a los legisladores– a seis años de prisión, en 1945. Pero el presidente Perón los amnistiará en 1947. Uno de los coimeros, el ex diputado Bertotto, se hará entonces peronista e instalará un comité en Rosario de ese partido.
En ese entonces no se supo defender a fondo la democracia. Se tomó el affaire del Palomar como una travesura de niños. Después, la inmoralidad se generalizó pasando muchos generales y coroneles retirados a formar parte del directorio de empresas extranjeras, nacionales y transnacionales. Y otros, a ser los dueños de empresas de vigilancia.
Aunque el negociado se debatió, no se procedió con un ejemplarizador castigo a los culpables. La década terminó llamándose la Década Infame. Veremos ahora qué pasa con nuestra República. Desde ya se la humilló. Hasta el hartazgo.

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"No es conveniente hacer balances para fin de año"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 14-12-2003 00:00:00

EVA GIBERTI, PSICOLOGA Y PSICOANALISTA

Las Fiestas se viven según la historia individual y el sector social al que se pertenece, pero hay desasosiegos comunes a todos. Para atenuarlos, es mejor no hacer escrutinios que desconocen la riqueza dinámica de la vida.

Analía Roffo
aroffo@clarin.com

Hay un conocido poema de T.S.Eliot que dice que "abril es el mes más cruel". ¿A veces no parece que es diciembre, con los sentimientos encontrados que generan las Fiestas y el fin de año?

—Me parece que el adjetivo varía según el sector que usted mire. Para los chiquitos que tienen buena casa y familia, diciembre es el alboroto y la expectativa de los regalos en Nochebuena. Pero inquieta ver el perfil consumista que van adquiriendo. Para muchos de ellos, Papá Noel es cada vez menos una figura que tiene que ver con la historia de la Navidad para transformarse en casi compulsivo motor de consumo. Pero es obvio que esta tendencia se detecta sólo en una parte de la población infantil. Para muchos —la mayoría—, la realidad indica que no hay a quién dirigir las demandas, porque cada vez se consume menos. Para ellos, no sólo diciembre es un mes cruel.

# ¿En los adultos hay diferencias parecidas?

—Sí, pero en principio son históricas. Me parece que hubo un tiempo —hace unas cuantas décadas, claro— en que las Fiestas eran vividas como la posibilidad de refugiarse en una bahía, a salvo de tormentas, por dos semanas. Había como una tregua, desde el 20 de diciembre hasta el 2 de enero. El tiempo se suspendía y parecía que nada malo podía ocurrir en ese plazo. Creo que la sensación actual es que no hay bahía donde refugiarse ni tregua posible. Lo que hay ahora, en muchísimas familias, es la memoria de un orden perdido.

# ¿A qué se refiere?

—A la sensación de tanta gente de que perdió una rutina, un orden cotidiano que, aun con lo engorroso que podía ser a veces (¡cuánta gente iba a disgusto a encontrarse con el pariente tal o cual en Navidad!), implicaba cierta estabilidad e, incluso, cierta idealización.

# ¿Las Fiestas siempre fueron momentos difíciles pero uno ha tendido a idealizarlas?

—Todos caemos en ese tipo de idealización, que podríamos sintetizar así: "En algún momento del año yo necesito sentirme bueno, y sentir que hay un clima que es diferente de los otros climas y que me arrastra".

# ¿Pero por qué entonces esos climas internos tan desasosegantes que tantas veces sentimos? ¿En el fondo sabemos que esa idealización es falsa?

—Es que tenemos registro de su transitoriedad. Primero digo que "voy a sentirme bueno y los que me rodean, también", pero lo creo poco. Son idealizaciones no neuróticas —una idealización neurótica es aquella que uno se cree, por eso es neurótica: porque implica una trampa—. Esta es, en realidad, una idealización operativa defensiva coyuntural, en la que intento sentirme bien y bueno, pero subyace —de ahí todo lo desasosegante a lo que usted alude— ese registro del orden perdido, tanto en el plano material como en el más íntimo. Pero también es cierto que estos climas están asociados con el nacimiento de algo. Fíjese que no es casual que todas las religiones y las mitologías cuenten con un relato de un ritual de nacimiento, de aparición de la luz luego de las tinieblas. Entonces, lo que es arcaico y también imprescindible en los seres humanos es un espacio para el rito como necesidad de sujeto trascendente. Nos acordamos poco, pero somos sujetos trascendentes, por lo que tenemos una serie de compromisos conscientes y no conscientes con nuestra perdurabilidad. Creo que, en ese sentido, en estas Fiestas vamos a tener un sentimiento modesto de renacimiento y no, por suerte, la sensación de catástrofe que cruzó el fin de 2001 y de 2002.

# ¿Por qué lo intuye?

—Escucho a la gente, leo los diarios y siento que con los restos de las palabras dichas y gritadas durante los dos últimos años se están armando nuevas palabras, mientras aparecen nuevas voces para decir algo más esperanzado. Obviamente, esto no ocurre en todos ni para todos. Pero me parece que para unos cuantos hay como una esperanza de armar una especie de bricolage con elementos residuales y nuevos, quizá con el envión de este rito de renacimiento de las Fiestas.

# Pero ese rito tiene a veces un paso crucial: hacer balances de lo logrado en el año que termina. ¿Por qué suele ser tan complicado hacerlos?

—Yo tengo mis objeciones a esa parte del rito. ¿Sabe? No conviene hacer balances para fin de año. Fíjese en las palabras: balance, balanza, medir con presunta precisión algo. Pero, para mi gusto, no sirve mucho. Porque la balanza tiene sólo dos opciones, dos platillos: bueno/malo, blanco/negro.

# No hay matices....

—¡Claro! Es casi "pensamiento único". No quiero pecar por excesiva: si bien los balances son necesarios porque son una de las tantas herramientas operativas para pensar, son muy falibles para fin de año. Porque suelen ser demasiado sesgados y rudimentarios, y por eso no dan cuenta de la riqueza de nuestra vida, que no sólo tiene blancos y negros, sino procesos siempre dinámicos y no binarios.

# No hacer balances parece un buen consejo en el plano individual. Le pido uno en el plano familiar.

—Mire, es evidente que por el derrumbe social, las funciones "padre" y "madre" han cambiado. El lío se arma cuando la gente supone que el cambio de función significa cambio de relación. La función "padre", generalmente, implica ingreso de dinero, protección, etc. Cuando el padre pierde el trabajo, esa función se deteriora. Pero lo que no se modifica —lo que no debe modificarse— es la relación, que es el vínculo de afecto que sostiene a la familia. Y uno de los problemas clínicos que encontramos (no en Navidad, sino en todo el año) es que al deteriorarse la función "padre", se descalifica la relación. El padre "vale menos", entre comillas, lo que le hace muy mal a todos. El padre debe seguir protegiendo, aun cuando haya perdido su trabajo. Cuando padre o madre se sienten humillados, descalificados, todo la familia se resiente. ¿Puedo sumar otro consejo?

# Claro.

—No quiero parecer superficial, pero me interesa insistir en un punto: la confianza en el esfuerzo de cada uno.Yo no le digo a usted que va a tener éxito. Pero lo importante es que usted confíe en que va a hacer el esfuerzo, que lo va a intentar. Confianza, diríamos psicoanalíticamente, en la propia bondad interna: yo valgo, yo soy amable, en el sentido de que merezco ser amado o amada. En el Demián de Hesse se cuenta que "Hubo una vez un adolescente que se enamoró de una estrella. Todas las noches iba a la cumbre de un peñasco en el borde del mar y le hablaba; soñaba con llegar hasta allí. Decidió que saltaría para alcanzarla. En el momento de saltar, dudó. Cayó y se estrelló contra los peñascos". Si hubiera seguido confiando en sí mismo, se habría salvado.

COPYRIGHT CLARIN, 2003.

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Frías: "El presidente Kirchner debería girar hacia el centro"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 12-12-2003 00:00:00

El jurista analiza los nuevos tiempos

A los 84 años, la vivacidad de Pedro José Frías no ha disminuido mucho. Quien es considerado uno de los juristas más influyentes del país en el último medio siglo está, como siempre, en plena actividad, sea como fuente de consulta directa, a través de su producción escrita, o incluso como promotor de movimientos cívicos como ¡Reforma Política Ya!, que impulsa modificaciones de fondo en la legislación electoral de los argentinos.

La provincia de Córdoba tiene la huella de cinco generaciones de Frías. Pedro J. Frías padre fue gobernador por el viejo Partido Demócrata. El hijo, que vive en pleno centro de la capital cordobesa, tuvo el premio al mejor bachiller en el Colegio Nacional de Montserrat, fue embajador en Bélgica y ante la Santa Sede, juez, profesor de las universidades Nacional y Católica de Córdoba y consultor durante la mediación papal por la crisis del Beagle, en 1979/1980.

Podría decirse que Frías fue el especialista más buscado durante el ciclo de reformas constitucionales producidas, en los órdenes nacional y provincial, desde el retorno de la democracia. Desde la Constituyente de 1994 en Santa Fe hasta las de Córdoba o Tierra del Fuego, en todas ellas tuvo peso su palabra. No siempre lo que se hizo después con las letras de esas leyes fundamentales estuvo en consonancia con su espíritu, lo que le deja cierto sabor amargo a un hombre que no deja de recorrer de punta a punta un país que conoce como pocos. Presidente de la Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de Córdoba e integrante de las más importantes academias, Frías es un prolífico autor de libros siempre actuales, entre ellos "El ordenamiento legal de los partidos políticos", "El comportamiento federal en la Argentina", "Sobre poder y sociedad" y "Aproximaciones".

Lo que sorprende al hablar con Frías, más allá de las quejas por arrugas y achaques, es la agilidad mental y ese estar siempre al día, al tanto de circunstancias cambiantes. En el plano de las opiniones, no se priva del elemento punzante, particularmente visible cuando carga contra la costumbre de hacer política con la mente puesta en el marketing y cuando le aconseja al presidente de la Nación que, desde la izquierda, gire hacia el centro en el espectro de las ideas.

-¿De qué manera explica la decadencia argentina?

-Yo creo que tendríamos que proceder geológicamente. Toda sociedad tiene cuatro capas: la más profunda es la moral; siguen la jurídica, la política y la económica. En el orden moral, yo advierto que la Argentina ha perdido bastante sus valores, cosa que tiene en común con todo Occidente. Se ha descristianizado la Argentina, en verdad, más lentamente que Europa, pero han ido apareciendo antivalores, amplificados muchas veces por la televisión. Por eso hay una campaña por la recuperación de los valores. La Academia de Educación, a la que pertenezco, la de Letras, la de Periodismo, inclusive los anunciantes, se están dando cuenta de que la televisión está alterando a la sociedad, precisamente por la pérdida de los valores.

-¿Desde cuándo se agudiza esta caída que usted menciona?

-Nos hemos vuelto individualistas, y el individualismo disuelve los vínculos sociales en los egoísmos particulares. Nos hemos vuelto relativistas: todo es igual, el bien y el mal, la Biblia y el calefón. Nos hemos vuelto muy desconfiados. De los gobiernos, de los vecinos. Hay desconfianza mutua en la sociedad, por eso está tan fragmentada. Yo creo que esto no tiene muchos años. La pérdida de valores es paulatina, pero la desconfianza se ha vuelto muy grave a partir de nuestras crisis, fundamentalmente la de diciembre de 2001.

-¿Esos días fueron como un súbito despertar?

-No, ya la sociedad estaba fermentada.

-¿Ya éramos, al estallar la crisis, una sociedad con los valores alterados?

-Se produjo una alteración de la cultura moral de la sociedad. En los últimos tiempos nos hemos acostumbrado a desvirtuar, a desnaturalizar. Desnaturalizamos las elecciones cuando la ingeniería electoral de la presidencia de Duhalde nos llevaba a una doble vuelta electoral entre dos candidatos de un mismo partido, situación muy singular que no se dio por la renuncia del doctor Menem. Hemos desnaturalizado, por ejemplo, la ley de lemas, que importamos del Uruguay, a punto tal que, en Tucumán, por cada 23 electores hubo un candidato. En estos meses hemos desnaturalizado el protocolo...

-¿Se refiere a algunos gestos espontáneos del Presidente?

-No sólo a eso. El presidente Kirchner no tuvo en cuenta que un gobernante no puede inmiscuirse en los asuntos internos de otro país. Cuando, como candidato, visitó Chile, expuso su admiración por Salvador Allende, cosa que ni el propio presidente Lagos hubiera hecho jamás. También lo ha hecho en Bolivia, y lo ha hecho en Uruguay. Confío en que sean las últimas muestras de una intrusión que no nos hace bien y nos sigue mostrando como un país paradojal, que es lo más benigno que ha dicho la prensa extranjera de los argentinos.

-¿Se obra en virtud de conveniencias políticas del momento?

-En efecto, porque otra de las cosas que desnaturalizamos fueron las prioridades. Se da prioridad a lo que produce rédito político inmediato. Le doy un ejemplo: una provincia tan bien gobernada como Santa Fe, en 1992 los hidrólogos habían señalado que era necesario completar las obras de defensa del río Salado. ¿Quién les iba a hacer caso a los hidrólogos, quién iba a pensar en una inundación de ese porte? Y bueno, ocurrió lo que ocurrió.

-En ese corte geológico que usted proponía, la segunda capa era la jurídica...

-Sí, y en ese plano la tragedia fue completa, porque se destruyó la seguridad jurídica, condición necesaria del crecimiento económico, porque las decisiones de inversión tienen que ser tomadas en un marco de confianza y de previsibilidad. Si no lo hay se debilitan las inversiones. Nosotros destruimos todo, los ahorristas se vieron estafados...

-¿No había sucedido antes, con el llamado rodrigazo y la hiperinflación de fines de los años 80?

-Pero nunca tan grave como esta vez, porque fue prácticamente una confiscación de los ahorros, que se va recomponiendo ahora lentamente. Reconstruir la seguridad jurídica es absolutamente necesario, y para eso puede haber servido el sesquicentenario de la Constitución nacional. Contrariamente a lo que por error dice el excelente escritor Marcos Aguinis en un artículo de LA NACION, pocas veces la Argentina ha celebrado con tanta fuerza un aniversario de este tipo. La Asociación Argentina de Derecho Constitucional hizo hasta un congreso internacional en Córdoba, con un nivel de excelencia de público y expositores que yo nunca hubiera creído posible. Todos los juristas, y especialmente los constitucionalistas, nos hemos empeñado en que el país tenga conciencia de que debe respetar las leyes. Eso es crucial en la Argentina, un país en el que las reglas se respetan poco...

-¿No cree que la sociedad acaba de reaccionar contra ese vicio?

-Yo diría que la reacción de la sociedad es positiva, pero no suficiente. Me llamó la atención que en Tucumán los bussistas siguieran ganando, por ejemplo.

-¿Qué mecanismos de la vida política sería preciso modificar?

-Yo me sumo a la campaña de la ¡Reforma Política Ya! Los puntos que se piden están pendientes desde los tiempos en que Beliz era ministro del Interior (en el gobierno de Menem). A veces me llamó para pedirme ideas, pero nunca logró que el gobierno hiciera suyo su proyecto, quizás uno de los motivos de su renuncia tan dura. Creo que es real que se deben hacer campañas más cortas. Las de Chile duran un mes, porque así no saturan a la sociedad y se gasta mucho menos. Las campañas tienen que ser menos costosas. ¡Acá es un despilfarro! ¡En Córdoba ha sido tan irritante para el público! Es una cachetada para la pobreza argentina. Ahora resulta que Adolfo Rodríguez Saá empapela Buenos Aires con su foto para recordar que vuelve... Que vuelve como diputado. Pero, ¿qué sentido tiene esto? A mí me parece un ejemplo nefasto.

-¿Piensa también que hay que suprimir las listas sábana?

-Todo el mundo está de acuerdo, porque la lista sábana permite a las cúpulas partidarias ubicar a quienes quieren ellas: parientes, amigos, acreedores (se ríe). El sistema electoral que yo prefiero y que he defendido siempre es el que rige en San Juan, rige en Córdoba después de la reforma. Es un sistema mixto de voto proporcional y de circunscripción uninominal.

-¿Al votar por un solo candidato no hay peligro de que las minorías no queden representadas?

-Exacto, eso es lo que he enseñado siempre. Cuando hay una tendencia homogénea en una jurisdicción, el sistema de circunscripción uninominal no deja minorías. Es injusto, más que injusto. Pero hay varias alternativas. Para mí, lo mejor es un sistema mixto, proporcional y por circunscripción. Esto es lo que equilibra mejor las cosas.

-¿Usted ha colaborado con las asociaciones que están impulsando la firma de Reforma Política Ya?

-He colaborado, en efecto. Allí están la Acción Católica y Conciencia, asociación cívica apartidaria. Esta idea hay que impulsarla, porque la reforma política que empezó a hacer el Congreso es totalmente insuficiente. Lo que ocurre es que la clase política resiste todo lo que la responsabiliza. Estuve en Ushuaia y pude ver que lo que yo había proyectado, y que con algunas modificaciones es la Constitución actual de Tierra del Fuego, ha sido desnaturalizado en todo lo que concierne a la responsabilidad política. Desnaturalizado el voto de preferencia, desnaturalizadas las instrucciones a los legisladores, desnaturalizadas varias instituciones importantes.

-¿Por resistencia de la clase política?

-Sí, aunque no se trata de enemistarse con la dirigencia política. He cuidado en mis escritos de respetarla, porque sé los sacrificios que significa. Pertenezco a una familia política de cinco generaciones. Pero se trata de convertir, de modificar el sistema, porque así como está no da más.

-¿No da más?

-No, porque no hay control sobre el Poder Ejecutivo. En Tucumán no lo va a haber, porque la Legislatura, con el nuevo gobierno, ha cedido poderes extraordinarios al Ejecutivo. Es algo desalentador. En Córdoba no hay control, porque tiene mayoría el gobierno, y así sucesivamente.

-¿Para que hubiera más controles haría falta reformar la legislación electoral?

-Eso por una parte, y reformar también las costumbres. La política está muy fragmentada en la Argentina. Es una situación nueva. Los partidos tradicionales están fragmentados y aparecen muchos grupos nuevos. Yo comprendo que el presidente Kirchner haya querido constituir durante los primeros seis meses de su gobierno el poder político para apoyarse a través de la llamada transversalidad. Pero la transversalidad nunca es demasiado segura, porque da origen a negociaciones, a resistencias...

-¿Con la transversalidad se busca construir poder a costa de esa homogeneidad, podría decirse, ideológica que antes unía a los grandes partidos?

-Las campañas electorales se han convertido en marketing político. Ya no son las campañas electorales de antes. En la época de mi padre, cada candidato aportaba de su propia plata para la elección. Ahora todo es marketing, y el marketing tiene sus méritos, pero también sus peligros. Los candidatos deberían dar preferencia a los proyectos concretos antes que a las promesas y privilegiar los consensos necesarios para la consolidación del poder político. ¡Qué poco hábito tenemos de consenso! Y habría mucho más que decir, para que el marketing político deje de ser sólo una persuasión oculta que nos hace comprables y títeres del poder.

-¿Cree que la economía está definitivamente encarrilada?

-He escuchado un espléndido informe de Manuel Solanet, que deja algunas esperanzas, porque hay recuperación, pero también deja preocupaciones, porque el default es un problema muy difícil de superar. Creo que con el 75 por ciento de pérdida que nosotros proponíamos más otras deducciones, los titulares de bonos argentinos recibirían sólo el ocho por ciento. Hay propuestas de parte de nuestros acreedores de que nuestro pago sea del 35 por ciento. Yo creo que es justo no pagar todo, porque hemos tenido períodos de intereses muy altos.

-¿Cómo ha seguido estas convulsiones en la Corte Suprema de Justicia?

-Me ha asombrado la entereza del juez Moliné O´Connor, que ha esperado su destitución, porque yo esa entereza no la hubiera tenido. Frente a la bien o mal llamada mayoría automática, yo hubiera renunciado por cansancio moral, que fue la fórmula que usó en su momento el gran jurista cordobés Alfredo Orgaz. ¿Cómo no iba a haber cansancio moral en estos hombres tan vejados, tan sospechados? Me limito a esto: la Justicia es más confiable de lo que la gente cree. Esto me lo explicó Rosendo Fraga, una vez que dijo que sólo el siete por ciento de la gente confía en la Justicia. Le dije que eso me parecía muy poco equitativo. La justicia de Córdoba merece una confianza casi plena. "Lo que ocurre -me dijo Fraga- es que los jueces, los curas, los militares, quizá los abogados también, no sé si los políticos, son mirados como corporaciones. Bastan unos pocos malos ejemplos para que la gente piense mal de todos ellos." Y a lo mejor lo mismo podríamos decir de los medios...

-¿Está de acuerdo con la reducción de los miembros, de nueve a cinco?

-Es mucho mejor. La Corte de nueve jueces es un gravísimo error, porque la circulación de los proyectos demora un año. La Corte no sólo está atascada de causas, sino que demora muchísimo en resolverlas.

-Por la personalidad del actual presidente, ¿teme que intente perpetuarse en el poder, como lo quiso hacer Menem?

-Sería un gravísimo error. Espero que el doctor Kirchner se dé cuenta, porque ya lo hizo en Santa Cruz. Yo conozco mucho la provincia de Santa Cruz: es un desierto, pero tiene el Calafate, tiene el Perito Moreno, tiene una ciudad bastante floreciente, como Río Gallegos. Pero Santa Cruz está unida por el viento, el viento más duro que yo he conocido en la Patagonia. Kirchner fue tres veces candidato a gobernador e hizo mal, sin duda. En una provincia como Santa Cruz, cualquier gobernante se vuelve autoritario, porque no tiene por qué consultar con nadie. Espero que la Presidencia cambie a Kirchner.

-¿Lo considera un hombre de izquierda?

-Hace poco, en un artículo que escribí para la revista de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa, decía yo que desde la izquierda Kirchner debe girar hacia el centro. Se puede ser de izquierda, pero todos los gobiernos socialdemócratas de Europa gobiernan desde el centro. Por eso Tony Blair inventó la tercera vía, que Menem, equivocadamente, dijo que era una vía muerta. Yo en LA NACION publiqué en un artículo que la tercera vía no estaba muerta, porque es la superación de aquellos gravísimos errores que tuvo el marxismo, el socialismo, de una planificación centralizada, que no dio el menor resultado. Fracasó todo, por eso la implosión de la Unión Soviética.

-Pero aquí tuvimos al menos una década entera de lo que podría ser visto como un gobierno de derecha...

-Sí, era de derecha. Y lo que tiene que hacer el gobernante actual es virar hacia el centro.

-¿Entonces usted lo ve al Gobierno muy volcado a la izquierda?

-Por ahora, sí. No en lo económico, que está manejado de otro modo, pero sí en lo político, y aun con cierta ingenuidad.

-¿Qué entiende usted por "centro"? ¿Cómo debería ser el viraje?

-Con una gestión que no alterara la moral media de la comunidad, aunque yo preferiría que la fortaleciera. Que respete la Constitución, que disminuya las transgresiones, que normalice las emergencias, que haga crecer, aun contra su voluntad, la conciencia constitucional. Porque no siempre a un presidente le interesa que crezca la conciencia constitucional, que significa más control del poder. Acá a nadie le interesa el equilibrio de poderes, y el Congreso no ayuda. Lo digo con profunda pena: el Congreso, y sobre todo el Senado, no ayuda al equilibrio de poderes.

-¿Cree, como sostuvo el escritor Vargas Llosa, que Kirchner se inclina a la demagogia?

-Opino que el Presidente debe dejar de lado la figura del Estado benefactor, pero debe multiplicar su gestión a favor de la gente, que es lo que importa. Gobernando desde el centro, que es lo que yo le aconsejo que haga, se renuncia a los espacios ociosos a favor de la economía libre. Pero el Estado debe ocupar con renovada eficacia sus poderes indelegables, como gerente del bien común y como garante de las reglas de juego de la comunidad. De ahí, por ejemplo, el control de los servicios privatizados.

-¿Hay que fortalecer el Estado?

-Yo sigo sosteniendo que necesitamos un Estado fuerte, pero en muy pocas funciones esenciales. Tiene que ser fuerte en la Justicia, aunque la comparta con la justicia privada. Mi mejor experiencia de abogado ha sido como árbitro. Tiene que gobernar la educación, pero compartirla con la gestión privada. En los años 90 habíamos debilitado mucho el Estado, y uno se va dando cuenta de que hace falta un Estado que funcione bien. Lo que pasa es que nosotros hemos dado muy malos ejemplos. Ahora, lo que dijo mi amigo Guy Sorman, a quien yo presenté para recibir el doctorado honoris causa en la Universidad Nacional de Córdoba, fue ultrajante. Decir que somos un país distópico... Distópico es que no existe, y la Argentina tiene existencia real, afortunadamente.

Por Hugo Caligaris
De la Redacción de LA NACION

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"La paz perpetua es tan lejana como la salud eterna"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 07-12-2003 00:00:00

JUAN JOSE TRAVERSO, ESPECIALISTA EN ESTUDIOS SOBRE LA PAZ

Las tensiones entre naciones y minorías son fuentes de conflictos que los Estados no siempre afrontan de manera adecuada, dando lugar a una lógica de odio y venganza. La lucha por la paz requiere de optimismo y creatividad.

Johan Galtung
cmartyniuk@clarin.com

Kant pensaba que los pueblos podían eliminar la guerra de agresión y alcanzar la paz perpetua. ¿Realmente es posible alcanzar esa paz perpetua?

—No. Kant tenía esperanzas ingenuas en las instituciones. Pero una de sus ideas es importante: la de confederación, la de conectar países con un tipo de ligamento suave; eso es muy bueno. Pero no creo que Kant haya entendido, por ejemplo, la fuerza salvaje que está en el capitalismo. Tampoco comprendió las diferencias culturales. La idea de paz perpetua es tan lejana como la de la salud eterna, ya que cuando hemos vencido una enfermedad viene otra.

# Entonces, ¿cómo podemos resolver los conflictos?

—Cuando soy llamado a actuar como mediador, pregunto cuáles son las metas de cada parte, y las divido en legítimas e ilegítimas. A partir de ahí me esfuerzo en construir un puente entre las metas legítimas de ambas partes. Por ejemplo, la meta de Washington es el libre comercio. Pero el libre comercio innova y el libre comercio destruye. Los musulmanes quieren respeto, pero su religión, como la nuestra, es ambigua. Tiene partes que hay que respetar, pero hay otras que no, como las referidas a ciertos tratos contra las mujeres. El Corán tiene consejos para el buen comercio, de donde nosotros podemos aprender a humanizar la actividad mercantil. Entonces, entre la parte buena del libre comercio y la parte buena de la religión musulmana, es muy fácil tender un puente. Pero también están los que quieren pelear: los fundamentalistas de uno y otro bando; ellos deben ser contrarrestados, mientras que los moderados deben unirse. Podríamos decir, como lema para resolver los conflictos, "moderados de todo el mundo, uníos".

# Pero en el conflicto suele tener gran protagonismo el punto de vista radical. Así, ¿cómo sería posible encaminar el conflicto hacia un proceso de paz?

—Es necesario contar con una cuota de optimismo. En mi caso, interviene el optimismo nórdico. Nosotros hemos vivido ocho siglos de guerra, con un enorme baño de sangre. Hemos salido de esa situación a través de una comunidad fundada en el intercambio equitativo. Una base, entonces, para resolver los conflictos es la equidad entre los países y en el orden interno.

# La humillación suele estar en el origen de un conflicto, y a partir de ahí nace una lógica de la venganza. ¿Cómo se puede terminar con ese círculo?

—Hay que empezar por identificar bien el conflicto. En un conflicto donde yo he sido mediador —la guerra entre Perú y Ecuador— se tenía como antecedente tres guerras, y todo por un terreno. Mi sugerencia fue olvidar las fronteras y tender una zona binacional con un parque natural. Y así logró superarse la guerra. Pero en general, suele faltar creatividad, porque las partes se odian mucho y porque están encarceladas en un modo de pensar que no permite innovar. Entonces, la persona que está fuera —en ese caso fui yo— tiene menos emociones y está más libre cognitivamente. En los conflictos, no pesa tanto la falta de confianza como la de creatividad.

# ¿Resolver un conflicto implica pasar a tolerar al otro?

—Si las partes se han estado matando no se puede pedir tolerancia. Pero se puede pedir que se reconozca que el otro tiene, por lo menos, un punto válido; que todo lo que afirma esa parte puede ser falso, con excepción de un punto. La tarea del mediador es encontrar ese punto que puede ser aceptado por la otra parte y construir puentes desde ahí. Más tarde vendrá la tolerancia y la visión humanizada de cada contraparte. Pero mientras un bando esté totalmente bloqueado, su actitud va a ser configurar al otro como malo y culpable, como si sólo esa parte tuviera toda la responsabilidad del conflicto.

# ¿Es posible alcanzar una fusión de los horizontes de las partes en conflicto? Porque imagino que eso implica comprender una perspectiva cultural diferente.

—Eso es muy valioso, pero para mí es aún más importante trascender el horizonte. Mi experiencia es que todas las partes tienen horizontes limitados, y la fusión de horizontes limitados también es un horizonte limitado. Hay que hacer saltos. La zona binacional es un salto, porque la posición de Ecuador era que debía trazarse una línea en un lugar y la posición de Perú era que debía de trazarse en otro. Entonces, la mejor solución pasó por superar el horizonte de cada parte.

# ¿Y eso es factible en todos los conflictos?

—Como axioma digo que sí. Y si no se encuentra un camino de solución, hay que trabajar más.

# ¿A usted le parece que negros y blancos pueden trascender las causas de la segregación racial?

—Los norteamericanos no tenían miedo del color negro. Tenían miedo de que los oprimidos los trataran como ellos fueron tratados. Era miedo a la venganza. Y la llave de resolución del conflicto fue hacer algo con ese miedo: tratar mejor a la población negra y abolir la segregación.

# Muchos conflictos están desencadenados por el mismo Estado, que humilla a una parte de la población, sea por el color, el sexo o el género.

—Sí, las prácticas estatales son fuentes principales de conflictividad. Algo hemos hecho mal con el sistema de estados. Tenemos doscientos en el mundo. Hay una pequeña minoría de estados-nación, pero tenemos dos mil naciones, que son grupos con idioma, religión e historia propia, lo cual hace que exista un promedio de diez naciones por Estado. Con la excepción de Suiza, todos los estados que no son solamente de una nación tienen una nación dominante, siendo en alguna medida conflictiva la relación con las otras naciones.

# La organización de una sociedad tan compleja como la actual, ¿podría soportar el desmantelamiento de los aparatos estatales?

—¡Pero si eso es lo que está sucediendo! El Estado tiene dos enemigos: uno que lo corroe desde arriba, como hacen la Unión Europea o el Mercosur. Desde abajo, las ONG y el sistema interciudadano también lo socavan. Y tenemos, naturalmente, a las compañías transnacionales, que a veces están encima y a veces por debajo de los estados.

# La globalización también afecta la noción de ciudadanía, ya que hasta ahora el ciudadano ha sido un súbdito del Estado.

—El ciudadano global sería el nuevo modelo. Para mí la palabra globalización es positiva, pero no la globalización fundada en la primacía de una nación, un sexo o un grupo de edad. Yo considero que hay derechos globales básicos: el derecho de sobrevivir; el derecho al bienestar para que todos accedan a alimentos, viviendas, etc.; el derecho a la libertad. Pero poder elegir la religión o mantener la identidad tiene como contrapartida la obligación de reconocer el derecho de quien elige otra religión.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2003/12/07/z-04015.htm

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"No hay democracia con analfabetos"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 06-12-2003 11:25:09

Rabanal analiza la tragedia argentina

El escritor Rodolfo Rabanal asegura que el moderado optimismo que experimenta desde la asunción de Néstor Kirchner se explica racionalmente: le parecería ilógico que no hubiéramos aprendido algo de lo que se ha dado en llamar la fiesta de la década menemista, con su resonante epílogo de facturas impagas en diciembre de 2001.

La confianza en que hubo un aprendizaje tiene dos puntas: el gobierno y la sociedad, y Rabanal piensa que las lecciones aprendidas no vienen sólo de los años noventa, sino de mucho tiempo atrás. Por fijar un momento, del plomo de los años setenta. Hoy no sería posible un golpe militar -dice-; no sería posible el terrorismo de Estado, ni la violencia de los grupos terroristas. Los piqueteros no se transformarán en montoneros: la historia ha dado demasiados giros. Y, sobre todo, el nivel de conciencia pública se ha elevado. Ayer, recuerda Rabanal, la gente no quería saber, por ejemplo, que se ejercía la tortura. Hoy no la toleraría, no en las escalas en que, de un modo u otro, la toleró bajo el autodenominado Proceso.

Pero el autor de "El apartado", "El factor sentimental" y "Cita en Marruecos" no pinta el presente de rosa. Como hombre del pensamiento y la cultura, lo que más le preocupa es la educación o, para ser más precisos, la falta de ella. Al paso que vamos, se puede temer que las próximas generaciones sean funcionalmente analfabetas, incapaces de descifrar un texto y, mucho más, de discutir ideas. Entonces estaría en riesgo el sistema, ya que, sostiene Rabanal, "la democracia no funciona con analfabetos".

Nacido en 1940, Rabanal vivió del periodismo durante su juventud. En aquel tiempo, antes de transformarse en colaborador asiduo de LA NACION, había trabajado en La Opinión, con Jacobo Timerman. Después se consagró a la literatura por entero, y hoy tiene novelas y cuentos traducidos al inglés, al francés y al polaco. Tuvo un breve paréntesis, que no recuerda con entusiasmo, como subsecretario de Cultura en los últimos meses de Alfonsín. En el medio, ganó las becas Fullbright (1979) y Guggenheim (1988) y vivió en diversas capitales del mundo. Ahora prefiere el mar de Punta del Este.

-¿Cómo ve el presente argentino?

-Pertenezco al grupo de los ligeramente optimistas, por primera vez en muchos años, a raíz de la gestión de Kirchner. Por supuesto, es un optimismo con reparos, porque venimos de experiencias bastante duras. Pero por primera vez siento que el peso de la experiencia ha tenido importancia constructiva. Venimos de una larga década complicada, muy mala, y era esperable que algo se aprendiera, tanto la gente como los políticos. Por ejemplo: yo creo que se aprendió que no es factible gobernar desde las asambleas barriales. Creo que se aprendió que es imposible que se vayan todos. Incluso se está aprendiendo que no se puede vivir sin los bancos. Hay que volver a confiar en los bancos aunque los bancos sean, a veces, no confiables.

-Todo eso aprendió la sociedad. ¿Piensa que los políticos hicieron un aprendizaje similar?

-No conozco a los políticos. No conozco a Kirchner personalmente. Pero, bueno, yo creo que algunos políticos tienen que haber aprendido porque, si no, ellos mismos se condenarían. Kirchner se me presenta como una persona diferente. No es el político racionalista típico, que viene con un libro, con una idea, con un menú, para aplicarlo a pesar de todo, aunque la realidad lo refute. Más bien parece ser el que recoge las experiencias y las demandas. Actúa como una especie de intuitivo.

-Más allá de Kirchner, ¿qué sería lo que los políticos tenían o tienen que aprender?

-Tienen que aprender que son responsables. Ya no se puede soportar más la irresponsabilidad, porque la política es un servicio. Ahora, ¿cómo aprenden los individuos? ¿A partir de un decisivo acto de conciencia, voluntariamente, diciendo: "Voy a ser mejor"? Yo creo que no. La historia nos ha enseñado que se aprende a partir de choques, de fracasos, de logros, de tentativas. La Argentina después de cien o ciento veinte años de modernidad ha pasado por todos estos trámites de aprendizaje. Si los políticos no entendieron, la Argentina, y esto es obvio, no tiene salvación. Entonces, tenemos que creer que entendieron.

-Al hablar de cien o ciento veinte años, usted engloba a gobiernos de todo tipo. ¿Incluye también a los militares que asumieron esa condición?

-Por cierto. Además, han estado aliados con los políticos civiles. No hubo golpe militar sin consentimiento civil.

-¿Diría que unos y otros actuaron muchas veces sin responsabilidad?

-O respondiendo a intereses sectarios. Es un poco largo, pero trataré de hacerlo bien corto: tenemos dos etapas: la que va de 1880 a 1945. Hasta Perón. La etapa conservadora, con la aparición del radicalismo, y la etapa populista -corporativa-, que inaugura Perón. Acá la Argentina cambia. Ese es un momento de inflexión fundamental.

-¿Una nueva clase social sale a la superficie?

-Y, sí. También nace una clase media nueva y una clase económica alta nueva. Esa división producida hace casi sesenta años sigue teniendo un valor inercial, una fuerza de arrastre tan poderosa, que seguimos viviendo dentro del peronismo. Es sorprendente.

-¿Fueron cambiando sus juicios y percepciones sobre el peronismo con el paso de los años?

-Yo era antiperonista, y creo que no cambié mucho. En todo caso, entiendo ciertas cosas del peronismo, ciertas razones de ser. Hubiera deseado que no fuera como fue. Por ejemplo, hay cierto daño que el peronismo le hizo a la cultura que me parece irreversible. ¿Se acuerda de "alpargatas, sí; libros, no"? Es una consigna brutal. No digo que se haya cumplido estrictamente, pero basta con enunciar esa consigna para plantear una división. Sin embargo, Perón fue una de las figuras más apasionantes de los últimos cien años de la historia argentina. No fue un hombre de izquierda ni de derecha tradicional. Perón fue, casi diría, la figura del tránsfuga, jerarquizada por el talento.

-¿Un tránsfuga?

-El hombre que cruza de modo transversal las clases sociales y alcanza un lugar primordial. Como Napoleón, una especie de Napoleón. Eso es muy fascinante. No en vano los artistas se han enamorado de Eva y de Perón, acá y en el mundo. Esa travesía es lo fascinante, y muchos intelectuales argentinos se han fascinado con el peronismo. Gente que yo conozco, y sé que si hubiera primado la razón, hubiesen estado en contra. Pero encontraron allí algo romántico.

-Otros se fascinaron por una lectura de la historia que transformaba al justicialismo en vehículo para grandes cambios, aun a pesar del propio Perón.

-Hay una teorización de la verdad política, pero yo, aunque amo la teoría, me he dado cuenta de que la política consiste más bien en lo específico de la experiencia que en la abstracción de los argumentos. John William Cooke y otros como él creyeron que podrían obligar a Perón a ser lo que no era. Y no fue así. Fue muy paradigmática la expulsión de los Montoneros de la plaza. Después de haberlos alentado, los mandó derecho a las manos de la dictadura militar. Es muy interesante ese bonapartismo de Perón, esa cosa de atraer, convencer, dar la imagen de que él es el tránsito a la revolución. Por eso usé la palabra tránsfuga, aunque sé que puede ser un tanto irritante.

-¿Kirchner es otra cosa?

-Creo que Kirchner no es ni Perón, ni Menem ni Duhalde. Yo lo asimilo a los que se fueron de la plaza, por una cuestión de generación. No creo que haya sido un militante activo entre los expulsados, pero estaba ahí. No habrá puesto bombas, pero habrá pensado que ése era el camino, como muchos otros, a los que yo conocí, porque estaban en mi vida, rodeándome.

-¿Discutía con ellos?

-Claro, en la universidad, en las redacciones de las revistas y diarios en los que trabajé. Se les cortó el destino o se produjo la evidencia: la revolución no iba a ser posible con Perón. Por eso yo creo que lo que más ambiciona Kirchner es crear un capitalismo moderno con sustento social: ni aperturismo total ni tampoco un Estado absoluto, porque ya han aprendido. Creo que hasta ahí aprendieron.

-¿También aprendieron que el Estado puede ser más chico que el de Perón pero no tan pequeño como el de Menem?

-Exactamente. Una cosa que se aprendió es que el Estado tiene que existir. Es imposible que un país viva sin políticas de Estado. Es muy curioso, pero hay gente que aún no piensa esto. Es gente que apoyó a Menem y pertenece a las clases altas tradicionales. Ellos siguen pegados a un cierto discurso, y por eso cuestionan las políticas que Kirchner insinúa. Lo detestan y, al detestarlo, lo definen. Y, sin embargo, no detestan al peronismo.

-Al menos, no lo detestaban cuando el presidente era Menem...

-Al menos, no. En cambio, me parece percibir que el grueso de la opinión pública coincide en que el Estado debe existir, de manera moderada. Por otro lado, los países europeos mantienen serias políticas de Estado. Tanto Europa como los Estados Unidos son proteccionistas, como sabemos.

-¿Por qué cree que habrá prendido aquí la idea de que se podía gobernar sin Estado?

-Es una idea alucinante. Yo nunca creí en ella. Pero pienso que hay un interés sectorial detrás, porque con Menem se hicieron negocios, ¿no? Entonces, basta de teorías. ¿Qué teorías, si hacemos negocios buenísimos con Menem?

-No es que hacer negocios esté mal, pero alguien tendría que poner las reglas...

-Digamos que el Estado sirve para poner reglas. No creo que sirva para otra cosa. Sirve para poner reglas, a la manera tradicional británica. Un Estado liberal que existe para evitar la colisión de intereses. Los veinte años de democracia fueron muy importantes para enseñarnos que la democracia es imperfecta. Esa es otra de las lecciones que aprendimos.

-¿Es imperfecta por definición, o sólo en el caso argentino?

-Por definición. Es un invento de la inteligencia y de la voluntad. Lo más instintivo es el poder del caudillo, la organización vertical. La democracia es casi una utopía, pero es el único sistema que funciona, que garantiza el margen de dignidad que necesitamos para convivir en sociedad. Digamos que es la mejor utopía, porque es la que casi se puede realizar. En tanto, el instinto pide otras cosas: pide el poder absoluto, el orden absoluto.

-¿Le parece significativo haber llegado a las dos décadas de democracia ininterrumpida?

-Es un dato fundamental. Justamente, tal vez podría corresponderle al de Kirchner ser el gobierno de la transición definitiva, de este largo ensayo democrático de veinte años, con grandes fracasos y momentos tan dramáticos como el vivido en diciembre de 2001, a una realidad más estable y fructífera.

-Tal vez se haya aprendido que no se le puede pedir todo a la democracia, porque no está en condiciones de darlo todo.

-Es que hay que trabajar, hay que pensar. No se puede reclamar siempre. La cultura del reclamo en la Argentina es un remanente, una fuerza inercial que viene de un equívoco del que el peronismo, en gran parte, es responsable.

-¿Teme que los reclamos de los piqueteros puedan derivar en fenómenos violentos del orden de los que vivimos en los 70?

-No. No en ese estilo. Porque el orden violento de los años 70 era ideológico. Los violentos pensaban que había que cumplir con pasos determinados para llegar a la revolución.

-Habían leído a Engels...

-Habían leído a Engels, a Marx y a Hegel. La lógica los llevaba a las armas porque la violencia era la partera de la historia, como decía Marx. Entonces, ese movimiento fue ideológico. Esto, los piqueteros, no es ideológico. El líder montonero y el líder del ERP son cabezas con un libro de recetas para llegar a un fin. El piquetero, no. Yo no creo que desemboquen en una violencia programada. Ojo: puede haber violencia porque puede haber choques y excesos. Pero no está en la mecánica de los hechos. Eso pertenece a otro esquema de la historia. Lo mismo que los militares pertenecen a otro esquema de la historia. Yo no creo que a nadie se le ocurra soñar con un golpe de Estado.

-Todavía estamos revisando lo que ocurrió en los años de la represión.

-No es sorprendente, porque Alemania sigue revisando lo que ocurrió durante el nazismo. Son las fuerzas inerciales que siguen actuando. Es traumático. Además, no hay arrepentimiento, salvo casos aislados, como el de Balza. No entienden que los métodos para devolver el orden no fueron los adecuados. Imitaron la violencia que ellos denostaban y se valieron de un aparato poderoso. El Estado no debe hacer eso, y ése es un estigma que queda.

-¿Cree usted que la sociedad legitimó esos procedimientos?

-Hubo una connivencia total, con acuerdo, incluso, de los dirigentes políticos. Yo estuve en la Argentina tres años de la dictadura. Después me fui a los Estados Unidos casi un año, con la beca Fullbright y después, en 1980, me fui a Francia. Yo viví el Proceso hasta 1979. Y me acuerdo de que la imagen que teníamos nosotros, aparte de un miedo serio, era que la vida seguía. La vida cotidiana no parecía alterada. La gente se reunía en las casas. Había cierta indiferencia que a mí me molestaba mucho. A mí y a muchos amigos. Yo era periodista, y cuando tenía información sobre desaparecidos, me alarmaba porque se empezaba a hablar de la existencia de campos, y lo contaba, y se burlaban de uno. No lo podían creer. No querían saber.

-No es para enorgullecerse...

-No es para enorgullecerse, aunque se pueda entender. Pero pienso que en estos veinte años sí hemos aprendido a no dejar pasar nada de eso. Hoy no sería igual. No podría pasar siquiera como proyecto. Sería un desatino. Eso es algo que siempre hay que tener en cuenta.

-¿Qué piensa que el Estado podría hacer por la cultura?

-Si algún gobierno deseara pasar a la historia tendría que encarar la educación. El problema de la educación para mí es fundamental. Nosotros, al tren que vamos hoy, dentro de quince años tendremos una población adulta analfabeta. Van a saber leer y escribir, pero no van a saber pensar. No van a poder leer un texto y abstraer la sustancia, comprenderlo.

-¿Falla la educación en todos sus niveles?

-Yo creo que sobre todo en la primaria y en la secundaria. A los 60 años, uno ya tuvo tiempo de ver por lo menos dos generaciones posteriores a uno, más jóvenes, y se pueden observar las fallas de la educación en la práctica. El hecho de la lectura como bien cultural fue decreciendo. Se compran más libros, pero se lee menos. Los libros se vuelven un objeto más de consumo: se compra lo que a uno le hacen comprar. Pero ¿quién lee los libros? En la Argentina no se ve a nadie con un libro abierto.

-¿Corren con ventaja quienes pueden tener acceso a la enseñanza privada?

-El año pasado, en España, me comentaron que en la última década la educación pública superó en calidad a la privada. Y esto se observa, muy sencillamente, hablando con gente joven, con los chicos. Son más decisivos para construir una idea que los chicos argentinos. Tienen más palabras. Son más críticos y tienen más resolución para expresarse de manera concreta. Acá tenemos un enorme margen de vacilaciones entre el principio y el final de la frase. Hay una serie de excusas y de pretextos retóricos que no llega a conformar la frase. No encuentran, para tomar un ejemplo sencillo, argumentos para explicar por qué les gustó o les disgustó una película. Acá, en su mayoría, las escuelas privadas están fracasando. Habrá dos o tres buenas, pero en su mayoría se dedicaron al negocio. Pero lo interesante es rescatar la educación pública. Nosotros fuimos líderes en ese campo. Incluso nuestra reforma universitaria fue novedosa en el mundo. Es muy raro eso. Hoy parece una jactancia nuestra, un despropósito.

-¿Los gobiernos toman la cultura como parte del marketing?

-°Pero totalmente! La cultura no es un rédito fácil. Entonces, los políticos y los gobiernos piensan que hay que volverlo fácil. Se hace, así, el megaevento, que es invasivo y molesto. Se exterioriza todo; se usa todo. Eso no tiene nada que ver con lo que yo planteo, que es otra cosa: es la educación, es pelear en ese terreno.

-La educación parece una apuesta un tanto oscura...

-No tiene un marco de lucimiento enorme. Pero es un trabajo que habría que hacer. El trabajo suele ser oscuro. Es una rutina, y la rutina no tiene lucimiento. Lo que vale es la exposición directa, la inmediatez. Y eso tiene que ver con la ideología codiciosa que alcanzó su cima en la Argentina de los años 90. Hay un libro reciente de Norman Mailer, "Por qué estamos en guerra", que es muy bueno. En un momento dado, dice Mailer: "Cuando yo era chico, en los años 30 y 40, bastaba con trabajar para ser respetado. En los 90, hubo que demostrar que se estaba dotado de una ansiedad de rapiña única. Y eso era premiado". Habla de los Estados Unidos, pero se podría aplicar a la Argentina. También esa codicia se tradujo a la cultura. Entonces, mi consejo, si algún gobernante me lo pidiera, sería: "Dedíquese a fortalecer la educación de manera decisiva". Formar maestros. Hoy no se reconoce al maestro del alumno. Están en el mismo nivel.

-¿Qué piensa de medidas tales como regalar libros en las canchas de fútbol?

-Es otra exteriorización de lo mismo. En la cancha de fútbol, lo más probable es que un libro vuele por el aire. Creo que es contraproducente, inclusive. Sirve para tranquilizar la conciencia. Yo pienso que en esos casos hay que ser clásico, si se puede. Todo es cuestión de trabajo. No creo que sea tan tremendamente difícil. Pasa con la lectura. La gente se sorprende cuando uno le da a leer "La Ilíada" -le parece apasionante-, o "La divina comedia", o "El Quijote". No digo que sólo haya que leer eso. Pero quiero decir que no se puede no leer eso.

-¿Hay que enseñar que el trabajo puede transformarse en placer?

-Sí, en placer, en grandes descubrimientos. Habría que insistir mucho en esto. Volvamos a ese horizonte pesimista que he puesto: a este paso, dentro de quince años, más o menos una generación, vamos a tener gente muy desprotegida. Y las democracias no funcionan con analfabetos. Ninguna democracia funciona así. No sé qué podrá reemplazarla. Tal vez una corporación económica cruda. Pero no una democracia. Para que funcione la democracia tiene que haber conocimiento e interés, y eso nace solamente de la educación.

Por Hugo Caligaris
De la Redacción de LA NACION

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El problema se llama trabajo

Archivado en Osvaldo Bayer • Fecha: 06-12-2003 00:00:00

Por Osvaldo Bayer

El eje de toda la discusión política son los piquetes. Y varía entre la mentalidad fascista clásica que nos ha caracterizado durante muchas décadas y una desorientación que no arriba a nada.
Los piqueteros están en la calle y hay que solucionar el problema, no hay otra. Por ellos mismos. Por comprensión humana a esa problemática. No se soluciona ni con tiros, ni con palos, ni con propaganda agitadora contra ellos, ni con Plan Trabajar, ni asegurándoles la protección de Duhalde o de cualquier otro. El problema se llama trabajo. Los piqueteros salieron a la calle y comenzaron con su accionar porque están desocupados, y en muchos casos se morían de hambre. Pero no son limosneros que se arreglan con un besito de Chiche y unas moneditas en la mano. El problema que tiene que debatir la Argentina toda es el de la desocupación y qué hacer con los desocupados. Para eso hay que crear el concepto de la sociedad solidaria. Y no empezar con el argumento de que la Argentina es pobre y no puede. Una sociedad que se repute de tal y que además se llame argentina no puede dejar a sus cohabitantes al margen, viviendo de la basura. Aprendamos las cosas buenas que, en algunos lugares, logró crear el ser humano. La ley de desocupación del conservador canciller alemán Bismarck es algo para imitar, un siglo después. Estableció que al cohabitante que se ha quedado sin trabajo hay que ayudarlo, tiene el derecho de pertenecer a la comunidad, por eso se le pagará el 62 por ciento del sueldo que ganaba. Porque, si no, se convierte en un marginado, en un posible delincuente, y va perdiendo las virtudes aprendidas de un miembro de la sociedad, principalmente ante su propia familia.
Las cosas no se arreglan con los desvaríos franquistas expresados el jueves pasado por el titular de la Unión Industrial Argentina, Alvarez Gaiani. Porque si comenzamos con los palos de Onganía, terminamos con los secuestros de Camps. No, a cada uno su derecho, a cada uno su dignidad. Represión, no; amplitud y solidaridad, sí. Por eso Kirchner tiene ya que ir buscando la solución definitiva para la desocupación. Aun con la República pobre. Ajustar un poco más los cinturones, sí, pero lograr una sociedad sin desocupados, que es una sociedad sin violencias. Alemania tiene casi 5 millones de desocupados, pero tiene el seguro. El desocupado camina al lado del ocupado y los dos miran la vidriera de la panadería. La sociedad argentina que canta tanto el Himno tiene gente que se cubre la cara para que se den cuenta de que tiene hambre y no sabe dónde emplear sus manos ni su cerebro. Por eso se expone, pasa a formar parte de los piqueteros, palabra corajuda, de los que no se callan ni agachan el lomo.
Kirchner debe comenzar hoy mismo a estudiar cómo se elimina el problema de los desocupados. Desocupado sí, pero con pan y dignidad hasta el momento de sol en que se abran nuevas fuentes de labor. La financiación del comienzo del gran golpe contra la desorganización y el egoísmo se podrá hacer con el aporte solidario de los que trabajan, con la eliminación de la ridícula y cruel jubilación de privilegio, con la eliminación de la mitad de las Fuerzas Armadas, porque ya estamos en camino de los Estados Unidos de Latinoamérica: “República Unida de Bolívar y San Martín”, y sabemos que cuando no hay fronteras no se necesitan uniformes, tal vez una unidad única interamericana.
Pero basta con las pequeñísimas mentalidades que discuten si piqueteros no o piqueteros sí. Aprendamos lo bueno de ese estadista que se llamó Bismarck, que es una lástima que no haya leído más a Humboldt, en su amor por la paz universal y su cariño entrañable por esos seres que nacieron en el paraíso: el hombre y la mujer.
Pero, claro, Kirchner y su gente para esto tendrían que dar el gran salto humanístico: crear un nuevo movimiento político, un movimiento del pueblo argentino, alejado definitivamente de un pasado que nos llevó al borde de la muerte como país con mafias, crímenes, Triple A, desapariciones, dictaduras infames. Los dos partidos políticos que nos gobernaron permanentemente y las catorce dictaduras militares que nos pusieron el gatillo en la nuca deben ser superados para siempre. Comenzar de cero la vida nueva en las ubérrimas llanuras y las escarpadas bellezas que nos dio la naturaleza.
Hay que redefinir todo de nuevo. Kirchner no va a poder gobernar soportando a las mafias partidarias, a las clientelas intendenteriles, a Duhalde y su Chiche que no abandonan sus dominios, a Menem Carlos y Eduardo que se pueden autofinanciar desde Suiza planes liberales de liberación, a Rodríguez Saá con sus muertos en las rutas, a Juárez el de Musa Azar, y a Romero, el pisacabeza, y tantos, tantos más, y heredar personajes como Ruckauf, el de Mercedes-Benz y adláter del vampiro López Rega y tantos otros de sillones y sillas que cuando le preguntan a qué partido pertenecen, por las dudas responde: “A ninguno, yo soy peronista”. Como la monísima Cristina cuando le preguntaron si era de izquierda, respondió de inmediato: “No, soy peronista”. Claro, hay que cuidarse porque Mirtha nos está viendo desde las cámaras. No, basta, ya el término peronista dio para todo. Perón tiene su calle; y Evita, su monumento. Y Pistarini, el distraído, su aeropuerto. Es necesario comenzar desde el vamos. El pasado, con gloria morir. El presente, el renacer de la República y el horizonte de los límites latinoamericanos. A los radicales dejémosles sus municipalidades y su Patagonia rebelde no resuelta. Porque si no, nos vamos a pasar discutiendo si los piqueteros sí, si va o vuelve Alvarez con la policía o si Cristina es peronista. O no.
Si la cosa, como decimos, sigue en las discusiones del padrino y de Alvarez Gaiani, los que hoy se sacan el uniforme para asaltar los restaurantes del centro o la fábrica de los heroicos obreros de Zanon van a proyectar la toma del poder con los que cuelgan el retrato de Videla en el Colegio Militar. Y tendremos un nuevo 1930, con un Yrigoyen huyente y los radicales jugando a las damas en el café 36 Billares. Y volveremos a ser argentinos con un nuevo general Uriburu. Aquel que los anarquistas llamaban “El general Cabalgado” (parece que a veces le gustaba ponerse debajo del caballo) y a su hacelotodo ministro del Interior Sánchez Sorondo, a quien los insanables anarquistas llamaban Sánchez Sorete.
No hay otra. O seguiremos leyendo en los diarios del día que Solá le dio la espalda a Duhalde, pero después se sonrieron. O que Kirchner no le respondió a Duhalde, pero después se abrazaron. O seguimos leyendo eso semanas y semanas hasta que nos despertemos con los titulares del general Cabalgado y su asesor Sánchez Sorete. O empezamos todo de nuevo. Ni mafias, ni clientelas, ni planes familia. No, un país en serio con columnas de mármol y paredes de cemento, e imaginación que invada plazas, campos y llanuras. Basta de diálogos de antesala y de comentaristas que hablan del último entredicho y de quién es el que verdaderamente maneja el poder. Avisen porque, si no, nos conformamos con la definición del tordo Miguel, aquel que dominaba como padrino las 62 Organizaciones, que nos definía el peronismo como “ir a la casa de la vieja los domingos al mediodía y comer ravioles caseros”. Sigamos así, Ruckauf nos va a sonreír después de la entrevista previa con los altos mandos, como todavía se llaman entre sí nuestros uniformados.
O la limpieza a la madrugada con viento fresco y rampante o, si no, vayamos sacándoles el polvo a los cuadros siempre presentes del general Cabalgado y de Sánchez Sorete.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-28964-2003-12-06.html

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