Por Osvaldo Bayer
Nuestra querida Patagonia, la tierra del bello paisaje, de las aguas y del codiciado petróleo –aquella que en Europa insisten que los gobiernos argentinos van a vender para pagar la deuda (algo que seguro ya habrían hecho los militares desaparecedores con Martínez de Hoz y su sistema)–, pues bien, esa Patagonia se acaba de defender con la democracia. No ha necesitado a la Gendarmería, con su estrecha visión de ver peligro en cada liebre y cada llama y controlarles la nacionalidad, sino que el pueblo ha demostrado a toda la Argentina qué es la democracia y para qué sirve.
Esquel votó contra el oro y el cianuro. Los que venden la Patagonia a pedazos y a retazos, querían vender el bello oro pero cambiándolo por cianuro y una suma de divisas que en nuestro país nunca se sabe al bolsillo de quién van a parar. El pueblo de Esquel votó por la naturaleza, por esa naturaleza que también les pertenece a sus hijos y a sus nietos. No al oro con cianuro, sí a la tierra, al agua, al paisaje, sí a la salud del futuro. No al oro con cianuro en el bolsillo, no a los pozos del infierno, sí a la eterna creación, a los pájaros y el horizonte.
El 84 por ciento votó contra el oro con cianuro, contra las promesas con olor a coima, contra el serruchamiento de lo eterno. El resto votó por el sí genuflexo, con un auto de mejor modelo como ideal, por el atrás de mí el diluvio. Deben ser todos egoístas a los que no les importan los hijos ni los nietos ni el futuro del paisaje. ¡Ochenta y cuatro por ciento! Y no necesitaron jefes, ni comisionistas, ni delegados. Ellos mismos, todos, la asamblea ciudadana.
La verdadera democracia. Ni el intendente ni el gobernador, ni los diputados ni el caudillo barrial. Ellos, los vecinos, mujeres y hombres que conforman y mueven la ciudad. No valió la coima, ni la promesa, ni las candidaturas. Valió el inapelable NO en la urna de la voluntad democrática. En Esquel, la ciudad donde viví con mi familia y publiqué un periódico desobediente La Chispa. Sueño hoy que esa fue la chispa que hace cuarenta años comenzó a prender la mecha de la desobediencia civil que explotó en la magnífica y valiente alma del pueblo que supo decir que no.
Ya algunas de las trastiendas insinúan que el plebiscito no es “vinculante”. Pero la voluntad de la gente, sí. Los leguleyos tratarán de interpretar contratos y disposiciones, y el doctor Nazareno y sus adláteres de la Corte Suprema intentarán las salidas conocidas y nacidas en el Pacto de Olivos. Pero está la asamblea soberana de Esquel, la voluntad de sus habitantes: en Esquel el cielo continuará siendo azul y sus montañas sin cánceres. Seguirá siendo como la conocemos, como la queremos todos. Aunque la empresa canadiense señaló que persistirá en la explotación. Pues bien, veremos qué hacen los políticos que tienen el poder público, si cumplen con la democracia y respetan la voluntad popular o se dejan atraer una vez más por el canto de sirenas de los que tienen los dólares y quieren comprar todo, hasta la dignidad. Si retroceden, tendrá que salir todo el pueblo de la República a defender a los demócratas de Esquel que es defender a Esquel mismo.
En otra latitud de la Patagonia se está jugando el derecho al trabajo contra el denominado derecho a la propiedad.
La jueza Norma Pozza (un nombre para no olvidar nunca) ordenó desalojar la planta de la fábrica de cerámicas Zanon. Pocas veces se ha hecho algo tan en contra del derecho de las personas al trabajo y a la vida.
Esa fábrica, la más grande de Neuquén, fue vaciada por sus propietarios quienes a la vez despidieron a todos sus obreros. Hace ya un año y medio. Como los obreros quedaron absolutamente en la calle sin posibilidad de encontrar otro trabajo, decidieron ocuparla y ponerla en marcha. Lo hicieron para que sus familias no se murieran de hambre. Durante todo ese período fabricaron los mejores productos de cerámica, aumentaron laproducción y dieron trabajo a otros veinte desocupados. Más todavía, decidieron cobrar todos el mismo sueldo para que no hubiera diferencias entre ellos.
Para tener todo este poder de decisión, debieron recurrir a la asamblea soberana y esa libertad los llevó a separarse de la burocracia sindical, que, por supuesto, se convirtió en su enemiga. No puede comprender que los obreros alguna vez se liberen de las ataduras de los que el pueblo llama “los gordos”. Cada obrero debió especializarse en su trabajo aprendiendo también el de su compañero. Así pudieron producir cerámica, revestimientos y porcelanas. Con orgullo pueden decir estos obreros que son los únicos que producen cerámica, revestimientos y porcelana en Sudamérica. Se han convertido en un ejemplo. ¿Por qué? Porque no tenían otra salida. Trabajar con toda voluntad para poder vivir y mantener a sus familias. Cualquiera puede ir a visitarlos para ver que lo que han logrado se puede mirar como un verdadero milagro: a pesar de la crisis, la fábrica marcha y se mantiene por sí misma, sin préstamo alguno. No como antes, con patrones, que recibían subsidios. Bien, por esto mismo, habría que preguntarle a la jueza Norma Pozza en qué fundamentos humanísticos, sociales o filosóficos se basó para ordenar la acción judicial-policial, y a los tres jueces de apelación que corroboraron lo mismo. ¿En qué principios éticos se establece que los obreros que trabajan y mantienen sus familias deben ser arrojados a la categoría de desocupados? El principal deber de las autoridades es precisamente el de asegurar el trabajo y la manutención de sus habitantes. En qué pensó la jueza Pozza: ¿que vayan a la calle a pedir limosna? ¿Eso es justicia? La vida tiene que estar por encima del derecho de la propiedad. Más cuando hay otras soluciones, por ejemplo, la intervención del gobierno neuquino recurriendo a la expropiación del establecimiento para permitir el funcionamiento de este verdadero ejemplo de lo que debe ser la institución del trabajo. Me gustaría saber cuáles han sido las lecturas de la jueza Pozza acerca de la Moral y del derecho de gentes al pan y al trabajo que siempre, siempre tienen que estar antes que los fines de lucro de alguien que dejó sin trabajo a los obreros vaciando la fábrica.
Pero nada será fácil. Hoy habrá un acto en Zanon con delegaciones de todas las latitudes del país. El gobernador Sobisch se juega para siempre su buen nombre y honor. A la jueza Pozza le recomiendo leer a Kant y su imperativo categórico, lo mismo que a los jueces sí-dicentes, y mirar a los ojos de los niños de esos trabajadores antes de aplicar la ley seca y egoísta que favorece a los llamados propietarios. Si los argentinos permitimos el desalojo de Zanon, merecemos otra dictadura y que nos venga a gobernar Bush.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-18141-2003-03-29.html
JOUNI ENSIO VALIJARVI
El país escandinavo lidera todas las mediciones mundiales de calidad educativa. La capacitación docente y la idea de igualdad de oportunidades que toda la sociedad comparte son los pilares de un sistema tan exitoso.
Analía Roffo.
aroffo@clarin.com
A Finlandia todas las evaluaciones de calidad educativa le dan muy bien. Sin ir más lejos, la de la UNESCO y la OCDE del 2003 revela que los adolescentes de 15 años son los mejores del mundo en comprensión de textos, ciencia y matemática. ¿Cómo lo lograron?
—Es una alegría estar adelante. De los tres rubros, el mejor es siempre comprensión de textos. Las razones de estos logros son muchas, pero la más importante se asienta en los maestros y en su capacitación. En Finlandia, la profesión docente es muy popular. Cuando se presentan estudiantes para hacer la carrera, podemos elegir a los mejores. Son muchos los postulantes, pero sólo seleccionamos al 10%.
# ¿Es una carrera tan popular porque está bien paga?
—Tiene enorme prestigio. En la tradición finlandesa la profesión docente siempre fue muy valorada. En cuanto a los salarios, están en el promedio del resto de los países de la OCDE, no entre los más altos: entre 25 y 30 mil dólares al año. En Suiza ganan más o menos el doble. Pero lo cierto es que en Finlandia se hace una encuesta periódica para ver cómo evalúan los jóvenes las profesiones, y siempre los maestros están en el mismo nivel de prestigio que los profesores universitarios, los médicos y los abogados. Es que nuestros maestros también tienen formación universitaria y obtienen su grado luego de cursar cinco años. En definitiva, creo que tenemos mejores alumnos porque cuentan con maestros con muy buena capacitación universitaria que disfrutan del prestigio de su profesión.
# ¿Cómo trabajan esos maestros dentro del aula? ¿Con qué contenidos y con qué margen de libertad?
—En el tramo de los tres primeros años de escuela se concentran en la alfabetización y en la lectura, porque nos parece que la lectura es la habilidad básica para todas las demás. Luego viene matemática. El programa nacional de Finlandia da mucha libertad a los maestros y los contenidos han aumentado en los últimos 15 años considerablemente. Creemos que si los maestros tienen la posibilidad de planificar y seleccionar los contenidos, usarán sus conocimientos y se sentirán motivados para dar lo mejor. Sabemos, por algunos estudios internacionales, que los maestros finlandeses tienen objetivos más exigentes que los de Dinamarca, por ejemplo. O sea que piensan que sus alumnos pueden alcanzar niveles más altos.
# ¿Si se confía en ellos y se les pide más esfuerzo los chicos rinden más?
—Confianza en los chicos y libertad dentro del aula es una excelente ecuación. Y a eso súmele respeto: nuestros alumnos descuentan que sus maestros pueden realmente enseñar y saben muchas cosas.
# ¿Cuál es la cantidad promedio de alumnos por curso?
—En el nivel primario hay de 22 a 25 chicos por aula. Pero en el nivel secundario inferior —hablamos de séptimo a noveno grado en la escuela polivalente—, entre 18 y 19, según las materias.
# ¿Qué porcentaje del PBI se destina a educación?
—El 6%, lo usual en los países de la OCDE.
# En la década del 90, toda América latina reformó su educación. ¿Finlandia entró en un proceso parecido en esos años?
—Nuestra última reforma ocurrió en los años 70. En realidad, ya antes de la Segunda Guerra Mundial se discutía cómo debía ser una escuela polivalente (general, para todos) y la sociedad compartía certezas básicas acerca de la equidad, es decir, que todos los chicos debían tener las mismas oportunidades. En los 70 hubo decisiones políticas fuertes, acompañadas por un gran consenso social, para hacer cambios importantes en la enseñanza.
# ¿Por qué?
—Porque después de cuarto grado, a los diez años, los chicos debían decidir si iban a la escuela media o si continuaban la escuela de nivel inferior. Era el mismo sistema que tienen hoy en Alemania. Pero en Finlandia veíamos que eso no funcionaba. Es que somos un país pequeño y no podemos darnos el lujo de dejar a nadie afuera: hay que aprovechar todo el potencial que hay en los niños. Y los partidos políticos entendieron esto.
# ¿Las reformas que ustedes hicieron fueron motorizadas por el Banco Mundial, por ejemplo, como ocurrió en América latina?
—No. Dudo que el Banco Mundial sea eficaz en esos temas. Nuestra reforma fue muy nacional, en el sentido de que surgió de debates típicamente nuestros. Si alguien viene de afuera y dice lo que hay que hacer, las reformas no funcionan. Porque los padres no las aceptan si no creen en ellas.
# ¿Eso significa que aunque el gobierno cambie, las políticas educativas permanecen?
—Sí. La educación no varía según la política. Pero debo reconocer que en este momento el debate está más politizado, porque estamos discutiendo algún eventual sistema de tarifas en la universidad. Por ahora, toda la enseñanza es gratuita.
# ¿Y qué cree la gente sobre la posibilidad de arancelar la universidad?
—La gran mayoría de la gente cree que, aun en la educación superior, las posibilidades de acceso tienen que ser iguales para todos los estudiantes. Nuestra educación es casi totalmente pública. Hay pocas escuelas privadas, pero son financiadas principalmente por el Estado o con dinero público. En el pensamiento finlandés siempre ha sido claro que la educación es un servicio público y que el Estado debe garantizar que todas las personas tengan las mismas posibilidades para educarse.
# ¿Por qué están discutiendo entonces el arancelamiento?
—Porque, al parecer, el tiempo que los jóvenes permanecen en la universidad es cada vez más prolongado. Comparado con otros países, cuando nuestros alumnos se reciben son muy grandes. Por eso la idea de arancelar: para lograr más eficacia en la formación y en la entrada al mundo del trabajo. Pero insisto en que esto no es muy popular y no creo que se implemente.
# ¿La propuesta es del Estado o de algún partido político que no está en el gobierno ahora?
—Del Ministerio de Hacienda, que presiona mucho para bajar el nivel de los impuestos. El nivel impositivo de Finlandia es uno de los más altos de la Unión Europea.
# ¿Qué pasa cuando la economía avanza sobre la educación?
—Tradicionalmente nuestro Ministerio de Hacienda no decía nada sobre el tema. Porque hasta los 90, la financiación de la educación estaba en la legislación: determinada escuela, con determinado número de alumnos, recibía tanto dinero. Por eso, no habría que permitir que Hacienda incrementara su poder, especialmente cuando hablamos de igualdad de oportunidades y pedagogía.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2003/09/28/z-631368.htm
COPYRIGHT CLARIN, 2003.
El polémico escritor analiza a Kirchner
Antes la consigna era: "Ni yanquis ni marxistas, peronistas". Hoy podría ser: "Ni liberalismo economicista ni, mucho menos, socialismo ¡Peronismo! Aunque falte definir en qué consiste exactamente eso". Más o menos así parece ver el presente argentino Abel Posse, controvertido y polifacético novelista, ensayista y diplomático. Dice que no quiere ser excesivamente optimista y trata de moderarse cuando se descubre alabando la gestión de Néstor Kirchner. Si en los primeros días no lo entendió del todo, ahora admira algunos gestos tácticos que, dice, quizás asustaron al establishment, pero que sirvieron para que los jóvenes volvieran a creer en la política. "Kirchner no virará a la izquierda. El peronismo no es de izquierda", asegura. Pero el peronismo es capaz de regenerar -según Posse- "una idea tal vez heroica de nación que se había perdido". Y de reclamar, vía Brasil y el Mercosur, la cuota de poder que le corresponde en un mundo cada vez más lleno de amenazas, argumenta: el imperio avanza y está listo para ocupar espacios vacíos. "Tal vez, en lugar de acusarlo, habría que haber investigado lo que dijo el general Bendini", dice el embajador Posse.
De sus 64 años, Posse pasó 40 trabajando en embajadas argentinas: Rusia, Francia, Israel, Italia, República Checa, Perú y Dinamarca fueron destinos en los que vivió mucho tiempo. Ahora es Madrid: Posse es el actual embajador argentino en España. En sus cuatro décadas itinerantes reunió más amistades célebres, más discusiones y más libros de los que pueden citarse. Una de sus novelas, "Los perros del paraíso", obtuvo en 1987 el premio Rómulo Gallegos. Sobre una mesa ratona de su departamento porteño de la calle Rodríguez Peña exhibe sus obras en traducciones inesperadas: ruso, estonio, holandés, alemán, sueco. Entre los libros se pasea, sutil, Tinta Blanca, el gato persa. El 1° de noviembre, Emecé publicará el último ensayo de Posse, intelectual de pensamiento original, nacionalista y, cuando menos, polémico. "El eclipse argentino", justamente ahora, cuando el autor quiere creer que en la Argentina sale por fin el sol.
-Por la misma exigencia de su oficio diplomático, usted ve a la Argentina cada varios meses. Para el observador, esto es una ventaja. ¿Qué cambios percibe?
-El espíritu de recuperación de la gente en la Argentina ya se notaba al medio año del gobierno de Duhalde. Un deseo de país sano, de ir adelante. También es importante haber pasado del "que se vayan todos" a una concepción compartida por la inmensa mayoría, que apoya al Presidente con mucho entusiasmo, en el sentido de que la política es la clave. En este momento, sin política estaríamos en la anarquía.
-¿Usted cree que pecamos por reemplazar la política por la economía?
-El economicismo es un problema mundial, pero los argentinos lo compramos con particular entusiasmo. Hemos sido muy dóciles y la política se había desprestigiado enormemente. Si a eso unimos la corrupción... No hay que olvidar que (el de Menem) fue un gobierno manejado con mucha fuerza en lo económico por el Estado, con un estatismo económico liberal. Es curioso: sólo en la Argentina se dan esas cosas.
-¿Menem nos empujó a ser cada vez más liberales?
-Claro, el Estado nos obligó a ser monstruosamente liberales. Y, claro, en un momento eso hizo eclosión y se transformó en un sentimiento también anormal.
-De todas maneras, mucha gente aplaudió y disfrutó durante la hoy impronunciable década de los noventa.
-¡Pero sí! Los argentinos han apoyado totalmente lo que llamamos la lucha antirrepresiva. Los argentinos, y sobre todo los porteños, han apoyado unánimemente los golpes militares. Había gente que no veía la hora de que se diera un golpe contra Isabel Perón. Todos los sectores, de todos los partidos políticos, hemos apoyado durante muchos años lo que ocurrió en la década menemista. Hasta Quebracho creo que deseaba hablar con Cavallo. Hemos sido unánimemente proliberales. Nos hemos sentido dueños de esa alegría irresponsable que ha sido el "déme dos" a la Argentina, que vivimos cada quince años y que pagamos con deudas que sorprenden al universo. Son cósmicas nuestras deudas.
-Otro de nuestros récords...
-Sí, son deudas récord y cósmicas. Sin solución. La Argentina es un país muy difícil. Es un país brillante, de talento, pero que ha sido insuficiente. Somos un poco como los rusos, un país de gran talento y de cierta incapacidad para vivir con armonía, felicidad y modestia los días de la vida. Somos países extremos, ¿no?
-¿En un sentido dramático?
-En el caso ruso sí es dramático. En el caso argentino es una especie de...
-¿Sainete?
-No (se ríe). Es muy duro, sainete. Pero somos un país malcriado, que nació con riqueza y creó una psicología exitosa y un poco frívola. Y no tenemos mucho aguante. Después de haber vituperado a los terroristas, los terroristas se transforman en supervisores de la moral pública. Después de haber gozado ingenuamente durante diez años de una organización económica liberal muy fuerte, nos parecen demoníacos los personajes que nos manejaron. Tenemos una curiosa volubilidad. Después del "que se vayan todos", reelegimos a todos.
-¿Cómo se explica esto?
-Bueno, porque en el caso del partido peronista hay una experiencia de gobierno muy grande, que no hay que subestimar. Desde la visión de la Capital Federal, el peronismo ha sido siempre un partido de segunda clase, pero en verdad es el partido que más experiencia tiene para controlar la Nación. Lo demostró Duhalde, por quien nadie daba un centavo cuando subió y a quien ahora se le reconoce una capacidad de serenidad en la conducción en la vida argentina. Aunque el peronismo ahora es como Júpiter: un enorme astro que ocupa todo, pero que es de gas. No tiene esencias metálicas. Le falta fuerza interior, no tiene ideología. Tiene que recuperar la línea. Pero el peronismo, de alguna manera, nos parece, le parece a la gente, que es el equilibrio entre un capitalismo peligroso y lo que era el socialismo como una forma totalitaria.
-Pero a esta situación llegamos por el peronismo...
-Sí. El peronismo es tan curioso que dio la mayor reforma social y, al mismo tiempo, el gobierno liberal más extremo y más fuerte que conoció la Argentina.
-¿Ve algo positivo en la Argentina de los años 90?
-Cierta idea de país moderno, que nos faltaba, cierta idea de ejecutar cosas concretas del Primer Mundo. Lo negativo fue la descompensación, la negación del principio de armonía de los griegos. Por esa descompensación, el liberalismo se transformó en mercantilismo generalizado. Fue una deformación que pagamos cultural y educacionalmente. Y, por último, el episodio dramático, que la gente no quiso ver a partir de 1995, que fue la creciente desocupación, creer que la investigación científica era innecesaria, admitir que se importara todo. Se creó un concepto de país dependiente y se olvidó la noción de que tenemos que tener la grandeza de ser nosotros los Estados Unidos. No vivir bajo el ala de los Estados Unidos: ser mejores que Estados Unidos.
-¿Complejo de inferioridad?
-Fue una idea general de sometimiento al Norte: no saber conformar con nuestro continente un polo que garantizara nuestra forma de vida, nuestros negocios, que le abriera horizontes a nuestros empresarios. Eso ha ido creando una sensación de inferioridad, de incapacidad generalizada. La situación en el mundo cambió y es muy difícil. Hay dos ideas fundamentales. La primera, que este macrocapitalismo mundializado al que todos tratamos de adaptarnos crea el bienestar de muy poca gente y empobrece a muchísimos, incluso en países poderosos. Tenemos ya la prueba de que esta forma de organización económica mundial, con esta idea del homo economicus , está llevando a la imposibilidad de salvar pueblos. Basta con ver las proyecciones de las Naciones Unidas para 2020, o 2025. Son terroríficas: cuatro de cada seis personas en el mundo van a estar en la penuria y en la miseria. Y el otro problema que no se confiesa es que ningún socialismo, ni el socialismo comunista del sistema socialista mundial, ni la socialdemocracia de Europa, ni los socialismos heterodoxos, pueden sustituir al capitalismo. Este es el círculo cerrado mundial. Todos sabemos que el socialismo no puede gobernar y sabemos que el capitalismo es casi genocida.
-Un callejón sin salida.
-Como decía Marechal: la única forma de salir de un laberinto es yéndose hacia arriba. Pero repito: el capitalismo está siendo inviable y está chocando contra dos muros: el de la ecología y el de la creación sistemática de pobreza en las grandes masas humanas. Y el otro problema es que los socialismos tienen que perder toda ilusión. Salvo los socialistas izquierdistas argentinos que viven en una elite, que no tienen la incomodidad de cargar con el pueblo, ni tienen que ganar elecciones porque saben que las pierden, ni tienen sindicatos... La gente que se dedica al socialismo es gente que vive en una dimensión metafísica. Curiosamente, contra las ideas de Marx. Y no tiene la menor capacidad para administrar ni siquiera un club de barrio en quiebra.
-¿Socialismo e izquierda son lo mismo?
-Izquierda es el sentimiento general de superación del hombre y socialismo sería su aplicación política. En este momento hay una disyunción profunda entre ese sentimiento moral, que es indispensable, creo, y su proyección política.
-Lo preguntaba porque aquí se dice que el Gobierno es de izquierda...
-No, acá no hay un gobierno de izquierda. El peronismo nunca fue de izquierda. Perón tuvo en este sentido un equilibrio notable. Hay visiones extraordinarias que tuvo Perón sobre el destino negativo del sistema socialista mundial. También se burlaba del capitalismo como destino final de Occidente. Después de San Juan de la Cruz y de Dante terminamos en el señor Kšhler y en la mentalidad de los directores del Fondo Monetario. No puede ser Occidente eso. Ahora, en la Argentina hay un momento bueno. El conflicto que tuvo que hacer el peronismo ya lo hizo: fue contra el liberalismo de Menem. Estaba apoyado mundialmente y el peronismo luchó para volver a una centralidad que todavía no tiene, como le dije, unas ideas efectivas, capaces de capturar a la sociedad más allá de los factores sentimentales.
-¿La batalla contra la herejía ultraliberal está ganada ya, sin posibilidad de retorno?
-No hay posibilidad de retorno de la idea menemista. El peronismo siempre tuvo un centroderecha más fuerte que el centroizquierda, y el centroderecha del peronismo puede asomar en algún momento, pero nunca recreando ese liberalismo de Menem.
-¿Kirchner no hace un gobierno de izquierda?
-No, para nada. La izquierda, cuando está en el gobierno, se margina del sistema mundial e intenta un cambio. La Argentina no está en eso, y el presidente Kirchner tampoco. Yo no creo que se vaya a equivocar por el camino de una izquierda utópica que lo lleve a Nicaragua. De ninguna manera. Creo que está en un criterio que es extremadamente importante: comprende que la relación con Brasil y el Mercosur es central para sobrevivir. La Argentina sola no puede sobrevivir. De acuerdo con el politicólogo Osvaldo de Ribero, la Argentina es uno de los países más perfectos. El dice que se necesitan cinco condiciones para que un país sea viable: alimentos, energía, agua, espacios fértiles y lo que él llama "renta estratégica". De estas cinco condiciones, la Argentina sólo no tiene renta estratégica, porque no supo generar aliados. Fíjese: es un país aislado, le gritan por teléfono, Kšhler dice que somos animales, O´Neill dijo que arruinamos a los cerrajeros de los Estados Unidos con nuestra deuda...
-Hasta Batlle nos maltrata...
-(Se ríe). Pero no se cuentan los insultos dentro de la casa. Fundamentalmente somos un país poderoso. Y el poder, en política, conlleva peligro. Cuando usted tiene agua, produce comida para alimentar cada año, por ejemplo, a media China, cuando usted tiene energía, cuando tiene una población excepcional, más integrada que la de los Estados Unidos...
-¿Cuáles serían los peligros que enfrentamos por ser tan poderosos en potencia?
-El peligro es la caída de la razón internacional. Puede haber un imperalismo y una expansión hacia los recursos naturales, los espacios... El poder todavía no se ocupó de tragarse el Congo, con toda su madera. No sé si me explico bien: hay espacios indefensos que van a ser tentadores en el futuro.
-¿Sabe que en estas semanas éste fue un tema de discusión, a raíz de supuestos dichos del general Bendini?
-Me parecía que esas declaraciones se vinculaban con un tema religioso, con el antisemitismo, que yo condeno con toda energía.
-Estaba también la idea de que las grandes zonas vacías, por ejemplo la Patagonia, podían tentar a fuerzas externas.
-No es imaginario ese peligro. El Atlántico Sur para nosotros es una tragedia. Nosotros no estamos controlando el robo monstruoso que se está haciendo. Si usted sobrevuela hoy ciertas zonas del Atlántico Sur le parecerá estar sobrevolando Miami, por la cantidad de barcos concentrados. Es una tragedia que estamos ocultando. La Argentina tiene que tener unas Fuerzas Armadas importantes. No hablo de represión interna: para la izquierda, si usted dice Fuerzas Armadas usted es fascista. Esta es una idea fascista que tiene la izquierda. Hay que integrar a las Fuerzas Armadas a través del Mercosur, con un sentido nacional.
-¿Eso puede llevar a prohibir que los extranjeros compren tierras en nuestro país?
-No se trata de eso, sino de ser conscientes de lo que se hace. Desde Santo Tomás, que funda la idea de Occidente, los hombres somos administradores de la tierra. Cada país administra sus bienes. Eso no quiere decir que un productor de petróleo puede quemar el petróleo en lugar de explotarlo, pagando los impuestos, ni que el que compra un terreno con un lago puede vender el agua.
-¿Tenemos que inventarnos de nuevo?
-La gente no se siente partícipe de la nación argentina. La gente no vive el fervor argentino más que en la cancha. Eso es un episodio de nacionalistas lelos. Pero es lo que tuvieron los conservadores para inventar este país, creado por hombres que inventaron incluso la etnia argentina. Roca en un momento tuvo más extranjeros que argentinos en la ciudad de Buenos Aires. Esa es una voluntad maravillosa, grandiosa, de crear una nación.
-Hablemos de las leyes de punto final y obediencia debida. Usted no tiene un pensamiento políticamente correcto sobre este tema.
-Hace mucho que renuncié a lo políticamente correcto. El hecho de que la gente que se levantó en noble acción revolucionaria pensando que tenía que acabar con el capitalismo de Occidente terminara poniendo a Alfonsín en el poder me parece irrisorio. Muchos de los que murieron lo hicieron heroicamente, con mucho coraje, cara a cara, como murieron los hombres de Stalin y los de Mao. Si usted dice que los mataron porque estaban anotados en una libreta y que eran todos inocentes, es una idiotez. Al guerrero hay que respetarlo. La izquierda argentina está dejando de respetar al guerrero y favorece a los sobrevivientes sospechosos, que ocupan los espacios externos y que se transformaron poco menos que en periodistas del sistema a través de la televisión. Pero de todas maneras yo no quiero agredir a esa gente, que está descalificada ante el pueblo argentino. Lo que yo quiero decir es que no podemos, por cobardía, aceptar la increíble barrabasada de que nos vengan a presentar como humanistas y defensores de la República a aquellos que tienen la conciencia profundamente revolucionaria, o la tuvieron en su momento. Yo puedo decir lo peor del liberalismo capitalista, pero también puedo decir lo peor de esa gente que se refugió al año del gobierno de Videla en Europa, donde estaban todos conduciendo a jóvenes de dieciséis o diecisiete años a la matanza.
-¿Montoneros que mandaban a la muerte a otros?
-No puedo yo afirmarlo. Pero en la Argentina la gente tiene miedo de decir ciertas cosas. En cierto modo, es un país periodísticamente intimidado. En el caso de Bendini, que usted me cuenta, en lugar de investigar si hay una acción del gobierno de Israel, que es una potencia distinta del poder religioso maravilloso del pueblo judío, en lugar de investigar si Bendini descubrió un complot, de inmediato lo acusan de antisemita. ¿Es posible que un hombre no pueda criticar la acción del ejército de Israel en Palestina? Yo he sido diplomático allí, les he dicho estas cosas a mis amigos israelíes durante tres años. Me adoraron, me despidieron con una gran reunión en la Universidad de Tel Aviv. Yo dije la verdad, digo la verdad. Pero los argentinos tienen un miedo enorme. Hay poderes de intimidación enormes frente al discurso políticamente correcto que fabricó la izquierda para silenciar la verdad sobre ella misma.
-Hay algo delicado: muchos de esos setentistas están alrededor del Presidente...
-No, el Presidente es absolutamente peronista. No puedo darle nombres, pero he hablado con los dos hombres más importantes de la política argentina. Uno de esos dos hombres, realmente brillante, me dijo: "Es que usted no lo podrá tolerar, como muchos argentinos de Buenos Aires, pero el Presidente se creó un espacio ocupando esos lugares abandonados por el peronismo tradicional". Se creó un espacio de afecto y de apoyo que incluso acercó a la política a muchos jóvenes de los que se encogían los hombros y decían que eran todos unos sinvergüenzas. Se acercaron por estos hechos externos que enunció el presidente Kirchner ante la sorpresa de sus pares del Partido Justicialista.
-¿Esos gestos de izquierda serían parte de una estrategia?
-Si no estrategia, la inspiración de ocupar un espacio que la gente quería ver ocupado. Así que yo, en eso, me retracto, porque yo creí al principio que eran actos atrabiliarios, o demasiado exagerados. Me arrepiento de mi opinión. Creo que haber hecho que los jóvenes se volvieran a interesar por la política es un triunfo personal de Kirchner que nadie imaginaba. Al principio nos pareció un poco una locura...No le entendíamos el estilo ni entendíamos el efecto que tendrían esas medidas sobre los jóvenes. Pero no quiero ser excesivamente optimista...
Por Hugo Caligaris
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/03/09/27/dp_530888.asp
Por Osvaldo Bayer
Al terminar una conferencia se me aproximó un hombre de mediana edad que me dijo que deseaba preguntarme algunas cosas. Fuimos a un café y me reveló que había sido suboficial del ejército durante la dictadura. Me señaló que no podía explicarse lo de la crueldad de Videla y los suyos. Que antes él no había vivido nada de eso, apenas alguna reprimenda a algún conscripto, pero que luego todos los uniformados parecían ser dueños de la vida y la muerte de los que vivían por fuera de ellos. “De pronto todo cambió –me repetía el ex suboficial–. Me contestaban ‘estamos en guerra’ como única explicación. Todos se volvieron asesinos, todos se sentían capaces de matar, de torturar. Mataban a las madres para quedarse con los niños, se da cuenta usted, ¿cómo podían vivir con los niños de las madres muertas?”
Los niños de las madres muertas. Todos querían matar. Los generales que más mataban eran los más admirados. Se le fueron escapando esas palabras al suboficial. “Venían jóvenes policías recién ingresados a ofrecerse a los cuarteles. Una vez trajeron a un muchacho preso y todos se abalanzaron para pegarle en la cara, sólo en la cara. Le dejaron una careta. Tiene que ver usted, la boca, cómo le dejaron la boca. Que parecía fija sin poder moverse y sin dientes que se le resbalaban para afuera, con baba colorada.”
No paraba de hablar mi circunstancial interlocutor. ¿Explicarle yo qué era la crueldad? El la había visto, yo la había leído. O me la contaron. Como ese día. Cuando quería darle alguna explicación me interrumpía para acumular crueldades.
Temí que el hombre estuviera loco. No, pero no era eso. Era un hombre muy fino a pesar de sus años de cuartel. “¿Qué es la crueldad, cómo nace la crueldad?”, me apura. Y sigue: “¿es producto de un lugar donde viven hombres solos? ¿Un cuartel? ¿Un convento? ¿Un asilo? ¿Una cárcel? ¿Un lugar donde hay arriba y abajo? Tuve amigos que de pronto decían que se iban a dar una vuelta. Y después contaban que habían dado algunas pasadas. Era la picana eléctrica, ¿me entiende?” El hombre me inquiría con los ojos. “A la crueldad, ¿se la pasa la madre o el padre al hijo?”, me pregunta casi en silencio. Yo lo dejo hablar. Termina la conversación, pero no me avergüenzo por mi falta de respuesta. “Ya nos encontraremos”, me dice. Y se va, bien peinado, bien vestido y con los ojos a punta de llanto.
Vienen de Mar del Plata. Me entregan una publicación de los Juicios por la Memoria. Los juicios. La abro y me encuentro con un rostro con el labio superior un tanto levantado, es el gesto del desprecio y la superioridad. Así es posible describir la crueldad. Es del coronel Pedro Barda, dueño del terror de Mar del Plata. Los presos sufrían la tortura y la muerte con el rumor del agua del mar llena de sol. Lo miro al coronel Barda y recuerdo al suboficial que buscaba la definición de la crueldad. Los ayudantes y amigos de Barda eran del grupo nacionalista CNU que vivieron unos años allí la experiencia que debe haber sentido ser Himmler. Detención, tortura y muerte. Pero también los marinos eran maestros de la crueldad. Los marinos de guerra se distinguían porque trataban a garrotazos a las jóvenes mujeres prisioneras. Era algo rebuscado que al parecer ocasionaba el máximo placer. En la Base Naval y en la ESIM (Escuela de Suboficiales de Infantería de Marina). El caso de la joven Julia Barber fue atroz, porque el guardia se dio el gusto de darle garrotazos hasta que se cansó. En muy mal estado, todas las secuestradas comenzaron a sufrir alucinaciones y además debían soportar las violaciones de sus compañeras. (¿Un cuadro de crueldad total?) Para enfrentar todo aquello las presas rezaban espontáneamente, tratando de fortalecerse.¿Espontáneamente? ¿Este rezo, esta oración, no provocaría el clímax de los garroteadores? ¿Es ya aproximarse a lo que es la crueldad? Nos imaginamos los éxtasis del coronel Barda cuando le informaban de esos placeres.
¿Y “La noche de las corbatas” del general Arrillaga? Ahí sí que el general debe haberse sentido chocho, alegre, no todos pueden llegar a comprobar el límite de la crueldad como lo pudo certificar él. Liquidó a los abogados de derechos humanos y del derecho laboral. La ciudad quedó limpia con gran alegría de los dueños capitalistas. El general Arrillaga a quien Alfonsín luego le daría la gran oportunidad de hacer la gran venganza de La Tablada con bombas y desaparecidos. O bajemos un poco el dial y contemos lo del preso Del Prado a quien su madre intentó visitarlo en la comisaría 4ª, en el día de su cumpleaños. Fue la gran diversión del personal policial. Lo hicieron comparecer al preso al patio y ahí lo cargaban al pobre preso: “Así que estuvo mamita, así que estamos de cumpleaños, te vamos a hacer una linda fiestita”. Y le rompieron dos dedos de la mano y le lastimaron la mandíbula a puñetazos. ¿Es ésta una crueldad? ¿Duele más que cien picanazos en el ano? No sabemos, habría que hacer una encuesta al general Arrillaga y al coronel Barda. O lo que le ocurrió a la parejita de chicos de Lobería de apellido Sadet, a quienes mataron después de haberles hecho llorar todas las lágrimas en la tortura. General Arrillaga, coronel Barda, presentes, en libertad siempre.
Pero lo bueno es que mientras algunos buscan comprender a la crueldad y llegar a su origen, otros creen en el futuro, miran al cielo para encontrar un buen celeste, a pesar del sufrimiento de siglos, que han sido apaleados y humillados. Después de tantos siglos de persecuciones y racismos, de arrinconadas y desprecios, los indios –así les gusta llamarse porque saben que los otros los llaman así– van a hacer un congreso donde se mirarán todos a los ojos. Los indios que viven en estas pampas de la provincia de Buenos Aires. Sí, aquellos que sobrevivieron a San Roca y a los Arrillaga y Barda de los 1870. O a aquel coronel europeo bárbaro que degollaba él mismo a los ranqueles, a Federico Rauch a quien nosotros los argentinos devotos de la crueldad lo hemos premiado con el bautizo de una ciudad. Y todos sus habitantes contentos, cuentan que el coronel europeo se liquidaba a diez indios a la vez. Coronel Rauch, la ciudad bonaerense perfumada con aromas cementeriles de ranqueles degollados.
Tal vez allí les gustaría al general Arrillaga y al coronel Barda recibir su extremaunción. Bien, pero impresiona la fuerza de vida de los indios que pese a todo viven en nuestras latitudes. Cuarentaidós mil en tierra bonaerense. Y el 3, 4 y 5 de octubre, ahora, se reunirán en el teatro de Luz y Fuerza de La Plata (entre 41 y 42) para mirarse y hacernos ver que todavía están allí: ranqueles, guaraníes, mapuches (que se ríen cuando los milicos los llaman “chilenos”), tobas, diaguitas, pampas, coyas, calchaquíes, wichis, aymarás, querandíes, vilelas, chanés, tupíguaraní, charrúas y hasta aztecas.
No todo “indio” fue eliminado como adelantó el generalísimo Roca ante el Congreso: “El éxito más brillante acaba de coronar esta expedición dejando así, libres, para siempre del dominio del indio esos vastísimos territorios que se presentan ahora llenos de deslumbrantes promesas al inmigrante y al capital extranjero”. (Y los indios han vuelto a través de los siglos. Están entre nosotros.)
Si hubiera vivido, el perito Moreno hubiera dicho que tienen cara de sapo, mientras Humboldt hubiera calificado a los indiecitos como los niños de más hermosos ojos de la tierra. Los crueles y los sabios. Roca hubiera buscado su pistola al cinto. Pero los verdaderos habitantes de la tierra ya no van a ir al museo de La Plata para ser exhibidos como pumas y guanacos. No, van a la casa de obreros blancos. Al abrazo, a la derrota de la crueldad de los Roca, los Arrillaga, los Barda.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-25986-2003-09-27.html
Por Sandra Russo
Todo el mundo tiene en la familia a alguien como Elena Cruz. No digo a alguien que admire a Videla, sino a alguien que les ponga apodos a las cucarachas y les pida perdón a las babosas antes de envenenarlas. En casi todas las familias hay o hubo alguna tía loca y excéntrica que babeaba al saludar y era el espanto de los chicos besados, que apenas la veían empezaban a refregarse la mejilla. Alguna parienta fuera de cauce que salía a la calle con el batón desabotonado, que se robaba caramelos en el kiosco, que buscaba camorra con las vecinas o amenazaba a los chicos del barrio a escopetazos de gas comprimido si alguno había osado tocarle las hortensias. No hay familia ampliada que se precie sin una loca de esta especie. Siempre se trata de una loca, no de un loco, y acaso a esa figura de la loca latente en el imaginario colectivo apeló hace tres décadas la dictadura para descalificar a aquellas mujeres que comenzaban a dar vueltas alrededor de la Pirámide de la Plaza de Mayo.
Aquellas mujeres no decían que a sus hijos los estaban matando como a cucarachas ni que los estaban haciendo desaparecer como a babosas. Ninguna de ellas, en todos estos años, osó caer en la pose de la locura. Ni estaban locas ni lo aparentaban. No usaron metáforas jardineriles para referirse al drama que vivieron, ni abusaron jamás de ese drama: fueron la presencia duplicada que replicaba la ausencia de sus hijos. Quien las tildó de locas tenía la locura en la mirada o, simplemente, la voluntad de malinterpretar y desautorizar los gritos más racionales, cuerdos y sensatos que se escucharon por aquí durante muchos años. Decían esos gritos que no hubo errores y que no hubo excesos, destartalando así el intento de presentar como excepcional lo sistemático. Exigían aparición con vida, incluyendo en esa consigna el núcleo central del delito que no iba a cesar de cometerse nunca, en tanto los desaparecidos siguen aún hoy desapareciendo. Reclamaban juicio y castigo a los culpables, y pese a que durante mucho tiempo parecía que ese reclamo eran pompas de justo jabón soplado al aire, hoy está cerca.
Por su parte, Elena Cruz, que ganó la notoriedad que su carrera artística no le había procurado embanderándose con la defensa de lo que hasta los apologistas del régimen ya consideran indefendible, ha encontrado en la pose de la locura un lugar cómodo desde donde ser considerada intelectualmente inimputable. Y si no, hay que haber visto la cara de desorientación, el domingo pasado, de Vilma Ripoll, mientras Elena Cruz explicaba su amor al prójimo con el relato de la piedad que le despiertan babosas y cucarachas. Esa es la estrategia de la loca de la familia: suele no estar para nada loca, suele usar la chapa de loca como herramienta para manipular a los demás, suele atrincherarse en su presunta locura para reinar en su propia baldosa, manteniendo a los otros a una distancia prudente, porque la loca de la familia despierta por un lado irritación, pero también, por el otro, despierta cierta piedad, cierta impotencia, fuerza a rendirse porque ante la locura uno se rinde, ante la locura caen los argumentos, los fundamentos y, claro, la razón.
La patrulla perdida de la demencia militar de los setenta ha logrado una banca en la Legislatura. Los buenos modales democráticos han permitido que a Elena “Patrulla Perdida”Cruz la tengamos sentada imaginando leyes comunales que tal vez –por qué no– terminen beneficiando a Nelly o a cualquiera de sus otras amigas cucarachas. Y tal vez, pasado el estupor, no esté del todo mal esta presencia inconcebible. Tal vez sus intervenciones públicas sigan recordándonos, una vez y otra vez, como ella misma dice, que hay otra gente que pensó o piensa como Elena Cruz. Que estamos recién ahora sacando medio cuerpo del lodazal inmundo en el que estuvimos sumergidos durante décadas. Que ella no representa a nadie, pero sí representa, incluso durante sus actuaciones como la loca de la familia, el mal que roe, el mal que acecha, el mal interior y subterráneo de la peor Argentina.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-25900-2003-09-25.html
MARCELO RUBINSTEIN: EXPERTO EN GENETICA MOLECULAR
Todas las especies mantienen desde su origen los mismos mecanismos que regulan el hambre y la saciedad. Pero son los cambios culturales y de contexto los que están disparando esta epidemia mundial de obesidad.
Analía Roffo.
Hace unos días, el diario El País de Madrid entrevistó al pastelero español más famoso. El hombre se quejaba de que la gente "había criminalizado la comida". ¿De quién es la culpa cuando engordamos? ¿De la comida o de la forma en que nuestro cuerpo la procesa?
—Antes de echar culpas, hablemos de los cambios culturales que nos afectan a todos. Nuestra relación con los alimentos ha cambiado drásticamente en los últimos treinta años.
# Coman mejor o peor, lo cierto es que en todas las clases sociales hay, en proporciones diferentes, gente con sobrepeso. ¿Por qué engordan unos y otros?
—La situación es muy compleja desde el punto de vista sociocultural, pero es muy simple desde el punto de vista termodinámico o fisicoquímico. El balance energético es sencillo. La masa de nuestro cuerpo es la resultante de lo que entra menos lo que sale. Y eso es lo que nosotros pesamos. Nosotros no generamos masa sino que la ingerimos por la boca. Y tenemos distintos mecanismos por los cuales la vamos eliminando en forma de otras sustancias, que fundamentalmente son combustión y utilización de moléculas de alto contenido energético, en particular lípidos e hidratos de carbono. En realidad, los lípidos son un tipo de moléculas de reserva, que son luego convertidos en hidratos de carbono para ser utilizados en la combustión en nuestro organismo. Eso no ha cambiado, ni nunca va a cambiar.
# ¿Por qué dice entonces que pesa lo cultural en nuestra relación con la comida?
—Hoy, la presión para comer de más pasa por un gran abaratamiento relativo de los alimentos, sobre todo los de menor calidad, como los muy ricos en grasas e hidratos de carbono y muy pobres en proteínas. Por otra parte, tenemos un gasto energético diario tremendamente menor que hace años porque somos cada vez más sedentarios. Comemos más, gastamos menos y esa masa queda en el cuerpo.
# Pero esa fórmula termodinámica que parece exacta, ¿no varía según los individuos? Porque unos engordan más que otros...
—Por supuesto. Existen particularidades metabólicas, genéticas y psicológicas que también hacen que no todos los individuos se relacionen de la misma manera con el medio ambiente.
# Usted insiste en las razones culturales de la obesidad, mientras hoy en día a todo mal se le busca su raíz genética. ¿La obesidad es acaso una excepción?
—No, miremos con atención. Respecto de la obesidad, somos testigos de una epidemia tremenda. Y no existen las epidemias genéticas. O sea, no es que de pronto nos invadieron con mutágenos, tenemos todos nuestros genes mutados y estamos reflejando que no podemos combatir excesos de calorías. Muy por el contrario, la estabilidad genética es enorme y está mantenida por millones de años de evolución en vertebrados. Desde los peces hasta nosotros, tenemos más o menos los mismos mecanismos de control del hambre y de la saciedad. La genética cumplió un papel fundamental para entender cómo funciona este mecanismo. Pero la causa de la obesidad no es genética sino totalmente ambiental. De hecho, son muy pocos los individuos que portan mutaciones por las cuales tienen desregulado su apetito y son obesos. En general, son factores multigénicos, que pueden llegar a producir una predisposición a tener mayor o menor toma de alimentos. La genética sí está vinculada a esto, y hay que verlo desde una perspectiva evolutiva también.
# ¿En qué sentido?
—Los vertebrados, y en particular los mamíferos, evolucionaron perfeccionando un sistema capaz de retener energía en forma de lípidos (grasa). Esto fue muy importante porque, en períodos de grandes hambrunas o travesías por sequías —cuando había que gastar mucha energía interna para trasladarse miles de kilómetros de distancia en busca de regiones que ofrecieran mayor alimento o menores peligros— sobrevivían aquellos que tenían mejores condiciones físicas y más probabilidades de acumular la energía que había sido ingerida tiempo atrás. Imaginémonos la travesía de una tribu que tenía que migrar de una zona en donde no había agua. Pensemos que hay cierta variedad genética en esa población y que hay mujeres que están llevando crías que están amamantando. ¿Cómo produce la leche la madre en ausencia de alimentos? Consumiendo sus propios depósitos grasos. Aquella madre que tenía una genética más apta para retener esos depósitos —la energía comida anteriormente y que podía ser utilizada a posteriori— pudo mantener a su cría viva, y por supuesto, sus genes se mantienen a partir de su descendencia.
# ¿Nosotros somos el producto de la adaptación a esas migraciones?
—Exacto. El ser humano migró mucho y pasó por grandes penurias. Hoy nos cuesta imaginar cómo era la relación del hombre con la comida y la gran incertidumbre de cuándo iba a ser la próxima comida o con cuánta gente se iba a tener que pelear por tenerla.
# ¿La obesidad podría ser entonces una respuesta cultural a la memoria que la humanidad tiene de la hambruna?
—Es un reflejo de que somos esclavos de millones de años de evolución. La forma en que nos relacionamos entre nosotros y con el medio ambiente ha cambiado formidablemente, pero nuestra genética es la misma.
# En ese cambio exponencial, da para sospechar que vamos a una mayor obesidad...
—Es lo que preocupa a todos los organismos de salud, sobre todo del mundo desarrollado. Cuando uno toma los datos recogidos en los últimos dos o tres años, y los compara con los datos de hace diez años, ve que hubo un aumento de más o menos el diez por ciento de personas con kilos de más. Para el 2030 se pronostica que puede haber un 80% de individuos con sobrepeso en los países industrializados. Hay que operar sobre esa realidad, porque si no va a haber una cantidad enorme de problemas de salud.
# Usted hace hincapié en los rasgos culturales y ambientales de la obesidad, pero descuento que hay grandes laboratorios más interesados en lograr una pastilla que resuelva el problema de una manera rápida. ¿Estamos cerca de encontrarla?
—Yo creo que hay posibilidades. Es muy intensa la búsqueda para ver quién se queda con un mercado que concentra 300 millones de obesos en el mundo entero. El tema es ver cuáles son los efectos adversos.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2003/09/21/z-03315.htm
COPYRIGHT CLARIN, 2003.
Por Juan Gelman
“Señorita, la amo profundamente, pero siempre amaré más a la pintura”, le dijo a Amélie Parayre poco después de conocerla. Henri Matisse se casó con ella y le cumplió. La fortaleza y la paciencia de esta mujer tienen que haber sido notables: soportó años al borde del hambre hasta que el gran pintor francés comenzó a vender sus telas y se tornó con el correr del tiempo en uno de los artistas más ricos del siglo XX. Abrió una tienda de venta de sombreros para mantener un hogar al que no tardaron en llegar los hijos. Pasaba noches difíciles leyendo libros, hasta que se durmiera, a un marido atormentado por sus búsquedas pictóricas. Siempre en segundo plano, en una ocasión tuvo que devolver un juego de sábanas recién comprado porque Matisse se había enamorado de una alfombra persa y no había dinero para todo. Es incierto, sin embargo, que fuera la gran mujer que –se supone– tiene detrás suyo un gran hombre.
El pintor necesitaba sentir y ver objetos bellos en su casa. Así lo describió Guillaume Apollinaire hacia 1906: “Barbado, amparando bajo los lentes de oro una mirada llena de astucia, Monsieur Henri Matisse vive tanto en París como en Collioure. Este ‘fauve’ es un hombre refinado. Le gusta rodearse de obras de arte antiguo y moderno, de tejidos espléndidos y de esas esculturas con que los negros de Guinea, Senegal y Gabón expresan sus pasiones pánicas con rara pureza”. Atrás había quedado el joven de melena “como la de Absalón” que empezó a pintar a los 20 años para no aburrirse durante un posoperatorio. Ahora usaba ropa de corte tradicional, algo insólito para las vanguardias parisinas del comienzos del XX, de las que Matisse formaba parte por derecho propio. Las recorrió casi todas –fauvismo, impresionismo, neoimpresionismo, puntillismo, otras–, siempre insatisfecho y siempre sorteando el desastre económico. Su sólida formación en el arte clásico le permitió rebasarlo y una obsesión inagotable lo convirtió en uno de los dos pintores europeos más importantes del siglo. El otro fue Picasso.
A diferencia del español, Matisse era hombre que reservaba su intimidad. Esto creó leyendas. Unas, sobre todo las francesas, lo pintan como un burgués arquetípico de costumbres y opiniones conservadoras y, por ende, menos renovador que Picasso. Otras lo presentan como un hedonista sin freno, gozador desbocado de mujeres. Es cierto que las primeras se sustentan en sus “Notas de un pintor”, publicadas en 1908, en las que declara el deseo de que su arte “sea tan sedante como un sillón”. También se pronuncia por “un arte equilibrado, de pureza y serenidad, carente de temas que perturben o depriman”, pero éste era más bien un consejo que se dirigía a sí mismo. Su biógrafa Hilary Spurling pasó años rebuscando en los archivos de todos los pueblos y ciudades que transitó o vivió Matisse, entrevistó prolijamente a familiares, amigos y conocidos del pintor, y lo describe como un ser depresivo, pesimista, sin confianza en sí mismo y en su obra. El descontento con lo hecho suele ser un gran motor de la creación. Matisse ganó fama pintando desnudos femeninos y su exposición en el Nueva York de 1913 motivó sacudones varios en una sociedad todavía puritana. Los críticos rebajaron a pornografía su denso erotismo, el público quemó reproducciones de sus cuadros en las calles y él mismo fue incinerado en efigie. “Por favor, digan a los estadounidenses que soy un hombre común”, rogaba a los periodistas. “Que soy un marido y un padre devoto, que tengo tres hijos preciosos, que voy al teatro, practico equitación, tengo una casa confortable, un lindo jardín, que amo las flores, etc., como cualquier hombre”. Cabe parafrasear lo que Raúl González Tuñón decía de los poetas: un artista es como cualquier hombre, pero no cualquier hombre es un artista. Un gran artista.
Matisse vivió su primer cuarto de siglo en la chatura lluviosa de Cateau-Cambrésis, donde nació en 1869, y de Bohain-en-Verdamois, cerca de la frontera belga, donde fue criado. Tal vez esto explique en parte su encandilamiento con las aguas y los cielos del Mediterráneo. A los 45 de edad se aisló en Niza y atravesó un período de pérdida de tensión en la obra. Pero siguió renovándose e insistió en el grabado, la litografía y la escultura. Su relación con Picasso estuvo signada en los años ‘30 por una rivalidad que movía al último a jactarse de que podía predecir cuál iba a ser el próximo cuadro del primero. Ambos roturaban un espacio propio y cada quien consideraba que el suyo marcaría el futuro del arte. Esa rivalidad dio paso a la amistad y la mutua admiración después de la Segunda Guerra Mundial. Por entonces, los dos cargaban búsquedas ardientes y no pocos años de vida en las espaldas. Les habrá pasado lo que Gabriel García Márquez asentó en la dedicatoria de uno de sus libros a un coetáneo incómodo: “A XX, ahora que estamos viejos y buenos”.
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El padre Busso analiza la gestión Kirchner
Algunas de sus respuestas, y sobre todo sus entrelíneas, resultan sorprendentes. Es uno de los grandes intelectuales de la Iglesia Católica argentina, pero su cara jamás aparece en los medios. Pide, a cada rato, que se tomen sus opiniones a título personal. Pero lo cierto es que este filósofo, teólogo y jurista, este sacerdote de 53 años que confiesa y escucha a muchos dirigentes políticos y empresarios, representa hoy una corriente central del catolicismo. Ariel Busso, recibido en la Pontificia Universidad de Roma y creador de la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad Católica Argentina, desenhebra claves para entender un país en transición.
"En la era Kirchner vuelven a aparecer una cantidad de valores -asegura-. Veo, como jurista, que se vuelve al derecho natural, lo cual me da mucha satisfacción. Uno, cuando estudia el derecho, generalmente se vuelve positivista, porque las leyes son de acuerdo con lo mandado o con la voluntad del legislador. Ahora vemos que se ha podido llegar a la retroactividad de la vigencia de las leyes penales en una declaración de nulidad insólita en la legislación, pero que me parece altamente positiva. Así fue como se llegaron a las resoluciones del juicio de Nuremberg: allí tuvieron que arribar a un resultado de acuerdo con la existencia de una naturaleza anterior a las leyes positivas. Digo esto porque creo que el actual gobierno está haciendo aquellas cosas que han quedado sin hacer. Y ese es un rumbo positivo, lo cual no quiere decir que todas las cosas estén bien".
-¿Pero entonces a usted no lo asusta, como a otros juristas, que se hayan anulado leyes en el Congreso?
-No, para nada. Creo, como Aristóteles y Santo Tomás, que la ley cuando realmente no es justa, no es ley. Y por lo tanto no tiene por qué ser obedecida. La posibilidad de creer en una naturaleza anterior a la ley permite darse cuenta si una ley es válida o no. Pongamos el ejemplo concreto. Durante la vigencia del Tercer Reich, una de las leyes emanadas por la autoridad misma del Poder Legislativo era la denuncia obligatoria que tenían los arios de los semitas. Esa ley era nula desde el comienzo. Y por lo tanto, fue declarada nula después, y los juicios de Nuremberg se hicieron a pesar de que existían esas mismas leyes. Por lo tanto, la existencia del derecho natural permite la retroactividad de las leyes penales, reconocer cuando las leyes son justas o injustas, y al mismo tiempo tener la vigencia del derecho de gentes, el derecho internacional. No sólo no me asusta, sino que estoy altamente agradecido de que se haya hecho.
-¿Y qué piensa de la remoción del presidente de la Corte Suprema?
-Las cosas deberían hacerse de un modo distinto. Deberían hacerse de acuerdo a las leyes constitucionales que rigen en la Argentina. Me parece un abuso muy grande cuando un poder influye sobre otro. Espero que en las próximas ocasiones se sigan los pasos correctos, como indica la Constitución nacional.
-¿Los mecanismos no fueron los correctos?
-Al menos la primera vez, me parece que se hizo con bastante deficiencia. Y con alguna imprudencia por parte de algún funcionario...
-A propósito de la postulación Zaffaroni, ¿qué piensa de esta batalla entre los llamados garantistas y los duros?
-La posición de los dos países que coexisten. Hay gente que está muy herida por situaciones pasadas y por delitos que no han sido penados. Y esas personas se vuelven mucho más duras, y quieren que exista una mayor rigurosidad. Y hay otros que no, sobre todo una parte de la juventud, que sigue una visión que llamaríamos "garantista". Me parece que actualmente la corriente universal del derecho tiende a una cierta defensa de las garantías. Incluso, hay algunos autores muy interesantes, europeos y argentinos, que hablan de la abolición total de la pena. Lo que sí me preguntaría en este caso es si las personas que piden mayor dureza se refieren realmente a las penas concretas, o es una rebelión de una sociedad que ya no aguanta. Doy un viejo ejemplo: el linchamiento. La gente toma una cierta reivindicación ante una persona que comete un delito. Lo que uno se pregunta es si realmente ese delito merece semejante culpa, o es que las personas vuelcan en ese acto delictivo toda la impotencia que tiene adentro una sociedad que no es capaz de comportarse urbanamente. Lo mismo veo con quienes quieren imponer la pena de muerte y más penas a algunos delitos de robo.
-Hay entre los llamados garantistas la convicción de que el aumento del delito está directamente vinculado con la marginalidad producida por la economía. Que la falta de desarrollo es una fábrica de delito...
-Los pobres no roban. En mi experiencia como sacerdote nunca he visto en los ambientes pobres que ni siquiera la miseria los lleve al robo. Los lleva a la mendicidad. Lo que sí hay son ambientes de pobreza mental, y eso conduce al delito. Pensemos un poco lo que significa la noche en un país en crisis. La noche es el momento en que los locos no hacen locuras, pero que muchos cuerdos se vuelven locos. Además, cuando se une el "no saber qué hacer" con la crisis... He encontrado en distintas capas sociales la misma comisión de delitos, difieren únicamente en el objeto.
-Los garantistas dicen que las cárceles están llenas de delincuentes fracasados que provienen de las clases más bajas. ¿Por qué entonces esta explosión de inseguridad?
-Causas múltiples. Hay una sociedad que está en crisis. Pero Europa también tiene una capa social media en la cual se cometen delitos. Habría que preguntarse si es realmente la pobreza material lo que lleva a esto. O es aquello otro: la pobreza cultural, que durante muchísimo tiempo se descuidó en nuestro país. Recordemos el presupuesto de educación que han tenido los gobiernos en los últimos años. Comencemos desde el gobierno militar para adelante y pensemos en el presupuesto que hay para educar al soberano, a nuestra juventud. A comienzo de los años 90, cuando se hacían estudios sociológicos sobre la Argentina, se hablaba de que una franja de más del 50% de jóvenes argentinos, la próxima generación, iba a quedar marginada. Y bueno, pensemos en esos dos millones de jóvenes que no estudian, no trabajan, no hacen absolutamente nada. Esto es una fuente del delito. El país durante muchísimos años ha confiado que el adelanto estaba puesto en lo económico, y se olvidó de dónde sale la posibilidad del crecimiento, que está precisamente en el hombre mismo: allí hay que invertir.
-El modelo del noventa decía que si se arreglaba la economía, y se crecía al 6% anual, se arreglaba todo...
-Porque se vivía una especie de aire ficticio de avance económico. Los centros de las ciudades dejaron de ser el antiguo centro: los centros comerciales pasaron a ser los shoppings. En el medievo, el lugar central era el mercado con la Catedral al lado, que significaba fundamentalmente la visión teocéntrica del hombre. Más adelante fue la visión política alrededor del Cabildo. Hoy, en muchos lugares y también en nuestro país, los centros son shoppings.
-Una sociedad consumista...
-Sí. Al burro, cuando le dan pasto seco, come pasto seco. Cuando le dan pasto verde, come pasto verde. La pregunta es hasta dónde llega las chances de un país que no le ha dado a su pueblo la posibilidad de crecer. La educación está mucho antes que el tema económico.
-¿No existe una tensión entre el catolicismo y el desarrollo económico? Caído el Muro de Berlín, en la era del discurso único y con la impronta ideológica de Juan Pablo II, hubo un momento en el que parecía que el capitalismo sólo discutía con la Iglesia...
-La Iglesia aparece en este momento como la única organización internacional con un cierto peso intelectual que pueda oponerse a los intelectuales de corte capitalista neto. Pero la Iglesia no condena al capitalismo. Condena al capitalismo salvaje. Precisamente las cuestiones marginales de muchos países se deben a una falta de visión humanista.
-¿Le faltó humanismo a la era menemista?
-Sí. Fue pensado un país en su conjunto y no fue pensado el hombre. Algo análogo ocurrió durante la época de los militares, donde realmente se buscaba "seguridad" descuidando a la persona concreta. Recuerdo a aquellos que fueron condenados sin proceso. Lo mismo se pensó en épocas asistencialistas, donde se buscaba paliar la situación, pero no hacer evolucionar al hombre desde el punto de vista educativo y cultural. No quiero decir con esto que se haya hecho mal con el asistencialismo. Nosotros lo hacemos y creo que no hay otra salida. Recuerdo siempre un diálogo que habían tenido Simone de Beauvoir con Simone Weil allá por los años 50. Simone de Beauvoir estaba en la etapa en la cual ella y su esposo, Jean Paul Sartre, habían dejado un poco el existencialismo de los años 40 y se habían volcado bastante al marxismo. Y Simone Weil, judía, agnóstica en su momento, tenía una simpatía muy grande al final de su tiempo por Jesucristo. Y entonces empezaron a hablar de Oriente. Habían visitado China y habían visto una gran pobreza. Y entonces Simone de Beauvoir dice: "Yo creo que a esa gente lo que hay que hacer es ideologizarla, ponerle en la mente todo aquello que necesita para promocionarse". Y Simone Weil le dice: "Cómo se nota que nunca has tenido hambre. Si hubieras tenido hambre alguna vez, te habrías dado cuenta de que lo que necesitas en ese momento es el pan". Por eso no condeno a los casos de asistencialismo. Pero hay otra consecuencia del capitalismo salvaje: no darle la posibilidad de la promoción al hombre y después mantener una cierta asistencia, en la cual las clases sociales quedan totalmente marcadas.
-Hay una enorme discusión sobre el rol del Estado: en los noventa se lo licuaba, ahora se lo revitaliza...
-Hay dos extremos que no pueden existir. Uno es el Estado providencia, que es el Estado omnipresente y que otorga todo. Y el otro es el Estado policía, que solamente dirige el tránsito de las grandes empresas. Son dos presencias del Estado a las que hay que borrar. El Estado tiene dos funciones fundamentales: la dirigencia y la subsidiaridad. El subsidium era la parte del ejército romano que iba en la retaguardia, y cuando caía la vanguardia, la de atrás subsidiaba y pasaba adelante. Por lo tanto, en muchos casos el Estado tiene un valor subsidiario, aparte del valor dirigencial. Cuando faltan esas dos cosas, el Estado ya no sirve. Hay una presencia del Estado que debe ser atenta, vigilante, discreta y ejecutiva.
-¿Usted diría que se ha demonizado la década del noventa?
-Mire, la virtud del gobernante es la prudencia. Un gobernante sin prudencia es parecido a un barrilete sin cola. Puede ir a un lado, al otro, sube al viento, pero al final cae. Es aquella virtud que permite la elección de los medios para llegar al fin. No sé si toda la década del noventa fue así, pero ha existido imprudencia. Algunas cosas fueron hechas sin pensarlo, y otras fueron demasiado pensadas...pero no con prudencia.
-Viene una concepción neokeynesiana frente a una década en principio ortodoxo-monetarista. ¿Qué opina?
-Puede ser una sensación, pero me parece que hay una mayor responsabilidad por tener en cuenta al hombre concreto: lo veo más cercano a la Humanidad ahora que en otro momento cuando se pensaba en abstracto. No sé cuáles serán los resultados, pero evidentemente los anteriores no fueron positivos.
-Hay quienes ven en este gobierno un sesgo socialcristiano...¿Qué es ser un socialcristiano hoy?
-Qué difícil definición. Hoy el socialcristianismo tiene como marca, en primer lugar, una defensa de la democracia. En segundo, una defensa del hombre concreto. Y en tercer lugar, revaloriza las sociedades intermedias, que se encuentran en algunos países en estado aletargado o porque el Estado hace todo o porque el mercado y las empresas han sustituido ese campo. No creo que haya otras características que tenga el socialcristianismo. En algunos países, como Alemania y Austria, el socialcristianismo fue siempre muy fuerte y en algunos momentos en Francia tuvo una influencia muy grande, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial.
-El Papa ha sido muy duro con respecto al tema de la deuda externa de los países.
-No puedo hablar del aspecto técnico. El resultado es que hay un montón de gente que sufre y sufre. Y no sólo porque debe, sino porque le han hecho deber. Por lo tanto, toda esa gente está pidiendo implícitamente que la situación se solucione. Para hablar de ello habría que entrar a hablar de la moralidad de los actos con respecto al préstamo del capital y al alza de los intereses. Porque las deudas siempre se pagan, pero habría que preguntarse realmente a qué precio. Acá no es simplemente una deuda de una sociedad a otra, sino que la deuda es de cada persona a otra. Por lo tanto, cada peso, cada dinero que se devuelve, siempre influye sobre alguna persona que no tuvo nada que ver con respecto a aquella vez. Para hablar de esa moralidad habría que pensar en esta situación.
-¿Usted piensa que parte de la deuda es ilegítima?
-Posiblemente haya algo abultado. Porque no creo que se haya desvalorizado tanto el dinero prestado. Y por otro lado, no creo que sea más grave para los acreedores que para los deudores.
-¿Qué opina de la crisis de los partidos y del "que se vayan todos"?
-Es impensable una democracia occidental donde no existan los partidos políticos. Hablar de que Cuba es democrática sin partidos políticos es imposible. Pero lo mismo que dijimos antes sobre la comisión del delito y de la pena: ¿cuántas personas encuentran una forma de vindicarse en alguien que cometió el delito de los pecados de toda una sociedad y lo convierte en el chivo emisario? En la Argentina muchísimas cosas que pasaron no tienen nada que ver con los partidos políticos. Pero la gente culpó de los defectos y los fracasos de algunos hombres en particular a los partidos políticos en general. Y la cuestión económica fue canalizada a través de la bronca a los bancos. Nadie habló, por ejemplo, de los sindicatos, ni de otras sociedades intermedias, ni de ciertas empresas, ni de ciertas situaciones internacionales. Se habló de los partidos políticos y de los bancos. Encarnaron toda aquella situación anímica que las personas impotentes teníamos en nuestro interior. Pero, repito, los partidos políticos son un juego necesario. Y creo que tenemos que potenciarlos. Porque hay otra cuestión y es la indiferencia. Entre los muchachos en la facultad y la gente con la que hablamos, de cien habrá uno que tiene alguna inquietud. Lo peor que nos ha pasado en estos últimos tiempos ha sido no tanto la visión antipolítica, sino la indiferencia hacia la política.
-La falta de compromiso...
-Sí, aunque los partidos actuales, tanto aquí como en otros lugares, no ofrecen diferencias profundas, sino apenas matices. Y por lo tanto el entusiasmo por la cuestión política no es lo que era. La mayoría elige simplemente a las personas que les parecen más potables. Pero los partidos han perdido la raíz y la buena ideología por la cual han sido fundados. Hipólito Irigoyen y el mismo Perón encarnaban una idea. Y detrás de esa idea se iba encolumnando la gente. Hoy no nos faltan líderes, nos falta ideología. ¿Cuál es hoy la doctrina radical y cuál la doctrina peronista?
-En el fondo, no hay una gran diferencia entre el PSOE y el PP, en España, ni entre demócratas y republicanos, en Estados Unidos...
-Hay algunos matices en el tema de educación. Pero en la cuestión del derecho internacional, tanto público como privado, opinan exactamente lo mismo. Con respecto a la economía no van a tocar absolutamente nada de lo que hay. A lo sumo, algunos pondrán más presupuesto en una cosa o en la otra. Pequeños matices.
-¿Pero eso es negativo o positivo?
-Mire, es una de las razones por las cuales se llega a la indiferencia. En las luchas de los estudiantes había antes una ideología, una bandera. Acuérdese de la laica y la libre. Luchaban dos banderas muy claras. Y había un matiz considerable. Hoy no hay grandes matices. Es positivo cuando usted se encuentra con un país equilibrado cultural y económicamente. Allí los partidos no tienen necesidad de hacer grandes cambios, sino leves retoques. Pero cuando los países están en crisis es necesario que se encarnen ciertos ideales distintos y marcados. Por ejemplo, durante la campaña presidencial ninguno habló de lo que está ocurriendo ahora. Nadie hablaba de la nulidad de las leyes de punto final y obediencia debida, ni de la Corte Suprema. Los temas más profundos no se hablaban. Puede ser por una cuestión de marketing, pero un país que se encuentra en crisis necesita que la gente vea realmente blanco sobre negro adonde va. En ese sentido, el Presidente parece demostrar mucha convicción, es muy vehemente. Yo no lo conozco personalmente, pero veo algunas cosas que son positivas.
-Este gobierno viene también con un sello extraño: el setentismo. ¿Qué connotación le da a usted esa palabra? ¿Usted también era contestario?
-No, era estudiante. Pero estaba fuera del país. Y veía y leía en los diarios extranjeros cosas tremendas, y en Argentina todo el mundo decía: "Acá no pasa nada".
-¿Qué sentimiento le despierta hoy recordar a los llamados curas tercermundistas?
-Un profundo reconocimiento, ellos veían una serie de injusticias. Aunque nunca me gustaron sus métodos. Una sociedad no cambia de golpe. Una sociedad cambia desde abajo y desde adentro. Por eso, el factor de todo cambio social es la evolución. Y en ese período se querían cambios drásticos...
-Pero recuerde el protagonismo que tuvo el cristianismo en los movimientos setentistas. Se los denominaba los "cristianuchis". Después la Iglesia ha hecho autocrítica sobre el apoyo al régimen militar.
-Sí, ahí están los documentos de la Iglesia. ¿Se hubiera podido hacer más? No lo sé. Era una situación inédita. Muchos pensaron que se trataba de un gobierno militar como los anteriores. La represión anterior resultó un juego de niños en comparación. Pero la Iglesia habló, los documentos son claros. ¿Qué más se podría haber hecho? No lo sé. Pero una sociedad que no considera que la actuación ante las personas se debe hacer a través de lo justo, termina obrando a través de la fuerza. Cuando no hay justicia, hay fuerza. La Justicia significa dar a cada uno lo suyo. Ni más ni menos. Y nunca hay paz si realmente no se practica la justicia. No hablo del Poder Judicial solamente. Hablo de la justicia incluso entre las personas.
-¿Qué le parece lo que ocurrió en la Universidad de Quilmes, donde aparentemente se discriminó por "ser de derecha" a un profesor?
-No conozco los pormenores. Si la situación fue cierta, es lamentable. No es la diversidad de ideas lo que divide a los hombres, sino la falta de sintonía de los sentimientos. San Agustín define la paz como "la tranquilidad en el orden". Tomás de Aquino dice que si las personas piensan igual, pero sienten distinto, entonces crean la discordia. La "concordia" o paz social depende de la unidad de sentimientos aunque exista diversidad de ideas.
-Usted confiesa a políticos y escucha habitualmente a importantes dirigentes. ¿Se sienten culpables?
-Hablo a veces con políticos. Hablar no es lo mismo que confesar. De esto último no hablo. La culpabilidad pertenece al orden de la conciencia y ésta es la norma subjetiva tanto de la moralidad pública como de la privada. De los políticos, como de los hombres de a pie, interesa su accionar público, las acciones privadas pertenecen al campo del fuero interno, a la conciencia. La Iglesia ha dado muestra de sensibilidad al realizar los "mea culpa" en diversas oportunidades. No he visto ni a partidos políticos ni a sindicatos hacerlo oportunamente. Para muchos, un arrepentimiento en público podría sonar a debilidad o a marcar desventaja con respecto a otros.
-¿Y qué le parece el fenómeno de los piqueteros?
-La falta de respuestas a los interrogantes sociales suelen tener salidas no del todo correctas. La sistematización de los actos suelen llevar al profesionalismo de la resistencia y entonces los reclamos tienen escaso significado. No creo que el fenómeno tenga vigencia en un país donde se respetan todas las leyes...
-Acaba de plebiscitarse el proyecto político de Kirchner en las urnas. ¿Por qué cree que la mayoría votó fundamentalmente así?
-Por la esperanza de un país nuevo. La ciudadanía ha formulado la última pregunta del examen de ingreso del gobierno actual. La pregunta es: ¿ahora qué? La respuesta está por definirse.
Por Jorge Fernández Díaz
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/03/09/20/dp_529108.asp
Por Sandra Russo
Venía de estar tres horas en la Favaloro intentando inútilmente despertar a mi padre para darle de comer. En su ensoñación, en la que cayó después de una operación y cuyo origen los médicos todavía estaban investigando, le hablé. Le dije que hay un señor que todos los días pasa por su negocio de Quilmes para preguntar por su salud. De pronto, y sin salir de su limbo, mi padre se levantó la mascarilla de oxígeno y con cierta dificultad, eligiendo cuidadosamente las palabras, dijo:
–Tengo la sensación de que nadie es mi enemigo.
Después siguió durmiendo.
Me quedé quieta y abierta, ingresada por las circunstancias en una dimensión desconocida. Quería escuchar por entero esas palabras que habían salido de algún lugar misterioso del alma de mi padre.
–Tengo la sensación de que nadie es mi enemigo.
Deduje que esa frase va a acompañarme el resto de mi vida. Después le di un beso, me puse el tapado y salí a la calle. Era domingo y de noche. Me subí al auto, que tenía que llevar al taller dos días después porque había que arreglarle la bomba de agua. Mientras manejaba, pensé: qué buen principio de novela una mina que sale de acompañar a su padre semiinconsciente, que le escucha decir a su padre desde su semiinconciencia una frase como ésa, que se contiene y se mantiene en control, y a la que al volver a su casa se le rompe el auto. Imaginé a esa mujer repasando, en el asiento del conductor de ese auto roto, los extraños desperfectos de la vida. Justo en ese momento, cuando tomaba por la avenida Córdoba imaginando a esa mujer, se encendió en el tablero del auto una luz roja de esas que no sé descifrar y que me comunicaba alerta: faltaba agua, aceite, nafta, algo. Esto no me puede estar pasando, pensé, no es lógico que se me rompa el auto cuando estoy imaginando que se me rompe el auto, las cosas pasan cuando uno no las espera, no justo cuando uno fantasea con ellas. Entregada al destino, seguí manejando y mirando de reojo el tablero, que ya no se encendió. Llegué a la esquina de mi casa y pensé: zafamos.
Toqué bocina en la cochera para que el sereno me abriera el portón eléctrico. No me abría. Volví a tocar. El portón comenzó a abrirse lentamente. Entré. Para estacionar el auto en mi cochera fija tengo que hacer una maniobra. No podía hacerla porque en ese lugar había una camioneta atravesada. Toqué bocina otra vez. Vino un chico al que no conocía pero que ya me había hecho una seña en la entrada que yo no había entendido. Bajé la ventanilla.
–No te entiendo qué me querés decir –alcancé a balbucear antes de sentir el metal del arma sobre la sien.
–Quédese tranquila, señora, que estamos robando –me explicó respetuosamente. Pensé: esto sí me puede pasar, porque olvidé fantasear con una mujer que sale de ver a su padre inconsciente y vuelve a su casa en un auto que está por romperse y que cuando llega a la cochera de su cuadra es tomada de rehén por dos jóvenes asaltantes. Dejé la llave puesta en el auto para hacerle más sencillo el robo, y me bajé. El chico tiró de la manga de mi piloto para llevarme con él, pero entonces otro vecino golpeó la puerta para entrar a la cochera a retirar su auto. Otro gil como yo, de cabeza al matadero. El chico me dijo: “Quédese acá quieta, señora”. Mientras lo veía ir hacia la puerta para hacer entrar al hombre, pensé: “Necesito Rivotril. Que se lleven el auto, la cuadra entera, si quieren, pero que a mí me den rápido un poco de Rivotril”. Tenía el frasquito en la cartera, y la cartera en la mano, pero me quedé quieta como una estatua obedeciendo la orden del asaltante, porque intuí que todo (TODO) podía acabarse si había entre nosotros el menor malentendido. Hizo entrar al nuevo gil, volvió por mí, me arrastró tirando de la manga de mi piloto, yo sollozaba: “Vengo de ver a mi papá, mi papá está muy mal, llevate lo que quieras pero dejame ir”. El me tranquilizó como sólo pueden tranquilizar a los débiles los que por un rato se han erigido en fuertes. “Usted me da todo lo que yo le pido y se va, señora, tranquilita”, dijo, tironeando de mi reloj.
–Querido, me lo compré en el Once, vale veinte pesos, ¿lo querés?
–Bah, quédeselo –dijo él, decepcionado, creyendo que era verdad que mi reloj valía veinte pesos. A lo mejor lo creyó porque era la más pura verdad. Le di un anillo de oro (el que mi papá le había dado a mi mamá cuando se comprometieron) y vacié mi billetera en sus manos, cuando vi que atrás de la columna ya había seis o siete hombres, mis vecinos, tirados en el piso y con las manos en la nuca. “¿Puede ser que esto me esté pasando a mí?”, pensé, y concluí: “Me está pasando”. Observé detenidamente a mis vecinos y rogué en voz baja que ninguno de ellos se pasara de listo. Me aterró ver que uno manoteaba un celular. El fantasma de un patrullero llegando estilo Swat fue el peor fantasma. Y como las cosas que pienso que van a pasar no pasan nunca, pensé fuerte: “Va a venir un patrullero, Dios mío, va a venir un patrullero”. Creo que porque lo pensé tan fuerte el patrullero no vino. Los ladrones se fueron a los quince minutos. Desdeñaron mi Twingo y se llevaron un par de autos más caros. Cuando todos salieron a la vereda y empezaban a alborotarse, yo seguía acuclillada contra la columna, escuchando desde lejos las palabras de mi padre, y en el medio de la confusión me sentí iluminada por ser hija de un hombre que no tiene enemigos.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-25502-2003-09-16.html
JEAN-IVES CALVES: FILOSOFO
Uno de los más importantes intelectuales católicos contemporáneos compara el renacimiento de dos posguerras: el de hace medio siglo y el actual, signado por la globalización y el fin de la Guerra Fría.
Jean-Ives Calvez
Comparando con cincuenta años atrás, ¿encuentra a las democracias actuales más o menos preparadas para enfrentar los desafíos de su tiempo?
—Después de la Segunda Guerra, cuando yo era joven, teníamos el recuerdo de las democracias enfrentadas con los regímenes fascistas antes y durante la guerra, y aquellas democracias liberales de los años 30 no nos satisfacían mucho; nos daban la impresión de algo bastante formal, que esta ba "allí arriba"y que carecía de raíces sociales. Hablábamos por eso de una democracia social y más participativa, contrastante con la democracia política que se limitaba a los Parlamentos.
«)¿No era también la reorganización del mundo en bloques militares, el "paraguas del terror atómico" y la amenaza soviética lo que protegía a esas democracias europeas de posguerra?
—Había una competencia, más allá de lo militar, en la que el comunismo pretendía ofrecer mucho en lo social. Y esto le daba un empujón y un entusiasmo a las democracias occidentales en relación con los regímenes comunistas, que no eran tan democráticos, y lo sabíamos, pero que pretendían ser verdaderamente sociales. Así que en la Europa occidental de aquel tiempo —y también en los EE.UU.— se formó un cierto consenso sobre la búsqueda de formas más avanzadas.
«)¿Y ese consenso se mantuvo hasta ahora?
—Diría que gracias a ello en Europa hemos conseguido un grado elevado de bienestar, protección y seguridad social, valores muy fuertes en la mentalidad europea; aunque es verdad que la gente ya no habla tanto de democracia social, que los sistemas estatales han quedado rezagados y que Estados Unidos se apartó de aquel modelo. Respecto de la participación, el balance es más decepcionante; hemos vuelto, en cierto sentido, a democracias poco participativas.
«)¿Es el bienestar, en este caso, lo que desalienta a la gente a participar?
—Creo más bien que existe un cierto conformismo que limita la democracia a la existencia de gobiernos elegidos y salvaguardas frente a la autoridad excesiva y la arbitrariedad. Es un poco lo que recogía Pío XII, de la idea de democracia.
«) ¿Cómo la entendía?
—Creía que no era un gran valor en sí misma, pero sí tenía la impresión, influido por el pensamiento de Jacques Maritain, de que si los pueblos pueden tener voz, se pueden expresar, hay una cierta garantía de no caer en los extremos; los extremos en los que caen, por el contrario, los políticos que ya no responden a nadie, que se apoderan del poder y son capaces de cualquier cosa. Pío XII, al final de la Segunda Guerra, después de ver todos los horrores de ésta, expresó esa convicción de que si los pueblos hubiesen podido alzar su voz, nunca habrían ocurrido aquellas masacres.
«)¿La idea de la democracia como un refugio que nos resguarda de la opresión, las amenazas externas y los abusos del Estado?
—Esta mentalidad la tiene mucha gente. Y no sin razón, porque han sufrido tantas violaciones a la libertad, que esta idea de garantizar un mínimo es fundamental. Pero digo: es insuficiente. Porque es la idea de esperar que las libertades se garanticen por un mecanismo, no por la participación, por la dedicación. Se espera de algo externo, como se esperan tantas cosas de un gobierno, o del mercado, con una actitud de consumidor, que tiene su dinero y espera que le devuelvan lo que le corresponde.
«)Usted defiende otra forma de entender la democracia...
—Creo que, en un sentido más profundo —y también ha sido la concepción de Juan XXIII, del Concilio Vaticano II y de gran parte de la Iglesia actual— democracia es reconocimiento del otro como un semejante, aceptación y entrega mutua. Reciprocidad de derechos y deberes.
«)Esto supone la existencia de una comunidad en la que todos son, potencial o realmente, miembros y partícipes. ¿Qué pasa entonces en países como los nuestros, con tan grandes desigualdades y exclusiones sociales?
—Las desigualdades sociales, si son extremas, ciertamente hacen este tipo de participación muy difícil. La igualdad social es un valor interior a la democracia y también una condición para ella.
«)¿El temor a los desvíos o a los desbarranques autoritarios debilitó los impulsos democratizadores ?
—Una cierta decepción con la democracia ha producido regímenes autoritarios en los años 20 y 30 del siglo pasado. Hoy día, esto ya no ocurre. Nos quejamos mucho de la insuficiencia de la democracia, querríamos que hubiera más participación, dedicación, entrega mutua, pero no vamos a sacar la conclusión de que lo que tenemos se podría abandonar. Y no veo a mucha gente que diga lo contrario. Buscarse, no sé, un dictador cualquiera, algo así, no, no, no. Sería siempre peor que este mínimo que tenemos ahora. Es una actitud bastante distinta de la de los primeros decenios del siglo pasado.
«)¿Qué les está faltando, entonces, actualmente a las democracias latinoamericanas desde su punto de vista?
—Diría que mayor confianza mutua entre ciudadanos. Sentirse verdaderamente miembros de una comunidad y buscar que la vida cotidiana responda a esta visión de comunidad que formamos juntos. Y más participación e igualdad social, por cierto.
«)¿Es como un péndulo que va de una concepción modesta de la democracia, que resulta insuficiente, a una concepción muy amplia, que siempre resulta inalcanzable?
—Precisamente la democracia es un ideal inalcanzable. E irrenunciable, a la vez. Es inalcanzable, porque el final supondría una entrega verdaderamente total de unos a otros, en la sociedad; y un tipo de perfección, en el don mutuo, que nunca puede ser completamente alcanzada. Es siempre una tarea por realizar. Una tarea a la que no le dedicamos lo suficiente.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2003/09/14/z-03315.htm
COPYRIGHT CLARIN, 2003.
La primera autocrítica de la década del 90
Se define como noventista sabiendo que la calificación, en estos tiempos de revisión, no lo favorece. Pero está dispuesto, como protagonista de los acontecimientos, a realizar la primera autocrítica importante de una década que marcó a fuego la historia moderna argentina. Fue viceministro de Economía en tiempos de Menem y mano derecha de Cavallo, dirigente de la Fundación Mediterránea, teórico de la convertibilidad, ministro de Educación de Fernando de la Rúa y asesor de la Conferencia Episcopal. Pero Juan José Llach asegura que no volverá a la función pública.
Es economista y sociólogo. "Para los economistas soy un buen sociólogo y para los sociólogos, un buen economista", bromea. Pero lo cierto es que se trata de un hombre reconocido por su honestidad intelectual. Lisa y llanamente asegura que el paradigma neoliberal entró en crisis. "En una doble crisis -explica-. Por un lado, la crisis real. Está el dicho latino finis coronat opus , el fin corona la obra. Y la verdad es que el fin fue muy malo. Se tocó la profundidad de la crisis social y la recesión duró cuatro años. Este es un hecho que todos tenemos que registrar cuidadosamente.
"Y después está la crisis ideológica: al haber un final tan malo es razonable que también el neoliberalismo haya perdido anclaje y vigencia social. Lo que no está claro es cuál es el nuevo paradigma. No quiero usar la palabra "modelo" porque no me gusta. Y tengo un poquito de aprehensión al movimiento pendular al cual la Argentina ha sido bastante afecta. No sólo porque eso puede llevar a errores, sino más bien porque puede conducir a una división en la sociedad. Una división profunda e improductiva".
-Se apagó un paradigma y no ha alumbrado otro que lo reemplace...
-Exacto. Y debemos buscar una síntesis superadora. Porque aferrarse al pasado, en cualquiera de sus versiones, es un problema. Y noto que en este momento hay en nuestro país cierta propensión a mirar más al pasado que al futuro.
-¿Y usted por qué cree que fracasa ese paradigma? ¿Piensa que, por ejemplo, el FMI y los organismos internacionales deberían revisar la posición que han tenido con nosotros?
-Las responsabilidades son muy amplias, compartidas, y todos tenemos que ver cuál fue nuestra parte en eso. Todos. La crisis tuvo causas internas y externas. En esto hay que ser equilibrado. Los muy neoliberales tienden a ver sólo el problema interno, que evidentemente existió. Porque, si bien es cierto que esta crisis ha sido la más grave desde 1930, si uno analiza las tres últimas décadas de historia, casi matemáticamente cada cinco tenemos una gran crisis macroeconómica. En lo interno, lo dominante es nuestra incapacidad para manejar las finanzas y, en general, para manejar la cosa pública. Esa es la madre del borrego. No sólo por la deuda o el déficit, sino también por los problemas de competitividad y de inequidad que genera esa ineficacia, que es la raíz interna de la crisis.
-¿Y los factores externos?
-Hay una cuota de mala fortuna muy importante. Porque nos encontramos con un proteccionismo salvaje en lo agroalimentario, pero también en otros rubros. Y en ese sentido, si de autocrítica se trata, yo le diría que si uno hubiera sabido que con la Organización Mundial de Comercio (OMC) esta ecuación no iba a cambiar, quizá la apertura como se hizo en la Argentina no hubiera sido tan ingenua. Obviamente, si yo no podía trasladar recursos a los sectores más productivos iba a tener desempleo. Ese punto es dramático, de primer orden y una enorme injusticia porque la Argentina podría estar exportando en vez de 30 mil millones de dólares, 45 mil millones. Sería otro país. Tendríamos igual muchos problemas, porque siempre fuimos muy ingeniosos para buscarlos. Y después sí, está el factor del Fondo y de los Estados Unidos...
-¿Cómo jugó ese factor?
-Fue muy poco serio que declarasen a Carlos Menem en el año 98 campeón mundial de las reformas. Luego cambió el gobierno norteamericano y no se avisó que cambiaban las reglas de juego. Se las cambió, se movió la alfombra sin aviso previo. Muy poco serio. Yo escribí un par de artículos bastante duros -uno que se llamaba "La miopía de Paul O´Neill", y otro "El fracaso de las nuevas doctrinas de Washington"- insistiendo mucho en todos los problemas terribles que iba a traer en la Argentina y otros países este nuevo giro de la política. Este giro consistía en decir: "Los regímenes de cambio fijo fueron, no van más". Y en segundo lugar, que el default no era mala palabra, sino que era buena para que así pagaran un costo los acreedores privados, y no los gobiernos del Grupo de los 7. Pero si eso se hubiera avisado, conversado y discutido, se podría haber hecho una salida mucho más ordenada y mucho menos traumática de la convertibilidad. Esa salida tuvo un costo tremendo: aumento de la pobreza, indigencia y desempleo... El unilateralismo es una característica de la administración Bush que no se da sólo en ese aspecto. Pero con un país al cual se lo había presentado como el paradigma del éxito tres años antes, no fue serio.
-¿"Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago"?
-Sí, en materia de comercio no hay la menor duda. Es clarísimo. "El consenso de Washington" hablaba de la apertura y ésta se hizo, pero los países desarrollados subsidian más o menos con mil millones de dólares por día, entre subsidios y proteccionismo agroalimentario, y también en otros rubros. Y eso es dramático. La Argentina es el país más perjudicado de todos porque tiene toda la gama de productos que ellos protegen.
-Veo que ha leído al díscolo premio Nobel Joseph Stiglitz...
-Sí, y he tenido oportunidad de discutir y conversar con él mano a mano. La principal crítica que le hago es que él pone demasiado énfasis en la cuestión financiera. El problema es la deuda, sostiene. Y que los organismos no son democráticos, y que no siempre son transparentes. Yo le decía que para nosotros es mucho más importante lo comercial. La deuda, sí, bueno, supongamos que se hiciera un perdón de alguna magnitud, pero déjennos trabajar, producir y comerciar. Ese es el principal problema para nosotros. Nos responden que hay consenso. Sí, hay consenso académico, pero no político. Entonces sigue siendo el primer tema de la agenda para nosotros.
-Usted vivió también de cerca los acuerdos del FMI con la Alianza. Visto en perspectiva, ¿cree que aquel impuestazo del comienzo fue recesivo?
-Sí, y también en el Tequila nos obligaron a subir el IVA. Nos dijeron que si no no había firma y se caía absolutamente todo el sistema. Nos obligaron a subir el IVA del 18 al 21 por ciento y a volver a subir los aportes patronales.
-Entonces piensa que esta tímida recesión que asoma en Brasil...
-Algo de eso hay. Pero no es tan tímida la recesión: Brasil tiene un problema de deuda muy serio. Tendrían que ser mucho más drásticos con la política monetaria. Bajar drásticamente la tasa de interés, cosa que han hecho de manera muy gradual. Brasil es la gran oportunidad que tienen los Estados Unidos, el Grupo de los 7 y los organismos liderados por el Fondo para hacer bien lo que en la Argentina hicieron pésimo. Es decir, una restructuración ordenada de la deuda. Me parece que es la oportunidad de enmendar los errores cometidos aquí.
-¿Lavagna tiene un plan?
-Hay un plan macroeconómico. Pero de lo que no estoy seguro es que haya una estrategia nacional de desarrollo. Me refiero a un proyecto importante como se ve en países exitosos. Esa también fue una falencia de los 90: primero hay que tener una estrategia y después ir a negociar con el Fondo. Me refiero a una estrategia que incluya desde educación hasta políticas sociales, pasando por informática, sistema impositivo, coparticipación federal.
-Bueno, una estrategia de esas características es evidente que aún no existe...
-No. Pero no es tarea del Ministerio de Economía. Es la tarea de todo un gobierno. Inclusive de toda la sociedad porque en muchos países se hicieron procesos llamados de diálogo estratégico. Aquí Duhalde convocó al diálogo político, donde yo participé asesorando a los obispos. De allí surgió un documento muy importante que luego se cajoneó. Se llamaba Consenso para las Reformas. Sólo en materia de Justicia se están llevando a cabo políticas surgidas de ese documento. Tenemos que apurarnos, porque hay una oportunidad muy grande de crecer durante 15 años al 6 por ciento anual...
-Pero eso sería un milagro económico.
-Mire, que no nos digan que es imposible. Chile lo consiguió. Es el único país latinoamericano que ha logrado converger gradualmente a los niveles de los países desarrollados. Hubo políticas de Estado que siguieron gobiernos de todos los colores. Y tampoco me digan, como dicen ahora, que para resolver los problemas sociales el crecimiento no es relevante. Por supuesto que el crecimiento no es suficiente, pero es imprescindible. Si no crezco y crezco rápido es muy difícil resolver el problema del empleo. Al revés, creciendo al 6 por ciento, cuando termina la presidencia de Kirchner, el país bajó su desempleo a un dígito. Chile tenía 27 por ciento de desempleo en el 83 y en siete años descendió al 7 por ciento. Bajó 20 puntos en siete años, o sea que la posibilidad está. A mí me parece que se consume una energía excesiva en la cuestión de la negociación con el Fondo, pero no es lo más importante. Sinceramente lo digo.
-¿Y qué opinión le merece Lavagna?
-Su gestión ha sido indudablemente exitosa. Logró detener la crisis, evitar la hiperinflación e iniciar un proceso de reactivación. Y mucho ha tenido que ver un ordenamiento fiscal aceptable y buen desempeño de la recaudación. La verdad es que ha tenido logros importantes. Lo que yo no comparto con él es el enfoque gradualista: un poco el día a día. Pero me parece que es respetable. Los manuales dicen que para una crisis como la argentina era indispensable una política de shock. Por eso es que lograr lo que logró de manera gradualista tiene un doble mérito. Falta una estrategia de desarrollo. Esa es mi diferencia con él. Además, algunos temas se fueron postergando, como la situación del sistema financiero, la reestructuración de la deuda, algún esquema más estable de los servicios públicos...
-Usted fue uno de los ideólogos de lo que hoy es la bestia negra de la economía argentina: la convertibilidad. ¿Fue tan mala? ¿Fue la raíz de esta gran crisis?
-Se habla con mucha liviandad. La Argentina no tenía moneda. La convertibilidad no fue una obra de un grupo de iluminados que decidió escribir una ley, sino que fue la sociedad argentina, incluso los sectores más populares, la que había repudiado la moneda nacional y usaba el dólar. Entonces lo que hizo la convertibilidad fue legalizar una situación preexistente. Ahora, todo empieza con la reelección de Menem y el nefasto Pacto de Olivos...
-¿Qué es lo que empieza?
-Empieza a consolidarse la idea de que todo era dulce, que se podía aumentar el gasto y la deuda pública. Y que todo se iba a resolver con una tasa de crecimiento muy alta. Se utilizó mal la convertibilidad. Otra historia hubiera sido con una política fiscal austera. La deuda aumentó en 65 mil millones de dólares. Calcule lo que hubiera sido la tasa de interés para las Pyme si todo ese dinero se hubiera volcado al crédito del sector privado, en vez de utilizarlo en el sector público.
-El problema no fue el cambio fijo sino el endeudamiento.
-Sí, y los impactos a la competitividad. Se creyó que la convertibilidad era a prueba de cualquiera cosa, y se la malversó. El golpe de gracia fue la devaluación de Brasil.
-Pero, ¿no era una cosa exótica la convertibilidad?
-Bueno, tan exótica como Hong Kong, donde todavía funciona después de veinte años. Pero, claro, se administró de una manera muy diferente. Es un país muy distinto. La convertibilidad fue algo tan exótico como haber tenido una hiperinflación que duró dos años en la Argentina. Tan exótico como haber tenido, antes que eso, quince años (del 75 al 90) de megainflación, o sea 400 % anual.
-Entonces somos exóticos los argentinos.
-La verdad que sí. Tenemos que asumir que somos el caso de decadencia económica récord del siglo XX. Un caso muy especial que necesita salidas especiales. Creo que no debemos copiar libros ni manuales, sino combinar elementos ortodoxos y heterodoxos de una manera desprejuiciada, sin ideologismos, pensando en la gente y en los problemas que hay.
-¿Me está diciendo que grupos ortodoxos como FIEL quedaron un poco viejos?
-En algunas cosas me parece que sí. La síntesis superadora se está cocinando a fuego lento. Muchos de nosotros estamos revisando los errores que hemos cometido. Pero sería importante que eso se alumbrara rápido porque se simplifica mucho cuando se habla de "modelos" o etiquetas como "neoliberalismo" o "socialismo". Una cosa es Suecia y otra es Chile. Una cosa es los Estados Unidos y otra es Francia. Y todos caben dentro de la misma economía mixta, y ahí adentro hay margen para la creatividad, siempre y cuando se entienda que, como mecanismo de asignación de recursos, hasta ahora no se ha encontrado algo mejor que el mercado. Pero el mercado solo funciona muy mal si no tiene instituciones en las cuales se base y si no tiene políticas públicas correctivas de los desequilibrios.
-¿Se ha leído bien a Keynes?
-Muchos han leído la mitad del libro de Keynes. La parte donde dice que para salir de una depresión tiene que haber un papel activo del Estado para que la gente consuma y se produzca "una reactivación a través de los mostradores". Pero Keynes era un tipo extraordinariamente austero. Creía que el Estado, en épocas de abundancia, debía ahorrar y bajar su deuda. Eso es lo que debería haber hecho la Argentina. Mire, si cuando le llegó la crisis del ´98 la política fiscal anterior hubiera sido austera, la deuda habría sido muchísimo más baja y se podrían haber reducido impuestos más drásticamente. Ahora, cuando se hicieron políticas expansivas durante años se convierte todo en una tragedia...
-Este gobierno asume envuelto en un halo de neokeynesianismo...
-El Fondo impulsó siempre una política de ajuste fiscal. En algunos casos tuvo razón y en otros no la tuvo. Por razones ideológicas se apoyaron las reformas de Menem y se hizo la vista gorda. Ese fue el juego político. Duhalde y Kirchner incorporaron políticas como el Plan Jefas y Jefes de Hogar, una medida acertada sobre todo teniendo en cuenta la tasa de desempleo esotérica, el gran nivel de pobreza y el costo de la canasta básica, que había aumentado 75 por ciento. ¿Cómo no se iba a crear un plan así? Yo lo apruebo totalmente. Pero cuidado, ¿por qué no vamos a políticas sociales realmente personalizadas en vez de clientelísticas? Hace años se habla del padrón único de beneficiarios y no se ha hecho, porque se quiere usar a la gente a través del otorgamiento político de los planes. En el caso alimentario, ¿por qué no imitar a Estados Unidos? Desde hace décadas, allí se le entrega a veinte millones de personas una tarjeta con la cual se va al supermercado o al almacén del barrio. Ya ve: creo que las políticas sociales son imprescindibles pero deben ser despojadas de la utilización política, y por lo tanto no es cuestión de rasgarse las vestiduras con las políticas neokeynesianas. De todos modos si hacemos nada más que eso, nos vamos a equivocar porque se volverá a degradar la situación fiscal y tendremos que ver de nuevo esa vieja película que vimos tantas veces.
-¿Se está produciendo un debate real, una verdadera autocrítica en la academia?
-Hay debate. La revisión del Consenso de Washington en alguna medida existe. En alguna medida. No sé si todo lo necesario. Por ejemplo: esta idea de tener una estrategia de desarrollo en general la "academia económica" no la comparte. Siempre la discusión se centra en los equilibrios macroeconómicos: el equilibrio fiscal, el externo y el monetario. Ahora no suele discutirse toda la parte productiva, la inserción de la Argentina en el mundo, la revolución educativa, el sistema de subsidios a la innovación tecnológica como tienen todos los países del mundo para agregarle cosas a la producción y exportar productos con más valor agregado. Dicen, por supuesto, que todo esto es importante. Pero a la hora de recitar el manual, en general, no aparece. Hay debates, y se van cayendo las etiquetas, y de ahí va a surgir la síntesis superadora... Ahora ser noventista es el peor pecado que existe. Los noventistas no diré que estamos en la categoría de proscriptos, pero casi.
-Usted participó activamente del Diálogo Argentino. ¿Salió diferente después de esa experiencia?
-Sin la menor duda. Primero a uno le molesta cuando vienen con planteos distintos. Siempre hay una inercia para no cambiar, sobre todo cuando uno ya tiene cierta edad. Pero fue un camino enriquecedor, una gran experiencia personal. Me llevó, por ejemplo, a leer el Plan Fénix...
-¿Y qué piensa del Plan Fénix, que está en las antípodas de lo que piensa FIEL?
-Tiene algunos elementos, como el papel del Estado, generar un perfil de distribución del ingreso que ayude más a la demanda interna y que eso sea un motor de crecimiento de la economía, que es todo un desafío. Los países latinoamericanos tenemos niveles de desigualdad que son los máximos del mundo. Es el continente más desigual del mundo...
-Más que Africa.
-Sí, porque en Africa la enorme mayoría son pobres. Hay poca clase media. Entonces la desigualdad es relativamente menor. Más desigual es América latina, y eso es un problema. Uno no puede ser impermeable a esos argumentos del Plan Fénix, aunque luego se puede o no coincidir con qué instrumento utiliza... Y tampoco se puede demonizar la década del 90 ni idealizar el pasado. Algunos dicen, por ejemplo: "Se vienen aplicando las mismas prácticas económicas desde el año 76". Eso es inaceptable. Por empezar, se olvidan del Rodrigazo en 1975: allí comienza la gran inflación en la Argentina. Se olvidan también de que Alfonsín intentó realizar otras políticas. Entonces estas simplificaciones no sirven para nada. Y en esto el Gobierno tiene un papel: si acentúa demasiado esa mirada no ayuda a encontrar esa síntesis que supere los grandes desencuentros.
-Ya hablando de política, ¿qué piensa de los primeros 120 días de Kirchner?
-Vea, yo encuentro señales evidentemente promisorias en este gobierno. Tiene una vocación ética que le hará muy bien a la Argentina. En la medida en que eso se vaya concretando en temas institucionales, y siempre y cuando se haga en base a reglas.
-¿Los cambios en la Corte Suprema se hicieron en base a esas reglas?
-No soy experto en el tema, pero la gente sentía realmente que no era deseable que ciertas personas siguieran en la Corte. Ahora bien: un gobierno, un Congreso que anula leyes, a mí me genera un problema de inseguridad... Es cierto el argumento oficial de que en la Argentina siempre se habló de seguridad jurídica en los contratos privados referidos a la vida económica, y no se ha hablado de la inseguridad jurídica de los jubilados o asalariados, ni de los más pobres. Ampliar el concepto de seguridad jurídica es absolutamente correcto. Anular leyes, me parece preocupante.
-Usted fue amigo de De la Rúa. ¿Volvió a hablar con él?
-No. La verdad es que no volví a hablar por el nivel de conflicto con que me fui de su gobierno. Pero no debemos olvidar el modo en que terminó esa presidencia ya que estamos hablando de instituciones. Ha sido un enorme daño a las instituciones ese final. No debe tomárselo con liviandad porque el país ha sufrido mucho en el pasado por no respetar las reglas. En términos gramscianos, hubo un bloque de poder que fue desplazado por otro. Y los procedimientos fueron muy dudosos. Tenemos que registrarlos, no para pasar factura sino para no repetirlos...
-Está de moda el setentismo. ¿Qué hacía usted en aquella época?
-Participaba en muchos grupos cercanos a la Juventud Peronista.
-¿Y cuando llegó la dictadura?
-Ahí empezó a aparecer mi nombre en algunos interrogatorios, y tuve que esconderme algún tiempo en casa de parientes. Sería importante que alguna vez se conociera la verdad completa. El terrorismo de Estado o una represión hecha sin ningún tipo de respeto por la ley es lo peor que puede ocurrir. Pero también me parece que del otro lado se cometieron atrocidades. Construir una unión nacional sin conocer toda la verdad va a ser muy difícil.
-¿Entonces reconoce en Kirchner algo de lo que usted fue en los 70?
-Sí. Pero últimamente estoy obsesionado por Frondizi...
Por Jorge Fernández Díaz
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/03/09/13/dp_527210.asp
Por Osvaldo Bayer
¿Qué es la crueldad? ¿Por qué la crueldad? ¿Qué origen tiene? Alemania toda acaba de llorar por un crimen del Estado cometido hace justo sesenta años. Es inexplicable. Uno leía el diario con el recuerdo del aniversario y no podía creerlo. Sólo se podía reaccionar en la impotencia. Dejar el diario, abrir la puerta y salir, salir, porque ya no queda ninguna esperanza de nada. Si los hombres habían matado a otro hombre así, ¿qué podemos esperar ya de la humanidad? Justo en septiembre de 1943 era ahorcado a los 27 años de edad –¡ahorcado, eh!– el gran pianista alemán Karlrobert Kreiten, en la cárcel de Ploeztzensee, en Berlín. Uno de los más notables concertistas de esa época y el más joven y talentoso. ¿Qué había hecho, qué crimen había cometido el pianista? El prontuario y la condena dicen que “el pianista nombrado expresó a una amiga que la guerra ya estaba perdida y que por favor bajara los retratos de Hitler de las paredes de su casa”. La amiga corrió a denunciarlo ante la Asociación de Mujeres Hitleristas que llevaron la denuncia ante la Central Musical de Alemania –que no tomó la acusación– y poco después directamente a la Gestapo. El 3 de mayo de 1943 estaba anunciado en Heidelberg un concierto del joven Karlrobert. Todas las entradas estaban vendidas. El artista había programado un larguísimo concierto, porque eran tiempos tristes de guerra y muerte y quería que los asistentes se trasladaran a otro mundo de sueños e ilusiones: Preludio y fuga de Bach; la “Appassionata” de Beethoven; seis estudios de Chopin, la rapsodia española de Liszt y la Sonata en do mayor de Mozart. Pero los primeros espectadores que llegan encuentran un papelucho mal escrito por manos policiales donde se comunica lo siguiente: “El concierto de Kreiten ha sido suspendido”. Nada más. La gente se junta ante la puerta y no reacciona. Espera. Quiere ver aparecer al joven artista con sus ojos siempre como si buscara algo entre las nubes.
Pero Karlrobert Kreiten ya había sido trasladado a la cárcel berlinesa de Ploeztzensee, a unos 600 kilómetros de allí. Cuatro meses después, el gran pianista será ahorcado. Esa misma noche, la cárcel es bombardeada por los ingleses. El sacerdote de la cárcel relatará después de la guerra: “Con espanto me acuerdo de esa terrible noche en la cual la cárcel se prendió en llamas durante el ataque aéreo. En ese momento había 300 condenados a muerte, atados de pies y manos. Ninguno murió por las bombas de los aviones pero luego de pasado el peligro fueron ahorcados 168, de a ocho por turno, no habiéndoles los verdugos permitido que escribieran unas líneas de despedida a sus seres queridos. Entre ellos se encontraba el pianista Karlrobert Kreiten, uno de los mejores artistas jóvenes”.
Después de la guerra, el gran pianista Claudio Arrau, que había sido profesor del joven en el conservatorio de Berlín, escribirá: “Kreiten fue de los talentos musicales más grandes que encontré en mi vida. Si el régimen nazi no lo hubiera ahorcado, hubiera sido, sin duda, uno de los más grandes pianistas alemanes”. Y el director de la Filarmónica de Berlín, Wilhelm Furtwängler hará un último esfuerzo para salvarlo de la pena capital. Pero será en vano. El juez Roland Freisler y otros seis ayudantes lo condenarán a la horca. Textual dice el veredicto: “En el delito de traición a la Patria, el Tribunal del Pueblo ha resuelto en Derecho: Karlrobert Kreiten ha tratado traidoramente –en medio de la guerra total– de quebrar la voluntad patriota de una ciudadana alemana mediante las más bajas calumnias contra el Führer Adolf Hitler, las predicciones de una revolución y el consejo de alejarse del nacionalsocialismo traicionando al pueblo para de esa manera ayudar a nuestros enemigos. Por todo esto ha perdido su honor para siempre y es condenado a muerte en la horca”.
Pero una cosa llama la atención: los verdugos firman su ignominia. En las actas aparecen los nombres de los ejecutores. De los que mataban unavida tan bella, un cerebro pleno de las melodías de Schumann, de Schubert. Tal vez en el momento de su muerte tan atroz, en su cerebro se entrelazaron Chopin y Liszt.
Los verdugos firmaban sus crímenes. Es cuando se me ocurrió: nuestros verdugos argentinos, por lo contrario, esconden sus crímenes. Desaparecieron, dicen. Esa escena para la historia donde el general Videla les dice a los periodistas extranjeros, con cara de rata: “No están ni vivos ni muertos, están desaparecidos”. En vez de decir: fueron ejecutados por mi orden y por las instrucciones que di yo. Los verdugos además de crueles, cobardes. Es que la crueldad está siempre infectada de cobardía. Ahora, tres generales desaparecedores les echan la culpa a los franceses, que les vinieron a enseñar ese método. Bueno, si los militares franceses lo hacen, por qué no lo vamos a hacer nosotros. Una nueva forma de amparar su bestial perversidad adoptando la filosofía cruel como un método valedero.
Los bestiales crímenes de nuestros oficiales nunca se desnudaron con su luz propia. Por ejemplo. ¿Cómo “hizo desaparecer” la bestia humana teniente coronel Durán Sáenz en el campo de concentración de El Vesubio a esa naturaleza humana tan noble y abierta que se llamó Haroldo Conti? Lo destrozó primero y luego lo mató. Una mente cálida, cargada de sentimientos humanitarios, una sonrisa a la vida, un preocuparse por la gente del paisaje y viene esta bestia uniformada, educada en el colegio militar y sus academias y se cree Dios cuando no es más que un gusano repugnante que huele a su propio miedo. Y que está hoy viviendo con su mujer y sus hijos y yendo a misa todos los domingos y las fiestas de guardar. Mató el cerebro del querido y amado Haroldo Conti, el que nos hizo recrear el paisaje de los ríos y los verdes islas, muerto por un también asesino de mujeres cargadas de vida en sus vientres.
Es que los argentinos tenemos legítimamente el campeonato de la crueldad. Por eso tenemos que construir el templo de la crueldad. Poseemos ya el edificio: El de la ESMA. Allí hay que planear una avenida con monumentos que representen a nuestros crueles. Sí, esta vez las esculturas no van a ser para los héroes y los sabios, sino para nuestros crueles. Hay que llamar para ello a nuestro mejores artistas plásticos y que en los rostros de los conocidos asesinos nos expresen lo que para ellos es crueldad. En primera fila de la avenida, por supuesto Videla y Massera. Videla poniendo la cara de rata de la entrevista con los periodistas extranjeros. Massera con sonrisa cargante como diciendo: “Además de desaparecerlos me quedé con las propiedades de ellos”. Más atrás Menéndez, con el puñal en la derecha, y Bussi arrastrando jaulas donde están los mendigos y vagabundos listos para ser arrojados a las víboras y los alacranes y siguiéndolo el pueblo tucumano gritándole: “Idolo, volvé”. Y los generales Harguindeguy, López Aufranc, Bignone y Díaz Bessone vendrán vestidos de generales franceses, y Astiz, cuerpo a tierra matando adolescentes. Todos, todos estarán, los crueles.
Los argentinos fuimos los primeros en la desaparición. No nos dejemos ganar de mano. Seamos también los primeros en crear el museo de la desaparición.
Pero eso sí, en la escuela más próxima, en el salón de actos, el gran cuadro de un concierto para piano y como espectadores todos nuestros poetas, artistas, obreros, maestros, estudiantes desaparecidos. En el piano, un joven extranjero: Karlrobert Kreiten, que además de una cabeza llena de sueños tenía en su corazón el coraje civil de no querer ser esclavo de los tiranos.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-25356-2003-09-13.html
TULIO HALPERIN DONGUI, HISTORIADOR
El más importante historiador en lengua castellana analiza la conducta de la clase dirigente norteamericana y especula sobre las ventajas y los peligros del estilo con el que el Presidente argentino construye poder.
Analía Roffo
aroffo@clarin.com
El historiador Eric Hobsbawm termina su reciente autobiografía pensando en sus nietos y en el mundo que les espera. Usted también pensó en sus nietos cuando escribió en Clarín aquella nota de opinión un mes antes de la guerra de Irak. ¿El futuro viene tan difícil?
—Lamentablemente, creo que sí. Porque las cosas han tomado un giro que no se ve cómo se puede contrarrestar si no es de una manera muy dolorosa. De alguna manera, Osama Bin Laden hizo escuela en Estados Unidos y creo que vamos a volver a un equilibrio del terror, como el que tuvimos durante la Guerra Fría, pero con una gran diferencia: la Guerra Fría estaba gerenciada por gente que de ambos lados, en el fondo, era sensata. Estamos viviendo un equilibrio que corre muchos más riesgos de desequilibrarse de lo que creemos. El otro problema es que aunque en la teoría de Marx el origen del valor era el trabajo, estamos moviéndonos hacia un mundo en el cual el trabajo físico humano es una contribución cada vez menos importante. Y no se ve manera razonable en que la humanidad pueda sobrevivir dignamente en una situación en la cual la mayoría de la gente literalmente no tiene nada que hacer.
# ¿Realmente no hay nada de sensatez en la clase dirigente norteamericana?
—Hay un dato muy importante en Estados Unidos: como dijo el demócrata Tip O'Neill, "toda política es política local". En este momento, por ejemplo, el hecho de que tanto el voto judío como el voto fundamentalista protestante del sur, blanco, coincidan con el programa más extremo de Israel, hace que el gobierno de Estados Unidos y la oposición misma encuentren muy difícil tener una posición independiente frente a esa política. Son más prisioneros de ese sector que del otro. El otro tema es que Osama le hizo sentir a un país que se creía invulnerable hasta qué punto es vulnerable. Y eso crea una situación muy complicada, porque el presidente Bush dice "¡No nos vamos a rendir! ¡Vamos a hacer todo lo necesario, invadir más países, etcétera", pero al mismo tiempo hay que recordar que a Estados Unidos, hasta la guerra de Corea, todas las guerras le rindieron enormes provechos con costos muy bajos. De tal manera que es un país muy curioso, en el cual, en el momento de la paz, la idea de la guerra es siempre atractiva. Pero apenas empieza la guerra y se descubre que muere gente, la guerra pierde atracción. Y eso hace que las guerras que no terminan triunfalmente y sin costo, lleven a crisis políticas muy serias.
# ¿Estados Unidos va a una crisis política ahora?
—No lo dude. Será una crisis política muy seria, con un grupo gobernante muy audaz. En ese sentido, creo que es lo único que los presidentes Kirchner y Bush tienen en común: siempre buscan doblar la apuesta.
# Se suele decir que Kirchner es un aficionado a los gestos simbólicos. ¿A eso llama usted doblar la apuesta?
—No. Curiosamente, creo que para Kirchner los gestos simbólicos no son nada simbólicos. Son gestos en torno a cosas que a él auténticamente le interesan mucho. En ese sentido, está en una situación más difícil que Menem, que podía elegir símbolos dentro de todo el catálogo de gestos simbólicos sin que le importara demasiado. Kirchner tiene un temario limitado por algo que en el fondo es una novedad en la política argentina: cree en su temario.
# ¿Tiene una agenda nueva?
—No creo que traiga una agenda nueva. Es una agenda muy vieja. Lo que trae de nuevo es un compromiso con una agenda.
# ¿La agenda es vieja porque le preocupan los temas no cerrados como la verdad y la justicia sobre los años 70, por ejemplo?
—Bueno, sinceramente, en ese punto descubro que coincido con un consenso que siempre surge en la Argentina, que revela algo acerca de cómo somos. Durante diez años podemos vivir muy cómodamente con asesinos en libertad, y cada vez que ponen preso a uno, se decide que uno es poco. Pero coincido con casi todos los que dicen que todos los presos están bien presos. En ese sentido, las señoras que mandan cartas a los diarios diciendo que creen que Firmenich debiera estar preso, no saben hasta qué punto coinciden hasta con Hebe de Bonafini, que prácticamente dijo que no le extrañaría que fuera un confidente de la Policía desde siempre. De todas maneras, yo creo que este país vive con heridas que nunca se cierran y vive mostrando que se puede vivir así. Por eso no creo que sea eso lo que va a ser problemático en nuestro futuro. La Argentina, en realidad, tiene heridas no cerradas desde la época de Rosas. Y en el fondo, creo que cuanto menos se trate de reconciliar, mejor, porque la insistencia lo único que logra es recordarle a la gente que todavía no se reconcilió.
# ¿Es positivo que Kirchner sea de los que doblan la apuesta siempre?
—Es un estilo totalmente peligroso. La mayor parte de los políticos que entran por ese camino alguna vez pierden la apuesta, y el problema que tiene esta táctica es que las pérdidas son irrevocables.
# Me hace acordar de algo que usted escribe en La Argentina y la tormenta del mundo cuando habla de la pelea entre Federico Pinedo y Torcuato de Alvear. Usted dice que aflora allí una tendencia que se repite en la política argentina: "La de permitir que conflictos que no parecían lo bastante graves para justificar reacciones tan vehementes, desplegaran su formidable potencial disruptivo hasta lograr que los participantes terminaran por encontrar la situación intolerable". ¿Algo así puede pasar entre Kirchner y Scioli?
—Todos los políticos argentinos viven en un cierto contexto en que no tienen más remedio que proceder así. Yo creo que Kirchner tiene una ecuación personal muy complicada. Victoria Ocampo increíblemente decía que su problema básico era que era muy tímida, cosa que a los que la conocieron les costaba creer. En cierta medida, yo creo que hay una especie, no diría de timidez, pero sí de incomodidad en la relación con los otros, que hace que Kirchner tenga un tipo de relación que no es una relación. Y por eso tiene con la gente una relación totalmente autoritaria.
# Pero ése es un análisis más psicológico que político.
—Y sí, es. Creo que en realidad lo que ocurre es que en el momento en que él llegó no tenía otra forma de actuar. Un señor que ganó como ganó —segundo, con menos votos que los que su partido decía que habían hecho del doctor Illia, un gobernante irrevocablemente ilegítimo— no podía sino entrar pisando muy fuerte. De lo contrario, a esta altura le estarían caminando por encima. Al mismo tiempo, el éxito que ha tenido me alarma un poco, en la medida en que puede estimularlo cada vez más a persistir en el estilo.
# Hay gente que comparte temores parecidos y habla de la "tentación hegemónica".
—Bueno, ese amor por las grandes palabras que hay en la Argentina... Que un presidente tenga ambición hegemónica es casi su obligación. Porque, ¿qué quiere decir que sea hegemónico? Que cumpla con las funciones que le fija la Constitución. Y es necesario recordarlo, porque, de pronto, aparecen toda clase de figuras que se declaran cogobernantes. Scioli se declara cogobernante; el doctor Fayt, después de años en la Suprema Corte, también descubrió, a una edad respetable, su propia vocación hegemónica... De tal manera que es necesario que el Presidente recuerde: "El único que tiene derecho a una ambición hegemónica aquí soy yo". La Argentina siempre funcionó así, y yo creo que, en el fondo, tiene que funcionar así.
# Parece que le cae bien Kirchner...
—No, no me cae bien. Me parece una figura muy problemática, pero yo creo que entendió ciertos problemas de la política argentina. Y yo diría que la ambición hegemónica es lo más rescatable que tiene, en la medida en que sepa manejarla como supieron manejarla nuestros presidentes recordados sin horror.
# ¿Por ejemplo?
—El general Roca pudo satisfacer ampliamente su vocación hegemónica, haciendo cosas como Kirchner: viajaba en tranvía, por ejemplo. No había ocasión que Roca tuviera que no utilizara para ganar la buena voluntad de alguien. Cierta vez Juan B. Justo viajaba a Montevideo, de noche, en el Vapor de la Carrera. Se le acerca el general Roca y tienen una conversación, diríamos sobre todo y nada, en que nadie promete nada a nadie, pero en la que Juan B. Justo descubre facetas de la personalidad de Roca que lo hacen verlo de otra manera. Roca llevaba ese estilo a extremos un tanto demagógicos. Por ejemplo, una vez, Leopoldo Lugones, en París, salió con su hijo, el luego recordado comisario, a explicarle los altorrelieves del Arco de Triunfo. Se encuentran con Roca, que también paseaba, y Lugones le cuenta a qué habían salido. Roca le dice: "Ay, ¿me permite ir? Porque yo también quiero aprender". Compraba con la simpatía, pero actuaba hegemónicamente en política.
# ¿Pero es que no quedará más remedio que la hegemonía en un escenario como el actual en que los partidos tradicionales están astillados?
—Ese no es un problema sólo argentino. El modelo occidental está pasando por un momento muy malo. Pensemos, sin ir más lejos, que Italia tiene a Berlusconi, un hombre más divertido todavía que Menem, pero claramente de la misma escuela política. No creo que el problema argentino sea la situación de los partidos políticos.
# ¿Cuál es entonces?
—Cómo rearmar una autoridad presidencial que sea institucional. Y eso es lo que desde el retorno a la democracia nunca se hizo. El retorno a la democracia se hizo en el horror del autoritarismo y se perdió de vista cómo recomponer la autoridad del Estado. Sin Estado no hay manera de equilibrar las distintas fuerzas económicas y sociales siempre en disputa. Porque falta eso arrastramos los problemas que arrastramos.
# Hay quienes dicen que el gobierno de Kirchner todavía no empezó y que el punto de partida será diciembre, cuando hayamos pasado las elecciones que están pendientes. ¿Cree lo mismo?
—Bueno, el Gobierno empezó, no hay duda. Lo que efectivamente a partir de diciembre se va a saber es cuánta fuerza tiene. Y eso muestra uno de los riesgos del sistema del todo o nada. Escuchando los resultados electorales de la Capital por radio, cuando salieron los datos enviados por el padre de Macri, me dio la impresión de que ahí realmente había terminado la experiencia Kirchner. Porque hasta ahora, Kirchner obtiene en el Senado votos que sólo obtenía el general Perón, sabiendo perfectamente que buena parte de los que votan sí estarían encantados de votar no. Todo eso lo puede tener mientras siga ganando.
# Pero no sabemos qué pasa el domingo que viene con Macri e Ibarra...
—No, seguro. Pero si Ibarra perdiera, no digo que sea una catástrofe, como si Macri hubiera ganado en la primera vuelta, pero Kirchner tendría que hacer —o no— una nueva composición de lugar. Su tendencia, me parece, es a no hacerla. Creo que es lógico que no siga los consejos de algunos diarios —porque sabe que no lo quieren bien— que dicen que en este momento redoblar su apuesta por Ibarra es una decisión extremadamente riesgosa. Es algo obvio y él lo sabe, pero de todas maneras doblará la apuesta. Ese es el verdadero Kirchner.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2003/09/07/z-03415.htm
COPYRIGHT CLARIN, 2003.
Santiago Kovadloff analiza la era Kirchner
Es un filósofo. Pero es, ante todo, un hombre valiente. El establishment intelectual argentino suele transitar avenidas de una sola mano, y Santiago Kovadloff, intentando únicamente ser honesto consigo mismo, sin nada que ganar y con mucho que perder, y contra la opinión de sus amigos y pares, se atreve a nadar contra esa corriente.
Ensayista, poeta, traductor de Pessoa, premio nacional de Literatura, miembro de número de la Academia Argentina de Letras, profesor honorario de la Universidad Autónoma de Madrid y reconocido militante de la centroizquierda intelectual, Kovadloff produce un giro brusco y sorprendente, descoloca a todos y se vuelve políticamente incorrecto.
"El peronismo es literalmente un movimiento: ninguna de sus configuraciones tiene carácter definitivo -filosofa-. El rasgo definitivo del peronismo es reconfigurarse incesantemente con mayor o menor sentido de la oportunidad. Y hoy esto es algo que vuelve a advertirse de manera clara. Kirchner llega al gobierno necesitando remontar la fragilidad de su base de sustentación y advierte que tiene a su favor un gran capital virtual, que es el de la frustración ética de la sociedad. Opera en dirección a las demandas que le impone la necesidad de sanear esa frustración y obtiene rápidamente un consenso. Pasa así de ser una figura de elenco a ser una figura estelar. Pero la frustración colectiva no solamente es ética, es también económica. Dramáticamente económica. Y en este sentido, no se advierte aún que Kirchner haya procedido en la economía con la misma rapidez, con la misma transparencia y con la misma contundencia".
-Ya que decidió empezar por el principio, le propongo un poco de prehistoria: Duhalde.
-Nadie esperaba que Duhalde hiciese una gestión que se caracterizara por el considerable equilibrio que evidenció para capear el temporal. Demostró habilidad y sabiduría política para sostenerse a medio camino entre los extremos. Supo reconocer a Roberto Lavagna como su punto esencial de apoyo. ¿Seguirá siendo Lavagna una figura tan decisiva? Esta es una pregunta importante y la respuesta que obtenga puede ser crucial. A diferencia de Duhalde, Kirchner parece ser un presidente ideológico. Duhalde ha sido un presidente práctico.
-¿Y cuáles serían los riesgos de ser un presidente ideológico?
-Los riesgos fundamentales se vinculan al maniqueísmo: dejar caer sobre la realidad nacional, que es compleja y matizada, un diagnóstico extremo, polarizado, que divida aguas entre "los buenos y los malos", "los viables y los inviables". Un esquematismo semejante puede afectar la eficacia en la capacidad de gestión y la perspicacia que debe tener un presidente. Otro punto es el que tiene que ver con las diferencias entre las medidas de coyuntura y las de mediano y largo plazo. El peronismo ha sido siempre muy hábil para el corto plazo. Cosa que los radicales no han sabido ser. Pero los dos partidos tradicionales comparten un gran déficit en cuanto a la capacidad de programar racionalmente el mediano y el largo plazo. En este punto creo advertir una diferencia significativa entre Lavagna y el Presidente.
-¿Cuál?
-Veo a Lavagna como un hombre de pensamiento abierto al mediano y largo plazo. Sabe operar sobre la coyuntura, pero no se agota en ella. Al revés: opera bien en la coyuntura porque al pensarla, la excede. Creo que Lavagna sabe que, después de los acuerdos con el FMI, es preciso que el país empiece a encaminarse hacia un proyecto pensado a veinte años. Y no sé si ésta es una convicción primordial en Kirchner. La famosa revolución productiva que hace falta en la Argentina, y que está muy lejos de ser la proclamada por Menem, tiene que ver con un cambio de estructura en la concepción del desarrollo. Tenemos que pasar de la explotación de las materias primas a la explotación del conocimiento en el campo de la producción y de la exportación. El desarrollo sólo va a venir de la mano de la ciencia y la tecnología. En qué medida es ésta una convicción del Presidente, no lo sé. Creo sí, que lo es en el caso de Lavagna.
-Plantea usted un panorama conflictivo y contradictorio...
-Sí, donde el sentido de la oportunidad va de la mano de una fuerte carga ideológica, donde la capacidad de ejercer el liderazgo no queda enteramente disociada del perfil personalista, de la proclividad a los comportamientos caudillescos. Y en este orden, la pregunta crucial es si se está trabajando en dirección al fortalecimiento equitativo de las instituciones de la Nación. Por ejemplo, en el plano de la Justicia puede decirse que se está procediendo con cierta claridad y siguiendo una orientación razonable. En el campo de los derechos humanos, me parece que el papel que la ideología está jugando es más determinante que el de la reflexión política. Y, por último, en el campo de las relaciones exteriores, y más allá de los atributos que le reconozco como profesional al canciller Rafael Bielsa, la ambivalencia de la actual gestión de gobierno todavía me parece predominante. Es cierto que Estados Unidos es un interlocutor plenamente reconocido por la gestión de Kirchner. Pero los gestos populistas abundan: Chávez y Castro son el pasado, no el porvenir.
-Es también evidente que Kirchner busca diferenciarse de Duhalde...
-Mire, si se insiste en alcanzar la diferenciación a base de un cuño ideológico, Kirchner va a enfrentar en lo político dificultades bastante incontrolables. En el peronismo nadie saca los pies del plato sin pagar caro por eso. Si la diferenciación, en cambio, quiere lograrse ampliando la base de sustentación y extendiéndola a la población en su conjunto, entonces es posible que Duhalde y el Presidente no se alejen demasiado. Pero una diferenciación buscada a expensas de lo político, de la integración del conjunto de la sociedad, una diferenciación ideológica en suma, puede terminar llevándolo al Presidente a un callejón sin salida.
-Bueno, ya que habla tanto de lo ideológico. ¿Cómo lo caracterizaría ideológicamente a Kirchner?
-Sus valores son los de los años 70. Se diría que cree en la existencia de un peronismo de izquierda, y cree en su capacidad de alcanzar una gran representación popular. Está convencido de que no sólo el menemismo, sino tampoco el duhaldismo, son alternativas venturosas para la Argentina. Parecería creer que es posible conciliar el afianzamiento democrático de las instituciones con la subsistencia de un fuerte personalismo en el ejercicio del poder. El olfato de lo contemporáneo parecería ser en él menor que la memoria. O se reconcilia lo inolvidable con lo imprescindible, o el pasado volverá a devorarnos. Yo me preguntaría si Kirchner, en ese sentido, es un hombre tan actualizado como lo exigen las circunstancias del país.
-¿Podría decirse que Kirchner es una especie de socialdemócrata-peronista-neokeynesiano?
(Risas) -Su pregunta me lleva a una reflexión. ¿En qué diferiría la agonía del peronismo de la agonía del radicalismo? El radicalismo agoniza porque no tiene habilidad para sostenerse en el ejercicio del poder. Y el peronismo agoniza porque sólo tiene habilidad para sostenerse en el ejercicio del poder. Cuando llega la hora de la conceptualización, el peronismo evidencia cierta senilidad programática, un vacío en lo que hace a la racionalidad económica. Esas mismas fallas, en suma, que el radicalismo deja ver cada vez que se hace cargo de la gestión pública. ¿Podrá el peronismo rejuvenecerse sin hacerse un lifting? ¿Lavagna será el pasado o el futuro del peronismo? Porque si Lavagna coincide con el peronismo en eso de no reducir la política a lo económico, le está advirtiendo al mismo tiempo al peronismo que malentender lo económico es desbaratar lo político. El perfil más novedoso que el peronismo aporta ha sido, para mí, su actual ministro de Economía. Lavagna tiene mucho para enseñarle al peronismo en términos de revitalización. ¿Pero hasta qué punto es compatible el pensamiento reflexivo con el ejercicio del liderazgo extremadamente personalista? ¿Qué aprendió Duhalde con Lavagna? Aprendió a oírlo. A oír lo que él sólo no hubiera sabido pensar. Un indicio de la capacidad de ejercer el liderazgo es saber hacerse asesorar por quienes no coinciden necesariamente con nosotros.
-Lavagna no está siendo escuchado. Se ha abierto una grieta...
-Lavagna no está siendo escuchado. Y quiero expresarle el temor de que esa grieta se ahonde. Lo que Lavagna está proponiendo es un razonamiento a mediano y largo plazo, algo prescindible para una política de ideales coyunturales.
-Resulta curiosa la admiración que usted observa por Lavagna. Y que se lo acuse de no tener plan. ¿Tiene o no tiene?
-Yo no sabría decir si Lavagna tiene o no tiene un plan. Creo que es en el Gobierno la única persona que parece desvelada por la necesidad de tenerlo. Uno de los motivos de tensión entre Lavagna y el Presidente parece ser la cuestión de saber cómo se concibe la Argentina económica después de los acuerdos con el Fondo.
-La segunda fase...
-La segunda fase. La decisiva. La de los objetivos que exceden el plano de los hechos inmediatos. No podemos hablar de política de gobierno ante una crisis de una magnitud como la que vive la Argentina, si no hablamos claramente de la orientación que se le quiere imprimir a la gestión de gobierno, más allá de la capitalización que se haga de la frustración colectiva en el plano de la ética.
-Hay una discusión entre FIEL que dice: "Este gobierno no tiene rumbo y les cuesta firmar un acuerdo en serio con el FMI", y el hoy influyente grupo Fénix, en la otra vereda, que dice: "No es imprescindible acordar con el Fondo. Negociemos lo más duro posible". ¿Qué piensa de estas dos posturas?
-Durante los próximos dos años nuestro país puede sostenerse razonablemente como está. Los voceros de FIEL sólo razonan económicamente. Razonar con sentido de Nación, en cambio, es inscribir lo económico en un proyecto político. La ética y la eficacia no pueden estar disociadas en un marco democrático. La coherencia del razonamiento económico de FIEL no es algo necesariamente vivo y actualizado desde un punto de vista político. La coherencia meramente lógica no necesariamente implica conocimiento de la verdad. En cuanto a la vereda opuesta, me parece que no hacerse cargo de la necesidad de estructurar un plan de mediano y largo plazo con apoyo internacional equivale a no entender la política, pues se la disocia así de los factores internacionales de poder económico. Durar no es lo mismo que vivir.
-Pero, ¿cómo se puede compatibilizar la coyuntura con la construcción de una Nación?
-Mire, aquí tocamos un punto que atañe a la oposición. Es interesante, por su complejidad, contemplar el panorama de la oposición. Hoy la fuerza opositora más seria que va a tener que enfrentar el Presidente proviene del riñón del peronismo. ¿Qué ha ocurrido con la oposición formal, aquella que le disputó la presidencia al peronismo? Elisa Carrió, con toda honestidad, se ha identificado en lo esencial con el Gobierno y ha decidido apoyar esta gestión. En el caso de López Murphy, el panorama es también sorprendente. En primer lugar, porque a mi entender debió haberse presentado en el torneo electoral de la Capital. Este habría sido el camino que le hubiera garantizado no sé si una victoria, pero seguramente un mayor protagonismo. Ese protagonismo que ha ido perdiendo. No obstante, el apoyo a Patricia Bullrich fue una clara señal de que estaba buscando ampliar las bases de sustentación de su propio encuadre político, rehuyendo la unilateralidad a la que lo hubiera condenado la persistencia en una integración tan marcada con sectores más conservadores. Otro signo interesante de este alejamiento de la orilla conservadora por parte de López Murphy lo advertimos cuando los partidos de la Alianza de Centro deciden alejarse para apoyarlo a Macri. Allí López Murphy logra un triunfo paradójico: vuelve a dar una señal a la comunidad en el sentido de que estaba buscando liderar un movimiento más abierto, más polifacético, menos atado a las raíces de las fuerzas que le dieron origen. Pero claro, esta señal no es leída por los votantes...
-¿Y cuál es el mayor riesgo de López Murphy?
-Que se lo devore el partido que creó. Que sigan ejerciendo influencia sobre él los asesores que no saben pensar la democracia necesaria. Y por otro lado, que quiera persistir en un liderazgo tan unipersonal y excesivamente hegemónico. Crear una movimiento nacional exige un líder, pero también más de un hombre y más de una lógica.
-¿Por qué no se alió con Macri?
-Porque difiere de Macri profundamente. Hay entre ellos, incluso, diferencias de educación. Creo de veras que López Murphy aspira a construir un movimiento de centro, donde las premisas del espíritu democrático, capaces de conciliar la justicia social con el desarrollo económico, son para él innegociables. En ese sentido, creo que si algo ha ganado López Murphy, aunque de un modo paradójico al perder, es la posibilidad de diferenciarse de los sectores conservadores y menos actualizados de la centroderecha...
-¿Militaría en ese partido de centro?
-Sí, lo haría. Creo que es la única alternativa para construir una oposición significativa exterior al peronismo. Y una democracia real. Creo que el país necesita una oposición auténtica que se vea exigida, a su vez, por la calidad del rendimiento del oficialismo. Por eso le deseo a este gobierno muchísimo éxito. Me encantaría que fortaleciera las bases de una democracia real, porque eso es lo que va a redundar en una exigencia cualitativa más alta para la oposición y en un beneficio interior muy hondo para la República.
-Usted viene de posiciones tradicionalmente de centroizquierda y de repente apoya a alguien que es visualizado como un paradigma del liberalismo ortodoxo. ¿Por qué lo hace? Creo que le ha traído críticas...
-Sí, muy grandes, muy frecuentes. No he perdido a muchos de mis amigos, pero la gran mayoría me ha criticado. Los angustia que ya no comportamos los mismos presupuestos. ¿Qué me interesó en López Murphy? Su crisis. No creo que sea, como hombre en crisis, un vocero del liberalismo ortodoxo. Cuando se lo expulsó del Gobierno y se alejó del radicalismo, evidenció que había entrado en una crisis de identidad política que lo llevó a apoyarse en esos sectores tradicionales, pero por el otro, a buscar la interlocución con personas de gran espíritu crítico como Juan José Sebreli, Luis Gregorich, Marcos Aguinis, Marta Oyanarte. El hecho de que él haya buscado esa interlocución me resultó significativo de la transparencia con que asumía esa crisis y de su deseo de darla a conocer. Esa es una prueba más de que no se perfilaba como un vocero de la ortodoxia.
-¿Rompió la ortodoxia?
-¡Rompió la ortodoxia! He tenido reuniones personales con él, donde nuestras disidencias se desplegaban en un clima de enorme afinidad. Le reconozco no sólo una honestidad a toda prueba sino disposición al diálogo. Pero no todos los que lo rodeamos incidimos sobre él con igual penetración. Otros parecen tener más fuerza que Gregorich, Oyanarte, Sebreli, Aguinis o yo mismo. Y los resultados están a la vista.
-Cuénteme un poco más cómo reaccionaron sus amigos progres...
-Ante todo, con perplejidad. Pero qué curioso... A los que me dijeron que no entendían por qué lo apoyaba a López Murphy y me advertían de los riesgos que eso implicaba para mí, empecé por responderles que jamás yo creí que ellos se vieran éticamente comprometidos ante mí por apoyar un pensamiento de izquierda o el ideario peronista. Mis amigos, en general, abierta o veladamente, son peronistas. Pero nunca me pareció que su "imagen" peligrara ante mí por eso. ¿Qué es la imagen? Claro, yo soy judío, no creo mucho en el valor sacramental de las imágenes. Pero me parece que el temor de todos ellos fue que yo terminara devorado por un pensamiento conservador, cuando en realidad no creo que advirtieran que estaba en uno de los debates políticos más interesantes de mi vida, con un hombre que provenía de una vertiente fuertemente académica y aspiraba a politizar su pensamiento, flexibilizándolo. Esa es la verdad.
-En el campo de la política concreta, ¿usted cómo hubiera recomendado negociar con el Fondo?
-Negociar bien es no olvidar los intereses de la Nación. Y no desconocer, a la vez, las responsabilidades internacionales del país. Hay una deuda externa y hay una deuda interna. Sanear una a expensa de la otra, es no resolver nada.
-¿Y no teme, como ciertos intelectuales del oficialismo, que un acuerdo largo con el FMI produzca más recesión?
-El FMI ha reconocido en parte sus excesos con la Argentina. Sus desmesuras, su irracionalidad. Esto es auspicioso para que la negociación sea realizada con un sentido de responsabilidad recíproca. Es lo deseable. Es indispensable para que la Argentina crezca no rehuir las obligaciones con el Fondo ni la necesidad de desarrollo sobre nuevas bases estructurales.
-¿Qué sintió cuando vio a Nazareno destituido, a los ex represores arrestados, a los Montoneros presos?
-La remoción de Nazareno me pareció indispensable. Me produjo alivio. Fue una medida acertada y necesaria. Con respecto a lo otro... Vea, estamos delante de una tragedia. ¿Es posible remediar el horror? ¿Es posible digerir lo irremediable, dejar atrás nuestro pasado? Es decir: ¿que homicidas y genocidas reciban un exhaustivo castigo ejemplar? No lo sé. Sé que es indispensable que no perdamos conciencia de la magnitud de lo ocurrido. De los delitos que tuvieron lugar. De la interdependencia de las raíces culturales de genocidas y homicidas.
-¿Eso lo acerca a la teoría de los dos demonios?
-No. Yo no confundo a los homicidas con los genocidas. Creo que la responsabilidad del Estado en la producción de un terrorismo como el que generó, es infinitamente mayor que la de los subversivos o los guerrilleros. Porque los guerrilleros no representaron poderes institucionales. Fueron fuerzas insurgentes que, en todo caso, aspiraron a borrar del mapa las instituciones de la Nación. Pero me parece que no han cometido crímenes de la misma índole que los de las Fuerzas Armadas, aunque deban ser juzgados y considerados como homicidas. Yo creo que lo irremediable debe llevarnos a reflexionar sobre la manera en que han procedido los españoles y los alemanes frente a situaciones similares, aunque no idénticas a la nuestra.
-¿Cómo han reaccionado?
-No hace muchos años visité Alemania. El día en que yo debía hablar en Bonn, Martin Wesler, crítico literario y novelista, daba allí una conferencia. En esa conferencia, Wesler propuso lo siguiente: en lugar de destinar seis millones de marcos para la construcción de un monumento que perpetúe la memoria de los judíos muertos durante la dictadura nazi, yo propongo -dijo Wesler- que se destinen tres millones a la construcción del monumento y tres para reactivar la vida judía en Alemania. Recreando escuelas, trayendo maestros judíos, pagando salarios a la gente que tenga la función de promover la vitalidad del judaísmo en Alemania. "Porque éste -dijo Wesler- es el punto fundamental: ¿los alemanes queremos que haya vida judía en Alemania?" La polémica desatada por él fue sensacional. Me parece que los españoles, a su manera, también lograron un acuerdo muy importante: el pacto de la Moncloa. Ese pacto supo privilegiar los intereses de la Nación por sobre los intereses confrontados en ella. Mirar hacia adelante no es dejar de mirar atrás. Es mirar atrás tratando de hacerlo desde un concepto del porvenir. Esto es lo indispensable. Mirar hacia atrás sin tener un concepto del porvenir, que rehuya los matices, que sea inconsciente de lo irresoluble que es en el fondo una tragedia, no ayuda a promover un duelo. Solo ayuda a llevar a cabo una venganza. Políticamente hablando, la Historia no es nunca como queremos. Aun así debemos empeñarnos en que sea mejor de lo que fue. Y para ello es preciso aprender a pensar como no lo hemos hecho todavía.
Por Jorge Fernández Díaz
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/03/09/06/dp_525295.asp
Por Juan Gelman
La leyenda instaló el Jardín del Edén en Irak. La realidad, no. Ni para invasores ni para invadidos. La población Irakuí sigue padeciendo desabastecimiento, escasez de servicios básicos y, sobre todo, muerte. El brutal atentado contra la mezquita de Najaf, que causó más de cien muertos civiles y heridos incontables, el asesinato de nacionales que colaboran o trabajan con las fuerzas de ocupación, tachados de traidores, y los constantes ataques guerrilleros acentúan una inseguridad que acarrea nostalgias por Hussein. La llamada reconstrucción del país, a cargo del virrey Paul Bremer, tampoco avanza. La Casa Blanca esperaba financiarla con petróleo Irakuí, pero el oleoducto del norte es objeto de continuos atentados. Antes de la invasión transportaba a Turquía un millón de barriles diarios. Hoy no. Los expertos estiman que Irak puede producir oro negro por valor de 27 a 50 mil millones de dólares anuales. El ingreso actual es apenas superior a los 6 mil millones.
Bremer señaló la semana pasada que es necesaria una inversión de “varias decenas de billones de dólares” para resanar la arruinada infraestructura Irakuí. La cifra no incluye los 4 mil millones de dólares mensuales que, según el Finantial Times (2-9-03), Washington destina al mantenimiento y la acción de sus tropas en Irak. La Casa Blanca busca ahora el apoyo militar y económico de la comunidad internacional para enfrentar las consecuencias de una invasión que llevó a cabo burlándose de la comunidad internacional. Encuentra renuencias y resistencias, en especial de Francia, porque las condiciones de seguridad son débiles y la eventual ayuda de otros países no escaparía a la voluntad hegemónica de los ocupantes. En octubre próximo tendrá lugar en Madrid una conferencia de donantes auspiciada por las Naciones Unidas, pero pocos dudan de que las promesas de donación serán tímidas y estarán lejos de cubrir los 13 mil millones de dólares previstos para un plan quinquenal de suministro de energía eléctrica, o los 16 mil millones que exigiría la instalación de un sistema nacional de agua potable.
Las tropas invasoras también conocen privaciones diversas y muerte diaria. No cesa la actividad guerrillera enemiga y el número de bajas estadounidenses aumenta de manera implacable. Los muertos en acción desde el 1º de mayo, día en que Bush hijo declaró el fin de la guerra, superan el total de los caídos durante la invasión. La cantidad de heridos asciende –según investigó The Washington Post (2-09-03)– a 1124 hasta el 3l de agosto, discriminados así: 684 en los dos meses de guerra (550 por fuego Irakuí, 134 en accidentes) y 740 desde el teórico fin de las hostilidades (574 por acciones guerrilleras y 166 en accidentes). Sólo en el mes de agosto 297 soldados norteamericanos fueron heridos por fuego hostil, unos diez cada día. “Sin fanfarrias y casi sin conocimiento público –informa el diario–, gigantescos aviones de transporte C-17 aterrizan prácticamente todas las noches en la base Andrews de la Fuerza Aérea, en las afueras de Washington, cumpliendo misiones de evacuación por razones médicas. Desde que comenzó la guerra, más de 6000 efectivos fueron devueltos a los Estados Unidos. El número incluye a los 1124 heridos en acción, 30l heridos en accidentes conduciendo sus vehículos y en otros percances, y a miles que enfermaron física o mentalmente.”
No aparecen en Irak las armas de destrucción masiva que justificaron la invasión y vale la pena reproducir algunas de las preguntas que el periodista y escritor William Rivers Pitt formuló ante la Convención Nacional de Veteranos por la Paz realizada en San Francisco el 10 de agosto: “¿Forma parte de nuestro sistema de valores mentir al pueblo estadounidense, mentir profunda y ampliamente y sin vergüenza alguna, sobre por qué peleamos en Irak? ¿Forma parte de nuestro sistema de valores sacrificar a 300 soldados norteamericanos en el altar de esas mentiras, sacrificar a miles y miles y miles de civiles Irakuíes inocentes en elaltar de esas mentiras? ¿Forma parte de nuestro sistema de valores usar el horror del 11 de septiembre para aterrorizar al pueblo estadounidense e infligirle una guerra innecesaria, la bancarrota de sus derechos civiles, el aniquilamiento de la Constitución? ... Una de las peores cosas que jamás le haya sucedido a este país es permitir que personas del gobierno utilicen palabras como ‘libertad’ y ‘justicia’ y ‘democracia’ y ‘patriotismo’, porque esas buenas y nobles palabras se convierten en una sucia mentira cuando pasan por sus labios”. Pitt fue ovacionado. Había hablado el otro Estados Unidos.
Un caso notable atrajo la atención de la prensa norteamericana hace un par de semanas: la familia de Sally Baron, fallecida a los 71 de edad a consecuencia de una operación cardíaca, solicitó que las acostumbradas donaciones en su honor se canalizaran hacia organizaciones empeñadas en destituir al presidente Bush. No había perdido a ninguno de sus seis hijos en la guerra, pero Sally lo odiaba por “mentiroso y ladrón de elecciones”, aclaró su hija Maureen. Una cosa es pelear hasta la muerte, otra hacerlo después. Como ese caballero retratado por Ariosto que, ya muerto, sólo cayó de su cabalgadura cuando el combate terminó.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-24994-2003-09-04.html
Por Osvaldo Bayer
Un triste período de la humanidad. Tal vez uno de los mejores análisis del período Bush lo acaba de realizar Stephan Eric Bronner, profesor de Ciencias Políticas de la Rutgers-University de New Brunswick, Estados Unidos. El escrito está lleno de vergüenza, pero principalmente de tristeza. Tristeza de presenciar este espectáculo del mundo puesto en escena por George W. Bush. Bombas, cadáveres, Irak destruido, guerra silenciosa pero cruel hasta el hartazgo, terrorismo, mentiras, sucio, toda sucio lo que se discute, inventa, esconde y domina en los debates de Naciones Unidas. El profesor Bronner escribe muy definido: “A lo guapo, el gobierno de Bush ha proclamado la legitimidad de la mentira y con ello dejó de lado la verdad como irrelevante para que sirviera de base a la justificación de su política”.
A lo guapo, que también podría traducirse: insolente, desvergonzado, achulado, para que lo entendamos todo. Y agrega: “Entre tanto es un hecho que la justificación de la guerra contra Irak no se basó sencillamente en interpretaciones fallidas o datos falsos sino directamente en una mendacidad desfachatada”. Y hace una acusación desde la cátedra que el gobierno de Bush no se toma el trabajo de desmentir: “Funcionarios de la CIA han declarado por propia voluntad que sobre ellos el gobierno llevó a cabo una presión masiva para que dieran sus conocimientos de servicios secretos de tal manera que legitimaran el proceder del gobierno”. Y agrega: “Hasta ahora el ministro de Relaciones Exteriores Colin Powell no ha dado ninguna prueba cierta de la existencia de armas de destrucción masiva en poder de Irak, de lo que habló en su famoso discurso ante las Naciones Unidas”. También critica el docente norteamericano Stepahn Bronner la actitud del Partido Demócrata, que no ha denunciado toda esa política mentirosa. Ese silencio se debe a que ellos no quieren ser considerados “traidores a la Patria”, el concepto patriotero norteamericano. Algo que habla de la falta de coraje civil y de la poca educación democrática en el concepto simplificado de: si la Patria está en guerra, todo por la Patria, aunque se produzca una matanza sin sentido. Lo peligroso de esto es que, pese a que lo injusto salta a la vista en cualquier acción de los soldados americanos, ni el Partido Demócrata en la oposición es capaz de reaccionar contra la agresión bruta de su gobierno. Ante el discurso inaudito de Bush ante la organización de veteranos de Guerra, todos se callaron la boca. Y eso que pareció una perorata de un suboficial a los soldados: el sagrado honor de la Patria, “Lucharemos hasta la última bala” y todo eso que se escucha en los patios de los cuarteles de las dictaduras del Tercer Mundo, pero también en el país rector del Primer Mundo. Las imágenes que dio la televisión del rostro amenazador de Bush hizo sentir un profundo temor a la gente del pacifismo y la ecuanimidad. ¿A dónde vamos? ¿A dónde marchamos? Este triunfo de la estupidez fue llamado por el senador J. William Fullbrigth, el gran crítico de la guerra de Vietnam, como “la arrogancia del poder”.
Bush es un arrogante. Y sin temor a equivocarnos, agregamos: y un ignorante. Y en manos de ese ignorante está la suerte del mundo. A esto hay que apuntar: Naciones Unidas abrió un poco los ojos y dos aliados como Francia y Alemania optaron por otros caminos, si bien con gran cuidado y guantes blancos. Un hecho que acaba de ocurrir dice bien a las claras el oportunismo y la injusticia de cómo se manejan las relaciones exteriores. El ministro de Relaciones Exteriores alemán, Joschka Fischer, acaba de negar la presencia alemana en la exposición del Libro de La Habana. Oficialmente tomó la medida “por la falta de respeto a los derechoshumanos en Cuba”. Ironías de la vida: es el mismo Fischer que actuó como protagonista en la rebelión de los estudiantes de 1968. La pregunta que cabe aquí es la siguiente: ¿el señor Fischer tomaría la misma medida con Estados Unidos, una nación que pisotea los derechos humanos cuando le da la gana? Pongamos el caso Guantánamo. Amnesty International ha puesto en conocimiento de Naciones Unidas y de todos los gobiernos del mundo que Estados Unidos pisotea en Guantánamo las disposiciones de Naciones Unidas sobre Derechos Humanos. A los prisioneros –casi todos árabes– se los trata como a alimañas durante todo el día. Se los somete a la más humillante de las torturas: precisamente, la humillación. Pero eso no es motivo suficiente para el señor Fischer de no pisar el suelo norteamericano, en protesta. Y esto ocurre con todos los países del mundo. Una cosa es la genuflexión ante los dueños del globo y otra los prisioneros color de tierra.
Pero todo esto no es gratuito. En el mundo entero reina la desconfianza contra el régimen de Bush. Leamos los estudios de cómo Estados Unidos ha perdido adeptos. Cuatro países que están en la zona peligrosa: Pakistán, Indonesia, Arabia Saudita y Turquía, tenían, en el verano de 2002, sólo el 36 por ciento una opinión negtiva de Estados Unidos. Actualmente, esa opinión negativa en los cuatro países ha subido al 83 por ciento. Es que la cosa no se termina con los bombardeos de las ciudades abiertas ni los cañonazos contra los edificios de vivienda. Queda el dolor, queda el odio, queda el ansia de venganza. Vietnam fue la guerra ganada por el grande que perdió ante el chico. Y además los costos. El golpe preventivo de Bush le ha costado hasta ahora 400 mil millones de dólares. Es decir, tanto como el costo del presupuesto de guerra de los dieciocho países que le siguen a Estados Unidos en orden de importancia. ¿No es demasiado, aun para Estados Unidos, aun ante la realidad de que en Irak hay petróleo? ¿E Irán cuánto costará? ¿Cuánto seguirá costando Afganistán? Y los estrategas del Pentágono no dejan de pensar en Cuba. ¿Y qué hacer con algunos países latinoamericanos que tratan de nadar hacia la superficie? ¿También el golpe preventivo o guerra al terrorismo como la llama Bush? ¿Qué pueden hacer los países dependientes para parar los golpes preventivos de George W.? Salir a la calle, llenar las plazas de la protesta. Desarmar sus propios ejércitos, llenar con banderas de la Paz todas las calles como hizo Europa en la última guerra de Bush. Los movimientos sociales internacionalizados tienen que hacerles temblar el piso a los dueños de las armas y del dinero. La protesta, el trabajo de los expertos en temas planetarios, el trabajo continuo de información y representantes de la ética de pueblo y naturaleza tienen que llevar adelante el trabajo de resistencia, que es el trabajo por la vida. Por empezar, el tema de Irak y de Medio Oriente tiene que ser llevado adelante exclusivamente por Naciones Unidas. La última propuesta de Bush de permitir tropas de NU. pero el mando militar se lo reservan ellos, no debe ser aceptado, es una burla más al espíritu de la democracia universal. Y deberá ser también Naciones Unidas la que tome a su cargo la discusión fundamental de la Etica de la Economía. Que pase a ser un delincuente todo aquel que ha amasado una fortuna mediante la explotación, que se pongan listas en todas las ciudades de esos delincuentes, lo mismo que de los gobernantes que traicionen a los principios humanitarios. Los papas y los papitostes deberán hacer las grandes campañas de rechazo a los militaristas y colonialistas. Señor Papa: no son culpables los homosexuales de todo, sino los poderosos que han prohijado este mundo actual. Contra ellos debe llenar las calles y no en pos de un santo que les consiga trabajo a los desocupados. La paz, nada más que la paz. Sí, todo esto no es nada más que una utopía repetida. Pero es la justa, y no la guerra hasta el final como acaba de prometer Bush. Basta de rezar y ponerse de rodillas. La calle a coro y el no a los políticos de la mentira y a sus generales. Esto en lasescuelas, esto en las universidades, esto en los medios. La calle plena y las voces de la valentía civil. No al terrorismo de Bush. Sí a la calle y al pueblo. ¿Utópico? ¿Acaso Bolívar y San Martín escribirían otros conceptos en esta época?
Los socialdemócratas alemanes están discutiendo cómo quitar la palabra socialismo de la Carta Orgánica del Partido. No, eso es perder el tiempo. La cosa no va por ahí, el tema es cómo se detiene la agresividad de Bush y cómo se logra un sistema universal sin terrorismos ni agresiones.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-24883-2003-09-01.html