José Nun analiza al Gobierno y sus riesgos
"¿En serio se va a atrever a publicar lo que tengo para decirle?", pregunta incrédulo José Nun. Sabe que muchas de sus ideas pueden considerarse verdaderas herejías en un mundo donde el debate político se ha cristalizado. Abogado, politicólogo, escritor, especialista en problemas de desarrollo económico, investigador superior del Conicet y director del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín, Nun es uno de los intelectuales argentinos más cortejados por el establishment universitario internacional. Fue profesor en Berkeley, en México, en Chile y en Toronto, recibió las más importantes becas norteamericanas y estudió ciencia política en París. Experto en asuntos ideológicos, amigo íntimo de Fernando Henrique Cardoso, ha intentado siempre alinearse en una suerte de socialismo democrático, moderno y argentino, esa verdadera ballena blanca de la intelectualidad vernácula. Como Ahab, Nun persiguió muchas veces ese deseo imaginario, arponeó al Frepaso para abandonarlo luego a su suerte "pragmática" y creyó en el proyecto de Elisa Carrió: "El país, lamentablemente, ha estado lleno de políticos que son excelentes jugadores de truco -dice-. Dominan bien la táctica para ganarle de mano al adversario, pero son muy pobres estrategas. No son diseñadores de proyectos de largo plazo. Carrió es una política muy talentosa, incorruptible, pero no supo construir un espacio político que tenía que ser mucho más amplio y organizado".
-Y Kirchner, ¿cómo es? ¿Es también un jugador de truco?
-No. Kirchner es un verdadero animal político. Ortega y Gasset hacía una distinción famosa: el político actúa primero y piensa después. El intelectual, en cambio, piensa primero...y a veces actúa. Kirchner es un pleno animal político que actúa. Y hasta ahora actúa muy bien. Al Presidente le toca reparar un barco en alta mar, y esta tarea es extremadamente difícil. Por eso resultan muy injustas muchas críticas que se le dirigen, como si el barco estuviera en el astillero. Como si él pudiera hacer lo que quiere con el barco. Está en alta mar, en aguas turbulentas donde no solamente hay tiburones, sino otros buques hostiles.
-¿Quiénes son esos buques?
-Los acreedores externos, los organismos internacionales, el FMI. Pero mucho más grave todavía es que dentro del barco hay gente que no está interesada ni en que sea reparado ni en que cambie de rumbo. Son sectores importantes de la derecha, que han criticado por ejemplo el desplazamiento de la cúpula militar; sectores posmenemistas que tienen gobernadores muy importantes, grandes grupos económicos que inmediatamente se rasgan las vestiduras y consideran autoritario que un presidente ponga en su lugar a un vice. Kirchner se dio cuenta de que a través de Scioli hablaban algunos de esos sectores, y entonces actuó como un animal político: rápidamente le puso freno.
-Sigamos con su analogía acuática...
-El riesgo consiste en que al reparar el barco, si uno cambia una tabla equivocada, puede hundirse. O si uno no cambia una tabla, si no pone en su lugar a Scioli, el barco también se puede hundir. Por supuesto que nada de esto exime a Kirchner de la crítica: digo que hay que hacerlas teniendo en cuenta las condiciones en que se mueve. Sobre todo porque no sólo debe reparar el barco sino cambiar su rumbo porque la década del 90 destruyó al Estado nacional. Y ahora hay que recomponerlo mediante la construcción de un proyecto nacional inclusivo y una ciudadanía plena para la mayoría de los argentinos.
-¿Y Kirchner lo tendrá tan claro como usted?
-Produce grandes actos, pero es posible que él mismo no tenga plena conciencia de todos sus significados. En este sentido, el Gobierno adolece de una pobre política de comunicación, y los medios o le juegan en contra o arrastran una inercia que todavía no se ha corregido. Faltan explicaciones accesibles y de fondo que le permitan al pueblo entender lo que está sucediendo.
-¿Cómo se lleva a cabo, concretamente, la reparación del barco?
-Primero hay que buscar la unidad nacional. Una cosa buena es la descentralización, y una muy mala es la balcanización. Me parece que en contra de eso se levantó Kirchner, un presidente patagónico, al ir a Humahuaca mientras se inauguraba la exposición de la Rural. El segundo punto es recuperar una autonomía nacional que casi ha desaparecido. Y el tercero, reconstruir la identidad nacional, para lo que cual es indispensable aumentar la integración y la igualdad. Entre 1995 y 2002 se duplicaron en la Argentina tanto los niveles de pobreza como la brecha entre el 20% que más y el 20% que menos tiene. Y, a la vez, se triplicaron los porcentajes de indigencia. En contextos así, decían los filósofos de la Escuela de Frankfurt, la dominación exige que la cultura popular sea achatada a sus niveles mínimos. Justamente, para que la gente no entienda ni pueda hacer conexiones. Opera lo que he llamado el "factor Primo Levi" que, como usted sabe, fue un científico italiano que sufrió mucho en los campos de concentración. Y escribió a partir de su experiencia que sería históricamente falso suponer que un régimen tan siniestro como el nacionalsocialismo santifica a sus víctimas; por el contrario, las degrada y hace que se le parezcan. Guardando todas las distancias, sería ingenuo imaginar que los procesos de deterioro social y moral que atravesó la Argentina han santificado a sus víctimas. Por el contrario, ha degradado a muchas de ellas, sin perjuicio de los importantes sectores que han resistido y han desarrollado formas inéditas de solidaridad. Pero el "factor Primo Levi" existe y vuelve más necesario que nunca el debate público informado.
-¿Y qué les explicaría, por ejemplo, a aquellos juristas para los cuales es un horror que el Congreso anule leyes?
-Mi primer título es de abogado. Sé que, a flor de piel, cualquier abogado reacciona considerando una aberración que el Congreso anule leyes retrospectivamente. Pero forma parte de un sentido común jurídico que requiere elaboración. Hay dos visiones distintas del Estado de Derecho: una visión ética y una visión legalista. Nosotros aprendimos en la facultad esta última. Sin embargo, quiero recordarle la lección que le dio al mundo un político de la talla de Abraham Lincoln. Durante la Guerra de Secesión, el principal argumento de los sureños no era una defensa explícita de la esclavitud. Sostenían algo que era cierto: la Constitución de 1787 no lo autorizaba al presidente a abolirla; ésta era una facultad que se había reservado cada uno de los 13 Estados que formaron la Unión. ¿Cómo responde Lincoln a esta visión legalista del Estado de Derecho? Contesta desde la ética que los valores como la justicia, la igualdad y la libertad están por encima de la ley dictada en función de compromisos del momento.
-Es un ejemplo inquietante, porque debió ocurrir una guerra civil para que eso se resolviera así.
-A mí el ejemplo me gusta precisamente porque muestra que en la Argentina no estamos necesitando una guerra para saldar estas cosas. Si usted lee los artículos 29 y 118 de la Constitución Nacional, más los tratados internacionales suscriptos por la Argentina y que incorporan la defensa irrestricta de los derechos humanos, es muy claro que las leyes de obediencia debida y punto final eran nulas de toda nulidad. A mi juicio, el Presidente tendría que haber difundido mucho más explícita y hasta didácticamente que él defendía los mismos valores que Lincoln. Porque, insisto, estamos en alta mar y el barco está muy dañado en el plano de los valores....
-Eso es cierto, pero nuestro país es también famoso por su transgresión. Por cambiar las reglas de juego según las conveniencias coyunturales.
-Desde luego respeto el disenso y acepto que haya razones para defender una visión legalista del Estado de Derecho. Pero es inadmisible que se agiten algunos fantasmas para asustar a la gente. Como cuando se dice que esto podría llevar a anular la ley de divorcio con efectos retroactivos. No fue lo que ocurrió en Estados Unidos, donde la posición de Lincoln fue avalada por tres enmiendas constitucionales muy progresistas.
-Ya que usted habló de "la gente", es claro que la mayoría está más preocupada por otros temas de la agenda política. El crecimiento del empleo, la economía...
-Vea, Joseph Stiglitz, el Premio Nobel de Economía, viene de decir: "No sé qué política económica puede dar resultado en la Argentina. Pero de una sola cosa estoy seguro: la reducción del gasto público y el aumento del superávit fiscal la condenan al desastre". El FMI se formó en los años 40 con Keynes como uno de sus inspiradores. Creo que pocos saben que el primer préstamo se lo dio el FMI a Bélgica a fines de los 40. ¿Sabe cuáles fueron las condiciones? Que Bélgica aumentara el gasto público porque estaba utilizando políticas económicas contractivas que afectaban la demanda interna y no la iban a sacar del pozo. Fíjese la parábola histórica. Compare las exigencias que hoy se tienen con países periféricos como el nuestro, y con las políticas que adoptan países como Japón o los Estados Unidos, que aumentan espectacularmente su gasto público. A nadie se le ocurre allí seguir políticas económicas procíclicas para cortar la recesión. Además de que todo esto no se agota en el plano económico...
-¿A qué se refiere?
-A algo que no nos enseñan en Instrucción Cívica: los derechos cuestan plata. La libre competencia supone, por ejemplo, que las partes no se maten entre sí. Y no se matan no porque son necesariamente buenas, sino porque existe un sistema legal, policías...Estado. Sin Estado no hay derechos: todos los derechos individuales son bienes públicos protegidos por el Estado. Por eso la contraposición entre mercado y Estado es absurda. El derecho de propiedad es básicamente un derecho de exclusión que debe ser sostenido por la justicia; y las escuelas de derecho, los tribunales, la policía y las cárceles cuestan dinero. Es importante darse cuenta de que el libre mercado y la propiedad privada dependen tanto del presupuesto nacional como los Planes Trabajar.
-De ahí su obsesión por reconstruir el Estado...
-Es que puede haber Estado sin capitalismo. Pero no capitalismo sin Estado. Por eso en la Argentina la destrucción del Estado va acompañada del ascenso de las mafias. Las mafias no surgen en cualquier parte, requieren de un caldo de cultivo. ¿Cuál es el bien que ofrecen? Protección. La protección que no da la ley se la venden a usted las mafias.
-¿Y cómo genera recursos un Estado destruido?
-Recaudando impuestos y eliminando la corrupción. Por eso la reforma judicial en la Argentina es indispensable. Los que acusan de vertiginosidad a Kirchner están equivocados porque urge crear las precondiciones para el despegue. La Justicia, por ejemplo, es un poder indivisible: supongamos que hay un 70% de jueces probos, y sólo un 30% de corruptos. Lamentablemente, este 30% alcanza para teñir de corrupción a todo el sistema porque uno no sabe adónde va a caer su demanda y este riesgo está reñido con cualquier idea de lo que debe ser un sistema judicial. Mucho más cuando el sistema está podrido desde la cabeza. Acusar a Kirchner de vertiginosidad en esta materia es no entender que el barco se viene hundiendo y que hay repararlo con urgencia.
-Le insisto: ¿qué pasa con el crecimiento económico?
-Si el objetivo que uno tiene es un proyecto nacional inclusivo que baje los niveles abismales de pobreza que existen, la solución principal no es el crecimiento.
-¿Cómo?
-Sé que suena a herejía, pero le voy a ofrecer como aval un estudio que publicaron el año pasado el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y la Cepal. Uno de los objetivos del milenio fijado en el año 2000 por las Naciones Unidas fue reducir en un 50% la pobreza extrema hasta el año 2015. Esos organismos le encargaron entonces a 15 econometristas que analizaran la situación de 18 países de América latina para determinar si la meta resulta cumplible. Su conclusión puramente estadística es que 6 países quizá lo logren, otros 6 van a estar peor y los 6 restantes seguirán más o menos como hasta ahora. Pero lo que enfatizan es que sus modelos muestran incontrastablemente que para reducir la pobreza hay un remedio fundamental que los gobiernos latinoamericanos no parecen dispuestos a utilizar. Y este remedio no es el crecimiento, sino la reducción de los actuales niveles de desigualdad. Bajar estos niveles entre uno y dos puntos (medidos por el coeficiente de Gini) tiene un efecto mucho mayor que diez años de crecimiento sostenido al 6 o 7 por ciento anual, considerado como un verdadero milagro económico. Obviamente, hacer esto y crecer sería el ideal.
-Le hago una vieja pregunta: ¿quién paga la cuenta?
-El sector más parasitario de la economía es el financiero. No produce riqueza. Y la Argentina es el único país del mundo donde las rentas financieras no están gravadas. Ahí hay un recurso fenomenal para empezar a paliar esta situación. Aunque los interesados de que eso no ocurra predominan en los medios y dicen que hay que hacer al revés: crecer primero y distribuir después. Así nos va.
-¿También va a refutar ahora la teoría del derrame?
-Las mentiras que se han contado en este país... Esta teoría es un invento propagandístico. En Estados Unidos, desde hace años se habla del trickle down effect, es decir, del efecto de "goteo" que puede generar el crecimiento. Como aquí "goteo" no sonaba vendedor en el debate político se pasó a hablar sin más de "derrame", que es un término contrabandeado desde el campo de la tecnología.
-Es pública su simpatía por Cardoso y también por Felipe González. Ambos han practicado un capitalismo muy activo y han jugado las reglas del juego internacionales. Para ponerle un solo ejemplo: Felipe ha sido un lobbista permanente de las empresas internacionales que llevan renta a España.
-Con Cardoso hemos sido compañeros de estudio, intimísimos amigos y luego nos distanciamos por una discusión teórica muy fuerte. En el caso de González, hace rato que dejó de ser un paradigma para la socialdemocracia argentina...
-Mire que Kirchner lo puso a González como un ejemplo del político al que le gustaría parecerse...
-¿Eso dijo Kirchner? Bueno, metió la pata.
-¡Pero usted entonces los acusa de reformistas!
-No, no. González empieza siendo reformista y pasa a ser capitalista neoliberal. El caso de Cardoso es un poco más matizado, aunque se movió en la misma dirección. En todo caso, hizo cosas realmente estimables en el campo de la educación y representa una variante claramente de derecha del reformismo en un país con una burguesía nacional importante. Le recuerdo, dicho sea de paso, que Montesquieu escribe párrafos notables sobre el Estado como el principal responsable de garantizar la subsistencia de todos los ciudadanos, de asegurarles alimento, ropa y salud.
-¿Cita a Montesquieu, que es uno de los padres del liberalismo, para que no lo acusen de marxista?
-A mí no me molestan esas acusaciones. Pero usted bien lo señala: esa fue una de las bases del liberalismo.
-¿No tiene Kirchner aversión por el capital?
-Creo que para nada. Y lo que hizo en Santa Cruz prueba que esa aversión no existe. Lo que sí tiene es un evidente rechazo por la hegemonía del capital financiero que se instaló en el país. Pienso que Kirchner busca desesperadamente que crezca un empresariado de vocación nacional que asuma riesgos y que se comprometa con la innovación.
-¿No teme que este fervor por el Estado y la dureza con que se negocia la deuda con el FMI aísle internacionalmente a la Argentina?
-No, está cambiando mucho la situación internacional. Más de cien economistas de los Estados Unidos acaban de firmar lo que se llama "El disenso de Washington". Un documento contra "El consenso de Washington", que dominó la política neoliberal de los años 90. Creo que son indispensables dosis de proteccionismo selectivo, tal como ponen en práctica sin ruborizarse los propios países desarrollados. Si no lo hicieran, nuestros productos estarían entrando fácilmente en esos países. Y no están entrando. Es necesario aprovechar una serie de cláusulas de la Organización Mundial del Comercio, que permiten cosas y que la Argentina no está haciendo. Insisto, ha cambiado el contexto internacional y la Argentina tiene que sacar ventaja de ese cambio negociando sin miedo y con mucha decisión. Por supuesto Kirchner debe tener en cuenta algunas experiencias internacionales. Cuando en cien días se ponen en práctica casi todos los puntos de su programa electoral, suelen ocurrir algunos inconvenientes...
-¿Cuáles?
-Los intereses que usted hiere se vuelven, automáticamente, sus enemigos a muerte. Y los intereses que usted se propone favorecer no ven a corto plazo todavía demasiadas ventajas. Es decir, que rápidamente el monto de odio que usted genera es mucho más alto que el entusiasmo: unos están dispuestos a dar la vida por liquidarlo y otros no están dispuestos a dejar la vida para apoyarlo.
-¿Hay una segunda fase después de diciembre?
-Tienen que resolverse todavía los procesos electorales en curso -espero que aumentando las bases de sustentación del Gobierno- y también las negociaciones con el FMI. Tiene que haber una Justicia en serio y una burocracia pública eficaz a todos los niveles. Todas estas son tareas imprescindibles para limpiar el terreno, para reparar el barco.
-¿Y Duhalde en qué parte del barco se encuentra?
-Duhalde está en el puente y vistea. Siempre ha sido un gran visteador. También lo era Perón, pero a partir de ciertos principios que siempre sostuvo. Era, digamos, un oportunista con principios. No podría decir lo mismo de Menem ni de Duhalde. No han pasado tantos años desde que Duhalde consideraba a la policía de la provincia de Buenos Aires como "la mejor del mundo" ni estimulaba una campaña electoral de ribetes macartistas en la provincia. Fíjese que Guillermo Calvo (alto funcionario del FMI) y Lavagna no representan lo mismo y sin embargo Duhalde lo nombró ministro al segundo y no al primero por una cuestión de horas. Y hoy son claros el apoyo que le brinda a Scioli y la poca simpatía que le tiene a Ibarra. A Kirchner le toca reparar un barco en condiciones durísimas...
-¿Puede aparecer un Kirchner de centroderecha?
-¿Por qué no? Pero debería defender un Estado social, benefactor, transparente, recaudador de impuestos y respetuoso de los derechos humanos. En Inglaterra, fue un conservador como Winston Churchill quien, en 1940 y mientras llovían las bombas sobre Londres, le encargó a un liberal progresista como lord Beveridge que diseñara lo que después fue el Welfare State que implementaron los laboristas.
-¿López Murphy podría ser ese personaje?
-No lo creo porque insiste, contra todas las evidencias, en recortar el gasto público. Hace muchos años que la Argentina tiene superávit primario y es una soberana mentira que gastamos más de lo que podemos. El cáncer es la deuda pública sumada a la evasión y a la fuga de capitales. De todos modos, López Murphy no es un animal político. Hasta acá llegó. Es como si yo me pusiera a hacer política...
Por Jorge Fernández Díaz
De la Redacción de LA NACION
Con la colaboración de Verónica Suppo
http://www.lanacion.com.ar/03/08/30/dp_523263.asp
Beatriz Sarlo analiza la era Kirchner
Estuvo cinco meses en Berlín, abocada a cuestiones académicas. Pero todos los días imprimía las principales notas de los diarios argentinos y seguía con el alma en vilo los trepidantes acontecimientos de la transición política que colocó a Néstor Kirchner en la Casa Rosada. Beatriz Sarlo, lúcida e influyente intelectual argentina, acaba de publicar "La pasión y la excepción", un fascinante ensayo sobre el setentismo, y rompe aquí su largo silencio político para repasar las luces y sombras de este nuevo país que asoma.
"Lo primero que me impactó al volver fue de qué modo la casualidad puede modificar direcciones políticas. Hace 8 o 10 meses, Kirchner era el presidente menos probable. De este país pudo haber sido presidente Reutemann con que sólo hubiera tenido cierto arrojo, una cualidad que le falta. O sea, que lo primero que sorprende es el modo en que interviene la casualidad. Y eso obliga a pensar cómo ciertos rasgos enteramente personales pueden modificar profundamente una situación, y de qué manera un político con cierta decisión puede cambiar el tono general de una sociedad. Porque si uno mira los resultados de las elecciones del 27 de abril, en este país el 40 por ciento de los votos fueron para Menem y López Murphy, es decir, a la derecha o a la centroderecha. Y, sin embargo, pese a ese 40 por ciento, un presidente, que se reivindica como progresista, tiene hoy el 90 por ciento de la opinión pública a su favor, lo cual prueba el giro que puede imprimir en la escena política un hombre o una mujer decididos".
-Perón siempre decía que los hombres no pueden mover la historia sino que a lo sumo pueden cabalgar sobre sus olas. ¿Me está diciendo que el caso Kirchner demuestra lo contrario?
-Yo no introduciría la palabra "historia". Todavía no está dicho que Kirchner puede modificar ninguna historia. Hablemos mejor de cambiar el humor, el tono que prevalece en una sociedad. De hecho, Menem lo cambió. Esta sociedad resignó una serie de valores de justicia y moral muy rápidamente con Menem. Lo que impacta es de qué modo alguien que está en la primera línea del Estado, puede torcer una temperatura social. Lejos de mí está decir que puede torcer realmente la historia.
-Pero lo que fácil viene, fácil se va...
-Depende de lo que se construya por abajo. Es cierto que, por ejemplo, el caso de Italia muestra la velocidad que alcanza la inestabilidad y el cambio de humor político: se vota a Berlusconi, se lo saca, se lo vuelve a poner, y otra vez y otra más en un lapso verdaderamente corto. Pero lo que quiero subrayar es la importancia que tienen ciertos protagonistas. Y que las sociedades cambian su tono y sus deseos muchas veces, según que ese protagonista haga una especie de revolución reaccionaria como fue la de Menem, o que dé signos de un sentido progresista del desarrollo, como es el caso de Kirchner. Cuán rápido la sociedad puede cambiar nuevamente de temperamento depende de cuán estable sea la construcción política.
-Kirchner representa la demanda social que llevó al poder a la Alianza, pero dentro del peronismo. Ese proyecto fracasó aliado a la UCR, pero está provisoriamente triunfando dentro del PJ. ¿Las ideas de la Alianza se mudaron de nave?
-Seguramente, en la composición tanto del 22 por ciento de Kirchner como de la opinión pública actual, se podrían encontrar sectores sociales con deseos de limpieza moral de la República representados hoy en el actual gobierno. Sí, lo que fue una avenida principal del voto de la Alianza podría verse representado en Kirchner. De todas maneras, habría que poner notas al pie de página. Porque las fuerzas que componían la Alianza tenían una plaza fuerte e inexpugnable que era la ciudad de Buenos Aires. Y en estas últimas elecciones, la ciudad se pronunció por López Murphy, si bien Carrió hizo una buena elección. Desde fines de los 80, empezamos a percibir que el voto y las simpatías políticas se desplazan con mucha rapidez. Dicho todo esto, uno podría afirmar que ciertas líneas madres que la Alianza llevó y no cumplió, como pueden ser la moralización de la esfera pública y de la Justicia, aparecen dibujadas en los primeros gestos de Kirchner.
-¿Kirchner es un Chacho Alvarez que no sacó los pies del plato?
-Temperamentalmente, son dos políticos con una enorme diferencia. Los separa la fuerte vocación de uno por la política como decisión ejecutiva (Kirchner), y la fortísima vocación de Alvarez por generar estrategias que otros llevarán a cabo.
-Alvarez era sólo un teórico...
-Más bien un gran analista político. Si Kirchner se empeñó en seguir siendo gobernador de Santa Cruz hasta donde pudiera, incluso modificando la constitución provincial, Alvarez en cambio buscó la posibilidad de eludir, cada vez que pudo, ocupar un cargo. Por otra parte, creo que Alvarez hace una ruptura muy decidida con los elementos culturales del peronismo. Escribe ya a comienzos de los 90 una nota en la cual dice: "Las banderas del 17 de octubre ya no alcanzan hoy para una política progresista". Y hace una especie de conversión muy fuerte a un republicanismo constitucionalista de centro-izquierda. Alvarez ya a mediados de los 90 ha dejado de ser culturalmente peronista. Mientras que la base cultural populista-peronista está más presente en el perfil de Kirchner.
-¿Se puede gobernar la Argentina sin el peronismo?
-Está quedando de manifiesto que el único conglomerado político que puede gobernar la Argentina es el peronismo. Al parecer los únicos que pueden establecer gobierno, en el sentido de hacer que sus programas tengan alguna aproximación con sus prácticas políticas, son los peronistas. Menem hace una revolución conservadora profundísima en la Argentina; es el país horrible, a mi juicio, que hemos heredado. Duhalde, cuando tenía todas las oportunidades en contra y cuando casi nadie creía en él, logra establecer gobierno durante casi dos años. Sobre Kirchner todavía no podemos pronunciarnos, pero lo que parece quedar claro es que la única suma de voluntades y aparatos políticos de muy diversa naturaleza que puede establecer gobierno en la Argentina está -por el momento- sólo en el peronismo.
-¿Habría entonces un revival de lo que fue el "entrismo" en la década del 70? Es decir, que cualquiera que quiera hacer praxis política concreta, siendo socialdemócrata, socialcristiano o liberal, ¿debería meterse dentro del peronismo para llevarla a cabo?
-Habría que ver qué fue ese fenómeno del "entrismo" en los 70 para hacer la comparación. Le recuerdo que esa táctica estaba basada en la sensación de que el peronismo podía ser cambiado desde adentro si se alteraban las relaciones de fuerza. Y esto es lo que de hecho trató de hacer Montoneros entre 1970 y 1973.
-¿Pero no hubo de algún modo "entrismo" neoliberal en la década del 90?
-Era un "entrismo" de carácter oportunista. Digo oportunista en un sentido descriptivo. Se va allí donde hay poder, donde se pueden ejercer ciertas prácticas y donde se accede a los aparatos que son los que pueden modificar ciertas cosas. No es de la misma naturaleza que el "entrismo" de los 70, que tenía una fortísima carga ideológica.
-Fíjese en el caso de Mauricio Macri. Lo primero que piensa es: "Voy a ir con mi propio partido". Luego piensa que metiéndose dentro del peronismo puede tener alguna chance más. Lo que está mostrando Macri es una tendencia: "el peronismo es el gran sistema que puede gobernar, entonces ¿para qué vamos a hacer política fuera de ese gran sistema? Probemos adentro" .
-Me parece que Macri no prueba exactamente eso. Macri está disputando en una plaza donde el peronismo está desdibujado. Primero era una nave de los locos donde estaban todos peleados con todos. Tuvo que ser intervenido varias veces. Y luego se dividió porque perdió un pedazo importante con el Frente Grande y porque muchos dirigentes se abstuvieron de la maquinaria que manejaba Toma. Entonces Macri no está haciendo ningún "entrismo" en el peronismo. Más bien está tratando de reunir bajo su paraguas los requechos de los partidos. Y estos requechos son pequeñas maquinarias políticas que, le guste a uno o no, parece que todavía sirven para hacer política. El peronismo porteño sufrió mucho y quizá eso explique algunos de los votos de López Murphy en las últimas elecciones.
-¿Y por qué piensa usted que la Capital votó a López Murphy? ¿Qué piensa de aquellos que lo ven como alguien que puede encarnar una socialdemocracia?
-Para recurrir a una fórmula que (Juan José) Sebreli usó para hablar del peronismo, ése es "un deseo imaginario". (Risas) Hay un deseo desde hace varias décadas de que la Argentina se parezca a países europeos que tienen un partido socialdemócrata. Y ese deseo es atribuido a aquel candidato que parezca vacante de otros rasgos y que no expulse esa posibilidad. Pero creo que en el caso de López Murphy es un deseo imaginario. ¿Qué significaría un partido socialdemócrata en la Argentina? Sin duda, un partido que gobierna con equidad, y una fuerza extremadamente sensible a la cuestión de los derechos humanos y las garantías. Ahora, lo primero que dice López Murphy cuando Zaffaroni aparece candidateado es que "no es momento para ultragarantistas" o "no es momento para demasiado garantismo". La palabra "ultragarantistas" es, en sí misma, una especie de contradicción: se es garantista o no se es. Y las garantías tienen un carácter expansivo universal. Entonces, me parece que con mucha legitimidad algunos grupos -sobre todo de la pequeña burguesía- trataron de encontrar un nuevo espacio político depositario de ese deseo de que la Argentina tenga por fin un partido socialdemócrata normalizado que haga una buena gestión del capitalismo, pero de un capitalismo con equidad. Y se lo puso al discurso de López Murphy, así como antes se lo puso al Frepaso. Creo que, en el caso de López Murphy, fue una equivocación.
-Volviendo un poco a Kirchner, sígame contando sus primeras impresiones...
-Me gustaron sus primeras medidas. Estamos sorprendidos por esta aceleración que le imprime a la cosa pública, y por la acumulación de gestos que, es cierto, tienen mucho de simbólico. Pero la Argentina los estaba necesitando: su convocatoria a los organismos de derechos humanos y a distintas personalidades de la franja progresista... Me parece que la Argentina necesitaba refrendar una vez más el compromiso del Nunca Más. Era indispensable. Algunas figuras importantes en el compromiso del Nunca Más habían pasado por un momento de oscurecimiento, como es el caso de Balza, y por tanto me parece muy bien que Kirchner haya hecho esos primeros gestos. Sacar un ministro de la Corte cuestionado universalmente con enorme rapidez, y estar en el trámite de sacar un segundo ministro con la misma celeridad, marca además cierta habilidad política. Su alineamiento muy claro en lo que puede ser la avenida socialdemócrata también puede ser tomado como un gran acontecimiento.
-¿Y eso no será también "un deseo imaginario"? ¿Kirchner representaría una especie de socialdemocracia argentina?
-No, todavía no puedo ver una medida de carácter estructural y económico que me confirme esa presunción. Estaría engañándome a mí misma si dijera eso. Una socialdemocracia en la Argentina tiene que ver con una gestión más justa del capitalismo, y no digo que esas medidas no puedan aparecer. Lo que digo es que no han aparecido hasta el momento. Garantizar que no va a haber un aumento de tarifas no me parece que sea suficiente para poner a nadie en línea con una gestión más justa del capitalismo. Sobre todo, porque ése es el problema fundamental de la Argentina de hoy y de los próximos 50 años. En este punto yo quisiera disipar todo optimismo sobre la cuestión. Es probable que la Argentina haya superado una crisis, pero lo que ha quedado no es de carácter coyuntural.
-¿Cómo se crea un capitalismo activo que dé trabajo?
-No soy economista, entonces no puedo decir cuáles son las medidas económicas que se deben tomar. Creo sí que tiene que ponerse en marcha una reforma ideológica y cultural, para la cual hay que acumular una enorme cantidad de poder político. El capitalismo argentino es salvaje: colonizó el Estado mientras pudo, luego enfrentó al Estado y lo compró de la manera más barata y con los contratos más convenientes a sus intereses. Es un capitalismo que no está habituado a pagar impuestos.
-¿Y cómo debería un gobierno progresista tratar con el establishment?
-Hay que escucharlos y hay que recibirlos. Yo no confío en ninguna relación de provocación. Creo que las relaciones de provocación son las relaciones que provocan menos cambios finalmente. Pero creo sí en las relaciones de fuerza, de firmeza y de acumulación de poder político.
-¿Qué piensa de la relación que el gobierno estableció con Estados Unidos?
-De la reunión Kirchner-Bush, y más allá del folklore, quedaron en pie dos puntos que hacen que la Argentina no vuelva a ser un Estado paria: la lucha contra el narcotráfico y la colaboración argentina en toda misión humanitaria en lugares donde haya habido conflicto bajo el paraguas de las Naciones Unidas. Se estableció claramente que no se puede ser aislacionista en ninguno de los dos tópicos. En ese punto, Kirchner, impecable.
-¿Y qué opina respecto del concepto de extraterritorialidad para juzgar a los militares?
-Mi posición es muy minoritaria. Si los militares no pueden ser juzgados en la Argentina y hay jueces que los reclaman en otros lugares del mundo, me parece perfecto que los juzguen. Tengo la perspectiva de que vamos hacia un nuevo tipo de derecho internacional...
-¿No siente que puede ser peligroso? ¿Que luego cuando quieran juzgar otras cosas, los países más poderosos tendrán jurisprudencia que los respalde?
-No estamos hablando si la Argentina deja de pagar una cuota al FMI ni si le secuestran un avión en Singapur. Estamos hablando de delitos de lesa humanidad, que las naciones han colocado en un lugar diferente. Los han colocado aparte del resto de los delitos.
-¿Conoce a Zaffaroni?
--Nos conocimos en el Frepaso. Y conozco sus opiniones. Es una elección muy buena, incluso para el debate jurídico. Quisiera recordar que se está proponiendo para que sea nombrado un miembro de la Corte Suprema, y no un director de institutos penales. No pueden ser juzgados los antecedentes, ni las ideas, ni las posiciones de un futuro eventual miembro de la Corte como si estuviéramos buscando al director de institutos penales o de una cárcel de máxima seguridad. Me parece que los argumentos han confundido permanentemente esto. Es una opinión en un tribunal configurado por nueve jueces...
-¿No se ató demasiado Kirchner a la opinión pública?
-¿Su pregunta presupone que había una opinión pública que colocaba o que no colocaba a los derechos humanos y la limpieza de la Justicia como temas de su agenda? Si no estaba en las primeras páginas de la agenda pero recibió una fuerte aprobación y consolidó el nivel de popularidad de Kirchner, quiere decir que un dirigente político cambia la opinión pública. Y la cambia, en un sentido positivo. La resensibiliza a ciertas cuestiones que la crisis había mandado a un segundo plano. Lo que marca en cualquiera de los dos casos, ya sea que la opinión pública haya sido producida por los hechos de Kirchner o que Kirchner reconociera qué le estaba pidiendo la opinión pública, es la puesta en primera línea de un tema que para la Argentina es fundamental. Lo mejor de la transición en la Argentina es el perfil que se pudo articular sobre los derechos humanos. Esto es lo que hizo que la Argentina dejara de ser un país paria como fue durante toda la dictadura militar, cuando los presidentes de facto no podían pisar un país europeo. Y no olvidemos el compromiso que se ha tomado de investigar el atentado a la AMIA. Eso también nos colocó, durante la época de Menem, en el lugar de un país paria, donde podía pasar cualquier cosa y donde se juntaban 140.000 páginas en un expediente, y ni el juez ni todo el gobierno argentino podían hacer nada para encontrar las pistas. Llegábamos a un cabo de la policía y ahí se cortaba la línea de investigación. El compromiso que ahora asumió la Argentina de investigar ese atentado es importante. Y no solamente por la deuda que tenemos con la comunidad judía, que es indudable, sino que también es importante para que la Argentina vuelva a ser un país respetable en el mundo. Yo no estoy tan convencida de que lo sea; en los últimos 30 años se hicieron varias cosas para sacarnos de cualquier zona de respetabilidad. Los desaparecidos, la invasión a las islas Malvinas, la corrupción de la década menemista...
-Con el caso Scioli se vio que el Presidente se maneja con excesivo celo en el poder y que le molestan profundamente las discrepancias. ¿Eso no le parece un peligro?
-Así llegó Kirchner a la Presidencia. Cuando no se tiene la hegemonía del partido, cuando se es el candidato del "peor es nada" para Duhalde, cuando se carece del aparato que lo va a llevar como presidente de la República, se plantea lo inevitable: Kirchner tuvo que elegir entre unos pocos. Y eligió a Scioli. La diferencia ideológica existe; Scioli es cultural e ideológicamente afín al menemismo... No digo moralmente. Y algunos gestos de ambos lados también existieron y no han sido inventados por la prensa. Pero yo pienso que se está insistiendo en el problema porque en los últimos tres meses la prensa no ha tenido un conflicto con el cual alimentarse. Con una sociedad que está en romance con su presidente, las tapas de los diarios pueden llegar a ser mortalmente aburridas, excepto que Al-Qaeda haga algo. Esta prensa ha sido animal de conflictos, se ha alimentado de ellos en los últimos años y ha estado acostumbrada a una dieta muy sustanciosa.
-Hay muchos conflictos porque Kirchner los genera. Una de las cosas que hace es precisamente generar enemigos...
-No habla de la personalidad de Kirchner el haber elegido al menemismo como contendiente porque eso era inevitable. Sí puede hablar de su personalidad cierta vocación por el conflicto menor localizado. Se puede tener la opinión que se tenga sobre el campo. Se puede incluso no ir a la inauguración de la exposición de la Sociedad Rural. Pero entonces no se va a la semana siguiente. Me parece que eso es una falla de estrategia.
-¿No se arregla con llamarlo y solucionar con el vicepresidente esas cosas menores? ¿Hay que echar a todos los funcionarios en una represalia pública? ¿No parece una medida demasiado violenta?
-No es algo que vaya con el estilo político que yo desearía. Yo desearía enfrentamientos muy fuertes con aquellos sectores que realmente tienen que ser reconducidos y puestos en caja, y desearía gran capacidad de diálogo y discusión política con el resto.
Por Jorge Fernández Díaz
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/03/08/23/dp_521555.asp
Por Juan Gelman
La ocupación militar de Iraq ha traído disgustos varios. A los iraquíes, en primer lugar: crece un resentimiento que llegó a la furia cuando el miércoles 13 de agosto un helicóptero yanqui volteó una bandera del Islam en el barrio Sadr de Bagdad. La protesta de los vecinos se saldó con un muerto y cuatro heridos iraquíes por fuego real. Unos 5 mil fieles rezaron al aire libre ante el agravio y corearon “Islam, sí, Estados Unidos, no”. Eran chiítas, la mayoría musulmana más oprimida por el sunita Saddam Hussein, cuyo odio por el autócrata derrocado pensaban capitalizar los invasores. El diario israelí Ha’aretz registra en su edición del 17-8-03 las humillaciones, groserías y ofensas que tropas absolutamente ignorantes de la cultura del país propinan a su población: efectivos que patrullan las calles y apuntan con el rifle a los transeúntes, mujeres palpadas de manera insultante por soldados hombres, varones iraquíes revisados por soldados mujeres delante de otros iraquíes. Los allanamientos de mezquitas y la detención de líderes religiosos ofenden y violentan mores y costumbres de los invadidos.
Los ocupantes se sienten a disgusto. El soldado de primera clase Isaac Kindblade lo expresó sin ambages en una carta que The Oregonian publicó el 5 de agosto. Kindblade tiene 20 años, pertenece a la 671ª compañía del cuerpo de ingenieros, se encuentra en Iraq desde el 14 de febrero y explica así las causas de la baja moral de las ropas: “Hace calor, estamos aquí desde hace mucho, es peligroso, no hemos tenido un verdadero descanso en meses y no sabemos cuándo volveremos a casa. Creo que un aspecto principal de la cuestión es la gente de aquí. Al terminar la guerra éramos los libertadores y todos nos querían. El paso de los efectivos era como un desfile. En algún punto del camino nos convertimos a sus ojos en fuerzas de ocupación. Ya no nos sentimos héroes”. El teniente general Ricardo Sánchez, jefe de las tropas invasoras, dice que los mandos están haciendo lo posible para mejorar la calidad de vida de sus hombres –un par de días de descanso en algún lugar de Iraq o en Qatar con comidas calientes, TV, Internet y espacios de aire acondicionado–, pero eso no basta al parecer. Ni detiene los ataques guerrilleros.
En Estados Unidos hay disgusto. Bush hijo irritó a familiares de las tropas enviadas a Iraq con su jactanciosa frase de cowboy sobre las bajas diarias que padecen: “Que me los traigan”, dijo de los atacantes iraquíes. “Que los traigan a casa ya”, dice de esas tropas el lema de la campaña lanzada por Familias de Militares Hablen Claro, Veteranos por la Paz y otros grupos estadounidenses convencidos de que Hussein no representaba una amenaza inminente, que no tenía armas de destrucción masiva ni vínculos con Al-Qaida, en una palabra, que Bush hijo engañó al pueblo norteamericano y la guerra no tenía justificación. Familiares de Militares recibe centenares de cartas de tenor parecido al de ésta: “Mi yerno está en Iraq desde marzo y le ordenaron permanecer hasta julio de 2004. Su compañía tuvo dos días de vacaciones en Qatar. El presidente Bush se tomó un mes de vacaciones en su rancho de Crawford, Texas. Que manden a todos los soldados al rancho del presidente Bush y al presidente Bush a Iraq”.
Para el sargento mayor (R) Stan Goff –26 años de servicio en las fuerzas especiales– la invasión fue decidida por “hombres ricos, que visten trajes muy caros y que manejan las cuestiones de gobierno como gangsters” (AFP, 16-8-03). No difiere mucho de esta opinión el veterano de la guerra mundial II Jimmie Atchinson, 80 años, que regresó inválido del frente y ahora teme que su hija, en Iraq desde hace meses, nunca vuelva: afirma que “la guerra es por petróleo” y que la conduce un presidente “belicista” (San Francisco Chronicle, 18-8-03).
No le falta razón. Bush insiste en acumular aún más armas biológicas (véase Página/12, 2-2-03) y nucleares (Página/12, 6-7-03). La empresa Raytheon Missile Systems de Arizona acaba de ser favorecida con uncontrato por valor de 881,4 millones de dólares para fabricar misiles destinados a la marina de guerra. Es una producción contemplada en el proyecto del Pentágono dirigido a ampliar su dispositivo antimisilístico en los mares. Que esto viole el Tratado sobre la no proliferación de las armas nucleares de las Naciones Unidas no desvela a Washington, siempre tan atento a que no ocurra lo mismo en el resto del mundo. Tampoco le quitan sueño declaraciones como las del general (R) Wesley Clark, que fue comandante en jefe de las tropas de la OTAN en 1999 durante el conflicto de Kosovo. Dijo a la CNN (17-8-03): “Fuimos a la guerra (contra Iraq) como quien va a comprar un lavarropas”. Es notorio que estas máquinas, antes o después, se descomponen.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-24374-2003-08-21.html
LA NACION comienza hoy una serie de periódicas entrevistas con reconocidos intelectuales argentinos, para reflexionar sobre el momento que vive el país. En este caso el diálogo es con el pensador y ensayista Juan José Sebreli
Es el ensayista que más libros vende en la Argentina. Y un pensador original y revulsivo, que viene de la izquierda y que ahora apoya posiciones evidentemente liberales. Conmocionó a los ambientes intelectuales al apoyar a Ricardo López Murphy como expresión de una verdadera socialdemocracia argentina, y está acostumbrado a recibir críticas feroces desde distintos sectores.
Juan José Sebreli se mantuvo en silencio durante los primeros noventa días de la gestión de Néstor Kirchner. Aceptó compartir con LA NACION sus primeras impresiones acerca de este momento que vive el país, donde todo está por entenderse.
"Lo que caracteriza a la situación actual es su total indefinición. Estamos en un momento de transición y hay una indefinición ideológica y política, que no es patrimonio exclusivo de la Argentina, sino del mundo entero. Pero en la Argentina ese fenómeno está muchísimo más acentuado: Kirchner es la indefinición. Por eso yo no me he manifestado en todos estos días, y en realidad me parece un poco apresurada esta entrevista. Habría que esperar hasta después de las elecciones, en diciembre, que será cuando supongo que empezará a gobernar concretamente. Hasta ahora lo que se ha hecho son gestos más queactos", afirma.
-Es extraño que a un hombre como usted, acostumbrado a catalogar las ideas políticas, Kirchner le resulte...
-Un enigma. Me resulta un verdadero enigma. Y esa misma incertidumbre la sienten adversarios y partidarios. El Presidente es un caso realmente muy original. Era, hasta hace muy pocos meses, un hombre casi desconocido. Viene de una provincia ignota, muy rica, pero prácticamente sin población. Tenía el 8 por ciento de electores propios, y sumó un 22 por ciento con lo prestado por Eduardo Duhalde. Pierde las elecciones y termina gobernando el país con ese handicap enorme. Ya eso es una paradoja. A la cual se suma otra: de pronto consigue un 70 por ciento de virtuales adeptos, según dicen las encuestas, y se dedica entonces a cuidar esa nueva popularidad. Lo que se llama la "opinión pública", lo cual es algo perfectamente explicable. Como en la opinión pública un papel muy importante lo juega la clase media -y los medios, que a su vez se dirigen a la clase media-, él se basa para administrar en valores de tipo simbólico. Que son los que más atraen a la clase media.
-El gobierno de los gestos...
-Sí, le explico. Tanto el empresariado como los trabajadores se basan fundamentalmente en valores materiales, porque son dos clases que están en contacto directo con la producción. Y la clase media se ocupa de actividades de tipo simbólico: abogados, docentes, psicólogos y mil profesiones nuevas y sofisticadas que no tienen que ver directamente con la producción. Entonces las de Kirchner son medidas dirigidas a este tipo de valores, como la corrupción, que es el tema casi obsesivo de esta clase media y que no le importa tanto a la clase obrera, preocupada más por otras temáticas, como la desocupación, el bajo salario o la marginación. Y ni digamos a la clase alta. Y además, Kirchner presenta cierto sesgo en lo político dirigido hacia un populismo... Frente a los dos modelos que se le presentarían a Kirchner, el de Lula-Lagos o el de Chávez-Fidel, parecería que en un principio hubo un acercamiento hacia este último. Pero en eso está la gran incertidumbre de sus partidarios, sobre todo del ala más radicalizada, y también de sus adversarios. Porque a los partidarios hay cosas que no les agradan demasiado. Por ejemplo, la visita a Bush. Yo he oído a periodistas que eran grandes admiradores de Lula y que ya hoy empiezan a hablar de su traición. Y se empiezan a plantear si Kirchner no será un nuevo Lula, si no "traicionará" y hará un giro hacia otras posiciones cercanas a Estados Unidos. Desde el punto de vista de los adversarios, también se plantea la incertidumbre. Se preguntan si estos desplantes de Kirchner frente a los empresarios extranjeros y nacionales o esos actos de simpatía hacia Castro y Chávez no serán simplemente una táctica para mantener ese caudal de opinión pública favorable, y si después de las elecciones no empezará la política real, lo que hasta ahora se ha pospuesto: la renegociación de la deuda, la reforma del Estado, la coparticipación federal, que son los asuntos insoslayables sin cuya solución no hay ningún tipo de mejoramiento de los temas que se hablan siempre, que son la salud, la educación, la seguridad y la equidad. Sin la solución de la crisis económica, los demás temas son mera retórica vacía.
-El Gobierno parece decir: primero hay que arreglar las instituciones. Dando seguridad jurídica y credibilidad institucional, lo demás vendrá solo: acuerdo con el Fondo, coparticipación, inversiones...
-Es un poco como el asunto de qué es primero: ¿el huevo o la gallina? Yo creo que ambas cosas son simultáneas, interactúan entre sí. La purificación del Poder Judicial era fundamental, eso es indudable. O la renovación del PAMI, que era un foco de corrupción. Todo el mundo debe estar de acuerdo.
-Admite que fue un avance...
-Sí. Nadie puede defender a Nazareno. Aunque se puede criticar alguna metodología. Un aspecto de Kirchner que yo temo es el personalismo, la vocación de liderazgo carismático, negativo para un país que quiere democratizarse. Es algo que se nota, por ejemplo, en el uso de la cadena oficial. Algo que no se veía desde hacía mucho tiempo. Desde las dictaduras no se escuchaba eso: tomar la cadena para presionar sobre el Poder Legislativo en contra del Poder Judicial. Desde el punto de vista democrático, si lo que se quería era estabilizar las instituciones, ése fue un mal método. El fin podría ser la estabilización de las instituciones, pero el método fue totalmente desestabilizador. La metodología contradecía el fin. Además, hay otros aspectos que fueron muy desagradables...
-¿Por ejemplo?
-Esa propaganda a doble página, en todos los diarios, que salió cuando se cumplió el mes del gobierno de Kirchner, con la foto del Presidente en todas partes, abrazándose con todo el mundo. Esa fue una imagen ya no de liderazgo carismático y personalista, fue una propaganda de tipo totalitario. Desde Perón que no se hacía. Ni Menem hizo eso durante su gobierno. Esa doble página de publicidad oficial me pareció un serio síntoma de ir hacia un régimen de tipo autoritario. Espero que haya sido simplemente una equivocación.
-Volvamos un poco a la alianza del gobierno con la opinión pública.
-La opinión pública es el poder más débil que hay, lo más volátil que existe: la opinión pública cambia en 24 horas. Al primer desliz que cometa Kirchner, el 70 por ciento de opinión favorable puede pasar al 40 o al 30 por ciento. Le pasó a De la Rúa, le pasó a Menem, le pasa a todo el mundo. °Le pasó a Cavallo! No nos olvidemos de que Cavallo era el top y de pronto se convirtió en Satán. Basarse exclusivamente en la opinión pública es un error. Aparte de que no es de ninguna manera la misión de un gobernante seguir la volátil opinión pública, sino conducirla, dirigirla, inspirarla. El político no debe apartarse obviamente de la sociedad civil. Pero debe estar al frente de la sociedad civil y no a la cola, a la zaga, que es lo que ha hecho a partir de la manía de las encuestas la mayor parte de los políticos. Simplemente hacen lo que las encuestas demandan, y las encuestas cambian de un día para otro. Además de esa fuerza, que es la más débil que existe, ¿qué otra fuerza tiene Kirchner? Ninguna. Ya todo el mundo está esperando la ruptura entre Duhalde y Kirchner.
-Lo noto un poco pesimista sobre esa relación, que hasta ahora ha sido buena...
-Duhalde no se va a resignar a un papel secundario. Es un mal estadista, pero es un habilísimo político. Indudablemente va a reclamar su lugar no bien Kirchner cometa su primer traspié. E incluso dentro del Gobierno la interna ya se está dando: entre Lavagna, que sería la posición más realista, y otros miembros del Gobierno más "idealistas", por darles un término. Ya se ve una seria divergencia entre nada menos que el vicepresidente y otra parte del Gobierno. Ni siquiera parece que puedan aguantar hasta las elecciones.
-Usted fue perseguido en las dictaduras, vivió exilios interiores. ¿Qué siente cuando ve que comienzan de nuevo a cuestionarse las leyes de perdón, cuando Garzón pide la extradición de los represores, cuando ve en los diarios la foto de Videla, y las de Perdía y Vaca Narvaja?
-Es muy complejo. Ante todo, mi posición es la relativización de las soberanías nacionales. Yo estoy totalmente en favor de la Corte Penal Internacional. El caso de Garzón es distinto, porque no es la CPI sino un juez de un país. Un país que ni siquiera juzgó a su propia dictadura. Por otro lado, creo que en un momento tan conflictivo y con tantos problemas, no era demasiado oportuno traer otro problema más. Ahora la posición del Ejército es mucho más débil: se podrían hacer juicios nacionales para evitar que los haga otro país... Igualmente, todo esto es discutible. Aunque confieso que a mí no me desvela el tema.
-¿Conoce a Eugenio Zaffaroni?
-Personalmente, no. Pero lo he escuchado porque está muy en el candelero. Dadas sus dotes intelectuales tan elevadas, yo creía que esclarecería todo este panorama tan oscuro con una posición muy neta. Y he notado que Zaffaroni también entra en la indefinición. Como que agregaría nuevas incertidumbres. Yo lo escucho a Zaffaroni y me parece una persona muy simpática, en sus actitudes y en su persona. Por supuesto, si lo comparamos con los jueces como Nazareno... desde ya que es casi incomparable. Pero, por ejemplo, lo escuché en un programa de cable dirigido a un público más liberal y le preguntaban cuál era su posición ideológica. Y Zaffaroni sin titubear se definía: "Yo soy un liberal". Y aclaraba que existe un derecho liberal y un derecho autoritario, y que el derecho liberal sería la defensa de individuos contra el Estado, que es la definición del liberalismo clásico inglés del siglo XVIII. Después leo entrevistas en diarios dirigidos a un público más masivo, y le preguntan cómo se define ideológicamente, y él dice: "Soy peronista. Lo he sido siempre y lo sigo siendo". Pero además, si uno lee algunos de sus escritos, uno vislumbra que sus posiciones sobre derecho y demás están basadas filosóficamente en las teorías de Michel Foucault, de Gilles Deleuze, de Jean Baudrillard. Pero fundamentalmente de Foucault, sobre todo de su libro "Vigilar y castigar". Ahora bien, yo me pregunto: ¿cómo se pueden conciliar el liberalismo, el peronismo y el foucaltismo? Son tres posiciones totalmente incompatibles entre sí. Puede ser que Zaffaroni, con su gran talento, haya encontrado una síntesis entre esas tres posiciones. Para lo cual, debería escribir por lo menos un libro. (Risas.) Esa confusión ha creado este gran debate en el que posiciones de derecha lo atacan junto con posiciones muy democráticas. El otro día, por ejemplo, salió una declaración de ADEPA en la que le critican una teoría que sostiene en uno de sus libros. La teoría de que los medios inventan la realidad, una idea de Baudrillard y de todos esos autores franceses de moda que él frecuenta. Y que está muy lejos del populismo peronista y del liberalismo inglés. Completamente lejos.
-Ahora, uno tiene la impresión de que el autor de "Buenos Aires, vida cotidiana y alienación" coincidiría con las posiciones garantistas de Zaffaroni...
-Los liberales ingleses son los creadores de las garantías, desde ya. Las garantías tienen que existir. En eso no hay vuelta de hoja.
-Es decir que, entre las posiciones de dureza y garantismo, usted aún hoy se sigue considerando un garantista...
-Desde luego. Eso no significa de ninguna manera que no haya que aplicar las leyes, que no se aplican. No hace falta hablar de mano dura. Lo que hace falta es aplicar leyes que no se aplican.
-Usted viene de ciertas corrientes del marxismo y hoy aparece como un pensador liberal. ¿Es así o no?
-Relativamente. Acá habría que entrar en una discusión sobre qué es la izquierda. El marxismo hoy desde el punto de vista político no existe. Marx sigue siendo uno de los grandes pensadores de la humanidad. Insoslayable. Como Aristóteles, Platón, Kant, Hegel... a esa altura está Marx. No se puede negar. Ahora, del mismo modo en que uno sigue admirando a Aristóteles pero no se puede ser aristotélico en el siglo XXI, o uno sigue admirando y aprendiendo de Kant pero no se puede ser kantiano en el siglo XXI, no se puede ser marxista. Pero Marx sigue siendo un verdadero maestro de pensamiento.
-Bueno, luego están los trotskistas.
-Ah, sí. Están esos grupúsculos que están compuestos por estudiantes y profesores de la Facultad de Humanidades, nada más. Es un grupo que publica revistas muy herméticas que nunca va a leer un obrero o un proletario. Y después queda la socialdemocracia, que es simplemente la izquierda del capitalismo. Es un liberalismo de izquierda. Yo no descarto de ninguna manera que el capitalismo en un largo plazo pueda ser superado, pero hoy por hoy, y mientras siga existiendo, la alternativa que queda es la socialdemócrata, tal como se da en Europa.
-¿Y en la Argentina?
-En la Argentina todavía estamos muy atrasados. Lo que se entiende aquí por izquierda, y la gente que se considera socialdemócrata, en realidad son populistas. Son populistas de izquierda, que es algo que ya no queda casi en el mundo. La clase política brasileña es mucho más avanzada que la argentina. Por eso dio un liberalismo democrático como el de Cardoso y ahora está dando una izquierda democrática y moderna como la de Lula, que acá no se ha dado. Porque Menem no era Cardoso y Kirchner... no sé si va a ser Lula. Es inconcebible en Brasil que se siga hablando de Vargas, que Lula se considere el continuador de Vargas, que es el Perón brasileño. Es más, es el inspirador de Perón. Nadie se acuerda hoy de Vargas en Brasil. Y aquí Perón y Evita siguen siendo algo de actualidad. Eso revela la inmadurez. Podemos estar de acuerdo con que el gobierno del 45 fue una maravilla. Pero eran un país y un mundo que ya no existen más. No tienen nada que ver; es como hablar de Rivadavia. Se puede hacer un juicio histórico, favorable o desfavorable. Pero tomarlos como entidades actuales revela una inmadurez y un anacronismo total.
-Pero, Sebreli, el laborismo, el PSOE y el PT son grandes partidos socialistas con gran protagonismo del proletariado. Acá el proletariado es peronista...
-Ese es el problema: la supervivencia del populismo. Ese es el problema fundamental.
-¿Entonces no está de acuerdo con quienes dicen que la socialdemocracia -o el liberalismo- tiene que llevarse a cabo desde adentro del peronismo porque de otro modo no sería viable? ¿No cree que es como en la década del 70, cuando se decía que la revolución había que hacerla desde el peronismo porque ahí estaba el proletariado? ¿No hay una especie de revival hoy después de la caída de la Alianza y del fracaso de la UCR como partido de poder?
-Pero eso ha cambiado también mucho. El papel de los sindicatos hoy no es tan importante -y cada vez lo va a ser menos- como en la época del peronismo. La clase obrera manual, la representada típicamente por los sindicatos, es una clase en declinación. La automatización y la robotización destinan a la clase obrera a la desaparición. Y lo que queda de los pobres está totalmente fragmentado. No es posible encontrar una unidad monolítica como la que se encontró en la CGT ya desde antes del peronismo. Hoy hay contradicciones entre los que tienen trabajo y los desocupados. Hay contradicciones entre las distintas ramas: entre el trabajador especializado, que es el único que tiene porvenir, y el trabajador no especializado, que carece de futuro. Hay contradicciones enormes. No hay ninguna forma de establecer una unidad. Es muy distinta la situación. Además, ¿cuál es el peronismo? ¿Duhalde? ¿Kirchner? ¿Menem? ¿Rodríguez Saá? Antes era uno. Era Perón.
-¿No será que el peronismo ejerce su rol de herramienta y que está encarnando las distintas tendencias de la sociedad: hacia el neoliberalismo, hacia la socialdemocracia, hacia otros proyectos?
-Eso es lo que piensan los kirchnerianos, que pretenden hacer el posperonismo. Mire, Menem destruyó todo lo que pudo el peronismo, cosa que a mí me pareció muy positiva. Y yo lo dije: el peronismo podía ser destruido solamente desde adentro. El lo hizo para convertirlo en un partido conservador. Y ahora Kirchner parecería que quiere crear un posperonismo tirando hacia una socialdemocracia.
-Borges decía que se había afiliado al Partido Conservador para evitar todo fanatismo y porque un caballero sólo adscribe a causas perdidas. ¿A usted le pasó lo mismo con Recrear?
-Yo no me he afiliado al partido ni me afiliaría jamás. Porque yo considero que un intelectual no debe militar en un partido: eso le coarta su libertad de crítica. El político está obligado a ser maniqueo y el intelectual es el hombre de los matices, de la contradicción. Es decir, son incompatibles. Yo apoyé la figura de Ricardo López Murphy. Primero porque las otras no me ofrecían ninguna garantía. Y después porque leí declaraciones suyas y su libro "Razón o demagogia", donde sostiene posiciones bastante similares a las mías. Y vi que había una expectativa de una confluencia, un punto de inflexión, una bisagra, entre una centroderecha democrática y moderna y una centroizquierda democrática y moderna. Hasta que surja lo que debe surgir, que es un conservadorismo democrático y una socialdemocracia a la europea -que es lo que existe en los países avanzados y civilizados-, entre tanto esto podría ser viable, pensé.
-Entonces López Murphy le pide que presente el libro en el Malba.
-Sí, fue un acto multitudinario y yo ahí planteo esta posición. Tuvo una gran repercusión. A partir del acto del Malba empezó a subir la imagen de López Murphy, a tal punto que se llegó a hablar en un momento dado de la posibilidad de llegar a la segunda vuelta. Esta posición después fue también adoptada por lo que se llamó el grupo de intelectuales, que éramos muy pocos pero que llamábamos la atención porque los demás partidos no tenían un grupo así. Estábamos Santiago Kovadloff, Marcos Aguinis, María Sáenz Quesada. Pero claro, del otro lado, dentro del partido, había un grupo muy conservador, sobre todo en el plano económico. Y entre ambas posiciones no había demasiada conciliación. López Murphy era una figura muy flexible y seguramente simpatizaba mucho con la posición del grupo de los intelectuales, pero al mismo tiempo no podía desprenderse demasiado de los otros. Yo creo que el grupo de derecha fue lo que le impidió llegar al ballottage. Si el grupo de los intelectuales le permitió aumentar enormemente su prestigio, el límite se lo puso el grupo de derecha. Porque no pudo desprenderse nunca de esa etiqueta del "partido de derecha". Ahora López Murphy está en plan de crear su partido. Para hacerlo se va a tener que definir: o realmente emprende esa tarea tan ambiciosa de convertirse en un partido realmente nuevo, que tenga un ala izquierda y un ala derecha democráticas y modernas, o se va a quedar en un partido conservador que nunca va a llegar a nada. Los partidos conservadores nunca pueden llegar al poder en la Argentina. Ni siquiera en la época del apogeo.
-¿Y qué piensa de ARI?
-Tiene peores problemas que Recrear. Primero, porque está basado exclusivamente en un líder carismático. Una persona que se define como "una mística". Entonces, más que socialdemocracia sería un socialcristianismo. Hasta ahora se expresa como un partido testimonial. Bueno: la incertidumbre está en todas partes. En el oficialismo y en la oposición.
Por Jorge Fernández Díaz y Oliver Galak
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/03/08/18/dp_520262.asp
Por Juan Gelman
Nació en Washington, construye una paradoja y califica a los miembros del gobierno estadounidense: la palabra es “chickenhawks” y su traducción literal sería “halcones gallinas”. El periodista argentino Santiago Hileret, que aportó información para esta nota, señala que el neologismo surge de una contradicción central del núcleo duro de los “neoconservadores” instalados en puestos claves del Pentágono, la Casa Blanca, el Departamento de Estado, la Justicia y aun el Capitolio, tan belicosos contra el mundo, tan pacifistas en su práctica personal: la mayoría evitó de un modo u otro, pero siempre gracias a sus relaciones con el poder, ir a la guerra de Vietnam aunque estaba en la edad precisa para hacerlo. El vicepresidente Dick Cheney no fue porque –dijo– “tenía otras prioridades”. Salvar el pellejo es una, y verdaderamente importante: los halcones (“hawks”) son gallinas (“chicken”), es decir, miedosos. El lenguaje popular los adjetiva de manera menos gentil y más bien relacionada con una función específica del sistema digestivo.
La lista de los halcones gallinas es larga y está encabezada por el presidente Bush. De mayo a noviembre de 1972, exento de pelear en Vietnam, vivía en Alabama y se ocupaba de la campaña electoral de su correligionario Winton Blount, aspirante a senador. No cesaba el flujo de efectivos norteamericanos que el Vietcong devolvía muertos y el hoy jefe de la Casa Blanca conseguía ser derivado al servicio en la reserva de la guardia nacional aérea. No hay registro de que se presentara a cumplir instrucción en la base de Montgomery a la que había sido convocado. Meses después, dos oficiales superiores de la base aérea Ellington de Texas, a la que había pedido traslado, no pudieron completar su evaluación anual del lapso 1º-5-1972 a 30-4-1973 porque “el teniente Bush no fue visto en esta unidad durante el período que abarca este informe”. No asombra entonces que el belicoso presidente que invadió a Irak se niegue sistemáticamente a contestar preguntas sobre su vida en esos años. Tenía entonces 26 de edad, eludió Vietnam y también el servicio, sin balas hostiles, como reservista.
Las razones visibles para exceptuar a los “chickenhawks” son algo curiosas: van desde “quistes anales” hasta “espalda delicada” (Elliot Abrams, del Departamento de Estado), pasando por “sarpullidos” (Ken Adelman, alto funcionario), “soriasis” (Ken Starr, fiscal), “tres kilos de más” (John Engler, gobernador de Michigan), “rodillas en mal estado” (Dennis Haster, representante republicano). Jack Kemp, ex representante republicano por Nueva York, no conoció Vietnam por una “rodilla estropeada” que no le impedía jugar al fútbol. El 70 por ciento de los senadores, sobre todo republicanos, no tuvo trato con el fuego real de algún enemigo de EE.UU. Un portavoz del comando central estadounidense instalado en Bagdad anunció el lunes último que 167 soldados cayeron y 1006 resultaron heridos a consecuencia de ataques iraquíes. Otros 91 murieron y 227 resultaron heridos en diversos accidentes. Es difícil suponer que alguno de ellos fuera senador, representante, político o capitoste de la Casa Blanca. O juez: el autoritario y malhumorado fiscal de la nación John Ashcroft, empeñado en recortar cada vez más las libertades civiles estadounidenses, figura entre quienes cumplieron su deber en casa.
El teniente general Ricardo Sánchez, jefe de las tropas yanquis en Irak, anunció desde el palacio del que Saddam Hussein fuera desalojado que sus hombres permanecerán en Irak un año como mínimo –bajo ataques guerrilleros y calores de hasta 52 Celsius, una ración de 2 litros de agua por día y comida enlatada– antes de ser reemplazados y repatriados. Un sargento del 2º batallón de combate de la 3ª división de infantería manifestó al corresponsal de ABC en Fallujah (12-7-03): “Tengo mi propia lista de ‘los más buscados’”. Se refería al mazo de cartas que publicó laCasa Blanca con sendas efigies de Saddam, sus hijos y otros iraquíes de captura prioritaria. Los “más buscados” del sargento son Paul Bremer, el diplomático uncido por Bush hijo virrey civil de Irak, el jefe del Pentágono Donald Rumsfeld, su segundo Paul Wolfowitz y el propio George Bush.
También se oyen quejas en Estados Unidos. Unas 600 familias de efectivos estacionados en Irak lanzaron la campaña “Tráiganlos a casa” que demanda el retorno de las tropas. En conferencia de prensa realizada el miércoles en Washington, sus organizadores señalaron que las familias se muestran cada vez menos reticentes a criticar la guerra y que han recibido miles de e-mails encabezados por esta afirmación: “Soy republicano, voté por Bush, apoyé esta guerra cuando empezó”. Ya no. La prometida guerra rápida se ha convertido en larga ocupación.
The New Hampshire Gazette de Portsmouth, el periódico más antiguo de EE.UU., fundado en 1756, exhibe una tabla –incompleta– de “chickenhawks” notorios e ironiza con suavidad: dice que se trata de personas “que tienden a preconizar, o son partidarios fervientes de los que preconizan, soluciones militares a los problemas políticos y que personalmente declinaron la ventaja de una oportunidad significativa de servir en uniforme en tiempos de guerra”. Es una ventaja que el poderoso John Bolton del Departamento de Estado o el ardiente defensor de la guerra global Paul Wolfowitz no han sabido aprovechar. Pobres.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-24227-2003-08-17.html
Por Osvaldo Bayer
Cuando leí las crónicas de la sesión de Diputados donde se dio media sanción a la nulidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, me acordé de los tiempos en que fui –a fines del cincuenta y principios de los 60– cronista parlamentario. Eran épocas de Frondizi, de los militares que lo derrocaron y luego, los años de Illia. Pensé: la misma confusión, el mismo cambio de carátula de la ética, los mismos arreglos y las mismas traiciones, al principio, pero luego la claridad. Y ahora lo de Bonadío. La misma confusión de temas, las mismas zancadillas, la mafia con sonrisa y la burla, la inmensa cargada a la República.
En aquel tiempo, los radicales se dividieron y fueron a las elecciones a las que convocaron los militares golpistas de Aramburu. Fue una puñalada trapera a la democracia porque esos radicales se presentaron a una elección no democrática ya que el otro partido, el Justicialista, estaba prohibido. Con Illia pasó lo mismo, ganó porque aprovechó la prohibición, nuevamente, de los peronistas. De poco le valieron. Los dos cayeron por golpes militares antes de cumplir los mandatos. Y nadie salió en su defensa. La democracia había perdido nuevamente, subyugada por los uniformados. Recuerdo que en el año ‘63, los militares lo pusieron como presidente al titular del Senado, el senador Guido, ejemplo de la nada, una muestra del que sabe hacerse el zonzo o de a quien sólo le enseñaron decir que sí. Era, desde el punto de vista dramático, de lo sagrado que tiene que ser un representante de la democracia, una especie de muñeco que no reía, no lloraba, no decía nada serio, no abría opinión. Por supuesto siempre está el intérprete estrella quien señala que Guido no abrió la boca para salvar al país con su sabio silencio. Todo su gabinete era militar o de ideología de derecha, eclesiástica o aristocrática. De él formó parte también Mariano Grondona, quien hoy aparenta definir tan sabiamente la democracia. Hubo allí un ministro del Interior que fue el general Enrique Rauch. Era clásica su dureza bruta. Sus compañeros del Colegio Militar señalaban que cuando hacían ejercicios de caballería ni él ni su caballo sabían quién montaba a quién. Por eso mismo debe haber sido que se lo nombró ministro del Interior de Guido en 1963. Metió preso a todo el país. No alcanzaron las cárceles. A mí me puso entre rejas por haber iniciado una campaña para que se cambiara el nombre de la ciudad bonaerense de Coronel Rauch (genocida de los hermosos indios ranqueles). Aquel Rauch, el genocida, era bisabuelo de este Rauch, ministro de cárcel y comunión diaria. (La ciudad de Coronel Rauch todavía no ha reaccionado y no hizo ningún intento de borrar al genocida como patronímico de la ciudad donde nacen y van a la escuela sus hijos.) (El lector ya habrá escuchado mi relato sobre este episodio, pero lo repito para que se sepan más rasgos de nuestra democracia militar. Jamás me pagaron indemnización por la prisión injusta, ni me pidieron disculpas, pero en mis antecedentes figuro como preso a disposición del Poder Ejecutivo. Por algo será.)
Bien, los militares de nuevo llamaron a elecciones y esta vez ganó Illia ante la prohibición del peronismo. El Congreso de la Nación se calló la boca en todo momento. Todos esos años, por supuesto, el Parlamento habló en forma figurativa de democracia, libertad, patria y comprensión entre los argentinos. El período del radical Guido con su cohorte de uniformados fue de máxima humillación para la República. Fue una burla sangrienta a las instituciones republicanas. Después Illia fue volteado por un uniformado llamado Onganía que creyó desde un principio que el país y sus habitantes conformaban un cuartel. Nuestra democracia, nuestras instituciones fueron humilladas hasta el asco. Pero –en los pequeños períodos de políticos elegidos– el Congreso de la Nación calló todos estos pasados. Como si nada hubiera sucedido, Rauch y Onganía siguieron ganando sus sueldos de militares retirados. Se miró “adelante”, como ahora pide el diputado Bussi (hijo), un notable histericoide hijo legítimo de verdugo. Olvidar todo. Es lo que sin ninguna duda han pedido los radicales al abstenerse de votar la nulidad de las leyes del miedo y la obscenidad.
Los diputados van y vienen y la partidocracia se entretiene. El Congreso de Perón, de Frondizi, de Illia, de Cámpora, de Perón II, de Alfonsín, Menem y etcétera siempre calló. Nunca juzgó a las instituciones y a los hombres que habían traicionado a la República encabezando o colaborando con las dictaduras. No, funcionarios de la dictadura pasaron a ser luego, sin problemas, funcionarios de la democracia. Cavallo pasó de la dictadura a Menem y a De la Rúa, cuidando siempre los mismos intereses. Congresos débiles y acomodaticios. Hasta antes de la sesión del martes, los justicialistas pilatescos nos hablaron que el proyecto de anulación de las leyes indignas era “inoponible”. Buena salida. La “inoponibilidad” nos podía salvar a todos, un buen lavatorio para las manos y el alma sucia. Ahora el Senado tiene la oportunidad de no ser “inoponible”.
La vergüenza de la Obediencia Debida y el Punto Final hasta ha sido reconocida por el propio Alfonsín, cuando ahora, sí ahora, y no en el momento en que lo obligaba la República, la democracia y el coraje civil, dice que estaría de acuerdo con la anulación y lo que hizo aquella vez fue por el peligro que corría la democracia si se negaba a lo que pedía el coronel con careta, el hoy candidato Oberst Rico.
En la sesión de la anulación de esas dos leyes de la vergüenza, el diputado radical Pascual Capelleri dijo que la aceptación de la ley anulatoria “atentaba contra el orden jurídico”. Causa extrañeza que un radical nos hable de orden jurídico cuando siempre se han callado la boca de sus propias masacres: la Semana Trágica, la Patagonia y La Forestal. Interpretaciones de abogado de comité: ante los crímenes de lesa humaniad de desaparición de personas, torturas, robo de niños, de pertenencias de los detenidos, etc., el diputado radical trata de zafar con una frase ad hoc de leguleyo sin alma. Se parece al asesino Videla cuando en televisión repetía con su rostro, espejo de cinismo: “No están ni muertos ni vivos, están desaparecidos”. En la posición de la bancada radical se olía a eso: ni es legal ni es ilegal, entonces no existe. Los desaparecidos están desaparecidos. Y listo. El desaparecido está desaparecido y viva Bussi como intendente. Pedir algo distinto es no tener noción de lo que en nuestro país es la ley. Hay que mirar para adelante. Los muertos están muertos aunque huelan cada vez peor en la casa de los asesinos y de los políticos responsables.
Lo de Bonadío es la síntesis de lo que es nuestra democracia. Juez nombrado por Menem, amigote de Carlos Corach, el de la servilleta. Es todo tan burdo que de por sí Bonadío queda al desnudo. Justo ahora saca el problema de Montoneros cuando tuvo tiempo de hacerlo desde 1983. Ahora, justo cuando se debate la desaparición de personas de los máximos asesinos uniformados. Es una jugada muy sucia pero tan primitiva que no merece otra cosa que una sonrisa de corroboración de todo lo que es capaz el equipo del pasado ignominioso de la década de esquilmar la República. Todo muy burdo. Aquí se trata de los crímenes más vergonzosos y cobardes realizados en nombre del Estado por los miembros de las Fuerzas Armadas. La República tiene el deber de dejar todo absolutamente en claro. Que Alfonsín, Menem, De la Rúa y Duhalde trataron de taparlo, no significa por eso que deben desaparecer de la memoria argentina. Bonadío ha creído presentarse como salvador. Sólo le queda irse y taparse la cara de vergüenza.
Veremos ahora el Senado y la Corte. Si quieren que desaparezca la memoria argentina o desean que comience nuestra definitiva democratización, limpia, sin tapujos ni arreglos de la delincuencia y el cinismo, con un Congreso donde la primera calidad sea el coraje civil de sus integrantes y no la búsqueda de la inoponibilidad de la República, tendrán que decir sí a Diputados. (Un detalle apenas de la tristeza que siente uno que miró con simpatía a los héroes populares, Rattin, Ubaldo, tantas veces en el césped de los recuerdos, apoyando en el recinto del Congreso al asesino Patti, para salvar a los verdugos. Me lo imaginé saliendo a la cancha vestido de cabo primero de la ESMA.)
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Por Jack Fuchs
En agosto de 1945 yo seguía internado en un hospital de Baviera. Recuperaba lentamente mi salud, el cuerpo todavía joven pero desquiciado, el cuerpo marcado por los años del gueto, por la miseria de los cuerpos de Auschwitz. Quizá sea tan obsceno como obvio decirlo, pero hay que decirlo: el encierro, la tortura, el suplicio, son experiencias del cuerpo, del cuerpo desnudo, frágil, expuesto y sometido al rigor ciego de la historia.
El primero de mayo de ese año me encontraron en un granero, en el camino por donde me llevaban de Dachau hacia no sé dónde, haciendo cumplir, de un modo ya en esos días muy desordenado, las instrucciones de solución final. Al fin, como todo, la guerra pasaba, yo me curaba de disentería, desnutrición y tuberculosis. Fue en el hospital cuando me enteré de que Hiroshima había sido destruida por una bomba atómica. En pocos minutos hubo ciento diez mil muertos. Es terrible decir que la bomba de Hiroshima me alegró, pero fue así. Así somos, los hombres. Entre mi curación y el sentimiento de satisfacción que me ocasionaba Hiroshima hay un abismo, una herida. Esa oscura mediación, el quebranto, la ruina de la experiencia son lo propio de lo humano. Pero pasaron muchos años hasta que pude verlo.
En ese momento comparé Hiroshima con Varsovia, destruida en enero de 1944 por orden de Hitler. Murió la misma cantidad de gente, aunque la masacre demoró una semana. Puntualmente, nada más que una diferencia técnica en la velocidad de ejecución. Es mucho y es poco. Y después, tierra arrasada. Pensé que al imperio japonés nada le había importado de Varsovia, que tampoco había vacilado en masacrar a trece millones de chinos, coreanos y vietnamitas, pensé que Alemania y Japón habían tramado repartirse el mundo a cualquier precio, que Japón festejó al lado de los nazis las matanzas de Auschwitz. Y viví la tragedia de Hiroshima, de Nagasaki, como compensación de los crímenes del fascismo japonés. Yo mismo en la tragedia de la compensación.
Confieso que en agosto de 1945 no podía –quizá nunca pude– desprenderme de lo que había ocurrido justo un año antes en Lodz, mi ciudad, cuando nos deportaron a Auschwitz. Yo y mis padres, mis hermanos. Habíamos soportado cuatro años de gueto. Ahora se cumplen cincuenta y nueve de la liquidación del gueto de Lodz, establecido en mayo de 1940. De Lodz desapareció una población de 250 mil judíos. Se moría de hambre, de enfermedades, se moría también de pena. En el gueto vivían no sólo judíos polacos, había también judíos alemanes, judíos checoslovacos; y dentro del perímetro del gueto los alemanes habían dispuesto otro, pequeño, con cinco mil gitanos que habían traído de los Balcanes, como en un juego de cajas chinas. En ese entonces, digo, yo hacía ecuaciones, una cuestión de cantidad: sólo en el gueto de Lodz murieron más personas que en Hiroshima y Nagasaki juntos. Y sin embargo no hay en Lodz un solo monumento que lo recuerde, el único testimonio de que ahí hubo una gran comunidad judía es el viejo cementerio, uno de los cementerios judíos más grandes de Europa; no hay discursos, no hay actos, no hay flores, la prensa mundial no dice nada, no va a decir nada de Lodz. El cementerio, nada más. Los muertos que recuerdan otros muertos, nada más.
No hago ahora cuestión de números, aunque el número, desde ya, no sea un dato despreciable, pero sí hago cuestión con la memoria, ese cuidado tan llevado y traído por la filosofía, el psicoanálisis, la opinión pública. No me interesa discernir ni el concepto ni los usos de la memoria. Dejo esa improbable tarea al debate de los especialistas. Sé muy poco, sé de la intervención del tiempo, de la indiferencia y el rigor del tiempo, del cansancio y la celebración del tiempo, adivino el peso de la memoria, lo compruebo en mis fijaciones, en la obsesión, en el miedo, en la pequeñez de mi lógica; sé que la memoria alivia en mí, como el sueño, la ruina humana de la que hablo, sé también que no hay nada que deba aliviarse,tranquilizarse. Pero me acerco a los ochenta años y me sigue estremeciendo el olvido general de Lodz. No sé si está bien, si está mal, no sé qué valor tiene ese olvido. Porque el olvido es necesario, porque no se puede vivir en la insistencia machacona del recordatorio. Pero estoy forzado, cautivo. Llegan las fechas, año tras año, y el pasado vuelve. Me veo como un hombre pasando de una en una las cuentas de un rosario interminable, un ábaco interminable, un número sin fin. Es la violencia del pasado que vuelve. Que toca. No sé si la misma violencia de entonces con los contenidos de ahora o la violencia que se manifiesta en su sola presentación, en su asedio imaginario y en sus escombros reales. Agosto es el mes de Hiroshima y es el mes del final de Lodz. Al espanto de la bomba nuclear se suma en mi memoria, con un año de diferencia, el del gueto. Y mi cuenta se pronuncia no sólo porque Lodz fue mi ciudad natal, la ciudad de mis padres, sino también por una fascinación mía por lo pequeño, lo que por una razón u otra no tiene en la memoria o en la conciencia pública una dimensión poderosa. A veces me detengo, por la mañana, en mi barrio, en tonterías como el agua que despilfarran las porterías de los edificios, encuentro en esa nimiedad un motivo más para pensar el desarreglo general de las cosas, a veces sigo haciendo ecuaciones menores, calculo cuántos litros de leche podrían atenuar el hambre a cambio de los millones de llamadas telefónicas innecesarias, busco, me entretengo en la irracionalidad de las pequeñas cosas. Con Hiroshima y Lodz pasa en parte algo de lo mismo. Lodz e Hiroshima se parecen; cuando los alemanes estaban a punto de ser derrotados seguían saliendo de Lodz vagones repletos de judíos, cuando ya se sentía cerca el final de la guerra hubo sin embargo una continuidad implacable; en Hiroshima pasó en parte lo mismo, pocos días antes del término de la guerra, la bomba aplastó a miles. Lodz e Hiroshima son emblemáticas: la crueldad de la guerra se impuso sobre el conjunto de la población civil, porque hubo dos guerras, una guerra estrictamente genocida y otra de conquista. Del episodio Hiroshima se escribió muchísimo, se habló, se habla muchísimo, quizá por la espectacularidad de sus efectos, de mi pequeña ciudad sólo quedan unos pocos sobrevivientes, entre los cuales me encuentro, de Lodz no se dice nada, casi nada, pero ahí, en la historia de esa ciudad polaca, en las historias menores de sus judíos, está contenido todo el dramatismo de la guerra, toda la trama criminal de la guerra. Sé muy poco, repito, de las funciones de la memoria, pero estoy seguro de que sólo en la memoria y en el nombre se guardan los secretos de la muerte y que, si bien es absurda la comparación, los muertos de Hiroshima tienen una mayor gravedad en la memoria, están más nombrados y presentes en la memoria colectiva que mis muertos de Lodz, por eso los nombro.
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Por Sandra Russo
Alguna vez fue una mujer potente, en el sentido que este país le daba a la potencia. El sentido que este país le daba a la potencia estaba íntimamente relacionado con la idea del poder. La idea del poder en este país, en ese entonces, era atroz. A casi nadie se le ocurría que el poder debía tener límites precisos, contralores o reglas. Con vaselina y efectos especiales, se borró el matiz entre el poder y el abuso de poder. Lejos de sentir rechazo o aversión por esa desmesura, mucha gente adhería a ella, creyendo ver el hambre en la gula, la fortaleza en la ambición, la astucia en la vileza, la inteligencia en la capacidad de disimulo. Gobernaba Carlos Menem y María Julia Alsogaray estaba en su apogeo.
La ingeniera se había sumado a la constelación menemista eyectada desde la galaxia liberal. Lo que podría haber sido un choque ideológico entre un gobierno presuntamente peronista y una exponente del pensamiento conservador más bizarro conocido terminó en un roce amoroso que a ella iba a embarazarla, sucesivamente, de grandes cargos, enormes cargos.
Que fuera ingeniera le daba carácter. Que su apellido fuera Alsogaray le daba un pedigree político que al menemismo le venía bien. Eran épocas en las que Menem estaba desprendiéndose del ideario peronista y como identidad de reemplazo necesitaba otra, mientras construía la suya, que tan bien y tan claramente edificó.
Cuando la ingeniera se asomó al estrellato en el que se mantendría casi una década, lo hizo con ese rictus propio de las mujeres fuertes según contaba la leyenda menemista. Iba a encargarse de las privatizaciones más importantes, iba a cargar sobre sus hombros las primeras tandas de despedidos que provocó el achicamiento del Estado, iba a reducirle la cabeza al Estado, colmando con esa reducción, acaso, algún complejo de Edipo atravesado: lo colmó llevándole a papi, como trofeo, decenas de miles de cabezas de despedidos estatales.
Políticamente, fue una primera dama con poderes plenipotenciarios, en un país con una primera dama humillantemente echada de la Quinta de Olivos y una incipiente primera damita que todavía cursaba el secundario. Fue una interlocutora válida y necesaria, alguien con quien es fácil imaginarse a Menem planificando tropelías. Aquel gobierno hacía prensa con su inteligencia, que ella paseaba por estudios de televisión como quien pasea a su doberman por la cuadra. No se sobresaltaba. No se conmovía. No se avergonzaba. No se dejaba doblegar. Contraatacaba. Tenía elementos para hacerlo: casi nadie nunca la puso en un aprieto. Gozaba de la verba vacua y los números falsos para salir airosa de los debates. Miraba sanguinariamente a quien se le pusiera delante, sin perder nunca esa mueca lejanamente parecida a una sonrisa de Gioconda irónica. Ella sabía muchas cosas que los demás ignoraban. Estaba al tanto de muchas puertas secretas. Tenía salidas de emergencia. Y cuentas bancarias que cada día crecían en la sombra, mientras papi seguía orgulloso de la nena, que le había salido con don de mando y una sugestiva dosis de impiedad.
Cuando uno lee ahora las causas que poco a poco fueron sumándosele en la Justicia, es casi increíble, casi inconcebible que una funcionaria gozara de semejantes libertades no sólo para achicar el Estado sino además para malversar sus fondos. Ella, la cortesana, tenía su propia Corte, su tertulia de amigos, entre los que repartió millones y millones. Todavía no se sabe a cambio de qué. Cuál era su tajada. Cuáles eran los arreglos. Cómo se describía esa escena en la que una mujer parecida a Cruella DeVille hacía y deshacía a su antojo, una caprichosa que en lugar de irse al shopping a gastarse unos pesos se iba a Manhattan a comprarse un par de pisos.
Los entretelones de los ilícitos por los que se la investiga dejan entrever una impunidad casi neurasténica. Bruta impunidad. Exagerada. Sólo posible al amparo del mareo que a esa mujer helada la debe haber calentado. Y cómo. La erótica del poder la tomó por asalto y algo de eso hubo en aquella foto emblemática, la del tapado de piel y los hombros al aire: ¿qué feminidad era la que asomaba en ella, sino la del látigo?
La reacción ante aquella foto pareció sorprenderla. Minimizó su significado. ¿No me puedo divertir?, parecía preguntar en sus declaraciones. No, no se podía divertir en un país infectado de desgracias que ella había ayudado a desparramar. ¿No soy acaso como cualquier mujer?, parecía interpelar desde su asombro. No, no era como cualquier mujer. Aquel fue el acto por el que María Julia, ya dueña de sus poderes plenipotenciarios, quiso más, es decir: quiso ser, además de mandamás y capataz y gerenta y ministra y secretaria de Estado y destructora del Estado, una mujer como cualquier mujer. No pudo.
Alguna vez fue una mujer potente, en el sentido que este país le daba a la potencia. Fue un país pija, éste. Y en los chanchullos cotidianos que se llevaban a cabo en los despachos oficiales, cada uno jugaba a ver quién la tenía más larga. Tenerla larga significaba poder seguir robando sin que la gilada se avivara. Ese fue el falo de la era Menem: el gesto ganador en la pulseada en el momento exacto en el que al débil se le quebraba el brazo. ¿No puedo ser como cualquier mujer?, parecía preguntar ella desde la sorpresa de su primera derrota, cuando quiso seducir y no pudo. Ahora no necesita seducir. Ahora va a tener que demostrar que es inocente. ¿Qué le resultará más difícil?
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Por Sandra Russo
–Mmmm.... ¿No sobreactúa?
Esta observación, referida a Néstor Kirchner, viene repitiéndose en charlas de bar y artículos periodísticos desde hace un par de semanas. El “Mmmm...” deja entrever cierta vacilación no exenta de una dosis de adhesión. Quien dice “Mmmm...” está diciendo: estoy de acuerdo con los puntos sobre las íes a los militares, con la purga policial, con el visto bueno a las extradiciones, con la voluntad de anular las leyes de punto final y obediencia debida, con el apriete a la Corte, en fin, con todos esos Grandes Rasgos K, pero el “¿No sobreactúa?” deja entrever a su vez cierta adhesión no exenta de una dosis de vacilación. La frase completa significaría: estoy de acuerdo con las medidas que el tipo ha ido tomando en estos meses, pero todo junto, todo coherente, todo seguido, todo tan fuerte... ¿Qué gato encierra?
¿A qué se le llama, en este contexto, sobreactuación? ¿Qué tipo de sobreactuación se le achaca, desde estas críticas incipientes, al señor ese que últimamente se hace llamar Pingüino? Depende de de quién provenga la crítica, puede tratarse de sobreactuación, de fortaleza, de progresismo, de buenas intenciones, de contacto con la gente, de liderazgo o de voluntad de pelea con las corporaciones. Pero humildemente me pregunto: si los militares que mandó a guardar se fueron a guardar, si Nazareno ya disfruta de su jubilación de privilegio, si la purga policial y la tolerancia cero al delito policial da sus frutos, si hasta las fuerzas armadas ahora se inclinan por juicio y castigo autóctonos antes de que lleguen las extradiciones, ¿cuál vendría a ser la sobreactuación?
Cuando éramos chicos se usaba una pregunta: ¿cuál es la diferencia entre estar enamorado y creer que se está enamorado? Era una pregunta retórica, medio boba, adolescente y sin respuesta. No hay ninguna diferencia entre una y otra cosa. Lo que sí hay es neura, y gente que, ya crecidita, se sigue preguntando cosas por el estilo.
Hace algunas semanas, la revista Noticias publicó una nota de tapa que se llamaba “Oficialitis”, en la que daba cuenta del apoyo acrítico de actores sociales, dirigentes y periodistas al nuevo Gobierno. Quien esto escribe figuraba entre los enfermos, según José Antonio Díaz, que firmaba la nota, de “oficialitis”. La nota no me pareció gran cosa y ver mi nombre en ella no me provocó, tampoco, ninguna sensación de agravio. Qué sé yo. Así son las cosas: cada semana hay que tener un tema de tapa. Pero aquel fue, tal vez, uno de los primeros movimientos del péndulo tradicional, según el cual, y necesariamente, desde un pensamiento crítico hay que ubicarse en contra del poder de turno, y no perder jamás la pose del tábano que molesta al caballo con su aguijón resplandeciente. Ese movimiento pendular, creo ahora, tiene matices, y no advertirlos puede ser una torpeza intelectual. Una cosa es seguir manteniéndose alerta y con la guardia alta ante pasos en falso, desviaciones o abusos del poder, y otra cosa muy distinta es verse compelido a estar en contra del poder, aunque del poder emanen hechos y conductas con las que uno acuerda.
Como dice el ex filósofo Mariano Grondona, hoy más parecido a una tía chillona que evalúa si es más humillante que te viole un enano o un gigante, la gente “es ciclotímica. Ayer estaba con Menem, después con De la Rúa... hoy son mala palabra”. El detalle es que entre que la gente estaba con Menem o con De la Rúa y el actual escarnio que significan esos dos nombres hubo gobiernos horrorosos que tiraron al inodoro cada una de sus promesas. No es que la gente sea ciclotímica: es que Menem y De la Rúa son traidores.
La historia de la humanidad, con ese criterio, es absolutamente ciclotímica. Siempre a un período de determinadas características le sigue otro de características opuestas. El famoso movimiento pendular no deja de actuar nunca, y ya en el reinado de un extremo comienza a empollar el reinado del otro. Somos, de alguna manera, rehenes de ese movimiento pendular. Algo de esto debe haber en el extraño mapa electoral del país yde la Capital. Si no, cómo se explica que mientras a nivel nacional Néstor Kirchner concentra, en virtud de sus políticas de gobierno, una imagen positiva acojonante, en la Capital, este nidito progre, un emblema del establishment como Mauricio Macri pelee cabeza a cabeza la Jefatura de Gobierno. Debe haber unas cuantas razones, incluida la campaña de Boca, pero me animo a suponer que en ese mapa también interviene, acelerado, el famoso movimiento pendular. Por lo menos una porción de la torta de Macri está compuesta por progres agotados del progresismo –conozco a unos cuantos–, pero no agotados en cualquier momento, sino justo cuando el progresismo tiene su oportunidad. De alguna manera, se cuela ahí el horripilante elitismo de cierta vanguardia que se piensa a sí misma, siempre y por definición, a contramano de los grandes consensos. A esa vanguardia desprevenida la realidad ahora la corre a la derecha.
Me da menos escozor la “oficialitis” que los movimientos pendulares estúpidos.
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Por Osvaldo Bayer
El que ha sido asesino desde el poder queda para la historia. Para él no habrá perdones ni disculpas ni obediencias debidas. En Alemania justo ahora se presenta otra vez el caso de un criminal de guerra. Se trata de Hans Filbinger, nada menos que ex primer ministro de Baden Württemberg. Fue una especie de padre de la patria, después de la guerra. Es conservador, del Partido Demócrata-Cristiano. La gente lo elegía casi por unanimidad cada cuatro años. Hasta que uno de esos investigadores que trabajan día y noche a luz de vela entre los papeles del pasado, sacó de un archivo la radiografía de la actuación nazi del patriarca. Durante la guerra este demócrata-cristiano había cometido un hecho horrible, pleno de traición a los derechos humanos y al verdadero sentimiento cristiano. El señor Hans Filbinger había sido juez militar durante la guerra. Y ocurrió que en el ejército alemán hubo desertores de conciencia. Es decir, jóvenes que se negaban a “matar al enemigo” en el frente. Tiraban el máuser al suelo y se negaban a atacar. Uno de esos jóvenes increíblemente valientes se llamó Walter Gröger. Ya prácticamente se había acabado la guerra, los ingleses hicieron prisioneros a Filbinger y su tropa. De pronto, los ingleses trajeron al campamento de prisioneros alemanes a Walter Gröger, el muchacho que les explicó a los británicos que él era desertor. Los ingleses no quisieron complicaciones y lo mandaron con los otros prisioneros alemanes. Allí Filbinger, aunque ya había terminado la guerra, insistió para que se le hiciera un juicio. Filbinger mismo presidió el ridículo tribunal militar y dictaminó la pena de muerte para el soldado desertor. Precisamente porque Gröger no había abandonado a la tropa porque tenía miedo del frente, sino porque no quería usar su arma para matar a soldados de otro país. Filbinger, una vez aprobada la pena de muerte del pacifista, pidió a los británicos fusiles para la ejecución de Gröger. Y así, en el campo de prisioneros, fue fusilado el soldado por sus propios compañeros, en un acto cruel y sin ningún sentido ya.
Cuando 33 años después, el investigador histórico, que no era otro que el dramaturgo Rolf Hochhuth, hizo publicar su hallazgo, la opinión pública se sumió en el horror de la verdad. ¿Cómo, el tan apreciado primer ministro Filbinger, católico y padre de numerosa familia había hecho eso? Fusilar a un joven soldado cuando ya se había terminado la guerra. Lo había hecho fusilar por “traidor al ejército de la Patria”. No era el “ejército de la Patria” sino el de Hitler, del racismo y la muerte. El soldado Gröger no era traidor, era todo lo contrario, se había negado a matar, a ser sirviente de generales asesinos de una guerra imperialista. Todas las simpatías –en 1978, cuando se descubrió la verdad– fueron para Walter Gröger, el valiente, el héroe. La reacción de asco y desprecio fue tan grande que Hans Filbinger tuvo que renunciar, sumergirse para siempre en la oscuridad del anonimato. Cuando es depuesto, el asesino dirá estas palabras terribles: “Lo que en ese tiempo fue Derecho no puede considerarse hoy como injusticia”. Primer ministro demócrata-cristiano. Cristiano. Nos imaginamos al soldado pacifista Walter Gröger frente al pelotón fusilador compuesto por sus propios compañeros. Lo mataban por no matar. Con ironía debe haber sonreído con dolor por eso, que lo mataban por no matar.
Y ahora viene la actualización. En estos días el asesino Filbinger cumple 90 años, y las normas de etiqueta estatal señalan que a todo gobernante o ex gobernante que llega a esa edad se le debe hacer un homenaje público, con discursos y música. ¿Qué hacer?
Por supuesto siempre están los buenos ciudadanos que aprueban lo hecho por el ex juez militar. Y para arreglar de alguna manera el entuerto propusieron una reunión donde meramente se dijeran algunas palabras sobre la última actuación política del ex mandatario y rápidamente después sebrinde con una copa de champaña. Pero ya la mayoría de los otros partidos y de la misma democracia cristiana han dicho que no van a concurrir.
¿Qué harían los argentinos ante un hecho así? Votarían a Filbinger. (Me refiero a los argentinos que votan a Bussi, a Patti y a Rico, escuchan Radio Diez y leen los comentarios de Ramos y Grondona.) Un alto porcentaje de tucumanos acaba de elegir como intendente de Tucumán a un asesino cien veces más cruel que Filbinger, el general Bussi. Bussi baleaba en la nuca a prisioneros indefensos. Siempre, un día a la semana, se producían los fusilamientos de jóvenes prisioneros. Y Bussi, el primero, siempre por la nuca. Intendente electo por la nuca. Porque trae seguridad, por eso lo votamos. Una de sus primeras medidas como represor fue arrojar a todos los mendigos, los vagabundos y los disminuidos callejeros a los bosques poblados de ofidios, de insectos del veneno, para que se murieran de infecciones o de hambre. Y Tucumán se quedó “limpio”. Con gente bienvivida, consuetudinarios que imitan al general Bussi, el del tiro en la nuca y las cuentas en Suiza.
Viví en mi niñez en Tucumán. Aquel idilio del Aconquija y de la calle Lamadrid por donde pasaban los carros cargados de caña de azúcar. No puedo pensar más en aquellas imágenes azules y soleadas de la que fue mi querida ciudad. Ahora me imagino que esos carros de la zafra pasan con cabezas humanas, todas con un agujero en la nuca. Y un militar con uniforme de general en un auto de lujo que pasa lentamente y es aplaudido por la gente de bien al grito de “Bussi, intendente”.
El más cobarde y bajo de los asesinos votados por los tucumanos que durante la dictadura se callaron la boca y tenían siempre en la lengua las palabras “por algo será”. Votan al asesino, votan sus crímenes. Tucumán, Tucumán, no puedo creer que por la eternidad vas a llevar ese título de “la ciudad de la independencia que eligió al más cobarde de los asesinos”.
La ciudad de Friburgo no quiere levantar una copa por un asesino, nosotros lo votamos. Pero no sólo los tucumanos. Los bonaerenses aplauden al subcomisario Patti y lo votan. Patti, también el del balazo en la nuca y de las torturas. Patti declarado asesino y torturador, hoy candidato a gobernador con posibilidades, y también Rico, el golpista contra la democracia, homicida por ansias de poder.
Tenemos que aprender a ser verdaderos demócratas. Y no lo lograremos votando a verdugos de cuarta. La eliminación de las vergonzosas leyes de Obediencia Debida y Punto Final y los indultos de los uniformados aún puede servir para retomar un largo camino que había comenzado en aquel Tucumán de 1816 y que se quebró con el genocidio roquista y sus aprietes seudolegales y siguió con el infame golpe de Uriburu. Nuestra Constitución y nuestras leyes no deben permitir de ninguna manera los juegos de la muerte a los que se ha entregado una ciudadanía burlada y cobarde.
Nunca más pueden ser candidatos ni los verdugos ni los asesinos ni los golpistas. Aquella fórmula de hacer un golpe y después llamar a elecciones y presentarse como candidato dio resultados nefastos, una serie de golpes posteriores que nos llevaron a la total postración en el ejercicio limpio y valiente de los derechos democráticos.
¿Tendrán coraje civil nuestros legisladores y nuestros jueces para iniciar la limpieza del camino? ¿Podremos hacerlo con jueces heredados de la dictadura y legisladores que votaron o aceptaron las leyes del vale todo sin sentir vergüenza?
Ojalá que los alemanes en el posible homenaje al ex juez militar Filbinger tiren el champaña en el inodoro, y las boletas de voto a Bussi, Rico y Patti sirvan para limpiarse en el mismo lugar.
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