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Pasaportes: ficción, quimera y realidad

Archivado en Jack Fuchs • Fecha: 29-07-2003 00:00:00

Por Jack Fuchs

Durante los últimos años, y con mayor intensidad a partir del fracaso del gobierno de la Alianza, se ha desatado una verdadera fiebre en pos de obtener pasaportes europeos, lo que implica un larguísimo trámite de nacionalización, un “espléndido” intercambio con las prescripciones y métodos de las más diversas burocracias. He visto publicidades de gestorías que asesoran y activan los expedientes, que en el caso de algunas representaciones consulares, por ejemplo la española o la italiana, suelen ser gestiones que duran aproximadamente tres años. Otras, no ya europeas pero sí primermundistas, como Canadá, antes de otorgar nacionalidad o permiso de residencia obligan al postulante a pasar una prueba durísima en la que van asignándosele créditos y puntajes según las características del “currículum vitae” en cuestión. Este delirio colectivo acerca de la garantía de otra nacionalidad, de otro pasaporte, merecería estudios exhaustivos y quizá los especialistas contemporáneos, antropólogos, sociólogos, psicoanalistas o asistentes sociales tengan mucho que decir al respecto. Yo voy a limitarme a tres o cuatro ideas, modestas, que sólo proceden de la observación y la experiencia.
Se me ocurre comenzar con una pregunta obvia: ¿quién desespera tanto por su nuevo pasaporte? La mayoría son hijos o nietos de europeos, hijos y nietos de la clase media argentina, hijos y nietos de las grandes oleadas inmigratorias, de la clase media que construyó un destino en el país, la trama social profunda que dio forma a buena parte de las particularidades de la vida argentina, de sus ciudades y cultura. Los sectores más empobrecidos y marginales, lo que queda del proletariado industrial, de los trabajadores del campo, y los más necesitados, los que sobreviven en la ruina de la Argentina próspera, los nuevos hambrientos, aun cuando quisieran irse no tienen cómo hacerlo, no se lo formulan como posibilidad. El mundo, entre ellos, acaba en la inmediatez de la experiencia, en la rutina del trabajo, mientras haya, en el hábito de la caridad, en la frontera material, física, de un carrito empujado a mano al anochecer, entre cartones y desperdicios.
La segunda pregunta pertenece también al sentido común: ¿Y por qué quieren pasaporte nuevo los que lo quieren? En la conversación, constato una respuesta más o menos extendida: “Por si acaso”. Y entonces vuelvo a preguntar: ¿Qué, qué puede ocurrir? ¿Otra dictadura? ¿Riesgo de muerte? ¿Una guerra? ¿Otra vez Malvinas? ¿Que se profundice la crisis y el hambre se extienda? Con los años aprendí que en situaciones así sólo se salva una pequeña minoría. Los hombres, porque éste es un asunto verdaderamente humano, quedan expuestos, sometidos al desastre. Los hombres, creo, tenemos muy pocas posibilidades de escapar a la catástrofe que entre nosotros, si hay un nosotros, preparamos trabajosa y fatalmente. La minoría de la que hablo es hija de la suerte o responde, a pesar de todas las explicaciones que busca, a la determinación simple del “sálvese quien pueda”. Los medios económicos, la inserción más confortable en el medio social y una mayor información acerca de los “posibles peligros” suelen ser instrumentos aptos, además del azar, cuando las papas queman. En Europa, durante el ascenso del nazismo, algunos sectores de la burguesía judía de las grandes ciudades estuvieron en mejores condiciones para salir que el artesanado, los trabajadores y los pequeños comerciantes de los barrios y poblaciones judías pobres.
Debe haber también, me digo, razones históricas, repeticiones de lo que los psicoanalistas llaman “la novela familiar”. La idea, confusa, velada, de que si mi abuelito se libró de lo peor gracias a un pasaporte, yo mismo, 60 o 70 años después, puedo verme envuelto en la misma experiencia. Puedo repetir a los españoles que llegaron acá huyendo de la pobreza y la guerra civil, a los italianos que pudieron librarse del fascismo, a loseuropeos del este que escaparon de las guerras y los pogroms, de la miseria y el encierro; puedo ser uno más de los 6 o 7 millones de polacos que viven fuera de Polonia, que en Chicago y sus suburbios suman más que en Varsovia, aunque ahora en dirección opuesta.
Tengo la impresión de que el pasaporte del que hablo convoca sobre todo un conjunto de ilusiones, de ensoñaciones y creencias. En los tiempos que corren, con dinero se puede vivir en cualquier país del mundo. Es una protección, una garantía mucho mayor que la del pasaporte. Quizá siempre lo haya sido, pero tengo la impresión de que en esta época (que nos acostumbró a la obscenidad de la televisión mostrando cadáveres de magrebíes que flotan en las costas españolas o los cuerpos de 60 africanos apátridas ocultos y asfixiados en el acoplado de un camión que se dirige a Marsella) lo es mucho más, muchísimo más. Una tarjeta de crédito tiene mucho más valor, desde ya, que cualquier pasaporte al que se aspire. En los ‘70, los que tuvieron que ir al exilio, en buena medida, necesitaban de verdad salvar el pellejo; hoy, basta con el plástico dorado en la billetera.
Los poderes públicos, la información y la fuerza de los hechos, quieren convencernos de que vivimos en un mundo “globalizado”. No sé qué significa esto. Sigo pensando a partir de las diferencias que me rodean, no sólo entre países ricos y pobres sino también en las enormes desigualdades entre regiones, provincias y ciudades de un mismo país. Cuando se pone foco en el contraste brutal entre Libertador y Fuerte Apache, entre Belgrano R y Ciudad Oculta: ¿De qué sirve un pasaporte que autoriza a vivir en París, Madrid o Roma? El pasaporte no garantiza nada. Tenerlo “por las dudas” es una falacia que no contempla las circunstancias de cerca, porque las circunstancias, esto es lo propio de ellas, pueden cambiar de un momento a otro. Pero los argentinos midle class quieren tranquilizarse, apaciguar la intuición de una catástrofe inminente, serenar su espíritu de buenos y correctos ciudadanos, siempre dispuestos a huir para darles a sus hijos un futuro promisorio. El pasaporte extranjero, para ellos, es la mercancía del porvenir, el bien sagrado del progreso y la conservación.
Pero la fantasmagoría del pasaporte es correlativa de otra, quizá mayor: la de vivir afuera. La creencia de que afuera se resuelven, más tarde o más temprano, todos los males. Vivir pendiente del pasaporte, de tener en regla los papeles, de salir, es una farsa insensata que limita con rasgos del peor dramatismo: la ficción de las garantías, el mito de que cualquier otra ciudad es mejor, la quimera de la felicidad a la vuelta de la esquina. La experiencia del desarraigo, del éxodo contemporáneo está acechada de angustias y dolores, de pérdida y melancolía. En esta época ¿qué país ofrece, como se cree, garantías de futuro? ¿Dónde encontrar la seguridad que se busca? Los abuelos vinieron aquí a sus 20 años y fundaron un horizonte; los nietos, que ahora tienen 20 años, buscan futuro en los países que dejaron los abuelos. Una ecuación muy sencilla me lleva a preguntar: ¿no se revertirá otra vez la historia en su próximo giro, con los nietos de estos nietos? Regresar al continente que durante el último siglo produjo millones y millones de muertos, ideologías extremas y totalitarias, que sigue produciéndolos, el continente que inventó la guillotina y la transformó después en una cámara de gas, ese continente, que parece ahora la tierra prometida, el paraíso real; pero si la desesperación por este instrumento que nos autoriza a “pasar la puerta”, a entrar en el pórtico de los paraísos actuales resulta, como digo, una ensoñación de la vanidad, una ilusión de bienestar, es porque también lo son los jardines y rosas que promete.

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Criminología

Archivado en Eduardo Galeano • Fecha: 27-07-2003 00:00:00

Por Eduardo Galeano

Cada año, los pesticidas químicos matan a no menos de tres millones de campesinos.
Cada día, los accidentes de trabajo matan a no menos de cinco mil obreros.
Cada minuto, la miseria mata a no menos de veinte niños menores de cinco años.
Estos crímenes, cuyas cifras provienen de las estimaciones más moderadas, figuran en los informes de diversos organismos internacionales, pero no tienen publicidad. Son actos de canibalismo autorizados por el orden mundial. Como las guerras.
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Mucho cuidado: los delincuentes andan sueltos. Pero los más temibles no son los que provocan la histeria pública y dan de ganar millonadas a los fabricantes de alarmas, a las empresas que venden seguridad privada y a la prensa que vende inseguridad pública.
No: los peligrosos de veras peligrosos son los presidentes y los generales que destripan gentíos, los reyes de las finanzas que secuestran países, los poderosos tecnócratas que roban salarios, empleos y jubilaciones.
Todos somos sus rehenes.
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Clarence Darrow, inventor del difundido juego de mesa “Monopolio”, fue quien mejor supo definir a quienes habitualmente aparecen en las páginas policiales de los diarios: “Criminal es la persona con instintos predatorios que no tiene suficiente capital para fundar una gran empresa”. Mi país, el Uruguay, está en la ruina. Ha sido desvalijado por los banqueros, no por los punguistas. Pero la ley castiga con la misma pena mínima, dos años de prisión, al punguista que mete la mano en el bolsillo de un pasajero en el ómnibus y al banquero que roba mil millones de dólares. Y la pena máxima del punguista duplica la del banquero.
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Para los que mandan, no hay “tolerancia cero”. La exitosa receta de Rudolph Giuliani, nacida para limpiar de delincuentes las calles de Nueva York y vendida en el mundo entero, no se equivoca nunca. Aplica siempre hacia abajo, jamás hacia arriba, la mano dura y el castigo preventivo, que viene a ser algo así como la versión policial de la guerra preventiva. Convierte la pobreza en delito, y atribuye una “conducta protocriminal” sobre todo a los pobres de origen africano o latinoamericano, que son culpables mientras no prueben su inocencia.
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En muchos países, se puede ir preso por portación de piel. En los Estados Unidos, por ejemplo. Dentro de las cárceles, hay cuatro negros por cada diez presos. Fuera de las cárceles, hay un negro por cada diez habitantes.
También es peligroso ser pobre. Se puede morir ejecutado. Hace más de dos siglos, se preguntaba Thomas Paine: “¿Por qué será tan raro que ahorquen a alguien que no sea pobre?”. La pregunta sigue ahí, aunque se haya cambiado la horca por la inyección letal. En Texas, pongamos por caso, la pobreza de los que cada año marchan al muere no sólo está en las estadísticas. La ausencia de ricos en el patíbulo se revela hasta en la última cena: nadie elige langosta o filet mignon, aunque esos platos están en el menú de despedida. Los condenados prefieren decir adiós al mundo comiendo hamburguesas con papas fritas, como es su costumbre.
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De todas las formas de ejercicio profesional del asesinato, la guerra es la que ofrece la más alta rentabilidad. Y la guerra preventiva es la que brinda las mejores coartadas: como la “tolerancia cero”, castiga a los más indefensos no por lo que han hecho o lo que hacen, sino por lo que pueden haber hecho o podrían hacer.
El presidente Bush no puede patentar la guerra preventiva. Otros la habían inventado antes. Algunos casos que no pertenecen al pasado remoto: Al Capone envió mucha gente desde Chicago al otro mundo porque más vale prevenir que curar, Stalin aplicó sus purgas por las dudas, Hitler invadió Polonia proclamando que Polonia podía invadir Alemania y los japoneses atacaron Pearl Harbor porque podían ser atacados desde allí.
“Nos imponen la guerra”, decía y repetía Hitler mientras llevaba adelante su aventura criminal. La mayoría del pueblo alemán le creyó y lo acompañó. También la mayoría del pueblo estadounidense creyó que Saddam Hussein era coautor del once de setiembre, y que en cualquier momento podía arrojar una bomba atómica en la esquina de casa.
No han cambiado los discursos del poder guerrero. Siguen repitiendo lo mismo: el Mal nos obliga a defendernos.
Irak no amenazaba la paz mundial en la realidad, pero sí en los discursos de Bush, Blair y Aznar. Las verdaderas armas de destrucción masiva resultaron ser las palabras que inventaron su existencia. Mataron a miles. El científico David Kelly ha sido su víctima más reciente.
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Donald Rumsfeld había definido a Irak como “un laboratorio para guerras futuras”.
Make war, not love: mientras anda por el mundo predicando la abstinencia sexual, el presidente Bush proyecta nuevas hazañas bélicas.
Como a nueve presidentes anteriores, Cuba lo tiene con la sangre en el ojo. Refiriéndose a Cuba, advirtió, hace poco: “La mejor forma de proteger nuestra seguridad es salir al encuentro del enemigo antes de que el enemigo venga”. El presidente, especialista en plagios involuntarios, estaba repitiendo una frase de Stalin: “Debemos eliminar a nuestros enemigos, antes de que nos eliminen ellos”. El concepto era de Al Capone: “Mata antes de que te maten”.
La prueba de que Cuba es un peligro está a la vista, en los cines del mundo. En su película más reciente, James Bond, siempre perseguido por las bombas y los biquinis, penetró en La Habana. Y allí descubrió una clínica secreta, de alta tecnología, dedicada a reciclar terroristas.
Pero otras pruebas hay, igualmente irrefutables, contra otros países, y larga es la lista de candidatos. ¿Cuál será la próxima víctima del homicidio masivo disfrazado de acción humanitaria? Quién sabe. Corea del Norte, Siria, Irán? El presidente no lo tiene fácil. A favor de Irán opera una razón, una tentación, de mucho peso: allí yace la segunda reserva mundial del gas natural, y eso se necesita con urgencia. Como el petróleo de Irak, el gas jamás será mencionado por los invasores, si Irán resultara ser el país elegido.
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Alerta, peligro: al paso que vamos, los humanitos podríamos llegar a correr la misma desgraciada suerte de las muchas especies ya desvanecidas de la faz de la Tierra.
Ocurre que el presidente del planeta tiene, como James Bond, licencia para matar. Y con más razón: él encarna el Bien por mandato divino.
El Bien no puede ser juzgado. Un tribunal internacional de Justicia debe ocuparse de los crímenes de guerra de Milosevic o de Saddam Hussein, que para eso está, pero los instrumentos de Dios son intocables.
Como todos los delincuentes, los arcángeles blindados necesitan impunidad para trabajar sin sobresaltos que les amarguen la vida.
Para garantizar la impunidad de la guerra preventiva, nada mejor que una ley preventiva. La firmó el presidente Bush, el 2 de agosto del año pasado, después de ser aprobada por las Cámaras de diputados y senadores. Lleva el número 107-206, y se llama Service-Members Protection Act.
Esta ha sido la respuesta oficial a la amenazante creación de la Corte Penal Internacional. La ley prohíbe detener, procesar o encarcelar a los militares estadounidenses, y también a sus aliados protegidos, “especialmente cuando operan en el mundo para proteger los vitales intereses nacionales de los Estados Unidos”. Y autoriza al presidente “a usar todos los medios necesarios y apropiados para liberarlos”. No se establece ninguna limitación al uso de esos medios.
A la vista de la experiencia histórica y de la realidad presente, eso significa que la ley permite invadir Holanda. Si los jueces de la Corte Penal Internacional se portan mal, será legalmente posible el envío de tropas a la ciudad de La Haya, para rescatar a quienes hayan caído en sus manos.
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Un par de versos de Calvin Trillin:
Dios no ha creado ninguna nación
que no merezca nuestra invasión.

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¿Se fue el derechaje?

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 25-07-2003 00:00:00

Por Sandra Russo

Que Julio Ramos se pasee por los canales de televisión diciendo que Eugenio Zaffaroni no es el hombre indicado para ir a la Corte Suprema “porque no tiene familia” es sorprendente: se detiene justo ahí, en ese borde. Lo que verdaderamente quiere decir Ramos se puede deducir, pero ya no se puede decir. Hace un par de años sí, ahora no: quedaría decididamente berreta. Pero Ramos encima completa el combo con una pizca de perspectiva de género y afirma que lo ideal sería designar en ese lugar a una mujer, a la jueza Aída Kemelmajer de Carlucci, la misma que combate Raúl Moneta. ¿Qué pasó en este país que ahora a la derecha les dan vergüenza sus propios argumentos?
La pobre Elena Cruz seguramente pasará a la historia por ser la última persona de extrema derecha que dice lo que piensa. Cuando a Elena Cruz le ponen un micrófono delante, todo el mundo se prepara para escuchar el festival de disparates que ella garantiza. Siempre dice más o menos lo mismo: que Videla es un caballero, que los desaparecidos estaban pasándola súper en París o en México, que no hubo campos de concentración o que, en todo caso, que los que pasaron por ellos eran, en definitiva, guerrilleros, y qué pretende un guerrillero: ¿té con masas?
Digo “extrema derecha” porque sería obtuso pensar que no hay gente de derecha que ha desarrollado un pensamiento crítico con respecto a los crímenes de la dictadura. Es de suponer –y es de desear– que se esté afirmando una derecha como la de cualquier parte, sectores pro capitalistas, liberales en lo económico y conservadores en lo social y lo cultural, que en el futuro disputen el poder como lo hace la derecha de cualquier parte, descontando que será a través del voto.
Sería imposible imaginar un país democrático sin derecha, pero también es imposible imaginar un país políticamente viable con una derecha como la que tuvimos estos últimos treinta años: sin reparos ni pruritos para desviarse hacia el extremo, primero, del golpe de Estado, el asesinato, la desaparición, la tortura; más tarde, hacia la corrupción, la ilegalidad, el robo declarado, la especulación, el gatillo fácil.
La derecha argentina siempre ha sido borderline. Se ha dejado usar casi hasta la humillación por sus fanáticos, regalándoles todas las banderas que hubiesen podido ser discutidas por otros sectores dentro de un marco de legitimidad política. En su desenfreno, en su desorientación –o acaso, en el fondo mismo de su naturaleza– la derecha argentina siempre fue la vaca que miraba el tren mientras sus exponentes más siniestros mataban, robaban o delinquían. Otra hubiese sido la historia si hubiese salido del seno de la propia derecha alguna voz alzada contra los crímenes aberrantes, durante la dictadura, o alguna voz escandalizada por los negociados de los noventa. Pero callaron. No hubo nadie que dijera momento, la patria socialista no, pero los fusilamientos en la madrugada tampoco, las torturas tampoco, el robo de bebés tampoco. Y después no hubo nadie que dijera liberalismo sí, pero corrupción no, mafias no. Callaron. Admitieron. Parecería que la utopía de la derecha, si es que existe, implica esos desvíos o por lo menos es piadosa con ellos. Y ese silencio es el que ahora los amordaza.
Hoy, escuchar a alguien defender a Videla es simplemente inaceptable. Tampoco se puede decir que la homosexualidad es una enfermedad, y que en consecuencia no se puede tener jueces enfermos (salvo que se ocupen de librar pésimamente los exhortos a Suiza y así dispensen a Menem de mostrar sus cuentas secretas). O que hay que achicar el Estado, o que las privatizaciones deberían profundizarse, o que no trabaja el que no quiere, o que el mejor método anticonceptivo es la abstinencia, o que tienen sida los que se lo buscaron, o que donde hay judíos hay problemas, o que en la villa viven negros de mierda, o que todas las mujeres son arpías, o que una madre soltera avergüenza a su familia, o que los bolivianos sonsucios, o que Estados Unidos es el símbolo de la libertad en el planeta, o que el que se masturba quedará tarado para siempre.
Mitos y leyendas y creencias y supuestos y mentiras que abonaron durante décadas una sociedad volcada hacia su extremo derecho. Acaso por tanto abono de semejantes barbaridades hoy eso de que “se vino el zurdaje” sea tema de debate en la televisión. Es cierto que los sectores progresistas defienden principios que involucran transparencia, justicia, equidad, honestidad. ¿Pero no debería también defender todas esas cosas la derecha? Y ese es el punto crucial de este fin de época: no se sabe. No está claro. No parece.
Por ahora siguen guardando silencio. Están rearmando sus argumentos, esperando puntos débiles, reparando sus tanques de pensamiento. Saben que hay cosas que ya no pueden decir, porque eso hace el fin de época: pone en circulación nuevos discursos y cancela los viejos: son como una tarjeta desmagnetizada. Ellos la siguen llevando en la billetera, como siguen llevando sus viejas ideas en la cabeza, pero ya no les sirven para convencer a nadie.
En esta línea de largada, y así las cosas, mientras se sigue debatiendo si se vino el zurdaje, sería apropiado que la derecha fuera tomando conciencia de los tremendos errores cometidos, y que tenga el coraje de asomarse a su autocrítica.

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El ominoso olvido

Archivado en Osvaldo Bayer • Fecha: 19-07-2003 00:00:00

Por Osvaldo Bayer

Es más que beneficioso para nuestra sociedad que de pronto la cobardía ciudadana comience a alejarse del Punto Final. La mentalidad del “olvidemos y comencemos de cero”, del “todos hicieron macanas”, del “vamos a mirar para adelante”; el No al fundamental interrogatorio de la catástrofe moral que significa el método de la desaparición de personas, con todos sus detalles crueles y degenerados, se está alejando y toma vigencia. Que Chirac le haya recordado a Kirchner el accionar malvado del militar argentino Astiz; que otro marino, Cavallo, haya sido llevado esposado desde México a España, para allí juzgarlo; que los asesinos de Margarita Belén estén ahora en el Chaco frente a la Justicia, y tantos otros hechos, nos dicen que a más de veinticinco años del asalto al poder por los militares se recomienza la acción por la Justicia que se merecen las víctimas y sus familias y la decencia del pueblo argentino.
Justo el miércoles pasado se cumplieron los cien años del nacimiento del jurista alemán Fritz Bauer. Sí, justo, aquel que ocupando el cargo de fiscal en el juicio de Auschwitz, en 1961, en Francfort, dijo aquellas inolvidables palabras que tendrían que haber quedado grabadas para siempre en el frente de las casas de Justicia del mundo: “Todo aquel que comete un crimen de lesa humanidad no puede ampararse jamás en el eslogan del ‘Cumplí órdenes’”, es decir nuestra “obediencia debida” proclamada por los legisladores radicales en el Congreso de la Nación y propuesta y aprobada por Alfonsín.
Fritz Bauer pasó a la historia de la Justicia alemana como el ciudadano democrático a ultranza, el hombre de la justicia del coraje civil. El no al arreglo político siempre fue su respuesta a los que creen que la justicia está hecha para negociarla. Fritz Bauer fue quien enseñó a aquel pueblo que había creído en Hitler a sentirse culpable, a angustiarse por la hecatombe, el genocidio, el holocausto, la guerra del espanto, los bombardeos de ciudades abiertas, la muerte de niños. Fritz Bauer fue quien enseñó la justicia a vencedores y vencidos, con una ofensiva sin miedos, a dejar de lado una legislación heredada y vencida y humanizar esa justicia. Les enseñó a todos a preguntarse sobre las razones que motivaron la catástrofe moral. A inquirirse a sí mismos sobre culpa y responsabilidad y no descargar todo en un dictador que terminó pegándose un tiro.
Justamente eso es lo que deben encontrar los argentinos. Y lo dijeron muy bien las Madres en su Plaza el jueves pasado cuando señalaron que a Astiz lo tenía que juzgar la Justicia argentina y no la francesa. Que los argentinos no podían quedar ante la historia como que no fueron capaces de hacer justicia sino que la justicia se hizo en el extranjero. Por supuesto que si los argentinos y sus políticos –como hasta ahora– son tan cobardes que no se atreven a mostrar el camino de lo que hay que hacer con los raptores, los torturadores, los ladrones, los asesinos, los desaparecedores, pasarán a la historia como los cagones, cagados, caguetas y cagadores del mundo occidental y cristiano, los del miedo a la jineta y el gusto por el acomodo.
Loado sea que haya jueces extranjeros que hacen la justicia que los argentinos temen por falta de coraje civil. Por lo menos en el mundo hay algunos jueces capaces de decirles asesinos a los desaparecedores de personas, a los asesinos de mujeres parturientas y a los ladrones de niños. Por más uniformes, galones y voces de mando que esos criminales tengan.
Justamente ayer se cumplieron nueve años de uno de los más cobardes atentados de la historia de la humanidad: el de la AMIA. No fue ni contra un cuartel, ni contra un monumento ni contra un ministerio ni contra una embajada sino contra una institución de servicios sociales. La mentalidad de sus autores llega a lo más despiadado, y al esconder la mano, a lo más villano. No se logra la libertad o la victoria destrozando hospitales oescuelas. Pues bien, que todavía no se haya descubierto a los autores y que entre los autores estén mezclados políticos, servicios de informaciones argentinos y extranjeros, diplomáticos, policías, demuestra claramente que la impunidad a que nos condenaron las leyes de Obediencia Debida y Punto Final nos llevaron a eso. La Argentina es el país donde todo se vende, hasta la inocencia; todo tiene su precio, el brazo artero –casi siempre en uniforme–, el papel oscuro de la SIDE, la llamada justicia a lo Nazareno y la política rondando, rondando y escondiéndose... Nueve años, nada menos, del criminal estallido. Y el mundo sabe que todos están implicados: desde policías, hasta espías oficiales, desde la runfla que rodea a un ex presidente hasta embajadas orientales de todo tipo –las que tienen petróleo y las que no lo tienen–, espías sueltos, la CIA jugando su habitual partido de póker y preguntándose: ahora, hoy, a quién se favorece si salen los verdaderos culpables, los que antes eran enemigos, hoy pueden estar apoyando a otro sector que le vendría bien a Bush, George W. Todo eso en la Argentina. Vivimos un episodio como si se hubiera llevado a cabo en el famoso Proceso: ayudas mutuas, señales, ojo, cuestiones de “razones de Estado”, que lo justifican todo. A no meter la pata y cometer el desatino de dar razón a las víctimas. ¿A quién conviene eso?
Justo, al cumplirse esos nueve años, un grupo de ciudadanos ha dicho basta al manoseo y a la impudicia y se ha dirigido el presidente Kirchner. Lo integran parientes de las víctimas y también ciudadanos que quieren palpar la verdad. Se denominan Apemia, Agrupación Por El Esclarecimiento de la Masacre Impune de la AMIA. Critican en primer término el decreto 249/03, que ratificó los firmados por Toma y Duhalde por los cuales los ex espías de la SIDE tendrán “más limitaciones que antes”. “El fracaso de la investigación –prosiguen– y del juicio mismo son hechos que se ocultan a la población y a la conciencia de algunos de los familiares. ¿Quién cree hoy que de los resultados de estas audiencias habrá justicia o, al menos, que se sabrá toda la verdad acerca de los responsables del criminal atentado y sus vínculos con el Estado?”, se pregunta la asociación que denuncia que “la mayoría de los acusados ya está en libertad mientras el Tribunal Oral se mueve con todas las limitaciones que el propio juez Galeano fijó, más aquellas propias que le impiden sentar en el banquillo de los acusados a los agentes del Estado citados desde el comienzo mismo de las audiencias”.
Y la Apemia propone algo muy importante para la democracia y la Justicia y dice, en el mismo comunicado: “Los integrantes de Apemia comprometemos nuestro esfuerzo para la constitución de una Comisión Independiente del Estado, que pensamos integrada con personalidades nacionales e internacionales, que juzgue y castigue las responsabilidades políticas y criminales del Estado argentino y sus socios internacionales”.
Es innegable que sólo una verdadera democracia puede esclarecer un hecho maltratado y tergiversado durante nueve años. La intervención de una comisión neutral de verdaderos demócratas puede ayudar mucho a lograr un esclarecimiento del crimen y todos sus intereses. Que se abran los libros, que se permitan otras opiniones. Nos parece una proposición digna a la cual los nuevos gobernantes y los nueves jueces deben escuchar. Si no todo se sumergirá en el juego de las llamadas autoridades que hasta ahora han logrado barrer todo debajo de la alfombra pese a que hubo gobiernos del oficialismo y de la oposición. Pero parece que ninguno estaba entusiasmado por hacer justicia a las víctimas de la AMIA.
Como sostenía Fritz Bauer: “Hay que tener la nobleza de vivir en justicia, de descubrir todos los crímenes oficiales que se ordenaron, de sentir el espanto sobre la barbarie hasta que el propio dolor desemboque en furia que otorgue la fuerza liberadora y el coraje de dejar desnudos a los culpables: dar nombre y apellido a los criminales, dejar bien en claro su crimen y así crear el único modo de honrar a las víctimas caídas y salvarlas del ominoso olvido”.

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Verdades y errores políticos

Archivado en Sandra Russo • Fecha: 13-07-2003 00:00:00

Por Sandra Russo

Hace una eternidad, once meses argentinos, los diarios informaban, en notas no demasiado extensas, la noticia de un secuestro. No se trataba del pariente de un jugador de fútbol o de un actor, ni de un empresario ni de nadie influyente. Era un chico de 17 años, vecino del barrio El Jagüel, cercano a Ezeiza. Un chico pobre. Los padres y los amigos de Diego Peralta, el secuestrado, hicieron lo imposible por atraer hacia el caso la máxima atención posible, pero el nombre de Diego Peralta recién saltó a las tapas de los diarios el 13 de agosto, cuando su cadáver apareció degollado en una laguna de Quilmes. Y tampoco fue su horrible muerte lo que atrajo sobre ese nombre la fascinación mediática que explotó ese día y siguió durante todo ese mes. El caso Peralta fue noticia por la reacción popular de los vecinos de El Jagüel ante la confirmación del asesinato: incendiaron la comisaría del barrio, no permitieron el paso de los bomberos, fueron reprimidos con balas de goma, se mantuvieron toda una noche en la calle. Inauguraron lo que en estos días, en Arequito, en Arrecifes, en Lanús y en otros tantos lugares inesperados, se da en llamar “puebladas”. Catarsis colectivas de indignación embarazadas de un saber que no necesita explicaciones: la omisión en la investigación implicaba complicidad. La inacción policial encubría nexos opacos y siniestros con el crimen.
Hace esa eternidad, once meses argentinos, el caso Peralta puso sobre la mesa, con aquel estallido de rabia colectiva, la sospecha generalizada sobre los negocios turbios de la Bonaerense. Pero quien esa misma semana llevó el tema a un borde insoportable para aquella coyuntura electoral –hace un año todavía Duhalde coqueteaba con De la Sota; los duhaldistas de la provincia querían sacárselo de encima a Felipe Solá; Juan Pablo Cafiero en el Ministerio de Seguridad bonaerense era una especie de demonio garantista que cada noche era atacado desde la pantalla de Canal 9 y desde el éter de Radio 10– fue el entonces viceministro de Cafiero, Marcelo Saín. Sin referirse puntualmente al caso Peralta, pero sí en su contexto, declaró que el cáncer policial estaba íntimamente vinculado al cáncer político. “Existe un vínculo histórico entre la policía provincial y la política. Nadie puede negar el financiamiento policial de la política a través del narcotráfico, el juego y la prostitución. No hay posibilidad de que funcionen sin el amparo de la política”, dijo entonces.
Está visto que hay verdades fuera de tiempo y lugar, y a esas verdades se les suele llamar “errores políticos”. Sopló un vendaval sobre Saín. Duhalde lo llamó Caín. El entonces secretario general de la Presidencia y actual ministro del Interior, Aníbal Fernández, opinó que lo de Saín eran “estupideces”. Los caciques duhaldistas presionaron sobre Solá para echar al viceministro. La cúpula policial de entonces se atrincheró bajo las banderas de su honorabilidad. La cúpula policial de entonces, cabe aclarar, estaba encabezada por Alberto Sobrado, el mismo comisario mayor que la semana pasada fue echado de su cargo tras no poder explicar el origen de una gruesa cuenta bancaria en las Bahamas.
Como Sobrado no lo explica, se deduce: ¿qué otro origen puede tener ese dinero sino el delito? Esta semana desfilaron por todos los programas de televisión Felipe Solá y Juan Pablo Cafiero para hablar de seguridad y explicar por qué han decidido, ahora, atacar el delito por su base, es decir, por la complicidad policial. El domingo, Mariano Grondona le dijo a Solá: “Gobernador, voy a hacerle una pregunta brutal”. Tenía razón, la pregunta era brutal pero era, además, siniestra. Preguntó si no estábamos mejor en los tiempos de Klodczyk y su maldita policía, que podía ser corrupta (era obviamente corrupta), “pero ponía un límite, decía: acá no maten”. Tanto Solá como Cafiero se extendieron –más Cafiero que Solá– sobre posibles connivencias políticas con el delito policial. El delito que mayor muertes provoca es el robo de autos. El robo de autos está en conexión con el negocio de los desarmaderos (ésa era una de las hipótesis del caso Peralta). “Buscamos desarmaderos, los detectamos, pero si un intendente los habilita...”, deslizó Cafiero.
¿Qué otra cosa están diciendo sino que el delito policial “no tiene oportunidad de funcionar sin el amparo de la política”, como afirmaba hace un año Saín? Aquel viceministro ya no está en su puesto. Renunció en enero, tras presentar un plan de modernización policial que no le interesó a nadie. En él, señalaba además que “la lucha contra la delincuencia desarrollada por la policía ocupa una porción asombrosamente baja del tiempo y del esfuerzo de la propia institución”, porque las prácticas policiales “han estado orientadas hacia la reproducción y preservación de la institución policial”. Es castellano, fachada y transa.
En términos políticos es probable que hace un año este país no estuviera a la altura de ciertas verdades. En términos políticos es probable que tanto Solá como Cafiero hayan pensado siempre como esta semana, sólo que “el acierto político” –opuesto al “error” de la verdad– los haya hecho demorarse, esperar la oportunidad, juntar fuerza, apoyo presidencial, clima social propicio para atacar el problema por su origen.
En aquel plan de modernización que no llegó a interesarle a nadie, Marcelo Saín incluía una frase de Max Weber que decía que sólo se consigue lo posible “si se intenta lo imposible una vez, y otra vez”. Este año que pasó vivimos un proceso de desnudismo social e institucional que cada día nos acerca más a un presente módicamente más feliz pero increíblemente más maduro, en el que la política circula por un andarivel vecino a la verdad. Cuando los que dicen la verdad y los que hacen política sostengan una misma cosa, es probable que algo haya cambiado en serio.

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Archivado en Juan Gelman • Fecha: 10-07-2003 00:00:00

Por Juan Gelman

“La guerra es lo único que cura al mundo”, decía el escritor italiano Marinetti. “Es una necesidad filosófica”, afirmaba el pintor alemán August Macke, muerto en acción en 1914. “Es un gran remedio”, abundó el legendario escultor francés Gaudier-Brzeska, caído en combate en 1915. Y el artista norteamericano Marsden Hartley: “La guerra es la forma moderna del éxtasis religioso”. Es difícil que sus compatriotas en Irak compartan hoy ésas y otras expresiones similares de futuristas y vorticistas entusiasmados por la Gran Guerra: unos 28 efectivos estadounidenses perdieron allí la vida el mes pasado, cifra que duplica con creces la registrada en mayo, y la resistencia contra el invasor parece cada vez más organizada. Algunos murieron en accidentes que, en parte, son también consecuencia de los ataques iraquíes: conducían sus vehículos militares a toda velocidad para evitar posibles emboscadas.
Preocupa más al Pentágono otra clase de baja. La moral de sus tropas se deteriora y la prensa norteamericana da cuenta del hecho. “No se sabe quién es un enemigo, no se sabe en quién confiar”, declaró al Seattle Times (30/6/03) el sargento Gary Qualls estacionado en Ramadi, al noroeste de Bagdad. El telón de fondo es la promesa siempre postergada de un pronto retorno a casa después del derrocamiento de Hussein, en tanto el promedio de los enfrentamientos armados con iraquíes es de 13 cada día. Unos 9000 hombres de la 3ª división de infantería, sin misión alguna, esperan hace varias semanas que los devuelvan a EE.UU. La mayoría fue desplegada en la región seis meses y hasta un año atrás. Uno de sus oficiales describió así la temperatura mental de esas tropas: “Se desahogan con cualquiera que se preste a escucharlos. Escriben cartas, lloran, gritan, muchos no hacen más que dar vueltas visiblemente fatigados y deprimidos” (The Christian Science Monitor, 7/7/03). Las mujeres soldados con hijos la pasan sin duda peor.
Las voces de esa frustración están llegando al Capitolio. “La mayoría de los soldados vaciaría sus cuentas bancarias por un pasaje de avión a casa”, dice una de las cartas que en el Congreso se reciben de Irak con el reclamo de la repatriación. Y otra: “Mi mujer me escribe ‘la guerra terminó, ¿por qué no vuelves?’”. Otra más: “La forma en que hemos sido tratados y las mentiras constantes a nuestras familias sobre nuestro regreso nos han devastado a todos”. Estas tensiones son tomadas en cuenta en el Pentágono: especialistas del ejército están elaborando un programa de “descompresión psicológica” de dos semanas de duración a fin de readaptar a la vida civil a los que sean repatriados. En las oficinas del Departamento de Defensa no se olvida que en el 2002 seis militares de las Fuerzas Especiales que habían combatido en Afganistán asesinaron al volver a sus respectivas mujeres.
El senador republicano John McCain percibe la creciente inquietud de los votantes porque, a su juicio, la Casa Blanca no explica con claridad los planes para Irak. La semana pasada se explayó en el programa “Face the Nation” de la CBS: “Es tremendo el apoyo de mis electores al presidente, a lo que nuestros militares, hombres y mujeres, hicieron, pero sienten ansiedad”. Y se esperanzó: “Creo que si se les dice exactamente qué se está pensando, seguirán apoyándolo”. Quién sabe. La Casa Blanca está pensando exactamente que la ocupación de Irak se prolongará al menos cinco años. Y luego: que los 150.000 yanquis desplegados en ese país, más los 80.000 instalados en países vecinos –incluso ex repúblicas soviéticas–, no parecen suficientes. Tal vez éstos recuerden que, antes de la invasión, el jefe del Pentágono Donald Rumsfeld aseveró que se trataba de “liberar, no de ocupar” Irak. Ahora lo oyen vociferar que la guerra contra el terrorismo en Irak y en el mundo “no finalizará en poco tiempo”.
Un militar norteamericano de alta graduación que prefirió el anonimato ha señalado al periódico escocés Sunday Herald (6/7/03): “Nuestras fuerzas están desplegadas en muchos más lugares que antes, de Colombia a Corea del Sur y en puntos intermedios. Tiene que haber un límite y podríamos alcanzarlo en Irak si hacen falta más tropas sobre el terreno”. En efecto: unos 370.000 efectivos estadounidenses están repartidos por el mundo y esa cifra constituye el 37 por ciento del millón de jefes, oficiales, soldados y reservistas de las fuerzas armadas, un total que incluye a la guardia nacional. Como prueba Irak, la tecnología bélica más avanzada facilita rápidas victorias, pero es insuficiente para ocupar un país: la infantería sigue siendo clave. ¿Cómo hará entonces Bush hijo para concretar el imperio mundial con el que sueña? “No basta con desear, además hay que tener buenos riñones”, dejó escrito Diderot.

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