Por Sandra Russo
La palabra adicción lo dice todo. En su interior late, precisamente, aquello que no se dice. Adicción es la falta de palabra, y aquellos –casi todos, más o menos, en algún momento de nuestras vidas– que padecieron alguna adicción saben que, si se puede salir de ellas, es porque, seguramente con ayuda, se pudo acceder a la instancia en la que eso que estaba mudo, habló. La adicción a las drogas legales o ilegales siempre delata un dolor. Un dolor por lo que encubre, por lo que disfraza o disimula. Las adicciones –a las drogas, a una persona, al trabajo, a la comida, al shopping, al juego– tapan algo impronunciable. Las adicciones cubren vacíos y ponen sobre la mesa una verdad que los que han gambeteado ése o cualquier otro vicio no quieren escuchar, porque aunque se sea una intachable madre de familia o un impecable corredor de bolsa, esa verdad nos roe a todos: la vida cuesta. Afuera de las propagandas de galletitas o de las teleseries de amor, la vida duele. En este sentido, los adictos de cualquier especie funcionan como los locos de una familia. Son espejos en los que nadie quiere verse. Recuerdan, a los cuerdos, que la locura les camina al lado.
Esta semana despertó polémica la iniciativa de algunos jueces y ex jueces para despenalizar la tenencia de drogas para consumo personal. Esa iniciativa provocó escozor en una sociedad férreamente adicta a lo no dicho. En ese marco, la figura del consumidor social u ocasional de drogas es incómoda. Esa sociedad preferiría que nadie fuera consumidor social u ocasional de drogas, porque si las drogas no llevan, por definición o inevitablemente, a las adicciones, abren una puerta que esa sociedad repele con fuerzas sobrehumanas. La del placer.
Más allá de los convincentes argumentos jurídicos de ese grupo de especialistas en Derecho, más allá de que en esa polémica se menee todo el tiempo el personaje del “pibe que es encontrado con un porro en el bolsillo”, el tema –que involucra a miles y miles de adultos responsables de sus actos– es urticante porque desnuda una de esas realidades que siempre se ha preferido mantener en silencio: hay muchísimos consumidores sociales u ocasionales de drogas que no le hacen mal a nadie, y que ni siquiera se hacen mal a sí mismos. Todo lo contrario, experimentan momentos placenteros, y para colmo no pagan ese placer con el sufrimiento que deviene de una adicción. El placer que no se paga es uno de los tabúes más fuertes que nos dominan. Después del placer está ordenado el escarmiento.
Hasta parir, que es uno de los verbos más sacralizados, está asociado con dolor. El mandamiento de parir con dolor cumple el mandato de pagar el presunto disfrute sexual que dio lugar al embarazo. Las organizaciones “provida”, que en estos días siguen intentando por todos los medios detener el Programa de Salud Reproductiva y que han hecho de la patria potestad sobre las adolescentes su caballito de batalla, en realidad se espantan ante la posibilidad de que el Estado facilite a las chicas el sexo seguro, que es el único sexo placentero. Saben perfectamente que aun sin métodos anticonceptivos las chicas ejercerán su sexualidad, como lo han hecho siempre en todas las épocas. Pero, ¿cómo ejercer control sobre el placer allí donde desaparezcan los fantasmas? ¿Cómo hacer para que al placer sexual siga imponiéndosele el miedo? Las miles de mujeres que mueren anualmente por abortos mal hechos y las miles de adolescentes madres son, en realidad, para esa sociedad adicta a lo no dicho, tan funcionales y útiles como los muertos por sobredosis. Esas tragedias indican que las drogas y el sexo son peligrosos, y que todo placer implica riesgos lo suficientemente intolerables como para tolerar la abstinencia de placer.
Entrelazando una cosa con la otra –el placer sexual femenino y el consumo ocasional de drogas livianas–, leí hace un tiempo el libro de la periodista científica norteamericana Natalie Angier Mujer, una geografía íntima. En el capítulo dedicado al clítoris, Angier –ganadora del Premio Pulitzer– analiza la naturaleza ingobernable de ese órgano femenino dedicado exclusivamente al placer. Las mujeres sabrán de lo que hablo: el clítoris, ese reino minúsculo y majestuoso que alberga 8000 terminales nerviosas, no obedece órdenes. Jamás sabremos cuándo habrá de funcionar como un motor casi autónomo o cuándo nos dejará sin combustible a la mitad de camino. Angier observa que el clítoris no entabla relación con la voluntad ni el intelecto, sino con el “verdadero” estado de ánimo de sus dueñas, convirtiendo al orgasmo femenino en una fiesta esquiva. En mujeres anorgásmicas, Angier afirma que es recomendable el uso de ciertas drogas, por ejemplo la marihuana. “Puede ser un buen mentor sexual y un electricista sublime, que lleve las luces de Broadway a mujeres que han pasado años en frígida penumbra. Todas las mujeres de mi familia aprendieron a llegar al clímax fumando marihuana –mi madre, cuando ya pasaba los cuarenta años y tenía cuatro hijos–. Sin embargo, nunca he visto la anorgasmia en la lista de indicaciones de la marihuana para uso médico. Por el contrario, se nos dice que algunas mujeres no necesitan tener orgasmos para que su vida sexual sea satisfactoria, un argumento tan convincente como decir que a mucha gente que no tiene casa le gusta vivir en la calle.”
Desde que lo leí me pareció una provocación fenomenal: juntar el disfrute del porro con el del polvo. ¿Provocación a qué? Nada menos que al aparato de poder y de control que ha invadido desde hace siglos los resortes más íntimos de cada uno, desconectándonos de nuestros núcleos. ¿Y provocación para qué? Bueno, para ser más libres.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-22001-2003-06-29.html
Por Juan Gelman
No hay peor crédulo que el que cree lo que quiere creer. ¿O en el caso de Donald Rumsfeld el calificativo es otro? El jefe del Pentágono insiste en darle crédito al Dr. Jidir Abdul Abbas Hamza, a quien el mes pasado envió a Bagdad para supervisar la industria nuclear iraquí, aplicada –que se sepa– a usos civiles en medicina, ingeniería y agricultura. Este oscuro personaje huyó de la dictadura husseinita en 1994 y es cierto que había trabajado en los programas nucleares de su país. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIOIEA) lo tenía registrado como técnico en enriquecimiento de uranio electromagnético, pero Hamza no se conformó con eso: una vez fuera de Irak se autoungió “padre de la bomba nuclear de Saddam” y se dedicó a filtrar a la prensa británica documentos que anunciaban la realidad en pocos años de arma semejante en los arsenales del tirano. Sucedió en 1995 y no tardó en nacer una leyenda: Hamza había desaparecido luego en Grecia, asesinado por agentes iraquíes.
La leyenda era tan falsa como los documentos. The Sunday Times, tras publicarlos, los entregó a la OIOIEA y una reciente investigación del periodista inglés Solomon Hughes sacó a luz los comentarios que el organismo internacional elevó al Consejo de Seguridad en carta fechada en julio de 1995. “Un detallado análisis de la forma y el contenido de los documentos puso de manifiesto un gran número de errores y contradicciones”, señala la OIOIEA. Agrega: “Los documentos presentan errores de construcción y sugieren que se ha llevado a cabo una pobre adaptación de documentos iraquíes auténticos”. Los integrantes de la misión de la ONU que buscaban armas en Irak llegaron también a la conclusión de que “no son auténticos”. El inspector Maurizio Ferrero no recurrió al eufemismo: los motejó de “falsificaciones”.
El general Hussein Kamal, yerno de Saddam, dirigía el programa iraquí de armamentos cuando decidió –también en 1995– pasarse a Occidente y colaborar con los inspectores de la ONU. Las amenazas contra su familia lo instaron en 1996 a regresar a Bagdad, donde fue asesinado, pero ésa es otra historia. A comienzos del corriente año trascendieron algunas de sus consideraciones de Kamal sobre Hamza, registradas en acta: “Trabajó con nosotros, pero era un inútil y siempre andaba buscando ascensos. Me consultaba, pero nunca aportó nada. Es un mentiroso profesional”. No están lejos de éstas las opiniones del físico David Albright, presidente del Instituto de Ciencia y Seguridad Internacional de Washington DC, quien cooperó activamente con la OIOIEA de 1992 a 1997: “Lamento no poder recomendar al Dr. Hamza, de ninguna manera. Creo que deforma deliberadamente tanto sus calificaciones pasadas como sus declaraciones sobre la capacidad nuclear anterior y actual de Irak”. Para el ex director de la CIA, James Woolsey, claro que no: “Tengo una elevada opinión de él (Hamza) y no encuentro motivos para no creer en sus afirmaciones”.
Se explica: cuando Hamza aterrizó en EE.UU. en 1998 se acercó a los superhalcones que entraron en la Casa Blanca con Bush hijo. Se convirtió en un infatigable informador de la Oficina de Planes Especiales del Pentágono, la misma que proporcionó las “pruebas concluyentes” de que Saddam tenía armas de destrucción masiva mientras la CIA mostraba cautela sobre el tema. Fue además un propalador incansable de la necesidad de invadir Irak porque poseía armas químicas y biológicas, y apoyaba a Osama bin Laden. Así lo testimonió ante el Congreso estadounidense en el 2002. En septiembre de ese año aseveró a The Times, el Daily Mirror y el Daily Express que Bagdad estaba a punto ya de producir bombas nucleares. El falsificador nutrió el expediente de Bush para atacar a Irak.
En 1998, Hamza quiso despegarse de la cuestión de los documentos falsos y no encontró mejor argumento que aducir que, en realidad, alguien se había hecho pasar por él y que ese alguien había entregado los documentos fabricados a The Sunday Times. Pretendió que el engaño era obra de uncierto grupo opositor iraquí que quiso obligarlo a abandonar su refugio en Libia. Al parecer no advirtió que esta intrincada explicación, si cierto fuere, confirma que los opositores a Hussein falsificaban los documentos que los gobiernos de EE.UU. y del Reino Unido devoraron con gusto y gana. Para la OIOIEA se trató de una adulteración grosera: dice en su carta al Consejo de Seguridad que “expertos de Estados con armas nucleares” evaluaron los elementos técnicos del supuesto programa iraquí de producción de esas armas y los consideraron “inverosímiles”. “Se ha establecido claramente –remacha– que existen inexactitudes significativas en cuanto a calificaciones, títulos y nombres del personal (iraquí), así como en lo atinente a la organización de las estructuras técnicas y administrativas.”
Ocho años después, el subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz –según trascendió–, nombró personalmente a Hamza asesor de la Oficina de Reconstrucción y Asistencia Humanitaria del Pentágono encargada de “reconstruir” Irak con la ayuda de iraquíes exiliados que hace mucho no pisan el país. Preguntado sobre esta designación, el vocero del Pentágono, Daniel Hetlage, se explayó en sus confianzas: Hamza fue seleccionado, dijo, “por su vasta experiencia de gestión en el campo nuclear”. Un campo, por lo visto, que requiere todo tipo de habilidades.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-21857-2003-06-26.html
Por Juan Gelman
Suele decirse que a veces el pasado amenaza al futuro. En efecto: si hay en Alemania quienes corrigen los hechos, niegan la existencia de la Shoa y de las cámaras de gas y pretenden que el primer pueblo ocupado por Hitler fue el pueblo alemán, el horror puede volver. O cuando ciertos militares y civiles argentinos venden la tragedia de la dictadura militar como una gesta patriótica contra la subversión que apenas cometió algunos excesos –los “excesos” alcanzaron a una “subversión” muy numerosa, por lo visto: 30.000 desaparecidos–, el horror se puede repetir. Esos revisionismos causan una preocupada indignación. En cambio, la indignación se permite sonreír cuando Bush hijo proclama que los críticos de sus justificaciones para invadir Irak son “historiadores revisionistas”. He aquí un caso de presente que amenaza al pasado.
Y se trata de un pasado recientísimo. “El peligro para nuestro país es grave –espetó Bush en septiembre de 2002–. El peligro para nuestro país está aumentando. El régimen iraquí posee armas biológicas y químicas” y Saddam “puede tener armas nucleares en menos de un año”. Su adlátere, el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, fue aún más taxativo: “Nadie en el mundo cuestiona que ellos (los iraquíes) tienen esas armas. Nadie en el mundo cuestiona que siguen desarrollándolas y comprándolas. Nadie en el mundo cuestiona que están dispuestos a usarlas. Nadie en el mundo cuestiona que están amenazando constantemente a sus vecinos con ellas. Todos sabemos eso. Hasta un mono amaestrado lo sabe”. Pareciera que el presidente Bush quiere despegarse de esa condición: el 3 de junio declaró a la televisión polaca “encontramos las armas de destrucción masiva, encontramos laboratorios biológicos y encontraremos más armas con el tiempo”. Pero tales armas no aparecen y hace unos días corrigió: “Estoy absolutamente convencido de que, con el tiempo, encontraremos que ellos (los iraquíes) tenían un programa (de producción) de armas (de destrucción masiva)”. Con el pasito de “armas” a “programas”, Bush hijo demuestra que el pasado es impredecible.
Su socio Tony Blair no se quedó atrás. Además de esgrimir un documento adulterado para probar que Hussein tenía en cada mano una catástrofe que se aprestaba a arrojar contra Londres y el mundo, aseguró que en sólo 45 minutos el dictador iraquí podía desatar una agresión con armas de destrucción masiva. Cabe reconocer que esta clase de ejercicio tiene tradición en el Reino Unido. La Gran Guerra de 1914-1918 no gozó en sus inicios de la simpatía de la población británica. Tampoco –por otras razones– de la opinión pública de EE.UU., cuyo sostén Londres necesitaba. Whitehall programó entonces una campaña bien sazonada de rojo y amarillo y los periódicos británicos y norteamericanos se encargaron de difundir brutalidades varias de las tropas alemanas que avanzaban en territorio belga para ocupar París. Presuntos testigos habían visto a soldados alemanes con bebés ensartados en sus bayonetas que recorrían las calles al son de marchas militares. Abundaron los relatos de niños belgas con las manos cortadas para que no usaran armas contra el invasor. O de cadáveres de mujeres con los pechos mutilados. O de mujeres violadas en serie por los “hunos” frente a batallones que aplaudían. El gobierno británico pagó los gastos de un grupo de belgas que viajó a EE.UU. para contar estas historia al que el presidente Woodrow Wilson recibió con solemnidad.
Whitehall hizo más. Estableció una comisión presidida por el vizconde James Bryce, prestigioso y anciano historiador, que en mayo de 1915 presentó un informe que corroboraba y aun ampliaba esas denuncias. Los seis historiadores y juristas de la comisión habían “analizado” las declaraciones de 1200 testigos, sobre todo belgas refugiados en suelo británico, a quienes nunca interrogaron directamente –eso era “tarea de abogados”– y tampoco identificaron. Londres distribuyó profusamente el documento y en EE.UU. se pudo leer una primera plana del New York Times con estos titulares: “El Comité Bryce prueba las atrocidades alemanas/No sólo crímenes individuales, también matanzas premeditadas en Bélgica/Mutilación de jóvenes y ancianos/Mujeres atacadas, niños brutalmente asesinados, incendios y saqueos sistemáticos/Prisioneros y heridos baleados/Civiles usados como escudos”. Etc. Tony Blair parece haber cursado con brillo la escuela Bryce.
Los efectivos alemanes perpetraron, sí, salvajadas como el arrasamiento de la ciudad belga de Dinant y el asesinato de sus habitantes. Pero el incómodo abogado yanqui Clarence Darrow dudaba de las veracidades del informe Bryce. A fines de 1915 viajó a Francia y ofreció mil dólares, equivalentes a unos 17.000 actuales, a quien le trajera un niño belga o francés con las manos cortadas por un soldado alemán. Nadie se presentó. Hace casi un siglo que el diplomático anglo-irlandés Roger Casement, de quien Bryce había sido colaborador, señaló sobre su informe: “Basta con dirigirse a James Bryce, el historiador, para condenar a Lord Bryce, el partidista”. En el caso del presidente Bush, basta dirigirse al de hoy para condenar al de hace un par de semanas.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-21738-2003-06-22.html
Por Osvaldo Bayer
Aquel anochecer del verano de 1953 estábamos todos los estudiantes en el patio de la facultad de historia de Hamburgo, esperando con suma nerviosidad. Hasta que entró por la puerta grande el profesor de Historia Contemporánea y nos dio la trágica noticia: “Los acaban de ejecutar”. Hubo algunos gritos pero después dominó el silencio. Algunas estudiantas comenzaron a sollozar. Tanto se había luchado, para nada, para la muerte. La Justicia de Estados Unidos había ejecutado al matrimonio Rosenberg, acusados de espionaje a favor de la Unión Soviética. En la silla eléctrica. Símbolo de la Justicia de Estados Unidos. Símbolo del gusto macabro de la mayoría del pueblo de Estados Unidos. Todos los indultos pedidos habían fracasado. Hasta el del Papa. El presidente de Estados Unidos, el general Eisenhower, se había callado la boca. Típico. Si alguien no le da la orden, no saben jugarse.
La juventud alemana estaba conmovida. Apenas a ocho años de haber terminado la cruel guerra, seguía la muerte. Ellos habían podido aprender lo que había sido el nazismo y los crímenes. Y ahora, eso, el mismo método, el mismo símbolo, a un matrimonio judío y comunista los electrocutaban por “traición a la patria”. Era para mirar el cielo y preguntase: ¿y ahora qué?
Esa misma noche los miembros de la Federación de Estudiantes Socialistas Alemanes teníamos una clase sobre socialismo con Willi Brandt, que había venido expresamente de Berlín para enseñarnos. Estaba destrozado con la noticia. “No sólo han asesinado los norteamericanos a un hombre y a una mujer sino también a una pareja de padres. Les han impedido para siempre a los dos pequeños hijos gozar del amor de su madre. ¿Estaba eso acaso en la pena de muerte? ¿Cómo pueden matar a una madre de niños tan chicos?” Se preguntó desesperado: “¿Qué clase de bestias somos, los seres humanos?”. Y casi gritó: “¡Matan a dos personas y dejan a sus hijos solos, huérfanos, en orfandad, solos, deshijados, arrinconados!”.
Se lo veía desesperado a quien había luchado tanto contra Hitler desde el exilio interno con una valentía de puro coraje y fuerza. Cuando años después Willi Brandt tomó el gobierno, su primer acto fue arrodillarse ante el monumento al Holocausto y pedir perdón, por la bestial matanza, en nombre del pueblo alemán, me acordé de su dolor ante el asesinato legal de los Rosenberg y ese pensamiento que lo dominó: ¿y los hijos? ¿y los hijos que se quedaban sin amor?
El crimen contra los Rosenberg siempre estuvo en la discusión. Porque aquí no era el tema si eran culpables o no, sino con qué derecho se los condenaba a la muerte y con ello a la separación definitiva de los hijos.
Las denominadas pruebas fueron decires, declaraciones de cual o tal testigo, y las de los de siempre, los de los servicios de informaciones, alcahuetes consumados que viven de eso. Cuando cayó el Estado comunista, los archivos dejaron en claro que Ethel y Julius Rosenberg no eran espías. Pero esto no importa. Importa la muerte y el derecho de matar.
En la Argentina, en el Teatro del Pueblo hubo tiempo y lugar para recordarlos. El viejo club alemán socialista Vorwärts trajo anteayer a la discusión el drama tan injusto y se habló de ellos y de lo que es la Justicia norteamericana. Porque ¿qué hubiera hecho ante un suceso similar el George W. Bush? No perdamos palabras, basta con imaginárselo. No hemos ganado nada. Estados Unidos, 1953, Estados Unidos 2003.
Pero estuvo muy bien lo del Teatro del Pueblo. Porque en la Argentina de la Desaparición y de la Obediencia Debida, han comenzado a soplar corrientes de aire puro por nuestras pampas. Por ejemplo, uno de ellos, lo de Margarita Belén. Lugar del espanto, donde el ejército argentino fue capaz de demostrar la máxima de las cobardías. El asesinato de prisioneros a garrotazos y a balazos en la nuca. Y la mentira de siempre: “Fue unencuentro con terroristas”. Y ahora el juez Skidelsky, de Resistencia, ha ordenado la detención de los oficiales que actuaron y viven hoy impunemente libres y pasean por nuestras calles con el mayor cinismo, uno de ellos es nada menos que el agregado militar en la embajada de Roma. Justo el representante que merecemos.
El bochorno y el dolor tiñe nuestra sangre cuando nos describen el estado en que los militares dejaron los cadáveres de sus víctimas, todos muchachos y muchachas en plena juventud. Muestran un castigo inverosímil, solo imaginable si partió de oficiales y suboficiales de nuestro ejército. El momento de la muerte. Y el olvido de esas víctimas, a lo que nos quisieron obligar los políticos de la Obediencia Debida y el Punto Final.
Y así como en Resistencia se ha escuchado la clarinada de los justos, así también debería suceder en Tucumán, donde los organismos de derechos humanos luchan contra la candidatura del masacrador Bussi. Claro, a esta altura, no tendría que ser la Justicia, sino el pueblo mismo que le diga al desaparecedor: “Usted aquí nunca más, no queremos asesinos. Váyase a vivir a tierras sin sol, sin verdes y sin jóvenes”. Bussi, general de verdugos, no debe pisar más tierra tucumana. Les compete al coraje civil de los tucumanos.
Argentina, 2003: el general Menéndez volvió a sacar la daga. Los cordobeses ya tendrían que haber hecho el monumento a la daga. El monumento al general que hizo lo que quiso, empleó los métodos que se le dio la gana, mató, torturó, secuestró a niños y no dio cuenta de las pertenencias de sus perseguidos. Veinte años que el general anda con su daga. Es suficiente ya. Ojalá que encuentren un juez con coraje civil. Si no tienen, se lo podrían mandar desde Resistencia.
Y decimos con sorpresa y sentido de justicia que por fin en nuestro país se ha dado el puntapié de oro. Un altísimo funcionario recién nombrado, el doctor Carlos Sánchez Herrera, procurador del Tesoro, recibió el puntapié de oro al trascender la noticia que había sido el defensor de uno de los peores criminales uniformados de la apropiación de niños, el general Juan Bautista Sasiaiñ. Por fin se hace justicia. El presidente de la Nación lo echó. Los argentinos empezamos a lavarnos las manos sucias, mientras Alfonsín ya fue tres veces a la iglesia de la Inmaculada Concepción a pedir perdón por sus leyes de Obediencia Debida y Punto Final.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-21665-2003-06-21.html
Por Sandra Russo
En la pieza del fondo, ellos hablaban de la vuelta de Perón. En el living, nosotros escuchábamos a Pescado Rabioso. La casa era una casa de clase media, suburbana. Una familia típica: padre, madre, dos hijas. Los que en la pieza del fondo hablaban de la vuelta de Perón eran los amigos de la hermana mayor y la hermana mayor. Los que en el living no hablábamos de nada, mareados como estábamos por el humo y la música que impregnaban el aire, éramos los amigos de la hermana menor y la hermana menor. Entre ellas se llevaban solamente cuatro años. Una franja de tiempo delgada. Pero por ahí, justo por esa franja, pasó la historia su guadaña.
Esa diferencia de cuatro años nos hacía tan incompatibles que en ese tiempo no nos dignábamos, juntos, ni a comer una pizza. No era recelo ni enemistad, era más bien, por un lado, desprecio; y por el otro, desinterés. Los más chicos estábamos profunda y precozmente desinteresados de los apasionantes temas que encendían a los de la pieza del fondo. Rehenes de las hormonas que nos estaban explotando en el cuerpo y en el cerebro, rehenes también y sin saberlo todavía de la tempestad que se avecinaba, flotábamos en un mambo de sensualidad, introspección, arte y pequeñas revoluciones personales. Ellos, los de la pieza del fondo, a su vez, estaban descubriendo, con un alborozo juvenil apenas más domesticado que el nuestro, otro mambo. Les estaba siendo revelada la dimensión política de las cosas. Para ellos nosotros éramos unos pelotuditos. Para nosotros, ellos eran hartantes.
Acá se termina lo personal del recuerdo. Esa casa suburbana podría haber sido cualquiera. La diferencia de edad entre los de la pieza del fondo y los del living hubiese podido ser de dos o de seis años. Como fuere, quien esto escribe estaba en el living. Y los de la pieza del fondo... ¿quiénes eran?
Podrían ser muchos de los que salen, paralizados para siempre en su más cruda juventud, en los recordatorios que se publican cada día en este diario. Esa franja de dos, cuatro o seis años de aquellos hermanos mayores los instaló en ese perpetuo lugar de mártires, en esa herida que en veintiséis años no ha cesado de sangrar, en ese cuadrado blanco y negro desde el que, sonrientes, con la guardia baja, mal enfocados, muchos de ellos niños todavía, no han dejado de mirarnos nunca, ni de señalarnos que su ausencia en masa tal vez sea la clave de la orfandad de este país.
Fue a fuego lento, como se cocinan los complejos y las leyendas, que entre los del living y entre los sobrevivientes de la pieza del fondo surgió una idea difícil de sostener y sobrellevar. Esa idea refiere algo más o menos así: mataron a los mejores. Al atroz “algo habrá hecho” se le sobreimprimió una consigna inconsciente que marcó a los del living y a los sobrevivientes de la pieza del fondo: “Si sobrevivió, algo habrá dejado de hacer”.
Y ahora, por primera vez desde que aquellos niños-todavía fueron detenidos en esas fotografías luctuosas desde las que siguen mirándonos tan atentamente, aquellos otros chicos que siguieron con la inevitable tarea de crecer, hacerse hombres y mujeres, vivir, madurar y padecer un país que cada vez se fue alejando más de aquella fantasía de justicia y equidad –de la que tanto hablaban en la pieza del fondo, y cuyos ecos llegaron hasta el living–, tienen una chance.
No es que hasta ahora los miembros de esa generación hayan permanecido congelados, pero es como si hasta ahora los miembros de esa generación hubieran permanecido congelados. ¿Cómo me explico? No es fácil lo que quiero decir. Hubo un mareo, una enorme confusión, un desaliento hondo y profundo que caló en los huesos de los vivos en nombre de los huesos de los muertos, que nunca aparecieron (mientras falte uno faltarán todos). Hubo un estado de shock generacional, una rendición simbólica, un desasosiego que duró más de veinte años, una desconexión ciega y sorda de cada bandera caída. No hubo con qué manos levantarla. No hubo energía ni disposición del alma. Hubo duelo, un duelo largo, extraño ycontradictorio. Hubo otros que llenaron cada silla vacía en el juego argentino de la silla. Hubo lo que todos sabemos: política de mierda y mierdas que hicieron política hasta envenenar cada palabra y cada uno de sus actos.
Y ahora, como los invitados al baile de la Bella Durmiente, que cien años después de haber quedado petrificados por la maldición de un hada volvieron mágicamente en sí, algo reaparece, alguien reaparece, algunos reaparecen. Reaparecen en los lugares que estaban vacíos porque estaban ocupados por desaparecidos. Reaparecen pronunciando palabras voluptuosas, como cualquier palabra verdadera. Reaparecen creyendo lo que dicen, o por lo menos podemos creernos eso: que se puede creer lo que se dice.
Puede ser un espejismo o puede ser real. Que esa generación vuelva a encontrarse con aquel espejo roto que fue ella misma antes, en la pieza del fondo o en el living, y que en honor a los que faltan sea capaz de regalarles –a los que faltan pero sobre todo a los que están– la certeza de que no estuvo mal haber sobrevivido. La certeza de todo lo contrario.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-21472-2003-06-16.html
Por Sandra Russo
Desde hace una semana no hago más que toparme con gente aterrorizada con la posibilidad de ser confundida con oficialistas. Es más, conozco varios que tiemblan porque de lo que tienen miedo es de convertirse en oficialistas, lo cual ya sería el colmo. “No estaba preparado para esto”, me dice un amigo periodista por teléfono. “Es tremendo”, agrega. “Tantos años de pensamiento crítico y ahora me exprimo el cerebro y no me sale criticar nada”, sigue. “No puede ser”, lo consuelo. “Vas a ver que van a pisar el palito”, lo aliento. “Eso espero”, dice él. “Si no, ¿de qué voy a vivir? ¿De qué me voy a disfrazar? ¿De simpático?”, continúa. “Algo anda mal: todo va bien”, concluye.
Convengamos en que la amenaza del oficialismo para un periodista es algo así como una espada de Damocles, como un talón de Aquiles o como un hilo de Ariadna que puede internarlo de cabeza en lo más profundo del laberinto profesional. Pero nadie parece estar a salvo del fantasma, ni siquiera los analistas y sus pacientes. “Ayer tuve sesión y me la pasé hablando de mi estado de ánimo”, me dice una amiga. “¿Andás mal?”, me inquieto. “¡No!”, me contesta excitada: “¡Estoy contenta!”, dice. “¿Y a que no sabés? ¡Mi analista también! Dedicamos toda la sesión a ver cómo gestionamos la alegría, porque imaginate que hago análisis hace como ocho años, pero nunca hice otra cosa que quejarme. Así que estoy como descolocada”, me explica.
Mi vecina llega a mi casa indignada. Kirchner está hablando por televisión sobre Nazareno. Escuchamos atentamente. Cuando termina, nos miramos. Ninguna de las dos sabe qué palabra usar para calificar lo que acabamos de presenciar. Es más: tenemos la sensación no sólo de haber visto sino de haber sido testigos de algo importante. “Sorprendente”, me animo, al fin, a insinuarle. “Sí, pero qué jodido”, dice ella. “¿Qué jodido qué?”, me enervo apenas. “Que este tipo disimuló en la campaña, no me digas. Se hacía el boludo o qué. Si hubiera hablado así yo lo votaba, ¿te das cuenta? Por su culpa no lo voté”, desgrana, con lógica femenina implacable, antes de enumerar todas las razones por las que decidió, el 27 de abril, no encolumnarse atrás del mal menor, y depositar su voto, cual perla cultivada, con la boleta de una minoría purista. “Y ahora siento que me quedé afuera, caramba, no tiene derecho.”
“Mantengo mi entusiasmo en estado de alerta”, aporta una chica joven y habituada al descreimiento en general y en particular. “¿Vos también creés que está por pisar el palito?”, la interrogo. “¡¡No!!”, interrumpe. “No quiero abandonarme al entusiasmo, así me sigue deslumbrando”, me aclara, como si esos ejercicios de escepticismo eufórico fueran fácilmente asimilables para generaciones que, como la mía, cuando ven un hueso con carne lo muerden hasta con las muelas de juicio.
Algunos viven el presente como si fuera de cristal, con miedo a romper el encantamiento. Otros lo toman con pinzas, como el que se ha quemado con leche y ve una vaca, o como el que ha dormido con un niño y ha amanecido mojado. No faltan los que se van permitiendo, a medida que el señor Kirchner parece ir subiendo su apuesta, cierto estado de arrobamiento homeopático que sólo confiesan cuando intuyen que están con otros que padecen el mismo estado de ligera infección de salud. Pero no cabe duda de que, por estos días, este país está lleno de gente desconcertada. El menos carismático de todos se está volviendo un antihéroe de traje descruzado al que Elisa Carrió le pide moderación y que es capaz de enternecer (¡epa!) hasta a la mismísima Hebe de Bonafini.
Nadie puede, todavía, acertar a decir si Kirchner es alguien extraordinario, o alguien absolutamente ordinario en el sentido que a él más le gusta: alguien absolutamente normal, pero tan normal que cuandoescucha hablar a Julio Nazareno advierte que lo que dice Nazareno no es apropiado que lo diga el presidente de la Suprema Corte de Justicia. Hemos pasado, en conjunto, por tantos períodos de anormalidad ininterrumpidos, que nuestros parámetros pueden haber cambiado sin que nos demos cuenta, y puede ser que Kirchner, sencillamente, esté poniendo las cosas en su lugar. Hemos naturalizado tanto los mamarrachos y las deformidades, que puede ser que lo que esté pasando sea apenas una entrada gelatinosa –vertiginosa– en la normalidad.
Como fuere, alertas, desconcertados, hoscos, tímidos, asombrados, azorados, sonrientes, miles y miles se asoman cada día al festival del fin de época. Y ya empezó a esbozarse un paisaje, más chiquito y más realista que aquel en el que se pedía que se fueran todos. Un paisaje más a mano, un viaje que uno siente que incluso puede pagar: finalmente, algunos están insinuando que pueden ser útiles, otros acaso resulten indispensables. Y tal vez, si salen bien las cosas, logremos que se vayan los que se tenían que ir.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-21184-2003-06-09.html
Por Osvaldo Bayer
Estamos viviendo el tiempo de la escoba, después de tantos años de crímenes, mentiras, disimulos, obediencias debidas, de cambiar todo para no modificar nada. Al parecer, se ha comenzado a revolver los podrideros y sacar de las pestañas a los que se habían aguantado veinte años en las sombras para seguir dominando. Primero le acaba de tocar al Ejército, con unos cuantos generales de chaqueta con manchas de sangre; luego a la policía, con sus uniformes azules duros de puro barro, sangre, billetes y balazos arteros, y ahora estamos pasando a los jueces, cofradía de zapatos lustrados y alma de guerra, y más adelante tendríamos que llegar allí donde la sociedad más pudrió lo que el pueblo argentino desde siempre había tenido como una bandera de lucha y de principios: el movimiento obrero. Los “gordos” dueños de un nivel de vida y un lenguaje que es un insulto ante la pobreza de los hijos de la tierra. Los gordos, de traje a medida, autos último modelo, representantes de “nuestra clase trabajadora”. ¿Cómo se pudo llegar a ese ridículo? Si tomamos a un dirigente metalúrgico de 1919 marchando durante la Semana Trágica, con su gorra, su pañuelo al cuello, su chaleco desflecado, sus alpargatas, dando la cara ante los milicos de siempre por las sagradas ocho horas de trabajo, y lo comparamos con el secretario general de la CGT, nada menos, Daher, ya podemos calcular todo. La frase final es aquella que dijo Daher poco antes del 1º de Mayo: no, no se hace demostración de los trabajadores porque hay inundación en Santa Fe. Así terminan –parece pura imaginación– aquellas demostraciones de principios de siglo que hacían reventar la Plaza Lorea, pese a los tiros y las amenazas de la montada. Miles y miles de trabajadores por sus derechos. No, no, ahora los discípulos del tordo y de Barrionuevo se van a jugar al golf o a cazar.
En medio de este clima de Sodoma y Gomorra acaba de morir uno de los héroes máximos del movimiento obrero argentino, don Domingo Trama. A los 92 años. Dirigente de la huelga más larga del siglo, la de los obreros de Talleres Navales, sí, la misma del coronel Ramón Falcón que se dedicó a matar obreros.
Don Domingo Trama, el dirigente que cuando las marchas obreras eran atacadas por los uniformados eternos, él se quedaba. No huía. Allí estaba, mientras pasaban los sablazos y los tiros. ¡Qué orador! Lo escuché hablar más de una vez con su lenguaje que parecía de hombre de campo pero que había surgido desde niño de los talleres del Dock Sud y de La Boca. Muchas veces tenía que hablar en xeneize, para que lo entendieran los obreros recién llegados de la Liguria. Así vivió, siempre primero cuando se trataba de defender un derecho, con sus brazos largos ordenando las columnas obreras. Domingo Trama. Cuando lo despedimos ante su último lugar terreno le dije, así de simple, que le llevara el saludo de los pobres argentinos a los dos héroes Sacco y Vanzetti, por los cuales luchó a pedrada limpia en las calles de la adolescencia, contra la policía de azul y el ejército marrón terroso. Humilde, con monedas en el bolsillo, pero siempre con el boletín del sindicato recién impreso.
Domingo Trama, uno de nuestros últimos Hijos del Pueblo. Por supuesto, de la CGT de los gordos no vino nadie a traer una flor o una frase. No sabían ni quién era. Del restaurante de Puerto Madero los llevaron sus choferes a dormir la siesta al Hyatt. Mientras el pueblo sigue humillado con sus hijos durmiendo en la calle.
Domingo Trama: trece meses de huelga a pura lucha en las calles de La Boca. Las mujeres del barrio le salían al encuentro a darle el sandwich de milanesa para que siguiera sus actos relámpagos libertarios. Cuándo volverán desde el horizonte luchadores obreros así que les pinchen las gomas a las limusinas de los gordos y los corran a los Barrionuevos.
Otro tema actual son las tierras patagónicas. Se acabó la obediencia debida y el sí inclinado de los esclavos. Ahora los habitantes legítimos dicen basta y no se van cuando vienen los jueces blancos con los de gorray machete. Lo que acaba de ocurrir en la bella Villa La Angostura, allá en los Andes sureños, zona de paraísos, parece una novela por episodios donde el principal personaje es el coraje civil. Todo empezó de acuerdo con el orden establecido. El 15 de mayo la jueza Norma González de Galván –muy diligente ella– ordenó el desalojo de la familia mapuche Quintriqueo de terrenos que ellos ocupan ancestralmente. Los Quintriqueo vivieron siempre allí hasta que llegó el general Roca en la llamada Campaña del Desierto y otorgó esas tierras a su dentista, el estadounidense George Newbery. (Como se ve, la denominada campaña fue un negociado total, todos los buenos amigos del general ligaron tierras, hasta su propio dentista, todo en nombre de la civilización y el progreso del bolsillo.)
Claro, porque el general, a quien devotamente le hemos dedicado toda clase de monumentos, ligó por su parte una buena superficie como para asegurar su vejez. Eso sí, a los naturales que ahí vivían, toda violencia blanca. El propio comandante Prado, uno de los expedicionarios, describe que a los indios prisioneros “se les estaqueaba y torturaba atrozmente descoyuntándolos para que informaran”. Una parte de las tierras de Quintriqueo había pertenecido al propio cacique Inacayal, aquel a quien el perito Moreno mostraba en el museo de La Plata como ejemplo de cómo eran esos indios. Pasaron muchas décadas, los Newbery fueron desapareciendo mientras los Quintriqueo seguían en esa zona. Pero acaba de aparecer en escena un supuesto descendiente de los Newbery, Carlos Jorge Newbery, quien interpuso demanda de desalojo contra los Quintriqueo aduciendo los derechos de la donación del general Roca. Por supuesto, la jueza ordenó el desalojo de los habitantes naturales, “de nuestros hermanos y hermanas”, como declaró la comunidad mapuche. Pero pronto se descubrieron los verdaderos motivos de querer aplicar la “ley del dentista del general Roca”. Lo que se quiere hacer allí, en tierra mapuche por obra de los nuevos Newbery, es un complejo de bungalows que aprovecharía turísticamente la belleza escénica de Paso Cohihue, paraje sito a 20 kilómetros y que vale millones, para hacer pasear a turistas extranjeros. Pero los mapuches no se van a dar por vencidos. Han hecho reuniones en las tierras desalojadas, donde la familia Quintriqueo ofrece asado, convocando a unas asambleas comunitarias que hablan del espíritu solidario entre la población. Mientras, son observados a distancia por las fuerzas policiales con sus palos en la mano, por los representantes de la Justicia de siempre y por los abogados de los Newbery. Más todavía, miembros de la familia desalojada se han ido a vivir de nuevo a sus tierras desafiando al poder público. Y ahí aguardarán hasta que aclare.
No los asustan ni las enormes estatuas de Roca plantadas por todos lados ni los arreglos de oficinas judiciales-policiales con empresas que buscan una ganancia del turismo extranjero.
Mientras tanto, los Quintriqueo han presentado una acción judicial en la que expresan: “Los Quintriqueo reivindican su pertenencia al pueblo originario mapuche, preexistente al Estado argentino. Pero además pueden demostrar que al menos siete de sus generaciones vivieron, crecieron, amaron, trabajaron y hasta murieron en Paso Cohihue. En cambio, la familia Newbery llega al lugar luego de la mal llamada Conquista del Desierto y habiendo sido el ciudadano norteamericano George Newbery el dentista del mismísimo general Roca, principal genocida de este pueblo”.
Bien, ahí están las cosas. Los argentinos tenemos dos disyuntivas: o seguir aplicando las reglas del dentista del general Roca o reconocer de una vez por todas el crimen y genocidio de la Campaña del Desierto y la justicia que les corresponde a los Quintriqueo. Así que, o bien a la señora jueza González de Galván le toque un viaje en el paraíso cuando se inaugure el “tour turístico” futuro. O la tierra sea de quien la haya vivido durante siglos.
Estamos seguros de que en la inauguración del tour turístico estarán los gordos de nuestra sociedad en sus limusinas, sonrientes. En cambio, si a los Quintriqueo se les hace justicia, el paisaje seguirá siendo el mismo,con sus amaneceres y sus ocasos y al pasar por esos lugares podremos gozar de lo que se llama el silencio, el misterio de la eterna naturaleza mostrándose como siempre fue.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-21082-2003-06-07.html